Cuaderno 3: La crítica de la teoría económica

Cuaderno 3: La crítica de la teoría económicaMercancía y valorEl dinero y el fetichismo de la mercancíaCirculación de mercancías y acumulación de capitalFuerza de trabajo y plusvalíaEl ciclo de circulación del dineroHerramientas para entender el capitalLeyes y tendencias de la acumulación de capitalDe la plusvalía al beneficioLa acumulación de capital

Durante casi nueve años, de 1850 a 1859 Marx elabora sistemáticamente los fundamentos de la crítica de la teoría económica: las famosas «Grundisse». A toda esa primera investigación seguirán casi 1.500 páginas organizadas en 23 cuadernos que Marx concluye en el verano de 1863: la «Contribución a la crítica de la economía política», la base de lo que quería fuera «El Capital» y sobre la que trabajará durante los años siguientes. En medio de las batallas de la AIT y del comunismo alemán, presionado por todo su círculo y en una situación familiar y económica harto difícil, Marx trabajará intensamente sobre esos materiales con vistas a elaborar un texto «publicable». Finalmente en 1866 dará a imprenta el primer libro de «El Capital».

Cuando Marx utiliza la expresión «crítica» en realidad deberíamos leer «demolición». No solo se trata de encontrar las contradicciones y limitaciones de una teoría determinada o un conjunto de teorías, sino la pertenencia y posibilidad de cualquier conocimiento separado del conocimiento de la globalidad. La división en «ciencias» es un reflejo de la división del trabajo; la crítica de la teoría económica, para ser útil al desarrollo de la consciencia de la clase revolucionaria, debe verse liberada de las restricciones que imponen los intereses que condicionan toda la aprehensión del mundo de la burguesía. Empezando por la idea misma de una «ciencia específica». Para entender la economía capitalista no basta con la teoría económica, por mucho que se afine o purgue ésta. De ahí el carácter «titánico» del empeño tras «El Capital».

Después de su muerte, Engels reordenará materiales de los manuscritos de la «Contribución» para dar a imprenta el libro II primero y el III en 1894. Kautsky hará lo propio después para editar las «Teorías de la plusvalía». Solo décadas más tarde se publicarán las «Grundisse», distintos pedazos de la «Contribución» y tras ellos el capítulo VI que debía haber cerrado el primer tomo de «El Capital». En ese momento, la dificultad de llegar a los materiales, el carácter de apuntes de buena parte de ellos, las diferencias de traducción y mil cosas más han servido ya al mundo académico para apoderarse de Marx y colocarle encima una losa de inaccesibilidad.

Lo que Marx pretendía que fuera su legado, una crítica de la teoría económica capaz de entender y predecir la evolución histórica del capitalismo y desmontar al mismo tiempo las ideologías que, bajo la forma de teoría económica, producen las universidades, quedaba seriamente limitado. Marx no quería hacer una teoría económica alternativa y le hubiera espantado ver la suya en la universidad, verdadero «think tank» de la clase enemiga. La crítica, la demolición que elaboró pretendía, como todo cuanto hizo, servir al proceso de constitución en clase del proletariado, era un trabajo militante.

Por eso, la generación que tuvo que enfrentar, explicar y sacar consecuencias políticas de la evolución del capitalismo y el comienzo de su fase imperialista -Rosa Luxemburgo, Lenin, Riazanov, Bordiga, etc.- desconfiaba, no sin razón, hasta de las selecciones de Engels y Kautsky y se ancló en el primer libro de «El Capital» como verdadero fundamento de una crítica de clase a la teoría económica. Su trabajo de educación económica, los cursos que impartían a militantes (la «Introducción a la economía política» de Rosa Luxemburgo o los «Elementos de la economía marxista» de Amadeo Bordiga) son síntesis del primer libro con comentarios sobre el tercero (elaborado casi completamente por Marx). Luxemburgo centrará «La acumulación del capital», en dar una conclusión satisfactoria al mecanismo de la reproducción ampliada descrito en el engelsiano libro II e incluso Bordiga, dejará caer en las notas al pie de sus «Elementos» su aceptación de las consecuencias de la crítica luxemburguista.

No es magro armamento en cualquier caso el libro I cuando, a pesar de no tener siquiera tener acceso a la mayoría de la obra económica marxiana, sirvieron para elaborar críticas de los fundamentos económicos del imperialismo. Críticas que, especialmente en el caso de Luxemburgo, siguen siendo útiles para entender por qué a principios del siglo XX comienzan a emerger una serie de fenómenos -las «huelgas de masas» sustituyen a las huelgas clásicas, la liberación nacional no da lugar a estados burgueses viables, etc.- que siguen siendo fundamentales en el proceso de la organización y desarrollo de la clase.

Mercancía y valor

Comencemos por el primer capítulo de «El Capital»

La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un «enorme cúmulo de mercancías», y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo I, 1866.

Pero no todo producto del trabajo humano es mercancía. De hecho, hasta muy recientemente la mayor parte de la producción no se realizó para el mercado. Ni siquiera cabe considerar a los primeros intercambios neolíticos como comercio mercantil. Por lo que sabemos, las experiencias originales del intercambio tomaban la forma de donaciones más o menos simbolizadas y ritualizadas de regalos cruzados entre comunidades. Los bienes y servicios intercambiados no establecían un valor de cambio entre ellos, no se pretendían equivalentes y por tanto no eran mercancía.

Mercancía es todo producto del trabajo humano que se produce para ser intercambiado en el mercado.
 

Todas las mercancías tienen un valor de uso, son útiles en un contexto social determinado en una cierta medida y de una manera precisa. Sin embargo, pueden intercambiarse entre sí, luego tienen algo común a todas ellas que permite considerar que su valor es equivalente, no para los individuos subjetivamente, sino para la sociedad que las produce. |

Salta a la vista que es precisamente la abstracción de sus valores de uso lo que caracteriza la relación de intercambio entre las mercancías. (…) En cuanto valores de uso, las mercancías son, ante todo, diferentes en cuanto a la cualidad; como valores de cambio sólo pueden diferir por su cantidad, y no contienen, por consiguiente, ni un solo átomo de valor de uso.

Ahora bien, si separamos el valor de uso, del cuerpo de las mercancías, únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo. No obstante, también el producto del trabajo se nos ha transformado entre las manos. Si hacemos abstracción de su valor de uso, abstraemos también los componentes y formas corpóreas que hacen de él un valor de uso. Ese producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil. Todas sus propiedades sensibles se han esfumado. Ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende, se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano.

Esas cosas tan sólo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores.

En la relación misma de intercambio entre las mercancías, su valor de cambio se nos puso de manifiesto como algo por entero independiente de sus valores de uso. Si luego se hace efectivamente abstracción del valor de uso que tienen los productos del trabajo, se obtiene su valor, tal como acaba de determinarse. Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor. El desenvolvimiento de la investigación volverá a conducirnos al valor de cambio como modo de expresión o forma de manifestación necesaria del valor, al que por de pronto, sin embargo, se ha de considerar independientemente de esa forma.

Un valor de uso o un bien, por ende, sólo tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo abstractamente humano. ¿Cómo medir, entonces, la magnitud de su valor? Por la cantidad de «sustancia generadora de valor» —por la cantidad de trabajo— contenida en ese valor de uso. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo, a su vez, reconoce su patrón de medida en determinadas fracciones temporales, tales como hora, día, etcétera.

Podría parecer que si el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo gastada en su producción, cuanto más perezoso o torpe fuera un hombre tanto más valiosa sería su mercancía, porque aquel necesitaría tanto más tiempo para fabricarla. Sin embargo, el trabajo que genera la sustancia de los valores es trabajo humano indiferenciado, gasto de la misma fuerza humana de trabajo. El conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad, representado en los valores del mundo de las mercancías, hace las veces aquí de una y la misma fuerza humana de trabajo, por más que se componga de innumerables fuerzas de trabajo individuales. Cada una de esas fuerzas de trabajo individuales es la misma fuerza de trabajo humana que las demás, en cuanto posee el carácter de fuerza de trabajo social media y opera como tal fuerza de trabajo social media, es decir, en cuanto, en la producción de una mercancía, sólo utiliza el tiempo de trabajo promedialmente necesario, o tiempo de trabajo socialmente necesario. El tiempo de trabajo socialmente necesario es el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo. Tras la adopción en Inglaterra del telar de vapor, por ejemplo, bastó más o menos la mitad de trabajo que antes para convertir en tela determinada cantidad de hilo. Para efectuar esa conversión, el tejedor manual inglés necesitaba emplear ahora exactamente el mismo tiempo de trabajo que antes, pero el producto de su hora individual de trabajo representaba únicamente media hora de trabajo social, y su valor disminuyó, por consiguiente, a la mitad del que antes tenía.

Es sólo la cantidad de trabajo socialmente necesario, pues, o el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un valor de uso, lo que determina su magnitud de valor.

Carlos Marx. El Capital, 1857

El valor de una mercancía es la cantidad de trabajo necesario para producir su valor de uso en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo. Esa cantidad de trabajo es el «trabajo socialmente necesario».
 

El dinero y el fetichismo de la mercancía

Veíamos que ya en la más simple expresión del valor —x mercancía A = y mercancía B— la cosa en la cual se representa la magnitud del valor de otra cosa parece poseer su forma de equivalente independientemente de esta relación, como propiedad natural de carácter social. Hemos analizado la consolidación de esa falsa apariencia. La misma llega a su plenitud cuando la forma de equivalente general se identifica con la forma natural de una clase particular de mercancías, cristalizándose así en la forma dineraria. Una mercancía no parece transformarse en dinero porque todas las demás mercancías representen en ella sus valores, sino que, a la inversa, éstas parecen representar en ella sus valores porque ella es dinero. El movimiento mediador se desvanece en su propio resultado, no dejando tras si huella alguna. Las mercancías, sin que intervengan en el proceso, encuentran ya pronta su propia figura de valor como cuerpo de una mercancía existente al margen de ellas y a su lado. Estas cosas, el oro y la plata, tal como surgen de las entrañas de la tierra, son al propio tiempo la encarnación directa de todo trabajo humano.

De ahí la magia del dinero. El comportamiento puramente atomístico de los hombres en su proceso social de producción, y por consiguiente la figura de cosa que revisten sus propias relaciones de producción —figura que no depende de su control, de sus acciones individuales conscientes—, se manifiesta ante todo en que los productos de su trabajo adoptan en general la forma de mercancías.

El enigma que encierra el fetiche del dinero no es más, pues, que el enigma, ahora visible y deslumbrante, que encierra el fetiche de la mercancía.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo II, 1866.

Durante el desarrollo del esclavismo como modo de producción, se amplía por primera vez el intercambio mercantil sin llegar a ser el objetivo principal de la producción social. A fin de cuentas, la principal fuerza productiva, el trabajo esclavo, solo era mercancía en un sentido muy limitado. El feudalismo que le siguió tampoco fue un sistema mercantil y de hecho las acuñaciones de moneda fueron prácticamente inexistentes en Europa durante los siglos VIII al X y muy escasas hasta el siglo XII. Los siervos feudales no pueden considerarse, más que muy marginal y tardíamente, como productores de mercancías: la mayor parte de su trabajo producía objetos útiles para su propio consumo o el de sus señores que no estaba destinado al intercambio ni se medía por un valor de cambio. Ni siquiera la fuerza de trabajo del campesino y la tierra sobre la que trabajaba, podía venderse o intercambiarse a cambio de otras mercancías o dinero.

El capitalismo es el primer modo de producción que requiere la mercantilización de todos los productos y relaciones sociales. Su extensión ha convertido a la mercancía en la forma universal del trabajo y sus productos, y al hacerlo ha revestido a las relaciones sociales del falso igualitarismo del intercambio entre equivalentes, presentando las relaciones entre personas como relaciones entre cosas, el famoso fetichismo de la mercancía.

El intercambio de mercancías en el mercado es por definición intercambio de equivalentes. Equivalentes en valor de cambio, es decir en trabajo social abstracto. El valor, que es una relación social entre personas, difumina entonces su naturaleza representándose como una relación social entre cosas, entre bienes -sean tangibles o intangibles- que se encuentran en el mercado.

¿De dónde brota, entonces, el carácter enigmático que distingue al producto del trabajo no bien asume la forma de mercancía? Obviamente, de esa forma misma. La igualdad de los trabajos humanos adopta la forma material de la igual objetividad de valor de los productos del trabajo; la medida del gasto de fuerza de trabajo humano por su duración, cobra la forma de la magnitud del valor que alcanzan los productos del trabajo; por último, las relaciones entre los productores, en las cuales se hacen efectivas las determinaciones sociales de sus trabajos, revisten la forma de una relación social entre los productos del trabajo.

Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores. (…)

La forma de mercancía y la relación de valor entre los productos del trabajo en que dicha forma se representa, no tienen absolutamente nada que ver con la naturaleza física de los mismos ni con las relaciones, propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquéllos. De ahí que para hallar una analogía pertinente debamos buscar amparo en las neblinosas comarcas del mundo religioso. En éste los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancias, y que es inseparable de la producción mercantil.

Carlos Marx. El capital, 1857

La fractura de la comunidad humana en clases con intereses antagónicos supuso el comienzo de la alienación: lo humano, lo social, se presentan como ajenos a lo humano, huyen a los cielos de la ideología para mantener unido en las fantasías del intelecto lo que es antagónico en el mundo social material. La alienación no es más que la separación imaginaria de la especie respecto a las propias relaciones que definen su organización social.

Sin embargo, a diferencia de las clases explotadoras que le precedieron, la explotación capitalista es completamente «económica». El señor feudal tomaba un pedazo de la producción y el trabajo social «por derecho» en el marco de una relación personal, concreta, con sus siervos. No hay fetichismo alguno en lo que en realidad no es más que una exacción extra-económica.

La forma natural del trabajo, su particularidad, y no, como sobre la base de la producción de mercancías, su generalidad, es lo que aquí constituye la forma directamente social de aquél. La prestación personal servil se mide por el tiempo, tal cual se hace con el trabajo que produce mercancías, pero ningún siervo ignora que se trata de determinada cantidad de su fuerza de trabajo personal, gastada por él al servicio de su señor. El diezmo que le entrega al cura es más diáfano que la bendición del clérigo. Sea cual fuere el juicio que nos merezcan las máscaras que aquí se ponen los hombres al desempeñar sus respectivos papeles, el caso es que las relaciones sociales existentes entre las personas en sus trabajos se ponen de manifiesto como sus propias relaciones personales y no aparecen disfrazadas de relaciones sociales entre las cosas, entre los productos del trabajo.

Carlos Marx. El capital, 1857

El salto del trabajo personal concreto al trabajo social abstracto en la relación de explotación, hace del fetichismo de la mercancía un salto cualitativo en el proceso de abstracción propio de toda forma de alienación. Es su forma específicamente capitalista y completamente abstracta. Mientras esclavistas y señores feudales debían fundar su explotación sobre la voluntad externa de los dioses, la mercancía hace aparecer por sí mismas a las relaciones sociales como relaciones entre cosas, entre objetos sociales ajenos a los que los produjeron, del mismo modo que la plusvalía aparece como un resultado espontáneo del trabajo humano cuando se vende como mercancía bajo la forma de fuerza de trabajo.

El fetichismo de la mercancía, verdadera base de la religión capitalista, es la representación «espontánea» de las relaciones de producción entre personas como relaciones entre equivalentes en el mercado, es decir, relaciones entre objetos equivalentes igualados en su valor de cambio.
 

Circulación de mercancías y acumulación de capital

El fetichismo de la mercancía afecta toda la percepción de las relaciones sociales. La economía misma se nos presenta como un ciclo en el que circulan mercancías. El poseedor la lleva al mercado, la cambia por una cierta cantidad de dinero -que no le vale para satisfacer, en sí, ninguna necesidad- por lo que lo usa para adquirir otra mercancía. El ciclo es: M➡D➡M. La segunda parte del ciclo, D➡M, es la primera para el poseedor de la segunda mercancía y así sucesivamente.

M1➡D➡ M2 ➡D➡ M3 ➡D➡ M4...

Lo interesante es que las mercancías (M1,M2, etc.) llegan al mercado y salen de él tan pronto como tiene lugar el intercambio, pero el dinero -en términos generales, salvo acaparación o ahorro- se queda.

Con todo, ambas partes del ciclo miradas de cerca no pueden ser iguales. No es lo mismo M➡D➡M que D➡M➡D. En el primer caso llevo al mercado una mercancía y la cambio por dinero con el cual comprar otra, si lo hago es porque ambas tienen distinto valor de uso pero igual valor de cambio (es decir, D). Pero D➡M➡D parece absurdo si D tiene el mismo valor en ambas partes habré comprado algo para venderlo al mismo precio. Querría decir que hay unos agentes que con tal de dar vida al mercado se dedican a la compraventa sin obtener nada a cambio. Pero el mercado no funciona por filantropía. En realidad lo lógico es pensar que para ellos el ciclo es D➡M➡D’ siendo D’>D en una cierta cantidad.

El ciclo real sería pues D➡M➡D’➡M➡D’’➡M➡ etc. La plusvalía se reintegra al ciclo para producir nueva plusvalía en mayor cantidad. Lo que estamos viendo es la conversión del dinero en capital.

El cambio en el valor del dinero que se ha de transformar en capital, no puede operarse en ese dinero mismo, pues como medio de compra y en cuanto medio de pago sólo realiza el precio de la mercancía que compra o paga, mientras que, si se mantiene en su propia forma, se petrifica como magnitud invariable de valor. La modificación tampoco puede resultar del segundo acto de la circulación, de la reventa de la mercancía, ya que ese acto se limita a reconvertir la mercancía de la forma natural en la de dinero.

El cambio, pues, debe operarse con la mercancía que se compra en el primer acto, D➡M, pero no con su valor, puesto que se intercambian equivalentes, la mercancía se paga a su valor. Por ende, la modificación sólo puede surgir de su valor de uso en cuanto tal, esto es, de su consumo. Y para extraer valor del consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que ser tan afortunado como para descubrir dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor, cuyo consumo efectivo mismo, pues, fuera objetivación de trabajo, y por tanto creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado esa mercancía específica: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo.

Carlos Marx. El Capital, 1866.

Fuerza de trabajo y plusvalía

Y es que lo que se compra y vende en el mercado no es el trabajo social abstracto, sino la fuerza de trabajo -trabajo concreto, individual, mensurable.

Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole.

Carlos Marx. El Capital, 1866.

El valor de la fuerza de trabajo refleja, como en toda mercancía, su coste de reproducción social. ¿Cuánto trabajo social abstracto es necesario para que los trabajadores de una cierta categoría y formación no pierdan su cualificación y puedan volver a vender una fuerza de trabajo equivalente?

Toda la magia de la acumulación de capital consiste en que existe una diferencia entre el valor global generado por la fuerza de trabajo y valor de la fuerza de trabajo misma. Es decir, entre el coste social de su reproducción en calidad y cantidad similar a la usada y el valor generado por el conjunto de la fuerza de trabajo.

La plusvalía es la diferencia entre el valor global generado por la fuerza de trabajo y valor de la fuerza de trabajo misma, es decir, el coste social de su reproducción en calidad y cantidad similar a la usada.
 

Para que exista plusvalía, debe existir primero la posibilidad de conversión del dinero en capital, es decir la fuerza de trabajo debe ser una mercancía que se compre y venda libremente en el mercado. Para ello el vendedor debe poder encontrarse con el comprador como personas que intercambian mercancías bajo «iguales derechos». El trabajador debe ser «libre», ésto es, dueño de la mercancía que va a vender y estar dispuesto a vender su fuerza de trabajo durante un tiempo determinado como algo separado de sí mismo -si se vendiera a sí mismo sería un esclavo y si su fuerza de trabajo no le perteneciera por derecho sería un siervo. Para todo lo cual debe además de no tener alternativas, estar desposeído de los medios de producción que le permitirían convertir su fuerza de trabajo en mercancías por sí mismo.

Para que el poseedor de dinero encuentre la fuerza de trabajo en el mercado, como mercancía, deben cumplirse diversas condiciones. El intercambio de mercancías, en sí y para sí, no implica más relaciones de dependencia que las que surgen de su propia naturaleza. Bajo este supuesto, la fuerza de trabajo, como mercancía, sólo puede aparecer en el mercado en la medida y por el hecho de que su propio poseedor —la persona a quien pertenece esa fuerza de trabajo— la ofrezca y venda como mercancía. Para que su poseedor la venda como mercancía es necesario que pueda disponer de la misma, y por tanto que sea propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona. Él y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y traban relaciones mutuas en calidad de poseedores de mercancías dotados de los mismos derechos, y que sólo se distinguen por ser el uno vendedor y el otro comprador; a ambos, pues, son personas jurídicamente iguales.

Para que perdure esta relación es necesario que el poseedor de la fuerza de trabajo la venda siempre por un tiempo determinado, y nada más, ya que si la vende toda junta, de una vez para siempre, se vende a si mismo, se transforma de hombre libre en esclavo, de poseedor de mercancía en simple mercancía. Como persona tiene que comportarse constantemente con respecto a su fuerza de trabajo como con respecto a su propiedad, y por tanto a su propia mercancía, y únicamente está en condiciones de hacer eso en la medida en que la pone a disposición del comprador —se la cede para el consumo— sólo transitoriamente, por un lapso determinado, no renunciando, por tanto, con su enajenación a su propiedad sobre ella.

La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía, es que el poseedor de ésta, en vez de poder vender mercancías en las que se haya objetivado su trabajo, deba, por el contrario, ofrecer como mercancía su fuerza de trabajo misma, la que sólo existe en la corporeidad viva que le es inherente.

Para que alguien pueda vender mercancías diferentes de su fuerza de trabajo, ese alguien tendrá que poseer, naturalmente, medios de producción, por ejemplo materias primas, instrumentos de trabajo, etc. No se puede hacer botines sin cuero. Necesita, además, medios de subsistencia.

Nadie puede a vivir de los productos del porvenir, y por ende tampoco de valores de uso cuya producción aún no ha finalizado, y al igual que en el primer día de su aparición sobre el escenario terrestre, el hombre cada día tiene que consumir antes de producir y mientras produce. Si los productos se fabrican en calidad de mercancías, es necesario venderlos después de producirlos, y las necesidades del productor sólo podrán ser satisfechas después de la venta.

Al tiempo de producción se añade el necesario para la venta. Para la transformación del dinero en capital el poseedor de dinero, pues, tiene que encontrar en el mercado de mercancías al obrero libre; libre en el doble sentido de que por una parte dispone, en cuanto hombre libre, de su fuerza de trabajo en cuanto mercancia suya, y de que, por otra parte, carece de otras mercancias para vender, está exento y desprovisto, desembarazado de todas las cosas necesarias para la puesta en actividad de su fuerza de trabajo.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo IV, 1866.

Como se ve, el capital y el trabajo asalariado, aparecen en un marco de relaciones sociales históricamente muy preciso y en realidad muy reciente. Es decir, sin «trabajadores libres» no hay plusvalía propiamente dicha. El comerciante medieval aumentaba el valor del producto porque era, básicamente, un transportista, y por eso no tenía una consideración muy distinta del artesano. El prestamista prestaba para el consumo y su ciclo era D➡D’. Trabajo libre y formación de capital son las dos caras de la sociedad capitalista, unidas por la plusvalía.

Lo que caracteriza; pues, a la época capitalista, es que la fuerza de trabajo reviste para el obrero mismo la forma de una mercancía que le pertenece, y su trabajo la forma de trabajo asalariado. Por otro lado, a partir de ese momento se generaliza por primera vez la forma mercantil de los productos del trabajo.

Carlos Marx. El Capital, 1866.

La mera producción de plusvalor no completa el ciclo de acumulación de capital. El producto ha de ser vendido para que la plusvalía aparezca de nuevo como dinero. Ha de existir por tanto un mercado solvente para los bienes producidos. Pero para que se realice toda la plusvalía creada, este mercado ha de ser mayor que el generado por los salarios. Es decir, el mercado capitalista necesita de mercados no capitalistas para poder realizar la plusvalía producida.

Puesto que el fin del capital no es la satisfacción de las necesidades, sino la producción de ganancias, y puesto que sólo logra esta finalidad en virtud de métodos que regulan el volumen de la producción con arreglo a la escala de la producción, y no a la inversa, debe producirse constantemente una escisión entre las restringidas dimensiones del consumo sobre bases capitalistas y una producción que tiende constantemente a superar esa barrera que le es inmanente. Por lo demás, el capital se compone de mercancías, y por ello la sobreproducción de capital implica la sobreproducción de mercancías.

Carlos Marx. Capítulo XV del libro III de «El Capital», 1867.

Esta necesidad de realizar la plusvalía será el motor de la expansión capitalista -dentro y fuera del territorio de origen del capital nacional- durante el capitalismo ascendente… y el motor del ciclo perenne de crisis, guerras y reconstrucciones cuando, en su decadencia, le sea posible expandirse aun más.

Pero una vez realizada la ganancia, y ampliado el capital, este tiene que poder ser invertido de nuevo. Eso significa que los bienes de producción, a su vez tienen que estar en el mercado y formar un mercado. El capitalismo no puede imponerse sin mercantilizar a toda la sociedad. Por ejemplo, la aparición de trabajo asalariado y plusvalía en las ciudades medievales no sirvió de base a la expansión del sistema capitalista en tanto que la tierra, el principal medio de producción de la época, no se convirtió ella misma en mercancía y los capitales excedentarios en la ciudad pudieron invertirse en ella.

Cuando la tierra se convierta en inversión y las relaciones feudales agrarias pasen a ser sustituidas por relaciones mercantiles -arriendos- y capitalistas -aparición del primer proletariado agrario, los jornaleros- la productividad del campo se multiplicará generándose el excedente de mano de obra que permitirá la industrialización -y alimentarla a bajos precios. A partir de ahí, la reproducción ampliada del capital llevará nuevos capitales a las industrias, mejorando la tecnología, la escala y la productividad, aumentando la plusvalía relativa y la composición orgánica del capital y haciendo efectiva por tanto la tendencia a la baja de la tasa de ganancia.

El ciclo de circulación del dinero

En el ciclo de circulación del dinero (D➡M➡D’➡M➡D”➡ etc.) el capital compra fuerza de trabajo que usa para producir mercancías y luego vende, obteniendo una cantidad de dinero mayor que vuelve a invertir.

La acumulación de capital es el ciclo en el que la plusvalía a) se produce, extrayendo plusvalía de la fuerza de trabajo, b) se realiza en el mercado y c) se reincorpora a la producción como capital ampliado
 

El misterio bajo la circulación de mercancías en el sistema capitalista (dinero que se utiliza para comprar mercancías que, en una forma nueva, se vuelven a vender por una cantidad mayor de dinero) resulta no ser otra cosa que la conversión del dinero en capital. Es decir, el ciclo de circulación de mercancías que en economías mercantiles anteriores producía todo lo más «atesoramiento», acumulación de dinero que se separaba del ciclo de la producción, en el capitalismo se convierte en ciclo de acumulación de capital.

En su condición de vehículo consciente de ese movimiento, el poseedor de dinero se transforma en capitalista. Su persona, o, más precisamente, su bolsillo, es el punto de partida y de retorno del dinero. El contenido objetivo de esa circulación —la valorización del valor— es su fin subjetivo, y sólo en la medida en que la creciente apropiación de la riqueza abstracta es el único motivo impulsor de sus operaciones, funciona él como capitalista, o sea como capital personificado, dotado de conciencia y voluntad. Nunca, pues, debe considerarse el valor de uso como fin directo del capitalista. Tampoco la ganancia aislada, sino el movimiento infatigable de la obtención de ganancias. Este afán absoluto de enriquecimiento, esta apasionada cacería en pos del valor de cambio, es común a capitalista y atesorador, pero mientras el atesorador no es más que el capitalista insensato, el capitalista es el atesorador, racional. La incesante ampliación del valor, a la que el atesorador persigue cuando procura salvar de la circulación al dinero, la alcanza el capitalista, más sagaz, lanzándolo a la circulación una y otra vez.

Las formas autónomas, las formas dinerarias que adopta el valor de las mercancías en la circulación simple, se reducen a mediar el intercambio mercantil y desaparecen en el resultado final del movimiento. En cambio, en la circulación D – M – D funcionan ambos, la mercancía y el dinero, sólo como diferentes modos de existencia del valor mismo: el dinero como su modo general de existencia, la mercancía como su modo de existencia particular o, por así decirlo, sólo disfrazado. El valor pasa constantemente de una forma a la otra, sin perderse en ese movimiento, convirtiéndose así en un sujeto automático. Si fijamos las formas particulares de manifestación adoptadas alternativamente en su ciclo vital por el valor que se valoriza, llegaremos a las siguientes afirmaciones: el capital es dinero, el capital es mercancía. Pero, en realidad, el valor se convierte aquí en el sujeto de un proceso en el cual, cambiando continuamente las formas de dinero y mercancía, modifica su propia magnitud, en cuanto plusvalor se desprende de sí mismo como valor originario, se autovaloriza. El movimiento en el que agrega plusvalor es, en efecto, su propio movimiento, y su valorización, por tanto, autovalorización. Ha obtenido la cualidad oculta de agregar valor porque es valor. Pare crías vivientes, o, cuando menos, pone huevos de oro.

Como sujeto dominante de tal proceso, en el cual ora adopta la forma dineraria o la forma mercantil, ora se despoja de ellas pero conservándose y extendiéndose en esos cambios, el valor necesita ante todo una forma autónoma, en la cual se compruebe su identidad consigo mismo. Y esa forma sólo la posee en el dinero. Es por eso que éste constituye el punto de partida y el punto final de todo proceso de valorización. Era £ 100, y ahora es £ 110, etcétera. Pero el dinero mismo sólo cuenta aquí como una forma del valor, ya que éste tiene dos formas. Sin asumir la forma mercantil, el dinero no deviene capital. El dinero, pues, no se presenta aquí en polémica contra la mercancía, como ocurre en el atesoramiento. El capitalista sabe que todas las mercancías, por zaparrastrosas que parezcan o mal que huelan, en la fe y la verdad son dinero, judíos interiormente circuncidados, y por añadidura medios prodigiosos para hacer del dinero más dinero.

Carlos Marx. «El Capital», libro I, capítulo IV

Herramientas para entender el capital

Antes de hacer una anatomía del ciclo de acumulación del capital y entender sus condicionantes internos nos detendremos a analizar los componentes del capital y las diferentes formas que tiene de aumentar la plusvalía producida entre un ciclo y otro.

Marx recurre a una abstracción: desarrollará sus herramientas desde la mirada de un capital individual único. No hay más que una empresa y tiene toda la demanda que necesita. Al dejar de lado el mercado, tanto el de mercancías como el de capitales, valores y precios coinciden y no tenemos que preocuparnos de la realización de la plusvalía.

El plusvalor generado en el proceso de producción por C, el capital adelantado, o en otras palabras, la valorización del valor del capital adelantado C, se presenta en un primer momento como excedente del valor del producto sobre la suma de valor de sus elementos productivos.

El capital C se subdivide en dos partes: una suma de dinero, c, que se invierte en medios de producción, y otra suma de dinero, v, que se gasta en fuerza de trabajo; c representa la parte de valor transformada en capital constante, v la convertida en capital variable. En un principio, pues, C = c + v; ; por ejemplo, el capital adelantado,

£ 500 = £ 410 + £ 90 C = c + v

Al término del proceso de producción surge una mercancía cuyo valor es = c + v + p, donde p es el plusvalor; por ejemplo

£ 410 + £ 90 + £ 90. c + v + p

El capital originario C se ha transformado en C’; ha pasado de £ 500 a £ 590. La diferencia entre ambos es = p, un plusvalor de £ 90. Como el valor de los elementos de la producción es igual al valor del capital adelantado, es en realidad una tautología decir que el excedente del valor del producto sobre el valor de sus elementos productivos es igual a la valorización del capital adelantado o igual al plusvalor producido.(…)

Ya sabemos, en realidad, que el plusvalor es una simple consecuencia del cambio de valor que se efectúa con v, la parte del capital convertida en fuerza de trabajo, y por tanto que

v + p = v más el incremento de v.

Pero el cambio efectivo de valor y la proporción en que ese valor varía, se oscurecen por el hecho de que a consecuencia del crecimiento de su parte constitutiva variable, también se acrecienta el capital global adelantado. Era de 500 y pasa a ser de 590. El análisis puro del proceso exige, por tanto, prescindir totalmente de aquella parte del valor del producto en la que sólo reaparece el valor constante del capital.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo VII, 1866.

Así llegamos al cálculo de la tasa de plusvalía. Marx no calculará la tasa de plusvalía (s) sobre el total de capital adelantado sino solo sobre su parte variable, aquella que genera directamente la plusvalía

Tasa de plusvalía
plusvalía / capital variable
s = p/ v

Tasa de plusvalía y tasa de beneficio no son la misma cosa, pues la tasa de ganancia se calcula utilizando el total de la inversión -capital fijo adelantado + capital variable adelantado- y la tasa de plusvalor solo el capital variable, de modo que la tasa de plusvalor siempre será mayor que la tasa beneficio.

Veámoslo ahora desde el punto de vista del tiempo de trabajo.

El capitalista paga trabajo necesario el valor de la fuerza de trabajo (o su precio, divergente de su valor) y a cambio de ello obtiene el derecho a disponer de la fuerza viva de trabajo. Su aprovechamiento de esta fuerza de trabajo se descompone en dos períodos.

Durante uno de esos períodos el obrero no produce más que un valor = al valor de su fuerza de trabajo, o sea, sólo un equivalente. A cambio del precio adelantado de la fuerza de trabajo, el capitalista, de esta suerte, obtiene un producto del mismo precio. Es como si hubiera adquirido en el mercado el producto terminado. En el período del plustrabajo, por el contrario, el aprovechamiento de la fuerza de trabajo forma valor para el capitalista, sin que ese valor le cueste un sustituto de valor. Obtiene de balde esa movilización de fuerza de trabajo. Es en este sentido como el plustrabajo puede denominarse trabajo impago.

El capital, por tanto, no es sólo la posibilidad de disponer de trabajo, como dice Adam Smith. Es, en esencia, la posibilidad de disponer de trabajo impago. Todo plusvalor, cualquiera que sea la figura particular — ganancia, interés, renta, etc.— en que posteriormente cristalice, es con arreglo a su sustancia la concreción material de tiempo de trabajo impago. El misterio de la autovalorización del capital se resuelve en el hecho de que éste puede disponer de una cantidad determinada de trabajo ajeno impago.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo XVI, 1866.

Llamaremos «tiempo de trabajo necesario» al tiempo de trabajo necesario para que el valor del producto sea igual al valor adelantado por el capitalista, el tiempo que bastaría para reproducir el valor del salario. El restante será el «tiempo de plustrabajo». Como los valores son proporcionales a los tiempos de trabajo en que se producen...

Tasa de plusvalía
plusvalía / capital variable = p/v =
plusvalía / valor de la fuerza de trabajo =
plustrabajo / trabajo necesario =
= tiempo de plustrabajo / tiempo de trabajo necesario

Así que para aumentar la plusvalía total efectivamente producida, el capitalista individual puede hacer dos cosas:

  1. Aumentar el tiempo de plustrabajo, de modo que la hora de trabajo le salga más barata.
  2. Aumentar la tasa de plusvalía mediante alguna mejora técnica haciendo que la hora de trabajo produzca mayor cantidad de producto, es decir que su productividad física sea mayor.

Denomino plusvalor absoluto al producido mediante la prolongación de la jornada laboral; por el contrario, al que surge de la reducción del tiempo de trabajo necesario y del consiguiente cambio en la proporción de magnitud que media entre ambas partes componentes de la jornada laboral, lo denomino plusvalor relativo.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo X, 1866.

Al aumentar la productividad, el capitalista aumenta el valor de uso del trabajo de sus obreros sobre la media social, aumentando también su beneficio en tanto la extensión de la tecnología y la competencia le obligan a reducir precios de venta o la acción obrera a subir salarios. En este periodo transitorio aumenta lógicamente el plusvalor simplemente porque aumenta el plustrabajo.

Marx pasa después, a la luz del crecimiento de la plusvalía relativa, a estudiar la lógica del desarrollo tecnológico bajo el capitalismo. Explica por qué compensa siempre al capital la sustitución de trabajo vivo por trabajo muerto en forma de máquinas -que no generan valor- y hace todo un recorrido histórico de la cooperación a la manufactura y de esta al maquinismo.

La paradoja, la contradicción aparente del desarrollo tecnológico bajo el capitalismo es que debería ahorrar trabajo social aumentando la producción, deberíamos trabajar menos horas y sin embargo obtener mayor bienestar… pero el capitalismo no es eso, su objetivo no es minimizar el trabajo humano obligado por la necesidad, sino aumentar el plusvalor. El capitalismo no pretende ser otra cosa que una gran máquina social, un autómata, para la producción de plusvalor.

En sus Principios de economía política dice John Stuart Mill: «Es discutible que todos los inventos mecánicos efectuados hasta el presente hayan aliviado la faena cotidiana de algún ser humano». Pero no es éste, en modo alguno, el objetivo de la maquinaria empleada por el capital. Al igual que todo otro desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, la maquinaria debe abaratar las mercancías y reducir la parte de la jornada laboral que el obrero necesita para sí, prolongando, de esta suerte, la otra parte de la jornada de trabajo, la que el obrero cede gratuitamente al capitalista. Es un medio para la producción de plusvalor.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo XIII, 1866.

Leyes y tendencias de la acumulación de capital

Marx culmina el primer libro de «El Capital» estudiando las formas históricas de la acumulación y adelantando las tendencias al desarrollo creciente de la tasa de plusvalor y la productividad del trabajo, la relación entre acumulación e infraestructuras y la magnitud del capital anticipado.

Al tiempo que trabajaba en acabar el primer libro, Marx avanzaba en el tercero. En él sintetiza un modelo estilizado donde solo existen trabajadores y capitalistas para profundizar su conocimiento en las leyes de la acumulación. Llegará entonces a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, es decir a derivar de las fórmulas del valor y de la definición misma de «tasa de ganancia» una tendencia histórica decreciente que el capital debe compensar con un aumento de la «masa de producto»... que impulsa su propia expansión modificando las condiciones de la acumulación en cada ciclo.

Tasa de Ganancia
plusvalor / (capital fijo adelantado + capital variable adelantado)
G’ = p / ( ca + va)

Un concepto importante relacionado con la tasa de ganancia es la composición orgánica del capital, la relación entre capital fijo y variable adelantados por el capitalista.

Composición orgánica del capital
capital fijo adelantado / capital variable adelantado
ca / va

Para aumentar el total de plusvalía producida, el capitalista se ve empujado bien a reducir salarios, bien a invertir en nuevas máquinas, para aumentar la tasa de plusvalía.

Suponiendo que haya mercados suficientes para absorber la producción, esta será la vía seguida para dar colocación a los incrementos de la masa de capital que se colocarán en cada ciclo de acumulación... y la evolución de la productividad del trabajo y con ella de la tecnolhogía será brutal, como de hecho lo fue durante todo el capitalismo ascendente.

Pero esta vía significa aumentar la composición orgánica del capital: hay más valor acumulado en máquinas por hora de salario pagadal, es decir aumenta la inversión en capital fijo en relación a los salarios.

Aunque la ganancia bruta aumente -porque se produce más empleando el mismo trabajo- el valor creado en cada ciclo tenderá a crecer menos que el invertido. La tasa de ganancia por tanto se reduce.

Entonces, para mantener sus ganancias absolutas -o aumentarlas- el capital aumentará la producción total -la masa de producto- y las unidades de producto serán cada vez más baratas. El resultado es una tendencia al trabajo cada vez más productivo -con mayor tasa de plusvalor es decir, más explotado- con unos capitales cada vez más concentrados y con tasas de ganancia menores.

Dicho de otra manera: si damos por hecha la capacidad de los mercados para absorber la producción: para mejorar su ganancia el capitalista necesita invertir en tecnologías que aumenten su productividad. Al hacerlo aumentará la composición orgánica de su capital (aumentará el peso de lo que adelanta en máquinas sobre lo que adelanta en salarios). El resultado inevitable es que su tasa de ganancia (el plusvalor por unidad de inversión) será más baja. ¿Cómo compensará eso? Produciendo más cantidad de producto para que la ganancia absoluta, el plusvalor total obtenido, sea mayor.

Es más como hemos dado por hecho que hay mercado para la masa de productos más baratos, irá acompañado de un aumento del número de trabajadores y por tanto de la escala total de la empresa.

El desenvolvimiento de la producción y acumulación capitalistas condiciona procesos laborales en una escala cada vez mayor, y por ende de dimensiones constantemente crecientes y los adelantos de capital correspondientemente en aumento para cada establecimiento en particular. Por ello, una creciente concentración de los capitales (acompañada al mismo tiempo, aunque en menor medida, de un creciente número de capitalistas) es tanto una de sus condiciones materiales como uno de los resultados producidos por ella misma. Al mismo tiempo y en interacción con esto, avanza una progresiva expropiación de los productores más o menos directos. Se entiende así que los diversos capitalistas individuales comanden ejércitos obreros de creciente magnitud (aunque también para ellos disminuya el capital variable en relación con el capital constante), que aumente la masa del plusvalor, y por consiguiente de la ganancia, de la cual se apropian, simultáneamente con la baja de la tasa de ganancia y a pesar de ella. Pues las mismas causas que concentran las masas de ejércitos obreros bajo el mando de diversos capitalistas individuales, son precisamente las que hacen que la masa del capital fijo empleado, así como la de las materias primas y auxiliares, aumente en proporción creciente con respecto a la masa del trabajo vivo empleado.

Carlos Marx. El Capital. Libro III, capítulo XIII, 1867

¿Por qué es necesaria esa «expropiación de los trabajadores más o menos directos» es decir de la producción independiente, que no utiliza trabajo asalariado? En el modelo general de la acumulación ampliada, tal y como aparece en el libro II, estamos dando por hecho que el capitalista puede vender todo el producto. Pero la plusvalía no es el beneficio....

De la plusvalía al beneficio

Plusvalía y ganancia pertenecen a dos planos diferentes del sistema económico. La ganancia se produce en el plano de los precios, el plusvalor en el del valor. Valores y precios se comunican a través del mercado de capitales, no del mercado de bienes y servicios que regula los precios entre distintos productos de distintas ramas.

Los precios son relaciones entre cosas, los valores en cambio reflejan relaciones entre clases implicadas en la producción. Dicho de otro modo, el valor es una relación social, entre clases sociales, no una relación entre mercancías. Esta confusión, otra vertiente del fetichismo de la mercancía, nos llevaría a pensar erróneamente que la explotación de un trabajador o un grupo de trabajadores varía al variar los precios de aquello que produce.

La cuestión de fondo es que la plusvalía, como apuntaba una cita anterior, es el objeto del sistema: el capitalismo es un sistema de producción de plusvalía. Por eso los precios entre mercancías y por tanto la ganancia particular de una empresa determinada, están supeditados a la organización de la extracción general de plusvalor.

Repasando lo visto hasta ahora:

  1. el valor de una mercancía -sea un producto físico o un servicio- viene determinado por el «trabajo socialmente necesario» para su producción, es decir, el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo. El valor mide el esfuerzo medio necesario para producir algo en una sociedad.
  2. Eso aplica también para entender cual es el coste de reproducción de esa mercancía particular que es la fuerza de trabajo. El salario es el coste de reproducción de la fuerza de trabajo: el trabajo social necesario para mantener un determinado grado de habilidad, conocimientos técnicos, etc. en una determinada categoría de trabajadores necesaria para la producción de un objeto o servicio determinado. La diferencia entre ese coste -el salario expresado en términos de valor– y el valor producido es la plusvalía.

¿Pero y si medimos la media de ganancia de un sector, industria o país? Tampoco. Para el capital como un todo, lo importante a la hora de colocarse no es la plusvalía en sí arrancada en cada empresa particular, sino la tasa de ganancia, es decir, la relación entre la plusvalía producida y el capital total adelantado.

Las distintas empresas no son sino colocaciones posibles del capital que compiten entre sí en el mercado de capitales por ser más atractivas, es decir, ofrecer mejores tasas de ganancia a los capitales que buscan colocación. La función del mercado de capitales es precisamente homogeneizar las tasas de ganancia de las distintas colocaciones. Como dice Marx:

Se comportan entre sí como se comportarían si nos representasemos la suma global de los capitales que forman el capital de las clases capitalistas como una magnitud sobre la que se calculara la plusvalía total[…] No cabe duda de que, calculado así, cada fragmento de este capital global percibiría una parte alícuota de la plusvalía total, con arreglo a la proporción en la que participara de ella.[…] El volumen de ganancia depende del volumen del capital, del numero de shares in that general capital which are owned by the capitalist, de ahí que la competencia entre los capitales trate de considerar cada capital de por sí como un fragmento del capital global, regulando a tono con ello su participación en la plusvalía y, por tanto, en la ganancia.

Los capitalistas tienden a repartirse entre ellos (tendencia en la que consiste precisamente la competencia) la cantidad de trabajo no retribuido que estrujan a la clase trabajadora -o los productos de esa cantidad de trabajo- no en la proporción en que un capital específico produce directamente plustrabajo, sino, primero, en aquella en que este capital específico representa una parte alícuota del capital global y, segundo, en la proporción en que el capital global produce plustrabajo. Los capitalistas se reparten el botín del trabajo ajeno apropiado como enemigos fraternales, de tal modo que por término medio, el uno se apropia de la misma cantidad de trabajo no retribuido que el otro.

Carlos Marx. Teorías de la Plusvalía, capítulo VIII.

Al igualar -o tender a igualar- las tasas de ganancia de las posibles colocaciones del capital, la equivalencia entre la plusvalía extraída y la ganancia obtenida por el capital en un país o un ramo industrial salta por los aires, ni hablemos de una empresa particular. Se vuelve en el mejor de los casos una casualidad, un anómalo estadístico. De hecho, de forma general, la plusvalía será diferente de la ganancia en cada empresa particular1.

La acumulación de capital

Para que la plusvalía pueda realizarse como beneficio, el capitalista ha de poder vender el producto en el mercado y acabar el ciclo. A fin de cuentas, el capitalismo es un sistema de creación de plusvalor, pero el plusvalor en sí no vale nada para el capitalista si no puede realizarlo, convertirlo en ganancia.

El producto del proceso de producción capitalista no es ni un mero producto (valor de uso), ni una mera mercancía, es decir un producto que tiene valor de cambio; su producto específico es la plusvalía. Su producto son mercancías que poseen más valor de cambio, esto es, que representan más trabajo que el que para su producción ha sido adelantado bajo la forma de dinero o mercancías. En el proceso capitalista de producción el proceso de trabajo sólo se presenta como medio, el proceso de valorización o la producción de plusvalía como fin. En cuanto el economista reflexiona sobre ello, el capital es proclamado como riqueza que se transforma en la producción para obtener «beneficio»

Carlos Marx. El Capital, Libro I, capítulo VI (inédito).

Pero en el modelo de una acumulación que se produce en un mundo donde solo hay capitalistas y obreros esto es sencillamente imposible: por definición el valor de cambio de los salarios no puede comprar la totalidad del plusvalor producido. Es una idea que Marx ha dejado bien claro en sus estudios sobre el capital y la acumulación ya en los Grundisse, cuadernos que, por desgracia, no se publicaran por primera vez hasta los años cincuenta y por tanto no estuvieron al alcance de las generaciones siguientes (Kautsky primero, Lenin, Rosa Luxemburgo, Bujarin, etc. después), dando pie a un largo debate de consecuencias políticas profundas, que estudiaremos en los siguientes capítulos.

  1. La existencia misma de un beneficio sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del trabajador que la produjo.
  2. Demanda del propio obrero nunca puede ser una demanda adecuada.

Carlos Marx. Grundisse, volumen I, cuaderno IV, Del proceso de producción al proceso de circulación, 1858

La acumulación ampliada implica por tanto la posibilidad de un mercado ampliado entre ciclo y ciclo. En términos históricos esta ampliación se produce de modo ilusorio mediante el crédito mientras se amplían de forma efectiva los mercados, y el excedente irrealizable en el mercado interno puede encontrar una demanda en mercados extracapitalistas.

Pero, ¿no puede el consumo de la propia clase capitalista absorber este plusvalor excedentario? En ese caso estaríamos en una mera reproducción simple del capital, un caso teórico que de haber existido realmente hubiera mostrado una burguesía incapaz de acumular, incapaz de formar capitales mayores.

En la necesidad de conquistar continuamente nuevos mercados acabamos de encontrar la fuerza implacable que llevaba a la expansión del sistema vívidamente relatada en el Manifiesto. La misma fuerza que produce irremediablemente crisis de sobreproducción cuando no encuentra mercados externos en los que realizar la plusvalía acumulada.

Adelantándose a los defensores del «capitalismo en un solo país», que intentarán reducir la crisis a un «desequilibrio entre sectores», subsanable mediante la planificación o mediante la posibilidad de que la burguesía -o el estado- autoconsuman el excedente de valor irrealizable, Marx escribe un largo argumentario en lo que luego será el capítulo XV del libro III. Nos vamos a permitir una larga cita porque muestra, sin género de dudas, hasta que punto Marx incluía la «cuestión de los mercados» y las necesidades expansivas del capitalismo en su concepción global de la expansión y la crisis capitalista. O, visto desde la perspectiva inversa, como las tendencias inmanentes a la baja de la tasa de ganancia se disparaban al saturarse mercados dando impulso a la dinámica de expansión mundial del capitalismo mientras fue posible... y un cambio de la naturaleza del ciclo a partir de que el mercado global se cerró.

Es decir, Marx veía en la baja de la tasa de ganancia el síntoma de que el capitalismo se acercaba al límite de su expansión global, dentro y fuera de los estados capitalistas del momento. Y lo hacía porque sabía que existía un límite al desarrollo progresivo del capitalismo a partir del momento en que tales expansiones regulares fueran imposibles.

Por otra parte, la baja de la tasa de ganancia, vinculada con la acumulación, provoca necesariamente una lucha competitiva. La compensación de la mengua de la tasa de ganancia mediante el incremento de la masa de la ganancia sólo tiene validez para el capital global de la sociedad y para los grandes capitalistas, sólidamente instalados.

El nuevo capital adicional, que funciona en forma autónoma, no se encuentra con ninguna de esta clase de condiciones supletorias, debe luchar por conquistarlas, y de este modo la baja en la tasa de ganancia suscita la lucha de competencia entre los capitales, y no a la inversa. Sin embargo, esta lucha competitiva se halla acompañada por un transitorio aumento salarial y una temporaria disminución de la tasa de ganancia, mengua que deriva de ese aumento.

Otro tanto se manifiesta enla sobreproducción de mercancías, en el abarrotamiento de los mercados. Puesto que el fin del capital no es la satisfacción de las necesidades, sino la producción de ganancias, y puesto que sólo logra esta finalidad en virtud de métodos que regulan el volumen de la producción con arreglo a la escala de la producción, y no a la inversa, debe producirse constantemente una escisión entre las restringidas dimensiones del consumo sobre bases capitalistas y una producción que tiende constantemente a superar esa barrera que le es inmanente.

Por lo demás, el capital se compone de mercancías, y por ello la sobreproducción de capital implica la sobreproducción de mercancías. De ahí el curioso fenómeno de que los mismos economistas que niegan la sobreproducción de mercancías, admitan la de capital. Si se dice que dentro de los diversos ramos de la producción no se da una sobreproducción general, sino una desproporción, ello no significa sino que, dentro de la producción capitalista, la proporcionalidad entre los diversos ramos de la producción se establece como un proceso constante a partir de la despro­porcionalidad, al imponérsele aquí la relación de la producción global, como una ley ciega, a los agentes de la producción, y no sometiéndose a su control colectivo como una ley del proceso de producción captada por su intelecto asociado, y de ese modo dominada. Además, de esa manera se exige que países en los cuales el modo capitalista de producción no está desarrollado, hayan de consumir y producir en un grado adecuado a los países del modo capitalista de producción.

Si se dice que la sobreproducción es sólo relativa, ello es totalmente correcto; pero ocurre que todo el modo capitalista de producción es sólo un modo de producción relativo, cuyos límites no son absolutos, pero que sí lo son para él, sobre su base. ¿Cómo, de otro modo, podría faltar la demanda de las mismas mercancías de que carece la masa del pueblo, y cómo sería posible tener que buscar esa demanda en el extranjero, en mercados más distantes, para poder pagar a los obreros del propio país el promedio de los medios de subsistencia imprescindibles? Porque sólo en este contexto específico, capitalista, el producto excedentario adquiere una forma en la cual su poseedor sólo puede ponerlo a disposición del consumo en tanto se reconvierta para él en capital.

Por último, si se dice que, en última instancia, los capitalistas sólo tienen que intercambiar entre sí sus mercancías y comérselas, se olvida todo el carácter de la producción capitalista, y se olvida asimismo que se trata de la valorización del capital, y no de su consumo.

En suma, todos los reparos contra las manifestaciones palpables de la sobreproducción (manifestaciones éstas que no se preocupan por tales reparos) apuntan a señalar que los límites de la producción capitalista no son limitaciones de la producción en general, y por ello tampoco lo son de este modo específico de producción, el capitalista. Pero la contradicción de este modo capitalista de producción consiste precisamente en su tendencia hacia el desarrollo absoluto de las fuerzas productivas, la cual entra permanentemente en conflicto con las condiciones específicas de producción dentro de las cuales se mueve el capital, y que son las únicas dentro de las cuales puede moverse.

No se producen demasiados medios de subsistencia en proporción a la población existente; por el contrario. Se producen demasiado pocos como para satisfacer decente y humanamente al grueso de la población.

No se producen demasiados medios de producción para ocupar a la parte de la población capaz de trabajar; por el contrario. En primer lugar, se produce una parte demasiado grande de la población que de hecho no es capaz de trabajar, que por sus circunstancias se ve reducida a la explotación del trabajo ajeno o a ejecutar trabajos que sólo pueden considerarse tales dentro de un modo miserable de producción.

En segundo lugar no se producen suficientes medios de producción como para que toda la población capaz de trabajar pueda hacerlo bajo las condiciones más productivas, es decir como para que su tiempo absoluto de trabajo resulte abreviado por la masa y la eficacia del capital constante empleado durante el tiempo de trabajo.

Pero periódicamente se producen demasiados medios de trabajo y de subsistencia como para hacerlos actuar en calidad de medios de explotación de los obreros a determinada tasa de ganancia. Se producen demasiadas mercancías para poder realizar el valor y el plusvalor contenidos o encerrados en ellas, bajo las condiciones de distribución y consumo dadas por la producción capitalista y reconvertirlo en nuevo capital, es decir para llevar a cabo este proceso sin explosiones constantemente recurrentes.

No se produce demasiada riqueza. Pero periódicamente se produce demasiada riqueza en sus formas capitalistas, antagónicas.

La limitación del modo capitalista de producción se manifiesta:

  1. En el hecho de que el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo genera, en el caso de la baja de la tasa de ganancia, una ley que en cierto punto se opone con la mayor hostilidad al propio desarrollo de esa fuerza productiva, por lo cual hay que superarla constantemente por medio de crisis.
  2. En el hecho de que la apropiación de trabajo impago y la proporción entre ese trabajo impago y el trabajo objetivado en general o, expresado en términos capitalistas, que la ganancia y la proporción entre esa ganancia y el capital empleado — es decir, determinado nivel de la tasa de ganancia— decidan acerca de si se debe expandir o restringir la producción, en lugar de ser lo decisivo a este respecto la relación entre la producción y las necesidades sociales, las necesidades de los seres humanos socialmente desarrollados. Por ello surgen limitaciones para la producción, ya en un punto de expansión de la misma que, a la inversa, bajo el otro supuesto aparecería como sumamente insuficiente. La producción se detiene no allí donde esa detención se impone en virtud de la satisfacción de las necesidades, sino donde lo ordena la producción y realización de ganancias

Carlos Marx. El Capital, libro III, capítulo XV, 1867

El propio Engels nos cuenta en el prólogo de 1886 a «El Capital» cómo los problemas de la acumulación van asociados a un «problema de los mercados», una contradicción entre las fuerzas productivas desarrolladas y las capacidades expansivas del propio capitalismo en un mundo de población y territorios finitos.

La marcha del sistema industrial de Inglaterra, imposible sin una expansión constante y rápida de la producción y por ende de los mercados, tiende a paralizarse. El librecambio ha agotado ya sus arbitrios; hasta Manchester pone en duda a ese su añejo evangelio económico. La industria extranjera, en rápido desarrollo, por todas partes mira con gesto de desafío a la producción inglesa, y no sólo en las zonas protegidas por aranceles aduaneros, sido también en los mercados neutrales y hasta de este lado del Canal. Mientras que la fuerza productiva crece en progresión geométrica, la expansión de los mercados avanza, en el mejor de los casos, conforme a una progresión aritmética.

Federico Engels. Prólogo a «El Capital», 5 de noviembre de 1886.

Resumiendo el modelo de acumulación y la lógica de expansión y crisis del capitalismo tal y como lo descubrimos en Marx en «El Capital»:

  1. La reproducción del capital implica que siempre y de forma necesaria el resultado del proceso está «desequilibrado»: en la esencia misma del plusvalor está producir una carencia de demanda efectiva para realizarlo en el mercado, pues la «demanda del propio obrero nunca puede ser una demanda adecuada».
  2. El mecanismo del crédito -en el que no nos hemos sumergido en este curso introductorio- compra tiempo permitiendo que el ciclo de acumulación se repita pero no modifica el proceso de acumulación ni genera per se una demanda efectiva solvente.
  3. La acumulación, en ausencia de nuevos mercados, acaba necesariamente en la «sobreproducción de mercancías, en el abarrotamiento de los mercados». La crisis, por efecto de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, se manifestará pareja a una sobre-acumulación de capital. El fenómeno en su conjunto tomará probablemente la forma de una crisis financiera, una crisis de solvencia e impagos, dado que la forma de esquivar la falta de demanda durante el proceso fue la huida hacia el crédito.
  4. La salida progresiva de la crisis no es otra que la expansión del mercado capitalista a mercados que previamente no lo son, mercados extracapitalistas internos -restos de producción precapitalista fuera del ciclo del capital- y externos -colonias, apertura forzada de mercados como hizo EEUU con Japón en 1853, etc.
  5. Esa expansión de mercados, producto de la sobreproducción de mercancías y capital, toma la forma no solo de exportación de mercancías... sino de capitales, de modo que «se exige que países en los cuales el modo capitalista de producción no está desarrollado, hayan de consumir y producir en un grado adecuado a los países del modo capitalista de producción».
  6. Cada ciclo «largo» de acumulación implica pues la expansión geográfica y social del capitalismo y el comienzo de un nuevo ciclo a mayor escala y con mayores escalas productivas.
  7. Cuando esos mercados extracapitalistas empiecen a dar signos de no tener capacidad suficiente como para suplir la carencia endémica de demanda interna el capitalismo estará llegando al límite de su desarrollo progresivo

 


1 Esto convierte en utópicas todas las pretensiones del anarquismo de presentar un «capitalismo sin ganancia», una sociedad que no retribuyera al capital, como socialismo. Un mercado universal de mercancías en el que las empresas fueran todas cooperativas de trabajo que no retribuyeran el capital y que se financiaran gracias a un «banco popular» que diera créditos a interés cero, no acabaría con la explotación. La necesidad de planificación para otorgar tales créditos gratuitos llevaría probablemente por el contrario a problemas similares a los del capitalismo de estado ruso de la era stalinista: la ley del valor, el salario y por tanto el capital seguirían imperando sobre la sociedad bajo las condiciones de un plan que mantendría en el sub-consumo a los trabajadores con independencia de su salario.