Cuaderno 4: Imperialismo, decadencia, revolución

Cuaderno 4: Imperialismo, decadencia, revoluciónEl imperialismo en Rosa LuxemburgoEl imperialismo en LeninEl revisionismoUna nueva forma de organización militanteLas nuevas formas de la lucha de clasesAutodeterminación e independencia nacionalGuerra y Revolución Mundial

El imperialismo en Rosa Luxemburgo

Hemos visto en Marx cómo el ciclo de reproducción ampliada del capital necesita de mercados extracapitalistas para realizar la plusvalía. El estudio más completo sobre el tema se lo debemos a Rosa Luxemburgo. Su libro «La Acumulación de Capital», subtitulado «Una contribución a la explicación económica del imperialismo», es considerado la principal obra económica marxista tras la muerte del revolucionario de Treveris. El él desarrolla teórica e históricamente la idea esbozada por Marx en el Libro III de «El Capital».

La existencia de adquirentes no capitalistas de la plusvalía es una condición vital directa para el capital y su acumulación. En tal sentido, tales adquirentes son el elemento decisivo en el problema de la acumulación del capital. Pero de un modo o de otro, de hecho, la acumulación del capital como proceso histórico, depende, en muchos aspectos, de capas y formas sociales no capitalistas. (…) El capitalismo necesita, para su existencia y desarrollo, estar rodeado de formas de producción no capitalistas. (…)

La segunda condición previa fundamental, tanto para la adquisición de medios de producción, como para la realización de la plusvalía, es la ampliación de la acción del capitalismo a las sociedades de economía natural.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Lo que Rosa Luxemburgo observa es que el incremento y el cambio de forma de las tensiones entre estados, la posibilidad, cada vez más cercana, de un conflicto mundial y toda una serie de cambios profundos en la estructura económica debidos a las limitaciones del proceso de acumulación se ajusta a los resultados previsibles de una carencia de mercados extracapitalistas suficientes.

Mercado interior, desde el punto de vista de la producción capitalista, es mercado capitalista; es esta producción misma como compradora de sus propios productos y fuente de adquisición de sus propios elementos de producción. Mercado exterior para el capital, es la zona social no capitalista que absorbe sus productos y le suministra elementos de producción y obreros. Desde este punto de vista, económicamente, Alemania e Inglaterra, en su mutuo cambio de mercancías, son, principalmente, mercado interior, capitalista, mientras que el cambio entre la industria alemana y los consumidores campesinos alemanes, como productores para el capital alemán, representa relaciones de mercado exterior. Como se ve por el esquema de la reproducción, estos son conceptos rigurosamente exactos. En el comercio capitalista interior, en el mejor de los casos, sólo pueden realizarse determinadas partes de producto social total: el capital constante gastado, el capital variable y la parte consumida de la plusvalía; en cambio, la parte de la plusvalía que se destina a la capitalización ha de ser realizada «fuera».

Si la capitalización de la plusvalía es un fin propio y un motivo impulsor de la producción, por otra parte, la renovación del capital constante y variable (así como la parte consumida de la plusvalía) es la amplia base y la condición previa de aquélla. Y al mismo tiempo que, con el desarrollo internacional del capitalismo, la capitalización de la plusvalía se hace cada vez más apremiante y precaria, la amplia base del capital constante y variable, como masa, es cada vez más potente en términos absolutos y en relación con la plusvalía. De aquí un hecho contradictorio: los antiguos países capitalistas constituyen mercados cada vez mayores entre sí, y son cada vez más indispensables unos para otros, mientras al mismo tiempo combaten cada vez más celosamente, como competidores, en sus relaciones con países no capitalistas. Las condiciones de la capitalización de la plusvalía y las condiciones de la renovación total del capital, se hallan cada vez más en contradicción entre ellas, lo cual no es, después de todo, más que un reflejo de la ley contradictoria de la tasa decreciente de ganancia.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

 

Lo que Rosa Luxemburgo observa y que, como vimos, Marx ya había señalado, es que un fenómeno parejo a la búsqueda de mercados para realizar la plusvalía es la exportación de capitales. Conforme el ciclo del capital se hace más difícil en el mercado de origen, cuanto más cerca está el mercado de la saturación no solo es más difícil «vender» para el capitalista industrial, también es más difícil para el rentista y especulador, encontrar negocios en los que invertir que realicen su plusvalía «normalmente» en los países desarrollados.

La «colocación» de capitales en el extranjero es pues la otra cara de la captura de mercados para la exportación y se reaviva cada vez que hay síntomas de la saturación de mercados internos. Su reverso en los países de destino no es otro que la famosa «deuda externa»: lo que para los británicos fue la «crisis latinoamericana de 1825» para Sudamérica fue su primera crisis de deuda externa (1826).

Hay que salir al paso de una mala interpretación, que se refiere a la colocación de capitales en países extranjeros y a la demanda procedente de estos países. La exportación del capital inglés a América desempeñó, ya a comienzos del tercer decenio del siglo XIX, un enorme papel, y fue en gran parte culpable de la primera genuina crisis industrial y comercial inglesa en el año 1825. (…)

El súbito florecimiento y la apertura de los mercados sudamericanos determinaron por su parte un gran aumento de la exportación de mercancías inglesas hacia los estados de América del Sur y del Centro. La exportación de mercancías británicas a aquellos países ascendió:

El principal artículo de esta exportación lo constituían los tejidos de algodón. Bajo el impulso de la gran demanda, se amplió rápidamente la producción algodonera inglesa y se fundaron muchas fábricas nuevas. El algodón elaborado en Inglaterra ascendió:

De este modo, se hallaban preparados todos los elementos de la crisis. Tugan-Baranowski formula ahora esta pregunta: «¿De dónde han sacado los Estados sudamericanos los recursos para comprar en 1825 doble cantidad de mercancías que en 1821?» Estos recursos se lo suministraron los ingleses mismos. Los empréstitos contratados en la Bolsa de Londres sirvieron para pagar las mercancías importadas. Los fabricantes ingleses se engañaron con la demanda creada por ellos mismos, y hubieron de convencerse pronto, por propia experiencia, de lo infundadas que habían sido sus esperanzas exageradas (…)

En realidad, el proceso de la crisis del año 1825 ha continuado siendo típico para los períodos de florecimiento y expansión del capital hasta el día de hoy, y la «extraña» relación constituye una de las bases más importantes de la acumulación del capital. Particularmente, en la historia del capital inglés, la relación se repite regularmente antes de todas las crisis, como demuestra Tugan-Baranowski con las siguientes cifras y hechos. La causa inmediata de la crisis de 1836 fue la saturación de mercancías inglesas en los mercados de los Estados Unidos. Pero también, aquí, estas mercancías se pagaron con dinero inglés.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Conforme la expansión global del capitalismo continúe y los británicos encuentren cada vez más competencia por los mercados extra-capitalistas, no ya solo dentro de Europa sino, cada vez más, fuera, lo que originalmente se presentaba como un fenómeno puntual, un síntoma de crisis, se va a convertir en un estadio general, en una cierta forma de vida del capitalismo.

El imperialismo es la expresión política del proceso de la acumulación del capital en su lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados. Geográficamente, estos medios abarcan, todavía hoy, los más amplios territorios de la Tierra. Pero comparados con la potente masa del capital ya acumulado en los viejos países capitalistas, que pugna por encontrar mercados para su plusproducto, y posibilidades de capitalización para su plusvalía; comparados con la rapidez con la que hoy se transforman en capitalistas territorios pertenecientes a culturas precapitalistas, o en otros términos: comparados con el grado elevado de las fuerzas productivas del capital, el campo parece todavía pequeño para la expansión de éste. Esto determina el juego internacional del capital en el escenario del mundo. Dado el gran desarrollo y la concurrencia cada vez más violenta de los países capitalistas para conquistar territorios no capitalistas, el imperialismo aumenta su agresividad contra el mundo no capitalista, agudizando las contradicciones entre los países capitalistas en lucha. Pero cuanto más violenta y enérgicamente procure el capitalismo el hundimiento total de las civilizaciones no capitalistas, tanto más rápidamente irá minando el terreno a la acumulación del capital. El imperialismo es tanto un método histórico para prolongar la existencia del capital, como un medio seguro para poner objetivamente un término a su existencia. Con eso no se ha dicho que este término haya de ser alegremente alcanzado. Ya la tendencia de la evolución capitalista hacia él se manifiesta con vientos de catástrofe.

La esperanza en un desarrollo pacífico de la acumulación del capital, en el «comercio e industria que sólo con la paz prosperan»; toda la ideología oficiosa de Manchester de la armonía de intereses entre las naciones del mundo (el otro aspecto de la armonía de intereses entre capital y trabajo) procede del período optimista de la economía política clásica, y pareció encontrar una confirmación práctica en la breve era de librecambio de Europa, durante los años 60 y 70. Contribuyó a extender el falso dogma de la escuela librecambista inglesa, conforme al cual el cambio de mercancías es la única base y condición de la acumulación del capital, que identifica a ésta con la economía de mercancías.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

El debate teórico, que como veremos, está pasando ya del enfrentamiento con los académicos burgueses a debate interno en la socialdemocracia de la época, no es en absoluto bizantino. Si la causa última de las crisis está en la raíz misma del plusvalor, si son necesarios mercados extracapitalistas para la reproducción ampliada del capital, entonces existe un límite al carácter progresivo del capitalismo, el famoso momento en el que «de formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones [capitalistas de producción] se convierten en trabas de estas fuerzas» de un modo no puntual sino permanente. Es decir, las famosas «condiciones objetivas» de la revolución comunista. Por el contrario, si el ciclo de la acumulación puede seguir desarrollando las fuerzas productivas indefinidamente, si la crisis es un problema puntual o incluso de gestión, el camino se ve expedito al reformismo.

Así, pues, la solución del problema en torno al cual gira la controversia en la economía política desde hace casi más de un siglo, se halla entre los dos extremos: entre el escepticismo pequeñoburgués de Sismondi, Von Kirchmann, Woronzof, Nicolai-on, que consideraban imposible la acumulación, y el simple optimismo de Ricardo-Say-Tugan Baranowski, para los cuales el capitalismo puede fecundarse a sí mismo ilimitadamente, y (en consecuencia lógica) – tiene una duración eterna. En el sentido de la doctrina marxista, la solución se halla en esta contradicción dialéctica: la acumulación capitalista necesita, para su desarrollo, un medio ambiente de formaciones sociales no capitalistas; va avanzando en constante cambio de materias con ellas, y sólo puede subsistir mientras dispone de este medio ambiente.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero no es solo el reformismo bersteiniano, que ha abierto las puertas de la socialdemocracia alemana a los académicos de moda, el que negará el imperialismo. A partir de 1910 hay una división clara entre el «centro» representado por Kautsky y la izquierda liderada por Luxemburgo. En principio el debate -ya llegaremos a él- se centra en la aparición de la «huelga de masas» (como en la revolución de 1905 en Rusia). A Luxemburgo le resulta obvio que la aparición de nuevas formas de lucha corresponde a una nueva etapa en la vida del capitalismo, el imperialismo; Kautsky, para defender el parlamentarismo argumentará que el imperialismo es tan solo una política gubernamental, no un imperativo económico y que era posible «convencer» a los partidos burgueses para revertirla. Rosa Luxemburgo replica no solo mostrando la necesidad del imperialismo para el capital a partir de un cierto grado de desarrollo sino mostrando como este produce militarismo, inaugurando una era de intervencionismo estatal… que es también y necesariamente una era de «empréstitos estatales» (deuda pública) y sobre-acumulación dirigida o cuando menos, articulada desde el estado.

Prácticamente, el militarismo, sobre la base de los impuestos indirectos, actúa en ambos sentidos: asegura, a costa de las condiciones normales de vida de la clase trabajadora, tanto el sostenimiento del órgano de la dominación capitalista (el ejército permanente) como la creación de un magnífico campo de acumulación para el capital (…)

[Además] El moderno sistema de impuestos es, en gran medida, lo que ha obligado a los campesinos a producir mercancías. La presión del impuesto obliga al campesino a transformar en mercancías una parte cada vez mayor de su producto, pero al mismo tiempo le convierte, cada vez más, en comprador; lanza a la circulación el producto de la economía campesina y transforma al campesino en comprador forzado de productos capitalistas. Por otra parte, incluso bajo el supuesto de una producción agrícola de mercancías, el sistema tributario hace que la economía campesina despliegue un mayor poder de compra del que desplegaría en otro caso. Lo que de otro modo se acumularía, como ahorro de los campesinos y de la clase media modesta, para aumentar en cajas de ahorros y bancos el capital disponible, se encuentra ahora, por obra del impuesto, en poder del Estado como una demanda y una posibilidad de inversión para el capital. Además, en vez de un gran número de pedidos de mercancías diseminadas y separadas en el tiempo, que en buena parte serían satisfechos por la simple producción de mercancías y, por tanto, no influirían en la acumulación del capital, surge aquí un solo y voluminoso pedido del Estado. (…) Merced a ello, este campo específico de la acumulación del capital parece tener, al principio, una capacidad ilimitada de extensión. Mientras cualquiera otra ampliación del mercado y de la base de operación del capital depende, en gran parte, de elementos históricos, sociales, políticos, que se hallan fuera de la influencia del capital, la producción para el militarismo constituye una esfera cuya ampliación sucesiva parece hallarse ligada a la producción del capital.

Cuanto más enérgicamente emplee el capital al militarismo para asimilarse los medios de producción y trabajadores de países y sociedades no capitalistas, por la política internacional y colonial, tanto más enérgicamente trabajará el militarismo en el interior de los países capitalistas para ir privando, sucesivamente, de su poder de compra a las clases no capitalistas de estos países, es decir, a los sostenedores de la producción simple de mercancías, así como a la clase obrera, para rebajar el nivel de vida de la última y aumentar en grandes proporciones, a costa de ambos, la acumulación del capital. Sólo que, en ambos aspectos, al llegar a una cierta altura, las condiciones de la acumulación se transforman para el capital en condiciones de su ruina.

Cuanto más violentamente lleve a cabo el militarismo, tanto en el exterior como en el interior, el exterminio de capas no capitalistas, y cuanto más empeore las condiciones de vida de las capas trabajadoras, la historia diaria de la acumulación del capital en el escenario del mundo se irá transformando más y más en una cadena continuada de catástrofes y convulsiones políticas y sociales que, junto con las catástrofes económicas periódicas en forma de crisis, harán necesaria la rebelión de la clase obrera internacional contra la dominación capitalista, incluso antes de que haya tropezado económicamente con la barrera natural que se ha puesto ella misma.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero en 1913 el ciclo bélico, la forma reaccionaria, decadente del capitalismo imperialista, aun no es una evidencia. Rosa Luxemburgo se da cuenta de que en realidad, el imperialismo está llevando a su límite la época progresiva del imperialismo pero todavía no ha cruzado el Rubicón definitivamente. Se da cuenta de que el imperialismo -no uno concreto, sino en tanto que estadio de desarrollo del capital- «dificulta y hace más lento [el] curso victorioso» de las grandes revoluciones burguesas de esa década -la rusa de 1905, la turca de 1909 y la china de 1912. Como todo marxista, entiende que la llamada «liberación nacional» no es otra cosa que la «emancipación capitalista» y que no consiste en otra cosa que:

Hacer saltar las formas de estado procedentes de las épocas de la economía natural y la economía simple de mercancías, y crear un aparato estatal apropiado a los fines de la producción capitalista.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

A lo largo de todo el libro Luxemburgo muestra algo especialmente importante: el imperialismo no es un estadio en el desarrollo del capitalismo nacional, sino un estadio del capitalismo como sistema.

No habría por tanto naciones imperialistas y naciones no imperialistas pues el imperialismo no es más que la consecuencia de la dificultad para encontrar mercados suficientes para realizar el plusvalor. Si bien en los años diez China, Rusia y Turquía tienen todavía mercados campesinos lo suficientemente grandes como para dar respiro a un desarrollo capitalista independiente, una vez en el poder la burguesía nacional:

  1. Va a tener que disputarlos a las propias burguesías extranjeras que le hicieron nacer
  2. Va a convertirse ella misma, irremediablemente en imperialista… y en breve plazo, en la medida que la unión de «empréstitos exteriores, concesión de ferrocarriles, revoluciones y guerra» incorporen al ciclo de reproducción a los restos pre-capitalistas. De modo que nos deja ver estados que serán al tiempo imperialistas y mantendrán «todo género de elementos precapitalistas anticuados». ¿Y no es acaso eso lo que luego se llamó «tercer mundo»?

La conclusión principal de todo el trabajo de Rosa Luxemburgo es que hay un límite objetivo al carácter progresivo del capitalismo. Según la concepción materialista de la historia, las relaciones sociales capitalistas, como las propias de los sistemas que le precedieron, habían de llegar a un nivel de desarrollo en el que:

De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social.

Carlos Marx. Prefacio a «Contribución a la Crítica de la Economía Política», enero de 1859.

Es decir, el imperialismo es el prólogo del conflicto entre capitalismo y comunismo, entre burguesía y proletariado, en su forma más radical y clara. Luxemburgo cierra su libro adelantando que, en ese momento, el antagonismo no dejará otra opción progresista, en todos lados, que la revolución proletaria.

El capitalismo es la primera forma económica con capacidad de desarrollo mundial. Una forma que tiende a extenderse por todo el ámbito de la Tierra y a eliminar a todas las otras formas económicas; que no tolera la coexistencia de ninguna otra. Pero es también la primera que no puede existir sola, sin otras formas económicas de qué alimentarse, y que al mismo tiempo que tiene la tendencia a convertirse en forma única, fracasa por la incapacidad interna de su desarrollo. Es una contradicción histórica viva en sí misma.Su movimiento de acumulación es la expresión, la solución constante y, al mismo tiempo, la graduación de la contradicción. A una cierta altura de la evolución, esta contradicción sólo podrá resolverse por la aplicación de los principios del socialismo; de aquella forma económica que es, al mismo tiempo, por naturaleza, una forma mundial y un sistema armónico, porque no se encaminará a la acumulación, sino a la satisfacción de las necesidades vitales de la humanidad trabajadora misma y a la expansión de todas las fuerzas productivas del planeta.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero ¿cuál sería ese límite material? ¿En qué momento el imperialismo pasaría la línea roja? La respuesta la dará el propio capitalismo poco más de un año después de publicarse el libro de Rosa Luxemburgo: el paso al conflicto imperialista generalizado. ¿Qué signo más claro puede llegar a haber de que el capitalismo como un todo no puede expandirse y acompañar al crecimiento de las fuerzas productivas sin consecuencias cataclísmicas?

Federico Engels dijo una vez: «La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie». ¿Qué significa «regresión a la barbarie» en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre si el periodo de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su maldito curso hasta las últimas consecuencias. Así nos encontramos, hoy tal como lo profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir, la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y la humanidad. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada brutal y asesina ha precipitado la balanza, con sobrecogedora brutalidad, a las profundidades del abismo de la vergüenza y la miseria. Si el proletariado aprende a partir de esta guerra y en esta guerra a esforzarse, a sacudir el yugo de las clases dominantes, a convertirse en dueño de su destino, la vergüenza y la miseria no habrán sido en vano.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia alemana, 1915.

Este tipo de planteamiento, por lo demás confirmado después y hasta hoy por dos guerras mundiales, la amenaza de la guerra nuclear, la crisis perenne y más, hizo que incluso en 1913, a un año de la guerra mundial, Rosa Luxemburgo fuera tachada de catastrofista. Pero la posición de Rosa Luxemburgo no lo era en absoluto. Catastrofismo significa dejar en manos de una presunta catástrofe inevitable la transformación del mundo. Nada más lejos ni más opuesto al «socialismo o barbarie».

De hecho, la revolución paró la primera guerra mundial, pero su derrota, su incapacidad para poner fin al capitalismo en la fase de imperialismo decadente que le siguió, se tornó catastrófica para la especie humana en su conjunto. Porque catastrófico es que el ciclo largo del capital se convierta en un ciclo guerra – crisis -reconstrucción- nueva crisis – nueva guerra.

Es interesante considerar cómo una solución «conservadora», es decir, que prolongue los tiempos del ciclo capitalista, consiste en la destrucción del capital constante producido, es decir, instalaciones y recursos, y en la reducción de países ya ricos, avanzados en el sentido industrial, a países verdaderamente devastados, destruyendo sus instalaciones (fábricas, ferrocarriles, barcos, maquinaria, construcciones de todo tipo, etc.). De este modo la reconstitución de esa enorme masa de capital muerto permite una ulterior carrera alocada en la inversión de capital variable, es decir, de trabajo humano viviente y explotado.

Las guerras llevan a la práctica esta eliminación de instalaciones, recursos y mercancías, mientas que la destrucción de brazos obreros no sobrepasa a su producción, debido al incremento del prolífico animal-hombre.

Se entra después en la civilizadísima reconstrucción (el mayor negocio del siglo para los burgueses: un aspecto todavía más criminal de la barbarie capitalista que la propia destrucción bélica) basada en la insaciable creación de nueva plusvalía.

Amadeo Bordiga. Elementos de economía marxista, 1929.

El imperialismo será el primer síntoma de que la decadencia capitalista está a la vuelta de la esquina. Y la esquina será la primera guerra imperialista mundial.

De los ciclos de acumulación en los que las crisis eran precedidas por desarrollos de las fuerzas productivas y precedían en poco a una nueva expansión del mercado mundial, se pasa al verdadero ciclo de la barbarie que describe Bordiga: crisis - guerra - reconstrucción - nueva crisis.

La posibilidad de que aparezcan formas del capitalismo -entre ellas las independencias nacionales progresivas-, se ha agotado definitivamente. Ya no hay ni son posibles para Rosa Luxemburgo «revoluciones nacionales anti-imperialistas», «guerras defensivas» o verdaderas «independencias nacionales»: todos los estados burgueses -jóvenes, viejos o recién nacidos- son imperialistas y se ven definidos, guiados por el imperialismo del mismo modo que «las leyes de la competencia económica determinan imperiosamente las condiciones de producción del empresario aislado»:

La política imperialista no es la obra de un Estado cualquiera o de varios Estados, sino que es el producto de un determinado grado de maduración en el desarrollo mundial del capital, un fenómeno internacional por naturaleza, un todo indivisible que sólo se puede reconocer en todas sus relaciones cambiantes y del cual ningún Estado puede sustraerse.

Sólo desde este punto de vista puede valorarse correctamente la cuestión de la «defensa nacional» en la guerra actual. El Estado nacional, la unidad nacional y la independencia; tales eran el escudo ideológico bajo el que se constituían los grandes Estados burgueses en la Europa central del siglo pasado. El capitalismo no es compatible con la dispersión estatal, con la desmembración económica y política; necesita para su desarrollo un territorio lo más extenso y unido posible y una cultura espiritual, sin los cuales no pueden elevarse las necesidades de la sociedad al nivel exigido por la producción mercantil capitalista ni puede hacer funcionar el mecanismo del moderno poder de clase burgués. Antes de que el capitalismo pudiese convertirse en una economía mundial que abarcara a toda la Tierra, trató de crearse un territorio unido en los límites nacionales de un Estado. Ese programa —ya que sólo podía llevarse a cabo por vía revolucionaria sobre el tablero de ajedrez político y nacional que nos dejó el Medioevo feudal— sólo fue realizado en Francia durante la gran revolución. En el resto de Europa se quedó a medias, y, como la revolución burguesa en general, se detuvo a mitad del camino. El Reich alemán y la Italia actual, la continuidad hasta hoy de Austria-Hungría y de Turquía, del Imperio ruso y del Imperio mundial británico, son vivas pruebas al respecto. El programa nacional sólo ha desempeñado un papel histórico como expresión ideológica de la burguesía en ascenso y que buscaba el poder en el Estado, hasta que la dominación de clase de la burguesía quedó, mal que bien, instalada en los grandes Estados de la Europa central y creó los instrumentos y las condiciones indispensables para desarrollar su política.

Desde entonces el imperialismo ha enterrado completamente el viejo programa democrático burgués; la expansión más allá de las fronteras nacionales (cualesquiera que fuesen las condiciones nacionales de los países anexionados) se convirtió en la plataforma de la burguesía de todos los países. Si el término «nacional» permaneció, su contenido real y su función se han convertido en su contrario; actúa sólo como mísera tapadera de las aspiraciones imperialistas y como grito de batalla de sus rivalidades, como único y último medio ideológico para lograr la adhesión de las masas populares y desempeñar su papel de carne de cañón en las guerras imperialistas.

La tendencia general de la actual política capitalista domina como ley ciega y todopoderosa los diversos Estados, como las leyes de la competencia económica determinan imperiosamente las condiciones de producción del empresario aislado.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1915.

El imperialismo en Lenin

El análisis de Rosa Luxemburgo en realidad solo era discutido por los fabricantes de ideología, desde la economía universitaria a Kautsky, porque necesitaban poder refutar que el capitalismo estaba acercándose al momento en que iba a pasar a ser reaccionario en términos históricos.

Sin embargo, cuando John A. Hobson, un liberal inglés partidario de la «little Britain», escribe en 1902 su famoso «Estudio sobre el imperialismo», el primer «best seller» sobre el tema, y pone en boca de los defensores del imperialismo sus argumentos, que considera justos, dice en términos burgueses casi exactamente lo que el modelo marxista de la circulación preveía.

Necesitamos ineludiblemente mercados para nuestra creciente producción industrial, necesitamos nuevas salidas para invertir nuestros sobrante de capital (…) Nuestros rivales se estaban apropiando y anexionando territorios con la misma finalidad y, cuando se los hablan anexionado, los cerraban a nuestros productos.

Tuvieron que emplearse la diplomacia y las armas de Gran Bretaña para obligar a los propietarios de los nuevos mercados a comerciar con nosotros. La experiencia mostró que la manera mas segura de afianzar y desarrollar dichos mercados era la creación de protectorados o la anexión. El valor de dichos mercados en 1905 no debe considerarse como prueba definitiva de la eficacia de la citada política, el proceso de creación de necesidades civilizadas que Gran Bretaña pueda satisfacer es necesariamente un proceso gradual, y el coste de ese tipo de imperialismo ha de considerarse como un desembolso de capital, cuyos frutos recogerán las futuras generaciones. Los nuevos mercados puede que no fueran grandes, pero brindaban útil salida al superávit de nuestras grandes industrias textiles y metalúrgicas, y cuando se llegó a entrar en contacto con las poblaciones del interior de Asia y África, lo normal era que se produjera una rápida expansión del comercio.

Mucho mayor y mas importante es la urgencia que tiene el capital de encontrar en el extranjero negocios en los que invertir. Ademas, mientras el fabricante y el comerciante se contentan con comerciar con las naciones extranjeras el inversor tiene una decidida tendencia a procurar la anexión política de los países en los que radican sus inversiones más especulativas. Esta fuera de toda duda que los capitalistas presionan.en este sentido. Se ha acumulado un gran volumen de ahorro que no puede invertirse lucrativamente en Inglaterra y tiene que encontrar salida en otros lugares. Naturalmente, redunda en beneficio de la nacion que ese ahorro se utilice hasta donde sea posible, en tierras en las que pueda servir para abrir nuevos mercados al comercio británico y crear empleo’para la iniciativa privada.

Por costosa que sea, y por llena de peligros que este, la expansión imperial es necesaria para que nuestra nación continué existiendo y progresando. Si renunciamos a ella, dejaremos la dirección del desarrollo del mundo en manos de otras naciones, que entorpecerán nuestro comercio e incluso pondrán en peligro los suministros de alimentos y materias primas que precisamos para la supervivencia de nuestra población. El imperialismo resulta por tanto no una preferencia sino una necesidad.

John A. Hobson, «Estudio sobre el imperialismo», 1902.

Ante este discurso, que considera fundado porque, a fin de cuentas es compartido por la mayoría de los capitalistas británicos de la época, Hobson se rebela… ¡¡porque en la práctica las colonias apenas tienen poder de compra para absorber el excedente!! Pero es consciente de que se trata de un fenómeno global. Hobson, que es una mezcla de ingenuidad liberal pequeñoburguesa y confianza ciega el la «raza británica» y sus mercaderes, se da cuenta de una dimensión importantísima del imperialismo: la captura masiva de rentas del estado por el gran capital. Su denuncia del imperialismo se reduce al final al escándalo del asalto de las cuentas públicas por los grandes capitales para financiar una «inversión» que es cada vez más difícil rentabilizar porque los famosos mercados extracapitalistas se agotan o están ya controlados por otras potencias. Se da cuenta de que aunque es obvio que el militarismo y la conquista es negocio para unos cuantos a costa de los impuestos de todos, incluso la joven y democrática república americana se ve abocada a seguir una política expansionista por la presión de los grandes grupos de capital.

Esta súbita necesidad de mercados extranjeros para las manufacturas y las inversiones norteamericanas fue claramente la causa de que se adoptara el imperialismo como línea política y como practica por el partido republicano, al que pertenecían los grandes jefes de la industria y las finanzas norteamericanas, y que, a su vez, era un partido que les pertenecía a ellos. El intrépido entusiasmo del presidente Theodore Roosevelt y sus planteamientos sobre el «destino manifiesto» y la «misión civilizadora» no deben engañarnos. Fueron las Compañías Rockefeller, Pierpont Morgan y sus asociadas las que necesitaban el imperialismo y lo cargaron a hombros del gran pals norteamericano. Necesitaban el imperialismo porque deseaban utilizar los fondos públicos de su patria para encontrar inversiones lucrativas a su capital privado que, de otro modo, permanecería inactivo.

John A. Hobson, «Estudio sobre el imperialismo», 1902.

Siguiendo por esa línea, Hobson se da cuenta de que existe una relación entre concentración de capital e imperialismo. Uno alimenta al otro.

Lo importante es que esta concentración de la industria en trusts, cartels, etc. ocasiona de inmediato una limitación de la cantidad de capital que puede utilizarse de manera eficiente y una elevación del nivel de beneficios que, a su vez, dará lugar a mas ahorro y mas capitalización. Como es evidente, el trust, resultado de la competencia a muerte causada por el exceso de capital, no podra, por lo general encontrar empleo dentro de las empresas del grupo para aquella parte de los beneficios que los que han creado el trust desearían ahorrar e invertir. Puede que las innovaciones tecnológicas u otras mejoras realizadas dentro de las empresas del ramo en la producción o la distribución, absorban parte del nuevo capital; pero esta absorción esta rígidamente limitada. El gran capitalista del petroleo o del azúcar ha de buscar otras inversiones para sus ahorros. Si aplica pronto los principios de la fusion de empresas a su negocio, dedicará naturalmente el superavit de su capital a crear trusts parecidos en otras industrias, con lo que economizará todavía mas capital, y hará cada vez mas difícil para las personas corrientes que tienen ahorros el encontrar inversiones adecuadas para ellos.

John A. Hobson, «Estudio sobre el imperialismo», 1902.

Hoy recordamos a Hobson porque es el primer autor al que cita Lenin en «El imperialismo fase superior del capitalismo» (1916), casi el único texto que sigue circulando de los muchos que el marxista ruso dedicó a sus investigaciones sobre el tema. Esta falta de fuentes accesibles ha hecho común pensar que Lenin desconocía o no compartía el modelo de la acumulación. Nada menos cierto. Lenin ve perfectamente la necesidad de nuevos mercados como motor original del imperialismo, comparte la posición de la izquierda alemana en los congresos de la Internacional, forma parte del agrupamiento de los internacionalistas alrededor suyo… pero desde muy pronto apunta que el énfasis de estos en las consecuencias «hacia fuera» de la sobre-acumulación resta visibilidad a los cambios en la organización del capital «hacia dentro» en los países centrales. Esta preocupación de Lenin por no perder de vista las consecuencias «hacia dentro» del imperialismo va a verse ya en la discusión sobre el militarismo en el seno de la II Internacional.

Las premisas de principio para resolver con tino este problema fueron establecidas hace mucho con toda firmeza y no suscitan discrepancias. El militarismo moderno es resultado del capitalismo. Es, en sus dos formas, una «manifestación vital» del capitalismo: como fuerza militar utilizada por los Estados capitalistas en sus choques externos («Militarismus nach aussen», según dicen los alemanes) y como instrumento en manos de las clases dominantes para aplastar todo genero de movimientos (económicos y políticos) del proletariado («Militarismus nach innen»). Diversos congresos internacionales (el de París de 1889, el de Bruselas de 1891, el de Zurich de 1893 y, por ultimo, el de Stuttgart de 1907) dieron en sus resoluciones una expresión acabada de este punto de vista 247 . A pesar de que el Congreso de Stuttgart, en consonancia con su orden del dia (Los conflictos internacionales), dedico mas atención al aspecto del militarismo que los alemanes denominan «Militarismus nach aussen» («externo»), su resolución es la que muestra de modo mas detallado esta conexión del militarismo y el capitalismo. He aquí el pasaje correspondiente de dicha resolución:

Las guerras entre los Estados capitalistas son por lo común consecuencia de su competencia en el mercado mundial, ya que cada Estado trata no solo de asegurarse una zona de venta, sino de conquistar nuevas zonas, desempeñando en ello el papel principal el sojuzgamiento de pueblos y países ajenos. Estas guerras son originadas, ademas, por los constantes armamentos bélicos a que da lugar el militarismo, instrumento principal de la dominación de clase de la burguesía y del sometimiento político de la clase obrera.

Lenin. El militarismo belicoso y la táctica antimilitarista de la socialdemocracia, 1908

La publicación de «El capital financiero» de Hilferding en 1910, subtitulado «un estudio sobre el desarrollo reciente del capitalismo», supone un nuevo punto de arranque en la profundización del imperialismo para Lenin. Hilferding, el protegido de Kautsky, está lejos del ánimo revolucionario de Rosa Luxemburgo o Lenin. Hilferding parece ver en el capital financiero una solución capitalista a las contradicciones fundamentales del capitalismo. Su propia teoría del dinero, que relata en el primer capítulo del libro, le permite llegar a la conclusión de que la formación del capital financiero elimina las contradicciones en la producción para situarlas en la distribución, es decir en el consumo. De ese modo la solución del conflicto de clases podría ser exclusivamente política y el objetivo del socialismo simplemente redistributivo… que era lo que el reformismo y el centrismo, en su defensa de un parlamentarismo adocenado y cada vez más patriota, querían escuchar en la época.

Todavía puede plantearse la cuestión de dónde se da realmente el límite de la cartelización. Y esta pregunta tiene que contestarse diciendo que no existe ningún límite absoluto para la cartelización. Más bien existe una tendencia a la extensión continua de la cartelización. Como ya hemos visto, las industrias independientes caen, cada vez más, bajo la dependencia de las cartelizadas para, al fin, ser absorbidas por ellas. Como resultado del proceso se daría entonces un «cartel» general. Toda la producción capitalista es regulada por una instancia que determina el volumen de la producción en todas sus esferas. Entonces la estipulación de precios es puramente nominal y no significa más que la distribución del producto total entre los magnates del cartel de un lado y entre la masa de los demás miembros de la sociedad de otro. De ahí que el precio no sea el resultado de una relación objetiva, contraída por los hombres, sino un modo simplemente aritmético de la distribución de cosas por personas a las personas. El dinero no juega entonces ningún papel. Puede desaparecer por completo, pues ser trata de distribución de cosas y no de valores. Con la anarquía de la producción desaparece la apariencia objetiva, desaparece la objetividad valorativa de la mercancía, esto es, el dinero. El cartel distribuye el producto. Los elementos de producción objetivos se han vuelto a producir y se transforman en nueva producción. De la nueva producción se distribuye una parte a la clase obrera y a los intelectuales, la otra reae sobre el cartel para el empleo que guste.Es la sociedad regulada conscientemente en forma antagónica. Pero este antagonismo es antagonismo de la distribución. La distribución misma está regulada conscientemente y, con ello, se supera la necesidad del dinero. En su perfección, el capital financiero está separado del foco de donde ha nacido. La circulación del dinero se ha hecho inncesaria, la incansable circulación del dinero ha alcanzado su meta, la sociedad regulada y elperpetuum mobile de la circulación encuentra su descanso. (…)

El capital bancario se convierte cada vez más en la simple forma -forma de dinero- del capital realmente activo, esto es, del capital industrial. Al mismo tiempo, la independencia del capital comercial se elimina cada vez más, mientras que la separación del capital bancario y del productivo se elimina en el el capital financiero. Dentro del mismo capital industrial se suprimen los límites de los sectores individuales mediante la asociación progresiva de ramas de la producción antes separadas e independientes, se reduce continuamente la división social del trabajo- es decir, la división en los distintos sectores de la producción, que sólo están unidos por la acción de cambio como partes de todo el organismo social- mientras que, por otro lado, se acentúa cada vez más la división técnica del trabajo dentro de las empresas unidas.

Así se extingue en el capital financiero el carácter específico del capital. El capital aparece como poder unitario que domina soberano el proceso vital de la sociedad, como poder que nace directamente de la propiedad den los medios de producción, los tesoros naturales y todo eltrabajo pasado acumulado, y la disposición del trabajo vivo aparece como directamente nacida de las relaciones de propiedad. Al mismo tiempo, se presenta la propiedad concentrada y centralizada en manos de algunas grandes asociaciones de capital, contrapuesta directamente a la enorme masa de los desposeídos. La cuestión de las relaciones de propiedad recibe así su expresión más clara, inequívoca y agudizada, mientras que la cuestión de la organización de la economía social se soluciona cada vez mejor con el desarrollo del mismo capital financiero.

Rudolph Hilferding. El capital financiero, 1910.

¿Qué es lo que podía atraer a Lenin de un planteamiento así? Lenin destacará la idea de que el capital financiero centraliza la economía entera y al introducir la planificación prepara la estructura económica del capitalismo para su toma por el proletariado. La concentración, llegada a un punto es la expresión de una la industria está madura para su expropiación. La transformación de la competencia en monopolio, la «cara B» de la ausencia de mercados para realizar la plusvalía, sería el barómetro de la posibilidad y necesidad de la revolución en cada país.

Esta transformación de la competencia en monopolio constituye uno de los fenómenos más importantes, -por no decir el más importante- de la economía del capitalismo en los últimos tiempos. (…)

El resumen de la historia de los monopolios es el siguiente:

  1. Décadas del 60 y 70, punto culminante de desarrollo de la libre competencia. Los monopolios no constituyen más que gérmenes apenas preceptibles.
  2. Después de la crisis de 1873, largo período de desarrollo de los cárteles, los cuales sólo constituyen todavía una excepción, no son aun sólidos, aun representan un fenómeno pasajero.
  3. Auge de fines del siglo XIX y crisis de 1900 a 1903: los cárteles se convierten en una de las bases de toda la vida económica. El capitalismo se ha transformado en imperialismo

(…)La competencia se convierte en monopolio. De ahí resta un gigantesco progreso de socialización de la producción. Se socializa también, en particular, el proceso de los inventos y perfeccionamientos técnicos.

Esto no tiene nada que ver con la antigua libre competencia de patronos dispersos, que no se conocían y que producían para un mercado ignorado. La concentración ha llegado a tal punto que se puede hacer un inventario aproximado de todas las fuentes de materias primas (por ejemplo, yacimientos de minerales de hierro) de un país, y aun, como veremos, de varios países y de todo el mundo. No solo se realiza este cálculo, sino que asociaciones monopolistas gigantescas se apoderan de dichas fuentes. Se efectúa el cálculo aproximado de la capacidad del mercado, que las asociaciones mencionadas se «reparten» por contrato. Se monopoliza la mano de obra capacitada, se contratan los mejores ingenieros, y las vías y los medios de comunicación -las líneas férreas de América y las compañías navieras en Europa y América- van a parar a manos de monopolistas. El capitalismo en su fase imperialista, conduce de lleno a la socialización de la producción en sus más variados aspectos; arrastra, por decirlo así, a los capitalistas, en contra de su voluntad y su consciencia, a cierto régimen social nuevo, de transición de la absoluta libertad de competencia a la socialización completa.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Cuando descubre cómo las empresas sobre-escaladas privan de materias primas, trabajadores, transporte, etc. a los capitalistas independientes para obligarles a someterse a su planificación industrial vertical, es inevitable pensar que está pensando en que los propios medios creados por la burguesía servirán al proletariado en el poder para conducir a la burguesía.

Nos hallamos en presencia, no ya de la lucha competitiva entre grandes y pequeñas empresas, entre establecimientos atrasados y establecimientos adelantados en el aspecto técnico. Nos hallamos ante la estrangulación por los monopolistas de todos los que no se someten al monopolio, a su yugo, a su arbitrariedad.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Porque aun siguiendo el guión de Hilferding, Lenin no se hace ninguna ilusión, ni sobre que el sistema monopolista pueda conducir a otra cosa que a la explotación intensificada de la plusvalía, ni sobre que pueda o deba ser revertido, ni aun menos sobre que sea una solución a las contracciones que conducen a las crisis:

El desarrollo del capitalismo ha llegado a un punto tal que, aunque la producción mercantil sigue «reinando» como antes y es considerada base de toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada y las ganancias principales van a parar a los «genios» de las maquinaciones financieras. Estas maquinaciones y estos chanchullos tienen su asiento en la socialización de la producción; pero el inmenso progreso de la humanidad, que ha llegado a esa socialización, beneficia… a los especuladores. Más adelante veremos cómo, «basándose en esto», la crítica pequeñoburguesa y reaccionaria del imperialismo capitalista sueña con volver atrás, a la competencia «libre», «pacífica» y «honrada». (…)

La supresión de las crisis por los cárteles es una fábula de los economistas burgueses, los cuales ponen todo su empeño en embellecer el capitalismo. Al contrario, el monopolio que se crea en varias ramas de la industria aumenta y agrava el caos propio de toda la producción capitalista en su conjunto.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Pero sobre todo Lenin entiende que el aparato hilferdiniano, una vez despojado de su teoría del dinero, le da las claves para un análisis concreto de la concentración del capital y sus consecuencias para el estado y las alianzas entre clases. Su primer foco estará pues en la concentración bancaria y en el nuevo papel de los banqueros, directores de economías enteras.

Los capitalistas dispersos vienen a formar un capitalista colectivo. Al llevar una cuenta corriente para varios capitalistas, el banco realiza, aparentemente, una operación puramente técnica, únicamente auxiliar. Pero cuando esta operación crece hasta alcanzar proporciones gigantescas, resulta que un puñado de monopolistas subordina las operaciones comerciales e industriales de toda la sociedad capitalistas, colocándose en condiciones -por medio de sus relaciones bancarias, de las cuentas corrientes y otras operaciones financieras- primero, de conocer con exactitud, la situación de los distintos capitalistas, después, controlarlos, ejercer influencia sobre ellos mediante la ampliación o la restricción del crédito facilitándolo o dificultándolo, finalmente decidir enteramente su destino, determinar su rentabilidad, privarles de capital o permitirles acrecentarlo rápidamente y en proporciones inmensas, etc.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

El mundo que está describiendo y que se despliega por primera vez hace un siglo, un mundo de colusiones y participaciones está a años luz del capitalismo de libre competencia que había operado durante la era progresiva del capitalismo. Es nuestro mundo. Está tomando forma por primera vez una nueva forma de organización del capital nacional, el «capitalismo de estado».

Paralelamente se desarrolla, por decirlo así, la unión personal de los bancos con las más grandes empresas industriales y comerciales, la fusión de los unos y de las otras mediante la posesión de las acciones, mediante la entrada de los directores de los bancos en los consejos de supervisión (o directivas) de las empresas industriales y comerciales, y viceversa.(…)

La «unión personal» de los bancos y la industria se completa con la «unión personal» de unas y otras sociedades con el gobierno. «Los puestos en los consejos de supervisión -escribe Jeidels- son confiados voluntariamente a personalidades de renombre, así como a antiguos funcionarios del Estado, los cuales pueden facilitar en grado considerable (!!) las relaciones con las autoridades». (…)

Resulta, de una parte, una fusión cada día mayor, o según la acertada expresión de N.I. Bujarin, el engarce de los capitales bancario e industrial y, de otra, la transformación de los bancos en instituciones de un verdadero «carácter universal». (…)

En los medios comerciales e industriales se oyen con frecuencia lamentaciones contra el «terrorismo» de los bancos (…) En el fondo, se trata de las mismas lamentaciones del pequeño capital con respecto del yugo del grande, solo que en este caso la categoría de «pequeño» capital corresponde a ¡todo un consorcio! La vieja lucha entre el pequeño y el gran capital se reproduce en un grado de desarrollo nuevo e inconmensurablemente más elevado.(…)

Concentración de la producción; monopolios que se derivan de la misma; fusión o engarce de los bancos con la industria: tal es la historia de la aparición del capital financiero y lo que dicho concepto encierra. (…)

La gestión de los monopolios capitalistas se convierte indefectiblemente, en las condiciones generales de la producción mercantil y de la propiedad privada, en la dominación de la oligarquía financiera (…)

[Mientras] los apologistas del imperialismo y del capital financiero no ponen al descubierto sino que disimulan y embellecen el mecanismo» de la formación de las oligarquías, sus procedimientos, la cuantía de sus ingresos «lícitos e ilícitos», sus relaciones con los parlamentos etc., etc.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Bien construidas las repercusiones internas del imperialismo, Lenin comienza a trabajar las «externas»: cómo el imperialismo modifica la relación de cada estado capitalista con los demás. Su fórmula se hará famosa:

Lo que caracterizaba al viejo capitalismo, en el cual dominaba por completo la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo moderno, en el que impera el monopolio, es la exportación de capitales.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

No nos engañemos, no está en contradicción con el modelo de la acumulación de Marx y Luxemburgo: en el capitalismo pre-imperialista, de libre mercado, cada crisis se resolvía recurriendo a nuevos mercados extracapitalistas -dentro y fuera de las fronteras nacionales- en los que realizar la plusvalía que no podía ser realizada en el mercado «interno». Conforme la escala de la producción capitalista y la plusvalía absoluta crecen, estos mercados se van agotando tanto en términos relativos como absolutos.

Pero mientras hay abundancia de mercados extracapitalistas en el mundo, cada crisis puede ser superada con relativa facilidad con un nuevo empellón a favor del «libre comercio» seguido de una marea de exportaciones hacia los nuevos mercados. La exportación de capital es parte del proceso pero, todavía prescindible. Consciente de que mantener una base de consumo en las colonias puede entrar en contradicción con la exportación de capitales productivos, Gran Bretaña prohíbe abrir fábricas de hilado en la India. Se trata de exportar paños de Mánchester, no de que la industria británica compita consigo misma. Durante un tiempo la maquinaria del capital en los países capitalistas, especialmente en Gran Bretaña, se siente relativamente cómoda con esa división y no presiona al gobierno para que le permita hacer inversiones y abrir nuevas empresas en la gigantesca colonia ultramarina.

Cuando la escasez de mercados llega a hacerse acuciante al final de cada ciclo, la exportación de capitales empieza a tomar protagonismo también. Lógico: si las empresas establecidas tienen problemas para encontrar mercado y la competencia interna crece, la tasa de ganancia cae y el riesgo inversor en ellas aumenta. Y así, cuando se abren nuevos mercados, no basta con celebrar el libre comercio, no basta con exportar y esperar el efecto en la industria nacional. Hay que llevarse parte del capital al nuevo mercado para mantener viva su reproducción. Las fábricas textiles de Bélgica, los ferrocarriles y las bodegas de Portugal y España y sobre todo las minas y transportes de Sudamérica serán los primeros destinos de la fiebre de exportación de capitales británicos. Con todo la burguesía inglesa será contraria a la expansión colonial y mantendrá su esperanza en el libre comercio. Esta política tendrá de hecho su momento álgido entre 1840 y 1860.

Sin embargo hay un problema. Cuando hablamos en el capítulo exterior de la primera gran crisis financiera británica, eco de la primera oleada de exportaciones masivas de capital en la década de 1820 hacia Sudamérica, estamos hablando de un fenómeno exclusivamente británico. No todos los estados capitalistas agotaron tan pronto sus reservas de valor no capitalistas. Y aunque es cierto que los volúmenes de capital exportado fueron suficientes para producir una crisis financiera en 1825 (y otra en 1836) Lenin no pensaba que el imperialismo, como fase capitalista global, hubiera comenzado tan pronto. Otros capitales nacionales llegarán más tarde a la exportación de capitales -Japón por ejemplo- y otros como Turquía no tendrán necesidad hasta ya bien metidos en el siglo XX.

Este es la verdadera diferencia entre las concepciones del imperialismo en Rosa Luxemburgo y Lenin: al caracterizar el imperialismo por la exportación de capitales, al pivotar su modelo sobre el resultado -la tasa de ganancia- y no en la causa -los mercados extracapitalistas- el imperialismo pasa a ser una fase en la vida de cada capital nacional primero, y solo después, una fase del capitalismo como sistema.

Se deriva del enfoque de Lenin, que existe un periodo entre el momento en que solo los grandes capitales nacionales son imperialistas y el momento en el que un capital nacional «joven» devenga a su vez imperialista. Lenin se da cuenta perfectamente de que el mapa del mundo se está «cerrando» pero no ve en ello

El rasgo característico del periodo que nos ocupa es el reparto definitivo del planeta, definitivo no en el sentido de que sea imposible repartirlo de nuevo -al contrario, nuevos repartos son posibles e inevitables-, sino en el de que la política colonial de los países capitalistas ha terminado ya la conquista de todas las tierras no ocupadas que había en nuestro planeta. Por vez primera, el mundo se encuentra ya repartido, de modo que lo que en adelante pueden efectuar se es nuevos repartos, es decir, el paso de territorios de un «propietario» a otro, y no el de un territorio sin propietario a un «dueño». (…)

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

La aceptación de la posibilidad de un desarrollo progresivo del capital nacional en los países coloniales, lleva a Lenin a hacer múltiples distinciones. Distingue entre «países imperialistas» y «países no imperialistas». Y entre estos diferencia entre países pequeños países que son protectorados de facto (Portugal), dependientes financieramente (Argentina), semicolonias y colonias. Incluso dentro de los grandes países imperialistas hace tres grupos.

Por vigorosa que haya sido durante los últimos decenios la nivelación del mundo, la igualación de las condiciones económicas y de vida de los distintos países bajo la presión de la gran industria, del cambio y del capital financiero, la diferencia sigue siendo, sin embargo, respetable, y entre los seis países mencionados encontramos, por una parte países capitalistas jóvenes, que han progresado con una rapidez extraordinaria (Norteamérica, Alemania y el Japón); por otra parte, hay países capitalistas viejos que durante los últimos años han progresado con mucha mayor lentitud que los anteriores (Francia e Inglaterra); en tercer lugar figura un país, el más atrasado desde el punto de vista económico (Rusia), en el que el imperialismo capitalista moderno se halla envuelto, por así decirlo, en una red particularmente densa de relaciones precapitalistas.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

En en análisis de Lenin prima lo nacional porque para él el imperialismo es, ante todo, la emergencia de los monopolios. Éstos nacen como monopolios nacionales y se expanden globalmente gracias a su captura previa del estado nacional. Sus movimientos quedan registrados entonces como exportaciones de capital. Es pues un fenómeno propio de los estados capitalistas independientes con capitalismos desarrollados.

Se trataba de una línea de argumentación en la que era plausible que, que vencido el yugo colonial, las burguesías nacionales de la perifería pudieran tener un desarrollo capitalista propio, independiente de las grandes potencias y, al menos durante un tiempo, no monopolista, no brutalmente concentrado. Esto significaba que para Lenin la burguesía podía ser progresista localmente aun cuando el capitalismo como sistema global fuera reaccionario.

Por el contrario, en el análisis de Rosa Luxemburgo es el capitalismo en su conjunto el que ha dado el salto al imperialismo y lo determinante no es lo que cada capital nacional haga efectivamente -que, lleva razón Lenin, en buena medida va a depender de la correlación de fuerzas con otros estados-, sino las condiciones que globalmente le son impuestas históricamente a todas y cada una de las burguesías nacionales por el sistema de reproducción del capital en su conjunto.

En la década siguiente sin embargo, fenómenos como el nacionalismo de Kemal Ataturk en Turquía -que tendría pronto sus equivalentes afgano y persa- que construían un estado burgués conjugando la más brutal política antiproletaria y la creación de monopolios desde el estado, mostrarían a los bolcheviques, involucrados entonces en la enmarañada política asiática, que bajo las nuevas condiciones del imperialismo las nuevas naciones pasaban directamente a la fase monopolista del capitalismo nacional sin pasar por una etapa de competencia entre pequeños productores en mercados libres. Un modelo que se convertiría en norma evidente tras la descolonización que siguió a la segunda guerra mundial como demostrarían todos los «socialismos» tercermundistas: Nehru, Sukarno, Burguiba, Gadafi, Nasser, Castro, Mobutu…

Al seguir a Hilferding y centrarse en las manifestaciones del imperialismo para explicarlo, para Lenin son las partes (los monopolios nacionales) las que crean el todo (imperialismo). El problema es que al no tratar las causas últimas del imperialismo, relacionándolo directamente con la teoría marxista del valor -como hace Luxemburgo- lo que podría haber sido el cierre de una teoría marxista sobre el imperialismo se trunca, porque se le hace invisible la consecuencia dialéctica de la primera proposición: la nueva totalidad (el imperialismo) conforma a su vez las partes (burguesías y nuevos estados nacionales) de una forma nueva.

En cualquier caso, su aporte sobre el imperialismo y su funcionamiento en tanto que sistema nacional, estatal y monopolista, es impecable y en su dimensión nacional llega más lejos que el de Rosa Luxemburgo.

Conviene dar una definición del imperialismo que contenga sus cinco rasgos fundamentales, a saber:

  1. la concentración de la producción y del capital llega hasta un grado tan elevado desarrollo que crea los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica;
  2. la fusión del capital bancario con el industrial y la creación en el terreno de este «capital financiero» de la oligarquía financiera.
  3. la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande.
  4. se forman asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo y
  5. ha terminado el reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Y aunque su forma de ligar el imperialismo con el paso a un nuevo estadio histórico, es lógicamente mucho más débil, no deja de ser fundamentalmente cierta:

Como hemos visto, el imperialismo es, por su esencia económica, el capitalismo monopolista. Esto determina ya el lugar histórico del imperialismo., pues el monopolio, que nace única y precisamente de la libre competencia, es el tránsito del capitalismo a una estructura económica y social más elevada. (…)

Es notorio hasta qué punto el capitalismo monopolista ha exaerbado todas las contradicciones del capitalismo. Basta indicar la carestía de la vida y el yugo de los cárteles. Esta exacerbación de las contradicciones ees la fuerza motriz más potente del período histórico de transición iniciado con la victoria definitiva del capital financiero mundial.

Los monopolios, la oligarquía, la tendencia a la dominación en vez de de la tendencia a la libertad, la explotación de un número cada vez mayor de naciones pequeñas o débiles por un puñado de naciones riquísimas o muy fuertes: todo esto ha originado los rasgos distintitvos del imperialismo que obligan a calificarlo de capitalismo parasitario o en estado de descomposición.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

El revisionismo

Tan solo dos años después de la muerte de Engels, Berstein, uno de sus albaceas literarios, publica en el «Neue Zeit», la revista teórica del SPD, una serie de artículos que luego aparecerían como libro bajo el título «Las premisas para el socialismo y las tareas de la socialdemocracia». Es la primera argumentación teórica del reformismo. Su conclusión final: «El partido debería presentarse como lo que es: un partido democrático de reformas sociales».

En un primer momento, la dirección del partido, pareció no tomarse en serio la embestida. Kautsky, director de la revista, dio el plácet a la publicación, pero tampoco se molestó en plantear una respuesta aduciendo falta de tiempo y ganas de polemizar. A fin de cuentas, Berstein era un amigo de «los años duros de las leyes antisocialistas».

Muertos Marx y Engels, la teoría había perdido centralidad y peso en la vida cotidiana del partido. La dirección real del movimiento recaía en el grupo parlamentario, que se confundía con el grupo directivo orgánico y los popes sindicales. El papel de los debates científicos se consideraba ya poco menos que como un programa cultural del partido, una actividad especializada y en el fondo inútil como unos juegos florales que, en el mejor de los casos, tenía la virtud de mantener ocupados a jóvenes impetuosos e intelectuales con aspiraciones políticas... sin afectar a las bases.

El propio secretario del partido, Auer, un viejo demagogo que ocupaba el cargo desde 1875 y a esas alturas era ya un «pope» feliz y bien asentado, mandó una famosa carta secreta a Berstein, que se haría pública décadas después, reconviniéndole al modo jesuítico y cínico de los burócratas de todos los tiempos:

Mi querido Edu, uno no toma formalmente la decisión de hacer las cosas que tú sugieres, uno no dice esas cosas, simplemente las hace.

Ignacio Auer. Carta privada a Eduardo Bernstein, 1898

Así que el reproche silencioso de la vieja cúpula socialdemócrata a Bernstein no se producía por «revisar», como pretendía su libro, el programa marxista, sino por dar forma teórica a la realidad del oportunismo que lo había carcomido y cuyo centro estaba en el grupo parlamentario y la dirección sindical.

El verdadero peligro para ellos estaba en un debate público sobre bases teóricas serias: no querían colocar a la masa de miembros del partido, a las famosas bases, como jueces, no fueran a poner en cuestión el confortable ambiente de conciliación de clases que reinaba de manera creciente en las instituciones del estado alemán. Ninguno entre ellos veía tampoco la necesidad de arriar la bandera revolucionaria como planteaba Bernstein. El oportunismo permitía conjugar una práctica reformista indistinguible de la de un partido pequeño burgués sin dejar de mantener encuadrada a la parte más consciente de la clase.

La primera respuesta vendría de una joven polaca, y por tanto súbdita rusa, recién refugiada y nacionalizada alemana, que entonces tenía 27 años: Rosa Luxemburgo. Fueron dos artículos, el primero publicado en septiembre de 1898 en Leipzig. Se republicarían como libro en 1900 bajo el título de «Reforma o Revolución». La introducción es en sí misma un potente acendramiento. El énfasis recae sobre la debilidad por la que sangra la herida oportunista, la separación entre «teóricos», dirigentes y base. Luxemburgo denuncia el desprecio por las bases que late bajo la aseveración de la dirección oportunista según la cual «la teoría es cosa de académicos» que no interesa realmente a los obreros.

No hay insulto más grosero o calumnia más infame contra la clase obrera que la afirmación de que las controversias teóricas son sólo una cuestión para «académicos». Ya Lassalle dijo que únicamente cuando la ciencia y los trabajadores, esos polos opuestos de la sociedad, lleguen a ser uno, destruirán entre sus potentes brazos todos los obstáculos a la cultura. Toda la fuerza del movimiento obrero moderno descansa sobre el conocimiento teórico.

Este conocimiento teórico es doblemente importante para los obreros en el caso que nos ocupa porque precisamente se trata de ellos mismos y de su influencia en el movimiento; es su cabeza a la que se pone precio en esta ocasión. La corriente oportunista en el partido, formulada teóricamente por Bernstein, no es otra cosa que un intento inconsciente de garantizar la preponderancia de los elementos pequeñoburgueses que se han unido al partido, esto es, amoldar la política y los objetivos del partido al espíritu pequeñoburgués. La cuestión de reforma o revolución, del movimiento o el objetivo último, es básicamente la cuestión del carácter pequeñoburgués o proletario del movimiento obrero.

Por este motivo, es de interés para la base proletaria del partido ocuparse, con la mayor dedicación y profundidad, de la controversia teórica actual con el oportunismo. Mientras el conocimiento teórico siga siendo el privilegio de un puñado de «académicos», el partido correrá el riesgo de extraviarse. Únicamente cuando las amplias masas trabajadoras empuñen el arma afilada y eficaz del socialismo científico habrán naufragado todas las inclinaciones pequeñoburguesas, todas las corrientes oportunistas. Entonces será cuando el movimiento se asiente sobre bases firmes. «La masa lo conseguirá».

Rosa Luxemburgo. Introducción a «Reforma o Revolución», 1899

La «revisión» bernsteiniana del marxismo, la adecuación a «nuevos tiempos» es de especial interés porque esos tiempos nuevos, tal cual los describe, no son otra cosa que el imperialismo y el desarrollo de los monopolios que lleva asociado. Solo que Bernstein, con una economía alemana todavía montada el la ola de crecimiento abierta por la guerra franco-prusiana y por una expansión imperialista que parece sin fin, es incapaz de ver que acabará en crisis hecatómbica y la primera de una serie de guerras mundiales. De hecho, muy al contrario, Bernstein es el primero en enunciar la famosa tesis del «fin de las crisis».

Según Bernstein, el desarrollo del capitalismo hace cada vez más improbable su hundimiento general, debido a que, por un lado, el sistema capitalista muestra cada vez mayor capacidad de adaptación y, por otro lado, la producción se diversifica cada día más. La capacidad de adaptación del capitalismo se manifiesta, según Bernstein, en:

  1. la desaparición de las crisis generales, gracias al desarrollo del sistema crediticio, las alianzas empresariales y el avance de los medios de transporte y comunicación;
  2. la resistencia demostrada por las clases medias, a consecuencia de la creciente diferenciación de las ramas de la producción y del ascenso de amplias capas del proletariado a las clases medias;
  3. y finalmente, la mejora de la situación económica y política del proletariado, como resultado de la lucha sindical.

La conclusión de todo esto es que la socialdemocracia ya no debe orientar su actividad cotidiana a la conquista del poder político, sino a la mejora de las condiciones de la clase obrera dentro del orden existente. La implantación del socialismo no sería consecuencia de una crisis social y política, sino de la paulatina ampliación de los controles sociales y de la gradual aplicación de los principios cooperativistas.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Rosa Luxemburgo muestra como, aunque todas estas aseveraciones fueran ciertas, son incompatibles con cualquier concepción del socialismo que no sea meramente idealista.

Como único fundamento del socialismo nos queda la consciencia de clase del proletariado. Pero, en este caso, ya no es el simple reflejo intelectual de las cada vez más agudas contradicciones del capitalismo y su próximo hundimiento —que será evitado por los medios de adaptación—, sino un mero ideal cuyo poder de convicción reside en la perfección que se le atribuye.

En pocas palabras, lo que aquí tenemos es una justificación del programa socialista a través de la «razón pura», es decir, una explicación idealista del socialismo, que elimina la necesidad objetiva del mismo como resultado del desarrollo material de la sociedad.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Pasa después a demoler la base material de las aseveraciones de Bernstein sobre la «adaptabilidad» del capitalismo. Según Bernstein, los medios más importantes que posibilitan la adaptación de la economía capitalista son «el crédito» -lo que hoy llamaríamos economía financiera-, los medios de transporte y comunicación -¿recuerdan cómo en los 90 se hablaba de cómo Internet y la globalización del transporte aéreo a bajo coste iban a abrir una época de prosperidad sin fin?- y los cárteles empresariales, a los que hoy la prensa y los economistas suelen llamar «empresas sistémicas».

Empecemos con la economía financiera:

El crédito cumple diversas funciones en la economía capitalista, siendo las más importantes la expansión de la producción y la facilitación del intercambio. Cuando la tendencia inherente a la producción capitalista a expandirse ilimitadamente choca con los límites de la propiedad privada o con las restringidas dimensiones del capital privado, el crédito aparece como el medio de superar, de modo capitalista, esos obstáculos. El crédito fusiona en uno solo muchos capitales privados (sociedades por acciones) y permite que cualquier capitalista disponga del capital de otros (crédito industrial). Como crédito comercial, acelera el intercambio de mercancías, es decir, el retorno del capital a la producción, ayudando así a todo el ciclo del proceso productivo. Es fácil comprender la influencia que estas dos funciones principales del crédito tienen sobre la formación de las crisis. Si bien es verdad que las crisis surgen de la contradicción entre la capacidad de expansión —la tendencia al aumento de la producción— y la limitada capacidad de consumo, el crédito es precisamente, a la vista de lo dicho más arriba, el medio de conseguir que esa contradicción estalle con la mayor frecuencia posible. Para empezar, incrementa desproporcionadamente la capacidad de expansión, convirtiéndose así en el motor interno que constantemente empuja a la producción a rebasar los límites del mercado. Pero el crédito es un arma de dos filos: primero, como factor del proceso productivo, origina la sobreproducción, y después, como factor del intercambio de mercancías, destruye durante las crisis las fuerzas productivas que él mismo creó. A las primeras señales de estancamiento, el crédito se contrae y abandona el intercambio precisamente cuando a éste más indispensable le sería; y allí donde todavía subsiste, resulta inútil e ineficaz. Y reduce al mínimo la capacidad de consumo del mercado.

Además de estos dos resultados principales, el crédito también influye de otras maneras en la formación de las crisis: constituye el medio técnico para hacer accesible a un capitalista los capitales ajenos y es un acicate para el empleo audaz y sin escrúpulos de la propiedad ajena, es decir, para la especulación. Como medio alevoso de intercambio mercantil, el crédito no sólo agrava las crisis, también facilita su aparición y expansión, al transformar todo el intercambio en un mecanismo extremadamente complejo y artificial que es fácilmente perturbado a la menor ocasión, dada la escasa cantidad de dinero en metálico sobre la que se sustenta.

Por tanto, lejos de ser un instrumento de eliminación o atenuación de las crisis, es un factor especialmente poderoso para la formación de las mismas. Y no puede ser de otro modo si pensamos que la función del crédito, en términos generales, es eliminar las rigideces de las relaciones capitalistas e imponer por doquier la mayor elasticidad posible, a fin de hacer a todas las fuerzas capitalistas lo más flexibles, relativas y mutuamente sensibles que se pueda. Con esto, el crédito facilita y agrava las crisis, que no son otra cosa que el choque periódico de las fuerzas contradictorias de la economía capitalista.

Esto nos lleva a otra cuestión: ¿Cómo es posible que el crédito aparezca, en general, como un «medio de adaptación» del capitalismo? Al margen de cómo se conciba, dicha «adaptación» únicamente puede consistir en la capacidad para eliminar cualquiera de las relaciones contrapuestas de la economía capitalista, es decir, para eliminar o debilitar alguna de sus contradicciones, proporcionando así campo libre, en un momento u otro, a las otrora fuerzas reprimidas. De hecho, es el crédito precisamente el que agudiza al máximo las contradicciones de la economía capitalista actual. Agudiza la contradicción entre el modo de producción y el modo de distribución, dado que intensifica al máximo la producción, pero paraliza el intercambio al menor pretexto. Agudiza la contradicción entre el modo de producción y el modo de apropiación, dado que separa la producción de la propiedad, es decir, convierte el capital que interviene en la producción en capital «social», pero al mismo tiempo transforma una parte del beneficio en un simple título de propiedad, bajo la forma de interés del capital. Agudiza la contradicción entre las relaciones de propiedad y las relaciones de producción, dado que expropia a muchos pequeños capitalistas y concentra en muy pocas manos una cantidad enorme de fuerzas productivas. Y finalmente, agudiza la contradicción entre el carácter social de la producción y la propiedad privada capitalista, en la medida en que hace necesaria la intervención del Estado en la producción.

En una palabra, el crédito reproduce las contradicciones fundamentales del capitalismo, las lleva al paroxismo y acelera su desarrollo, empujando así al mundo capitalista a su propia destrucción.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Sigamos con el segundo elemento: los cárteles y monopolios, las famosas «empresas sistémicas» de las que hablaron tanto los medios durante la crisis actual, que según Bernstein conseguirán contener la anarquía y evitar las crisis mediante la regulación de la producción. Aquí entramos de lleno en la esencia del imperialismo, como vimos con Lenin, pero lo hacemos en su relación con los mercados exteriores, según la teoría clásica de la acumulación que Luxemburgo desarrolló a partir de Marx, es decir desde la comprensión del capitalismo como un sistema único y global:

El objetivo económico real y el resultado de las alianzas empresariales es eliminar la competencia dentro de una determinada rama de la producción, puesto que dicha eliminación influye en la distribución de los beneficios obtenidos en el mercado, haciendo que aumente la porción correspondiente a esa rama. La alianza sólo puede elevar los porcentajes de beneficios dentro de una rama industrial a costa de las otras, por lo cual ese aumento no puede ser general. La extensión de las alianzas a todas las ramas importantes de la producción hace desaparecer su influencia.

Además, dentro de los límites de su aplicación práctica, las alianzas empresariales tienen un efecto contrario al de la eliminación de la anarquía industrial. En el mercado interior, suelen obtener un incremento de su tasa de beneficio, al hacer producir para el extranjero, con una tasa de beneficio mucho más baja, las cantidades suplementarias de capital que no pueden emplear para las necesidades internas, o sea, vendiendo las mercancías en el extranjero mucho más baratas que en el mercado doméstico. El resultado es la agudización de la competencia en el extranjero, el aumento de la anarquía en el mercado mundial, es decir, precisamente lo contrario de lo que se pretendía conseguir.

Al intensificar la lucha entre productores y consumidores, como podemos observar especialmente en Estados Unidos, los cárteles agudizan la contradicción entre el modo de producción y el modo de distribución. Agudizan asimismo la contradicción entre el modo de producción y el modo de apropiación, por cuanto enfrentan de la forma más brutal al proletariado con la omnipotencia del capital organizado y, de esta manera, agudizan la contradicción entre capital y trabajo. Agudizan, por último, la contradicción entre el carácter internacional de la economía mundial capitalista y el carácter nacional del Estado capitalista, dado que siempre van acompañados por una guerra arancelaria general, lo que agrava las diferencias entre los diversos países capitalistas. A todo esto hay que añadir el efecto directo y altamente revolucionario de los cárteles sobre la concentración de la producción, el progreso técnico, etc.

Por tanto, desde el punto de vista de sus efectos finales sobre la economía capitalista, los cárteles y los trusts no sirven como «medios de adaptación». Al contrario, aumentan la anarquía de la producción, estimulan contradicciones y aceleran la llegada de un declive general del capitalismo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Topa entonces con una pregunta obvia: ¿Y entonces por qué no ha habido crisis? Su respuesta es importantísima para entender el mundo que la fase imperialista del capitalismo está construyendo entonces y se hará realidad a partir de 1914: el del fin del significado progresista del capitalismo, el mundo en el que la revolución socialista es, sencillamente, necesaria en términos históricos.

Ahora bien, si el crédito, los cárteles y demás no consiguen eliminar la anarquía de la economía capitalista, ¿por qué durante dos decenios, desde 1873, no hemos tenido ninguna gran crisis comercial? ¿No es ésta una señal de que, en contra del análisis de Marx, el modo de producción capitalista ha logrado «adaptarse», al menos en sus líneas generales, a las necesidades de la sociedad? En nuestra opinión, la actual bonanza en el mercado mundial tiene otra explicación. En general se cree que las grandes crisis comerciales globales ocurridas hasta ahora son las crisis seniles del capitalismo esquematizadas por Marx en su análisis. La periodicidad más o menos decenal del ciclo de producción parecía ser la mejor confirmación de este esquema. Esta concepción, sin embargo, descansa sobre lo que, a nuestro juicio, es un malentendido. Si se hace un análisis más exhaustivo de las causas que han provocado las grandes crisis internacionales acontecidas hasta el momento, se podrá advertir que, en conjunto, no son la expresión del envejecimiento de la economía capitalista, sino todo lo contrario, son el producto de su crecimiento infantil.(…)

Si analizamos la situación actual de la economía, tendremos que reconocer que todavía no hemos llegado a la etapa de la madurez completa del capitalismo que se presupone en el esquema marxista de la periodicidad de las crisis. El mercado mundial aún se está creando: Alemania y Austria sólo entraron en la fase de la auténtica gran producción industrial a partir de 1870, Rusia ha ingresado a partir de 1880, Francia continúa siendo en gran parte un país de producción artesanal, los países balcánicos aún no han roto en gran medida las cadenas de la economía natural y América, Australia y África tan sólo a partir de 1880 han entrado en un régimen de intercambio comercial vivo y regular con Europa. Si bien es cierto, por un lado, que ya hemos superado las crisis, por así decirlo, juveniles producidas hasta 1870 a consecuencia del desarrollo brusco y repentino de nuevas ramas de la economía capitalista, también lo es que, por otro lado, aún no hemos alcanzado el grado de formación y agotamiento del mercado mundial que puede producir un choque fatal y periódico de las fuerzas productivas contra los límites del mercado, es decir, que puede producir las verdaderas crisis seniles del capitalismo. Nos encontramos en una fase en que las crisis ya no son el producto del ascenso del capitalismo, pero todavía tampoco son el producto de su decadencia. Este período de transición se caracteriza por el ritmo débil y lento de la vida económica desde hace casi veinte años, en el que cortos períodos de crecimiento se alternan con largos períodos de depresión.

Pero de los mismos fenómenos que han ocasionado la ausencia temporal de crisis se deriva que nos acercamos inevitablemente al comienzo del final, al período de las crisis últimas del capitalismo. Una vez que el mercado mundial haya alcanzado, en líneas generales, un alto grado de desarrollo y que ya no pueda crecer por medio de ningún aumento brusco, al tiempo que crece sin parar la productividad del trabajo, se inicia un conflicto más o menos largo entre las fuerzas productivas y las barreras del intercambio, que, al repetirse, será cada vez más violento y tormentoso. Y si algo resulta especialmente adecuado para acercarnos a ese período, para establecer con rapidez el mercado mundial y agotarlo también con igual rapidez, ello es precisamente esos mismos fenómenos, el crédito y los cárteles, sobre los que Bernstein construye su teoría de los «medios de adaptación» del capitalismo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Es decir, en 1899 Rosa Luxemburgo ve ya claramente que lejos del pacífico desarrollo de los indicadores económicos, se está acercando el momento de cambio de un sistema económico progresivo a un sistema decadente, en contradicción permanente con el desarrollo de las fuerzas productivas, en el que las condiciones objetivas de la revolución estarán permanentemente al orden del día.

Y finalmente Rosa Luxemburgo remata la crítica económica de los supuestos del revisionismo desmontando la idea de que esté triunfando un proceso de reducción de las escala y desarrollo basado en PYMES. No hay «democratización del emprendimiento», no hay expansión de las capas medias y bajas de la burguesía a través de la innovación en el medio plazo. Usando de nuevo el libro III de El Capital muestra el verdadero carácter, temporal y subalterno del «emprendimiento»; siempre supeditado a una mayor centralización y concentración del capital.

Todavía hay un fenómeno que, según Bernstein, contradice la evolución del capitalismo como se ha expuesto: la «resuelta infantería» de las medianas empresas. En ellas ve Bernstein un signo de que el desarrollo de la gran industria no actúa de un modo tan revolucionario y no concentra tanto la industria como se derivaría de la teoría del hundimiento. Bernstein es aquí, de nuevo, víctima de su propia falta de comprensión. Porque es entender muy erróneamente el proceso de desarrollo de la gran industria esperar del mismo que vaya a hacer desaparecer la mediana empresa.

De acuerdo con Marx, la misión de los pequeños capitales en la marcha general del desarrollo capitalista es ser los pioneros del avance técnico, y ello en dos sentidos: introduciendo nuevos métodos de producción en ramas ya arraigadas de la producción y creando ramas nuevas todavía no explotadas por los grandes capitales. Es completamente falso creer que la historia de la mediana empresa capitalista es una línea recta hacia su gradual desaparición. Por el contrario, el curso real de su desarrollo es puramente dialéctico y se mueve constantemente entre contradicciones. Las capas medias capitalistas, al igual que la clase obrera, se encuentran bajo la influencia de dos tendencias opuestas, una que tiende a elevarla y otra que tiende a hundirla. La tendencia descendente es el continuo aumento en la escala de la producción, que periódicamente supera las dimensiones de los capitales medios, expulsándolos repetidamente de la arena de la competencia mundial. La tendencia ascendente es la desvalorización periódica de los capitales existentes, que durante cierto tiempo rebaja la escala de la producción, en proporción al valor de la cantidad mínima de capital necesaria, y además paraliza temporalmente la penetración de la producción capitalista en nuevas esferas. No hay que imaginarse la lucha entre la mediana empresa y el gran capital como una batalla periódica en la que la parte más débil ve mermar directamente el número de sus tropas cada vez más, sino, más bien, como una siega periódica de pequeñas empresas, que vuelven a surgir con rapidez solamente para ser segadas de nuevo por la guadaña de la gran industria. Ambas tendencias juegan a la pelota con las capas medias capitalistas, pero al final acaba por triunfar la tendencia descendente, a diferencia de lo que ocurre con el proletariado.

Sin embargo, este triunfo no se manifiesta necesariamente en una disminución del número absoluto de medianas empresas, sino en el progresivo aumento del capital mínimo necesario para la subsistencia de las empresas en las ramas viejas de la producción y en la constante reducción del lapso de tiempo durante el que los pequeños capitalistas se benefician de la explotación de las ramas nuevas. De todo esto se deriva, para el pequeño capitalista individual, un cada vez más corto plazo de permanencia en las nuevas industrias y un cada vez más rápido ritmo de cambio en los métodos de producción y en la naturaleza de las inversiones; y para las capas medias en su conjunto, un proceso cada vez más rápido de cambio en la posición social.

Esto último lo sabe muy bien Bernstein y procede a comentarlo. Pero lo que parece olvidar es que en eso consiste la ley misma del movimiento de la mediana empresa capitalista. Si se admite que los pequeños capitales son los pioneros del progreso técnico y si es verdad que éste es el pulso vital de la economía capitalista, entonces resulta que los pequeños capitales son parte integral del desarrollo capitalista y que únicamente podrán desaparecer cuando dicho desarrollo desaparezca. La desaparición gradual de la mediana empresa —en el sentido absoluto de la estadística matemática, que es de lo que habla Bernstein— no significaría el avance revolucionario del desarrollo capitalista, como Bernstein cree, sino su ralentización y estancamiento:

La tasa de ganancia, es decir, el crecimiento relativo de capital, es importante ante todo para los nuevos inversores de capital, que se agrupan por su cuenta. En cuanto la formación de capital recayera exclusivamente en manos de algunos grandes capitales (…) el fuego vivificador de la producción acabaría apagándose, se consumiría.

Carlos Marx. El Capital, Libro III

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Refutados los supuestos uno a uno, Rosa Luxemburgo pasa a desmontar las ilusiones sobre «el papel creciente de los sindicatos en la producción» y la idea de una paulatina evolución hacia el socialismo de la mano del control sindical. Estamos hablando de lo que hoy se llama todavía «capitalismo bávaro» en el que los sindicatos forman parte de los consejos de administración de las empresas.

Su función más importante (…) consiste en proporcionar a los trabajadores un instrumento para realizar la ley capitalista del salario, es decir, la venta de su fuerza de trabajo a precio de mercado. Los sindicatos permiten al proletariado aprovecharse en cada momento de la coyuntura del mercado. Pero los factores de la coyuntura misma —la demanda de fuerza de trabajo (determinada por el desarrollo de la producción), la oferta de fuerza de trabajo (originada por la proletarización de las capas medias y la reproducción natural de la clase obrera) y, finalmente, el momentáneo nivel de productividad del trabajo— quedan fuera de la esfera de influencia del sindicato. Los sindicatos, por tanto, no pueden abolir la ley capitalista del salario. En las circunstancias más favorables pueden reducir la explotación capitalista hasta los límites «normales» de un momento dado, pero no pueden eliminarla, ni siquiera gradualmente.(…)

Por «regulación de la producción» sólo cabe entender dos cosas: la intervención en el aspecto técnico del proceso productivo o la determinación del volumen mismo de la producción. ¿De qué tipo puede ser la influencia de los sindicatos en estos dos casos? Es claro que, por lo que respecta a la técnica de la producción, el interés de los capitalistas coincide, en cierta medida, con el progreso y el desarrollo de la economía capitalista. Su propio interés lleva al capitalista a mejorar sus técnicas. Pero el trabajador individual afectado se encuentra en una posición opuesta. Cada transformación técnica entra en conflicto con sus intereses, ya que empeora su situación inmediata porque deprecia el valor de su fuerza de trabajo y hace el propio trabajo más intensivo, más monótono y más penoso. Si el sindicato puede intervenir en el aspecto técnico de la producción, evidentemente tiene que hacerlo en defensa de los grupos de trabajadores afectados directamente, es decir, oponiéndose a las innovaciones. En este caso, pues, el sindicato no actúa en interés de la totalidad de la clase obrera y de su emancipación —que coincide, más bien, con el progreso técnico, esto es, con el interés del capitalista aislado—, sino que actúa en un sentido reaccionario. (…)

¿A qué equivale la participación activa del sindicato en la determinación del volumen y los precios de la producción? A la formación de un cártel de trabajadores y empresarios contra los consumidores y contra los empresarios de la competencia, utilizando además medidas coercitivas que nada tienen que envidiar a las de los cárteles empresariales. Esto ya no es una lucha entre el capital y el trabajo, sino una alianza solidaria de ambos contra los consumidores. En cuanto a su valor social, es una aspiración reaccionaria que no puede ser una etapa de la lucha del proletariado por su emancipación porque representa justamente lo contrario a la lucha de clases. En cuanto a su valor práctico, es una utopía que nunca podrá extenderse a las grandes ramas industriales que produzcan para el mercado mundial, como se puede apreciar con una pequeña reflexión.

Por tanto, el campo de actuación de los sindicatos se limita esencialmente a la lucha por el aumento de salarios y la reducción de la jornada laboral, es decir, a regular la explotación capitalista según las condiciones del mercado. (…)

Y tampoco dentro de los límites reales de su influencia camina el movimiento sindical hacia su expansión ilimitada, como supone la teoría de la adaptación del capital. Todo lo contrario: si examinamos los principales factores del desarrollo social, se percibe que en términos generales no nos aproximamos a una época de expansión victoriosa, sino más bien de dificultades crecientes para el movimiento sindical. Una vez la industria haya alcanzado el punto álgido de su desarrollo y el capitalismo comience su fase de declive en el mercado mundial, la lucha sindical se hará doblemente difícil. En primer lugar, la coyuntura objetiva del mercado será menos favorable para la fuerza de trabajo en la medida en que la demanda de la misma aumente a un ritmo menor que su oferta. En segundo lugar, a fin de compensar las pérdidas sufridas en el mercado mundial, los capitalistas harán un esfuerzo incluso mayor que en el presente para reducir la parte del producto que va a los trabajadores. La reducción de los salarios es uno de los medios más importantes para contener la caída de la tasa de beneficio.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Esta aparente alineación entre ordenación del capitalismo e interés social que confunde a los oportunistas, está condenada además a romperse conforme el desarrollo imperialista nos acerca a la entrada en la decadencia capitalista. Rosa Luxemburgo da dos ejemplos claros: las protecciones arancelarias y el militarismo.

Pero, por otro lado, el mismo desarrollo capitalista ocasiona otro cambio en la esencia del Estado. El Estado actual es, ante todo, una organización de la clase capitalista dominante, y si ejerce diversas funciones de interés general en beneficio del desarrollo social es únicamente en la medida en que dicho desarrollo coincide en general con los intereses de la clase dominante. La legislación laboral, por ejemplo, se promulga tanto en beneficio inmediato de la clase capitalista como de la sociedad en general. Pero esta armonía solamente dura hasta un cierto momento del desarrollo capitalista. Cuando éste alcanza cierto punto, los intereses de la burguesía como clase y las necesidades del progreso económico comienzan a separarse, incluso en sentido capitalista. En nuestra opinión, ya hemos entrado en esta fase, como manifiestan dos importantísimos fenómenos de la vida social contemporánea: las barreras arancelarias y el militarismo. Ambos fenómenos han cumplido una función imprescindible —y, por lo tanto, progresista y revolucionaria— en la historia del capitalismo.(…)

Los aranceles ya no sirven como medio de defensa de una producción capitalista incipiente frente a otra más madura, sino como medio de lucha de un grupo capitalista nacional contra otro. Además, los aranceles ya no son necesarios como protección de la industria a fin de crear y conquistar un mercado interior, pero en cambio son imprescindibles para la «cartelización» de la industria, es decir, para la lucha de los productores capitalistas contra los consumidores. (…)

El militarismo ha sufrido un cambio similar. Si consideramos la historia tal como fue, no como pudo ser o debería haber sido, tenemos que aceptar que la guerra constituyó un rasgo indispensable del desarrollo capitalista. Estados Unidos, Alemania, Italia, los países balcánicos, Rusia, Polonia, todos le deben a la guerra la creación de las condiciones o el impulso del desarrollo capitalista, al margen de que el resultado bélico concreto fuera la victoria o la derrota. Mientras existieron países cuya división interna o aislamiento económico era necesario suprimir, el militarismo cumplió, desde un punto de vista capitalista, un cometido revolucionario. Hoy también en esto las cosas son diferentes. El militarismo ya no puede incorporar ningún nuevo país al capitalismo. (…)

Los combatientes que hoy se enfrentan, con las armas en la mano, tanto en Europa como en otras partes del mundo ya no son, por un lado, países capitalistas y, por otro, países con economía natural, sino países empujados al conflicto precisamente por la equivalencia de su elevado desarrollo capitalista. En estas circunstancias, el estallido de un conflicto tiene un resultado fatal para el desarrollo mismo, dado que provoca una profunda conmoción y transformación de la vida económica en todos los países. Pero desde la perspectiva de la clase capitalista, las cosas se ven de otro modo. Para ella, el militarismo se ha hecho hoy imprescindible, por tres razones:

  1. como medio de lucha para defender los intereses «nacionales» frente a la competencia de otros grupos nacionales;
  2. como importante destino de la inversión tanto del capital financiero como del capital industrial; y
  3. como instrumento de dominación de clase en el interior del país sobre la clase obrera.

(…)En esta dualidad entre el desarrollo social y los intereses de la clase dominante, el Estado toma partido por estos últimos. Al igual que la burguesía, el Estado aplica una política contraria al desarrollo social, y con ello pierde cada vez más su carácter de representante del conjunto de la sociedad y se va convirtiendo progresivamente en un puro Estado de clase; o, dicho más correctamente, estas dos características se van distanciando entre sí hasta llegar a ser contradictorias dentro de la propia esencia del Estado, contradicción que se hace cada día más aguda. Por un lado, crecen las funciones de carácter general del Estado, su injerencia en la vida social, así como el «control» sobre ésta. Pero, por otro lado, su carácter de clase le obliga a concentrar más y más su actividad y sus medios coercitivos en aspectos que son de utilidad para la burguesía, como el militarismo y las políticas aduanera y colonial, pero que para la sociedad son negativos. Es más, el «control social» que el Estado ejerce va impregnándose y siendo dominado por su carácter de clase (piénsese en cómo se aplica en todos los países la legislación laboral).

La extensión de la democracia, que es vista por Bernstein como un medio de implantación gradual del socialismo, no se contradice con el cambio señalado en la naturaleza del Estado, sino que concuerda perfectamente con él.

Según Konrad Schmidt, la consecución de una mayoría parlamentaria socialdemócrata en el Reichstag conduce directamente a la «socialización gradual de la sociedad». No hay duda de que las formas democráticas de la vida política son un fenómeno que expresa claramente el proceso de conversión del Estado en sociedad y, en esta medida, son una etapa en la transformación socialista.

Pero precisamente la dualidad señalada en la naturaleza del Estado capitalista se manifiesta, del modo más crudo, en el moderno parlamentarismo. Es cierto que, formalmente, el parlamentarismo sirve para expresar los intereses de toda la sociedad dentro de la organización del Estado. Sin embargo, realmente, sólo expresa los de la sociedad capitalista, es decir, una sociedad en la que predominan los intereses capitalistas. Las instituciones, aunque democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante. Esto se demuestra del modo más palpable en el hecho de que, en cuanto la democracia muestra una tendencia a negar su carácter de clase y a convertirse en un instrumento de los intereses reales de las masas populares, la burguesía y sus representantes en el aparato del Estado sacrifican las formas democráticas. (…)

La teoría de la implantación gradual del socialismo descansa sobre la idea de una reforma paulatina de la propiedad y del Estado capitalistas en un sentido socialista. Sin embargo, debido a los procesos objetivos de la sociedad contemporánea, ambos, propiedad y Estado, se desarrollan precisamente en direcciones opuestas. El carácter social de la producción es cada vez mayor y la intervención y control del Estado en la misma, también. Pero, al mismo tiempo, la propiedad privada va adquiriendo cada vez más la forma de una cruda explotación capitalista del trabajo ajeno y el Estado ejerce cada vez más su control guiado exclusivamente por los intereses de la clase dominante. Así pues, el Estado (la organización política del capitalismo) y las relaciones de propiedad (su organización jurídica) se convierten, a medida que el capitalismo se desarrolla, cada vez más en capitalistas, y no en socialistas, con lo que crean dos obstáculos insalvables para la teoría de la implantación gradual del socialismo.

La idea de Fourier de convertir en limonada todo el agua de los mares por medio del sistema de falansterios fue fantasiosa. La idea de Bernstein de vaciar botellas de limonada socialreformista en el mar de amarguras capitalistas, para así convertirlo en un mar de dulzuras socialistas, es más insípida que la anterior pero no menos fantasiosa. Las relaciones de producción capitalistas se aproximan cada vez más a las socialistas. Pero sus relaciones políticas y jurídicas, en cambio, levantan un muro infranqueable entre la sociedad capitalista y la socialista. Ni las reformas sociales ni la democracia debilitan dicho muro, sino que lo hacen más recio y más alto. Sólo el martillazo de la revolución, es decir, la conquista del poder político por el proletariado, podrá derribarlo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

El remate del trabajo es, como no podía ser de otra manera, la articulación dialéctica, contradictoria, de reforma y revolución desde el punto de vista de clase. Las reformas y las luchas salariales son necesarias en tanto que herramientas para la constitución en clase. Por eso el movimiento socialdemócrata, nombre que en la época tiene el movimiento de los trabajadores conscientes para alimentar y acelerar la constitución en clase, es siempre un proceso incompleto cuya esencia misma es apoyarse en las contradicciones del capitalismo -en vez de intentar amortigüarlas- para señalar en cada una de ellas la necesidad del comunismo, un horizonte que pasa por la toma revolucionaria del poder político.

El socialismo no surge automáticamente y bajo cualquier circunstancia de la lucha cotidiana de la clase obrera, sino que sólo puede ser consecuencia de las cada vez más agudas contradicciones de la economía capitalista y del convencimiento, por parte de la clase obrera, de la necesidad de superar tales contradicciones a través de una revolución social. Si se niega lo primero y se rechaza lo segundo, como hace el revisionismo, el movimiento obrero se ve reducido a mero sindicalismo y reformismo, lo que, por su propia dinámica, acaba en última instancia llevando al abandono del punto de vista de clase. (…)

La reforma legal y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el Polo Norte y el Polo Sur o la burguesía y el proletariado. (…)

La doctrina marxista no solamente puede rebatir teóricamente el oportunismo, sino que es la única capaz de explicarlo como una manifestación histórica en el proceso de construcción del partido. El avance histórico a escala mundial del proletariado hasta su victoria no es, desde luego, «un asunto sencillo». La particularidad de este movimiento reside en que, por primera vez en la historia, las masas populares imponen su voluntad contra las clases dominantes, aunque es verdad que tienen que realizar esa voluntad más allá de la presente sociedad. Pero las masas sólo pueden forjar esa voluntad en la lucha continua contra el orden establecido, dentro por tanto del contexto de éste. La unión de las amplias masas populares con una meta que trasciende todo el orden social existente, la unión de la lucha cotidiana con la gran transformación mundial es la principal tarea del movimiento socialdemócrata, que se ve obligado a avanzar entre dos peligros: entre la renuncia al carácter de masas del partido y la renuncia al objetivo último, entre la regresión a la secta y la degeneración en un movimiento burgués reformista, entre el anarquismo y el oportunismo.

A causa de la enorme difusión del movimiento en los últimos años y de la mayor complejidad de las condiciones en que se lleva a cabo la lucha, tenía que llegar el momento en que dentro del movimiento surgieran el escepticismo acerca de la posibilidad de alcanzar los grandes objetivos últimos y las vacilaciones ideológicas. (…) El movimiento proletario todavía no es completamente socialdemócrata, ni siquiera en Alemania. Pero lo va siendo día a día, al tiempo que va superando las desviaciones extremas del anarquismo y el oportunismo, que no son más que fases del desarrollo de la socialdemocracia entendida como un proceso. (…)

El movimiento se hace socialdemócrata mientras y en la medida en que supera las desviaciones anarquistas y oportunistas que necesariamente surgen en su crecimiento. Pero superar no quiere decir dejarlo todo tranquilamente a la buena de Dios. Superar la corriente oportunista actual quiere decir precaverse frente a ella. Bernstein remata su libro con el consejo al partido de que se atreva a aparecer como lo que en realidad es: un partido reformista demócrata-socialista. A nuestro juicio, el partido, es decir, su máximo órgano, el congreso, tendría que pagar este consejo con la misma moneda, sugiriendo a Bernstein que aparezca formalmente como lo que en realidad es: un demócrata pequeñoburgués progresista.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Por desgracia eso fue lo que pasó. Lejos de darse paso a un debate sincero y real, la burocracia del partido cerró filas contra Bernstein como forma de no someter a discusión su propio oportunismo. El congreso del partido de 1889 en Hannover se abrió con un informe de seis horas de Bebel que convirtió los cuatro días de debates en un verdadero juicio, casi linchamiento, a Bernstein que estuvo a punto de ser expulsado. El espectáculo de hipócrita profesión pública de fe del partido se repitió luego en los sindicatos, reafirmándose sin excepción todas las organizaciones socialdemócratas alrededor de la lucha de clases y la perspectiva de la revolución.

La gran derrota teórica y pública del revisionismo de Bernstein fue la gran victoria del oportunismo de los popes del partido y los sindicatos. Como Auer, todos pensaban y reconocían en la intimidad que en realidad el partido ya era como Bernstein proponía. Pero aceptarlo frente a la masa de militantes y votantes les privaba de la poderosa imagen de ser revolucionarios contenidos solo por un ejercicio de responsabilidad histórica. En realidad todos creían la discusión fútil porque prácticamente ninguno compartía ya las predicciones marxistas. Nunca pensaron que se iban a enfrentar a una crisis hecatómbica del capitalismo, a una guerra mundial de exterminio y mucho menos aun a una revolución obrera mundial. Y sin embargo, cuando llegó el momento, cuando la guerra estalló y tuvieron que tomar bando, ninguno de ellos dudó ni por un solo instante de cerrar filas con la burguesía y su estado.

Esa debilidad dramática costó millones de vidas en toda Europa y, en menor medida, en América, Asia, Africa y hasta en Oceanía. La socialdemocracia alemana fue el epicentro del colapso de la II Internacional, tras ella siguieron todos los grandes partidos socialdemócratas.

Una nueva forma de organización militante

Las expresiones teóricas del oportunismo en la II Internacional no se limitaron en realidad al revisionismo de Bernstein. En Kautsky, Plejanov, Labriola y en general en los grandes popes teóricos de la II Internacional tendrá un reflejo, aunque siempre ambiguo y escurridizo, bajo la forma de una sobre-valoración del papel de la dirección del partido y sus élites parlamentarias en el proceso de constitución en clase.

El proletariado llega a ser la clase más numerosa y en el estado y también en el ejército, sobre el cual reposa el poder del estado. En un estado tan industrial como Alemania o Inglaterra, el proletariado tendría desde hoy la fuerza para conquistar el poder y las condiciones económicas, de le permitirían, desde luego, servirse de él para sustituir la producción capitalista por la producción social.

Pero lo que falta al proletariado es la consciencia de su fuerza. Alguna categoría de proletarios la poseen; falta al conjunto del proletariado. El partido socialista hace lo posible para inculcársela. Esto siempre por la propaganda teórica, pero no solamente por ella. Para hacer que el proletariado adquiera consciencia de su fuerza, la acción será siempre superior a cualquier teoría. Por los éxitos que consigue en la lucha contra el adversario, el partido socialista muestra más claramente al proletariado la fuerza de que él dispone y es el modo más eficaz para aumentar en él el sentimiento de esa fuerza.

Carlos Kautsky. El camino del poder, 1909.

No solo es llamativo que en 1909 Kautsky difumine la principal lección de la Comuna de París -que el estado proletario no puede ser el estado burgués con una nueva dirección- sino que nos viene a decir que el partido tiene la teoría -que elaboran sus dirigentes- y sin ella la clase no puede ser consciente de su fuerza. Pero que son, sobre todo las victorias del «políticas» del partido -los «triunfos» parlamentarios- las que cumplen esta función. Es decir coloca a la clase en una situación de dependencia respecto al partido y el parlamentarismo y al partido como un elemento externo a este proceso. Aparece nebulosamente la idea de que el partido mismo y su teoría -más allá del crecimiento numérico- no es tampoco producto y reflejo de la lucha de clases. Según no pocos autores y manuales «leninistas» ésta manifestación de oportunismo sería el origen de la teoría de la «exterioridad de la consciencia» e impregnaría el «¿Qué hacer?» de Lenin.

Pero ¿realmente Lenin creía que la consciencia de clase no es producto de la propia clase y que solo puede ser «llevada desde el exterior» es decir, desde otras clases sociales?

En 1902, el año en que escribe el «¿Qué hacer?», Rusia es el último gran país europeo que ha comenzado su industrialización. Ha sido tan tardía que ha tenido marxistas antes que concentraciones obreras. Gobierna todavía una autocracia sobre un estado feudal en el que el crecimiento de la burguesía -y con ella de proletariado- está generando contracciones cada vez más agudas que apuntan a una revolución democrática en los años siguientes (llegará en 1905).

Pero en ese momento Lenin no puede ver cómo la lucha por crear sindicatos -la famosa «lucha económica» de los «economicistas» contra quienes polemiza- puede animar a los obreros a ponerse a la cabeza del resto de clases en una lucha estrictamente política contra la autocracia.

«Todos están de acuerdo» con que es preciso desarrollar la consciencia política de la clase obrera. Pero, ¿cómo hacerlo y qué es necesario para hacerlo? La lucha económica «hace pensar» a los obreros sólo en las cuestiones concernientes a la actitud del gobierno ante la clase obrera; por eso, por más que nos esforcemos en «dar a la lucha económica misma un carácter político», jamás podremos, en los límites de esta tarea, desarrollar la consciencia política de los obreros (hasta el grado de consciencia política socialdemócrata), pues los propios límites son estrechos.

Al obrero se le puede dotar de consciencia política de clase sólo desde fuera, es decir, desde fuera de la lucha económica, desde fuera del campo de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera de que se pueden extraer esos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y sectores sociales con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí.

Lenin. ¿Qué hacer?, 1902

Lenin lleva razón. La lucha por crear sindicatos con los que defenderse de la burguesía en el marco de una autocracia feudal, no conduce de forma espontánea a los trabajadores hacia un frente común con ella y con la pequeña burguesía para impulsar la revolución democrático-burguesa.

Menos de tres años después, como veremos, la primera gran huelga de masas y la formación del primer soviet en Petrogrado, cambiará el panorama. Entonces, la lucha contra la guerra imperialista y sus consecuencias para la clase trabajadora llevarán a esta a un enfrentamiento directo con el estado zarista que acabará articulando al resto de sectores revolucionarios: estudiantes, pequeña burguesía, y partes del campesinado. La «consciencia política» a la que se refería Lenin, aparecerá como una necesidad directa de la confrontación con el estado y en ella los militantes socialdemócratas -incluidos aunque no principalmente, los bolcheviques- serán fundamentales... entre otras cosas gracias al nuevo modelo organizativo que Lenin está esbozando en 1902.

Pero en ese momento a Lenin «se le va la mano» en la polémica contra los sindicalistas que ponen todo en la «lucha económica» derivando de ella mecánicamente la constitución en clase.

Hemos dicho que los obreros no podían tener consciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos los países demuestra que la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una consciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían a la intelectualidad burguesa. De igual modo, la doctrina teórica de la socialdemocracia ha surgido en Rusia independiente por completo del crecimiento espontáneo del movimiento obrero, ha surgido como resultado natural e ineludible del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales revolucionarios socialistas.

Lenin. ¿Qué hacer?, 1902

Lenin olvida que en los años cuarenta del siglo XIX los partidos proletarios, con todas sus limitaciones, habían sido las fuerzas políticas más vivas de Alemania y Francia. Fueron su capacidad organizativa, sus intensos debates sobre el comunismo y la acción política, su vida pública tanto como la clandestina, la que atrajo a Marx y Engels. Ambos se convirtieron en militantes de organizaciones de vanguardia segregadas por una clase todavía muy joven. Y como militantes, respondiendo a sus necesidades, no llevando nada «desde fuera» al estilo de un Dühring, ambos habían hecho su aporte fundamental... y habían seguido haciéndolo el resto de sus vidas.

La «cuestión rusa» además, no se entiende sin tener presente que el proletariado es la clase universal y por tanto no tiene que repetir el mismo proceso «país por país, fábrica por fábrica». No solo la teoría, sino la AIT y la Comuna de París preceden al desarrollo de una burguesía y un proletariado moderno en los países periféricos. No hay nada particular en el hecho de que buena parte del fundamento teórico de la consciencia de clase preceda al desarrollo de un destacamento local. Tampoco en que los primeros núcleos del partido en un lugar atrasado no reúnan a la vanguardia de unas luchas que no han tenido la ocasión de desarrollarse al nivel suficiente todavía. No hay en ningún caso «consciencia» viajando entre clases, sino el partido de clase haciendo de puente entre cada nuevo destacamento local y la experiencia histórica del proletariado como sujeto universal.

Lo que era peculiar a los núcleos marxistas rusos no era el origen de sus miembros, una debilidad expresión de las atrasadas condiciones locales, sino las tareas del proletariado ruso.

A diferencia de los intentos primitivos y utópicos del socialismo, el movimiento socialdemócrata no considera la cuestión de la organización como un resultado artificial de la propaganda, sino como un producto histórico de la lucha de clases al que la socialdemocracia se limita a aportar la consciencia política.

En circunstancias normales, es decir, allí donde el desarrollo del poder político de clase de la burguesía precede al movimiento socialdemócrata, el primer movimiento de fusión del proletariado viene procurado por la propia burguesía. «En esta etapa -dice el Manifiesto Comunista- si los obreros forman en masas compactas, esta acción no es todavía la consecuencia de su propia unidad sino de la unidad de la burguesía».

En Rusia ha correspondido a la socialdemocracia la tarea de sustituir un período del proceso histórico por una actividad consciente para extraer al proletariado del estado de atomización -que es la base del régimen absoluto- y dirigirlo, como clase consciente y luchadora, hasta la forma más elevada de organización. Así pues, la cuestión de la organización es especialmente difícil para la socialdemocracia rusa y no solamente porque tiene que resolverla sin la cobertura formal de la democracia burguesa, sino porque, hasta cierto punto, tiene que hacer como el buen Dios, crear una organización «de la nada», en el vacío y sin la materia prima que, en otros casos, viene preparada por la sociedad burguesa.

Rosa Luxemburgo. Problemas de organización en la socialdemocracia rusa, 1904

Por eso aunque parte del argumentario de Lenin esté equivocado, el objetivo y los medios que propone son correctos. Lenin quiere hacer un gran periódico para todo el imperio que agite recogiendo las quejas de las clases trabajadoras (campesinado, artesanos, etc.) sin importarle que no sean ni siquiera mayoritariamente obreras. Y quiere que la estructura de ese periódico sea en sí mismo el esqueleto alrededor del cual se crezca el partido del proletariado en Rusia, un partido cuya principal preocupación es convertir a los trabajadores en vanguardia de una revolución democrático-burguesa que abra paso al desarrollo capitalista en Rusia.

En nuestros días podrá convertirse en vanguardia de las fuerzas revolucionarias sólo el partido que organice campañas de denuncias de verdad ante todo el pueblo. Las palabras «todo el pueblo» encierran un gran contenido. (...)

Si debemos encargarnos de organizar denuncias verdaderamente ante todo el pueblo sobre los abusos cometidos por el gobierno, ¿en qué se manifestará entonces el carácter de clase de nuestro movimiento? ¡Pues, precisamente, en que seremos nosotros, los socialdemócratas, quienes organizaremos esas campañas de denuncias ante todo el pueblo; en que todos los problemas planteados en nuestra agitación serán esclarecidos desde un punto de vista socialdemócrata firme, sin ninguna indulgencia para las deformaciones, intencionadas o no, del marxismo; en que esta polifacética agitación política será realizada por un partido que une en un todo indivisible la ofensiva contra el gobierno en nombre del pueblo entero, la educación revolucionaria del proletariado —salvaguardando al mismo tiempo su independencia política—, la dirección de la lucha económica de la clase obrera y la utilización de sus conflictos espontáneos con sus explotadores, conflictos que ponen en pie y atraen sin cesar a nuestro campo a nuevos sectores proletarios!

Lenin. ¿Qué hacer?, 1902

El oportunismo es siempre el camino más fácil, el menos comprometido en términos históricos, el que menos esfuerzo de autoconfianza y disciplina exige a la clase y sus militantes. Por eso, Lenin identifica correctamente al «economicismo», es decir al sindicalismo local, como la tendencia oportunista del momento.

Cuando se habla de lucha contra el oportunismo, no hay que olvidar nunca un rasgo característico de todo el oportunismo contemporáneo en todos los terrenos: su carácter indefinido, difuso, inaprensible. El oportunista, por su misma naturaleza, esquiva siempre plantear los problemas de un modo preciso y definido, busca la resultante, se arrastra como una culebra entre puntos de vista que se excluyen mutuamente, esforzándose por «estar de acuerdo» con uno y otro, reduciendo sus discrepancias a pequeñas enmiendas, a dudas, a buenos deseos inocentes, etc., etc.

El camarada E. Bernstein, oportunista en cuestiones programáticas, «está de acuerdo» con el programa revolucionario del Partido, y aunque, probablemente, desearía una «reforma cardinal» del mismo, considera que esta reforma no es oportuna ni conveniente, ni tan importante como la aclaración de los «principios generales» de «crítica» (que consisten, principalmente, en aceptar sin crítica alguna los principios y los terminajos de la democracia burguesa).

El camarada von-Vollmar, oportunista en problemas de táctica, está también de acuerdo con la vieja táctica de la socialdemocracia revolucionaria y más bien se limita igualmente a declamaciones, a ligeras enmiendas e ironías, no proponiendo nunca ninguna táctica «ministerialista» determinada.

Los camaradas Mártov y Axelrod, oportunistas en problemas de organización, tampoco han dado hasta ahora tesis determinadas de principio que puedan ser «fijadas en unos estatutos», a pesar de que se les ha llamado directamente a hacerlo; también ellos desearían, indudablemente que la desearían, una «reforma cardinal» de los estatutos de nuestra organización; pero con preferencia hubieran empezado por ocuparse de «problemas generales de organización» (porque una reforma efectivamente cardinal de nuestros estatutos que, a pesar del artículo primero, tienen un carácter centralista, si se hiciera en el espíritu de la nueva Iskra, conduciría inevitablemente al autonomismo, y el camarada Mártov, claro está, no quiere reconocer ni aun ante sí mismo su tendencia en principio al autonomismo). De aquí que su posición «en principio», en cuanto al problema de organización, tenga todos los colores del arco iris: predominan inocentes y patéticas declamaciones sobre la autocracia y el burocratismo, sobre la obediencia ciega, sobre tornillos y ruedecitas, declamaciones tan inocentes, que en ellas es aún sumamente difícil distinguir lo que son efectivamente principios de lo que es en realidad cooptación.

Pero cuanto más se adentra uno en el bosque tanta más leña se encuentra: los intentos de analizar y definir exactamente el odioso «burocratismo» conducen inevitablemente al autonomismo; los intentos de «profundizar» y fundamentar, llevan indefectiblemente a justificar el atraso, llevan al seguidismo, a la fraseología girondina. Por último, como único principio efectivamente definido, y que por ello mismo se manifiesta con peculiar claridad en la práctica (la práctica precede siempre a la teoría), aparece el principio del anarquismo. Ridiculización de la disciplina – autonomismo – anarquismo: he ahí la escalera por la que ora baja ora sube nuestro oportunismo en materia de organización, saltando de peldaño en peldaño y evitando hábilmente toda formulación precisa de sus principios. Exactamente la misma gradación presenta el oportunismo en cuanto al programa y a la táctica: burla de la «ortodoxia», de la estrechez y de la inflexibilidad -«crítica» revisionista y ministerialismo – democracia burguesa.

Lenin. Un paso adelante, dos atrás, 1904

El debate sobre la organización del partido en Rusia tendrá dos niveles. Uno afirmará el centralismo frente al oportunismo materializado en la defensa de la «autonomía» de los grupos locales, nacionales o étnicos. Otro entrará en la forma de organización concreta del partido-periódico propuesto por Lenin.

En el primer nivel del debate, el objetivo de Rosa Luxemburgo era integrar el partido que había fundado en su Polonia natal -el «Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania»- en el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). La unión nunca se produjo porque Lenin defendía un supuesto «derecho a la autodeterminación del pueblo polaco» cuyo rechazo era la seña de identidad de la vanguardia de los trabajadores en Polonia. Profundizaremos en este debate más adelante.

Desde el punto de vista organizativo sin embargo, Luxemburgo no solo coincide con Lenin sino que, con él, afirma el centralismo como frontera de clase.

En toda la socialdemocracia se da un espíritu centralista pronunciado. Por haber crecido en el suelo económico del capitalismo, que es centralista por tendencia, y por estar obligada a presentar su batalla en el marco político del gran Estado centralizado burgués, la socialdemocracia es, ya de nacimiento, una enemiga decidida de todo particularismo y todo federalismo. Como quiera que la socialdemocracia tiene que defender los intereses generales del proletariado en cuanto clase en el marco de un Estado concreto, frente a los intereses parciales y de grupo en el proletariado, manifiesta la tendencia lógica de fusionar en un solo partido unitario a todos los grupos nacionales, religiosos y profesionales de la clase obrera. (…) El centralismo socialdemócrata tiene que ser de un carácter esencialmente distinto al blanquista; no puede ser otra cosa más que la concentración impetuosa de la voluntad de la vanguardia consciente y militante de la clase obrera frente a sus grupos e individuos aislados, es, por así decirlo, el «autocentralismo» del sector dirigente del proletariado.

Rosa Luxemburgo. Problemas de organización en la socialdemocracia rusa, 1904

El partido no puede organizarse como una federación de particularismos, de «intereses parciales», de orígenes religiosos o nacionales, de grupos por sexo, situación laboral o sector industrial, en suma de «autonomías», porque no es un frente de grupos identitarios, de sujetos políticos en lucha contra distintas opresiones. El centralismo del partido consiste en afirmar la centralidad de la lucha contra el trabajo asalariado sobre las situaciones e intereses particulares.

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por las que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.

Lenin llevaba en campaña desde 1903 para llevar al Bund, el partido socialista mayoritario en las concentraciones obreras judías del imperio ruso, a la integración plena en el POSDR. En aquella época, los judíos dentro del imperio ruso solo podían vivir en las zonas rurales de una región llamada «el área de confinamiento», legalmente tenían restringidos sus derechos políticos, educativos y económicos y sufrían regularmente «pogroms» azuzados por el propio aparato represivo que liberaba así tensiones sociales.

Con un antisemitismo convertido en ideología de estado, si había unas víctimas arquetípicas de la opresión zarista eran los judíos. El Bund reclamaba autonomía dentro del partido en nombre de su identidad diferenciada, basada en esa opresión específica. El partido, con Lenin -y no pocos dirigentes de origen judío- a la cabeza entendía que esa autonomía no debía pasar de la lógica autonomía de un grupo de trabajo especializado: el de lengua yidish. Para los bundistas significaba por contra una «federación» de facto. Los problemas no tardarían en surgir.

Se acusa al Comité de Ekaterinoslav de no estar suficientemente «orientado» en el problema del antisemitismo. El Comité de Ekaterinoslav habla del movimiento antisemita internacional de las últimas décadas y observa que «este movimiento se extendió de Alemania a otros países, y en todas partes encontró prosélitos precisamente entre las capas burguesas, y no entre las capas obreras de la población». «Esta es una fábula no menos dañiña» (que las fábulas sionistas), espeta, muy enfadado, el Comité del Bund en el Extranjero. El antisemitismo «ha echado raíces entre la masa obrera» y para demostrarlo el Bund, que se siente «orientado», cita dos hechos: 1) la participación de obreros en el pogrom de Czenstochowa y 2) la conducta de 12 (¡doce!) obreros cristianos de Zhitomir, que hicieron de rompehuelgas y amenazaron con «degollar a todos los judíos». ¡Esas sí son pruebas de peso, sobre todo la segunda! (…) El carácter social del antisemitismo actual no cambia porque participen en tal o cual pogrom, no ya decenas, sino incluso centenares de obreros desorganizados, nueve décimas partes de los cuales se encuentran sumidos en la más completa ignorancia.(…)

El Comité de Ekaterinoslay se subleva (y con razón) contra las fábulas de los sionistas acerca del carácter eterno del antisemitismo, en tanto que el Bund, con su airada rectificación, no hace más que embrollar el problema y sembrar entre los obreros judíos ideas que conducen a ofuscar su conciencia de clase. Desde el punto de vista de la lucha de toda la clase obrera de Rusia por la libertad política y por el socialismo, la diatriba del Bund contra el Comité de Ekaterinoslav es el colmo del absurdo. Desde el punto de vista del Bund como «partido político independiente», la diatriba se vuelve comprensible: ¡no se atrevan a organizar en ninguna parte a los obreros «judíos» junta e inseparablemente con los «cristianos»! ¡No se atrevan, en nombre del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia o de sus comités, a hablar directamente a los obreros judíos «pasando por alto» al Bund, sin su mediación y sin mencionarlo!

Y este hecho profundamente lamentable no es casual. Desde el momento que en vez de la autonomía para los asuntos que afectan al proletariado judío, reclamaban ustedes la «federación», tendrían que proclamar al Bund «partido político independiente», para poder implantar esa federación, a costa de lo que sea. Ahora bien, declarar al Bund partido político independiente significa, precisamente, llevar hasta el absurdo el error principal en el problema nacional, lo cual servirá infalible e inevitablemente de punto de partida de un viraje en las concepciones del proletariado judío y de los socialdemócratas judíos en general.

La «autonomía» de los Estatutos de 1898 asegura al movimiento obrero judío todo lo que puede necesitar: propaganda y agitación en yiddish, publicaciones y congresos, presentación de reivindicaciones particulares como desarrollo del programa socialdemócrata único común y satisfacción de las necesidades y demandas locales que dimanan de las peculiaridades del modo de vida judío. En todo lo demás es imprescindible la fusión más completa y estrecha con el proletariado ruso, es imprescindible en interés de la lucha de todo el proletariado de Rusia. Y carece de fundamento, por el fondo mismo del asunto, el temor a toda «mayorización» en caso de fusión, pues precisamente la autonomía es una garantía contra la mayorización en las cuestiones particulares del movimiento judío. Pero en las cuestiones relativas a la lucha contra la autocracia, a la lucha contra la burguesía de toda Rusia, debemos actuar como una organización de combate única y centralizada; debemos apoyarnos en todo el proletariado, sin diferencias de idioma ni de nacionalidad, cohesionado por la solución mancomunada y constante de los problemas teóricos y prácticos, tácticos y de organización, en vez de crear organizaciones que marchen aisladamente, cada una por su propio camino; en vez de debilitar las fuerzas de nuestro embate, fraccionándonos en multitud de partidos políticos independientes; en vez de introducir el aislamiento y la separación para curar después con emplastos de la cacareada «federación» la enfermedad que nos inoculamos artificialmente.

Lenin. «¿Necesita el proletariado judío un partido político independiente?», 1903

Aunque en la época no recibieran este nombre, vemos ya todos los ingredientes de los debates con el identitarismo y sus trampas. Al definir a una parte del proletariado como «judío», el resto empieza a ser definido como «gentil» (goyim) o «cristiano» e insinuarse que es «partícipe a título lucrativo» de la opresión ajena. Algo muy parecido a los discursos culpabilizadores de hoy sobre supuesto el «privilegio blanco» o el «privilegio masculino» entre los trabajadores. Lenin responde airadamente en una nota:

A «organizar la impotencia» sirve el Bund cuando emplea, por ejemplo, esta expresión: nuestros camaradas de las «organizaciones obreras cristianas». Esto es algo tan absurdo como toda la diatriba contra el Comité de Ekaterisnoslav. No conocemos ninguna organización obrera «cristiana». Las organizaciones pertenecientes al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia nunca han hecho distinción alguna entre sus miembros según su religión, jamás les han preguntado por ésta ni lo harán jamás. ni siquiera cuando el Bund en realidad, «se constituya en partido político independiente».

Como es previsible, el argumento bundista sobre la necesidad de la autonomía dentro del partido, tenía su paralelo programático en su reclamación de «autonomía cultural» para los judíos en el imperio. Tanto para Lenin como para Rosa Luxemburgo ese identitarismo judío era pura y simplemente reaccionario, expresión de la resistencia de la pequeña burguesía aldeana del área de confinamiento a su asimilación, a su integración en las corrientes culturales generadas por el desarrollo capitalista. Si no existe una «cultura nacional» burguesa judía, no hace ninguna falta crearla. «No pueden tomarse en serio» los llamamientos de traductores y escritores nacionalistas a «desarrollar la cultura judía» apunta Rosa Luxemburgo. Si se quiere promover la cultura moderna entre los obreros judíos, la referencia ha de ser el movimiento socialdemócrata ruso que «representa en sí mismo una fase genuinamente internacional y proletaria del desarrollo cultural». Una vez más, en el marxismo, el futuro primaba y determinaba la posición política del presente: el proletariado del presente es en realidad, a través de su movimiento hacia el comunismo, el portador de la cultura anacional del conocimiento universal de mañana.

No es de extrañar pues que Rosa Luxemburgo, desconfiara de todo el desarrollo organizativo «sectorial» de la II Internacional en Alemania. Cuando su amiga y militante Clara Zetkin les invita por primera vez a un congreso de mujeres socialistas protesta bromeando: «¿Es que acaso ahora somos feministas?». Por supuesto, no había ni rastro de feminismo en lo que Luxemburgo y Zetkin harían. Las «organizaciones femeninas», igual que la organización juvenil creada por Carlos Liebcknecht, otro de los puntales de la izquierda del partido, tenían la misma función que Lenin proponía al Bund en el partido ruso: servir a la formación socialista y a la difusión del programa del partido en un entorno específico.

Años después este enfoque será llevado aun más allá por la III Internacional en su I y II Congreso. La lógica era la misma para minorías lingüísticas, jóvenes, cooperativistas y mujeres. En un documento de directrices redactado para la Internacional para clarificar sus tomas de posición por la propia Zetkin, deja bien claro que no existirán «organizaciones separadas» ni programas diferenciados, sino «órganos específicos» de la Internacional a todos los niveles -de la fábrica al Secretariado- dedicados a promover la formación, la participación y la formación de cuadros femeninos dado el «retraso histórico y la particular posición que a menudo asume debido a su actividad doméstica» la mujer trabajadora de la época.

Las mujeres miembros del partido comunista de un determinado país no deben reunirse en asociaciones particulares, sino que deben estar inscritas como miembros con igualdad de derechos y deberes en las organizaciones locales del partido, y deben ser llamadas a la colaboración en todos los órganos y en todas las instancias del partido. El partido comunista, sin embargo, adopta regulaciones particulares y crea órganos especiales que se encarguen de la agitación, organización y educación de las mujeres

Clara Zetkin. Directrices para el movimiento comunista femenino, 19207

Pero, si estaban a la espera de una revolución burguesa y lo que pretendía Lenin era precisamente constituir a los núcleos que aspiraban a ser el partido de la clase trabajadora como vanguardia de todos los oprimidos ¿no era la mejor forma de organización un «frente» de todos cuantos sufrían opresión? Rosa Luxemburgo, Lenin, Zetkin y todos los grandes marxistas del periodo revolucionario respondieron de la misma forma: «No». La posición marxista será la de luchar por el centralismo, impulsando organizaciones de clase unitarias tanto para la organización de la clase y sus luchas -de las asambleas de huelga a los soviets- como en el proceso de construcción del partido.

Pero volvamos al debate original. Rosa Luxemburgo y Lenin defendían el centralismo y se oponían a «autonomías» dentro del partido. Pero el debate no acababa ahí ni mucho menos. Las posiciones se fueron enconando hasta el IIº Congreso del partido y acabó en escisión. Por un lado, alrededor de las posiciones de Lenin los «mayoritarios» («bolcheviki» en ruso) y por otro los minoritarios («mencheviki») que incluían a las grandes figuras del partido como Plejanov -el Kautsky ruso-, a Martov, a Trotski -que abandonaría el grupo más adelante- o a Vera Zazulich autora de un famoso intercambio electoral con Marx cuando era joven.

Lenin haría el relato de la ruptura en «Un paso adelante, dos atrás» (1904). Recibiría la crítica de Rosa Luxemburgo desde las páginas de «Iskra», el hasta entonces órgano oficial que había quedado bajo dirección menchevique.

La concepción que se manifiesta en esta obra del modo más penetrante y exhaustivo es la de un centralismo sin contemplaciones. Su principio vital es, por un lado, poner claramente de manifiesto la separación entre los destacamentos organizados de revolucionarios decididos y activos y el medio que los rodea, desorganizado pero activo revolucionariamente; por otro lado, la disciplina férrea y la injerencia directa, decisiva y determinante de las autoridades centrales en todas las manifestaciones de las organizaciones locales del partido. Bastará con señalar que, según esta concepción el comité central, por ejemplo, tiene atribuciones para organizar todos los comités inferiores del partido, para determinar la composición personal de cada organización local rusa desde Ginebra a Lüttich, de Tomsk a lrkutsk, para dar a cada una un estatuto local ya redactado, disolverla por entero y crearla de nuevo por medio de una sentencia y finalmente, del mismo modo e indirectamente, capacidad de influir en la instancia superior del partido, el congreso. Según todo esto, el comité central resulta ser el núcleo realmente activo del partido, mientras que las demás organizaciones se limitan a ser instrumentos de ejecución de sus designios.(…)

El movimiento socialdemócrata es el primero en la historia de las sociedades de clase que, en cada uno de sus estadios y, en el conjunto de su desarrollo, depende de la organización y de la acción directa autónoma de las masas. Por este motivo, la socialdemocracia origina una forma de organización completamente distinta a la de los movimientos socialistas anteriores, por ejemplo, los de carácter jacobino-blanquista.

Lenin parece subestimar esta cuestión al sostener en su libro que el revolucionario socialdemócrata no es otra cosa que un «jacobino inseparablemente unido a la organización del proletariado con consciencia de clase». Lenin considera que la organización y la consciencia de clase del proletariado constituyen los escalones diferenciadores principales entre la socialdemocracia y el blanquismo, partidario de la conjura de una minoría. Olvida con ello Lenin que esto implica una valoración absolutamente distinta de los conceptos de organización, un contenido completamente nuevo para el concepto del centralismo y una concepción también absolutamente nueva de la relación mutua entre la organización y la lucha.

Rosa Luxemburgo. Problemas de organización en la socialdemocracia rusa, 1904

Rosa Luxemburgo critica que el ultra-centralismo, el centralismo vertical y autoritario que divide al partido entre una élite gobernante y una militancia ejecutora, es propio de un grupo de conspiradores y no corresponde a las necesidades de una organización que agrupa a los sectores más avanzados de la clase; no sirve para acendrar posiciones y favorece el desarrollo de tendencias conservadoras y oportunistas una vez broten en la dirección. Lleva razón.

Pero Lenin y los bolcheviques no están todavía ahí. Lo que quieren es acelerar el proceso de formación de una vanguardia en una clase atomizada. Persiguen crear ante todo llevar un único mensaje, igual y coherente, de punta a punta del imperio ruso; un mensaje igual en cada fábrica y cada capital, un guión, un armazón coherente sobre el que poder agrupar a esa vanguardia atomizada y dispersa propia de un proletariado débil. No están creando una organización política para los trabajadores más conscientes y dontándola con un medio de prensa. Están creando una organización desde la que sostener un periódico. Del periódico y sus prácticas surgirá la masa crítica que hará realidad el partido sobre unas posiciones que originalmente solo están acendradas en el núcleo dirigente.

Lo que lleva a los bolcheviques a este modelo son las «condiciones particulares rusas», pero el resultado va mucho más allá. No es casualidad que el POSDR-bolchevique fuera uno de los pocos partidos de la IIª Internacional que no se embarcaron en la carnicería imperialista de 1914. En más de un sentido el atraso ruso fue una bendición para los bolcheviques: sin una ligazón orgánica a unos sindicatos por lo demás débiles y sin grupo parlamentario ni tejido «cultural», el POSDR-b se veía libre de los terrenos en los que un inconfeso ambiente de colaboración de clases iba pudriendo al SPD alemán, la SFIO francesa y el PSI italiano. El foco doctrinario, la gimnasia cotidiana de una actividad propagandística que tenía que acendrar a los trabajadores más conscientes y al mismo tiempo agrupar alrededor suya a los sectores en proletarización, le salvaron de la pusilanimidad teórica de un PSOE. Y el papel dirigente del exilio, con Lenin a la cabeza, aportó además una perspectiva internacional de la que la mayoría de los partidos socialdemócratas europeos, ni hablar de los americanos, carecían. Además, por la debilidad numérica de la socialdemocracia rusa, el debate se dio desde el principio en un plano organizativo. A diferencia de lo que estaba pasando en Alemania, la lucha contra el oportunismo solo podía traducirse en una escisión orgánica.

De ese modo, sobre unos principios correctos aunque sostenidos a veces en argumentos errados, el POSDR-b llegará a las revoluciones rusas con una estructura independiente, un cierto desarrollo númerico y un compromiso programático real. Cuando estalle la revolución de 1917 tendrá todo para convertirse en el la espina dorsal de un verdadero partido de clase.

Las nuevas formas de la lucha de clases

1905 comienza con casi un año de guerra imperialista entre Rusia y Japón a las espaldas. Puerto Arturo, el objeto teórico de la guerra, el único «puerto de aguas cálidas» en el Pacífico ruso y por tanto la única salida de mercancías del Imperio en Asia durante los meses de invierno, cae en manos japonesas el 2 de enero. La batalla ha sido terrible y generosa en bajas tanto en el ejército imperial ruso como en el japonés.

La burguesía rusa aspiraba desde siempre a una revolución burguesa que acabara con los amplios restos de legislación feudal y diera paso a un régimen parlamentario. Tiene la esperanza de que el colapso militar de paso al colapso político y que este lleve a que el propio zarismo le entregue el poder, así que lamenta la derrota en público y la celebra en privado.

El último semestre del ministerio Pleve [primer ministro absolutista] coincidió con el comienzo de la guerra. La sedición se apaciguó o, por decir mejor, se recogió. […] Se observaba un enloquecimiento cercano a la desesperación. «¡esto no puede seguir así!» (…)

La sociedad es del todo impotente. Es inútil pensar en un movimiento revolucionario procedente del pueblo, e incluso si este movimiento se produjese estaría dirigido no contra el poder, sino contra los amos en general.

¿Cuál era, pues, la posible salvación? Estábamos ante la bancarrota financiera y el desastre militar. Hugo Hantz, que pasó en Petersburgo los tres primeros meses de la guerra, afirma que la rogativa común de liberales moderados y numerosos conservadores se formulaba así: «Gott, hilf uns, damit wir geschlagen werden» («Dios, ayúdanos, para que seamos derrotados»). Lo cual naturalmente no impedía que la sociedad liberal adoptase el tono del patriotismo oficial. (…) Fue una táctica basada siempre sobre un único principio: el acercamiento cueste lo que cueste. (…) Se organizaron, no para combatir a la autocracia, sino para servirla; no se trataba de vencer al gobierno, sino de seducirle. Se aspiraba a merecer su gratitud y su confianza, convirtiéndose en indispensable para él. Esta táctica es tan vieja como el liberalismo ruso y no ha ganado con los años ni en inteligencia, ni en dignidad. (…)

La flota de Port Arthur había sido derrotada, muerto el almirante Makarov, la guerra proseguía ahora en tierra firme (…). La posición del gobierno era más difícil que nunca, la desmoralización de los gobernantes hacía imposibles toda continuidad de ideas y toda firmeza en la política interior. Las vacilaciones, los intentos de acomodación y de apaciguamiento se hacían inevitables. La muerte de Pleve fue una ocasión favorable para modificar el curso de la política.

La «primavera» gubernamental debía ser obra del príncipe Sviatopolsk Mirski, antiguo jefe de la gendarmería.(…) El príncipe Sviatopolsk intentó conservar el justo medio: la autocracia, pero suavizada por la legalidad; la burocracia, pero apoyada sobre las fuerzas sociales. (…) El ministro, cuyas buenas intenciones no encontraban eco alguno entre la camarilla que dominaba al zar, intentó tímidamente apoyarse sobre los miembros de los zemstvos: a este objeto, tenía la intención de utilizar la conferencia que se anunciaba y que debía reunir a los representantes de las administraciones locales. (…)

Mientras que el ala derecha de la «sociedad», vinculada, por intereses materiales o por las ideas, al liberalismo censitario, se encargaba de mostrar la moderación y el carácter leal de las mociones del congreso y apelaba al sentido político del príncipe Sviatopolsk, los intelectuales radicales y principalmente los estudiantes, se unían a la campaña de noviembre con el fin de sacarla del atolladero en que estaba atascada, darle un carácter más combativo y vincularla al movimiento revolucionario de los obreros en las ciudades. Es así como se produjeron dos grandes manifestaciones en la calle: la de Petersburgo, el 28 de noviembre, y la de Moscú, los días 5 y 6 de diciembre. Estas demostraciones eran para los «hijos» radicales la conclusión directa y necesaria de las consignas lanzadas por los «padres» liberales: puesto que se había decidido reclamar un régimen constitucional, había que comprometerse en la lucha. Pero los «padres» no mostraban intención alguna de seguir las ideas políticas con tanta perseverancia. Bien al contrario, creyeron su deber mostrarse asustados: demasiada prisa, demasiada fogosidad, podrían romper la frágil tela de araña de la confianza. Los «padres» no apoyaron a los «hijos»; los abandonaron a los cosacos y a la gendarmería del príncipe liberal.

Los estudiantes no fueron apoyados tampoco por los obreros. (…) La profunda evolución que se efectuaba entonces en la consciencia de las masas no tenía lógicamente nada en común con las demostraciones apresuradas de la juventud revolucionaria. Así los estudiantes fueron, a fin de cuentas, abandonados casi exclusivamente a sus propias fuerzas.(…)

1905 se abrió con acontecimientos que establecieron un corte fatal entre el pasado y el presente. Subrayaron con un trazo sangriento la época de la «primavera», periodo en que la consciencia política del país había vivido su infancia. El príncipe Sviatopolsk, su bondad, sus planes, su confianza, sus circulares, todo fue echado atrás, todo olvidado

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

El cambio súbito tendrá lugar el nueve de enero. Una manifestación de obreros, con un pope a la cabeza, se abre paso hacia el Krenlim para entregar un, aparentemente quejumbroso, rogatorio al Zar.

Soberano, nosotros, los obreros, nuestras mujeres y nuestros débiles ancianos, nuestros padres, hemos venido a ti, soberano, para pedir justicia y protección. Estamos reducidos a la miseria, somos oprimidos, abrumados con un trabajo superior a nuestras fuerzas, injuriados, no se quiere reconocer en nosotros a hombres, somos tratados como esclavos que deben sufrir su suerte y callar. Hemos esperado con paciencia, pero se nos precipita cada vez más en el abismo de la indigencia, la servidumbre y la ignorancia. El despotismo y la arbitrariedad nos aplastan, nos ahogamos. ¡Las fuerzas nos faltan, soberano! Se ha alcanzado el límite de la paciencia; para nosotros, éste es el terrible momento en que la muerte vale más que la prolongación de insoportables tormentos

Las peticiones incluyen la separación entre iglesia y estado, la jornada de ocho horas, el derecho de huelga y por supuesto la Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal. El ejército carga contra ellos provocando una matanza. Es el «domingo sangriento», bautizo del proletariado como clase política en Rusia y fin de la «particularidad rusa» que trabajamos en el capítulo anterior.

Nuestra revolución acabó con nuestro particularismo, mostrando que la historia no había creado para nosotros leyes de excepción. (…)

La petición de los obreros oponía a la fraseología confusa de las resoluciones liberales los términos precisos de la democracia política; además, introducía el espíritu de clase al exigir el derecho de huelga y la jornada de ocho horas. Su significación política no reside empero en el texto, sino en el hecho. La petición servía de prólogo a una acción que había de unir a las masas obreras ante el fantasma de una monarquía idealizada, con el resultado de oponer inmediatamente al proletariado y la monarquía real como enemigos mortales. (…)

La marcha de los acontecimientos ha quedado en todas las memorias. Los incidentes se sucedieron, durante algunos días, con una notable moderación, persiguiendo siempre el mismo objetivo. El 3 de enero, estalló la huelga en la fábrica Putilov. El 7 de enero, el número de huelguistas se elevaba a 140.000. La huelga alcanzó su apogeo el 10 de enero. El 13 se volvió al trabajo. De suerte que estamos en presencia de un movimiento antes que nada económico que tiene por causa un motivo ocasional. El movimiento se extiende, arrastra a decenas de millares de obreros y se transforma por consiguiente en un acontecimiento político. A la cabeza del movimiento se encuentra la «Sociedad de Obreros de Talleres y Fábricas», organización de origen policial. Los radicales, cuya política de banquetes ha entrado en un callejón sin salida, arden de impaciencia. Se hallan descontentos por el carácter puramente económico de la huelga y empujan hacia delante al conductor del movimiento, Gapón. El cual se compromete en la vía política y encuentra, en las masas obreras, tal desbordamiento de descontento, irritación y energía revolucionaria, que los planes de sus inspiraciones se pierden y ahogan con él. La socialdemocracia pasa a primer plano. Es acogida con manifestaciones hostiles, pero pronto se adapta a su auditorio y le subyuga. Sus enseñas se convierten en las de la masa y quedan fijadas en la petición. (…)

La histórica manifestación del 9 de enero se presentó bajo un aspecto que nadie, lógicamente hubiera podido prever. El sacerdote a quien la historia había puesto a la cabeza de la masa obrera, durante algunos días, de manera tan inesperada, marcó los acontecimientos con el sello de su personalidad, de sus opiniones, de su dignidad eclesiástica. Y estas apariencias disimularon, ante los ojos de muchas personas, el sentido real de los acontecimientos. Pero la significación esencial del 9 de enero no reside en el cortejo simbólico que avanzó hacia el Palacio de Invierno. La sotana de Gapón era algo accesorio. El verdadero actor fue el proletariado. Comienza por una huelga, se unifica, formula exigencias políticas, baja a la calle, atrae hacia sí todas las simpatías, todo el entusiasmo de la población, choca con la fuerza armada y abre la Revolución Rusa. (…)

«No existe todavía un pueblo revolucionario en Rusia». Eso escribía Peter Struve, en el órgano que publicaba en el extranjero bajo el título de Emancipación, el 7 de enero de 1905, es decir, dos días antes de que los regimientos de la guardia aplastasen la manifestación de los obreros petersburgueses. «No existe un pueblo revolucionario en Rusia», declaraba por la boca de un renegado socialista el liberalismo ruso que, durante un periodo de tres meses, en sus banquetes, había adquirido la convicción de ser el principal personaje en el escenario político. Y esta declaración no había tenido tiempo de llegar hasta Rusia cuando ya el telégrafo transmitía a todos los puntos del mundo la gran noticia del comienzo de la Revolución Rusa…

La esperábamos, no dudábamos de ella. Había sido para nosotros, durante largos años, una simple deducción de nuestra «doctrina» que excitaba las burlas de todos los cretinos de todos los matices políticos. No creían en la eficacia de las peticiones de los zemstvos, en Witte, en Sviatopolsk Mirski, en cajas de dinamita… No había prejuicio político que no aceptasen a ojos cerrados. Sólo la fe en el proletariado les parecía un prejuicio.

La matanza de enero tuvo una influencia especialmente notable y profunda sobre el proletariado de toda Rusia. De un extremo a otro del país corrió una oleada grandiosa de huelgas que estremecieron el cuerpo de la nación. Según un cálculo aproximado, la huelga se extendió a 122 ciudades y localidades, a varias minas del Donetz y a diez compañías de ferrocarriles. Las masas proletarias fueron removidas hasta sus cimientos. El movimiento arrastró a un millón de almas. Sin tener un plan determinado, incluso frecuentemente sin formular exigencia alguna, interrumpiéndose y comenzando de nuevo, guiada sólo por el instinto de solidaridad, la huelga reinó en el país por espacio de unos dos meses.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Esa huelga, «inesperada» y no planificada, verdadera negación del fetiche anarquista y sindicalista de la «huelga general», esa huelga de masas que se confunde con la revolución, es la forma que toma la constitución en clase en la era imperialista. No hay una macro-organización convocante, no hay una estructura de liberados ni una gigantesca caja de resistencia. Simplemente es.

Después del 9 de enero, la revolución no conocerá descanso. No se limita ya a un trabajo subterráneo oculto a la vista, para sublevar incesantemente nuevos estratos; ha llegado a hacer abiertamente, con prisa, el llamamiento de sus compañías, sus batallones, sus regimientos y sus cuerpos de ejército. La fuerza principal de esta inmensa tropa se halla constituida por el proletariado; por eso la revolución procede al llamamiento de sus soldados mediante la huelga.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Toda la previsión teórica sobre la capacidad de la clase universal para hacer de vanguardia del conjunto de clases no explotadoras, cobra de repente cuerpo material.

Una tras otra, las profesiones, las fábricas, las ciudades abandonan el trabajo. Los ferroviarios son los iniciadores del movimiento, las vías férreas sirven de transmisor a esta epidemia. Son formuladas exigencias económicas, satisfechas casi de inmediato, en todo o en parte. Pero ni el comienzo de la huelga, ni su término dependen exclusivamente de las reivindicaciones presentadas, ni de las satisfacciones que se obtienen. La huelga comienza, no porque la lucha económica haya llegado a exigencias determinadas, sino, por el contrario, al hacerse una selección de exigencias que se formulan porque se tiene necesidad de la huelga. Existe la necesidad de comprobar por sí mismo, por el proletariado de otros lugares y en fin por el pueblo entero, las fuerzas que se han acumulado, la solidaridad de la clase, su ardor combativo; es preciso pasar una revista general de la revolución. Los propios huelguistas y quienes los apoyan, y quienes por ellos sienten simpatía, y los que les temen, y los que les odian, todos comprenden o sienten confusamente que esta curiosa huelga que corre localmente de un lugar a otro, recupera su impulso, y pasa como un torbellino; todos comprenden o, sienten que no obra por sí misma, que se limita a cumplir la voluntad de la revolución que la envía. Sobre el campo de operaciones de la huelga, es decir, sobre toda la extensión del país, está suspendida una fuerza amenazadora, siniestra, cargada de una insolente temeridad.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Cuando Rosa Luxemburgo lleve a discusion el modelo de la «huelga de masas» en Alemania, en un momento en el que la tensión de clase es fuerte, el partido aceptará a regañadientes su «uso» y supeditada solo a una eventual prohibición del derecho al voto de los obreros. Los sindicatos, se cerrarán entonces en banda. Rosa Luxemburgo terciará en el debate intentando aclarar, en primer lugar, que la huelga de masas no es la huelga general en el sentido no de universalidad, al revés, sino en el de la posibilidad de reducirla a una herramienta, la posibilidad misma de «convocarla».

Lo primero que la experiencia de Rusia nos lleva a revisar es la concepción general del problema. En la actualidad, cuando ya todo se ha dicho y hecho, nos encontramos con que la posición de los más fervientes defensores de «ensayar la huelga de masas» en Alemania, como Bernstein, Eisner, etcétera, y la de los más enconados adversarios de esta idea, como por ejemplo Bomelburg en el campo sindical, en la práctica resultan lo mismo, es decir la concepción anarquista.

Pues el modo de pensar anarquista es la especulación directa sobre el gran «Kladderadatsch», sobre la revolución social simplemente como característica externa e inesencial. Lo esencial del anarquismo es la concepción abstracta, ahistórica, de la huelga de masas y de las condiciones en que generalmente se libra la lucha proletaria.

Este caprichoso modo de razonar tuvo como resultado que hace sesenta años se concibiera la huelga de masas como el camino más breve, seguro y fácil para saltar a un futuro social mejor. El mismo modo de razonar originó recientemente la idea de que la lucha sindical era la única y verdadera «acción directa de las masas», y también la única lucha revolucionaria verdadera. Esta, como sabemos, es la última posición de los «sindicalistas» franceses e italianos [sindicalismo revolucionario que luego mutará en el anarcosindicalismo de la CNT]. Lo fatal para el anarquismo fue siempre que los métodos de lucha improvisados en el aire son como invitaciones a una casa cuyo dueño está ausente, es decir, son puramente utópicos. Además, estas especulaciones que en un momento dado fueron en general revolucionarias, al no contar con la despreciable y vil realidad, son transformadas por ésta, de hecho, en instrumentos de la reacción.

Los que hoy fijan un día en el calendario para la huelga de masas en Alemania, como si se tratara de un compromiso anotado en la agenda de un ejecutivo; los que, como los participantes del congreso sindical de Colonia, pretenden eliminar por medio de una prohibición «propagandística» el problema de la huelga de masas de la faz de la tierra, se guían por estos mismos métodos de observación abstractos y ahistóricos. Ambas tendencias se basan en el supuesto netamente anarquista de que la huelga de masas es un medio de lucha puramente técnico, que puede «decidirse» a placer y de modo estrictamente consciente, o que puede ser «prohibido», una especie de navaja que se guarda cerrada en el bolsillo «lista para cualquier emergencia», y se puede abrir y utilizar cuando uno lo decida. (…)

Por lo tanto, si algo nos enseña la Revolución Rusa, es, sobre todo, que la huelga de masas no se «fabrica» artificialmente, que no se «decide» al azar, que no se «propaga»; es un fenómeno histórico que, en un momento dado, surge de las condiciones sociales como una inevitable necesidad histórica. Por lo tanto, no se puede entender ni discutir el problema basándose en especulaciones abstractas sobre la posibilidad o la imposibilidad, sobre lo útil o lo perjudicial de la huelga de masas. Hay que examinar los factores y condiciones sociales que originan la huelga de masas en la etapa actual de la lucha de clases. En otras palabras, no se trata de la crítica subjetiva de la huelga de masas desde la perspectiva de lo que sería deseable, sino de la investigación objetiva de las causas de la huelga de masas desde la perspectiva de lo históricamente inevitable.

Rosa Luxemburgo. Huelga de masas partido y sindicatos, 1906

Pero el rechazo que la huelga de masas provoca en la dirección socialdemócrata se debe a que la huelga de 1905 ha superado a la burocracia sindical y su fantasía de organizar al proletariado como un ejército piramidal.

El proletariado ruso no ha creado centrales sindicales, ha creado un nuevo tipo de órgano: el consejo obrero, el soviet. Y este órgano ha colocado a los sindicatos bajo su mando natural sin contar con popes ni burócratas. La peor pesadilla para la dirección sindical.

A medida que se desarrollaba la huelga de octubre, el soviet se convertía naturalmente en el centro que atraía la atención general de los hombres políticos. Su importancia crecía literalmente de hora en hora. El proletariado industrial había sido el primero en cerrar filas en torno a él. La unión de los sindicatos que se había adherido a la huelga a partir del 14 de octubre, tuvo casi inmediatamente que reconocer el protectorado del soviet. Numerosos comités de huelga –los de ingenieros, abogados, funcionarios del gobierno– regulaban sus actos por las decisiones del soviet. Sometiendo a las organizaciones independientes, el soviet unificó en torno suyo la revolución.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

El soviet se había formado por la unión de delegados de los comités de huelga. Desde el primer momento respondía a las asambleas de los trabajadores y sus delegados eran revocables en todo momento.

En la primera sesión no había más que varias docenas de hombres. Y a mediados de noviembre el número de diputados llegaba a 56, entre ellos 6 mujeres. [Al final de la revolución el soviet] representaba a 147 fábricas, 34 talleres y 16 sindicatos [de empresa o ramo]. La mayor parte de los diputados -351- pertenecían a la industria del metal. Desempeñaron un papel decisivo en el soviet, la industria textil envió 57 diputados, la del papel e imprenta 32, los empleados de comercio tenían 12 y los contables y farmacéuticos 7. Se eligió un comité ejecutivo el 17 de octubre, compuesto por 31 miembros: 22 diputados y 9 representantes de los partidos (6 para las dos fracciones de la socialdemocracia y 3 para los socialistas revolucionarios).

León Trotski, Conclusiones de 1905, 1909

Trotski que es elegido secretario de este primer soviet de la historia, se da pronto cuenta de que la naturaleza del nuevo órgano no es en realidad un producto del particularismo y el atraso rusos. Al revés, los soviets son en realidad, como órganos de la insurrección y «expresión organizada de la voluntad de clase del proletariado», que la organización de revolucionarios no necesita ni quiere absorber porque es la forma concreta, material, el lugar preciso en la que se fusiona con el conjunto de la clase, usando la teoría revolucionaria para «orientar pensamiento político» de una clase que por el hecho de auto-organizarse en él se ha constituido ya como sujeto político a un nuevo nivel: la toma y el ejercicio del poder.

El soviet organizaba a las masas obreras, dirigía huelgas y manifestaciones, armaba a los obreros y protegía a la población contra los pogromos. Sin embargo, hubo otras organizaciones revolucionarias que hicieron lo mismo antes, al mismo tiempo y después de él, y nunca tuvieron la misma importancia. El secreto de esta importancia radica en que esta asamblea surgió orgánicamente del proletariado durante una lucha directa, determinada en cierto modo por los acontecimientos, que libró al mundo obrero «por la conquista del poder». Si los proletarios, por su parte, y la prensa reaccionaria por la suya dieron al soviet el título de «gobierno proletario» fue porque, de hecho, esta organización no era otra cosa que el embrión de un gobierno revolucionario. El soviet detentaba el poder en la medida en que la potencia revolucionaria de los barrios obreros se lo garantizaba; luchaba directamente por la conquista del poder, en la medida en que éste permanecía aún en manos de una monarquía militar y policíaca.

Antes de la aparición del soviet encontramos entre los obreros de la industria numerosas organizaciones revolucionarias, dirigidas sobre todo por la socialdemocracia. Pero eran formaciones «dentro del proletariado», y su fin inmediato era luchar «por adquirir influencia sobre las masas». El soviet, por el contrario, se transformó inmediatamente en «la organización misma del proletariado»; su fin era luchar por «la conquista del poder revolucionario».

Al ser el punto de concentración de todas las fuerzas revolucionarias del país, el soviet no se disolvía en la democracia revolucionaria; era y continuaba siendo la expresión organizada de la voluntad de clase del proletariado. En su lucha por el poder, aplicaba métodos que procedían, naturalmente, del carácter del proletariado considerado como clase: estos métodos se refieren al papel del proletariado en la producción, a la importancia de sus efectivos y a su homogeneidad social. Más aún, al combatir por el poder, a la cabeza de todas las fuerzas revolucionarias, el soviet no dejaba ni un instante de guiar la acción espontánea de la clase obrera; no solamente contribuía a la organización de los sindicatos sino que intervenía incluso en los conflictos particulares entre obreros y patronos. Y, precisamente porque el soviet, en tanto que representación democrática del proletariado en la época revolucionaria, se mantenía en la encrucijada de todos sus intereses de clase, sufrió desde el principio la influencia todopoderosa de la socialdemocracia. Este partido tuvo entonces la posibilidad de utilizar las inmensas ventajas que le daba su iniciación al marxismo; este partido, por ser capaz de orientar pensamiento político en el «caos» existente, no tuvo que esforzarse en absoluto para transformar al soviet, que no pertenecía formalmente a ningún partido, en aparato organizador de su influencia.

León Trotski, Conclusiones de 1905, 1909

La experiencia de la revolución de 1905 acaba con una serie de ideas bien alimentadas por el oportunismo en el seno de la II Internacional, pero sobre todo es el primer «ensayo general» de una revolución obrera bajo las condiciones del imperialismo.

  1. La revolución es insurreccional y arranca bajo la forma de una huelga «espontánea» que se extiende territorialmente hasta hacerse general.
  2. Los comités de huelga y organizaciones territoriales obreras de un determinado lugar forman un «consejo obrero» (soviet), que es ya, en sí, un órgano de poder de clase, un órgano insurreccional.
  3. Los consejos obreros tienen un funcionamiento ágil y ejecutivo, sus sesiones son abiertas y sus representantes y cargos son revocables en cualquier momento.
  4. La función de la organización de militantes en el soviet es sobre todo impulsar la clarificación política en la lucha por la toma del poder por parte de los propios consejos.

Autodeterminación e independencia nacional

La historia del socialismo polaco es ejemplificadora. En 1892 se funda el Partido Socialista Polaco alrededor del grupo «Proletariado», la primera expresión organizada seria del marxismo en el imperio ruso a la que se unirá en 1893 una joven Rosa Luxemburgo. El grupo, claramente internacionalista, es decir anti-nacionalista, será duramente perseguido por la policía zarista. Sus principales dirigentes serán juzgados y finalmente ahorcados en 1896.

En 1893 las tendencias revolucionarias de la socialdemocracia polaca se reagrupan en el «Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania» dirigido por León Jogiches y Rosa Luxemburgo, mientras que las tendencias oportunistas tomarán por bandera el independentismo consolidando el «Partido Socialista Polaco» una organización nacionalista con lenguaje socialista o como acuñó Rosa Luxemburgo, «socialpatriota» -socialista de palabra y patriota en los hechos- que cuando llegó la oleada revolucionaria dio cuadros y dirigentes nacionalistas a la reacción tan famosos como el mismísimo dictador Pilsudski.

El socialpatriotismo postulaba que dado que la revolución democrática en Rusia era improbable, si no imposible a corto plazo, la lucha contra el zarismo debía tomar la forma de una independencia nacional polaca. El argumento sobre la «imposibilidad rusa», no solo se demostró falso -como hemos visto– sino que llevó a un argumentario anti-ruso que era en lo fundamental racista y chovinista.

La prueba más antigua y al mismo tiempo la más frecuentemente citada, es la que arguye que la debilidad del movimiento obrero, así como la ausencia de una fuerza revolucionaria en Rusia capaz de derrocar al zarismo muy a corto plazo, hace ilusoria toda esperanza de conquistar las libertades democráticas. (…) [El socialpatriotismo considera] el movimiento obrero ruso como una empresa impotente y abandonada, que nos resulta más un estorbo que un digno aliado. Si quisiéramos tomar en serio este argumento sin comprometernos, por tanto, en una crítca seria, constataríamos un extraño desorden en la concepción del programa socialpatriota. Así, debemos separarnos de Rusia porque le somos superiores en el plano cultural y social. (…)

Las pruebas de los social patriotas no proporcionan ninguna indicación sobre las tendencias históricas objetivas hacia la unificación de Polonia, no son más que «rencores» y «quejas», por consiguiente, motivos puramente subjetivos. Supongamos realmente que las afirmaciones de los socialpatriotas en lo que concierne al estado desesperado de las condiciones sociales en Rusia sean exactas. Ahora bien, ni siquiera las más tristes de las perspectivas para los países hoy dominados por el zarismo constituye por sí una prueba histórica de la necesidad y aun de la posibilidad de una separación violenta [de Polonia] del zarismo. La necesidad de la restuauración polaca frente a la situación deplorable de Rusia es una idea que solo tiene su origen en la cabeza de los especuladores políticos socialpatriotas y no resulta en absoluto del desarrollo de Polonia y Rusia.

Rosa Luxemburgo. La acrobacia programática de los socialpatriotas, 1902

La argumentación de Rosa Luxemburgo y los internacionalistas se basaba en el estudio de las tendencias económicas de fondo. En 1897 publica «El desarrollo industrial de Polonia» y su principal conclusión la repetirá una y otra vez en todos sus análisis siguientes.

La fusión capitalista de Polonia y Rusia conduce a un resultado final que está muy lejos del que habían previsto tanto el gobierno ruso como la burguesía y los nacionalistas polacos: la unión del proletariado polaco y ruso para liquidar, en primer lugar, la dominación del zarismo ruso y, a continuación, el capitalismo polaco-ruso.

Rosa Luxemburgo. El desarrollo industrial de Polonia, 1897

Conclusión que se vería corroborada por el desarrollo económico de la década siguiente tanto en Rusia como en Polonia que culminarían en la revolución de 1905.

El desarrollo capitalista en Polonia une cada vez más estrechamente al país con Rusia a través de los intereses económicos de las clases dominantes.(…) El análisis objetivo del desarrollo social de Polonia nos lleva a la conclusión de que las tendencias a favor de la independencia de Polonia son una utopía de pequeños burgueses y como tales, solo puede perturbar la lucha de clases del proletariado o conducirla a un callejón sin salida.

Rosa Luxemburgo. Prefacio a «La cuestión polaca y el movimiento socialista», 1905

El carácter reaccionario del socialpatriotismo lo probaría la acción revolucionaria sincrónica de los trabajadores bálticos, polacos y rusos en la revolución de 1905, en la que en los hechos desaparecerían los socialpatriotas polacos como fuerza política mínimamente influyente en el proletariado. Por desgracia también se demostraría cierto a la inversa, cuando el imperialismo alemán cree en 1918 la «República Polaca» como forma de ahogar la revolución proletaria en Polonia y cercar al poder de los consejos obreros en nombre de una independencia nacional antiobrera dirigida por reaccionarios feudalizantes y socialpatriotas. Una estrategia que, sangrienta guerra civil mediante, le daría frutos también al imperialismo alemán en Finlandia.

Pero volvamos a la época final del imperialismo antes de la revolución. La perspectiva marxista general, compartida por todos, nos la recordará Lenin en un artículo polémico contra las posiciones de Rosa Luxemburgo escrito en 1914.

La época del triunfo definitivo del capitalismo sobre el feudalismo estuvo ligada en todo el mundo a movimientos nacionales. La base económica de estos movimientos estriba en que, para la victoria completa de la producción mercantil, es necesario que la burguesía conquiste el mercado interior, es necesario que territorios con población de un solo idioma adquieran cohesión estatal, eliminándose cuantos obstáculos se opongan al desarrollo de ese idioma y a su consolidación en la literatura. El idioma es el medio principal de comunicación entre los hombres; la unidad de idioma y el libre desarrollo del mismo es una de las condiciones más importantes de una circulación mecantil realmente libre y amplia, correspondiente al capitalismo moderno, de una agrupación libre y amplia de la población en cada una de las diversas clases; es, por último, la condición de un estrecho nexo del mercado con todo propietario, grande o pequeño, con todo vendedor y comprador.

Por ello, la tendencia de todo movimiento nacional es formar Estados nacionales, que son los que mejor cumplen estas exigencias del capitalismo contemporáneo. Impulsan a ello factores económicos de lo más profundos, y para toda la Europa Occidental, es más, para todo el mundo civilizado, el Estado nacional es por ello lo típico, lo normal en el período capitalista.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Rosa Luxemburgo compartía por supuesto este punto de partida, pero le agrega la perspectiva del estudio del imperialismo.

La necesidad de la burguesía de controlar el mercado interno no es el único fundamento material de los movimientos nacionales. Existen otros factores: el militarismo, que garantiza la soberanía del país al mismo tiempo que ayuda a abrir un pasaje hacia el mercado mundial; el proteccionismo aduanero; una jurisprudencia, una educación y nuevos medios de comunicación. El capitalismo necesita asegurar las condiciones económicas de su crecimiento y establecer íntegramente el aparato de un estado moderno. La burguesía, para expandirse, necesita tanto desarrrollar sus medios de producción, como reforzar su poder de clase.

Así, el estado independiente constituye la forma de gobierno, históricamente indispensable, que permite a la burguesía pasar de la defensiva a la ofensiva, de la lucha por la centralización a la política imperialista.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero precisamente porque no basa su posición en la defensa de un idealista «derecho de la nación», Rosa Luxemburgo veía inconsecuente el apoyo a la formación de estados nacionales no viables o que fueran producto de la división de grandes estados capitalistas. Una posición que continuaba una larga tradición marxista, comenzada por Engels en su análisis del nacimiento de Suiza como un triunfo de la reacción, Kautsky y su denuncia del nacionalismo checo o la unión de los partidos socialistas austriaco e italiano contra la emergencia del nacionalismo triestino y véneto.

El desarrollo hacia el Gran Estado que caracteriza la época moderna y que gana en importancia con el progreso del capitalismo, condena de entrada al conjunto de mini y micronacionalidades a la debilidad política. Al lado de algunas naciones muy potentes, que son los auténticos gerentes del desarrollo capitalista porque disponen de los medios materiales e intelectuales indispensables para preservar su independencia económica y olítica, la «autodeterminación», la existencia autónoma de las mini y micronaciones, es cada vez más ilusoria. Este retorno a la existencia autónoma de todas o, al menos, de la gran mayoría de las naciones actualmente oprimidas solo sería posible si la existencia de pequeños estados tuviera posibilidades y perspectivas de futuro en la época capitalista. Por ahora son tan necesarias las condiciones económicas y políticas propias de un gran estado en la lucha por la existencia de las naciones capitalistas, que incluso los pqueñeos estados políticamente independientes, formalmente iguales en derechos, que existen en Europa, solo desempeñan un papel simbólico y la mayor para de las veces son títeres de otros estados. ¿Puede hablarse formalmente de autodeterminación» para los montenegrinos, los búlgaros, los rumanos, los serbios o los griegos, formalmente independientes, o incluso, en cierta forma para los suizos? (…)

El segundo aspecto fundamental de la evolución reciente, que hace utópica esta consigna, es el imperialismo capitalista. (…) El resultado de esta tendencia es la liquidación permanente de la independencia de unj número cada vez mayor de países, de pueblos y de continentes enteros. (…) Teniendo en cuenta esta evolución y la necesidad que tienen los grandes estados capitalistas de la lucha por la existencia en el mercado internacional, de la política universal y de las posesiones coloniales, «lo más adecuado para realizar sus funciones en las condiciones actuales», es decir, lo que mejor corresponde a las necesidades de la explotación capitalista, no es el «estado nacional» -como supone Kautsky- sino el estado imperialista. (…)

Tal como lo entienden los socialistas, este derecho [la autodeterminación] debe tener, por su misma naturaleza, un carácter universal, y el solo hecho de reconocerlo así basta para poner de manifiesto que la esperanza de realizar este «derecho» en el sistema existente es una utopía en contradicción directa con la tendencia del desarrollo capitalista, sobre cuya base se ha constituido la socialdemocracia. Volver al objetivo de dividir todos los estados existentes en unidades nacionales y limitarlas mutuamente según el modelos de los estados y los pequeños estados nacionales es una tentativa desesperada y, desde un punto de vista histórico, reaccionaria.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero si Rosa Luxemburgo ve ya con claridad en 1908 que el imperialismo está modificando las condiciones de posibilidad de la independencia nacional, Lenin no espera, todavía en 1914, que los nuevos estados vayan a pasar directamente de la fase revolucionaria al imperialismo.

En Europa Oriental y en Asia, la época de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905. Las revoluciones de Rusia, Persia, Turquía y China, las guerras en los Balcanes: tal es la cadena de los acontecimientos mundiales ocurridos en nuestra época en nuestro «Oriente». Y en esta cadena de acontecimientos sólo un ciego puede no ver el despertar de toda una serie de movimientos nacionales democráticos burgueses, de tendencias a crear Estados independientes y unidos en le aspecto nacional. Precisa y exclusivamente porque Rusia y los países vecinos suyos atraviesan por esa época necesitamos nosotros en nuestro programa un apartado sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. (…)

Rusia es un Estado con un centro nacional único, ruso. Los rusos ocupan un gigantesco territorio compacto, y su número asciende aproximadamente a 70 millones. La peculiaridad de este Estado nacional reside, primero, en que los «alógenos (que en conjunto constituyen la mayoría de la población, el 57%) pueblan precisamente la periferia; segundo, en el hecho de que la opresión de estos alógenos es mucho más fuerte que en los países vecinos (incluso no tan sólo en los europeos); tercero, en que hay toda una serie de casos en que los pueblos oprimidos que viven en la periferia tienen compatriotas al otro lado de la frontera, y estos últimos gozan de mayor independencia nacional (basta recordar, aunque sólo sea en las fronteras occidental y meridional del Estado, a finlandeses, suecos, polacos, ucranios y rumanos); cuarto, en que el desarrollo del capitalismo y el nivel general de cultura son con frecuencia más altos en la periferia alógena que en el centro del Estado. Por último, precisamente en los Estados asiáticos vecinos presenciamos el comienzo de un período de revoluciones burguesas y de movimientos nacionales que comprenden en parte a los pueblos afines dentro de las fronteras de Rusia.

Así pues, son precisamente las peculiaridades históricas concretas del problema nacional en Rusia las que hacen entre nosotros urgente en especial el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación en la época que atravesamos.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Lo curioso es que todavía en 1914, cuando Lenin discute con los textos de Rosa Luxemburgo de 1908, sigue sin ver la relación entre imperialismo y autodeterminación. El ejemplo que toma, uno de los muchos citados por Rosa Luxemburgo, aunque apenas argumentado, es la independencia noruega de Suecia en 1905.

La cuestión consistía y consiste en si la socialdemocracia necesita, en un Estado de composición nacional heterogénea, un programa que reconozca el derecho a la autodeterminación o a la separación

¿Qué nos dice sobre esto el ejemplo de Noruega, escogido por la misma Rosa Luxemburgo?(…)

Es indudable que los pequeños burgueses de Noruega, que han querido tener rey propio por su dinero y han hecho fracasar en plebiscito popular el proyecto de instauración de la República, han puesto de manifiesto cualidades pequeñoburguesas bastante malas.(…)

Noruega está ligada a Suecia por lazos geográficos, económicos y lingüísticos no menos estrechos que los lazos que unen a muchas naciones eslavas no rusas a los rusos. Pero la unión de Noruega a Suecia no era voluntaria, de modo que Rosa Luxemburgo habla de «federación» completamente en vano, sencillamente porque no sabe qué decir. Noruega fue entregada a Suecia por los monarcas durante las guerras napoleónicas, contra la voluntad de los noruegos, y los suecos hubieron de llevar a Noruega tropas para someterla.

Después de eso hubo durante largos decenios, a pesar de la autonomía de extraordinaria amplitud de que gozaba Noruega (Dieta propia, etc.), constantes roces entre Noruega y Suecia, y los noruegos procuraron con todas las fuerzas sacudirse el yugo de la aristocracia sueca. En agosto de 1905 se lo sacudieron por fin: la Dieta noruega decidió que el rey de Suecia dejara de ser rey de Noruega, y el referéndum del pueblo noruego, celebrado más tarde, dio una aplastante mayoría de votos (cerca de doscientos mil, contra algunos centenares) a favor de la completa separación de Suecia. Los suecos, después de algunas vacilaciones, se resignaron con la separación.

Este ejemplo nos muestra en qué terrenos son posibles y se producen casos de separación de naciones, manteniéndose las relaciones económicas y políticas contemporáneas, y qué forma toma a veces la separación en un ambiente de libertad política y democracia.

Ni un solo socialdemócrata, si no se decide a declarar que le son indiferentes la libertad política y la democracia (y en tal caso, naturalmente, dejaría de ser socialdemócrata), podrá negar que este ejemplo demuestra de hecho que los obreros conscientes tienen la obligación de desarrollar una labor constante de propaganda y preparación a fin de que los posibles choques motivados por la separación de naciones se ventilen sólo como se ventilaron en 1905 entre Noruega y Suecia y no «al modo ruso». Esto es precisamente lo que expresa la reivindicación programática de reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación. Y Rosa Luxemburgo, ante un hecho desagradable para su teoría, ha tenido que escudarse con temibles invectivas a la mentalidad de los pequeños burgueses noruegos y al Naprzód [periódico socialpatriota polaco] de Cracovia, porque comprendía perfectamente hasta qué punto desmiente de un modo irrevocable ese hecho histórico sus frases, según las cuales el derecho a la autodeterminación de las naciones es una «utopía», equivale al derecho «a comer en plato de oro», etc. Semejantes frases sólo expresan una fe oportunista de lamentable presunción en la inmutabilidad de la correlación de fuerzas dada entre las naciones de Europa Oriental.

Prosigamos. En el problema de la autodeterminación de las naciones, lo mismo que en cualquier otro, nos interesa, ante todo y sobre todo, la autodeterminación del proletariado en el seno de las naciones. Rosa Luxemburgo ha dejado modestamente a un lado también este problema, comprendiendo cuán desagradable resulta para su «teoría» examinarlo en el aducido ejemplo de Noruega.

¿Cuál fue y debió ser la posición del proletariado noruego y sueco en el conflicto motivado por la separación? Los obreros conscientes de Noruega, desde luego, hubieran votado después de la separación por la República, y si hubo socialistas que votaron de otro modo, eso no demuestra sino que hay a veces mucho oportunismo obtuso, pequeñoburgués, en el socialismo europeo. Sobre esto no puede haber dos criterios, y sólo nos referimos a este punto porque Rosa Luxemburgo intenta velar el fondo de la cuestión con disquisiciones que no vienen al caso. No sabemos si, en lo que se refiere a la separación, el programa socialista noruego obligaba a los socialdemócratas noruegos a atenerse a un criterio determinado. Supongamos que no, que los socialistas noruegos dejaron en suspenso la cuestión de hasta qué punto era suficiente para la libre lucha de clase la autonomía de Noruega y hasta qué punto frenaban la libertad de su vida económica los eternos roces y conflictos con la aristocracia sueca. Pero es indiscutible que el proletariado noruego debía haber ido contra esa aristocracia, por una democracia campesina noruega (aun con toda la estrechez de miras pequeñoburguesas de esta última).

¿Y el proletariado sueco? Sabido es que los terratenientes suecos, apoyados por el clero sueco, predicaban la guerra contra Noruega; y como Noruega es mucho más débil que Suecia, como ya había sufrido una invasión sueca, como la aristocracia sueca tiene un peso muy considerable en su país, esta prédica era una amenaza muy seria. Puede asegurarse que los Kokoshkin suecos corrompieron larga y empeñadamente a las masas suecas, exhortándolas a «proceder con prudencia» en lo referente a las «fórmulas elásticas de la autodeterminación política de las naciones», pintándoles los peligros de «disgregación del Estado» y asegurándoles que la «libertad popular» es compatible con los principios de la aristocracia sueca. No cabe la menor duda de que la socialdemocracia sueca habría hecho traición a la causa del socialismo y a la causa de la democracia si no hubiera luchado con todas sus fuerzas contra la ideología y contra la política tanto de los terratenientes como de los Kokoshkin [jurista del partido kadete ruso, burguesía liberal], si no hubiera propugnado, además de la igualdad de las naciones en general (igualdad que también reconocen los Kokoshkin), el derecho de las naciones a la autodeterminación, la libertad de separación de Noruega.

La estrecha unión de los obreros noruegos y suecos y su plena solidaridad de camaradas de clase ganaban, al reconocer de este modo los obreros suecos el derecho de los noruegos a la separación. Porque los obreros noruegos se convencían de que los obreros suecos no estaban contagiados de nacionalismo sueco, de que la fraternidad con los proletarios noruegos estaba, para ellos, por encima de los privilegios de la burguesía y de la aristocracia suecas. La ruptura de los lazos impuestos a Noruega por los monarcas europeos y los aristócratas suecos fortaleció los lazos entre los obreros noruegos y suecos. Los obreros suecos han demostrado que, a través de todas las vicisitudes de la política burguesa -¡bajo las relaciones burguesas es perfectamente posible que renazca la sumisión de los noruegos a los suecos por la fuerza!-, sabrán mantener y defender la completa igualdad de derechos y la solidaridad de clase de los obreros de ambas naciones en la lucha tanto contra la burguesía sueca como contra la noruega. (…)

Para los socialdemócratas polacos, naturalmente, el «derecho a la autodeterminación» no tiene una importancia tan grande como para los rusos. Es perfectamente comprensible que la lucha contra la pequeña burguesía de Polonia, cegada por el nacionalismo, haya obligado a los socialdemócratas polacos a «forzar la nota» con particular empeño (a veces quizá un poco exagerado). Ni un solo marxista de Rusia ha pensado nunca en acusar a los socialdemócratas polacos de estar en contra de la separación de Polonia. Estos socialdemócratas se equivocan sólo cuando, a semejanza de Rosa Luxemburgo, intentan negar la necesidad de que en el programa de los marxistas de Rusia se reconozca el derecho a a la autodeterminación.

En el fondo, eso significa trasladar relaciones, comprensibles desde el punto de vista del horizonte de Cracovia, a la escala de todos los pueblos y naciones de Rusia, incluidos los rusos. Eso significa ser «nacionalistas polacos al revés», y no socialdemócratas de Rusia, internacionalistas.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Es cierto que el ejemplo noruego contraría la tendencia general detectada por Rosa Luxemburgo. Es más dudoso que se pueda hablar, después de 1905, de que los proletariados noruego y sueco mantuvieran su unidad de clase en un grado similar al que tenían antes de la secesión. Llama la atención que el sujeto de toda la argumentación sea la nación y no la clase, cuya división se trata como un hecho anterior a la independencia.

La fórmula del «derecho de las naciones» no justifica la actitud de los socialistas ante la cuestión de las nacionalidades, no solo porque no tiene en cuenta las distintas condiciones históricas (de espacio y tiempo) ni la dirección general del desarrollo de las condiciones universales, sino también porque ignora totalmente la teoría fundamental del socialismo moderno: la teoría de la sociedad de clases.

Cuando se habla del «derecho de las naciones a la autodeterminación», se usa el concepto de nación como un todo, como una unidad social y política homogénea. Pero ese concepto de «nación» es precisamente una de las categorías de la ideología burguesa que la teoría marxista ha sometido a una revisión radical, demostrando que detrás del velo misterioso de los conceptos de «libertad burguesa», «igualdad ante la ley», etc., se oculta siempre un contenido histórico concreto.

En la sociedad de clases no existe la nación como entidad sociopolítica homogénea, sino que en cada nación hay clases con intereses y «derechos» antagónicos.

No existe absolutamente ningún terreno social, desde el de las condiciones materiales más primarias hasta las más sutiles condiciones morales, en el que las clases poseedoras y el proletariado consciente opten la misma actitud y aparezcan como un «pueblo» indiferenciado. En el terreno de las condiciones económicas, las clases burguesas defienden los intereses de la explotación, y el proletariado, los del trabajo. En el terreno de las condiciones jurídicas, la propiedad privada es la piedra angular de la sociedad burguesa; los intereses del proletariado exigen que los que no tienen nada sean emancipados de la dominación de la propiedad. En el terreno de la administración de justicia, la sociedad burguesa representa la «justicia de clase», la justicia de los aposentados y los gobernantes; el proletariado defiende la humanidad y el principio que consiste en tener en cuenta las influencias sociales en el individuo. En las relaciones internacionales, la burguesía lleva a cabo una política de guerra y de anexiones, es decir, en la fase actual del sistema, una política aduanera restrictiva y de guerra comercial; el proletariado, en cambio, una política de paz generalizada y de libertad de intercambios. En el terreno de la sociología y de la filosofía, las escuelas burguesas y la escuela que representa el proletariado están en abierta contradicción (…) Incluso en el terreno de las supuestas relaciones humanas, de la ética, de las opiniones sobre arete, educación, etc., los intereses, la visión del mundo y los ideales de la burguesía, por un lado, y los del proletariado consciente, por otro, constituyen dos campos separados entre sí por un profundo abismo. En aquellos aspectos en que las aspiraciones formales y los intereses del proletariado y de la burguesía en su conjunto, o de su sector progresista, parecen idénticos o comunes, como, por ejemplo, en las aspiraciones democráticas, la identidad de formas y consignas encubre una ruptura total de contenido y de política práctica.

En una sociedad de este tipo no puede existir una voluntad colectiva y unitaria, no puede haber autodeterminación de la «nación». Cuando en la historia de las sociedades modernas se han desarrollado luchas y movimientos «nacionales», se ha tratado, en general de movimientos de clase de la capa burguesa dirigente, que, en el mejor de los casos, puede representar hasta cierto punto los intereses de otras capas populares en la medida en que defienda, como «intereses nacionales», formas progresistas del desarrollo histórico, en los que la clase trabajadora aun no se haya separado de la masa del «pueblo» dirigido por la burguesía para constituirse en una clase políticamente consciente e independiente.(…)

Todos estos hechos son suficientes para demostrar que el «derecho de las naciones» no puede ser determinante, desde el punto de vista de un partido socialista, de la cuestión nacional. La misma existencia de eses partido es la prueba de que la burguesía ha dejado de ser el representante de todo el pueblo, de que la clase proletaria ya no se cubre con el manto protector de la burguesía, sino que se ha separado de ella para convertirse en una clase independiente con sus propios objetivos sociales y políticos. Siendo la concepción de «pueblo», de «derechos» y de «voluntad popular» como un todo homogéneo, una reliquia de la época del antagonismo latente en inconsciente entre el proletariado y burguesía, sería una contradicción flagrante que el proletariado consciente y organizado se sirviera de ellas; una contradicción no en el terreno de la lógica escolástica, sino una contradicción histórica. (…)

Para la socialdemocracia, la cuestión de las nacionalidades es, ante todo, como todas las demás cuestiones sociales y políticas, una cuestión de intereses de clase.(…)

Recapitulemos: el desarrollo capitalista y los intereses de la burguesía necesitan la creación de un estado nacional independiente, que más tarde se convierte en un instrumento de conquista imperialista. Los intereses del proletariado tienen únicamente a los objetivos democráticos y culturales del movimiento nacional, es decir, al establecimiento de instituciones políticas que garanticen, por medios pacíficos, e libre desarrollo de la cultura de todas las nacionalidades que conviven en el mismo estado. La clase obrera reivindica firmemente la igualdad de derechos de todas [las personas de todas] las nacionalidades. El programa nacional de clase obrera es esencialmente distinto del nacionalismo de la burguesía.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

El malabarismo de cambiar la fórmula de «derecho de las naciones» a «derecho de los pueblos», tampoco sirve a Rosa Luxemburgo. «Pueblo» es, fundamentalmente, el proletariado junto o bajo la dirección de la pequeña burguesía. Si es la pequeña burguesía la que dirige, no cambia el sentido utópico y reaccionario que ésta le da a la «autoderminación nacional».

Después de la bancarrota de los partidos burgueses, nuevos fuerzas sociales -la intelectualidad y la pequeña burguesía, que buscan refugio en el movimiento obrero- tienden a imponer a éste sus deseos irrealizables. Si los partidos socialistas no hubieran tenido la posibilidad de verificar objetivamente lo que corresponde en realidad a las necesidades de la clase obrera y se hubieran limitado a imaginar lo «bueno» y lo «útil», su programa hubiera resultado un conjunto de utopías.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Y si es el proletariado el que dirige, ¿qué sentido tendría que marchara hacia atrás, hacia la creación de un estado nacional creado para organizar su explotación?

La idea de que el proletariado consciente de sí mismo pueda crear un estado moderno es tan absurda como la de proponer a la burgessía una nueva instauración del feudalismo.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero la cuestión de fondo que está señalando Rosa Luxemburgo y que Lenin no ve, aunque escribe su artículo a pocos meses del estallido de la guerra mundial, es que una vez desarrollado el mercado capitalista mundial, una vez entrados en la fase imperialista del desarrollo capitalista, no puede haber un desarrollo independiente del capitalismo nacional y no hay, por tanto, espacio para una verdadera independencia nacional. En ese marco, la independencia deja de tener un sentido históricamente progresivo por lo que con ella la«autodeterminación nacional» pasa a ser una consigna reaccionaria.

Esto se radicaliza definitivamente con la guerra mundial y la revolución, momento a partir del cual el capitalismo se convierte en un sistema globalmente decadente. Si, como señaló Carlos Liebknecht, la principal contradicción del imperialismo a partir del estallido de la guerra mundial se produce entre estado nacional y mercado mundial, ¿qué sentido puede tener crear contra corriente nuevos estados nacionales?

El argumento final de Rosa Luxemburgo afirmará que lo mismo que hace de la consigna de la «defensa sin anexiones» una consigna imposible, reaccionaria y de facto, imperialista, es lo que convierte la consigna de «apoyo a la autodeterminación nacional» en un regalo al imperialismo y un tiro en el pié al propio movimiento revolucionario:

Mientras existan los Estados capitalistas, mientras la política mundial imperialista determine y configure la vida interna y externa de los Estados, el derecho a la autodeterminación nacional no tendrá nada que ver con su práctica, ni en la guerra, ni en la paz.

Más aún: en el medio imperialista actual no puede existir en modo alguno ninguna guerra de defensa nacional, y toda política socialista que haga abstracción de ese determinado medio histórico, que quiera guiar en medio de este torbellino mundial sólo por los puntos de vista unilaterales de su país, no será desde un principio otra cosa que un castillo de naipes.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1916

Desde el análisis marxista de Rosa Luxemburgo, que incluye una perspectiva global del imperialismo de la que carecía Lenin, la consigna leninista y su hincapié en los «movimientos de liberación nacional» no pueden ser sino una manifestación de optimismo sin límites y tener, como tuvo, consecuencias funestas.

¿Qué se supone que significa este derecho? Que el socialismo se opone a toda forma de opresión, incluso la de una nación por otra, constituye el ABC de la política socialista.

A pesar de esto, políticos tan serios y críticos como Lenin, Trotski y sus amigos, que responden sólo con un irónico encogerse de hombros a cualquier tipo de fraseología utópica como desarme, Liga de las Naciones, etcétera, en este caso hicieron de una frase hueca exactamente del mismo tipo su hobby preferido. Ello se debe, me parece, a una política fabricada para la ocasión. Lenin y sus camaradas calcularon que no había método más seguro para ganar a los pueblos extranjeros del Imperio Ruso para la causa de la revolución, para la causa del proletariado socialista, que el de ofrecerles, en nombre de la revolución y el socialismo, la libertad más extrema e ilimitada para determinar sus propios destinos. Es una política análoga a la que se dieron los bolcheviques con el campesinado ruso, satisfaciendo su hambre de tierra con la consigna de apropiación directa de las propiedades nobles, en el supuesto de que así se los ganaría para la revolución y el gobierno proletario. En ambos casos, desafortunadamente, el cálculo resultó completamente erróneo.

Está claro que Lenin y sus amigos esperaban que, al transformarse en campeones de la libertad nacional hasta el punto de abogar por la «separación», harían de Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania, los países bálticos, el Cáucaso, etcétera, fieles aliados de la Revolución Rusa.

Pero sucedió exactamente lo contrario. Una tras otra, estas «naciones» utilizaron la libertad recientemente adquirida para aliarse con el imperialismo alemán como enemigos mortales de la Revolución Rusa y, bajo la protección de Alemania, llevar dentro de la misma Rusia el estandarte de la contrarrevolución. Un ejemplo perfecto lo constituye el jueguito que se hizo en Brest con Ucrania, que provocó un giro decisivo en las negociaciones y sacó a luz la situación política, tanto interna como externa, a la que se ven enfrentados en la actualidad los bolcheviques. La actitud de Finlandia, Polonia, Lituania, los países del Báltico, los pueblos del Cáucaso, nos demuestra de manera convincente que aquél no es un caso excepcional sino un fenómeno típico.

Seguramente, en todos estos casos no fue realmente el «pueblo» el que impulsó esta política reaccionaria sino las clases burguesas y pequeñoburguesas. Estas, en total oposición a sus propias masas proletarias, pervirtieron el «derecho nacional a la autodeterminación», transformándolo en un instrumento de su política contrarrevolucionaria. Pero (y llegamos al nudo de la cuestión), aquí reside el carácter utópico, pequeñoburgués de esta consigna nacionalista: que en medio de las crudas realidades de la sociedad de clases, cuando los antagonismos se agudizan al máximo, se convierte simplemente en un instrumento de dominación de la burguesía. Los bolcheviques aprendieron, con gran perjuicio para ellos mismos y para la revolución, que bajo la dominación capitalista no existe la autodeterminación de los pueblos, que en una sociedad de clases cada clase de la nación lucha por «determinarse» de una manera distinta, y que para las clases burguesas la concepción de la liberación nacional está totalmente subordinada a la del dominio de su clase. La burguesía finesa, al igual que la de Ucrania, prefirió el gobierno violento de Alemania a la libertad nacional si ésta la ligaba al bolchevismo.

La esperanza de transformar estas relaciones de clase reales en su opuesto, de ganar el voto de la mayoría para la unión con la Revolución Rusa, haciéndolo depender de las masas revolucionarias, tal como seriamente lo pretendían Lenin y Trotsky, refleja un grado de optimismo incomprensible.

Y si solamente se trataba de un recurso táctico en el duelo entablado con la política de fuerza de Alemania, entonces era un juego con fuego muy peligroso. Incluso sin la ocupación militar de Alemania, el resultado del famoso «plebiscito popular», suponiendo que se hubiera llegado hasta allí en los estados limítrofes, hubiera proporcionado pocos motivos de alegría a los bolcheviques. Tenemos que tener en cuenta la psicología de las masas campesinas y de grandes sectores de la pequeña burguesía, y las miles de maneras con que cuenta la burguesía para influir sobre el voto. Por cierto, debe considerarse una ley absoluta que en estos asuntos de plebiscitos sobre la cuestión nacional la clase dominante siempre sabrá evitarlos cuando no sirven a sus propósitos, o, cuando se realizan, utilizará todos los medios para influir sobre sus resultados, los mismos medios que hacen imposible introducir el socialismo mediante el voto popular.

El simple hecho de que la cuestión de las aspiraciones nacionales y tendencias a la separación fuera introducida en medio de la lucha revolucionaria, incluso puesta sobre el tapete y convertida en el santo y seña de la política socialista y revolucionaria como resultado de la paz de Brest, produjo la mayor confusión en las filas socialistas y realmente destruyó las posiciones ganadas por el proletariado en los países limítrofes.

En Finlandia, donde el proletariado luchó formando parte de la estrecha falange socialista rusa, logró una posición predominante en el poder; tenía la mayoría en el Parlamento y el ejército, redujo a su burguesía a una impotencia completa y, dentro de sus fronteras, era dueño de la situación.

O tomemos Ucrania. A comienzos de siglo, antes de que se inventaran la tontería del «nacionalismo ucraniano» con sus rublos de plata y sus «universales», o el hobby de Lenin de una Ucrania independiente, Ucrania era la columna vertebral del movimiento revolucionario ruso. Allí, en Rostov, Odesa, la región del Donetz, brotaron los primeros ríos de lava de la revolución, que encendieron todo el sur de Rusia en un mar de llamas (ya en 1902-1904), preparando así el alzamiento de 1905. Lo mismo sucedió en la revolución actual, en la que el sur de Rusia proveyó las tropas selectas de la falange proletaria.

Polonia y las tierras del Báltico fueron desde 1905 los núcleos revolucionarios más poderosos e importantes, y en ellos el proletariado jugó un rol de primera magnitud.

¿Cómo puede ser entonces que en todos estos países triunfe la contrarrevolución? El movimiento nacionalista, justamente porque alejó de Rusia al proletariado, lo mutiló y lo entregó a manos de la burguesía de los países limítrofes.

Los bolcheviques no actuaron guiándose por la misma genuina política internacionalista de clase que aplicaron en otros asuntos. No trataron de lograr la unión compacta de las fuerzas revolucionarias de todo el imperio. No defendieron con uñas y dientes la integridad del Imperio Ruso como área revolucionaria, oponiendo a todas las formas del separatismo la solidaridad e inseparabilidad de los proletarios de todos los países que están bajo la esfera de la Revolución Rusa, haciendo funcionar a ésta como el comando político superior. En lugar de eso, los bolcheviques, con su hueca fraseología nacionalista sobre «el derecho a la autodeterminación hasta la separación», lograron todo lo contrario, y le dieron a la burguesía de los países limítrofes los pretextos más refinados, más deseables, para sus esfuerzos contrarrevolucionarios.

En vez de prevenir al proletariado de los países limítrofes de que todas las formas del separatismo son simples trampas burguesas, no hicieron más que confundir con su consigna a las masas de esos países y entregarlas a la demagogia de las clases burguesas.

Con esta reivindicación nacionalista produjeron la desintegración de la misma Rusia y pusieron en manos del enemigo el cuchillo que se hundiría en el corazón de la Revolución Rusa. Seguramente, sin la ayuda del imperialismo alemán, sin «los rifles alemanes en los puños alemanes», como decía el Neue Zeit de Kautsky, los Lubinski y otros bribonzuelos de Ucrania, los Erich y Mannerheim de Finlandia, los barones bálticos, nunca hubieran ganado a lo mejor de las masas trabajadoras socialistas de sus respectivos países. Pero el separatismo nacional fue el caballo de Troya dentro del cual los «camaradas» alemanes, bayoneta en mano, hicieron su entrada en todas esas tierras.

Los antagonismos de clase reales y la verdadera relación de fuerzas en el plano militar provocaron la intervención alemana. Pero los bolcheviques proporcionaron la ideología con la que se enmascaró esta campaña de la contrarrevolución; fortalecieron la posición de la burguesía y debilitaron la del proletariado.

Rosa Luxemburgo. La revolución rusa, 1918

Guerra y Revolución Mundial

El estallido de la guerra mundial en agosto de 1914 marcó un punto de no retorno en el desarrollo imperialista.

El imperialismo ha enterrado completamente el viejo programa democrático burgués; la expansión más allá de las fronteras nacionales (cualesquiera que fuesen las condiciones nacionales de los países anexionados) se convirtió en la plataforma de la burguesía de todos los países. Si el término «nacional» permaneció, su contenido real y su función se han convertido en su contrario; actúa sólo como mísera tapadera de las aspiraciones imperialistas y como grito de batalla de sus rivalidades, como único y último medio ideológico para lograr la adhesión de las masas populares y desempeñar su papel de carne de cañón en las guerras imperialistas.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1916

Los estados europeos mandan uno tras otro a sus propios trabajadores a morir y matar en masa a otros trabajadores en una guerra de exterminio que expresa a qué punto se ha llegado en la sobre-acumulación y hasta qué punto los mercados nacionales y coloniales son ya insuficientes para todos y cada uno de los grandes capitalismos mundiales. La guerra es mundial porque el capitalismo ya no «cabe» en el mercado nacional, porque el capital ha entrado en contradicción aguda con el estado nacional.

La guerra precipita la ruptura entre la izquierda y el oportunismo en el seno de la Internacional. Con una excusa u otra -la guerra para Francia tendría solo un carácter defensivo, para Alemania el objetivo sería acabar con el régimen feudal zarista, etc.- prácticamente todos los grandes partidos socialistas cierran filas en torno al esfuerzo de guerra de sus burguesías. El grupo parlamentario del SPD vota en bloque aprobar los créditos de guerra. Solo Carlos Liebknecht vota en contra y se le impide leer su argumentación, incorporarla al orden de sesiones y publicarla en cualquier periódico.

Mi voto contra el proyecto de Ley de Créditos de Guerra del día de hoy se basa en las siguientes consideraciones: Esta guerra, deseada por ninguno de los pueblos involucrados, no ha estallado para favorecer el bienestar del pueblo alemán ni de ningún otro. Es una guerra imperialista, una guerra por el reparto de importantes territorios de explotación para capitalistas y financieros. Desde el punto de vista de la rivalidad armamentística, es una guerra provocada conjuntamente por los partidos alemanes y austríacos partidarios de la guerra, en la oscuridad del semifeudalismo y de la diplomacia secreta, para obtener ventajas sobre sus oponentes. Al mismo tiempo la guerra es un esfuerzo bonapartista por desorganizar y escindir el creciente movimiento de la clase trabajadora.

Carlos Liebknecht. Voto contra los créditos de guerra, 1914

Cuando Lenin, en Zurich, lee el «Vorwarts», el periódico oficial de la socialdemocracia alemana, apoyando la guerra y los créditos, piensa que el ejemplar que tiene entre sus manos es una falsificación creada por la inteligencia alemana. El colapso de la Internacional es total y es hora de darla por muerta.

La traición al socialismo cometida por la mayoría de los jefes de la IIª Internacional (1889-1914) significa la bancarrota política e ideológica de esta Internacional. La causa principal de dicha bancarrota está en el predominio efectivo en ella del oportunismo pequeñoburgués, cuyo carácter burgués y cuyo peligro vienen señalando desde hace largo tiempo los mejores representantes del proletariado revolucionario de todos los países. Los oportunistas venían preparando hace ya tiempo la bancarrota de la IIª Internacional, al negar la revolución socialista y sustituirla con el reformismo burgués; al negar la lucha de las clases y su indispensable transformación, en determinados momentos, en guerra civil, y al propugnar la colaboración entre las clases; al preconizar el chovinismo burgués con los nombres de patriotismo y defensa de la patria y al omitir o negar la verdad fundamental del socialismo, expuesta ya en el Manifiesto Comunista, de que los obreros no tienen patria; al limitarse en la lucha contra el militarismo al punto de vista sentimental pequeñoburgués en lugar de reconocer la necesidad de la guerra j de los proletarios de todos los países contra la burguesía de todos los países; al convertir la utilización ineludible del parlamentarismo burgués y de la legalidad burguesa en un fetichismo de esta legalidad y en el olvido de que, en épocas de crisis, son obligadas las formas clandestinas de organización y de agitación.

Lenin. Tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea, 1914

La socialdemocracia revolucionaria, la izquierda de la Segunda Internacional, se pone en marcha bajo un nivel de represión general desconocido hasta entonces. Son pocos, poquísimos, luchan contra un ambiente belicista histérico promovido machaconamente por los medios de comunicación y resguardado por la censura más estricta.

La absurda consigna «aguantemos» ha tocado fondo. Sólo nos lleva más y más hondo dentro del vórtice del genocidio. La lucha de clases del proletariado internacional contra el genocidio imperialista internacional es el mandato socialista de la hora.

¡El enemigo principal de cada uno de los pueblos está en su propio país!

El enemigo principal del pueblo alemán está en Alemania. El imperialismo alemán, el partido alemán de la guerra, la diplomacia secreta alemana. Este enemigo que está en casa debe ser combatido por el pueblo alemán en una lucha política, cooperando con el proletariado de los demás países cuya lucha es contra sus propios imperialistas.

Carlos Liebknecht, El enemigo principal está en casa, 1915

Volver las armas contra el verdadero enemigo, transformar la guerra en revolución. Suena irreal en medio del ambiente opresivo del hooliganismo patriótico. Cuando Lenin elabora el primer programa bolchevique para la nueva situación, sigue pensando en el marco de una revolución democrática.

En la actualidad deben ser consignas de la socialdemocracia:

  1. Organizar obligatoriamente células y grupos clandestinos entre las tropas de todas las naciones para relizar esa propaganda en todas las lenguas. Combatir implacablemente el chovinismo y el «patriotismo» de los pequeños burgueses y burgueses de todos los países sin excepción. Contra los cabecillas de la Internacional actual, que han traicionado el socialismo, apelar obligatoriamente a la consciencia revolucionaria de las masas obreras, las cuales soportan sobre sus espaldas todo el peso de la guerra y, en la mayoría de los casos, son enemigas del oportunismo y el chovinismo.
  2. Hacer propaganda, como una de las consignas inmediatas, de la república alemana, polaca, rusa, etc., a la par con la transformación de todos los estados de Europa en los Estados Unidos republicanos de Europa.
  3. Luchar especialmente contra la monarquía zarista y contra el chovinismo ruso, paneslavo, y propugnar la revolución en Rusia, así como la liberación y la autodeterminación de los pueblos oprimidos por Rusia, con las consignas inmediatas de república democrática, confiscación de las tierras de los terratenientes y jornada de ocho horas.

Lenin. Tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea, 1914

La matanza se despliega sin aparente oposición en las masas populares. Las bajas, que se contabilizan ya en cientos de miles, pasarán a ser millones en breve. Los socialistas que no han caído en el nacionalismo son pocos, los que mantienen posiciones revolucionarias aun menos. En 1915 el partido italiano, el suizo y el búlgaro, los únicos que no han caído en bloque en la orgía patriótica, convocan una conferencia internacional contra la guerra.

[Grimm, el encargado de la organización,] había elegido para la reunión un lugar situado a diez kilómetros de Berna, un pueblecillo llamado Zimmerwald, en lo alto de las montañas. Nos acomodamos como pudimos en cuatro coches y tomamos el camino de la sierra. La gente se quedaba mirando, con gesto de curiosidad, para esta extraña caravana. A nosotros no dejaba de hacernos tampoco gracia que, a los cincuenta años de haberse fudado la Primera Internacional, todos los internacionalistas del mundo pudieran caber en cuatro coches. Pero en aquella broma no había el menor escepticismo. El hilo histórico se rompe con harta frecuencia. Cuando tal ocurre, no hay sino anudarlo de nuevo. Esto precisamente era lo que íbamos a hacer a Zimmerwald.

León Trotski. Mi vida, 1929

La conferencia se abre con un mensaje enviado por Liebknecht desde prisión que concluye con una consigna que marca la posición de la izquierda: «¡No a la paz civil! ¡Sí a la guerra civil!». Sin embargo, la minoría revolucionaria quedará en una exigua docena entre los 38 representantes en el congreso. Su boceto de resolución será derrotado por 18 votos a 12. Pero a pesar de todo, la «izquierda de Zimmerwald» resulta fundamental para entender lo que vino después.

A finales de 1916 los motines se multiplican en el ejército francés. En Rusia el descontento es cada vez mayor y con él aparecen los primeros episodios de confraternización entre soldados de ejércitos contrarios. En Rusia el movimiento culminará en febrero con la formación de soviets de soldados que se unen a los de los obreros sublevados en las capitales de todo el Imperio Ruso, desde Bakú hasta Finlandia.

Cuando, a principios de abril, Lenin vuelve desde Finlandia, aporta dos ideas que serán clave en el curso de la revolución. La primera, que esos soviets que acababan de derribar al zarismo con solo organizarse y estaban entregando su poder a una burguesía renuente, pensando que «a Rusia le espera una revolución burguesa», eran ya un estado obrero en embrionario. Es decir, que la forma contemporánea de la Comuna y el «Estado-Comuna», como le llama Lenin, es el consejo obrero, el soviet. Con su democracia directa y ejecutiva, con su centralización de poderes, con su funcionamiento antiburocrático, con la participación directa de miles de obreros… el soviet es «la forma al fin encontrada» de la dictadura del proletariado.

En la medida en que los soviets existen, en la medida en que son un poder, existe un Estado del tipo de la Comuna de París. Subrayo «en la medida», pues solo se trata de un poder en estado embrionario.

Lenin. La dualidad de poderes, abril 1917

Así que los soviets son mucho más que organizaciones para la insurrección: son el estado obrero.

Los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., son incomprendidos no solo en el sentido de que la mayoría no ve con claridad su significación de clase ni su papel en la revolución rusa; son incomprendidos también en el sentido de que representan una nueva forma, o mas exactamente, un nuevo tipo de Estado.

El tipo mas perfecto, mas avanzado de Estado burgués es la república democrática parlamentaria. El poder pertenece al Parlamento; la maquina del Estado, el aparato y los órganos de gobierno son los usuales: ejercito permanente, policía y una burocracia prácticamente inamovible, privilegiada y situada por encima del pueblo.

Pero desde finales del siglo XIX, las épocas revolucionarias hacen surgir un tipo superior de Estado democrático; un Estado que, en ciertos aspectos, deja ya de ser, según la expresión de Engels, un Estado. «no es ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra». Nos referimos al Estado del tipo de la Comuna de Paris, que sustituye el ejercito y la policia, separados del pueblo, con el armamento directo e inmediato del pueblo. En esto reside la esencia de la Comuna, calumniada por los escritores burgueses, y a la que, entre otras cosas, atribuían erróneamente la intención de «implantar» en el acto el socialismo.

La revolución rusa comenzó a crear, primero en 1905, y luego en 1917, un Estado precisamente de ese tipo. La República de los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., congregados en la Asamblea Constituyente de los representantes del pueblo de toda Rusia, o en el Consejo de los Soviets, etc.: he ahí lo que esta encarnando ya en la vida de nuestro país, ahora, en este momento, por iniciativa de un pueblo de millones y millones de hombres, que crea la democracia, sin previa autorización, a su manera, sin esperar a que los señores profesores demócratas-constitucionalistas escriban sus proyectos de ley para crear una república parlamentaria burguesa, y sin esperar tampoco a que los pedantes y rutinarios de la «socialdemocracia» pequeñoburguesa, como los señores Plejanov o Kautsky, renuncien a sus tergiversaciones de la teoria marxista del Estado. (…)

La república parlamentaria burguesa dificulta y ahoga la vida política independiente de las masas, su participación directa en la edificación democrática de todo el Estado, de abajo arriba. Los Soviets de diputados obreros y soldados hacen lo contrario.

Los Soviets reproducen el tipo de Estado que iba formando la Comuna de Paris y que Marx califico de «la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipation económica del trabajo».

Lenin. Las tareas del proletariado en nuestra revolución.

Por eso la consigna de octubre, «¡Todo el poder a los soviets!», resume y limita exactamente en qué consiste una revolución socialista en la era actual.

Claro que, esta idea no habría tenido sustento sin otra igualmente fundamental y rompedora. En el Imperio Ruso, el proletariado acaba de destruir el estado feudal. Pero, a pesar de contar con una de las regiones más industrializadas de Europa, Rusia tomada en su conjunto es un país atrasado, con una transformación democrática necesaria y todavía pendiente. Es evidente a los ojos de muchos, que esas transformaciones democráticas han de ser lideradas por el proletariado, que la burguesía no es capaz ya de liderar al conjunto de la sociedad. Pero ¿hasta dónde puede llegar? ¿Es posible para el proletariado ruso darle un carácter socialista a la revolución?

Esta es la segunda idea clave. En los países en los que la revolución democrático-burguesa no ha triunfado en el momento ascendente del capitalismo, como Rusia, el proletariado puede darle a la revolución democrática un carácter socialista e incluso puede triunfar temporalmente, en espera de la revolución mundial, si es capaz de establecer una alianza con ese sector masivo de la pequeña-burguesía que es el campesinado.

Con la benévola colaboración de los señores Plejanov, Breshkovskaya, Tsereteli, Chernov y Cia., los capitalistas y terratenientes han hecho todo lo posible para envilecer la república democrática, para prostituirla sirviendo a los ricos. Hasta el punto de que el pueblo cae en la apatía y la indiferencia y todo le da igual, pues el hambriento no puede distinguir la república de la monarquía, y el soldado que tirita de frió, descalzo y martirizado, que se ve lanzado a la muerte para defender intereses ajenos, no puede sentir cariño por la república.

Pero cuando el ultimo peón, cualquier parado forzoso, cada cocinera y cada campesino arruinado vean -y no por los periódicos, sino por sus propios ojos- que el poder proletario no se humilla ante la riqueza, sino que ayuda a los pobres; cuando vean que este poder no vacila en adoptar medidas revolucionarias, que despoja a los parasitos de los productos sobrantes para entregárselos a los que tienen hambre, que instala por la fuerza en las viviendas de los ricos a quienes carecen de techo, que obliga a los ricos a pagar la leche, sin darles una gota de ella mientras no tengan cuanta necesiten los ninos de todas las familias pobres; cuando vean que la tierra pasa a manos de los trabajadores, que las fabricas y los bancos son puestos bajo el control de los obreros y que se castiga inmediatamente y con severidad a los millonarios que ocultan sus riquezas; cuando la poblacion pobre vea y sienta todo eso, ninguna fuerza de los capitalistas ni de los kulaks, ninguna fuerza del capital fmanciero mundial, que maneja miles de millones, podrá derrotar a la revolución popular; sera esta la que triunfe en el mundo entero, pues la revolución socialista madura en todos los países.

Nuestra revolución será invencible, si no tiene miedo de si misma y pone todo el poder en manos del proletariado. Porque detrás de nosotros estan las fuerzas incomparablemente mayores, mas desarrolladas, y mejor organizadas del proletariado mundial, agobiadas de momento por la guerra, pero no aniquiladas, sino, al reves, multiplicadas por ella.

Lenin. ¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?, octubre de 1917

Y de forma obvia, esta segunda idea, condición de posibilidad de una revolución proletaria triunfante en Rusia, solo tiene sentido si la superación del capitalismo es una necesidad histórica inmediata, si aceptamos que el mundo ha entrado en una era de guerras y revoluciones mundiales. Y eso supone aceptar que la guerra mundial marca una frontera en la historia del capitalismo.

Ahora, camaradas, alcanzamos el punto donde podemos decir: nos hemos reencontrado de nuevo con Marx, volvimos de nuevo bajo su bandera. Hoy día, declaramos en nuestro programa: el proletariado no tiene otra tarea inmediata -en pocas palabras- que hacer del socialismo una verdad y un hecho y destruir el capitalismo por completo; retornamos así sobre el terreno que ocupaban Marx y Engels en 1848 y que ellos básicamente nunca han dejado. (…)

Setenta años de desarrollo del gran capitalismo han bastado para poder pensar seriamente en hacer desaparecer el capitalismo de la superficie terrestre de una vez por todas. Y más aún: no solamente estamos hoy día en condiciones de solucionar esta tarea, no solamente es nuestro deber para con el proletariado, sino nuestra solución es hoy día la única salida posible para que sobreviva la sociedad humana y escape de la destrucción.

Rosa Luxemburgo. Discurso en la fundación de la Liga Espartaquista, 1 de enero de 1919.