Cuaderno 7: El Comunismo en España

Cuaderno 7: El Comunismo en EspañaEl ciclo revolucionario de la burguesía españolaLa Iª Guerra Imperialista MundialEl PSOE ante la guerra La Revolución Rusa en España El nacimiento del PCE Aventurerismo, dictadura y desarticulación del PCE Del zinovietismo al stalinismo De Primo a la RepúblicaLos comunistas Revolución y guerraContrarrevolución y franquismo La Izquierda Comunista Española

El ciclo revolucionario de la burguesía española

La historia de la burguesía y el capitalismo español es paradójica. Comienza probablemente antes que en ningún otro lugar de Europa, o al menos bajo las mejores condiciones. Tras la conquista de América y la apertura de redes comerciales regulares en distintos regímenes de monopolio compartido con la corona, una parte de la burguesía comercial crece al amparo del nuevo imperio. Todo parecía dado para un arranque fulgurante del ciclo de acumulación capitalista. Jerónimo de Ayanz inventa la máquina de vapor en 1606 para aplicarla a la minería, se prodigan los «ingenios»... Pero la pujante economía manufacturera burguesa de las villas castellanas, que ya en 1520 pudo plantear la primera revolución burguesa del continente y que hubiera podido crear la primera nación europea, había muerto ahogada en el flujo de metales preciosos que el viejo sistema feudal necesitaba como el aire.

Ningún otro estaba en esa época (fines del siglo XV) tan uniformemente preparado como España, para lanzarse al torbellino de la acumulación capitalista que siguió al descubrimiento de América y de la ruta de la India doblando el África; ningún otro tampoco, salió tan quebrantado de la empresa. Mientras Holanda e Inglaterra, Francia y Alemania en menor grado, se enriquecían y hacían de la extensión del comercio la base de su prosperidad y primacía en los siglos posteriores, España se arruinaba, se despoblaba, perdía sus conocimientos técnicos, desaparecía su industria, quedaban baldíos los campos, deshabitadas las ciudades, o superpobladas las de la costa sur por un gentío en el que dominaba sobre el artesano y el mercader, el buscón que inspiró obras maestras.

G.Munis. «Jalones de derrota, promesas de victoria», 1947

Es más, a grandes rasgos se puede decir que si no emerge entonces la nación, esto es, la dirección efectiva de la sociedad por la burguesía alrededor de un mercado propio, es porque el flujo de metales desde América debilita a la burguesía hasta su postración total.

La decadencia de España no es otra cosa que una bancarrota gigantesca producida por la primera crisis del capitalismo, al experimentar el choque económico de los descubrimientos geográficos. Aún no sólidamente instalado el sistema manufacturero, los cargamentos de oro y plata de las Indias vertiéronse sobre la península produciendo una violentísima conmoción, que la estructura económica del país no pudo resistir. Defendióse durante algún tiempo, el imperio se extendió aún y vivió o vegetó por siglos, pero la bancarrota económica era ya total a la muerte de Felipe II, y desde muchos años antes la sociedad se descomponía en su base. Los esfuerzos de las clases progresivas para nivelar la organización política con la nueva situación económica, fueron vencidos uno tras otro y la parálisis se instaló en el cuerpo social para un largo período que aún no ha terminado por completo.

G.Munis. «Jalones de derrota, promesas de victoria», 1947

La postración de la burguesía española frente a las viejas clases señoriales posterga la constitución de la nación y convierte el siglo XIX en un asalto agónico por imponer su realidad.

El siglo XIX en España es, desde las Cortes de Cádiz (1810), el siglo de la revolución burguesa. Pero tras el empuje original, que da lugar a las constituciones liberales de 1812 -«la Pepa»- y 1833, la burguesía española se da cuenta de que no tiene fuerza suficiente para imponer un nuevo orden frente al absolutismo si no es aliándose con los sectores aristocráticos que apoyan a la reina niña, Isabel, contra su tío Carlos. La forma política del núcleo de esta alianza, el «moderantismo», estaba contrapesado a la izquierda por el partido progresista, representación de las clases medias urbanas. El partido progresista se hará con el poder tras la revolución de 1854 que abrió el «bienio progresista» y puso a Espartero en el poder. El bienio mostró la incapacidad de la pequeña burguesía y los sectores democráticos para consolidarse y llevar hasta el final la revolución burguesa. Cuando en 1856, con el apoyo de Napoleón III, O’Donell da su golpe de estado, todo el aparato «revolucionario» cae sin resistencia como un castillo de naipes.

Espartero desertó. Abandonando a las Cortes, las Cortes a los dirigentes, los dirigentes a la clase media, y ésta al pueblo. Esto da una nueva ilustración sobre el carácter de la mayor parte de las luchas europeas de 1848-1849 y de las que ha habido desde entonces en la parte occidental de dicho continente. Por un lado, existen la industria y el comercio modernos, cuyos jefes naturales, las clases medias, son enemigos del despotismo militar; por otro lado, cuando las clases medias emprenden la batalla contra este despotismo, entran en escena los obreros, producto de la moderna organización del trabajo, y entran dispuestos a reclamar la parte que les corresponde de los frutos de la victoria. Asustadas por las consecuencias de una alianza que se le ha venido encima de este modo contra su deseo, las clases medias retroceden para ponerse de nuevo bajo la protección de las baterías del odiado despotismo. Este es el secreto de la existencia de los ejércitos permanentes en Europa, incomprensible de otro modo para los futuros historiadores. Así, las clases medias de Europa se ven obligadas a comprender que no tienen más que dos caminos: o someterse a un poder político que detestan y renunciar a las ventajas de la industria y del comercio modernos y a las relaciones sociales basadas en ellos, o bien sacrificar los privilegios que la organización moderna de las fuerzas productivas de la sociedad, en su fase primaria, ha otorgado a una sola clase. Que esta lección se dé incluso desde España es tan impresionante como inesperado.

Carlos Marx. La Revolución en España, 1856

Las clases medias, la pequeña burguesía, habían quedado doblemente pinzadas. Pinzadas políticamente entre el naciente proletariado que le aterrorizaba y la alianza «moderada» y monárquica de la vieja burguesía, la burocracia isabelina y el latifundismo aristocrático. Pero sobre todo pinzadas económicamente, pues sin la revolución no podría generar las bases económicas de su propia transformación en burguesía industrial. Hay que pensar que aunque el bienio liberal acabó con las aduanas interiores sentando las bases de una unidad de mercado que sellaría la abolición de los fueros vascos (1876), en la práctica España es entonces un país de pueblos incomunicados, con una red de caminos mínima: todavía en 1931 solo un 30% de la población española vivía en una población con acceso por carretera. La red de ferrocarriles al mismo tiempo es inconexa y, desde el principio, orientada a la exportación, es decir, sometida a las necesidades de Gran Bretaña y en menor medida de Francia. Solo en las regiones costeras (Málaga, Santander) y cercanas a la frontera (Barcelona, Vizcaya) la pequeña burguesía podrá dar un raquítico salto industrial por su cuenta que décadas más tarde cuajará en las desigualdades regionales que persisten hasta hoy.

En la segunda mitad del siglo XIX esta impotencia histórica hará a la pequeña burguesía española republicana, pues no tenía nada que esperar de cualquier alternativa monárquica sostenida por la burguesía aristocratizada. Pero también la dividirá entre «federales» y «unitarios». Los unitarios siguen manteniendo la posibilidad de articular el país en un único mercado, creando un estado centralizado para culminar la revolución. Los federalistas en cambio apuestan por consolidar legalmente el poder donde ya lo tienen o pueden tenerlo, en las capitales comerciales costeras, dividiendo el país en una serie de cantones soberanos y básicamente independientes. La diferencia hará saltar por los aires a la débil I República, resucitando de paso y por última vez el fantasma del alzamiento carlista y mostrando hasta el ridículo el carácter centrífugo e impotente de la pequeña burguesía radical localista española, cuando el cantón de Cartagena solicite a EEUU ser anexionado por la potencia ultramarina1.

El régimen de «la Restauración» que se instala con Alfonso XII tras la derrota del alzamiento cantonal, desarrollará durante medio siglo la fusión entre las clases tardo-feudales y la burguesía que se venía insinuando desde el moderantismo. El régimen tuvo, desde el principio, la vocación de unificar a la clase dominante en un único cuerpo social. Partía de un hecho: la desarticulación territorial del país se calcaba a la estructura de clases entera. No solo la pequeña burguesía sufría la atomización, también la burguesía. Por eso necesitaba de la monarquía.

La preponderancia de las tendencias centrífugas sobre las centrípetas, tanto en la economía como en la política, ha privado de base al parlamentarismo español. La presión del gobierno sobre los electores ha tenido un carácter decisivo: durante todo el siglo pasado, las elecciones daban invariablemente la mayoría al gobierno. Como las Cortes dependían del ministerio de turno, el ministerio mismo caía de un modo natural bajo la dependencia de la monarquía. Madrid hacía las elecciones y el poder caía en manos del rey. La monarquía era doblemente indispensable a las clases dominantes desunidas y descentralizadas, incapaces de dirigir el país en su propio nombre. Y esa monarquía, que reflejaba la debilidad de todo el Estado, era -entre dos sublevaciones- suficientemente fuerte para imponer su voluntad al país. En suma, el sistema estatal de España puede ser calificado de absolutismo degenerativo limitado por pronunciamientos periódicos.

León Trotski. La revolución española y la táctica de los comunistas, 1931

Esta «España invertebrada» llegará a su cénit en 1898. La guerra con EEUU marcó para la burguesía española un antes y un después. No por la «pérdida» de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en sí, cuyo impacto económico fue menor. Sino sobre todo porque evidenció el fracaso de la nacionalización del campesinado y el proletariado. Las clases populares no solo no secundaron la guerra sino que no fueron permeadas por el fervor nacionalista de la pequeña burguesía. Para esta clase la guerra fue «el desastre», la confirmación dolorosa de que el empuje de la nacionalización de las clases subalternas, el último resto que quedaba a la burguesía de su proyecto revolucionario, había fracasado. Empieza entonces ese nacionalismo victimista y autodenigratorio que sigue apareciendo hoy en los discursos de la izquierda pequeñoburguesa. Aparecen también el nacionalismo vasco y el catalán, como formas alternativas de asegurar la identificación nacional de los trabajadores. La misma monarquía se asusta y, por fin, tras décadas de cesión rutinaria a la Iglesia, toma en sus manos el sistema educativo, enfrenta el analfabetismo y crea, más allá del papel, la escuela pública universal prometida por todos los gobiernos desde el bienio progresista.

Las limitaciones de la mirada «educacionista» del nacionalismo español emergerán pronto. En 1909 una insurrección obrera responderá a las levas forzosas para la aventura colonial marroquí. Es la «Semana Trágica». La sección española de la IIª Internacional, el PSOE nacido en 1879, legitimará los aires «revolucionarios» del nacionalismo de la pequeña burguesía, presentándose por primera vez en una lista común con sus partidos a unas elecciones en una «conjunción republicano-socialista». El relato socialdemócrata tras la «conjunción» exageraba el componente feudal de las clases dominantes, invisibilizaba a la burguesía real y presentaba a la pequeña burguesía republicana como una suerte de burguesía revolucionaria. Lejos de ser así, la pequeña burguesía se irá desvaneciendo progresivamente entre un proletariado que en 1912 es capaz de organizar por primera vez una gran huelga nacional -la de ferroviarios- y una burguesía que va a transformarse profundamente con la guerra mundial.

La Iª Guerra Imperialista Mundial

La Iª Guerra Mundial transformará profundamente España. Los sectores extractivos -sobre todo la hulla y el hierro- conseguirán multiplicar sus pedidos; pero la siderometalurgia y el naval cantábricoss consiguen resultados realmente extraordinarios. El capital español por primera vez disfruta de una acumulación que, en un mundo en guerra, reinvierte en sí mismo.

Siguiendo la tendencia a la formación de monopolios y concentraciones de capital propia del imperialismo, los grandes capitalistas industriales toman el poder de los bancos que a su vez se convierten en propietarios de los grupos industriales y de grandes latifundios que explotarán mediante la primera industria masiva de agrotransformación. La burocracia del estado, ya muy entrenada en «pasteleos», se une por primera vez a los consejos de administración y engrasa la coordinación entre el capital, el campo y el aparato político.

El Madrid por el que se abre paso la Gran Vía, celebra las sedes bancarias como nuevas catedrales. El capitalismo español cobra por primera vez volumen cuando la hegemonía está pasando ya al capital financiero. Pasa de la incapacidad para crear un mercado nacional unificado viable, al capitalismo de estado.

Y mientras la burguesía española está recibiendo nueva sangre y convirtiéndose en «burguesía de estado», el proletariado se está convirtiendo por primera vez en un sujeto político independiente. Durante el llamado «trienio bolchevique» (1917-19), el impacto de la Revolución Rusa se conjuga con las condiciones impuestas por la producción de guerra en una movilización permanente y cada cada vez más potente. Por primera vez se apunta la superación de las limitaciones de un anarcosindicalismo sin estrategia y de un PSOE empeñado en llevar las luchas hacia «la República» como si la historia no hubiera avanzado y estuviera a la orden del día una revolución democrático-burguesa que abriera paso a un ya utópico capitalismo liberal.

La guerra europea, que estalló en los primeros días de agosto de 1914, y que más tarde rebasaría los límites de nuestro continente y sería la primera guerra mundial, tuvo considerables repercusiones en España. De entrada, se produjo una notoria escasez de aquellos productos de los que nuestro país era importador. Después, en un proceso de signo inverso, los países beligerantes comenzaron a adquirir en España todo lo que les era necesario y hallaron aquí, y no solo productos del campo, sino también industriales. A consecuencia de ello, la industria nacional conoció una actividad inusitada, sobre todo en algunos ramos de la producción. Comerciantes, industriales y navieros obtuvieron pingües beneficios, que repercutieron muy poco en los salarios de los trabajadores, en tanto subía sin parar el nivel de los precios a lo que contribuía el acaparamiento masivo de víveres, y aun de otros productos, realizado con el fin de provocar su escasez y, con ella, una elevación de precios. Y así fueron creciendo como bola de nieve, el descontento y el malestar entre los trabajadores y aun en otros sectores de la sociedad que se consideraban situados por encima de la clase obrera.

Esta situación dio lugar a que se estableciese un pacto de acción común entre las dos centrales sindicales: UGT y CNT, el primero que a lo largo de su historia se establecía entre ellas. Tras una campaña de mítines, realizados en toda España, para reclamar del Gobierno medidas que frenasen el alza de los precios y la agravación de las condiciones de vida de los trabajadores, se llegó, el 18 de diciembre de 1916, a una huelga general de veinticuatro horas en toda España. Y como los poderes públicos siguieron sin abordar siquiera el problema, en marzo de 1917 las dos centrales sindicales decidieron preparar una huelga general nacional de duración indefinida. El Gobierno hizo detener y un juez encarceló y procesó a los firmantes del manifiesto en que se hicieron públicos los acuerdos adoptados. Surge en Valladolid, como respuesta a la acción del Gobierno, unja huelga general que da lugar a enfrentamientos sangrientos entre obreros y Policía y Ejército. Los detenidos en Madrid son puestos en libertad.

Por estas mismas fechas, el pueblo ruso derriba el régimen zarista. Y pocas semanas después, el 1 de junio, los españoles conocen el manifiesto de las Juntas de Defensa Militares, en el que se expresan anhelos que difusamente comparten amplios sectores de la clase media y de la pequeña burguesía. El ejemplo de los oficiales del ejército es seguido por otros sectores del país; tras ellos constituyen sus juntas de defensa los sargentos, los guardias de seguridad, los funcionarios públicos, -particularmente los de Correos, Telégrafos y Hacienda-, los jueces, hasta hubo una tentativa de crearlas en el clero. El Gobierno, que, después de tolerarlas durante un tiempo, había decidido enfrentarse a las Juntas de Defensa Militares y hecho arrestar a sus directivos, hubo de capitular ante un ultimátum de los cuartos de banderas y poner en libertad a los arrestados. Se abre entonces una situación revolucionaria, que hace correr grave riesgo a la monarquía de Alfonso XIII, salvada más que por su propia fuerza por la impreparación e irresolución de sus adversarios. La Lliga Regionalista de Cataluña, expresión política de la burguesía catalana, cuyo poder económico había crecido considerablemente gracias a la guerra , pretende intervenir directamente en el gobierno del Estado, y habiéndose negado éste a reuir las Cortes, como se le había pedido, toma la iniciativa de congregar a los parlamentarios de la oposición de Barcelona el 19 de julio. El Gobierno hace disolver la reunión, sin que ni el gobernador civil ni los parlamentarios pierdan los buenos modales. Antes de que terminase el año, la Lliga entró a formar parte del Gobierno, que era, en suma, lo que se proponía.

Con motivo de esta asamblea de parlamentarios, y por solidaridad con ella, se produce en Valencia una huelga general en la que participan los ferroviarios de la red del Norte. La compañía despide a un grupo de ellos, lo que provoca una acción de solidaridad de sus compañeros. Los ferroviarios del Norte van a la huelga general el 10 dew agosto y arrastran, antes de los previsto, a todo el proletariado español tres días más tarde. La lucha, que tiene clara finalidad política, se mantiene durante una semana, y en Asturias hasta finales del mes. Hay numerosos muertos y heridos y gran cantidad de encarcelados. La represión es muy dura, aunque no de larga duración. Los miembros del comité que, por parte de la UGT y del Partido Socialista, asume la dirección del movimiento son condenados a reclusión perpetua. Elegidos, primero, concejales en Madrid, y después diputados, menos de nueve meses después sde ser apresados son amnistiados y ocupan sus escaños en el Parlamento.

En noviembre de 1917 en Rusia, y por primera vez en la Historia, la clase trabajadora había conquistado el poder en un gran país, hecho que tendría en todo el mundo, y también por tanto, en España, enormes repercusiones.

En 1918, una huelga general de funcionarios de Correos, Telégrafos y Hacienda pone al rey al borde de la abdicación. En este mismo año y en el siguiente, en toda España, pero particularmente en Cataluña, la clase obrera sostiene batallas heroicas. En Andalucía, los obreros agrícolas luchan a su vez con vigor indomable. Pero la represión en todo el país y en Cataluña, el terrorismo iniciado por la organización patronal sirviéndose de bandas de mercenarios, y más tarde institucionalizado, contiene primero y rechaza después la ofensiva del proletariado.

Este es el marco social y político en que nace, en 1920, el movimiento comunista en España.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El PSOE ante la guerra

La primera reacción del partido socialista frente a la guerra no fue el internacionalismo revolucionario, pero sí tuvo, al menos, un sano instinto anti-imperialista y anti-militarista.

Declarada la guerra, el Comité Nacional, sin consultar al Partido por lo urgente del caso, publicaba -2 de agosto- un manifiesto en el que se señalaban al capitalismo y al imperialismo como responsables de la guerra; se indicaba que nuestro país sufriría las consecuencias por la paralización de la producción y circulación que originaría la guerra, aun en el caso más favorable, que era el de la no intervención, y se hacía un llamamiento a la clase trabajadora para que celebrase actos de protesta y formulase las siguientes peticiones:

La paz entre los pueblos y, como consecuencia, el término de la guerra de Marruecos. Que el Gobierno español expresase a las demás naciones el deseo de nuestro país de que se resuelvan por procedimientos pacíficos las diferencias entre las naciones. Y en el caso de que los países principalmente interesados se lanzasen a la guerra, mantuviera España la más estricta neutralidad, sin dejar por esto de hacer cuando pudiera para poner término a la lucha.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Sin embargo, esta posición se vería pronto matizada por la expresión del «deseo» del triunfo aliado de Pablo Iglesias, fundador y secretario del partido.

Cuando estalló la guerra europea [Pablo Iglesias] dijo clara su opinión, que era la de la mayoría del partido, no de todo él:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral; pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para los pueblos. Nuestro criterio respecto de la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de nuestra causa.

Juan José Morato. Pablo Iglesias educador de muchedumbres, 1931

Y la posición de Iglesias sería inmediatamente hecha propia por el partido.

El día 7 suscribían el Partido y la Unión General un documento parecido, y, finalmente Iglesias declaraba en el Parlamento lo siguiente, que el Comité Nacional suscribió:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral, pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para todos los pueblos. Nuestro criterio respecto a la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también todo lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de aquella causa.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

La verdad es que el partido español estaba prácticamente aislado en la IIª Internacional. Muy pocos leían alemán, la lengua de los grandes debates socialistas. Los únicos actos en común con otros partidos en los años anteriores a la guerra fueron telegramas mandados junto con el partido francés en protesta por la guerra de Marruecos. Y si se leía poco y por pocos, aun menos eran los que viajaban en un partido que mantuvo a su líder y único diputado con una suscripción popular, pasando carencias básicas aun durante sus últimos años.

Por supuesto nadie tenía noticias de Rosa Luxemburgo y la izquierda alemana y nadie había oído hablar de Lenin. Kautsky se conocía por una traducción de Mella y Pablo Iglesias publicada en 1909: «La doctrina socialista», una réplica a Bernstein que fue el único esfuerzo teórico reseñable del partido. Sin embargo, Mella e Iglesias tradujeron de la edición francesa, no de la alemana y no parece que la edición del libro suscitara mayor correspondencia con el autor. Los traductores presentaban el libro señalando que, no existiendo en español más que una traducción de «El Capital» y un resumen realizado a cuenta del propio PSOE, y como ni siquiera había críticas serias del marxismo en el mundo académico, la anti-crítica kautskista serviría de exposición del marxismo, de sus críticos reformistas y de la refutación kautskista de éstos con la que, según parece, se identificaban los dos dirigentes socialistas. Todo en uno.

Las carencias ideológicas se suplían con un sentimental culto a la personalidad del «abuelo» y un respeto reverencial por los «intelectuales», casi todos ellos con fuertes vinculaciones en Francia como la cabeza del socialismo catalán, Fabra Ribas, que había militado con Jaurés en su juventud. El resultado, de un oportunismo lamentable que abría las puertas a un apoyo a la entrada en la guerra en el bando aliado, se evidenció en el Congreso de 1915 en el que un ya muy mayor y enfermo Jaime Vera redactó la ponencia oficialista finalmente aprobada.

[En el Congreso de 1915] se discutió mucho acerca de la guerra; 4.090 votos contra 1.218 aprobaron el siguiente dictamen redactado por Fabra Ribas, Besteiro y Araquistain:

El Congreso declara: Que sin dejar de señalar al capitalismo de todos los países en lucha como responsable estamos obligados a examinar las causas de la guerra actual, la situación que crea y sus consecuencias, ajustándonos a la realidad presente y con el pensamiento puesto siempre en las aspiraciones del proletariado.

Y el examen de esta realidad nos dice que en la lucha trágica, preparada y ejecutada por el capitalismo, se manifiestan dos tendencias, y que según venza la una o la otra, saldrá mejor o peor librada la causa de los trabajadores.

De los dos bandos que mantienen la sangrienta lucha, uno, el provocador de ella y la expresión más acabada del odioso imperialismo, se ha movido por propósitos y aspiraciones que, de triunfar, causarían honda herida al proletariado y al partido que el mismo representa; el otro, aunque llevado a la lucha principalmente por el interés capitalista, está mucho menos tocado de imperialismo, y por lo tanto, más incluido por un espíritu democrático.

De vencer el imperialismo austro germano, habrá un retroceso o un alto para el socialismo y la democracia; de obtener la victoria los páises aliados, nuestra causa realizará grandes progresos, incluso en Alemania y Austria.

En cuanto a solicitar la paz e influir con lo que nuestras fuerzas permitan para alcanzarla, el Congreso cree que eso existe que la oportunidad ayude, y que ayude para hacerla en condiciones provechosas para la Humanidad.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

De este modo en el PSOE pablista, la influencia de los «intelectuales», ninguno de ellos marxista, sobre «el abuelo», reforzaba un «oportunismo a la francesa» que es el que explica la aparente paradoja de que los socialistas españoles fueran al mismo tiempo pro-imperialistas en la guerra mundial -en la que no participaba España- y se mantuvieran intransigentemente internacionalistas en la guerra de Marruecos -un viejo empeño colonial de la burguesía y el militarismo español.

El partido socialista español tomaba el oportunismo francés como prácticamente única referencia internacional y reaccionando saludablemente contra el chovinismo propio adoptaba sin problemas los argumentos del chovinismo vecino, lo que a su vez fortalecía el oportunismo propio crecido ya por la larga alianza electoral con los republicanos.

En agosto de 1914, cuando se desencadena la primera gran guerra de nuestro siglo, España queda dividida en dos grandes corrientes de opinión: germanófilos y aliadófilos. En el primer bando se alinean casi todos los militares profesionales, la gente de la iglesia -pese a que la mayoría de alemanes son protestantes- y la gente que simpatiza y sigue más o menos los partidos de derecha, lee su prensa y le otorga su sufragio en las elecciones. En el otro sector se sitúan la inmensa mayoría de los intelectuales, la gente de tendencias liberales y democráticas -incluso los liberales monárquicos que siguen al conde de Romanones- es decir, en conjunto, a todo lo que podríamos denominar la izquierda española. (…)

El Partido Socialista, por su composición social esencialmente obrera, no había perdido su conciencia de clase, pero muy pocos de sus miembros -y no solo los obreros- tenían una formación marxista sólida. Aunque mucho después que otros partidos socialistas, también en el español se había ido desarrollando una corriente reformista. Por otra parte, su larga alianza con los republicanos, iniciada después de las jornadas de julio de 1909 en Barcelona y de la represión que las siguió, y que desde 1913 no pasó de ser una coalición que se renovaba ante cada consulta electoral, había contribuido a difuminar la fisonomía obrera del partido. Así pues, la actitud del Partido Socialista ante la guerra no fue distinta de la de las demás fuerzas de la izquierda. La gran mayoría del partido se pronunció a favor de los aliados, que decían luchar por la libertad y la democracia, y no comprendió que lo que estaba en juego en los campos de batalla eran los intereses de las burguesías que ejercían de hecho el poder, con uno u otra matiz, en los dos bandos contendientes. Ni siquiera le puso en guardia el hecho de que la Rusia zarista estuviese en el campo de los aliados.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Lo cual no quiere decir que no hubiera resistencias.

Añadamos que no era éste sentir unánime del Partido. Muchos y muy significados y probados socialistas no veían más que una guerra entre dos capitalismos, a la que había que poner fin cuanto antes. Respecto del militarismo, seguían considerándole como un auxiliar pagado la burguesía correspondiente. Entre los viejos socialistas que así opinaban recordamos a los fundadores Quejido y Matías Gómez, y entre los «intelectuales» a Verdes Montenegro y a Recaséns. Este en «La Justicia Social» alentó la tendencia pacifista, dando noticias de Congresos y tentativas que no hallaron eco en el órgano oficial.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Verdes Montenegro era en realidad un Kautsky español sin la relevancia partidaria del original. Amigo de Unamuno, había evolucionado del republicanismo federal al socialismo reformista que crecía en la IIª Internacional y era habitualmente tachado de «doctrinario». Con todo, era de los pocos dirigentes con una cierta formación y su voz era escuchada como contrapunto a los otros intelectuales que, con Besteiro en el comité nacional y Fabra en Cataluña, marcaban la tónica reformista y republicana del cada vez más desvaído socialismo pablista.

El ala izquierda fue en todo el curso de la guerra minoría dentro de su partido. José Verdes Montenegro, profesor entonces en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, que conocía bien la teoría marxista y fue un excelente divulgador de ella, aunque a veces la interpretase de manera demasiado estrecha y rígida, fue el hombre de más talla intelectual de la izquierda socialista. Juanto a él estuvieron ent todos los congresos del Partido, Rafael Millá, un honrado e inteligente tipógrafo alicantino y que desde su fundación militó en el Partido Comunista; Ramón Lamoneda, también tiógrafo, buen organizador y orador, y que tras haber desempeñado tareas de dirección en el Partido Comunista hasta 1924, se reintegró, ya proclamada la República, al Partido Socialista, que le llevó al Parlamento y le confió su Secretaría General; Mariano Gómez Latorre, tipógrafo también, uno de los hombres de la primera hora, y Mariano García Cortés, abogado y periodista, al que el hecho de ser redactor jefe del diario germanófilo «España Nueva» restaba autoridad moral.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

La izquierda, además de a los contrarios a la guerra, incluía además a algunos que, como un joven Andrés Nin o Fabra en la federación catalana del PSOE, veían la «conjunción republicano-socialista» como un lastre.

Ahora más que nunca es preciso que el Partido Socialista realice en toda España una intensa y activísima campaña de propaganda de sus ideales. Ahora más que nunca es preciso que el pueblo se convenza de la inutilidad y de la ineficacia de los partidos republicanos.

Hay que convencerle de la bondad de nuestros ideales y de la ignominia del régimen capitalista a que está sujeto; hay que realizar una campaña de agitación revolucionaria, roja, muy roja, como pedía el amigo Fabra. Y hay que desengañarse: solo el Partido Socialista, desligado de todo pacto o compromiso con ningún otro partido político burgués, está capacitado para realizar en España esta labor.

Para esto se impone, de una manera inaplazable, la ruptura de la Conjunción, cuya subsistencia representará siempre un obstáculo para que el Partido Socialista pueda realizar su implacable labor de crítica del régimen capitalista y de los partidos burgueses -monárquicos y republicanos-, ya pra la realización independiente y fecunda de su obra de proselitismo cerca de las masas obreras.

Andrés Nin. El Partido Socialista ante la crisis republicana, 18 de abril de 1914 en «La Justicia Social»

Es de destacar que la guerra y la inoperancia de la conjunción con los republicanos no aparecieran ligadas en el debate socialista español. Eran dos caras de un mismo cambio histórico del capitalismo global reflejándose en España, pero nadie lo veía todavía así. Era algo que ni siquiera cabía comprender el marco ideológico del pablismo. Eso fue lo que cambió en el PSOE con la revolución rusa, poniendo en marcha una cadena de acendramientos que acabarían en la formación del primer partido comunista en España.

La Revolución Rusa en España

Para buena parte de los contemporáneos, la situación social rusa y española eran equiparables, si no equivalentes.

Al estallar la primera guerra mundial, España era un país de una economía preponderantemente agrícola. La industria, que ocupaba un lugar secundario, estaba concentrada en Cataluña (industria textil), y en Vizcaya-Asturias (industria minero-metalúrgica). Políticamente, la nación estaba bajo el dominio de una oligarquía agraria, agrupada en dos partidos, conservador y liberal, cuyo turno regular daba al poder de la oligarquía una apariencia de estabilidad democrática. La burguesía industrial no participaba de una manera directa en el poder: tenía que aceptar, sometida, la dirección político-económica del país por parte de los terratenientes. Esta situación de inferioridad originaba en la burguesía industrial, sobre todo en la catalana, tendencias regionalistas, bordeando a veces el separatismo.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1965.

Maurín desde su perspectiva catalanista, es incapaz de ver, incluso medio siglo después, el proceso de fusión en el que venían empeñadas las clases dirigentes españolas y no se da cuenta de que la guerra lo hace avanzar a velocidad acelerada. Confunde la raquítica burguesía textil catalana, una rama de la pequeña burguesía a la que solo el atraso general español daba ínfulas de burguesía plena, con la burguesía industrial. Pero si hubiera podido haber dudas todavía en 1910, en 1917 era claro ya que el textil catalán está quedando fuera de la gran acumulación y concentración de la guerra, protagonizada por la burguesía industrial real, ligada al naval y la siderometalurgia y a través de ésta a los bancos y el estado.

Toda su mirada sobre el periodo revolucionario se verá deformada por esta perspectiva, confluyente al final con la de la dirección del PSOE y la pequeña burguesía republicana capitalina.

La revolución rusa de marzo repercutió en España, produciendo un efecto catalítico. Los sectores descontentos de la población se agruparon, y por primera vez la burguesía industrial, las clases medias y el movimiento obrero -anarcosindicalismo y socialismo- marcharon juntos durante algún tiempo formando un bloque de oposición a la oligarquía agraria dominante. Ahora bien, el bloque de oposición al régimen era fluido, inconsistente, y carecía de un objetivo preciso. Relejaba históricamentente el descontento político, económico y social reinante; pero su capacidad revolucionaria era prácticamente nula. Después de una serie de escaramuzas políticas, la acción de protesta culminó, en agosto, en una huelga general, que no logró hacer conmover las bases del régimen. (…)

Vistas las cosas a distancia, con la perspectiva que da el tiempo, es sorprendente observar el paralelo que existe entre lo que ocurre en Rusia y en España en verano y otoño de 1917. Cuando en septiembre, después del fracaso del golpe contrarrevolucionario de Kornilov, los bolcheviques avanzaron rápidamente hacia la conquista del poder, en España, simultáneamente, la burguesía industrial rompió el frente de que había formado parte en los meses anteriores con la clase media y el movimiento obrero y, asustada, se unió sin pérdida de tiempo con la oligarquía agraria. La formación de un gobierno de coalición agraria-industrial coincide con el triunfo de la revolución bolchevique.

La clase trabajadora, que había puesto alguna esperanza en el bloque democrático, se encontró de nuevo sola, y tuvo que mirar adelante contando solo con sus propias fuerzas.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1965.

En realidad la clase obrera española no parece haber sentido una gran soledad al despegársele la pequeña burguesía industrial catalana. Al contrario, las noticias de la revolución de octubre, reavivan las fuerzas motrices de la huelga general de agosto del 17 elevando el grado de confrontación de clase.

El impacto se debió, al menos en parte, a un error cálculo del partido socialista. Los redactores y dirigentes del partido habían dado por hecho hasta entonces que la Rusia revolucionaria mantendría «todos los compromisos del antiguo régimen con las democracias de fuera». Es decir, que mantendría su participación en la matanza, con un gobierno provisional que no podía identificar sino como una versión exótica de la «conjunción republicano-socialista» española. La nota con la que, en noviembre «El Socialista», diario oficial del partido, dio noticia del triunfo de los soviets es significativa:

En Rusia ~ El triunfo de los maximalistas

La lucha que a raíz del derrocamiento del zarismo surgió en el campo revolucionario ruso entre los partidarios del todo o nada, maximalistas, y los que defendían una transformación más lenta, inteligentemente preparada para ir disolviendo en ella poco a poco todas las voluntades e intereses del país y todos los compromisos del antiguo régimen con las democracias de fuera, había llegado en los últimos días a una exacerbación extrema.

Así las cosas, el triunfo del desconocido grupo «maximalista» de los socialdemócratas, ponía todo el discurso del PSOE a la clase obrera en España en jaque. La «transformación lenta» de la monarquía y la alianza con la inane pequeña burguesía urbana para «ir disolviendo en ella poco a poco todas las voluntades e intereses del país», descubría tener en la lejana Rusia una alternativa socialista distinta del anarcosindicalismo. Porque el triunfo de la revolución de octubre, por escasa e incompleta que fuera la información que llegaba, no solo acababa con la dicotomía entre aliados y potencias de eje en la guerra, sino que barría de un plumazo el credo «pablista» que había presentado la política de conciliación de clases de la dirección socialista como única alternativa al apoliticismo anarquista. Por eso la aparición de una referencia internacional impulsó el aspecto revolucionario de la crisis del llamado «trienio bolchevique».

Supimos los españoles que la izquierda del movimiento socialista ruso, los bolcheviques, había tomado el poder en Petrogrado en los primeros días de noviembre de 1917. Comenzamos a leer en la prensa unos nombres -Lenin y Trotski- que nos eran desconocidos. El Socialista, el 10 de noviembre, en un artículo editorial que, por su estilo, cabe atribuir a Torralba Beci, se alarma ante el peligro que los bolcheviques triunfantes puede hacer correr a los aliados, cuya victoria militar, tras la intervención norteamericana en la contienda, parece segura y aun próxima. Pasaría tiempo antes de que comenzásemos a saber algo de lo que habían sido aquellos días que, según John Reed, estremecieron al mundo. Rusia estaba muy lejos y las noticias que nos llegaban sobre lo que acontecía en aquel país eran pocas y, la o ques peor, falseadas. ¿Cuántas veces no anunció la prensa la muerte de Lenin, la de Trotski, la caída del gobierno de los Soviets?

Pero poco a poco la bruma se fue disipando. Fernando Durán, médico y escritor, que formaba parte del equipo de redacción de la revista «España», al que los jóvenes iconoclastas del Ateneo llamaban irónicamente «los siete sabios de Grecia», fue el primero que descorrió el velo. En el Ateneo de Madrid dio una interesante y muy documentada conferencia sobre la Revolución rusa y sobre sus primeras realizaciones. Verdes Montenegro, que ya se había trasladado a Madrid, habló poco después desde la misma tribuna y sobre el mismo tema. La revista «España», que durante bastante tiempo había sido muy hostil a la Revolución de octubre, le dedicó un número especial. Así poco a poco, se fueron conociendo en España los acontecimientos que se estaban desarrollando en el Este de Europa.(…)

Lo que iba sabiéndose de la Revolución rusa, el ejemplo que el proletariado ruso había dado a los trabajadores del mundo entero vino a echar aceite al fuego. La clase obrera se radicalizaba por momentos.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El 6 de agosto de 1918 aparece el primer hito de una fracción de izquierda dentro del PSOE: la publicación de «Nuestra Palabra», encabezada por Fabra -que abandonaba su aliadofilia- y Verdes Montenegro. El periódico está dirigido por Mariano García Cortés y en él aparecen por primera vez nombres que en poco menos de año y medio se convertirán en cabeza de la fracción «tercerista» de la Internacional; lo que es reseñable dado que en España -si dejamos de lado individualidades como Verdes Montenegro- lo que configurará la divisoria con el reformismo no será la guerra imperialista sino la pertenencia a la Internacional.

Dicho de otro modo, en España no era tema aquello que justificaba históricamente el nacimiento de una nueva Internacional: la participación de la socialdemócracia en la guerra. Que el partido proletario mundial hubiera mandado a los obreros a matarse entre ellos bajo las banderas nacionales burguesas no estaba en el centro del orden del día de los críticos del PSOE. Lo que era central para ellos era la pertinencia o no de la conjunción republicano-socialista. El pablismo había hecho tan dependiente toda la estrategia del partido de la alianza con la pequeña burguesía y ésta se había evidenciado tan caduca e inoperante que solo un movimiento «externo» podía servir para rescatar al partido. En consecuencia, buena parte de los viejos socialistas que se descubren «terceristas», imaginarán el partido comunista que acabarán formando esencialmente idéntico al PSOE; un PSOE eso sí, liberado de la conjunción republicana y tal vez más activo en la unidad sindical, pero en lo fundamental un partido socialdemócrata nacional, idéntico al original.

La Revolución rusa estaba conmocionando a todos y convirtiéndose en sí misma en tema de decantación porque se interpretaba en términos españoles: ¿era el momento de pensar en un gobierno socialista o había que supeditar el movimiento obrero, al estilo del pablismo, a una revolución burguesa que no movilizaba a la burguesía y que solo vivía en los sueños de un renqueante republicanismo? El debate daba en todo el país y pasaba por encima de la estructura de clases de las distintas regiones y de la división entre socialistas y anarcosindicalistas.

Uno de los anarquistas más exaltadamente bolchevique -que más adelante fue firmemente anticomunista-, Manuel Buenacasa, secretario general de la CNT en 1918-19, reflejando el pensar y el sentir del anarcosindicalismo en los comienzos de la revolución rusa, escribió en su libro «El movimiento obrero español» (1928):

La revolución rusa vino a fortalecer aun más el espíritu subversivo, socialista, y libertario de los anarquistas españoles… Para muchos de nosotros -para la mayoría- el bolchevique ruso era un semidios, portador de la libertad y de la felicidad comunes… ¿Quién en España -siendo anarquista- desdeñó el motejarse a sí mismo de bolchevique? Hubo pocos a quienes no cegara el fogonazo de la gran explosión».

Otro testigo de gran valor, J. Díaz del Moral, escribió en su «Historia de las agitaciones andaluzas»2:

En las últimas semanas de 1917 llegó a España la noticia del triunfo bolchevista. Las masas obreras desconocían los detalles del hecho y no sabían tampoco con precisión la ideología de los vencedores; pero la certeza de que en una gran nación se había hundido el capitalismo y gobernaban los asalariados produjo en todos los sectores obreros un entusiasmo indescriptible… Entonces se inició la agitación obrera más potente que registra la historia de nuestro país. Como siempre, fue Andalucía la que tomó la delantera.​

La excitación va más allá del proletariado. Aparecen espontáneamente publicaciones confusas, de número único como «El Soviet» (diciembre de 1918) o «La chusma encanallada» (enero de 1919). Son más cercanas al republicanismo exaltado que al socialismo, reúnen brevemente a pequeñoburgueses y militares expulsados del ejército por su participación en las Juntas de defensa, pero se declaran «bolchevistas» y decididas a «acabar con el imperio de los borbones» siguiendo el ejemplo ruso.

Pero la decantación necesaria para formar una organización revolucionaria se va a dar en tres ámbitos muy distintos: los jóvenes socialistas madrileños, las tendencias contrarias a la conjunción en el PSOE y los grupos sindicalistas -no anarquistas- en la CNT.

Durante la Guerra Mundial del 14-18, se había manifestado ya una corriente internacionalista en el seno del Partido Socialista, frente a la posición a favor de los aliados de sus dos jefes más influyentes, Pablo Iglesias y Julián Besteiro, que incluso llegaron a mantener el criterio de que si no se pronunciaban por la intervención en la guerra era únicamente porque España no se encontraba preparada para ella. La corriente internacionalista se manifestó en la Juventud Socialista de Madrid, que fue la única organización socialista española adherida a la Conferencia de Zimmerwald.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El acendramiento, acelerado por la Revolución rusa, se estaba dando y cortaba a los jóvenes socialistas en dos: por un lado la dirección pablista, por otro las bases cada vez más influidas por la recién nacida «Agrupación de Estudiantes Socialistas» de Juan Andrade. Hasta finales de 1919 será una lucha sorda, casi invisible, aparentemente casual… que desde el exterior aparecerá como una sucesión incomprensible de bandazos.

No podría afirmarse que los jóvenes socialistas madrileños hubiesen seguido a todo lo largo de la guerra mundial una política coherente. Al estallar la contienda publicó la Juventud un manifiesto condenándola, que le valió un proceso. En 1916 expresó oficialmente su adhesión a la conferencia de Kienthal, que reunió a representantes de algunos partidos socialistas y de minorías de otros, contrarios todos a la guerra y a la política de unión nacional practicada por los partidos de la Segunda Internacional en los países beligerantes y apoyada por otros de países neutrales, como el Partido Socialista Español. Pero, cambiando de postura política, en mayo de 1917 dio su adhesión oficial al mitin, a favor de los aliados, organizado por las fuerzas de la izquierda española, cosa que el Partido no hizo, aunque sí permitió a Andrés Ovejero participar en él.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El proceso, al calor de las intensas luchas obreras y de las noticias llegadas de Rusia, fue tomando fuerza a lo largo de 1918.

Naturalmente, la Revolución Rusa intensificó la crisis interna. No al principio, porque fue recibida y defendida por todo el mundo obrero con entusiasmo y adhesión (la propia Confederación Nacional del Trabajo llegó a adherirse a ella en su célebre Congreso del Teatro de la Comedia de Madrid), sino hasta que se planteó en escala internacional la ruptura con la II Internacional, la denuncia de las traiciones de la socialdemocracia y la constitución de la III Internacional. La adhesión a ésta quedó planteada a través de discusiones internas que los jefes socialdemócratas frenaban al comienzo, pero sin oponerse francamente.

La Revolución Rusa y la fundación de la III Internacional produjeron también una profunda transformación en el seno de las Juventudes Socialistas, principalmente en la de Madrid. La J.S. de Madrid había estado integrada hasta enntonces principalmente por hijos de militantes socialistas, impregnados del espíritu reformista del partido, viviendo en el culto parternalista del «Abuelo» (Pablo Iglesias). La Revolución Rusa y el entusiasmo que despertó en el porvernir del proletariado internacional dio lugar a que se incorporasen a la Juventud numerosos jóvenes obreros, no ligados con el pasado, ajenos al espíritu familiar que reinaba en la Juventud Socialista hasta entonces y que, preocupados por los problemas que planteaba la III Internacional, se entregaron a estudiarlos para aplicarlos a la situación concreta de España.

Por otra parte, en 1919, se constituyó en Madrid el Grupo de Estudiantes Socialistas y, por primera vez, jóvenes intelectuales se incorporaron al socialismo pero inspirados en las nuevas ideas, en cuya propaganda y por cuya adhesión trabajaban con los jóvenes obreros de las Juventudes.

La lucha entablada por las Juventudes Socialistas tuvo su culminación en el Congreso de la Federación de fines [noviembre] de 1919, en el que los antiguos dirigentes ligados al reformismo del partido fueron barridos tatalmente de la dirección nacional. La nueva dirección estaba constituida por jóvenes obreros e intelectuales, dispuestos a defender hasta las últimas consecuencias la adhesión a la III Internacional.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Esta novedad de su composición social y generacional, unida al primer esfuerzo de traducción de textos marxistas, en la que es clave Andrade, es lo que explica que la verdadera «fracción» comunista del PSOE fueran sus juventudes.

El nuevo Comité comenzó su andadura con grandes bríos. Desarrolló considerable actividad y dio a Renovación, su órgano en la prensa, un tono más vivo y una línea política más socialista. En esta época ya prestó su colaboración a Renovación Juan Andrade, que no pertenecía ni había pertenecido nunca a las Juventudes, aunque animara el Grupo de Estudiantes Socialistas. El órgano juvenil llevó incluso su audacia al extremo de permitirse criticar a un hombre como Pablo Iglesias del que decía Morato que era «no indiscutible, pero sí indiscutido». Lo que no dejó de producir notorio enfado a muchos miembros del Partido.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Llegamos así a finales de 1919 con una Juventud Socialista que, en Madrid, está haciendo a toda velocidad la crítica de la II Internacional, un PSOE que tiene ya una tendencia «tercerista» pero que no ha revisado su pasado y dos congresos convocados para diciembre con la adhesión a la III Internacional en la agenda: el del PSOE (9 al 16 de diciembre) y el de CNT (10 al 17 de diciembre).

¿Qué estaba pasando en la CNT? El Congreso del Teatro de la Comedia, del 10 al 17 de diciembre de 1919, fue su segundo congreso confederal. CNT tenía en ese momento entre 750 y 800.000 afiliados, muchos de los cuales veían, correctamente, en la toma del poder por los soviets la refutación del parlamentarismo y el reformismo socialdemócrata. La mayor parte de los cuadros anarquistas ya tenían noticias del divorcio entre anarquistas y bolcheviques. Pero, conscientes de la expectación generarda entre los trabajadores por los soviets rusos, hacían interpretaciones públicas de la revolución como una corroboración de sus propios postulados apoliticistas y kropotkinianos, asimilando el soviet al sindicato o explicándolos como una consecuencia de la ausencia de una gran confederación sindical en Rusia.

El resultado fue, en la práctica, una adhesión oportunista que dejaba al PSOE debatirse en sus contradicciones durante el congreso, y ganaba para el sindicato el «punto» de ser la primera gran organización española vinculada orgánicamente a la Internacional. Eso sí, sin comprometerse en absoluto e intentando presentarse como el centro mundial de la revolución en marcha. Esta actitud oportunista, que podía prosperar solo gracias a la falta de información y sobre todo a la ausencia de una verdadera izquierda organizada en el PSOE a nivel nacional se resume muy bien en la declaración que se aprobó por aclamación al cierre del congreso3.

El Comité Nacional, como resumen de las ideas expuestas acerca de los temas precedentes por los diferentes oradores que han hecho uso de la palabra en el día de hoy, propone:

  1. Que la CNT de España se declare firme defensora de los principios de la Primera Internacional sostenidos por Bakunin y
  2. Declarar que se adhiere provisionalmente a la Internacional Comunista por el carácter revolucionarios que la informa, mientras y tanto la CNT de España organiza y convoca el Congreso obrero universal que acuerde y determine las bases por las que deberá regirse la verdadera Internacional de los trabajadores.

II Congreso Confederal de CNT, 17 de diciembre de 1919.

La urgencia de la decantación en torno a la III Internacional a lo largo de 1919 había sido acelerada por la Juventud Socialista, que ya en febrero había adherido a la Internacional aun antes de su primer congreso mundial.

En febrero de 1919 publicó «El Socialista» el texto de la convocatoria del primer Congreso de la Tercera Internacional. Aquella noche se reunía en asamblea la juventud [madrileña]. Hallábanse todos los miembros de su comité en la secretaría preparándose para la reunión que pronto iba a empezar cuando, recién leído el llamamiento que publicaba el órgano del Partido, el secretario propuso a sus compañeros someter a la asamblea la adhesión de la juventud a la nueva Internacional. No se debatió la iniciativa, que fue aceptada por unanimidad. Sometida a la asamblea, sin debate se aceptó unánimemente. Acabábamos de dar el paso, sin ser todavía conscientes de ello, hacia la constitución del Partido Comunista de España.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El nacimiento del PCE

Cuando el 9 de diciembre de 1919 el PSOE llega a su congreso tiene una fracción «tercerista» bien organizada que llega hasta su Comité Nacional. Son terceristas en ese momento dirigentes muy conocidos como Daniel Anguiano, Núñez de Arenas, Virginia Gonzalez o Torralba Beci. Pero la verdad es que una cosa era ser «tercerista», es decir partidario de la entrada del partido en la nueva Internacional, y otra muy distinta estar en las coordenadas ideológicas y organizativas del comunismo tras toda una vida en el pablismo. El resultado final arrojó 14.010 votos a favor de seguir en la IIª Internacional frente a 12.498 terceristas. No se produjo ruptura. Era duro romper el partido y no perdían la esperanza de forzar un segundo congreso en el que ganar la mayoría. De hecho, un nuevo congreso extraordinario fue convocado para el 20 de junio de 1920.

Mientras tanto, en enero de 1920 tienen lugar los primeros contactos con la IC. Tres representantes de la Internacional -Borodin, Roy y Ramírez- llegan a Madrid desde Méjico camino de Moscú. Borodin, que como Roy pasará a la historia por su papel en la revolución china, acabará asesinado en una purga stalinista; Ramírez -alias del norteamericano Charles Shipman- venía con Borodin de fundar el Partido en EEUU, en los siguientes años llevará una vida novelesca como organizador de la IC hasta 1930 cuando deje el movimiento asqueado ante las purgas y la represión stalinista.

Borodin causó muy fuerte impresión en los socialistas españoles con quienes habló. Fueron estos, en particular, Anguiano, García Cortés, Virginia González y Núñez de Arenas, de la izquierda del partido y Merino Gracia, Ugarte, Rito Esteban y Andrade, de las Juventudes. Borodin abordó en sus entrevistas el tema de la creación del Partido Comunista en España. Los socialistas partidarios de la Tercera Internacional aspiraban a alcanzar en él la mayoría y llevar el Partido en bloque a la nueva organización mundial de los trabajadores. Borodin debió de llegar a la conclusión de que aquellos hombres vacilarían demasiado a la hora de adoptar una decisión que, de cualquier manera, implicaría la división de su partido. Sin duda, esperaba más de los jóvenes, que, por su edad, todavía no habían echado raíces profundas en el Partido. Al marchar dejó en Madrid a Ramírez para que prosiguiese el trabajo solo iniciado. A partir de aquel momento los jóvenes del Comité Nacional, de la Federación y Ramírez trabajaron en estrecho acuerdo preparando la constitución del Partido Comunista.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El resultado fue la aparición del primer partido comunista español antes del segundo congreso extraordinario del PSOE

Entre estos dos congresos se había producido un hecho político y orgánico importante: la constitución el 15 de abril de 1920 del Partido Comunista Español. El Comité Nacional de la Federación de Juventudes Socialistas, que se encontraba ya en estado de ruptura completa con la dirección del partido, había entrado en contacto a primeros de 1920 con Borodin y Roy, que representaban a la III Internacional y que, camino de Rusia, procedentes de Estados Unidos, tenían la misión de proponer la constitución de un partido comunista en España. La idea fue aceptada fácil e inmediatamente por el Comité Nacional de las JJSS, tanto más porque coincidía con su propósito, que sólo retrasaba el temor a las dificultades económicas para mantener un órgano propio y la propaganda. Ante la promesa de una ayuda financiera, la decisión fue aceptada sin vacilación. (…)

Fue lo que pudiéramos llamar un verdadero golpe de estado del Comité Nacional de las Juventudes, con el asentimiento, claro está, de la mayoría de los militantes. Puestos de acuerdo todos los integrantes del CN menos dos, a los que se eliminaba de las reuniones, y la totalidad del comité de la organización de Madrid, se acoptó la resolución secreta de transformar la Federación de JJSS en Partido Comunista Españal. El CN comunicó esta decisión a todas las secciones por medio de una «carta cerrada», que solo debían abrir en una fecha determinada, que se les comunicaba en una circular adjunta, para «conocer y discutir una proposición del Comité Nacional». La fecha señalada era la del 15 de abril de aquel año 1920.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Es decir, llegamos a la constitución del primer grupo comunista español tres años después de la Revolución Rusa y más de un año después de que la socialdemocracia alemana ahogue en sangre la revolución alemana.

Habíamos decidido constituirnos en Partido Comunista, sin aguardar más, porque estábamos convencidos de que el ala izquierda del Partido, que tras la visita de Borodin a España había creado un Comité por la Tercera Internacional que coordinaba su acción, estaba perdiendo un tiempo precioso por sus vacilaciones y por la esperanza, que no llegó a ser un hecho, de llevar al Partido Socialista en bloque a la nueva Internacional. Ya el paso que dimos era tardío. En 1920 la ola revolucionaria iniciada en Rusia en 1917 había perdido empuje, y la clase obrera comenzaba a batirse en retirada. La socialdemocracia había dejado solo al proletariado ruso y en Alemania había contribuido a ahogar en sangre las tentativas revolucionarias de los espartaquistas. En nuestro país la represión era cada vez más fuerte y el proletariado se replegaba tras las grandes batallas sostenidas a lo largo del año anterior. Todo permitía prever que cuanto más esperase, peor sería la situación.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Pero en el desarrollo de un partido de clase las prisas se pagan. Solo había habido un debate -aunque insuficiente- en Madrid y allí casi toda la agrupación local, 200 personas, se unió al partido. En conjunto el nuevo partido arrancaba con 2.000 miembros, la mitad de la JJSS. Pero mirado más de cerca, los resultados territoriales informaban de la soledad madrileña: prácticamente nadie se unió desde Asturias, donde el diputado local Saborit, pura vieja escuela pablista, pertenecía a JJSS. En otros lugares Vizcaya, donde sí hubo un desplazamiento significativo de militancia, el grupo adherido no tenía ningún sustento ideológico. También se unieron a primera hora algunos militantes cenetistas relevantes como el alicantino Hilario Arlandis, funerario y director de «Acción Sindicalista», que en el futuro ejemplificaría -con Maurín- la atracción del nacionalismo para entre los sindicalistas revolucionarios.

Otra consecuencia desoladora del insuficiente acendramiento fue que militantes destacados del momento como el mismo Merino Gracia, primer secretario del partido, tras sufrir prisión, acabarían pasando con armas y bagajes a la reacción católica. Como se vería pronto, en el núcleo directivo original solo unos cuantos, alrededor de Juan Andrade, habían interiorizado la militancia comunista como algo diferente a una socialdemocracia más activista4.

El partido comunista español se formó en medio de circunstancias particularísimas del movimiento obrero general; circunstancias que determinaron el retraso de su formación y las crisis posteriores. Por una parte, en el seno del viejo partido socialista no había existido ni la más mínima tradición teórica; por otro lado, nos encontrábamos con que cuando el sindicalismo revolucionario había fracasado en sus pruebas en todos los países, en España se hallaba, por una contradicción histórica, en su pleno esplendor. Estos dos hechos daban lugar a dos consecuencias; a una lentitud de la educación marxistta del partido y a una gran dificultad para atraer hacia el partido a las masas obreras, demasiado ilusionadas con los éxitos esporádicos y relumbrantes del anarcosindicalismo.

Juan Andrade. La crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la IC, publicado en la revista «Comunismo» nº2, 1931

Gracias sobre todo a Andrade, el nuevo partido contó pronto con una gran velocidad de respuesta y una cierta capacidad teórica. Inmediatamente después de la constitución prepararon el último número de «Renovación», que en adelante se llamaría «El Comunista», con el titular «La Federación de Juventudes se transforma en el Partido Comunista español».

La distribución de aquel número de transición comenzó por la Agrupación Socialista Madrileña, donde se había convocado una asamblea general para discutir la expulsión del hasta entonces secretario general de las Juventudes en represalia por las críticas de estas a la dirección socialista. El número incluía el Manifiesto de constitución del partido.

Los cuatro años de guerra y la revolución rusa han modificado mucho la ideología , el punto de vista, la táctica y los fines del proletariado en la lucha social. La II Internacional ha fracasado (…) Los socialistas rusos, acérrimos enemigos de la guerra imperialista y ardientes marxistas, han roto en la teoría y en la práctica con los socialistas europeos traidores de la II Internacional y han fundado la Internacional Comunista (…) Hemos llegado a un momento en que seríamos cómplices de tal estado de cosas si titubeásemos en dar el paso que hoy damos constituyendo el Partido Comunista español.

PC español. Manifiesto de constitución, 1920.

El «partido de los 100 niños», como lo llamaban despectivamente en el PSOE, era mayoritariamente obrero y pronto tuvo una activa presencia sindical. Si interpretamos los votos a favor del ingreso de la UGT en la Internacional Sindical Roja como producto de su influencia, casi un 15% de los representantes en su congreso de 1920 pertenecían o simpatizaban con el PC. Los influyentes sindicatos de la madera de UGT se unieron en un sindicato de industria bajo el liderazgo de Chicharro, Arroyo y otros jóvenes del partido; la dirección de los sindicatos de dependientes de comercio, pintores, sastres, colchoneros, etc. fue pronto a parar a las manos de unos jóvenes militantes entre lo que nunca hubo ningún «liberado» ni existieron las marrullerías y disputas internas típicas del PSOE que solo reaparecerían en 1922 de la mano del grupo vizcaíno del partido unificado. Pero aun faltaba para eso. Al poco tiempo de la constitución del PC, en junio, se celebraba el segundo congreso extraordinario del PSOE.

En el segundo Congreso extraordinario, reunido para tratar la misma cuestión, la división de los votos cambió bastante fundamentalmente: 8.268 votos a favor de la III Internacional, 5.016 contra y 1.615 abstenciones. Ante este resultado, los dirigentes reformistas del partido lograron hacer prosperar una maniobra para demorar la aplicación del acuerdo: enviar a Moscú una delegación para que se informase directamente de la situación, delegación integrada por Fernández de los Ríos y Daniel Anguiano o sea, un representante de la derecha y otro de la izquierda. Esta delegación debía someter al Comité Ejecutivo de la III Internacional tres condiciones para la adhesión del partido español:

  1. el PSOE pedía una plena autonomía para determinar la táctica a adoptar en España;
  2. derecho para el PSOE de revisar en sus Congresos los acuerdos que se adoptasen por la III en los suyos;
  3. que en el PSOE existía la tendencia a unificar a todos los partidos como lo hacía el Partido Socialista Francés y el Partido Socialista Independiente Alemán. Lo que quería decir conformidad con la Internacional de Viena, a la que se denominaba entonces Internacional Segunda y Media, lo cual era una trampa para evitar la adhesión a la III Internacional sin solidarizarse totalmente, de manera pública, con la II Internacional, que estaba demasiado desacreditada entre los trabajadores.

Como puede comprenderse fácilmente, estas condiciones ultimatistas hacían inaceptable la adhesión, pero permitíana los reformistas aplazar el acuerdo y maniobrar todavía más para el próximo congreso del partido, que debía adoptar la decisión definitiva.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Pero lo sorprendente no es el manejo burocrático y dilatorio de la dirección sino que la fracción tercerista jugara en el mismo plano y no fundamentara la ruptura en un programa más amplio y profundo. Llegaron a abril de 1921, fecha del tercer y definitivo congreso socialista sobre la IIIª Internacional, en medio de un claro retroceso del movimiento obrero dentro y fuera de España, sin haber hecho un esfuerzo teórico para entender la situación mundial. Por lo que, aunque lo hubieran intentado, tampoco hubieran podido discutir y trabajar con las bases del PSOE más allá de la apelación sentimental.

En abril de 1921 se celebró el tercer congreso extraordinario del PSOE para oir el informe sus delegados a Moscú y decidir sobre la adhesión a la III Internacional. Fernández de los Ríos, naturalmente, hizo un informe violentamente en contra. Explotó de mala fe la expresión con que le había respondido Lenin al preguntarle el profesor español: «¿Y la libertad?», contestándole: «¿Libertad para qué?», lo que, por otra parte, toda la prensa reaccionaria española explotó para explicar «el carácter antidemocrático de la revolución bolchevique». El profesor docto en marxismo no había comprendido el sentido de la frase, no sabía que, para el marxismo, libertad genérica sin libertad econó>mica no es nada. Pero Fernández de los Ríos fue toda su vida ajeno al socialismo, aunque militó en el partido.

Daniel Anguiano, según su costumbre, hizo un informe lleno de sentimentalismo, haciendo reparos a la adhesión, pero aconsejándola. Lo que más le acongojaba era que las 21 condiciones llevaban implícitamente otra haciendo incompatible la militancia comunista con pertenecer a la masonería. Y él era, ante todo, masón. Su intervención y el carácter dubitativo de su propuesta, restó bastantes votos a la adhesión a la III Internacional.

Como resultado, fue rechazada la adhesión a la III Internacional en el congreso socialista, por 8.858 votos contra 6.094. Durante un año los dirigentes socialistas habían maniobrado bien el partido. Al conocerse el resultado, los delegados partidarios de la III Internacional hicieron una declaración (…) Se agregaba que a partir de ese momento se constituían en el Partido Comunista Obrero Español, para distinguirse así del primero. Desde entonces existieron dos partidos comunistas en España, y dos órganos de prensa distintos: «El Comunista» y «Guerra Social».

No ofrecía duda que era absolutamente diferente la mentalidad de los dirigentes de los dos partidos y la manera de enfocar los problemas. A pesar de su juventud, los del primero tenían una formación teórica más seria, como reconocían los delegados de la Internacional.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

En esa época Andrade estaba traduciendo «El Estado y la Revolución» de Lenin con ayuda de Geers. Gerardus Johannes Geers era un joven comunista holandés que había llegado a Madrid en abril de 1918. Ambos se habían conocido en el Ateneo. Se puede decir que Geers fue la ventana a través de la que el marxismo revolucionario llegó a España. Hasta 1920 en vivo y después mediante correspondencia les puso al día de las tendencias en la Internacional y les hizo de contacto con Pannekoek, Henriette Roland Holst y Herman Gorter, cuyos artículos tradujo para «El Comunista». Gracias a Geers, se cartearon con Rutgers, Wijnkoop, Van Overstraeten y Bordiga, es decir, con los dirigentes de las tendencias de la Izquierda Comunista entonces nacientes en Alemania, Holanda, Bélgica e Italia.

A principios de mayo de 1920, «El Comunista» dedica unos cuantos artículos a defender la táctica anti-parlamentarista de Bordiga ligándola a la historia y el posicionamiento mayoritario del proletariado español. Es el momento en el que Lenin arranca su luego famosa campaña contra «el izquierdismo». Además de su famoso folleto sobre la «enfermedad infantil», el Buró de Amsterdam de la IC es «desafiliado».

Las declaraciones de Lenin son completamente oportunistas y las del Com. Ejec. de Moscú no reflejan tampoco un criterio muy acertado. Como nosotros mantenemos una posición de izquierda, no podemos solidarizarnos con eso.

Carta de Andrade a Geers, 3 de julio de 1920.

A punto estuvo Andrade de publicar un artículo sobre el oportunismo de la campaña anti-izquierda de Lenin, pero la presión de la Internacional, que empujaba hacia una fusión con el PCO, llevó a que el comité desaconsejara hacerlo. La Internacional se está centralizando, reclamando la capacidad de imponer la táctica a cada uno de sus miembros en cada momento. Y como se percibe una fase de repliegue y debilidad de la oleada revolucionaria en Occidente, lo que trata de imponer es una vuelta «con principios revolucionarios» a los viejos puntales tácticos de la socialdemocracia: parlamentarismo y sindicalismo. Para la izquierda no es una cuestión de «prisas» ni de si el curso histórico ha cambiado o no, sino que siguiendo la estela de la fallecida Rosa Luxemburgo, entiende que las formas de lucha en un capitalismo decadente han mutado necesariamente.

En cualquier caso la joven dirección, bajo una represión creciente y en batalla con el PCO, decide acatar a la línea de la Internacional, primando la batalla contra el centrismo que denunciaban en el PCOE e intentando a toda costa evitar la fusión primero. Fiinalmente, cuando la IC interviene para forzarla enviando a Antonio Graziadei -un «independiente» a la derecha de la derecha del Partido italiano- el esfuerzo se concentrará en asegurar el liderazgo orgánico en el partido fusionado.

La existencia de los dos partidos comunistas se manifestó inmediatamente por un combate violento, llevado a cabo especialmente por el PCE que era el reconocido por la III Internacional, contra el PCOE. Se denunciaba el él a los viajeros reformistas -inasimilables, decíamos- que habían sido y eran los dirigentes del PCOE, y su inadaptación a la nueva orientación revolucionaria del movimiento obrero. Declarábamos nuestra incompatibilidad total con ellos.

Pocos meses después, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista resolvió intervenir en la situación española para lograr la fusión de los dos partidos. Del 7 al 14 de noviembre de 1921, se celebraron en Madrid las reuniones para la unificación. (…)

El I Congreso del Partido unificado, llamado desde entonces Partido Comunista de España, se celebró en marzo de 1922. Al hacerse la fusión, según los informes de los delegados de la IC, el PCE tenía 20.50 afiliados y el PCOE 4.500. (…)

Pero muy pronto volvió a abrirse una nueva crisis en el partido fusionado. De los nueve miembros del Comité Ejecutivo procedentes de las Juventudes Socialistas, cinco comenzaron a identificarse casi totalmente con los dirigentes del PCOE. Los otros cuatro, ante nuestra imposibiliad de influenciar positivamente la orientación del partido, decidimos la constitución de un grupo en el interior partido llamado «Oposición Comunista de España».

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Los cuatro «oposicionistas» fueron temporalmente excluidos. Pero el ambiente de discusión era sano y franco. Las tendencias antiparlamentarias se discutieron abiertamente en «El Comunista» durante algún tiempo más y cuando el cuarto congreso de la IC (diciembre 1922) lanzó las tesis del frente único, obtuvo resistencia y crítica.

Pero el verdadero problema del partido seguía estando en el atraso y aislamiento intelectual de muchas provincias. Los comunistas vizcaínos, dirigidos por Bullejos, mostraban una propensión al matonismo y el pistolerismo que pronto se haría célebre. No solo andaban a tiros en las huelgas con los pistoleros patronales y la policía, sino que ensayaban una guerra civil particular con los socialistas. La práctica de la violencia del grupo vizcaíno acabó costando al partido la expulsión de sus sindicatos de la UGT en 1922, cuando un militante vasco, en una de las frecuentes broncas del congreso, disparó y mató a un delegado obrero socialista.

Durante los años 22 y 23, hasta la proclamación de la dictadura de Primo de Rivera en septiembre, la izquierda -aunque separada de la izquierda comunista internacional- seguía creciendo. Cuando se celebró el segundo congreso, en julio del 23, tenía ya la mayoría. Aunque el delegado de la Internacional, el suizo y antiguo pastor protestante, Humbert Drotz, se asegurase de darle el control del congreso a los centristas ex-PCOE, casi todos los excluidos fueron reincorporados a la dirección y por fin las heridas de la fusión parecieron haber sanado definitivamente.

Pero a pesar de todo, el balance histórico, siendo meritorio, no da para echar las campanas al vuelo: el PCE no era, ni podía ser ya, un partido de masas como los de la II Internacional por mucho que se empeñara la IC, pero tampoco había sabido convertirse en un partido de vanguardia y menos aun servir de guía a la clase en su acción política.

Los partidos comunistas se han formado en todos los países a través de las minorías de oposición revolucionaria que existieron antes, durante y después de la guerra en el seno de los partidos socialdemócratas. Estas minorías mantenían ya dentro de los partidos, de manera más o menos acertada, los principios del marxismo revolucionario. Constituían núcleos de afinidad marxista revolucionaria dentro de la socialmemocracia. Batallaban diariamente contra la oligarquía reformista y se esforzaban por dar una interpretación coherente marxista a la política del partido. Cuando surgieron los partidos comunistas, es decir, cuando surgió la escisión dentro de los partidos socialdemócratas, los nuevos partidos comunistas que surgieron de esta separación se encontraron con un estado mayor teóricamente capacitado a consecuencia de las luchas desarrolladas en el seno del viejo partido. La constitución en estos países del partido comunista fue la derivación lógica de toda una actuación contra el reformismo oficial.

No puede de ninguna manera decirse que éste fuera el caso de España. País de menos tradición marxista, incluso en el sentido equívoco que los socialdemócratas daban a la palabra, no ha existido en Europa. El «pablismo», única definición específica que puede darse a lo que en España ha pasado por socialismo, era una mezcla de obrerismo reformista a secas y de democratismo pequeñoburgués. La divulgación de los trabajos de Lafargue realizada por los viejos socialistas era en el fondo solo la necesidad de dar un barniz teórico a su política. Los grandes problemas planteados en la socialdemocracia europea no encontraban eco en las filas del socialismo español. Este se hallaba políticamente aislado del mundo.

En medio de esta especie de socialismo doméstico, de este obrerismo sin contenido teórico, no surgieron los grupos marxistas revolucionarios que en otros países libraban batalla contra la política oficial en el seno de los partidos. Solo durante la guerra se dibujó algo esta tendencia en el movimiento pacifista, pero no internacionalista, del cual era intérprete la Juventud Socialista de Madrid, partidaria de la conferencia Zimmerwald. Pero la escasez de fundamento teórico de esta tendencia hacía que su posición fuera el eco de un sentimiento humanitario de sus adheridos y no la consecuencia lógica de una comprensión clasista del problema. Indica esto la misma derivación política que los grupos zimmerwaldianos tuvieron en otros países y la que tuvieron aquí. En los demás países fueron el núcleo director de los partidos comunistas; en España se disolvieron como azucarillos en el vaso de agua y no fueron capaces de encauzar la corriente partidaria de la Tercera Internacional.

Faltos de este desenvolvimiento preliminar en el seno del viejo partido, los integrantes del partido comunista se encontraron sin esa experiencia teórica y práctica que a modo de bagaje revolucionario llevaron los militantes de otros países al seno de los nuevos partidos. La interpretación revolucionaria del marxismo que la IC representaba fue como la aparición ante sus ojos de un nuevo mundo. De aquí surgió aquel horror fatal hacia las veintiuna condiciones, que solo en último caso se aceptaron por un movimiento sentimental de fervor a la revolución rusa. No podía formarse del día a la mañana una nueva concepción revolucionaria; pesaba mucho el pasado y, además, era una grave cuestión improvisarlo todo. Este núcleo, es decir, el procedente del partido socialista, después de varios años de permanencia en él y de no haberse librado del lastre de la educación «pablista», fue el grupo director de mas personalidad dentro del partido comunista.

A este núcleo fundamental vinieron a unirse otros dos en el seno de la sección española de la IC. Uno, el de los que se habían iniciado en la actividad política después de la revolución rusa y que habían deglutido apresuradamente la interpretación leninista del marxismo, sin la menor experiencia política ni organizativa; otro, el de los procedentes del anarcosindicalismo, que traían al partido los prejuicios libertarios. El primero de estos dos últimos grupos estaba representado por los que fundamos el Partido Comunista Español. Gente joven, sin experiencia ni sindical ni política, tendíamos a dogmatizar y hacia el sectarismo. Nuestra palabra no hallaba eco más que en camaradas de nuestra misma condición.

De estos elementos tan dispares nació el partido comunista español unificado, en el mes de septiembre de 1921. Hay que advertir que, al localizar el análisis en España, no olvidamos que de elementos de procedencias similares se han nutrido todas las secciones de la IC. Pero la diferencia esencial que trato de establecer consiste en que, mientas en los demás países se encontraban con un núcleo director (el procedente del viejo partido), en España no sucedió lo mismo. Esto contribuyó en gran parte a las crisis que ha atravesado el partido desde 1924.

Otro factor vino a agregarse, factor que hemos insinuado en las primeras líneas de este artículo. Cuando en todos los países se había evidenciado a la luz de los acontecimientos la insuficiencia política del sindicalismo revolucionario en España éste se encontraba en pleno delirio de triunfos, consecuencia del retraso con que el movimiento capitalista y proletario se han desenvuelto en nuestro país siempre. La demagogia apolítica del anarcosindicalismo había prendido en las masas españolas. Cuando después de la guerra el papel predominante de los partidos comunistas se había evidenciado en toda su necesidad, los dirigentes anarcosindicalistas españoles pregonaban a los cuatro vientos como suprema panacea la organización sindical con carácter «apolítico». El primer partido comunista español surgió en pleno apogeo del anarcosindicalismo, el cual dejaba sentir su influencia hasta en el propio seno del partido. Se tropezaba con la inmensa dificultad de hacer comprender a las masa, influenciadas por el cretinismo «apolítico», la importancia y necesidad del partido disciplinado del proletariado. Debido a esto en gran parte, el desarrollo del partido ha sido lento hasta estos últimos tiempos, en que ya se ha hecho la experiencia sindicalista y se ha visto su insuficiencia.

Formado en estas circunstancias y con individuos de tan diferente educación política, era natural que en el interior del partido se exteriorizasen estas contradicciones. De una manera más o menos práctica, constantemente, hasta el año 1924 la sección española vivió en permanente crisis. Pero entendámonos bien; al referirme a crisis me refiero a las naturales en el proceso normal del desenvolvimiento de un partido, a las platadas en el terreno de la honradez política y no en el campo de Agramante de la concupiscencia, del arribismo y del aventurerismo. Dos de estos grupos directores, el procedente del viejo partido y el de los nuevos militantes, se enfrentaban principalmente en Madrid y en el seno del Comité Central. El grupo de procedencia sindicalista, actuando unas veces como fracción del partido y otras desde fuera, pero queriendo influenciar y ganar su dirección desarrollaba su actividad frente a estas dos tendencias manifestadas en Madrid y en el Comité Central, A este grupo se agregaba, por necesidades de estrategia circunstancial, el núcleo bullejista de Bilbao, que reaccionaba así contra los ataques que a su política aventurerista dirigían las dos fracciones del Comité Central, compenetradas en reconocer la necesidad de acabar con la mala política llevada a cabo en Bilbao.

Juan Andrade. La crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la IC, publicado en la revista «Comunismo» nº2, 1931

 

Aventurerismo, dictadura y desarticulación del PCE

Paralelamente, surge en el seno de CNT una corriente de opinión que poco a poco se va orientando hacia el sindicalismo revolucionario y en la misma medida mirando si no hacia la Internacional Comunista, si a su organización sindical, la Profintern.

No se trata ya del inicial entusiasmo por la Revolución de octubre que llevó al acuerdo adoptado en el Congreso del teatro de la Comedia de adherirse a la Tercera Internacional. Esa corriente de opinión, más consciente y que va más lejos, supone la ruptura con las concepciones y las prácticas anarquistas que han venido prevaleciendo en la organización confederal. Primero en «Acción Socialista», de Valencia, dirigía Hilario Arlandis, y en «Lucha Social», de Lérida, dirigida por Maurín, al que prestó valiosa colaboración Pedro Bonet, recientemente fallecido en París, y después en «La Batalla», que aparecía en Barcelona la tendencia sindicalista-comunista expone sus concepciones cada día con mayor claridad. Andrés Nin, que milita en esa tendencia, es nombrado secretario del Comité Nacional de la CNT. Esta está en aquellos momentos en una situación crítica, desangrada por los atentados de las bandas de los sindicatos libres y por la aplicación de la llamada ley de fugas.

Maurín representa en el Comité Nacional de la CNT a la Confederación Regional de Cataluña y, más tarde, durante algún tiempo, asume las funciones de secretario de la Confederación Nacional del Trabajo. En una reunión celebrada en Lérida, en la clandestinidad, en abril de 1921, los delegados de los comités regionales deciden enviar una delegación a Moscú para participar en el congreso constitutivo de la Internacional Sindical Roja (ISR). Son elegidos Maurín, Nin, Arlandis y Jesús Ibañez, a los que se agrega, como representante de los grupos anarquistas, el francés Gaston Leval. Terminado el congreso, Nin, activamente buscado y reclamado por la Policía, es detenido en Berlín, si bien puesto a poco en libertad, y retorna a Moscú donde ejercería durante varios años importantes funciones en la nueva organización sindical internacional. Cuando aun no han regresado a España todos los delegados que han asistido al Congreso de la Internacional Sindical Roja, el sector anarquista de la CNT consigue, en una reunión celebrada en Zaragoza en junio de 1922, dejar en suspenso el acuerdo adoptado en el Congreso del teatro de la Comedia de Madrid, sobre la adhesión de la organización confederal a la Internacional Comunista, hasta que un congreso se pronuncie sobre el tema, pero de hecho la ruptura con los comunistas es desde entonces definitiva.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Los «comunistas» o «sovietistas» como les llamaban en la época, en realidad no eran tales sino sindicalistas-revolucionarios «terceristas», partidarios de ligarse a la III Internacional y la Profintern. Esa posición a caballo de dos mundos hará que pronto el grupo de Maurín se reorganice como una fracción externa de la CNT, dedicada, ante todo a luchar contra la decisión del plenario de Zaragoza desde el exterior de la organización.

En junio, habiendo cambiado la situación política, con una actuación legal posible del movimiento obrero, la CNT celebró una Conferencia en Zaragoza, en la que se tomó el acuerdo de separarse de la Internacional Comunista.

Una minoría -la influenciada por «Lucha Social», de Lérida- no acepto la decisión de la Conferencia de Zaragoza por dos razones principales: primera, la adhesión de la CNT a la Internacional Comunista había sido acordada en un Congreso, y solo un Congreso estaba facultado para rectificar el acuerdo; segunda, la ruptura con la Internacional Sindical Roja era el sector anarquista de la CNT la que la imponía, y el sector sindicalista no debía dejarse dominar por los anarquistas.

Este punto de vista, sostenido por Maurín, Nin, Arlandis e Ibañez, contaba con muchos partidarios, sobre todo en Cataluña, Asturias y Valencia.

Los sindicalistas partidarios de la Internacional Sindical Roja se organizaron en Comités Sindicalistas Revolucionarios, en una conferencia nacional que se celebró en Bilbao a fines de 1922. En diciembre de ese mismo año, empezó a publicarse en Barcelona el semanario «La Batalla», portavoz de los Comités Sindicalistas Revolucionarios.

En los meses que siguieron, los Comités Sindicalistas Revolucionarios -parecidos a la organización del mismo nombre, en Francia, cuyo órgano era «La Vie Ouvrière» dirigida por Pierre Monatte- hicieron grandes progresos. En Barcelona, por ejemplo, las direcciones de los tres sindicatos más importantes -Transporte, Metalurgia y Textil- estaban en manos de partidarios suyos.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

Pero al mismo tiempo que actuaban como fracción externa de CNT, intentado reconducir esta hacia la Internacional Sindical Roja, actuaban también como fracción externa del PCE intentando empujar a este hacia postulados sindicalistas-revolucionarios, lo que implicaba oponerse activamente a la dirección formada por antiguos miembros del Partido Comunista español y del PCOE. Sin llegar a adherir todavía formalmente, se hacían sentir en el partido como una fuerza de oposición. Años después, Maurín escribe con cierto desprecio:

Durante los dos años escasos en que el Partido Comunista de España pudo actuar legalmente -desde su fundación, en el otoño de 1921, hasta el golpe de estado del general Primo de Rivera, en septiembre de 1923- ayudado económicamente por el Comintern, aunque en proporciones muy reducidas- no solo no hizo progresos, sino que fue perdiendo posiciones. Su núcleo más importante, el de Vizcaya, imitó el terrorismo expropiador de los anarquistas, y se desprestigió.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

No será el deseo de relanzar el comunismo español lo que oriente a Maurín y el grupo «La Batalla» a ingresar formalmente en el partido, sino el agotamiento de la estrategia fraccional en CNT.

En el verano de 1924 se celebró en Moscú el nuevo Congreso de la Internacional Sindical Roja. Para participar en él fue invitada la organización de los Comités Sindicalistas Revolucionarios, que se agrupaba en torno a «La Batalla». La delegación la formaban, junto a Maurín, Desiderio Trilles, y José Grau, de la dirección del Sindicato de Transporte de Barcelona, José Jover y José Valls, de la dirección del Sindicato Metalúrgio de Barcelona.

En 1924 el clima político y moral era en Moscú muy distinto del que prevalecía en 1921, y la impresión general produjo un gran desagrado en la delegación. Ninguno de los cuatro obreros que la integraban se sintió atraído por el comunismo. A su regreso a España, unos antes, otros después, se orientaron en dirección opuesta.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

Y es que tras el congreso de la Internacional Sindical Roja, se ha celebrado el IV Congreso de la Internacional Comunista, el primero sin Lenin, que pasó a la historia por ser también el primero en ruso y el de la «bolchevización» y «proletarización» zinovietista… que encontró fuertes resistencias en muchos partidos, incluido el español.

Se impuso a los partidos la «bolchevización». Surgieron también reparos sobre todo porque bajo el imperio de Zinoviev se establecía un porcentaje de obreros e intelectuales en las direcciones de los partidos. Estimábamos algunos que, después del ingreso en el PC con las condiciones que se imponían para ser miembro en él, no se podía establecer ninguna discriminación entre los militantes. Una vez en el interior del partido, un ingeniero tenía los mismos derechos que un obrero metarlúrgico, y no se le podía considerar como un militante disminuido.

Y, cuando se estableció la organización por células, se manisfestaron prevenciones porque, si bien se aceptaban como medios de trabajo directo entre los obreros y para la ilegalidad, considerábamos que las asambleas generales de militantes eran la suprema expresión de la democracia interna, donde las opiniones debían manifestarse y en las que se podía reconocer a los camaradas de más valor político. La práctica ha demostrado después que, tal y como se aplica, el régimen de células es el mejor mecanismo para ahogar toda crítica y establecer sólidamente el dominio del aparato dirigente.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Y es en este PCE seriamente tocado por la represión, con su capacidad formativa y de debate bajo mínimos, forzado a tomar las bases organizativas que luego servirán de base para la stalinización… en el que el grupo «La Batalla» pedirá finalmente la integración formal, constituyéndose como Federación Catalano-Balear del PCE en ese mismo verano.

¿Qué podía ver Maurín de interesante en un Partido que había despreciado hasta entonces y que desagradaba a los dirigentes sindicales que había ganado con tanto esfuerzo y llevado a Moscú en vano? Con la CNT disuelta, el trabajo de fracción sindical externa carecía de sentido: los CSR, en realidad agrupamientos de dirigentes que simpatizaban con la Revolución rusa, sin CNT ni sindicatos activos, no podían tener impacto en los trabajadores ni representar nada para la IC. La forma más sensata de seguir en relación con la Internacional era integrarse en su brazo en España, por maltrecho que estuviere. Además, los CSR agrupaban a casi un centenar de militantes catalanes y baleares, mientras que el PCE apenas tenía una treintena en ese mismo territorio. Es decir, el grupo de «La Batalla» se cubre bajo el manto del PCE y de la Internacional, pero no se disuelve en una organización mayor, recibe en realidad una franquicia local.

Aceptarlos en esas condiciones y sin bases comunes en lo ideológico, lo organizativo e incluso lo ético, fue fatal para una dirección y un partido que, a pesar de estar cayendo continuamente en prisión, había conseguido mantener «La Antorcha» con una tirada de 12.000 ejemplares, porque en la práctica supuso dar una herramienta definitiva para hacerse con el poder a los dos grupos aventureristas que dirigían el partido en Vizcaya y Barcelona. El aventurerismo de la dirección zinovietista de la IC que veía al magullado PC Español como un mero instrumento para legitimar la política del PC Francés de exaltación de Abdelkrim como «líder de las masas oprimidas árabes»5. Fue la gota que colmó el vaso.

La represión de la dictadura mantenía en prisión a todos los militantes más activos, que apenas permanecíamos algunos días en libertad cuando ya éramos encarcelados de nuevo durante meses como «gubernativos» [=preventivos]. «La Antorcha» se hacía en la cárcel, recurriendo a toda clase de habilidades para sacar el original y recibir información y documentación de la calle.

Pero en 1924 brotó una nueva crisis en el partido, en apariencia por razonamientos casi geográficos pero, en el fondo, profundamente políticos porque ya se sometía a discusión la táctica de la Internacional en España, a lo que se agregaban ambiciones personales bien definidas. Se habían constituido dos grupos de oposición al Comité Central: uno en Bilbao y otro en Barcelona que, aunque en desacuerdo en sus posiciones políticas, coincidían en su hostilidad al Comité Central nombrado en el Congreso. Según ellos, el Comité Central, por motivos tanto de orden geográfico como político, se encontraba en Madrid; el órgano central del partido por las mismas razones se publicaba en la capital; el núcleo más capacitado del partido militaba también en Madrid. En cambio los elementos más destacados de la oposición residían en provincias, es decir, en centros más específicamente industriales que Madrid. Sobre la residencia de la dirección del partido se constituyeron los dos grupos de oposición, el de Bilbao, que pedía que la dirección estuviera allí y el de Barcelona que lo demandaba para su ciudad.

Jacques Doriot era en aquella época el delegado de la IC en España, en nombre de Zinoviev. Doriot, el de tan nefasto fin6, pedía al partido la realización de un plan de trabajo inmediato sobre la guerra de Marruecos («¡Viva Abdelkrim!» era el lema), plan imposible de llevar a cabo porque no estaba en proporción con la importancia numérica y organizativa de la sección española. El CC fue unánime al reconocer lo disparatado de la propuesta y convocó a una conferencia nacional del partido para exponer ante ella su actitud, creyendo que ésta suscribiría su conducta. Pero la conferencia les cayó como llovida del cielo a los dos grupos de la oposición; por adhesión a la Internacional, la mayoría de los delegados a la conferencia aceptaron la política que ésta preconizaba a través de Doriot, que no se llevó nunca a cabo porque superaba las fuerzas del partido. El CC presentó la dimisión, pasó a residir en Bilbao (por pocos días porque en seguida fueron detenidos todos sus miembros) y después en Barcelona, donde ocurrió lo mismo.

A principios de 1925 el partido estaba desarticulado, no había posibilidad de establecer una dirección y de reorganizarlo. El contacto entre camaradas se limitaba a la correspondencia que se mantenía entre nosotros de prisión a prisión. Fue entonces cuando, como último recurso, creo recordar que por iniciativa de los que se encontraban presos en Barcelona, pero respondiendo a una necesidad que todos sentíamos, se acordó que la Internacional designase una dirección en París puesto que allí se encontraban emigrados camaradas de valía. Andrés Nin fue nombrado por el CE de la Internacional para organizarlo, tarea que no pudo cumplir porque al poco de llegar a París fue detenido, condenado a un mes de prisión y expulsado de Francia. Pero el nuevo CC quedó constituido en 1925, bajo la dirección de José Bullejos, que asumió los plenos poderes y que así llegó al pináculo de sus ambiciones.

No quiero extenderme sobre las luchas intestinas que se produjeron en París hasta que Bullejos logró eliminar a todos los discrepantes, ni sobre la política sectaria desarrollada, consistente en querer imponer a las docenas de militantes que había en España tareas que superaban sus fuerzas y posibilidades. Desde París se era muy activo y muy rígido en la disciplina.

En realidad, la mayor actividad de este comité consistía en sus informes a la IC, valorizando la importancia del partido y adjudicándose toda oposición que comenzaba a manifestarse en España. A título anecdótico, citaré dos ejemplos: el número de un periódico clandestino que no llegó siquiera a circular llevaba el número 5, y no habían aparecido los otros cuatro. La prensa comunista internacional publicó una fotografía de «una gran manifestación comunista», que se decía celebrada en Madrid, facilitada por el Comité de París, que no era más que la salida de los espectadores de la Plaza de Toros de Madrid.

Es posible que estos informes influyeran sinceramente en el CE de la IC, si, tal como creía, a la caída de la dictadura primorriverista, el PC español estaba en condiciones de formar los soviets y tomar el poder. Esto explicaría, aunque es dudoso, que Moscú impusiera una política ultrademagógica, y como tal negativa, cuando comenzaron a recobrarse las libertades.

Puede decirse que, prácticamente, durante los cuatro últimos años de la dictadura militar no existía PCE en España. La represión y la política sectaria de su dirección, de hecho lo habían liquidado.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Del zinovietismo al stalinismo

Después de hacerse con la secretaría del partido en París en 1925, Bullejos, que en un primer momento tiene a Portela como secretario de organización y a Andrade como director nominal de «La Antorcha», lanza a los restos del PCE a una política aventurerista contra la dictadura. Constituye un «comité revolucionario» con la CNT, Macià y el fascista «Estat Català» bajo el beneplácito de Moscú, pero lo disuelve cuando Moscú no envía fondos para el intento de invasión armada de España que propone.

Lógicamente arrecian las críticas de Andrade y los comunistas de la corriente fundadora en el interior. Portela es enviado a la península y sustituido a su vuelta por un afín al Secretario. Bullejos inicia una campaña de expulsiones y eliminación de toda oposición interna. A partir de 1926 se suceden los artículos en «La Antorcha» justificándolo con los primeros argumentarios del activismo stalinista.

Los partidos comunistas, a diferencia de los socialdemócratas, son por esencia y fundamentalmente partidos de acción. Las discusiones entre los afiliados no se abren en virtud del principio democrático de la «igualdad», sino exclusivamente para fortalecer, para reforzar la acción de la vanguardia del proletariado consciente. Por eso nuestros partidos son partidos disciplinados; se entra en ellos, no para imponer su punto de vista particular, sino para consagrar todas sus energías a la defensa de los intereses supremos del partido. Por eso no queda lugar en ellos para las discusiones ociosas.(…)

En todas las situaciones críticas, la reivindicación de la democracia ha sido lo propio de los elementos reformistas, incapaces de comprender y, sobre todo, de aplicar o de soportar la disciplina de hierro bolchevique, sin la cual la clase obrera no puede forjar su partido político de clase.

Gabriel León Trilla. Democracia burguesa y disciplina proletaria, 1926.

El tono va subiendo con los meses. Es la primera «stalinización» del partido español, la «eliminación de la socialdemocracia en el Partido» según el lenguaje stalinista de la época que la dirección española repite una y otra vez cada vez que expulsa a algún viejo militante o miembro de las anteriores direcciones del partido. En menos de dos años no quedará ninguno dentro de la organización. Los nuevos militantes, cuando lleguen años después, lo harán bajo el paradigma sectario conspirativo forjado entonces: en el partido solo se discute como ejecutar mejor las directrices del nivel superior, no se discute la línea a seguir.

La concepción poequeñoburguesa de la democracia, que ha penetrado hasta en los Partidos Comunistas, consagra un respeto sacrosanto a «la libertad de discusión», al derecho del libre ejercicio de crítica. (…)

Y cuando se les dice que los Partidos Comunistas no han sido creados para rendir culto a la democracia, cuando rechazamos el fetichismo de la «libertad de crítica y discusión», surgen los anatemas y las acusaciones.

Cuando se les afirma que lo esencial para nosotros es la obtención de los fines políticos que nos proponemos y que si la democracia estorba, nos impide avanzar, restringimos o suprimimos la democracia, nos tachan, escandalizados, de querer ahogar el pensamiento humano, y aun si el escandalizado es algún pequeñoburgués que se ha introducido en el PArtido, afirma que «dictatorialmente y por la violencia queremos ahogar la voz de la oposición».

«La Antorcha». Las fracciones y el partido, 1926

La evolución política de la dictadura y las fuerzas de oposición dieron sin embargo algún éxito simbólico a Bullejos. El primero, en 1927, fue la integración de la CNT sevillana. Militantes obreros sin formación que serán la cantera ideal de una nueva generación de dirigentes stalinistas (José Díaz, Adame, Delicado, Mije…). Por otro lado, su participación en la huelga general de Vizcaya, convocada el mismo día en el que se inauguraba la asamblea parlamentaria de la dictadura y en la primera huelga minera asturiana que enfrentaba el régimen, le devolvió cierta presencia entre la oposición, a costa del encarcelamiento de Bullejos y de no conseguir parar la sangría del ya magro número de militantes. Desarticulado de facto, dirigido como una mera central de correspondiencia por Bullejos desde la cárcel y por delegados franceses de la IC desde París, el congreso de 1929, transcribió docilmente las tesis de la stalinización.

Por las condiciones que concurrieron a su celebración, por las pocas delegaciones que asistieron y por su deficiente preparación, fue muy poco importante. En realidad, sus resoluciones se limitaron a transcribir para España los acuerdos que un año antes había tomado el VI Congreso de la Comintern.

José Bullejos. La Comintern en España, recuerdos de mi vida. 1972

El hecho más reseñable del congreso fue que no se permitiera entrar a la Federación Catalano-balear. No había debajo ningún debate ideológico, estaban prohibidos, así que es posible que Bullejos temiera un golpe de Maurín similar al que le había llevado a él mismo a la secretaría general. A partir de ese momento la FCCb de Maurín será una organización política independiente. Otra de las innovaciones del VI Congreso había sido cambiar la política de «frente único» por el «frente único por la base», pero en su traducción española significaba poco más que calificar como «socialfascistas» al PSOE y «anarcofascistas» a la CNT en la correspondencia interna y propugnar el escisionismo sindical.

En estas, la caída de la dictadura no cogió por sorpresa a nadie, salvo a Moscú y a Bullejos, que trasladaron el CC al interior e integraron en su dirección por primera vez a Dolores Ibárruri, mano derecha de Bullejos en Vizcaya.

Al formarse en 1930 el gobierno Berenguer, que concedió algunas libertades, el comité de París se trasladó a España y celebró en Bilbao lo que se denominó por razones conspirativas «Conferencia de Pamplona». Entonces, el equipo Bullejos se disponía a hacer la revolución en España y continuar la misma política sectaria y demagógica que había llevado a cabo desde París, pero ahora en gran escala.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Lo harán, a lo grande, con las elecciones municipales del 31 y la proclamación de la República. Pero lo veremos en su momento. Ahora nos detendremos a estudiar los principales grupos que se consolidan en 1930 en la oposición a Bullejos.

Cuando se implantó la República, había ya en España cuatro organizaciones comunistas independientes entre sí: el PC oficial, la Federación Comunista Catalano-balear, la Agrupación Comunista Autónoma de Madrid y la Oposición Comunista de Izquierda.

La Agrupación Comunista de Madrid se había formado con la mayoría de los que integraban el CC de 1924 y que habían sido expulsados del partido, y, bajo el impulso de Luís Portela, militante de gran autoridad moral que también estuvo emigrado en París, estaba en oposición a Bullejos y su equipo. La Agrupación de Madrid llegó a reunir a la mayoría de los comunistas que había en la capital pero, políticamente sus posiciones no eran muy diferentes de las del partido oficial, y su acatamiento a la IC era completo. Luchaba únicamente por la celebración de un congreso que restaurase la democracia interna y eligiera honradamente su Comité director.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El problema de Portela es que, desde París, había legitimado primero el discurso demagógico y chovinista que sirvió de cobertura al golpe de Bullejos y Maurín para aislar a la dirección madrileña y luego se había integrado brevemente en la dirección bullejista de París, lo que le comprometía con la concepción del sectaria y conspirativa del partido y las fanfarronadas de Bullejos tanto como con el ultraizquierdismo de la IC.

La Federación Catalano-balear mantenía puntos de vista originales, pero siempre haciendo promesa de fidelidad a la Internacional. Los que seguían a Maurín en Barcelona, aunque se habían adherido al partido oficial, verdaderamente nunca se habían integrado en él. Al proclamarse la República y reorganizarse, tenía más fuerza numérica que el PC oficial. Pero se distinguía por una política ambigua, en manera alguna quería pronunciarse sobre las cuestiones políticas más importantes en el plano de la Internacional y sus posiciones iban solo encaminadas a apoderarse de la dirección del partido oficial. La Federación Catalano-balear deseaba reservarse una absoluta independencia y establecer su propia política, que era ecléctica y muy variable, y solamente determinada por los caprichos políticos de las circunstancias de su jefe reconocido. Y, sobre todo, su posición sobre la cuestión de las nacionalidades era básica para él, pero le divorciaba de las verdadera posiciones comunistas. Realizaba una propaganda exterior en pro de la unificación comunista, pero ni la comprendía ni la deseaba si no se realizaba a su favor. Después de sufrir varias crisis originadas por elementos favorables al partido oficial, se consolidó orgánicamente y puso seguir su propia política y destino.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

La prueba de esta «incomprensión» fue que cuando Andrés Nin volvió de Moscú, la Federación le negó el ingreso para no comprometerse con alguien bien conocido en Moscú como «trotskista». Nin había sido secretario de Trotski hasta el año anterior. Y desde luego las tendencias chovinistas catalanistas fueron innegables cuando en 1930 se funden con el «Partit Comunista Català» de Jordi Arquer, un partido nacionalista nacido en el ateneo de Lérida. El resultado de la fusión será el «Bloc Obrer y Camperol» (BOC). Originalmente el BOC no era un nuevo partido, sino un «frente de masas» de la FCCb ampliada con el grupo de Arquer.

La FCCb seguía existiendo con Maurín y Arquer a la cabeza y pretendía dirigir a un conglomerado de masas pequeñoburguesas campesinas y obreros capitalinos organizados en el BOC hacia una independencia vendida como «primera fase» de una revolución catalana. En 1935 agrupaba a unas 3.000 personas. En la práctica nunca se separaron del proyecto nacionalista de Macià y en el 34 intentaron desarrollar una huelga general en contra de los sindicatos obreros en apoyo de Companys tras la proclamación de la «República Catalana» y la represión de la República. El BOC en el 34 fue el brazo «popular» de la «unidad nacional» catalana anhelada por la pequeña burguesía republicana catalanista.

El último grupo opositor que se reclamará el comunismo en la España de comienzos de los treinta será la Oposición Comunista de Española (OCE). El exilio de Trotski había electrizado a buena parte de la disidencia en los partidos comunistas, convirtiendo la plataforma de la oposición de izquierda rusa en la base para un reagrupamiento mundial. La OCE Nacerá del empeño de grupos de obreros exiliados españoles en Francia y Bélgica. En Luxemburgo un viejo fundador vizcaíno del primer PCE, García Lavid, que trabajaba como metalúrgico escondido bajo el pseudónimo de Henri Lacroix, había adherido a la Oposición de Izquierda Internacional y desde 1929 trataba de reorganizar a sus viejos compañeros, la mayoría de los cuales habían abandonado la militancia activa mediante una activa correspondencia en la que les llamaba a volver a la acción...

contra la degeneración de la revolución rusa y de la IC, por la pureza de las ideas comunistas, por la revolución internacional y contra la idea bastarda del socialismo en un solo país proclamada por Stalin y todos los que con él marchan a remolque de la nueva burguesía rusa hacia el oportunismo socialdemócrata

De esta agitación, surgió la conferencia del 18 de febrero de 1930 en Lieja en la que nació la Oposición Comunista Española (OCE).

Quienes pusimos todo nuestro entusiasmo, nuestra fe y esperanza en la defensa de la plataforma política de la Oposición Comunista de Izquierda Internacional hemos de reconocer que no solamente se han equivocado los que diariamente declararon que la izquierda comunista había sido liquidada al ser deportados, encarcelados o asesinados los oposicionistas rusos, sino que nosotros mismos sufrimos un error cuando creímos que la lucha por nuestras ideas había de ser durísima y difícil, y que nuestros progresos serían lentos.

Henri Lacroix (García Lavid). Algunas consideraciones sobre la oposición comunista. Comunismo #5, septiembre, 1931

Se puede decir que la OCE es la primera organización española nacida con una perspectiva internacional, después de haber acendrado posiciones y realizado una crítica de la trayectoria del PCE y la IC.

La Oposición de Izquierda, lo mismo que su organización internacional, no situaba sus problemas únicamente en el plano político nacional español sino en el terreno internacional, y su oposición era contra la propia política del CE de la IC. Por lo cual, tanto la Agrupación de Madrid como la Federación Catalano-balear querían separarse totalmente de la Oposición de Izquierda para no «comprometerse» con la IC.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Pero si la aislaba de los núcleos que seguían en el marco zinovietista y sindicalista, le sirvió para arraigar pronto entre los fundadores del partido. El grupo empezará a tener actividad en el interior en septiembre de 1930 conformando pronto un núcleo en Madrid alrededor de Andrade y su entorno. A partir de un joven asistente a la conferencia de Lieja, Manuel Fernández Grandizo (G. Munis), surgirá un núcleo en Llerena que llegará a tener más de 400 miembros en 1935 y ser políticamente decisivo regionalmente. Núcleos menores se formarán en Asturias y Barcelona, donde Nin se une después de haber sido rechazado por el BOC de Maurín.

La OCE publicará la revista «Comunismo» desde la proclamación de la República en 1931 con una tirada, soprendente para la España de la época, de 1.600 ejemplares. «Comunismo» se convertirá pronto en la principal revista marxista española y en base teórica de la izquierda comunista que surge en Argentina, Uruguay y Chile.

Como era previsible por las posiciones de partida -ni siquiera la izquierda italiana caracterizaba como «nueva burguesía» a la burocracia stalinista en 1929- la OCE tendrá desde el primer momento un carácter teórico propio y diferenciado de las posiciones de Trotski. Se hará evidente en su transformación en 1932 en «Izquierda Comunista Española» -que desesperó al revolucionario ruso-, el peso del análisis luxemburguista de la crisis -que llevaría a un pronto rechazo de la liberación nacional por los argentinos- y sobre todo, el rechazo de la defensa de la IIª República que Trotski llegará a defender dentro de su modelo de «revolución permanente».

De Primo a la República

El fin de la guerra mundial había golpeado en la cuenta de resultados a la burguesía española con una fuerza brutal. Si a eso le unimos el desastre de la guerra colonial, las crecientes contradicciones en el seno de la clase dominante y la incapacidad del terrorismo patronal para acabar con la movilización obrera, especialmente en Cataluña, entendemos la apuesta de la burguesía catalana -que en ese momento teme quedar fuera del grupo dominante- y de la monarquía por la dictadura de Primo de Rivera (1921-1930).

Su papel histórico será ganar tiempo para la burguesía en su proceso de unificación y reorganización del estado. Primo remacha el primer capitalismo de estado español no solo protegiendo a la burguesía catalana sin, lo que a la larga sería más importante, incorporando por primera vez a una organización que había representado al movimiento obrero, el PSOE.

Siete años prolongó su vida la dictadura. No porque contara con un apoyo nacional efectivo, aparte de los cuartos de banderas, las sacristías, los círculos de la nobleza y la gran burguesía, sino porque coincidió con el mejor período financiero mundial después de la guerra 1914-1918. Esto le permitió asociarse la gran burguesía, neutralizar la pequeña y asegurarse la contemporización de la organización obrera más fuerte de España, el Partido Socialista. Ya se ha indicado bajo otro título hasta qué punto éste sirvió de bordón a la dictadura, ofreciéndole consejeros de Estado y asambleístas nacionales. Pero la monarquía estaba condenada. En lo más profundo de las masas se acumulaban enormes energías. La dictadura había aplazado, no evitado la apertura del período revolucionario.

G. Munis. Jalones de Derrota promesa de victoria, 1947

Por eso bastarán los primeros embates de la crisis de 1929 para que la dictadura quede sin apoyos entre la clase dominante. En una carta que Trotski dirige al primer periódico de la Izquierda Comunista española, publicado en Lieja por trabajadores emigrantes y exiliados, señala algo fundamental

La dictadura de Primo de Rivera ha caído sin revolución, por agotamiento interior. Esto quiere decir, en otros términos, que en su primera etapa la cuestión fue resuelta por las enfermedades de la vieja sociedad y no por las fuerzas revolucionarias de una sociedad nueva. (…) Después de este acontecimiento, las clases dirigentes, en la persona de sus grupos políticos, se encuentran obligadas a adoptar una posición neta ante las masas populares. Y así observamos un fenómeno paradójico. Los mismos partidos burgueses que, gracias a su conservadurismo, renunciaban a llevar a cabo alguna lucha seria contra la dictadura militar, rechazan actualmente toda la responsabilidad de esta dictadura sobre la monarquía y se declaran republicanos. En efecto, se podría creer que la dictadura ha estado durante todo el tiempo suspendida de un fino hilo del balcón del Palacio real, y que sólo se apoyaba sobre el sostén, en parte pasivo, de las capas más sólidas de la burguesía, que paralizaban con todas sus fuerzas la actividad de la pequeña burguesía y pisoteaban a los trabajadores de las ciudades y de los campos. (…) Si bien Primo sólo mantenía de un hilo a la monarquía, ¿de qué hilo se mantendrá la monarquía, incluso en un país tan «republicano»? A primera vista esto parece un enigma insoluble. Pero el secreto no es en manera alguna tan complicado. La misma burguesía que «sufría» a Primo de Rivera, lo sostenía, en efecto, como sostiene actualmente a la monarquía mediante los únicos medios que le quedan, es decir, declarándose republicana y adaptándose así a la psicología de la pequeña burguesía, para engañarla y paralizarla lo mejor posible. (…)

España ha dejado muy lejos tras de sí el estadio de una revolución burguesa. Si la crisis revolucionaria se transforma en revolución, superará fatalmente los límites burgueses y, en caso de victoria, deberá entregar el poder al proletariado.

León Trotski. Carta a la redacción de «Contra la Corriente», 1930

La clave es que, llegados a 1930, la burguesía española es un todo mucho más sólido y poderoso de lo que ha sido nunca hasta entonces. En España quedan residuos feudales en el campo, pero no hay ni mucho menos una oposición entre la burguesía y los terratenientes herederos de la feudalidad. Tampoco hay ya siquiera la ilusión de un desarrollo independiente del capital nacional en caso de un fantaseado «triunfo revolucionario de la burguesía». El imperialismo es una realidad inmediata para el capital español, excluido de los mercados coloniales e internacionales por las grandes potencias en una época de nuevas guerras comerciales y de divisas.

La trabazón de intereses entre el capitalismo y los viejos elementos feudales era redonda en 1930. No se podía hacer una división de la economía en capitalista y feudal, sino abstrayéndose de su evolución y de sus relaciones cotidianas, considerando categorías aisladas lo que era un compuesto de dos elementos de origen diferente. Ni uno solo de los componentes de la nobleza terrateniente podía ser calificado de puramente feudal; menos aún en conjunto. En mayor o menor grado todos habían invertido y acrecido sus fondos en empresas capitalistas. La Compañía de Jesús era a la vez gran terrateniente y el más rico empresario capitalista. Romanones, el conocido gobernante monárquico, era gran terrateniente en Guadalajara, el más importante arrendador de casas en Madrid, copropietario de las minas de Peñarroya y accionista de las principales instituciones financieras. Los duques de Alba y Medinaceli, primeros entre los terratenientes de prosapia feudal, estaban igualmente mezclados a empresas financieras e industriales. A la Iglesia pertenecían las más importantes compañías navieras, las ricas fábricas de aceites Ybarra, los ferrocarriles del norte y algunas industrias textiles de Cataluña. También estaba mezclada a compañías mineras, siderúrgicas y financieras. Por su parte, la burguesía se convertía fácilmente en terrateniente, poniendo a veces en ejecución métodos de explotación feudales. Para poder hablar propiamente de dos economías, feudal y capitalista, sería necesario hacer entrar en conflicto y lucha a Romanones terrateniente con Romanones empresario y financiero; a la Iglesia, sostén político y terreno económico de la feudalidad, con la Iglesia gran capitán de industria; sería necesario lo imposible; suponer antagónicas e irreductibles dos partes de la misma unidad. (…)

¿Y qué podía esperar, en cuanto a expansión exterior, la burguesía española, que acababa de dejarse arrebatar, tras unos cuantos cañonazos, los últimos restos de su decrépito imperio? El mercado mundial estaba ya perfectamente agarrado por otras burguesías; las nacionalidades oprimibles, oprimidas por Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Alemania, o por sus vasallos. Demasiado tarde para competir en el mercado exterior. La talla enana de la burguesía española constituía para ella plenitud al iniciarse la crisis revolucionaria (…)

Así pues, las dos condiciones fundamentales que determinan la revolución democrático-burguesa, oposición entre la clase feudal y la clase capitalista, más grandes posibilidades de expansión para la segunda, estaban totalmente ausentes. La revolución democrático-burguesa era imposible. Hablar de ella, más que utópico, era demagógicamente reaccionario.

G. Munis. Jalones de Derrota promesa de victoria, 1947

En esas condiciones, ¿cómo podía pensarse que la proclamación de la II República el 14 de abril era el súbito y final triunfo de una «revolución burguesa» esquiva durante todo el siglo anterior? Solo la pequeña burguesía fantaseaba realmente con eso el 14 de abril. El PSOE era más discreto, el relato del 14 de abril como una revolución era a todas luces una aberración, pero una aberración conveniente que le permitía lavar las vergüenzas de su participación institucional en la dictadura. En un artículo publicado en el número 1 de «Comunismo», la revista teórica de la Izquierda Comunista española, y redactado durante la semana que siguió a la proclamación de la nueva forma de estado, Esteban Bilbao señalaba con claridad que «no es el estado feudal el que tenemos delante, sino el capitalismo burgués con todas sus armas; aquí no hay siervos que redimir del yugo del despotismo aristócrata, sino obreros de la ciudad y del campo que tratan de romper las cadenas de la explotación burguesa».

Contra la opinión de la pequeña burguesía ideóloga, teóricamente representada en el Gobierno provisional (…) afirmamos rotundamente que la monarquía española no es, ni mucho menos, un estado feudal. Es esta una mentira política de la democracia «revolucionaria» que, para fingir una lucha libertadora que no existe, se crea un fantasma con el que desviar de la verdadera ruta de la revolución a las masas populares. Se trata de una maniobra por medio de la cual el bloque gobernante procura ocultar su reaccionarismo al servicio del gran capital. Creen, los muy necios, que se pueden burlar de los designios históricos escamoteando la formidable verdad social mediante ejercicios de prestidigitación lírica. No, la monarquía española no constituye un estado feudal. El fundamento del estado monárquico español, todo a partir de septiembre de 1923, no es la propiedad de la aristocracia, considerada como tal, sino la propiedad del burgués capitalista. Poco importa que la aristocracia, rancia o fresca, se haya conservado, en calidad de tejidos fiambres, en el cuerpo del estado. En las esferas dominantes de la máquina estatal los residuos semifeudales solo son eficaces por lo que tienen de burgueses, no por lo que tienen de aristócratas. El estado español monárquico actúa en función del aparato capitalista, no en función de privilegio de casta aristocrática. El mismo Alfonso no era ya otra cosa que un funcionario al servicio de la exploración del capital monopolista, por cuyo «trabajo» cobraba sus buenas dietas de la burguesía a quien servía. La Dictadura de Primo de Rivera fue la escoba que barrió los restos de la inmundicia aristocrática poniendo íntegra la máquina del estado en manos del capitalismo industrial y financiero.

Verdad que en la campiña española es de toda urgencia una revolución liquidadora de la propiedad latifundista. Los campesinos habrán de repartirse la tierra despojando violentamente de todos sus privilegios a sus actuales detentadores semifeudales. Hay en este problema, debido al atraso del campo español algo de «revolución democrática». Pero una revolución democrática ¿dirigida por quién ¿Por la intelectualidad pequeñoburguesa? Hoy no estamos, pese a la chochez «doctrinal» de Marcelino Domingo y compañía, en la época de la «reunión del juego de la pelota». Son muy distintas las cosas que hay en la España actual a las que había en la Francia de 1789. Entonces la burguesía era la vanguardia revolucionaria que tenía tras sí toda la masa general del campo sometida al yugo feroz del estado feudal integrado por la aristocracia y la iglesia y, de coronamiento, la monarquía absoluta de derecho divino. Entonces la ideología burguesa era, sí, la teoría, viva y dinámica, de las necesidades revolucionarias de una clase que ascendía hacia el poder. Por eso el campesino pudo, dirigido por la burguesía, llevar a cabo su revolución democrática destruyendo el estado feudal. Esto ocurrió en Francia hace ya siglo y medio. De entonces acá las cosas han cambiado un «poquito», aun para España. La burguesía ya no es el campeón de la revolución «nacional». Celosa de sus privilegios, vive atrincherada en los reductos del estado dedicando todas sus energías no a redimir a los campesinos, sino a explotarlos., De esta explotación saca no pocos recursos con que alimentar su dominación. La fórmula para el campesino no es ya: «con la burguesía a la destrucción del estado feudal» sino esta otra: «con el proletariado a la destrucción del estado burgués». ¿Cómo va a poder ser la burguesía, ni grande ni pequeña, la iniciadora de la revolución democrática campesina?

Esteban Bilbao. Despejando la niebla, 1931

El 14 de abril no fue el producto de un súbito despertar revolucionario de una burguesía que ya se había fundido con el estado. Tampoco fue una imposible toma del poder por unas clases medias sin fuerzas propias. Y desde luego no fue, ni nadie lo pretendió nunca, el resultado político de la lucha de la clase trabajadora. Fue, eso sí, un recambio en el aparato político de la burguesía española, cohesionada por fin en un capitalismo de estado, que pensaba que prescindiendo del monarca y entregando a la pequeña burguesía un gobierno parlamentarista, podría enfrentar mejor a un movimiento obrero en alza desde principios de siglo.

Los comunistas

¿Qué era del PCE stalinista mientras la OCE lanzaba los primeros números de «Comunismo» y Maurín transformaba la FCC-b en el BOC? Como escribía en una carta personal Humbert-Droz, que había sido «castigado» con representar a la IC en España por su amistad con Bujarin:

Resulta poco interesante trabajar por la simple razón de que no existe partido y lo que aquí se denomina Partido Comunista es una pequeña secta sin posibilidad de irradiación.

Humbert-Droz recoge en sus memorias: aunque comienzan a reclutar nuevos miembros, en Madrid el PCE tenía tan solo 10, en Bilbao 14… de hecho, con la política de «clase contra clase» propugnada por el stalinismo en aquel momento y ejecutada burocráticamente por los restos del partido español, la situación no hace sino empeorar.

Las elecciones municipales han revelado la extrema debilidad del partido, su completo aislamiento, su mínima influencia sobre las masas. (…) Los resultados están por debajo de las previsiones más pesimistas. En Barcelona, es una verdadera tragedia. Tenemos 50 militantes para más de 500 centros electorales. Es decir, que solo un 10% de los locales tenían listas de candidatos comunistas. No hemos recogido ni 100 votos, mientras que los maurinistas, que han hecho una propaganda mucho más intensa que nosotros, reúnen mś de 3.000 votos (…) En Sevilla, donde nuestros camaradas esperaban un mínimo de 2.000 a 2.500 votos, no tenemos ni 800. En Madrid, donde Bullejos esperaba unos 5.000 votos, no tenemos ni 200.

Jules Humbert-Droz. Memorias, tomo III, «Entre Lenin y Stalin», 1964

Un gesto reseñable: la propaganda política y los textos de orientación del PCE se escribe en francés por los delegados de la Internacional y se traduce luego al español. En honor a la verdad hay que decir que el PCE stalinista no se engañaba respecto al carácter burgués de la nueva república... aunque lo hiciera, y mucho, sobre la táctica a seguir.

El 14 de abril mientras la multitud celebraba la República, el pequeño grupo del PCE gritaba «¡Abajo la República burguesa!», «¡Vivan los Soviets!». Humbert-Droz cuenta:

Los comunistas que intentaban manifestarse, repartir octavillas o dirigir la palabra a la multitud fueron silbados, abroncados y acogidos con hostilidad amenazadora.

Jules Humbert-Droz. Memorias, tomo III, «Entre Lenin y Stalin», 1964

Bullejos lo recuerda en uno de sus libros de memorias:

Esta actitud duró varios días, maniféstándose en agresiones a nuestras banderas comunistas, carteles de propaganda y periódicos. Nuestro aislamiento aquellos días era total. Sin embargo, no cambianos nuestra posición, ni modificamos el tono de nuestra propagandda. Nos sentíamos orgullosos de navegar contra corriente.

José Bullejos. La Comintern en España, recuerdos de mi vida. 1972

Y no había nada malo en navegar contra corriente, la cuestión era que hasta para navegar contracorriente hace falta un trabajo teórico y un trabajo político que evite el ridículo de tener por consigna vitorear unos soviets que no existían.

Y es que aunque denunciara el carácter burgués de la República, lo hacía desde una perspectiva profundamente errada: la incompetencia de la Constituyente para culminar la revolución burguesa tanto tiempo esperada, estableciendo un paralelismo falso entre el febrero ruso y abril del 31 en España.

Sin embargo, muchas cosas habían cambiado para el proletariado español y el mundial. La burguesía no llegaba al poder contra las clases latifundistas y la burocracia del Antiguo régimen sino con ellas, liderándolas por primera vez en mucho tiempo. Estaba recomponiéndose y reorganizándose en torno al estado de una forma conflictiva y contradictoria, apoyándose en una parte de la pequeña burguesía radicalizada para modernizarlo y aprovechando la debilidad de un proletariado que, sin partido, oscilaba entre la ilusión democrática del PSOE y el apoliticismo de la CNT.

El único éxito reseñable del PCE en aquellos primeros meses de 1931 se produjo en Sevilla. El partido se unió a un motín espontáneo donde se liberó a todos los presos y se quemaron las sedes de los partidos de la derecha. Unos días después pudo reunir en el frontón del Betis a un par de millares de personas que aprobaron por aclamación su programa táctico. La cuestión es que no era un programa táctico, sino un batiburrillo de consignas económicas que respondían a la situación y consignas políticas que no tenían correspondiencia con los hechos políticos del momento, como el desarme de los cuerpos armados y el armamento del proletariado, un referendum de autodeterminación en Cataluña y Euskadi o el «Gobierno Obrero y Campesino».

Bullejos viajará a Moscú donde analizará la situación con las grandes figuras del stalinismo, en especial Manuilski. Se aprueba la idea de que España está en un momento similar a Rusia en 1917 y se mandan nuevas directrices.

  1. Quitar a las fuerzas monárquicas su base material: confiscación de bienes a la Corona, detención de los oficiales monárquicos, confiscación de las tierras de los terratenientes, etc.
  2. Desarmar las fuerzas reaccionarias y armar a las masas obreras y campesinas, y
  3. Creación de soviets de obreros, soldados y campesinos.

Carta abierta de la IC al PCE, 1931

La carta después lanzaba una serie de recomendaciones insistiendo en que:

El Partido no debe, en ninguna circunstancia, hacer pactos o alianzas, ni siquiera momentáneamente, con ninguna otra fuerza política. (…) En ningún caso debe defender al gobierno republicano ni sostenerlo.

Pero la verdad es que aunque había un resurgir de las luchas obreras, la situación española distaba mucho de la constitución masiva de soviets y ni hablemos de la constitución de un partido de clase. Eso sí, la tendencia centrista bujarinista-zinovietista desaparecerá absorbida definitivamente en el stalinismo y despejando un tanto el panorama.

En junio de 1931, la Agrupación de Madrid y la Federación Catalano-balear convocaron a una conferencia nacional de unificación comunista, prescindiendo de la Oposición de Izquierda. Esta conferencia no llegó a celebrarse porque rápidamente la Agrupación de Madrid entró en descomposición minada por el partido oficial, la FCCb y la Izquierda Comunista. La mayoría de los militantes madrileños decidieron ingresar en el partido sin condiciones y solo un pequeño grupo de militantes decidió resistir algún tiempo más. La FCCb prosigió su existencia y llegó a constituir una verdadera fuerza con todos sus defectos.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Aprovechando ese apoyo económico masivo, el PCE se dedicó sobre todo a preparar las elecciones del 28 de junio en las que consiguió 190.605 votos en un censo de 4.348.691 votantes, aunque ni un solo diputado. Más de 100.000 de esos votos los obtuvo en Andalucía, donde el proletariado estaba en ebullición.

Las elecciones fueron seguidas en Andalucía en julio de una huelga de masas que acabó con una represión brutal que costó la vida, entre otros, a cuatro militantes sevillanos del PCE. Mientras los diputados de la derecha abandonaban las Cortes Constituyentes con tal de no secundar el fin de los privilegios eclesiásticos en la nueva constitución, las huelgas, tomas de tierra y motines se intensificaban por todo el país.

En ese marco, la ICE está teniendo en Extremadura, una experiencia muy iluminadora sobre la política posible en la España de la época para un partido de clase. A la vuelta de la conferencia fundacional de la OCE en septiembre de 1930, G.Munis había comenzado a dar charlas sobre la Revolución rusa en la Casa del Pueblo de Llerena. Alrededor suya y de Luís Rastrollo (Siem), se irá organizando un pequeño grupo de jóvenes que se convertirán luego en dirigentes de la ICE como Eduardo Mauricio -Emem-, Mauricio Ortiz, Ventura Castelló, José Martín o Félix Galán.

Cuando se proclama la República en 1931 las primeras elecciones municipales sin «pucherazo» dan los 15 concejales al PSOE. El grupo internacionalista es aun pequeño, pero su labor de dirección de las huelgas de segadores y jornaleros de la comarca del año 32, que acaban con una salida masiva de UGT y una huelga general en la comarca en el mes de octubre, les convierte en la dirección de un movimiento obrero de masas en una amplia región de mineros y jornaleros a caballo de Andalucía y Extremadura.

La dirección práctica del movimiento conduce además al crecimiento orgánico de la ICE local. El 20 de agosto de 1932 se constituye el «Radio de la ICE en Llerena» que se extenderá por los pueblos cercanos. El grupo, que dirigirá las huelgas de jornaleros hasta la guerra, crece en menos de un año a más de 400 personas. Solo en el pequeño Maguilla, por ejemplo, comenzarán 1933 con más de 50 miembros.

La fuerza alcanzada por la Izquierda Comunista en la comarca se hará sentir en toda Extremadura, pero también en Córdoba y Sevilla. Tras un famoso debate público entre stalinistas y marxistas, en el que Munis representará a la corriente revolucionaria, las agrupaciones del PCE en Andalucía Occidental, entonces las más nutridas, solicitarán a su comité central en Madrid en plena stalinización -por supuesto sin éxito- la fusión con la ICE y el fin de la propaganda contra la fracción fundadora del partido. Es decir, la práctica les está diciendo que la vanguardia se construye dirigiendo las luchas de masas. Y que eso solo puede hacerse en competencia y oposición al PSOE.

Y en esto, llegó el golpe de Sanjurjo que llevaría a un giro final en el PCE impuesto desde Moscú.

La sublevación militar de Sanjurjo en Sevilla en el mes de agosto de 1932, provocó la crisis interior del partido español, que culminó con la ruptura entre el Buró Político y la Internacional, y nuestra expulsión posterior. (…)

Esta vez los miembros del secretariado del partido que estábamos en Madrid (…) no quisimos repetir las faltas extremistas que el 14 de abril se cometieron, y en el manifiesto redactado por mí después de analizar las causas de los sucesos, que atribuíamos a la política de contemporización del gobierno, lanzamos la consigna de «Defensa de la República». (…)

Días después celebraba reunión el Buró Político para examinar la situación creada por los recientes sucesos. La delegación de la Internacional reiteró sus declaraciones de que los acontecimientos del 10 de agosto confirmaban su punto de vista respecto a que el enemigo principal de la revolución no eran los monárquicos, sino el gobierno de Azaña y el Partido Socialista. A estas afirmaciones opuse mi punto de vista favorable a un cambio de política en el partido. La reacción se había demostrado demasiado poderosa el 10 de agosto, y había que hacer pasar a plano preferente la lucha contra ésta. No se trataba de apoyar incondicionalmente al gobierno de Azaña, sino de provocar una coalición de todas las fuerzas democráticas populares sobre las bases de un un programa revolucionario de defensa de la República, que comprendiera en primer lugar el desarme militar, político y económico de todos los elementos reaccionarios.

José Bullejos. Entre dos guerras, 1945.

A las pocas semanas, el equipo de dirección del Partido en pleno -Bullejos, Adame, Vega y Trilla- eran expulsados por el secretariado de la Internacional. A eso siguió una campaña de descrédito del «grupo Bullejos» por la nueva dirección de José Díaz y Dolores Ibarruri -que había sido la persona de confianza de Bullejos en Vizcaya- y luego de todos los partidos europeos, que sacaron resoluciones sumándose al linchamiento.

Ciertamente, toda la política del partido bajo la dirección de Bullejos había sido de puro aventurerismo, sin tener en cuenta las etapas de la revolución, sobrevalorando su fuerza respecto a las tareas a llevar a cabo, inutilizando incluso a los militantes en acciones esporádicas sin sentido, y estableciendo un régimen interno de la más completa arbitrariedad. Pero esta dirección había sido avalada y aprobada durante un largo período por la propia Internacional, era verdaderamente la política de ésta. (…)

Para la Internacional, cuando descubrió el proceso revolucionario español, el primer interés fue domesticar una dirección nacional que frecuentemente escapaba a su disciplina. Era un hecho insólito porque todas las otras direccciones de Europa estaban ya totalmente sometidas a sus mandatos. Y ésta fue, en realidad, la verdadera significación del grupo Bullejos. Con ellos se acabó con la determinación de la táctica política por la dirección nacional y se estableció el imperio de los delegados de Moscú, la omnipotencia de Codovila, Togliatti, Geroe, etc.; se acabó con lo que ellos llamaban «el espíritu anarquista de los comunistas españoles». (…)

El nuevo equipo, el de José Díaz, que dirigió desde 1932 el partido, seguía una táctica similar a la del «grupo sectario», porque en su extremismo era la misma de la Internacional. Esto se demostró en la crisis gubernamental del mayo de 1933, en que volvió a formular la consigna de «todo el poder a los soviets», precisamente cuando la reacción comenzaba, una vez reorganizada, a atacar y el peligro era más grave. El 14 de abril de 1931 no había soviets, el partido no tenía fuerza y la consigna de dictadura del proletariado circulaba en el vacío. En mayo de 1933 era igualmente improcedente.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

En diciembre de 1933 se constituye la primera «Alianza Obrera» en Barcelona. Se trata de una declaración conjunta del PSOE, Unión Socialista, la UGT, la Izquierda Comunista y el BOC...

...para oponernos al entronizamiento de la reacción en nuestro país, para evitar cualquier intento de golpe de estado o la instauración de una dictadura si así se pretende, y para mantener intactas, incólumes, todas aquellas ventajas conseguidas hasta hoy y que representan el patrimonio más estimado de la clase obrera.

A las alianzas se unen en distintos puntos de la geografía española la CNT -en Asturias- y organizaciones de la pequeña burguesía rural como la «Unió de Rabassaires» y sindicatos de jornaleros de UGT y CNT. La primera reacción del PCE es declararlas la «Santa Alianza de la Contrarrevolución», pero finalmente deciden entrar en vísperas de la revolución asturiana del 34… cuando el PSOE las liquidará. Las AO eran defendidas como una «organización de Frente Único», destinada a salvaguardar a la clase, pero todos se preparaban ya para los «frentes populares» que abiertamente defenderán a la República frente a la «reacción». Reacción que ya era imposible tildar de feudal o de feudalizante y que ya jugueteaba con el fascismo… porque era una parte de esa burguesía española que cada vez más se articulaba en torno al estado.

Es decir, mientras las AO eran más que discutibles en tanto organizaciones comprometidas con el desarrollo de la lucha de clases -como se verá en la insurrección fallida del 34- el Frente Popular que se dibujaba significaba colocarse directamente bajo la bandera de la «burguesía democrática», la bandera republicana, contra la «burguesía fascista».

A mediados de 1935, se celebró en Moscú el VII Congreso de la Internacional Comunista. Fue el de la culminación del proceso de degeneración del comunismo oficial internacional, el gran viraje hacia la táctica de los Frentes Populares. Dimitrov propuso modificar la táctica y hasta la estrategia de los PC. Era necesario establecer un sistema flexible de alianza, no solo con los Partidos Socialistas y las otras organizaciones obreras, sino también con los partidos democráticos de la burguesía. Era preciso luchar por la democracia en general y por los intereses nacionales de cada país. Los comunistas empezaron a aplicarse desde entonces el título de patriotas y no de revolucionarios.

Naturalmente, el PC español emprendió en seguida su transformación de lobo ultrarrevolucionario en pacífica oveja democrática, y sincronizó su acción en virtud de orden. Inmediatamente de conocidos los acuerdos de Mosccú, el Buró Político español dirigió una carta al Partido Socialista proponiendo: realizar la unidad sindical mediante el ingreso de la CGTU (creación artificial del PC) en la UGT, desarrollar las AO, crear el Bloque Popular, marchar hacia la unidad orgánica de los dos partidos. Se renunciaba al Frente Único de los Trabajadores por el Frente Popular.(…)

Se hizo de Largo Caballero el «Lenin español», el jefe de la inminente revolución. Eran conocidos los defectos de vanidad del viejo jefe socialdomócrata, y se trataa de halagarlo para que realizase la política definida por Dimitrov. La política del Frente Popular no podía encontrar entonces una gran hostilidad por parte del Partido Socialista porque no era más que practicar la misma táctica que había practicado desde la proclamación de la República: prestar la colaboración de las masas obreras y campesinas para realizar la política de la burguesía democrática.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Con la formación del bloque electoral del Frente Popular culminaba la evolución de los partidos stalinistas hacia el nacionalismo, lo que suponía, en buena lógica, la defensa abierta de una parte de la burguesía contra otra. Esto ocurría además cuando los partidos comunistas se habían convertido de manera innegable en herramientas de la política exterior de la URSS. Estaba claro que no tenía sentido ya ninguna «fracción exterior» a ellos, que no había oportunidad alguna de alterar su rumbo y recuperarlos para la acción de clase. Por eso, la evolución hacia los frentes populares del PCE suponía necesariamente también una reorganización de las tendencias de oposición.

En Francia el partido socialista y el partido comunista habían creado un frente excluyendo expresamente a los oposicionistas. El secretario de la organización oposicionista francesa había propuesto entonces entrar, con identidad, estructura y órganos de prensa propios, en el partido socialista. Trotski se había sumado a esta propuesta y la había extendido a España.

Pero la situación de la ICE en ese momento es muy distinta a la de los franceses. La experiencia en Extremadura y Andalucía les coloca en una situación única: están dirigiendo luchas de clase masivas y reales y cuentan con un volumen de militancia que está a la par con el PCE oficial y amenaza con absorberlo en Sevilla y el cinturón industrial de Madrid.

Su rápido crecimiento más de 2.000 miembros, moderando las cifras, en 1932; su capacidad educativa de nuevos revolucionarios; sus éxitos en el seno del Partido Comunista, de la Juventud Socialista, y la simpatía general que se granjeó entre los obreros más conscientes; respaldan la justeza de su programa. Parte considerable del radio sur madrileño del Partido Comunista oficial pasaba a sus filas en 1935, mientras, desde 1934, congresos regionales de la Juventud Socialista se pronunciaban en favor de la Cuarta Internacional y el órgano periodístico de la misma reclamaba la ayuda de los «trotskistas, los mejores teóricos de la revolución».

G. Munis. Jalones de derrota, promesa de victoria. 1944

En ese marco Trotski les llama a la entrada en el PSOE, con vistas a agrupar a la fuerza emergente de unas Juventudes Socialistas lideradas por Santiago Carrillo que en ese momento cuelgan retratos de Trotski en los despachos y sirven de coro a un Largo Caballero cada vez más radicalizado en sus discursos -que no en sus acciones.

El debate iba, desde luego, mucho más lejos de las correlaciones de fuerzas españolas. Pero los principales dirigentes de la ICE lo ven de una manera muy distinta. Piensan que las condiciones objetivas de la revolución están dadas y que es precisamente la supervivencia del PSOE, del cuerpo del reformismo sin la posibilidad de reformas satisfactorias para la clase obrera, la que es por un lado la base del fascismo y por otro un obstáculo al desarrollo de la conciencia de clase. Frente a eso solo cabe construir un partido político independiente, no reforzar las «alas izquierdas» de una organización que ya no pertenece a la clase.

Esa tendencia sincera que se aprecia en un gran sector del PS, tiene que concretarse lógicamente en algo positivo y distinto de su organización para que sea eficaz. Sus energías y sus esperanzas deben ser orientadas en otra dirección. (…)

La teoría reformista ha sido superada por los acontecimientos. Ya no es posible conseguir de la burguesía reformas que mejoren la situación material de la clase obrera. Todo lo contrario. Para su conservación, la burguesía rebaja el nivel material de existencia de la clase productora, retira todas las libertades que hicieran concebir en los explotados esperanzas de emancipación, y dificulta, hasta impedirlo, la organización autónoma del proletariado. Al reformismo se le han agotado las posibilidades. Ante la lucha del proletariado por sus intereses más elementales, la burguesía no puede mantener las organizaciones prácticas de colaboración de clases sin cambiar la ideología que las informa. Cuando el reformismo deja de encerrar un valor positivo para la burguesía como idea del proletariado, es suplantado por la ideología fascista, que se aprovecha de las organizaciones socialistas, apoderándose de sus bienes.

No obstante haber desaparecido las raíces económicas que le dieran origen, la ideología reformista persiste en las organizaciones socialistas y entre la clase obrera y sus aliados por razones de supervivencia. Pero poco a poco va perdiendo su influjo a consecuencia de la exacerbación de los antagonismos de clase, de la acentuación de la miseria y de la explotación de las masas laboriosas. A la luz que proyectan las experiencia española, alemana y austríaca, un gran sector del proletariado que sigue al PS, sin discernir todavía la táctica y los objetivos de la revolución, va comprendiendo que:

(…) el monopolio del capital define el obstáculo del modo de producción que se ha desarrollado con él y florecido con él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que no se acomodan con su cubierta capitalista y la hacen estallar. La última hora de la propiedad capitalista ha sonado. Los expropiadores serán expropiados a su vez.

Carlos Marx. El capital, 1856.

La expansión capitalista resulta ya imposible. Los antagonismos del régimen capitalista se acentúan. El fin ideal de la clase obrera y los medios van aproximándose. El divorcio entre los objetivos del proletariado y el movimiento ha desaparecido. El movimiento obrero no tiene otra salida que la revolución. La clase obrera se ve obligada a conquistar el estado para organizar la gestión colectiva de los medios de producción7.

La existencia de un partido revolucionario, que represente efectivamente los intereses generales y permanentes de la clase obrera, sometido a un control constante de las masas laboriosas, es la condición que asegura la acentuación de la conciencia de clase del proletariado, la liquidación del reformismo y del sectarismo, la unidad de la clase obrera y la emancipación del trabajo y los trabajadores.

José Luís Arenillas. La crisis del partido socialista español, 1934.

El movimiento insurreccional de octubre de 1934 confirmaría el cuadro de la ICE respecto al «ala izquierda» del PSOE.

En efecto, el mes de octubre la burguesía acometió calculadamente contra el proletariado, confiando en que los socialistas faltarían a su «compromiso solemne de desencadenar la revolución» y temerían llevar la lucha contra el Gobierno hasta sus últimas consecuencias. Y acertó. Las fanfarronadas no asustaron en fin de cuentas más que a los fanfarrones, que en el momento de la acción paralizaron la iniciativa y la capacidad de ataque del proletariado, dejándolo a merced de las fuerzas represivas gubernamentales. La huelga general y la insurrección asturiana de Octubre fue un movimiento defensivo del proletariado que pudo haber sido transformado en un gran ataque ataque ofensivo y triunfante. No lo quiso la dirección socialista, y a eso se debió, en sus tres cuartas partes, la derrota. (...)

Esta concepción de la insurrección al margen de un proceso revolucionario conscientemente dirigido, me parece clásica de burócratas reformistas, radicalizados por el miedo a que se acabe la forma de sociedad capitalista en que ellos viven colaborando y brillan como izquierda obrerista. No ven la revolución —si en verdad la ven—, como la culminación necesaria de la contradicción entre proletariado y burguesía, que ha de acabar con el capitalismo y crear los cimientos del socialismo; la ven como un desgraciado recurso que les impone la incomprensión y la intolerancia de las clases dominantes. Más que de hacer la revolución, se trata, para ellos, de conservar el capitalismo en la forma democrática que les permite llevar su apacible vida de funcionarios «amigos de los pobres». En consecuencia, la insurrección sólo puede ser un acto de desesperación, una especie de asesinato en legítima defensa, al que se recurre cuando las clases gobernantes cierran definitivamente la puerta de la colaboración a los dirigentes reformistas. Así se explica la condición insurreccional puesta por la izquierda socialista: si el partido de Gil Robles entra al gobierno.

A partir de la huelga campesina, todas las medidas reaccionarias habían sido extremadas; el poder estrechaba el cerco al movimiento obrero. Aparecía evidente desde entonces que el famoso gobierno merengue cedería el puesto al gobierno fuerte que ansiaban las derechas, un gobierno directamente ligado a Gil Robles por medio de Lerroux. Gil Robles aspiraba a repetir el juego de Hitler en Alemania: obtener el poder legalmente y liquidar desde él las formas parlamentarias de gobierno. Igual que Hitler, contaba con la deserción, en el momento culminante, de los jefes socialistas y stalinistas, y con la complicidad deseada de un presidente de la República terrateniente como Hindenburg, ultrarreaccionario como Hindenburg y como él alzado a la presidencia por los socialistas.

G. Munis. Jalones de derrota, promesa de victoria, 1947

En el momento, el movimiento será analizado con la misma perspectiva: la necesidad para la clase de dotarse de una dirección revolucionaria es justo lo opuesto a integrarse en el PSOE... o coquetear con la pequeña burguesía catalanista -como está haciendo el BOC. El enfrentamiento con Trotski es inevitable y la separación de la Oposición Internacional que lidera también.

El futuro reside en el frente único, pero también en la independencia orgánica de la vanguardia del proletariado. De ninguna manera, por un utilitarismo circunstancial, podemos fundirnos con un conglomerado amorfo, llamado a romperse al primer contacto con la realidad. Por triste y penoso que nos resulte, estamos dispuestos a mantenernos en estas posiciones de principio que hemos aprendido de nuestro jefe, aun a riesgo de tener que andar parte de nuestro camino hacia el triunfo separados de él.

Comunismo, 1934.

El BOC mientras tanto se había convertido en la mayor organización política «comunista» catalana. Programáticamente su trayectoria era una sucesión de desastres: desde el concepto mismo de un partido obrero y campesino a la idea de que las «agrupaciones obreras» del propio BOC podían sustituir a los soviets en una revolución, pasando por el apoyó a Macià y su actitud ante la insurrección de octubre de 34.

Al decir que la A.O. supeditó los intereses del movimiento revolucionario a los de la Generalidad, me apoyo en palabras de Joaquín Maurín, palabras que por ser posteriores a los acontecimientos tienen mayor significación reveladora. Maurín era el dirigente del Bloque Obrero y Campesino, partido el más fuerte de la A.O., y por consecuencia principalísimo inspirador de ésta. He aquí como, según él, se planteaba la A.O., durante los días culminantes, 4, 5 y 6 de Octubre, el problema del movimiento revolucionario en sus relaciones con el conflicto entre los gobiernos Lerroux-Gil Robles y Companys-Dencás:

La Generalidad tiene en sus manos, pues, la posibilidad de que la contrarrevolución quede estrellada. El éxito o el fracaso depende de la Generalidad, a quien se le presenta el siguiente dilema: rebelarse y luchar hasta vencer, o someterse y ser triturada en unas horas o en unos días. La Generalidad pequeño-burguesa y con ella el Estatuto de Cataluña sólo tienen una perspectiva de salvación: ponerse a marchar hacia adelante con todas las consecuencias. Es muy probable que la Generalidad tema las derivaciones que pueda adquirir el movimiento insurreccional, que la pequeña burguesía desconfíe de las masas trabajadoras. Hay que procurar, en lo posible, que este temor no surja para lo cual el movimiento obrero se colocará al lado de la Generalidad para presionarla y prometerle ayuda sin ponerse delante de ella, sin aventajarla en los primeros momentos. Lo que interesa es que la insurrección comience y que la pequeña burguesía con sus fuerzas armadas no tenga tiempo para retroceder. Después ya veremos.

Joaquín Maurín. «Hacia la segunda revolución», págs. 124 y 125. Subrayados de G. Munis.

Ese era el guión de conducta de la A.O., la noche del 4 de Octubre, mientras el movimiento se iniciaba en todo el país. Siguiéndolo, la A.O. cortaba sus grandes posibilidades de acción, reduciéndose al pobre papel de reflejo radicalizante de la Generalidad. ¿Qué movimiento revolucionario victorioso puede haber cuando los dichos representantes obreros empiezan por admitir que la iniciativa y la decisión dependan no del proletariado, sino de las querellas secundarias de una parte de la burguesía contra otra?

Burguesa, plenamente burguesa, más que pequeñoburguesa como pretende Maurín, era la Generalidad. Partir de la premisa: «La Generalidad tiene en sus manos, pues, la posibilidad de que la contrarrevolución quede estrellada», equivalía a proclamar: «el proletariado es impotente sin el patronato de la burguesía regional, grande o pequeña». La A.O. se basaba en ideas rechazadas por el movimiento revolucionario internacional desde la experiencia rusa de 1905. Simultáneamente, las reivindicaciones específicamente obreras dejaron de existir, poniendo por centro de gravitación del movimiento, la sola reivindicación de supervivencia del gobierno regional. La A.O. no concebía los acontecimientos que se le venían encima como un movimiento esencialmente obrero, que debía buscar el apoyo de la pequeña burguesía regional, sino a la inversa, un movimiento de ésta, al que la Alianza otorgaba el apoyo del proletariado y los campesinos. Maurín mismo lo admite en la misma página del libro citado:

Si bien es cierto que un movimiento insurreccional exclusivo de la clase trabajadora no podía triunfar en Cataluña, porque no estaban cumplidas las premisas fundamentales, si se produce, transitoriamente, un bloque revolucionario de obreros, campesinos y pequeña-burguesía con un gobierno de la Generalidad, la insurrección tiene casi absoluta seguridad de triunfar, porque la Generalidad cuenta con la organización militar: 3.000 policías armados…

Maurín hubiera escrito más claramente diciendo un bloque de pequeña-burguesía, obreros y campesinos, porque lo único que trata de justificar con tal análisis es la imposibilidad de una acción obrera independiente —absolutamente indispensable inclusive si no podía salir de ella la dictadura del proletariado— y la necesidad de supeditarse a la Generalidad. El eje debía de ser la pequeña-burguesía nacionalista. Mal análisis; consecuencias peores.

El problema regionalista tendió una espesa cortina de humo entre la A.O. catalana y el movimiento revolucionario español. El razonamiento que Maurín nos refiere prescinde por completo del proletariado español. Lo único que existe es Cataluña y la Generalidad; el resto de la península sólo es caracterizado por la presencia de un gobierno central ávido de aniquilar al regional. Esta miopía localista ha sido un grave defecto permanente del Bloque, y más tarde del P.O.U.M., origen de sus peores errores. Pero el límite de la existencia no termina con el radio visual de los miopes.

G.Munis. Jalones de derrota, promesas de victoria, 1947.

La debilidad de la A.O. catalana frente a la Generalitat y la pequeña burguesía catalanista se vestía con el argumentario de la autodeterminación leninista. Hay que decir que la sucesión de despropósitos sobre la «cuestión nacional» de los grupos comunistas españoles partía de un listón muy alto: el PCE de Bullejos reivindicaba al proclamarse la República, la autodeterminación e independencia inmediata de Euskadi, Galicia y Cataluña. Y, paradójicamente, mientras la Izquierda Comunista Argentina, resultado directo de la influencia de la ICE, tomaba una posición clara sobre el significado de la liberación nacional, en España el prestigio de Nin pasaba una y otra vez, aunque cada vez con más reticencias, sus «tesis sobre la cuestión nacional» en las conferencias de la ICE.

En 1933, desde las páginas de «Comunismo», el mismo Nin había augurado al BOC que su catalanismo le destinaba a

convertirse definitivamente en una extrema izquierda pequeñoburguesa, sucesora de la izquierda de Macià y, como ésta, destinada a fracasar ruidosamente tras un período -inevitable- de grandes y rápidos progresos

Y sin embargo, ante la presión de Trotski y entre las brumas oportunistas sobre la cuestión nacional de Nin desde Cataluña, el grupo de los fundadores del partido -Andrade, Portela, etc.- optará por un acercamiento no menos oportunista al BOC.

España vivía un periodo intensamente revolucionario, y no era para nosotros, pues, de acuerdo con nuestras convicciones y temperamento, una táctica el reducirnos a ser meramente críticos contemplativos inexorables. Aspirábamos a intervenir en los acontecimientos, a integrarnos en ellos, o por lo menos a influenciar prácticamente su desarrollo en un sentido positivo, para lo cual era necesario ensanchar las bases y los medios de acción en el clima de unidad obrera que entonces se manifestaba en toda España; pero también queríamos llegar a una verdadera conjunción con criterio independiente, y no a la disolución (ingreso individual en el Partido Socialista) como Trotski preconizaba como consigna terminante; creíamos igualmente, que nuestra unión debía realizarse con los más próximos, naturalmente, es decir con los más influenciables a nuestras concepciones, para llegar a crear el verdadero partido de la clase trabajadora española. Estas fueron las razones que nos condujeron a crear el POUM.

El BOC, principalmente su jefe de hecho, buscaba también una táctica que le procurase la realización de los mismos propósitos de una mayor audiencia nacional entre la clase obrera y le permitiera transformarse en un partido nacional, ibérico y no solamente catalán como había sido hasta entonces. A pesar de que había tenido casi el mismo origen que nosotros, o sea que procedía de una escisión con el Partido Comunista, había bastante que nos separaba de él por nuestra formación, educación teórica y concepción táctica diferentes y sobre todo en el pensamiento político, como se había manifestado a través de una dura polémica (…) considerábamos al BOC como una especie de federación de grupos de amigos, que tenía como norte de orientación política únicamente las «genialidades» de su jefe.

El BOC sufría una grave crisis interna, algunos dirigentes y militantes obreros lo abandonaban para ingresar en el PC y someterse al stalinismo, por lo que estimamos que para garantizar la existencia de una fuerza independiente de la socialdemocracia y del comunismo oficial con voz y voto ante la situación, la fusión entre las dos organizaciones se imponían. Considerábamos que aunque se resentía el BOC de un cierto espíritu de frivolidad y de culto al jefe, y que padecía de muchos resabios de nacionalismo catalán, lo que nos era completamente ajeno, un nuevo partido de carácter nacional surgido de la fusión, con perspectivas de extensión a todas las regiones y sin que la mentalidad catalanista del BOC hiciera gran peso, terminaría por imponerse como la necesaria organización revolucionaria española, y haría prevalecer finalmente la claridad política que faltase al comienzo.

Y esto tanto más cuanto que la mayoría de los militantes bloquistas estaba formada por trabajadores de gran espíritu de clase, aunque influidos n general por el oportunismo de sus dirigentes por haber aceoptado con demasiado retraso los principios marxistas.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

Por muchas ilusiones que quisieran hacerse, el POUM, que se funda en septiembre de 1935, no puede ser sino un monstruo desequilibrado y malforme. Los 2000 miembros de la ICE en Madrid, el Sur y el Cantábrico y los 3000 del BOC en Cataluña son agua y aceite. Unos son militantes preparados y con formación en la tradición marxista, los otros una mezcla de nacionalismo, debilidades sindicalistas, obrerismo y culto a la personalidad de Maurín.

La verdad es que tanto la FCCb como el BOC eran, organizaciones de un oportunismo inveterado y un nivel teórico bajísimo, unidas por el chovinismo y el culto al líder local. Si la ICE, que tenía pocos efectivos en Cataluña, tenía alguna opción de corregir su rumbo era apoyándose precisamente en lo que hacía del BOC un cuerpo muerto desde el punto de vista de clase: su dependencia absoluta de un líder falto de discurso y táctica. Cuando menos, un mal comienzo.

La insurrección obrera del 19 de julio de 1936 que frustra el golpe de estado militar del día anterior, encuentra al POUM en plena campaña de afiliciaciones y a la minoría de la ICE preparando la constitución de un grupo de la Oposición Internacional en torno a G.Munis.

Lo que es cierto es que en la estrategia de guerra de clases con la que los militares condujeron la guerra que comenzaba, las plazas fuertes de la ICE se convierten en objetivo prioritario por ser los principales focos insurreccionales. El resultado es que en los primeros días de guerra la composición del POUM se transforma en más BOC que nunca. Un ejemplo nos lo da el radio de Llerena. Tras la fusión con el BOC los llerenenses, se han convertido en la segunda sección local más numerosa del POUM, solo superada por Barcelona. Podríamos discutir hasta qué punto la política centrista del nuevo partido debilitó su capacidad de organización y respuesta. Aunque algunos consiguieron llegar a la defensa de Badajoz, la mayoría de los antiguos militantes de la ICE, en ese momento convertidos en poumistas casi todos, fueron asesinados en la brutal represión y las matanzas que siguieron a la caída de Sevilla. Solo entre la plaza y el cementerio de Llerena capital se contaron 200 militantes fusilados. Siem que estaba organizando el POUM en Santiago de Compostela sería apresado y asesinado por los franquistas allí. Félix Galán es fusilado en la plaza y Pablo Grandizo, impresor de casi todo lo publicado por la ICE, en las puertas del cementerio como José Martín. Solo se salva Munis, que en ese momento estaba en México de donde volvería con el primer cargamento de armas para la insurrección obrera.

Las escasas posibilidades del POUM para evolucionar desde el centrismo a posiciones de clase por el empuje de la corriente fundadora del PCE, han sido en lo fundamental truncadas por la masacre militar.

Revolución y guerra

Desde los primeros momentos de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 se produjo una decantación de las fuerzas políticas. El PCE y el PSOE fueron los primeros en cerrar filas con el estado y el gobierno republicanos.

El momento es difícil pero no desesperado. El gobierno está seguro de que posee los medios suficientes para aplastar esta tentativa criminal. En caso de que sus medios fuesen insuficientes, la República cuenta con la promesa solemne del Frente Popular. Está dispuesto a intervenir en la lucha a partir del momento en que se reclame su ayuda. El gobierno manda y el Frente Popular obedece.

Nota conjunta PSOE-PCE, 19 de julio de 1936

Pero lo que estaba pasando tenía una naturaleza muy distinta. En todo el país los trabajadores se levantan y enfrentan directamente a los golpistas. El estado republicano colapsa en la mayor parte de la «España republicana». Se intenta formar un gobierno alrededor de Martínez Barrios, alentado por el Frente Popular, que ofrece capitular a los golpistas.

Desde días antes, las masas, movilizadas espontáneamente, por iniciativa de la C.N.T., de militantes medios socialistas y stalinistas, y por otras organizaciones pequeñas, eran materialmente dueñas de la calle en las principales ciudades. El poder real había quedado polarizado en las masas y en los cuarteles. El choque era inevitable. Apenas notificada por la radio la constitución del nuevo Gobierno, estalló en violentas manifestaciones una explosión de cólera, al grito de ¡Abajo Martínez Barrio! Los propios partidos socialistas y stalinista hubieron de acceder al deseo de las masas, y secundar, como partidos, las manifestaciones. Así, humillantemente repudiada por la reacción, ante cuya espada se inclinaba, combatida e injuriada por las masas, la intentona capituladora de Martínez Barrio quedó ahogada en el seno del frente popular que la alentó. La situación no admitía medias tintas. Para someter a las masas desbordadas, al Gobierno le hacía falta la misma fuerza militar que se sublevaba contra las masas y contra el Gobierno; para someter a los militares era preciso armar las masas. (…)

Fracasada la conciliación, nada podía evitar que las masas se armaran y arremetieran contra los militares. Al contrario, los propios partidos obreros del frente popular tenían que correr de la cola a la cabeza de las masas, para no ser desarticulados ellos mismos, y para que el armamento quedara bajo su deletéreo control, en la medida de lo posible.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

Es el primer elemento que permite al POUM y a los núcleos de la ICE que se están reoganizando, hablar de un carácter socialista en la revolución española. Su contrapunto: la cuestión del poder. Confundida por el anarquismo y el sindicalismo, la clase colectiviza fábricas y campos y enfrenta al fascismo con sus milicias… pero deja que se reconstruyan las estructuras del Estado, especialmente desde la Generalitat.

El PCE, en continuidad con la línea trazada desde Moscú para los frentes populares, trata de defender el estado republicano no solo contra el fascismo, también contra las colectivizaciones. El resultado es que el PCE, beneficiario además de la ayuda soviética, se convierte en el nuevo «partido del orden» y multiplica su reclutamiento entre la pequeña burguesía. Como informa el dirigente del PCE Fernando Claudín:

A las filas del PCE acuden numerosos elementos pequeñoburgueses, atraídos por el renombre que adquiere el partido de defensor del orden, de la legalidad y de la pequeña propiedad. Y al PCE afluyen sobre todo – o se ponen bajo su dirección a través de la JSI- un gran contingente de la juventud no formada aun en los sindicatos y organizaciones obreras tradicionales.

El informe de José Díaz al CC en mayo del 37 arroja que frente a los 150.000 asalariados que encuadra el partido (y que incluyen además de obreros agrícolas e industriales, funcionarios y cuadros empresariales) existen ya más de 100.000 pequeños propietarios (profesionales y agricultores) junto a 20.000 mujeres de las que no figura adscripción social. Los testigos exteriores, vinculados al PCE en la época, refuerzan estos datos en sus testimonios.

El PC es hoy, en primer lugar, el partido del personal administrativo y militar, en segundo lugar el partido de la pequeña burguesía y de ciertos grupos campesinos acomodados, en tercer lugar el partido de los empleados públicos y solo en cuarto lugar el partido de los trabajadores.

Frank Burkenau. El reñidero español, 1971.

El análisis sociológico de la militancia refleja hasta qué punto la política frentepopulista y el partido correa de transmisión han conseguido atraer a unos sectores sociales cuyo objetivo es salvar el estado democrático republicano y no hacer la revolución socialista.

¿Qué ha pasado mientras tanto con el recién nacido POUM? Al producirse la sublevación militar Maurín está en Galicia, es capturado por los insurrectos y se le da por asesinado. Solo Nin tiene talla para asumir la Secretaría. El culto a la personalidad y la mentalidad bloquista es tan ridícula, tan antimarxista, que asume la «secretaría ejecutiva» porque la «secretaría general» pertenece ad eternum al -supuesto- muerto.

Desgraciadamente, la guerra civil estalló antes de que se hubiera establecido la soldadura interna en la concepción de los problemas de las dos organizaciones fusionadas. (…) La ausencia de su jefe Maurín, había creado entre los antiguos bloquistas un reflejo de defensa preventiva contra los dirigentes del partido procedentes de la ICE, en los que suponnían la intención de «apoderarse del POUM» y de «imponer el trotskismo». Por esta situación, Andrés Nin fue un secretario político disminuido en sus funciones, lo que le afectó dolorosamente durante el año de guerra civil que vivió, y contra cuyo estado de cosas yo estimaba que no quería ni acertaba a reaccionar resueltamente.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

Tras las masacres en Andalucía, Extremadura, Salamanca y Galicia, el grupo de Madrid, el único relativamente grande fuera de la influencia boquista, queda aislado y se convierte en el primer objetivo abierto de la represión stalinista de la GPU (luego KGB) y el PCE.

En Cataluña el POUM, que ya había entrado en el 36 en el pacto electoral del Frente Popular aduciendo que entraba para convertirlo en un frente único de partidos obreros, estaba colocándose al otro lado de la frontera de clase irremisiblemente. El propio Nin entró en el gobierno de la Generalitat durante la guerra, el mismo gobierno que sirvió de estructura base para la reconstitución del estado republicano y el aplastamiento de la autonomía obrera y sus colectivizaciones.

El P.O.U.M., rebotando del frente popular a la oposición y de la oposición al frente popular, carecía de línea política propia; se guarecía a la sombra sin contornos de la izquierda socialista, o a la sombra del anarco-sindicalismo, artificialmente alargada por el ocaso automático del sol capitalista. Resultado: en el momento de la insurrección militar, las organizaciones obreras, o bien sostenían con todas sus fuerzas el Estado capitalista, cual el reformismo y el stalinismo, o bien se acercaban a él, cual la C.N.T., la F.A.I. y el P.O.U.M. Pese a todo, el Estado y la sociedad capitalista, sin que nadie se lo propusiera deliberadamente, cayeron por tierra, desmoronados como consecuencia del triunfo obrero sobre la insurrección reaccionaria.

La teoría marxista que proclama la necesidad de destruir el Estado capitalista y de crear un Estado obrero basado en relaciones de producción y distribución socialistas de las clases productoras, en posesión de los instrumentos de trabajo, recibió en España, el 19 de Julio, la más brillante demostración. En la Rusia de 1917, el doble proceso social de destrucción del viejo Estado y creación del nuevo fue consciente y poderosamente auxiliado por el Partido bolchevique. Pero en España se consumó el mismo proceso no sólo sin auxilio de ninguna organización, sino con auxilios deliberadamente adversos por parte del reformismo y del stalinismo, inconscientemente adversos, aunque en menor grado, por parte del anarco-sindicalismo y del centrismo poumista. La prueba tiene un valor irrecusable y aleccionador para el proletariado mundial. De la colisión armada salía reforzado el Estado burgués allí donde triunfaban los militares; totalmente destrozado donde triunfaba el proletariado y rudimentariamente creados los organismos básicos de un nuevo Estado proletario. Por repercusión, el hecho constituye una acusación de criminalidad para los partidos obreros infeudados a la fórmula: ni revolución social ni fascismo, sino democracia burguesa. Pues si ésta hubiese representado, por poco que fuera, una verdadera necesidad de la evolución histórica, la derrota de los militares el 19 de Julio la habría confirmado vigorizando espontáneamente el parlamentarismo, el frente popular, y en general todas las instituciones del Estado burgués. La vida fantasmal a que todas ellas quedaron súbitamente reducidas demuestra el carácter anti-histórico, reaccionario de aquella fórmula, y por consecuencia de los partidos obreros que la hacían suya.

Anarquismo y poumismo, aunque no dejaron de conciliar con el frente popular, aparecían a la izquierda de él, encontrándose así en excelentes condiciones para asegurar a los Comités-gobierno la completa posesión del poder político. Por sí sola, la numerosa y excelente militancia anarquista habría garantizado fácilmente el éxito, si su espontánea actividad hacia la creación de un nuevo Estado no hubiese sido frenada y desviada hacia el Estado burgués por la propia dirección anarquista. Por su parte, El P.O.U.M., aunque incomparablemente menos influyente, contaba con recursos y fuerza numérica suficiente para conquistar la mayoría proletaria mediante una enérgica política revolucionaria, y frustrar la torva intención de stalinistas y reformistas. Pero ya se ha visto que desde la constitución del frente popular, en las organizaciones obreras no se divisaban más que los Kerensky; faltaban los Lenin y los Trotsky. En el momento en que el frente popular, con el Estado burgués, recibía un golpe mortal, cuando, señoreando las masas todas las relaciones sociales, podía ser rápidamente desarraigada la traicionera influencia del stalinismo y el reformismo, se suman a éstos el anarquismo y el poumismo, acceden a sus maniobras reaccionarias, les dan viabilidad, cortan a los Comités-gobierno el paso hacia el poder en escala nacional, y salvan al Estado burgués del tiro de gracia. Es el entrelazamiento de dos tendencias deliberadamente pro-capitalistas, y de otras dos semirrevolucionarias, lo que impidió que la obra de Julio cristalizase y se consolidase, lo que más tarde causó el retroceso de la revolución y el triunfo de Franco.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

El texto anterior no solo caracteriza al POUM y a la CNT durante la revolución, sino que también nos relata la posición de Munis y el pequeño Grupo Bolchevique-leninista: del 19 de julio a las jornadas de mayo se habría instaurado, de facto, un doble poder. Estado republicano y clase obrera -organizada en mil comités y milicias- lo ejercerían temporalmente mientras la clase no acababa de encontrar una dirección revolucionaria. El movimiento acabaría en mayo del 37, cuando el estado republicano y el PCE se sientan con fuerzas para tomar el poder de nuevo en solitario destruyendo completamente las expresiones autónomas de la clase, comenzando por las milicias y el control obrero.

Durante las jornadas de Mayo de 1937, todo el mundo quedó situado en su verdadero puesto. Ese resultado solo valía la lucha, porque hace prometedora la derrota. (…)

En su segunda etapa, la dualidad de poderes habíase desenvuelto muy favorablemente al extremo capitalista, cuyo Estado, montado sobre fusiles y ametralladoras hechos en Rusia, penaba por reconstituir «el orden». Pero los elementos de poder dual obrero resistían, y no se resignaban a dejarse disolver pacíficamente, pese a las presiones ejercidas incluso desde la dirección de las organizaciones más radicales. La reacción stalino-capitalista buscaba continuamente ocasiones para atacar la revolución. A fines de abril, la consejería de Orden Público, queriendo poner en práctica el acuerdo de la Generalidad referido en el capítulo anterior, prohibió la circulación y el ejercicio de sus funciones a las Patrullas de Control. Los trabajadores armados que las constituían, se apostaron en puntos estratégicos y desarmaron 250 guardias mandados por la Generalidad a substituirles. Por la misma fecha, la Generalidad envió legiones de carabineros a la frontera, para reemplazar los Comités obreros que la controlaban desde Julio. Fueron rechazados y desarmados la mayoría. La Generalidad envió nuevos refuerzos, y la lucha por el control de la frontera entre el poder capitalista y el poder obrero se generalizó, desarrollándose con particular intensidad en Puigcerdá. Antón Martín, uno de los mejores militantes cenetistas de la comarca, enemigo de la colaboración, fue asesinado por las tropas del orden. La resistencia era obstinada y frecuentemente victoriosa para el proletariado, pero el poder capitalista tendía a imponerse, porque mientras los Comités obreros que controlaban la frontera pertenecían casi todos a la C.N.T., esta misma C.N.T. colaboraba lealmente es su propia expresión con el poder capitalista. La victoria se transformaba así en derrota.

Otros muchos choques armados entre fuerzas capitalistas y obreras ocurrían en diversas poblaciones. Pero aunque en Cataluña, contrariamente al resto de España, todavía no existía la censura, la prensa cenetista los silenciaba o les quitaba significación, convirtiéndolos en «incidentes lamentables», cual si se tratara de errores gubernamentales u obreros. La prensa stalinista, no hay que decirlo, los interpretaba con toda la perfidia de sus designios reaccionarios, presentando como fascistas o bandidos los obreros resistentes. Antes de ser desarmado materialmente, el proletariado ya lo había sido ideológica y orgánicamente. Pero a un proletariado que un año antes había vencido y desbaratado el ejército español, no se le podían arrebatar todas sus posiciones sin una lucha seria. Los choques aislados entre revolución y contrarrevolución, si bien debilitaban paulatinamente a la primera, dejaban insatisfecha a la segunda, cada vez más ansiosa de imponer por completo su dominio. Se presentía un choque general y decisivo; la reacción stalino-capitalista lo quería, lo buscaba y lo provocaría.

En efecto, el día 3 de Mayo de 1937, a las 2 horas y 45 minutos de la tarde, el comisario de Orden Público, Rodríguez Salas (stalinista), amparado por una orden del consejero de la Generalidad, Aiguadé (Esquerra Republicana), irrumpió con una banda de guardias en el edificio central de teléfonos. Funcionaba en perfectas condiciones, desde Julio, bajo la supervisión del comité elegido por los propios trabajadores. Pero la nueva reacción, ya bastante avanzada, no podía desenvolverse libremente sabiendo que los teléfonos estaban en manos del polo obrero del poder. Por otra parte, decidida a buscar la oportunidad de ametrallar las masas y humillarlas, daba deliberadamente a sus exigencias la forma más brutal posible. El stalinista Salas invadió la central telefónica con mayor despliegue de fuerzas que el necesario para tomar una posición avanzada del enemigo. Los obreros se negaron terminantemente a deponer la autoridad de su Comité, y contestaron a las armas con las armas. Sorprendidos en pleno trabajo, hubieron de replegarse a los pisos superiores del edificio, dejando la planta baja en poder de las dos compañías de guardias mandadas por Salas.

El ruido de los primeros disparos extendió por Barcelona un latigazo eléctrico: «¡Traición, traición!» el pensamiento que desde meses atrás roía la mente y los nervios del proletariado, crispaba ahora las caras pálidas de ira, y los brazos en busca de armas. El grito se propagó de esquina a esquina, hasta llegar a los barrios obreros y las fábricas, hasta las demás ciudades y pueblos catalanes. La huelga general se produjo inmediata, espontánea, sin otra aprobación, a lo sumo, que la de dirigentes inferiores y medios de la C.N.T. Barcelona se cubrió de barricadas con rapidez taumatúrgica, cual si, ocultas las barricadas bajo el pavimiento desde el 19 de Julio, un mecanismo secreto las hubiese sacado de golpe a la superficie. La ciudad quedó en seguida en poder de los insurrectos, salvo un pequeño sector del centro. Respuesta unánime del proletariado, acción vertiginosa y apasionada. La provocación stalinista se convertía en un triunfo más del proletariado, igual que la provocación de los militares, en Julio del año anterior, se había convertido en un gran triunfo revolucionario. El dominio del proletariado no admitía la menor duda ni para los enemigos de la revolución. En los barrios obreros, las fuerzas gubernamentales se rendían sin resistencia o se adelantaban al emplazamiento entregando sus armas a los hombres de las barricadas. Incluso en el centro, puestos de guardias civiles y carabineros se declararon prudentemente neutrales. El mismo hotel Colón, madriguera central stalinista, llegó a sacar bandera de neutralidad.

En poder del Gobierno no quedaba más que un pequeño triángulo teniendo por vértice el edificio de la Telefónica, en cuyos pisos superiores resistieron hasta el fin los trabajadores, y por base la línea comprendida entre la dirección de Seguridad y el palacio de la Generalidad. Fuera de esto no quedaban a la reacción stalino-capitalista sino escasos focos de fácil reducción. Ni siquiera contaba, como en otras insurrecciones barcelonesas, con la artillería de Montjuich. Las baterías del castillo seguían en manos obreras, y a partir de los primeros tiros encañonaron precisamente la Generalidad, listas para hacer fuego a la primera orden de la C.N.T.

No faltó a los trabajadores insurrectos decisión para tomar el triángulo gubernamental, ni los detuvo tampoco el fuego del adversario; los detuvo la propia dirección de la C.N.T. A ella pertenecía la inmensa mayoría de los sublevados. Aunque en ellos había despertado ya muy serios recelos la conducta de la dirección anarquista, todavía tenían confianza en la C.N.T. Era su organización; con ella y por ella habían luchado durante muchos años. Era natural, era forzoso, dada la falta de otra organización con bastante fuerza para improvisar la dirección necesaria, que los obreros, formando un estrecho cerco de barricadas en torno a la zona de la Generalidad, esperaran la palabra de la C.N.T. ¿Quién de entre ellos no estaba persuadido de que la C.N.T. se pondría a su cabeza con el objeto de desarmar definitivamente al enemigo e incapacitarlo para nuevas asechanzas reaccionarias?

La C.N.T. habló; pero no como esperaban los obreros, para ponerse a su cabeza; habló desde la barricada y para la barricada comprendida en el triángulo Telefónica-dirección de Seguridad-Generalidad. Desde el día 3, los dirigentes de Barcelona se habían esforzado en contener el torrente insurreccional. El día 4, García Oliver y Federica Montseny, ministros en el gobierno de Largo Caballero, llegaban en avión desde Valencia, junto con un representante de la U.G.T., Hernández Zancajo, con el objeto de emplear su influencia conjunta en levantar el cerco obrero a los poderes capitalistas. Inmediatamente se colgaron al micrófono de la radio, condenando la acción de los obreros y ordenando: «el fuego». García Oliver en particular, exaltado por sus responsabilidades con el poder capitalista, enviaba por los aires besos a los guardias de asalto. Durante largo tiempo, la voz de García Oliver martilleó los oídos obreros en las barricadas: «el fuego; besos a los guardias de asalto».

El mismo día 4, se distribuía en las barricadas este manifiesto:

C.N.T. F.A.I

¡Deponed las armas; abrazaos como hermanos! Tendremos la victoria si nos unimos: hallaremos la derrota si luchamos entre nosotros. Pensadlo bien. Pensadlo bien; os tendemos los brazos sin armas; haced lo mismo y todo terminará. Que haya concordia entre nosotros.

Momentos después la C.N.T. hacía radiar:

Que sea el gobierno de la Generalidad el que depure en su seno la mala labor que haya podido realizar quienquiera que sea, y por muy consejero que se diga.

Y seguía un nuevo llamamiento a deponer las armas.

Los obreros no daban crédito a sus oídos ni a sus ojos. ¡La C.N.T. de la que esperaban todo, del otro lado de la barricada! En el momento de asaltar el cielo como diría Marx , el cielo se les venía encima. Sin duda, en ninguna revolución han recibido los insurrectos tan inesperada y brutal decepción. Se dilucidaba en aquel momento la suerte de la revolución y de la guerra, capitalismo o socialismo, esclavitud o libertad, triunfo de Franco por medio de los buenos oficios, stalinianos y reformistas o triunfo del proletariado; se dilucidaba, incluso, si Europa sería irremediablemente condenada a la catástrofe de la guerra imperialista o sería salvada de ella por la revolución internacional. ¡Y la alta dirección de la C.N.T. vino a calificar la lucha de fraticida y enviar besos a los sicarios del capitalismo! No era la revolución, sino la contrarrevolución quien encontraba en ella a un aliado. Fue una devastadora prueba para la dirección anarquista, una de esas pruebas supremas dadas por las necesidades de la acción histórica, de las que una organización sale modificada, cualesquiera que sean sus tradiciones y méritos anteriores. Más de una vez, principalmente el 19 de Julio, el anarquismo español había mostrado un canto oportunista, pero hasta las jornadas de Mayo de 1937 estuvo a tiempo de corregirse a sí mismo. La espontánea y formidable insurrección proletaria sometió al contraste de lo vivo su capacidad para mover el proceso humano, pues las ideas han de ser hechos o se niegan como tales ideas. El anarquismo se negó a sí mismo en las jornadas de Mayo. (…)

La dirección anarquista, pues ya ejercitada en la colaboración sólo veía tinieblas fuera de ella. No ignoraba que el proletariado se batía en aquel momento por la revolución, y que la contrarrevolución, principalmente representada por el stalinismo, sería implacable caso de triunfar. Precisamente porque lo sabía, al stalinismo iban dirigidas aquellas palabras del manifiesto C.N.T.-F.A.I. «… os tendemos los brazos sin armas; haced lo mismo y todo terminará. Que haya concordia entre nosotros». ¿Qué habría sido de la gran revolución francesa, si cuando los prusianos y los emigrados franceses estaban a las puertas París, los jacobinos hubiesen tendido los brazos sin armas a los girondinos, en lugar de expulsarlos del poder, desembarazándose enérgicamente, al mismo tiempo, de cuantos conspiraban contra la revolución? Indudablemente, Luis XVI habría sido repuesto en el trono. Así nuestros anarquistas, habiéndoles faltado la resolución de los jacobinos, salvaron a los girondinos españoles en el momento mismo en que las masas se disponían a exterminarlos, y por conducto de ellos vino la restauración: Franco. (…)

No es posible pasar en silencio la actitud del P.O.U.M. durante las jornadas de Mayo. Fue la última prueba política de la que salió definitivamente marcado como partido centrista impotente, colocado como un travesaño inerte en el camino de las masas. Durante el infame proceso gepeista que el gobierno Negrín-Stalin siguió a los líderes del P.O.U.M., después de la derrota de Mayo, descartadas por insostenibles las falsificadas acusaciones de espionaje, se les condenó por haber querido substituir «el Gobierno legalmente constituido» por otro revolucionario. Nada más lejos de la realidad. Como por entonces tuve ocasión de decir a algunos militantes poumistas, el tribunal stalinianonegrinista hizo al P.O.U.M. la gracia de darle, elaborado, el programa revolucionario que le faltaba y de atribuirle una actividad política durante las jornadas de Mayo de la que careció por completo

La actitud del P.O.U.M. durante la lucha de barricadas fue un reflejo dócil de la de la C.N.T; Sus militantes, como los de esta última, empuñaron las armas y se comportaron valientemente. La organización como cuerpo político fue absolutamente inexistente… o existió peligrosamente inclinada hacia el triángulo Telefónica-dirección de Seguridad Generalidad, desde donde hablaban de concordia los líderes anarquistas. Una vez desencadenada la lucha, el comité ejecutivo del P.O.U.M. fue a entrevistarse con el comité regional de la C.N.T. Este, absolutamente decidido a obligar a los trabajadores a deponer las armas, envió el P.O.U.M. a su domicilio asegurándole que se le llamaría en caso necesario. Mientras tanto, los apaciguadores, los «bomberos», emplean do el término despectivo con que los designaban los trabajadores, seguían arrojando, desde la radio y desde Solidaridad Obrera, sus chorros de fraternidad. El significado efectivo de esta fraternidad se deduce de dos hechos entresacados de mil. El día 4, habiendo decretado la C.N.T. una tregua en la lucha, mientras negociaba en la Generalidad con los jefes contrarrevolucionarios, fuerzas gubernamentales de la guardia civil aprovecharon la tregua «fraternal» para apoderarse de la estación de Francia. Al día siguiente la C.N.T. dio orden de retirarse de las barricadas, declarando: Ni vencedores, ni vencidos; todo el mundo en paz. Pero fue el día de mayores bajas obreras. Sin embargo, tras las vacilaciones naturales al conocerse la orden, los obreros optaron por desobedecerla. Algunas barricadas abandonadas fueron recuperadas inmediatamente. El divorcio entre la dirección y la masa no podía ser más total.

¿Qué hizo el P.O.U.M. con tan excelentes oportunidades? Sus líderes refieren haber hecho proposiciones muy combativas y revolucionarias en la entrevista con el comité regional. Creámosles sin más prueba. Pero una dirección revolucionaria no se distingue sólo por sus proposiciones revolucionarias, sino ante todo por su actividad para llevarlas a la práctica cuando los demás dirigentes se oponen a ellas. La dirección del P.O.U.M. se mantuvo constantemente a remolque de la dirección anarquista, temiendo separarse de ella cuando ella se negaba a marchar con las masas. El tercer día de lucha, al dar la C.N.T. orden de abandonar las barricadas, la dirección poumista repitió la orden. Rectificó en seguida, una vez que, habiendo dado contraorden los «amigos de Durruti» y la Sección Bolchevique-leninista de España (trotskistas), los trabajadores desobedecieron las instrucciones de la C.N.T. Finalmente, al desaparecer las últimas barricadas, Solidaridad Obrera anunciaba la terminación de la lucha como un triunfo para los trabajadores. Eco lúgubre, La Batalla repetía: «Habiendo sido aplastada la tentativa (de provocación) por la magnífica reacción de la clase obrera, la retirada se impone». ¿Qué valor político, qué idoneidad para dirigir la revolución pueden atribuir los trabajadores a un partido que pretendió hacer pasar por victoria la derrota que semanas después produciría su propia ilegalidad y el asesinato de su secretario general? Evidentemente, en ese momento el P.O.U.M. se engañaba deliberadamente a sí mismo, y engañaba a las masas, para no verse obligado a renunciar a toda colaboración y a emprender una lucha a muerte contra los traidores. Así se redujo al triste papel de cómplice de los cómplices.

Únicamente los dos grupos nuevos ya mencionados, la Sección bolchevique-leninista de España y los «Amigos de Durruti», se colocaron íntegramente al lado del proletariado durante las jornadas de Mayo. Ninguna de esas organizaciones había participado, ni poco ni mucho, en la iniciación del movimiento. Pero ambas lo apoyaron enérgicamente desde el primer instante, se esforzaron por cohesionarlo y por darle objetivos políticos.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

Sirvan los párrafos anteriores no solo para caracterizar la actuación del POUM entre el 19 de julio y las jornadas de mayo de 1937 sino el análisis de la «Sección bolchevique-leninista» proveniente de la ICE que él encabezaba.

Contrarrevolución y franquismo

Tras los «sucesos de mayo» se desencadena una represión salvaje contra los marxistas. El PCE y el servicio secreto ruso, que controlan además la inteligencia militar republicana (el «SIM»), mantienen centros irregulares de tortura y detención. Pronto comienzan los desaparecidos. Entre los más famosos Andrés Nin, cuyo cuerpo no se descubrirá hasta 2008 en Alcalá de Henares.

El PCE quiere montar además un espectáculo al estilo de los juicios stalinistas en Rusia. Es el famoso «proceso al POUM», en el que se quiere presentar, en un juicio amañado, al POUM como trotskista y al trotskismo como una herramienta consciente del fascismo para forzar una derrota de la República.

La mayoría de la «Sección bolchevique-leninista» cae entre enero y principios de febrero. Son incomunicados durante un mes en una cárcel del PCE -las llamadas «checas»- dirigida por Grimau y duramente torturados. Se les acusa de ser espías de Franco, de asesinar a un agente polaco del GPU y de proyectar los asesinatos de Negrín, de los principales dirigentes en aquel momento del PCE (Díaz, Ibárruri, Comorera) y del PSOE (Prieto, Largo Caballero, etc.). Se hace un paripé de juicio a puerta cerrada y sin defensa. Finalmente, en marzo se les traslada a la Modelo para que «descansen» antes de testificar en el juicio contra el POUM. Munis lo hace el 11 de marzo, se presenta ante el tribunal como el líder del trotskismo español y descarga de la acusación de trotskismo al POUM, estropeándoles el juicio. En la Modelo impulsa el reagrupamiento de poumistas y miembros de la sección española de la todavía «Oposición de Izquierdas Internacional», acordando con los primeros «la necesidad de una lucha política de clarificación en el seno del POUM, con la intervención de los bolcheviques-leninistas».

Trasladado en diciembre a la «prisión de estado» será uno de los cabecillas del motín de los presos revolucionarios y confinado en el calabozo de los condenados a muerte en Monjuic. Su vista se traslada al 26 de enero de 1939 para separarla de la del POUM. En el caos de las deserciones masivas que acompañó la retirada de Barcelona, Munis y algunos miembros del POUM y la Sbl consiguen escapar, salvándose de ser fusilados a última hora y pasando a distintos campos de refugiados en Francia.

En los campos de concentración franceses comienza ya la publicación de balances y análisis y se desarrolla el debate, comenzado en las cárceles republicanas, sobre la actitud a tomar ante la IVª Internacional. La mayoría de la corriente, agrupada en torno a la revista «Nuevo Curso», cree que no existen condiciones para que la proclamación de una Internacional sea algo más que un brindis al sol, especialmente porque todos están de acuerdo en que la derrota de la revolución española, supone la derrota del proletariado mundial y abre las puertas a una nueva guerra imperialista. A pesar de todo, la sección entera, es decir, los supervivientes en los campos, se constituye en 1939 como sección española de la IVª Internacional.

Munis, que tiene pasaporte mexicano por nacimiento, consigue salir de Francia para reunirse con Trotski en el DF e intentar conseguir visados. La batalla contra la campaña de calumnias stalinistas que le presenta, junto a Victor Serge y otros exiliados europeos como «agente de la Gestapo» se da en un ambiente cada vez más violento que preludia el asesinato de Trotski en mayo del 40.

Munis interviene en el juicio a Mercader como acusación y, como albacea teórico de Trotski, lee su responso fúnebre. Sin embargo, con el estallido de la guerra mundial comienza la batalla en el seno de la «IVª Internacional». El partido trotskista en EEUU, el SWP, toma una posición centrista cada vez más cercana al apoyo de los aliados en la guerra: no llaman al reclutamiento, lo dan por hecho, pero tampoco llaman al derrotismo revolucionario y desde el 43 apoyarán en nombre de la «liberación nacional» a las «resistencias» organizadas por los aliados en los países ocupados, es decir, el reclutamiento dentro de cuerpos paramilitares y partisanos

Munis y Benjamin Peret como cabeza de la «sección española en México», con Natalia Sedova -viuda de Trotski- denuncian una traición de libro al internacionalismo más básico. La denuncia se hará extensiva a los partidos francés e inglés, que llamarán a participar de la «resistencia antifascista» bajo la bandera del estado nacional y democrático.

Levantan la tradicional consigna de conversión de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. El curso de la guerra y la comparación entre el papel del stalinismo en España y su expansión por Europa les llevan a una crítica necesaria, ya insinuada por el propio Trotski antes de morir, sobre la definición de la URSS como «estado obrero degenerado» que denuncie a su vez cómo la imposición stalinista ha segado las huelgas salvajes y los primeros grandes movimientos clasistas del final de la guerra.

Desde Finlandia a Bulgaria, rodeando por Yugoslavia, Austria y Alemania, los partidos stalinistas se nos ofrecen bajo una nueva luz, ya antes distintamente transparentada en la guerra civil española. Su llegada al poder, solos o en compañía de los fascistones de ayer y de los moluscos socialdemócratas, no ha representado un paso adelante, ni mayores libertades y facilidades al proletariado, ni siquiera un momento de democracia burguesa. Los movimientos revolucionarios que con mayor o menor ímpetu existían en todos los países donde entró el ejército ruso, fueron bruscamente yugulados, y la instauración en el poder de gobiernos stalinistas sometidos al stalinismo, estabilizó la situación, convirtiéndose aquellos en dictaduras desnudas o encubiertas con formas plebiscitarias. El empleo en algunos países de una terminología grata a los oídos de las masas, tal como «control obrero», «comités de fábrica», etc., tiene el mismo valor que el empleo del término «soviet» en Rusia. Se trata invariablemente de organismos controlados y vigilados por el stalinismo, vale decir por la G.P.U. Comités y control constituyen un brazo ejecutor del Estado, y el Estado es el mismo organismo reaccionario de ayer, con el stalinismo montado encima y las ametralladoras del ejército «rojo» por protección. La misión revolucionaria del proletariado empieza con la destrucción completa del Estado actual, monstruoso armatoste reaccionario.

En los países ocupados por el stalinismo, por el contrario, éste y el ejército ocupante cumplen una misión diametralmente opuesta a la del proletariado. Nadie podrá negarlo sin obligarse a defender el disparate que Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, etc., han comenzado siendo, por arte de birlibirloque, «Estados obreros degenerados». Recordemos la experiencia de España, que hoy se repite y completa en Europa oriental. El control «obrero» del stalinismo, su nacionalización, su «democracia», su orden en una palabra, asestaron el golpe mortal a la revolución española, entronizando de nuevo el Estado capitalista, hasta el punto que Negrín se jactaba, con razón, de haber impuesto un orden más completo que cualquier otro gobierno en los últimos cincuenta años.

Pero si en España existía una guerra civil que dificultaba, ya que no impedía por completo la conservación del orden staliniano-burgués representado por Negrín, la situación es totalmente diferente en Europa oriental. Aquí no hay posibilidad de ningún otro orden reaccionario que el staliniano-burgués, o sea el orden burgués fundido con el stalinismo y supeditado a los intereses de los embolsadores de beneficio rusos. (…)

Nos encontramos ante gobiernos stalinistas que representan un tope reaccionario a la revolución y al movimiento obrero en general. No se les puede equiparar con aquellos gobiernos de líderes reformistas vistos entre las dos guerras, tipo Kerenski, Noske o Blum, por naturaleza inestables, forzosamente destinados a ser derribados por la derecha o por la revolución proletaria. Lejos de alentar el movimiento revolucionario, la llegada al poder de los partidos stalinistas en Europa oriental ha surtido efectos destructores y regresivos, comparables a los de la llegada al poder de un partidario contrarrevolucionario. El simple ejercicio del derecho de huelga o la reclamación de reivindicaciones obreras se convierten en delitos de alta traición, causan encarcelamiento, trabajos forzados, o el asesinato de los promotores. Esto introduce nuevos elementos en nuestras ideas sobre el stalinismo, de donde se deducen importantes modificaciones valederas para todo el mundo. (…)

Las características mostradas por el stalinismo en Europa oriental, son aplicables también al stalinismo de Europa occidental, y en general al de todos aquellos territorios asiáticos en contacto directo con el territorio ruso o próximos a él. No significa eso que en las demás partes del mundo convenga empujar al poder los partidos stalinistas; simplemente que el problema se plantea en su máxima acuidad allí donde tienen fuerza y el Kremlin trata de substituir su dominio al dominio yanki-británico. Cierto, en los países no ocupados por Rusia el stalinismo puede aparecer como tendencia obrera semejante al reformismo, partidaria de la democracia burguesa, capaz de organizar huelgas y de obtener ciertas mejoras compatibles con el capitalismo. Se inclinará en ese sentido más o menos, según empeoren o mejoren las relaciones de Moscú con Washington y Londres. Pero el valor que para el movimiento obrero mundial tiene la experiencia de Europa oriental consiste precisamente en haber mostrado al stalinismo tal cual es, actuando y manifestándose en las condiciones más ideales imaginables. Ese es el stalinismo en el poder; por él puede juzgarse lo que sería en Grecia, Italia, España, Francia, etc. Lo que hace en Europa oriental es un ejemplo de lo que pretende hacer en todo el viejo continente. Resulta imposible asimilar el stalinismo a una tendencia obrera reformista.

No tiene sus bases en la aristocracia obrera y en la idea de la evolución progresiva del capitalismo, sino en un Estado poderoso y vencedor, producto de una contrarrevolución, que hoy sólo puede ser considerado como «el capitalista colectivo ideal». De ahí la repulsiva carencia de principios del stalinismo, su reptante elasticidad, su ausencia completa de escrúpulos, su naturaleza totalitaria, incluso cuando «lucha» por la «democracia», y su desfachatez sin precedente para vender las masas de cualquier país, sea a Moscú o a cualquier caro aliado de Moscú. En toda Europa, el porvenir del stalinismo está completamente ligado del porvenir de la contrarrevolución rusa. Empujándolo al poder en Francia, Italia, etc., se ayuda a la consolidación de ésta, cuyo porvenir depende en gran parte de sus maniobras diplomáticas, y éstas, a su vez, de la participación en el poder de los diversos partidos stalinistas de Europa occidental. El ejemplo de España, nuevamente, nos muestra que aumentando la influencia del stalinismo en el poder, disminuye hasta ser anulada por completo la libertad de las masas, y son destruidos los progresos de la revolución. Y en la época de la guerra civil española la casta rusa no había sufrido aún toda la corrupción de la guerra, ni el partido stalinista español disfrutaba del respaldo del ejército ruso. Hoy este respaldo se hace sentir incluso en Francia. Añadamos, para que el cuadro no quede sin una pincelada indispensable, que los partidos socialdemócratas tienden a escindirse en un sector stalinista y otro que desempeñe respecto del imperialismo yanki-británico, el mismo cometido que el stalinismo respecto de la contrarrevolución rusa.

G.Munis y Benjamin Peret. Los revolucionarios ante Rusia y el stalinismo mundial, 1946

En 1947 Munis y Peret vuelven a Francia donde desde 1943 se ha reconstruido el grupo español y retomado sus publicaciones, más orientadas al exilio que al interior. El grupo participará en el II Congreso de la IV Internacional. Pero el congreso se niega a condenar la participación de sus miembros en la defensa nacional, lo que precipita la ruptura del grupo español, Natalia Sedova y grupos vietnamitas y griegos, con la IV Internacional. Se convierten entonces en «Grupo Comunista Internacionalista» y alientan una breve «Unión Obrera Internacionalista» con los restos internacionalistas de la IV Internacional que han hecho la ruptura sobre bases similares a las suyas.

El GCI es el primer grupo revolucionario en reorganizar en el interior -Madrid y Barcelona- una estructura mínimamente estable que participa en la huelga de tranvías de marzo del 51, la primera movilización obrera tras la guerra, que esperan marque el renacer del movimiento de clase. Tras tres años en la clandestinidad, el 11 de diciembre de 1952 ocho miembros del GCI caen en manos de la policía en una redada contra la organización. Tras las torturas de rigor son condenados por un tribunal militar a penas entre uno y diez años de prisión.

El golpe desarticula en la práctica al GCI en España. Pero tras salir en libertad condicional en el 57 Munis escapa a Francia y junto con Peret, Jaime Fernández y otros militantes del GCI funda el FOR («Fomento Obrero Revolucionario»). Sus arranques serán difíciles: Peret muere en 1959 repentinamente y Munis ha de huir de Francia porque la policía francesa se apresta a entregarlo a los militares españoles.

Se refugiará en Milán, donde es acogido por Onorato Damen y el Partido Comunista Internacionalista, organización creada en 1943 por la Izquierda Comunista Italiana. Allí continuará el trabajo emprendido con Peret en los textos fundacionales del FOR: el debate con el anarcosindicalismo, la denuncia del stalinismo y el «Llamamiento y exhorto a la nueva generación». Escribirá y publicará en Milán dos de los textos más importantes del movimiento comunista de la posguerra: «Los sindicatos contra la revolución» (1960) y «Pro Segundo Manifiesto Comunista» (1961).

Considérese en primer lugar la zona de Occidente, que tanto alardea de su democracia, y más concretamente del derecho de huelga legislado. En la realidad, y a menudo también en derecho, esa libertad es privativa de los representantes que la ley asigna a los trabajadores: los sindicatos. Cualquier huelga declarada y dirigida por los obreros mismos suscita en contra suya una coalición de Estado y sindicatos empeñados en vencerla o al menos en retrotraerla al redil sindical. La represión de los huelguistas desmandados la aceptan por contrato los sindicatos de varios países, mientras que en todos los casos ellos mismos la practican selectivamente en el trabajo contra los hombres más conscientes y rebeldes. Desde que la huelga revolucionaria francesa de 1936 fue rota por los fieles de Moscú (Thorez: «hay que saber terminar una huelga») unidos a los socialistas (Gobierno de León Blue y policía mandada por funcionarios del Frente Popular), no existe país que no haya visto huelgas llevadas al fracaso por los sindicatos. No conocen otro comportamiento tratándose de huelgas que desbordan los límites económicos y políticos del capitalismo, o que los amenacen siquiera. Así pues, de hecho y en derecho, la huelga está confiscada por los sindicatos, a mayor rendimiento del capital.

Mas eso no es todo. Allende el hecho siempre excepcional de la huelga, en las relaciones cotidianas del trabajo con el capital forja de la lucha de clase los sindicatos aparecen, no sólo como amortiguadores entre los dos campos, lo que sólo es posible a costa del trabajo, sino como mensajeros del segundo cerca del primero, y adaptadores del primero al segundo. Todas las manifestaciones naturales de la lucha del trabajo contra el capital, una vez acaparadas por los sindicatos, se vuelcan contra la clase obrera en beneficio del capital.

Los sindicatos contra la revolución, 1960

El fin del carácter de clase de los sindicatos no sería el resultado de una política, sino del paso del capitalismo progresivo del XIX, donde las leyes de oferta y demanda actúan sobre el factor trabajo, al capitalismo decadente que sigue a la guerra mundial, en el que la concentración del capital alrededor del estado hace de los sindicatos un órgano necesario para absorber y controlar a la fuerza de trabajo igual que hace con los distintos grupos de interés y monopolios. Los sindicatos ya no serían tanto agregadores e intermediarios de la fuerza de trabajo como su estructura dentro del capitalismo monopolista, un órgano del capitalismo de estado. Y esto es algo de lo que no puede escapar ningún sindicalismo, por bienintencionado que sea.

Véase ahora los contratos colectivos de trabajo, que fueron concebidos para restringir la arbitrariedad patronal en los múltiples dominios en que puede ejercerse: condiciones ambientales y horario de trabajo, cadencias y productividad por hora, gradación de salarios, empleo y desempleo, libertad política, derecho de palabra y de asambleas en las fábricas, reglamentos interiores de las mismas, etc. En manos de los sindicatos, a los cuales la ley concede también el monopolio de su discusión y firma, los contratos colectivos se han convertido en un temible instrumento de supeditación del proletariado al capital en general, a los sindicatos en particular. Hasta tal punto, que así los sindicatos han llegado a ser desde hace tiempo, parcial o totalmente, instrumento de explotación. Son algo anexo a la relación fundamental de la sociedad capitalista, a saber, la relación entre el capital y el trabajo asalariado que lo produce y la valoriza reproduciéndose a sí mismo en cuanto trabajo asalariado. Contrata obrera y despidos, cuando no son dejados a discreción patronal, requieren un refrendo de los sindicatos a menudo utilizado contra los obreros más rebeldes. En otros casos, la sindicación obligatoria para obtener trabajo (closed shop), lejos de garantizar el empleo a quienes lo tienen, otorga a los sindicatos la prerrogativa patronal de adjudicación y de supresión, coerción económica y política reaccionaria en el más alto grado.

Los sindicatos contra la revolución, 1960

El FOR a pesar de sus problemas para establecer estructuras permanentes en España, vuelve a tener actividad desde 1958. «Alarma», su boletín, sigue muy de cerca la evolución del capitalismo español y el resurgir de la lucha de clases en el contexto de la reinserción del capital español en el mercado mundial que se da desde 1959.

Que durante 40 años no hayan existido en España sindicatos del tipo dicho libre u obrero, no es óbice para que en numerosos lugares de trabajo se tenga confirmación de la experiencia europea y mundial desde la post-guerra acá. Al principio, los parciales de los sindicatos en la clandestinidad tenían que hacer coro en la clase obrera. La prohibición de las huelgas y la represión les obligaba a aceptar la iniciativa anónima y las propias asambleas de fábrica en cuanto organismos de decisión. Pero a medida que los obreros iban tomándose el derecho de huelga, mucho antes de que fuese aceptado por decreto o siquiera tolerado, aparecían en funciones los aparatos sindicales «libres», sacando partido de su propia clandestinidad. Les granjeaba ésta la simpatía de los trabajadores en general, y allí donde tenían situados hombres suyos podían aparecer como representantes democráticamente designados por las asambleas.

Por otra parte, y consecuentemente a la espléndida movilización obrera a partir de la primera oleada de huelgas en Asturias, pronto seguida de un estremecimiento general, hasta Cataluña y Andalucía, la ineficacia de los sindicatos falangistas se hacía patente. Eran despreciados en todas partes. A tal respecto es muy elocuente un documento escrito por las compañías mineras. A petición del gobierno, sentaban en él sus desideratas para un fuerte aumento de la producción carbonífera, en previsión del «Plan de Desarrollo». Pedían, claro está, miles de millones de pesetas para modernizar la técnica de extracción, pero señalaban como problema principal la pérdida del respeto y la rebeldía de la clase obrera que no hacía el menor caso de los acuerdos firmados en su nombre, tras cualquier conflicto, por la representación de los sindicatos verticales. Y reclamaban sin ambages otro tipo de organización sindical, capaz de hacer respetar sus decisiones a los trabajadores. Todavía más explícitas, las compañías mineras aseguraban al gobierno que sin ésta última condición, ni los miles de millones de pesetas solicitados, ni el más perfecto de los utillajes serían eficaces. (…)

A medida que los trabajadores imponían en la mejor de las lizas su derecho a la huelga, los representantes del capital iban percatándose de que les era indispensable tratarla mediante sindicatos «obreros», a la europea, tanto más cuanto que ese «Derecho del hombre» figura entre los requisitos del Mercado Común para abrirle de par en par las puertas a España. Y así empezó a producirse de hecho, en la práctica de las luchas cotidianas, aunque sin estiras y aflojas, una convergencia entre capital y sindicatos clandestinos (CC.OO; U.S.O. U.G.T., sindicatos vascongados, y en zaga C.N.T.). Iría agudizándose y precisándose hasta dar la confluencia actual, que incluye al propio gobierno, y aparece en más de un dominio, como colaboración directa. Es que, durante años la intervención en las huelgas de los representantes sindicales ya semi-clandestinos, ha sido moderadora de las reivindicaciones, limitadora del tiempo de paro, en ciertos casos esquirolantes y siempre contraria a la simultaneidad de la acción en escala nacional. Apenas dejado atrás el decenio anterior, empezó a observarse que doquiera se planteaba un conflicto, las asambleas de fábrica o de obreros agrícolas en el sur tomaban decisiones más radicales en ausencia que en presencia de hombres de los sindicatos. Y entre todos descollaban por sus trapacerías frenadoras y siguen los parciales de Camacho-Carrillo, al unísono con los sindicalistas presignados. (…)

No sólo ellos, sino también las otras centrales sindicales, se oponen o se opondrán en el futuro inmediato a la soberanía de las asambleas obreras en cada unidad de trabajo. Quieren, les es imprescindible, que la ley les confiera el monopolio de la representación obrera, con sus numerosas y jugosas triquiñuelas complementarias, entre otras la vara alta sobre despidos del trabajo. Ahí, y mucho más allá, va enderazado el prurito sindicalista de cualquier partido, muy especialmente de los que cuentan con larga experiencia en las dos Europas, occidental y oriental, sin olvidar la de Estados Unidos y Japón.

G. Munis. Prólogo a Los sindicatos contra la revolución, 1976

Pero sobre todo quiere hacer un balance de la oleada revolucionaria y de la contrarrevolución que le siguió para la nueva generación obrera, que crecida bajo el franquismo, empieza las primeras luchas sin la memoria de la experiencia histórica.

La revolución rusa y la revolución española, a veinte años de distancia en el tiempo, fueron el último estremecimiento de una sola ofensiva del proletariado internacional contra el capitalismo, ofensiva puntuada por incesantes ataques en muchos otros países. Durante ese lapso, la burocracia stalinista completaba en Rusia el capitalismo de Estado oficialmente presentado como socialismo, y justo en el momento en que la revolución española entraba en su fase más candente, daba la última mano a su obra asesinando a cuantos comunistas quedaban allí. Los de otros países se vieron sometidos por Moscú y sus secuaces a una campaña de calumnias sin precedente ni por la monstruosidad ni por el volumen. La propia gran prensa de los principales países imperialistas la vio con beneplácito. Comprendía que se trataba de una campaña contra la revolución proletaria, y por añadidura Moscú era ya entonces un aliado envidiable tanto para la Alemania y la Italia fascistas como para los imperialismos democráticos.

Factores organizativos muy importantes de la lucha de clase resultaron así trastocados, otros viciados, mientras que las ideas revolucionarias eran sometidas a una falsificación tan deliberada como machacona, de cuyos resultados destructores todavía no se ha desembarazado el movimiento obrero. En suma, la transformación de la revolución rusa en contrarrevolución y de los partidos llamados comunistas en partidos deliberadamente anti-comunistas cristalizaba en su forma definitiva en los años dichos.

Por ende, si desde mucho tiempo antes la intervención de Moscú en la lucha del proletariado mundial, sus partidos mediante, se había revelado siempre negativo, en España, teniendo ya claro su norte hacia el capitalismo de Estado, el partido de Moscú se reveló la principal fuerza de policía contrarrevolucionaria. Necesidades de conservación obligan. En Julio de 1936, y desde antes se esforzó, en vano por ventura, en impedir la sublevación del proletariado que pulverizó al ejército nacional en casi todo el territorio de la España peninsular. Inmediatamente después urdió en secreto y con armas rusas la destrucción del proletariado victorioso. Sublevado otra vez ese proletariado en Mayo de 1937, entonces contra la política reaccionaria de tal partido, éste lo vence, aunque no en la lucha sino gracias a intervenciones oportunistas, lo desarma, desencadena una represión feroz y aplasta la revolución. Lo que los militares y Franco no consiguieron en Julio de 1936, lo realizó el stalinismo a partir de Mayo de 1937.

G. Munis. Los sindicatos contra la revolución, 1960

En «Pro Segundo Manifiesto Comunista» esa perspectiva sistematizará las lecciones de la oleada revolucionaria y la contrerrevolución que le siguió alrededor del concepto de decadencia del capitalismo, heredado del análisis luxemburguista del imperialismo y que implica:

Con este balance, fundamentalmente compartido con la Izquierda Comunista germano-holandesa e italiana, Munis analiza el colapso de la IVª Internacional, el carácter contrarrevolucionario de los vástagos chinos del stalinismo y afirma la necesidad que el proletariado tiene de una organización política propia, una organización de revolucionarios que haga suyo el balance histórico.

Una nueva organización revolucionaria es indispensable al proletariado mundial. Pero su constitución resultará imposible o será muy defectuosa si no incorpora a su pensamiento las rudas experiencias ideológicas y organizativas padecidas desde 1914 hasta el presente. Las derrotas pasadas han de jalonar el camino de la victoria. Semejante organización deberá sobrepasar el tradicional conglomerado de partidos nacionales y al mismo tiempo rechazar todo centralismo orgánico que faculte a un puñado de dirigentes colocar la base ante decisiones disciplinarias consumadas. Ha de prefigurar el futuro mundo sin fronteras ni clases. Con tal finalidad adoptamos este Manifiesto y lo proponemos a todos los grupos y hombres revolucionarios del mundo. Es preciso romper tajantemente con tácticas e ideas muertas, decir a la clase obrera sin reticencias toda la verdad, rectificar sin duelo cuanto obstaculice el renacer de la revolución, proceda de Lenin, Trotsky o Marx mismo, adoptar un programa de reivindicaciones en consonancia con las máximas posibilidades de la técnica y la cultura moderna puestas al servicio de la humanidad.

Pro Segundo Manifiesto Comunista, 1961.

Se trata de un programa revolucionario de nuevo tipo que arranca persiguiendo la «organización de la acción obrera directa e independiente de todo sindicato» con consignas que comienzan por la reducción de jornada a 30 horas, el aumento del salario y la redistribución de la sobreproducción entre los expulsados del sistema productivo. Y acaba con una propuesta de organización del periodo de transición pensada para romper la resistencia del propio «estado de transición» al avance del comunismo.

Se ha hecho imperativo establecer que la transición del capitalismo al comunismo, la dictadura del proletariado, es un concepto sociológico marxista, inseparable de la más completa democracia en el seno de las masas trabajadoras, ellas mismas en proceso de desaparición como clase. La emancipación de los trabajadores es obra de los trabajadores mismos. Le vuelven la espalda cuantos la identifican con la dictadura de un partido o siquiera de varios, cual la dictadura capitalista llamada democracia parlamentaria. Sólo la desaparición de la ley mercantil del valor, basada toda ella en el trabajo asalariado, acarreará la extinción del Estado. Sin adentrarse en ésta desde el principio mismo de revolución, el Estado se transforma rápidamente en el organizador de la contrarrevolución.

Pro Segundo Manifiesto Comunista, 1961.

Se trata del documento teórico más importante elaborado por una organización marxista española en el siglo XX. La antigua sección española de la IVª Internacional, luego de la ruptura GCI y finalmente reorganizada como FOR será el único grupo marxista revolucionario en activo en territorio español durante los años 50 y 60. Munis seguirá militando en el FOR hasta su muerte en 1989.

La Izquierda Comunista Española

Como hemos visto, la tendencia internacionalista del comunismo español se articula en torno a un hilo de continuidad que nace de los primeros grupos de jóvenes que entran en contacto en el Madrid de 1919 con la Internacional Comunista. Es a esa corriente histórica y no solo a la organización que le dio cuerpo entre 1932 y 1935 a lo que llamamos Izquierda Comunista Española (ICE).

Se trata de una corriente original dentro del movimiento global que fue la IIIª Internacional y su continuidad, la Izquierda Comunista. Fue, entre estas últimas, la única que dirigió luchas de masas y tuvo una experiencia revolucionaria en los años treinta. También la única que proyectó sus posiciones a América del Sur hasta los cuarenta y la única que sobrevivió a la segunda posguerra bajo las peores condiciones de clandestinidad y aislamiento.

Tuvo por supuesto una evolución programática profunda... que comenzó desde el primer momento como corresponde a un cuerpo vivo. Y es que, en realidad, el relato según el cual las izquierdas comunistas eran escuelas claramente definidas y formadas desde su origen es, en lo fundamental, una mistificación hecha a posteriori. En los años 20, mientras la Izquierda Comunista Española participa en la dirección del PC, los textos de Bordiga y la correspondencia con éste y con destacados dirigentes de la Izquierda Comunista germano-holandesa, alimentarán el debate y servirán para reforzar el famoso «antiparlamentarismo» de la corriente en aquellos años.

La diferencia fundamental entre españoles e italianos es que partir de 1928 la Izquierda Comunista Italiana toma la opción de no participar en el reagrupamiento que se convertirá en la Oposición de Izquierda Internacional alegando su obvia heterogeneidad y defendiendo que el necesario acendramiento...

simplemente no puede ser realizado a través de la discusión en una organización común»

Carta publicada en «Contre Le Courant» #13, agosto de 1928.

El problema era que la alternativa a esa organización internacional común era realizar la crítica de las derrotas de la revolución y los PCs sobre bases organizativas nacionales. Como hemos visto, el hilo histórico de los comunistas españoles apostó por mantener a toda costa el marco internacional y realizar ahí la necesaria y pendiente crítica y balance de la oleada revolucionaria mientras seguían interviniendo en una clase que seguía invicta. Esa es la clave de la pujanza de la ICE durante los años 30, única entre las izquierdas comunistas.

En el tiempo, llegaron a conclusiones en lo fundamental similares a la del resto de las fracciones que se mantuvieron en el terreno de clase, en algunos temas incluso antes, pero al mismo tiempo lucharon por hacer ese acendramiento a nivel internacional y sobre el conjunto de militantes que, en todo tipo de organizaciones, denunciaban al stalinismo. La idea de que la Izquierda Comunista Española -o la argentina o la uruguaya y algunas otras- fuera «trotskista» por participar en la Oposición Internacional o en la IVª Internacional que la siguió, es un error generalmente producto del desconocimiento, aunque la Izquierda Comunista Italiana lo reprodujera hasta hace poco sesgada por su propia historia.

Los elementos centristas del discurso de Trotski en los años 30, luego de su asesinato, serán elevados exponencialmente por las tendencias chovinistas hasta convertir «trotskismo» en sinónimo de stalinismo democratista, que es, en realidad, su significado actual. Pero si observamos la trayectoria de la ICE en la Oposición Internacional y luego en la IVª Internacional, encontraremos algo más que diferencias no ya con la deformación de los «trotskistas» sino con el con el marco centrista del revolucionario ruso.

  1. Concepción de la resistencia al stalinismo. Trotski defenderá primero su naturaleza de oposición, es decir, su vocación de recuperar los partidos comunistas. El paso de sección española de la oposición a definirse como «Izquierda Comunista» en 1932, que enfureció a Trotski, significaba precisamente que daban por zanjada esa etapa y entendían que comenzaba un periodo marcado por la necesidad de construir organizaciones independientes de clase. Esto era así, entre otras cosas, porque en 1932 la ICE está dirigiendo ya movimientos obreros masivos. Cuando Trotski propugne el «entrismo» en el PSOE, la mayoría de la corriente se opondrá. Tampoco entrará en el PSOE la minoría, que se mantendrá en el cuadro de la Oposición Internacional, aunque en su mayoría mantenga una posición crítica sobre la constitución de la «IVª Internacional», que consideraban prematura y al margen de las condiciones reales, marcadas por el triunfo definitivo de la contrarrevolución dirigida por el stalinismo y la debilidad consecuente de los grupos internacionalistas tras la derrota final de la Revolución en 1937.
  2. Revolución permanente. La teoría de la revolución permanente, extrapolación de lo que de particular hubo en el caso ruso, llevará a Trotski a caracterizar el 14 de abril como parte de una revolución democrática y, en cierto momento, a llamar a la defensa de la república. La ICE dejará claro desde la misma semana de la proclamación de la República la posición contraria.
  3. Imperialismo y Liberación Nacional. Ya en «Comunismo» el análisis del imperialismo que subyace en prácticamente todos los trabajos es el de Rosa Luxemburgo. Las izquierdas comunistas argentina y uruguaya de los años 30 y 40, que deben considerarse producto y desarrollo de la ICE, obtendrán de ahí la base para su oposición a la vigencia histórica de la «liberación nacional». Sin embargo en el tronco principal, el español, la presión de Nin y en menor medida de Andrade -principal dirigente de la corriente desde 1919- mantendrá la posición -errada- que había sido de los bolcheviques en Rusia aplicándola a las regiones españolas. Esta posición será muy criticada durante los años treinta y abandonada por los supervivientes que reconstruyen la corriente durante la revolución y la guerra, como puede verse en «Jalones de derrota, promesa de victoria» (1947), el libro que resume el análisis y la actividad de la Izquierda Comunista Española durante aquellos años.
  4. Sindidatos. La ICE está dirigiendo ya huelgas de masas en los años 30, se da cuenta de que los sindicatos median y no sirven para el nuevo tipo de enfrentamientos, pero su primera reacción es organizar nuevos «sindicatos rojos». Será el papel contrarrevolucionario de la CNT durante la revolución el que suscite una crítica cada vez más radical que aparecerá articulada ya en «Jalones» en 1947, se desarrollará analíticamente en 1949 con los primeros materiales de «Pro Segundo Manifiesto Comunista» y culminará en 1952 con la primera parte de «Los sindicatos contra la revolución».
  5. Stalinismo y naturaleza de la URSS. A diferencia de Trotski para el que el stalinismo es en realidad un centrismo burocrático que abre la puerta a la contrarrevolución, la Izquierda Comunista Española, defenderá abiertamente que el stalinismo era en sí, la contrarrevolución, como había demostrado en la Revolución española. Desde este análisis, todavía bajo la forma de sección española de la IVª Internacional, pero con el concurso de otros militantes como Natalia Sedova, recuperará la idea de la burocracia como una «nueva burguesía» (que como vimos aparece ya en 1929) y profundizará la crítica del stalinismo. En 1942, desarrolla una caracterización de éste como capitalismo de estado congruente además con el análisis del imperialismo y los sindicatos en un momento en el que, por ejemplo, la Izquierda Italiana seguía llamando a los stalinistas «centristas».

Como resultado la Izquierda Comunista Española, organizada desde 1958 bajo las siglas «FOR» (Fomento Obrero Revolucionario) nos dejaría en las décadas siguientes una de las aportaciones más importantes a la teoría marxista en el siglo XX. No solo haciendo balance de la derrota de la oleada revolucionaria en sus causas y causantes (sindicatos, socialdemocracia, stalinismo, frentes únicos, trotskismo, liberación nacional) sino profundizando realmente en temas fundamentales (función y naturaleza de los grupos militantes, papel y carácter dinámico del programa antes y después transición al comunismo, consciencia de clase, moral comunista, etc.). Todo eso, el verdadero valor, más allá del recuento histórico de la ICE, ya no corresponde a este cuaderno, sino a los seis que le precedieron... y a los que vendrán.


1 La debilidad industrial de la burguesía y el carácter centrífugo de los movimientos más radicales de la pequeña burguesía tendrán una influencia nefasta en el naciente movimiento obrero. El bakuninismo se presentará como representante de la I Internacional durante la revuelta cantonal y su propia incongruencia llevará a la desarticulación sistemática de las expresiones políticas de los trabajadores que intentaban ganar su independencia frente al radicalismo pequeñoburgués.
2 Es interesante que Maurín en su libro sobre la revolución española, que ya hemos citado, incorpore este mismo párrafo de Díaz del Moral, reconociendo que el contingente central del proletariado, además del más combativo durante el periodo revolucionario (1917-37), estuvo hasta las masacres de 1936, en Andalucía y Extremadura. Se trata de una clave fundamental para entender el fracaso de la insurrección de julio y la estrategia de aniquilamiento seguida por Franco que emerge a simple vista del mapa de muertos y fosas comunes.
3 En aquel congreso se manifestó por primera vez un militante socialista que llevaba un año en el sindicato y el día antes había abandonado el PSOE ante los resultados de los debates y la pobreza del tercerismo en su seno. Se trataba de Andrés Nin, quien más tarde se convertirá en Secretario General del sindicato, visitará Rusia como cabeza de la delegación cenetista en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja (ISR), dejará el sindicato tras el rechazo del congreso de Zaragoza (1922) de integrarse en la ISR, formará con Joaquín Maurín los «Comités Sindicalistas Revolucionarios» (CSR) al modelo del sindicalismo revolucionario francés y tras el segundo congreso de la ISR se quedará en Rusia, trabajando con Bujarin y Trotski, de quien fue secretario personal, hasta la represión de éste por Stalin. Vuelve entonces, 1930, a España donde será uno de los fundadores de la Izquierda Comunista Española y finalmente Secretario del POUM (1935-37).
4 Andrade sería alternativamente director y redactor jefe de la publicación oficial del partido hasta 1926, uniéndose a la oposición de izquierda poco después de su fundación en 1930. En aquel primer secretariado destaca también Luís Portela -secretario adjunto- que seguiría en la dirección hasta 1930 cuando fundó la «Agrupación Comunista Madrileña» alineada entonces con Bujarin.
5 Abdelkrim era bereber, no árabe, y su programa político se centraba en la defensa de la estructura tribal-patriarcal pre-moderna de los bereberes, la «kabila», frente a los conatos de relaciones capitalistas llevados e impuestos por franceses y españoles. Aunque ha sido luego reivindicado por el nacionalismo rifeño, su ideología no era nacionalista ni burguesa, sino islamista feudalizante. Acabó su vida en Alejandría bajo la protección de los Hermanos Musulmanes.
6 Expulsado del PCF por proponer el frente popular dos años antes de que fuera política oficial, se convirtió en un troll que flotaba alrededor del PCF, creando un partido político «nacional y popular» que, falto de hueco ante el nacionalismo creciente del PCF y buscando socavar la base de éste, evolucionará hacia el fascismo. Se convierte en colaboracionista durante la ocupación y finalmente se integra en las SS, muriendo en Alemania en 1944.
7 Este párrafo es uno de los muchos ejemplos que transparentan el «luxemburguismo» por el que será criticada la ICE en su compresión de la crisis y decadencia del capitalismo. Todo el artículo en su rechazo del «entrismo», es un ejemplo de cómo el «oposicionismo» de izquierda, aun teniendo en Trotski su cabeza más conocida, estaba lejos de ser «trotskista»