Capitalismo, estado y huelgas

Capitalismo, estado y huelgasEl capitalismo...... su estado......y «el bienestar»¿Qué necesita la lucha de clases para avanzar?La huelga y su significado¿Y los trabajadores del estado?¿Cómo se gana una huelga?La asamblea y la huelga

El capitalismo...

Bajo la apariencia de un complejo sistema de intercambios voluntarios, el capitalismo esconde en realidad la apropiación de trabajo impago del conjunto de los trabajadores por el conjunto del capital. No es la suma del resultado de la explotación empresa por empresa, es un sistema: requiere de un un marco institucional que domine a toda la sociedad, convierta en mercancía la fuerza de trabajo humana, obligue a la gran mayoría a venderla libremente en el mercado de bienes y servicios para sobrevivir y finalmente permita que el capital se organice en un mercado paralelo de capitales que distribuya las ganancias.

Es decir, no hay capitalismo en una sola empresa. Y no hay capitalismo sin estado capitalista. Por eso, por mucho que hubiera una burguesía desde la Edad Media, el capitalismo no comenzó hasta que una serie de revoluciones en Inglaterra, EEUU y Francia, dieron el poder estatal a la burguesía. La función específicamente capitalista del nuevo estado nacido entonces, fue establecer las relaciones sociales y jurídicas que convirtieron el trabajo en la única mercancía que poseía la gran masa de la población. Condiciones que obligaron a esta nueva clase social, el proletariado, a venderla voluntariamente para sobrevivir.

... su estado...

Desde sus orígenes el estado capitalista materializó el constante y gigantesco esfuerzo requerido para poner en marcha y mantener el sistema. Tuvo que llegar la burguesía al poder para que, por primera vez, los caminos y las comunicaciones se pensaran estratégicamente: buscando facilitar los intercambios y consolidar mercados nacionales tanto de bienes y servicios como de capitales. Otros gastos venían heredados del régimen anterior, pero la burguesía les dio un carácter nuevo: la policía sustituyó a las inquisiciones eclesiásticas; y los ejércitos nacionales a las levas campesinas y las tropas mercenarias reclutadas por el rey y los grandes señores de la nobleza. Los ejércitos pasaron a ser permanentes, ya no eran una herramienta esporádica para resolver disputas dinásticas y derechos feudales, se habían convertido en un agente económico de primer orden: un ariete necesario para abrir mercados y establecer colonias.

El estado se había convertido en una herramienta para la expansión del sistema tanto hacia dentro, mercantilizando cada vez más relaciones sociales e incorporando nuevas comarcas, actividades y profesiones al mercado nacional; como hacia fuera, forzando a cañonazos a inmensas regiones del planeta a producir e intercambiar mercancías en un mercado capitalista cada vez más universal.

A cada ciclo de acumulación seguía una crisis y cada crisis se salvaba con una nueva expansión que -al encontrar nuevos compradores- hacía viables nuevas innovaciones tecnológicas que mejoraban la productividad y obligaban a colocar masas cada vez mayores de productos baratos. Los capitales sobre-acumulados encontraban nuevos mercados nacionales en formación en los que colocarse. El capitalismo entero, mercados y estado, sentía el vértigo y la esperanza del progreso.

Pero cuando el mundo se quedó pequeño y la lucha por mercados y destinos para el capital se convirtió en una serie de guerras mundiales, el estado y el capital se transformaron.

Para huir de los riesgos crecientes de un mundo que se convulsionaba como nunca antes, los empresarios entregaron sus empresas a fondos y bancos, convirtiéndose en accionistas de éstos. Estos, a su vez, recurrieron al estado, que en los países en guerra trataba de enfocar toda la capacidad económica del país hacia el esfuerzo bélico, mientras que en los países «neutrales» intentaba aprovechar las exportaciones a los contendientes para modernizar sus propias estructuras. El resultado fue el capitalismo de estado, el capitalismo que hoy conocemos.

En los países centrales, los capitalismos más potentes mantuvieron una serie de mecanismos de mercado, especialmente en los mercados de capitales, pero el peso económico directo del aparato estatal pasó en menos de cuarenta años de alrededor del 5% al 40% y la economía entera pasó a estar dirigida por monopolios y grupos de grandes empresas que, mano a mano con la regulación estatal de los mercados y el control del crédito por los bancos centrales, redujeron la competencia interna e hicieron explícita la utopía de la superación de la anarquía mercantil por un imposible y contradictorio gobierno -o planificación- de la economía capitalista que se pretendía capaz de superar para siempre las crisis.

En los países con un capital nacional más débil, nuevas burguesías nacionales nacidas al calor de los nuevos estados nacionales intentaron sustituir completamente el juego entre los mercados de bienes y los de capitales por la planificación sobre la base de la propiedad estatal de la mayoría de los medios de producción. Siguiendo el ejemplo de la burguesía de estado rusa, de Yugoslavia a China y de Cuba a Argelia, el experimento mostró que la burguesía podía organizarse en su totalidad como un mandarinato militarista... pero también y sobre todo, evidenció los límites de las viejas ilusiones reformistas: el capitalismo estatalizado no acababa con las crisis ni con la lucha de clases.

Bajo los regímenes stalinistas y sus semejantes, la ley del valor, el salario y por tanto el capital seguían imperando sobre la sociedad bajo las condiciones de un plan que mantenía en el sub-consumo a los trabajadores con independencia de su salario. El intento de planificar un capitalismo totalmente centralizado producía una y otra vez una sobreproducción brutal en las industrias básicas y una carestía exagerada en los productos de consumo. El capitalismo de estado en su máxima expresión, multiplicaba la anarquía capitalista dentro de la fábrica e imponía un orden policial-militar fuera de ella para mantener una mínima cohesión alrededor del estado. Caos capitalista sobre fragilidad del capital nacional, la crisis global acabó haciendo implosionar a a la mayoría de aquellas burguesías funcionariales. Sin un sujeto revolucionario delante, evolucionaron entre convulsiones no hacia la forma liberal original, sino hacia las formas de burguesía de estado que, mientras tanto, se habían consolidado en el resto del mundo.

Porque hoy, con variaciones, la burguesía se ha convertido fundamentalmente en la clase que dirige el estado, los bancos y las grandes corporaciones. A diferencia del periodo ascendente del capitalismo, sus miembros no se definen en su mayoría por la posesión de una empresa particular. En su lugar son partícipes de fondos, directivos, consejeros o altos burócratas que saltan de un brazo a otro de una gran estructura común que, aun manteniendo ciertas formas de competencia, se orienta a la reproducción del capital como un todo.

...y «el bienestar»

No hay que olvidar que esta transformación, esta estatalización de la dirección del capital nacional, nacía por la presión que sobre la acumulación y sus agentes ejercían las crisis y las guerras, que se habían vuelto crónicas. Para la burguesía el capitalismo de estado era una solución a la necesidad de mutualizar riesgos. Al socializar a su manera la producción, tenían además la esperanza de aumentar la eficiencia de un sistema que solo parecía volver a coger brío en la reconstrucción que seguía a las grandes guerras globales.

Una de las primeras consecuencias, como no podía ser menos, fue igualar las condiciones legales del trabajo asalariado entre regiones y sectores dentro de cada mercado nacional. La homogeneidad de normas y precios -salarios- permitía a capitales gigantescos moverse y distribuirse con fluidez dentro de los mercados contando con resultados relativamente más predecibles. Grandes convenios sectoriales, regionales y nacionales con los sindicatos daban forma legal a las diferencias de capitalización entre industrias y territorios. De paso, cerraban puertas a la competencia desleal de una pequeña burguesía industrial a la que la crisis había tornado voraz y a la que tanto los burócratas como los financieros censuraban ahora por soliviantar a los obreros con sus excesos explotadores. Los estados proclamaron entonces sus primeros «códigos del trabajo». Una oleada de «estatutos del trabajador» apareció por toda Europa. Los gobiernos fueran socialdemócratas, fascistas o liberales, los presentaron como conquistas sociales que desterrarían en adelante las situaciones de explotación más extrema y corregirían la pobreza en las partes más deprimidas de cada país. La burguesía de estado vestía así la racionalización monopolística de los mercados de trabajo de conquista de los trabajadores.

Las formas variaron según el lugar y el momento. Con distintos acentos, el stalinismo, el fascismo y el «estado de bienestar», que en realidad eran expresiones de una misma transformación hacia el capitalismo de estado, se presentaron como superaciones del sistema. Argumentaron incluso que los trabajadores eran los primeros interesados en defender el nuevo orden legal so pena de una vuelta atrás. Pero tal cosa era ya imposible en los años treinta. La prueba es que aunque las condiciones laborales y vitales se han visto atacadas con cada vez más fuerza a cada empellón de la crisis, ningún gobierno, ni siquiera los de retórica neoliberal, devolvió a ningún capital nacional su juventud liberal. El capital siguió concentrándose sin pausa, el estado, la banca y pequeños grupos de grandes empresas -los monopolios- siguen marcando e imponiendo los objetivos comunes del capital nacional; y el precio del trabajo, convertido ya hace mucho en una mercancía homogeneizada, sigue fijándose en mesas de negociación tripartitas con unos sindicatos que aseguran ser los primeros interesados en el crecimiento económico, ésto es, en la revalorización del capital.

¿Qué necesita la lucha de clases para avanzar?

El capitalismo es un sistema de explotación de una clase por otra. Como hemos visto, empresa por empresa, sin desposesión de los trabajadores que nos obligue a vender nuestra fuerza de trabajo, sin mercados de capitales, sin un estado que mantenga todo el complejo sistema de mercados e instituciones... no habría siquiera capitalismo como tal, sino en todo caso, como hubo en la Antigüedad y en las ciudades medievales, explotaciones de trabajo asalariado aisladas, en medio de sistemas de explotación no mercantiles.

Que el capitalismo sea un sistema de explotación de una clase por otra significa que los resultados de la explotación no pueden medirse empresa por empresa: no están necesariamente más explotados los trabajadores de una empresa boyante que los de una empresa en quiebra. No están necesariamente más explotados los trabajadores de un sector tradicional que los de otro puntero, ni los trabajadores de una empresa privada que los que trabajan para el estado.

Y por lo mismo, la lucha de los trabajadores como clase no es la suma de las luchas en cada empresa. Cuando la lucha se queda en el ámbito de la empresa, incluso del sector, la clase existe en sí, en términos objetivos, en relación al capital... pero los trabajadores aun no se han descubierto a si mismos como clase, no luchan todavía como una clase que lo hace para sí misma. Para que ésto ocurra tienen que movilizarse no como trabajadores de una empresa u otra, sino trascendiendo las mil fronteras de empresa, sector, contrato, sexo o raza en que el capitalismo la fracciona y niega constantemente. Es lo que hemos visto desde las primeras huelgas por la jornada de 10 horas en el siglo XIX a las grandes huelgas de masas que se extienden hoy por regiones y países enteros e incluso saltan fronteras. Cuando los trabajadores luchan y se movilizan como un único sujeto político, con una plataforma y unas reivindicaciones que expresan las necesidades de la condición de trabajador, la explotación de una clase por otra encuentra respuesta en la lucha, clase contra clase, de los explotados.

La huelga y su significado1

Cuando los trabajadores nos enfrentamos a la empresa en la que trabajamos, chocan dos lógicas opuestas. Nosotros luchamos por satisfacer necesidades. Digan lo que digan, no son «necesidades egoístas», son necesidades humanas: bienestar y condiciones decentes de trabajo. Necesidades que querríamos ver satisfechas para todo el mundo y para las que no resta el bienestar de nadie. Las empresas oponen a eso la importancia de pagar un dividendo al capital invertido en ellas. Dividendos que salen del trabajo de todos.

Tienen el descaro de exigirnos solidaridad, es decir que sacrifiquemos nuestras necesidades para pagar más dividendo. Tienen el descaro de decirnos que nuestras necesidades dependen del beneficio y que sin dividendos a repartir, nuestras necesidades, nuestra vida y la de los nuestros, no son «justas» sino «egoístas».

Lo que es peor, los dividendos que consiguen se convierten en más capital que tiene que ser amortizado y producir más dividendos. Y cada vez deja menos para las necesidades de los trabajadores que hacemos las cosas y producimos los servicios. Una sociedad así, que opone cada vez más los medios, las herramientas que se usan para producir a las necesidades humanas, es el mundo al revés. Y es el mundo en que vivimos. De ahí salen las guerras que se multiplican, la destrucción de la Naturaleza, la exclusión de millones de personas... Y la única manera de darle la vuelta es poner las necesidades humanas por delante del capital.

Defendiendo nuestras necesidades en cada huelga los trabajadores mostramos que es posible y necesario un mundo «al derecho», un mundo organizado en función de las necesidades humanas y no en función de las ganancias del capital.

Esa sociedad organizada en función de las necesidades de todos, es lo que se llama «comunismo». Es justo lo opuesto de las dictaduras totalitarias, del militarismo y del nacionalismo. Es la única sociedad que puede ofrecernos un futuro.

¿Y los trabajadores del estado?

Con el desarrollo del capitalismo de estado, el aparato estatal empezó a absorber en Europa primero y en resto del mundo después, una serie de costes que eran inasequibles o ineficientes para las empresas una a una. Se universalizaron los sistemas educativos estatales y se estableció o elevó la edad de escolarización obligatoria, produciendo la mano de obra que requería una industria de capitales cada vez más concentrados con instalaciones y funciones más complejas; se crearon sistemas sanitarios públicos que acolcharon la reinserción de los millones de heridos y lisiados que habían dejado las grandes carnicerías mundiales; y paralelamente se crearon sistemas de seguro social que cubrían los principales riesgos que habían mortificado a los trabajadores: perder el trabajo, sufrir enfermedad y no tener de lo que vivir cuando la edad no les permitiera ya trabajar.

Todos estos servicios, que no se vendían, necesitaban trabajadores cuyos salarios se pagaban -y se siguen pagando en su mayor parte- con una parte de la plusvalía que el estado obtiene a través de los impuestos. Hasta entonces los estados habían tenido poco personal y en su mayor parte eran burócratas, militares y policías. Nadie había considerado nunca a los miembros de esas categorías parte del proletariado. Pero ahora, aparecía una nueva categoría de trabajadores. Unos hacían barcos, extraían carbón o conducían trenes y autobuses. Parecía intuitivo que aunque hubiera cambiado el propietario de la empresa y ahora fuera el estado, seguían siendo parte de la clase trabajadora y sus luchas eran parte del movimiento de clase. Pero otros atendían hospitales y escuelas o hacían el mastodóntico trabajo administrativo que requería el descomunal tamaño que el estado había adquirido. ¿Eran parte siquiera de la clase? ¿Estaban explotados? En cualquier caso, ¿tenían derecho a hacer huelga como cualquiera cuando cualquier incremento de sus salarios iba a salir de unos impuestos pagados en buena medida por los demás trabajadores?

Una vez más: el capitalismo es un sistema de explotación de una clase por otra. Lo que determina que un grupo de proletarios esté explotado no son las condiciones particulares de su puesto de trabajo, ni la propiedad de la empresa que les paga el salario. El proletariado es explotado como clase y se constituye políticamente como clase al luchar por reivindicaciones que son, por sí mismas, universales, que no abren el horizonte de nuevos privilegios.

¿Cómo se gana una huelga?

Cuando el capitalismo era joven y las empresas no tenían, salvo durante breves periodos de crisis, problemas para colocar todo cuanto produjeran, la huelga era un ataque directo a la ganancia máxima que el capital invertido en la empresa podía obtener. Cuanto más larga fuera la huelga, mayor la pérdida para el capital. Por eso las cajas de resistencia eran tan importantes: mostraban la capacidad de resistencia de los trabajadores a sus patrones.

Hoy, con un capitalismo en el que la tendencia a la sobreproducción se manifiesta permanentemente, la huelga en sí misma puede llegar a tener el impacto de un ERE a coste cero. Tres cuartos de lo mismo pasa en los servicios públicos no esenciales -como los culturales- y en el límite, en las empresas que amenazan cierre o deslocalización, que no pocas veces ven en las huelgas un ahorro.

El capitalismo de estado deja a los trabajadores y lo que ellos llaman sus legítimas reivindicaciones un espacio muy angosto: la discusión mediada por los sindicatos y sus comités, del precio de nuestra hora de trabajo, empresa por empresa y sector por sector. Discusión que todas las partes -sindicatos, patronal y estado- aceptan supeditada a la existencia de ganancias.

Lo que da potencia a las huelgas es precisamente lo que sale de ahí: no aceptar el sometimiento de las necesidades humanas universales a los resultados del capital. Pero eso no puede hacerse aisladamente en una empresa porque, una vez más, el capitalismo es un sistema de explotación de una clase por por otra. La supeditación de la humanidad al beneficio solo puede superarse cuando superamos la división por empresas y sectores industriales.

Por eso que una huelga se radicalice, que se convierta en huelga salvaje no tiene nada que ver con destrozos ni saqueos. Al revés. Todo gira alrededor de mostrar y desarrollar organización como clase.

No es un modelo abstracto, es la experiencia práctica desde principios del siglo XX. Las huelgas que obtienen concesiones sustanciales hoy son las que se extienden de una empresa otra en un territorio, coordinándose entre sí y uniendo asambleas a través de comités de delegados elegidos y revocables por ellas. Las huelgas así auto-organizadas, las huelga de masas, no tienen nada que ver con una huelga general sindical. Y de hecho, solo surgen cuando los trabajadores, hartos de los sindicatos, pasan por encima de ellos y se organizan por sí mismos.

La asamblea y la huelga

Por tanto, lo que da fuerza a toda huelga, pequeña o grande, como a cualquier lucha de clase es que, aunque sea de manera potencial, materializa a un sujeto colectivo. Un sujeto que es mucho más potente que cualquier simple suma de individuos cuyo nivel de compromiso y cohesión nadie conoce. Si la asamblea lo decide vamos todos a la huelga, si no, por mucho que creamos en su necesidad, tendremos que aceptarlo y seguir luchando por convencer a los compañeros.

Sin embargo, vemos cada vez más a menudo que los sindicatos nos llaman a ir a la huelga sin convocar antes siquiera una asamblea o, cuando lo hacen, reduciéndola a asamblea informativa. El resultado son huelgas que ni siquiera son de empresa, sino de individuos, por eso su seguimiento se da en términos porcentuales: «un 60% de la plantilla siguió la huelga», nos dicen, como si fuera un éxito. Pero si la mayoría quería huelga ¿por qué no discutirlo en una asamblea e ir todos juntos?

La cuestión es que si la asamblea convoca, la asamblea decide y decide también quién la representa. La misma asamblea que convoca y dirige, elige un comité de huelga y modifica su composición cuando lo estima conveniente. Es más, la asamblea es soberana y bien puede optar -es la forma de avanzar- por incluir en igualdad a los trabajadores temporales y de las contratas. Dicho de otro modo: la asamblea, cuando es tal, tiende constituir una base más amplia que la que pretende representar el comité de empresa elegido regularmente entre los candidatos sindicales en cumplimiento de la legislación laboral.

Ese es el fondo de toda esta cuestión: quién tiene la soberanía: los trabajadores o los comités de empresa; los órganos que nos damos a nosotros mismos y que tienden a incluir a todos, o los órganos impuestos por la ley y que nos hacen elegir entre los sindicatos.

Esa idea de huelga como un derecho individual limitado a seguir o no a los sindicatos, hace de la huelga lo opuesto de una afirmación de clase. La huelga se convierte de esa manera en ejercicio de ciudadanía, aislándonos, atomizándonos y, como en cualquier mercado o parlamento, reduciendo nuestra soberanía a elegir entre las opciones que nos ofrecen las instituciones del capitalismo de estado. Instituciones entre las que se cuentan los sindicatos, grandes monopolistas de la mano de obra necesarios para determinar el precio de nuestra hora de trabajo, el salario.

Una versión suave pero no menos insidiosa del mismo ciudadanismo sindical es la imposición del voto secreto en las asambleas. Aislados frente la urna estamos solos frente a la empresa y los sindicatos, es decir frente al poder del capital y el estado. Por eso nos recuerdan que debemos votar pensando en lo nuestro.

Por contra, discutiendo abiertamente y votando a mano alzada, frente a frente, hombro con hombro con los demás compañeros, el voto mismo es un lazo de compromiso y una muestra de coraje. Las asambleas así organizadas, no solo permiten tomar decisiones en función del número, sino del compromiso y el ánimo de sus miembros. Y los comités de huelga por ellos elegidas dejan de ser representaciones de los sindicatos frente a los trabajadores para convertirse en verdaderas delegaciones de los trabajadores frente al capital.


1 Texto de la hoja repartida por Emancipación entre los pasajeros durante las huelgas de transporte de 2018