Nación, nacionalismo, internacionalismo

Nación, nacionalismo, internacionalismoLa naciónLa nación y la burguesíaEl nacionalismo y el puebloLa liberación nacionalLos trabajadores y la naciónEl internacionalismoLa clase universalEl imperialismoIndependencia e imperialismoLa guerra imperialistaLa nación en el capitalismo decadenteNación contra revoluciónLa segunda guerra imperialista mundialIndependencia en el segundo y tercer mundoInternacionalismo

La nación

Bajo el feudalismo no había naciones ni compatriotas1. Los estados dinásticos someten a poblaciones de tradiciones, lenguas e incluso religiones diferentes en territorios que no necesariamente comparten coherencia ni continuidad geográfica. La hacienda del estado es, literalmente, la contabilidad del rey. La soberanía, el conjunto de derechos feudales -distintos en cada señorío- que, como cabeza jerárquica de la nobleza, el monarca acumula.

Pero en el seno de la vieja sociedad está apareciendo una nueva clase para la que la homogeneización del territorio y de la lengua es muy importante: la burguesía.

La nación y la burguesía

A partir del siglo XVII, con la invención de la máquina de vapor, la producción en masa se hace técnicamente posible. Pero para convertirla en beneficios hace falta algo más. Necesita un mercado articulado, esto es con transportes efectivos que hagan posible la circulación de las mercancías producidas. Y hace falta que esta circulación no sufra trabas internas ni aduanas. Un mercado ideal expresaría además un tipo de demandas similar y en él, tanto los consumidores como la fuerza de trabajo responderían en el mismo idioma. Construir y generalizar en el territorio de las grandes monarquías europeas un mercado como ese, un mercado nacional, será el gran programa revolucionario de la burguesía. En Inglaterra, las clases poseedoras que acumulan poder económico basado en la propiedad privada y no en el monopolio de la fuerza estatal, se organizarán para defenderlo bajo el liderazgo de la nobleza terrateniente aburguesada: nace la «Sociedad Civil». Mientras en toda Europa, la imprenta, símbolo del taller burgués desde su origen, estaba creando ya el estándar de las grandes lenguas centroeuropeas homogeneizando los grandes continuos lingüísticos y dialectales.

La burguesía continental irá tomando peso político a lo largo del siglo XVIII. En ese momento el estado feudal está ya en la fase de hipertrofia que caracteriza la decadencia de todos los modos de producción. La burguesía impulsará y se apoyará en el ansia centralizadora de los monarcas absolutos europeos. No se trataba solo de debilitar a la nobleza, sino de convertir la tendencia a la centralización del poder político en una herramienta de la construcción del mercado nacional.

Las monarquías absolutas llenarán Europa de canales, ensancharán caminos, adoquinarán calles, desecarán pantanos, construirán grandes cuerpos funcionariales unificados, desmontarán aduanas internas y despojarán a la nobleza de buena parte de sus privilegios territoriales. Cuando acaba el siglo, la burguesía continental europea empieza a tener un sentimiento nacional, es decir no se identifica ya solo por su religión y su rey, sino por la pertenencia a la comunidad política que el naciente mercado está delimitando borrosamente como una posibilidad. Ese sentimiento, una forma limitada de consciencia de clase por parte de la burguesía y por entonces exclusivo de ella, irá creciendo conforme se agudice el conflicto con las clases detentoras del poder feudal.

A fin de cuentas, realizada la obra de la monarquía absoluta, solo faltaba un último empujón para hacer completo el sueño burgués.

El programa seguía siendo el necesario para la creación de un mercado nacional: abolición de las trabas jurídicas a la mercantilización de las relaciones sociales (conversión de la tierra y la fuerza de trabajo en mercancía), de los obstáculos al libre comercio (aduanas internas, barreras lingüísticas, etc.) y la sustitución de estructuras estatales feudales basadas en derechos y privilegios señoriales por un aparato estatal centrado en la defensa de los intereses del capital nacional tanto en el interior como el exterior de sus fronteras. Pero para imponerlo frente a las viejas clases que tenían el monopolio del poder estatal, necesitaba liderar políticamente al conjunto social.

Donde además de un campesinado autónomo, existían una pequeña burguesía y un incipiente proletariado, incluyó concesiones para estas clases en su programa ofreciéndoles posibilidades legales de representación yauto-organización para sus intereses. Nace entonces el Tercer Estado, al que la revolución francesa constituye como nación que toma la soberanía del rey.

La revolución marca el momento en el que la burguesía lidera por primera vez el conjunto social de una manera efectiva, es decir, el momento en el que por primera vez, la nación se constituye como tal. Cuando las Cortes de Cádiz hacen publica la «Constitución» -que se llama así por algo- la proclama de Argüelles dice: «¡Españoles, ya tenéis patria!».

El nacionalismo y el pueblo

Cosa diferente es que los españoles del momento, como los venezolanos, argentinos, mexicanos o peruanos que proclamaban liberales y libertadores en distintas partes del Imperio, creyeran serlo. La mayor parte del campesinado tardaría décadas en aceptar que era parte de una nación, idea que la iglesia -que siguió defendiendo el absolutismo- condenó como sacrílega durante décadas. El vivan las cadenas peninsular y la resistencia de las clases inferiores americanas a los libertadores, tendrán todavía larga continuidad desde los carlistas a los cristeros.

Como diría cínicamente el padre de la república polaca Józef Piłsudski, es el estado el que hace la nación, no la nación al estado. Desde el estado y los sectores más conservadores de la burguesía y la aristocracia aburguesada surgirán primero el romanticismo y luego la disciplina de la Historia nacional. Con el primero la reivindicación de una cultura nacional supuestamente ancestral y eterna, expresión de un ser nacional intemporal. Con la segunda, la afirmación de la nación como sujeto histórico por encima de las fases históricas -los historiadores nacionales conquistan el pasado para una nación que no existía unos años antes de nacer ellos mismos- y sobre todo, por encima de las clases sociales, que en el relato histórico quedan reducidas a componentes de la nación y a las que, en el mejor de los casos, se les adjudican intereses y tareas nacionales específicas, es decir, intereses y deberes particulares pero confluyentes en la consolidación del poder estatal del capital nacional.

Y sin embargo, a pesar de la artificialidad de todo el edificio, el nacionalismo encontrará un defensor espontáneo: la pequeña burguesía.

Cuando el siglo XIX está a punto de llegar a su ecuador, la lucha decisiva entre la burguesía y la monarquía absoluta está todavía por plantearse en casi toda Europa. En la mayoría del continente, el proletariado todavía está ligado al artesanado, solo en Inglaterra y Escocia el proletariado industrial forma ya la capa más nutrida de la sociedad. Las primeras expresiones políticas de la clase trabajadora, se dan cuenta2 de que la principal condición para que sea posible la existencia del proletariado mismo como clase universal es el triunfo de la burguesía y se disponen a apoyarla con las fuerzas de las que disponen.

Pero llegando a las puertas del poder, la burguesía vacila al descubrirse más temerosa de la movilización que ella misma ha suscitado que ansiosa por hacerse con el poder del estado. Siendo numéricamente inferior, el proletariado intenta empujar a la burguesía desde su ala izquierda, capitaneada por la pequeña burguesía. Pero la burguesía, a verse enfrentada cada vez más directamente a su propio producto y enemigo último, se alía con el partido aristocrático al que combatía, renuncia al ejercicio directo del gobierno -reservándose eso sí la garantía de sus intereses inmediatos- y se dedica a imponer el orden. La pequeña burguesía democrática toma la dirección de los movimientos revolucionarios. Mantiene su programa y exalta su contenido democrático, todas esas aseveraciones seductoras acerca de las benéficas consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la victoria de la burguesía. Pero ya no puede dirigirse al Tercer Estado, sino al conjunto de clases subalternas a las que intenta liderar y constituir en nación. Ese conjunto social al que aspira dirigir será el pueblo.

El partido obrero lucha entonces contracorriente para evitar disolver sus fuerzas en la movilización popular. Los intentos de hacer, como postula Marx en 1850, la revolución permanente, llevando la dirección de la revolución hacia el proletariado, solo pueden fracasar, de nuevo por la propia debilidad del proletariado en una sociedad en la que todavía el capitalismo no ha conseguido imponerse. Y por supuesto, como ha pronosticado el propio Marx, la pequeña burguesía acaba llevando el movimiento hacia la nada. No hay revolución popular triunfante.

Pero eso no quiere decir que la pequeña burguesía renuncie de una vez por todas a la aspiración de liderar el cuerpo social y elevarse a nación. Desde el momento en que el capitalismo se abre paso y el mercado se generaliza, no puede sino asustarse de las consecuencias de la acumulación para su propia situación. Descubre que la inevitable tendencia a la concentración y centralización del capital, significa para ella pura y simple expropiación. Es decir, proletarización. Asediada por las fuerzas de mercado y oprimida por el estado, denunciará a la burguesía como una nueva aristocracia del dinero, reverdeciendo la utopía del igualitarismo de la sociedad civil, del espacio democrático de ciudadanos iguales que encubre un el magma de clases oprimidas.

El programa democrático de la revolución pasada se convierte entonces en bandera de una eterna revolución burguesa supuestamente pendiente. Aspiración utópica, por supuesto: la pequeña burguesía no tiene otro programa histórico que el propio capitalismo, por eso su nacionalismo revolucionario no se afirma en oposición al salariado y la mercantilización, sino como su radicalización.

La liberación nacional

En Francia, la revolución burguesa había partido con una parte importante del trabajo hecho. La monarquía absoluta había creado ya las bases de la nación al imponer una homogeneización legal, burocrática y lingüística suficiente como para que pudiera florecer un mercado nacional al introducir una serie de cambios en la estructura jurídico legal de la propiedad.

No era así en Alemania o Italia. El mundo de hablas alemanas y la península italiana, estaban divididos en decenas de estados principescos feudales, algunos de los cuales estaban sometidos a las principales potencias vecinas. La revolución burguesa tomó la forma de un gran movimiento de unificación nacional que se afirmó destruyendo los pequeños estados, electorados y principados, sus aparatos estatales y sus lenguas3. Pero una parte no menor fue conquistar los territorios de los gobiernos locales apoyados en el ejército austriaco y las zonas ocupadas por Francia. La liberación nacional al final no fue sino la proyección de la unificación sobre las fronteras de un mapa que no se cerraría definitivamente hasta mucho más tarde.

Pero en la Europa del siglo XIX no fue infrecuente que surgieran burguesías que intentaran crear mercados nacionales en partes relativamente pequeñas de las periferias de los gigantescos imperios dinásticos europeos. Fue el caso, en distintos momentos, de Grecia, Chequia y Eslovaquia o Polonia. Allí la revolución burguesa pretendió la segregación de una parte del territorio del viejo estado feudal y, la guerra civil revolucionaria tomó en distintos momentos la forma de una guerra de independencia.

Otra vertiente, menos importante en aquel momento, era la aparición de burguesías locales en los territorios sometidos a la colonización de los países en los que el capitalismo ya se había desarrollado. En estos casos, cuyo ejemplo más persistente fue Irlanda, la burguesía indígena no se enfrentaba a un imperio feudal que frenaba el desarrollo capitalista, sino a un imperio capitalista que había llevado las relaciones capitalistas pero que, al supeditar a sus necesidades la colonia, impedía el desarrollo en ésta de un proletariado masivo. En India, por ejemplo, se llegó a prohibir la producción industrial de textil para mantener la demanda a las fábricas de Manchester.

Los trabajadores y la nación

Más allá de la casuística de la formación de naciones y estados nacionales, la actitud de los revolucionarios fue siempre la misma: se trataba de impulsar la expansión del capitalismo al tiempo que se rechazaba el veneno nacionalista y populista. Lo que interesaba a la clase trabajadora era la expansión de las fuerzas productivas que el capitalismo representaba, y entre ellas, la más importante: el proletariado mismo, pues la expansión del capitalismo, a través de la proliferación de estados nacionales viables donde hasta entonces había habido feudalidad, significaba su propia universalización como clase.

Esta perspectiva les llevará a diferenciar muy bien entre las revoluciones burguesas tendentes a formar estados nacionales, de las resistencias a la expansión capitalista. Marx citará a Goethe4 para reivindicar el significado progresivo de la conquista británica de la India a pesar de todas las barbaridades cometidas por los conquistadores. Engels apoyará sin reservas la expansión de EEUU en México5 por la misma causa y denunciará a los nacionalismos de naciones pequeñas por articular la resistencia de pequeñas burguesías e hidalguías locales a las burguesías más fuertes que impulsaban la formación de grandes mercados nacionales en Europa: nacionalistas galeses, flamencos, corsos, vascos o bretones entrarían todavía hoy en ésta definición.

Una consecuencia importante de esta perspectiva es que el apoyo a las burguesías independentistas será táctico, es decir, estará supeditado a la correlación de fuerzas y a la situación de las clases en cada momento. Apoyar un movimiento nacionalista en un contexto en el que significaba expandir el capitalismo, no significaba crear un principio por el que siempre hubiera que apoyarlo. Por ejemplo, los marxistas polacos se darán cuenta a final del siglo XIX que el capital industrial ruso y el polaco están fundiéndose, compartiendo intereses y dejando atrás, es decir en manos de la pequeña burguesía, la opción independentista6. Por contra, el proletariado de todo el imperio, nacido del desarrollo conjunto y profundamente interdependiente de las burguesías rusa, finesa, polaca y báltica, es cada vez más una fuerza sincrónica7 que lucha unida contra la burguesía y el zarismo como un todo. Este análisis quedará demostrado en la revolución de 1905 cuando la huelga de masas sale por encima de todas las fronteras lingüísticas y nacionales mostrando al proletariado como una fuerza única, desde Tallin a Bakú, desde Varsovia a Moscú. En ese marco, como defenderá Rosa Luxemburgo, apoyar a los nacionalistas no solo era utópico, sino reaccionario, envenenando y dividiendo el movimiento de clase.

El internacionalismo

Porque hoy nos resulta tan evidente que se hace invisible, pero el efecto más importante de la extensión del mercado mundial estaba siendo la creación de una condición social universal, la del proletariado8. Cuanto más se expandía el mercado mundial, cuanto más interdependientes se hacían entre sí los distintos capitales nacionales concurrentes en cadenas de producción y distribución interconectadas, más claro se hacía que la competencia mundial encubría una explotación de clase universal9. Del mismo modo que el mercado nacional ocultaba bajo el intercambio mercantil, la explotación de una clase por otra, el mercado mundial era el ingenio que ocultaba y al mismo tiempo unía en un único sistema de explotación al conjunto de las burguesías sobre el conjunto del proletariado.

Por primera vez en la historia, la extensión de un mismo modo de producción por todo el planeta creaba una clase que era definida en los mismos términos en todos los lugares, una clase universalmente negada y con los mismos intereses frente a la explotación.

La clase universal

De esta unidad e igualdad de los intereses de clase derivaba algo también novedoso históricamente: la existencia de un único programa de clase en todo el planeta.

Por supuesto, la nueva clase revolucionaria tuvo que afirmarse primero como sujeto político frente al estado nacional en cada país: los primeros movimientos políticos de masa del proletariado se articularon sobre reivindicaciones como la jornada de diez horas o la regulación del trabajo infantil y femenino. Pero lo importante desde el punto de vista programático es que estas reivindicaciones que expresan desde el primer momento necesidades humanas genéricas, universales, contra el dique del estado nación porque condicionan y se enfrentan a las necesidades del capital nacional que este representa. Es decir, desde un primer momento las luchas de la clase trabajadora tienen un contenido programático universal aunque se expresen bajo formas, bajo luchas, que en un primer momento son necesariamente nacionales porque nacional es la organización de su antagonista.

A partir de esa experiencia, los revolucionarios proyectan la revolución proletaria como un todo en dos movimientos simultáneos: el proletariado se convierte en clase hegemónica -es decir, usando el lenguaje de las revoluciones burguesas, se eleva a nación10- tomando el estado nacional, para inmediatamente unificar el gran movimiento revolucionario en todo el mundo11, conscientes de que sin el concurso y organización de todas las fuerzas productivas disponibles en el planeta es imposible romper el régimen mercantil y el salariado y pasar a una economía de abundancia.

Esta visión se corregirá durante la primera experiencia revolucionaria exitosa de la clase: la Comuna de París en 1871. La Comuna no solo no intenta utilizar el estado burgués -y por tanto, nacional- para sus propios fines, sino que lo destruye, lo disuelve y sustituye por sus propios órganos que son también y ante todo formas de auto-organización como clase .

La revolución rusa de 1905 y después la oleada de revolucionaria de 1917 muestran la revolución como el resultado de la extensión de la huelga de masas y de las formas de auto-organización de clase que trae consigo, una versión evolucionada de la Comuna: los consejos de delegados obreros elegidos por las asambleas de fábrica y barrio por todo el país, los soviets. Confirmando una vez más la naturaleza única y mundial de la clase, su universalidad, los soviets están lejos de ser un fenómeno ruso. Aparecen espontáneamente bajo distintos nombres en todos los lugares donde la oleada revolucionaria cuaja en desarrollos insurreccionales entre 1917 y 1937: Berlín, Hungría, Baviera, China, España...

Conforme el mercado mundial se extendía, interrelacionando los lugares hasta entonces más aislados, el proletariado universal dejaba de ser una perspectiva y se convertía, a través de sus luchas, en una realidad material que se expresaba en formas de lucha y organización también universales.

El proletariado había impulsado con su acción política aquel movimiento revolucionario de la burguesía del que ya hablaba el Manifiesto Comunista en 1848. Los partidos obreros habían hecho su aporte a la universalización del mercado y con él del proletariado mismo, apoyando primero las revoluciones burguesas europeas, luego el expansionismo de las nuevas potencias sobre las vastas regiones pre-capitalistas de América, Asia y Africa, y finalmente, la rebelión de las nuevas burguesías que surgían ineludiblemente de esta misma expansión.

El imperialismo

Pero en las últimas décadas del siglo XIX empieza a ser claro que la expansión del mercado mundial está encontrando un cierto límite. Los mercados extra-capitalistas son cada vez menos capaces de comprar la sobreproducción que los mercados centrales segregan en cada ciclo, las ocupaciones del capital en las últimas colonias tienen una rentabilización más difícil. Los capitales nacionales se reorganizan formando monopolios ligados al estado. Y los estados cada vez chocan con más ferocidad en la lucha por acceder a mercados solventes. El capitalismo está entrando en su fase imperialista.

Independencia e imperialismo

En menos de tres décadas el conjunto de los capitales nacionales sufre ya de forma directa la nueva situación. No solo el mercado nacional se ha quedado pequeño para el capital, el mercado mundial da muestras una y otra vez de saturación -sobreproducción- y sobreacumulación de capitales. Ni hay mercados solventes suficientes para comprar todo lo producido ni ocupaciones productivas para todo el capital acumulado en busca de aplicación.

Las burguesías que están haciéndose con el poder del estado en ese momento, como la Turquía de Atatürk, sufren directamente las nuevas condiciones. Hasta entonces las revoluciones burguesas -hubieran tenido la forma de una revolución, una unificación o una segregación- habían abierto un periodo de desarrollo capitalista sustentando en el mercado precapitalista interno. Independencia había significado desarrollo capitalista independiente.

Pero con un mercado mundial formado, eso ya no era posible. Los nuevos estados nacionales desde el primer momento y aun antes de absorber en el nuevo modo de producción a toda la sociedad, necesitan concentrarse y centralizarse alrededor del estado y los monopolios para poder entrar en él en condiciones de sobrevivir a la competencia. Los más sólidos, hambrientas de mercados, alimentarán sueños expansionistas desde el primer día. Los más débiles no tendrán otra opción que colocarse bajo el ala de capitales nacionales más fuertes para encontrar un lugar bajo el sol.

La tendencia a conformar capitalismos de estado que, a partir de la primera guerra mundial, se desarrolla a toda velocidad en los países centrales, verdadero síntoma de la senectud capitalista, se convierte casi inmediatamente en la seña de identidad de las naciones jóvenes. Los nuevos estados nacionales están sobredimensionados, financiarizados, concentran al capital nacional alrededor suyo, si no en su interior, y cargan con pesados ejércitos permanentes que hubieran escandalizado a cualquier joven burguesía del capitalismo ascendente.

El objetivo del apoyo a las independencias nacionales por el movimiento de clase había sido impulsar el desarrollo del mercado mundial y con él el de un proletariado mundial. Pero el resultado era cada vez menos claro. A diferencia de los estados burgueses de primera hornada, los nuevos estados no podían crear un proletariado masivo. La capacidad del capitalismo para desarrollar libremente el conjunto de las fuerzas productivas de la sociedad, y entre ellas la principal, el proletariado mismo, estaba llegando a su fin. De hecho se aprestaba a destruirlas en masa.

La guerra imperialista

La guerra de 1914, la primera guerra imperialista mundial, marca un punto de no retorno. Cada capital nacional vende la guerra como la solución última a las tareas pendientes de la revolución burguesa del siglo anterior. Alemania toma la bandera de acabar con el zarismo, último bastión de la reacción feudal en Europa, Francia y Gran Bretaña dicen representar la democracia frente al bárbaro sistema prusiano y junto con los EE.UU. defenderán la autodeterminación como forma de la liberación nacional pendiente en Europa central y el Este. Sin pudor alguno la guerra es etiquetada como la guerra para acabar con todas las guerras.

Pero la realidad es que la gigantesca organización de la producción capitalista se ha convertido en una máquina de aniquilación. Millones de trabajadores mueren en masa en los campos de Europa en una guerra organizada al modo taylorista, a golpe de planes de batalla y cronómetro. El discurso defensista, la invocación del derecho a la defensa nacional frente a una invasión extranjera es el último argumento imperialista: cada burguesía defendiéndose de sus vecinas no es otra cosa que una matanza total.

Los revolucionarios quedan en minoría en los grandes partidos obreros. La IIª Internacional colapsa. ¿Qué clase mundial podían representar unos partidos que llamaban a los trabajadores al alistamiento para matarse en masa unos a otros en nombre de la defensa nacional, es decir, en nombre de la defensa del capital nacional?

La minoría revolucionaria -Liebknecht, Rühle, Luxemburgo, Lenin, Trotski...- se dan cuenta de que están en un momento de quiebre histórico. El mercado mundial ya no es suficiente para el desarrollo capitalista relativamente pacífico del siglo anterior. Y tanto es así que lejos de desarrollar libremente las fuerzas productivas las destruye en masa a través de una guerra que muestra la ausencia de límites de la voracidad imperialista de todas las naciones europeas. El capitalismo ha pasado de su fase de expansión, de ascenso histórico, a una nueva fase de decadencia que hace la revolución proletaria mundial no solo posible, sino necesaria, la única salida posible de la Humanidad a un sistema que se ha tornado una gigantesca trituradora de carne.

La guerra imperialista ha de ser convertida en guerra entre clases, en guerra civil revolucionaria. El internacionalismo, bajo las nuevas condiciones de decadencia implica tomar una posición abiertamente derrotista frente a cada burguesía nacional, el enemigo está en el propio país.

La nación en el capitalismo decadente

El derrotismo revolucionario será la forma táctica del internacionalismo, su expresión concreta, ante toda guerra entre burguesías en la decadencia capitalista. Guerras que no pueden escapar de tener o desarrollar inmediatamente un carácter imperialista. De su desarrollo nacerá la primera andanada de la revolución mundial del proletariado. En 1917 la revolución cuaja en la toma del poder por los soviets obreros y campesinos en Rusia. Aislada en los confines de Europa, la revolución necesita expandirse como el aire. En 1919 la insurrección de los consejos en Alemania primero y en Hungría después es derrotada. El proletariado en Rusia, atacado por todas las potencias y cercado por todos los frentes, necesita ganar tiempo en espera de una nueva oleada de luchas en el resto de Europa.

Nación contra revolución

Todavía quedaban imperios dinásticos, estados feudales y burguesías nacionales más o menos activas en revuelta. Los revolucionarios rusos, a pesar de las admoniciones de Rosa Luxemburgo, verán en ellas un posible aliado para ese ganar tiempo en espera de una revolución europea triunfante. Están apegados todavía a la idea socialdemócrata del desarrollo capitalista como un desarrollo nacional y no acaban de aceptar todas las consecuencias de que el imperialismo es una fase histórica del capitalismo como un todo, no de cada capitalismo en particular. Quieren pensar que aunque haya capitales nacionales imperialistas, las naciones jóvenes, los nuevos capitales nacionales en formación en las grandes regiones feudales del planeta, pueden afirmarse de un modo todavía sano en términos capitalistas. Es más, entienden la autodeterminación como un principio en la lucha contra contra los restos feudales y no como una táctica. Es decir, defienden su utilización incluso por burguesías desarrolladas -Polonia o Finlandia- y en el marco de una revolución socialista.

Con la autodeterminación los bolcheviques dan aire al nacionalismo de la burguesía finesa, un horizonte al de las pequeñas burguesías bálticas, polaca y del Caúcaso, prestan legitimidad al inexistente nacionalismo ucraniano... El resultado fue tan previsible como catastrófico: todas las clases reaccionarias se agrupan bajo banderas nacionales de ocasión y en vez de crear un cordón de seguridad frente al imperialismo, buscan inmediatamente un lugar bajo el ala de la potencia capitalista más cercana para infligir una derrota contundente a los trabajadores. El imperialismo alemán no desaprovecha la oportunidad en Lituania, Estonia, Letonia, Ucrania y, sobre todo, Polonia y Finlandia, bocados especialmente apetecibles. La guerra imperialista se reaviva vistiéndose de guerra de liberación nacional contra los soviets. La imposibilidad de un desarrollo capitalista independiente, de una independencia nacional al margen del imperialismo, se hace sangrientamente tangible desde el primer momento de afirmación nacional.

Desde entonces no ha habido excepciones. Desde la revolución china de 1925-27 en la que los trabajadores fueron masacrados por la burguesía organizada en el Kuomintang12 hasta el día de hoy, a ningún movimiento de liberación nacional triunfante ha dudado un segundo entre aliarse con un imperialismo o con la clase trabajadora movilizada y desde luego a ninguna le ha temblado en pulso una sola vez a la hora de reprimir a sangre y fuego cualquier expresión independiente de la clase trabajadora. La primera en darse cuenta de la incompatibilidad entre liberación nacional y clase trabajadora fue la burguesía nacionalista.

La segunda guerra imperialista mundial

No es casualidad que la contrarrevolución stalinista en Rusia exaltara el nacionalismo panruso, ni que las dos fuerzas burguesas que masacraron la Revolución española -el franquismo y la República- presentaran sus querellas como formas antagónicas liberación nacional a pesar de sostenerse ambas sobre los principales imperialismos rivales en la época. El capitalismo, se preparaba para una nueva carnicería imperialista. La derrota de la Revolución española la haría posible finalmente a las grandes potencias enzarzarse en una guerra sin temor a una nueva Rusia. La nueva matanza se vendería como guerra antifascista en los imperialismos anglosajones, como guerra de liberación nacional por parte de la burguesía francesa que apoyó a De Gaulle, y cuando finalmente Alemania rompiera por sorpresa su pacto con la Rusia stalinista en 1941, como Gran guerra patria por ésta.

Una vez más, solo pequeñas minorías tomaron una posición internacionalista llamando a convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. Sin embargo el agrupamiento más numeroso y extenso de entre los que habían resistido al ascenso stalinista en la Internacional, la Oposición de Izquierda, agrupada desde 1938 en la IVª Internacional, fracasó estrepitosamente a la hora de levantar con claridad la consigna del derrotismo revolucionario. Solo un pequeño grupo, en torno a la sección española, lo defendió sin ambages denunciando abiertamente la nueva traición y rompiendo con la estructura que en su día había animado Trotski. Fuera de ellos, solo la izquierda comunista italiana, agrupada en el PCInt desde 1943 y algunos elementos aislados repartidos por Europa, tomaron posiciones internacionalistas. Cuando a partir de 1943 se produzcan de nuevo huelgas de masas y levantamientos obreros contra la guerra -de especial vigor en Italia y Grecia- la situación será mucho más débil que en 1917. A pesar de resistir con bravura la represión de ambos bandos, privados de una referencia equivalente a la que representaron los bolcheviques en Rusia, los trabajadores no tendrán opciones reales de convertir la guerra en una nueva Revolución mundial.

Independencia en el segundo y tercer mundo

Mientras tanto, la imposibilidad de verdadera independencia nacional se probaba por su inversa en los países que quedaron al margen del grueso de las hostilidades. Suramérica y una parte de Asia, vivían un verdadero auge industrial. Exportando a los países beligerantes alimentos y materias primas necesarias para el esfuerzo de guerra, sustituyendo importaciones con nuevas industrias nacionales, disfrutaron de la apariencia de un capitalismo no saturado ni sobreacumulado. Bonita paradoja: la guerra, exacerbación del imperialismo mundial, permitió durante unos años al capital nacional vivir el espejismo de desarrollarse en un capitalismo libre de las condiciones del imperialismo. Pero la guerra acabó y aunque el desastre había eliminado buena parte del capital fijo, permitiendo un largo y próspero ciclo de acumulación -los gloriosos 30- los mercados de las grandes potencias dejaron de importar masivamente, la competencia volvió y la orgullosa industria nacional se vio de nuevo en una crisis perenne, fracturando no pocas veces a la burguesía local y convirtiéndolos en campo de batalla de los dos grandes imperialismos del momento, la URSS y EEUU. Los que intentaron terceras vías, afirmando sus propias tendencias imperialistas, como la Argentina de Perón, la Yugoslavia de Tito o la misma China, tuvieron que acabar cediendo y como se decía en la época, alinearse.

Los países que Lenin había catalogado como semi-coloniales se llamaban ahora segundo mundo13. Pero la verdad es sus capitales nacionales tenían tan pocas opciones o menos que antes de la guerra. En ellos la tendencia hacia el capitalismo de estado se desarrollo con violencia, como una necesidad más del lugar subalterno que ocupaban en el mapa imperialista que se materializaba en el modelo exportador con independencia del bloque al que pertenecieran.

El modelo exportador se trata en realidad de una forma peculiar de organización del capital nacional en torno al estado, en la que el sector exportador, dedicado generalmente a materias primas o a la producción agraria, está altamente concentrado y capitalizado. No solo sirve para realizar la plusvalía del conjunto del capital nacional, sino que a través del estado subvenciona una nutrida burocracia estatal y una cierta industria nacional.

Estando limitada la capacidad exportadora a unos pocos productos, el sector exportador es generalmente estable aunque frágil ante la eventual aparición de sustitutivos o caídas de precios internacionales. Pero dado que en realidad es el único sector realmente productivo, al no poder crecer indefinidamente los beneficios obtenidos tampoco tienen donde reinvertirse de forma productiva. ¿En quién invertir sino en el sector exportador? ¿En la industria que depende de él? ¿En industrias de bienes de consumo que dependen exclusivamente del empleo que ellos generen? Como el capital no encuentra destinos internos, son países con una eterna tendencia a la fuga de capitales. No porque la burguesía traicione al capital nacional, sino por todo lo contrario: ausente de colocaciones rentables, la única manera de mantener el capital acumulado con vida es sacarlo del país. Desde Túnez a Argentina -en el bloque norteamericano- desde Cuba a Argelia -en el ruso- el modelo exportador será la forma más evidente de dependencia imperialista durante la guerra fría.

Al final de la segunda guerra imperialista mundial, en decenas de colonias británicas y francesas de Asia y África comienzan guerras de liberación. Son parte del movimiento de placas tectónicas del imperialismo. Con Alemania y Japón derrotados, con Francia y Gran Bretaña destrozados, EEUU y la URSS empiezan a desalojar a sus antiguos aliados y afianzar sus esferas directas de influencia dentro de sus respectivos bloques.

La mayoría de los nuevos estados nacionales independientes eran simplemente inviables, incluso bajo el modelo exportador. Si el segundo mundo no podía crecer, el tercer mundo ni siquiera pudo, en muchísimos casos, mantener un estado en pie ni siquiera media docena de décadas. Pensemos en Somalia, República Centroafricana o Afganistán. Incluso los grandes éxitos rusos como Cuba, mostraron que la única opción de las naciones que rompían con un bloque imperialista era incorporarse a otro.

En cuarenta y cinco años de guerra fría solo hubo un ejemplo relevante de una liberación nacional capaz de mantener una cierta independencia política de las grandes potencias: Irán a partir de 1979. No ha sido desde luego un modelo de crecimiento de las fuerzas productivas, sino en todo caso, de las deformidades burocráticas, represivas y militaristas de un capitalismo de estado imperialista incapaz de desarrollarse libremente en el interior de sus fronteras.

Internacionalismo

A los propagandistas liberales les gusta decir que no hay contradicción entre nación e internacionalismo. El internacionalismo sería según ellos una voluntad de cooperar entre naciones y grupos nacionales. Es el sentido que le daban a la palabra los liberales ingleses de 1850 que defendían el libre comercio y sus virtudes pacificadoras.

En el movimiento obrero, internacionalistas se llamaba sin embargo a los partidarios de la Internacional. La Internacional se consideraba la organización de la clase trabajadora mundial y reconocía a los grupos que aparecían en cada estado solo como secciones, como partes del todo sin ser propio, como representantes de la Internacional en cada lugar y no como representantes de distintos proletariados frente a los demás. Internacionalismo, para el proletariado, es defender que la clase es un todo único, no una confederación o una confluencia de grupos sociales o clases nacionales.

Toda la táctica de la lucha de clases se sintetiza en una sencilla pregunta. ¿Cuáles son los intereses del proletariado mundial como un todo?14

El capitalismo es desde hace más de un siglo un sistema global. El mercado mundial llega al último rincón del globo. No quedan ya imperios dinásticos ni estados feudales. La revolución burguesa culminó su ciclo histórico hace más de un siglo. Defender a estas alturas el carácter progresivo de la liberación nacional es, simplemente, un anacronismo.

De toda la galería de monstruos formada por los estados nacionales nacidos durante el último siglo solo hay una constatación posible: el capitalismo no puede desarrollarse ya sobre bases nacionales. No lo hace en los países centrales y no puede hacerlo en los periféricos.

El imperialismo no es una política por la que puedan optar o no los gobiernos burgueses, no es tampoco un estadio de desarrollo de tal o cual capital nacional. No hay países imperialistas y países con burguesías oprimidas por él. El imperialismo es un grado de desarrollo del capitalismo como un todo. Todos los capitales nacionales sufren el imperialismo, y todos ellos son también imperialistas porque la ausencia de mercados y colocaciones para el capital hacen que no puedan ser otra cosa. Triunfe el estado o el bando burgués que triunfe en cualquier conflicto, guerra o intento de segregación estatal, el capital nacional no puede sobrevivir hoy sin concentrarse, fundirse con el estado y batallar a muerte -en la medida de sus fuerzas, esas sí, desiguales- por espacios de mercado para sus productos y capitales en un mercado mundial siempre insuficiente.

No podemos olvidar el punto de partida. La nación es el conjunto social cuando está dirigido de manera efectiva por la burguesía. El interés de la nación es el interés del capital nacional. Los trabajadores nunca tuvimos intereses nacionales, más allá de apoyar la formación de estados burgueses como forma de expansión del capitalismo y con él de nuestra propia clase, en la perspectiva de hacer posible la revolución comunista mundial un día. Y ese día llegó hace un siglo. Desde entonces la alternativa histórica no se da entre capitalismo o feudalidad, ni entre capitalismo liberal y capitalismo de estado, ni entre facciones de la burguesía... sino entre comunismo y barbarie capitalista.

El internacionalismo, como siempre, no es otra cosa que la afirmación de la unidad de intereses del proletariado mundial. Desde hace un siglo, su antítesis es la defensa de la nación. Apoyar cualquier choque entre naciones capitalistas -y todas son capitalistas- o entre facciones de la burguesía nacional, no significa otra cosa que llamar a una parte del proletariado a participar en la masacre de otra.

Por eso la única táctica posible frente a la guerra -se autodenomine defensiva o de liberación, civil o antifascista- es el derrotismo revolucionario, la conversión de la guerra en revolución a ambos lados de cualquier línea de frente. Volver las armas contra la propia burguesía. Da igual qué facciones de la burguesía se enfrenten. Da igual si una es un gran imperialismo y la otra una nación pequeña u oprimida, da igual si a un lado hay una facción burguesa fascista y a otro una facción democrática, da igual si uno de los contendientes es uno de los últimos capitalismos de estado stalinista o una república islámica...

Si desde hace un siglo, no hay interés común posible con ninguna facción burguesa es porque ninguna de ellas puede ofrecer otro futuro que su capital nacional y ese futuro, en un sistema en decadencia como es el capitalismo hoy, solo puede significar más guerra y explotación en un crescendo de barbarie que amenaza a ya a la especie humana entera.


1 Es cierto que aparece la palabra nación en la organización de algunas universidades medievales como Bolonia. Designaba a grupos de estudiantes de lenguas similares que compartían habitaciones y formaban grupos. Es decir, las naciones son originalmente una especie de fraternidades estudiantiles formadas por afinidad lingüística.
2 Federico Engels escribe en 1847 en un texto programático para la Liga de los Comunistas que servirá de base al Manifiesto: Como los comunistas no pueden contar con una lucha decisiva con la burguesía antes de que ésta llegue al poder, les conviene a los comunistas ayudarle a que conquiste lo más pronto posible la dominación, a fin de derrocarla, a su vez, lo más pronto posible. Por tanto, en la lucha de la burguesía liberal contra los gobiernos [absolutistas], los comunistas deben estar siempre del lado de la primera, precaviéndose, no obstante, contra el autoengaño en que incurre la burguesía y sin fiarse en las aseveraciones seductoras de ésta acerca de las benéficas consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la victoria de la burguesía. Las únicas ventajas que la victoria de la burguesía brindará a los comunistas serán: 1) diversas concesiones que aliviarán a los comunistas la defensa, la discusión y la propagación de sus principios y, por tanto, aliviarán la cohesión del proletariado en una clase organizada, estrechamente unida y dispuesta a la lucha, y 2) la seguridad de que el día en que caigan los gobiernos absolutistas, llegará la hora de la lucha entre los burgueses y los proletarios. A partir de ese día, la política del partido de los comunistas será aquí la misma que en los países donde domina ya la burguesía.
3 En Italia, las lenguas locales fueron degradadas hasta hoy a dialectos de un italiano renacentista que nadie hablaba y con el que casi ninguna se relacionaba directamente. En Alemania pasó lo mismo con los dos grandes continuos dialectales en relación al alemán de Lutero, pero el holandés o el danés se libraron de la absorción gracias a que los estados que los patrocinaban no fueron absorbidos en el proceso unificador.
4 «Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es de saber si la Humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe: ¿Quién lamenta los estragos / Si los frutos son placeres? / ¿No aplastó miles de seres /Tamerlán en su reinado?»
5 «En América hemos presenciado la conquista de México, la que nos ha complacido. Constituye un progreso, también, que un país ocupado hasta el presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles e impedido de todo desarrollo, un país que en el mejor de los casos estaba a punto de caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país semejante sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. Es en interés del desarrollo de toda América que los Estados Unidos, mediante la ocupación de California, obtienen el predominio sobre el Océano Pacífico». Federico Engels, 1848
6 «El desarrollo capitalista en Polonia une cada vez más estrechamente al país con Rusia a través de los intereses económicos de las clases dominantes.(…) El análisis objetivo del desarrollo social de Polonia nos lleva a la conclusión de que las tendencias a favor de la independencia de Polonia son una utopía de pequeños burgueses y como tales, solo puede perturbar la lucha de clases del proletariado o conducirla a un callejón sin salida». Rosa Luxemburgo. Prefacio a La cuestión polaca y el movimiento socialista, 1905
7 «La fusión capitalista de Polonia y Rusia conduce a un resultado final que está muy lejos del que habían previsto tanto el gobierno ruso como la burguesía y los nacionalistas polacos: la unión del proletariado polaco y ruso para liquidar, en primer lugar, la dominación del zarismo ruso y, a continuación, el capitalismo polaco-ruso». Rosa Luxemburgo. El desarrollo industrial de Polonia, 1897
8 «La masa de los simples trabajadores (…) y por tanto, la pérdida no puramente temporal de ese mismo trabajo como fuente segura de vida, presupone, a través de la competencia, el mercado mundial. Por tanto el proletariado solo puede existir en el plano histórico-mundial, lo mismo que el comunismo, su acción, sólo puede llegar a cobrar realidad como existencia histórico-universal. Existencia histórico-universal de los individuos, es decir, existencia de los individuos directamente vinculada a la historia universal».Marx y Engels. La Ideología alemana, 1846.
9 «Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar del antiguo aislamiento y la amargura de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y eso se refiere tanto a la producción material, como a la intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal». Manifiesto del Partido Comunista, 1848
10 «Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país deba acabar en primer lugar con su propia burguesía. (…) Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués». Manifiesto del Partido Comunista, 1848.
11 «XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país? No. La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días. Por consecuencia, la revolución comunista no será una revolución puramente nacional, sino que se producirá simultáneamente en todos los países civilizados, es decir, al menos en Inglaterra, en América, en Francia y en Alemania. Ella se desarrollará en cada uno de estos países más rápidamente o más lentamente, dependiendo del grado en que esté en cada uno de ellos más desarrollada la industria, en que se hayan acumulado más riquezas y se disponga de mayores fuerzas productivas. Por eso será más lenta y difícil en Alemania y más rápida y fácil en Inglaterra. Ejercerá igualmente una influencia considerable en los demás países del mundo, modificará de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior marcha del desarrollo. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal». Federico Engels. Principios de comunismo, 1847
12 De hecho la organización que todavía se llamaba a sí misma Internacional Comunista, los entregó a sus enemigos. En 1927, la burocracia -burguesía de estado- nacida en la Rusia aislada de la necesidad de gestionar el capital estatalizado, se estaba imponiendo ya sobre los últimos restos de los soviets y el partido bolchevique en la estructura política del estado ruso; estructura que incluía al partido bolchevique y de, hecho, desde un par de años antes, a la Internacional. Su expresión política, el stalinismo, había tomado por bandera la teoría del socialismo en un solo país cuya traducción política inmediata era la supeditación de la Internacional y los movimientos revolucionarios de clase en todo el mundo a las necesidades del capital y el estado rusos, en particular, alejar la opción de una nueva intervención militar de las potencias. En China, el apoyo a la burguesía nacional del Kuomintang llegó al punto de hacer a su líder, Chiang Kai-shek, miembro honorario del Ejecutivo de la Internacional y prohibir al partido chino participar de la organización de soviets, mientras éste preparaba y ejecutaba una sangrienta represión de las masas trabajadoras movilizadas.
13 Según una terminología delirante inventada por Mao -la Teoría de los 3 mundos- que popularizó la prensa europea y que describía a estos estados como una clase media de las naciones, a medio caballo entre el imperialismo -primer mundo o naciones explotadoras entre las que incluía a la Rusia stalinista- y el tercer mundo, formado por naciones proletarias que resistían a la explotación de las más ricas.
14 Es la perspectiva que según el Manifiesto de 1848 caracteriza a los comunistas. Lo que se preguntaron ante la guerra franco-prusiana Wilhem Liebknecht y Agust Bebel. Lo que cuestionaron Carlos Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotski cuando estalló la primera guerra imperialista mundial y la mayoría de los partidos de la segunda internacional apoyaron con unos u otros argumentos a sus burguesías. La perspectiva que Trotski y Bordiga enarbolaron cuando la tercera internacional adoptó el socialismo en un solo país aceptando condicionar la revolución mundial para no poner en peligro al estado ruso. La posición desde la que Natalia Sedova, Munis y Peret rompieron con la IVª Internacional cuando los principales partidos de ésta apoyaron a las resistencias antifascistas y a los imperialismos aliados durante la segunda carnicería imperialista mundial.