Fronteras de clase, organización y alianzas

Fronteras de clase, organización y alianzasFronteras de claseOrganizaciones de claseCentrismo y frente únicoCentralismo y alianzasLas alianzas posibles

Fronteras de clase

Desde 1834 las primeras expresiones políticas de la clase obrera -los Comunistas Icarianos y la Liga de los Justos- elaborarán los primeros balbuceos de un programa de clase. Las limitaciones son abrumadoras: los primeros comunistas están todavía a caballo entre el artesanado y el proletariado, sus concepciones intentan levantarse sobre un magma de tradiciones republicanas y democráticas, conspirativas y cristianas, heredadas de las alas izquierdas de las primeras revoluciones burguesas; tradiciones que, en realidad, les son ajenas y adversas. A pesar de todo, los logros son gigantescos. En 1845, en la portada de la tercera edición del Viaje a Icaria, novela utópica y declaración programática a la vez, aparece por primera vez el lema De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades que Marx reivindicará treinta años más tarde como definición científica del comunismo. El joven movimiento quema etapas rápidamente. La Liga de Weitling no abraza el pacifismo icariano y, en Londres, entra en contacto con el movimiento fabril. En la primavera de 1847 se unen Marx y Engels, que aportan una perspectiva nueva, materialista e histórica, a la discusión del programa.

Durante el verano de aquel año, la Liga, se saca de encima la rémora conspirativa, incluida la nomenclatura heredada de la época de las sociedades secretas. La organización se rebautiza como Liga Comunista. Es solo el comienzo, después del congreso, por encargo del comité comarcal de París, Engels recoge los acendramientos que están preparando el segundo congreso que se celebrará finalmente, en noviembre. Los titula Principios de Comunismo. Escrito al modo de un FAQ de 25 preguntas, era en realidad, una declaración de principios y un programa comunista para la revolución burguesa que estaba madurando en toda Europa.

La pregunta 24 -¿En qué se diferencias los comunistas de los socialistas?- deja claro que junto con el campo comunista, expresión de los intereses históricos y por tanto de la consciencia de clase de los trabajadores, existe un campo de tendencias que se llaman a sí mismas socialistas y que en realidad expresan los intereses de otras clases sociales:

El texto servirá de base a Marx y Engels para la redacción del manifiesto que les encargará el IIº Congreso y que ha de marcar la primera expresión materialista elaborada de la consciencia de clase en forma de programa argumentado. El marco es todavía la inminencia de la liberación nacional de media Europa: las revoluciones del 48, bautizadas por la pequeña burguesía continental como La primavera de los pueblos.

Ahora la separación entre socialistas y comunistas, es decir, a la separación entre movimientos políticos que reclaman el apoyo del proletariado ofreciendo ciertas medidas socializantes, va un paso más allá. Se trata de dejar atrás los sistemas que sirvieron a las primeras expresiones políticas de la clase, convertidos ya en un lastre a las puertas de una revolución burguesa en que los trabajadores se preparan para aparecer, por primera vez, como una clase independiente. A la lista de tendencias que expresan engañosamente críticas y aspiraciones de otras clases, se agrega ahora un criterio general que opera dentro del propio campo proletario definiéndolo:

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.

Destacar y hacer valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad es internacionalismo; representar siempre los intereses del movimiento en su conjunto, centralismo.

En el momento, ese centralismo no se enfrentará tanto a las divisiones impuestas y reproducidas por la sociedad burguesa y sus discriminaciones constantes, como a las diferencias producidas por el distinto grado de desarrollo económico y político de los capitales que crean y explotan en ese momento a cada destacamento de la clase. En cualquier caso, los resultados son siempre similares: facciones de la pequeña burguesía tironeando hacia sí de perfiles específicos dentro de la clase, afirmando para ellos intereses particulares que abrirían la puerta hacia el interclasismo.

En la práctica, puede interpretarse toda la historia política de la clase obrera como una lucha por afirmar estos dos principios: la famosa Comunicación de Marx al CC de la Liga sobre la revolución alemana en 1850; las luchas en el seno de la Iª Internacional contra las tendencias nacionalistas -de Mazzini a la dirección de los sindicatos británicos- y sobre todo el ataque directo al centralismo de la Alianza de Bakunin; los congresos de Gotha y Erfurt en el nacimiento del SPD; la lucha de los socialistas polacos -con Rosa Luxemburgo a la cabeza- y los bolcheviques rusos -con Lenin- por afirmar ambos principios en la organización de la socialdemocracia rusa frente a los que querían autonomía para grupos nacionales en el partido; la afirmación del derrotismo revolucionario ante la traición y explosión de la IIª Internacional al estallar la primera guerra imperialista mundial, etc. etc.

¿Qué son? ¿Qué significan estos dos principios? Son la expresión organizativa de las dos dimensiones del proletariado como clase universal:

Es decir, la historia del movimiento revolucionario es la historia de la defensa y afirmación del proletariado como clase universal: una única clase en cada una de sus luchas y expresiones en cualquier lugar del mundo.

Organizaciones de clase

Fuera de la lucha, el proletariado es solo fuerza de trabajo atomizada y machacada rutinariamente para reproducir el capital, sólo un conglomerado amorfo de personas que se las arreglan lo mejor que pueden para sobrevivir en una sociedad insoportable, reproduciendo el ambiente de competencia y enemistad, el espíritu insano del capitalismo. A veces, sin embargo, la clase se constituye, se afirma en la lucha contra la explotación y -más o menos conscientemente- afirma un futuro para la especie entera: el comunismo. Entre ambos polos...

... hay individuos que son revolucionarios independientemente del estado momentáneo en el que se encuentre la clase en su conjunto, sólo su número varía según la situación social. Son revolucionarios porque son conscientes de que su objetivo y el de la clase en su conjunto es el comunismo.

Estos individuos revolucionarios tienden a organizarse por afinidad de ideas, ideas que no caen del cielo sino que provienen de una interpretación particular de la historia de la lucha de clases. De cada confrontación entre el capital y el proletariado se aprenden lecciones, de las cuales nace la teoría revolucionaria y lo que la hace evolucionar.

Ni toda interpretación de la lucha de clases es comunista ni las interpretaciones revolucionarias de la propia experiencia de clase caen del cielo. Como parte de ese mismo devenir de las luchas, su síntesis programática no existe en el vacío. El programa de clase, la expresión más aguda de su consciencia, no es un alma sin cuerpo. Existe y se desarrolla en las organizaciones políticas de la clase.

Marx, Engels, Bebel, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotski o Munis no fueron profetas solitarios e iluminados, tampoco académicos investigadores. El famoso sr. Dühring lo era, ellos no. Eran militantes que aportaron al programa y a la consciencia de clase como pocos en el seno de uno o varios intentos de construir una Internacional, en el marco de unas organizaciones políticas, de cuyos debates y afanes participaban. Nunca se desarrolló la teoría revolucionaria fuera de la clase y sus organizaciones.

Lo que permitía definirlas como organizaciones proletarias no era su composición sociológica, que en cualquier caso era abrumadoramente obrera, sino no haber violado nunca las fronteras de clase. Desde luego no eran monolíticas, ni siquiera las corrientes dentro de ellas. En la izquierda de la IIª Internacional, las diferencias entre los revolucionarios eran evidentes. En 1902, en el momento definitorio en la organización del socialismo ruso, Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotski no consiguieron avanzar juntos y cada uno saldrá del congreso del POSDR en una organización distinta. La lucha de clases les volvería a unir sin embargo, primero en la defensa contracorriente del derrotismo revolucionario durante la guerra mundial, luego en la revolución.

Pero detengámonos en la guerra. Llamar al reclutamiento, votar los créditos de guerra, empujar a los trabajadores de cada país a colocarse bajo las banderas de su burguesía y participar en la barbarie guerrera muriendo y matando en pos del interés del capital nacional contra otros capitales nacionales, es una evidente violación del internacionalismo.

En 1870, al estallar la guerra franco-prusiana, el primer partido marxista alemán había levantado la bandera del derrotismo contra la guerra. Sus líderes, Wilhem Liebknecht y August Bebel, lo pagaron, tras un sonado juicio, con cinco años de cárcel. La solidaridad y el efecto creado en grupos crecientes de trabajadores darán sin embargo el impulso político del que nacerá el SPD. ¿Qué había pasado en menos de veinte años con el partido que era la referencia mundial del movimiento obrero? ¿Qué había pasado con la Internacional prácticamente entera?

Los partidos socialdemócratas y en especial el alemán, no llegaron ahí de la noche a la mañana. Un largo camino de oportunismo1 y consignas centristas2acompañaron la consolidación de los cuadros sindicales en la dirección de los partidos, cuadros cada vez más implicados en la colaboración con el estado y al tiempo cuidadosos de no despertar al ala izquierda o soliviantar a las bases. Si una organización o tendencia llega al punto de cruzar las fronteras de clase, no lo hace sin haber torcido antes su perspectiva al punto de poder acomodar sus resultados a las necesidades del capital. Por eso no hay posibilidad de vuelta atrás para una tendencia que traiciona el internacionalismo, sin desmontar todo el edificio teórico y moral que la sostiene, es decir, sin dejar de ser ella misma programática, táctica y organizativamente. Por eso no hay posibilidad de recuperación... y tampoco de que surjan del árbol seco sanos retoños críticos sobre posiciones de clase.

Las tendencias y organizaciones que cruzan las fronteras de clase al punto de llevar a los trabajadores a la masacre en defensa del capital nacional, no tienen arreglo, corrección ni renacimiento posible.

Por eso la lucha por salvar las organizaciones políticas destiladas por el proletariado y la historia de su denuncia cuando cruzan las fronteras de clase, es la historia del movimiento comunista mismo. A la denuncia de la IIª Internacional seguirá una década más tarde la de la IIIª ante la supeditación de la Revolución mundial a las necesidades del estado ruso3 que se materializará como forma global de la contrarrevolución con las alianzas antiimperialistas y los frentes populares que entregarán al proletariado a la burguesía nacionalista en China (1926-27) y reimpondrán a sangre y fuego el estado democrático contra la revolución obrera en España (1936-38).

¿Cómo pudo la Internacional que había nacido de la Revolución mundial, desarmarse y torcerse hasta llegar a esa aberración? Una vez más no ocurrió en un día. En paralelo a la degeneración del estado de los consejos obreros y campesinos en Rusia, un largo recorrido de consignas centristas y prácticas oportunistas prepararon el desastre. Esta vez, además, comenzó por algo que nos interesa especialmente desde el punto de vista de nuestro relato: la definición del frente único.

Centrismo y frente único

El IIIer Congreso de la Internacional Comunista se celebra en junio de 1921 en un ambiente de desánimo. La Revolución mundial está en retroceso y ha sido derrotada en Alemania e Italia, donde el fascismo está en ascenso; la crisis económica generalizada no está siendo acompañada de un aumento de las luchas de clase. Los partidos socialdemócratas y sus sindicatos mantienen encuadrados a la mayoría de los trabajadores desde Gran Bretaña a España pasando por Francia y Alemania. Llaman escisionistas a los comunistas y consiguen aislar éstos bajo hipócritas consignas de unidad. Las Tesis sobre táctica que aprueba el congreso intentan enfrentar la celada convirtiendo la unidad en consigna comunista. Pero ¿cómo es posible la unidad con organizaciones y tendencias que han cruzado las fronteras de clase? Las Tesis sobre táctica del Congreso intentan un malabarismo centrista: participar en las movilizaciones de los sindicatos y partidos de la IIª Internacional y la Internacional II y 1/24 para denunciarlas.

La Internacional Comunista debe, tal como lo hizo hasta ahora, llevar a cabo la lucha más decidida no sólo contra la IIª Internacional y contra la internacional sindical de Ámsterdam, sino también contra la Internacional II y 1/2.

La Internacional Comunista sólo puede despojar a esos agentes de la burguesía de su influencia sobre la clase obrera mediante una lucha sin cuartel que les demuestre a las masas cotidianamente que los socialdemócratas y los centristas, lejos de tener la más mínima intención de luchar para derrotar al capitalismo, ni siquiera están dispuestos a luchar por las necesidades más simples e inmediatas de la clase obrera.

Para conducir esta lucha hasta la victoria, debe ahogar en germen toda tendencia y todo brote centrista en sus propias filas y probar, mediante su acción cotidiana, que es la internacional de la acción comunista y no la de la frase y la teoría comunistas. La Internacional Comunista es la única organización del proletariado internacional capaz, por sus principios, de dirigir la lucha contra el capitalismo. Debe fortalecer su cohesión interna, su dirección internacional, su acción, de tal modo que pueda lograr los objetivos que se propuso en sus estatutos: «organizar una acción conjunta del proletariado de los diversos países, tendente a un solo fin: la liquidación del capitalismo, el establecimiento de la dictadura del proletariado y de una república internacional de los soviets».

Organizar una acción conjunta del proletariado de los diversos países había significado, en los dos primeros congresos, coordinarse para la Revolución mundial. Ahora significaba participar en las movilizaciones organizadas por los partidos y sindicatos socialdemócratas para demostrar que sus dirigentes ni siquiera tenían la voluntad de dirigir coherentemente las movilizaciones por las reivindicaciones salariales más básicas. Es la táctica del frente único.

La Internacional había denunciado en los dos primeros primeros congresos a los partidos y sindicatos socialdemócratas que habían llamado a la guerra como parte del estado capitalista. Ahora la denuncia se limitaba a la dirección, buscando ganarse a las bases sin cuestionar el fetichismo que mantenía a sus miembros leales a unas organizaciones que les habían mandado a la guerra. Es decir, en la práctica, la nueva táctica volvía a considerar a aquellas organizaciones partidos obreros y aunque se mantuviera la denuncia de sus líderes, aunque se adornara incluso de epítetos más duros que nunca, convertía a los nacientes partidos comunistas en ala izquierda de los sindicatos y partidos que habían cruzado las fronteras de clase y se dedicaban a mantener el orden social capitalista con todas sus fuerzas.

Nada se puede esperar de ningún tipo de entrevistas con los jefes sindicales, así como con los dirigentes de los diferentes partidos obreros socialdemócratas y pequeñoburgueses. Contra aquéllos debe organizarse la lucha con toda energía pero el único medio seguro y victorioso de combatirlos consiste en apartarlos de sus adeptos y demostrarles a los obreros el ciego servicio de esclavos que sus jefes socialtraidores le prestan al capitalismo. Por lo tanto, debemos, en la medida de lo posible, colocar ante todo a esos jefes en una situación en que se vean obligados a desenmascararse y atacarlos, después de esos preparativos, del modo más enérgico.

Por supuesto hay resistencias, pero el frente único finalmente se aprueba con el único voto en contra de las secciones francesa, italiana -que lo acepta pero solo para los sindicatos- y española. ¿Cómo pudo pasar? Los revolucionarios rusos luchan desesperados por mantener un estado que, tras la guerra civil, con las fábricas destruidas o abandonadas, desbandadas, masacradas o militarizadas las masas obreras que habían hecho la revolución, es un esqueleto vacío mantenido a duras penas por el partido y una naciente burocracia estatal. En las prisas por acelerar el impulso de clase, los jóvenes partidos comunistas habían sido conducidos a dar cabida a buena parte de la fracción centrista, que seguía midiendo el éxito del movimiento en resultados parlamentarios y congresos sindicales ganados, no en términos de huelga de masas.

La tentación oportunista es dejarse llevar por la consigna de éxito en el momento, la unidad, que usan los socialdemócratas contra los comunistas y que al final muestra la debilidad de unas masas que, sin fuerzas para avanzar, se aferran a la ilusión de una vuelta al viejo y conocido mundo de las reformas progresivas anterior a la guerra. Y oportunismo es también separar el cuerpo del alma de la socialdemocracia y pasar de juzgarla como corriente histórica a distinguir entre dirigentes y miembros encuadrados para no tener que enfrentar el significado de la organización como un todo.

El oportunismo lleva al centrismo de cabeza. Entendido como una tecnología de hacer consignas, el frente único es impecable. En la práctica convierte a los partidos comunistas en fracción externa de la nueva generación de partidos burgueses que, viniendo del movimiento obrero, encajan a la perfección con los sindicatos en la construcción del capitalismo de estado que está sustituyendo al estado liberal a toda velocidad.

Cuando en noviembre de 1922 se celebra el IVº Congreso, el deslizamiento ya es completo. La Internacional y sobre todo el partido ruso que quiere que los partidos comunistas, que no consiguen impulsar la revolución, sirvan al menos para evitar una nueva invasión imperialista del bastión ruso, aceptan ya los gobiernos de izquierda burguesa como gobiernos obreros y se dan como objetivo empujar a la socialdemocracia a formar gobierno con los comunistas en vez de con los liberales.

El gobierno obrero (eventualmente el gobierno obrero y campesino) deberá ser empleado en todas partes como una consigna de propaganda general. Pero como consigna de política actual, el gobierno obrero adquiere una mayor importancia en los países donde la situación de la sociedad burguesa es particularmente insegura, donde la relación de fuerzas entre los partidos obreros y la burguesía coloca a la solución del problema del gobierno obrero a la orden del día como una necesidad política.

¿Es un gobierno de la izquierda burguesa alcanzado por medios electorales un gobierno obrero? Evidentemente no puede haber un gobierno obrero sin soviets, sobre un estado burgués que, de hecho no deja de reforzarse. Así que la declaración redobla el centrismo hasta el absurdo, afirmando que:

Un gobierno de este tipo sólo es posible si surge de la lucha de masas, si se apoya en organismos obreros aptos para el combate y creados por los más vastos sectores de las masas obreras oprimidas. Un gobierno obrero surgido de una combinación parlamentaria también puede proporcionar la ocasión de revitalizar el movimiento obrero revolucionario Pero es evidente que el surgimiento de un gobierno verdaderamente obrero y la existencia de un gobierno que realice una política revolucionaria debe conducir a la lucha más encarnizada y, eventualmente, a la guerra civil contra la burguesía. La sola tentativa del proletariado de formar un gobierno obrero se enfrentará desde un comienzo con la resistencia más violenta de la burguesía. Por lo tanto, la consigna del gobierno obrero es susceptible de concentrar y desencadenar luchas revolucionarias

Decir que solo es posible si surge la lucha de masas cuando lo que ha llevado a la consigna es su ausencia, sirve en realidad para poder deducir que la lucha de masas se está multiplicando cuando se producen buenos resultados electorales y una combinación parlamentaria con la socialdemocracia se hace posible en algún punto del horizonte. El centrismo ha llevado, con letra impecable, a los partidos comunistas a reproducir el cretinismo parlamentario de la socialdemocracia anterior a la guerra. Lo que es peor, ha naturalizado que su principal función revolucionaria es la defensa del estado ruso mediante coaliciones con la izquierda del aparato político del estado burgués, definitivamente rebautizada como partidos obreros. El camino para que se enfrenten a la revolución como si esta fuera una desviación izquierdista, está abierto de par en par. Llegará cuando los frentes únicos se conviertan en frentes antiimperialistas en los países semicoloniales y frentes populares antifascistas en Europa.

Centralismo y alianzas

Como hemos visto, el centrismo es una enfermedad mortal para las organizaciones políticas de clase. Levanta el puente entre el oportunismo y la traición mediante consignas que desdibujan las fronteras de clase haciendo el tránsito menos perceptible a las masas... y a los propios revolucionarios. El centrismo es destructivo porque da apariencia de impecabilidad a prácticas oportunistas que ofrecen resultados inmediatos mientras afirma textualmente posiciones de clase.

El frente único fue, históricamente el comienzo de una pendiente hacia una nueva ruptura con el principio internacionalista: la supeditación de la Revolución mundial a las necesidades del estado ruso. Partía de una reconsideración de los partidos sindicatos socialdemócratas como partidos y sindicatos obreros por el hecho de encuadrar masas de trabajadores, invisibilizando que son las fronteras políticas de clase y no la composición sociológica lo que determina la naturaleza de una organización.

Pero salvo en España e Italia, en la práctica cotidiana, la discusión del frente único fue sobre todo una discusión técnica sobre consignas que no ponía en cuestión el significado político de conjunto. El frente único, desde esa perspectiva, sería el resultado espontáneo de una serie de consignas capaces de comprometer a las distintas tendencias del movimiento obrero en una acción común movilizadora del conjunto de la clase. Sería una tecnología de supeditación de las diferencias programáticas entre tendencias del movimiento obrero a la lucha de la clase. Una expresión activa de centralismo.

Y es verdad. Solo que al invisibilizar las fronteras de clase todo el aparato argumentativo colapsa por sí mismo. No puede hacerse un frente común con el aparato político del estado burgués. El centralismo del capital nacional se materializa en el capitalismo de estado, expresión del desarrollo totalitario del capitalismo. El centralismo de la clase universal en los consejos obreros y el partido de clase, es decir en las expresiones más altas de su independencia política. Ambos centralismos son violentamente antagónicos entre sí. Intentar conciliar el uno con el otro no produce híbridos sino que derrota y disuelve a la clase: gobierno obrero, gobierno de los trabajadores y otras fórmulas similares son al final indistinguibles en su desarrollo de los frentes populares que arman a la democracia contra la revolución supeditando a los trabajadores a las facciones democráticas del capitalismo de estado; y de los frentes antiimperialistas que someten la revolución proletaria a las aspiraciones nacionales de las burguesías periféricas.

El frente único, por tanto, solo es posible entre tendencias obreras que no hayan salido del terreno de clase. Ahí sí, un programa común válido, puede llevarlas a ser más útiles para la aparición y el desarrollo de las luchas. Pero al final estas se producen como resultado de un metabolismo mucho más complejo que el de las organizaciones políticas, sorprendiendo siempre o casi siempre a los revolucionarios. Y cuando se desarrollan pasan necesariamente además por la huelga de masas y la organización asamblearia de grandes masas de trabajadores, algo que como apuntaba ya Rosa Luxemburgo en 1905 no puede decretarse ni prepararse.

Si algo nos enseña la Revolución Rusa, es, sobre todo, que la huelga de masas no se «fabrica» artificialmente, que no se «decide» al azar, que no se «propaga» [desde una organización]; es un fenómeno histórico que, en un momento dado, surge de las condiciones sociales como una inevitable necesidad histórica. Por lo tanto, no se puede entender ni discutir el problema basándose en especulaciones abstractas sobre la posibilidad o la imposibilidad, sobre lo útil o lo perjudicial de la huelga de masas.

La tendencia al centralismo de la lucha de la clase como un todo, no es el producto de la centralización previa de las tendencias de clase, ni éstas pueden hacer la transición de una a otra a voluntad. La fantasía del cuadro de mandos es una fantasía de control de la burguesía. El proletariado tiene su propia lógica. La lucha de clases no conoce atajos.

El sentido del frente único entre tendencias y grupos en el terreno de clase, es al final, someterse en común a una práctica de intervención y discusión cuyos resultados, produzcan nuevos acendramientos programáticos, elevando en ese plano la consciencia de clase bajo la forma de programa. El frente único dentro de las fronteras de clase es una herramienta del proceso de construcción del partido. Es lo que las izquierdas de la IIª Internacional intentan en Zimmerwald, y lo que en vísperas de la revolución rusa primero y de la alemana después, une a las distintas fracciones que formarán luego el partido comunista; es el llamado de los internacionalistas españoles en 1944 a formar un frente único con los internacionalistas franceses y la izquierda comunista italiana ante las insurrecciones obreras de los últimos años de guerra. Una forma para construir, en el curso de la lucha de clases, organizaciones políticas aptas para contribuir al desarrollo de la acción revolucionaria de las masas.

Las alianzas posibles

Llegamos hasta aquí armados por siete ideas fundamentales:

¿Qué nos queda? Desde luego no organizaciones de masas, pues las únicas masas organizadas permanentemente bajo el capitalismo de estado lo están bajo las estructuras de ese mismo estado. Una vez más, no cabe esperar atajos ni hay posibilidad de fabricarlos.

Las corrientes más numerosas que reclaman la historia del movimiento obrero o revolucionario cruzaron hace tiempo las fronteras de clase: La socialdemocracia y el sindicalismo en 1914, el stalinismo en 1928, el anarcosindicalismo en 1937, el trotskismo en 1944-48... Marxismos-leninismos y maoismos variados son subproductos del stalinismo y tan contrarrevolucionarios como él en todas sus manifestaciones, socialismos humanistas y democráticos son híbridos nacidos muertos de los troncos estériles del trotskismo y la socialdemocracia, los sindicalismos de combate no son sino derivados del sindicalismo revolucionario que prestó discurso al fascismo y de la CNT que se enfrentó a la revolución que hacían sus propios miembros por su cuenta, el nacionalismo revolucionario nunca fue otra cosa que revolucionarismo de la pequeña burguesía por mucho que se pintarrajee de rojo... stalinista. En conjunto todas estas corrientes forman el ala menesterosa de la izquierda del capital. El capitalismo de estado actual no les parece suficiente y sueñan con desviar los movimientos de masas hacia la construcción de una utópica verdadera solución nacional para el capital. Es el enemigo de clase en su forma más radical.

¿Qué queda entonces del movimiento político de la clase trabajadora? ¿Qué queda del partido mundial que fue la IIIª Internacional y de la izquierda comunista que se enfrentó a que abandonara el internacionalismo? Tan solo unas pocas tendencias, en su mayoría descendientes más o menos directos de la izquierda comunista italiana y de la fracción internacionalista que resistió a la degeneración chovinista y pro-stalinista de la frustrada IVª Internacional durante la segunda guerra imperialista mundial. No es poca cosa el legado, aunque los números de su militancia hayan llegado escasos a nuestros días. Pero el número, en una organización política, solo es relevante a la hora de la intervención, es decir, solo afecta a la utilidad de una organización o una tendencia cuando se asienta sobre un terreno de posiciones sólido. En los periodos de contrarrevolución y retroceso histórico, lo primero es retomar la continuidad política. El ejemplo clásico es la reunión de Zimmerwald, en plena guerra, cuanndo los pocos internacionalistas que habían reaccionado a la traición de la IIª Internacional se reunieron para poner las semillas de lo que llegaría a ser la IIIª Internacional.

Nos acomodamos como pudimos en cuatro coches y tomamos el camino de la sierra. La gente se quedaba mirando, con gesto de curiosidad, para esta extraña caravana. A nosotros no dejaba de hacernos tampoco gracia que, a los cincuenta años de haberse fundado la Primera Internacional, todos los internacionalistas del mundo pudieran caber en cuatro coches. Pero en aquella broma no había el menor escepticismo. El hilo histórico se rompe con harta frecuencia. Cuando tal ocurre, no hay sino anudarlo de nuevo. Esto precisamente era lo que íbamos a hacer a Zimmerwald.


1 Oportunismo es un deslizamiento dentro del campo político de clase hacia posiciones que, aunque en su formulación y literalidad no ponen en cuestión el programa comunista, en la práctica lo debilitan en nombre de las necesidades u oportunidades del corto plazo, de la oportunidades tácticas, de la dificultad del programa para ser entendido o de potenciales avances contingentes. Como escribe Lenin: «El oportunista no traiciona a su partido, no le es desleal, no se retira de él. Sigue sirviéndolo, sincera y celosamente. Pero su rasgo típico y característico es que cede al estado de ánimo de momento, es su incapacidad de oponerse a lo que está en boga, es su miopía y abulia políticas. Oportunismo significa sacrificar los intereses prolongados y esenciales del Partido en aras de sus intereses momentáneos, transitorios y secundarios».
2 Posición política impecable en su literalidad que se enuncia de manera conscientemente ambigua, permitiendo un deslizamiento en la práctica hacia posiciones que, sin requerir un nuevo enunciado, quedan sin embargo fuera de las fronteras de clase (internacionalismo, centralismo).
3 Eso es lo que significaba la Teoría del socialismo en un solo país, doctrina y práctica política nacida como bandera de la contrarrevolución en Rusia que afirmaba que una Revolución Mundial no era necesaria para «construir» el socialismo y que la defensa del estado ruso, recalificado como «patria socialista», era la principal conquista del proletariado universal. En consecuencia, las relaciones internacionales del capitalismo de estado ruso debían primar sobre el desarrollo de la Revolución Mundial; y la Internacional y sus distintos partidos nacionales supeditarse incondicionalmente a la defensa de la «patria socialista». En la práctica su adopción afirmó los intereses de la burocracia rusa por encima de la Revolución mundial. Al impornerse en los partidos nacionales desde la Komintern, éstos cruzaron la frontera de clase del internacionalismo, llevando a derrotas cada vez más sangrientas al proletariado (Gran Bretaña, China, Alemania) hasta encabezar la represión de la revolución en España en 1936-37, abriendo el paso a una nueva guerra imperialista mundial en la que llamarían al encuadramiento con las potencias imperialistas aliadas.
4 La Internacional II y 1/2 estaba formada por los partidos y grupos socialdemócratas que como Kautsky habían mantenido una posición centrista frente a la guerra, declarándose contrarios a ésta pero negándose a convertirla en revolución. Por eso los textos de la Internacional se refieren a ellos como centristas. El estallido de la Revolución mundial les posicionará claramente contra ésta, demostrando su carácter de ala izquierda, pacifista, de los partidos socialdemócratas traidores.