Manifiesto de la Unión Obrera Internacional

Trabajadores de Francia, Europa y el mundo,

Tenéis ante vosotros un mundo podrido esperando que vuestros golpes lo releguen al pasado. Sois los últimos esclavos de las sociedades explotadoras y fraudulentas que durante decenas de siglos se han sucedido unas a otras, pero también sois sus vengadores, la fuerza activa que debe destruir este mundo podrido y construir otro sin explotación ni fraude. Sois la verdad frente a la mentira. ¡Afirmadla! No necesitáis más que actuar. A cien años de distancia, las palabras del Manifiesto Comunista resuenan como una bofetada en la cara de todos los cobardes y traidores: Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas, tienen en cambio todo un mundo que ganar.

La sociedad capitalista ya hizo su camino. Es la más acabada de todas las sociedades basadas en la explotación humana que el mundo ha conocido. Ha desarrollado, más que ninguna otra, los medios de producción, la ciencia, la cultura y el consumo generales e incluso la libertad dentro de los límites útiles a la minoría burguesa explotadora de la gran mayoría de la población. Ha escudriñado el globo en busca de fuentes de materias primas y mercados; ha introducido en todas partes relaciones capitalistas de explotación, ha aumentado numéricamente el proletariado, ha concentrado la propiedad en un número de hombres que se reduce cada vez más. Ha aumentado así, más que todas las sociedades explotadoras anteriores, por un lado, la separación entre la capacidad de trabajo natural del Hombre y los instrumentos de trabajo (máquinas, técnicas, tierra, fuerzas naturales, etc.) que son indispensables para el libre y pleno ejercicio de esta capacidad. Pero por otro lado, la historia le ha obligado a crear, a través de los miserables intereses de la burguesía, las condiciones necesarias para la aniquilación de cualquier sociedad de explotación y fraude. En el pasado, los esclavos de Espartaco, los siervos de los jacqueries o los sans-culottes del siglo XVIII se rebelaron sólo para ser aplastados o para hacer triunfar a una nueva clase de explotadores. Hoy, el proletariado tiene la posibilidad de dirigir a la sociedad hacia la destrucción de toda explotación, de todo fraude, de toda opresión. Debe tomar posesión de los instrumentos de trabajo que le han sido robados al hombre a lo largo de largas decenas de siglos, restaurar la unidad entre el Hombre y la Naturaleza, garantía de toda libertad, y destruir el Estado. La revuelta del proletariado será la revuelta de la Humanidad. Si no fuera capaz de rebelarse, conduciría a la Humanidad a una nueva servidumbre durante cientos de años.

La sociedad capitalista sólo puede ofrecer a la Humanidad un futuro de miseria, regresión social y cultural, dictaduras policiacas y guerras cada vez más sangrientas, sea cual sea el grupo capitalista que domine el presente (EE.UU. o la URSS). Sin embargo, las fuerzas económicas han alcanzado un nivel que nunca antes habían conocido, aunque su desarrollo se ve obstaculizado actualmente por el sistema que les sirve de marco. Este sistema está ahora completamente carcomido por la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas de producción y la capacidad de absorción del mercado. Esta contradicción produce un creciente maltusianismo económico, que en el futuro generará una lenta degradación técnica, imprescindible para mantener de una forma u otra la división de la sociedad en clases o castas y los beneficios que esta división aporta a la capa dominante. Bastaría que los trabajadores se apoderaran del aparato de producción y lo reiniciaran en beneficio de toda la Humanidad para que la tecnología y la cultura tomaran vuelo de una manera que hoy es inimaginable.

La sobreindustrialización de los Estados Unidos, que es capaz de dar a la mayoría de sus trabajadores un nivel de vida superior en mucho al de los trabajadores del resto del mundo, explotados a la vez por sus propios capitalistas y por el imperialismo estadounidense y ruso, permite, sin embargo, entrever las posibilidades que reserva un sistema en el que la producción se oriente únicamente a satisfacer las necesidades de la población. Este es el objetivo que la revolución socialista debe fijarse desde el momento de su triunfo y hacia el cual la sociedad de transición que nace con su victoria debe tender. Esta sociedad no debe perder de vista ni por un momento la estrecha interdependencia que existe entre la producción y el consumo, incluso en el sistema capitalista. El beneficio que, en el sistema actual, se intercala entre producción y consumo, a veces comprime a uno y a veces al otro, de modo que en el momento en que el consumo y la producción entran en conflicto abierto, el beneficio tiende a desaparecer si se restringe el consumo -de ahí las crisis del capitalismo-, o a aumentar si el consumo supera la producción. En la sociedad de producción en la que el beneficio debe ser prohibido en cualquiera de sus formas, el objetivo principal de la economía planificada es garantizar la producción y el consumo, considerándose la satisfacción de este último como una guía de la producción y no el beneficio, como en el sistema capitalista. Cualquier economía planificada que no tenga en cuenta las necesidades de las masas se orienta ipso facto a satisfacer las necesidades de una minoría explotadora que constituye la capa dominante de la sociedad y la mantiene bajo las normas capitalistas; es parte de la economía dirigida y, hoy en día, sólo puede hundir a la sociedad aun más profundamente en la decadencia.

Desde el estallido de la primera guerra imperialista en 1914, el capitalismo ha entrado en su fase de decadencia y la sociedad en la crisis más decisiva de la historia. Su historial en los últimos treinta años es macabro. Dos veces, el mundo ha sido arrastrado a la guerra, decenas de millones de hombres han sido asesinados, y el trabajo de varias generaciones ha sido destruido sin otro resultado que decidir qué grupo de esclavistas dominaría el mundo. Cada vez, los gobiernos de cada país han llamado a sus respectivas poblaciones a masacrar a las poblaciones de los países enemigos en nombre de la libertad y el bienestar futuro, porque lo que no pueden dar hoy, lo prometen para mañana, como lo hacen todas las religiones. El resultado ha sido miseria y opresión recrudecidas y una regresión social hoy es evidente para todos. Sin preocuparse por sus promesas, los vencedores, escuchando sólo su voracidad, todavía amenazan con desencadenar una nueva carnicería para arrancar los pellejos de los vencidos.

Desde 1914, las fuerzas de producción, las fuerzas humanas y la cultura han alcanzado el nivel necesario para alcanzar la revolución social. Desde entonces, se ha presentado una gran alternativa para la Humanidad y en particular para el proletariado y las clases pobres en general: revolución o guerras continuas, destrucción de la civilización, decadencia y recaída en la barbarie. La guerra fue la señal del agotamiento de las posibilidades positivas de la forma social capitalista; debería haber sido destruida. El proletariado de los dos bandos en guerra debería haber vuelto las armas, que los capitalistas y dirigentes obreros pusieron en sus manos para derrotar al enemigo, contra estos mismos capitalistas y dirigentes obreros.

El mundo se habría ahorrado así treinta años de opresión y sufrimiento inauditos, treinta años de crímenes como nunca antes se habían visto. Se trataba de destruir esta sociedad de explotación sin tener en cuenta las patrias que había producido y no de destruir Alemania en beneficio de Inglaterra y Francia, o de estos dos en beneficio de Alemania. Pero los dirigentes obreros, en asociación con los explotadores, lograron imponer la guerra por la destrucción de un grupo de naciones en beneficio de otro. El dilema planteado por la evolución humana, cuya solución positiva exigía la confraternización de los pueblos en la revolución social, fue reemplazado por un falso y reaccionario dilema: el triunfo del capitalismo alemán o el triunfo del capitalismo francés o inglés que, al final, fue simplemente el triunfo del capitalismo americano. Violentamente rechazado, lejos de su meta, en el momento en que iba a alcanzarla, falseada en su esencia y en su actividad cotidiana, el movimiento obrero sufrió un serio retroceso ideológico y una inmensa derrota, ya que se había puesto vergonzosamente al servicio del capitalismo en el mismo momento en que debería haberlo destruido.

Gracias a la acción intrínsecamente internacionalista, antipatriótica y derrotista revolucionaria de los bolcheviques, el triunfo de la revolución rusa restaura los términos exactos del dilema histórico presentado a la Humanidad, llamando a los pueblos a apoderarse de la economía y del poder político, a destruir el Estado capitalista y a volver sus armas contra su propio gobierno. Ciertamente, la traición de los dirigentes de la Internacional Socialista habría tenido un alcance muy limitado si la Revolución rusa no hubiera sido traicionada ella misma unos años después de su victoria. Así, mucho antes del estallido de la segunda guerra imperialista, la Tercera Internacional y el gobierno del Kremlin habían repudiado, mucho más completa y pérfidamente que la Segunda Internacional en 1914 , el gran dilema histórico. Traicionaron al proletariado y contribuyeron con todas sus fuerzas a empujar a la sociedad a la decadencia a través de las guerras, la sobreexplotación y el totalitarismo burocrático y policial. Esta es la carga abrumadora que pesa sobre el proletariado mundial, que lo hace escéptico, que paraliza su acción revolucionaria y que lo convierte, a través de los líderes comunistas y reformistas, en una víctima del capitalismo.

Si la primera guerra imperialista ya había mostrado a los explotados del mundo -en particular al de los de los países en guerra- la urgente necesidad de poner fin al capitalismo y sus carnicerías periódicas, la segunda guerra les mostró de nuevo la misma necesidad, pero en términos infinitamente más perentorios y de una manera mucho más urgente. El triunfo de las Naciones Unidas, al igual que el del Eje, no hizo más que agravar la crisis de descomposición y decadencia, agravar la situación del proletariado y de las clases pobres en general, socavar su confianza y combatividad, viciar su pensamiento con el despreciable veneno nacionalista y prolongar la vida del capitalismo, caduco desde hacía mucho. Es sobre todo gracias a los partidos llamados comunistas, vinculados a Moscú, que esta tendencia ha sido adoptada o, mejor dicho, ha impuesto a las masas. Al negar el internacionalismo proletario y aceptar la guerra imperialista, primero al lado de Hitler/Stalin, luego al lado de Roosevelt/Stalin/Churchill, el stalinismo no hizo más que obedecer a los intereses reaccionarios del gobierno de Moscú, su amo y corruptor, pero infligió al proletariado una derrota más grave que el aplastamiento de una insurrección por las armas capitalistas, ya sea que hablara y actuara a favor del fascismo contra las plutocracias imperialistas o a favor de ellas contra el fascismo, quedaban en el campo las fuerzas de la decadencia, cuyo interés vital requería que el proletariado quedara atrapado en el falso y reaccionario dilema (la victoria de un grupo de naciones capitalistas sobre otro) para evitar que estableciera su propio dilema: revolución social y fraternidad proletaria o guerra imperialista y barbarie. Aliado a Berlín o Washington, Moscú no cambió de bando en relación con los intereses del proletariado, que son los intereses históricos de toda la Humanidad. Esta fue la prueba más concluyente de que el Kremlin no representaba la revolución rusa de 1917, sino a sus destructores.

De hecho, ninguna política revolucionaria es posible hoy en día, y el proletariado será incapaz de salir de la esclavitud, si no entendemos que el actual gobierno de Moscú y todos sus partidos en el mundo representan, no la revolución, sino la contrarrevolución rusa. En los viejos países capitalistas, el estado, su policía, sus leyes y tribunales concentran y representan de múltiples maneras los intereses de todos los capitales individuales que explotan al proletariado; en la Rusia de Stalin, el estado es casi el único capitalista y explotador. Así, el tipo de propiedad y explotación capitalista, la policía, la legislación y los tribunales que apoyan a los dos primeros se concentran en sus manos. Nunca en la historia, desde las últimas etapas de la decadencia romana, ha habido una concentración de poder tan monstruosa. Esto es lo que dio al régimen del Kremlin su carácter totalmente totalitario.

Las perspectivas generales de Marx y Engels se basaban en la observación de que las sociedades, sean cuales sean, nacen, se desarrollan, degeneran y desaparecen para dar paso a una nueva sociedad que, a su vez, sufre la misma suerte. Su crítica llega en un momento en que el capitalismo está a punto de alcanzar su apogéo y les impide discernir claramente las características específicas del capitalismo en descomposición. No habían considerado que llegaría a esta etapa. El considerable desarrollo del movimiento obrero en los últimos años de su existencia también dio motivos para esperar que el partido revolucionario del proletariado destruyera la sociedad capitalista en el momento en que dejara de tener un valor positivo, incluso relativo, para el conjunto de la Humanidad. Cabe señalar aquí que Marx y Engels consideraban inevitable la revolución socialista, olvidaban así el otro término de la alternativa: la decadencia. No es su culpa, sin embargo, que el partido revolucionario haya pasado al enemigo con armas y equipaje para convertirse en el principal obstáculo para la emancipación de los trabajadores y así facilitar la decadencia de la sociedad. De ahí viene la deficiencia de sus perspectivas generales. En efecto, como el optimismo de sus previsiones había fallado por culpa de los hombres, el factor subjetivo, las perspectivas sobre la evolución del capitalismo hacia la degeneración adquirieron un carácter sumario porque estas previsiones les parecían superfluas, debiendo el partido revolucionario del proletariado evitar la decadencia mediante la destrucción de la sociedad capitalista. Por otra parte, hay que reconocer que las características degenerativas del capitalismo a penas se percibían en su momento, les resultaba difícil denunciar la evolución futura de la sociedad en ausencia de una revolución social triunfante.

Las perspectivas económicas de Marx se han visto ampliamente confirmadas en sus grandes líneas, aunque en este desarrollo han surgido algunos rasgos nuevos que constituyen el contenido mismo de la decadencia.

El fenómeno de la concentración de capital ha provocado, por ejemplo, transformaciones en las formas de propiedad y competencia. En la primera etapa del capitalismo moderno, la etapa del liberalismo económico, la propiedad era estrictamente individual y sólo expresaba el capital invertido en la empresa. La competencia fue el resultado de la lucha entre los capitalistas individuales en un mercado reducido que rara vez alcanzaba el nivel nacional. Pero la necesidad, engendrada por el desarrollo de la maquinización, de invertir un capital cada vez más considerable ha llevado a la asociación del capitalismo individual y, al final de esta etapa, de la sociedad anónima, donde el enorme capital de una multitud de pequeños capitalistas es administrado por un número muy pequeño de hombres, sin que estos pequeños capitalistas puedan intervenir en la gestión de sus fondos.

En la segunda etapa, la del imperialismo, la propiedad no deja de ser privada, sino que las sociedades anónimas se agrupan en trusts y cárteles que regulan los precios, al tiempo que libran una feroz guerra entre ellas para conquistar mercados cada vez más vastos. Si en la etapa anterior el Estado constituye un factor de equilibrio relativo entre los capitalistas, en la era del imperialismo se convierte en el agente de ejecución directa de los grupos capitalistas más potentes que luchan por obtener el control exclusivo en su propio beneficio.

A medida que continúa el automatismo de este proceso, llegamos a la tercera etapa -el capitalismo de Estado- donde la propiedad, que se ha vuelto impotente para preservar su carácter capitalista por sus propios medios, se refugia al abrigo del Estado, desaparece en él, se funde con él. La propiedad se vuelve indivisible entre los miembros de la clase o casta que detenta el poder político, de modo que en Rusia, por ejemplo, deja de ser una función del capital invertido inicialmente por los capitalistas individuales, que han desaparecido casi por completo. Su papel se limita ahora, en otros países donde los medios de producción han sido más o menos nacionalizados, a embolsarse una parte de las ganancias, mientras que la otra parte es absorbida por los burócratas del Estado y el aparato económico. En resumen, la concentración que se ha producido en el plano económico lleva automáticamente al capitalismo a concentrar sus fuerzas políticas y económicas en las mismas manos, con el único objetivo de resistir mejor los asaltos de las masas.

La disminución del nivel de vida de las masas trabajadoras, que ha sido constante desde la Primera Guerra Imperialista Mundial, apenas ha sido predicha por Marx y Engels, porque es el resultado de la evolución retrógrada del capitalismo en nuestro tiempo. Esta disminución del nivel de vida se manifiesta de varias maneras: primero, por la creación, entre las dos guerras, de enormes ejércitos de desempleados en Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos, por ejemplo, y luego por una disminución absoluta del nivel de vida de todo el proletariado, particularmente significativa en Francia, donde cayó en un promedio del 50%. Finalmente, el nivel de vida de los trabajadores en los países imperialistas ha caído aún más debido al monopolio de la tecnología por parte de la clase dominante, que, a través del trabajo en cadena realizado a un ritmo vertiginoso, conduce a una regresión cultural inimaginable y a un rápido agotamiento de los trabajadores.

En la URSS y en los países de su área de influencia, el trabajo forzoso tiende a convertirse en una forma de explotación normal que permite además bajar considerablemente el nivel de vida de los trabajadores que escapan de ella, y a los que la prohibición de las huelgas les priva de todas las posibilidades de acción para mejorar su situación.

Finalmente, quizás el fenómeno más notable de nuestro tiempo es, sin duda, el favor del que goza el campesinado entre los estratos dominantes de las democracias burguesas en Europa Occidental, así como en las democracias populares de Europa Oriental. Estos son los únicos estratos sociales -aparte de las clases dirigentes, incluyendo, en el Este, las burocracias sindicales y políticas stalinistas y reformistas- que han prosperado en los últimos diez años a expensas del proletariado y las clases medias urbanas, por supuesto. La razón es simple: una capa de campesinos satisfechos no se verá tentada a atarse al proletariado para lograr la revolución socialista y, por lo tanto, constituye un obstáculo adicional de eficacia segura contra ella.

Las perspectivas políticas del marxismo, en relación con el papel del proletariado, no se han realizado porque se ha rechazado la posibilidad de una decadencia del capitalismo y porque el papel del factor subjetivo ha sido subestimado considerablemente o, más precisamente, no se ha indicado suficientemente.

La crisis de la sociedad actual es la crisis revolucionaria más importante y decisiva de toda la historia de la Humanidad. Hasta el presente, la evolución social y las revoluciones que la han confirmado y desarrollado siempre han llevado al ascenso al poder de una nueva clase dominante. Pero la evolución, las revoluciones, la decadencia y los renacimientos anteriores han producido todos los elementos materiales y humanos necesarios para poner fin a toda explotación de una clase por otra y permitir al Hombre enfrentarse, sin divisiones sociales, al mundo exterior, a la Naturaleza y ponerlos a su servicio. El instrumento de esta convulsión social es el proletariado, la clase obrera que no puede ser emancipada por la opresión de otra clase, sino sólo por la liberación de toda la Humanidad. Hace un siglo el proletariado comenzó su heroica lucha revolucionaria, pero desde entonces siempre ha sido traicionado por las organizaciones que lo habían llamado a la lucha por la revolución. La Primera Internacional sólo señaló el camino antes de su disolución; la Segunda Internacional saltó repentinamente al campo del capitalismo en 1914 después de un largo período de adaptación burocrática y parlamentaria; la Tercera Internacional, que realmente representó la revolución mundial durante unos años, se transformó rápidamente en un instrumento externo de la contrarrevolución rusa y su traición fue, por esta misma razón, infinitamente más grave que todas las anteriores. Pero la traición de estas organizaciones, principalmente las llamadas organizaciones comunistas que durante mucho tiempo usurparon el prestigio de la revolución rusa, no fue sólo una deserción en medio de la batalla, sino que significó que toda la fuerza orgánica e ideológica de estas organizaciones estaba al servicio de la contrarrevolución mundial, sin importar las rivalidades imperialistas. A partir de entonces, estas organizaciones, desde un factor revolucionario, se transformaron en un factor conservador, convirtiéndose en auxiliares de la policía, los tribunales y el Estado en general. Así, el proletariado se encuentra encuadrado en organizaciones comunistas, socialistas y sindicales cuyo objetivo último es ayudar a la policía, al ejército, a los tribunales y al Estado a hacer imposible la revolución proletaria. Esto es todo lo que impide que el proletariado se rebele y permite que el capitalismo arrastre una existencia decadente.

El capitalismo de hoy sólo ofrece a la sociedad un futuro más oscuro, un futuro de guerras, un régimen policial y burocrático dirigido por fascistas, stalinistas o ambos, una degradación continua del nivel de vida y de la cultura, una esclavitud acentuada de los trabajos en cadena sin sentido y de los campos de trabajos forzados, la destrucción de la cultura y del conocimiento técnico por medio de la tecnología misma (bomba atómica), el hundimiento de la Humanidad en una nueva barbarie. Ya no tiene derecho a existir. Todas las energías del proletariado y de las clases explotadas en general deben apuntar a un solo objetivo: su destrucción.

En realidad, sería una tarea relativamente fácil si el proletariado sólo tuviera que derrotar a los capitalistas individuales y a las fuerzas armadas de su estado. Clase contra clase, revolución contra reacción, la victoria pertenecería indudable y rápidamente al proletariado, ya que la burguesía está degenerada y, psicológicamente, se sabe vencida de antemano. Pero las fuerzas del orden y la contrarrevolución han encontrado nuevas fuentes de irradiación y están sacando nuevas energías de las organizaciones que un día fueron de los trabajadores. Los antiguos partidos socialistas ya no son, como decía Blum, más que los leales gestores de los asuntos capitalistas y los llamados partidos comunistas (en realidad, los partidos más anticomunistas que existen) sólo son los representantes leales y los gestores de la contrarrevolución rusa, como han demostrado en muchas ocasiones y admitido en cientos de declaraciones. Vinculado a la democracia burguesa, el reformismo socialista degenera con ella; vinculado a la contrarrevolución rusa, el stalinismo se corrompe con ella y vivirá, o perecerá, con ella. Pero la característica de la contrarrevolución rusa es la concentración y exacerbación de la vieja explotación capitalista en manos del Estado, lo que produce una concentración de violencia, de los métodos policiales y burocráticos del totalitarismo, que el capitalismo tradicional nunca ha logrado ni siquiera con Mussolini, Hitler o Franco. En efecto, el régimen existente en Rusia concentra en sus manos la propiedad de los medios de producción y, en consecuencia, la explotación y la violencia judicial y policial que salvaguardan los dos primeros, hasta un punto que la historia nunca ha conocido, incluso en el declive del antiguo Egipto y de la Roma imperial. La propiedad privada de los medios de producción, un signo del viejo capitalismo, ha dado lugar en Rusia, bajo la égida de la contrarrevolución stalinista, a la propiedad capitalista por parte del Estado, que transfiere todo el poder y la mayor parte de los beneficios de la explotación a las manos de los burócratas stalinistas. En los países de Europa Occidental, particularmente en Francia, son los partidos stalinistas y sus burócratas sindicales (CGT) los que tienen el control de la clase obrera y se imponen a ella por todos los medios, desde la demagogia hipócrita en nombre del socialismo y la Revolución rusa, hasta la coerción en todas sus formas en las fábricas y el asesinato de revolucionarios. Sabiendo que la evolución natural del capitalismo (concentración automática de la propiedad en la propiedad estatal) favorece sus intereses, el stalinismo pretende afirmar la dominación de sus burócratas sobre la clase obrera para imponerse a los capitalistas individuales como el mejor representante del capitalismo en general, es decir, como el mejor defensor del sistema que consiste en hacer trabajar a las masas en beneficio de los privilegiados, en mantener la separación del Hombre de los medios de producción, como salvador de todas las fuerzas podridas del orden en general, frente al desorden y la anarquía de las masas rebeldes.

Así, el verdadero enemigo del proletariado y de la revolución social no está constituido principalmente por los capitalistas individuales, a quienes el proletariado podría derrotar con una simple bofetada, ni por su policía, su ejército, sus tribunales totalmente desacreditados y prostituidos, sino por los cuadros políticos y sindicales stalinistas que sustituyen al Estado, donde es incapaz de cumplir su tarea: mantener a la clase obrera en escepticismo y desmoralización. Actualmente, en nuestra época de degeneración del capitalismo, son los verdaderos representantes del Estado. Sin embargo, la tarea histórica más importante del proletariado es destruir la maquinaria estatal, tarea sin la cual la revolución social nunca será.

De ello se deduce que, sin destruir el poder stalinista en tanto que partido y burocracia sindical (CGT) y el de la burocracia reformista (CGT-FO) o sus contrapartes en los demás países, el proletariado está condenado a la impotencia y la esclavitud, no habrá revolución social, sino decadencia y barbarie.

El gran problema de esta época, la terrible tragedia del proletariado, consiste precisamente en la contradicción temporal entre la madurez más que completa de las condiciones históricas, objetivas y subjetivas, de la revolución social y su incapacidad orgánica y práctica para llevarla a cabo. Por lo tanto, la unión entre las posibilidades y los hechos históricos sólo puede lograrse mediante una organización revolucionaria del proletariado. Es a esta tarea a la que nosotros, Unión obrera internacionalista, pretendemos contribuir. Todas las pequeñas organizaciones que existen fuera del reformismo y el stalinismo se han mostrado impotentes para reunir al proletariado bajo una bandera combativa, incluidas las organizaciones oficiales de la IVª Internacional de la que acabamos de salir. La IVª Internacional no ha mantenido integralmente las tradiciones del internacionalismo proletario y sigue apoyando la defensa de Rusia sin ver que la contrarrevolución se ha llevado a cabo plenamente allí. Constituye así una izquierda del stalinismo en todos los países. De esta manera, la IVª Internacional Oficial sólo anula su propio potencial revolucionario. Esto es lo que dio origen a nuestro movimiento, la Unión Obrera Internacional, que tiene como objetivo organizar al proletariado francés, europeo y mundial para lograr su gran meta histórica: la revolución socialista.

París, 1949