El trotskismo stalinizado: defensa incondicional del capitalismo de estado

Rompí formalmente con la IVª Internacional en 1948 -como Natalia Sedova-Trotzky hizo posteriormente- pero eso no me impedirá levantar la mano como trotzkista frente a los calumniadores policíacos de Moscú o de Pekín G. Munis, 1972

El trotskismo stalinizado: defensa incondicional del capitalismo de estadoCrítica del Esbozo de Manifiesto pro Nuevo Partido Obrero de la Worker's League de Inglaterra, 1961Definición de régimenLas dependericias rusasLa guerra y el derrotismo revolucionarioColonias y metrópolisPartido Laborista, partido comunista y sindicatos Consignas y lucha inmediataVerídica historia, 1961¿Qué sucede en la IVª Internacional?, 1962Alianza y política espúreas en Bolivia, 1964Dos cuartas de Internacional en un solo geme oportunista, 1963Solidaridad y crítica, 1966El izquierdismo francés después de mayo 68, 1969Fusión LC-LO en Francia, 1971El trotzkismo en América Latina, 1971Félix Morrow sobre la Revolución española, 1971¿Dónde estáis militantes de Lutte Ouvriére?, 1972Los lacayos de la contrarrevolución stalinista, 1977Las hienas en el desfile, 1978Hoja distribuida en la fiesta de Lutte Ouvrière de junio de 1979Trotskismo: defensa incondicional del capitalismo de estado, 1984

Crítica del Esbozo de Manifiesto pro Nuevo Partido Obrero de la Worker's League de Inglaterra, 1961

Definición de régimen

Antes de hablar de lo que debe considerarse programa propiamente dicho (consignas, proyectos de realización revolucionaria) es indispensable examinar algunas definiciones del Esbozo de Manifiesto. El párrafo relativo a Rúsia comienzá asi:

Las relaciones de propiedad establecidas por la Revolución de Octubre son, aúnque transitorias, antagónicas con las relaciones de propiedad del mundo capitalista

Las palabras aunque transitorias, revelan un error de concepción que parece presentido por sus propios redactores. En efecto, tales palabras contribuyen a negar, no a fundamentar ni a matizar el antagonismo que la frase quiere destacar,

El pensamiento revolucionario ha contemplado siempre un período de transición entre la sociedad capitalista vencida y la sociedad comunista, pero no hay en él huella de relaciones transitorias de propiedad, que no serían capitalistas ni socialistas. La sociedad de transición surgida de la toma del poder político por el proletariado no difiere de la sociedad comunista sino por los rasgos heredados del capitalismo, que ella ha de borrar, Se trata, antes que nada, de la distribución del producto social basado en el trabajo asalariado (a cada uno según sus capacidades), fuente de la separación de instrumentos de trabajo y fuerza de trabajo, de la acumulación ampliada del capital y de la explotación. En esa distribución social cuya raíz actual es la ley del valor, hoy por completo reaccionaria, tienen origen la dominación de clase, el Estado, y de manera mas general la alienación del Hombre. He ahí toda la herencia de la sociedad capitalista que la sociedad de transición ha de anular.

Ahora bien, instrumento de tal anulación puede serlo, sólo, una distribución del producto social no basada en el salario sino en las necesidades de los hombres; del proletariado y de sus capas más desfavorecidas. El poder político mismo no debe tener otra función que garantizar el cumplimiento de esa hueva relación entre producción y distribución conducente, sin solución de continuidad, al comunismo y a la desalienación del Hombre. Sería absolutamente imposible alcanzar semejantes resultados sin que los medios de producción adopten, a seguidas de la revolución, la misma forma de propiedad social que en pleno comunismo. Así pues, no son las relaciones de propiedad las que pueden ser transitorias.

A todo esto, ¿qué clase de relaciones de propiedad estableció la revolución de Octubre? Cierto, no soclalistas. Esa revolución fue hecha por verdaderos comunistas, pero no tenían por mira más que la revolución permanente (Lenin en las Tesis de Abril) en espera de que el proletariado de los países desarrollados viniese en su auxilio. Incluso la táctica de los bolcheviques antes de la toma del poder se inspiró por completo esa perspectiva, lo cual basta para rechazarla en la hora actual. Tras la magnífica tentativa llamada comunismo de guerra, que lejos de responder sólo a las urgencias de la guerra civil apuntaba directamente a la desaparición del salariato, se giró hacia el capitalismo de Estado tal como Lenin lo concibió, relaciones capitalistas de producción y distribución, pero poder político real del proletariado, basado en los soviets. La conservación efectiva de ese poder era, a ojos de Lenin, la única garantía de un futuro desenvolvimiento socialista, la consentiría esperar la victoria de otras revoluciones en países industrializados y pasar juntos a la sociedad de transición y al comunismo. Puede afirmarse hoy que lo único que existió de verdaderamente socialista en la ex-Unión Soviética, fue pese a sus defectos, el poder político. Una vez el poder de los soviets desaparecido y corrompido el partido bolchevique ya no quedaba sino capitalismo de Estado a secas, que fue consolidándose y reconociéndose cómo tal desde la NEP a los planes quinquenales. Las relaciones de propiedad, de producción y de distribución fueron retrollevadas a las normas capitalistas mas rigurosas. Así se efectuó una contrarrevolución cual nunca conociera la historia y cuya principal tribulación es evitar cualquier revolución proletaria en el mundo. ¿Se necesitan más pruebas de ello después del abandono del poder a Hitler en 1933, del aplastamiento de la revolución española, no por Franco, sino por el gobierno ruso y sus stalinistas españoles, después de la política imperialista de resistencia nacional y de toda la obra reaccionaria de Moscú y sus partidos desde la postguerra?

No existe pues contradicción de sistemas entre Rusia y el mundo occidental, sino pura y simplemente la antigua contradicción entre dos grupos de potencias imperialistas. Sólo que esta vez la contradicción y la lucha apuestan la totalidad de la plusvalía mundial, vindicando cada bando sus instituciones políticas.

El Esbozo de Manifiesto declara enseguida que la economía rusa (de la Unión Soviética, escribe aún) a pesar de las enormes distorsiones que le impone la burocracia, no está expropiada por una clase capitalista, y que los beneficios'no son la base de. funcionamiento de la producción.

La forma misma de esa declaración sugiere que la economía rusa está cabal y lindamente expropiada, aunque no sea precisamente por una clase capitalista. Es evidente que los redactores del Esbozo no podían, escribir sin cargo de conciencia: la economía rusa pertenece a las clases laboriosas, o bien, a la población entera, Ese es, sin embargo, el único argumento que consentiría concluir, con la lógica de las palabras si no con la de los hechos, que dicha economía tiene algo esencialmente diferente de la de los antiguos países capitalistas. Tal cual está dado, el argumento es pues una escapatoria.

Una economía no puede ser calificada sino sobre la base de las relaciones entre los instrumentos de trabajo y la fuerza de trabajo, entre el sistema de producción y el de distribución. Esas dos antinomias son una constante de la historia universal desde la aparición de las clases, la foma de producción capitalista las ha llevado al paroxismo, y solamente su superación revolucionaria (síntesis dialéctica) nos colocará en presencia de una sociedad sin explotados, clases ni opresión.

¿Cómo juzgar, según dicho criterio, la situación en Rusia? La fuerza de trabajo, los Hombres, lejos de regir allí los instrumentos de trabajo, están separados de ellos, sufren su opresión y sé ven reducidos a la categoría de herramienta. Los instrumentos de trabajo no les pertenecen, y por consecuencia tampoco el producto de su trabajo. Los medios de subsistencia continúan apareciéndoseles como potencias exteriores que los dominan, como mercancías racionadas por el salario. Los trabajadores rusos no poseen, por ende, sino su fuerza de trabajo, que se ven obligados a vender cotidianamente a los propietarios de los instrumentos de producción, por un precio que la ley de éstos impone y que no están siquiera en condiciones de regatear como cuando trataban directamente con los propietarios de fábrica. Las cosas ocurren como en Inglaterra o Estados Unidos, viéndose los proletarios rusos más desfavorecidos que los de esos dos países arquetipo del capitalismo.

¿A quiénes venden los proletarios rusos su fuerza de trabajo? No a burgueses en el sentido formal de la palabra, cierto, pero sí a capitalistas en el sentido más profundo del término: propietarios de capitales en forma de dinero y de gigantescos instrumentos de producción, que constituyen y gobiernan el Estado. La clase burguesa nunca ha podido gastar para su disfrute particular más que una pequeña parte de la plusvalía, yendo la abrumadora mayoría de ésta a acumularse en instrumentos de producción y de dominación (armamento). La forma de capital de los instrumentos de producción es pues lo decisivo y distintivo de la sociedad actual, mucho más que su administración a capricho de cada burgués. La burocracia rusa, cuyo dominio de la economía y de los hombres sobrepasa con creces el de los más reaccionarios regímenes modernos, no es asimilable a la antigua burguesía, pero es, sí, una burocracia capitalista. Se otorga a sí misma, para sus fastuosos gastos, una parte de la plusvalía superior sin duda a la de cualquier clase burguesa, y el resto lo transforma en capital acrecentado, sin más criterio que el de preservar su dominación interior y su posición en el mundo. Por otra parte, los burócratas, políticos o técnicos, que cobran beneficios directos sobre la explotación de los obreros son, también, inversionistas privados. Desde hace mucho tiempo, empréstitos y bonos del Estado les permiten colocar su dinero y obtener réditos garantizados.

Otros argumentos podrían adelantarse, pero, ¿se tiene necesidad de más para concluir que la economía rusa ha sido expropiada a los productores y que funciona sólo según las leyes de la economía capitalista extremadas al máximo?

En todos los países donde la ley de concentración de capitales opera de antiguo, el capitalismo es ya en gran parte burocrático, es decir, de Estado. En los países nuevos no hay huella de la constitución de una burguesía viejo estilo; el Estado es el que juega también el principal papel económico, y por medio del Estado es como los individuos participan de la plusvalía y acceden a posiciones de mando. La burguesía en cuanto conjunto de propietarios de capitales que cada individuo invierte según su buén saber y entender, no se constituirá ya en parte alguna. Es un estadio de desarrollo económico ido. Mas la función de tal burguesía, la producción y la reproducción ampliada del capital, se convierte día tras día en la preocupación esencial del sistema, por medio de la burocracia capitalista que encarna el Estado. La burocracia rusa se ha situado evidentemente en vanguardia de esa tendencia del capitalismo mundial, gracias a su reacción contra la obra de 1917. Se veía empujada en tal sentido por su mentalidad preponderantemente burguesa cuando no por sus orígenes directamente zaristas. Ella atajó en seco la revolución permanente, antes de que tuviese tiempo de pasar a las medidas de revolución socialista.

Empero es indispensable añadir que la marcha internacional al capitalismo de Estado, comprendiendo Rusia y los pretendidos países descolonizados, no es sino una de las consecuencias del retraso de la revolución mundial. Es manifestación de una supervivencia del capitalismo, de algo absolutamente innecesario al ascenso de la Humanidad al comunismo; se trata de una involución y por ende de un fenómeno provisional. Deberá desaparecer mediante la revolución proletaria, o bién arrastrará el mundo entero a la decadencia. Considero ese criterio esencial para enjuiciar todos los acontecimientos de la actualidad, y para adecuar una táctica y un programa susceptibles de trastrocar la situación.

Las dependericias rusas

Es sorprendente que el Esbozo de Manifiesto alinee los países de régimen ruso en dos categorías: los que han hecho una revolución popular (Yugoslavia) y los que no la han hecho. Una vez mas, el Manifiesto se enreda en sus propias palabras. No dice, una revolución proletaria, lo cual, aunque irreal, sería al menos ideológicamente claro. Recuérdese que la revolución popular no ha existido en la historia sino como impostura demagógica de pequeño-burgueses o de contrarrevolucionarios. No tiene viabilidad alguna, ninguna base de clase ni cometido que le permita desenvolverse. Durante la etapa de frente popular fue embozo de la política staliniana de sabotaje de la revolución social.

La lucha de guerrilla hasta la constitución de un ejército regular practicada por Tito durante la guerra, debió su éxito al apoyo militar conjunto de Rusia y de los imperialismos occidentales. La conferencia de Yalta decidió ese apoyo. Como todos los movimientos de resistencia, el yugoslavo no era más que la forma adoptada por la defensa nacional en los países ocupados. El albur de las nuevas ocupaciones después de la caída de Hitler determinaba únicamente la órbita occidental u oriental en la que habría de girar cada nación. En todo eso, el pueblo, el proletariado más particularmente, desempeñó, quisiéralo que no, un papel semejante al de los obreros británicos o americanos en la guerra anti-fascista. El enemigo de la revolución no está nunca falto de engañifas.

El ejército de Tito tomó en Yugoslavia las mismas medidas que el ejército ruso en los países que él ocupaba: desarme del proletariado en cuantos casos éste había echado mano por sí mismo a las armas sin encuadrarse en el ejército regular, nacionalización de la propiedad; constitución de un partido policíaco único, supresión de las huelgas y de toda libertad indispensable a la revolución. ¿Quién llegaba al poder? Evidentemente, no el proletariado, sino la misma burocracia tipo ruso que, gracias al retraso de la revolución proletaria, se destaca como heredera de los negocios capitalistas mundiales. En casos muy numerosos, la nacionalización de la economía tuvo la forma directa de una expropiación del proletariado, que se había apoderado de las fábricas. Era la contrarrevolución impuesta por el ejército y la bofia, antes de que la revolución tuviese tiempo de organizarse. Tal burocracia stalinista sabe por su ya luenga experiencia que la propiedad de Estado es el medio ideal de explotación, el que reduce al mínimo la capacidad de resistencia de los obreros y concentra superlativamente todos los poderes en manos de los explotadores. A mayor abundancia, la experiencia de España en 1936 le aconseja no permitir a los trabajadores apoderarse de la economía un sólo instante. Durante meses, la economía estuvo allí regida por los trabajadores mismos, no por el Estado, lo que puso el stalinismo al borde de la derrota y le obligó, por primera vez, a desenmascararse como tendencia contrarrevolucionaria. Para los hombres de Moscú, la nacionalización encierra el secreto de una eficacia contrarrevolucionaria sin par; es tanto más temible para el proletariado cuanto que va en la dirección funcional automática del capitalismo internacional. Propiedad y planes de Estado representan la suprema medida de salvación contrarrevolucionaria, porque son antípodas de la propiedad comunista y de la planificación para las necesidades.

En realidad, y salvando Yugoslavia, el Esbozo de Manifiesto se abstiene de calificar los regímenes instaurados por Rusia, limitándose a indicar su dependencia económica y militar respecto de ésta. Pero está implícita su asimilación al tipo de régimen atribuido a Rusia.

En contradicción con cuanto ha dicho antes, el Manifiesto declara de repente:

En la naturaleza de clase del listado chino lo que domina, a pesar de las presiones soviéticas, es el capitalismo.

La subida al poder del partido comunista chino, sigue diciéndonos, no fue obra de una revolución proletaria. Verdad, pero en el mismo caso están todos los otros países, exceptuando Rusia. Y en China, la nacionalización y el imperio del Estado sobre toda la economía, agricultura comprendida, son quizás más cabales que bajo todo otro gobierno stalinista. Fuere lo que fuere, el poder político y la totalidad de la plusvalía pertenecen a la misma casta burocrática que en Rusia o Yugoslavia. Por consecuencia, ninguno de esos regímenes puede ser considerado esencialmente diferente de los otros.

Mi pensamiento sobre ese problema particular está expuesto en el artículo La antigua China de los Mao Tse-tung, publicado en el número 5 de Alarma. Inútil repetirlo aquí. De todos modos, es incontestable que cualquier régimen impuesto por un partido stalinista, o directamente por el gobierno ruso, debe ser equiparado al de Rusia. No ha habido mas que una revolución proletaria, la de 1917. Su transformación en contrarrevolución capitalista de Estado explica, no sólo la extensión de ésta a otros países, sino también toda la política exterior del Kremlin, intencionalmente orientada hacia la guerra desde el frente popular al manifiesto de los 81 partidos. Tal política, que tiene una continuidad contrarrevolucionaria netamente discernible, lejos de expresar un oportunismo o una concepción revisionista (reformismo) cual pretenden, entre otros, los quejumbrosos rábulas de la actual IVª Internacional, es una estrategia metódicamente concebida, la de la segunda potencia imperialista de la Tierra; no capitula ante la burguesía, sino que, por el contrario, sabe obligarla a marcar el paso; no está al servicio del capitalismo como la antigua política de la social-democracia, porque representa al propio capitalismo en su más alto grado de concentración económica, policíaca e ideológica. Si no alcanzásemos a comprenderlo y actuar en consecuencia sería el acabose de la revolución mundial para toda la época actual.

La guerra y el derrotismo revolucionario

La definición de la economía rusa como no capitalista lleva consigo una noción enteramente errada de la naturaleza de la nueva guerra mundial que por todas partes se prepara, y obstruye el camino a la aplicación inmediatamente necesaria del derrotismo revolucionario.

El desenvolvimiento de la guerra de 1939-45 fue la más inapelable refutación de la existencia de una contradicción de sistemas sociales contra el antiguo capitalismo y Rusia, como lo creyó entonces, con raras excepciones, la vanguardia revolucionaria. Persistir en ese conservadurismo ideológico, cuyo origen y resultado es un ramplón materialismo mecanicista incompatible con las necesidades revolucionarias, me parece, preciso es decirlo, una vocación de suicidio, un cepo que en un momento u otro forzará la renuncia de quienes en él se empeñan.

La alianza de la Alemania hitleriana con Rusia, igual que después la de las potencias democráticas demostraban, por el sólo hecho de su realización, que las contradicciones entre esas potencias y el sedicente mundo socialista no existían sino para la galería. La guerra entera se desenvolvió bajo el signo de las contradicciones inter-imperialistas, mientras que la existencia real de un mundo socialista tan vasto como Rusia las habría hecho pasar a segundo plano, poniendo en evidencia la contradicción -mucho mas potente e irreductible que la de la lucha por los mercados- entre dos sistemas de producción antagónicos. El fracaso de Hitler queriéndose presentar, por su ataque a Rusia, como campeón del anticomunismo cuando ya el gobierno de Moscú había ejecutado o metido en presidio a los verdaderos comunistas, debería eximir de más argumento, si no fuese que la vanguardia revolucionaria se muestra en alto grado conservadora. En efecto, las mayores potencias imperialistas corrieron en socorro de Moscú, cuando los habría bastado acordar a Alemania un pedazo de Rusia para que encontrase las salidas que le eran indispensables, y su drag nach Osten.

Así pues, el mundo socialista no sólo fue salvado por las potencias mas imperialistas del planeta, sino que por añadidura le consintieron toda la extensión que le conocemos, desde Alemania del Éste hasta China. Le estaban agradecidas de haber traicionado la revolución mundial, en Moscú igual que en Madrid y desde 1936 hasta el fin de la guerra, que de otra manera habría marcado el triunfo del proletariado en toda Europa. Las dificultades no comenzaron sino en el momento en que el gobierno ruso, bien asida la gigantesca plusvalía de sus vastos territorios, pasa de la actitud de lacayo de las viejas potencias a la de nuevo amo y rival.

Es imposible imaginar sesgo alguno, es imposible presentar un sólo argumento serio que permita comprender cómo las contradicciones entre países de igual régimen social han podido dominar frente a contradicciones qué se pretenden fundamentales, que serían absolutamente irreductibles, entre dos sistemas sociales contrapuestos. Cuanto se diga al respecto revelase enseguida ergotismo. Por el contrario, la interpretación dada aquí no sólo permito ver claro, sino también ir muy lejos en el nuevo desarrollo ideológico que requiere el futuro rebrote de la revolución mundial.

El argumento de Trotzky, la equiparación del régimen stalinista al bonapartismo implícitamente aceptado por el Esbozo de Manifiesto, debe ser rechazado. Mediante el bonapartismo la burguesía francesa no hacía mas que consolidar su sistema y su poder desembarazándose de las incursiones políticas de las clases que estaban a su izquierda: artesanos, proletariado, pequeña-burguesfa, que habían sido los protagonistas principales de la lucha contra el antiguo régimen. Su revolución -y la propiedad capitalista- se vieron así circunscritas a sus propios límites, en manera alguna destruidas, ni siquiera amenazadas. El bonapartismo francés se presenta pues como indispensable al desarrollo de la economía burguesa. La revolución comunista, por el contrario, no puede abandonar el poder y la gestión de la economía a ninguna capa social a la derecha del proletariado -a izquierda no puede existir- sin verse a continuación aniquilada y transformada en su contrario. No puede detenerse sin ser inmediatamente traicionada, pues debe dar cima a una y sin solución de continuidad, a la transformación socialista de la producción y la distribución actuales y a la desaparición de las clases, el proletariado comprendido. No siendo así el Estado, en lugar de extinguirse a medida del debilitamiento de las resistencias capitalistas, vuelve a ser guardián o depositario directo de la ley del valor, de la distribución basada en el trabajo asalariado, y en suma de la acumulación del capital. Y ahí está la contrarrevolución en el poder. Que no sea obra de la antigua clase burguesa sino de una burocracia, realza en lugar de disminuir la gravedad del hecho. La llamada burocracia obrera se revela, incluso en los mejores casos, encarnación de las ideas o intereses capitalistas en el seno de la clase obrera. En Rusia como donde quiera se haya instalado o se instale en el poder, la obra de esa burocracia no puede ser sino capitalista y contrarrevolucionaria. Bajo su yugo el proletariado se encuentra aun más abatido e impotente. En fin, ¿cómo puede negarse el carácter capitalista de los medios de producción cuando el trabajador sigue siendo un asalariado? Un proletariado sin capitalismo que lo engendre es tan imposible como lo contrario, el capitalismo sin proletariado.

En la hora presente, la contrarrevolución stalinista ha hecho camino ya largo y enormes beneficios. Fuera de la vasta zona de la Tierra en que ella reina cual señor absoluto, concurre con Estados Unidos y las demás potencias occidentales en la exportación de mercancías y de capitales, bajo el mismo emblema de ayuda a los paises subdesarrollados utilizado por los antiguos imperialismos desde el fin de la guerra. Además, sus partidos en el mundo occidental tienen una política enteramente reaccionaria de unidad nacional, cuyos objetivos inmediatos y a largo plazo son la preparación de la guerra y su dominio político como supremos representantes de los intereses de la nación (aliada a Moscú, claro). El manifiesto dicho de los 811 es más que explícito a tal respecto.

En vano se intentará descubrir una diferencia cualitativa entre los intereses y la política mundial de Rusia y la de Estados Unidos. La naturaleza de la contradicción entre esas dos primeras potencias es intrínseca a su sistema capitalista mutuo, y cada una practica frente a la otra una política anti-imperialista. Si existiese un mundo socialista, hace luengos años que el capitalismo se habría aventurado a asaltarlo, o por el contrario, no menos tiempo que la revolución proletaria cantaría victoria en casi todas partes. La coexistencia pacifica no fue posible en el pasado sino en la medida en que el gobierno ruso ofrecía garantías anti-revolucionarias, sin presentarse todavía como concurrente imperialista. En el porvenir no tendrá vigencia más que por los métodos tradicionales de la competencia por los mercados y por las materias primas, o bien mediante su redistribución por la guerra, que también es una forma normal de coexistencia entre Estados capitalistas. Las necedades demagógicas de Khrutchef sobre tal punto, indican la naturaleza del compromiso que busca con el imperialismo rival.

Es falso que la victoria militar sobre Rusia, ofreciendo al capitalismo occidental nuevos mercados, le consentirían prolongar su existencia. Dejando aparte el hecho de que Estados Unidos, en caso de derrota rusa no podría dejar de mantener el sistema de producción impuesto por el stalinismo, el agotamiento del capitalismo como forma social favorable al desarrollo de la Humanidad no depende de la limitación de los mercados2, sino de la contradicción entre el desarrollo económico global y las necesidades del Hombre. No pudiendo éstas ser satisfechas hoy, debido a la distribución de los productos basada en el trabajo asalariado para la inmensa mayoría, en la plusvalía para los menos, la economía y la sociedad actuales en general conviértense en reaccionarias, están agotadas como factor de civilización. Tal es la fuente más profunda de la crisis de la sociedad contemporánea, y lo que reclama inmediatamente la revolución social. El capitalismo prolonga su existencia y halla solución pasajera a sus problemas, no por la apertura de cualesquier mercados que fueren, sino por la impotencia de los revolucionarios, en gran parte ideológica, que deja el proletariado a merced de los aparatos stalinistas y ex-reformistas.

No, el proletariado mundial no tiene nada que perder, y el proletariado ruso menos aun, de una derrota de Rusia a manos de quién sea. Sin embargo, lo cierto es que a menos de dejar pleno juego al derrotismo revolucionario en ambos bloques se da apoyo al uno o al otro, y la divisa esencial del proletariado; contra la guerra imperialista, guerra civil, queda abandonada en provecho de los intereses militares de Moscú o de Washington.

La gravedad de dicho problema es tanto mayor cuanto que el derrotismo revolucionario ha dejado de ser un principio reservado a tiempos de guerra. Su aplicación se ha hecho necesidad cotidiana, en cada acción del proletariado, y hasta en los países más alejados o neutrales. En el Congo, en Colombia, en el Japón, en Siria, la India, etc., los representantes del imperialismo ruso están afanados en el juego pérfido de la guerra fría. Tampoco faltan, en los países del bloque ruso, a pesar de las duras coacciones policíacas, corifeos actuales o posibles del imperialismo yankee. Incluso los aparatos pro-rusos pueden desempeñar ese papel, como lo demuestra el caso del stalinismo yugoslavo. Precisemos todavía: en las fábricas de todo el mundo occidental, el stalinismo lleva una política exclusivamente guiada por los intereses militares de su metrópoli. No favorece ninguna reivindicación, ninguna lucha que no se encuadre en ese esquema. En todas partes, los representantes paramilitares de los dos imperialismos engatusan a la clase obrera para mejor enrolarla. Si ignorásemos esos hechos nuevos caeríamos en la trampa inconsciente o conscientemente.

Necesario es puntualizar que las principales consignas inmediatas que pueden darse para romper la actual situación reaccionaria, quiero decir incluso consignas de orden económico son informulables salvo sobre la base de la lucha del proletariado contra los dos bloques, hasta el desbarate de los ejércitos. Pero eso no cabe explicitarlo en esta crítica. Concluyo diciendo que tengo por cierto que cuantos grupos se muestren incapaces de aplicar el derrotismo revolucionario día tras día y en los dos bloques militares, serán aniquilados por los acontecimientos.

Colonias y metrópolis

Eh esta época de decadencia del capitalismo no puede haber ninguna lucha por la independencia nacional siquiera un tanto progresiva. La era de las naciones ha periclitado. ¿Se quiere prueba más terminante que la pérdida de independencia real por los países mismos que fueron cuna de la nación y del capitalismo? Y esa situación de hecho, a su vez, la ha posibilitado el retraso del proletariado en suprimir fronteras, ejércitos, etc. Existiendo pues las condiciones históricas objetivas para la realización de tales medidas, los países coloniales o económicamente sujetos al imperialismo no tienen necesidad de atravesar el estadio nacional y burgués; pueden acceder directamente a la sociedad internacional socialista. Por lo demás, dicho estadio nacional y burgués por el cual se quiere meter a los pueblos atrasados lo convierte en absolutamente irrealizable la potencia gigantesca del capital moderno; por tal modo; que la consecución de la independencia formal acentúa a menudo la dependencia económica, que por su parte no tiene nada de formal.

La grita anticolonialista e industrializadora a propósito de los países subdesarrollados ha sido puesta en altavoz por la política inter-imperialista de preparación de la guerra, de la cual, por desgracia, son victimas la mayoría de los grupos revolucionarios. Trátese do Cuba, de la India, de Argelia o de Corea, la acción es siempre desencadenada por las contradicciones inter-imperialistas, en manera alguna por las necesidades históricas de los pueblos. La lucha revolucionaria que estás últimas exigen ha de efectuarse en conjunción con el proletariado mundial y en pro del objetivo más alto posible en el mundo actual considerado como unidad económica y social. Así, la lucha contra el colonialismo debe ser hoy lucha por la revolución proletaria común a los explotados de colonias y metrópolis, debiéndose poner en la picota como reaccionaria toda lucha independentista nacional. Su alcance máximo sería, en efecto, una redistribución de la plusvalía entre los diversos imperialismos y los lucradores nacionales.

La industrialización y la modernización general de los países atrasados no puede hacerse sino de manera muy restringida y reaccionaria por los medios capitalistas, mientras que por los medios socialistas al alcance del proletariado mundial se realizarían prodigios. Ese problema, más que ningún otro, exige una visión de conjunto de las posibilidades del proletariado mundial en posesión de los instrumentos de producción. El retraso de la conciencia revolucionaria por relación a tales posibilidades, no justifica una política que las ignore contando únicamente con la evolución de cada país como universo aislado.

Partido Laborista, partido comunista y sindicatos

El Esbozo de Manifiesto define como reformistas Partido Laborista y partido stalinista por igual. Ni el uno ni el otro lo son. El stalinismo no ha sido ni será jamás reformista, y el laborismo dejó de serlo hace bastante tiempo. Error de definición que tendría poca importancia si no comportase la táctica y las actitudes tan conocidas de frente único, apoyo crítico, regeneración de los sindicatos, etc.

No creo que convenga a ninguna de esas organizaciones otra definición que la de capitalista, aunque destinadas a enrolar al proletariado. La evolución de los partidos stalinistas en todo el mundo ha seguido muy de cerca y casi sin resistencia ni contradicción desde el Vº Congreso de la IIIª Internacional, la senda del poder ruso. Éste recorrió mucho más pronto de lo que de costumbre se cree su periodo termidoriano, reformista sólo de apariencia, y se adentró a tientas en la acumulación del capital, a tiempo que daba caza a los revolucionarios de propósito deliberado. Comportamiento político y realizaciones económicas convergieron en el cepitalismo de Estado, contrarrevolución qué se afirma por los procesos de Moscú y la exterminación de la vieja guardia, exteriorizándose por primera vez en el aplastamiento deliberado de la revolución española. En ningún sitio han desempeñado los partidos stalinistas el papel de Kerensky o el de la social-democracia alemana tras de la primera guerra. Atribuirles, por añadidura, la intención de llevarnos al socialismo por la senda parlamentaria o mediante cualquier evolución, es verdaderamente empeñarse en idealizarlos. El stalinismo no ha hallado oportunidad de ligárselo a cada capitalismo nacional, cual fue el caso de los antiguos partidos reformistas. En cambio, está indisolublemente atado, por interés y por ideas, al sistema ruso. Sólo después de instalado en el poder está en condiciones de romper con su matriz y pasar al bloque occidental, pero ya como primer representante del capitalismo nacional estatizado; aun así, necesita prestársele el emplazamiento geográfico, o bien guarecerse tras la potencia militar americana. Mientras tanto, los partidos stalinistas se disimulan tras la legalidad burguesa, única forma de hacer su apaño y echan una mano a todo el mundo contra la revolución. Saben perfectamente que no pueden encaramarse al poder sino en vísperas de una ocupación por el ejército ruso, o bien tras haber aplastado ellos una revolución. Se trata, en suma, de partidos que llevan en sí la contrarrevolución tipo capitalismo de Estado, y en ese criterio debe basarse nuestra actitud ante ellos. |

Como todos los antiguos partidos reformistas y los sindicatos, el laborismo, por su parte, ha arrojado a la basura toda idea de socialismo, siquiera evolutivo, situándose en la sociedad como un partido capitalista más, cuyas probabilidades de futuro propietario de la plusvalía social no son insignificantes. La fusión de esos partidos con el capitalismo es casi completa, incluso en países como España, donde padecen la ilegalidad. Su evolución ha sido simultánea a la de la concentración del capital y la degeneración del sistema; su porvenir es también el capitalismo de Estado, mas sólo lo alcanzarán mediante el automatismo propio del capital nacional que los encuadra, sin otra posibilidad de acelerar ese proceso que el de los regateos legales. La burguesía restante, en vías de transformarse en alta burocracia, compite en tal sentido con los partidos ex-reformistas, pero, salvo revolución, su colusión sera plena, pronto o tarde, y el sitio de honor corresponderá a los líderes laboristas, pues tienen el mando en la venta de la fuerza de trabajo. En éso, la diferencia entre países occidentales y Rusia reside en que los primeros se acercan al capitalismo de Estado siguiendo el desenvolvimiento natural -hoy reaccionario- de la concentración de capitales, mientras la segunda la abordó de lleno, mediante las exigencias políticas de la contrarrevolución stalinista, que había de destruir la primer tentativa comunista de la historia. Resumiendo, el Partido laborista no debe ser tratado, a mi juicio, de manera diferente que el partido Tory. Los obstáculos del razonamiento tradicional con que tropieza la defensa de esto punto de vista, debemos aprender a vencerlos mediante explicaciones y actitudes absolutamente netas. No se puede ganar hoy la confianza de la clase obrera sino por la rebelión contra el ámbito sofocante en que la tienen sumergida el ex-reformismo y el stalinismo,

Tocante a los sindicatos, me limito a decir que considero imposible su regeneración porque, vistos en la historia de su evolución y en su contenido revélanse necesarios únicamente a los trapicheos de la venta de la fuerza de trabajo al capital. Son organismos propios de la sociedad mercantil. Como el parlamento o los tribunales capitalistas, no pueden ser regenerados y desempeñar un papel revolucionario. El problema es de capital importancia, y por mi parte lo considero de vida o muerte para el porvenir de la revolución; pero no debo abundar más sobre él aquí. Un folleto circunstanciado sobre los sindicatos, co-escrito tiempo ha, será publicado lo antes posible. Me remito a las ideas en él expresadas.

Consignas y lucha inmediata

La constitución de partidos revolucionarios y de una nueva Internacional, cometido de todos los núcleos de vanguardia, exige, a mi entender, un gran esfuerzo de renovación ideológica. La mayoría de las nociones tácticas y de las consignas de lucha inmediata que nos trasmitieron los bolcheviques y que el Programa de Transición recoge han perdido su validez. Todos los factores objetivos y subjetivos en que tal táctica se apoyaba han dejado de existir, substituyéndolos otros. El capitalismo y la situación del mundo se han modificado en gran medida, pero casi todos los núcleos revolucionarios siguen más o menos atascados en el Programa de Transición, comprendidos los anarquistas y otros que lo niegan o lo reniegan. Ese conservadurismo, lote de casi todos los grupos situados a izquierda del ex-reformismo y del stalinismo, cuenta por mucho en su incapacidad para congregar partidos proletarios

En la imposibilidad de presentar aquí un trazado general de la táctica, las consignas inmediatas y el programa revolucionario, me veo constreñido a remitir al número 2 de Alarma (serie anterior). El Llamamiento y exhorto a la nueva generación contiene, en forma de consignas, buena parte de las modificaciones que nuestra tendencia, Fomento Obrero Revolucionario, considera indispensables y ha adoptado. El criterio que preside a tales modificaciones es el siguiente: toda consigna, toda demanda realizable con los medios económicos y los conocimientos técnicos modernos, debe ser propuesta a la clase obrera como consigna inmediata; cuanto está en la necesidad de la organización del comunismo, debo ser formulada como tarea urgente. Eso basta para percatarse do que la reducción de la jornada de trabajo a 6 o 4 horas (sin disminución de paga), la supresión de ejércitos y fronteras y la organización de comités obreros de poder y de distribución de los productos, la desaparición misma del trabajo asalariado -algunos ejemplos sólo- se transforman en consignas inmediatas.

Unicamente el conservadurismo de los revolucionarios arguye que los gritos de ¡Abajo la plusvalía!, ¡Viva la sociedad comunista mundial!- no pueden ser, todavía, comprendidos por las masas y transformados en hechos.

Julio 1961. G. Munis

Verídica historia, 1961

La revista rusa Voprosy Stori (Problemas de Historia) aclaraba el mes de enero que no fuera a creerse que la condena del culto a la personalidad significase, ni poco ni mucho, la amnistía ideológica del trotzkismo. Lo mismo había dicho antes que la revista citada, el siniestro Kadar, el hombre que dio a los tanques rusos libertad de fuego sobre el proletariado de Budapest. Evidentemente, el trotzkismo continúa siendo el espanto del régimen porque el representó, de 1923 a 1936 la oposición mas enérgica al termidor y a la contrarrevolución stalinista. Sin embargo, lo que hoy se llama oficialmente trotzkysmo sólo aspira a ser acogido dentro de la dirección colegial y facilita una futura maniobra de rehabilitación de Trotzky en servicio de la contrarrevolución. Por nuestra parte, declaramos:

Las manos que se nos tendieren caso de rehabilitación de Trotzky y del trotzkismo, son manos que merecerían ser cortadas. Nuestra lucha no cejará sino con el desbarate de la contrarrevolución y la instauración del poder proletario.

París, 9-11-196l.

¿Qué sucede en la IVª Internacional?, 1962

Una Conferencia extraordinaria convocada hace ocho meses por el Buró Latinoamericano (B.L.A.) eligió un nuevo Comité Ejecutivo, probablemente el propio BLA., tomó la decisión de expulsar a Pablo, Frank, Germain, Maitan, y de crear nuevas secciones francesa italiana, cingalesa, belga, más una española sacada no sabemos de dónde. De sopetón, el nuevo Comité Ejecutivo revela que la sección americana (S.W.P.) y la cingalesa (Lanka Sama Samaja) han abandonado el marxismo, que las personas expulsadas, o sea el Comité Ejecutivo depuesto, eran intelectuales pequeño-burgueses escépticos que abandonaron la posición revolucionaria frente a la guerra, y se oponían a la concepción del B.L.A.

Seríamos los primeros en congratularnos si las decisiones y adjetivaciones de la Conferencia llevasen el respaldo de ideas y actitudes consecuentes. Blasonarse de bolchevique y proletario como hace el nuevo C.E. no es más que un pobre truco polémico del que ya abusaron hasta dar nauseas Pablo, Cannon, da Silva etc. Las ideas y los hechos no necesitan darse autobombo ¿Hay en la nueva dirección esos hechos, esas ideas netamente distintos de los de la dirección expulsada? Nada hasta ahora autoriza a pensarlo. Las ideas principales son comunes a expulsados y expulsadores: defensa nacional de Rusia y satélites, en la consabida calidad de Estados obreros degenerados, apoyo a los movimientos nacionalistas gratuitamente calificados de revoluciones anti-imperialistas. O permanentes (lo cual, por sí sólo, es menchevismo, y da esquinazo a la revolución permanente de 1917 identificándola con los Korensky actuales, que están muy a la derecha del de entonces), alharacas castristas de pura demagogia de guerra fría, cuya verdad es el apabullamiento de los trabajadores en Cuba. Y para la nueva dirección como para la expulsada, el programa de transición sigue siendo enteramente válido, cuando en realidad está más sobrepasado por las necesidades inmediatas y por la experiencia que el de los bolcheviques a la caída del zarismo.

La nueva dirección tacha de pacifismo y capitulación a la otra por haber censurado, al parecer, las experiencias nucleares rusas, mientras la nueva ve en ellas un saludable ejercicio de la preparación de las masas para la guerra mundial atómica, la idea de cuya inevitabilidad, pretende es la posición revolucionaria legítima. Radicalmente falso. Cualquier principiante revolucionario sabe que no es inevitable la guerra sino en caso de que el proletariado pemanezca inerte y no derroque al capitalisimo. Ahora bién, quienes identifican ese derrocamiento con regímenes a la Castro, Máo Tse-tung o Khrutchef juegan muy mala pasada al proletariado, lo encadenan en la medida de sus fuerzas y quiéranlo que no, al juego criminal de los bloques militares.

Si Rusia se prepara para la guerra inter-Estados no sólo mediante experiencias nucleares, sino también mediante experiencias papamoscas a la Castro, la conclusión cae por su propia gravedad: se trata de una potencia capitalista más. La lucha de clases ha de ser llevada al corazón mismo del imperialismo americano por sus propios trabajadores, pero eso no puede ser hecho en nombre del Estado ruso, que pisotea y denigra a su proletariado como ningún otro, ni, claro está, por quienes le ofrecen apoyo crítico. Los internacionalistas tienen las mismas tareas políticas y económicas que cumplir en Rusia que en Estados Unidos. Quienes rehuyen tal responsabilidad se incapacitan para hacer nada en los países industrializados de Occidente, y del proletariado del bloque ruso sólo recibirán el mas afrentoso y justificado de los desprecios.

Así pues, tocante a la guerra nuevos y antiguos dirigentes ocupan en lo esencial la misma posición. Acaso no se distingan, cual Mao Tso-tung y Khrutchef, sino en matiz de ahogo y desahogo momentáneos. Mas justificada parece, pero sólo a primera vista, la acusación a Pablo, Maitan, Frank de haberse comprometido hasta la capitulación con el nacionalismo argelino. Prevaricación evidente, pero que viene de lejos, de la defección del internacionalismo durante la guerra, en aras de las resistencias nacionales. Ahora bien, algunos de los nuevos dirigentes Latino-americanos, ¿no dieron por buena esa prevaricación en el congreso de 1948? De ahí arranca la degeneración de la IVª Internacional; por nosotros combatida desde sus primeros síntomas. No es ahora sorprendente que su secretario general, Pablo o Raptis, haya sido acogido, tras su avatar holandés, en calidad de alto consejero económico del musulmán Benbella. Indiquemos que una de las primeras medidas de éste (¿revolución permanente, camaradas del B.L.A.) fue impedir que los salarios de los obreros aborígenes alcanzasen el mismo nivel que el de los obreros europeos de categoría igual.

El nuevo Comité Ejecutivo da la impresión, sí, de ser más combativo, pero por desgracia su emplazamiento ideológico le llevará a perder lamentablemente los progresos que su vigor y la situación le permiten por el momento. Está desempeñando, respecto de Castro el mismo papel que el antiguo respecto del F.L.N. Continúa dentro del oportunismo en que durante la guerra sumergieron a la IVª Internacional los partidos americano, francés, inglés y cingalés. Sin subsanar las dejaciones oportunistas y errores en que se ha incurrido desde entonces, imposible preparar a la nueva generación para las arduas, pero prometedoras tareas en perspectiva. En realidad esa rectificación no sería más que el primer paso indispensable para traer a concordancia la teoría revolucionaria y la trágica cuanto rica experiencia de los últimos cuarenta años; A los esclavos de viejas fórmulas (León Trotzky) lo revolucionario les pasa por las narices sin verlo, mientras señalan como revolucionarias las escorias del pasado.

Septiembre, 1962

Alianza y política espúreas en Bolivia, 1964

Bolivia es un foco de posibilidades revolucionarias muy importante en América Latina, y por derivación también en la América Anglo-sajona. La sensibilidad política del proletariado boliviano, predominantemente minero, se ha manifestado múltiples veces, y de manera contundente, en el curso de tres decenios. La preponderancia de ese proletariado en la economía del país, su propio peso demográfico relativo, le consienten extraordinarias facilidades de acción, aunque no sin contrapartida.

La entrada en lucha de los mineros ha sido decisiva para la mayoría de los cambios políticos habidos. Lo fue para la victoria del movimiento democrático-burgués de 1952 y lo ha sido también en la reciente caída de Paz Estensoro. Lo malo es que entonces como ahora y ahora aun peor que entonces, el proletariado, desviado de su verdadero interés por diversas organizaciones, no ha conseguido estructurar su propia política de clase, que no puede ser simplemente anti-imperialista, sino socialista y de validez internacional. Para derribar a Paz Estensoro se han ligado el ejercito, partidos burgueses de derecha, falangistas de escuela madrileña, los dos ramales de falsarios del comunismo, y también los llamados trotzkistas, o al menos una parte de ellos, han cedido la preeminencia al ejército y la jefatura a un general, Barrientos. La alianza del stalinismo con la burguesía y su ejército no tiene nada nuevo. Hace 30 años que empezó a producirse descaradamente, y desde entonces mente y objetivos stalinistas están perfectamente adaptados al capitalismo, el estatal por querencia. Se halla en realidad con los suyos para, so capa de anti-imperialismo, siempre unilateral, sacar avante los negocios de su bloque. Propiamente hablando, los partidos afectos a Moscú no traicionan al proletariado, como tampoco la traiciona la burguesía. Ambos hacen la política que conviene a sus intereses reaccionarios. La estafa consiste en presentar éstos a la clase obrera como intereses comunistas.

No puede decirse lo mismo del Partido Socialista Obrero Boliviano (P.S.0.Bo, IVª Internacional o trotzkista). Es esa organización la que abandona el terreno del proletariado y desdice sus ideas originales para remedar las añagazas de stalinianos y demás burgueses uncidos a los regateos de la guerra fría. Incluso si suponemos que ha adoptado la dicha postura por mero error político, no por intereses burocráticos en formación -cosa posible- prepara malos trancos al proletariado y su propia supresión orgánica. Con política de alianzas espúreas solo se consigue hacer el juego del enemigo de clase, y no se puede perder de vista ni por un instante que el enemigo tiene hoy dos encabezados mundialmente, El P.S.O.Bo, está malgastando oportunidades revolucionarias espléndidas, de alcance ilimitado. Los mineros están armados y mal que bien organizados en milicias; buena parte de ellos, familiarizados de antiguo con el trotzkismo, saben el odioso engaño y la amenaza que el stalinismo representa. A partir de ahí todo es posible, incluso la toma del poder y de la economía por el proletariado y la erradicación del movimiento proletario a otros países, Estados Unidos inclusive. Pero hay que mirar alto y denunciar sin duelo a todos los falsarios, poner en guardia a las masas contra los secuaces del capitalismo estatal, a la Castro o a la lo que sea, arrinconar Programa de Transición y revolución permanente que no empiece con medidas socialistas, y lanzar sólo consignas que, inmediatamente o a medida do su aplicación completa, tengan un valor efectivo de marcha al comunismo. El proletariado en el poder sabrá hallar la alianza con el proletariado estadounidense, manera segura de revolcar en el polvo al imperialismo yankee, no en beneficio de bloque alguno, sino de la emancipación universal de los explotados.

El anti-imperialismo es una política de mendigos y de mentes burguesas conforme por falta de patria fuerte. El proletariado es apátrida por necesidad histórica inmediatamente realizable; ni pena por patria fuerte ni enclenque, sino por la revolución mundial.

Dos cuartas de Internacional en un solo geme oportunista, 1963

La escisión que el año pasado dividió en dos la Cuarta Internacional, se esclarece ya como mero reflejo de la contienda ruso-china; escisión sin principios, por consecuencia. Si el Secretariado de París es pro-Khrutchef, no deja de rendir tributo a Mao Tse-tung mientras el Buró Latino-americano, poniendo a Mao Tse-tung por las nubes apoya simultáneamente al gobierno Khrutchef. Si Pablo (Raptis) se ha convertido en honorable funcionario del gobierno de Ben Bella, lo que constituye una traición neta, Posada, el cacumen teórico del Buró Latino-americano, tiene la desvergüenza de escribir:

El mundo oscila entre dos polos, entre la guerra mundial contrarrevolucionaria que prepara el imperialismo y lo que hagan los chinos, es decir, lo que el trotzkismo haga... Tal es la forma bajo la cual se presenta el trotzkismo-en esta etapa

Palabras que, sobre ser una difamación de Trotzky, dan pábulo a nuevas traiciones. Por lo demás, ni siquiera puede tenerse la certeza de que Posada mismo no sea un funcionario de Mao Tse-tung. Sus posiciones políticas se lo consienten.

Espectáculo deprimente el de esa Cuarta Internacional corrompida por el stalinismo, en la cual nadie sobrepasa un geme de estatura política, donde la sumisión oportunista a la contrarrevolución más feroz de la historia es común divisor de sus dos ramales. Los viejos reformistas del capitalismo occidental parecen hoy gigantes junto a esos nuevos reformistas del capitalismo de Estado. En contraste, y para alegrar a quienes los crean revolucionarios, citemos palabras de la última declaración escrita de Natalia Sedova-Trotzky:

Considero que el actual régimen chino, lo mismo que el régimen ruso o cualquier otro erigido según el modelo de éste último, está tan alejado del marxismo y de la revolución proletaria como el de Franco en España.

Solidaridad y crítica, 1966

El recién pasado mes de mayo, un individuo se presentaba en el local del Socialist Workers Party (Partido Socialista Obrero) en la ciudad de Detroit, con el pretexto de comprar algunos folletos propagandísticos. De pronto, el individuo disparó una pistola a bocajarro sobre los militantes allí presentes, todos desarmados, matando a uro de ellos, joven estudiante, e hiriendo a otros dos.

Apresado, el individuo declaró haber cometido el criminal atentado deliberadamente, con la idea de matar comunistas, Aunque aseguró haber obrado por iniciativa propia, el sujeto ha actuado evidentemente bajo la influencia psíquica e intelectual de los reaccionarios americanos más obtusos.

Tiene no escasa significación que el odio al comunismo guiase los pasos del asesino, no hacia cualquiera de los locales del partido stalinista americano, cuyo nombre oficial es comunista, sino hacia la sede del Socialist Workers Party, partido pequeño, poco conocido y, lo que tiene mayor importancia, organización trotzkista, como tal tratada por Moscú y los suyos, ayer de agente de Hitler, hoy del imperialismo yankee.

Es probable que en la mente del asesino la diferencia entre trotzkismo y stalinismo sea muy vaga o nula. En cambio, hace muchos años que cualquier reaccionario medianamente informado sabe que al stalinismo no le queda de comunista sino el nombre. Por eso, supiéselo o no, el asesino ha acabado buscando sus víctimas entre los trotzkistas.

Pero precisemos que muchos de los que hoy se dicen trotzkistas son totalmente indignos de tal designación, y que también en su mente la diferencia entre trotskismo y stalinismo va haciéndose cada vez mas difusa. En esa categoría precisamente entra el Socialist Workers Party. Contra él nosotros guardaremos siempre una animosidad irremitente, pues ese partido ha desempeñado un papel nefasto en la reculada ideológica que vació de contenido revolucionario a la IVª Internacional poniéndola finalmente a remolque de aventureros afortunados stalinistas o stalinizantes.

Nuestra solidaridad irrestricta con el S.W.P. en el ataque criminal de que ha sido víctima, lejos de llevarnos a silenciar críticas, nos obliga a señalar su responsabilidad en el hecho muy grave de que todavía en la hora actual no exista en los Estados Unidos un verdadero partido comunista e internacionalista. Sus militantes actuales no podrán en manera alguna dar cumplimiento a ese cometido sin empezar rompiendo tajantemente con cuanto ha sido la política de Cannon y sucesores desde 1941.

F.O.R.

El izquierdismo francés después de mayo 68, 1969

El sobresalto revolucionario de hace dos años benefició no poco a cuantas tendencias contribuyeron a él. Algunas doblaron el número de sus adherentes, militan tes en potencia si no ya hechos. Su audiencia e influjo en la clase obrera se extendió, aunque sin proporción a sus progresos orgánicos. Sus publicaciones se vieron más solicitadas y sus reuniones públicas agrandaron concurrencia. Incluso hubo huelgas en que se notó, mal que bien, soplo izquierdista, Así pues, cada una de esas tendencias, y algunas en particular, hallaban ante sí no pocos posibilidades de desarrollo y de penetración en la clase obrera,

Al cumplirse el segundo aniversario de los acontecimientos de Mayo, las perspectivas de los izquierdistas parecen, por el contrario, estrechas y su propio impulso adquiere ritmo cansino. Han vuelto a sus rutinas anteriores, como si Mayo no hubiese sido más que un hermoso ensueño; peor, se han desplazado a la derecha en su práctica, política y en la interpretación de sus propios programas. La explicación que su estancamiento darían las diversas tendencias, la que se dan para su capote, saca una vez más a relucir las consabidas condiciones objetivas. No sus ideas, no su política respecto a los diversos problemas en Francia y en el mundo, sino las pijoteras leyes históricas, independientes de ellas y superiores a su voluntad, tienen la culpa de que todavía no exista período revolucionario, y vedan a los izquierdistas izarse a la cabeza de la clase trabajadora.

La necedad de tan ramplona justificación debe ser denunciada como una superchería, y más concretamente como cobardía y oportunismo políticos. Son las características subjetivas de todas las tendencias englobadas bajo la denominación de izquierdismo las causantes de su propia incapacidad, en manera alguna motivos exteriores a ellas. Su izquierdismo lo es solo por relación a tendencias reaccionarias o netamente capitalistas; medido por las exigencias revolucionarias de hoy está muy lejos de serlo. Y de eso no tienen la culpa la dialéctica histórica. La contraposición objeto-sujeto carecería de dinámica y por ende de carga revolucionaria, si el segundo término no dominase sobre el otro en determinados momentos de su entrelazado devenir. Invocar las condiciones objetivas equivale pues a afirmar que las premisas materiales de la revolución social están, todavía, ausentes, disparate indefendible.

A los izquierdistas les ocurre, con agravantes, lo que a los dirigentes del partido bolchevique en 1917, antes de que Lenin les forzase, por así decirlo, a mandar al diablo sus rutinas. Señalando la incapacidad revolucionaria de ellos, Trotzky escribe: Eran todos esclavos de viejas fórmulas (en Stalin). La esclavitud de nuestros supuestos izquierdistas es doble y pesadísima. Los encadenan formulas no sólo invalidadas una y otra vez por la experiencia de la lucha de clases mundial, sino, lo que es peor, circunscritas, por lo general, dentro de la voraz contienda de los bloques imperialistas.

Trátese del problema de que se trate, local, nacional o internacional, práctico o teórico, los izquierdistas no proponen al proletariado nada revolucionario. Ni pueden proponerlo, pues carecen de perspectiva propia; tanto, que hasta resulta difícil que crean en sus respectivas organizaciones, por mucho que los milagros de la fe política sean en verdad no menos estupendos que los de la taumaturgia religiosa. Cuando la Ligue Communiste (Rouge) celebra el aniversario de la revolución china o hace el elogio de Ho Chi-minh y del F.L.N., trabaja para la contrarrevolución stalinista y aporta su contribución al imperialismo ruso y al chino; por añedidura, traiciona, junto con su protector Pierre Frank, las ideas de Trotzky que pretenden defender, y estrecha la mano a sus asesinos. Cuando ellos mismos, más IVª Internacional, la Alikance de la Jeneuse pour la Revolution (Lambert), Lutte Ouvriér y de propina el P.S.U., defienden lo que califican de revolución colonial, niegan implícitamente que exista la necesidad y la posibilidad de revolución socialista mundial y se ponen al lado de un imperialisno contra otro. Que sea invocando la revolución burguesa en China, Vietnam, Cuba, Argelia, Egipto, etc., coartada de Lutte Ouvriére, nada cumbia el último resultado y corrobora lo dicho, pues si hubiere aún cabida para una revolución burguesa en la civilización capitalista, esta tendría ante sí largo desarrollo. Cuando la mismo Lutte Ouvriére propone la unidad de todas las tendencias izquierdistas, incluyendo en ellas a los pro-chinos, reconoce, quiéralo que no, que no existe incompatibilidad entre su tendencia y la contrarrevolución stalinista en su faz pekinesa; lo mismo vale respecto de la faz rusa para las tendencias que miran con ojos tiernos a los partidos del Kremlin. Cuando Lutte Ouvriére secundada por Rouge- Ligue Communiste entran en tratos de fusión con el P.S.U., preparan a sus militantes una encerrona peor que la de la muyoría de la Izquierda Comunista que en 1935 fusionó en España con el Bloque Obrero y Campesino. De ésta resultó un partido centrista, el P.O.U.M., en perpetuo desmayo ante stalinismo y frente popular; de la meditada hoy en Francia saldría algo aún más a la derecha. Ahí están, anunciándolo a quienes no se nieguen a entender, las declaraciones del flamante secretario general y diputado del P.S.U., y su fraternización con Tito, que contribuyó personalmente a aplastar la revolución española y reconoció haber liquidado a los trotzkistas yugoslavos. Para el partido de Rocard, la fusión es un trampolín para situarse como intermediario entre la izquierda burguesa y el partido stalinista y sobre todo para encarecer, cerca de éste, sus buenos oficios. Cuando las mencionadas tendencias a una meten dentro de los sindicatos a sus militantes y a los obreros que consiguen influenciar, a menudo recomendándoles vergonzosamente ocultar su filiación, no trabajan para el proletariado, sí para la alta jerarquía sindicalo-política, que a su vez trabaja día a día para el gran capital. Verdad que en este dominio se consideran respaldados por Lenin y Trotzky o por el viejo sindicalismo revolucionario. Su conservadurismo escolástico les impide darse cuenta de las peorías intervenidas en los sindicatos y en el capital, que los hacen complementarios y solidarios del mundo actual. Atacar al capital como estructura de la sociedad desde un sindicato, es propósito tan disparatado como atacarlo desde el consejo de administración de un trust cualquiera.

En fin, cuando reivindican, desde lo más elemental hasta lo más general y para ellos elevado, los izquierdistas tampoco ofrecen perspectiva propia al proletariado. Tratándose de lo primero se quedan a nivel de un sindicato social-demócrata antes de la guerra. No presentan una sola reivindicación de carácter o de contenido socialista, pues no lo tiene siquiera la de control obrero de la producción, cuya significación completa, nunca esclarecida, es: de la producción capitalista. Tratándose de lo más elevado, de la medida cumbre que ellos tomarían si gobernasen, ofrecen la nacionalización. Ahora bien, esa es perspectiva del capitalismo inherente a su automatismo funcional, perspectiva ya alcanzada por la contrarrevolución stalinista. La perspectiva del proletariado es muy otra, consiste en poner fin, inmediata y no mediatamente, camaradas izquierdistas, a la estructura económica basada «en el capital=salariato. Y eso no puede hacerse convirtiendo en propietario a un organismo, por muy Estado obrero que fuere.

Los izquierdistas aparecen así muy imprecisamente diferenciados del stalinismo y los sindicatos. Debido a ello no consiguen suscitar gran interés en el seno del proletariado, y menos el entusiasmo indispensable para arrancarlo a los aparatos que actualmente lo aprisionan y hacerlos añicos. ¿Añicos? Para los izquierdistas eso es blasfematorio, ellos buscan reformarlos, con lo cual se definen a sí mismos, verazmente, como reformistas empíricos. Y en cuanto al entusiasmo combativo del proletariado característico de un período revolucionario, consideran que está fuera de sus facultades humanas crearlo, esperando que se los ponga entre las manos el devenir bienaventurado.

Las tendencias pro-chinas no pueden ser consideradas izquierdistas ni siquiera entre comillas. L'Humanite Nouvelle,"L'Idiot International, La Cause du Peuple, representan tan sólo la causa del stalinismo pekinés, sin otra diferencia con el ruso que ser imperialismo atrasado, famélico y a la búsqueda de un espacio vital. La verdad de su conducta transparece en la mostruosa divisa: Proletarios de todos los países, naciones y pueblos oprimidos, uníos, unión irrealizable a menos de someterse el proletariado a sus explotadores, burgueses y burócratas o príncipes de esas naciones y pueblos cuyo abanderado -y banquero- quisiera ser China. Se trata de publicidad para una tentativa descarada de tercer bloque imperialista.

Entre 1923 y 1935, la Internacional Comunista fue transformada paso a paso y corrupción de sus dirigentes nacionales mediante, en abyecto instrumento de los planes imperialistas del Kremlin; la misma operación, no más limpia de procedimientos, trata de efectuar ahora Pekín, en calidad de nueva metrópoli. La huera fraseología del maoismo, de ínfima calidad incluso como demagogia, sus fanfarronadas estilo voz de su amo, convienen a atorrantes y drogados de todas clases, no a militantes revolucionarios. Puede asegurarse que no conseguirá, como pretende, alistar a la clase obrera, por muchas subvenciones que reciba... Los partidos stalinistas lo consiguieron antaño porque empezaron siendo, no eso, sino organizaciones revolucionarias. El maoismo empieza como mera escoria de la escoria stalinista. Y lo que sus partidarios parlan es un miauismo de gato que comba el espinazo frotándose a los pies de su dueño.

Que el señor Sartre y otros intelectuales pseudo-revolucionarios se pongan con su patriotismo resistente a disposición de las tendencias chinófilas, cae dentro de lo natural. Desde que aparecieron en escena están avezados a apoyar falsas causas, tanto, que más de una vez han redorado los blasones del stalinismo. Tampoco será probablemente la última vez que Sartre cargue sus maletas de tóxicos políticos. Es, en cambio, vergonzoso e inesperado que las tendencias izquierdistas entren en el juego de los pro-chinos, en lugar de ponerlos en la picota como falsarios enemigos de la revolución, además de aliados de los asesinos de la revolución y de los revolucionarios en la propia China. Era su obligación hacerlo incluso sin salirse de sus propios programas conservadores hoy. Eso indica hasta qué grado están fofas y carentes de contornos propios. Convivir en el seno de cualquiera de ellas se hará cada día más difícil a los revolucionarios.

19 julio 1969

Jean d'Aix

Fusión LC-LO en Francia, 1971

Dos de las organizaciones dichas trotzkistas, Ligue Communiste y Lutte Ouvriére, acaban de firmar un protocolo de acuerdo para una fusión cuyo primer paso es el protocolo mismo. El intermedio sería la publicación de un semanario común, y el final la unificación con un congreso que reconocería el derecho de fracción, la representación proporcional de las minorías en la dirección y la libertad de expresión de éstas en la prensa de la futura organización. Nada nuevo.

Se trata de derechos tradicionalmente ejercidos en el movimiento obrero. La Única innovación -relativa- consiste en que el Secretariado Unificado (la dirección internacional) se comprometería, al realizarse la fusión, a no modificar la política votada por mayoría ni la dirección de la nueva organización, que tomaría el rango de Sección Francesa de la IVª Internacional a despecho de que seguirían al margen otras organizaciones dichas trotzkistas, que invocan, como las fusionantes, los tres primeros congresos de la Internacional Comunista y el Programa de Transición.

Si bien la democracia interna es inseparable de una organización revolucionaria, ella sola no confiere ese atributo, por muy escrupulosamente respetada que sea. En la socialdemocracia francesa, las minorías se han expresado y han estado representadas proporcionalmente en la dirección. Tampoco se adquiere dicho atributo mediante la implantación en la clase obrera, amuleto que Lutte Ouvriére lleva supersticiosamente colgado al cuello. No le dará mejores resultados que una pata de liebre. De lo que se trata es del contenido revolucionario de implantación y democracia. Y en eso, indispensable es proclamarlo desde ahora, la organización unificada será aún menos apta que Lutte Ouvriére huérfana, No añadimos la Ligue Communiste, porque ha sido y es mucho más oportunista, vergonzosanente pro-china. Quienes se consideran, cual dicen de sí mismos los dirigentes de la Ligue, educados por la guerra de Vietnam, o por la China maotsetunera, son discipulos de Stalin, no de Trotzky, y menos revolucionarios.

Cuando la tendencia representada por Lutte Ouvrióre abandonó la IVª Internacional, todavía podía decirse que ésta era una organización internacionalista, criterio supremo del ser revolucionario. Hoy no. Dejó de serlo en el curso de la guerra, contaminada por la defensa nacional (o resistencia, al principio) y dio aval a su claudicación en el congreso de 1948. Ahora, Lutte Ouvriére vuelve al aprisco de una IVª Internacional más que averiada, carcomida por la purulencia del stalinismo mundial, y que ha abandonado, incluso formalmente, la más importante de las ideas que dieron origen a su creación. Nos referimos a la incompatibilidad entre el stalinismo y la revolución. En efecto, hablando de países socialistas en Europa del Este, de revolución china, vietnamita, cubana, etc., esa IVª Internacional traiciona el hecho mismo de su fundación, reconoce tácita y explícitamente que su existencia no es indispensable, y que se considera —es la única realidad- parte del movimiento stalinista mundial. En ese ambiente ya tan deletéreo, un revolucionario no puede respirar sin asfixiarse, por muy sanas que sus intenciones sean y grande su energía.

Pasando por alto toda esa involución del trotzkismo, a veces reconocido por sus hombres, aunque no denunciada, Lutte Ouvriére está agachando la cabeza ante capituladores. Era de prever habiéndose mostrado antes inapta a salirles al paso a los pro-chinos marcándolos al fuego como lo que son, estafadores políticos, stalinistas enemigos del proletariado. En fin de cuentas, es victima de su propia blandicie ideológica que encubre un activismo en sí meritorio, pero sin relación profunda con las necesidades revolucionarias. Le hacía falta un poderoso impulso a izquierda; cansina, se deja resbalar a la derecha.

En fin, dentro de una organización no se puede comprometer uno con quien quiera a respetar el juego de la mayoría, porque se renuncia así a la libre expresión y a la movilización revolucionaria de minorías. Lutte Ouvirére cree que no renuncia a nada; el paso que da demuestra mas bien que no tiene gran cosa a qué renunciar. Habrá confirmación de lo dicho en las fases segunda y tercera de la unificación.

El trotzkismo en América Latina, 1971

Como en todas partes, el trotzkismo en América Latina es hoy la tabla de salvación para muchos que quieren romper con los partidos stalinistas, pero no con el stalinismo. Conscientes de ello, los trotzkistas llaman parte del movimiento revolucionario al stalinismo, cuando en verdad es su negación más profunda. La solución al enigma es que actualmente casi todos los trotzkistas son en el fondo stalinistas; abiertos a la continuidad, están siempre dispuestos a servir como el último obstáculo entre la contrarrevolución y el campo revolucionario.

La esencia del pensar de esos trotzkistas es tecnocrática. La mayoría de ellos son admiradores fieles de la progresividad económica, cuando ya desde 1914 el movimiento marxista tiró por los suelos esa concepción. Su admiración por los niveles económicos óptimos, la industrialización y la planificación, los hacen adorar la base material de la contrarrevolución rusa: la propiedad nacionalizada y la planificación capitalista estatal. Fundan su adoración no en una táctica explorativa y motivada esencialmente por principios de verdaderos revolucionarios, como fueron los de Trotzky y los de muchos de los viejos trotzkistas, sino en tasas de productividad, en la acumulación del capital. Se ven a sí mismos como directores del futuro Estado obrero, cuando en realidad, por razones incomprensibles a ellos, podrían ser sus verdugos.

Los stalinistas existen para asegurar la continuidad del capitalismo estatal, por eso defienden la patria socialista rusa. Sus hermanos chinos, claro está, sienten esa misma admiración por el reinado asiático de Mao. Para no quedarse atrás, los trotzkistas defienden con mas celo aún, la base material de la contrarrevolución, dicha por ellos, de la revolución, o sea la propiedad estatificada y dirigida. Su tal revolución política (si es que hablan de ella), se limitará a un purganmiento superficial del aparato stalinista, lo que permitirá que la contrarrevolución alce su manota cuando le convenga y docapite a los obreros. Pese a su historia dizque revolucionaria, que en realidad es la de otros, no la de ellos, la mayoría de los grupos trotzkistas acabarán, de una manera u otra, en las filas del stalinismo, salvo ruptura con sus concepciones. Sus lamentos bovinos sobre las innumerables traiciones del stalinismo (o sea, cuando éste falló en inaugurar otro capitalismo do Estado en algún país) no explican nada al proletariado, y lo que es peor, lo confunden y lo paralizan con una mistificación de lo que es el stalinismo.

La historia del trotzkismo en América Latina durante los 30 años últimos es una historia de capitulación y de vergonzosas intentonas de ser más stalinistas que los stalinistas. Gran responsabilidad de cose fracaso la tiene el partido trotzkista norteamericano SWP (Socialist Workers Party). Durante la segunda guerra mundial, el SWP se volvió solapadamente social-patriota y pedía al gobierno imperialista de Roosevelt una verdadera guerra contra Hitler, a cuyo fin reclamaban que los sindicatos yanquis controlasen el ejército imperial norteamericano. Esa actitud patriotera se filtró a los grupos latinoamericanos más débiles ideológicamente, porque ellos dependían del SWP muchas veces en materia de' información teórica, etc. Por lo tanto, los grupos latinoamericanos trotzkistas ayudaron, débilmente, claro está, a la lucha antifascista. El centrismo y a la claudicación hicieron presa en la mayoría de ellos. Las raíces de la destrucción de la IVª Internacional aparecieron durante la segunda guerra mundial, no en 1952 como pretenden los tergiversadores del tal Comité Internacional (Lambert-Healy) que han inventado el cuco del pablismo. En el sentido dicho, todos los grupos trotzkistas de hoy son pablistas3.

Las posiciones burguesas, o más bien dicho, de capitalismo estatal, de los grupos trotzkizantes de América Latina se expresan cristalinamente en la cuestión de los sindicatos4. Aplican aquí de forma derechista el caduco Programa de Transición. O sea, que luchan por sindicatos revolucionarios o independientes, y mientras tanto -por qué no- tratan de que les elijan a puestos burocráticos dirigentes y apoyan la política de los líderes actuales. Los sindicatos, claro, los absorben a ellos. En América Latina el Estado ha integrado los sindicatos de manera bastante completa y eficiente. Muchas veces es el Estado mismo el que los ha formado, como complementos necesarios para la acumulación dirigida del capital. Es una tendencia y realidad innegable en todo el mundo y muy acentuada en América Latina. Pese a esto, trotzkizantes y algunos stalinistas de izquierda (pekineses) piden como reivindicación el control sindical de la produccion o de lo que sea. Tal demanda no contradice las necesidades del capitalismo de Estado; al contrario, las refuerza. Llegado el momento, los sindicatos se ocuparán de ayudar a planificar la economía, si es que son fuertes, o se dedicarán únicamente a disciplinar a los obreros si es sólo socio pobretón del Estado. En este caso, las subvenciones no tardan en llegar. Y, en cualquier caso, no se trata de ninguna reivindicación obrera.

Esta política estéril de tratar de limpiar los sindicatos cuando éstos fueron, aun limpios, organizaciones netamente reformistas pertenecientes a una época de librecambio capitalista durante la cual los recién formados obreros acudían en tropel a los sindicatos (¿acaso ocurre eso ahora?), es una actividad que desmoraliza y destruye a los cuadros revolucionarios. En el mejor de los casos esos militantes se retiran, asqueados, de la política, y en el peor se transforman en exitosos líderes burocráticos. El mismo Guillermo Lora, del POR boliviano (Partido Obrero Revolucionario), es más conocido en el ámbito sindical que en el revolucionario. Es el correveidile del movimiento sindical boliviano, el druida de la COB (Central Obrera Boliviana). Lo que anima a estas momias no es ya una política bolchevique, es una política netamente tradeunionista5.

El trabajo de los trotzkistas es superfluo, porque el automatismo de las economías semicoloniales, y la intervención cada vez más desesperada del Estado para preservar su achicada porción de la plusvalía nacional termina por hacer cisco la tal autonomía de los sindicatos.

En Argentina, los grupos trotzkizantes de las publicaciones Política Obrera, [hoy Partido Obrero, NdE], La Verdad [hoy PTS, NdE] y El Combatiente [órgano del extinto PRT-ERP guerrillerista, NdE] se encuentran en crónico estado de postración ideológica. Como siempre se trata de claudicar, su objetivo más inmediato es el peronismo, especialmente para el primer grupo. El segundo ya es parte del peronismo (Moreno-Molinier y otros) y el tercero se las da de tupamarista, guevarista y otras bascosidades.

Política Obrera tiene la clásica política de desenmascaramiento del liderato peronista en los sindicatos a través del tal Programa de Transición, del frente único con stalinistas, pekineses y peronistas, etc. Lo que sucede siempre es lo inverso: el aparato sindical peronista se los "gana" a ellos. En EA otras plabras, se los zampa como Frankenstein a los niñitos. Moreno, que políticamente es un niñito retardado -un cretino- puede atestiguarlo. En mayor o menor grado, todos eso grupos argentinos son castristas. La casta archireaccionaria de La Habana es para ellos ¡socialista! y se refieren al tiranuelo Castro como compañero. Pese a este efluvio de cordialidad bizantina, la canalla castrista no desperdicia oportunidad para conectar, abierta o solapadamente, al trotzkismo con el imperialismo yanqui. Preguntadle al peronista-trotzkista Jorge Abelardo Ramos lo que dijeron de él los escritorzuelos a sueldo de La Habana cuando se atrevió a criticar la teoria del foco. ¿Es necesario recordar también las puercas insinuaciones del compañero Ché sobre el trotzkismo cubano hechas al periódico chileno Ultima hora? ¿Hacen falta más ejemplos?

Con fines puramente falsos y deshonestos, las claques internacionales trotzquizantes, cono el Secretariado Unificado (Frank-Mandel) y el tal Comité Internacional, se disputan constantemente esos grupos. El CI tratará, a toda costa, de conquistarse los favores de Política Obrera, y el SU ya se ha ganado -más fácil- a El Combatiente. Con listas de grupos a la mano, cada uno de esos centros de la IVª Internacional chilla a los cuatro vientos su supuesta superioridad numérica en América Latina. Da asco ver a estos hoscos cabecillas disputarse lascivamente, en París o Londres, el oportunismo que ellos mismos han creado y al que dan pauta. Son los aprovechadores de la indigencia teórica del proletariado latinoamericano.

En Chile donde nada queda ya de la influencia de Recaberren o de Aguirre Gainsborg, los trotzkiszantes hacen también de las suyas. El grupo de profesores y estudiantes marxistas (sic?) de la universidad de Concepción, a través del trotzkizante Luis Vitale han dado todo su apoyo al recién electo gandul Salvador Allende. El tal Vitale tiene concordancias ideológicas con el Secretariado Unificado, lo que le da ocasión de colaborar también con la revista Pensamiento Crítico, editada en La Habana por sus colegas castristas. Vitale ha sido uno de los arquitectos del apoyo trozkizante al Noske-Negrín Allende, el próximo verdugo de los obreros chilenos. En su folleto, Despues del 4 de septiembre, qué? Vitale asegura a los obreros chilenos que la victoria allendista es un tríunfo de ellos. Igualmente, una declaración política salida de las aulas de la universidad de Concepción, obra de Vitale y sus intelectuales, dice a los obreros chilenos: Los trabajadores, con la Victoria de Salvador Allende, han obtenido un importante triunfo político-electoral.

Más adelante, Vitale y los suyos llaman a un urgente reagrupamiento de la izquierda, a través de un Frente único anti-imperialista, que incluirá -cómo nó- a los pekineses de la revista ML, a los miristas de Punto Final (MIR) y a toda secta centrista. Tácticamente, sin embargo, el frente abarca también a los compañeros de Unidad Popular allendista, el partido de Estado. A su vez, la Unidad Popular --típico burdel político stalinista, incluye al P.C., chileno, a tecnócratas como Chonchol y Vuskovic, delirantes pitonisas del capitalismo estatal (Chonchol asesoró en Cuba el planeamiento económico de la reforma agraria) y otras escorias como el Partido Socialista. No cabe la menor duda de que Allende tratará de remar entre las acometidas del imperialismo yanqui y la ayuda del imperialismo ruso. Necesitará toda la astucia de un Nasser y por añadidura de un tendero, para sobrevivir independientemente. La plusvalía de los obreros chilenos, empero, será extraída de manera ampliada, intensificada absoluta. Allende intentará costear su programa de modernización del bolsillo de los obreros, valiéndose de compañías mixtas y expropiando alguna que otra industria no rentable. Chile, a lo sumo, se transformará en la Yugoslavia de América Latina, camino por el que también va Cuba con sus contubernios Habana-Madrid-Washington o su comercio con otras potencias imperialistas de Occidente. El futuro de Chile bajo estas condiciones depende. de los arreglos existentes entre los jerarcas de Moscú y de Washington.

Claramente, cualquier componenda con la Unión Popular o con cualquiera de los grupos castristas (MIR, etc.) será fatal para los revolucionarios y obreros chilenos. Si el MIR se opone en cierto grado a la UP, es por por razones tácticas. Además, la orientación del MIR es hacia el imperio de los Mao, lo mismo que la del grupo marxista-leninista. Tienen razón cuando dicen que sólo la lucha armada puede derrotar al imperialismo yanqui. Pero tal derrota sólo significaría la instauración rápida y violenta del capitalismo de Estado puro y con orientación neta hacia Rusia o China. Tampoco esa sería victoria proletaria. Allende no es el capitalismo de Estado, es simplemente el gobierno de la burguesía industrial chilena y del imperialismo yanqui, con un programa menos deshonroso para Chile. Lo único que tratará Allende es de racionalizar más la vieja economía semicolonial. Sabiéndolo, Castro lo ha felicitado; sus amos de Moscú no desean en Chile, todavía, un capitalismo de Estado a ellos ligado. Sería desastroso para la coexistencia pacifica entre las esferas de influencia de los dos más grandes imperialismos.

Comprender las razones entre bastidores de los Castro, Allende y compinches, nos ayuda a ver cuán claudicante e insolvente es la política de los Vitale y demás trotzkizantes chilenos. Allende no desea su ayuda; porque ellos representan, en grado relativo, ideológicamente; a las fuerzas del capitalismo estatal ruso. El odio de Allende hacia cualquiera que intente el desorden se dejó traslucir en octubre de 1970, cuando su Unión Popular amenazó la ocupación de universidades por el MIR y desautorizó los llamamientos a tomar las fábricas y ocupar fundos, etc. del ala obrera del MIR (entre ellos el líder Toro). Sólo los revolucionarios que logren salir del cepo del MIR o de las aulas trotzkizantes de Vitale, podrán ayudar a los obreros chilenos a luchar contra Allende por el socialismo, no por el capitalismo de Estado que quiere el MIR y los pekineses.

En Bolivia, los trotzkistas fueron capaces, a través de enormes sacrificios, de crearse una base y un apoyo en las minas de estaño. Sin embargo han pervertido base y apoyo arrojándolos siempre al basurero del mangoneo sindical. El POR boliviano vive estrictamente dedicado a redactar tesis, manifiestos, declaraciones, etc., para la Federación minera y la Central Obrera Boliviana (COB). Ya que estos organismos sindicales, liderato y aparato, giran alrededor del estado y tienden a fusionarse con él, se hace claro adonde va encaminado el POR. La historia misma de la COB y del gran líder Lechin no le ha enseñado nada al POR. Sigue con las misas cantaletes de siempre. Los eventos del año 1970 ilustraron claramente dicha tendencia. Con la subida al poder, en octubre pasado, del gorila Torres, el POR ha demostrado una vez más la esencia de la claudicación trotzkizante. Ya se olían sus manoseos sucios en mayo de 1970, cuando la COB aprobó un largo documento redactado en parte por el POR y en parte por el PIR (Partido de Izquierda Revolucionaria, el stalinismo boliviano). El documento es esencialmente nacionalista, y típico de un sindicato dirigido. Por enésima vez llama a la nacionalización de las minas bajo control sindical y al control obrero de casi todo. Se puede decir que es un documento conjunto del POR y del PIR a través de la COB. Al subir Torres al poder, el periódico del POR, Masas, deja entender que existe un Comando político de la clase obrera y del pueblo6. Dicho comando se ha dedicado a desenmascarar a Torres en el lenguaje pekinés y trotzkizante. Es seguro que el POR ha entrado en frente único con el stalinismo pro-chino y tal vez pro-ruso, con la finalidad de buscar el apoyo de las masas en una aventura pro-capitalista estatal. En otras palabras, en pro de la toma del poder por el stalinismo, usando a los sindicatos como tropas de choque; desarmando cualquier intención propia de los obreros de expropiar y y devolver a la colectividad la propiedad de los instrumentos de trabajo. La lógica de las posiciones políticas es inflexible y brutalmente arrolladora: el POR se verá obligado, en caso de revolución social, a pasarse a la barricada de enfrente y con las criaturas del Estado burocrático naciente. Y de paso, también ayudará a aniquilar a los verdaderos revolucionarios y a los obreros armados. Es de esperar que los obreros bolivianos sabrán defenderse con las armas en la manos .

Casi no vale la pena examinar los otros grupos trotzkizantes en la América Latina. En general no tienen, ni les interesa conseguir, una base real revolucionaria en la clase obrera industrial, sine qua non del marxismo. Se orientan más hacia las universidades, y cuando llegan a tener base proletaria la prostituyen de manera criminal: la hacen más peronista (en Argentina), o más sindicalista (Bolivia), al fin y al cabo la entregan al stalinismo.

En México, la Liga de Comités Obreros, al igual que la Liga Obrera Marxista (LOM) es un grupo que lucha por la defensa de las libertades democráticas. En 1967, la LOM rogaba a La Habana que le permitiese entrar en la OLAS. En Brasil, el POR de Posadas ya no tiene a quien entregarse. Tal vez, a falta de Goulart, al obispo Helder Cámara. La fracción bolchevique-trotzkistal! de Porto Alegre ha roto con Posadas, pero eso no basta para romper con todo lo que significa ahora el trotzkismo. Así, hay numerosos individuos en América Latina que tratan de orientarse hacia el marxismo revolucionario, pero por falta de otra cosa se unen a grupos trozkizantes. Lo hacen, no porque son oportunistas, sino porque están aislados. Los que se unan al trotzkismo porque éste promete un stalinismo más humano, son carreristas que nada ofrecen al proletariado. Los primeros son generalmente militantes de base que instintivamente eligieron al trotzkismo contra el stalinismo, o que abandonaron el partido stalinista y, al verse solos, se hicieron trotzkistas. El segundo tipo de persona es casi siempre un intelectualoide, un trotzkizante típico, un rábula quejumbroso condonado irremisiblemente a desplomarse ante el stalinismo oficial. No en balde estos tipos llegan a ser los líderes trotzkizantes que abundan en el mundo: en Buenos Aires, París, Nueva York, Londres o Montevideo. Como ya se ha dicho antes en Alarma, sin romper con ellos es imposible pisar terreno rovolucionario.

Francisco Fernández Abril 1971

Félix Morrow sobre la Revolución española, 1971

Algunos lectores de Alarma nos han pedido opinión respecto al libro de Feliz Morrow Revolution and Counter-revolution in Spain. Más bien que contestar por carta, preferimos utilizar este conducto, útil a quienquiera interese:

  1. El libro de F. Morrow, como tantos otros sobre el tema, considera sólo una darte de la revolución, la superior, iniciada el 12 de Julio de 1936. Pero no es inteligible la formidable insurrección del proletariado contra milites y fascistas en son de cristianísima cruzada, menos sus consecuencias, sin reseñar el curso revolucionario anterior, empezado en 1931.
  2. La interpretación de Morrow adolece de un defecto general que repercute en las particularidades: considera la revolución española con el prisma de la revolución rusa y ve la causa de su derrota en la no aplicación de la táctica bolchevique. A partir de ahí, casi todo lo que dice es errado, sin contar los defectos de información exacta; no pocos.
  3. En la revolución rusa, la dualidad de poderes existió durante el período anterior a Octubre; con la revolución española, el choque entre los cuerpos represivos capitalistas y el proletariado se produjo sin tal dualidad, y tras de la victoria del segundo lo que apareció fue una atomización del poder en manos de los comités obreros. El poder capitalista del Frente Popular era nulo.
  4. La nacionalización de la industria y el control obrero de la producción fueron medidas de la revolución rusa (revolución permanente que no llegó a alcanzar nivel socialista); con la revolución española, los trabajadores expropiaron industrias y tierra, las pusieron en marcha como colectividades. Fue pues, también, una atomización socialista de la economía. Los obreros no ejercían control, sino gestión. Realizaban no una revolución permanente, sino socialista.
  5. El control obrero de la producción y la nacionalización de la industria fueron luego instrumentos de expropiación de los trabajadores por el Estado capitalista reconstituido. Nada de eso ha sido visto por Morrow.
  6. La propia crítica de la actuación del stalinisno es falsa e involuntariamente benévola. Lo ve como un oportunismo semejante al de Kerensky, zarandeado entre la contrarrevolución y la revolución, sin identificarse con ninguna. Apreciación descabellada. El stalinismo era la contrarrevolución por sí mismo.

Morrow está fuera del movimiento obrero. Mas el trotzkismo no ha superado sus apreciaciones. Sin haber comprendido la revolución española ni la naturaleza del stalinismo, es hoy un tullido sin músculo ni mente para medirse con el gran acontecimiento histórico que es la revolución.

Alarma, julio 1971

¿Dónde estáis militantes de Lutte Ouvriére?, 1972

La menos fofa de las tendencias dichas trotzkistas es incontestablemente la de Lutte Ouvriére y también la más seria desde el punto de vista orgánico. No obsta para que adolezca de esterilidad teórica, y por tanto práctica, debido a lo mismo que la Ligue Communiste, la Alliance de la Jeneuse pour le Socialisme y los izquierdistas en general, díganse marxistas o anarquistas. Así, la seriedad de Lutte Ouvriére le sirve sobretodo para reventar de trabajo a sus militantes y simpatizantes, a quienes induce a desplazar la Tierra sin darles palanca.

Lo que Lutte Ouvriére ofrece como palanca, su táctica o política cotidiana, lleva 40 años de retraso, a veces más, como si el proletariado se encontrase en estado cataléptico desde 1917, en medio de un capitalismo que no ofreciese mayores perspectivas inmediatas de revolución que el le los dos primeros decenios del siglo. Por el contrario, las enseñanzas acumuladas desde entonces son muy ricas, si bien ignoradas, no sólo por Lutte Ouvriére. Después de la revolución ha habido la contrarrevolución rusa, cuyas consecuencias negativas siguen haciéndose sentir fuertemente y en todas partes, hasta en vuestras concepciones. La derrota, entre 1917 y 1937, de una oleada revolucionaria internacional sin precedente, la segunda matanza imperialista, el restablecimiento y el crecimiento consecutivo del capitalismo occidental, la desorientación de las masas, no han tenido lugar sino gracias a la contrarrevolución stalinista. Si -responde Lutte Ouvriére- eso ha sido consecuencia del oportunismo de la burocracia stalinista. No, -afirmamos nosotros- no hay tal oportunismo; esa sucesión de acontecimientos, tan catastróficos que el proletariado no ha conocido jamás semejante periodo de servidumbre, cuadra perfectamente con los más profundos intereses del sistema econónico que constituye la base de la contrarrevolución stalinista, han sido su apoteosis. La unidad es completa entro esa economía y su poder,

He ahí una evidencia absolutamente innegable, que marca como falsa la política de Lutte Ouvriére, por completo basada en la idea de un stalinismo reformista que oscila entre el proletariado y la burguesía. El stalinismo no se opone a la burguesía y los trusts sino en la medida en que él mismo reprenta un capitalismo todavía más homogéneo, aparte las rivalidades entre imperialismos. Lutte Ouvriére se da el postín del bolchevismo frente a los socialistas-revolucionearios y a los mencheviques representados por el PC-CGT y por potenciales Kerensky surgidos de su dirección, pero al que aparezca semejante Kerensky, vosotros tendréis la cuerda al cogote, o por lo menos un calabozo para reflexionar sobre la relación entre economía y política.

Sin estar bien percatado de la naturaleza social (el sistema ruso, chino, etc.), y por ende del stalinismo en cuanto partido de oposición donde sea, resulta imposible comprender el capitalismo contemporáneo, sus luchas de rapiña por intermedio de naciones débiles; su crisis de decadencia, muy distinta a una crisis cíclica; se hace sobretodo imposible combatirlo como es menester y abatirlo, aunque no sea esa condición suficiente. La concentración del capital y el dirigismo en Occidente han sido traídos por la rotación característica del sistema, varias veces centenaria, mientras que en Rusia, lejos de ser efecto de la revolución de Octubre, cual vosotros afirmáis, fue resultado de su fracaso. La no transformación de esa revolución permanente en revolución socialista engendró una contrarrevolución que, para concordar bien con la tendencia inmanante del gran capital tenía necesariamente que ser no-burguesa, pues los burgueses en cuanto propietarios individuales se encontraban ya más que sobrepasados por el volumen del capital internacional.

Ese sobrepase es la fuente de la corrupción decadente del sistema, cualquiera sea aquí o acullá su régimen o su nivel industrial, mientras que su incomprensión deja muy atrás de las exigencias del combate proletario toda política a la Lutte Ouvriére. No conduce a la revolución comunista ni siquiera en caso le éxito.

Igual que en Rusia, en Occidente tampoco puede el proletariado erguirse contra el sistema en alianza con el stalinismo y los sindicatos. Tanto valdría querer combatir, aquí en España, el capitalismo dominado por el Opus Dei con ayuda de Falange y de sus organismos obreros. Mas vosotros buscáis esa alianza, la practicáis de hecho. Confundís la oposición entre dos tendencias del sistema capitalista con la oposición entre capital y salariato, las organizaciónes destinadas a regimentar y vender la fuerza de trabajo (en espera de comprarla), con organizaciones de los trabajadores mismos. Y así vuestros llamamientos al stalinismo sirven para velar a los obreros su naturaleza reaccionaria,'y vuestros esfuerzos para crear grupos en los sindicatos os prohiben la transformación de los obreros rebeldes en revolucionarios, al mismo tiempo que anuláis las posibilidades le vuestros propios militantes.

Ninguno le los textos sagrados que os tranquilizan puede probar que el stalinismo sea reformista, tampoco negar que los sindicatos han revelado ser piezas del sistema capitalista, el andamiaje de la legislación dicha social, constituyendo juntos el estatuto de la esclavitud salarial. No existen textos sagrados para un revolucionario.

La revolución proletaria lleva gran retraso, sabido es, mas no por ello vuelven atrás las reivindicaciones obreras. Deben sacarse éstas de las posibilidades de la técnica y de las exigencias le la revolución en conjunto.

Ahora bien, las de Lutte Ouvriére son en realidad sacadas, izquierdizándolas, de las reivindicaciones del stalinismo,y los sindicatos, que a su vez son retales de la programación capitalista, casi siempre tácitamente acordadas antes de simulacros de huelgas. Ninguna tiende a sublevar la clase obrera contra el sistema. ¿Y de qué otra cosa puede tratarse en la actualidad? ¿Puede uno considerar buenos revolucionarios a quienes no se esfuerzan en hacer girar cualquier, motivo de agitación proletaria en torno a la consigna: ¡Abolición del trabajo asalariado!!

Ha transcurrido un siglo desde que Marx y Engels propusieran substituir esa reivindicación a las reclamaciones rutinarias de un salario justo. No sospechaban que izquierdistas se revelarían incapaces de enarbolarla haciendo de ella el eje de su actividad, precisamente cuando la técnica consiente una rápida desaparición de las clases económicas, dintel del comunismo.

Tan sólo lo que se desprende de esa exigencia permitirá hacer la unidad revolucionaria del proletariado en cada país, diametralmente opuesta a la unidad con el stalinismo y los sindicatos, y provocará, en un plano superior, la sublevación internacionalista del proletariado ruso americano y chino frente a sus respectivos gobernantes, acto decisivo de la revolución mundial.

Desde España Núcleo Sur de FOMENTO OBRERO REVOLUCIONARIO

Abril 1972

Los lacayos de la contrarrevolución stalinista, 1977

En Francia los diferentes movimientos trotskistas participan activamente presentando candidatos en las elecciones legislativas, elecciones que determinarán los futuros diputados y por consecuencia el futuro gobierno. Seguros de no representar una fuerza importante se pronunciarán por la Unión de la gauche, es decir principalmente por los partidos comunista y socialista en el segundo turno de las elecciones.

A pesar de las divergencias existentes entre las principales tendencias trotskistas (OCI, LCR, LO) todas apoyarán de manera activa a los dos grandes partidos de izquierda puesto que los consideran como organizaciones obreras, a pesar, dicen ellos, de su tendencia reformista.

Por otro lado no olvidemos de mencionar que según la gran estrategia revolucionaria de los trotskistas,

  1. Lo importante es vencer a las derechas precursoras de todos los males;
  2. como el proletariado desea un cambio de gobierno hay que apoyarlo pero demostrándole que las izquierdas no son un fin en sí, y que hay que luchar contra su tendencia reformista.

Ahí está resumido en pocas palabras las concepciones tácticas, prácticas y teóricas de los que tienen hoy en día la audacia y el cinismo de autodeterminarse comunistas y revolucionarios. ¡Nada menos!.

  1. No vamos a insistir sobre el hecho de participar en las elecciones. Un simple detalle vale más que cien mil discursos para convencer a no importa quien. En la radio, en la tele, y en los diarios (medios de información en manos del sistema capitalista) sale muy a menudo esta declaración: voten a quién quieran pero voten. En breve, lo importante para el sistema capitalista es que la gente participe en la aberración electoral para que elija sus futuros explotadores. Vaya comunistas revolucionarios que son los trotskistas para que al capital no le importe el porcentaje que alcancen. Además, los 2 o 3 por ciento que logren irán al candidato de izquierdas en el segundo turno.
  2. PC, PS, son organizaciones obreras, sobre todo el partido comunista, dicen los trotskistas.

Aquí vemos dos soluciones: o los trotskistas son imbéciles o son los lacayos de la contrarrevolución capitalista de estado (hablamos de las organizaciones, no de los militantes de base). De todas formas, aunque sea por imbecilidad, cosa muy discutible, no dejan de ser los lacayos de la contrarrevolución, es decir de las fuerzas más conscientemente anti-obreras que puedan existir.

Señores trotskistas,

¿Son organizaciones obreras las que hablan de salvar al sistema capitalista proponiendo una mejor gestión (productividad, exportación, precios, nacionalizaciones, etc...)?

¿Son organizaciones obreras las que dicen que las derechas ya no son capaces de llevar la economía nacional como es debido?

¿Son organizaciones obreras las que proclaman: producid francés, consumid francés?

¿Son organizaciones obreras las que preconizan un espíritu nacionalista, patriótico tan fuerte y reaccionario como el que desarrollaba y desarrolla la ultraderecha?

¿Son organizaciones obreras las que dicen que hay que interesar al proletariado en la sacro-santa economía nacional, economía basada sobre su propia explotación, trabajo asalariado mediante?

¿Son organizaciones obreras las que han aplastado conscientemente al proletariado revolucionario cada vez que actuaba como clase revolucionaria?

Etc, etc...

Al menos que para los *trotskistas una organización merezca el título de obrera a partir del momento en que posee cantidades importantes de militantes obreros. En ese caso el partido de Hitler era obrero, y además hizo las primeras nacionalizaciones. ¿qué bien verdad?

En conclusión,

Los *trotskistas apoyando principalmente al partido mal llamado comunista, defienden a la fuerza más contrarrevolucionaria que existe, partido éste que defiende el capitalismo de estado, forma más vil, draconiana y decadente de la explotación del hombre por el hombre.

No olvidemos lo que el propio Trotski declaró en 1939 en la URSS en guerra, a pesar claro está de lo equivocado que estaba sobre la naturaleza de la URSS:

Si durante la presente guerra o inmediatamente después de ella, la revolución de octubre no hallase continuación en un país avanzado, si al contrario el proletariado fuese aplastado en todas partes, tendríamos entonces, sin la menor duda, que poner al orden del día la revisión de nuestra concepción de la presente época y de sus fuerzas motrices.

Los trotskistas de hoy no tienen el menor interés en poner en causa sus propias concepciones puesto que después de haber abandonado el internacionalismo revolucionario en la ultima guerra mundial, ellos ven revoluciones en todas partes. Se complacen en ser los satélites del PC.

No olvidemos tampoco que si los stalinistas trataron a Trotski de ser agente del imperialismo americano, los trotskistas emplearon los mismos argumentos contra Natalia Sedova Trotski (su mujer) cuando ella declaró entre otras muchas cosas:

No espero nada del partido ruso ni de sus imitadores profundamente anti-comunistas, Toda desestalinización resultará engañifa si no va hasta la toma del poder por el proletariado y la disolución de las instituciones policíacas, políticas, militares y económicas, bases de la contrarrevolución que estableció el capitalismo de estado staliniano.

No hace falta añadir la mentalidad militarista que fomentan todas las tendencias trotskistas, pues tienen después de la CGT (especie de CC.OO.) y del PC, los servicios de orden más capaces para luchar contra los individuos que no siguen la verdadera línea como gentes de orden y dóciles. En fin y en conclusión, la IVª Internacional ha ido degenerando año tras año. Hoy en día es un subproducto del stalinismo. Debemos tratarlos en consecuencia.

E. Parra.

Las hienas en el desfile, 1978

A finales de julio, el muy stalinista L'Humanité comenzó a publicar largos fragmentos de un libro aún de un líder del Partido Comunista mexicano. Este último, en su libro, nos dice que el asesino de Trotsky fue en realidad un agente de la Internacional Comunista y de Stalin. Noticias que ya no sorprenden a nadie, siendo el P C el único, con los stalinistas maoistas, que todavía esconde la verdad. Pero esta no es la opinión de los trotskistas de la LCR que, a través de Alain Krivine, afirman que

La revelación es de las grandes. No tiene precedentes, inaudita, cambiará la marea de la historia y dejará perplejos a millones de trabajadores, quitará el sueño a todos los antiguos dirigentes de la IIIª Internacional aún a la cabeza de los PCs:

Pero la LCR no para ahí. Si parase se podría decir que muestra cada vez más su imbecilidad crónica. No, continúa...

La rehabilitación de Trotsky como líder revolucionario se impone, al igual que la rehabilitación del trotskizmo como corriente del movimiento obrero, eliminando así un obstáculo esencial al debate democrático dentro del movimiento obrero y a la unidad de acción de los trabajadores. L'Humanité acaba de abrir una pequeña puerta, es la grande la que hay que forzar, aunque signifique derribar a muchos líderes actuales del PCF que conocían y guardaban silencio porque también sostuvieron el mango del piolet que asesinó a Trotsky

Así los trotskistas reclaman la rehabilitación de Trotzky por parte de los que lo asesinaron. ¿Por qué reclamar tal rehabilitación, mientras parecen olvidar que ésta sólo puede ser una nueva injuria contra Trotski? Porque les interesa: de hecho, de esta manera, el trotskismo encontraría un lugar oficial bien merecido como corriente de contrarrevolución (esto es lo que pide a través de su reivindicación de rehabilitación como corriente del movimiento obrero), junto al stalinismo, del que nunca ha dejado de acercarse y del que hoy apenas se distingue. Y es por eso que el estalinismo ya no teme al militante revolucionario que fue Trotski6 porque sus ideas y pensamientos han sido desfigurados sistemáticamente por las mismas personas que le reclaman. Al final, la unidad de acción de las fuerzas fundamentalmente capitalistas del estado -y pro-rusas- puede lograrse ¡Eso es lo que la LCR reclama bajo la verborrea de la unidad de acción de los trabajadores y el debate democrático dentro del movimiento obrero! La unidad de acción de los trabajadores debe ser buscada, pero sólo puede ser encontrada fuera de aquellos que innegablemente han demostrado su carácter antiobrero... así como fuera de aquellos que empujan por la unidad con ellos, convirtiéndose así en los tiqueteros de la contrarrevolución.

La ignominia de la reivindicación por los trotskistas de la rehabilitación de Trotsky por parte del stalinismo- sólo puede ser profundamente repugnante: Trotski no necesita ser rehabilitado. Toda rehabilitación no sería más que servirse un poco más sus despojos, ya arrastrados por el barro por el trotskismo, como un cubo de basura.

Se trata realizar aquello por lo que Trotski luchó toda su vida, aunque a veces se equivocara en sus análisis, es decir, en la revolución social. Sólo el establecimiento del comunismo mundial puede honrar la memoria de Trotsky, así como la de todos aquellos que, desde el primer ser humano que se rebeló contra las consecuencias sociales de la necesidad, lucharon para asegurar que los hombres finalmente vivieran en armonía con la naturaleza y consigo mismos, y no para una gloria póstuma erigida por las manos sangrientas de sus enemigos.

Hoja distribuida en la fiesta de Lutte Ouvrière de junio de 1979

Militante de Lutte Ouvrière, ¿crees que estás trabajando y trabajando duro por la Revolución? Te estás engañando a ti mismo y estás equivocado. Crees que estás dedicando tus fuerzas a que el capitalismo y la explotación del hombre por el hombre desaparezcan, pero, en realidad, estás agotándote para preservar el capitalismo. Utilizas tu vitalidad y tu buena voluntad en un trabajo militante errático que te relega a un mero engranaje de la Organización y todo este gasto de energías no se destina al socialismo, sino a la instauración del capitalismo de Estado, la etapa superior de la concentración del capital.

Toda la táctica de L.O. gira alrededor de las nacionalizaciones y del control obrero de la producción, y para realizar estos objetivos, que presenta como una etapa en la transición del capitalismo al socialismo, apoya a los partidos que presenta como obreros (PC-PS) y utiliza a sus militantes para trabajar dentro de los sindicatos con la meta de llegar a los proletarios y llegado el caso, tomar la dirección. Señalemos además el sostén de L.O. a las luchas de liberación nacional y su consideración de Rusia como un estado obrero degenerado cuya defensa hace suya.

El proletariado mundial no se encuentra en estado cataléptico desde 1917. Muchas cosas han cambiado. La táctica de los comunistas debe y no puede sino evolucionar en relación con las perspectivas del combate proletario, y una organización o una corriente política, revolucionarias en un momento dado, si congela la táctica que adoptó entonces, pasa rápidamente de revolucionaria a no revolucionaria y después, en un momento, a contrarrevolucionaria. Además, la congelación de las posiciones entraña por reacción y de forma natural, su propia deformación, por el simple hecho de que quedan congeladas cuando no estaban destinadas a serlo.

Trotski defendió aparentemente la mayoría de las posiciones que defendéis hoy, pero Trotski murió hace cuarenta años y él mismo no tenía suficiente distancia con los hechos que había vivido y que estaba viviendo. El tiempo ha pasado y las lecciones acumuladas desde 1917 son muy ricas. Tras la revolución tuvo lugar la contrarrevolución rusa, cuya trascendencia negativa no ha acabado de hacerse sentir pesadamente en todos lados, hasta en vuestras propias concepciones. La derrota, entre 1917 y 1937, de una ola revolucionaria internacional sin precedentes, la segunda carnicería imperialista, el restablecemiento y el crecimiento del capitalismo occidental que le siguieron, la desorganización de las masas, solo fueron posibles gracias a la contrarrevolución stalinista y a sus partidos.

Sí -responde L.O.- es la consecuencia de los errores oportunistas de la burocracia stalinista.

No, afirmamos nosotros, no tienen nada de oportunistas; esta sucesión de acontecimientos, catastrófica para el proletariado mundial que no ha conocido nunca tal periodo de sometimiento, encaja perfectamente con los intereses más profundos del sistema económico (capitalismo de estado) que constituye la base de la contrarrevolución stalinista que ha sido su apoteosis. La unidad es completa entre ésta economía y su poder. No es una cuestión de excrecencias burocráticas sobre el cuerpo del socialismo.

L.O. siempre ha tenido entre sus dogmas que el stalinismo era reformista y basculaba entre el proletariado y la burguesía. De hecho, el stalinismo -dejando a un lado rivalidades imperialistas- no se opone a la burguesía y a los trusts más que en la medida en que representa un capitalismo aún más homogéneo. L.O. juega a bolchevique frente a los socialistas-revolucionarios y los mencheviques, representandos hoy, según ellos, por el PC-CGT y por los potenciales Kerenskis salidos de su dirección, pero el día en el que tal Kerenski aparezca, en lugar de la libertad en los soviets que entonces disfrutaron los bolcheviq1ues, estaréis con la soga al cuello, o por lo menos en un calabozo para reflexionar sobre las relaciones entre la economía y la política mientras que tus líderes quizá se aprovecharán, convertidos en miembros de la burocracia dirigente, del papel que habrán representado.

Sin entender la naturaleza del sistema social ruso, chino, etc..., y en consecuencia del stalinismo como partido de oposición allá donde exista, se hace imposible entender el capitalismo contemporáneo, sus luchas de rapiña mediante naciones débiles interpuestas, su crisis de decadencia, tan diferente de una crisis cíclica o de una crisis generalizada de sobreproducción; se hace imposible sobre todo, combatirlo como es debido y derrocarlo, aunque ni siquiera ésto sea condición suficiente. La concentración del capital y el dirigismo en Occidente han sido acompañados por la rotación característica del sistema, varias veces centenaria, mientras que en Rusia, leos de ser una conquista de la revolución de octubre como afirmáis, deriva de su fracaso. La no transformación de esta revolución permanente en revolución socialista por la ausencia de extensión espacial de la revolución proletaria, engendró una contrarrevolución que, para insertarse mejor en la tendencia inmanente del gran capital, debía necesariamente no ser burguesa, pues los burgueses en tanto que propietarios individuales, estaban cada vez más superados por el volumen del capital internacional.

Esta superación está en el origen de la decadencia del sistema cualquiera que sea su régimen o su nivel industrial. No comprenderla hace quedar muy atrás de las exigencias de la lucha proletaria a cualquier política al estilo de L.O. o mejor dicho, hace que las necesidades de la lucha y las políticas al estilo de L.O. sean radicalmente opuestas.

El Occidente tanto como en Rusia, el proletariado no puede enfrentarse contra el sistema en alianza con el stalinismo y los sindicatos. Pero buscáis esta alianza, la practicáis en los hechos, confundías la oposición entre dos tendencias de defensores del capitalismo con la oposición entre capital y salariado, las organizaciones destinadas a encuadrar y vender la fuerza de trabajo (en espera de comprarla) con las organizaciones de los propios trabajadores. Por eso vuestros llamamientos al stalinismo sirven sobre todo para enmascarar frente a los obreros su naturaleza reaccionaria, y vuestros esfuerzos para crear grandes grupos en los sindicatos os impiden la transformación de las revueltas obreras en revolucionarias, asfixiando vuestras propias posibilidades.

Ninguno de los textos sagrados que os consuelan puede probar que el stalinismo sea reformista, ni puede negar que los sindicatos hayan probado ser engranajes del capitalismo, armazones de la legislación llamada social que conforma el estatuto de la esclavitud salarial. No hay textos sagrados para los revolucionarios.

Las reivindicaciones obreras deben ser extraídas de las posibilidades de la técnica conjuntamente con las exigencias de la revolución; mientras que las de L.O. son en realidad extraídas de las reivindicaciones del stalinismo y de los sindicatos, que se derivan a su vez de la programación capitalista y que casi siempre son tácitamente acordadas antes de simulacros de huelga. Ninguna tiende a levantar a la clase obrera contra el sistema. Pero ¿podría ser de otra manera hoy? ¿Podemos considerar como revolucionarios a aquellos que no se esfuerzan por hacer girar toda tema que agita al proletariado alrededor de la consigna abolición del salariado?

Ha pasado un siglo desde que Marx y Engels propusieran sustituir por esta reivindicación los reclamos reaccionarios de un salario justo. No sospechaban que individuos que pretenden ser comunistas, se mostrarían incapaces de enarbolar y de hacer el eje de su actividad el comunismo hoy, cuando la técnica permite una rápida desaparición de las clases económicas.

Sin embargo, solo lo que deriva de ésta exigencia -exactamente lo opuesto a la unidad con los sindicatos y el stalinismo- puede unir al proletariado en cada país, y en otro plano, provocar la revuelta internacionalista del proletariado ruso, americano y chino, acto decisivo de la revolución mundial. Por eso, la lucha del proletariado revolucionario contra el stalinismo será también una lucha contra vuestra organización y aquellas del mismo género (L.C.R., O.C.I., maoismo, etc.)

Trotskismo: defensa incondicional del capitalismo de estado, 1984

Si el 10 de mayo de 1984 es el tercer aniversario de la izquierda en el gobierno, este aniversario estigmatiza y confirma de manera evidente el papel antirrevolucionario del movimiento izquierdista.

Las diversas tendencias trotskistas, líderes de esta extrema izquierda revolucionaria, tienen por su parte una gran responsabilidad en el estancamiento de la lucha revolucionaria actual. Al actuar como fieles perros guardianes de los partidos pseudocomunistas o socialistas, defendiendo al capitalismo de estado ruso contra el bloque norteamericano, demuestran cada día su actividad pro-capitalista y ser sepultureros de la emancipación del proletariado, del que se atreven a decir que son las vanguardias esclarecidas y esclarecedoras. Pero no lo repetiremos lo suficiente, el programa trotskista es ahora capitalista:

Para el movimiento trotskista, la clase obrera es sólo una masa de maniobra que nunca puede alcanzar la conciencia comunista. Por lo tanto, espera que el partido revolucionario la salve de la condenación eterna. Mientras tanto, este partido, o los componentes de este nuevo partido trotskista, transmiten la conciencia que cree que puede ser entendida por esta pobre masa incluta: ¡la que está a medio camino entre la cumbre y.... el delegado sindical! Luego vendrá la imitación sabática que prodigará el partido que como todo el mundo sabe ha sido visitado por Marx, Engels, Lenin y Trotsky, revelando la verdad al comité central, único capaz de entender las tareas de la lucha de clases, y por lo mismo actuar revolucionariamente. Los proletarios, en nombre de tácticas demasiado complicadas para que las entienda, deben seguirlas y sobre todo seguir haciéndose explotar.

La lucha de clases es, sin embargo, un todo. Implica una ruptura con las sacrosantas separaciones que buscan castrar al movimiento subversivo de la sociedad. Requiere la misma ruptura con los esquemas intelectuales/ manuales, conciencia revolucionaria/ consciencia sindical, los buenos dirigentes/ malos dirigentes... Si la emancipación del proletariado debe ser obra del proletariado mismo, sólo lo será contra el trotskismo, el sindicalismo y los partidos stalinistas o los llamados socialistas. Lo que estamos afirmando aquí no es gratuito, sino que resulta de nuestra perspectiva: la destrucción inmediata de la sociedad de explotación basada en el trabajo asalariado. Con esa meta nuestra crítica del capitalismo es una crítica que no apunta a fortalecer el estado (nacionalizaciones), ni a desarrollar la forma de explotación (autogestión y otros subterfugios), sino a afirmar la necesidad inmediata de la abolición del trabajo asalariado a través de todas las luchas cotidianas, a desmitificar el pseudo PC y el PS, promoviendo la urgencia de una independencia de clase organizativa y pragmática. ¡La consciencia revolucionaria y comunista del proletariado sólo puede surgir a este precio!

Por su defensa incondicional de Rusia, el bastión del capitalismo de estado, las tendencias trotskistas comprometen a los proletarios en la defensa de un bloque capitalista e imperialista contra otro, en nombre de los logros positivos (¿cuáles?) de una revolución proletaria barrida por la contrarrevolución stalinista y que en ningún momento pudo abolir las relaciones capitalistas de producción. El papel del proletariado no es investigar etapas hacia el comunismo, sino la lucha contra el capitalismo oriental y occidental, desde Rusia hasta los EE.UU., y desde China hasta Nicaragua o Cuba, y todo ello inmediatamente.

El papel del proletariado es trabajar por la destrucción de fronteras, entidades de explotación, y no por la creación de nuevos estados, ya sean palestinos o zulúes, en nombre de alguna liberación nacional contra el imperialismo americano o cualquier otro, como dicen nuestros representantes electos camaradas trotskistas buenos defensores del imperialismo ruso. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la ayuda militar y económica del imperialismo ruso a los diversos movimientos de liberación nacional, desde Vietnam hasta Laos, pasando por Argelia, Nicaragua o El Salvador, no ha sido más que un pretexto para sostener la explotación nacional en nombre del capitalismo de estado en su búsqueda de beneficios y el aplastamiento de las posibles luchas subversivas del proletariado en beneficio de los intereses capitalistas rusos. No hay pueblo que defender: el interés del proletariado es un interés de clase que no puede obtener nada de mezclarse con campesinos, comerciantes, pacifistas-feministas-ecologistas y nacionalistas, que apuntan en el mejor de los casos sólo a un ajuste de las taras del capitalismo, y en el peor, a la alianza con la clase obrera para sacar provecho mejor de su explotación. Por ejemplo, el consenso social en Lorena es actualmente muy explícito.

Finalmente, afirmaremos que para poner fin al trotskismo, el proletariado debe reencontrarse con sus elementos más avanzados y conscientes. El papel de una vanguardia revolucionaria no es pegarse al trasero de la clase obrera. Se distingue de ella, y en primer lugar de ella, por su práctica que va en contra de la alienación política y social que la sociedad capitalista impone principalmente a la clase que debe emancipar a la Humanidad. También se distingue por la neta y franca ruptura con la ideología capitalista, las tácticas y otros artificios de mistificación para la perpetuación de la sociedad de explotación.

El movimiento trotskista se pega al culo de una clase obrera completamente atomizada y embrutecida. De la demagogia al más cínico paternalismo, cava cada día la tumba del proletariado empujándolo a los callejones sin salida del nacionalismo, de la legalidad, de la planificación de la explotación, de la perpetuación del mito del socialismo en el Este, etc...

La abolición del trabajo asalariado debe ser hoy la consigna por excelencia de la clase obrera. Sólo se materializará violentamente, a través de la dictadura del proletariado contra la dictadura capitalista del Este y del Oeste, extirpando en todas partes la base de esta sociedad capitalista en decadencia, la compra y venta de la fuerza de trabajo, ya sea con salsa trotsko-stalinista o con salsa ketchup.


1 Manifiesto de 81 partidos stalinistas , incluido el chino y el albanés, reunidos en Moscú en 1960, fue la última declaración conjunta de todos los partidos stalinistas -salvo el yugoslavo- en el poder tras la guerra. Nota del editor.
2 A mi entender, la idea de la longevidad del capitalismo según el mercado proviene de los teóricos del reformismo germano y austriaco, habiendo sido después adoptada y adaptada a las necesidades de su causa por el economista nazi Schacht.
3 Consultar Pro Segundo Manifiesto Comunista, página 69, nota 2. París, 1965.
4 El periódico del POUM español, La Batalla, publica información sobre esos eventos. Claro está, simpatiza con todo lo que confunde y disgrega al proletariado latinoamericano: guerrillerismo, castrismo, etc. Es siniestra la similaridad de nombre del Comando con la consigna falsaria del Maoismo: proletarios de todos los países y pueblos oprimidos, uníos!.
5 Un dirigente del POR boliviano, Filemón Escobar, es también dirigente (secretario financiero) de la Federación minera. No hacen falta comentarios. El grupo semi-trotzkista peruano Vanguardia Popular, se vanagloria de crear sindicatos bajo la dictadura de Velasco. Este mismo grupo, que se dice opositor a la dictadura y al entreguismo del PC peruano, clama por la nacionalización de las minas, bajo control sindical de la producción. Ver sus ponencias políticas sobre el contrato minero de Cuajono, entre el gobierno de Velasco y la American Smelting and Refining, especialmente su quinta y última ponencia, Lima, 1970.
6 En "L'Humanité" del 4 de septiembre, podemos leer un artículo que se hace eco del de Alain Krivine y en el que se describe a Trotsky como "una gran personalidad que no ha sido rehabilitada en la URSS", probablemente representativa de una "corriente del movimiento obrero" cuya "importancia" debe ser reclamada.