Fascismo y gran capital

Los financieros del fascismo

  1. En Italia: para quitar al proletariado las concesiones que éste había conseguido después de la guerra, los magnates de la industria pesada y los terratenientes subvencionan a los fasci.
  2. Las bandas fascistas al servicio del nacionalismo: la aventura de Fiume.
  3. A esta politica se opone la de la industria ligera.
  4. La crisis seca la fuente del beneficio capitalista: los magnates lanzan al fascismo a la conquista del poder.
  5. El plan de Giolitti. El conjunto del capitalismo italiano subvenciona la Marcha sobre Roma.
  6. En Alemania: para quitar al proletariado las concesiones que éste había conseguido después de la guerra, los magnates de la industria pesada y los terratenientes subvencionan a los cuerpos francos.
  7. Los cuerpos francos al servicio del nacionalismo: Baltikum, Reichswehr negra, etc.
  8. A esta política se opone la de la Fertiginindustrie.
  9. La crisis seca la fuente del beneficio capitalista: los magnates lanzan al nacionalsocialismo a conquistar el poder.
  10. El plan de Brüning y de Schleicher. El capitalismo alemán en bloque entrega el poder Hitler.

El Estado, desde que existe, es el órgano que utiliza una clase social para mantener su dominio sobre las demás. Cuando un Estado cambia de fisonomía, cuando un régimen político deja sitio a otro, el primer pensamiento que nos viene a la mente es: ¿qué ocurre en este momento entre bastidores? ¿Es una nueva clase la que sube al poder? Pero cuando hay señales inequívocas de que es la misma clase la que gobierna, la pregunta que nos hacemos es: ¿qué interés tiene la clase dirigente en organizar todo este revuelo?

El régimen moderno de la mayoría de los Estados modernos adelantados era, hasta ahora, la democracia. O mejor dicho, la pseudodemocracia, la democracia parlamentaria, la democracia falsificada y no la auténtica. Cuando se la miraba de cerca, en esta democracia se distinguían sin esfuerzos rasgos de cesarismo. Pero, en general es cierto que en los Estados adelantados de nuestro tiempo, era la solución política que se aplicaba.

Sin embargo, en estos últimos años, en dos grandes países de Europa occidental, Italia y Alemania, este régimen ha sido sustituido por otro nuevo, que se diferenciade modo bien visible del anterior: el fascismo. Como se manifestó por vez primera en Italia, se le dio un nombre de origen romano1. Pero no tiene nada de específicamentete italiano. Por esto la palabra italiana ha terminado por designar un fenómeno universal.

Hasta estos últimos años se creía que la democracia era el mejor régimen político para la clase dominante. ¿Por qué, en dos países europeos, que no son de los menos importantes precisamente, la burguesía ha cambiado de opinión?

Los revolucionarios tienen una tendencia espontánea a ver todo desde su punto de vista. Por eso tienen la impresión de que el capitalismo recurre a la solución fascista, única y exclusivamente para vencer a la revolución proletaria que lo amenaza. Es cierto que hay en ello algo de verdad; que los propietarios tienen miedo de la revolución y subvencionan a bandas de matones para atemorizar a los obreros. Pero no es por miedo a la revolución por lo que deciden confiar el poder al fascismo. Ni en Italia ni en Alemania existía un peligro revolucionario en el momento en que el fascismo tomó posesión del Estado. En realidad, aquéllos recurren a la solución fascista no tanto para protegerse contra los disturbios callejeros, como contra los trastornos ocasionados por su propio sistema económico. El mal que tratan de evitar está más dentro que fuera del sistema.

La ley del sistema capitalista es el beneficio. Durante un largo período, que podríamos llamar la fase ascendente del capitalismo, el desarrollo continuo de la producción y la ampliación incesante de los mercados han permitido a la burguesía, pese a ciertas crisis periódicas de crecimiento, un progreso ininterrumpido de sus beneficios. Después de la guerra de 1914-1918, que fue a la vez el producto y la primera manifestación publica de sus dificultades internas, el capitalismo en su conjunto ha entrado en una fase descendente. A las crisis económicas cíclicas se ha superpuesto una crisis crónica, una crisis permanente del sistema. la misma fuente del beneficio capitalista está amenazada.

Durante el período precedente, la democracia era muy ventajosa para el capitalismo. Todo el mundo ha escuchado argumentos como: la democracia es el gobierno menos caro; el espíritu de empresa necesita la libertad; los derechos políticos concedidos a las masas son como una válvula de seguridad que evita los choques violentos; la democracia desarrolla el mercado capitalista al crear nuevas necesidades en las masas y darles al mismo tiempo la posibilidad de satisfacerlas, etc. Cuando el festín es abundante, se puede dejar al pueblo que recoja las migajas.

Pero en el período actual, en la fase de decadencia del capitalismo, la clase dominante se encuentra ante los platillos de la balanza en que mide las ventajas y los inconvenientes de la democracia tan perpleja como el asno de Buridán. En algunos países y circunstancias le parece que los inconvenientes pesan más que las ventajas. Cuando la crisis económica (cíclica y crónica a la vez) es muy aguda, cuando el beneficio tiende a cero, no ve otra salida, no ve otro remedio para restablecer el mecanismo del beneficio que vaciar los bolsillos -ya vacíos- de la pobre gente que constituye las masas. Esto es lo que Joseph Caillaux, ese gran burgués de verbo florido, ha llamado entre nosotros la gran penitencia: la brutal reducción de los salarios, de los seguros sociales, el aumento de los impuestos (sobre todo de los impuestos sobre el consumo). Con el producto de esta operación, el Estado saca a flote a las empresas al borde de la quiebra, las sostiene artificialmente a fuerza de subvenciones y de ventajas fiscales, a fuerza de contratas de obras públicas y encargos de armamentos. En una palabra, el Estado sustituye de este modo a la clientela privada, a la demanda insuficiente.

Pero el régimen democrático se presta mal a la realización de tal plan. Mientras la democracia subsista, las diversas categorías sociales que componen el pueblo (aunque estén engañadas) tienen algunos medios de defenderse contra la gran penitencia: libertad de prensa, sufragio universal, derecho sindical, derecho de huelga, etc. Medios insuficientes pero que imponen ciertos límites a las ilimitadas exigencias de los poderosos del dinero. En especial, la resistencia del proletariado organizado impide una excesiva disminución de los salarios.

Por esto, en ciertos países y en determinadas circunstancias, cuando los beneficios están gravemente amenazados, cuando le parece necesaria una deflación brutal, la burguesía tira por encima de la borda la democracia tradicional y pide –sin que, naturalmente, se limite a pedirlo– un Estado fuerte. Este empieza por quitar al pueblo todos sus medios de defensa, le ata las manos a la espalda para poder vaciarle los bolsillos con mayor facilidad. Si hemos dicho: en ciertos países y en determinadas circunstancias, es porque se trata, en este caso, de aquellas naciones que reivindicaron un lugar al sol cuando ya todos los buenos espacios están tomados, naciones que carecen tanto de materias primas como de mercados amplios. En los países más favorecidos, de recursos económicos y financieros más importantes, la burguesía puede reparar el mecanismo del beneficio sin reemplazar el régimen democratico por una dictadura declarada. El método que sigue es en el fondo el mismo: el Estado saca a flote al capitalismo privado gracias a importantes obras públicas y a encargos de material bélico. Pero gracias a las riquezas acumuladas por las generaciones precedentes, no tiene necesidad de vaciar con tanta brutalidad los bolsillos de los trabajadores. En los Estados Unidos no hizo falta el garrote del fascismo, el New Deal de Roosevelt bastó.

No es suficiente decir que por todas estas razones la burguesía italiana y alemana subvencionaron al fascismo y lo elevaron al poder. Semejante afirmación no sería exacta, pues al contrario de lo que generalmente se cree, la burguesía capitalista no es absolutamente homogénea. Sin duda, cuando sus intereses esenciales de clase se ven amenazados, forman un bloque de granito. Pero, salvo en estos casos excepcionales, se trata de un bloque que presenta multitud de grietas. Según la actividad económica a la que se dediquen, ciertos grupos capitalistas defenderán intereses opuestos a los de otros grupos capitalistas. Es cierto que dichos grupos mantienen relaciones más o menos estrechas y que la línea de demarcación entre ellos no es siempre fácil de trazar. Pero a pesar de todo, la oposición de sus intereses es real.

Por eso es importante investigar si en Alemania e Italia fue la burguesía entera la que quiso una dictadura, la que subvencionó al fascismo, o si fueron en especial unos grupos capitalistas. No creo que sea necesario repetir que los distintos partidos burgueses no son sino los reflejos, o instrumentos más bien, de los diversos grupos capitalistas. El papel que desempeñaron los partidarios políticos durante el período precedente a la subida al poder de Hitler y de Mussolini es diverso, complejo y nada claro. Para descifrarlo es mejor empezar por analizar la actividad de los diferentes grupos capitalistas respecto al fascismo. El fascismo, en Italia y en Alemania fue subvencionado y apoyado fundamentalmente por los magnates de la industria pesada (metalurgia, minas) y por los banqueros que tenían intereses en dicha industria. ¿Por qué los demás grupos capitalistas, esencialmente aquellos que podemos incluir en la industria ligera o de transformación, tuvieron una actividad más reservada, o incluso a veces hostil, hacia el fascismo naciente?

No es sólo en Alemania e Italia donde la industria pesada y la industria ligera tienen intereses económicos y estrategia social y política divergentes. Entre los dos grupos hay en todos los países incesantes conflictos: la segunda se queja de la hegemonía de la primera, que le hace pagar un pesado tributo proporcionándole a precios de monopolio, materias primas y máquinas. En cuanto a la política exterior, la industria pesada, que vive en gran parte gracias a los pedidos de armamentos (tanto del propio Estado como de las potencias amigas), es partidaria casi siempre de una política de prestigio, de fuerza, de aventuras imperialistas; mientras que la industria ligera, interesada en exportar productos no militares, no tiene nada que ganar con la guerra y la autarquía. Además, está más ligada al capitalismo internacional que la industria pesada, por eso es partidaria generalmente de una política de colaboración entre las naciones. En cuanto a sus relaciones con la clase obrera, la industria pesada y la industria ligera, son partidarias de métodos muy diferentes. Los jefes de las empresas metalúrgicas y mineras se distinguen por su actitud autoritaria, por su mentalidad de patronos de combate. Su voluntad de dominio se explica por la magnitud de sus empresas y por el papel preponderante que desempeñan en la economía y en el Estado. Pero otra causa está también en lo que Marx llama la composición orgánica del capital de sus empresas, es decir, la relación entre el capital constante (invertido en medios de producción, en materias primas, etc.) y el capital variable (que sirve para remunerar la mano de obra). Esta composición orgánica del capital es mucho más elevada en la industria pesada que en otras ramas industriales, y de aquí que los límites en los que dicha industria resulta lucrativa son bastante estrechos2. Cuando las grandes empresas metalúrgicas no pueden utilizar un porcentaje suficientemente elevado de su potencial productivo, los gastos fijos de amortización de sus instalaciones se distribuyen en una cantidad insuficiente de productos fabricados y el beneficio se ve amenazado3. En caso de huelga, unas pocas horas de paro pueden traducirse por millones de pérdidas4. Sila coyuntura económica empeora, como los gastos fijos no pueden reducirse, cualquier ahorro ha de hacerse a costa de la mano obra; la reducción brutal de los salarios se convierte en una imperiosa necesidad.

La actitud de los dirigentes de la industria ligera es bastante distinta: como la composición orgánica de su capital es menor, sus gastos fijos menos pesados y su orgullo menos excesivo. La mayoría de ellos prefieren lo que llaman la colaboración de clases, la paz social, lo que es, en realidad, una forma más hipócrita e insidiosa de domesticar al proletariado.

Por eso no es sorprendente que en los dos países estudiados, la industria pesada y la industria ligera hayan tenido una actitud diferente respecto al fascismo. La industria pesada quiere llevar la lucha de clases hasta aplastar la resistencia del proletariado, y la industria ligera cree poder solucionar todos los problemas con la paz social. La industria pesada exige una política exterior belicosa, la industria ligera, conciliadora; la industria pesada espera reforzar su hegemonía económica con ayuda de un Estado dictatorial, y la industria ligera teme semejante exceso de poderío.

Pero los grupos capitalistas de la industria ligera son incapaces de resistir al fascismo y, aunque no desean su triunfo, no hacen gran cosa para cerrarle el camino. ¿Por qué? En primer lugar porque el fascismo es un movimiento nacional, es decir, al servicio de las clases poseedoras, y por ello merece su simpatía o, al menos, su indulgencia. Además, ingenuamente, creen que el fascismo no llegará a instaurar una dictadura totalitaria, que el fascismo es un movimiento político más, y que, como tal, lo podrán manejar y utilizar de acuerdo con sus conveniencias. Por eso los políticos liberales, que tienen estrechas relaciones con los medios de la industria ligera, tratan con gran tolerancia al fascismo. Fieles a sus tácticas habituales de paz social, se imaginan que el fascismo, una vez domado y parlamentarizado, les servirá de contrapeso de las fuerzas proletarias.

Pero el día en que el fascismo, con gran asombro suyo, se convierta en una fuerza política considerable que persigue sus propios fines, un movimiento de masas que no podrían contener sin emplear la fuerza armada, la industria ligera y los políticos liberales colocarán su solidaridad de clase por delante de su divergencia de intereses. Se horrorizarán ante la perspectiva de verter la sangre de patriotas y se resignarán al triunfo del fascismo. Entonces, el capitalismo en su conjunto se unirá para instalar al fascismo en el poder.

Veamos ahora de un modo más detallado, en Italia primero, y en Alemania después, según el método que hemos adoptado, cuál ha sido la actitud de los diversos grupos capitalistas hacia el fascismo.

Para que se comprenda mejor, hemos descompuesto este análisis en dos fases sucesivas:

  1. Al principio, el gran capital no piensa en empujar al fascismo para que conquiste el poder. Se sirve de sus bandas uniformadas como milicia antiobrera.

    A raíz de la guerra del 14, los patronos en ambos países tuvieron que hacer importantes concesiones a la clase obrera para evitar una revolución social. Decididos a recuperar el terreno perdido, tienen la idea, verdaderamente nueva, de confiar a ciertas bandas armadas y militarizadas, especializadas en la lucha antiobrera, el hostigamiento del proletariado para debilitar su resistencia. Los grandes terratenientes se suman a este proyecto. Beneficiarios de la explotación ilimitada del proletariado rural, habían tenido también que arrojar lastre y quieren recuperar lo perdido.

    Sus financieros asignan también otro objetivo a las bandas armadas de Mussolini y de Hitler. Italia y Alemania se encuentran, después de la guerra, en la posición de países vencidos y humillados frente a las grandes potencias ricas. Los grandes industriales, ávidos de encargos de armamento, subvencionan la lucha contra la injusticia de los tratados. Lucha que emprenden, pasando por encima del gobierno legal, por medio de las bandas fascistas.

  2. Pero el día en que una crisis más o menos aguda amenaza con secar la fuente de sus beneficios, cuando sólo un Estado fuerte les parece susceptible de asegurar una rentabilidad creciente a sus empresas, se arriesgan a dar un nuevo paso. Lanzan a las bandas fascistas a la conquista del poder político e instauran con su ayuda, una dictadura de nuevo tipo.

En Italia

En Italia, tras de la guerra mundial, hay un verdadero resurgir del ímpetu revolucionario de las masas. Obreros y campesinos, aunque no tratan, faltos de madurez política, de conquistar el poder, consiguen, gracias a su combatividad, considerables ventajas. En la industria, los obreros logran mejores salarios, la jornada de ocho horas, la generalización de los contratos colectivos y su representación en el seno de la empresa en comisiones interiores de fábrica. Las huelgas se suceden (1.663 en 1919, 1.881 en 1920). En Génova y en otros grandes puertos, los cargadore se imponen gracias a una sólida organización. Los obreros metalúrgicos, en septiembre de 1920, amplían un simple conflicto de salarios en una gran batalla de clases. Como los magnates de la industria pesada deciden cerrar sus fábricas, los 600.000 obreros las ocupan, y administran la producción gracias a consejos de fábrica elegidos por ellos mismos. No vacilan en violar el santuario del patrono, abriendo sus cajas fuertes y revelando los secretos, celosamente guardados, sobre los costes y los beneficios. El conflicto termina con la promesa patronal de que permitirán un control sobre la gestión de las empresas. Pero este proyecto de ley sobre el control obrero no llegará a aplicarse. A fines de 1920, los magnates de la metalurgia aprovechan el pretexto de la crisis económica para aplazarlo indefinidamente.

Los campesinos se muestran también muy combativos. Al volver de las trincheras reclaman la distribución de la tierra que se les había prometido, y como no la obtienen se instalan ellos mismos en los campos reclamados. Un decreto del gobierno sanciona el hecho consumado. A condición de organizarse en cooperativas obtienen el derecho a permanecer durante cuatro años en las tierras ocupadas (decreto Visochi del 2 de septiembre de 1919). Los aparceros consiguen mejorar las cláusulas de sus contratos. Los trabajadores obreros agrícolas, apoyándose en los ayuntamientos rurales socialistas, que se convierten en auténticos feudos proletarios, se organizan sólidamente en sindicatos o ligas rojas. Discuten con los grandes propietarios de igual a igual y logran también contratos colectivos, entre otras ventajas.

Todas estas conquistas amenazan tanto los intereses como la autoridad de las dos clases que gobiernan Italia: los grandes industriales y los grandes terratenientes.

La primera clase es de creación reciente. A principios del siglo XX empieza a surgir la industria metalúrgica moderna en Italia. En un país que no tiene hierro ni carbón, esta industria no puede ser rentable sino sometiendo a todas las fuerzas políticas y económicas del país, oprimiendo a las industrias de transformación y a los consumidores, viviendo gracias a la protección aduanera y a los encargos del Estado. La expedición de Tripolitania (1911-1923) y luego la Gran Guerra le dieron un fuerte impulso. Después de haber ganado enormes fortunas fabricando instrumentos mortíferos, algunos grandes industriales, los Perrone, los Agnelli, etc., aspiran después del armisticio a dominar la vida económica del país. Aunque se ven obligados para evitar una verdadera revolución a hacer concesiones a aquellos a los que explotan, están decididos a recuperar cuanto antes lo que han tenido que ceder. La ocupación de las fábricas les ha aterrorizado y, por un momento, han visto venir la expropiación.

Una vez pasada la crisis, ellos y sus aliados, los armadores –en especial los de Génova– están decididos a hacer cualquier cosa para evitar el control obrero y la intervención de los trabajadores en la gestión de las empresas. Los terratenientes tienen las mismas intenciones. En Italia, la antigua aristocracia sigue siendo propietaria de la tierra. Animada de una fuerte conciencia de clase, se ha organizado, desde 1908, en una poderosa Associazione Agraria. La guerra la ha reforzado numéricamente con una nueva capa de propietarios agrícolas.

En Génova, a primeros de abril de 1919 los grandes industriales y los terratenientes firman una santa alianza contra el bolchevismo. Esta reunión, escribe Rossi, es el primer paso hacia la reorganización de las fuerzas capitalistas para hacer frente a las amenazas de la situación 5. El 7 de marzo de 1920 se reúne en Milán la primera conferencia nacional de los industriales italianos. Allí se crea la Confederación General de la Industria. Se elabora un plan preciso y detallado de acciones comunes, en el que se prevén también las formas de lucha contra los sindicatos obreros. Poco después, el 18 de agosto, se constituye la Confederacióón General de la Agricultura. Industriales y agrarios, observa Rossi, ya no irán al combate en orden disperso.

Pero ni los industriales ni los terratenientes pueden luchar personalmente contra el proletariado organizado, y confían esta labor a bandas armadas, entre las que figuran los fasci de Benito Mussolini, que se autodenominan órganos del frente único antibolchevique. La misión confiada a estas bandas es, sobre todo, la de hostigar a la clase obrera, debilitando su capacidad de lucha y de resistencia para que los industriales y los terratenientes puedan recuperar el terreno perdido.

En abril de 1919, Mussolini saluda a la asamblea de las congregaciones económicas y les ofrece su ayuda, que aquéllas aceptan. Pero es sobre todo a fines de 1920, después de la ocupación de las fábricas, cuando las subvenciones de los grandes industriales empiezan a llover en sus cofres.

Hay también otra razón para que, a raíz de la guerra de 1914-1918, los magnates de la península se decidan a subvencionar a estas bandas armadas. El joven imperialismo italiano apareció demasiado tarde en un mundo donde todos los buenos sitios estaban ya ocupados. Apenas le tocaron unas migajas, como los arenales de Tripolitania. Italia es, en vísperas de la guerra mundial, la gran proletaria, como dice el nacionalista Corradini. Pero, después del armisticio sigue siéndolo. La Entente le prometió diversas compensaciones territoriales, pero no ha cumplido sus promesas. Los magnates de la industria pesada tienen un interés directo en que su país siga una política exterior nacionalista y agresiva, para seguir enriqueciéndose con los encargos de material de guerra, y al mismo tiempo conseguir nuevos mercados por la fuerza. Por eso, pasando por encima del gobierno italiano, subvencionan y arman a grupos de excombatientes y aventureros. Como la Conferencia de la Paz ha negado a Italia la ciudad de Fiume, a orillas del Adriático6, envían a estas bandas, bajo el mando del literato d'Annunzio, a ocupar la ciudad (17 de Septiembre de 1919), acto que tiene sobre todo un valor simbólico.


  1. En la antigua Roma, algunos magistrados iban precedidos por oficiales llamados lictores, que llevaban como símbolo de su poder unas varas de abedul atadas, formando un haz1 en torno a un hacha. En el vocabulario político moderno italiano, se llamó fascio (conjunto de fasci, es decir, «haces») a diversas ligas de acción política y social, de tendencias avanzadas en la mayoría de los casos. Fue cuando Mussolini se apropió de la palabra. 

  2. Marx. El Capital

  3. La importancia de los gastos fijos fue puesta de relieve por el profesor alemán Schmalenbach en una conferencia en Viena, en junio de 1938. 

  4. Profesor Bonn. El destino del capitalismo alemán, 1930. 

  5. Rossi (Angelo Tasca). El nacimiento del fascismo. Italia de 1918 a 1922, 1938. 

  6. A partir de julio de 1919, Fiume quedó en manos de una comisión militar internacional.