Fascismo y gran capital

Fascismo y gran capital

Prólogo a la primera edición (1936)

El objeto de este libro es definir la naturaleza del fascismo. Para ello no hay otro camino que el estudio del fenómeno en aquellos países donde se ha manifestado de forma más característica, que podríamos llamar clásica.

Este libro no es una historia del fascismo en ambos países. Tampoco una comparación de los dos fenómenos; es decir, un balance de sus semejanzas y diferencias: precisamente hemos dejado a un lado esa diferencia para tratar de aislar, por encima de las contingencias propias a cada país, cierto número de rasgos generales y, si los términos científicos fuesen aplicables a la política, un cierto número de leyes.

Pero estas leyes no tiene interés en política más que si permiten sacar conclusiones prácticas: nuestra intención es convencer al lector de que el único medio verdaderamente eficaz de cerrar el paso al fascismo consiste en derribar al capitalismo. El fascismo, escribió en 1923 Clara Zetkin, es el castigo que cae sobre el proletariado por no haber continuado la revolución que empezó en Rusia.

El fascismo podría ser mañana nuestro castigo si dejamos pasar la hora del socialismo.

I. Los financieros del fascismo

El Estado, desde que existe, es el órgano que utiliza una clase social para mantener su dominio sobre las demás. Cuando un Estado cambia de fisonomía, cuando un régimen político deja sitio a otro, el primer pensamiento que nos viene a la mente es: ¿qué ocurre en este momento entre bastidores? ¿Es una nueva clase la que sube al poder? Pero cuando hay señales inequívocas de que es la misma clase la que gobierna, la pregunta que nos hacemos es: ¿qué interés tiene la clase dirigente en organizar todo este revuelo?

El régimen moderno de la mayoría de los Estados modernos adelantados era, hasta ahora, la democracia. O mejor dicho, la pseudodemocracia, la democracia parlamentaria, la democracia falsificada y no la auténtica. Cuando se la miraba de cerca, en esta democracia se distinguían sin esfuerzos rasgos de cesarismo. Pero, en general es cierto que en los Estados adelantados de nuestro tiempo, era la solución política que se aplicaba.

Sin embargo, en estos últimos años, en dos grandes países de Europa occidental, Italia y Alemania, este régimen ha sido sustituido por otro nuevo, que se diferencia de modo bien visible del anterior: el fascismo. Como se manifestó por vez primera en Italia, se le dio un nombre de origen romano1. Pero no tiene nada de específicamente italiano. Por esto la palabra italiana ha terminado por designar un fenómeno universal.

Hasta estos últimos años se creía que la democracia era el mejor régimen político para la clase dominante. ¿Por qué, en dos países europeos, que no son de los menos importantes precisamente, la burguesía ha cambiado de opinión?

Los revolucionarios tienen una tendencia espontánea a ver todo desde su punto de vista. Por eso tienen la impresión de que el capitalismo recurre a la solución fascista, única y exclusivamente para vencer a la revolución proletaria que lo amenaza. Es cierto que hay en ello algo de verdad; que los propietarios tienen miedo de la revolución y subvencionan a bandas de matones para atemorizar a los obreros. Pero no es por miedo a la revolución por lo que deciden confiar el poder al fascismo. Ni en Italia ni en Alemania existía un peligro revolucionario en el momento en que el fascismo tomó posesión del Estado. En realidad, aquéllos recurren a la solución fascista no tanto para protegerse contra los disturbios callejeros, como contra los trastornos ocasionados por su propio sistema económico. El mal que tratan de evitar está más dentro que fuera del sistema.

La ley del sistema capitalista es el beneficio. Durante un largo período, que podríamos llamar la fase ascendente del capitalismo, el desarrollo continuo de la producción y la ampliación incesante de los mercados han permitido a la burguesía, pese a ciertas crisis periódicas de crecimiento, un progreso ininterrumpido de sus beneficios. Después de la guerra de 1914-1918, que fue a la vez el producto y la primera manifestación pública de sus dificultades internas, el capitalismo en su conjunto ha entrado en una fase descendente. A las crisis económicas cíclicas se ha superpuesto una crisis crónica, una crisis permanente del sistema. La misma fuente del beneficio capitalista está amenazada.

Durante el período precedente, la democracia era muy ventajosa para el capitalismo. Todo el mundo ha escuchado argumentos como: la democracia es el gobierno menos caro;el espíritu de empresa necesita la libertad; los derechos políticos concedidos a las masas son como una válvula de seguridad que evita los choques violentos; la democracia desarrolla el mercado capitalista al crear nuevas necesidades en las masas y darles al mismo tiempo la posibilidad de satisfacerlas, etc. Cuando el festín es abundante, se puede dejar al pueblo que recoja las migajas.

Pero en el período actual, en la fase de decadencia del capitalismo, la clase dominante se encuentra ante los platillos de la balanza en que mide las ventajas y los inconvenientes de la democracia tan perpleja como el asno de Buridán. En algunos países y circunstancias le parece que los inconvenientes pesan más que las ventajas. Cuando la crisis económica (cíclica y crónica a la vez) es muy aguda, cuando el beneficio tiende a cero, no ve otra salida, no ve otro remedio para restablecer el mecanismo del beneficio que vaciar los bolsillos -ya vacíos- de la pobre gente que constituye las masas. Esto es lo que Joseph Caillaux, ese gran burgués de verbo florido, ha llamado entre nosotros la gran penitencia: la brutal reducción de los salarios, de los seguros sociales, el aumento de los impuestos (sobre todo de los impuestos sobre el consumo). Con el producto de esta operación, el Estado saca a flote a las empresas al borde de la quiebra, las sostiene artificialmente a fuerza de subvenciones y de ventajas fiscales, a fuerza de contratas de obras públicas y encargos de armamentos. En una palabra, el Estado sustituye de este modo a la clientela privada, a la demanda insuficiente.

Pero el régimen democrático se presta mal a la realización de tal plan. Mientras la democracia subsista, las diversas categorías sociales que componen el pueblo (aunque estén engañadas) tienen algunos medios de defenderse contra la gran penitencia: libertad de prensa, sufragio universal, derecho sindical, derecho de huelga, etc. Medios insuficientes pero que imponen ciertos límites a las ilimitadas exigencias de los poderosos del dinero. En especial, la resistencia del proletariado organizado impide una excesiva disminución de los salarios.

Por esto, en ciertos países y en determinadas circunstancias, cuando los beneficios están gravemente amenazados, cuando le parece necesaria una deflación brutal, la burguesía tira por la borda la democracia tradicional y pide –sin que, naturalmente, se limite a pedirlo– un Estado fuerte. Este empieza por quitar al pueblo todos sus medios de defensa, le ata las manos a la espalda para poder vaciarle los bolsillos con mayor facilidad. Si hemos dicho: en ciertos países y en determinadas circunstancias, es porque se trata, en este caso, de aquellas naciones que reivindicaron un lugar al sol cuando ya todos los buenos espacios estaban tomados, naciones que carecen tanto de materias primas como de mercados amplios. En los países más favorecidos, de recursos económicos y financieros más importantes, la burguesía puede reparar el mecanismo del beneficio sin reemplazar el régimen democrático por una dictadura declarada. El método que sigue es en el fondo el mismo: el Estado saca a flote al capitalismo privado gracias a importantes obras públicas y a encargos de material bélico. Pero gracias a las riquezas acumuladas por las generaciones precedentes, no tiene necesidad de vaciar con tanta brutalidad los bolsillos de los trabajadores. En los Estados Unidos no hizo falta el garrote del fascismo, el New Deal de Roosevelt bastó.

No es suficiente decir que por todas estas razones la burguesía italiana y alemana subvencionaron al fascismo y lo elevaron al poder. Semejante afirmación no sería exacta, pues al contrario de lo que generalmente se cree, la burguesía capitalista no es absolutamente homogénea. Sin duda, cuando sus intereses esenciales de clase se ven amenazados, forman un bloque de granito. Pero, salvo en estos casos excepcionales, se trata de un bloque que presenta multitud de grietas. Según la actividad económica a la que se dediquen, ciertos grupos capitalistas defenderán intereses opuestos a los de otros grupos capitalistas. Es cierto que dichos grupos mantienen relaciones más o menos estrechas y que la línea de demarcación entre ellos no es siempre fácil de trazar. Pero a pesar de todo, la oposición de sus intereses es real.

Por eso es importante investigar si en Alemania e Italia fue la burguesía entera la que quiso una dictadura, la que subvencionó al fascismo, o si fueron en especial unos grupos capitalistas. No creo que sea necesario repetir que los distintos partidos burgueses no son sino los reflejos, o instrumentos más bien, de los diversos grupos capitalistas. El papel que desempeñaron los partidarios políticos durante el período precedente a la subida al poder de Hitler y de Mussolini es diverso, complejo y nada claro. Para descifrarlo es mejor empezar por analizar la actividad de los diferentes grupos capitalistas respecto al fascismo. El fascismo, en Italia y en Alemania fue subvencionado y apoyado fundamentalmente por los magnates de la industria pesada (metalurgia, minas) y por los banqueros que tenían intereses en dicha industria. ¿Por qué los demás grupos capitalistas, esencialmente aquellos que podemos incluir en la industria ligera o de transformación, tuvieron una actividad más reservada, o incluso a veces hostil, hacia el fascismo naciente?

No es sólo en Alemania e Italia donde la industria pesada y la industria ligera tienen intereses económicos y estrategia social y política divergentes. Entre los dos grupos hay en todos los países incesantes conflictos: la segunda se queja de la hegemonía de la primera, que le hace pagar un pesado tributo proporcionándole a precios de monopolio materias primas y máquinas. En cuanto a la política exterior, la industria pesada, que vive en gran parte gracias a los pedidos de armamentos (tanto del propio Estado como de las potencias amigas), es partidaria casi siempre de una política de prestigio, de fuerza, de aventuras imperialistas; mientras que la industria ligera, interesada en exportar productos no militares, no tiene nada que ganar con la guerra y la autarquía. Además, está más ligada al capitalismo internacional que la industria pesada, por eso es partidaria generalmente de una política de colaboración entre las naciones. En cuanto a sus relaciones con la clase obrera, la industria pesada y la industria ligera, son partidarias de métodos muy diferentes. Los jefes de las empresas metalúrgicas y mineras se distinguen por su actitud autoritaria, por su mentalidad de patronos de combate. Su voluntad de dominio se explica por la magnitud de sus empresas y por el papel preponderante que desempeñan en la economía y en el Estado. Pero otra causa está también en lo que Marx llama la composición orgánica del capital de sus empresas, es decir, la relación entre el capital constante (invertido en medios de producción, en materias primas, etc.) y el capital variable (que sirve para remunerar la mano de obra). Esta composición orgánica del capital es mucho más elevada en la industria pesada que en otras ramas industriales, y de aquí que los límites en los que dicha industria resulta lucrativa son bastante estrechos2. Cuando las grandes empresas metalúrgicas no pueden utilizar un porcentaje suficientemente elevado de su potencial productivo, los gastos fijos de amortización de sus instalaciones se distribuyen en una cantidad insuficiente de productos fabricados y el beneficio se ve amenazado3. En caso de huelga, unas pocas horas de paro pueden traducirse por millones de pérdidas4. Si la coyuntura económica empeora, como los gastos fijos no pueden reducirse, cualquier ahorro ha de hacerse a costa de la mano obra; la reducción brutal de los salarios se convierte en una imperiosa necesidad.

La actitud de los dirigentes de la industria ligera es bastante distinta: como la composición orgánica de su capital es menor, sus gastos fijos menos pesados y su orgullo menos excesivo, la mayoría de ellos prefieren lo que llaman la colaboración de clases, la paz social, lo que es, en realidad, una forma más hipócrita e insidiosa de domesticar al proletariado.

Por eso no es sorprendente que en los dos países estudiados, la industria pesada y la industria ligera hayan tenido una actitud diferente respecto al fascismo. La industria pesada quiere llevar la lucha de clases hasta aplastar la resistencia del proletariado, y la industria ligera cree poder solucionar todos los problemas con la paz social. La industria pesada exige una política exterior belicosa, la industria ligera, conciliadora; la industria pesada espera reforzar su hegemonía económica con ayuda de un Estado dictatorial, y la industria ligera teme semejante exceso de poderío.

Pero los grupos capitalistas de la industria ligera son incapaces de resistir al fascismo y, aunque no desean su triunfo, no hacen gran cosa para cerrarle el camino. ¿Por qué? En primer lugar porque el fascismo es un movimiento nacional, es decir, al servicio de las clases poseedoras, y por ello merece su simpatía o, al menos, su indulgencia. Además, ingenuamente, creen que el fascismo no llegará a instaurar una dictadura totalitaria, que el fascismo es un movimiento político más, y que, como tal, lo podrán manejar y utilizar de acuerdo con sus conveniencias. Por eso los políticos liberales, que tienen estrechas relaciones con los medios de la industria ligera, tratan con gran tolerancia al fascismo. Fieles a sus tácticas habituales de paz social, se imaginan que el fascismo, una vez domado y parlamentarizado, les servirá de contrapeso de las fuerzas proletarias.

Pero el día en que el fascismo, con gran asombro suyo, se convierta en una fuerza política considerable que persigue sus propios fines, un movimiento de masas que no podrían contener sin emplear la fuerza armada, la industria ligera y los políticos liberales colocarán su solidaridad de clase por delante de su divergencia de intereses. Se horrorizarán ante la perspectiva de verter la sangre de patriotas y se resignarán al triunfo del fascismo. Entonces, el capitalismo en su conjunto se unirá para instalar al fascismo en el poder.

Veamos ahora de un modo más detallado, en Italia primero, y en Alemania después, según el método que hemos adoptado, cuál ha sido la actitud de los diversos grupos capitalistas hacia el fascismo.

Para que se comprenda mejor, hemos descompuesto este análisis en dos fases sucesivas:

  1. Al principio, el gran capital no piensa en empujar al fascismo para que conquiste el poder. Se sirve de sus bandas uniformadas como milicia antiobrera.

    A raíz de la guerra del 14, los patronos en ambos países tuvieron que hacer importantes concesiones a la clase obrera para evitar una revolución social. Decididos a recuperar el terreno perdido, tienen la idea, verdaderamente nueva, de confiar a ciertas bandas armadas y militarizadas, especializadas en la lucha antiobrera, el hostigamiento del proletariado para debilitar su resistencia. Los grandes terratenientes se suman a este proyecto. Beneficiarios de la explotación ilimitada del proletariado rural, habían tenido también que arrojar lastre y quieren recuperar lo perdido.

    Sus financieros asignan también otro objetivo a las bandas armadas de Mussolini y de Hitler. Italia y Alemania se encuentran, después de la guerra, en la posición de países vencidos y humillados frente a las grandes potencias ricas. Los grandes industriales, ávidos de encargos de armamento, subvencionan la lucha contra la injusticia de los tratados. Lucha que emprenden, pasando por encima del gobierno legal, por medio de las bandas fascistas.

  2. Pero el día en que una crisis más o menos aguda amenaza con secar la fuente de sus beneficios, cuando sólo un Estado fuerte les parece susceptible de asegurar una rentabilidad creciente a sus empresas, se arriesgan a dar un nuevo paso. Lanzan a las bandas fascistas a la conquista del poder político e instauran con su ayuda, una dictadura de nuevo tipo.

1. En Italia. Para quitar al proletariado las concesiones que éste había conseguido después de la guerra, los magnates de la industria pesada y los terratenientes subvencionan a los fasci

En Italia, tras de la guerra mundial, hay un verdadero resurgir del ímpetu revolucionario de las masas. Obreros y campesinos, aunque no tratan, faltos de madurez política, de conquistar el poder, consiguen, gracias a su combatividad, considerables ventajas. En la industria, los obreros logran mejores salarios, la jornada de ocho horas, la generalización de los contratos colectivos y su representación en el seno de la empresa en comisiones interiores de fábrica. Las huelgas se suceden (1.663 en 1919, 1.881 en 1920). En Génova y en otros grandes puertos, los cargadores se imponen gracias a una sólida organización. Los obreros metalúrgicos, en septiembre de 1920, amplían un simple conflicto de salarios en una gran batalla de clases. Como los magnates de la industria pesada deciden cerrar sus fábricas, los 600.000 obreros las ocupan, y administran la producción gracias a consejos de fábrica elegidos por ellos mismos. No vacilan en violar el santuario del patrono, abriendo sus cajas fuertes y revelando los secretos, celosamente guardados, sobre los costes y los beneficios. El conflicto termina con la promesa patronal de que permitirán un control sobre la gestión de las empresas. Pero este proyecto de ley sobre el control obrero no llegará a aplicarse. A fines de 1920, los magnates de la metalurgia aprovechan el pretexto de la crisis económica para aplazarlo indefinidamente.

Los campesinos se muestran también muy combativos. Al volver de las trincheras reclaman la distribución de la tierra que se les había prometido, y como no la obtienen se instalan ellos mismos en los campos reclamados. Un decreto del gobierno sanciona el hecho consumado. A condición de organizarse en cooperativas obtienen el derecho a permanecer durante cuatro años en las tierras ocupadas (decreto Visochi del 2 de septiembre de 1919). Los aparceros consiguen mejorar las cláusulas de sus contratos. Los trabajadores obreros agrícolas, apoyándose en los ayuntamientos rurales socialistas, que se convierten en auténticos feudos proletarios, se organizan sólidamente en sindicatos o ligas rojas. Discuten con los grandes propietarios de igual a igual y logran también contratos colectivos, entre otras ventajas.

Todas estas conquistas amenazan tanto los intereses como la autoridad de las dos clases que gobiernan Italia: los grandes industriales y los grandes terratenientes.

La primera clase es de creación reciente. A principios del siglo XX empieza a surgir la industria metalúrgica moderna en Italia. En un país que no tiene hierro ni carbón, esta industria no puede ser rentable sino sometiendo a todas las fuerzas políticas y económicas del país, oprimiendo a las industrias de transformación y a los consumidores, viviendo gracias a la protección aduanera y a los encargos del Estado. La expedición de Tripolitania (1911-1923) y luego la Gran Guerra le dieron un fuerte impulso. Después de haber ganado enormes fortunas fabricando instrumentos mortíferos, algunos grandes industriales, los Perrone, los Agnelli, etc., aspiran después del armisticio a dominar la vida económica del país. Aunque se ven obligados para evitar una verdadera revolución a hacer concesiones a aquellos a los que explotan, están decididos a recuperar cuanto antes lo que han tenido que ceder. La ocupación de las fábricas les ha aterrorizado y, por un momento, han visto venir la expropiación.

Una vez pasada la crisis, ellos y sus aliados, los armadores –en especial los de Génova– están decididos a hacer cualquier cosa para evitar el control obrero y la intervención de los trabajadores en la gestión de las empresas. Los terratenientes tienen las mismas intenciones. En Italia, la antigua aristocracia sigue siendo propietaria de la tierra. Animada de una fuerte conciencia de clase, se ha organizado, desde 1908, en una poderosa Associazione Agraria. La guerra la ha reforzado numéricamente con una nueva capa de propietarios agrícolas.

En Génova, a primeros de abril de 1919 los grandes industriales y los terratenientes firman una santa alianza contra el bolchevismo. Esta reunión, escribe Rossi, es el primer paso hacia la reorganización de las fuerzas capitalistas para hacer frente a las amenazas de la situación5. El 7 de marzo de 1920 se reúne en Milán la primera conferencia nacional de los industriales italianos. Allí se crea la Confederación General de la Industria. Se elabora un plan preciso y detallado de acciones comunes, en el que se prevén también las formas de lucha contra los sindicatos obreros. Poco después, el 18 de agosto, se constituye la Confederación General de la Agricultura. Industriales y agrarios, observa Rossi, ya no irán al combate en orden disperso.

Pero ni los industriales ni los terratenientes pueden luchar personalmente contra el proletariado organizado, y confían esta labor a bandas armadas, entre las que figuran los fasci de Benito Mussolini, que se autodenominan órganos del frente único antibolchevique. La misión confiada a estas bandas es, sobre todo, la de hostigar a la clase obrera, debilitando su capacidad de lucha y de resistencia para que los industriales y los terratenientes puedan recuperar el terreno perdido.

En abril de 1919, Mussolini saluda a la asamblea de las congregaciones económicas y les ofrece su ayuda, que aquéllas aceptan. Pero es sobre todo a fines de 1920, después de la ocupación de las fábricas, cuando las subvenciones de los grandes industriales empiezan a llover en sus cofres.

2. Las bandas fascistas al servicio del nacionalismo: la aventura de Fiume

Hay también otra razón para que, a raíz de la guerra de 1914-1918, los magnates de la península se decidan a subvencionar a estas bandas armadas. El joven imperialismo italiano apareció demasiado tarde en un mundo donde todos los buenos sitios estaban ya ocupados. Apenas le tocaron unas migajas, como los arenales de Tripolitania. Italia es, en vísperas de la guerra mundial, la gran proletaria, como dice el nacionalista Corradini. Pero, después del armisticio sigue siéndolo. La Entente le prometió diversas compensaciones territoriales, pero no ha cumplido sus promesas. Los magnates de la industria pesada tienen un interés directo en que su país siga una política exterior nacionalista y agresiva, para seguir enriqueciéndose con los encargos de material de guerra, y al mismo tiempo conseguir nuevos mercados por la fuerza. Por eso, pasando por encima del gobierno italiano, subvencionan y arman a grupos de excombatientes y aventureros. Como la Conferencia de la Paz ha negado a Italia la ciudad de Fiume, a orillas del Adriático6, envían a estas bandas, bajo el mando del literato d'Annunzio, a ocupar la ciudad (17 de Septiembre de 1919), acto que tiene sobre todo un valor simbólico.

A fines de 1919, los grandes industriales dan a Mussolini los medios necesarios para que con su órgano Il Popolo d'Italia –convertido gracias a esta ayuda en diario de gran tirada –haga una gran campaña en favor del rearme naval y aéreo. En el número del 23 de diciembre, Mussolini anuncia que va a defender una política exterior expansionista7.

3. A esta política se opone la de la industria ligera

A esta política de los magnates de la industria pesada se opone la de los dirigentes de la industria ligera (especialmente la textil). Esta industria precedió en Italia a la pesada, y fue financiada por un importante establecimiento de crédito, la Banca Commerciale. En vísperas de que Italia entrara en la guerra, durante y después de las hostilidades, hubo una lucha bastante viva entre los dos grupos: los hermanos Perrone, directores del trust metalúrgico Ansaldo, contra Toeplitz, director de la Banca. La industria ligera teme la hegemonía de la pesada, cuyas consecuencias serían la protección aduanera a ultranza y el verse obligada a comprar sus máquinas a precio de monopolio. En sus relaciones con la clase obrera, la industria ligera prefiere la conciliación: todo el arte de su hábil dirigente político, Giolitti, consiste en la domesticación del proletariado por medio de la colaboración de las clases. En 1915, la industria ligera y Giolitti se opusieron, sin éxito, a que Italia entrara en la guerra. Pero en julio de 1919, Giolitti vuelve al poder, y propone en la Cámara que se realice una investigación sobre los beneficios de la guerra, medida claramente dirigida contra la industria pesada. A continuación liquida la aventura de Fiume (fines de diciembre de 1920) y practica una política de colaboración internacional. Finalmente, en el momento de la ocupación de las fábricas desempeña un papel ambiguo, empeñándose en aparecer equidistante de los patronos y los obreros, frenando las veleidades revolucionarias de éstos y obligando a los primeros a hacer ciertas concesiones. Por su parte, los dirigentes de la Banca Commerciale manifestaban a la federación de obreros metalúrgicos (FIOM) su benévola neutralidad8.

4. La crisis seca la fuente del beneficio capitalista: los magnates lanzan al fascismo a la conquista del poder

Pero, luego, los magnates de la industria pesada no se limitan a debilitar, por medio de las bandas fascistas, al proletariado organizado. Piensan lanzarlas a la conquista del poder, instaurando un Estado fuerte, por medio del cual impondrán directamente su voluntad. Durante el año 1921, una grave crisis económica disminuye todavía más sus beneficios. Gracias a la guerra sus empresas se han desarrollado de un modo fantástico. Se han creado trusts como el Ansaldo, vasto consorcio de empresas metalúrgicas y siderúrgicas, o el Ilva, que engloba numerosas empresas mineras, metalúrgicas y una compañía de navegación. El Ansaldo tiene, en esta época, un capital en acciones de 500 millones de liras y 100 millones en obligaciones; el Ilva, de 300 millones y 146 millones9, respectivamente. La noción de precio de coste se ha perdido. Se han creado industrias completamente artificiales, parásitas. Minas que se habían abandonado muchos años antes, se han vuelto a explotar. La demanda de armamentos hizo creer en una capacidad indefinida de venta de la producción y en un incremento indefinido de los beneficios. Pero, cuando llegó la hora de la paz y los pedidos de guerra cesaron de la noche a la mañana, el mercado interior se evaporó. Los mercados exteriores esperados no llegaron. No sólo la Entente olvidaba las compensaciones prometidas a Italia, sino que los mercados penosamente conquistados antes de 1914 en Europa oriental y el Oriente Medio estaban cerrados. ¿Cómo remunerar los inmensos capitales invertidos en la industria pesada? ¿Cómo reducir un potencial de producción que había crecido de un modo tan desordenado? Uno tras otro, los grandes mastodontes metalúrgicos, como el Ansaldo y el Ilva, así como su banco, La Banca di Sconto, se derrumbaron. En enero de 1921 había ya 60.000 parados.

Los magnates de la metalurgia habían llegado a un punto en que sólo el Estado podía hacer rentables de nuevo sus industrias, ayudándoles a vencer la resistencia obrera y a reducir los salarios, a sacar a flote a las empresas en dificultad, gracias a subvenciones y exenciones de impuestos, aumentando la protección aduanera para sus productos, volviendo de nuevo a los encargos de armamentos. Entre los responsables del hundimiento de la Banca di Scontohay, escribe Rossi, varios financieros del fascismo y del nacionalismo, que quisieran salvarse a costa del Estado10. Pero el Estado no está por completo en sus manos. Los hombres políticos que tienen el poder (Giolitti o sus lugartenientes) representan más los intereses de la industria ligera que los suyos. Además las libertades democráticas permiten, en cierto modo, a las masas trabajadoras defender su nivel de vida. Aunque las organizaciones obreras hayan quedado debilitadas y sus afiliados desmoralizados por las feroces expediciones punitivas de las de las bandas fascistas, el partido socialista y la CGT siguen siendo una fuerza con la que hay que contar.

La solución que se impone para ellos es aniquilar radicalmente las libertades democráticas y las organizaciones obreras, poniendo la dirección del Estado en manos de hombres fieles a sus intereses. Las bandas fascistas pueden ser algo más que milicias antiobreras. En su congreso de Roma (7 al 10 de noviembre de 1921), lo fascios se transforman en partido político. En el consejo nacional de Florencia (20 y 21 de diciembre de 1921), Mussolini da al nuevo partido una consigna: La conquista del poder.

5. El plan de Giolitti. El conjunto del capitalismo italiano subvenciona la Marcha sobre Roma

Como hemos dicho, la industria ligera no quiere que triunfe el fascismo. Pero los hombres de Estado a su servicio tratan con todas consideraciones al partido de Mussolini, porque es un movimiento nacional. Giolitti se imagina que después de haber domesticado al proletariado organizado e impedido que la ocupación de las fábricas degenerara en una revolución, podrá, con los mismos métodos, domesticar al fascismo que, una vez parlamentarizado será un contrapeso útil de las fuerzas revolucionarias proletarias. En la primavera de 1921 disuelve la Cámara, y procediendo a nuevas elecciones, integra al fascismo en el bloque nacional de los partidos gubernamentales. A través de toda Italia, los candidatos fascistas se presentan con el apoyo del gobierno. Giolitti permite así que haya 30 diputados fascistas, Mussolini entre ellos. Lo consideré un importante paso, escribe aquél en sus Memorias,

pues el fascismo representaba ya una fuerza real en el país y, según mi viejo principio de que todas las fuerzas políticas del país deben de estar representadas en el Parlamento y encontrar allí su expresión, era un hecho positivo que el fascismo tuviera una representación parlamentaria.

Creyendo haber tranquilizado tanto a los socialistas como a los fascistas Giolitti trata de reconciliarlos, y su lugarteniente Bonomi les hace firmar, el 3 de agosto, un pacto de pacificación.

Pero el plan de Giolitti produce un resultado opuesto al que su autor esperaba, pues en lugar de domesticar fascismo, apoyando a sus candidatos en las elecciones, no ha hecho sino proporcionarle el trampolín que necesitaba. En vez de terminar con la guerra civil, el pacto de pacificación permite a Mussolini tranquilizar a la opinión pública, que no veía bien las violencias de los fascistas, y por otra parte, coordinar y disciplinar un movimiento que había crecido demasiado deprisa. Cuando consigue ese doble resultado, Mussolini denuncia el pacto (noviembre de 1921). Le había sido útil y necesario firmarlo, dice el historiador Volpe, y ahora le era útil y necesario romperlo11. La guerra civil se reanuda, aún más implacable. A principios de 1922, los hombres de la industria ligera, así como la Corona, íntimamente ligada a la Banca Commerciale, comprenden que el fascismo es una fuerza autónoma que no podrán contener, a menos que empleen contra ella la fuerza armada. Ahora bien, los intereses generales de las clases poseedoras exigen que las fuerzas nacionales no luchen entre sí. Desde el punto de vista económico, ha habido además un importante cambio: después de! hundimiento de los grandes consorcios metalúrgicos y de la Banca di Sconto, la Banca Commerciale ha adquirido algunas de las participaciones industriales de su rival, y estos nuevos intereses la identifican con la industria pesada. Ya no es sólo la industria pesada, sino también la Banca Commerciale la que empuja a Mussolini al poder. Por eso en octubre de 1922, 1os magnates de la Confederación de la Industria y Toeplitz proporcionan los millones necesarios para organizar la Marcha sobre Roma. El 20 de octubre, cuenta Rossi, en Milán...

...hay activos conciliábulos entre Mussolini (..) y los Jefes de la Confederación General de la Industria, los diputados A. Stetano Benni y Gino Olivetti. Los dirigentes de la Asociación Bancaria, que habían dado 20 millones para financiar la Marcha sobre Roma, los dirigentes de la Confederación de la Industria y de la Confederación de Agricultura, telegrafían a Roma para advertir a Salandra que la situación no tiene, a su parecer, otra salida que la formación de un gobierno Mussolini.

El senador Ettore Conti, gran magnate de la electricidad, envía un telegrama análogo al presidente del consejo, Facta. Mussolini, sigue diciendo Rossi, es el candidato de la plutocracia y de las congregaciones económicas.

6. En Alemania. Para quitar al proletariado las concesiones que éste había conseguido después de la guerra, los magnates de la industria pesada y los terratenientes subvencionan a los cuerpos francos

También en Alemania se produce, a raíz del armisticio, un resurgir revolucionario de las masas de obreros y campesinos. Cuando en noviembre de 1918 se hunde el militarismo prusiano, aparecen espontáneamente en unas horas los consejos de obreros y soldados, versión alemana de los soviets rusos. Durante algunos días, estos consejos son la única autoridad legal del Reich.

En las ciudades, la asamblea de los consejos de obreros y soldados delega sus poderes en un consejo ejecutivo. En Berlín, el gobierno central de los comisarios del pueblo no es sino la emanación del comité ejecutivo de los consejos berlineses. La traición de la socialdemocracia, por un lado; la falta educación y tradición democráticas de las masas, por otro, abreviaron la experiencia y, rápidamente, la republica de los consejos tuvo que dejar paso a una república democraticoburguesa.

Pero, bajo este nuevo gobierno, los obreros y los campesinos conquistan importantes beneficios políticos y económicos: extensión del sufragio universal a los dos sexos, jornada de ocho horas, generalización de los contratos colectivos, seguros contra el paro, consejos de empresa electos, etc. Los jornaleros agrícolas, al servicio de los grandes propietarios del Este, obtienen al derecho de asociación y se precipitan en masa a los sindicatos. La Federación de trabajadores de la tierra pasó así de 10.000 miembros a mediados de 1918 a 700.000 en 1920. Esto les permite conseguir mejores condiciones de trabajo, contratos colectivos, seguro contra el paro, e incluso el derecho a elegir consejos de empresa. Sin embargo, las ventajas conquistadas por los obreros agrícolas fueron mucho más restringidas que las obtenidas por los obreros de la industria. Por ejemplo, para poder elegir un consejo de empresa, debe haber al menos 20 obreros trabajando para un mismo patrono (en lugar de sólo 10 en la industria); la jornada de trabajo de un obrero agrícola es de 10 horas, en vez de las 8 diarias de la industria; una parte de los jornaleros quedan excluidos en la práctica del seguro contra el paro, y los criados, por ejemplo, no pueden hacer contratos colectivos12.

Pero todas estas conquistas ponen en peligro los intereses y la autoridad de los grandes industriales y los terratenientes, las dos clases gobernantes de Alemania. Los primeros habían alcanzado en este país un desarrollo mucho mayor que en Italia y desde mucho antes. Los Krupp, los Thyssen, los Kirdorf, los Börsig, etc., trataban a sus explotados como a siervos. El Estado militar y burocrático, escribe el profesor Bonn, no negociaba con sus súbditos, les mandaba. Del mismo modo, cuando el capitalismo alemán llegó al poder trató de gobernar a sus subordinados con autoridad, imponiendo el punto de vista del amo13. Sólo queremos, decía Krupp a su personal, obreros fieles que estén agradecidos a nosotros por el pan que les damos a ganar[^14 ].

Desde mucho antes de la guerra los grandes de la metalurgia alemana daban ya enormes subvenciones a la Unión alemana para la lucha contra la socialdemocracia. Durante algunos días los magnates de la industria pesada temieron la expropiación. Pero cuando perdieron el miedo, la amarga experiencia multiplicó su voluntad de desquite. Las concesiones que habían tenido que hacer a la clase obrera para evitar una verdadera revolución social, les dolían en el alma y estaban decididos a anularlas. En una entrevista, en febrero de 1919, Stinnes decía:

Los grandes industriales y todos los jefes de la vida económica recobrarán su influencia y su poder. Será el pueblo desengañado el que volverá a llamarles, cuando medio muerto de hambre se dé cuenta de que lo que necesita es pan y no frases.14

Fritz Thyssen declara en 1924: En nuestro país la democracia no representa nada15. El ex ministro Dernburg, uno de los hombres políticos del gran capital, dramatiza: Las ocho horas, son los clavos del féretro en que han encerrado a Alemania. Los magnates detestan a los consejos de empresa, que, sin embargo, no son más que la pálida caricatura de los de 1918. Saboteando las llamadas leyes de socialización, no colaboran con su personal, sino esperando imponer de nuevo su poder absoluto en la empresa.

Pero la mentalidad de los terratenientes, propietarios de los grandes dominios al Este del Elba, es aún peor. En Alemania, como en Italia, es la antigua aristocracia la que posee todavía la tierra, y guarda una idea medieval de su autoridad. Está acostumbrada a tratar a los jornaleros agrícolas casi como a siervos, privados de todo derecho. Les llevan a votar, al mismo tiempo que su amo y señor por el partido conservador si no quieren hacer el hatillo16. Un autor alemán ha descrito de modo impresionante estas regiones al Este del Elba, esta terra incognita donde reinan costumbres feudales, como el derecho de pernada17. Es necesario conocer ese ambiente para comprender el furor de los terratenientes aristocráticos cuando, a raíz del armisticio, se ven obligados a hacer ciertas concesiones, aunque sean mínimas, a sus explotados.

Pero ni los grandes industriales ni los agrarios pueden luchar por sí solos contra el proletariado organizado. industrial y rural. Confían esta labor a las bandas armadas -llamadas cuerpos francos o ligas de combate- especializadas en el antibolchevismo. Los cuerpos francos se convierten, según la expresión del profesor Gumbel18, en el cuerpo de guardia del capital. Están adiestrados para luchar contra el proletariado organizado de la ciudad y del campo, para debilitarle y dominarle. Una de esas bandas ha tomado en Múnich el nombre de partido nacionalsocialista y tiene por jefe, desde 1920, a Adolf Hitler.

7. Los cuerpos francos al servicio del nacionalismo: Baltikum, Reichswehr negra, etc.

Hay otra razón que empuja a los magnates alemanes, inmediatamente después de la segunda guerra mundial, a subvencionar a las bandas armadas. El imperialismo alemán, que llegó demasiado tarde, había fracasado en su intento de provocar por las armas un nuevo reparto del mundo. Peor aún, el tratado de Versalles le privó de fuentes de materias primas y de importantes regiones industriales (Lorena, Alta Silesia, Sarre, etc.), así como de todas sus colonias. Alemania, desarmada, ha sido además condenada a pagar, como reparaciones, la astronómica suma de 132.000 millones de marcos oro. Los magnates de la industria pesada, a la vez para reconquistar los mercados perdidos, burlar las cláusulas del desarme, que les priva de una enorme fuente de beneficios, y desembarazarse del peso de las reparaciones que pesan sobre sus costos, quieren que Alemania siga una política agresiva y nacionalista. Por encima del gobierno del Reich, subvencionan a las bandas armadas, compuestas de desmovilizados y aventureros. Así, en 1919, envían el Baltikum, cuerpo de 50.000 mercenarios a guerrear en Letonia contra los ejércitos bolcheviques. En 1923, utilizan los innumerables cuerpos francos y ligas de combate para resistir en el Ruhr a la ocupación francesa. La Reichswehr negra -expresión bajo la que se conoce todo este conjuro de formaciones- tiene la misión de transformar en resistencia activa la resistencia pasiva oficial. El 25 de septiembre de 1923, todas estas ligas de combate se unen en una organización única, al frente de la que está Adolf Hitler19.

8. A esta política se opone la de la Fertiginindustrie

A la política de los magnates de la industria pesada se opone, como en Italia, la de los dirigentes de la Fertiginustrie (industria de productos terminados): electrotécnica y química, especialmente.

A raíz de la guerra, el antagonismo entre ambos grupos capitalistas es muy violento: Stinnes, Thyssen, los magnates de la industria pesada, contra Rathenau, presidente de la poderosa AEG (Sociedad General de Electricidad). La Ferfigindustrie se alza contra la hegemonía de la industria pesada, que trata de hacerle pagar las materias primas que necesita a precios de monopolio. Rathenau denuncia públicamente la dictadura de la gran industria metalúrgica y minera: lo mismo que los feudales de la Edad Media se burlaban del Emperador del Sacro Imperio y dividían Alemania en grandes-ducados, los magnates de la industria pesada despedazan el Reich en señoríos económicos, no pensando más que en el carbón y el acero y descuidando, o incluso devorando, a las demás industrias20.

Desde el punto de vista social, la Fertigindustrie, debido a la composición orgánica menos elevada de su capital es partidaria de la conciliación. Mientras los Stinnes y los Thyssen sueñan con arrebatar al proletariado las concesiones que han tenido que hacerle y subvencionan a las milicias antiobreras, Rathenau desarrolla sus planes de corporatismo, de colaboración entre patronos y asalariados21. Mientras los primeros sólo a la fuerza aceptan la república de Weimar y sueñan con una dictadura, Rathenau es ministro del gobierno democratico del Reich. En política exterior, la industria pesada, aunque viva en gran parte de la exportación, manifiesta tendencias nacionalistas y proteccionistas. La Fertigindustrie, orientada sobre todo hacia el comercio exterior y relacionada estrechamente con la poderosa General Electric norteamericana, que posee una importante participación en la AEG, es partidaria del librecambio y de la cooperación internacional. Rathenau firma los acuerdos de Wiesbaden con Francia, el tratado de Rapallo con la URSS, acepta el principio de las reparaciones. Con esto se convierte en el enemigo número uno de la fracción más reaccionaria del capitalismo alemán. Cuando es asesinado en 1922 por un grupo de jóvenes nacionalistas, los asesinos utilizan un automóvil prestado por un gran industrial sajón22.

9. La crisis seca la fuente del beneficio capitalista: los magnates lanzan al nacionalsocialismo a conquistar el poder

De 1924 a 1992, los magnates de la industria pesada subvencionan muy parcamente a las bandas armadas: lo justo para que no desaparezcan. En efecto, por entonces, han dejado de necesitarlas con urgencia y les basta conservarlas en reserva. Durante estos años, con la ayuda del capital extranjero, emprenden una gigantesca reorganización de la industria alemana. Esta necesita –provisionalmente –una política de colaboración, tanto en el exterior con la Entente –con la finanza anglosajona –como en el interior, con las organizaciones obreras. Cuando el marco queda definitivamente estabilizado y entra en vigor el plan Dawes, los capitales norteamericanos empiezan a llegar a Alemania. Hasta 1931 prosigue la inversión más enorme de la historia financiera23, que alcanzará la cifra total de 30.000 millones de marcos oro.

Pero esta operación tan audaz termina en una catástrofe económica sin precedentes. Con los dólares que ha tomado a préstamo, a intereses muy altos, la industria alemana ha aumentado en un tercio su capacidad productiva. Por su variedad de productos puede satisfacer las necesidades de todos los mercados del mundo, pero sólo le falta una cosa, eso sí, muy esencial: los clientes. En el interior, el poder de compra de los asalariados ha aumentado en una proporción mucho menor que la capacidad de producción industrial. Además, una fracción importante de la mano de obra, eliminada por la racionalización, ha quedado en paro. Este paro tecnológico se manifiesta desde 1921, y dos años más tarde hay ya en Alemania dos millones de trabajadores sin empleo. La cartelización, cada vez mayor, ha permitido a los grandes industriales elevar sus precios de venta y reducir la capacidad de compra de los consumidores. Los magnates cuentan, sobre todo, con el mercado exterior, y reduciendo al máximo los precios de exportación, a costa del consumo interior, preparan un gigantesco dumping.

Y brutalmente, cuando la nueva maquinaria está ya instalada y los productos empiezan a almacenarse en las fábricas, la clientela extranjera se evapora: la crisis mundial ha empezado. En los Estados Unidos el índice de producción (1928=100) cae brutalmente de 106,3 en 1929 a 64 fines de 1931, y en Alemania, paralelamente, pasa de 101,4 en 1929 a 60 a fines de 1931. En febrero de 1930 hay ya cuatro millones de parados. El gigantesco aparato productivo de la industria alemana no funciona más que al 50% de su capacidad.

A la crisis industrial le acompaña una crisis financiera. La mayoría de los créditos norteamericanos son a corto plazo, pero con ellos la banca alemana ha prestado a largo plazo a su clientela industrial. El anuncio del proyecto aduanero austroalemán (19 de marzo de 1931), que suscita la oposición del imperialismo francés y de sus satélites, desencadena la cascada de krachs. El principio es la quiebra del Credit-Anstal de Viena (11 de mayo). Como los carneros de Panurgo, los capitales extranjeros a corto plazo se apresuran a escapar del Reich. Los bancos que han prestado a largo plazo a la industria no pueden hacer frente a sus pagos (quiebra de la Donatbank, 13 de julio). El descuento bancario alcanza un porcentaje prohibitivo y esto acaba de paralizar a la industria alemana. La formación de capitales se interrumpe. Las sociedades anónimas no distribuyen dividendos y muchas se encuentran prácticamente en quiebra: el beneficio tiende a cero.

Los magnates de la industria pesada son los que más han perdido en el desastre: la magnitud de su capital inmovilizado les impone unos gastos de amortización muy elevados cuya carga han de soportar, aunque sus máquinas estén paradas. Sólo la ayuda del Estado puede ya resucitar sus beneficios, reduciendo los salarios obreros, elevados en los tiempos de la aparente prosperidad de la racionalización. Para reducir los salarios hay que liquidar el sistema de contratos colectivos, que en 1931 se aplican 10 millones de obreros y 2 millones de empleados, y para esto reducir a la impotencia no sólo la organización sindical. sino su prolongación en la fábrica, el consejo de empresa. El Estado debe comprimir las cargas sociales que producen una excesiva presión fiscal. El Estado debe sacar a flote a las empresas en dificultad, subvencionándolas y aliviando sus impuestos, proporcionándoles un nuevo mercado con sus encargos. La crisis llega también a la agricultura, y los grandes terratenientes piden al Estado socorros de crisis y barreras aduaneras.

Pero el Estado no es un instrumento completamente dócil en manos de magnates industriales y terratenientes. Hombres como el canciller Brüning o el canciller von Schleicher representan más bien los intereses de la Fertigindustrie (en especial los de la industria química, tributaria de la exportación) que los de la industria pesada. Brüining es partidario de la colaboración con el proletariado organizado, Schleicher, su sucesor, prefiere también tratar con los jefes sindicales reformistas; contra la industria pesada, habla de proyectos de socialismo de Estado, más o menos inspirados en los de Rathenau. Brüning no cede a todas las exigencias de los terratenientes, y prepara un plan colonización (reforma agraria) que amenaza, aunque sea ligeramente, sus privilegios. Schleicher no les concede tampoco la contingentación de las importaciones que reclaman y que el gobierno de von Papen (junio a noviembre de 1932) les había prometido. Pero las industrias electrotécnica y química, que temen que sus mercados exteriores puedan verse comprometidos por las represalias contra estas medidas proteccionistas, atacan los proyectos de von Papen y le obligan a dejar el poder. Schleicher ha irritado aún más a los terratenientes al sacar a la luz el escándalo del Osthilfe (socorros de crisis en el Este), de los que se ha beneficiado sobre todo la aristocracia de los junker, gracias a la intervención personal del presidente Hindenburg, que pertenece a ella.

Brüning, sin embargo, ha promulgado ciertos decretos-leyes que reducen los salarios obreros y comprimen las cargas sociales. Pero estas medidas son insuficientes. Papen ha tratado de reanimar la actividad económica con subvenciones y exenciones fiscales a la industria; pero tampoco esto basta. Además, los dirigentes de la socialdemocracia y de los sindicatos, que se han visto obligados a aceptar los decretos-leyes, no pueden hacer ya más concesiones. Si siguen cediendo, corren peligro de que las masas les desborden.

La única solución es que los magnates de la industria pesada y los terratenientes pongan el Estado a su servicio, entregando las riendas a un gobierno fuerte. Por eso sacan al nacionalsocialismo de la oscuridad en que había vegetado durante los últimos años y se lanzan a la conquista del poder. Fritz Thyssen, que no ha dejado de apoyar nunca a su amigo Hitler; el viejo Emil Kirdorf, jefe del poderoso consorcio metalúrgico Gelsenkirchen, que es un admirador de Hitler desde 1927 y otros, elevan la cuantía de sus subvenciones. Más tarde, el 1 de mayo de 1936, Emil Kirdorf hará esta declaración: Cuando pienso en lo ha sido mi vida, doy gracias a Dios por haberme permitido vivir tantos años (...) y con ello haber podido ayudar momento oportuno a nuestro bien amado Führer (... )24. El 8 de abril de 1937, Hitler visita a Kirdorf en Duisbourg, para felicitarle por haber cumplido los 90 años condecorándolo con la orden del Aguila del Reich, la más alta condecoración del régimen. El 16 de julio de 1938, el canciller en persona asistirá a los funerales de Kirdorf en Gelsen-kirchen.

A partir del verano de 1930, la mayoría de los magnates de la industria pesada -y de los banqueros relacionados con ellos- subvencionan al partido nacionalsocialista. Gracias a los medios materiales a su disposición, éste conseguirá la victoria electoral del septiembre de 1930, ganando 107 escaños en el Reichstag. Mucho más tarde, cuando Hitler evoque en uno de sus discursos esta campaña asombrosa, enumerará entre los factores que contribuyeron al triunfo, lo que se puede hacer cuando mil oradores tienen un automóvil cada uno a su disposición y pueden celebrar en un año cien mil reuniones públicas25. En 1931 y 1932, las subvenciones siguen lloviendo, cada vez más abundantes, en las cajas del NSDAP.

10. El plan de Brüning y de Schleicher. El capitalismo alemán en bloque entrega el poder Hitler

La Fertingindustrie no desea el triunfo de los nacional-socialistas, pues teme la hegemonía de la industria pesada, pero sus hombres políticos tratan con toda consideración al partido nazi, movimiento nacional. El canciller Brüning cree que tras de haber domesticado a la socialdemocracia podrá repetir la operación con los nacionalsocialistas. Una vez parlamentarizados éstos, pueden servir para contrarrestar el peso de las fuerzas proletarias. En la primavera de 1930 disuelve el Reichstag. Pero de este modo no hace sino procurar a Hitler su gran triunfo electoral. Sin embargo, persiste en su error. Se vanagloria de haber cogido a Hitler en sus redes, de hacerle entrar en razón y de poder colocar a los pies del presidente del Reich, como el mejor trofeo, esta obra maestra de su política26.En enero de 1932 se entrevista con el Führer y trata de atraérsele. Pero su plan no da ningún resultado. Como tampoco el de Schleicher, que meses después trata de captar al ala moderada del nacionalsocialismo (Gregor Strasser) y reconciliarla con los sindicalistas moderados (Leipart).

La Fertigindustrie comprende al fin que el nacionalsocialismo se ha convertido en una fuerza autónoma que no podrá contener más que la fuerza de las armas. Lo que -naturalmente- iría en contra de los intereses generales de las clases poseedoras que exigen que las fuerzas nacionales no luchen entre sí.

El 4 de enero de 1933, en una entrevista entre Papen y Hitler, celebrada en la casa de un banquero de Colonia, von Schroeder, muy ligado a la industria pesada renana, se decide la subida de Hitler al poder27.

El 30 de enero, el canciller von Schleicher deja su puesto y el capitalismo alemán en bloque celebra el nacimiento del III Reich.

II. Las tropas

1. Las clases medias urbanas. -Clases medias antiguas y nuevas.-Las clases medias subsisten, pero se pauperizan o proletarizan

Pero el fascismo no nace sólo de la voluntad y de las Subvenciones de los magnates capitalistas. Declarar, escribe Silone, que esas organizaciones no son sino una invención diabólica del capital financiero, que quiere salvar su hegemonía, no basta para comprender la naturaleza de unas fuerzas que surgen de las entrañas de la sociedad28. Sin duda, al principio, cuando se limitan a su papel de milicias antiobreras, las bandas fascistas reclutan multitud de aventureros con mentalidad de mercenarios. Pero, a medida que el fascismo se convierte en un gran movimiento de masas, los móviles que llevan a él a millones de seres humanos se hacen más complejos y exigen un análisis minucioso. Los magnates capitalistas no hubieran podido nunca, a pesar de todo su oro, poner en pie29 a tales masas humanas, si éstas no hubieran estado previamente en tal inestabilidad y tan descontentas como para dejarse conquistar.

Precisamente, tanto en Italia como en Alemania, las distintas capas sociales intermedias entre la gran burguesía capitalista y el proletariado organizado, víctimas a la vez de la evolución y de la crisis del capitalismo, estaban profundamente descontentas de su situación, tanto material como moral, y querían que las cosas cambiaran radicalmente. El problema fundamental, y es lo que trataremos de explicar, es por qué se orientaron hacia el fascismo y no hacia el socialismo.

Veamos, en primer lugar, el caso de las clases medias urbanas.

El socialismo pensó durante muchos años que estas clases estaban destinadas a desaparecer en breve por efecto de la evolución capitalista misma: la competencia, la concentración de las empresas y de los capitales las eliminarían radicalmente. Pequeños comerciantes y rentistas, artesanos (...), todo el escalón inferior de las clases medias de antaño, decía ya el Manifiesto Comunista de 1848, caen en el proletariado (...). Ven que se acerca la hora en que desaparecerán completamente como fracción independiente de la sociedad moderna. En realidad, el proceso ha sido algo diferente o, por lo menos, menos rápido de lo que el socialismo científico había previsto. Efectivamente, las clases medias han sufrido los efectos de la concentración capitalista. Se han empobrecido y se ha agravado su situación pero no han desaparecido. Los individuos que las componen, no todos han caído en el proletariado. Estas clases se han empobrecido, pero no se han proletarizado, se obstinan en seguir siendo una fracción independiente de la sociedad moderna: sus sufrimientos no hacen sino aumentar su voluntad de existir.

Desde fines del siglo pasado, Edouard Bernstein30, señalaba cómo los pequeños industriales, artesanos y comerciantes conseguían mantenerse e incluso aumentar numéricamente. Esto no se debe a que la concentración industrial o comercial disminuya, pues las grandes empresas se desarrollan más deprisa de lo que creen los pequeños productores o los pequeños comerciantes. La competencia de los grandes monopolios es para éstos cada vez más dura, pero subsisten. ¿A qué se debe esta resistencia? A que el productor independiente prefiere su precario destino a la condición obrera, y porque, por la misma razón, hay siempre proletarios que, evadiéndose de su clase, van a engrosar las filas de las clases medias.

Pero hay también otro factor que va en contra de la evolución prevista por el socialismo: en un determinado nivel de su desarrollo, el capitalismo engendra ciertas clases medias de un tipo nuevo. La característica que las diferencia de las antiguas es su dependencia económica. Al revés que los pequeños burgueses independientes, los recién llegados no disponen en general de sus medios de producción. Si no son verdaderos asalariados, viven de honorarios o comisiones31. Kautsky fue el primero que llamó la atención sobre ellos32. Y describió cómo los jefes de empresa modernos se descargan de ciertas funciones sobre trabajadores de un tipo especial: ingenieros, técnicos, mandos diversos, médicos y abogados de empresa. Por otra parte, los grandes consorcios organizan sus servicios comerciales gracias a un verdadero ejército de depositarios, agentes, garajistas, reparadores, etc. El pequeño artesano y el pequeño comerciante para subsistir tienen que renunciar a su independencia, convirtiéndose en una especie de asalariados indirectos: el pequeño comerciante se convierte en gerente de una sociedad de sucursales múltiples, el artesano se convierte en un simple destajista, etc.

Pero, aunque hayan perdido la independencia económica, los componentes de las clases medias no han caído en el proletariado. Como dice Lucien Laurat, el trabajo que realizan es un trabajo muy especializado y, aunque su remuneración tome la forma de un sueldo, su función dirigente en el proceso económico acerca a muchos de ellos a la clase capitalista (..). Una fracción muy amplia de esta categoría social (...) sigue considerándose muy por encima del proletariado33.

Ya antes de la guerra de 1914-1918, la condición de las clases medias antiguas había empeorado mucho. En cuanto a las nuevas, en rápido incremento, experimentaban el penoso sentimiento de su dependencia económica y veían venir, con alarma, el día en que serían unos asalariados como los demás.

2. Su calvario a raíz de terminar la guerra

La guerra aceleró a la vez la pauperización de las clases medias antiguas y la proletarización de las nuevas, pues, en definitiva fue financiada por el pequeño ahorro: la depreciación de la moneda y la conversión de las rentas amputaron los ingresos de los rentistas; los impuestos aplastaron a los pequeños contribuyentes; los sueldos de funcionarios y empleados no alcanzaron la subida de los precios; la disminución del poder de compra de las masas hizo bajar las cifras de venta de los pequeños comerciantes; la competencia del capital monopolizador aplastaba cada vez más a los pequeños productores independientes; los técnicos se sentían los esclavos del capital anónimo que les empleaba.

Estos síntomas, presentes en todos los países capitalistas, se manifestaron con especial agudeza, a raíz de armisticio, en Italia y sobre todo en Alemania.

En Italia

El hundimiento de la lira (1919-1920) perjudica sobre todo a los poseedores de rentas fijas. Todos estos, pequeños rentistas, pensionados, jubilados, etc., encuentran tanto más insoportable su situación, puesto que a su lado el proletariado consigue una readaptación parcial de los salarios a las nuevas circunstancias debido a la acción sindical. Al tiempo, la crisis económica lleva a la quiebra a numerosos artesanos pequeños comerciantes, y la concentración industrial, ya acelerada por la guerra, se acentúa. Disponiendo, escribe Russo...

de unos ingresos inferiores en algunos casos a los asalariados, obligados a sostener gastos superiores, bien para vivir o para educar a los hijos, su vida, desde la guerra, se ha convertido en una angustia diaria. Demasiado refinados para adaptarse a los límites estrechos de la existencia proletaria, demasiado pobres para soportar unos precios siempre en aumento, se sentían como apresadas por una tenaza que les iba aplastando lentamente (...). Maltratados por los gobiernos que no se preocupaban de sus necesidades, explotados por los nuevos ricos que, sobre sus ruinas, habían edificado su fortuna (...), las clases medias podían darse cuenta de que iban perdiendo diariamente un poco de su situación y superioridad de antaño34

En Alemania

La suerte de las clases medias alemanas aún fue más trágica. Bajo el Imperio gozaban de una seguridad material y de un prestigio moral apreciables35, pero el hundimiento fabuloso del marco las dejó en la ruina. Todos aquellos que disfrutaban de una renta fija, o tenían un modesto ahorro quedaron en la más negra miseria. Después de la estabilización del marco, los títulos de la Deuda pública del Reich, de los países (länder) y de los Ayuntamientos se consolidaron hasta un 12,5% aproximadamente de su valor primitivo (ley de abril de 1925)36. Capas sociales enteras, profesiones respetadas hasta entonces, cayeron al nivel del proletariado a pesar de la resistencia desesperada de los particulares contra su suerte, escribe Moeller van den Bruck37.

El coeficiente de desvalorización de los sueldos de los funcionarios o empleados era mayor que el de los salarios de los obreros industriales. Un profesor cobraba menos que un obrero. Después de la inflación, el 97% de los alemanes no poseían fortuna alguna. Después de esto vino la racionalización; es decir, un incremento de la concentración y la cartelización de las empresas.

Las clases medias tenían que pagar los productos manufacturados a precios artificialmente elevados, y los pequeños industriales y los artesanos quedaban fuera de combate ante la competencia de los trusts y cartels. Los Bancos les prestaban dinero a intereses exorbitantes. Los pequeños comerciantes no podían luchar contra los grandes almacenes y los almacenes de sucursales múltiples, con la aparición de los uniprix. Los grandes almacenes como Tietz, Wertheim, Karstadt, se dedican a un número creciente de actividades (peluquerías, venta de productos alimenticios, pescaderías, carnicerías, salones de té, restaurantes, talleres de confección, fabricaciones y reparaciones de todas clases).

A partir de 1925 se multiplicaron los uniprix en las ciudades grandes y medianas. En 1931, tres sociedades (una creada por Karstadt, la segunda por Tietz y la tercera por el grupo norteamericano Woolworth) poseían 250 almacenes. Los uniprix pueden vender sus artículos más baratos que cualquier comercio, porque compran las existencias a los fabricantes a precios ventajosos y por la rápida reconstitución de su capital circulante38

Técnicos y miembros de profesiones liberales se van dando cuenta de que son los criados del capital. Convertidos en peones intelectuales, no son más que un número en la fábrica39. En cuanto a los pequeños accionistas, el gran capital les engaña fácilmente: la creación de acciones privilegiadas y con voto plural les retira dentro de la empresa todo medio de control y expresión, teniendo que contentarse con unos dividendos a veces ridículos.

En 1929, el ministro Stressemann exclamaba:

Si la evolución actual se prosigue algún tiempo más, pronto no quedará sino trusts por un lado y millones de obreros y empleados por otro (...) [La clase media] está ya casi proletarizada40.

Con la crisis de 1930 empieza un nuevo calvario para las clases medias. Sufren sus consecuencias con mayor brutalidad que el proletariado, a quien, en cierta forma, protegen los contratos colectivos, o el subsidio de paro. La situación del pequeño comercio y de la pequeña industria se hacen desesperadas. Empleados y técnicos ven de pronto que sus salarios han quedado a la altura de los de los obreros especialistas, y que pueden encontrarse de la noche a la mañana en la calle como cualquier proletario. Como muchos de éstos son hijos de los rentistas arruinados por la inflación, la antigua y la nueva clase media se encuentran confundidas en la misma catástrofe41. Las cotizaciones de los valores se hunden constantemente en la Bolsa, las pequeñas fortunas reconstruidas tras de la estabilización del marco, se volatilizan.

3. Por qué las clases medias en rebeldía no van al socialismo. –Puntos de desacuerdo entre el proletariado y las clases medias. Carencia de un proletariado organizado

Lo mismo en Italia que en Alemania, las clases medias se rebelan ante esta situación. El pequeño burgués es normalmente de temperamento pacífico. Mientras su situación económica es soportable o mientras tiene esperanza de poder mejorarla, respeta el orden imperante y confía en mejorar su situación por medio de reformas. Pero cuando tiene abandonar toda esperanza de mejora por medios legales y pacíficos, cuando se da cuenta de que la crisis que sufre no es pasajera, sino que es una crisis de todo el sistema social y que sólo puede resolverse mediante una transformación radical de ese sistema, entonces se vuelve rabioso y está dispuesto a tomar las medidas más extremas42.

Pero su heterogeneidad, su situación intermedia entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado, impiden a las clases medias tener una política propia. Su rebelión no tiene un carácter autónomo y estará orientada por la burguesía o por el proletariado.

Y aquí encontramos la cuestión fundamental: ¿por qué las clases medias, arruinadas y expoliadas por el gran capital, no dan la mano a la clase revolucionaria y anticapitalista por excelencia que es el proletariado? ¿Por qué no se hacen socialistas?

Siempre han existido entre las clases medias y el proletariado organizado divergencias y antipatías que la burguesía, con un arte consumado, ha sabido mantener y avivar.

  1. Desde los primeros tiempos del capitalismo, las clases medias están en conflicto con la gran burguesía industrial y financiera, y después de la guerra mundial de 1914-1918 se hacen francamente anticapitalistas. Pero su anticapitalismo es bien diferente del del proletariado. Este quiere destruir el motor esencial del beneficio: la explotación de la fuerza de trabajo, la apropiación capitalista de la plusvalía. Por eso ataca al sistema en conjunto y se propone como meta la socialización de los medios de producción. Las clases medias no son víctimas de la explotación de la fuerza de trabajo, sino, primordialmente, de la competencia y de la organización del crédito. Por eso su anticapitalismo es reaccionario, pues en lugar de querer llevar la llevar la evolución hasta sus últimas consecuencias: la socialización de los medios de producción, sólo piden que la historia dé marcha atrás43. Lo que desean es una economía poco dinámica, poco progresiva, rutinaria (...). Quieren que el Estado reglamente la libertad y la actividad económicas para disminuir la capacidad de sus adversarios44. Sueñan con una capitalismo inofensivo, desembarazado de los abusos de la concentración, del crédito, de la especulación. Por el contrario, los técnicos y empleados de los gran-des consorcios industriales tienen aspiraciones que pueden ser compatibles con las del proletariado. Escribe Hérisson:

    Muchos quisieran la estatización de estas grandes empresas que no han sabido atraerlos. Esperan que siendo funcionarios tendrían mejores ingresos, mayor prestigio y mayor seguridad. Son de un anticapitalismo mucho más socialista que los comerciantes...45

    Mientras el proletariado rompe los marcos, demasiado estrechos, de la propiedad privada, las clases medias se agarran al clavo ardiendo de la propiedad privada. Y la burguesía capitalista que diariamente las expropia sin piedad, se presenta como la defensora de esa propiedad privada sacrosanta y aterroriza a las clases medias con el socialismo, negador de la propiedad.

  1. Además, las clases medias se encuentran sentimentalmente vinculadas a sus privilegios de clase, y después de la primera guerra mundial su empobrecimiento creciente no hizo sino exasperar ese sentimiento. El pequeño burgués siente una repugnancia invencible por la clase obrera, por la condición proletaria. En Mein Kampf,

    Hitler confiesa: Para las personas de condición modesta que han superado una vez este nivel social, es algo insoportable tener que caer en aquella situación de nuevo.

    Las clases medias se resisten furiosamente a la proletarización.

    Cuanto más amenazadas se encuentran en su propio valor esencial, más se esfuerzan en consolidar su posición. El más ínfimo de los funcionarios o el tendero comido de deudas siguen considerándose como miembros de una clase superior al proletariado, aunque ganen menos que la mayoría de los obreros industriales46

    El proletario de corbata, a quien su patrono ha inculcado un falso sentimiento de respetabilidad burguesa47, es hostil al obrero; le envidia porque gana más que él y al mismo tiempo trata de diferenciarse de aquél por todos los medios. No perdona al socialismo proletario su intención de suprimir las clases; es decir, sus ilusorios privilegios de clase. Pensando en cómo escapar de la proletarización que le acecha, no puede sentir ninguna simpatía por un régimen socialista que, según él, acabaría de proletarizarle. Por el contrario, está dispuesto a escuchar a quienes prometan salvarle de la proletarización o, si ya ha caído en ella, a quienes prometan desproletarizarle.

  2. La burguesía capitalista trata de utilizar a las clases medias contra el proletariado organizado. Utiliza el hecho de que toda alza de salarios obtenida por los sindicatos grava los costos de producción de las pequeñas empresas más que los de los consorcios. Excita al tendero contra las cooperativas obreras, como hizo después de la guerra en Alemania e Italia, donde el movimiento cooperativo había alcanzado un considerable auge.

  3. La noción de lucha de clases, fundamento del socialismo proletario, es completamente extraña al pequeño burgués. Para él, el explotador capitalista sigue siendo anónimo, invisible, disimulado tras el telón de las transacciones libres^49. Cuando defiende sus intereses amenazados, lo hace con la misma mentalidad que el capitalista contra el que lucha: un individuo contra otro. Hay conflictos de intereses, no hay lucha de clases. Su posición intermedia entre la burguesía y el proletariado explica también que las clases medias condenen toda lucha de clases, tanto la de la burguesía contra el proletariado como la del proletariado contra la burguesía. Creen que la colaboración de clases es posible, que existe un interés general por encima de los antagonismos de intereses. Y cuando hablan del interés general, se refieren a sus propios intereses, a sus intereses intermedios entre los de la burguesía capitalista y los del proletariado. Sueñan con un Estado por encima de las clases que no esté sometido a la burguesía ni al proletariado, que por consiguiente esté a su propio servicio. Ahora bien, mientras el proletariado no disimula sus armas ni sus objetivos y se declara partidario de la lucha de clases, la burguesía capitalista utiliza la máscara de la colaboración de clases y de este modo separa a las clases medias del socialismo.

  4. Otro motivo de desacuerdo entre las clases medias y el proletariado es la idea de nación. Mientras el obrero que no posee, sino la fuerza de sus brazos, no tiene patria, según la famosa expresión de Marx, el pequeño burgués da a todo lo que posee el nombre de patria. Defender la patria es para él defender sus bienes: su taller, su comercio, sus títulos de la Deuda. Mientras el proletariado es proclive al internacionalismo, la burguesía capitalista, para la que el dinero no tiene patria, se disfraza de nacional y seduce así a las clases medias. Sobre todo después de la guerra de 1914-1918, el nacionalismo de las clases medias estaba sobreexcitado, en Italia, por la decepción de la victoria mutilada, en Alemania por la humillación de la derrota. Los pequeños burgueses italianos o alemanes estaban convencidos de que su miseria tenía por causa principal la injusticia de los tratados o el Diktat de Versalles. En vez de odiar a los verdaderos responsables de su miseria, los capitalistas de su propio país, dirigen sus tiros contra la plutocracia internacional. Anticapitalismo y patriotería, liberación nacional y liberación social se confunden en su espíritu. Por el contrario, en aquella época, los trabajadores, hartos de la guerra y entusiasmados por la Revolución rusa, rechazaban el ídolo sangriento de la patria poniendo sus esperanzas en la Internacional.

Pero a pesar de todos estos malos entendimientos y antipatías, mantenidos y agudizados hábilmente por la burguesía capitalista, el proletariado socialista, en Italia como en Alemania, hubiera podido neutralizar y hasta llevarse con él a una gran parte de las clases medias. Hubiera podido hacerlo sin negarse a sí mismo, sin hacer concesiones que hubieran alterado fundamentalmente su programa. Las clases medias habrían superado su repugnancia si la clase obrera se hubiera mostrado audaz, resuelta a transformar radicalmente el orden social, a encontrar una salida a su desgracia. Pero, ni en Italia ni en Alemania, los partidos obreros quisieron o pudieron luchar contra el sistema en vigor.

En Italia

A raíz del armisticio, una fracción bastante importante de las clases medias buscaban una solución en el socialismo. En las elecciones de 1919, las papeletas de los pequeños burgueses se sumaron con más frecuencia que nunca a las de los trabajadores. Cuando en 1920, los obreros metalúrgicos ocuparon las fábricas, una buena parte de la pequeña burguesía simpatizó con su gesto. Pero el partido socialista fue incapaz de dirigir el impulso revolucionario de las masas. En lugar de ponerse a su frente, se dejó remolcar. Según dijo Mussolini, no supo aprovechar una situación revolucionaria como no se ha visto dos veces en la historia48.

En Alemania

Amplios sectores de la clase media votaron en 1919, por vez primera, por la socialdemocracia, mientras que empleados y funcionarios se sindicaban en masa. En 1923, en el momento de la ocupación del Ruhr y del hundimiento del marco, numerosos pequeños burgueses arruinados y desesperados se afiliaron al partido comunista. Pero ni en 1919 ni en 1923 triunfó la revolución proletaria en Alemania: en enero de 1919, los jefes socialdemócratas ahogaron en sangre la insurrección espartaquista, y en octubre de 1923, una nueva traición de la socialdemocracia, agravada por la política zigzagueante de la Internacional Comunista, paralizó la combatividad de las masas, y desembocó en una nueva derrota. Luego, a partir de 1930, ninguno de los dos partidos llamados obreros, ocupados sobre todo en luchar entre sí, supo aprovechar la crisis del capitalismo para destruir el sistema, para conquistar el poder.

El proletariado decepcionó a las clases medias al demostrar su incapacidad de encontrar una salida. Pero no sólo no supo hallar una solución global, sino que con sus reivindicaciones diarias, con sus luchas fragmentarias y tímidas, que no le permitieron ni siquiera conservar posiciones conquistadas a raíz de la guerra, pero que mantenían una situación de constante inestabilidad, acabó enemistándose con ellas. Las clases medias dejaron de atribuir exclusivamente a los trusts su amarga situación, acusando también a los trabajadores.

Los reaccionarios supieron explotar muy bien este rencor antiobrero. Como los partidos burgueses tradicionales (el partido nacionalista en Italia, el nacional-alemán en Alemania) no podían acoger en sus filas el descontento pequeñoburgués, pues su programa era precisamente la conservación del orden en vigor, la burguesía se disfrazó.

El fascismo, lejos de confesar su deseo de conservar aquel orden, pretende hacer una labor subversiva. El fascismo presume de revolucionario y, para engañar mejor a las clases medias, de anticapitalista. Gracias a este instrumento ideal, la burguesía consigue canalizar en beneficio suyo la rebeldía de las clases medias con la que hubiera tenido que luchar, enrolando en organizaciones cuyo verdadero fin es defender la defensa de los privilegios, a las mismas víctimas del privilegio.

4. Los campesinos

Veamos ahora la situación de las clases medias campesinas. Es bien sabido que los campesinos, aunque constituyan una clase homogénea con intereses idénticos, no tienen casi nunca una política propia. Su situación intermedia entre las clases fundamentales de la sociedad, su dispersión geográfica que les impide estar en contacto y reunirse con frecuencia, así como su individualismo, dificultan la formación de un movimiento político puramente campesino.

El campesino oscila entre dos polos: el proletariado socialista y el gran terrateniente.

Al revés que el pequeño burgués de las ciudades, el campesino no se siente perteneciente a otra clase social distinta de la obrera. El obrero es en general un antiguo campesino o el hijo de un campesino, y como aquél, éste tiene consciencia de pertenecer al pueblo. No está lejos del socialismo en su oposición al gran terrateniente que acapara la tierra y al magnate capitalista que le estruja (trusts productores de abonos y máquinas agrícolas, semillas, energía eléctrica, especuladores, bancos y compañías de seguros, etcétera).

Pero la burguesía capitalista trata de enfrentar al campesino y al obrero. Cuando aquella dice que el proletariado quiere socializar la tierra, el campesino tiembla por su parcela. Aprovecha también que el alza de los salarios en la industria ocasiona un alza de los artículos de consumo y que las cargas sociales del Estado acarrean la subida de los impuestos. Por otra parte, trata de convencer al campesino de que sus intereses son los mismos que los del gran terrateniente, utilizando la oposición que en el sistema capitalista existe entre la agricultura y la industria. En efecto, la agricultura quisiera ver sus productos protegidos por elevadas tarifas aduaneras para venderlos al precio más alto posible. La industria, por el contrario, quiere que se mantengan bajos los precios agrícolas porque su aumento incide sobre el costo de la vida y, por tanto, sobre sus precios de coste, y además, teme que su proteccionismo a ultranza desencadene medidas de represalia y la prive de sus mercados exteriores. Gracias a esta situación, el gran propietario consigue convencer al campesino de que tiene intereses comunes que defender contra la industria.

El campesino, en ciertas circunstancias, puede decidir tomar parte de uno de los dos bloques: el de todos los agricultores, del campesino pobre al gran terrateniente, o el que forman todas las víctimas del capitalismo, del campesino pobre al proletario. Si el proletariado socialista emprende resueltamente la lucha contra la gran propiedad en la agricultura y contra los grandes monopolios capitalistas en la industria, si muestra mayor dinamismo que sus enemigos, puede, a pesar de ciertos desacuerdos, hacer que le sigan grandes masas de campesinos pobres. Si por el contrario, la iniciativa viene de los terratenientes, que se muestran más audaces y fingen defender los intereses de los cultivadores modestos, son ellos quienes movilizarán en beneficio propio al gran ejército de los agricultores. Este segundo término de la alternativa es el que triunfó en Italia y Alemania.

En Italia

Los campesinos independientes son la minoría, pues en esa época Italia sigue siendo un país de grandes propiedades agrícolas. El 60% de la población campesina no tiene independencia económica alguna y pueden considerarse como proletarios, jornaleros agrícolas y aparceros.

En cuanto a los campesinos independientes, su independencia es bastante relativa: se trata de granjeros que, aunque poseen sus utensilios de trabajo, ganado y el dinero necesario para su explotación, no son propietarios de la tierra o tienen tan poca que muchos de ellos tienen que trabajar también como jornaleros. Recién terminada la guerra de 1914-1918, el socialismo podía haberse atraído –o al menos neutralizado –a esta capa reducida de campesinos independientes. El pequeño propietario, el granjero, quieren ser propietarios de la tierra sobre la que trabajan y el reparto de las tierras ataca directamente a la gran propiedad. Pero el partido socialista no se atrevió a emprender la lucha contra esta gran propiedad agrícola, disimulando su inercia tras una fraseología ultraizquierdista. No sólo no apoya a los campesinos que quieren adquirir las tierras, sino que les advierte que la revolución proletaria les volverá a quitar la tierra49. En un congreso, uno de los dirigentes de la Federación de Trabajadores de la Tierra declara que los socialistas italianos son más revolucionarios que los bolcheviques, pues éstos traicionaron al socialismo al dar la tierra a los campesinos50.

El congreso de la Confederazione Generale dil Lavoro (CGL) en febrero de 1921, adoptó un proyecto de socialización de la tierra. Pero todo el mundo sabía muy bien que este proyecto no pasaría jamás al parlamento, y además presentaba un grave inconveniente, pues para consolar a los pequeños granjeros y aparceros amenazados de expropiación les decía que su única perspectiva es convertirse en proletarios. Este proyecto hizo que millones de familias campesinas, la mayoría de la población rural de Italia51, consideraran que el socialismo era su enemigo, dice Rossi.

El resultado es que los campesinos se alejan del proletariado socialista. Los más pobres engrosan las filas del partido católico (populare), que canaliza hábilmente su agitación en espera de entregarles al fascismo, mientras que los más acomodados pasan directamente bajo las banderas de los grandes terratenientes.

Los potentados de la agricultura, si mostraran su verdadera cara, defenderían un partido conservador de tipo tradicional, y con ello no conquistarían fácilmente a los campesinos. Por eso prefieren disimular y subvencionan una formación política de nuevo tipo: los fasci, que recogen la consigna demagógica de la tierra para el que la trabaja. En algunas regiones, como cuenta Rossi, llegan a convencer a la Asociación agraria de que ceda algunos miles de hectáreas en arriendo directo a cultivadores individuales. Naturalmente, se trata, en general, de tierras bastante malas. Pero los fascistas pueden decir:

Como veis, los socialistas os prometían todo y no os daban nada, incluso os impedían llegar a tener vuestra granja. Por el contrario, los fascios han instalado ya cientos de familias que podrán trabajar todo el año en sus tierras52.

De este modo consiguieron los grandes terratenientes enrolar en sus filas a los campesinos y utilizarles en defensa de sus privilegios.

En Alemania

La pequeña propiedad es entonces un tipo de explotación agrícola más frecuente que en Italia. Su formación se remonta al siglo XIX (legislación de von Stein y de Hardenberg). Sólo el 28% de la población rural está formado por jornaleros agrícolas sin ninguna independencia económica. Pero el 55% de los pequeños propietarios campesinos tiene menos de cinco hectáreas. Esta pequeña propiedad predomina en el Sur y en el Oeste. Por el contrario, en el Este del país (Pomerania, Prusia oriental, Brandeburg, Silesia) subsiste la gran propiedad: unos 18.000 terratenientes poseen el 20% de la tierra cultivable.

Al terminar la guerra de 1914-1918, los socialistas habrían podido poner de su parte, o al menos neutralizar, al campesinado alemán. En 1919, muchos agricultores votan por los socialdemócratas y forman consejos de campesinos, a imagen de los de obreros y soldados. Lo mismo que en Italia, su reivindicación esencial es el reparto de las grandes explotaciones, la Siedlung (colonización).

Rosa Luxemburg y los primeros Comunistas alemanes preconizan la alianza del proletariado y campesinado sobre la base de una distribución de las grandes explotaciones a los agricultores y de la eliminación de la aristocracia terrateniente53. Pero los socialdemócratas prefieren aplastar al movimiento espartaquista y se guardan de entrar en conflicto con los grandes terratenientes, pues necesitan el apoyo del ejército, una gran parte de cuyos oficiales pertenece precisamente a la aristocracia prusiana.

El 11 de abril de 1919 se promulga una ley de colonización, según la cual el Estado puede adquirir los dos tercios de las explotaciones de más de cien hectáreas. Pero la burocracia estatal sabotea la ley y la socialdemocracia no intenta siquiera imponer su aplicación. Lo mismo ocurre con una ordenanza prusiana del 10 de marzo de 1919 que disuelve los bienes señoriales (fideicomisos), pero que queda casi completamente anulada por un decreto de noviembre de 1921. En 1933 sólo se han liquidado la tercera parte de los fideicomisos.

Por esto, en un momento tan decisivo para la historia, el proletariado alemán no consigue atraerse a los campesinos. Más adelante esta indiferencia de los campesinos se transformará en hostilidad. A partir de 1929, la agricultura alemana empieza a hundirse en una crisis excepcionalmente grave. Para comprenderla hay que tener en cuenta que en Alemania las buenas tierras son escasas, y que solo tras de ímprobos esfuerzos se había conseguido cultivar la llanura del norte, antaño cubierta de bosques, arenales y pantanos54. En este país de un desarrollo industrial rapidísimo, la desigualdad de desarrollo entre la agricultura y la industria es mucho más acusado que en otros países capitalistas. Este desequilibrio se traduce en vísperas de la Gran Guerra, por una industria en pleno auge, al lado de una agricultura cuyas deudas suman más de 16.000 millones de marcos.

Si durante la guerra de 1914-1918 y la inflación, la agricultura alemana alcanza una aparente prosperidad y consigue deshacerse de la mayoría de sus deudas, el antiguo desequilibrio entre la agricultura y la industria no tarda en reaparecer. La industria sigue avanzando a pasos gigantescos y la agricultura no consigue seguirla. La intensificación de la agricultura está a la orden del día. Los agricultores necesitan para ello capitales que se ven obligados a pedir prestados, bien al extranjero (Estados Unidos), bien a los Bancos alemanes, a elevados réditos. Además, los trusts nacionales productores de abonos y maquinaria agrícola practican elevados precios. Aunque los rendimientos de la agricultura y de la ganadería aumentan sin cesar, los beneficios de los campesinos se escapan de sus manos. Cada año, la carga que pesa sobre la agricultura es mayor y la esperanza de poder amortizar las inversiones se aleja55.

Los pequeños cultivadores no pueden siquiera seguir este camino de la racionalización, y siguen empleando los métodos tradicionales. Cuando recurren al préstamo no lo hacen para aumentar sus rendimientos, sino para poder pagar sus impuestos o los productos manufacturados necesarios para la vida diaria56.

El resultado es que el total de las deudas de los agricultores se eleva anualmente, pasando de 1.500 millones de marcos en 1925, a casi 6.000 millones en 1928 y a 12.0000 millones en 1930. Mientras los precios de venta, aunque bajos, se mantienen, la abundancia de capital extranjero permite pagar las deudas con nuevos préstamos y los agricultores no se dan cuenta de su verdadera situación. Pero, durante el verano de 1929, los precios de venta empiezan a caer más deprisa que los los precios industriales. La agricultura alemana entra en crisis.

Naturalmente, los campesinos pobres y medianos sufren las consecuencias más que los grandes propietarios. Estos cultivan, sobre todo, trigo y plantas forrajeras, mientras que los primeros se ocupan más bien de la ganadería y de sus productos derivados (mantequilla, leche, huevos, queso, etc.). Mientras los terratenientes consiguen, sobre todo a partir de 1930, una protección aduanera para los cereales, la industria se opone a que se tome la misma medida en favor de los productos derivados de la ganadería, ante el temor de que los países afectados tomen represalias contra la industria exportadora alemana.

No sólo los pequeños propietarios están en desigualdad de condiciones, sino que, además, tienen que pagar a altos precios los cereales y forrajes que necesitan para sus animales. Además, los terratenientes gozan de subvenciones del Estado, como el famoso Osthilfe. Los impuestos a la agricultura (1.000 millones de marcos en 1932, en vez de 750 millones en 1929) recaen casi exclusivamente sobre los propietarios pequeños y medianos. De este modo se consuma la ruina del campesinado alemán.

Esta situación hubiera debido acercarles al proletariado, pero en la República de Weimar la socialdemocracia es un partido gubernamental y en Prusia está en el poder. Por eso los campesinos alemanes atribuyen su miseria al sistema y a los gastos sociales. Llenos de impuestos, perseguidos implacablemente por el fisco, teniendo que vender sus tierras en malas condiciones en muchos casos, los campesinos se sublevan contra el régimen existente.

A partir de 1928, en el Schleswig-Holstein, estalla una verdadera sublevación campesina, cuyos promotores tienen por emblema la bandera negra, y luchan contra el aparato estatal, contra el recaudador de impuestos y los tribunales. Primero emplean la resistencia pasiva, y la huelga fiscal. Parte de Schleswig, se extiende todo el norte de Alemania, hasta Silesia y Prusia oriental. El gobierno socialista de Prusia detiene a los principales dirigentes del movimiento, que se convierten en terroristas. Estallan bombas y arden algunas oficinas de recaudación de impuestos.

Entonces, los grandes propietarios sugieren a los campesinos irritados la formación de un frente de toda la agricultura para defenderse de la industria. Prometen a los pequeños propietarios su apoyo, para conseguir del gobierno las mismas protecciones aduaneras de que ya se benefician ellos, y crean una asociación de defensa campesina: el Frente Verde (Grüne Front).

Pero esta organización depende de un modo demasiado visible de los grandes terratenientes, y no atrae a la mayoría de los campesinos. Entonces aquéllos prefieren subvencionar a un partido de nuevo tipo. El partido Nacional Socialista aparenta interesarse especialmente por la defensa de los cultivadores modestos. Hasta propone una reforma agraria, bastante tímida, es verdad. Con todo, su éxito entre los campesinos es mayor y gracias a este subterfugio, los terratenientes consiguen enrolar a todo el campesinado en la lucha para defender sus privilegios.

5. Los ex combatientes

El fascismo recluta también sus afiliados y simpatizantes en dos categorías sociales, compuestas de individuos que pertenecen a clases diferentes, pero que una cierta comunidad de intereses económicos y de aspiraciones morales les une entre sí: Los excombatientes y los jóvenes.

Los excombatientes tienen en común ciertas reivindicaciones materiales frente al Estado (pago de pensiones de guerra), y ciertos sentimientos y recuerdos, lo que se llama camaradería del frente, espíritu de las trincheras.

Cuando, una vez terminada la guerra de 1914-1918, los soldados desmovilizados vuelven a sus hogares, su descontento es profundo. Muchos de ellos no pueden acostumbrarse a la vida civil, y cuando encuentran libres sus antiguos puestos de trabajo, se encuentran cansados, inquietos, decepcionados57. Les cuesta volver a la monotonía de una existencia vulgar entre el trabajo, la familia y una partida de cartas en el café de la esquina58. Mucho peor es el caso de aquellos que no encuentran empleo, o que por no haber podido terminar sus estudios no tienen siquiera profesión. A ellos hay que añadir los ex oficiales y suboficiales: 60.000 en Italia, en 1920, y aún más en Alemania. Por último, todos aquellos que han conservado una necesidad de violencia física, adquirida en la guerra, que no pueden satisfacer en la prosaica existencia de los tiempos de paz59. Todos son hostiles al orden existente. Se quejan de que la nación que han defendido a costa de su sangre nos les da el premio que esperaban. Sienten un afán confuso de renovación política y social.

Estas aspiraciones hubieran podido acercarles en parte proletariado organizado, al socialismo. Pero entre ellos y el socialismo hay diferencias muy importantes. La camaradería del frente, nacida de la igualdad ante la muerte, es muy distinta, en su esencia, de la camaradería proletaria. Niega la lucha de clases, y el excombatiente reprocha al socialismo hasta el enunciado de su realidad. Además, el odio confuso que el soldado desmovilizado conserva hacia los de la retaguardia es de doble filo: casi socialista cuando apunta al político burgués, responsable de la prolongación de la matanza y, sobre todo, al que se ha enriquecido con ella, se convierte en antisocialista, cuando apunta a los militantes obreros, a quienes llama derrotistas y pacifistas.

A pesar de todo, el socialismo hubiera podido orientar este descontento de los excombatientes. Naturalmente, no podía, sin renunciar a sus principios, hacer concesiones al espíritu de las trincheras y colocar la solidaridad del frente antes que la solidaridad de clase. Tampoco podía, para atraerse a los excombatientes, renunciar al internacionalismo. Pero si hubiera tenido mayor audacia, si hubiera sabido unir el odio a los que se habían enriquecido con la guerra con la idea revolucionaria, si hubiera demostrado mayor decisión para derribar al capitalismo responsable de la gran matanza, para acelerar la aparición de esta Humanidad mejor por la que tanta sangre se había derramado durante cuatro años, habría conseguido integrar en sus filas a muchos excombatientes. No lo hizo y demostró que era incapaz de hacerlo. A aquellos hombres ávidos de renovarlo todo, el socialismo les pareció un movimiento envejecido y congelado.

Este vacío le ocupó el fascismo que prometió satisfacer las aspiraciones de los excombatientes.

6. La juventud

Los jóvenes tienen en común a la vez una difícil situación material: el paro, y una aspiración sentimental: que la sociedad considere a la juventud como un factor autónomo.

Incluso en tiempos normales los jóvenes burgueses y los jóvenes proletarios tienen pocas cosas en común. El estudiante de familia burguesa o pequeño burguesa, sigue en el instituto o en la facultad hasta una edad relativamente avanzada, generalmente hasta ya cumplidos los veinte años. Durante estos largos años de estudios, no está integrado en el proceso de producción y carece de independencia económica. En lugar de sostener a su familia es esta que le alimenta; es una especie de parásito, más que un ciudadano activo. Por eso tiene la ilusión de pertenecer a una categoría especial, como se diferencia de los adultos, cree tener intereses especiales que defender y aspiraciones que formular. Hace mucho ruido, sobre todo, acerca de las aspiraciones de la juventud. Siempre ha caracterizado a esta juventud estudiantil la impaciencia y la envidia: el médico, el abogado o el artista jóvenes, tienen que esperar muchos años antes de destacar en la carrera que han elegido, y contra todos los de mayor edad que les cierran el paso, forman un verdadero sindicato de descontentos.

En torno a 1910, la juventud intelectual y estudiantil italiana era futurista, como el poeta Marinetti. Estos jóvenes sólo se podían definir afirmando su juventud y escribían la palabra en sus banderas. No conocían más que un sentimiento: la impaciencia ante el futuro. Su enemigo era el adulto, el hombre situado, el hombre pasado. Los mayores de nosotros no tienen todavía treinta años! Hay que darse prisa para hacer todo de nuevo! ¡Hay que nadar contra la corriente!60; éstas eran sus consignas.

En Alemania, entre 1910 y 1914, la juventud intelectual y los estudiantes se agrupaban en la Jugenbewegung (movimiento de la juventud) para afirmar contra la edad madura la autonomía de la juventud, su misión específica. Muy característica de esta mentalidad es la invitación al Congreso de 1913, celebrado en Hohen Meissner, cerca de Cassel, y al que asistieron 10.000 jóvenes.

Hasta ahora la juventud no ha sido para las generaciones anteriores más que un accesorio: excluida de la vida pública, reducida a un papel pasivo que consiste en aprender, limitada a una sociabilidad necia. Es ahora cuando empieza a darse una sus cuenta de que existe, esforzándose para constituir su vida, de modo independiente de las costumbres y los gustos de sus mayores (...). Ahora es cuando, por vez primera, tiende a ser un factor propio, autónomo en la sociedad61

Por el contrario, en el obrero joven, la noción de clase tiene más importancia que la noción de edad. Cuando deja la escuela primaria ya no le distingue nada del adulto. En el trabajo, jóvenes y adultos están sometidos a la misma explotación. A veces el joven obrero tiene que sostener a una familia. Pasa así sin transición de la infancia a la madurez: ya es un hombre.

Pero al día siguiente del armisticio, tanto en Italia como en Alemania, la suerte de los jóvenes burgueses o pequeñoburgueses, y de los jóvenes proletarios se parece mucho: todos los jóvenes son las víctimas predilectas de la crisis económica:

  1. La condición de la juventud intelectual y de los estudiantes se hizo muy precaria. Sus aspiraciones particulares se exacerbaron. En Italia, los jóvenes desmovilizados cuyos estudios habían quedado a medio hacer, así como los diplomados más recientes, tienen grandes dificultades para encontrar una situación social. Sus familias sufren duramente con la inflación y la carestía de la vida. Además, la guerra, la hayan vivido en el frente o en la retaguardia, les ha inspirado el gusto por la aventura. Durante la guerra se ha exaltado a la juventud, carne de cañón: Juventud, juventud, primavera de belleza, cantaban los arditi, y este himno, Giovenezza, será el himno del fascismo.

    Terminada la contienda se encuentran desocupados, desamparados, ávidos de acción. En Alemania, la crisis económica que empieza a fines de 1929 hunde más aún a la juventud intelectual y a los estudiantes en la miseria. Las familias arruinadas no pueden pagar sus estudios, y los jóvenes estudiantes no pueden trabajar con sus manos. Los que han terminado una carrera no se encuentran en mejor situación. Los candidatos a los empleos en la Administración del Estado tienen que esperar a tener veintisiete o incluso treinta años y sólo un 20% de las demandas pueden tomarse en consideración. Para 24.000 diplomas concedidos sólo hay 10.000 colocaciones disponibles. Estos jóvenes, desmoralizados y sublevados, se irritan contra una sociedad que les prohíbe demostrar sus aptitudes, que les condena a la inactividad.

  2. El paro castiga especialmente a la juventud obrera. Desarraigado de su clase, el joven parado se encuentra una situación económica y moral semejante a la del estudiante sin salida. Todos se rebelan contra la injusticia de su destino y exigen un nuevo régimen en el que la juventud no resulte sacrificada.

Este fenómeno llama la atención en Alemania sobre todo, pues en 1932, el 26% de los obreros parados tienen menos de veinticuatro años. Muchos jóvenes proletarios abandonan el hogar paterno, vagan por las calles, van de una ciudad a otra, sin esperanza de encontrar un trabajo e incluso sin haber trabajado nunca. Estos jóvenes vagabundos no esperan nada del triunfo de su clase y se sienten más cercanos al ejército de parados intelectuales.

En Italia y sobre todo en Alemania, el socialismo hubiera podido conquistar a buena parte de estos jóvenes desesperados. Naturalmente no podía, a menos de abandonar sus principios, colocarse en el terreno engañoso de la juventud en sí, dando más importancia a la edad que a la clase. Pero hubiera bastado mostrarse fuerte y audaz. Los jóvenes gustan del riesgo y el sacrificio, y desprecian el peligro. El movimiento más atrevido, más idealista que exige mayores sacrificios, mostrándose capaz de derribar el orden vigente, les hubiera conquistado. Si el socialismo hubiera demostrado mayor dinamismo, no sólo hubiera impedido que los obreros jóvenes desertasen de su clase, sino que hubiera atraído a numerosos intelectuales jóvenes y estudiantes.

Pero el socialismo no se mostró revolucionario ni fue un polo de atracción, y el fascismo, utilizando con habilidad la mística de la juventud, no sólo conquistó a la juventud intelectual, sino, lo que es mucho más grave, a la clase obrera.

7. Proletarios sin conciencia de clase

Por último, el fascismo consiguió también reclutar algunos obreros. Aunque no consiguió morder en la gran masa del proletariado, consiguió sacar de su clase a ciertas categorías de trabajadores que, por diversas razones, carecían de conciencia de clase. En período de crisis, una vanguardia obrera fuerte y audaz reúne en torno suyo a todas las capas periféricas del proletariado. Pero cuando falta este imán, la clase se descompone y se disloca. Y esto es lo que ocurrió en Italia y Alemania.

En estas circunstancias, la clase obrera pierde ciertos elementos, tanto por arriba como por abajo. Por arriba, el fascismo recluta entre lo que se lama la aristocracia obrera. Consigue atraer a cierto número de proletarios aburguesados, que se consideran ya por encima de su clase. Estos tránsfugas siguen siendo fieles a las organizaciones proletarias, mientras las necesitan para tener un trabajo y les aseguran un nivel de vida confortable. Pero el día que el sindicalismo obrero se debilita y no puede preservar las ventajas conseguidas, la aristocracia obrera le abandona. En Alemania, sobre todo, el nacionalsindicalismo recoge aquellas categorías de asalariados que fueron privilegiadas, y que odian a la socialdemocracia y a los sindicatos porque no han sabido realizar su ideal pequeñoburgués62.

Por debajo, el fascismo recluta a proletarios recientes: hijos de campesinos recién llegados a la industria y que no han tenido tiempo de adquirir una conciencia de clase; a los trabajadores que la técnica moderna ha reducido a simples peones y que pasan indiferentemente de una rama industrial a otra, sin oficio ni profesión, al margen de las organizaciones obreras y dispuestos, por consiguiente, a desertar de su clase63. Gracias a ellos, tanto en Italia como en Alemania, el fascismo se introduce en las fábricas64.

Más abajo aún, el fascismo recluta numerosos parados. Estos, alejados del proceso de producción, se encuentran también al margen de su clase, y no sólo los lazos que les unían a sus camaradas se aflojan cada vez más, sino que muy pronto, entre ellos y los obreros que tienen trabajo hay una verdadera oposición de intereses. La miseria, la inactividad, les desmoraliza e incluso les envilece. Desesperando de sí mismos y de su clase, están dispuestos a traicionarla por un pedazo de pan.

También recluta el fascismo un cierto número de desechos de la clase obrera. Por una parte, los amarillos; es decir, los refractarios a la organización obrera, prestos a lamer siempre las botas al patrono, a espiar, a aceptar salarios por debajo del mínimo legal, a romper las huelgas.

Por otra parte, lo que Marx llamó Lumpenproletariat, es decir, los malhechores, que prefieren quedarse al margen su clase porque no quieren trabajar, y la traicionan porque odian una revolución que obligaría a trabajar a todo el mundo.

En Italia, ganapanes y malhechores se dan cita en las escuadras de acción de Benito Mussolini. Escogen sobrenombres bien característicos: los salvajes, los condenados, los desesperados65. Allí pueden satisfacer sus instintos depravados en la mayor impunidad66. Un exfascista, Aniante, evocando sus recuerdos de 1924, escribe: Aquel día, me di cuenta de que Mussolini y el fascismo habían recurrido a la hez de la sociedad67.

En las secciones de asalto de Hitler se respira el mismo olor de bajos fondos. Es bien simbólico el caso de Horst Wessel, vulgar rufián transformado en héroe nacional. Todos los que viven al margen de la ley de la sociedad, observan D. y P. Bénichou,los aventureros, los apaches y los chulos van a parar al movimiento fascista. Se les encuentra tanto en la cima como en la base de todas las organizaciones hitlerianas68.

8. Jefes a imagen de sus tropas

Los jefes fascistas, en todos los escalones de su jerarquía, están hechos a la imagen y semejanza de sus tropas: pequeños burgueses o proletarios que han roto con su clase. De los 308 jefes fascistas italianos (mandos del partido o de los sindicatos), 254 proceden de la pequeña burguesía69. Mussolini empezó a trabajar como maestro rural, y en ocasiones presume de proletario. A los veinte años, cuenta a los obreros de las Acerías Lombardas, ya trabajaba yo con mis manos. Trabajé como peón y luego de albañil70. Pero Benito Mussolini es un proletario de una especie muy singular. Angelica Balavanova, que le conoció por aquel entonces, le llamaba vagabundo desclasado. Individualista exasperado, desprecia aquella clase a la que sólo pertenece temporalmente.

Hitler, hijo de un financiero de Aduanas, sueña con ser arquitecto. También se ve momentáneamente obligado a hacer un trabajo manual: En Viena, cuentan sus panegiristas, trabajó como peón en la construcción, vivió con los obreros y luchó con ellos71. Pero es un extraño proletario. Sus compañeros de trabajo –confiesa en Mein Kampff –sólo le inspiraban repugnancia y estuvo a punto de saltar de un andamio por haberse negado a obedecer a la disciplina sindical.

El Duce y el Führer son bien representativos de sus tropas. Aun en pleno éxito siguen conservando un cierto aire plebeyo que halaga y tranquiliza a sus partidarios. Escuchemos a dos testigos oculares:

La impresión de conjunto que recibí entonces y que guardo aún, escribe Daniel Halévy después de una visita a Mussolini, es la de un hombre bastante tosco, no muy bien vestido y mal afeitado (... ). Un organismo vigoroso, como la barba que le azulea el rostro pocas horas después de haberse afeitado72.

Y Georges Suarez dice después de haber visto a Hitler:

Llegó hasta la estación con grandes zancadas (...). Tenía un aspecto de bondad vulgar (...). Sólo era ya un honrado campesino que no sabía dónde poner las manos (...) Sus andares sin gracia, sus toscos ademanes y su increíble mechón de pelo, son otros tantos signos en los que se ha reconocido toda una nación73.

Los jefes fascistas, de arriba abajo de la jerarquía, no sólo conservan el aspecto de sus orígenes plebeyos, sino también su mentalidad. Son advenedizos típicos. Por eso detestan de todo corazón y desprecian a los mismos grandes burgueses que les subvencionan. Para cubrir las lagunas de su educación e instrucción, exigen para sus personas toda clase de consideraciones y homenajes, y cuando los magnates capitalistas les entregan la dirección del Estado, una de sus primeras preocupaciones es la de hacer desaparecer todo el antiguo personal político de la burguesía. Por eso exigen la totalidad del poder.

III. Primero la mística

Razón de la primacía de la mística

¿Por qué ofrece el fascismo, en primer lugar, una mística a sus tropas?

Primero, porque sus tropas carecen de homogeneidad. Las categorías sociales en donde las ha reclutado tienen reivindicaciones y aspiraciones particulares. La demagogia anticapitalista para todos los gustos que les sirve, va acompañada de fórmulas destinadas especialmente a los obreros, a los campesinos, etc.

Pero esta demagogia, a veces contradictoria, no puede ser el cemento que las una en un solo bloque. Esta es la función de la mística fascista, voluntariamente vaga, y en la cual, pese a sus divergencias de intereses o de ideas, todos pueden comulgar. Una mística gracias a la que, según las palabras de un nacionalsocialista, los numerosos individuos de una muchedumbre reunida se amalgaman en una unidad espiritual, en una unión sentimental74.

También, porque el fascismo prefiere suscitar la fe más que convencer razonando. Un partido sostenido por el gran capital y cuyo objetivo oculto es la defensa de los privilegios de los poderosos haría muy mal tratando de despertar la inteligencia de sus reclutas. O, al menos, cree más prudente apelar a su inteligencia cuando ya están completamente fascinados. A partir del momento en que el creyente tiene la fe, no es ya peligroso permitirle que maneje la verdad y la lógica. Si por casualidad abriera los ojos, bastaría emplear el argumento supremo: ¡es así porque el jefe lo ha dicho!

Además el fascismo se dirige a los descontentos y a los que sufren, y es de sobra sabido que el sufrimiento predispone al misticismo. Más allá de un cierto grado de miseria, el hombre no razona, no busca remedios racionales para su desgracia, no tiene el valor necesario para tratar de salvarse por sí solo. Espera el milagro. Espera un salvador, y está dispuesto a sacrificar todo seguirlo.

Finalmente, el fascismo, al contrario que el socialismo, desprecia a las masas y no siente ningún escrúpulo en explotar sus debilidades. Mussolini, se vanagloriaba públicamente de que su experiencia con el pueblo le había servido de mucho; le había permitido conocer la psicología de las multitudes y dado una especie de sensibilidad táctil y visual de lo que quieren y pueden75. Pero aparte de su experiencia personal, solía recitar las sentencias de la superficial Psychologie des Foules, de Gustave Le Bon:

Las masas son siempre femeninas (...). Son incapaces de tener otras opiniones que las que se les han impuesto (...). No se les puede guiar con reglas basadas en la igualdad teórica pura, sino buscando todo aquello que las impresione y seduzca (..). Las masas no conocen más que los sentimientos simples y extremados (...), sólo se impresionan con las imágenes.

Hitler se expresa de modo parecido:

En su gran mayoría, el pueblo se encuentra en una disposición y un estado de espíritu tan femeninos, que sus opiniones y sus actos se determinan más bien por las impresiones sensoriales que por la pura reflexión. La masa (...) es poco accesible a las ideas abstractas. Por el contrario, es fácil ganársela en el terreno de los sentimientos (...). El que quiera influir en las masas debe conocer la llave que abre a puerta de su corazón. En todos los tiempos, la fuerza que ha impulsado las más violentas revoluciones no ha sido una idea científica, sino un fanatismo dinámico y un histerismo auténtico que se apoderaban de la multitud76.

1. El fascismo es una religión

Así pues, el fascismo se nos presenta, en primer lugar, antes incluso de intentar definirse, como una religión.

La religión parece haber tenido como origen, en los hombres primitivos, el miedo, el sentimiento de desamparo ante las fuerzas de la naturaleza que no sabían dominar ni aprovechar. Más adelante, ya en una sociedad diferenciada, la creencia en lo sobrenatural se mantiene debido a la miseria en que las clases explotadoras mantienen a la mayoría de la población: la esperanza en una vida celestial es la compensación de las privaciones de la vida terrenal. En los tiempos modernos, a medida que el hombre ha ido aprendiendo a dominar la naturaleza y logrando aliviar sus pesadumbres cotidianas, la religión, ha experimentado un retroceso. Pero la crisis del capitalismo hunde a las masas en una consternación, en una confusión, análogas a las que debieron de sufrir nuestros lejanos antepasados ante las fuerzas incomprensibles de la naturaleza. Y como la religión tradicional ha ido perdiendo prestigio y sus vínculos con las clases poseedoras son demasiado visibles, se trata de fabricar un ersatz de religión, una religión modernizada, puesta al día. Pero si la forma es nueva, el fondo es el mismo.

El fascismo es una concepción religiosa, afirma Mussolini77. Si el fascismo no fuese una fe, ¿cómo daría a sus fieles el valor y el estoicismo que demuestran?78. No se puede realizar nada verdaderamente grande, sino en un estado de pasión amorosa, de misticismo religioso79. En Milán, al inaugurarse una escuela de mística fascista, escribía un diario: El fascismo es una reacción de lo divino80. Creo, dice el Credo del balilla, en nuestro Santo Padre el fascismo.

Creer es también el alfa y omega de la religión nacionalsocialista. Después de tomar el poder, Hitler decía así a sus tropas:

Vosotros habéis sido la guardia que desde mucho tiempo atrás me siguió con un corazón creyente. Vosotros fuisteis los primeros que creyeron en mí…No ha sido la inteligencia que todo lo analiza, la que ha sacado a Alemania del abismo en el que estaba, sino vuestra fe (...). ¿Por qué estamos aquí? ¿Por una orden de fuera? No, porque vuestro corazón lo ha ordenado; porque os lo ha dictado una voz de dentro, porque creéis en nuestro movimiento y en sus dirigentes. Sólo la fuerza del idealismo ha podido realizar esto (...). La razón os decía que no vinierais conmigo, pero la fe os ordenó seguirme81.

Como todas las religiones, el fascismo exige de sus fieles el más absoluto desprecio por la materia. Incita al hombre a resignarse con la miseria, sustituyendo por alimentos espirituales los que van al estómago. El fascismo plagia a la Iglesia Católica: ¿De qué le servía (al hombre) haber encontrado (...) la abundancia material, pregunta el Papa Leon XIII, si la escasez de alimentos espirituales pone en peligro la salvación de su alma?82.

Mussolini escribe que el fascismo cree en la santidad y en el heroísmo, es decir, en aquellas acciones que no están dictadas por ningún motivo económico ni próximo ni lejano. También rechaza la idea de la felicidad económica que (...) transformaría a los hombres en animales que no piensan más que en una cosa: comer y engordar83.

Hitler repite lo mismo:

El hombre, que para vivir satisfecho no necesita más que comer y beber bien, no puede comprender jamás al que prefiere sacrificar su pan para saciar la sed de su alma y el hambre de su espíritu84.

2. El culto al hombre providencial

Pero el ascetismo no basta. La gran astucia del fascismo ha sido exhumar la forma más antigua de sentimiento religioso: el culto al hombre providencial. Bajo el barniz de la civilización, los hombres siguen siendo idólatras. Antaño imaginaban divinidades que no eran sino el reflejo fantástico de su mismo ser85; actualmente sienten la necesidad de crear, como dice Marcel Martinet, un mito salvador que no es sino una proyección de sí mismos, pero que, en pago, les descarga de sus rencores, de sus necesidades, de sus pensamientos y hasta de su misma vida86. Abdican delante de la divinidad hecha a su imagen y semejanza, esperando la salvación de su Führer o su Duce.

Pero ese personaje mítico no se forma espontáneamente; el fascismo lo fabrica pieza por pieza, con un largo y paciente trabajo de sugestión. En un principio vemos a una serie de hábiles charlatanes –y en primer lugar el futuro ídolo mismo –que se dedican a hacer brotar en el alma del pueblo esa necesidad oscura de un Mesías. Mussolini escribe en 1921 que, en los próximos decenios, los hombres sentirán sin duda la necesidad de un dictador87. Esperamos a un salvador que nos sacará de nuestra miseria, pero nadie sabe de dónde vendrá, declara Thyssen en 192288. Necesitamos un Führer, suspira en 1923 Moeller Van den Bruck89. Y el mismo Hitler dice: Nuestra tarea es dar al dictador, cuando se presente, un pueblo preparado a seguirle90.

Tras de todos estos prólogos, el hombre providencial se presenta. Pero, como se trata de un mortal como los otros, hay que divinizarle de modo gradual. Esto no podría hacerlo él solo, afortunadamente ahí están los que le rodean para ayudarle. Mañana y tarde, los aduladores le presentan al pueblo como el Elegido.

Al principio no les hacen mucho caso; sus tentativas de canonización son realmente groseras y hacen reír más que otra cosa. Pero son pacientes y el tiempo trabaja para ellos. Diez veces han propuesto sin éxito su Mesías. Pero la decimo primera vez, el pequeño burgués empieza a preguntarse si después de todo no será aquel hombre el esperado Salvador. En Italia, Farinacci y algunos más, incansables, tejen un mito (conde Sforza)91 en torno a Mussolini. En Alemania, Esser, desde febrero de 1921, consagra Führer a su amigo Hitler. Rosenberg y Goebbels prosiguen, durante años, el trabajo iniciado por Esser.

El hombre providencial, como dice el conde Sforza, aparece elevado al rango de semidiós. Es omnisciente e infalible. Mussolini siempre tiene razón, se lee en el Decálogo del miliciano. Y en el Credo del balilla: Creo en el genio de Mussolini. Adolf Hitler es una personalidad genial y universal, dice Wilhelm Kube. No existe parcela de las actividades humanas que el Führer no domine soberanamente92. Goering declara a un enviado especial del Morning Post: Lo mismo que los católicos consideran infalible al Papa en todo lo concerniente a la religión y a la moral, creemos nosotros, con una convicción idéntica, que el Führer es infalible en todo lo que concierne a los intereses morales y sociales del pueblo93. Hay una sola persona por encima de toda crítica, dice Rudolf Hess, y es el Führer. Todos sabemos que siempre tiene razón y siempre la tendrá94.

De aquí a la devoción no hay más que un paso, y este se dará pronto. En Italia, la revista oficial Milizia fascista da esta consigna: Acuérdate de amar a Dios, pero no olvides que el Dios de Italia es el Duce95. Gentizon, corresponsal de Le Temps en Roma, relata:

Los campesinos y sus mujeres se arrodillaron al descubrir sobre una colina lejana el torreón donde el Duce pasaba unos días (...). Hay un aura de ideal y de poesía que le envuelve. Para muchos, se ha convertido en una persona fabulosa. Cuando aparece en una manifestación, la fisonomía de muchos espectadores se ilumina96.

Goebbels se convierte en Alemania en el sumo sacerdote del nuevo culto: La fe en el Führer, escribe, podríamos decir que aparece rodeada de una mística misteriosa y enigmática97. Habla de Hitler en un estilo plagiado de los Padres de la Iglesia:

En nuestra profunda desesperación hemos encontrado en vos al que muestra el camino de la verdadera fe (...). Habéis sido para nosotros la realización de un misterioso deseo. Habéis curado nuestra angustia con palabras de liberación. Habéis forjado nuestra confianza en el milagro que vendrá98.

Cuando su Führer se convierte en el dueño de Alemania, se dirige a él como si fuera dios en persona. El 20 de abril de 1933, aniversario del nacimiento de Hitler, lee por la radio esta oración:

Debes saber hoy que detrás de Ti, y si hace falta delante de Ti, hay un ejército compacto de combatientes que, en cada momento, están dispuestos a sacrificarse por Ti y por Tu idea (...). Nosotros te prometemos solemnemente que serás siempre para nosotros lo que eres hoy: Nuestro Hitler99.

Roehm le llama nuevo redentor100. Hess asegura que este hombre guiará al pueblo alemán sin preocuparse de las influencias terrestres101. Su voluntad es efectivamente la voluntad de Dios, escribe un panegirista101.

3. Identificación de su culto con el de la patria

Todavía falta a esta religión algo para completar su poder de atracción sobre las masas: al viejo culto del hombre providencial, el fascismo añade el más reciente, de la patria, ídolo terrible de la edad moderna escribe Martinet, seudónimo de la misma masa, en la que la muchedumbre adora su propia potencia multitudinaria102.

Es fácil ver todo el partido que el fascismo puede sacar de la identificación de estos dos cultos: el jefe aparece ahora como la encarnación de la nación, y adorar al hombre providencial es adorar a la patria, como servir a la patria es servir al jefe adorado. Los fanáticos del jefe se convierten automáticamente en fanáticos de la idea nacional, y recíprocamente los fanáticos de la idea nacional en fanáticos del jefe. Cuando conquisten el poder, las leyes del Estado se convertirán en órdenes personales del Duce o del Führer.

En Italia

El fascismo practica la religión de la patria, escribe Gorgolini103. En vísperas de la marcha sobre Roma, el mismo Mussolini declara: Nuestro mito es la nación. Nuestro mito es la grandeza de la nación104. En Italia, escribe Gentizon,

Ha nacido una nueva religión (...) Su divinidad es la patria (...). La veneración que se siente por ella lleva consigo toda una terminología sagrada. En los diarios fascistas se encuentran en cada página las expresiones: Italia santa, Italia divina105.

La oración diaria del miliciano dice: Señor, tú que enciendes toda llama y paras todo corazón, renueva en mí diariamente mi pasión por Italia. Y ambos cultos se funden en uno: Señor, ¡salva Italia en la persona del Duce!

En Alemania

La palabra Deutschland se convierte en un fetiche ante el que se arrodilla todo un pueblo. Cuando Hitler la pronuncia, se arrebata y recita verdaderos sermones:

Yo no me puedo separar de la fe de mi pueblo, de la convicción que esta nación resucitará, no me puedo alejar del amor de este pueblo que es mi pueblo, de la convicción de que llegará la hora en que los millones de hombres que están detrás de nosotros verán el nuevo Reich alemán. Reich de esplendor, de honor, de fuerza y de justicia. ¡Amén!106

La realidad divina, dice el profesor Hauer, es el pueblo y la historia nacional107. Y Baldur von Schirach, jefe de las Juventudes hitlerianas, celebrando la fiesta pagana del Solsticio, hace este juramento:

Ante la llama ardiente, juramos todos consagrarnos al servicio de la patria, por la grandeza y la pureza del imperio alemán eterno108.

Las dos místicas se funden en una: Adolf Hitler es Alemania y Alemania es Adolf Hitler, esta será la consigna del nacionalsocialismo una vez en el poder109.

4. El culto a los muertos

En torno a esta mística central, el fascismo mantiene cierto número de místicas subsidiarias. Por ejemplo, el culto de los muertos. Los fascistas caídos en la guerra civil son objeto de una veneración constantemente mantenida.

En Italia

Una tradición, escribe el historiador Volpe, existe ya fundada y reforzada por los muertos110. Gentizon dice en uno de sus artículos: Los muertos por la patria de o la revolución de los camisas negras son los mártires de un ideal del que fueron los apóstoles. Se elevan altares en su memoria, se encienden lámparas votivas, se celebran ritos111. Creo, dice el Credo del balilla, en la comunión de los mártires del fascismo. Estos tienen consagrada una sala especial en la Exposición de la Revolución fascista: De una galería circular se eleva un canto muy tenue que exalta la memoria de los desaparecidos112.

En Alemania

El himno oficial del nacionalsocialismo, el Horst Wessel Lied, evoca desde su primera estrofa el recuerdo de los los muertos:

Los camaradas victimas del Frente Rojo y de la Reacción marchan en espíritu en nuestras filas.

Rosenberg escribe que el sacrificio de todos los muertos del nacionalsocialismo hace de éste una religión113. Este culto tiene también, como en Italia, sus pompas grandiosas. En 1935, el aniversario del putsch de Múnich de 1923 está consagrado no sólo a las víctimas de aquel episodio, sino a todos los que han muerto por el partido, un total de 225:

Cada uno tiene su pilastra especial en la calle donde aparece su nombre en letras doradas. Al desfilar el cortejo se encenderá una llama en la copa que corona esos pilares cubiertos de un paño negro114.

5. La mística de la juventud

Otra mística es la de la juventud. El fascismo acapara con gran habilidad la herencia del futurismo en Italia y de la Jugendwegung en Alemania. Exalta a la juventud en sí, reconociéndola como un factor propio en la comunidad social. Le promete su apoyo en la lucha contra los adultos, contra los hombres del pasado, contra el mundo viejo.

En Italia

Dice el historiador Volpe,

En los orígenes del fascismo hay una cosa que está por encima de la política y de sus problemas y por encima de todo: juventud, la juventud italiana, la juventud de la postguerra, una juventud que se desborda como si la nación entera floreciera de nuevo. La revolución fascista es su obra en un cincuenta por ciento. Allí es donde se forma el mito de la juventud en virtud del cual un hombre de cuarenta años casi tiene que pedir perdón por existir115.

Gentizon observa:

El fascismo ha considerado la adolescencia no sólo como un período transitorio entre la infancia y la edad viril, sino más bien como una fase autónoma dotada de caracteres, exigencias y necesidades particulares. Antes del fascismo, la juventud Italiana era una especie de zona intermedia entre la inconsciencia de los niños y la carrera de los hombres. El fascismo por el contrario, al darle sus propias leyes, le ha dado un valor de por sí.116

En Alemania

Desde 1921, el ensayo de Spengler, Prusianismo y Socialismo, pone de moda los llamamientos a la juventud, que encontramos ya en todas las arengas de Hitler entre 1921 y 1923:

Ante todo nos dirigimos al poderoso ejército de nuestros jóvenes alemanes (...). Un día serán los arquitectos de un nuevo Estado racista117

Más tarde dirá Goebbels: La revolución que hemos realizado (...) ha sido casi por completo la obra de la juventud alemana118. En Alemania es la juventud quien gobierna119.

6. La mística del excombatiente

El último tema de toda esta falsificación es la mística del excombatiente.

En Italia, los primeros grupos que creó Mussolini en 1915 se llamaban ya fascios de combate, y los fascios de 1919 se constituyeron bajo el signo del espíritu de las trincheras. Dice Hitler:

Sólo los desconocidos podían salvar al pueblo alemán, pero estos desconocidos tenían que venir del frente (..) tenían que salir de las filas de aquellos que habían cumplido con su deber durante la guerra120

Y Rudolf Hess añade: El III Reich encontró su fundamento en una idea que venía de las trincheras121.

El Duce y el Führer se presentan como soldados anónimos de la gran guerra. Mussolini publica su Diario de guerra y Hitler cuenta en Mein Kampf sus hazañas bélicas.

7. La propaganda

Pero no basta crear una mística, hay que hacerla penetrar por todas partes, y para esto el fascismo forja un instrumento de prodigiosos recursos: la propaganda. Antes de tomar el poder es ya su arma principal, y una vez instalado en él, desempeña un papel tan importante en su sistema de gobierno, que se crea un ministerio especial confiado a uno de los más altos dignatarios del régimen: el yerno del Duce en Italia, Goebbels en Alemania.

En Mein Kampf, asombroso manual del agitador político que podría llevar como subtítulo El arte de conquistar a las masas, Hitler explica:

Siempre me interesó sobremanera el arte de la propaganda, que para los partidos burgueses fue casi letra muerta. La propaganda debe preceder a la organización y conquistar primero el material humano que aquélla trabajará después.

Goebbels afirmará más adelante que:

La propaganda es una función esencial en el Estado moderno. Nadie ha llegado a tal perfección en el arte de dominar a las masas. Las tentativas que se han hecho en otros países para imitarnos son intentos de principiantes122.

La propaganda fascista se basa en un principio fundamental, el desprecio por las masas: La propaganda debe mantenerse al nivel de la masa y sólo debe de apreciarse su valor por los resultados obtenidos123, aconseja Hitler. Y su alumno Goebbels repite cínicamente: La propaganda no tiene más que un objetivo: la conquista de las masas. Y todos los medios que sirvan para conseguirlo son buenos124.

Daremos una breve idea de tales medios:

Empleo de instrumentos técnicos modernos (que las subvenciones de la gran industria hacen económicamente posibles). Después de tomar el poder, Hitler explicará: Sin automóviles, sin aviones y sin altavoces, no habríamos podido conquistar Alemania. Estos tres medios técnicos permitieron al nacionalsocialismo llevar a cabo una campaña asombrosa. Nuestros adversarios perdieron porque habían subestimado la importancia de estos tres medios de propaganda125. Empleo intensivo de símbolos.-Visuales: el haz del lictor o la cruz gamada. Vocales: Eia Eia Elala o Heil Hitler. Plásticos: el saludo a la romana, etc.

La repetición. El fascismo mete sus consignas en la cabeza de la gente repitiéndolas sin descanso: La facultad de asimilación de la gran masa, dice Hitler, es muy restringida, su inteligencia pequeña, su falta de memoria grande. Así pues, una propaganda eficaz debe limitarse a unos pocos puntos importantes, destacados por medio de fórmulas estereotipadas que se repetirán todo lo que haga falta, hasta que el último de los oyentes pueda captar la idea126. Por grosero que parezca este procedimiento, lo cierto es que ha dado resultado. Cuando se oyen varias veces estos rollos se acaba por tomarles por la expresión de nuestro propio pensamiento, celebrando volver a encontrarles en labios del orador127.

El poder de la palabra. La propaganda hablada es mucho más eficaz que la escrita. Hitler alaba constantemente el mágico poder de la palabra, ese misterioso vínculo que se establece en una reunión pública entre oyentes y orador. Tiene una predilección por el gran mitin, que considera el único medio de ejercer una influencia real, por ser personal y directa, sobre muchedumbres importantes, y conquistarlas128. Gracias a la radio, la palabra humana se transmite hasta las más apartadas aldeas.

La sugestión. Mussolini toma de Gustave Le Bon la idea de que la muchedumbre es sumamente sugestionable y que sus agitadores ejercen sobre ella una fascinación verdaderamente magnética129. Hitler exalta esa influencia milagrosa que llamamos la sugestión de la masa130. Todo el arte de la propaganda fascista consiste en poner en circulación el misterioso fluido. El modo de hablar de Mussolini –cuenta Volpe– era una acción, de tal manera conseguía hacerse con el alma de sus oyentes poniéndoles en un estado emotivo(...). Evocaba visiones131. Médium de las multitudes alemanas, llama a Hitler un periodista: Levanta los antebrazos, crispa las manos, su mechón de pelo termina por deshacerse sobre la frente, donde resaltan las venas hinchadas, su voz se ahoga y entra en una especie de trance que se comunica a la multitud132.

La reunión de enormes muchedumbres, la escenografía de gran espectáculo. Cuando se reúnen grandes masas de seres humanos en un lugar y un decorado apropiado realza su valor, los oradores no necesitan hacer grandes esfuerzos. Ebria de su propia potencia, de la multitud misma surge el fluido de la sugestión. El fascismo consigue algunas obras maestras de este género de espectáculos. En Alemania se dice que el gran jefe mismo se ocupa de ello. Se interesa por los ensayos y no es extraño a la distribución de las masas, de las líneas y los colores, al ritmo de los movimientos133.

Hitler utiliza una especie de pupitre micrófono en sus discursos. Por medio de una serie de botones, puede aumentar o reducir la luz de los proyectores, y dar la señal a los operadores de cine para que pongan sus cámaras en acción134.

El desfile juntos y el uniforme-fetiche.-Esta es la misma impresión que consiguen los desfiles de las tropas fascistas: zusammenmarschieren, desfilar juntos. También en este caso brota espontáneamente el fluido de la columna de hombres que el uniforme identifica hasta que no forman sino un sólo cuerpo. Y este fluido le comunican a toda la muchedumbre que les contempla pasar. Los espectadores aplauden a los que desfilan, identificándose con ellos, aplaudiéndose a sí mismos, idealizados, sublimados, transformados en un ejército en marcha.

8. Carencias del socialismo en el terreno de la mística, y por qué no recuperará su pérdida fuerza de atracción más que volviendo a ser revolucionario

¿Qué antídoto ha encontrado el movimiento obrero a la mística fascista? En Italia como en Alemania, el socialismo se ha encontrado en inferioridad de condiciones en este terreno. Veamos por qué:

Algunas de las razones de esta inferioridad son legítimas y están en la naturaleza del socialismo.

Este no es una religión, sino una concepción científica. Por eso se dirige con preferencia a la inteligencia, a la razón más que a los sentidos o a la imaginación. El socialismo no impone una fe que haya que admitir sin discusiones, sino que presenta una crítica racional del sistema capitalista y pide a cada individuo, antes de su adhesión un esfuerzo personal de razonamiento y de enjuiciamiento. Apela más al cerebro que al ojo o a los nervios. Trata de convencer a su lector o a su oyente sin hacerle perder la sangre fría, no trata de sorprenderle, de confundirle, de hipnotizarle.

No cabe duda, de todos modos, que sus métodos de propaganda necesitan un rejuvenecimiento. Tiene que acercarse más a las masas, hablarles un lenguaje claro y directo que puedan comprender, recurrir a las modernas técnicas de comunicación, utilizando también consignas y símbolos. Pero so pena de traicionarse, no puede utilizar, como el fascismo, los bajos instintos de las multitudes. Al contrario que éste, no desprecia a las masas, las respeta y trata de hacerlas mejores de lo que son, a imagen del proletariado consciente del que emana. Se esfuerza por elevar su nivel intelectual y moral, no por rebajarle.

El socialismo que pretende, en primer lugar, mejorar la condición material de los trabajadores, no puede, como la Iglesia o el fascismo, predicar el desprecio de los bienes terrenales en el nombre de una supuesta religión.

Pero a todas estas razones, que se deducen de la esencia misma del socialismo, se han añadido otras que proceden de su degeneración:

  1. El socialismo es un movimiento viejo, que ha perdido su llama primitiva. Si en sus comienzos ponía ya en primer lugar las mejoras materiales inmediatas de los trabajadores, si prometía, a más largo plazo, la dicha en la tierra, nunca ocultó que la conquista de estas mejoras a corto plazo o del paraíso terrenal en el futuro exigía una lucha diaria, penosa, llena de sufrimientos y de sacrificios. Y de hecho, el primitivo socialismo exigía a sus pioneros y a sus militantes mucho más que cualquier otro movimiento, un enorme desinterés. Tuvo sus héroes y sus mártires. Por muy materialistas que fueran en un sentido, los revolucionarios proletarios fueron, como dice Marcel Martinet, los únicos idealistas del mundo moderno135.

    Pero poco a poco, el socialismo fue degenerando. Fue dejando creer que tanto las ventajas inmediatas, como el paraíso terrenal, se podían conseguir sin lucha, sin sacrificios, por la práctica rutinaria de la colaboración de clases. Para poder seguir la curva de esta decadencia habría que narrar toda la historia del movimiento obrero, en Italia y en Alemania, desde sus orígenes hasta la guerra mundial, lo que rebasa con mucho nuestro objetivo. Habría que evocar la edad de oro del socialismo italiano, aquellos 1890-1900 de lucha heroica contra la burguesía. En la edad de oro del socialismo, reconoce el fascista Gorgolini, es cierto que los jóvenes iban a él, movidos por un generoso impulso136 Luego habría que mostrar cómo el socialismo fue hundiéndose lentamente en el pantano de la paz social y del parlamentarismo, seguir el desarrollo de la burocracia sindical y de las cooperativas, mejor retribuida cada vez, más conservadora, cuya única ambición es hacer buenos negocios, recoger nuevas subvenciones, e incluso, en tiempos de guerra, encargos gubernamentales.

    También en Alemania, habría que empezar por los años de 1880-1890, años de encarnizadas batallas de clases evocar como hace Gregor Strasser aquella fe, aquella aspiración violenta, aquel entusiasmo de millones de hombres (...) aquel partido al que un temperamento ardiente como el de Bebel hizo grande, aquellos miles de corazones ardorosos y sacrificados, que se sacrificaron por el partido136 para luego ver cómo la socialdemocracia iba degeneran do poco a poco, transformándose en un vulgar partido de reformas democráticas.

    La Alemania (...) marxista –escribe el nacionalsocialista Rosenberg– estaba privada de mitos, no tenía un ideal en el que creer, por el que estuviera dispuesta a combatir. El ejército militante de los trabajadores no tenía héroes137. Habría que describir aquella burocracia obrera rutinaria y conservadora, instalada cómodamente en el orden vigente, aquellos bonzos satisfechos, reinando, gracias al óbolo de los trabajadores en suntuosos edificios llamados casas del pueblo. Conquistar un escaño en el Parlamento, incrustarse en una oficina sindical era la mayor ambición de aquellos dirigentes de un socialismo degenerado. Sin creer en nada, viviendo al día, reclutaban unas tropas a su imagen y semejanza: sin ningún ideal, atraídas solamente por las ventajas materiales.

  2. Paralelamente, en el aspecto teórico, el socialismo ha desfigurado una de sus concepciones esenciales, el materialismo histórico. Los primeros socialistas eran materialistas porque para ellos el modo de producción de la vida material condiciona en general el proceso de la vida social, política e intelectual138. Se oponían a los idealistas para quienes el motor de la historia es una idea previa de la justicia y del derecho que la humanidad lleva en sí misma y que va realizando lentamente a través de los siglos139. Para los socialistas, el papel preponderante en la historia es el de las relaciones productivas y económicas que los hombres establecen entre sí. Pero, a pesar de esta atención preferente por la infraestructura material, demasiado desdeñada antes de ellos, no despreciaban de ningún modo la superestructura jurídica, política, religiosa, artística y filosófica. Si pensaban que a ésta la condicionaba aquélla, no negaban que tuviera un valor propio ni que formara también parte integrante de la historia y de la vida140.

    Pero los marxistas decadentes creen que es marxista y materialista, desdeñar los factores humanos. Acumulan las cifras, las estadísticas y los porcentajes. Estudian con todo detalle las causas profundas de los fenómenos sociales, pero como no estudian del mismo modo la forma como dichas causas se reflejan en la conciencia de los hombres no perciben la realidad viviente.

    Como sólo se fijan en los factores materiales, nunca comprenderán cómo las privaciones sufridas por las masas se transmutan en una aspiración religiosa. Nunca comprenderán por qué esos pequeños burgueses, esos campesinos, esos intelectuales jóvenes, esos parados no han ido a buscarles a ellos, que tienen la verdad del marxismo, a ellos que con tanta claridad señalan las taras del régimen capitalista, a ellos que han analizado con tanta brillantez las causas económicas del fascismo.

Es cierto que el socialismo no se propone mantener ni explotar las tendencias místicas de las masas, sino, por el contrario, aboliendo el sistema capitalista, fuente de miseria y de caos, destruir las raíces materiales del sentimiento religioso. El medio más seguro de extirpar las místicas reaccionarias (la religión tradicional, la religión fascista) es el de acelerar el fin del capitalismo, la llegada del socialismo. Pero mientras tanto, los socialistas se encuentran ante un hecho que no debieran despreciar: la supervivencia del sentimiento religioso.

Este espiritualismo podrían utilizarlo en su beneficio transformándolo, oponiendo a la mística fascista un substituto de superior calidad, un idealismo no engañoso, apoyado en la realidad, guiado por una concepción científica de la historia y por la intención, enormemente espiritual, de desalienar al hombre.

Pero su hundimiento en las corrompidas aguas de la colaboración de clases, más el desdén materialista que tienen por el factor humano, les impide llevar a cabo esta desmitificación. El socialismo, reducido al parlamentarismo más oportunista, al corporativismo más pedestre, no captará jamás a esos miles y miles de hombres y mujeres, de adolescentes llenos de entusiasmo y de afán de entrega. El socialismo sólo volverá a ser un polo de atracción si vuelve a ser revolucionario, si enseña a sus militantes que el paraíso terrenal, su fin supremo, no se conquistará sin grandes luchas y sacrificios.

Continuará


  1. En la antigua Roma, algunos magistrados iban precedidos por oficiales llamados lictores, que llevaban como símbolo de su poder unas varas de abedul atadas, formando un haz1 en torno a un hacha. En el vocabulario político moderno italiano, se llamó fascio (conjunto de fasci, es decir, haces) a diversas ligas de acción política y social, de tendencias avanzadas en la mayoría de los casos. Fue cuando Mussolini se apropió de la palabra. 

  2. Marx. El Capital

  3. La importancia de los gastos fijos fue puesta de relieve por el profesor alemán Schmalenbach en una conferencia en Viena, en junio de 1938. 

  4. Profesor Bonn. El destino del capitalismo alemán, 1930. 

  5. Rossi (Angelo Tasca). El nacimiento del fascismo. Italia de 1918 a 1922, 1938. 

  6. A partir de julio de 1919, Fiume quedó en manos de una comisión militar internacional. 

  7. Rossi (Angelo Tasca). El nacimiento del fascismo. Italia de 1918 a 1922, 1938. 

  8. Rossi (Angelo Tasca). El nacimiento del fascismo. Italia de 1918 a 1922, 1938. 

  9. Perroux, Economia corporativa y sistema capitalista, en Revue d'Economie Politique, septiembre-octubre de 1933 

  10. Rossi (Angelo Tasca). El nacimiento del fascismo. Italia de 1918 a 1922, 1938. 

  11. Volpe, Historia del movimiento fascista, 1935 

  12. Steimberg. La política agraria del nacionalsocialismo, 1935. 

  13. Bonn. Op. Cit. 

  14. Stinnes, entrevista a la Deutsche Tageszeitung, 25 de febrero de 1919. 

  15. Thyssen, declaraciones al Journal des Débats, 7 de febrero de 1924. 

  16. Landarbeiter oder Kleinbauer? (¿Jornalero agrícola o campesino pobre?), folleto de propaganda nazi, 1932 

  17. Erwin Topf, El frente verde, 1933 

  18. Gumbel, Los crímenes políticos en Alemania, 1919-1929 

  19. Konrad Heiden, Historia del nacionalsocialismo, 1934 

  20. Declaraciones públicas de Walter Rathenau en julio de 1930, citados por Beaumont y Berthelot, en su libro Alemania despues de la guerra y la revolución, 1922. 

  21. Rathenau, La triple revolución (ensayos escogidos), 1921, en francés 

  22. Gumbel. Op. Cit. 

  23. Knickerbocker, ¿Alemania, fascismo o comuismo?, 1932 

  24. Publicado por Der Ruhrarbeiter, órgano del Fernete del Traabajo, 1 de mayo de 1936, citado por Fascisme, boletín de información de la Federación Internacional de Transportes, Amsterdam, 30 de mayo de 1936 

  25. Hitler, discurso pronunciado en Coburgo el 19 de octubre de 1935. 

  26. Heiden, op. cit. 

  27. Benoist-Méchin, Historia del ejército alemán, 1938. 

  28. Ignazio Silone, El fascismo, 1934. 

  29. Trotsky, El único camino, 1932. 

  30. Edouard Bernstein, Socialismo teórico y socialdemocracia práctica. 

  31. Henri de Man, Para un plan de acción, 1933. 

  32. Kautsky, El marxismo y su crítico Bernstein

  33. Lucien Laurat, El plan y las clases medias, conferencia publicada en Crise et Plan, 1935. 

  34. Russo, Mussolini y el fascismo, 1923.  

  35. Hérisson, El nacionalsocialismo y la protección de las clases medias, en la Revue Economique Internationale, marzo de 1934. 

  36. Rivaud, Las crisis alemanas, 1932. 

  37. Moeller van den Bruck, El Tercer Reich, 1923. 

  38. Hérisson, op. cit. 

  39. Feder, Lucha contra la alta finanza (artículos y discursos). 

  40. Citado por Mussat en su libro De Marx a Hitler, 1933 

  41. Sternberg, La decadencia del capitalismo alemán, 1932. 

  42. Trotsky, ¿Adónde va Francia?, 1934. 

  43. Marx y Engels, Manifiesto comunista

  44. Herisson, op. cit. 

  45. Herisson, op. cit. 

  46. H. de Man, op. cit. 

  47. Marcel Déat, Perspectivas socialistas, 1930. 

  48. Mussolini, discurso de julio de 1923. 

  49. Nicoletti, El fascismo contra los campesinos, 1929. 

  50. Citado por Carlo Rossi en La Iglesia y el fascismo, 1923. 

  51. Rossi (Tasca), op. cit. 

  52. Ídem. 

  53. Numero de Masses, consagrado a Spartakus, 16 de agosto de 1934. 

  54. Rivaud, op. cit. 

  55. Ídem 

  56. Sternberg, op. Cit. 

  57. Volpe, op. cit. 

  58. Artículo de Pietro Nenni, en Peuple, 24 de diciembre de 1934. 

  59. Vercel, El capitán Conan (novela). 

  60. Marinetti, El futurismo (1911). 

  61. Citado por R. Patry, en Los orígenes de los movimientos juveniles, Revue d'Allemnagne, noviembre de 1927. 

  62. Wilhelm Reich, Psicología de masas del fascismo, 1933. 

  63. Révolution prolétarienne, número de noviembre de 1932. 

  64. Silone, op. cit. 

  65. Salvemini, El terror fascista, 1929. 

  66. Silone, op. cit. 

  67. Aniante, Mussolini, 1933. 

  68. Masses, número 15, 1934. 

  69. Harold D. Lasswell y Renzo Sereno, artículo en American Political Science Review, octubre de 1937, citado por Robert Marjolin, en su artículo El reclutamiento de los jefes fascistas, Europe Nouvelle, 13 de agosto de 1938. 

  70. Mussolini, discurso del 5 de diciembre de 1922. 

  71. Arbeitertum, órgano de las células de empresa nacionalsocialistas, mayo de 1933. 

  72. Daniel Halévy, Correo de Europa, 1933. 

  73. André Suarez, artículo en Le temps, 14 de noviembre del año 1933. 

  74. Ernst Krieck, Educación nacionalsocialista , citado en Cervaux en uniforme, 1934. 

  75. Mussolini, discurso al Senado (discusión de la ley sindical del 3 de abril de 1926). 

  76. Hitler, Mi lucha

  77. Mussolini, El fascismo, doctrina e instituciones, 1933. 

  78. Mussolini, artículo en Il Popolo d'Italia, 19 de enero de 1922. 

  79. Mussolini, discurso del 5 de octubre de 1922. 

  80. Roma Fascista, 21 de junio de 1931. 

  81. Hitler, discurso en el congreso de Nuremberg, el 13 de septiembre de 1935. 

  82. León XIII, encíclica Rerum Novarum, 1891. 

  83. Mussolini, El fascismo, doctrinas e instituciones, 1933. 

  84. Hitler, discurso en el congreso de Nuremberg, 1933. 

  85. Engels, Ludwig, Feuerbach, 1846. 

  86. Marcel Martinet, en El jefe contra el hombre, Esprit del día 1 de enero de 1934. 

  87. Mussolini, artículo de Il Popolo d'Italia, citado Sobre el fascismo italiano, 1925, por Cambó. 

  88. Citado por G. Raphael, op. cit. 

  89. Moeller van den Bruck, op. cit. 

  90. Hitler, discursos (1920-1923). 

  91. Conde Sforza, Los constructores de la Europa moderna, 1931. 

  92. Correspondencia oficial del NSDAP, reproducido por Le Temps del 15 de septiembre de 1934. 

  93. Morning Post, 31 de enero de 1934. 

  94. Rudolf Hess, discurso de junio de 1934. 

  95. Le temps, 19 de diciembre de 1933. 

  96. Le temps, 13 de febrero de 1935. 

  97. Goebbels, Lucha por berlín

  98. Goebbels, carta a Hitler, citada en Pernot, en La Alemania de Hitler, 1933. 

  99. Goebbels, La Revolución de los alemanes

  100. Príncipe zu Hohenlohe, Su Redentor, en Pariser Tageblatt del 16 de julio de 1934. 

  101. Rudolf Hess, discurso del 25 de febrero de 1934, en Múnich. 

  102. Martinet, op. cit. 

  103. Gorgolini, El fascismo, 1921. 

  104. Mussolini, discurso del 24 de octubre de 1922. 

  105. Le temps, 26 de julio de 1933. 

  106. Ídem, 12 de febrero de 1933. 

  107. Ídem, 28 de abril de 1935. 

  108. Ídem, 25 de junio de 1935. 

  109. Fórmula de juramento que repetía a coro la muchedumbre en las reuniones públicas nazis; ver en Le temps, 2 de mayo de 1935. 

  110. Volpe, op. cit. 

  111. Le temps, 26 de julio de 1933. 

  112. Artículo del Dagens Nyheder, de Copenhague, citado por Lu, del 10 de febrero de 1933. 

  113. Alfred Rosenberg, La estructura esencial del nacionalsocialismo. 

  114. Le temps, 10 de noviembre de 1935. 

  115. Volpe, op. cit. 

  116. P. Gentizon en Le temps, del 26 de julio de 1933. 

  117. Hitler, Mi lucha

  118. Le temps, 25 de agosto de 1935. 

  119. Ídem, 21 de septiembre de 1935. 

  120. Ídem, 26 de febrero de 1934. 

  121. Ídem, 13 de septiembre de 1935. 

  122. Hitler, discurso en el congreso de Nuremberg, en Le temps del 8 de septiembre de 1934. 

  123. Hitler, op. cit. 

  124. Goebbels, Lucha por Berlín

  125. Hitler, discurso de Coburgo el 19 de octubre de 1935, publicado en Le temps del 21 de octubre. 

  126. Hitler, op. cit. 

  127. Heiden, op cit. 

  128. Hitler, op. cit. 

  129. Gustave Le Bon, Psicologia de las masas, 1896. 

  130. Hitler, op. cit. 

  131. Volpe, op. cit. 

  132. Pierre Frédéric, en la Revue des Deux Mondes, 1 de marzo 

  133. Le temps, 16 de septiembre de 1935. 

  134. Idem, 15 de marzo de 1936. 

  135. Martinet, op. cit. NdE: También lo remarcaba Lunacharski antes en su Religión y Socialismo

  136. Gregor Strasser, Lucha por Alemania (artículos y discursos). 

  137. Alfred Rosenberg, El mito del siglo XX

  138. Marx, Contribución a la crítica de la Economía política (prólogo). 

  139. Jaurès, Idealismo y materialismo en la concepción de la historia, 1896. 

  140. Antonio Labriola, Ensayo sobre la concepción materialista de la historia, 1902.