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IV. LA DEMAGOGIA FASCISTA

El fascismo propone a sus tropas un anticapitalismo pequeñoburgués, que es muy diferente del anticapitalismo socialista.

Pero la mística no basta. Los miembros de las tropas fascistas no llegan todos al mismo grado de fanatismo, pero incluso los más fanáticos no pueden olvidar sus intereses materiales. Por eso, el fascismo se ve obligado a ofrecerles una solución práctica para sus males. Por eso, aunque esté al servicio del capitalismo, se ve obligado a exhibir un anticapitalismo demagógico; rasgo que le diferencia profundamente de los partidos burgueses.

Pero si observamos detenidamente este anticapitalismo, vemos que es muy distinto del anticapitalismo socialista, porque es esencialmente pequeñoburgués. Así, el anticapitalismo fascista halaga por una parte a las clases medias, haciéndose el intérprete de sus aspiraciones retrógradas, y por otras, arroja como carnaza a las masas obreras –en especial a ciertas categorías de trabajadores que carecen de conciencia de clase –un anticapitalismo utópico e inofensivo que les aleja del verdadero socialismo.

Sin embargo, a esta demagogia, demasiado general, el fascismo sustituye en ciertos casos un lenguaje más específico y radical, cuando trata de conquistar adeptos entre los obreros conscientes o entre los pequeños campesinos,por ejemplo. El lector se preguntará si merece la pena ocuparse de toda esta fraseología embustera. Yo creo que es necesario, tanto para comprender cuáles son las consignas sociales que los demagogos fascistas utilizan para deslumbrar a su clientela, como para señalar a continuación el abismo que media entre las promesas y las realidades.

1. El anticapitalismo transformado en nacionalismo

Todo el arte del fascismo estriba en proclamarse anticapitalista sin hacer nada serio contra el capitalismo. Una de sus artimañas es transmutar el anticapitalismo de las masas en nacionalismo. La hostilidad de las clases medias por el gran capital va unida a su adhesión tenaz a la idea nacional. En Italia y Alemania, especialmente, las masas están predispuestas a creer que el verdadero enemigo no es su propio capitalismo, sino el capitalismo extranjero. Por eso, el fascismo no tiene que hacer demasiados esfuerzos para desviar la cólera popular, preservando a quienes le mantienen financieramente, contra la plutocracia internacional.

En Italia

Desde antes de la guerra 1914-1918, los sindicalistas sorelianos –que se hicieron más adelante fascistas–unían su sindicalismo revolucionario a un nacionalismo cada vez más acentuado. Rossoni descubre que la suerte de los obreros italianos está unida indisolublemente a la de la nación italiana. Labriola dice que Italia tiene derecho a una oportunidad y a luchar contra la Europa plutocrática (1). Sindicalistas y nacionalistas se unen para proclamar a Italia la gran proletaria (2). De 1915 a 1918, Mussolini no deja de repetir que hay que dar a la guerra un contenido social (3). Más tarde declara que la Sociedad de Naciones no es más que una especie de prima de seguros de la naciones que ahora son ricas contra las naciones proletarias(4). El ministro Rocco recuerda que no sólo existe un problema interior, sino también un problema internacional de distribución de las riquezas y opone las naciones pobres a las naciones ricas: El proletariado italiano sufre de la condición de inferioridad en que se encuentra la nación italiana respecto a las naciones que compiten con ella, más que de la avaricia o de la avidez de los patronos. Por eso hace falta, para mejorar el destino de las masas italianas, mejorar en primer lugar la posición internacional de la nación proletaria (5).

En Alemania

Ya en 1919, el fundador del partido nacionalsocialista, Drexler, afirma: La Alemania trabajadora es víctima de las ávidas potencias occidentales (6). Moeller van den Bruck utiliza también la fórmula de nación proletaria: El socialismo, escribe, no puede aumentar la equidad entre los hombres hasta que no exista la equidad entre los pueblos. Los trabajadores alemanes tendrán que reconocer que jamás estuvieron tan oprimidos como les oprime hoy el capitalismo extranjero (...). Esta lucha de liberación del proletariado, en tanto parte más oprimida de una nación oprimida, es una guerra civil que ya no es una guerra entre nosotros, sino contra la burguesía mundial (7).

Pero sobre todo, es Gregor Strasser el que se convierte en el propagandista brillante y obstinado de esta extraña síntesis: La industria alemana, la economía alemana en manos del capital financiero internacional es el fin de toda posibilidad de liberación social, es el fin de todos los sueños de una Alemania socialista (...). Nosotros, los jóvenes alemanes de la guerra; nosotros, los revolucionarios nacionalsocialistas; nosotros, socialistas ardientes, hemos emprendido la lucha contra el capitalismo y el imperialismo encarnado en la paz de Versalles (...). Nosotros, nacionalsocialistas, nos hemos dado cuenta de que existe un vínculo que el destino ha querido entre la libertad nacional de nuestro pueblo y la liberación económica de la clase obrera alemana. ¡El socialismo alemán no será posible ni duradero más que cuando Alemania sea libre! (8). Este pensamiento le resume Goebbels en una fórmula bien acuñada: ¿Cuál es el fin del socialismo alemán? Quiere que en el porvenir no haya en Alemania ni un solo proletario. ¿Cuál es el fin del nacionalismo alemán? Que en el futuro, Alemania deje de ser el proletario del mundo. El nacionalsocialismo no es más que la síntesis de estas dos concepciones (9).

2. El anticapitalismo transmutado en antisemitismo

¿Será posible transmutar el anticapitalismo de las masas en alguna otra cosa? El judío será para el fascismo –allí donde las circunstancias lo permitan –una nueva cabeza de turco.

El antisemitismo existe en estado latente en el subconsciente de las clases medias: a través de todo el siglo XIX, la pequeña burguesía, víctima de la evolución capitalista, ha tendido a cargar la responsabilidad de sus males al usurero o al banquero, e incluso al pequeño comerciante judío. El francés Toussenel daba como subtítulo a su Feudalismo Financiero: Los judíos, reyes de la época, y escribía: Aconsejo a todos los que sueñan con revoluciones que empiecen por quitar la banca a los judíos.

Explotando este tema racista, el fascismo puede estar seguro de encontrar el aplauso de las clases medias. Al mismo tiempo, preserva a sus generosos donantes de la cólera popular, y desvía el anticapitalismo de las masas contra los judíos.

En Italia

Como los judíos no eran sino una ínfima minoría de la población, esta clase de demagogia tenía pocas posibilidades. Lo que no quiere decir que el fascismo no la aprovechara. El director de la Banca Commerciale, Toeplitz, era de origen judío, y el diario Il Tevere escribía, después de la publicación de la Carta del Trabajo, que la época en que dominaban los banqueros judíos se ha terminado (10). Los extremistas fascistas suelen atribuir todos los fallos económicos del régimen a la malevolencia de la banca judía internacional (11).

Finalmente, a partir de julio de 1938, el fascismo italiano, imitando a su aliado alemán, y para hacer olvidar las dificultades del momento, añadió oficialmente el antisemitismo a su arsenal demagógico.

En Alemania

El antisemitismo encontró en Alemania un terreno mucho más favorable. Numéricamente, los judíos alemanes no eran más del 1% de la población. Pero, después de la guerra mundial, hubo una emigración de más de cien mil judíos procedentes de Polonia, Ucrania y Lituania, lo que despertó un antisemitismo latente. Otra razón era el papel que desempeñaban los judíos en la vida económica, política e intelectual del país. Al frente de los grandes bancos había suficientes judíos para que el pueblo pudiera aceptar la identificación entre alta finanza y judaísmo. Al frente de los grandes almacenes había bastantes judíos como para que la cólera de los comerciantes individuales pudiera polarizarse contra la raza. Entre los grandes de la finanza anglosajona existen los suficientes judíos para que Alemania, endeudada con aquélla, pueda presentarse como esclava del judaísmo mundial. Entre los especuladores que ganaban dinero en la Bolsa a costa de los pequeños rentistas, había bastantes judíos, como para que aquellos les responsabilicen de su ruina. Los partidos marxistas contaban con suficientes dirigentes judíos, activos y brillantes, para que la reacción pudiera inventar la historieta de la colaboración entre el capitalismo y el marxismo, y que una leyenda, forjada ya en el siglo XIX, presentara a banqueros y militantes judíos trabajando de común acuerdo, según el plan descrito en los apócrifos Protocolos de los Sabios de Sión, para implantar la dominación universal de la raza judía. Y por último, había bastantes judíos en las clases medias, en las profesiones liberales, entre los pequeños comerciantes; los suficientes médicos, abogados, periodistas, escritores y artistas judíos, odiados o envidiados por sus competidores arios, como para que un buen día se desencadenase contra ellos el furor popular, protegiendo con esta operación de diversión no sólo a los magnates industriales y a los banqueros arios, sino hasta a los grandes financieros judíos (12).

Todo el arte del nacionalsocialismo se emplea en transmutar el anticapitalismo de sus tropas en antisemitismo. El socialismo –escribe Goebbels-no se podrá realizar sin luchar contra los judíos, y si nosotros somos antisemitas es porque somos socialistas (13).

Más adelante, el aprendiz de brujo, como en la balada de Goethe, caerá prisionero de los genios malignos que imprudentemente invocó. Asediado por una temible coalición de potencias, que su temeraria política ha hecho unirse en contra suya, colocado ante el dilema de ser o no ser, su imaginación creerá que el judío perseguido no es sólo una víctima propiciatoria, sino un ente diabólico: en el interior, el adversario más irreductible, y en el exterior, el que dirige esa operación de cerco mundial. Le verá como un cuerpo extraño, que tiene que suprimir si no quiere verse aniquilado. En su delirio de perseguidor perseguido, tratará de exterminar a todo un pueblo, y como el Herodes del Evangelio, no perdonará ni a los niños, inocente amenaza, porque en ellos se perpetúa la raza maldita. La mayor parte de las víctimas de esta hecatombe serán los judíos de la Europa oriental, los más pobres y numerosos, cuando aquellos territorios se conviertan, después de la invasión hitleriana, en el glacis del Tercer Reich.

Así es como el antisemitismo, en su origen prejuicio racial explotado como artificio demagógico, culminará en el más abominable genocidio de todos los tiempos.

3. El fascismo contra la burguesía

Aunque el fascismo excita sobre todo el odio de las masas populares contra la plutocracia internacional y contra los judíos, no puede evitar –so pena de quitarse la careta –atacar también a la burguesía nacional. Pero sus declamaciones retóricas contra ésta, si se las examina en detalle, no tienen nada de socialistas.

Las clases medias no detestan a la burguesía del mismo modo que la clase obrera. No pretenden que aquélla desaparezca como tal clase. Por el contrario, su mayor ambición es llegar a ser burgueses. Cuando el fascismo ataca a la burguesía, habla de su degeneración, pero no critica el orden social existente. Intenta vigorizar a este orden gracias a una inyección de sangre nueva, de sangre plebeya: halaga a las clases medias y aparta al mismo tiempo a las masas de la lucha de clases, del socialismo proletario.

En Italia

Gorgolini se burla de esa burguesía disminuida por esa timidez que afecta a veces a las personas demasiado cultas y que tienen una digestión difícil (14). Lanzillo, en el momento de la ocupación de las fábricas, se ríe de la burguesía humillada, inepta, putrefacta y corruptora (15). Pero en seguida se da a conocer: para devolver a esa burguesía un poco de energía (16), es necesario que entren en escena gentes más capaces. Como declara el 5 de octubre del año 1924 un congreso de los sindicatos fascistas: La ley dinámica de la historia social consiste menos en una lucha implacable entre las clases (...) que en una lucha de capacidades, es decir, una lucha entre grupos de categorías profesionales, que adquieren la capacidad de desempeñar funciones dirigentes contra grupos de categorías que van perdiendo la capacidad de ejercer esas funciones de mando. Traduciendo esta jerga en un lenguaje comprensible: los burgueses deben dejar paso poco a poco a los eficaces, es decir, a los plebeyos fascistas.

En Alemania

Los nazis hacen blanco de sus injurias al burgués. Hitler no encuentra palabras bastante duras para atacar a la burguesía. Habla de su proverbial cobardía, de su senilidad, de su podredumbre intelectual, de su cretinismo. Pero después de toda esta palabrería aparece lo que piensa de verdad, cuando escribe que es necesario velar, porque las clases cultivadas se renueven constantemente, gracias a una corriente de sangre nueva procedente de las clases inferiores (17). August Winnig consagra un libro entero a ese tema: la misión de las masas populares es rejuvenecer un orden social envejecido, regenerar una clase dominante, agotada: Esa materia prima viviente que es el proletariado tiene por vocación crear en sí misma los nuevos valores; sus propios ideales, e introducir estas fuerzas en la vieja comunidad, no para destruirla, sino para darle una nueva juventud* (18).

4. El fascismo contra el capital usurario

Sin embargo, el fascismo no puede evitar, so pena de quedar al descubierto, los ataques contra el sistema capitalista mismo. Pero también en este caso, su anticapitalismo es algo muy diferente del socialismo proletario.

El anticapitalismo de las clases medias se fija sobre todo en la organización del crédito. A lo largo de todo el siglo XIX, los ideólogos pequeñoburgueses atacan al capitalista ocioso, al prestamista, al banquero, no al capitalista productor. Toussenel, en su Feudalismo financiero, denuncia la usura que grava el trabajo nacional de Francia con un impuesto de 2.000 millones por año, y pide que la banca se convierta en un monopolio del Estado. Proudhon piensa que el interés del dinero (...) es la carga más pesada que obstaculiza el trabajo y el consumo y la más injustificada deducción sobre el consumo, y propone el crédito mutuo, que tienda a ser gratuito, gracias al cual todo trabajador puede llegar a ser empresario y privilegiado.

El fascismo, a su vez, concentra sus tiros contra el capital de préstamo. Así traduce las aspiraciones de las clases medias, y al mismo tiempo desvía la atención de las masas trabajadoras de la lucha contra el capitalismo en su conjunto.

En Italia

Veamos algunas reivindicaciones del programa fascista de 1919: Disolución de las sociedades anónimas y demás sociedades por acciones; supresión de toda clase de especulación; supresión de los bancos y las bolsas; crédito del Estado por medio de la creación de un organismo nacional de distribución del crédito; confiscación de las rentas improductivas; impuesto progresivo extraordinario sobre el capital. Comentando este programa, Mussolini escribe en Il Popolo d'ltalia del 19 de junio de 1919: Deben de pagar los que puedan hacerlo. Lo que proponemos actual mente es: o los poseedores se expropian por su propia voluntad, o invitaremos a las masas de excombatientes a que derriben semejante obstáculo.

En Alemania

En el programa nacionalsocialista alemán de 1920, la lucha contra el capital de préstamo ocupa un lugar esencial. Se exige la nacionalización de la Reichsbank y el control estatal de la banca privada; la transformación de los títulos al portador en títulos nominativos, y luego en participaciones personales, el cierre de las bolsas, etcétera. Pero la ocurrencia más genial es la de abolir la esclavitud del interés, como pide Gottfried Feder proponiendo la supresión del interés sin tocar al capitalismo. El engaño de la santidad del interés nos ciega, escribe. El interés tiene misma relación con el dinero que el bocio con la circulación de la sangre (...). La abolición de la esclavitud del interés es (..) la solución de la cuestión social, el medio de conducir el combate gigantesco, que tiene lugar en todo el planeta, entre el Capital y el Trabajo a la liberación del Trabajo, pero sin menoscabar la propiedad ni la producción de riquezas (19). Gracias a esta distinción, absuelve al capital industrial y reserva sus anatemas para el financiero: mientras el buen Krupp murió en 1826 sin nada, el capital de la sociedad que fundó es sólo de 250 millones de marcos, la fortuna del malvado Rotschild, que empezó ya con algunos millones, llega a los 40.000 millones de marcos.

Claramente vemos-termina Feder que no es el sistema capitalista, el capital en sí, lo que constituye el azote del género humano, sino la sed insaciable de intereses, propia del gran capital financiero, que es una maldición para toda la humanidad trabajadora. Por eso, para remediar tal situación, no hace falta una revolución marxista: El Capital debe seguir existiendo y el Trabajo también (...). El bolchevismo cree que puede curar la enfermedad con una operación quirúrgica, cuando bastaría con eliminar el veneno, que es su única causa {...). Es inútil trastornar toda la economía, como se ha hecho en Rusia, basta formar un sólido frente de toda la población productora, desde el trabajador manual, al que abruman los impuestos indirectos, hasta los funcionarios y empleados, artesanos, campesinos, inventores y directores de empresas industriales, intelectuales, artistas, científicos, contra las cadenas del interés. La promesa de abolir la esclavitud del interés se dirige en especial a los pequeños campesinos, cuya tierra está totalmente hipotecada: cuando el nacionalsocialismo llegue al poder, se prohibirá toda hipoteca sobre la tierra, proclamada inembargable e inalienable. Pero, cuando Feder trata de explicar de qué modo puede abolirse la esclavitud del interés dentro del sistema capitalista, cae en múltiples contradicciones. Preconiza la amortización de la deuda perpetua y de todas las obligaciones e hipotecas, sin explicar cómo sería posible financieramente tal operación. Y, después de haber condenado el interés, propone que los dividendos industriales se conviertan en rentas fijas al 5%, bajo el control del Estado, mientras unas cooperativas de crédito, con base regional y corporativa, concederán, a un rédito reglamentado, ciertos préstamos garantizados por mercancías o de fuerza de trabajo (20). Nadie confundirá con la esclavitud del interés los escasos ingresos procedentes de economías o de rentas del Estado (21), escribía en 1930.

5. El fascismo contra la concentración industrial

El fascismo ataca incluso al capitalismo industrial, pero su anticapitalismo se queda bien corto, comparándole con el del socialismo proletario.

Las clases medias, al contrario que la clase obrera, no se preocupan por destruir el motor esencial del capitalismo: la explotación de la fuerza de trabajo, la apropiación de la plusvalía. A través de todo el siglo XIX e incluso hasta hoy en día, los ideólogos pequeñoburgueses se han limitado a declamar contra la competencia, contra la concentración industrial y a pedir que el Estado les proteja contra los grandes monopolios (cartels o trusts).

El fascismo recoge todas estas aspiraciones retrógradas de la pequeña burguesía, y al mismo tiempo se esfuerza en apartar a las masas del socialismo proletario.

En Italia

Gorgolini denuncia en términos vehementes, en 1921, a los magnates de la gran industria y del gran comercio, que han arruinado a Italia (es decir, a las clases medias) (22). Más adelante, Bottai escribe: Debemos tender al desarrollo y a la victoria concreta del artesanado, en especial por el motivo siguiente: para oponer a la concentración del capital (...), unas fuerzas que se apoyan sobre el principio contrario (...). No hay que excluir que el fenómeno artesano pueda influir de modo decisivo sobre la evolución de nuestra industria (23).

En Alemania

En Alemania, donde la concentración capitalista está mucho más avanzada, la demagogia antitrusts tiene un papel más importante. Unos cuantos individuos –dice Goebbels –no tienen ningún derecho a utilizar la economía nacional contra la nación. Y, en realidad, dominando algunos monopolios, esos individuos han logrado amasar fortunas enormes. Esas gentes tienen medios ilimitados para arrebatar al pueblo su trozo de pan cotidiano, para robarle el fruto de su trabajo (24).

El programa de 1920 reclama la estatización de todas las empresas constituidas en sociedades anónimas (trusts). Aquí, el anticapitalismo fascista parece acercarse a las fronteras del socialismo. Pero los nazis se apresuraron a atenuar su atrevimiento. Feder explica que dicha estatización no tendrá nada que ver con la socialización marxista: será simplemente el prefacio de un desmenuzamiento de la gran industria. Cien mil zapateros independientes son más provechosos para la economía popular y la política del Estado, que cinco fábricas gigantes de calzado (25). El programa de 1920 prevé que los grandes almacenes serán primero comunalizados, municipalizado, luego desmembrados y alquilados a precios módicos a los pequeños comerciantes.

Pero es quizá un joven nazi el que mejor define este tipo de socialismo retrógrado: El nacionalsocialismo quiere detener el movimiento mecánico de la rueda capitalista, poner un freno a esta rueda y luego hacerla girar en sentido contrario hasta su punto de partida, para, una vez allí, estabilizarla (26).

6. Un paso atrás: la autarquía

Este capitalismo corregido y vuelto a sus orígenes supone el retorno a la autarquía de antaño.

El nacionalsocialismo exhuma el plan –típicamente pequeñoburgués– de un Estado comercial cerrado que ideó en 1800 el filósofo Fichte. En este tipo de Estado, la maldita competencia desaparece. Los precios de cada mercancía están determinados por las autoridades. No hay ningún peligro de superproducción ni de escasez. Ofertas y demandas encuentran en todo momento su contrapartida. Nadie puede enriquecerse ni arruinarse. Cada individuo es servidor de la colectividad y recibe su parte equitativa de los bienes de dicha colectividad. Pero una economía de este tipo no es posible más que si el Estado en cuestión está completamente aislado del extranjero, protegido de la competencia internacional. Para ello tiene que tener el monopolio del comercio exterior y emitir una moneda de cuenta que sólo es válida en el interior.

Gregor Strasser se inspira en Fichte, en sus Catorce tesis de la revolución alemana (27), rechaza el sistema capitalista liberal cuya destrucción es el prefacio necesario al triunfo de la revolución alemana y propone, para reemplazarle, una economía cuyo fin sea satisfacer las necesidades de la nación y no el beneficio ni la rentabilidad. Como dice su hermano Otto: la satisfacción de las necesidades en alimentos, vestidos y vivienda de cada miembro de la comunidad (28). La ley de la oferta y la demanda quedará abolida, el Estado fijará los precios de todas las mercancías y asegurará el equilibrio entre la oferta y la demanda. Los nacionalsocialistas no disimulan las dificultades prácticas del sistema, y por eso prefieren empezar por aplicarle en la agricultura que será el primer sector económico que se separará de la economía capitalista. Pero insisten que más pronto o más temprano, los demás sectores económicos tendrán que unirse al campesinado y adoptar sus principios (29).

Semejante economía sólo es posible si se suprime la competencia internacional; es decir, si se establece la autarquía. La balanza comercial, las exportaciones, son cosas que pertenecen a una época desaparecida. Cada pueblo creará sus propias bases de vida sobre su propio suelo (30). Lo primero es alimentar a los ciudadanos alemanes y luego pensar en la exportación (31). Las mercancías alemanas que se exportan encontrarán un mercado en el interior. La crisis industrial, según los nazis, no es más que una consecuencia de la crisis agrícola. Gracias a la prohibición de las importaciones de productos agrícolas, el precio de éstos aumentará en el interior del país y la agricultura alemana, regenerada, será capaz de absorber los productos industriales.

¿Pero cómo llevar a cabo esta economía cerrada? Confiando al Estado el monopolio del comercio exterior, creando una nueva moneda exclusivamente reservada al interior y sin garantía metálica. La condición esencial para que a economía sana en el Tercer Reich, escribe Feder, es liberarla del patrón oro: sólo así el Trabajo volverá estar por encima del Dinero.

7. Resurrección de las "corporaciones"

El corporativismo es uno de los cebos que el fascismo ofrece a los pequeñoburgueses y a los obreros de mentalidad pequeñoburguesa.

En la demagogia corporativista del fascismo se distinguen tres astucias distintas:

​ 1ª. La promesa a los obreros de mentalidad pequeñoburguesa de desproletarizarlos, naturalmente, sin borrar la escisión consumada entre Capital y Trabajo, entre patronos y asalariados, sino acercando, reconciliando los dos factores de la producción. Asegurando a estos obreros que en el seno de las Corporaciones mixtas podrán vivir como pequeñoburgueses, que se les garantizará el derecho al trabajo, que recibirán un salario justo, que no tendrán que inquietarse por su vejez, y, sobre todo, que los patronos les tratarán de igual a igual, como verdaderos colaboradores de la producción.

​ 2ª. La promesa a los pequeñoburgueses independientes (artesanos, pequeños comerciantes, etc.) víctimas de la competencia de los grandes monopolios capitalistas, y en proceso de proletarización, de resucitar en su beneficio un régimen inspirado de la Edad Media, de la era precapitalista. Un régimen donde no habrá competencia ni predominio del más fuerte, donde los pequeños productores en el seno de corporaciones autónomas, estarán protegidos, organizados y encontrarán por fin la estabilidad la seguridad.

​ 3ª. Y por último, la promesa de que el Estado político y parlamentario, incompetente y parásito, dejará paso a un Estado corporativo en el cual todos los productores, agrupados por oficios, tendrán derecho a opinar, donde se conciliarán todos los intereses que en el parlamentarismo se enfrentan, bajo el signo por todos aceptado del interés general.

Esta triple utopía pequeñoburguesa no es una invención del fascismo. Se la encuentra expresada en formas diversas a lo largo de todo el siglo XIX. Sin embargo, esas formas son bastante diferentes, según se trate del pensamiento pequeñoburgués reaccionario o del pensamiento pequeñoburgués reformista.

Durante el siglo pasado, numerosos pequeñoburgueses pensaron con nostalgia en las abolidas corporaciones. El liberalismo económico les había lanzado sin defensa en la jungla capitalista, donde una competencia implacable les arruinaba y proletarizaba. Por eso se sublevan contra el progreso, tratan de detener su marcha y quisieran volver a un estadio anterior del capitalismo.

Los partidos reaccionarios (los monárquicos en Francia) y la Iglesia, explotan esas aspiraciones retrógradas en beneficio de sus propios objetivos e inscriben en sus programas el restablecimiento de las corporaciones. Se forja al mismo tiempo un verdadero mito de las corporaciones medievales, que no es más que una grosera falsificación histórica. Las corporaciones de la Edad Media, en efecto, no se parecían en nada a lo que pretenden hoy quienes quisieran imitarlas. Sólo existieron durante una pequeña parte a Edad Media y el desarrollo del capitalismo las eliminó seguida o alteró fundamentalmente su carácter. Aparecieron tarde y se desarrollaron únicamente en la artesanía y en el pequeño comercio. E incluso aquí existían oficios libres. Por el contrario, la gran industria, floreciente ya en la Edad Media, no tenía nada de corporativa, Los burgueses que la crearon estaban agrupados en verdaderos sindicatos patronales muy distintos a las corporaciones (32).

A medida que se extiende el modo de producción capitalista, las corporaciones van perdiendo importancia económica. En Francia, las manufacturas reales, que anuncian ya la industria moderna, fueron creadas al margen de las reglas del régimen corporativo. Cuando Turgot (1776) y luego la Revolución (1791) abolieron las corporaciones en Francia, éstas habían muerto ya de muerte natural. El capitalismo había roto las cadenas (33) que obstaculizaban su desarrollo.

Además, dentro de la corporación, la escisión entre Capital y Trabajo y la lucha de clases aparecieron muy pronto. La aristocracia de los maestros detentó enseguida todo el poder y cada vez era más difícil para el oficial legar a la maestría. A partir del siglo XVII, el oficial no es más que un auténtico proletario, y la corporación un monopolio de casta, una bastilla donde se atrinchera una oligarquía ce losa y avara (34).

Sin embargo, los partidos reaccionarios y la Iglesia se empeñan precisamente en resucitar esas corporaciones medievales que la evolución económica condenó tiempo ha.

En Francia, por ejemplo, en la primera mitad del siglo XIX, una pléyade de escritores católicos (Sismondi, Buchez, Villeneuve-Bargemont, Buret, etc) critican los desastres de la competencia y piden el restablecimiento de los oficios organizados. El conde de Chambord, en su Carta abierta sobre los obreros (1865), recuerda que la realeza ha sido siempre la patrona de la clase obrera y reclama la constitución de corporaciones libres. A partir de 1870, la Iglesia integra oficialmente el corporativismo en su doctrina. El único medio de volver a la tranquilidad social anterior a la Revolución, dice el Congreso católico de Lille (1871), es restablecer, por la asociación católica, el reino de solidaridad en el mundo del trabajo. En 1894, el Papa León XIII publica la Encíclica Rerum Novarum, en la cual, tras de reconocer que el capitalismo ha dividido el cuerpo social en dos clases y abierto entre ellas un inmenso abismo, pretende reparar el mal por un retorno al pasado: Nuestros antepasados gozaron durante mucho tiempo de la benéfica influencia de las corporaciones (...). Por eso vemos con gran placer cómo se crean hoy en todo el mundo sociedades de este género. Algo más tarde, La Tour du Pin –que es a la vez católico y monárquico –espera que la corporación acercará a obreros y patronos y reemplazará por una soldadura natural los vínculos ficticios de la primera hora* (35).

A esas corporaciones, los reaccionarios no las dan, sino un papel consultivo. No pretenden sustituir por ellas el Estado político sino subordinarlas estrechamente a éste. ¡Lo primero la política! Para el conde de Chambord, las corporaciones deben de convertirse en las bases del electorado y del sufragio. Para La Tour du Pin, serán los colegios electorales naturales e históricos de los cuerpos políticos. Pero por encima de ellas estará la monarquía patrona, o el Estado autoritario omnipotente, del que serán simples colaboradoras en sus funciones económicas (36).

Mientras los reaccionarios quieren volver al pasado, los reformadores sociales del siglo XIX, aunque no piden el restablecimiento de las corporaciones medievales abolidas, sueñan con adaptar su principio a la sociedad moderna y organizar el trabajo. Pero sus aspiraciones son bastante confusas. Saint-Simon quisiera repartir a los productores en corporaciones industriales (37). Sus discípulos afirman que el principio regenerador de la sociedad futura no es diferente de los principios que presidieron la organización medieval. Había disposiciones legislativas que tenían por objetivo establecer el orden en la industria, Existía entonces una institución que en estos últimos tiempos ha llamado mucho la atención y que respondía a una necesidad de unión, de asociación (...), hasta el punto que el estado y la sociedad de aquel entonces lo permitía: nos referimos a las corporaciones (...). No cabe duda que esta organización era defectuosa en muchos aspectos (...). Pero abolida esta mala organización, no se edificó nada en el vacío que habían dejado (...). De la existencia en el pasado de las instituciones llamadas corporaciones, cuyas formas nos repugnan, no debemos deducir que los industriales deben de abstenerse necesariamente de constituir toda especie de cuerpo (...). [así vemos] que se producen esfuerzos instintivos cuya tendencia manifiesta es crear un orden gracias a una nueva organización del trabajo (38). Proudhon, por su parte, quisiera reconstruir sobre la base de nuevas relaciones los grupos naturales del trabajo, las corporaciones obreras (39).

Como los católicos o los monárquicos, los reformadores sociales de la primera mitad del siglo XIX no se hacen una idea clara de la escisión entre Capital y Trabajo, entre patronos y asalariados. O si se dan cuenta de ello, creen poder acabar con esa escisión y mantener en vida o hacer renacer artificialmente el pequeño productor independiente*. (38).

Sus sucesores, los sindicalistas reformistas, han renunciado a la quimera de los productores independientes pero esperan poder desproletarizar de otra forma a los obreros. Quieren volver a la corporación por otro camino: gracias a la colaboración de clases en el seno de la profesión organizada. Quisieran reconciliar a los factores que creen indispensables para la producción, gracias a un desarrollo paralelo del sindicalismo patronal y del sindicalismo obrero y haciendo obligatoria la intervención de las organizaciones profesionales. Presumen de poder compartir en condiciones de igualdad con los patronos la gestión económica, primero en el seno de cada profesión, luego en el marco de toda la nación, por medio de la institución de un parlamento económico.

Paul-Boncour fue, en su tiempo, uno de los más elocuentes intérpretes de esta utopía (40). Después de la guerra mundial, numerosos reformistas de diversos países, sobre todo alemanes, pero también italianos o franceses, creyeron que había llegado la hora de la democracia económica, del corporativismo, de la colaboración de clases. Y pese a todos los desengaños, el reformismo internacional sigue creyendo en nuestros días en semejante utopía. En Suiza, los sindicatos han aceptado el principio de las comunidades profesionales legales que reúnen a patronos y obreros. En Austria, poco antes de la derrota, el Wiener Arbeier Zeitung escribía que la socialdemocracia puede admitir perfectamente la idea del corporativismo. En Bélgica, De Man reclama una organización mixta de la producción bajo el signo del corporativismo, y en el plan del P.O.B., esta organización mixta va desde el reconocimiento sindical y la generalización de los contratos colectivos, hasta el establecimiento de un Consejo Económico en lugar del Senado (41). En Francia la clave del plan de la CGT es el Consejo Económico Nacional, compuesto de los representantes calificados designados por las organizaciones patronales y obreras más representativas (42) y la Federación Sindical Internacional sueña también con un verdadero Estado corporativo que debe de traducirse efectivamente por la colaboración de asalariados y patronos, en una misma organización o un instituto común (43).

Sin embargo, los reformistas no conceden a los organismos corporativos que preconizan sino un papel consultivo. Para los autores del plan de la CGT, por ejemplo, el parlamento económico inspira al poder político en sus decisiones. Pero no le sustituye. El Estado político sigue siendo el soberano.

El fascismo nutre su demagogia corporativista, tanto de los proyectos de los reaccionarios como de los de los reformistas. De los primeros recoge la idea de la resurrección de las corporaciones medievales de artesanos y pequeños comerciantes, y de los reformistas la idea de la corporación de colaboración de clases y la del parlamento económico consultivo. Pero en dos puntos esenciales se separa de los reformistas y coincide con los reaccionarios:

1º. Los reformistas quieren instituir su corporativismo en el marco de un Estado democrático y los fascistas en el de un Estado autoritario.

2º. Los reformistas quieren su colaboración de clases, en el seno de cada corporación, en un régimen de libertad sindical. Los fascistas, por el contrario, no disimulan su intención de dar como base a su Estado corporativo unos sindicatos bajo su tutela en vez de los constituidos libremente por los obreros.

En Italia

Mussolini tomó por modelo la constitución corporativa promulgada por D'Annunzio en Fiume (8 de septiembre de 1920) y que, por otra parte, jamás llegó a aplicarse. Esta constitución tiene numerosos rasgos de inspiración reaccionaria. Creaba en la pequeña ciudad artesana de Fiume diez corporaciones obligatorias dotadas de autonomía tal como se estableció y ejerció durante los cuatro gloriosos siglos de nuestro período municipal. Pero su redactor, el antiguo sindicalista De Ambris, introdujo también la idea de un parlamento económico, compuesto de 60 miembros y elegido por las corporaciones (44).

Mussolini se inspira también directamente en los reformistas. Por la época en que la CGT italiana proponía que las leyes fueran elaboradas por cuerpos consultivos sindicales, escribió a un amigo: El futuro verá parlamentos múltiples de competencias sustituir al parlamento único de la incompetencia (45). En la asamblea constitutiva de los fasci, el 23 de marzo de 1919, declaró: La representación política actual no puede bastarnos; queremos que los intereses estén representados directamente (...). Si alguien objeta que esto es volver a las corporaciones, ¡qué importa! De hecho, el programa fascista de 1919 exige la creación de consejos nacionales técnicos del trabajo, de la industria, de los transportes, etc., elegidos por la colectividad de la profesión o el oficio.

En Alemania

Desde Fichte a nuestros días, numerosos escritores reaccionarios preconizan en Alemania el restablecimiento de las corporaciones medievales. En especial después de 1918. Es lógico, escribe Moeller van den Bruck, que el ataque contra el parlamentarismo que, los revolucionarios llevan a cabo bajo la bandera de los consejos, lo fuera entre los reaccionarios bajo el estandarte de la corporación (...). Se trataba de volver a dar vida a las corporaciones concebidas no de una manera histórica y romántica sino inspirada en las ideas modernas (46). El nacionalsocialismo se inspira en estas fuentes y, según Gregor Strasser, su punto de partida es el espíritu y el contenido del sistema profesional de las guildas y corporaciones medievales (47).

Feder toma de los reformistas la idea de incorporar a los patrones y obreros de las diferentes ramas de la economía en corporaciones profesionales (...), para orientarles hacia ese fin común que es la producción nacional en un sentimiento de confianza y responsabilidad recíprocos (48). En estas corporaciones, obreros y patronos se reunirán y gozarán de los mismos derechos (49). Siguiendo a los reformistas, los nazis adoptaron la idea de un parlamento económico consultivo, de consejos económicos regionales elegidos, y en la cúspide, una Cámara suprema económica, encargada de conciliar los distintos intereses (50).

¿Qué piensan los magnates capitalistas que subvencionan al fascismo de su demagogia corporativista? Mientras el fascismo no ha llegado al poder, encuentran en ella más ventajas que inconvenientes. No sólo permite atraer al fascismo a muchos pequeñoburgueses, sino también apartar a algunos obreros de la lucha de clases y del sindicalismo libre, y atacar al parlamentarismo democrático.

Pero aunque dejan que los demagogos fascistas digan lo que quieran, en su fuero interno, los financieros del fascismo son hostiles a todo corporativismo, a toda colaboración de clases y a cualquier relación igualitaria con los explotados. Tanto en su empresa como en el seno de la profesión, quieren dar órdenes y no hablar de igual a igual con sus empleados. Temen, sobre todo, que éstos les lleguen a exigir un día el derecho de controlar sus negocios, o a reivindicar una participación en la gestión de sus empresas. No se les olvida el gran terror de los días que siguieron al final de la guerra mundial, cuando, en Italia, los obreros ocuparon las fábricas y pretendieron organizar por si mismos la producción; cuando en Alemania, durante algunos días, los consejos de obreros y de soldados fueron el único poder legal. Por eso habían torpedeado sistemáticamente todos los esbozos de corporativismo o de control obrero que se habían visto obligados a aceptar en aquellos duros tiempos. En Italia, el control obrero que prometieron a los obreros metalúrgicos, a raíz de que ocuparan las fábricas (1920), no llegó a aplicarse nunca. En Alemania, los patronos se oponen sistemáticamente a la aplicación de las llamadas leyes de socialización, de 1919, y se niegan, en el seno de organismos como los Consejos del Carbón y de la Potasa, a cualquier colaboración efectiva con los representantes de los trabajadores.

Los patronos no quieren oír hablar de corporación o, si la aceptan en principio, es después de convertirla en algo completamente distinto, después de dejarla convertida en una cáscara sin contenido. Por ejemplo, el industrial francés Mathon deplora que quienes han pensado hasta hoy en restablecer la corporación hayan visto en ella una colaboración, que llega a veces hasta la participación del obrero en la dirección y en los beneficios de la empresa. Este es un terreno que debe de seguir, por el contrario, en manos del patrono. En principio, dice, sólo los patronos deben dirigir la corporación económica (...). A ellos pertenecen las empresas que la constituyen, y debido a esta propiedad, les corresponden la alta dirección y la responsabilidad (...). Son los más aptos para esta dirección (...) Son los únicos que pueden juzgar con suficiente claridad y amplitud de miras, con toda la competencia y experiencia que hace falta (...). La necesidad de un jefe único es indiscutible (51). En consecuencia, la corporación económica debiera estar compuesta exclusivamente de patronos. Pero, aparte de esto, Mathon no encuentra ningún inconveniente en que patronos y obreros se encuentren en la corporación social y discutan entre sí todo lo relacionado con los salarios y las condiciones de trabajo.

Todos los patronos franceses que han escrito sobre la corporación, como Maurice Olivier (52) o Lucien Laine (53), tienen la misma opinión: nada de participación de los trabajadores en la dirección económica, pues sería el desorden. Hitler, en un momento de sinceridad, dice malhumorado a Otto Strasser que le pregunta en 1930:

–¿Entonces, cada cual manda en lo suyo?

–Ese sistema es fundamentalmente justo, y no puede haber otro. Copropiedad y codecisión de los obreros, es marxismo (...) (54).

Los magnates capitalistas son también hostiles a las corporaciones autónomas de los pequeñoburgueses independientes (artesanos, pequeños comerciantes). No tienen ningún interés en que éstos se protejan gracias a estas Corporaciones Contra su competencia. Se oponen también a un Estado corporativo donde todos los intereses puedan manifestarse realmente. No quieren armonizar sus intereses con los de los demás, sino que los suyos prevalezcan sobre todos.

El partido nacional-alemán, que no se dirige, como los nacionalsocialistas, a las masas, expresa el sentir de la gran burguesía cuando imprime en caracteres gruesos en su programa de 1932: Rechazamos el Estado corporativo. Ya veremos más adelante que, aunque el fascismo en el poder se adorna con las plumas del corporativismo, para no chocar con sus financieros, lo convierte en una caricatura.

8. En el caso particular de los obreros conscientes, el fascismo se presenta a ellos como más socialista que el socialismo

Estos son los componentes esenciales del anticapitalismo fascista. Expresados, bien es verdad, de manera harto sistemática, pues el fascismo, al revés que el socialismo, ni tiene ni puede tener una doctrina coherente y definida: Hay –dice Pierre Gérôme –una demagogia fascista que varía según los países, y dentro de cada país, según la clase social a la que se dirige, y según las circunstancias en las que se encuentra. Al fascismo no le preocupa que se acumulen las contradicciones en su programa (55). Por eso, el anticapitalismo del que acabamos de trazar las grandes líneas admite diversas variantes. Sin contar con que el fascismo, a medida que se va acercando al poder, atenúa su programa, para -cuando ha llegado- acabar traicionándolo.

Sobre todo, cuando se esfuerza en conseguir, sin gran éxito, la adhesión de los obreros conscientes (socialistas, comunistas o sindicalistas) el fascismo se ve obligado a reforzar su programa. Cuando habla a esta vanguardia proletaria, no sólo le propone un vago corporativismo que no engañaría ni un minuto a sus oyentes, sino que adopta en su honor toda la terminología de la lucha de clases: no sólo pretende asumir los principios del socialismo, sino que asegura que es más socialista que los partidos socialistas.

En Italia

El fascismo no se opone al socialismo en sí, sino a sus degeneraciones teóricas y prácticas, afirma el Vademécum del Fascismo Italiano. Gorgolini escribe: No es el fascismo quien impedirá seguir su camino y cumplir sus promesas al socialismo, cuya esencia no puede rechazarse. El fascismo, añade, tiene mayor audacia reformadora que el socialismo integral (56).

En Alemania

Gregor Strasser habla del movimiento obrero alemán, movimiento absolutamente justificado, que reconocemos y afirmamos en su contenido más profundo (57). Nosotros no combatimos al marxismo -dice Goebbels- porque sea un movimiento obrero, sino porque es su caricatura (58). ¡Los únicos socialistas de Alemania, e incluso de toda Europa, somos nosotros! (59).

9. Pretende ser el protector de las organizaciones de defensa de la clase obrera

A los obreros conscientes, el fascismo se presenta como el defensor natural de los sindicatos obreros.

En Italia

Mussolini –escribe Gorgolini –concede suma importancia al movimiento sindicalista de clase (...). Simpatiza con sus grupos profesionales (de las masas obreras), sus sindicatos, sus cooperativas, de las que aquéllas están justamente orgullosas, porque tales instituciones representan un esfuerzo constante y duradero. Aprecia su fuerza organizada en sólidas federaciones nacionales e internacionales, que viven desde hace años y que traducen no sólo el deseo de una emancipación teórica, sino los intereses reales del proletariado. El fascismo no piensa en privar al proletariado de sus organizaciones (60). Las conquistas obreras son intangibles: Nadie puede soñar en condenar a la masa obrera a condiciones de existencia peores que las de hoy, escribe Mussolini (61).

En la víspera misma de la marcha sobre Roma, el fascismo afirma en una proclama: Los hombres del Trabajo no tienen nada que temer del poder fascista (...). Sus justos derechos quedarán garantizados lealmente (62).

En Alemania

El partido nacionalsocialista hace las mismas promesas solemnes: Nosotros consideramos –declara Gregor Strasser –como absolutamente necesaria la organización de los trabajadores en sindicatos en el seno del sistema capitalista dominante (...). Nosotros hemos reconocido siempre a los sindicatos como los representantes necesarios de los trabajadores y seguiremos reconociéndolos siempre (63). August Winnig dice: Hoy más que nunca, la existencia de una comunidad sana es inconcebible sin los sindicatos. Esto hay que decirlo con toda claridad (64).

10. Admite las huelgas económicas

El fascismo dice ser partidario si no de la huelga política, al menos sí de la económica.

En Italia

El fascismo-leemos en el Vademécum del Fascista Italiano –aconseja al proletariado servirse de todos los medios de lucha y de conquista capaces de asegurar el desarrollo de la colectividad y el bienestar de los productores. Rossoni declara: No debe condenarse a priori la huelga como arma de combate, cuando son causas económicas las que las determinan. Cuando un partido, como el fascismo, ha hecho una revolución con 100.000 bayonetas, no hay que asombrarse si en ciertas contingencias recurre a medios enérgicos para imponer el reconocimiento de un derecho justo (65). En 1924, Mussolini advierte a los industriales que si no elevan los salarios, los obreros tendrán derecho a obrar por su cuenta.

Pero la huelga fascista no debe estar politizada. En la sesión del 24 al 25 de abril de 1925, el Gran Consejo considera la huelga como un acto de guerra, al que puede recurrirse cuando se han probado todos los medios pacíficos y han fracasado (…); establece claramente la diferencia entre la huelga fascista, excepcional y con fines definidos, y la huelga socialista, que es una regla, un ejercicio de gimnasia revolucionaria, y cuyos fines son lejanos e inaccesibles.

En realidad, mientras subsisten los sindicatos libres, el fascismo rivaliza con ellos en cuanto a huelgas. En 1924, sostiene la huelga de los mineros de San Giovanni Val d'Arno, la de los 30.000 obreros de las canteras de mármol de Carrara, etcétera. En marzo de 1925, los sindicatos fascistas de la metalurgia dan la orden de huelga general a los obreros de la fábrica Togni, en Brescia, etcétera, etcétera.

En Alemania

Hitler escribe: Mientras existan patronos incomprensivos o que carecen del sentido del derecho y de la justicia, sus empleados (…) tendrán el derecho y el deber de defender los intereses de la comunidad contra la avidez o la insensatez de un individuo (...). Cuando hay hombres tratados indignamente (…) y que la resistencia se convierte en una necesidad (...), sólo la fuerza puede decidir el resultado de los conflictos (66). El folleto de propaganda editado por las células de empresa nacionalsocialista, afirma aún con mayor cinismo: Como partido obrero, el nacionalsocialismo reconoce un derecho de huelga sin restricciones (...). Es una mentira vergonzosa decir que los nacionalsocialistas, cuando lleguen al poder (...) arrebatarán a los trabajadores su arma suprema: el derecho de huelga (67). Pero la huelga debe de conservar un carácter económico y no convertirse en un acto político. Para Hitler, la huelga no es un medio de destrucción y de desorganización de la producción nacional, sino un medio de incrementarla y darle salida, gracias a una lucha contra todos los obstáculos, que, debido a su carácter antisocial, impiden el florecimiento económico de las masas (68).

Y, en realidad, antes de su llegada al poder, el nacional socialismo sostiene grandes movimientos reivindicativos. Por ejemplo, en octubre de 1930 apoya la huelga de los metalúrgicos berlineses, en la que participan 100.000 obreros. En noviembre de 1932 colabora con los comunistas en la huelga de los transportes urbanos de Berlín.

11. Deja una puerta entreabierta hacia la socialización de los medios de producción

Pero el fascismo va aún más lejos. Para seducir a los obreros conscientes, entreabre una puerta hacia la gestión de la producción por los trabajadores.

El fascismo italiano no rechaza en absoluto la idea de un día sean los trabajadores los que administren toda producción. El programa de 1919 promete a las organizaciones sindicales la gestión de los servicios públicos y de las empresas, pero sólo si son dignos moral y técnicamente. En su discurso en la asamblea constitutiva de los Fascios (23 de marzo), Mussolini se expresa de modo deliberadamente ambiguo: Queremos que las clases obreras vayan haciéndose poco a poco capaces de dirigir las explotaciones, aunque sólo sea para convencerlas de que no es tan fácil dirigir una industria o un comercio. Durante la época de ocupación de las fábricas, no sólo acepta el famoso control de las fábricas, sino también su autogestión cooperativa, pero con esta reserva: Lo que exijo es que las fábricas produzcan más. Si los obreros me lo garantizan y los industriales no, no tendré ningún inconveniente en reconocer que los primeros tienen derecho a sustituir a los segundos (69).

A raíz de la toma del poder, la gestión proletaria se convierte ya en una esperanza lejana: El sindicalismo fascista no excluye que, en un futuro lejano, los sindicatos de productores sean las células de un nuevo tipo de economía. Pero niega que el proletariado sea capaz hoy en día de crear su tipo específico de civilización (70).

12. También hacia una profunda transformación de la propiedad

Por último, el fascismo trata de engañar a los obreros conscientes, prometiéndoles una profunda transformación del derecho de propiedad.

En Italia

El fascismo –leemos en el Vademécum del Fascista Italiano –se asienta sobre una realidad que no conoce un tipo único en materia política y se declara favorable a todas las formas, individualistas, colectivistas o de otra clase, con tal de que aseguren el máximo de producción v de bienestar. Rossoni declara en una entrevista: Las corporaciones fascistas no admiten ningún prejuicio en cuanto al sistema de producción. Entre el capitalismo y el comunismo prefieren el sistema que garantiza la producción más abundante y se deciden según las necesidades del movimiento histórico* (71).

El profesor Ugo Spirito desea que un día las corporaciones sean las propietarias de todos los medios de producción. Cuando el capital y el trabajo hayan terminado su fusión y la corporación posea todos los medios de producción y de cambio, los miembros de dicha corporación serán los accionistas de ella, y la noción de propiedad en sentido capitalista habrá quedado superada (72).

En Alemania

Gregor Strasser exhuma hábilmente la vieja concepción germánica de la propiedad colectiva de la tribu o nación sobre los medios de producción y la tierra, propiedad de la que cada productor individual es sólo el vasallo, al servicio de la comunidad. Los marxistas-explica- tienen razón al reivindicar la propiedad de los medios de producción, pero no es una sola clase-aunque se trate de la Clase obrera- la que debe de apropiárselos, sino la nación entera (73). Hay que saber distinguir entre Eigentum (propiedad) y Besitz (posesión). Sólo la comunidad popular debe ser la propietaria de las riquezas nacionales; los particulares sólo pueden ser los depositarios y están en deuda por ello con la colectividad. Por el momento, la posesión de riquezas debe dejarse tal cual está, pero en el futuro a quizá diferente. Como la única propietaria verdadera es la nación, todo el mundo puede esperar que un buen día la distribución de los feudos entre los vasallos se modifique (74).

Otto Strasser va más allá que su hermano. Propone que cada camarada del pueblo se convierta en coposesor de la economía alemana. Basta para ello que el Estado, único propietario de las riquezas nacionales, entregue en feudo a cada patrono su propia empresa a cambio de un impuesto pagadero en cinco o diez años. La empresa es inalienable. La posesión, la dirección y los beneficios de la empresa se dividen en tres tercios, entre el patrono, el personal y el Estado. El derecho de herencia quedará limitado: si el poseedor de un bien muere sin dejar heredero masculino apto para sucederle, el feudo pasa a la comunidad popular (75).

13. En el caso particular de los pequeños campesinos, el fascismo les promete el "reparto de las tierras"

Al dirigirse a los pequeños campesinos, el fascismo se ve también obligado a extremar su programa. Acepta la consigna del reparto de la tierra. Y en este punto pretende ser más socialista que los socialistas, que, tanto en Italia como en Alemania, no se han atrevido a tocar la gran propiedad agrícola.

En Italia

El programa de los fascios de 1919 es categórico: Nosotros daremos directamente la tierra a los campesinos (…) la tierra se entregará a los campesinos para que la cultiven asociados. Todavía en 1921, Gorgolini declara que el fascismo se opone irreductiblemente a la propiedad demasiado grande. Ataca al latifundio con su absentismo improductivo, que deja enormes extensiones sin cultivar (...). Los latifundistas que descuiden el cultivo de sus dominios (…) pierden solemnemente su derecho de propiedad (76). Mussolini, en un artículo del 23 de marzo del año 1921, escribe estas frases: Dentro de unos meses, toda Italia estará en nuestro poder (...) y estará en nuestras manos la realización de la única revolución posible en Italia: la revolución agraria que debe dar la tierra a quien la trabaja.

En Alemania

También el nacionalsocialismo inscribe en su programa la división de los grandes latifundios o colonización. Walter Darré multiplica los ataques demagógicos contra los feudales de la agricultura instalados sobre sus bienes y sus cuentas bancarias como la nobleza romana decadente estigmatizada por Ferrero (77). Otro especialista, el doctor Carl Hartwich, consagra a la cuestión un folleto entero, y espera que Hitler solucione el problema del Este: La gran propiedad del Este debe desaparecer en su mayor parte(…) Hay que colonizar el Este. No se puede conservar la gran propiedad por respetar la tradición (78). Incluso después de conseguir el poder, el gobernador de Prusia Oriental, Koch, proclama que una gran evolución histórica acaba de empezar con el socialismo del Este, y anuncia un gran plan de colonización realizable en un plazo de cinco a ocho años (79). Kube, gobernador de Brandeburg promete un plan análogo más importante que la liberación de los siervos campesinos que realizó Von Stein (80). Los verdaderos socialistas –escribe el Tägliche Rundschau –como los presidentes presidentes superiores Erich Koch y Helmuth Brückner, han pronunciado estos últimos días palabras que anuncian la revolución agraria, que terminará con el capitalismo en la agricultura y con unas condiciones de propiedad caducas e insoportables. La reacción encarnada por el gran capital y los grandes latifundistas será arrastrada por la ola que se acerca, y no quedará más que su recuerdo en los libros de historia (81).

V (Blas)

VI. GRANDEZA Y DECADENCIA DE LOS PLEBEYOS

1. Primera fase: los plebeyos fascistas conquistan todo el poder, y el partido fascista se confunde con el Estado

El fascismo ha llegado al poder, y sus capitalistas alcanzado sus objetivos: destrucción de la democracia parlamentaria y del proletariado organizado, instauración de un Estado autoritario capaz de imponer sus voluntades e incrementar sus beneficios.

Pero hay también un pasivo: los magnates capitalistas se ven ahora acosados por las exigencias de los plebeyos fascistas. Estos han conquistado el poder, objetivamente por cuenta de los primeros, pero subjetivamente por la suya propia. Según la expresión de Mussolini, forman una nueva clase política (1). Están dispuestos a expulsar sin contemplaciones, con una brutalidad de advenedizos, al antiguo personal político de la burguesía, y exigen todos los puestos, todas las funciones.

Los magnates se sienten un poco inquietos ante estas pretensiones. No es que les sorprendan, pues ya se habían dado cuenta del peligro que encerraba el abandonar completamente la dirección del Estado a la plebe fascista. Por eso hubieran preferido, al menos para empezar, una simple participación del fascismo en un gobierno burgués tradicional. Pero la impaciencia de los plebeyos ha echado a rodar sus planes.

Es cierto que han obtenido algunas garantías: los ministros fascistas están encuadrados por personajes de confianza pertenecientes a la vieja clase política. Pero los plebeyos no están satisfechos con este arreglo, y exigen todo el poder, pretendiendo expulsar hasta el último de los antiguos servidores de la burguesía. Los magnates, por desgracia para ellos, no pueden elegir. Siguen necesitando a los plebeyos para transformar el Estado democrático en una dictadura, para dar el tiro de gracia al proletariado organizado. ¿Quiénes perseguirán mejor a los militantes obreros que estos hombres salidos del pueblo? La burguesía se resigna –no sin temores –a sacrificar a todo su antiguo personal político, y abandona todo el poder a los plebeyos fascistas.

Este fenómeno no es completamente nuevo. El 2 de diciembre de 1851, la burguesía francesa permitió a los plebeyos que seguían a Luis Bonaparte suprimir y aniquilar a su antiguo personal político, los oradores, los escritores, los políticos y los literatos, la tribuna y la prensa de la burguesía, La Corte, dice Marx, los ministerios, los altos puestos de la Administración y del ejército se ven invadidos por individuos, de quienes lo mejor que puede decirse es que no se sabe de dónde vienen: una bohemia agitada, de mala reputación, ávida de pillaje. La burguesía se resignó también entonces a aquella invasión, pues gracias a la ayuda de los plebeyos, iba a disponer del gobierno fuerte y absoluto que necesitaba para salvar sus ganancias. Engañado por estas apariencias, tomando este relevo de una clase política por otra, por una verdadera revolución, Guizot escribe en aquel entonces: Es el triunfo completo y definitivo del socialismo. (2).

En Italia

Mucho antes de tomar el poder, los plebeyos italianos ya exigen que la clase contaminada (la burguesía pon política) entregue los asuntos públicos a otra más digna que ella (3). Por eso el gobierno que forma Mussolini al día siguiente de la Marcha sobre Roma, no les satisface: más de la mitad de los ministros pertenecen a la vieja clase política. Los ministros fascistas se ven encuadrados por señores como el general Diaz en Guerra, el almirante Thaon di Reval en Marina, el liberal Gentile en Instrucción pública, el nacionalista Federzoni en Colonias y el radical Colonna di Cesaro en Correos y Telégrafos. Los plebeyos se irritan por la duración de lo que ven como mero régimen transitorio e incitan a Mussolini a deshacerse de sus colaboradores no fascistas, a fundar lo que llaman el Estado totalitario. Durante el año 1923 hay una gran tensión, dentro del partido, entre los contemporizadores y los extremistas. Se expulsa a Rocca por declarar que la revolución la han hecho los fascistas para Italia y no sólo para ellos y preconizar la transformación del partido fascista en un gran partido nacional. Mussolini defiende a Rocca contra el cabecilla de los plebeyos, Farinacci (4). En 1924, aún escribe frases como: Al lado del fascismo-partido, existe la nación italiana (5).

Pero, en el fondo, ha optado ya por el Estado totalitario. Desde el 11 de agosto de 1922 en que declara en Nápoles: Se ha abierto un proceso al final del cual el fascismo encarnará el Estado. Más adelante confesará a Emil Ludwig que, deliberadamente, prefirió empezar a cincuenta por ciento, con un gobierno de coalición, antes de llegar al fascismo totalitario (6). En abril de 1923, una nota oficiosa de la agencia Volta informa al público que el régimen fascista propiamente dicho no ha empezado todavía y que el período actual no es más que un período preparatorio (7).

Sin embargo, en estas fechas, el Estado fascista se superpone al Estado precedente. El 13 de enero de 1923, Mussolini, al lado del Consejo de ministros, crea el Gran Consejo, compuesto por los principales jefes del partido fascista. Este organismo decide en una de sus primera sesiones crear, al lado del ejército regular, una milicia voluntaria de seguridad nacional, formación personal del jefe del gobierno. En todos los escalones de la jerarquía administrativa, al lado de los funcionarios, se colocan fascistas encargados de vigilarles. Y, después del asesinato de Matteotti, Mussolini se decide a dar entera satisfacción a los plebeyos, proclamando el Estado totalitario: Nuestra consigna es, todo el poder a todo el fascismo* (8), dice, caricaturizando la de la Revolución de Octubre, todo el poder a los soviets. Olivetti explica que el partido fascista, como es un gran ejército, no puede coexistir con otros ejércitos que tengan fines distintos del suyo. Exige un mando único (...). Los demás partidos no tienen derecho a existir (9). El fascismo pretende identificarse con el Estado y Sergio Pannunzio crea la expresión Estado-partido* (10).

Entre 1925 y 1926, todos los demás partidos desaparecen. El fascismo no sólo destruye a las organizaciones obreras y a los partidos proletarios, sino también a los burgueses, persiguiendo al antiguo personal político de la burguesía. Los liberales, escribe Volpe, se hicieron fascistas o se vieron obligados a abandonar la vida política. Muchos adversarios irreductibles (del fascismo) se expatriaron por su propia voluntad o se vieron obligados a hacerlo (11). Malaparte cuenta: Tras de disolver por la violencia las organizaciones republicanas y católicas, los camisas negras pasaron a hacer lo mismo con los liberales, los demócratas, los masones (12). Un decreto-ley del 26 de noviembre de 1925 pone fuera de la ley a la masonería, y pronto se ven las logias masónicas invadidas y saqueadas, sus muebles y símbolos destruidos y arrastrados por las calles (13). El mismo destino sufre la biblioteca del filósofo liberal Benedetto Croce. Los dirigentes liberales Amendola y Gobetti, y luego el gran maestre de la masonería italiana, Torrigiani, mueren a consecuencia de actos de violencia. Todo intento de reconstruir los partidos disueltos está penado con veinte años de cárcel. Se crea una policía política (OVRA) y un tribunal especial por las leyes del 26 de noviembre de 1926, como instrumentos excepcionales de represión.

A partir de 1925, el gobierno se compone íntegramente y exclusivamente de fascistas (14). Los antiguos servidores políticos de la burguesía, como Federzoni y Gentile, han tenido que pasarse al fascismo para seguir en el gobierno. Una de las leyes fascistísimas de 1925, la del 24 de diciembre, autoriza al jefe del gobierno a licenciar a todos los funcionarios civiles y militares del Estado, que, por sus manifestaciones en el servicio o fuera de él, no den todas las garantías de poder cumplir fielmente con su deber o sean incompatibles con los principios políticos del gobierno. Ciertos oficiales del ejército pasan a la reserva, sustituyéndoles elementos adictos al fascismo. Una preocupación constante para los plebeyos es el conseguir concentrar en sus manos el control discrecional sobre el ejército (15). La aviación, arma moderna por excelencia, pasa a manos de un plebeyo, Italo Balbo.

Con la ley del 9 de diciembre de 1928 queda terminada la edificación del Estado totalitario. El Gran Consejo fascista pasa a ser el órgano supremo encargado de coordinar todas las actividades del régimen. El Gran Consejo delibera sobre todos los problemas gubernamentales antes del Consejo de ministros, cuya función es simplemente ejecutiva. El soberano no es más que una máquina de firmar, y el Gran Consejo se arroga el derecho de intervenir en ciertas cuestiones, como la declaración de guerra, que eran hasta ese momento prerrogativas de la Corona. La sucesión al trono queda regulada por una ley constitucional previa consulta del Gran Consejo, so pena de nulidad. El nombramiento de jefe de gobierno –en caso de que el puesto quedara vacante –pertenece exclusivamente al Gran Consejo, que propone respetuosamente a la Corona el nombre del nuevo jefe de gobierno y el de sus colaboradores. En cuanto al partido fascista, se confunde con el Estado, y de ser una mera asociación privada se convierte en una institución de derecho público. Es el fundamento del poder del Estado (16), el eje del régimen, sin cual no se concibe, como no puede imaginarse un hombre sin vértebras (17).

Al secretario del partido le nombra el gobierno por decreto. Tiene el título y la función de ministro, y es el segundo personaje del régimen después del jefe del gobierno, a quien sustituye, en caso de ausencia, como presidente del Consejo de ministros. La interpretación del partido y del Estado no se limita a las más altas jerarquías, sino que se extiende también a las jerarquías locales: todos los secretarios regionales del partido son nombrados también por decreto gubernamental (18).

El Estado totalitario está listo, y la aristocracia de palurdos sin desbastar que son los jefes fascistas (19), según la expresión de Aniante, ha logrado sus objetivos. Ya tiene todo el poder, ocupa todos los puestos, disfruta de todas las prebendas. Como escribe Silvio Trentin: Fue una carrera fantástica hacia la fortuna, el puesto, el enchufe, la aventura (...) la Administración pública estaba en venta (20).

En Alemania

Los plebeyos nacionalsocialistas pretenden también sustituir por completo al antiguo personal político de la burguesía. Nunca se ha visto en la historia, escribe el Völkischer Beobachter, que quienes han creado y promovido la idea nueva no sean quienes restauren el Estado. Nadie, de la salvo nosotros, tiene la voluntad y la competencia que hacen falta para instaurar el nuevo orden (21). Y Goebbels añade: Cuando conquistemos el Estado, este será nuestro Estado (...). Si, por el momento, en nuestra lucha contra un sistema corrompido, tenemos que ser un partido (...), en cuanto ese sistema se hunda, nos convertiremos en el Estado (22). Por eso el gobierno que Hitler forma el 30 de enero de 1933 no satisface completamente a los plebeyos. Algunos miembros del antiguo personal político encuadran a los ministros nazis: von Papen es vice-canciller y comisario de Prusia, Hugenberg ministro de Economía Nacional y de Agricultura, von Neurath ministro de Asuntos Exteriores; el conde Schwerin von Krosigk, ministro de Hacienda; el barón Eltz von Rübenach, ministro de Comunicaciones; Seldte (jefe de los cascos de acero, ministro del Trabajo; Gerecke, comisario encargado del paro, etc.

Ebrios por su victoria, los plebeyos nazis exigen que desaparezca el viejo personal político de la burguesía. Goering se apresura a doblar la policía prusiana con una policía auxiliar reclutada entre las secciones de asalto. Y al día siguiente al incendio del Reichstag los nazis empiezan a liquidar todos los partidos políticos, no sólo los proletarios y las organizaciones obreras, sino también los partidos burgueses. Aquel mismo día Hitler obtiene plenos poderes (23 de marzo de 1933) y el comisario Gerecke, antiguo agente electoral del presidente Hindenburg, es detenido con el pretexto de una malversación de fondos. El 11 de abril, Hitler quita a von Papen su título de comisario del Reich en Prusia. El 26 destituye a uno de los jefes los cascos de acero, Duesterberg. El partido nacionalista trata de resistir, y al no poder contar con las cascos de acero, improvisa una nueva milicia con camisas verdes, el Kampfring. Pero desde primeros de junio, los plebeyos de las secciones de asalto empiezan a atacarla, ocupan sus permanencias, mientras los jefes locales de policía disuelven sus secciones locales. Hugenberg se da cuenta de que toda resistencia es inútil y abandona sus dos carteras ministeriales. El 28 de junio el partido nacionalista se disuelve. El 5 de julio, es el partido católico (Zentrum) el que vota su propia disolución.

Los fascistas no perdonan a los antiguos servidores políticos de la burguesía. El doctor Oberfohren, adjunto de Hugenberg en la dirección del partido nacional, se suicida en su domicilio el 6 de mayo. La ley del 15 de julio prohíbe reconstruirlos partidos suprimidos o formar un nuevo partido bajo penas que van de los tres años de prisión a misteriosas sanciones más elevadas. La policía secreta política (Gestapo) y el tribunal del pueblo están encargadas de aplastar cualquier tentativa de este género.

El gobierno del Reich se compone ahora exclusivamente de nazis. Los miembros del antiguo personal político que siguen en él, como von Neurath, Schwerin von Krosigk y Seldte, se ven obligados a abrazar la fe nacionalsocialista. Los plebeyos son mayoría entre los miembros del gobierno: Goering, Goebbels, Darré, Hess, Roehm, Rust, Frank y Kerrl se convierten en ministros del Reich.

Una ley del 7 de abril de 1933 permitirá al Führer-canciller revocar a todos los funcionarios que no ofrezcan la garantía de ser siempre fieles a la revolución nacional. Los oficiales sospechosos de tibieza hacia el nuevo régimen pasan a la reserva, como el mismo comandante en jefe del ejército, el general Von Hammerstein, amigo personal de von Schleicher. Los plebeyos tienen en el Ministerio de la Guerra a dos de sus simpatizantes, el general von Blomberg y su consejero, el coronel von Reichenau. Goering, como Balbo en Italia, ha tomado el mando de la aviación.

El 10 de julio, los diarios publican un aviso del gobierno en letras gruesas: Ya no hay partidos. El movimiento nacionalsocialista se ha convertido en el único pilar del Estado (...). Hay nacionalsocialistas de confianza en todos los puestos importantes. EI 15 de julio se promulga una ley que dice: En Alemania no existe más que un solo partido político: el partido nacionalsocialista. Y, a menos de un año de la toma del poder, el partido se confunde definitivamente con el Estado. La ley del 2 de diciembre de 1933 proclama que después de la victoria de la revolución nacionalsocialista, el partido se ha convertido en el soporte del pensamiento del Estado y se encuentra unido a él de modo indisoluble. El partido se convierte en una corporación de derecho público. Para simbolizar esta fusión entre el partido y el Estado, Rudolf Hess, suplente de Hitler al frente del partido y Roehm, jefe del Estado mayor de las S. A., son nombrados ministros del Reich. La última piedra del Estado totalitario se colocará el día de la muerte de Hindenburg, cuando Hitler, jefe del partido, añada por decreto a su título de canciller el jefe del Estado (2 de agosto de 1934).

Por último, en el congreso de Nuremberg de 1935, la bandera roja con la cruz gamada se convierte en la única bandera del Reich, la antigua bandera imperial, negra, blanca y roja, va a para al cuarto de los trastos. Hitler pronuncia la fórmula: El Estado es el partido y el partido es el Estado. Con la instauración del Estado totalitario, los plebeyos: nazis han logrado los fines que se proponían. Ya tienen todo el poder, ocupan todos los puestos, disfrutan de todas las prebendas. Una casta de parásitos, ávida y corrompida se instala en la Administración. Su importancia numérica queda bien demostrada todos los años, en Nuremberg, cuando se reúne un millón de jefes locales de todas las categorías en una formación inmensa. Los jefes de cierta categoría viajan en automóviles de lujo y habitan palacios, que brotan como hongos por todas partes (23). Estamos en manos de jefes de banda, suspira una señora perteneciente a la clase de los ci-devant (24).

Un representante de la vieja burguesía respetable, Hermann Rauschning, al darse cuenta de que él y sus iguales, por odio al proletariado, han terminado por entregar Alemania a gentes que no respetan nada, escribirá todo un libro sobre el tema: No queríamos eso. En su despecho llega a olvidar que esos nihilistas (a los que honra en exceso tratándoles de revolucionarios) en un hora crítica, salvaron a su clase y al sistema que la sustenta. Lleno de despecho, no ve más que el precio del servicio (25).

2. Segunda fase: el Estado fascista domestica al partido fascista, eliminando a los plebeyos. La revolución de los plebeyos se transforma en una dictadura militar y policiaca de tipo tradicional

La inquietud de la burguesía aliada del fascismo, cuando éste se hace con todo el poder, no deja de estar muy justificada. Es cierto que los plebeyos no tienen la menor intención de atacar seriamente a los privilegios de quienes les han alimentado y abierto el camino hacia el poder. Tanto más cuanto que los magnates capitalistas siguen llenando las cajas del partido y de sus organizaciones anejas.

Por ejemplo, en Alemania, estas subvenciones se llaman fondos Adolf Hitler de la Industria alemana. Además, los magnates gratifican directamente a los jefes plebeyos y les reservan puestos bien retribuidos en los Consejos de sus sociedades. Pero los plebeyos tienen que tener en cuenta las aspiraciones de las masas populares a las que se han atraído hablándoles en un lenguaje anticapitalista. Las masas les han creído, y ahora les exigen que cumplan su palabra. El fascismo puede proclamar que ha abolido la lucha de clases, pero los pequeños burgueses y los proletarios que han vestido las camisas negras o pardas no pueden olvidar con esas palabras su situación de clase. Sus intereses siguen oponiéndose a los de los magnates capitalistas, y, como el fascismo vencedor no parece tener prisa en suprimir los privilegios capitalistas, los plebeyos que no han conseguido un buen puesto en la jerarquía se impacientan, exigen la continuación de la revolución e incluso reclaman una segunda revolución.

Los jefes plebeyos, pequeños o grandes, no pueden desoír tales reclamaciones. En el régimen fascista como en el democrático, y pese a la supresión del derecho de voto, los hombres políticos no adquieren y conservan influencia más que en la medida en que pueden apoyarse en una base social lo más amplia posible. Cada cual ha procurado conseguir un feudo personal y pretende no sólo conservarlo, sino engrandecerlo. Si pierde su base social no representará más que a sí mismo y automáticamente dejará de ser un respetado y temido personaje, quedando en el vacío, a merced de un capricho del dictador o de una conjura de sus rivales. Por eso se ve obligado en cierto modo, a interpretar y a defender las exigencias y aspiraciones de sus tropas, proclamando a su vez –con más o menos convicción –que la revolución no ha hecho más que empezar y que es necesaria una segunda revolución.

Este es un lenguaje que desagrada sobremanera al gran capital, que no ha cambiado de personal político para entregar la defensa de sus intereses a agitadores y demagogos. El espectro de la segunda revolución le aterra, y exige la eliminación de los plebeyos más turbulentos.

Vimos cómo absorbía el partido al Estado. Veremos ahora cómo domestica el Estado dictatorial al partido. Aunque todos los puestos del Estado siguen ocupados por fascistas, se establece una selección entre ellos. Sólo conservan sus puestos los que prefieren callarse, los que se resignan a no ser más que una oligarquía que ha renunciado expresamente a la libertad de pensar (26), los servidores dóciles del jefe y de las potencias económicas que gobiernan cubiertas por él. Los otros, los demagogos, o se arrepienten públicamente y dan marcha atrás, o desaparecen. Después de esta depuración, el partido tiende a convertirse en un aparato estatal, en un organismo burocrático sin vida propia, mientras las milicias fascistas, también depuradas, pierden sus armas y quedan reducidas a la impotencia. La dictadura tiende a prescindir cada vez más del apoyo de las masas populares y a fiarse sobre todo de las fuerzas represivas tradicionales, del ejército y de la policía. Como dijo Trotsky, en 1932: El fascismo burocrático se asemeja cada vez más a las demás formas de dictadura militar y policíaca (27).

Aunque hemos presentado ambos procesos como sucediéndose uno a otro, en realidad, están íntimamente mezclados, y cuando aún no ha terminado la fusión del Estado con el aparato del partido fascista, ya empieza a advertirse el proceso de subordinación de éste por el Estado dictatorial.

En Italia

Al día siguiente de tomar el poder, la decepción de las tropas fascistas es tal que los jefes plebeyos no pueden dejar de tomarla en cuenta y se ven obligados a emplear un lenguaje violentamente demagógico. Hemos hecho la revolución (...). Estamos dispuestos, si es necesario, a volver a empezar, escribe el 13 de enero de 1923 Il Popolo di Lombardia, y L'Assalto, de Bolonia, publica el 14 de abril las siguientes líneas debidas a un jefe plebeyo: Los agrarios y los industriales piensan que el fascismo tiene la obligación de moderar las reivindicaciones de los trabajadores, pero no la explotación del capital. Para eso no han muerto dos mil fascistas ni hay otros doscientos mil dispuestos a morir (...). He mandado apalear a los trabajadores revolucionarios y estoy dispuesto a hacer lo mismo con los agrarios. Eduardo Frosini dirige una carta abierta a Mussolini, en la que dice: Has transformado de tal modo el programa de 1919, que ahora proteges a los que el fascismo había prometido combatir. Te has echado en brazos de los que querías aplastar. Hoy el fascismo se identifica con la reacción al servicio de la monarquía y de la burguesía. Forni habla de la necesidad de una nueva Marcha sobre Roma. Y el conflicto no es sólo verbal, pues en Roma, los partidarios de Mussolini y los extremistas se enfrentan a tiros en varias ocasiones. En Livorno, los extremistas se apoderan del cuartel de la milicia y de la sede del partido. En varias provincias, los jefes fascistas locales, los ras, se rebelan contra la política del jefe (28).

La alta burguesía se alarma y exige a Mussolini que liquide a los plebeyos más extremistas. Este cuenta a Emil Ludwig: Tuve que deshacerme en el primer año de 150.000 fascistas para dar más intensidad al partido. Sólo después conseguí atraer una élite, para lograr transformar la violencia en orden (29). Silone habla de decenas de miles fascistas que participaron en la Marcha sobre Roma y que fueron expulsados en 1923. Según Aniante, Mussolini envió a muchos al extranjero, encarceló a algunos y confinó en sus provincias a otros con orden terminante de estarse tranquilos (...). Colocó también a un cierto número en puestos que no tenían nada que ver con la política (30). Transforma profundamente al partido, y disuelve numerosos fascios. Según Silone, se elimina a los que manifiestan su descontento, reemplazándolos por funcionarios y empleados de los servicios públicos, cuya lealtad no ofrece duda (31).

En 1925-1926 hay una nueva depuración. Hemos tenido, explica Mussolini, que hacer el partido de arriba abajo (32). Expulsión de numerosos viejos fascistas. Farinacci abandona la secretaría del partido, y se suspenden todas las nuevas adhesiones. No se admitirán nuevos miembros hasta 1931.

En 1928, se disuelve la Confederación de los sindica- tos fascistas y su secretario general, Rossoni, así como sus hombres de confianza en los diversos puestos de la organización, pierden sus puestos.

En realidad, Mussolini no se decide a unir definitiva mente el partido y el Estado hasta que aquél, limpio de sus elementos más díscolos, no es sino una máquina administrativa dócil. La ley del 9 de diciembre de 1928 no sólo representa la culminación del Estado totalitario, sino también la domesticación del partido por dicho Estado. Aparentemente, el partido y el Estado se confunden, pero, de hecho, aquél no es más que, como dice la ley, una milicia civil al servicio del Estado. Comentando el decreto que concede al secretario del partido, el título y la función de ministro, el corresponsal de Le Temps en Roma escribe: La preeminencia del Estado sobre el partido ha quedado establecida. El partido ha quedado integrado en el Estado (33).

Mientras tiene lugar esta evolución en el partido, se subordina la milicia, depurada de sus elementos indeseables, al ejército regular. Antes de llegar al poder, Mussolini había revelado ya sus propósitos. En un artículo del Popolo d'Italia, del 26 de octubre de 1922, escribía: ¿Qué haremos con las escuadras de acción cuando estemos en el poder? (...). Habrá que transformar la milicia fascista. Las escuadras ya no serán órganos del partido y se convertirán en órganos del Estado; transformadas en cursos de instrucción premilitar, realizarán el ideal de la nación en armas (34). Las escuadras de acción se incorporaron en la milicia en 1923, pero después de una severa selección. En agosto de 1924, Mussolini encuadra la milicia con oficiales del ejército. Poco a poco, jóvenes procedentes de las organizaciones juveniles van reemplazando a los viejos fascistas. Por último, cosa más importante, se desarma a la milicia. En lenguaje militar es lo que se llama una reserva en permiso. EI miliciano es un civil que, de vez en cuando tiene que ponerse el uniforme, entrenarse y figurar en ciertos desfiles. Sólo una parte de la milicia se encuentra en servicio permanente, pero incluso en este caso, su misión es la de una policía auxiliar, encargada de vigilar ferrocarriles, puertos, carreteras, bosques, costas, etcétera. En tiempo de guerra, los milicianos se incorporan individualmente en sus regimientos del ejército regular, y aunque hay también algunas unidades exclusivamente milicianas, se integran en los cuerpos del ejército, a las órdenes de jefes militares. Así ocurre con las divisiones de camisas negras, que participan en la conquista de Abisinia(35). Desde el 1 de febrero del año 1935, la milicia se encarga, a las órdenes de los jefes militares, de organizar la enseñanza premilitar y postmilitar.

La milicia deja de ser, como fue inmediatamente después de la revolución fascista, la encargada del orden interno y de la defensa del régimen. Estas funciones incumben ahora a los carabineros, que forman parte del ejército y están mandados por un general. A fines de 1935 los efectivos de este cuerpo aumentan notablemente.

También la organización juvenil, la Opera balilla, pierde su autonomía y se convierte, con el nuevo nombre de Juventud italiana del Lictor, en una asociación de preparación militar, controlada por el ejército y sometida a los reglamentos militares (36).

Mientras continúa esta evolución, no cesa de crecer la importancia del ejército. El ejército –escribe el Giornale d'Italia- se ha convertido, por voluntad del fascismo, en la nueva aristocracia de la nación (37). Hechos simbólicos: en varias circunstancias, los soldados del ejército regular, en vez de los milicianos, montan guardia en la Exposición de la revolución fascista (38). Con ocasión del XII aniversario de la fundación de la milicia (1 de febrero de 1935), desfilan en Roma destacamentos de todas las tropas regulares de guarnición en la capital (39).

La victoria conseguida en Etiopía tras de ímprobos esfuerzos por el general –ascendido a mariscal entonces –Badoglio acaba de asegurar la hegemonía del ejército. El soberano, comandante supremo del ejército, pasa a desempeñar un papel de primer orden en el régimen fascista. Un periodista en 1936 escribe: La casa real y el alto mando militar son los que reciben todos los honores (40). Se nombra mariscal del Imperio al rey, al mismo tiempo que al Duce (41).

Estas transformaciones del fascismo agradan al ejército, que, al principio, había manifestado una cierta reserva. A partir del invierno de 1934, no tienen inconveniente en dejarse fascistizar. A partir del invierno de 1934 se dan clases de educación fascista en todas las academias de oficiales y de suboficiales, se dictan medidas para facilitar la entrada de los oficiales en el partido fascista; en Génova, los oficiales de un regimiento de caballería rinden una visita de homenaje al secretario del local del partido fascista (42). Paralelamente, los lazos entre la Casa de Saboya y el régimen se estrechan. El soberano emplea en un decreto la expresión patria fascista (43). Visita la casa natal de Mussolini, en Predappio (44). Su primo, el duque de Pistoia, escribe un artículo en el diario del Duce, Il Popolo d'Italia. Como dice en esta ocasión el corresponsal de Le Temps en Roma, es la primera vez que un miembro de la Casa de Saboya toma oficialmente posición en un asunto político desde la llegada del fascismo al poder(45).

La revolución fascista, apoyada en los plebeyos de camisa negra, tiende a confundirse con una dictadura conservadora de tipo tradicional.

En Alemania

En cuanto Hitler llega al poder, se ocupa de domar las fuerzas plebeyas que desencadenó. Pero le desborda una verdadera marea, mucho más poderosa que la producida diez años antes en Italia. Los millones de pequeños burgueses y de parados que han creído en la demagogia nacionalsocialista empiezan a portarse como si estuvieran en país conquistado. Exigen el cumplimiento integral de las promesas anticapitalistas del nacionalsocialismo. Los jóvenes hambrientos de las secciones de asalto, los obreros de las células de empresa nacionalsocialistas reclaman aumentos de salarios, el control e incluso la nacionalización de las empresas. Tratando de ensanchar sus feudos respectivos, los jefes plebeyos abren de par en par las puertas del partido, de las secciones de asalto, de las células de empresas, y numerosos marxistas que abandonaron decepcionados las organizaciones proletarias, o infiltrados en servicio activo, llenan las formaciones del ejército pardo; la masa ya de por sí efervescente, entra en ebullición con semejante levadura. La ola es tan violenta que parece que va a ter minar por arrasarlo todo.

Los jefes plebeyos, so pena de aislarse de sus tropas, tienen que hablar en un lenguaje radical. En una reunión popular, organizada por los S. A., uno de ellos exclama: Nuestra revolución no ha hecho más que empezar. Todavía no hemos conseguido ninguno de nuestros fines. Se habla de un gobierno nacional, del despertar nacional (...) Qué quiere decir eso? Lo que importa es la parte socialista de nuestro programa (...). No tenemos más que un enemigo enfrente: la burguesía (46).

Pero no tarda en producirse la reacción. La burguesía no ha sacrificado a sus viejos servidores políticos, ni abandonado la totalidad del poder a los plebeyos nazis, sino para que éstos defiendan sus intereses. No les ha encargado la destrucción del bolchevismo para que de su seno salga un nuevo bolchevismo, aunque sea nacional. Desde el mes de mayo se manifiestan ya los primeros signos de un cambio radical. El 9, Goering prohíbe a los agentes de policía prusianos pertenecer a las S. A. o a las S. S., así como lucir la cruz gamada (47). Goebbels anuncia en un artículo: El partido nacionalsocialista sufrirá una depuración en breve, y se excluirá a todos los elementos indeseables. Hay que tener mucho cuidado de que los marxistas no invadan las células de empresa (48). Pero estas primeras depuraciones no bastan, y la paciencia de los magnates capitalistas está punto de agotarse. Mientras, en su nombre, el presidente Hindenburg convoca al canciller en Neudeck y le exige un cambio inmediato, los generales de la Reichswehr le hacen saber que si sigue el camino que ha emprendido, los inconvenientes pueden ser muy graves (49).

Hitler obedece. En una reunión de los jefes de los S. A. y S. S., en Bad-Reichenhall (Baviera), el 1 y 2 de julio, hace esta inesperada declaración: Estoy dispuesto a oponerme con la mayor energía a una segunda ola revolucionaria (...). A todo el que se levante contra la autoridad regular del Estado, hay que cogerle del cuello sin contemplaciones (50). El 10, los diarios publican en grandes caracteres un aviso gubernamental, confirmando la terminación de la revolución alemana: Hablar de continuar la revolución e incluso de hacer una segunda revolución (...) constituye un sabotaje de la revolución nacional y serán severamente castigados (51). Al mismo tiempo que ciertos pasajes de este aviso proclaman la fusión definitiva del Estado y del partido, otros pasajes anuncian la domesticación del partido por el Estado dictatorial. Las organizaciones y los grupos del partido nacionalsocialista no pueden arrogarse poderes gubernamentales (...). Hay que mantener en todo lugar y a toda costa la autoridad del Estado.

Pero este viraje a la derecha despierta una gran resistencia. Estallan numerosos motines en las secciones de asalto, en las células de empresa y en los campamentos del servicio del trabajo. Los plebeyos, decepcionados por estas medidas, se rebelan abiertamente. Goering tiene que interrumpir sus vacaciones para decretar que los delitos políticos serán castigados con la mayor dureza, llegando hasta pena capital (23 de julio). En esa misma fecha, una modificación de la ley militar permite a los Statthalter recurrir a las fuerzas militares en casos de disturbios políticos (52).

La ley del 2 de diciembre de 1933 no sólo consagra la unión definitiva del partido y del Estado, sino también la domesticación de aquél por éste. De ahora en adelante, los miembros del partido y de las secciones de asalto quedan sometidos a la jurisdicción civil, que podrá infligirles legalmente severas penas (arresto y prisión) por faltas contra la disciplina y el orden. En enero de 1934, Goering da órdenes a la policía de detener, en caso de necesidad, a los milicianos nazis, aunque vayan de uniforme; toda tentativa de resistencia por parte de éstos se considerará como un atentado contra la autoridad del Estado (53). Pero el torrente plebeyo es demasiado impetuoso para poder canalizarle tan pronto. Un joven nazi dice: ¿Cómo pueden pensar nuestros camaradas del gobierno que el capitalismo, la esclavitud del interés, la explotación desvergonzada han desaparecido?. Desfilan delante de las Bolsas con sus frontones coronados, leen en los periódicos burgueses los balances interminables y las distribuciones de dividendos (...). Ven cómo los capitalistas defienden desesperadamente sus últimos bastiones. Por eso, el movimiento no puede descansar. Seguimos luchando con el mismo espíritu que antes, pues hay muchos objetivos que no se han alcanzado (...). Seguimos con la esperanza de que nuestra revolución nacionalsocialista no cambiará de aspecto hasta que no hayamos edificado el III Reich* (54).

El joven jefe de las secciones de asalto de Berlín, que será fusilado el 30 de junio de 1934, escribe una especie de testamento, muy característico, aunque su autenticidad no esté demostrada: He servido al Führer durante once años, le seguiré hasta la muerte (...). Pero no puedo soportar el pensamiento de que las S. A. puedan ser traicionadas por aquellos que elevaron al poder (55).

Para conservar el contacto con su base social, los jefes plebeyos tienen que recurrir a la demagogia. En especial, el jefe de Estado mayor de las secciones de asalto, Roehm. Sin duda, este militarote inculto, que no desdeña vivir en las delicias de Capua con los más complacientes de sus jóvenes subordinados, es un socialista de broma (56). Pero, entre los dos millones de hambrientos de camisa parda, la idea de la segunda revolución sigue viva. Roehm, para conservar su prestigio entre sus tropas, tiene que convertirse en su intérprete: El que piense –grita –que la tarea de las S. A. ha terminado, tiene que meterse en la cabeza que aún estamos aquí y que permanecemos (57). Hay que mantener la tendencia revolucionaria en las S. A. No quiero dirigir un rebaño de borregos para divertir a la burguesía, sino un ejército de revolucionarios (58). La revolución que hemos hecho no es una revolución nacional, sino nacionalsocialista. Y hay que acentuar lo de socialista (...) Nuestras secciones de asalto son la encarnación total de la idea revolucionaria (59).

Roehm tiene tanta necesidad de apoyarse en sus hombres que su posición personal es poco segura. Los generales de la Reichswehr le detestan por un antiguo conflicto: los generales no han tolerado nunca que las S. A. reduzcan sus atribuciones, no tienen inconveniente en que las secciones de asalto sean una especie de asociaciones de preparación militar, pero les desagrada que traten de jugar a los soldados. El ejército alemán desconfía de la mentalidad plebeya, de esas formaciones improvisadas. Algunos jóvenes ambiciosos y sin ningún escrúpulo han llegado en pocos meses a la categoría de general de división o de jefe de cuerpo de ejército. A su edad, en el ejército regular serían, como mucho, jefes de compañía o de batallón, y ahí están al frente de 80.000 6 100.000 hombres (60). Las S.A., por su parte, detestan de todo corazón al ejército regular, ciudadela de reacción. Mientras haya una fuerza que sus fines propios, como ocurre con el ejército, no haber un Estado totalitario. Roehm declara: No hay ningún vínculo entre la Reichswehr y las secciones de asalto, pues el ejército no ha tenido ninguna participación en revolución nacional* (61).

En realidad, los jefes militares no son hostiles al nacionalsocialismo, sino todo lo contrario. Agradecen a Hitler su decisión de restaurar la potencia militar alemana y aceptan incluso, en principio, la fusión del ejército y del régimen. Pero con la condición de que esta fusión no beneficie a los plebeyos extremistas, y que Hitler empiece por reducir a la impotencia a todos estos locos. Durante un breve crucero por el Báltico, al comienzo de la primavera, el Führer acepta sus exigencias. Roehm queda excluido de las asociaciones de oficiales y recibe un permiso de varias semanas. También las secciones de asalto se van de vacaciones durante el mes de julio. Durante ese período, los hombres no tienen derecho a vestir el uniforme.

Pero todas estas medidas agravan el descontento, en vez de calmarlo. Los magnates capitalistas se alarman cada vez más, y el 28 de junio, Hitler se ve obligado a ir en persona a Essen, a entrevistarse con Krupp, que le dicta sus órdenes. En el Völkischer Beobachter, del 29 de junio, el general Von Blomberg promete su apoyo ilimitado al canciller, y decreta, al mismo tiempo, el estado de alarma en el ejército.

El día 30, por orden de Hitler, algunos de sus más antiguos colaboradores -Roehm, Gregor Strasser, Ernst, etcétera- son fusilados como perros. En el caso del primero se exhiben sus vicios como excusa. Pero en toda Alemania son centenares los partidarios de la segunda revolución ejecutados. El ejército queda detrás de los bastidores, pero dispuesto a intervenir, como en Múnich (62). Se Al día siguiente de la matanza, el general Von Blomberg levanta el estado de alarma y felicita ostensiblemente al Führer por haber atacado y aplastado a los traidores rebeldes.

Lo ocurrido el 30 de junio puede calificarse de verdadero golpe de Estado. A partir de entonces, el principal apoyo de la dictadura no es la milicia plebeya, sino el ejército regular. Los síntomas de esta evolución se multiplican: Hitler se presenta siempre en público, rodeado de generales, v asegura al ejército que siempre podrá confiar en él (63). En el congreso del partido, en Nuremberg, al que por vez primera asisten los generales, alaba al maravilloso y glorioso ejército (64), que tiene un día especial.

Hitler ha dado satisfacción a la exigencia esencial de los militares: sólo el ejército lleva armas en el Estado. La liquidación de las secciones de asalto empieza por la abrogación de la ley que confería a su jefe de Estado mayor la dignidad y el título de ministro del Reich; se renueva la alta jerarquía de las S.A., colocándose hombres seguros. Hay también una vasta depuración en la base: expulsión de todos los elementos dudosos; los que quedan sólo podrán vestir el uniforme durante las raras horas de servicio. Los ejercicios de entrenamiento, que se celebraban antes todos los domingos, sólo tienen lugar de tarde en tarde. Se crea una nueva gendarmería, el Feldjägerkorps (cuerpo de cazadores de campaña) encargado de vigilar a los milicianos y de obligarles a observar las prescripciones relativas al uso del uniforme En cuanto a las armas, se colocan en los parques militares. De milicianos armados, los miembros de las S.A. pasan a ser propagandistas de la causa.

Las secciones de protección (S.S.), que han satisfecho su enemistad por las S.A., desempeñando un papel esencial en la acción del 30 de junio, no obtienen el beneficio que pensaban. No sólo el ejército se opone a que absorban a las S. A. liquidadas, sino que las reduce a su vez. La S.S. intenta resistir y falta poco para que a fines del año 1934 vuelva a repetir el episodio del 30 de junio. Pero, por último, se cumple la voluntad de los generales: sólo quedan unas pocas unidades de S. S., bien seleccionadas, que ejercerán funciones de policía.

Pero el hecho capital es que por un decreto del 16 de enero de 1936, el ejército queda definitivamente encargado de mantener el orden en caso de disturbios de origen político (65).

Al mismo tiempo que se reduce a los milicianos, empieza una depuración del partido de arriba abajo. En el congreso de Nuremberg, de 1934, Hitler anuncia una rigurosa selección y la expulsión de todos los que no se sometan a su voluntad. En el congreso de 1935 (66), confirma: Nuestros efectivos han sufrido una severa depuración (67). En la enorme masa de más de cuatro millones de afiliados, las expulsiones, detenciones e incluso ejecuciones secretas se multiplican. La dictadura ataca en especial a los sub-Führer, a los pequeños Hitler, que, como ras italianos de los años 1923 y 1924, han conseguido hacerse un feudo y apropiarse de una parcela de la autoridad estatal. Numerosos funcionarios subalternos del partido pierden sus cargos. La depuración tampoco perdona a los plebeyos de la alta jerarquía.

Progresivamente, el partido va pasando bajo la tutela del Estado. En noviembre de 1934, se promulga un decreto diciendo que todas las reuniones públicas y todas las manifestaciones del partido (...) tienen que ser aprobadas la autoridad competente (gubernamental). En abril de 1935, el delegado del Führer a la dirección del partido, Hess, declara que de allí en adelante el partido debe de considerarse subordinado al Estado e inclinarse ante la razón de Estado* (68).

El restablecimiento del servicio militar obligatorio, el día 16 de marzo de 1935, corona esta evolución. Las nuevas leyes militares arrebatan a los plebeyos nazis una de sus últimas bases sociales: el servicio del trabajo, que, despolitizado, se convierte en un servicio premilitar, con carácter obligatorio, es decir, en un simple anejo del ejército. La policía verde (policía Goering) se incorpora al ejército. Y el partido pierde también una de las funciones que más le interesaban: la formación de la juventud. Las Hitlerjugend -juventudes hitlerianas- pierden su autonomía, y se convierten en una vasta asociación de preparación militar dependiente del ejército, encuadrada por oficiales y suboficiales. Se proyecta la creación de una nueva juventud, la juventud del Reich, institución estatal, en vez de organización nacionalsocialista (69).

Paralelamente a la evolución del nacionalsocialismo. empieza la fascistización del ejército. Su portavoz, el mayor Foertsch, dice: Ninguna fuerza del mundo podrá destruir la unión que existe entre el ejército y sus diversas organizaciones (70). El nacionalsocialismo, como base del nuevo Estado, es algo intangible para el ejército, que no podrá ser sino nacionalsocialista (71). En todos los cuerpos se estudian los principios del nacionalsocialismo. En febrero de 1934 se decide que los soldados y los marinos llevarán la cruz gamada en sus uniformes. En marzo, se aplica la cláusula aria en el ejército y en la marina. Cuando

muere el viejo Hindenburg (2 de agosto de 1934), el general Von Blomberg no duda en jurar fidelidad a Hitler como jefe del Estado y comandante supremo del ejército, y todos bs los soldados prestan juramento de fidelidad al Führer. Los soldados, suboficiales y oficiales reciben la orden de saludar militarmente a los jefes del partido nacionalsocialista cuando éstos luzcan su uniforme (72). En noviembre del año 1935, la Reichswehr acepta que su antigua bandera de guerra (negra, blanca y roja) desaparezca, y la sustituya otra donde figura la cruz gamada (73). La revolución nacionalsocialista, apoyada en los plebeyos de camisa parda, tiende a parecerse cada vez más a una dictadura militar de tradición prusiana.

3. Sin embargo, en cierto modo, el Estado dictatorial tiene que contar con una base social, satisfacer al menos formalmente a los plebeyos, guardándose contra una amenaza derechista

Hay algo que distingue, no obstante, al Estado dictatorial fascista, en esta fase de su evolución, de las dictaduras de tipo antiguo: el fascismo no puede prescindir por completo de una base social. Para que las masas tengan paciencia, para disimular sus vínculos con el capital, el fascismo tiene que seguir recurriendo a la demagogia, en cierta medida.

Además necesita conservar algunos puntos de apoyo en el seno del pueblo para evitar que se produzcan cristalizaciones independientes. No puede suprimir las organizaciones del partido y de la milicia, no puede prescindir-como dice Gentizon- de un medio de control como ese, que puede penetrar en todas las células sociales, un instrumento que ni el ejército ni la policía podrían reemplazar (…) En un pueblo no vigilado, las más diversas corrientes extremistas (podrían) reconstituirse sin ningún trabajo (74). Otra razón es que la dictadura fascista no puede olvidar que hay un peligro a su derecha. El triunfo del Estado totalitario, la expulsión brutal del antiguo personal político de la burguesía, la fascistización del ejército no impiden que ciertas fuerzas conservadoras tradicionales sigan siendo hostiles al régimen y le ofrezcan una resistencia sorda. Parte de los antiguos políticos burgueses, parte del ejército de la corte o entre quienes rodean al jefe del Estado, han aceptado de mala gana el fascismo, incluso corregido y depurado. Un día, gracias a circunstancias particulares, esas fuerzas conservadoras podrían reaparecer en escena, sobre todo si las ayudan ciertos grupos capitalistas. Hay una amenaza latente, a la que el supremo plebeyo, el dictador, no puede hacer frente más que apoyándose, en cierto modo en su izquierda, en sus plebeyos. Sin embargo, el peligro que viene de la izquierda sigue siendo el mayor, y por eso su política oscila entre límites muy estrechos.

En Italia

A partir de 1932, Mussolini se da cuenta de que su régimen se oxida y se va hundiendo (75), de que ha perdido todo contacto con el pueblo. El partido no es más que una máquina administrativa sin vida alguna. La agravación de la crisis económica exige que la dictadura recree artificialmente una especie de base social, y para esto emplea de nuevo la demagogia.

Además, Mussolini tiene que guardarse de un posible enemigo a su derecha. La liquidación total del partido, como quieren los conservadores nacionalistas, sería la la liquidación de su poder personal y la asimilación del Estado fascista al Estado conservador tradicional (76). Las fuerzas conservadoras no han desaparecido por completo. Aunque el ejército se haya dejado fascistizar, todos sus jefes no aceptan a gusto el régimen fascista. Un viajero que recorre Italia en 1935 escribe: Los oficiales superiores no se entusiasmaron jamás en exceso por el fascismo (...). Pero actualmente, esas viejas divergencias brotan a la superficie y, al menos entre los militares, nadie se toma el trabajo de disimularlas (77). En la alta administración, en la corte, hay muchos que murmuran contra el fascismo.

En caso de conflicto agudo con las fuerzas conservadoras, Mussolini y sus fieles no podrían contar con la milicia desarmada y controlada por el ejército, ni con los carabine ros, que forman parte del ejército, su única arma-eso sí, temible pero insuficiente-es la policía política, la OVRA. Para rejuvenecer su régimen y guardarse a la vez de los conservadores, el Duce necesita apoyarse en la base plebeya del partido fascista.

Hasta estos últimos meses -escribe Gentizon- se manifestaba la tendencia, en ciertos medios, de considerar al partido como un elemento negativo, un peso muerto político. Ahora, por el contrario, las altas esferas parecen concederle un nuevo valor (78). Después de la gran depuración de 1925-1926, sólo se admitía en el partido a los jóvenes procedentes de las organizaciones juveniles. Pero a partir de 1932-1933, las puertas del partido se abren de nuevo. Todos los que no habían estado nunca inscritos pueden ingresar a petición propia, a condición de haber servido al régimen con total pureza de intenciones, es decir, después de una severa selección. Entre octubre de 1933 y fines año 1934, los efectivos del partido se duplican: entra un millón de miembros nuevos. A principios del año XII (28 de octubre de 1934), el secretario general Starace se felicita de que la actividad del partido se haya desarrollado en el sentido de una participación más amplia y más activa en la vida del país, de modo que en vez de seguir siendo una organización cerrada, el partido penetra ahora en todos los terrenos (79). Pero esta brusca afluencia de elementos nuevos hubiera podido *debilitar al partido y estorbar su acción. Para evitarlo, se admite con preferencia a los jóvenes, que no tienen el espíritu revoltoso de los antiguos fascistas plebeyos. Se incrementa también el control sobre el partido, reforzando la disciplina, multiplicando las inspecciones y estrechando las relaciones entre las direcciones centrales y la periferia (80).

Al mismo tiempo se hacen grandes esfuerzos para insuflar un poco de vida al partido, para darle su aspecto revolucionario de antaño. Mussolini habla de ir al pueblo. Recomienda a los funcionarios del partido frecuentar los medios obreros y estar no sólo moralmente, sino también físicamente, con el pueblo, sobre todo en estas horas difíciles. Y añade esta recomendación significativa: En las ceremonias oficiales, nada de traje de etiqueta, sino la sencilla camisa negra de la Revolución. Al poner en marcha el llamado Estado corporativo, exhuma la vieja demagogia revolucionaria y anticapitalista, volviendo a la carga con motivo de la guerra de Etiopía: guerra de los pobres, guerra de los proletarios (81). (Esta) acelerará, en vez de retrasar, la evolución social que se está produciendo en Italia. La revolución fascista es una revolución social (82).

Con todas estas incitaciones, los plebeyos vuelven a utilizar el lenguaje de izquierda. Hay muchos que sobrepasan los estrechos límites de lo autorizado y acaban en las islas Lípari, y se prohíben sus órganos y discursos. En julio de 1935, se suprime la revista de jóvenes fascistas, Cantiere; en noviembre, la socializante, Problemi del Lavoro (83).

Incluso el último episodio de la aventura fascista coincide con este análisis. Mussolini, abandonado en 1943 por el ejército y el rey, tiene que buscar un apoyo en su izquierda. De aquí, su república social. Pero esta concesión demagógica no es más que una fachada. El último avatar del fascismo es esencialmente un régimen policíaco, apoyado en las bayonetas de un ejército: el ejército alemán.

En Alemania

Hitler -aún más que Mussolini - se ve obligado a  guardar ciertas consideraciones con su ala izquierda, a apoyarse en una base social plebeya. Le resulta indispensable engañar a las masas todavía en fermentación y conservar entre ellas ciertos puntos de apoyo. Y, sobre todo, guardarse contra el peligro que le amenaza por la derecha. A primeros del invierno de 1934, los elementos monárquicos se agitan peligrosamente, trabajando por la restauración de los Hohenzollern. El gobierno del Reich disuelve todas las asociaciones monárquicas. A primeros de junio del año siguiente se registra una nueva ofensiva, mucho más peligrosa, ya que proviene de los medios conservadores, que tanto hicieron para preparar el advenimiento del Tercer Reich. 

El 17 de junio, el vicecanciller Von Papen, en persona, en un discurso pronunciado en Marburg, recuerda que el gobierno de Hitler nació el 30 de enero de 1933 de una alianza entre el nacionalsocialismo y las fuerzas conservadoras. Ataca violentamente el principio del Estado totalitario: El sistema de partido único no tiene otra justificación que la de ser necesario para cambiar de régimen, y mientras entra en funciones la nueva élite (...). Sostener que en un país pueda haber ciudadanos con derechos amputados, es volver a la separación que existía en la antigüedad en Esparta entre los espartanos y los ilotas, que fue la causa de la ruina de Lacedemonia.

Estas palabras despertaron la cólera de los plebeyos nazis. Una fracción de la burguesía, después de haberles cedido una parte del escenario político, amenazaba con volvérselo a coger. Goebbels responde con ira: Esa gente que nos critica hoy (...) representa el atraso y la reacción. Pasaremos por encima de ellos. Nosotros somos la juventud de un nuevo Reich, y sólo nosotros representamos ahora a Alemania (84).

La gran burguesía y el ejército exigen la eliminación radical de los plebeyos extremistas. Se les dará satisfacción, pero serán los mismos dirigentes nacionalsocialistas quienes se encargarán de la operación, para no permitir que nadie pueda sacar beneficio sino ellos. En realidad, atacarán en dos frentes a la vez. Hitler, Goering y Goebbels, al mismo tiempo que diezman a sus secuaces de izquierdas, ejecutando a algunos de sus más viejos partidarios, hacen lo propio con algunos de los elementos de las fuerzas conservadoras hostiles al Estado totalitario. Los colaboradores de Von Papen, que redactaron el discurso de Marburg, son asesinados o encarcelados. El mismo vicecanciller hubiera perecido sin la intervención de Hindenburg. Varios generales -Von Bredow, Von Lossow-, terratenientes, monárquicos, miembros del *Herrenklub** -Von Gleichen, Von Alvensleben, Von Wechmar, etcétera- caen bajo las balas de los asesinos.

Lo mismo que el general Von Schleicher, que, al parecer, trataba de recuperar el poder, al margen de las maniobras de Von Papen, con la ayuda de Roehm y de Gregor Strasser y el apoyo de los magnates de la industria química, Sin duda los mismos que le apoyaron a fines de 1932 en su conflicto con la industria pesada (85).

Antes del 30 de junio de 1934, el Führer, no contento con esta represión contra los elementos derechistas, trata de reanimar el ala izquierda de su partido, que acababa de diezmar. Es que la fermentación de las masas le alarma: algunos milicianos licenciados se vanaglorian de haber votado no en el plebiscito del 19 de agosto, y el descontento se expresa hasta en las reuniones públicas del partido.

También algunos de sus colaboradores directos sienten que su posición personal está en peligro: Goebbels, Rosenberg, Darré, Ley, Von Schirach, Streicher, Rust, Frank, pasan algunos meses incómodos, mientras reaparece buena parte del antiguo personal político de la burguesía, detrás del nuevo dictador económico, el doctor Schacht, que nombra jefe suplente de la Cámara económica del Reich al doctor Trendelenburg, ex ministro de la república de Weimar, comisario de precios al Dr. Goerdeler, antiguo colaborador de Brüning, llegando en su desvergüenza hasta tener un consejero personal israelita, el Dr. Goldschmid.

Dentro del ejército, los partidarios fieles del nacionalsocialismo, como el ministro general Von Blomberg y su consejero, el general Von Reichenau, pierden terreno frente a la tendencia adversa, encabezada por el comandante supremo, general Von Frisch. En noviembre de 1934, las conferencias periódicas que se celebran en todas las guarniciones para la educación política de los soldados y suboficiales, se sustituyen por conferencias sobre temas militares (86). En el verano de 1935, el general Von Reichenau y el mayor Foertsch pierden sus puestos en la dirección central del ejército por haber manifestado demasiada simpatía por el nacionalsocialismo (87). El ala derecha militar trata de agrupar a todas las fuerzas conservadoras tradicionales. Encuentra apoyo en ciertos altos funcionarios, que pertenecen a la casta aristocrática, a los que ha respetado la fascistización o incluso que han abandonado el partido nacionalsocialista (88). Protege al Casco de Acero, organización que no ha sido asimilada realmente por los nazis, y en cuyas filas forman los restos del antiguo partido nacional-alemán. Mantiene relaciones, más o menos ocultas, con los grupos monárquicos, cuya actividad marca durante el invierno de 1935 tal recrudecimiento, que Hitler convoca al ex Kronprinz y le afea su conducta (89).

El dirigente nacionalsocialista, que se siente más amenazado es Goering. Entre éste y el ala derecha del ejército hay una lucha a muerte. Los generales no le perdonan haber ejecutado a tres de sus compañeros el 30 de junio, y quieren poder controlar la aviación y la policía, que aquél tiene en sus manos. Goering pretende dominar también el ejército de tierra: quiere ser ministro de la Guerra, y pide la destitución del general Von Fritsch. Pero no consigue lo que quiere, y el 20 de abril de 1936, el ministro de la Guerra, general Von Blomberg, asciende a feldmarschall y quedan bajo sus órdenes los tres jefes de los ejércitos de tierra, mar y aire, ministros los tres: general Von Fritsch, almirante Raeder y general Goering (90).

En caso de conflicto con las fuerzas conservadoras, los dirigentes nacionalsocialistas no pueden apoyarse en las S. A. y S. S., desarmadas, ni en la policía verde, incorporada al ejército. Les queda un arma terrible, pero insuficiente, la Gestapo. Eso explica sus intentos de reanimar a su ala izquierda. Poco después del 30 de junio, en el congreso de Nuremberg, que se celebra el 9 de septiembre de 1934, Hitler sostiene cínicamente que las S. A. siguen siendo más que nunca la fuerza sobre la que reposa el régimen, la organización más poderosa de la historia alemana, tanto que nadie osaría enfrentarse con ella. No olvida amenazar a quienes piensen en quebrantar el Estado totalitario: Tenemos el poder, nadie podrá arrebatárnoslo, y nosotros no lo abandonaremos jamás (91). En noviembre, Goebbels exhorta a los dos mil veteranos de la vieja guardia a darse cuenta de lo que todavía queda por hacer y aludiendo a un regreso del antiguo personal político de la burguesía, dice: Cerremos filas, impidamos la entrada a cualquier elemento extraño (92). El 1 de enero de 1935, Hitler insiste en un mensaje al partido, diciendo que éste es más que nunca el apoyo político efectivo de la voluntad nacional. El 29 de junio de 1935, Goebbels organiza una gran jornada del partido nacionalsocialista de Berlín. Sin olvidar rendir homenaje al ejército, ataca violentamente a los detractores del Estado totalitario, a la burocracia estatal, en la que subsisten o se infiltran elementos reaccionarios: Por todas partes se oye reclamar la supresión del partido (...). Se nos asegura que todo el mundo se ha hecho nacionalsocialista. Lo esperamos así, pero no nos hacemos demasiadas ilusiones (...). El partido es quien mantiene la fe en el país (93). El 18 de julio, los nazis berlineses, cuyo jefe es precisamente Goebbels, obtienen la dimisión del jefe de la policía de Berlín, contraalmirante Von Levetzow, que simpatiza con los reaccionarios y consiguen el nombramiento de un extremista conocido, el conde Helldorf, que tuvo la suerte de escapar de la depuración del 30 de junio. El Angriff anuncia triunfalmente el fin sin gloria de esta reacción (...), que se reúne en ciertos medios y en ciertos salones, y que, gracias a sus relaciones con la burocracia, cree poder poner trabas a la evolución actual (94). El 12 de agosto, Lutze, jefe del Estado mayor de las S. A., pasa revista a 14.000 milicianos, que, por un día, se han vuelto a poner el uniforme y les declara. No dejaremos de revindicar la totalidad del poder. Para que sus tropas no pierdan la paciencia, los jefes nacionalsocialistas utilizan el antisemitismo y el anticatolicismo. En julio de 1935, Goering envía una vehemente circular contra el catolicismo político, y Streicher pronuncia constantemente diatribas contra los judíos.

El congreso de Nuremberg, en septiembre de 1935, se consagra por completo a la satisfacción verbal de los plebeyos: No nos apartaremos una pulgada de los principios fundamentales del nacionalsocialismo (...). La conquista del poder es un proceso que nunca quedará terminado, dice Hitler (95). Añade que no son ni los jefes de la Economía ni los soldados quienes sacaron a Alemania del abismo, sino exclusivamente los soldados políticos del partido. Podrá hundirse todo, pero nuestro partido, jamás. Y exclama con tono inspirado: Yo te saludo, mi viejo S. A.; yo te saludo, mi viejo S. S. Para mí, seguís siendo la vieja guardia de la revolución nacionalsocialista (96).

Es entonces cuando decide que la bandera de la cruz gamada será el único estandarte del Tercer Reich, y se desata en improperios contra las fuerzas conservadoras tradicionales, esos miembros de una estúpida burguesía reaccionaria, que jamás aprenderá nada (97). Poco tiempo después (7 de noviembre) disuelve definitivamente la organización Casco de Acero, así como las viejas corporaciones estudiantiles, focos de oposición aristocrática y reaccionaria. Pero todas estas satisfacciones dadas a los plebeyos son puramente formales e ilusorias: las secciones de asalto siguen desarmadas y en permiso permanente. El poder está en manos del ejército y de la alta burocracia nazi.

Algunos interpretaron la jornada del 4 de febrero del año 1938 como una reacción ofensiva de la izquierda nazi, Cuando el general Von Fritsch y el mariscal Von Blomberg pasaron a la reserva. Interpretación incorrecta, primero, porque aquel episodio fue una revolución de palacio, sin ninguna intervención de la masa de plebeyos nazis, definitivamente condenada al silencio. El conflicto se reduce a la lucha entre ciertos elementos de la alta burocracia nacionalsocialista (Goering y sus amigos) con otros del ala de recha de la Reichswehr (Fritsch y su grupo), que termina no por la victoria de uno de los dos, sino por un compromiso.

Si Von Fritsch y otros catorce generales sospechosos de simpatizar demasiado con la monarquía, pasan a la reserva (98), no hay que olvidar que Von Blomberg, que es en esos momentos el hombre de confianza de los nacionalsocialistas en el ejército, sufre la misma suerte. Es cierto que poco después se introduce el saludo nazi en las fuerzas armadas (99), a lo que se habían opuesto siempre los generales. Pero la autonomía del ejército dentro del Estado totalitario subsiste. Sus nuevos jefes, el general Keitel y el general Von Brauchitsch son militares profesionales educados en el espíritu y la tradición de la Reichswehr. Goering no ha conseguido ser ministro del Ejército. El general Von Reichenau (un hombre del ala nazi dentro del ejército) no ha podido llegar a jefe del Estado mayor general, ni Himmler a ministro del Interior.

En el consejo privado de Hitler sobre política exterior, los representantes militares y los de la alta burocracia nazi están igualados en número. La voluntad de Hitler, sin embargo, logrará convencer a sus generales de entrar en guerra.

Un régimen militar y policíaco no puede evitar cierta dualidad. La fusión entre la alta burocracia del partido y su instrumento, la Gestapo, por un lado, y el Ejército por otro, deja mucho que desear. En los mecanismos del llamado Estado totalitario abundan choques y fricciones, que se agudizarán a medida que la descomposición del régimen se agrave con el curso desfavorable de la guerra mundial. La alta burocracia del partido acabará luchando abiertamente contra el ejército. Las S. S. de Himmler, convertidas en un ejército dentro del ejército, en este período, desempeñarán un papel cada vez más importante, a medida que los jefes militares se alejan de Hitler. Pero ese proceso no significa en ningún caso el desquite de los plebeyos de camisa parda. Los hombres que en 1933 y 1934 soñaban con una segunda revolución, no conseguirán el poder. El fracaso del complot militar del 20 de julio de 1944 colocará en primer plano al siniestro Himmler, pero no a los militantes de base del nacionalsocialismo.

VII. LA VERDADERA "DOCTRINA" FASCISTA

1. La "doctrina" fascista no es más que la vieja ideología reaccionaria

El fascismo vencedor no tiene ya tanta necesidad de esconder su verdadero rostro, e incluso trata de dar un fundamento teórico a su hegemonía con una doctrina. Es cierto que esta doctrina se la podía encontrar, antes de la Conquista del poder, en los escritos y discursos de sus jefes, pero disuelta en la fraseología anticapitalista. Pero ahora que la demagogia pasa a segundo plano, vemos mejor que la doctrina fascista es una vieja conocida, hermana gemela de la filosofía reaccionaria del antiguo régimen feudal, clerical y absolutista.

Se trata precisamente de la misma filosofía que la burguesía, en el alba de su reinado, combatió enérgicamente. Al dogma pesimista de la caída del hombre, aquélla opuso entonces la idea del progreso indefinido; al conocimiento revelado, la razón y el pensamiento libre; al principio aristocrático, al Estado Moloch, el gobierno de las masas y la democracia; a la fuerza brutal, el derecho.

Pero llega un día en que la burguesía, como dice Marx, se da cuenta de que todas las armas que ha forjado contra las ideas feudales se vuelven contra ella, que todos los medios de instrucción que ha imaginado se alían contra su propia cultura, que todos los dioses que ha creado le vuelven la espalda, en que se da cuenta de que todo lo que se han llamado libertades burguesas u órganos del progreso ataca y pone en peligro su dominio de clase (1).

Conmovidos sus cimientos por la crisis del capitalismo, no pudiendo salvar sus beneficios más que destruyendo las instituciones democráticas y exterminando brutalmente al proletariado organizado, la burguesía rechaza la ideología que utilizó para vencer al absolutismo. Más aún: se apodera de la ideología absolutista, niega el progreso, ridiculiza la razón, niega a las masas el derecho a gobernar y pisotea la democracia. Ahora es ella la que invoca el principio aristocrático y la razón de Estado, rehabilitando la violencia. Nada tiene de extraño que aquellos pensamientos reaccionarios, autores de los más elocuentes anatemas contra las ideas de la Revolución francesa, la democracia y el liberalismo, se conviertan en los maestros de la burguesía decadente. El fascismo europeo toma su doctrina de lo que Louis Dimier llamaba los maestros de la contrarrevolución (2). Representamos la antítesis (...) del mundo de los inmortales principios de 1789 (3), una reacción contra el movimiento de los ilustrados del siglo XVIII y de la Enciclopedia (4), dicen los fascistas italianos. Y los nacionalsocialistas: El año 1789 desaparecerá de la historia (5). Queremos destruir la ideología inmoral de la Revolución francesa (6).

2. El fascismo niega el progreso

Contra las bastillas del absolutismo, la burguesía empleó antaño la idea de progreso como un ariete. La Antigüedad y la Edad Media se basaron en la idea de la corrupción, de la decadencia del género humano, en el dogma de la caída del hombre. Para ellas, la humanidad, perfecta al salir las manos de Dios, se había hundido, debido al pecado original, en la corrupción y en el mal. El hombre nace ya malo inevitablemente. El régimen político, económico y social ha sido impuesto por Dios, y el hombre debe de aceptarlo sin discusión y sin tratar de enmendarlo. A esta doctrina pesimista, justificación cómoda de la tiranía y de la miseria, la burguesía opuso la idea del progreso indefinido: la edad de oro no está en el pasado, sino ante nosotros: la humanidad es perfectible y se eleva en un proceso constante de la miseria al bienestar, de la ignorancia a la ciencia, de la barbarie a la civilización. Los grandes descubrimientos de la segunda mitad del siglo XVIII, el nacimiento del maquinismo y de la industria moderna dieron al ideal del progreso su justificación: la joven burguesía industrial llegó a creer que los nuevos medios de producción que había inventado eran capaces de asegurar a la humanidad la mejora indefinida de su suerte. Este era el optimismo simplón de los burgueses saintsimonianos como Michel Chevalier.

Pero llega un día en que la idea de progreso se vuelve contra la burguesía. Las fuerzas productivas, a modo y medida que prosigue su desarrollo vertiginoso, entran en conflicto con el régimen de la propiedad privada, que cesa de ser progresivo, y que lejos de asegurar a la humanidad el bienestar prometido, engendra el paro y la miseria. Entonces la burguesía cesa de creer en el progreso y hace, de los pensadores que negaban el progreso, sus maestros.

El fascismo italiano utiliza las diatribas contra el progreso de un teórico del sindicalismo y filósofo reaccionario: Georges Sorel. Este ensayista, ambivalente y original, escribió todo un libro para demoler precisamente las Ilusiones del progreso. Sorel detesta, sobre todo en la idea de progreso, su facilidad. Quiere que el hombre esté siempre presto a combatir y no ocupado en un dolce farniente, la felicidad en la tierra. Pero en el fondo, niega el progreso mismo. En 1913 confía a un amigo: El progreso es sólo una apariencia (...). La idea de progreso es una idea ingenua que la historia de la humanidad desmiente (7). Mussolini, discípulo de Sorel, rechaza también la idea del progreso: El fascismo rechaza el mito del bienestar y del progreso indefinido (...). No cree en la posibilidad de la felicidad en la tierra, como dicen los economistas del siglo XVIII. Por eso condena también las concepciones teleológicas, según las cuales, en un cierto momento de la historia, el género humano llegará a alcanzar una organización definitiva (8).

El fascismo es enemigo de la razón

Otra de las armas de la burguesía ascendente fue la razón. Al conocimiento revelado sustituyó el libre ejercicio de la inteligencia, la primacía del buen sentido. Pero hoy esta arma se vuelve en contra suya. EI uso de la razón, del análisis científico, minan las bases de su dominio, condenan el modo de producción capitalista y sólo recurriendo a lo irracional puede prolongar su reinado. El hombre debe renunciar a dominar el mundo y sentirse subyugado por él como por un fenómeno místico-la expresión es de Edouard Berth (9); su inteligencia debe estar dispuesta a abdicar ante todas las fuerzas instintivas, a dejarse arrebatar por un movimiento cualquiera en vez de tratar de razonar y de comprender; debe de estar dispuesta a seguir al primer charlatán o al primer hacedor de milagros o de mitos que llegue, dispuesta a buscar una solución a sus sufrimientos no en una acción racional, sino en la fe ciega por un Duce o por un Führer.

En Italia

El fascismo italiano utiliza-forzándolas un poco-las teorías de Sorel. Este detesta el racionalismo moderno, considera que Descartes es charlatanesco y le opone a Pascal, el creyente (10). Pascal-dice- ha vencido a Descartes (11). Y su discípulo Edouard Berth añade: Vencer a Descartes es vencer al racionalismo, a ese intelectualismo moderno (...) que fue inventado para destruir las creencias cristianas y sustituir a la religión por una concepción científica del mundo, que es la cosa más tonta y vulgar que se ha podido inventar a lo largo de los siglos (12). Sorel opone la intuición-como Bergson- a la razón; quiere llenar la imaginación popular con mitos, utilizar conjuntos de imágenes capaces de evocar en bloque y sólo por intuición, antes de cualquier análisis reflexivo, la masa de sentimientos. Estos mitos no es necesario que se conviertan en realidad: Puede incluso que nada de lo que encierran se produzca* (13).

Enemigo de la razón, el fascismo se proclama también un movimiento, una intuición que se resume en una visión o en una fe (14), un mito, le llama también Mussolini, que añade, en la más típica jerga soreliana: No es necesario que sea una realidad (15).

De aquí a rebajar la inteligencia no hay más que un paso: Mussolini -confiesa Volpe- extendía entre quienes le rodeaban una especie de intolerancia casi de desprecio hacia los intelectuales (...). Es lógico que esta actitud degenerase entre sus adeptos en un auténtico desprecio por la cultura, que manifestaba con grosera ironía. No faltaron las manifestaciones de una ironía grosera, un desprecio total por la cultura y sus representantes (16). En uno de sus discursos dice Mussolini: El siglo del fascismo verá el fin del trabajo intelectual, de esos intelectuales infecundos y que son una amenaza para la nación (17).

En Alemania

El nacionalsocialismo encuentra en Oswald Spengler una filosofía similar. Como Sorel, el autor de La Decadencia de Occidente se burla del racionalismo, del conocimiento natural irreligioso de la ciencia crítica, que se atreve, llena de orgullo, a entrar en conflicto con la religión y pretende dominarla, cuando en realidad la ciencia es un fenómeno de decadencia. Como Sorel, opone la intuición a la razón, la potencia mítica del alma, esa capacidad de un alma para llenar su mundo de símbolos.

El nacionalsocialismo sustituye a la razón por un vago misticismo de la vida y un dinamismo bastante difícil de definir (18). Hitler es el adelantado del dinamismo alemán, declara gravemente un profesor (19). Rosenberg propone mitos nebulosos a nuestro siglo: mitos de la Tierra y de la Sangre (20).

Los nazis rechazan furiosos el racionalismo, la lección de la razón que quiere reconocer sólo la inteligencia y el cerebro (...) como conductores de los destinos del pueblo (21). Goering afirma que los verdaderos jefes no tienen ninguna necesidad de cultura y de ciencia (22). Hitler Compara los intelectuales a las reinas que viven a costa de las abejas obreras (23). Y un personaje del drama Schlageter dice esta frase, que se atribuye también a Goebbels: Cuando oigo hablar de cultura saco la pistola (24).

4. El fascismo está en contra de la democracia

Una vez vencido el absolutismo, a burguesía instauró la forma de gobierno que se adaptaba mejor a su misión histórica. La libre competencia, el laisser faire, laisser passer eran condición indispensable para el progreso del capitalismo. El liberalismo político, la democracia parlamentaria, eran la consecuencia del liberalismo económico. Pero llega finalmente el día en que la libertad y la democracia son incompatibles con el dominio de la burguesía. A la era de la libre competencia sucede la del capitalismo monopolista. Como hemos visto, los magnates capitalistas necesitan, para salvar sus beneficios, amenazados por la crisis, el apoyo del Estado. Necesitan que el Estado autoritario sustituya al Estado democrático. Entonces la burguesía pisotea con rabia sus antiguos ídolos, y los teóricos reaccionarios de la antidemocracia se convierten en sus maestros.

En Italia

El fascismo italiano se inspira a la vez en Sorel y en Maurras. En la obra de Sorel se respira un verdadero odio por la democracia. En su libro L'Avenir socialiste des syndicats () (1898), escribe: El gobierno por el conjunto de los ciudadanos ha sido siempre una ficción. Pero esta ficción [es] la última palabra de la ciencia democrática. Este hombre de gabinete rinde un culto de maniático al heroísmo, y reclama constantemente tremendas luchas capaces de procurarle emociones intensas. El inmundo charco democrático, la práctica de la paz social le privan de esas sensaciones. En ese pantano los dos adversarios, burguesía y proletariado, se van hundiendo lentamente a fuerza de concesiones. Hay que sacarles de su letargo. Sorel juega en los dos tableros. Por un lado pone en guardia al proletariado contra los peligros de la paz social, y al mismo tiempo se dirige también a la burguesía, incitándola a pegar fuerte, a reforzar su dominio: El día que los patronos se den cuenta de que no tienen nada que ganar (...) con las obras de la paz social o de la democracia, hay alguna posibilidad de que recobren su antigua energía (...). Todo se puede salvar si [el proletariado] consigue comunicar a la burguesía algo de su energía. Aconseja apalear a los oradores demócratas, y llega a invocar la dictadura, deseando que una gran guerra con el extranjero nos traiga al poder hombres con voluntad de gobernar* (25).

Esta singular teoría encontró, como era de esperar, más ecos entre la burguesía que entre el proletariado. Este no se engaña sobre el valor de la democracia burguesa, pero no desprecia las libertades democráticas, que son la condición indispensable para su emancipación.

La burguesía, por el contrario, escucha con satisfacción los consejos de Sorel. En 1910, Paul Bourget estrena una innoble obra antiobrera, La Barricade, cuya idea, según dice, se inspira en Sorel. Este, en vez de rechazar tan comprometedora paternidad, declara en una entrevista: Me sentiría feliz si su gran talento [el de Bourget] convenciera a la burguesía de que tiene que armarse, defenderse y abandonar definitivamente, frente al valeroso ardor de su adversario, su culpable y poco gloriosa resignación (26).

Y muy pronto, Sorel, que no ha conseguido convencer al proletariado, juega ya solo en uno de los dos tableros: el odio que siente por la democracia le lleva a la extrema derecha. Sus discípulos fundan con los monárquicos los Cahiers du Cercle Proudhon y adoptan esta plataforma común: Es absolutamente necesario destruir las instituciones democráticas (27). Georges Valois, inquietante camaleón, explica así su adhesión a Action Française: A Sorel debo mi dirección definitiva. Él nos arrancó definitivamente de la democracia (28). Los discípulos italianos de Sorel siguen exactamente la misma evolución, y el odio por la democracia les lleva al fascismo: Es a Georges Sorel-dirá Mussolini-a quien más debo (...); él fue quien fortaleció las tendencias antidemocráticas de mi naturaleza (29).

El odio por la democracia es también la pasión dominante de Charles Maurras. Ponemos al cielo por testigo -escribe el autor de Enquête sur la Monarchie- de la vivacidad de nuestro odio por la democracia y por el principio, absolutamente falso, de la soberanía del número (30). No hay un solo ejemplo en la historia de una buena iniciativa adoptada por mayoría* (31). Para Maurras, las masas son incapaces de gobernarse solas.

Las dos corrientes, la de los antiguos sindicalistas italianos, discípulos de Sorel, y la de los nacionalistas de la Idea Nazionale, discípulos de Maurras, se reúnen y funden en el fascismo. El fascismo es la antidemocracia (32) por excelencia. Mussolini se burla con acentos sorelianos de esa costumbre democrática en la que todo debe de ser gris, mediocre (33). Se niega a adorar la nueva divinidad, la masa (34). En el siglo XVIII se pretendió que el poder es una emanación de la libre voluntad del pueblo, pero el pueblo es una abstracción (35). El fascismo niega que el número, por sólo ser el número, pueda dirigir la sociedad humana (36). Las masas son incapaces de tener espontáneamente una voluntad propia (37).

En Alemania

El nacionalsocialismo se inspira, sobre todo, en Oswald Spengler. El autor de La Decadencia de Occidente es también un adversario mortal de la democracia, a la que odia por considerarla el régimen de las masas. Considera a éstas como una vil plebe, y le parece que no merece la pena preocuparse por su bienestar, su progreso moral o material (38). Se alegra de que a la democracia no la queden muchas victorias que celebrar, y espera que pronto la destruirá el cesarismo, reemplazándola un poder completamente personal, que se acerca lenta e irresistiblemente (39).

Su discípulo, Goebbels, escribe: La masa era para mí un monstruo oscuro (ein dunkles Ungeheuer). El nacionalsocialismo no adora ciegamente, como los partidos demo crático-marxistas, la masa y el número (40). Numerosos valores-dice Roehm- que son sagrados para la democracia (...), están desmonetizados en la nueva Alemania (...); la igualdad absoluta de todos los que presentan un rostro humano, la divinización de la voluntad mayoritaria y del número (41). Y Moeller van den Bruck: Las masas se dan cuenta perfectamente de que no pueden dirigirse ellas mismas (42).

5. El fascismo saca a relucir el viejo "principio aristocrático"

Como las masas no pueden gobernarse por sí solas, han de serlo por una minoría de hombres a quienes la naturaleza ha conferido capacidades excepcionales, por una minoría de jefes. Para justificar la dictadura fascista, la burguesía exhuma el viejo principio aristocrático derrocado por sus antepasados.

En Italia

Este principio, los fascistas italianos lo encuentran también en Sorel y en Maurras. Sorel tiene una mentalidad aristocrática que no cree sino en la virtud de las minorías. Su interés por el sindicalismo revolucionario se debe a que cree encontrar en él un nuevo modo de selección (43) o, como dice Maurras, una doctrina esencialmente aristocrática, a pesar de sus lazos provisionales con la democracia (44), y porque creyó ver en las élites sindicalistas el embrión de una nueva aristocracia. Casi no vale la pena señalar la diferencia que hay entre esta concepción y la del sindicalista obrero. Este es un demócrata (en el verdadero sentido de la palabra) y no un aristócrata; no trata de diferenciarse de la masa. Sabe que ésta tiene una cierta inercia y que por eso sus mejores elementos han de actuar en su seno como un fermento, pero siendo siempre, como dice Marcel Martinet, la emanación directa de la masa, constante y fraternalmente controlada por ella (45). Por el contrario, tanto Sorel como Maurras quieren que las minorías aristocráticas impongan su ley a las mayorías inertes, indiferenciadas y torpes. A las minorías corresponden la virtud, la audacia, la potencia y la concepción (46).

Mussolini explota a fondo esta idea esencialmente reaccionaria y exalta también el papel de las minorías audaces. Pretende que en el movimiento obrero nunca ha habido más que minorías (47). Hay que sentirse en la sangre la aristocracia de las minorías, leemos en el Vademécum del fascista italiano. Esto significa que una minoría aristocrática debe de imponer su voluntad a la masa, si es necesario, obligándola con la violencia (48). La masa, es cribe Rocco, tiende a hacer lo que quieren algunos elementos dominadores (49). Malaparte lleva esta idea a últimas consecuencias: El pueblo necesita tiranos (50).

En Alemania

El nacionalismo encuentra fórmulas de este jaez en Nietzsche, cuyos textos saquea y adultera, con la complicidad de su hermana. El autor de la Genealogía de la Moral exalta la terrible y encantadora consigna de la prerrogativa del menor número. Tanto mejor si, a lo largo de la historia, una minoría de amos, nacidos de las razas aristocráticas y conquistadoras, han subyugado siempre a la plebe vil. Hitler deduce, a su manera, que todo lo extraordinario que se ha hecho desde que el mundo es mundo ha sido obra de las minorías (51). Para gobernar a las masas es necesario que haya por encima de ellas una élite, una aristocracia natural, cuyo derecho a mandar se basa en su superioridad racial (52).

6. El fascismo resucita el Estado-Moloch

Pero por encima de los jefes está el Estado, el Estado omnipotente, el Estado-Moloch. Idea vieja también. El Estado-rey, el Estado-Dios es, como escribe Gentizon, la característica más profunda de todo Estado cesarista, de toda dictadura (53). Al principio de su reinado la burguesía capitalista exigía al Estado manifestar lo menos posible existencia, y refutó victoriosamente el bárbaro concepto del Estado-Moloch. Pero en su época de decadencia necesita un Estado fuerte. Por eso vuelve sus ojos al Estado de Hobbes, verdadero dios mortal; al Estado de Hegel, cuyo fin no es sino él mismo, y para el cual, al contrario que para Stirner, el individuo no es nada; el Estado de Treitschke, que no ha de pedir al pueblo que consienta, sino que obedezca* (54).

En Italia

El Italia fascismo italiano profesa una verdadera estatolatría, como dice el Papa Pio XI (55). Para el fascismo -escribe Mussolini-, el Estado es el absoluto ante el cual los individuos y los grupos sólo son relativos (...). Individuos y grupos sólo pueden concebirse dentro del Estado(...). El Estado ha llegado a ser la verdadera realidad del individuo (...). Para el fascista todo está en el Estado, y nada humano o espiritual existe o tiene valor fuera del Estado (56). Para Rocco, la libertad individual es solamente una concesión del Estado al individuo (57).

En Alemania

El nacionalsocialismo no le cede en nada al fascismo italiano. Lo primordial para nosotros-declara Goering- no es el individuo (...). La única cosa importante es: el Estado nacionalsocialista está por encima de todo (58). La razón de Estado es el concepto fundamental del derecho nazi. El individuo debe desaparecer frente al Estado, cuya existencia, desarrollo y perennidad declaramos superiores (59). El cardenal Faulhaber critica esta concepción, según la cual el individuo es un cero a la izquierda y un esclavo sin ningún derecho, ese Estado absoluto en medio cual el individuo se pierde como una gota en el océano* (60).

7. El fascismo rehabilita la violencia

Al principio de su ascenso, la burguesía negó la legitimidad de la violencia, el derecho del más fuerte, viejas naciones bárbaras propias de las primeras edades de la humanidad y sobre las cuales reposaba aún la sociedad sociedad feudal y absolutista. Los filósofos del siglo XVIII oponen a la fuerza el derecho: los conflictos entre los hombres no deben resolverse por la fuerza, sino regularse por medio contratos. Rousseau refuta el supuesto derecho del más fuerte y afirma que la fuerza no crea la ley (61). En realidad, bajo la máscara del derecho, la burguesía, clase dominante, reina por la fuerza. Pero como no tiene necesidad de exhibirla demasiado, encuentra cómodo disimularla bajo la ficción del derecho.

Pero llega un día en que ve que no puede salvar sus beneficios amenazados sino exterminando al proletariado organizado, gobernando por el terror. Entonces exhuma las viejas nociones de las épocas bárbaras, rehabilita la violencia, vuelve a los apologistas reaccionarios de la violencia.

Estos fanáticos transponen del terreno de la biología al de la sociología, falsificándolos, los descubrimientos de Darwin. El gran naturalista descubrió que el desarrollo de las especies está sometido a la ley de la selección, y que es siempre el más apto el que sobrevive en la naturaleza. Aquéllos reemplazan el más apto por el más fuerte (62). Y decretan que los hombres, como las especies animales, tienen que competir en una feroz lucha por la vida; que los más fuertes deben exterminar a los más débiles, y que una lucha sangrienta es la condición imprescindible de la evolución del mundo. Nietzsche exalta la voluntad de poderío, la preeminencia fundamental de las fuerzas de un orden espontáneo, agresivo, conquistador, usurpador, transformador. Se burla de aquel sueño de Rousseau de que un contrato pueda ser el origen del Estado. El Estado es la creación de una raza de conquistadores y de jefes cuyas garras formidables se han abierto paso a través de una población inferior (63).

Para Treitschke, la fuerza es el principio mismo del Estado; el Estado es la fuerza (64). Georges Sorel, que ama la violencia por la violencia, proclama que la violencia es moral. Lamenta que la introducción de los principios de 1789 en la legislación, al civilizar el derecho, le hayan envilecido. Lanza sus diatribas contra la educación democrática, dirigida con el fin de atenuar de tal modo nuestras tendencias violentas que hemos llegado a pensar instintivamente que todo acto de violencia manifiesta una regresión a la barbarie (65). Aconseja el uso de esta violencia al proletariado y a la burguesía. Para el proletariado no tiene ningún atractivo semejante teoría, pues no ama la violencia por la violencia. Desde un punto de vista ideal podría decirse que el proletariado se opone a cualquier forma de violencia (Lenin) (66). Para él, la violencia no es una cuestión de ética y no cree que la violencia en sí sea regeneradora, ni quiere una sociedad basada en el derecho del más fuerte. Si recurre a la violencia es porque no existe ningún otro medio de vencer la violencia del enemigo, de liberar a la humanidad del principio de la violencia, de instaurar una sociedad sin clases, una sociedad de productores y no de guerreros, una sociedad de la que todo vestigio de barbarie y toda forma de opresión haya desaparecido.

Por el contrario, la teoría soreliana de la violencia es muy apta para la contrarrevolución. Simplificada groseramente, se presta a legitimar las formas más brutales de dominación.

En Italia

Mussolini, en un estilo soreliano, proclama el valor de la violencia (67), y afirma: La violencia es perfectamente moral (68). Durante casi toda mi vida he hecho la apología de la violencia (69). La lucha es el origen de todas las cosas (...). La lucha estará siempre en el fondo de la naturaleza humana como una suprema fatalidad. Además, es bueno que así sea. El día en que no haya ninguna lucha será un día de melancolía, de fin, de ruina (70). El hombre no se revela de verdad sino en el esfuerzo sangriento (71).

En Alemania

Hitler celebra también la eficacia victoriosa de la violencia. La humanidad ha crecido en un eterno combate; en la paz eterna degeneraría (...). La naturaleza aniquila a los débiles para dejar sitio a los fuertes. Exalta el derecho del más fuerte, ese derecho que en la naturaleza es el único posible, el único razonable, y se vanagloria de utilizar todas las armas, incluso las más brutales (72).

Así es como una clase social culta, que presume de respetabilidad, encarnada por un anciano caballero al que honra todo un pueblo, termina por confiar el poder a los más siniestros canallas de la historia.

1En la antigua Roma, algunos magistrados iban precedidospor oficiales llamados *lictores, que llevaban como símbolo de su poder una varas de abedul atadas, formando un haz en torno a un hacha. En el vocabulario político moderno italiano, se llamaron fascio (plural de fasci) a diversas ligas de acción política y social, de tendencias avanzadas en la mayoría de los casos. Fue cuando Mussolini se apropió de la palabra.

2A partir de julio de 1919, Fiume quedó en manos de una comisión militar internacional.

3 Confederazione Generale del Lavoro.

* Hay que precisar que Proudhon consideraba que gran industria moderna debía socializarse y que los trabajadores asociados se encargarían de su autogestión.

* Círculo aristocrático conocido por sus opiniones reaccionarias.

VIII. EL FASCISMO CONTRA LA CLASE OBRERA

1. El Estado fascista destruye los sindicatos, paraliza la resistencia obrera

Los magnates capitalistas han logrado sus objetivos: por fin disponen del Estado fuerte que deseaban. Por una serie de medidas sociales y económicas, el Estado fascista se va a Ocupar de elevar sus beneficios, de hacer rentables sus empresas. Esta acción se ejerce, en primer lugar y esencialmente, contra la clase obrera. El Estado fascista empieza por crear las condiciones que permitirán el hundimiento de los salarios: destrucción de los sindicatos obreros, supresión de sus secciones de fábrica, abolición del derecho de huelga, anulación de los contratos colectivos, restablecimiento del absolutismo patronal en el seno de la empresa. Pero esto no es más que la primera parte del programa. Además hay que impedir toda cristalización independiente en el seno de las masas obreras en el futuro. El Estado fascista pone toda su autoridad al servicio de los patronos: encierra a los trabajadores en organizaciones de vigilancia policíaca, cuyos jefes, nombrados por las autoridades, escapan a todo control de los cotizantes, aunque sigan llamándose, cínicamente, representantes de los trabajadores; castiga severamente toda tentativa de huelga: luchar contra el patrono es como luchar contra el Estado, que para evitar todo conflicto de trabajo ejerce obligatoriamente su arbitraje, es decir, disfraza de sentencias arbitrales las voluntades patronales, convirtiendo así en enemigo del Estado a todo el que se niega a acatarlas. Por último, sanciona con su autoridad los salarios que los magnates quieren pagar a sus explotados: no aceptar esos salarios es desobedecer al Estado.

En Italia

La destrucción de los sindicatos obreros empezó mucho antes de que el fascismo llegara al poder, por eso tenemos que volver un poco atrás. El fascismo atacó, en primer lugar, al sindicalismo rural, más vulnerable que el de los obreros industriales. Empezó devastando los locales de las ligas rojas y de las cooperativas de trabajadores agrícolas, asesinando a los militantes responsables de dichas organizaciones. Al mismo tiempo se fundan los sindicatos fascistas, patrocinados por los grandes terratenientes. Mussolini lo explicará más tarde así: Cómo nació el sindicalismo fascista? Fecha de nacimiento: 1921. Lugar: el valle del Po. Circunstancias: la conquista y destrucción de las fortalezas revolucionarias (1). Se emplean todos los medios de presión para obligar a los trabajadores a afiliarse a los sindicatos fascistas. Los propietarios no dan trabajo a más jornaleros ni tratan con más aparceros que con los que pertenecen a ellos. Los bancos no conceden créditos sino a los labradores que están afiliados a las organizaciones fascistas (2). De otras provincias del país llegan parados fascistas escoltados por una escuadra. Entonces los propietarios de la región ignoran la oficina sindical de colocación, rompen los contratos de trabajo, sin temor a ninguna huelga, pues tienen a su disposición a los parados inmigrados para reemplazar a la mano de obra local... De este modo rompen los fascistas los sindicatos rojos (3). En algunos lugares donde la idea socialista y cooperativista está sólidamente arraigada, la resistencia es tenaz y dura años enteros (4).

Pero poco a poco, los trabajadores de la tierra, condenados a morir de hambre si no ceden a las exigencias de sus patronos, se resignan a entrar en los sindicatos fascistas, unos individualmente, otros en bloque. Hacían -cuenta Gorgolini- un paquete con los carnets, los libros de actas y las banderas e iban en formación a depositarlos en la sede del fascio más cercano (5).

Pero es, sobre todo desde el poder, como el fascismo ataca a los sindicatos de trabajadores industriales. A raíz de la Marcha sobre Roma, los fasci locales consiguen en muchos sitios hacerse con las listas de los obreros sindicados, les reúnen y les aconsejan, entre amenazas, afiliarse a los sindicatos fascistas. Los que conservan el carnet de un sindicato rojo son apaleados o pierden su empleo. Los patronos y las oficinas de colocación rechazan a los obreros que no llevan el carnet sindical fascista. En algunos casos, los mismos industriales apuntan a todo su personal a los sindicatos fascistas y retienen las cotizaciones de los salarios. Rossi, en su libro sobre el Nacimiento del fascismo, cuenta cómo ayudó al fascismo la dirección de las grandes Acerías de Terni a destruir los sindicatos rojos. A partir de julio de 1922, las fábricas cerraron por falta de pedidos. Los sindicatos rojos consiguieron que la dirección se comprometiera a abrirlas el 1 de septiembre. Pero llegó aquel día y no sonaron las sirenas. Los fascistas llegaron en gran número a la ciudad y empezaron a recorrer las calles, llamando embusteros a los socialistas, que habían prometido a los obreros la reapertura de las instalaciones e incendiaron dos centros sindicales. En cuanto los fascistas se hicieron dueños de la calle, la dirección anunció la reanudación del trabajo y que a partir de entonces sólo trataría con los sindicatos fascistas. Desde agosto de 1923, el Gran Consejo fascista entró en relación con la Confederación General de la Industria (asociación patronal), invitándola a mantener un contacto permanente con los sindicatos fascistas. En diciembre se firma el acuerdo del palacio Chigi, que consagra el reconocimiento oficial de los sindicatos fascistas por los patronos. La Confederación patronal y la sindical fascista nombraron una comisión mixta permanente destinada a armonizar la política de ambas asociaciones. A partir de entonces, los sindicatos fascistas empiezan a apoderarse de todo el patrimonio de los sindicatos obreros, con el apoyo de la ley. Un decreto-ley del 24 de enero de 1924 permite a los gobernadores provinciales revocar a los administradores de aquellas organizaciones y nombrar unos comisarios encargados de liquidar sus bienes después de la disolución. En cuanto consiguen reunir en una ciudad a un cierto número de tránsfugas del sindicato obrero, el sindicato fascista rival reivindica y obtiene el patrimonio del antiguo sindicato: inmuebles, fondos en caja, etc. (6). Pero esta táctica no consigue todo el éxito apetecido. Pues mientras subsiste una libertad sindical y la CGL sigue teniendo existencia legal, los sindicatos fascistas, a pesar de todos los medios de presión, no progresan entre los trabajadores industriales. En todas las elecciones para comisiones internas de fábrica, las listas fascistas quedan literalmente sumergidas bajo un alud de votos rojos (7). En marzo de 1925, cuando el sindicato de los obreros metalúrgicos de Brescia, manejado por los fascistas, lanza una orden de huelga, sólo responde un 20% de los obreros, que seguirán mayoritariamente dos días después la consigna de huelga de la federación de obreros metalúrgicos (FIOM). Por eso los fascistas tienen que recurrir a la coacción. Cuando empieza la dictadura totalitaria, en 1925, lo que subsiste aún de los sindicatos obreros queda definitivamente suprimido. El acuerdo del 2 de octubre, firmado en el palacio Vidoni, entre la Confederación general de la Industria y los sindicatos fascistas, reconoce a éstos un monopolio exclusivo para concluir contratos de trabajo. Al mismo tiempo queda abolido el derecho de huelga y se suprimen las comisiones internas de fábrica. En noviembre se disuelven todas las bolsas de trabajo, sindicatos y federaciones subsistentes y se confiscan sus bienes, Por último, a fines de 1926, la CGL, que no tenía ya más que una existencia nominal, desaparece definitivamente. Ahora ha llegado el momento de tomar las precauciones para el futuro. Cómo paralizar la resistencia obrera una vez liquidado el sindicalismo?, se pregunta Kérillis en su Encuesta en la Italia fascista (8). Esta será la labor de los sindicatos fascistas, convertidos en órganos de disciplina política (9). Se distribuye a los trabajadores en una serie de departamentos profesionales (10), dentro de los cuales toda actividad puede controlarse y ahogarse toda actividad. Por la ley del 3 de abril de 1926 (11), los sindicatos fascistas reciben la confirmación de su monopolio de la representación sindical. Pero de sindicatos no tienen más que el nombre. El sindicato fascista no posee ningún derecho, ni siquiera el de designar libremente a sus representantes. Por ejemplo, los tipógrafos romanos eligen, en lugar del consejo saliente, a los antiguos dirigentes de la época prefascista; inmediatamente les sustituye un comisario del gobierno con plenos poderes (12). Estos supuestos sindicatos no son sino unos órganos más de la administración del Estado. Mussolini dice en un discurso, pronunciado el 11 de marzo de 1926: El sindicalismo fascista es un poderoso movimiento de masa completamente controlado por el fascismo y por el gobierno, un movimiento de masa que obedece. Los jefes sindicales son, según confiesa Rossoni, camisas negras designados por el gobierno para conducir los sindicatos (13). Cuando se reúnen de tiempo en tiempo los sindicatos, las federaciones o las uniones provinciales, en sesiones de información o en congresos, no se tolera ninguna discusión. Un obrero escribe al diario L'Universale, de Florencia: En realidad yo, que estoy regularmente inscrito al sindicato de mi industria, no he tenido jamás la posibilidad de entrar en contacto con la organización, de discutir en las asambleas ni de expresarme libremente (14). La adhesión a estos sindicatos es oficialmente voluntaria. Pero en realidad, los obreros que no forman parte de un sindicato tienen que pagar las cotizaciones sindicales y quedan obligados a observar las condiciones de trabajo y los salarios fijados por ellos de acuerdo con los patronos. Además se emplean todos los medios de presión imaginables para obligar a los obreros a afiliarse: un parado, por ejemplo, no tiene ninguna posibilidad de encontrar un trabajo o de cobrar un subsidio si no puede exhibir el carnet sindical. Recíprocamente, el Estado fascista puede expulsar de los sindicatos, es decir, privar de su único medio de vida a cualquier obrero. La ley prevé que los estatutos de los sindicatos deben indicar el órgano al que corresponde el poder disciplinario sobre sus miembros convictos de indignidad moral o política. Pero el fascismo no se contenta con militarizar a los trabajadores en sus organizaciones amarillas, sino que además castiga severamente toda veleidad de independencia de los obreros. La huelga, sobre todo, está considerada como un crimen contra la colectividad social, y como tal penada con multas de hasta 1.000 liras y cárcel de uno a tres años, salvo los cabecillas que pueden sufrir condenas de tres a siete años. En los contratos de trabajo firmados por los sindicatos fascistas con el visto bueno del Estado, los deberes de los asalariados ocupan más espacio que los derechos. Por ejemplo, en el de los obreros de la construcción hay doce artículos dedicados a la disciplina. Este contrato recuerda a un reglamento militar: Todos los obreros dependen de su jefe inmediato siguiendo el orden establecido por la jerarquía (15). La ley del 16 de agosto de 1935 somete a todo el personal de las fábricas relacionadas directa o indirectamente con la industria de guerra a la disciplina y al código militares. El obrero que falte injustificadamente cinco días se le considera desertor y puede pasarse de dos a nueve años en la cárcel. Toda infracción a la disciplina, toda insubordinación o violencia hacia los dirigentes técnicos son castiga das con penas de seis meses a nueve años de prisión; toda obstrucción o sabotaje, con uno a cinco años. En 1938 hay 580.000 obreros militarizados en las industrias que trabajan para la defensa nacional regidos, por lo tanto, por esta ley (16). El Estado fascista resucita la cartilla de trabajo por un decreto-ley del 30 de junio de 1934. En este documento las autoridades declaran si la conducta de su titular es o no satisfactoria desde el punto de vista nacional, y el patrono indica, en caso de despido, si el obrero era apto o no, digno de confianza o poco seguro. En enero de 1936, esta cartilla fue sustituida por otra nueva en la que constaban todas las actividades posibles de un ciudadano entre los once y los treinta y dos años, que, entre otras cosas, resultaba imprescindible para obtener un empleo (17). Para prevenir cualquier conflicto laboral, el Estado fascista ejerce un arbitraje obligatorio en el seno de los comités provinciales intersindicales (de 1927 a 1931), en el de los comités provinciales de la economía corporativa (desde 1931), en los comités de conciliación de las corporaciones (creados en 1934) o, en el más alto nivel, ante la magistratura del Trabajo (desde 1926). En realidad, unos funcionarios del Estado fascista fingen la imparcialidad entre los representantes de los patronos y los representantes obreros, pero disfrazando la voluntad patronal de sentencias arbitrales. En un momento de sinceridad declara Mussolini al presidente de la Confederación de la Industria: Le aseguro, Benni, que mientras yo siga en el poder, los patronos no tendrán nada que temer de la magistratura del Trabajo (18). Resistir a la voluntad patronal es desobedecer al Estado; los trabajadores que se resistan a obedecer las sentencias de la magistratura del Trabajo incurren en penas de un mes a un año de privación de la libertad y multas de 100 a 10.000 liras. Además, el Estado fascista sanciona con su autoridad los salarios pagados por los patronos a su personal. El ministro de las Corporaciones redacta en Roma unos mal llamados contratos colectivos, siguiendo las directrices de los patronos, y luego envía esos contratos a los funcionarios sindicales, que se limitan a firmalos en nombre de su organización. Como dice el profesor Pic, no se trata de contratos libremente discutidos, sino de auténticos reglamentos administrativos (19). No aceptar los salarios y condiciones de trabajo fijadas por los patronos es obrar como un enemigo del Estado: toda discusión, toda tentativa de violación de esos contratos está penada con multas de 100 a 5.000 liras. Los jefes de la industria han conseguido sus objetivos:

  1. Reemplazar los antiguos salarios contractuales por salarios de empresa: los mal llamados contratos colectivos, que imponen a sus obreros por medio del Estado fascista no son, en efecto, contratos nacionales, 0, mejor dicho, todas las cláusulas son nacionales, salvo las referentes a los salarios. Los antiguos contratos colectivos, firmados por los sindicatos libres tendían a reducir la distancia entre los salarios de regiones distintas y a conseguir que los trabajadores de las regiones atrasadas se beneficiaran de ciertas ventajas conquistadas por los trabajadores de las más adelantadas. En cambio, en los contratos fascistas, los salarios varían de una región a otra, de una localidad a otra, e incluso de una empresa a otra. El patrono puede fijar de hecho, según su conveniencia, los salarios de sus obreros.

  2. Poder reducir los salarios sin encontrar resistencia: al contrario de lo que ocurría con los contratos fijados tras de una discusión con los Sindicatos libres, los contratos fascistas no consolidan para un cierto período las tarifas fijadas y son modificables en cualquier momento. La ley precisa, en efecto: La acción para establecer nuevas condiciones de trabajo se admite (...) antes incluso de la expiración del período de validez que se haya previsto, a condición de que se haya producido un cambio sensible de la situación de hecho existente en el momento en que aquéllas se estipularon (20). En todo momento y con ocasión de un conflicto de trabajo laboral, la magistratura del trabajo puede tomar una decisión modificando las condiciones especificadas en el contrato y hacerlas aplicables a todos los trabajadores de la industria en cuestión (21). Pero con frecuencia, los patronos no tienen siquiera que tomarse el trabajo de anular los contratos en vigor: les basta con la complicidad del Estado, con falsear o violar abiertamente las cláusulas. Por ejemplo, hacen pasar a algunos obreros a una categoría inferior, consideran los mínimos como máximos y reducen desde el momento de la firma del contrato todos los salarios que rebasan dichos mínimos. A veces, los sindicatos fascistas aconsejan a sus afiliados que acepten unas condiciones inferiores a las tarifas fijadas por contrato, para no perder un trabajo posible (22).

En Alemania

Antes de llegar al poder, el nacionalsocialismo empieza no a destruir, como en Italia, sino a tratar de desplazar a los sindicatos libres. En 1928, un nazi berlinés de origen obrero, Reinhold Muchow, funda las células de empresa nacionalsocialistas (N. S. B. O.). Su objeto es competir en las empresas con los sindicatos, tratando de conseguir la mayoría en las elecciones a los consejos de empresa. Las NSBO empiezan por implantarse en las empresas pequeñas y medias. En 1931, reorganizadas, se lanzan a conquistar las grandes (23). Pero en dicho año, pese a una propaganda masiva, no consiguen sino el 0,5% de los votos en las elecciones para los consejos, contra 83% los sindicatos libres. Incluso, en marzo de 1933, cuando ya estaba Hitler en el poder, sólo llegan al 3% de los votos, a pesar de todos sus esfuerzos. Según una evaluación, probablemente optimista, el l de mayo de 1933 contaban escasamente con medio millón de miembros. Y además, teniendo en cuenta que en esta cifra figuraban los empleados de los servicios públicos, enrolados obligatoriamente en la organización sindical nazi, y bastantes parados, que esperaban obtener una colocación gracias al carnet las NSBO (24). Los nacionalsocialistas se dan cuenta de que mientras subsista la libertad sindical, no tienen ninguna oportunidad de llevar al proletariado industrial a sus organizaciones. Queda el recurso a las medidas coactivas. A raíz del incendio del Reichstag, el derecho de huelga queda prácticamente suprimido: toda incitación a la huelga está penada con un mes a tres años de prisión. Los camisas pardas ocupan espontáneamente algunas casas del pueblo. A primeros de abril, el gobierno nacionalsocialista toma medidas preparatorias, que no dejan duda alguna sobre sus intenciones: los sindicatos pierden el monopolio de la representación obrera en el Consejo Económico del Reich y en los tribunales del trabajo. Las atribuciones y los derechos de los consejos de empresa, apéndice de los sindicatos en la misma fábrica, se restringen, y las elecciones para renovarles se aplazan, mientras se advierte que algunos de sus miembros pueden ser destituidos por razones económicas o políticas y reemplazados por miembros nombrados (por los nazis, naturalmente). Los consejos mismos pueden ser disueltos por razón de Estado. Los patronos quedan autorizados a despedir a cualquier trabajador hostil al Estado, sin que el interesado pueda recurrir al procedimiento de defensa previsto por la legislación social del Reich, Y paralelamente, las NSBO activan su propaganda y empiezan a reclutar por la fuerza a los miembros de los sindicatos libres. Después del Primero de Mayo, fiesta nacional por decreto del nuevo Gobierno y celebrada con gran pompa en toda Alemania, se sincronizan 1 todos los sindicatos obreros, las secciones de asalto ocupan sus inmuebles y los dirigentes van a parar a la cárcel. Un Comité de acción para proteger el trabajo alemán, dirigido por el jefe de la administración del partido nacionalsocialista, Dr. Ley, se hace cargo del patrimonio social de las asociaciones difuntas. Las casas del pueblo, ocupadas sin resistencia, se convierten en las casas del trabajo alemán. En una proclama dice el Dr. Ley: No tenemos, ni mucho menos, la intención de destruir los sindicatos. ¡Para nosotros, trabajador alemán, tus instituciones son sagradas e inviolables!. El 10 de mayo se constituye el Frente del Trabajo Alemán, que hace entrar en sus filas a todos los miembros de los sindicatos sincronizados, agrupándolos en catorce federaciones profesionales.

Pero desde el congreso constitutivo del Frente del Trabajo, Hitler desmiente las buenas palabras del Dr. Ley: los nacionalsocialistas, dice, han cogido en sus manos los sindicatos sin ninguna intención de conservarles íntegramente en el futuro (25). El 8 de junio, en la revista Soziale Praxis, el jefe de la federación nacionalsocialista de los empleados, Schneider-Landmann, confirma: Puede darse por seguro que se retirará a las organizaciones profesionales las tareas que les han dado hasta ahora su carácter de sindicatos. Y de hecho, el 16 de mayo queda definitivamente abolido el derecho de huelga. El 19 de mayo, una ley quita a los sindicatos sincronizados la capacidad de concluir contratos colectivos de trabajo. El 29 de noviembre se sus pende la admisión de nuevos miembros en las catorce federaciones profesionales. Del 1 de enero al 1 de octubre del año 1934 son disueltas una tras otra. Quedan las precauciones a tomar para el futuro. Nada es más peligroso para un Estado, explica el Dr. Ley, que unos hombres sin raíces, a los que se quitan sus organizaciones de defensa (...). Tales hombres se convierten sin duda en víctimas de agitadores sin escrúpulo y, por lo tanto, en un foco de perturbación (.... El Frente del Trabajo se ha creado para apartar a esos agitadores sin escrúpulo (26). En realidad, éste se convierte en una vasta administración del Estado, encargada de intoxicar los cerebros de los obreros y de vigilarles. Su jefe de propaganda, Selzner, declara que no tiene por misión la defensa social de los trabajadores, sino que es una organización puramente política, ensanchando oportunamente el radio de acción de la propaganda nacionalsocialista. Su tarea esencial es la preparación, por la educación, de todos sus miembros al nacionalsocialismo. La organización de base del Frente del Trabajo es ahora la comunidad de empresa, que agrupa a todos los trabajadores de una misma empresa, cualquiera que sea su profesión. Los trabajadores están así adoctrinados y vigilados por el patrono, miembro de derecho de la comunidad de empresa y por la célula de empresa nacionalsocialista. Hay estrechas relaciones entre el Frente del Trabajo y la policía. Himmler, jefe de la policía secreta, visita el día 13 de febrero de 1936 las oficinas de la dirección del Frente del Trabajo y declara: Las S. S. y la policía no pueden mantener la seguridad interior si todos los hombres no han sido conquistados por las ideas del nacionalsocialismo; esta es una tarea que incumbe en especial al Frente del Trabajo (27). La adhesión al Frente de Trabajo no es obligatoria, pero en realidad, la presión patronal es tal, que ningún obrero puede quedar fuera. Con una frecuencia cada vez mayor los patronos introducen una cláusula en los contratos de empresa, según la cual sólo admiten a los afiliados al Frente del Trabajo (28). Recíprocamente, el Estado nacionalsocialista puede expulsar del Frente del Trabajo, quitándole todo medio de ganarse la vida, a quien le parezca bien. El Angriff del 14 de enero de 1936 (convertido en el diario del Frente del Trabajo) escribe: El Frente del Trabajo no tiene obligación de admitir a todos los que se presentan. Se reserva el derecho de rechazar sus demandas de adhesión o de expulsar a miembros ya admitidos. Pero el Estado nacionalsocialista no se contenta con militarizar a los obreros en sus organizaciones amarillas, sino que además castiga severamente cualquier tentativa de independencia suya. Los trabajadores que ponen en peligro la paz social en la empresa excitando malévolamente al personal pasan ante los tribunales de honor del trabajo por faltar al honor social y están expuestos no sólo a perder su colocación, sino a multas o penas de prisión (ley del 20 de enero de 1934). Se reprimen con especial severidad las tentativas de huelga, consideradas oficialmente como una ofensa a la comunidad (29). En los reglamentos internos de la empresa, redactados por los patronos bajo la inspiración y con el asentimiento del Estado se prevén toda clase de penas disciplinarias contra la difamación y excitación de los camaradas de trabajo, la divulgación de las mejoras prácticas introducidas en la empresa, los secretos de fabricación o simplemente los salarios de los obreros (30). El Angriff del día 1 de octubre de 1936, reconoce que algunos de estos reglamentos se asemejan a códigos penales. Todo lo que el ingenio de los juristas-escribe-ha podido acumular en cuanto a multas, despidos, prohibiciones, etcétera, es verdaderamente increíble. Hay que añadir que el nuevo código penal alemán hace del espionaje industrial (por ejemplo, el hecho de revelar los elementos del costo de producción) un crimen de alta traición, que puede llegar a castigarse con la pena de muerte (31). La Ley del 26 de febrero de 1935 instituye una cartilla de trabajo, en la que el patrono inscribe sin el conocimiento del asalariado, su apreciación sobre éste. Dicho documento es imprescindible para poder conseguir otro puesto. Un decreto de Goering estipula que si un obrero, rompiendo su contrato, deja su empleo antes de cumplir el plazo convenido, el patrono tiene derecho a conservar su cartilla de trabajo hasta la expiración del contrato. De este modo, el obrero no puede conseguir otro empleo. Los asalariados no tienen derecho a cambiar de patrono, pero las autoridades: se arrogan el derecho a desplazarles, según su conveniencia. Un decreto de Goering, de fines de junio de 1938, permite enrolar, transferir y emplear a cualquier trabajador cuando la fábrica es de utilidad nacional, Los individuos desplazados no conservan necesariamente los ingresos que tenían en su empleo precedente (32). Para prevenir todo conflicto del trabajo, el Estado nacionalsocialista ejerce un arbitraje obligatorio. Aquél se discute en primer lugar ante la comunidad de empresa, que ejerce un papel conciliador, luego pasa, si no hay avenencia, ante el comité del trabajo local o la comisión del trabajo del distrito (organismos ambos supuestamente paritarios), pero en último término es el representante oficial del Estado en cada distrito, el curador del trabajo, quien decide, ayudado por un consejo de expertos (también paritario en principio). Entre los 13 curadores del trabajo, nombrados el 19 de mayo de 1933, nueve eran antiguos empleados de asociaciones patronales. El curador, cuando cree que el conflicto cae dentro de lo penal, le traspasa al tribunal de honor de su distrito, compuesto por un funcionario magistrado inamovible, como presidente, y de un empresario y un representante de los trabadores como asesores. El veredicto del tribunal de honor puede apelarse ante el tribunal de honor del Reich, instancia suprema que se reúne en Berlín, y está también compuesto por los magistrados de carrera, de patronos y de representantes de los trabajadores. En todos los escalones, la realidad de este arbitraje es la misma: unos funcionarios del Estado nacionalsocialista, bajo un disfraz de imparcialidad entre representantes de los patronos y representantes de los obreros, imponen su voluntad a los trabajadores. El que se atreve a discutir semejante arbitraje es considerado como un enemigo del Estado y castigado en consecuencia. Por último, el Estado nacionalsocialista sanciona autoritariamente los salarios pagados. Bajo la égida y con el asentimiento de los curadores del trabajo, los patronos fijan en los reglamentos internos de la empresa los salarios, la jornada y las condiciones de trabajo de su personal. El curador del trabajo de Westfalia confiesa: Se presentan tantos contratos a mi aprobación, que no tengo tiempo de verlos todos (33). No aceptar el salario indicado en el reglamento interno es carecer de honor social*, y el culpable puede ser condenado por los tribunales del trabajo. La gran burguesía ha conseguido así lo que deseaba:

  1. Abolir las antiguas remuneraciones contractuales y reemplazarlas por salarios de empresa: de ahora en adelante, los contratos colectivos nacionales (o más generalmente, regionales) quedan reemplazados por salarios empresa: El centro de gravedad (Schwergewicht) será de ahora en adelante la empresa, dice el comentario oficial de la ley.
  2. Diferenciar los salarios. Los patronos reprochaban a los antiguos contratos colectivos que tendían a igualar los salarios y a suprimir toda prima a la iniciativa, a la habilidad profesional. Gracias a la nueva legislación, la diferenciación entre salarios aumenta: Las retribuciones mínimas, dice la ley, deben establecerse de modo que quede un margen para la retribución de cada miembro de la empresa según su rendimiento. Además, deben de quedar posibilidades de recompensar debidamente todo servicio excepcional.
  3. Reducir los salarios sin encontrar resistencia. Como los salarios no están estipulados en contratos concluidos para un determinado plazo, sino en unos reglamentos internos de la empresa, que el patrono puede modificar (con la complicidad del curador del trabajo), según sus conveniencias, ningún obstáculo serio se opone al hundimiento de los salarios.

Es cierto que los nazis tuvieron que emplear ciertas precauciones para hacer tragar tales innovaciones a la clase obrera: la ley del 20 de enero de 1934 entró en vigor el 1 de mayo. Pero, temiendo una reacción demasiado viva de los trabajadores, el gobierno, por un decreto del 28 de marzo, prorrogó por un nuevo plazo la validez de los contratos colectivos. Sólo después de la represión del 30 de junio se fue autorizando a los empresarios a hacer caso omiso de sus antiguas obligaciones contractuales y a fijar ellos mismos los salarios de empresa.

2. El Estado fascista extirpa todo vestigio de lucha de clases de sus propias organizacionesObreras.

Pero este ingenioso sistema destinado a paralizar la resistencia obrera no funciona al menos en sus comienzos, tan perfectamente: el fruto tiene un gusano, que también habrá que eliminar. En los sindicatos fascistas italianos, en el Frente del Trabajo alemán se han instalado los plebeyos. Aunque no piensan poner en peligro los privilegios del capital, necesitan para conservar y aumentar su influencia personal dentro del régimen apoyarse en una base social. Los que se han instalado en las organizaciones obreras del fascismo y han hecho en ellas sus feudos, se dan cuenta de que sólo pueden atraer y conservar a los trabajadores, disfrazando esas organizaciones de organizaciones de clase. Por eso se ven obligados a utilizar un lenguaje demagógico y la presión de sus tropas les obliga a hacerse sus intérpretes con más o menos convicción. Pero esta demagogia alarma a los patronos: temen que las organizaciones obreras fascistas, en vez de encuadrar y vigilar a los trabajadores, como es su función, acaben dejándose desbordar por sus afiliados. No han subvencionado al fascismo para permitir que renazca, otras formas, el temido sindicalismo de clase, por eso exigen que se trate con mano dura a los plebeyos, que se depuren a fondo los aparatos de las organizaciones obreras fascistas y que se extirpe hasta el último vestigio debajo lucha de clases.

En Italia

Antes de tomar el poder, cuando se trataba de disputar las masas laboriosas a los sindicatos obreros, fue necesario confiar la dirección de los sindicatos fascistas a demagogos plebeyos. El fascismo italiano utilizó para esos menesteres a varios ex sindicalistas revolucionarios, discípulos de Sorel, convertidos en vísperas de la guerra al nacionalismo. Esos sindicalistas se agruparon, de 1918 a 1920 en la Unión Italiana de Trabajadores (U. I. L.), organización sindical disidente, cuyo programa era una extraña mezcla de sindicalismo revolucionario y de nacionalismo. Cuando el fascismo, en 1921, creó sus propias organizaciones, Rossoni y sus amigos dejaron la U. I. L. y tomaron la dirección de los sindicatos fascistas. Rossoni se aprovechó del sistema eminentemente jerárquico, de nombramiento de dirigentes del nuevo sindicato para instalar a sus amigos en todas las secretarías de las organizaciones locales y provinciales. Una vez conquistado el poder, los dirigentes de los sindicatos fascistas comprendieron que para atraerse a las masas obreras necesitaban disfrazar de clasistas a sus organizaciones, y no escatimar la demagogia. Así pues, Rossoni se atreve a escribir: Decimos que la lucha entre las clases, bajo sus diversos aspectos, puede desenvolverse y presentarse como inevitable (34). A fines de 1927, a raíz de una operación de estabilización de la lira a un tipo muy elevado, los magnates industriales redujeron brutalmente los salarios. El profundo descontento de las masas llegó a las organizaciones de base de la Confederación de los sindicatos fascistas; Rossoni y los jefes plebeyos se sintieron desbordados. Para conservar el ascendiente sobre sus tropas, en varias ocasiones tuvieron que aconsejar la resistencia a los patronos y aparentar oponerse a las reducciones de salarios. Incluso puede hablarse de sincera irritación contra los industriales, que les colocan con sus exigencias intempestivas en una situación imposible, que puede desenmascararles ante los obreros, como dirigentes de unas organizaciones amarillas, Por eso, el congreso de los sindicatos fascistas, que se celebra en Roma en 1928 se desenvuelve en una atmósfera tormentosa. Los delegados no se privan de decir que los únicos que se han aprovechado de la colaboración entre las clases han sido los empresarios (35). Rossoni va demasiado lejos en el camino de la demagogia: Nosotros, los fascistas -dice-, quemamos los legajos del gran proceso abierto por el comunismo a la propiedad. Pero si los que poseen los bienes no se dan cuenta de cuál es su deber, pasarán a ser nuestros enemigos, y entonces volveremos a instruir ese proceso. Los magnates industriales se indignan. No subvencionaron al fascismo para que la lucha de clases reaparezca de otra forma, para que los organismos de represión y vigilancia de los obreros se pongan al frente de los trabajadores en contra suya, para que la Confederación de sindicatos fascistas resucite bajo otra forma a la difunta Confederación General del Trabajo. Así, pues, imponen a Mussolini la disolución de la Confederación (decreto del 22 de noviembre de 1928) y la desgracia de Rossoni. Una vez destruida la organización central, sólo subsisten las trece federaciones de Industria 2. Los dirigentes sindicales ya no pueden apoyarse sobre un bloque obrero de más de dos millones de miembros (36). En cada industria, los patronos, en lugar de tener que tratar con la Confederación, pueden hacerlo con la federación correspondiente, es decir, con dirigentes de inferior categoría. Al mismo tiempo, la burocracia de los sindicatos, de las organizaciones locales y provinciales, y de las federaciones sufre una depuración severa. Todos los plebeyos colocados por Rossoni dejan paso a funcionarios serviles: criaturas de los patronos o jóvenes intelectuales recién salidos de sus universidades y que no saben nada de las masas obreras.

Pero, pese a todas estas depuraciones sucesivas, el empuje de la base, aunque muy debilitado, obliga de tiempo en tiempo a los burócratas de los sindicatos fascistas a cierta demagogia. Por ejemplo, en el congreso de la Confederación fascista de los obreros industriales (30 de junio y 1 de julio de 1936), de un total de 33 oradores, 29 piden aumentos de salarios.., sin olvidarse de expresar a Mussolini su agradecimiento por todo lo que ha hecho por los obreros italianos (37). Pero cuando esta demagogia rebasa los límites autorizados, la dictadura pone las cosas en su sitio.

En Alemania

Para disputar las masas obreras a los sindicatos libres, los jefes plebeyos de las células de empresa emplean antes de subir los nazis al poder, sin tasa, la demagogia. Una vez sus amigos en el poder, creen poder continuar, y de hecho, entre marzo y julio de 1933, están literalmente desbocados. En cada empresa, los miembros de las células quieren intervenir en las admisiones y despidos de personal, y multiplican sus intervenciones en los servicios técnicos y comerciales de la empresa. Como los miembros de estas células son al mismo tiempo miembros de las secciones de asalto, se atreven hasta a detener a ciertos patronos antisociales. Evidentemente, esa situación no podía continuar. Los magnates capitalistas se enfadan, y los más díscolos de los jefes de las NSBO pierden su empleo, su carnet del partido y acaban en un campo de concentración. Goering, en una circular a la policía, le recomienda actuar con energía contra los miembros de las células de empresa, que no han comprendido todavía el verdadero carácter del Tercer Reich. Con gran decepción de los plebeyos de las células, la sucesión de los sindicatos sincronizados no va a parar las NSB0, sino a un nuevo organismo: el Frente del Trabajo. Las células quedan en segunda fila. Sus miembros que creyeron ser los soldados de vanguardia de la revolución nacionalsocialista en cada empresa, tienen que volver a entrar en filas: en el seno del Frente del Trabajo no gozan de privilegio alguno y les está prohibido intervenir en la vida interior de la organización. Las NSBO pierden su autonomía financiera: es el tesorero del Frente del Trabajo el que establece su presupuesto. Pierden todo derecho a intervenir en las cuestiones económicas y sociales, o en las relaciones entre asalariados y empresarios, sin autorización expresa del Frente del Trabajo. En diciembre del año 1933, cuando el partido queda integrado en el Estado, los miembros de las NSBO quedan sometidos automáticamente a la legislación rigurosa de los miembros del partido. En febrero de 1934, los patronos reciben la autorización de despedir al presidente de la célula de empresa, culpable de criticar con ligereza. A partir de los días 22 y 25 de junio, las NSBO ya no pueden percibir cotizaciones ni celebrar reuniones públicas. La jornada del 30 de junio consagra su eclipse definitivo, junto con el de las S. A. Uno de los ejecutados es el presidente nacional de las NSBO (38). A partir de esa fecha, desembarazadas de su virus extremista, las células de empresa cambian completamente de carácter: compuestas de elementos seguros, bajo la alta dirección del empresario, miembro por derecho propio de la célula, se convierten en el núcleo nacionalsocialista de la nueva comunidad de empresa, es decir una organización de espionaje en el seno de la fábrica. Pero los plebeyos no han abdicado completamente: la lucha pasa a las altas esferas burocráticas del Frente del Trabajo. Un cierto número de los fundadores y dirigentes de las NSBO se han consolado aceptando puestos importantes en el Frente de Trabajo. En el nuevo organismo, las mismas causas producen los mismos efectos, aunque en menor grado: para conservar o ampliar su influencia necesitan apoyarse en una cierta base social, y debido a esto sufren, aunque sea amortiguada, una presión de las masas, y con más o menos convicción se ven obligados a ser sus intérpretes ante las altas esferas gubernamentales. En la primavera de 1934, la próxima entrada en vigor de la ley del 20 de enero para la reglamentación del trabajo nacional, desencadena en las masas obreras una ola de cólera. Los jefes plebeyos del Frente del Trabajo temen verse desbordados. Para conservar el ascendiente sobre sus tropas acuden de nuevo a la demagogia, aparentando ser los más celosos defensores de las condiciones de vida de los trabajadores. Esto indispone a los patronos, y a raíz del 30 de junio hay una verdadera hecatombe de jefes y jefecillos del Frente del Trabajo. El mismo Dr. Ley se encuentra en una situación comprometida; en Wiesbaden, en octubre, ha tenido la osadía de declarar que la arrogancia patronal subsiste interiormente, a pesar de las apariencias (39). Es cierto que no puede perdonara los patronos, que, debido a sus exigencias intempestivas, sea cada vez más difícil ocultar el verdadero carácter del Frente del Trabajo: el de organización amarilla. Los magnates capitalistas encuentran tal actitud intolerable. Ya en julio de 1934, algunos de ellos han pedido a Hitler que destituya al Dr. Ley, cuya agitación demagógica sigue perturbando la economía (40). En agosto, la posición del jefe del Frente del Trabajo es tan difícil, que corre por Berlín el rumor de su suicidio, y sólo, gracias al apoyo personal de Hitler, logra resistir la tormenta. Pero en diciembre se produce un nuevo conflicto entre él y el Dr. Schacht. Este no oculta su aversión por las tendencias socializantes del Frente del Trabajo y su deseo de ver desaparecer al Dr. Ley (41). El Frente del Trabajo pierde su diario, Der Deutsche (42). Y su congreso de Leipzig (26 a 30 de marzo de 1935) consagra la derrota de los plebeyos: el Dr. Schacht anuncia que a partir de entonces el Frente del Trabajo estará bajo el control directo de los patronos: En cada órgano del Frente del Trabajo, que no esté dirigido por un empresario, habrá siempre un empresario como suplente de aquél. Sin permiso del patrono, ningún inspector del Frente del Trabajo podrá investigar la situación de una empresa. El Dr. Ley conserva su puesto, pero tiene que abjurar pública y humildemente sus errores: Es verdad -reconoce- que de la coexistencia de estas dos organizaciones (una patronal y otra obrera) hubiera podido salir algo parecido a la lucha de clases de aquellos tiempos felizmente superados.

3. Hundimiento de los salarios

Una vez que el Estado fascista ha destruido los sindicatos, paralizado la resistencia proletaria y extirpado todo vestigio de lucha de clases de sus propias organizaciones *obreras, puede empezar a reducir los salarios.

En Italia

Según las cifras de la prensa italiana (43), los salarios nominales, entre 1927 y 1932, quedaron reducidos a la mitad. Como esta disminución de los salarios no se detiene en 1932, no es exagerado decir que entre 1927 y 1935, la reducción es del orden del 60 al 75%. Los salarios de 1935 alcanzan en muy pocos casos los de antes de 1914. Después de esta fecha hay dos aumentos del 10%, pero el costo de la vida ha subido un 30% en el mismo período (44). Hay que tener en cuenta, además, los distintos descuentos y amputaciones que sufren esos salarios, ya de por sí reducidos: impuesto sobre el salario, restablecido por el decreto-ley de 1922, cotizaciones sindicales obligatorias, contribuciones voluntarias* para ayudar a los parados en período invernal, cotizaciones de los seguros sociales, cotizaciones al partido, al Dopolavoro 3, etcétera.

Añadamos las repercusiones que tiene sobre el nivel de los salarios de los obreros italianos, la llamada lucha contra el paro: en efecto, el Estado fascista carga sobre las espaldas de los obreros que trabajan la ayuda a los parados. En noviembre de 1934 se introduce la semana de 40 horas en la industria, pero reduciendo el salario semanal. El periódico [Il Lavoro Fascista]() confiesa que esa reducción del trabajo supondrá un importante sacrificio para los obreros que tienen una ocupación individualmente (45). Se establece una compensación para los jefes de familia numerosa, pero también a cargo de los otros obreros, que dejan el 1% de su salario a la caja de subsidios familiares para ese fin. En algunas industrias se llega a establecer un turno entre los obreros que trabajan una semana de cada dos, lo que, naturalmente, reduce sus ingresos en un 50% (46).

En noviembre de 1934, se firma un acuerdo entre la Confederación patronal y los sindicatos, según el cual los jóvenes y las mujeres con trabajo pueden ser sustituidos por adultos en paro. Pero los ingresos de éstos serán los que aquéllos tenían. Otra medida que contribuye al envilecimiento de los salarios es el empleo de los parados en las obras públicas, a las que se da el carácter extraordinario de lucha contra el paro. Todo lo dicho se refiere a salarios nominales. Pero la disminución de los salarios reales es aún mayor, debido al alza ininterrumpida del costo de la vida. También habría que tener en cuenta la aceleración de los ritmos del trabajo y la extensión de la jornada en la industria de guerra, sin aumentos correspondientes ni horas extraordinarias. Los italianos, dice Mussolini, superarán todas las dificultades, aunque tengan que trabajar 25 horas diarias (47).

En Alemania

Se calcula que desde el triunfo del nacionalsocialismo (30 de enero de 1933) hasta el verano de 1935, los salarios bajan en Alemania entre el 25 y el 40%. En muchos casos, el salario de hoy es inferior al subsidio de paro de la República de Weimar. Más de la mitad de los obreros alemanes ganan menos de 30 marcos por semana (48). El Angriff reconoce que el salario mensual de un obrero oscila entre 80 y 150 marcos (49). Si hemos de creer las cifras oficiales, el 80% de los trabajadores ganan menos de 150 marcos al mes (50). Hitler ha tenido que reconocer que el nivel de vida de innumerables alemanes es totalmente insuficiente (51) y el ministro de Baviera, Wagener, que muchos obreros alemanes pasan hambre (52). Pero tampoco estos miserables salarios están libres de descuentos: impuesto sobre el salario (aumentado entre el 25 y el 35%), impuesto municipal de capitación (más que duplicado), impuesto de soltería, cotizaciones para el seguro del paro, el seguro de invalidez, el de enfermedad, las contribuciones al Frente del Trabajo, a la asociación Kraft durch Freude4, al Socorro de Invierno, para la defensa antiaérea, para el partido o las juventudes hitlerianas, etcétera. Todos estos descuentos sumados disminuyen aún el salario en un 20 o un 30%. Por el contrario, las prestaciones de seguros sociales (enfermedad, invalidez, accidentes, vejez, paro) disminuyen mucho0, tras de la disolución de las cajas obreras de socorros mutuos y de previsión y la entrega de sus haberes a las compañías de seguros privadas (53).

La llamada lucha contra el paro grava los salarios de los que trabajan. El Estado nacionalsocialista obliga a los empresarios a contratar mayor número de obreros de los que necesitan, con el fin de absorber el paro, pero les permiten compensar esta carga suplementaria, bien reduciendo los salarios en conjunto, bien disminuyendo las horas de trabajo de cada obrero, y, por lo tanto, sus ingresos. Como en Italia, los parados adultos reemplazan a los jóvenes y a las mujeres que han conservado un empleo: un decreto del 28 de agosto de 1934 da plenos poderes a los servicios del trabajo para quitar su empleo a las mujeres y a los solteros menores de 25 años. Pero los patronos no pagan a los nuevos obreros más que los reducidos salarios que pagaban a los despedidos. Al aplicar este decreto perdieron su empleo 130.000 trabajadores menores de 25 años. (Más adelante dejó de aplicarse, pues el rearme requería cantidades crecientes de mano de obra y, por ejemplo, en 1937, 370.000 mujeres que habían perdido sus empleos fueron admitidas de nuevo). Otra causa del hundimiento del nivel general de los salarios es que los parados empleados en obras públicas reciben sumas ridículas. En 1934, los 400.000 obreros afectados a trabajos auxiliares no reciben sino el subsidio de paro por toda retribución, más algunos pagos en especie. Los obreros que construyen las autopistas (casi medio millón en marzo de 1936), aunque se trata en este caso de un trabajo libre y no excepcional de lucha contra el paro, reciben, con la complicidad de los curadores del trabajo, un salario inferior al de los peones. Los jóvenes alistados en el Servicio del Trabajo (unos 250.000) y ocupados en trabajos duros, reciben única y exclusivamente el sueldo de un soldado, es decir, medio marco al día. Las jóvenes sin empleo tienen que trabajar como criadas en familias burguesas o de campesinos, con el pretexto de aprender las tareas domésticas, sin que quienes las emplean estén obligados a darles un salario fijo por ello (54). A principios de mayo de 1936, Hitler pone a la disposición de los magnates del Ruhr mano de obra barata, en forma de parados que recibían únicamente de 1,50 a 2 marcos diarios. Esta mano de obra, comenta un corresponsal de un diario francés, puede permitir (...) comprimir los salarios de las demás categorías de obreros. Hay que tener también en cuenta la superexplotación a que se somete a los obreros. Con motivo de la fundación de la organización, La Fuerza por la Alegría, el Dr. Ley confiesa: Nos veremos obligados a aumentar mucho más el ritmo del trabajo (55). Y un informe patronal se felicita de que las nuevas leyes sobre el trabajo hayan tenido buenos efectos precisamente en la actualidad, cuando es necesaria una mayor intensidad del trabajo (56). Goering declara en un discurso: Debemos trabajar el doble para sacar al Reich de la decadencia, de la impotencia, de la vergüenza y de la miseria. Ocho horas diarias no bastan. Hay que trabajar (57). Una de sus ordenanzas autoriza a los curadores e inspectores del trabajo a conceder horas suplementarias en derogación de los contratos*. Esto significa que en lugar de horas suplementarias pagadas a un precio superior, la prolongación de la jornada de trabajo puede llegar a diez horas y más (58). El número de casos de enfermedad, que causa una incapacidad laboral es en el período 1934-1935, un 20,7% mayor que el de 1933 (59).

4. La mentira del Estado corporativo

Una vez paralizada la resistencia proletaria, destruidos los sindicatos libres, extirpado todo germen de lucha de clases de sus mismas organizaciones obreras y reducido los salarios por debajo del mínimo vital, el fascismo trata de disimular a los ojos de los trabajadores su verdadero carácter, el de una dictadura del capital. Para esto recurre al truco del Estado corporativo. Como vimos, antes de llegar al poder el fascismo, lanza el cebo del corporativismo a los obreros. Una vez en situación de poder realizar sus promesas, se coloca la máscara de la colaboración de clases y trata de hacer creer a los trabajadores que sus amos les tratan ya de igual a igual y les permiten intervenir en la gestión de la economía. También en este caso, los plebeyos fascistas, por las mismas razones que expusimos antes, crean graves dificultades a la dictadura, defendiendo con ardor intempestivo el corporativismo. No quieren admitir que una parcela cualquiera de la actividad nacional quede fuera de su alcance, y por eso se irritan de que sólo se hayan fascistizado los sindicatos obreros, dejando a las organizaciones patronales fuera de su control. Su intención no es atacar seriamente los privilegios de los capitalistas, sino imponer sus servicios a los magnates de la industria y tener voz y voto en la dirección de la economía nacional. Por eso sueñan con absorber en una organización única, en una vasta máquina corporativa en la que ellos ocuparían los puestos claves, tanto al Capital como al Trabajo, a los sindicatos patronales y los sindicatos obreros. Pero los patronos no están dispuestos a tolerar que nadie se meta en su terreno, quieren seguir gobernando sus empresas, sus cárteles y trusts y sus organizaciones profesionales. Temen que en una organización mixta los plebeyos les desborden, y no se aparta de su mente el espectro amenazador del control obrero. No han subvencionado al fascismo para eso. Ponen tenazmente su veto a todas las experiencias corporativistas que puedan ir en su detrimento, y sólo aceptan una caricatura, totalmente inofensiva, de Estado corporativo -necesaria para engañar a los obreros después de la eliminación radical de los plebeyos. La impostura es siempre difícil de descubrir. Por eso el lector tendrá que seguirnos con paciencia a través de un laberinto de organismos ficticios para poder desmontar los castillos de naipes edificados por una demagogia embustera y descubrir, pese a todas sus apariencias bizantinas, la realidad de la palabrería fascista y al mismo tiempo la permanencia, en pleno régimen totalitario, de la lucha de clases: es decir, la aspiración constante de la clase obrera al control de la producción y a la autogestión, así como la hostilidad irreductible de la burguesía a cualquier tentativa, por inofensiva que parezca, de poner en discusión su poder absoluto.

En Italia

Desde 1921, Rossoni y sus amigos llaman corporaciones a los sindicatos fascistas, dando así fe de su intención de convertirlos en organizaciones mixtas, agrupando obreros y empresarios. El sindicalismo nacional-escribe el primer número del Lavoro d'Italia- reorganiza en un grandioso marco a los italianos de todas las profesiones, animados por una convicción única (60). Cuando el periódico fascista habla de italianos de todas las profesiones, se refiere, naturalmente, a obreros y patronos. Los magnates dejan hablar, pero se guardan muy bien de entrar en los sindicatos fascistas. A raíz de la Marcha sobre Roma, los plebeyos exigen la aplicación del principio corporativo y la transformación de los sindicatos fascistas en organizaciones mixtas. Pero, como escribe Louis Rosenstock-Franck, de esas organizaciones mixtas los industriales no quieren ni oír hablar, pues están seguros de quedar desbordados en ellas (61).La resistencia de los magnates industriales y agrarios es tal que Mussolini tiene que obligar a votar al Gran Consejo fascista (15 de marzo de 1923) una orden del día condenando formalmente el principio de los sindicatos mixtos. Así conserva la vida --escribe Hautecoeur- la Confederación general de la Industria y la de la Agricultura. Las organizaciones de corporaciones tuvieron que renunciar al sueño de los sindicatos mixtos (...). La Confederación general de la Industria, en una sesión que Mussolini ha calificado de histórica, declaró que aunque estaba dispuesta a trabajar de acuerdo con las corporaciones, pretendía seguir siendo independiente (62). Pero los plebeyos no se dieron por vencidos. No renunciaban a imponer el concurso de sus personas y su autoridad a los industriales y los terratenientes (63): a partir de 1925 su audacia va aumentando. Ya no soñaban con absorber en su feudo sólo a las fuerzas económicas, patronales y obreras, sino hasta el Estado mismo, reclamando la instauración del Estado corporativo integral, el autogobierno de los productores, al estilo de Proudhon. Una comisión llamada de los Dieciocho, nombrada por Mussolini a fines de 1925 para preparar el estatuto sindical y corporativo, deja expresarse de este modo a su mayoría extremista: Se creará una organización corporativa nacional que englobará a todos los ciudadanos repartidos según su actividad económica en los diferentes órdenes y que absorberá todas las instituciones existentes (64). Pero esta proposición inquieta a los patronos, que temen verse desbordados por los plebeyos en el seno de esta inmensa máquina corporativa y donde aquéllos, a su vez, se verían desbordados por las masas. Por eso se niegan a aceptar la disolución de sus propias organizaciones. Es muy comprensible -escribe el ministro Rocco-que la idea de una organización unitaria, de una disciplina única del trabajo y de la producción, alarme a los empresarios, sobre todo si la corporación se constituye al margen del Estado, en un régimen de libertad preñado de peligros (65). La minoría reaccionaria de la Comisión de los Dieciocho responde a la mayoría: La reforma corporativa reduce el Estado a una mera federación jerárquica de intereses, en contraste absoluto con la concepción moderna del Estado, síntesis de todos los intereses morales y materiales de la nación (66). Mussolini se encuentra en una situación difícil. Por una parte, no quiere molestar lo más mínimo a sus financieros, y en su fuero interno es partidario de la concepción reaccionaria del Estado omnipotente; por otra, se ve obligado a disimular sus verdaderas intenciones y a seguir contentando a sus plebeyos. Por eso, la ley del 3 de abril de 1926 (completada por el reglamento del 1 de julio de 1926) tiene un carácter híbrido y, en el fondo, bien inofensivo. Las corporaciones adquieren existencia formal: Las asociaciones de patronos y las asociaciones de obreros pueden reunirse por medio de órganos centrales de enlace en una jerarquía superior común (art. 3) (...). Las organizaciones así reunidas constituyen una corporación. Pero estas corporaciones no existirán en a base como sindicatos mixtos, sino sólo en la cumbre, en el plano nacional: Los órganos de enlace (...) agrupan a las organizaciones sindicales nacionales de los diversos factores de la producción, patronos, trabajadores intelectuales y manuales, para una rama determinada de la producción. La autonomía patronal queda garantizada, y el artículo de la ley del 3 de abril de 1926, continúa así: ...pero dejando intacta la representación separada de patronos y obreros. Por último, el Estado político, lejos de disolverse en la corporación, como pretendían los plebeyos, no deja a ésta-en el caso de que se cree-- ninguna vida propia: La corporación carece de personalidad civil, pero constituye un órgano de la administración del Estado. Al año siguiente (1927), la Carta del Trabajo afirma: El trabajador es un colaborador activo de la empresa económica, pero añade a continuación: En la que tanto la dirección como la responsabilidad incumben al empresario. Estamos bien lejos de la colaboración de igual a igual. Sin embargo, esas corporaciones, aunque casi vacías de contenido, siguen desagradando a los patronos, que exigen que se aplace su realización práctica. La razón es que los plebeyos, dueños de la Confederación de los sindicatos fascistas, tienen demasiado poder y se permiten una demagogia inquietante. Toda fórmula de Estado corporativo, por desvirtuada que esté, puede reforzar su influencia y restar prerrogativas a los patronos. Por eso se dejan para más tarde las corporaciones; para después de la liquidación de los plebeyos. Se volverá a hablar de Estado corporativo cuando se dé por terminada la depuración del sindicalismo fascista, cuando se haya extirpado de él todo vestigio de lucha de clases, cuando se le haya convertido, de arriba abajo, en un vasto aparato policíaco. Tenemos tiempo, suele decir Mussolini. Y para calmar a los impacientes crea un Ministerio de las Corporaciones (1926), cuyo fin es controlar más eficazmente a los sindicatos fascistas; un Consejo nacional de las Corporaciones (1926 también, reorganizado en 1930), simple órgano destinado a aprobar las decisiones del dictador, donde todos los miembros han sido elegidos por él; una Cámara corporativa de diputados, cuyos componentes elige el dictador de una lista presentada por las organizaciones sindicales, y donde para poder ser elector hace falta pagar la cotización sindical. En 1931 transforma los Comités provinciales intersindicales en Consejos provinciales de la Economía corporativa, pero las Corporaciones siguen brillando por su ausencia. Unos cuantos extremistas siguen reclamando el Estado corporativo integral y escribiendo sobre el tema, pero, privados de toda base social, han dejado de ser peligrosos. En general son intelectuales y no hombres de acción. Por eso Mussolini les deja expresarse libremente y hasta se permite darles algunas satisfacciones aparentes. En 1934 es más necesario que nunca hacer algo para que las masas obreras soporten con la mayor conformidad posible la crisis que gravita cruelmente sobre sus espaldas. El paro aumenta constantemente, y la mística con la que el régimen ha conseguido mantener el entusiasmo de sus partidarios empieza a perder fuerza. Entonces Mussolini decide hacer algo grande: en las organizaciones económicas patronales, de carácter paraestatal, bautizadas con el nombre de corporaciones para estos menesteres, entran algunos altos funcionarios de los sindicatos fascistas (ley del 14 de febrero de 1934). Ya se puede anunciar urbi et orbi el nacimiento del Estado corporativo. Mussolini exhuma todos los viejos tópicos demagógicos: El siglo fascista proclama la igualdad de los hombres frente al trabajo (67). Hay que enseñar poco a poco a gobernarse al pueblo* (68). *Los obreros deben llegar a conocer más profundamente el proceso productivo y su disciplina (69). El obrero será libre (70). El corporativismo tiende hacia una mayor justicia social, hacia una disminución gradual del abismo que separa las grandes riquezas de las grandes miserias, etcétera. (71). Pero del dicho al hecho hay gran trecho: la colaboración entre empresarios y asalariados no existe ni en la empresa, ni en el sindicato, ni en la localidad o en la provincia, y ni siquiera en las federaciones de oficios. El patrono no trata de igual a igual al obrero ni en la empresa ni en el sindicato, que no participa tampoco en la gestión de la economía. Es verdad que algunos fascistas extremistas afirman que el sistema actual no es más que un comienzo. Spirito y Bottai anuncian para más adelante la corporación provincial e incluso en cl seno de la empresa. Pero Mussolini no tiene inconveniente en disipar todas estas ilusiones diciendo en una entrevista a un periodista: No es nuestra intención rehacer los Consejos de fábrica (72). [Los patronos] están absolutamente decididos a negarse a cualquier cosa que se parezca a una resurrección de las antiguas comisiones internas de fábrica escribe Rosenstock-Franck (73). La colaboración se limita a la que existe en la cúspide del sistema, en el seno de las 22 corporaciones, donde un cierto número de funcionarios, servidores dóciles de la dictadura, que han sustituido a los plebeyos al frente de los sindicatos fascistas, representan a los asalariados frente a los patronos. Y si por casualidad algunos de estos representantes obreros* se atreviera a votar en contra de los deseos de los empresarios, los tres representantes oficiales del Estado fascista están allí para sumar sus votos a los de los patronos, proporcionándoles una mayoría automática.

En Alemania

A raíz de su conquista del poder, los plebeyos nazis reclaman impacientes una edificación corporativa (ständischer Aufbau), que englobe a organizaciones patronales y obreras. Antes de la sincronización de los sindicatos libres ya intentan apoderarse de las organizaciones patronales. El 1 de abril de 1933, el doctor Wagener, jefe de la sección económica del partido nacionalsocialista interviene en la poderosa Confederación de la Industria alemana. El 6 de abril el Comité director de la Confederación se retira. Wagener consigue que ésta se llame a partir de entonces Corporación de la Industria alemana, pero, aunque había pedido también la desaparición del presidente Krupp, éste sigue en la presidencia de la nueva Corporación, acompañado de dos comisarios nazis. Durante algún tiempo, Wagener hace lo que quiere dentro de la poderosa organización patronal. A primeros de mayo, incluso, sus poderes aumentan y recibe el nombramiento de comisario de la Economía del Reich. Pero Krupp, después de hablar con Hitler, anuncia la reorganización de la Corporación patronal bajo el principio del jefe (Fiührerprinzip): los síndicos serán nombrados y no elegidos (74). Esta reorganización -escribe Le Temps- precede y prepara la organización corporativa, calcada de la italiana, que englobará sindicatos obreros y agrupaciones patronales (75). Se dice por entonces que el Führer mismo es un convencido corporativista. El 31 de mayo promulga una ley trazando los cauces de la edificación corporativa (76). Alfred Rosenberg declara en junio: La edificación corporativa que vamos a realizar en Alemania representará el verdadero socialismo, el socialismo del siglo XX (77). Se encarga a una comisión que redacte los estatutos del nuevo Estado corporativo: Cada plebeyo tiene su proyecto, y espera que el nuevo castillo de naipes tendrá por base su propio feudo, ensanchando así sus atribuciones. Hay un plan del doctor Wagener, otro del doctor Renteln, dirigente de la Liga de combate de las clases medias. Pero el que parece tener más posibilidades de triunfar es el del doctor Ley, que sueña nada menos que con absorber en su Frente del Trabajo toda la Economía, organizaciones obreras y patronales: La edificación corporativa del pueblo alemán -exclama- está terminada en sus grandes rasgos, Hoy mismo presentaré al Führer un plan completo. Será una de las obras más grandes que ha realizado la revolución. Nada menos que la creación de un vínculo orgánico entre los trabajadores y los empleados por un lado, y los empresarios por otro, y su integración común en el organismo económico (78). Pero los empresarios no están muy de acuerdo. Desde julio de 1933, la gran industria, sostenida por los militares, pone su veto. Hitler anuncia bruscamente el fin de la revolución nacional... y la destitución del doctor Wagener. El 13 de julio, el nuevo ministro de la Economía, Schmitt, asegura a los industriales que la edificación corporativa esperará tiempos mejores. Las organizaciones actuales -explica- no están maduras para tan hermoso ideal; hay el peligro de que algunos imprudentes traten de hacer experimentos peligrosos. Los plebeyos no se rinden, sin embargo, y el doctor Ley sigue anunciando imperturbable el próximo advenimiento de las corporaciones. A mediados de agosto de 1933 declara: El Frente del Trabajo y la edificación corporativa son las dos partes de un todo y no se puede concebir uno sin otra. El Frente del Trabajo no tendría sentido si todo lo que ha creado en cuanto a formación y educación no se tradujera en actos con la edificación corporativa (79). Hitler, lo mismo que Mussolini, tiene que obedecer a sus financieros y contentar a sus plebeyos. Por la ley del 30 de enero de 1934 instituye los consejos de confianza en cada empresa, presentados como los embriones del corporativismo. En ellos, los hombres de confianza colaboran con el empresario, y pueden pedirle ciertas informaciones confidenciales sobre los balances de la empresa. Pero esos hombres de confianza tienen la del patrono, que les designa, pues no están elegidos por los obreros. La misma ley establece que los expertos en conflictos laborales designados por el Frente del Trabajo lo serán de acuerdo con las corporaciones (...) en la medida en que se vaya realizando la organización corporativa de la Economía. Pero las corporaciones siguen en el mundo de las ideas puras y los empresarios se oponen tenazmente a su realización. Cuando se crean las organizaciones económicas patronales de carácter paraestatal, llamadas grupos profesionales (ley del 27 de febrero de 1934), no entra en ellas ningún representante de los asalariados. Los plebeyos tienen demasiada influencia todavía. El autor de la ley citada, el ministro Schmitt, dice: En las medidas actuales, no hay todavía una reforma corporativa. El Führer ha preferido aplazar la solución de este problema, pues piensa, con mucha razón, que una edificación corporativa sólo debe desprenderse lentamente de la evolución de los hechos (80). Los plebeyos resisten tenazmente y, expulsados de una posición, se atrincheran más atrás. La ley del 27 de febrero de 1934, aunque sea para ellos un duro fracaso, les deja algunas cartas en las manos. De todos modos, han conseguido que la organización patronal tenga un carácter estatal bastante acentuado, que se aplique en ella el principio del jefe y que no haya asambleas deliberantes. Esperan en cierto modo poder controlar desde arriba la actividad de los industriales. También han logrado la desmembración de la Confederación (convertida en Corporación) de la Industria en siete grupos profesionales distintos, y el nombramiento de Führer de la Economía para Kessler, un hombre en quien tienen confianza. Este piensa disolver las antiguas asociaciones patronales libres que ahora son superfluas. Una vez hecho esto, los empresarios estarán encuadrados y controlados por los plebeyos del partido nacionalsocialista, y quizás llegue el momento de empezar la famosa edificación corporativa. Pero las antiguas asociaciones patronales privadas, en especial la Confederación de la Industria, se niegan enérgicamente a disolverse, y ésta es una más de las razones de la crisis del 30 de junio de 1934, en la que Kessler pierde su puesto (11 de julio). Su adjunto y sucesor, von der Goltz, reincide y tiene su mismo destino (fines de noviembre de 1934). Y el 2 de diciembre, el nuevo ministro de la Economía, el doctor Schacht, acaba de demoler el trabajo de los plebeyos: reconstruye la Confederación de la Industria, reuniendo de nuevo los siete grupos profesionales en uno solo. Además, da cierta autonomía a los empresarios, aboliendo el principio del jefe y estableciendo la reunión de una asamblea general al menos una vez al año, donde la gestión del jefe del grupo se someterá a un voto secreto. Siempre harán falta -dice el doctor Schacht organismos independientes para aconsejar a los patronos. Este tipo de organismos existirá siempre (81). Los plebeyos del Estado y del partido nacionalsocialista tienen que renunciar a sincronizar las organizaciones patronales. Pero como el doctor Ley sigue pretendiendo intervenir en la economía, los empresarios dicen indignados por medio de su órgano, el Deutscher Volkswirt del 7 de diciembre de 1934:Que nadie piensa en la posibilidad de una segunda organización de la economía alemana en el seno del Frente del Trabajo. A fines de marzo de 1935, en el congreso del Frente del Trabajo, celebrado en Leipzig, los plebeyos Corporativistas tienen que capitular definitivamente. El doctor Schacht en persona acude para anunciar que la era de la competencia entre el Frente del Trabajo y los grupos profesionales ha terminado. La constitución corporativa promulgada satisface todas las exigencias patronales, disimulando la realidad con la colaboración entre patronos y representantes de los obreros en cuanto a salarios y condiciones de trabajo. La economía queda en manos de la burguesía, y el doctor Schacht ruega encarecidamente al doctor Ley que no meta las narices donde nadie le llama. En todos los escalones del Estado corporativo, los patronos aparecen doblemente representados: desde el punto de vista orgánico, pertenecen a la vez a su grupo profesional a la comunidad de empresa del Frente del Trabajo. Luego, en el distrito, forman parte tanto de la comisión económica como de la comisión del trabajo, y figuran tanto en el Consejo económico del Reich como en el Consejo del Trabajo del Reich. En las organizaciones, comisiones y Consejos económicos no existe ninguna representación obrera. La colaboración se limita a las organizaciones, comisiones y consejos del trabajo. Pero hasta en este terreno, ya de por sí muy restringido, la colaboración no es más que una caricatura. El Frente del Trabajo no tiene nada que hacer, no sólo en el terreno económico, sino tampoco en el social. Los delegados obreros de las comisiones de trabajo tienen que ser miembros de los consejos de confianza de las empresas. Los secretarios del Frente del Trabajo no tienen derecho a participar en los trabajos de las comisiones, y como los miembros de los consejos de confianza están nombrados por los patronos, éstos encuentran en las comisiones del trabajo, a gentes completamente dóciles, más aún de lo que serían unos funcionarios del Frente del Trabajo (82). Y si a pesar de todo surge un desacuerdo en esas comisiones entre los patronos y los delegados obreros*, como tales Comisiones no son más que órganos consultivos, es el representante oficial del Estado, el curador del trabajo, quien decide en definitiva.

IX. POLITICA ECONOMICA DEL FASCISMO

EI Estado fascista no se contenta con reducir a la esclavitud a los trabajadores y con crear las condiciones que hacen posible el hundimiento de los salarios. Además, se preocupa por restablecer el beneficio capitalista por medio de diferentes arbitrios económicos. Su intención no es tratar de restablecer el mecanismo normal del capitalismo, restableciendo el beneficio por la producción y la distribución de nuevas riquezas, sino aumentar la rentabilidad de las empresas capitalistas por medios artificiales que perjudican a las masas populares. Naturalmente, estos procedimientos no tienen nada de específicamente fascista o nacionalsocialista, y difieren más por el grado que por la naturaleza de los empleados en otros países. La economía fascista o nacionalsocialista no existe más que en la mente de los demagogos plebeyos. La economía fascista no es más que la forma acentuada de la economía capitalista dirigida, experimentada por vez primera en Alemania, durante la guerra de 1914-1918, con el nombre de Kriegswirtschaft (economía de guerra). Todos estos procedimientos no tienen de anticapitalista absolutamente nada. Sólo algunos ingenuos han podido creer que el fascismo es una verdadera revolución económica, que supera> al capitalismo. Pero por su magnitud obligan a ir al Estado fascista más lejos de lo que había previsto, haciéndole volver la espalda cada vez más a las soluciones capitalistas llamadas liberales u ortodoxas. Cuando el fascismo llega al poder, su corazón lleno de agradecimiento por las magnates que le han financiado, tanto sus palabras como sus actos aparecen impregnados del más puro liberalismo económico. Proclama en todo momento su intención de favorecer y proteger de todos modos la propiedad privada, la iniciativa individual, y rechaza horrorizado una intervención estatal en la producción. Pero el Estado fascista cumple estas promesas sólo en la medida en que los capitalistas le ruegan que no se meta en sus asuntos. Les exige unos impuestos ligeros y les vigila del modo más discreto posible, pero está dispuesto a acudir en su auxilio cuando aquéllos no puedan salir del atolladero. Entonces, acudiendo a su llamada, socializa sus pérdidas y saca a flote a sus empresas deficitarias, reanimándolas con sus encargos. Pero esta intervención en la economía obliga al fascismo a modificar un poco su programa inicial. Impulsados por sus deseos de resucitar los beneficios del gran capital, se lanza, sobre todo en Alemania, a rearmar aceleradamente. Así es como mete el dedo en un engranaje que le llevará insensiblemente del liberalismo económico a la autarquía y a la economía de guerra. Empezando por querer dar la mayor autonomía posible a la industria privada, cae poco a poco en una burocratización de la economía. Cada vez se enreda más en la contradicción entre sus intenciones y sus actos. Zigzagueando, tanteando, consigue prolongar la vida del sistema capitalista, pero a costa de limitar la libertad de movimiento del capitalismo individual y sacrificando a la industria pesada las demás ramas de la actividad económica: mientras se paraliza el conjunto de la economía, mientras los, individuos de todas las clases de la sociedad se ven arruinados y racionados, sólo los magnates siguen produciendo beneficio. Y este beneficio lo producen a costa de todo el mundo, acelerando la ruina de todo el mundo. Todos los médicos saben que existen remedios que parecen vencer momentáneamente la enfermedad, pero que no consiguen sino eliminarla de un lugar del organismo para hacerla reaparecer en otro bajo formas a veces diferentes. El fascismo da la impresión al principio, restableciendo el mecanismo del beneficio, de ser capaz de conjurar el mal que aqueja al sistema capitalista. Pero no hace sino exacerbarle, y encargado de salvar el sistema acaba por hundirle en la catástrofe de una nueva guerra mundial. Este final desdichado no puede decirse que sea propio y exclusivo del fascismo. Los diferentes arbitrismos a los que ha recurrido el capitalismo en otros países le han llevado, en mayor o menor plazo, al mismo resultado. Los autores del New Deal norteamericano no consiguieron volver a poner en marcha el mecanismo capitalista hasta que emprendieron un programa de armamentos mucho más gigantesco que el alemán. Una vez llegada la paz, la supervivencia del capitalismo norteamericano se ha basado en una economía en pie de guerra, de una guerra nuclear que pone en peligro el porvenir de la humanidad entera.

1. Restitución al capitalismo privado de monopolios estatales

Apenas se ha instalado en el poder, el fascismo se apresura a dar muestras de su buena voluntad, restituyendo al capitalismo privado algunos monopolios bajo el controlo propiedad del Estado.

En Italia Poco después de la Marcha sobre Roma, Mussolini declara: Se trata de descargar al Estado de unas atribuciones que no son de su competencia y que cumple mal (1). Pienso que el Estado debe renunciar a sus funciones económicas y en especial a las que se ejercen por medio de los monopolios, porque en esta materia el Estado no es competente (2). Hay que terminar con el Estado ferroviario, el Estado cartero, el Estado asegurador (3). Se entregan vastos monopolios a la iniciativa privada, no sin haber saneado su gestión. El monopolio de fósforos se vende a un Consorcio de fabricantes de cerillas. El Estado renuncia a explotar la red telefónica (1925) y a ejecutar por sí mismo algunas obras públicas. En cuanto a los seguros, una ley de 1912 había creado un Instituto de Estado que hubiera debido monopolizar todos los seguros en el plazo de diez años, pero por la ley del 19 de abril de 1923, Mussolini abandona los seguros de vida a las compañías privadas. Bajo la influencia de los socialistas se habían extendido considerablemente en Italia las explotaciones municipales, Mussolini ordena que se frene el ritmo de la municipalización. Según el testimonio de un fascista, las poderosas compañías de electricidad no disimulan, siquiera bajo las habituales fórmulas de cortesía, su voluntad de absorber -o mejor dicho, de devorar las explotaciones municipales (4). Los podestà de Pola, Turín, etc., no dudan en abandonar las prósperas sociedades de servicios públicos a los magnates capitalistas.

En Alemania En cuanto llega al poder, el gobierno nacionalsocialista anuncia que está dispuesto a poner fin a todas las tentativas de estatización de los últimos años. Las empresas estatales se transformarán de nuevo en empresas privadas (5). En 1932, el Estado había sacado a flote a la poderosa compañía de Gelsenkirchen, comprando 125 millones de marcos de acciones, lo que le permitía controlar las Acerías Reunidas, el gran trust de la industria pesada. Pero Hitler manifiesta su agradecimiento al apoyo financiero de los Kirdof, Thyssen, etc., cuando por una serie de funciones complicadas, el Estado les devuelve prácticamente el control de todo el negocio (6). En marzo de 1936 devuelve a las Acerías Reunidas el paquete de acciones que conservaba. Después del crac bancario de 1931, la mayoría de los grandes Bancos habían pasado bajo el control del Estado: el 90% del capital del Dresdner-Bank y del Danat (que habían fusionado), el 70% del capital del Gommerz und Privatbank, el 35% del capital del Deutsche Diskonto-Bank. Pero los magnates de la finanza exigen la reprivatización de sus negocios, y en diciembre de 1933, el ministro de Economía, Schmitt, anuncia que el Reich está dispuesto a abandonar las importantes participaciones que tiene desde hace dos años en el capital de algunos grandes establecimientos de crédito, como el Deutsche Diskonto-Banmk (7). A fines de 1933, una comisión de especialistas se encarga de estudiar la cuestión. Simultáneamente, el doctor Schacht declara en Londres que el gobierno del Reich no tiene la intención de eternizar la influencia del Estado sobre los Bancos (8). En febrero de 1934 el doctor Reinhardt, secretario de Estado de Hacienda y gran banquero, afirma a su vez que el gobierno no piensa estatizar los Bancos (9). Por último, el 1 de diciembre se publica el informe de la comisión, rechazando todo proyecto de estatización de la Banca. El Deutsche Diskonto-Bank adquiere a cambio de un inmueble 20 millones de marcos de sus acciones que estaban en poder del Estado, con lo que puede anunciar, en marzo de 1937, que vuelve a ser un negocio completamente privado (10). En agosto de 1937 es el Commerz und Privatbank el que comunica que la mayoría de sus acciones se encuentran de nuevo en manos de particulares (11), y, poco después, a raíz de una reunión del Consejo de Administración del Dresdner Bank, se pone en conocimiento del público que también este Banco ha vuelto a ser un negocio completamente privado (12). El Reich había ayudado a numerosas compañías de navegación y astilleros navales. En marzo de 1936 restituye la mayoría de las acciones de la Deutscher Schiff und Maschinenbau a un grupo de comerciantes de Bremen, y en septiembre devuelve 8 millones de marcos en acciones (sobre un capital total de 10 millones) de la Hamburg Süd-Amerika a un consorcio de Hamburgo (13). El nacionalsocialismo deshace las compañías de servicios municipales. Estas son tan prósperas que, incluso durante la crisis de 1932-1933, han registrado beneficios de más de 650 millones de marcos. Son por esto un buen bocado para la industria privada. El mismo día en que el doctor Schacht recibe el nombramiento de ministro de Economía (30 de julio de 1934), ordena que se acelere la liquidación de las empresas municipales. Como primera medida, a partir del 1 de enero de 1935, sufren éstas un recargo del 20% en el impuesto sobre los beneficios (14). La ley del 13 de diciembre de 1935 anula luego la ley de 1919 sobre la socialización de la producción de energía eléctrica: Esta organización de la distribución de energía eléctrica-explica la introducción de la ley- contradecía la idea básica de la concepción nacionalsocialista. La ley tiene por objeto acabar con el desorden que había sembrado en la distribución de la energía eléctrica el socialismo municipal. A partir de ese momento, las empresas privadas de producción y distribución de energía eléctrica quedan libres de todos los frenos inútiles, y se ven favorecidas de diversos modos (15).

2. Exoneraciones fiscales en favor del capital

El Estado fascista ayuda a los magnates capitalistas a producir beneficio concediéndoles toda clase de exoneraciones fiscales.

En Italia El ministro de Hacienda, De Stefani, declara: Hemos roto con la práctica que consiste en perseguir al capital. Un sistema financiero basado en la persecución del capital es un sistema insensato (16). Desde el 10 de noviembre de 1922, el nuevo gobierno suprime los títulos nominativos es decir la obligación de declarar los valores, que impedía en cierto modo a los capitalistas el escapar al impuesto sobre la renta. Por un decreto del 19 de noviembre, se suprime la comisión investigadora sobre los beneficios de guerra. Por la ley del 20 de agosto de 1923 queda abolido el impuesto sobre sucesiones dentro del círculo de la familia. El impuesto sobre el capital, creado en 1920 y pagadero en anualidades es, para el ministro De Stefani, un impuesto estupidísimo. Así, pues, procede a liquidarle por medio de una serie de arreglos amistoso con los contribuyentes, muy ventajosos para éstos (17). Una ley de febrero de 1925 suprime el impuesto complementario sobre los valores mobiliarios. Por el decreto-ley del 23 de junio de 1927 se establecen desgravaciones fiscales importantes, para favorecer las fusiones de sociedades anónimas. Citemos también: la abolición del impuesto del 10% sobre el capital invertido en la Banca y la industria, la reducción del 50% del impuesto sobre los administradores y directores de sociedades anónimas, la exoneración de toda clase de impuestos al capital extranjero, la abolición del impuesto sobre los artículos de lujo, etc. La Hacienda fascista -escribe el católico Don Sturzo (18)- favorece a la riqueza capitalista.

En Alemania Nada más llegar al poder, el sistema fiscal nacionalsocialista se ocupa de favorecer al capital. Una ley del 1 de junio de 1933, completada por otra del 16 de octubre, autoriza a los industriales a deducir de sus ingresos imponibles todas las sumas destinadas a comprar nuevo material. Además, el Estado reembolsa a los propietarios una parte de los gastos de reparación de sus casas, fábricas o almacenes. Una amnistía fiscal reduce en un 50% los impuestos no pagados, a cambio de adquirir bonos de los empréstitos de la lucha contra el paro. Los burgueses que tienen una sirvienta pueden contarla, al hacer su declaración de impuestos, como menor de edad a su cargo, beneficiándose de la rebaja correspondiente. Las leyes del 15 de julio de 1933 dictan exenciones de impuestos en beneficio de las nuevas empresas, así como de las que utilicen procedimientos nuevos de fabricación o fabriquen nuevos productos, y en favor de los locales de las viviendas recién construidas (19).

En abril de 1934 el gobierno concede grandes desgravaciones de impuestos (500 millones de marcos aproximadamente) para facilitar la reanudación de los negocios (20).El impuesto sobre la renta del ejercicio 1934-35 es la mitad del correspondiente a 1931-32 (21). La ley fiscal que entra en vigor el 1 de enero de 1935 no sólo confirma todas estas reducciones de impuestos, sino que además, reduce los que gravan las sucesiones.

3. El Estado fascista prohíbe abrir nuevas industrias

El Estado fascista ayuda a los magnates capitalistas a elevar artificialmente sus precios de venta al prohibir, por medio de una legislación apropiada, la apertura de industrias nuevas, es decir protegiéndoles contra un aumento de la competencia. El consumidor pagará.

En Italia El decreto del 11 de marzo de 1926 permite al ministro de Hacienda quitar todo valor legal a las actas de las sociedades en formación, cuyo capital exceda los 5 millones de liras o los aumentos de capital de sociedades ya existentes, si dicho aumento rebasa los 5 millones de liras. Por un decreto ley del 3 de noviembre de 1927, la apertura de establecimientos industriales de cierta importancia en las ciudades necesita una autorización gubernamental, y un decreto ley del 18 de noviembre de 1929 extiende la obligación de la autorización previa a las empresas que trabajan para la defensa nacional. Un decreto ley del 18 de julio de 1930 extiende dicha obligación a los nuevos astilleros, empresas de transporte, etc. El decreto ley del 12 de junio de 1932 sobre los consorcios obligatorios especifica: *Cuando las exigencias particulares de ciertas ramas de la producción lo aconsejen, puede decidirse que la instalación de nuevas fábricas o la ampliación de las ya existentes, quede subordinada a la autorización del gobierno. Por último, la ley del 12 de enero de 1933 confirma y generaliza esas diversas obligaciones.

En Alemania La ley del 15 de julio de 1933 da poder al ministro de Economía para poder ordenar en caso de necesidad, dentro de un sector económico dado, la creación de nuevas empresas, así como la ampliación de la explotación o de la capacidad de producción de las empresas existentes, se suspendan durante un período determinado o queden sometidas a autorización previa. Pero esta ley va más lejos que la legislación italiana: el ministro puede determinar autoritariamente el porcentaje de utilización del potencial productivo de las empresas existentes. El gobierno hace gran uso de esta ley. En 1933 se dictan cinco decretos y 17 en 1934, aplicando a diversas industrias la prohibición de crear empresas nuevas o de aumentar la capacidad de producción de las antiguas.

4. El Estado fascista obliga a los productores disidentes a entrar en las uniones obligatorias. No hay nada de socialista en este tipo de intervención estatal

El Estado fascista ayuda también a los magnates a elevar de modo artificioso los precios de venta de sus productos, obligando legalmente a los productores disidentes a entrar en los convenios obligatorios, Es bien sabido que en cualquier convenio industrial, por importante que sea el número de los participantes, casi nunca entrarán todos los de la profesión. Como para ejercer una acción determinante sobre los precios de venta, hay que agrupar al menos el 90% de la capacidad de producción de una industria determinada (22), y ese objetivo se consigue pocas veces, el Estado interviene para reducir las disidencias.

En Italia En la industria metalúrgica existe un convenio voluntario desde los años 1928-1929. Pero los magnates no llegan a conseguir por sus propios medios el consorcio global para acabar con los disidentes. Entonces interviene el Estado en su ayuda, que por la ley del 31 de diciembre de 1931, se reserva el derecho de regular las modalidades de la constitución de consorcios obligatorios en las distintas ramas de la siderurgia para disciplinar la fabricación y venta de los productos (23). Inmediatamente se constituyen los consorcios obligatorios. Muy pronto se extienden estas medidas a todos los sectores de la industria, y el decreto ley del 16 de junio de 1932 decide que se podrá ordenar la constitución de consorcios obligatorios entre industriales que explotan el mismo sector de la actividad económica, con el fin de reglamentar la producción y la competencia. Estos consorcios obligatorios se constituyen en todas las ramas de la industria en que los reclama un número de interesados que representen al menos el 70% de la cifra global de negocios de las empresas y el 70% de la producción media efectiva de los tres últimos años.

En Alemania Por una ley del 15 de julio de 1933, el ministro de Economía del Reich puede, para reglamentar el mercado, reunir las empresas en sindicatos, cartels, convenios u organizaciones similares, o fusionarlas a los consorcios de empresas existentes, cuando dicha unión o fusión sea necesaria para los intereses de dichas empresas o del conjunto de la producción de la colectividad. Entre julio y noviembre de 1933, en las industrias donde el grado de concentración era ya elevado, los 30 cartels existentes se reorganizan, se llama al orden a los disidentes y a cada adherente se le impone una parte alícuota de la producción de modo autoritario. En cuanto a las industrias menos concentradas (productos manufacturados)) donde la cartelización es más difícil, se constituyen 38 cartels nuevos. Estos son los casos del Textil, el Papel, la Alimentación, etc. Sería un grave error creer que esta intervención estatal tiene algo de socialista. No se busca con ella proteger los intereses de la colectividad, sino únicamente los de los magnates capitalistas, El Estado justifica su intervención diciendo que tiene sólo un carácter transitorio. El ministro italiano Bottai asegura en un discurso, que los consorcios obligatorios deben considerarse como una forma totalmente excepcional de las agrupaciones de productores (24). El ministro de Economía del Reich, Schmitt, afirma también: En principio, los cartels y los precios obligatorios me parecen indeseables. Si hemos tenido que admitir, e incluso que formar obligatoriamente un número demasiado considerable de cartels, ha sido para evitar graves perturbaciones económicas (25). Intervención todavía discreta. Sin duda en Italia y en Alemania, la ley prevé un cierto control del Estado: el decreto ley italiano del 16 de junio de 1932 confiere al ministro el derecho de pedir a las empresas que forman el consorcio todas las actas y documentos que considere necesario conocer, y la Administración pública puede delegar un funcionario para que asista a las deliberaciones del consorcio. La ley alemana del 15 de julio de 1933 confiere al ministro unos vagos derechos de vigilancia y de injerencia. Pero esas veleidades de control, sin embargo bien tímidas, son inoperantes. Los industriales italianos han detestado siempre los consorcios obligatorios -escribe Rosenstock-Franck-. En realidad, la ley les da, sobre todo, un medio de presión contra los disidentes. En Alemania, cl ministro no ha tenido que utilizar apenas los poderes que le confería la ley del 15 de julio de 1933; la mayoría de los consorcios se han constituido por común acuerdo de los participantes y la ley ha servido sobre todo para quitar a los disidentes toda veleidad de resistir (26).

5. El Estado fascista saca a flote a las empresas deficitarias, pero no socializa sino sus pérdidas

El Estado fascista rinde otro servicio a los magnates sacando a flote a las empresas en dificultad. Adquiere sus acciones, pero en vez de aprovechar la oportunidad para nacionalizarlas, se esfuerza en conservar su carácter de empresas privadas, y espera que llegue el día de devolverlas, tras de un saneamiento costoso a cargo de toda la sociedad, a sus antiguos propietarios. Tampoco, cuando el Estado cree necesario (para satisfacer las necesidades de la defensa nacional) extender ciertas industrias o abrir otras nuevas que presentan un riesgo comercial que la industria privada se niega a asumir, se aprovecha la oportunidad para crear empresas estatales. Por el contrario, constituyendo empresas de economía mixta en las que colabora con la industria privada, el Estado da una parte del capital, garantiza un dividendo a los inversores privados y corre con todos los riesgos, para cuando tales empresas sean rentables, acabar cediéndoselas a la industria privada.

En Italia En cuanto Mussolini tomó el poder concedió 400 millones de liras de subvenciones al gran trust metalúrgico Ansaldo. En 1924, un organismo especial se encargó de la liquidación, a costa del Estado, de los bancos e industrias en quiebra. Víctimas de la crisis deflacionista que empieza a fines de 1926, el Banco di Roma, el Banco di Napoli, el Banco di Sicilia y muchos otros establecimientos de enorme envergadura tienen que acudir también a la ayuda estatal. Pero la contribución del Estado es mucho más importante a partir de 1931, cuando la crisis mundial se abate sobre la península. La cartera de los grandes Bancos de negocios está llena de valores industriales que no valen nada. Uno tras otro, el Banco di Milano, el Crédito Italiano, y hasta el más poderoso, la Banca Comerciale, se hunden. El Estado acude en su auxilio, se crean tres institutos autónomos, subvencionados más o menos directamente por el Tesoro público. Según la expresión de Mussolini, son unas casas de convalecencia, y es el Estado quien paga los gastos de estancia (27). La primera que se crea es la Sociedad para la Financiación de la Industria Italiana (Sofindit), en octubre de 1931, con un capital de S00 millones de liras, en su mayoría proporcionadas por el Estado. Este instituto, con la ayuda de emisiones públicas garantizadas por el Estado, obtiene 4.000 millones de liras que sirven para adquirir todas las acciones industriales que tenía en cartera la Banca Comerciale y los demás establecimientos bancarios en peligro. Un mes después se crea el Instituto Mobiliario Italiano (IMI), con un capital de 500 millones de liras, también a cargo en su mayor parte del Estado. Este Instituto emite 5.500 millones de liras de obligaciones garantizadas por el Estado y reembolsables en diez años. Estos capitales se prestan a la industria privada a largo plazo (diez años de duración máxima), contra la garantía de una parte de las acciones de la empresa beneficiaria. Por último, en enero de 1933 se constituye el Instituto de Reconstrucción Industrial (IRI), con una sección de desmovilización industrial a la que se concede una subvención presupuestaria de 85 millones de liras durante 20 años y una sección de financiación industrial, con un capital de 100 millones de liras proporcionado por el Estado y que emite 1.000 millones de liras de obligaciones (duración entre 15 y 20 años), garantizadas por él. Gracias a este organismo, el Estado ayuda a los mayores trusts del país: por ejemplo, a fines de 1933, la poderosa Sociedad Hidroeléctrica Piamontesa, con un pasivo que rebasa los 600 millones de liras y cuyos títulos han caído de 250 a 20 liras. En septiembre de 1934 es el trust metalúrgico Ansaldo, subvencionado ya poco después de la Marcha sobre Roma, el que necesita una nueva consolidación. Después de la operación cuenta con un capital de 175 millones y emite obligaciones garantizadas por el Estado por una suma de 100 millones (29). Pero el fascismo se guarda de nacionalizar las empresas de las que el Estado tiene la mayoría de las acciones. Las tres cuartas partes de la economía italiana --dice Mussolini- están en manos del Estado. Si yo quisiera instaurar en Italia (lo que no es el caso) el capitalismo o el socialismo de Estado, tendría en este momento las condiciones necesarias, suficientes y objetivas para hacerlo (30). Y Bottai confirma que no se quiere, en Italia, sino todo lo contrario, acelerar el movimiento de expropiación, empezado por la crisis (31). Pero, cuando el descontento crece, se vuelve a hablar de nacionalización de la Banca. Por ejemplo, en marzo de 1936. A pesar de que el Estado fascista tiene en su poder desde 1931 un importante porcentaje de las acciones de la Banca Comerciale, del Credito Italiano y del Banco di Roma, se contenta con denominarlos Bancos de derecho público, en virtud de lo cual sus acciones serán nominativas y sus poseedores ciudadanos italianos. Tampoco nacionaliza el Banco de Italia, instituto de derecho público, es decir que sus acciones deberán ser nominativas y estar en poder exclusivamente de institutos paraestatales y de los Bancos de derecho público. Pero éstos, como hemos visto, son meros establecimientos privados. De los 15 miembros del Consejo de regencia del Banco de Italia, 12 se eligen en asamblea general, lo que permite a los magnates capitalistas, administradores de los Bancos de derecho público seguir siendo los amos del Instituto de emisión (32). Por entonces, se hace también mucho ruido con una supuesta intención de nacionalización de la industria. En marzo de 1936, Mussolini anuncia que la gran industria que trabaja directa o indirectamente para la defensa nacional y aquella que se ha desarrollado hasta convertirse en capitalista o supercapitalistalas industrias que el Estado sacó a flote en 1930-31-se organizarán en grandes unidades (...) y revestirán un carácter especial en la órbita del Estado. Pero a continuación añade toda una serie de vaguedades que dan buena idea de la seriedad de la supuesta transformación: La intervención estatal en las grandes unidades industriales será directa o indirecta? Será gestión o control? En ciertos sectores podrá aplicarse una gestión directa, en otros indirecta, y en otros limitarse a un control eficaz. Puede tomar también la forma de la empresa mixta, en la que el Estado y los particulares proporcionen el capital y organicen la gestión en común (33). En este caso, los capitalistas que han salido por la puerta vuelven a entrar por la ventana. Pues, aunque los magnates no conserven más que el 49% del capital y el Estado posea el 51%, siguen estando de hecho al frente de sus empresas. Además ¿quién es ese Estado, cuyos delegados se sientan en los Consejos de Administración junto a los capitalistas? El Estado fascista, cómplice del gran capital. No hay que tener miedo, su intervención será de lo más discreta: se limitará a invertir, hacer importantes encargos, garantizar los dividendos y asumir todos los posibles riesgos. Daremos algunos ejemplos. En 1936, el Estado y el gran trust Montecantini suscriben juntos el capital de la Azienda Nazionale Idrogenazione Combustibili, una sociedad cuyo objeto es la fabricación de gasolina sintética. En abril del año 1937, el Instituto de Reconstrucción Industrial -es decir, el Estado- adquiere más del 50% del capital de las sociedades Ansaldo, Odero-Terni-Orlando, United Shipyards of the Adriatic (34). En junio se forma bajo los auspicios del ya citado IRI, una Sociedad Financiera Siderúrgica, con un capital de 900 millones de liras, en la que participan, al mismo tiempo que el Estado, los trusts Ilva, Terni, Dalmine, etcétera (35).

En Alemania El Estado nacionalsocialista no tiene necesidad de ayudar a las empresas industriales y bancarias en dificultad, pues ya se encargaron de hacerlo los gobiernos precedentes. Pero se guarda muy bien de nacionalizar esas sociedades, de las que posee la mayoría de las acciones. Por el contrario, en cuanto puede devuelve éstas a sus antiguos poseedores. El Reich no reemplaza a la iniciativa privada, sino cuando no puede hacer otra cosa: cuando se trata de crear empresas poco rentables donde el capital privado no quiere exponerse. Como en el caso italiano, estas empresas toman la forma de sociedades de economía mixta: el Estado garantiza determinados dividendos al capital invertido y asume todos los riesgos. Así se constituyen las Hermann Goering Reichswerke fiür Erzbergbau und Eisenhütten, para explotar yacimientos de mineral pobre. El capital le suscriben el Reich y la gran industria, y el corresponsal de Le Temps no olvida decir que la forma jurídica de la sociedad anónima salvaguarda los intereses de la propiedad privada (36). La Bergwerkszeitung, órgano de la industria pesada, se sorprende de que haya quien considere la constitución de tal sociedad como una nacionalización: El Estado-escribe- evita a la industria privada el riesgo que supone la inversión de nuevos capitales y le deja la responsabilidad de participar voluntariamente en la ejecución de nuevos proyectos importantes (37). El general Hanneken, jefe de un departamento del ministerio de la Economía, declara en el congreso de los grupos profesionales de la industria siderúrgica, que, en cuanto sea posible, las Goering Werke volverán a la industria privada (38). En espera de que llegue el glorioso día de la reprivatización de esas empresas, el Estado nacionalsocialista y los magnates del gran capital se entienden muy bien en los consejos de administración de las sociedades de economía nixta. Un ejemplo de la interpenetración del Estado y la industria privada nos le da el consejo de supervisión de la gran sociedad Rheinmeiall-Börsig, incorporada a las Goering Werke, cuya composición es la siguiente: cuatro representantes de la gran industria: Börsig, Karl Bosch (de la I. G. Farben), un representante del Deulsche Bank y otro del Dresdner Bank; un representante de la vieja aristocracia pasada al nazismo, el duque de Saxe-Coburg-Gotha; dos representantes del Estado, conocidos por sus vínculos con el mundo de los negocios: el secretario del Estado Trendelenburg y un representante del ministerio de Hacienda; un representante del ejército, el general Thomas, jefe de la sección de Economía de guerra, en el ministerio de la Guerra y, por último, dos representantes de las Goering-Werke y uno de la Reichskreditgesellschaft*, establecimiento semipúblico de crédito (39).

6. El Estado se convierte en el principal cliente de la industria: obras públicas de prestigio y contratas de defensa nacional

De todas las medidas tomadas por el Estado fascista en favor de los magnates del capital, vamos a examinar ahora las de mayor importancia, no sólo por la acción decisiva que tienen en la reanimación del mecanismo del beneficio, sino porque son las que arrastran al fascismo a la autarquía y a la economía de guerra. Tanto en Italia como en Alemania, los capitalistas se encuentran ante una doble carencia debida a la misma crisis: la de la clientela privada, debilitada por la pérdida del poder adquisitivo de las masas y la del ahorro, que, cruelmente decepcionado por su experiencia más reciente, se aparta de las inversiones industriales. El Estado fascista con su intervención económica, sustituye a estos dos factores, al mismo tiempo. En Italia, en 1932, el 90% de las nuevas emisiones de títulos provienen de los institutos financieros paraestatales, y sólo el 10% de sociedades privadas (40). En Alemania, en 1934, el 70% de las emisiones nuevas proceden del Estado, y sólo el 30 por ciento, de la economía privada. En 1935, la formación de capitales en la economía privada sigue estando muy por debajo de las necesidades (41). En algunos casos, el nacionalsocialismo incita a aquellas empresas especialmente favorecidas por sus contratas a autofinanciarse. Por ejemplo, los beneficios de Krupp, que se elevan en 1935 a los 10 millones de marcos, se reinvierten totalmente en la empresa (42). Los encargos del Estado son de dos clases: grandes obras públicas de prestigio, generalmente poco rentables, y los encargos y obras para la defensa nacional. No es fácil trazar en muchos casos una línea divisoria entre estas dos actividades; la segunda entra en escena cuando la primera no basta para reanimar la economía, y a medida que se intensifica tiende a desplazarla por completo. Además, muchas de las obras públicas pueden considerarse de gran utilidad para la defensa nacional sobre todo las de los transportes por carretera y ferrocarril.

a) Grandes obras públicas

En Italia El fascismo italiano invierte entre octubre de 1922 y junio de 1934 43.000 millones de liras en obras públicas (sin contar con la mejora de los ferrocarriles), de las que más de 28.000 millones se pagaron efectivamente (43). La mayoría de estos gastos son improductivos y el Estado invierte a fondo perdido: el déficit de los ferrocarriles es crónico por ejemplo, 900 millones de liras en abril de 1935), pero se construyen constantemente nuevas líneas. El comercio exterior declina, pero se invierten grandes sumas en la mejora de puertos como Génova, Trieste, Venecia o para construir enormes transatlánticos de lujo. La circulación automóvil es reducida (cinco veces menor que la francesa), pero se emplean millones en la construcción de autopistas, cuyos elevados peajes alejan de ellas a la mayoría de los posibles usuarios (544 kilómetros construidos hasta el 30 de junio de 1934). Mussolini se da cuenta de que las autopistas no son más que una grandiosa anticipación (44). El Estado fascista entierra enormes sumas en proyectos como el embellecimiento de la Ciudad Eterna (que cuesta 500 millones de liras), la construcción del ministerio del Aire, etcétera. Un fascista confiesa en un folleto de propaganda que el rendimiento económico de las enormes sumas invertidas sólo será sensible en un futuro lejano (45). Pero por el momento, esas grandes obras permiten a algunos magnates, a algunos vendedores de acero y cemento, edificar enormes fortunas. Sin embargo, lentamente los armamentos van sustituyendo a las obras públicas. Y en febrero de 1936, el jefe de la Confederación fascista de los obreros de la industria, Tullio Cianetti, declara a Le Matin: Por razones de economía, el gobierno ha suspendido la mayor parte de las obras públicas en curso* (46).

En Alemania

Nada más tomar el poder, los nacionalsocialistas se lanzan a ejecutar un vasto programa de obras públicas no rentables, según la expresión de su mismo diario, el Völkischer Beobachter. El 1 de mayo de 1933, Hitler inaugura la primera batalla del trabajo. Y el 1 de junio se promulga la ley sobre la creación de trabajo, por la que el Reich concede a los países (länder) a los municipios y otras instituciones de derecho público, créditos sin interés y, en muchos casos, a fondo perdido, para realizar grandes obras públicas auxiliares, Se prevé para estos fines una suma total de 1.000 millones de marcos repartida en cinco años fiscales. EI 21 de marzo de 1934, Hitler inaugura la segunda batalla del trabajo y anuncia que se van a invertir otros 1.000 millones de marcos en obras públicas, En esa misma época, el Reich emprende la construcción de una red de 7.000 kilómetros de autopistas, cuyo precio de costo se calcula en medio millón de marcos por kilómetro. En diciembre de 1937 están ya terminados 2.000 kilómetros y Hitler anuncia: Cada año haremos un millar de kilómetros más (47). A pesar del déficit de los ferrocarriles alemanes (500 millones de marcos en 1935), se construyen nuevas vías férreas, por un importe total de 1.000 millones de marcos (48); la crisis paraliza la navegación fluvial, lo que no impide destinar 28 millones de marcos a construir una esclusa de ascensores en el canal que une el Elba con el Oder (49). Por último, el Estado nacionalsocialista entierra millones y millones en construcciones, como los nuevos edificios del partido, en Múnich, el estadio de los congresos del partido, en Núremberg; el gigantesco ministerio del Aire, en Berlín, con 2.500 habitaciones, etcétera. El Estado acumula las deudas mientras algunos magnates del hierro y del cemento ganan fortunas enormes. Pero poco a poco los gastos de armamento van sustituyendo a los de obras públicas. Ya el 13 de junio de 1934, el ministro de Hacienda declara en el Herrenklub, de Leipzig: En el futuro no emprenderemos más (...) trabajos auxiliares para luchar contra el paro. El Dr. Schacht, dictador de la Economía, se opone enérgicamente a que siga subvencionándose la construcción de obras públicas a fondo perdido, y, pese a la oposición de los plebeyos nazis, especialmente del Dr. Ley, impide que se inaugure en la primavera de 1935 la tercera batalla del trabajo (50).

b) Encargos y trabajos de "defensa personal"

En Italia En cuanto llega al poder, el fascismo italiano hace importantes encargos de armamento a la industria pesada. Durante siete u ocho años ha gastado la bagatela de 5.000 a 6.000 millones de liras anuales para dotar al país de un ejército, una marina de guerra y una aviación que no guardan relación alguna con las necesidades de defensa nacional (51). Pero es, sobre todo, a partir de 1934 cuando se acelera la cadencia de la producción de armamentos: el índice de la producción industrial, que era de 75 en el año 1934 (sobre 100 en 1928), llega a 105 en abril de 1935. Pero este aumento se concentra casi exclusivamente en la industria pesada. Las que más se han desarrollado han sido las industrias susceptibles de trabajar para el ejército (52). El costo de la guerra de Etiopía, según los más moderados cálculos, por ejemplo, los del profesor fascista Arias, es de unos 30.000 millones de liras, repartidos en los ejercicios 1934-35, 1935-36 y 1936-37 (53). El ministro de Hacienda, Thaon di Revel, confiesa en uno de sus discursos en la Cámara (54), que entre el 1 de julio de 1934 y el día 31 de marzo de 1938 el Gobierno ha destinado 36.000 millones de liras a gastos extraordinarios, y que calcula que para el ejercicio 1938-39 se necesitarán 12.000 millones más. Evidentemente, la mayor parte de estas sumas se gasta en material de guerra, es decir, que va a parar a la gran industria.

En Alemania El nacionalsocialismo, al llegar al poder incrementa considerablemente los gastos de rearme. Mientras las industrias productoras de bienes de consumo siguen en pleno marasmo, la industria pesada trabaja a pleno rendimiento. Por ejemplo, Krupp tiene que volver a poner en servicio en el invierno de 1935 tres altos hornos, que estaban apagados desde 1931. El 1 de mayo de 1935 declara a su personal que los altos hornos, convertidores, trenes de laminado y talleres de construcción mecánica están trabajando hasta el límite máximo de su capacidad (55). Una revista inglesa, The Banker, calcula que los gastos en armamento del ejercicio 1933-34 al de 1936-37 sumarán más de 30.000 millones de marcos (56). El secretario de Estado de Hacienda, Reinhardt, declara públicamente que la recuperación económica de Alemania la ha endeudado por un total de 40.000 millones de marcos (57). Los magnates de la industria pesada obtienen enormes beneficios. jSe edifican nuevas fortunas, corre el marco, vuelve el lujo (58). El rearme ha puesto a la Economía al servicio del Estado en una proporción gigantesca-escribe el Völkischer Beobachter-. El aprovisionamiento del ejército es una bendición para la Economía (59).

7. ¿De dónde viene el dinero? Peligros de la inflación. El Estado paga con *promesas de pago de vencimientos escalonados. Al llegar el vencimiento, soluciona el problema contrayendo empréstitos a largo plazo: gracias al control que ejerce sobre las Cajas de Ahorro y los Bancos, puede movilizar las economías de los pequeños rentistas. Recurre, finalmente, al impuesto

¿De dónde saca el Estado fascista las enormes sumas que le permiten convertirse en el principal cliente de la industria pesada, financiar las grandes obras públicas de prestigio y las contratas de armamento? ¿De dónde saca el dinero que va a parar a los bolsillos de los magnates capitalistas? El fascismo utiliza algunas viejas artimañas. No hace sino lo que ya hicieron los gobiernos de los países beligerantes entre 1914 y 1918. Emite papel y deprecia la moneda nacional a costa de todos los que viven de ingresos fijos: rentistas, titulares de cuentas de ahorro, retirados, funcionarios, etcétera, y a costa también de la clase obrera, cuyos salarios se encuentran congelados o no siguen sino de lejos el alza del costo de la vida. Pero tiene buen cuidado de enmascarar esta inflación. Después de la primera guerra mundial, las técnicas financieras se han perfeccionado, y el fascismo no olvida las graves consecuencias sociales de la inflación abierta, que en Alemania, en 1923, estuvo a punto de llevar a las desesperadas clases medias a unirse con el proletariado. Sería demasiado peligroso utilizar sin miramientos las máquinas de imprimir billetes. Por eso, Mussolini, a medida que va agravando el endeudamiento del Estado, se proclama deflacionista, y los dirigentes del Tercer Reich rechazan horrorizados cualquier alusión a la posible inflación. El Dr. Reyse, vicepresidente del Reichsbank, explica: El nacionalsocialismo no puede repetir el engaño que fue, hace diez años, la inflación, engaño del que fueron víctimas los ciudadanos más confiados, y, en especial, la masa de funcionarios, trabajadores, empleados, modestos rentistas, etcétera. Repitiendo este engaño abriría el camino al comunismo (60). En abril de 1933, el Dr. Schacht declara: La política del Reichsbank no tiene más que un solo objetivo: mantener la estabilidad del marco.

Por eso, los enormes gastos del Estado fascista no deben aparecer en el presupuesto oficial. En Italia, éste se presenta en equilibrio, o incluso con un excedente, pero según los cálculos del profesor fascista Arias, el déficit real es de más de 12.000 millones de liras en el ejercicio 1935-1936, y de más de 16.000 millones de liras en el de 1936-1937 (61). En Alemania, los gastos del rearme no aparecen en ningún sitio, pues para evitarse quebraderos de cabeza, los nazis dejan de publicar los presupuestos del Estado a partir del ejercicio 1934-1935. Tampoco se traducen los gastos del fascismo, en un incremento importante de la circulación monetaria. Aunque ésta aumenta, no lo hace en la proporción en que crecen los gastos. En Italia aumenta de 13.000 millones de liras el 31 de diciembre de 1934 a 15.500 millones el 30 de abril de 1937. En Alemania pasa de 5.500 millones de marcos en junio de 1933, a 8.000 millones a fines de septiembre de 1938. En lugar de recurrir al aumento vertiginoso de los billetes de banco, lo que se aumentan son las letras comerciales y los bonos a corto plazo. En Italia El Estado fascista emite bonos del Tesoro, con vencimiento de un año generalmente. Su monto global es de 10.500 millones de liras en 1934. También tiene la costumbre de pagar sus encargos con promesas de pago, a plazos diversos, que descuentan los bancos a sus acreedores. El informe de la comisión de presupuestos del año 1933 reconoce: El saneamiento del presupuesto se ha visto retrasado por la inscripción de importantes gastos de pago diferido; el Estado paga a plazos, empleando uno de los inventos del espíritu inflacionista norteamericano.

En Alemania El rearme alemán se financia principalmente por medio de letras llamadas de creación de trabajo, con vencimiento a seis meses, pero renovable. El Estado paga con esas letras a los industriales, que las presentan en el banco para que se las descuenten. El monto global de estos documentos de créditos es difícil de calcular, pero en el año 1938 debe oscilar entre 20 y 30 millones de marcos. El sistema tiene, entre otras ventajas, un mínimo de publicidad, pero presenta también serios inconvenientes. Puede llegar un día en que los bancos, saturados de ese papel, no puedan cumplir sus obligaciones y el Reichsbank se vea obligado a redescontarles las letras en cartera: en ese caso, la circulación monetaria se vería de pronto duplicada o triplicada. Que esto es algo más que una hipótesis lo demuestra una memoria que los industriales del Ruhr entregaron en junio de 1937 al canciller Hitler (62). Para guardarse contra este peligro, el gobierno del Reich renunció, a partir del 1 de abril de 1938, a este sistema, sustituyendo las letras de creación de trabajo por nuevos bonos del Tesoro, llamados bonos de entrega. Estos se emiten por un plazo de seis meses solamente y no pueden redescontarse en el Reichsbank; su emisión queda estrictamente limitada al total que pueden cubrir los fondos presupuestarios normales, y ese total se da a conocer públicamente. En agosto de 1938, esos bonos suman ya 3.000 millones de marcos (63). Pero al vencimiento de estos títulos, el Estado tiene que pagar. Cuantos más letras o bonos emite, más peligroso se convierte el vencimiento y aumenta el riesgo de verse obligado a imprimir vulgar papel moneda, con lo que la inflación fiduciaria-oculta- se transformaría en inflación monetaria. Por eso, el Estado fascista trata de consolidar estas deudas flotantes, convirtiéndolas en deuda a largo plazo, es decir, de cargar el fardo sobre el futuro. El único medio de conseguirlo es el empréstito obligatorio. Para obligar a los particulares a adquirir este papel a largo plazo, el Estado fascista ejerce un severo control sobre todos los organismos financieros que captan el ahorro: cajas de ahorro, institutos semipúblicos diversos y bancos. Tanto en Italia como en Alemania, el objetivo proclamado de este control es la protección del ahorro. El Estado dice preocuparse porque los establecimientos financieros conserven las liquideces suficientes para poder hacer frente a sus compromisos. Pero su verdadera intención es muy otra. La vigilancia que ejerce sobre todas las instituciones de ahorro le permite tener a su disposición los depósitos de éstas. Luego, el Estado fascista obliga a los depositantes a transformar sus economías, sus fondos disponibles en papel del Estado, cuya renta pierde lentamente su poder de compra con el aumento del costo de la vida y cuyo capital corre peligro de desaparecer completamente en caso de bancarrota o crisis monetaria. El gran capital escapa a todos estos riesgos, pues los magnates de la industria pesada disimulan en sus balances enormes beneficios de las contratas de guerra, y se apresuran a convertirlos en valores reales por la autofinanciación de sus empresas y destinándolos a crear nuevos medios de producción.

En Italia Por la ley del 10 de febrero de 1927, las cajas de ahorro, que disponían de sumas considerables (34.000 millones de liras aproximadamente en 1934) se reorganizan, unifican y agrupan en federaciones provinciales y regionales, colocadas bajo la tutela del Estado. Este interviene además en la administración de los Institutos llamados autónomos, como el Instituto Nacional de Seguros, el de Seguros contra accidentes de trabajo, etcétera. Los decretos-leyes del 7 de septiembre y del 6 de noviembre del año 1926 obligan a los bancos no sólo a comunicar al Banco de Italia sus balances mensuales y anuales, sino a someterse a las inspecciones de éste. El ministro de Hacienda puede retirar su licencia a los establecimientos que intenten escapar a su control. A finales de 1935, se dictan medidas restringiendo los reembolsos en las cajas de ahorro. En marzo de 1936, la necesidad de procurarse de cualquier modo capitales para a guerra de Etiopía conduce a un nuevo endurecimiento del control impuesto a los establecimientos de crédito, creándose una inspección para la defensa del ahorro y el ejercicio del crédito; todos los establecimientos que recogen el ahorro y distribuyen el crédito quedan sometidos a esta inspección, a la que deben comunicar sus balances (64). Este sistema permite transformar todos los depósitos en empréstito forzado. Los más perjudicados son los titulares de cuentas o cartillas de ahorro y los propietarios inmobiliarios, pero la industria pesada escapa fácilmente, aunque un decreto de agosto de 1935 exija a todas las sociedades cuyos beneficios pasen del 6% de su capital invertir esa plusvalía en valores del Estado (un decreto del 20 de octubre de 1937 elevó el porcentaje de beneficio máximo del 6 al 8%). Pero los trusts se guardan de distribuir sus enormes beneficios, para escapar a la obligación de convertirles en papel del Estado.

En Alemania Todas las posibilidades de ahorro del pueblo alemán deben ponerse al servicio del rearme, declara el ministro de Hacienda, Schwerin von Krosigk (65). Las cajas de ahorro que custodian sumas enormes (13.000 millones de marcos aproximadamente) quedan colocadas por la ley del día 5 de diciembre de 1934, bajo el control del Estado, vigiladas por la oficina de servicio de control de los institutos de crédito, dependiente del Reichsbank, que puede hacer toda clase de investigaciones en sus libros. Este organismo aconseja a las cajas cómo deben colocar los fondos que administran (66). También se adoptan medidas para impedir que los titulares de cuentas y cartillas de ahorro retiren sumas-demasiado importantes. El Estado interviene también en la administración de los llamados institutos autónomos, como las cajas nacionales de seguros de enfermedad, de seguro de paro, etcétera.

En cuanto a los bancos, cuyos depósitos se elevan a unos 2.000 millones de marcos, quedan obligados también por la ley citada a la vigilancia estatal. No sólo deben comunicar sus balances a la oficina de control, sino someterse a cualquier inspección o verificación que ésta desee. EI Estado vigila las cuentas de los particulares, y se opone en caso necesario a una retirada de fondos, asegurándose de que todas las disponibilidades se conviertan en papel del Estado (67). El comisario del Reich para la Banca puede cerrar cualquier establecimiento financiero que se niegue a cumplir estas prescripciones. Estas medidas transforman profundamente el carácter de la Banca alemana. En vez de desempeñar, como antaño-dice el diario Information- un papel decisivo en la distribución del crédito a la economía privada, se han convertido los bancos alemanes] en verdaderos holdings de valores del Estado y en organismos destinados en primer lugar a facilitar la tesorería de los poderes públicos (68). El sistema permite al Estado utilizar el ahorro de todos los alemanes. Siempre que el Reich necesita préstamos para amortizar su deuda a corto plazo, utiliza los fondos de las Cajas de Ahorro de los institutos semipúblicos y de los grandes Bancos comerciales. El Reich, de esta forma, hipoteca su futuro. Se calcula que los intereses y amortizaciones de estos empréstitos, que representaban en el año 1936 unos 158 millones de marcos, podrán llegar en el año 1944 a 1.220 millones (69). Mientras los depósitos de ahorro modestos y medianos se movilizan al servicio del Tercer Reich y los establecimientos de ahorro se ven obligados a acumular un papel cuyo valor es puramente nominal, la gran industria transforma sus enormes beneficios en valores reales. Aunque la ley del 4 de diciembre de 1934prolongada por tres años en 1937- obliga a las sociedades a depositar en una cuenta especial en el Golddiskontbank todos los beneficios que rebasen el 6 ó el 8%, según los casos, del capital invertido, para su posterior conversión en valores del Estado, los magnates de la industria consiguen fácilmente ocultar sus beneficios y burlar la ley. Instalaciones que debieran amortizarse normalmente en diez o quince años, lo son en dos o tres. En cuatro años la industria de Renania-Westfalia consigue amortizar de esta forma más de la mitad de su capital declarado. Sólo en el año 1937, la amortización de maquinaria de la I. G. Farben se eleva al 28% de su valor total, y el del trust Rheinmetall Börsig, al 27% de todo su activo declarado. La industria pesada no es tan ingenua como para invertir en papel que puede perder todo su valor en una noche sus inmensos beneficios; prefiere comprar con ellos nuevas máquinas, que, aunque se deprecien, siempre valdrán más (70). Nada tiene de extraño que, pese a la ley del 4 de diciembre de 1934, la cuenta especial del Golddiskontbank no recibiera en el ejercicio 1935-1936 sino 30 millones de marcos, de los que 12 millones fueron depositados por el Reichsbank (71). Pero la emisión de obligaciones a largo plazo tiene sus límites: el ahorro disponible cada año no es inagotable. Para reembolsar su deuda a corto plazo, el Estado fascista tiene que recurrir no sólo al empréstito forzoso, sino a aumentar las contribuciones. La masa de la población, tanto en Italia como en Alemania, está ya abrumada de impuestos, y no se puede seguir sin peligro por ese camino. Por eso, el Estado fascista, que siempre había procurado aliviar los impuestos a los magnates, se ve obligado, pese a sus buenas intenciones, hacia ellos, a cambiar de política. Los magnates de la industria pesada resultan los mejor tratados, pues el Estado fascista tiene que permitirles, para su política de rearme y de autarquía, importantes amortizaciones y autofinanciación, pero, por otra parte, la necesidad de alimentar su tesorería le lleva a incrementar la vigilancia para que las sociedades no defrauden al fisco. Cogido en esta contradicción, el Estado fascista duda en imponer a la industria pesada el control draconiano que podría hacer rendir al máximo el impuesto sobre el beneficio de las sociedades (72).

En Italia Un decreto-ley de octubre de 1937 impone una contribución excepcional del 10% al capital declarado y a las reservas de las sociedades comerciales (impuesto que se reduce al 2,5% en el caso de que tales sociedades presenten un balance deficitario en sus tres últimos ejercicios, y al 5% si sólo el último balance es deficitario). El impuesto se paga en 15 cuotas, entre el 10 de marzo de 1938 y el 10 de junio de 1940, pero hay numerosas exenciones y reducciones: la mitad del impuesto puede pagarse con acciones de la sociedad, las sociedades interesadas pueden revalorizar sus activos (teniendo en cuenta la desvalorización de la lira) y distribuir sus reservas en ciertas condiciones. Este impuesto proporcionó entre 3.000 y. 6.000 millones de liras.

En Alemania En septiembre de 1936, el impuesto sobre la renta de todas aquellas sociedades con beneficios de más de cien mil marcos, que era del 20%, se elevó al 30%. El 30 de junio de 1938, volvió a elevarse al 35%, y al 40% para 1940. Este impuesto produjo 1.553 millones de marcos en 1937. En agosto de 1938 se instituyó un nuevo impuesto, llamado Wehrsteuer (impuesto para la defensa nacional), equivalente al 3% del impuesto sobre la renta (73). Casi todos los informes anuales de las sociedades, a primeros de 1938, se quejaban del aumento de los impuestos (74). El producto total de aquéllos, para el ejercicio de 1937-38 era de 14.000 millones de marcos, el doble de la cifra correspondiente al ejercicio 1933-34. Los gravámenes fiscales, que en el ejercicio 1928-29 no pasaban del 18,4 por ciento de la renta nacional llegaron a ser en 1937 el 28,6% de la misma. Pero es el gran capital el que sale mejor parado, teniendo en cuenta sus enormes beneficios.

8. El Estado aísla la moneda nacional

Estos expedientes, tan variados como temerarios e ingeniosos, no pueden impedir indefinidamente la triunfal reacción de las viejas leyes de la economía política. Poco a poco se ve que la inflación oculta produce los mismos efectos que la inflación declarada: el poder de compra de la moneda baja vertiginosamente, El fascismo se esfuerza en frenar y disimular esta depreciación monetaria, en conservar el mayor tiempo posible el valor artificial de su divisa. En gran parte lo consigue por el terror y el secreto, en el interior del país, pero estas medidas no tienen ningún efecto fuera de sus fronteras, y es entonces cuando se ve obligado a recurrir a un nuevo expediente: aislar la moneda nacional.

En Italia A partir de 1934, la depreciación real de la moneda se manifiesta por la fuga de capitales al extranjero, y correlativamente por las salidas de oro, que reducen el encaje metálico del Banco de Italia. De 7.105 millones de liras en febrero de 1934 (en vez de 12.106 millones de liras el 1 de enero de 1928), el encaje oro cae a 3.394 millones el 31 de diciembre de 1935.

A fin de preservar el valor ficticio de la lira, el fascismo se ve obligado a rodearla de una muralla china. Prohíbe por medidas radicales el éxodo de capitales. Por dos decretos leyes del 27 de mayo de 1934, instituye un control riguroso sobre los títulos extranjeros en posesión de los italianos, al mismo tiempo prohíben toda clase de operaciones de cambio de divisas, salvo las que hagan frente a las necesidades comerciales, así como la exportación de billetes de banco y de cheques italianos. Un decreto del 8 de diciembre refuerza estas medidas, subordinando la exportación de mercancías a la cesión previa al Estado de todas las divisas obtenidas como pago de dichas exportaciones. Todos los bancos, sociedades, empresas y particulares quedan obligados a declarar ya poner a la disposición de un Instituto Nacional de Cambios, es decir, del Gobierno, todos sus créditos en el extranjero. Todos los súbditos italianos deben declarar, antes del 31 de diciembre, los haberes que poseen en bancos o empresas situadas fuera de Italia. En mayo de 1935, todo poseedor italiano de títulos extranjeros o italianos emitidos en el extranjero queda obligado a depositarlos en el Banco de Italia. El 28 de agosto se decide que todos los créditos extranjeros a favor de súbditos italianos serán adquiridos por el Instituto Nacional de Cambios y pagados en liras. Todos los títulos extranjeros en posesión de italianos serán adquiridos por el mismo Instituto y pagados con bonos del Tesoro al 5% y vencimiento en 9 años. Por el decreto del 8 de octubre queda prohibido sacar de Italia más de 2.000 liras. Pero todas estas medidas draconianas no evitan la depreciación de la lira en el interior. El 5 de octubre de 1936, Mussolini, que en tiempos de la estabilización de 1927 había jurado defender la lira hasta la última gota de su sangre, decide una desvalorización del 41% sobre el valor de la lira en aquel año. Pero ni esa operación quirúrgica consigue salvar la moneda italiana, que sigue perdiendo valor.

En Alemania A partir de 1934, la depreciación real.de la moneda alemana se manifiesta también por el éxodo de capitales y las salidas de oro consecutivas, que reducen la relación oro billetes de un 20% a finales de 1932 al 1.5% el día 31 de diciembre de 1934. Para cortar la hemorragia del oro, el Gobierno nacionalsocialista se ve obligado a impedir con medidas radicales el éxodo de capitales. Empieza por suspender parcia!mente primero y completamente después el pago de los intereses de la deuda comercial exterior. A partir del 1 de julio de 1934 decreta una moratoria sobre todas las transferencias debidas a deudas comerciales, incluyendo las de los empréstitos Dawes y Young 1; el 1 de julio de 1935 renueva dicha moratoria. Un decreto del 2 de octubre de 1934 prohíbe a todo viajero alemán que vaya al extranjero sacar del país una suma superior a 10 marcos. Finalmente se publica el célebre decreto terrorista del 1 de diciembre del año 1936: Cualquier persona bajo jurisdicción alemana que envíe su fortuna al extranjero deliberadamente, por vil interés o cualquier otro bajo motivo, o infrinja las prescripciones legales, causando así un grave daño a la economía alemana, puede ser condenado a muerte. Su fortuna será confiscada.

Tras de este decreto viene otro, de 15 de diciembre, por el que se concede a los culpables una amnistía, que expira el 31 de enero de 1937, para repatriar Jos capitales exportados Pero todas estas medidas extraordinarias no pueden impedir, pese a la congelación de los precios, que el valor adquisitivo de! marco baje constantemente. En junio del año 1937, en su memoria a Hitler (75), los industriales del Ruhr calculan dicha depreciación en un 40%, pero en realidad debe llegar al 50%. Los dirigentes alemanes no se atreven a seguir el ejemplo de los italianos y resignarse a una desvalorización. A causa de las terribles experiencias del pasado, temen los efectos psicológicos de tal medida. En 1937, el Dr. Schacht presenta orgullosamente el marco como la *única moneda de un gran país que no ha sido desvalorizada (76). También es cierto que, como dicen los industriales del Ruhr en su memoria, los efectos de una desvalorización no serían duraderos. Mientras el Reich siga consagrando sumas enormes al rearme, el marco seguirá amenazado, con o sin desvalorización.

9. La economía nacional en circuito cerrado

Una medida lleva a otra. El fascismo va a verse obligado a aislar del exterior no sólo su moneda nacional, sino el conjunto de la economía nacional. Prohibir la exportación de capitales no basta. Hay que evitar cualquier salida de oro que no esté justificada por una necesidad urgente de importaciones. Sólo se autorizan las importaciones de materias primas para las industrias de armamento, que no se producen en el territorio nacional, o las de mercancías compensadas con exportaciones equivalentes. Este sistema exige un control severo del Estado sobre el comercio exterior. Y como hay que sustituir las mercancías, cuya importación está prohibida por productos nacionales, el Estado crea artificialmente, en vasta escala y con grandes gastos,una industria de sucedáneos. El fascismo emprende así sin haberlo buscado el camino de la autarquía, no de aquella autarquía utópica, que prometía antes de llegar al poder, capaz de asegurar la satisfacción de las necesidades de cada miembro de la comunidad y la primacía del Trabajo sobre el Dinero, sino de un verdadero régimen de bloqueo, cuyas consecuencias son la penuria de artículos de primera necesidad para las masas y una tendencia al alza de todo lo que escasea, que se trata de frenar por un control draconiano de los precios.

En Italia En 1934, el déficit de la balanza comercial es de 2.500 millones de liras, y las exportaciones de oro alarmantes. A partir de 1935, todo el comercio exterior se subordina a las necesidades militares, pues es necesario que en caso de guerra, la nación disponga de los medios indispensables para conseguir la victoria (77). Un decreto del 18 de febrero de 1935 exige para cualquier importación de un producto extranjero la posesión de una licencia. Mientras los importadores de productos necesarios para la industria bélica consiguen sin dificultad estas licencias, los demás tienen que conseguir de un exportador la licencia de importación, que se le entrega a éste a cambio de la exportación efectuada. El fascismo denuncia los acuerdos comerciales concluidos con los países extranjeros sobre la base de la cláusula de la nación más favorecida, sustituyéndoles por el sistema de los intercambios compensados, es decir, que trata de no comprar a cada país más de lo que le vende. A partir del 1 de agosto, el Estado se atribuye el monopolio de las compras al extranjero de diversas materias primas: carbón, cobre, estaño, hierro, níquel, algodón, lana, carburantes, etcétera. A primeros de 1936 se crea un subsecretariado de Estado para el comercio con el extranjero, encargado en especial de mantener la disciplina de las importaciones y exportaciones. El 2 de marzo de 1937, el Gran Consejo fascista decide la máxima realización de la autarquía en lo concerniente a las necesidades militares y el sacrificio total, si es necesario, de las necesidades civiles a las militares. En junio, el consejo de administración de la Sociedad Financiera Siderúrgica, que acaba de constituirse, recibe este telegrama de Mussolini: Si hay (..) un sector del que haya que esperar la máxima autarquía, ese es el sector del hierro (78). El 11 de octubre, el Comité corporativo central, reunido en Roma, se constituye en Comisión suprema de la autarquía, con el fin declarado de coordinar, controlar y estimular todas las actividades (...), con el objetivo de realizar la autarquía (79). Pero esta autarquía cuesta muy cara. Es necesario crear una industria de sucedáneos que se mantiene gracias a las participaciones y subvenciones del Estado y a que éste garantiza los dividendos. Así ocurre, por ejemplo, con la Azienda Nazionale Idrogenazione Combustibili*, sociedad creada para producir un carburante nacional sintético, a cuyos accionistas se garantiza un interés del 6 al 8%. Se construyen tres fábricas muy costosas para explotar los esquistos bituminosos albaneses, los lignitos de Toscana, los esquistos bituminosos y asfálticos de Sicilia y extraer de ellos el precioso combustible liquido.

Pero la autarquía no puede hacer que Italia, país pobre en materias primas, deje de necesitar al resto del mundo. En 1938 no produce sino el 10% del carbón que necesita, y se calcula que, en el mejor de los casos, jamás legará a satisfacer más de la tercera parte de sus necesidades. En cuanto a la siderurgia, está a merced de las potencias occidentales que le proporcionan el 50% de las materias primas necesarias. El mismo Mussolini tiene que confesarlo (80). Sabe perfectamente que su país no tiene los medios para sostener una guerra. Durante el primer semestre de 1937, Italia tiene que importar 1.300.000 toneladas de productos petrolíferos. En 1938, su déficit de trigo oscila entre los 10 y 20 millones de quintales. En 1937, la balanza comercial acusa un déficit de 6.000 millones de liras, es decir, mucho más que todos los años precedentes. El hecho mismo de que, a pesar de la autarquía, las importaciones sigan siendo elevadas obliga al fascismo a estimular por todos los medios las exportaciones. Comentando en la Cámara el déficit de la balanza comercial, el ministro Guarneri declara que las importaciones han quedado reducidas al mínimo. No se puede hacer gran cosa con ellas para restablecer el equilibrio de la balanza comercial. La única solución es exportar. El ministro termina dramatizando la necesidad absoluta de conquistar nuevos mercados: Exportar o desaparecer (81). Pero las facilidades que se dan a los exportadores inciden cruelmente sobre el consumo interior. Las importaciones de aquellas materias primas necesarias para fabricar los productos exportables vienen inmediatamente después de las que requiere la industria bélica, quedando al final los productos necesarios al consumo interno. Todo exportador tiene que entregar al Estado el 75% de las divisas extranjeras recibidas en pago de sus ventas, pudiendo destinar el 25% restante a importar materias primas destinadas a la reexportación, incorporadas en productos manufacturados. El consumidor interior queda en último lugar. Estos son los límites y los inconvenientes de la autarquía, que además no es ninguna panacea para los jefes fascistas, sino un mal menor. El jefe del gobierno italiano -escribe el corresponsal de Le Temps en Roma- no juzga el problema desde un punto de vista doctrinario (82). Se contentaría con el mínimo de autarquía indispensable. Mientras tanto, las masas populares son las que pagan la experiencia. El resultado de ésta es la penuria y, a pesar de un control dictatorial de los precios, la tendencia al encarecimiento de los productos de primera necesidad destinados al consumo interior. El único recurso del consumidor es apretarse el cinturón.

En Alemania En 1934, el déficit de la balanza comercial alemana alcanza los 285 millones de marcos. Todo el comercio exterior está subordinado a las necesidades del rearme. El ministerio de la Economía no duda en importar metales y materias primas destinados únicamente a las fabricaciones militares, pero restringe las importaciones necesarias a la alimentación nacional (83). A partir de 1934, el gobierno del Reich empieza a reducir la cantidad de divisas extranjeras de las que pueden disponer los importadores alemanes. La ley del 23 de marzo de 1934 decide la creación, por cada categoría de productos importados, de una oficina de control encargada de conceder o de rehusar, según los casos, las licencias de importación. Se crean sucesivamente oficinas de control para el algodón, la lana y el cáñamo, los metales no ferrosos, el caucho, el cobre. El 11 de septiembre, el Dr. Schacht decide elevar a 25 el número de oficinas de control, de tal modo que todos los productos importados estén sometidos a la vigilancia gubernamental. Ninguna importación puede llevarse a cabo sin que previamente la oficina de control correspondiente haya dado una autorización de adquisición de divisas. Las importaciones autorizadas (salvo cuando se trata de materias primas necesarias a la defensa nacional) son proporcionales a las entradas de divisas producidas por la exportación. El 26 de agosto de 1934, el Dr. Schacht anuncia que todos los acuerdos comerciales firmados por Alemania que dan anulados-o deberán adaptarse a las nuevas circunstancias después de una negociación- y que el comercio exterior responderá en el futuro a una nueva orientación: Alemania sólo comprará a aquellos países que compren mercancías alemanas. El 27 de abril de 1936, Goering, el hombre fuerte del régimen, se convierte en la autoridad suprema sobre todo lo referente al aprovisionamiento de materias primas y cuestiones de divisas extranjeras. En el congreso de Nuremberg, en septiembre de 1936, Hitler anuncia un plan de cuatro años destinado a convertir a Alemania en un país que no necesite ningún producto de otra parte del mundo, y en octubre, Goering se convierte en el dictador del plan de los cuatro años. Puede ya, a partir de esta fecha, dar órdenes a todas las autoridades del país, incluidas las supremas autoridades del Reich, y a todos los órganos del partido (84). A fines de noviembre de 1937, después de abandonar el Dr. Schacht el ministerio de la Economía nacional, la administración del plan de los cuatro años lo absorbe. La realización del plan requiere unas inversiones de 6.000 a 8.000 millones de marcos (85). La rentabilidad no cuenta. Como dicen los industriales del Ruhr en su memoria a Hitler, no sin cierta ironía quizá: El Estado no ha proyectado cl plan de materias primas desde el punto de vista del costo de producción. Lo que le parece decisivo, para remediar la escasez peligrosa de materias primas, es la cuestión puramente cuantitativa (86). Es cierto que el Reich no retrocede ante ningún sacrificio. Por todos los medios, participaciones financieras, subvenciones, exoneraciones fiscales, garantías de precios y dividendos, promesas de contratas y encargos, etc., trata de impulsar la fabricación de sucedáneos. Por ejemplo, garantiza a la Braunkohlen Benzin A. G., que fabrica gasolina sintética a partir del lignito, la, amortización de las instalaciones en diez años y un interés del 5% sobre el capital invertido (87). Se construyen once fábricas para producir gasolina a partir del lignito o de la hulla. El Reich proporciona la mayor parte del capital de las Hermann Goering Reichswerke für Erzbergbau und Eisenhüten, creadas en julio de 1937 para tratar el mineral de hierro pobre. Pero este enorme esfuerzo encuentra un obstáculo muy serio: el de los precios de costo. La mayoría de los productos de sintéticos resultan a un precio mucho más elevado que los naturales, lo que hace ruinosa la sustitución de éstos en tiempo de paz. Por ejemplo, el precio mínimo de la gasolina sintética de la fábrica de Leuna era, a principios de 1936, de 140 francos el hectolitro, según el general Serrigny, mientras que un hectolitro de gasolina de petróleo costaba en la misma época 22 francos en el puerto de Hamburgo (88). Aun admitiendo que más adelante se lograra abaratar el precio de la gasolina sintética, debió de subsistir una gran diferencia. Si la diferencia de precios sigue siendo lo que es hoy, es decir, muy considerable -escribe el corresponsal de Le Temps en Alemania- no se fabricarán sino unos cuantos productos nuevos. Pero las fábricas se reorganizarán de modo que se pueda incrementar rápidamente la producción en tiempo de guerra (89). Esos esfuerzos febriles, esos gastos gigantescos, no consiguen, sin embargo, liberar del yugo del extranjero a un país cuya industria es esencialmente transformadora y que es pobre en materias primas. El coronel Thomas, jefe del departamento de la Economía de guerra en el ministerio de la Guerra, confiesa en una conferencia: Ni la explotación a fondo de todas nuestras riquezas nacionales, incluidos los Ersatz y las sustancias sintéticas, ni las restricciones extremas de todas las necesidades del país nos pueden dar una autonomía que nos permita renunciar a toda importación (90). En 1937,-la producción nacional abastece en un 20 6 25% a la industria alemana en materias primas. Gracias al plan de los cuatro años podrá llegar quizá al 30 6 al 40%, pero no más allá. En el caso más favorable, la producción minera supondrá el 50% de las necesidades. En 1937, la producción de hierro no es sino de siete millones de toneladas, y el consumo, de 28 millones. La producción de combustibles líquidos (naturales y sintéticos) no cubrirá nunca más del 50% del consumo. Debido a este grave déficit, el Tercer Reich, a pesar de su potencial militar y sus victorias, fue siempre muy vulnerable. La balanza comercial, que había registrado excedentes los tres años anteriores, acusó en el primer semestre de 1938, un déficit de 114 millones de marcos. Las importaciones gravan de tal modo la balanza comercial alemana, que su equilibrio sólo puede alcanzarse incrementando las exportaciones. Para conseguirlo, el recurso empleado es reducir artiiciaimente los precios de venta al extranjero de las mercancías alemanas, es decir, vender con pérdidas y por lo tanto empobreciendo al país. Una ley del 1 de julio de 1935 autoriza al ministro de la Economía a imponer al conjunto de la industria alemana una contribución de 720 millones de marcus destinada a constituir un fondo de dumping; el Estado añade a esta suma 300 millones de marcos. En 1936 se constituye un fondo análogo entre el Estado y el conjunto de la Economía. Este fondo permite a los industriales alemanes vender en el exterior sus mercancías un 25 o un 50% más baratas que en el mercado interior. Contribución que pagan, en realidad, los consumidores alemanes. En los medios industriales no se cree posible tan duro sacrificio sin elevar los precios interiores, lo que se traducirá, inevitablemente, por un aumento del costo de a vida (91). Cuando la balanza comercial vuelve a ser deficitaria, en 1938, el ministro de Economía, Funk, decide aumentar la suma de divisas que el gobierno concede a los exportadores para importar las materias primas que necesitan sus abricas (92). Como en Italia, el consumidor interior es el último en la distribución de divisas. Estos son los resultados de la autarquía alemana. A decir verdad, el Dr. Schacht, cuando se lanzó por este camino, no veía en él más que un mal menor. Siempre repitió que no era partidario de la autarquía por la autarquía y que prefería unas relaciones internacionales regulares y activas (93). Consideraba la autarquía como un expediente al que puede verse uno obligado a recurrir en determinadas circunstancias, pero no como un verdadero sistema económico (94). Lo mismo que en Italia, quienes pagan esta economia de cerco son las masas populares. En el interior del país escasean los artículos de primera necesidad. A esto hay que añadir un alza invisible de los precios debida a la peor calidad de los productos, que se puede cifrar entre el 100 y el 15% (95). La penuria es muy grande en cuanto a los productos alimenticios (mantequilla, grasas, carne de cerdo), que Alemania tiene que importar y para lo que faltan divisas. El nuevo armamento-dice Goering- nos ha costado un gigantesco trabajo. Nos hacían falta materias primas que hemos tenido que traer del extranjero. Hemos tenido que decidir si íbamos a emplear nuestras divisas en importar minerales u otras cosas. Si comprábamos mantequilla, renunciábamos a la libertad, por eso hemos optado por la libertad y renunciado a la mantequilla (96). Apretémonos el cinturón y ganaremos en salud, es el consejo que da Goebbels al pobre consumidor.

10. Economía de guerra. El Estado es quien dirige, pero ¿quién dirige el Estado? La verdadera función de las corporaciones y los grupos profesionales

Así, pues, de expediente en expediente, de modo puramente empírico más que siguiendo una teoría preconcebida, e incluso sin haber previsto adónde le iban a llevar sus enormes armamentos, el fascismo llega a una economía de guerra análoga a la que conocieron los países beligerantes entre 1914 y 1918. La única diferencia entre el pasado y el presente es que en aquel caso se trataba de una economía de guerra, en el verdadero sentido de la palabra, mientras que la economía fascista (hasta septiembre de 1939) es una economía de guerra en tiempo de paz (98). A partir de 1919, en cuanto se restablece la paz, los capitalistas, deseando recuperar su libertad de acción, exigieron la liquidación de la economía de guerra. Por eso subvencionaron a Mussolini en Italia, para que hiciera campaña en ll Popolo d'ltalia contra las supervivencias de la economía de guerra (99). Ahora, cuando el fascismo, gracias a los subsidios del gran capital, está en el poder, resucita la economía de guerra. El carácter distintivo de esta economía es la continua extensión de las funciones del Estado. EI Estado dirige el conjunto de la economía, se convierte en el cliente casi exclusivo de la industria, absorbe todo el ahorro privado, monopoliza el comercio exterior, controla los precios, dispone a su capricho de la mano de obra, reparte las materias primas, determina cuál es el sector de la economía que necesita nuevas inversiones y decide qué nuevas industrias deben crearse. Hemos llegado a una situación -dice Mussolini- que si (...) el Estado se durmiera durante veinticuatro horas, bastaría para provocar una catástrofe (100). Y en Alemania, dice el Dr. Schacht: Más que nunca, los particulares no son nada sin el Estado (101). Sólo el Estado puede llevar el timón (102). Así, pues, el Estado dirige la economía. Pero ¿quién dirige el Estado? Quién se oculta detrás de esa abstracción? La burocracia estatal es completamente incapaz de resolver problemas económicos de tal complejidad. Está claro -dice Le Temps- que si el Estado emprende la dirección de la economía nacional necesita un aparato de dirección infinitamente más complejo que el que hoy tiene (103). Por eso la burocracia estatal, aunque sigue aparentando la más orgullosa independencia, se deja aconsejar por las competencias, es decir, por los magnates capitalistas. Estos se convierten en el estado mayor de la economía -no de forma oculta, como antes, sino oficialmente- del Estado. Se establecen contactos permanentes entre los grandes capitalistas y el aparato burocrático: ellos mandan y la burocracia ejecuta sus órdenes. Este es el verdadero papel de las corporaciones creadas en Italia por la ley del 4 de febrero de 1934, de los grupos profesionales creados en Alemania por la ley del 27 de febrero de 1934, prototipos de los comités de organización de Pétain. ¿Cuál es el fin declarado de la corporación italiana? Dar su opinión sobre todas las cuestiones que, de una u otra forma, interesan a la rama económica para la que se ha formado todas las veces que la consulten las administraciones públicas correspondientes (104). Y el de los grupos profesionales alemanes? Organizar una relación racional (entre los industriales) y los servicios del ministerio de Economía (105). En el seno de las corporaciones y de los grupos profesionales los problemas relativos a la economía de guerra se resuelven entre los magnates y la burocracia estatal: reparto de los contingentes de materias primas destinadas a la fabricación de armamentos, constitución de stocks* de materias primas y de mercancías para cuando estalle la guerra, creación de una industria de sucedáneos, intensificación de las exportaciones, etc. Y como siempre ocurre, cuándo llega la hora de repartir, son los magnates los que se llevan la parte del león.

En Italia Las corporaciones italianas se encargan, a partir de 1934, de constituir consorcios para la compra global de materias primas que se reparten luego entre los diferentes productores (106). A partir de febrero de 1935, cuando empiezan las restricciones a la importación, el reparto de los contingentes y de las licencias de importación se confían a unos comités de base corporativa (107). A primeros de 1936, los comités técnicos corporativos preparan y realizan la explotación al máximo de todas las reservas y recursos de la nación (...). El trabajo de las corporaciones está orientado decididamente hacia estos objetivos (108). Por ejemplo, la Corporación de la industria mecánica se ocupa especialmente de lo concerniente a los metales especiales para la construcción aeronáutica (109). El 11 de octubre de 1937, como vimos, el Comité corporativo central, compuesto de los representantes de las 22 corporaciones, se transforma en comisión suprema de la autarquía, con amplios poderes. Las corporaciones tratan al mismo tiempo de reducir los costos de producción para intensificar las exportaciones. Las nuevas corporaciones -escribe Il Giornale d'Italia- preparan el medio favorable al estudio integral y a la acción coordinada que el problema [de la exportación] exige a todos los factores productivos (110).

En Alemania Los grupos profesionales, cuyos jefes suelen ser los mismos de los cartels (111), colaboran estrechamente, a partir de septiembre de 1934, con los diversos organismos de control de las importaciones creados en esta fecha. En íntima relación con ellos es como prepara el Estado un vasto programa de fabricación de sucedáneos. Cuando, en 1935, se constituye el fondo de dumping para fomentar las exportaciones, los grupos profesionales intervienen tanto en la colecta de dichos fondos como en su reparto entre los exportadores. Uno de sus fines primordiales es el de desarrollar rápida y racionalmente la exportación (Kessler), desarrollar la exportación por todos los medios (Von der Goltz y Schacht).

11. Los plebeyos quisieran aprovechar las circunstancias para nacionalizar la economía. Pero los magnates capitalistas se oponen

Sin embargo, algunos ingenuos siguen convencidos de que en el régimen fascista los grandes capitalistas no tienen poder alguno sobre el Estado. Y que, por el contrario, es éste el que los maneja a su capricho. ¿De dónde viene esa persistente ilusión? En parte se debe a los plebeyos fascistas que, tomando sus deseos por realidades, proclaman su intención de utilizar la economía de guerra y las corporaciones para someter el capitalismo, no al proletariado, naturalmente, sino a la dirección autoritaria del Estado, es decir, a sí mismos. Una vez dueños de la economía tendrían riqueza y poder. Para llegar a realizar sus fines emplean la demagogia, y dirigiéndose a su base social, al militante fascista de última fila, presumen de poder encadenar en breve a la bestia capitalista. Pero como vimos, todo se queda en palabras. Los capitalistas se defienden eficazmente contra sus pretensiones. Fieles al liberalismo económico, sólo aceptan la economía de guerra obligados por la necesidad y con la condición de que sean ellos los que la dirijan. No están dispuestos a que los plebeyos aprovechen la ocasión para encerrarles en un estatismo cada vez más riguroso. Tienen miedo de que las corporaciones o los grupos profesionales, desviados de su primitivo fin, bien preciso y limitado, tanto en el espacio como en el tiempo, se conviertan en una trampa para ellos. Por eso utilizan su ascendiente sobre los dirigentes responsables del Estado fascista, haciéndoles condenar y repudiar toda tendencia socializante*. Una cosa son los expedientes temporales, a los que tiene que recurrir el capitalismo, y otra muy distinta los sueños de algunos que, inspirándose en una doctrina preconcebida, quisieran ,transformar el estatismo en un sistema permanente.

En Italia

El Lavoro Fascista quiere ver en el régimen corporativo una transformación antiburguesa de la economía nacional, e incluso una verdadera transformación revolucionaria de la economía (112). Ciertos fascistas -señala Le Temps-encuentran incluso en las sanciones una ocasión excelente para acelerar el ritmo de aplicación del sistema corporativo, acostumbrando a la población a obedecer más que nunca el interés nacional, sin distinción entre ricos y pobres (113).

Contra tales tendencias, el capital reacciona vigorosamente. La Confederación de la Industria, organización privada patronal, sigue teniendo una existencia independiente fuera de las corporaciones, aunque carezca de todo estatuto legal en el Estado corporativo. Celebra sus congresos anuales, y al de 1934 asiste el mismo Duce. Su presidente, Pirelli, aprovecha la ocasión para recordar al su-pre1no representante del Estado fascista que éste debe mantenerse respetuosamente alejado de la gestión de la producción. Sin duda, la intervención estatal se hace a veces necesaria, como cuando se trata de ayudar a una em-presa que pasa por una situación difícil, pero no tendrá necesidad de hacerse tan general (...). Se trata de no alterar las leyes de la economía. Los patronos no se apartarán en ningún caso del principio de la propiedad privada y de la iniciativa individual (114).

Mussolini se apresura a tranquilizarlos: las corporaciones seguirán siendo en Italia unos órganos de enlace entre el Estado y los magnates; ni domesticarán a la industria privada ni se mezclarán en la gestión de la producción. Mussolini lo promete solemnemente: ¿He de repetir una vez más que las corporaciones no constituyen un fin en sí mismas? (115). Las corporaciones son órganos estatales, pero son sólo unos órganos burocráticos del Estado (116). No se trata de socialismo de Estado, porque el Estado fascista no tiene ninguna intención de monopolizar la producción, ni trata tampoco de restringir la iniciativa individual y mucho menos de atentar a los derechos de la propiedad privada (117). Se niega a seguir una evolución que llevaría de plano al capitalismo de Estado (...), a la burocratización de la economía nacional (118). Creo que ninguno de vosotros querrá burocratizar, es decir, congelar lo que constituye la realidad de la vida económica, realidad compleja y cambiante (119). No tenemos ninguna intención de multiplicar por diez el número y enorme de los funcionarios del Estado (120).

En Alemania

Los plebeyos del Völkischer Beobachter quieren ver en la creación de los grupos profesionales la construcción de la economía dirigida del socialismo alemán (121). El Estado nacionalsocialista tiene la economía en sus manos (...). Las nebulosas leyes económicas del liberalismo (...) no son ya válidas y han sido reemplazadas por la voluntad y los objetivos del Estado (...). Después de veintiún meses de poder, el nacionalsocialismo se ha adueñado de la economía (122). A fines de 1937, los plebeyos creen que las circunstancias son favorables al izquierdismo. El Völkischer Beobachter, y otros periódicos nazis, desencadenan una campaña contra los enormes beneficios de la industria bélica (123). El Frente del Trabajo del Dr. Ley y la Corporación del Suministro de Walter Darré llegan a pedir la nacionalización de las industrias de guerra (124).

Estas palabras inquietan periódicamente a los grandes capitalistas, que no están dispuestos a que los grupos profesionales sirvan para otra cosa que para lo que han sido creados. Frankfurter Zeitung escribe: No hay que dejar que la organización se convierta en su propio fin. La tendencia a la burocratización que manifiestan esos grupos tiene que ser limitada. No hay que ampliar sus atribuciones más de lo que ya lo están hoy (125). El espectro de un estatismo socializante sigue siendo la obsesión de los magnates: Los medios industriales temen ver al Estado nacionalsocialista tratar de acabar con sus dificultades considerables, interviniendo en la gestión interna de la empresa (126). Y el órgano patronal Der Ring dice alarmado: Nace hoy una especie de economía forzada, como ocurrió durante la guerra. Los efectos son cada vez más vastos y más profundos y pueden llevar demasiado fácilmente a una situación en la cual llegue a desaparecer la independencia de la industria privada, reemplazada por las directivas de las autoridades del Estado. Es tanto más necesario mirar este peligro cara a cara que el término de que esta evolución no correspondería a los principios que han presidido a la creación del nuevo Reich (127).

En enero de 1938, los círculos industriales se alarman ante los rumores que corren sobre la nacionalización de las industrias de armamento, que ciertas informaciones presentan como inminente (128). Una comisión de industriales visita a Hitler en Berchtesgaden para protestar enérgicamente contra todo plan de nacionalización de las industrias de guerra (129).

Los dirigentes del Tercer Reich disipan sus inquietudes. El Dr. Schacht critica las tentativas de utilizar los grupos profesionales para acentuar el estatismo y la burocracia. La organización no debe despojar en ningún caso al jefe de empresa de su responsabilidad personal: la empresa individual debe trabajar de modo independiente mientras pueda, y no atada por docenas de agrupaciones, pues todo exceso de organización acaba por hacer desaparecer el espíritu de empresa (130). Nada de estatización de la economía: La economía privada debe proseguir sus esfuerzos y su actividad (131). En un vehemente discurso sostiene, en contra de la charlatanería de los plebeyos, que el capitalismo no está superado: El Estado solo no podría hacer funcionar un mecanismo tan vasto y ramificado como el de la Economía. El estímulo del interés individual es y sigue siendo el fundamento de toda la actividad económica. El nacionalsocialismo se basa en el principio de que es el Estado quien debe dirigir la economía, pero sin convertirse en un empresario más (132).

En noviembre de 1937, el Dr. Schacht abandona el ministerio de la Economía, pero sus sucesores, Georing y Funk, hablan como él. En un discurso pronunciado en la Feria de Koenigsberg, Funk declara: Nada más falso que pretender, como suele hacerse en el extranjero, que Alemania se propone introducir un sistema de coacción económica y de capitalismo de Estado que excluirá a la iniciativa privada (...). No puede prescindirse de la fuerza creadora del individuo (...). No hacemos una política económica dogmática, sino una política de éxitos (133). El 31 de enero de 1938, un despacho de Berlín dice: Los colaboradores del mariscal Goering desmienten que se proyecte la nacionalización de la industria pesada (...). Una nacionalización no presentaría más que inconvenientes, al burocratizar la industria y apagar la iniciativa de los industriales (134). El 7 de febrero, con ocasión de su toma de posesión del ministerio de la Economía, Funk declara: Tampoco el plan de cuatro años debe oponerse a las iniciativas particulares (...). La economía privada y la economía pública no deben competir entre sí, sino complementarse (135).

Es significativo que los militares que forman parte de la dirección de la economía de guerra y del plan de cuatro años, aunque sean partidarios de un control estricto de la industria en interés de la defensa nacional, desaprueban las campañas anticapitalistas de los plebeyos y declaran inequívocamente su hostilidad a toda nacionalización. El coronel Thomas, ya citado, declara: La ejecución se deja en lo posible en manos de la iniciativa privada. La economía de guerra alemana no socializará la industria bélica (...). El empresario y el comerciante deben ganar dinero. Esa es precisamente su función (136).

12. Malestar y contradicciones

A modo y medida que el plan de cuatro años y la autarquía progresan, los círculos del gran capital alemán empiezan a manifestar inquietud y malestar, así como cierta falta de entusiasmo. No significa esto que las tendencias socializantes de los plebeyos puedan triunfar. Ni que los beneficios del capital corran un peligro inmediato: los magnates han acumulado durante los años precedentes enormes reservas y siguen obteniendo beneficios nada despreciables. Pero empiezan a tener la impresión de que aquel régimen que han llevad al poder, y del cual han sido los únicos beneficiarios, ha dado de sí todo lo que cabía esperar y comienza a gastarse. Poco a poco, imperceptiblemente, empiezan a reducirse los márgenes de beneficio.

En sus comienzos, el Estado fascista les concedía todas las exenciones fiscales que querían, pero ahora la economía de guerra exige grandes impuestos. En sus primeros tiem• pos, el Estado fascista le permitió, gracias a la cartelización obligatoria, fijar unos precios de monopolio; ahora, las necesidades de la economía de guerra obligan al Estado a controlar de modo más estricto los cartels y los precios. Se preguntan, con cierta alarma, qué efectos tendrán las Goering Werke sobre los precios y la situación de los cartels ya existentes, el día en que esta empresa gigante empiece a inundar el mercado con grandes cantidades de hierro y de acero. En sus inicios, el régimen les aseguraba unos réditos como no se habían conocido desde hacía mucho tiempo. Pero, ahora, con la participación forzada en las industrias de sucedáneos, con sus dividendos garantizados, no pueden conseguir un interés superior al del tanto oficial del mercado financiero. Y como para manifestar de modo tangible el estrechamiento de los márgenes de beneficios, a fines de julio de 1938 las acciones de la gran industria empiezan a bajar en la bolsa berlinesa.

Al mismo tiempo, las restricciones burocráticas le resultan cada vez más insoportables. Uno de los órganos del gran capital, el Deutsche Volkswirt, escribe: ¡Pobre del industrial que no pueda satisfacer sus obligaciones! Se desencadanan sobre él todas las furias aunque no le sea posible cumplir todas las obligaciones que se le imponen constantemente (137).

Por esto los magnates empiezan a protestar no sólo contra los demagogos plebeyos, sino contra el hombre que ha hecho tanto por ellos y que sin duda se libraría muy bien de imponerles tantas restricciones si no tuviera que asegurar el cumplimiento del plan de cuatro años. Cada vez son más numerosos sus choques con Hermann Goering. El 17 de diciembre de 1936, éste reúne a los trescientos hombres de la economía y les habla de la necesidad de una movilización industrial inmediata de Alemania. Esas declaraciones, según el corresponsal de Le Temps en Berlín, provocan en los asistentes una gran sorpresa, y Goering ataca entonces duramente a los industriales presentes, a quienes reprocha su falta de interés por realizar la gran idea del plan de los cuatro años (138).

El 1 diciembre de 1937, en la revista El plan de los cuatro años, Goering escribe: La economía tiene que comprender que vive, en definitiva, para llevar a cabo las grandes tareas que se le han encargado y no para que los resultados de la cuenta de pérdidas y ganancias sean lo mejor posible (139).

Otro conflicto de intereses lleva a buena parte de la gran industria a dejar de lado el plan de los cuatro años. La industria exportadora se queja de sus sacrificios. En efecto, a pesar de las subvenciones de dumping, las exportaciones alemanas retroceden en todos los mercados exteriores, y este retroceso se agrava por el hecho de que el comercio internacional, en su conjunto, pasa por una fase depresiva. En la memoria que envían a Hitler, en junio de 1937 (140), los más calificados representantes de este sector de la industria, y en especial los magnates del carbón de Renania-Westfalia, se quejan de que sus exportaciones tienen que vencer toda clase de trabas, que acaban transformando el intercambio de mercancías en una actividad puramente burocrática.

La industria exportadora carece de materias primas, pues éstas se destinan casi únicamente a la industria bélica, y también sufre de una escasez de mano de obra: Se quiere (...) despojar a ciertas ramas industriales de sus mejores trabajadores, para llevarles a las industrias de guerra y a las de productos sintéticos. Los exportadores no encuentran capitales, y no pueden conceder a su clientela extranjera los amplios créditos que exige una competencia internacional cada voz más aguda. Sus mercados se reducen: el resultado de la autarquía es el aislamiento de la economía alemana del mercado mundial: Se ha podido ver también que el comercio exterior de los principales Estados del mundo (...) no dependía necesariamente del mercado alemán. En conclusión, los industriales exportadores exigen que se dé marcha atrás y que se vuelva a entrar en contacto con el mercado mundial. Pero, sin circunloquios, consideran imposible hacer entrar (...) en el circuito de la economía mundial (...) una economía que funciona en detrimento del valor interno de la moneda (...) y que, además, ha servido únicamente a la ejecución de tareas (...) tales como el programa de grandes obras públicas, el rearme, la autarquía, etc.

El Dr. Schacht se convierte en el abogado defensor de la industria exportadora. El 13 de abril de 1937, en Bruselas, hace unas declaraciones a la prensa que tienen una gran repercusión: se dice partidario de la estabilización· de todas las monedas a una nueva paridad, y cree poder decir que Alemania está dispuesta a colaborar a tal obra. Su país es partidario de la libertad de comercio y la autarquía ha sido sólo un expediente circunstancial.

Pero los partidarios del plan de cuatro años y de la autarquía llevada a sus últimos extremos, apoyados por la industria pesada, que vive de la autarquía y de la economía de guerra, consiguen la victoria, y el 26 de octubre de 1937, el Dr. Schacht abandona el ministerio de la Economía y lo reemplaza Funk, un hombre de Goering.

El malestar que afecta a la gran industria en general y a la exportadora en particular tiene ciertas relaciones con la crisis política del 4 de febrero de 1938, que ocasiona la desgracia del mariscal Von Blornberg y del general Von Fritsch. Pero esa crisis, como vimos, termina en un com­promiso. También en el terreno económico se da un compro­miso entre los partidarios convencidos y los más tibios del plan de cuatro años. A fines de noviembre de 1937, el Dr. Schacht recibe el nombramiento de ministro de Es­tado sin cartera, lo que le permite participar en las delibe­raciones gubernamentales. En marzo de 1938 se le nombra, por un nuevo período de cuatro años, presidente del Reichsbank. En varias ocasiones, Goering y Funk lo alabar públicamente. La Frankfürter Zettung del 28 de noviem­bre de 1937 escribe: Schacht se va y se queda (141).

El gobierno del Reich, sin dejar de proseguir el plan de los cuatro años, trata de contentar a los industriales en general satisface apunas de las reivindicaciones de la in­dustria exportadora: ésta podrá disponer de mayores con­tingentes de materias primas y de más divisas. En julio de 1938, Goering nombra comisario mediador a un tal Neu­mann, con el encargo de encontrar un compromiso entre !a economía de guerra y los intereses de los exportado­res (142).

Gracias a los preparativos bélicos, que le permiten arrancar la firma del acuerdo de Múnich, Hitler cree ha­ber encontrado, al menos por un tiempo, una solución a las contradicciones de la economía alemana. Los países danu­bianos y balcánicos, cuya economía es complementaria de la del Reich, se convertirán en los satélites de la Gran Alemania. Estos países, una vez encerrados en la red de una unión aduanera, proporcionarán tanto un importante mercado como una fuente de materias primas indispensa­bles a la economía de guerra.

Pero los adversarios imperialistas del imperialismo ale­mán se dan cuenta del peligro que supondría para ellos semejante incremento del potencial económico del Reich. Y contraatacan comprando a precio de oro la amistad de los países del Danubio y luego preparándose para un conflicto armado.

Hitler, por su parte, sabe bien que los mercados de Europa central no bastarían para solucionar a largo plazo las dificultades del capitalismo alemán. Por eso no duda en desafiar a sus adversarios y lanzarse a la conquista del mercado mundial. La pesada máquina de matar se pone en marcha: funcionará durante cinco años.

13. Los sacrificados: la industria ligera

Añadiremos que si la industria pesada no siente mucho entusiasmo por la autarquía, por la economía bajo cam­pana neumática, las ramas de la industria ligera que pro­ducen para el consumo interior resultan aún más perju­dicadas. Pagan muy caro el fortalecimiento de la industria pesada: encarecimiento de las máquinas, del combustible, etcétera. Y ven constantemente cómo disminuye su merca­do al hacerlo también el poder de compra de las masas. La prioridad a las importaciones de productos destinados a la industria bélica las priva de materias primas. En este caso se encuentran la industria de la lana y de la seda na­tural en Italia, la industria textil, de vestidos, cueros, radio, etcétera, en Alemania. En 1937, la industria del cuero no trabajó más que veinticuatro horas por semana, y el índice de horas trabajadas, tomando por base 100, en el año 1929 fue de 82,9, y en el caso de la industria de la confección, de 84,9.

14. Los sacrificados: las clases medias

En cuanto a las clases medias, cuya rebelión había em­pujado al fascismo al poder y a las que éste había prome­tido salvar, se ven por el contrario más oprimidas que nunca.

Lo mismo que sucedió durante la Primera Guerra Mun­dial, quienes pagan el rearme son, sobre todo, los que vi­ven de unos ingresos fijos, entre los que se encuentran los rentistas, los jubilados y los funcionarios. Su vida es cada vez más difícil, a medida que la moneda nacional pierde poder de compra en el mercado interior.

Los pequeños industriales y artesanos sufren por la falta de materias primas y el enrarecimiento de la deman­da. El partido nacionalsocialista alemán había prometido favorecerles con contratas del Reich, de los Estados y los municipios. Pero, en realidad, los encargos de armamen­tos benefician casi exclusivamente a la industria pesa­da (143).

El fascismo había prometido a las clases medias dar marcha atrás y volver a una economía de pequeños pro­ductores, suprimiendo los grandes monopolios capitalis­tas. Pero una vez en el poder no hace sino reforzar por todos los medios esos mismos monopolios que había jurado dejar fuera de combate y agudizar las tendencias del capi­talismo a la concentración y a la mecanización. En Italia, Mussolini, después de hacerse la pregunta, se responde a sí mismo de esta manera: ¿Vamos (...) a destruir las ma­quinas (...) o a limitar su empleo? Esta sería una solu­ción pueril (...). El volver al pasado no ha sido nunca una cosa beneficiosa (144). En Alemania, el Dr. Schacht se burla de un cierto romanticismo artesano del pasado y recuerda a los pequeñoburgueses retrógrados que la rue­ca fue sustituida por la hiladora, el tambor por el motor eléctrico (...). Una industria que no utilice estos medios mecánicos modernos no puede soportar la competencia de los demás países en el mercado internacional (145).

En ambos países, la situación de la pequeña y mediana industria es lamentable.

En Italia, en 1934-35, mientras 20 grandes sociedades, cuyo capital pasa de 250 millones de liras, producen una renta neta de 675 millones de liras, 9.144 sociedades, cuyo capital no llega al millón de liras, no obtienen sino un be­neficio neto de 95 millones; 649 sociedades, de capital infe­rior a 10.000 liras, pierden el 60,94% del capital in­vertido, y 290 sociedades, cuyo capital oscila entre 10.000 y 25.000 liras, pierden el 82,29% del capital inverti­do (146).

En Alemania, el número de sociedades cuyo capital queda comprendido entre 5.000 marcos y un millón pasa de 7.512 en 1931 a 3.850 en 1937 (147).

Los pequeños comerciantes, en especial, son los que sufren una decepción mayor por la política económica del fascismo. Por un lado, en contra de lo que les habían he­cho esperar, no encuentran ninguna protección contra la competencia de los grandes almacenes, y por otro, pagan las consecuencias de la contradicción entre el alza de los precios al por mayor, debido a la cartelización .de los pro­ductores y el control sobre los precios de venta al público.

En Italia

Después de que los fascistas italianos llegaron al poder, los grandes almacenes no cesaron de desarrollarse, en per­juicio del pequeño comercio. El magnate Volpi llega a ce­lebrar en la tribuna del Senado que ciertas medidas ten­gan por objeto la abolición gradual del pequeño comercio y la creación de grandes empresas comerciales centrali­zadas, que las autoridades pueden vigilar mejor (148).

Los pequeños comerciantes, abrumados por los impues­tos, los ven aumentar año tras año. Por ejemplo, un decre­to de noviembre de 1937 eleva el impuesto sobre la cifra de ventas del 2,5 al, 3%, y le hace extensivo a toda venta superior a una lira, mientras que antes quedaban, ex­ceptuadas las operaciones inferiores a 10 liras (149).

Además, el pequeño negocio sufre la reducción artifi­cial de los precios de venta al público dictada por el go­bierno, mientras los precios al por mayor siguen altos. Un decreto ley del 16 de diciembre de 1926 instituye comisio­nes municipales de vigilancia que pueden conceder o reti­rar sus licencias a los comerciantes y controlan los precios de venta al público. En diciembre de 1930 se decreta una baja general del 10% sobre todos los precios y los camisas negras obligan brutalmente a los pequeños comerciantes a cambiar sus etiquetas. En abril de 1934, el Estado fascista vuelve a repetir la operación, obligando a la Confederación del Comercio a excluir a todos los comer­ciantes que no hagan una nueva rebaja del 10%. Se adoptan medidas severas, tales como el cierre de almacenes y tiendas. Desde enero de 1934 a enero de 1938, el índice de los precios al por mayor de los veinte artículos alimen­ticios más importantes pasa de 100 a 141, mientras que la variación correspondiente de los precios de venta al público lo hace sólo de 100 a 129 (150).

En Alemania

En Alemania, en contra de todas las promesas del na­cionalsocialismo, ni se municipalizan ni se limitan las actividades de los grandes almacenes. El Tercer Reich se contenta con suprimir sus establecimientos de consumo, aunque sólo si dicha prohibición no compromete la buena marcha del negocio (ley del 15 de julio de 1933). Pero lue­go, un decreto del 1 de febrero de 1935 autoriza a los almacenes de primera importancia de las grandes ciudades a servir consumiciones.

Rudolf Hess dice, en nombre del Führer, que, teniendo en cuenta la situación económica, la dirección del partido considera como indeseable cualquier acto que lleve a la ruina de los grandes almacenes (...). Queda prohibido a los miembros del NSDAP emprender contra ellos cualquier tipo de acción (151).. En la primavera de 1934 la Federa­ción nacionalsocialista del Comercio y de la Industria con­firma que no se cerrarán los grandes almacenes, pues con tal medida se dejaría en la calle a miles de obreros y em­pleados (152). No sólo la actividad de los grandes almace­nes no se limita, sino que el Estado nacionalsocialista da subvenciones de millones de marcos a algunos de ellos (Kars­tadt, Tietz). La cifra de ventas de los grandes almacenes y establecimientos de precio único sigue aumentando, mien­tras se ven obligados a cerrar 16.000 pequeños comercian­tes, 7.000 de ellos sólo en Berlín (153).

El pequeño negocio sufre más que en Italia por el alza de precios al por mayor y la vigilancia de los precios de venta al público. El 5 de noviembre de 1934 se nombra un comisario para la vigilancia de los precios. A los peque­ños comerciantes que vendan por encima de los precios autorizados, se les multa (hasta con 1.000 marcos) y se cierran sus comercios. Al mismo tiempo, los camisas pardas se encargan de hacer campaña por la baja de precios y re­piten contra los pequeños comerciantes arios las mismas hazañas que les dieron triste gloria en 1933 contra el co­mercio judío. En su proclama al Congreso de Nuremberg de 1935, Hitler declara: Actuaremos brutalmente contra aquellos que (...) intenten provocar una alza de precios, y no dudaremos, si es necesario, en enviarles a los campos de concentración (154).

Desde el punto de vista corporativo, los artesanos y pequeños comerciantes a los que el fascismo había prome­tido demagógicamente unas corporaciones autónomas, se ven entregados a sus enemigos directas, los grandes mono­polizadores capitalistas.

En Italia

Hasta 1934, los artesanos carecían de organización autó­noma, su federación estaba incluida en la poderosa orga­nización de los magnates de la industria, la Confederación general de la Industria. Los pequeños comerciantes tienen que entrar también en la Confederación de los sindicatos fascistas del Comercio, quedando bajo la tutela de los pro­pietarios de los grandes almacenes.

A partir de 1934, el comercio y la artesanía, en lugar de obtener una representación autónoma, pasan a formar par­te de alguna de las 22 nuevas corporaciones, según la na­turaleza de su actividad económica. Al no constituir en ellas más que una pequeña minoría sin influencia, sus repre­sentantes quedan de hecho, bajo la estrecha dependencia de los magnates capitalistas.

Por ejemplo, los artesanos tienen dos representantes en la Corporación de la Madera (sobre un total de 30 miem­bros), uno en la de la Industria Textil (50 miembros), dos en la de la Metalurgia y la Mecánica (50 miembros), tres en la del Vestido (43 miembros), uno en la del. Libro y Papel (23 miembros), uno en la de las Industrias extracti­vas (20 miembros), dos en la del. Vidrio y Cerámica (25 miembros). En cuanto al Comercio, no hay más que tres delegados patronales y tres representantes de los asalaria­dos en las corporaciones de la Madera, Textiles, produc­tos químicos y Confección; cuatro y cuatro en la Corpora­ción de la Metalurgia, dos y dos en las del Libro y Papel, y Vidrio y Cerámica, y uno y uno en la de la industria ex­tractiva. Y no hay que olvidar que los representantes del Comercio representan indistintamente a los pequeños comer­ciantes y a los grandes almacenes o sociedades de sucur­sales múltiples (155).

En Alemania

A primeros de mayo de 1933 se crean dos corporaciones autónomas: una del Comercio al Detall (de la que se exclu­ye a los grandes almacenes) y otra de la Artesanía. Al frente de ambas se coloca al doctor Renteln, el dirigente de las clases medias. Pero estas corporaciones no conservan mucho tiempo su autonomía, ni el doctor Renteln su direc­ción. Cuando, en 1934, se reparte toda la economía alema­na en grupos profesionales, la corporación del. Comercio al Detall se convierte en el grupo profesional del Comer­cio y la de la Artesanía en el grupo profesional de la Ar­tesanía, Ambos grupos quedan bajo la tutela del ministro de la Economía; es decir, en realidad del estado mayor de la gran industria. Además, en el Grupo del Comercio entran no sólo los pequeños comerciantes, sino también Las gran­des almacenes y las sociedades de sucursales múltiples. De los tres miembros que componen su Consejo de dirección, uno es propietario de la gran sociedad de sucursales múl­tiples y el otro de un gran almacén (156).

X. POLÍTICA AGRÍCOLA DEL FASCISMO

No fueron sólo los capitalistas quienes subvencionaron al fascismo para que llegara al poder, sino también los latifundistas. Por eso, cuando llega su victoria no sólo trata de frenar el descenso de los beneficios de los magnates de la industria, sino también los de los grandes propietarios agrícolas. Al hacerlo, no le mueven sólo motivos de agradecimiento a quienes le han abierto el camino, sino su afán por completar la autarquía logrando el abastecimiento de la nación en alimentos. En efecto, la gran propiedad se presta mucho mejor a la agricultura intensiva, racional, mecanizada, que la pequeña propiedad.

El fascismo trata también de crear, por motivos políticos, junto a la gran propiedad, una capa reducida de campesinos medios, reclutados entre los partidarios incondicionales del régimen, para disponer de una base social en el campo.

La política agrícola del fascismo tiende a conciliar lo que llama los intereses de la agricultura con los intereses de la industria -es decir, los de los latifundistas con los magnates capitalistas- a costa de los campesinos pobres y de los proletarios de la ciudad. En contra de lo que había prometido, no protege a los pequeños campesinos modestos contra el capitalismo, por el contrario, acentúa el dominio sobre la agricultura del capital.

1. El Estado fascista, en vez de repartir los latifundios, reconstruye las grandes y medianas explotaciones

Cuando trataba de atraer a los campesinos modestos, el fascismo no dudó en reclamar demagógicamente el reparto de las grandes propiedades. Pero, al llegar al poder se guardó mucho de tocarlas. La entrega de algunos millares de hectáreas a lo que llaman colonización, es una medida de propaganda. Lo cierto es que los latifundios y otras grandes explotaciones agrícolas quedan como estaban, que trata de combatir el minifundio v procura como reconstruir grandes y medianas propiedades a costa de los campesinos más pobres.

En Italia

El fascismo italiano no tiene en cuenta sus promesas para nada. En junio de 1922, en el primer congreso de los sindicatos fascistas, Mussolini cesa bruscamente de anunciar al proletariado agrícola una revolución agraria (1). Durante el verano de aquel mismo año se aprueba en la Cámara un proyecto sobre la colonización de los latifundios, presentado por católicos, que prevé la expropiación con indemnización, por medio de un Instituto Nacional de la Colonización, de algunas grandes propiedades sin cultivar o mal explotadas por sus dueños. Pero este tímido proyecto encuentra la oposición del grupo parlamentario fascista, y después de la Marcha sobre Roma, Mussolini lo retira, antes de que discuta en el Senado. El 11 de enero de 1923, el gobierno anula el decreto Visochi, del 2 de septiembre de 1919, que había aprobado provisionalmente as ocupaciones de tierras sin cultivar por algunos campesinos. Los ocupantes, después haber cultivado estas tierras, se ven obligados a devolverlas a los propietarios sin recibir indemnización alguna (2).

Después de 1923, el fascismo no toca a propiedad latifundista. Su propaganda habla de la bonificación integral como de un primer paso para la redistribución de la tierra en Italia. Pero del dicho al hecho hay gran trecho. Un fascista, G. C. Baravelli, en un folleto sobre esta cuestión (3), escribe: El régimen fascista cree en la importancia fundamental de la propiedad privada de la tierra, y deja tranquilos a los propietarios que encuentra (...). Respeta el principio de la propiedad (...) escrupulosamente. Cuando presenta en la Cámara la segunda ley sobre la Bonificación (12 de diciembre de 1934), el ministro de Agricultura, Acerbo, declara que la ley ha sido recibida con entusiasmo por los propietarios de tierras, porque no ataca al sagrado derecho de propiedad, ese derecho que después de la guerra el fascismo defendió y salvó contra ataques convergentes (4).

¿En qué consiste, pues, la bonificación? Los propietarios que no pueden pagar el costo de las mejoras de sus fincas que les corresponde - la mayor parte corre a cargo del Estado- pueden ser expropiados con arreglo a la ley del 24 de diciembre de 1928 (con indemnización, naturalmente) total o parcialmente por el Consorcio de Bonificación, al que pertenecen. Pero no parece que hubiera muchas expropiaciones (5). Las escasas tierras expropiadas, los consorcios de propietarios las cedieron a sociedades especuladoras que, después de una bonificación, las volvieron a vender lo más caras posible. La expropiación no benefició a todo el mundo, sino tan sólo a unas pocas sociedades mercantiles. Nada más lejos de cualquier especie de Socialismo (6), dice Rosenstock-Franck.

La ley de diciembre de 1934 corrigió algunos de estos abusos diciendo que en el futuro sería el Estado, por medio del Instituto fascista para la bonificación integral, el que bonificaría y haría lotes con las tierras expropiadas. Además, la expropiación sería obligatoria cuando los propietarios no pudieran soportar su parte de los gastos de bonificación. Pero como la crisis de la agricultura perjudica mucho más a los agricultores modestos que a los latifundistas, la expropiación obligatoria amenaza más a los primeros que a los segundos. Además, la indemnización se fija teniendo en cuenta la capitalización de los ingresos netos de la propiedad expropiada que, siendo por definición irrisoria o nula, puede ser adquirida a un precio ventajoso por el Estado.

La bonificación resulta, además, muy cara (de 10.000 a 20.000 liras por hectárea) y el Estado se encuentra ante el dilema siguiente: o poner en venta las tierras bonificadas a un precio prohibitivo o regalárselas casi a ciertos colonos privilegiados. Como la Hacienda pública no permite tales generosidades en gran escala, la colonización es muy limitada. En 1935, G. C. Baravelli escribe que la realización plena y acabada del rescate de una parte muy importante del territorio nacional es ya sólo cuestión de tiempo (7). Es decir, que en estas fechas aún no había empezado (8).

En enero de 1936, un periodista inglés pregunta a Rossoni, ministro de Agricultura, por qué el fascismo no lleva a cabo una reforma agraria. Y éste responde sin circunloquios: Nosotros no podemos confiscar las tierras de los propietarios agrícolas; somos fascistas y no socialistas (9).

Mussolini, en marzo de 1933, declara que la agricultura no es-en estructura- susceptible de notables transformaciones. No hay ninguna innovación sustancial a la forma tradicional de la economía agrícola italiana (10).

Pero no sólo el Estado fascista no reparte las tierras, sino que su política agraria a tiende a reconstruir las propiedades grandes y medianas, a costa de los campesinos modestos. Por ejemplo,desde la desaparición del feudalismo, todos los campesinos tenían derecho a usar colectivamente ciertas tierras de antiguos feudos que seguían siendo nominalmente propiedad de los descendientes de la vieja aristocracia. La ley del 8 de junio de 1924 restituye sin más estas tierras a sus poseedores nominales. Los campesinos tenían también ciertos derechos (sobre todo el de pasto) sobre los bienes comunales, como los tratturi de Italia central y meridional. Esas tierras, los grandes propietarios, a lo largo del tiempo, se las habían ido apropiando y quitando su uso a los campesinos. Después de la guerra ciertos municipios recuperaron las tierras robadas, pero en cuanto fascistas llegaron al poder, los terratenientes volvieron a hacerse con ellas, de modo más desvergonzado que antes (11).

En cuanto a las pocas tierras colonizadas previa bonificación, en lugar de entregárselas a cultivadores modestos, los fascistas las repartieron en explotaciones de tipo medio. Por ejemplo, en las Marismas Pontinas, que hizo cultivables, el Estado fascista instaló a algunos millares de familias de excombatientes, que en realidad eran fascistas escogidos por su docilidad. En las 50.000 hectáreas se construyeron 2.773 granjas (12).

En Alemania

Tampoco el nacionalsocialismo vencedor se preocupa de cumplir sus promesas demagógicas a los campesinos. El ministro de Agricultura del primer gabinete de Hitler no es otro que Hugenberg, hombre de la aristocracia terrateniente. En el partido nazi se encuentran varios de estos aristócratas, como el duque de Saxe-Coburgo-Gotha, que posee 10.182 hectáreas; el príncipe de Hesse, amigo de Goering, que posee 7.913 hectáreas: el mariscal Von Blomberg, que posee 2.345 hectáreas; el conde de Schwerin von KroS1gk, ministro de Hacienda, que posee 3.846 hectáreas, etc. (13). No es extraño que el reparto de los latifundios quede para las calendas griegas. Hitler advierte que la gran propiedad rural tendrá derecho a una existencia legal con tal de que trabaje para el bien común de todos los ciudadanos (14), y nombra comisario para la colonización interior a otro representante de los latifundistas, el barón Von Galy, antiguo minstro del gabinete Von Papen. En vez de expropiar y distribuir los latifundios, que han dejado de ser rentables, Hugenberg les subvenciona (ley del 1 de junio de 1933). Su adversario y sucesor en el Ministerio de Agricultura, Walter Darré, sigue la misma política: De acuerdo con el canciller-declara-, no tocaré a ninguna propiedad cualquiera que sea su extensión, si es económicamente sana y puede mantenerse por sus propias fuerzas (15).

Proclamando inalienables las explotaciones hereditarias (ley del 29 de septiembre de 1933) -y los latifundios pueden, sin duda, considerarse como tales el Estado nacionalsocialista acaba cerrando el paso a cualquier perspectiva de colonización verdadera (16). Por ejemplo, la finca de Leinfeld, propiedad de barón Von Neurath, es declarada inalienable (2 de febrero de 1935).

Sin embargo, la palabra colonización sigue apareciendo en la prensa. De tiempo en tiempo se publican ambiciosos proyectos de distribución de las tierras, como el que anuncia la Griüne Woche, en enero de 1934, que prevé la creación de 100.000 explotaciones nuevas. Darré crea en octubre de 1934 un comité especial de colonización interior. Pero ésta, en lugar de progresar retrocede: mientras en 1932 se distribuyen a pequeños colonos 9.046 explotaciones nuevas, de una superficie total de 102.000 hectáreas, en 1933, la cifra es de sólo 4.914 explotaciones y 60.297 hectáreas y en 1937 de 1.785 explotaciones con 35.942 hectáreas.

Además, estas tierras no proceden de la parcelación de latifundios en la mayoría de los casos. En 1933, el Estado nacionalsocialista invita a la aristocracia terrateniente a poner parte de sus tierras a la disposición de la colonización, pero esta caritativa iniciativa no tiene mucho éxito: las parcelas cedidas por los terratenientes son generalmente impropias, tanto por su situación como por su calidad, para una implantación de colonos. La ley de remisión de condenación de deudas, del 1 de junio de 1933, establece como contrapartida del saneamiento de las empresas agrícolas en dificultad la cesión de una fracción de tierras, pero en la práctica los terratenientes ceden unas parcelas insignificantes, de mediocre calidad, a precios exorbitantes. La mayoría de las tierras colonizadas proceden sobre todo de los bienes de propios y de zonas desérticas y pantanosas, saneadas a gran costo por el servicio del trabajo.

Además, el Estado nacionalsocialista favorece a las grandes explotaciones en perjuicio de las pequeñas.

Las tierras colonizadas se reparten en explotaciones de tipo medio: en 1933, el 60% de las explotaciones creadas tienen más de 10 hectáreas y en 1934, el 70%. Los beneficiarios de la colonización son partidarios decididos del régimen. El objetivo esencial de la ley de las explotaciones hereditarias del 29 de septiembre de 1933 es crear una capa de campesinos acomodados y ricos, una nueva nobleza de la sangre y del suelo, según dice Walter Darré (17), dando así al régimen una base social en el campo. En enero de 1935, unas 700.000 explotaciones (de un total de cinco millones y medio de explotaciones agrícolas en toda Alemania) se declaran fincas hereditarias. Estas tienen una superficie mínima de 10 hectáreas, son inalienables y no pueden corresponder en sucesión sino a un solo heredero (el hijo mayor o el menor, según las regiones), para impedir la división de la propiedad.

Para constituir granjas hereditarias de una superficie adecuada, el Estado nacionalsocialista confisca en algunas regiones ciertas propiedades pequeñas o despoja a los campesinos pobres del usufructo de otras. Por un decreto de febrero de 1934, el gobierno del país de Baden quitó a los campesinos el derecho secular a utilizar, contra pago de una pequeña contribución, los bienes comunales llamados Allmenden, adonde solían dejar pastar a su ganado. Estos bienes que representaban un 17% de la superficie de Baden, se destinaron a crear fincas hereditarias para algunos nazis privilegiados. En Hesse, un decreto gubernamental del 26 de diciembre de 1934 expropió de la misma manera y con el mismo fin 192.000 hectáreas (un 13,8% de la superficie del país) de tierras. En la región pantanosa del Röhn, donde se realizaron trabajos de saneamiento, decenas de miles de campesinos, dueños de miserables parcelas, fueron expropiados para crear en las tierras bonificadas unos cientos de fincas hereditarias.

2. El Estado fascista ayuda a los terratenientes a esclavizar de nuevo a los jornaleros agrícolas

El Estado fascista ayuda a los terratenientes a explotar con mayor rigor a sus jornaleros. Estos pierden sus organizaciones sindicales libres, y la garantía a una jornada fija. Se les imponen de nuevo formas de explotación que recuerdan a la Edad Media. Pierden el derecho a un seguro de paro y sus salarios descienden por debajo del mínimo vital. El resultado es que, todos los que pueden, tratan de irse a las ciudades, pero como el acceso a éstas está severamente controlado, se les rechaza sin contemplaciones. Se utilizan diversos sistemas arcaicos (reemplazo del salario El Estado fascista ayuda a los terratenientes a explotar con mayor rigor a sus jornaleros. Estos pierden sus organizaciones sindicales libres, y la garantía a una jornada fija. Se les imponen de nuevo formas de explotación que recuerdan a la Edad Media. Pierden el derecho a un seguro de paro y sus salarios descienden por debajo del mínimo vital. El resultado es que, todos los que pueden, tratan de irse a las ciudades, pero como el acceso a éstas está severamente controlado, se les rechaza sin contemplaciones. Se utilizan diversos sistemas arcaicos (reemplazo del salario por la retribución en especie, etc.), para ligarles más estrechamente a la gleba.

En Italia

Después de la guerra, los jornaleros agrícolas (braccianti) se agruparon en poderosos sindicatos que les permitían discutir de tú a tú con los propietarios. El fascismo empezó por destruir esos sindicatos, obligando a los jornaleros a alistarse en los sindicatos fascistas, organizaciones amarillas al servicio de los terratenientes. Los sindicatos de los trabajadores de la tierra se apoyan en los municipios rurales socialistas; por la ley del 4 de febrero de 1926, el Estado fascista suprime los Ayuntamientos elegidos y los reemplaza por los podestá, directamente nombrados por el gobierno. Naturalmente, el podestá de cada término municipal es el agricultor más rico, a veces un gran terrateniente. La ley del 30 de diciembre de 1923 excluye a los braccianti del seguro de paro. Los antiguos contratos colectivos pierden toda validez, sustituyéndoles otros que arrebatan a los proletarios rurales todas las ventajas que habían conquistado. En algunos casos se resucita la jornada de trabajo de sol a sol (18). Por ejemplo, el de la provincia de Mantua dice que la duración nominal del trabajo es de ocho horas, pero establece numerosas excepciones, sin que las horas suplementarias den derecho a una compensación (19).

Los nuevos contratos disminuyen mucho los salarios. For ejemplo, en la provincia de Milán son menos de la mitad de los vigentes antes del fascismo (20). En 1930, el salario medio en la agricultura es inferior en un 30% al de antes de 1914 y un 40% al de 1919. Entre 1930 y 1938 se reduce todavía en un 20% más. Aunque Mussolini dijo que los salarios no debían ser de menos de ocho liras diarias (21), en numerosas regiones quedan por debajo. En Ferrara, por ejemplo, el salario del jornalero medio es en 1934 de 6,60 liras diarias, en vez de 19,71 liras en 1925. El Corriere Padovano confiesa: la situación de los obreros agrícolas de nuestra provincia podría, sin exageración, calificarse de trágica (22). Además. durante los meses de invierno, los salarios sufren una nueva reducción del 20 al 25% con el pretexto de estimular a los agricultores a emplear más mano de obra v luchar de esa manera contra el paro invernal (23). Se prevén otras reducciones del mismo orden cuando se trata de trabajos de mejora agraria y rústica que tengan un carácter extraordinario para combatir el paro (24). Por último, los braccianti no trabajan sino entre 80 y 150 días al año, lo que acaba de aniquilar sus ingresos medios: en la provincia de Forli, un jornalero agrícola gana efectivamente 1.297 liras al año, es decir 3,55 diarias (25).

Estas precarias condiciones de existencia incitan a los proletarios agrícolas a dejar el campo para tratar de encontrar en la ciudad una suerte más favorable. Pero el de Estado fascista les prohíbe abandonar sus pueblos y buscar trabajo en otro sitio. La emigración interior resulta imposible. Silone cuenta que los carabineros no dejan montar en el tren a ningún obrero que vaya a otra región a buscar trabajo (26). Los gobernadores provinciales, por un texto legal de 1928, quedan autorizados, si lo consideran oportuno, a oponerse a todo emigración de la población rural (27).

Para sujetar a la gleba al proletariado rural, el fascismo resucita una costumbre arcaica, especialmente odiosa: el salario en especie. Este ha sido siempre defendido con tenacidad por los proletarios agrícolas (28). EI bracciante, como escribe Le Temps, al tener menos dinero líquido tendrá menos ganas de cambiar de residencia constantemente (29). Así queda atado a su explotador que, además, puede dar salida a sus propios productos en forma de salario.

La coparticipación colectiva, sobre la que el fascismo hace bastante ruido y con la que pretende desproletarizar (sbracciantare) a los braccianti, no es más que una resurrección del salario en especie. En vez de recibir un salario diario, cierto número de campesinos que trabajan por cuenta ajena, o de familias de trabajadores agrícolas, participan colectivamente de los productos de la tierra. En efecto, los coparticipantes no reciben un salario, no son asalariados. Pero tampoco son aparceros. Mientras éstos tienen derecho a la mitad de la cosecha, el coparticipante y su familia sólo tienen derecho a una tercera parte. Y además, éste tercio no es algo seguro, sino que se trata de una base variable, según la productividad y la organización de las empresas. El coparticipante puede ser despedido, como un asalariado cualquiera, y pierde en tal caso todo derecho a los beneficios de la participación, cualquiera que sea el período durante el que haya trabajado para la empresa (30). En suma, está estrechamente vinculado a su patrono, pero con todos los deberes y ningún derecho.

Además, los propietarios agrícolas dan en coparticipación sus peores tierras, en especial las recién roturadas. En la primavera de 1938, el gobierno fascista instaura una nueva forma de esclavitud para os trabajadores rurales: les manda a cultivar la tierra de los latifundistas alemanes. Van a trabajar a Alemania 30000 jornaleros, vestidos de uniforme,con un gorrillo militar y una pequeña guía para uso del trabajador agrícola en el extranjero, en la que se dice: Gracias al régimen, vas en servicio organizado, como italiano, como soldado del gran ejército fascista del trabajo. En Alemania su salario es de 7,60 liras diarias (31).

En Alemania

Al terminar la guerra mundial, los trabajadores agrícolas alemanes, numerosos sobre todo en las regiones del Este, empezaron a emanciparse. Acudieron en masa a los sindicatos libres y obtuvieron mejores condiciones de trabajo, gracias a contratos colectivos. El triunfo del nacional- socialismo volvió a reducirlos a su servidumbre anterior. Una vez sincronizados sus sindicatos con el conjunto de los sindicatos obreros el 2 de mayo de 1933, en marzo del 1934 pasan, disueltos aquéllos, a formar parte de la Corporación de Abastecimientos del Reich, cuyas secciones locales están dirigidas por los terratenientes. En septiembre de 1933 pierden el seguro de paro, y vuelven a aparecer los métodos de explotación feudales: severas penas disciplinarias y hasta castigos corporales. Aunque en teoría esté reglamentada la duración de la jornada y también del año de trabajo, se admiten numerosas derogaciones, retribuyéndose las horas suplementarias de un modo ridículo (32).

A partir del 1 de mayo de 1934, fecha en que entra en vigor la reglamentación del trabajo nacional, los curadores del trabajo anulan o modifican numerosos contratos colectivos. Las reducciones de salarios alcanzan un promedio del 25% (33). En otros casos se autoriza a los patronos a retribuir a sus obreros por debajo de los mínimos en vigor (34). Con la complicidad de las autoridades, los terratenientes violan o burlan numerosos contratos, aun válidos legalmente. El resultado es que los salarios de los jornaleros agrícolas caen por debajo del mínimo vital. Un funcionario nacionalsocialista, Gutsmiedel, se ve obligado a confesar que los salarios y las condiciones de existencia de los jornaleros son catastróficas, los salarios son inferiores a veces en un 50 o un 70% a los salarios de paro de los obreros industriales (35).No es un secreto para nadie-escribe Le Temps- que en las grandes fincas, todavía muy numerosas en Alemania, los obreros agrícolas reciben una retribución miserable (36).

Para reducir aún más el costo de la mano de obra en agricultura, el Estado nacionalsocialista pone a disposición de los latifundistas medio millón de trabajadores urbanos que están obligados a trabajar casi gratis. Como dijimos, por el decreto del 28 de agosto de 1934, los jóvenes solteros menores de 25 años pierden su empleo en las ciudades. A continuación se les envía al campo para ayudar en los trabajos agrícolas, por un tiempo indeterminado. El salario en especie a que tienen derecho, pero que en realidad sólo reciben cuando el patrono quiere, es muy inferior al subsidio de paro. El Estado nacionalsocialista pone también a disposición de los terratenientes a los miembros del servicio del trabajo, así como los adolescentes que, en aplicación de la ley del 1 de abril de 1934, deben efectuar, al salir de la escuela, un servicio de un año en el campo. La llegada de los braccianti italianos deprecia todavía más el trabajo de los proletarios de la tierra.

Estos procuran abandonar sus aldeas, aunque tengan allí trabajo, para buscar una existencia menos precaria en as ciudades. Pero el Estado nacionalsocialista emplea toda clase de procedimientos para hacerles volver al campo, donde se encuentran más que nunca, a merced de los terratenientes que les explotan (37). Por ejemplo, la ley del 15 de mayo de 1934 prohíbe que las empresas urbanas contraten a ningún obrero que haya trabajado en los tres años anteriores en la agricultura; el decreto del 28 de febrero de 1935 prescribe que los jornaleros agrícolas a quienes se aplique la ley precedente deben ser expulsados de las ciudades inmediatamente y residir en el campo so pena de sanción.

Para aumentar la dependencia del obrero agrícola, el nacionalsocialismo reemplaza progresivamente el salario en especie. Un funcionario nazi, Kräutle, declara que la mano de obra debe estar de nuevo ligada a la explotación y que debe introducirse en todas partes el salario en especie (38).

También resucita el sistema arcaico de los Heuerlinge, que sólo quedaba como vestigio en algunas regiones, el Heuerling es un obrero agrícola al que el propietario concede una parcela a cambio de un considerable número de jornadas de trabajo. Según el jefe de los campesinos de Oldenburg, la extensión de este sistema es el medio más eficaz de detener el éxodo del campo y sujetar al jornalero agrícola a la gleba (39).

3. A explotar con mayor dureza a los pequeños cultivadores y a los aparceros

El Estado fascista ayuda también a los grandes propietarios a explotar aún más a sus granjeros o aparceros.

En Italia

Después de 1922, el precio de los arrendamientos se multiplica por seis o siete, y muchos arrendatarios se ven obligados a trabajar como jornaleros (40).

En cuanto a los aparceros, que habían conseguido, raíz del conflicto de 1914-18, mejorar sus contratos de aparcería, pierden en aquella fecha todas las ventajas que habían conquistado. Por ejemplo, en los contratos firmados en 1920 en la provincia de Bolonia, el aparcero se reservaba el 60 o 70% de la cosecha, pero en el contrato de 1929 no recibe más que la mitad. En ciertas regiones reaparecen cláusulas medievales. Por ejemplo, en un contrato concluido en la provincia de Tarento, en 1935: El aparcero y su familia mostrarán respeto y obediencia hacia el propietario. Se comprometen a hacerle el pan, lavarle la ropa, etc., así como a suministrarle la leña, la paja y otros productos a domicilio, en el campo o en la ciudad. Además, se prohíbe al aparcero tener malas relaciones con sus vecinos.

Una ley de 11 de febrero de 1923 exime a los terratenientes del pago de las cuotas de seguros que quedarán a cargo de los aparceros exclusivamente. Un decreto del 10 de septiembre de 1923 anula las disposiciones que prohibían expulsar a los aparceros de sus tierras sin la autorización de una comisión paritaria; los propietarios se autorizan a infligir multas a sus aparceros por motivos fútiles (41).

Los aparceros quedan incluidos en la Confederación fascista de la Agricultura que les dicta los contratos que deben concluir con los propietarios. Ahora bien, los dirigentes de la Confederación son terratenientes u hombres de su confianza. El príncipe de Torlonia, gran propietario, es el presidente provincial de la Confederación, e impone a los aparceros un contrato que el mismo Lavoro Fascista considera algo de lo más antitécnico, antieconómico e injusto que se pueda imaginar (42).

Es significativo que cuando Razza, presidente de la Confederación fascista de los trabajadores asalariados de la Agricultura trata de absorber a los aparceros en su organización, los grandes propietarios agrícolas ponen su veto en el Senado a este proyecto (Razza no está inspirado por intenciones filantrópicas, sino por la ambición de ensanchar su base social, pero los aparceros hubieran salido ganando si se les hubiera asimilado a los jornaleros del campo, que, al menos, conservaban algunos modestos derechos). El gobierno cede a la presión de los terratenientes,y se adopta finalmente un texto legal que dice que los contratos de aparcería no contendrán cláusula alguna relativa al salario y ninguna otra de las habituales en los contratos de trabajo pagados en dinero (43).

Las publicaciones fascistas no ocultan las duras condiciones de vida de los aparceros, que ganan aún menos que los jornaleros agrícolas. El economista fascista Perdisa escribe que por desgracia es cierto que allí donde la tierra se cultiva en aparcería, las rentas descienden a niveles tan bajos que los campesinos, a pesar de su apego a la tierra, se ven obligados a trabajar como obreros agrícolas (44).

En Alemania

El Estado nacionalsocialista, por ley del 22 de abril de 1933, parece proteger al pequeño arrendatario. Pero esta protección se reduce, en realidad, a que en caso de denuncia del contrato por el propietario, la expulsión del arrendatario no se hará efectiva hasta un año después, salvo en el caso de que el arrendatario no estuviera al corriente en el pago de su renta. Además, la ley del 29 de septiembre de 1933, que creó las fincas hereditarias, al especificar que éstas no podrán ser dadas en arriendo, produce una oleada espectacular de denuncias de contratos de arrendamiento por parte de los propietarios, ansiosos de obtener los beneficios de dicha ley (45).

4. El Estado fascista da a los terratenientes grandes y medios toda clase de facilidades fiscales: subvenciones, reducción de deudas, de las que apenas se benefician los campesinos que trabajan personalmente la tierra

El Estado fascista concede a los grandes propietarios a los campesinos ricos numerosas exoneraciones fiscales, subvenciones, condonación de deudas, etc., de las que no se benefician en absoluto los trabajadores del campo.

En Italia

Exenciones fiscales.-El decreto del 4 de enero de 1923 decide que el impuesto sobre las rentas rústicas se calculará sobre la renta neta del propietario no trabajador (es decir, después de deducirlos salarios pagados), mientras que en el caso del campesino que trabaje la tierra directamente, sin asalariados, la base imponible son sus ingresos brutos. De esta manera, la cuota impositiva del campesino-trabajador es en muchos casos más elevada que la del terrateniente absentista (un 10% en el primer caso y un 5% en el segundo). La ley del 7 de enero de 1923 decide una revisión general del catastro; pero ésta se efectúa en todas las regiones bajo el control de los terratenientes y se valoran enormes fincas a precios ridículos, lo que reduce aún más los impuestos de los terratenientes respecto a los de los campesinos-trabajadores (46). Por el decreto del 1 de agosto de 1 1927 y la ley del 28 de junio de 1928, el Estado fascista concede a los grandes terratenientes y a los campesinos ricos diversas exenciones fiscales. Según la estadística publicada por un periódico fascista, el campesino que trabaja personalmente sus tierras paga, en las regiones de llanura, 240 liras de impuesto sobre la renta por hectárea, mientras que el propietario que no trabaja sus tierras solo paga 131 liras por hectárea (47).

Subvenciones de bonificación integral.-Por la ley del 24 de diciembre de 1928 sobre la bonificación integral, el Estado fascista distribuye a los grandes propietarios enormes subvenciones. Las bonificaciones propiamente dichas (repoblación forestal, canales de riego, caminos, distribución de energía eléctrica, etc.) corren casi íntegramente a cuenta del Estado (en una proporción que oscila entre el 75 y el 92%). En cuanto a la mejora de las fincas, la subvención estatal es de un 33% por término medio, que puede llegar al 45% cuando se trate de instalaciones de energía eléctrica e incluso al 75% en caso de construcción de acueductos rurales. De un programa de obras que totaliza 7.000 millones de liras, el 1 de julio de 1934 el Estado fascista había gastado ya más de 4.000 millones de liras (48). Pero la parte pagada por los propietarios es mucho menor. Rosenstock-Franck señala que en los consorcios de bonificación, una minoría de grandes latifundistas ejerce la influencia preponderante (49). En realidad la bonificación integral tuvo por resultado mejorar a costa del Estado, grandes latifundios que antaño estaban sin cultivar, en muchas ocasiones.

Subvenciones para la batalla del trigo.-El Estado fascista favorece también a los latifundistas y a los campesinos ricos al establecer, a partir de 1925, un gran concurso nacional entre los productores de trigo, todos los años, destinado a recompensar a los que obtuvieran los mejores rendimientos. Los premiados reciben importantes cantidades en metálico: el vencedor de 1932 en la categoría de explotaciones de tipo medio recibe 38.000 liras (50). En 1937, el importe total de los premios se eleva a casi 650.00 liras y entre los premiados figuran 60 arzobispos y obispos y más de 2.000 sacerdotes (51). Pero en Italia son precisamente los grandes propietarios y los campesinos ricos los que cultivan trigo. Las familias campesinas que trabajan su finca familiar, o bien producen el trigo que necesitan para su consumo solamente, pues son incapaces de conseguir rendimientos elevados, o se dedican a otras actividades (ganadería, viticultura etc.): las recompensas del concurso nacional no son para ellos.

En Alemania

Exenciones fiscales.-Las fincas hereditarias, creadas por la ley del 29 de septiembre de 1933, quedan exoneradas completamente del impuesto sobre la sucesión y del impuesto sobre las fincas rústicas. La ley del 21 de septiembre de 1933 otorga una reducción del impuesto sobre la renta a aquellas explotaciones que tienen una elevada cifra de negocio. Por otra ley del 16 de octubre de 1934, el comercio al por mayor de los productos agrícolas queda completamente exento de dicho impuesto. Todas estas medidas benefician casi exclusivamente a las grandes explotaciones. Los latifundistas se aprovechan también de las exenciones de impuesto por adquisición de nuevos locales de habitación, etc. Por el contrario, los campesinos que trabajan personalmente sus fincas, sin asalariados, tienen que pagar nuevos impuestos. En 11.000 Ayuntamientos rurales donde no existía, se introduce la cuota de capitación, muy impopular siempre en el campo, etc. Además, los campesinos tienen que pagar diversas cotizaciones a la Corporación del Abastecimiento del Reich, costoso organismo burocrático que monopoliza los intercambios de productos agrícolas (52).

Moratoria.-Por una ley de febrero de 1933, el Estado nacionalsocialista extiende a todo el Reich la moratoria sobre las deudas de los agricultores que el gobierno de Brüning había instituido solamente para las provincias del Este y prolonga su vigencia hasta el 31 de octubre de 1933. Luego vuelve a renovarla hasta el 31 de diciembre, fecha en que queda abolida definitivamente. Es que mientras tanto, los propietarios ricos y acomodados, a quienes se aplica-o puede aplicarse- la ley del 29 de septiembre del año 1933 sobre las fincas hereditarias, han Conseguido una protección mucho más radical contra la venta forzosa: sus bienes son inalienables e inembargables. Como los grandes bancos protestan contra esta forma tan cómoda de no pagar las deudas, una ordenanza de diciembre de 1936 establece que una finca hereditaria no podrá estar hipotecada en más del 70% de su valor. En muchos casos, dice Le Temps, los campesinos han tratado de conseguir para sus tierras el título de finca hereditaria, con el sólo fin de frustrar a sus deudores. Las nuevas disposiciones tienen por objeto acabar con ese abuso (53). Los más endeudados de los agricultores no son los más protegidos.

Pero, sobre todo, lo más importante es que la ley sobre las fincas hereditarias no se aplica a la masa de los agricultores modestos. Para éstos no tiene efecto la moratoria citada, aunque el régimen les haga beneficiarios, a título transitorio de otra moratoria, reservada a los inmuebles no agrícolas. Pero, según los términos de ésta, las ventas forzosas no se suspenden, sino por un máximo de seis meses. Una vez expirado este plazo, ningún obstáculo jurídico se opone a la venta pública de las explotaciones endeudadas. Poco a poco se reanudan las ventas forzosas, y en el ultimo trimestre de 1934, su número es un 91,6% mayor que durante el último trimestre de 1933. En 1935 son más numerosas aún y conciernen sobre todo a las pequeñas explotaciones

Conversión de deudas.- Por la ley de 1 de junio del año 1933, el gobierno del Reich reduce las deudas de los agricultores a los dos tercios del valor de la explotación y rebaja el interés al 4,5%. Pero esta ley beneficia sobre todo a los propietarios grandes y acomodados, pues las deudas de los campesinos modestos con los bancos no suelen alcanzar los dos tercios del valor de la explotación. Los campesinos pobres deben dinero a artesanos, proveedores, parientes o usureros del pueblo. Además, el valor de las explotaciones se calculará, según la ley, sobre la base del precio unitario de enero de 1931, aumentado en el caso de las pequeñas explotaciones por un coeficiente elevado. De hecho, el 1 de junio de 1934, un año después de haber sido promulgada la ley, no se había aplicado más que a 60.000 explotaciones rurales, entre más de cinco millones y medio.

Ayudas estatales.-A los latifundistas y campesinos ricos(54), el Estado nacionalsocialista les sigue dando los créditos del Osthilfe (socorro a la crisis del Este). Antes de que Hitler llegara al poder, en diciembre de 1932, se habían repartido 132 millones de marcos de dichos créditos, y 60 millones habían ido a parar a explotaciones de más de 100 hectáreas. En aquel entonces los nacionalsocialistas habían protestado contra tamaño escándalo, pero una vez el poder, lo agravan aún: en efecto, el 1 de noviembre 1934 se habían concedido a las explotaciones de mas 45 hectáreas, 213 millones de marcos, 194 millones a las explotaciones entre 125 y 7,5, y sólo 33,5 millones a las inferiores a esta superficie (55).

Subvenciones de la "batalla de la producción"--El Estado nacionalsocialista, para hacer autosuficiente a Alemania en alimentos, empieza en los últimos meses de 1934 una ruidosa batalla de la producción, destinando grandes subvenciones a incrementar la producción agrícola. La ley del 1 de abril de 1935 dedica 100 millones de marcos del presupuesto de aquel mismo año a estimular la agricultura. Se abre un crédito por la suma total de 1.000 millones de marcos, dentro del plan de los cuatro años, para mejora de tierras y método de cultivo. Se conceden también subvenciones de 100 marcos por hectárea para la transformación de prados en tierras cultivadas. El Estado da toda clase de primas a la producción (para incrementar, por ejemplo, la producción de colza, lino, cáñamo, etcétera) (56). Pero todas estas subvenciones suelen ir a parar a los propietarios grandes y medianos, que son los únicos que pueden emprender o aumentar la producción intensiva de los productos mencionados (57).

5. La política agrícola del fascismo en materia de aduanas y precios favorece sobre todo a los grandes cultivadores

​ La política aduanera y de precios del fascismo favorece casi exclusivamente a los latifundistas y campesinos ricos, sacrificando a todos los demás. Tanto en Italia como en Alemania, la separación técnica de los productos oculta una separación económica y política de los propietarios y de las clases (58). Los grandes propietarios y los campesinos ricos, favorecidos por la concentración de tierras, por la explotación racional, monopolizan la producción de cereales. Por el contrario,los campesinos modestos no producen cereales casi en absoluto.

​ El fascismo asegura precios remuneradores casi únicamente a los productores de cereales. Como los industriales temen el aumento de los precios de los productos agrícolas, a causa de la repercusión que tendría sobre sus propios precios de costo, el fascismo no se atreve a sacrificar completamente la agricultura a la industria cuando se trata de los productos predilectos de los latifundistas. Pero defiende con menos entusiasmo en los demás casos. En definitiva, busca un equilibrio entre los intereses de los grandes propietarios del campo y los de los magnates de la industria, pero los pequeños cultivadores son los que soportan las consecuencias.

En Italia

Toda la solicitud del Estado va a los productores de cereales. Los derechos de aduana sobre el trigo se elevan sucesivamente de 27,50 liras (julio de 1925) a 40,40 (septiembre de 1928), 51,40 (mayo de 1929), 60,60 (junio de 1930) y 75 liras (agosto de 1931) (*1). Esta protección aduanera asegura a los productores de trigo unos precios artificialmente elevados, a costa del consumidor: el profesor Mortara ha calculado que hasta 1931, el derecho de aduana sobre el trigo ha costado 1.500 millones de liras a los consumidores. Además hay una contingentación indirecta, debido a la obligación de emplear para fabricar harina un 95 por Ciento de trigo nacional. Finalmente, para mantener unos precios altos, el Estado impone al mercado ciertas reglas sobre las ventas colectivas, el almacenaje, los anticipos sobre la cosecha, etcétera. Las cajas de crédito agrícola adelantan a los productores 80 liras por cada quintal de trigo almacenado.

​ Este sistema favorece sobre todo a los grandes productores: por varias razones:

​ 1ª. Algunas cajas de crédito agrícola sólo hacen anticipos a partir de mínimos bastante importantes de trigo en almacén, como el campesino medio no tiene tales cantidades para vender, no puede aprovechar esas ventaja obligado a vender en el momento de la cosecha, a precios menos interesantes.

​ 2ª. A partir de febrero de 1936, el campesino tiene que entregar toda la cosecha a un organismo estatal, conservando solamente tres quintales para su consumo (59). Como esta cantidad no le basta, el campesino o paga el pan más caro o eleva el rendimiento de sus tierras, cosa nada fácil para los pequeños productores.

Para aumentar -escribe Gaddi--la producción de trigo en un país donde hay o quedan pocas tierras sin cultivar hay que hacer una profunda transformación de la economía agrícola. Hay que intervenir [en la agricultura], reduciendo otros cultivos más beneficiosos para el campesino (...). Hay que aumentar el rendimiento empleando más máquinas y abonos químicos e invirtiendo, por lo tanto, en la tierra más capitales (...). La media de producción por hectárea, que era antes de 10 a 11 quintales, es hoy de 13 quintales. Pero esta media se compone de los ocho quintales por hectárea, que obtienen los labriegos de Cerdeña, y de los 25 a 30 quintales por hectárea que producen las grandes explotaciones capitalistas de Lombardía (60). Los pequeños productores de otros productos agrícolas quedan perjudicados respecto a los de cereales. Los magnates de la industria se oponen a una protección general de todos los productos agrícolas. Cuando empieza la crisis mundial, las cotizaciones de los productos del campo poco protegidos (en especial los de la ganadería: carne leche, huevos, queso) se hunden, no dejando un margen de beneficio apreciable. En 1933, la leche no se paga mas que a 30 o 40 céntimos de lira el litro (61). En cuanto a los productos de la agricultura de exportación (vino, aceitunas, seda en bruto) se colocan difícilmente en los mercados exteriores. Primero la revalorización de la lira en 1927, y luego la competencia japonesa (caso de la seda) les privan de muchos mercados: Las exportaciones agrícolas italianas caen verticalmente (62). El capullo de seda, por ejemplo. que en sus momentos de prosperidad llegó a cotizarse a 35 liras, sólo vale 3,50 en 1933 (63).

El Estado fija actualmente todos los precios. Pero el margen de beneficio de los productos agrícolas secundarios, sobre todo del ganado, es insuficiente. Además, el gobierno aplica fuertes impuestos a la ganadería. El impuesto anual por una cabra es de 20 liras, con lo que consigue hacer disminuir el número de cabezas de 3.100.000 en el año 1926 a 1.795.000 en 1936 (64). La política autárquica hace perder a la exportación de productos agrícolas sus últimos mercados.

Los campesinos modestos se arruinan, endeudándose hasta la punta de los pelos (65). A finales de 1934, el diario La Terre calcula el total de deudas de la agricultura italiana en unos 10.000 millones de liras.

En Alemania

Los gobiernos de la República de Weimar, hasta 1932, se dedicaron a proteger exclusivamente a los grandes propietarios productores de trigo, sacrificando a los agricultores modestos, que se dedicaban sobre todo a la ganadería. Por eso, los nacionalsocialistas conquistaron el apoyo de pequeños campesinos, prometiéndoles la misma protección de que disfrutaban los productores de cereales. Al llegar al poder, durante algún tiempo simularon que iban a cumplir todas sus promesas. En su discurso del 23 de marzo de 1933 en el Reichstag, Hitler dice: Hay que salvar al campesino alemán (...) sin el contrapeso de una clase campesina alemana, la locura comunista habría sumergido ya a Alemania. Y uniendo la acción a la palabra, eleva entre 3 y 5 veces los derechos de aduana sobre los principales productos secundarios: huevos, queso, carne, etcétera.

Pero la política agrícola del Tercer Reich resulta desastrosa para las explotaciones agrícolas pequeñas y medianas. Por las leyes del 13 y 26 de septiembre de 1933, se crea un organismo de Estado, la Corporación del Abastecimiento del Reich, cuyo objeto es asegurar unos precios fijos para los principales productos del campo. El sistema se aplica en primer lugar a los cereales: Nuestro objetivo -dice Walter Darré- es establecer un precio justo para los productos agrícolas, y en primer lugar para los cereales. La tonelada de centeno, que valía en enero de 1933, en Berlín, 152 marcos, sube a 172 en mayo de 1935; la de trigo candeal pasa de 185 marcos a 212. Pero esta política de precios fijos beneficia sobre todo a los grandes propietarios y a los campesinos ricos:

​ 1º. Los precios fijos de los cereales se determinan anualmente, según una escala móvil: cuanto más se alejan de la fecha de la cosecha, más altos son. Así, el campesino que no puede almacenar el trigo y que tiene que venderlo inmediatamente después de la cosecha, encuentra los precios más bajos. Además, los precios fijos son válidos únicamente para una cantidad mínima (por ejemplo, un vagón) y el campesino que no dispone de tales cantidades,tiene que aceptar peores precios.

​ 2º .Los campesinos, a partir de junio de 1934, están obligados a entregara la Corporación de Abastecimiento del Reich sus cosechas. De éstas, una cantidad determinada (y absolutamente insuficiente) se destina a su propio consumo. Una ordenanza del 22 de julio de 1937 les obliga a entregar todos sus cereales panificables, so pena de severas sanciones (multas de hasta 10.000 marcos y prisión) -en caso de inobservancia de la ley. Así pues, las ventajas de los precios fijos quedan anuladas por la imposibilidad en que se encuentra el campesino de consumir sus propios productos o destinarlos a alimentar su propio ganado.

En mayo de 1934, el sistema de los precios fijos se extendió a los productos de la ganadería. Pero la situación del pequeño ganadero no mejora por ello:

​ 1º. La burocracia encargada de la comercialización del ganado y de la leche se preocupa mucho menos de aumentar el valor de los productos, cuya compra monopoliza, que de impedir que suban sus precios. Como estos productos constituyen un importante capítulo del presupuesto de los obreros industriales, los capitalistas presionan para que el Estado no los eleve, obligándolos indirectamente a subir los salarios de sus obreros. El resultado es que los productos lácteos tienen un índice de precios de un 10% inferior a los anteriores a 1914, mientras que el precio de los cereales es superior en un 15% (66).

​ 2º. El productor de productos lácteos no puede venderlos directamente, como hacía antes del nacionalsocialismo. Ahora, antes de poder fabricar mantequilla o queso tiene que entregar una cantidad fija de leche a la organización monopolística, a bajo precio. Un campesino de Silesia, que vendía directamente al consumidor un litro de leche a 22 pfennigs el litro, no recibe ahora más que 14, de los que tiene que pagar 2 para cubrir los gastos de la burocracia. Esta misma leche se vende en las ciudades al precio de 24 pfennigs (67).

El resultado es que los campesinos se resisten a entregar la leche, hasta el punto que en diciembre de 1935 Goering tiene que dar orden a la Gestapo de proceder rigurosamente contra los recalcitrantes. El sabotaje de la entrega de la leche por los agricultores -declara un comunicado oficial -es un acto de traición hacia el pueblo v la nación; el que manifiesta una resistencia pasiva o activa comete un crimen contra la comunidad nacional (68).

​ 3º. Los granjeros modestos sufren un grave perjuicio al subir los precios de los forrajes. En Alemania sólo los grandes propietarios pueden producir forraje bastante para alimentar a sus ganados, los demás agricultores tienen que adquirirlos. La producción forrajera alemana no cubre más que el 25 ó 30% de las necesidades (69). El Gobierno, en 1933 elevó mucho los derechos aduaneros sobre los forrajes, tanto para incrementar la producción nacional como para ahorrar divisas extranjeras. El resultado es que los forrajes alcanzaron en seguida precios exorbitantes. Los grandes terratenientes productores de forrajes hicieron buenos negocios, pero los campesinos modestos tuvieron que renunciar en muchos casos a tener algunas vacas o un corral, produciéndose una importante baja en la oferta de leche, huevos, mantequilla y carne (en especial de cerdo).

Una ordenanza del 22 de julio de 1937 prohibió rigurosamente utilizar los cereales panificables para alimentar al ganado, y casi al mismo tiempo se anunció que en vista de la penuria de divisas extranjeras, no sería posible importar cebada o maíz para alimento de los animales (70).

A estas diversas causas de descontento, habría que añadir la tensión perpetua en la que obliga a vivir a los campesinos alemanes el plan de los cuatro años. Constantemente llegan normas obligándolos a aumentar las superficies cultivadas y el rendimiento, o emprender el cultivo de una nueva planta. Son también objeto de todas las sospechas. Por ejemplo, el decreto de 23 de marzo de 1937 estipula que en el caso en que una explotación agrícola no esté suficientemente cultivada para contribuir como conviene al abastecimiento del pueblo alemán, las autoridades competentes pueden intervenir, bien haciendo una advertencia al cultivador, u obligándolo a practicar un cultivo conforme a las necesidades de la nación. También pueden poner la explotación bajo el control de un comisario u obligar al propietario a arrendar sus tierras o confiar su explotación a una persona experimentada (71).

Sin embargo, la tierra no es muy fértil en Alemania, v aumentar su rendimiento o cultivar tierras pobres cuesta mucho dinero. A pesar de las subvenciones distribuidas por el Reich y las reducciones de precio de los abonos (decreto del 23 de marzo de 1937), el esfuerzo que se exige de los campesinos es cada vez más intenso, sobre todo para los pequeños propietarios. Un secretario del ministro de Agricultura, Backe, confiesa en un artículo que el valor de la producción agrícola en 1937 no ha aumentado más que en 163 millones de marcos, mientras que los gastos de explotación lo han hecho en 335 millones (72).

Hay entre los agricultores-escribe el corresponsal de un diario francés- una creciente falta de interés por su trabajo cotidiano, desde que el nazismo ha transformado completamente el estatuto del campesino (...). Es dudosísimo que los campesinos alemanes estén entusiasmados con el nuevo orden. Todas las publicaciones y discursos oficiales terminan con patéticos llamamientos a los agricultores y a su espíritu de sacrificio- Estos llamamientos no son superfluos (73).

6. El Estado fascista no libera al campesino del capitalismo; por el contrario, favorece la penetración del capitalismo en la agricultura.

El fascismo no sólo eleva los beneficios de los latifundistas y campesinos ricos, sino que también abre al capitalismo industrial y bancario -que se encuentra vinculado por intereses comunes con la gran propiedad de la tierra- nuevos mercados en el campo. Para atraerse a los campesinos modestos, los demagogos fascistas prometieron defenderles de la explotación de los bancos, de los grandes fabricantes de maquinaria agrícola, abonos, electricidad, así como de los especuladores e intermediarios, que monopolizan los productos agrícolas, pagan precios ridículos a los productores y venden caro a los consumidores urbanos. Pero una vez en el poder, hicieron exactamente lo contrario de lo que habían prometido, acelerando por todos los medios la penetración del capitalismo en la agricultura.

En Italia

La política agrícola del fascismo (bonificación integral, batalla del trigo, derechos de aduana sobre el trigo) no sólo tiene por resultado elevar los beneficios de los latifundistas y propietarios ricos, sino que también abre al capitalismo bancario e industrial. La electrificación rural enriquece a los trusts de la industria hidroeléctrica, y tanto los fabricantes de maquinaria agrícola como los de abonos se aprovechan mejor que nadie de la batalla del trigo. Los italianos-comenta Rosenstock-Franck -dicen que es la Montecatini la que ha ganado la batalla del trigo (74). Al principio de 1938, un diario financiero escribe que la brillante situación de la Montecatini se debe a las ventas de abonos, en especial de nitratos, de los que se habían producido 5 millones de quintales durante la campaña 1937-38, en vez de 3 millones de quintales como en las anteriores (75).

En Alemania

Algo similar sucede en Alemania. El gobierno hitleriano -escribeSteinberger -ha rodeado a la agricultura de una cintura casi cerrada de industrias cartelizadas y colocado así los mercados y la producción campesina bajo la estrecha dependencia, tanto de los monopolios comerciales como de los cartels industriales. Una de las funciones esenciales de la Corporación del Abastecimiento es la de asegurar a los grandes intermediarios capitalistas una producción y unos mercados más extensos, eliminando del mercado a los pequeños productores. Ya vimos lo que pasa con la leche. Pero conviene mencionar que el beneficio resultante de la diferencia entre el precio que recibe el pro ductor y el que paga el consumidor no lo utiliza la Corporación, que actúa como intermediaria solamente, sino empresas capitalistas o lecherías cooperativas (dirigidas y financiadas por los latifundistas).

Otro ejemplo es el de la industria azucarera. Por un decreto de noviembre de 1934, cada campesino productor de remolacha es asignado a una azucarera, que le paga a precio muy bajo, y vede el azúcar a precios de monopolio (76).

En una palabra, la política agrícola del nacionalsocialismo abre nuevos mercados en el campo a los cartels industriales, productores de maquinaria y de abonos. En un discurso, el Dr. Schacht ensalza así la mecanización de la agricultura, tan beneficiosa para la gran industria: No podemos olvidar que los productos de la industria capitalista, como las cosechadoras y los arados mecánicos son indispensables para una agricultura que se propone alimentar a una población de 50 millones de habitantes. Una política agrícola que impidiera el progreso en este terreno no podría ganar la batalla de la producción y no serviría los intereses del pueblo (77).

1Para permitir la comparación se ha calculado en este último caso la lira al tanto de estabilización de 1927.

CONCLUSIÓN. ALGUNAS PELIGROSAS ILUSIONES

Hemos intentado en las precedentes páginas dar una idea de la verdadera naturaleza del fascismo, tratando de rectificar algunos de los errores que circulan sobre él. Para terminar, trataremos de disipar algunas ilusiones peligrosas.

1. Políticamente, el fascismo no es "progresivo". El secreto de su duración

Una de ellas consiste en creer que el fascismo es, pese al horror que inspira, un fenómeno político progresivo, una etapa, dolorosa pero efímera y hasta necesaria. Profetas imprudentes han anunciado diez y cien veces el hundimiento próximo e inevitable de la dictadura fascista en Italia o en Alemania, bajo los golpes de la revolución victoriosa. Han afirmado que el fascismo, al elevar al máximo la tensión en el antagonismo entre las clases, aceleraba el estallido de la revolución proletaria, e incluso, según cierto estalinista, que el proletariado no podía conquistar el poder, sino a través del infierno de la dictadura fascista (1). Pero los hechos demuestran -con una trágica evidencia- que a partir del momento en que la clase obrera ha dejado pasar la ola fascista, se abre para ella un largo período de esclavitud y de impotencia, durante el cual, las ideas socialistas -o simplemente *democráticas- no sólo desaparecen de los frontones de los monumentos públicos, sino que -cosa muchísimo más grave- se las extirpa de los cerebros. El fascismo destruye, en el sentido material de la palabra, todo lo que se opone, por poco que sea, a su dictadura; hace el vacío en torno suyo y detrás de él deja el vacío.

¿De qué elementos se compone su extraordinaria resistencia, aniquilando a todo lo que le sea extraño, contra todo y contra todos, durante años y años, a pesar de sus contradicciones internas, a pesar de la miseria y el descontento de las masas?

La centralización a ultranza

La fuerza de la dictadura reside primero en su centralización a ultranza. Como observa un diario francés, semejante régimen no puede sufrir, por definición, el menor vestigio de federalismo o de autonomía. Como la Convención, como Napoleón, su objetivo tiene que ser el centralismo integral, consecuencia lógica de su sistema y medio necesario para asegurar su permanencia (2). Mussolini y Hitler refuerzan al máximo la autoridad del poder central, suprimiendo hasta el menor vestigio de particularismo. En Italia, las atribuciones de los gobernadores provinciales se extienden considerablemente. Que quede bien claro -les dice el Duce en una circular- que no puede dividirse la autoridad ( ... ). La autoridad es unitaria e indivisible, y si no lo fuera, volveríamos a caer en la desorganización del Estado (3). En Alemania, los diecisiete países (länder), que según la Constitución . de Weimar tenían su propio gobierno y su propio parlamento, van siendo suprimidos por etapas, asimilados a meras provincias del Reich, administradas directamente por los representantes del poder central, los Statthalter. Exaltando su obra centralizadora, Hitler se vanagloria de haber dado al pueblo la Constitución que le hace fuerte (4). Marx podía en su tiempo alegrarse de que el poder ejecutivo, al concentrarse cada vez más, concentrara al mismo tiempo en contra suya todas las fuerzas de destrucción (5). Y algunos teóricos, como Edouard Berth, que tienen de la dialéctica una concepción demasiado simplista,. han pensado también que al centralizar al máximo, el fascismo no puede hacer sino trabajar involuntariamente en pro de la Revolución ( 6 ). Pero es olvidar que el fascismo, al mismo tiempo que centraliza, suprime radicalmente todas las fuerzas de destrucción. Olvidar que lleva a su mayor perfección los métodos de represión policíaca al uso en los Estados modernos, haciendo de la policía política una verdadera organización científica. La Ovra, italiana, y la Gestapo, alemana, son verdaderos Estados dentro del Estado, que extienden sus ramificaciones a todas las clases sociales, disponen de recursos financieros y materiales enormes y de poderes exorbitantes, pudiendo aniquilar literalmente, nada más brotar, cualquier intento de oposición donde quiera que se manifieste. En cualquier momento pueden detener, poner a la sombra en una isla perdida o en un campo de concentración e incluso suprimir, sin el menor proceso, a quien le parezca. De semejante régimen puede decirse que es como un bloque de granito liso, donde ninguna mano puede agarrarse1

El corresponsal de Le Temps tiene razón (al menos en parte), cuando escribe refiriéndose a Italia: La oposición ha desaparecido completamente ( ... ). Con el sistema del Estado totalitario ninguna propaganda hostil es posible (7). O el Dr. Goebbels, cuando afirma: Los enemigos del régimen están por tierra, no hay en todo el país ninguna oposición digna de ese nombre (8).

La atomización forzosa de la clase obrera

A estos métodos de represión policíaca se añade el estado de fragmentación forzosa, de atomización e impotencia en que el fascismo mantiene a la clase obrera (9). Es cierto que no consigue suprimir la lucha de clases, fenómeno sociológico que ningún régimen político, ninguna policía, por perfeccionada y poderosa que sea, puede abolir. Bajo la losa d el fascisn10 se agita la lucha de clases, y si no se la reconoce a primera vista es que toma formas un poco distintas de las que nos resultan habituales. Se manifiesta, por ejemplo, a través de la demagogia de los líderes plebeyos fascistas, en los sindicatos fascistizados o sincronizados, etcétera, etcétera. Es cierto también que ni en Italia ni en Alemania puede alabarse el régimen de tener consigo al conjunto del proletariado. Por el contrario, el mismo Mussolini tiene que reconocerlo: No puedo decir que tenga [conmigo] a todos los obreros (...). Son los eternos descontentos (10). En Alemania, las elecciones a los consejos de confianza de fábrica, celebradas en abril del año 1934 y en abril de 1935, fueron dos fracasos para el régimen. Según reconoció bastante después el Dr. Ley, apenas el 40% de los electores participaron en el voto en el año 1934 ( 11 ). En 1935, al menos el 30% de los electores se abstienen o votan en contra (12). Así pues, las elecciones se aplazan los tres años siguientes y, por último, en junio de 1938 el gobierno decide que los hombres de confianza serán, sin más, nombrados por el empresario, y no elegidos por los obreros. Pero este descontento latente apenas puede expresarse, y menos aún establecer una cierta coordinación. Estallan de vez en cuando movimientos reivindicativos, pero en empresas separadas, y sólo unos pocos obreros exteriores a la empresa donde se producen llegan a enterarse. En cada fábrica, los obreros en lucha se creen solos; no sólo los vínculos entre los obreros de diferentes empresas han quedado rotos, sino que en una misma empresa, las relaciones entre el personal de los diversos servicios no existen ya, y son muy difíciles de restablecer (13). Cuando, tras grandes esfuerzos, se reconstruye un embrión de sindicato ilegal, la policía consigue casi siempre aplastarlo antes de que se desarrolle (14). Quedan algunos militantes socialistas y comunistas que distribuyen, con riesgo de su vida, octavillas y publicaciones ilegales, pero no son más que una minoría heroica y constantemente diezmada. Los trabajadores no salen de su pasividad más que cuando un acontecimiento les revela que no están solos, que al otro lado de la frontera hay otros trabajadores que luchan. Por ejemplo, las grandes huelgas de junio de 1936 en Francia, pese a los esfuerzos de la prensa fascista para disminuir su importancia, tuvieron un gran eco entre los trabajadores de Italia y de Alemania. El 18 de abril de 1937, Rudolf Hess pronunció un violento discurso anticomunista en Karlsruhe, que el corresponsal en Berlín de un diario parisino comenta en estos términos: En el interior de Alemania, este discurso tiende (...) a hacer cesar las discusiones, que, pese a la censura, han surgido entre las masas populares del Reich a raíz de promulgarse la ley de las 40 horas y las otras nuevas leyes sociales del gabinete Blum (15).

El control directo sobre la juventud

Mientras el fascismo persigue a los oposicionalistas adultos, se esfuerza en forjar a la juventud a su imagen y semejanza. La generación de los irreductibles desaparecerá por ley natural -dice Mussolini- ¡Pronto vendrán los jóvenes! ( 16 ). Volpe habla con una especie de glotonería de ese material virgen que no han tocado aún las viejas ideologías (17). Es la juventud alemana la que representa nuestro futuro -declara Hitler-. Nosotros la educaremos en nuestros ideales. Si la vieja generación no puede acostumbrarse, le quitaremos sus hijos (18). Pretendemos inculcar nuestros principios a los niños desde su más tierna infancia (19). Y Goebbels afirma que mientras la juventud marche detrás de Hitler, el régimen será indestructible (20). Desde los cuatro años en Alemania y desde los seis en Italia, el niño tiene que entrar en las formaciones paramilitares del fascismo, donde se les somete a un lavado de cerebro intensivo. El Estado dictatorial pone en sus manos un solo periódico, un solo libro de clase y le educa en una atmósfera de exaltación y de fanatismo. Esta verdadera doma de la infancia consigue resultados tangibles. En Italia, escribe Gentizon: La juventud no con sigue concebir por sí sola las ideas socialistas y comunistas (21). Un militante obrero, Feroci, dice: Una juventud que no ha leído jamás un periódico obrero, que jamás ha participado en una reunión obrera, que no sabe nada del socialismo y del comunismo (...), eso es (...) lo que constituye la verdadera fuerza del régimen de Mussolini (22). En Alemania la situación es todavía peor. Naturalmente hay realidades que la educación fascista no puede borrar, y algo que no hace falta enseñar: el instinto de clase. Ningún lavado del cerebro impedirá jamás a un joven obrero el sentirse explotado. Pietro Nenni, aunque no pretenda ni mucho menos que la juventud en camisa negra haya conseguido liberarse de las cadenas fascistas, señala que en Italia muchos jóvenes se portan como socialistas sin saberlo ni quererlo (23). El semanario fascista Il Maglio, órgano de los sindicatos fascistas de Turín, se queja de que la juventud no comprende el sindicalismo fascista: Es natural -escribe- que haya algunos jóvenes que aun reconociendo que la abolición de toda forma de lucha de clases es una necesidad absoluta (...), sigan creyendo que los intereses de los trabajadores pueden defenderse mejor con las huelgas y los métodos de lucha que se practicaban hasta ayer mismo en los conflictos laborales (...) (24). También en Alemania, algunos jóvenes que habían creído que el Tercer Reich sería su Estado y que ven cómo se consolida la vieja explotación capitalista, se sienten engañados. Pero a unos y a otros les resulta muy difícil, con la formación que han recibido, deshacerse de las ideas falsas inculcadas, aclarar el sentido de su disgusto, rehacer sin ningún guía el trabajo realizado por un siglo de pensamiento y acción socialista. Por eso, el confuso despertar de su conciencia de clase lleva como máximo a muchos de ellos a la extrema izquierda del fascismo o del nacionalsocialismo, pero no a convertirles en militantes revolucionarios. Sin duda, las familias pueden, en cierto modo, contrarrestar la influencia de los educadores fascistas. Pero el Estado se cuida de que en todas sus horas de asueto, el niño se encuentre fuera del hogar, y procura canalizar sus fobias contra los adultos en general y contra sus padres en particular. Y a veces se produce un conflicto trágico entre las dos generaciones: la antigua, que ha seguido siendo fiel a las ideas del socialismo, y la nueva, que, inspirada por los fascistas, la considera su enemiga.

Nota de 1964 Pero además, el fascismo en el poder practica con un arte consumado una política que consigue engañar a una fracción importante de las masas populares, que quizá no tuve en cuenta lo suficiente en las primeras ediciones de este libro, y que, actualmente, con la perspectiva que da el tiempo, me parece necesario hacer, pues desempeña un papel importante en la capacidad de durar del monstruoso régimen. Algunos de los expedientes que utiliza el fascismo para hacerse popular los vimos en el capitulo sobre la Mística fascista. Pero hay otros no tan idealistas, que permitieron a los regímenes de Hitler y Mussolini engañar a unas nasas escépticas e incluso hostiles al principio. En primer lugar, la absorción del paro por medio de las grandes obras públicas (algunas tan útiles, en definitiva, como las autopistas) y, sobre todo, los armamentos.

Luego, el control dictatorial de las salidas de capitales y del nivel de precios, que gobiernos de izquierda del tipo frentepopulista fueron incapaces de llevar a cabo. Por último, lo que tuvo mayor importancia, las obras sociales para organizar el tiempo libre de los trabajadores (Dopolavoro, Kraft durch Freude). Aunque su formidable instrumento policíaco fue esencial para el mantenimiento del fascismo, sería erróneo creer que fue un régimen totalmente impopular, basado exclusivamente en el terror. No sólo puso a las masas un yugo, sino que consiguió una cierta adhesión de su parte. Si no, hubiera sido más frágil. (Fin de la nota del 1964.)

2. El Estado autoritario puede prolongarse bajo la forma de dictadura militar

Hay quienes deducen de las contradicciones políticas que bullen en el seno del régimen fascista, su pronta desintegración. Es cierto que los magnates que subvencionaron y llevaron el fascismo al poder no están muy satisfechos de su logro.

En primer lugar, el régimen es caro. El mantenimiento de la pletórica burocracia estatal, del partido y de los múltiples organismos paraestatales, que a veces tienen las mismas funciones, cuesta enormes sumas y agrava las dificultades financieras del gobierno. El corresponsal de Le Temps en Berlín explica que todas las grandes administraciones del Estado (...) están duplicadas por los organismos del partido nacionalsocialista ( ... ). El partido penetra en los ministerios, delegando algunos de sus hombres de confianza, pero guarda, al margen de la administración tradicional, todos sus organismos propios (...) (25). En su memoria de junio de 1937 a Hitler (26), los industriales del Ruhr escriben: Antes había un funcionario por cada doce personas que vivían de ocupaciones productivas. Hoy, si se tienen en cuenta las organizaciones oficiales del partido y los servicios paraestatales y corporativos con sus funcionarios, empleados, etcétera, por cada ocho personas que viven de ocupaciones productivas, hay una retribuida por el Estado. Renunciando a calcular el nivel de gastos en personal y material que exige la máquina administrativa, los autores de la memoria se quejan de las pérdidas incalculables que resultan de la falta de contacto entre las antiguas y las nuevas autoridades, de la duplicidad de competencias entre los antiguos y los nuevos servicios estatales del Estado y del Partido. Por su parte, los magnates tienen que pagar contribuciones voluntarias para el partido y sus obras, suscripciones diversas, fondos para soborno de las jerarquías, a las que, a veces, han de hacer un sitio en sus consejos de administración, etcétera. Por si fuera poco, este parasitismo oneroso, los magnates tienen que aguantar la agitación demagógica a que se entregan los plebeyos fascistas, que, pese a las depuraciones y expulsiones, no cesa por completo. Además, aunque empujan al Estado fascista a una política agresiva, que les vale buenas contratas de armamentos y equipos militares los magnates temen que los plebeyos fascistas, para busca; una diversión a la miseria popular, no acaben arrastrando al país a una guerra prematura o mal planeada, cuyo resultado sería la derrota del país. Es muy significativo que en el otoño de 1935 sean los jefes plebeyos, Farinacci, Rossoni y otros los que empujan a Mussolini a un conflicto con Inglaterra, mientras que la burguesía capitalista, el Estado Mayor, la corona se inquietan y aconsejan moderación y prudencia. Lo mismo sucede en Alemania, cuando Hitler, en marzo de 1936, decide la remilitarización de Renania: son los Goering, Goebbels y demás plebeyos los que empujan a la aventura, mientras los magnates capitalistas y su hombre, el Dr. Schacht, así como los generales de la Reichswehr manifiestan sus reservas -no sobre el gesto en sí-, sino sobre la forma imprudente en que se lleva a cabo (27). A fines de aquel mismo año, el general Von Fritsch, comandante del ejército alemán, observa que ni el Reich ni la armada podrían asumir una acción que trajera como consecuencia la guerra a corto plazo. Al parecer, incluso llega a amenazar con dimitir si no se le escucha (28). Después se ha sabido que en vísperas de la segunda guerra mundial, la mayoría de los generales advirtieron desesperadamente y en vano al Führer de los riesgos de la aventura bélica. Los magnates tampoco soportan sin inquietud la locura de grandezas que poco a poco se apodera del dictador. Evolución fatal: a medida que se elimina a los plebeyos Y que el partido pasa a segundo plano, se hace más necesario hinchar al hombre providencial, de manera que tras su persona se disimule la verdadera naturaleza del Estado fascista: una dictadura policíaco-militar al servicio del gran capital. Por eso siguen el consejo de Spengler: No conserva significado sino el poder completamente personal ejercido por el César [en quien] la prepotencia del dinero se aniquila (29). En Italia, la dictadura del partido fascista se convierte en la dictadura personal del Duce. En Alemania, en las últimas campañas electorales se habla muy poco del nacionalsocialismo y mucho de Hitler (30). Pero el mismo dictador cae en la trampa de la que él es el cebo, ocurriéndole lo que a Luis Napoleón Bonaparte: Es precisamente al tomar en serio su papel imperial (...), cuando se convierte en víctima de su misma teoría; el polichinela serio y pomposo que no toma ya la historia universal por una comedia, sino su comedia personal por la historia universal (31). Mussolini y Hitler acaban completamente autoenloquecidos. Los magnates capitalistas se ven obligados a contar cada vez más con su orgullo ilimitado, su humor variable y sus caprichos. La política económica del fascismo, aunque les sea favorable, tampoco les satisface por completo. Naturalmente se embolsan todos los beneficios que les procuran las contratas de obras públicas y los encargos de material de guerra, pero están cada vez más asustados por las consecuencias de esta política, y temen sobre todo una catástrofe monetaria, que sublevaría en contra suya a las clases medias. Por eso reprochan al Estado fascista el aumentar sus gastos de un modo imprudente. Temen también que el régimen de economía de guerra les imponga obligaciones cada vez más pesadas y coarte cada vez más la sacrosanta iniciativa privada. Por eso, los magnates no están contentos del todo. Y en la mente de algunos de ellos germina la idea de tirar definitivamente por la borda a los plebeyos fascistas y a su jefe, transformando el régimen totalitario fascista en una mera dictadura militar. Pero, por una parte, no se atreven a perder ese medio incomparable de penetrar en todas las células de la sociedad que constituyen las organizaciones de masa fascista, y sobre todo vacilan en prescindir del hombre providencial: la mística del Duce o del Führer, aunque vacile, aún no se ha apagado. El orden actual en Alemania -escribe Le Temps-, no existe y no subsiste sino gracias a la popularidad del canciller, a la fe de las masas alemanas en la acción de Hitler (32). El Führer es sin duda más popular que su régimen (33). Por eso, el hombre providencial, por molesto que resulte, sigue siendo necesario. Su misma locura es útil, y sólo él consigue realizar el milagro psicológico de transmutar en espíritu de sacrificio el descontento y la miseria de amplias capas de la población. Pero lo más importante es que el gran capital teme que una transformación radical del régimen, en el sentido indicado, no cueste una guerra civil -aunque sea corta-, en la que choquen entre sí ambas fuerzas nacionales. Lo que más teme es lo que en Alemania se llama, por anticipación, un nuevo 30 de junio. Así pues, la burguesía vacila. Sin embargo, no habría que descartar que un día, las ventajas de un Estado fuerte* sin Hitler ni Mussolini, no le parezcan mayores que sus inconvenientes.

3. Económicamente, el fascismo no es "progresivo". Su verdadera naturaleza

Si el fascismo no es políticamente progresivo, tampoco lo es económicamente, pese a lo que crean algunos. Cuando se le despoja de todas las apariencias, de todas las contradicciones que disimulan su rostro y de todos los aspectos secundarios que ocultan a muchos sus aspectos esenciales, teniendo en cuenta las particularidades de cada país, se ve que el fascismo no es sino un Estado fuerte, destinado a prolongar artificialmente el régimen económico, basado sobre la propiedad privada de los medios de producción y el beneficio. Como dijo Radek, la dictadura fascista son los aros de hierro con los que la burguesía trata de consolidar el tonel desfondado del capitalismo (34). Aquí haremos una observación: el tonel no está desfondado por la acción revolucionaria de la clase obrera, al contrario de lo que muchos creen, sino podrido. El fascismo no es la respuesta de la burguesía a un ataque del proletariado, sino más bien la expresión de la decadencia de la economía capitalista (35). El fascismo es un reflejo de defensa de la burguesía, sin duda, pero de defensa contra la propia desintegración de su sistema más que contra un ataque proletario, en realidad, casi inexistente. La clase obrera, en efecto, en el momento de la descomposición de la economía capitalista, no supo, paralizada por sus organizaciones y por sus jefes, conquistar el poder para sustituir por el socialismo un régimen económico gravemente herido, según sus mismos defensores reconocen. En cuanto a la naturaleza de esta crisis, el fascismo no se hace ilusión alguna. La crisis -dice Mussolini- ha penetrado de tal modo en el sistema, que se ha convertido en una crisis del sistema. Y a no es un trauma, sino una enfermedad congénita (36). Aunque promete demagógicamente la reabsorción del paro y la reanimación de los negocios, el fascismo, en realidad, se contenta con menos. Trata sólo de frenar con medios artificiales la baja de los beneficios de un capital privado, que se ha convertido en parásito de la economía. A pesar de su verborrea demagógica, no tiene grandes pretensiones; vive al día, tratando de poner a flote -gracias a reducciones de salarios, a los encargos y a las subvenciones estatales, a su control sobre el ahorro y a la autarquía- a un puñado de magnates monopolizadores y de latifundistas. Para alargar el reino de esta oligarquía, a costa de limitar las prerrogativas de la libre empresa, acelera la ruina de todas las capas de la población: asalariados, consumidores, rentistas modestos, campesinos que viven de su trabajo, artesanos y hasta industriales que producen bienes de consumo. Los inocentes que, sin vivir en Italia ni en Alemania, han caído en la trampa de la demagogia fascista y creen que estos regímenes representan una revolución anticapitalista, podrían meditar sobre la siguiente carta de un obrero, que, por extraño que parezca, publicó el Volkischer Beobachter, órgano del partido nazi: Nadie que esté al corriente de las cuestiones económicas puede pensar que el capitalismo ha desaparecido. Es cierto que los métodos de financiación pública han tomado un carácter diferente -un carácter coactivo-, pero el capital, o lo que generalmente se llama así, no ha tenido nunca tantos privilegios como hoy (...). La economía acumula enormes beneficios y reservas; los trabajadores deben esperar (...). Los gordos obtienen muchos beneficios, los pequeños reciben pagarés para un futuro impreciso. Si esto no es capitalismo, me gustaría saber lo que significa esa palabra ( ... ). Un grupo realiza enormes beneficios a costa del resto de la población. Esto es lo que suele llamarse explotación capitalista (37). Otro corresponsal escribe al mismo diario: No hay nacionalsocialismo, se trata meramente de capitalismo. Y el órgano oficial del partido nazi responde cínicamente que si el gobierno hubiera repartido entre los trabajadores los 2.000 millones largos de beneficios del gran capital, se habría colocado en flagrante oposición con la Economía (38).

Así pues, el fascismo no tiene nada de progresivo desde el punto de vista económico. No supera al capitalismo; por el contrario, es una forma de lo que Lenin llamaba el capitalismo decadente (39). A ese período de descomposición del sistema capitalista, que se arrastra interminablemente (40), el fascismo trata de alargarle la vida por todos los medios; mantiene el absceso en vez de abrirle de un corte de bisturí. Lejos de llevar al socialismo, es decir, a la colectivización de los medios de producción y a la autogestión, consagra todos sus esfuerzos a luchar contra el movimiento, que, aprovechando la crisis, trata de hacer pasar toda la economía privada a manos del Estado. Agudiza al máximo el conflicto entre el carácter social de la producción y la propiedad privada de los medios de producción: cuando podría socializar sin dificultad sectores enteros de la vida económica, respeta y trata de resucitar el capitalismo privado. Ni siquiera lleva por un mal camino al socialismo. Sencillamente, es el mayor obstáculo para el socialismo.

4. Con su política internacional no consigue sino agravar los antagonismos imperialistas y acelerar la "caída en la barbarie"

Por otra parte, el fascismo, en la vida internacional, no hace sino agravar la tendencia del conjunto del sistema capitalista al repliegue en el reducto nacional, a la autarquía. Retirando a la economía de su país de la división internacional del trabajo, y adaptando las fuerzas productivas al lecho de Procusto del Estado nacional, introduce el caos en las relaciones mundiales, y crea para el trabajo futuro de planificación socialista colosales dificultades suplementarias ( 41). Al mismo tiempo, el fascismo lleva a una insoportable tensión las contradicciones que resultan del desigual desarrollo del sistema capitalista, y empuja de este modo a un nuevo reparto del mundo por la fuerza de las armas, acercándose a esa caída en la barbarie que Rosa Luxemburgo preveía si el proletariado tardaba en cumplir su deber de clase y en edificar el socialismo (42). Sin embargo, no es cierta la frase: el fascismo es la guerra. El bolchevique Bela Kun denunciaba no hace mucho esta interesada mentira: La consigna de que el fascismo, que es una de las formas políticas de dominación de la burguesía, es la guerra, no tiene otro fin que librar de toda responsabilidad a uno de los grupos de potencias imperialistas, que enmascaran sus preceptivos de guerra bajo apariencias democráticas y frases pacifistas. La vieja consigna del antimilitarismo marxista, la de la lucha revolucionaria contra la guerra imperialista, decía otra cosa muy distinta: El capitalismo es la guerra (43).

5. El fascismo no es un fenómeno local, sino que tiene un carácter universal

Una ilusión que habría que disipar si el triunfo del nacionalsocialismo en Alemania no le hubiera dado ya la puntilla es la que cree que el fascismo es un fenómeno local, un fenómeno específicamente italiano o propio de los países retrasados, en los que predomina la agricultura, contra el que las grandes naciones industriales, las grandes democracias occidentales estarían inmunizadas. Ahora ya no podría escribir el italiano Don Sturzo que en Inglaterra, en Francia, en Alemania existe una clase política sólida, que está a la altura de su papel, que no se vería sin duda jamás una marcha sobre Londres, sobre París o sobre Berlín ( 44 ), y Nitti no podría afirmar con toda seriedad: Toda empresa fascista en los países que han llegado a un alto grado de civilización económica, no podría ser sino una experiencia vana (...). En Alemania, los partidos democráticos y la república se han consolidado notablemente ( 45). Tampoco podrían escribir hoy los socialdemócratas alemanes lo siguiente: El fascismo, en su forma italiana, corresponde a las circunstancias italianas. La fuerza organizadora y la mayor educación política de la clase obrera alemana, así como la debilidad relativa de las masas no proletarias en Alemania, en comparación con Italia, hacen imposible entre nosotros ese hundimiento tan brutal de la democracia (46). O el bolchevique Martynov: el fascismo de tipo puro será nuestro principal enemigo sólo en los países atrasados y medio agrícolas (47). En Italia como en Alemania, el fascismo ha sido, por el contrario, el producto específico del capitalismo más adelantado, de la industria pesada monopolizadora. Sin embargo, en ambos países ha habido ciertas causas particulares que han acelerado su desarrollo, y en especial, que tanto Italia como Alemania se encontraron al final de la guerra mundial en la situación de naciones proletarias frente a otras mejor dotadas. El resultado fue que, por una parte, sus dificultades económicas fueron mayores, y, por otra, que en esos países resultó más fácil injertar la idea nacional sobre la idea social y fanatizar así las masas populares. No hay que excluir que las mismas causas profundas que llevaron a los magnates italianos y alemanes a financiar el fascismo y a llevarlo al poder, reproduzcan en otros países los mismos efectos. Hay otras partes del mundo donde los trusts confían a un Estado reforzado -cuando no al Estado fuerte- la tarea de restablecer el nivel de sus beneficios. En otros países vemos también desmoronarse progresivamente las instituciones democráticas* y proliferar un fascismo larvado. La burguesía, instruida por los precedentes de Italia y Alemania, vacila en recurrir a un fascismo declarado. Pero sería imprudente sostener que ha renunciado a hacerlo, y menos aventurado suponer que guarda esta carta en reserva.

6. Fascismo o socialismo

De todos modos, la lección de los dramas italiano y alemán es que el fascismo no tiene nada de fatal. El socialismo habría podido detenerlo si hubiera vencido su parálisis y su impotencia; si hubiera sabido ir más deprisa que su adversario; si hubiera conquistado, o al menos neutralizado, a las clases medias pauperizadas; si se hubiera hecho con el poder antes que el fascismo -no para prolongar mejor o peor el sistema capitalista, como lo han hecho tantos gobiernos elevados al poder por la clase obrera-, sino para poner fuera de combate a todos los financieros del fascismo, socializando las industrias esenciales y confiscando las grandes propiedades. El antifascismo que se limita a la defensiva y no se propone abatir al capitalismo es ilusorio y frágil. No hay que esperar algo así de los frentes populares. Sus hombres se agarran al clavo ardiendo de la democracia burguesa y colaboran con los grupos capitalistas menos reaccionarios, para guardarse de los más reaccionarios. Esperan que les salven un Giolitti o un Brüning que acabarán por entregarles atados de pies y manos a un Mussolini o un Hitler. Si prefieren el suicidio, son muy dueños de suicidarse. Los otros, los que quieran vivir, sabrán elegir entre el fascismo y el socialismo.


  1. Esta metáfora la encontró Elie Halévy en un artículo de un diario. Me la comunicó, pero no pudo darme la referencia.] 

  2. Cada una de estas federaciones lleva impropiamente el nombre de confederación, pero para evitar equívocos, he preferido emplear el primer término. 

  3. Después del Trabajo, organización de actividades para llenar el tiempo libre de los trabajadores. 

  4. Fuerza por la alegría, equivalente del Dopolavoro antes citado.