Péret tiene la palabra

La importancia del texto que sigue –destinado en su traducción inglesa a la introducción de una recopilación de mitos, leyendas y cuentos populares de América– ha parecido a los amigos del autor lo suficientemente importante como para justificar su publicación aislada y anticipada en su idioma original. Penetrados por su rigor y por su ardor, la combinación de ambos la acerca a un pequeñísimo número de obras teóricas, de las más activas, y le confieren una resonancia casi única en los tiempos que atravesamos. Los abajo firmantes declaran hacer suyas todas sus conclusiones. En homenaje, aquí, a Benjamin Péret, pretenden juntar sus nombres a los de los ausentes, cuya actitud previa implica la misma solidaridad actual que la suya respecto a un espíritu de libertad inalterable, que no ha dejado de garantizar una vida singularmente pura en concesiones.

Para:

J.B. Brunius,Valentine Penrose (Inglaterra),

René Magritte, Paul Nougé, Raoul Ubac (Bélgica),

Braulio Arenas, Jorge Cáceres (Chile),

Wilfredo Lam (Cuba),

Georges Henein (Egipto),

Victor Brauner, Oscar Dominguez, Herold (Francia),

Pierre Mabille (Haití),

Aimé Césaire, Suzanne Césaire, René Ménil (Martinica),

Leonora Carrington, Esteban Francès (México)

André Breton, Marcel Duchamp, Charles Duits, Max Ernst, Matta,Yves Tanguy.

Nueva York, 28 de mayo de 1943.


Hay quienes pretenden que la guerra les ha enseñado algo; están, sin embargo, menos adelantados que yo, que sé lo que me reserva el año 1939.

André Breton. Manifiesto del surrealismo, «Carta a los videntes», 1925.

Esta antología no tiene en absoluto la ambición de representar, desde los tiempos precolombinos hasta hoy, la totalidad de la producción literaria primitiva y popular de los pueblos americanos. Sólo quiere ofrecer una imagen, tan penetrante como sea posible, de la obra poética de estos pueblos, revelando los textos más característicos, dispersos en las crónicas de los conquistadores, viajeros y misioneros, por una parte, y en los trabajos de los etnólogos y folkloristas, por otra.

Cualquier intención de invadir el campo de la etnografía está fuera de lugar, pues sólo un criterio poético ha mandado para escoger los textos que la componen, y dicha elección sólo puede ser arbitraria desde el punto de vista de la etnología. Esta recopilación, sin embargo, presenta otro tipo de interés. Enseñando losprimeros pasos del humano sobre el camino del conocimiento, esta antología indica claramente que el pensamiento poético aparece en el amanecer de la Humanidad, primero bajo la forma –no considerada aquí– del lenguaje, y, más tarde, bajo el perfil de mito que prefigura la ciencia y la filosofía y constituye a la vez el primer estado de la poesía y el eje alrededor del que sigue girando a una velocidad indefinidamente acelerada.

El pájaro vuela, el pez nada, y el hombre inventa porque sólo él en la naturaleza posee una imaginación al acecho constante, siempre estimulada por una necesidad infinita de renovación. Sabe que su sueño pulula de sueños que le aconsejan matar a su enemigo al día siguiente o, interpretados según las reglas, le trazan su futuro. Pero ¿son sueños, manifestaciones de su «espíritu», del espíritu de un antepasado que le desea algo bueno o que persigue la venganza de alguna ofensa? Para el primitivo todavía no hay sueños; esta misteriosa actividad del espíritu en un cuerpo inerte le revela que su «doble» lo vigila, que un antepasado pesa sobre su destino o, más tarde, que un dios –Viracocha en los pueblos incas, Huitzilopochtli en los aztecas– quiere la felicidad del pueblo a cambio de un tributo de adoración. No es tan presuntuoso –conociendo de sobra la exigüidad de sus capacidades físicas– como para creer que es el único en el universo que posee este espíritu, que está en él y lo anima día y noche. El sol, la luna, las estrellas, el trueno, el rayo, la lluvia y la naturaleza entera se le parecen, y si de materia a materia su poder es débil, éste se compensa de espíritu a espíritu por una potencia que postula sin límites. Le basta con encontrar el medio adecuado para alcanzar el espíritu que hay que embaucar. Aunque la naturaleza parece hostil o por lo menos, ajena al destino de los humanos, no siempre ha sido así. Los animales, las plantas, los fenómenos meteorológicos, los astros, son antepasados dispuestos a socorrerlo o a castigarlo. Han sido buenos o malos y se han visto transformados en signos de recompensa o de condena, en algo útil o dañino para el humano, a menos que un accidente imaginario determine que esta metamorfosis explica un fenómeno natural pero sorprendente. Cuando el campesino bretón, en medio de una tormenta de verano, dice «el diablo pega a su mujer», demuestra que su concepción del mundo no le es del todo extraña y que todavía sabe ver la naturaleza con un ojo poético. Digo ¡todavía!, porque la sociedad bárbara que hace vivir (¿vivir?) a la inmensa mayoría de los humanos de latas de conserva y los conserva en latas –viviendas del tamaño de un ataúd–, poniendo precio al sol y al mar, busca también, intelectualmente, traerlos de nuevo a una época inmemorial, anterior al reconocimiento de la poesía. Pienso en la condición de condenados que esta sociedad impone a los obreros, como nos la ha revelado, subrayada apenas por un humor chispeante, la película de Charles Chaplin, Tiempos Modernos. Para estos hombres, la poesía pierde fatalmente cualquier significado. Sólo les queda el lenguaje. Sus amos no se lo han quitado, necesitan a toda costa que lo conserven. Lo han castrado para privarlo de cualquier veleidad de evocación poética, reduciéndolo al lenguaje degenerado del «deber» y del «tener».

Si es indiscutible que la invención del lenguaje tiende, como producto automático de la necesidad de comunicación mutua de los humanos, a satisfacer primero esa necesidad de relación humana, también es verdad que los humanos toman para expresarse una forma poética desde el momento que han logrado, de manera puramente inconsciente, a organizar su idioma, a adaptarlo a sus necesidades más primarias y sentir todas las posibilidades que contiene. En pocas palabras, el lenguaje se vuelve poesía1 tan pronto se satisface la necesidad primordial que le corresponde.

No se trata aquí de hacer apología de la poesía a costa del pensamiento racionalista, pero sí de protestar contra el menosprecio que los partidarios de la lógica y la razón hacen de la poesía, habiendo sido también ellas descubiertas por medio del inconsciente. La invención del vino no ha incitado a los humanos a dejar el agua para bañarse en vino tinto, y nadie dirá lo contrario, porque además, sin la lluvia el vino no existiría. De la misma manera, sin la iluminación inconsciente, la lógica y la razón se habrían quedado en el limbo y no estarían tentadas de denigrar la poesía que aún está por crear. Si la ciencia ha nacido de una interpretación mágica del universo, al final se parece mucho a esos hijos de la horda primitiva que asesinaron a su padre. Por lo menos, ellos hicieron de él un prestigioso héroe celeste. Las generaciones futuras tendrán que encontrar la síntesis entre la razón y la poesía; no se puede seguir oponiendo la una a la otra, arrojando de manera deliberada un velo púdico sobre su origen común. Se puede reprochar al pensamiento racionalista, tan seguro de sí mismo, de no tener en cuenta sus asientos inconscientes, de separar de manera arbitraria el consciente del inconsciente, el sueño de la realidad.

Y hasta que no hayamos reconocido sin reticencias el papel capital del inconsciente en la vida psíquica, sus efectos sobre el consciente y las relaciones de éste sobre aquél, se seguirá pensando como un cura; es decir, como salvaje dualista, pero con la diferencia de que el salvaje sigue siendo poeta y, en cambio el racionalista que se niega a entender la unidad del pensamiento sigue siendo un obstáculo al movimiento cultural. El que la entiende se revela como revolucionario que tiende, quizás sin darse cuenta, a encontrarse con la poesía. Se trata, en efecto, de suprimir, de una vez por todas, la oposición artificial creada por unos espíritus sectarios venidos de un lado y del otro de la barricada que han levantado juntos, entre el pensamiento poético –calificado de prelógico– y el pensamiento lógico, entre el pensamiento racional y el irracional.

Un siglo antes de Freud, Goethe confirma la intuición popular que ve en los poetas a los precursores de los científicos e indica que «el humano no puede quedarse mucho tiempo en estado consciente y tiene que volver a sumergirse en el inconsciente, porque ahí vive la raíz de su ser».

En el humano de los tiempos remotos el pensamiento consciente empieza justo a emerger de las brumas de un inconsciente que aún no difiere mucho del instinto animal. En el primitivo actual, la parte de pensamiento consciente es también muy débil, se limita estrictamente a las necesidades prácticas de la vida cotidiana y ya no se tiene que demostrar que la actividad inconsciente y la vida onírica la dominan completamente. ¿Pero está el hombre civilizado, desde este punto de vista, sea lo que diga y suponga, tan lejos de su hermano «inferior»? En cualquier caso, podemos estar seguros de que las explicaciones que el primitivo da del origen del mundo y de su propio origen y naturaleza son productos de su pura imaginación, donde la parte de reflexión consciente queda anulada o casi nula. Sin duda, es por eso, que no limitadas, no criticadas, esas creaciones provienen casi siempre del maravilloso poético.

Se espera obviamente que defina aquí el maravilloso poético. No lo haré. Es de naturaleza luminosa, no sufre la competencia del sol: disipa las tinieblas y el sol oscurece su resplandor. El diccionario, por supuesto, se limita a dar de él una etimología seca, donde lo maravilloso se reconoce tan mal como una orquídea conservada en un herbario. Sólo me propongo sugerirlo.

Pienso en las muñecas de los indígenas hopi de Nuevo México, cuya cabeza representa a veces de forma esquemática un castillo medieval. Es en este cas tillo en el que voy a intentar penetrar. No tiene puertas y sus murallas tienen el espesor de mil siglos. No está en ruinas como uno se vería tentado a creer. Desde el romanticismo sus ruinosas paredes se han realzado, reconstituidas como el rubí. Tan duras como esta gema, tienen, ahora que las choco con mi cabeza, toda su pureza. Ahora se abren como las altas hierbas al paso de una fiera prudente, he aquí que por un fenómeno de ósmosis, estoy en el interior, que desprende resplandores de aurora boreal. Armaduras chispeantes, montando en el vestíbulo una guardia de picos eternamente nevados, me saludan con el puño erguido, donde los dedos se mueven en un flujo continuode pájaros –a menos que sean estrellas fugaces acoplándose para obtener de la mezcla de sus colores primarios los matices delicados del plumaje del colibrí y de las aves del paraíso–. Aunque, en apariencia esté solo, una muchedumbre que me obedece ciegamente me rodea. Son seres menos nítidos que una mota de polvo al trazluz. Sobre su cabeza de raíz, sus ojos se desplazan con mala luz en todos los sentidos, y sus doce alas, provistas de pezuñas, le permiten actuar con la velocidad del rayo que deja su estela. Sobre mi mano, se comen los ojos de las plumas del pavo real y si los aprieto entre el pulgar y el índice, moldeo un cigarrillo que, entre los pies de una armadura, toma rápidamente la forma de la primera alcachofa.

Sin embargo lo maravilloso está por todas partes, disimulado a las miradas de lo vulgar, pero a punto de estallar como una bomba de relojería. Este cajón que abro me enseña, entre bobinas de hilo y compases, una cuchara de absenta. Viene a mi encuentro, a través de los agujeros de esta cuchara, un grupo de tulipanes que desfilan al paso de la oca. Sobre su corola se yerguen profesores de filosofía que discuten sobre el imperativo categórico. Cada una de sus palabras, mango monetizado, estallan sobre un suelo erizado de narices que las rechazan en el aire, donde describen círculos de humo. Su lenta disolución engendra minúsculos fragmentos de espejos en los que se refleja una brizna de musgo húmedo.

¿Pero qué digo? Para qué abrir un cajón si el escorpión que, del techo acaba de caer sobre mi escritorio, me habla:

reconóceme, soy el antiguo farolero.Vale, he abandonado mi pata de palo en un descampa do en el que desmigajan los restos de una fábrica hace tiempo incendiada, cuya alta chimenea, todavía en pie, teje ahora jerséis deslumbrantes. Mi pata de palo ha hecho su camino desde entonces. Mira esta barriga de ministro, este «Sam Suffy» que lleva sobre la cabeza; estos oros, estos... has reconocido fácilmente a un Papa escondiendo presto en su mano izquierda un monóculo que no podría ser más que una ostia envenenada, mientras, con la derecha, dibuja en el aire una cruz al revés. Con este gesto, la chimenea se abre de arriba abajo como un mejillón, dejando ver sus dieci séis plantas interiores donde bailarinas desnudas, apenas más densas que un torbellino de polen, repiten, en el ojo de un gato, pasos lascivos y complejos.

Y el escorpión, habiéndose picado con su propio aguijón, se hunde en el espesor de mi escritorio, decorándolo con una mancha de tinta donde leo con la ayuda de un espejo: «pelo verdugo».

Lo maravilloso, repito, está por todas partes, en todas las épocas, en todos los instantes. Lo maravilloso es, tendría que ser, la vida misma. Con tal que, sin embargo, no ingeniarse en hacer esta vida deliberadamente sórdida como lo hace esta sociedad con su escuela, su religión, sus tribunales, sus guerras, sus ocupaciones y liberaciones, sus campos de concentración y su horrible miseria material e intelectual. Sin embargo, me acuerdo: era en la cárcel de Rennes donde ellos me habían encerrado el mes de mayo de 1940, porque había cometido el crimen de considerar que dicha sociedad era mi enemiga, aunque sólo fuera por haberme obligado, como a tantos otros, a defenderla dos veces en mi vida, cuando nunca me había reconocido algo en común con ella.

Conocemos el mobiliario de estos lugares: una mala imitación de cama que el reglamento obliga a replegar contra la pared durante el día, así uno esta obligado a echarse en el suelo; una mesa fijada a la pared opuesta a la cama y, cerca de ella, un taburete sellado a la misma pared, con el fin de que el prisione ro no caiga en la obsesiva tentación de usarlo para dar un porrazo a su carcelero (¿como un humano puede hacerse carcelero? Insisto en no entenderlo. Aparte del abismo de ignominia que dicha «profesión» supone, el carcelero también vive en la cárcel).

Una mañana habían pintado de azul los vidrios de la ventana que no estaban al alcance de la mano. Pasaba una buena parte del día estirado sobre mi espalda en el suelo, la cabeza girada hacia la ventana por la que el sol ya no entraba.Y he visto en estos vidrios, algunos instantes después de que hayan sido pintados, la cara de Francisco I, tal y recuerdo de los manuales de historia de la primaria; en el vidrio de al lado, un caballo se encabritaba. Al lado, había un paisaje tropical bastante parecido a los del Aduanero Rousseau donde, sobre el rincón inferior derecho, aparecía un hada. ¡Tan encantadora, con la mano erguida encima de la cabeza, lanza mariposas con un gesto ligero y gracioso! En el último vidrio leí el número 22 y enseguida supe que el 22 estaría liberado. ¿Pero el 22 de qué mes, de qué año? Estábamos en la primera semana de junio de 1940. La acusación que pesaba sobre mí me condenaba a una sanción fuerte y mis estimaciones, las más optimistas, preveían por lo menos tres años de cárcel. A pesar de todo, enseguida me convencí, en contra de cualquier verosimilitud, de que mi liberación estaba cerca.

Casi cada día, sin embargo, las imágenes se renovaban, sin que hubiera jamás más de cuatro a la vez sobre las ocho ventanas: Francisco I se volvía un buque que se hundía en las olas, el paisaje con el hada una máquina complicada, el caballo una cafetería, etc. Sólo el número 22 continuaba obstinadamente visible hasta el día en el que una bomba, cayendo en los alrededores, hizo desaparecer durante todo el día a los carceleros espantados y, a la vez, la mayoría de los vidrios. Sólo quedaba entero, aunque rajado, el vidrio en el que se seguía leyendo el número 22, en la zona intacta en la que estaba acostumbrado a verlo.

Y, se quiera o no, he salido de la cárcel de Rennes el 22 de julio de 1940 pagando una fianza de mil francos a los nazis.

No sirve añadir que, liberado y encantado por mi «descubrimiento», pinté vidrios en azul, verde, rojo, etc., sin ver en ellos, ¡lástima! Otra cosa más que una mancha de color más o menos uniforme.

El error era flagrante: ninguna receta farmacológica permite fabricar lo maravilloso. Os salta a la garganta. Se necesita un cierto estado de «vacación» para que lo maravilloso se digne a visitaros.

Oigo: «ya veis. ¡Joder! Me lo imaginaba. No era más que una ilusión de su parte». El detenido, que había pintarrajeado los vidrios a brochazos, no había, evidentemente, podido pintar las imágenes que había visto después. Tenían, sin embargo, tal grado de realidad, que no pude dudar un instante de haberlas visto.

¿De dónde venía entonces que mi propia pintura no reflejaba ninguna?

En la cárcel, estaba en el estado vacacional del que hablaba, estaba entre

Aquellos cuyos deseos tienen la forma de las nubes2

Todas las imágenes que había percibido el primer día (solamente hablaré de ésas, habiendo conservado de las otras, y de su sucesión, un recuerdo insuficiente; además, las esperaba cada día, mientras que las primeras me habían sorprendido). Todas esas imágenes se movían alrededor de un violento apetito de libertad muy natural en mi situación: Francisco I sugiere enseguida la escuela donde había conocido a este rey que los manuales de historia presentan como un soberano amable y liberal, protector de los artistas y de los poetas del renacimiento, y muestra una situación ambivalente con relación a la propia escuela. Sabemos que, para el niño, la escuela es una pesada atadura, una especie de cárcel de la que se libera cada noche, pero una cárcel mucho más preferible, retrospectivamente, a la que me encontraba. Por fin, el maestro prefigura un carcelero, pero mucho más benigno en comparación a los que me enfrentaba día y noche.

El caballo encabritándose simbolizaba mi protesta impotente contra la situación en la que me encontraba, y me recordaba también que, durante la última guerra, tuve contacto con el ejército en el primer regimiento de coraceros. Un verdadero presidio, donde los suboficiales de cualquier rango tenían en la boca los insultos más groseros hacia los soldados, acompañados de continuas amenazas de sanción. Exactamente igual que en la cárcel, con la ligera diferencia de que el sol dado disfrutaba de algunas horas de libertad cotidiana, lo cual hacía de la condición militar, aunque execrable, algo preferible a la del prisionero.

La selva tropical, pareciéndose a las de Rousseau con el hada de las mariposas: el Aduanero Rousseau perteneció al cuerpo expedicionario francés enviado a México por Napoleón III y el recuerdo que había guardado de ese país inspiró sus vegetaciones tropicales. Antes de esta guerra, persuadido de su inminencia y de los riesgos de arresto que suponía para mí por el hecho de que implicaría una dictadura militar en Francia, había intentado de manera vana de venir a México que, desde hace tiempo, deseaba conocer y donde estoy actualmente refugiado. El hada llama inmediatamente a la imagen de mi compañera, de la que entonces no tenía noticia y cuya suerte me angustiaba incluso más que la mía. La sabía amenazada a la vez de internamiento en un campo francés, y teniendo el riesgo de una expulsión que la hubiera enviado a un campo de concentración franquista. No podía olvidar la expresión de angustia terrorífica que le había visto ocho o diez días antes, en París, en el andén de la estación de Montparnasse, mientras que encadenado y cercado por una imponente escolta de gendarmes, subía al tren hacia Rennes. Todas estas ideas negras, esas «mariposas negras», el hada las lanzaba a lo lejos, las rechazaba. Aparecían sobre el vidrio como mariposas claras, y ella siempre ha tenido un terror nervioso a los insectos y hasta a las mariposas. A menudo me había burlado de ella al respecto de este tema diciéndole: «si algún día vamos a México, ¿qué te pasará? En los países tropicales hay en el campo a veces verdaderas nubes de mariposas». Su presencia en este paisaje exótico, fuera del alcance de todos los perros policía, mostraba otra vez mi deseo de verla libre, rechazando claras mariposas materiales; esto sería preferible para ella que cazar las mariposas negras que tienen que estar asaltándole día y noche. Por fin: si hubiéramos logrado ir a México, estaríamos libres y entonces, ¡qué importa una nube de mariposas! Añadiré además que he estado en Brasil, país tropical, donde he estado encarcelado por motivos similares a los que me han valido esta encarcelación, pero el régimen de la cárcel de Río de Janeiro, si a lo mejor era más sórdido que el de la cárcel de Rennes, se hacía, de una manera general, mucho menos brutal y mucho más tolerable.

El número 22: durante mi infancia este número era muy popular, al menos entre los niños y, gritándolo, servía para advertir de la llegada de un peligro. En las condiciones en las que estaba, era un recuerdo del peligro constante que me rodeaba,y su insistencia en imponérseme subrayaba la realidad de las amenazas de todo tipo que me asechaban.

Pero en cuanto lo leí, entendí que marcaba la fecha de mi liberación próxima; lo supe en ese mismo instante. Fue una iluminación. ¿Cómo? No podría decirlo, pero el hecho es que lo supe claramente y sin la menor duda. A raíz de ello, obtuve un alivio moral inmediato, lo que era absurdo pues podía ser el 22 de cualquier mes, de cualquier año; pero esa convicción que se me imponía me ayudo, reavivada cada día por la aparición de éste número, a soportar la incertidumbre que rodeaba mi suerte, incertidumbre que se agravó de manera considerable cuando, estupefacto, me enteré de que los alemanes ocupaban Rennes (es cierto que ignoraba la situación militar). Esta certeza que me daba el número 22, simbolizaba entonces, de manera compensatoria, la obsesión de libertad que me abrazaba y una actitud ambivalente respecto a los peligros que me rodeaban: conciencia de su intensidad y esperanza de escaparme de ellos.

En resumen, la sucesión de las cuatro imágenes se desarrolla como una película elíptica extremadamente acelerada de toda mi vida. Mi infancia: Francisco I, mi juventud: la guerra de 1914 representada por el caballo encabritado; mi estancia en Brasil y mi presente en México: la selva tropical con el hada; por fin el futuro: el enigmático y absurdamente optimista número 22.

En L'Amour fou, André Breton examina un caso de revelación profética: lleva a cabo materialmente el itinerario trazado, apenas velado, por uno de sus poe mas 8 escrito once años antes. Las líneas del mismo autor que van en el epígrafe de este prologo, subrayan otra iluminación de la misma naturaleza que probable mente aún no ha notado3 .

Se quiera o no, el número 22 constituye entonces, en el relato que precede, una manifestación poética de videncia de la que, además, estoy lejos de ser el prime ro en atestiguar. Sin hablar de André Breton, ya citado, los poetas lo han notado o presentido en cualquier tiempo: «es oráculo lo que digo» afirmaba Arthur Rimbaud. «El humano absolutamente reflexivo, es el vidente», había dicho Novalis antes que él, para quien ese mismo humano es el poeta. Paralelamente,Rimbaud confirmó que el poeta es un vidente. Los románticos de todos los países hablan, aunque sea a veces de manera incorrecta, de sus «visiones»; y los poetas, repito, siempre han intuido, más o menos, esta facultad que tiene que ver con su naturaleza de poetas.

No me opondré al hecho de que ese estado de «videncia» haya sido, en lo que me concierne, favorecido por condiciones materiales particulares. Los místicos de todo el mundo cuyas visiones y éxtasis alcanzan la poesía, cuando no son tontas, practicaban un ayuno riguroso. Quizá el régimen de subalimentación que me estaba impuesto en la cárcel me ha ayudado a ver las imágenes que recelaban los vidrios. La tensión nerviosa de todo mi ser, orientado hacia la reconquista de la libertad, junto a la costumbre de la poesía, habían dado entonces a este violento deseo de libertad la forma que después se ha visto.

Se sabe que la condición de poeta pone automáticamente al que la reivindica al margen de la sociedad y eso en la medida exacta en la que es realmente poeta. El reconocimiento de los poetas «malditos» lo demuestra claramente. Son malditos por haberse situado fuera de la sociedad que, antaño por parte de su iglesia y por las mismas razones, maldecía los brujos. Estos, desde sus instituciones, minaban entonces la religión dominante de la sociedad medieval, mientras que hoy, los poetas combaten con sus propias «visiones» los postulados intelectuales y morales a los que la sociedad actual quiere dar a escondidas un carácter religioso. Esta naturaleza visionaria les vale también el ser considera dos por la gente de orden como locos. Y los locos, en las sociedades primitivas, son unos enviados del cielo o mensajeros de potencias infernales; de todas maneras su poder sobrenatural no ha sido negado. Hay que admitir entonces que un denominador común une al brujo, al poeta y al loco. Pero este último, habiendo roto toda relación con el mundo exterior, vaga a la deriva por el océano desencadenado de su imaginación, y casi no vemos nada de lo que contemplan sus ojos. El común denominador que une el brujo, el poeta y el loco, sólo puede ser la magia. Es la carne y la sangre de la poesía.

Hasta el punto que en la época en la que la magia resumía toda la ciencia humana, la poesía aún no se distinguía de ella; podemos pensar entonces, sin riesgo a equivocarnos, que los mitos primitivos están, en su mayoría, compuestos y residuos de iluminaciones, de intuiciones, de presagios confirmados antiguamente, de una manera tan resplandeciente, que han penetrado directamente hasta las mayores profundidades de la conciencia de esas poblaciones.

El origen de la poesía se pierde en el insondable abismo de los tiempos; por qué el humano nace poeta, los niños lo testifican. Sin embargo, es la gran revolu ción –la primera históricamente o más bien prehistóricamente–, en la que el tabú del incesto juega el papel capital, la que dará a la poesía el impulso inicial. Dirigiendo una parte sublimada de la libido hacia una nueva salida, le permite resucitar en el mito y proyectar sobre el infinito de los cielos, la imagen finita del padre asesinado. «El cadáver de un enemigo muerto siempre huele bien». Este padre, odiado de su vivo, sus asesinos lo adornan de una aureola legendaria que las generaciones venideras dotarán cada una de un reflejo nuevo. Aquí están los primeros mitos, los primeros poemas de esas lejanas épocas donde todos los huma nos son más o menos brujos, es decir, poetas y artistas.Es cierto, lo que nos llega hoy de sus creaciones esta muy lejos de lo que han imaginado. Innumerables generaciones les han añadido los diamantes que han descubierto y, a veces el metal apagado que han con fundido con el oro. La transformación en un nuevo régimen de férula paternal de la sociedad matriarcal que, encantada, los ha visto nacer, las migraciones, guerras e invasiones los han enriquecido o empobrecido, en todo caso metamorfoseado. En los mitos y leyendas animistas de los primeros tiempos fermentan los dioses que van a poner a la poesía la camisa de fuerza de los dogmas religiosos, porque si la poesía crece sobre el rico terreno de la magia, los miasmas pestilentes de la religión que se alzan desde este mismo terreno la marchitan y ella tendrá que alzarse muy por encima de la capa deletérea para reencontrar su vigor.

La tribu de poetas ha perdido, poco a poco, contacto con los espíritus de los famosos ancestros totémicos –rechazados tan alto en los cielos que han dominado en adelante la tierra de sus primeros balbuceos– y ha concedido a sus miembros más hábiles, brujos y magos, el privilegio de mantener con ellos relaciones políticas. Volviéndose de dominio exclusivo de los brujos, la poesía mítica se empobrece sin parar hasta osificarse en el dogma religioso, con lo cual se ve a las tribus las más primitivas –aquellas que tienen menos contacto con la civilización occidental y su religión, y poseen a la vez el porcentaje más grande de brujos– tener mitos de una extrema exuberancia poética pero pobres en preceptos morales, mientras los pueblos más evolucionados ven sus mitos perder su resplandor poético para multiplicar las restricciones morales. ¡Como si la moral fuera la enemiga de la poesía!; de hecho, salta a la vista que la absurda, por no decir repugnante, moral de la hipocresía, de la bajeza y de la cobardía que tiene curso en la sociedad actual, no sólo es la enemiga mortal de la poesía sino también de la vida misma –cualquier moral conservadora sólo puede ser moral de prisión y de muerte– y solamente ha conseguido mantenerse hasta hoy gracias a la ayuda de un inmenso aparato de coerción material e intelectual: el clero y la escuela apoyando a la policía y el tribunal.

La religión es «la ilusión de un mundo que necesita ilusiones»[^5. Es obvio que si existe un mundo que necesita ilusión, es en el que vivimos. ¿Pero es concebible un mundo que no sienta esa necesidad, es decir un mundo perfectamente armonioso? Es evidente que dicho mundo no es más que otra ilusión: el horizonte retrocediendo frente a nuestros pasos. Eldorado mismo se vuelve indefinidamente perfectible a partir del momento en que se vive ahí, mientras el mañana está adornado de las gracias que el presente, cuan chispeante sea, le envidiará siempre. Esto no implica necesariamente que esta ilusión guarde carácter de engaño religioso, que compense con felicidades celestiales la miseria horrible de una vida de esclavos. No, este tipo de ilusión se nutre de un mundo de violencia y de horror, cuyo fin inevitable se acerca. El nuevo mundo que se anuncia tendrá como cometido destruir el infierno terrestre para hacer bajar sobre la tierra el paraíso absoluto del cielo religioso, metamorfoseándolo en paraíso humano relativo. De la misma forma que una vida infernal pide una consolación paradisíaca, un mundo más armonioso que el nuestro supone una ilusión exaltante que viva de la vida misma de las generaciones futuras, que lo perfeccionarán. Esta ilusión colectiva permanentemente insatisfecha, móvil y renovada, o más bien ese deseo multiplicado por su satisfacción misma, será el collar de perlas de la mujer que, sin haber conocido jamás la obsesión de la falta de comida y vivienda, no tendrá la tentación de implorar el socorro celestial: un lujo tan lejano del subsidio del paro como de este collar de perlas, tan lejos del con suelo religioso como de la búsqueda exaltada de lo maravilloso.

Notaremos que el mito primitivo, desprovisto de consuelo y teniendo únicamente tabúes elementales, es todo exaltación poética. La razón es simple: la división del trabajo aún no ha logrado provocar en la tribu diferencias notables entre sus miembros que forman entonces un cuerpo más o menos homogéneo cuyas necesidades básicas –todavía no tienen otras– están medianamente satisfechas. Por lo menos unos no mueren de hambre mientras otros revientan de abundancia.

Se sabe que las restricciones morales, y el derecho que más tarde las sanciona, tienen por motivo adornar y justificar las desigualdades de condición que la socie dad engendra en el transcurso de su desarrollo. El mundo futuro se propone destruirlas con la aplicación del principio: «de cada uno según sus capacidades a cada uno según sus necesidades»; desaparece entonces la necesidad de una divinidad que compense ilusoriamente la desigualdad social. La religión se desvanece, pero el mito poético sigue siendo necesario, depurado de su contenido religioso. Finalmente, si la religión logra subsistir es porque sigue como puede satisfaciendo, con precios de super, la necesidad de lo maravillo so que las masas conservan en los pliegues más profundos de su ser. Asistimos también, desde ahora, a tentativas de creación de mitos ateos privados de cualquier policía, y destinados a alimentar y canalizar un fanatismo religioso latente en las masas, que han perdido contacto con la divinidad pero conservan la necesidad de un consuelo religioso. El jefe sobrehumano, casi divinizado en vida habría sido, treinta o cuarenta siglos antes, alzado a cualquier Olimpo, si hubiera fallecido en pleno éxito. ¿No se llama Hitler a sí mismo «el enviado de la providencia», una especie de Mesías germánico? ¿y no se hace llamar Stalin el «sol de los pueblos» –más que el Inca que sólo se reconoce como hijo del sol? ¿No están dotados el uno y el otro de la infalibilidad divina? Estas tentativas de atribuir cualidades divinas a personas físicas, rodeados de un halo de glorias y virtudes sobrenaturales, muestran que las condiciones materiales que engendran la necesidad de un consuelo religioso persisten junto a la angustia religiosa que, extraviada, hay que orientar hacia el jefe.

«La poesía debe ser hecha por todos, no por uno».Está fuera de duda que esta exhortación de Lautréamont será escuchada algún un día, ya que la poesía ha sido el fruto de la colaboración activa y pasiva de pueblos enteros. Los mitos, leyendas y cuentos populares que nos ocupan lo atestiguan de manera resplandeciente.Si las sociedades primitivas constituyen, como se suele pensar, la infancia de la Humanidad, el mundo actual es entonces su reformatorio, su presidio. Las puertas de las cárceles se van a abrir y la Humanidad va a reconocer su eterna juventud para la libertad. Los mitos y leyendas de los primitivos nos muestran la libertad de espíritu de los pueblos que los han inventado, tan grande es esa libertad que muy pocos humanos lo pueden admitir y la califican de delirio. Pero estas obras pueden aparecer detrás de nosotros, al fondo del oscuro subterráneo en que vivimos. En cualquier caso, en el otro extremo, la salida a la que nos acercamos tiene luz, una luz tan deslumbrante que nuestros ojos aún no son capaces de distinguir los objetos que ella baña y el humano tiene dificultad para concebirse en esta claridad.

Sin perdernos en hipótesis azarosas que nos harían correr el riesgo de caer en un vagabundeo en los dominios de la utopía, podemos suponer sin embargo que el humano, liberado de las coacciones materiales y morales actuales, conocerá una era de libertad –no hablo solamente de una libertad material, sino de una libertad de espíritu como difícilmente podemos imaginarla.

El humano primitivo todavía no se conoce, se busca. El humano actual se ha perdido; el de mañana tendrá primero que reencontrarse, reconocerse, tomar contradictoriamente conciencia de sí mismo. Tendrá la capacidad de hacerlo. Quizá ya la tenga y no puede hacer uso de ella porque no es libre de pensar bajo el polvo que lo asfixia. Si el humano de ayer, que no conocía otros limites a sus pensamientos que los de su deseo, ha podido, en su lucha contra la naturaleza, producir esas maravillosas leyendas, ¿qué es lo que no podrá crear el humano de mañana consciente de su naturaleza, y dominando cada vez más el mundo de su espíritu liberado de toda traba?

De la misma manera que estos mitos y leyendas son el producto poético colectivo de sociedades donde las desigualdades de condición, todavía poco marcadas, no habían logrado suscitar una opresión sensible, la táctica de la poesía es concebible colectivamente solamente en un mundo libre de cualquier opresión, donde el pensamiento poético se habrá vuelto tan natural al humano como la mirada o el sueño. Eso será la «poesía universal progresiva» tal como la veía Frédéric Schlegel, hace más o menos ciento cincuenta años. Este pensamiento poético desarrollándose, sin trabas de ningún tipo, creará mitos exultantes, de esencia puramente maravillosa, pues lo maravilloso ya no lo espantará como hoy. Estos mitos estarán desprovistos de cualquier consuelo religioso, que quedará sin motivo en un mundo orientado hacia la persecución de la siempre provocadora y tentadora quimera de la perfección, siempre inaccesible.

No hay que concluir que el pueblo entero participará directamente de la creación poética, pero esta misma creación será en lugar de la obra de algunos individuos, la vida y pensamiento de bastos grupos de humanos animados por la población entera, pues los poetas habrán reanudado con estas creaciones el vínculo roto desde hace tantos siglos. La existencia miserable a la que la sociedad reduce hoy a la población la aparta –como ya se ha dicho– de todo pensamiento poético, aunque la aspiración a la poesía queda en ella laten te. El aprecio del que goza la literatura, la más estúpidamente sentimental, las novelas de aventura, etc., revelan esa necesidad de poesía. Pero el mundo que lanza sobre el mercado las joyas por calderilla, solamente puede dar a la masa poesía del mismo precio, acompañada del pan seco del prisionero, mientras que los amos devoran los manjares suculentos y, a veces, se encienden con la poesía auténtica. Digo a veces, pues la vida que llevan no les predispone mucho más que a sus esclavos a los arrebatos poéticos. De hecho, en nuestros días, la poesía se ha vuelto el atributo casi exclusivo de un pequeño número de individuos, los únicos en sentir más o menos claramente su necesidad.

Esta poesía, adulterada para el uso de las masas, apunta no sólo a satisfacer su necesidad de poesía, sino también a crear una válvula de escape regulando su presión espiritual, ofreciéndoles un tipo de evasión consoladora destinada a suplantar en parte su fe religiosa extinguida y canalizando en una dirección inofensiva su sed de irracionalidad. De la misma manera que los amos estiman que la religión es necesaria para el pueblo, juzgan que la poesía auténtica, haciéndoles correr el riesgo de ayudar a su emancipación, es dañina no solamente para el pueblo sino para la sociedad entera, pues sospechan su valor subversivo. Se las ingenian entonces, no sin éxito, para ahogarla, creando alrededor de ella una verdadera zona de silencio en la cual se rarifica.

Por fin, el número sin fin decreciente de poetas (¡menos mal que aún quedan!) subraya esta ruptura entre los poetas y la masa y muestra aun más la agonía de la sociedad presente. La analogía se impone entre nuestra época y el fin de la sociedad feudal francesa que, si fue marcada por un desarrollo del pensamiento filosófico creando las bases intelectuales del régimen en gestación, no ha conocido un solo poeta durante todo el siglo XVIII. Todo lo que en aquel momento ha llevado indebidamente este nombre, el Romanticismo, algunos años más tarde, lo ha repartido en finas capas de polvo sobre las sillas de mano y las pelucas olvidadas en el fondo de los altillos.

Tenía el romanticismo que reencontrar lo maravilloso y dotar la poesía de un significado revolucionario que todavía guarda hoy, y que permite al poeta vivir una existencia proscrita, pero al menos vivir. Sin embargo, el poeta –no hablo de los bufones, de cualquier tipo– solamente puede ser reconocido como tal en tanto se opone con un inconformismo total al mundo en el que vive. Se subleva contra todos, incluidos los revolucionarios, quienes, situándose en el terreno de la política, arbitrariamente aislada del conjunto del movimiento cultural, preconizan la sumisión de la cultura al cumplimiento de la revolución social. No hay ni un poeta, ni un artista consciente de su lugar en la sociedad, que no estime que esta revolución indispensable y urgente es la llave del futuro. Sin embargo, querer someter dictatorialmente la poesía y toda la cultura al movimiento político me parece tan reaccionario como querer apartarla de él. La «torre de marfil» no es más que la cara de la moneda oscurantista, cuya cruz es el denominado arte proletario, o al revés, da igual. Si en el campo reaccionario se busca hacer de la poesía un equivalente laico del rezo religioso, del lado revolucionario se tiende demasiado a confundirlo con la publicidad. El poeta actual no tiene otro recurso que ser revolucionario o no ser poeta, pues debe sin parar lanzarse en lo desconocido; el paso que dio ayer no le dispensa de ninguna manera el paso de mañana, pues todo ha de comenzar de nuevo cada día y lo que ha adquirido a la hora del sueño se desvanece al despertar. Para él no hay ninguna inversión de padre de familia sin el riesgo y la aventura infinitamente renovados. Es solamente a este precio que se puede llamar poeta y pretender tener una plaza legítima en el extremo del movimiento cultural, ahí donde no hay opción de recibir ni elogios ni laureles, pero si de golpear con todas sus fuerzas para abatir las barreras que sin fin renacen de la costumbre y la rutina.

Hoy sólo puede ser el maldito. Esta maldición que la sociedad actual le lanza, señala su condición revolucionaria; pero saldrá de su reserva obligada para ponerse a la cabeza de la sociedad cuando, cambiada ésta completamente, reconozca el origen común humano de la poesía y la ciencia, y el poeta, junto a la colaboración activa y pasiva de todos, creará los mitos exultantes y maravillosos que enviarán el mundo entero al asalto de lo desconocido.

Benjamin PÉRET New-York, Éd. Surréal, 1943.


  1. Seria fácil ver reconstituirse un lenguaje poético. No en las capas superiores, sino entre los parias y los forajidos; el argot revela, en las masas populares, sino entre los parias y los forajidos; el argot revela, en las masas populares que lo crean y lo utilizan, una necesidad inconsciente de poesía, ya no satisfecha por el lenguaje de las otras clases sociales y una hostilidad elemental y latente en contra de estas mismas clases. Muestra una tendencia entre los trabajadores, que poseen todos un argot profesional, hacia la constitución de un cuerpo social distinto que posee su propia lengua, sus propias costumbres, hábitos y principios morales. Del argot de esas clases desheredadas, surgen, de manera constante, palabras nuevas, y este argot, quizás, repite, a una escala superior, todo el desarrollo del lenguaje una vez que ha satisfecho las primeras necesidades de los humanos. El considerado primitivo, incluso el más atrasado, ha perdido de vista, hoy en día, la época lejana de la invención del lenguaje. Por aquí y por allí, apenas algún fragmento de leyenda recuerda poéticamente este descubrimiento. Pero la riqueza y la variedad de las interpretaciones cósmicas que los primitivos han inventado, son el testimonio del vigor y la frescura de la imaginación de esos pueblos. Demuestran sin duda que «el lenguaje ha sido otorgado al humano para que haga de él un uso surrealista»[^2], conforme a la satisfacción plena de sus deseos. De hecho, el humano de los tiempos remotos, solamente sabe pensar de manera poética, y quizá, a pesar de su ignorancia, penetra intuitivamente más lejos en lo profundo de su ser y en la naturaleza, de la que apenas se diferencia. El pensador racionalista sólo la disecciona, a partir de un conocimiento puramente teórico. 

  2. Charles Baudelaire, El Viaje

  3. Estas páginas ya habían sido escritas cuando me enteré de que en el número II-III de la revista VVV se había dado cuenta de esta misma iluminación y la comentaba en un artículo: Situación del surrealismo entre las dos guerras. No podríamos asegurar de forma tajante que escribiendo el poema o la frase en cuestión André Breton se proponía augurar el futuro. Por supuesto, conscientemente no sabía nada en absoluto. En cambio, viendo el número 22, sabía que indicaba, en contra de las apariencias, mi próxima liberación. Pero esta creencia era combatida por mí y veía claramente todo su absurdo. El 22 de junio pasó sin que mi creencia se debilitara, aunque mi oposición interior estaba momentáneamente reforzada. No sé si he conseguido hacer sensible el debate que me perseguía. Realmente era como una discusión entre dos individuos que sostenienen puntos de vista opuestos. Lo cierto es que quien afirmaba que sería liberado el 22 no tenía ningún argumento para oponerse al otro, quien lo agobiaba de razones tendiendo a demostrar la imposibilidad de una liberación próxima.Y, sin embargo, era el primero el que veía bien, porque sin duda «veía», mientras que el otro entendía y criticaba.