Contra la segunda gran guerra imperialista, Revolución Mundial

Tres proclamas y un discurso (1943)

La de Hitler

En el décimo aniversario de su subida al poder, Hitler ha lanzado una proclama que no dice nada y deja entender mucho.

Tres cuarta partes de la misma, están dedicadas a recuerdos. Alemania fue vencida en la guerra pasada porque reinaba en ella la división (palabra burguesa para designar la lucha de clases). Pero llegó Hitler, realizó la unidad nacional (palabra burguesa para designar la esclavitud de las masas) y Alemania llegó a la cima de su poder militar. Hasta aquí todo es verdad, puesto que cuanto más reducido y dominado está el proletariado más fuerte es la burguesía, interior y exteriormente. Sin la derrota de la revolución social en Alemania y en España, no habría guerra imperialista, sino que la burguesía se batiría en retirada contra la revolución internacional. Al fallar la solución revolucionaria la burguesía se bate por la dirección de la solución reaccionaria. Pero ¿por qué Hitler ha sentido la necesidad de dedicar a este problema pretérito la parte más considerable de su proclama? En esta añoranza tiene que haber un renacimiento del problema. Esto es, que en Alemania comienza a reproducirse la división, la lucha de clases. Hablando con mayor exactitud, comienza a hacerse visible, puesto que nunca desaparece aunque se la oprima y obligue a ocultarse bajo tierra. El poder omnímodo que hace algunos meses se otorgó a sí mismo el dictador para juzgar, destituir, mandar a prisión o condenar a muerte a quien le pluguiese, sin atenerse a ninguna ley, confirma la hipótesis. Hasta ahora todos los regímenes de la época moderna, incluso los más reaccionarios, se habían regido según las leyes elaboradas por y para sus propios intereses. El régimen nazi no resiste sus propias leyes; necesita establecer como ley suprema la arbitrariedad y el capricho del déspota. A tal grado de regresión bárbara no se llega sin que los antagonismos sociales hayan alcanzado una tensión próxima al estallido. La proclama de Hitler, sin decirlo, lo deja entender. El fascismo parece con el agua al cuello. Una sola eclosión de las contradicciones y todo el castillo de naipes milenario, desaparecerá como el fantasma de una pesadilla.Para evitarlo el fürher hace un llamamiento supremo a la unidad nacional, y otro entre líneas a la unidad de la burguesía internacional contra la URSS.

Actualmente –dice– sólo tenemos dos alternativas, o Alemania y sus aliados ganan o la invasión asiática central que llega del Oriente arrollará al continente civilizado más viejo del mundo. Todos los demás acontecimientos palidecen ante la grandeza de esta lucha.

¿Cuáles son los acontecimientos que palidecen? No otros que la guerra contra Inglaterra y los Estados Unidos. Ya no se trata de la civilización alemana, del nuevo orden, sino de salvar la civilización europea, que comprenda a Inglaterra y los gobiernos exiliados en Londres. Hitler se presenta como salvador de sus enemigos. La proposición de paz en favor de la guerra anti-comunista salta a la vista. Pero Inglaterra y Estados Unidos, aunque no las tengan todas consigo, parecen bien seguras de que las garras de león han sido convenientemente limadas por Stalin. Y en ese caso, ¿por qué no continuar la guerra contra la burguesía alemana que tan peligroso rival se ha revelado? Churchill y Roosevelt esperan que el hambre y la destrucción en la URSS les pondrán en la mano su control económico y la servidumbre política del stalinismo. Cuando menos en lo segundo puede asegurarse que apuntan bien. Pero sobre el destino de la URSS hablarán el proletariado ruso y el europeo.

La de Stalin

También éste, en el aniversario de la fundación del Ejército Rojo, dirigió una proclama a las fuerzas armadas de la URSS.

Cuando Stalin habla como jefe supremo, ya se sabe, es que las cosas no marchan mal; cuando ocurre lo contrario, acostumbra callarse y hacer hablar a segundones. Dada esta peculiaridad íntima del gran genio, nosotros mismos, que estamos tan lejos de quererle, tenemos que alegrarnos al oír su voz. Significa que ha habido una victoria seria a la que trata de vincular su persona. Si no por su peroración, nos alegramos por los progresos en la defensa de la Unión Soviética y los golpes asestados a Hitler. Unión Soviética y China, son los únicos factores progresivos en esta guerra; su victoria puede adquirir un enorme alcance revolucionario, aunque Stalin y Chan-Kay-Chek tratarán de evitarlo por todos los medios.

Aparte lo positivo de las victorias soviéticas, la proclama de Stalin podía haber sido redactada por cualquier jefe militar burgués del mundo. Tras la enumeración de las victorias, no contiene más que consideraciones técnico-estratégicas como causas de aquellas y mentiras sobre las finalidades para que fue creado el Ejército Rojo.

No cabe duda –escribe– que sólo la estrategia justa del mando del Ejército Rojo y la táctica elástica de nuestros jefes ejecutores pudieron conducir a un acontecimiento tan considerable como el cerco y liquidación, cerca de Stalingrado, de un enorme y selecto ejército alemán de 320.000 hombres.

Sólo la estrategia y la táctica causaron la victoria. El carácter revolucionario del Ejército Rojo, por relación al reaccionario de los ejércitos del Eje, no ha tenido parte en la victoria, según Stalin. Tampoco ha intervenido la defensa de la revolución proletaria de Octubre, contra la agresión de países imperialistas. Ha habido únicamente, para el hombre del Kremlin, dos patrias frente a frente y dos ejércitos sin caracteres políticos distintivos, sin ninguna influencia moral del uno al otro.

La mentalidad burocrática soslaya el problema fundamental, la guerra por la defensa de la revolución de Octubre, que no es una salida hacia el estado burgués sino una salida hacia la revolución socialista mundial (Lenin). Además soslayarlo, lo oculta a la propia poblaciónsoviética, tratando de hacerla creer que no existe más que la patria neutra, la patria sin socialismo y la victoria sin revolución mundial. La burocracia se niega a emplear el enorme potencial destructor de la reacción fascista, contenido en la fórmula de Lenin. ¿Por qué? Para comprenderlo, recuérdese una vez más que la guerra es la continuación de la política por otros medios. La forma en que el gobierno burocrático dirige la guerra es el traslado de sus propias características políticas. Stalin no ha sentido necesidad de hablar de socialismo, del carácter revolucionario de la guerra ni de la revolución mundial, porque del primero se aleja cada vez más, el segundo quiere ocultarlo tanto a la preocupación de los soldados rojos como de los alemanes y a la tercera se opone rotundamente. ¡De ahí que la burocracia se esfuerce en conducir la guerra por medios puramente militares y anodinamente patrióticos. Pero la posición de la burocracia stalinista no inválida la naturaleza revolucionaria de la guerra soviética contra el Eje. El hálito revolucionario de Octubre está presente en el corazón de los soldados rojos, contribuyendo a la resistencia y a las victorias mucho más que todas las proclamas adormideras de Stalin.

Sin embargo, el hecho de que el gobierno emplee métodos no revolucionarios en la URSS, ni trate de minar la retaguardia y los ejércitos fascistas, procurando avivar la consciencia de clase de los soldados y los obreros para oponerlos a la burguesía, es evidente que aumenta la cohesión de los enemigos de la URSS y cualquier victoria exigirá a ésta mayores esfuerzos y sacrificios. El arma más mortífera contra Hitler, la que nada puede estropear y nadie imitar, es la lucha por la revolución socialista alemana y mundial. El Ejército Rojo no fue creado –Stalin miente deliberadamente– sólo para la defensa de las fronteras del país soviético, sino como vanguardia armada de la revolución mundial, la fundación de la república mundial de los Consejos (Lenin).

Renegando, para salvar sus intereses bastardos, la perspectiva internacional de clase, la burocracia multiplica las dificultades, hace extraordinariamente costosa la victoria y acumula mayores peligros para el porvenir. Los asaltos militares deberán ser diez veces más fuertes allí donde no se ha tratado siquiera de debilitar previamente al enemigo –que está dividido en clases antagónicas– por el asalto político.

El discurso de Churchill

Con maneras y estilo de vieja momia reaccionaria, Churchill pronunció un discurso ante la Cámara de los Comunes, a su vuelta de Casablanca y Turquía, parecido en algunos aspectos a la proclama de Hitler.

El representante de la burguesía inglesa, aunque menos histéricamente que el representante de la alemana, se preocupa también por el orden, el orden tal como lo definió Rosa Luxemburgo respecto de Varsovia. Refiriéndose al maloliente chanchullo de Africa, el cachazudo gobernante británico aseguró a la Cámara que lo que importa al general Eisenhower y a nuestros soldados... es, ante todo, tener un país tranquilo. En ese arte, los fascistas y sus amigos sobresalen. Es la causa porque la burguesía anglo-americana los ha armado a su servicio en África. Sólo cabe preguntarse contra quienes precisa mantener “un país tranquilo”. Indudablemente contra los indígenas que podían tomar en serio aquello de la lucha por la libertad. Mas como Inglaterra y Estados Unidos no quieren en manera alguna socavar el poderío del Eje dando la libertad incondicional a los países coloniales (lo que centuplicaría la lucha de los pueblos oprimidos de Europa contra Hitler), porque ello socavaría su propio dominiofinanciero, tienen que recurrir a procedimientos cada vez más semejantes a los del Eje y cuando la ocasión lo permite, a los mismísimos amigos de éste.

Para terminar su discurso, Churchill pidió

a todos los patriotas en ambos lados del Océano Atlántico que aplasten a los buscabullas y sembradores de discordia en donde quiera que los encuentren...

La segunda proclama de Hitler

El partido... tendrá que extinguir a los traidores en donde quiera que estén y sea cual fuere su disfraz, cuando éstos sigan orientaciones hostiles al pueblo. Parece que Churchill y Hitler se han pasado respectivamente la consigna. Las palabras de uno y otro están dirigidas al mismo objeto; aplastar a los revolucionarios y al proletariado, que tanto en Alemania e Inglaterra como en los países dominados por ambas, se agita, protesta, remueve en busca de una salida internacional y socialista a la horrible carnicería reaccionaria.

La segunda proclama de Hitler, es mucho más alarmante para la burguesía alemana que la de Churchill para la suya. El tono de cabo-colilla mesiánico habitual a Hitler, marcado en esta proclama con particular énfasis, descubre más que oculta la verdad.

En los próximos meses –dijo– o quizá en el próximo año, el partido tendrá que desempeñar su segunda gran tarea histórica, a saber; hacer ver a la nación la magnitud del peligro que corre, para fortalecer la fe sagrada, la de inyectar la fuerza a los caracteres débiles y destruir implacablemente a los saboteadores*.

Y antes de añadir la frase citada tan parecida a la de Churchill explica cual es el género de inyecciones de fe sagrada; el partido tendrá que acabar con el terror por medio de un terror diez veces más grande.

Ya no es en los países ocupados, sino en Alemania también, donde el sabotaje cunde, se protesta y el descontento murmura por doquier, aún sin tener moldes orgánicos. Son las formas primeras, rudimentarias, de las grandes acciones revolucionarias. Las palabras de Hitler revelan que la tensión social en Alemania debe ser tremenda, a despecho de la Gestapo. ¡Magnífica, formidable y prometedora confirmación del punto de vista internacionalista! La tarea histórica del partido nazi, no está en el frente soviético o en cualquier otro actual o futuro; está en la retaguardia, en las ciudades alemanas, consiste, en última instancia, en impedir la sublevación de las masas alemanas. Los chovinistas de todas las tendencias, y particularmente los semi-internacionalistas, que cual el P.O.U.M. y Víctor Serge, sin atreverse a renunciar formalmente al internacionalismo, rechazan sus consecuencias prácticas, basan su posición en una imaginaria omnipotencia del terror nazi para aniquilar todo movimiento revolucionario. Hitler mismo se ve obligado a darles un mentís. El movimiento revolucionario alemán está ahí, renaciendo a pesar de las terribles dificultades impuestas por la inquisición fascista y por las zancadillas de los desertores del internacionalismo, la casi totalidad de los dirigentes obreros. Con él aparece clara la perspectiva de colaboración internacional del proletariado contra la guerra imperialista, el fascismo y la burguesía en general. Esa acción común de las masas revolucionarias, por encima de las fronteras, es la única fuerza capaz de poner fin a las guerras retrógradas y al capitalismo que engendra el fascismo, la explotación y la destrucción de unas naciones por otras. No por ello, estamos seguros, cambiarán de opinión los semi-internacionalistas. En el terror diez veces mayor que va a desencadenar Hitler verán un motivo más de apoyo a las democracias y de imposibilidad material del internacionalismo. Para justificarse a sí mismos, agrandarán por su cuenta diez veces más el terror nazi y disminuirán a diez veces menos las proporciones del movimiento revolucionario. Nuestro corazón es internacionalista, pero esmaterialmente imposible actuar en consonancia, dirán. Y en lugar de ayudar al proletariado alemán buscando su alianza y reforzando su actividad anticapitalista con la propia en el mismo sentido, se pondrán a hablar del último papel revolucionario de la burguesía. Pero también esta vez se equivocarán porque sus apreciaciones se basan en impresiones y estados psicológicos falsos por no ser apreciados en razón de los rasgos materiales determinantes del problema. El éxito que en la destrucción del movimiento obrero tuvo el terror hitlerista, se debía principalmente a la desorganización y dispersión consecuente a toda derrota y a la desmoralización del proletariado por la traición de sus dos grandes organizaciones, la stalinista y la reformista. Actualmente ya no se trata de terror contra un movimiento obrero en retirada, se ejercerá contra un movimiento revolucionario naciente. Estará todo lo inconexo que se quiera, pero contra una ola revolucionaria en gestación no hay terror que valga. Podrá dificultar su organización, retardar su eclosión, impedirla nunca. Sus causas determinantes crecerán en proporción geométrica, mientras que la capacidad terrorista de las camarillas dominantes irá disminuyendo por aumento de las contradicciones existentes en sus propias filas. Los apoyos incondicionales o condicionados a la burguesía de cualquier bando obstruyen el cumplimiento de este proceso. Sólo la acción internacionalista, ayudándolo, acelerará la caída del fascismo.

El proletariado debe defenderse con todo conocimiento de causa. La Internacional comunista llama al proletariado mundial a esta lucha decisiva. ¡Arma contra arma! ¡Fuerza contra fuerza! ¡Abajo la conspiración internacional del capital! ¡Viva la República internacional de lo Soviets proletarios!.

Plataforma de la Internacional Comunista aprobada en el primer congreso mundial.

Publicado en el número 2-3 de Contra la corriente, órgano del Grupo Español en México, marzo-abril de 1943

Marsella, jalón de la liberación socialista europea (1943)

La insurrección del marsellés barrio viejo del puerto es el primer síntoma importante de la enorme ofensiva revolucionaria que gesta Europa. Ha sido un barrio obrero, abundante en refugiados políticos de todas las nacionalidades, el que se ha avanzado a una acción limitada de masas insurgiéndose contra la opresión fascista. No es el único síntoma. Semanas antes de la ocupación total de Francia, una ola de huelgas recorrió el país protestando por el reclutamiento de trabajadores por los alemanes. En conjunción con las huelgas, y por vez primera en escala considerable, el sabotaje fue practicado como auxiliar de la acción de masas. En acciones de este género está en germen el carácter de la futura revolución europea.

Tanto el gaullismo como el stalinismo –su único sostén real en el interior de Francia– propician y alientan el sabotaje, como arma suprema de lucha. No porque ignoren la existencia de otros medios o su eficacia mayor, sino por razones de finalidades políticas. El objeto de gaullistas y stalinistas consiste en restablecer la burguesía francesa en el estado anterior a la capitulación, con su consiguiente infeudación a Washington y Londres y su secuela de opresiones coloniales. El empleo de la lucha de masas rebasa ese objetivo, lo ignora en realidad. Por su naturaleza de clase, tiene un contenido y una mecánica propios cuyo desenvolvimiento último seria la revolución proletaria. Gaullistas y stalinistas renuncian, aterrados, a esta clase de lucha antifascista. ¡Haced sabotaje, practicad el terrorismo!, es su panacea. Sabotaje y terrorismo, independientemente de las relaciones de clase, fueron siempre atributos de la pequeña burguesía. En el caso de Francia hacen el juego del imperialismo anglo-americano, juego antialemán, si, –no antifascista– pero mas antirrevolucionario que antialemán. Por antialemán emplea el sabotaje y el terrorismo por antirrevolucionario se opone a las acciones de masas y deja al cuidado del ejército anglo-americano la tarea de libertar a Francia de los alemanes... de las acciones de masas.

Los intereses de la burguesía y aún los de la pequeña burguesía pueden rendir poco en la lucha por la liberación de Francia, sus métodos nada. Con frecuencia, la burguesía, más o menos integrada en la economía de guerra nazi, pena por la victoria alemana. Más independiente en este aspecto, la pequeña burguesía es patriota y simpatiza con las Naciones Unidas, pero no puede ofrecer nada placentero, capaz de arrebatar las voluntades en la ingente lucha contra la opresión fascista. El programa de la restauración de la república no puede atraer a las masas, que la hacen justamente responsable de la situación actual. En las condiciones en las que la restauración se operaría la vida en Francia no cambiaría gran cosa. Variarían los ocupantes y el centro de subordinación, pero la opresión nacional permanecería. Europa entera afronta el problema de la liberación nacional no respecto de este o aquel imperialismo sino del capital financiero en su conjunto. El fenómeno de su ocupación por Hitler, aunque obedeciera inmediatamente a causas estratégicas, su causa mediata y más fundamental fue económica. El potencial industrial de la burguesía alemana necesita controlar Europa, el mundo, o perecer. Pero la burguesía yanki-inglesa tiene exactamente el mismo problema. Por ocupación o por delegación en sirvientes dóciles, se verá empujada a controlar Europa y el mundo, o perecer. Cegando la conciencia de las masas por la práctica exclusiva del terrorismo, impidiendo que se organicen en busca de su propia salida, stalinistas y gaullistas preparan una nueva opresión y sacrificios mayores de las masas.

La liberación de Europa no depende de los Estados Unidos ni de Inglaterra, sino de la capacidad de las masas para organizarse contra el opresor, será libre por la Federación de repúblicas socialistas u oprimida por cualquiera de los imperialismos. El problema se plantea en términos idénticos para las masas alemanas: o libres en una Europa socialista o subyugada ya por Hitler, ya por sus rivales vencedores. Una de las tareas más importantes del proletariado francés y europeo en general, consiste en ganar para la causa común al proletariado alemán, mostrándole que sus intereses forman un todo con el de los oprimidos de Europa. El punto más débil de Hitler es su proletariado. Pero la propaganda y la acción pro-burguesía anglo-americana de stalinistas y gaullistas da por resultado dificultar su ruptura con la camarilla nazi. En cambio la fraternidad de clase es el arma más temida de Hitler, su última proclama lo prueba. A ella sólo es posible llegar por la acción de masas, bajo el programa de la Federación de repúblicas socialistas europeas. Es la verdadera acción liberadora, esa es la acción internacionalista por la que trabajan y mueren los militantes de la IVª Internacional en Europa.

Publicado en el número 2-3 de Contra la corriente, órgano del Grupo Español en México, marzo-abril de 1943

Lucha y tragedia del pueblo italiano (1943)

Los acontecimientos de Italia están dando al mundo proletario una suprema lección, a los revolucionarios del mundo una advertencia dolorosa por la cual deberán normar su conducta, so pena de sufrir en el período inmediato una espantosa derrota que postraría al mundo en la más abyecta servidumbre para largo tiempo. Con gritos desgarradores y muerte generalizada, la población pobre italiana está demostrando que el camino de la libertad y de la salvación no pasa por Londres, Washington ni Moscú, sino por la toma del poder político por el proletariado. La descomposición social, la decadencia cultural y el pauperismo continuamente acentuado, aguardan a Europa en la época próxima, si el proletariado no toma por asalto el timón del poder. Los partidos obreros que se oponen a esta solución, cualesquiera sean sus proyectos, deben ser combatidos como enemigos por los revolucionarios.

Lentamente recuperadas de su derrota, las masas obreras y campesinas han hecho una resistencia obstinada a la guerra de la burguesía italiana, y el fascismo, su representante político durante más de veinte años. Con la derrota militar a la vista y la amenaza interior de una gran explosión revolucionaria, la burguesía, la casa real y los militares, se veían forzados a maniobrar para disminuir las consecuencias de la derrota y ahogar en germen la revolución. Siempre que a la burguesía le fracasa una empresa, procura salvar su sistema personificando las responsabilidades en unos cuantos hombres. No conoce otro medio de defensa. A lo largo de la historia lo ha puesto en práctica millares de veces. Intentándolo una más, la clase poseyente, porconducto de la monarquía y de militares de la categoría de Badoglio, tomó la resolución de despedir a Mussolini y algunos de sus colaboradores próximos. El mismo Gran Consejo Fascista, suprema instancia del partido, suplicó al rey nombrara substituto al cavallieri Mussolini. Desde hacía años, el Gran Consejo fascista era el único organismo autorizado por la ley para ejercer esa prerrogativa. Su devolución voluntaria al rey, muestra hasta qué punto se hacía universalmente imperiosa a la burguesía la necesidad de amortiguar la oposición de las masas personificando las responsabilidades en Mussolini y algunos más. Pero el pueblo italiano no se ha dejado engañar; ha dado muestras de comprender la maniobra y lo probará aún contundentemente, estamos seguros. En las responsabilidades por la espantosa miseria en que fue sumido, por la opresión y la barbarie fascista, están igualmente incursos la monarquía, la oficialidad del ejército y el sistema capitalista de sociedad. Mussolini fue su representante reconocido y adorado. Con el fascismo deben ser destruidos la monarquía, el ejército y la sociedad capitalista de arriba abajo. A lograrlo en el próximo período, tenderán las masas con energía creciente.

Los motines callejeros, las manifestaciones contra la guerra y el fascismo, los encuentros con la policía, empezaron en Italia, mejor dicho, se recrudecieron, semanas antes de que el cavalliere Mussolini fuese depuesto por sus adoradores de la víspera. Al conocerse la constitución de gobierno Badoglio, las masas se lanzaron a poner por obra lo que aquél quería impedir: liberación de los presos políticos, libertad de reunión, manifestación, prensa, la supresión de los órganos fascistas. Grandes ofensivas proletarias se produjeron en todas las ciudades importantes, con particular violencia en las del norte, abundantemente pobladas de obreros. Las cárceles fueron asaltadas, buscados y justiciados algunos encanallecidos funcionarios fascistas, y a pesar de la prohibición de Badoglio, la prensa obrera y liberal reapareció y se distribuyó sin recato. Los partidos, igualmente prohibidos por Badoglio, actuaron a la luz del día. Italia entraba de lleno en el período revolucionario e incluso insurreccional. Los soldados desobedecían las órdenes de disparar sobre la multitud, síntoma el más inequívoco de la descomposición de todo el sistema capitalista italiano.

Así estaban las cosas cuando se produjo la capitulación incondicional ante el Cuartel General de Eisenhower y Alexander. La burguesía italiana dio este paso con el doble propósito de obtener ciertas gracias del vencedor y destruir el movimiento revolucionario. Badoglio y el rey, con el asentimiento de Londres, Washington y Moscú, dejaron a Hitler el cuidado de aplastar a los obreros, dueños de la situación en el norte, mientras se aprestaban suficientes fuerzas anglo- americanas para continuar con éxito la obra de las tropas hitleristas. Dejemos a los señores centristas y neo-reformistas de Mundo hablar, remedando a los social-imperialistas de toda laya, del papel progresivo y revolucionario de Washington y Londres. Lo cierto es que las tropas alemanas han tenido que vencer en todas las ciudades una obstinada resistencia de las masas y que Badoglio, el rey y Washington-Londres, han preferido permitir a Hitler degollarlas antes que favorecer su resistencia armándolas. Destruir el poder de Hitler y la burguesía alemana, sí, pero correr el riesgo de que el poder político caiga en manos de las masas pobres, de ninguna manera. Es preferible que Hitler gane terreno, que la guerra se prolongue, que caigan millones de víctimas. Hitler, al fin y al cabo, es la propiedad privada, el orden capitalista. De él se hereda una estructura social sin alteraciones. Pero los obreros, los obreros son la barbarie socialista. Que Hitler meta en cintura a los obreros; nosotros heredaremos a Hitler; este razonamiento guía la conducta democrática en Italia.

El paso del Gobierno italiano del círculo de influencia de la burguesía alemana al de la burguesía anglo-yankee, es de la misma naturaleza que la capitulación ante Hitler de Petain, Laval, Darlan, etc., al principio de la guerra. En uno y otro caso se trata de cortar el paso a la revolución, recurriendo a un poder fuerte. En tratándose de incrementar sus beneficios, la burguesía exige a los obreros morir por ellos envolviéndoselos en la palabra patria, pero no vacila en llamar a cualquier burguesía extranjera a invadir esa misma patria, cuando ella se considera impotente para detener la revolución. Lo único que ha variado en el transcurso de la guerra es el asiento geográfico de la burguesía más fuerte. Todos los propietarios del mundo lo han visto ya. La más gigantesca fuerza conservadora se ha trasladado de Berlín a Washington- Londres. Para nosotros no constituye una sorpresa lo de Italia. Ya lo anunciábamos en el número 5 de Contra la Corriente: Toda guerra imperialista lleva consigo, junto a las disputas por el dominio económico mundial, otra disputa por la jefatura de la contrarrevolución. Lo uno se deduce de lo otro. Es evidente que el mayor propietario del mundo es el más reaccionario y el más interesado en preservar el sistema corriendo en auxilio de los propietarios menores cuando están en peligro. Alemania no tiene ya ninguna probabilidad de convertirse en el amo capitalista del mundo, cual parecía seguro hace dos años. Seguirán siéndolo Inglaterra y Estados Unidos, mucho más total y despóticamente que en el pasado. La burguesía de todo el mundo se colocará bajo su protección. Después de Darlan, Giraud y compañía, la burguesía italiana da el segundo ejemplo del cambio de centro de gravedad de la reacción burguesa. Hitler ya no es la mejor garantía contra la revolución: al contrario, tanto el territorio alemán como el sometido a su influencia, es un barril de dinamita próximo a estallar. Toda la reacción europea seguirá el camino de la burguesía italiana. Y llegará el momento en que los propios industriales y banqueros alemanes, acudan a sus rivales extracontinentales en busca de tropas y sostén político para someter a las masas de su país. El espacio vital, el más vital de la burguesía alemana, su explotación de las masas, será aun defendido por la burguesía yankee-inglesa. Con las posibilidades de control económico, se desplaza el centro mundial de la contrarrevolución. Washington y Londres procurarán por todos los medios continuar la obra de Hitler. Quienes les apoyan, sea como stalinianos y socialistas, reptando ante ellos, sea como los neo-reformistas de Mundo, que sólo ven posibilidades revolucionarias a través de las dos capitales citadas, o traicionan descaradamente al proletariado, o le ponen dificultades y gravámenes que benefician a la futura contrarrevolución yankee-inglesa.

Mientras Roosevelt anuncia que la guerra en Italia es una cruzada para liberar al Papa, éste pide auxilio a las tropas alemanas para proteger las iglesias, atacadas por las masas, que ven justamente en ellas, como en España, reductos de la reacción. Mientras los ejércitos de Hitler, desde Milán a Nápoles, sosteniendo a los funcionarios fascistas disparaban sus armas contra el proletariado, los ejércitos anglo-americanos reprimían a los campesinos de Sicilia y Calabria, con y en apoyo de los mismos funcionarios fascistas... ya arrepentidos, no hay que decirlo. En una palabra, el pueblo italiano, el pueblo que ha sufrido las espantosas consecuencias económicas y represivas de la dictadura fascista, es tratado como enemigo tanto por Hitler como por Roosevelt-Churchill. Stalin menea la cabeza aprobatoriamente y firma el armisticio cuyas cláusulas más importantes están dirigidas contra el proletariado y los campesinos. Cogidos entre dos fuegos, han tenido que hacer un alto en la lucha. Pero será provisional, fugaz incluso, puede estarse seguro de ello. Más de veinte años de ira acumulada, no se gastan en unos cuantos días, por muchos y poderosos enemigos que les ataquen. Italia ha entrado en período revolucionario. Las masas debaten luchar desde ahora por sus intereses, contra todos los enemigos. Contra Hitler y Mussolini; contra Badoglio, Victor Manuel y sus nuevos patronos. Por las libertades democráticas, por el reparto de la tierra a los campesinos, por la destitución de todos los funcionarios fascistas, arrepentidos o no, por el control obrero de la producción, etc. Las masas italianas deben orientarse a la toma del poder político lo más pronto posible. El proletariado de Europa está ya maduro para correr en su auxilio. La contrarrevolución fascista sería destruida en su seno por los únicos que pueden verdaderamente destruirla, los explotados. Y la contrarrevolución angloamericana, encontrará en Europa una barrera infranqueable. En todas partes del mundo, los revolucionarios deben enarbolar estos gritos: ¡Abajo las armas ante la revolución italiana y europea! ¡Abajo Hitler! ¡Vivan los Estados Unidos Socialistas de Europa!

Publicado en Contra la Corriente número 7. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, septiembre 1943.

Génesis de la unidad nacional (1943)

El tema de la unidad, ya sea con la coletilla nacional propuesta por el stalinismo o con cualquier otra que descubran los conciliadores, ha sido renovado por las maniobras de quienes tratan de constituir en la emigración un gobierno pelele. Por otra parte, las noticias procedentes de España anuncian una recuperación cada vez más acentuada del proletariado y los campesinos. La lucha contra Franco y Falange se extiende; la solidaridad entre los rojos aumenta; las promesas de venganza se multiplican, lanzadas a la cara de los franquistas; se anuncia la tercera vuelta y se la ansía. Ante estos síntomas, que de continuar ascendiendo depararían una ofensiva revolucionaria aun más terrible que la de 1936, la mayoría de los dirigentes obreros se sienten aterrorizados, de antemano impotentes para contenerla1. Se preparan intensas jornadas de lucha de clases mientras las organizaciones que agruparon masas en España abren los brazos para estrechar al enemigo y observan sin hacer nada positivo en contra, como abren los brazos las demás. El divorcio entre las masas y las viejas direcciones, aún las menos desprestigiadas, es hoy consciente para los líderes; de ahí su terror pequeño- burgués ante la ofensiva de masas. Pero no es del todo consciente para éstas, ni siquiera para una categoría de militantes, sanos, pero aferrados a las viejas organizaciones porque no se atreven a confesarse que la organización por la que tanto han luchado y sacrificado traiciona sus sentimientos revolucionarios y no merece su confianza. Oportuno es que volvamos a la carga, metamos la mano en la entraña de los saboteadores de la lucha de clases y pongamos boca arriba el pérfido significado de la unidad patrocinada por ellos.

Internacionalmente la unidad nacional es una vieja política bajo la cual se han ocultado invariablemente los intereses de la burguesía. En el sistema de la propiedad privada la explotación del proletariado por la burguesía no puede cesar. No hay comunidad de intereses sino oposición, y por lo tanto ininterrumpida lucha de clases. El proletariado tiene que defender lo suyo enfrentándose continuamente a la burguesía o dejarse hacer y deshacer por ella; lo sabe cualquier obrero sindicado. Ya en época normal, cuando la perspectiva del proletariado se limita a mejorar su situación dentro de la sociedad capitalista, recomendar la unidad o simplemente la contemporización entre las clases, es convertirse en abogado de los poseyentes. Quienes sostienen que existe un interés nacional superior o anterior al de las clases, no pueden defender sino los intereses de la burguesía, porque en el mundo actual todo obedece a la ley de su salud. Naturalmente, los explotadores nunca han reconocido serlo e invariablemente presentan al mundo sus negocios como el supremo bien de la nación. La explotación del proletariado, los campesinos y otras capas pobres de la población, es santificada como el interés general. En otras palabras, la conveniencia de los explotados consiste en seguir siendo explotados. En cambio, se les permite contemplar como benefactores a sus explotadores, y de cuando en cuando se les otorga el derecho de morir por ellos, ¡máxima expresión de la unidad nacional! Si el obrero no acepta esta situación, si se defiende, la burguesía le acusa: demagogo, disturbador del orden, enemigo de la sociedad, o bien traidor, quintacolumnista, etc., en tiempo de guerra.

La época presente, a partir de la primera guerra imperialista, marca la ruptura definitiva del equilibrio y la normalidad de la sociedad capitalista. Ya no se plantean al proletariado tareas de mejoración en el seno de ella, porque las condiciones del capitalismo en putrefacción tienden a hacer bajar continuamente el nivel de vida, el cultural y las libertades de la población pobre en su conjunto. Se hace imposible toda mejora estable sin destruir la sociedad capitalista e iniciar la organización del socialismo. La energía de clase trabajadora y su estrategia política deben proponerse esa meta. La lucha contra la burguesía es, en la época moderna, una lucha directa por la toma del poder político. Cualquier conciliación entre ambas clases refuerza las tendencias totalitarias y decadentes de la burguesía. Pero precisamente en este terreno, la unidad nacional se adentra mucho más allá que el colaboracionismo tradicional de la II Internacional. Desaparecidas las posibilidades de mejoración en el seno del capitalismo, la colaboración no ofrece a la clase trabajadora mejora efectiva alguna; se traduce, irremediablemente, en una alianza de los partidos obreros y la burguesía contra las masas de la ciudad y el campo, sin excluir las afiliadas a las propias organizaciones. Si la antigua expresión reformista de la unidad nacional, a costa de la castración ideológica, ayudó a conseguir mejoras económicas y los restringidos derechos de la democracia burguesa, en la época decadente del capitalismo actúa como saboteador de las huelgas económicas, sanciona la censura de prensa, el estado de alarma o el de guerra, la clausura de los locales obreros, la supresión de sus mítines, manifestaciones, etc.; en una palabra, suprime aquellos derechos democrático-burgueses en nombre de los cuales se constituye y pretende justificarse.

El marxismo –y no es marxista sino aquél que rechaza, en todas las ocasiones sin excepción, la colaboración de clases– ha estigmatizado siempre la unidad nacional, en cualquiera de sus grados y bajo sus múltiples disfraces. Desde los primeros escarceos colaboracionistas, con Millerand, se ha alzado vigorosamente en contra. Cuando, en 1914, la unidad nacional arrasó la II Internacional, que la había incubado potencialmente durante largo tiempo, una minoría revolucionaria la combatió como una traición a los principios del marxismo. Su lucha magnífica dio por resultado el triunfo de la revolución rusa, la primera afirmación proletaria en la historia. De ella surgió la III Internacional, destinada por sus fundadores a arrancar el proletariado a la tendencia colaboracionista y organizarlo en todos los países para la revolución mundial. Durante cinco años, de 1919 a 1924, la Internacional comunista se mantuvo fiel a los principios de su fundación. Sus trabajos, resoluciones, tesis y experiencias prácticas, constituyen la más vasta y mejor escuela revolucionaria que jamás existiera. En vano un neo-reformismo que explota todos[^2] los viejos prejuicios pequeño-burgueses contra el bolchevismo , trata de negarla o considerarla una desviación monstruosa. Quitando el período inicial del movimiento obrero y algunos raros ejemplos de la II Internacional, no existe más que experiencia reformista o ultraizquierdista. La de los años revolucionarios de la III Internacional, junto con la comprensión de las causas de su degeneración, constituye la más excelsa escuela revolucionaria para las jóvenes generaciones. Se puede partir de ahí para adelante; quienes niegan o incomprenden esa experiencia, no servirán sino para poner obstáculos a la marcha revolucionaria del proletariado.

Toda la historia revolucionaria puede resumirse sin exageración en lucha continuamente renovada contra el espíritu de unidad nacional, introducido en las filas obreras por sus propios dirigentes. La fuente general es el principio colaboracionista o ruptura con los objetivos históricos del proletariado; su resultado último la conversión del movimiento obrero en un degradado apéndice izquierdista de la burguesía. Sobre esto se han publicado ya diversos artículos y resoluciones del Grupo español en México de la IV Internacional, en Contra la Corriente y en 19 de Julio. Insistimos únicamente para presentar algunas características particulares a España. Nuestra guerra civil sacó a la superficie los posos reformistas contenidos en las organizaciones obreras; a las ya reformistas les descubrió sus verdaderos fundamentos burgueses. Los conciliadores de hoy lo fueron ayer, en pleno fuego contra las tropas de Franco. E igualmente, quienes, sin estar hoy declaradamente junto a la unidad nacional tampoco la combaten debidamente ni saben oponerle el principio de clase contra clase, son los mismos que ayer, de buen o mal talante, seguían la política de los conciliadores. Los trabajadores españoles que quieran orientarse bien, comprender lo que significa la unidad nacional, situar por relación a ella la actitud de cada organización y tomar una posición revolucionaria, deben seguir retrospectivamente la pista de cada organización hasta la guerra civil.

En efecto, el Frente Popular era una unidad nacional un poco a la izquierda de la que en estos días se trama. Estaban excluidos de ella muchos reaccionarios y filo-fascistas por cuya patriótica colaboración suspiran ahora dirigentes stalinistas y socialistas, para no hablar de los carcamales políticos republicanos. Pero la respuesta de las masas a los militares hizo saltar la unidad nacional en mil pedazos. Desgraciadamente, las masas, contrarrestada su acción de clase por la acción burguesa de sus dirigentes, no lograron mantener esa ruptura, estableciendo su gobierno y creando su Estado. Los dirigentes pudieron rehacer el aparato de dominación burgués y reconstituir la unidad nacional del Frente Popular. El gobierno Caballero desempeñó la tarea inicial de saboteo de la obra de las masas y reconstitución de la fuerza represiva burguesa, instrumento inseparable de toda unidad nacional. Cuando el dispositivo básico estuvo creado, un movimiento de flanco presentó la cara stalino-negrinista del Frente Popular y sus propósitos conciliadores, recatados hasta entonces, salieron a la luz del día. Desde su iniciación, la idea del Frente Popular, como la de cualquier otro bloque colaboracionista, era impedir que el proletariado llevase hasta sus últimas consecuencias la lucha contra la burguesía. La victoria de las masas sobre los militares y la guerra civil misma, eran una contrariedad, un estorbo para la gente del Frente Popular. Esa era la guerra de clases y la guerra de clases no la querían ellos, la temían, les aniquilaba; la guerra de clases, para emplear el lenguaje stalinista, es trotskismo. Contra ella dirigieron sus esfuerzos desde el 19 de Julio de 1936 hasta la victoria de Franco. La paz con los militares, designada en el lenguaje oficial con la expresión reconciliación entre todos los españoles, estuvo presente desde el primer día en los proyectos del gabinete Negrín-Stalin-Prieto. El presidente del mismo, interrogado por los periodistas sobre los rumores de paz corrientes en el extranjero y en España, respondía cínicamente: Antes de hablar de paz tenemos que poner orden en la retaguardia.Confesión bien explícita de que el gobierno, si lograba imponer su orden a los trabajadores, estaba dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva. Existe más de un indicio de que se hicieron gestiones de paz por conducto de Inglaterra. Quienes conocen bien la naturaleza reaccionaria del colaboracionismo, ya más concretamente, la de los partidos stalinista y socialista, sus principales bases en España, no pueden dudar un solo instante que si les fue imposible concertar la paz se debió a la hostilidad del proletariado en nuestra zona, y a la negativa de Franco, que estaba seguro de poder vencer a gentes que no sabían oponer a su programa de salvación de la propiedad privada sino otro programa de salvación de la misma propiedad, por añadidura desechado ya por la burguesía. Pero tanto la actividad gubernamental como la propaganda de sus sostenedores, siguió orientada, hasta el fin de la guerra, a la reconciliación entre españoles. El partido comunista y juventud hacía llamamientos a los católicos y a los que están más cerca de los fascistas que de nosotros (Carrillo), mientras se motejaba de quintacolumnistas a los obreros partidarios de la revolución social, cuando no se les asesinaba.

El ala derecha del partido socialista seguía la misma política. El ala izquierda caballerista, más los anarquistas, contrarios a los proyectos de paz, les hacían el juego por su colaboración política con los capituladores y por su incapacidad para preparar la toma del poder político por el proletariado. La política de unión con la otra zona, destinada a borrar el 19 de Julio, no encontró una oposición verdaderamente seria por parte del anarcosindicalismo y el ala izquierda socialista. Sus protestas verbales eran seguidas de sumisión al programa burgués del Frente Popular, que favorecía esa misma paz. Los hechos contradecían a las palabras, y en política, sobre todo en política revolucionaria, lo único que tiene valor efectivo son los hechos. Así pudo llegar a imponerse íntegramente la política gubernamental, totalmente inspirada por el stalinismo. La propia dirección estrictamente militar de la guerra, se basaba en el plan de reconciliación. No se trataba para el gobierno de aniquilar militarmente al adversario, sino de resistir suficientemente o adquirir las victorias mínimas indispensables para obligarle a hacer la paz. Los famosos 13 puntos del doctor Negrín apuntaban, uno tras de otro, a ese blanco. Mientras más recortes sufrían más descaradamente aparecía la idea del Abrazo de Vergara. Pero, como es de consuno para la política conciliadora en general, la de Negrín-Stalin produjo la derrota, no la victoria, ni el empate siquiera. En nuestra zona, sin embargo, la expresión práctica de la unidad nacional gubernamental fue la supresión de las conquistas de las masas, su desarme, su aplastamiento político, y, no hay que decirlo, la famosa democracia de nuevo tipo se perfiló en su verdadero sentido por la supresión más brutal y reaccionario de los derechos democráticos.

Igual que durante la guerra civil, el stalinismo aparece hoy como el guía de los propósitos conciliadores. Es el único que ha formulado un programa más acabado de unidad nacional. Le siguen, o bien compiten con él, todos los demás renegados. Lo más que puede producirse entre ellos son rivalidades de mangoneo. Políticamente no hay desacuerdo entre el stalinismo y la tendencia socialista de Prieto. En cuanto al anarcosindicalismo y la borrosa izquierda socialista, continúan, como en España, sin adoptar una posición de clase y cayendo aquí y allí en el principio stalinista mismo, aunque tampoco ahora dejen de hablar contra el stalinismo como tendencia. En fin, los conciliadores de ayer piden hoy abrazar a requetés, generales y falangistas; los auxiliares de los conciliadores siguen auxiliándoles por su incapacidad para oponer a la colaboración el principio de frente único proletario y clase contra clase. A esta incapacidad se debe la fuerza aparente del stalinismo y en ella reside un terrible peligro para el futuro movimiento revolucionario español. La clase obrera, principalmente los anarquistas o socialistas de izquierda, deben reaccionar.

Publicado en Contra la Corriente número 7. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, septiembre 1943.

Independencia nacional y Revolución Proletaria bajo el terror nazi en Europa (1944)

Primera parte

El fenómeno de la ocupación y la opresión de las nacionalidades europeas por el imperialismo germano es uno de los fenómenos más característicos de nuestra época. En grados, con métodos y objetivos diferentes, ha despertado en todo el viejo continente una avalancha cada vez más crecida de resistencia. Principalmente armada con el lema de independencia nacional y lucha contra la opresión germana, disfruta de las simpatías y la colaboración de la mayoría de la población: proletariado, campesinos, pequeña-burguesía e incluso burguesía. Pero los métodos de lucha no son siempre los más efectivos, ni los objetivos conducentes a la solución del problema europeo. Mientras en Yugoslavia y los Balcanes, numerosos grupos guerrilleros de importancia diversa luchan a la vez contra los alemanes y entre sí mismos, en los países occidentales, Francia, Bélgica, Holanda, Noruega, el sabotaje y el atentado terrorista cunden como principal instrumento de lucha. Últimamente, se ha hablado de guerrillas francesas en la parte alpina del país. Pero nada autoriza a creer que hayan adquirido las proporciones que en los Balcanes. La resistencia parece allí confinada –salvando la actuación de los grupos minoritarios revolucionarios– al cauce nacionalista y terrorista bordeado, a la derecha, por la burguesía gaullista y darlanista, a la izquierda, por el stalinismo y la social-democracia. De las formas adoptadas por los diversos movimientos de resistencia nacional, y de sus objetivos, se desprenden numerosas y no fácilmente soslayables dificultades para adoptar una política revolucionaria de resistencia capaz de llevar la lucha por la liberación nacional a una solución verdadera. Dadas las condiciones de Europa, la peor de todas las cuales no es precisamente la ocupación y el terror nazis, sino la traición reiterada de las dos más grandes organizaciones obreras a los intereses de la revolución socialista, es comprensible que, al encarar el problema de la liberación nacional, determinados revolucionarios de cuya lealtad no se puede dudar, hayan incurrido en errores tácticos que ofrecen base para más graves errores políticos.

Por mi parte, creo que la adopción de una línea revolucionaria justa está subordinada a dos premisas respectivamente relacionadas entre sí:

  1. Una justa estimación del fenómeno de la ocupación por el imperialismo germano,
  2. El trazado estratégico de toda la lucha, o solución revolucionaria al maremagnum europeo.

Sería una mentecatez propia de la añagaza propagandística anglosajona pretender que la opresión desencadenada sobre Europa es un producto particular del imperialismo germano, o bien de la camarilla nazi. Estos representan, a lo sumo, el brazo ejecutivo de una tendencia inherente al imperialismo, mundialmente considerado. La época de las nacionalidades independientes, tal como fueron creadas por el tránsito del feudalismo al capitalismo, ha pasado, en general, a la historia. Los países coloniales rezagados en etapas inferiores de desarrollo, no podrán vivir como nacionalidades independientes sino breves períodos, sólo momentos de transición. Deberán fundirse sin solución de continuidad en la federación mundial de repúblicas socialistas, o volver al yugo de cualquier colonizador o protector extranjero. En cuanto a lasviejas nacionalidades europeas, su desaparición era, desde hace decenios, una necesidad histórica imperiosamente determinada por el desarrollo de las fuerzas productivas y de las necesidades humanas en relación con ellas. La capacidad de las fuerzas de producción sobrepasaban el marco nacional hasta el grado máximo posible dentro del sistema dado de la propiedad privada; el grado de conciencia política de las masas, con toda su vaguedad, las situaba por encima del estado nacional y de la propiedad privada. Las masas estaban –y siguen estando– por la abolición de la propiedad privada y por la abolición de la nacionalidad burguesa mediante la federación de pueblos socialista de Europa. Tratábase de superar el sistema de producción y consumo característico de la burguesía, y de abrir paso al sistema de producción y consumo socialistas, así como en el terreno de las fronteras, tratábase de superar la nacionalidad burguesa, sustituyéndole la federación libre de pueblos, carentes ya de motivos de división. Pero la Segunda Internacional, la organización obrera existente al hacer su aparición esta necesidad de superación histórica, desertó al nacionalismo burgués. La Tercera Internacional, constituida para llenar el lugar desierto de la Segunda, tras algunos años de fidelidad revolucionaria, fue llevada por la camarilla de Stalin a la misma traición social-patriota. Obstaculizadas en su desenvolvimiento natural hacia el socialismo, las masas revolucionarias no pudieron dar a la situación europea su desenlace revolucionario. Cuando éste falta, viene inevitablemente un desenlace reaccionario.

El fracaso de la revolución en Europa, principalmente de su último intento, la revolución española, dejó libre campo al desenvolvimiento de la guerra imperialista. La guerra imperialista puede producir, a su vez, la revolución social; en el peor de los casos, producirá, con entera certidumbre, una ocasión de revolución. Pero al fallar la solución revolucionaria al conflicto europeo, el capitalismo tenía forzosamente que encontrar una solución reaccionaria. Para el capitalismo, no existe situación absolutamente sin salida decía Lenin. Porque la historia no es un autómata que deba alcanzar inevitablemente la revolución proletaria y el socialismo. Sobre las condiciones objetivas favorables acumuladas por la evolución anterior, el impulso decisivo corresponde a la clase que por su posición en la red de la producción capitalista está capacitada para destruirla superándola. Cuando las organizaciones de esta clase fallan y se pasan al campo del enemigo, cual ha ocurrido con las Internacionales Segunda y Tercera, la derrota del factor revolucionario permite al viejo sistema continuar su existencia con las modificaciones que la situación le exija.

Estas modificaciones han de ser siempre una imagen invertida de las que demandan el bienestar humano y el progreso histórico. Europa con mayor premura, y el mundo en general, necesitan expropiar al capitalismo, borrar las fronteras mediante la planificación de todo el sistema económico y producir para las necesidades del consumo mundial. Son las tareas de la revolución proletaria, que deben ser iniciadas por la destrucción del Estado burgués y la toma del poder político por el proletariado. La necesidad y la posibilidad de esta revolución están dadas por el desarrollo gigantesco de las fuerzas de producción capitalistas. Traicionado sucesivamente por sus dos grandes organizaciones internacionales, el proletariado ha sido incapaz de dar al capitalismo el último empujón y precipitarlo en las sombras del pasado. La capacidad expansiva de las fuerzas de producción tiene que encontrar entonces sus propias válvulas de escape. Las soluciones revolucionarias necesarias y útiles a toda la humanidad, son substituidas por soluciones convenientes únicamente a la clase propietaria y dentro de ésta a la del país o los países más poderosos. La solución revolucionaria expropiaría a la gran burguesía, y poniendo la administración en manos del proletariado, otorgaría un alza considerable del nivelde vida medio a todas las capas pobres de la población. La solución reaccionaria concentra la propiedad aun más en manos de la gran burguesía, expropia legalmente o por la ruina a un número cada vez más considerable de pequeño-burgueses, empeora las condiciones de vida de la gran masa trabajadora y completa su conversión en aditamento de la máquina. La solución revolucionaria, llevando al proletariado al poder, establecería inmediatamente un amplísimo sistema de democracia para los pobres, desconocido hasta ahora en la historia; la solución reaccionaria concentra todo el poder en manos de las oligarquías financieras y de sus camarillas políticas, gobierna por el terror y arrebata a las masas pobres hasta las libertades más insignificantes y formales. La solución revolucionaria planificaría la economía con el intento de asegurar un desarrollo industrial armónico y adecuado a las necesidades del consumo humano; la solución reaccionaria dirige la economía con el intento de asegurar los beneficios a la oligarquía capitalista. La solución revolucionaria inauguraría un gigantesco progreso industrial, rompiendo el cerco de las fronteras y la sisa de la plusvalía capitalista; la solución reaccionaria limita el desarrollo industrial muy por debajo de las posibilidades, lo mantiene estático e incluso le obliga a retroceder. Finalmente, sin hablar de la cultura, que sólo puede progresar ya mediante la revolución, la solución revolucionaria habría dado a todos los pueblos de Europa un interés económico común, llevando a los países más adelantados a participar en el desarrollo técnico y cultural de los más atrasados, lo que los conduciría espontáneamente a la supresión del problema de las nacionalidades, mediante la federación; la solución reaccionaria es la esclavitud y la explotación de los países más atrasados o débiles por la burguesía de los más poderosos e industrializados. A la federación socialista de pueblos se substituye la esclavitud de los mismos.

He ahí lo que ha hecho Alemania, mejor dicho, la burguesía alemana, en Europa. Ayudada por la idea de vengar el latrocinio perpetrado en Versalles, logró, no sin ayuda de reformistas y stalinistas, esclavizar al proletariado de su país. Conseguida la unidad nacional en su más perfecta expresión, y puesto en movimiento hacia la guerra su formidable aparato productor, aplastó a toda la burguesía europea, obligándola a rendirle tributo espontáneamente o por la fuerza. Su invasión de Europa, la explotación económica y de mano de obra practicada, así como la esclavización y el terror que mantiene sobre todo el continente, no han sido producidas por necesidades estrictas de guerra. La guerra es el choque que ha hecho emerger las necesidades del gran capital financiero e industrial. La burguesía va a ella para conseguir por las armas el sistema de organización mundial que más le conviene en tiempos de paz. Así como las revoluciones precipitan la evolución de la humanidad, las guerras imperialistas precipitan la evolución de la burguesía en particular. La esclavización de Europa, producto inmediato de las necesidades de guerra de la burguesía germana, es la forma guerrera de sus necesidades permanentes de expansión comercial y control económico. En caso de victoria, cambiaría según los países la modalidad de dominación germana; pero subsistiría la esclavización nacional y el vasallaje económico de toda la burguesía continental. La necesidad estratégica militar sirve de puente a la estrategia imperialista general.

Segunda parte

Ha sido Alemania, no Inglaterra o Estados Unidos, quien inició la servidumbre de las nacionalidades europeas. Oportunistas confesos e inconfesos deducen de esa prioridad una condenación para Alemania e indulgencias para los otros dos, los democráticos. El caso es, para ellos, poder apoyar una carnicería santa y señalar como principal enemigo de las armas una burguesía extranjera.Ya Carlos Liebknecht, ante el tribunal militar de los predecesores de Hitler, señalaba la vaciedad y la indignidad de una lucha contra el imperialismo que se ejerce principalmente contra los concurrentes extranjeros de la propia burguesía. El análisis materialista confirma la actitud del gran revolucionario alemán, haciéndola extensiva a los diversos bandos imperialistas de esta guerra. Las modalidades adoptadas por la expansión germana le han sido dictadas por su propia historia, siglos atrás. Ello tanto en el dominio interior como en el exterior. Hitler es un resultado directo del fracaso de la revolución alemana; la expansión que ha presidido lo es del acaparamiento de las colonias, los mercados y las materias primas, por Inglaterra y Estados Unidos. El globo hinchado de potencialidad productiva que era la burguesía alemana, estalló abalanzándose sobre los satélites de sus adversarios. Eran las colonias más próximas al conquistador y mucho más ricas, por su grado de evolución si no por privilegio natural, que las colonias propiamente dichas. La expansión alemana presidida por Hitler es un hecho de la misma naturaleza esencial que la colonización de Asia, África, Oceanía o la penetración imperialista en China y América Latina. El gran capital financiero e industrial no puede producir nada que no contenga o no se ajuste a sus intereses. Pero acomoda sus métodos a la resistencia y las peculiaridades del medio en que se aplican.

Naciones de Europa con luengos siglos de tradición independiente, economía y cultura desarrollados tanto y más que en Alemania, y por añadidura un proletariado que sólo piensa en la revolución socialista, no podían ser dominados sino por el terror, y aun así provisionalmente.

La bestialidad característica del dominio nazi, se produce por la violenta contradicción entre las enormes necesidades de absorción del imperialismo y las necesidades revolucionarias de los pueblos: paso a una economía socialista federada, mejoramiento de las condiciones de vida, libertad para las clases pobres garantizada por la supresión del monopolio del capital y los instrumentos del trabajo. Pero esa contradicción existe igualmente refiriendo la situación del mundo al imperialismo anglosajón. Si para dominar al proletariado de su país y a Europa entera, la burguesía alemana ha recurrido a un terror que aventaja al de la época de la decadencia del mundo greco-romano, los capitalistas de Washington y Londres seguirán su escuela. Algún defensor sórdido del humanismo blanco tratará aun de prolongar su indulgencia para con el imperialismo aliado arguyendo que no padeciendo el cerco que el imperialismo germano, le bastará con oprimir a pueblos negros, amarillos, rojos o blanqui- negros, conformándose con una penetración económica y una dominación tolerante, entre los pueblos blancos. Dejemos que los mendigos sigan extendiendo la mano, pero combatamos a los sacerdotes que predican la caridad como solución a las miserias del mundo.

Si bien es cierto que la burguesía anglosajona, cuando triunfe, no se encontrará cercada por ningún rival (salvando la inevitable lucha, ya iniciada con caracteres de regateo, entre Inglaterra y Estados Unidos y suponiendo que Alemania y Japón sean reducidos al estado de colonias), no lo es menos que el mundo es ya pequeño para vivir bajo el imperialismo, siquiera sea con libertad restringida. Su libertad está en la destrucción del imperialismo, así como la libertad del imperialismo está en la esclavización del mundo. Las causas que llevaron a la burguesía alemana a desencadenar el terror y la esclavitud sobre toda Europa, serán substituidas por otras para la burguesía angloparlante. El nivel económico de las colonias y semi-colonias se ha elevado considerablemente durante la guerra; la conciencia y la necesidad de libertad de todos los pueblos aumenta, su rebelión contra el imperialismo será cada día más creciente. Por otra parte, la capacidad productora del imperialismo aliado, por tanto su exigencia de dominio, se ha acrecentado muy considerablemente durante la guerra. Que la indulgencia centrista hacia los democráticos ate esa mosca por el rabo. La necesidad de esclavización y el terrorismo perfeccionados por la burguesía alemana, resultante de la evolución nacional anterior en conjunción con el fracaso de la revolución alemana y europea, se impondrá igualmente al imperialismo angloparlante, como producto de la contradicción entre su gigantesca productividad y las necesidades de independencia y libre desarrollo de las masas pobres. El choque entre el gran capital incompatible con la libertad, y las masas, es inevitable. Esforzándose en vencer la revolución, el capital acelerará su evolución natural hacia el fascismo. Lo que apareció cual fruto primerizo de la burguesía alemana, será seguido por abundante cosecha de la burguesía yanki-británica. El árbol que da los frutos de la esclavitud y el terror reaccionarios es el imperialismo, el sistema de la propiedad privada. Detenerse a considerar si el primer fruto salió de la rama alemana o de la rama inglesa, puede ser grato y útil a traidores y oportunistas. Los revolucionarios deben reflexionar en cómo arrancar el árbol de raíz.

Habiendo acelerado su marcha por necesidades de guerra, la máquina opresora del imperialismo no se detendrá ante ninguna consideración. La fuerza revolucionaria de los pueblos puede detenerla únicamente. Pero la guerra produce, también, otro orden de consecuencias. En el espíritu de las masas, mitad por conciencia, mitad empujadas por los sufrimientos multiplicados a que viven sometidos, se gestan poderosos movimientos revolucionarios. Iniciados inmediatamente contra la opresión nazi, no dejarán de prolongarse en busca de su floración, ya continúe Hitler espatarrado sobre Europa, ya le sucedan los instrumentos militares de Wall Street y la City. En esos movimientos revolucionarios ya iniciados, se remueve la tendencia a la revolución socialista tan persistentemente apuntada y siempre vencida, de los años intermedios entre las dos guerras imperialistas. Cualquiera que sea su motivo inmediato y la explicitud con que se presente a las masas, la causa mediata, su meta histórica es la anulación de la propiedad privada, de las antiguallas fronterizas y aduaneras y la federación de pueblos socialistas. El ya seguro vencedor imperialismo anglosajón se comportará respecto de las aspiraciones revolucionarias de los pueblos aprovechando la escuela de Hitler. Su necesidad acrecentada de dominio económico le llevará a la ocupación temporal o permanente, al uso de gobiernos peleles, a continuar la supresión de libertades impuesta por el fascismo e incluso el terror organizado. En una palabra, mientras los pueblos se lanzarán a la unificación socialista por la revolución, los vencedores tratarán de imponerles la unificación imperialista bajo la servidumbre nacional, por el señorío de la contrarrevolución. La obra apuntada por la rama imperialista hitleriana se prolongará en la rama imperialista yanki- británica. Esta me parece la estimación revolucionaria del fenómeno de ocupación que padece Europa.

En ella está contenida la segunda de las dos premisas a que subordino la adopción de una política revolucionaria en Europa, a saber, el trazado estratégico de toda la lucha o solución revolucionaria al maremagnum europeo. Pero debo explayarla para no dar lugar a equívocos. Desde un punto de vista histórico en Europa no se plantea ningún problema de independencia nacional. Se plantea la unificación económico-política del Continente sobre la base de la propiedad socialista planificada. Entendámonos, porque es materia escurridiza que se presta a dimes y diretes. El período en que el estado nacional constituía la base necesaria al desarrollo económico y de la civilización, periclitó hace tiempo. La división en estados nacionales es precisamente una de las causas de la corrupción social y de las guerras imperialistas. Su desaparición correrá pareja con la de la propiedad privada y constituye la grantarea histórica de nuestra era. Ahora bien, es imposible hablar propiamente de problema nacional sin resucitar la imagen del estado ceñido en sus fronteras, barricado tras las tarifas aduaneras, erizado de bayonetas. Porque en su sentido estricto, una solución nacional abarca e interesa a todas las clases comprendidas dentro de una unidad geográfica, o histórico-política. Muy lejos de eso está la realidad europea. Ni existe solución dentro de las fronteras nacionales ni pueden estar interesadas en ellas todas las clases. Por muy perogrullada que parezca, creo que lo anterior no ha sido tenido en cuenta sino formalmente para determinar la conducta de los revolucionarios.

Estos mismos han hablado excesivamente de problema nacional, desquiciando la terminología y dando lugar a desquicios políticos. Incluso se han aducido citas de Lenin intentando demostrar que él consideraba posible el renacimiento del problema nacional en Europa. Se confunde así problema nacional, que engloba al conjunto de las clases, con insurrección nacional. El ejemplo de los países coloniales, principalmente la India, nos está mostrando que la burguesía prefiere el vasallaje respecto de una burguesía extranjera, a la utilización de la fuerza revolucionaria de las masas. Antes de lanzarse a un movimiento nacional, la burguesía debe sentirse segura de poder dominar y desarmar a las masas. Sólo en contados casos ocurrirá. Pero aun así tampoco podría hablarse con propiedad de resurrección del problema nacional. Para los países coloniales, la lucha no haría más que desplazarse totalmente del enemigo imperialista a la propia burguesía. Teniendo en cuenta el enorme potencial económico del imperialismo moderno, su acaparamiento de los mercados y materias primas, resulta absolutamente imposible para ninguna burguesía colonial desprendida de él asegurar el adelanto económico y cultural de su país. Aun suponiendo lo inexistente, voluntad de lucha anti-imperialista, falta la posibilidad objetiva, las condiciones materiales que permitirán a la burguesía desempeñar un cometido nacional que interesase a la clase proletaria y al campesinado. Con mucha mayor razón es verdad lo anterior para Europa. Por una parte, el desarrollo de la economía ha alcanzado un nivel sobrado para exigir su internacionalización; por otra, el proletariado es manifiestamente socialista, la burguesía consciente de ello, manifiestamente totalitaria. La resurrección del problema nacional en Europa entrañaría forzosamente una regresión histórica imposible sin la destrucción y pérdida de los más importantes adelantos técnicos y científicos. Aunque el peligro no sea inexistente por completo, no estamos dentro de él, y antes de amenazar seriamente se librarán grandiosas batallas entre la burguesía y el proletariado. Por ahora los revolucionarios no deben preocuparse sino de alcanzar la victoria para el proletariado.

Precisamente porque la esclavización de Europa proviene de la supervivencia del capitalismo y de los estados nacionales, nunca se representará bastante al proletariado la supresión de los mismos como objetivo inmediato de su lucha. Ciertamente, la mayoría de los revolucionarios que han escrito sobre este mismo problema no han dejado de señalar como salida definitiva los Estados Unidos Socialistas de Europa; pero sólo como una perspectiva en lontananza, en segundo plano, concediendo el primero a la lucha por la independencia nacional. De ahí han resbalado a deducir tácticas de concesión al objetivo nacional, en disconformidad con el objetivo socialista e internacionalista.

La táctica debe depender siempre del objetivo estratégico, y es absolutamente imposible adoptar técnicas extrañas a él sin abandonarle total o parcialmente, consciente o inconscientemente. Se ha dicho que siendo la tendencia fundamental de las masas europeas la lucha contra la opresión extranjera, los revolucionarios deberían apoyarse en la lucha nacionalindependientemente de las intenciones reaccionarias de algunos de sus dirigentes. En consecuencia, soporte para los grupos guerrilleros y colaboración con los representantes burgueses proaliados, tipo de Gaulle. Se ha llegado a hablar de papel revolucionario de Tito (contra su voluntad claro está), y de otros aun más reconocidamente reaccionarios. Inducción a una táctica de objetivo nacional allí no deja de proponerse un objetivo internacional. Así pues, contradicción evidente entre el objetivo manifestado y la táctica propuesta.

En el momento en que la nacionalidad burguesa, no habiendo podido ser destruida por el internacionalismo proletario, es matada por la esclavización imperialista, no tiene nada de extraño que una considerable masa pequeño-burguesa se sienta excitada en su educación patriótica, ni que una parte de la burguesía, confiante en la victoria final de los aliados, trate de bienquistárselos azuzando la lucha contra el opresor extranjero. Son los últimos estertores de un mundo que se va. En cuanto al proletariado, tampoco tiene nada de extraño que ejerciera su lucha principalmente contra él. Era el camino de la menor resistencia para combatir la opresión en general, además de que la burguesía alemana, tras la ocupación, aparecía realmente como enemigo más poderoso e inmediato de la propia burguesía. Pero la tendencia fundamental de un movimiento no está determinada por el grado de conciencia que de él tengan las masas o el enemigo al que estén atacando en forma inmediata. Se determina en función de la salida permitida y exigida por las condiciones materiales dadas. Cualquier forma que las luchas de las masas europeas adopte, su tendencia fundamental es la revolución socialista. El deber de los revolucionarios es hacerlo aflorar a la conciencia y poner sus métodos de lucha en entera concordancia con la tendencia fundamental.

Pasando de lo abstracto a lo concreto, me parece completamente erróneo que los revolucionarios sostengan que el enemigo principal es el extranjero. Esta tendencia, desarrollada, conduce a la unidad nacional, en cualquier grado que se aplique, y aporta agua al molino de todos los de Gaulles europeos. Así como la opresión de Europa por Alemania debe ser presentada a las masas como resultado del fracaso de la revolución socialista europea, la colaboración del proletariado alemán con su burguesía debe ser explicada como producto de la espantosa derrota de la revolución alemana. Y a la inversa, señalando como única salida posible la revolución europea, debe aconsejarse a las masas la búsqueda de la alianza con el proletariado alemán. El opresor extranjero está dividido en clases. El proletariado es, a su vez, oprimido, y obligado a servir de instrumento a la burguesía alemana. Los revolucionarios deben enseñar a las masas de los países ocupados esa diferencia e inducirlas a buscar un aliado en el extranjero proletario contra la burguesía alemana y contra la propia. La responsabilidad por la ocupación y el terror debe ser descargada sobre ambas burguesías. La lucha contra las mismas debe ser simultánea en los países ocupados y desplegada al grito de ¡Fraternidad proletaria!, ¡Estados Unidos Socialistas de Europa!

En toda lucha de masas hay un objetivo revolucionario, por muy encubierto que se presente. Cualesquiera que sean los prejuicios o las desviaciones a que la confusión de la situación las induzca, su lucha favorece al advenimiento de la revolución. Los revolucionarios deben participar en ella. Pero sin hacer la más mínima concesión a la pretendida lucha de objetivos nacionales ni a los prejuicios de las masas. Por lo demás, estos últimos parecen haber disminuido considerablemente en los meses pasados. En Francia, la lucha contra los sirvientes franceses del nazismo adquiere proporciones cada vez más álgidas. La tendencia fundamental socialista se impone por encima de los prejuicios. En el futuro se impondrá con mayor violencia. Los revolucionarios que no sepan trabajar con la tendencia fundamental que semanifestará mañana, no coincidiendo con prejuicios de hoy, quedarán inevitablemente rezagados y se condenan a la derrota. Saber estar en minoría es la garantía de poder triunfar con la mayoría.

Deducido del formalismo nacional, en casi todos los trabajos sobre el problema europeo se observa un dogmatismo pueril. Parece que la lucha ha de pasar forzosamente por estadios o casilleros absolutamente insoslayables; independencia nacional, asamblea constituyente y democracia burguesa, desengaño consecuente de las masas, formación de órganos de poder obrero y finalmente asalto del poder por el proletariado y Estados Unidos Socialistas de Europa. Dogmatismo producido, en general, por la extrema confusión de la situación europea y sobre todo por una subestimación de la educación revolucionaria del proletariado en aquel Continente. Pero la fachada mantenida por el terror burgués cambiará bruscamente y los pueblos aparecerán como súbitamente proyectados sobre una pantalla en grados diferentes de evolución revolucionaria. En la mayoría de países de Occidente, pese a los frenos socialistas y stalinistas, las masas llegaron a adquirir un considerable grado de consciencia revolucionaria. Íntimamente, su único objetivo es el socialista. Y habiendo conocido abundantes experiencias democráticas, no es disparatado suponer que pasen bruscamente del grado actual de opresión a una situación mucho más avanzada que la de cualquier asamblea constituyente. Ya en Italia, pese a la prolongadísima opresión fascista, la caída de Mussolini provocó la creación inmediata de auténticos órganos de poder dual. En Francia, en España e incluso en Alemania, la experiencia democrática de las masas no dejó nada que desear. Si al primer empujón revolucionario se quedó en el estadio burgués, será, más que por ilusiones, porque la correlación de las fuerzas organizadas les sea desfavorable. Suponiendo la existencia en la Europa ilegal de un gran partido revolucionario, no sería nada utópico considerar posible el paso directo de la opresión fascista a la revolución proletaria. Evidentemente, este partido, aunque exista (la Cuarta Internacional), no posee suficiente fuerza para aspirar inmediatamente a tal empresa. Pero las masas por sí solas tienen una larguísima experiencia y una educación nada despreciable. Los cantos de sirena de la democracia burguesa les son perfectamente conocidos. Y en poniéndose a actuar seriamente, las masas no saben hacer otra cosa que incautar las fábricas y construir comités. Es muy probable que, al primer empuje revolucionario, las masas en Francia, España e incluso Alemania, se sitúen en la dualidad de poderes. El formalismo de las consignas democráticas puede resultar extremadamente contraproducente si no se está preparado para esta probabilidad de evolución. El dogmatismo quedará aislado de la realidad. Y la dualidad de poderes en ese caso, sorprendiendo a los revolucionarios en la preparación de la asamblea constituyente, etc., se encontraría en desventaja respecto al polo del poder burgués, como ya ocurrió en la España de 1936. Razón de más para tener en cuenta como tendencia fundamental la de la revolución socialista, ajustar a ella la táctica revolucionaria y combatir todos los prejuicios de solución nacional. La evolución práctica de la historia no es un mosaico de pasos perfectamente milimetrados. Se puede retroceder o avanzar a zancadas, porque lo fundamental no es en qué punto se encuentre la situación dada, sino en qué punto debiera y pudiera encontrarse en relación con la evolución material y con las ideas de las masas. Precisa ser un traidor para sostener que las masas europeas, principalmente las de los países occidentales, son aún democráticas. En última instancia, los revolucionarios deben hacer hincapié en la salida histórica y prever la posibilidad de una evolución radical y brusca de la situación.

Rastreando la misma táctica, más concorde con el objetivo estratégico nacional que con el internacional, se ha ensalzado la labor de los guerrilleros e inducido a las masas a apoyarles.Los guerrilleros no son lo mismo que los gobiernos exiliados etc..., son objetivamente revolucionarios. No es posible negar, aun desconociendo casos concretos, que existan guerrillas constituidas por elementos revolucionarios o que en las dirigidas por tipos cual Broz Tito y Mikhailovich se hallen pocos o muchos, atraídos por espejismos. Pero la guerrilla no debe engañar a los revolucionarios ni mucho menos conducirles a presentarla como arquetipo de la lucha revolucionaria en las condiciones dadas por la ocupación alemana. Por su naturaleza misma las guerrillas son un fenómeno esencialmente campesino, que debe contar además con complicidad geográfica. En los grandes centros industriales la lucha no se puede desplegar así. La única posible es la que tiende a adquirir caracteres de masas. La batalla al enemigo de clase en general y a la burguesía ocupante en particular no será decisiva, ni importante siquiera, hasta que se libre en los grandes centros industriales. Refiriéndola a esta necesidad, la propalación de la táctica de guerrillas como método de lucha se equipara, prácticamente, a la deserción. Si los mejores elementos cogen un fusil y se largan al campo, es evidente que la lucha general del proletariado resultará considerablemente debilitada. Los nazis, sin duda, prefieren tener que habérselas con unos cuantos guerrilleros, mejor que con un movimiento de masas en los grandes centros industriales. Desde el punto de vista de la más estricta conveniencia, considerando nada más el resultado cuantitativo de la lucha, la más perjudicial tanto a los nazis como a la burguesía en general, es la lucha de masas. En consecuencia, los revolucionarios deben permanecer junto a las masas y ensanchar sus luchas contra el capitalismo.

Desde el punto de vista cualitativo o político, el análisis arroja igualmente un saldo negativo para las guerrillas. Todos los grandes grupos que se conocen en el extranjero –sin exceptuar al del yugoeslavo y stalinista Tito, sino refiriéndome muy especialmente a él– se proponen continuar el esfuerzo militar que la burguesía de su país fue incapaz de sostener al producirse el ataque germano. Su función en el conglomerado militar es la de peones del Estado Mayor anglosajón. Conectados o desconectados del centro imperialista, actúan fundamentalmente en función de los intereses de éste. Son, en potencia, un nuevo ejército imperialista de la burguesía de los países en que operan. Aparecerá innegablemente el día en que los ejércitos yankee y británicos alcancen las regiones en que operan guerrilleros. Su función militar quedará directamente supeditada al imperialismo. Sobre su base se reconstruirán las fuerzas coercitivas del estado burgués; con su participación se tratarán de extirpar los movimientos revolucionarios del proletariado y el campesinado. Esto debe ser puesto en evidencia desde ahora a fin de que las masas puedan organizarse y contrarrestar su forzosa actuación contra-revolucionaria. Tito, de quien se ha pretendido que, estando apoyado por el stalinismo ruso debería desempeñar un papel objetivamente revolucionario, se está revelando ya un instrumento más útil a los designios anglo-sajones que al representante del rey Pedro. Es el orden lógico necesario. Teniendo por objetivo la causa nacional, se llega a la opresión del proletariado, una de las causas nacionales de la burguesía contemporánea.

Si acaso existen guerrillas de tendencias socialistas, la tarea de los revolucionarios es convencerlas de que su lucha está al lado de las masas de sus respectivos países, no matando a la improvista a unos cuantos obreros alemanes convertidos en soldados por Hitler. Ningún revolucionario debe pertenecer a una guerrilla a menos de serle absolutamente imposible la vida y el trabajo político en el medio social en el que se desarrolla la lucha de clases. Igualmente es posible que existan elementos revolucionarios en las guerrillas destinadas a constituir la base de un nuevo ejército burgués. El mismo consejo debe dárseles, y si se encuentran realmente imposibilitados de mezclarse a la lucha de masas, entonces su tarea debe consistir en preparar,para el momento oportuno, el paso de los soldados a las filas proletarias, imposibilitando la función represiva del ejército en que se encuentran. Deben tener en cuenta, en general, que se hallan en un ejército burgués que sólo precisa la ausencia de los nazis para sustituirles en su lucha contra la revolución proletaria, si es que no concurre ya con ellos en el empeño. Conociendo los métodos stalinistas, puede tenerse por cierto que los amigos de la revolución proletaria serán implacablemente asesinados en el ejército de un Tito. Si, como se dice, perteneció a las Brigadas Internacionales en España, le bastará con hacer suya la conducta seguida en ellas por los jerarcas stalinistas.

Teniendo en cuenta las necesidades revolucionarias de Europa, considero mucho más peligrosos sobre-estimar que sub-estimar los matices de lucha por la independencia nacional que pueda conservar o adquirir de nuevo el movimiento revolucionario. Naturalmente, los revolucionarios deben apoyar la lucha por la independencia nacional, pero mostrando a las masas que la mejor arma de lucha es el internacionalismo proletario. Los soldados alemanes, ingleses, americanos, rusos o de cualquier otra nacionalidad, deben ser considerados como aliados posibles y hay que esforzarse en ganarlos. Acción proletaria internacional sin distinción de uniformes, contra la burguesía internacional, sin distinción de bandos. Hay que evitar a todo trance los peligros consecuentes a una sobre-estimación nacionalista de los problemas europeos. El imperialismo aliado y sus siervos de los gobiernos exilados esperan vencer los movimientos revolucionarios desviándolos de sus objetivos sociales a la caza del alemán y de algunos elementos pro Hitler. Ahí la primordialísima urgencia de señalar a las masas la salida internacional y la táctica de colaboración revolucionaria con los soldados de los ejércitos ocupantes. La propaganda revolucionaria en las filas de éstos debe ocupar atención preferente de los revolucionarios. No sirváis de matarifes a vuestra burguesía. Ya es tiempo de que los trabajadores de todas las nacionalidades actúen en común y acaben con el imperialismo. Trabajadores de los países imperialistas, no os dejéis sobornar por las migajas de pan que os arroja vuestra burguesía arrancándolas a vuestros hermanos de los demás países. El mundo debe consumar la revolución socialista o vivir aplastado bajo la bota del imperialismo. Actuemos pues en común, explotados contra explotadores. He ahí lo que me parece fundamental para la conducta de la lucha revolucionaria en Europa. Porque el peligro de derrota obrera, lo repito, proviene de una desviación nacionalista. En cuanto a las consignas democráticas intermedias, me parece innecesario referirme a ellas. Son fácilmente intercalables a condición de ponerlas en la relación debida con el objetivo estratégico internacionalista.

Publicado en dos partes en Contra la Corriente, en los números 11 y 12. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, enero y febrero de 1944.

Los bombardeos de las ciudades (1944)

La guerra es la guerra, dirán los rampantes con un gesto aprobatorio de los horribles bombardeos de ciudades que frecuentemente comunica la prensa. En efecto, la guerra es la guerra. Ahí se agota la sabiduría de los rampantes. Pero en la manera de hacer la guerra se conocen su naturaleza y sus objetivos. ¿Por qué Inglaterra y Estados Unidos, que al principio de la guerra apelaban a la sensibilidad humana con todas las energías de su prensa dirigida contra los bombardeos de Londres por la aviación alemana, recurren hoy al mismo procedimiento nazi, elevado a la enésima potencia? La respuesta cae de su peso: no teniendo nada que ofrecer a lapoblación inglesa, Hitler, para vencer, se veía obligado a aterrorizarla mediante el bombardeo de las zonas residenciales, principalmente las zonas de población obreras. Inglaterra y los Estados Unidos se encuentran en el mismo caso. Incapaces de ofrecer a la población alemana nada que pueda interesarla en su victoria, tienen que recurrir al terror de los bombardeos aéreos. En los grandes bombardeos de Hamburgo y Berlín los barrios de población obrera han resultado más gravemente dañados que las industrias de guerra. En Hamburgo resultó destruido todo el barrio de Altona, exclusivamente proletario y eminentemente revolucionario. El enemigo principal del fascismo en el interior de Alemania es el proletariado. ¿Por qué Inglaterra y Estados Unidos bombardean al principal enemigo del nazismo? ¿Por qué no bombardean preferentemente las zonas de residencia burguesas, donde está el sostén principal de Hitler? Primero porque no pueden ofrecer nada que interese a la población alemana en general; segundo porque la burguesía hitlerista es el futuro aliado de Inglaterra y Estados Unidos; y tercero porque la clase trabajadora alemana es ya su enemiga y lo será aún más en el porvenir.

Una guerra cuyos objetivos fueran la libertad del mundo y el bienestar para las clases pobres, lejos de recurrir al bombardeo en masa de la población lo concentraría en las industrias de guerra y en los barrios ricos, procurando aumentar y alentar la lucha de las clases pobres contra el fascismo. La actividad de las masas contra el régimen es un arma mucho más eficaz que todos los millones de toneladas de explosivos que se pueden dejar caer sobre las ciudades. Incapaces de ofrecer mayor bienestar y libertad a las masas esclavizadas por Hitler, Inglaterra y los Estados Unidos les ofrecen la muerte desde el aire. Ni más ni menos que lo que Hitler ofreció a las masas europeas, y a las inglesas en particular durante los bombardeos de Londres en 1941 y 1940. Métodos iguales son deducidos de objetivos iguales. La guerra aérea de Hitler, Churchill y Roosevelt corresponde al designio de esclavización del mundo, no de su liberación. Que los rampantes sigan alegrándose de los grandes bombardeos de la población civil; así mostrarán mejor su alma de esclavos. Los revolucionarios deben considerarlos un crimen ad majoren gloriam de las finanzas mundiales, las alemanas incluidas.

Publicado en el número 13 de Contra la Corriente. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, marzo de 1944.

La clase trabajadora en acción (1944)

Cuando en alguna parte de los países dominados por Hitler se produce una huelga u otra lucha revolucionaria cualquiera, los rampantes (entiéndase stalinistas y reformistas) exclaman victoriosos: ¡La clase obrera está con las Naciones Unidas! Pero cuando las huelgas se producen en Inglaterra y los Estados Unidos, se dedican a sabotearlas, con el asenso y complicidad de los millonarios, en nombre de la victoria de las mismas Naciones Unidas. Sin embargo, con el mismo derecho que ellos, los nazis podrían decir: ¡La clase obrera está con nosotros! La verdad es que la clase obrera del bando hitlerista, como la del bando anglosajón no está sino con la causa de la clase obrera mundial: la revolución socialista. Los designios imperialistas de ambos bandos le son comúnmente ajenos y odiosos. Así lo revela su actuación de los dos lados de la línea de fuego.

A principios de este mismo mes de marzo, la prensa informaba de grandes huelgas en la zona norte e industrial de Italia. En Milán, Turín, Génova, Trieste, etc. centenares de miles detrabajadores se lanzaron a la huelga contra el racionamiento de hambre que les ha sido impuesto por los nazis. A esta reivindicación se añadió enseguida la de libertad de algunos de los dirigentes huelguistas encarcelados por el mando alemán. Los tanques de Hitler patrullaron las calles de las ciudades norteñas italianas, tratando de restablecer el “orden”. Prueba fehaciente sí, de que el proletariado italiano está contra el fascismo; pero en el transcurso de las huelgas se probó fehacientemente también que los jerifaltes de las Naciones Unidas están contra el proletariado italiano, exactamente lo mismo que Hitler. Ya durante las grandes huelgas, que precedieron y siguieron a la caída de Mussolini, la aviación anglobritánica bombardeó a los huelguistas al mismo tiempo que los nazis enviaban tanques contra ellos. Ahora, Washington y Londres, en lugar de enviarles armas con paracaídas, lo que hubiera sido facilísimo, permanecen pasivamente en espera de que las huelgas se traduzcan únicamente en una desorganización de los transportes alemanes, pero no en una victoria de los trabajadores italianos. Antes que esto último, que siga la destrucción de Italia. Y los rampantes siguen con su euforia de esclavos: ¡La clase obrera está con las Naciones Unidas!

Simultáneamente a las noticias de Italia, la prensa ha informado de grandes huelgas en Inglaterra. El 90% de los mineros de la región de Gales, se declararon en huelga por razones de salario, es decir, por razones de capacidad de compra, igual que en Italia. ¿Significa ello que los trabajadores ingleses estén con la burguesía alemana? De ninguna manera; significa únicamente que están contra su propia burguesía, que es la única manera posible de estar contra la burguesía en general. Los trabajadores ingleses se encuentran en el mismo plano, aliados por un interés común y un enemigo común.

La acción por causas directamente económicas, es la primera de las manifestaciones de la lucha irreductible del proletariado contra la burguesía. La solución definitiva a favor del proletariado únicamente puede alcanzarse por la expropiación general de la burguesía y la implantación de la dictadura del proletariado. Tanto la acción de los huelguistas italianos como la de los huelguistas ingleses tiene esa finalidad. Sin embargo, tanto en Italia como en Inglaterra, la masa obrera no tiene, hasta ahora, conciencia del significado de su lucha ni del objetivo que deben alcanzar para eliminar a su opuesto burgués. En esa falla se basan los rampantes para presentar los movimientos huelguísticos en los países dominados por Hitler como favorables a las Naciones Unidas, y para sabotear los producidos en Inglaterra y Estados Unidos. Las huelgas de la región de Gales han estallado contra el consentimiento de los líderes sindicales socialistas y stalinistas, que hicieron todo lo posible por dar satisfacción a los burgueses.

Pero la realidad de la lucha de clases, dada por la configuración de la sociedad capitalista, es mucho más poderosa que las perfidias de la burguesía y sus lacayos titulados stalinistas y socialistas. Aún sin conciencia de su propio significado, la clase obrera practica la lucha de clases contra la burguesía. Si las huelgas estallan en los territorios ocupados por Hitler, la actitud pro-aliada de los rampantes dificulta el desarrollo de la lucha contra Hitler, puesto que no da a la clase obrera sino la posibilidad de apoyar a otra burguesía; si las huelgas se producen en territorio angloamericano, los rampantes impiden, en primer término, el mejoramiento de las condiciones de vida de la clase obrera, mientras los capitalistas acumulan millones de millones; en segundo término ciegan al proletariado de las Naciones Unidas el camino de la toma del poder político; y finalmente, debilitan la lucha del proletariado de los países del Eje contra el fascismo, puesto que la mejor manera de acelerarla es la solidaridad internacional de las clases pobres contra el capitalismo, llámese fascismo o trate de engañar al mundo apelándose democrático. Los rampantes stalineros y socialeros revélanse así, por repercusión su servilismo respecto de Inglaterra y los Estados Unidos, colaboradores indirectos de Hitler. Únicamente el derrotismo revolucionario en ambos bandos, la lucha por la revolución proletaria, puede abreviar la duración del fascismo y asegurar la libertad y el bienestar de las clases pobres.

Apoyar un bando a favor del otro es traicionar la acción de la clase trabajadora mundial. Quienes están contra las huelgas en Inglaterra o los Estados Unidos sabotean las huelgas en Italia, Alemania, Francia, etc. Únicamente la acción internacional es revolucionaria.

Publicado en el número 13 de Contra la Corriente. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, marzo de 1944.

Algunas observaciones sobre las guerrillas (1944)

La historia de las guerrillas es tan vieja como la historia militar de la humanidad. Desde los tiempos más remotos los hombres han recurrido a ellas de cuando en cuando. Su aparición ha sido invariablemente un fenómeno producido por la incapacidad militar del país que lo produjo, para hacer frente a ataques o invasiones de un adversario. Tratando de cubrir el cometido de defensa nacional que fuera incapaz de desempeñar la fuerza armada regular, las guerrillas llevan en su éxito una necesidad de transformación en nueva fuerza armada nacional. Directa o indirectamente constituyen, de hecho, una desarticulación de la misma.

Cuando la fuerza armada de una nación es destruida y esta misma sojuzgada, si resta hálito para la lucha por la independencia y las condiciones topográficas lo permiten, aparecen partidas de guerrillas. No se conoce un solo caso en la historia, en que estas hayan logrado por si mismas vencer a los invasores. O han sido exterminadas en tiempo más o menos largo, o, con el auxilio de pertrechos y tropas de países enemigos de los invasores, éstos han sido finalmente vencidos. Al mismo paso, las guerrillas han ido convirtiéndose en la base de un nuevo ejército nacional, esto es, en el brazo armado de la clase propietaria.

El ejemplo más característico, por más general y positivo, es el de las guerrillas españolas contra la invasión napoleónica. A pesar de su número considerable, de la acometividad que mostraron y de su espíritu liberal, a pesar de la favorable topografía española y del escaso desarrollo de la técnica militar de la época, la expulsión de las tropas francesas no pudo lograrse hasta que las tropas inglesas establecieron en la península un frente continuo. A medida que éste progresaba se reconstituía un nuevo ejército español en el que progresivamente fueron fundiéndose la mayoría de las guerrillas. Sin embargo, entre la monarquía derrotada y prisionera de Napoleón, y la mayoría de los guerrilleros, existía una seria oposición política. Al ser repuesta en el poder la monarquía como resultado de la acción conjunta de las guerrillas, el ejército inglés y el nuevo ejército regular español, las guerrillas, o bien quedaron incorporados al último o fueron disueltas por la monarquía y ahorcados aquellos de sus jefes enemigos del absolutismo borbónico. La lucha por una constitución y por las libertades democráticas constituía indudablemente motor principalísimo de la acción guerrillera. Pero no habiendo podido librar la batalla contra el absolutismo en el terreno social, único en el que se pueden ganar victorias políticas, la acción guerrillera aprovechó finalmente a la monarquía feudal.

Durante la larga guerra civil siguiente a la revolución rusa de 1917, numerosas partidas guerrilleras surgieron espontáneamente en auxilio de los bolcheviques. El gobierno revolucionario les daba indicaciones, las armaba y trataba de coordinar su acción. Partidas hubo que prestaron importantes servicios en la guerra contra los ejércitos blancos. Con todo, el balance general de la acción guerrillera fue más negativo que positivo. El propio mando del Ejército Rojo — Trotsky apoyado por Lenin — hubo de pronunciarse contra las guerrillas y poner en marcha su incorporación total al Ejército Rojo. La desorganización a que daban lugar sobrepasaba con mucho los servicios que prestaban a retaguardia de las filas enemigas. Ni siquiera al servicio de un poder revolucionario, como cuerpo auxiliar de un ejército auténticamente libertador, han logrado las guerrillas cumplir un cometido serio, no digamos ya cubrir un objetivo social, menos que nunca pueden hacerlo en las condiciones militares y políticas actuales.

Con toda seguridad, cuanto se ha dicho sobre la acción de las guerrillas en la URSS, los Balcanes y Francia, está considerablemente exagerado por la propaganda, aun lo dicho de las que operan en territorios menos fragosos. Por sí sola, la calidad de las armas modernas imposibilita a las guerrillas toda acción estrictamente militar de envergadura. Suponiendo que lograsen extenderla con ayuda de otras potencias, las guerrillas se convertirán en ejército y éste en instrumento de las potencias suministradoras (casos Tito y Mikhailivich). Pero lo que principalmente impide a las guerrillas, por muy revolucionarias que se las suponga, una acción realmente positiva, es la contradicción entre sus métodos de lucha y los métodos necesarios a la transformación social requerida hoy. Esta contradicción expresa prácticamente otra más general y de principios: la contradicción existente entre una lucha por la reconstrucción del estado-nacional burgués y la lucha por la revolución proletaria. La primera desemboca en el método de las guerrillas, sin que importe su grado de efectividad militar, la segunda desemboca en la lucha social, practica el método de clase contra clase, sin distinción de fronteras ni uniformes. Cada uno de los métodos contradice al otro y lo debilita en la medida en que se extiende. En la preponderancia del uno o del otro va la preponderancia del objetivo nacional-burgués o la del proletario-internacionalista. Este último posee métodos inconmensurablemente más numerosos y efectivos de hostilizar la retaguardia enemiga y debilitarla. Incluso la técnica militar moderna ofrece grandes posibilidades de empleo contra el enemigo, sin que el enemigo pueda emplearlas contra nosotros. Volveré sobre ello en un próximo artículo titulado Gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista.

Las guerrillas que hemos visto surgir en Europa, lejos de estar dirigidas por un poder revolucionario, lo están en general por poderes reaccionarios. Las que se conservan independientes, sea por causas técnicas o políticas, caerán inevitablemente bajo la férula de los mismo poderes reaccionarios que las otras, o bien serán exterminadas entre ejeanos y aliados. Los elementos que se salven tendrán que integrarse a la lucha social, el punto por donde debieron haber comenzado. Generalmente están dirigidas por gente interesada en la reconstitución de las viejas nacionalidades burguesas, tanto vale decir, por gente contrarrevolucionaria. Su composición es, sin duda, mucho mejor, fundamentalmente campesinos y una minoría de obreros desesperados, fugitivos de las autoridades ocupantes o simplemente impacientes por naturaleza y equivocados en cuanto a las posibilidades y objetivos de las guerrillas. En un medio en que la opresión capitalista propia se mezcla en proporciones diversas con la opresión de un capitalismo extranjero, no puede extrañar que sectores de la burguesía nacional traten de canalizar todo el odio de las masas contra el capitalismo, hacia el opresor extranjero únicamente. El eco que encuentran en los campesinos medios y acomodados es una reacción concorde con la larga tradición individualista de esas capas sociales, pero ya en contradicción con sus intereses. En la educación retardataria del campesinado se concretizan todas las taras sociales heredadas del capitalismo y aun de épocas anteriores. Sin posibilidad material de mejoramiento bajo el capitalismo, sigue aguardando recibir en propiedad un lote de tierra o, cual en Francia, mira con nostalgia hacia atrás, a los tiempos en que el cultivo de la granja le permitía dotar a sus hijas y reservar algunos taleguillos en el banco local de ahorro. El último en movilizarse contra la opresión, el campesinado, cuando lo hace, tiende a adoptar formas de lucha extremas, y antisociales si la oportunidad se le presenta. Son esas las características que harán de él el último emancipado. Por los demás, ninguna ocasión mejor que la actual de Europa para dar curso a las tendencias particularistas del campesino; hacen el juego de las burguesías nacionales dominadas por Hitler. Todo lo que necesita en esas condiciones es un arma cualquiera y una montaña. Cierto, ni los campesinos de centro Europa recibirán tierra de la burguesía, ni los franceses podrán volver a dotar a sus hijas. Cuando se den cuenta empezará la fase de fusión entre el proletariado y el campesinado. Para precipitar ese momento es preciso combatir el particularismo campesino, atraerle de la lucha de guerrillas a la lucha social.

No se necesitarán tantos esfuerzos con el proletariado. El número de obreros incorporados a las guerrillas es seguramente insignificante, aunque ningún dato nos permita asegurarlo con precisión. Pero su posición en el mecanismo económico obliga al obrero a considerar sus problemas en conjunto con la clase a la que pertenece. No sueña con el pasado ni puede aspirar a convertirse en propietario. La lógica de su autodefensa le lleva al planteamiento de demandas en unión de sus compañeros de trabajo. Prolongado, este camino conduce a la lucha contra la propiedad privada en general y contra el gobierno que la representa en particular. Pero no está excluido que el proletariado, aun sin prestar gran apoyo activo a las guerrillas, se deje seducir por su actuación. Ello redundaría forzosamente en un aflojamiento de la propia lucha. Pero hacia allá le empujan los sectores aliadófilos de su propia burguesía y los consejos de las organizaciones stalinistas y socialistas. Ni siquiera podría extrañar, en ese ambiente de añagazas y de terror nazi, que grupos honradamente revolucionarios se deslumbrasen con la acción guerrillera y la presentasen, sino como panacea, sí como un importante auxiliar de la lucha revolucionaria general al que la población, por tanto, debiera otorgar toda su colaboración.

Tendencia peligrosa que se impone combatir. La bárbara opresión que ha abatido sobre Europa el imperialismo nazi-germano tenía necesariamente que suscitar en los pueblos una poderosa resistencia. Encuadrando la opresión nazi en sus verdaderos términos2, considerando las necesidades latentes en los pueblos de Europa y el mundo, la acrecentada resistencia se define por si misma como el proceso de transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Suponiendo que su desarrollo normal y necesario no fuese turbado por factores de dislocación, su culminación sería el triunfo de la revolución proletaria, el acabose para el sistema capitalista de propiedad.

Ahora bien, los movimientos de guerrillas en general y los de centroeuropeos más terminantemente, interfieren en la transformación de la guerra imperialista en guerra civil impeliendo la resistencia revolucionaria de las masas a objetivos burgueses. De esencialmente revolucionaria e internacional, transforman la resistencia en nacional, burguesa y subsidiaria del imperialismo. Así aspira la burguesía, por una parte, a reconstituir un ejército propio y grato a los aliados; por otra a canalizar el odio de las clases pobres al fascismo, hacia metas capitalistas. A la ya avanzada transformación de la guerra imperialista en guerra civil, las burguesías nacionales, auxiliadas por las guerrillas, el stalinismo y el socialismo, procuran oponer la vuelta a la guerra imperialista.

El deber de los revolucionarios en Europa consisten en favorecer cuanto lo permita la situación la culminación de la guerra civil actualmente en brote, y combatir todo lo que se oponga a ella. Tarea imposible de cumplir sino movilizando a las masas explotadas por sus intereses particulares. El problema de acabar con la opresión no es militar, es social; no es nacional, es internacional. Las guerrillas, sobre representar una dirección de contrapelo, tratan de sustraer a la lucha de clases los hombres más combativos. Debilitan más que refuerzan la lucha revolucionaria y preparan un pedestal a la propia burguesía. No hacen al caso las intenciones de los componentes individuales de las guerrillas. El puesto de los revolucionarios está en las fábricas, en los campos, en la deportación a Alemania, allí donde las masas han de resolver sus propias situaciones, donde se encuentra la fuerza capaz de resolver los problemas que agobian a los pueblos.

La necesidad de la revolución social es tan imperiosa para Europa, que la tendencia nacionalista representada por las guerrillas perjudica al propio campesinado tanto como al proletariado. Este último lo comprenderá fácilmente; el otro con mayor dificultad. Pero a ambos deben dirigirse los revolucionarios ofreciéndoles medios de lucha adecuados a una solución socialista. Debe arrancarse el campesino a las influencias burguesas y soldar su alianza con el proletariado. Si el particularismo campesino siguiera siendo explotado por la burguesía, el proletariado europeo lo pagaría muy caro el próximo futuro. En cambio, la revolución socialista no se haría esperar si el proletariado logra arrancar el campesino a los ideólogos burgueses, stalinistas y socialistas incluidos.

Las masas pobres se equivocan y desvían, sobre todo cuando las que se llaman sus organizaciones, que siguen monopolizando el poder de la propaganda, están vendidas al enemigo de clase. La nueva dirección revolucionaria tiene que formarse y abrirse paso, luchando contra las organizaciones stalinistas y socialistas, enseñando a las masas lo contrario de lo que estas les embuten en el cerebro. El porvenir de la revolución europea depende de la capacidad de las minorías revolucionarias para oponerse actualmente al curso nacionalista marcado en común por burgueses, stalinistas y socialistas. Frente a ellos deben elevar el programa y los métodos de la revolución proletaria europea. Lucha de masas, fraternización de soldados y explotados, profundización de la guerra civil contra la burguesía en general, atracción del campesinado a la órbita de la lucha proletaria, quitar toda base de masas posible a los explotadores y sus cómplices que en la emigración o en África aguardan su turno.

Los pueblos comprenderán, comprenderán mucho más pronto de lo que a primera vista parece. Quienes, sin temores ni influencias de las estupideces propagandistas de hoy sepan mantener en alto el estandarte de los objetivos y los métodos de la revolución proletaria, no tardarán en arrebatar la confianza de las masas y abrir un nuevo capítulo en la historia de la humanidad.

Publicado en Contra la Corriente número 14. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, abril 1944.

Gestación de la Revolución Europea (1944)

El triunfo del fascismo y el estallido de la guerra imperialista, coronaron en Europa la derrota de los múltiples intentos revolucionarios del proletariado, desde la primera ola revolucionaria alemana, a raíz del armisticio, hasta la victoria de Franco. Por esa sucesión de éxitos en el terreno interior de la lucha de clases, la burguesía se aseguró sobre las masas el dominio indispensable para sacrificarlas en aras de sus particulares intereses de clases, esto es, en la guerra por el dominio imperialista del mundo.

En esta época de redoblada lucha de clases, de extrema tensión revolucionaria del proletariado y demás población pobre, la clase propietaria de una nación no estaría nunca en condiciones de guerrear contra la clase propietaria de otra nación, sin reducir previamente las masas, de una manera u otra, a la obediencia ciega. Lo logra en parte por la propaganda patriótica, que ennoblece falazmente los fines de guerra y exalta las peores herencias psicológicas y culturales del pasado; en parte aún mayor por medio de la coacción social y de la represión policíaca en sus diversos grados, comprendiendo el terror; pero lo que principalmente permite a la burguesía lanzarse a la guerra imperialista, es la derrota previa de las masas revolucionarias, el descorazonamiento de las mismas, la convicción consecuente de haber sido traicionadas por partidos que se llamaban comunistas y socialistas; la ausencia de perspectiva de lucha inmediata contra la respectiva burguesía, las vuelve inertes. Todos los poderes reaccionarios se han beneficiado de esa laxitud de las masas, desde Hitler hasta Stalin, pasando por las burguesías británicas y yanqui. Hitler fue, sin duda, el beneficiario primero, pero el último y mayor lo será, en definitiva, la vencedora burguesía yanki-británica.

Si bien es cierto que la victoria de la revolución socialista fue particularmente próxima en los países de la Europa continental, no lo es menos que el proceso de radicalización de las masas británicas y estadounidenses fue disminuido y finalmente cortado por la derrota de la revolución europea. Al mismo tiempo que el fascismo derrotando a la revolución, preparaba para la guerra a la burguesía de sus países, daba ocasión de hacer lo mismo, a la burguesía yanki-británica. En el apoyo casi decisivo que éste prestó a la victoria de aquél, había no sólo el interés grande de impedir el triunfo del socialismo en el exterior, sino también la necesidad de parar la progresión de la conciencia revolucionaria entre las masas inglesas y americanas. Haciéndose prestar ese servicio por el fascismo, corría el riesgo de dejar la preponderancia económica en manos de él; pero lo que cuenta principalmente para la burguesía, mundialmente considerada, es la salvación del sistema de la propiedad privada; la proporción que corresponda a cada burguesía nacional en la explotación de la misma, es asunto secundario e interno de la burguesía. Frente a la impulsión revolucionaria del proletariado, se comporta como un sólo hombre antes, durante y después de cada guerra.

Pero la revolución socialista es una necesidad sólidamente arraigada en el cuerpo social y en la conciencia del proletariado, particularmente en Europa. Si el triunfo de la reacción burguesa,rechazando a la revolución, deja a las clases propietarias en libertad de desencadenar la guerra imperialista, de ésta resulta una enorme agravación de los antagonismos de clase, lo que invariablemente renueva la actividad revolucionaria de las masas pobres. Ni el monopolio burgués de la propaganda, ni el terror policíaco pueden evitarlo. Al contrario, se vuelven otros tantos motivos de actividad y radicalización revolucionaria. La guerra burguesa sólo logra segar millones de vidas, destruir fabulosas riquezas y hacer más innegable y urgente aún la necesidad de liquidar mundialmente el sistema capitalista. Sacando fuerzas de flaqueza, sobreponiéndose a la laxitud e inactividad producidas por las derrotas anteriores, las masas proletarias, campesinas e incluso pequeño-burguesas, se ven empujadas contra el gran capital y contra sus gobiernos representativos.

En ese punto, que significará indudablemente una solución de continuidad, se encuentra ya la actual guerra imperialista. Pese a la censura de los dos bandos contendientes, que no deja pasar las noticias sino minuciosamente cribadas y alteradas –si las deja pasar– existe base innegable para considerar en marcha una nueva ola revolucionaria europea, principio de otra mundial. La caída de Mussolini ha sido su primer triunfo parcial. Inmediatamente, la burguesía italiana, el imperialismo alemán de una parte y el yanki-británico de otra, el gobierno de Stalin, más los stalinistas y socialistas italianos, conglomeraron sus fuerzas para reducir al mínimo o a la nada si posible, ese primer paso de la nueva revolución europea. A pesar de sus esfuerzos, de la abierta protección concedida a los fascistas por los ocupantes militares de los dos bandos (los del Norte los mantienen en el poder, mientras los de Sur los reintroducen en el poder con otro nombre) y por la coalición gubernamental staliniano-social-realista, las masas acentúan su lucha y la revolución italiana continua su curso. El proletariado de la zona fabril norteña, tras haber sido bombardeado por la aviación yanki-británica durante las huelgas siguientes a la caída de Mussolini, ha reanudado por dos veces su lucha contra el fascismo, en huelgas que se convierten en combates callejeros contra las tropas de la Gestapo. Simultáneamente, en la zona que va siendo ocupada por las tropas aliadas, la primera medida de su Estado Mayor, en colaboración con sus compiches staliniano-socialistas, es desarmar a los obreros y poner en libertad a los fascistas, desarmados y encarcelados por aquellos. Antifascistas que ya conocieron las cárceles de Mussolini han sido devueltos a ellas por el A.M.G.O.T. y la coalición gubernamental monárquica. Para que repriman las huelgas a la manera nazi, les falta únicamente llegar a la zona proletaria, aún ocupada por Alemania.

En todos los países de Europa, el desespero de las masas se ha extendido considerablemente desde la caída de Mussolini. Ni uno sólo queda al margen de este grandioso y prometedor renuevo revolucionario. Después sigue Francia en el grado de actividad. También allí, contínuas huelgas de carácter económico y político, luchas frecuentes con las tropas nazis y con las de Vichy, anuncian un próximo e importante triunfo parcial de las masas. Donde quiera que se eche la mirada sobre el mapa de Europa, existe un movimiento revolucionario en gestación; Bélgica, Holanda, Noruega, Suecia, Finlandia, los países de Europa central, Yugoslavia, Grecia. Con mayor o menor intensidad, en todas partes se agitan las masas, protestan, ansían el fin de la guerra y enarbolan contra fascismo y burguesía demandas económicas y de libertad política. España misma, aún no reposada de su guerra civil, bulle de nuevo contra los opresores falangistas. En Alemania también, a pesar del redoblado terror de la Gestapo, el proletariado está haciendo más por derrocar a Hitler que Churchill, Roosevelt y Stalin juntos. No se trata de ninguna paradoja disparatada. Los objetivos de guerra de esos tres, y sus particulares métodos, son los más propios para prolongar la estancia de Hitler en el poder. A costa de esfuerzosinauditos, de muertes y torturas sin fin, el proletariado alemán ha logrado levantar su cabeza abatida y reconstruir un movimiento de oposición. Las luchas contra el nazismo habidas en Munich, Brandeburgo, Berlín, sólo tienen el valor de escaramuzas de vanguardia. Pero anuncian la proximidad de un ataque general de las masas alemanas. Añádase a ello que Churchill, Roosevelt y Stalin se dan deliberadamente por meta salvar a la burguesía, creadora y sustento de Hitler; el proletariado alemán, por el contrario, verá en la caída de Hitler el comienzo de su revolución. Entonces se le enfrentarán los tres gendarmes citados, codo con codo con los nazis... arrepentidos.

Una profunda ola revolucionaria recorrió Europa y se extendió al Asia al finalizar la primera guerra imperialista. En vísperas de terminar la segunda guerra imperialista, una ola mucho más profunda y violenta inunda el continente de parte a parte. Su nivel, por el momento, es desigual para los diversos países, pero no pasarán muchos meses antes de que adquiera un alto nivel general. La revolución europea adquirirá pronto una impetuosidad arrolladora y una homogeneidad inigualada. Ahí residirá su principal fuerza y su mejor coyuntura de triunfo. Y puede estarse seguro que las masas coloniales de Asia y Africa, las semicoloniales de América Latina, pondránse otra vez a marchar hacia adelante con decisión redoblada.

El proceso mundial de lucha por el socialismo ha empezado a reanudarse ya. Quebrado por la traición social-demócrata al apoyar la primera guerra imperialista, recomenzó como consecuencia de ésta, con un gran triunfo: la revolución bolchevique de 1917. Fracasados todos los demás intentos proletarios inmediatos, el capitalismo pareció consolidarse allá por 1926- 1927. La inmadurez de los partidos de la III Internacional (entonces revolucionaria) y el sometimiento a la burguesía de los partidos filiales de la II Internacional, fueron las causas principales de aquellas derrotas. Interregno breve. En 1930 los proletariados español y alemán volvían a la carga contra la burguesía y por el socialismo. Les siguieron los obreros franceses y austriacos. Desgraciadamente, a la degeneración burguesa de la Segunda Internacional habíase añadido ya la degeneración particular de la Tercera, basada en la tendencia contrarrevolucionaria de la burocracia soviética stalinista. De diferente modo, ambas internacionales colaboraron al triunfo de Hitler, a la recuperación de la reacción clerical española y a la derrota de las insurrecciones de Viena y Asturias. En seguida, los modos oportunistas social-demócrata y staliniano, aunque de diferente origen, se unificaron. De común acuerdo provocaron el fracaso de la huelga general francesa, en 1936, haciendo declinar la ofensiva revolucionaria en ese país. El mismo año, el proletariado español, a despecho de los frenos social-demócratas y stalinistas, se lanzó a la más grandiosa embestida revolucionaria ocurrida entre las dos guerras, después de la embestida rusa. Unificadamente también, complementándose metodológicamente, stalinismo y socialismo destruyeron la energía del proletariado español favoreciendo directamente el triunfo de Franco. La burguesía mundial volvió nuevamente a sentirse tranquila. Con la caída de Barcelona y Madrid eran vencidas las últimas sacudidas de la ofensiva revolucionaria mundial.

Ya entre capitalistas solos, podían pensar, sin quebraderos de cabeza, en desencadenar la guerra por el dominio económico del mundo. El estallido no se hizo esperar. Apenas el frente popular hubo ahogado en España toda posibilidad de victoria obrera, los capitalistas, seguros de no encontrar oposición, lanzaron a las masas de unos países contra las de otros. Entre el molde social capitalista y los intereses del proletariado y la humanidad, existe un conflicto que solamente la revolución es capaz de resolver positivamente. Pero no puede haber situación social sin salida, mal si no es buena. Cuantas veces falle la revolución socialista, otras tantasbuscará el capitalismo su propia salida, en detrimento de los intereses humanos. Es la función, la razón íntima de la guerra imperialista. Dentro del molde capitalista, el mercado mundial es demasiado pequeño para permitir la convivencia pacífica de dos o más grandes potencias industriales. Una de ellas debe señorear sin disputa, económica y políticamente; las otras han de sometérsele: he ahí la solución capitalista, negativa, a la crisis mundial, cuya decisión se busca mediante la guerra.

Ha sido repetido hasta la saciedad el axioma: La guerra es la continuación de la política por otros medios; pero raramente es interpretado con propiedad, y más raramente aún deducen de él, los partidos obreros, todas las consecuencias prácticas. El súmum de la política burguesa en tiempos de paz consiste en salvaguardar el sistema de la propiedad privada de los embates socialistas de la población pobre; la guerra interburguesa lleva esa política hasta el grado máximo, poniendo a decisión qué burguesía ha de ser el primer accionista y el gendarme antisocialista del mundo. Desgraciadamente para ella, la necesidad de la revolución es tan consubstancial con el progreso de la humanidad, que de su propio esfuerzo bélico la cabeza de la revolución reaparece más amenazadora que nunca, dando veracidad al mito de la hidra indecapitable. Mientras el capitalismo no logre sumergir totalmente a la humanidad en la decadencia, el progreso mundial de lucha por el socialismo se reanudará una y otra vez. Estamos ya en presencia de la más vasta y poderosa de todas sus reanudaciones. Llevarla a término triunfal debe ser la única preocupación de las masas en general y de los revolucionarios en particular. ¡Paso a la revolución europea, tronera de la revolución mundial!

Pero los enemigos que la acechan son muchos y poderosos. La primera precaución debe ser ponerse en guardia contra ellos. En primer lugar los de la trinca consagrada como grande en Teherán. Teniendo ya asegurada la victoria, ellos heredarán de Hitler la jefatura de la contrarrevolución. Continuando su política por medios bélicos, la preocupación primera de su próxima paz será evitar la revolución socialista. Han combatido a Hitler y Mussolini, no por ser fascistas, sino por ser rivales. Descartados como tales, volverán a valerse de los fascistas contra la revolución. Unicamente, para guardar las apariencias, prescindirán de algunos elementos principales y rebautizarán a los demás. Y si se presentan casos graves, prescindirán incluso de estas apariencias.

Deliberadamente no hago diferencia entre los gobiernos imperialistas angloparlantes y el de Stalin. Los tres estarán plenamente acordes en combatir la revolución. Incluso puede estarse seguro que procederán del Kremlin los más cínicos y sanguinarios consejos contrarrevolucionarios. Si bien la economía soviética no puede ser calificada aún de capitalista, a ese término se esfuerza en llevarla la burocracia que la dirige. Ello da al stalinismo un motivo más para aplastar la revolución donde quiera que surja, y al proletariado le impone el deber de combatirlo, en beneficio suyo y en el de la revolución bolchevique estrangulada.

Los acuerdos de la trinca grande hechos públicos, coinciden en la esencial preocupación de vencer la nueva ofensiva revolucionaria. En todos ellos la preservación del orden, cuenta entre las cláusulas principales. Desde hace siglos, la reacción designa con esas palabras sus más criminales actos contra las acciones revolucionarias de las masas. Para preservar el orden de esclavitud y opresión política, los tres grandes cuentan con muchos elementos. Sin duda, el principal de todos es el de las armas. Con sus ejércitos de ocupación, superabundantemente armados, esperan imponer a la burguesía europea sus soberanía económica, y a las masas pobres la soberanía de la burguesía. Hoy, puede decirse que esos ejércitos están principalmente destinados a combatir la revolución. Nunca será bastante recordado el ejemplo de Italia, dondelas tropas anglo-americanas, auxiliadas por la diplomacia y los hombres del Kremlin, desarman a los obreros, les impiden manifestarse e ir a la huelga, reconstituyen el viejo Partido azul, que dio el principal contingente al partido fascista, protegen e introducen en la administración a destacados miembros de éste y sostienen a la monarquía a fuerza de cañones, fusiles y ametralladoras. Lo mismo esperan realizar en todo el continente, por el Occidente la burguesía yanki-británica y por el Oriente la burocracia rusa.

Pero cuentan, además, con otros factores de no menor importancia. Por una parte, con los gobiernos emigrados más los que formen en los países del Eje, a la imagen del de Badoglio o el de Bonomi. El imperialismo yanki-británico se servirá de ellos –se sirve ya– como Hitler se ha servido de sus Gauleiters. Contando con ellos, la burguesía victoriosa puede ahorrarse los gastos excesivos de una ocupación demasiado vasta. Los beneficios serán los mismos y en cambio el imperialismo no provocará odio tan directo como mediante la ocupación. Precisamente por esa razón Hitler se ha servido de los Gauleiters allí donde no era absolutamente indispensable la ocupación militar. Sin embargo, la ola revolucionaria europea continuará ganando extensión e impetuosidad. Con Gauleiters o con ocupación militar, seguirá su curso ascendente. El imperialismo yanki-británico no podrá hacer lo que quiera, sino lo que la situación le permita. A medida que la ofensiva revolucionaria de las masas vaya ganando terreno irá cediéndolo la burguesía europea y su protector imperialista o staliniano. La categoría social de sus Gauleiters se desplazará continuamente hacia la izquierda. Primero serán los Darlan y los Badoglio, después los reaccionarios grises a la Bonomi o los realistas democratizados a la de Gaulle; en cuanto las masas arrecien su ofensiva los imperialistas tomarán a su servicio Gauleiters comunistas y socialistas. De hecho, éstos constituyen, después de las tropas de ocupación, su principal y más sólido apoyo. Las masas no conservan ilusiones algunas respecto a los representantes políticos de la burguesía. Ni siquiera de Gaulle puede contar con que las masas obreras de Francia confíen mucho tiempo en él. Sin la colaboración de stalinistas y social- demócratas, ninguno de esos gobiernos tendría viabilidad. Constituyendo desde ahora, como en Italia, la base verdadera de los gobiernos reaccionarios, unos y otros veránse obligados a salir del segundo plano ministerial a que voluntariamente se relegan. La experiencia muestra que no existe mejor enterrador de una revolución que las organizaciones llamadas comunistas o socialistas. Millares de Negrines y Noskes –Kerenskys triunfantes– saldrán de entre sus filas para mayor gloria de la burguesía y el imperialismo. Ellos representan la más importante y decisiva palanca antirrevolucionaria del imperialismo triunfador. Cuando algún proletariado, desbordando a su Negrín, destruya de arriba a abajo el estado burgués e instaure su propio gobierno revolucionario, los fusiles, los cañones y los aviones yanki-británico-stalinistas tratarán de ahogar en sangre la revolución y restablecer a los Negrín futuros, en espera de que la propia reacción burguesa pueda hacerse directamente cargo del gobierno. La salvaguardia de la paz, palabras que se encuentran en todos los acuerdos de la trinca grande, refiérense precisamente a la intervención armada contra la revolución proletaria triunfante o amenazante.

Cada burguesía nacional de los países ocupados o aliados de Hitler, al unísono con el imperialismo yanki-británico, se esforzará en desviar la atención y la energía de las masas dirigiéndolas contra los criminales alemanes. ¡Sus al judío, responsable de todos los males! ha sido el lema de Hitler; ¡Sus al alemán responsable de todos los males será el lema del imperialismo yanki-británico, las burguesías vasallas y las stalinistas y social-demócratas, vasallos de los vasallos. La lucha contra el alemán en general, caso de tener éxito, produciría un doble beneficio. Impediría que el proletariado de cada país se ocupara de su propia revolución ydificultaría extraordinariamente la revolución alemana, a la que en Washington, Londres y Moscú se teme mucho más que a Hitler. El proletariado europeo debe precaverse contra el antigermanismo, el antigermanismo terminará aplastándole nuevamente en forma de totalitarismo yanki-británico. Tal será el esquema de los esfuerzos imperialistas y stalinistas en contra de la creciente ola revolucionaria europea.

De todo saldrá triunfante el proletariado si sabe seguir una línea revolucionaria consecuente. Dispone en su favor de la necesidad histórica, de los intereses y la voluntad de la inmensa mayoría de la población, y de una unidad revolucionaria continental como nunca había existido. Su movimiento encontrará, además, eco en todas las partes del mundo, incluso entre las masas de que los vencedores piensan servirse para aplastar la revolución. Esas ventajas constituyen la base necesaria para el triunfo. A condición de saber emplearlas darán al proletariado la organización y las armas necesarias para lograr su revolución y hacer fracasar los bárbaros planes imperialistas y stalinianos.

El proletariado debe perseguir insistentemente sus objetivos socialistas y no dejarse desviar por las falacias de la propaganda burguesa e imperialista, que le servirán a manos llenas los traidores dirigentes de la Segunda Internacional y de la ex-Tercera. El nacionalismo antigermano, es de naturaleza burguesa, es reaccionario, es una copia invertida del nacionalismo hitlerista. El proletariado –incluyendo el alemán– es el principal enemigo de Hitler. Por el contrario, quienes quieren ver un criminal en cada alemán, apoyaron antes a Hitler; sus cómplices de entonces, socialdemócratas y stalinistas, siguen siéndolo hoy. El proletariado europeo, debe tener por mira consciente impulsar la lucha contra nazismo y burguesía, aliándose con el proletariado alemán y defendiendo en común con él la revolución europea y alemana.

Tampoco contra la intervención militar yanki-británico-rusa carece de recursos el proletariado. En primer lugar, puede contar como seguro que ninguno de los tres grandes vencedores saldrá de la guerra sin que sus masas explotadas respectivas experimenten una intensa sacudida revolucionaria. Así como en el proletariado alemán debe buscarse la principal alianza contra Hitler, en el proletariado inglés, americano y soviético, debe buscarse la principal alianza contra los designios de cada gobierno respectivo. La creciente ola revolucionaria europea ha producido ya movimientos reflejos en Inglaterra, Estados Unidos y la U.R.S.S., aunque más débiles. A los partidos revolucionarios de esos países corresponde impulsar al movimiento obrero en general a una enérgica campaña contra la intervención armada de sus imperialismos. ¡No asesinéis la revolución europea! ¡Dejad en libertad de acción al proletariado! Por lo que respecta a la U.R.S.S., los revolucionarios deben reagruparse al grito; ¡abajo la burocracia pro-capitalista! y organizar la lucha del proletariado contra la misma, sobre la base de la reconstitución de los soviets democráticos (dictadura del proletariado). Pero en el terreno europeo mismo, el proletariado ha de crear un clima que posibilite la fraternización con la revolución, de los soldados de todas las nacionalidades.

Para tareas de esta envergadura, se necesitan partidos templados en la lucha, inconmovibles en su ideología revolucionaria. Las viejas organizaciones social-demócratas y stalinistas son viles instrumentos en manos de los imperialismos. Mañana recurrirán a la represión, la calumnia y el asesinato, como Kerensky, Noske y Negrín, para retener a las masas en los límites de la sociedad burguesa. No solamente no puede confiar el proletariado lo más mínimo en esas organizaciones, sino que debe disponer de otras que le permitan cumplir su grandiosa tarea emancipadora. Social-democracia y stalinismo son las organizaciones correspondientes a un período de decadencia y de derrotas obreras. La nueva ofensiva revolucionaria no reforzará a lostraidores; reforzará a la IV Internacional, cuya ideología y cuya militancia han sido templados en las más crueles persecuciones de la historia. En ella deben buscar su puesto los revolucionarios. En la medida en que la IV Internacional conquiste la confianza de las masas, la revolución europea y mundial verán asegurado su triunfo.

En resumen, los imperialistas yanky-británicos y el gobierno del Kremlin tratan de salvar a toda costa a la burguesía europea, la nazi incluida. No retrocederán ante ninguna infamia y se valdrán principalmente de los llamados socialistas y comunistas. A su programa reaccionario y nacionalista el proletariado debe enfrentar el de la revolución internacional. Ellos dicen, ¡Viva el capitalismo!, y el proletariado debe responder: ¡Viva la revolución social!; ellos proclamarán los estados nacionales, y el proletariado debe responder: ¡Abajo las fronteras!; ellos gritan ya, ¡mueran los criminales alemanes!, y el proletariado debe responder, ¡Viva el proletariado y la revolución alemana!; ellos quieren balcanizar políticamente y dividirse económicamente Europa, y el proletariado debe responder: ¡Vivan los Estados Unidos Socialistas de Europa!; valiéndose de sus obreros convertidos en soldados, ellos esperan a ahogar en sangre la revolución europea, y el proletariado debe responder: ¡Viva la fraternización de todos los oprimidos, uniformados o no, contra los opresores!

La experiencia pasada enseña que Kerensky triunfante es Noske, es Negrín, y que detrás de ellos se oculta el fascismo; por el contrario, Kerensky derrotado por los trabajadores es la revolución proletaria. El problema decisivo, en Europa, consistirá en saber derrotar a los múltiples Negrín-Noske larvados en las filas social-demócratas y stalinianas.

Publicado en Contra la Corriente número 17. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, julio de 1944.

Tras la matanza, la pauperización (1944)

Aún no ha cesado la guerra imperialista, las víctimas caerán todavía por centenares de miles, cuando ya se anuncian las espantosas consecuencias de aquella. Tras de haber ensangrentado al mundo sacrificando en su holocausto millones de hombres, mujeres y niños, el capitalismo se prepara a hacerle pagar con hambre las consecuencias de su guerra. En el sistema actual no hay lugar para una distribución equitativa de las cargas, como tampoco lo hay para una distribución equitativa de los beneficios, de la riqueza y el bienestar social. Después de haber hecho recaer sobre las masas pobres durante la guerra el principal tributo de sangre y la totalidad del tributo de miseria, la burguesía mundial empieza ya a tomar medidas para hacerles cargar también con el fardo fabuloso de paro obrero y hambre que producirá la crisis económica de la post-guerra. Apenas se entreve el triunfo de las armas anglo-yanquis cuando ya los capitalistas de ambos países empiezan a disminuir la producción y a despedir trabajadores. Con poca intensidad aún, el movimiento de despido se ha iniciado ya en todas las ciudades industriales de los Estados Unidos. La amenaza para la clase trabajadora es tan grande, que la propia Federación Americana del Trabajo, central sindical totalmente infeudada al capitalismo, se ha visto obligada a registrar la alarma general. Según sus cálculos, antes de que termine el año, sin necesidad de que termine la guerra, existirán en los Estados-Unidos cuatro millones de obreros sin trabajo. ¡Calcúlese las cifras a que llegará el paro cuando la desmovilización vierta al mercado del trabajo ocho o diez millones de hombres! Sólo los Estados-Unidos contarán 25, 30millones de parados o más. Por añadidura, siendo la mano de obra, para el capitalismo, una mercancía más sujeta a las fluctuaciones de la oferta y la demanda, el paro obrero servirá a los capitalistas para disminuir el jornal de los obreros que trabajan. ¡Habrá tantos hombres dispuestos a trabajar por lo indispensable para no morirse de hambre! Y así será en todo el mundo, países vencidos y países vencedores.

Radioscopia repugnante de las entrañas de la sociedad capitalista. Morid por la patria, por la libertad o por el espacio vital –grita en todos los tonos la burguesía–; y millones de hombres, medio engañados por la propaganda, forzados siempre por la coacción social del capitalismo y su estado, mueren en los campos de batallas y en las retaguardias bombardeadas, mientras los capitalistas amontonan millones sobre millones, bajo los mismos lemas. Cesa la guerra y entonces, los mismos intereses capitalistas que la produjeron lanzan a la miseria y a la degeneración física mediante el paro, a los mismos hombres a quienes pidieron e impusieron sacrificios y muerte.

¿Cuál es la razón para que millones de hombres sean lanzados al hambre? No existe más que esta: los intereses de los capitalistas. El mundo está muy lejos de tener un excedente de mercancías con su capacidad productiva actual. ¡Lejos de ello! El amasijo fantástico de riquezas destruido por la guerra, suponiendo que se hubiese aplicado a la producción para el consumo, distaría aún bastante de satisfacer las necesidades de todos los habitantes del planeta. La inmensa mayoría de ellos han vivido y viven en la más espantosa y embrutecedora miseria. Las invenciones y adelantos de la técnica moderna no son disfrutados más que por una insignificante minoría de hombres. Así como la industria ha trabajado a toda marcha para satisfacer las necesidades de la matanza imperialista, debe continuar trabajando para satisfacer las necesidades de consumo de la humanidad. No sobraría entonces ni un sólo hombre; al contrario, tendría que activarse el empleo de nuevos métodos técnicos que aumentasen la capacidad productiva del hombre. Se opone a ello el sistema de propiedad actual, que produce únicamente en cuanto la venta produce riquezas a los capitalistas. Más como la capacidad de compra de la inmensa masa explotada es mantenida constantemente a raya, en el mínimo, por la propia ley del beneficio capitalista, la humanidad vive un régimen de constante miseria agravada periódicamente por las crisis económicas del capitalismo. Ni de la miseria ni de las crisis puede librarse la humanidad sin deshacerse previamente del sistema capitalista de propiedad. Y habiendo alcanzado éste máximo desarrollo posible, el problema adquiere caracteres de vida o muerte para la humanidad y para la civilización.

¿Cómo luchar contra estas terribles amenazas? ¿Mediante sociedades de socorro mutuos? ¿Mediante un subsidio del estado burgués a los obreros parados? No, todo esto, sin dejar de reivindicarlo el proletariado, serán alivios momentáneos que no darían solución al problema. Las masas deben buscar una solución radical y no conformarse con limosnas del estado capitalista. El proletariado de todos los países debe exigir una ESCALA MOVIL DE HORAS DE TRABAJO, con un jornal mínimo que le asegure una subsistencia digna. A menos de entregarse él mismo a la degeneración, –dice el programa de la IV Internacional–, el proletariado no puede tolerar la transformación de una parte creciente de obreros en parados crónicos, en miserables que viven de las migajas de una sociedad en descomposición. El derecho al trabajo es el único derecho serio que tiene el obrero en una sociedad basada en la explotación. La clase trabajadora se defenderá así homogéneamente y no permitirá, como en el pasado, que la reacción capitalista saque provecho de los antagonismos creados por ella entre obreros con trabajo y obreros parados. Cierto, los capitalistas y sus gobiernos argüirán que laescasez de ventas no les permite dividir el número de horas de trabajo existente por el número de obreros y emplearlos a todos. Ello sólo demuestra que el capitalismo es un estorbo para el bienestar y el progreso de la humanidad. Y estos deben estar por encima de los intereses miserables de los capitalistas.

La clase trabajadora, en cambio, sí puede emplear a todos los hombres existentes y asegurarles no solo un mínimo de subsistencia, sino un crecimiento continuo de su nivel de vida, distribuyendo por el número de hombres existentes la cantidad de horas de trabajo necesarias para segurar el consumo del numdo, y el proceso de la técnica y de la civilización. El estorbo capitalista debe ser destruido.

¡Escala móvil de horas de Trabajo! ¡Producción para el consumo! ¡Expropiación de los capitalistas! ¡Administración económica y poder político a los proletarios! Sin ellos la Humanidad será lanzada hacia atrás por los intereses capitalistas

Publicado en Contra la Corriente número 18. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, agosto de 1944.

Insurrección en Varsovia (1944)

Al mismo tiempo que las tropas rusas llegaban a la capital polaca, estalló en ella una poderosa insurrección que se apoderó casi por completo de la ciudad. La prensa y la radio han dado una información relativamente abundante, reproduciendo algunos mensajes radiados por los insurrectos.

Todo el mundo habrá observado, por el contrario, que la prensa stalinista y stalinizante ha guardado sobre el acontecimiento completo silencio. Y por su parte, el Ejército Rojo, que días antes marchaba ininterrumpidamente, se detuvo bruscamente a las puertas de Varsovia, cuando podía esperarse que la poderosa ayuda del interior le abriese las puertas de la ciudad a poco costo. Peor aún, los informes procedentes de los propios insurrectos aseguran no haber recibido del Ejército Rojo ninguna ayuda, ni en armas, ni en ataques combinados de la aviación o de la artillería. Por causa de este abandono las tropas alemanas han recuperado el dominio de la ciudad, que parecía habérseles escapado en los primeros momentos. Ha tenido que ser la aviación inglesa la que, desde Italia fue a arrojar algunas armas sobre los barrios dominados por los insurrectos, según a última hora ha sido dicho por la radio.

Es fácil adivinar de que se trata, particularmente conociendo los objetivos políticos y los métodos stalinistas. Evidentemente, la insurrección no comulga con los credos y los proyectos del mariscal del Kremlin, aunque evidentemente no es hostil a la U.R.S.S., puesto que se produce en el momento en que el Ejército Rojo está a tiro de cañón. Stalin prefiere colaborar por pasividad en el aplastamiento de la insurrección por los alemanes, antes de admitir que su comité de Polonia Libre es una entelequia inventada para cubrir los apetitos nacionalistas de la burocracia rusa.

Por lo que se sabe, la insurrección no tiene un carácter organizadamente revolucionario. Gente del gobierno polaco de Londres parece encontrarse a la cabeza. Sin embargo, todas las informaciones en este sentido deben ponerse en cuarentena. El gobierno de Londres controla, sin duda, mucho menos de lo que pretende. La iniciativa del proletariado y de toda esa generación de revolucionarios formada en Europa bajo el terror de la Gestapo, debe constituir el motor principal de la insurrección, como lo constituyen en las ciudades italianas y en las francesas. Tras la corteza nacionalista de estos movimientos, hay un contenido revolucionario que sólo necesita organización y conciencia para perseguir, y tal vez lograr, la toma del poder por el proletariado y los campesinos pobres. Se trata, para los revolucionarios, de eliminar de aquellos la influencia burguesa y las tendencias nacionalistas. Aún dirigido por el gobierno polaco residente en Londres, el movimiento insurreccional varsoviano podría ser fácilmente orientado hacia la revolución socialista. Bastaría con que el gobierno de Stalin enviara allí suficientes armas destinadas a las masas pobres y unos cuantos centenares de paracaidistas que las ayudaran a organizarse para acabar con el capitalismo polaco al mismo tiempo que con el dominio alemán y el terror nazi. Si las masas siguen a líderes burgueses o infeudados a la burguesía sólo puede deberse a la falta de otra perspectiva, por carencia de grandes organizaciones revolucionarias. Y Stalin no está dispuesto a darles lo único que les hace falta para separarse del gobierno de Londres y sus lacayos socialistas. Todo lo que les ofrece es otro gobierno burgués sometido a su voluntad... y si no lo aceptan, abandono al terror de la Gestapo.

Entre el gobierno polaco de Londres y el patrocinado por Stalin en Moscú, no existe ninguna diferencia de clase. El uno tiene por patrono a la burguesía británica; el otro a la burocracia contrarrevolucionaria del Kremlin. Se disputan las concesiones territoriales que hayan de hacerse a ésta, no otra cosa. Stalin empuja así las masas del costado de la burguesía, deja aplastar la insurrección con posibilidades revolucionarias, y al final se entenderá con los de Londres. Calcúlese cual será su actitud ante movimientos decididamente proletarios.

Publicado en Contra la Corriente número 18. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, agosto de 1944.

Vindicación de la guerra civil y gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista (1944)

El año 1940, cuando el ejército alemán llegaba a las costas del canal de la Mancha, revolviéndose enseguida sobre París, escribí un artículo con este mismo título, Recojo hoy, y amplío, las ideas de aquel, al que pertenece el siguiente párrafo:

La sapiencia de los técnicos militares no logrará descubrir lo que hay de innovador y trascendente en la calidad y la potencia de los medios técnicos puestos en juego. Hitler mismo no lo sabe; y si al soplar más o menos conscientemente que el asno de la fábula en la flauta de la economía alemana, salieron disparadas columnas motorizadas, chaparrones de paracaidistas y remedos de quinta columna, a diferencia del asno, puede recibir una sorpresa que le aturda.

Aunque entreví, al escribir lo anterior, un rearme de las potencias aliadas capaz de rechazar la máquina militar alemana, no era ésta la aturdidora sorpresa a que alude el párrafo anterior. Se trata de algo de mucha más positiva trascendencia para la humanidad que la guerra entre dos imperialismos voraces. Tenía en la mente las facilidades que ofrece la técnica militar moderna de transformar una guerra nacional, burguesa, reaccionaria, destinada a decidir quién imperará en máximo explotador y verdugo del mundo, en una guerra de clases internacional, de proletariado contra burguesía, revolucionaria, destinada a franquear el paso de la miseria capitalista a la abundancia socialista. Volver a tratar el asunto es particularmente importante hoy, cuando nuevas columnas motorizadas asuelan Europa, caen sobre ella más chaparrones de paracaidistas, y los remedos de quinta columna desplazan el cabo de sus hilos movedores, deBerlín, a Londres-Washington; cuando la guerra imperialista, en forma ciega, ha empezado ya a transformarse en guerra civil; cuando movimientos de resistencia y guerrillas, a horcajadas sobre el filo de su propia dualidad, han de apearse por la derecha, constituyendo nuevos elementos de opresión y represión, o por la izquierda, fundiéndose con la revolución naciente e impulsándola.

La guerra, como la lucha de clases, es manifestación y medio de dominación de unos hombres por otros. Desde los tiempos históricos, unos tipos de sociedad han sucedido a otros, diversos han coexistido simultáneamente, el mismo se ha escalonado en multitud de grados de desarrollo, entremezclándose en porciones diferentes con tipos sociales envejecidos –caso del capitalismo–, y el todo humano, con retrocesos prolongados unas veces y otras breves, ha progresado. Con el progreso de las sociedades ha progresado también la forma de guerrear, pero el objeto de la guerra continúa invariable: dominación y saqueo del vencido. Entre el hombre remoto, cuyo honor y prosperidad pendían de la cuantía robada en sus correrías a los clanes vecinos, y el hombre del espacio vital o de la rendición incondicional, hay una diferencia cuantitativa; la calidad es idéntica. Sólo las banderías revolucionarias de las guerras civiles escapan a la finalidad de robo y dominación. Incluso guerras nacionales justas, como las de la revolución francesa, y las de independencia de los pueblos coloniales, han mezclado a sus fundamentales rasgos positivos, a compás del triunfo, elementos de saqueo y opresión de otros pueblos. Oliverio Cromwell llevó sus victorias exteriores mucho más lejos que la monarquía derrocada por él, arrebató Dunkerque a los franceses y la isla de Jamaica a los españoles; Carnot, jefe de los ejércitos revolucionarios franceses, decretó, aún bajo el Comité de Salud pública robespierrista, que aquellos se sostuvieran a expensas de los territorios extranjeros ocupados; los Estados Unidos, apenas independientes, pusieron la mano encima a territorios mejicanos e iniciaron su campaña de dominación económica de la América Latina, so capa de solidaridad continental.

Por el contrario, los bandos revolucionarios de las guerras civiles, desde los griegos Agis y Cleomenes, los romanos Cayo Gracco, Catilina y Spartaco, hasta los obreros de la guerra civil española –vencidos por una convergencia de tiros entre los fascista Franco, Hitler y Mussolini, y el socialista Negrín, el comunista Stalin, y sus colaboradores anarquistas–, han perseguido como fin la nivelación de la riqueza, la igualdad material como barrera a la opresión y a la degeneración social. En todo caso, el triunfo del bando revolucionario en una guerra civil, ha producido importantes progresos sociales. Los defectos, insuficiencias, imposibilidades o incapacidades de los movimientos revolucionarios, no invalidan su tendencia general a una mayor justicia, a la desaparición de la opresión, al disfrute por todos los hombres, de bienestar y libertad.

La guerra entre las naciones, en cualquiera de sus formas, constituye un desdoblamiento de la guerra económica permanente entre las clases de cada nación. La moderna guerra imperialista, abarcando a todo el mundo en dos coaliciones antagónicas, desvelando sin pudor la doble finalidad de saqueo del adversario y afianzamiento de la opresión capitalista, extremando la técnica de matar y destruir más y mejor que la técnica de la producción para el consumo, es como una abstracción y un acabamiento de la guerra en general. Abstracción, porque tanto las bases materiales como las ideológicas que han permitido el despliegue de las guerras nacionales están ya superadas y en pleno período de desaparición; acabamiento, porque la misma amplitud del capitalismo, y de la guerra en particular, suministran los elementos de su propia destrucción, la piden a grandes voces. Ninguna de las naciones motoras de la guerra –y esto desde 1914–lucha por su conservación como tal. Los instrumentos de producción han desbordado torrencialmente las barreras nacionales; pero encuentran por tope, de una parte, la competencia de terceras naciones, de otra, la limitación de la capacidad adquisitiva del mundo propia del sistema capitalista. Por la guerra, los fuertes se apoderan del mercado, oprimiendo de mil maneras diferentes a las demás naciones, saqueándolas, convirtiéndolas en clientes o en intermediarios suyos. Al mismo tiempo, en su propio país, el vencedor aumenta la separación entre ricos y pobres, la tiranía de gobernantes para gobernados. Millones de hombres son lanzados a la degeneración física mediante el paro; la mercancía-trabajo desciende de precio produciendo el hambre también entre los obreros ocupados; el conflicto entre ricos y pobres, entre capital y trabajo, estalla inevitablemente. Y el mismo gobierno que llamó a morir por la patria y por la libertad, restringe o suprime ésta y dispara sus ametralladoras sobre los supervivientes de la lucha por la patria y por la libertad. La dominación de su propio proletariado es para las necesidades imperialistas de la burguesía lo que son los cimientos con relación al edificio. Pero todo esto, por fortuna, empieza a ser ya del dominio común. La mayoría de los combatientes, compuesta en ambos bandos de explotados, sabe o sospecha que no se bate por la patria sino por sus capitalistas, no por la libertad sino por su esclavitud y la del mundo en general. Las condiciones materiales y psicológicas de la defensa nacional, desaparecen de la sociedad y se pudren en el cerebro de cada quién. Más aún que por la propaganda revolucionaria, las masas pobres, civiles o movilizadas, son inducidas por la mecánica de la situación a localizar el puesto de sus enemigos en su respectivo país; no en las nacionalidades rivales, sino en sus capitalistas y gobernantes, expresión inmediata de todo el mundo burgués. En tiempos de guerra, más apremiantemente que en los de paz, la población explotada de todos los países es forzada a fijar su atención en el proceso interior de la lucha civil.

La humanidad ha superado ya con creces el estadio de la guerra nacional e imperialista. Sólo ha podido recaer en ella, después de la experiencia de 1914-1918, por incumplimiento de la tarea histórica del siglo; destrucción del sistema capitalista. La responsabilidad de ello no es en manera alguna impersonal. Cargan con ese oprobioso baldón, la Segunda Internacional en el período siguiente a la pasada guerra, y en colaboración con ella, la Tercera a partir de su actuación en la revolución china. Una tras la otra, traicionaron la lucha de clases cuando mejores oportunidades tenía el proletariado de vencer a la burguesía. Facilitaron así la consolidación del capitalismo, abriéndole de par en par las puertas de esta segunda degollina imperialista. Pero la prueba más irrefutable –¡triste, sangrienta prueba!–, de que las necesidades históricas rechazan la guerra imperialista y exigen la guerra civil contra el capitalismo, nos la da la propia guerra imperialista. Ni en los países que gobierna u ocupa el Eje, ni en los democráticos y sus satélites, pueden las clases pobres progresar lo más mínimo en el terreno económico o en el de la libertad política, sin emprender una lucha abierta con las clases poseyentes, esto es, sin entrar por el camino de la guerra civil. Aún los países triunfantes salen de la guerra con menos libertad y con mayor miseria. Y en la misma medida en que las masas reconocen la realidad del monstruoso engaño que es la guerra imperialista, a medida que palpan sus consecuencias, pierden interés en ella y desplazan su actividad hacia el terreno interior. La lucha se vuelve civil. Aunque en los primeros momentos, especialmente en los países triunfantes, no sobrepase la etapa de una lucha de clases movimentada, su prolongación y redondeamiento es la lucha de clases armada, la guerra civil.Mucho más claro es este proceso en los países dominados por el Eje. Allí las necesidades de guerra del imperialismo germano han extremado todas aquellas contradicciones de la sociedad capitalista que empujan las clases pobres a destruirla. Agravada esta situación por la derrota, a través de toda la Europa continental la guerra imperialista está ya, de hecho, en pleno período de transformación en guerra civil. El valor histórico de esta prueba es tanto más irrecusable cuanto que, convergiendo, cómplices del eje y de las democracias se ha desvivido por reducir las masas a la inmovilidad o por encauzarlas contra los alemanes en un sentido puramente nacionalista. A pesar de todo la transformación de la guerra imperialista en guerra civil ha tomado vastas proporciones. El análisis revolucionario se confirma ruidosamente; nuestra época exige la transformación de la guerra reaccionaria en una guerra mundial de pobres contra ricos. Pese a todo, los serviles rastacueros de las internacionales Segunda y ex-Tercera, continuarán esforzándose en devolver la naciente guerra civil al cauce de la charca imperialista.

Para alcanzar sus finalidades, el movimiento revolucionario dispone de su propio método de clase, en concordancia con sus objetivos. Aprovechando las facilidades que la técnica militar moderna le ofrece, el método de clase, como veremos después, abreviaría y facilitaría grandemente la derrota del nazismo y burguesía. Lo que se ha dado en llamar movimientos de resistencia, más las guerrillas o maquis, representan, por el contrario, un intento de poner la combatividad de las masas al servicio del imperialismo exterior y la burguesía nativa, dirigiéndola, al presentarse el momento, contra las masas mismas. ¿Qué es el movimiento de resistencia? ¿Qué las guerrillas? ¿Quiénes los componen? ¿Qué objetivos tienen? Sus fomentadores no podrían darnos una respuesta clara. Mejor dicho, podrían pero no quieren; les sería contraproducente. Prefieren enturbiar la cuestión, porque son pescadores en aguas revueltas. Me refiero concretamente a los de Gaulle de todas las nacionalidades, con sus respectivas caudas socialistas y stalinistas. Tratando de sacar del naufragio a la burguesía, repugnan términos tan inequívocos como movimiento revolucionario, armamento del proletariado, desarme de la burguesía, fraternización de explotados, transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Estos términos llevan anejos un sentido de clase y una idea de revolución social. Les es imposible adoptarlos porque son ajenos a toda idea revolucionaria. Parece, por el contrario, que la honradez les exigiría adoptar una terminología en perfecto acuerdo con sus finalidades capitalistas. Pero, ¡ay!, si lo hicieran, no podrían jactarse de disfrutar la confianza de las masas combatientes europeas. En lugar de movimiento de resistencia, tendría que decir, movimiento nacionalista; donde hablan de guerrillas, se verían obligados a propugnar un nuevo ejército reaccionario; en vez de la demagogia sobre la liberación tendrían que poner: reacomodación de la tiranía capitalista y cambio de protectores. Pero entonces no les escucharía un solo obrero y les abandonarían la mayoría de los componentes de las guerrillas.

La claridad que ellos se niegan a poner en la terminología y en el propósito debe ser puesta por los revolucionarios. Lo que llaman movimiento de resistencia los intermediarios del imperialismo no es otra cosa que el proceso de transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Común a todos los países, incluyendo Alemania, ese movimiento sólo puede ser acelerado dándole un inequívoco carácter de clase e internacionalista. Todo lo contrario, precisamente, de lo que hacen gaullistas, stalinianos y socialistas. Su terminología tiene por objeto encubrir a las masas la naturaleza y la salida histórica de la lucha empeñada. Emponzoñando el espíritu de las masas de nacionalismo antigermano, les preparan un gigantesco cepo en el que las masas de diferentes países se destruirían entre si bajo las órdenesde sus capitalistas. ¡Beneficio doble! Las masas de la Europa ocupada no se inquietarían de hacer su revolución y se prestarían a servir de instrumentos para impedir la revolución en Alemania y en los países que se le unieron.

Las guerrillas o maquis representan ya un triunfo material de los burgueses aliadófilos y sus bordones obreros sobre el movimiento revolucionario. Por esos medios tratan de impedir, por una parte, el armamento del proletariado, y de constituir, por otra, núcleos armados totalmente manejados por ellos y adictos a sus finalidades burguesas y nacionalista. Sin duda de ningún género, entre guerrilleros y maquis, particularmente ente los jefes, existe una gran proporción de elementos pequeño-burgueses, campesinos sin visión revolucionaria, e incluso burgueses. Las armas de que ellos han disfrutado hubiesen sido mucho más efectivas en manos del proletariado en las zonas industriales. Pero ni los gobiernos emigrados ni sus sostenes stalinianos y socialistas quieren armar al proletariado: Eso conduce demasiado fácilmente a la revolución. Creando guerrillas, dan a la lucha por la liberación un aspecto nacionalista y burgués, distraen a las masas de sus propios objetivos, adquieren los cuerpos armados que necesitarán inevitablemente contra las masas y salen al encuentro de la guerra civil retrotrayendo la situación a la guerra imperialista.

Pero no les arrendamos la ganancia a los gaullistas de cualquier nacionalidad, a sus abogados del stalinismo y el reformismo, ni a sus amos, los banqueros de Wall-Street y la City. Por mucho que ellos se esfuercen en desviar hacia metas burguesas la actividad revolucionaria de las masas (el movimiento de resistencia, en su ideología castrada), las masas explotadas que participan en él no pueden dejar de poner en su acción un sentido de clase. Entre él y los lacayos del imperialismo aliado se abrirá un abismo más profundo mientras más territorio europeo quede libertado por las tropas anglo-yanquis. Mientras aquel continuará su camino hacia la culminación victoriosa de la guerra civil contra el capitalismo, aparecerán como defensores únicos de este último gaullistas, stalinianos y reformistas. El choque entre las masas y ellos es inevitable. En su contra continuará necesariamente lo que llaman movimiento de resistencia, si es que Europa no ha de ser tragada por la barbarie capitalista-nacionalista. Incluso entre las guerrillas y maquis no faltarán elementos revolucionarios que despierten al ver actuar directamente a los libertadores. Pero habiéndose dejado atrapar en formaciones de naturaleza capitalista, su deber es, como para los soldados de los ejércitos burgueses, pasar al campo revolucionario en el momento en que traten de emplearlos contra el mismo.

En suma, el movimiento de transformación de la guerra imperialista en guerra civil tiene una potentísima ventaja sobre el de vuelta a la guerra imperialista y al capitalismo. Entre las masas pobres de la fábrica y del agro, perderán terreno los lacayos del imperialismo, no cabe duda. Aunque no se representen hoy exactamente el alcance de su propia acción, les aparecerá más conscientemente a medida que, tras los ejércitos imperialistas anglo-americanos, presenten su verdadera faz gaullista, stalinianos y socialistas. La guerra civil contra el capitalismo tiene asegurado el éxito a condición de saber continuarse sin duelo hasta la toma del poder político por el proletariado y los campesinos pobres. Sobre los revolucionarios de Europa, especialmente sobre los cuartinternacionalistas, reposa el deber de poner en claro la tendencia socialista e internacionalista y aconsejar a las masas los métodos adecuados. No cabe reprochar a los de Gaulle, burgueses confesos, el empleo de métodos de lucha concordes con sus fines. Al proletariado sólo le cabe combatirlos. No ocurre lo mismo con los partidos que se hacen pasar por comunistas y socialistas. Ni en los métodos ni en los objetivos se diferencian en nada de los burgueses confesos. ¿Es que no disponían de otros métodos másefectivos? ¡Mentira! De la misma manera que el desarrollo económico de la sociedad capitalista suministra los elementos de la revolución social, así los medios técnicos de la guerra imperialista suministran los medios técnicos necesarios a su transformación en guerra civil.

Los métodos de la guerra moderna –escribí en el artículo referido de 1940– sobrepasan la tradicional concepción burguesa de acción, patriotismo, defensa nacional, aportando en su carácter técnico un elemento extraño a la naturaleza capitalista de la guerra, un campo favorable a su transformación en guerra civil. Lo que con mayor violencia empuja en ese sentido a las masas pobres de los países afectados, es la siega de millones y millones de vidas, la destrucción fabulosa de riquezas, y la convicción de la absoluta inutilidad del todo, excepto para la pequeña minoría de grandes ricos. Pero ese movimiento general, expresión rudimentaria de la necesidad histórica de nuestra época, puede y debe ser auxiliado racionalmente por los medios mismos que la guerra imperialista pone a su disposición. Los elementos que han hecho aparición en esta guerra, paracaidismo, penetración profunda de cuerpos motorizados, la sedicente quinta columna y la ocupación de países enteros por las fuerzas vencedoras, desbordan el marco natural de la guerra capitalista, facilitando su transformación en guerra civil. No podrán ser empleados con toda la extensión posible sino en una guerra revolucionaria.

Particularmente el paracaidismo está totalmente desplazado de la guerra nacional. No en vano fue un descubrimiento de la revolución rusa. Los gobiernos burgueses no han podido emplearlo sino esporádicamente y con éxito limitado. Al principio de la guerra, uno de los factores del éxito de los paracaidistas alemanes lanzados sobre Holanda, fue la limitación territorial del país y la carencia de medios adecuados para la defensa. A pesar de todo, según explicó ante el parlamento francés Reymeaud, el entonces jefe del gobierno, la mayoría de ellos habían sido aniquilados antes de que llegaran las columnas motorizadas alemanas. Un poco más de tiempo y no hubiesen hallado a ninguno de sus paracaidistas. Repetición de lo mismo en Bélgica. Si se tiene aún en cuenta la importancia de la sorpresa, se comprenderá cuán limitados beneficios produce el paracaidismo en manos de un gobierno capitalista. La mejor operación efectuada por él durante esta guerra ha sido la captura de la isla de Creta. También en ella intervino como factor principal del éxito la limitación territorial, la ausencia de comunicaciones y la medrosidad del mando aliado, que desplazó al Africa la totalidad de su aviación mucho antes de que la suerte de la isla estuviese decidida. Tanto el mando aliado como el ajeno han sido incapaces de emplear el paracaidismo sino como elemento de desorganización de la retaguardia enemiga, allí donde se encontraba inmediatamente apoyado por columnas de ataque. Ni siquiera en Francia, donde la desorganización era total, pudo el estado mayor alemán sacar mayor partido a esa nueva arma. Igualmente impotente se mostrará el estado mayor aliado respecto a Alemania y los demás países del Eje.

Ya en Francia, en vísperas de la invasión yanki-británica o inmediatamente después, parece haberse extendido un tanto el radio de acción del paracaidismo. Según de Gaulle, varios millares de paracaidistas franceses, tomando tierra en Normandía, han constituido principalísimo elemento de la derrota alemana. Sin duda, el resultado hubiese sido mucho peor si en lugar de franceses hubiesen sido lanzados hombres americanos o ingleses. Actuando en su propio país, los franceses tenían la seguridad de contar con la simpatía o la tolerancia de una parte de la población cuando menos. Pero aún así, el paracaidismo está lejos de abarcar todas sus posibilidades. Si los paracaidistas extranjeros no pueden encontrar ningún apoyo en territorio enemigo, los nacionales (caso de Francia) sólo lo encuentran limitado y poco ardiente; y disminuirá a medida que, con el triunfo, pasen a primer plano sus finalidades. Siendo parte delrenaciente ejército capitalista francés, operan en función de los intereses de su burguesía, vistos por el prisma de intereses yanky-británicos y mediatizados por él. Ni el estado mayor aliado ni de Gaulle, van a libertar a Francia; van a sustituir una tiranía por otra. La cosa debe aparecer muy pronto clara a la población, si no lo es ya. Puede tenerse la seguridad de que los propios paracaidistas franceses se han limitado a colaborar militarmente con los aliados, rechazando terminantemente toda iniciativa revolucionaria de la población. Mucho menos habían de incitarla y ayudarla con armas. Antes que armar a la población y facilitar sus iniciativas, los paracaidistas de Gaulle se dirigirán en demanda de ayuda a los cuerpos armados de Vichy. El orden capitalista lo exige. De ahí a reprimir las acciones revolucionarias de las masas, no hay más que un paso; más pronto o más tarde será franqueado.

Ese es todo el partido que la guerra capitalista puede sacar del paracaidismo. No pidamos peras al olmo. Lo que es reaccionario lo es en toda latitud posible, incluso en la de la fría técnica. Pero la misma técnica puede ser inflamada por la pasión de los hombres, puesta a su servicio, y producir resultados miles de veces superiores. Europa bulle de Norte a Sur y de Este a Oeste. Las masas que han sufrido la horrible pesadilla hitleriana no necesitan para nada de la invasión yanki-británica, ni de los viejos sistemas burgueses pseudo-democráticos. Necesitan, sí, y urgentemente, acabar con el capitalismo y organizar los Estados Unidos Socialistas de Europa. Su lucha contra la tiranía nazi, es, simultáneamente, una guerra civil anti-capitalista. Sólo pueden negarse a verlo quienes se inclinan a la bandería revolucionaria. Sobre ese medio en creciente ebullición revolucionaria, la técnica militar moderna podría poner rápidamente fin (lo habría hecho ya) a la tiranía nazi. Pero sólo a condición de impulsar la lucha del proletariado y los campesinos de las masas sufrientes en general, de organizarlas y armarlas para el combate.

Los ejércitos se multiplicarían como por encanto, las esperanzas de los pobres, mil veces decepcionadas y traicionadas, constantemente reprimidas, comunicarían a Europa el ardor combativo necesario para las grandes transformaciones sociales. El paracaidismo encontrará su aplicación más vasta cuando se emplee como agente y actor de lucha de clases. Los capitalistas sólo pueden lanzar soldadesca en el más peyorativo sentido de la palabra; pero el día en que una revolución victoriosa siembre sus hombres desde los vientos, obrarán como agitadores y organizadores revolucionarios los unos, como destacamentos armados los otros, todos enlazando con las masas interesadas en la revolución y enfrentándolas al capitalismo. No existirá fortaleza ni país que se les resista. Aliados de la mayoría de la población, no enemigos, su cometido consistirá, más que en actuar como ejército independiente, en ayudar a las masas revolucionarias a organizar su propio ejército. La naturaleza técnica del paracaidismo está desplazada de la guerra nacional-imperialista y vierte en el dominio de la guerra civil internacionalista. Ante sus posibilidades desaparece la noción de nacionalidad; aparece en cambio el vastísimo y luminoso horizonte de esta otra; clase contra clase, principio de la desaparición de la explotación de unos hombres por otros y de las guerras consecuentes. Lo mismo puede decirse, aunque en menor grado, de esas columnas motorizadas que se internan velozmente en persecución de determinados objetivos adversarios, para ocupar después el territorio derramándose en todas las direcciones. Incapaces de ofrecer nada de interés efectivo a la población, sí mucho que sufrir, no pueden ser recibidas por ella sino con pasividad o con hostilidad. La eficacia de su aplicación, como en el caso del paracaidismo, se reduce al mínimo, al simple resultado aritmético de su potencia para destruir y matar. Su empleo pide también el enlace con la población pobre para objetivos sociales comunes. El desgaste en hombres y material y la devastación del territorio se reducirían al mínimo, mientras que, la acción de la población mediante, el enemigo sería hostilizado y paralizado en todas partes, incluso en su propia retaguardia. La eficacia y el desarrollo máximo de las columnas motorizadas vierten, igualmente, en el dominio de la guerra civil.

A idéntico resultado se llega por la experiencia de la ocupación alemana de Europa. Los gérmenes de transformación de la guerra imperialista en guerra civil toman otro aspecto en este caso, pero no es en manera alguna el menos importante. La convivencia de los proletarios del país vencedor –convertidos en instrumento de su burguesía– con los proletarios de los países vencidos y ocupados, facilita en grado sumo la compenetración y la acción común de ambos. Más pronto o más tarde, los soldados ocupantes deben imbuirse en el espíritu de la población ocupada, convencerse de que sirven de instrumento a sus opresores y crear en el ejército y en el país vencedor una atmósfera de explosión simultánea de proletarios vencedores y vencidos. Ni siquiera las tropas especiales, las empleadas por Hitler en sus más vesánicas represiones, pueden ser completamente inmunes al contagio. Por una parte la población revolucionaria ocupada actuando sobre los soldados ocupantes, por otra la propaganda de los elementos revolucionarios entre éstos, más el imperativo de sus propios intereses, todo tiende a producir la fusión internacional de los explotados, convirtiendo la ocupación en un semillero de acción internacional contra la burguesía en general. Sin duda alguna, eso se está produciendo ya en Europa, aunque en forma ciega, inorgánica y limitada, debido a la traición de los principales partidos de la clase obrera, empeñados en un nacionalismo reaccionario. A su traición debe suplir el proletariado en general y los revolucionarios en particular propagando y organizando la fraternización, esforzándose en crear una línea de demarcación y de lucha que divida a ocupantes y ocupados en clases, no en nacionalidades. Los soldados alemanes deben ser atraídos a las organizaciones revolucionarias de los países ocupados e inducidos a crear otras propias. La propaganda en alemán debe ocupar lugar importantísimo en toda actividad proletaria. La burguesía y los de Gaulle incitan la población a la lucha contra los alemanes en general. Pero el movimiento revolucionario puede pagar con su propia destrucción el no saber distinguir al proletariado alemán, de los nazis y la burguesía alemana. La ocupación nazi de Europa arranca de la derrota de la revolución europea, la alemana principalmente; una segunda derrota de la revolución europea y alemana, produciría las mismas consecuencias, cambiando sólo el imperialismo opresor. El único medio de impedirlo es la división internacional en clases y la prosecución de la guerra civil contra la burguesía, ambas facilitadas por el hecho mismo de la ocupación.

También es preciso decir algunas palabras tocante a la quinta columna. Mucho se ha hablado de ella. En esta guerra ha sido una especie de espantapájaros destinado a amedrentar los pusilánimes y reforzar la unidad nacional en torno a la burguesía. Ha sido empleada esa designación, particularmente por los traidores stalinistas –¡ellos que son un aguijón de la burguesía clavado en la entraña del movimiento obrero!–, contra los revolucionarios que han mantenido en alto la bandera del internacionalismo proletario, en primer lugar contra nosotros.

No vamos a achicarnos por ello. Los revolucionarios luchan contra la burguesía mundial atacando a la propia, y buscan la alianza con el proletariado de los demás países. Lenin y Trotsky también fueron acusados durante la otra guerra de ser agentes de Alemania. Su lucha implacable contra la guerra imperialista, culminando con el triunfo de la guerra civil del proletariado ruso contra su burguesía, produjo inmediatamente la caída de la monarquía alemana y una poderosa ola revolucionaria que sus acusadores de antaño se apresuraron a extirpar. La verdad es que la burguesía no ha logrado, no logrará nunca, poner en movimientodentro de otro país sino escasos mercenarios, y beneficiarse de la impotencia de los demócratas burgueses, y de la traición a la revolución, de socialistas y stalinistas. Los propios generales de la guerra civil española, que se vanagloriaron de tener a su disposición una poderosa quinta columna, fueron incapaces de hacer un sólo conato de insurrección en el territorio llamado republicano. Aún después de vencida la región catalana, cuando con la Junta Casado-Miaja los fascistas salían en libertad, cuando ya se respiraba la atmósfera de la derrota, los reaccionarios no se atrevieron a sublevarse sino tras la huida de las autoridades y la desbandada de los frentes.

Ninguna burguesía puede ofrecer a las masas de otro país –o del propio tratándose de guerra civil–, nada que las interese y las induzca a tomar las armas en beneficio del atacante. Salvando las excepciones de los mercenarios y la complicidad por impotencia de los demócratas burgueses (stalinistas y reformistas comprendidos), la quinta columna se ha reducido a un latiguillo de propaganda engañabobos. Por el contrario, si se le da a la expresión un sentido social –las masas en insurrección contra sus gobiernos–, la posibilidad de practicarla constituye un privilegio exclusivo del proletariado. Ese peligro está tanto detrás de Hitler como de Churchill, Roosevelt y Stalin. Es la solidaridad, la comunidad de intereses del proletariado mundial, frente a la propia burguesía tanto como frente a la extranjera. Sólo un gobierno proletario puede poner en insurrección a las masas de otros países, interesándolas contra sus respectivos explotadores. Incluso esa arma carece de aplicación en manos de gobiernos imperialistas, pero la tendrá, y grande, en manos de los futuros gobiernos proletarios. Será la generalización de la guerra civil anticapitalista.

Son fáciles de prever las objeciones que harán a lo enunciado en este artículo tanto los probados traidores al movimiento obrero como los oportunistas más o menos intensos y conscientes incluyendo el centrismo. ¡Extravagancias, pedanterías! –dirán–; como en ninguna parte está el proletariado en el poder, es superfluo hablar de las posibilidades revolucionarias ofrecidas por la técnica militar moderna. No se puede contar sino con los dos ejércitos que hay frente a frente, y facilitar la victoria del menos malo, el aliado en el pensamiento manifiesto de los traidores y en el inconfeso de oportunistas y semi-internacionalistas. ¡Mentira otra vez! Si bien es verdad que ningún proletariado se encuentra en el poder y que la reacción dirige la guerra en todas partes, incluso en la U.R.S.S., es igualmente verdad que los ejércitos de todas las naciones se componen en gran mayoría de explotados sensibles a la voz revolucionaria. En ellos debe penetrar la idea del interés proletario internacional, por encima y en contra de los intereses dichos nacionales, puramente burgueses en realidad; debe penetrar la idea de que la guerra civil es la única posibilidad de terminar con las guerras de opresión. Si ningún país se encuentra en condiciones de lanzar paracaidistas y columnas motorizadas en auxilio de la revolución, nada impide a las organizaciones obreras propagar entre las masas la necesidad y el deber de una acción proletaria internacional contra la guerra, el fascismo y su raíz capitalista; nada lo impide si no es la traición de los unos, el oportunismo de los otros y el semi- internacionalismo de los de más allá.

Las posibilidades de aprovechamiento revolucionario contenidas en la moderna técnica militar subsisten en importante medida aún dentro de los ejércitos capitalistas. En grados diferentes, tanto los paracaidistas como las columnas blindadas o las tropas transportadas aéreamente, quedan alejados de sus bases, es decir, de los principales centros de disciplina reaccionaria. La coacción de los mandos disminuye; en la misma medida aumentan las posibilidades de desbordarlos y la capacidad de iniciativa propia de los individuos o grupos de individuos. Por otra parte, la acción militar exige cada día más la dispersión de la iniciativa. Los soldados tienen hoy mucha mayor importancia que antaño; los mandos menos, especialmente los mandos inferiores, desde sargento hasta coronel, los que constituyen el armazón fundamental del ejército capitalista. En toda batalla moderna, un porcentaje mayoritario de la iniciativa tiene que ser abandonado a los hombres de línea, a los soldados rasos, a las víctimas directas de la guerra, carne de cañón de su burguesía. Las masas obreras que constituyen el grueso de los ejércitos pueden sustituir la iniciativa revolucionaria a la iniciativa capitalista. Lo que no puede esperarse de los estados mayores reaccionarios debe ser hecho por los soldados saturados de un espíritu revolucionario. Ellos tienen la posibilidad de enlazar con la población pobre de los países invadidos u ocupados, de organizar en común con ella la resistencia al capitalismo internacional, de armarla y de sumarse a ella en el momento oportuno. Esa posibilidad está facilitada por las necesidades militares de los imperialismos, particularmente por la ocupación militar prolongada. El problema revolucionario es el mismo, cualquiera que sea el ocupante. En el mismo sentido pueden actuar, en medida diferente según los momentos, los soldados paracaidistas y de las columnas motorizadas. Por todas partes, en grados diferentes, está dado el germen de la guerra civil internacional contra el capitalismo. Desgraciadamente, la mayoría de las organizaciones dichas obreras, stalinistas socialistas e incluso centristas de la categoría del Independent Labour Party inglés, el Partido Obrero y Campesino Francés y el P.O.U.M. español, los unos totalmente, los otros parcialmente, respaldan a uno de los imperialismo. Sus militantes y las masas explotadas en general son empujadas por ellos a practicar la guerra de rapiña y opresión conveniente a los mandos burgueses. Los lloriqueos centristas sobre los malos métodos de conducir la guerra, sus consejos al imperialismo y sus radicalismos de última hora, tienen escaso valor. Hay que impregnar la conciencia de las masas del carácter necesariamente reaccionario de los propósitos de sus gobiernos e inducirlas a contrarrestarlos mediante su propia actividad de clase. Pero en las condiciones modernas de totalitarismo imperialista, toda iniciativa revolucionaria lleva forzosamente a la guerra civil, porque la guerra civil está siempre en estado latente en la sociedad capitalista. A la clase proletaria no le es dada otra alternativa que someterse a la burguesía y dejarse aplastar por ella o defenderse y atacarla hasta triunfar. Los centristas, que se detienen ante la necesidad de organizar y propagar la guerra civil, sin dejar de hablar de revolución y lucha de clases, cortan la mecha que conduce el fuego en el momento en que debe producir la explosión.

Si las internacionales Segunda y ex-Tercera, así como los centristas, fuesen organizaciones revolucionarias, la acción proletaria, simultánea en los países del Eje y los aliados, hace mucho tiempo que hubiese transformado en civil la guerra imperialista, si acaso hubiere estallado. Los gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista habrían sido aprovechados hasta el máximo. Particularmente en este momento, ya en general y potente ofensiva las masas europeas, la acción internacionalista, facilitada por los métodos de guerra, produciría una rápida fusión de todo el proletariado europeo contra la burguesía, el enemigo común. En lugar de ésto, los miserables sicofantes stalinistas y reformistas empujan las masas a un nuevo cepo capitalista, mientras los blandengues centristas ponen un cuidado exquisito en no perjudicar al imperialismo aliado.

Sin embargo, aunque las grandes organizaciones obreras, pasadas al imperialismo, desaprovechan las excelentes oportunidades revolucionarias ofrecidas por la situación general de Europa y por la técnica militar, la guerra continuará su proceso de transformación en guerra civil. La paz afirmará esa tendencia. Las necesidades históricas e inmediatas presionan en sufavor con una potencia formidable. A tientas, desperdiciando la mayoría de su esfuerzo y sufriendo derrotas que podrían evitarse, las masas irrumpirán en avalancha creciente por el costado de la guerra civil. A la minoría revolucionaria de Europa corresponde la tarea de facilitarles el camino, dando conciencia al movimiento espontáneo y combatiendo sin duelo todas las desviaciones patrioteras y burguesas. Al encuentro de traidores y oportunistas, ella debe pugnar por el aprovechamiento de los gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista, rechazando los métodos burgueses aconsejados por la burguesía y sus lazarillos del movimiento obrero. Esa es, por otra parte, la única forma de permanecer fieles a la gran divisa; clase contra clase, sendero de la emancipación de los explotados y de la humanidad en general. Hasta el presente, historiadores, ideólogos y políticos burgueses han presentado la defensa nacional como un deber excelso de los habitantes de cada país; el sacrificio de la vida, como un honor; la victoria como el supremo bien. Sin embargo, son contadísimas las guerras justas sostenidas en todos los tiempos. En la abrumadora mayoría de los casos de guerra sólo ha servido de instrumento a las clases ricas. La barbarie de las guerras modernas imperialistas, resume y lleva al paroxismo la barbarie de todas las guerras de opresión. Por el contrario, la guerra civil, vituperada siempre como una desgracia o como un crimen, tiene en su haber los más importantes progresos de la humanidad. Ahora que el mundo vive agobiado, desgarrado, asesinado por las máquinas bélicas de los grandes imperialismos, las masas sufrientes de todas las lenguas no podrán encontrar otra salida a su situación que la guerra civil contra el capitalismo, guerra civil que debe ser organizada, conscientemente preparada. No será, ciertamente, el pacifismo impotente quien acabe con las guerras, mucho menos los planes burgueses de desarme o las sociedades de naciones. La raíz de donde germinan es la división del mundo en explotados y explotadores. Arránquesela y desaparecerán las guerras. Cima que deberá ser alcanzada por la más implacable lucha de explotados contra explotadores. La necesidad existe, urgentísima; la posibilidad material se ofrece desde todas direcciones. De la misma manera que la economía capitalista desemboca en la economía socialista, la técnica de la guerra imperialista desemboca en la técnica de la guerra civil. Al encuentro de la guerra imperialista, bárbara, cruel, destinada a asegurar la explotación de la humanidad por unos pocos, los revolucionarios y las masas en general tienen la necesidad y derecho a la guerra civil. Las guerras civiles del pasado, aún circunscritas a una nación han determinado grandes progresos cuantas veces triunfó el ejército revolucionario. La guerra civil moderna hará traspasar a la humanidad entera el lindero de la barbarie, acabando con la explotación de unos hombres por otros, origen de la opresión de unos pueblos por otros. La guerra civil es la única que merece el holocausto de la vida para las masas explotadas y para todo hombre en marcha hacia adelante.

Siendo una necesidad del progreso humano, la guerra civil es un derecho y un deber. La ley burguesa, atada a los intereses de las clases reaccionarias, no puede otorgarlo. Pero las grandes transformaciones sociales no se hacen con las leyes de los opresores; se hacen con la energía de las masas interesadas, se forjan en sus sufrimientos e intereses y culminan en la destrucción de las viejas leyes reaccionarias.

Publicado en Contra la Corriente número 18. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, agosto de 1944.

Los aliados y el pueblo italiano (1944)

Un año de paternal y democrática ocupación de una parte de Italia por los ejércitos yanky-británicos ha enseñado ya mucho a las masas. El hambre no sólo continúa, sino que aumenta, hiriendo a las clases pobres mientras los ricos pueden surtirse a satisfacción en el mercado negro, alimentado por los envíos americanos; la libertad sigue en promesas, pero mientras tanto se desarma a los luchadores que combatieron el fascismo, se pone a los fascistas en libertad, se les reorganiza en nuevos partidos, se encarcela a los más decididos partidarios de la revolución socialista, se prohíbe o sabotea su prensa. Las masas, que empiezan a comprender que sólo obtendrán lo que alcancen mediante su propia acción organizada, se radicalizan más y más. Una escisión en el partido stalinista y en el partido socialista otra, organizadas en izquierda, testimonian la marcha de la izquierda de las masas. Los dirigentes de estos grupos, que no reflejan sino débilmente el espíritu verdadero de la población, son por lo general representantes sindicales, más cerca de la masa que los Turatti, los Nenni, los Sforza. El gobierno presidido por Bonomi y apoyado por socialistas y stalinistas, carece por completo de arraigo entre las masas y es cada día más impopular. Su sostén verdadero son los cañones del imperialismo yanky-británico; como consecuencia, el ejército ocupante yanky-británico, que fue recibido con ilusiones, se hace impopular, será pronto odioso a todos, si no lo es ya, y no podría extrañar que pronto lo viésemos disparar sus armas contra el pueblo, en defensa de la contrarrevolucionaria coalición monárquico-staliniano-socialista. Algo de eso parece haber ocurrido ya en Nápoles, aunque la censura nos haya impedido saber qué de cierto.

Las intenciones respecto a Italia de los imperialistas triunfantes fueron claramente manifestadas por Churchill a su regreso de Roma. Prometió no olvidar que el pueblo es responsable del gobierno fascista. En un mensaje público al pueblo italiano, en 1927, Churchill hacía el elogio personal de Mussolini y declaraba que de ser italiano estaría con Mussolini desde el principio hasta el fin. Añadía: Exteriormente, vuestro movimiento (el fascista) ha prestado un servicio al mundo entero. En adelante ninguna gran nación carecerá de un último medio de protección contra el crecimiento canceroso del bolchevismo.

Después de haber colaborado material y moralmente con Mussolini a romper la espina dorsal del pueblo italiano, Churchill se apresta a rompérsela de nuevo, en compañía de aquellos mismos fascistas y capitalistas de cuya obra quiere hacer responsable a las masas. Una vez más, las masas italianas verán que no hay otra elección que la revolución social o la contrarrevolución burguesa. Han de llegar allá por encima de los jefes comunistas y socialistas que les amarran traidoramente a imperialismo y burguesía.

Publicado en Contra la Corriente número 19 y 20. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, octubre de 1944.

Daca Polonia, toma Grecia (1944)

En Grecia se está consumando uno de los muchos crímenes de la serie que iniciaron los aliados con el pacto Darlan. La guerra libertadora, a pretexto de la cual la mayoría de los dirigentes obreros vendieron su clase al imperialismo yanki-británico y al bonapartismo stalinista, se está revelando rápidamente, como previmos los internacionalistas, unacontinuación de la opresión nazi, en buena medida con la participación de los mismos elementos empleados por Hitler.

Desde el principio de la guerra hemos dicho: no sólo se trata de una lucha por la hegemonía económica del mundo, sino también por la jefatura de la contrarrevolución. En efecto, si en buena parte los éxitos de Hitler entre la burguesía mundial se debieron al pánico que a esta última inspira la revolución proletaria, los tres grandes, por interés propio y para facilitar su obra militar, tenían que ofrecer a la burguesía cuando menos tantas garantías como Hitler. Los llamamientos a la liberación nacional, al sabotaje y al guerrillerismo, no contradecían el objetivo contrarrevolucionario. Eran, por otra parte, medio fácil de asegurarse la complicidad activa de los jefes traidores stalinistas y socialistas. Estos no podían confesar estar al servicio de un imperialismo contra otro. Pero la liberación nacional, la organización de algunos grupos de guerrilleros y saboteadores, eso ya es un excelente disfraz. Por fortuna –no podía ser de otra manera– las masas entendían por liberación, no un cambio de dominadores sobre el mismo fondo capitalista, sino la destrucción de este último, única forma posible de acabar definitivamente con el fascismo. En consecuencia, aunque los tres grandes opresores, ayudados por las organizaciones socialistas y stalinistas, procuraron no armar más que a grupos de guerrilleros controlados por ellos y desviar hacia el sabotaje la actividad de las masas, las masas han actuado contra el capitalismo y se han armado cuando han podido, recogiendo algunas armas de los tres grandes y quitando la mayoría a los ejércitos alemanes en plena batalla.

Mientras los países han estado ocupados por Hitler, la contradicción entre la actividad y los intereses de las masas, de una parte, de otra la actividad y los intereses de los tres grandes y sus lacayos, se disimulaba tras la necesidad imperiosa de la lucha contra los nazis. Pero una vez consumada esa tarea, la contradicción tenía que aparecer en toda su irreconciliable profundidad, en toda su violencia. Los tres grandes no pueden tolerar el armamento de las masas, ni siquiera parcial y desvirtuado por la dirección stalinista y socialista, como no pudo tolerarlo Hitler. Emplearán sus ejércitos para desarmar las masas, y los grupos mejor controlados por el stalinismo y el socialismo serán incorporados al aparato represivo capitalista. Así lo exigen los intereses de los capitalistas pro-nazis de los países liberados, los intereses del imperialismo yanki-británico y los intereses antibolcheviques de la traidora burocracia stalinista. En Italia, una de las primeras preocupaciones de los ejércitos libertadores fue ya desarmar la población. En Francia el desarme se está efectuando parcialmente mediante el retiro de las armas conquistadas en las barricadas y parcialmente mediante la incorporación al ejército o a la policía de los grupos más derechistas, los infeudados a la política staliniana y reformistas, no hay que decirlo. Algo semejante está ocurriendo en Bélgica. Pero en Grecia la resistencia de las masas se ha precipitado, poniendo al descubierto la incompatibilidad de intereses entre las masas y los tres grandes. ¡Gran servicio que el proletariado presta a sus hermanos de Europa y del mundo! ¡Su sacrificio no será inútil!

Como en los demás países, en Grecia el proletariado no pudo confinar su lucha al sabotaje y a la acción guerrillera pro-aliada. Irrumpió a la calle en masa, apenas armado, arrebató más armas a los alemanes y derrotó por sí mismo a los ejércitos de Hitler, convirtiendo en un paseo militar el desembarque de las tropas inglesas. Propiamente hablando, el desembarque inglés no ha sido una acción contra los ejércitos alemanes sino contra el pueblo griego. Trata de imponer la odiosa monarquía, salvar el capitalismo y contener las masas, ya incontenibles por Hitler. Por fortuna, los explotados han reaccionado antes de dejarse desarmar y antes de que socialistas ystalinistas lograsen encuadrar a los guerrilleros propiamente hablando, los grupos que operaban en las montañas, dentro de las formaciones del estado capitalista.

La censura cuida de que no lleguen al mundo noticias exactas de lo que ocurre en Grecia. Pero puede estarse completamente seguro de que la participación deliberada stalinista en la resistencia de las masas es insignificante o nula. No es el caso de los países occidentales, donde el stalinismo dispone de numerosos cuadros incondicionales, corrompidos hasta la médula y capaces de oponer muy poderosas dificultades al avance del movimiento obrero. Baste recordar que antes de la restauración de la monarquía los partidarios de la IV Internacional eran más numerosos que los stalinistas. Sin duda, durante la ocupación alemana, el stalinismo, que en toda Europa ha dispuesto de dinero ilimitadamente, ha visto aumentar sus fuerzas. Pero el impulso de la lucha contra el desarme no puede ser iniciativa stalinista. A cambio de la impunidad por haber abandonado la población de Varsovia a los nazis, Stalin ha abandonado Grecia a merced del imperialismo británico. Entre bandidos opresores rige la ley del toma y daca. La declaración del ministro de trabajo inglés, Bevin, es muy explícita a este respecto: ...la Gran Bretaña tiene un acuerdo con Rusia acerca de la estabilización de Grecia, y en su conferencia de Quebec con el primer ministro Churchill, el presidente Roosevelt inició proposiciones relacionadas con Grecia. La declaración, sobre explicar la actitud traidora de Stalin hacia las masas griegas, revela la hipocresía del gobierno yanki, que aparenta, si no simpatía por los luchadores griegos, desacuerdo con el gobierno de Londres. Sí, el asesinato de las masas griegas se está llevando a efecto comúnmente por Churchill, Roosevelt y Stalin, aunque el brazo ejecutor sean las tropas inglesas. No faltarán en el futuro ejecuciones de obreros para los generales de Roosevelt y para los mariscales de Stalin.

Como los de cualquier otro país, los jefes stalinistas griegos son simples asalariados del Kremlin. Si Moscú ha decidido vender Grecia a Inglaterra a cambio de otros territorios, los jefes stalinistas rubricarán la venta calificándola de liberación. Poco antes de iniciarse la lucha contra los ingleses declaraban: El partido comunista apoyará una alianza con Inglaterra (The Call, 10-11-1944). Lo más probable pues, es que un movimiento espontáneo de las masas les haya obligado a aceptar el combate. Lo confirman sus propias reivindicaciones: formación de otro ministerio burgués con la participación e integración en el ejército de las fuerzas por ellos controladas. Burguesía e imperialistas se han considerado bastante fuertes para rechazar esa integración, que lleva consigo un cierto peligro de ruptura de la disciplina del ejército capitalista, sobre todo teniendo en cuenta lo inestable del control stalinista. Pero esas reivindicaciones son un rodeo para conseguir lo mismo que se proponen imperialistas y burguesía. Si los obreros armados se dejan encuadrar en el ejército capitalista, pronto el gobierno podrá servirse de ellos para reprimir a sus hermanos de clase. Si quisieran impedirlo no les quedaría otra salida que volver sus armas contra el ejército y contra el gobierno. Pero ese peligro será evitado con toda seguridad no deponiendo las armas y exigiendo el desarme y disolución del ejército y la policía burgueses. Las proposiciones stalinistas, aconsejando deponer armas ante otro gobierno burgués, son una traición en medio mismo del combate.

El principal problema de las masas europeas, repitámoslo una vez más, es el de las armas. Armarse como clase y desarmar al enemigo de clase; con esta condición triunfará la revolución; sin ella las masas serán aplastadas por un nuevo totalitarismo. Pero, precisamente a esto se oponen con todas sus fuerzas los jefes stalinistas y socialistas, en su calidad de agentes de la burguesía. Las masas deberán arrojarlos por la borda si quieren evitar el ser conducidas por ellos a otra catástrofe. Recordemos, para terminar, el vergonzoso y traidor comportamiento de las organizaciones stalinistas y socialistas del mundo. Ni una manifestación, ni una protesta a favor de las masas griegas. En lo sucesivo, Churchill, Roosevelt y Stalin podrán emprender el asesinato de las masas en cualquier país, seguros de que esas dos organizaciones les ayudarán con su actitud.

Publicado en Contra la Corriente número 21 y 22. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, noviembre y diciembre de 1944.

La revolución europea y los tres grandes (1944)

De todas las asechanzas que amenazan el triunfo de la revolución europea –y son muchísimas–, ninguna tan grande como la que sobre ella suspenden los dos imperialismos más fuertes, vencedores una vez más, y la traidora burocracia del Kremlin. Burguesías nacionales, socialdemocracia, stalinismo, burocracia sindical, son otros tantos cepos puestos en el camino de las masas. Pero ninguno aisladamente tomado, ni todos en conjunto, son comparables en magnitud con la amenaza yanki, la británica y la del Kremlin, que combinarán sus armas y su perfidia en una gigantesca emboscada contra las masas explotadas, vale decir contra el progreso histórico. Toda la fuerza, toda la inteligencia, toda la valentía de los explotados y de las organizaciones revolucionarias en particular, debe ser movilizada y puesta a contribución para deshacer el plan reaccionario de los tres grandes y volver contra ellos su propia emboscada.

Burguesías nacionales, reformismo y stalinismo, están subordinados en su actuación a los intereses imperialistas en primer término, a los del Kremlin en segundo. Más aún que en el aspecto ideológico, reformistas y stalinistas son subsidiarios en la práctica de los amos del mundo. En la primera etapa de su desarrollo, la revolución europea podrá ser obstruida y rechazada por ellos, aliados a la burguesía nacional, con éxito pasajero. Pero la ofensiva revolucionaria europea no se dejará vencer fácilmente. Aleccionadas las masas por la experiencia de las coaliciones burgueso-staliniano-reformistas, se desplazarán a la izquierda, prepararán rápidamente otro asalto aún más general y encarnizado al capitalismo, y encontrarán seguramente, la alianza leal, el consejo revolucionario, la conducta decidida, de la IV Internacional. Burguesías nacionales, reformistas y stalinistas, revelaránse entonces impotentes para contener la marcha torrencial de la revolución. Tanto los imperialistas yanki-británicos como Moscú echarán mano de sus millones de hombres y de sus enormes arsenales de armamento, para ahogar la revolución en un mar de tanques, aviones y ametralladoras. La función subsidiaria de los lacayos cederá el lugar a la función directa de los amos. A la fraseología pseudo-obrerista, impotente, seguirá la metralla dirigida al pecho de los obreros, de potencia bien diferente. Los imperialistas y el Kremlin delegan sus funciones contrarrevolucionarias en las burguesías nacionales, los stalinistas y los reformistas, mientras el imperio de éstos sobre las masas se muestre capaz de satisfacer sus fines; pero cuando las promesas, las maniobras y el gobierno de sus fraseólogos no basten para mantener en un puño a las masas, los tres grandes pondrán en movimiento toda su máquina militar. Ahí está el peligro máximo que el proletariado mundial debe desbaratar. Sin los tres grandes, el triunfo de la revolución europea –dintel de la revolución mundial–, estaría asegurado de antemano en el plazo necesario para que las masas hagan su experiencia, rompan con los traidores y respalden con su confianza y su actuación la actuación de la IVª Internacional.

En consecuencia, si la lucha contra stalinistas y reformistas es premisa indispensable de una ofensiva a fondo y consciente contra el capitalismo, la lucha contra los imperialismos británico y yanki y contra la burocracia rusa es la condición clave del triunfo. Se puede cubrirvictoriosamente la primera etapa y ser pulverizados en la segunda. La atención del proletariado mundial debe ser vuelta pues hacia los tres grandes enemigos de la revolución. ¡Atención a la emboscada yanki-británico-rusa, atrapémosles en su propio cepo! Esa debe ser la preocupación cardinal del proletariado mundial y de los revolucionarios en particular. La intervención del general Eisenhower en Bélgica, desarmando grupos de obreros, poniendo puntales de bayonetas al reaccionario Pierlot y amenazando ametrallar la población de Bruselas, igual que la lucha criminal del general Alexander contra las masas griegas, más la actitud traidora de Stalin en Varsovia y su alianza con los fascistas rumanos, son pálidas muestras de lo que sus respectivos ejércitos deparan a las masas revolucionarias de Europa o de cualquier otra parte del mundo.

A medida que la evolución de las masas profundice y clarifique la lucha de clases, mayor será la intervención violenta de los ejércitos imperialistas y del ejército de Stalin. La caída de Hitler elevará aún más la temperatura del hervidero revolucionario europeo, y dejará a los tres grandes, ya sin tapujos de ninguna clase, frente a frente con su verdadero, su principal enemigo: la revolución proletaria. En lugar de disminuir aumentará la intervención de sus ejércitos contra las masas; menos que nunca pensarán en retirarlos entonces, porque los han reclutado en número tan grande, tanto contra el rival imperialista germano como contra las masas europeas, mucho más temible enemigo. Voluntariamente no retirarán sus ejércitos antes de haber aplastado la revolución para muchos años. Con eso hay que contar, contra eso hay que luchar y a pesar de eso hay que vencer. ¿Cómo? No hay más que un camino, aunque con bastantes probabilidades de éxito: revolviendo contra sus respectivos estados mayores los ejércitos imperialistas y stalinistas, conviertiéndolos en ejércitos de la revolución europea e internacional.

Sí: la lucha decisiva se librará en Europa en torno al paso de las tropas ocupantes al lado de la revolución. Preverla, organizarla, iniciar medidas prácticas para que se produzcan con éxito, ponerla por obra siempre que sea posible, aunque sea en proporciones mínimas, he ahí el deber de los revolucionarios, al que deben arrastrar a las masas y los soldados de sus respectivos países. Si el proletariado mundial no se muestra capaz de una acción consciente en favor de la revolución mundial, tendrá que pagar por ello muchos decenios de servidumbre y esclavitud totalitaria, si no siglos. La concatenación de la evolución histórica y de las condiciones sociales ha llegado a un punto a partir del cual es imposible avanzar en la escala del desarrollo histórico sin un mínimo de conciencia. O los revolucionarios logran dársela a las masas o habrá reacción de tipo fascista para luengos años.

Los soldados que componen las tropas de los tres grandes, obreros en su gran mayoría, han de ser una de las principales palancas en la lucha contra los designios de sus respectivos opresores. Los obreros de los países que ocupan deben cercarlos por todas partes de propaganda revolucionaria, revelarles los designios criminales de sus Estados Mayores, inducirles a la lucha contra los mismos y a la fraternización con las masas explotadas. Una intensa labor de agitación y organización desplegada entre los ejércitos de los tres grandes por los revolucionarios europeos, puede revelarse decisiva en los momentos culminantes. Hay que poner enérgicamente manos a la obra, creando una atmósfera a la que los soldados no puedan escapar ni personal ni colectivamente. Sus ejércitos deben ser inundados de propaganda revolucionaria en su lengua; los soldados en permiso deben ser sitiados por los obreros revolucionarios y empujados a trabajar de acuerdo con ellos, en sus unidades militares. Hay que fomentar en éstas una vasta red de organizaciones de soldados que combinen su propaganda y su acción con la propaganda y la acción de las organizaciones revolucionarias de los países donde se encuentran. En una palabra, hay que inutilizar el aparato reaccionario que los Estados Mayores piensan abalanzar sobre lasmasas insurrectas. Que el aparato se les desmorone al querer utilizarlo y caiga sobre sus propias cabezas.

En Inglaterra, los Estados Unidos y Rusia, los revolucionarios deben poner de actualidad la más implacable lucha contra los designios de sus respectivos gobiernos. ¡Viva la revolución europea y mundial! ¡Fuera las tropas anglo-yanki-rusas de los territorios que ocupan! ¡Soldados, pasad junto a las masas sublevadas!, he ahí las consignas fundamentales de la agitación internacionalista, de la solidaridad activa con la revolución europea y mundial. No se puede prescindir de ellas ni velarlas con formulaciones equívocas sin renunciar a la solidaridad o reblandecer sus manifestaciones prácticas.

Las organizaciones obreras, políticas y sindicales, de los países citados, tienen la obligación de emprender inmediatamente una campaña tanto en sus respectivas retaguardias como en los frentes. La retaguardia debe ser preparada para boicotear mediante protestas, huelgas y otras manifestaciones de masas, el envío de pertrechos de guerra y soldados contra las masas sublevadas. En toda reunión sindical, en todo mitin obrero deben levantarse los revolucionarios a denunciar la emboscada reaccionaria de su gobierno y hacer proposiciones concretas de lucha contra la misma. Los líderes sindicales, y los de las organizaciones políticas que se hacen pasar falsamente por socialistas deben ser implacablemente colocados entre la espada y la pared. O la acción de solidaridad con la revolución mundial o quedar definitivamente marcados al fuego como ayudantes de los verdugos imperialistas. Constituye, por ejemplo, un monstruoso crimen, que no se hayan lanzado al ataque del gobierno Churchill después de su actuación de carnicero en Grecia. Ciertamente, no se podía esperar otra cosa de miserables capataces de sus capitalistas. Pero los obreros en general y las organizaciones revolucionarias en particular, debieran ponerlos en la picota, hostigarlos en todas las reuniones obreras, reventarles los tímpanos gritándoles minuto a minuto: ¡traición!, denunciarlos con el mismo vigor que si hubiesen disparado personalmente las ametralladoras sobre la población de Atenas o contra los obreros ingleses: su responsabilidad no es menor.

Desproporción de nivel de vida, de acometividad y de nivel ideológico entre su proletariado y el de los países en crisis social, han sido invariablemente los elementos aprovechados por el imperialismo en su lucha contra la revolución mundial. La burocracia del Kremlin, palanca reaccionaria sumada al imperialismo, tratará de suplir la carencia de mejor nivel de vida de la población soviética, con la multiplicación de la G.P.U. Con eso cuentan los tres grandes para yugular la amenazante revolución europea; eso deben tener en cuenta los revolucionarios de todos los países para hacer morder el polvo a los tres grandes. La revolución no triunfaría nunca si hubiese de esperar hasta encontrar una situación material e ideológica internacionalmente semejante. A través de esas dificultades los revolucionarios han de saber abrirse paso a la movilización de las masas en defensa de la revolución europea. En la situación actual, esa es, también, la mejor defensa de la revolución en los países vencedores. Así como para los tres grandes, el aplastamiento de la revolución europea es la operación clave para asegurarse el dominio absoluto sobre sus respectivos proletariados, para éstos, la solidaridad con la revolución europea es la operación clave para dar cuenta enseguida de su propia burguesía.

Imposible eludir las tareas prácticas de esa necesidad, pretextando la gradualidad del desarrollo ideológico, que no permitiría en países como Estados Unidos e Inglaterra, cuyo proletariado conoce casi exclusivamente las luchas económicas, pasar a ofensivas políticas tan abstractas como reclama la solidaridad internacional. ¡El intersticio que separa las luchas económicas del proletariado anglo-americano, de una lucha política, amenaza convertirse en pantano donde seráahogada la revolución europea! A los revolucionarios toca llenar ese intersticio combinando las reivindicaciones inmediatas de su proletariado con la agitación internacionalista, y con actos cada vez más extensos en defensa de la revolución europea, hasta el paso de las tropas al lado de los insurrectos.

Este último será el factor decisivo, dada la ocupación militar de Europa. A la acción de los revolucionarios europeos sobre los soldados de los ejércitos ocupantes debe añadirse la más fecunda en resultados, por ser propia, de los revolucionarios americanos, ingleses y soviéticos. El primer deber de éstos es lanzar manifiestos, folletos y periódicos especialmente dedicados a los soldados. Las finalidades criminales de los tres grandes y su alianza con los fascistas de ayer pueden ser puestos de relieve con miles de hechos. Hay que hacerlos llegar a la masa de los soldados, sublevar su hostilidad contra ellos y la simpatía hacia la revolución europea. En segundo lugar deben esforzarse en crear organizaciones de soldados lo más amplias posible, ligadas entre sí de unidad militar a unidad militar, y que combinen su trabajo con el de las organizaciones revolucionarias de los países donde se encuentran. Ahí reposa toda posibilidad de acción práctica a favor de la revolución europea. Finalmente, deben aprovechar cuantas oportunidades se presenten, por pequeñas que sean, para poner en práctica el paso de los soldados al lado del proletariado revolucionario. ¡El ejemplo es la mejor prédica!

En fin, el proletariado mundial, principalmente el inglés, americano y soviético, tiene ante sí la necesidad de actuar coordinadamente a favor de la revolución proletaria internacional, o vivir largos decenios como esclavos impotentes bajo la dictadura todopoderosa de los multimillonarios.

Publicado en Contra la Corriente número 21 y 22. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, noviembre y diciembre de 1944.


  1. Véase en el Boletín de la UGT, la cobarde resolución aprobada en presencia de un delegado fraternal de la CNT, a la que se refiere un editorial en este número. El stalinismo se ha expresado en términos semejantes. 

  2. Véase Independencia nacional y revolución proletaria bajo el terror nazi en Europa