Algunas observaciones sobre las guerrillas

La historia de las guerrillas es tan vieja como la historia militar de la humanidad. Desde los tiempos más remotos los hombres han recurrido a ellas de cuando en cuando. Su aparición ha sido invariablemente un fenómeno producido por la incapacidad militar del país que lo produjo, para hacer frente a ataques o invasiones de un adversario. Tratando de cubrir el cometido de defensa nacional que fuera incapaz de desempeñar la fuerza armada regular, las guerrillas llevan en su éxito una necesidad de transformación en nueva fuerza armada nacional. Directa o indirectamente constituyen, de hecho, una desarticulación de la misma.

Cuando la fuerza armada de una nación es destruida y esta misma sojuzgada, si resta hálito para la lucha por la independencia y las condiciones topográficas lo permiten, aparecen partidas de guerrillas. No se conoce un solo caso en la historia, en que estas hayan logrado por si mismas vencer a los invasores. O han sido exterminadas en tiempo más o menos largo, o, con el auxilio de pertrechos y tropas de países enemigos de los invasores, éstos han sido finalmente vencidos. Al mismo paso, las guerrillas han ido convirtiéndose en la base de un nuevo ejército nacional, esto es, en el brazo armado de la clase propietaria.

El ejemplo más característico, por más general y positivo, es el de las guerrillas españolas contra la invasión napoleónica. A pesar de su número considerable, de la acometividad que mostraron y de su espíritu liberal, a pesar de la favorable topografía española y del escaso desarrollo de la técnica militar de la época, la expulsión de las tropas francesas no pudo lograrse hasta que las tropas inglesas establecieron en la península un frente continuo. A medida que éste progresaba se reconstituía un nuevo ejército español en el que progresivamente fueron fundiéndose la mayoría de las guerrillas. Sin embargo, entre la monarquía derrotada y prisionera de Napoleón, y la mayoría de los guerrilleros, existía una seria oposición política. Al ser repuesta en el poder la monarquía como resultado de la acción conjunta de las guerrillas, el ejército inglés y el nuevo ejército regular español, las guerrillas, o bien quedaron incorporados al último o fueron disueltas por la monarquía y ahorcados aquellos de sus jefes enemigos del absolutismo borbónico. La lucha por una constitución y por las libertades democráticas constituía indudablemente motor principalísimo de la acción guerrillera. Pero no habiendo podido librar la batalla contra el absolutismo en el terreno social, único en el que se pueden ganar victorias políticas, la acción guerrillera aprovechó finalmente a la monarquía feudal.

Durante la larga guerra civil siguiente a la revolución rusa de 1917, numerosas partidas guerrilleras surgieron espontáneamente en auxilio de los bolcheviques. El gobierno revolucionario les daba indicaciones, las armaba y trataba de coordinar su acción. Partidas hubo que prestaron importantes servicios en la guerra contra los ejércitos blancos. Con todo, el balance general de la acción guerrillera fue más negativo que positivo. El propio mando del Ejército Rojo — Trotsky apoyado por Lenin — hubo de pronunciarse contra las guerrillas y poner en marcha su incorporación total al Ejército Rojo. La desorganización a que daban lugar sobrepasaba con mucho los servicios que prestaban a retaguardia de las filas enemigas. Ni siquiera al servicio de un poder revolucionario, como cuerpo auxiliar de un ejército auténticamente libertador, han logrado las guerrillas cumplir un cometido serio, no digamos ya cubrir un objetivo social, menos que nunca pueden hacerlo en las condiciones militares y políticas actuales.

Con toda seguridad, cuanto se ha dicho sobre la acción de las guerrillas en la URSS, los Balcanes y Francia, está considerablemente exagerado por la propaganda, aun lo dicho de las que operan en territorios menos fragosos. Por sí sola, la calidad de las armas modernas imposibilita a las guerrillas toda acción estrictamente militar de envergadura. Suponiendo que lograsen extenderla con ayuda de otras potencias, las guerrillas se convertirán en ejército y éste en instrumento de las potencias suministradoras (casos Tito y Mikhailivich). Pero lo que principalmente impide a las guerrillas, por muy revolucionarias que se las suponga, una acción realmente positiva, es la contradicción entre sus métodos de lucha y los métodos necesarios a la transformación social requerida hoy. Esta contradicción expresa prácticamente otra más general y de principios: la contradicción existente entre una lucha por la reconstrucción del estado-nacional burgués y la lucha por la revolución proletaria. La primera desemboca en el método de las guerrillas, sin que importe su grado de efectividad militar, la segunda desemboca en la lucha social, practica el método de clase contra clase, sin distinción de fronteras ni uniformes. Cada uno de los métodos contradice al otro y lo debilita en la medida en que se extiende. En la preponderancia del uno o del otro va la preponderancia del objetivo nacional-burgués o la del proletario-internacionalista. Este último posee métodos inconmensurablemente más numerosos y efectivos de hostilizar la retaguardia enemiga y debilitarla. Incluso la técnica militar moderna ofrece grandes posibilidades de empleo contra el enemigo, sin que el enemigo pueda emplearlas contra nosotros. Volveré sobre ello en un próximo artículo titulado “Gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista”.

Las guerrillas que hemos visto surgir en Europa, lejos de estar dirigidas por un poder revolucionario, lo están en general por poderes reaccionarios. Las que se conservan independientes, sea por causas técnicas o políticas, caerán inevitablemente bajo la férula de los mismo poderes reaccionarios que las otras, o bien serán exterminadas entre ejeanos y aliados. Los elementos que se salven tendrán que integrarse a la lucha social, el punto por donde debieron haber comenzado. Generalmente están dirigidas por gente interesada en la reconstitución de las viejas nacionalidades burguesas, tanto vale decir, por gente contrarrevolucionaria. Su composición es, sin duda, mucho mejor, fundamentalmente campesinos y una minoría de obreros desesperados, fugitivos de las autoridades ocupantes o simplemente impacientes por naturaleza y equivocados en cuanto a las posibilidades y objetivos de las guerrillas. En un medio en que la opresión capitalista propia se mezcla en proporciones diversas con la opresión de un capitalismo extranjero, no puede extrañar que sectores de la burguesía nacional traten de canalizar todo el odio de las masas contra el capitalismo, hacia el opresor extranjero únicamente. El eco que encuentran en los campesinos medios y acomodados es una reacción concorde con la larga tradición individualista de esas capas sociales, pero ya en contradicción con sus intereses. En la educación retardataria del campesinado se concretizan todas las taras sociales heredadas del capitalismo y aun de épocas anteriores. Sin posibilidad material de mejoramiento bajo el capitalismo, sigue aguardando recibir en propiedad un lote de tierra o, cual en Francia, mira con nostalgia hacia atrás, a los tiempos en que el cultivo de la granja le permitía dotar a sus hijas y reservar algunos taleguillos en el banco local de ahorro. El último en movilizarse contra la opresión, el campesinado, cuando lo hace, tiende a adoptar formas de lucha extremas, y antisociales si la oportunidad se le presenta. Son esas las características que harán de él el último emancipado. Por los demás, ninguna ocasión mejor que la actual de Europa para dar curso a las tendencias particularistas del campesino; hacen el juego de las burguesías nacionales dominadas por Hitler. Todo lo que necesita en esas condiciones es un arma cualquiera y una montaña. Cierto, ni los campesinos de centro Europa recibirán tierra de la burguesía, ni los franceses podrán volver a dotar a sus hijas. Cuando se den cuenta empezará la fase de fusión entre el proletariado y el campesinado. Para precipitar ese momento es preciso combatir el particularismo campesino, atraerle de la lucha de guerrillas a la lucha social.

No se necesitarán tantos esfuerzos con el proletariado. El número de obreros incorporados a las guerrillas es seguramente insignificante, aunque ningún dato nos permita asegurarlo con precisión. Pero su posición en el mecanismo económico obliga al obrero a considerar sus problemas en conjunto con la clase a la que pertenece. No sueña con el pasado ni puede aspirar a convertirse en propietario. La lógica de su autodefensa le lleva al planteamiento de demandas en unión de sus compañeros de trabajo. Prolongado, este camino conduce a la lucha contra la propiedad privada en general y contra el gobierno que la representa en particular. Pero no está excluido que el proletariado, aun sin prestar gran apoyo activo a las guerrillas, se deje seducir por su actuación. Ello redundaría forzosamente en un aflojamiento de la propia lucha. Pero hacia allá le empujan los sectores aliadófilos de su propia burguesía y los consejos de las organizaciones stalinistas y socialistas. Ni siquiera podría extrañar, en ese ambiente de añagazas y de terror nazi, que grupos honradamente revolucionarios se deslumbrasen con la acción guerrillera y la presentasen, sino como panacea, sí como un importante auxiliar de la lucha revolucionaria general al que la población, por tanto, debiera otorgar toda su colaboración.

Tendencia peligrosa que se impone combatir. La bárbara opresión que ha abatido sobre Europa el imperialismo nazi-germano tenía necesariamente que suscitar en los pueblos una poderosa resistencia. Encuadrando la opresión nazi en sus verdaderos términos , considerando las necesidades latentes en los pueblos de Europa y el mundo, la acrecentada resistencia se define por si misma como el proceso de transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Suponiendo que su desarrollo normal y necesario no fuese turbado por factores de dislocación, su culminación sería el triunfo de la revolución proletaria, el acabóse para el sistema capitalista de propiedad.

Ahora bien, los movimientos de guerrillas en general y los de centroeuropeos más terminantemente, interfieren en la transformación de la guerra imperialista en guerra civil impeliendo la resistencia revolucionaria de las masas a objetivos burgueses. De esencialmente revolucionaria e internacional, transforman la resistencia en nacional, burguesa y subsidiaria del imperialismo. Así aspira la burguesía, por una parte, a reconstituir un ejército propio y grato a los aliados; por otra a canalizar el odio de las clases pobres al fascismo, hacia metas capitalistas. A la ya avanzada transformación de la guerra imperialista en guerra civil, las burguesías nacionales, auxiliadas por las guerrillas, el stalinismo y el socialismo, procuran oponer la vuelta a la guerra imperialista.

El deber de los revolucionarios en Europa consisten en favorecer cuanto lo permita la situación la culminación de la guerra civil actualmente en brote, y combatir todo lo que se oponga a ella. Tarea imposible de cumplir sino movilizando a las masas explotadas por sus intereses particulares. El problema de acabar con la opresión no es militar, es social; no es nacional, es internacional. Las guerrillas, sobre representar una dirección de contrapelo, tratan de sustraer a la lucha de clases los hombres más combativos. Debilitan más que refuerzan la lucha revolucionaria y preparan un pedestal a la propia burguesía. No hacen al caso las intenciones de los componentes individuales de las guerrillas. El puesto de los revolucionarios está en las fábricas, en los campos, en la deportación a Alemania, allí donde las masas han de resolver sus propias situaciones, donde se encuentra la fuerza capaz de resolver los problemas que agobian a los pueblos.

La necesidad de la revolución social es tan imperiosa para Europa, que la tendencia nacionalista representada por las guerrillas perjudica al propio campesinado tanto como al proletariado. Este último lo comprenderá fácilmente; el otro con mayor dificultad. Pero a ambos deben dirigirse los revolucionarios ofreciéndoles medios de lucha adecuados a una solución socialista. Debe arrancarse el campesino a las influencias burguesas y soldar su alianza con el proletariado. Si el particularismo campesino siguiera siendo explotado por la burguesía, el proletariado europeo lo pagaría muy caro el próximo futuro. En cambio, la revolución socialista no se haría esperar si el proletariado logra arrancar el campesino a los ideólogos burgueses, stalinistas y socialistas incluidos.

Las masas pobres se equivocan y desvían, sobre todo cuando las que se llaman sus organizaciones, que siguen monopolizando el poder de la propaganda, están vendidas al enemigo de clase. La nueva dirección revolucionaria tiene que formarse y abrirse paso, luchando contra las organizaciones stalinistas y socialistas, enseñando a las masas lo contrario de lo que estas les embuten en el cerebro. El porvenir de la revolución europea depende de la capacidad de las minorías revolucionarias para oponerse actualmente al curso nacionalista marcado en común por burgueses, stalinistas y socialistas. Frente a ellos deben elevar el programa y los métodos de la revolución proletaria europea. Lucha de masas, fraternización de soldados y explotados, profundización de la guerra civil contra la burguesía en general, atracción del campesinado a la órbita de la lucha proletaria, quitar toda base de masas posible a los explotadores y sus cómplices que en la emigración o en África aguardan su turno.

Los pueblos comprenderán, comprenderán mucho más pronto de lo que a primera vista parece. Quienes, sin temores ni influencias de las estupideces propagandistas de hoy sepan mantener en alto el estandarte de los objetivos y los métodos de la revolución proletaria, no tardarán en arrebatar la confianza de las masas y abrir un nuevo capítulo en la historia de la humanidad.

G. Munis, publicado en Contra la Corriente número 14. Publicación del Grupo Español en México de la IVª Internacional. México, abril 1944.