La revolución cubana y el castrismo

La rumba de Fidel Castro (octubre de 1960)

Somos árbitros de la paz del mundo -han dicho reiteradamente y con satisfacción ominosa el primer líder cubano actual y varios de sus segundones. No hala un gobernante ruso ni un estadounidense, en cuya boca teles palabras serían mas lógicas, si bien igualmente abyectas. No, esas palabras vienen de los gobernantes recién estrenados de una pequeña isla que apenas puede ser considerada una nación, y cuya riqueza total es en realidad desdeñable tanto para Estados Unidos como para Rusia. Y sin embargo, sí, Fidel Castro, reventando de contento por su importancia es árbitro de la paz del mundo. Un sólo gesto suyo y decenas, centenares de millones de personas serán destrozadas o desintegradas por las armas nucleares.... si en el último instante Khrutchef no deja a su Fidel en la estacada.

Nada mejor que esas palabras para poner de relieve la repulsiva situación del mundo y los móviles de quienes pueden pronunciarlas, háganlo o no. Fidel castro está muy lejos de tener esa exclusiva. Por decenas se cuentan quienes pueden gloriarse de lo mismo en Asia, África y en la propia Europa. ¿Por virtud de qué todos esos personajes de ocasión adquieren tan amenazadora importancia? No ciertamente por necesidad de las masas explotadas, del pueblo que ellos gobiernan, sino por las exigencias de guerra de los dos grandes rivales. El mundo vio la revolución rusa de 1917. No sirvió de acicate a la guerra en curso, sino que precipitó su fin, dando origen a un ímpetu mundial de revolución social. Ha visto también, en 1936-1937, el período mas álgido de la revolución española. Lejos de desencadenar la segunda guerra mundial que estaba a punto de estallar, o siquiera de calcar su ambiente preparatorio, la aplazó, y todas las futuras potencias contendientes contribuyeron a aplastar la revolución, la primera Rusia, ya hecha capitalismo de estado por Stalin y los suyos.

Si los barbudos de Fidel Castro arrastrasen una revolución, cual se desgañitan en decir, Moscú y Washington habrían coincidido contra ellos de la misma manera que coincidieron, en 1936, contra los revolucionarios españoles. Donde dos imperialismos riñen por una presa, es que el proletariado está inmóvil o aniquilado. Hace muchos años que las cosas están perfectamente definidas en el mundo, y es fácil saber a qué atenerse. Solicitar u obtener espontáneamente la ayuda de la Rusia actual, es un signo tan netamente anti-revolucionario como el de la protección de Washington.

Lo mismo puede decirse de la bullanguera propaganda popular o marxista jerga moscovita. Su adopción es prueba suficiente de ideas e intenciones no revolucionarias. Esa fraseología es la que ha servido al stalinismo para aniquilar la revolución proletaria en Rusia y doquiera ha tenido posibilidades de triunfar, así como para extender su imperio como capitalismo de Estado a gran número de países. Haciéndole eco, los dirigentes cubanos declaran: La democracia representativa está superada. Y definen su régimen, claro está, como democracia popular, con gran júbilo de Moscú y no más susto de Washington que el de la aprensión de ver a Cuba convertida en un sólo Guantánamo ruso tan vecino a Cabo Cañaveral. El régimen de los barbudos no le ofende de por sí, mal que pierdan algunas compañías, pues la hostilidad de fondo entre el departamento de Estado y Castro no es política ni económica: es militar. Y por ahí, lo mismo que empezó, podría acabar.

Pero volvamos al carácter del régimen. Sabido es que también Franco gusta repetir que la democracia representativa está superada, adaptando a sus particulares intereses una falsificación que Stalin y Hitler pusieron en circulación casi simultáneamente. Lo que está superado es la sociedad capitalista en general, cualesquiera sean sus modalidades políticas y económicas. Mas la revolución social o democracia obrera ha de caracterizarse por un sistema democrático representativo infinitamente mas verdadero que el parlamentarismo liberal. Y esa democracia superior no puede organizarse sino a partir del momento en que la economía, el poder y las armas estén en manos de los trabajadores. Nada de eso han hecho, ni lo consienten, Fidel Castro y los suyos. La economía va al Estado, afianzándose como economía capitalista cuyos beneficios pasan a disposición de los nuevos gobernantes, el poder se lo han apropiado estos mismos, sin participación alguna de las masas, y las armas, nunca poseídas por los trabajadores, empiezan ya a Servir contra ellos. Lejos de superar la democracia parlamentaria, el nuevo régimen es una recaída en la dictadura militar, y por consecuencia también policíaca. Para ocultar ese hecho recurre a la ya vieja mentira de la democracia popular. El marxismo es absolutamente incompatible con semejante charlatanería, tan reaccionaria como cualquier otra. Los trabajadores cubanos la experimentarán en sus costillas y pronto no sabrán distinguirla de la de Batista.

Es igualmente un disparate hablar de revolución burguesa en Cuba, donde todo lo esencial de la sociedad capitalista está ya dado. Además, la revolución burguesa no tiene, en la hora actual, posibilidad de realizarse en ninguna parte del mundo. La única manera de marchar hacia adelante es la revolución social, aun en zonas mucho mas atrasadas que Cuba. Sin ese paso, una sacudida social desemboca por fuerza en uno de los dos polos de la reacción capitalista mundial: el ruso o el americano. Lo estamos viendo no sólo en Cuba, sino constantemente en diversos países del mundo. Castro y los suyos prolongan la opresión de las masas y les preparan nuevos sufrimientos. El anti-imperialismo se revela falso y en bancarrota en tocas partes, porque para ser efectivo ha de ser una de las medidas de la revolución proletaria. La aversión al imperialismo yankee y a quién lo representaba en Cuba, Batista, concedía a Castro y los suyos un crédito de confianza pletórico de posibilidades efectivamente revolucionarias. Se hubieran podido realizar grandes cosas en todas las Antillas, en México, América Central y del sur; incluso se hubiera podido suscitar un gran movimiento revolucionario en el proletariado estadounidense. Pero era necesario que los oprimidos ejerciesen realmente el poder y gestionasen la economía, única manera de merecer el apoyo del proletariado mundial. Incapaz de orientarse en tal sentido, ciego para las necesidades históricas mas urgentes, Fidel Castro ha preferido la amistad de la contrarrevolución rusa. Aun podrá engañar a incautos, sobretodo fuera de Cuba, pero necesariamente desengañará. Carente de principios revolucionarios, se limita a bailar, entre dólares y rublos su rumba de nuevo rico satisfecho. Donde quiera que al fin recale, quedará como un capitán de fortuna izado a la fama por la rivalidad de los dos primeros imperialismos. Aventurero con suerte incapaz de elevarse al cometido que espontáneamente le ofrecía la historia, se revelará, y sin tardar mucho, Mobutu o Kadar.,

G. Munis

Contrarrevolución en Cuba (mayo de 1961)

Extractamos del boletín Workers News, publicado en Londres por los camaradas de la Workers League, el siguiente artículo de J. Hartley, lleno de lucidez ideológica, y de auténtico acento revolucionario, las ideas expresadas aquí por Hartley -cuya reciente muerte representa una pérdida sensible para la causa de la Revolución Socialista- corresponden en lo esencial a las que sobre el mismo problema tiene el grupo Fomento Obrero Revolucionario.

Texto de J. Hartley

Hace ya un año de la victoria del Movimiento del 26 de Julio bajo el caudillaje de Fidel Castro. En un año, el régimen de Castro ha nacionalizado la casi totalidad del sector industrial de la economía, y ello incluye las [ilegible] tanto como las extranjeras. En el Guardian del 30/6/60. Se informaba que el jefe del Banco Estatal de Cuba había declarado que el Estado gestionaría toda la industria en Cuba y que no habría huelgas bajo el gobierno revolucionario. Una vez más nos encontramos frente a una fuerza que expropia expropia la propiedad privada pero que es contrarrevolucionaria.

En este año cubano, el pueblo de Cuba se encuentra ahora confrontado con la contrarrevolución. Se han tenido noticias de la represión de la clase trabajadora, pero stalinistas y trotskistas han permanecido en silencio. Nacionalización es para ellos Socialismo. En la edición de enero-febrero, 1961; de World Labour News se publica un articulo sobre la contrarrevolución, y pensamos que es necesario darle la mas grande publicidad.

Caída de Batista

El articulo declara que después de la caída de Batista:

Castro tomo el poder y formó un gobierno basado en su propio grupo (el «Movimiento del 26 de Julio») quitando de en medio a las otras fuerzas y organizaciones que habían participado en la lucha activa contra la tiranía. Apropiándose así de todo el poder, Castro violaba pactos con sus aliados.

A despecho de ello, el pueblo cubano siguió soportando a Castro, como ansioso de desarraigar todos los rezagos de la tiranía de Batista. El articulo continua formulando la acusación de que Castro, mientras declaraba sostener todas las libertades, procedía a sofocarlas, todas y cada una de ellas, bajo un pretexto u otro. Toda la prensa, la radio, la televisión y las actualidades cinematográficas estaben bajo el control absoluto del Estado.

Organizaciones del Trabajo

Bajo el pretexto de sacar a los elementos de Batista de los sindicatos, un decreto gubernamental (ley nº 22 del 29 de enero de 1959) impuso un. nuevo comité supremo a la Confederación de Trabajadores Cubanos (CTC)

Este nuevo comité, basándose el propio en la misma ley, designaba comités directivos para todas las federaciones e industrias. Estos a su vez convocaban a elecciones en los sindicatos, en los meses de abril y mayo, bajo sus auspicios y con sus reglas. En casi todos Los pasos los comunistas habían sido capaces de apoderarse del control de estos comités de las Federaciones de Industria. Con el apoyo del gobierno y sus fuerzas policíacas, habían usado de todos los medios de coerción para con los trabajadores en favor de sus propios candidatos, habiendo ya eliminado de los sindicatos a los elementos que pensaban pudieran disputarles la dirección.

Las elecciones dirigidas aseguraron a los comunistas el control de los sindicatos, y en esto estaban asistidos por el Gobierno. En el Congreso de las 33 Federaciones de Industria, 28 se declaraban contra los comunistas; solamente tres en su favor. La campaña comunista del gobierno ha llegado a tal punto, que actualmente todos los responsables elegidos han sido substituidos por miembros del Partido Comunista.

Explotación de los Trabajadores

Los trabajadores están sometidos a condiciones similares a las que reinan en el Sistema Soviético. En el periodo previo entre el 3% y el 5% de los salarios de los obreros ha sido retenido por concepto de pensiones, con una adición del 0,025 por asistencia a la maternidad.

Actualmente se descuenta a todos el 5% por concepto de pensiones, mas el 4% por industrialización, mas el 3% por impuesto sobre los ingresos, mas el 1% de contribución obligatoria el sindicatos

Además de esto, hay contribuciones y recaudaciones especiales pera las cosas más diversas que se puedan imaginar, como armamentos y aviones, reforma agraria e industrialización. Como casi todas las industrias están nacionalizadas, los obreros están forzados a trabajar con sobretiempo, con el pretexto de que las industrias pertenecer a los trabajadores. Las ventejas que habían obtenido los trabajadores, tales como vacaciones anuales pagadas y un día semanal de reposo han sido suprimidas.

Milicias Obreras

Estas formaciones están ahora bajo el control del Ministerio de las Fuerzas Armadas, y los comandantes de las milicias son casi todos miembros del Partido Comunista. Los trabajadores están obligados a militar; en caso contrario son despedidos de su empleo, y como el Estado es el único empresario, es obvio que esto significa para ellos la muerte por inanición.

Agricultura

Las condiciones de trabajo en el antiguo estado feudal son las mismas que antes -los trabajadores siguen siendo asalariados, con salarios que son aun iguales o mas bajos. Todas les tierras han sido confiscadas para convertirse en propiedad del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA). Los trabajadores no participan en el control de estos organismos, sino que éstos son administrados por los burocratas.

Control político

La gente del Partido Comunista

ocupa ahora las principales posiciones en la maquinaria propagandística del gobierno, que funciona con la ayuda técnica de los expertos comunistas cubanos y extranjeros.

Se han designado jóvenes patrulleros en calidad de adjuntos a la policía nacional. Los niños son reclutados desde la edad de siete años para recibir instrucción militar y doctrina marxista. Es de todo punto evidente que el control de Cuba está entre las manos de gobierno compuesto de comunistas y de pegueños burgueses del movimiento del 26 de Julio.

La Revolución Cubana

Los guerrilleros de la Sierra Maestra, los campesinos y la clase trabajadora en los sectores industriales, se combinaron para producir la revolución mas acabada que haya visto el mundo desde Octubre de 1917. No cabe duda de que en Cuba existió un periodo de dualidad de poder, aunque por breve tiempo. En ausencia de un partido revolucionario de la clase trabajadora el Gobierno de Castro logró desarmar a los trabajadores. Durante el periodo inicial los trabajadores controlaban las refinerías de petroleo y otras empresas industriales. Sin embargo, la acción revolucionaria de la clase trabajadora, como es inevitable, desfallece, y ése es el momento en que la contrarrevolución entra en acción. Cuando las grandes empresas industriales fueron expropiadas y puestas bajo el control del Estado los trabajadores fueron apartados del control de la producción. Y, para llenar el vacío, su lugar fue ocupado por burócratas stalinistas y fidelistas. Los planes estatales con miras a la transformación de la economía cubana y a la industrialización abrumaran al pueblo cubano en la medida en que éste sera explotado para producir la plusvalía necesaria a la acumulación del capital. La nacionalización -como muy bien lo dice Trotzky- es una medida del capitalismo de Estado en un país subdesarrollado que trata por este camino de defenderse a sí mismo contra el imperialismo extranjero por una parte y, por la otra, contra su propia clase trabajadora.

Más sobre la nacionalizacion

Las necesidades inexorables de la acumulación o del capital y la tremenda presión de la clase obrera por una parte, el capitalismo norteamericano por la otra, unido a la debilidad inherente a la burguesía cubana, han impulsado al gobierno de Castro a poner toda la economía cubana bajo el control del Estado. Este ha eliminado a la clase capitalista en la industria y al hacerlo le ha elimibado en tanto que fuente de acumulación del capital privado. Esta cuestión de la estatificación de la industria ha conducido a los trotzkystas y a los stalinistas a apoyar esos regímenes. La estatificación de la industria no debe ser apoyada en la medida en que es simplemente un desarrollo del capitalismo, y un medio para los países subdesarrollados de industrializarse.

Capitalismo de Estado

Es claro que en el stalinismo, y en su hermano mellizo, el fidelismo, nos encontramos con uba fuerza opuesta a la propiedad privada de los medios de producción, pero opuesta también al control y a la propiedad de los trabajadores. El Gobierno cubano puede trabajar según un modelo: la Unión Soviética. Toda su maquinaria represiva funciona en Cuba. Como dice el articulo del World Labour News:

la política actual del gobierno cubano es abiertamente totalitaria y comunista.

Espontaneidad y Partido

Pensamos que el World Labour News ha realizado un buen trabajo al dar esas noticias de Cuba. Sin embargo, los editores sindicalistas de ese periódico caen en el mismo error que los editores centristas del panfleto Bélgica - la huelga general. En ausencia de un partido revolucionario que llame a las masas a apoderarse del poder, la energía revolucionaria de las mesas será no solamente disipada sino aprovechada por los fidelistas y los stalinistas para obtener el control político y económico sobre las masas cubanas. El World Labour News demuestra su falta de comprensión de la lucha de la clase trabajadora por el poder cuando dice ex su primera frase:

Nos hemos abstenido de comentar entes la situacion en Cuba porque era confusa y porque las informaciones disponibles eran coniradictorias.

Los marxistas revolucionarios no deben ira la zaga de los acontecimientos y convertirse en espectadores de las derrotas del proletariado. El Workers News Bulletin, desde el principio de la lucha en Cuba, hizo ver lo que había que esperar de Castro y de los comunistas en caso de que los socialistas revolucionarios cubanos no lograran formar un partido. Las noticias de Cuba confirman la exactitud de nuestro análisis. Como podemos ver la espontaneidad no basta. Y a menos que se constituya un partido del proletariado, este modelo sera reproducido pronto en escala mundial. China y Yugoeslavia son países en los que la nacionalizacion ha sido llevada a cabo por los partidos stalinistas por encima de la clase trabajadora; el resultado: la esclavización de los asalariados en forma aun más intensa y más brutal. En Cuba la clase proletaria ha sufrido una derrota, por mas que la propiedad privada de los medios de producción haya sido virtualmente abolida. Hay que considerar el hecho de que la clase trabajadora se encuentra frente a una burocracia que está contra la propiedad privada, pero que es contrarrevolucionaria. Quiérase que no, el capitalismo privado ha sido eliminado casi completamente por una fuerza que no es la clase trabajadora, convirtiéndose el Estado en depositario los medios de producción. Pero estos estados no pueden dejar de ser capitalistas sino en el caso de que la clase trabajadora posea y controle los medios de producción de abajo a arriba. La lección de Cuba nos demuestra que sin partido revolucionario la iniciativa revolucionaria de las masas se malgasta, y en el vacío que queda, encaja el papel monstruoso del stalinismo y el castrismo.

J. Hartley

Rusos y americanos en Cuba (mayo de 1961)

Hemos. dicho y reafirmamos en este número de Alarma, que el régimen castrista representa una contrarrevolución capitalista más o menos asimilada al tipo ruso. basándose en ese criterio hay que juzgar cuanto en Cuba ocurre y en particular la reciente fracasada invasión.

Desde el territorio de la Florida yankee organizó Castro, hace años, sus guerrillas contra Batista, y sin el apoyo moral, las armas y la propaganda americana jamás hubiese conseguido mantenerse y vencer. Desde el territorio de Estados Unidos, o desde otros territorios a su influencia sometidos, han sido organizados los desembarcos últimos y lo serán los futuros. Los invasores se dicen revolucionarios, igual qué Castro, muchos de ellos son sus antiguos colegas, y en realidad apenas son demócratas burgueses, lo mismo que parecía ser Castro antes de su virada hacia Rusia. En la contienda estuvieron revolucionarios frente a revolucionarios, cubanos frente a cubanos, sí, pero material de guerra americano frente a material de guerra ruso. Simultáneamente, Rusia y Estados Unidos proclamaban a los cuatro vientos que no habían intervenido ni se proponían intervenir.

Los Estados Unidos no ven en Cuba un régimen revolucionario, sino una cabeza de puente del ejército ruso, cuya permanencia les es intolerable. Poco antes de la invasión de los cubanos americanófilos, un Libro Blanco del gobierno americano acusaba a Fidel Castro de haber traicionado la revolución cubana. Se ve que Washington empieza a aprender del gobierno ruso cómo servirse de la palabra revolución con fines capitalistas. Por su parte, Moscú utiliza al aventurero Castro principalmente para crear dificultades a Estados Unidos en América latina, pero lo dejará caer a la primea presión seria o a cambio de cualquier concesión en otra parte del mundo. No sin razón puede decir Walter Lippman de Khrutchef -con el que ha hablado recientemente- que considera normales los esfuerzos de Estados Unidos para combatir un gobierno adverso en su zona de influencia (France-Soir 20-4-1961). En realidad el gobierno ruso, que en el futuro tendrá que hacer frente a sublevaciones como las de Alemania Oriental, Polonia y Hungría, debe asombrarse de que los americanos no hayan intervenido ya en Cuba siguiendo el ejemplo de su intervención en Budapest, y tiene el máximo interés en convenir con Estados Unidos: cada uno amo absoluto en su zona, sin intervención del otro, cual fue delineado en la conferencia de Postdam entre Truman, Stalin y Churchill.

Por eso puede asegurarse que Castro caerá a manos de Estados Unidos y sus revolucionarios cubanos, salvo entente estratégica, cosa que dificulta no la ideología o la moral de Castro, sino sus ya graves compromisos con el bloque imperialista ruso.

Al proclamarse democracia popular, el régimen castrista se confiesa capitalismo de Estado, sistema policíaco en todos los niveles. Las calumnias y los procesos estilo Moscú son ya en él procedimientos corrientes. Denunciarlo, combatirlo de palabra y de obra es indispensable para favorecer la causa de la revolución socialista y para hacer frente al imperialismo ruso hoy dominador, igual que al americano, que volverá a la carga. Todo revolucionario tiene el deber de rechazar el castrismo como una repugnante impostura jaleada por la contrarrevolución rusa y por una parte de la burguesía mundial precisamente porque, cayendo dentro del juego inter-imperialista, contribuye a desviar al proletariado mundial de su objetivo: la toma del poder. Los explotados cubanos son el factor humano con el que hay que combatir a Castro.

Cuba y la mentira permanente (marzo, 1962)

La degradación progresiva de la situación en Cuba, y la tendencia cada vez mas acentuada del régimen a la implantación y le organización de un capitalismo de Estado ilustran con una luz trágica las enormes dificultades que tiene que salvar la clase trabajadora para hacer la revolución socialista contra los dos bloques. El movimiento cubano en el cual en un momento dedo las masas desempeñaron un papel importante, es ahora un instrumento más en manos de los técnicos de la política internacional que dirigen y regulan los movimientos mediante los cuales se afrontan los dos bloques imperialistas. Le burocracia capitalista-estatal, con el partido stalinista como mentor principal, tiene fuertemente las riendas del poder, y las masas en tanto que movimiento espontáneo e instintivamente socialista han sido puestas, desde hace tiempo, fuera de acción. Nuestra patria ha tomado el camino luminoso hacia el socialismo, declaró un ministro cubano cuando Castro, huyendo 'ante el ogro del imperialismo americano fue a buscar seguridad y protección en los brazos del imperialismo ruso (véase Le Monde 9-9-61). El camino hacia el socialismo sigue siendo evidentemente para la nueva burocracia y la nueva política que gobierna a Cuba, la expropiación de la propiedad privada por el Estado capitalista, la represión de toda libre iniciativa revolucionaria de las masas, y la explotación cada vez más inicua de estas últimas, privadas ya hasta del pan y las judías cotidianos en aras de la producción industrial para hacer la grandeza de la patria socialista. El nuevo racionamiento en la alimentación decretado por Castro muestra por una parte hasta que punto la clase dominante en Cuba ha sabido aprovechar leas lecciones del stalinismo: el consumo del pueblo íntegramente sacrificado a la producción bélica e industrial, y por otra parte cuán generosa es la ayuda económica rusa a su nuevo vasallo, y lo que le importa el hambre y la penuria del pueblo cubano. Le importan tanto, en realidad, como a los nuevos dueños de Cuba. 150 gramos de carne por semana a cada trabajador, pero, como contrapeso, un verdadero ejército de corte clásico que se organiza y afianza. Ya no somos unos guerrilleros, ha declarado en alguna ocasión Fidel Castro- sino un ejército con divisiones, cuerpos de ejército y ejércitos. ¿Para qué servirá este gran instrumento de tipo clásico y regular organizado a despecho del hambre del pueblo? ¿Para que podrá servir sino para conservar el orden en Cuba, el orden que exige de los trabajadores que trabajen y no coman, que se preocupen de la patria y dejen de pensar en sí? Porque pensar que la fuerza policíaca y militar relativamente enorme que está montando el régimen cubano pueda servir para repeler una eventual invasión de parte de los Estados Unidos es cosa que provoca a risa. La realidad es otra: el gobierno cubano se arma contra el pueblo de Cuba, a quién se le podría ocurrir pensar que el camino luminoso hacia el socialismo no corre paralelo a las vías que sigue Castro con sus nuevos aliados orientales.

Un miembro de la IV Internacional dice en el número de octubre-noviembre de 1960 de le revista del mismo nombre, que Castro ha ido a la alianza con los Estados-Obreros (por Estados obreros hay que entender los estados anti-obreros del bloque oriental) bajo la - presión creciente de las masas. Es mentira, las masas han sido neutralizadas desde el primer momento por la burocracia, por los sindicatos, por el partido stalinista, etc. La caída en el campo ruso no es sino una consecuencia de le falta total de orientación ideológica y revolucionaria del movimiento cubano, y no hace sino seguir una ley general que impulsa actualmente a todos los Estados nacionalistas de los países llamados subdesarrollados a gravitar como satélites en la órbita de un imperialismo o del otro. En ausencia de medios suficientes para erguirse contra los dos bloques, semejante actitud puede seguramente explicarse aunque no se justifique. Lo que ni se explica ni se justifica es la mentira que consiste en llamar revolución socialista al capitalismo de Estado, milicias obreras al ejército organizado contra el pueblo, y revolución permanente (véase artículo de A. Ortiz en el número citado de IV Internacional) a la negación permanente de la revolución

Todo esto debiera ser una advertencia para los demás países de América donde fermenta actualmente en forma tan intensa la cólera revolucionaria, para hacerles reflexionar que no basta erguirse contra el imperialismo americano para hacer obra socialista, y que la agitación de consignas nacionalistas nada tiene que ver con la revolución.

A. Treves

Noticias de Cuba (marzo, 1962)

Arriba y abajo.

Aparecido hace tiempo, el racionamiento acaba de ser reorganizado en toda la isla. Está dividido en tres zonas. He aquí el racionamiento de la zona de la Habana y sus alrededores, la mejor tratada: 150 gramos de carne por persona y por semana; 1/2 kilo de pescado cada 15 días; un kilo de pollo al mes; 5 huevos por mes; un kilo tres cuartos de patatas por mes; 50 gramos de mantequilla al mes (Le Monde 14-3-62).

Ese es el lote de los de abajo; los de arriba consumen y juerguean ilimitadamente, a la manera de los franquistas durante los años de miseria siguientes a la guerra civil. Durante la revolución rusa, los dirigentes bolcheviques, miembros del gobierno comprendidos, ganaban igual que un obrero y no recibían mayor suministro. Para comprender lo que pasa en Cuba, los trabajadores españoles no tienen más que referirse a su propia experiencia con el régimen revolucionario de Franco. Los impostores deben ser puestos en evidencia.

Los únicos, igual policía

Finalmente, el movimiento de los barbudos, más la burocracia de Batista, el grueso de la cual ha seguido siempre en funciones, se ha fundido con el stalinismo cubano en un partido único. La celestina ha sido Moscú. A partir de ahí, el elemento fundamental de gobierno será la policía, y todas las demás organizaciones, las revolucionarias en primer término, serán sistemáticamente perseguidas y acusadas de espionaje. El régimen de Castro queda así orgánicamente uncido al imperialismo ruso, a la contrarrevolución stalinista. Desde el principio -en realidad desde la época de Sierra Maestra- nosotros hemos criticado el individuo y su movimiento, seguros de que se trataba de demagogos y arribistas pequñoburgueses, no de revolucionarios, salvo los engañados. También hemos sostenido que es imposible hoy escapar a la órbita de un imperialismo sin caer en la del otro, a menos de que poder, armas y economía pasen al proletariado y que éste busque el apoyo, no de gobierno alguno, sino de la revolución socialista internacional. La evolución de los barbudos confirma nuestras previsiones. Eso no impedirá. que el stalinismo considere necesario, andando el tiempo, organizarle a Castro un glorioso sepelio, a la manera de Benés.

Tal hombre, tal régimen

Anuncian de Washington, según Le Monde (8-3-62), que Enrique Lister ha llegado a Cuba como consejero militar de Castro. Si no es verdad merece serlo, y en todo caso tanto monta y monta tanto Lister como Castro. Lister era jefe nominal del 5º regimiento en España, tapadera del verdadero jefe, Contreras o Vidali, agente de la policía Rusa (G.P.U.) y probable colaborador en el asesinato de Trotzky. Otro título de Lister, que le hizo merecedor del grado de general en Rusia: destruyó a tiros las colectividades de Aragón. Sépanlo los trabajadores cubanos y trátenlo, si tienen oportunidad, conforme a su rango y hazañas.

Quienes ejecutan y quienes son ejecutados (septiembre, 1962)

La prensa anuncia (Le Monde 28-9-62) que más de 120 personas han sido ejecutadas en un mes. Es una equivocación muy peligrosa, en la cual no debe caer el proletariado, creer que quienes realizan esas ejecuciones son revolucionarios, y necesariamente reaccionarios los ejecutados. Lo contrario es mas verdad, Fidel Castro, ayer al servicio de Estados Unidos, hoy al de la contrarrevolución stalinista, nada tiene en común con las masas trabajadores. Son éstas las víctimas de su dominio, como ayer lo fueron del de Batista. La mayoría de los hombres de Batista siguen hoy a Fidel. En el próximo número de Alarma volveremos a tratar con detención el caso de Cuba.

Aquellos polvos trajeron estos lodos (enero, 1963)

Cuando el proletariado está postrado por la derrota, las potencias reaccionarias disponen a su guisa del riundo,'salvan' la paz o desencadenan la guerra, según convenga a sus siempre macabros intereses

En mayo de 1961, el número 8 de Alarma decía:

Los Estados Unidos no ven en Cuba un régimen revolucionario, sino una cabeza de puente del ejército ruso cuya permanencia les es intolerable (...) Moscú utiliza el aventurero Castro principalmente para crear dificultades a Estados Unidos en América Latina, pero lo dejará caer a la primera presión seria o a cambio de cualquier concesión en otra parte del mundo.

Y el número 7:

Los dirigentes cubanos definen su régimen, claro está, como «democracia popular», con gran júbilo de Moscú y no más susto de Washington que la aprensión de ver a Cuba convertida en un sólo Guantánamo ruso tan vecino a Cabo Cañaveral. El régimen de los barbudos no les ofende de por sí, mal que pierdan algunas compañías, pues la hostilidad de fondo entre el Departamento de Estado y Castro no es política ni económica, es militar. Y así, lo mismo que empezó, podría acabar.

Nada hay que retraer delas palabras anteriores. El acierto de nuestros juicios sobre el régimen cubano no tiene mas que un mérito sencillo, si bien raro hoy entre los propios círculos avanzados: la certidumbre de que una revolución solo puede originarla el proletariado, no un ejército, y menos el ejército de los barbudos aliado a un gobierno que tiene sobre las espaldas el asesinato de la revolución bolchevique y mucho más. Verdad primaria cuya ignorancia o desestimación incapacita para juzgar todas las situaciones que la guerra fría crea. Por desconsideración más que por ignorancia de cuanto de reaccionario implica toda concomitancia con la política rusas la mayoría de los grupos revolucionarios han sido incapaces de atinar en sus juicios sobre Cuba.

Por ventura, los sucesos en torno a las bases atómicas rusas, poniendo la humanidad en la linde misma del cataclismo termonuclear, van a abrir muchos ojos. Cuando menos los de quienes no están asidos a interés alguno reaccionario o conformista. Sin quererlo, Khrutchef y Kennedy han esclarecido muchas ideas, disipado ilusiones, sacudido conciencias en torpor. El acontecimiento no dejará de contribuir a la renovación ideológica de la vanguardia proletaria mundial, condición sine qua non de todo triunfo revolucionario futuro. Esa misma vanguardia, que por rutina intelectual, por un conservadurismo teórico aberrante se ha negado, durante más de 20 años, a reconsiderar sus conceptos anticuados a la luz de la experiencia mundial, se ve de repente colocada ante una evidencia abrumadora: los proyectiles atómicos instalados en Cuba, el ultimatum de Kennedy, la retirada de Khrutchef y el acuerdo secreto (por ahora) entre los dos capitanes imperialistas. En los hechos vertiginosos de una semana se resumen y culminan cuarenta años de supercherías, cuarenta años durante los cuales el proletariado ha ido de derrota en derrota, recayendo siempre de una dominación en otra.

La lección que encierra la conducta de los dos primeros explotadores de la Tierra debe ser asimilada por entero y sin ambages por la vanguardia ideológica, de lo contrario el proletariado, a merced de los bloques militares, continuará siendo alternativamente carne de cañón y de acumulación capitalista. Lo primero a establecer es el completo descarrío de todos los análisis de la naturaleza del régimen cubano hechos por la vanguardia. Pero conviene precisar de pasada, para los principiantes, que la noción de vanguardia revolucionaria es incompatible con la obediencia a Moscú o a cualquiera de sus hijuelas. No hay más vanguardia que la que se irguió contra Stalin en vida, sin dar ahora cuartel a sus continuadores. Y bien, esa vanguardia desperdigada por el mundo en grupos inconexos, ha dispensado por lo general un apoyo al régimen de Castro, que pone en evidencia ya su mediatización stalinista, ya su rutinarismo teórico, causa última de su ineficacia.

El oportunismo stalinizante lo representa y lo razona lo mejor que puede el fofo trotzkismo de la llamada IVª Internacional. Mareada a fuerza de dar vueltas en su imaginativo dédalo de Estados obreros degenerados, ofuscado el entendimiento por incontables oportunismos anteriores, se le aparece en Cuba la visión de la revolución permanente. En realidad, esa organización se desprende sin recato del ABC de la revolución permanente según Marx y Trotzky, y según Lenin en las Tesis de Abril y en la táctica bolchevique antes e inmediatamente después de la toma del poder en 1917. En efecto, la revolución permanente presupuso en Rusia el poder y el armamento proletarios, la supresión del antiguo Estado, la libertad política en los soviets, el control obrero de la producción, etc. todo ello mero preludio a la organización socialista de producción y distribución. El termidor y la contrarrevolución stalinista cortaron este último desenvolvimiento, que es el contenido real de la revolución permanente, imprimiendo un movimiento inverso, capitalista. En Cuba ninguna de aquellas medidas ha tenido vigencia un instante siquiera. El ejército de los barbudos entró en La Habana gracias a la clase obrera, que alzada contra Batista le abrió las puertas. Pero a medida que el poder de Castro se estructuraba iba imitando la obra de la contrarrevolución stalinista, en manera alguna la de Octubre de 1917. Castro y Guevara mismos declaraban que no podía prescindirse de cierto grado de stalinismo. Pronto, el ejército castrista -no sin elementos del de Batista incorporados por venalidad- adquiría las características de una nueva policía, encuadrando lo que alevosamente se llama milicia popular. Dicho sea incidentalmente, el armamento general de los explotados es privilegio de la revolución social; ningún falsario lo resiste. Así también, la propia estructura estatal siendo en gran parte la de Batista, como admitía, a su vuelta de Cuba, el trotzakista argentino Silvio Frondizi, siquiera minimizando la importancia del hecho. La admiración por Castro de ese hombre de izquierdas*, cuál de tantos otros pseudo-revolucionarios e intelectuales americanos y europeos, está compuesta de vaciedades anti-imperialistas y empirismos existenciales, cruce mental de Stalin-Sartre macerado en el ambiente fétido de la guerra fría.

Dijérase que los hombres de la IVª Internacional quieren hacerse olvidar sus culpas por el stalinismo colegial, pesando por alto lo esencial de la revolución permanente. Ni siquiera puede decirse de ellos que permanezcan fieles a la idea original de Trotzky y al esquema de la revolución rusa de 1917. Nuestra tendencia tiene, por su parte, la convicción de que la revolución permanente está en la actualidad superada en cuanto concierne a las tareas de la revolución democrática realizada por el proletariado. En todas partes, son las medidas de la revolución social las que se pueden y se deben emprender desde el primer día. Pero los deslavazados sucesores de Trotzky, aun reconociendo que no existe en Cuba poder proletario, hablan de un Estado obrero, deserción flagrante de los principios más elementales de las necesidades de clase, que ha culminado, durante la semana crítica [la llamada crisis de los misiles Nota del Editor], reclamando la guerra atómica como medida salvadora. Idea esta de matasietes diametralmente opuesta a las perspectivas insurreccionales de los explotados, en el fondo inspirada, como para los mandarines de Pekín, por los bulos corrientes sobre la superioridad rusa en armas nucleares. En ella, la guerra entre Estados y bloques militares substituye a los antagonismos de clase, a la lucha revolucionaria internacional, igual que en 1914 y en 1939-45. Con esta diferencia_ los oportunistas de antaño no reclamaban la guerra, aunque sí aceptasen sus reaccionarias obligaciones patrióticas; los de hoy reclaman esas obligaciones como un honor, piden la guerra, y en lugar de ver en su sola declaración un triunfo de la reacción mundial, la revisten de atributos obreros. Jamás reaccionario de antaño soñó añagaza nacional tan perfecta. ¡Como que es del más puro abolengo stalinista!

La actitud de ese trotzkismo revierte a la de los nacionalistas suspirantes de patria fuerte -y de dominio tecnocrático- que van gritando en son de héroes: ¡Yankee no, Cuba sí!, incapaces evidentemente de gritar; ¡Revolución social sí, Moscú o Washington no!. En muchos casos son los mismos caballeros que ayer gesticulaban frente al imperialismo americano inspirados en la hitleriana lucha contra la plutocracia. El ejemplo mas duradero de esa clase de anti-imperialismo unilateral se dio en Argentina con la dictadura de Perón, mismo personaje que protegido ahora por Franco en Madrid, urde su retorno en colaboración con el castro-stalinismo argentino. Pro-germanos de ayer y pro-rusos de hoy estafan a las masas de idéntica manera, canalizan en dirección reaccionaria sentimientos y problemas económicos cuya satisfacción no puede ni quiere dar el bloque militar de su elección. Su jerigonza anti-imperialista encubre mal su parcialidad pro-otro imperialismo, eso cuando no se trata ostensiblemente de venalidad.

En todos los países subyugados, incluyendo Rusia y satélites, las masas sin conciencia ideológica ven con oscura simpatía al enemigo de su enemigo, quienquiera sea. Pero el papel de los revolucionarios consiste en dar a la animadversión de las masas contra el imperialismo por ellas padecido una forma y un contenido que redunden también contra el imperialismo rival acechante. De lo contrario se es, quiérase que no, juguete de las fuerzas reaccionarias que apabullan el mundo y en ultima instancia de los Estados Mayores.

La experiencia de Cuba es en tal aspecto terminante: Castro, que recibió armas y subvenciones y popularidad de Estados Unidos, en parte incluso el poder, se convirtió pronto en un monigote inerme en manos de Rusia. El fracaso no es sólo suyo, sino del anti-imperialismo en general, nacionalismo tardío que para realizarse implora la ayuda de otras potencias y encuentra en ellas nueva humillación, lo único que el capitalismo actual consiente, por más que se rotule socialista. Mientras Castro pronunciaba estridentes discursos contra el imperialismo yankee y de afirmación nacional, Moscú construía sus bases de proyectiles nucleares, (puerto de pesca según la propaganda para la pesca real de incautos) enviaba avíones, expertos militares, soldados. Entretanto, los aviones americanos auscultaban la isla metro a metro volando impunemente al alcance de tiro de pistola, y siguen haciéndolo a capricho; las bases rusas desaparecían por imposición de Kennedy, pero Guantánamo continua allí, y los consejeros rusos también. Y en todo ello, el gobierno anti-imperialista cubano ha tenido tanta o menos libertad de decisión que el gobierno de Guatemala. La quiebra del anti-imperialismo no podía ser mas cabal y fraudulenta.

La raíz social de dicha quiebra es la incompatibilidad entre toda organización nacional -o la lucha por ella- y las necesidades del hombre explotado en cada país. La nación la engendra el sistema capitalista y es inseparable de él. El sistema se sobrevive debido a un grave retraso de la revolución proletaria, mas no por ello deja de ser una utopía reaccionaria la aspiración a nación fuerte e independiente. Ninguna puede serlo sino explotando y oprimiendo a otras.

Los países que no han conocido la independencia nacional, o sólo en forma menguada como los de América Latina, no la conocerán jamás, por más que el imperialismo les conceda tal rango o ellos crean arrancárselo. Con derecho a gobierno propio o sin él, su servidumbre respecto del capital financiero e industrial de las naciones más fuertes se estrecha implacablemente año tras año. Y así será mientras no supriman los explotados el trabajo asalariado, fuente del capital que a su vez engendra la competencia por el dominio de la plusvalía, la industria organizada para la guerra, los ejércitos y armas devastadores, la opresión política. Cualesquiera sean los problemas legados a un país por el desarrollo desigual del capitalismo, no existe ya otra manera de resolverlos sino mediante la revolución social. Solo ella permitirá a los explotados disponer libremente de sí mismos y emprender una etapa superior de la civilización. El anti-imperialismo y la lucha por la nación, suponiéndoles motivos honrados y no dolosos, es algo así como la reinvención de la carreta de bueyes en la era de los vehículos radioguiados.

También hay quienes califican-el régimen cubano de revolución burguesa. Procede esa interpretación de luchadores proletarios, es evidente, y aunque peligrosa, parece error minúsculo en esta hora en que la voz de los falsarios anega el mundo desde redacciones de periódicos y estaciones de radio. Sin embargo, entraña concesiones a la dictadura castrista, incluso la colaboración con ella en determinados aspectos. Presupone, es indudable, la posibilidad y la necesidad histórica de una revolución capitalista, que el proletariado debiera esforzarse en llevar hasta sus consecuencia extremas, a fin de encontrarse en condiciones mejores para emprender después su propia revolución, etc. La definición escueta: revolución burguesa, o sus equivalentes: nacional, democrática, anti-imperialista, afro-asiática, lleva aparejada la negación de toda posibilidad material de revolución social en el país de que se trate. Las tendencias que hacen suya tal definición (de revolución no proletaria hablan también refiriéndose a China, Egipto, Argelia, Indonesia, Ghana, etc.) son ciegas para la madurez mundial de las condiciones objetivas de la revolución socialista. La refutación de esa idea de abolengo economista la he hecho en otros trabajos. Aquí me limito a reafirmar que las posibilidades de revolución social no es posible calibrarlas nacional, sino internacionalmente, de lo contrario habría que negar su existencia incluso en los países mas industrializados, En fin, la burguesía como gestora de la sociedad y del capital privado en desarrollo, obra de las revoluciones democráticas allí donde tuvieron lugar a tiempo, no lleva camino de florecer en parte alguna. Lo que resulta de las operaciones de guerra fría mal llamadas revoluciones nacionales, es un capitalismo de Estado más o menos completo, siempre contrarrevolucionario en lo político tanto como en lo económico, asfixiante para la sociedad. El desarrollo desigual del capitalismo, espoleado por los antagonismos de bloque, origina, en los territorios atrasados, regímenes que condensan en sí todas las - lacras de los países capitalistas avanzados, sin ninguno de los rasgos que antaño confirieron a éstos su validez social. Tras cualquiera de ellos se descubre sin dificultad un parteador, ora Moscú, ora Washington, cuando no ambos a porfía.

No faltan militantes obreros que hablan de un empate mundial (stalemate) de la lucha entre proletariado y burguesía, de cual consideran residuo regímenes como el de Cuba y otras alacridades stalinistas, Tal interpretación tiene por fundamento la idea expresada por Trotzky en el folleto Termidor y Bonapartismo. El gobierno ruso es un bonapartismo burocrático dirigido contra el proletariado sí, pero que todavía (era en 1933) no alcanza el grado de contrarrevolución, Ahora bien, esa definición, preciso es reconocerlo, ha sido un yerro del gran revolucionario, tan grave que continúa trabando pies y manos a numerosos hombres de valía. En efecto, entre el poder político de la revolución francesa, base del análisis de Trotzky, y el poder político de la revolución rusa, el parangón sólo es formal, no esencial. El bonapartismo francés consolidaba el dominio de la burguesía sobre la sociedad, limitándose a poner coto a la intervención de las clases qué, a izquierda, habían actuado contra monarquía y feudalismo. El bonapartismo ruso expulsaba al proletariado de poder y economia;' tenía que aniquilar de arriba abajo la revolución, pues no podían engendrarlo y nutrirlo sino estratos sociales y factores económicos y mentales del capitalismo. Negarlo hoy equivale a admitir que, sin el proletariado y contra él, otras capas sociales a su derecha pueden organizar una economía socialista. No habría necesidad entonces de ninguna acción de clase, cayendo por tierra esta y otras nociones sociológicas fundamentales del marxismo.

Hablarle a un obrero ruso, húngaro, cubano o chino de un empate en la arena mundial -o siquiera en la rusa- entre su clase y el capitalismo es mofarse de él, igual que para un obrero español, portorriqueño o congolés. Es transformar el equilibrio relativo de las fuerzas militares entre oriente y occidente en equilibrio de la lucha de clases, el terror militar y las presiones económicas de cada Bloque en sucedáneo de la contienda entre revolución y contrarrevolución. Khrutchef o Mao Tse-tung pueden basarse en argumento semejante; el proletariado no. La verdad cruda es que jamás éste último estuvo tan vencido y carente de ideología como hoy. Veinte años de tentativas revolucionarias infructuosas y casi veinte más de desmoronamiento de la conciencia de clases han abocado a esta situación en que la guerra fría y el equilibrio del terror señorean en el mundo. Pese a todo, no habría caído tan bajo el movimiento obrero si sus grupos de vanguardia hubiesen asimilado bien cuál es la causa principal del reflujo de la revolución, no han visto que el proletariado no ha sido vencido directamente, en sitio alguno donde haya habido lucha, por la burguesía y sus gobiernos, sino por la intervención política o militar de la contrarrevolución rusa.

Sabemos hoy, en efecto, que ya el incipiente termidor ruso, de 1922-23, no mostró gran interés en ver triunfante al proletariado alemán, que reanudaba su ataque iniciado casi simultáneamente al del proletariado ruso. A medida que el poder se desplazaba a la derecha convirtiéndose en contrarrevolución, la política exterior stalinista hacíase más deliberadamente anti-proletaria. Su enemiga a la revolución socialista china en 1926-27, no era falta oportunista, cual creyeron entonces Trotzky y la Oposición de Izquierda, sino necesidad vital al mismo tiempo que condición de un futuro poder stalinista domo el actual. A partir de ahí, el gobierno ruso tomó deliberadamente rumbo reaccionario, situándose en la política mundial como un potencia militar cualquiera, no como una fuerza de lucha de clases internacional. Dicho con mayor precisión, adoptaba la posesión de clase del imperialismo: lucha patriótica entre potencias, contrapuesta a la lucha revolucionaria del proletariado mundial contra capitalismo y guerra. En 1933 dio órdenes estrictas a su partido alemán, cuya influencia se extendía a millones de trabajadores, para que dejase a Hitler subir tranquilamente al poder. Una huelga de transportes declarada espontáneamente por los obreros fue calificada de provocación por los dirigentes stalinistas, los mismos que hoy mangonean en Alemania oriental.

Sin embargo, la victoria de Hitler, fácil gracias a los intereses reaccionarios del gobierno ruso, no a tal o cual error ideológico, no había acabado aún con la ofensiva revolucionaria mundial. El último acto de la misma y el más fecundo, se produjo en España. Allí, en 1936, ya no sé trataba de impedir que se desencadenara la revolución, como en China, Alemania y otros países que no menciono. La revolución proletaria era un hecho realizado por la victoria de la insurrección contra el ejército y el capitalismo nacionales. Entonces, Moscú y su partido hubieron de endosar el papel activo de la contrarrevolución. Hombres obedientes a Moscú y armas rusas machacaron la revolución, encarcelaron o asesinaron a los revolucionarios mientras tendían la mano a los fascistas y les facilitaban la victoria militar. Son los mismos que ahora nos hablan de socialismo en Cuba. En resumen, el ciclo revolucionario inaugurado en 1917 era ahogado en sangre por los valedores de la contrarrevolución stalinista, en colaboración activa o pasiva con el imperialismo occidental. Y el último acto independiente del proletariado español fue disparar las armas que le quedaban (insurrección catalana de mayo de 1937) contra los representantes de la política rusa y sus aliados.

Cerrado en España el ciclo revolucionario, quedaba el camino libre a la guerra por un nuevo reparto del mundo, a la lucha imperialista de Estado a Estado. El resultado de ésta, convirtiendo a Rusia en la segunda potencia mundial, ha consolidado esa situación. Los gobiernos stalinistas de Europa central y Asia son una extensión de la contrarrevolución rusa, y los movimientos nacionalistas de cualquier continente, meras maniobras paramilitares de las cuales los líderes locales de cualquier tipo y color esperan sacar mayor parte en las plusvalía de sus connacionales. Dentro de este último caso cae la conversión del castrismo al capitalismo de Estado. En todas esas combinaciones inter-imperialistas, Rusia desempeña el papel que antaño correspondió a Estados Unidos contra Inglaterra. Pero los tiempos no se prestan a la suplantación de un imperialismo por otro sino mediante la guerra total. Meros trabajos de aproche hacia ella, las tortuosidades de la convivencia pacifica han consentido a Rusia retirar importantes ganancias sin aventurarse a la guerra. El apoteosis de tal táctica lo señala la asimilación del régimen cubano y su secuela de maniobras anti-americanas en América latina, de las cuales el Kremlin esperaba un trastrueque de las posiciones estratégico-económicas supletorio de sus insuficiencias como segundo pujador imperialista.

En ese punto preciso y el desboque de las fuerzas militares resultante de la liquidación de la revolución mundial halla un freno, un tope en sí mismo, la impotencia dentro de su irrestricta prepotencia, la negación de su propia negación de la lucha revolucionaria. La segunda guerra mundial fue retardada mientras persistió la actividad insurgente del proletariado. ¿Quién, qué ha impedido esta vez a Rusia y Estados Unidos desatar las furias? El proletariado se encuentra sojuzgado, y aun más desviado de la acción revolucionaria que en 1939. Ni tan siquiera un amago de lucha suya ha pesado sobre las decisiones de los dos sujetos mas representativos del imperialismo actual, de cuyos arrechuchos de buen o mal humor pende todavía la vida o la muerte de las tres cuartas partes de la humanidad. Lo que ha paralizado a Khrutchef y Kennedy no es siquiera el miedo a la derrota, sino la certidumbre de que, quienquiera resultare vencedor no podría sacar partido de la hecatombe termonuclear. La mayoría de la humanidad sucumbiría, casi la totalidad de la industria desaparecería, y la tierra, los mares, la atmósfera guardarían radiaciones deletéreas durante tiempo indefinido. Apenas quedaría sociedad organizada en los países avanzados, y cuando los supervivientes saliesen de sus guaridas descubrirían de la civilización actual sólo vestigios. En suma, Khrutchef y Kennedy se han sentido paralizados por un hecho social que los supera: la incompatibilidad entre su guerra y la existencia de esa misma humanidad por cuya dominación hegemónica contienden.

Los sucesores de los Romanoff han llegado tarde a la merienda de la plusvalía mundial, como ya habían llegado tarde, 30 años antes, los nazis del Tercer Reich. Si la guerra fuese todavía un medio cierto de expansión del capital, habría estallado durante la crisis de Cuba, tanto mas cuanto que la cantidad de megatones aventajaba visiblemente a uno de los bandos. Pero hubieron de recular ambos ante el peligro de desintegrar hombres y máquinas en cuatro continentes. Hecho de importancia primerísima, pues constituye una admisión publica de la imposibilidad de resolver por la guerra las contradicciones inter-imperialistas, y menos aun la crisis general de la sociedad. La ultima ratio niega su propia validez, se convierte en la última hora para todos.

El sistema capitalista revela así, militarmente, de la manera más inconcusa, terrorífica e inaguantable su total caducidad. Summum de la explotación del hombre por el hombre, guerra de clases permanente y legal, lo militar es su esencia y su aureola, su estructura última, actividad de vanguardia y paralela a la conquista planetaria de los mercados; para los dos únicos Grandes hoy, es el envite total y totalitario por la supremacía incontestada, por la posesión de la caja centralizadora del valor de la explotación padecida por 3.000 millones de habitantes de nuestro Globo.

Desde sus orígenes, el capitalismo ha aplicado la técnica y la ciencia a lo militar de manera preferente y más extensa que a la propia producción de sus mercancías. Sabía por experiencia que los instrumentos mortíferos eran custodia y levadura indispensable a sus instrumentos de producción. De guerra en guerra, de fusión en fisión de átomos y de relatividad generalizada en mecánica ondulatoria nos ha traído a un punto en que la aplicación de sus ciencias destructivas mata la sociedad entera y hasta la vida orgánica. Hipóstasis supranacional de la explotación del trabajo asalariado, las aplicaciones militares de la ciencia expresan y trascienden hoy -¡de qué manera!- la incompatibilidad general entre las más urgentes necesidades humanas y el sistema capitalista. Pero, ¡ay! de quienes olviden que para los sicofantes de Moscú El Capital es un manual de saqueo intensivo del trabajo asalariado.

No quiere decir lo anterior que el equilibrio del terror se baste para alejar indefinidamente la guerra, ni siquiera para retraerla a los procedimientos y armas llamados clásicos. Sin suprimir las causas persistirá el efecto, verdad palmaria olvidada o falsificada por quienes pretenden que una victoria rusa suprimiría el capitalismo siquiera en una parte del mundo. Si la Rusia stalinista eligió la guerra como sistema de defensa, no sólo pretiriendo la revolución sino estrangulándola con sus propias manos, es que para ella la revolución representaba el peligro principal. Con mayor razón hoy, cuando su capitalismo de Estado, derramado a parte de Europa y Asia -no sin la tolerancia de las viejas potencias- ambiciona el puesto del imperialismo yankee. La nacionalización de las industrias a que da lugar la imitación del sistema ruso, es tan contrapuesta al socialismo como la guerra imperialista lo es a la guerra civil. Por tal modo, que nunca antes la competencia económica, militar y política fue tan redondamente inter-imperialista como alta entre bloque americano y bloque ruso. Llevados por su propio automatismo absorbedor de plusvalía desencadenarán, a todo riesgo, el cataclismo termonuclear.

No hay otra manera de oponerse a ese curso reaccionario y criminal que reavivar la lucha del proletariado y de los explotados en general por la toma del poder político, la gestión de producción y distribución, en pro de su propio armamento y del derecho a desmantelar por sí mismo todos los instrumentos de guerra inter-Estados -atómicos o clásicos- y a reconvertir las industrias de guerra a la producción de bienes de consumo, a suprimir ejércitos y fronteras. Tan pronto surja una tendencia revolucionaria en tal sentido, en cualquier parte del mundo que sea, se verá cambiar rápidamente la sucia situación internacional. Producto éste, con todos sus Castro, sus Benbella y sus Franco, de la derrota de una ofensiva proletaria, solo de su reanudación depende el fin de aquella.

Quienes pretenden practicar la lucha revolucionaria defendiendo siquiera parcialmente a Castro, Mao Tse-tung, etc. o bien son falsarios implicados en la contrarrevolución rusa, o bien lúgubres atardados y oportunistas incapaces de distinguir lo que es capitalismo y lo que es imperialismo, mas allá de los individuos o países que tienen a bien reconocerlo.

Noviembre 1962 G. Munis

Mano tendida a Fidel Castro (octubre, 1963)

Aprovechando el citado margen de maniobre frente a su protector yankee, Franco ha hecho oídos sordos a la demanda girada por Washington a todos sus compadres y neutrales, de cesar su comercio con Cuba. En los cuatro primeros meses de 1963 Castro ha recibido de Franco hierro, aluminio, vehículos y aparatos electrónicos por valor de un millón de dólares, habiendo mandado azúcar y tabaco, según estadísticas oficiales. El mostrador sigue en actividad. Por otra parte, las relaciones diplomáticas entre La Habana y Madrid han sido siempre excelentes, a pesar de álgunos latiguillos antifranquistas de Castro.

¿Es que Franco ayuda a la revolución cubana? No; es que no hay revolución cubana alguna sino para la propaganda, de la cual son víctimas las masas pero no los gobiernos. Estos saben que lo que Castro ha hecho es organizar un capitalismo de Estado y que, por ser americanos la mayoría de los capitales individuales expropiados por el Estado cubano, Castro fue a acogerse bajo el ala del principal rival de Estados Unidos. En definitiva, esa causa, militar, no ideológica, constituye todo el conflicto de Cuba.

No puede haber revolución allí donde el poder político, las armas y la economía no pertenezcan integramente a los trabajadores. En Cuba, éstos disponen del derecho de huelga o de palabra de la misma manera y con iguales consecuencias que en España.

Donde el Castro sí, vale por: Franco también (diciembre, 1964)

La prensa española no ha andado rémisa en informar sobre el hundimiento del barco de carga Sierra Aranzazu; Como es sabido, transportaba mercancías españolas a Cuba, fue sorprendido en el mar Caribe por cañoneros de cubanos anticastristas y echado a pique. Tres hombres de la tripulación murieron y bastante más quedaron heridos. Si recordamos aquí el incidente es porque ponea lo vivo las trapacerías de la política mundial y las ruedas de molino ideológicas que muchos presentan hoy al proletariado.

En efecto, ¿cómo es posible que Franco, uno de los sujetos más reaccionarios del mundo, cargado de crímenes, ayude al gobierno actual de Cuba? ¿Y cómo es posible que el gobierno de Castro, si de verás es revolucionario, se haga construir, barcos, camiones, maquinaria agrícola y enviar otras mercancías por uno de los gobiernos más anti-obreros del mundo? La respuesta sólo pueden darla quienes han señalado desde el primer día a Casto como un impostor; El capitalismo de Estado que éste se esfuerza en crear puede ser ayudado por Franco, puesto que se trata de lo opuesto al socialismo. Por completo distinta sería la actitud de Franco y de la mayoría de los gobiernos si el proletariado cubano ocupase el poder. La revolución obrera será siempre combatida por los representantes del capitalismo, en particular por gobiernos tan retardatarios cómo el de Madrid.

Supóngase que en los parajes del Caribe en que navegaba el Sierra Aranzazu se hubiesen encontrado unidades de guerra franquistas y castristas. Juntas habrían contraatacado y los ¡Viva Franco! se habrían confundido con los ¡Viva Fidel!. De todos modos, el episodio pose en evidencia el embuste de los defensores de Castro.

Todo el asunto de Cuba es, desde el primer día, uno de los más sucios eventos del pugilato mundial entre los dos primeros imperialismos. En el mismo marco hay que situar las organizaciones anti-castristas que bucanean por el Caribe. La mayoría de ellas están dirigidas por ex-colaboradores de Castro, sin que los mejores pasen de ser burgueses más o menos liberales. Los revolucionarios que había en Cuba están en la cárcel o reducidos a una clandestinidad en que les va fácilmente la vida, eso si no están fusilados ya. En cuanto a los hombres de la tripulación española muertos, han perdido la vida, como los cuatro que murieron en las maniobras navales yankee-franquistas del Mediterráneo, en provecho de un bloque imperialista y de la mentira qué dificulta la rebelión del proletariado en todos los países.

Y el resucitado de Castro (diciembre, 1965)

La desaparición Guevara, El Ché, segundo de Castro y su teórico titular está lejos de ser un acontecimiento extraordinario. En regímenes stalinistas es suceso, sino cotidiano, de cada crisis y la crisis punto menos que permanente. De tal manera han acostumbrado al mundo a esa clase de escamoteos de personajes -por asesinato, por encarcelamiento, por retiro forzoso o en acto de servicio- que ya apenas causan sensación. La supuesta carta de Guevara leída por Castro el 4 de septiembre, después de muchos meses de silencio, es más que sospechosa. Pero escrita aposta para poder enunciar un día u otro la muerte heroica del interfecto en cualquier encrucijada anti-imperialista. Los elogios discernidos en ella a Castro personalmente (defenderé lo que tu me has enseñado) y al Estado (velará la crianza y la educación de mis hijos!!) apestan a sahumerio policíaco y traen a la memoria las declaraciones de los procesos de Moscú. Apenas puede dudarse de que Guevara está muerto. A la inversa del dicho donjuanesco: los muertos que vos matáis gozan de buena salud, cabe decir a Castro: los muertos que vos resucitáis honda sepultura tienen.

Como revolucionarios, nosotros no podemos defender a Guevara, pero eso no nos impide denunciar el crimen de Castro, prueba por sí sólo de muchísimos otros desconocidos en los cuales ha participado Guevara. Haríamos igual si el desaparecido fuese Castro y Guevara quien leyese esa especie de auto-ditirambo. Los crímenes entre stalinistas, falsarios de la revolución y estafadores del proletariado mundial son consecuencia de sus peculiares características reaccionarias y revelan hasta la saciedad la catadura moral de esa gente. Entre la víctima y el victimario no hay manera de decir cuál es peor. Las divergencias que puede haber entro ellos conciernen a problemas del capitalismo de Estado stalinista y de su porvenir frente al bloque occidental, y al proletariado mundial le importan un bledo, juntos o separadamente, los intereses rusos y los chinos, motivo fundamental hoy de disputa entre falsarios.

Importa, sin embargo, señalar que una publicación yugoslava cuyo texto conocemos sólo de segunda mano y mal, ha dicho al parecer, criticando al desaparecido antes de que Castro leyese la carta de marras, que Guevara había caído en el error de afirmar que sin suprimir la ley del valor no había socialismo posible sino capitalismo de Estado. En un hombre que ha puesto en términos cubanos la obra contrarrevolucionaria del stalinismo en Rusia, esa idea es sobrado inverosímil. Verdad, es mucho más de lo necesario para hacerse asesinar en país pseudo-socialista. Sin que nada rescate la obra stalinista de Guevara, dejemos abierto al interrogante.

Julio, 1970

Como todos los mamarrachos que al favor de esta época reaccionaria se han encaramado al poder, Castro lo ejerce según la regla confesada por Salazar: Gobernar es salvar a la gente a despecho de ellos mismos. Es la regla cuya aplicación sirvió a la iglesia para salvar noblemente el alma de los herejes quemándolos vivos.

La gloria gracias al sufrimiento. Castro no propone más ni gobierna con mayor lenidad, y por añadidura su gloria es despreciable. Cualquier mediana democracia burguesa es sin lugar a dudas superior a su despotismo, menos maléfica para los explotados. Un prospecto publicitario suyo muy difundido hace ocho o diez años, presentaba la fotografía de un niño pobre, descalzo y sonriente, a quien se le hacía decir: Cuando yo sea grande seré ¡lo que yo quiera ser! Después de once años de poder absoluto, Castro, siempre en su estilo pasmarote, se da golpes de pecho en público, confiesa su culpa, se absuelve él mismo, y condena otra vez a la multitud de niños de entonces, ya hombres que ha traído a escucharles. Ahora sí voy a salvaros, pero tendréis que aguantar un sufrimiento mayor durante los próximos cinco años. Mientras tanto, nadie es sino lo que Castro quiere y nadie come ni viste a satisfacción sino los salvadores y sus sirvientes, bien regostados.

La militarización de la isla y las servicios policíacos con su cortejo de delaciones, como medio para alcanzar el desarrollo económico decidido arriba, se han revelado ineficaces. No sólo es un fracaso la famosa zafra de 10 millones de toneladas; la producción industrial registra bajas (oficiales) del 20 al 50%, incluso en el ramo de las «subsistencias cotidianas» la leche y el pan. Castro no encontrará otro remedio que reforzar aún las actividades policíacas, ni puede encontrarlo, pues para ello hace falta hundir la estructura económica y política que él ha dado a Cuba imitando a sus ayos rusos.

Al final de su discurso, el 19 de julio, Castro recurrió a la más macabra de sus frecuentes truculencias discurseriles: anunció estar en posesión de la careta mortuoria de Guevara moldeada inmediatamente después de morir, y además, de las manos del mismo perfectanente conservadas. Necesita, evidentemente, amuletos que dejen lela a la multitud y lo protejan a él. Es incapaz de avergonzarse de semejante recurso. Pero su taumatúrgica imposición de manos muertas suscitará la incredulidad. O es mentira, o careta y manos no fueron tomada y cortadas en Bolivia.

Octubre, 1970

Decíamos en nuestro número anterior que Castro no encontraría otro remedio a los pésimos resultados económicos de su gobierno y desgobierno, que intensificar los controles, las coacciones y la represión policíaca. La cosa es ya un hecho. En otra de sus peroratas, el 4 de septiembre, señala como responsables del fracaso a los remolones y gandules que trabajan mal o faltan cuanto pueden al trabajo. Ninguna economía —dijo— puede resistir a la acción corrosiva de esos individuos, incluso si no representan más que un 20% de la población. Nótese, acción corrosiva, pronto será sabotaje. ¡20% de gente que trabaja mal y lo menos que puede! La habitual ligereza de cascos del orador le nubla el entendimiento y sin querer dice más de lo que se propone, aun achicando sus cifras. Ese porcentaje de población activa representa, en efecto, más de la mitad de la población total, habida cuenta de las familias. Descuéntese, por otra parte, el millón o millón y medio de funcionarios altos y medianos que gobiernan a su albedrío y trabajan gozando de su régimen, y resulta que por boca misma del garrulo dictador nos enteramos de que la mayoría está contra él... De paso nos informa también que en los regímenes anteriores, tan infeudados al imperialismo, no había tanto porcentaje de remolones y de gandules. Y de propina, Castro sirve justificación fácil a cualquier gobierno cuya economía marche mal. No son miserables más que los remolones y gandules — ¿quién no ha oído ese argumento en boca de burgueses y reaccionarios?

Los obreros de cualquier país saben bien que mientras más tiránicas son las condiciones de trabajo y peor pagado éste, más directores de fábrica y gobierno acusan de remolones y de gandules a los trabajadores rebeldes, a los más valientes en la protesta, a los que más odian el servilismo, en una palabra, a los más conscientes de su clase y de su dignidad.

Uno de los remedios castristas: asambleas generales en que los cuadros del partido gobernante se esforzarán en inculcar la disciplina a los obreros y pedirán su concurso para aplicarla; o sea, para tomar medidas de castigo. Esa... clase de asambleas son practicadas en Francia por la C.G.T. a sabiendas de que los obreros no se atreven a pronunciarse contra la dirección, ni aun a señalarse como críticos tomando la palabra. Y en Francia, hasta ahora, la represalia... de los cuadros no puede ser policíaca, en Cuba sí. Esperemos que no haya muchos obreros para caer en el cepo que se les tiende, y que en cambio tomen, al margen de todo estamento oficial, la iniciativa de organizarse contra el régimen,

Enero, 1971

El gobierno del libertador Castro se define a sí mismo, cada día más descaradamente, como policíaco. Según nueva ley por él dictada, cualquier hombre entre los 17 y los 60 años carente de empleo conocido será condenado a trabajos. Forzados y así reeducado. El tiempo puede ir de seis meses a dos años. También. los obreros que abandonen el trabajo sin justificación durante 15 días correrán la misma suerte. Y de paso, el gobierno invita al público y a las organizaciones obreras a delatar a los desocupados.

Informes repetidos y muy oficiales de la Habana han asegurado que falta mano de obra. Si el paro forzoso no existe, ¿de donde salen esos desocupados? Si existe, eso es servirse de los obreros parados como mano de obra casi gratuita, legalmente esclava. Y si habiendo trabajo para todos hay muchos obreros que se niegan a aceptarlo, ¿cómo explicarlo sino porque las condiciones de trabajo son inaguantables y la paga exigua? Es con toda certidumbre lo que ocurre. Antes que matarse a trabajar para malcomer y en un ambiente plagado de delatores, muchos obreros prefieren ganarse la vida trampeando de cualquier manera que sea. De todas formas, es evidente sin más argumento, que una ley semejante sólo puede servir a la barbarie de la explotación. Más de una vez puso en juego procedimientos semejantes el capitalismo occidental y hoy mismo imperan con mayor o menor disimulo en el capitalismo oriental, en los países falsamente llamados socialistas. Castro marca el paso de sus congéneres.