Los otros internacionalistas

Crítica del Esbozo de Manifiesto pro Nuevo Partido Obrero de la Worker's League1 de Inglaterra, 1961

Definición de régimen

Antes de hablar de lo que debe considerarse programa propiamente dicho (consignas, proyectos de realización revolucionaria) es indispensable examinar algunas definiciones del Esbozo de Manifiesto. El párrafo relativo a Rúsia comienza asi:

Las relaciones de propiedad establecidas por la Revolución de Octubre son, aunque transitorias, antagónicas con las relaciones de propiedad del mundo capitalista

Las palabras aunque transitorias, revelan un error de concepción que parece presentido por sus propios redactores. En efecto, tales palabras contribuyen a negar, no a fundamentar ni a matizar el antagonismo que la frase quiere destacar,

El pensamiento revolucionario ha contemplado siempre un período de transición entre la sociedad capitalista vencida y la sociedad comunista, pero no hay en él huella de relaciones transitorias de propiedad, que no serían capitalistas ni socialistas. La sociedad de transición surgida de la toma del poder político por el proletariado no difiere de la sociedad comunista sino por los rasgos heredados del capitalismo, que ella ha de borrar, Se trata, antes que nada, de la distribución del producto social basado en el trabajo asalariado (a cada uno según sus capacidades), fuente de la separación de instrumentos de trabajo y fuerza de trabajo, de la acumulación ampliada del capital y de la explotación. En esa distribución social cuya raíz actual es la ley del valor, hoy por completo reaccionaria, tienen origen la dominación de clase, el Estado, y de manera mas general la alienación del Hombre. He ahí toda la herencia de la sociedad capitalista que la sociedad de transición ha de anular.

Ahora bien, instrumento de tal anulación puede serlo, sólo, una distribución del producto social no basada en el salario sino en las necesidades de los hombres; del proletariado y de sus capas más desfavorecidas. El poder político mismo no debe tener otra función que garantizar el cumplimiento de esa hueva relación entre producción y distribución conducente, sin solución de continuidad, al comunismo y a la desalienación del Hombre. Sería absolutamente imposible alcanzar semejantes resultados sin que los medios de producción adopten, a seguidas de la revolución, la misma forma de propiedad social que en pleno comunismo. Así pues, no son las relaciones de propiedad las que pueden ser transitorias.

A todo esto, ¿qué clase de relaciones de propiedad estableció la revolución de Octubre? Cierto, no soclalistas. Esa revolución fue hecha por verdaderos comunistas, pero no tenían por mira más que la revolución permanente (Lenin en las Tesis de Abril) en espera de que el proletariado de los países desarrollados viniese en su auxilio. Incluso la táctica de los bolcheviques antes de la toma del poder se inspiró por completo esa perspectiva, lo cual basta para rechazarla en la hora actual. Tras la magnífica tentativa llamada comunismo de guerra, que lejos de responder sólo a las urgencias de la guerra civil apuntaba directamente a la desaparición del salariato, se giró hacia el capitalismo de Estado tal como Lenin lo concibió, relaciones capitalistas de producción y distribución, pero poder político real del proletariado, basado en los soviets. La conservación efectiva de ese poder era, a ojos de Lenin, la única garantía de un futuro desenvolvimiento socialista, la consentiría esperar la victoria de otras revoluciones en países industrializados y pasar juntos a la sociedad de transición y al comunismo. Puede afirmarse hoy que lo único que existió de verdaderamente socialista en la ex-Unión Soviética, fue pese a sus defectos, el poder político. Una vez el poder de los soviets desaparecido y corrompido el partido bolchevique ya no quedaba sino capitalismo de Estado a secas, que fue consolidándose y reconociéndose cómo tal desde la NEP a los planes quinquenales. Las relaciones de propiedad, de producción y de distribución fueron retrollevadas a las normas capitalistas mas rigurosas. Así se efectuó una contrarrevolución cual nunca conociera la historia y cuya principal tribulación es evitar cualquier revolución proletaria en el mundo. ¿Se necesitan más pruebas de ello después del abandono del poder a Hitler en 1933, del aplastamiento de la revolución española, no por Franco, sino por el gobierno ruso y sus stalinistas españoles, después de la política imperialista de resistencia nacional y de toda la obra reaccionaria de Moscú y sus partidos desde la postguerra?

No existe pues contradicción de sistemas entre Rusia y el mundo occidental, sino pura y simplemente la antigua contradicción entre dos grupos de potencias imperialistas. Sólo que esta vez la contradicción y la lucha apuestan la totalidad de la plusvalía mundial, vindicando cada bando sus instituciones políticas.

El Esbozo de Manifiesto declara enseguida que la economía rusa (de la Unión Soviética, escribe aún) a pesar de las enormes distorsiones que le impone la burocracia, no está expropiada por una clase capitalista, y que los beneficios'no son la base de. funcionamiento de la producción.

La forma misma de esa declaración sugiere que la economía rusa está cabal y lindamente expropiada, aunque no sea precisamente por una clase capitalista. Es evidente que los redactores del Esbozo no podían, escribir sin cargo de conciencia: la economía rusa pertenece a las clases laboriosas, o bien, a la población entera, Ese es, sin embargo, el único argumento que consentiría concluir, con la lógica de las palabras si no con la de los hechos, que dicha economía tiene algo esencialmente diferente de la de los antiguos países capitalistas. Tal cual está dado, el argumento es pues una escapatoria.

Una economía no puede ser calificada sino sobre la base de las relaciones entre los instrumentos de trabajo y la fuerza de trabajo, entre el sistema de producción y el de distribución. Esas dos antinomias son una constante de la historia universal desde la aparición de las clases, la foma de producción capitalista las ha llevado al paroxismo, y solamente su superación revolucionaria (síntesis dialéctica) nos colocará en presencia de una sociedad sin explotados, clases ni opresión.

¿Cómo juzgar, según dicho criterio, la situación en Rusia? La fuerza de trabajo, los Hombres, lejos de regir allí los instrumentos de trabajo, están separados de ellos, sufren su opresión y sé ven reducidos a la categoría de herramienta. Los instrumentos de trabajo no les pertenecen, y por consecuencia tampoco el producto de su trabajo. Los medios de subsistencia continúan apareciéndoseles como potencias exteriores que los dominan, como mercancías racionadas por el salario. Los trabajadores rusos no poseen, por ende, sino su fuerza de trabajo, que se ven obligados a vender cotidianamente a los propietarios de los instrumentos de producción, por un precio que la ley de éstos impone y que no están siquiera en condiciones de regatear como cuando trataban directamente con los propietarios de fábrica. Las cosas ocurren como en Inglaterra o Estados Unidos, viéndose los proletarios rusos más desfavorecidos que los de esos dos países arquetipo del capitalismo.

¿A quiénes venden los proletarios rusos su fuerza de trabajo? No a burgueses en el sentido formal de la palabra, cierto, pero sí a capitalistas en el sentido más profundo del término: propietarios de capitales en forma de dinero y de gigantescos instrumentos de producción, que constituyen y gobiernan el Estado. La clase burguesa nunca ha podido gastar para su disfrute particular más que una pequeña parte de la plusvalía, yendo la abrumadora mayoría de ésta a acumularse en instrumentos de producción y de dominación (armamento). La forma de capital de los instrumentos de producción es pues lo decisivo y distintivo de la sociedad actual, mucho más que su administración a capricho de cada burgués. La burocracia rusa, cuyo dominio de la economía y de los hombres sobrepasa con creces el de los más reaccionarios regímenes modernos, no es asimilable a la antigua burguesía, pero es, sí, una burocracia capitalista. Se otorga a sí misma, para sus fastuosos gastos, una parte de la plusvalía superior sin duda a la de cualquier clase burguesa, y el resto lo transforma en capital acrecentado, sin más criterio que el de preservar su dominación interior y su posición en el mundo. Por otra parte, los burócratas, políticos o técnicos, que cobran beneficios directos sobre la explotación de los obreros son, también, inversionistas privados. Desde hace mucho tiempo, empréstitos y bonos del Estado les permiten colocar su dinero y obtener réditos garantizados.

Otros argumentos podrían adelantarse, pero, ¿se tiene necesidad de más para concluir que la economía rusa ha sido expropiada a los productores y que funciona sólo según las leyes de la economía capitalista extremadas al máximo?

En todos los países donde la ley de concentración de capitales opera de antiguo, el capitalismo es ya en gran parte burocrático, es decir, de Estado. En los países nuevos no hay huella de la constitución de una burguesía viejo estilo; el Estado es el que juega también el principal papel económico, y por medio del Estado es como los individuos participan de la plusvalía y acceden a posiciones de mando. La burguesía en cuanto conjunto de propietarios de capitales que cada individuo invierte según su buén saber y entender, no se constituirá ya en parte alguna. Es un estadio de desarrollo económico ido. Mas la función de tal burguesía, la producción y la reproducción ampliada del capital, se convierte día tras día en la preocupación esencial del sistema, por medio de la burocracia capitalista que encarna el Estado. La burocracia rusa se ha situado evidentemente en vanguardia de esa tendencia del capitalismo mundial, gracias a su reacción contra la obra de 1917. Se veía empujada en tal sentido por su mentalidad preponderantemente burguesa cuando no por sus orígenes directamente zaristas. Ella atajó en seco la revolución permanente, antes de que tuviese tiempo de pasar a las medidas de revolución socialista.

Empero es indispensable añadir que la marcha internacional al capitalismo de Estado, comprendiendo Rusia y los pretendidos países descolonizados, no es sino una de las consecuencias del retraso de la revolución mundial. Es manifestación de una supervivencia del capitalismo, de algo absolutamente innecesario al ascenso de la Humanidad al comunismo; se trata de una involución y por ende de un fenómeno provisional. Deberá desaparecer mediante la revolución proletaria, o bien arrastrará el mundo entero a la decadencia. Considero ese criterio esencial para enjuiciar todos los acontecimientos de la actualidad, y para adecuar una táctica y un programa susceptibles de trastrocar la situación.

Las dependencias rusas

Es sorprendente que el Esbozo de Manifiesto alinee los países de régimen ruso en dos categorías: los que han hecho una revolución popular (Yugoslavia) y los que no la han hecho. Una vez mas, el Manifiesto se enreda en sus propias palabras. No dice, una revolución proletaria, lo cual, aunque irreal, sería al menos ideológicamente claro. Recuérdese que la revolución popular no ha existido en la historia sino como impostura demagógica de pequeño-burgueses o de contrarrevolucionarios. No tiene viabilidad alguna, ninguna base de clase ni cometido que le permita desenvolverse. Durante la etapa de frente popular fue embozo de la política staliniana de sabotaje de la revolución social.

La lucha de guerrilla hasta la constitución de un ejército regular practicada por Tito durante la guerra, debió su éxito al apoyo militar conjunto de Rusia y de los imperialismos occidentales. La conferencia de Yalta decidió ese apoyo. Como todos los movimientos de resistencia, el yugoslavo no era más que la forma adoptada por la defensa nacional en los países ocupados. El albur de las nuevas ocupaciones después de la caída de Hitler determinaba únicamente la órbita occidental u oriental en la que habría de girar cada nación. En todo eso, el pueblo, el proletariado más particularmente, desempeñó, quisiéralo que no, un papel semejante al de los obreros británicos o americanos en la guerra anti-fascista. El enemigo de la revolución no está nunca falto de engañifas.

El ejército de Tito tomó en Yugoslavia las mismas medidas que el ejército ruso en los países que él ocupaba: desarme del proletariado en cuantos casos éste había echado mano por sí mismo a las armas sin encuadrarse en el ejército regular, nacionalización de la propiedad; constitución de un partido policíaco único, supresión de las huelgas y de toda libertad indispensable a la revolución. ¿Quién llegaba al poder? Evidentemente, no el proletariado, sino la misma burocracia tipo ruso que, gracias al retraso de la revolución proletaria, se destaca como heredera de los negocios capitalistas mundiales. En casos muy numerosos, la nacionalización de la economía tuvo la forma directa de una expropiación del proletariado, que se había apoderado de las fábricas. Era la contrarrevolución impuesta por el ejército y la bofia, antes de que la revolución tuviese tiempo de organizarse. Tal burocracia stalinista sabe por su ya luenga experiencia que la propiedad de Estado es el medio ideal de explotación, el que reduce al mínimo la capacidad de resistencia de los obreros y concentra superlativamente todos los poderes en manos de los explotadores. A mayor abundancia, la experiencia de España en 1936 le aconseja no permitir a los trabajadores apoderarse de la economía un sólo instante. Durante meses, la economía estuvo allí regida por los trabajadores mismos, no por el Estado, lo que puso el stalinismo al borde de la derrota y le obligó, por primera vez, a desenmascararse como tendencia contrarrevolucionaria. Para los hombres de Moscú, la nacionalización encierra el secreto de una eficacia contrarrevolucionaria sin par; es tanto más temible para el proletariado cuanto que va en la dirección funcional automática del capitalismo internacional. Propiedad y planes de Estado representan la suprema medida de salvación contrarrevolucionaria, porque son antípodas de la propiedad comunista y de la planificación para las necesidades.

En realidad, y salvando Yugoslavia, el Esbozo de Manifiesto se abstiene de calificar los regímenes instaurados por Rusia, limitándose a indicar su dependencia económica y militar respecto de ésta. Pero está implícita su asimilación al tipo de régimen atribuido a Rusia.

En contradicción con cuanto ha dicho antes, el Manifiesto declara de repente:

En la naturaleza de clase del listado chino lo que domina, a pesar de las presiones soviéticas, es el capitalismo.

La subida al poder del partido comunista chino, sigue diciéndonos, no fue obra de una revolución proletaria. Verdad, pero en el mismo caso están todos los otros países, exceptuando Rusia. Y en China, la nacionalización y el imperio del Estado sobre toda la economía, agricultura comprendida, son quizás más cabales que bajo todo otro gobierno stalinista. Fuere lo que fuere, el poder político y la totalidad de la plusvalía pertenecen a la misma casta burocrática que en Rusia o Yugoslavia. Por consecuencia, ninguno de esos regímenes puede ser considerado esencialmente diferente de los otros.

Mi pensamiento sobre ese problema particular está expuesto en el artículo La antigua China de los Mao Tse-tung, publicado en el número 5 de Alarma. Inútil repetirlo aquí. De todos modos, es incontestable que cualquier régimen impuesto por un partido stalinista, o directamente por el gobierno ruso, debe ser equiparado al de Rusia. No ha habido mas que una revolución proletaria, la de 1917. Su transformación en contrarrevolución capitalista de Estado explica, no sólo la extensión de ésta a otros países, sino también toda la política exterior del Kremlin, intencionalmente orientada hacia la guerra desde el frente popular al manifiesto de los 81 partidos. Tal política, que tiene una continuidad contrarrevolucionaria netamente discernible, lejos de expresar un oportunismo o una concepción revisionista (reformismo) cual pretenden, entre otros, los quejumbrosos rábulas de la actual IVª Internacional, es una estrategia metódicamente concebida, la de la segunda potencia imperialista de la Tierra; no capitula ante la burguesía, sino que, por el contrario, sabe obligarla a marcar el paso; no está al servicio del capitalismo como la antigua política de la social-democracia, porque representa al propio capitalismo en su más alto grado de concentración económica, policíaca e ideológica. Si no alcanzásemos a comprenderlo y actuar en consecuencia sería el acabose de la revolución mundial para toda la época actual.

La guerra y el derrotismo revolucionario

La definición de la economía rusa como no capitalista lleva consigo una noción enteramente errada de la naturaleza de la nueva guerra mundial que por todas partes se prepara, y obstruye el camino a la aplicación inmediatamente necesaria del derrotismo revolucionario.

El desenvolvimiento de la guerra de 1939-45 fue la más inapelable refutación de la existencia de una contradicción de sistemas sociales contra el antiguo capitalismo y Rusia, como lo creyó entonces, con raras excepciones, la vanguardia revolucionaria. Persistir en ese conservadurismo ideológico, cuyo origen y resultado es un ramplón materialismo mecanicista incompatible con las necesidades revolucionarias, me parece, preciso es decirlo, una vocación de suicidio, un cepo que en un momento u otro forzará la renuncia de quienes en él se empeñan.

La alianza de la Alemania hitleriana con Rusia, igual que después la de las potencias democráticas demostraban, por el sólo hecho de su realización, que las contradicciones entre esas potencias y el sedicente mundo socialista no existían sino para la galería. La guerra entera se desenvolvió bajo el signo de las contradicciones inter-imperialistas, mientras que la existencia real de un mundo socialista tan vasto como Rusia las habría hecho pasar a segundo plano, poniendo en evidencia la contradicción -mucho mas potente e irreductible que la de la lucha por los mercados- entre dos sistemas de producción antagónicos. El fracaso de Hitler queriéndose presentar, por su ataque a Rusia, como campeón del anticomunismo cuando ya el gobierno de Moscú había ejecutado o metido en presidio a los verdaderos comunistas, debería eximir de más argumento, si no fuese que la vanguardia revolucionaria se muestra en alto grado conservadora. En efecto, las mayores potencias imperialistas corrieron en socorro de Moscú, cuando los habría bastado acordar a Alemania un pedazo de Rusia para que encontrase las salidas que le eran indispensables, y su drag nach Osten.

Así pues, el mundo socialista no sólo fue salvado por las potencias mas imperialistas del planeta, sino que por añadidura le consintieron toda la extensión que le conocemos, desde Alemania del Éste hasta China. Le estaban agradecidas de haber traicionado la revolución mundial, en Moscú igual que en Madrid y desde 1936 hasta el fin de la guerra, que de otra manera habría marcado el triunfo del proletariado en toda Europa. Las dificultades no comenzaron sino en el momento en que el gobierno ruso, bien asida la gigantesca plusvalía de sus vastos territorios, pasa de la actitud de lacayo de las viejas potencias a la de nuevo amo y rival.

Es imposible imaginar sesgo alguno, es imposible presentar un sólo argumento serio que permita comprender cómo las contradicciones entre países de igual régimen social han podido dominar frente a contradicciones qué se pretenden fundamentales, que serían absolutamente irreductibles, entre dos sistemas sociales contrapuestos. Cuanto se diga al respecto revelase enseguida ergotismo. Por el contrario, la interpretación dada aquí no sólo permito ver claro, sino también ir muy lejos en el nuevo desarrollo ideológico que requiere el futuro rebrote de la revolución mundial.

El argumento de Trotzky, la equiparación del régimen stalinista al bonapartismo implícitamente aceptado por el Esbozo de Manifiesto, debe ser rechazado. Mediante el bonapartismo la burguesía francesa no hacía mas que consolidar su sistema y su poder desembarazándose de las incursiones políticas de las clases que estaban a su izquierda: artesanos, proletariado, pequeña-burguesfa, que habían sido los protagonistas principales de la lucha contra el antiguo régimen. Su revolución -y la propiedad capitalista- se vieron así circunscritas a sus propios límites, en manera alguna destruidas, ni siquiera amenazadas. El bonapartismo francés se presenta pues como indispensable al desarrollo de la economía burguesa. La revolución comunista, por el contrario, no puede abandonar el poder y la gestión de la economía a ninguna capa social a la derecha del proletariado -a izquierda no puede existir- sin verse a continuación aniquilada y transformada en su contrario. No puede detenerse sin ser inmediatamente traicionada, pues debe dar cima a una y sin solución de continuidad, a la transformación socialista de la producción y la distribución actuales y a la desaparición de las clases, el proletariado comprendido. No siendo así el Estado, en lugar de extinguirse a medida del debilitamiento de las resistencias capitalistas, vuelve a ser guardián o depositario directo de la ley del valor, de la distribución basada en el trabajo asalariado, y en suma de la acumulación del capital. Y ahí está la contrarrevolución en el poder. Que no sea obra de la antigua clase burguesa sino de una burocracia, realza en lugar de disminuir la gravedad del hecho. La llamada burocracia obrera se revela, incluso en los mejores casos, encarnación de las ideas o intereses capitalistas en el seno de la clase obrera. En Rusia como donde quiera se haya instalado o se instale en el poder, la obra de esa burocracia no puede ser sino capitalista y contrarrevolucionaria. Bajo su yugo el proletariado se encuentra aun más abatido e impotente. En fin, ¿cómo puede negarse el carácter capitalista de los medios de producción cuando el trabajador sigue siendo un asalariado? Un proletariado sin capitalismo que lo engendre es tan imposible como lo contrario, el capitalismo sin proletariado.

En la hora presente, la contrarrevolución stalinista ha hecho camino ya largo y enormes beneficios. Fuera de la vasta zona de la Tierra en que ella reina cual señor absoluto, concurre con Estados Unidos y las demás potencias occidentales en la exportación de mercancías y de capitales, bajo el mismo emblema de ayuda a los paises subdesarrollados utilizado por los antiguos imperialismos desde el fin de la guerra. Además, sus partidos en el mundo occidental tienen una política enteramente reaccionaria de unidad nacional, cuyos objetivos inmediatos y a largo plazo son la preparación de la guerra y su dominio político como supremos representantes de los intereses de la nación (aliada a Moscú, claro). El manifiesto dicho de los 812 es más que explícito a tal respecto.

En vano se intentará descubrir una diferencia cualitativa entre los intereses y la política mundial de Rusia y la de Estados Unidos. La naturaleza de la contradicción entre esas dos primeras potencias es intrínseca a su sistema capitalista mutuo, y cada una practica frente a la otra una política anti-imperialista. Si existiese un mundo socialista, hace luengos años que el capitalismo se habría aventurado a asaltarlo, o por el contrario, no menos tiempo que la revolución proletaria cantaría victoria en casi todas partes. La coexistencia pacifica no fue posible en el pasado sino en la medida en que el gobierno ruso ofrecía garantías anti-revolucionarias, sin presentarse todavía como concurrente imperialista. En el porvenir no tendrá vigencia más que por los métodos tradicionales de la competencia por los mercados y por las materias primas, o bien mediante su redistribución por la guerra, que también es una forma normal de coexistencia entre Estados capitalistas. Las necedades demagógicas de Khrutchef sobre tal punto, indican la naturaleza del compromiso que busca con el imperialismo rival.

Es falso que la victoria militar sobre Rusia, ofreciendo al capitalismo occidental nuevos mercados, le consentirían prolongar su existencia. Dejando aparte el hecho de que Estados Unidos, en caso de derrota rusa no podría dejar de mantener el sistema de producción impuesto por el stalinismo, el agotamiento del capitalismo como forma social favorable al desarrollo de la Humanidad no depende de la limitación de los mercados3, sino de la contradicción entre el desarrollo económico global y las necesidades del Hombre. No pudiendo éstas ser satisfechas hoy, debido a la distribución de los productos basada en el trabajo asalariado para la inmensa mayoría, en la plusvalía para los menos, la economía y la sociedad actuales en general conviértense en reaccionarias, están agotadas como factor de civilización. Tal es la fuente más profunda de la crisis de la sociedad contemporánea, y lo que reclama inmediatamente la revolución social. El capitalismo prolonga su existencia y halla solución pasajera a sus problemas, no por la apertura de cualesquier mercados que fueren, sino por la impotencia de los revolucionarios, en gran parte ideológica, que deja el proletariado a merced de los aparatos stalinistas y ex-reformistas.

No, el proletariado mundial no tiene nada que perder, y el proletariado ruso menos aun, de una derrota de Rusia a manos de quién sea. Sin embargo, lo cierto es que a menos de dejar pleno juego al derrotismo revolucionario en ambos bloques se da apoyo al uno o al otro, y la divisa esencial del proletariado; contra la guerra imperialista, guerra civil, queda abandonada en provecho de los intereses militares de Moscú o de Washington.

La gravedad de dicho problema es tanto mayor cuanto que el derrotismo revolucionario ha dejado de ser un principio reservado a tiempos de guerra. Su aplicación se ha hecho necesidad cotidiana, en cada acción del proletariado, y hasta en los países más alejados o neutrales. En el Congo, en Colombia, en el Japón, en Siria, la India, etc., los representantes del imperialismo ruso están afanados en el juego pérfido de la guerra fría. Tampoco faltan, en los países del bloque ruso, a pesar de las duras coacciones policíacas, corifeos actuales o posibles del imperialismo yankee. Incluso los aparatos pro-rusos pueden desempeñar ese papel, como lo demuestra el caso del stalinismo yugoslavo. Precisemos todavía: en las fábricas de todo el mundo occidental, el stalinismo lleva una política exclusivamente guiada por los intereses militares de su metrópoli. No favorece ninguna reivindicación, ninguna lucha que no se encuadre en ese esquema. En todas partes, los representantes paramilitares de los dos imperialismos engatusan a la clase obrera para mejor enrolarla. Si ignorásemos esos hechos nuevos caeríamos en la trampa inconsciente o conscientemente.

Necesario es puntualizar que las principales consignas inmediatas que pueden darse para romper la actual situación reaccionaria, quiero decir incluso consignas de orden económico son informulables salvo sobre la base de la lucha del proletariado contra los dos bloques, hasta el desbarate de los ejércitos. Pero eso no cabe explicitarlo en esta crítica. Concluyo diciendo que tengo por cierto que cuantos grupos se muestren incapaces de aplicar el derrotismo revolucionario día tras día y en los dos bloques militares, serán aniquilados por los acontecimientos.

Colonias y metrópolis

Eh esta época de decadencia del capitalismo no puede haber ninguna lucha por la independencia nacional siquiera un tanto progresiva. La era de las naciones ha periclitado. ¿Se quiere prueba más terminante que la pérdida de independencia real por los países mismos que fueron cuna de la nación y del capitalismo? Y esa situación de hecho, a su vez, la ha posibilitado el retraso del proletariado en suprimir fronteras, ejércitos, etc. Existiendo pues las condiciones históricas objetivas para la realización de tales medidas, los países coloniales o económicamente sujetos al imperialismo no tienen necesidad de atravesar el estadio nacional y burgués; pueden acceder directamente a la sociedad internacional socialista. Por lo demás, dicho estadio nacional y burgués por el cual se quiere meter a los pueblos atrasados lo convierte en absolutamente irrealizable la potencia gigantesca del capital moderno; por tal modo; que la consecución de la independencia formal acentúa a menudo la dependencia económica, que por su parte no tiene nada de formal.

La grita anticolonialista e industrializadora a propósito de los países subdesarrollados ha sido puesta en altavoz por la política inter-imperialista de preparación de la guerra, de la cual, por desgracia, son victimas la mayoría de los grupos revolucionarios. Trátese do Cuba, de la India, de Argelia o de Corea, la acción es siempre desencadenada por las contradicciones inter-imperialistas, en manera alguna por las necesidades históricas de los pueblos. La lucha revolucionaria que estás últimas exigen ha de efectuarse en conjunción con el proletariado mundial y en pro del objetivo más alto posible en el mundo actual considerado como unidad económica y social. Así, la lucha contra el colonialismo debe ser hoy lucha por la revolución proletaria común a los explotados de colonias y metrópolis, debiéndose poner en la picota como reaccionaria toda lucha independentista nacional. Su alcance máximo sería, en efecto, una redistribución de la plusvalía entre los diversos imperialismos y los lucradores nacionales.

La industrialización y la modernización general de los países atrasados no puede hacerse sino de manera muy restringida y reaccionaria por los medios capitalistas, mientras que por los medios socialistas al alcance del proletariado mundial se realizarían prodigios. Ese problema, más que ningún otro, exige una visión de conjunto de las posibilidades del proletariado mundial en posesión de los instrumentos de producción. El retraso de la conciencia revolucionaria por relación a tales posibilidades, no justifica una política que las ignore contando únicamente con la evolución de cada país como universo aislado.

Partido Laborista, partido comunista y sindicatos

El Esbozo de Manifiesto define como reformistas Partido Laborista y partido stalinista por igual. Ni el uno ni el otro lo son. El stalinismo no ha sido ni será jamás reformista, y el laborismo dejó de serlo hace bastante tiempo. Error de definición que tendría poca importancia si no comportase la táctica y las actitudes tan conocidas de frente único, apoyo crítico, regeneración de los sindicatos, etc.

No creo que convenga a ninguna de esas organizaciones otra definición que la de capitalista, aunque destinadas a enrolar al proletariado. La evolución de los partidos stalinistas en todo el mundo ha seguido muy de cerca y casi sin resistencia ni contradicción desde el Vº Congreso de la IIIª Internacional, la senda del poder ruso. Éste recorrió mucho más pronto de lo que de costumbre se cree su periodo termidoriano, reformista sólo de apariencia, y se adentró a tientas en la acumulación del capital, a tiempo que daba caza a los revolucionarios de propósito deliberado. Comportamiento político y realizaciones económicas convergieron en el cepitalismo de Estado, contrarrevolución qué se afirma por los procesos de Moscú y la exterminación de la vieja guardia, exteriorizándose por primera vez en el aplastamiento deliberado de la revolución española. En ningún sitio han desempeñado los partidos stalinistas el papel de Kerensky o el de la social-democracia alemana tras de la primera guerra. Atribuirles, por añadidura, la intención de llevarnos al socialismo por la senda parlamentaria o mediante cualquier evolución, es verdaderamente empeñarse en idealizarlos. El stalinismo no ha hallado oportunidad de ligárselo a cada capitalismo nacional, cual fue el caso de los antiguos partidos reformistas. En cambio, está indisolublemente atado, por interés y por ideas, al sistema ruso. Sólo después de instalado en el poder está en condiciones de romper con su matriz y pasar al bloque occidental, pero ya como primer representante del capitalismo nacional estatizado; aun así, necesita prestársele el emplazamiento geográfico, o bien guarecerse tras la potencia militar americana. Mientras tanto, los partidos stalinistas se disimulan tras la legalidad burguesa, única forma de hacer su apaño y echan una mano a todo el mundo contra la revolución. Saben perfectamente que no pueden encaramarse al poder sino en vísperas de una ocupación por el ejército ruso, o bien tras haber aplastado ellos una revolución. Se trata, en suma, de partidos que llevan en sí la contrarrevolución tipo capitalismo de Estado, y en ese criterio debe basarse nuestra actitud ante ellos.

Como todos los antiguos partidos reformistas y los sindicatos, el laborismo, por su parte, ha arrojado a la basura toda idea de socialismo, siquiera evolutivo, situándose en la sociedad como un partido capitalista más, cuyas probabilidades de futuro propietario de la plusvalía social no son insignificantes. La fusión de esos partidos con el capitalismo es casi completa, incluso en países como España, donde padecen la ilegalidad. Su evolución ha sido simultánea a la de la concentración del capital y la degeneración del sistema; su porvenir es también el capitalismo de Estado, mas sólo lo alcanzarán mediante el automatismo propio del capital nacional que los encuadra, sin otra posibilidad de acelerar ese proceso que el de los regateos legales. La burguesía restante, en vías de transformarse en alta burocracia, compite en tal sentido con los partidos ex-reformistas, pero, salvo revolución, su colusión sera plena, pronto o tarde, y el sitio de honor corresponderá a los líderes laboristas, pues tienen el mando en la venta de la fuerza de trabajo. En éso, la diferencia entre países occidentales y Rusia reside en que los primeros se acercan al capitalismo de Estado siguiendo el desenvolvimiento natural -hoy reaccionario- de la concentración de capitales, mientras la segunda la abordó de lleno, mediante las exigencias políticas de la contrarrevolución stalinista, que había de destruir la primer tentativa comunista de la historia. Resumiendo, el Partido laborista no debe ser tratado, a mi juicio, de manera diferente que el partido Tory. Los obstáculos del razonamiento tradicional con que tropieza la defensa de esto punto de vista, debemos aprender a vencerlos mediante explicaciones y actitudes absolutamente netas. No se puede ganar hoy la confianza de la clase obrera sino por la rebelión contra el ámbito sofocante en que la tienen sumergida el ex-reformismo y el stalinismo,

Tocante a los sindicatos, me limito a decir que considero imposible su regeneración porque, vistos en la historia de su evolución y en su contenido revélanse necesarios únicamente a los trapicheos de la venta de la fuerza de trabajo al capital. Son organismos propios de la sociedad mercantil. Como el parlamento o los tribunales capitalistas, no pueden ser regenerados y desempeñar un papel revolucionario. El problema es de capital importancia, y por mi parte lo considero de vida o muerte para el porvenir de la revolución; pero no debo abundar más sobre él aquí. Un folleto circunstanciado sobre los sindicatos, co-escrito tiempo ha, será publicado lo antes posible. Me remito a las ideas en él expresadas.

Consignas y lucha inmediata

La constitución de partidos revolucionarios y de una nueva Internacional, cometido de todos los núcleos de vanguardia, exige, a mi entender, un gran esfuerzo de renovación ideológica. La mayoría de las nociones tácticas y de las consignas de lucha inmediata que nos trasmitieron los bolcheviques y que el Programa de Transición recoge han perdido su validez. Todos los factores objetivos y subjetivos en que tal táctica se apoyaba han dejado de existir, substituyéndolos otros. El capitalismo y la situación del mundo se han modificado en gran medida, pero casi todos los núcleos revolucionarios siguen más o menos atascados en el Programa de Transición, comprendidos los anarquistas y otros que lo niegan o lo reniegan. Ese conservadurismo, lote de casi todos los grupos situados a izquierda del ex-reformismo y del stalinismo, cuenta por mucho en su incapacidad para congregar partidos proletarios

En la imposibilidad de presentar aquí un trazado general de la táctica, las consignas inmediatas y el programa revolucionario, me veo constreñido a remitir al número 2 de Alarma (serie anterior). El Llamamiento y exhorto a la nueva generación contiene, en forma de consignas, buena parte de las modificaciones que nuestra tendencia, Fomento Obrero Revolucionario, considera indispensables y ha adoptado. El criterio que preside a tales modificaciones es el siguiente: toda consigna, toda demanda realizable con los medios económicos y los conocimientos técnicos modernos, debe ser propuesta a la clase obrera como consigna inmediata; cuanto está en la necesidad de la organización del comunismo, debo ser formulada como tarea urgente. Eso basta para percatarse do que la reducción de la jornada de trabajo a 6 o 4 horas (sin disminución de paga), la supresión de ejércitos y fronteras y la organización de comités obreros de poder y de distribución de los productos, la desaparición misma del trabajo asalariado -algunos ejemplos sólo- se transforman en consignas inmediatas.

Unicamente el conservadurismo de los revolucionarios arguye que los gritos de ¡Abajo la plusvalía!, ¡Viva la sociedad comunista mundial!- no pueden ser, todavía, comprendidos por las masas y transformados en hechos.

Julio 1961. G. Munis

Carta a Arrigo Cervetto tras el nacimiento de Lotta Comunista, 1966

París, 9 de mayo 1966

Estimado Camarada Cervetto3

Lamento no haberte visto durante mi corta estancia en Milán, a finales de marzo, no sólo porque me hubiese agradado intercambiar opiniones contigo, sino también a causa de la traducción de Jalones, ya acabada según tu mismo habías dicho a Luca. Hice el propósito de escribirte a mi regreso, pero he tenido que esperar hasta ahora, debido a un cambio precipitado de domicilio, con todo el trabajo físico que ello supone cuando uno mismo tiene que hacerlo todo. Ni mi mujer misma podía ayudarme, puesto que está en inminencia de parto. En fin, aprovecho uno de mis primeros respiros para rogarte me mandes la traducción, o la parte que tengas ya en limpio, si no está toda, y me hagas las sugestiones que te parezcan pertinentes. Si lo prefieres, haz el envío a Luca. En todo caso, espero no dejes de decirme pronto qué hay del asunto, cuyo términose prolonga excesivamente al parecer.

He recibido los dos primeros números de vuestro nuevo periódico4, que tiene desde luego mejor aire que el antiguo Azione. El nuevo Azione, cuyo primer número leí, está fuera del movimiento revolucionario e incluso del movimiento obrero propiamente dicho. Raimondi ha vuelto la casaca del revés. Lo que decís vosotros sobre él revelan aspectos del individuo que no me eran desconocidos. Lo peor de todo, desde luego, es su voltereta última5. En rigor se trata de una traición, de un paso al enemigo de clase, particularmente neto y grave porque el individuo había definido los regímenes de estructura stalinista como capitalismo de estado. Apoyando a cualquiera de ellos deserta al campo de los explotadores.

Mis desacuerdos con el contenido de vuestro periódico no necesito exponerlos aquí. Se deducen del contenido del Pro -segundo Manifiesto Comunista, que debes haber recibido y leído, y del de Alarma. No exceden los desacuerdos posibles hoy entre militantes revolucionarios. De eso hubiera sido posible conversar de viva voz.

Para escribirme o mandarme cuaquier cosa, la dirección notada abajo es preferible a mi domicilio. Escríbeme en italiano si te es más fácil que en español, como a mi me ocurre en sentido inverso.

En espera de prontas noticias tuyas,

G. Munis

Mlle. Nicole Espagnol 125, Rue Caulincourt Paris 18 (Sin otra indicación en el sobre)


  1. La Worker's League fue un grupo británico, formado en 1954 por antiguos militantes de la IVª Internacional en Gran Bretaña que habían practicado el derrotismo revolucionario durante la segunda guerra imperialista mundial. Entre sus militantes más conocidos estuvieron Max Adler, Dennis Levin, Joe Thomas, Jack Hartley, Granville Stone, y Colin Henry. Desapareció en 1966. 

  2. Manifiesto de 81 partidos stalinistas , incluido el chino y el albanés, reunidos en Moscú en 1960, fue la última declaración conjunta de todos los partidos stalinistas -salvo el yugoslavo- en el poder tras la guerra. Nota del editor

  3. Fundador de Lotta Comunista. Partisano del PCI stalinista en 1943, rompe con la organización stalinista en 1945 y se integra en grupos anarquistas. En 1953 a la cabeza de los GAAP (Gruppi Anarchici di Azione Proletaria) se integra en el el Movimento della Sinistra Comunista. Este movimiento integra a Azione Comunista, una escisión del stalinismo de 1953 que se articula y reposiciona en dos polos -uno alrededor de Bruno Fortichiari, cofundador del PCI de 1920 con Bordiga otro que tiende al PS-, el PC Interzacionalista de Damen y los Gruppi Comunisti Rivoluzionari de Livio Maidan -continuidad del grupo italiano de la fracción internacionalista de la IVª Internacional que rompe en 1949 y forma la UOI. El Movimiento se irá decantando en la década siguiente: Cervetto y Fortichiari agruparan elementos alrededor de sus tesis de 1957 que reivindican el leninismo en lo organizativo y caracterizan a la Rusia stalinista como capitalismo de estado. El PCInt se separará y escindirá entre bordiguistas y damenistas. Del restante los filo-socialistas marcharán en el 59 y en el 63 lo hará también una corriente filomaoista nacida de Azione Comunista encabezada por Raimondi, otro fundador de Azione. Con los restos, Fortichiari y Cervetto, pondrán en marcha el periodico Lotta Comunista en 1965, menos de un año antes de publicarse esta carta. 

  4. Se refiere a Lotta Comunista

  5. Reagrupará en torno a posiciones stalinistas a una parte de la base de Azione formando una federación con ellos con un órgano de prensa común, Rivoluzione Proletaria (al que Munis llama el nuevo Azione en esta carta). Acabará integrándose en 1992 en Rifondazione Comunista, el partido nostálgico ultrastalinista resultante de la explosión del PCI.