El trotskismo stalinizado: defensa incondicional del capitalismo de estado

Rompí formalmente con la IVª Internacional en 1948 -como Natalia Sedova-Trotzky hizo posteriormente- pero eso no me impedirá levantar la mano como trotzkista frente a los calumniadores policíacos de Moscú o de Pekín. G. Munis, 1972

El trotskismo stalinizado: defensa incondicional del capitalismo de estadoCrítica del Esbozo de Manifiesto pro Nuevo Partido Obrero de la Worker's League de Inglaterra, 1961Definición de régimenLas dependencias rusasLa guerra y el derrotismo revolucionarioColonias y metrópolisPartido Laborista, partido comunista y sindicatos Consignas y lucha inmediataVerídica historia, 1961¿Qué sucede en la IVª Internacional?, 1962Alianza y política espúreas en Bolivia, 1964Dos cuartas de Internacional en un solo geme oportunista, 1963Solidaridad y crítica, 1966El izquierdismo francés después de mayo 68, 1969Fusión LC-LO en Francia, 1971El trotzkismo en América Latina, 1971Félix Morrow sobre la Revolución española, 1971¿Dónde estáis militantes de Lutte Ouvriére?, 1972Los lacayos de la contrarrevolución stalinista, 1977Las hienas en el desfile, 1978Hoja distribuida en la fiesta de Lutte Ouvrière de junio de 1979Trotskismo: defensa incondicional del capitalismo de estado, 1984Análisis de un vacío, cincuenta años después del trotskismo, 1982Prólogo (1982)Análisis de un vacíoCincuenta años después del trotskismo (1982)

Crítica del Esbozo de Manifiesto pro Nuevo Partido Obrero de la Worker's League de Inglaterra, 1961

Definición de régimen

Antes de hablar de lo que debe considerarse programa propiamente dicho (consignas, proyectos de realización revolucionaria) es indispensable examinar algunas definiciones del Esbozo de Manifiesto. El párrafo relativo a Rúsia comienzá asi:

Las relaciones de propiedad establecidas por la Revolución de Octubre son, aúnque transitorias, antagónicas con las relaciones de propiedad del mundo capitalista

Las palabras aunque transitorias, revelan un error de concepción que parece presentido por sus propios redactores. En efecto, tales palabras contribuyen a negar, no a fundamentar ni a matizar el antagonismo que la frase quiere destacar,

El pensamiento revolucionario ha contemplado siempre un período de transición entre la sociedad capitalista vencida y la sociedad comunista, pero no hay en él huella de relaciones transitorias de propiedad, que no serían capitalistas ni socialistas. La sociedad de transición surgida de la toma del poder político por el proletariado no difiere de la sociedad comunista sino por los rasgos heredados del capitalismo, que ella ha de borrar, Se trata, antes que nada, de la distribución del producto social basado en el trabajo asalariado (a cada uno según sus capacidades), fuente de la separación de instrumentos de trabajo y fuerza de trabajo, de la acumulación ampliada del capital y de la explotación. En esa distribución social cuya raíz actual es la ley del valor, hoy por completo reaccionaria, tienen origen la dominación de clase, el Estado, y de manera mas general la alienación del Hombre. He ahí toda la herencia de la sociedad capitalista que la sociedad de transición ha de anular.

Ahora bien, instrumento de tal anulación puede serlo, sólo, una distribución del producto social no basada en el salario sino en las necesidades de los hombres; del proletariado y de sus capas más desfavorecidas. El poder político mismo no debe tener otra función que garantizar el cumplimiento de esa hueva relación entre producción y distribución conducente, sin solución de continuidad, al comunismo y a la desalienación del Hombre. Sería absolutamente imposible alcanzar semejantes resultados sin que los medios de producción adopten, a seguidas de la revolución, la misma forma de propiedad social que en pleno comunismo. Así pues, no son las relaciones de propiedad las que pueden ser transitorias.

A todo esto, ¿qué clase de relaciones de propiedad estableció la revolución de Octubre? Cierto, no soclalistas. Esa revolución fue hecha por verdaderos comunistas, pero no tenían por mira más que la revolución permanente (Lenin en las Tesis de Abril) en espera de que el proletariado de los países desarrollados viniese en su auxilio. Incluso la táctica de los bolcheviques antes de la toma del poder se inspiró por completo esa perspectiva, lo cual basta para rechazarla en la hora actual. Tras la magnífica tentativa llamada comunismo de guerra, que lejos de responder sólo a las urgencias de la guerra civil apuntaba directamente a la desaparición del salariato, se giró hacia el capitalismo de Estado tal como Lenin lo concibió, relaciones capitalistas de producción y distribución, pero poder político real del proletariado, basado en los soviets. La conservación efectiva de ese poder era, a ojos de Lenin, la única garantía de un futuro desenvolvimiento socialista, la consentiría esperar la victoria de otras revoluciones en países industrializados y pasar juntos a la sociedad de transición y al comunismo. Puede afirmarse hoy que lo único que existió de verdaderamente socialista en la ex-Unión Soviética, fue pese a sus defectos, el poder político. Una vez el poder de los soviets desaparecido y corrompido el partido bolchevique ya no quedaba sino capitalismo de Estado a secas, que fue consolidándose y reconociéndose cómo tal desde la NEP a los planes quinquenales. Las relaciones de propiedad, de producción y de distribución fueron retrollevadas a las normas capitalistas mas rigurosas. Así se efectuó una contrarrevolución cual nunca conociera la historia y cuya principal tribulación es evitar cualquier revolución proletaria en el mundo. ¿Se necesitan más pruebas de ello después del abandono del poder a Hitler en 1933, del aplastamiento de la revolución española, no por Franco, sino por el gobierno ruso y sus stalinistas españoles, después de la política imperialista de resistencia nacional y de toda la obra reaccionaria de Moscú y sus partidos desde la postguerra?

No existe pues contradicción de sistemas entre Rusia y el mundo occidental, sino pura y simplemente la antigua contradicción entre dos grupos de potencias imperialistas. Sólo que esta vez la contradicción y la lucha apuestan la totalidad de la plusvalía mundial, vindicando cada bando sus instituciones políticas.

El Esbozo de Manifiesto declara enseguida que la economía rusa (de la Unión Soviética, escribe aún) a pesar de las enormes distorsiones que le impone la burocracia, no está expropiada por una clase capitalista, y que los beneficios'no son la base de. funcionamiento de la producción.

La forma misma de esa declaración sugiere que la economía rusa está cabal y lindamente expropiada, aunque no sea precisamente por una clase capitalista. Es evidente que los redactores del Esbozo no podían, escribir sin cargo de conciencia: la economía rusa pertenece a las clases laboriosas, o bien, a la población entera, Ese es, sin embargo, el único argumento que consentiría concluir, con la lógica de las palabras si no con la de los hechos, que dicha economía tiene algo esencialmente diferente de la de los antiguos países capitalistas. Tal cual está dado, el argumento es pues una escapatoria.

Una economía no puede ser calificada sino sobre la base de las relaciones entre los instrumentos de trabajo y la fuerza de trabajo, entre el sistema de producción y el de distribución. Esas dos antinomias son una constante de la historia universal desde la aparición de las clases, la foma de producción capitalista las ha llevado al paroxismo, y solamente su superación revolucionaria (síntesis dialéctica) nos colocará en presencia de una sociedad sin explotados, clases ni opresión.

¿Cómo juzgar, según dicho criterio, la situación en Rusia? La fuerza de trabajo, los Hombres, lejos de regir allí los instrumentos de trabajo, están separados de ellos, sufren su opresión y sé ven reducidos a la categoría de herramienta. Los instrumentos de trabajo no les pertenecen, y por consecuencia tampoco el producto de su trabajo. Los medios de subsistencia continúan apareciéndoseles como potencias exteriores que los dominan, como mercancías racionadas por el salario. Los trabajadores rusos no poseen, por ende, sino su fuerza de trabajo, que se ven obligados a vender cotidianamente a los propietarios de los instrumentos de producción, por un precio que la ley de éstos impone y que no están siquiera en condiciones de regatear como cuando trataban directamente con los propietarios de fábrica. Las cosas ocurren como en Inglaterra o Estados Unidos, viéndose los proletarios rusos más desfavorecidos que los de esos dos países arquetipo del capitalismo.

¿A quiénes venden los proletarios rusos su fuerza de trabajo? No a burgueses en el sentido formal de la palabra, cierto, pero sí a capitalistas en el sentido más profundo del término: propietarios de capitales en forma de dinero y de gigantescos instrumentos de producción, que constituyen y gobiernan el Estado. La clase burguesa nunca ha podido gastar para su disfrute particular más que una pequeña parte de la plusvalía, yendo la abrumadora mayoría de ésta a acumularse en instrumentos de producción y de dominación (armamento). La forma de capital de los instrumentos de producción es pues lo decisivo y distintivo de la sociedad actual, mucho más que su administración a capricho de cada burgués. La burocracia rusa, cuyo dominio de la economía y de los hombres sobrepasa con creces el de los más reaccionarios regímenes modernos, no es asimilable a la antigua burguesía, pero es, sí, una burocracia capitalista. Se otorga a sí misma, para sus fastuosos gastos, una parte de la plusvalía superior sin duda a la de cualquier clase burguesa, y el resto lo transforma en capital acrecentado, sin más criterio que el de preservar su dominación interior y su posición en el mundo. Por otra parte, los burócratas, políticos o técnicos, que cobran beneficios directos sobre la explotación de los obreros son, también, inversionistas privados. Desde hace mucho tiempo, empréstitos y bonos del Estado les permiten colocar su dinero y obtener réditos garantizados.

Otros argumentos podrían adelantarse, pero, ¿se tiene necesidad de más para concluir que la economía rusa ha sido expropiada a los productores y que funciona sólo según las leyes de la economía capitalista extremadas al máximo?

En todos los países donde la ley de concentración de capitales opera de antiguo, el capitalismo es ya en gran parte burocrático, es decir, de Estado. En los países nuevos no hay huella de la constitución de una burguesía viejo estilo; el Estado es el que juega también el principal papel económico, y por medio del Estado es como los individuos participan de la plusvalía y acceden a posiciones de mando. La burguesía en cuanto conjunto de propietarios de capitales que cada individuo invierte según su buén saber y entender, no se constituirá ya en parte alguna. Es un estadio de desarrollo económico ido. Mas la función de tal burguesía, la producción y la reproducción ampliada del capital, se convierte día tras día en la preocupación esencial del sistema, por medio de la burocracia capitalista que encarna el Estado. La burocracia rusa se ha situado evidentemente en vanguardia de esa tendencia del capitalismo mundial, gracias a su reacción contra la obra de 1917. Se veía empujada en tal sentido por su mentalidad preponderantemente burguesa cuando no por sus orígenes directamente zaristas. Ella atajó en seco la revolución permanente, antes de que tuviese tiempo de pasar a las medidas de revolución socialista.

Empero es indispensable añadir que la marcha internacional al capitalismo de Estado, comprendiendo Rusia y los pretendidos países descolonizados, no es sino una de las consecuencias del retraso de la revolución mundial. Es manifestación de una supervivencia del capitalismo, de algo absolutamente innecesario al ascenso de la Humanidad al comunismo; se trata de una involución y por ende de un fenómeno provisional. Deberá desaparecer mediante la revolución proletaria, o bien arrastrará el mundo entero a la decadencia. Considero ese criterio esencial para enjuiciar todos los acontecimientos de la actualidad, y para adecuar una táctica y un programa susceptibles de trastrocar la situación.

Las dependencias rusas

Es sorprendente que el Esbozo de Manifiesto alinee los países de régimen ruso en dos categorías: los que han hecho una revolución popular (Yugoslavia) y los que no la han hecho. Una vez mas, el Manifiesto se enreda en sus propias palabras. No dice, una revolución proletaria, lo cual, aunque irreal, sería al menos ideológicamente claro. Recuérdese que la revolución popular no ha existido en la historia sino como impostura demagógica de pequeño-burgueses o de contrarrevolucionarios. No tiene viabilidad alguna, ninguna base de clase ni cometido que le permita desenvolverse. Durante la etapa de frente popular fue embozo de la política staliniana de sabotaje de la revolución social.

La lucha de guerrilla hasta la constitución de un ejército regular practicada por Tito durante la guerra, debió su éxito al apoyo militar conjunto de Rusia y de los imperialismos occidentales. La conferencia de Yalta decidió ese apoyo. Como todos los movimientos de resistencia, el yugoslavo no era más que la forma adoptada por la defensa nacional en los países ocupados. El albur de las nuevas ocupaciones después de la caída de Hitler determinaba únicamente la órbita occidental u oriental en la que habría de girar cada nación. En todo eso, el pueblo, el proletariado más particularmente, desempeñó, quisiéralo que no, un papel semejante al de los obreros británicos o americanos en la guerra anti-fascista. El enemigo de la revolución no está nunca falto de engañifas.

El ejército de Tito tomó en Yugoslavia las mismas medidas que el ejército ruso en los países que él ocupaba: desarme del proletariado en cuantos casos éste había echado mano por sí mismo a las armas sin encuadrarse en el ejército regular, nacionalización de la propiedad; constitución de un partido policíaco único, supresión de las huelgas y de toda libertad indispensable a la revolución. ¿Quién llegaba al poder? Evidentemente, no el proletariado, sino la misma burocracia tipo ruso que, gracias al retraso de la revolución proletaria, se destaca como heredera de los negocios capitalistas mundiales. En casos muy numerosos, la nacionalización de la economía tuvo la forma directa de una expropiación del proletariado, que se había apoderado de las fábricas. Era la contrarrevolución impuesta por el ejército y la bofia, antes de que la revolución tuviese tiempo de organizarse. Tal burocracia stalinista sabe por su ya luenga experiencia que la propiedad de Estado es el medio ideal de explotación, el que reduce al mínimo la capacidad de resistencia de los obreros y concentra superlativamente todos los poderes en manos de los explotadores. A mayor abundancia, la experiencia de España en 1936 le aconseja no permitir a los trabajadores apoderarse de la economía un sólo instante. Durante meses, la economía estuvo allí regida por los trabajadores mismos, no por el Estado, lo que puso el stalinismo al borde de la derrota y le obligó, por primera vez, a desenmascararse como tendencia contrarrevolucionaria. Para los hombres de Moscú, la nacionalización encierra el secreto de una eficacia contrarrevolucionaria sin par; es tanto más temible para el proletariado cuanto que va en la dirección funcional automática del capitalismo internacional. Propiedad y planes de Estado representan la suprema medida de salvación contrarrevolucionaria, porque son antípodas de la propiedad comunista y de la planificación para las necesidades.

En realidad, y salvando Yugoslavia, el Esbozo de Manifiesto se abstiene de calificar los regímenes instaurados por Rusia, limitándose a indicar su dependencia económica y militar respecto de ésta. Pero está implícita su asimilación al tipo de régimen atribuido a Rusia.

En contradicción con cuanto ha dicho antes, el Manifiesto declara de repente:

En la naturaleza de clase del listado chino lo que domina, a pesar de las presiones soviéticas, es el capitalismo.

La subida al poder del partido comunista chino, sigue diciéndonos, no fue obra de una revolución proletaria. Verdad, pero en el mismo caso están todos los otros países, exceptuando Rusia. Y en China, la nacionalización y el imperio del Estado sobre toda la economía, agricultura comprendida, son quizás más cabales que bajo todo otro gobierno stalinista. Fuere lo que fuere, el poder político y la totalidad de la plusvalía pertenecen a la misma casta burocrática que en Rusia o Yugoslavia. Por consecuencia, ninguno de esos regímenes puede ser considerado esencialmente diferente de los otros.

Mi pensamiento sobre ese problema particular está expuesto en el artículo La antigua China de los Mao Tse-tung, publicado en el número 5 de Alarma. Inútil repetirlo aquí. De todos modos, es incontestable que cualquier régimen impuesto por un partido stalinista, o directamente por el gobierno ruso, debe ser equiparado al de Rusia. No ha habido mas que una revolución proletaria, la de 1917. Su transformación en contrarrevolución capitalista de Estado explica, no sólo la extensión de ésta a otros países, sino también toda la política exterior del Kremlin, intencionalmente orientada hacia la guerra desde el frente popular al manifiesto de los 81 partidos. Tal política, que tiene una continuidad contrarrevolucionaria netamente discernible, lejos de expresar un oportunismo o una concepción revisionista (reformismo) cual pretenden, entre otros, los quejumbrosos rábulas de la actual IVª Internacional, es una estrategia metódicamente concebida, la de la segunda potencia imperialista de la Tierra; no capitula ante la burguesía, sino que, por el contrario, sabe obligarla a marcar el paso; no está al servicio del capitalismo como la antigua política de la social-democracia, porque representa al propio capitalismo en su más alto grado de concentración económica, policíaca e ideológica. Si no alcanzásemos a comprenderlo y actuar en consecuencia sería el acabose de la revolución mundial para toda la época actual.

La guerra y el derrotismo revolucionario

La definición de la economía rusa como no capitalista lleva consigo una noción enteramente errada de la naturaleza de la nueva guerra mundial que por todas partes se prepara, y obstruye el camino a la aplicación inmediatamente necesaria del derrotismo revolucionario.

El desenvolvimiento de la guerra de 1939-45 fue la más inapelable refutación de la existencia de una contradicción de sistemas sociales contra el antiguo capitalismo y Rusia, como lo creyó entonces, con raras excepciones, la vanguardia revolucionaria. Persistir en ese conservadurismo ideológico, cuyo origen y resultado es un ramplón materialismo mecanicista incompatible con las necesidades revolucionarias, me parece, preciso es decirlo, una vocación de suicidio, un cepo que en un momento u otro forzará la renuncia de quienes en él se empeñan.

La alianza de la Alemania hitleriana con Rusia, igual que después la de las potencias democráticas demostraban, por el sólo hecho de su realización, que las contradicciones entre esas potencias y el sedicente mundo socialista no existían sino para la galería. La guerra entera se desenvolvió bajo el signo de las contradicciones inter-imperialistas, mientras que la existencia real de un mundo socialista tan vasto como Rusia las habría hecho pasar a segundo plano, poniendo en evidencia la contradicción -mucho mas potente e irreductible que la de la lucha por los mercados- entre dos sistemas de producción antagónicos. El fracaso de Hitler queriéndose presentar, por su ataque a Rusia, como campeón del anticomunismo cuando ya el gobierno de Moscú había ejecutado o metido en presidio a los verdaderos comunistas, debería eximir de más argumento, si no fuese que la vanguardia revolucionaria se muestra en alto grado conservadora. En efecto, las mayores potencias imperialistas corrieron en socorro de Moscú, cuando los habría bastado acordar a Alemania un pedazo de Rusia para que encontrase las salidas que le eran indispensables, y su drag nach Osten.

Así pues, el mundo socialista no sólo fue salvado por las potencias mas imperialistas del planeta, sino que por añadidura le consintieron toda la extensión que le conocemos, desde Alemania del Éste hasta China. Le estaban agradecidas de haber traicionado la revolución mundial, en Moscú igual que en Madrid y desde 1936 hasta el fin de la guerra, que de otra manera habría marcado el triunfo del proletariado en toda Europa. Las dificultades no comenzaron sino en el momento en que el gobierno ruso, bien asida la gigantesca plusvalía de sus vastos territorios, pasa de la actitud de lacayo de las viejas potencias a la de nuevo amo y rival.

Es imposible imaginar sesgo alguno, es imposible presentar un sólo argumento serio que permita comprender cómo las contradicciones entre países de igual régimen social han podido dominar frente a contradicciones qué se pretenden fundamentales, que serían absolutamente irreductibles, entre dos sistemas sociales contrapuestos. Cuanto se diga al respecto revelase enseguida ergotismo. Por el contrario, la interpretación dada aquí no sólo permito ver claro, sino también ir muy lejos en el nuevo desarrollo ideológico que requiere el futuro rebrote de la revolución mundial.

El argumento de Trotzky, la equiparación del régimen stalinista al bonapartismo implícitamente aceptado por el Esbozo de Manifiesto, debe ser rechazado. Mediante el bonapartismo la burguesía francesa no hacía mas que consolidar su sistema y su poder desembarazándose de las incursiones políticas de las clases que estaban a su izquierda: artesanos, proletariado, pequeña-burguesfa, que habían sido los protagonistas principales de la lucha contra el antiguo régimen. Su revolución -y la propiedad capitalista- se vieron así circunscritas a sus propios límites, en manera alguna destruidas, ni siquiera amenazadas. El bonapartismo francés se presenta pues como indispensable al desarrollo de la economía burguesa. La revolución comunista, por el contrario, no puede abandonar el poder y la gestión de la economía a ninguna capa social a la derecha del proletariado -a izquierda no puede existir- sin verse a continuación aniquilada y transformada en su contrario. No puede detenerse sin ser inmediatamente traicionada, pues debe dar cima a una y sin solución de continuidad, a la transformación socialista de la producción y la distribución actuales y a la desaparición de las clases, el proletariado comprendido. No siendo así el Estado, en lugar de extinguirse a medida del debilitamiento de las resistencias capitalistas, vuelve a ser guardián o depositario directo de la ley del valor, de la distribución basada en el trabajo asalariado, y en suma de la acumulación del capital. Y ahí está la contrarrevolución en el poder. Que no sea obra de la antigua clase burguesa sino de una burocracia, realza en lugar de disminuir la gravedad del hecho. La llamada burocracia obrera se revela, incluso en los mejores casos, encarnación de las ideas o intereses capitalistas en el seno de la clase obrera. En Rusia como donde quiera se haya instalado o se instale en el poder, la obra de esa burocracia no puede ser sino capitalista y contrarrevolucionaria. Bajo su yugo el proletariado se encuentra aun más abatido e impotente. En fin, ¿cómo puede negarse el carácter capitalista de los medios de producción cuando el trabajador sigue siendo un asalariado? Un proletariado sin capitalismo que lo engendre es tan imposible como lo contrario, el capitalismo sin proletariado.

En la hora presente, la contrarrevolución stalinista ha hecho camino ya largo y enormes beneficios. Fuera de la vasta zona de la Tierra en que ella reina cual señor absoluto, concurre con Estados Unidos y las demás potencias occidentales en la exportación de mercancías y de capitales, bajo el mismo emblema de ayuda a los paises subdesarrollados utilizado por los antiguos imperialismos desde el fin de la guerra. Además, sus partidos en el mundo occidental tienen una política enteramente reaccionaria de unidad nacional, cuyos objetivos inmediatos y a largo plazo son la preparación de la guerra y su dominio político como supremos representantes de los intereses de la nación (aliada a Moscú, claro). El manifiesto dicho de los 811 es más que explícito a tal respecto.

En vano se intentará descubrir una diferencia cualitativa entre los intereses y la política mundial de Rusia y la de Estados Unidos. La naturaleza de la contradicción entre esas dos primeras potencias es intrínseca a su sistema capitalista mutuo, y cada una practica frente a la otra una política anti-imperialista. Si existiese un mundo socialista, hace luengos años que el capitalismo se habría aventurado a asaltarlo, o por el contrario, no menos tiempo que la revolución proletaria cantaría victoria en casi todas partes. La coexistencia pacifica no fue posible en el pasado sino en la medida en que el gobierno ruso ofrecía garantías anti-revolucionarias, sin presentarse todavía como concurrente imperialista. En el porvenir no tendrá vigencia más que por los métodos tradicionales de la competencia por los mercados y por las materias primas, o bien mediante su redistribución por la guerra, que también es una forma normal de coexistencia entre Estados capitalistas. Las necedades demagógicas de Khrutchef sobre tal punto, indican la naturaleza del compromiso que busca con el imperialismo rival.

Es falso que la victoria militar sobre Rusia, ofreciendo al capitalismo occidental nuevos mercados, le consentirían prolongar su existencia. Dejando aparte el hecho de que Estados Unidos, en caso de derrota rusa no podría dejar de mantener el sistema de producción impuesto por el stalinismo, el agotamiento del capitalismo como forma social favorable al desarrollo de la Humanidad no depende de la limitación de los mercados2, sino de la contradicción entre el desarrollo económico global y las necesidades del Hombre. No pudiendo éstas ser satisfechas hoy, debido a la distribución de los productos basada en el trabajo asalariado para la inmensa mayoría, en la plusvalía para los menos, la economía y la sociedad actuales en general conviértense en reaccionarias, están agotadas como factor de civilización. Tal es la fuente más profunda de la crisis de la sociedad contemporánea, y lo que reclama inmediatamente la revolución social. El capitalismo prolonga su existencia y halla solución pasajera a sus problemas, no por la apertura de cualesquier mercados que fueren, sino por la impotencia de los revolucionarios, en gran parte ideológica, que deja el proletariado a merced de los aparatos stalinistas y ex-reformistas.

No, el proletariado mundial no tiene nada que perder, y el proletariado ruso menos aun, de una derrota de Rusia a manos de quién sea. Sin embargo, lo cierto es que a menos de dejar pleno juego al derrotismo revolucionario en ambos bloques se da apoyo al uno o al otro, y la divisa esencial del proletariado; contra la guerra imperialista, guerra civil, queda abandonada en provecho de los intereses militares de Moscú o de Washington.

La gravedad de dicho problema es tanto mayor cuanto que el derrotismo revolucionario ha dejado de ser un principio reservado a tiempos de guerra. Su aplicación se ha hecho necesidad cotidiana, en cada acción del proletariado, y hasta en los países más alejados o neutrales. En el Congo, en Colombia, en el Japón, en Siria, la India, etc., los representantes del imperialismo ruso están afanados en el juego pérfido de la guerra fría. Tampoco faltan, en los países del bloque ruso, a pesar de las duras coacciones policíacas, corifeos actuales o posibles del imperialismo yankee. Incluso los aparatos pro-rusos pueden desempeñar ese papel, como lo demuestra el caso del stalinismo yugoslavo. Precisemos todavía: en las fábricas de todo el mundo occidental, el stalinismo lleva una política exclusivamente guiada por los intereses militares de su metrópoli. No favorece ninguna reivindicación, ninguna lucha que no se encuadre en ese esquema. En todas partes, los representantes paramilitares de los dos imperialismos engatusan a la clase obrera para mejor enrolarla. Si ignorásemos esos hechos nuevos caeríamos en la trampa inconsciente o conscientemente.

Necesario es puntualizar que las principales consignas inmediatas que pueden darse para romper la actual situación reaccionaria, quiero decir incluso consignas de orden económico son informulables salvo sobre la base de la lucha del proletariado contra los dos bloques, hasta el desbarate de los ejércitos. Pero eso no cabe explicitarlo en esta crítica. Concluyo diciendo que tengo por cierto que cuantos grupos se muestren incapaces de aplicar el derrotismo revolucionario día tras día y en los dos bloques militares, serán aniquilados por los acontecimientos.

Colonias y metrópolis

Eh esta época de decadencia del capitalismo no puede haber ninguna lucha por la independencia nacional siquiera un tanto progresiva. La era de las naciones ha periclitado. ¿Se quiere prueba más terminante que la pérdida de independencia real por los países mismos que fueron cuna de la nación y del capitalismo? Y esa situación de hecho, a su vez, la ha posibilitado el retraso del proletariado en suprimir fronteras, ejércitos, etc. Existiendo pues las condiciones históricas objetivas para la realización de tales medidas, los países coloniales o económicamente sujetos al imperialismo no tienen necesidad de atravesar el estadio nacional y burgués; pueden acceder directamente a la sociedad internacional socialista. Por lo demás, dicho estadio nacional y burgués por el cual se quiere meter a los pueblos atrasados lo convierte en absolutamente irrealizable la potencia gigantesca del capital moderno; por tal modo; que la consecución de la independencia formal acentúa a menudo la dependencia económica, que por su parte no tiene nada de formal.

La grita anticolonialista e industrializadora a propósito de los países subdesarrollados ha sido puesta en altavoz por la política inter-imperialista de preparación de la guerra, de la cual, por desgracia, son victimas la mayoría de los grupos revolucionarios. Trátese do Cuba, de la India, de Argelia o de Corea, la acción es siempre desencadenada por las contradicciones inter-imperialistas, en manera alguna por las necesidades históricas de los pueblos. La lucha revolucionaria que estás últimas exigen ha de efectuarse en conjunción con el proletariado mundial y en pro del objetivo más alto posible en el mundo actual considerado como unidad económica y social. Así, la lucha contra el colonialismo debe ser hoy lucha por la revolución proletaria común a los explotados de colonias y metrópolis, debiéndose poner en la picota como reaccionaria toda lucha independentista nacional. Su alcance máximo sería, en efecto, una redistribución de la plusvalía entre los diversos imperialismos y los lucradores nacionales.

La industrialización y la modernización general de los países atrasados no puede hacerse sino de manera muy restringida y reaccionaria por los medios capitalistas, mientras que por los medios socialistas al alcance del proletariado mundial se realizarían prodigios. Ese problema, más que ningún otro, exige una visión de conjunto de las posibilidades del proletariado mundial en posesión de los instrumentos de producción. El retraso de la conciencia revolucionaria por relación a tales posibilidades, no justifica una política que las ignore contando únicamente con la evolución de cada país como universo aislado.

Partido Laborista, partido comunista y sindicatos

El Esbozo de Manifiesto define como reformistas Partido Laborista y partido stalinista por igual. Ni el uno ni el otro lo son. El stalinismo no ha sido ni será jamás reformista, y el laborismo dejó de serlo hace bastante tiempo. Error de definición que tendría poca importancia si no comportase la táctica y las actitudes tan conocidas de frente único, apoyo crítico, regeneración de los sindicatos, etc.

No creo que convenga a ninguna de esas organizaciones otra definición que la de capitalista, aunque destinadas a enrolar al proletariado. La evolución de los partidos stalinistas en todo el mundo ha seguido muy de cerca y casi sin resistencia ni contradicción desde el Vº Congreso de la IIIª Internacional, la senda del poder ruso. Éste recorrió mucho más pronto de lo que de costumbre se cree su periodo termidoriano, reformista sólo de apariencia, y se adentró a tientas en la acumulación del capital, a tiempo que daba caza a los revolucionarios de propósito deliberado. Comportamiento político y realizaciones económicas convergieron en el cepitalismo de Estado, contrarrevolución qué se afirma por los procesos de Moscú y la exterminación de la vieja guardia, exteriorizándose por primera vez en el aplastamiento deliberado de la revolución española. En ningún sitio han desempeñado los partidos stalinistas el papel de Kerensky o el de la social-democracia alemana tras de la primera guerra. Atribuirles, por añadidura, la intención de llevarnos al socialismo por la senda parlamentaria o mediante cualquier evolución, es verdaderamente empeñarse en idealizarlos. El stalinismo no ha hallado oportunidad de ligárselo a cada capitalismo nacional, cual fue el caso de los antiguos partidos reformistas. En cambio, está indisolublemente atado, por interés y por ideas, al sistema ruso. Sólo después de instalado en el poder está en condiciones de romper con su matriz y pasar al bloque occidental, pero ya como primer representante del capitalismo nacional estatizado; aun así, necesita prestársele el emplazamiento geográfico, o bien guarecerse tras la potencia militar americana. Mientras tanto, los partidos stalinistas se disimulan tras la legalidad burguesa, única forma de hacer su apaño y echan una mano a todo el mundo contra la revolución. Saben perfectamente que no pueden encaramarse al poder sino en vísperas de una ocupación por el ejército ruso, o bien tras haber aplastado ellos una revolución. Se trata, en suma, de partidos que llevan en sí la contrarrevolución tipo capitalismo de Estado, y en ese criterio debe basarse nuestra actitud ante ellos. |

Como todos los antiguos partidos reformistas y los sindicatos, el laborismo, por su parte, ha arrojado a la basura toda idea de socialismo, siquiera evolutivo, situándose en la sociedad como un partido capitalista más, cuyas probabilidades de futuro propietario de la plusvalía social no son insignificantes. La fusión de esos partidos con el capitalismo es casi completa, incluso en países como España, donde padecen la ilegalidad. Su evolución ha sido simultánea a la de la concentración del capital y la degeneración del sistema; su porvenir es también el capitalismo de Estado, mas sólo lo alcanzarán mediante el automatismo propio del capital nacional que los encuadra, sin otra posibilidad de acelerar ese proceso que el de los regateos legales. La burguesía restante, en vías de transformarse en alta burocracia, compite en tal sentido con los partidos ex-reformistas, pero, salvo revolución, su colusión sera plena, pronto o tarde, y el sitio de honor corresponderá a los líderes laboristas, pues tienen el mando en la venta de la fuerza de trabajo. En éso, la diferencia entre países occidentales y Rusia reside en que los primeros se acercan al capitalismo de Estado siguiendo el desenvolvimiento natural -hoy reaccionario- de la concentración de capitales, mientras la segunda la abordó de lleno, mediante las exigencias políticas de la contrarrevolución stalinista, que había de destruir la primer tentativa comunista de la historia. Resumiendo, el Partido laborista no debe ser tratado, a mi juicio, de manera diferente que el partido Tory. Los obstáculos del razonamiento tradicional con que tropieza la defensa de esto punto de vista, debemos aprender a vencerlos mediante explicaciones y actitudes absolutamente netas. No se puede ganar hoy la confianza de la clase obrera sino por la rebelión contra el ámbito sofocante en que la tienen sumergida el ex-reformismo y el stalinismo,

Tocante a los sindicatos, me limito a decir que considero imposible su regeneración porque, vistos en la historia de su evolución y en su contenido revélanse necesarios únicamente a los trapicheos de la venta de la fuerza de trabajo al capital. Son organismos propios de la sociedad mercantil. Como el parlamento o los tribunales capitalistas, no pueden ser regenerados y desempeñar un papel revolucionario. El problema es de capital importancia, y por mi parte lo considero de vida o muerte para el porvenir de la revolución; pero no debo abundar más sobre él aquí. Un folleto circunstanciado sobre los sindicatos, co-escrito tiempo ha, será publicado lo antes posible. Me remito a las ideas en él expresadas.

Consignas y lucha inmediata

La constitución de partidos revolucionarios y de una nueva Internacional, cometido de todos los núcleos de vanguardia, exige, a mi entender, un gran esfuerzo de renovación ideológica. La mayoría de las nociones tácticas y de las consignas de lucha inmediata que nos trasmitieron los bolcheviques y que el Programa de Transición recoge han perdido su validez. Todos los factores objetivos y subjetivos en que tal táctica se apoyaba han dejado de existir, substituyéndolos otros. El capitalismo y la situación del mundo se han modificado en gran medida, pero casi todos los núcleos revolucionarios siguen más o menos atascados en el Programa de Transición, comprendidos los anarquistas y otros que lo niegan o lo reniegan. Ese conservadurismo, lote de casi todos los grupos situados a izquierda del ex-reformismo y del stalinismo, cuenta por mucho en su incapacidad para congregar partidos proletarios

En la imposibilidad de presentar aquí un trazado general de la táctica, las consignas inmediatas y el programa revolucionario, me veo constreñido a remitir al número 2 de Alarma (serie anterior). El Llamamiento y exhorto a la nueva generación contiene, en forma de consignas, buena parte de las modificaciones que nuestra tendencia, Fomento Obrero Revolucionario, considera indispensables y ha adoptado. El criterio que preside a tales modificaciones es el siguiente: toda consigna, toda demanda realizable con los medios económicos y los conocimientos técnicos modernos, debe ser propuesta a la clase obrera como consigna inmediata; cuanto está en la necesidad de la organización del comunismo, debo ser formulada como tarea urgente. Eso basta para percatarse do que la reducción de la jornada de trabajo a 6 o 4 horas (sin disminución de paga), la supresión de ejércitos y fronteras y la organización de comités obreros de poder y de distribución de los productos, la desaparición misma del trabajo asalariado -algunos ejemplos sólo- se transforman en consignas inmediatas.

Unicamente el conservadurismo de los revolucionarios arguye que los gritos de ¡Abajo la plusvalía!, ¡Viva la sociedad comunista mundial!- no pueden ser, todavía, comprendidos por las masas y transformados en hechos.

Julio 1961. G. Munis

Verídica historia, 1961

La revista rusa Voprosy Stori (Problemas de Historia) aclaraba el mes de enero que no fuera a creerse que la condena del culto a la personalidad significase, ni poco ni mucho, la amnistía ideológica del trotzkismo. Lo mismo había dicho antes que la revista citada, el siniestro Kadar, el hombre que dio a los tanques rusos libertad de fuego sobre el proletariado de Budapest. Evidentemente, el trotzkismo continúa siendo el espanto del régimen porque el representó, de 1923 a 1936 la oposición mas enérgica al termidor y a la contrarrevolución stalinista. Sin embargo, lo que hoy se llama oficialmente trotzkysmo sólo aspira a ser acogido dentro de la dirección colegial y facilita una futura maniobra de rehabilitación de Trotzky en servicio de la contrarrevolución. Por nuestra parte, declaramos:

Las manos que se nos tendieren caso de rehabilitación de Trotzky y del trotzkismo, son manos que merecerían ser cortadas. Nuestra lucha no cejará sino con el desbarate de la contrarrevolución y la instauración del poder proletario.

París, 9-11-196l.

¿Qué sucede en la IVª Internacional?, 1962

Una Conferencia extraordinaria convocada hace ocho meses por el Buró Latinoamericano (B.L.A.) eligió un nuevo Comité Ejecutivo, probablemente el propio BLA., tomó la decisión de expulsar a Pablo, Frank, Germain, Maitan, y de crear nuevas secciones francesa italiana, cingalesa, belga, más una española sacada no sabemos de dónde. De sopetón, el nuevo Comité Ejecutivo revela que la sección americana (S.W.P.) y la cingalesa (Lanka Sama Samaja) han abandonado el marxismo, que las personas expulsadas, o sea el Comité Ejecutivo depuesto, eran intelectuales pequeño-burgueses escépticos que abandonaron la posición revolucionaria frente a la guerra, y se oponían a la concepción del B.L.A.

Seríamos los primeros en congratularnos si las decisiones y adjetivaciones de la Conferencia llevasen el respaldo de ideas y actitudes consecuentes. Blasonarse de bolchevique y proletario como hace el nuevo C.E. no es más que un pobre truco polémico del que ya abusaron hasta dar nauseas Pablo, Cannon, da Silva etc. Las ideas y los hechos no necesitan darse autobombo ¿Hay en la nueva dirección esos hechos, esas ideas netamente distintos de los de la dirección expulsada? Nada hasta ahora autoriza a pensarlo. Las ideas principales son comunes a expulsados y expulsadores: defensa nacional de Rusia y satélites, en la consabida calidad de Estados obreros degenerados, apoyo a los movimientos nacionalistas gratuitamente calificados de revoluciones anti-imperialistas. O permanentes (lo cual, por sí sólo, es menchevismo, y da esquinazo a la revolución permanente de 1917 identificándola con los Korensky actuales, que están muy a la derecha del de entonces), alharacas castristas de pura demagogia de guerra fría, cuya verdad es el apabullamiento de los trabajadores en Cuba. Y para la nueva dirección como para la expulsada, el programa de transición sigue siendo enteramente válido, cuando en realidad está más sobrepasado por las necesidades inmediatas y por la experiencia que el de los bolcheviques a la caída del zarismo.

La nueva dirección tacha de pacifismo y capitulación a la otra por haber censurado, al parecer, las experiencias nucleares rusas, mientras la nueva ve en ellas un saludable ejercicio de la preparación de las masas para la guerra mundial atómica, la idea de cuya inevitabilidad, pretende es la posición revolucionaria legítima. Radicalmente falso. Cualquier principiante revolucionario sabe que no es inevitable la guerra sino en caso de que el proletariado pemanezca inerte y no derroque al capitalisimo. Ahora bién, quienes identifican ese derrocamiento con regímenes a la Castro, Máo Tse-tung o Khrutchef juegan muy mala pasada al proletariado, lo encadenan en la medida de sus fuerzas y quiéranlo que no, al juego criminal de los bloques militares.

Si Rusia se prepara para la guerra inter-Estados no sólo mediante experiencias nucleares, sino también mediante experiencias papamoscas a la Castro, la conclusión cae por su propia gravedad: se trata de una potencia capitalista más. La lucha de clases ha de ser llevada al corazón mismo del imperialismo americano por sus propios trabajadores, pero eso no puede ser hecho en nombre del Estado ruso, que pisotea y denigra a su proletariado como ningún otro, ni, claro está, por quienes le ofrecen apoyo crítico. Los internacionalistas tienen las mismas tareas políticas y económicas que cumplir en Rusia que en Estados Unidos. Quienes rehuyen tal responsabilidad se incapacitan para hacer nada en los países industrializados de Occidente, y del proletariado del bloque ruso sólo recibirán el mas afrentoso y justificado de los desprecios.

Así pues, tocante a la guerra nuevos y antiguos dirigentes ocupan en lo esencial la misma posición. Acaso no se distingan, cual Mao Tso-tung y Khrutchef, sino en matiz de ahogo y desahogo momentáneos. Mas justificada parece, pero sólo a primera vista, la acusación a Pablo, Maitan, Frank de haberse comprometido hasta la capitulación con el nacionalismo argelino. Prevaricación evidente, pero que viene de lejos, de la defección del internacionalismo durante la guerra, en aras de las resistencias nacionales. Ahora bien, algunos de los nuevos dirigentes Latino-americanos, ¿no dieron por buena esa prevaricación en el congreso de 1948? De ahí arranca la degeneración de la IVª Internacional; por nosotros combatida desde sus primeros síntomas. No es ahora sorprendente que su secretario general, Pablo o Raptis, haya sido acogido, tras su avatar holandés, en calidad de alto consejero económico del musulmán Benbella. Indiquemos que una de las primeras medidas de éste (¿revolución permanente, camaradas del B.L.A.) fue impedir que los salarios de los obreros aborígenes alcanzasen el mismo nivel que el de los obreros europeos de categoría igual.

El nuevo Comité Ejecutivo da la impresión, sí, de ser más combativo, pero por desgracia su emplazamiento ideológico le llevará a perder lamentablemente los progresos que su vigor y la situación le permiten por el momento. Está desempeñando, respecto de Castro el mismo papel que el antiguo respecto del F.L.N. Continúa dentro del oportunismo en que durante la guerra sumergieron a la IVª Internacional los partidos americano, francés, inglés y cingalés. Sin subsanar las dejaciones oportunistas y errores en que se ha incurrido desde entonces, imposible preparar a la nueva generación para las arduas, pero prometedoras tareas en perspectiva. En realidad esa rectificación no sería más que el primer paso indispensable para traer a concordancia la teoría revolucionaria y la trágica cuanto rica experiencia de los últimos cuarenta años; A los esclavos de viejas fórmulas (León Trotzky) lo revolucionario les pasa por las narices sin verlo, mientras señalan como revolucionarias las escorias del pasado.

Septiembre, 1962

Alianza y política espúreas en Bolivia, 1964

Bolivia es un foco de posibilidades revolucionarias muy importante en América Latina, y por derivación también en la América Anglo-sajona. La sensibilidad política del proletariado boliviano, predominantemente minero, se ha manifestado múltiples veces, y de manera contundente, en el curso de tres decenios. La preponderancia de ese proletariado en la economía del país, su propio peso demográfico relativo, le consienten extraordinarias facilidades de acción, aunque no sin contrapartida.

La entrada en lucha de los mineros ha sido decisiva para la mayoría de los cambios políticos habidos. Lo fue para la victoria del movimiento democrático-burgués de 1952 y lo ha sido también en la reciente caída de Paz Estensoro. Lo malo es que entonces como ahora y ahora aun peor que entonces, el proletariado, desviado de su verdadero interés por diversas organizaciones, no ha conseguido estructurar su propia política de clase, que no puede ser simplemente anti-imperialista, sino socialista y de validez internacional. Para derribar a Paz Estensoro se han ligado el ejercito, partidos burgueses de derecha, falangistas de escuela madrileña, los dos ramales de falsarios del comunismo, y también los llamados trotzkistas, o al menos una parte de ellos, han cedido la preeminencia al ejército y la jefatura a un general, Barrientos. La alianza del stalinismo con la burguesía y su ejército no tiene nada nuevo. Hace 30 años que empezó a producirse descaradamente, y desde entonces mente y objetivos stalinistas están perfectamente adaptados al capitalismo, el estatal por querencia. Se halla en realidad con los suyos para, so capa de anti-imperialismo, siempre unilateral, sacar avante los negocios de su bloque. Propiamente hablando, los partidos afectos a Moscú no traicionan al proletariado, como tampoco la traiciona la burguesía. Ambos hacen la política que conviene a sus intereses reaccionarios. La estafa consiste en presentar éstos a la clase obrera como intereses comunistas.

No puede decirse lo mismo del Partido Socialista Obrero Boliviano (P.S.0.Bo, IVª Internacional o trotzkista). Es esa organización la que abandona el terreno del proletariado y desdice sus ideas originales para remedar las añagazas de stalinianos y demás burgueses uncidos a los regateos de la guerra fría. Incluso si suponemos que ha adoptado la dicha postura por mero error político, no por intereses burocráticos en formación -cosa posible- prepara malos trancos al proletariado y su propia supresión orgánica. Con política de alianzas espúreas solo se consigue hacer el juego del enemigo de clase, y no se puede perder de vista ni por un instante que el enemigo tiene hoy dos encabezados mundialmente, El P.S.O.Bo, está malgastando oportunidades revolucionarias espléndidas, de alcance ilimitado. Los mineros están armados y mal que bien organizados en milicias; buena parte de ellos, familiarizados de antiguo con el trotzkismo, saben el odioso engaño y la amenaza que el stalinismo representa. A partir de ahí todo es posible, incluso la toma del poder y de la economía por el proletariado y la erradicación del movimiento proletario a otros países, Estados Unidos inclusive. Pero hay que mirar alto y denunciar sin duelo a todos los falsarios, poner en guardia a las masas contra los secuaces del capitalismo estatal, a la Castro o a la lo que sea, arrinconar Programa de Transición y revolución permanente que no empiece con medidas socialistas, y lanzar sólo consignas que, inmediatamente o a medida do su aplicación completa, tengan un valor efectivo de marcha al comunismo. El proletariado en el poder sabrá hallar la alianza con el proletariado estadounidense, manera segura de revolcar en el polvo al imperialismo yankee, no en beneficio de bloque alguno, sino de la emancipación universal de los explotados.

El anti-imperialismo es una política de mendigos y de mentes burguesas conforme por falta de patria fuerte. El proletariado es apátrida por necesidad histórica inmediatamente realizable; ni pena por patria fuerte ni enclenque, sino por la revolución mundial.

Dos cuartas de Internacional en un solo geme oportunista, 1963

La escisión que el año pasado dividió en dos la Cuarta Internacional, se esclarece ya como mero reflejo de la contienda ruso-china; escisión sin principios, por consecuencia. Si el Secretariado de París es pro-Khrutchef, no deja de rendir tributo a Mao Tse-tung mientras el Buró Latino-americano, poniendo a Mao Tse-tung por las nubes apoya simultáneamente al gobierno Khrutchef. Si Pablo (Raptis) se ha convertido en honorable funcionario del gobierno de Ben Bella, lo que constituye una traición neta, Posada, el cacumen teórico del Buró Latino-americano, tiene la desvergüenza de escribir:

El mundo oscila entre dos polos, entre la guerra mundial contrarrevolucionaria que prepara el imperialismo y lo que hagan los chinos, es decir, lo que el trotzkismo haga... Tal es la forma bajo la cual se presenta el trotzkismo-en esta etapa

Palabras que, sobre ser una difamación de Trotzky, dan pábulo a nuevas traiciones. Por lo demás, ni siquiera puede tenerse la certeza de que Posada mismo no sea un funcionario de Mao Tse-tung. Sus posiciones políticas se lo consienten.

Espectáculo deprimente el de esa Cuarta Internacional corrompida por el stalinismo, en la cual nadie sobrepasa un geme de estatura política, donde la sumisión oportunista a la contrarrevolución más feroz de la historia es común divisor de sus dos ramales. Los viejos reformistas del capitalismo occidental parecen hoy gigantes junto a esos nuevos reformistas del capitalismo de Estado. En contraste, y para alegrar a quienes los crean revolucionarios, citemos palabras de la última declaración escrita de Natalia Sedova-Trotzky:

Considero que el actual régimen chino, lo mismo que el régimen ruso o cualquier otro erigido según el modelo de éste último, está tan alejado del marxismo y de la revolución proletaria como el de Franco en España.

Solidaridad y crítica, 1966

El recién pasado mes de mayo, un individuo se presentaba en el local del Socialist Workers Party (Partido Socialista Obrero) en la ciudad de Detroit, con el pretexto de comprar algunos folletos propagandísticos. De pronto, el individuo disparó una pistola a bocajarro sobre los militantes allí presentes, todos desarmados, matando a uro de ellos, joven estudiante, e hiriendo a otros dos.

Apresado, el individuo declaró haber cometido el criminal atentado deliberadamente, con la idea de matar comunistas, Aunque aseguró haber obrado por iniciativa propia, el sujeto ha actuado evidentemente bajo la influencia psíquica e intelectual de los reaccionarios americanos más obtusos.

Tiene no escasa significación que el odio al comunismo guiase los pasos del asesino, no hacia cualquiera de los locales del partido stalinista americano, cuyo nombre oficial es comunista, sino hacia la sede del Socialist Workers Party, partido pequeño, poco conocido y, lo que tiene mayor importancia, organización trotzkista, como tal tratada por Moscú y los suyos, ayer de agente de Hitler, hoy del imperialismo yankee.

Es probable que en la mente del asesino la diferencia entre trotzkismo y stalinismo sea muy vaga o nula. En cambio, hace muchos años que cualquier reaccionario medianamente informado sabe que al stalinismo no le queda de comunista sino el nombre. Por eso, supiéselo o no, el asesino ha acabado buscando sus víctimas entre los trotzkistas.

Pero precisemos que muchos de los que hoy se dicen trotzkistas son totalmente indignos de tal designación, y que también en su mente la diferencia entre trotskismo y stalinismo va haciéndose cada vez mas difusa. En esa categoría precisamente entra el Socialist Workers Party. Contra él nosotros guardaremos siempre una animosidad irremitente, pues ese partido ha desempeñado un papel nefasto en la reculada ideológica que vació de contenido revolucionario a la IVª Internacional poniéndola finalmente a remolque de aventureros afortunados stalinistas o stalinizantes.

Nuestra solidaridad irrestricta con el S.W.P. en el ataque criminal de que ha sido víctima, lejos de llevarnos a silenciar críticas, nos obliga a señalar su responsabilidad en el hecho muy grave de que todavía en la hora actual no exista en los Estados Unidos un verdadero partido comunista e internacionalista. Sus militantes actuales no podrán en manera alguna dar cumplimiento a ese cometido sin empezar rompiendo tajantemente con cuanto ha sido la política de Cannon y sucesores desde 1941.

F.O.R.

El izquierdismo francés después de mayo 68, 1969

El sobresalto revolucionario de hace dos años benefició no poco a cuantas tendencias contribuyeron a él. Algunas doblaron el número de sus adherentes, militan tes en potencia si no ya hechos. Su audiencia e influjo en la clase obrera se extendió, aunque sin proporción a sus progresos orgánicos. Sus publicaciones se vieron más solicitadas y sus reuniones públicas agrandaron concurrencia. Incluso hubo huelgas en que se notó, mal que bien, soplo izquierdista, Así pues, cada una de esas tendencias, y algunas en particular, hallaban ante sí no pocos posibilidades de desarrollo y de penetración en la clase obrera,

Al cumplirse el segundo aniversario de los acontecimientos de Mayo, las perspectivas de los izquierdistas parecen, por el contrario, estrechas y su propio impulso adquiere ritmo cansino. Han vuelto a sus rutinas anteriores, como si Mayo no hubiese sido más que un hermoso ensueño; peor, se han desplazado a la derecha en su práctica, política y en la interpretación de sus propios programas. La explicación que su estancamiento darían las diversas tendencias, la que se dan para su capote, saca una vez más a relucir las consabidas condiciones objetivas. No sus ideas, no su política respecto a los diversos problemas en Francia y en el mundo, sino las pijoteras leyes históricas, independientes de ellas y superiores a su voluntad, tienen la culpa de que todavía no exista período revolucionario, y vedan a los izquierdistas izarse a la cabeza de la clase trabajadora.

La necedad de tan ramplona justificación debe ser denunciada como una superchería, y más concretamente como cobardía y oportunismo políticos. Son las características subjetivas de todas las tendencias englobadas bajo la denominación de izquierdismo las causantes de su propia incapacidad, en manera alguna motivos exteriores a ellas. Su izquierdismo lo es solo por relación a tendencias reaccionarias o netamente capitalistas; medido por las exigencias revolucionarias de hoy está muy lejos de serlo. Y de eso no tienen la culpa la dialéctica histórica. La contraposición objeto-sujeto carecería de dinámica y por ende de carga revolucionaria, si el segundo término no dominase sobre el otro en determinados momentos de su entrelazado devenir. Invocar las condiciones objetivas equivale pues a afirmar que las premisas materiales de la revolución social están, todavía, ausentes, disparate indefendible.

A los izquierdistas les ocurre, con agravantes, lo que a los dirigentes del partido bolchevique en 1917, antes de que Lenin les forzase, por así decirlo, a mandar al diablo sus rutinas. Señalando la incapacidad revolucionaria de ellos, Trotzky escribe: Eran todos esclavos de viejas fórmulas (en Stalin). La esclavitud de nuestros supuestos izquierdistas es doble y pesadísima. Los encadenan formulas no sólo invalidadas una y otra vez por la experiencia de la lucha de clases mundial, sino, lo que es peor, circunscritas, por lo general, dentro de la voraz contienda de los bloques imperialistas.

Trátese del problema de que se trate, local, nacional o internacional, práctico o teórico, los izquierdistas no proponen al proletariado nada revolucionario. Ni pueden proponerlo, pues carecen de perspectiva propia; tanto, que hasta resulta difícil que crean en sus respectivas organizaciones, por mucho que los milagros de la fe política sean en verdad no menos estupendos que los de la taumaturgia religiosa. Cuando la Ligue Communiste (Rouge) celebra el aniversario de la revolución china o hace el elogio de Ho Chi-minh y del F.L.N., trabaja para la contrarrevolución stalinista y aporta su contribución al imperialismo ruso y al chino; por añedidura, traiciona, junto con su protector Pierre Frank, las ideas de Trotzky que pretenden defender, y estrecha la mano a sus asesinos. Cuando ellos mismos, más IVª Internacional, la Alikance de la Jeneuse pour la Revolution (Lambert), Lutte Ouvriér y de propina el P.S.U., defienden lo que califican de revolución colonial, niegan implícitamente que exista la necesidad y la posibilidad de revolución socialista mundial y se ponen al lado de un imperialisno contra otro. Que sea invocando la revolución burguesa en China, Vietnam, Cuba, Argelia, Egipto, etc., coartada de Lutte Ouvriére, nada cumbia el último resultado y corrobora lo dicho, pues si hubiere aún cabida para una revolución burguesa en la civilización capitalista, esta tendría ante sí largo desarrollo. Cuando la mismo Lutte Ouvriére propone la unidad de todas las tendencias izquierdistas, incluyendo en ellas a los pro-chinos, reconoce, quiéralo que no, que no existe incompatibilidad entre su tendencia y la contrarrevolución stalinista en su faz pekinesa; lo mismo vale respecto de la faz rusa para las tendencias que miran con ojos tiernos a los partidos del Kremlin. Cuando Lutte Ouvriére secundada por Rouge- Ligue Communiste entran en tratos de fusión con el P.S.U., preparan a sus militantes una encerrona peor que la de la muyoría de la Izquierda Comunista que en 1935 fusionó en España con el Bloque Obrero y Campesino. De ésta resultó un partido centrista, el P.O.U.M., en perpetuo desmayo ante stalinismo y frente popular; de la meditada hoy en Francia saldría algo aún más a la derecha. Ahí están, anunciándolo a quienes no se nieguen a entender, las declaraciones del flamante secretario general y diputado del P.S.U., y su fraternización con Tito, que contribuyó personalmente a aplastar la revolución española y reconoció haber liquidado a los trotzkistas yugoslavos. Para el partido de Rocard, la fusión es un trampolín para situarse como intermediario entre la izquierda burguesa y el partido stalinista y sobre todo para encarecer, cerca de éste, sus buenos oficios. Cuando las mencionadas tendencias a una meten dentro de los sindicatos a sus militantes y a los obreros que consiguen influenciar, a menudo recomendándoles vergonzosamente ocultar su filiación, no trabajan para el proletariado, sí para la alta jerarquía sindicalo-política, que a su vez trabaja día a día para el gran capital. Verdad que en este dominio se consideran respaldados por Lenin y Trotzky o por el viejo sindicalismo revolucionario. Su conservadurismo escolástico les impide darse cuenta de las peorías intervenidas en los sindicatos y en el capital, que los hacen complementarios y solidarios del mundo actual. Atacar al capital como estructura de la sociedad desde un sindicato, es propósito tan disparatado como atacarlo desde el consejo de administración de un trust cualquiera.

En fin, cuando reivindican, desde lo más elemental hasta lo más general y para ellos elevado, los izquierdistas tampoco ofrecen perspectiva propia al proletariado. Tratándose de lo primero se quedan a nivel de un sindicato social-demócrata antes de la guerra. No presentan una sola reivindicación de carácter o de contenido socialista, pues no lo tiene siquiera la de control obrero de la producción, cuya significación completa, nunca esclarecida, es: de la producción capitalista. Tratándose de lo más elevado, de la medida cumbre que ellos tomarían si gobernasen, ofrecen la nacionalización. Ahora bien, esa es perspectiva del capitalismo inherente a su automatismo funcional, perspectiva ya alcanzada por la contrarrevolución stalinista. La perspectiva del proletariado es muy otra, consiste en poner fin, inmediata y no mediatamente, camaradas izquierdistas, a la estructura económica basada «en el capital=salariato. Y eso no puede hacerse convirtiendo en propietario a un organismo, por muy Estado obrero que fuere.

Los izquierdistas aparecen así muy imprecisamente diferenciados del stalinismo y los sindicatos. Debido a ello no consiguen suscitar gran interés en el seno del proletariado, y menos el entusiasmo indispensable para arrancarlo a los aparatos que actualmente lo aprisionan y hacerlos añicos. ¿Añicos? Para los izquierdistas eso es blasfematorio, ellos buscan reformarlos, con lo cual se definen a sí mismos, verazmente, como reformistas empíricos. Y en cuanto al entusiasmo combativo del proletariado característico de un período revolucionario, consideran que está fuera de sus facultades humanas crearlo, esperando que se los ponga entre las manos el devenir bienaventurado.

Las tendencias pro-chinas no pueden ser consideradas izquierdistas ni siquiera entre comillas. L'Humanite Nouvelle,"L'Idiot International, La Cause du Peuple, representan tan sólo la causa del stalinismo pekinés, sin otra diferencia con el ruso que ser imperialismo atrasado, famélico y a la búsqueda de un espacio vital. La verdad de su conducta transparece en la mostruosa divisa: Proletarios de todos los países, naciones y pueblos oprimidos, uníos, unión irrealizable a menos de someterse el proletariado a sus explotadores, burgueses y burócratas o príncipes de esas naciones y pueblos cuyo abanderado -y banquero- quisiera ser China. Se trata de publicidad para una tentativa descarada de tercer bloque imperialista.

Entre 1923 y 1935, la Internacional Comunista fue transformada paso a paso y corrupción de sus dirigentes nacionales mediante, en abyecto instrumento de los planes imperialistas del Kremlin; la misma operación, no más limpia de procedimientos, trata de efectuar ahora Pekín, en calidad de nueva metrópoli. La huera fraseología del maoismo, de ínfima calidad incluso como demagogia, sus fanfarronadas estilo voz de su amo, convienen a atorrantes y drogados de todas clases, no a militantes revolucionarios. Puede asegurarse que no conseguirá, como pretende, alistar a la clase obrera, por muchas subvenciones que reciba... Los partidos stalinistas lo consiguieron antaño porque empezaron siendo, no eso, sino organizaciones revolucionarias. El maoismo empieza como mera escoria de la escoria stalinista. Y lo que sus partidarios parlan es un miauismo de gato que comba el espinazo frotándose a los pies de su dueño.

Que el señor Sartre y otros intelectuales pseudo-revolucionarios se pongan con su patriotismo resistente a disposición de las tendencias chinófilas, cae dentro de lo natural. Desde que aparecieron en escena están avezados a apoyar falsas causas, tanto, que más de una vez han redorado los blasones del stalinismo. Tampoco será probablemente la última vez que Sartre cargue sus maletas de tóxicos políticos. Es, en cambio, vergonzoso e inesperado que las tendencias izquierdistas entren en el juego de los pro-chinos, en lugar de ponerlos en la picota como falsarios enemigos de la revolución, además de aliados de los asesinos de la revolución y de los revolucionarios en la propia China. Era su obligación hacerlo incluso sin salirse de sus propios programas conservadores hoy. Eso indica hasta qué grado están fofas y carentes de contornos propios. Convivir en el seno de cualquiera de ellas se hará cada día más difícil a los revolucionarios.

19 julio 1969

Jean d'Aix

Fusión LC-LO en Francia, 1971

Dos de las organizaciones dichas trotzkistas, Ligue Communiste y Lutte Ouvriére, acaban de firmar un protocolo de acuerdo para una fusión cuyo primer paso es el protocolo mismo. El intermedio sería la publicación de un semanario común, y el final la unificación con un congreso que reconocería el derecho de fracción, la representación proporcional de las minorías en la dirección y la libertad de expresión de éstas en la prensa de la futura organización. Nada nuevo.

Se trata de derechos tradicionalmente ejercidos en el movimiento obrero. La Única innovación -relativa- consiste en que el Secretariado Unificado (la dirección internacional) se comprometería, al realizarse la fusión, a no modificar la política votada por mayoría ni la dirección de la nueva organización, que tomaría el rango de Sección Francesa de la IVª Internacional a despecho de que seguirían al margen otras organizaciones dichas trotzkistas, que invocan, como las fusionantes, los tres primeros congresos de la Internacional Comunista y el Programa de Transición.

Si bien la democracia interna es inseparable de una organización revolucionaria, ella sola no confiere ese atributo, por muy escrupulosamente respetada que sea. En la socialdemocracia francesa, las minorías se han expresado y han estado representadas proporcionalmente en la dirección. Tampoco se adquiere dicho atributo mediante la implantación en la clase obrera, amuleto que Lutte Ouvriére lleva supersticiosamente colgado al cuello. No le dará mejores resultados que una pata de liebre. De lo que se trata es del contenido revolucionario de implantación y democracia. Y en eso, indispensable es proclamarlo desde ahora, la organización unificada será aún menos apta que Lutte Ouvriére huérfana, No añadimos la Ligue Communiste, porque ha sido y es mucho más oportunista, vergonzosanente pro-china. Quienes se consideran, cual dicen de sí mismos los dirigentes de la Ligue, educados por la guerra de Vietnam, o por la China maotsetunera, son discipulos de Stalin, no de Trotzky, y menos revolucionarios.

Cuando la tendencia representada por Lutte Ouvrióre abandonó la IVª Internacional, todavía podía decirse que ésta era una organización internacionalista, criterio supremo del ser revolucionario. Hoy no. Dejó de serlo en el curso de la guerra, contaminada por la defensa nacional (o resistencia, al principio) y dio aval a su claudicación en el congreso de 1948. Ahora, Lutte Ouvriére vuelve al aprisco de una IVª Internacional más que averiada, carcomida por la purulencia del stalinismo mundial, y que ha abandonado, incluso formalmente, la más importante de las ideas que dieron origen a su creación. Nos referimos a la incompatibilidad entre el stalinismo y la revolución. En efecto, hablando de países socialistas en Europa del Este, de revolución china, vietnamita, cubana, etc., esa IVª Internacional traiciona el hecho mismo de su fundación, reconoce tácita y explícitamente que su existencia no es indispensable, y que se considera —es la única realidad- parte del movimiento stalinista mundial. En ese ambiente ya tan deletéreo, un revolucionario no puede respirar sin asfixiarse, por muy sanas que sus intenciones sean y grande su energía.

Pasando por alto toda esa involución del trotzkismo, a veces reconocido por sus hombres, aunque no denunciada, Lutte Ouvriére está agachando la cabeza ante capituladores. Era de prever habiéndose mostrado antes inapta a salirles al paso a los pro-chinos marcándolos al fuego como lo que son, estafadores políticos, stalinistas enemigos del proletariado. En fin de cuentas, es victima de su propia blandicie ideológica que encubre un activismo en sí meritorio, pero sin relación profunda con las necesidades revolucionarias. Le hacía falta un poderoso impulso a izquierda; cansina, se deja resbalar a la derecha.

En fin, dentro de una organización no se puede comprometer uno con quien quiera a respetar el juego de la mayoría, porque se renuncia así a la libre expresión y a la movilización revolucionaria de minorías. Lutte Ouvirére cree que no renuncia a nada; el paso que da demuestra mas bien que no tiene gran cosa a qué renunciar. Habrá confirmación de lo dicho en las fases segunda y tercera de la unificación.

El trotzkismo en América Latina, 1971

Como en todas partes, el trotzkismo en América Latina es hoy la tabla de salvación para muchos que quieren romper con los partidos stalinistas, pero no con el stalinismo. Conscientes de ello, los trotzkistas llaman parte del movimiento revolucionario al stalinismo, cuando en verdad es su negación más profunda. La solución al enigma es que actualmente casi todos los trotzkistas son en el fondo stalinistas; abiertos a la continuidad, están siempre dispuestos a servir como el último obstáculo entre la contrarrevolución y el campo revolucionario.

La esencia del pensar de esos trotzkistas es tecnocrática. La mayoría de ellos son admiradores fieles de la progresividad económica, cuando ya desde 1914 el movimiento marxista tiró por los suelos esa concepción. Su admiración por los niveles económicos óptimos, la industrialización y la planificación, los hacen adorar la base material de la contrarrevolución rusa: la propiedad nacionalizada y la planificación capitalista estatal. Fundan su adoración no en una táctica explorativa y motivada esencialmente por principios de verdaderos revolucionarios, como fueron los de Trotzky y los de muchos de los viejos trotzkistas, sino en tasas de productividad, en la acumulación del capital. Se ven a sí mismos como directores del futuro Estado obrero, cuando en realidad, por razones incomprensibles a ellos, podrían ser sus verdugos.

Los stalinistas existen para asegurar la continuidad del capitalismo estatal, por eso defienden la patria socialista rusa. Sus hermanos chinos, claro está, sienten esa misma admiración por el reinado asiático de Mao. Para no quedarse atrás, los trotzkistas defienden con mas celo aún, la base material de la contrarrevolución, dicha por ellos, de la revolución, o sea la propiedad estatificada y dirigida. Su tal revolución política (si es que hablan de ella), se limitará a un purganmiento superficial del aparato stalinista, lo que permitirá que la contrarrevolución alce su manota cuando le convenga y docapite a los obreros. Pese a su historia dizque revolucionaria, que en realidad es la de otros, no la de ellos, la mayoría de los grupos trotzkistas acabarán, de una manera u otra, en las filas del stalinismo, salvo ruptura con sus concepciones. Sus lamentos bovinos sobre las innumerables traiciones del stalinismo (o sea, cuando éste falló en inaugurar otro capitalismo do Estado en algún país) no explican nada al proletariado, y lo que es peor, lo confunden y lo paralizan con una mistificación de lo que es el stalinismo.

La historia del trotzkismo en América Latina durante los 30 años últimos es una historia de capitulación y de vergonzosas intentonas de ser más stalinistas que los stalinistas. Gran responsabilidad de cose fracaso la tiene el partido trotzkista norteamericano SWP (Socialist Workers Party). Durante la segunda guerra mundial, el SWP se volvió solapadamente social-patriota y pedía al gobierno imperialista de Roosevelt una verdadera guerra contra Hitler, a cuyo fin reclamaban que los sindicatos yanquis controlasen el ejército imperial norteamericano. Esa actitud patriotera se filtró a los grupos latinoamericanos más débiles ideológicamente, porque ellos dependían del SWP muchas veces en materia de' información teórica, etc. Por lo tanto, los grupos latinoamericanos trotzkistas ayudaron, débilmente, claro está, a la lucha antifascista. El centrismo y a la claudicación hicieron presa en la mayoría de ellos. Las raíces de la destrucción de la IVª Internacional aparecieron durante la segunda guerra mundial, no en 1952 como pretenden los tergiversadores del tal Comité Internacional (Lambert-Healy) que han inventado el cuco del pablismo. En el sentido dicho, todos los grupos trotzkistas de hoy son pablistas3.

Las posiciones burguesas, o más bien dicho, de capitalismo estatal, de los grupos trotzkizantes de América Latina se expresan cristalinamente en la cuestión de los sindicatos4. Aplican aquí de forma derechista el caduco Programa de Transición. O sea, que luchan por sindicatos revolucionarios o independientes, y mientras tanto -por qué no- tratan de que les elijan a puestos burocráticos dirigentes y apoyan la política de los líderes actuales. Los sindicatos, claro, los absorben a ellos. En América Latina el Estado ha integrado los sindicatos de manera bastante completa y eficiente. Muchas veces es el Estado mismo el que los ha formado, como complementos necesarios para la acumulación dirigida del capital. Es una tendencia y realidad innegable en todo el mundo y muy acentuada en América Latina. Pese a esto, trotzkizantes y algunos stalinistas de izquierda (pekineses) piden como reivindicación el control sindical de la produccion o de lo que sea. Tal demanda no contradice las necesidades del capitalismo de Estado; al contrario, las refuerza. Llegado el momento, los sindicatos se ocuparán de ayudar a planificar la economía, si es que son fuertes, o se dedicarán únicamente a disciplinar a los obreros si es sólo socio pobretón del Estado. En este caso, las subvenciones no tardan en llegar. Y, en cualquier caso, no se trata de ninguna reivindicación obrera.

Esta política estéril de tratar de limpiar los sindicatos cuando éstos fueron, aun limpios, organizaciones netamente reformistas pertenecientes a una época de librecambio capitalista durante la cual los recién formados obreros acudían en tropel a los sindicatos (¿acaso ocurre eso ahora?), es una actividad que desmoraliza y destruye a los cuadros revolucionarios. En el mejor de los casos esos militantes se retiran, asqueados, de la política, y en el peor se transforman en exitosos líderes burocráticos. El mismo Guillermo Lora, del POR boliviano (Partido Obrero Revolucionario), es más conocido en el ámbito sindical que en el revolucionario. Es el correveidile del movimiento sindical boliviano, el druida de la COB (Central Obrera Boliviana). Lo que anima a estas momias no es ya una política bolchevique, es una política netamente tradeunionista5.

El trabajo de los trotzkistas es superfluo, porque el automatismo de las economías semicoloniales, y la intervención cada vez más desesperada del Estado para preservar su achicada porción de la plusvalía nacional termina por hacer cisco la tal autonomía de los sindicatos.

En Argentina, los grupos trotzkizantes de las publicaciones Política Obrera, [hoy Partido Obrero, NdE], La Verdad [hoy PTS, NdE] y El Combatiente [órgano del extinto PRT-ERP guerrillerista, NdE] se encuentran en crónico estado de postración ideológica. Como siempre se trata de claudicar, su objetivo más inmediato es el peronismo, especialmente para el primer grupo. El segundo ya es parte del peronismo (Moreno-Molinier y otros) y el tercero se las da de tupamarista, guevarista y otras bascosidades.

Política Obrera tiene la clásica política de desenmascaramiento del liderato peronista en los sindicatos a través del tal Programa de Transición, del frente único con stalinistas, pekineses y peronistas, etc. Lo que sucede siempre es lo inverso: el aparato sindical peronista se los "gana" a ellos. En EA otras plabras, se los zampa como Frankenstein a los niñitos. Moreno, que políticamente es un niñito retardado -un cretino- puede atestiguarlo. En mayor o menor grado, todos eso grupos argentinos son castristas. La casta archireaccionaria de La Habana es para ellos ¡socialista! y se refieren al tiranuelo Castro como compañero. Pese a este efluvio de cordialidad bizantina, la canalla castrista no desperdicia oportunidad para conectar, abierta o solapadamente, al trotzkismo con el imperialismo yanqui. Preguntadle al peronista-trotzkista Jorge Abelardo Ramos lo que dijeron de él los escritorzuelos a sueldo de La Habana cuando se atrevió a criticar la teoria del foco. ¿Es necesario recordar también las puercas insinuaciones del compañero Ché sobre el trotzkismo cubano hechas al periódico chileno Ultima hora? ¿Hacen falta más ejemplos?

Con fines puramente falsos y deshonestos, las claques internacionales trotzquizantes, cono el Secretariado Unificado (Frank-Mandel) y el tal Comité Internacional, se disputan constantemente esos grupos. El CI tratará, a toda costa, de conquistarse los favores de Política Obrera, y el SU ya se ha ganado -más fácil- a El Combatiente. Con listas de grupos a la mano, cada uno de esos centros de la IVª Internacional chilla a los cuatro vientos su supuesta superioridad numérica en América Latina. Da asco ver a estos hoscos cabecillas disputarse lascivamente, en París o Londres, el oportunismo que ellos mismos han creado y al que dan pauta. Son los aprovechadores de la indigencia teórica del proletariado latinoamericano.

En Chile donde nada queda ya de la influencia de Recaberren o de Aguirre Gainsborg, los trotzkiszantes hacen también de las suyas. El grupo de profesores y estudiantes marxistas (sic?) de la universidad de Concepción, a través del trotzkizante Luis Vitale han dado todo su apoyo al recién electo gandul Salvador Allende. El tal Vitale tiene concordancias ideológicas con el Secretariado Unificado, lo que le da ocasión de colaborar también con la revista Pensamiento Crítico, editada en La Habana por sus colegas castristas. Vitale ha sido uno de los arquitectos del apoyo trozkizante al Noske-Negrín Allende, el próximo verdugo de los obreros chilenos. En su folleto, Despues del 4 de septiembre, qué? Vitale asegura a los obreros chilenos que la victoria allendista es un tríunfo de ellos. Igualmente, una declaración política salida de las aulas de la universidad de Concepción, obra de Vitale y sus intelectuales, dice a los obreros chilenos: Los trabajadores, con la Victoria de Salvador Allende, han obtenido un importante triunfo político-electoral.

Más adelante, Vitale y los suyos llaman a un urgente reagrupamiento de la izquierda, a través de un Frente único anti-imperialista, que incluirá -cómo nó- a los pekineses de la revista ML, a los miristas de Punto Final (MIR) y a toda secta centrista. Tácticamente, sin embargo, el frente abarca también a los compañeros de Unidad Popular allendista, el partido de Estado. A su vez, la Unidad Popular --típico burdel político stalinista, incluye al P.C., chileno, a tecnócratas como Chonchol y Vuskovic, delirantes pitonisas del capitalismo estatal (Chonchol asesoró en Cuba el planeamiento económico de la reforma agraria) y otras escorias como el Partido Socialista. No cabe la menor duda de que Allende tratará de remar entre las acometidas del imperialismo yanqui y la ayuda del imperialismo ruso. Necesitará toda la astucia de un Nasser y por añadidura de un tendero, para sobrevivir independientemente. La plusvalía de los obreros chilenos, empero, será extraída de manera ampliada, intensificada absoluta. Allende intentará costear su programa de modernización del bolsillo de los obreros, valiéndose de compañías mixtas y expropiando alguna que otra industria no rentable. Chile, a lo sumo, se transformará en la Yugoslavia de América Latina, camino por el que también va Cuba con sus contubernios Habana-Madrid-Washington o su comercio con otras potencias imperialistas de Occidente. El futuro de Chile bajo estas condiciones depende. de los arreglos existentes entre los jerarcas de Moscú y de Washington.

Claramente, cualquier componenda con la Unión Popular o con cualquiera de los grupos castristas (MIR, etc.) será fatal para los revolucionarios y obreros chilenos. Si el MIR se opone en cierto grado a la UP, es por por razones tácticas. Además, la orientación del MIR es hacia el imperio de los Mao, lo mismo que la del grupo marxista-leninista. Tienen razón cuando dicen que sólo la lucha armada puede derrotar al imperialismo yanqui. Pero tal derrota sólo significaría la instauración rápida y violenta del capitalismo de Estado puro y con orientación neta hacia Rusia o China. Tampoco esa sería victoria proletaria. Allende no es el capitalismo de Estado, es simplemente el gobierno de la burguesía industrial chilena y del imperialismo yanqui, con un programa menos deshonroso para Chile. Lo único que tratará Allende es de racionalizar más la vieja economía semicolonial. Sabiéndolo, Castro lo ha felicitado; sus amos de Moscú no desean en Chile, todavía, un capitalismo de Estado a ellos ligado. Sería desastroso para la coexistencia pacifica entre las esferas de influencia de los dos más grandes imperialismos.

Comprender las razones entre bastidores de los Castro, Allende y compinches, nos ayuda a ver cuán claudicante e insolvente es la política de los Vitale y demás trotzkizantes chilenos. Allende no desea su ayuda; porque ellos representan, en grado relativo, ideológicamente; a las fuerzas del capitalismo estatal ruso. El odio de Allende hacia cualquiera que intente el desorden se dejó traslucir en octubre de 1970, cuando su Unión Popular amenazó la ocupación de universidades por el MIR y desautorizó los llamamientos a tomar las fábricas y ocupar fundos, etc. del ala obrera del MIR (entre ellos el líder Toro). Sólo los revolucionarios que logren salir del cepo del MIR o de las aulas trotzkizantes de Vitale, podrán ayudar a los obreros chilenos a luchar contra Allende por el socialismo, no por el capitalismo de Estado que quiere el MIR y los pekineses.

En Bolivia, los trotzkistas fueron capaces, a través de enormes sacrificios, de crearse una base y un apoyo en las minas de estaño. Sin embargo han pervertido base y apoyo arrojándolos siempre al basurero del mangoneo sindical. El POR boliviano vive estrictamente dedicado a redactar tesis, manifiestos, declaraciones, etc., para la Federación minera y la Central Obrera Boliviana (COB). Ya que estos organismos sindicales, liderato y aparato, giran alrededor del estado y tienden a fusionarse con él, se hace claro adonde va encaminado el POR. La historia misma de la COB y del gran líder Lechin no le ha enseñado nada al POR. Sigue con las misas cantaletes de siempre. Los eventos del año 1970 ilustraron claramente dicha tendencia. Con la subida al poder, en octubre pasado, del gorila Torres, el POR ha demostrado una vez más la esencia de la claudicación trotzkizante. Ya se olían sus manoseos sucios en mayo de 1970, cuando la COB aprobó un largo documento redactado en parte por el POR y en parte por el PIR (Partido de Izquierda Revolucionaria, el stalinismo boliviano). El documento es esencialmente nacionalista, y típico de un sindicato dirigido. Por enésima vez llama a la nacionalización de las minas bajo control sindical y al control obrero de casi todo. Se puede decir que es un documento conjunto del POR y del PIR a través de la COB. Al subir Torres al poder, el periódico del POR, Masas, deja entender que existe un Comando político de la clase obrera y del pueblo6. Dicho comando se ha dedicado a desenmascarar a Torres en el lenguaje pekinés y trotzkizante. Es seguro que el POR ha entrado en frente único con el stalinismo pro-chino y tal vez pro-ruso, con la finalidad de buscar el apoyo de las masas en una aventura pro-capitalista estatal. En otras palabras, en pro de la toma del poder por el stalinismo, usando a los sindicatos como tropas de choque; desarmando cualquier intención propia de los obreros de expropiar y y devolver a la colectividad la propiedad de los instrumentos de trabajo. La lógica de las posiciones políticas es inflexible y brutalmente arrolladora: el POR se verá obligado, en caso de revolución social, a pasarse a la barricada de enfrente y con las criaturas del Estado burocrático naciente. Y de paso, también ayudará a aniquilar a los verdaderos revolucionarios y a los obreros armados. Es de esperar que los obreros bolivianos sabrán defenderse con las armas en la manos .

Casi no vale la pena examinar los otros grupos trotzkizantes en la América Latina. En general no tienen, ni les interesa conseguir, una base real revolucionaria en la clase obrera industrial, sine qua non del marxismo. Se orientan más hacia las universidades, y cuando llegan a tener base proletaria la prostituyen de manera criminal: la hacen más peronista (en Argentina), o más sindicalista (Bolivia), al fin y al cabo la entregan al stalinismo.

En México, la Liga de Comités Obreros, al igual que la Liga Obrera Marxista (LOM) es un grupo que lucha por la defensa de las libertades democráticas. En 1967, la LOM rogaba a La Habana que le permitiese entrar en la OLAS. En Brasil, el POR de Posadas ya no tiene a quien entregarse. Tal vez, a falta de Goulart, al obispo Helder Cámara. La fracción bolchevique-trotzkistal! de Porto Alegre ha roto con Posadas, pero eso no basta para romper con todo lo que significa ahora el trotzkismo. Así, hay numerosos individuos en América Latina que tratan de orientarse hacia el marxismo revolucionario, pero por falta de otra cosa se unen a grupos trozkizantes. Lo hacen, no porque son oportunistas, sino porque están aislados. Los que se unan al trotzkismo porque éste promete un stalinismo más humano, son carreristas que nada ofrecen al proletariado. Los primeros son generalmente militantes de base que instintivamente eligieron al trotzkismo contra el stalinismo, o que abandonaron el partido stalinista y, al verse solos, se hicieron trotzkistas. El segundo tipo de persona es casi siempre un intelectualoide, un trotzkizante típico, un rábula quejumbroso condonado irremisiblemente a desplomarse ante el stalinismo oficial. No en balde estos tipos llegan a ser los líderes trotzkizantes que abundan en el mundo: en Buenos Aires, París, Nueva York, Londres o Montevideo. Como ya se ha dicho antes en Alarma, sin romper con ellos es imposible pisar terreno rovolucionario.

Francisco Fernández Abril 1971

Félix Morrow sobre la Revolución española, 1971

Algunos lectores de Alarma nos han pedido opinión respecto al libro de Feliz Morrow Revolution and Counter-revolution in Spain. Más bien que contestar por carta, preferimos utilizar este conducto, útil a quienquiera interese:

  1. El libro de F. Morrow, como tantos otros sobre el tema, considera sólo una darte de la revolución, la superior, iniciada el 12 de Julio de 1936. Pero no es inteligible la formidable insurrección del proletariado contra milites y fascistas en son de cristianísima cruzada, menos sus consecuencias, sin reseñar el curso revolucionario anterior, empezado en 1931.
  2. La interpretación de Morrow adolece de un defecto general que repercute en las particularidades: considera la revolución española con el prisma de la revolución rusa y ve la causa de su derrota en la no aplicación de la táctica bolchevique. A partir de ahí, casi todo lo que dice es errado, sin contar los defectos de información exacta; no pocos.
  3. En la revolución rusa, la dualidad de poderes existió durante el período anterior a Octubre; con la revolución española, el choque entre los cuerpos represivos capitalistas y el proletariado se produjo sin tal dualidad, y tras de la victoria del segundo lo que apareció fue una atomización del poder en manos de los comités obreros. El poder capitalista del Frente Popular era nulo.
  4. La nacionalización de la industria y el control obrero de la producción fueron medidas de la revolución rusa (revolución permanente que no llegó a alcanzar nivel socialista); con la revolución española, los trabajadores expropiaron industrias y tierra, las pusieron en marcha como colectividades. Fue pues, también, una atomización socialista de la economía. Los obreros no ejercían control, sino gestión. Realizaban no una revolución permanente, sino socialista.
  5. El control obrero de la producción y la nacionalización de la industria fueron luego instrumentos de expropiación de los trabajadores por el Estado capitalista reconstituido. Nada de eso ha sido visto por Morrow.
  6. La propia crítica de la actuación del stalinisno es falsa e involuntariamente benévola. Lo ve como un oportunismo semejante al de Kerensky, zarandeado entre la contrarrevolución y la revolución, sin identificarse con ninguna. Apreciación descabellada. El stalinismo era la contrarrevolución por sí mismo.

Morrow está fuera del movimiento obrero. Mas el trotzkismo no ha superado sus apreciaciones. Sin haber comprendido la revolución española ni la naturaleza del stalinismo, es hoy un tullido sin músculo ni mente para medirse con el gran acontecimiento histórico que es la revolución.

Alarma, julio 1971

¿Dónde estáis militantes de Lutte Ouvriére?, 1972

La menos fofa de las tendencias dichas trotzkistas es incontestablemente la de Lutte Ouvriére y también la más seria desde el punto de vista orgánico. No obsta para que adolezca de esterilidad teórica, y por tanto práctica, debido a lo mismo que la Ligue Communiste, la Alliance de la Jeneuse pour le Socialisme y los izquierdistas en general, díganse marxistas o anarquistas. Así, la seriedad de Lutte Ouvriére le sirve sobretodo para reventar de trabajo a sus militantes y simpatizantes, a quienes induce a desplazar la Tierra sin darles palanca.

Lo que Lutte Ouvriére ofrece como palanca, su táctica o política cotidiana, lleva 40 años de retraso, a veces más, como si el proletariado se encontrase en estado cataléptico desde 1917, en medio de un capitalismo que no ofreciese mayores perspectivas inmediatas de revolución que el le los dos primeros decenios del siglo. Por el contrario, las enseñanzas acumuladas desde entonces son muy ricas, si bien ignoradas, no sólo por Lutte Ouvriére. Después de la revolución ha habido la contrarrevolución rusa, cuyas consecuencias negativas siguen haciéndose sentir fuertemente y en todas partes, hasta en vuestras concepciones. La derrota, entre 1917 y 1937, de una oleada revolucionaria internacional sin precedente, la segunda matanza imperialista, el restablecimiento y el crecimiento consecutivo del capitalismo occidental, la desorientación de las masas, no han tenido lugar sino gracias a la contrarrevolución stalinista. Si -responde Lutte Ouvriére- eso ha sido consecuencia del oportunismo de la burocracia stalinista. No, -afirmamos nosotros- no hay tal oportunismo; esa sucesión de acontecimientos, tan catastróficos que el proletariado no ha conocido jamás semejante periodo de servidumbre, cuadra perfectamente con los más profundos intereses del sistema econónico que constituye la base de la contrarrevolución stalinista, han sido su apoteosis. La unidad es completa entro esa economía y su poder,

He ahí una evidencia absolutamente innegable, que marca como falsa la política de Lutte Ouvriére, por completo basada en la idea de un stalinismo reformista que oscila entre el proletariado y la burguesía. El stalinismo no se opone a la burguesía y los trusts sino en la medida en que él mismo reprenta un capitalismo todavía más homogéneo, aparte las rivalidades entre imperialismos. Lutte Ouvriére se da el postín del bolchevismo frente a los socialistas-revolucionearios y a los mencheviques representados por el PC-CGT y por potenciales Kerensky surgidos de su dirección, pero al que aparezca semejante Kerensky, vosotros tendréis la cuerda al cogote, o por lo menos un calabozo para reflexionar sobre la relación entre economía y política.

Sin estar bien percatado de la naturaleza social (el sistema ruso, chino, etc.), y por ende del stalinismo en cuanto partido de oposición donde sea, resulta imposible comprender el capitalismo contemporáneo, sus luchas de rapiña por intermedio de naciones débiles; su crisis de decadencia, muy distinta a una crisis cíclica; se hace sobretodo imposible combatirlo como es menester y abatirlo, aunque no sea esa condición suficiente. La concentración del capital y el dirigismo en Occidente han sido traídos por la rotación característica del sistema, varias veces centenaria, mientras que en Rusia, lejos de ser efecto de la revolución de Octubre, cual vosotros afirmáis, fue resultado de su fracaso. La no transformación de esa revolución permanente en revolución socialista engendró una contrarrevolución que, para concordar bien con la tendencia inmanante del gran capital tenía necesariamente que ser no-burguesa, pues los burgueses en cuanto propietarios individuales se encontraban ya más que sobrepasados por el volumen del capital internacional.

Ese sobrepase es la fuente de la corrupción decadente del sistema, cualquiera sea aquí o acullá su régimen o su nivel industrial, mientras que su incomprensión deja muy atrás de las exigencias del combate proletario toda política a la Lutte Ouvriére. No conduce a la revolución comunista ni siquiera en caso le éxito.

Igual que en Rusia, en Occidente tampoco puede el proletariado erguirse contra el sistema en alianza con el stalinismo y los sindicatos. Tanto valdría querer combatir, aquí en España, el capitalismo dominado por el Opus Dei con ayuda de Falange y de sus organismos obreros. Mas vosotros buscáis esa alianza, la practicáis de hecho. Confundís la oposición entre dos tendencias del sistema capitalista con la oposición entre capital y salariato, las organizaciónes destinadas a regimentar y vender la fuerza de trabajo (en espera de comprarla), con organizaciones de los trabajadores mismos. Y así vuestros llamamientos al stalinismo sirven para velar a los obreros su naturaleza reaccionaria,'y vuestros esfuerzos para crear grupos en los sindicatos os prohiben la transformación de los obreros rebeldes en revolucionarios, al mismo tiempo que anuláis las posibilidades le vuestros propios militantes.

Ninguno le los textos sagrados que os tranquilizan puede probar que el stalinismo sea reformista, tampoco negar que los sindicatos han revelado ser piezas del sistema capitalista, el andamiaje de la legislación dicha social, constituyendo juntos el estatuto de la esclavitud salarial. No existen textos sagrados para un revolucionario.

La revolución proletaria lleva gran retraso, sabido es, mas no por ello vuelven atrás las reivindicaciones obreras. Deben sacarse éstas de las posibilidades de la técnica y de las exigencias le la revolución en conjunto.

Ahora bien, las de Lutte Ouvriére son en realidad sacadas, izquierdizándolas, de las reivindicaciones del stalinismo,y los sindicatos, que a su vez son retales de la programación capitalista, casi siempre tácitamente acordadas antes de simulacros de huelgas. Ninguna tiende a sublevar la clase obrera contra el sistema. ¿Y de qué otra cosa puede tratarse en la actualidad? ¿Puede uno considerar buenos revolucionarios a quienes no se esfuerzan en hacer girar cualquier, motivo de agitación proletaria en torno a la consigna: ¡Abolición del trabajo asalariado!!

Ha transcurrido un siglo desde que Marx y Engels propusieran substituir esa reivindicación a las reclamaciones rutinarias de un salario justo. No sospechaban que izquierdistas se revelarían incapaces de enarbolarla haciendo de ella el eje de su actividad, precisamente cuando la técnica consiente una rápida desaparición de las clases económicas, dintel del comunismo.

Tan sólo lo que se desprende de esa exigencia permitirá hacer la unidad revolucionaria del proletariado en cada país, diametralmente opuesta a la unidad con el stalinismo y los sindicatos, y provocará, en un plano superior, la sublevación internacionalista del proletariado ruso americano y chino frente a sus respectivos gobernantes, acto decisivo de la revolución mundial.

Desde España Núcleo Sur de FOMENTO OBRERO REVOLUCIONARIO

Abril 1972

Los lacayos de la contrarrevolución stalinista, 1977

En Francia los diferentes movimientos trotskistas participan activamente presentando candidatos en las elecciones legislativas, elecciones que determinarán los futuros diputados y por consecuencia el futuro gobierno. Seguros de no representar una fuerza importante se pronunciarán por la Unión de la gauche, es decir principalmente por los partidos comunista y socialista en el segundo turno de las elecciones.

A pesar de las divergencias existentes entre las principales tendencias trotskistas (OCI, LCR, LO) todas apoyarán de manera activa a los dos grandes partidos de izquierda puesto que los consideran como organizaciones obreras, a pesar, dicen ellos, de su tendencia reformista.

Por otro lado no olvidemos de mencionar que según la gran estrategia revolucionaria de los trotskistas,

  1. Lo importante es vencer a las derechas precursoras de todos los males;
  2. como el proletariado desea un cambio de gobierno hay que apoyarlo pero demostrándole que las izquierdas no son un fin en sí, y que hay que luchar contra su tendencia reformista.

Ahí está resumido en pocas palabras las concepciones tácticas, prácticas y teóricas de los que tienen hoy en día la audacia y el cinismo de autodeterminarse comunistas y revolucionarios. ¡Nada menos!.

  1. No vamos a insistir sobre el hecho de participar en las elecciones. Un simple detalle vale más que cien mil discursos para convencer a no importa quien. En la radio, en la tele, y en los diarios (medios de información en manos del sistema capitalista) sale muy a menudo esta declaración: voten a quién quieran pero voten. En breve, lo importante para el sistema capitalista es que la gente participe en la aberración electoral para que elija sus futuros explotadores. Vaya comunistas revolucionarios que son los trotskistas para que al capital no le importe el porcentaje que alcancen. Además, los 2 o 3 por ciento que logren irán al candidato de izquierdas en el segundo turno.
  2. PC, PS, son organizaciones obreras, sobre todo el partido comunista, dicen los trotskistas.

Aquí vemos dos soluciones: o los trotskistas son imbéciles o son los lacayos de la contrarrevolución capitalista de estado (hablamos de las organizaciones, no de los militantes de base). De todas formas, aunque sea por imbecilidad, cosa muy discutible, no dejan de ser los lacayos de la contrarrevolución, es decir de las fuerzas más conscientemente anti-obreras que puedan existir.

Señores trotskistas,

¿Son organizaciones obreras las que hablan de salvar al sistema capitalista proponiendo una mejor gestión (productividad, exportación, precios, nacionalizaciones, etc...)?

¿Son organizaciones obreras las que dicen que las derechas ya no son capaces de llevar la economía nacional como es debido?

¿Son organizaciones obreras las que proclaman: producid francés, consumid francés?

¿Son organizaciones obreras las que preconizan un espíritu nacionalista, patriótico tan fuerte y reaccionario como el que desarrollaba y desarrolla la ultraderecha?

¿Son organizaciones obreras las que dicen que hay que interesar al proletariado en la sacro-santa economía nacional, economía basada sobre su propia explotación, trabajo asalariado mediante?

¿Son organizaciones obreras las que han aplastado conscientemente al proletariado revolucionario cada vez que actuaba como clase revolucionaria?

Etc, etc...

Al menos que para los *trotskistas una organización merezca el título de obrera a partir del momento en que posee cantidades importantes de militantes obreros. En ese caso el partido de Hitler era obrero, y además hizo las primeras nacionalizaciones. ¿qué bien verdad?

En conclusión,

Los *trotskistas apoyando principalmente al partido mal llamado comunista, defienden a la fuerza más contrarrevolucionaria que existe, partido éste que defiende el capitalismo de estado, forma más vil, draconiana y decadente de la explotación del hombre por el hombre.

No olvidemos lo que el propio Trotski declaró en 1939 en la URSS en guerra, a pesar claro está de lo equivocado que estaba sobre la naturaleza de la URSS:

Si durante la presente guerra o inmediatamente después de ella, la revolución de octubre no hallase continuación en un país avanzado, si al contrario el proletariado fuese aplastado en todas partes, tendríamos entonces, sin la menor duda, que poner al orden del día la revisión de nuestra concepción de la presente época y de sus fuerzas motrices.

Los trotskistas de hoy no tienen el menor interés en poner en causa sus propias concepciones puesto que después de haber abandonado el internacionalismo revolucionario en la ultima guerra mundial, ellos ven revoluciones en todas partes. Se complacen en ser los satélites del PC.

No olvidemos tampoco que si los stalinistas trataron a Trotski de ser agente del imperialismo americano, los trotskistas emplearon los mismos argumentos contra Natalia Sedova Trotski (su mujer) cuando ella declaró entre otras muchas cosas:

No espero nada del partido ruso ni de sus imitadores profundamente anti-comunistas, Toda desestalinización resultará engañifa si no va hasta la toma del poder por el proletariado y la disolución de las instituciones policíacas, políticas, militares y económicas, bases de la contrarrevolución que estableció el capitalismo de estado staliniano.

No hace falta añadir la mentalidad militarista que fomentan todas las tendencias trotskistas, pues tienen después de la CGT (especie de CC.OO.) y del PC, los servicios de orden más capaces para luchar contra los individuos que no siguen la verdadera línea como gentes de orden y dóciles. En fin y en conclusión, la IVª Internacional ha ido degenerando año tras año. Hoy en día es un subproducto del stalinismo. Debemos tratarlos en consecuencia.

E. Parra.

Las hienas en el desfile, 1978

A finales de julio, el muy stalinista L'Humanité comenzó a publicar largos fragmentos de un libro aún de un líder del Partido Comunista mexicano. Este último, en su libro, nos dice que el asesino de Trotsky fue en realidad un agente de la Internacional Comunista y de Stalin. Noticias que ya no sorprenden a nadie, siendo el P C el único, con los stalinistas maoistas, que todavía esconde la verdad. Pero esta no es la opinión de los trotskistas de la LCR que, a través de Alain Krivine, afirman que

La revelación es de las grandes. No tiene precedentes, inaudita, cambiará la marea de la historia y dejará perplejos a millones de trabajadores, quitará el sueño a todos los antiguos dirigentes de la IIIª Internacional aún a la cabeza de los PCs:

Pero la LCR no para ahí. Si parase se podría decir que muestra cada vez más su imbecilidad crónica. No, continúa...

La rehabilitación de Trotsky como líder revolucionario se impone, al igual que la rehabilitación del trotskizmo como corriente del movimiento obrero, eliminando así un obstáculo esencial al debate democrático dentro del movimiento obrero y a la unidad de acción de los trabajadores. L'Humanité acaba de abrir una pequeña puerta, es la grande la que hay que forzar, aunque signifique derribar a muchos líderes actuales del PCF que conocían y guardaban silencio porque también sostuvieron el mango del piolet que asesinó a Trotsky

Así los trotskistas reclaman la rehabilitación de Trotzky por parte de los que lo asesinaron. ¿Por qué reclamar tal rehabilitación, mientras parecen olvidar que ésta sólo puede ser una nueva injuria contra Trotski? Porque les interesa: de hecho, de esta manera, el trotskismo encontraría un lugar oficial bien merecido como corriente de contrarrevolución (esto es lo que pide a través de su reivindicación de rehabilitación como corriente del movimiento obrero), junto al stalinismo, del que nunca ha dejado de acercarse y del que hoy apenas se distingue. Y es por eso que el estalinismo ya no teme al militante revolucionario que fue Trotski7 porque sus ideas y pensamientos han sido desfigurados sistemáticamente por las mismas personas que le reclaman. Al final, la unidad de acción de las fuerzas fundamentalmente capitalistas del estado -y pro-rusas- puede lograrse ¡Eso es lo que la LCR reclama bajo la verborrea de la unidad de acción de los trabajadores y el debate democrático dentro del movimiento obrero! La unidad de acción de los trabajadores debe ser buscada, pero sólo puede ser encontrada fuera de aquellos que innegablemente han demostrado su carácter antiobrero... así como fuera de aquellos que empujan por la unidad con ellos, convirtiéndose así en los tiqueteros de la contrarrevolución.

La ignominia de la reivindicación por los trotskistas de la rehabilitación de Trotsky por parte del stalinismo- sólo puede ser profundamente repugnante: Trotski no necesita ser rehabilitado. Toda rehabilitación no sería más que servirse un poco más sus despojos, ya arrastrados por el barro por el trotskismo, como un cubo de basura.

Se trata realizar aquello por lo que Trotski luchó toda su vida, aunque a veces se equivocara en sus análisis, es decir, en la revolución social. Sólo el establecimiento del comunismo mundial puede honrar la memoria de Trotsky, así como la de todos aquellos que, desde el primer ser humano que se rebeló contra las consecuencias sociales de la necesidad, lucharon para asegurar que los hombres finalmente vivieran en armonía con la naturaleza y consigo mismos, y no para una gloria póstuma erigida por las manos sangrientas de sus enemigos.

Hoja distribuida en la fiesta de Lutte Ouvrière de junio de 1979

Militante de Lutte Ouvrière, ¿crees que estás trabajando y trabajando duro por la Revolución? Te estás engañando a ti mismo y estás equivocado. Crees que estás dedicando tus fuerzas a que el capitalismo y la explotación del hombre por el hombre desaparezcan, pero, en realidad, estás agotándote para preservar el capitalismo. Utilizas tu vitalidad y tu buena voluntad en un trabajo militante errático que te relega a un mero engranaje de la Organización y todo este gasto de energías no se destina al socialismo, sino a la instauración del capitalismo de Estado, la etapa superior de la concentración del capital.

Toda la táctica de L.O. gira alrededor de las nacionalizaciones y del control obrero de la producción, y para realizar estos objetivos, que presenta como una etapa en la transición del capitalismo al socialismo, apoya a los partidos que presenta como obreros (PC-PS) y utiliza a sus militantes para trabajar dentro de los sindicatos con la meta de llegar a los proletarios y llegado el caso, tomar la dirección. Señalemos además el sostén de L.O. a las luchas de liberación nacional y su consideración de Rusia como un estado obrero degenerado cuya defensa hace suya.

El proletariado mundial no se encuentra en estado cataléptico desde 1917. Muchas cosas han cambiado. La táctica de los comunistas debe y no puede sino evolucionar en relación con las perspectivas del combate proletario, y una organización o una corriente política, revolucionarias en un momento dado, si congela la táctica que adoptó entonces, pasa rápidamente de revolucionaria a no revolucionaria y después, en un momento, a contrarrevolucionaria. Además, la congelación de las posiciones entraña por reacción y de forma natural, su propia deformación, por el simple hecho de que quedan congeladas cuando no estaban destinadas a serlo.

Trotski defendió aparentemente la mayoría de las posiciones que defendéis hoy, pero Trotski murió hace cuarenta años y él mismo no tenía suficiente distancia con los hechos que había vivido y que estaba viviendo. El tiempo ha pasado y las lecciones acumuladas desde 1917 son muy ricas. Tras la revolución tuvo lugar la contrarrevolución rusa, cuya trascendencia negativa no ha acabado de hacerse sentir pesadamente en todos lados, hasta en vuestras propias concepciones. La derrota, entre 1917 y 1937, de una ola revolucionaria internacional sin precedentes, la segunda carnicería imperialista, el restablecemiento y el crecimiento del capitalismo occidental que le siguieron, la desorganización de las masas, solo fueron posibles gracias a la contrarrevolución stalinista y a sus partidos.

Sí -responde L.O.- es la consecuencia de los errores oportunistas de la burocracia stalinista.

No, afirmamos nosotros, no tienen nada de oportunistas; esta sucesión de acontecimientos, catastrófica para el proletariado mundial que no ha conocido nunca tal periodo de sometimiento, encaja perfectamente con los intereses más profundos del sistema económico (capitalismo de estado) que constituye la base de la contrarrevolución stalinista que ha sido su apoteosis. La unidad es completa entre ésta economía y su poder. No es una cuestión de excrecencias burocráticas sobre el cuerpo del socialismo.

L.O. siempre ha tenido entre sus dogmas que el stalinismo era reformista y basculaba entre el proletariado y la burguesía. De hecho, el stalinismo -dejando a un lado rivalidades imperialistas- no se opone a la burguesía y a los trusts más que en la medida en que representa un capitalismo aún más homogéneo. L.O. juega a bolchevique frente a los socialistas-revolucionarios y los mencheviques, representandos hoy, según ellos, por el PC-CGT y por los potenciales Kerenskis salidos de su dirección, pero el día en el que tal Kerenski aparezca, en lugar de la libertad en los soviets que entonces disfrutaron los bolcheviq1ues, estaréis con la soga al cuello, o por lo menos en un calabozo para reflexionar sobre las relaciones entre la economía y la política mientras que tus líderes quizá se aprovecharán, convertidos en miembros de la burocracia dirigente, del papel que habrán representado.

Sin entender la naturaleza del sistema social ruso, chino, etc..., y en consecuencia del stalinismo como partido de oposición allá donde exista, se hace imposible entender el capitalismo contemporáneo, sus luchas de rapiña mediante naciones débiles interpuestas, su crisis de decadencia, tan diferente de una crisis cíclica o de una crisis generalizada de sobreproducción; se hace imposible sobre todo, combatirlo como es debido y derrocarlo, aunque ni siquiera ésto sea condición suficiente. La concentración del capital y el dirigismo en Occidente han sido acompañados por la rotación característica del sistema, varias veces centenaria, mientras que en Rusia, leos de ser una conquista de la revolución de octubre como afirmáis, deriva de su fracaso. La no transformación de esta revolución permanente en revolución socialista por la ausencia de extensión espacial de la revolución proletaria, engendró una contrarrevolución que, para insertarse mejor en la tendencia inmanente del gran capital, debía necesariamente no ser burguesa, pues los burgueses en tanto que propietarios individuales, estaban cada vez más superados por el volumen del capital internacional.

Esta superación está en el origen de la decadencia del sistema cualquiera que sea su régimen o su nivel industrial. No comprenderla hace quedar muy atrás de las exigencias de la lucha proletaria a cualquier política al estilo de L.O. o mejor dicho, hace que las necesidades de la lucha y las políticas al estilo de L.O. sean radicalmente opuestas.

El Occidente tanto como en Rusia, el proletariado no puede enfrentarse contra el sistema en alianza con el stalinismo y los sindicatos. Pero buscáis esta alianza, la practicáis en los hechos, confundías la oposición entre dos tendencias de defensores del capitalismo con la oposición entre capital y salariado, las organizaciones destinadas a encuadrar y vender la fuerza de trabajo (en espera de comprarla) con las organizaciones de los propios trabajadores. Por eso vuestros llamamientos al stalinismo sirven sobre todo para enmascarar frente a los obreros su naturaleza reaccionaria, y vuestros esfuerzos para crear grandes grupos en los sindicatos os impiden la transformación de las revueltas obreras en revolucionarias, asfixiando vuestras propias posibilidades.

Ninguno de los textos sagrados que os consuelan puede probar que el stalinismo sea reformista, ni puede negar que los sindicatos hayan probado ser engranajes del capitalismo, armazones de la legislación llamada social que conforma el estatuto de la esclavitud salarial. No hay textos sagrados para los revolucionarios.

Las reivindicaciones obreras deben ser extraídas de las posibilidades de la técnica conjuntamente con las exigencias de la revolución; mientras que las de L.O. son en realidad extraídas de las reivindicaciones del stalinismo y de los sindicatos, que se derivan a su vez de la programación capitalista y que casi siempre son tácitamente acordadas antes de simulacros de huelga. Ninguna tiende a levantar a la clase obrera contra el sistema. Pero ¿podría ser de otra manera hoy? ¿Podemos considerar como revolucionarios a aquellos que no se esfuerzan por hacer girar toda tema que agita al proletariado alrededor de la consigna abolición del salariado?

Ha pasado un siglo desde que Marx y Engels propusieran sustituir por esta reivindicación los reclamos reaccionarios de un salario justo. No sospechaban que individuos que pretenden ser comunistas, se mostrarían incapaces de enarbolar y de hacer el eje de su actividad el comunismo hoy, cuando la técnica permite una rápida desaparición de las clases económicas.

Sin embargo, solo lo que deriva de ésta exigencia -exactamente lo opuesto a la unidad con los sindicatos y el stalinismo- puede unir al proletariado en cada país, y en otro plano, provocar la revuelta internacionalista del proletariado ruso, americano y chino, acto decisivo de la revolución mundial. Por eso, la lucha del proletariado revolucionario contra el stalinismo será también una lucha contra vuestra organización y aquellas del mismo género (L.C.R., O.C.I., maoismo, etc.)

Trotskismo: defensa incondicional del capitalismo de estado, 1984

Si el 10 de mayo de 1984 es el tercer aniversario de la izquierda en el gobierno, este aniversario estigmatiza y confirma de manera evidente el papel antirrevolucionario del movimiento izquierdista.

Las diversas tendencias trotskistas, líderes de esta extrema izquierda revolucionaria, tienen por su parte una gran responsabilidad en el estancamiento de la lucha revolucionaria actual. Al actuar como fieles perros guardianes de los partidos pseudocomunistas o socialistas, defendiendo al capitalismo de estado ruso contra el bloque norteamericano, demuestran cada día su actividad pro-capitalista y ser sepultureros de la emancipación del proletariado, del que se atreven a decir que son las vanguardias esclarecidas y esclarecedoras. Pero no lo repetiremos lo suficiente, el programa trotskista es ahora capitalista:

Para el movimiento trotskista, la clase obrera es sólo una masa de maniobra que nunca puede alcanzar la conciencia comunista. Por lo tanto, espera que el partido revolucionario la salve de la condenación eterna. Mientras tanto, este partido, o los componentes de este nuevo partido trotskista, transmiten la conciencia que cree que puede ser entendida por esta pobre masa incluta: ¡la que está a medio camino entre la cumbre y.... el delegado sindical! Luego vendrá la imitación sabática que prodigará el partido que como todo el mundo sabe ha sido visitado por Marx, Engels, Lenin y Trotsky, revelando la verdad al comité central, único capaz de entender las tareas de la lucha de clases, y por lo mismo actuar revolucionariamente. Los proletarios, en nombre de tácticas demasiado complicadas para que las entienda, deben seguirlas y sobre todo seguir haciéndose explotar.

La lucha de clases es, sin embargo, un todo. Implica una ruptura con las sacrosantas separaciones que buscan castrar al movimiento subversivo de la sociedad. Requiere la misma ruptura con los esquemas intelectuales/ manuales, conciencia revolucionaria/ consciencia sindical, los buenos dirigentes/ malos dirigentes... Si la emancipación del proletariado debe ser obra del proletariado mismo, sólo lo será contra el trotskismo, el sindicalismo y los partidos stalinistas o los llamados socialistas. Lo que estamos afirmando aquí no es gratuito, sino que resulta de nuestra perspectiva: la destrucción inmediata de la sociedad de explotación basada en el trabajo asalariado. Con esa meta nuestra crítica del capitalismo es una crítica que no apunta a fortalecer el estado (nacionalizaciones), ni a desarrollar la forma de explotación (autogestión y otros subterfugios), sino a afirmar la necesidad inmediata de la abolición del trabajo asalariado a través de todas las luchas cotidianas, a desmitificar el pseudo PC y el PS, promoviendo la urgencia de una independencia de clase organizativa y pragmática. ¡La consciencia revolucionaria y comunista del proletariado sólo puede surgir a este precio!

Por su defensa incondicional de Rusia, el bastión del capitalismo de estado, las tendencias trotskistas comprometen a los proletarios en la defensa de un bloque capitalista e imperialista contra otro, en nombre de los logros positivos (¿cuáles?) de una revolución proletaria barrida por la contrarrevolución stalinista y que en ningún momento pudo abolir las relaciones capitalistas de producción. El papel del proletariado no es investigar etapas hacia el comunismo, sino la lucha contra el capitalismo oriental y occidental, desde Rusia hasta los EE.UU., y desde China hasta Nicaragua o Cuba, y todo ello inmediatamente.

El papel del proletariado es trabajar por la destrucción de fronteras, entidades de explotación, y no por la creación de nuevos estados, ya sean palestinos o zulúes, en nombre de alguna liberación nacional contra el imperialismo americano o cualquier otro, como dicen nuestros representantes electos camaradas trotskistas buenos defensores del imperialismo ruso. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la ayuda militar y económica del imperialismo ruso a los diversos movimientos de liberación nacional, desde Vietnam hasta Laos, pasando por Argelia, Nicaragua o El Salvador, no ha sido más que un pretexto para sostener la explotación nacional en nombre del capitalismo de estado en su búsqueda de beneficios y el aplastamiento de las posibles luchas subversivas del proletariado en beneficio de los intereses capitalistas rusos. No hay pueblo que defender: el interés del proletariado es un interés de clase que no puede obtener nada de mezclarse con campesinos, comerciantes, pacifistas-feministas-ecologistas y nacionalistas, que apuntan en el mejor de los casos sólo a un ajuste de las taras del capitalismo, y en el peor, a la alianza con la clase obrera para sacar provecho mejor de su explotación. Por ejemplo, el consenso social en Lorena es actualmente muy explícito.

Finalmente, afirmaremos que para poner fin al trotskismo, el proletariado debe reencontrarse con sus elementos más avanzados y conscientes. El papel de una vanguardia revolucionaria no es pegarse al trasero de la clase obrera. Se distingue de ella, y en primer lugar de ella, por su práctica que va en contra de la alienación política y social que la sociedad capitalista impone principalmente a la clase que debe emancipar a la Humanidad. También se distingue por la neta y franca ruptura con la ideología capitalista, las tácticas y otros artificios de mistificación para la perpetuación de la sociedad de explotación.

El movimiento trotskista se pega al culo de una clase obrera completamente atomizada y embrutecida. De la demagogia al más cínico paternalismo, cava cada día la tumba del proletariado empujándolo a los callejones sin salida del nacionalismo, de la legalidad, de la planificación de la explotación, de la perpetuación del mito del socialismo en el Este, etc...

La abolición del trabajo asalariado debe ser hoy la consigna por excelencia de la clase obrera. Sólo se materializará violentamente, a través de la dictadura del proletariado contra la dictadura capitalista del Este y del Oeste, extirpando en todas partes la base de esta sociedad capitalista en decadencia, la compra y venta de la fuerza de trabajo, ya sea con salsa trotsko-stalinista o con salsa ketchup.

Análisis de un vacío, cincuenta años después del trotskismo, 19828

Prólogo (1982)

El mérito más imperecedero de la tendencia trotskista a su fundación, consiste en haber salido por los fueros del internacionalismo apenas la burocracia moscovita mostró su hilacha nacionalista, trasunto de su cazurro echar mano a la plusvalía. Eso le despejaba un horizonte de invención teórica tan ilimitado como lo requiriesen los imperativos emancipadores de la clase explotada de Este a Oeste y de Norte a Sur. E iba a hacerse indispensable un amplio renuevo teórico, en réplica a la inversión reaccionaria del Kremlim y a sus repercusiones letales en el mundo entero. Por lo tanto el trotskismo, siendo la única corriente internacionalista presente en decenas de países de varios continentes, encarnaba, no sólo la continuidad del movimiento comunista desde la Primera Internacional, sino también el enlace pertinente con el porvenir, el que aparecería tras el desbarate de la revolución en España, la guerra imperialista y la posterior expansión industrial.

El período entre las dos guerras mundiales y el que inaugura la muerte de la revolución en España, cuya plenitud aparece después de la segunda guerra, se diferencian inequívocamente por las siguientes principales realidades, causa de otras secundarias:

  1. Durante el primero, el proletariado, alerta, estaba en pié de lucha pro revolución mundial; durante el segundo, los aparatos político-sindicales han causado en él un escepticismo y una inercia cuya desaparición está condicionada por su propio enfrentamiento con dichos aparatos. Se trata de auspiciarlo en toda ocasión. :
  2. Durante el primero, la muda contrarrevolucionaria del poder en Rusia, aunque ya en función, no aparecía evidente, sobretodo en el dominio internacional; durante el segundo, al contrario, paredea sin embozo y capital nacionalizado mediante, como gran potencia imperialista en complicidad-rivalidad con la mayor de todas.
  3. Durante el primero, la perspectiva de guerra, por grave que fuese, no aparecía como una amenaza mortal para civilización y humanidad; durante el segundo, el perecimiento de ambas amaga a cada instante, amago que por sí sólo clama por, y justifica, una sublevación general contra el sistema que lo ha engendrado y lo mantiene.
  4. Durante el primero, la economía capitalista, si bien asaz desarrollada para que el proletariado acometiese la revolución comunista, no se había adentrado todavía en el vasto crecimiento del segundo período. Este, que halló vía libre, al igual que la guerra, gracias al rechazo de la revolución mundial entre 1917 y 1937 (Jornadas de Mayo en España) rubrica la decadencia del sistema por ser superfetatorio y asfixiante para el mundo entero, aun sin guerra.
  5. Durante el primer período, las organizaciones políticas y sindicales de abolengo obrero, sin ser ya entonces revolucionarias, conservaban o parecían conservar, según los casos, algo de común con la clase y sus luchas. Ni lo más mínimo de ello en este segundo período, Las entidades dichas han sido y continuan siendo una de las piedras angulares del capitalismo. Mucho peor que colaborar con él al modo de la Segunda Internacional después de 1914, constituyen uno de sus integrantes y no el más fútil.
  6. El capital nacionalizado por el Estado y el dirigismo económico destácanse en este segundo período como la trama estructural adecuada a la etapa enteramente reaccionaria de su todo social; son la prolongación: de la propiedad privada de los burgueses, de los trusts y de las grandes compañías multinacionales después.

En resumen, las coordenadas que determinaron la táctica del movimiento revolucionario, y en parte también las de su estrategia, cambiaron tanto de un período al otro, que continuar guiándose por las anteriores conduciría, en lo teórico a la nulidad repetitiva, en lo práctico a la contrahechura de los militantes, en lo político a posiciones cada vez más atardadas, más reaccionarias comparativamente a lo que apremian las nuevas coordenadas. El 1917, las Tesis de Abril, borrando de golpe el programa anterior de los bolcheviques, consintieron el gran aldabonazo de Octubre Rojo. Mucho mayores y más propicias a la supresión inmediata del capitalismo eran, hacia el final y a seguidas de la guerra, las modificaciones que reclamaban reflejarse en nuevas ideas y volcarse en lucha práctica. Pero la IV Internacional no encontró tiempo para pensar en ello, absorbida como estaba en justificar su inverecundo arrimar el hombro a las defensas nacionales (resistencias) prometiéndose y prometiendo la revolución como consecuencia del pateo militar del stalinismo en Europa. Casi 40 años después, todavía no se ha dado cuenta de cambio alguno. Quedó incapacitada para discernir, desde el momento en que falló al Internacionalismo9, es decir, precisamente a aquello que constituía su fundamento más sólido y su campo abierto a futuras innovaciones revolucionarias. Sin visión y conducta internacionalista cualquier organización se convierte en andrajo. Sus propios progresos numéricos son entonces negativos para la lucha proletaria.

Nada de revolucionario provendrá en lo sucesivo de cuanto continua diciéndose trotskismo, si bien de su seno, pero en radical ruptura crítica, se destacarán probablemente elementos jóvenes susceptibles de contribuir a la formación de un partido obrero mundial. Porque se impone cada día más a la mente que, cuando, de tiempo atrás, los organismos stalinistas se descaran como parte inseparable del capitalismo en general, del estatal y su imperio en particular, mientras los ex-reformistas y los sindicatos de su bordo prosiguen su carrera de buenos administradores de los negocios occidentales (díjolo León Blum hácenlo hogaño Mitterrand, González, Palme, Papandreu, etc.), el principal factor de desconcierto ideológico y de engaño para quienesquiera sean potencialmente revolucionarios, es la IV Internacional y afines.

La Liga Comunista cuya crítica se leerá continuación, es la de Francia. Pero cada palabra vale, línea a línea, para la de España, calcamonía de la primera. Siempre vale más criticar el molde que lo moldeado. No se descubre siquiera sobre qué hacer referencia concreta a la segunda. Es idéntica la actitud cómplice de ambas ligas respecto de PS y PC, así como su despreciable pordioseo cerca de los respectivos poderes gubernamentales, El cumplimiento de las promesas electorales, su énfasis principal frente a las izquierdas gobernantes, representaría, realizado, la reanudación del crecimiento industrial anterior, y por ende mayor dominio del capital sobre el trabajo. Ambas Ligas tienen también de común no haber conocido la fase revolucionaria del trotskismo, lo que no es culpa de ellas. Sí lo es, en cambio, no haberse dado cuenta de que el trotskismo a que adherían se había autocastrado.

Organización o lucha reivindicativa, nada vale en la actualidad para la clase trabajadora que no se encamine a la supresión del sistema capitalista.

Análisis de un vacío

Puede establecerse como regla sin excepción conocida hoy, que mientras más habla de dialéctica un grupo político más horro de ella está. Es el caso de la Ligue Comuniste francesa, adherida a la IV Internacional, y de la cual existe alguna esquirla española10. El vacío de su prosa es total tocante a dialéctica, pero en cambio le rebasa por todas partes una chapucería oportunista que conviene colocar en el lugar que le corresponde.

La política mundial y las relaciones internacionales de una tendencia cualquiera constituyen el criterio supremo para juzgarla. Nadie acertará con una política revolucionaria cabal en el ámbito de su país, sin concebirla como función integrante de la lucha mundial del proletariado, lucha sólo retenida en el recinto fronterizo por las imposiciones administrativas, educativas, policíacas, etc., de un capitalismo que borra a cañonazos las fronteras cuantas veces le conviene, e incesantemente por la penetración económica de los más fuertes.

Partiendo de ahí, la filiación de la Liga Comunista a la IV Internacional casa bien con su actitud ante los problemas del mundo, y de ésta se desgaja su política francesa, como se verá después. La IV Internacional —sépanlo si lo ignoran los militantes de la Liga— dejó de ser una organización internacionalista durante la segunda guerra mundial, llegando hasta certificar el hecho en el congreso de 1948. Partido americano, partido inglés y partido francés colaboraron a la defensa nacional en su fase de resistencia y pusieron en practica, en lugar del derrotismo revolucionario, un vergonzoso y vergonzante triunfismo pseudo-revolucionario11. El congreso de 1948 se negó a condenarlos, a discutir siquiera el hecho, equivalente a una deserción. La resistencia nacional fue elevada tácitamente al rango de actitud internacionalista, y en consecuencia, perdido el Norte, el congreso definió como principal contradicción mundial resultante de la guerra, el enfrentamiento de Rusia transformada en potencia de gran magnitud, con Estados Unidos. Quitó así de su horizonte la contradicción entre capitalismo mundial y proletariado mundial. Desde ese momento, afiliarse a ella no conlleva mayor internacionalismo que entrar en la asociación mundial de esperantistas, si bien es mucho peor en lo político.

Para la recién llegada Liga Comunista, tampoco cuenta la contradicción de clase. Se la sustrae de mente y práctica precisamente aquello que ella considera su fuerte: su idea de la dialéctica de los tres sectores de la revolución mundial, que la sitúa dentro de la contraposición Rusia-Estados Unidos y orgánicamente en la ya muy turbia IV Internacional.

Escuchémosla:

... el stalinismo ha zozobrado en el nivel en que encontraba su cohesión, el nivel internacional. Incapaz de retener por más tiempo el empuje de la revolución mundial, ha tenido que soportar o tolerar sucesivamente la victoria yugoslava, la revolución china, la revolución cubana y el auge de la revolución colonial en su conjunto. En semejante proceso internacional, -la revolución vietnamita se le presenta como una calamidad a partir de la cual la correlación de fuerzas corría el riesgo de dar un vuelco definitivo.

Débats et resolutions du 1 Congrés de la Ligue Communiste. Maspero, 1969, p.68.

Se siente uno tentado de exclamar: no os ensañéis, dialécticos de la Liga, con esa pobre burocracia stalinista de París o de Moscú, ya casi sin resuello, en las últimas a fuerza de encajar revoluciones que no quería. Pero habría que impetrar gracia para infinidad de gente, nada menos que para los autores de las numerosas revoluciones mencionadas. En efecto, todos ellos, según pensar de la Liga, concorde con el de la IV Internacional degenerada, se han visto obligados a hacerlas, han tenido que sufrir —¡dirigiéndola!— la revolución proletaria, y no por imposición del proletariado, cuya ausencia de actividad reconocen ambas, sino por obra de un espíritu santo que, identificado, ni siquiera resulta ser, como el de los evangelios, un símbolo genital; se trata, a la inversa, del símbolo de la impotencia pergeñando ramplonamente una cohartada política.

Véaseles tejer la cohartada. En el folletito Lutte Ouvriére et la Revolution Mondiale (Maspero 1971), la Liga escribe, Denise Avenas por medium:

El olvido del punto de vista internacional acarrea un segundo error no menos importante: la incomprensión del papel de la pequeña burguesía urbana y rural en los países del Tercer Mundo, y de su capacidad de alinearse en las posiciones del proletariado como realidad internacional. (página 4).

Y en la página 8 sobre China, pero con alcance hasta cualquier país atrasado:

Además del hecho de preparar el campesinado a pasar a posiciones de clase proletarias, el enfrentamiento directo con el imperialismo hacía definitivamente caduca la noción de «dictadura democrático-burguesa», constriñendo los revolucionarios a proceder inmediatamente a las grandes transformaciones económicas y a la abolición de la propiedad privada en las ciudades y en el campo. A partir de ahí, incluso en ausencia de un papel activo del proletariado urbano, una dirección revolucionaria adherente a sus posiciones de clase podía y debía dar cumplimiento a la revolución proletaria, incluso apoyándose esencialmente, para vencer, en el campesinado.

(Subraya el autor de esta crítica).

La teoría revolucionaria ha considerado siempre a la pequeña burguesía incapaz de desempeñar un papel histórico. Para llevarla a secundar la revolución social consideraba indispensable una fuerte presión del proletariado, la presión máxima, verdad corroborada por decenas de experiencias. Al revés, hela ahí ahora, gracias a la imprenta de la Ligue Communiste - IV Internationale, forzándole la mano al proletariado, arrastrándolo quiera que no a su revolución, haciéndosela y entregándosela, por así decir, a domicilio. Se entrevé el cerco de las ciudades por el campo de Mao Tse-tun, Guevara y otros mistificadores que la Liga acepta. (En la p. 68 del primer folleto citado).

Complétese el cuadro: en Cuba, por ejemplo, los campesinos y la pequeña burguesía obligan a los dirigentes, o sea a Castro, Guevara y compañía, no.a someterse a sus intereses, sino a los de la revolución proletaria y comunista.

La dirección revolucionaria cubana fue llevada a alinearse en posiciones del proletariado internacional, de la revolución proletaria, incluso si el proletariado cubano no tomó en ello parte preponderante.

P. 17 del segundo folleto citado

Para facilitar el trago de esa rueda de molino, la autora convierte a gran parte de los soldados de Castro en asalariados agrícolas. Pero están tan ausentes de sus propias meditaciones, que tiene que ir a buscar el enlace con el proletariado internacional; un proletariado que por entonces no se movía sino del trabajo a la cama y de la cama al trabajo.

Así también, después de recordar en la página 11 que el stalinismo ha ahogado la consciencia revolucionaria del proletariado internacional, salva milagrosamente de la corrupción stalinista a la dirección china, que fue precisamente la primera incondicional de Stalin y de su política mundial —y hasta hoy—, a fin de insuflarle el espíritu del proletariado internacional, antes de que se metiese con sus tropas en Nankín, Pekín, Cantón, Shangay, etc.

Los textos citados son el meollo de la pretensa dialéctica de la revolución mundial. Como está dicho casi textualmente en ellos, se trata de la revolución proletaria hecha por interpósita clase no asalariada, concretamente por la pequeña burguesía, lo que después va a repercutir en los cuatro puntos cardinales, siempre según la Liga. Ahora bien, la antítesis dialéctica del capital es y no puede ser otra que el salariado personificado en la clase obrera. Aunque la pequeña burguesía sea arrastrada por ésta en determinadas condiciones, sus raíces sociales y sus aspiraciones atávicas la retienen en el círculo del capitalismo, dentro de la tesis a destruir, y eso hasta su dilución como tal pequeña burguesía. Lo que se nos sirve pues en nombre de la dialéctica de la revolución es un embrollo sin piés ni cabeza, ni menos concreción social en parte alguna del mundo. Filosóficamente no representa siquiera idealismo. En él se engarza por sus presuposiciones y a él revierte por sus repercusiones políticas. Mas así visto en su inmediatez, resultan meras aseveraciones sacadas de la manga de quienes escriben.

Porque no existe en ningún país tal revolución, tíldesela de proletaria o de burguesa, ni tampoco ¡masas campesinas y pequeño-burguesas en acción insurreccional. Si los militantes de la Liga sienten necesidad de creer en ella para darse moral, recordémosles el adagio japonés caro a Trotsky: se puede creer hasta en una cabeza de sardina; la cuestión está en creer.

Antes de decirles lo que existe en sus países proletarios, conviene elucidar la polémica contra Lutte Ouvriére, para quien la cabeza de sardina toma el aspecto aberrante de revolución burguesa. Transpuesta a la hagiología laica moderna, esa divergencia es del mismo género, y no menos infecunda, que la antiquísima disputa sobre la naturaleza divina o semi-humana de los ángeles. De todos modos, ángel ven ambos polemizantes. Lutte Ouvriére carga a primera vista con la peor parte. Retrocede con su idea, en efecto, más atrás de la revolución permanente y de las Tesis de Abril de Lenin. Por añadidura, reconociendo la posibilidad de la revolución domocrático-burguesa en cualquier país, la hace implícitamente extensible a la mayoría atrasada del mundo, y ello iría acompañado de una larga perspectiva de desarrollo de la civilización capitalista. En rigor, eso negaría actualidad a la revolución proletaria en los propios países adelantados. Después de haberse taponado así el camino, Lutte Ouvriére procura zafarse del lío teórico en que se ha metido, y tranquilizar a su público, asegurando que se trata tan sólo de una tentativa condenada al fracaso, a menos que el proletariado acometa la revolución permanente. Ergotismo. Sin hablar de la Europa rusificada, también poderes burgueses en su pensar, la tentativa china dura ya más tiempo del transcurrido entre la caída de Luis XVI y Waterloo, ya bien enhiestas las instituciones capitalistas francesas y enriquecidos los pequeños-burgueses de 1789-1798.

Pero, ¿dónde está la proliferación de una nueva clase burguesa y la aparición de las normas de derecho y de las relaciones sociales consecuentes? A Lutte Ouvriére le está prohibido contestar, y si contestase sería para embrollarse aún más. El retroceso numérico de la burguesía está en relación directa con la concentración del capital, concentración que lleva inscrita en su automatismo la supresión del capital privado o burgués. Y precisamente en los países atrasados, está excluido un crecimiento capitalista, por modesto que sea, sino partiendo de un capital ya muy concentrado, sólo al alcance del Estado o de los grandes trusts internacionales. En cambio, la revolución burguesa presupone capitales numerosos, pequeños, dispersos y en libre concurrencia mercantil. Ni esa condición material sine qua non, ni los factores anejos de las explotaciones rurales en plena vida y de la libertad política han estado presentes siquiera breve tiempo en los países a que atañe la polémica. La ausencia de libertad política y económica es en ellos muchísimo mayor que en los regímenes anteriores, dichos feudales.

En resumen, Lutte Ouvriére habla de revolución burguesa cuando las condiciones objetivas de la misma han quedado muy atrás y sin que se advierta ninguno de sus efectos. Peor, en la época en que el sistema creado por la burguesía debe morir. Ha hecho trabajo de invención y de acomodo de la realidad a sus ideaciones y a sus prejuicios, no trabajo de investigación teórica.

Por su parte, la Liga Comunista, con sus revoluciones proletarias auténticas o deformadas —terminología suya— deja comparativamente en poco la incongruencia y el oportunismo de Lutte Ouvriére, En primer lugar, las masas campesinas de que se prevale, vista la absoluta imposibilidad de hablar del proletariado, no son otra cosa que ejércitos regulares pertrechados a través de fronteras seguras, o bien organizados allende esas mismas fronteras. Tal ha sido el caso desde el ejército de Mao Tse-tun hasta el sudvietnamita. El de Castro fue una variante de lo mismo favorecida por la pequeñez territorial y la situación geográfica de Cuba. Recibió municiones de guerra y boca desde Estados Unidos, incluso por avión, la prensa capitalista yankee le dio popularidad, y jefes militares de Batista le abrieron el acceso a La Habana. Ni uno sólo de esos ejércitos se ha constituido a partir de una insurrección de masas, siquiera campesinas, sino que, una vez constituidos e implantados en cualquier zona, han enrolado a campesinos y trabajadores rurales, a menudo por el terror12. A un revolucionario, eso le bastaría holgadamente para denunciar como ajenos al devenir histórico todos los movimientos militares en cuestión. Para la Liga-IV Internacional representa, a lo sumo, una anomalía baladí entre otras. Desde el momento en que acepta que el campesinado puede hacer una revolución proletaria sin el proletariado, a condición de verse guiado por una dirección revolucionaria, es secundario, en efecto, que los propios campesinos sean llevados de grado o por fuerza a emancipar al proletariado. Y resulta en cualquier caso que sin necesidad de apoyarse en la lucha de clases tal como se da en la realidad, al margen entéramente de la contradicción capital-salariado, la dirección fabrica una revolución socialista a partir de la nada. Los hombres hacen pues la historia y no a la inversa.

A todo esto, ¿de dónde sale esa dirección revolucionaria? De la más inesperada de las matrices: sale de la contrarrevolución rusa. Precisando, directamente de la entrepierna de Stalin, que nombró a Mao Tse-tun, Chu En-lai y demás Ho Chi Minh de por esos mundos. Lo que arroja el siguiente resultado: la contrarrevolución rusa selecciona una dirección nacional, la impone a un partido para mejor desembarazarse del trotskismo, suprime con ella la revolución proletaria (1926-27) en convergencia con Chiang Kai-chek, acto seguido la mentada dirección se refugia en el confín fronterizo chino-ruso, organiza un ejército de campesinos, y con él enjareta al proletariado la misma revolución proletaria destruida por ella veinte años antes, cuando las masas del campo y de la ciudad estaban en plena actividad, parcialmente armadas y organizadas en soviets. La incongruencia, la enormidad que así se nos sirve como saber teórico y dialéctica de las contradicciones mundiales raya en la insanía. Pero aún queda por decir. La tal dirección pone en práctica la revolución proletaria y simultáncamente la contrarrevolución política, puesto que el proletariado no ha ejercido el poder un sólo instante en China, ni en Vietnam, ni en parte alguna. Lo certifica la propia Liga:

El aparato del Estado presenta, en grados diversos, todas las taras del aparato stalinista.

Lutte Ouvriére et la révolution mondiale, p. 13

Después de lo anterior, parece trivial la paradoja consistente en acusar a Lutte Ouvriére de no tener en cuenta el peso sofocador del stalinismo, que según la Liga explica las impurezas de lo que ella llama revolución proletaria. La Liga y sus mentores veteranos cuartistas dicen así más de lo que les conviene; en otros términos, se van de la lengua renegando explícitamente de aquello mismo que dio origen a la fundación de la IV Internacional. Vuélvase a leer subrayado: renegando, porque la sofocación, el ahogamiento de la revolución mundial por el Kremlim y su Tercera Internacional estaba cumplido ¡en 1933! Lo que hasta entonces había parecido algo parcial y dubitativo, apareció incuestionablemente como total y definitivo con la traición a la revolución alemana. De la imposibilidad de que el stalinismo ayudase en lo sucesivo a cumplir el cometido histórico del proletariado, se dedujo imperativamente la creación de la IV Internacional. Atribuyéndole ahora al stalinismo la revolución social, siquiera deformada, se declara innecesario, falso y nulo el acto de creación y la permanencia actual de la IV Internacional. En todo lo esencial, Stalin y cualesquier Mao Tse-tun habrían tenido razón y hecho buena obra.

Precísase ahora ir al fondo del problema, ver qué cambios económicos ha habido en China y lo que representan. Obedeciendo a su querencia stalinera, la Liga Comunista ni siquiera se interroga sobre lo que es una transformación socialista de la estructura económica. Nos dice,

tras una especie de NEP de gran envergadura (...) los chinos pusieron rápidamente en pié una economía estatizada y planificada sin gran cosa que ver con una economía burguesa. Desde 1952, el Estado dirigía el 80 por ciento de la industria pesada y el 50 por ciento de las demás industrias. Controlaba la mayoría de lós intercambios comerciales al por mayor y al por menor, etc. Verdad que las masas no participaban en el control y en la gestión de la economía; pero la estructura que le dio la dirección china no permite por nada clasificarla entre los Estados capitalistas, de hecho si no en teoría. Sobretodo, en 1958, la reorganización total, efectuada con rapidez vertiginosa, de las relaciones de producción en el campo, que vedaron al campesinado continuar siendo la matriz permanente del capitalismo, lo que es tradicionalmente. La instalación de las comunas populares, cualesquiera sean, por lo demás, sus debilidades y sus carencias, dieron al menos por resultado el trastrocamiento total de la estructura económica y social del campo, zapando en su base las diferenciaciones sociales del campesinado, por lo menos con la amplitud que adquirieron en la U.R.S.S. de los años 1925-29.

Lutte Ouvriére et révolution mondial, p. 13

Diríase que los escritores de la Liga ignoran que desde Chiang Kaichek la gran industria era propiedad del Estado en proporción aproximada a la referida por ellos tan jubilosamene. Mas para el análisis revolucionario eso es indiferente. Concedámosles sin discusión que la totalidad de la industria y del comercio, exterior e interior, esté acaparada por el Estado y de propina bien planificada. No por ello existiría transformación estructural de las relaciones de producción capitalistas en relaciones de producción socialistas. A lo sumo cabría hablar de acomodo o reorganización de las relaciones de producción: características del capitalismo, cosa que ha intervenido numerosas veces, evolutiva o convulsivamente, en el decurso de la existencia del sistema. La Liga evita adrede ser clara. Su definición, obsérvese en la cita, es taimada y con ambages, a imitación de otras definiciones de la IV Internacional. Escribe: economía Estatizada y planificada, no burguesa. Ese culebreo terminológico se lo impone la existencia, innegable incluso para ella, de la explotación de los trabajadores en China, no menos que en Rusia y demás pretendidos países socialistas. Empero, los explotadores no son, en general, propietarios individuales de instrumentos de producción. La economía, reconózcase, no es burguesa. Ahora bien, definirla así es servirse de una verdad intrascendente para colar de contrabando una monstruosa mentira cargada de transcendencia reaccionaria, a saber, que gracias a ese hecho no se trata de capitalismo.

Hay en semejante planteamiento trampa y hasta falsificación del conocimiento teórico, siquiera sea, en la Liga, inconsciente o inducido por sus mayores. Para juzgar la naturaleza de una economía, el único criterio válido es el de la función de los instrumentos de trabajo, función capitalista o socialista, según no dispongan o dispongan los trabajadores de los instrumentos de producción, según empleen éstos o no empleen trabajo asalariado. Que el empleador sea el burgués propietario individual, un gran trust o el Estado, trust exclusivo, la función capitalista es la misma, y con ella la de sus adyacentes, la planificación y el control del comercio. Capital son los productos del trabajo anterior, acumulados al margen de los productores y puestos en función mediante nueva compra de fuerza de trabajo. Sin salirse de ese marco, podría llegarse a la supresión de la paga en dinero del salario (caso de las comunas chinas al principio, y de alguna experiencia local de Castro). Subsistiría, con agravantes, el salariado, siempre determinado por la dependencia del trabajador respecto de los instrumentos de trabajo, dependencia que acarrea automática, férreamente, su desposesión de los productos del trabajo. En consecuencia, la única transformación estructural socialista es la supresión de tal dependencia. Existiendo, sigue en pié el capitalismo, cualquier forma orgánica adopte.

La organización de las comunas populares a que tanta importancia concede la Liga, cual si el sector agrario de un país, muy atrasado por añadidura, pudiese ir en delantera del sector industrial, no ha suprimido las diferencias sociales del campesinado; las ha incorporado, por el contrario, a las jerarquías del Estado capitalista colectivo, acentuándolas arriba y extendiendo la proletarización abajo. En las ciudades, cuantos privilegiados no se han opuesto al régimen stalinista conservan su situación como funcionarios del nuevo poder. Le era indispensable a éste producir en el campo igual asimilación, por razones que se verán en la segunda parte de éste trabajo. El nombre, comunas, es tan mendaz como el del partido-Estado: comunista.

Sintetizando, a la elaboración, papel y tinta en mano, de una revolución proletaria sin el proletariado, la Liga no tiene empacho en añadir un cambio estructural que deja en pié y acrece la base más sólida del sistema capitalista: el proletariado, sin otros bienes de mesa, ropero y escuela que los obtenidos por la venta de su fuerza trabajo, que produce y reproduce su condición de clase... y la acumulación del capital. Esa suerte de malabares es bautizada dialéctica.

La clave de tantos disparates y escandalosos contrasentidos (más los que se verán a continuación) es la noción del Estado. Menester es pues declarar inconcusamente que el Estado no tiene cometido económico que cumplir, ni aún en el caso de que sea convertido en propietario por una insurrección obrera, no ya por las combinaciones stalinino-campesinas que la Liga nos fragua. La idea de un Estado organizador y dispensador del comunismo es, en el mejor de los casos, idealismo hegeliano diametralmente opuesto al materialismo dialéctico; en el peor, es inmundicia propagandística stalinista. La Liga se ha limitado a adoptar la posición de la IV Internacional, que aún despojada de las retorsiones derechistas introducidas por los Frank, Mandel, Maitán y otros Hansen Norte y Sudamericanos, participa de aquel idealismo y ha sido invalidada hasta la saciedad por la experiencia.

Una ojeada retrospectiva se hace indispensable aquí. León Trotsky incurrió en el error de afirmar que la propiedad estatizada en Rusia fue introducida por la revolución de 1917. En realidad lo fue por la no transformación de esa revolución permanente en revolución socialista, su única razón de ser. El capital pasó al Estado, y lejos de perder su naturaleza fue acendrándola con caracteres cada día más brutales a medida que surgía y se redondeaba la contrarrevolución; contrarrevolución política, sí, porqué sólo en política se quedó, antes de ser anulada, la revolución de 191713.

Partiendo de tal error, Trotsky creía que, hallándose en guerra, el stalinismo usurpador del poder se vería obligado a hacer concesiones al proletariado y que éste reanudaría la revolución. El Kremlin, por el contrario, fue reforzando su terrorismo al mismo paso que los ejércitos nazis avanzaban suelo ruso adentro. Y lejos de aparecer contradicción alguna entre el sistema de propiedad ruso y el viejo capitalismo, el sector occidental del mismo corrió en su auxilio y lo salvó de la derrota desdeñando las ofertas de paz que simultáneamente le hacía Hitler. En otros términos, las contradicciones internas del capitalismo, causa de la guerra entre Alemania y los Occidentales, fueron muy superiores a lo que se suponía ser oposición irreductible entre el sistema de propiedad capitalista y el sistema ruso. La prueba quedó hecha: no existía tal oposición. Rusia estaba incursa en las contradicciones internas del sistema capitalista mundial, y nada más.

Por otra parte, Trotsky esperaba también que otras revoluciones triunfarían y liquidarían el stalinismo hasta las raíces. Lo que se produjo fue una extensión territorial enorme del dominio stalinista, su apoteosis. El análisis de Trotsky era evidentemente errado, como se había adelantado a reconocer él mismo, para caso de que sus previsiones no se verificasen.

No obstante lo irrecusable de la experiencia, los principales partidos trotskistas, aligerados de internacionalismo durante la guerra, comprometidos en la defensa nacional resistencia mediante, sacaron conclusión opuesta; el stalinismo extiende la propiedad socialista, mal que le pese al propio proletariado. Sencillamente, les era imprescindible tapar con algo sus graves carencias revolucionarias. De ahí que su posición actual, que la Liga adopta, tenga mucho más de engañifa stalinista que de error político o sociológico.

Los errores de los maestros conviértense a menudo en mortal llaga para los discípulos. Así lo que en Trotsky era un desacierto, a lo sumo una ofuscación del pensamiento, alcanza en el trotskismo hogañero proporciones de falsía, de craso oportunismo y hasta de capitulación. Pero es menester recalcar que en esa metamorfosis la existencia precede también a la consciencia. Habiéndose desentendido, en plena contienda mundial, del principio: contra la guerra imperialista, guerra civil, ese troskismo se despojaba de lo esencial y más vivificador del pensamiento revolucionario, vedándose la posibilidad de enmendar errores y de hacer el menor progreso teórico. A partir de sus componendas con la defensa nacional (resistencia), ya no se descubre en él conocimiento o siquiera tentativa de conocimiento teórico, sino una ristra de argucias y actitudes justificativas cada vez más bajunas a medida que una llama a la siguiente. Y ha terminado dando en su actual postura. En lo formal y orgánico ha retrocedido hasta lo que fue Oposición de Izquierda a la III Internacional durante la mitad del decenio 20 y los dos primeros años del 30, pese a la criminalidad e inmundicia que desde entonces ha ido hacinándose en el stalinismo; políticamente, está lelo y cabeza gacha ante la extensión de ese mismo stalinismo (para él proezas) en Europa oriental, en China, Corea, Vietnam, Cuba y hasta en Egipto, donde 15 o 20.000 militares rusos aguantan el sacro estandarte del Islam frente al de Israel.

En suma, la retrogresión del troskismo fue originada por su ruptura con el internacionalismo, no por el error de Trosky tocante a la naturaleza del sistema ruso, cual afirman críticos livianos. La defensa práctica y teórica de aquel exigía durante la guerra mundial y continua exigiendo hoy una rectificación terminante de la idea de Estado obrero degenerado y de cuantas presuposiciones la engendraron. Por el contrario, ni la defensa de Rusia ni la de cualquier país stalinista puede practicarse sin dar esquinazo al internacionalismo, es decir, al proletariado mundial, para ir a enrolarse a las órdenes de los enemigos de ese mismo proletariado.

El dilema que la historia reciente está metiéndonos por los ojos es inconcuso: o bien los trabajadores disponen de los instrumentos de trabajo y de sus productos, único canal de restitución de los mismos a la sociedad en su conjunto, o bien su apropiación por el Estado (nacionalización) perpetúa y agrava la dependencia del proletariado respecto de los instrumentos de producción, su desposesión de los productos de su propia actividad económica y por lo tanto también su explotación y su opresión política. En este último caso, la expropiación de trusts y capitalistas privados, indemníceseles o no, aboca a la centralización suprema del capital y de la represión policíaca. Lo evidencia colmadamente cada uno de los casos conocidos, desde Corea, China y Rusia, hasta Cuba.

Terminado ese indispensable vistazo atrás, hay que reanudar el análisis del vacio. Como se ha visto por las citas dadas, la Liga Comunista, resonancia de su IV Internacional, considera que la nacionalización de la gran industria, de la economía en general, representa un cambio estructural de la revolución proletaria, transformador del capitalismo en socialismo. Pero es incapaz de decir nada sobre la función de los instrumentos de trabajo ni sobre el papel del Estado respecto de ellos y de la población trabajadora. Esquiva el problema concediendo que el aparato de Estado chino padece las mismas taras que aparato ruso. Taras significa en su viciada terminología simplemente defectos, fallas en comparación con un prototipo ideal de Estado proletario. Hay pues que enumerar aquí las principales.

En lo económico, el Estado es propietario absoluto, con derecho jurídico de uso y abuso, de los instrumentos de producción industriales y la mayoría de los instrumentos agrícolas, tierra incluida; el Estado pone en función dichos instrumentos comprando fuerza de trabajo por un salario cuyo monto dicta él mismo; el Estado recoge y pone en venta los productos del trabajo que contienen la plusvalía, reinvierte una parte según le da la gana y reparte la otra entre sus innumerables sirvientes, a prorrata de categorías: policías, militares, administradores y líderes políticos, secretarios y propagandistas del Partido, delatores, técnicos, hombres de ciencia, intelectuales, etc. Respecto de la población trabajadora y de cualquier disidente, el Estado se comporta como un déspota totalitario inigualado hasta hoy; el Estado la mantiene rigurosamente desarmada, encuadrada, adiestrada, y vigilada, en el trabajo y en la vida privada, por la policía y por los afiliados al Partido, a los cuales se añade el ejército en ocasiones importantes; el Estado acapara todos los instrumentos periodísticos y editoriales, de forma que ningún obrero ni grupo de obreros pueden expresarse en público ni lanzar siquiera una octavilla; el Estado prohíbe a los obreros cambiar de trabajo y de domicilio, los multa y castiga por faltas menores; el Estado impone los reglamentos internos de cada empresa; el Estado prohíbe las huelgas, las reprime caso de producirse, y no precisamente con lenidad, como se ha visto de nuevo en Polonia; el Estado considera como un crimen de rebelión cometido en servicio de potencias rivales, cualquier reunión, asociación o actividad al margen del Partido-dictador, la iglesia exceptuada; el Estado abate su bestialidad represiva sobre cuantos se le insubordinan, obreros o intelectuales, los condena a largos años de trabajo forzado o los interna en manicomios penitenciarios14.

Semejante clase de taras no son otra cosa que las características peculiares y permanentes de la explotación capitalista, llevadas hasta el paroxismo por la más implacable y peligrosa de las contrarrevoluciones. Una interpretación dialéctica no puede ver en todo lo dicho, innegable incluso para la Liga aunque lo asorde, defecto o fallas del régimen político en contradicción con el sistema de producción existente. Al contrario, ve concordancia completa entre éste último y el régimen político, entre la estructura social y la superestructura política e intelectual. El pensar de la Liga-IV Internacional es del mismo jaez que el de numerosos sociólogos y economistas, para quienes regímenes como el de Franco y Papadópolus son anomalías dentro del capitalismo, anomalías causadas por la pobreza y destinadas a desaparecer a medida de la industrialización. La ecuación por tal modo establecida no puede ser más simplona: país pobre = despotismo gubernamental, país rico = democracia. Lo mismo exactamente piensa la Liga-IV Internacional de Rusia y similares, sin otra diferencia que añadir al sustantivo democracia, el calificativo obrera. Sus rutinas y compromisos anteriores le impiden ver que la contrarrevolución beneficia de condiciones mundiales no menos que la revolución, si bien de sentido diametralmente opuesto. Octubre rojo fue el nivel más alto consentido al proletariado ruso por las condiciones objetivas y subjetivas del proletariado mundial. Revolución democrático-burguesa hecha por el proletariado (revolución permanente), muere en cuanto deja de operarse la proyectada y necesaria transformación estructural en revolución socialista. El poder que le sucede se encuentra entonces en condiciones de llevar la centralización del capital hasta el grado máximo consentido por el capitalismo mundial y exigido por la contrarrevolución misma. Realiza aquello mismo que, del lado reaccionario, reside en la ley de concentración de capitales, en el automatismo del sistema capital-salariado, y a lo que han ido acercándose, por su propia y natural andadura, los antiguos países industrializados. En efecto, la ley de concentración de capitales lleva implícita la absorción de los capitalistas individuales y de los grandes trusts por el Estado capitalista-colectivo. Este desempeña ya el papel principal en casi todo el mundo. Salvo corte revolucionario, ese proceso irá hasta su consumación, He aquí una dialéctica que a la Liga le sienta demasiado ancha.

Una vez mitificado el sistema de producción ruso, la Liga tiene que ir de mitificación en mitificación. Cada una trae a rastras la siguiente. Así, mitifica la imposición de tal sistema a otros países, mitifica sus repercusiones en cualquier continente y mitifica la repercusión de las repercusiones en las masas trabajadoras occidentales. El rebase extrafronteras del sistema ruso, obra de la guerra imperialista llevada a cabo mediante el consentimiento, en no pocos la ayuda del capitalismo occidental, del yankee muy particularmente, es ensalzado como revoluciones proletarias auténticas o deformadas. A seguidas, los movimientos nacionalistas de los países atrasados, siempre de hinojos ante uno de los polos imperialistas, son convertidos en revoluciones coloniales, lo que suma en la cuenta de la Liga decenas de espléndidas victorias, sobradas para que se hundiese como rascacielos de paja el más solido imperialismo, y el todo rebota aún despertando al proletariado occidental, cuyo representante primero es la Liga Comunista-IV Internacional, está sobrentendido y dicho. La fabulación no puede ser más artificial y falsa incluso como concatenación lógica.

Vista al trasluz del decurso histórico, la cadena de mitificaciones se convierte en una mixtificación generalizada que entenebrece el horizonte de quienquiera la haga suya. Sencillamente porque el Kremlin ha sido el factor esencial político y en fin de cuentas policíaco, en la derrota de la revolución proletaria mundial entre 1917 y 1937. Y actuaba así, no por error ni por capitulación oportunista ante la burguesía, sino porque se lo dictaban sus intereses económicos en Rusia y sus retenidas ambiciones de expansión imperialista. A tal punto, que dondequiera se ha impuesto militarmente o a través de sus partidos, es la burguesía quien se le somete, quien capitula ante él como ante un salvador. Hace falta una dosis considerable de estulticia para no verlo. Ni el Kremlin ni sus agencias pueden desempeñar papel revolucionario. Son parte del enemigo de clase en cada país y parte importantísima mundialmente.

La asimilación de la burguesía por el stalinismo victorioso ha sido un hecho general en Europa del Este. En China empezó muy antes de instalarse en Pekín y con el ejercicio de todo el poder se sistermatizó. Entre los cuadros del Partido y de las fuerzas militares y policíacas abundan los antiguos burgueses, mandarines y viejos jefes del ejército del Kuomingtang. Son materia maleable, de reeducación tanto más pronta y sincera cuanto mejor rango y emolumentos conservan. El que fue rey de Manchuria puesto por los japoneses figuraba como representante del pueblo en la última asamblea del mismo nombre. Chiang Kai-chek se ha visto ofrecer reiteradamente la vice-presidencia de la República y aún después de anunciado el viaje de Nixon a Pekín, Chu En-lai le promete una situación honorable en la dirección del pais. En suma, la burguesía se diluye en el cuerpo burocrático que en lo sucesivo desempeña y centraliza su función. Incluso en la clandestinidad española, la grita populachera maotsetunesca ha programado la continuidad de cada burgués al frente de su empresa nacionalizada. Y en el seno de esa casta dirigente surgida de los intersticios del viejo capitalismo, las jerarquías se sistematizan en grado sólo conocido antes en las antiguas cortes del absolutismo monárquico. Desde los componentes del más ínfimo comité local, hasta el supremo círculo dictador, un estricto escalafón de precedencia señala la importancia de la autoridad política y del disfrute económico de cada uno.

Nada tan disparatado como afirmar que el reflejo de esa jerarquía en el campo

zapa la base de las diferenciaciones sociales del campesinado

Lutte Ouvriére et la revolution mondiale, p. 13.

Desde hace largo tiempo es lugar común, oficialmente reconocido, que tanto en las pretendidas comunas agrarias como en la industria, las diferencias de paga y rango entre los obreros constituyen el fundamento de la productividad. Las distinciones entre los diferentes países de capitalismo de Estado son mínimas, como lo son también, referente a lo mismo, en los países occidentales. Lo que al respecto cabe decir, es que en el campo también la estratificación social de labradores y obreros agrícolas es ajustada coercitivamente a una doble estratificación: por un lado la que contrapone entre sí a detentadores de los instrumentos de producción y esclavos del salario, por otro una gradación de categorías en paga y consideración oficial aposta calculada para llevar al máximo la rivalidad entre trabajadores y la plusvalía rendida por el conjunto. Lo que hace un poder stalinista es reestructurar el capitalismo, y con él, claro está, la estratificación social en todas partes, que lejos de desaparecer aumenta. Pero la Liga prefiere desentenderse de todo eso para mejor inflar su mitificación mixtificadora.

El único problema teórico que en verdad está planteado es el de determinar la naturaleza de la burocracia gobernante, lo que históricamente representa. Y bien, a menos de tirar de golpe por la borda cuanto el movimiento revolucionario ha aprendido desde los Iguales hasta nosotros, y en particular del socialismo científico, forzoso es negar que se trate de una burocracia obrera. La burocracia manipula a la clase obrera con un despotismo policíaco y económico jamás visto, no paga un céntimo de salario sin calcular antes cuantos céntimos revertirán a sus manos como plusvalía, no emprende nuevas inversiones sino con el mismo criterio, salvo en guerra, policía, espionaje de su población y exterior, es decir, salvo en lo tocante al afianzamiento y extensión de su poderío; no implanta nuevas técnicas sino acentuando la explotación del hombre mediante la máquina; mantiene una política exterior de rivalidad imperialista y de oposición a la revolución proletaria no menos acérrima que la de Washington, pero más selectiva. Mirándola por otro costado, esa burocracia no encuentra en sus dominios otro enemigo que el proletariado, siéndole imposible, por consecuencia, oscilar entre las masas trabajadoras y un capitalismo privado irremediablemente muerto y precisamente en una etapa en que la identificación del capital con el Estado emana de lo más profundo de sus anhelos reaccionarios de continuidad. La noción de un bonapartismo burocrático, forzoso es reconocerlo, no sirve ya sino para mecer y adormecer a los militantes que la ingieren, sin tratar aquí de su imposible parangón con el bonapartismo de la revolución francesa.

Tocante a política exterior, nótese al pasar, la Liga habla de la ayuda de Pekín, e implícitamente de la de Moscú en Vietnam, Cuba, etc., al movimiento revolucionario mundial. Le horroriza fijarse en que la de Moscú es complementaria de la impuesta por sus tanques en Hungría y Checoslovaquia, y la de Pekín, concédasela a L'Humanité Rouge, a la Gauche Proletarienne o a cualquier Liga, comporta el mismo designio que la prestada a Pakistán contra Bangla Desh, al gobierno de Ceylán contra sus rebeldes, al de Sudán contra los suyos... y que sus propias componendas con Estados Unidos.

Una burocracia que mantiene y redobla la separación entre instrumentos de trabajo y fuerza de trabajo no admite otra definición, en nuestra era, que la de burocracia capitalista, No se trata de una nueva clase social, ni el suyo es un sistema económico distinto del que padece Occidente. Ella asume el papel de la burguesía y lo resume en el Estado, capitalista y polizonte en uno, imponiendo a estructura y superestructura social, en derecho y no de hecho cual era el caso con el capitalismo burgués, una compacidad nunca alcanzada por el último. Es pues su prolongación, el tope de su devenir, al mismo tiempo expresión de su decadencia y coraza frente a la revolución proletaria. Y abandonemos al burdo materialismo de la Liga y similares confundir decadencia capitalista y cese absoluto del crecimiento económico. Cuando tal caso se presente, y se presentará al fin si la revolución no lo impide, empezarán a ser derruidas, al mismo paso, las condiciones objetivas que permiten la mutación del capitalismo en comunismo.

Conviene puntualizar que la sociedad de nuevo tipo, ni capitalista ni socialista de que Bruno Rizzi habló el primero y luego Bernham con su managerial revolution, no existe. Se trata de un capitalismo dirigido, conocedor en parte de su propio mecanismo, quintaesenciado en la técnica de arrancar plusvalía, lo que antes hacía por su cuenta, a tientas, cada burgués o compañía aislados, amén de la técnica no menos rentable de llenar de estopa los cerebros. No hay lugar para otra cosa, pues lo que exige el desarrollo del hombre y de su economía es la desaparición del técnico, del hombre de ciencia, del culto en general, en cuanto capa social diferente del trabajador manual, inculto más o menos y siempre dependiente de los detentadores de la cultura. En el orden del día de la humanidad, un sólo punto lo abarca todo: la supresión de ese esclavizante reparto del trabajo, del saber y del ocio. Entre decadencia de la civilización actual o revolución comunista no cabe un tercer término.

Del tipo de sociedad descrito hace partir la Liga Comunista-IV Internacional el empellón inicial de lo que llama dialéctica de la revolución mundial. Hay que considerar brevemente la segunda de sus repercusiones, la prentensa revolución colonial, antes de centrar el todo en la última de sus repercusiones, la política occidental de quienes así lucubran ya que no del proletariado.

En primer lugar, revolución colonial no significa absolutamente nada. Utilizar esa expresión, o su correlativa, revolución popular, es charlatanería de mercanchifles y embaucadores políticos. Las colonias no podían hacer una revolución burguesa hoy imposible incluso en su forma de revolución permanente, y ninguna ha hecho una revolución proletaria. La gran mayoría se han visto conceder la independencia por los colonizadores, no a pérdida por cierto y han adoptado las fronteras que el imperialismo les impuso. Allí mismo donde ha habido lucha, sobretodo en Argelia y Vietnam, cuando no sigue presente y dominante la vieja metrópoli, la hegemonía económica y la vara alta política han cambiado de mano menguando todavía más la soberanía nacional. La equidistancia que algunas han querido guardar entre los dos polos imperialistas, las precipita hacia uno de ellos en cuanto surge alguna dificultad o problema internacional graves. Cuba e Irak ayer, recientemente Egipto, Yugoslavia e Indonesia en sentido opuesto, a más del príncipe botarate Sihanuk, lo certifican. El caso más importante, sin embargo, es el de la India, cuyos humos de gran potencia la han llevado a aliarse con Rusia mientras meditaba su operación militar en Bengala. La señora Gandhi y Brejnef, con Mao Tse-tung y Nixon en trasfondo, acaban de infligir a los teóricos de la revolución colonial la más bochornosa de las lecciones. Lo que no han querido aprender de la teoría revolucionaria, se lo impone manu militari el enemigo de clase, realizando sin solución de continuidad la independencia formal de Bengala y su nuevo vasallaje. La más popular hasta hoy de las luchas nacionales desemboca en un fiasco, la auténtica revolución proletaria de la Liga (China) da su visto bueno a la horrenda carnicería desencadenada por Pakistán y el otro Estado obrero da alianza militar y autorización formal al capitalismo indio para desencadenar una operación expansionista. En realidad es Rusia la que se introduce en Bengala y del mismo golpe ata más corto a la India y cerca a China. A menos de rendirse a la evidencia, los dialécticos de la Liga tienen ahí amplia materia para ergotizar. La soberanía nacional está hoy totalmente descargada de contenido revolucionario. El descomunal crecimiento del capital y su polarización la ha transtormado en vestigio fósil del pasado, a semejanza de la revolución democrático-burguesa. Sólo la soberanía de los trabajadores, de los oprimidos en general, imposible sino con carácter anacional y mundial, es revolucionaria en la actualidad. La nación y el nacionalismo se convierten en instrumento o terreno de rivalidades reaccionarias, siempre en finta política. Por eso es lo único que el stalinismo conserva del antiguo programa del movimiento obrero, excepto hallándose en el poder. Es muy conforme con los intereses de un nuevo imperialismo, cuyo fortalecimiento ha de hacerse, de necesidad, en detrimento de los ya establecidos, del más fuerte ante todo. Lo asombroso es que el conservantismo de los izquierdistas en general los retenga atados a una reivindicación no ya sobrepasada, lo que sería error de fácil rectificación, "sino por completo encuadrada dentro del odioso juego inter-imperialista, El paparrucheo teórico de la Liga la conduce hasta conferir a la defensa de dicha reivindicación y a la extensión territorial del imperio stalinista una repercusión positiva en Occidente, nada menos que el despertar del proletariado y el renacimiento del movimiento revolucionario. Es la máxima de las repercusiones de su dialéctica de la revolución mundial, gracias a la cual, a partir de la guerra de Vietnam, la correlación de fuerzas corría el riesgo de dar un vuelco definitivo. O sea, que corría el riesgo de inclinar, contra el stalinismo, en ventaja del proletariado... y de la Liga con otros sumandos izquierdistas. La mentecatez es tan enorme como pretender que durante la guerra mundial iba a pasarse de la resistencia a la revolución, cual rezaba el señuelo. Actividades e ideas propias del mundo capitalista no contribuirán jamás a destruirlo.

Por el contrario, el empeño stalinista, siempre secundado por la Liga y congéneres, en movilizar al proletariado en pro de la política exterior rusa o china, y eso desde Grecia y Corea hasta Vietnam, durante veinticinco años es lo que mantiene al proletariado somnolente, más apegado a la adquisición de un cachibache casero que a su acción de clase, disperso en los cuatro puntos cardinales y en cada país, apresado por los aparatos político-sindicales, renuente ante cualquier política, ante la sucia porque lo es y ante la revolucionaria por escarmiento de la otra. Muy diferente serían su situación y disposiciones si durante tan largo tiempo las energías y los recursos económicos gastados, al menos por los dichos izquierdistas, hubiesen sido consagrados a denunciar al stalinismo promoviendo, mediante reclamaciones socialistas, la revolución en Occidente. Pero eso requiere tachar como guerra imperialista localizada la de Vietnam, así como la guerra israelo-árabe. La Liga-IV Internacional se para en seco aterrada e invita al proletariado a pasar por las horcas caudinas de Moscú o de Pekín, a defender sus intereses mejor que sus gobiernos y sus secuaces respectivos. Si no existiese el stalinismo tendría que inventarlo, pues no conoce otra política que la de su desbordamiento por la izquierda. El sobrepase no tiene sentido y por eso jamás se producirá; pero sí tiene sentido y ya está ideológicamente iniciado el encuadre de esa categoría de izquierdistas por el stalinismo.

Es verdad, sin embargo, que entre la juventud estudiantil y obrera existe una inquietud nueva, potencialmente revolucionaria. No menos que en Occidente aparece en Oriente, en cualquier coto cerrado stalinista y en los países atrasados. Dictadores y dictadorzuelos de unos y otros se han quejado repetidamente de la desafección de la juventud. La nueva generación está volviendo la espalda con gesto de asco a todos los poderes existentes, no cabe duda. Pero su desvío no debe a las míticas revoluciones de la Liga sino indigencia política y merma «cuantitativa. Esa actitud levantisca no es en modo alguno reflejo de los diversos nacionalismos, ni de la tela de araña tejida por el imperialismo moscovita, sino que éstos le han impedido, hasta ahora, cristalizar en movimiento revolucionario. La propia Liga Comunista no les es deudora de su existencia, mal que le pese; su origen está entero en la crisis de la contrarrevolución rusa que llevó a la maniobra khrutcheviana de la denuncia de Stalin como criminal. A su vez, esa crisis es parte de la del capitalismo mundial que empuja al proletariado en igual sentido, en primer lugar a la juventud. Pero la Liga y otros, incapaces de ver más allá de la democratización del régimen ruso y del anti-imperialismo de sentido único, se han quedado varados a medio camino, en el trotskismo hogañero. Y el medio camino resulta ser, en el menos malo de los casos, centrismo.

De una política internacional mixtificadora sólo podía deducirse una praxis impotente, de barullo proletarizante sin contenido revolucionario y peligrosa para el proletariado. En efecto, ni en lo político ni en lo económico sabe dar un paso la Liga sin aferrarse a las andaderas de las organizaciones existentes, en particular del Partido pseudo-comunista y de su central sindical. Véase su planteamiento:

A la clase trabajadora le es imposible luchar sin esas organizaciones que son el único amparo legal que permite las luchas. Para los trabajadores no hay eleccion entre organizaciones revolucionarias y organizaciones reformistas. No existe hoy ninguna organización revolucionaria de masas capaz de defender en la práctica los intereses de los trabajadores, actualmente la elección es: u organizaciones reformistas o ninguna organización. Por ende, sólo en la medida en que los militantes revolucionarios sean capaces de tomar la dirección de las organizaciones de masas de la clase obrera será posible la lucha por el socialismo.

Resolución sobre el trabajo sindical, en Débats et resolutions du I Congrés, p. 155.

Mejor valdría decir que la lucha por el socialismo es imposible, porque los militantes que se proponen conquistar tal dirección no son revolucionarios y los militantes revolucionarios no quieren conquistarla, sino desembarazar de semejantes organizaciones al proletariado, y también porque, aún suponiendo que la conquistasen serían deglutidos por un aparato cuyo funcionamiento requiere la existencia del capitalismo y es imposible sin él15.

La noción de organización obrera reformista, sea sindical, sea política, no tiene hoy ningún sentido. Las de verdadero origen reformista son un despojo del pasado liberal del capitalismo sin otra realidad ni porvenir que participar más o menos en la administración y en la degeneración del sistema. En cuanto al stalinismo, inútilmente se le auscultará en busca de algo reformista. Emanación directa de la contrarrevolución rusa, que le da alma y cuerpo, tiene clara consciencia de que su porvenir está en la expropiación de los monopolios... por su poder monopolizados, en el capitalismo supremamente centralizado. Su propio democratismo cuando se encuentra al margen del poder, no tiene nunca realidad sino para otros representantes del capital. En lugar de someterse a la burguesía, el stalinismo sabe, por no pocas experiencias ya, que en determinadas circunstancias es la burguesía quien le pide asilo y orden. A la recíproca, el capitalismo occidental sabe que sin el stalinismo habría sido imposible su restablecimiento y su crecimiento desde la guerra acá.

No menos monstruoso es afirmar que esas organizaciones defienden a la clase obrera, siquiera dentro de la explotación. Cada huelga es una jugarreta hecha a los trabajadores y las que no son declaradas con el único objeto de que la dirección sindical negocie con Estados y patronos y aparezca como portadora de la solución, lo son para cortar una agitación que llevaría a una verdadera huelga. Cada día se impone con mayor fuerza la evidencia de que para defenderse en lo inmediato, como para lanzarse al ataque del sistema, la clase obrera necesita imperiosamente arrancarse el grillete sindical. Mil huelgas salvajes en Europa y en América constituyen demostración irrecusable, excepto para mentes conservadoras que prefieren entrar en contradicción con la realidad viva antes que con lo dicho por Trotsky o por Lenin en otra época. El espantapájaros de una enfermedad infantil del comunismo les hace caer de bruces en una mísera senilidad precoz.

Si los revolucionarios pudiesen decidir la elección que la Liga ofrece al proletariado: las organizaciones existentes o ninguna organización, y bien, elegirían sin la menor vacilación: fuera las organizaciones existentes, seguros de que, a partir de ahí, en cada unidad de trabajo y en la totalidad de ellas los obreros se defenderían contra el capital, por sí mismos, mucho mejor que entregados a aquellos organismos que el capital les delega como representativos. Cada revolucionario ganaría la posibilidad de dirigirse libremente a la totalidad de la clase, cosa que hoy impide la represión sindical como parte que es de la represión capitalista en general (¡Mayo de 1968!). La propia Liga ganaría terreno en tales condiciones, al menos mientras los obreros no se diesen cuenta de que en la práctica su política es más reformista que revolucionaria. Empero, la realidad no admite condicionales. Ahí están las centrales sindicales agañotando ley en mano y prejuicios mediante a toda una clase. A los revolucionarios no les queda más remedio que abrirse camino al margen de los sindicatos y contra ellos. Tampoco hay otra manera de presentar reivindicaciones socialistas.

La Liga se propone pues ir a la conquista de las direcciones sindicales hasta colocar gente suya allí donde reinan los Seguy, Krazuki, Bergeron, etc. De las reivindicaciones que cuenta agitar con tal finalidad, la más altisonante es la de control obrero de la producción, cuya significación está envuelta de grandísimo confusionismo. En general, la clase obrera aprueba esa demanda, pero debido a que la interpreta como dominio o gestión suya de la producción, no como lo que en verdad es: un derecho de fisga de los obreros en los asuntos de las empresas capitalistas gestionadas por el propietario, privado o estatal. Independientemente de la validez de esa táctica, la Liga debiera declarar sin equívoco, si en su concepto e intención al día siguiente de lo que ella llama revolución socialista debe continuar en funciones el tal control, o convertirse en el acto en gestión obrera de la producción y la distribución. Vista su concepción de lo que es una transformación estructural de la economía, no puede contemplar esa transformación sino en un futuro lejano, impalpable. Mientras tanto —período de transición, dirá ella— gestionarían desde la cúspide sindical y estatal quienes ocupasen el lugar de los Seguy, Krazuki, Bergeron, etc. Los trabajadores continuarían teniendo que vender su fuerza de trabajo para vivir y los productos de su actividad seguirían siéndoles ajenos.

Fuere lo que fuere en concepto de la Liga-IV Internacional, con su táctica y estrategia la burocracia sindical y política existente vivirá luengos y felices años, indiferente al zumbidillo de los aspirantes a substituirla. Y si por acaso una situación revolucionaria amenazase su dominio, y bien, la Liga IV Internacional y demás controlistas le ofrecen en bandeja lo indispensable para salir de apuros y entronizarse como explotadores directos. En efecto, la dolorosa experiencia de la lucha de clases ha demostrado, desde la España de 1936-37 por lo menos, que en plena acometividad victoriosa la clase trabajadora se aferra a los instrumentos de producción y sin andarse por las ramas establece arreo su propia gestión. Luego viene, cual sucedió en España, el poder político y sindical de las organizaciones dichas obreras, en cuyo pro tanta tinta gasta la Liga, a arrebatar a los trabajadores gestión y economía. ¿Cómo? Mediante el control obrero y la nacionalización. Las dos consignas salieron, no del proletariado, sino de las secretarías stalinistas, por no decir de la embajada rusa.

Por ese camino se llega hasta un Franco o un Kadar cualesquiera, a la derrota y la desmoralización del proletariado. Pero la Liga ignora de todo en todo la experiencia de la revolución española. No conoce otra táctica que la de la revolución rusa, el Programa de Transición que por añadidura interpreta en forma derechista, porque ni tiene el arranque de los bolcheviques ni sabe discernir la nueva situación en que se encuentra. Sin ir más lejos, habla y gesticula como si los dirigentes stalinistas fuesen Kerensky en potencia, tratándose en verdad de Kornilof de un nuevo tipo, o sea, de Stalin. Así ha aparecido bien claro durante la revolución española y reiteradamente después. Empujándolos al poder, la Liga no da muestras de clarividencia revolucionaria, sino de flébil psicopatología masoquista.

Refutado el punto más radical táctico-estratégico del programa liguero es superfluo pararse a comentar el resto, aún más desatinado. Pero debe añadirse, acabalando esta crítica, que incluso puestos en práctica por la Liga y similares (Lutte Ouvriere, lambertistas, etc.) el control obrero y la nacionalización de la economía nos meterían de rondón en el capitalismo de Estado, antípoda del socialismo. El Estado post-revolucionario es un valladar contra el enemigo de clase, no el tutor de los trabajadores. No será propiamente hablando un Estado, cual afirmaba Engels, Convertido en propietario embolsador de la plusvalía su extinción resulta inimaginable. Por todo ello, sigue y seguirá siendo oportuno repetir las palabras de Marx:

Reneguemos como de la peste de quienes colocan la sociedad por encima del individuo.

La Liga retrocede bastante más, pues coloca por encima del individuo y del proletariado algo peor, no la abstracción social, sino el Estado, concreción coercitiva de una falsa abstracción social, sin base en el individuo.

La dialéctica de la revolución mundial nada tiene que ver con las chapucerías y hoquedades de la Liga-IV Internacional. Emana, claro está, de la contraposición de los instrumentos de trabajo en su forma capitalista y la fuerza de trabajo en su forma capitalista también, uno y otro factor considerados sin excepción de pais alguno. A los primeros, dicha forma los retiene en un crecimiento mínimo y ya perjudicial al devenir por su forma misma, mientras el segundo vegeta en su recinto salarial, cada día más rebajado cualitativamente y políticamente, en su saber técnico y en su libertad, desposeído en proporción directa a la acumulación de la riqueza. Cada uno por separado está en contradicción con su naturaleza actual, y ambos, abarcando la sociedad entera, con la naturaleza que el capitalismo les impone. Ir a buscar el factor activo y resolutivo de dicha contradicción, o tan siquiera un sucedáneo del mismo, en Rusia, China, Vietnam, países atrasados, organizaciones políticas y sindicales tradicionales, es meterse dentro de las estructuras capitalistas que se trata de hacer reventar. No puede en manera alguna haber otro factor de tal género que la clase trabajadora en su conjunto, y no por su simple existencia, sino en rebelión contra su existencia, o sea contra su condición de clase asalariada. No hay ni podrá haber jamás otro conducto de desenvolvimiento práctico del proceso dialéctico de la revolución mundial, hasta el desenlace.

Los instrumentos de producción son y serán siempre factor pasivo, mal que le pese a un materialismo de paga y automación, por no decir de pan y agua. Es el reflejo subjetivo de sus condiciones y exigencias en el segundo y único factor apto para aprehenderlas, cargado a su vez de exigencias propias y sin el cual no existirían las otras, porque en el fondo son también exigencias suyas, las que consienten a éste, a la clase trabajadora pues, desempeñar el papel activo y resolutivo de la contradicción general entre el actual sistema mundial y las necesidades humanas cifradas por ahora en ella.

Todo eso, en realidad elemental y que debiera ser indiscutido hoy, cae lejísimos de las cogitaciones y politiquerías de la Liga, que extiende a tantos polizontes stalinistas títulos de apoderados universales del proletariado. Ignorándolo, se cierra la posibilidad de ver cómo se ha desarrollado y proseguirá desarrollándose en el futuro la dialéctica de la revolución mundial. La lucha práctica no está por comenzar, sino interrumpida desde 1937. El capitalismo resultó victorioso de ese primer embate que duró 20 años. Pero desde 1923 el proletariado no sucumbió en ningún país a manos de la burguesía. Afirmarlo es miopía o vil demagogia; sucumbió a manos del stalinismo, ya por su intervención política, ya por su imposición policíaca, cuando no combinando ambas. La contrarrevolución rusa tenía que impedir la revolución doquiera surgiese, aun en los casos en que el beneficiario inmediato no fuese ella. La solidaridad de sistema primaba sobre toda otra consideración.

Hitler o Franco en el poder eran para el Kremlin una garantía de su propia continuidad, por más que representasen, sobretodo el primero, una amenaza militar. Los poderes capitalistas se baten entre sí para saquearse, pero ninguno va a fomentar contra el otro una revolución que caería sobre su propia cabeza inmediatamente después. La historia de la lucha de clases entre guerra y guerra se sintetiza así: una oleada revolucionaria iniciada por Octubre rojo, que recorre cuatro continentes, sin aflojar en un sitio sino para recrudecerse en otro y que va siendo contenida, país tras país, por el Kremlin a través de sus partidos y finalmente paralizada en España por la represión stalinista subsecuente a la sublevación contra el partido ruso en Mayo 1937, represión que introduce 30 años de paz franquista, repercute en el apoteosis del stalinismo después de la guerra mundial y encadenando el proletariado internacional a la productividad por hora-hombre.

La desnudez teórica de tendencias como la Liga la mide en toda su enormidad el hecho de que el poderío nacional e internacional del Kremlin haya ido extendiéndose en proporción directa al retroceso y a la paralización del proletariado, asegurando de rechazo tranquilidad y prosperidad al capitalismo occidental, sin que ellos, pretendidos vigías de vanguardia, se estremeciesen o lo percibiesen siquiera. Menester es decirles que se trata de un saldo negativo de la dialéctica de la lucha de clases mundial, del cual, en fin de cuentas, sus propias ideaciones son mero subproducto.

La reavivación del combate interrumpido no podrá tener lugar, por mucho que se repitan alzamientos como los de Berlín-Este en 1953, Hungría y Polonia en 1956, Francia, Checoslovaquia y México en 1968, Polonia otra vez en 1971, sin que alguno de ellos conlleve, dentro de la rebelión contra el sistema existente, el segundo y supremo factor subjetivo. Pero éste no se deja definir hoy por la consabida y abstracta adquisición de consciencia revolucionaria; tiene que ser, concretamente, consciencia de que cualquier nación de las oficialmente designadas socialistas es tan capitalista como las de Occidente y aún más reaccionaria; consciencia de que el socialismo de faz humana y la simple revolución política en los primeros son embaucos esterilizadores de la acción proletaria; consciencia de que el comunismo empieza en la administración, por la clase trabajadora entera, de la producción y de la distribución y de que por consecuencia la nacionalización de los instrumentos de trabajo y el control obrero son un mortal cepo; consciencia, en fin, de que el stalinismo, esté en el poder o en la oposición, constituye parte integrante de la explotación mundial, y con él los sindicatos. Fuera de eso, cualquier rebelión obrera, por muy amplia que sea, lejos Ye reanudar la lucha por la revolución en el mundo se saldará por nueva derrota y nueva desmoralización.

La dualidad tesis-antítesis que bajo forma de capital y salariado teje toda la trama de la civilización capitalista, no llegará al punto de su ruptura y síntesis revolucionaria sin que la nueva generación asimile cuantos conocimientos se desprenden del primer embate pro revolución mundial. Al proletariado no le basta encarnar la antítesis, pues la negación del sistema y la síntesis en otro requiere una identificación certera de las organizaciones e ideas enclavadas en la tesis, por origen o por asimilación, y también de las que bambolean entre tesis y antítesis.

La Liga-IV Internacional y demás tendencias que acrecen su fuerza gracias a la usura del capitalismo en general y en particular del capitalismo stalinista, contribuyen a una futura derrota, cualquier éxito obtengan. Su trabajo no acarreará consecuencias positivas sino en la medida en que sus militantes, alertados por la tremenda experiencia de 50 años, se sacudan de encima las chapucerías y rutinas oportunistas que ellas les inculcan16.

G. Munis

Cincuenta años después del trotskismo (1982)

No se trata de vaticinar un futuro cualquiera, sino de señalar medio siglo después de la aparición del trotskismo en la arena internacional en qué han parado las tendencias que se adornan hoy con el mismo título. Sus diversos fragmentos pueden y deben ser juzgados como unidad pues nada esencial los distancia.

Desde principios del decenio 30, la única tendencia de amplitud mundial y contenido revolucionario era la Oposición Comunista Internacional, ensanche de la Oposición de Izquierda al Partido ruso iniciada por Trotsky, Rakovsky y muchos otros revolucionarios de gran temple y calidad, todos asesinados. Fue ese el origen de la IVª Internacional. Las bases teóricas del trotskismo eran las del partido bolchevique en plena floración más la lucha contra la degeneración stalinista fronteras adentro y en la Internacional Comunista. Capacidad teórica y acometividad práctica, alas de cualquier proyecto revolucionario, se acendraban y centraban en él. Recibiendo constancia de ello, el trotskismo se encontró entre dos fuegos: la represión asesina de la GPU. (actualmente K.G.B.) y la concomitante de los gobiernos en cualquier parte. Al mismo tiempo, el Kremlin orquestaba, mediante recursos financieros inmensos, y en todos los idiomas, una insistente campaña de falsificaciones tocantes a Trotsky y al trotskismo. En el fondo se trataba de presentar a los revolucionarios como reaccionarios asoldados y a la inversa, de glorificar la contrarrevolución stalinista en Rusia, más sus secuaces por doquier, como guardianes de la revolución de 191717. Ningún antídoto mejor contra una sublevación comunista del proletariado en el país que fuera. Moscú soltaba mensualmente millonadas para la publicidad de sus mentiras, para sus partidos, para sus asesinos, para la confusión descarada o disimulada de intelectuales en el occidente europeo y americano, así como en otros continentes. Hay escritores, poetas, artistas, cuya reputación (sin hablar de los emolumentos consecuentes) fue llevada hasta el cénit por las exigencias asesinas de Stalin. «¡Viva la G.P.U., figura dialéctica del heroismo!» —graznaba Aragón. Por su parte, Neruda, Siendo embajador del capitalismo chileno en México, ponderaba el valor del asesino de Trotsky y si no tuvo relación personal con él, cosa muy probable, la tuvo de cierto con Siqueiros, el asesino frustrado de Trotsky y asesino de Sheldon Harte. Vale la pena recordar también que en plena revolución y guerra civil de España, el católico Bergamín hizo coro a los calumniadores y asesinos del partido de la policía rusa secundado por otros, entre ellos el modosito Alberti y el propio Picasso, que no necesitaba venderse, pero sí librea política, pintaba el cuadro Guernica, tan famoso como fácil por el tema, pero no dio una pincelada para mostrar la sanguinaria y retrógrada destrucción de la revolución por el stalinismo en España, ni para denunciar los procesos de Moscú, los más monstruosos que registra la historia. Poco después solicitaba el carnet a la organización pro-rusa.

No sólo los citados, sino miles de intelectuales en el mundo formaron parte, por su respaldo político, cuando no más allá, de los piquetes de ejecución del Kremlin, que eran, y no podían ser otros que los de la contrarrevolución. La historia de las sociedades de explotación, nada parca en mentiras martilleadas como verdades sublimes, ni en crímenes ensalzados como nobles actos salvadores, no registra nada tan inmundo y tan monstruoso como el torrente de fango arrojado sobre el trotskismo durante 20 años largos, y la incitación al exterminio de sus militantes. El saldo de asesinatos asciende a millares, a centenares de miles en Rusia solo. Que parte de los hombres, intelectuales u obreros, enrolados por el Kremlin en contra del trotskismo lo fuesen abusivamente, engañados por la falacia propagandística, nada quita ni pone al sanguinario hecho. Tampoco constituye disculpa, sobretodo tratándose de intelectuales, esos especialistas, privilegiados del saber. Aun aquellos mismos que no obedecían a intereses sórdidos, se dejaron enrolar por las patrañas propagandísticas más y mejor que los obreros ignaros. La capacidad de engaño de esa propaganda ha sido tanta, que hoy mismo, ya desvelada en gran parte su falacia, prevalece su versión sobre la identidad personal del asesino de Trotsky: Mercader, Ramón, contra la cual las objeciones son diversas muy sólidas, sí bien su verdadero nombre y nacionalidad sólo deben figurar, si acaso, en los archivos personales del asesino en jefe, Stalin18].

En resumen, ser militante trotskista en aquellas fechas, máxime teniendo alguna notoriedad, comportaba día a día amenaza de asesinato, además de desafiar la calumnia incluso tras la muerte. La enorme diferencia entre aquel trotskismo y el de cincuenta años después, no reside tan sólo en el temple humano, sino también, y sobretodo, en el contenido teórico. El actual ha hecho progresos numéricos importantes, pero los anula su torpor ideológico, resultas de sus innumerables prevaricaciones desde la guerra mundial acá. Su decaimiento ha sido tal, que involuciona sin cesar a derecha de lo que fue su reagrupamiento inicial y del Programa de Transición, fundamento de la IVª Internacional. Es propio de un pensar revolucionario reconocer y enmendar sus errores e insuficiencias con arreglo a la experiencia. Cincuenta años después del trotskismo, los grupos e individuos dichos trotskistas no han reconocido error alguno ni enmendado nada, lo que basta para dejarlos muy atrás de cuanto requiere la situación actual.

Ahora bien, el Programa de Transición estaba sobrepasado por los acontecimientos mundiales desde el momento mismo de su aprobación. Si bien no apareció claro sino después. Cuando no es la lucha revolucionaria en victoriosa acción la que introduce innovaciones pertinentes desprendiéndose de conceptos adquiridos nulos, cuando no perjudiciales, entonces sólo la reflexión posterior —con retraso pues— puede poner la teoría a nivel de las posibilidades históricas. Estas últimas dependen únicamente de lo que economía, ciencia, técnica, cultura general consienten, utilizadas, previa supresión de la relación capitalista, por y para el hombre. Ninguna derrota, ningún grado de indiferencia del proletariado respecto a sus propias posibilidades disminuye cualitativa ni cuantitativamente la radicalidad de las mismas. Es decir, que el pensamiento revolucionario debe captarlas y orientarse por ellas en cada instante, incluso en medio de la más profunda despolitización de la clase obrera. De lo contrario se niega a sí mismo en cuanto pensar revolucionario. Es lo que le ha ocurrido a la IVª Internacional a partir de la revolución española y de la guerra mundial última, sin que ninguno de sus fragmentos quede excluido. Cincuenta años después, el llamado trotskismo es por ello totalmente nulo para suscitar la transformación de lo posible en realidades sociales. Ha dejado de ser una fuerza revolucionaria siquiera potencial.

El trotskismo surgió en un momento crucial del devenir contemporáneo. La revolución rusa degeneraba. El maretazo revolucionario mundial que suscitó, sobrecogía a un país tras otro a despecho del influjo cada vez más negativo de los partidos ligados a Moscú. La última de dichas tentativas revolucionarias, la del proletariado español, vencedor de su ejército nacional en 1936 fue deliberada y policíacamente destruida por Moscú y sus secuaces. Sin esa destrucción previa, Franco no habría conseguido instalarse como matarife supremo del país. En resumen, la derrota de la revolución comunista internacional no fue obra de los gobiernos burgueses, sino de la intervención del gobierno ruso, directamente o por intermedio de sus partidos, y otros incondicionales. Semejante saldo acusaba la presencia, en Rusia, de una contrarrevolución cuya base económica era el capitalismo estatal, no el privado. Por ello mismo, y habida cuenta de lo sucedido durante la guerra e inmediatamente después, una revisión teórica general se imponía, al trotskismo y alas demás tendencias antistalinistas. La situación se clarificaba, dejaba de ser imprecisa, crucial, tornaba pues contornos y rumbo netos. Para enlazar con las posibilidades ofrecidas por la historia se hacía indispensable refundir la teoría revolucionaria, redefinir la naturaleza de la revolución de 1917, someter a crítica ideas y hechos de los bolcheviques, los de su continuador, el trotskismo, poner bien en evidencia la naturaleza capitalista y contrarrevolucionaria del poder stalinista más la de sus afines, negar carácter de obreros a los partidos de la ex-segunda Internacional, y a cualquier sindicato. En fin, hacía falta justipreciar la etapa actual del capitalismo, Este y Oeste en uno, y enmendar la plana aquí o allí, a Marx y Engels, pero reafirmando el materialismo dialéctico, es decir su carga revolucionaria, subversiva.

Ocurrió lo contrario: una vez estrangulada la revolución y desencadenada la guerra imperialista, el trotskismo fue deslizándose a la derecha, paulatina y vergonzantemente al principio, sin lacha después, hasta dar en su actual cretinismo de capón. León Trotsky solía decir que la perfidia y la bestialidad stalinista amenazaban convertir en algo odioso la idea misma de revolución comunista. Los de 50 años después no saben hacer otra cosa que rogativas por un stalinismo «de faz humana». Mentes de un materialismo pedestre, creían que la economía nacionalizada, su Ser Supremo, produciría algo mejor que el stalinismo, carrilándose al fin necesaríamente, hacia la sociedad sin clases ni Estado. Alimentada otrora esa idea más por oportunismo que por convicción, hace ya largos años que sus abogados mismos no se atreven a sustentarla, tanto la realidad económica y política en Rusia y sus dominios aparece degradada y degradante. No obstante, los de 50 años después prosiguen su entontecedor runrún político, ya sin sombra de persuasión íntima, por mero conservatismo orgánico. Nunca el movimiento revolucionario había tenido que hacer frente a una modificación tan general y profunda de su propio ámbito como la consumada inmediatamente antes de la última guerra mundial, durante ella y después de ella. Incapaz de verla, interpretarla y hacerle frente poniendo al dia su táctica y su estrategia, el trotskismo fue arrastrado hacia atrás y modificado también él, a semejanza de las otras organizaciones dichas obreras, la ex—Segunda Internacional y los Sindicatos incluidos.

En verdad, las demás tendencias antistalinistas, antiguas o nuevas, se quedaron también por debajo o muy debajo de lo requerido en cuanto a elaboración teórica. Pero la repercusión negativa de su ineptitud en la clase obrera no iguala a la del trotskismo, además de que la estulticia de éste ha determinado en gran parte la estulticia o la incapacidad de aquellas otras. La IVª Internacional es pues, para una crítica revolucionaria cabal, el principal responsable de la inercia y la modorra intelectual en que se encuentra el proletariado desde la guerra acá.

Nada focaliza de manera tan impresionante la degeneración ideológica de los de 50 años después como el episodio del Informe Krhutchef. Revelaba con crudeza al stalinismo mundial y a sus legiones de sirvientes, intelectuales, izquierdistas, anti-imperialistas, progresistas, etc., siquiera de manera incompleta y no sin dolo, que su demiurgo, al que obedecieron ciegamente durante decenios, al que juraban fidelidad personal, a cuyos pies se arrastraron y cuya baba política sorbieron relamiéndose, era un déspota odioso y un criminal sin el menor escrúpulo ante sanguinarias atrocidades. El trotskismo, que antes de la guerra lo había denunciado como tal, mil veces proclamado desde el Kremlin principal enemigo del stalinismo y del sujeto Stalin, hubiera debido adquirir un ascendente decisivo y convertirse en potente organización internacional. Nada, absolutamente nada, sí no es, por el contrario, un aflojamiento de su oposición al stalinismo. Imploraba, quejumbroso, una rehabilitación de Trotsky por sus mismísimos calumniadores y asesinos que, concedida, hubiese sido un envilecimiento póstumo de Trotsky y una rehabilitación del Kremlin contrarrevolucionario. Creyeron llegado el momento en que la industrialización debería desembarazarse de la excrecencia burocrática, cual seguían trompeteando, no tanto entonces por zurdo economicismo cuanto por la esperanza de que una democratización del stalinismo les permitiese a ellos ocultar, sí no justificar sus prevaricaciones.

Es que su política en los años transcurridos desde vísperas de la guerra mundial, su negativa a rectificar carencias y graves meteduras de pata tocante a la defensa humana en forma de resistencia, la resolución principal de su Congreso de 1948, la que plantó el mojón más importante de una degeneración incontenible, habían hecho del trotskismo, antes del Informe Krhutchef, una organización huera, sin razón revolucionaria de existencia. De manera que en un momento que hubiera debido serle excepcionalmente propicio, se encontraba irremediablemente aquejado de mongolismo mental.

Era ya totalmente incapaz de discernir que calumnias, procesos falsificados, asesinatos, campos de concentración y exterminio en ellos de millones de hombres, etc., tenían por motivación y explicación el más horrendo de todos los crímenes de la burocracia stalinista, o sea, haber hecho la contrarrevolución en Rusia y haber destruido, al mismo paso, la revolución internacional. Caía por tal modo el trotskismo de bruces en la maniobra desestalinizadora de Krhutchef, endosaba el demonológico culto de la personalidad como explicación de la bestialidad represiva en Rusia, y de paso aceptaba la nueva falsificación tocante a las violaciones de la legalidad Soviética, como sí no fuese esa misma legalidad —ni por asomo soviética— la que ha sido decretada por y para la contrarrevolución19. La machacona e imbécil exaltación del criminoso palurdo Stalin como genio de genios, era la pleitesía bajuna de sus cómplices subordinados, y la aureola postiza con que se maquilla invariablemente cualquier gran déspota, cualquier Führer.

La inepcia de los de 50 años después del trotskismo la confirma su propio crecimiento numérico. No lo deben a su expresión política y teórica, que va de torpeza en claudicación, a mil leguas de lo requerido para fomentar revolucionarios sino al conocimiento cada vez más extenso de la verdad sobre Rusia e imitadores. Esos centenares o miles de jóvenes acogidos a sus diversos cónclaves por asco del stalinismo, ven cortada su educación revolucionaria, si bien lo ignoran, por los círculos mismos en que ingresan. Los retrollevan en parte al stalinismo, enseñándoles a hacer frente único con él en cada país y momento, militarmente caso de guerra imperialista; los amodorran siempre. Para ellos, no para los veteranos con anteojeras, esclavos de viejas fórmulas (L. Trotsky dixit) hay que enumerar los principales abandonos e incapacidades de renovación que, cinco decenios después de la aparición del trotskismo, hacen indispensable la ruptura con él para llegar a la formación de un partido revolucionario.

  1. La incapacidad inicial consiste evidentemente, en no haber discernido que el Frente Popular, política de apariencia socialdemócrata, era en realidad de leva paramilitar pro-guerra imperialista, en perfecto acuerdo con los intereses ya reaccionarios del Partido-Estado ruso. Y que por ello sus encomenderos españoles desempeñaron, frente a la actividad revolucionaria del proletariado, no el papel de un Kerensky o de cualquier organización oportunista liberal-burguesa tipo Segunda Internacional, sino el de la contrarrevolución capitalista... con Moscú por metrópoli.
  2. La reculada principal sumada a dicha incapacidad, consistió en un abandono más o menos vergonzante de la imperecedera divisa proletaria: ¡Contra la guerra imperialista, guerra civil!. La mayoría europea de los partidos de la IVª Internacional colaboraron, «resistencias» mediante, a la defensa nacional imperialista, en el campo Occidental tanto como en el Ruso. En Estados Unidos, el Socialist Workers Party, el de mayor audiencia mundial durante toda la guerra, militaba en favor de un triunfismo antifascista, que fueron respaldando los partidos europeos a medida que los ejércitos estadunidenses penetraban continente adentro. El Partido inglés llegó a envanecerse de «nuestro ejercito» (el que combatía en Italia). En Ceilán los dirigentes del Lanka Sama Samaja, Da Silva, Gunawardera, etc., que por un momento parecieron situarse en el internacionalismo, revelaron ser vergonzosos patriotas antibritánicos aun más derechistas que los partidos antes citados y se aliaron a los Pablo, Canon, Mandel, Frank.
  3. Hacia el final de la guerra, esos mismos partidos y grupos, inclusive la dirección de la IVª Internacional, hablaron con fatuo ardor de las consecuencias revolucionarias que a su entender tendría el avance de las tropas rusas hacia occidente. La represión desencadenada por dichas tropas contra los trabajadores en acción, desde Finlandia y Polonia hasta Rumanía, les hizo poner sordina a su estúpida exaltación, pero no modificar su actitud. No pudiendo negar que los gobiernos de los países aludidos eran impuestos por las tropas ocupantes, no por lucha revolucionaria alguna, los definieron como otros tantos Estados obreros deformados. El ramal menos comprometido con la resistencia nacionalista en Francia, cuya prolongación actual es Lutte Ouvriere, se distinguió calificando burgueses dichos Estados, y revoluciones ídem la substitución de los antiguos poderes por los nuevos, invariablemente stalinistas. Incluso para la China de Mao Tsedong, algo más tarde, adoptó dichas definiciones, no menos incongruentes y trapaceras que la de sus otros congeneres. Total, en un caso el Estado obrero degenerado ruso engendraba una parvada de Estados obreros deformados, contrahechos, como quien dice genéticamente tarados, en el otro, lo obrero del Estado ruso, paría revoluciones y poderes burgueses, en ambos casos ejército, policía y represión antiproletaria mediante. Es difícil imaginar marasmo teórico más despreciable, ni mejor elogio del stalinismo en boca de sus supuestos enemigos de siempre. A partir de entonces todas las tendencias IVª Internacional, —pro y regeneradoras incluidas— renegaban de hecho, ya que no explícitamente, de su representatividad histórica. Desde el momento en que se atribuye a la extensión del stalinismo en Europa y en Asia, un valor revolucionario, siquiera positivo aun con defectos, toda otra organización al margen de él o contra él pierde necesidad de existencia. En tal caso, el stalinismo habría tenido razón, en lo esencial, frente a Trotsky, frente a todos sus enemigos y críticos, y eso desde el primer momento. A él y a nadie más que a él correspondería el gran cometido revolucionario de tan imperiosa necesidad en el mundo actual. Y no se trata de negar lo último de labios a fuera, ni por afirmación sincera; hace falta que concepciones y acciones pongan en la picota el carácter no sólo capitalista, sino además contrarrevolucionario y oscurantista en todos los aspectos, del stalinismo y de sus aliados. Está muy lejos de ser ese el caso para los de 50 años después del trotskismo. De la revolución permanente a la degeneración incesante, tal es su recorrido.
  4. El Congreso de 1948 se negó a condenar la participación en la defensa nacional capitalista so capa de resistencia, y aprobó una resolución política que elevaba la rivalidad Rusia-Estados Unidos al grado de principal contradicción mundial. Se desentendía en realidad de la irreductible contraposición proletariado-capitalismo, en escala terrestre, guía exclusiva de una organización revolucionaria. Por lo uno y por lo otro, la IVª Internacional dejaba de serlo a partir de dicho congreso. En lo sucesivo podría deformar, en manera alguna formar revolucionarios.
  5. Consecuentemente con el abandono del internacionalismo durante la guerra y con la dicha resolución política, la IVª Internacional ha sido un peón fiel a los intereses del Estado Mayor del Kremlin secundando a todos los falsarios venales surgidos en nombre de la liberación nacional, en realidad engendrados por la rivalidad Rusia—Estados Unidos, cuya naturaleza imperialista por ambas partes resulta innegable, salvo para mercenarios o imbéciles. Verdad es que, desde la última guerra mundial, la imbecilidad es un factor social importante como nunca, tanto, que hace presa incluso en personas inteligentes en mejores circunstancias.
  6. Resbalando por esa pendiente, tenía que llegar un momento en que la caída fuese reconocida y defendida como algo honroso. Pablo (Raptis) procesado en Holanda por un asunto relacionado con el islámico partido que despotiza en Argelia, se defendió aportando prueba testimonial de haber formado parte, durante la guerra mundial, de la resistencia patriótica francesa. La resistencia patriótico-islámica argelina no tardaría en agradecer a Raptis su colaboración, ascendiéndolo a eminencia gris ministerial. De ello se pavoneó el interfecto. Ninguna diferencia esencial entre su envilecimiento político, y el de la Liga Comunista (Krívine-Frank). Desde su congreso constitutivo enaltecía ésta; en efecto, la calidad de sus militantes forjados por las revoluciones vietnamita y china. Es decir, por fuerzas constituidas al socaire de la rivalidad interimperialista mundial, asoldadas y armadas por uno de los dos bloques, calco de la contrarrevolución stalinista en Rusia. Por lo demás, no existe partido, grupo o grupito de los de 50 años después que no esté pringado hasta la coronilla, con las maniobras imperialistas del Kremlin y sus respectivos Ho Chi Minh, Castro y otros Pol Pot. Lejos de nadar contra la corriente, distintivo revolucionario en épocas como la actual, allá se van con el regato fangoso de stalinistas, socialistas y burgueses en pena de izquierdismo. No están solos, no, y como lo dice la voz popular, mal de muchos consuelo de tontos.

La hoja de parra del anti-imperialismo cae en cuanto se considera su política en los países occidentales. El pretenso eurocomunismo fue acogido en los medios cuartainternacionalistas como una gran esperanza. El señor economista Mandel, uno de los principales protagonistas de la degeneración cuando utilizaba el pseudónimo Germain, se extasiaba ante la audacia de Santiago Carrillo. Por su parte, Krivine se honró entrevistando al mismo personaje, pútrido entre los pútridos del stalinismo, que ya es decir. Ambos a dos, sus organizaciones en cualquier país y cuantas se colocan el marchamo trotskista, colean cual perro faldero tras la izquierda burgueso-stalinista y sindical, lo mismo en período electoral que en cualquier otro. Perjudicial entre todas es su actuación cotidiana cerca de la clase obrera. Absolutamente incapaces de denunciar las pseudo-huelgas sindicales, sean o no stalinistas, como sucias maniobras de consenso, o sea, de retención de la clase trabajadora en el sistema capitalista, se han deslizado dentro de ese mismo consenso. Más de 20 años hace que dijeron ser parte del movimiento comunista mundial o sea stalinista. Que ahora se proclamen también parte de la izquierda era de esperarse vista su reculada continua.

Ni una sola de las modificaciones mundiales habidas desde la revolución española y la guerra imperialista, ha sido, no ya comprendida, sino tan siquiera señalada, por los trotskistas de 50 años después del trotskismo. Todas ellas son de gran bulto y conciernen tanto al capitalismo en cuanto sistema, como al proletariado en cuanto antítesis del mismo, y por consecuencia, redundan en la teoría y en la práctica revolucionarias. Basta señalar aquí lo principal. El enorme agrandamiento técnico y productivo del capitalismo, no denota validez como tipo de civilización, sino todo lo contrario. Es deletéreo en la vida diaria de cada trabajador y criminal para la totalidad social, por su producción bélica termonuclear y clásica. Como tal, débese al rechazo de la revolución social, a su vez impuesto por la política de organizaciones falazmente dichas socialistas y comunistas, más los sindicatos de cualquier obediencia. Eso dicho, el potencial técnico existente, arrebatado al capitalismo y puesto en acción para producir únicamente lo necesario a la desaparición de las clases y de la incultura, constituye muy holgada base objetiva de la revolución social. La realización de ésta encuentra pues facilidades materiales incomparablemente mayores que nunca. Pero falta, más que nunca también, el factor subjetivo revolucionario, en cuya ausencia no puede haber revolución social. Y ésto ya no es culpabilidad del stalinismo, del ex-socialismo, ni de los sindicatos, el culpable principal es el trotskismo. Aquellos desempeñan su papel de representantes del capitalismo, cada uno a su manera. El trotskismo sigue tratándolos, ¡hasta hoy! cual, antaño, de organizaciones obreras más o menos oportunistas. No habiéndose enterado de las transformaciones sucintamente señaladas antes, le era imposible ponerse a la altura de las respuestas revolucionarias reclamadas por esas mismas modificaciones. No le quedaba sino la derivación a la derecha y el consecuente amodorramiento intelectivo, sin despertar posible.

Ni el movimiento trotskista ni Trotsky previeron los cambios dichos. Eso, de por sí evidente, sirve a los de 50 años después para justificar su rumiar político. ¡Como sí las imprevisiones, o siquiera los errores de cualquier antecesor fuesen parte a disculpar meteduras de pata e incapacidades de los discípulos, menos aún sus prevaricaciones, cada vez más bochornosas! Muy torpe es el discípulo que se muestra incapaz de ir más allá que su maestro llegado el momento, decía hace medio milenio Leonardo da Vinci. En cuestión de retraso el actual trotskismo no va en zaga de nadie.

¿Qué papel desempeña pues el referido trotskismo y qué definición merece en cuanto organización? Desde luego, no tiene ni tendrá en un futuro cualquiera aptitud para desempeñar el papel revolucionario correspondiente al proletariado, o sea, la transformación del capitalismo en comunismo. Se lo vedan terminante y definitivamente sus ideas, más sus vínculos sociales, en cada país y mundialmente. En cualquier ámbito nacional, izquierdiza respecto de una izquierda capitalista apenas diferenciable de la derecha, y de un stalinismo contrarrevolucionario, dígase europeo o filorruso; en la arena mundial, no pierde ocasión de aventajar los intereses del Kremlin frente a los de la Casa Blanca de Washington. Lo primero se ayunta a lo segundo. Aquí, entra sin recato en el criminal juego interimperialista; allí, en las avideces y los trapicheos económico-políticos de los diversos sectores capitalistas locales. Lejos de preparar por tal camino un desbordamiento revolucionario a lo bolchevique en 1917, cual explica a sus militantes, su porvenir es la incorporación, siquiera paulatina, a uno de los sectores capitalistas, o la desaparición. Mas suponiendo que por un concurso cualquiera de circunstancias consiguiese un día ocupar el poder, instauraría, no la «fase inferior del comunismo», sino el capitalismo de Estado. De él está henchido por sus nociones economistas, y en su programa subyace a título de nacionalización. Entonces, la revolución tendría que arrollar necesariamente a esos trotskistas, a menos de morir a sus manos.

Tendencias que también proyectan la nacionalización aunque alguna lo silencie, motejan de contrarrevolucionario al trotskismo. Ponen en ello saña, no definición, pasando por alto, además, sus propias similitudes con él. Ahora bien, un análisis definidor certero, no invectivas, es el único susceptible de prevenir radicalmente contra el trotskismo a los jóvenes que anhelan encontrar un medio revolucionario, y de inspirar la ruptura ideológica y orgánica de los que han sido equivocadamente captados por él. El análisis se encuentra en las líneas anteriores; la definición deductible, hela aquí: Cincuenta años después del trotskismo, queda un residuo o desperdicio de lo que fue un movimiento revolucionario durante años cruciales de la historia contemporánea. El desperdicio es al movimiento original, lo que son las mutaciones negativas respecto de las positivas en la evolución de las especies. Ese trotskismo no va hacia el porvenir, y para entrar en el antiporvenir, tendría que desplazar a los partidos y Sindicatos ex-obreros, que ocupan todo el lugar disponible y necesario para el capitalísmo. No es revolucionario, ni centrista, ni netamente reaccionario excepto por relación a lo revolucionario; pero sí es un obstáculo importante al resurgir de la subversión comunista del proletariado mundial.

Mayo 1982 G. Munis


1 Manifiesto de 81 partidos stalinistas , incluido el chino y el albanés, reunidos en Moscú en 1960, fue la última declaración conjunta de todos los partidos stalinistas -salvo el yugoslavo- en el poder tras la guerra. Nota del editor.
2 A mi entender, la idea de la longevidad del capitalismo según el mercado proviene de los teóricos del reformismo germano y austriaco, habiendo sido después adoptada y adaptada a las necesidades de su causa por el economista nazi Schacht.
3 Consultar Pro Segundo Manifiesto Comunista, página 69, nota 2. París, 1965.
4 Para conocer la actitud de los revolucionarios ante los sindicatos, recomendamos la obra de los camaradas Péret y Munis, Les syndicats contre la revolution. París, 1968.
5 Un dirigente del POR boliviano, Filemón Escobar, es también dirigente (secretario financiero) de la Federación minera. No hacen falta comentarios. El grupo semi-trotzkista peruano Vanguardia Popular, se vanagloria de crear sindicatos bajo la dictadura de Velasco. Este mismo grupo, que se dice opositor a la dictadura y al entreguismo del PC peruano, clama por la nacionalización de las minas, bajo control sindical de la producción. Ver sus ponencias políticas sobre el contrato minero de Cuajono, entre el gobierno de Velasco y la American Smelting and Refining, especialmente su quinta y última ponencia, Lima, 1970.
6 El periódico del POUM español, La Batalla, publica información sobre esos eventos. Claro está, simpatiza con todo lo que confunde y disgrega al proletariado latinoamericano: guerrillerismo, castrismo, etc. Es siniestra la similaridad de nombre del Comando con la consigna falsaria del Maoismo: proletarios de todos los países y pueblos oprimidos, uníos!.
7 En L'Humanité del 4 de septiembre, podemos leer un artículo que se hace eco del de Alain Krivine y en el que se describe a Trotsky como una gran personalidad que no ha sido rehabilitada en la URSS, probablemente representativa de una corriente del movimiento obrero cuya importancia debe ser reclamada.
8 En 1982 Alarma publica como folleto/separata un largo artículo conmemorativo del medio siglo que se cumplía aquel año de la fundación de la Oposición de Izquierda Internacional. El artículo es precedido por un prólogo y un texto de 1972 (Análisis de un vacío). Hemos mantenido el conjunto como una unidad y hemos decidido añadirlo al final de esta recopilación de críticas sobre el trotskismo stalinizado por haber sido pensado, precisamente, como balance.
9 La perversión terminológica, casi universal hoy, hace conveniente precisar que el internacionalismo de que habla el Kremlin es mera antífrasis de un colonialismo sui géneris, pero en nada esencialmente diferente del antiguo. Para mayor conocimiento del derrumbe ideológico de la IV Internacional en tal aspecto, consúltense los opúsculos: El Socialist Workers Party y la guerra imperialista, Lettre ouverte au P.C.I. (Sección francesa), por Natalia Sedova-Trotsky, B. Péret y G. Munis, más Explicación y llamamiento a los militantes, grupos y secciones de la IV Internacional, documento de ruptura de la Sección española, origen de Fomento Obrero Revolucionario.
10 La Ligue Comuniste fundada en 1969 por Alex Krivine, Frank, Bensaid, etc., fue el núcleo director de la tendencia Secretariado Unificado encabezada por Ernest Mandel. Se convertiría en 1973 en FCR y en 1974 en LCR, sigla que mantendría hasta 2009 cuando se integraría en el Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA). Sus esquirlas españolas serían la LCR (1973) de Javier Pastor, convertida en 1991 en Izquierda Alternativa, luego de una fracasada fusión con el MC maoista, integrada como corriente en Izquierda Unida como Espacio Alternativo hasta 2007, cuando salen de IU para formar Izquierda Anticapitalista que, en 2015, se integra como Anticapitalistas en Podemos y mantiene su relación con el Secretariado Unificado y el NPA francés hasta hoy. Nota del editor.
11 Consúltese: El S.W.P. y la guerra imperialista, folleto crítico del Grupo Español en Méjico de la IV Internacional, Méjico 1945.
12 Véase la voz guerrilla, en Léxico de la truhanería política contemporánea, comparado con el léxico revolucionario, en Alarma, números 14 a 17.
13 Tocante a la idea de enderezamiento del régimen ruso mediante una simple revolución política, consúltese La revolución ninguna, en Alarma, nueva serie, número 9.
14 En un congreso internacional de psiquiatras celebrado en Méjico, los asistentes quisieron tratar el caso de la utilización de esa ciencia en Rusia como arma represiva. La delegación rusa amenazó retirarse, secundada por la de la India. Los restantes señores psiquiatras y psicoanalistas se inclinaron. Los descomplejadores están visiblemente acomplejados de servilismo hacia los poderes existentes, y no sólo en Rusia. ¿Q se tratará quizás de un inadvertido complejo de castración?
15 Les syndicats contre la révolution, por B. Péret y G. Munis.
16 Analisis de un vacío fue publicado en los números 19 y 20 de Alarma (Nueva serie) correspondientes a octubre de 1971 y al primer trimestre de 1972.
17 So pena de complicidad o complacencia con las fechorías pasadas, presentes y futuras del Kremlin, hay que entender por stalinismo la explotación capitalista estatal y su complementario totalitarismo militaro-policíaco, lo resultante de la contrarrevolución.
18 Es un disparate creer que Stalin encargase de asesinar a Trotsky a un sujeto que podía ser reconocido como stalinista por decenas, o centenares de refugiados políticos españoles en México. La misión habría corrido gran riesgo de fracasar, o bien de poner en evidencia la mano del Kremlin, cuando este tenía mayor necesidad de hacer pasar el asesinato como obra de un trotskista decepcionado. Para hacerse perdonar la vida por los guardias de Trotsky, e] asesino exclamó y repitió: «lo he hecho para que liberen a mi madre encarcelada en Rusia» lo que cuadra bien con los métodos de la GPU, a la inversa de la versión acreditada incluso por Gorkin y otros. En efecto, di Caridad Mercader rondaba cerca de la casa de Trotsky en el momento del asesinato, o siquiera en el país, es razón suplementaria para no creer que fuese la madre del asesino. Sin añadir más aquí, la psicología, los gustos, el acento en francés y en inglés del asesino no eran los de un español, de cualquier región que sea.
19 Los soviets fueron oficialmente disueltos en 1936, precisamente cuando la clase obrera daba signos de querer reactivarlos contra la burocracia que los había reducido a mera ficción. Lo que recibe desde entonces el mismo nombre, son asambleas aún más serviles ante el poder que las ha aparejado que las Cortes de Franco.