La revolución ninguna

El tipo de contrarrevolución que se ha producido en Rusia, nada nuevo por el contenido, lo es en cambio enteramente por la forma. Nadie intuyó que la contrarrevolución se introdujera, después del grandioso Octubre Rojo, por los vericuetos que siguió. Ni siquiera Rosa Luxemburgo quien señaló con mayor tino los defectos de la revolución soviética y los peligros que recelaba el centralismo del partido bolchevique, sospechó que éste mismo sería transformado en su propia negación hasta emplear el marxismo como torniquete detractor de plusvalía. La restauración del viejo armatoste de que hablaba Marx caso de que una revolución fuese incapaz de suprimir el trabajo asalariado, era contemplada como la vuelta del dominio político de la burguesía pre-octubrina, cuando no del zarismo. Incluso al tomar superficie la hez política de la sociedad, ya con el stalinismo, los mejores hombre vieron en éste el introductor cierto del viejo tipo de reacción, no una contrarrevolución sui generis.

Esa equivocación, con todas las excusas que tenía dada la situación mundial y la inexperiencia de grandes trastornos sociales, se reveló preñada de consecuencias tan graves como diversas. La peor de ellas en lo inmediato fue la reducción de los dirigentes comunistas a siervos siempre prosternados ante un Kremlin que se alejaba del proletariado a marchas forzadas. La aparente continuidad del poder en Rusia, adormeció conciencias que ya no se despertarían sino envilecidas hasta la traición y el crimen. Esa contrahechura costó la vida a la revolución mundial, que fue aldabonando país tras país entre 1918 y 1936. En nombre de una revolución rusa suprimida hasta el último vestigio antes de finalizar el decenio 20, los partidos ya stalinistas actuaban alevosamente contra la revolución doquiera surgía. Lo hicieron con tal eficacia, que a su intervención política, o policíaca, se deben las derrotas sufridas por el proletariado desde 1923, no una ni dos. Sin duda el saldo de los acontecimientos habría sido muy diferente si el stalinismo se hubiese visto en la necesidad de fusilar a Lenin, Trotzky, Bujarin, Rakousky y otros revolucionarios internacionalmente conocidos. Eso habría delimitado campos y permitido, al menos, reagrupar nuevos partidos aptos para el cometido histórico que los de Moscú traicionaban, cosa que durante largos años impidió el error inicial sobre la forma que habría de tomar la contrarrevolución. Todavía en 1926-1928 era tiempo de cortar la propagación al mundo del equívoco existente en el partido ruso desde antes de la muerto de Lenin, y de abrir nuevas perspectivas internacionales, ya que no de salvar la revolución de Octubre. Visto retrospectivamente, hubiera sido necesario rebelar las masas y la base del Partido contra la dirección, asiento del poder ya anti-soviético de hecho. Incluso un intento insurreccional fallido, tal el de Robespierre y los suyos el 9 thermidor del año II, hubiese alertado al mundo sobre el fin de la revolución y quitado a Moscú la influencia que aun sigue pagando tan caro el proletariado.

Pero ninguna de las dos personalidades mas fuertes de aquella revolución vio tal necesidad. Más bien al contrario, pues si pensaron en ella la descartaron temiendo dar pábulo a la vieja reacción. El Testamento Político de Lenin no vería la luz en Rusia, pero la razón principal de su ocultación era la denuncia de la deslealtad de Stalin y la proposición de destituirlo como secretario general. Las restantes consideraciones y medidas políticas propuestas en él, yerran. En el mejor de los casos hubiesen enlentecido, no impedido ni puesto en evidencia lo que vino a ser la contrarrevolución. Repite Lenin que la base del poder revolucionario era la alianza del proletariado y los campesinos, cuando la tal alianza había sido desbaratada en detrimento de las dos clases, que ya no desempeñaban papel alguno en los soviets, atenazados, ni en los principales organismos. Lenin mismo lo había dicho muy claro bastante antes. Por otra parte, creyendo conveniente evitar la escisión del Partido, latente, a nivel de la dirección, entre Trotzky y Stalin, el moribundo revolucionario recomienda doblar el número de miembros del Comité Central. Ahora bien, la realidad de la estructura política, a espaldas del proletariado y los campesinos, puestos al margen en silencio, desde las secretarías, era la alianza todavía agachona, pero bien anudada por múltiples beneficios mutuos y vínculos personales, entre los nuevos señores burocráticos y los antiguos estratos rectores procedentes del zarismo. En tales condiciones la ruptura entre revolucionarios y termidorianos habría sido, a todo evento, lo menos perjudicial. Por motivos comparativamente triviales había empujado Lenin, a principios de siglo, a la escisión de tan fecundo porvenir entre bolcheviques y mencheviques. A su vez Trotzky, viendo debilitarse su posición en el consejo de Comisarios del pueblo y en la dirección del Partido a medida que Lenin se acercaba a la muerte, movido sin duda por el consejo principal del Testamento, se retrajo ante la mayoría stalinizante hasta aceptar su disciplina en la ocultación del documento y en decisiones derechistas. El propio Trotzky ha referido cuantos sacrificios políticos y personales hubo de consentir para evitar la lucha y la escisión. Mientras tanto los termidorianos, a quienes no interesaba la unidad sino sobre su política de marcha atrás, iban expulsando de sus posiciones a los revolucionarios y circundando a Trotzky hasta destituirlo del Comisariado de guerra. Al caer éstos en cuenta su asedio era total. La dominación del aparato político-estatal por los acólitos de Stalin era hasta tal punto completa, que cuando el hombre que había organizado la toma del poder en 1917, la victoria sobre los diversos ejércitos reaccionarios, dirigente tan popular como Lenin, quiso revolverse y atacar, no halló otro medio de publicar su Plataforma de la Oposición que tirar algunos ejemplares a multicopista, como cualquier grupo incipiente en la clandestinidad.

A los termidorianos, ideas y hombres revolucionarios ya no les interesaban sino para azuzarles la policía, de manera que cuando Trotzky es puesto ante la Comisión de control, sus jueces, desentendiéndose de las divergencias políticas sobre la actualidad y el porvenir del proletariado, le lanzan una acusación falsa, del género calumnioso e imbécil que llegaría a ser inseparable del terror stalinista. La vigorosa respuesta de Trotzky, sin duda alguna la declaración más lúcida de aquellos años, evidencia que a la fracción stalinista no le repugnaba encarnar el termidor. Pese a todo, él lo veía como un peligro más o menos inminente, como algo que amagaba pero inconsumado todavía. Tal retraso en justipreciar la realidad político-social lo reconoció Trotzky años después, en el opúsculo Termidor y bonapartismo. Sin embargo, nunca fue recuperado por completo, falla cuyas malas consecuencias siguen haciéndose sentir diariamente. Si el peor resultado del tipo particular de contrarrevolución que es la stalinista consistió, en lo inmediato, en la perversión de los partidos comunistas, en lo mediato repercutió incapacitando a la mayoría de sus propios opositores para el renuevo teórico indispensable a la formación de otros partidos. Ahí siguen todavía atascados en sus ritos, como privados de sus cinco sentidos, cuantos grupos, díganse o no trotzkistas, no han sabido desprenderse del error básico de Trotzky, que es también el de Lenin, y de lo que implica como táctica. Se me puede reprochar no tener en cuenta, en el proceso de luchas internas que abocó a la victoria de la contrarrevolución, lo dicho por la llamada Oposición obrera, cronológicamente anterior a la oposición trotzkista. Es que no hay razón para exaltarla hoy, como hacen algunos grupos de Inglaterra y Francia. Se trataba fundamentalmente de una oposición de la burocracia sindical, no ciertamente mejor que la del partido, cuyo propósito era suplantar a éste en la gestión del capital y del trabajo asalariado. Por eso sus principales dirigentes hallaron pronto acomodo en la contrarrevolución. En cambio, habrá que desenterrar un día de los archivos de la policía las Tesis sobre la contrarrevolución stalinista redactadas en la prisión de Suzdal antes de 1930, y las de la minoría trotzkista deportada en Verkneural, sobre el capitalismo de Estado, cuya existencia reveló Victor Serge en S’il est minuit dans le siècle.

El primer error de Lenin y de Trotzky, de donde se desprende luego la posición del segundo, consiste en no haber recurrido a las masas contra la dirección del partido y contra el poder. Pretendían regenerar uno y otro desde dentro, valiéndose de una discusión política que en la práctica la burocracia resolvía con ukases administrativos, cuando no a pistoletazos en los calabozos. Los revolucionarios fueron el primer y único enemigo real del stalinismo. En efecto, desde antes de la deportación de Trotzky a Alma-Ata empezó el trastrueque de hombres en comités y organismos de todo género que también Victor Serge, testigo presencial, ha descrito. Los reaccionarios y popes volvían de Siberia para ocupar puestos de mando, mientras quienes los habían desempeñado a partir de 1917 eran enviados a la cárcel o a la deportación, donde perecerían por millares, aun antes de su exterminio sistemático, entre 1936 y 1940. El partido ante cuya escisión reculaban los más puros revolucionarios desencadenó sobre éstos una represión incomparablemente más feroz que la del zarismo.

Al mismo tiempo que Trotzky admitía haberse equivocado no identificando en la victoria del stalinismo el termidor, sino tan sólo una amenaza de él, definía esta fase del poder ruso, en el folleto referido, como bonapartismo, frente al cual ya no era válida la política de reforma, requiriéndose a partir de entonces (la complicidad de Moscú en la subida de Hitler al poder) toda una revolución política para enderezar la situación. Por primera vez, Trotzky y la oposición admitían la necesidad de organizar el proletariado contra el partido y poder rusos, hasta la insurrección armada. El paso adelante era considerable, pero dado en una dirección en que el pie no podía encontrar apoyo. En problemas de trascendencia histórica las cortapisas nublan el objetivo a alcanzar y esterilizan cualquier actividad proletaria. Dejando en revolución política la futura sublevación del proletariado contra el stalinismo se fijaba un objetivo peor que errado, irrealizable, y se quitaba a las masas los motivos de rebeldía más importantes, los de la lucha contra la explotación del trabajo asalariado, no sólo contra sus formas extremas, introducidas por el stalinismo, y lo que era no menos importante, por la disolución del aparato represivo.

La terminología de la revolución francesa era adecuada para ilustrar la regresión política en Rusia, a condición, sin embargo, de no aplicar el paralelo a lo social, pues siendo radicalmente diferente tenía que impregnar lo que se llama termidor y bonapartismo de consecuencias desemejantes en un caso y otro. El decreto convencional del 9 termidor expulsó del poder al Comité de Salud Pública robespierrista y con él a las capas sociales que habían sido su apoyo. Ahora bien, esas capas sociales se situaban todas a la izquierda de la burguesía. Sin su intervención y empuje en la acción de todos los días, forzando a menudo las decisiones de la Convención, la revolución democrático-burguesa de 1789-93 jamás habría sido tan radical y paradigmática. Su continuidad en el poder hacía planear una amenaza sobre la propiedad capitalista, cuyo libre desarrollo era el contenido histórico de los trastornos sobrevenidos. Termidor puso fin a la intervención política de las capas sociales ajenas a la burguesía y el bonapartismo consolidó el reino de ésta. No en balde el código Napoleón se convirtió en arquetipo del derecho capitalista. Pero el primero vociferaba hipócritamente en lenguaje jacobino, mientras el otro ostentaba la pompa y el conservantismo de los poseyentes desembarazados de trabas a izquierda y conciliantes con la antigua derecha.

Así también el termidor ruso, todavía cuando Stalin se convirtió en señor absoluto, hablaba el lenguaje de 1917 y valido del bolchevismo suprimió hasta el último vestigio de poder obrero y atrailló en el trabajo a las masas hasta constituirse en potencia capitalista ávida de expansión como las primeras de entre ellas. Mas en semejante proceso, el contenido histórico de la revolución rusa, a la inversa de lo ocurrido en Francia, lejos de sobrevivir siquiera maltrecho, fue destrozado. Es sin lugar a duda el mayor error en toda la vida del gran revolucionario que fue León Trotzky haber afirmado que el bonapartismo stalinista se veía obligado a defender y desarrollar las bases económicas de la revolución, a semejanza de lo que el imperio napoleónico hizo con la propiedad burguesa. Extremando su equivocación, creyó que en caso de guerra la burocracia omnipotente no podría dejar de hacer concesiones al proletariado, que darían pie a éste para recuperar el poder. Lo contrario fue lo que se produjo, y el asesinato de Trotzky, en 1940, por un mercenario de Stalin, anunció una nueva oleada de terror anti-proletario en Rusia. Durante la guerra, un obrero no podía trasladarse de un barrio a otro de la misma ciudad sin un salvo conducto especial. En los campos de concentración eran liquidados cuantos de cerca o de lejos podían contribuir a la rebelión de las masas.

El punto falso de tal error que a tantos sigue maltrayendo, consiste en homologar capital nacionalizado y cometido histórico de la revolución. Verdad que el poder bolchevique decretó la nacionalización, pero aún más verdad que lo históricamente latente en él era muy distinto. Puede citarse al propio Trotzky diciendo, en polémica con el stalinismo, que la propiedad nacionalizada no es todavía la propiedad socialista. El adverbio es elocuentísimo. Se insinúa en él, quizás involuntariamente, lo característico de la revolución de Octubre, empezada como revolución permanente (democrático-burguesa hecha por el proletariado) que debía convertirse en socialista. Empero, una vez impedida esa conversión por el saldo negativo de la lucha de clases que origina la victoria del stalinismo, la nacionalización se redujo a una centralización del capital sobre la cual operaría luego a mansalva la contrarrevolución. Así pues, lo que el poder burocrático ha preservado es la forma de capital de los instrumentos de producción y el trabajo asalariado, no unas bases económicas de la revolución social que jamás pasaron de proyecto. La puesta en manos de la sociedad de los instrumentos de producción y de todas las fuentes de riqueza, cometido histórico de nuestra época, nada tiene que ver con la estatización de los mismos.

El socialismo nunca fue otra cosa en la ex-URSS que un símbolo representado por el poder de los soviets y en su seno el de los revolucionarios. De ahí que la contrarrevolución pudiese alcanzar sus objetivos mediante una retrogresión política, desembarazándose de los soviets y matando o corrompiendo a los revolucionarios. El terror contra éstos fue tremendo, pero las estructuras de capital y salario, lejos de necesitar cambio componían, precisamente por virtud de su centralización, el caldo de cultivo ideal para una contrarrevolución germinada en el seno del partido bolchevique. La experiencia lo ha demostrado a saciedad y desbordado de Rusia a otros países.

La creencia de que una nueva revolución en Rusia necesita ser sólo política, ha sido siempre un desatino. Hoy contribuye a hacer el juego del stalinismo en todo el mundo, y mañana, cuando el proletariado ruso pase a la acción, se revelará sin equívoco una idea reformista cual la de la antigua social-democracia respecto del capitalismo clásico. La contrarrevolución pudo ser tan sólo política porque la revolución no alcanzó el grado de transformación socialista de producción y distribución.

Es conveniente precisar. En el supuesto de que algo sucediese en Rusia que se automotejase revolución política, ¿cuál sería su obra? Admitamos, como el caso más favorable a ella, que resurgiesen los soviets de 1905 y 1917. Puesto que éstos por sí solos son el terreno de libre expresión de los trabajadores, cuya orientación buena o mala la dan las tendencias en ellos mayoritarias, los secuaces de la revolución política se esforzarían en convencerles de no desbaratar todas las estructuras y superestructuras actuales, las económicas y políticas tanto como las policíacas, militares y judiciales. Y si se encontrasen en el poder, caso no improbable, con el señuelo de la revolución política echarían mano de la coerción para impedir que los soviets y el proletariado por su propia mano pasasen a la obra. Cada posición política tiene su lógica y sus imperativos. La máxima medida por ellos consentida sería cierta libertad política. Tal vez se verían también en la necesidad de disolver la policía, hacia la cual apuntan odios que se revelarán incontenibles, pero no prescindirían de cualquier otra policía profesional. El ejército se contentarían con reformarlo, y so capa de defensa de la revolución contra el imperialismo -estribillo usado- conservarían las industrias de guerra, incluyendo las atómicas. La economía seguiría funcionando, independientemente de las concesiones que se consintiesen a los obreros, como capital que emplea mano de obra asalariada, punto sine qua non de la pretensa revolución política. En fin, el partido stalinista, centro de la contrarrevolución, alma del sistema policíaco, principalísimo embolsador de la plusvalía, sería, a todo tirar, muy reformado, disuelto no, o bien, si las masas impusieran la disolución, cual en la Hungría de 1956, sería una ficción marrullera para ganar tiempo y reconstituirlo. De cualquier manera que fuere, sin desintegrar todas las instituciones actuales, sin entregar los instrumentos de trabajo, más lo que hoy es capital líquido y plusvalía a los trabajadores en escala local, regional e internacional, burocracia, policía y ejército recuperarían el poder. En suma, la mentada revolución política es la revolución ninguna, irrealizable por carencia de bases históricas.

El ejército y la policía, que se confunden con el partido dictador y juntos constituyen la trinca estatal, son los más numerosos del mundo proporcionalmente a la población, quizás con excepción de China actualmente. Ni su amplitud numérica ni su función represiva y de defensa nacional se comprenden salvo como instrumento preservador de intereses reaccionarios, por ser el trabajo trabajo explotado y los instrumentos de producción capital, riqueza creada por la población, pero ajena a ella, como en todas partes. Ahora bien, acabar con el trabajo asalariado restituyendo los instrumentos de trabajo y cultura a la sociedad, no a Estado alguno, es la necesidad histórica urgente de nuestra época y el cometido del proletariado. Acometiendo tal empeño, las masas derruirán de arriba abajo las bandas de hombres armados profesionales que encarnan el Estado de la contrarrevolución stalinista. Y eso bastará para que del partido inspirador no quede vestigio. Esa revolución será incomparablemente más profunda que la de 1917 . Será la revolución social, y si se produjese en Rusia antes que en otros países, no sólo volverá a conmover el mundo, sino que lo cambiará pronta, radicalmente.

La óptica de la revolución permanente, que prestó el inmenso servicio de llevar los soviets al poder, siquiera por tiempo limitado, impidió a Lenin ver en la degeneración del poder por él reconocida, la invasión de los termidorianos y retuvo a Trotzky en el error hasta el fin de sus días. A todas luces, la revolución política, en la medida máxima concebible, fue la de 1917, cuya inmanencia socialista, rechazada, se transformó en la catástrofe que ha sido la contrarrevolución en torno al capitalismo de Estado. Los errores de los maestros son a menudo escollos de naufragio para los discípulos, cuando no pretexto de oportunismo interesado. Pero no se puede hoy hacer responsables a Lenin y a Trotzky de las necedades en que incurren tantos grupos trotzkistas, ni de las inepcias y debilidades de otros, trotzkistas o no. Los mejores de esos grupos siguen apegados a la táctica bolchevique, adaptada con mayor o menor fidelidad, pero siempre en vano, pues las tareas actuales y el ámbito del proletariado han cambiado tanto que en determinados aspectos son lo opuesto del período 1917-1937. Con todo, lo más exasperante a fuerza de ser estúpido es la derivación que la idea de la revolución permanente ha encontrado, y no sólo en los adeptos de la revolución ninguna. Cuando no nos hablan de revolución permanente en China, Cuba, Argelia, Ghana e Indonesia hasta ayer, Vietnam, Egipto incluso, es la mayoría de las veces por el prejuicio de no parecer trotzkistas; sin embargo, quienes tal afirman dicen lo mismo que los Pablo, Posadas, y otros Frank-Maytan apellidando revolución colonial o doble revolución (sobreentendido: democrática a transformarse en socialista) lo que sucede en los mentados países.

Tenemos ahí sin duda el último de los resultados nefastos del decurso cazurro de la reacción rusa. Donde el proletariado no ha tenido el poder ni las armas ni aun por corto tiempo, no puede existir siquiera intención revolucionaria por parte de los gobernantes. Los Mao Tse-Tung, los Nasser y los Castro no han empezado donde los bolcheviques en 1917, sino donde terminó el stalinismo. Son condottieri afortunados del siglo XX; su acción no procede de las necesidades históricas humanas, sino del bandidaje inter-imperialista. Sus medidas son de capitalismo estatal o tendentes a él y causan sobre el proletariado mundial efecto contrario al de Octubre rojo: lo desmoralizan, le quitan confianza en sí mismo como sujeto histórico inmediato, lo empujan a actividades ajenas a las órdenes de otros condottieri, lo aborregan en lugar de educarlo y sublevarlo. Que ellos se permitan usurpar la designación de revolucionarios, poco original es después de Mussolini, Stalin, Hitler, Franco. Pero, que les den su aval, siquiera crítico, quienes se dicen enemigos del stalinismo, es prueba de que en el fondo sufren su influencia deletérea. El mal producido por la contrarrevolución habrá ido así hasta el extremo máximo imaginable, desvirtuando el pensamiento de gran parte de sus adversarios, quitándoles valía como fermento de nuevas luchas proletarias. Se trata en verdad, en la mayoría de los casos, de hombres resignados que han renunciado a sí mismos. La organización del proletariado en todos los países se formará por fuerza al margen de ellos y elaborará sus ideas rompiendo sin duelo con cuanto se ha revelado rito y tabú. Uno de los tabúes más peligrosos es la idea de que los países atrasados seguirán la huella de 1917. La revolución permanente debe ser amputada de su primera parte. Ha de empezar de lleno con medidas socialistas o al socialismo tendentes, no en tareas de una revolución democrática hoy quimérica, pero de cuya apariencia sacarán siempre partido los enemigos del proletariado.

La vieja polémica sobre la naturaleza de la revolución en los países que no habían tenido su 1789, ha sido zanjada definitivamente -¡a que costo!- por el malhadado destino de la revolución rusa.

Junio 1966.

G. Munis