Léxico de la truhanería política contemporánea, comparado con el léxico revolucionario

Cincuenta años de falsificación ideológica y terminológica por Moscú, a lo cual Pekín añade ahora otras falsificaciones suyas, hacen necesario contraponer el valor de las palabras revolucionarias al que en realidad tienen en boca de la ralea stalinista.

Países socialistas

Acepción truhanesca

Aquellos en que el capital, estatizado, explota el proletariado a mansalva, sin que éste conserve siquiera la libertad de rechazar el precio que le ofrece aquél por su capacidad de trabajo, ni otra libertad cualquiera, sea de huelga, de palabra, de asociación o de simple desplazamiento.

Acepción Revolucionaria

Aquellos países, inexistentes hoy, donde la función productiva se efectúe sin trabajo asalariado y las mercancías dejen de serlo para convertirse en productos adquisibles sin equivalente. La venta de la capacidad de trabajo supone por sí sola la existencia de un capital comprador, mientras que la relación capital-salariato presupone, no puede dejar de presuponer, la explotación del último. La prueba de la supresión del capitalismo es la supresión del trabajo asalariado.

Dictadura del proletariado

Acepción truhanesca

Despotismo policíaco, militarista y burocrático, enderezado contra la revolución proletaria en el interior y en el extranjero. Estado-partido del capital supremamente centralizado en que el poder es ejercicio, sin control ni responsabilidad, por un puñado de dirigentes todoterroristas y todopoderosos. Históricamente, su origen es la destrucción de la revolución de 1917 y el exterminio de sus protagonistas. Es una dictadura sobre el proletariado.

Acepción Revolucionaria

Gobierno del proletariado basado en su propio armamento, previo desmantelamiento de los cuerpos represivos capitalistas, en la gestión obrera de la economía, y de la distribución del producto social del trabajo. Realiza así la supresión del trabajo asalariado, y como resultado de ella la desaparición de las clases y del Estado. Es, por tanto, la más completa democracia, no ya en derecho, sino de hecho. Con la dictadura del proletariado empezará a regir el primero y más importante de los Derechos del Hombre: el derecho de vivir y realizarse cada persona sin tener que vender su capacidad de trabajo y creación, ni que comprar o vender los productos de una y otra. Segundo derecho a garantizar, el derecho de insurrección contra toda tentativa de vuelta atrás. Por medio del proletariado la humanidad entra en posesión de sí misma, iniciándose una civilización enteramente nueva.

Internacionalismo

Acepción truhanesca

Sometimiento a los intereses económicos y militares del capitalismo ruso, por su parte de aquellos países en los cuales los Estados Unidos le cedieron la preponderancia como su parte de botín de guerra. Cuando amenaza escapar, el botín es recuperado de nuevo por la invasión militar y el terror policíaco: Berlín-este 1953, Hungría 1956, Checoslovaquia 1968. Por extensión, reclutamiento o leva paramilitar llevada a efecto por los secuaces de Moscú socolor anti-imperialista a fin de aventajar los intereses rusos en los preparativos de la tercera guerra imperialista mundial, así como en las guerras subimperialistas locales tipo Vietnam. Idem respecto de China tratándose de truhanes de obediencia pekinesa. Moscú y Pekín llaman internacionalismo las mismas acciones y actitudes que denuncian como imperialismo tratándose de Estados Unidos.

Acepción Revolucionaria

Solidaridad del proletariado mundial como unidad frente al capitalismo internacional. Solidaridad tanto en las ideas como en los hechos, dirigida contra la nación y el patriotismo en primer término, países coloniales incluidos. No puede existir interés superior al del proletariado mundial, ni siquiera el de un país donde la revolución hubiese triunfado. Los internacionalistas combaten con igual saña a los dos bandos contendientes en las guerras imperialistas locales (Vietnam) tanto como en las guerras de carácter mundial, y señalan como traficantes de carne humana a los respectivos parciales y propagandistas. Proponen y se esfuerzan en organizar la acción de los explotados, en el frente y en la retaguardia, contra sus respectivos gobiernos y mandos militares. Toda defensa nacional -incluso en su grado de resistencia - encubre la explotación y la opresión. El enemigo inmediato está, para cada proletariado, en su propio país; hostilizarlo al máximo es condición para desencadenar la lucha del proletariado en otros países y emprender, unidos, la destrucción del capitalismo en todo el mundo. Por ende, los internacionalistas rechazan como reaccionario el lema: No ingerencia en los asuntos interiores de un país. Está destinado a impedir la solidaridad y la acción colectiva del proletariado en los diversos países, mientras que auspicia la ingerencia económica constante de las grandes potencias en los asuntos de las pequeñas y acarrea a menudo su intervención militar: guerras locales, invasión del Tibet, de Santo Domingo, de Hungría y Checoslovaquia, de Cuba, más el comercio gigantesco de armas. El proletariado de cualquier país tiene, más que el derecho, la obligación de intervenir en las luchas del proletariado de cualquier otro país.

La acción internacionalista decisiva hoy, la que reclamamos los revolucionarios, es la del proletariado de Estados Unidos, de Rusia y de China frente a sus respectivos explotadores. Ella desencadenaría la rebelión en los dos bloques militares y pondría por obra el objetivo más vital inmediato para la humanidad; la supresión de ejércitos, de policías, de producción de guerra, de las fronteras y del trabajo asalariado.

Revisionismo

Acepción truhanesca de introducción china.

La negativa o la resistencia del Estado-partido ruso a favorecer los negocios, la expansión territorial y la estrategia del Estado-partido chino. En cuestiones de preparativos bélicos, la escasa disposición de Rusia a batirse con los Estados Unidos para que China emerja como primera potencia. Por extensión, política de partidos que prefieren Moscú en lugar de Pekín como metrópoli imperialista. Históricamente, la acusación de revisionismo acudió a la mente esteposa de Mao Tse-Tung al darse cuenta de que 1º: Rusia se negaba a darle armas atómicas o siquiera a proteger con ellas sus ambiciones militares en Formosa, la India, Birmania, etc.; 2º: De que la ayuda técnica y económica comportaba el designio de mantener a China como potencia inferior, y subordinada, a Rusia; 3º: De que, de la enorme plusvalía arrancada a los trabajadores chinos, las condiciones de la ayuda rusa le restaban mayor parte de la que perdería comerciando y tecniceando con los países del bloque americano.

Acepción Revolucionaria

Idea de diversos teóricos de la social-democracia tocante a la evolución del capitalismo (Bernstein, Hilferding, Bauer, etc.) y al establecimiento de la sociedad socialista. Así llamado porque reconsideraba o revisaba lo expuesto por Marx al mismo respecto. Según él, y dicho en resumen, el capitalismo tenía ante sí un desarrollo económico y democrático amplísimo, que consentiría al proletariado, sin revolución, dentro del juego de la democracia burguesa, ir ganando posiciones y aventajando su condición económica, hasta realizar el socialismo. Se trata de la evolución opuesta a la revolución, de las reformas progresivas opuestas a las medidas tajantes consecutivas a una revolución a salto en el desarrollo. Revisionismo y reformismo son sinónimos, si bien la última voz es la más adecuada para designar la concepción de los mencionados teóricos. El reformismo vino a ser el concepto superior y casi único de la Segunda Internacional, cuyos partidos, en el intervalo de las dos grandes guerras mundiales, fueron abandonado de hecho la pretensión de alcanzar el socialismo para transformarse en simples partidos demócratas burgueses, buenos administradores de los negocios capitalistas, según admitió León Blum antes de morir.

Hoy, el reformismo político y el oportunismo anejo a él son inexistentes, al menos en calidad de teoría elaborada. El stalinismo, sea pro-Moscú o pro-Pekín, no es reformista ni oportunista, pues su meta es la instauración del capitalismo de Estado y la dictadura policíaca ya reinante en más de un tercio del planeta. Lo que aparece en la actualidad como reformismo y oportunismo, en la práctica, sin elaboración alguna, es el trotzkismo en sus diversos matices y hasta el anarquismo. En efecto, cuando no pretenden reformar los regímenes stalinistas se sitúan deliberada o involuntariamente bajo su zona de influencia en política internacional y en cuestiones reivindicativas y sindicales.

Dogmatismo

Acepción truhanesca

Término aplicado por Moscú a la política de Pekín tan falsamente como el revisionismo aplicado por Pekín a Moscú. No significa sino aquello en que China lesiona los intereses nacional-imperialistas rusos. En su estructura económica no menos que en su organización política, Rusia y China son el original y su copia. Lo que con verdad pueda decirse de uno de los dos países corresponde también al otro, aunque tal vez haga falta cambiar el signo patriotero. Se trata en ambos casos de estafadores políticos, siempre preocupados de encubrir su verdadera naturaleza y la de sus sucias querellas con terminología tomada al movimiento revolucionario. Ni una sola de las posiciones defendidas por China, ninguno de los pensamientos de Mao Tse-Tung tienen carácter dogmático, a menos de entender por tal la obligatoriedad en que están sus súbditos de jalearlos y reverenciarlo como genialidades.

Concepción Revolucionaria

Dogmas son las afirmaciones que la iglesia presenta como revelaciones de Dios, por lo tanto indiscutibles e inalterables. En sentido figurado, el movimiento revolucionario emplea la voz dogmatismo para designar el apego a puntos de vista y análisis superados por evolución de la sociedad y de la lucha de clases. Por ejemplo, sería dogmatismo atenerse en todo a lo dicho por cualquiera de los principales teóricos revolucionarios o a los lineamientos de la revolución rusa, lo que hoy no hacen, o mejor dicho, no creen hacer, sino tendencias trotskizantes, anarquizantes y bordiguistas. El pensamiento revolucionario es radicalmente opuesto a cualquier dogmatismo y por lo tanto la ortodoxia le es ajena.

Transición pacífica al socialismo

Acepción truhanesca

Triquiñuela política inventada por Stalin después de haberse repartido el mundo con Roosevelt y Churchill, a fin de que el capitalismo occidental aceptase a los partidos pseudo-comunistas en calidad de auxiliares de confianza. No se trata de la concepción reformista antes citada, sino de un simple aserto cuya única justificación es la existencia de Rusia como gran potencia... Eso revela su carácter de maniobra para-militar de largo alcance, a producir sus efectos cuando el potencial bélico ruso consiga superar al americano. Empero, la transición misma no sería en ningún caso al socialismo, sino al capitalismo de Estado, según ha ocurrido en Europa oriental. El proletariado pasaría tan sólo de la explotación por diversos monopolios a la de un monopolio único gubernamental, con sede central en Moscú. El Partido-Estado chino y su gobierno respaldaron desde el primer momento el señuelo de la transición pacífica y su concomitante, el de convivencia pacífica.

Concepción Revolucionaria

La que se consiguiere efectuar sin lucha armada, pero poniendo por obra las mismas medidas que una revolución: poder, armas y economía al proletariado, pues la ausencia de lucha no significa que el socialismo haya de alcanzarse evolutivamente a partir de la sociedad capitalista. Marx habló en su tiempo de dicha posibilidad para el proletariado inglés, pero debido a la inexistencia de un ejército, de una policía y de una burocracia fuertes. Ha dejado de ser así incluso en Inglaterra. Y como la primera medida de la revolución es desembarazarse del aparato estatal que preside a la explotación, la única forma de efectuar la revolución sin lucha armada sería una descomposición tan acusada de los cuerpos represivos existentes, que el proletariado no encontrase resistencia al acometer la toma de poder. Hoy que los partidos stalinistas y los sindicatos forman una segunda línea de defensa del capital (están en la primera allí donde gobiernan aquéllos), la posibilidad de acabar pacíficamente con la sociedad de explotación parece punto menos que quimérica.

Planificación

Acepción truhanesca

Dirección totalitaria de las relaciones entre capital y trabajo, entre producción y distribución. No sólo conserva el trabajo asalariado, sino que lo rebaja y encarnece en grado mayor que el capitalismo liberal, mediante un procedimiento draconiano de destajos, primas, pluses, bonificaciones, jerarquías, multas y castigos penales por faltas de asistencia, delaciones, vigilancia policíaca y otros procedimientos complementarios jamás vistos antes. El todo con objeto de agrandar la plusvalía o parte de la riqueza creada por el trabajo que se embolsa el capital, a costa de una disminución proporcional de la parte de los obreros, o sea del salario. De la plusvalía dispone a discreción la alta dirección económico-política, que transforma una parte en nuevas inversiones, según conviene a sus intereses de explotación nacional e internacional, vale decir a sus exigencias imperialistas actuales o en proyecto, mientras otra parte no inferior a la consumida por los privilegiados de cualquier país, se la distribuyen según jerarquía los beneficiarios y sirvientes del Estado-partido, el capitalista colectivo. La economía entera gira pues en torno a los intereses del capital aún más deliberadamente que tratándose de múltiples iniciativas de capitalistas individuales. El proletariado continúa siendo clase desposeída; sin otro recurso que la venta de su fuerza de trabajo, ni otra capacidad de consumo y cultura que la resultante del producto de esa venta. A notar que planificadores rusos y chinos vienen a aprender en las escuelas del capitalismo occidental, pues planea unos y otros la no satisfacción de las exigencias humanas.

Acepción revolucionaria

Funcionamiento y gestión completa de la producción y de la distribución por la sociedad como un todo, representada al principio de la revolución por la clase trabajadora, el cese de cuya explotación conlleva a corto plazo la desaparición de las clases, por lo tanto de la propia clase obrera. No puede existir planificación socialista sin quebrantar desde el primer momento la ley del valor, base económica general y nutrición cotidiana del edificio capitalista mundial. Esa ley arranca del trabajo asalariado y repercute luego de mil maneras y en todos los niveles, sin excluir los niveles intelectual, científico, artístico. Así pues, la producción sin trabajo asalariado y la distribución de los productos sin relación con lo que hoy es valor del mismo, constituye el primer requisito de la planificación y el punto de partida de la futura sociedad comunista. En su ausencia puede imponerse a la población un plan de producción capitalista, pero no habrá planificación. Aquel supone hartar las necesidades del capital, ésta las del trabajo, las de cada persona. Aquel produce para vender; ésta para dar, abriéndose así campo de desarrollo económico y cultural ilimitado. En fin, la planificación ha de suprimir también la representación universal del valor capitalista: el dinero. Semejante economía requiere la participación directa y enteramente libre de todos y cada uno de los hombres, sin imposiciones de nadie, de ningún organismo, bajo ningún pretexto. Sociedad e individuo no se contraponen sino allí donde la mayoría de éstos se ven explotados y oprimidos. El socialismo parte de la satisfacción y la libertad de cada individuo como criterio del interés general de la sociedad.

Democracia popular

Acepción truhanesca

Nombre colgado a los regímenes impuestos en Europa por el ejército y la alta burocracia capitalista rusos, o bien establecidos en Yugoslavia y China al calor de la victoria del imperialismo yankee-ruso-británico sobre el imperialismo nazi, cuando no como resultado de los regateos interbloques post-bélicos (Vietnam norteño, Cuba), pero siempre bajo férula ideo-económica moscovita. Desde el principio, y muy a sabiendas, el nombre, democracia, y el calificativo, popular, fueron ensamblados para hacer antífrasis, como de consumo tratándose de la copiosa terminología-anzuelo stalinista. En ninguno de los países así llamados puede descubrirse atisbo alguno de democracia, siquiera en su escuálida forma burguesa, mientras que la clase trabajadora, metida a barrisco dentro de la borrosa designación de pueblo, padece un despotismo económico, político y cultural aún más totalitario que el de los regímenes anteriores. Ni por su estructura económica ni por su superestructura política se distinguen dichos países de lo existente en Rusia. Tampoco se distinguen por sus orígenes, al contrario de lo que pretenden determinados definidores auto-deformados, pues el origen de lo existente en Rusia no es la revolución de 1917, sino la contrarrevolución stalinista, y el desbordamiento de ésta, no sin auxilio yanqui, es lo que da la similitud mencionada. En ninguno de estos países ha habido cambio de sistema social, sí de régimen, pasándose del capitalismo privado al capitalismo estatal, del gobierno burgués al de la burocracia capitalista, a la cual se integró la burguesía. Si no les fue conferido el rango de democracia socialista, débese a que Rusia reservaba para sí tal título honorífico, a fin de colocarse como superior jerárquico. Las pretensas democracias populares son de hecho y antes que nada, el botín de guerra del Kremlin, glacis militar y coto de explotación imperialista a la vez. Les es imposible escapar a tal condición sin buscar amparo mercantil -y militar si llega el caso- en el Bloque americano; es el caso de Yugoeslavia y recientemente de China. Y están en condiciones de hacerlo sin alterar lo más mínimo su organización económico-política, demostración inconcusa, entre otras, de la uniformidad de sistema de explotación del hombre entre ellos, los Estados Unidos y Rusia indistintamente.

Acepción revolucionaria

No tiene. Unicamente en la terminología capitalista puede encontrarse semejante designación, aplicada a regímenes políticos y parlamentarios que reconocen en derecho y respetan de hecho las libertades individuales, de prensa, partidos, manifestación etc., pero sobre la base social de la explotación del trabajo asalariado por el capital. En el mejor de los casos, popular no puede significar más que de izquierda burguesa, en otros términos, los métodos menos brutales de dominación del proletariado por sus gobernantes y explotadores. Ahora bien, los métodos reinantes en las pretendidas democracias populares entran de lleno en la categoría de los más brutales. Mobutu ha proclamado en el Congo la República Popular, con falsía digna -y copiada- de los Mao Tse-Tung, los Castro y demás Kadar.

Marxismo-leninismo

Acepción truhanesca, común a los ramales ruso y chino

La versión real de esa burlería es: marxismo-leninismo-stalinismo, y su contenido único lo da el último término, no por silenciado desde el XX Congreso de la casta dictatorial rusa menos presente en dichos y hechos de la misma, clientela internacional incluida. Mas el stalinismo no es una teoría, tampoco un añadido a una teoría preexistente, ni tan siquiera un empirismo sociológico o político en exploración de algo. Es completamente ajeno a toda teoría, pensamiento o investigación. Aparece históricamente en cuanto la revolución de 1917 ceja su previsto andar permanente hacia el socialismo y la revolución mundial, aún antes de aupar al individuo que le daría su nombre. A partir de ahí, es el hecho consumado o de la muerte de la revolución o a la inversa, la vida y la afirmación constante de la contrarrevolución burocrático-capitalista, la salvaguarda de cuyos intereses determina en cada instante su política interior y exterior, y sus argumentos. Sin darse cuenta, Zinovief esbozaba una definición certera del stalinismo cuando decía a Leon Trotzky:

Usted combate a Stalin con ideas, pero lo que interesa a Stalin no es refutar sus ideas, sino hacerle saltar a usted la tapa de los sesos.

Millones de hombres asesinados a pistoletazos en todas las Lubiankas rusas o enviados a la muerte en Siberia, la calumnia vertida sobre ellos a torrentes publicitarios, la revolución rusa machacada, la revolución mundial deliberadamente llevada a la derrota; en nombre de ese marxismo-leninismo, pero de hecho en defensa de la nueva casta explotadora stalinista, habló ésta de socialismo en un sólo país, impidió la victoria del proletariado chino en 1925-26, dejó fríamente que Hitler subiese al poder, destruyó con sus propias bofias la revolución española, se alió enseguida a Hitler, le suministró material de guerra y materias primas, recibió de él los Estados Bálticos y la mitad de Polonia, se alió después con el imperialismo más fuerte del Globo, con el cual se reparte la explotación y el dominio político de la humanidad, y con cuya complicidad reprime todas las insurrecciones y luchas habidas en su zona. El acuerdo de Postdam estipula ya que los firmantes, Rusia y Estados Unidos principalmente, salen garantes de la conservación del orden en el mundo. El recorrido del stalinismo ha sido: del embuste sobre el socialismo en un sólo país, al socialismo en ninguno. Tal es su naturaleza, mero practicismo contrarrevolucionario, tras el cual no existe otra cosa que la acumulación ampliada del capital por una casta centralizada, privilegista y despótica cual nunca lo fuera la burguesía. Y bien, en ese practicismo neoreaccionario y asesino están incursos, sin excepción, cuantos han actuado y escrito para el stalinismo dentro y fuera de Rusia, y por mucho que se hayan embozado en retórica filosófica, existencialista, economista, o en glosas de Marx y de Lenin. Jamás ha existido contrarrevolución guiada por otro principio cualquiera haya sido su palabrería encubridora, pero la stalinista da ciento y raya a las peores, no sólo por su monstruosa falsificación invocando el socialismo, sino, ante todo, porque su continuidad exige impedir la revolución de las revoluciones del género humano, la revolución comunista. El stalinismo no es otra cosa que eso, vivo o muerto el personaje. Todas las mentiras, todos los servilismos, todas las crueldades, todas las hipocresías, en una palabra, todas las alienaciones causadas por milenios de explotación son utilizados por él, se confabulan y extreman en él para cerrar el paso a la revolución. El marxismo-leninismo, con guión o sin él, representa en la fórmula completa, en argumentos y hechos, lo que la momia de Lenin respecto del régimen: mero estandarte procesional engañabobos, algo así como el socialismo alemán y la invocación de Nietzsche para el Tercer Reich (Véase la voz, desestalinización).

Acepción revolucionaria

El leninismo no existe como visión particular del mundo o de la lucha de clases. Lenin se consideraba discípulo de Marx y nunca pretendió haberle enmendado la plana o aportado algo nuevo a sus desarrollos teóricos. Aciertos y errores en parangón, no puede decirse de Lenin, como de Trotzky, sino que fue uno de los más grandes revolucionarios contemporáneos. Los inventores de un leninismo son los representantes de la tendencia contrarrevolucionaria, y no sin aviesas intenciones, dirigidas por entonces contra la oposición de Izquierda encabezada por Trotzky, andando los años contra el proletariado mundial. El stalinismo ha pretendido cargar a espaldas de Lenin, como originalidad marxista-leninista, la idea de una dictadura de partido único, sin fracciones ni discusión ideológica internas, en una palabra, totalitario. Fue esa una de sus primeras falsificaciones. En efecto, el preámbulo de la ley que suprimía los demás partidos y las fracciones dentro del bolchevique, escrito por Lenin mismo, nunca publicado por sus embalsamadores, declara sin ambages que no se trata de un principio revolucionario, sino de un expediente provisional a que se veía forzado el poder debido a lo precario de su situación. Era signo de debilidad, no de fuerza. Verdad que la medida sirvió sobre todo, en convergencia con la nueva economía mercantil (NEP), para concitar todos los anhelos conservadores y concentrar el poder en manos de los futuros contrarrevolucionarios, todavía agazapados en la sombra. No por ello debe atribuirse a Lenin la paternidad orgánica de la contrarrevolución. De cualquier manera que se juzgue su obra, él no pretendía otra cosa que aplicar el marxismo, atinase o errase... Se trata pues de poner en claro lo que ha de entenderse por marxismo.

Antes que nada es menester negar la existencia de una doctrina que pueda llamarse marxista. Marx sentía horror por cualquier cuerpo de doctrina, por avanzado que se pretendiese y su obra es la refutación incesante de todo sistema, filosófico o político. Sería, en efecto, imposible una interpretación dialéctica, o sea revolucionaria, del mundo exterior y de la historia, si no fueran ambos entre sí y cada uno dentro de sí, cambiantes, unidad y contradicción al mismo tiempo, estabilidad y mutación. Las llamadas leyes dialécticas mismas no pueden escapar a la alteración y al cambio, ni aún siquiera, en la infinitud del tiempo, la entropía del Universo, su estado energético, lo más perenne que se conozca. Así pues, únicamente como sinónimo de revolucionario y para facilidad terminológica, puede hablarse de un marxismo, en manera alguna como sistema acabado a parafrasear y a utilizar como la geometría euclidiana.

Filosófica, económica o política: la obra entera de Marx -y la de Engels- tiende a aprehender los factores objetivos y subjetivos que actúan en la historia modificándose recíprocamente, sin que la hegemonía motriz entre ambas esté equilibrada siempre, ni siempre incline del mismo lado; de ahí una de las primeras afirmaciones: Las revoluciones son las locomotoras de la historia. Ahora bien, no habría existido una sóla revolución sin consciencia más o menos neta de lo que había de hacerse, a despecho de que ésta haya estado representada, no por la consciencia del Hombre, sino de una clase en su seno. Ese marxismo proclama la necesidad de una revolución comunista, no como desideratum, no como ideal a alcanzar, sino como resultado de la propia obra económico-cultural de la humanidad, en su fase capitalista. Tampoco como resultado obligatorio o automático de dicha obra, sino de la acción revolucionaria que sobre ella puede ejercer la clase que el capital explota. La reivindicación: abolición del trabajo asalariado, resume toda la obra de Marx, es el motor de la revolución comunista, la clave única de la desaparición del capitalismo y de la realización de una civilización nueva, sin clases y sin Estado. Los falsarios de Moscú y de Pekín que mantienen el trabajo asalariado incluso bajo formas draconianas, están no menos alejados de lo revolucionario, de lo que cabe llamar marxismo, que los patronos de choque de Occidente. Sus socaliñas sobre la misión socialista del Estado están directamente emparentadas con las de Hitler, que también se prevalía de Hegel en ese aspecto. Para Marx, sobre todo después de la Commune de París, para quien quiera haya desgranado la revolución rusa y comprendido la contrarrevolución stalinista, el Estado, particularmente en su postrer aleteo de Estado obrero, no tiene que desempeñar misión económica alguna. La organización de la fuerza post-revolucionaria impropiamente dicha Estado obrero, ha de cejar y desaparecer como consecuencia directa de la supresión de la ley capitalista del valor, o bien recupera su tradicional función de Estado opresor y explotador de la mayoría por una minoría. Lo que ha sido resultado de milenios de esclavitud y crímenes de toda suerte, está excluido que se transforme en tabla de salvación.

Autocrítica

Acepción truhanesca

Confesión laica de culpas y delitos falsos, impuesta por la coacción y el terror policíaco a los críticos y adversarios del stalinismo. La historia humana no registra nada tan repulsivo y abyecto como ese procedimiento políticoterrorista, ni siquiera los procedimientos de la inquisición. La oposición expresa o tácita al poder existente (que estaba haciendo la contrarrevolución) no era combatida con ideas y menos debatida en público. Se detenía a los culpables, se les torturaba física y moralmente, a ellos y a sus familias, durante meses, durante años si fuera necesario, hasta hacerles confesar que estaban en el error, que la razón asistía a sus esbirros y ante todo al primero de ellos, el gran, el genial Stalin. En los casos leves el culpable conseguía, prostituyéndose así, ser reintegrado a las filas del Partido-Estado, siquiera en categoría rebajada. En la mayoría, que constituye no decenas ni centenares de miles, sino millones de casos, la confesión, llamada autocrítica, servía, a lo sumo, para ir a morir de trabajo forzado a Siberia.

El pináculo de esa vastísima cuanto sangrienta represión -indescriptible sea numéricamente, sea por su sevicia o por su alcance reaccionario- lo constituyen las grandes falsificaciones procesales de Moscú, de 1936 a 1938. Hombres prestigiosos de 1917, compañeros de Lenin y de Trotzky, fueron puestos en condiciones de admitir que trabajaban para Hitler (o para el gobierno americano, según las alianzas del Kremlin) sin otra finalidad que abatir la patria del socialismo y la persona misma de Stalin, el padre de los pueblos. Esos procesos, en que actuaba de fiscal una antiguo aliado de los gobiernos blancos que combatieron la revolución, Vichinsky, eran ensayados como piezas de teatro, hasta conseguir los efectos que se proponía la alta canalla dirigente.

El procedimiento es inseparable del stalinismo, que lo ha exportado a cuantos países domina. En China es aplicado añadiéndole a menudo otro trazo odioso. Las víctimas deben recitar, ante asambleas especialmente agenciadas al efecto, las culpas y crímenes que se les atribuyen y loar la justicia y la clarividencia de sus verdugos, siendo luego ejecutadas en medio de ovaciones. Es ésta la aprobación entusiástica por las multitudes, que el gobierno ruso organiza, mediante campañas nacionales político-policíacas, pidiendo condenas y ejecuciones. Se trata siempre de una síntesis de la ley de Lynch antaño practicaba en Estados Unidos socolor de justicia popular (sobre todo contra los negros) y de las ahorcaduras en los campos de concentración de Hitler, en presencia de los demás detenidos y con música de Wagner. Los propios dictadores de bolsillo cubano y albanés han satisfecho sus instintos y confortado su poder con esa clase de autos de fe stalinistas. En resumen, la autocrítica y su prolongación, la confesión de crímenes inventados, ha servido y continúa sirviendo al stalinismo para mandar al cementerio a los revolucionarios, cubriéndolos de lodo. Más tarde, el procedimiento fue utilizado contra los propios cómplices renuentes del stalinismo. Todo ese terrorismo, la falsificación de ideas e historia de la revolución, más la perversión planificada de las mentes por la prensa, la radio, la televisión, la literatura, la cinematografía, y hasta por la pintura y la música, sin olvidar los ejercicios espirituales sui generis que son en tales condiciones las asambleas políticas y sindicales, forman la superestructura intelectual de la contrarrevolución stalinista, del capitalismo de Estado1.

Acepción truhanesca

En la medida en que cabe emplear la palabra autocrítica, no significa otra cosa que la reflexión de una persona sobre su propia actuación e ideas, reflexión no impuesta ni hecha a petición, lo que implica falsedad, sino espontánea, surgente del libre albedrío de cada uno y siempre sin consecuencias represivas. Cualquier revolucionario, cualquier persona honrada se hace esa crítica a lo largo de su vida, según su capacidad introspectiva. Está contenida en lo que se llama experiencia, sin que lo nieguen las experiencias negativas, reaccionarias o criminales, de las que no cabe tratar aquí. Zinovief hacía su propia crítica cuando declaraba en privado: Los dos grandes errores de mi vida son, haberme opuesto a la insurrección de Octubre y haber apoyado a Stalin contra Trotzky; pero mentía, extenuado por la tortura, cuando, ante el verdugo predilecto de Stalin, el blanco Vichinsky, declaraba, ya con tenue voz de enterrado vivo, ser una sabandija inmunda movida por Hitler contra el genial Stalin, los dos próximos aliados.

Desestalinización

Acepción truhanesca

Chanchullo demagógico de la alta burocracia rusa, enderezado a descargar sobre el cadáver de Stalin su propia responsabilidad en los incontables crímenes políticos y de sangre perpetrados en vida de él. Sabiéndose odiada en todo el ámbito de su imperio, la casta dictatorial quiso aprovechar la muerte del primer dictador para bienquistarse la población, o siquiera para aplacar su odio. Así lo reconocía explícitamente Khrutchef al declarar que la denuncia de Stalin se había hecho indispensable para colmar el enorme foso abierto entre la clase trabajadora y el Partido. Este gobierna y se impone en todas partes, sí, pero rodeado de sorda hostilidad, de una oposición general que aun sin articulación orgánica ni rumbo político definido resta eficacia, (cuando no los echa por tierra) a los planes económicos y proyectos gubernamentales. Poniendo el terror policíaco permanente, origen de tal oposición, a cuenta personal de Stalin, sus cómplices y sucesores creían paliar sus graves dificultades.

La denuncia de Stalin es del característico burdo estilo stalinista, tanto por su enorme falacia, cuanto por la explicación del terrorismo ofrecida por los denunciadores. Tampoco podía ser de otro modo, porque el stalinismo no es el sujeto Stalin, ni las violaciones de la legalidad soviética, menos aún el culto de la personalidad, que vale tanto como decir: el Demonio. No, el stalinismo es precisamente, más allá de violaciones y abusos, la mismísima legalidad dicha soviética23. Fue impuesta ella al mismo paso que la contrarrevolución iba consolidándose en forma de capitalismo de Estado y es la expresión jurídica de éste. De ahí que ningún acto, ninguna palabra dicha por cualquier representante de ese régimen-o por sus allegados en el mundo- pueda ser otra cosa que acto y palabra stalinista, sin que importe el antifaz elegido. El propio deshonroso servilismo con que toda la alta y la baja burocracia ensalzó el Jefe, rampó y se revolcó a sus pies, es también requerimiento del régimen, su efluvio espiritual. Se trata de las relaciones humanas que se desprenden de la estructura ecónomico-política y de la legalidad de la contrarrevolución.

Ni uno solo de los crímenes de Stalin habría existido, si no hubiesen correspondido a los intereses presentes y necesidades futuras del régimen, del conjunto de los individuos que lo implantaban privilegiándose tanto y más de la nobleza y la burguesía antiguas. Se trata pues de crímenes de la contrarrevolución stalinista, no sólo de quien la encabezaba. Y el mayor de esos crímenes, cual queda dicho en el apartado correspondiente publicado en el número anterior de Alarma4, es la destrucción de todas las tentativas de revolución mundial, empezando por la de Rusia y terminando por la de España. De ahí se desprenden todos los demás, incluyendo la falsificación sistemática de historia e ideas.

No puede haber otra explicación materialista. Lejos de ella, la burocracia continuadora de la contrarrevolución su obra colectiva, se muestra incapaz de decir otra cosa que sandeces sobre los abusos, las violaciones o los errores personales de Stalin. En cambio, lo ensalza siempre por su obra social, por lo más criminal de todo, por aquello mismo que es origen de las deportaciones a Siberia por decenas de millones, de los asesinatos por decenas de miles, de los abyectos procesos de Moscú y otros, de la explotación redoblada y el encadenamiento total del proletariado, en suma, de la reaccionaria legalidad rusa.

Lo mismo explica que los métodos de Stalin no hayan desaparecido en ningún momento, ni el terror, ni las acusaciones falsas contra opositores activos o pasivos, ni aún las violaciones de la legalidad. La burocracia no ha conseguido establecer, siquiera entre sí, relaciones de seguridad, cual reinan entre los privilegiados de otros despotismos, por ejemplo el franquista. Continúa siendo un despotismo asiático sobre la base del gran capital industrial.

El chanchullo de la destalinización ha servido al menos para dar ánimo a todos los opositores, que cada vez alzan más la voz; por otra parte, cosa no menos importante, ha servido para poner en evidencia mejor que nunca la despreciable calidad del hombre stalinista. Los mismos individuos que al sólo nombre de Stalin entraban en trance delirante, que le juraban fidelidad personal y presentaban los más horrendos crímenes de su reinado como medidas de salud para la humanidad, han aplaudido a sus acusadores, han acusado ellos mismos y arrojan sobre su genio muerto la inmundicia de que son coautores y que llevan metida hasta el tuétano. Mañana aplaudirán a cualquier hipotética restalinización. La contrarrevolución no podía engendrar criaturas menos viles.

En fin, si la obra general del stalinismo se caracteriza por un retroceso prolongado de la revolución mundial y una prostitución de las consciencias particularmente acusada en Rusia y sus calcomanías, hasta China y Cuba, como reacción frente a él se está gestando una ofensiva revolucionaria gigantesca. A ningún caso mejor que al suyo conviene el dicho: En la historia como en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida.

Acepción revolucionaria

Es muy simple. La resume, haciendo superfluo cualquier añadido, la última declaración escrita de Natalia Sedova-Trotzky:

El terror policíaco y las calumnias de Stalin no eran sino el aspecto político de una lucha a muerte contra revolución llevada al efecto por el conjunto de la burocracia, no se puede pues esperar el restablecimiento de toda la verdad sino del aniquilamiento de esa burocracia por la clase obrera que ella ha reducido a la esclavitud (...) Cualquier destalinizacón revelará ser un señuelo; si no llega hasta la toma del poder por el proletariado y la disolución de las instituciones policíacas, políticas, militares y económicas, base de la contrarrevolución que ha instaurado el capitalismo de Estado stalinista.

Autogestión

Acepción truhanesca

Fue introducida por Tito, con la doble intención de superar el estancamiento de la economía yugoslava y de dar el pego sobre la naturaleza de la misma al proletariado mundial. Ha conocido después cierta boga en países como Argelia y hasta en Rusia. También ha recogido, como reivindicación y proyecto, el beneplácito de ciertos grupos europeos dichos izquierdistas. La voz refiérese a la autogestión de cada empresa de por sí, con limitaciones silenciadas por sus defensores, algunas de las cuales se indicarán a continuación.

Antes es menester precisar que la autogestión en sentido estricto e irresticto es como la prosa que monsieur Jourdain hablaba sin saberlo. De igual modo, los messieurs Jourdain pululantes hoy en política, ignoran que ante sus cinco sentidos tienen tantos ejemplos de autogestión como empresas de propiedad individual, burguesa, perciban. Asimismo las empresas por acciones siempre que no estén financieramente dominadas por bancos o por trusts. Hasta la aparición del gran capital industrial, casi todas las empresas se autogestionaban, eran de ese género que ahora se nos presenta como nuevo; casi como un descubrimiento. En efecto, cada una hacía su propio proyecto de producción (plan), coordinaba sus diversos aspectos, vigilaba su ejecución en el proceso de trabajo, colocaba en el mercado sus productos, distribuía la plusvalía resultante según conviniese al ciclo de producción siguiente. La empresa, personificada en el capitalista propietario, era dueña de reinvertir, atesorar o despilfarrar los beneficios.

La autogestión de los truhanes políticos actuales lleva impuestas bastantes restricciones. Basta señalar dos de las principales para hacer la luz sobre ella:

  1. Lo que ha de producir una empresa- cantidad y calidad- le está señalado imperativamente o a título indicativo, por una dirección económica (plan) colocada muy por encima de ella;

  2. Los beneficios de todas las empresas los concentra y los utiliza a su albedrío la misma dirección, asignando una parte a cada empresa según sus méritos. A su vez, esta última es distribuida, según escalafón de buenos servicios, por la dirección de la empresa, siempre bajo la zarpa del partido único.

¿Por qué pues hablar de autogestión cuando eso basta para hacerla imposible? Sencillamente porque los inventores del procedimiento que el término encubre son estafadores políticos que se presentan como amigos del proletariado siendo de hecho, y en derecho allí donde gobiernan, sus explotadores titulados. Lo que en realidad hace la dirección económica suprema es descargar sobre los trabajadores de cada empresa la responsabilidad de la ejecución de sus decisiones, forzando así la colaboración entre capital y trabajo tan cara a los antiguos reaccionarios, desde Hitler y Mussolini hasta Franco y Papandreu.

El hecho mismo de que se habla de autogestión de las empresas proclama ya la naturaleza capitalista de ellas. En efecto, allí donde existe, cualquier país de que se trate, los obreros se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a los propietarios del capital, instrumentos de trabajo incluidos. El precio que por ella reciben es inferior al valor que su trabajo incorpora a los productos fabricados. La diferencia, la plusvalía, es propiedad de uso y abuso exclusivo de la alta dirección económica. Teniendo en cuenta que tal dirección se confunde con el gobierno dictatorial, que concentra en sus manos el poder policíaco, el judicial y el legislativo, se comprenderá lo que el prefijo auto añade al funcionamiento capitalista de las empresas. Así como el protestantismo pedía a cada cristiano convertirse en su propio sacerdote, el capitalismo de los autogestionistas pide a cada obrero, con todo el peso de sus poderes ilimitados, convertirse en su propio capataz, en su propio cronometrador; le pide erigirse en representante del capital frente a su propia naturaleza y consciencia de hombre explotado.

La paga del obrero se convierte entonces en función de la prosperidad del capital invertido en la empresa, y de su acatamiento o de su desacato de las normas de producción y de disciplina que le son dictadas. Hace más de un siglo que los capitalistas han aprendido a entregar a los trabajadores una parte del salario a fin de balance, título de participación en los beneficios.

Acepción revolucionaria

No tiene, toda autogestión, verdad o embuste, es capitalista. La reclamación revolucionaria es la gestión obrera de la economía (comprendida la distribución) en escala nacional, internacional, mundial. La clase obrera misma, mediante organismos especialmente elegidos al efecto, determina el proyecto de producción o plan, con arreglo a la urgente necesidad histórica de supresión del trabajo asalariado, comienzo obligado de la desaparición del capitalismo y de las clases. Lo que hoy constituye (Estados Unidos, Rusia, China y demás países por igual), la plusvalía o tiempo de trabajo no pagado a los obreros, gratuitamente hecho para el capital, iría entonces, en parte al consumo inmediato, en parte a la creación de nuevas fuentes de producción -que no inversiones de capital-. El todo siempre decidido y estrechamente vigilado por los representantes libremente electos, y en forma que cada individuo o grupo de individuos esté en condiciones de verificar cómo se distribuye el producto social destinado al consumo inmediato y lo que se hace con el producto no consumido.

Estamos ahí a mil leguas de las engañifas verbales, trucos orgánicos, presiones económicas y policíacas de la pretensa autogestión. Entre el capitalismo, cualquier forma que adopte, y la organización del socialismo inmediatamente después de la revolución, las mutaciones que los distinguen son mayores que entre el simio y el hombre. La cadena que mantiene como esclavo al obrero y alienada a la humanidad entera está hecha de trabajo asalariado. No se trata de reforzarla con primas, supuestas participaciones en los beneficios y otros expedientes que obligan al obrero a intensificar su trabajo para ganar algo más, sin que jamás sean dueños de los productos. No, la revolución pone a la clase entera en condiciones de consumir más, sin venta de su fuerza de trabajo, así como de aumentar la producción reduciendo el tiempo a ella consagrado. Las aplicaciones técnicas pueden llegar ya hasta la automación completa de todos los procesos de producción no directamente sujetos al ciclo anual agrícola. No hay revolución allí donde el hombre no es dueño de su trabajo y por consecuencia de los productos del mismo.

Anti-imperialismo

Acepción truhanesca

Empieza allí donde termina lo revolucionario. Su capa de lucha contra un imperialismo, por lo general el yankee, actúa en pro de otro, por lo general el ruso, pero también puede ser el chino u otros. Históricamente, esa designación aparece como residuo inmediato de la victoria del stalinismo en Rusia, que la suscitó como tendencia pseudo-revolucionaria, y la costeó, entre guerra y guerra. Inaugura oficialmente una política de potencia capitalista en medio de otras más fuertes, que con el tiempo y la abundante ayuda de Estados Unidos, consentiría a Rusia adquirir el puesto de segunda potencia imperialista.

No es la primera vez, ni mucho menos, que un país ya establecido como imperialista o con tendencia a ello, habla, actúa y contribuye a la lucha armamental contra otros países cuya dominación económica o territorial codicia. En los albores del capitalismo, esa fué la pugna de Francia e Inglaterrra contra España en los mares, en Europa y en América. La misma Inglaterra y Estados Unidos, por entonces en posición de aspirante similar a la que hoy ocupa China, apoyaron con armas y con retórica propagandística la independencia de toda América Latina, dentro de la cual sería pronto dominante el imperialismo británico. Contra éste, a su vez, azuzó la lucha Estados Unidos, que a finales de siglo declararía la guerra a España y en nombre de la libertad y de la soberanía nacional arramplaría con Filipinas y Cuba. El propio Hitler se alzaba indignado contra las plutocracias que se habían repartido el mundo sin dejar lote a Alemania, lo que le valió la simpatía de casi todos los nacionalistas, desde Perón hasta Suekarno, pasando por los líderes árabes. Todavía en estos años hemos visto a Francia, apenas relevada militamente en Indochina por el ejército yankee, entonar su copla anti-imperialista. En suma, el anti-imperialismo no es sino un aspecto de la contienda inter-imperialista. Llegada ésta al estallido de la guerra mundial, aquél se encuentra de rondón absorbido por uno de los dos bandos.

Lo que distingue a los anti-imperialistas de hogaño es su charlatanismo revolucionario, junto a una esclavitud total respecto de intereses, nociones y métodos del capitalismo decadente y corrompido hasta la fetidez. Pretenden constituir naciones soberanas y grandes, lo que fue obra del capitalismo ascendente, siendo lo urgente hoy acabar con las fronteras y hundir en el pasado todas las grandezas nacionales; se enorgullecen de su patria como cualquier burgués obtuso, siendo el patriotismo uno de los peores tóxicos de la vieja reacción, a descuajar de las consciencias alienadas; proyectan industrializar estatizando la economía -a lo que llaman socialismo- y en cuanto llegan al poder establecen métodos de trabajo y explotación aún más duros que los de sus antecesores; en suma, hablan de revolución mientras representan una nueva reacción. Fallan incluso en aquello en que son sinceros, si bien atardados de más de un siglo: la aspiración de construir una nación independiente. No pueden desarrollar su industrialización capitalista, ni siquiera hacerla vivotear, más que agachando las orejas ante el poderío imperialista ocidental u oriental.

Romper ese poderío es una imposibilidad física, a menos de saldar la contradicción capital-salariato a satisfacción del segundo, única soberanía revolucionaria y dintel de la soberanía de cada persona en una civilización comunista mundial. Pero los señores anti-imperialistas pertenecen al polo capital de dicha contradicción. Lo único que tienen latitud de hacer es canalizar hacia otras cajas imperialistas la plusvalía arrancada a los trabajadores de sus países, descontada la que ellos se apropian. Aun así, la potencia económica internacional del capitalismo más fuerte, el de los Estados Unidos, recupera por mil vericuetos parte de la plusvalía absorbida por terceros, aún tratándose de Rusia o de China. Los señores anti-imperialistas no pueden pasar de la condición de encomenderos del gran capital mundial. Pero mucho antes de llegar a esos resultados, aún sin alcanzarlos, ya han prestado al imperialismo del dólar por una parte, al de la contrarrevolución ruso-china por otra, el para ellos más preciado de todos los servicios: el de rechazar la lucha de la clase proletaria internacional, adoptando la lucha entre capitalismos. Amigos o enemigos, entre truhanes queda el juego.

Acepción revolucionaria

No existe en sentido estricto, pues los trabajadores de cada país, incluyendo los más saqueados por un imperialismo, tienen como enemigo de clase inmediato a sus explotadores compatriotas, a través de los cuales únicamente pueden hacer mella en el capital imperialista y suscitar la acción del proletariado de los países explotadores del mismo. Es la lucha del mundo trabajador contra el capital nacional e internacional la que, derrocando éste, acabará con el imperialismo. Los revolucionarios deben despojarse de todo atributo nacional, sacudirse como una basura las taras del patriotismo, a fin de hallarse en condiciones de organizar la rebeldía de los asalariados doquiera sea, cualquier uniforme los aliste.

Toda lucha nacional es reaccionaria. Colonias o metrópolis, Rusia o Estados Unidos, los explotados deben tener por objetivo inmediato universal el combate por la toma del poder, la expropriación del capital privado o estatal, la socialización internacional de producción y consumo

declara Pro Segundo Manifiesto Comunista de Fomento Obrero Revolucionario.

Así planteado el problema en sus términos de clase (no tiene otros) los anti-imperialistas aparecen de cuerpo entero como embaucadores, soldados voluntarios o mercenarios de otro imperialismo y pioneros de una tercera guerra mundial. No empece que parte de ellos sean, a su vez, embaucados. De todos modos, uno de los primeros deberes es ponerlos en la picota como enemigos de clase del proletariado. Quienes no cumplen ese deber arrumban, cuando no traicionan de lleno, el principio inconmovible: Contra la guerra imperialista, guerra civil.

Cuanto pueda redargüirse con textos de Lenin, Trotzky o la Tercera Internacional, es mera tergiversación exegética. Independientemente de los yerros en que dichos textos han incurrido -no por cierto el de la emasculación anti-imperialista-, los datos o coordenadas que les servían de orientación no tienen hoy validez, han cambiado o desaparecido. Las coordenadas de que debe partir el pensamiento revolucionario en la actualidad son las siguientes:

  1. El sistema de producción capitalista, con su distribución basada en la venta de mercancías, perfora todas las fronteras y aprieta sin cesar las amarras que sujetan los débiles a los fuertes. Pero hace del mundo una sola entidad económica, a partir de la cual debe elaborarse el proyecto revolucionario.

  2. El ciclo de la civilización capitalista está cerrado y sus resultados materiales son sobradamente amplios para acometer la revolución social en cualquier parte.

  3. El crecimiento industrial de los países atrasados es siempre muy inferior al de los países adelantados, sin que en ningún caso eso consienta hablar de desarrollo de la civilización capitalista, ni de emancipación de los primeros por relación a los segundos. La concesión formal de la independencia no da siquiera por resultado un debilitamiento del poderío imperialista, saldo político importante con que contaban las resoluciones de los tres primeros congresos de la IIIª Internacional.

  4. Los revolucionarios de los países atrasados deben basar su táctica y estrategia contando con el desarrollo económico actual y posible de los países más industrializados. Deben apuntar, no a la independencia nacional, objetivo reaccionario, sino a la unidad de una economía socialista a establecer en todos los continentes.

  5. Los revolucionarios deben comportarse como si el mundo entero fuese un solo país.

  6. Toda lucha nacional es por ende ajena a las exigencias de la revolución comunista mundial, es contrapuesta a ella.

Guerra de guerrillas

Acepción truhanesca

Prolongación militar de la política de potencia capitalista puesta en juego por Moscú en son antiimperialista o anti-fascista, cual queda definido en el título anterior. La introducción de ese cambio o mutación regresiva tuvo lugar solapadamente, como la propia transformación de la revolución rusa en contrarrevolución. Si ésta ha revelado ser el hecho reaccionario más importante de lo que va de siglo, la guerra de guerrillas ha sido uno de sus instrumentos tácticos preferidos, sobre todo en lugares donde el instrumento estratégico, o sea, el aparato de guerra ruso, no entraba o no podía entrar en actividad. El instrumento está siempre en consonancia con el objetivo histórico. Al objetivo histórico del proletariado, la revolución mundial, corresponde como instrumento la organización de su propia rebelión, a partir de los centros sociales principales, las ciudades. Al objetivo de la contrarrevolución stalinista, el dominio territorial o comercial de otros países, no podían convenir sino métodos militares, pues son tan antitéticos de la lucha de los explotados como adecuados a la de sus explotadores. Bien percadados de ello, los hombres del Kremlin pusieron por primer ensayo en acción a Mao Tse-Tung una vez vencida la revolución proletaria China gracias a ellos y a su entonces íntimo colaborador Chiang Kai-Chek. Todos los practicantes y teorizantes posteriores del procedimiento, desde el mismo Mao Tse-Tung hasta Guevara, pasando por Tito y Giap, son cadetes del Estado Mayor ruso. Así mismo, son función de intereses y de proyectos ajenos a la revolución comunista, las diversas designaciones-camelo que luego han ido dándosele al procedimiento: guerra popular o revolucionaria, cerco de las ciudades por el campo y de los países ricos por los países pobres, guerra de liberación nacional, guerrilla urbana.

Ya Mao Tse-Tung, y en Europa Tito, debieron el poder a la última guerra imperialista; éste gracias a suministros anglonorteamericanos aún más que rusos, aquel a la abstención de Estados Unidos, que previamente reconocieron a Stalin el derecho a extender su influencia en China. Quienquiera se tome la molestia de papelear en las hemerotecas, descubrirá en los periódicos de la época el informe de un embajador itinerante americano aconsejando a su gobierno cortar todo avituallamiento de guerra y financiero a Chiang Kai-Chek, lo que fue hecho. Entonces, el ejército maosetunesco emprendió el paseo militar que la propaganda infló luego hasta convertirlo en larga marcha. Los movimientos guerrilleros y nacionales posteriores, son invariablemente, doquiera hayan ocurrido u ocurran, consecuencia de la guerra imperialista y preparativos de otra.

Las conquistas territoriales y económicas de Rusia son muy importantes, cierto, pero muchísimo más lo son las conquistas de Estados Unidos, que dominan, sin necesidad estricta de ocupación militar, la mayoría de la economía mundial. Aquella ha alcanzado el nivel de gran potencia imperialista, la segunda, pero muy atrás de la superpotencia imperialista representada por Wall Street, el Pentágono y la Casa Blanca. No obstante, los Estados Unidos no tropiezan con otro rival de gran consideración que Rusia.Por mucho que baladren en Pekin sobre la complicidad de ambas potencias, la próxima guerra mundial, si llega a estallar, tendrá lugar entre ellas principalmente. Ahora bien, la desproporción de potencial bélico y económico tan desfavorable a Rusia - sin hablar aquí de sus problemas políticos internos- le imponen una táctica a largo plazo, destinada a menguar aquella quitándole a Estados unidos posiciones estratégicas y económicas. De ahí el apoyo a los movimientos anti-imperialistas, políticos o guerrilleantes, quienquiera los provoque, cuando no su creación artificial y a cuanto represente perjuicio o engorro para el rival. Dentro de ese orden táctico caen hechos tan dispares como el apoyo a Vietnam norteño, a Pakistán y al mundo árabe como conjunto racial, el acuerdo con la política exterior del gaullismo, las componendas políticas y financieras con la Alemania Federal, el protectorado ruso sobre Cuba, la venta de aviones y armas a los militares griegos, el ofrecimiento al Japón de participación económica en la explotación de Siberia (esto apuntando contra China), las cordiales y rentables relaciones con Suharto en Indonesia, etc. Que Rusia y sus partidarios hayan retirado su apoyo a las guerrillas en América Latina (y Castro también) sólo significa que cuenta sacar mayor provecho del anti-americanismo de militares y oligarcas, por el momento al menos. Es lo que está viéndose claro en Bolivia y Perú. De todos modos, nada importante puede acontecer contra el imperialismo del dólar, proceda de gobernantes o de destacamentos armados transformados en ejército, sin que sea captado por Rusia. La propia China que se desgañita queriendo hacer otro tanto, se verá frustrada. Así le escapó Corea del Norte y en el tan adulado heroico Hanoi su voz es menos escuchada que la de Rusia. Puede asegurarse que China no recogerá sino las piltrafas del festín inter-imperialista en la península indochina... a menos que Estados Unidos le haga sitio para contrarrestar la penetración Rusa.

Sólo en el ámbito mundial del forcejeo imperialista y como trabajos de aproches hacia otra guerra, se comprende la aparición y la significación de las guerrillas, así como su transformación en guerras limitadas. Es regla invariable, por no decir Ley del movimiento histórico mismo, que no surjan sino en ausencia de actividad revolucionaria de las masas, o bien inmediatamente después de aplastadas éstas. Mao Tse-Tung emprende sus actividades militares después de que, con su complicidad, fue liquidada la revolución china. En la Grecia de 1944, el stalinista Markos hizo otro tanto después de que su partido colaboró con las tropas inglesas y personalmente con Churchill a ahogar en sangre una insurrección que reclamaba todo el poder para el proletariado. Ho Chi-Minh liquidó armas en mano a la comuna de Hanoi, asesinó a su principal dirigente Tha Thu-tao, pactó luego con las tropas francesas para liquidar en prioridad a los fugitivos de Hanoi, que constituían grupos armados. En Indonesia, Tan Malaka y sus partidarios, que propugnaban la revolución, fueron cercados y asesinados por una coalición de stalinistas y militares encabezada por Suekarno, notorio filofascista. En Argelia no ocurría nada, si no es el descubrimiento de importantes yacimientos petrolíferos cuyo dominio final (¿Occidente, Oriente?) está decidiéndose ahora. En fin, en Cuba, Castro y Guevara se metieron en Sierra Maestra con dinero y propaganda yankee, en completa ausencia de actividad de los explotados y se mostraron incapaces de suscitarla siempre. Fue la huida de Batista, impuesta por el embajador americano, la que desencadenó la huelga general y permitió a Castro una entrada apoteósica en La Habana. Algunos años después, el clamor alegre de la multitud se había transformado en llanto.

El caso de Cuba es sin duda el que mejor corrobora lo dicho arriba. Castro y Guevara no eran hombres de Moscú, sino patriotas ordinarios y como tales burgueses de formación e intención. Sus proyectos democráticos no sobrepasaban los de Batista al principio de su carrera, cuando siendo sargento le echó una mano al poder. Pero quedaron prisioneros de Moscú tan pronto quisieron soltar las andaderas del imperialismo del dólar. Para el Estado Mayor moscovita, su implantación en Cuba tiene una importancia estratégica que sobrepasa con creces a la económica; y a partir de ahí para Estados Unidos también. El recorrido máximo que el guerrillero puede efectuar va de un centro de gravitación imperialista a otro.

Cabe precisar aspectos y condiciones concretas del guerrillero de los que nunca habla su abundante literatura de Far West político. En primer lugar, no existen tales guerrillas en sentido propio (véase la acepción revolucionaria) sino pelotones armados llegados del exterior del país o desde el exterior pertrechados, eso cuando no se trata de ejércitos permanentes. Ejército constituyó desde el primer día Mao Tse-Tung, cubierta la retaguardia por la frontera rusa y a través de la misma avituallado; así también en Argelia, rodeada de países árabes; ejército fue igualmente el de Ho Chih-minh, con la frontera china por respaldo y la orografía tan favorable de la jungla. El contacto de una frontera cómplice es decisivo para las hazañas guerrilleras anti-imperialistas. Permite al ejército de liberación no sólo suministros constantes y a salvo de ataques, sino también refugiarse, al ser atacado, en territorio neutro, para reaparecer cuando le plazca inmarcesible. Sin la condición fronteriza todo se viene abajo, cual ocurrió en Grecia con el ejército de Markos, cuyos santuarios, como se dice ahora, estaban en Yugoslavia. A la ruptura de Tito con Moscú, los libertadores se volatilizaron.

Únicamente en países de reducida extensión territorial, donde una sola batalla puede resultar decisiva, tienen alguna posibilidad de tomar el poder destacamentos militares sin frontera-santuario. De todos modos, su existencia durante largo tiempo requiere recibir armas y municiones del exterior y robar suministros de boca a la población. Esa ha sido la historia nunca narrada de tantos adalides guerrilleantes.

En el propio seno de los destacamentos armados, y cada día peor a medida que se transforman en ejército, las relaciones son de subordinación completa al mando auto-nombrado, con todas las consecuencias de disciplina y represión anejas al militarismo, hasta el derecho de vida o de muerte sobre el soldado raso. El jefe debe ser mirado por sus soldados como un super-hombre. Fabricarle esa aureola es uno de los trucos subjetivos principales del guerrillerismo actual, como puede verificar quienquiera en el vacuo librito de Debray Revolution dans la revolution y hasta en el tono de la carta de Guevara dada a conocer por su jefe seis meses después de desaparecido él. Aunque dicha carta fuera una falsificación, cosa probable, la manera de escribirla delata la arquitectura mental de sus autores. Cuando los trabajadores en revolución toman las armas y combaten establecen entre sí relaciones de militante a militante, no de subordinado a jefe. Así ocurrió en las milicias obreras españolas de 1936 y en toda tropa revolucionaria, desde los cabezas rapadas ingleses.

El reclutamiento de nuevos soldados es capítulo particularmente infame en esa clase de guerra. Guerra en realidad impuesta, los mandos recurren a la violencia y hasta al terror para aumentar sus efectivos. Incluso allí donde han disfrutado de un cierto número de alistamientos voluntarios, tal Argelia de ayer y Vietnam de hoy, completan sus exigencias de carne humana fusil en mano. En Argelia y Vietnam no han retrocedido ante atrocidades de tipo nazi -o stalinista que allá se andan- tomando represalias contra los recalcitrantes y sus familias, contra pueblos y aldeas en conjunto. En territorio francés mismo, el partido de la “liberación” torturó y asesinó a argelinos de otros partidos y hasta a los nuestros que se negaban a darle cotización. El número de argelinos así mandados al cementerio sobrepasa probablemente el de las víctimas de la represión francesa. En Vietnam los métodos de reclutamiento son los mismos.

Por su parte, la llamada la guerrilla urbana es un chillón contrasentido adrede inventado para engatusar. Trátese, sencillamente, del conocido terrorismo tan practicado contra el zarismo y otras tiranías, y en la propia España, en el siglo XIX y principios del XX. La similitud, es sin embargo, de forma, no de fondo. El terrorismo de antaño era practicado por gente de buena fe, intachable, que asestaban sus golpes a los responsables más empingotados de una tiranía; no pretendía imponer su dominio ni se daba aires mesiánicos como el terrorismo urbano actual. Es que, circunscrito éste en todo el esquema de la guerra de guerrillas anti-imperialista, etc., contribuye con plena intención a exacerbar la represión gubernamental y comporta designios arteros, en lo nacional no menos que en lo internacional. Sus golpes de mano, raptos, asaltos, atentados a la bomba, sin nada que ver con problemas del devenir histórico, no causan en la clase obrera movimiento político alguno. En cambio, en sus medios hacen carrera política los trepadores.

Como meta guerrilleril, he aquí lo que nos dice el tan ensalzado Guevara.

La posibilidad del triunfo de las masas populares en América Latina aparece claramente bajo la forma de guerra de guerrillas hecha por un ejército de campesinos, que destruye totalmente la estructura del antiguo mundo colonial.

Tras el absurdo guerra de guerrillas hecha por un ejército, lo que nos ofrece el cerco de las ciudades por el campo, de los países ricos por los pobres, es el pensamiento de Mao Tse-Tung, el balbuceo mediúmnico del de Stalin. A partir de semejante vaciedad, la emancipación del proletariado ya no será obra del proletariado mismo, sino... de los campesinos. Los esclavos del salario, redimidos por el minifundio capitalista. Tal es el descubrimiento teórico de los señores anti-imperialistas.

En realidad no se trata de teoría o principio alguno, reafirmémoslo, sino de una estrategia militar enderezada a transplantar el eje imperialista del mundo de Occidente a Oriente. Los guerrilleantes no prometen el descuartizamiento de los latifundios en minifundios sino para convertirlos luego en propiedad capitalista estatal, igual que las industrias, transformando por consecuencia en asalariados a todos los habitantes del agro. Las estructuras capitalistas, lejos de ser rotas, resultan por tal modo reorganizadas y vigorizadas al máximo. Si, dando suelta a la imaginación, tras los cuatro o cinco Vietnam que Guevara pedía presenciásemos el derrumbamiento del imperialismo americano, veríamos también la plusvalía mundial que hoy fluyó hacia él, cambiar de vertiente rumbo a Rusia... o a China si las vicisitudes entre estos dos se saldasen en ventaja de la segunda.

Acepción revolucionaria

No existe en nuestra época. Cuando la ha tenido en el pasado, fue revolucionaria burguesa. Hoy, en el caso de que el ejército de un país sea desbaratado por el ejército de otro país, instalándose éste como ocupante, la defensa nacional ya no puede hacerse sino adoptando la forma de guerrilla o resistencia nacional. Estas no son pues sino un aspecto irregular y provisional de aquella otra. Ahora bien, la acepción de la defensa nacional ha sido conceptuada siempre por los revolucionarios como una traición, como una deserción al enemigo de clase, no porque su país haya sido vencido y ocupado van a aceptarla en su forma irregular. Junto a un partida en el maquis, en la selva o en la montaña, se practica la misma defensa nacional que alistándose voluntario en el ejército nacional. Extremando el rigor teórico, entre la más incipiente guerrilla y la guerra clásica o termonuclear, la diferencia, por enorme que parezca, es cuantitativa, en modo alguno cualitativa. Y lo cuantitativo se achica hasta desaparecer, teniendo en cuenta que la una puede originar la otra y que le ha servido de avanzadilla en el pasado. Tales fueron la resistencia nacional yugoslava, francesa, italiana, polaca, etc. y el nuevo entendimiento de Mao Tse-Tung y Chiang Kai Chek para luchar contra el invasor japonés y al mismo paso contra la revolución. Mediante esa clase de defensa nacional irregular se llegó a la defensa regular y a la conservación de un capitalismo que ya no tenía derecho a la vida. De ahí viene el atascadero en que se halla metido el proletariado.

Las guerrillas son un método de lucha burgués, compatible con el desarrollo del capitalismo, la independencia nacional y la revolución democrático-burguesa. Ese ha sido su cometido en el pasado, logranselo o no y sin tomar en consideración casos particulares como los chuanes siervos contra la revolución francesa. El caso más típico es el de las guerrillas españolas a partir de 1808, que dieron su nombre al método. Eran al principio (véase lo dicho por Marx en La revolución española) grupos de hombres voluntariamente unidos para acometer acciones sorpresa contra las tropas francesas y se desbandaban después de ellas, volviendo cada hombre a su trabajo cotidiano. En cuanto fueron permanentes y aceptaron subordinación a los ejércitos aliados anglo-españoles, mitigaron su cariz revolucionario. Las llamadas hoy guerrillas no tienen ninguna semejanza con aquellas, no existiendo en nuestra época, en ningún lugar, posibilidad siquiera remota de revolución democrático-burguesa, ni tampoco de independencia nacional, las pseudo-guerrillas hechas ejército si encuentran las facilidades logísticas indispensables, aparecen ante el proletariado, simple y trágicamente, como un aparato bélico conquistador que se le echa encima, y por lo tanto como una fuerza de policía. En tal calidad, y por sus objetivos nacionales e internacionales, los tiranuelos de la guerra popular no tienen otra perspectiva que servir de peones en la reaccionaria contienda entre los bloques imperialistas. Los revolucionarios no deben prestarse, en ningún caso, a tan burdos manejos. Saben que vía Moscú o vía Pekín se entra también en el juego del imperialismo americano, de igual modo que vía Wáshington se entra en el juego de Moscú y de Pekín. Porque la primera preocupación de unos y otros consiste en impedir que la revolución proletaria levante cabeza, condición clave para que ellos puedan disputarse entre sí el dominio económico y policíaco del mundo. El palabreo anti-imperialista conviértese pues en un actuar pro-imperialismo en general, y la demagogia sobre la guerra revolucionaria en un hacer guerra imperialista local.

Concepto muy diferente merecen guerrillas como las que se formaron en España a raíz de la victoria del ejército franquista. No obedecían a designio alevoso alguno ni exhibían pretensiones libertadoras. Fueron, sencillamente, resultado del instinto de conservación. Sus componentes no podían salvar la vida de otro modo. Y cuando, ya finalizando la matanza de 1939-45, el stalinismo trató de utilizarlas para sus finalidades, según el padrón de la resistencia, ya recompuesta en defensa nacional, hizo cuanto pudo para agrandarlas artificialmente y mantenerlas, en lugar de preocuparse de salvar a sus hombres. Introdujo en ellas el veneno de su propia falsía y agravó la ferocidad de la represión franquista. Fue ése uno de los episodios más abominables del stalinismo español, nada parco en ellos.

En fin e independientemente de toda consideración política, las guerrillas no tienen aplicación duradera en las condiciones marciales del mundo. A mayor abundancia tratándose de las pseudo-guerrillas manipuladas por Moscú, Pekín o sus secuaces. La revolución comunista es un proceso de aprendizaje combativo e ideológico de los explotados, que ha de hacerse obligatoriamente en los lugares de trabajo y en relación directa con la supresión del carácter capitalista de los instrumentos de producción, sin nada que ver con la nacionalización de los mismos, cual se ha visto en páginas anteriores. Uno de los primeros aprendizajes en tal dirección, es que Moscú y Pekín representan la faz oriental del enemigo de clase, a combatir con tanta saña como su faz occidental. Las medidas que tomaría una revolución comunista en Rusia o en China no se distinguirían en nada importante y digámoslo alto, sobre todo en nada económico, de las que tomaría en Estados Unidos u otro país cualquiera. Y frente a esa tara, las plegarias sobre una revolución meramente política en Rusia e hijuelas con que nos hace bostezar un trotzkismo sin nervio y de cerebro lavado, son huero bisbiseo reformista.

Socialismo de faz humana

Acepción truhanesca

Última de las cantaletas puestas en circulación por la truhanería política de nuestros días. No puede decirse con certidumbre si procede de sesera stalinista o de alguna de las de sus asociados progresistas occidentales. Es indiferente. Importa destacar, en cambio, que se trata de un reconocimiento explícito de que los regímenes referidos son bestiales. Conoció gran boga durante el corto tiempo en que Dubcek ejerció el poder en Checoslovaquia, tiene partidarios en todo stalinismo gobernante, hasta en Rusia y China,y recoge casi la unanimidad del stalinismo no gobernante. Para aquel es un quite político a poner en juego frente a una acometida del proletariado, para el segundo un excipiente con el que hacer tragar su droga a los trabajadores que desconfían de él, y sobre todo a las organizaciones burguesas que piensan utilizar como peldaños antes de asimilarlas, pues la clase obrera creen poder dominarla, cualquier cosa hagan o digan, por la fuerza del encuadre sindical y policíaco. Ejemplo: con su careta humana, Santiago Carrillo ha alcanzado altura (Carrillo dixit) de un Pacto por la libertad con colaboradores cercanos y exministros del asesino mayor, entre los cuales no es el peor el beatón Ruiz Jiménez. Con su cara real habría tenido que conformarse con algunos buitres desplumados.

Al stalinismo no puede juzgársele por lo que diga, sino por lo que hace estando en el poder. En ningún país por él regido existe la menor libertad, ni para los trabajadores, ni para nadie. La huelga es mucho más difícil y acarrea consecuencias más graves que bajo Franco (caso reciente: Polonia). En la propia Checoslovaquia de Dubcek no existió un solo día libertad para la clase obrera y los revolucionarios no pudieron salir de la clandestinidad. La primavera tan celebrada no dejó brotar nada contrario al capitalismo existente. Los mismos social-demócratas, que tan solo buscaban poder servir al Estado sin miedo a represiones futuras, se vieron contenidos. Y si bien trabajadores y revolucionarios en general se tomaron ciertas libertades, éstas no fueron legales un solo día. La libertad que se consentía era reforzar el dominio tambaleante del Partido. Dubcek y los suyos lo repitieron casi a diario. Lejos de eso, de lo que se trata para la libertad revolucionaria del proletariado, de quienquiera no sea un reaccionario stalinista o clásico, es de derrocar ese partido, su Estado, su capitalismo. Para cortar un desenvolvimiento político que podría haber llegado hasta ahí, invadieron Checoslovaquia las divisiones blindadas rusas.

Acepción revolucionaria

Inexistente. No sólo hay redundancia en decir socialismo de faz humana, o bien socialismo libertario, sino que la redundancia encierra cebo y cepo en boca de cuantos pretenden que el sistema de propiedad en los países del Este sea socialista. Si cualquier día uno de ellos decretase y respetase las libertades llamadas derechos del hombre, no pasaría de ser un sistema capitalista democrático, basado, como todos los otros, en la libertad de explotar el trabajo asalariado. La propiedad socialista, por el contrario, empieza en la supresión de esta última libertad, cuya existencia confiere a los instrumentos de producción su naturaleza capitalista, cualquier rótulo ostente el poder. Todos los amigos del stalinismo esperan dicho día como el de su propia redención, no cierto del yugo de una explotación que no sufren, pero sí de los atropellos, traiciones, crímenes que con aquel han cometido o que han encubierto. De ahí sus éxtasis ante el socialismo de faz humana.

Está excluido que dicho caso se presente. El período histórico que vivimos y la naturaleza estatal del capitalismo oriental vedan allí la existencia estable de democracia capitalista. Podría aparecer, en cambio, como un momento de indecisión entre el embate revolucionario del proletariado, que se halla indudablemente en gestación, y la contrarrevolución gobernante. Desaparecería para recaer en esta última o cediendo el paso a la revolución comunista. La odiosa casta dictatorial no ignora lo dicho; deja por ello subsistir en su seno a los maquillados de humanos, aunque apartándolos, porque mañana, cuando la asedien las masas en rebelión, serán el postrero recurso contra ellas.

El socialismo no tiene por qué justificarse diciéndose de faz humana o humanista. Eso se queda para los jerarcas que están en situación de ejercer sobre los hombres, en el trabajo, en la vida privada y política, un poder coactivo más o menos limitado en derecho o discrecional. El socialismo es muchísimo más que eso; es el hombre desembarazado de todas las trabas sociales y mentales impuestas por otros hombres, es la libertad a partir del primer resuello en la existencia por la igualdad completa de posibilidades, en la imposibilidad de tener que vender la propia fuerza de trabajo y creación para vivir, es el florecimiento de cada individuo por su participación en el o los trabajos de su querer, es la libertad y la democracia convertidas en exigencia funcional de la civilización, es la humanidad en posesión de sus facultades recónditas y alienadas. Como la energía del astro diurno o la aparición de la vida sobre la Tierra, no tiene necesidad de justificarse, ni reconoce Hacedor alguno. Fraude todo lo demás.

G. Munis, junio de 1970


  1. L'Aveu de A. London, libro y film, dan una idea de la técnica policíaca puesta en juego para obtener autocríticas y confesiones. No así de su significación profundamente reaccionaria. London, quien, por otra parte, ha puesto su grano de arena en la derrota de la revolución española y en la falsificación de su historia, no abrió la boca durante los grandes procesos de Moscú y de Checoeslovaquia misma, hasta que le tocó en suerte a él, seide de Stalin y de Rokosky, hacer de sabandija inmunda

  2. Los soviets fueron oficialmente disueltos hace 35 años y desde mucho tiempo antes habían sido anulados como órganos de expresión y de poder proletarios. Nota del autor que aparecía en la publicación por entregas en «Alarma» pero no así en el folleto editado posteriormente como separata, aunque estaba señalada

  3. Se refiere a la Constitución de la URSS aprobada en 1936. Nota del editor

  4. Originalmente este trabajo se publicó por entregas en los números 14, 15, 16 y 17 de Alarma, entre junio de 1970 y abril de 1971. Nota del editor