El Chile de Allende

Breves

Alarma, nº 15, Octubre 1970

El acceso a la presidencia de la república del burgués Allende se revelará no poco importante. No por lo que vaya a hacer en favor de los trabajadores sino por lo que no va a hacer y por lo que hará en contra de ellos. Pero, eso sí, será en nombre de los intereses superiores de la patria y de la industrialización. Allende se dice socialista y dos de sus ministros se dicen comunistas, pero pertenecen al partido que todavía lleva ese nombre. Y son los ministerios encargados de la buena marcha de los asuntos del capital. Va a ocurrir en Chile lo mismo que aconteció en Francia y en Italia cuando participaron en el gobierno los pseudo-comunistas respectivos. Estos impusieron a la clase obrera a la obligación de reconstruir la economía capitalista: Trabájese, trabájese sin reivindicar. La huelga es el arma de los trusts!. En Chile, los pseudocomunistas tendrán que esmerarse aún más, e invocarán como pretexto el forjar una patria industrialmente fuerte, para hacer cara al imperialismo.

Pero el caso es que, por primera vez desde 1948 entran a un gobierno de la órbita americana y precisamente en el momento en que los partidos stalinistas de Europa occidental se desviven por presentarse como demócratas dignos de crédito y confianza por parte de otros demócratas capitalistas, en cuya compañía cuentan volver al poder. En Chile tendrán que sentar un precedente de personas honradas, que no pegan puñaladas por la espalda y que saben cómo imponer al proletario la disciplina requerida por los negocios del capital. En ese aspecto, la constitución del nuevo gobierno chileno adquirirá importancia internacional. Puede estarse seguro de que los stalinistas chilenos no pegarán puñaladas por la espalda sino a los grupos revolucionarios, y a la clase trabajadora en general extrayéndole mayor cantidad de plusvalía. Es precisamente el precedente que se trata de establecer para propiciar en Europa occidental coaliciones como la de Chile.

Alarma, nº 19, Octubre 1971

Desde hace meses, el señor Allende y sus acólitos stalinistas hacen llamamiento tras llamamiento a la intensificación del trabajo y de la producción, al mismo tiempo que a la moderación en las reivindicaciones obreras. Les encolerizan particularmente las expropiacionesde tierras y de fábricas. Las expropiaciones que se hagan, pretenden, han de obedecer a un plan gubernamental. Dentro de la legalidad, Allende quiere organizar, él también, una Asamblea Popular.

Ese lenguaje y esos proyectos son mezcla del conocido lenguaje reaccionario sobre la necesidad de producir más para ganar más (Franco y sus lugartenientes lo han repetido hassta la saciedad) y de el de los neoreaccionarios con sede en Pekín y en Moscú. En efecto, las expropiaciones de fábricas y tierras, hechas por los trabajadores mismos, conceden a estos, acto seguido, la posibilidad de organizar la producción y la distribución de los productos bajo su propia gestión. Ahí empieza el socialismo. Por el contrario, obedeciendo a un plan gubernamental, ya no son otra cosa que expropiaciones de un burgués, de un terrateniente, de una sociedad anónima o de un trust, por el representante supremo del capitalismo, el Estado. Para los obreros y los trabajadores de la tierra, esta última operación no representa sino el paso de un patrón a otro, igual que si la fábrica o la tierra en que trabajan hubiese sido vendida a un capitalista mucho mas fuerte. Y es ley invariable que el crecimiento y la concentración del capital agravan la situación de dependencia de los asalariados. Los trabajadores chilenos no tardarían en sentir esa agravación sobre sus propias costillas si el proyecto stalino-allendista prosperase. En cuanto al otro proyecto, el de Asamblea Popular, no necesitamos repetir lo dicho en este y en el número anterior de Alarma. El deber de los revolucionarios es denunciarlo como una abyecta falsificación y recomendar a los asalariados constituir sus propios órganos de poder eligiéndolos libremente en los lugares de trabajo, asignándoles por meta la disolución del poder existente con todos sus organismos policíacos y militares, y la gestión obrera de producción y distribución.

Alarma, nº 21, 2º trimestre 1972

Con mayor netitud que en otros paises de América Latina, Asia y Africa, está destacándose en Chile la tendencia del sistema social existente hacia el capitalismo de Estado. Es una función nueva de lo que se ha llamado en el movimiento revolucionario ley de desarrollo desigual del capitalismo. Ella hace que, en medio de economías atrasadísimas, a veces en etapa pre-capitalista, medieval o semi-patriarcal, aparezcan algunos centros indusriales modernísimos. Mas la gran industria moderna requiere medios financieros y técnicos tan grandes que no están al alcance de ninguna burguesía nacional en los mencionados países. Unicamente el Estado, concentrando en sí toda o la mayoria de la riqueza, puede hacer inversiones de la magnitud exigida e imponer las coerciones políticas y económicas indispensables para forzar la productividad obrera. La política de nacionalizaciones es pues expresión de las tendencias más centralizadoras del capitalismo, aquellas que intentan realizarla función cumplida por los grandes trusts internacionales en los países avanzados. La rivalidad entre bloques militares propicia la aparición de tales tendencias.

No otra cosa representa el gobierno de Allende. La presencia en él de ministros stalinistas y el apoyo crítico de los pro-chinos (MIR) corrobora lo dicho. Es probable que la tentativa fracase, más que oposición de las tendencias de capitalismo individual, por la hostilidad de las masas trabajadoras que ya están sufriendo las consecuencias de la iniciada concentración del capital. El capitalismo es ya reaccionario globalmente, por mucho que modernice e industrialice países atrasados y países avanzados sin distinción. No se trata de desarrollarlo en ninguna forma, sino acabar con él. La producción, la distribución, el poder político y las armas deben pasar a la clase trabajadora, que no creará una sola fábrica sino para aumentar el consumo disminuyendo el tiempo de trabajo; y aparecerá entonces una industrialización incomparablemente mayor, que libera en lugar de aplastar al hombre.

Alarma, nº 24, 1^er^ trimestre 1973

Hemos dicho en números anteriores de Alarma que el conflicto entre la derecha tradicional y la coalición gobernante no es un conflicto entre explotados y explotadores. Disputan entre si tan sólo por lo que cada bando cree ser la mejor organización y representatividad del capitalismo nacional. Desde que se encuentra en el poder, la coalición populista ha ido confirmando nuestra afirmación, de manera trágica para las masas trabajadoras chilenas. La transición legal hacia lo que Allende con sus stalinistas y sus cristianos llama socialismo, es una derivación del capitalismo privado hacia el capitalismo estatal.

En las industrias nacionalizadas los obreros representan tan poco ahora como antes; ahora como antes se les pide, se les impone siempre que resisten, producir más y reivindicar lo menos posible. La dirección de las industrias estatizadas es confiada en numerosos casos a jefes superiores del ejército, y eso desde antes de que Allende le confiase el mantenimiento del orden y abriese a varios generales las puertas de su gobierno. Según noticias de fines de Enero, el mismo ejército se ocupara en lo sucesivo de la lucha contra el mercado negro y aconsejara al gobierno en asuntos económicos (Le Monde 23—1). El ejército por todas partes, como en plena reacción. Él y la policía han disparado en múltiples casos contra huelguistas industriales y agricolas, así como contra invasores de latifundios. Y mientras los gobernantes hacen a los trabajadores el chantaje de la lucha anti-imperialista en nombre de la cual les piden continuamente sacrificios, el imperialismo americano remite armas al ejército chileno. Será este, en última instancia, el que decida si se llega hasta un capitalismo de Estado más o menos completo o mixto de capitalismo privado. La garantía que él representa, tanto para el gobierno como para Washington, es, de todo en todo una garantía contra la acción revolucionaria de los trabajadores.

Toda comparación entre la situación de Chile y la de España de Febrero a Julio de 1936 es errada y conduce a una interpretación oportunista de lo que esta aconteciendo. En Chile el ejército se presenta como el respaldo de una supuesta acción socialista gubernamental que él sabe ser de concentración capitalista, porque abundan las experiencias mundiaies. Y ninguna organización ha denunciado el hecho como una estafa hecha a los trabajadores. En España los trabajadores veían en el ejército un enemigo a aniquilar, la idea de revolución social estaba muy extendida, siquiera vagamente, y muy concretamente en minorías. Esa oposición causó la insurrección obrera del 19 de Julio que aniquiló al ejército en casi todo el territorio peninsular. Ojalá hiciesen otro tanto con su ejército nacional los trabajadores chilenos. Mientras las masas no vean en el gobierno Allende un enemigo de clase y en el ejército una institución a disolver, estarán a merced de ambos y la situación no tendrá punto de comparación con la de España en 1936. A falta de ello, los trabajadores serán presa de la apatía y la indiferencia, cuando no del asco. Soportarán entonces pasivamente cualquier forma de capitalismo.

Chile: civiles y militares (1973)

Los revolucionarios no deben permitir que su recriminación del poder militar y de la represión en Chile se confunda con la grita hipócrita de unos, que silencian y defienden la represión incesante en zona rusa o en China, ni con las jeremiadas de los oportunistas, que mezclan su voz a la de aquellos después de haberles arrimado el hombro políticamente, y no solo en Chile. La nuestra es una recriminación terminante y completa; porque en nombre de la revolución comunista mundial, es una protesta de clase; la de aquellos, es la de rivales de los militares en el juego del capitalismo mundial y de las grandes potencias. En el caso de los oportunistas, es mauyido mortecino de quienes se encuentran atrapados en el mismo juego.

La represión contra los trabajadores industriales y agrícolas no la han empezado los militares. Existió siempre más o menos, la practicó desde su llegada al poder el gobierno Allende echando mano de los mismos militares además de la policía, y la junta de Pinochet la extrema y la extiende hasta la propia Unión Popular, donde se entreveran pseudo-socialistas, stalinistas y cristianos. Es la represión de la coalición allendista, su política general, la que explica la intervención del ejército y su criminal represión. En las últimas horas de su presidencia y de su vida, Allende incitó a los trabajadores a apoderarse de las fábricas y clamó por su ayuda frente al ejército. Era reconocer que después de tres años de gobierno suyo los trabajadores no tenían conquistas que defender. En efecto hasta entonces, era Allende quién recurría a ejército y policía para desalojarlos de fábricas, minas y tierras ocupadas. Es evidente que la ola de ilusiones suscitada en las masas por la victoria del lider socialista hubiera bastado y sobrado para socializar la propiedad y disolver los cuerpos represivos. Pero los partidarios de la Unión Popular, hasta el MIR pro-chino y trotskizante, tenían por objetivo centralizar el capital nacionalizándolo, no suprimirlo. Buscaban deliberadamente el capitalismo de Estado; en manera alguna la revolución comunista. En tales condiciones, el llamamiento postrero de Allende es comparable en falacia al de Mussolini decretando, ya expulsado de Roma, la república social y el control obrero. En suma, los trabajadores fueron rechazados, desmoralizados y puestos a disposición de cualquier fuerza bruta por la Unión Popular. Habría sido la suya propia caso de no intervenir los militares.

El comunismo como movimiento es una lucha por romper la esclavitud salarial. Nada en absoluto tiene de común con cualquier proyecto de reorganización del capital y del salariato dentro de un país o en el mundo. Cierto, la impostura stalinista, la más vil y amenazante de todos los tiempos, sigue esforzándose en hacer pasar por socialismo el redoblamiento de la esclavitud salarial por el Estado patrono exclusivo. Así la expropiación de la burguesía y de los trusts se hace, no en beneficio del proletariado; de la sociedad, sino de un trust de trusts. La superchería es doble: por tal camino se lleva deliberadamente a término el proceso natural de concentración del capital, y mientras los trabajadores de un país no lo padezcan sobre sus costillas puede hacérseles creer que eso es el camino del socialismo. El lema inconfeso del stalinismo y sus compinches, helo aquí: ¡Viva el Estado patrono, legislador y polizonte absoluto! No otra era la meta de la Unidad Popular chilena.

Implicación importantísima, si no clave de dicha superchería: rinde pingües beneficios económicos, políticos y paramilitares al imperialismo del rublo frente al del dólar. Amparándose en ella ha penetrado Moscú en Asia, en África, en la zona petrolífera del Islam, en Cuba... y en la mente de numerosos intelectuales en todas partes. Eso ha desempeñado un papel considerable en el desenlace de la tragicomedia chilena. El imperialismo yankee no podía permitir que otro país americano, además de Cuba, se le fugase a la órbita rusa. Y por otra parte, ni Allende ni quienquiera, por muy prevenido que esté, podrá hoy despegar de la zona de Wall Street sin ser captado por la zona del Kremlin y a la inversa. Esa hazaña está reservada a la revolución proletaria, comunista de necesidad. No son las nacionalizaciones lo que verdaderamente espanta al gobierno estadounidense, sino, que, una vez efectuadas, pasen a depender comercial, técnica y estratégicamente del imperialismo ruso. Los militares no han andado remisos en declarar que mantendrían las nacionalizaciones de las compañías americanas decretadas por Allende.

Ha intervenido también en el desenlace, no cabe duda, la mentalidad de la pequeña burguesía y de parte de la grande. No sólo no estaban aún maduras para la centralización máxima del capital, sino que, ignorantes y pacatas, tomaban por verdad lo que era mentira, la designación socialista, comunista de los pilares gubernamentales, y por mentira o ardid lo que era verdad: la organización de la economía chilena en capitalismo de Estado. Empero, la motivación decisiva del ataque militar fué la desmoralización del proletariado, día a día ahondada por la política de Allende y compañía. El ejército sabía a ciencia cierta que los trabajadores no opondrían resistencia, no tanto por carecer de armas, cuanto por carecer a la sazón de combatividad. Destruidas las ilusiones del principio por la realidad gubernamental, no veían ya motivo verdadero ni imaginativo de lucha. Para lanzarse a la calle contra el ejército habría hecho falta que por lo menos una fracción importante del proletariado se hubiese organizado, meses antes, en tajante oposición revolucionaria a los falsarios de la Unidad Popular. Pero en ese caso, probablemente habría continuado la colusión social-militar-stalínísta, hasta el choque de ésta con la clase trabajadora en insurrección. Tal era la senda revolucionaria. No hay solidaridad sino ficticia con los trabajadores chilenos, sin mostrar que llevan responsabilidad decisiva en la ferocidad militar, en primer lugar quienes aplaudieron al gobierno Allende, en segundo sus sostenedores críticos. En cada hombre ejecutado, en cada torturado, en cada encarcelado, se percibe la marca de unos y otros, en filigrana de la marca militar. Por lo demás, de lo que habría sido la victoria completa y estable de la Unidad Popular da idea cabal la presencia de la hija de Allende en Moscú, el mes de octubre, durante uno de esos congresos de propaganda imperialista rusa llamados por antífrasis pro paz. Allí fraternizaba con los hombres quemantienen a decenas, si no a centenas de millares de obreros y de intelectuales en campos de trabajo forzado, mientras en cárceles psiquiátricas vecinas al congreso, gimen bajo la metódica tortura del tratamiento los opositores políticos internados por locura. Sus ayes se confunden con los ayes de los torturados en Chile y en tantos otros países; sus torsionarios son equiparables entre si.

Alarma, nº 26-27, 3^er^-4º trimestre 1973