Guerra y derrotismo revolucionario

Contra la guerra, mediante la revolución (1980)

«Guerra... Guerra... Guerra...» Cada vez más escuchamos esta terrible palabra pronunciada como una espada de Damocles suspendida sobre toda la humanidad.

La guerra es una contradicción inherente al capitalismo. Por lo tanto, considerando el nivel alcanzado por las fuerzas de destrucción desarrolladas por el capitalismo y también su dominación planetaria, las amenazas de guerra mundial no pueden sorprendernos.

Más de una vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las crisis en las relaciones internacionales estuvieron muy cerca de conducir a una carnicería imperialista del tercer mundo. Corea, Cuba y Vietnam traen a nuestra mente otras tantas crisis severas que amenazaron con desencadenar la movilización y el uso de los dispositivos bélicos de los dos bloques imperialistas que dividen al mundo hasta el día de hoy. Pero, en los últimos años, la competencia entre los dos imperialismos y por ende su agresividad se ha incrementado y los puntos de fricción entre las potencias capitalistas dominantes o incluso secundarias se han multiplicado, hasta que las amenazas de guerra lo llaman de regreso.

Ahora esta amenaza de guerra mundial nos llama la atención cada vez más a través de los medios de comunicación y hemos podido escuchar incluso a V. Giscard d'Estain y al Papa hablar de ella con motivo de la declaración del año. Entonces puede surgir una pregunta en nuestras mentes: ¿por qué Giscard y el Papa nos hablan de guerra? Saben muy bien que hablar de guerra mientras se desea el Año Nuevo no es como hablar de ella en sus veladas sociales entre «gente bien».

No es solo así, solo para hablar, que hablaron de guerra frente a millones de lectores y oyentes. Por algo estos dos acérrimos defensores del capitalismo han contribuido al desarrollo de la psicosis popular que empieza a surgir sobre una inminente guerra nuclear mundial. Probablemente encuentren sus intereses allí, de lo contrario no habrían hablado de eso. Podemos decir, más exactamente, que hay dos razones por las que se incorporó la palabra «guerra» al discurso de Año Nuevo de 1980. La primera de estas razones es indiscutiblemente preparar a la población para la eventualidad de la guerra; que se acostumbre a la idea de la guerra, de lo contrario el choque moral provocado por la explosión de las primeras bombas correría el riesgo de dar paso a acciones descontroladas e «irresponsables». La segunda de estas razones es que saben muy bien que la guerra mundial es, en la mente de la mayoría de los individuos, el fin de toda esperanza.

La anunciada inminencia de una guerra mundial tiene el efecto de un desánimo total porque muy pocos son quienes hoy perciben como único escape al callejón sin salida del capitalismo su liquidación por la revolución socialista; al no ver salida, la población se desalienta porque no entiende cómo evitar que se materialice la amenaza de guerra y en eso tiene razón. Porque si uno se queda encerrado en la lógica de este sistema podrido y moribundo, la guerra siempre penderá como una amenaza hasta su estallido. El desánimo total, así provocado por el miedo a la guerra y la falta de esperanza tanto en evitar la guerra como de establecer un mundo mejor, no puede dejar de hacer que las personas, y especialmente el proletariado, se muestren aún más apáticos, aún más tímidos, aún más dispuestos a aceptar cualquier condición.

Por otro lado, revolucionarios un tanto inconscientes (e inconsistentes) anuncian frenéticamente la amenaza de guerra, ya sea para movilizar al proletariado contra este terrible plazo, o porque consideran en su ceguera que una ola revolucionaria inundará el mundo tan pronto como el capitalismo haya asesinado unas pocas decenas de millones de individuos y entonces el comunismo reinará en la Tierra.

Por un lado, hay que decir que la lucha contra la guerra no es necesariamente la lucha contra el capitalismo, así como el miedo a la guerra no es necesariamente un atisbo de comunismo. La lucha contra la guerra debe librarse a través de la revolución, esa es la frase clave, la única consigna revolucionaria relativa a la lucha contra la guerra.

Las sustituciones de la consigna «contra la guerra por la revolución» del tipo «luchar contra la guerra es ya luchar por la revolución», aunque no se formulen explícitamente, no son más que graves distorsiones de la lucha que el proletariado debe llevar a cabo. La lucha contra la guerra puede tener lugar muy bien, precisamente sin una lucha por la revolución.

Que en este caso el objetivo perseguido -evitar la guerra o detenerla- no puede lograrse, es obvio, pero esta evidencia es obvia para los comunistas y no para aquellos que corren el riesgo de dejarse llevar ingenuamente en tal lucha, una falsa lucha por excelencia por tanto y que hará las delicias de los distintos defensores del capitalismo. El simple sentimiento de horror que justamente provoca la idea de la guerra puede ser el único sentimiento que haga reaccionar a al pueblo.

Decimos «pueblo» porque precisamente en esta eventualidad se eclipsan los límites sociales y el proletariado no lucha como clase independiente y por tanto no es revolucionario. Por otro lado, el sentimiento que debe dominar la lucha revolucionaria es el sentimiento de horror provocado no sólo por un estado particular en el que se encuentra el capitalismo (guerra, crisis económica, etc.) sino por el capitalismo mismo, por sus fuerzas reaccionarias. Atrofia hoy, por lo absurdo de su supervivencia parasitaria en un mundo donde todas las condiciones objetivas están totalmente dadas para el establecimiento del comunismo.

Eclipsando el horror que el propio capitalismo -conciencia de clase desarrollada- debe provocar, por el horror de la guerra (incluso vinculándolo al capitalismo), estos «revolucionarios» dejan el campo abierto al pacifismo, porque podrían decir que el pacifismo no evitará guerra, pero esta afirmación no les servirá de nada para evitar que prolifere, porque no será más que un pelo en la sopa en su actitud general - oportunista en el «mejor» de los casos.

En cuanto a los demás, los que ven en la masacre de decenas de millones de individuos la oportunidad de la revolución comunista, para combatirlos en su razonamiento absurdo es necesario considerar la guerra por venir (si se produce) y sus consecuencias. Consecuencias para la lucha de clases.

La guerra que se avecina, si estalla, será en primer lugar un fracaso del proletariado internacional que no habrá podido impedirla mediante la revolución, y en segundo lugar sobre todo, si no es el proletariado mundial insurgente quien le ponga fin lo antes posible, marcará el fin de toda civilización humana, cualquiera que sea la forma en que se imagine su desarrollo. Y entonces, las posibilidades de la revolución estarían comprometidas durante mucho tiempo, tal vez para siempre y en este caso significaría que lo que quedara de la raza humana, si quedara algo, estaría en camino a su total declive.

Afirmamos así que hasta las primeras horas de la guerra, la revolución aún tendría todas sus posibilidades, aunque, una vez iniciada la guerra, el proletariado tendría primero que lavarse la vergüenza de su deserción como fuerza capaz de impedir la explosión imperialista y escalar el duro camino de su constitución como clase unida internacionalmente.

Pero a medida que la guerra profundizara, los involucrados la revolución proletaria se encontrarían en gran medida comprometidos y totalmente comprometidos una vez que terminara la guerra. La base de nuestra lucha revolucionaria debe ser la denuncia del capitalismo y las leyes que lo rigen sin olvidar sus fenomenales consecuencias como la guerra imperialista. Pero la denuncia de las consecuencias del capitalismo no debe prevalecer sobre la denuncia de la esclavitud asalariada, sobre la denuncia de la explotación, sobre la necesidad de subrayar y evidenciar la contradicción capital/trabajo.

Se trata, pues, de hacer que la «paz» capitalista sea tan insoportable mentalmente como la guerra capitalista, la «buena» marcha del capitalismo tan insoportable mentalmente como la crisis económica capitalista, y así sucesivamente para todas las facetas del capitalismo: hacer insoportable a la mente tanto las ruedas dentadas fundamentales del sistema social, económico y político que actualmente impera sobre todo el planeta, como los epifenómenos catastróficos que surgen de las leyes del sistema y que les permiten estallar en cualquier momento.

En cuanto a la amenaza de guerra que hoy pesa mucho sobre la humanidad, no debemos dejarnos llevar por el pánico sino, al contrario, mantener la cabeza fría.

El pánico sólo puede traer como consecuencia el desánimo total o la participación precipitada en acciones que tienen todas las posibilidades no sólo de no impedir nada en absoluto sino también de obstaculizar u oponerse a la lucha de los revolucionarios, única lucha que puede evitar la guerra porque apunta a la destrucción del capitalismo hasta sus raíces y a la instauración del comunismo mundial, sin fronteras y sin clases.

Esta destrucción del capitalismo, hay que subrayarlo, está lejos de ser una aberración utópica, una esperanza sin posibilidades de realización. Por el contrario, a pesar de su poder aparente, el capitalismo nunca ha sido tan débil porque el poder potencial del proletariado, es decir, el poder que tendría si finalmente decidiera tomar en nombre de toda la sociedad humana las máquinas que maneja y las riqueza que produce o ha producido -hasta ahora para el solo interés de los capitalistas- superaría a su enemigo capital; el poder potencial del proletariado, por lo tanto, nunca ha sido tan grande. Nunca el proletariado ha tenido tantas posibilidades de triunfar a nivel mundial.

Las mistificaciones, ilusiones y engaños desmovilizadores que el capitalismo ha producido y sigue produciendo para asegurar su supervivencia frente a la revolución proletaria, dan la medida del enorme poder potencial del proletariado, aunque naturalmente tienen como consecuencias el embrutecimiento y la apatía de éste.

Fuerza única capaz de regenerar la sociedad y darle el poderoso soplo de vida y esperanza que necesitan los enemigos del capitalismo, los que están cansados de pasar a duras penas, de sobrevivir en un mundo bárbaro donde sólo son peones manipulados y abusados, los que deben actuar hoy y unirnos bajo la bandera del socialismo.

El trabajo a realizar es inmenso y por eso mismo requiere el compromiso en la lucha, la reflexión y la agitación de todos los rebeldes, y como el tiempo se nos acaba por los peligros que el capitalismo plantea sobre la humanidad ( y la guerra mundial está lejos de ser el único de estos peligros), este compromiso debe hacerse sin más dilación aunque, sobre todo, sin prisa, es decir, eligiendo con pleno conocimiento de causa las armas teóricas más consistentes, que mejor reflejen la realidad actual, y por tanto más capaces de responder a las necesidades expresadas por el compromiso llevado a cabo. Armas teóricas que, lejos de ser inamovibles, deben ser constantemente perfeccionadas por la posible aportación teórica si se hace sentir la necesidad y de la que se debe buscar un dominio y una comprensión cada vez mayores a través del estudio y la reflexión de todos los que luchan.

Publicado en Alarme nº7, 1980

¡Pacifistas! (1982)

En un sistema mundial en descomposición, donde anunciar la muerte de miles de personas se ha hecho parte de la vida cotidiana, donde los conflictos armados entre estados interpuestos no han cesado ni un solo momento desde la segunda carnicería capitalista mundial de 1940-45, donde las capacidades destructivas sólo han progresado en cantidad y refinamiento, los responsables de tal situación - ya sea en el poder o en la oposición- hacen gárgaras con la palabra «paz». Su paz, como su guerra, son sólo dos caras de la misma moneda, es decir tan repugnante una como la otra.

Es de todos conocido que el mundo se encuentra actualmente dividido en dos grandes bloques, los llamados países no alineados se alinearían de hecho en uno de los dos campos, y en todo caso sufrirían las nefastas consecuencias de un tercer conflicto mundial. Todos los bancos suizos, país neutral por excelencia, saltarían como saltaría casi todo el mundo si no fuera el propio planeta el que desapareceriera por completo.

Europa, como todo el mundo sabe, es un objetivo bastante explosivo, etc. Pero ese no es el problema. ¿Cómo es que en un mundo con tantos pacifistas, tememos tanto a la guerra? Nadie lo desea conscientemente y, sin embargo, una manifestación, reaccionaria por otra parte, «a favor de la paz, a favor del desarme» se interpreta en Occidente como una lucha contra la alianza militar occidental dominada por los Estados Unidos; el propio François Mitterand en su última conferencia de prensa, evocó «los pacifistas nocivos para la paz». En el Este no tienen ese problema, las manifestaciones «pacifistas» simplemente están prohibidas. Y sin embargo, son tan pacifistas teóricamente en un campo como en el otro, aunque ambos están preparando la maldita guerra. Lógico, ¿verdad?

Las cosas serían sencillas si cada estado pudiera explotar tranquilamente a su proletariado nacional sin obstaculizar a las otras naciones que también llevarían a cabo pacíficamente el mismo empeño. ¡Pero no! De la misma manera que los grupos capitalistas entran en competencia, las mismas naciones entran en competencia y de la competencia al conflicto sólo hay un paso. Aunque no es nuevo, es tan antiguo como el mundo dividido en clases.

Dos señores que escribieron cierto manifiesto proclamaban que «el día en que caiga el antagonismo de las clases dentro de la nación, caerá también la hostilidad de las naciones entre sí», en la medida en que la nación desaparecería como tal: «Abole la explotación del hombre por el hombre, y abolirás la explotación de una nación por otra», precisaron. Actualmente estamos lejos del lenguaje revolucionario. Pero hay algo peor, y eso sin mencionar lo que las llamadas grandes organizaciones obreras (desde la izquierda hasta la extrema izquierda), que afirman ser herederas en gran parte de estos dos caballeros, han podido hacer mientras tanto.

Un tal Eugène Pottier escribió en los días posteriores a la "Semana Sangrienta", la siniestra apoteosis de la Comuna aplastada, la famosa «Internacional», uno de cuyos versos decía:

Paz entre nosotros, guerra contra los tiranos Apliquemos la guerra a los ejércitos Cruces en el aire y rompamos filas Si estos caníbales persisten en hacernos héroes Pronto sabrían que nuestras balas son para nuestros propios generales.

Y esta canción, todos tienen la hipocresía, nacionalistas como son, de cantarla en sus banquetes y reuniones de mierda. ¡Háganles saber que nuestras armas les darán una gran y deslumbrante sonrisa cuando llegue el día! !Que llegará!

En el movimiento revolucionario, único movimiento por la paz, el pacifismo nunca ha tenido lugar, porque emanaba de cretinos pequeñoburgueses, prolijos del humanitarismo tipo rezadores a la cruz de madera y defensores incondicionales de la existencia de las clases sociales, preocupados por «los pobres» mientras legitiman a «los ricos», como mandan los derechos humanos y la explotación!

La manifestación «pacifista» del 20 de junio en París, no fue organizada por los humanitarios antes mencionados, sino por los herederos de los sepultureros de la revolución en Rusia y en el mundo. Su pacifismo no es más que metralla contra el proletariado, el movimiento comunista y la subversión de la sociedad de clases.

El proletariado, por su parte, sólo puede proclamar la guerra a la guerra por medio de la guerra de clases, barriendo todo lo que se oponga a la emancipación social, a la desaparición de las naciones, de las clases sociales y del Estado, mediante las armas, por la revolución internacional.

Publicado en Alarme nº16, 1982

Guerra y derrotismo revolucionario (1986)

La Segunda Guerra Mundial pudo estallar tras el aplastamiento del proletariado, después de veinte años de lucha internacional para lograr el triunfo del comunismo, cuya perspectiva se había abierto en octubre de 1917.

La guerra, si ha sido y sigue siendo una solución a las crisis económicas, es sobre todo un instrumento de aniquilación física del proletariado, es decir, de eliminación no de la riqueza sino del potencial de plusvalía, de la fuente misma de toda riqueza. Al mismo tiempo, presupone (a veces erróneamente, pero generalmente con razón) la aniquilación de toda organización obrera o su liquidación en y por medio de la guerra. Tampoco se puede explicar la guerra sin que la acción determinante de las organizaciones antiobreras tenga la mayor influencia sobre los proletarios después de sus derrotas, concluidas de la misma manera que las batallas: en orden disperso.

En efecto, si es cierto que una revolución rara vez es derrotada por sus enemigos declarados, sino mucho más a menudo por los que actúan en su nombre, también es cierto que los proletarios sólo aceptan fácilmente la guerra si los que actúan en su nombre, y con los que se identifican -o rechazan, pero confusamente-, llaman a la defensa nacional. Una de las cuestiones más importantes de esta guerra es comprender cómo se pudo llevar a los proletarios a los campos de batalla tanto en el bando hitleriano, fascista, como en el stalinista, democrático. Siendo la guerra un producto espontáneo de cualquier sociedad dividida en clases, es obvio que el conflicto entre tres grandes potencias, en un mundo capitalista, es decir, donde la división de clases y la explotación son más marcadas que nunca en la historia y donde estas relaciones son globales, sólo puede conducir a la globalización real del conflicto.

Por cierto, las guerras actuales pueden considerarse como conflictos prácticamente globales, dado el entrelazamiento de las relaciones capitalistas mundiales y la participación de tropas de todo el mundo (por ejemplo, 10 ejércitos nacionales en el Líbano en 1984). Sin embargo, el mundo entero no es todavía un gigantesco campo de batalla en el que se enfrentan directamente las mayores potencias de la época y sus vasallos.

El factor necesario, aunque insuficiente, para la movilización popular, es decir, para la disolución del proletariado en el conflicto armado, fue sin duda el stalinismo. Como dictadores de países que habían experimentado las más poderosas revoluciones y contrarrevoluciones, Hitler y Stalin sólo podían producir, en el curso de su tumultuosa relación amorosa, la más profunda barbarie. Cabe destacar que Hitler, producto de una contrarrevolución más débil (aunque más espectacular y más conocida por sus masacres), no sobrevivió a Stalin, producto y actor de la contrarrevolución más silenciosa, oculta y violenta que ha conocido la historia. La profundidad de la contrarrevolución stalinista está en proporción directa a la profundidad del asalto proletario del 17 de octubre.

De 1933 a 1945, Stalin se alió en dos ocasiones con Hitler, la primera declarando «enemigos del proletariado» a quienes se oponían a la elección de éste (a pesar de los asesinatos de militantes del KPD por parte de las SA) y bloqueando, con la dirección del KPD, el impulso de la base del partido hacia la huelga general contra Hitler. La confianza en Stalin y en la Rusia «socialista», es decir, la confusión obrera en Alemania debido a la contrarrevolución, vinculó a los proletarios alemanes a la dictadura nacional-«socialista» para llevar a cabo una política de armamento masivo y de construcción a gran escala como solución a la crisis económica.

A pesar de distanciarse de la creación de los Frentes Populares, del aplastamiento de los revolucionarios en España y de su amordazamiento en Francia, Stalin volvió a buscar la alianza de Hitler después de haber hecho avances para que las democracias comerciaran más seriamente con Rusia.

La alianza alcanzada con el pacto germano-ruso significó una mano libre para que los capitalistas alemanes libraran la guerra para la que se habían estado preparando con tanto ahínco, en la medida en que los salvaba de la bancarrota, si no del proletariado; la conclusión práctica fue el troceamiento de Polonia y la invasión de los Estados bálticos, siendo Finlandia la única capaz de repeler al desprevenido ejército «rojo», decapitado por las purgas de 1936-38. Rusia actuaba aquí, por primera vez desde Nicolás II, como un imperialista de talla mundial, complementando su actividad anterior en España, donde su policía política y sus tropas se habían enfrentado a los revolucionarios y habían estrangulado la revolución, para mayor gloria de la República y beneficio de Franco.

La campaña polaca fue ilustrada por dos grandes hazañas de las armas: los tanques alemanes lograron derrotar a los jinetes polacos; el ejército ruso logró asesinar a varios miles de oficiales polacos que habían acudido a recibir órdenes de ellos (Katyn). La guerra se generalizó rápidamente, ofreciendo a los beligerantes un resultado, deseado o no, que se ajustaba a los intereses y posibilidades del capital. El caso de Francia demuestra que las clases dirigentes no esperaban más que la dictadura de Hitler, por varias razones. En primer lugar, el Frente Popular les había asustado: tenían miedo de la expulsión de los propietarios burgueses por la propiedad estatal; y sobre todo habían tenido miedo del proletariado, que se había manifestado de forma más o menos explícita en 1936. De hecho, el patriotismo de 1914 estaba por el momento bastante muerto, a pesar de todos los esfuerzos de Blum, y si había que hacer la guerra con tropas inseguras, más valía perderla, y rápidamente, antes de que se cansaran de la situación. A la espera de perderla, los generales franceses debían evitar hacer la guerra, y el esfuerzo esencial era sostener la moral de las tropas, más numerosas y mejor armadas que las alemanas en 1939, para no ofender los sentimientos pacifistas, cuando no derrotistas, que animaban a los proletarios del frente (que pronto se convertiría en la retaguardia).

Este sentimiento pacifista se manifestó sencillamente después de la paliza militar de mayo-junio de 1940 (¡6 semanas!). El carnicero (del lado francés) de Verdún se presentó a firmar, temblando, un tratado de paz que ninguna burguesía nacional en el poder hubiera querido, tan humillante era, y todo el pueblo francés gritó ¡Vive Pétain! ya que era Vive la Paix (Viva la Paz).

Los tontos eran los dos millones de proletarios prisioneros, buenos para trabajar en fábricas, aserraderos, campos, etc., en campos de trabajo. La burguesía francesa, al ceder al hitlerismo, demostró que al menos había comprendido que la Nación ya no existía.

Hay que señalar que la llamada del TSF desde Londres, de un joven general, menos estúpido que de lo que luego llegaría ser, De Gaulle, el futuro «Père-la-chienlit» (padre de mierda) de 1968, fue pasada por alto con total indiferencia. No fue hasta 1944-45 que cientos de miles de personas afirmaron haberle escuchado. Marx tenía mucha razón cuando decía que el mundo moderno crea más mitos en un día que la Antigüedad en varios siglos. Por una Juana de Arco en el siglo XV, hubo 100.000 ciudadanos que escucharon a De Gaulle y no sólo no fueron quemados como asquerosos mentirosos sino que fueron condecorados.

En aquella época no había Resistencia en Francia. Los stalinistas, atrapados en la alianza con Hitler (la propia «base» permaneció dividida en la práctica y una parte de ella se adhirió, de hecho, al igualmente repugnante antifascismo obrero) llamaron tímidamente al derrotismo contrarrevolucionario, brillantemente ilustrado por Thorez, que desertó para unirse a Stalin. Evidentemente, desde el P«C» nunca se hizo un llamamiento al derrotismo revolucionario, es decir, a organizar la confraternización de las tropas y a rebelarse contra los dirigentes y oficiales del propio país, ni tampoco se llamó, en ambos campos, a la huelga y a la insubordinación en todos los ámbitos.

La Cuarta Internacional pasó a la defensa nacional en ese momento, en general, y entre los que no lo hicieron en 1939, muchos lo hicieron en 1941. Algunos raros grupos trotskistas, en Grecia (Lukas), México (Munis), Francia (J. Costa, Barta, el grupo «Arbeiter und Soldaten») rechazaron la defensa nacional1.

Seguían siendo trotskistas, por lo que, aunque consideraban a la URSS como un estado obrero degenerado, anteponían el internacionalismo proletario al apoyo al USRR. En Europa, la Izquierda Comunista, proveniente de la Facción Abstencionista de Italia, supo no capitular y mantuvo con valor y obstinación, en este oscuro período, el principio comunista del internacionalismo proletario y el derrotismo revolucionario. Los stalinistas, tras la derrota de 1940, pactaron con las autoridades, tanto petainistas como hitlerianas, y «Humanité» siguió publicándose regularmente. Ciertamente, hubo problemas bastante serios con los ocupantes, pero de hecho el P«C» no se inmutó, siempre cubierto por el pacto germano-ruso y siguiendo las instrucciones de Stalin.

Stalin estaba totalmente convencido de que el ejército alemán nunca atacaría a Rusia, a pesar de todo el «sentido común» y de las innumerables fuentes de información que confirmaban independientemente la organización de una gran ofensiva en el Este, ya en 1940. Se sabe que hubo más de 80 fuentes de este tipo y se sabe que Stalin sólo aceptó llevar a cabo la ofensiva una vez que la Wermacht estuvo casi a las puertas de Moscú. En realidad, esta actitud no es tan aberrante como se hace ver, y más tarde se demostró que fue más bien la apertura de un frente en el Este lo que constituyó un error militar. Sin embargo, las propias necesidades de la guerra y la expansión capitalista que provocó en Alemania implicaron una carrera hacia territorios ricos en alimentos (Ucrania), materias primas (petróleo de Bakú) o productos industriales (ferrocarriles, vagones, etc.) y, sobre todo, mano de obra muy barata.

Si Stalin se engañó, fue porque no vio ninguna razón para que Hitler no se uniera a él durante mucho tiempo para hacer un codesarrollo capitalista. Se basaba en la total compatibilidad de los dos regímenes políticos y en la fuerte orientación alemana hacia la concentración del capital en manos del Estado, casi identificada con el partido nacional-«socialista». Lo que no había previsto el genial padrecito de los pueblos era que los recursos de Rusia excitarían a los capitalistas alemanes y que, en particular, éstos habían adoptado como lema «Nuestro mejor capital es el hombre«, una fórmula enjundiosa que él había enunciado y que cobraba todo su sentido, cuando se unía al más famoso «el trabajo hace libre». Bastaba con saber que el hombre-capital libera capital, igual que libera sudor y energía al trabajar.

El resultado de la genialidad de Stalin, tan alabada por Aragón, fue que esta ofensiva alemana llegó hasta Stalingrado (¡2500 km de avance!), pero volveremos a ello más adelante. Con el ataque en el Este, comenzó la Resistencia. El P«C»F tenía por fin una razón válida para rechazar la ocupación alemana, y para satisfacer a su base, largamente educada en el antifascismo y el Frente Popular anticomunista, y que exigía «acción«. El ataque justificó la defensa de la «patria obrera« y la «liberación del suelo nacional« en un impulso de unión sagrada que aún hoy silencia a todos los derechistas frente al P«C».

Al mismo tiempo, la IVª Internacional arrojó el internacionalismo proletario por la borda y tomó la causa de Rusia, condenándose a sí misma y a sus militantes a seguir los pasos de los stalinistas hasta convertirse en nada más que su propia red en la misma actividad contra la revolución. Innumerables militantes trotskistas fueron fusilados por los stalinistas en el maquis (y al final de la guerra) como recompensa por los servicios prestados a Rusia, y los trotskistas, sin embargo, seguían defendiendo incondicionalmente a Rusia ... la flexibilidad del «estado obrero degenerado» es ilimitada según ellos, habiendo sufrido «deformaciones burocráticas« en todas las direcciones (un poco más o un poco menos de estado) desde entonces.

El hecho es que el avance victorioso de las tropas alemanas no podía realizarse sin grandes riesgos (corte de líneas de comunicación) en las inmensidades rusas o saharianas. Además, el esfuerzo bélico implicaba un esfuerzo industrial sin precedentes y, por tanto, una movilización masiva de la mano de obra en los territorios dominados políticamente. Ya el uso de prisioneros de guerra no era suficiente. La población civil fue deportada a los centros industriales de Alemania, o a los emplazamientos de los centros que se iban a construir. Las poblaciones a las que se apuntaba en primer lugar eran la población alemana, luego la eslava y principalmente la rusa y entre todas ellas la judía. A continuación, los países occidentales ocupados experimentaron el Servicio de Trabajo Obligatorio (STO), junto con un servicio de trabajo para voluntarios, que atraía a los trabajadores a Alemania, generalmente cualificados, con altos salarios y beneficios de diversa índole.

La población trabajadora de Alemania estaba entonces bajo el dominio de la policía o en campos de trabajo, reproduciendo de forma moderna las condiciones de acumulación capitalista de principios del siglo XIX con un salvajismo creciente, aunque ya superado. Las condiciones de acumulación capitalista de principios del siglo XIX se reprodujeron de forma moderna, con un mayor salvajismo, aunque desde entonces ha sido superado: salarios reducidos al mínimo, lo que implica la muerte por agotamiento tras el máximo uso de las fuerzas del trabajador, aumento de la plusvalía extraída tanto por la prolongación de la jornada laboral como por la intensificación de la productividad.

Máxima plusvalía a cambio de un salario mínimo: la guerra no pone entre paréntesis el funcionamiento del capitalismo; al contrario, lo exalta y lo expone. Competencia mortal entre explotadores, destrucción masiva de capital, incluso y sobre todo en forma humana (riqueza potencial), utilización del capital restante al máximo de la productividad: los horrores de la guerra están contenidos en el funcionamiento normal del capitalismo.

La competencia entre imperialismos rivales también significó la guerra por el petróleo y los pozos en Bakú y en el Medio Oriente. Se pusieron en juego fuerzas considerables para que los imperios tuvieran bases importantes lejos de sus metrópolis, lo que no fue el caso ni de Alemania ni de Japón. Efectivamente, solo Rusia y Gran Bretaña (con grupa francesa) fueron capaces de frenarlo y así poder frenar el avance de las tropas alemanas en Stalingrado y El Alamein.

Si el lugar de la batalla de El Alamein se explica por la carrera por el petróleo entre imperialismos rivales, por otro lado, Stalingrado está fuera del camino a Bakú y está hundido 2500 kilómetros en territorio ruso desde el oeste, donde atacó al Reich. Si las tropas alemanas pudieron penetrar tan lejos del «territorio sagrado de los soviéticos, la patria rusa», es porque por decenas, o incluso por cientos de miles, los soldados rusos fueron a su propio territorio como tropas invasoras. ¡Las poblaciones civiles recibieron a Hitler como un libertador y los soldados practicaron el derrotismo en lugar de defender el «socialismo»!

Elocuente prueba entre otras mil de lo que sufrió la clase obrera y los campesinos durante el período de gigantesca acumulación de capital, que en Rusia de 1921-23 entró en guerra, bajo la bota policial y sanguinaria de la contrarrevolución más poderosa de la historia, a la escala de la revolución y de los revolucionarios que pudo derrotar. Los proletarios rusos, al rendirse al enemigo, demostraron que el stalinismo había sabido aplastar toda voluntad revolucionaria, que era odiado por la población y que los proletarios trataban lo mejor que podían de aprovecharse (¡así lo creían!) de la sacudida del poder causada por el avance de la Wermacht.

Si comparamos la Rusia de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, encontraremos primero una analogía bastante fuerte: un proletariado que ha crecido en número, pero igual de miserable, explotado y concentrado, y un campesinado que sigue siendo la mayor parte de la población, que es propietaria de la tierra (minifundios) y a la vez empleada, y que ha sufrido más en 20 años que en 2 siglos de zarismo. Pero notamos de hecho que entre los dos preguerras la situación social es muy diferente. Bajo el capitalismo de Estado, poco a poco, la clase obrera calló. No más luchas, no más organización, no más idea o información. No queda nada de lo que constituye la experiencia viva del proletariado, su vida misma. La ruptura con la revolución y el comunismo es tal que para los jóvenes proletarios, que no han conocido la revolución ni siquiera su aliento, estas dos partes están irremediablemente asociadas al stalinismo, la forma más brutal de la tiranía del capital.

Además, los soldados más decididos contra el régimen sólo podían oscilar entre el derrotismo revolucionario y la derrota para acabar reagrupándose en torno a un oficial, Vlassov, que intentaba montar un ejército para derrocar a Stalin, luchar contra Hitler y establecer… la democracia. Propuso este plan a EE.UU., que lo rechazó, confiando en Stalin por su capacidad para movilizar las enormes tropas de la que ellos mismos sentían necesidad. Así obligaron a Vlassov a aliarse con Alemania, y por eso la mitad de las tropas de Paulus en Stalingrado eran rusas, asociadas a las tropas alemanas.

Aparte del característico episodio de Vlassov, los dirigentes del Partido-Estado no olvidaron que cientos de miles de proletarios habían preferido rendirse sin luchar antes que perecer por la patria, incluso «socialista». ¡Incluso de esta manera, los proletarios rusos le indicaron al mundo que en Rusia no quedaba nada digno de ser defendido!

El resultado fue que Stalin nunca accedió a intercambiar prisioneros y que los liberados fueron todos deportados, incluidos los liberados por los estadounidenses, a quienes Eisenhower se apresuró a devolver a Stalin, su aliado infalible.

El poder stalinista sólo detuvo la hemorragia de tropas cuando reflexionó sobre el problema: tener muchos soldados significaba tener al campesinado martirizado por el padrecito de los pueblos. Para mártires, contactar a la Iglesia. La alianza fue sellada y como muestra de buena voluntad la operación fue bautizada como «Gran Guerra Patriótica», denominación nunca revisada de contenido abiertamente capitalista. Incluso por la forma, nunca se la llamó «socialista» (es esta alianza la que le dio a Stalin un Vlassov tan seguro y aislado).

En tiempos antiguos, el asesinato de un niño era un rito misterioso de la religión de Moloc, pero se practicaba sólo en ocasiones solemnísimas, una vez al año quizá, y, por otra parte, Moloc no tenía inclinación exclusiva por los hijos de los pobres.

Karl Marx. Discurso inaugural de la AIT (Iª Internacional)

El capital, y particularmente en su forma militar-industrial, tiene una inmensa necesidad de sangre y carne, joven y vigorosa. El enorme esfuerzo del capital concentrado en Alemania, por alcanzar la supremacía mundial, se materializó así en un bombeo cada vez más importante de la fuerza de trabajo hacia el centro donde más se concentraba el capital y el establecimiento de la STO en los territorios ocupados.

En Francia, esta medida determinó a cientos de jóvenes proletarios a huir al maquis o a sabotear la producción. Estos intentos primarios de resistencia fueron una mezcla de dos componentes. Uno, nacional, patriótico, capitalista; el otro, trabajador, internacionalista. Las fuerzas organizadas que pudieron estructurar este rechazo fueron sobre todo el P«C», algunos gaullistas y los trotskistas, quienes hasta la guerra habían encarnado el internacionalismo de cierta manera.

Todas estas fuerzas trabajaron en la misma dirección, es decir, en romper el tímido potencial obrero que allí había aparecido y encauzarlo, por la fuerza si era necesario, hacia la defensa nacional. El P«C», al aislar a los inmigrantes rebeldes en unidades especializadas donde sus militantes supervisaban a los más jóvenes, desvirtuó sistemáticamente todos los gérmenes de lucha anticapitalista y todo trabajo internacionalista, hasta el punto de hacer de estos grupos de fanáticos antialemanes, una total y negación siniestra del internacionalismo proletario. Los MOI-FTP del grupo Manouchian y otros fueron recompensados por su fidelidad al P«C» como de costumbre: fueron desgastados hasta los huesos y luego abandonados (¿o entregados?) al enemigo de turno, permitiendo así que los stalinistas pudieran presumir de héroes tricolores en la «liberación».

La prolongación de la guerra, los reveses de las fuerzas del Eje, que presagiaban el retorno de la paz capitalista, fomentaron el descontento en los países ocupados pero también en la propia Alemania entre la población, que padecía duras privaciones y cuyos hijos morían en números cada vez más altos. Además, estas desapariciones se convierten siempre en una ensoñación heroica, tan capaz es el capital de transgredir las leyes aritméticas de sus necesidades, sumando lo que se debe restar y restando lo que cree que se debe sumar (ya sea el sufrimiento de los «héroes» o una nómina).

Si los aliados lo sabían o no, no importa. Siempre en la misma lógica de destrucción, bombardearan los barrios más poblados de las ciudades industriales. Hamburgo, Colonia, Dresde, Düsseldorf ardían y ningún propagandista pensó siquiera en contar estos cientos de miles de cadáveres «civiles« como héroes. Sin embargo, estas muertes contaban dos veces: iban a destruir a los creadores del exceso de capital y a los posibles negadores del capital. Será lo mismo en Japón, que será aterrorizado, por temor a que las condiciones de 1917-18 se repitan en los países vencidos.

Con el avance de los aliados, se hicieron evidentes los objetivos políticos precisos de los vencedores. Por un lado, para EE.UU., una fantástica lluvia de dólares, hombres, equipos, en definitiva, el comienzo de una verdadera OPA sobre Europa y la economía mundial. Por otro lado, para Rusia, la conquista territorial, el control y el saqueo de sus futuros satélites. El tono se dio en Varsovia cuando el Ejército «Rojo» permitió que los insurgentes fueran masacrados ante sus ojos, antes de entrar en la ciudad arrasada y abandonada por los alemanes. El levantamiento nacionalista en Varsovia no fue dirigido directamente por el P«C», por lo que hubo interés en dejar que se masacrara a los opositores, lo que al mismo tiempo obligó al ejército enemigo a abandonar el campo.

La entrada del ejército «rojo» en Alemania fue una gran demostración de su carácter liberador; en resumen, no era más que saqueo y violación. Este modo particular de «liberación de los pueblos» representó la liberación de una terrible tensión acumulada en Rusia, cuyo poder se había mantenido sólo gracias a la ignominia del invasor, que había logrado ser peor que Stalin y gracias a los EE.UU. que habían comprado a un alto precio los veinte millones de proletarios y campesinos rusos que habían ido a morir sin inmutarse demasiado.

Tan pronto como se calmó el terror militar inherente a la guerra, estallaron violentos conflictos sociales; más o menos confusos, a veces manipulados por los stalinistas pero a veces también dirigidos contra ellos (como en Grecia), sólo fueron sometidos gracias a la estrecha asociación del stalinismo y los EE.UU. o sus satélites. Uno de los casos más sonados fue el de la Comuna de Hanoi, liderada por un trotskista, Tạ Thu Thâu, que fue desarmada y entregada al ejército francés por Ho-Chi-Minh, el innoble sonajero de los izquierdistas de todas las tendencias décadas después.

Los pocos actos internacionalistas del período de ocupación se ocultaron deliberadamente. Entre otras cosas, la confraternización y la publicación de un boletín común «contra la burguesía, alemana o francesa» por parte de un grupo de obreros y soldados alemanes en Bretaña: «Arbeiter und Soldaten». A pesar de las debilidades e ilusiones trotskistas sobre Rusia, en contradicción con el odio a la «burocracia parásita», esta actividad derrotista auténticamente internacionalista y revolucionaria muestra el tipo de acción comunista que se puede lograr, superando por completo la falsa alternativa Resistencia/ Colaboración.

El grupo de J. Costa, fundado en Angers, también defendía el internacionalismo y el derrotismo revolucionario. Compuesta principalmente por supervivientes de la Revolución Española que se negaron a luchar por Francia, contra el fascismo, a cambio de una liberación de prisión, tuvo que luchar contra los stalinistas españoles o franceses. Este grupo se negó a ingresar a la Resistencia Nacional, declarándose a favor de métodos de acción obreros como la huelga a condición de que se expresara explícitamente que no importaba la nacionalidad de los patrones y que los proletarios no tenían patria. Estos pocos ejemplos, entre otros, de derrotismo revolucionario, subrayan la continuidad y vigencia actual de este principio.

Incluso en las peores condiciones, [el derrotismo revolucionario] debe mantenerse constantemente. Incluso siendo terriblemente minoritario, puede practicarse, en la escala en que se esté, y manifestarse concretamente.

Tanto más debe afirmarse hoy que el mundo del mercado es cada vez menos disociable, cada vez más unificado y que la competencia capitalista significa guerras imperialistas permanentes. La falta de separación fundamental entre la paz capitalista y la guerra implica que el derrotismo revolucionario está a la orden del día, y debe ser practicado contra la propia economía «nacional», militar o no, de manera preventiva contra cualquier conflicto.

Publicado en L'Arme de la Critique, febrero 1986


  1. En realidad , la izquierda internacionalista de la IVª Internacional fue más amplia y aspiró a ganar el IIº Congreso, lo que llevó a que el Secretariado Internacional lo pospusiera hasta 1948, como puede verse en «La IVª Internacional en peligro». El mismo texto cita más adelante a los trotskistas vietnamitas y a Tạ Thu Thâu. Nota del editor.