Autodeterminación e independencia nacional

Logo del Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania
La historia del socialismo polaco es ejemplificadora. En 1892 se funda el Partido Socialista Polaco alrededor del grupo «Proletariado», la primera expresión organizada seria del marxismo en el imperio ruso a la que se unirá en 1893 una joven Rosa Luxemburgo. El grupo, claramente internacionalista, es decir anti-nacionalista, será duramente perseguido por la policía zarista. Sus principales dirigentes serán juzgados y finalmente ahorcados en 1896.

En 1893 las tendencias revolucionarias de la socialdemocracia polaca se reagrupan en el «Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania» dirigido por León Jogiches y Rosa Luxemburgo, mientras que las tendencias oportunistas tomarán por bandera el independentismo consolidando el «Partido Socialista Polaco» una organización nacionalista con lenguaje socialista o como acuñó Rosa Luxemburgo, «socialpatriota» -socialista de palabra y patriota en los hechos- que cuando llegó la oleada revolucionaria dio cuadros y dirigentes nacionalistas a la reacción tan famosos como el mismísimo dictador Pilsudski.

El socialpatriotismo postulaba que dado que la revolución democrática en Rusia era improbable, si no imposible a corto plazo, la lucha contra el zarismo debía tomar la forma de una independencia nacional polaca. El argumento sobre la «imposibilidad rusa», no solo se demostró falso -como hemos visto– sino que llevó a un argumentario anti-ruso que era en lo fundamental racista y chovinista.

Cabecera del «Czerwony sztandar» órgano oficial del partido socialdemócrata del reino de Polonia y Lituania.
La prueba más antigua y al mismo tiempo la más frecuentemente citada, es la que arguye que la debilidad del movimiento obrero, así como la ausencia de una fuerza revolucionaria en Rusia capaz de derrocar al zarismo muy a corto plazo, hace ilusoria toda esperanza de conquistar las libertades democráticas. (…) [El socialpatriotismo considera] el movimiento obrero ruso como una empresa impotente y abandonada, que nos resulta más un estorbo que un digno aliado. Si quisiéramos tomar en serio este argumento sin comprometernos, por tanto, en una crítca seria, constataríamos un extraño desorden en la concepción del programa socialpatriota. Así, debemos separarnos de Rusia porque le somos superiores en el plano cultural y social. (…)

Las pruebas de los social patriotas no proporcionan ninguna indicación sobre las tendencias históricas objetivas hacia la unificación de Polonia, no son más que «rencores» y «quejas», por consiguiente, motivos puramente subjetivos. Supongamos realmente que las afirmaciones de los socialpatriotas en lo que concierne al estado desesperado de las condiciones sociales en Rusia sean exactas. Ahora bien, ni siquiera las más tristes de las perspectivas para los países hoy dominados por el zarismo constituye por sí una prueba histórica de la necesidad y aun de la posibilidad de una separación violenta [de Polonia] del zarismo. La necesidad de la restuauración polaca frente a la situación deplorable de Rusia es una idea que solo tiene su origen en la cabeza de los especuladores políticos socialpatriotas y no resulta en absoluto del desarrollo de Polonia y Rusia.

Rosa Luxemburgo. La acrobacia programática de los socialpatriotas, 1902

La argumentación de Rosa Luxemburgo y los internacionalistas se basaba en el estudio de las tendencias económicas de fondo. En 1897 publica «El desarrollo industrial de Polonia» y su principal conclusión la repetirá una y otra vez en todos sus análisis siguientes.

Imperio Ruso entre 1801 y 1914. Las zonas en verde claro se incorporan a principios del siglo XIX (Polonia 1815 y Finlandia en 1809)
La fusión capitalista de Polonia y Rusia conduce a un resultado final que está muy lejos del que habían previsto tanto el gobierno ruso como la burguesía y los nacionalistas polacos: la unión del proletariado polaco y ruso para liquidar, en primer lugar, la dominación del zarismo ruso y, a continuación, el capitalismo polaco-ruso.

Rosa Luxemburgo. El desarrollo industrial de Polonia, 1897

Conclusión que se vería corroborada por el desarrollo económico de la década siguiente tanto en Rusia como en Polonia que culminarían en la revolución de 1905.

El desarrollo capitalista en Polonia une cada vez más estrechamente al país con Rusia a través de los intereses económicos de las clases dominantes.(…) El análisis objetivo del desarrollo social de Polonia nos lleva a la conclusión de que las tendencias a favor de la independencia de Polonia son una utopía de pequeños burgueses y como tales, solo puede perturbar la lucha de clases del proletariado o conducirla a un callejón sin salida.

Rosa Luxemburgo. Prefacio a «La cuestión polaca y el movimiento socialista», 1905

La revolución de 1905 en Polonia.
El carácter reaccionario del socialpatriotismo lo probaría la acción revolucionaria sincrónica de los trabajadores bálticos, polacos y rusos en la revolución de 1905, en la que en los hechos desaparecerían los socialpatriotas polacos como fuerza política mínimamente influyente en el proletariado. Por desgracia también se demostraría cierto a la inversa, cuando el imperialismo alemán cree en 1918 la «República Polaca» como forma de ahogar la revolución proletaria en Polonia y cercar al poder de los consejos obreros en nombre de una independencia nacional antiobrera dirigida por reaccionarios feudalizantes y socialpatriotas. Una estrategia que, sangrienta guerra civil mediante, le daría frutos también al imperialismo alemán en Finlandia.

Pero volvamos a la época final del imperialismo antes de la revolución. La perspectiva marxista general, compartida por todos, nos la recordará Lenin en un artículo polémico contra las posiciones de Rosa Luxemburgo escrito en 1914

La época del triunfo definitivo del capitalismo sobre el feudalismo estuvo ligada en todo el mundo a movimientos nacionales. La base económica de estos movimientos estriba en que, para la victoria completa de la producción mercantil, es necesario que la burguesía conquiste el mercado interior, es necesario que territorios con población de un solo idioma adquieran cohesión estatal, eliminándose cuantos obstáculos se opongan al desarrollo de ese idioma y a su consolidación en la literatura. El idioma es el medio principal de comunicación entre los hombres; la unidad de idioma y el libre desarrollo del mismo es una de las condiciones más importantes de una circulación mecantil realmente libre y amplia, correspondiente al capitalismo moderno, de una agrupación libre y amplia de la población en cada una de las diversas clases; es, por último, la condición de un estrecho nexo del mercado con todo propietario, grande o pequeño, con todo vendedor y comprador.

Por ello, la tendencia de todo movimiento nacional es formar Estados nacionales, que son los que mejor cumplen estas exigencias del capitalismo contemporáneo. Impulsan a ello factores económicos de lo más profundos, y para toda la Europa Occidental, es más, para todo el mundo civilizado, el Estado nacional es por ello lo típico, lo normal en el período capitalista.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Rosa Luxemburgo compartía por supuesto este punto de partida, pero le agrega la perspectiva del estudio del imperialismo.

La necesidad de la burguesía de controlar el mercado interno no es el único fundamento material de los movimientos nacionales. Existen otros factores: el militarismo, que garantiza la soberanía del país al mismo tiempo que ayuda a abrir un pasaje hacia el mercado mundial; el proteccionismo aduanero; una jurisprudencia, una educación y nuevos medios de comunicación. El capitalismo necesita asegurar las condiciones económicas de su crecimiento y establecer íntegramente el aparato de un estado moderno. La burguesía, para expandirse, necesita tanto desarrrollar sus medios de producción, como reforzar su poder de clase.

Así, el estado independiente constituye la forma de gobierno, históricamente indispensable, que permite a la burguesía pasar de la defensiva a la ofensiva, de la lucha por la centralización a la política imperialista.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero precisamente porque no basa su posición en la defensa de un idealista «derecho de la nación», Rosa Luxemburgo veía inconsecuente el apoyo a la formación de estados nacionales no viables o que fueran producto de la división de grandes estados capitalistas. Una posición que continuaba una larga tradición marxista, comenzada por Engels en su análisis del nacimiento de Suiza como un triunfo de la reacción, Kautsky y su denuncia del nacionalismo checo o la unión de los partidos socialistas austriaco e italiano contra la emergencia del nacionalismo triestino y véneto.

Cartel turco llamando a la movilización de tropas. Seguramente Turquía fue el primer estado nacido de una revolución nacional que pasó directamente a la etapa imperialista: concentración de capital y monopolios en el interior, y una política expansionista -no siempre con resultados- en el exterior.
El desarrollo hacia el Gran Estado que caracteriza la época moderna y que gana en importancia con el progreso del capitalismo, condena de entrada al conjunto de mini y micronacionalidades a la debilidad política. Al lado de algunas naciones muy potentes, que son los auténticos gerentes del desarrollo capitalista porque disponen de los medios materiales e intelectuales indispensables para preservar su independencia económica y olítica, la «autodeterminación», la existencia autónoma de las mini y micronaciones, es cada vez más ilusoria. Este retorno a la existencia autónoma de todas o, al menos, de la gran mayoría de las naciones actualmente oprimidas solo sería posible si la existencia de pequeños estados tuviera posibilidades y perspectivas de futuro en la época capitalista. Por ahora son tan necesarias las condiciones económicas y políticas propias de un gran estado en la lucha por la existencia de las naciones capitalistas, que incluso los pqueñeos estados políticamente independientes, formalmente iguales en derechos, que existen en Europa, solo desempeñan un papel simbólico y la mayor para de las veces son títeres de otros estados. ¿Puede hablarse formalmente de autodeterminación» para los montenegrinos, los búlgaros, los rumanos, los serbios o los griegos, formalmente independientes, o incluso, en cierta forma para los suizos? (…)

El segundo aspecto fundamental de la evolución reciente, que hace utópica esta consigna, es el imperialismo capitalista. (…) El resultado de esta tendencia es la liquidación permanente de la independencia de unj número cada vez mayor de países, de pueblos y de continentes enteros. (…) Teniendo en cuenta esta evolución y la necesidad que tienen los grandes estados capitalistas de la lucha por la existencia en el mercado internacional,
de la política universal y de las posesiones coloniales, «lo más adecuado para realizar sus funciones en las condiciones actuales», es decir, lo que mejor corresponde a las necesidades de la explotación capitalista, no es el «estado nacional» -como supone Kautsky- sino el estado imperialista. (…)

Tal como lo entienden los socialistas, este derecho [la autodeterminación] debe tener, por su misma naturaleza, un carácter universal, y el solo hecho de reconocerlo así basta para poner de manifiesto que la esperanza de realizar este «derecho» en el sistema existente es una utopía en contradicción directa con la tendencia del desarrollo capitalista, sobre cuya base se ha constituido la socialdemocracia. Volver al objetivo de dividir todos los estados existentes en unidades nacionales y limitarlas mutuamente según el modelos de los estados y los pequeños estados nacionales es una tentativa desesperada y, desde un punto de vista histórico, reaccionaria.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Revolución de 1905 en Letonia. La revolución se extendió por todos los lugares del imperio donde había concentraciones obreras incluidos Finlanda, Polonia, Letonia, etc.
Pero si Rosa Luxemburgo ve ya con claridad en 1908 que el imperialismo está modificando las condiciones de posibilidad de la independencia nacional, Lenin no espera, todavía en 1914, que los nuevos estados vayan a pasar directamente de la fase revolucionaria al imperialismo.

En Europa Oriental y en Asia, la época de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905. Las revoluciones de Rusia, Persia, Turquía y China, las guerras en los Balcanes: tal es la cadena de los acontecimientos mundiales ocurridos en nuestra época en nuestro «Oriente». Y en esta cadena de acontecimientos sólo un ciego puede no ver el despertar de toda una serie de movimientos nacionales democráticos burgueses, de tendencias a crear Estados independientes y unidos en le aspecto nacional. Precisa y exclusivamente porque Rusia y los países vecinos suyos atraviesan por esa época necesitamos nosotros en nuestro programa un apartado sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. (…)

Rusia es un Estado con un centro nacional único, ruso. Los rusos ocupan un gigantesco territorio compacto, y su número asciende aproximadamente a 70 millones. La peculiaridad de este Estado nacional reside, primero, en que los “alógenos” (que en conjunto constituyen la mayoría de la población, el 57%) pueblan precisamente la periferia; segundo, en el hecho de que la opresión de estos alógenos es mucho más fuerte que en los países vecinos (incluso no tan sólo en los europeos); tercero, en que hay toda una serie de casos en que los pueblos oprimidos que viven en la periferia tienen compatriotas al otro lado de la frontera, y estos últimos gozan de mayor independencia nacional (basta recordar, aunque sólo sea en las fronteras occidental y meridional del Estado, a finlandeses, suecos, polacos, ucranios y rumanos); cuarto, en que el desarrollo del capitalismo y el nivel general de cultura son con frecuencia más altos en la periferia alógena que en el centro del Estado. Por último, precisamente en los Estados asiáticos vecinos presenciamos el comienzo de un período de revoluciones burguesas y de movimientos nacionales que comprenden en parte a los pueblos afines dentro de las fronteras de Rusia.

Así pues, son precisamente las peculiaridades históricas concretas del problema nacional en Rusia las que hacen entre nosotros urgente en especial el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación en la época que atravesamos.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Lo curioso es que todavía en 1914, cuando Lenin discute con los textos de Rosa Luxemburgo de 1908, sigue sin ver la relación entre imperialismo y autodeterminación. El ejemplo que toma, uno de los muchos citados por Rosa Luxemburgo, aunque apenas argumentado, es la independencia noruega de Suecia en 1905.

El primer ministro Michelsen lee la declaración de independencia frente a la dieta noruega el 7 de junio de 1905.
La cuestión consistía y consiste en si la socialdemocracia necesita, en un Estado de composición nacional heterogénea, un programa que reconozca el derecho a la autodeterminación o a la separación.

¿Qué nos dice sobre esto el ejemplo de Noruega, escogido por la misma Rosa Luxemburgo?(…)

Es indudable que los pequeños burgueses de Noruega, que han querido tener rey propio por su dinero y han hecho fracasar en plebiscito popular el proyecto de instauración de la República, han puesto de manifiesto cualidades pequeñoburguesas bastante malas.(…)

Noruega está ligada a Suecia por lazos geográficos, económicos y lingüísticos no menos estrechos que los lazos que unen a muchas naciones eslavas no rusas a los rusos. Pero la unión de Noruega a Suecia no era voluntaria, de modo que Rosa Luxemburgo habla de «federación» completamente en vano, sencillamente porque no sabe qué decir. Noruega fue entregada a Suecia por los monarcas durante las guerras napoleónicas, contra la voluntad de los noruegos, y los suecos hubieron de llevar a Noruega tropas para someterla.

Después de eso hubo durante largos decenios, a pesar de la autonomía de extraordinaria amplitud de que gozaba Noruega (Dieta propia, etc.), constantes roces entre Noruega y Suecia, y los noruegos procuraron con todas las fuerzas sacudirse el yugo de la aristocracia sueca. En agosto de 1905 se lo sacudieron por fin: la Dieta noruega decidió que el rey de Suecia dejara de ser rey de Noruega, y el referéndum del pueblo noruego, celebrado más tarde, dio una aplastante mayoría de votos (cerca de doscientos mil, contra algunos centenares) a favor de la completa separación de Suecia. Los suecos, después de algunas vacilaciones, se resignaron con la separación.

Este ejemplo nos muestra en qué terrenos son posibles y se producen casos de separación de naciones, manteniéndose las relaciones económicas y políticas contemporáneas, y qué forma toma a veces la separación en un ambiente de libertad política y democracia.

Ni un solo socialdemócrata, si no se decide a declarar que le son indiferentes la libertad política y la democracia (y en tal caso, naturalmente, dejaría de ser socialdemócrata), podrá negar que este ejemplo demuestra de hecho que los obreros conscientes tienen la obligación de desarrollar una labor constante de propaganda y preparación a fin de que los posibles choques motivados por la separación de naciones se ventilen sólo como se ventilaron en 1905 entre Noruega y Suecia y no «al modo ruso». Esto es precisamente lo que expresa la reivindicación programática de reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación. Y Rosa Luxemburgo, ante un hecho desagradable para su teoría, ha tenido que escudarse con temibles invectivas a la mentalidad de los pequeños burgueses noruegos y al Naprzód [periódico socialpatriota polaco] de Cracovia, porque comprendía perfectamente hasta qué punto desmiente de un modo irrevocable ese hecho histórico sus frases, según las cuales el derecho a la autodeterminación de las naciones es una «utopía», equivale al derecho «a comer en plato de oro», etc. Semejantes frases sólo expresan una fe oportunista de lamentable presunción en la inmutabilidad de la correlación de fuerzas dada entre las naciones de Europa Oriental.

Prosigamos. En el problema de la autodeterminación de las naciones, lo mismo que en cualquier otro, nos interesa, ante todo y sobre todo, la autodeterminación del proletariado en el seno de las naciones. Rosa Luxemburgo ha dejado modestamente a un lado también este problema, comprendiendo cuán desagradable resulta para su «teoría» examinarlo en el aducido ejemplo de Noruega.

¿Cuál fue y debió ser la posición del proletariado noruego y sueco en el conflicto motivado por la separación? Los obreros conscientes de Noruega, desde luego, hubieran votado después de la separación por la República, y si hubo socialistas que votaron de otro modo, eso no demuestra sino que hay a veces mucho oportunismo obtuso, pequeñoburgués, en el socialismo europeo. Sobre esto no puede haber dos criterios, y sólo nos referimos a este punto porque Rosa Luxemburgo intenta velar el fondo de la cuestión con disquisiciones que no vienen al caso. No sabemos si, en lo que se refiere a la separación, el programa socialista noruego obligaba a los socialdemócratas noruegos a atenerse a un criterio determinado. Supongamos que no, que los socialistas noruegos dejaron en suspenso la cuestión de hasta qué punto era suficiente para la libre lucha de clase la autonomía de Noruega y hasta qué punto frenaban la libertad de su vida económica los eternos roces y conflictos con la aristocracia sueca. Pero es indiscutible que el proletariado noruego debía haber ido contra esa aristocracia, por una democracia campesina noruega (aun con toda la estrechez de miras pequeñoburguesas de esta última).

¿Y el proletariado sueco? Sabido es que los terratenientes suecos, apoyados por el clero sueco, predicaban la guerra contra Noruega; y como Noruega es mucho más débil que Suecia, como ya había sufrido una invasión sueca, como la aristocracia sueca tiene un peso muy considerable en su país, esta prédica era una amenaza muy seria. Puede asegurarse que los Kokoshkin suecos corrompieron larga y empeñadamente a las masas suecas, exhortándolas a «proceder con prudencia» en lo referente a las «fórmulas elásticas de la autodeterminación política de las naciones», pintándoles los peligros de «disgregación del Estado» y asegurándoles que la «libertad popular» es compatible con los principios de la aristocracia sueca. No cabe la menor duda de que la socialdemocracia sueca habría hecho traición a la causa del socialismo y a la causa de la democracia si no hubiera luchado con todas sus fuerzas contra la ideología y contra la política tanto de los terratenientes como de los Kokoshkin [jurista del partido kadete ruso, burguesía liberal], si no hubiera propugnado, además de la igualdad de las naciones en general (igualdad que también reconocen los Kokoshkin), el derecho de las naciones a la autodeterminación, la libertad de separación de Noruega.

La estrecha unión de los obreros noruegos y suecos y su plena solidaridad de camaradas de clase ganaban, al reconocer de este modo los obreros suecos el derecho de los noruegos a la separación. Porque los obreros noruegos se convencían de que los obreros suecos no estaban contagiados de nacionalismo sueco, de que la fraternidad con los proletarios noruegos estaba, para ellos, por encima de los privilegios de la burguesía y de la aristocracia suecas. La ruptura de los lazos impuestos a Noruega por los monarcas europeos y los aristócratas suecos fortaleció los lazos entre los obreros noruegos y suecos. Los obreros suecos han demostrado que, a través de todas las vicisitudes de la política burguesa -¡bajo las relaciones burguesas es perfectamente posible que renazca la sumisión de los noruegos a los suecos por la fuerza!-, sabrán mantener y defender la completa igualdad de derechos y la solidaridad de clase de los obreros de ambas naciones en la lucha tanto contra la burguesía sueca como contra la noruega. (…)

Para los socialdemócratas polacos, naturalmente, el «derecho a la autodeterminación» no tiene una importancia tan grande como para los rusos. Es perfectamente comprensible que la lucha contra la pequeña burguesía de Polonia, cegada por el nacionalismo, haya obligado a los socialdemócratas polacos a «forzar la nota» con particular empeño (a veces quizá un poco exagerado). Ni un solo marxista de Rusia ha pensado nunca en acusar a los socialdemócratas polacos de estar en contra de la separación de Polonia. Estos socialdemócratas se equivocan sólo cuando, a semejanza de Rosa Luxemburgo, intentan negar la necesidad de que en el programa de los marxistas de Rusia se reconozca el derecho a a la autodeterminación.

En el fondo, eso significa trasladar relaciones, comprensibles desde el punto de vista del horizonte de Cracovia, a la escala de todos los pueblos y naciones de Rusia, incluidos los rusos. Eso significa ser «nacionalistas polacos al revés», y no socialdemócratas de Rusia, internacionalistas.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Caballería roja a las puertas de Varsovia en 1920. Serán derrotados por las tropas del dictador socialpatriota Pilsudsky armadas y equipadas por Alemania.
Es cierto que el ejemplo noruego contraría la tendencia general detectada por Rosa Luxemburgo. Es más dudoso que se pueda hablar, después de 1905, de que los proletariados noruego y sueco mantuvieran su unidad de clase en un grado similar al que tenían antes de la secesión. Llama la atención que el sujeto de toda la argumentación sea la nación y no la clase, cuya división se trata como un hecho anterior a la independencia.

La fórmula del «derecho de las naciones» no justifica la actitud de los socialistas ante la cuestión de las nacionalidades, no solo porque no tiene en cuenta las distintas condiciones históricas (de espacio y tiempo) ni la dirección general del desarrollo de las condiciones universales, sino también porque ignora totalmente la teoría fundamental del socialismo moderno: la teoría de la sociedad de clases.

Cuando se habla del «derecho de las naciones a la autodeterminación», se usa el concepto de nación como un todo, como una unidad social y política homogénea. Pero ese concepto de «nación» es precisamente una de las categorías de la ideología burguesa que la teoría marxista ha sometido a una revisión radical, demostrando que detrás del velo misterioso de los conceptos de «libertad burguesa», «igualdad ante la ley», etc., se oculta siempre un contenido histórico concreto.

En la sociedad de clases no existe la nación como entidad sociopolítica homogénea, sino que en cada nación hay clases con intereses y «derechos» antagónicos.

No existe absolutamente ningún terreno social, desde el de las condiciones materiales más primarias hasta las más sutiles condiciones morales, en el que las clases poseedoras y el proletariado consciente aopten la misma actitud y aparezcan como un «pueblo» indiferenciado. En el terreno de las condiciones económicas, las clases burguesas defienden los intereses de la explotación, y el proletariado, los del trabajo. Enj el terreno de las condiciones jurídicas, la propiedad privada es la piedra angular de la sociedad burguesa; los intereses del proletariado exigen que los que no tienen nada sean emancipados de la dominación de la propiedad. En el terreno de la administración de justicia, la sociedad burguesa representa la «justicia de clase», la justicia de los aposentados y los gobernantes; el proletariado defiende la humanidad y el principio que consiste en tener en cuenta las influencias sociales en el individuo. En las relaciones internacionales, la buarguesía lleva a cabo una política de guerra y de anexiones, es decir, en la fase actual del sistema, una política aduanera restrictiva y de guerra comercial; el proletariado, en camio, una política de paz generalizada y de libertad de intercambios. En el terreno de la sociología y de la filosofía, las escuelas burguesas y la escuela que representa el proletariado están en abierta contradicción (…) Incluso en el terreno de las supuestas relaciones humanas, de la ética, de las opiniones sobre arete, edcucación, etc., los intereses, la visión del mundo y los ideales de la burguesía, por un lado, y los del proletariado consciente, por otro, constituyen dos campos separados entre sí por un profundo abismo. En aquellos aspectos en que las aspiraciones formales y los intereses del proletariado y de la burguesía en su conjunto, o de su sector progresista, parecen idénticos o comunes, como, por ejemplo, en las aspiraciones democráticas, la identidad de formas y consignas encubre una ruptura total de contenido y de política práctica.

En una sociedad de este tipo no puede existir una voluntad colectiva y unitaria, no puede haber autodeterminación de la «nación». Cuando en la historia de las sociedades modernas se han desarrollado luchas y movimientos «nacionales», se ha tratado, en general de movimientos de clase de la capa burguesa dirigente, que, en el mejor de los casos, puede reprseentar hasta cierto punto los intereses de otras capas populares en la medida en que defienda, como «intereses nacionales», formas progresistas del desarrollo histórico, en los que la clase trabajadora aun no se haya separado de la masa del «pueblo» dirigido por la burguesía para constituirse en una clase políticamente consciente e independiente.(…)

Todos estos hechos son suficientes para demostrar que el «derecho de las naciones» no puede ser determinante, desde el punto de vista de un partido socialista, de la cuestión nacional. La misma existencia de eses partido es la prueba de que la burguesía ha dejado de ser el representante de todo el pueblo, de que la clase proletaria ya no se cubre con elo manto protector de la burguesía, sino que se ha separado de ella para convertirse en una clase independiente con sus propios objetivos sociales y políticos. Siendo la concepción de «pueblo», de «derechos» y de «voluntad popular» como un todo homogéneo, una reliquia de la época del antagonismo latente en inconsciente entre el proletariado y burguesía, sería una contradicción flagrante que el proletariado consciente y organizado se sirviera de ellas; una contradicción no en el terreno de la lógica escolástica, sino una contradicción histórica. (…)

Para la socialdemocracia, la cuestión de las nacionalidades es, ante todo, como todas las demás cuestiones sociales y políticas, una cuestión de intereses de clase.(…)

Recapitulemos: el desarrollo capitalista y los intereses de la burguesía necesitan la creación de un estado nacional independiente, que más tarde se convierte en un instrumento de conquista imperialista. Los interesses del proletariado tienen únicamente a los objetivos democráticos y culturales del movimiento nacional, es decir, al establecimiento de instituciones políticas que granticen, por medios pacíuficos, e libre desarrollo de la cultura de todas las nacionalidades que conviven en el mismo estado. La clase obrera reivindica firmemente la igualdad de derechos de todas [las personas de todas] las nacionalidades. El programa nacional de clase obrera es esenjcialmente distinto del nacionalismo de la burguesía.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Ejército nacional letón en 1920, armado por Alemania ante la «amenaza» de la expansión revolucionaria a los obreros letones.
El malabarismo de cambiar la fórmula de «derecho de las naciones» a «derechos de los pueblos», tampoco sirve a Rosa Luxemburgo. «Pueblo» es, fundamentalmente, el proletariado junto a la pequeña burguesía. Si es la pequeña burguesía la que dirige, no cambia el sentido utópico y reaccionario que ésta le da a la «autoderminación nacional»

Después de la bancarrota de los partidos burgueses, nuevos fuerzas sociales -la intelectualidad y la pequeña burguesía, que buscan refugio en el movimiento obrero- tienden a imponer a éste sus deseos irrealizables. Si los partidos socialistas no hubieran tenido la posibilidad de verificar objetivamente lo que corresponde en realidad a las necesidades de la clase obrera y se hubieran limitado a imaginar lo «bueno» y lo «útil», su progrma hubiera resultado un conjunto de utopías.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Y si es el proletariado el que dirige, ¿qué sentido tendría que marchara hacia atrás, hacia la creación de un estado nacional creado para organizar su explotación?

La idea de que el proletariado consciente de sí mismo pueda crear un estado moderno es tan absurda como la de proponer a la burgessía una nueva instauración del feudalismo.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero la cuestión de fondo que está señalando Rosa Luxemburgo y que Lenin no ve, aunque escribe su artículo a pocos meses del estallido de la guerra mundial, es que una vez desarrollado el mercado capitalista mundial, una vez entrados en la fase imperialista del desarrollo capitalista, no puede haber un desarrollo independiente del capitalismo nacional y no hay, por tanto, espacio para una verdadera independencia nacional. En ese marco, la independencia deja de tener un sentido históricamente progresivo por lo que con ella la «autodeterminación nacional» pasa a ser una consigna reaccionaria.

Esto se radicaliza definitivamente con la guerra mundial y la revolución, momento a partir del cual el capitalismo se convierte en un sistema globalmente decadente. Si, como señaló Carlos Liebknecht, la principal contradicción del imperialismo a partir del estallido dela guerra mundial se produce entre estado nacional y mercado mundial, ¿qué sentido puede tener crear contra corriente nuevos estados nacionales?

El argumento final de Rosa Luxemburgo será que lo mismo que hace de la consigna «defensista» de la «defensa sin anexiones» una consigna imposible, reaccionaria y de facto, imperialista, es lo que convierte la consigna de «apoyo a la autodeterminación nacional» en un regalo al imperialismo y un tiro en el pié al propio movimiento revolucionario:

Mientras existan los Estados capitalistas, mientras la política mundial imperialista determine y configure la vida interna y externa de los Estados, el derecho a la autodeterminación nacional no tendrá nada que ver con su práctica, ni en la guerra, ni en la paz.

Más aún: en el medio imperialista actual no puede existir en modo alguno ninguna guerra de defensa nacional, y toda política socialista que haga abstracción de ese determinado medio histórico, que quiera guiar en medio de este torbellino mundial sólo por los puntos de vista unilaterales de su país, no será desde un principio otra cosa que un castillo de naipes.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1916

Fusilamientos masivos de obreros y sospechosos socialistas durante la guerra civil finesa que siguió a la independencia en 1919.
Desde el análisis marxista de Rosa Luxemburgo, que incluye una perspectiva global del imperialismo de la que carecía Lenin, la consigna leninista y su hincapié en los «movimientos de liberación nacional» no pueden ser sino una manifestación de optimismo sin límites y tener, como tuvo, consecuencias funestas.

¿Qué se supone que significa este derecho? Que el socialismo se opone a toda forma de opresión, incluso la de una nación por otra, constituye el ABC de la política socialista.

A pesar de esto, políticos tan serios y críticos como Lenin, Trotski y sus amigos, que responden sólo con un irónico encogerse de hombros a cualquier tipo de fraseología utópica como desarme, Liga de las Naciones, etcétera, en este caso hicieron de una frase hueca exactamente del mismo tipo su hobby preferido. Ello se debe, me parece, a una política fabricada para la ocasión. Lenin y sus camaradas calcularon que no había método más seguro para ganar a los pueblos extranjeros del Imperio Ruso para la causa de la revolución, para la causa del proletariado socialista, que el de ofrecerles, en nombre de la revolución y el socialismo, la libertad más extrema e ilimitada para determinar sus propios destinos. Es una política análoga a la que se dieron los bolcheviques con el campesinado ruso, satisfaciendo su hambre de tierra con la consigna de apropiación directa de las propiedades nobles, en el supuesto de que así se los ganaría para la revolución y el gobierno proletario. En ambos casos, desafortunadamente, el cálculo resultó completamente erróneo.

Está claro que Lenin y sus amigos esperaban que, al transformarse en campeones de la libertad nacional hasta el punto de abogar por la «separación», harían de Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania, los países bálticos, el Cáucaso, etcétera, fieles aliados de la Revolución Rusa.

Pero sucedió exactamente lo contrario. Una tras otra, estas «naciones» utilizaron la libertad recientemente adquirida para aliarse con el imperialismo alemán como enemigos mortales de la Revolución Rusa y, bajo la protección de Alemania, llevar dentro de la misma Rusia el estandarte de la contrarrevolución. Un ejemplo perfecto lo constituye el jueguito que se hizo en Brest con Ucrania, que provocó un giro decisivo en las negociaciones y sacó a luz la situación política, tanto interna como externa, a la que se ven enfrentados en la actualidad los bolcheviques. La actitud de Finlandia, Polonia, Lituania, los países del Báltico, los pueblos del Cáucaso, nos demuestra de manera convincente que aquél no es un caso excepcional sino un fenómeno típico.

Seguramente, en todos estos casos no fue realmente el «pueblo» el que impulsó esta política reaccionaria sino las clases burguesas y pequeñoburguesas. Estas, en total oposición a sus propias masas proletarias, pervirtieron el «derecho nacional a la autodeterminación», transformándolo en un instrumento de su política contrarrevolucionaria. Pero (y llegamos al nudo de la cuestión), aquí reside el carácter utópico, pequeñoburgués de esta consigna nacionalista: que en medio de las crudas realidades de la sociedad de clases, cuando los antagonismos se agudizan al máximo, se convierte simplemente en un instrumento de dominación de la burguesía. Los bolcheviques aprendieron, con gran perjuicio para ellos mismos y para la revolución, que bajo la dominación capitalista no existe la autodeterminación de los pueblos, que en una sociedad de clases cada clase de la nación lucha por «determinarse» de una manera distinta, y que para las clases burguesas la concepción de la liberación nacional está totalmente subordinada a la del dominio de su clase. La burguesía finesa, al igual que la de Ucrania, prefirió el gobierno violento de Alemania a la libertad nacional si ésta la ligaba al bolchevismo.

La esperanza de transformar estas relaciones de clase reales en su opuesto, de ganar el voto de la mayoría para la unión con la Revolución Rusa, haciéndolo depender de las masas revolucionarias, tal como seriamente lo pretendían Lenin y Trotsky, refleja un grado de optimismo incomprensible.

Y si solamente se trataba de un recurso táctico en el duelo entablado con la política de fuerza de Alemania, entonces era un juego con fuego muy peligroso. Incluso sin la ocupación militar de Alemania, el resultado del famoso «plebiscito popular», suponiendo que se hubiera llegado hasta allí en los estados limítrofes, hubiera proporcionado pocos motivos de alegría a los bolcheviques. Tenemos que tener en cuenta la psicología de las masas campesinas y de grandes sectores de la pequeña burguesía, y las miles de maneras con que cuenta la burguesía para influir sobre el voto. Por cierto, debe considerarse una ley absoluta que en estos asuntos de plebiscitos sobre la cuestión nacional la clase dominante siempre sabrá evitarlos cuando no sirven a sus propósitos, o, cuando se realizan, utilizará todos los medios para influir sobre sus resultados, los mismos medios que hacen imposible introducir el socialismo mediante el voto popular.

El simple hecho de que la cuestión de las aspiraciones nacionales y tendencias a la separación fuera introducida en medio de la lucha revolucionaria, incluso puesta sobre el tapete y convertida en el santo y seña de la política socialista y revolucionaria como resultado de la paz de Brest, produjo la mayor confusión en las filas socialistas y realmente destruyó las posiciones ganadas por el proletariado en los países limítrofes.

En Finlandia, donde el proletariado luchó formando parte de la estrecha falange socialista rusa, logró una posición predominante en el poder; tenía la mayoría en el Parlamento y el ejército, redujo a su burguesía a una impotencia completa y, dentro de sus fronteras, era dueño de la situación.

O tomemos Ucrania. A comienzos de siglo, antes de que se inventaran la tontería del «nacionalismo ucraniano» con sus rublos de plata y sus «universales», o el hobby de Lenin de una Ucrania independiente, Ucrania era la columna vertebral del movimiento revolucionario ruso. Allí, en Rostov, Odesa, la región del Donetz, brotaron los primeros ríos de lava de la revolución, que encendieron todo el sur de Rusia en un mar de llamas (ya en 1902-1904), preparando así el alzamiento de 1905. Lo mismo sucedió en la revolución actual, en la que el sur de Rusia proveyó las tropas selectas de la falange proletaria.

Polonia y las tierras del Báltico fueron desde 1905 los núcleos revolucionarios más poderosos e importantes, y en ellos el proletariado jugó un rol de primera magnitud.

¿Cómo puede ser entonces que en todos estos países triunfe la contrarrevolución? El movimiento nacionalista, justamente porque alejó de Rusia al proletariado, lo mutiló y lo entregó a manos de la burguesía de los países limítrofes.

Los bolcheviques no actuaron guiándose por la misma genuina política internacionalista de clase que aplicaron en otros asuntos. No trataron de lograr la unión compacta de las fuerzas revolucionarias de todo el imperio. No defendieron con uñas y dientes la integridad del Imperio Ruso como área revolucionaria, oponiendo a todas las formas del separatismo la solidaridad e inseparabilidad de los proletarios de todos los países que están bajo la esfera de la Revolución Rusa, haciendo funcionar a ésta como el comando político superior. En lugar de eso, los bolcheviques, con su hueca fraseología nacionalista sobre «el derecho a la autodeterminación hasta la separación», lograron todo lo contrario, y le dieron a la burguesía de los países limítrofes los pretextos más refinados, más deseables, para sus esfuerzos contrarrevolucionarios.

En vez de prevenir al proletariado de los países limítrofes de que todas las formas del separatismo son simples trampas burguesas, no hicieron más que confundir con su consigna a las masas de esos países y entregarlas a la demagogia de las clases burguesas.

Con esta reivindicación nacionalista produjeron la desintegración de la misma Rusia y pusieron en manos del enemigo el cuchillo que se hundiría en el corazón de la Revolución Rusa. Seguramente, sin la ayuda del imperialismo alemán, sin «los rifles alemanes en los puños alemanes», como decía el Neue Zeit de Kautsky, los Lubinski y otros bribonzuelos de Ucrania, los Erich y Mannerheim de Finlandia, los barones bálticos, nunca hubieran ganado a lo mejor de las masas trabajadoras socialistas de sus respectivos países. Pero el separatismo nacional fue el caballo de Troya dentro del cual los «camaradas» alemanes, bayoneta en mano, hicieron su entrada en todas esas tierras.

Los antagonismos de clase reales y la verdadera relación de fuerzas en el plano militar provocaron la intervención alemana. Pero los bolcheviques proporcionaron la ideología con la que se enmascaró esta campaña de la contrarrevolución; fortalecieron la posición de la burguesía y debilitaron la del proletariado.

Rosa Luxemburgo. La revolución rusa, 1918

Cartel ruso de 1920 en la campaña de Polonia. El latifundista nacionalista polaco y el General Wrangel (ejército blanco) «segados» de un golpe.
A pesar de la contundencia de Rosa Luxemburgo, la autodeterminación es junto al parlamentarismo y los sindicatos, parte de una triada de «grandes temas» surgidos en el debate en el seno de la izquierda de la II Internacional que no pueden darse por cerrados en un curso básico de marxismo. Esto no se debe a que la experiencia de la Revolución Mundial no fuera suficiente, sino a que los grupos marxistas internacionalistas que la pervivieron mantuvieron el debate más allá de la primera oleada revolucionaria.

En el último tema de este curso breve trataremos por contra los temas que la primera gran guerra imperialista y la revolución fijaron como consensos probados entre los marxistas revolucionarios de la época.