Contrarrevolución y franquismo

G. Munis en 1977
Tras los «sucesos de mayo» se desencadena una represión salvaje contra los marxistas. El PCE y el servicio secreto ruso, que controlan además la inteligencia militar republicana (el «SIM»), mantienen centros irregulares de tortura y detención. Pronto comienzan los desaparecidos. Entre los más famosos Andrés Nin, cuyo cuerpo no se descubrirá hasta 2008 en Alcalá de Henares.

El PCE quiere montar además un espectáculo al estilo de los juicios stalinistas en Rusia. Es el famoso «proceso al POUM», en el que se quiere presentar, en un juicio amañado, al POUM como trotskista y al trotskismo como una herramienta consciente del fascismo para forzar una derrota de la República.

La mayoría de la «Sección bolchevique-leninista» cae entre enero y principios de febrero. Son incomunicados durante un mes en una cárcel del PCE -las llamadas «checas»- dirigida por Grimau y duramente torturados. Se les acusa de ser espías de Franco, de asesinar a un agente polaco del GPU y de proyectar los asesinatos de Negrín, de los principales dirigentes en aquel momento del PCE (Díaz, Ibárruri, Comorera) y del PSOE (Prieto, Largo Caballero, etc.). Se hace un paripé de juicio a puerta cerrada y sin defensa. Finalmente, en marzo se les traslada a la Modelo para que «descansen» antes de testificar en el juicio contra el POUM. Munis lo hace el 11 de marzo, se presenta ante el tribunal como el líder del trotskismo español y descarga de la acusación de trotskismo al POUM, estropeandoles el juicio. En la Modelo impulsa el reagrupamiento de poumistas y miembros de la sección, acordando con los primeros «la necesidad de una lucha política de clarificación en el seno del POUM, con la intervención de los bolcheviques-leninistas».

Trasladado en diciembre a la «prisión de estado» será uno de los cabecillas del motín de los presos revolucionarios y confinado en el calabozo de los condenados a muerte en Monjuic. Su vista se traslada al 26 de enero de 1939 para separarla de la del POUM. En el caos de las deserciones masivas que acompañó la retirada de Barcelona, Munis y algunos miembros del POUM y la Sbl consiguen escapar, salvándose de ser fusilados a última hora y pasando a distintos campos de refugiados en Francia.

Munis, que tiene pasaporte mexicano por nacimiento, consigue salir de Francia para reunirse con Trotski en el DF e intentar conseguir visados. La batalla contra la campaña de calumnias estalinistas que le presenta, junto a Victor Serge y otros exiliados europeos como «agente de la Gestapo» se da en un ambiente cada vez más violento que preludia el asesinato de Trotski en mayo del 40. Munis interviene en el juicio a Mercader como acusación y, como albacea teórico de Trotski, lee su responso fúnebre. Sin embargo, con el estallido de la guerra mundial comienza la batalla en el seno de la llamada «IV Internacional». El partido trotskista en EEUU, el SWP, orienta su propaganda al apoyo de los aliados en la guerra. Munis, con Natalia Sedova -viuda de Trotski- y Benjamin Peret denuncian una traición de libro al internacionalismo más básico. La denuncia se hará extensiva a los partidos francés e inglés, que llamarán a participar de la «resistencia antifascista» bajo la bandera del estado nacional y democrático. El grupo, que acabará rompiendo con la IV Internacional, levantará la tradicional consigna de conversión de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. El curso de la guerra y la comparación entre el papel del estalinismo en España y su expansión por Europa les llevan a una crítica necesaria, ya anunciada por el propio Trotski antes de morir, sobre la definición de la URSS como «estado obrero degenerado» que denuncie a su vez cómo la imposición estalinista ha segado las huelgas salvajes y los primeros grandes movimientos clasistas del final de la guerra.

Munis con Natalia Sedova en la casa de los Trotski en Coyoacán
Desde Finlandia a Bulgaria, rodeando por Yugoslavia, Austria y Alemania, los partidos stalinistas se nos ofrecen bajo una nueva luz, ya antes distintamente transparentada en la guerra civil española. Su llegada al poder, solos o en compañía de los fascistones de ayer y de los moluscos socialdemócratas, no ha representado un paso adelante, ni mayores libertades y facilidades al proletariado, ni siquiera un momento de democracia burguesa. Los movimientos revolucionarios que con mayor o menor ímpetu existían en todos los países donde entró el ejército ruso, fueron bruscamente yugulados, y la instauración en el poder de gobiernos stalinistas sometidos al stalinismo, estabilizó la situación, convirtiéndose aquellos en dictaduras desnudas o encubiertas con formas plebiscitarias. El empleo en algunos países de una terminología grata a los oídos de las masas, tal como «control obrero», «comités de fábrica», etc., tiene el mismo valor que el empleo del término «soviet» en Rusia. Se trata invariablemente de organismos controlados y vigilados por el stalinismo, vale decir por la G.P.U. Comités y control constituyen un brazo ejecutor del Estado, y el Estado es el mismo organismo reaccionario de ayer, con el stalinismo montado encima y las ametralladoras del ejército «rojo» por protección. La misión revolucionaria del proletariado empieza con la destrucción completa del Estado actual, monstruoso armatoste reaccionario.

En los países ocupados por el stalinismo, por el contrario, éste y el ejército ocupante cumplen una misión diametralmente opuesta a la del proletariado. Nadie podrá negarlo sin obligarse a defender el disparate que Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, etc., han comenzado siendo, por arte de birlibirloque, «Estados obreros degenerados». Recordemos la experiencia de España, que hoy se repite y completa en Europa oriental. El control «obrero» del stalinismo, su nacionalización, su «democracia», su orden en una palabra, asestaron el golpe mortal a la revolución española, entronizando de nuevo el Estado capitalista, hasta el punto que Negrín se jactaba, con razón, de haber impuesto un orden más completo que cualquier otro gobierno en los últimos cincuenta años.

Pero si en España existía una guerra civil que dificultaba, ya que no impedía por completo la conservación del orden staliniano-burgués representado por Negrín, la situación es totalmente diferente en Europa oriental. Aquí no hay posibilidad de ningún otro orden reaccionario que el staliniano-burgués, o sea el orden burgués fundido con el stalinismo y supeditado a los intereses de los embolsadores de beneficio rusos. (…)

Nos encontramos ante gobiernos stalinistas que representan un tope reaccionario a la revolución y al movimiento obrero en general. No se les puede equiparar con aquellos gobiernos de líderes reformistas vistos entre las dos guerras, tipo Kerenski, Noske o Blum, por naturaleza inestables, forzosamente destinados a ser derribados por la derecha o por la revolución proletaria. Lejos de alentar el movimiento revolucionario, la llegada al poder de los partidos stalinistas en Europa oriental ha surtido efectos destructores y regresivos, comparables a los de la llegada al poder de un partidario contrarrevolucionario. El simple ejercicio del derecho de huelga o la reclamación de reivindicaciones obreras se convierten en delitos de alta traición, causan encarcelamiento, trabajos forzados, o el asesinato de los promotores. Esto introduce nuevos elementos en nuestras ideas sobre el stalinismo, de donde se deducen importantes modificaciones valederas para todo el mundo. (…)

Las características mostradas por el stalinismo en Europa oriental, son aplicables también al stalinismo de Europa occidental, y en general al de todos aquellos territorios asiáticos en contacto directo con el territorio ruso o próximos a él. No significa eso que en las demás partes del mundo convenga empujar al poder los partidos stalinistas; simplemente que el problema se plantea en su máxima acuidad allí donde tienen fuerza y el Kremlin trata de substituir su dominio al dominio yanki-británico. Cierto, en los países no ocupados por Rusia el stalinismo puede aparecer como tendencia obrera semejante al reformismo, partidaria de la democracia burguesa, capaz de organizar huelgas y de obtener ciertas mejoras compatibles con el capitalismo. Se inclinará en ese sentido más o menos, según empeoren o mejoren las relaciones de Moscú con Washington y Londres. Pero el valor que para el movimiento obrero mundial tiene la experiencia de Europa oriental consiste precisamente en haber mostrado al stalinismo tal cual es, actuando y manifestándose en las condiciones más ideales imaginables. Ese es el stalinismo en el poder; por él puede juzgarse lo que sería en Grecia, Italia, España, Francia, etc. Lo que hace en Europa oriental es un ejemplo de lo que pretende hacer en todo el viejo continente. Resulta imposible asimilar el stalinismo a una tendencia obrera reformista.

No tiene sus bases en la aristocracia obrera y en la idea de la evolución progresiva del capitalismo, sino en un Estado poderoso y vencedor, producto de una contrarrevolución, que hoy sólo puede ser considerado como «el capitalista colectivo ideal». De ahí la repulsiva carencia de principios del stalinismo, su reptante elasticidad, su ausencia completa de escrúpulos, su naturaleza totalitaria, incluso cuando «lucha» por la «democracia», y su desfachatez sin precedente para vender las masas de cualquier país, sea a Moscú o a cualquier caro aliado de Moscú. En toda Europa, el porvenir del stalinismo está completamente ligado del porvenir de la contrarrevolución rusa. Empujándolo al poder en Francia, Italia, etc., se ayuda a la consolidación de ésta, cuyo porvenir depende en gran parte de sus maniobras diplomáticas, y éstas, a su vez, de la participación en el poder de los diversos partidos stalinistas de Europa occidental. El ejemplo de España, nuevamente, nos muestra que aumentando la influencia del stalinismo en el poder, disminuye hasta ser anulada por completo la libertad de las masas, y son destruidos los progresos de la revolución. Y en la época de la guerra civil española la casta rusa no había sufrido aún toda la corrupción de la guerra, ni el partido stalinista español disfrutaba del respaldo del ejército ruso. Hoy este respaldo se hace sentir incluso en Francia. Añadamos, para que el cuadro no quede sin una pincelada indispensable, que los partidos socialdemócratas tienden a escindirse en un sector stalinista y otro que desempeñe respecto del imperialismo yanki-británico, el mismo cometido que el stalinismo respecto de la contrarrevolución rusa.

G.Munis y Benjamin Peret. Los revolucionarios ante Rusia y el stalinismo mundial, 1946

Munis y Peret en Francia en los años 40.
El 1947 Munis y Peret vuelven a Francia donde desde 1943 se ha reconstruido el grupo español y retomado sus publicaciones, más orientadas al exilio que al interior. El grupo participará en el II Congreso de la IV Internacional. Pero el congreso se niega a condenar la participación de sus miembros en la defensa nacional, lo que precipita la ruptura del grupo español, Natalia Sedova y grupos vietnamitas y griegos, con la IV Internacional. Se convierten entonces en «Grupo Comunista Internacionalista» y alientan una breve «Unión Obrera Internacionalista» con los restos internacionalistas de la IV Internacional que han hecho la ruptura sobre bases similares a las suyas.

El GCI es el primer grupo revolucionario en reorganizar en el interior -Madrid y Barcelona- una estructura mínimamente estable que participa en la huelga de tranvías de marzo del 51, la primera movilización obrera tras la guerra, que esperan marque el renacer del movimiento de clase. El 11 de diciembre de 1952 ocho miembros del GCI caen en manos de la policía en una redada contra la organización. Tras las torturas de rigor son condenados por un tribunal militar a penas entre uno y diez años de prisión. El golpe desarticula en la práctica al GCI en España. Pero a la salida en libertad condicional en el 57 Munis escapa a Francia y junto con Peret, Jaime y otros militantes del GCI funda el FOR («Fomento Obrero Revolucionario»). Sus arranques serán difíciles: Peret muere en el 59 repentinamente y Munis es expulsado de Francia por las presiones españolas. Se refugiará en Milán, donde es acogido por Onorato Damen y el Partido Comunista Internacionalista, organización creada en 1942 por la Izquierda Comunista Italiana. Allí continuará el trabajo emprendido con Peret en los textos fundacionales del FOR: el debate con el anarcosindicalismo y el «Llamamiento y exhorto a la nueva generación» escribirá dos de los textos más importantes del movimiento comunista de la posguerra: «Los sindicatos contra la revolución» (1960) y «Pro Segundo Manifiesto Comunista» (1961).

Considérese en primer lugar la zona de Occidente, que tanto alardea de su democracia, y más concretamente del derecho de huelga legislado. En la realidad, y a menudo también en derecho, esa libertad es privativa de los representantes que la ley asigna a los trabajadores: los sindicatos. Cualquier huelga declarada y dirigida por los obreros mismos suscita en contra suya una coalición de Estado y sindicatos empeñados en vencerla o al menos en retrotraerla al redil sindical. La represión de los huelguistas desmandados la aceptan por contrato los sindicatos de varios países, mientras que en todos los casos ellos mismos la practican selectivamente en el trabajo contra los hombres más conscientes y rebeldes. Desde que la huelga revolucionaria francesa de 1936 fue rota por los fieles de Moscú (Thorez: «hay que saber terminar una huelga») unidos a los socialistas (Gobierno de León Blue y policía mandada por funcionarios del Frente Popular), no existe país que no haya visto huelgas llevadas al fracaso por los sindicatos. No conocen otro comportamiento tratándose de huelgas que desbordan los límites económicos y políticos del capitalismo, o que los amenacen siquiera. Así pues, de hecho y en derecho, la huelga está confiscada por los sindicatos, a mayor rendimiento del capital.

Mas eso no es todo. Allende el hecho siempre excepcional de la huelga, en las relaciones cotidianas del trabajo con el capital forja de la lucha de clase los sindicatos aparecen, no sólo como amortiguadores entre los dos campos, lo que sólo es posible a costa del trabajo, sino como mensajeros del segundo cerca del primero, y adaptadores del primero al segundo. Todas las manifestaciones naturales de la lucha del trabajo contra el capital, una vez acaparadas por los sindicatos, se vuelcan contra la clase obrera en beneficio del capital.

G. Munis. Los sindicatos contra la revolución, 1960

Munis y Jaime Fernandez en el penal del Dueso hacia 1954
El fin del carácter de clase de los sindicatos no sería el resultado de una política, sino del paso del capitalismo progresivo del XIX, donde las leyes de oferta y demanda actúan sobre el factor trabajo, al capitalismo decadente que sigue a la guerra mundial, en el que la concentración del capital alrededor del estado hace de los sindicatos un órgano necesario para absorber y controlar a la fuerza de trabajo igual que hace con las fracciones de la burguesía. Los sindicatos ya no serían tanto agregadores e intermediarios de la fuerza de trabajo como su estructura dentro del capitalismo monopolista. Y esto es algo de lo que no puede escapar ningún sindicalismo, por bienintencionado que sea.

Véase ahora los contratos colectivos de trabajo, que fueron concebidos para restringir la arbitrariedad patronal en los múltiples dominios en que puede ejercerse: condiciones ambientales y horario de trabajo, cadencias y productividad por hora, gradación de salarios, empleo y desempleo, libertad política, derecho de palabra y de asambleas en las fábricas, reglamentos interiores de las mismas, etc. En manos de los sindicatos, a los cuales la ley concede también el monopolio de su discusión y firma, los contratos colectivos se han convertido en un temible instrumento de supeditación del proletariado al capital en general, a los sindicatos en particular. Hasta tal punto, que así los sindicatos han llegado a ser desde hace tiempo, parcial o totalmente, instrumento de explotación. Son algo anexo a la relación fundamental de la sociedad capitalista, a saber, la relación entre el capital y el trabajo asalariado que lo produce y la valoriza reproduciéndose a sí mismo en cuanto trabajo asalariado. Contrata obrera y despidos, cuando no son dejados a discreción patronal, requieren un refrendo de los sindicatos a menudo utilizado contra los obreros más rebeldes. En otros casos, la sindicación obligatoria para obtener trabajo (closed shop), lejos de garantizar el empleo a quienes lo tienen, otorga a los sindicatos la prerrogativa patronal de adjudicación y de supresión, coerción económica y política reaccionaria en el más alto grado.

G. Munis. Los sindicatos contra la revolución, 1960

El FOR a pesar de sus problemas para establecer estructuras permanentes en España, sigue muy de cerca la evolución del capitalismo español y el resurgir de la lucha de clases en el contexto de la reinserción del capital español en el mercado mundial que se da desde 1959.

Que durante 40 años no hayan existido en España sindicatos del tipo dicho libre u obrero, no es óbice para que en numerosos lugares de trabajo se tenga confirmación de la experiencia europea y mundial desde la post-guerra acá. Al principio, los parciales de los sindicatos en la clandestinidad tenían que hacer coro en la clase obrera. La prohibición de las huelgas y la represión les obligaba a aceptar la iniciativa anónima y las propias asambleas de fábrica en cuanto organismos de decisión. Pero a medida que los obreros iban tomándose el derecho de huelga, mucho antes de que fuese aceptado por decreto o siquiera tolerado, aparecían en funciones los aparatos sindicales «libres», sacando partido de su propia clandestinidad. Les granjeaba ésta la simpatía de los trabajadores en general, y allí donde tenían situados hombres suyos podían aparecer como representantes democráticamente designados por las asambleas.

Por otra parte, y consecuentemente a la espléndida movilización obrera a partir de la primera oleada de huelgas en Asturias, pronto seguida de un estremecimiento general, hasta Cataluña y Andalucía, la ineficacia de los sindicatos falangistas se hacía patente. Eran despreciados en todas partes. A tal respecto es muy elocuente un documento escrito por las compañías mineras. A petición del gobierno, sentaban en él sus desideratas para un fuerte aumento de la producción carbonífera, en previsión del «Plan de Desarrollo». Pedían, claro está, miles de millones de pesetas para modernizar la técnica de extracción, pero señalaban como problema principal la pérdida del respeto y la rebeldía de la clase obrera que no hacía el menor caso de los acuerdos firmados en su nombre, tras cualquier conflicto, por la representación de los sindicatos verticales. Y reclamaban sin ambages otro tipo de organización sindical, capaz de hacer respetar sus decisiones a los trabajadores. Todavía más explícitas, las compañías mineras aseguraban al gobierno que sin ésta última condición, ni los miles de millones de pesetas solicitados, ni el más perfecto de los utillajes serían eficaces. (…)

A medida que los trabajadores imponían en la mejor de las lizas su derecho a la huelga, los representantes del capital iban percatándose de que les era indispensable tratarla mediante sindicatos «obreros», a la europea, tanto más cuanto que ese «Derecho del hombre» figura entre los requisitos del Mercado Común para abrirle de par en par las puertas a España. Y así empezó a producirse de hecho, en la práctica de las luchas cotidianas, aunque sin estiras y aflojas, una convergencia entre capital y sindicatos clandestinos (CC.OO; U.S.O. U.G.T., sindicatos vascongados, y en zaga C.N.T.). Iría agudizándose y precisándose hasta dar la confluencia actual, que incluye al propio gobierno, y aparece en más de un dominio, como colaboración directa. Es que, durante años la intervención en las huelgas de los representantes sindicales ya semi-clandestinos, ha sido moderadora de las reivindicaciones, limitadora del tiempo de paro, en ciertos casos esquirolantes y siempre contraria a la simultaneidad de la acción en escala nacional. Apenas dejado atrás el decenio anterior, empezó a observarse que doquiera se planteaba un conflicto, las asambleas de fábrica o de obreros agrícolas en el sur tomaban decisiones más radicales en ausencia que en presencia de hombres de los sindicatos. Y entre todos descollaban por sus trapacerías frenadoras y siguen los parciales de Camacho-Carrillo, al unísono con los sindicalistas presignados. (…)

No sólo ellos, sino también las otras centrales sindicales, se oponen o se opondrán en el futuro inmediato a la soberanía de las asambleas obreras en cada unidad de trabajo. Quieren, les es imprescindible, que la ley les confiera el monopolio de la representación obrera, con sus numerosas y jugosas triquiñuelas complementarias, entre otras la vara alta sobre despidos del trabajo. Ahí, y mucho más allá, va enderazado el prurito sindicalista de cualquier partido, muy especialmente de los que cuentan con larga experiencia en las dos Europas, occidental y oriental, sin olvidar la de Estados Unidos y Japón.

G. Munis. Prólogo a Los sindicatos contra la revolución, 1976

Pero sobre todo quiere hacer un balance de la oleada revolucionaria y de la contrarrevolución que le siguió para la nueva generación obrera, que crecida bajo el franquismo, empieza las primeras luchas sin la memoria de la experiencia histórica.

La revolución rusa y la revolución española, a veinte años de distancia en el tiempo, fueron el último estremecimiento de una sola ofensiva del proletariado internacional contra el capitalismo, ofensiva puntuada por incesantes ataques en muchos otros países. Durante ese lapso, la burocracia stalinista completaba en Rusia el capitalismo de Estado oficialmente presentado como socialismo, y justo en el momento en que la revolución española entraba en su fase más candente, daba la última mano a su obra asesinando a cuantos comunistas quedaban allí. Los de otros países se vieron sometidos por Moscú y sus secuaces a una campaña de calumnias sin precedente ni por la monstruosidad ni por el volumen. La propia gran prensa de los principales países imperialistas la vio con beneplácito. Comprendía que se trataba de una campaña contra la revolución proletaria, y por añadidura Moscú era ya entonces un aliado envidiable tanto para la Alemania y la Italia fascistas como para los imperialismos democráticos.

Factores organizativos muy importantes de la lucha de clase resultaron así trastocados, otros viciados, mientras que las ideas revolucionarias eran sometidas a una falsificación tan deliberada como machacona, de cuyos resultados destructores todavía no se ha desembarazado el movimiento obrero. En suma, la transformación de la revolución rusa en contrarrevolución y de los partidos llamados comunistas en partidos deliberadamente anti-comunistas cristalizaba en su forma definitiva en los años dichos.

Por ende, si desde mucho tiempo antes la intervención de Moscú en la lucha del proletariado mundial, sus partidos mediante, se había revelado siempre negativo, en España, teniendo ya claro su norte hacia el capitalismo de Estado, el partido de Moscú se reveló la principal fuerza de policía contrarrevolucionaria. Necesidades de conservación obligan. En Julio de 1936, y desde antes se esforzó, en vano por ventura, en impedir la sublevación del proletariado que pulverizó al ejército nacional en casi todo el territorio de la España peninsular. Inmediatamente después urdió en secreto y con armas rusas la destrucción del proletariado victorioso. Sublevado otra vez ese proletariado en Mayo de 1937, entonces contra la política reaccionaria de tal partido, éste lo vence, aunque no en la lucha sino gracias a intervenciones oportunistas, lo desarma, desencadena una represión feroz y aplasta la revolución. Lo que los militares y Franco no consiguieron en Julio de 1936, lo realizó el stalinismo a partir de Mayo de 1937.

G. Munis. Los sindicatos contra la revolución, 1960

Grupo de militantes del FOR de distintas generaciones a finales de los años 80 en Barcelona. Munis de traje rojo en el centro.
En «Pro Segundo Manifiesto Comunista» esa perspectiva sistematizará las lecciones de la oleada revolucionaria y la contrerrevolución que le siguió alrededor del concepto de decadencia del capitalismo, heredado del análisis luxemburguista del imperialismo y que implica

  1. existencia de un curso histórico marcado por la alternativa entre guerra y revolución
  2. imposibilidad de independencias nacionales o cualquier tipo de emancipaciones burguesas progresivas
  3. el desarrollo del capitalismo de estado como forma última del capital en su fase decadente, imperialista y monopolista
  4. la imposibilidad del sindicalismo de clase y la emergencia de un tipo de luchas -las huelgas salvajes- y nuevas formas de auto-organización en ellas que potencialmente desarrollan, como decía Lenin, «bajo cada huelga la hidra de la revolución».

Con este balance, fundamentalmente compartido con la Izquierda Comunista germano-holandesa e italiana, Munis analiza el colapso de la IV Internacional trotskista, el carácter contrarrevolucionario de los vástagos chinos del estalinismo y afirma la necesidad que el proletariado tiene de una organización política propia, una organización de revolucionarios que haga suyo el balance histórico.

Una nueva organización revolucionaria es indispensable al proletariado mundial. Pero su constitución resultará imposible o será muy defectuosa si no incorpora a su pensamiento las rudas experiencias ideológicas y organizativas padecidas desde 1914 hasta el presente. Las derrotas pasadas han de jalonar el camino de la victoria. Semejante organización deberá sobrepasar el tradicional conglomerado de partidos nacionales y al mismo tiempo rechazar todo centralismo orgánico que faculte a un puñado de dirigentes colocar la base ante decisiones disciplinarias consumadas. Ha de prefigurar el futuro mundo sin fronteras ni clases. Con tal finalidad adoptamos este Manifiesto y lo proponemos a todos los grupos y hombres revolucionarios del mundo. Es preciso romper tajantemente con tácticas e ideas muertas, decir a la clase obrera sin reticencias toda la verdad, rectificar sin duelo cuanto obstaculice el renacer de la revolución, proceda de Lenin, Trotsky o Marx mismo, adoptar un programa de reivindicaciones en consonancia con las máximas posibilidades de la técnica y la cultura moderna puestas al servicio de la humanidad.

Pro Segundo Manifiesto Comunista, 1961.

Se trata de un programa revolucionario de nuevo tipo que arranca persiguiendo la «organización de la acción obrera directa e independiente de todo sindicato» con consignas que comienzan por la reducción de jornada a 30 horas, el aumento del salario y la redistribución de la sobreproducción entre los expulsados del sistema productivo y que acaban con una propuesta de organización del periodo de transición pensada para romper la resistencia del propio «estado de transición» al avance del comunismo.

Se ha hecho imperativo establecer que la transición del capitalismo al comunismo, la dictadura del proletariado, es un concepto sociológico marxista, inseparable de la más completa democracia en el seno de las masas trabajadoras, ellas mismas en proceso de desaparición como clase. La emancipación de los trabajadores es obra de los trabajadores mismos. Le vuelven la espalda cuantos la identifican con la dictadura de un partido o siquiera de varios, cual la dictadura capitalista llamada democracia parlamentaria. Sólo la desaparición de la ley mercantil del valor, basada toda ella en el trabajo asalariado, acarreará la extinción del Estado. Sin adentrarse en ésta desde el principio mismo de revolución, el Estado se transforma rápidamente en el organizador de la contrarrevolución.

Pro Segundo Manifiesto Comunista, 1961.

Se trata del documento teórico más importante elaborado por una organización marxista española en el siglo XX. La antigua sección española de la IV Internacional, luego de la ruptura GCI y finalmente reorganizada como FOR será el único grupo marxista revolucionario en activo en territorio español durante los años 50 y 60. Munis seguirá militando en el FOR hasta su muerte en 1989.