La revolución rusa de 1917

La revolución rusa de 1917¿Qué fue la Revolución rusa de 1917?Desarrollo capitalista y revoluciónContinuidad y ruptura entre 1905 y 1917Naturaleza y límites de la Revolución rusaSoviets y partidoLas fases de la RevoluciónEl proletariado en la guerraLa revolución de febreroDoble poder y tesis de abrilEl cambio de rumboLas jornadas de abril y el gobierno de coaliciónLa ofensiva en el frenteLa mayoría del proletariado petersburgués pasa al bolchevismoLas jornadas de julio¿Qué significan las jornadas de julio?La contrarrevolución recupera terrenoDe la derrota de julio a la victoria sobre la korniloviadaLos soviets El nacimiento del Partido Comunista de RusiaEl último gobierno burgués y el pre-parlamentoOctubreLa insurrecciónEl IIº Congreso Panruso de los Soviets

¿Qué fue la Revolución rusa de 1917?

Desarrollo capitalista y revolución

Cuando el capitalismo global estaba llegando ya a los límites del mercado mundial, la situación de Rusia era social y económicamente, la de un país semicolonial sometido políticamente a un estado autocrático feudal.

Es esta situación la que explica la debilidad de la burguesía en la hora de la revolución democrático-burguesa. La industria rusa...

...nacida tarde, no repite la evolución de los países avanzados, sino que se incorpora a éstos, adaptando a su atraso propio las conquistas más modernas. Si la evolución económica general de Rusia saltó sobre los períodos del artesanado gremial y de la manufactura, algunas ramas de su industria pasaron por alto toda una serie de etapas técnico-industriales que en Occidente llenaron varias décadas. Gracias a esto, la industria rusa pudo desarrollarse en algunos momentos con una rapidez extraordinaria. Entre la revolución de 1905 y la guerra, Rusia dobló, aproximadamente, su producción industrial. [...]

En el año 1914 las pequeñas industrias con menos de cien obreros representaban en los Estados Unidos un 35 por 100 del censo total de obreros industriales, mientras que en Rusia este porcentaje era tan sólo de 17,8. La mediana y la gran industria, con una nómina de 100 a 1.000 obreros, representaban un peso específico aproximadamente igual; los centros fabriles gigantescos que daban empleo a más de mil obreros cada uno y que en los Estados Unidos sumaban el 17,8 por 100 del censo total de la población obrera, en Rusia representaban el 41,4 por 100. En las regiones industriales más importantes este porcentaje era todavía más elevado: en la zona de Petrogrado era de 44,4 por 100; en la de Moscú, de 57,3 por 100. A idénticos resultados llegamos comparando la industria rusa con la inglesa o alemana. Este hecho, que nosotros fuimos los primeros en registrar en el año 1908, se aviene mal con la idea que vulgarmente se tiene del atraso económico de Rusia. Y, sin embargo, no excluye este atraso, sino que lo complementa dialécticamente.

También la fusión del capital industrial con el bancario se efectuó en Rusia en proporciones que tal vez no haya conocido ningún otro país. Pero la mediatización de la industria por los Bancos equivalía a su mediatización por el mercado financiero de la Europa occidental. La industria pesada (metal, carbón, petróleo) se hallaba sometida casi por entero al control del capital financiero internacional , que se había creado una red auxiliar y mediadora de Bancos en Rusia. La industria ligera siguió las mismas huellas. En términos generales, cerca del 40 por 100 del capital acciones invertido en Rusia pertenecía a extranjeros, y la proporción era considerablemente mayor en las ramas principales de la industria. Sin exageración, puede decirse que los paquetes de acciones que controlaban los principales bancos, empresas y fábricas de Rusia estaban en manos de extranjeros, debiendo advertirse que la participación de los capitales de Inglaterra, Francia y Bélgica representaba casi el doble de la de Alemania.

Las condiciones originarias de la industria rusa y de su estructura informan el carácter social de la burguesía de Rusia y su fisonomía política. La intensa concentración industrial suponía, ya de suyo, que entre las altas esferas capitalistas y las masas del pueblo no hubiese sito para una jerarquía de capas intermedias. Añádase a esto que los propietarios de las más importantes empresas industriales, bancarias y de transportes eran extranjeros que cotizaban los beneficios obtenidos en Rusia y su influencia política en los parlamentos extranjeros, razón por la cual no sólo no les interesaba fomentar la lucha por el parlamentarismo ruso, sino que muchas veces le hacían frente: bate recordar el vergonzoso papel que desempeñaba en Rusia la Francia oficial. Tales eran las causas elementales e insuperables del aislamiento político y del odio al pueblo de la burguesía rusa. Y si ésta, en los albores de su historia, no había alcanzado el grado necesario de madurez para acometer la reforma del Estado, cuando las circunstancias le depararon la ocasión de ponerse al frente de la revolución demostró que llegaba ya tarde.

León Trotski, Historia de la Revolución rusa

Como es característico de los países semicoloniales, esto se traducía en un proletariado joven y muy concentrado geográficamente en el Occidente del país - que incluía además del área de Petrogrado y Moscú, las regiones industriales de los Urales y el Donest, Polonia, Ucrania, Finlandia y las hoy «repúblicas bálticas»-, rodeado literalmente de lo que Lenin describiría como un «océano de cien millones de campesinos».

A principios del siglo XX Rusia tenía cerca de ciento cincuenta millones de habitantes, más de tres millones de los cuales se concentraban en Petrogrado y Moscú. [...] En Rusia la clase obrera contaba, en 1905, incluyendo la ciudad y el campo, no menos de diez millones de almas, que, con sus familias, venían a representar más de veinticinco millones de almas.

León Trotski, Historia de la Revolución rusa

Antes de 1905 resultaba claro que la única revolución que podía plantearse en Rusia era una revolución burguesa que, con un programa democrático, culminara y extendiera el desarrollo capitalista. Pero esto no suponía que la revolución -burguesa- fuera o pudiera ser dirigida por la burguesía.

En las filas de la socialdemocracia rusa -entonces todos nos llamábamos socialdemócratas- nadie dudaba de que la revolución que se acercaba era precisamente burguesa; es decir, una revolución engendrada por la contradicción entre el desarrollo adquirido por las fuerzas productivas de la sociedad capitalista y las condiciones políticas y de casta semifeudales y medievales ya caducas. En la lucha sostenida por aquel entonces contra los populistas y los anarquistas, tuve ocasión de explicar, en no pocos discursos y artículos, de acuerdo con el marxismo, el carácter burgués de la revolución que se avecinaba.

Pero el carácter burgués de la revolución no prejuzgaba qué clases habrían de realizar los fines de la revolución democrática y qué relación guardarían entre sí. En este punto era precisamente donde empezaban los problemas estratégicos fundamentales.

Plejanov, Axelrod, la Zasulich, Martov, y con ellos, todos los mencheviques rusos, partían del punto de vista de que, en la revolución burguesa inminente, el papel directivo sólo podía pertenecer a la burguesía liberal, en su condición de pretendiente natural al poder. Según este esquema, al proletariado no le correspondía más papel que el de ala izquierda del frente democrático: la socialdemocracia debería apoyar a la burguesía liberal contra la reacción, y, al mismo tiempo, defender los intereses del proletariado contra la propia burguesía. En otros términos, los mencheviques concebían la revolución burguesa principalmente como una reforma de tipo liberal-constitucional.

Lenin planteaba la cuestión en términos completamente distintos. Para él, la emancipación de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa de los cepos en que las tenía aprisionadas el régimen servil, significaba ante todo la solución del problema agrario, con la liquidación completa de la clase de los grandes hacendados y la transformación revolucionaria de la propiedad de la tierra. Con esto, estaba íntimamente ligada la destrucción de la monarquía. Lenin planteó con una audacia verdaderamente revolucionaria el problema agrario, que tocaba a los intereses vitales de la inmensa mayoría de la población, y condicionaba al mismo tiempo el problema del mercado capitalista. Como la burguesía liberal, hostil a los obreros, está unida por numerosos lazos a la gran propiedad agraria, la verdadera emancipación democrática de los campesinos sólo podía realizarse, lógicamente, por medio de la unión revolucionaria de los campesinos y los obreros, y, según Lenin, el alzamiento conjunto de ambos contra la vieja sociedad conduciría, caso de triunfar, a la instauración de la «dictadura democrática de los obreros y campesinos».

León Trotski, «La revolución permanente»

Los acontecimientos de 1905 darían fe de la imposibilidad de que la burguesía dirigiera el proceso revolucionario. En la hora de la verdad, la burguesía -como había ocurrido en la última ola de revoluciones burguesas europeas- temerosa en mayor medida del proletariado que de la autocracia, no estaba dispuesta a llevar la revolución hasta su conclusión lógica.

Los acontecimientos de 1905 fueron el prologo de las dos revoluciones de 1917: la de Febrero y la de Octubre. El prólogo contenía ya todos los elementos del drama, aunque éstos no se desarrollasen hasta el fin.

La guerra ruso-japonesa hizo tambalearse al zarismo. La burguesía liberal se valió del movimiento de las masas para infundir un poco de miedo desde la oposición a la monarquía.

Pero los obreros se emanciparon de la burguesía, organizándose aparte de ella y frente a ella en los soviets, creados entonces por vez primera. Los campesinos se levantaron, al grito de «¡tierra!», en toda la gigantesca extensión del país. Los elementos revolucionarios del ejército sentíanse atraídos, tanto como los campesinos, por los soviets, que, en el momento álgido de la revolución, disputaron abiertamente el poder a la monarquía.

Fue entonces cuando actuaron por primera vez en la historia de Rusia todas las fuerzas revolucionarias: carecían de experiencia y les faltaba la confianza en sí mismas. Los liberales retrocedieron ostentosamente ante la revolución en el preciso momento en que se demostraba que no bastaba con hostigar al zarismo, sino que era preciso derribarlo.

La brusca ruptura de la burguesía con el pueblo, que hizo que ya entonces se desprendiese de aquélla una parte considerable de la intelectualidad democrática, facilitó a la monarquía la obra de selección dentro del ejército, le permitió seleccionar las fuerzas fieles al régimen y organizar una sangrienta represión contra los obreros y campesinos. Y, aunque con algunas costillas rotas, el zarismo salió vivo y relativamente fuerte de la prueba de 1905.

León Trotski. Historia de la Revolución rusa

Continuidad y ruptura entre 1905 y 1917

1917, como 1905, arranca ante todo de un proceso de desarrollo, auto-organización y extensión de las luchas obreras contra la guerra y sus consecuencias, que confluye con una rebelión campesina generalizada y amorfa y que culmina en febrero con la caída del zarismo. El prólogo contenía ya todos los elementos del drama como apunta Trotski, pero hay un nuevo factor que permite que se desarrollen hasta el fin.

Es imposible entender la naturaleza de la Revolución rusa sin haber reparado antes en el significado profundo de la primera guerra imperialista mundial. La gran guerra es mundial porque el imperialismo ha cerrado ya la expansión del mercado mundial. Marca una frontera clara a partir de la cual podemos decir que la gran obra progresista del capitalismo ha concluido en lo fundamental. A partir de ahí la acumulación podrá proseguir -habrá largas etapas de crecimiento- habrá, obviamente, desarrollo de las fuerzas productivas, pero este desarrollo, incluso más allá de los espasmos crónicos de las crisis, será un desarrollo monstruoso, deforme, hipotecado e incompetente para producir verdadero desarrollo social. El estancamiento -cuando no incremento- de la jornada de trabajo, el desarrollo del capitalismo de estado y el militarismo, de la guerra como modo de vida del capital nacional, el derroche y destrucción sistemática de fuerzas productivas -los propios trabajadores los primeros-, la extenuación del arte y la cultura... El capitalismo a partir de 1914 cruza una línea de no retorno, es ya y sin remedio, un sistema decadente. Y al mismo tiempo, las capacidades productivas son ya, por primera vez, universalizables a escalas masivas. Las condiciones objetivas de la revolución están dadas.

Será la posibilidad material, la necesidad histórica y la actualidad inmediata la revolución proletaria mundial la que transforme las perspectivas de la Revolución de 1917. En marzo, todavía en Suiza, escribiendo el resumen de un discurso que ha dado para militantes socialdemócratas locales, Lenin avanza el programa de un gobierno de los soviets que declare la paz sin condiciones, llame a los obreros del mundo a derrocar a sus gobiernos y confisque la tierra de los terratenientes.

Esto no sería aun el socialismo. Sería la victoria de los obreros y de los campesinos pobres que garantiza la paz, la libertad y el pan. Por tales condiciones de paz también nosotros estamos dispuestos a librar una guerra revolucionaria! La ayuda del proletariado de todos los países estaría asegurada. Los viles llamamientos de los socialpatriotas se desvanecerían como humo.

¡Viva la revolución rusa! ¡Viva la revolución obrera mundial que ha comenzado!

Lenin, «Sobre las tareas del POSDR en la revolución rusa», marzo 1917

Ese será el mensaje de las tesis de abril de Lenin y ese será el cambio que permita el desarrollo de la revolución proletaria mundial en Rusia.

Con la revolución rusa de febrero-marzo de 1917, la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra civil. Esta revolución ha dado el primer paso hacia el cese de la guerra. Pero solo un segundo paso puede asegurar ese cese, a saber: el paso del poder del estado a manos del proletariado. Eso será el comienzo de la «ruptura del frente» en todo el mundo, del frente de los intereses del capital, y solo rompiendo ese frente, puede el proletariado redimir a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarse el bien de una paz duradera.

Lenin. Las tareas del proletariado en nuestra revolución, 10 de abril 1917

Naturaleza y límites de la Revolución rusa

¿Qué es por tanto la revolución rusa en su conjunto? Una revolución permanente, una revolución democrática, es decir, burguesa, en la que el proletariado dirige a un campesinado en rebelión para derrotar la autocracia y a la que la revolución proletaria mundial permite dotarse, inmediatamente, de una perspectiva socialista. Perspectiva que necesitaba para materializarse de la extensión de la revolución socialista al menos en Europa.

La derrota de la revolución en Europa no permitirá a la revolución rusa alcanzar nunca el estadio socialista hacia el que se orientaba y dirigía: quedará en revolución política. No es, como veremos, un triunfo menor. El proletariado destruyó el estado zarista y levantó las herramientas de su propia dictadura: los soviets. Como veremos en el siguiente cuaderno, serán disueltos en la práctica por la guerra civil y sustituidos paulatinamente por el propio entramado burocrático creado para sostenerlos, que acabará dirigiendo una contrarrevolución -también exclusivamente política- que liquidará finalmente a los soviets y destruirá como herramienta útil a la clase al partido de la revolución.

La revolución rusa no destruyó la estructura económica del capital, que no reside en el burgués ni en los monopolios, sino en lo que Marx llamaba la relación social capital-salariato; tras un momento de vacilación, la modificó de privada en estatal, y en torno a ella y para ella fueron reacomodándose luego lo judicial, lo político... y los cuerpos represivos, ejército nacional comprendido, hasta que la relación social capital-salariado adquirió la virulencia que continúa distiguiéndola.

Fue pues una revolución democrática o permanente, hecha por un poder proletario, y muerta como tal antes de alcanzar el estadio socialista que la motivó y constituía su mira. Por ende, no pasó de ser una revolución política. Y si bien en ese aspecto fue más cabal que la revolución española, la persistencia de la mencionada relación social capitalista dio a la contrarrevolución la facilidad de ser sólo política también, si bien cruelísima, en proporción al apremio de revolución mundial.

G. Munis. «Reafirmación», 1979

Soviets y partido

Nos resta un elemento importantísimo en la caracterización de la revolución rusa: la auto-organización de la clase. Nunca antes una parte tan numerosa del proletariado había desarrollado tal grado de organización y consciencia. Las herramientas fueron fundamentalmente dos: los soviets y el partido.

La primera, los soviets, fueron órganos de lucha primero, de insurrección después y finalmente de ejercicio fugaz de la dictadura de clase. La segunda, el partido fue el enzima que sirve al acendramiento, a través de consignas y argumentos claros y concretos, de miles y miles de los trabajadores más decididos y comprometidos... muchas veces, como veremos, a pesar de la propia dirección del partido..

Como también veremos, no hubo otro método para ello que el debate constante y extenso, bien pegado a la acción, sustentado en la voluntad revolucionaria de una organización que paulatinamente creció hasta agrupar, dar voz y claridad la dirección espontánea segregada por la masa de la clase.

Las masas tienen millones de caras; no son homogéneas; están dominadas por los intereses de clases, variados y contradictorios; no llegan a alcanzar la verdadera consciencia -sin la cual no es posible ninguna acción fecunda- sino mediante la organización. Las masas sublevadas de la Rusia de 1917 se elevan hasta alcanzar la consciencia neta y clarividente de la acción que se impone, de los medios a emplear y de los objetivos a conseguir, sirviéndose del partido bolchevique como de un órgano. No se trata de una teoría; es simplemente el enunciado de un hecho. Las relaciones entre el partido, la clase obrera, las masas laboriosas, se nos presentan aquí con un relieve admirable. El partido expresa en términos claros -y lo realiza- todo aquello que anhelan confusamente los marinos de Cronstadt, los soldados de Kazán, los obreros de Petrogrado, de Ivanovo-Voznesensk, de Moscú y de todas partes, los campesinos que saquean las residencias señoriales; en suma, lo que quieren todos, sin que puedan expresar con claridad sus aspiraciones, confrontarlas con las posibilidades económicas y políticas, señalar los fines más razonables, elegir los medios más apropiados para alcanzarlos, señalar el momento más favorable para la acción, ponerse de acuerdo de un lado a otro del país, informarse los unos a los otros, disciplinarse, coordinar sus esfuerzos innumerables, constituir, en una palabra, una fuerza única e inteligente, instruida, voluntaria, prodigiosa. El partido les revela lo que ellos piensan. El partido es el lazo que los une entre ellos, de un extremo a otro del país. El partido es su consciencia, su inteligencia, su organización.

Cuando los artilleros de los acorazados del mar Báltico, llenos de ansiedad por los peligros que amenazan a la revolución, buscan un camino, allí está el agitador bolchevique para indicárselo. Y no hay otro camino que aquél; eso es la evidencia misma. Cuando algunos soldados que se encuentran en las trincheras quieren dar expresión a su voluntad de acabar con aquella matanza, eligen para formar el comité del batallón a los candidatos del partido bolchevique. Cuando los campesinos, hartos ya de las dilaciones de «su partido» socialista-revolucionario, se preguntan si no ha llegado ya la hora de actuar ellos mismos, llega hasta ellos la voz de Lenin: «¡Labrador, coge tú mismo la tierra!» Cuando los obreros sienten que la intriga contrarrevolucionaria ronda por todas partes a su alrededor, el diario Pravda les suministra el santo y seña que presentían ya y que es la que imponen las necesidades de la revolución. La gente que pasa por la calle, en estado lastimoso, como un rebaño, se detiene frente a las pancartas pegados por los bolcheviques, y exclama: «¡Justo! ¡Eso mismo!». Eso mismo. Aquella voz es la suya propia.

De ahí que la marcha de las masas hacia la revolución se traduzca en un gran hecho político: los bolcheviques, que eran el mes de marzo una pequeña minoría revolucionaria, pasan a ser durante los meses de septiembre-octubre el partido de la mayoría. Es ya imposible distinguir entre las masas y el partido. Se trata de una sola marca. Hay también, sin duda, entre la muchedumbre, otros revolucionarios dispersos, socialistas-revolucionarios de izquierda -los más numerosos-, anarquistas, marximalistas, que también quieren la revolución: puñado de hombres arrastrados por los acontecimientos. Agitadores empujados por la agitación general. Tendremos ocasión de ver en varios detalles cuán confusa era su consciencia de la realidad. Los bolcheviques, por el contrario, merced a su exacta comprensión teórica del dinamismo de los acontecimientos, se identifican a la vez con las masas de trabajadores y con la necesidad histórica. «Los comunistas no tienen otros intereses que los del proletariado en su conjunto», dice el Manifiesto de Marx y Engels. ¡Qué exacta nos parece ahora esta frase, que se escribió el año 1847!

A partir de las algaradas de julio, el partido, que acababa de salir de un período de ilegalidad y de persecución, es solamente tolerado. Se forma en columna de asalto. Pide a sus miembros abnegación, fervor y disciplina: como compensación no les proporciona otra cosa que la satisfacción de servir al proletariado. Véase, sin embargo, cómo crecen sus efectivos. En abril contaba con 72 organizaciones, que alcanzaban un total de 80 000 miembros. A fines de julio sus efectivos alcanzaban la cifra de 200.000 afiliados, distribuidos en 162 organizaciones.

Victor Serge. «El año I de la Revolución rusa»

Las fases de la Revolución

Nota del editor. En el relato de los hechos haremos un uso intensivo de la Historia de la Revolución rusa de Trotski. Todas las citas son por defecto de tal obra. Para no ser redundantes no pondremos la fuente al pie de las citas en tal caso.

El proletariado en la guerra

La guerra imperialista, sostenida por la burguesía rusa con la avaricia y la alegría de los grandes negocios garantizados, interrumpe un proceso de lucha de largo aliento, continuidad directa de la revolución de 1905.

Nuestros datos, reducidos a su más simple expresión, se contraen a las empresas sometidas a la inspección de fábricas. Dejamos a un lado los ferrocarriles, la industria minera, el artesano y las pequeñas empresas en general, y, mucho más naturalmente, la agricultura, por diversas razones en que no hay para qué entrar. Con esto no pierden el menor relieve los cambios que acusa la curva de huelgas durante ese período.

 AñosNúmero de huelguistas
 190387.000
 190425.000
 19051.843.000
 1906651.000
 1907540.000
 190893.000
 19098.000
 19104.000
 19118.000
 1912550.000
 1913502.000
 1914 (primera mitad)1.059.000
 1915156.000
 1916310.000
 1917 (enero-febrero)575.000

El período de prosperidad industrial que se inicia en el año 1910 pone otra vez en pie a los obreros e imprime nuevo impulso a sus energías. Las cifras de 1913-1914 repiten casi los datos de 1905-1907, sólo que en un orden inverso: ahora, el movimiento no tiende a remitir, sino que va en ascenso. Comienza la nueva ofensiva revolucionaria sobre bases históricas más altas: esta vez, el número de obreros es mayor, y mayor también su experiencia. Los seis primeros meses de 1914 pueden equipararse casi, por el número de huelguistas políticos, al año de apogeo de la primera revolución. Pero se desencadena la guerra y trunca bruscamente este proceso. Los primeros meses de la guerra se caracterizan por la inactividad política de la clase obrera. Pero el estancamiento empieza ya a ceder en la primavera de 1915, y se abre un nuevo ciclo de huelgas políticas que, en febrero de 1917, produce la explosión del alzamiento de los obreros y los soldados.

Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos o tres años antes se lanzaban unánimemente a la huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún no esfumadas. Al mismo tiempo, la penetración de los elementos grises procedentes del campo en las filas obreras hacen que se destiña -por decirlo así- el carácter de clase de ésta. Los escépticos menean irónicamente la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años 1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los acontecimientos o un impulso económico subterráneo abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha se enciende de nuevo y con mayores bríos.[...]

El movimiento revolucionario se paralizó al primer redoble de los tambores guerreros. Los elementos obreros más activos fueron movilizados. Los militantes revolucionarios fueron trasladados de las fábricas al frente. Toda declaración de huelga era severamente castigada. La prensa obrera fue suprimida; los sindicatos estrangulados. En las fábricas entraron cientos de miles de mujeres, de jóvenes, de campesinos. Políticamente, la guerra, unida a la bancarrota de la Internacional, desorientó extraordinariamente a las masas y permitió a la dirección de las fábricas, que había levantado cabeza, hablar patrióticamente en nombre de la industria, arrastrando consigo a una parte considerable de los obreros y obligando a los más audaces y decididos a adoptar una actitud expectante. La idea revolucionaria había ido a refugiarse en grupos pequeños y silenciosos. En las fábricas, nadie se atrevía a llamarse bolchevique, sí no quería verse al punto detenido e incluso apaleado por los obreros más retrógrados.

En el momento de estallar la guerra, la fracción bolchevique de la Duma, foja por las personas que la componían, no estuvo a la altura de las circunstancias. Se juntó a los diputados mencheviques para formular una declaración en la que se comprometía a «defender los bienes culturales del pueblo contra todo atentado, viniera de donde viniese». La Duma subrayó con aplausos aquella capitulación. No hubo entre todas las organizaciones y grupos del partido que actuaban en Rusia ni uno solo que abrazase la posición claramente derrotista que Lenin mantenía desde el extranjero. Sin embargo, entre los bolcheviques, el número de patriotas era insignificante: muy al contrario de lo que hicieron los narodniki y mencheviques, los bolcheviques empezaron ya en el año 1914 a agitar entre las masas de palabra y por escrito contra la guerra.

Los bolcheviques se habían constituido como fracción formalmente independiente en 1912, casi una década después del estallido del «Partido Obrero Socialdemócrata Ruso» (POSDR). Desde entonces firmaban como POSDR(b) (la be era por «mayoritarios», «bolcheviki» en ruso). Sin embargo estaban lejos de formar un cuerpo -de organización y de doctrina- monolítico. Como cuenta Trotski arriba, desde el primer momento, la dirección bolchevique en el interior de Rusia tomara posiciones tibias, incluso defensistas, que se re-emergerán en las distintas fases del proceso revolucionario. Se puede afirmar sin temor que si hubiera sido por su dirección durante la guerra, los bolcheviques nunca hubieran podido llegar a ser otra cosa que el ala izquierda del menchevismo, a su vez ala izquierda de una burguesía ya reaccionaria.

Pero el POSDR(b) era más que su dirección formal. Por supuesto, estaba Lenin en el exilio. Había sido con Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Jogiches, Trotski y algunos más parte de la exigua minoría de dirigentes de la Internacional que había tomado una posición internacionalista clara al estallido de la guerra. Es más, había sido el primero en enarbolar la consigna del derrotismo revolucionario, haciendo del llamamiento a convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria el eje de acendramiento de los revolucionarios en una nueva etapa.

¡En alto la bandera de la guerra civil! El imperialismo ha apostado a una carta los destinos de la cultura europea: a esta guerra, si no hay una serie de revoluciones victoriosas, no tardarán en seguir otras guerras; la fábula de la «última guerra» es una ficción vana y perniciosa, un «mito» filisteo. La bandera proletaria de la guerra civil, si no hoy, mañana -si no en esta guerra después de ella-, si no en esta guerra , en la próxima que siga, agrupará alrededor de ella no solo a cientos de miles de obreros conscientes, sino a millones de semiproletarios y pequeños burgueses embaucados por el chovinismo, a quienes los horrores de la guerra no solo les han de intimidar y aturdir sino que les han de instruir, enseñar, despertar, organizar, templar y preparar para la guerra contra la burguesía, tanto de «su propio» país como de los países «ajenos».

La IIª Internacional ha muerto, vencida por el oportunismo. ¡Abajo el oportunismo y viva la IIIª Internacional!

Lenin. La situación y las tareas de la Internacional Socialista. 1 de noviembre de 1914. OOCC T26, pp 441 y 42.

Pero la imagen de un Lenin profético que teledirige desde el exilio a un partido monolítico es una fantasía stalinista creada muy posteriormente con fines espurios. Lenin, admirado y escuchado en la base del partido, estuvo lejos de ser incuestionado. Al revés, muchas veces aislado estuvo habitualmente en minoría en momentos críticos y la propia dirección del partido le cortó en no pocas veces -hasta vísperas de Octubre- el acceso a la prensa y las comunicaciones internas.

Sin embargo, la exaltación del centralismo en el debate con los agrupamientos obreros étnicos y la gimnasia de las constantes reorganizaciones tras las detenciones y olas represivas, habían configurado a los bolcheviques como una organización centralizada en un sentido muy diferente al burocrático: a pesar de la importancia de los órganos centrales, la organización entera acaba formando parte determinante de todas las tomas de decisión estratégicas.

Y la guerra cambió la fisonomía y composición social de la base de la organización. Buena parte de la intelectualidad y los estudiantes desertaron. Los comités locales quedaron aislados en momentos críticos, sin poder contar con buenos redactores mejor formados que los trabajadores militantes ni relación con el centro. El derrotismo revolucionario germinó pronto en ellos, no por influjo de una dirección defensista, sino como expresión directa de la experiencia de los trabajadores que habían vivido 1905. Shliapnikov, que dirigirá el comité de Petrogrado, recupera las consignas del comité local del principal centro obrero de Rusia en julio de 1914 -recién comenzada la guerra- muy lejanas del defensismo.

¡Abajo la guerra! ¡Guerra a la guerra! deben difundirse con fuerza a lo largo y ancho de Rusia. Los trabajadores deben recordar que no tienen enemigos al otro lado de la frontera; en todos lados la clase trabajadora está oprimida por los ricos y el poder de los propietarios… ¡¡Viva la solidaridad mundial del trabajo!!

Citado en «On the Eve of 1917» por Alejandro Shliapnikov, pp. 20-1

Pero no hay que hacerse ilusiones. La militarización de la producción, la represión directa, el mandar al frente como castigo a los obreros huelgistas, la detención de los diputados bolcheviques en la Duma y la caída de moral general desarticularon temporalmente al POSDR(b)

La guerra causó terribles estragos en las organizaciones clandestinas. Después del encarcelamiento de su fracción en la Duma, los bolcheviques viéronse privados de toda organización central. Los comités locales llevaban una existencia episódica y no siempre se mantenían en contacto con los distritos. Sólo actuaban grupos dispersos, elementos sueltos. Sin embargo, el auge de la campaña huelguística les infundía fuerza y ánimos en las fábricas, y poco a poco fue estableciéndose el contacto entre ellos y se anudaron las necesarias relaciones.

La consigna de ¡Abajo la guerra! solo empezará a encontrar eco un año después, cuando las condiciones impuestas por la guerra transformen la percepción de ésta entre los trabajadores.

En agosto de 1915, los ministros zaristas se comunican unos a otros que los obreros «acechan por todas partes, venteando traiciones y sabotajes en favor de los alemanes, y se entregan celosamente a la busca y captura de los culpables de nuestros fracasos en el frente». En efecto, durante este período, la crítica de las masas que empieza a resurgir se apoya, en parte sinceramente y en parte adoptando ese tinte protector, en la «defensa de la patria». Pero esta idea no era más que el punto de partida. El descontento obrero va echando raíces cada vez más profunda, sella los labios de los capataces, de los obreros reaccionarios y de los adulones de los patronos, y permite volver a levantar cabeza a los bolcheviques.

Las masas pasan de la crítica a la acción. Su indignación se traduce principalmente en los desórdenes producidos por la escasez de subsistencias, desórdenes que, en algunos sitios, toman la forma de verdaderos motines. Las mujeres, los viejos y los jóvenes se sienten más libres y más audaces en el mercado o en la plaza pública que los obreros movilizados en las fábricas. En mayo, el movimiento deriva, en Moscú, hacia el saqueo de casas de alemanes. Y aunque sus autores obren bajo el amparo de la policía y procedan de los bajos fondos de la ciudad, la sola habilidad del saqueo en una urbe industrial como Moscú atestigua que los obreros no están aún lo bastante despiertos para poder infiltrar sus consignas y su disciplina en la parte de la población urbana sacada de sus casillas. Al correrse por todo el país estos desórdenes, destruyen el hipnotismo de la guerra y preparan el terreno a las huelgas. La afluencia de mano de obra inepta a las fábricas y el afán de obtener grandes beneficios de guerra se traducen en todas partes en un empeoramiento de las condiciones de trabajo y resucitan los más burdos métodos de explotación. La carestía de la vida va reduciendo automáticamente los salarios. Las huelgas económicas se tornan en un reflejo inevitable de las masas, tanto más tumultuoso cuanto más se le ha querido contener. Las huelgas van acompañadas de mítines, de votación de acuerdos políticos, de encuentros con la policía y, no pocas veces, de tiroteos y de víctimas.

La lucha se corre, en primer término, por la región textil central. El 5 de junio, la policía dispara sobre los obreros tejedores de Kostroma: cuatro muertos y nueve heridos. El 10 de agosto, las tropas hacen fuego sobre los obreros de Ivanovo-Vosnesenk: dieciséis muertos, treinta heridos. En el movimiento de los obreros textiles aparecen complicados soldados del batallón destacado en aquella plaza. Como respuesta a los asesinos de Ivanovo-Vosnesenk, estallan huelgas de protesta en distintos puntos del país. Paralelamente a este movimiento, se va extendiendo la lucha económica. Los obreros de la industria textil marchan, en muchos sitios, en primera fila.

Comparado con la primera mitad de 1914, este movimiento representa, así en lo que se refiere a la intensidad del ataque como en lo que afecta a la claridad de las consignas, un gran paso atrás. No tiene nada de particular: es una huelga en la que toman parte principal las masas grises; además, en el sector obrero dirigente reina el desconcierto más completo. Sin embargo, ya en las primeras huelgas que estallan durante la guerra se pulsa la proximidad de los grandes combates. El 16 de agosto declara el ministro de Justicia, Ivostov: «Si actualmente no estallan acciones armadas es, sencillamente, porque los obreros no disponen de organización». Pero todavía se expresaba más claramente Goremikin: «El único problema con que tropiezan los caudillos obreros es la falta de organización, pues la detención de los cinco diputados de la Duma se la ha destruido». Y el ministro del Interior añadía: «No es posible amnistiar a los diputados de la Duma (los bolcheviques), pues son el centro de la organización del movimiento obrero en sus manifestaciones más peligrosas». Por lo menos, aquellos señores sabían muy bien dónde estaban sus verdaderos enemigos: en esto, no se equivocaban.

Al tiempo que el gobierno, aun en los momentos de mayor desconocimiento, en que se mostraba propicio a hacer concesiones a los liberales, creía imprescindible dirigir los tiros a la cabeza de la revolución obrera, es decir, a los bolcheviques, la gran burguesía pugnaba por llegar a una inteligencia con los mencheviques. Alarmados por las proporciones que iban tomando en las huelgas, los industriales liberales hicieron una tentativa para imponer una disciplina patriótica a los obreros, metiendo a los representantes elegidos por éstos en los comités industriales de guerra. El ministro del Interior se lamentaba de lo difícil que era luchar contra la iniciativa de Guchkov: «Todo esto se lleva a cabo bajo la bandera del patriotismo y en nombre de los intereses de la defensa nacional». Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la policía se guardaba muy mucho de detener a los socialpatriotas, en quienes veía unos aliados indirectos en la lucha contra las huelgas y los «excesos» revolucionarios. Todo el convencimiento de la policía de que, mientras durase la guerra, no estallarían insurrecciones, se basaba en la confianza excesiva que había puesto en la fuerza del socialismo patriótico.[...]

El 9 de enero, aniversario tradicionalmente conmemorado de la manifestación obrera ante el palacio de Invierno, que el año anterior había pasado casi inadvertido, hace estallar, en el año 1916, una huelga de extensas proporciones. En estos años, el movimiento de huelgas se duplica. No hay huelga importante en que no se produzcan choques con la policía. Los obreros hacen gala de su simpatía por los soldados, y la Ocrana apunta más de una vez este hecho inquietante.

La consigna de ¡Abajo la guerra! movilizada desde la base empieza a incorporarse a las plataformas reivindicativas de unas huelgas que lejos de ser frenadas por las concesiones de los patrones son propulsadas por ellas. En el POSDR(b) empiezan a aparecer nuevas perspectivas.

Resurgió la actuación clandestina. El Departamento de policía había de escribir más tarde: «Los leninistas, a los que sigue en Rusia la gran mayoría de las organizaciones socialdemócratas, han lanzado desde el principio de la guerra, en los centros más importantes (tales como Petrogrado, Moscú, Jarkov, Kiev, Tula, Kostroma, provincia de Vladimir y Samara) una cantidad considerable de proclamas revolucionarias exigiendo el término de la guerra, el derrocamiento del régimen y la instauración de la República. Los frutos más palpables de esta labor son la organización de huelgas y desórdenes obreros».

La particular forma y aceleración de las crisis enmascaradas bajo las guerras, no lleva en sí misma a la lucha a los trabajadores pero, una vez planteadas éstas, impulsa su confluencia y anima a su unificación.

La industria de guerra se desarrolla desmesuradamente, devorando todos los recursos a su alcance y minando sus propios fundamentos. Las ramas de la producción de paz languidecían y caminaban hacia su muerte. A pesar de todos los planes elaborados, no se consiguió reglamentar la economía. La burocracia era incapaz ya para tomar el asunto por su cuenta: chocaba con la resistencia de los poderosos comités industriales de guerra: no accedía, sin embargo, a entregar un papel regulador a la burguesía. No tardaron en perderse las minas de carbón y las fábricas de Polonia. Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus fuerzas industriales. Un 50 por 100 de la producción total y cera del 75 por 100 de la textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes, agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible y materias primas de las fábricas. La guerra, después de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con disipar también el capital básico del país.

Los industriales mostrábanse cada vez menos propicios a hacer concesiones a los obreros, y el gobierno seguía contestando a las huelgas, fuesen las que fuesen, con duras represiones. Todo esto empujaba el pensamiento de los obreros y lo hacía remontarse de lo concreto a lo general, de las mejoras económicas a las reivindicaciones políticas: «tenemos que lazarnos a la huelga todos de una vez». Así resurge la idea de la huelga general. La estadística de huelgas acusa de modo insuperable el proceso de radicalización de las masas. En el año 1915, toman parte en las huelgas políticas dos veces y media menos obreros que las puramente económicas. Basta apuntar una sola cifra para poner de relieve el papel desempeñado por Petrogrado en este movimiento: durante los años de la guerra, corresponden a la capital el 72 por 100 de los huelguistas políticos. [...]

A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente a saltos. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. La curva del movimiento obrero sigue ascendiendo bruscamente. Con el mes de octubre, la lucha entra en su fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se mancomunan: Petrogrado toma carrerilla para lanzarse al salto de Febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: La cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el Consejo de guerra formado a los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico. El embajador francés llama la atención del primer ministro, Sturmer, sobre el hecho de que unos soldados dispararan contra la policía. Sturmer tranquiliza a Paleologue con estas palabras: «La represión será implacable». En noviembre envían al frente a un grupo numeroso de obreros movilizados en las fábricas de Petrogrado. El año acaba bajo un cielo de tormenta.

La revolución de febrero

El nuevo año lejos de romper el proceso, lo acelera. La moral crece con las huelgas: Shliapnikov escribe a Lenin: algunos camaradas toman la posición de que estamos viviendo una era de revolución social. Y sin embargo, la posibilidad de una salida revolucionaria parece distante... incluso para sus protagonistas.

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar.

La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar.

Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo

Dábase por sentado, desde luego, que, en caso de manifestaciones obreras, los soldados serían sacados de los cuarteles contra los trabajadores. ¿A dónde se hubiera ido a parar con esto? Estábamos en tiempo de guerra y las autoridades no se mostraban propicias a gastar bromas. Pero, por otra parte, el «reservista» de los tiempos de guerra no era precisamente el soldado sumiso del ejército regular. ¿Era más o menos peligroso? Entre los elementos revolucionarios se discutía muchísimo ese tema, pero más bien de un modo abstracto, pues nadie, absolutamente nadie -como podemos afirmar categóricamente, basándonos en todos los datos que poseemos- pensaba en aquel entonces que el día 23 de febrero señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo. Tratábase -en la mente de los organizadores- de simples manifestaciones con perspectivas vagas, pero en todo caso sin gran trascendencia.

Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según los informes de la policía, en las demás partes de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Este día fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores quería pan, pero no querían, en cambio la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido llevaba en su entraña.

Al día siguiente, el movimiento huelguístico, lejos de decaer, cobra mayor incremento: el 24 de febrero huelgan cerca de la mitad de los obreros industriales de Petrogrado. Los trabajadores se presentan por la mañana en las fábricas, pero se niegan a entrar al trabajo, organizan mítines y a la salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren al movimiento. El grito de «¡Pan!» desaparece o es arrollado por los de «¡Abajo la autocracia!» y «¡Abajo la guerra!» La perspectiva Nevski contempla un continuo desfilar de manifestaciones: son masas compactas de obreros cantando himnos revolucionarios; luego, una muchedumbre urbana abigarrada, entre la que se destacan las gorras azules de los estudiantes.

El público nos acogía con simpatía, y desde algunos lazaretos los soldados no saludaban agitando lo que tenían a mano.

[...] Durante todo el día [siguiente] la muchedumbre se volcaba de unos barrios en otros. Veíase dispersada por la policía, contenida y rechazada por las fuerzas de Caballería y algunos destacamentos de Infantería. Con el grito de «¡Abajo la policía!» alternaban cada vez con más frecuencia los hurras a los cosacos. Era un detalle significativo. La multitud exteriorizaba un odio furioso contra la policía. La policía montada era acogida con silbidos, piedras, pedazos de hierro. Muy distinta era la actitud de los obreros respecto de los soldados. En los alrededores de los cuarteles, cerca de los centinelas y las patrullas, veíanse grupos de obreros y obreras que charlaban amistosamente con ellos. Era una nueva etapa que tomaban las huelgas en su desarrollo y un fruto del hecho de poner frente a frente al ejército y a las masas obreras. Esta etapa, inevitable en toda revolución, parece siempre nueva, y la verdad es que cada vez se plantea de un modo distinto. Los que han leído y escrito sobre ella no la reconocen.[...]

Intentemos representarnos con más claridad la lógica interna del movimiento. El 23 de febrero se inicia, bajo la bandera del «Día de la Mujer», la insurrección de las masas obreras de Petrogrado, latente desde hacía mucho tiempo y desde hacía mucho tiempo también contenida. El primer peldaño de la insurrección es la huelga. A lo largo de tres días, ésta va ganando terreno y se convierte de hecho en general. No hacía falta más para infundir confianza a las masas e impulsarlas a seguir. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente carácter ofensivo, se combina con manifestaciones callejeras, que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas. Esto impulsa al objetivo del movimiento, en su conjunto, hacia un plano más elevado, donde el pleito se dirime por la fuerza de las armas. Los primeros días se señalan por una serie de éxitos parciales, aunque de carácter más sintomático que efectivo.

Un alzamiento revolucionario que dure varios días sólo se puede imponer y triunfar con tal de elevarse progresivamente de peldaño en peldaño, registrando todos los días nuevos éxitos. Una tregua en el desarrollo de los éxitos es peligrosa. Si el movimiento se detiene y patina, puede ser el fracaso. Pero tampoco los éxitos de por sí bastan; es menester que la masa se entere de ellos a su debido tiempo y aprecie antes de que sea tarde su importancia para no dejar pasar de largo el triunfo en momentos en que le bastaría alargar la mano para cogerle. En la historia se han dado casos de éstos.

Durante los tres primeros días, la lucha fue exacerbándose constantemente. Pero esto hizo precisamente que las cosas alcanzasen un nivel en que los éxitos sintomáticos ya no bastaban. Toda la masa activa se había echado a la calle. Con la policía liquidó eficazmente y sin grandes dificultades. En los últimos dos días hubieron de intervenir ya las tropas: en el segundo fue sólo la Caballería; al tercero, la Infantería también. Las tropas dispersaban a la gente o la contenían, manifestando a veces una condescendencia evidente y sin recurrir casi nunca a las armas de fuego. En las alturas no se apresuraban a modificar el plan represivo, en parte porque no daban a los acontecimientos toda la importancia que tenían -el error de visión de la reacción completaba simétricamente el de los caudillos revolucionarios-, y en parte porque no estaban seguros de las tropas. Al tercer día, constreñido por la fuerza de las cosas y por la de la orden telegráfica del zar, el gobierno no tiene más remedio, quiéralo o no, que echar mano de las tropas ya de una manera decidida. Los obreros lo comprendieron así, sobre todo los elementos más avanzados, tanto más cuanto que la víspera los dragones habían disparado sobre las masas. Ahora la cuestión se planteaba en toda su magnitud ante ambas partes. [...]

Los dirigentes de ambos campos vacilaban y conjeturaban, pues nadie podía medir a priori la proporción de fuerzas. Los signos exteriores perdieron definitivamente su valor de criterios de medida: no hay que olvidar que uno de los rasgos principales de toda crisis revolucionaria consiste precisamente en la aguda contradicción entre la nueva conciencia y los viejos moldes de las relaciones sociales. La nueva correlación de fuerzas anidaba misteriosamente en la conciencia de los obreros y soldados. Pero precisamente el tránsito del gobierno a la ofensiva de las masas revolucionarias hizo que la nueva correlación de fuerzas pasara de su estado potencial a un estado real. El obrero miraba ávida e imperiosamente a los ojos del soldado, y éste rehuía, intranquilo e inseguro, su mirada: esto significaba que el soldado no respondía ya de sí. El obrero se acercaba a él valerosamente. El soldado, sombría, pero no hostilmente, más bien sintiéndose culpable, guardaba silencio, y, a veces, contestaba con una serenidad forzada para ocultar los latidos inquietos de su corazón. Está operándose en él una gran transformación. El soldado se libraba a todas luces del espíritu cuartelero sin que él mismo se diera cuenta de ello. Los jefes decían que el soldado estaba embriagado por la revolución; al soldado le parecía, por el contrario, que iba volviendo en sí de los efectos del opio del cuartel. Y así se iba preparando el día decisivo, el 27 de febrero.

[...]las barriadas obreras y los cuarteles estaban abandonados a sí mismos. Hasta el día 26 no apareció el primer manifiesto a los soldados, lanzado por una de las organizaciones socialdemócratas, afín a los bolcheviques. Este manifiesto, que tenía un carácter muy indeciso y ni siquiera hacía un llamamiento a los soldados para que se pusieran al lado del pueblo, empezó a repartirse por todos los barrios el día 27 por la mañana. «Sin embargo -atestigua Fureniev, uno de los directivos de la organización-, los acontecimientos revolucionarios se desarrollaban con tal rapidez, que nuestras consignas llegaban ya con retraso. En el momento en que las hojas llegaban a manos de los soldados, éstos entraban ya en acción."

Por lo que al centro bolchevique se refiere, conviene advertir que, hasta el día 27 por la mañana, Schliapnikov no se decidió a escribir, a instancias de Chugurin, uno de los mejores caudillos obreros de las jornadas de febrero, un manifiesto dirigido a los soldados. ¿Fue impreso ese manifiesto? En todo caso, vería la luz cuando su eficacia era ya nula. En modo alguno pudo tener influencia sobre los sucesos del día 27. No hay más remedio que dejar sentado que, por regla general, en aquellos días los dirigentes, cuanto más altos estaban, más a la zaga de las cosas iban.

[...] En la reunión celebrada por la mañana [del día 27] en casa del incansable Kajurov, a la cual acudieron hasta cuarenta representantes de las fábricas, la mayoría se pronunció por llevar adelante el movimiento. La mayoría, pero no todos. Es lástima que no se conserve testimonio de la proporción de votos. Pero no eran aquéllos momentos de actas. Por lo demás, el acuerdo llegó con retraso: la Asamblea se vio interrumpida por la noticia fascinante de la sublevación de los soldados y de que habían sido abiertas las puertas de las cárceles.

Doble poder y tesis de abril

La revolución de febrero había barrido el viejo aparato político zarista de un manotazo sin que ningún partido lo viera venir, ni siquiera los bolcheviques, cuya dirección -incluso en San Petersburgo- se vio superada por los acontecimientos y su base social. Pero si ningún partido lo esperaba. ¿En manos de quién cayó el poder?

La burguesía sentía, con justicia, que el poder le había caído en las manos sin haber tenido siquiera que luchar por ello... es más, estando al otro lado de la barricada de los insurrectos. El proletariado se lo había entregado al derrocar al zarismo con una revolución estrictamente política -es decir sin tocar la relación capital-trabajo- ni plantear un poder alternativo, ya que no tenía una organización insurreccional propia.

Los partidos burgueses y pequeñoburgueses (los socialistas-revolucionarios y los mencheviques), mayoritarios en la Duma, reunieron a toda prisa un comité para elegir un «gobierno provisional». Su función principal era asentar el régimen convocando elecciones y poner en marcha una república burguesa parlamentaria democrática... que mantuviera el esfuerzo de guerra que había elevado la fortaleza económica de la burguesía sobre la aristocracia dominante, apoyada en sus relaciones internacionales.

Pero el mismo día 28, cuando aun había combates dispersos en las calles de Petrogrado y buena parte de Rusia ni siquiera era consciente de que el zarismo había caído, tuvieron lugar las elecciones a soviets.

La iniciativa había partido -antes de las jornadas de febrero- de los mencheviques que habían visto en la vieja institución insurreccional una oportunidad para convertir el órgano de la huelga de masas y la insurrección de 1905 en un instrumento del encuadramiento para la guerra. Su forma de elección daba un voto a cada fábrica, lo que -en teoría- les aseguraba la mayoría de la representación obrera, pues su fuerza estaba en las pequeñas empresas, mientras permitía que la pequeña burguesía ganara la mayoría al dar dos tercios de la representación a los soviets de soldados, campesinos en su inmensa mayoría como correspondía a la demografía social del país, a menudo representados por sus oficiales.

Objetivamente se estaban constituyendo dos poderes de clase diferente, dos sujetos de una guerra civil. Pero subjetivamente la revolución -o lo que es lo mismo, el proletariado que la había conducido- no se planteaba siquiera la posibilidad.

Sin embargo, los objetivos de febrero no son solo ¡Abajo la autocracia! (la consigna de la revolución democrático-burguesa); febrero es también !Abajo la guerra!, una consigna que la burguesía rusa y la pequeña burguesía agraria -el campesinado- no podían hacer propia y de la que el campesinado pobre desconfiaba. Solo los trabajadores la sentían en el centro de su propia lucha. !Abajo la guerra! es la consigna transitoria, la consigna anticapitalista en sí que impulsa la lucha más allá de donde la lucha se coloca por sus propios protagonistas.

Rusia es el país más pequeñoburgués, y las capas superiores de la pequeña burguesía están directamente interesadas en en la continuación de esta guerra. El campesino rico, al igual que los capitalistas, saca beneficios de ella.

Lenin, discurso del 27 de abril de 1917 sobre la resolución sobre la guerra.

La contradicción subyacente entre las dos institucionalidades de clase que aparecen en febrero, es en realidad una contradicción fundamental entre los objetivos burgueses de la revolución y los objetivos de clase del proletariado que la hace, y a fin de cuentas entre el desarrollo ruso -al punto para una revolución burguesa- y el desarrollo mundial -que convierte la revolución socialista en necesidad histórica inmediata. Es esa tensión, esa contradicción en la que el elemento dominante que define la situación es, evidentemente, el global, la que convierte a la revolución rusa en una revolución permanente.

Contradicciones históricas de semejante profundidad no pueden salvarse con componendas, pero tampoco son evidentes en un primer momento a sus protagonistas.

El primer mes de la revolución fue para el bolchevismo un período de desconcierto y vacilaciones. En el manifiesto del Comité central de los bolcheviques, escrito inmediatamente después de triunfar el movimiento de Febrero, decíase:

Los obreros de las fábricas, así como los soldados sublevados, deben elegir inmediatamente sus representantes en el gobierno revolucionario provisional.

El manifiesto vio la luz en el órgano oficial del Soviet, sin comentario ni objeciones, como si se tratara de un documento académico. Y es que hasta los propios dirigentes bolcheviques a atribuían a su consigna un valor meramente demostrativo. No hablaban como representantes de un partido proletario que se dispone a afrontar una lucha imponente por la conquista del poder, sino como el ala izquierda de la democracia que, al proclamar sus principios, tiende a abrazar el cometido de oposición leal durante un período de tiempo indefinido. [...]

Sujánov afirma que en la sesión celebrada por el Comité ejecutivo el 1º de marzo sólo se discutieron las condiciones de traspaso del poder. Contra el hecho mismo de la constitución de un gobierno burgués no se alzó ni una sola voz, a pesar de que, de los 39 miembros del Comité ejecutivo, 11 eran bolcheviques y simpatizantes: tres de ellos, Zalutski, Chliapnikov y Mólotov, pertenecían al centro.

Al día siguiente, según cuenta el propio Chliapnikov, de los 400 diputados presentes en la sesión del Soviet, sólo votaron en contra de la entrega del poder a la burguesía 19, cuando la fracción bolchevique contaba ya con 40. Esta votación se desarrolló en medio de la mayor tranquilidad, en medio de un orden parlamentario perfecto, sin que los bolcheviques formulasen proposición alguna clara en contra, y sin provocar lucha ni agitación de ninguna clase en la prensa bolchevique.

El 4 de marzo, el buró del Comité central votó una resolución acerca del carácter contrarrevolucionario del gobierno provisional y la necesidad de orientarse hacia la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos. El Comité de Petrogrado, para quien esta resolución no tenía, como así era, más que un valor puramente académico, puesto que no indicaba qué era lo que había de hacerse, enfocó el problema desde el extremo opuesto. «Teniendo en cuenta la resolución acerca del gobierno provisional votada por el Soviet», declara que «no se opone al poder del gobierno provisional en la medida en que era, en esencia, la posición de los mencheviques y socialrevolucionarios, sólo que replegada sobre la segunda línea. Esta posición abiertamente oportunista del Comité de Petrogrado no contradecía más que en la forma a la adoptada por el Comité central, cuyo carácter académico no significaba escuetamente más que la avenencia política con el hecho consumado.

Esta predisposición a allanarse silenciosamente o con reserva al gobierno burgués no halló, ni mucho menos, una acogida incondicional entre los elementos del partido. Los obreros bolcheviques se estrellaron inmediatamente contra el gobierno provisional como contra una fortaleza enemiga que se alzase inesperadamente en su camino.

El Comité de Viborg celebraba mítines de miles de obreros y soldados, en los que se votaban, casi por unanimidad, resoluciones haciendo resaltar la necesidad de que el Soviet tomara en sus manos el poder. Digelstedt, que participó activamente en esta campaña de agitación, atestigua:

No hubo un solo mitin, una sola asamblea obrera que rechazara nuestras proposiciones, si había alguien que se las presentara.

En los primeros días, los mencheviques y los socialrevolucionarios no se atrevían a plantear abiertamente ante el auditorio de obreros y soldados la cuestión del poder tal como ellos la concebían. En vista del éxito que obtuvo la resolución de los obreros de Viborg, fue impresa y fijada por las esquinas como un pasquín. Pero el Comité de Petrogrado le puso el veto y los bolcheviques de Viborg no tuvieron más remedio que someterse.

En lo tocante al contenido social de la revolución y a las perspectivas de su desarrollo, la posición de los dirigentes bolcheviques no era menos confusa. Chliapnikov cuenta:

Coincidíamos con los mencheviques en que estábamos atravesando un momento revolucionario que se caracterizaba por la destrucción del régimen feudal, el cual debía ser sustituido por las «libertades» propias del régimen burgués.

En su primer número, la Pravda escribía:

La misión fundamental consiste... en la instauración del régimen democrático republicano.

En su mandato a los diputados obreros, el Comité de Moscú declaraba:

El proletariado aspira a conseguir las libertades necesarias para luchar por el socialismo, que es su objetivo final.

La tradicional alusión al «objetivo final» subraya suficientemente la distancia histórica que separaba esta posición del socialismo. Nadie iba más allá. El miedo a rebasar lo límites de la revolución democrática dictaba una política expectante, de adaptación y de retirada manifiesta ante las consignas de los conciliadores.

No es difícil comprender la grave repercusión que tenía en provincias esta alta de decisión política por parte del centro. Nos limitaremos a traer aquí el testimonio de uno de los dirigentes de la organización de Saratov:

Nuestro partido, que había tomado una participación activa en el movimiento revolucionario, había dejado escapar, evidentemente, la influencia que tenía sobre las masas, las cuales fueron a parar a manos de los mencheviques y los socialrevolucionarios. Nadie sabía cuáles eran las consignas de los bolcheviques... Un cuadro muy poco agradable.

Los bolcheviques de izquierda, empezando por los obreros, hacían cuanto podían por romper el cerco. Pero tampoco ellos sabían cómo hacer frente a los argumentos acerca del carácter burgués de la revolución y de los peligros de aislamiento del proletariado, y se sometían a regañadientes a las orientaciones de la dirección. Las distintas tendencias que se dibujaban en el bolchevismo chocaron con bastante violencia, unas contra otras, desde el primer día, pero sin que ninguna de ellas llevase sus ideas hasta las últimas consecuencias.

El Pravda reflejaba este estado confuso y vacilante de las ideas del partido, sin contribuir en lo más mínimo a armonizarlas. Hacia mediados de marzo se complicó aún más la situación, al llegar del destierro Kámenev y Stalin, que imprimieron un giro francamente derechista a la política oficial del partido.

El armonismo, especialidad histórica de la pequeña burguesía, llegó a calar en toda la dirección bolchevique. El concepto que intentó sostener esta armonía imposible giró, como no podía ser de otra manera, alrededor de la actitud frente a la guerra. Se conoció como defensismo.

En febrero de 1917 el derrocamiento del zarismo constituía, sin duda, un salto gigantesco hacia adelante. Pero, considerada en sí misma y no como un paso hacia Octubre, la Revolución de Febrero significaba únicamente una aproximación de Rusia al tipo de república burguesa que existe, por ejemplo, en Francia.

Claro que los partidos revolucionarios de la pequeña burguesía no la consideraron una revolución burguesa; pero tampoco la estimaron como una etapa de la revolución socialista, considerándola una adquisición «democrática» que tenía por sí misma un valor independiente. Sobre esta premisa fundaron la ideología del defensismo revolucionario. No defendían la dominación de tal o cual clase, sino la «revolución» y la «democracia».

Dentro de nuestro partido, inclusive, la Revolución de Febrero ocasionó al principio una mudanza notable de las perspectivas revolucionarias. En marzo, Pravda se hallaba más cerca del defensismo «revolucionario» que de la posición de Lenin.

Cuando dos ejércitos están frente a frente –decía un artículo– sería la política más absurda la que propusiera a uno de ellos rendir las armas y regresar a sus hogares. No sería ésta una política de paz, sino de esclavitud, que rechazaría con indignación un pueblo libre. No, el pueblo se mantendrá en su puesto con firmeza y devolverá balazo por balazo, proyectil por proyectil

«Ninguna diplomacia secreta», Pravda Nº 9, 15 de marzo de 1917.

Nótese que aquí no se trata de las clases dominantes u oprimidas, sino del pueblo libre; no son las clases las que luchan por el poder, sino el pueblo libre que está «en su puesto». Tanto las ideas como la manera de formularlas son puramente defensistas. En el mismo artículo leemos:

Nuestra consigna no es la desorganización del ejército revolucionario o que se revoluciona, ni la vacua divisa de «¡Abajo la guerra!» Nuestra consigna es: presión (!) sobre el gobierno provisional para forzarle a que intente resueltamente, ante la democracia del mundo (!), obligar (!) a todos los países beligerantes el comienzo inmediato de negociaciones respecto a la manera de terminar la guerra mundial. Hasta entonces cada uno (!) permanecerá en su puesto de combate.

Este programa de presión sobre el gobierno imperialista para obligarlo a seguir un camino de paz era el de Kautsky y Ledebur en Alemania, Longuet en Francia, Mac Donald en Inglaterra; pero no el del bolchevismo. En su artículo, la redacción no se contenta con aprobar el famoso manifiesto del Soviet de Petrogrado: «A los pueblos del mundo entero» –manifiesto impregnado del espíritu del defensismo «revolucionario»–; se solidariza con las resoluciones francamente defensistas adoptadas en dos mítines de Petrogrado y de las cuales declara:

Si las democracias alemana y austriaca no oyen nuestra voz –es decir, la voz del gobierno provisional y del soviet conciliador [LT]–, defenderemos nuestra patria hasta verter la última gota de nuestra sangre.

El artículo al que aludimos no supone una excepción, sino que expresa con exactitud la posición de Pravda hasta que regresó Lenin a Rusia. Así, en otro artículo «Sobre la guerra» (Pravda N° 10, 16 de marzo de 1917), que contiene, sin embargo, algunas observaciones críticas acerca del manifiesto a los pueblos, encontramos la siguiente declaración:

No se puede por menos de aclamar el llamamiento de ayer, con el que el Soviet de Petrogrado de Diputados Obreros y Soldados invita a los pueblos del mundo entero a forzar a sus gobiernos para que cese la carnicería.

¿Cómo hallar una salida a la guerra? El mismo artículo responde:

La salida consiste en una presión sobre el gobierno provisional con el fin de hacerle declarar que accede a iniciar inmediatamente negociaciones de paz.

Podríamos dar buen acopio de citas análogas de carácter defensivo y conciliador más o menos disfrazado.

En este momento, Lenin, que no había conseguido aún escapar de Zurich, se pronunciaba vigorosamente, en sus «Cartas desde lejos» , contra toda sombra de concesión a defensistas y conciliadores.

Es inadmisible, absolutamente inadmisible –escribía el 8 de marzo–, disimularse y disimular al pueblo que este gobierno quiere la continuación de la guerra imperialista, que es el agente del capital inglés, que persigue la restauración de la monarquía y la consolidación de la dominación de los terratenientes, así como la de los capitalistas.

Después, el 12 de marzo, insiste:

Pedir que este gobierno concluya una paz democrática equivale a predicar virtud al explotador de un burdel.

Mientras Pravda exhorta a ejercer presión sobre el gobierno provisional para obligarlo a intervenir en pro de la paz ante «la democracia del mundo», Lenin escribe:

Dirigirse al gobierno Guchkov-Miliukov para proponerle concluir cuanto antes una paz honrosa, democrática, es actuar como un buen pope de aldea que propusiera a los terratenientes y a los mercaderes vivir según la ley de Dios, amar a su prójimo y brindar la mejilla derecha cuando se les abofetee la izquierda.

El 4 de abril, al día siguiente de llegar a Petrogrado, Lenin se manifestó resueltamente contra la posición de Pravda en la cuestión de la guerra y la paz:

No se debe otorgar apoyo alguno –escribía– al gobierno provisional; hay que explicar la mentira de todas sus promesas, en particular la que concierne a la renuncia a las anexiones. Es menester desenmascarar a este gobierno en vez de pedirle (reivindicación sólo apropiada para provocar ilusiones) que «cese» de ser imperialista.

Huelga añadir cómo Lenin califica de «famoso» y «confuso» el llamamiento de los conciliadores del 14 de marzo, acogido de tan favorable modo por Pravda. Constituye una hipocresía imponderable invitar a los demás pueblos a romper con sus banqueros y crear simultáneamente un gobierno de coalición con ellos.

Los hombres del centro –dice Lenin en su proyecto de bases– juran que son marxistas e internacionalistas que quieren la paz, así como toda suerte de presiones sobre su gobierno con el objetivo de que «manifieste la voluntad pacifista del pueblo»

¿Pero acaso –se podría objetar desde luego– un partido revolucionario renuncia a ejercer presión sobre la burguesía y su gobierno? Evidentemente, no. La presión sobre el gobierno burgués es el camino de las reformas. Un partido marxista revolucionario no renuncia a ellas, aunque éstas se refieran a cuestiones secundarias y no a cuestiones esenciales. No se puede obtener el poder por medio de reformas ni se puede, por medio de una presión, forzar a la burguesía a cambiar su política en una cuestión de la que depende su suerte. Precisamente por no haber dado lugar a una presión reformista, la guerra creó una situación revolucionaria. Era necesario seguir a la burguesía hasta el fin o sublevar a las masas contra ella para arrancarle el poder. En el primer caso, podrían obtenerse ciertas concesiones de política interior, a condición de apoyar sin reservas la política exterior del imperialismo. Por eso el reformismo socialista se transformó abiertamente en socialimperialismo desde el principio de la guerra. Por eso se vieron obligados los elementos revolucionarios verdaderos a crear una nueva Internacional.

El punto de vista de Pravda no era proletario-revolucionario, sino demócrata-defensista, aunque equívoco en su defensismo.

Hemos derrocado el zarismo –se decía–, y ejercemos una presión sobre el gobierno democrático. Este debe proponer la paz a los pueblos. Si la democracia alemana no puede pesar sobre su gobierno, defenderemos nuestra «patria» hasta verter la última gota de nuestra sangre.

La realización de la paz no se había planteado como tarea exclusiva de la clase obrera –tarea que debía llevarse a cabo por encima de la cabeza del gobierno provisional burgués–, porque la conquista del poder por el proletariado no se había planteado como tarea revolucionaria práctica. Sin embargo, ambas cosas eran inseparables.

León Trotski, «La lucha contra la guerra y el defensismo» en «Lecciones de Octubre»

Trotski nos ha llevado de la mano del defensismo hasta la estación de Finlandia de Petersburgo el tres de abril de 1917. La famosa llegada de Lenin.

Lenin, que ha leído el Pravda en Zurich y luego durante su tránsito por Suecia, está horrorizado con el contenido defensista de los artículos y en el tren mismo ha comenzado discutir airadamente con Kamenev que ha acudido a la frontera finlandesa a encontrarse con él.

Tan pronto como entramos en el vagón y nos sentamos -cuenta Raskolnikov, joven oficial de la Marina y bolchevique-, Vladimir Ilich se lanzó sobre Kámenev:

¿Qué diablos estáis escribiendo en la Pravda? Hemos visto algunos números, ¡y os hemos puesto buenos!...

Raskolnikov citado por Trotski en la «Historia de la Revolución rusa».

Se está escenificando una diferencia profunda entre Lenin -que conecta con la perspectiva que intuye la izquierda en la base del partido- y la dirección de Pravda -es decir, la dirección del partido en el interior- los que luego serían conocidos como viejos bolcheviques.

Todos ellos, sin excepción, adoptaron, al estallar la Revolución de Febrero de 1917, una posición de izquierda democrática. Ninguno defendió la consigna de la lucha del proletariado por el poder. Todos ellos consideraban el hecho de poner proa hacia la revolución socialista como un absurdo, o peor aún, como un pecado «trotskista».

En este espíritu se inspiraron los dirigentes del partido antes de que llegase Lenin del extranjero y saliesen a luz sus famosas tesis del 4 de abril. Después de esto, Kamenev, ya en lucha franca con Lenin, intenta formar abiertamente un ala democrática dentro del partido. Más tarde, se une a él Zinoviev, que había llegado con Lenin de la emigración. Stalin, gravemente comprometido por su posición socialpatriótica, se pone al margen, a fin de que el partido olvide sus deplorables discursos y sus artículos lamentables durante las semanas decisivas de marzo.

A pesar de lo que la mitología stalinista ha querido contar, Lenin no era esperado como un mesías por masas hambrientas de dirección, sino por un partido en celebración pero confuso y dividido cuya dirección lo colocaba ya a «las puertas del menchevismo». Al parar el tren en el andén de la estación en Petersburgo, la banda arranca con la Marsellesa, el himno de la revolución burguesa. Es la gota que colma el vaso: Lenin les pide que paren y toquen la Internacional. Muy pocos saben la letra.

El relato de la recepción oficial, que tuvo lugar en el llamado «salón del zar» de la estación de Finlandia, es una página muy animada en las voluminosas y casi siempre monótonas Memorias de Sujánov.

Lenin, tocado con un gorro redondo de piel, el rostro helado y empuñando un magnífico ramo de flores, entró en el salón del zar o, por mejor decir, se precipitó en él. Al llegar al centro del salón se detuvo ante Cheidse como si hubiera tropezado con un obstáculo completamente inesperado. Y entonces Cheidse, sin perder su aspecto sombrío pronunció el siguiente discurso de «salutación», que tenía más de prédica moral que de otra cosa, no sólo por el tono, sino también por el espíritu que lo animaba:

Camarada Lenin:

Le saludamos al llegar a Rusia, en nombre del Soviet de Petersburgo y de toda la revolución... Pero entendemos que en la actualidad la principal misión de la democracia revolucionaria consiste en defender nuestra revolución contra todo ataque, tanto de dentro como de fuera... Confiamos en que usted abrazará con nosotros estos mismos fines.

Cheidse calló. Yo, sorprendido, estaba desconcertado... Pero Lenin sabía muy bien, por lo visto, qué actitud había de adoptar ante aquello. De pie en medio del salón, parecía como si todo lo que estaba ocurriendo allí no tuviera nada que ver con él. Miraba a derecha e izquierda, se fijaba en los que le rodeaban, clavaba los ojos en el techo, arreglaba su ramo de flores, «que armonizaba muy mal con su figura», y después, volviendo completamente la espalda a la delegación del Comité ejecutivo, «contestó» del modo siguiente:

Queridos camaradas, soldados, marineros y obreros:

Me siento feliz al saludar en vosotros a la revolución rusa triunfante, al saludaros como a la vanguardia del ejército proletario internacional...

No está lejos ya el día en que, respondiendo al llamamiento de nuestro camarada Carlos Liebknecht, los pueblos volverán las armas contra sus explotadores capitalistas...

La revolución rusa, hecha por vosotros, ha iniciado una nueva era.

¡Viva la revolución socialista mundial!

Sujánov tenía harta razón: el ramo de flores armonizaba mal con la figura de Lenin, le estorbaba y cohibía, indudablemente, desentonando sobre el fondo severo de los acontecimientos que se estaban desarrollando. A Lenin no le gustaban las flores en ramo. Pero todavía tenía que cohibirle mucho más aquella hipócrita recepción oficial, celebrada en el salón regio. Cheidse era algo mejor que su discurso de salutación. A Lenin le temía un poco. Pero le habían advertido, indudablemente, que era menester hacer entrar en razón, desde el principio, a aquel «sectario». Completando el discurso de Cheidse, que demuestra el lamentable nivel de los que dirigían la política, a un joven comandante de la escuadra que habló en nombre de los marineros se le ocurrió expresar el deseo de que Lenin entrase a formar parte del gobierno provisional. Así era como la revolución de Febrero, endeble, verbosa y un poco simple también, recibía a un hombre que llegaba con el firme propósito de ponerse al frente de ella con el pensamiento y la acción. Estas primeras impresiones, que decuplicaban el sentimiento de inquietud que ya traía consigo Lenin, provocaron en él una indignación difícil de contener. Había que poner manos a la obra inmediatamente. En la estación de Finlandia, al volver la espalda a Cheidse para volverse de cara a los marineros y los obreros, al abandonar la defensa de la patria para apelar a la revolución mundial y trocar el gobierno provisional por Liebknecht, Lenin anticipaba como un pequeño ensayo la que había de ser toda su política ulterior.

A pesar de todo, aquella revolución, un poco chapucera, recibió inmediatamente en sus brazos al guía con efusión. Los soldados exigieron que Lenin se subiera a uno de los autos blindados, y Lenin no tuvo más remedio que complacerles. Las sombras de la noche deben a aquel desfile un carácter imponente. Los autos blindados llevaban todas las luces apagadas, y el reflector del automóvil en que iba Lenin hendía las tinieblas. La luz recortaba sobre las sombras de la calle a la masa de obreros, soldados y marineros que habían hecho una magna revolución, pero dejándose luego arrebatar el poder de las manos. La música militar dejó de tocar varias veces durante el trayecto, para que Lenin pudiese repetir su discurso de la estación, en diversas variantes, ante la muchedumbre que salía a su paso. «Fue una recepción triunfal y brillante -dice Sujánov-, y hasta muy simbólica». [...]

Así era como la revolución de Febrero, endeble, verbosa y un poco simple también, recibía a un hombre que llegaba con el firme propósito de ponerse al frente de ella con el pensamiento y la acción. Estas primeras impresiones, que decuplicaban el sentimiento de inquietud que ya traía consigo Lenin, provocaron en él una indignación difícil de contener. Había que poner manos a la obra inmediatamente. En la estación de Finlandia, al volver la espalda a Cheidse para volverse de cara a los marineros y los obreros, al abandonar la defensa de la patria para apelar a la revolución mundial y trocar el gobierno provisional por Liebknecht, Lenin anticipaba como un pequeño ensayo la que había de ser toda su política ulterior.

A pesar de todo, aquella revolución, un poco chapucera, recibió inmediatamente en sus brazos al guía con efusión. Los soldados exigieron que Lenin se subiera a uno de los autos blindados, y Lenin no tuvo más remedio que complacerles. Las sombras de la noche deben a aquel desfile un carácter imponente. Los autos blindados llevaban todas las luces apagadas, y el reflector del automóvil en que iba Lenin hendía las tinieblas. La luz recortaba sobre las sombras de la calle a la masa de obreros, soldados y marineros que habían hecho una magna revolución, pero dejándose luego arrebatar el poder de las manos. La música militar dejó de tocar varias veces durante el trayecto, para que Lenin pudiese repetir su discurso de la estación, en diversas variantes, ante la muchedumbre que salía a su paso. «Fue una recepción triunfal y brillante -dice Sujánov-, y hasta muy simbólica».

En el palacio de la Kchesinskaya, donde se hallaba instalado el Estado Mayor bolchevista en el nido de sedas de una bailarina palaciega -mezcolanza fortuita que había de regocijar la ironía siempre despierta de Lenin-, empezaron de nuevo los discursos de salutación. [...] Apenas se habían disipado las palabras del último saludo cuando el insólito viajero lanzó sobre el auditorio el torrente de sus ideas apasionadas, que no pocas veces restallaban como latigazos. [...] Aquel discurso de Lenin no se ha conservado; no quedó más huella de él que la impresión general que dejó en el recuerdo de los que le oyeron. Además, el tiempo se ha encargado de refundirlo, añadiendo entusiasmo y quitando miedo. Pues en realidad la impresión fundamental del discurso, aun en los más allegados, fue de eso, de miedo. Todas las fórmulas habituales que se creían arraigadas, a fuerza de repetirse una vez y otra durante un mes seguido, veíanse destruidas unas tras otra ante los ojos del auditorio. La breve réplica de Lenin en la estación, lanzada por encima de los hombros del estupefacto Cheidse, se desarrollaba ahora en un discurso de dos horas destinado directamente a los militantes bolcheviques petersburgueses. [...]

«Cuando me puse en camino con los camaradas -dijo Lenin, según Sujánov- me figuré que desde la estación me llevarían directamente a la fortaleza de Pedro y Pablo. Como vemos, no hay nada de eso. Pero no perdamos la esperanza. ¡Ya llegará ese día!» Mientras que para los demás los derroteros de la revolución tendían a reforzar la democracia, para Lenin la perspectiva inmediata representaba la fortaleza de Pedro y Pablo. Aquello parecía una broma de mal augurio. Pero no, Lenin y con él la revolución no estaban para bromas.

«Lenin -se lamenta Sujánov- echó por la borda la reforma agraria en forma legislativa, así como la política del Soviet, y proclamó la expropiación organizada de la tierra por los campesinos, sin esperar a que se la concediese ningún poder del Estado».

«¡No nos interesa nada la república parlamentaria, la democracia burguesa! ¡No nos interesa ningún gobierno que no sea el de los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos!»

Al propio tiempo, Lenin trazaba una línea divisoria clara entre él y la mayoría del Soviet, arrojando a ésta al campo enemigo. «Bastaba esto, en los tiempos que corrían, para que el vértigo se apoderara de los oyentes».

«Sólo la izquierda zimmerwaldiana defiende los intereses proletarios y los de la revolución mundial -dijo Lenin, según la transcripción irritada de Sujánov-. Los demás son oportunistas como los otros, de los que dicen buenas palabras y, en la práctica..., traicionan al socialismo y a las masas obreras».

«Lenin atacó decididamente la táctica de los elementos dirigentes del partido y los diferentes camaradas antes de llegar él -dice Raskolnikov-, completando la referencia de Sujánov-. Estaban presentes los militares más responsables del partido. pero para ellos el discurso de Ilich fue un verdadero descubrimiento y tendió un Rubicón entre la táctica de ayer y la de hoy». El Rubicón, como veremos, no se tendió tan pronto.

El discurso no suscitó discusión: todo el mundo estaba como apabullado y quería poner un poco de orden en sus ideas. «Salí a la calle -termina Sujánov- con la sensación de que me habían golpeado la cabeza con un hierro. Sólo veía una cosa clara: ¡No, yo no podría seguir jamás el camino trazado por Lenin!» ¡Claro que no! ¡Pues no faltaba más!

Al día siguiente, Lenin sometió al partido una breve exposición por escrito de sus puntos de vista y que con el nombre de «tesis del 4 de abril» había de convertirse en uno de los documentos más importantes de la revolución. Las tesis expresaban ideas sencillas en palabras no menos sencillas, accesibles a todo el mundo. La república, fruto de la insurrección de Febrero, no es nuestra república, ni la guerra que mantiene es nuestra guerra. La misión de los bolcheviques consiste en derribar al gobierno imperialista. Éste se sostiene gracias al apoyo de los socialrevolucionarios y mencheviques, que a su vez se apoyan en la confianza que en ellos tienen depositada las masas populares. Nosotros representamos una minoría. En estas condiciones no se pude ni siquiera hablar del empleo de la violencia por nuestra parte. Hay que enseñar a la masa a desconfiar de los conciliadores y defensistas. «Hay que aclarar la situación pacientemente». El éxito de esta política, impuesta por la situación, es seguro y nos conducirá a la dictadura del proletariado, y con ella a la superación del régimen burgués. Romperemos completamente con el capital, publicaremos sus tratados secretos y llamaremos a los obreros de todo el mundo a romper con la burguesía y a poner fin a la guerra. Iniciaremos la revolución internacional. Sólo el triunfo de ésta consolidará el nuestro y asegurará el tránsito al régimen socialista».

Las tesis de Lenin fueron publicadas exclusivamente como obra suya. Los organismos centrales del partido las acogieron con una hostilidad sólo velada por la perplejidad. Nadie, ni una organización, ni un grupo, ni una persona, estampo su firma al pie de ese documento. [...]

Lo que ya sabemos respecto a la actuación del partido en el transcurso del mes de marzo nos revela la existencia de discrepancias profundísimas entre Lenin y los dirigentes petersburgueses. Precisamente en el momento de llegar Lenin a Petrogrado estas discrepancias cobraban su máxima tensión. A la par que la asamblea de representantes de los 82 soviets, en que Kámenev y Stalin votaron por la proposición acerca del poder presentada por los socialrevolucionarios y los mencheviques, celebrábase en Petrogrado una reunión de bolcheviques llegados de todos los puntos de Rusia. Esta reunión, a la que Lenin sólo asistió hacia el final, tiene excepcional interés, pues revela el estado de espíritu y las opiniones del partido, o, por mejor decir, de su sector dirigente tal y como había salido de la guerra. La lectura de las actas, que hasta hoy nos deja a menudo perplejos, sugiere esta pregunta: ¿es posible que un partido representado por aquellos delegados pudiera tomar el poder con mano férrea siete meses después?

Ha transcurrido ya un mes desde el derrumbamiento de la autocracia, plazo considerable tanto para la revolución como para la guerra. Sin embargo, en el partido no se han definido aún las posiciones acerca de los problemas más candentes de la revolución. Los patriotas extremos como Voitinski, Eliava y otros tomaban parte en la reunión al lado de los que se consideraban internacionalistas. El tanto por ciento de patriotas declarados, aunque incomparablemente inferior al de los mencheviques, era considerable. La conferencia dejó en pie la cuestión que se planteaba: ¿separarse los patriotas del partido, o unirse a los patriotas mencheviques? En los intervalos de las sesiones de la asamblea bolchevista celebrábanse otras en que tomaban parte conjuntamente los bolcheviques y los mencheviques delegados a la conferencia soviética, con el fin de deliberar acerca de la guerra. El más exaltado de los patriotas mencheviques, Líber, declaró en esta reunión:

Hay que dejar a un lado la antigua división en bolcheviques y mencheviques y tratar exclusivamente nuestra actitud ante la guerra.

El bolchevique Voitinski se apresuró a proclamar que estaba dispuesto a poner su firma debajo de todas y cada una de las palabras de Líber. Todos revueltos, bolcheviques y mencheviques, patriotas e internacionalistas, buscaban una fórmula común para expresar su actitud ante la guerra.

Donde las opiniones de la asamblea bolchevique hallaron, indudablemente, su expresión más adecuada fue en el informe de Stalin acerca de la actitud que habría de mantenerse frente al gobierno provisional. No hay más remedio que reproducir aquí la idea central de este informe, que, al igual que las citadas actas, no ha visto hasta ahora la luz.

El poder está compartido por dos órganos, ninguno de los cuales tiene su plenitud. Entre ellos hay, y necesariamente tiene que haber, rozamientos y luchas. Los papeles se han repartido. El Soviet ha asumido, de hecho, la iniciativa de las transformaciones revolucionarias; el Soviet es el guía revolucionario del pueblo insurreccionado, un órgano destinado a controlar al gobierno provisional. Este, por su parte, ha abrazado, en la práctica, la misión de consolidar las conquistas del pueblo revolucionario. El Soviet moviliza las fuerzas, controla. El gobierno provisional, resistiendo, tropezando, se asigna por cometido consolidar las conquistas del pueblo arrancadas ya de un modo efectivo por éste. Esta situación tiene aspectos negativos, pero también positivos: no nos convendría forzar por ahora los acontecimientos, acelerando el proceso de eliminación de los sectores burgueses, que más tarde deberán inevitablemente apartarse de nosotros.

El ponente, pasando por alto el concepto de clase, enfoca las relaciones entre la burguesía y el proletariado como una simple división del trabajo. Los obreros y soldados hacen la revolución, Guchkov y Miliukov la «consolidan». Es exactamente la concepción tradicional del menchevismo, una mala copia de los acontecimientos de 1789. Esta actitud de mera observación expectativa ante el proceso histórico, la asignación de «misiones» a las distantes clases y la vigilancia crítica y tutelar de su cumplimiento, no puede ser más menchevique. La idea de que no es conveniente acelerar el desplazamiento de la burguesía por la revolución fue siempre el criterio supremo de toda la política del menchevismo. Esto, en la práctica, significaba frenar, poner sordina al movimiento de las masas para no asustar a los aliados liberales. Finalmente, las conclusiones de Stalin respecto al gobierno provisional entran de lleno en la fórmula equívoca de los conciliadores:

Hay que apoyar al gobierno provisional en la medida en que éste consolide los avances de la revolución; por el contrario, no se le deberá apoyar en aquello en que sea contrarrevolucionario.

Las tesis de Lenin no fueron recibidas como un rayo de luz que de repente hace visible a todos un paisaje oculto frente a ellos. Al revés, la recepción es hostil, temerosa, y no solo por la dirección del Pravda de Stalin y Kamenev.

El 4 de abril, Lenin se presenta en la conferencia bolchevista. Su discurso, encaminado a comentar las «tesis», equivale, dentro de las tareas prácticas de la conferencia, a la esponja húmeda del maestro que borra todo lo escrito en el encerado por el alumno sin preparación. «¿Por qué no se ha tomado el poder?», pregunta Lenin. Poco antes, Stieklov había explicado confusamente, en la asamblea del Soviet, las causas de la abstención: el carácter burgués de la revolución, la «primera etapa», la guerra, etc. «

Esto absurdo -declara Lenin-. La única razón es que el proletariado no es lo bastante consciente todavía ni está suficientemente organizado. Hay que reconocerlo. La fuerza material reside en manos del proletariado; pero la burguesía ha resultado ser más consciente y estar mejor preparada. Es un hecho monstruoso, pero hay que reconocerlo franca y abiertamente y decir al pueblo que si no ha tomado el poder, ha sido por su desorganización y la falta en él de una consciencia clara.

Lenin sacó el problema de la madriguera de falso objetivismo en que se atrincheraban los elementos del partido que habían capitulado políticamente, para situarla en el terreno subjetivo. El proletariado no había tomado el poder en febrero, porque le partido de los bolcheviques no estuvo a la altura de su misión objetiva y no pudo impedir que los conciliadores expropiaran políticamente a las masas del pueblo en provecho de la burguesía.

Todavía el día anterior, el abogado Krasikov decía, en tono de reto:

Si entendemos que ha llegado el momento de implantar la dictadura del proletariado, hay que plantear la cuestión así. La fuerza física, en el sentido de la toma del poder, está indudablemente con nosotros.

Al llegar aquí, el presidente quitó la palabra a Krasikov, alegando que se estaban discutiendo objetivos prácticos y que el problema de la dictadura no figuraba en el orden del día. Pero Lenin estimaba que el único problema verdaderamente práctico que se planteaba era precisamente el de preparar la dictadura del proletariado.

La característica del momento actual en Rusia -decía en sus «tesis»- consiste en el tránsito de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado de la organización y la claridad de conciencia necesarias a la segunda, que deberá entregar el poder al proletariado y a los campesinos pobres.

La conferencia bolchevique, siguiendo las huellas del Pravda, circunscribía los objetivos de la revolución a las transformaciones democráticas que habrían de realizarse por medio de la Asamblea constituyente. Lenin, por el contrario, declaraba:

La realidad viva y la revolución relegan la Asamblea constituyente a segundo término... La dictadura del proletariado existe, pero no se sabe qué hacer con ella.

Los delegados se miraban unos a otros, se decían que Ilich había pasado demasiado tiempo en el extranjero, que no se había dado plena cuenta de la situación, que estaba orientada. Pero el informe de Stalin acerca de una prudente división del trabajo entre el gobierno provisional y el Soviet se hundió para siempre y sin remedio en el pasado que no vuelve. Stalin, después de aquello, sello los labios. Estará largo tiempo callado. Sólo Kámenev se alzará para defenderse.[...]

Refiriéndose al manifiesto del Soviet «A todos los pueblos del mundo», que había dado pie al periódico liberal «Riech» a declarar que el pacifismo se transformaba en Rusia en una ideología común a «nosotros y a nuestros aliados», Lenin se expresa todavía con más precisión y de un modo más contundente: «Lo que caracteriza a Rusia es el tránsito gigantescamente rápido de la violencia brutal a la añagaza más refinada».

Si este manifiesto -escribía Stalin, hablando de él- llega hasta las grandes masas de Occidente, hará indudablemente a miles de obreros volver los ojos al grito olvidado: ¡Proletarios de todos los países, uníos!

«En el manifiesto del Soviet -objeta Lenin- no hay ni una palabra impregnada de conciencia de clase, frases todo y nada más que frases». Este documento, del que tanto se enorgullecían los zimmerwaldianos domesticados, no era a los ojos de Lenin, más que un instrumento de aquella «refinada añagaza».

Antes de llegar Lenin, el Pravda no hablaba para nada de la izquierda zimmerwaldiana. Al referirse a la Internacional, no indicaba concretamente cuál. Esto era lo que Lenin calificaba de «kautskismo» de la Pravda.

En Zimmerwald y Kienthal -declaraba, en la conferencia del partido- prevaleció el centro... Nosotros declaramos que constituíamos la izquierda y rompimos con el centro. Las tendencias de la izquierda zimmerwaldiana existen en todos los países del mundo. Las masas deben comprender que el socialismo se ha escindido en todas partes....

Tres días antes, Stalin proclamaba en aquella misma asamblea que estaba dispuesto a liquidar las discrepancias de criterio con Tsereteli [líder menchevique] sobre las bases de Zimmerwald-Kienthal, es decir, sobre las bases del «kautskismo». «He oído decir que en Rusia hay una tendencia unificadora -decía Lenin- de unificación con los defensistas, y declaro que sería una traición contra el socialismo. A mi juicio, vale más quedarse solo, como Liebknecht. ¡Uno contra ciento diez!» La acusación de traición contra el socialismo, que, por ahora, se lanza todavía contra alguien a quien no se nombra, es algo más que una «palabra fuerte», pues expresa perfectamente la actitud de Lenin frente a los bolcheviques que tendían un dedo a los socialpatriotas. Al contrario de Stalin, que juzgaba posible la unión con los mencheviques, Lenin considera inadmisible seguir compartiendo con ellos el nombre de socialdemócratas. «Personalmente propongo -dice- que modifiquemos el nombre del partido, llamándolo partido comunista». «Personalmente» quería decir que ninguno de los que tomaban parte en la conferencia estaba de acuerdo con aquel gesto simbólico de ruptura definitiva con la II Internacional.

«¿Teméis traicionar los viejos recuerdos? -dice el orador a los delegados, confusos, perplejos, algunos indignados-. Ha llegado el momento de cambiar de ropa interior, el momento de quitarse la camisa sucia y ponerse otra limpia». E insiste nuevamente: «No os aferréis a un viejo término podrido hasta la médula. Constituid un nuevo partido... y todos los oprimidos del mundo vendrán a vuestro lado».

Ante la grandiosidad de la misión aún no iniciada, ante la confusión ideológica que reina en las propias filas, la idea fija del tiempo precioso, estúpidamente malgastado en recepciones, saludos, homenajes, acuerdos rituales, arranca un grito al orador:

¡Basta de saludos y de resoluciones; es hora ya de poner manos a la obra de entregarse a una labor práctica y sobria!

[...]Uno de los militantes provinciales de más relieve, Lebedev, escribe: «Al llegar Lenin a Rusia, su posición, incomprensible en un principio aun para los propios bolcheviques, a los cuales nos parecía utópica e informada por su prolongado apartamiento de la vida rusa, fue asimilada poco a poco por nosotros, hasta que acabamos, por decirlo así, por impregnarnos de ella». Zalechski, miembro del Comité de Petrogrado y uno de los organizadores de la recepción, se expresa de un modo más concreto: «Las tesis de Lenin cayeron como una bomba». Zalechski confirma completamente el aislamiento absoluto en que se dejó a Lenin después de la recepción calurosa e imponente que se le tributó. «En aquel día (4 de abril), el camarada Lenin no encontró un partidario resuelto ni aun dentro de nuestras filas».

El 8 de abril cuatro días después de publicarse las tesis, cuando había ya la posibilidad de explicarse sin empacho y de comprenderse mutuamente, la redacción de la Pravda decía:

Por lo que se refiere al esquema general del camarada Lenin, lo juzgamos inaceptable, en cuanto arranca del principio de que la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y se orienta en el sentido de transformarla inmediatamente en revolución socialista.

Como se ve, el órgano central del partido declaraba abiertamente ante la clase obrera y ante sus enemigos que discrepaba del jefe universalmente reconocido del partido en punto al problema fundamental de la revolución, para la cual habían estado preparándose durante tantos años los cuadros bolcheviques. Basta eso para apreciar en toda su hondura la crisis del partido en el mes de abril, crisis que se produjo como resultado del choque de dos tendencias irreductibles. De no haberse vencido esta crisis, la revolución no hubiera podido seguir adelante.

Lo cierto es que la advertencia de Pravda al texto no puede ser más certera. exactamente éso es lo que decía Lenin: la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y se orienta en el sentido de transformarla inmediatamente en revolución socialista.

Ese era el núcleo de las tesis de abril: al plantear la guerra la necesidad histórica de la revolución proletaria mundial, la revolución rusa, en principio una revolución democrático-burguesa dirigida por un proletariado minoritario en una sociedad semi-colonial y atrasada, podía dotarse de un objetivo socialista y aspirar al poder político apoyándose en ella. Al estar al día la revolución mundial, la revolución rusa se convertía -aunque pocos fueran conscientes de ello todavía- en revolución permanente.

Que la fase democrático-burguesa de la revolución pudiera darse por terminada no quería decir que el golpe político de febrero hubiera llenado de repente de fábricas Rusia, creado una infraestructura moderna, un campo capitalista y transformado la cultura. Ni siquiera que existiera algo parecido a un estado burgués moderno.

Lo que quería decir es que ninguno de esos objetivos, los clásicos de la revolución burguesa, estaban ya a la orden del día para el proletariado en una época de Revolución mundial, una época donde el desarrollo capitalista solo podía tomar las formas monstruosas del imperialismo y el capitalismo de estad. La revolución, encabezada por los trabajadores, solo podía avanzar sobre el programa histórico de éstos. No tenía sentido apoyar desde la izquierda a la burguesía para construir un estado burgués, necesariamente deforme y decadente -como atestiguaba su orientación hacia la guerra desde el primer momento- cuando los trabajadores estaban organizados en soviets, organización del conjunto de la clase que podía convertirse en herramientas insurreccionales y base del estado proletario que organizara su propia dictadura de clase. No es un problema táctico ruso, es una concepción completa de lo que significa la decadencia capitalista y de cómo se traduce en la política del proletariado en los países coloniales, semicoloniales y atrasados1.

Sigamos al propio Lenin en Las tareas del proletariado en nuestra revolución, un texto del 10 de abril de 1917 que subtituló como Proyecto de plataforma del partido proletario.

1. La revolución democrático burguesa ha culminado

El poder del Estado ha pasado en Rusia a manos de una nueva clase: la clase de la burguesía y de los terratenientes aburguesados. En esa medida, la revolución democrática burguesa en Rusia está terminada.

2. El estado de la burguesía en el poder solo puede estar orientado hacia la continuación de la guerra imperialista

El nuevo gobierno es un gobierno de continuación de la guerra imperialista, de una guerra en alianza con las potencias imperialistas, con Inglaterra, Francia, etc., por el reparto del botín capitalista y por la estrangulación de los pueblos pequeños y débiles. [...]

El nuevo gobierno no sólo no merece la más mínima confianza en su política exterior, sino que seguir exigiéndole que proclame los deseos de paz de los pueblos de Rusia, que renuncie a las anexiones, etc., etc., significa, en realidad, engañar al pueblo, hacerle concebir esperanzas irrealizables, retrasar el esclarecimiento de su conciencia; significa contribuir indirectamente a conciliar al pueblo con la continuación de la guerra, cuyo verdadero carácter social no está determinado por las buenas intenciones, sino por el carácter de clase del gobierno que la hace, por los nexos que ligan a la clase representada por ese gobierno con el capital financiero imperialista de Rusia, Inglaterra, Francia, etc., por la política real y efectiva que esa clase sigue.

3. Solo la revolución proletaria puede parar la guerra imperialista

La guerra no ha sido engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es indudable que se hace sólo en interés suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposible conseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el poder del capital y sin que el poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.

4. Los soviets son ya la forma de organización estatal socialista

Los Soviets reproducen el tipo de Estado que iba formando la Comuna de París y que Marx calificó de «forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo».

5. La existencia de soviets que controlan al gobierno provisional significa que se ha establecido un doble poder... temporal y frágil que se resolverá en el sentido de los intereses de una de las dos clases en conflicto

Otra peculiaridad importantísima de la revolución rusa consiste en que el Soviet de diputados soldados y obreros de Petrogrado, el cual goza, según todos los indicios, de la confianza de la mayoría de los Soviets locales, entrega voluntariamente el poder del Estado a la burguesía y a su Gobierno Provisional, le cede voluntariamente la primacía suscribiendo con él el compromiso de apoyarle, y se contenta con el papel de observador, de fiscalizador de la convocatoria de la Asamblea Constituyente (hasta hoy, el Gobierno Provisional no ha señalado siquiera el plazo de su convocatoria).

Esta circunstancia extraordinariamente original, que la historia no había conocido bajo semejante forma, ha entrelazado, formando un todo dos dictaduras: la dictadura de la burguesía (pues el gobierno de Lvov y Cía. es una dictadura, es decir, un poder que no se apoya en la ley ni en la voluntad previamente expresada del pueblo, sino que ha sido tomado por la fuerza y, además, por una clase determinada, la burguesía) y la dictadura del proletariado y de los campesinos (el Soviet de diputados obreros y soldados).

No cabe la menor duda de que ese entrelazamiento no está en condiciones de sostenerse mucho tiempo. En un Estado no pueden existir dos poderes. Uno de ellos tiene que reducirse a la nada, y toda la burguesía de Rusia labora ya con todas sus fuerzas, por doquier y por todos los medios, para eliminar, debilitar y reducir a la nada los Soviets de diputados obreros y soldados, para crear el poder único cicla burguesía.

La dualidad de poderes no expresa más que un momento transitorio en el curso de la revolución, el momento en que ésta ha rebasado ya los cauces de la revolución democrática burguesa corriente, pero no ha llegado todavía al tipo «puro» de dictadura del proletariado y de los campesinos.

6. La función principal del partido es extender el desarrollo de la consciencia en la clase... especialmente cuando está en minoría

Destaca a primer plano la necesidad de «echar vinagre y bilis en el jarabe de las frases democrático-revolucionarias»[...]. Es necesaria, por tanto, una labor de crítica y esclarecimiento de los errores de los partidos pequeñoburgueses—el eserista y el socialdemócrata—, una labor de preparación y cohesión de los elementos del partido proletario consciente, del Partido Comunista, una labor de liberación del proletariado de la embriaguez pequeñoburguesa «general».

Aparentemente, esto «no es más» que una labor de mera propaganda. Pero, en realidad,es la labor revolucionaria más práctica, pues es imposible impulsar una revolución que se ha estancado, que se ahoga entre frases y se dedica a «marcar el paso sin moverse del sitio», no por obstáculos exteriores, no porque la burguesía emplee contra ella la violencia (por el momento, Guchkov sólo amenaza con emplear la violencia contra la masa de soldados), sino por la inconsciencia confiada de las masas.

Sólo luchando contra esa inconsciencia confiada (lucha que puede y debe librarse únicamente con las armas ideológicas, por la persuasión amistosa, invocando la experiencia de la vida), podremos desembarazarnos del desenfreno de frases revolucionarias imperante e impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de las masas, la iniciativa local, audaz y resuelta, de las mismas y fomentar la realización, desarrollo y consolidación no autorizados de las libertades, de la democracia, del principio de posesión de toda la tierra por la totalidad del pueblo.[...]

Los líderes de la pequeña burguesía «tienen» que enseñar al pueblo a confiar en la burguesía. Los proletarios tienen que enseñarle a desconfiar de ella.[...]

Cuanto más rápidamente nos desembaracemos de los viejos prejuicios del seudomarxisrno, del marxismo desnaturalizado por los señores Plejánov, Kautsky y Cía.; cuanto más celosamente ayudemos al pueblo a crear sin demora y por doquier Soviets de diputados obreros y campesinos, a que éstos se hagan cargo de toda la vida; cuanto más largas den los señores Lvov y Cía. a la convocatoria de la Asamblea Constituyente, más fácil resultará al pueblo pronunciarse a favor de la República de los Soviets de diputados obreros y campesinos (por medio de la Asamblea Constituyente o sin ella, si Lvov tarda mucho en convocarla). En esta nueva labor de organización del pueblo mismo serán inevitables al principio ciertos errores, pero es mejor equivocarse y avanzar que esperar a que los profesores y juristas reunidos por el señor Lvov escriban las leyes acerca de la convocatoria de la Asamblea Constituyente, de la perpetuación de la república parlamentaria burguesa y cíe la estrangulación de los Soviets de diputados obreros y campesinos.

Si nos organizamos y hacemos con habilidad nuestra propaganda, conseguiremos que no sólo los proletarios, sino nueve décimas partes de los campesinos estén contra la restauración de la policía, contra la burocracia inamovible y privilegiada y contra el ejército separado del pueblo. Y precisamente en eso, y sólo en eso, estriba el nuevo tipo de Estado.

Hagamos un inciso en esta serie de citas de Lenin para añadir un trozo de Trotski que apunta bien por dónde venían las resistencias en este punto.

Los bolcheviques representan una pequeña minoría en los soviets, y Lenin piensa en tomar el poder. ¿Qué era esto más que aventurerismo? No; en el modo como Lenin planteaba la cuestión no había ni un ápice de aventurerismo. Lenin no cierra ni un momento los ojos ante el estado de espíritu «honradamente» defensista que reina en las masas. Sin fundirse con ellas, no se dispone a obrar a sus espaldas.

Nosotros no somos unos charlatanes -dice, saliendo al paso de los futuros reproches y objeciones, y sólo hemos de apoyarnos en la consciencia de las masas. No importa que nos veamos obligados a estar en minoría. Si es así, vale la pena renunciar por algún tiempo al papel de dirigentes; no, no temamos quedarnos en minoría.

«No temamos quedarnos en minoría, aunque ésta sea sólo ¡de uno contra ciento diez!», como Liebknecht. He aquí el leit motiv de todo el discurso.

El verdadero gobierno es el Soviet de diputados obreros... En el Soviet, nuestro partido representa una minoría... ¡Qué le vamos a hacer! No tenemos mas remedio que explicar pacientemente, con insistencia, de un modo sistemático lo erróneo de la táctica desplegada. Mientras seamos minoría, realizaremos una labor de crítica para librar a las masas del engaño. No queremos que éstas den crédito exclusivamente a nuestras palabras. Nosotros no somos unos charlatanes. Queremos que las masas se libren de sus errores de la mano de la experiencia.

No hay que temer quedarse en minoría. No para siempre, sino por algún tiempo. Ya llegará el tiempo del bolchevismo.

La experiencia demostrará que nuestra orientación es acertada... La guerra traerá a nuestro lado a todos los oprimidos. Es el único camino que les queda.

León Trotski, «Historia de la Revolución rusa»

7. Hace falta un nuevo partido y una nueva Internacional porque la guerra abre la época de la Revolución mundial y el internacionalismo es una frontera de clase cruzada sin remisión por la socialdemocracia

No importan los matices, que se dan también en la izquierda [de la Internacional]. Lo esencial es la corriente misma. El fondo de la cuestión está en que, en estos tiempos de espantosa guerra imperialista, no es fácil ser intemacionalista de hecho. Estos elementos no abundan, pero solo ellos representan el porvenir del socialismo, sólo ellos son los jefes de las masas y no sus corruptores.

Era objetivamente forzoso que la guerra imperialista hiciese cambiar de aspecto las diferencias establecidas entre los reformistas y los revolucionarios en el seno de la socialdemocracia y de los socialistas en general. Todo el que se contenta con «exigir» de los gobiernos burgueses que concierten la paz o que «manifiesten la voluntad de paz de los pueblos», etc., se desliza en realidad al campo de las reformas. Porque, objetivamente considerado, el problema de la guerra sólo se plantea de modo revolucionario.

Para acabar con la guerra, para conseguir una paz democrática y no una paz impuesta por la violencia, para liberar a los pueblos del tributo esclavizador que suponen los intereses de miles de millones pagados a los señores capitalistas enriquecidos en la guerra, no hay más salida que la revolución del proletariado.

Se puede y se debe exigir a los gobiernos burgueses las más diversas reformas; lo que no se puede, sin caer en el espejismo, en el reformismo, es pedir a estas gentes y a estas clases envueltas una y mil veces en la red del capital imperialista que desgarren esa red; y si esa red no se desgarra, cuanto pueda predicarse sobre la guerra contra la guerra no serán más que frases vacuas y engañosas.[...]

No nos hagamos ilusiones. Nada de engañarnos a nosotros mismos. Esperar congresos y conferencias internacionales sería traicionar al internacionalismo [...]

No «esperar», sino proceder inmediatamente a fundar la III Internacional: tal es la misión de nuestro partido. Cientos de socialistas, recluidos en cárceles alemanes e inglesas, respirarán con alivio; miles y miles de obreros alemanes que hoy se lanzan a la huelga y organizan manifestaciones con gran horror de Guillermo II, ese canalla y bandolero, se enterarán por las proclamas clandestinas de nuestra decisión, de nuestra confianza fraternal en Carlos Liebknecht y sólo en él, de nuestra resolución de luchar también ahora contra el «defensismo revolucionario». Y esto reforzará en ellos el espíritu del internacionalismo revolucionario.

A quien mucho se le ha dado, mucho se le exige. No hay en el mundo país en que reine, actualmente, la libertad que reina en Rusia. Aprovechemos esta libertad no para predicar el apoyo a la burguesía o al «defensismo revolucionario» burgués, sino para dar un paso valiente y honrado, proletario, digno de Liebknecht, fundando la III Internacional, una Internacional que se alce resueltamente y de un modo irreconciliable, no sólo contra los traidores, contra los socialchovinistas, sino también contra los personajes vacilantes del «centro».

Después de lo que antecede, creo innecesario gastar muchas palabras para demostrar que no puede ni hablarse de una unificación de los socialdemócratas de Rusia.

Antes quedarnos solos, como Liebknecht —y quedarse solos así significa quedarse con el proletariado revolucionario—, que abrigar, aunque sólo sea un minuto, la idea de una unión con el partido del Comité de Organización, con Chjeídze y Tsereteli, los cuales toleran un bloque con Potrésov en la Rabóchaya Gazeta, votan en el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros a favor del empréstito y han rodado al terreno del «defensismo».

¡Dejad que los muertos entierren a sus muertos!

Quien quiera ayudar a los vacilantes, debe comenzar por dejar de serlo él mismo.

8. El proletariado a través de los proletarios del campo tiene un papel que jugar en la revolución campesina

En los momentos actuales no podemos saber con precisión si se desarrollará en un futuro próximo una poderosa revolución agraria en el campo ruso. No podemos saber hasta dónde llega la división de clase en el campo —acentuada indudablemente en los últimos tiempos—en braceros, obreros asalariados y campesinos pobres («semiproletarios»), de un lado, y campesinos ricos y medios (capitalistas y pequeños capitalistas), de otro. Sólo la experiencia puede dar, y dará, respuestas a estos interrogantes.

Pero como partido del proletariado, tenemos la obligación absoluta no sólo de presentar sin demora un programa agrario (un programa de la tierra), sino también de propugnar, en interés de la revolución agraria campesina en Rusia, diversas medidas prácticas de realización inmediata.

Debemos exigir la nacionalización de todas las tierras: es decir, que todas las tierras existentes en el país pasen a ser propiedad del poder central del Estado. [...]

Sin escindir inmediata y obligatoriamente los Soviets de diputados campesinos, el partido del proletariado debe explicar la necesidad de organizar Soviets especiales de diputados braceros y Soviets especiales de diputados campesinos pobres (semiproletarios), o, por lo menos, asambleas especiales permanentes de los diputados de estos sectores de clase, como fracciones o partidos especiales dentro de los Soviets generales de diputados campesinos. De otro modo, todas esas melifluas frases pequeñoburguesas de los populistas acerca de los campesinos en general servirán para encubrir el engaño de las masas desposeídas por parte de los campesinos ricos, que no son otra cosa que una variedad de capitalistas. [...]

9. La revolución socialista es la solución proletaria al problema de las naciones y las nacionalidades

Todas las manifestaciones, declaraciones y proclamas renunciando a las anexiones, pero que no lleven aparejada la realización efectiva de la libertad de separación, no son más que un engaño burgués del pueblo o ingenuos deseos pequeñoburgueses.

El partido del proletariado aspira a crear un Estado lo más grande posible, ya que eso beneficia a los trabajadores; aspira al acercamiento y la sucesiva fusión de las naciones; mas no quiere alcanzar ese objetivo por la violencia, sino exclusivamente por medio de una unión libre y fraternal de los obreros y las masas trabajadoras de todas las naciones.

Cuanto más democrática sea la República Rusa, cuanto mejor consiga organizarse como una República de los Soviets de diputados obreros y campesinos, tanto más poderosa será la fuerza de atracción voluntaria hacia esta república para las masas trabajadoras de todas las naciones.

Plena libertad de separación, la más amplia autonomía local (y nacional), garantías detalladas de los derechos de las minorías nacionales: tal es el programa del proletariado revolucionario.

10. No se trata de implantar el socialismo ni de atacar la relación capital-trabajo antes de la extensión de la revolución mundial, el horizonte inmediato es un capitalismo de estado dirigido por los soviets

El partido del proletariado no puede proponerse, en modo alguno, «implantar» el socialismo en un país de pequeños campesinos mientras la inmensa mayoría de la población no haya tomado conciencia de la necesidad de la revolución socialista.

Pero sólo los sofistas burgueses, que se esconden tras tópicos «casi marxistas», pueden deducir de este axioma la justificación de una política que diferiría la aplicación inmediata de medidas revolucionarias plenamente maduras desde el punto de vista práctico, realizadas no pocas veces, en el transcurso de la guerra, por toda una serie de Estados burgueses y perentoriamente necesarias para luchar contra la completa desorganización económica que nos amenaza y contra el hambre inminente.

Medidas como la nacionalización de la tierra y de todos los bancos y consorcios de los capitalistas, o, por lo menos, el establecimiento urgente del control de los mismos por los Soviets de diputados obreros, etc., que no significan en modo alguno la «implantación» del socialismo, deben ser defendidas incondicionalmente y aplicadas, dentro de lo posible, por vía revolucionaria.

El cambio de rumbo

La campaña interna de Lenin fue intensa y encontró mucha resistencia por parte de la dirección, como hemos visto. Sin embargo, acabo obteniendo un triunfo completo, tensó a la base del partido y atrajo sobre el nuevo programa a los grupos de militantes que ya en 1905 habían rechazado tanto la posición menchevique (que pretendía que el proletariado actuara como ala izquierda de la burguesía) como la bolchevique con su teoría de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado.

Lenin halló un punto de apoyo contra los viejos bolcheviques en otro sector del partido, ya templado, pero más lozano y más ligado con las masas. Como sabemos, en la revolución de Febrero los obreros bolcheviques desempeñaron un papel decisivo. Estos consideraban cosa natural que tomase el poder la clase que había arrancado el triunfo. Estos mismos obreros protestaban ruidosamente pidiendo la expulsión de los «jefes» del partido. El mismo fenómeno podía observarse en provincias. Casi en todas partes había bolcheviques de izquierda acusados de maximalismo2 e incluso de anarquismo. Lo que les faltaba a los obreros revolucionarios para defender sus posiciones, eran recursos teóricos, pero estaban dispuestos a acudir al primer llamamiento claro que se les hiciese.

Cuando finalmente una nueva conferencia del POSDR se reúne los últimos días de abril. El triunfo de las posiciones de Lenin es total. Solo hay dos notas discordantes. La primera es el luxemburguista Dzerchinski que capta la contradicción entre la posición leninista que defiende para las naciones oprimidas el derecho a la autodeterminación -o lo que es lo mismo, la actualidad de la revolución burguesa- mientras la niega en Rusia.

Como discípulo de Rosa Luxemburgo, Dzerchinski se pronunció contra el derecho de soberanía de las naciones oprimidas, acusando a Lenin de alentar las tendencias separatistas que debilitaban al proletariado de Rusia. A la acusación de que él, por su parte, apoyaba el chauvinismo ruso. Dzerchinski contestó: «Yo puedo echarle en cara (a Lenin) que abraza el punto de vista de los chauvinistas polacos, ucranianos, etc». [...]

La oposición se iba extinguiendo, a todas luces. En el debate sobre las cuestiones discutidas no reunió más que siete votos. Hubo, sin embargo, una excepción uy curiosa, en lo tocante a las relaciones internacionales del partido. Cuando las tareas de la conferencia tocaban a su término, en la sesión nocturna del 20 de abril, Zinóviev presentó, en nombre de la Comisión, una proposición concebida así: «Se acuerda tomar parte en la conferencia internacional de los zimmerwaldianos, convocada en Estocolmo para el 18 de mayo». El acta dice: «Aprobada con un solo voto en contra». Este voto era el de Lenin, que sostenía la necesidad de romper con Zimmerwald, donde tenían definitivamente mayoría los independientes alemanes y los pacifistas neutrales del tipo del suizo Grimm. Pero para os militares ruso del partido, Zimmerwald durante la guerra era casi sinónimo del bolchevismo. Los delegados no se decidían aún a abandonar el nombre de socialdemocracia ni a romper con Zimmerwald, que era, a sus ojos, un medio de mantenerse en contacto con los elementos de la II Internacional. [...]

A nadie se le ocultaba el viraje en redondo que había dado la política del partido. Schmidt, un obrero bolchevique, futuro comisario del pueblo en el departamento del Trabajo, decía en la conferencia de abril: «Lenin ha orientado en un sentido nuevo el carácter de nuestra actuación». Según las palabras de Raskolnikov, pronunciadas, cierto es, algunos años después de los acontecimientos, «Lenin, en abril de 1917, llevó la revolución de Octubre a la conciencia de los dirigentes del partido... La táctica de éste no representa una línea recta; después de llegar Lenin, vira marcadamente a izquierda». La vieja bolchevique Ludmila Stal aprecia de un modo más directo, y al propio tiempo más preciso, el cambio: «Antes de llegar Lenin -decía el 14 de abril, en la conferencia de Petrogrado-, los camaradas erraban todos, ciegos, por las tinieblas. No había más fórmulas que las de 1905. Veíamos que el pueblo obraba por cuenta propia, pero no podíamos enseñarle nada. Nuestros camaradas se limitaban a preparar la Asamblea constituyente por el procedimiento parlamentario y no creían posible ir más allá. Si aceptamos las consignas de Lenin, no haremos más que lo que nos indica la vida misma. No hay que temer a la Comuna, viendo ya en ella un gobierno obrero. La Comuna de París o fue sólo obrera, fue también pequeñoburguesa». Podemos convenir con Sujánov en que el cambio radical de orientación del partido «fue el triunfo principal y fundamental de Lenin, obtenido en los primeros días de mayo». Mas conviene advertir que, a juicio de Sujánov, Lenin, para conseguir esto, trocaba las armas marxistas por las anarquistas.

Queda todavía por preguntar -y no es pregunta de poca monta, aunque es más fácil formularla que contestarla-: ¿Cómo se habría desarrollado la revolución, suponiendo que Lenin no hubiera podido llegar a Rusia en abril de 1917? Si nuestra exposición enseña y demuestra algo, este algo es precisamente -al menos así lo esperamos- que Lenin no fue ningún demiurgo del proceso revolucionario, que su misión consistió pura y simplemente en empalmarse a la cadena de las fuerzas históricas objetivas. Pero en esta cadena él era un eslabón muy importante. La dictadura del proletariado se deducía de la lógica de la situación. Mas era necesario instaurarla, y esto no hubiera sido posible sin el partido. Y éste sólo podía cumplir su misión comprendiéndola. Precisamente para esto, para infundirle esta conciencia, hacía falta un Lenin. Antes de llegar él a Petrogrado, ninguno de los jefes bolcheviques había sido capaz de pronosticar el rumbo de la revolución. El curso de los acontecimientos empujaba al partido dirigido por Kámenev y Stalin hacia la derecha, hacia el campo socialpatriótico: la revolución no dejaba sitio para una posición intermedia entre Lenin y los mencheviques. La lucha intestina en el seno del partido bolchevique era de todo punto inevitable. La llegada de Lenin no hizo más que forzar el proceso. Su ascendiente personal redujo las proporciones de la crisis.

Las jornadas de abril y el gobierno de coalición

Mientras, la revolución seguía su curso marcada por los espasmos que producía la tensión fundamental entre el rechazo a la guerra entre el proletariado que la había hecho la revolución, y la necesidad de continuarla de la burguesía que empezaba a intentar usufructuarla desde el gobierno provisional.

Uno de estos espasmos será fundamental para entender el viraje del conjunto del partido alrededor de Lenin: las jornadas de abril.

Las jornadas de abril arrancan con una provocación de Miliukov, el líder kadete del gobierno provisional. Publica una nota belicista que intenta mandar una señal clara a los gobiernos aliados, medir fuerzas con los soviets -mayoritariamente eseristas y mencheviques- y, eventualmente, reprimir militarmente a los trabajadores y derrotarlos estratégicamente. El comité del Soviet vacila, busca una respuesta conciliadora que no encuentra... y los soldados, regimiento a regimiento, abren manifestaciones armadas a las que se unen los obreros que finalmente toman el protagonismo. Miliukov ve su oportunidad y aparece en escena por primera vez Kornilov, el gobierno provisional evalúa dar un golpe sangriento a los trabajadores y asentar el orden... pero no tiene con qué.

Es el primer choque entre el gobierno provisional y los trabajadores. Tiene dos importantes repercusiones políticas: la primera, los trabajadores se desplazan por primera vez en masa hacia el bolchevismo.

Los obreros acudían a los comités del partido y preguntaban lo que tenían que hacer para pasar del partido menchevique al bolchevique. En las fábricas interrogábase con insistencia a los diputados soviéticos acerca de la política exterior, de la guerra, de la dualidad de poderes, de las subsistencias, y, como resultado de estos sondeos, lo más frecuente era que los diputados socialrevolucionarios o mencheviques fueran sustituidos por los bolcheviques. Fue en los soviets de barriada, los que más cerca se hallaban de las fábricas, donde se inició con más rapidez el viraje. A finales de abril, en los soviets de los barrios de Viborg, de Narva y de la Isla de Vasíliev, los bolcheviques se encontraban súbita e inesperadamente con que tenían mayoría. Era éste un hecho de gran importancia, pero los jefes del Comité ejecutivo, absorbidos por la política de altura, miraban de arriba abajo lo que pudieran hacer los bolcheviques de los barrios obreros. Sin embargo, éstos empezaron a ejercer una presión cada vez más sensible sobre el centro. Sin que interviniese para nada el Comité de Petrogrado, se inició en las fábricas una campaña enérgica y fructífera en torno a la reelección de representantes en el Soviet general de diputados obreros. Sujánov opina que, a principios de mayo, la tercera parte del proletariado petersburgués seguía a los bolcheviques. La tercera parte, por lo menos, entre la que se contaban, por añadidura, los elementos más activos. La incoherencia del mes de marzo iba desapareciendo, y la orientación política del partido tomaba formas más definidas; las «fantásticas» tesis de Lenin iban tomando cuerpo y echando raíces en las barriadas de Petrogrado.

La segunda, el gobierno de coalición.

Para salir de esta crisis, provocada por el ensayo hecho en abril de los combates que se avecinaban, se concebían teóricamente tres salidas. Cabía que el poder pasase íntegramente a manos de la burguesía, lo cual no podría conseguirse más que mediante una guerra civil; Miliukov lo intentó, pero fracasó. Otra solución era entregar todo el poder a los soviets: para conseguir esto, no hacía falta ninguna guerra civil, basta con alargar la mano, con quererlo. Pero los conciliadores no querían querer, y las masas no habían perdido todavía la fe en ellos, aunque esta fe estuviese ya un poco quebrantada. Es decir, que las dos salidas principales, la burguesa y la proletaria, estaban cerradas. Quedaba una tercera posibilidad, una solución a medias, confusa, proindiviso, tímida, cobarde: un gobierno de coalición. [...]

El 26 de abril, cuando el terreno estaba ya lo bastante preparado, el gobierno provisional proclamó en un manifiesto la necesidad de incorporar a las tareas del Estado a las «fuerzas creadoras activas del país que no participaban en ellas». La cuestión se planteaba sin ambages.

Había todavía, sin embargo, una gran opinión contraria a la coalición. A fines de abril se pronunciaron contra la entrada de los socialistas en el gobierno los soviets de Moscú, de Tiflis, de Odesa, de Yekaterinburg, de Nijni-Novgorod, de Tver y otros. Los motivos de esta actitud fueron expuestos de un modo harto claro por uno de los caudillos mencheviques de Moscú: si los socialistas entran en el gobierno, no habrá nadie que pueda encauzar el movimiento de las masas. pero no era fácil que aceptaran esta razón los obreros y los soldados, contra los cuales precisamente se enderezaba. Las masas que aún no seguían a los bolcheviques se inclinaban a favor de la entrada de los socialistas en el gobierno. Parecíales muy bien que Kerenski fuese ministro, pero todavía mejor que hubiese en el gobierno seis Kerenskis. Las masas no sabían que aquello se llamaba coalición con la burguesía, a la que sólo interesaba tomar a los socialistas de tapadera contra el pueblo. Vista desde los cuarteles, la coalición presentaba un cariz distinto, al que presentaba vista desde el palacio de Marinski. Las masas aspiraban a desplazar a la burguesía del gobierno por medio de los socialistas. Y así, estas dos presiones, la de la burguesía y la del pueblo, partiendo de dos polos distintos, convergían, por un momento, en un punto único. [...]

El 5 de mayo fueron aprobados por el Soviet de Petrogrado la lista del gobierno de coalición y su programa. Los bolcheviques no lograron reunir contra la coalición más que cien votos. «La Asamblea saludó calurosamente a los oradores ministros», relata irónicamente Miliukov, hablando de aquella sesión. Pero con ovaciones no menos estrepitosas fue recibido también Trotski, que había llegado de Norteamérica el día antes. Trotski, antiguo caudillo de la primera revolución, condenó la entrada de los socialistas en el gobierno, afirmando que la coalición no acababa con el «doble poder»; que lo que hacía era «trasladarlo al ministerio', y que el único poder verdadero que «salvaría» a Rusia no se instauraría hasta que se diese un nuevo paso hacia adelante: la entrega del poder a los diputados, obreros y soldados. Entonces comenzaría «una nueva era, era de la clase que sufre, de la clase oprimida alzándose contra las clases dominantes». Hasta aquí, Miliukov. Y sigue. Al terminar su discurso, Trotski formuló las tres normas que habían de presidir la política de masas: «Tres preceptos revolucionarios: desconfiar de la burguesía, vigilar a los jefes, no confiar más que en las propias fuerzas». Sujánov observa, hablando de esta intervención: «Es evidente que no podía contar con que su discurso fuera bien acogido». Y, en efecto, la despedida fue bastante más fría que el recibimiento. Sujánov, extraordinariamente sensible para cuantas murmuraciones venían de los pasillos intelectuales, añade: «Corrían rumores de que Trotski, que no se había afiliado todavía al partido bolchevique, era «aún peor que Lenin»».

De quince carteras, los socialistas se quedaron con seis, para ser minoría. Todavía después de participar abiertamente en el poder seguían jugando al escondite.

La ofensiva en el frente

La burguesía estaba dispuesta a sacrificar a Miliukov en el gobierno -y en cualquier otro lugar- si eso servía para apaciguar a los obreros y continuar la guerra. No tanto ya porque creyera en la posibilidad de un triunfo, sino porque esperaba sacar fuerzas de la guerra -su punto de unión con la burguesía aliada- para acabar con la revolución.

En el ejército, lo mismo que en el país, se estaba operando un constante desplazamiento político de fuerzas: la base evolucionaba hacia la izquierda, la cúspide hacia la derecha. A la par que el Comité ejecutivo se convertía en un instrumento de la Entente para dominar la revolución, los comités del ejército, que habían surgido como una representación de los soldados contra el mando, convertíanse en auxiliares de éste contra los soldados.

La composición de los comités era muy heterogénea. Había en ellos no pocos elementos patrióticos de buena fe que identificaban la guerra con la revolución y que se lanzaron valerosamente a la ofensiva ordenada desde arriba, jugándose la cabeza por una causa que no era la suya. Junto a ellos estaban los héroes de la frase, los Kerenski de división y de regimiento. Finalmente, los comités albergaban a no pocos pequeños aventureros y bribones que se instalaban en ellos para esquivar las trincheras y al acecho de privilegios y prerrogativas. Todo movimiento de masas, sobre todo en su primera fase, saca inevitablemente a flote a todas esas variedades de la fauna humana. Lo que hay es que el período conciliador fue fecundísimo en toda suerte de charlatanes y camaleones. Los hombres hacen los programas, pero también los programas hacen a los hombres. En las revoluciones, las escuelas de contacto se convierten siempre en escuelas de intrigas y de maniobras.

El régimen de la dualidad de poderes imposibilitaba la creación de un instrumento militar eficiente. Los kadetes eran blanco del odio de las masas populares, y dentro del ejército veíanse obligados a adoptar el nombre de socialrevolucionarios. La democracia no podía poner en pie al ejército, por la misma razón por la cual no podía tomar en sus manos el poder; lo uno era inseparable de lo otro. Como detalle curioso y que, sin embargo, da una idea bastante clara de la situación. Sujánov observa que el gobierno provisional no organizó en Petrogrado ni un solo desfile militar; ni los liberales ni los generales querían participar en un desfile organizado por el Soviet, pero comprendían perfectamente que sin él el desfile era irrealizable.[...]

«Es un hecho evidente -escribía, el 26 de septiembre de 1851, un alemán inteligente a otro- que la desorganización del ejército y la completa descomposición de la disciplina han sido siempre la condición, a la par que el fruto, de toda revolución triunfante». Toda la historia de la humanidad confirma esta ley tan sencilla y tan indiscutible. Pero no eran sólo los liberales, sino también los socialistas rusos que habían pasado por la experiencia de 1905, los que no comprendían esto, a pesar de haber proclamado, más de una vez, como sus maestros, a estos dos alemanes a que nos referimos, uno de los cuales era Federico Engels y el otro Carlos Marx. Los mencheviques creían seriamente que el ejército que había hecho la revolución iba a continuar la guerra bajo el viejo mando. ¡Y esos hombres acusaban de utopistas a los bolcheviques! [...]

El 4 de junio, menos de dos semanas antes de que se iniciara la ofensiva, el jefe de Estado Mayor del Cuartel general comunicaba: «El frente norte continúa en estado de efervescencia; los soldados siguen confraternizando y en la Infantería la actitud ante la ofensiva es desfavorable... En el frente occidental la situación es incierta. En el suroccidental se nota una cierta mejoría en la moral de las tropas... En el frente rumano no se observa ninguna mejoría sensible: la Infantería no quiere atacar».[...]

En la sesión celebrada el 8 de junio por el Congreso de los soviets, Trotski preguntó cómo se explicaba que en «aquella escuadra modelo del mar negro, que había enviado delegaciones patrióticas por todo el país, en aquel hogar del patriotismo organizado hubiera podido producirse, en un momento tan crítico, una explosión de este género. ¿Qué significa esto?» La pregunta se quedó sin contestar. La ausencia del mando y de dirección traía de cabeza a todo el mundo: a los soldados, a los jefes y a los vocales de los comités. No había más remedio que buscar una salida a aquella situación, fuera la que fuese. A los de arriba se les antojaba que la ofensiva pondría fin al desconcierto y daría un carácter definido a las cosas. Y esto era verdad hasta un cierto punto. Si Tsereteli y Chernov en Petrogrado predicaban la ofensiva, dando a su voz todas las inflexiones de la retórica democrática, era natural que en el frente los miembros de los comités, mano a mano con la oficialidad, emprendiesen dentro del ejército la lucha contra el nuevo régimen, sin el cual no era concebible la revolución, pero que era incompatible con la guerra. Pronto este cambio dio sus frutos. «Los miembros del comité iban evolucionando, día a día, hacia la derecha de un modo cada vez más acentuado -cuenta uno de los oficiales de la Marina-; pero, al mismo tiempo, veíase cómo disminuía por momentos su prestigio entre los marineros y los soldados». Y daba la casualidad de que para guerrear lo que hacia falta eran, precisamente, soldados y marineros.[...]

La ofensiva que el Cuartel general había garantizado a los aliados para principios de primavera iba aplazándose semana tras semana. Pero ahora la Entente no toleraba ya más aplazamientos. [...]

La burguesía rusa, sin perjuicio de apoyar las pretensiones de los aliados y desplegar una furiosa campaña en favor de la ofensiva, no abrigaba confianza alguna en ésta, razón por la cual se abstenía de suscribirse al «Empréstito de la Libertad» [lanzado por el gobierno provisional con el apoyo del comité del Soviet].[...]

Justo es consignar que en los países aliados no todo el mundo estaba de acuerdo con Vandervelde, Thomas y Cachin en su prisa por empujar al abismo al ejército ruso. Alzábanse también voces advirtiendo del peligro. «El ejército ruso no es más que una fachada -decía el general Pétain-, que se derrumbará en cuanto se menee un poco». En el mismo sentido se expresaba, por ejemplo, la misión americana. Pero triunfaron otras consideraciones. Era preciso robar a la revolución el alma. «La campaña de confraternización germano-rusa -explicaba posteriormente Painlevé- producía tales estragos (faisait de tels ravages), que al dejar inactivo al ejército ruso podía correrse el riesgo de una rápida descomposición».[...]

Huelga decir que la preparación de la ofensiva hacía que se redoblasen las persecuciones contra los bolchevique, a quienes se acusaba, cada vez con mayor insistencia, de ser partidarios de la paz por separado. La conciencia de que esta paz era la única salida, deducíase directamente de la situación misma del país, esto es, de la debilidad y del agotamiento de Rusia comparada con los demás países beligerantes; pero nadie se había preocupado aún de medir las fuerzas del nuevo factor: la revolución. Los bolcheviques entendían que la perspectiva de la paz por separado sólo podía evitarse en el supuesto de que se alzaran audazmente y hasta donde fuese necesario la fuerza y el prestigio de la revolución frente a la guerra. Mas para esto era ineludible, ante todo, romper la alianza con la burguesía. El 9 de junio Lenin declaraba en el Congreso de los soviets: «Los que dicen que nosotros aspiramos a la paz separada faltan a la verdad. Lo que nosotros mantenemos es: nada de paz separada con ningún capitalista, y con los capitalistas rusos menos que con nadie. ¡Abajo esta paz separada!» «Aplausos», acota el acta de la sesión. Era una pequeña minoría del Congreso la que aplaudía; por esos los aplausos eran doblemente entusiastas.

En el Comité ejecutivo, los unos carecían de la decisión suficiente; los otros querían que el organismo que gozaba de más prestigio les sirviese de tapadera. A última hora se tomó la resolución de comunicar a Kerenski que no era aconsejable circular las órdenes para la ofensiva antes de que decidiera la cuestión el Congreso de los soviets. La declaración, presentada por la fracción bolchevique y que estaba sobre la mesa desde la primera sesión del Congreso, decía que «con la ofensiva no se conseguiría más que desorganizar definitivamente el ejército, enfrentando una parte de él con la otra» y que «el Congreso debía oponerse inmediatamente a la presión contrarrevolucionaria, o asumir íntegra y abiertamente la responsabilidad de esta política».

La resolución votada por el Congreso a favor de la ofensiva no pasó de ser una formalidad democrática. Todo estaba preparado de antemano. Hacía ya tiempo que los artilleros tenían enfiladas las baterías sobre las posiciones enemigas. El 16 de junio, en una orden circulada al ejército y a la flota, Kerenski, después de invocar el nombre del generalísimo, «este caudillo aureolado por las victorias», demostraba la necesidad de asestar «un golpe rápido y decisivo», y terminaba con estas palabras: «¡Adelante: ésta es la orden que os doy!».

En un artículo escrito en vísperas de la ofensiva y dedicado a comentar la declaración presentada por la fracción bolchevique al Congreso de los soviets, decía Trotski: «La política del gobierno imposibilita toda acción militar eficaz... Las premisas materiales de que parte la ofensiva no pueden ser más desfavorables. La organización del avituallamiento del ejército refleja el desastre económico general del país, contra el cual el presente gobierno no puede tomar ninguna medida radical. Y aún son más desfavorables las premisas morales. El gobierno ha puesto al desnudo ante el ejército... su incapacidad para regentar la política de Rusia sin contar con la voluntad de sus aliados imperialistas. El resultado de esto tenía que ser inevitablemente la progresiva descomposición del ejército. Las deserciones en masa... no son ya, en las circunstancias actuales, un simple fruto de la voluntad individual: se han convertido en indicio de la completa incapacidad del gobierno para cohesionar al ejército revolucionario por la unidad interna de los fines perseguidos». Después de indicar que el gobierno no se decidía «a la inmediata abolición de la propiedad de la tierra, única medida que persuadiría al campesino más atrasado de que esta revolución es su revolución», el artículo termina así: «En estas condiciones materiales y morales, la ofensiva tiene que degenerar, inevitablemente, en una aventura».

Estaba claro que la ofensiva de junio y el comportamiento de los soldados -esto es, del campesinado armado y encuadrado en el ejército- iba a determinar la correlación de fuerzas en la revolución, lo que al final de traducía en la correlación de delegados entre socialistas y bolcheviques en los soviets.

Entretanto, los periódicos publicaban una noticia jubilosa: «La Bolsa de París saluda la ofensiva con el alza de todos los valores rusos». Los socialistas pulsaban, por lo visto, la estabilidad de la revolución por los boletines de cotización: pero la historia nos enseña que cuando más a gusto se siente la Bolsa es cuando peor marchan las revoluciones.

Los obreros y la guarnición de la capital no se sintieron arrastrados ni un momento por aquella oleada artificial de patriotismo recalentado. Su palestra seguía siendo la avenida Nevski. «Hemos salido a la Nevski -cuenta en sus Memorias el soldado Chinenov- intentando hacer campaña contra la ofensiva. Los burgueses se han lanzado contra nosotros esgrimiendo sus paraguas... Nosotros hemos cogido a los burgueses, los hemos llevado a los cuarteles... y les hemos dicho que, al día siguiente, los expediríamos al frente». Eran ya los síntomas de la explosión de la guerra civil que se avecinaba: las jornadas de julio estaban próximas.

El 21 de junio, el regimiento de ametralladoras tomaba en asamblea general el acuerdo siguiente: «En lo sucesivo, sólo mandaremos fuerzas al frente cuando la guerra tenga un carácter revolucionario». En contestación a la amenaza de disolución, el regimiento declaró que él, por su parte, no se detendría ante la disolución «del gobierno provisional y demás organizaciones que lo apoyan». Otra vez volvemos a percibir las notas de una amenaza que va mucho más allá que las campañas de los bolcheviques.

El 23 de junio, la crónica de los acontecimientos señala: «Las unidades del 11º ejército se han apoderado de la primera y segunda líneas de trincheras del enemigo». Junto a esta noticia, léese esta otra: «En la fábrica de Baranovski (seis mil obreros) se han celebrado las elecciones al Soviet de Petrogrado. Para sustituir a los tres diputados socialrevolucionarios han sido elegidos tres bolcheviques».

A fines de mes, la fisonomía del Soviet de Petrogrado había cambiado ya considerablemente. Es cierto que el 20 de junio el Soviet tomaba el acuerdo de saludar al ejército que había emprendido la ofensiva. Pero, ¿por qué mayoría? Por 472 votos contra 271 y 39 abstenciones. Es un nuevo balance de fuerzas que nos salta a la vista. Los bolcheviques, con los grupos de mencheviques y socialrevolucionarios de izquierda, representan ya las dos quintas partes del Soviet. Ello significa que en las fábricas y en los cuarteles los adversarios de la ofensiva forman ya una mayoría indiscutible.

El Soviet de la barriada de Viborg vota el 24 de junio un acuerdo en el que cada palabra es como un martillazo: «Protestamos contra la aventura del gobierno provisional, que emprende la ofensiva al servicio de los viejos tratados expoliadores... y descargamos toda la responsabilidad por esa política de ofensiva sobre el gobierno provisional y los partidos de los mencheviques y socialrevolucionarios que le sostienen». Relegada a segundo término después de la revolución de Febrero, la barriada de Viborg va avanzando con paso seguro hacia los primeros puestos. En el Soviet de Viborg predominaban ya completamente los bolcheviques.

Ahora todo dependía del resultado de la ofensiva, es decir, de los soldados de las trincheras. ¿Qué cambios determinó la ofensiva en la conciencia de los que tenían que llevarla a cabo? Los soldados anhelaban, de un modo irresistible, la paz. Sin embargo, los dirigentes consiguieron durante algún tiempo hasta cierto punto o, por lo menos, lo consiguieron de una parte de los soldados, convertir este anhelo en una buena disposición respecto a la ofensiva.

Después de la revolución, los soldados esperaban que el nuevo régimen firmase cuanto antes la paz, y hasta que ese día llegase estaban dispuestos a montar la guardia en el frente. Pero ese día no llegaba. Los soldados rusos empezaron a confraternizar con los alemanes y los austríacos, influidos en parte por las campañas de los bolcheviques, pero sobre todo buscando por propia iniciativa la senda de la paz. Estos escarceos de confraternización fueron ferozmente perseguidos. Además, se pudo observar que los soldados alemanes no habían sacudido todavía, ni mucho menos, la carga de la obediencia a sus oficiales. Y la confraternización, que no había traído la paz, disminuyó considerablemente. [...]

Viendo que no conseguían sus fines, ni por medio de la diplomacia del gobierno provisional ni a fuerza de confraternización, una parte de los soldados empezó a creer que convenía dar aquel empujón de que les hablaban y que acabaría de una vez con la guerra. Uno de los delegados enviados por el frente al Congreso de los soviets, expresaba en estos términos el estado de espíritu de los soldados: «Ahora nos encontramos ante un frente alemán desarmado, desartillado, y si tomamos la ofensiva y derrotamos al enemigo, nos acercaremos a la anhelada paz».

Y, efectivamente, en un principio, el enemigo se reveló extraordinariamente débil y se retiraba sin dar batalla, que, por su parte, los atacantes no hubieran podido tampoco librar. Pero el enemigo no se dispersaba, sino que, por el contrario, se agrupaba y se concentraba. Cuando habían avanzado veinte o treinta kilómetros, los soldados rusos presenciaron un espectáculo que conocían harto bien por su experiencia de los años precedentes: el enemigo los esperaba atrincherado en nuevas posiciones reforzadas. Y entonces fue cuando se puso de manifiesto que, si bien los soldados estaban aún dispuestos a dar un empujón para conseguir la paz, no querían tener absolutamente nada ya que ver con la guerra. Arrastrados a ella por la fuerza, por la presión moral, y sobre todo por el engaño, viraron en redondo indignados. [...]

El generalísimo del frente sudoccidental, habiéndose puesto de acuerdo con los comisarios y los comités, publicó un decreto ordenando que se abriera el fuego contra los desertores.

El 12 de julio, el generalísimo del frente occidental, Denikin, volvía al estado mayor «con la desesperación clavada en el alma y la conciencia neta del desmoronamiento completo de la última tenue esperanza en... el milagro».

Los soldados no querían batirse. Los soldados de la retaguardia, a quienes se pidió que reemplazaran a las fuerzas exhaustas después de la ocupación de las trincheras enemigas, contestaron: «¿Para qué habéis tomado la ofensiva? ¿Quién os ha dado permiso para ello? Lo que hay que hacer no es organizar ofensivas, sino poner término a la guerra». El jefe del primer cuerpo siberiano, considerado como uno de los mejores, comunicaba que, al caer la noche, los soldados se retiraban en compañías enteras de la primera línea, no atacada. «Comprendí que nosotros, los jefes, éramos impotentes para cambiar la psicología de la masa de los soldados, y rompí a llorar larga y amargamente».

Las condiciones propias de una guerra larga y desdichada no podían hacer otra cosa que acelerar e imprimir un carácter más agudo al proceso revolucionario de disgregación del ejército. La funesta y criminal ofensiva de la democracia se encargó del resto. Ahora, los soldados decían ya abiertamente y por todas partes, a quien quería oírlos: «¡Basta de verter sangre! ¿Para qué nos sirven la libertad y la tierra si tenemos que morir de un balazo?» Esos intelectuales pacifistas que intentan suprimir la guerra a fuerza de argumentos racionalistas son sencillamente ridículos. Pero cuando las masas armadas aducen los argumentos de su razón, no hay guerra que no se acabe.

La guerra concentraba la contradicción fundamental que movía la revolución, impulsando el enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía. Estando movilizada como tropa buena parte del campesinado, acabó poniendo en marcha la revolución campesina que hasta entonces los bolcheviques habían pronosticado.

Lenin, en abril, creía necesario estar prevenido para la hipótesis peor, para la perspectiva de un sólido bloque entre los terratenientes, la burguesía y los vastos sectores campesinos. «Pretender atraerse ahora al mujik -dice- valdría tanto como entregarse a Miliukov». De aquí la conclusión: «Desplazar el centro de gravedad a los soviets de jornaleros del campo».

Pero, afortunadamente, se realizó la hipótesis mejor. El movimiento agrario, que antes no era más que un pronóstico, se convirtió en un hecho que puso de manifiesto por breves instantes, pero con una fuerza extraordinaria, el predominio de los lazos que unían a los campesinos «como clase» sobre los antagonismos capitalistas. Los soviets de braceros del campo sólo adquirieron importancia en algunos sitios, principalmente en las regiones del Báltico. En cambio, los comités agrarios convirtiéronse en órganos de todos los campesinos, que con su tenaz presión los convertían de cámaras de arbitraje en instrumentos de la revolución agraria.

El hecho de que los campesinos se encontraran una vez más, la última en su historia, con la posibilidad de actuar en bloque como factor revolucionario, prueba, a la vez, la falta de vigor del régimen capitalista en el campo y su fuerza. La economía burguesa no había liquidado todavía por completo con el régimen agrario medieval servil. Pero, al mismo tiempo, la evolución capitalista había hecho tales avances que estructuraba las viejas formas de la propiedad agraria de un modo igualmente insoportable para todos los sectores del campo. El entrelazamiento, muchas veces consciente, de la gran propiedad agraria y de la propiedad campesina, con que se tendía a convertir el derecho de los terratenientes en una trampa para toda la comunidad; y, finalmente, el antagonismo reinante entre el régimen comunal de los pueblos y los colonos individualistas; todo contribuía a crear, en conjunto, una confusión intolerable dentro de las relaciones agrarias, de la cual no había modo de salir por medio de disposiciones legales. Esto lo comprendían mejor los campesinos que todos los teóricos agrarios. La experiencia de la vida, desarrollada a lo largo de una misma conclusión: la de que había que extirpar los derechos heredados y adquiridos sobre la tierra, echar por tierra los mojones y entregar esta tierra, limpia de toda tara histórica, a quien la trabajase. No era otro el sentido de los aforismos campesinos: «la tierra no es de nadie», «la tierra es de Dios». Y con ese mismo espíritu interpretaban ellos la reivindicación programática socialrevolucionaria de la socialización de la tierra. Pese a las teorías de los narodniki, aquí no se deslizaba ni una pizca de socialismo. Todavía no ha habido una sola revolución agraria, por audaz que fuese, que haya rebasado por sí misma los linderos del régimen burgués. Se convendrá en que un régimen de socialización que había de garantizar a todo bracero el «derecho a la tierra» representaba ya de suyo, manteniéndose un régimen de mercado sin trabas, una utopía manifiesta. Los mencheviques criticaban esta utopía desde el punto de vista liberal-burgués. Los bolcheviques, por el contrario, señalaban la tendencia democrática progresiva que se encerraba, expresada utópicamente, en la teoría de los socialrevolucionarios. Uno de los más grandes servicios prestados por Lenin consistió precisamente en haber descubierto el verdadero sentido histórico del problema agrario ruso.[...]

Los bolcheviques no eran culpables de que los grandiosos movimientos campesinos de los siglos pasados no consiguieran instaurar en Rusia la democratización de las relaciones sociales -sin la dirección de las ciudades era imposible conseguirlo-, como tampoco de que la llamada emancipación de los campesinos, llevada a cabo en 1861, se organizase a base del robo de las tierras comunales, de la sujeción de los campesinos al Estado y de la integridad del régimen de castas. Por todo esto, los bolcheviques se vieron ante la necesidad de acabar, en el primer cuarto del siglo XX, lo que los siglos XVII, XVIII y XIX habían hecho a medias o no habían hecho. Antes de emprender la realización de su propios y gigantescos objetivos, los bolcheviques no tuvieron más remedio que pararse a barrer el estiércol histórico de las viejas clases gubernamentales y de los siglos anteriores, y justo es reconocer que realizaron a conciencia esta tarea apremiante y nueva. Seguramente que ni el propio Miliukov se atrevería a negarlo.

La mayoría del proletariado petersburgués pasa al bolchevismo

El arranque de la revolución agraria coincidiendo con el desastre de la ofensiva no podían sino agravar la situación económica e imprimir una sensación de urgencia en la consciencia de los trabajadores. A mediados de junio,

La situación de las ciudades, desde el punto de vista del abastecimiento, era cada día más grave. El movimiento agrario había prendido ya en cuarenta y tres provincias. El suministro de cereales a los centros urbanos y al ejército iba reduciéndose de un modo alarmante. [...]La mecánica del mercado, rota por la guerra, no fue suplida por el régimen centralizado a que no tuvieran más remedio que recurrir los países capitalistas avanzados, y gracias al cual pudo sostenerse Alemania durante los cuatro años de guerra.[...]

En conjunto, la burguesía abrazaba la senda del derrotismo económico. Las pérdidas pasajeras experimentadas a consecuencias de la parálisis económica del país eran, a sus ojos, una especie de gastos generales que les imponía la lucha contra la revolución y contra lo que ésta suponía de peligro para los cimientos de la «cultura».

La burguesía estaba radicalizándose también, abogando cada vez más abiertamente por la imposición de una dictadura contrarrevolucionaria y presionando mediante sus armas económicas.

A mediados de junio, el Congreso de la Industria y del Comercio exige del gobierno provisional que «rompa abiertamente con el actual modo de llevar adelante la revolución». Esta demanda, «¡suspended la revolución!», la hemos oído ya de labios de los generales. Pero los industriales concretan más sus deseos. «El origen del mal no está solamente en los bolcheviques, sino que está también en los partidos socialistas. Sólo una mano firme, una mano férrea puede salvar a Rusia».

Después de preparar el terreno políticamente, los industriales pasaron de las palabras a las obras. Durante los meses de marzo y abril se cerraron ciento veintinueve pequeñas fábricas, que daban trabajo a nueve mil obreros; en el mes de mayo, ciento ocho, con igual número de trabajadores; en junio se clausuran ya ciento veinticinco con un contingente de treinta y ocho mil obreros; en julio, doscientas seis, que daban ocupación a cuarenta y ocho mil. El lockout avanza en progresión geométrica. Pero esto no era más que el principio. A Petrogrado siguió la industria textil de Moscú, y tras ésta vinieron las provincias. Los patronos justificaban el cierre por la falta de combustible, de materias primas, de materiales auxiliares, de créditos. Los comités de fábrica intervenían en el asunto y, en muchos casos, demostraban de un modo irrefutable que la producción se desorganizaba deliberadamente, con el designio de presionar a los obreros a conseguir una ayuda financiera del Estado. [...]

En una carta dirigida al ministro de Hacienda, los banqueros «profetizaban» la emigración de capitales al extranjero y la reclusión de los valores en las cajas de caudales, caso de que se tomaran medidas financieras de carácter radical. Dicho en otros términos, los patriotas de los Bancos amenazaban con el lockout financiero como complemento del industrial. El gobierno se apresuró a ceder. No hay que olvidar que los organizadores del sabotaje eran gente honorables que habían tenido que arriesgar sus capitales amenazados por la guerra y la revolución, y no unos marineruchos de Kronstadt como otros cualesquiera, que no arriesgaban más que su cabeza, lo único que tenían que perder.

La peculiaridad de la revolución rusa se ve aquí con claridad: a pesar de estar una revolución obrera en marcha, la burguesía conserva, en forma directa buena parte de su poder económico. Los soviets, los comités de fábrica, son órganos políticos. La revolución no se ha despojado de su impulso democrático-burgués original. Dentro de la fábrica o el taller el patrón manda. Los trabajadores no han tomado la producción, mucho menos han subvertido las relaciones capital-trabajo. Frente al lock-out solo pueden oponer el control de los comités de fábrica que poco a poco arman con pequeñas milicias. Pero aunque se presione al patrón, se sigue produciendo -y se hará a lo largo de toda la revolución- bajo la ley del valor... entre otras cosas porque si no era imposible el engarce con una revolución campesina que está todavía en el marco de la revolución burguesa. Solo la extensión de la revolución obrera al propio campo ruso cuando menos, o a los países del centro capitalista sobre todo, hubiera podido permitir que la lógica del intercambio fuera subvertida. Dicho de otro modo, a diferencia de la revolución española, la revolución rusa fue una revolución exclusivamente política, que dejó intacta la ley del valor, porque era una revolución permanente.

El nexo entre la economía y la política habíase puesto al desnudo. Ahora, el Estado, acostumbrado a obrar en calidad de principio místico, obraba, cada vez con más frecuencia, en su forma más primitiva, es decir, personificado por destacamentos armados. En distintas partes del país, los obreros hacían comparecer por la fuerza ante el Soviet o arrestaban en sus domicilios a los patronos que se negaban a hacer concesiones y algunos hasta a negociar. Se explica perfectamente que las clases poseedoras distinguiesen con sus odios a la milicia obrera.

Pero aunque la necesidad histórica -el engarce con la revolución burguesa del campesinado- se manifieste en la imposibilidad de la subversión -siquiera germinal- de las relaciones productivas, bajo el carácter estrictamente político de la revolución, y aceptando éste, bajo la hegemonía del eserismo y el menchevismo en los soviets, se esconden condiciones materiales nacidas de la propia guerra y la situación del capitalismo ruso en un capitalismo mundial que le daba forma y entraba de lleno en decadencia. Detengámonos un momento a trazar una perspectiva.

Hay que indagar en el propio proletariado, en su composición, en su nivel político, los motivos que contribuyen a explicar el predominio temporal de que gozaron los mencheviques y socialrevolucionarios. La guerra operó enormes variaciones en la composición y estado de espíritu de la clase obrera. Los años que precedieron a la guerra se caracterizaron por el progreso del movimiento revolucionario, pero este proceso viose interrumpido por aquélla. La movilización fue concebida y llevada a la práctica con un criterio que no era estrictamente militar, sino que tenía mucho de policíaco. El gobierno se apresuró a retirar de las cuencas industriales a los obreros más activos e inquietos. Puede sentarse como hecho indiscutible que en los primeros meses de la guerra la movilización arrancó de la industria hasta un 40 por 100 de los obreros, principalmente obreros calificados. Su alejamiento, que tan desastrosamente repercutía en la marcha de la producción, levantaba calurosas protestas por parte de los industriales, sobre todo cuando mayores eran los beneficios que la industria de guerra reportaba. Gracias a esto, se contuvo la destrucción total de los cuadros obreros. La industria retenía los trabajadores de que necesitaba, en calidad de movilizados. Las brechas abiertas por la movilización fueron tapadas con elementos procedentes del campo, gente pobre de las ciudades, obreros poco expertos, mujeres, jóvenes. El tanto por ciento de las mujeres empleadas en la industria era de un 32 a un 40 por 100.

El proceso de renovación y de enrarecimiento del proletariado tomaba en la capital proporciones muy considerables. Durante los años de la guerra, desde 1914 hasta 1917, el número de fábricas que daban trabajo a más de quinientos obreros aumentó en la provincia de Petrogrado en casi el doble. Por efecto del cierre de las fábricas de Polonia y sobre todo las de los países bálticos, y a causa también, muy principalmente, del auge de la industria de guerra, en 1917 concentrábanse en las fábricas de Petrogrado cerca de cuatrocientos mil obreros, de los cuales treinta y cinco mil se distribuían entre ciento cuarenta fábricas gigantescas. Los elementos más combativos del proletariado petersburgués desempeñaban en el frente un papel muy considerable, contribuyendo no poco a formar el estado de espíritu revolucionario del ejército. Pero los elementos procedentes del campo que los reemplazaban y que eran, con frecuencia, campesinos acomodados y tenderos, que buscaban en las fábricas un asidero para no ir al frente, y con ellos las mujeres y los jóvenes, eran mucho más sumisos que los obreros corrientes. Añádase a esto que los obreros expertos, que continuaban en sus puestos en concepto de movilizados -y eran cientos de miles los que estaban en esta situación-, observaban una prudencia extraordinaria por miedo a que les llevasen al frente. Tal era la base social del ambiente patriótico que, ya bajo el zarismo, reinaba en ciertos sectores obreros.

Pero este patriotismo no tenía ninguna firmeza. Las despiadadas represiones militar y policíaca, la redoblada explotación, las derrotas sufridas en el frente y el desbarajuste económico del país, empujaban a los obreros a la lucha. Sin embargo, durante la guerra las huelgas tenían casi todas un carácter económico y eran mucho más moderadas que antes. La postración del partido contribuía y eran mucho más moderadas que antes. La postración del partido contribuía a acentuar más todavía la de la clase. Después de la detención y el destierro de los diputados bolcheviques se desplegó, con ayuda de todo un cuerpo de provocadores preparados de antemano, una batida general contra las organizaciones bolchevistas, de la que el partido no pudo rehacerse hasta la revolución de Febrero. En el transcurso de los años 1915 y1916, la clase obrera diluida tuvo que pasar por la escuela elemental de la lucha antes de que, en febrero de 1917, las huelgas económicas parciales y las manifestaciones de las mujeres hambrientas pudieran fundirse en una huelga general y arrastrar al ejército a la insurrección.

Al estallar la revolución de Febrero, la estructura del proletariado de Petrogrado era en extremo heterogénea y, además, su nivel político, aun en los sectores más avanzados, bastante bajo. En provincias, las cosas estaban aún peor. Sin este retroceso determinado por la guerra en la formación de la conciencia política del proletariado, que la hizo caer otra vez en un estado de analfabetismo o semianalfabetismo político, no hubiera podido concebirse tampoco aquel predominio temporal de los partidos conciliadores.

Toda revolución enseña y, además, con gran rapidez. En eso está su fuerza. Cada semana revelaba a las masas algo nuevo. Dos meses equivalían a una época. A fines de febrero, la insurrección. A fines de abril, las manifestaciones armadas de los obreros y los soldados en Petrogrado. A principios de julio, nueva acción, con proporciones mucho más vastas y con consignas más atrevidas. A fines de agosto, la intentona contrarrevolucionaria de Kornílov, que las masas hicieron abortar. A fines de octubre, la conquista del poder por los bolcheviques. Bajo estos acontecimientos, que sorprenden por la regularidad de su ritmo, se operan profundos procesos moleculares, que funden a los elementos heterogéneos de la masa obrera en un todo político coherente. También en esto la huelga desempeñaba un papel decisivo.

Durante las primeras semanas, los industriales, atemorizados por los truenos de la revolución, que retumbaban entre la bacanal de los beneficios de guerra, hicieron concesiones a los obreros. Los fabricantes de Petrogrado accedieron incluso, con ciertas reservas y restricciones, a conceder la jornada de ocho horas., Pero esto a los obreros no les bastaba, ya que el nivel de vida descendía constantemente. En mayo, el Comité ejecutivo viose obligado a reconocer que, ante el aumento ininterrumpido de los precios de subsistencia, la situación de los trabajadores «lindaba, para muchos, con el hambre crónica». En los barrios obreros crecía el nerviosismo. Lo que más angustiaba a la gente era la falta de perspectivas, la incertidumbre. Las masas son capaces de soportar las más duras privaciones cuando saben en nombre de qué hacen el sacrificio. Pero el nuevo régimen se les revelaba, cada vez más marcadamente, como la máscara de la vieja realidad contra la cual se habían alzado en febrero. Y esto no tenían por qué soportarlo.

Las huelgas cobran un carácter especialmente turbulento en los sectores obreros más atrasados y explotados. A lo largo de todo el mes de junio abandonan el trabajo, unos detrás de otros, las lavanderas, los tintoreros, los toneleros, los dependientes de comercio, los obreros de la construcción, los pintores, los peones, lo zapateros, los obreros del cartón, los tocineros, los ebanistas. Por el contrario, los metalúrgicos tienden más bien a contener el movimiento. Los obreros avanzados empezaban a ver, cada vez más claramente, que en las condiciones económicas parciales no se conseguiría ninguna mejora sensible, que era necesario remover los cimientos mismos. El lockout no sólo hacía que a los obreros se les alcanzase mejor la necesidad de implantar el control de la industria, sino que les sugería la conveniencia de que el Estado tomase en sus manos las fábricas. La cosa parecía tanto más lógica cuanto que la mayoría de las fábricas particulares trabajaban para la guerra, colaborando con fábricas idénticas pertenecientes al Estado. ya en el verano de 1917 empiezan a hacer acto de presencia en la capital delegaciones de obreros y empleados, que acuden de las distintas partes de Rusia a solicitar que el Estado se haga cargo de las fábricas, ya que los accionistas se niegan a seguir dando dinero. Pero el gobierno no quería ni oír hablar de esto. La conclusión era clara: había que cambiar de gobierno. Y como los conciliadores se oponían a esto, los obreros les volvían la espalda.

En los primeros meses de la revolución, la fábrica de Putilov, con sus cuarenta mil obreros, parecía una fortaleza de los socialrevolucionarios. Pero su guarnición no resistió durante mucho tiempo los ataques de los bolcheviques. A la cabeza de los atacantes veíase casi siempre a Volodarski. Volodarski, un antiguo sastre judío, que había vivido en Norteamérica muchos años y conocía muy bien el inglés, era un excelente orador de masas, lógico, expeditivo y audaz. La entonación americana daba una gran fuerza de expresión a su voz potente, que resonaba con acento claro y preciso en aquellas asambleas, en que se congregaban miles de obreros. «Al aparecer Volodarski en el barrio de Narva -cuenta el obrero Minichev-, en la fábrica de Putilov, los obreros de esa fábrica empezaron a írseles de las manos a los señores socialrevolucionarios, y, a la vuelta de unos meses, se pasaron a los bolcheviques».

El incremento que tomaban las huelgas y la lucha de clases en general robustecía casi automáticamente la autoridad de los bolcheviques. En todos aquellos casos en que se planteaban intereses vitales para los obreros, éstos convencíanse de que los bolcheviques no abrigaban segundas intenciones, de que no ocultaban nada y de que se podía confiar en ellos. Cuando estallaba algún conflicto, todos los obreros sin partido, los socialrevolucionarios y los mencheviques, se iban con ellos. Así se explica que los Comités de fábrica que batallaban contra el sabotaje ejercido por la administración y por los patronos, se pusieran al lado de los bolcheviques mucho antes que el Soviet. En la reunión celebrada a principios de junio por los Comités de fábrica de Petrogrado y sus alrededores, la proposición bolchevista obtuvo 335 votos por 421 votantes. Y, sin embargo, era un hecho revelador, pues demostraba que, en las cuestiones fundamentales de la vida económica, el proletariado de Petrogrado, que aún no había roto con los conciliadores, se había pasado de un modo efectivo al campo bolchevique.

En la asamblea sindical celebrada en junio pudo comprobarse que en Petrogrado había más de cincuenta sindicatos y que sus afiliados no bajaban de doscientos cincuenta mil. El sindicato metalúrgico contaba con cerca de cien mil obreros. En el transcurso del mes de mayo, el número de obreros sindicados se dobló. La influencia de los bolcheviques en los sindicatos crecía aún más rápidamente.

En todas la elecciones parciales a los soviets triunfaban los bolcheviques. El primero de junio había ya en el Soviet de Moscú doscientos seis bolcheviques por ciento setenta y dos mencheviques y ciento diez socialrevolucionarios. Idénticos cambios se producían en provincias, aunque con mayor lentitud. Los efectivos del parido crecían sin cesar. A finales de abril, la organización de Petrogrado contaba con cerca de quince mil miembros; a finales de junio, el número de afiliados era ya de treinta y dos mil.

¿Y en todo ésto? ¿Qué hacía, qué era el partido?

Los soviets iban rezagados con respecto a los comités de fábrica, los comités de fábrica marchaban a la zaga de las masas, los soldados a la zaga de los obreros y, en proporciones aún mayores, las provincias a la zaga de la capital. Era la dinámica inevitable del proceso revolucionario, que engendraba miles de contradicciones para luego superarlas como el azar, sin esfuerzo, jugando casi, y engendrar inmediatamente otras nuevas. Asimismo iba a la zaga de la dinámica revolucionaria el partido, es decir, la organización que menos derecho tiene a rezagarse, sobre todo en momentos revolucionarios. En los centros obreros, en Yekaterinburg, Perm, Tula, Nijni-Novgorod, Sormov, Kolomna, Ysovka, los bolcheviques no se separaron de los mencheviques hasta fines de mayo. En Odessa, Nikolayev, Yelisavetgrad, Poltava y otros centros de Ucrania, estábamos a mediados de junio, y aún no contaban con organizaciones independientes. En Bakú, Ziatoust, Bejetsk, Kostroma, no se separaron definitivamente de los mencheviques hasta fines de junio. Estos hechos no pueden por menos de parecer sorprendentes, teniendo en cuenta que, a los cuatro meses de esto, los bolcheviques tomaban el poder. ¡Cuán alejado había estado el partido durante la guerra del proceso molecular que se estaba operando en la masa, y cuán al margen se hallaba, en el mes de marzo, la dirección Kámenev-Stalin de los grandes objetivos históricos! Los acontecimientos de la revolución cogieron desprevenido al partido más revolucionario conocido hasta hoy por la historia humana. Pero este partido se rehizo bajo el fuego y apretó sus filas bajo el empuje de los acontecimientos. En estos momentos decisivos, las masas se hallaban «cien veces más a la izquierda» (Lenin) que el partido de izquierda más extremo.

Examinando de cerca cómo crecía el ascendiente, el incremento de los bolcheviques con la fuerza de un proceso histórico natural, se ponen al descubierto sus contradicciones y zigzagueos, sus flujos y reflujos. Las masas son heterogéneas y, además, sólo aprenden a manejar el fuego de las revoluciones chamuscándose los dedos en él y dando marcha atrás. Los bolcheviques no podían hacer más que acelerar este proceso de adiestramiento de las masas. Para ello, su táctica era explicar, aclarar, paciente y sistemáticamente. Cierto es que, en esta ocasión, no puede decirse que la historia no recompensase su paciencia.

Un último remate para culminar el cuadro: el parlamentarismo y las elecciones movilizan por primera vez a la pequeña burguesía urbana. Aquí vemos por primera vez -se verá en menos de dos años en Alemania- el uso del sufragio y el parlamentarismo, de la democracia, contra la revolución, atacando directamente la legitimidad de los órganos de clase y buscando desmoralizar a los trabajadores.

Mientras que los bolcheviques se iban apoderando de las fábricas y de los regimientos, sin que nada pudiese contener su avance, las elecciones a las Dumas democráticas daban un predominio enorme y, al parecer, cada vez mayor a los conciliadores. Era ésta una de las contradicciones más agudas y enigmáticas de la revolución. Cierto es que la Duma de la barriada de Viborg, totalmente proletaria, se enorgullecía de su mayoría bolchevique. Pero esto era una excepción. En las elecciones municipales celebradas en Moscú en junio, los socialrevolucionarios obtuvieron más del sesenta por ciento de los votos. Esta cifra les asombró a ellos mismos, pues no podían por menos de tener la sensación de que su influencia decrecía rápidamente. Las elecciones de Moscú ofrecen un interés extraordinario para quien quiera estudiar las relaciones que median entre el desarrollo efectivo de la revolución y su reflejo en los espejos de la democracia. Los sectores avanzados de los obreros y campesinos sacudíanse apresuradamente las ilusiones conciliadoras. Entre tanto, las grandes capas de la pequeña burguesía urbana empezaban apenas a moverse. A estas masas dispersas, las elecciones democráticas les brindaban tal vez la primera, en todo caso, una de las raras posibilidades de manifestarse políticamente. Mientras que el obrero, todavía ayer menchevique o socialrevolucionario, votaba por el partido bolchevique, arrastrando consigo al soldado, el cochero, el portero, el tendero, el dependiente, el maestro de escuela, realizando un acto tan heroico como era votar por los socialrevolucionarios, salían por primera vez, políticamente de la nada. Los sectores pequeño-burgueses votaban fuera de tiempo ya por Kerenski, porque éste encarnaba a sus ojos la revolución de Febrero, que hasta hoy, hasta el momento de votar, no había llegado a ellos. Con su sesenta por ciento de mayoría socialrevolucionaria, la Duma de Moscú brillaba con el último resplandor de una vela que se iba apagando. Y lo mismo acontecía en los demás órganos de administración democrática. Apenas nacer, veíanse ya paralizados por la impotencia del retraso con que venían al mundo. Claro indicio de que la marcha de la revolución dependía de los obreros y de los soldados, y no de aquel polvo humano que el huracán de la revolución haría danzar en remolinos.

Tal es la dialéctica profunda, y a la par sencilla, del despertar revolucionario de las clases oprimidas. la más peligrosa de las aberraciones de la revolución consiste en que la mecánica aritmética de la democracia suma en el día de ayer el de hoy y el de mañana, con lo cual impulsa a los desorientados demócratas formales a buscarle la cabeza a la revolución en donde en realidad no tiene más que la cola. Lenin enseñó a su partido a distinguir la cola de la cabeza.

A todo esto, el Primer Congreso Panruso de los Soviets estaba reunido desde el 3 de junio en Petersburgo y había oficiado una auténtica misa conciliadora, apoyando la unión con la burguesía, rechazando la jornada de ocho horas y fiándolo todo a la elección de una Duma, a la que esperaban entregar el poder y poder disolver de una vez a los soviets.

Pero un incidente menor el día nueve -el desalojo de una finca ocupada por organizaciones culturales- pone en pie a Viborg y tras él a decenas de fábricas contra el Congreso. Las asambleas aprueban una manifestación al día siguiente frente al Congreso con el lema Todo el poder a los soviets. Los bolcheviques dudan, temen que pueda tomar un carácter insurreccional prematuro. El Congreso prohíbe todas las manifestaciones durante tres días y advierte -entre líneas- de que puede disparar una reacción armada

Ante la categórica decisión del Congreso y la misteriosa alusión a la amenaza de un golpe de derecha, los bolcheviques decidieron revisar la cuestión. Lo que ellos querían era una manifestación pacífica y no una insurrección, y no tenían motivos para convertir en seminsurrección la manifestación prohibida. La presidencia del Congreso, por su parte, decidió tomar medidas. Unos cuantos centenares de delegados fueron organizados en grupos de diez y enviados a los barrios obreros y a los cuarteles con el fin de evitar la manifestación y volver después al palacio de Táurida para dar cuenta del cumplimiento de su cometido. El Comité ejecutivo de los diputados campesinos se asoció a esta expedición destinando a ella setenta hombres.

Aunque de un modo inesperado, los bolcheviques consiguieron lo que se proponían: los delegados del Congreso veíanse obligados a ponerse en contacto con los obreros y soldados de la capital. No se dejó que la montaña se acercara a los profetas, pero los profetas no tuvieron más remedio que acercarse a la montaña. Aquel encuentro resultó fecundo en alto grado. En las Izvestia del Soviet de Moscú, el corresponsal -un menchevique- traza el siguiente cuadro: «La mayoría del Congreso, más de quinientos miembros del mismo, se pasaron la noche en blanco, dividiéronse en grupos de a diez, que recorrieron las fábricas y los cuarteles de Petrogrado invitando a los obreros y a los soldados a no acudir a la manifestación... El Congreso no goza de prestigio en una parte considerable de las fábricas, como tampoco en algunos regimientos de la guarnición... Muy a menudo, los miembros del Congreso no eran acogidos con simpatía, ni mucho menos; a veces, se les recibía con hostilidad y hasta con rencor». El órgano soviético oficial no exagera, ni mucho menos; al contrario, da una idea bastante atenuada de aquel encuentro nocturno entre los dos mundos.

Desde luego, después de ponerse al habla con las masas de Petrogrado, los delegados no podían abrigar ya ninguna duda respecto a quién podía, en lo sucesivo, acordar una manifestación o prohibirla. Los obreros de la fábrica de Putílov no accedieron a fijar el manifiesto del Congreso contra la manifestación hasta persuadirse, por la lectura de la Pravda, de que no contradecía al acuerdo de los bolcheviques. El primer regimiento de ametralladoras, que desempeñaba el papel de vanguardia en la guarnición, como lo desempeñaba la fábrica Putílov en los medios obreros, después de conocidos los informes de Cheidse y Avksentiev, presidentes de los dos Comités ejecutivos, votó la siguiente resolución: «De acuerdo con el Comité central de los bolcheviques y de la organización militar, el regimiento decide aplazar su acción..».[...]

Las masas se sometieron a la resolución de los bolcheviques, pero no sin protestas y manifestaciones de indignación. En algunas fábricas se votaron resoluciones censurando al Comité central. En los barrios obreros los miembros más fogosos del partido rompieron sus carnets. Era un aviso serio.

El Congreso discute después desarmar a los obreros, desarticular a los bolcheviques... pero todavía es prematuro... para ambos bandos.

La mayoría y la minoría del Soviet se enfrentaron durante aquellos días, como preparándose a librar la batalla decisiva. Pero, en el último momento, los dos bandos dieron un paso atrás. Los bolcheviques renunciaron a celebrar la manifestación: los conciliadores, a desarmar a los obreros. [...]

En la misma sesión del Congreso de los soviets, que conoció, en rebeldía, del proceso contra los bolcheviques, el representante del menchevismo propuso, cuando menos se esperaba, que para el próximo domingo, 18 de junio, se organizase en Petrogrado y en las ciudades más importantes una manifestación de obreros y soldados, para patentizar a los enemigos la unidad y la fuerza de la democracia. La proposición, aunque dejó un poco perplejo al Congreso, fue aceptada. Un mes después, Miliukov explicaba de un modo bastante plausible este inesperado cambio de frente de los conciliadores: «Después de pronunciar en el Congreso de los soviets discursos de tono liberal, después de hacer fracasar la manifestación armada del 10 de junio..., los ministros socialistas tuvieron la sensación de que habían ido demasiado lejos en su acercamiento a nuestro campo, de que empezaba a faltarles el terreno en que pisaban. Entonces se asustaron y dieron un viraje hacia los bolcheviques». Claro está que aquel acuerdo de organizar una manifestación para el 18 de junio no era precisamente un viraje hacia los bolcheviques, sino algo muy distinto: una tentativa de viraje hacia las masas contra el bolchevismo. El encuentro nocturno con los obreros y los soldados les había producido una impresión bastante fuerte a los elementos dirigentes de los soviets. Así se explica que, abandonando los propósitos imperantes al abrirse el Congreso, se publicase atropelladamente, en nombre del gobierno, un decreto disolviendo la Duma y convocando la Asamblea constituyente para el 30 de septiembre próximo. Las divisas de la manifestación habían sido concebidas de modo que no suscitaran la irritación de las masas:»Paz general», «Convocación inmediata de la Asamblea constituyente», «República democrática». Ni una palabra acerca de la ofensiva ni de la coalición. Lenin preguntaba en la Pravda: «¿Qué se ha hecho, señores, de aquella confianza absoluta en el gobierno provisional? ¿Por qué la lengua se os pega al paladar?» Estas ironías daban en el blanco: en efecto, los conciliadores no se atrevían a exigir de las masas que depositasen su confianza en el gobierno de que formaban parte.

Los delegados soviéticos, después de recorrer por segunda vez las barriadas obreras y los cuarteles, en vísperas de la manifestación, dieron informes muy alentadores al Comité ejecutivo. Tsereteli, a quien estos informes devolvieron la serenidad y la afición a desempeñar el papel de mentor, se dirigió en estos términos a los bolcheviques: «Ahora tenemos ocasión de pasar revista a nuestras fuerzas de un modo franco y honrado... Ha llegado la hora de que sepamos todos a quién sigue la mayoría: si a vosotros o a nosotros». Los bolcheviques aceptaron el reto aun antes de que fuera formulado de un modo tan imprudente. «Acudiremos a la manifestación del 19 -decía la Pravda- para luchar por las mismas consignas por las que queríamos manifestarnos el día 10».[...]

Los delegados del Congreso, congregados en el Campo de Marte, iban leyendo las pancartas que desfilaban ante ellos. Las primeras divisas bolcheviques fueron acogidas medio en broma. Era natural que así fuese; no en vano la víspera, Tsereteli había lanzado su reto con tanta firmeza. Lo malo era que estas consignas se repetían profusamente: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!», «¡Abajo la ofensiva!», «¡Todo el poder a los Soviets!» La sonrisa irónica fue borrándose de los rostros. Las banderas bolchevistas iban desfilando, unas tras otras, en procesión inacabable. Los delegados no las tenían todas consigo. El triunfo de los bolcheviques era demasiado evidente para negarlo. «De vez en cuando -dice Sujánov- aparecían entre las banderas y las columnas bolcheviques las divisas específicamente socialrevolucionarias y soviéticas. Pero se perdían entre la masa.» Al día siguiente, el órgano oficioso del Soviet daba cuenta del furor con que en algunos sitios habían sido destrozadas las banderas con las consignas pidiendo un voto de confianza para el gobierno provisional. En estas palabras hay una evidente exageración. Por la sencilla razón de que sólo tres pequeños grupos portaban pancartas de homenaje al gobierno provisional: eran los amigos de Plejánov, el regimiento de cosacos y un grupo de intelectuales judíos afiliados al «Bund». Este trío combinado que, por los elementos que lo integraban, producía la impresión de un hecho político raro, parecía no tener más finalidad que poner al descubierto, para que todo el mundo lo viese, la impotencia del régimen. Ante los gritos de protesta de la multitud, los amigos de Plejánov y los del «Bund» se vieron obligados a retirar las pancartas. La bandera de los cosacos que mostraron más tozudez fue, en efecto, arrebatada y destrozada por el público.

«Lo que hasta ahora no era más que un arroyuelo -comentan las Izvestia- se ha convertido en un caudaloso río, cada vez más hinchado y que amenaza con desbordarse.» Se trataba de la barriada de Viborg, cubierta toda ella de banderas bolcheviques con la inscripción: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!» Una de las fábricas tremolaba una pancarta que decía así: «El derecho a la vida está por encima del derecho de propiedad.» Esta divisa no obedecía a órdenes del partido.

Los delegados de provincias, aturdidos, buscaban a los jefes con los ojos. Éstos rehuían la mirada o se escabullían buenamente. Los bolcheviques asediaban a preguntas a los provincianos. ¿Se parece esto, acaso, a un puñado de conspiradores? Los delegados de provincias convenían en que no, en que no lo parecían. «No pude negarse que en Petrogrado sois una fuerza -reconocían en un tono bastante distinto del adoptado en la sesión oficial del Congreso-; pero no ocurre lo mismo en las provincias ni en el frente.» Esperad, les contestaban los bolcheviques, que pronto os llegará también a vosotros el turno y se alzarán en provincias las mismas pancartas.[...]

Los últimos días de junio se caracterizan por un estado constante de efervescencia. El regimiento de Ametralladoras está dispuesto a lanzarse inmediatamente al ataque contra el gobierno provisional. Los huelguistas recorren los cuarteles invitando a los soldados a echarse a la calle. Una manifestación de protesta, formada por campesinos con uniforme de soldados, muchos ya canosos, recorre las calles: son hombres de cuarenta años, que exigen que les dejen marcharse a los trabajos del campo. Los bolcheviques se pronuncia contra la acción inmediata: la manifestación del 18 de junio ha dicho todo lo que tenía que decir: para obtener un cambio, no bastaba con manifestaciones, y la hora del golpe decisivo no había sonado aún. El 22 de junio, los bolcheviques dirigen un llamamiento a la guarnición: «No atendáis a las invitaciones que os hagan para que os echéis a la calle, en nombre de la organización militar.» Del frente llegan delegados que se lamentan de los actos violentos y de las sanciones de que son víctimas los soldados. La amenaza de disolver los regimientos insumisos no consigue más que echar leña al fuego. «En muchos regimientos, los soldados duermen con las armas al brazo», dice una declaración elevada por los bolcheviques al comité ejecutivo. Las manifestaciones patrióticas, no pocas veces armadas, provocan colisiones en las calles. Son pequeñas descargas de la electricidad acumulada. Ninguno de los bandos se decide a emprender la ofensiva: la reacción es demasiado débil y la revolución no tiene aún una confianza absoluta en sus fuerzas. Pero tal parece que las calles de la ciudad están regadas con materias explosivas. Flota en el ambiente la inminencia del choque. La prensa bolchevique explica y frena. La prensa patriótica exterioriza su inquietud lanzándose a una campaña desenfrenada contra los bolcheviques. El 25 de junio, Lenin escribe:

Los salvajes aullidos de furor y de rabia contra los bolcheviques son el gemido de los kadetes, los socialrevolucionarios y los mencheviques por su propia impotencia. Tienen la mayoría. Están en el poder. Forman un bloque. Y ven que, a pesar de todo, no pueden nada. ¿Cómo no han de ponerse furiosos contra los bolcheviques?

Las jornadas de julio

Julio comienza con la dimisión de los ministros kadetes. La burguesía quiere forzar a mencheviques y eseristas al enfrentamiento con los bolcheviques que se ha insinuado en junio. La ofensiva militar ha sido derrotada y para ellos era urgente rearmarse políticamente.

La elección del momento la indicó el fracaso de la ofensiva, no reconocido aún oficialmente, pero que no ofrecía la menor duda para los enterados. Los liberales consideraron que había llegado el momento oportuno de dejar a sus aliados de izquierda enfrentarse con la derrota y con los bolcheviques.

El rumor de la dimisión de los ministros kadetes se propagó rápidamente por la capital y redujo políticamente todos los conflictos políticos a una sola consigna, o, más propiamente, a un alarido:

¡Hay que acabar con el tira y afloja de la coalición!

Los obreros y los soldados entendían que los problemas de salarios, del precio del pan, de si había que morir en el frente sin saber, por qué, estaban subordinados al problema de saber quién dirigiría el país en lo sucesivo: si la burguesía o los soviets. En esta actitud de espera había una parte de ilusión, ya que las masas confiaban en obtener, con el cambio de gobierno, la solución inmediata de los problemas más agudos. Pero, en fin de cuentas, tenían razón: la cuestión del poder decidía todo el giro de la revolución y, por tanto, trazaba el destino de todos los problemas concretos. Suponer que los kadetes podían no prever las consecuencias que tendría el acto de sabotaje que realizaban contra los Soviets, significaría no apreciar en su justo valor a Miliukov. El jefe del liberalismo aspiraba evidentemente a empujar a los conciliadores a una situación difícil, de la cual únicamente se podría salir con ayuda de las bayonetas: por aquellos días, estaba firmemente convencido de que era posible salvar la situación mediante un golpe audaz de fuerza.

Entre los soldados la cuestión es literalmente de vida o muerte: el enfrentamiento entre el gobierno provisional y el soviet es inminente, y la primera jugada del gobierno provisional pasa por mandar las tropas acantonadas a la capital a un frente que se derrumba. Un sentimiento de angustia y urgencia prende entre los soldados.

El 3 de julio por la mañana, unos cuantos millares de ametralladoras irrumpieron en la reunión de los Comités de compañía y de regimiento, eligieron a un presidente propio y exigieron que se discutiera inmediatamente la cuestión del levantamiento armado. El mitin tomó un carácter turbulento. La cuestión del frente se confundió con la del poder. El bolchevique Golovin, que presidía, intentó contener a la gente proponiendo entrevistarse antes de nada con los demás regimientos y con la Organización militar. Pero toda alusión a un aplazamiento exasperaba a los soldados.

De hecho, los soldados y los obreros lo que quieren es exigir a los soviets y a los bolcheviques, que consideran propios, que se lancen a por el poder.

Delegados elegidos especialmente recorrían ya fábricas y cuarteles en demanda de apoyo. Naturalmente, los ametralladores no se olvidaron de mandar delegados a Cronstadt. Así, por debajo de las organizaciones oficiales, se iba extendiendo temporalmente una nueva red de relaciones entre los regimientos y las fábricas más excitadas. Las masas no se proponían romper con el Soviet; al contrario querían que éste tomase el poder. Y mucho menos se proponían romper con el partido bolchevique. Pero les parecía que pecaba de indeciso. Querían ejercer sobre él presión, amenazar al Comité ejecutivo, empujar a los bolcheviques.

La movilización crece rápidamente a pesar de las resistencias de los agitadores bolcheviques y los trabajadores se suman a los regimientos que toman la calle.

A las tres de la tarde se presentaron en la conferencia local de los bolcheviques, reunida aquel día en el palacio de la Kchesinskaya, dos delegados del regimiento de ametralladoras para comunicar que este regimiento había decidido echarse a la calle. Nadie lo esperaba ni lo quería. Tomski declaró:

Los regimientos que se lanzan a la calle no han obrado como compañeros al no invitar al Comité de nuestro partido a examinar previamente la cuestión. El Comité central propone a la conferencia: primero, lanzar un manifiesto con el fin de contener a las masas; segundo, redactar un mensaje al Comité ejecutivo pidiendo que tome el poder en sus manos. En estos momentos, no se puede hablar de acción si no se desea una nueva revolución.

Tomski, viejo obrero bolchevique, que había sellado su fidelidad al partido con luengos años de presidio, posteriormente cabeza visible de los sindicatos, se inclinaba más bien, por su carácter, a contener la acción que a incitar a la misma. Pero en circunstancias tales, no hacía más que desarrollar el pensamiento de Lenin:

En estos momentos no se puede hablar de acción si no se desea una nueva revolución.

No hay que olvidar que los conciliadores habían calificado de complot hasta la tentativa de manifestación pacífica del 10 de junio. La aplastante mayoría de la conferencia se solidarizó con Tomski. Era preciso retrasar a toda costa el desenlace. La ofensiva en el frente tenía en tensión a todo el país. Su fracaso estaba descontado, así como el propósito del gobierno de hacer recaer la responsabilidad de la derrota sobre los bolcheviques. Había que dar tiempo a los conciliadores para que se desacreditaran definitivamente. Volodarski, en nombre de la conferencia, contestó a los delegados del regimiento de ametralladoras en el sentido de que éste debía someterse a la decisión del partido.

La movilización es prematura, adelanta una insurrección que el proletariado petersburgués ve ya como necesaria pero para la que el propio soviet no está preparado. Las consignas de julio, que son las de junio, son las justas. El tiempo es el error: una movilización armada solo puede iniciarse con el ánimo de tomar el poder. Pero ¿están preparados los soviets, todavía con mayoría conciliadora para tomar el poder?

Remarquemos una vez más: se trata de una acción justa pero prematura. No es una trampa, no se hace bajo consignas que debilitan a la clase per se, no compromete el programa de la revolución, simplemente adelanta su puesta en marcha antes de que las condiciones estén dadas. Confunde la perspectiva -a dos meses, no indefinida ni nebulosa- con las tareas inmediatas -entre otras, ganar los soviets-, amenazando con dejar estas por hacer y hacer imposible lo que ya puede tocarse con los dedos.

Sin embargo, en menos de cuatro horas, se ve que el movimiento es incontenible. ¿Cuál es el lugar del partido de clase? Obviamente está con los sectores más decididos. No puede oponerse a una acción prematura, sino abrazarla e intentar conducirla para que se convierta en generadora de las condiciones ausentes.

A las ocho se presentó ante el palacio de la Kchesinskaya [sede de los bolcheviques] el regimiento de ametralladoras, y, tras él, el de Moscú. Nevski, Laschevich, Podvoiski, bolcheviques que gozaban de popularidad, intentaron desde el balcón persuadir a los regimientos de que se reintegraran a sus cuarteles. Desde abajo no se oían más que gritos de: «¡Fuera!»

Hasta entonces, desde el balcón de los bolcheviques no se habían oído jamás gritos semejantes de los soldados. Era un síntoma inquietante. Detrás de los regimientos aparecieron los obreros de las fábricas:

¡Todo el poder a los soviets! ¡Abajo los diez ministros capitalistas!

Eran las banderas del 18 de junio. Pero ahora, rodeadas de bayonetas. La manifestación se convertía en un hecho de enorme importancia. ¿Qué hacer? ¿Era concebible que los bolcheviques permanecieran al margen? Los miembros del Comité de Petrogrado, con los delegados a la conferencia y los representantes de los regimientos, toman el acuerdo siguiente: anular las decisiones tomadas, poner término a los esfuerzos estériles para contener el movimiento, orientar este último en el sentido de que la crisis gubernamental se resuelva en beneficio del pueblo; con este fin, incitar a los soldados y a los obreros a dirigirse pacíficamente al palacio de Táurida, a elegir delegados y presentar sus demandas, por mediación de los mismos, al Comité ejecutivo. Los miembros del Comité central que se hallaban presentes sancionaron la rectificación de la táctica acordada.

La nueva resolución, proclamada desde el balcón, es acogida con gritos de júbilo y con La Marsellesa. El movimiento ha sido sancionado por el partido: los ametralladores pueden respirar tranquilos. Una parte del regimiento se dirige inmediatamente a la fortaleza de Pedro y Pablo para tratar de ganarse la guarnición, y, en caso de necesidad, proteger el palacio de la Kchesinskaya, separado de la fortaleza por el angosto canal de Kronverski.

Cuando las manifestaciones llegan al soviet la situación se aclara en todas sus dimensiones... dejando en evidencia a los conciliadores y dando pie a la nueva mayoría bolchevique que estaba cuajando en la sección obrera del soviet.

El menchevique Voitinski, al cual se había confiado la misión de proteger al Comité ejecutivo, ha dicho, en sus relatos retrospectivos, con toda franqueza, cuál era en aquellos días la situación real:

El 3 de julio fue consagrado enteramente a la adopción de medidas para proteger, aunque no fuera más que con unas cuantas compañías, el palacio de Táurida... Hubo un momento en que no disponíamos absolutamente de ninguna fuerza. En las puertas del palacio de Táurida no había más que seis hombres, incapaces de contener a la multitud...

Y más adelante:

El primer día de la manifestación sólo disponíamos de 100 hombres; no contábamos con nada más. Mandamos comisarios a todos los regimientos con la petición de que nos facilitaran soldados para organizar el servicio de centinelas... Pero cada regimiento volvía la vista hacia el vecino para ver cómo había de proceder. Era preciso acabar a toda costa con este escandaloso estado de cosas, y llamamos tropas del frente.

Sería difícil, aun proponiéndoselo, imaginar una sátira más malévola contra los conciliadores. Centenares de miles de manifestantes exigen la entrega del poder a los soviets. Cheidse, que se halla al frente del sistema soviético, y que es por ello mismo el candidato a la presidencia, busca por todas partes fuerzas militares para lanzarlas contra los manifestantes. El grandioso movimiento en favor de la democracia es calificado por los jefes de ésta como un ataque de bandas armadas contra la democracia.

En aquel mismo palacio de Táurida se hallaba reunida, después de una prolongada pausa, la sección obrera del Soviet, la cual, en el transcurso de dos meses, mediante elecciones parciales en las fábricas, se había renovado hasta tal punto, que el Comité ejecutivo temía, no sin fundamento, que los bolcheviques dominaran en la misma. La reunión de la sección, artificialmente aplazada, y convocada, al fin, por los propios conciliadores unos días antes, coincidió casualmente con la manifestación armada: los periódicos veían asimismo en esto la mano de los bolcheviques. Zinóviev desarrolló en su discurso, en una forma convincente, la idea de que los conciliadores, aliados de la burguesía, no querían ni sabían luchar contra la contrarrevolución, pues entendían por tal las fechorías aisladas de los «cien negros» y no la cohesión política de las clases poseedoras, con el fin de aplastar a los soviets, centros d resistencia de los trabajadores. El discurso dio en el blanco. Los mencheviques, al darse cuenta de que por primera vez se hallaban en minoría en los soviets, propusieron no tomar ningún acuerdo y recorrer los barrios obreros con el fin de mantener el orden. Pero ¡ya era tarde! La noticia de que han llegado al palacio de Táurida los obreros armados y los soldados del regimiento de ametralladoras provoca en la sala una extraordinaria excitación. Aparece en la tribuna Kámenev.

Nosotros -dice- nos hemos incitado a la acción; pero las masas populares se han lanzado a la calle por propia iniciativa... Y puesto que las masas han salido, nuestro sitio está junto a ellas... Nuestra misión consiste ahora en dar el movimiento un carácter organizado.

Kámenev termina su discurso proponiendo que se designe una Comisión de 25 miembros encargada de dirigir el movimiento. Trotsky apoya esta petición. Cheidse teme a la Comisión bolchevique e insiste inútilmente para que la cuestión pase la Comité ejecutivo. Los debates toman un carácter tumultuoso. Convencidos definitivamente de que no tienen más que el tercio de los votos, los mencheviques y los socialrevolucionarios abandonan la sala. Esta táctica se convierte en la táctica favorita de los demócratas: empiezan a boicotear los Soviets a partir del momento en que pierden la mayoría en ellos. La resolución en que se incita al Comité central ejecutivo a hacerse cargo del poder es aprobada por 276 votos. No hay oposición. Se procede inmediatamente a elegir los 15 vocales de la Comisión. Se reservan 10 puestos para la minoría, puestos que nadie ocupará. El hecho de que saliese elegida una Comisión bolchevique significaba, para amigos y adversarios, que la sección obrera del Soviet de Petrogrado se convertía, a partir de aquel momento, en la base del bolchevismo. Se había dado un gran paso. En abril, la influencia de los bolcheviques se extendía aproximadamente a la tercera parte de los obreros petersburgueses; por aquellos días representaban en el Soviet un sector insignificante. Ahora, a principios de julio, los bolcheviques tienen en la sección obrera cerca de los dos tercios de delegados: esto significaba que su influencia entre las masas había adquirido un carácter decisivo. [...]

De las calles adyacentes al palacio de Táurida afluyen columnas de obreros, obreras y soldados con banderas, cantos y música. Aparece la artillería ligera, cuyo jefe provoca el entusiasmo general al declarar que todas las baterías de su división están con los obreros. La calle en que está emplazado el palacio de Táurida y el muelle correspondiente al mismo están atestados de gente. Todo el mundo quiere acercarse a la tribuna situada en la puerta principal del palacio. Se presenta a los manifestantes Cheidse, con el aspecto malhumorado del hombre a quien se ha arrancado inútilmente a sus ocupaciones. El popular presidente de los soviets es acogido con un silencio hostil. Con voz cansada y ronca, Cheidse repite los lugares comunes habituales, que todo el mundo se sabe ya de memoria. No se dispensa mejor acogida a Voitinski, que ha acudido en su auxilio.[...]

Por los oradores bolchevistas, los manifestantes se enteraron del triunfo que acababa de ser alcanzado en la sección obrera del Soviet, y este hecho les dio una satisfacción casi tangible, como si hubieran entrado ya en la época del régimen soviético.

Poco antes de medianoche abrióse nuevamente la sesión mixta de los Comités ejecutivos: en aquel momento los granaderos se echaban al suelo en la perspectiva Nevski. A propuesta de Dan, se decidió que sólo puedan asistir a la reunión los que se comprometiesen de antemano a defender y poner en práctica los acuerdos tomados. ¡Esto era algo nuevo! Los mencheviques intentaban convertir el Soviet, declarado por ellos Parlamento de los obreros y soldados, en órgano administrativo de la mayoría conciliadora. Cuando se queden en minoría -lo cual ocurrirá dentro de dos meses-, los conciliadores defenderán apasionadamente la democracia soviética. Hoy, como en general en todos los momentos decisivos de la vida social, la democracia queda arrinconada. Algunos meirayontsi3 abandonaron la reunión protestando; bolcheviques no había ninguno: estaban en el palacio de la Kchesinskaya deliberando sobre la conducta que había de seguirse al día siguiente. Más tarde, los meirayontsi y los bolcheviques se presentaron en la sala y declararon que nadie podía despojarles del mandato que les habían dado los electores. La mayoría se calló, y la proposición de Dan cayó insensiblemente en el olvido. La reunión fue larga como una agonía. Los conciliadores intentan persuadirse mutuamente, con voz débil, de la razón que les asiste. [...] Los delegados de los manifestantes que rodeaban el palacio de Táurida exigieron que se les permitiera el acceso a la reunión. Se les dejó entrar con inquietud y malevolencia. Los delegados creían sinceramente que esta vez los conciliadores no podrían dejar de acoger favorablemente sus aspiraciones. ¿Acaso los periódicos menchevistas y socialrevolucionarios de hoy, excitados por la dimisión de los kadetes, no denuncian las intrigas y el sabotaje de sus aliados burgueses? Además, la sección obrera se ha pronunciado por la entrega del poder a los soviets. ¿Qué se espera? Pero los ardientes llamamientos, en los cuales la indignación respira aún esperanza, caen impotentes en la atmósfera estancada del Parlamento conciliador.

A los jefes no les preocupa más que una idea: cómo librarse lo más rápidamente posible de aquellos huéspedes indeseables. Se les invita a tomar asiento en la galería: sería demasiado imprudente echarlos a la calle, al lado de los manifestantes. Desde la galería, los ametralladores escuchan asombrados los debates que se estaban desarrollando y que no perseguían más fin que ganar tiempo, a fin de que pudieran llegar los regimientos de confianza.

En las calles está el pueblo revolucionario -dice Dan-, pero este pueblo hace obra contrarrevolucionaria...

Dan se ve apoyado por Abramovich, uno de los líderes del Bund, un pedante conservador cuyos instintos se sentían ofendidos por la revolución. «Estamos en presencia de un complot», afirma, faltando a toda evidencia, y propone a los bolcheviques que declaren abiertamente que la cosa «es obra suya». Tsereteli profundiza el problema:

Salir a la calle con la demanda de Todo el poder a los soviets» significa sostener a estos últimos. Si los soviets quisieran, el poder pasaría a sus manos. Ningún obstáculo se opone a su voluntad... Manifestaciones como ésta hacen el luego no a la revolución, sino a la contrarrevolución.

Los delegados no acababan de comprender este razonamiento. Les parecía que sus elevados jefes no estaban en su sano juicio. Al final, la asamblea confirmó una vez más, con 11 votos en contra, que la manifestación armada era una puñalada trapera al ejército revolucionario, etcétera. La reunión terminó a las cinco de la madrugada.

Poco a poco las masas fueron retirándose a sus barriadas. Durante toda la noche recorrieron la ciudad automóviles armados, estableciendo el contacto entre los regimientos, las fábricas y los centros de barriada.

Como en Febrero, las masas, por la noche, hacían el balance del día. Pero ahora lo hacían con la participación de un complejo sistema de organizaciones de fábrica, de partido, militares, que estaban reunidos con carácter permanente. En las barriadas se opinaba como algo que no admitía ya discusión, que el movimiento no podía detenerse a medio camino. El Comité ejecutivo aplazó la resolución acerca del traspaso del poder. Las masas interpretaron esto como una vacilación. La conclusión era clara: había que apretar más.

La reunión nocturna de los bolcheviques y meirayontsi, que tenía lugar en el palacio de Táurida a la vez que la de los Comités ejecutivos, sacaba también el balance del día e intentaba anticipar lo que traería consigo el día siguiente. Los informes de las barriadas atestiguaban que la manifestación no había hecho más que poner en movimiento a las masas, planteando ante ellas por primera vez en toda su agudeza el problema del poder. Mañana, las fábricas y los regimientos querrán obtener una contestación y no habrá fuerza humana capaz de retenerlos en los suburbios. No se discutía si debía o no tomarse el poder, como habían de afirmar más tarde los adversarios, sino si debía hacerse o no una tentativa para liquidar la manifestación o ponerse al frente de la misma al día siguiente.

A hora avanzada de la noche, hacia las tres, llegaban al palacio de Táurida los obreros de la fábrica Putilov, una masa de 30.000 hombres, muchos de ellos con sus mujeres y niños. La manifestación se puso en marcha a las once, y por el camino se unieron a los manifestantes otras fábricas. En el portal de Narva había tanta gente, a pesar de lo avanzado de la hora que se hubiera dicho que la barriada había quedado completamente vacía. Las mujeres gritaban: «Todo el mundo tiene que ir... ¡Nosotras guardaremos las casas!...» Del campanario de Spasa partieron unos disparos, al parecer de ametralladora. Desde abajo se hizo una descarga contra el campanario. En Gostini Dvor se lanzaron contra los manifestantes un grupo de estudiantes y de junkers, que les arrebataron una pancarta.

Los obreros ofrecieron resistencia, se produjo un gran tumulto, sonaron disparos, y al autor de estas líneas le rompieron la cabeza y le pisotearon el pecho y los costados.

Nos cuenta esto el obrero Yefimov, ya conocido del lector. Atravesando la ciudad, ya silenciosa, los obreros de Putilov llegaron por fin al palacio de Táurida. Gracias a la insistente intervención de Riazanov, muy íntimamente ligado en aquel entonces con los sindicatos, la delegación de la fábrica fue recibida por el Comité ejecutivo. La masa obrera, hambrienta y terriblemente fatigada, se sentó a esperar en la calle y en el jardín, con la esperanza de obtener una contestación. Estos obreros de la fábrica de Putilov, acampados a las tres de la madrugada en los alrededores del palacio de Táurida, en el que los líderes de la democracia esperaban la llegada de tropas del frente, es uno de los espectáculos más conmovedores de la revolución en el período turbulento que va desde Febrero a Octubre. Doce años antes, no pocos de estos obreros habían tomado parte en la manifestación de enero ante el palacio de Invierno, con imágenes y estandartes. En aquellos doce años habían pasado siglos enteros. En el transcurso de los cuatro meses próximos transcurrieron otros cuantos más.

Sobre la reunión de los líderes y organizadores bolcheviques que discuten sobre lo que ha de hacerse al día siguiente flota la sombra grávida de los obreros de la fábrica de Putilov, acampados en plena calle. Mañana los obreros de la fábrica de Putilov no irán al trabajo. ¿Cómo van a trabajar después de una noche pasada en vela? Entre tanto, es llamado Zinóviev por teléfono, Raskolnikov comunica, desde Cronstadt, que mañana a primera hora la guarnición de la fortaleza se dirigirá a Petrogrado, y que no hay nada ni nadie capaz de contenerla. Desde el otro extremo del hilo telefónico, el joven oficial pregunta:

¿Es posible que el Comité central le ordene dejar abandonados a los marinos, desacreditándose completamente a sus ojos?

A la imagen de los obreros de la fábrica de Putilov acampados delante del palacio de Táurida se une a otra, no menos impresionante: la de los marinos de la isla, que en esta noche de vela se aprestan a apoyar a los obreros y soldados de Petrogrado. No, la cosa es demasiado ciara. No se puede seguir vacilando. Trotsky pregunta por última vez: «¿Y si se intentara dar a la manifestación el carácter de una manifestación sin armas?» No, ni de eso se puede ya siquiera hablar. Un pelotón de junkers bastaría para dispersar, como a un rebaño de ovejas, a millares de hombres desarmados. Los soldados y obreros acogerían indignados, considerándola como una encerrona, semejante proposición. La contestación es categórica y convincente. Por unanimidad se decide incitar mañana a las masas, en nombre del partido, a continuar la manifestación. Zinóviev corre al teléfono, donde espera frenético Raskolnikov, para comunicarle la noticia que le permitirá respirar con desahogo. Se redacta inmediatamente un manifiesto a los obreros y soldados: ¡a la calle! El manifiesto del Comité central, que había sido escrito durante el día, y en el que se invitaba a las masas a cesar la manifestación, es sacado de las prensas; pero ya es tarde para reemplazarlo por el nuevo texto. La página blanca de la Pravda será mañana un indicio mortal contra los bolcheviques. Evidentemente, en el último momento, asustados, han retirado el llamamiento a la insurrección, o, acaso al revés: han renunciado a su llamamiento a la manifestación pacífica para incitar a la insurrección. La verdadera resolución de los bolcheviques apareció en una hoja que invitaba a los obreros y soldados a «expresar su voluntad ante los Comités ejecutivos reunidos, mediante una manifestación pacífica y organizada». No, aquello no era precisamente un llamamiento a la insurrección.

A partir de este momento, la dirección inmediata del movimiento pasa a manos del Comité del partido de Petrogrado, cuyo principal agitador era Volodarski. De movilizar a la guarnición se encargó la Organización militar. [...]

Los ametralladores no regresaron a sus barracones hasta el amanecer, fatigados y ateridos, a pesar de estar en el mes de julio. La lluvia nocturna había calado hasta los huesos a los obreros de Putilov. Los manifestantes se reúnen cerca de las once de la mañana. Las fuerzas militares no entran en escena hasta más tarde. Hoy, el 1.er Regimiento de ametralladoras se ha echado también a la calle en toda su integridad. Pero ya no desempeña el papel de instigador que desempeñara en la víspera. El primer plano lo ocupan hoy los obreros de las fábricas. Se unen al movimiento los que en el día anterior se habían quedado al margen. Allí donde los dirigentes titubean o se resisten, la juventud obrera obliga al vocal de turno del comité de fábrica a hacer sonar la sirena para dar la señal de paralizar el trabajo. En la fábrica del Báltico, donde predominaban los mencheviques y socialrevolucionarios, de los cinco mil obreros que trabajan en la misma secundan el movimiento cerca de cuatro mil. En la fábrica de calzado Skorojod, que durante mucho tiempo había sido considerada como el reducto de los socialrevolucionarios, el estado de espíritu de los obreros habíase cambiado tan rápidamente, que el diputado de la fábrica, un socialrevolucionario, estuvo algunos días sin poder aparecer por allí. Estaban en huelga todas las fábricas; por todas partes se celebraban mítines. Elegíanse dirigentes de la manifestación y delegados encargados de presentar las reivindicaciones del Comité ejecutivo. Cientos de miles de hombres volvieron a ponerse en marcha hacia el palacio de Táurida, y docenas de miles de manifestantes volvieron a encaminarse hacia la villa de la Kchesinskaya. El movimiento de hoy es más imponente y está mejor organizado que el de ayer: se ve la mano dirigente del partido. La atmósfera es también más candente; los soldados y los obreros quieren provocar el desenlace de la crisis. El gobierno, angustiado, espera. Su impotencia es aún más evidente que ayer. El Comité ejecutivo espera tropas leales y recibe noticias de todas partes anunciando que avanzan sobre la capital fuerzas militares hostiles. De Cronstadt, de Novi-Peterhof, de Krasni-Selo, del fuerte de Krasnaya Gorka, de toda la periferia próxima, por mar y por tierra, avanzan marinos y soldados, con bandas de música, con armas, y, lo que es peor, con pancartas bolcheviques. Algunos regimientos, exactamente lo mismo que en Febrero, traen por delante a sus oficiales, como si entraran en acción bajo su mando. [...]

El día 4, por la mañana, el general Polovtsiev anunciaba que Petrogrado iba a quedar limpio de tropas armadas, y ordenaba severamente a la población que cerrase los portales y no saliera a la calle no siendo en caso de extrema necesidad.

Aquella terrible orden no pasó de ser una vacua amenaza. El jefe de las tropas de la región sólo pudo lanzar contra los manifestantes a pequeños destacamentos de junkers y de cosacos, que durante todo el día provocaron tiroteos sin ton ni son y sangrientas escaramuzas. [...] Las tropas «rebeldes» salen de los cuarteles formadas en compañías y regimientos, tomaban posesión de las calles y de las plazas. Las fuerzas del gobierno operan por medio de emboscadas, ataques por sorpresa realizados por destacamentos poco numerosos, es decir, por los métodos con que suelen operar los guerrilleros insurrectos. El cambio de papeles se explica por la circunstancia de que casi todas las fuerzas armadas del gobierno le son hostiles o en el mejor de los casos, guardan una actitud neutral. El gobierno vive de la confianza que le otorga el Comité ejecutivo, el cual, por su parte, se apoya en la confianza que abrigan las masas de que acabarán por variar de criterio y tomará, por fin, el poder.

Lo que dio mayor impulso a la manifestación fue el hecho de que aparecieran los marinos de Cronstadt en la palestra de Petrogrado. [...] Hasta la noche no se supo en Petrogrado que los bolcheviques invitaban a las masas a echarse a la calle. Esto resolvía la cuestión. Los socialrevolucionarios de izquierda -¡en Cronstadt no los había ni podía haber de derecha!- declararon que se proponían tomar parte en la manifestación. Esta gente formaba parte de un mismo partido con Kerenski, quien, en aquellos mismos momentos, reunía tropas en el frente para aplastar a los manifestantes. El estado de espíritu dominante en la Asamblea nocturna de las organizaciones de Cronstadt era tal, que incluso el tímido comisario del gobierno provisional, Parchevski, votó en favor de la marcha sobre Petrogrado. Se trazó un plan, se movilizaron los medios de transporte marítimo, se entregaron 75 puds de municiones. A las doce de la noche, cerca de diez mil marinos, soldados y obreros armados, entraban en la embocadura del Neva, conducidos por remolcadores y vapores de pasajeros. Después de desembarcar en ambas orillas del río, se unen a la manifestación, fusil al hombro y al son de las orquestas. Detrás, los marinos y soldados, van las columnas de obreros de los barrios de Petrogrado y de la isla de Vasili, entre los cuales avanzan también destacamentos de la guardia roja. A los lados, automóviles blindados; flotando por encima de las cabezas, banderas y pancartas innumerables.

El palacio de la Kchesinskaya está a dos pasos. Pequeño, enjuto, negro como la pez, Sverdlov, uno de los principales organizadores del partido, incorporado al Comité central en la conferencia de abril, da órdenes desde el balcón con su poderosa voz de bajo: «Hacer avanzar la cabeza de la manifestación, apretad las filas, contened las filas de atrás». Desde el balcón, saluda a los manifestantes Lunacharski, siempre dispuesto a contagiarse del estado de espíritu de los que le rodean, imponente de aspecto, de voz y de elocuencia declamatoria, no muy seguro, pero frecuentemente insustituible. Desde abajo le aplauden ruidosamente. Pero a quien sobre todo querían oír los manifestantes era a Lenin -al cual, dicho sea de paso, habían hecho venir por la mañana de su refugio de Finlandia- y los marinos expresaron con tanta insistencia su deseo, que, a pesar de su mal estado de salud, Lenin no pudo negarse a satisfacerlo. Una ola de entusiasmo desbordante acogió la aparición del jefe en el balcón. Lenin, impaciente y esperando, con cierta confusión, como siempre, que cesaran las aclamaciones, empezó a hablar antes de que éstas se acallaran. Su discurso, que, durante varias semanas enteras, la prensa enemiga había de tergiversar en todos los tonos, estaba hecho de unas cuantas frases simples: saludo a los manifestantes, expresión de la seguridad de que la consigna «todo el poder a los Soviets» acabará por triunfar; llamamiento a la serenidad y a la firmeza. La manifestación se pone nuevamente en marcha en medio de las aclamaciones y a los acordes de las bandas. [...]

Cerca de las ocho de la noche, cuando la manifestación estaba en su apogeo, dos centurias de cosacos se dirigieron con artillería ligera al palacio de Táurida, con el fin de protegerlo. Los cosacos, que, al pasar por las calles, se negaban obstinadamente a entablar conversación con los manifestantes, lo cual era ya un mal síntoma, se apoderaron, donde les fue posible, de los automóviles blindados y desarmaron a pequeños grupos sueltos. Los cañones de los cosacos en las calles, ocupados por los obreros y soldados, fueron considerados como un reto intolerable. Todo hacía prever el choque. En el puente de Liteini, los cosacos se acercaron a las masas compactas del enemigo, el cual había conseguido levantar aquí, en el camino que conducía al palacio de Táurida, algunos obstáculos. Un minuto de silencio siniestro, interrumpido por los disparos que parten de las casas cercanas. «Los cosacos abren un fuego graneado -cuenta el obrero Metelev-, los obreros y soldados, distribuyéndose en pelotones o de bruces en las aceras, contestan en la misma forma». El fuego de los soldados obliga a los cosacos a retirarse. Al llegar a la orilla del Neva, uno de los cañones hace tres disparos -señalados asimismo por las Izvestia-, pero los cosacos, alcanzados por el fuego de fusilaría, se repliegan sobre el palacio de Táurida. Uña columna de obreros que les sale al encuentro les asesta un golpe definitivo. Abandonando cañones, caballos y fusiles, los cosacos buscan refugio en los portales de las casas burguesas, o se dispersan.

La colisión de la Liteinaya, un verdadero combate, fue el episodio militar más importante de las jornadas de julio. [...] En la colisión de la Liteinaya resultaron muertos siete cosacos y diecinueve heridos. Los manifestantes tuvieron seis muertos y cerca de una veintena de heridos. Aquí y allá yacían caballos muertos.[...]

Los manifestantes volvieron a sitiar el palacio de Táurida y exigieron una respuesta. En el momento en que llegaban los manifestantes de Cronstadt, un grupo reclamó la presencia de Chernov. Dándose cuenta del estado de espíritu de la multitud, este ministro, tan locuaz de costumbre, se limitó en esa ocasión a pronunciar un lacónico discurso, en el que aludió superficialmente a la crisis del poder y, refiriéndose a los kadetes, que habían salido del gobierno, dijo en tono de menosprecio: «A enemigo que huye, puente de plata». «¿Por qué antes no hablaba usted así?», le interrumpieron varias voces. Miliukov cuenta incluso que «un obrero de elevada estatura, acercando el puño al rostro del ministro, le gritó, furioso: «¡Toma el poder, hijo de perra, puesto que te lo dan!» Y aunque esto no pase de ser una anécdota, expresa, con un relieve un poco grosero, pero bastante claro, el verdadero fondo de la situación de julio. Las respuestas de Chernov no ofrecen interés; en todo caso, no le conquistaron los corazones de Cronstadt...

Dos o tres minutos después entraba corriendo en la sala de sesiones del Comité ejecutivo un hombre que anunciaba a gritos que los marinos habían detenido a Chernov y se disponían a tomar represalias contra él. El Comité ejecutivo, en un estado de excitación indescriptible, delegó, para rescatar al ministro, a algunos de sus miembros más destacados, exclusivamente internacionalistas y bolcheviques. Chernov declaró posteriormente ante la Comisión gubernamental, que, al bajar de la tribuna, observó un movimiento hostil en un grupo que estaba situado en la entrada, detrás de las columnas...

Me rodearon, cerrándome el paso hacia la puerta... Un sujeto sospechoso, que mandaba los marineros que me habían detenido, señalaba constantemente a un automóvil que se hallaba allí cerca... En aquellos momentos, Trotsky, que salía del palacio de Táurida, se acercó al automóvil, y, subiéndose al estribo del mismo, pronunció un breve discurso. Trotsky propuso que se dejara en libertad a Chernov, y pidió que los que no estuvieran conformes con ello levantaran la mano. No se levantó ni una sola mano; entonces, el grupo que me había acompañado al automóvil se apartó del mismo con aire descontento. Si no recuerdo mal, Trotsky dijo: «Ciudadano Chernov, nadie le impide volverse atrás libremente...» Para mí, no hay la menor duda de que lo sucedido no era más que una tentativa, preparada de antemano por gente sospechosa que nada tenía que ver con la masa de los obreros y marinos, para provocarme y detenerme.

Una semana antes de su detención, Trotsky decía en la reunión de ambos Comités ejecutivos:

Estos hechos pasarán a la historia, e intentaremos describirlos tal como fueron... Vi que cerca de la puerta había un grupo de sujetos de mala catadura. Dije a Lunacharski y a Riazanov que aquellos sujetos eran agentes de la Ocrana, que intentaban penetrar en el palacio de Táurida... (Lunacharski: «Es verdad».) Los hubiera reconocido entre diez mil hombres.

En sus declaraciones del 24 de julio, escritas ya en la celda de Kresti, Trotsky dice:

En un principio, había decidido salir de entre la multitud en el automóvil con Chernov y los que querían detenerle, a fin de evitar conflictos y que se produjera el pánico en la multitud. Pero Raskolnikov se me acercó precipitadamente y, muy excitado, exclamó: «Esto es imposible... Si sale usted con Chernov, mañana se dirá que la gente de Cronstadt le ha detenido. Hay que poner en libertad a Chernov inmediatamente». Tan pronto como un toque de corneta hizo el silencio de la multitud y me dio la posibilidad de pronunciar un breve discurso, que terminó con la siguiente proposición: «El que vote por la violencia, que levante la mano». Chernov pudo volver al palacio sin obstáculos.

La declaración de estos dos testigos, que eran al mismo tiempo los dos actores principales de la aventura, dejan las cosas completamente en claro. Pero esto no impidió que la prensa enemiga de los bolcheviques describiera lo sucedido con Chernov y el «intento» de detención de Kerenski como las pruebas más convincentes de la organización del levantamiento armado por los bolcheviques. [...]

Después que las centurias cosacas, único obstáculo con que se tropezaba en el camino que conducía al palacio de Táurida, fueron barridas, muchos manifestantes se imaginaron que la victoria estaba asegurada. En realidad, el mayor obstáculo se hallaba en el propio palacio de Táurida. En la reunión de ambos ejecutivos, que empezó a las seis de la tarde, tomaban parte 90 representantes de 54 fábricas y talleres. Los cinco oradores que, según lo convenido, hicieron uso de la palabra, empezaron protestando contra el hecho de que en las proclamas del Comité ejecutivo los manifestantes fueran calificados de contrarrevolucionarios.

Ya habéis visto -argüían- lo que se dice en las pancartas. Es lo que los obreros han decidido... Exigimos la retirada de los diez ministros capitalistas. Tenemos confianza en los soviets, pero no en quien éstos depositan la suya... Exigimos que se tome inmediatamente posesión de las tierras, que se instaure el control de la industria; exigimos la lucha contra el hambre que nos amenaza.

Otro añadía:

No os halláis en presencia de un motín, sino de una acción completamente organizada. Exigimos la entrega de la tierra a los campesinos, la abolición de las órdenes dirigidas contra el ejército revolucionario... Ahora que los kadetes se han negado a colaborar con vosotros, os preguntamos: ¿Con quién os disponéis a entrar en tratos? Exigimos que el poder pase a manos de los soviets.

Las consignas de propaganda de la manifestación del 18 de junio se convertían ahora en un ultimátum de las masas armadas. Pero los conciliadores estaban ya atados con cadenas demasiado pesadas a las ruedas del carro de los potentados. ¿Entregar el poder a los soviets? Pero esto significaba, ante todo, una política audaz de paz, la ruptura con los aliados, con la propia burguesía, significaba el completo aislamiento, la ruina al cabo de pocas semanas. No ¡la democracia responsable no abraza la senda de la aventura!

Las actuales circunstancias -decía Tsereteli- hacen imposible, en la atmósfera de Petrogrado, tomar ninguna nueva resolución.

Por esto no queda más recurso que

aceptar el gobierno tal como ha quedado constituido... y convocar un congreso extraordinario de los soviets para dentro de dos semanas... en un sitio en que pueda funcionar sin obstáculos. En Moscú mejor que en ninguna parte.

Pero la sesión se ve constantemente interrumpida. Los obreros de Putilov, que llegan ya al atardecer, cansados, irritados, en un estado de extraña excitación, llaman a la puerta del palacio de Táurida: «¡Que salga Tsereteli!» Los treinta mil hombres de la calle envían sus representantes al palacio, una voz grita que si Tsereteli no quiere salir de grado habrá que hacerlo salir por la fuerza. De las amenazas a los actos hay todavía una gran distancia, pero las cosas van tomando un carácter demasiado agudo y los bolcheviques se apresuran a intervenir. Zinóviev lo ha relatado posteriormente:

Nuestros camaradas me propusieron que fuera a hablar a los obreros de Putilov... Un mar de cabezas como nunca lo había visto... Algunas docenas de miles de hombres se apretujaban ante el palacio. Los gritos de «¡Tsereteli!» continuaban... Yo empecé así: «En vez de Tsereteli, he salido yo». Risas. Esto determinó un cambio en el estado de espíritu de los manifestantes. Pude pronunciar un discurso bastante extenso... Como conclusión, incité al auditorio a que se disolviese en seguida, pacíficamente, en completo orden, y sin dejarse provocar en modo alguno a una acción agresiva. Los manifestantes aplauden ruidosamente y empiezan a retirarse.

Este episodio revela de un modo inmejorable el profundo descontento de las masas, la carencia de un plan de ataque por su parte y el verdadero papel desempeñado por el partido en los acontecimientos de julio.

Mientras Zinóviev hablaba en la calle a los obreros de Putilov, un grupo de delegados de estos últimos, algunos de ellos con fusiles, irrumpía tumultuosamente en el salón de sesiones. Los miembros del Comité ejecutivo saltan de sus sitios. «Algunos de ellos no demuestran el valor ni el dominio de sí mismos suficientes», dice Sujánov, el cual nos ha dejado una viva descripción de estos momentos dramáticos. Uno de los obreros,

un sansculotte clásico, con gorra, blusa corta sin cinturón y el fusil en la mano», salta a la tribuna de los oradores temblando de agitación y de rabia...:

¡Camaradas! ¿Soportaremos los obreros por más tiempo esta traición? Estáis pactando con la burguesía y los terratenientes... ¡Hemos venido aquí treinta mil hombres de la fábrica de Putilov y conseguiremos que se respete nuestra voluntad...!

Cheidse, ante cuya nariz se agitaba el fusil, dio pruebas de sangre fía. Inclinándose tranquilamente desde su sitio, metió un manifiesto impreso en la mano temblorosa del obrero: «Haga el favor de tomar esto y de leerlo, camarada. Ahí se dice lo que deben hacer los camaradas de Putilov ...

En el manifiesto no se decía otra cosa sino que los manifestantes debían volver a sus casas y que, de lo contrario, serían unos traidores a la revolución. ¿Es que los mencheviques podían decir otra cosa?[...]

El combate de la Liteinaya imprimió un carácter completamente distinto al desarrollo de la manifestación. Nadie la contemplaba ya desde los balcones y las ventanas. La gente más acomodada, invadiendo las estaciones, abandonaba la ciudad. La lucha en las calles se convertía en escaramuzas esporádicas sin finalidad determinada. Durante la noche se desarrollan encuentros cuerpo a cuerpo entre los manifestantes y los patriotas, se efectúan desarmes de un modo desordenado, los fusiles pasan de unas manos a otras. Grupos de soldados de los regimientos indisciplinados obraban por cuenta propia, sin obedecer a ningún plan. «Los elementos sospechosos y provocadores que se unían a ellos les incitaban a las acciones anárquicas», añade Podvoiski. Grupos de marinos y soldados efectuaban registros por todas partes, con el fin de encontrar a los culpables de los disparos. So pretexto de registro, en algunos sitios se cometieron robos. Por el otro bandose iniciaron pogromos. Los tenderos se arrojaban furiosamente sobre los obreros en aquellas partes de la ciudad en que se sentían fuertes, y los apaleaban despiadadamente.

La multitud se lanzó contra nosotros gritando: «¡Mueran los judíos y los bolcheviques! ¡Al agua con ellos!», y nos apeló brutalmente - cuenta Afanasiev, obrero de la fábrica de Novi Lesner.

Uno de los agredidos murió en el hospital; al propio Afanasiev los marinos lo sacaron del canal Yekaterinski lleno de cardenales y ensangrentado.

Las colisiones, las víctimas, la esterilidad de la lucha y la ausencia de un objetivo práctico: todo aconsejaba liquidar el movimiento. El Comité central de los bolcheviques tomó el acuerdo de invitar a los obreros y soldados a que pusieran fin a la manifestación. Esta invitación, comunicada inmediatamente al Comité ejecutivo, ahora, no tropezó ya casi con ninguna resistencia entre las masas, las cuales se retiraron a los suburbios, dispuestas a no reanudar la lucha al día siguiente. Los obreros y los soldados tuvieron la sensación de que la toma del poder por los soviets era un problema mucho más complejo de lo que se imaginaran.

Fue levantado el sitio del palacio de Táurida y las calles adyacentes quedaron desiertas. Pero los Comités ejecutivos continuaban en su puesto y proseguían con breves interrupciones los interminables discursos, sin sentido ni objeto. Hasta más tarde no se supo que los conciliadores esperaban algo. En las dependencias contiguas había aún delegados de las fábricas y de los regimientos.

Era ya mas de medianoche -cuenta Metelev-, y seguíamos esperando una «resolución»... Atormentados por el hambre y el cansancio, vagábamos por la sala Alexandrovski... A las cuatro de la madrugada del 5 de julio terminaron nuestras esperanzas... Oficiales y soldados armados irrumpieron ruidosamente por la puerta principal del palacio.

Resuenan ensordecedoras en el interior del edificio las notas metálicas de La Marsellesa. El ruido de pasos y el estruendo de los instrumentos provocan, en aquella hora matutina, una agitación extraordinaria en el salón de sesiones. Los diputados se levantan bruscamente de sus escaños. Pero Dan aparece en la tribuna...

¡Compañeros -dice-, tranquilizaos! No hay ningún peligro. Acaban de llegar regimientos leales a la revolución.

Sí; acababan de llegar, en efecto, las tropas tanto tiempo esperadas; los soldados recién llegados ocupan las entradas y las salidas, se lanzan rabiosamente sobre los pocos obreros que aún quedan en el palacio, quitan las armas a los que las tienen, detienen a los que pueden y se llevan a los detenidos.

Sube a la tribuna el teniente Kuchin, menchevique destacado, con uniforme de campaña. Dan, que preside, le estrecha en sus brazos entre las notas triunfales de la orquesta. Locos de entusiasmo y pulverizando a los izquierdistas con miradas victoriosas, los conciliadores se cogen del brazo y, abriendo la boca desmesuradamente, vierten su entusiasmo en las notas de La Marsellesa.

«Una escena clásica del principio de la contrarrevolución», prorrumpe irritado Mártov, que sabía observar y comprender muchas cosas. El sentido político de la escena, registrada por Sujánov, aparecerá y cobrará aún más significativo relieve si se recuerda que Mártov figuraba en el mismo partido que Dan, para el cual esta escena representaba la victoria suprema de la revolución.

Sólo ahora, al observar el desbordante júbilo de la mayoría, el ala izquierda empezó a comprender hasta qué punto se había visto aislado el órgano supremo de la democracia oficial cuando la democracia auténtica se lanzó, a la calle. En el transcurso de treinta y seis horas, aquellos hombres iban desapareciendo por turno para ir a la cabina del teléfono y ponerse en contacto con el Estado Mayor, con Kerenski, que estaba en el frente, pedir tropas, persuadir, implorar, enviar nuevamente agitadores y otra vez a esperar. El peligro había pasado, pero la inercia del miedo subsistía. Y las recias pisadas de los «leales» cerca de las cinco de la madrugada resonaban en sus oídos como una sinfonía de liberación. Pronunciáronse, al fin, desde la tribuna discursos en los cuales se hablaba abiertamente del feliz aplastamiento del motín armado y de la necesidad de acabar de una vez con los bolcheviques.

La contrarrevolución se ha puesto, efectivamente, en marcha. La ofensiva militar va acompañada de una ofensiva de propaganda. El gobierno provisional presenta documentos que prueban que Lenin es un espía alemán. La sede bolchevique es arrasada, comienza la represión. Se observan dos fenómenos: por un lado las vacilaciones del los batallones que hasta entonces han sido neutrales en lo que consideran una pelea dentro del soviet. Es el campesinado, la pequeña burguesía, dudando instintivamente en cada cambio de la correlación de fuerzas. Por otro, el proletariado está sacando lecciones de la experiencia a toda velocidad, lecciones capaces de imponerse sobre el efecto de las difamaciones y recuperar a indecisos y dudosos. También de animar a los aventureros, que esta vez, aprendida la lección, hacen caso al comité militar del partido y evitan lanzarse a la insurrección que la contrarrevolución quería.

Ya desde abril los mencheviques y socialrevolucionarios apelaban a provincias contra Petrogrado, a los soldados contra los obreros, a la caballería contra los regimientos de ametralladoras. En los soviets daban una representación más privilegiada a los regimientos que a las fábricas; protegían los establecimientos pequeños y dispersos contra las empresas metalúrgicas gigantescas. Representantes como eran del pasado, buscaban un punto de apoyo en el atraso, en todos sus aspectos. Al perder el terreno, lanzaban la retaguardia contra la vanguardia. La política tiene su lógica, sobre todo durante la revolución. Apretados por todas partes, los conciliadores viéronse obligados a encargar al almirante Verdenoski que echara a pique los buques más avanzados. Desgraciadamente para los conciliadores, los elementos atrasados en que querían apoyarse iban acercándose cada día más a los avanzados: la tripulación de los submarinos mostró no menos indignación que la de los acorazados ante la orden de Dudariev.

¿Qué significan las jornadas de julio?

Julio es ante todo la ruptura de las ilusiones del régimen de febrero y por tanto un momento importantísimo en el desarrollo de la consciencia entre la clase.

A pesar de todo, lo que tenía de paradójico el régimen de Febrero, cubierto, por añadidura, con jeroglíficos marxistas y populistas por los conciliadores, la correlación real de las clases era harto diáfana. Lo único que no hay que perder de vista es la doble naturaleza de los partidos conciliadores. Los pequeños burgueses ilustrados se apoyaban en los obreros y campesinos, pero fraternizaban con los terratenientes y azucareros de alcurnia. El Comité ejecutivo, que formaba parte del sistema soviético, a través del cual las exigencias de abajo llegaban hasta el Estado oficial, servía, al mismo tiempo, de mampara política para la burguesía. Las clases poseedoras se «sometían» al Comité ejecutivo en la medida en que éste ponía el poder de su parte. Las masas se sometían al Comité ejecutivo en la medida en que confiaban que éste se convertiría en el órgano de dominación de los obreros y campesinos. En el palacio de Táurida se entrecruzaban las tendencias antagónicas de clase, con la particularidad de que la una y la otra se cubrían con el nombre del Comité ejecutivo: la una, por inconsciencia y credulidad, la otra, por cálculo frío. La lucha se desarrollaba nada menos que en torno a la cuestión de quién había de dirigir el país: la burguesía o el proletariado.

Lo más importante. La consciencia es como el buho de Atenea. Sin las jornadas de junio y sobre todo sin las de julio, era imposible avanzar. El proletariado no «recibe» la consciencia, la «saca» de las consecuencias de su acción.

Tenían la posibilidad de tomar el poder y, sin embargo, lo ofrecieron al Comité ejecutivo. El proletariado de la capital, cuya aplastante mayoría se inclinaba ya del lado de los bolcheviques, no había roto todavía el cordón umbilical de Febrero, que le unía con los conciliadores. Existían todavía no pocas ilusiones en el sentido de que con la palabra y la manifestación se podía obtener todo; de que, intimidando un poco a los mencheviques y a los socialrevolucionarios, se les podía incitar a una política común con los bolcheviques. Incluso la parte avanzada de la clase no tenía una idea clara de cómo se podía llegar al poder. Lenin decía poco después de aquellos días:

El verdadero error de nuestro partido en los días 3 y 4 de julio, puesto ahora de manifiesto por los acontecimientos, consistió en que... consideraba aún posibles las transformaciones políticas por la vía pacífica, mediante la modificación de los soviets, cuando, en realidad, los mencheviques y los socialrevolucionarios, gracias a su espíritu de conciliación, se hallaban ya tan atados con la burguesía y ésta se había convertido, hasta tal punto, en contrarrevolucionaria, que no se podía ni siquiera pensar en una solución pacífica.

Suele presentarse el resultado de las jornadas de julio como un desastre. En el partido, el ala derecha reavivó su enfrentamiento con Lenin en un creciente que no acabará hasta octubre. El partido revelaba en su interior las mismas tensiones que estaba sufriendo la clase en su conjunto.

Tuvimos que batirnos en retirada. Al prepararse para la insurrección y para la toma del poder, Lenin y el partido sólo vieron en la intervención de julio, un episodio donde habíamos pagado bastante caro el profundo reconocimiento efectuado entre las fuerzas enemigas, pero que no podría hacer desviar la línea general de nuestra acción. Por el contrario, los camaradas hostiles a la política de tomar el poder verían en el episodio una aventura perjudicial. Reforzaron su movilización los elementos del ala derecha, y su crítica se volvió más categórica.[...]

La actitud oportunista en la cuestión del poder y de la guerra predeterminaba, evidentemente, una actitud análoga respecto a la Internacional. Los derechistas intentaron hacer participar al partido en la Conferencia de Estocolmo de los socialpatriotas. [...] La vía que llevaba a Estocolmo conducía, realmente, a la II Internacional, lo mismo que la participación en el Preparlamento llevaba a la república burguesa. Lenin optó por el boicot a la Conferencia de Estocolmo, como más tarde optó por el boicot al Preparlamento.

León Trotski. «Lecciones de octubre»

El resultado de julio en cualquier caso fue costoso, pero el primer zarpazo de la represión no había sido ni mucho menos decisivo, a pesar la confusión que siguió entre las filas obreras y, sobre todo, entre los soldados.

El fracaso de la ofensiva en el frente tomó un carácter catastrófico el 6 de julio, día en que las tropas alemanas rompieron el frente ruso en una extensión de 12 verstas de ancho y 10 de profundidad. La noticia llegó a la capital el 7, cuando las acciones represivas se hallaban en su apogeo.[...]

Si el 3 y el 4 de julio se hubiera conseguido evitar la manifestación, la acción habríase inevitablemente desarrollado como consecuencia del descalabro de Tarnopol. Sin embargo, este aplazamiento de algunos días habría determinado modificaciones importantes en la situación política. El movimiento hubiera tomado inmediatamente proporciones más vastas, extendiéndose no sólo a las provincias, sino también, en gran parte, al frente. El gobierno hubiera quedado al desnudo políticamente, y le habría sido infinitamente más difícil hacer recaer la culpa sobre los «traidores» del interior. La situación del partido bolchevique hubiera sido más ventajosa desde todos los puntos de vista. Sin embargo, aun en este caso, no se hubiera podido ir a la conquista inmediata del poder. Lo único que se puede afirmar sin vacilación es que si el movimiento se hubiera desencadenado una semana más tarde, la reacción no habría podido desenvolverse en julio de un modo tan victorioso. Era precisamente la «enigmática sucesión lógica» de las fechas de la manifestación y del descalabro en el frente lo que se volvía por completo contra los bolcheviques. La ola de indignación y de desesperación que llegaba del frente, choca con la ola de esperanzas frustradas que partía de Petrogrado. La lección recibida por las masas en la capital había sido demasiado dura para que se pudiera pensar en la reanudación inmediata de la lucha. Con todo ello, el sentimiento agudo provocado por la absurda derrota reclamaba una salida. Y los patriotas consiguieron hasta cierto punto dirigirlo contra los bolcheviques.[...]

En los días de la revolución de Febrero se puso de manifiesto toda la labor realizada anteriormente por los bolcheviques, durante muchos años, y hallaron un sitio en la lucha los obreros avanzados educados por el partido; pero no hubo aún una dirección inmediata por parte de este último. En los acontecimientos de abril, las consignas del partido pusieron de manifiesto su fuerza dinámica, pero el movimiento se desarrolló espontáneamente. En junio se exteriorizó la inmensa influencia del partido, pero las masas entraban en acción todavía dentro del marco de una manifestación organizada oficialmente por los adversarios. Hasta julio, el partido bolchevique, impulsado por la fuerza de presión de las masas, no se lanza a la calle contra todos los demás partidos y define el carácter fundamental del movimiento, no sólo con sus consignas, sino también con su dirección organizada. La importancia de una vanguardia compacta aparece por primera vez con toda su fuerza durante las jornadas de julio, cuando el partido evita, a un precio muy elevado, la derrota del proletariado y garantiza el porvenir de la revolución y el propio.

Como prueba técnica -decía Miliukov, refiriéndose a la importancia de las jornadas de julio para los bolcheviques- la experiencia fue sin ningún género de duda extraordinariamente útil para ellos. Les mostró con qué elementos había que tratar; cómo había que organizar a estos últimos y, finalmente, qué resistencia podían oponerles el gobierno, el Soviet y las tropas... Era evidente que cuando se presentara la ocasión de repetir el experimento, la realizarían de un modo más sistemático y consciente.

Estas palabras valoran acertadamente la importancia del experimento de julio para el desarrollo ulterior de la política de los bolcheviques. Pero antes de poder utilizar las lecciones de julio, el partido hubo de pasar por unas cuantas semanas duras, durante las cuales los miopes enemigos se imaginaban que habían quebrantado definitivamente la fuerza del bolchevismo.

Antes de poder pasar al ataque directo y sangriento contra los trabajadores, el gobierno de Kerenski sabe que tiene que profundizar su confusión y sobre todo, la que le es más accesible, la de los soldados. La vieja campaña de injurias contra Lenin se resucita y extiende a todo el partido usando nuevas pruebas y testimonios que probaban que toda la política bolchevique estaba guiada por el alto mando Alemán.

El mismo estado que era incapaz de centralizar el capitalismo ruso para asegurar los básicos de la producción y distribución, demostró tener una singular capacidad para crear una campaña abrumadora de injurias. Y estas demostraron ser capaces de debilitar y paralizar a la clase con más efectividad y durante más tiempo que las escasas fuerzas cosacas que el Ejecutivo del soviet había intentado movilizar durante las jornadas de julio.

La calumnia de los años de guerra y revolución, ya lo hemos dicho, asombra por su monotonía. Sin embargo, hay una diferencia. De la cantidad acumulada se obtiene una nueva calidad. La lucha de los demás partidos entre sí parecía casi una disputa de familia en comparación con su campaña común contra los bolcheviques. En las reyertas entre sí parecía como si se entrenaran únicamente para otra lucha, de carácter decisivo. Aun al lanzarse mutuamente la acusación de estar en contacto con los alemanes, nunca llevaban las cosas hasta las últimas consecuencias. Julio nos ofrece otro espectáculo. En su ataque contra los bolcheviques, todas las fuerzas dominantes: gobierno, justicia, contraespionaje, Estados Mayores, funcionarios, municipios, partidos de la mayoría soviética, su prensa, sus oradores, constituyen un todo único y grandioso. Las mismas divergencias entre ellos, al igual que la diversidad de instrumentos en una orquesta, no hacen más que aumentar el efecto general. La invención absurda de dos sujetos despreciables se convierte en un factor de importancia histórica. La calumnia se despeña como el Niágara. Si se toma en consideración la situación de entonces -la guerra y la revolución- y el carácter de los acusados, caudillos revolucionarios de millones de hombres que conducían a su partido al poder, puede decirse sin exageración que julio de 1917 fue el mes de la mayor calumnia que ha conocido la historia del mundo.

Cada día que pasaba los costes para el partido y la clase crecían. Haciendo balance global, la principal lección táctica de aquellas semanas y meses es que lo importante ante el reflujo es no dejarse arrastrar.

En la historiografía soviética oficial ha quedado establecida la opinión, convertida en una especie de lugar común, de que el ataque realizado en julio contra el partido -la represión combinada con la calumnia- no tuvo apenas consecuencias para las organizaciones obreras. Esto es completamente erróneo. Es verdad que la depresión en las filas del partido y el abandono de las mismas por gran parte de los obreros y soldados no pasó de algunas semanas, y que la resurrección se produjo muy pronto y de un modo tan impetuoso, que borró en gran parte el recuerdo mismo de los días de opresión y decaimiento. Pero a medida que se van publicando las actas de las organizaciones locales del partido, se ve con mayor claridad el descenso de la revolución en julio, descenso que se echaba de ver en aquellos días de un modo tanto más doloroso cuanto que la curva ascendente precedente había tenido un carácter ininterrumpido.

Toda derrota que se desprende de una determinada correlación de fuerzas modifica, a su vez, esa correlación de un modo desventajoso para los vencidos, toda vez que el vencedor adquiere una mayor confianza en sí mismo, al paso que la del vencido decrece. La evaluación de la propia fuerza constituye un elemento extraordinariamente importante de la correlación de fuerza objetiva. Los obreros y soldados de Petrogrado, que en su impulso hacia adelante chocaron, por una parte, con la falta de claridad y el carácter contradictorio de sus mismos objetivos, y, por otra, con el atraso de las provincias del frente, sufrieron una derrota directa. Por esto fue en la capital donde las consecuencias de la derrota se pusieron de manifiesto en primer lugar y de un modo más acentuado. Sin embargo, son completamente erróneas las afirmaciones de la literatura oficial, según las cuales la derrota de julio pasó casi inadvertida para las provincias. Esto, poco verosímil aun desde el punto de vista teórico, queda refutado por el testimonio de los hechos y de los documentos. Cada vez que se trataba de grandes cuestiones, todo el país volvía involuntariamente la cabeza hacia Petrogrado. Precisamente la derrota de los obreros y soldados de la capital había de producir una impresión enorme en los sectores más avanzados de provincias. El miedo, el desengaño, la apatía, no se manifestaron por igual en los distintos puntos del país, pero se observaron por todas partes.

El descenso de la revolución se manifestó, ante todo, en una relajación extraordinaria de la resistencia de las masas frente al enemigo. Al mismo tiempo que las tropas dirigidas contra Petrogrado realizaban expediciones punitivas oficiales para desarmar a los soldados y a los obreros, bandas semivoluntarias, protegidas por aquéllas, atacaban impunemente a las organizaciones obreras. Al saqueo de la redacción de la Pravda y de la imprenta de los bolcheviques siguió la devastación del local del sindicato metalúrgico. Después, los golpes fueron dirigidos contra los soviets de barriada. Ni los conciliadores escaparon al ataque: el 10 fue asaltada una de las instituciones del partido, a cuyo frente se hallaba el ministro de la Gobernación, Tsereteli. Dan tuvo que hacer gala de no poco espíritu de sacrificio para escribir con motivo de la llegada de las tropas:

En vez de asistir a la catástrofe de la revolución, somos testigos de una nueva victoria de la misma.

La victoria había ido tan lejos, que, según cuenta el menchevique Pruchiski, los transeúntes corrían grave riesgo de ser cruelmente apaleados si tenían el aspecto de obreros o eran sospechosos de bolchevismo. ¡Qué síntoma inequívoco de las profundas modificaciones sufridas por la situación!

El miembro del Comité petrogradés de los bolcheviques, Latsis, que llegó a ser ulteriormente uno de los más destacados elementos de la Cheka, consignaba en su dietario:

9 de julio. En la ciudad han sido devastadas todas nuestras imprentas. Nadie se atreve a imprimir nuestros periódicos y hojas. Emprendemos la organización de una imprenta clandestina. La barriada de Viborg se ha convertido en un refugio para todos. Allí se han trasladado el Comité de Petrogrado y los miembros perseguidos del Comité central. En la garita del vigilante de la fábrica Renault celebró sus reuniones el Comité con Lenin. Se plantea la cuestión de la huelga general. En el Comité no hay unanimidad en las opiniones. Yo sostengo el punto de vista de la huelga. Lenin, teniendo en cuenta la situación, propone renunciar a la huelga... 12 de julio. La contrarrevolución triunfa. Los soviets no tienen ningún poder. Los junkers, desenfrenados, atacan incluso a los mencheviques. Se nota inseguridad en algunos sectores del partido. Ha cesado la afluencia de miembros.... pero la gente no ha empezado aún a abandonar nuestras filas.

[...] La acusación lanzada contra los bolcheviques, de que estaban al servicio de Alemania, no podía dejar de producir impresión incluso entre los obreros de Petrogrado, por lo menos entre una considerable parte de los mismos. El que vacilaba se apartaba; el que estaba dispuesto a adherirse al partido, no se decidía a hacerlo. En la manifestación de julio tomaron parte, al lado de los bolcheviques, un gran número de obreros que estaban con los socialrevolucionarios y los mencheviques. Después del revés sufrido, volvieron nuevamente a colocarse bajo las banderas de sus respectivos partidos: ahora les parecía que al infringir la disciplina habían cometido efectivamente un error. El gran número de obreros sin partido que seguían al bolchevismo se apartó igualmente de éste bajo la influencia de la calumnia lanzada oficialmente y formulada jurídicamente. [...]

La reacción de julio diríase que venía a establecer una línea divisoria definitiva entre la revolución de Febrero y la de Octubre. Los obreros, las guarniciones del interior, el frente y, en parte, más adelante, como se verá, los mismos campesinos, retrocedieron, dieron un salto como si hubieran recibido un golpe en el pecho. En realidad, el golpe tenía un carácter más bien psicológico que físico, pero no por ello era menos efectivo. Durante los cuatro primeros meses, las masas evolucionaban en una sola dirección: hacia la izquierda. El bolchevismo crecía, se fortalecía, se volvía más audaz. Pero el movimiento, al llegar al umbral, tropezó. Y se vio con toda evidencia que no cabía ir más lejos por la senda de la revolución de Febrero. A muchos les parecía que la revolución había dado ya cuanto podía dar de sí. Esto era verdad por lo que a la revolución de Febrero se refería. Esta crisis interna de la conciencia colectiva, combinada con la represión y la calumnia, produjo la confusión y la retirada, que, en algunos casos, tuvo caracteres de pánico. Los adversarios cobraron ánimos. En la masa misma afloró a la superficie todo lo que en ella había de atrasado, de estático, de descontento por las sacudidas y las privaciones. En el torrente de la revolución, ese reflujo manifiesta una fuerza irresistible: dijérase que está sometido a las leyes de una hidrodinámica social. Detenerlo oponiéndole el pecho es imposible; lo único que se puede hacer es no dejarse arrastrar por él, sostenerse en tanto no desaparece la ola de la reacción y preparar, al mismo tiempo, puntos de apoyo para la nueva ofensiva.

La contrarrevolución recupera terreno

En los dos meses siguientes, el Soviet se debilitó: parte de su influencia sobre las masas pasó a los bolcheviques, ni más ni menos que los ministros socialistas llevaron en sus carteras parte del poder al gobierno de coalición. Al iniciarse la preparación de la ofensiva, reforzóse automáticamente la importancia del mando, de los órganos del capital financiero y del partido kadete. Antes de verter la sangre de los soldados, el Comité ejecutivo realizó una considerable transfusión de su misma sangre a las arterias de la burguesía. Entre bastidores, los hilos se concentraban en las manos de las embajadas y de los gobiernos de la Entente. [...]

La correlación de fuerzas se había modificado de un modo evidentemente desventajoso para el pueblo, pero nadie podía decir hasta qué punto. En todo caso, los apetitos de la burguesía habían aumentado mucho en medida más considerable que sus posibilidades. El choque era el resultado de ese estado indefinido, pues las fuerzas de las clases se someten a prueba en la acción, y los acontecimientos de la revolución se reducen a esas pruebas repetidas. Cualquiera que fuese, sin embargo, la importancia de la revolución realizada por el poder de la izquierda a la derecha, poca repercusión tuvo en el gobierno provisional, que seguía siendo un lugar vacío. [...]

En realidad, durante las jornadas de julio, lo mismo que en todos los momentos críticos, en general, los componentes de la coalición perseguían fines distintos. Los conciliadores hubieran estado completamente dispuestos a permitir el aplastamiento definitivo de los bolcheviques, de no haber sido evidente que después de haber acabado con los bolcheviques, los oficiales, cosacos, Caballeros de San Jorge y brigadas de asalto, acabarían con los mismos conciliadores. Los kadetes querían ir hasta las últimas consecuencias para barrer no sólo a los bolcheviques, sino también a los soviets. Sin embargo, no tenía nada de casual la particularidad de que, en los momentos más difíciles, sin excepción, se hallaran fuera del gobierno los kadetes. De él los echaba, en fin de cuentas, la presión de las masas, irresistible a pesar de todas las barreras opuestas por los conciliadores. Los liberales, aun en el caso de que hubieran conseguido adueñarse del poder, no habrían podido conservarlo, como lo demostraron posteriormente los acontecimientos de un modo que no deja lugar a dudas. La idea de que en julio se había dejado pasar una posibilidad favorable no representa más que una ilusión retrospectiva. En todo caso, la victoria de julio no sólo no consolidó el poder, sino que, por el contrario, abrió un período de crisis gubernamental prolongada que no se resolvió formalmente hasta el 24 de julio y, en el fondo, no fue más que el inicio de la agonía, que duró cuatro meses, del régimen de febrero. [...]

Los conciliadores luchaban con la necesidad de reconstituir la semiamistad con la burguesía y atenuar la hostilidad de las masas. El nadar entre dos aguas se convierte para ellos en forma de existencia; los zig-zags se transforman en un devaneo febril, pero la orientación fundamental se orienta reciamente hacia la derecha. El 7 de julio, el gobierno adopta una serie de medidas represivas. Pero en la misma sesión, de un modo subrepticio, aprovechándose de la ausencia de los «mayores», esto es, de los kadetes, los ministros socialistas propusieron al gobierno la realización inmediata del programa adoptado por el congreso de los soviets celebrado en junio. Esto contribuyó inmediatamente a acentuar la disgregación del gobierno.[...]

Al asestar sus golpes a la izquierda, los conciliadores pretenden justificar la represión con el peligro que amenaza desde la derecha:

Rusia está amenazada de una dictadura militar -dice Dan en la sesión del 9 de julio-. Tenemos el deber de arrancar la bayoneta de las manos de la dictadura militar; pero esto no podemos hacerlo más que convirtiendo al gobierno provisional en Comité de Salud pública. Debemos conferirle atribuciones ilimitadas para que pueda arrancar de raíz la anarquía de la izquierda y la contrarrevolución de la derecha...

Como si ese gobierno, que luchaba contra los obreros, soldados y campesinos, hubiera podido tener en sus manos otra bayoneta que no fuera la de la contrarrevolución.[...]

Los movimientos de masas, aun derrotados, nunca pasan sin dejar huella. El sitio que ocupaba antes al frente del gobierno un señor con título, lo ocupó un abogado radical; del Ministerio de la Gobernación se encargó un ex presidiario. La renovación plebeya del poder era un hecho. Kerenski, Tsereteli, Chernov, Skobelev, jefes del Comité ejecutivo, determinaban ahora la fisonomía del gobierno. ¿Acaso no podía considerarse esto como la realización de la consigna de las jornadas de junio: «Abajo los diez ministros capitalistas»? No; esto no hacía más que poner de manifiesto su inconsistencia. Los ministros socialistas tomaron el poder con el solo fin de devolverlo a los ministros capitalistas. «La coalition est morte, vive la coalition!»

En la plaza de Palacio se representa la comedia vergonzosa y solemne del desarme de los soldados del regimiento de ametralladoras. Se procede al licenciamiento de varios regimientos. Se envía parcialmente al frente a los soldados. Los hombres de cuarenta años son mandados a las trincheras. Todos ellos no son más que agitadores contra el régimen de Kerenski. Se cuentan por docenas de miles, y hasta el otoño llevan a cabo una gran labor. Se desarma, paralelamente, a los obreros, aunque con menos éxito. Bajo la presión de los generales -ya veremos las formas que esa presión tomaba- se instituye la pena de muerte en el frente. Pero aquel mismo día, 12 de julio, se publica un decreto que limita la compra-venta de tierras. Esa medida retrasada, adoptada bajo la amenaza del hacha campesina, suscitó la zumba de la izquierda, la rabia de la derecha. Al mismo tiempo se prohibían las manifestaciones en la calle -amenaza a la izquierda- y Tsereteli se decidía a poner coto a las detenciones arbitrarias -tentativas de asestar un golpe a la derecha-. Al destituir al comandante de las tropas de la región, Kerenski explicaba a los elementos de la izquierda que el motivo de esta medida era la persecución de las organizaciones obreras, motivo que, en sus explicaciones a la derecha, pasaba a ser la falta de decisión.[...]

El gobierno exigió del Comité ejecutivo de Cronstadt que pusiera inmediatamente a disposición de las autoridades militares a Raskolnikov, Roschal y el teniente Remniev, bajo la amenaza de bloquear la isla. En Helsingfors fueron detenidos en el primer momento no sólo los bolcheviques, sino también los socialrevolucionarios de izquierda.

El príncipe Lvov, después de presentar su dimisión, se lamentaba en la prensa de que «los soviets se hallan por debajo de la moral del Estado y no han limpiado sus filas arrojando a los leninistas, esos agentes de los alemanes»... Los conciliadores consideraron punto de honra demostrar su moralidad como hombres de Estado. El 13 de julio, los comités ejecutivos adoptan la siguiente resolución, presentada por Dan:

Todas las personas inculpadas por la autoridad judicial quedan privadas del derecho de participar en los comités ejecutivos hasta que los tribunales dicten sentencia.

Con esto, los bolcheviques quedaban de hecho fuera de la ley. Kerenski suspendió toda la prensa bolchevique. En provincias se detenía a los comités agrarios. La Izvestia vertía lágrimas de impotencia:

Hace pocos días fuimos testigos de la anarquía desencadenada en las calles de Petrogrado. Hoy resuena en esas mismas calles, sin que nadie la contenga, la palabra de los contrarrevolucionarios y de los «cien negros».[...]

Después del licenciamiento de los regimientos más revolucionarios y del desarme de los obreros, la actuación del gobierno se orientó aún más hacia la derecha. Una considerable parte de las atribuciones reales del poder se concentró en manos de los elementos dirigentes de los grupos militares, industrial-bancarios y liberales. Otra parte del poder continuó en manos de los soviets. Existía el poder dual, pero no ya el poder dual legalizado, de contacto o coalición, de los meses anteriores, sino el poder dual de dos camarillas: la militarburguesa y la conciliadora, las cuales se temían mutuamente, bien que al mismo tiempo se necesitasen. ¿Qué podía hacerse? Resucitar la coalición.

Después de la insurrección del 3-5 de julio -dice con justicia Miliukov-, la idea de la coalición no sólo no desapareció, sino que, lejos de ello, adquirió temporalmente una fuerza y una significación mayores que antes.

El Comité provisional de la Duma de Estado resucitó inesperadamente y adoptó una violenta resolución contra el gobierno de salvación. Era el último empujón. Todos los ministros entregaron sus carteras a Kerenski, convirtiéndole con ello en el punto de concentración de la soberanía nacional. [...] El Comité ejecutivo ratificó su resolución relativa a la asignación de «todas las atribuciones» al gobierno, que equivalía a aceptar la independencia del gobierno respecto de los soviets. Aquel mismo día, Tsereteli, como ministro de la Gobernación, expidió circulares en que se ordenaba la adopción «de medidas rápidas y decisivas para poner término a todas las acciones espontáneas en la esfera de las relaciones agrarias». Por su parte, el ministro de Abastos, Peschejonov, exigió que se pusiera término «a los actos criminales y de violencia contra los terratenientes».

El gobierno de salvación de la revolución aparecía, ante todo, como un gobierno de salvación de la propiedad agraria. Pero no era sólo esto. El ingeniero y hombre de negocios Palchinski, que desempeñaba la triple función de director del Ministerio del Comercio y de la Industria, de encargado principal del combustible y del metal y de director de la Comisión de Defensa, practicaba enérgicamente la política del capital sindicado. El economista menchevique Cherevanin se lamentaba, en la sección económica del Soviet, de que las buenas iniciativas de la democracia se estrellaran ante el sabotaje de Palchinski. El ministro de Agricultura, Chernov, acusado por los kadetes de estar en relaciones con los alemanes, se vio obligado, «para rehabilitarse», a presentar la dimisión. El 18 de junio el gobierno, en el que predominaban los socialistas, publica un manifiesto disolviendo el «Seim» finlandés [parlamento regional NdE] insumiso, que contaba con una mayoría socialdemócrata. En una solemne nota a los aliados, con motivo de cumplirse el tercer año de la guerra mundial, el gobierno no sólo repite el juramento ritual de fidelidad, sino que da cuenta del feliz aplastamiento del motín provocado por los agentes enemigos. ¡Inaudito documento de adulación! Al mismo tiempo se publica una ley feroz contra la infracción de la disciplina en los ferrocarriles.[...]

Para amedrentar definitivamente a los miembros de los comités ejecutivos, ya suficientemente asustados sin necesidad de acudir a este recurso, facilitan los datos más recientes sobre el empeoramiento de la situación en el frente. Los alemanes aprietan a las tropas rusas. Los liberales aprietan a Kerenski, Kerenski aprieta a los conciliadores. Las fracciones de los mencheviques y socialrevolucionarios, sumidas en la más desoladora impotencia, permanecen reunidas toda la noche del 23 al 24 de julio. Al fin, los comités ejecutivos, por una mayoría de 147 votos contra 46 y 42 abstenciones -oposición nunca vista hasta entonces-, sancionan la entrega del poder a Kerenski sin condiciones ni limitaciones. En el congreso de los kadetes, que se estaba celebrando simultáneamente, resonaron voces en favor del derrumbamiento de Kerenski, pero Miliukov hizo callar a los impacientes, proponiendo que, de momento, no se fuera más allá de la presión. Esto no significa que Miliukov se forjara ilusiones con respecto a Kerenski, sino que veía en él un punto de apoyo para las fuerzas de las clases poseedoras. Después de librar de los soviets al gobierno, no ofrecería dificultad alguna librarlo de Kerenski.[...]

Entretanto, los dioses de la coalición seguían teniendo sed. El acuerdo de detener a Lenin precedió a la formación del gobierno transitorio del 7 de julio. Ahora era necesario marcar con un acto de firmeza la resurrección de la coalición. [...] La noche en que se estaba constituyendo el nuevo Ministerio, fueron detenidos en Petrogrado Trotsky y Lunacharski, y, en el frente, el teniente Krilenko, futuro generalísimo de los bolcheviques.[...]

La reacción atacaba, la democracia retrocedía. Las clases y los grupos, amedrentados en los primeros momentos de la revolución, levantaban la cabeza. Los intereses que ayer se ocultaban, hoy salían a la superficie. Los comerciantes y los especuladores exigían el exterminio de los bolcheviques y la libertad de comercio, y levantaban la voz contra todas las limitaciones, incluso las que habían sido instituidas bajo el zarismo, impuestas a las transacciones comerciales. Los organismos administrativos de subsistencias que intentaban luchar contra la especulación, eran declarados culpables de la insuficiencia de productos. El odio que inspiraban esos organismos se hacía extensivo a los soviets. [...]

Los bolcheviques consiguieron reunir su congreso, semiclandestinamente, a fines de julio. Se prohibieron los congresos del ejército. Empezaron a recorrer el país únicamente los que antes permanecían en sus casas: los terratenientes, los comerciantes e industriales, los elementos cosacos dirigentes, el clero, los Caballeros de San Jorge. Sus voces resonaban de un modo uniforme, distinguiéndose sólo por el grado de su insolencia. La batuta, aunque no siempre de un modo descarado, la manejaba inequívocamente el partido kadete. [...]

La reacción atacaba, el gobierno retrocedía. El 7 de agosto fueron sacados de la cárcel los miembros de los «cien negros» más conocidos, que habían formado parte de los círculos rasputinianos y participado en los pogromos judíos. Los bolcheviques permanecían en los «Krestí», donde se anunciaba la huelga del hambre de los obreros, soldados y marinos detenidos. Aquel mismo día, la sección obrera del Soviet de Petrogrado mandaba un saludo a Trotsky, Lunacharski, Kolontay y otros detenidos.

Los industriales, los comisarios de provincia, el congreso de los cosacos celebrado en Novocherkask, la prensa patriótica, los generales, los liberales, todos consideraban que era completamente imposible celebrar las elecciones a la Asamblea constituyente en septiembre: lo mejor era aplazarlas hasta que terminara la guerra. Sin embargo, el gobierno no podía acceder a ello. Pero se llegó a un compromiso: la convocación de la Asamblea constituyente fue demorada hasta el 28 de noviembre. Los kadetes aceptaron el aplazamiento no sin rechistar, pues estaban firmemente convencidos de que en los tres meses que faltaban se producirían acontecimientos decisivos que plantearían en términos completamente distintos la cuestión de la Asamblea constituyente. Estas esperanzas se relacionaban cada vez más declaradamente con el nombre de Kornílov.

La publicidad alrededor de la figura del nuevo generalísimo pasaba a ocupar el centro de la política burguesa. La biografía del «primer generalísimo popular» fue difundida en una cantidad inmensa de ejemplares, con la cooperación activa del Cuartel general. [...] Entretanto, el programa de Kornílov, que comprendía la militarización de las fábricas y de las líneas férreas, la aplicación de la pena de muerte en el interior y la subordinación de la zona militar de Petrogrado, junto con la guarnición de la capital, al Cuartel general, llegó a conocimiento de los círculos conciliadores. Detrás del programa oficial se entreveía otro, que no por no haber sido publicado dejaba de ser más efectivo. La prensa de izquierda dio la voz de alarma. El Comité ejecutivo propuso una nueva candidatura para el mando supremo, la del general Cheremisov. La reacción se puso en guardia.[...]

La candidatura de Kornílov al papel de salvador del país fue abiertamente propugnada por los representantes más autorizados de las clases poseedoras e ilustradas de Rusia. [...] En los días de abril intentó, no sin intervención de Miliukov, hacer la primera sangría a la revolución; pero chocó con la resistencia del Comité ejecutivo, presentó la dimisión, se le confió el mando de un ejército y, luego, el del frente sudoccidental. Sin esperar la instauración legal de la pena de muerte, Kornílov dio la orden de fusilar a los desertores y dejar sus cadáveres en los caminos, con un letrero; amenazó con adoptar severas medidas contra los campesinos, en caso de que violaran los derechos de los propietarios agrarios; formó batallones de choque y aprovechó todas las ocasiones para mostrar el puño a Petrogrado. Esto rodeó inmediatamente su nombre de una aureola a los ojos de los oficiales y de las clases poseedoras. Pero también hubo muchos comisarios de Kerenski que se dijeron: ya no queda otra esperanza que Kornílov. Unas cuantas semanas después, este general, que contaba con la triste experiencia de su mando al frente de una división, fue nombrado generalísimo de un ejército en descomposición, formado por millones de hombres, al cual quería obligar la Entente a combatir hasta la victoria completa.

Temeroso de verse desplazado por Kornilov, Kerenski no puede esperar a las elecciones y convoca una Conferencia Nacional en la que las clases serán representadas por invitación del gobierno y todas con igual número de representantes. La hostilidad que recibe de los trabajadores es franca. La conferencia va a tener lugar en Moscú y en Moscú la huelga general, animada por los bolcheviques consigue un éxito total. Es el primer síntoma de la vuelta de la clase al centro de la revolución.

La Conferencia de Moscú empeoró la situación del gobierno, poniendo de manifiesto, según las justas palabras de Miliukov, que «el país se dividía en dos bandos, entre los cuales no podía haber en el fondo conciliación ni acuerdo». La conferencia animó a la burguesía y acentuó su impaciencia. Por otra parte, dio un nuevo impulso al movimiento de las masas. La huelga de Moscú abre un período que se caracteriza por la rápida evolución de los obreros y soldados hacia la izquierda. A partir de ese momento, los bolcheviques progresan de un modo irresistible. Sólo los socialrevolucionarios de izquierda y, en parte, los mencheviques radicales, consiguen conservar cierta influencia entre las masas. [...] Los acontecimientos en el frente hicieron aún más irrespirable la atmósfera política.[...]

Las líneas directivas del Comité ejecutivo y de Kerenski, en los días que siguieron inmediatamente a la Conferencia, siguieron divergiendo: los conciliadores temían a las masas; Kerenski, a las clases pudientes. Las masas populares exigían la abolición de la pena de muerte en el frente. Kornílov, los kadetes, las embajadas de la Entente, exigían su implantación en el interior.

El 19 de agosto, Kornílov telegrafió al ministro presidente: «Insisto en la necesidad de que la región de Petrogrado me sea subordinada». El Cuartel general ponía francamente su mano sobre la capital. El 24 de agosto, el Comité ejecutivo se armó de valor para exigir públicamente que el gobierno pusiera fin a los «procedimientos contrarrevolucionarios» y emprendiera, «sin pérdida de tiempo y con toda energía», la realización de las transformaciones democráticas. Era éste un nuevo lenguaje. Kerenski tuvo que elegir entre la adaptación a la plataforma democrática, que, a pesar de toda su mezquindad, podía determinar la ruptura con los liberales y los generales, y el programa de Kornílov, que conducía inevitablemente al choque con los soviets. Kerenski decidió tender mano a Kornílov, a los kadetes y a la Entente. Quería a toda costa evitar la lucha declarada con la derecha.[...]

Según Miliukov, para el gobierno «había llegado el momento de obrar, aun corriendo el riesgo de impulsar a los bolcheviques a lanzarse a la calle». Savinkov decía abiertamente, que con dos regimientos era fácil sofocar la sublevación de los bolcheviques y disolver las organizaciones de los mismos.

Tanto Kerenski como Savinkov, comprendían perfectamente, sobre todo después de la conferencia de Moscú, que en ningún caso aceptarían el programa de Kornílov los soviets conciliadores. El de Petrogrado, que todavía la víspera exigía la abolición de la pena de muerte en el frente, habrá de levantarse con redoblado vigor, al día siguiente, contra la aplicación de esa misma pena en el interior. El peligro consistía, por tanto, en que el movimiento contra el golpe de Estado proyectado por Kerenski, se viera capitaneado, no por los bolcheviques, sino por los soviets; pero no era cosa de detenerse ante esto: se trataba de salvar al país.[...]

A fin de evitar todo equívoco y de no provocar «antes de tiempo» la acción de los bolcheviques, se estableció un acuerdo para actuar en la forma siguiente: concentrar previamente en Petrogrado el cuerpo de Caballería, luego declarar el estado de guerra en la capital y sólo después de esto publicar las nuevas leyes que habían de provocar el levantamiento de los bolcheviques. En las actas del Cuartel general, este plan está consignado en todos sus puntos:

Para que el gobierno provisional sepa con precisión cuándo hay que declarar el estado de guerra en Petrogrado y publicar la nueva ley, es preciso que el general Kornílov comunique telegráficamente a Savinkov la fecha precisa en que el cuerpo de Caballería estará a las puertas de Petrogrado.

Los generales conjurados comprendieron, según Stankievich,

que Savinkov y Kerenski... querían llevar a cabo un golpe de Estado con auxilio del Cuartel general. No tenían necesidad de nada más, y por esto accedieron apresuradamente a todas las demandas y condiciones

[...]Se fija la fecha del 26, por la tarde, para la adopción por el gobierno del proyecto de ley relativo a las medidas en el interior, que debía servir de prólogo a las acciones decisivas del cuerpo de Caballería. Todo está preparado. No hay más que apretar el botón.

Los acontecimientos, los documentos, las declaraciones de los participantes y, finalmente, la confesión del propio Kerenski, atestiguan que el presidente del gobierno, sin que parte del propio gobierno lo supiera, a espaldas de los soviets que le habían dado el poder y del partido de que se consideraba miembro, se había puesto de acuerdo con los generales que mandaban el ejército, para transformar radicalmente el régimen del Estado con ayuda de la fuerza armada. [...]

Pero Kerenski descubre -no era tan difícil- que Kornilov y el alto mando piensan deshacerse de él tan pronto como asesten lo que esperan sea un golpe decisivo a la revolución.

En la mañana del esperado día, que debía señalar la salvación del país, el generalísimo en jefe recibió la orden telegráfica del presidente del Consejo de ministros de resignar el cargo de jefe de Estado Mayor y ponerse inmediatamente en camino para Petrogrado. Las cosas tomaron inmediatamente un giro completamente imprevisto. El general comprendió, según sus propias palabras, «que se llevaba un doble juego». Hubiera podido decir con más derecho que se había descubierto su propio doble juego. Kornílov decidió no ceder. Las exhortaciones hechas por Savinkov por hilo directo no surtieron efecto alguno.

Obligado a entrar en acción abiertamente -decía el generalísimo en el manifiesto dirigido al pueblo-, yo, el general Kornílov, declaro que el gobierno provisional, bajo la presión de la mayoría bolchevique de los soviets, obra de completo acuerdo con los planes del Estado Mayor alemán, y que, con miras al próximo desembarco de fuerzas enemigas en la orilla de Riga, destruye el ejército y perturba al país desde el interior.

[...] Kerenski destituyó a Kornílov por sí y ante sí. En aquel momento, el gobierno provisional no existía ya. El día 26, por la noche, los señores ministros habían presentado la dimisión, la cual, por una feliz coincidencia de circunstancias, respondía a los deseos de todos. [...]

El telegrama cifrado dirigido por el príncipe Trubetskoi, ya conocido de nosotros, al ministro de Estado, da una idea bastante fiel del optimismo de los dirigentes e inspiradores del complot:

Si se examina severamente la situación, hay que reconocer que todo el mando, la mayoría aplastante de la oficialidad y los mejores cuerpos de ejército, seguirán a Kornílov. En el interior, se pondrán a su lado todos los cosacos, la mayoría de las Escuelas militares y, asimismo, los mejores elementos del ejército. A la fuerza física hay que añadir... la simpatía moral de todos los sectores no socialistas de la población, y abajo... la indiferencia que se somete a todo latigazo. Es indudable que un número inmenso de socialistas de marzo se apresurará a ponerse al lado de Kornílov, en caso de que éste triunfe.

Trubetskoi reflejaba, no sólo las esperanzas del Estado Mayor, sino también el estado de ánimo de las misiones aliadas. En el destacamento de Kornílov, que iba a la conquista de Petrogrado, había automóviles blindados ingleses, con personal asimismo inglés. El jefe de la misión militar inglesa en Rusia, general Nox, censuraba al coronel norteamericano Robins por el hecho de que éste no apoyara a Kornílov.

No siento interés alguno por el gobierno Kerenski -decía el general británico-, es demasiado débil; lo que hace falta es una dictadura militar, se necesita a los cosacos; este pueblo tiene necesidad del látigo. Lo que se impone aquí es una dictadura.

Todas estas voces llegaban al palacio de Invierno y ejercían un efecto fulminante sobre sus moradores. El éxito de Kornílov parecía inevitable.

Efectivamente, mientras Kornilov llevaba sus tropas a Petersburgo, Kerenski es definitivamente abandonado por todos sus ministros, incluidos los kadetes. Comenta él mismo que vaga casi solo durante la noche por el Palacio de Invierno. La burguesía se ha decidido, con sus aliados británicos, por el golpe militar.

Pero el golpe fracasa estrepitosamente. En primer lugar la desorganización es total. Los 2.000 hombres con los que Kornilov cree contar dentro de la ciudad no se presentan. La unidad encargada de organizar una provocación para hacer salir a las calles a los obreros en un conato de insurrección se precipita. Varios de los responsables, tanto civiles como militares del golpe, huyen con los fondos.

El soviet, asustado, sabe que necesita de los bolcheviques que son mayoritarios entre el proletariado. Se organiza un Comité de Defensa en el que tienen tres de ocho puestos.

Al mismo tiempo que Kerenski, agobiado bajo el peso de una «responsabilidad sobrehumana», medía, solitario, el parquet del palacio de Invierno, el Comité de defensa, llamado también Comité militar revolucionario, desarrollaba una vasta labor. Desde por la mañana, se mandaron instrucciones telegráficas a los empleados de ferrocarriles, Correos y Telégrafos y a los soldados.

Todos los movimientos de tropas -como informaba Dan aquel mismo día- se efectúan por orden del gobierno provisional y están avalados por el Comité de defensa popular.

Dejando a un lado todas las fórmulas convencionales, estas palabras significaban que el Comité de defensa disponía a las tropas bajo la firma del gobierno provisional. Simultáneamente se emprendió la destrucción de los nidos kornilovianos, se efectuaron registros y detenciones en las Academias militares y en las organizaciones de oficiales. La mano del Comité se echaba de ver por todas partes. No había quien se interesara por el general gobernador.

Tampoco las organizaciones soviéticas de la base esperaban, por su parte, órdenes de arriba. La labor principal se hallaba concentrada en los barrios obreros. En los momentos de mayores vacilaciones del gobierno y de las negociaciones interminables del Comité ejecutivo con Kerenski, los soviets de barriada establecían relaciones más estrechas entre sí y decidían: dar carácter permanente a las reuniones comunes de las organizaciones de los distintos barrios; mandar representantes propios al Estado Mayor formado por el Comité ejecutivo; constituir una milicia obrera; instituir el control de los soviets de barriada sobre los comisarios gubernamentales; organizar destacamentos volantes encargados de detener a los agitadores contrarrevolucionarios. Estas medidas, tomadas en conjunto, representaban la apropiación de funciones importantes, no sólo del gobierno, sino del mismo Soviet de Petrogrado. La lógica de la situación obligó a los órganos soviéticos superiores a restringir considerablemente sus atribuciones para ceder el puesto a las organizaciones de abajo. La entrada de las barriadas de Petrogrado en el campo de batalla modificó inmediatamente la dirección y las proporciones de la contienda. Una vez más, se puso de manifiesto la inagotable vitalidad de la organización soviética, que, paralizada arriba por la dirección de los conciliadores, en el momento crítico resucitaba abajo merced a la presión de las masas.

Para los bolcheviques, que eran el alma de los barrios obreros, la sublevación de Kornílov no había tenido nada de inesperada. La habían previsto, se habían puesto en guardia contra ella y fueron los primeros que estuvieron en su puesto. En la reunión de ambos Comités ejecutivos, celebrada el 27 de agosto, Sokolnikov comunicó que el partido bolchevique había tomado ya todas las medidas que estaban a su alcance para informar al pueblo del peligro y para preparar la defensa; los bolcheviques sé declaraban dispuestos a realizar su labor, en el terreno de la organización del combate, de acuerdo con los órganos del Comité ejecutivo. En la reunión nocturna de la Organización militar de los bolcheviques, en que participaron delegados de numerosos regimientos, se acordó exigir la detención de todos los conspiradores, armar a los obreros, facilitar soldados a estos últimos, en calidad de instructores, asegurar la defensa de la capital desde abajo y prepararse al mismo tiempo para la creación de un régimen revolucionario de obreros y soldados. La Organización militar celebró mítines en toda la guarnición. A los soldados se les exhortaba a estar sobre las armas, con objeto de que pudieran echarse a la calle a la primera señal de alarma.

«A pesar de que estaban en minoría -dice Sujánov-, era completamente claro que en el Comité militar revolucionario la hegemonía pertenecía a los bolcheviques». He aquí cómo explica la causa de ello: «Si el Comité quería obrar seriamente, tenía que hacerlo de un modo revolucionario», y sólo los bolcheviques contaban con recursos reales para acometer una acción revolucionaria, «pues las masas les seguían». La tensión de la lucha ponía por doquier, en primer término, a los elementos más activos y audaces. Esta selección automática favorecía, naturalmente, el desarrollo de los bolcheviques, reforzaba su influencia, concentraba la iniciativa en sus manos, dándoles la dirección efectiva aun en aquellas organizaciones en que se hallaban en minoría. Cuanto más cerca estaban de la barriada obrera, de la fábrica, del cuartel, más incontestable y absoluto era el predominio de los bolcheviques. Todos los grupos del partido están en pie. En todos los talleres de las grandes fábricas, los bolcheviques han organizado un servicio permanente de vigilancia. En el comité del partido de cada barriada se ha establecido un servicio permanente de representantes de las fábricas poco importantes. La organización del servicio de comunicaciones parte de abajo, de la fábrica, y se eleva, a través de los comités de barriada, hasta el Comité central del partido.

Bajo la presión directa de los bolcheviques y de las organizaciones por ellos dirigidas, el Comité de defensa se mostró favorable a que fuesen armados grupos de obreros destinados a custodiar los barrios proletarios y las fábricas. Esta sanción era lo único que faltaba a las masas. En los barrios obreros se formaron inmediatamente, según la prensa obrera, «colas de gente que deseaba alistarse en las filas de la guardia roja». Se abrieron inmediatamente cursos de tiro e instrucción militar, dirigidos por soldados expertos. El 29, en casi todas las barriadas había ya grupos armados. La guardia roja anunció su propósito de formar inmediatamente un destacamento de 40.000 hombres. Los obreros desarmados formaban brigadas destinadas a cavar trincheras, construir reductos, extender alambradas. El nuevo general gobernador, Palchinski, que había sustituido a Savinkov -Kerenski no había conseguido mantener en ese puesto a su cómplice más de tres días-, no pudo menos de reconocer en una declaración especial que, cuando se presentó la necesidad de llevar a cabo trabajos de zapa para la defensa de la ciudad,

millares de obreros... han realizado, sin gratificación alguna en el transcurso de unas pocas horas, un trabajo inmenso, que, sin su ayuda, hubiera exigido varios días.

Esto no impidió que Palchinski, siguiendo el ejemplo de Savinkov, suspendiera el órgano de los bolcheviques, el único periódico que los obreros consideraban como suyo propio.

La gigantesca fábrica de Putilov se convierte en el centro de resistencia del barrio de Peterhof. Fórmense apresuradamente destacamentos armados. La fábrica trabaja día y noche: se montan nuevos cañones para la formación de divisiones de artillería proletaria. El obrero Minichev cuenta que

en aquellos días se trabajó hasta dieciséis horas diarias y se montaron cerca de cien cañones.

El «Vikjel», recién creado por entonces, tuvo que entrar inmediatamente en acción. Los ferroviarios tenían motivos especiales para temer la victoria de Kornílov, el cual había introducido en su programa la instauración del estado de guerra en ferrocarriles. También aquí, la gente de abajo se adelantó con mucho a sus dirigentes. Los ferroviarios levantaron los rieles y pusieron obstáculos en las vías para contener el avance de las tropas de Kornílov. Poníase a contribución la experiencia de la guerra. Tomáronse asimismo medidas para aislar el foco del complot Mohilev, interceptando todo el movimiento de trenes con el Cuartel general. Los empleados de Correos y Telégrafos detenían y mandaban al Comité los telegramas y órdenes que partían del Cuartel general o copia de los mismos. Los generales se habían acostumbrado durante la guerra a considerar que el transporte y las comunicaciones eran una cuestión de técnica. Ahora tenían ocasión de persuadirse de que eran una cuestión de política.

Los sindicatos, nada inclinados a la neutralidad política, no esperaron exhortaciones especiales para ocupar sus posiciones de combate. El Sindicato Ferroviario armó a sus miembros, los mandó a las líneas para examinar y levantar los rieles, vigilar los puentes, etc.; con su ardor y su decisión, los obreros impulsaron adelante al «Vikjel», más burocrático y moderado. El sindicato metalúrgico puso al servicio del Comité de defensa sus numerosos empleados y una suma importante para sus gastos. El sindicato de chóferes puso a disposición del Comité sus medios técnicos y de transporte. El sindicato de tipógrafos llevó a la práctica el control efectivo de la prensa. El general sublevado golpeó el suelo con el pie y surgieron legiones de debajo de la tierra; pero eran legiones de enemigos.

Alrededor de Petrogrado, en las guarniciones vecinas, en las estaciones importantes y en la escuadra se trabajaba día y noche; pasábase revista a las propias filas, se establecía contacto con los puntos próximos y con el Smolni. El Comité de defensa, más que exhortar e incitar, registraba y dirigía. Las masas se adelantaban siempre a sus planes. La resistencia contra el general sublevado se convertía en una batida popular de los conspiradores.

En Helsingfors, en la asamblea de todas las organizaciones soviéticas, se creó un comité revolucionario, que mandó sus comisarios al general gobernador, a la comandancia, al contraespionaje y otras instituciones importantes Ninguna orden se hacía efectiva si no llevaba la firma de ese comité. Se estableció el control de los teléfonos y telégrafos. Los representantes oficiales del regimiento de cosacos, que se hallaba en Helsingfors y que eran en su mayoría oficiales, intentan proclamar la neutralidad: se trata de kornilovianos ocultos. Al día siguiente se presentan en el comité cosacos de fila y declaran que todo el regimiento está contra Kornílov. Por primera vez entran representantes cosacos en el Soviet. En éste, como en los demás casos, el violento choque de las clases empuja a los oficiales a la derecha y a los soldados de fila a la izquierda.

El Soviet de Cronstadt, que había restañado ya completamente las heridas sufridas en junio, declaró telegráficamente que

la guarnición de Cronstadt estaba dispuesta a defender como un solo hombre la revolución al primer llamamiento del Comité ejecutivo.

Los de Cronstadt no sabían aún en aquellos días -sólo podían adivinarlo- hasta qué punto la defensa de la revolución significaba la defensa de ellos mismos contra el exterminio.[...]

Poco después de las jornadas de julio, el gobierno provisional había decidido suprimir la fortaleza de Cronstadt, por considerarla un foco bolchevista. Esta medida, tomada de acuerdo con Kornílov, se justificaba oficialmente por «motivos estratégicos». Los marinos, presintiendo que se tramaba algo malo, se resistieron. «La leyenda de la traición en el Cuartel general -escribía Kerenski, después que el mismo había acusado ya de traición a Kornílov- había arraigado hasta tal punto en Cronstadt, que toda tentativa de sacar la artillería provocaba el furor de la masa». El gobierno había confiado a Kornílov la misión de buscar los medios de acabar con Cronstadt. Kornílov había encontrado esos medios; inmediatamente después de la conquista de la capital, Krimov debía mandar a Oranienbaum una brigada provista de artillería y, bajo la amenaza de los cañones, exigir de la guarnición de Cronstadt el desarme de la fortaleza y el paso a tierra, donde los marinos debían ser víctimas de represalias en masa. Pero en el mismo momento en que Krimov se disponía a cumplir la misión que le había encomendado el gobierno, éste se veía obligado a pedir a los marinos de Cronstadt que le salvaran de Krimov.

El Comité ejecutivo pidió telefónicamente a Cronstadt y Viborg que se mandaran fuerzas considerables a Petrogrado. A partir del 29, por la mañana, empezaron a llegar tropas. Eran, principalmente, regimientos bolchevistas; para dar fuerza al llamamiento del Comité ejecutivo fue necesaria la confirmación del Comité central de los bolcheviques. Un poco antes, hacia el mediodía del 28, por orden de Kerenski, orden que se parecía mucho a una humilde súplica, se encargaban de la protección del palacio de Invierno los marinos del crucero Aurora, parte de cuya tripulación seguía encarcelada en el «Kresti» por su participación en la manifestación de julio. En las horas que tenían libres de servicio, los marinos iban a la cárcel a ver a sus compañeros detenidos, a Trotsky, Raskolnikov y otros. «¿Es que no ha llegado el momento de detener al gobierno?» -preguntaban los visitantes-. «No, no ha llegado aún -se les contestaba-; apoyad el fusil sobre el hombro de Kerenski y disparad contra Kornílov. Después le ajustaremos las cuentas a Kerenski». En junio y julio, esos mismos marinos no estaban muy inclinados a prestar atención a los argumentos de la estrategia revolucionaria. En estos dos meses escasos habían aprendido mucho. La pregunta sobre la detención del gobierno la formulaban más bien para descargar su conciencia. Ellos mismos se daban cuenta de la consecuencia inexorable con que se desarrollaban los acontecimientos. En la primera mitad de julio eran derrotados, condenados, calumniados; a fines de agosto se convirtieron en la defensa más segura del palacio de Invierno contra los kornilovianos; a últimos de octubre dispararán contra el palacio de Invierno con los cañones del Aurora.

Pero los marinos, si bien acceden a esperar un poco para liquidar sus cuentas con el régimen de febrero, no quieren soportar ni un día más a los oficiales kornilovianos. Los jefes que les habían sido impuestos por el gobierno después de las jornadas de julio estuvieron casi en todas partes al lado de los conspiradores. El Soviet de Cronstadt destituyó inmediatamente al comisario del gobierno y designó en su lugar a uno propio. Ahora, los conciliadores no gritaban ya a propósito de la separación de la República de Cronstadt. Sin embargo, no en todas partes se limitaron las cosas a la sustitución; en algunos sitios se llevaron a cabo sangrientas represalias.

«La cosa empezó en Viborg -dice Sujánov- con el exterminio de los generales y oficiales por las masas enfurecidas de los marinos y soldados presas del pánico». No, no era una multitud enfurecida, ni se puede hablar en este caso de pánico. El 29, por la mañana, el «Tsentroflot» había mandado un telegrama al comandante de Viborg, general Oranovski, para que lo comunicara a la guarnición, dando cuenta de la sublevación del Cuartel general. El comandante retuvo el telegrama todo un día, y a las preguntas que se le hicieron sobre los acontecimientos que se estaban desarrollando contestó que no había recibido noticia alguna. Los marinos efectuaron un registro y encontraron el telegrama. El general, cogido in fraganti, se declaró partidario de Kornílov; los marinos fusilaron al comandante y a otros dos oficiales que habían declarado estar de acuerdo con él. Los marinos de la escuadra del Báltico hacían firmar a los oficiales una declaración de fidelidad a la revolución, y cuando cuatro oficiales del crucero Petropavlovsk se negaron a firmar y se declararon kornilovianos fueron inmediatamente fusilados por acuerdo de la tripulación.

Sobre los soldados y marinos flotaba un peligro mortal. No sólo Petrogrado y Cronstadt, sino todas las guarniciones del país, serían víctimas de represalias sangrientas. Por la conducta de sus oficiales, por su tono, por sus miradas torcidas, los soldados y marinos podían prever inequívocamente su suerte en el caso de que triunfara el Cuartel general. En aquellos sitios en que la atmósfera era particularmente ardiente se apresuraban a cortar el camino al enemigo, oponiendo a las represalias proyectadas por los oficiales las suyas propias. Corno es sabido, la guerra civil tiene sus leyes, que nunca han sido consideradas como humanitarias.

Cheidse transmitió inmediatamente a Viborg y Helsingfors un telegrama, en que condenaba estos actos como «un golpe mortal para la revolución». Kerenski, por su parte, telegrafió a Helsingfors: «Exijo que se ponga fin inmediatamente a esos repugnantes actos de violencia». Si se busca la responsabilidad política por los casos aislados en que las masas se tomaron la justicia por su mano -sin olvidar que, en general, la revolución no es otra cosa que eso mismo-, la responsabilidad buscada recae enteramente sobre el gobierno y los conciliadores, que en los momentos de peligro recurrían a las masas revolucionarias para volver a entregarlas luego a la oficialidad contrarrevolucionaria.

Lo mismo que durante la Conferencia nacional en Moscú, cuando se esperaba el golpe de Estado de un momento a otro, ahora, tras la ruptura con el Cuartel general, Kerenski se dirigía a los bolcheviques pidiéndoles que hicieran uso de su influencia sobre los soldados, para que éstos «defendieran la revolución». Kerenski, si bien reclamó la ayuda de los marinos bolcheviques para la defensa del palacio de Invierno, no puso en libertad a sus prisioneros de julio. Sujánov dice, a ese propósito: «Aquella situación, caracterizada por el hecho de que, mientras Trotsky estaba en la cárcel, Alexéiev cuchicheaba con Kerenski, era absolutamente intolerable». No es difícil imaginarse la excitación que reinaba en las cárceles, atiborradas de presos. «Ardíamos de indignación -cuenta Raskolnikov- contra el gobierno provisional, que en unos días de peligro..., seguía mandando a la cárcel a revolucionarios tales como Trotsky..». «¡Qué cobardes qué cobardes! -decía este último, paseando con nosotros por el patio-; es preciso que coloquen inmediatamente a Kornílov fuera de la ley, para que cualquier soldado fiel a la revolución se considere con derecho a matarlo».

La entrada de las tropas de Kornílov en Petrogrado hubiera significado, ante todo, el exterminio de los bolcheviques detenidos. En la orden dada al general Bagration, que debía entrar en la capital con la vanguardia, Krimov no se olvidó de indicar de un modo especial: «Establecer un servicio de vigilancia en las cárceles, pero en ningún caso dejar salir a los que se hallan detenidos actualmente en las mismas». Era todo un programa, el mismo que había inspirado Miliukov desde los días de abril: «No ponerles en libertad en ningún caso». No había en aquellos días en Petrogrado ni un solo mitin en que no se exigiera la liberación de los detenidos de julio. Comisión tras comisión, se presentaban en el Comité ejecutivo, el cual mandaba, a su vez, a sus líderes a entablar negociaciones con el palacio de Invierno. ¡Todo resultaba inútil! La obstinación de Kerenski en este punto es tanto más digna de notar, cuanto que en el transcurso de los dos primeros días consideraba como desesperada la situación del gobierno y se reservaba, por tanto, el papel de carcelero mayor, encargado de guardar a los bolcheviques para cuando llegara la hora de ahorcarlos.

Nada tiene de sorprendente que las masas dirigidas por los bolcheviques, al mismo tiempo que luchaban contra Kornílov, no tuvieran ni un ápice de confianza en Kerenski. Para ellas se trataba no de defender al gobierno, sino a la revolución. De aquí la abnegación y la decisión con que luchaban. La resistencia contra la sublevación surgía de los raíles, de las piedras, del aire. Los ferroviarios de la estación de Luga, a la que llegó Krimov, se negaron tenazmente a poner en marcha los trenes militares, con el pretexto de que no disponían de locomotoras. Las tropas cosacas se vieron inmediatamente rodeadas por soldados armados de la guarnición de Luga, compuesta de 20.000 hombres. No hubo combate, pero sí algo más peligroso: contacto, interpenetración. El Soviet de Luga había impreso la declaración del gobierno destituyendo a Kornílov, y este documento fue profusamente difundido entre las tropas expedicionarias. Los oficiales trataban de persuadir a los cosacos de que no dieran crédito a los agitadores. Pero el hecho mismo de que se vieran obligados a persuadirles era ya un mal presagio.

Al recibirse la orden de Kornílov de avanzar, Krimov exigió, con la amenaza de las bayonetas, que las locomotoras estuvieran preparadas para media hora después. La amenaza parecía haber surtido efecto: aunque con nuevos retrasos, se suministraron las locomotoras; pero, a pesar de todo, no pudieron ser puestas en marcha, ya que la vía había sido levantada e interceptada por algunos días. Huyendo de la propaganda que desmoralizaba sus tropas, Krimov las trasladó, el 28 por la tarde, a pocas verstas de Luga. Pero los agitadores entraron asimismo en el pueblo: eran soldados, obreros, ferroviarios, lo que no había manera de evitar, pues se metían por todas partes. Los cosacos empezaron incluso a asistir a los mítines. Acorralado por la propaganda y maldiciendo de su impotencia, Krimov esperaba inútilmente a Bagration; los ferroviarios habían detenido a la división «salvaje», que había de ser sometida también, pocas horas más tarde, a un peligrosísimo ataque moral.

Por abúlica y aun cobarde que en sí misma fuera la democracia conciliadora, las masas en que se apoyaba, a medias, nuevamente en la lucha contra Kornílov, abría ante ella inagotables manantiales de acción. Los socialrevolucionarios y los mencheviques consideraban que su misión consistía no en vencer a las tropas de Kornílov en combate abierto, sino en ganarlas a su causa. Era justo que así fuera. Los mismos bolcheviques no tenían nada que objetar, naturalmente, en este sentido, a los conciliadores; por el contrario, ése era precisamente su método fundamental; lo único que los bolcheviques exigían era que detrás de los agitadores y parlamentarios estuvieran los obreros y soldados con el arma al brazo. Para influenciar moralmente a las tropas de Kornílov, apareció inmediatamente una variedad ilimitada de procedimientos. Así, por ejemplo, se mandó al encuentro de la división «salvaje» a una comisión musulmana, de la que formaban parte prestigiosos indígenas, tales como el nieto del famoso Chamil, que había defendido heroicamente al Cáucaso contra el zarismo. Los montañeses no permitieron a sus oficiales que detuvieran a los delegados, pues esto se hallaba en contradicción con sus seculares tradiciones de hospitalidad. Se iniciaron las negociaciones, que fueron el principio del fin. Los oficiales de las tropas de Kornílov justificaban la marcha sobre Petrogrado alegando los motines iniciados en la capital por los agentes alemanes. Los delegados, que acababan de llegar de la capital, no sólo negaron el hecho del motín, sino que con documentos en la mano demostraron que Kornílov era un rebelde y mandaba sus tropas contra el gobierno. ¿Qué podían objetar a esto los oficiales de Kornílov?

Los soldados enarbolaron en el vagón del Estado Mayor de la división «salvaje» una bandera roja, con la inscripción: «Tierra y Libertad». El comandante del Estado Mayor dio la orden de retirar la bandera: «únicamente para evitar que se confunda con una señal ferroviaria», según explicó el buen señor. Los soldados no se dieron por satisfechos con la cobarde explicación y detuvieron al comandante. ¿No andarían equivocados en el Cuartel general cuando decían que a los montañeses caucasianos lo mismo les daba a quién degollar?

Al día siguiente, por la mañana, se presentó a Krimov un coronel mandado por Kornílov, con la orden siguiente: «Concentrar el cuerpo de ejército, avanzar rápidamente hacia Petrogrado y ocuparlo «por sorpresa»». En el Cuartel general intentaban aún cerrar los ojos ante la realidad. Krimov contestó que las fuerzas del cuerpo estaban diseminadas por distintas líneas férreas; que, por el momento, no tenía a su disposición más que ocho centenares de cosacos; que las líneas férreas estaban deterioradas, llenas de obstáculos, fortificadas, y que sólo se podía avanzar a pie; finalmente, que ni siquiera cabía pensar en la ocupación de Petrogrado por sorpresa, en unos momentos en que los obreros y soldados estaban bajo las armas en la capital y sus alrededores. [...]

Entre tanto, los ferroviarios iban haciendo su labor. De un modo misterioso, las tropas mandadas por ferrocarril avanzaban, pero no por las líneas que se les había señalado. Los regimientos no iban a parar a sus divisiones. Los trenes con artillería se hallaban de repente, como por encanto, en un apartadero; los Estados Mayores perdían el contacto con sus tropas. En todas las estaciones importantes había soviets ferroviarios y militares. Los telegrafistas les tenían al corriente de todos los acontecimientos, de todos los movimientos de tropas. Esos mismos telegrafistas interceptaban las órdenes de Kornílov. Las informaciones desfavorables a los kornilovianos se hacían circular inmediatamente, con gran profusión, se pegaban en carteles en las paredes, pasaban de boca en boca. El maquinista, el guardagujas, el engrasador, se convertían en agitadores. En esta atmósfera avanzaban, o, lo que aún era peor, permanecían en el sitio, los trenes militares de Kornílov. El mando, que pronto se dio cuenta de la desesperada situación en que se hallaba, era evidente que no tenía ninguna prisa por avanzar, y con su pasividad facilitaba el trabajo de los contraconspiradores del ramo de transportes. Las fuerzas del ejército de Krimov se vieron diseminadas en esta forma por las estaciones, enlaces y apartaderos de ocho líneas férreas. Si se siguen en un mapa los movimientos de las tropas de Kornílov, se saca la impresión de que los conspiradores jugaban al escondite en las líneas férreas.

Casi por todas partes veíamos el mismo espectáculo -dice el general Krasnov, relatando sus observaciones en la noche del 30 de agosto-. En las vías, en los vagones, podían encontrar de continuo grupos de dragones, en pie al lado de sus caballos o sentados en las monturas de los mismos y entre los cuales había siempre un entrometido con capote de soldado.

Esos entrometidos se convirtieron bien pronto en legión. Seguían llegando de Petrogrado numerosas comisiones de los regimientos enviados al encuentro de las tropas de Kornílov; antes de hacer uso de las armas, querían explicarse. Las tropas revolucionarias tenían la firme esperanza de que no se llegaría a la lucha. Esta esperanza se vio confirmada: los cosacos les recibieron de buen grado. Un grupo de soldados del cuerpo de comunicaciones se apoderó de unas cuantas locomotoras y envió delegados por toda la línea. A cada tren militar se le explicaba la situación creada. Celebrábanse incesantes mítines, en los que se alzaba un solo clamor: «¡Nos han engañado!»

No ya los jefes de división -dice el mismo Krasnov-, sino que ni aun los mismos comandantes de los regimientos sabían exactamente dónde se hallaban sus escuadrones y centenas... La falta de víveres y de forraje irritaba aún más, como es natural, a la gente. Los soldados, viendo la desorganización y el desconcierto que reinaba a su alrededor, empezaron a detener a jefes y oficiales». La delegación del Soviet, que había organizado su Estado Mayor, comunicaba: «La fraternización es un hecho general... Estamos plenamente persuadidos de que el conflicto puede darse por liquidado. Están llegando delegaciones de todas partes.

Los jefes eran sustituidos por los comités. Se creó rápidamente un Soviet de delegados del Ejército, que designó una comisión compuesta de cuarenta miembros para enviarla al gobierno provisional. Los cosacos empezaron a decir en voz alta que no esperaban más que la orden de Petrogrado para detener a Krimov y a los demás oficiales.

Stankievich describe el espectáculo que observó el 30, al dirigirse a Pskov en unión de Voitinski. En Petrogrado creían que Trarskoie había sido ocupado por las fuerzas de Kornílov; pero resultó que allí no había nadie. «En Gachina, ni un alma... En el camino de Luga, nadie. En Luga, calma y tranquilidad... Llegamos a la aldea en que debía hallarse el Estado Mayor del cuerpo. No había nadie... A primera hora de la mañana, los cosacos se habían marchado en dirección opuesta a la de Petrogrado». La sublevación retrocedía, se diseminaba, se la tragaba la tierra.[...]

En Petrogrado, en Moscú, en el Don, en el frente, en el trayecto seguido por los trenes militares, tenía por todas partes Kornílov partidarios y amigos. A juzgar por los telegramas, los mensajes de salutación y los artículos de los periódicos, el número de esos amigos y partidarios había de ser inmenso. Pero, ¡cosa extraña!: al llegar el momento de dar la cara, todos ellos habían desaparecido. En muchos casos, la causa de semejante eclipse no era, ni muchos menos, la cobardía personal. Entre los oficiales partidarios de Kornílov había no pocos hombres valerosos. Pero estos hombres no sabían qué empleo dar a ese valor. A partir del momento en que se pusieron en movimiento las masas, los elementos aislados no tuvieron posibilidad de intervenir, sino los mismos estudiantes e incluso los oficiales en activo, se vieron lanzados al margen y obligados a observar, como desde un balcón, los acontecimientos que ante ellos se desarrollaban.

De la derrota de julio a la victoria sobre la korniloviada

Una de las claves para entender cómo pudo pasarse del reflujo brutal tras las jornadas de julio al ejercicio de poder de clase que derrota a la korniloviada, es la propia naturaleza de la revolución: sometida al desequilibrio permanente entre el proletariado y la pequeña burguesía rural, el campesinado que representaban los soldados... mucho más voluble y sensible al bombardeo nacionalista.

Si los sentimientos y las ideas de las masas se modificaran realmente bajo la influencia de circunstancias accidentales, no podría explicarse la poderosa lógica que preside el desarrollo de las grandes revoluciones. Cuantos más son los millones de hombres arrastrados por el movimiento, más sistemático es el desarrollo de la revolución y con mayor seguridad puede predecirse la sucesión lógica de las etapas ulteriores. Lo único que importa tener presente, además, es que el desarrollo político de las masas no sigue una trayectoria recta, sino que se efectúa en zigzag; pero tampoco hay que olvidar que, en el fondo, ésa es la órbita de todo proceso material. Las condiciones objetivas impulsaban poderosamente a los obreros, soldados y campesinos a agruparse bajo la bandera de los bolcheviques. Pero las masas se lanzaban por ese camino en lucha con su propio pasado, con sus creencias de ayer y, en parte, con las de hoy. Al llegar a un recodo difícil, en el momento del fracaso y del desengaño, los antiguos prejuicios, aún no superados por entero, salen a la superficie, y los adversarios se aferran, naturalmente, a ellos como a un ancla de salvación. Todo lo que había en los bolcheviques de oscuro, de inusitado, de enigmático -la novedad de las ideas, la audacia temeraria, la falta de respeto ante todos los prestigios viejos o nuevos-, hallaba ahora una explicación simple y convincente por lo que en sí misma tenía de absurda: ¡Son unos espías alemanes! La acusación lanzada contra los bolcheviques inspirábase, en el fondo, en el pasado de esclavitud del pueblo, en la herencia de ignorancia, de barbarie, de superstición, y este cálculo no dejaba de tener fundamento. Durante los meses de julio y agosto, la gran calumnia patriótica fue un factor político de primordial importancia, el acompañamiento obligado de todas las cuestiones candentes. La prensa liberal difundía la calumnia por todo el país, haciéndola penetrar hasta los puntos más recónditos del mismo. A finales de julio, la organización bolchevique de Ivanov-Vosnesensk exigía aún que se emprendiera una campaña más enérgica contra la calumnia. La cuestión del peso específico de la calumnia en la lucha política de la sociedad ilustrada aguarda todavía el sociólogo que la estudie.

A pesar de todo, la relación entre los obreros y soldados, nerviosa, impetuosa, no tenía nada de profunda ni de consistente.

Las fábricas avanzadas de Petrogrado empezaron ya a recobrarse pocos días después de la derrota, protestando contra las detenciones y la calumnia, llamando a las puertas del Comité ejecutivo reanudado sus relaciones. En la fábrica de armas de Sestroretsk, que había sido asaltada y desarmada, los obreros no tardaron en empujar nuevamente el timón: el 20 de julio, la asamblea general tomó el acuerdo de que se pagaran a los obreros los jornales devengados por los días de la manifestación, con objeto de destinar íntegramente el montante de esos jornales a las publicaciones para el frente. Entre el 20 y el 30 de julio, según atestigua Olga Ravich, los bolcheviques reanudan en Petrogrado su labor pública de agitación. En los mítines, a los que asisten, a lo sumo, de doscientas a trescientas personas, hablan, en los distintos puntos de la ciudad, tres compañeros: Slutski, asesinado más tarde por los blancos en Crimea; Volodarski, asesinado por los socialrevolucionarios en Petrogrado, y Evdokimov, obrero metalúrgico de Petrogrado y uno de los oradores más destacados de la revolución. En agosto, la agitación del partido adquiere proporciones más vastas. Según las Memorias de Raskolnikov, Trotsky, detenido el 23 de julio, describió, en la cárcel, la situación de la ciudad en los términos siguientes:

Los mencheviques y socialrevolucionarios... prosiguen su furiosa campaña contra los bolcheviques. Continúan las detenciones de camaradas nuestros, pero en los círculos del partido no se nota depresión alguna. Por el contrario, todo el mundo contempla esperanzado el porvenir, por considerar que la represión no hace más que reforzar la popularidad del partido... En los barrios obreros tampoco han decaído los ánimos.

En efecto, muy pronto una asamblea de los obreros de 27 fábricas y talleres del distrito de Peterhof adoptó una resolución de protesta contra el gobierno irresponsable y su política contrarrevolucionaria. Los barrios obreros iban reanimándose.

Poco a poco, la moral vuelve a levantarse. A finales de julio la crisis se ha superado en las principales fábricas y la militancia vuelve a crecer en los barrios. El comité militar se recompone y el trabajo entre los soldados empieza a dar frutos, especialmente en los regimientos patrióticos que habían sido más adversos. En agosto, la influencia del partido se ha recompuesto, pero ahora los trabajadores y los regimientos más combativos han ganado solidez y autodisciplina, los anarquistas han desaparecido o no tienen ya influencia. De manera invisible para la reacción, la clase ha salido fortalecida de la dura experiencia de las jornadas de julio.

La calumnia, recurso de decisivos efectos, resultó un arma de dos filos. Si los bolcheviques son espías de los alemanes, ¿por qué quienes difunden principalmente esas calumnias son los hombres más odiados del pueblo? ¿Por qué precisamente la prensa de los kadetes, que con cualquier motivo atribuye los más bajos móviles a los obreros y soldados, es la que en voz más alta y con mayor decisión acusa a los bolcheviques? ¿Por qué el ingeniero o el contramaestre reaccionario, que se había ocultado desde la revolución, ha cobrado ahora nuevos bríos y condena abiertamente a los bolcheviques? ¿Por qué los oficiales más reaccionarios se han vuelto más insolentes en los regimientos y por qué, al mismo tiempo que acusan a Lenin y a sus amigos, agitan los puños en las mismas narices de los soldados, como si fueran éstos precisamente los traidores?

En todas las fábricas había bolcheviques. «¿Es que me parezco a un espía alemán, amigos?», preguntaba un cerrajero o un tornero, perfectamente conocido de todos los obreros. Frecuentemente, los mismos conciliadores, en su lucha contra el ataque de la contrarrevolución, iban más lejos de lo que querían ,y, sin desearlo, desbrozaban el camino a los bolcheviques. El soldado Pireiko cuenta cómo el médico militar Markovich, partidario de Plejánov, rechazó en un mitin de soldados la acusación de espionaje lanzada contra Lenin, para combatir con más decisión sus opiniones políticas como inconsistentes y ruinosas. ¡Vano esfuerzo! «Si Lenin es inteligente y no un espía, si no es un traidor y quiere la paz, también nosotros le seguiremos», decían los soldados después del mitin.

El bolchevismo, cuyo avance había sido contenido temporalmente, empezó de nuevo a adiestrar sus alas con más seguridad.

La recompensa no tardará -escribía Trotsky a mediados de agosto-. Nuestro partido, perseguido, calumniado, nunca había crecido tan rápidamente como en estos últimos tiempos. Y este proceso no tardará en pasar de la capital a la provincia, de las ciudades a las aldeas y al ejército... Todas las masas trabajadoras del país aprenderán, en las nuevas pruebas que se acercan, a asociar su suerte a la de nuestro partido.

Los soviets

La derrota de la korniloviada abre un fortalecimiento no solo moral sino también político de los trabajadores. La consciencia, hay que decirlo una vez más, va a la zaga de los avances de la clase, interpretando los cambios y resultados que su propia acción ha generado.

La sublevación de Kornílov da un poderoso impulso a la radicalización de las masas. Slutski recordaba las palabras de Marx:

Hay momentos en que la revolución necesita ser estimulada por la contrarrevolución.

El peligro despertaba no sólo la energía, sino la clarividencia. El pensamiento colectivo trabajaba a un alto grado de tensión. No faltaban materiales que permitiesen extraer las consecuencias de la situación. Habíase afirmado que la coalición era necesaria para la defensa de la revolución; ahora bien, el que era aliado en la coalición se habla puesto al lado de la contrarrevolución. Se habla dicho que la Conferencia de Moscú sería una manifestación de la unidad nacional. Sólo el Comité central de los bolcheviques había advertido que «la Conferencia... se convertirá en órgano del complot de la contrarrevolución». Los acontecimientos habían confirmado plenamente la justeza de esta advertencia. Ahora era el propio Kerenski quien declaraba:

La Conferencia de Moscú... fue el prólogo del 27 de agosto... Allí fue donde se llevó a cabo el recuento de fuerzas.... donde por primera vez fue presentado a Rusia su futuro dictador, Kornílov...

¡Como si no hubiera sido Kerenski el iniciador, el organizador y el presidente de esa Conferencia! ¡Como si no hubiera sido él quien había presentado a Kornílov como el «primer soldado» de la revolución! ¡Como si no hubiera sido el gobierno provisional quien había dado a Kornílov el arma de la pena de muerte contra los soldados, y como si la advertencia de los bolcheviques no hubiera sido calificada de demagógica!

La guarnición de Petrogrado se acordaba asimismo de que, dos días antes de la sublevación de Kornílov, los bolcheviques habían expresado en la reunión de la sección de soldados la sospecha de que si se retiraba de la capital a los regimientos conocidos por su significación avanzada, fuera con miras contrarrevolucionarias. Los representantes de los mencheviques y socialrevolucionarios habían respondido a esto con una exigencia amenazadora: que no se discutiesen las órdenes militares del general Kornílov. En este espíritu estaba inspirada la resolución que se adoptó. «¡Bien se ve que los bolcheviques no lanzan las palabras al viento!», debían decirse ahora el obrero o el soldado sin partido.[...]

Los hechos eran simples, claros, estaban presentes en la memoria de todos, eran accesibles a todo el mundo, inexorables y aniquiladores. La división «salvaje», los raíles levantados, las recíprocas acusaciones del palacio de Invierno y del Cuartel general, las declaraciones de Savinkov y Kerenski eran hechos que hablaban por sí solos. ¡Qué acta de acusación irrefutable contra los conciliadores y su régimen! Se vio definitivamente, de un modo claro, el sentido de la furiosa campaña desencadenada contra los bolcheviques: semejante campaña era un elemento necesario en la preparación del golpe de Estado.

Los obreros y soldados, al empezar a ver claro, se sintieron dominados por un agudo sentimiento de vergüenza. ¿Es decir, que Lenin se ocultaba únicamente porque le han calumniado de un modo ignominioso? ¿Es decir, que los demás están en la cárcel para dar gusto a los kadetes, a los generales, a los banqueros, a los diplomáticos de la Entente? ¿Es decir, que los bolcheviques no corren tras de los cargos, y si en las alturas se les odia es precisamente porque no quieren formar parte de la sociedad anónima llamada coalición? Esto fue lo que acabaron por comprender los trabajadores, las gentes simples, los oprimidos. Y este estado de ánimo, unido a la sensación de culpabilidad respecto de los bolcheviques, hizo que surgiera una inquebrantable adhesión al partido y una fe indestructible en sus jefes.

Hasta los últimos días, los soldados veteranos, los cuadros del ejército, los suboficiales, los artilleros, resistieron con todas sus fuerzas. No querían renunciar a sus esfuerzos, a sus sacrificios, a sus hazañas: ¿era posible que todo aquello no tuviera ningún sentido? Pero cuando perdieron su último punto de apoyo viraron en redondo hacia la izquierda, hacia los bolcheviques. Ahora entraban en la revolución con sus galones de suboficial, con su temple de veteranos y con las mandíbulas apretadas: en la guerra se habían equivocado en sus cálculos, pero ahora llevarán a cabo la empresa hasta sus últimas consecuencias.

En las comunicaciones de las autoridades locales, tanto militares como civiles, el bolchevismo se convierte en sinónimo de acción de masas, de exigencia decidida, de lucha contra la explotación, de impulso hacia adelante; en una palabra, pasa a ser otro nombre de la revolución. ¿Conque es esto el bolchevismo? -se dicen los huelguistas, los marinos que protestan, las mujeres descontentas de los soldados, los campesinos amotinados-. Parece como que las masas se veían obligadas desde arriba a identificar sus pensamiento íntimos y sus demandas a las consignas del bolchevismo. De esta manera, la revolución ponía a su servicio el arma que había sido dirigida contra ella. En la historia no sólo se convierte en absurdo lo razonable, sino que, inversamente, cuando el desarrollo de los acontecimientos lo exige, lo absurdo se convierte en razonable.

El cambio sufrido por la atmósfera política se puso de manifiesto con poderoso relieve en la sesión común de los Comités ejecutivos, celebrada el 30 de agosto, al exigir los delegados de Cronstadt que se les otorgara un puesto en aquella elevada institución. ¿Era concebible esto? ¿Es que allí, donde la gente desenfrenada de Cronstadt era condenada y excomulgada, iban a tomar parte ahora en las deliberaciones los representantes de esa misma gente? ¿Pero, ¿cómo se les podía contestar con una negativa? Los marinos y soldados de Cronstadt habían llegado la víspera para defender a Petrogrado. Los marinos del Aurora hacían centinela en el palacio de Invierno. Los jefes, después de cuchichear entre sí, propusieron a la gente de Cronstadt cuatro puestos con voz, pero sin voto. La concesión fue aceptada secamente, sin ninguna efusión de gratitud.

Después de la rebelión de Kornílov -cuenta Chinenov, soldado de la guarnición de Moscú- todos los regimientos adquirieron ya un matiz bolchevique. Todos estaban admirados al ver confirmadas por la realidad las palabras de los bolcheviques, de que el general Kornílov no tardaría en estar ante los muros de Petrogrado.

[...] Crecen las organizaciones del partido, pero su fuerza de atracción crece con rapidez incomparablemente más grande. La desproporción entre los recursos técnicos de los bolcheviques y su peso específico político halla su expresión en el número relativamente reducido de los miembros del partido, en comparación con el grandioso aumento de su influencia. Los acontecimientos arrastran en su torbellino a las masas de un modo tan rápido e imperioso, que los obreros y soldados no tienen tiempo de organizarse en el partido, ni de comprender la necesidad de contar con un partido organizado. Se penetran de las consignas bolchevistas tan naturalmente como respiran el aire. No ven todavía con claridad que el partido es un complejo laboratorio en que esas consignas se elaboran mediante la experiencia colectiva. Más de 20.000.000 de almas están de parte de los soviets. El partido, que aún en vísperas de la revolución de Octubre contaba con no más de 240.000 miembros, arrastra tras de sí, con más firmeza cada vez, a millones de hombres a través de los sindicatos, comités de fábrica y soviets.[...]

En septiembre, los bolcheviques rompieron el cordón y obtuvieron el acceso al frente, del que habían permanecido separados por espacio de dos meses. Oficialmente, la prohibición subsistía. Los Comités conciliadores hacían todo lo posible para impedir la penetración de los bolcheviques en sus regimientos; pero todos sus esfuerzos resultaban vanos. Los soldados habían oído hablar tanto de su propio bolchevismo, que todos ellos, sin excepción, deseaban ávidamente ver y oír a un bolchevique de carne y hueso. Los obstáculos formales inventados por los miembros de los comités eran barridos por los soldados tan pronto como recibían la noticia de haber llegado un bolchevique. La vieja revolucionaria Eugenia Bosch, que había llevado a cabo una gran labor en Ucrania, ha dejado unas Memorias muy elocuentes sobre sus audaces incursiones por las selvas primitivas del frente. Las alarmadas advertencias de los amigos sinceros y falsos resultaban inútiles una vez y otra. En una división que había sido caracterizada como encarnizadamente hostil a los bolcheviques, el orador, que había enfocado su tema con gran cautela, no tardó en quedar convencido de que el auditorio estaba con él. «Nada de gargajear, ni de toser, ni de sonarse, primeros síntomas de cansancio de un auditorio de soldados; orden y silencio completos». La asamblea acabó en una turbulenta apoteosis de la audaz agitadora. Toda la excursión de Eugenia Bosch por el frente fue algo muy parecido a un viaje triunfal. [...]

La flota se bolchevizaba de in modo aún más acentuado, más concreto, más elocuente. El día 8 de septiembre, los marinos del Báltico izaron en todos los buques las banderas de combate para expresar su decisión de luchar por el paso del poder a las manos del proletariado y de los campesinos. La flota exigía el armisticio inmediato en todos los frentes, la entrega de la tierra a los comités campesinos, y la implantación del control obrero de la producción. Tres días después, un Comité central más atrasado y moderado, el de la escuadra del Mar Negro, apoyaba a los marinos del Báltico, propugnando la entrega del poder a los soviets. A mediados de septiembre alzan su voz en defensa de esa misma divisa veintitrés regimientos de Infantería siberianos y letones del doce ejército. Cada día siguen su ejemplo nuevos regimientos. La exigencia de que se entregue el poder a los soviets no desaparece ya del orden del día en el ejército y en la flota.

Las asambleas de marinos, cuenta Stankievich, estaban compuestas en sus nueve décimas partes de bolcheviques.

En Reval, al nuevo comisario cerca del Cuartel general se le ocurrió defender ante los marinos al gobierno provisional. A las primeras palabras tuvo la sensación de que sus tentativas eran inútiles.

Al oír la palabra «gobierno», la sala adoptó una actitud hostil: una ola de indignación, de odio y desconfianza se apoderó inmediatamente de la multitud. Era algo vigoroso, espléndido, apasionado e irresistible, que se fundía en un alarido unánime: «¡Fuera!»

No es posible menos que hacer justicia al narrador, que no se olvida de hacer notar la belleza del ataque de unas masas mortalmente hostiles a él.

La cuestión de la paz, que por espacio de dos meses había quedado relegada al olvido, surge ahora a la superficie con decuplicada fuerza. En una sesión del Soviet de Petrogrado, el oficial Dubasov, que acababa de llegar del frente, declaró: «Podéis decir aquí lo que queráis, los soldados no combatirán más». Se oyeron exclamaciones: «¡Eso no lo dicen ni los bolcheviques!»...; pero el oficial, que no era bolchevique, añadió: «No hago más que decir lo que sé y lo que los soldados me han encargado que os transmitiera».

Un soldado sombrío, con un capote impregnado de la suciedad y el hedor de las trincheras, declaró al Soviet de Petrogrado, en esos mismos días de septiembre, que los soldados necesitaban a todo trance la paz, aunque fuera «una paz hedionda». Estas ásperas palabras de soldado produjeron el estupor del Soviet. ¡Hasta qué extremo se había llegado! Los soldados que estaban en el frente no eran unos chiquillos. Comprendían perfectamente que, con la «carta de guerra» que existía, la paz no podía ser más que una paz de violencia, y para expresar esta concepción suya había escogido deliberadamente el delegado de las trincheras la palabra más grosera, capaz de expresar toda la fuerza de su repugnancia por la paz que los Hohenzollern impondrían. Pero gracias precisamente a esa descarnada apreciación, obligó el soldado a sus oyentes a comprender que no había otro camino, que la guerra había devanado el alma del ejército, que a toda costa se imponía la paz inmediata. La prensa burguesa acogió con alborozo las palabras del orador de las trincheras, que atribuyó a los bolcheviques. La frase referente a la paz «hedionda» no salió ya, a partir de ese momento, del orden del día, como expresión culminante del salvajismo y de la corrupción a que había llegado el pueblo.[...]

Una notable imagen del qui pro quo existente entre los conciliadores y las masas es la que nos ofrece el juramento que a principios de julio prestaron, de hinojos y descubiertos, 2.000 mineros del Donetz, en presencia de una multitud de 50.000 personas y con la participación de la misma.

Juramos ante nuestros hijos, ante Dios, el cielo, la tierra y todo lo que hay de sagrado para nosotros en este mundo, que jamás cederemos la libertad conquistada con sangre el día 28 de febrero de 1917; como creemos en los socialrevolucionarios y en los mencheviques, juramos no dar nunca oídos a los leninistas, porque los bolcheviques-leninistas llevan a Rusia a la ruina con su agitación, mientras que los socialrevolucionarios y los mencheviques dicen al unísono: la tierra para el pueblo, la tierra sin indemnización; después de la guerra, el régimen socialista... Juramos seguir luchando al lado de estos partidos sin detenernos ni ante la muerte.

El juramento de los mineros, dirigido contra los bolcheviques, les llevaba directamente, en realidad, a la revolución bolchevique. La envoltura de Febrero y el núcleo de Octubre aparecen en este cuadro ingenuo y ardiente con tanto relieve, que, a su manera, resuelven hasta sus últimas consecuencias el problema de la revolución permanente.

En septiembre, los mineros del Donetz, sin traicionarse a sí mismos ni faltar a su juramento, se volvieron ya de espaldas a los conciliadores. Lo mismo sucedió con los elementos más atrasados de los mineros de los Urales. [...]

No sólo perdía la influencia el partido de los socialrevolucionarios, sino que su misma composición social se modificaba. Los obreros revolucionarios, o bien se habían pasado ya a los bolcheviques, o atravesaban una crisis interna. Inversamente, los hijos de tenderos, los kulaks y los pequeños funcionarios que durante la guerra habían buscado refugio en las fábricas, se habían convencido de que su puesto estaba precisamente en el partido de los socialrevolucionarios. Pero ni aun ellos se decidían ya en septiembre a llamarse socialrevolucionarios, por lo menos en Petrogrado. Abandonaban el partido los obreros y los soldados, e incluso, en algunas provincias los campesinos, y no quedaban en él más que los funcionarios conservadores y los sectores pequeño-burgueses.

Cuando las masas, a las que la revolución había despertado, otorgaban su confianza a los socialrevolucionarios y a los mencheviques, estos dos partidos no se hartaban de ensalzar el nivel elevado de conciencia del pueblo. Cuando esas mismas masas, después de pasar por la escuela de los acontecimientos, se volvieron bruscamente hacia los bolcheviques, los conciliadores atribuyeron su fracaso a la ignorancia del pueblo. Pero las masas no creían haberse vuelto más ignorantes; lejos de ello, les parecía que ahora se daban perfecta cuenta de lo que antes era incomprensible para ellas.

En esta nueva oleada de ascenso, acendrado el proletariado en la experiencia de la derrota de julio y el triunfo de agosto, cambian las tornas en los soviets que va en paralelo a la pérdida de relevancia del Comité ejecutivo de los soviets que ahora ha dejado el Palacio Tauride a la futura constituyente y se ha mudado al más modesto Instituto Smolni (antigua escuela para señoritas de la aristocracia).

La resurrección política de los soviets, que coincidió con su bolchevización, empezó desde abajo. En Petrogrado fueron las barriadas obreras las primeras que alzaron la voz. El 21 de julio, la delegación de una asamblea de soviets de barriada presentó una serie de demandas al Comité ejecutivo: disolver la Duma, confirmar mediante un decreto del gobierno la inviolabilidad de las organizaciones del ejército, reautorizar la publicación de la prensa de izquierda, poner fin al desarme de los obreros y a las detenciones en masa, tomar medidas contra la prensa de derechas, suspender la disolución de los regimientos y abolir la pena de muerte en el frente. El tono de las reivindicaciones políticas es evidentemente más bajo que el de las de la manifestación de julio; pero esto no era más que el primer paso de un convaleciente. Las barriadas, al mismo tiempo que limitaban sus consignas, tendían a ampliar la base. Los dirigentes del Comité ejecutivo hicieron constar diplomáticamente su satisfacción por la «sensibilidad» demostrada por los soviets de barriada, pero se limitaron a decir que todas las desdichas provenían de la insurrección de julio. Los dos bandos se separaron cortésmente, pero con frialdad.

Se inicia una campaña imponente en favor del programa de los soviets de barriada. Las Izvestia publican todos los días resoluciones de los soviets, de los sindicatos, de las fábricas, de los buques de guerra y de los regimientos, exigiendo la disolución de la Duma, el fin de las represiones contra los bolcheviques y de toda indulgencia para la contrarrevolución. En ese fondo general se alzan voces más radicales. El 22 de julio, el Soviet de la provincia de Moscú, adelantándose considerablemente al de la misma capital, adoptó una resolución en favor del traspaso del poder a los soviets. El 26 de julio, el Soviet de Ivanovo-Vosnesensk «condena al desprecio» los medios empleados en la lucha contra el partido de los bolcheviques y envía un saludo a Lenin «el glorioso jefe del proletariado revolucionario».

Las elecciones celebradas en muchos puntos del país a finales de julio y en la primera quincena de agosto determinaron, en general, el robustecimiento de las fracciones bolchevistas en los soviets. En Cronstadt, en el Cronstadt famoso en toda Rusia, que la reacción pretendía haber aplastado, el nuevo Soviet estaba compuesto de cien bolcheviques, setenta y cinco socialrevolucionarios de izquierda, doce mencheviques-internacionalistas, siete anarquistas y más de noventa sin partido, ni uno solo de los cuales se decidía a confesar abiertamente sus simpatías por los conciliadores. En el Congreso regional de los soviets de los Urales, que se abrió el 18 de agosto, el número de delegados bolcheviques era de 87; el de socialrevolucionarios de 40; el de mencheviques, de 23. Tsaritsin -donde no sólo el Soviet había pasado a ser bolchevista, sino que habían elegido para alcalde al caudillo de los bolcheviques locales, Min- es blanco de un odio particular por parte de la prensa burguesa. Kerenski, sin ningún motivo serio, mandó una expedición de castigo contra Tsaritsin -que era un orzuelo en el ojo del atamán del Don, Kaledin-, con el solo fin de destruir aquel nido revolucionario. En Petrogrado, en Moscú, en todas las regiones industriales, se alza un número cada vez mayor de brazos en favor de las resoluciones bolcheviques.

Los acontecimientos de finales de agosto pusieron a prueba a los soviets. Bajo el peligro que les amenazaba, la labor de reagrupación interna se llevó a cabo en todas partes con extraordinaria celeridad y con roces relativamente pequeños. En provincias, lo mismo que en Petrogrado, ocuparon el proscenio los bolcheviques, los hijastros del sistema soviético oficial. Pero hasta en los partidos conciliadores, los socialistas «de marzo», los políticos de las salas de espera ministeriales y de las oficinas, se vieron postergados de momento por elementos más combativos, templados en la clandestinidad. La nueva reagrupación de fuerzas requería una nueva forma de organización. En ninguna parte se concentró en manos de los Comités ejecutivos la dirección de la defensa revolucionaria; los Comités, en la forma en que les sorprendió la sublevación, resultaban poco adecuados para las acciones de combate. Por todas partes se crearon Comités de defensa, Comités revolucionarios, Estados Mayores especiales, organismos que se apoyaban en los soviets o eran responsables ante los mismos, pero que representaban una nueva selección de elementos y nuevos métodos de acción en armonía con el carácter revolucionario de la misión que tenían a cargo.[...]

Este espectáculo, con unas u otras diferencias, a veces esenciales, se observaba en casi todas partes. Y no se trataba, ni mucho menos, de una simple imitación de Petrogrado: el carácter de masa de los soviets daba una lógica extraordinaria a su evolución interna, provocando idéntica reacción de los mismos ante los grandes acontecimientos. Mientras que entre las dos fracciones de la coalición se interponía el frente de la guerra civil, los soviets agrupaban, efectivamente, en torno suyo todas las fuerzas vivas del país. La ofensiva de los generales se estrelló al chocar contra ese muro. No se podía pedir una lección más elocuente.

A pesar de todos los esfuerzos del poder, para eliminar o reducir a la impotencia a los soviets -decía una declaración de los bolcheviques-, éstos han puesto de manifiesto la invencibilidad..., la fuerza, la iniciativa de las masas populares en el período de la sofocada sublevación de Kornílov... Después de esta nueva prueba, que nadie podrá arrancar ya de la conciencia de los obreros, soldados y campesinos, el grito lanzado por nuestro partido desde los comienzos mismos de la revolución «Todo el poder a los soviets»- se ha convertido en la voz de todo el país revolucionario

[...] A raíz de las jornadas de Kornílov, se abrió un nuevo capítulo para los soviets. Los conciliadores conservaban aún no pocos puestos, sobre todo en la guarnición; pero el Soviet de Petrogrado manifestó tal firmeza bolchevista, que asombró a los dos campos, tanto al de la derecha como al de la izquierda. En la noche del primero de septiembre, el Soviet, presidido por Cheidse, votó en favor de la entrega del poder a los obreros y campesinos. Los miembros de fila de las fracciones conciliadoras apoyaron casi unánimemente la resolución de los bolcheviques. La proposición opuesta, presentada por Tsereteli, no obtuvo arriba de una quincena de votos. La Mesa conciliadora no daba crédito a sus ojos. La derecha exigió votación nominal, que duró hasta las tres de la madrugada. Muchos de los delegados se marcharon para no votar francamente contra los partidos a que pertenecían. Y así y todo, a pesar de todas las formas de presión empleadas, la resolución de los bolcheviques obtuvo, en la votación definitiva, 279 votos contra 105. Era un hecho de gran importancia, que señalaba el principio del fin. La Mesa, aturdida, anunció que presentaba la dimisión.[...]

El Soviet de Petrogrado, que había sido el padre de todos los demás, estaba ahora dirigido por los bolcheviques, esos bolcheviques que aún ayer no eran más que un «insignificante puñado de demagogos». Trotsky recordó desde la mesa que no había levantado aún la acusación lanzada contra los bolcheviques, de que estaban al servicio del Estado Mayor alemán.

Que los Miliukov y los Guchkov nos cuenten su vida, día por día. No lo harán, pero nosotros estamos dispuestos a dar cuenta de nuestros actos; nada tenemos que ocultar al pueblo ruso...

El Soviet de Petrogrado, en una resolución especial,

condenó al desprecio a los autores, propagadores y cómplices de la calumnia.

Los bolcheviques tomaron posesión de la herencia. Esta resultó grandiosa y extraordinariamente mezquina, a un mismo tiempo. El Comité ejecutivo central había privado oportunamente al Soviet de Petrogrado de los dos periódicos creados por él, así como de todas las secciones administrativas, de todos los recursos técnicos y monetarios, de las máquinas de escribir, de los tinteros inclusive. Los numerosos automóviles puestos al servicio del Soviet, desde los días de febrero, habían sido puestos, todos ellos, a la absoluta disposición del Olimpo conciliador. Los nuevos directivos no tenían ni caja, ni periódicos, ni aparato burocrático, ni medios de transporte, ni plumas, ni lápices. No tenían nada, como no fueran las paredes desnudas y la ardiente confianza de los obreros y soldados. Con eso hubo más que suficiente.

El nacimiento del Partido Comunista de Rusia

¿Cómo se explica que con un aparato tan débil y una insignificante tirada de prensa pudieran penetrar en el pueblo las ideas y las consignas del bolchevismo? La solución de este enigma es muy sencilla: que las consignas que responden a las necesidades agudas de una clase y de una época se crean por sí solas miles de canales. La ardiente atmósfera de la revolución es un agente conductor de ideas extraordinariamente elevado. Los periódicos bolchevistas se leían en voz alta, pasaban de mano en mano; los artículos principales se aprendían de memoria, se transmitían de boca en boca, se copiaban y, allí donde era posible, se reimprimían.[...]

La prensa del partido no exageraba los éxitos, no deformaba la correlación de fuerzas, no intentaba imponerse a gritos. La escuela de Lenin era una escuela de realismo revolucionario. Los datos de la prensa bolchevique del año 1917 se revelan, a la luz de los documentos de la época y de la crítica histórica, como incomparablemente más verídicos que los de los demás periódicos. La veracidad se desprendía de la fuerza revolucionaria de los bolcheviques, pero, al mismo tiempo, consolidaba esa fuerza. La renuncia a esta tradición ha constituido posteriormente uno de los peores rasgos que han caracterizado a los epígonos.

No somos unos charlatanes -decía Lenin, inmediatamente después de su llegada-. Hemos de basarnos únicamente en la conciencia de las masas. No importa que nos veamos obligados a quedarnos en minoría... El quedarse en minoría no debe causar ningún temor... Ejercemos la crítica para librar a las masas del engaño... Estas acabarán por convencerse de que nuestra orientación es acertada. Todos los oprimidos se acercarán a nosotros... No tienen otra salida.

La política bolchevique, comprendida en su integridad, se aparece ante nosotros como la antítesis directa de la demagogia y del aventurismo.[...]

Un miembro del Comité central de los bolcheviques -¿sería Sverdlov?- escribe a provincias:

Nos hemos quedado sin periódico temporalmente... La organización no ha sido destruida... El Congreso no se aplazará.

Lenin sigue atentamente, en la medida en que se lo permite su obligado aislamiento, la preparación del Congreso del partido, y señala sus decisiones fundamentales: se trata del plan de una nueva ofensiva. El Congreso es calificado previamente de "Congreso de unificación", puesto que en él debe consagrarse la inclusión en el partido de algunos grupos revolucionarios autónomos, ante todo, de la organización petrogradesa de los meirayontsi, a la cual pertenecen Trotsky, Yofe, Uritski, Riazanov, Lunacharski, Pokrovski, Manuilski, Karajan, Yurénev y algunos otros revolucionarios conocidos por su pasado o que pronto habían de adquirir notoriedad.

El 2 de julio, precisamente el día antes de la manifestación, tuvo lugar la Conferencia de los meirayontsi, en la que estaban representados cerca de cuatro mil obreros.

La mayoría -dice Sujánov, que se hallaba entre el público- eran obreros y soldados, para mí desconocidos... Se trabajaba febrilmente y los progresos de ese trabajo podía notarios todo el mundo. Sólo estorbaba una cosa: ¿En qué os distinguís de los bolcheviques y por qué no estáis con ellos?

Para acelerar la unificación, que algunos dirigentes de la organización no tenían gran prisa en efectuar, Trotsky publicó en la Pravda una declaración concebida en estos términos:

A mi ver, no existen, en la actualidad, divergencias ni de principios ni de táctica entre los meirayonsti y la organización bolchevista. No hay, por consiguiente, ningún motivo que pueda justificar la existencia separada de dichas organizaciones.

El 26 de julio se abrió el Congreso de unificación, que en el fondo no era más que el VI Congreso del Partido bolchevique, que transcurrió semilegalmente, refugiándose alternativamente en dos barrios obreros. 175 delegados, entre ellos 157 con voz y voto, representaban a 112 organizaciones con 176.750 miembros. En Petrogrado había 41.000 miembros: 36.000 en la organización bolchevique, 4.000 en la de los meirayontsi, cerca de 1.000 en la organización militar. En la región industrial central, que tenía por capital a Moscú, el partido contaba con 42.000 miembros; en los Urales, con 25.000; en la cuenca del Don, con cerca de 15.000. En el Cáucaso existían organizaciones bolcheviques de importancia, en Baku, Grozni y Tiflis: las dos primeras eran casi puramente obreras; en la de Tiflis predominaban los soldados.

Por su composición personal, el Congreso llevaba el sello del pasado prerrevolucionario del partido. De los 171 delegados que llenaron las encuestas, 110 habían pasado en la cárcel doscientos cuarenta y cinco años; 10 habían sufrido cuarenta y un años de trabajos forzados; 24 habían sufrido setenta y tres años de deportación. En total, habían estado en el destierro 55 delegados, cuyas condenas sumaban 127 años, 27 habían estado en la emigración ochenta y nueve años; 150 habían sido detenidos 549 veces.

En aquel Congreso -ha recordado posteriormente Piatnitski, uno de los actuales secretarios de la Internacional Comunista- no participaron ni Lenin, ni Trotsky, ni Zinóviev, ni Kámenev... A pesar de que la cuestión del programa fue retirada del orden del día, el Congreso transcurrió sin los jefes del partido en un ambiente de trabajo práctico...

La base de la labor del Congreso eran las tesis de Lenin. Los ponentes fueron Bujarin y Stalin. La ponencia de Stalin da idea, con bastante exactitud, de la distancia recorrida por el propio ponente, junto con todos los cuadros del partido, durante los cuatro meses transcurridos desde la llegada de Lenin. Teóricamente vacilante, pero políticamente decidido, Stalin intenta enumerar los rasgos que determinan «el carácter profundo de la revolución socialista, de la revolución obrera». La unanimidad del Congreso, si se compara a éste con la Conferencia de abril, salta inmediatamente a la vista.

Con respecto a las elecciones para el Comité central, el acta del Congreso dice:

Se da cuenta de los nombres de los cuatro miembros del Comité central, que han obtenido el mayor número de votos: Lenin, 133 de los 134; Zinóviev, 132; Kámenev, 131; Trotsky, 131; además de ellos, son elegidos para el Comité central: Noguín, Kolontay, Stalin, Sverdlov, Ríkov, Bujarin, Artium, Jofe, Aritzki, Miliutin, Lómov.

Importa tomar nota de la composición de este Comité central: bajo la dirección del mismo habrá de llevarse a cabo la revolución de Octubre.

El último gobierno burgués y el pre-parlamento

La primera reacción de mencheviques y eseristas al cambio que se estaba operando en los soviets fue asegurar a Kerenski a toda costa en un nuevo gobierno de coalición con los kadetes legitimado por una «Conferencia democrática» diseñada para obtener mayorías y con la que tener una institución de la democracia que oponer a los soviets. Pero les sale mal. La Conferencia se desmorona.

Para los conciliadores, el espectáculo de la democracia, celebrado en Petrogrado, vino a ser lo que para Kerenski había sido el de la unidad nacional en Moscú: una confesión pública de inconsistencia, una demostración de marasmo político. Si la Conferencia nacional dio un impulso a la sublevación de Kornílov, la Conferencia democrática allanó definitivamente el camino a la sublevación de los bolcheviques.

Antes de dar fin a sus tareas, la Conferencia eligió de su mismo seno un órgano permanente, mediante la representación en el mismo del 15 por 100 de la composición de cada uno de los grupos: en total, unos 350 delegados. Las instituciones de las clases poseedoras debían obtener, además, 120 puestos. El gobierno añadió 20 para los cosacos. Todos juntos debían constituir el Consejo de la República o Preparlamento, destinado a representar a la nación hasta que se convocase la Asamblea constituyente. [...]

Se trataba de que el partido adaptara su misión al desarrollo de la República burguesa, o de que se propusiera realmente como fin la conquista del poder. Por una mayoría de 77 votos contra 50, la Conferencia del partido rechazó la consigna del boicot. El 22 de septiembre tuvo Riazanov ocasión de declarar en la Conferencia democrática, en nombre del partido, que los bolcheviques enviaban sus representantes al Preparlamento para «denunciar, en esa nueva fortaleza de los conciliadores, toda tentativa de coalición con la burguesía». Esto parecía radical, pero en el fondo implicaba la sustitución de la política de acción revolucionaria por la política de oposición.

Las tesis de abril de Lenin habían sido aceptadas formalmente por todo el partido; pero a propósito de cada gran cuestión volvían a salir a la superficie las concepciones de marzo, vigorosísimas todavía en el sector dirigente, que en muchos puntos del país no había empezado hasta entonces a separarse de los mencheviques. Lenin no pudo intervenir en el debate hasta más tarde. El 23 de septiembre escribía:

Hay que boicotear el Preparlamento; hay que ir a los soviets de diputados, obreros, soldados y campesinos; hay que ir a los sindicatos; hay que ir, en general, a dondequiera que estén las masas. Hay que incitarlas a la lucha. Hay que darles una consigna justa y clara: disolver la banda bonapartista de Kerenski con su Preparlamento amañado... Los mencheviques y los socialrevolucionarios no han aceptado, ni aun después de la sublevación de Kornílov, nuestro compromiso... Hay que luchar implacablemente contra ellos. Hay que echarlos sin piedad de todas las organizaciones revolucionarias... Trotsky era partidario del boicot. ¡Bravo, compañero Trotsky! El boicotismo ha sido vencido en la fracción de los bolcheviques de la Conferencia democrática. ¡Viva el boicot!

[...]«O Kornílov, o Lenin»; así definía Miliukov la alternativa, Lenin, por su parte, escribía: «O el poder de los soviets o Kornílov. No hay término medio». Miliukov y Lenin coincidían, y no de un modo casual, en la manera de apreciar la situación. Ambos, contrariamente a los conciliadores; héroes de la frase, eran dos representantes serios de las clases fundamentales de la sociedad. La Conferencia nacional de Moscú había puesto ya de manifiesto, según las palabras de Miliukov, que «el país se divide en dos campos, entre los cuales no puede haber, en el fondo, conciliación ni acuerdo». Pero cuando no puede haber conciliación entre dos campos sociales, la guerra civil se encarga de resolver la cuestión.

Ni los kadetes ni los bolcheviques retiraban, sin embargo, la consigna de la Asamblea constituyente. Los kadetes necesitaban de ella como de una última instancia contra las reformas sociales inmediatas, contra los soviets, contra la revolución. La burguesía se aprovechaba de la sombra que la democracia proyectaba ante sí en forma de Asamblea constituyente, para obrar contra la democracia viva. La burguesía sólo podía rechazar sin rebozo la Asamblea constituyente después de haber aplastado a los bolcheviques. Pero de momento no se podía pensar en semejante cosa. En aquella etapa, los kadetes se esforzaban en garantizar la independencia del gobierno respecto de las organizaciones ligadas a las masas, con la mira de poder subordinar del todo así al gobierno más adelante, con mayor seguridad.

Pero los bolcheviques, que no veían salida alguna por la senda de la democracia formal, tampoco renunciaban todavía, por su parte, a la idea de la Asamblea constituyente. No hubieran podido hacerlo sin romper con el realismo revolucionario. No era posible prever con absoluta certeza si el ulterior desarrollo de los acontecimientos crearía condiciones favorables para la victoria completa del proletariado. Pero fuera de la dictadura de los soviets y antes de esta dictadura, la Asamblea constituyente debía ser la conquista suprema de la revolución. De la misma manera que los bolcheviques habían defendido a los soviets conciliadores y a los municipios democráticos contra Kornílov, estaban dispuestos a defender a la Asamblea constituyente contra los ataques de la burguesía.

[...] El día en que se formó el nuevo gobierno, compuesto de seis ministros burgueses y diez semisocialistas, terminaba la formación del nuevo Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, compuesto de 13 bolcheviques, seis socialrevolucionarios y tres mencheviques. El Soviet acogió la coalición gubernamental con una resolución presentada por su nuevo presidente, Trotsky:

El nuevo gobierno... entrará en la historia de la revolución como el gobierno de la guerra civil... La noticia de la formación del nuevo gobierno será acogida por toda la democracia revolucionaria con una sola respuesta: ¡la dimisión! Apoyándose en este clamor unánime de la auténtica democracia, el Congreso de los soviets creará un poder revolucionario verdadero.

Los adversarios no querían ver en esta resolución más que uno de los acostumbrados votos de desconfianza. En realidad, era el programa de la revolución. Para llevarlo a la práctica iba a hacer falta exactamente un mes.

Octubre

Octubre comenzó con la guerra llamando a las puertas de Petersburgo. La flota, sin mandos ni almirantazgo, defendió la capital de la revolución en el Báltico a costa de no pocas vidas. Los kadetes respondieron planteando la evacuación del gobierno y el pre-parlamento de la capital.

Los kadetes inspiradores de la evacuación se daban cuenta de que nada resolvía el simple traslado del gobierno. Pero confiaban en que podrían acabar con el foco del contagio revolucionario mediante el hambre y el agotamiento. El bloqueo interior de Petrogrado se hallaba ya en su apogeo. Retirábanse los pedidos a las fábricas; se disminuía en cuatro veces el aprovisionamiento de combustible, el Ministerio de Abastos retenía el ganado que se mandaba a la capital; a los carros con víveres no se les dejaba pasar del canal de Marinski. [...]

El 6 de octubre, la sección de soldados del Soviet adoptó, con unanimidad nunca vista hasta entonces, una resolución presentada por Trotsky:

Si el gobierno provisional es incapaz de defender Petrogrado, tiene el deber de concertar la paz o dejar libre el puesto a otro gobierno.

No fue menos intransigente la actitud que adoptaron los obreros. Consideraban a Petrogrado como a su fortaleza, asociaban a ella sus esperanzas revolucionarias, y no querían, en consecuencia, ceder la capital. Amedrantados por el peligro militar, por la evacuación, por la indignación de los soldados y obreros y por la excitación de toda la población, los conciliadores, por su parte, dieron la voz de alarma: no se puede dejar a Petrogrado abandonado a su suerte. Persuadido de que la tentativa de evacuación tropezaba con la resistencia general, el gobierno empezó a ceder, diciendo que no le preocupaba tanto su propia seguridad como el lugar en que habría de reunirse la futura Asamblea constituyente. Pero tampoco le fue posible mantenerse en esta postura.

Kerenski inaugura el pre-Parlamento y los bolcheviques lo abandonan.

la decisión de abandonar demostrativamente el palacio de Marinski había sido tomada el día 5, en la reunión de la fracción bolchevista por totalidad de votos menos uno: ¡tan grande había sido el impulso hacia la izquierda en el transcurso de las dos semanas últimas! Sólo Kámenev se mantuvo fiel a su posición primitiva, o para decirlo con más exactitud, fue el único que se atrevió a defenderla. En una declaración especial, dirigida al comité central, Kámenev caracterizaba sin ambages la orientación adoptada como «llena de peligros para el partido».

La clave de la situación sigue siendo la guerra. El pre-parlamento se centra en ella. Los conciliadores quieren seducir a los soldados con la idea de que defienden la revolución, la burguesía quiere obligarles. Ni una cosa ni otra es ya posible.

La fraternización, que después de las jornadas de julio había desaparecido casi por completo, se reanudó y creció rápidamente. Tras el breve período de calma volvieron a repetirse a menudo los casos, no sólo de detención de oficiales por los soldados, sino de asesinato de los más odiados de aquéllos. Las represalias se llevaban a cabo poco menos que abiertamente, a la vista de los demás soldados. Nadie salía a la defensa de los oficiales: la mayoría no quería; la minoría -muy reducida- no se atrevía a hacerlo. El asesino conseguía escapar indefectiblemente, desapareciendo entre la masa de soldados sin dejar rastro. Uno de los generales escribía:

Nos agarramos convulsivamente a no sabemos qué, imploramos un milagro, pero la mayoría comprende que ya no hay salvación.

El mismo ministro de la guerra, kadete, llega a la conclusión de que solo la paz unilateral puede evitar el desmoronamiento total del ejército y el estado. La burguesía le injuria y echa del gobierno.

La evolución en las masas de trabajadores y soldados sigue adelante. La consciencia de clase no es algo etéreo, ni una quimera. Es la claridad, el acendramiento que nace, ahora, en un tejido denso de conversaciones entrelazadas.

En este último período que precedió al golpe decisivo, era incomparablemente más efectiva la agitación molecular que llevaban a cabo los obreros, marinos y soldados anónimos, haciendo prosélitos mediante una labor de propaganda individual destruyendo las últimas dudas, venciendo las postreras vacilaciones. Aquellos meses de febril vida política, habían creado numerosos cuadros de militantes de fila, educando a centenares y miles de trabajadores que estaban acostumbrados a observar la política desde abajo y no desde arriba, y que precisamente por ello apreciaban los hechos y los hombres con un acierto no siempre accesible a los oradores de tipo académico. Ocupaban el primer lugar, en este respecto, los obreros de Petrogrado, proletarios de estirpe, de cuyo seno surgían agitadores y organizadores de un temple revolucionario excepcional, de una elevada cultura política, independientes en la idea, en la palabra y en la acción. Los torneros, los cerrajeros, los herreros, educadores de talleres y fábricas, tenían ya en torno a sí sus escuelas, sus discípulos, futuros organizadores de la República de los soviets. Los marinos del Báltico, compañeros de armas inmediatos de los obreros de Petrogrado y que, en gran parte, habían salido de su propio medio, formaban brigadas de agitadores, que conquistaban a pulso los regimientos atrasados, las capitales de distrito, las comarcas agrarias. Una fórmula general lanzada en el Circo Moderno por uno de los caudillos revolucionarios tomaba cuerpo en centenares de mentes y daba luego la vuelta a todo el país.

La función del partido se va haciendo clara conforme el propio movimiento lo puebla de los trabajadores más decididos. Donde falla, por falta de convicción o claridad de las consignas, por una dirección que quedó atrás o desmoralizada, falla la moral general y la fuerza del movimiento.

La masa no toleraba ya en sus filas a los vacilantes, a los neutrales; afanábase por atraer, por persuadir, por conquistar a todo el mundo. Fábricas y regimientos mandaban delegados al frente. Las trincheras se ponía en relación con los obreros y campesinos del frente interior inmediato. En las ciudades del frente se celebraban innumerables mítines y conferencias en que soldados y marinos coordinaban su acción con la de los obreros y campesinos; así fue conquistada para el bolchevismo la atrasada Rusia blanca.

Allí donde la dirección local del partido estaba indecisa o se mantenía a la expectativa, como ocurría, por ejemplo, en Kiev, Voronej y otros muchos sitios, las masas caían a menudo en la pasividad. Para justificar su política, los dirigentes citaban como pretexto el decaimiento que ellos mismos provocaban. E inversamente:

Cuando más decidido y audaz era el llamamiento a la insurrección -dice Povoljski, uno de los agitadores de Kazán-, con más confianza y afecto acogía al orador la masa de los soldados.

El desarrollo de la organización de lo más decidido de los trabajadores como partido se traduce en moral y consciencia y ésta en el fortalecimiento de la organización del conjunto de la clase... lo que a su vez arrastra a las clases oprimidas intermedias.

La Conferencia de los Comités de fábrica de Moscú reconoció la necesidad de que el Soviet local resolviera en lo sucesivo por decreto todos los conflictos huelguísticos, abriera por propia iniciativa las fábricas cerradas por los patronos que hubieran declarado el lockout y, mediante el envío de sus delegados a Siberia y a la cuenca del Donetz, garantizar el pan y el carbón a las fábricas. La Conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado consagra su atención al problema un manifiesto a los campesinos: el proletariado se siente ya, no sólo como clase particular, sino como caudillo del pueblo.

Sin embargo hay límites objetivos, históricos, dados por el carácter de la revolución rusa como revolución permanente. Las relaciones capitalistas de producción no se ven cuestionadas nunca en la fábrica. Lo que da la perspectiva socialista a los trabajadores es la revolución mundial, omnipresente a través de la guerra. No su propia práctica... que les alienaría de los campesinos (pequeña burguesía) alejándoles de la toma del poder. La raíz de la revolución como revolución democrático-burguesa nunca deja de estar presente. La revolución se detiene en el control obrero de una producción que sigue respondiendo a la ley del valor, la única ley incuestionada en todo el curso de la revolución hasta octubre. La producción es todavía gestionada por la burguesía, mañana lo será por un estado excretado por los soviets. Sin revolución mundial o revolución obrera en el campo -para la que no había bases- era imposible otra cosa.

La Conferencia nacional de los comités de fábrica, reunida en la segunda quincena de octubre, eleva la cuestión del control obrero a la categoría de objetivo nacional.

Los obreros están más interesados que los patronos en el trabajo regular e ininterrumpido de los establecimientos.

El control obrero

responde a los intereses de todo el país y debe ser sostenido por los campesinos y el ejército revolucionarios

La resolución que abría la puerta a un nuevo orden de cosas económico es adoptada por los representases de todos los establecimientos industriales de Rusia contra cinco votos y nueve abstenciones. Los pocos delegados que se abstienen son los viejos mencheviques, que no pueden ya marchar con su partido, pero que todavía no se deciden a lazar francamente el brazo en favor de la revolución bolchevique. Mañana lo harán.

El orden del día de la revolución no está en atacar la ley del valor, sino en tomar el poder y derruir el estado.

No, el poder de los soviets no era una quimera, una construcción arbitraria, inventada por los teóricos del partido, sino que surgía irresistiblemente desde abajo. Como consecuencia del desmoronamiento de la economía, de la impotencia de las clases pudientes y de las necesidades de las masas, los soviets se convertían en un poder efectivo. No les quedaba otro camino que seguir a los obreros, soldados y campesinos. El poder de los soviets no era ya un tema bueno para discutir y razonar sobre él: era preciso llevarlo a la práctica.

El Comité Ejecutivo (nacido del primer congreso panruso de los soviets y controlado por mencheviques y eseristas) anula las resoluciones que convocan un nuevo congreso. Saben que mermaría las posibilidades de éxito de la Asamblea Constituyente. Es la expresión dentro de los propios órganos de la clase de la incompatibilidad entre democracia parlamentaria y democracia soviética, entre la dictadura de los intereses de clase de los trabajadores -siempre modulados, al menos mientras la revolución no se extienda, por los de los campesinos- y la de la burguesía.

Izvestia [órgano oficial de los soviets] enterraba a los soviets en un artículo de fondo, calificándolos de barracas provisionales que deberían ser retiradas tan pronto como la Asamblea constituyente coronara el «edificio del nuevo régimen». [...]

La lucha por y contra el Congreso dio el último impulso a la bolchevización de los soviets locales. En una serie de provincias atrasadas -así, por ejemplo, en la de Smolensk-, los bolcheviques, solos o unidos a los socialrevolucionarios de izquierda, no obtuvieron por primera vez mayoría hasta que se llevó a cabo la campaña en favor del Congreso, o al efectuarse las elecciones de delegados. Aún en el Congreso de los soviets de Siberia, a mediados de octubre, consiguieron los bolcheviques, en unión de los socialrevolucionarios de izquierda, reunir una mayoría sólida que influyó fácilmente en todos los Soviets locales. El 15, el Soviet de Kiev, por 159 votos contra 28 y tres abstenciones, reconoció al futuro Congreso de los soviets como "órgano soberano del poder". El 16, el congreso de los soviets de la región del noroeste, celebrado en Minsk -esto es, en el centro del frente oriental-, afirmó que era inaplazable convocar el Congreso. El 18, el Soviet de Petrogrado procedió a la elección de delegados al Congreso: la candidatura bolchevista (Trotsky, Kámenev, Volodarski, Yuréniev y Laschevich) obtuvo 443 votos; la de los socialrevolucionarios, 162; eran éstos socialrevolucionarios de izquierda que se inclinaban del lado de los bolcheviques. La candidatura de los mencheviques obtuvo 44 votos. El Congreso de los soviets de los Urales, presidido por Krestinski, y en el cual, de los 110 delegados, 80 eran bolcheviques, exigió, en nombre de 223.900 obreros y soldados organizados, que se procediese a convocar el Congreso de los soviets en el plazo señalado. Aquel mismo día, 19 de octubre, la Conferencia nacional de los Comités de fábrica, la representación más directa e indiscutible del proletariado de todo el país, se pronunció por el pase inmediato del poder a manos de los soviets. El 20, Ivanovo-Vosnesensk proclamaba «el estado de lucha franca e impecable entre el gobierno provisional» y todos los soviets de la provincia, incitaba a los mismos a resolver por cuenta propia todos los problemas económicos y administrativos planteados. Sólo un voto y una abstención se pronunciaron contra esa resolución, que implicaba el derrumbamiento de los órganos gubernamentales locales. El 22, la prensa bolchevista publicó una nueva lista de 56 organizaciones que exigían el poder para los soviets: se trataba de masas auténticas, en gran parte armadas.

Esta poderosa manifestación de los destacamentos de la futura revolución no impidió a Dan informar, ante la Mesa del Comité central ejecutivo, en el sentido de que, de las 917 organizaciones soviéticas existentes, sólo 50 se habían manifestado conformes con mandar delegados, y eso «sin ningún entusiasmo». Sin dificultad puede creerse que los pocos soviets que todavía consideraban necesario manifestar su afecto al Comité central ejecutivo, no sentían entusiasmo alguno por el Congreso. Sin embargo, la mayoría aplastante de los soviets locales y de los Comités del ejército hacían caso omiso, sencillamente, del Comité central ejecutivo.

A pesar de todo, los conciliadores, que se habían comprometido y puesto en evidencia con su sabotaje del Congreso, no se atrevieron a llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias. Cuando se vio claramente que no se conseguiría evitar el Congreso, hicieron un viraje en redondo, invitando a todas las organizaciones locales a elegir delegados, con objeto de no dar la mayoría a los bolcheviques. Pero como habían despertado demasiado tarde, el Comité central ejecutivo, tres días antes del plazo fijado, se vio en la precisión de aplazar el Congreso hasta el 25 de octubre.

Gracias a esta última maniobra de los conciliadores el régimen de febrero, y con él la sociedad burguesa, obtuvieron una dilación inesperada, de la cual, sin embargo, nada sustancial podían sacar ya. Los bolcheviques, en cambio, como más tarde hubieron de reconocer sus mismos enemigos, se aprovecharon con gran fruto de esos cinco días suplementarios.

Los bolcheviques -dice Miliukov- aprovecharon el aplazamiento de la acción, ante todo, para reforzar sus posiciones entre los obreros y soldados de Petrogrado. Trotsky hacía una aparición en los mítines que se celebraban en los distintos regimientos de la guarnición de la capital. Para formarse ideal del estado de ánimo creado por esa agitación, bastará hacer notar, por ejemplo, que en el regimiento de Semenov no se dejó hablar a los miembros del Comité ejecutivo, Skobelev y Gotz, que intentaron hacerlo a continuación de Trotsky.

Todo se estaba preparando para que la Asamblea Constituyente sustituyera al gobierno provisional como órgano de la dictadura de clase de la burguesía... aun a pesar de la incomprensión de la vieja burguesía. Total, para eso estaban los nuevos partidos burgueses, ex-proletarios, como los mencheviques, mucho más conscientes de que el poder de clase necesita ante todo, de la ilusión y el engaño que permiten encuadrar y convertir la explotación de una clase por otra en consenso generalmente aceptado y organizado en el estado. En eso, los mencheviques y eseristas representaban no la democracia revolucionaria de ayer -como ellos mismos creían- sino la democracia de hoy que entonces nacía, organizada y orientada no a dar cabida en el estado a las clases y las fuerzas sociales, sino a encuadrarlas, no a representarlas en su conflicto el interior del estado sino a representar al estado como su expresión mística, negándolas.

El Congreso de los soviets fue el problema político central durante las cinco semanas que separaron a la Conferencia democrática del levantamiento de octubre. La declaración de los bolcheviques en la Conferencia mencionada proclamaba ya al futuro Congreso de los soviets como el órgano supremo del país.

Podrán llevarse a la práctica únicamente aquellas decisiones y proposiciones de esta conferencia... que sean adoptadas por el Congreso general de los diputados obreros, campesinos y soldados.

La resolución en favor el boicot al Preparlamento, sostenida por la mitad de los miembros del Comité central contra la otra mitad, decía:

Para nosotros, la participación de nuestro partido en el Preparlamento depende directamente de las medidas que el Congreso general de los soviets adopte para instituir un poder revolucionario.

La apelación al Congreso de los soviets constituye, casi sin excepción, la nota dominante de todos los documentos bolcheviques de ese período.

En la situación creada por la guerra campesina, cada vez más encendida, por la recrudescencia del movimiento nacional, por la ruina económica más y más profunda de día en día, por la disgregación del frente y la inestabilidad del gobierno, los soviets se convierten en el único reducto de las fuerzas creadoras. Todo problema se convierte en el problema del poder, y éste conduce al Congreso de los soviets, el cual debe dar respuesta a todas las cuestiones, la de la Asamblea constituyente inclusive.

Los bolcheviques se dan cuenta de la transformación que está teniendo lugar en la democracia... pero solo en la medida en que resulta del acendramiento entre clases por el impulso de la propia revolución. Esta falta de penetración se volverá dramática en el tiempo, cuando la IIIª Internacional apoye participaciones electorales que sistemáticamente servirán ya solo para deslegitimar la auto-organización de clase en sus primeras fases... empezando por Alemania.

Ningún partido, sin excluir a los bolcheviques, había retirado aún la consigna de la Asamblea constituyente. Pero, de un modo casi imperceptible, en el curso de los acontecimientos de la revolución, la consigna democrática principal, que por espacio de quince años había brillado en la heroica lucha de las masas, palidecía, desvaneciase como aplastada entre dos muelas, se convertía en una forma huera, en una tradición, y no en una perspectiva. Semejante proceso no tenía nada de extraño. El desarrollo de la revolución se basaba en la lucha directa por el poder entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado. Nada podía dar ya a la primera ni al segundo la Asamblea constituyente. En esta contienda, la pequeña burguesía urbana y rural no podía desempeñar más que un papel secundario y auxiliar. De todas maneras, como se habían encargado de demostrarlo los meses precedentes, era incapaz de tomar en sus manos el poder. Sin embargo, la pequeña burguesía podía hacerse aún con la mayoría en la Asamblea constituyente. Más tarde la obtuvo, en efecto; mas ¿para qué? únicamente para no saber qué uso había de hacer de ella. En todo esto hallaba su expresión la inconsistencia de la democracia formal, en un momento de honda transformación histórica. La fuerza de la tradición se manifestó en el hecho de que, en vísperas de la última batalla en torno a la Asamblea constituyente, ninguno de los bandos había abjurado todavía de la misma. Pero, en realidad, la burguesía dejaba a un lado la Asamblea constituyente para apelar a Kornílov, como los bolcheviques al Congreso de los soviets.

La burguesía, bien consciente de la que se avecina, jugará su última carta: sacar a la guarnición de Petersburgo para desarmar a la revolución. Conciliadores y kadetes organizarán una nueva campaña patriótica culpabilizadora de los soldados que no quieren salir de la capital.

Los conciliadores, buscando reanimar el patriotismo de las masas con la amenaza de la pérdida de Petrogrado, el día 9 de octubre presentaron al Soviet la proposición de crear un «Comité de defensa revolucionaria» que tuviera como fin participar obreros. Sin embargo, el Soviet, al mismo tiempo que se negaba a echar sobres sí la responsabilidad «de la pretendida estrategia del gobierno provisional y, en particular de la retirada de tropas de Petrogrado», no se apresuraba a pronunciarse sobre la orden dada, sino que decidía estudiar los motivos y fundamentos de la misma. Los mencheviques intentaron protestar: es inadmisible la intromisión en las disposiciones operativas del mando. Pero aún no hacía mes y medio que decían lo mismo respecto de las órdenes de Kornílov, que perseguían como fin preparar la sublevación, y no faltó quien se lo recordara así. Había que crear un órgano competente que se encargase de comprobar si el envío de regimientos al frente era dictado por consideraciones militares o políticas. Con gran asombro de los conciliadores, los bolcheviques aceptaron la idea del Comité de defensa: precisamente ese Comité era el que había de concentrar en sus manos todos los datos relativos a la defensa de la capital. Con ello se daba un paso importante. El Soviet, al arrancar esa peligrosa arma de las manos del adversario, se reservaba la posibilidad, según fueran las circunstancias, de orientar la resolución relativa a la retirada de los regimientos en un sentido o en otro, aunque, de todas maneras, contra el gobierno y los conciliadores.

Los bolcheviques aceptaron tanto más naturalmente el proyecto menchevista de crear un Comité militar, cuanto que en sus propias filas se había hablado ya, más de una vez, de la necesidad de constituir oportunamente un órgano soviético autorizado para dirigir la revolución futura. En la Organización militar del partido se había elaborado incluso el correspondiente proyecto. La dificultad que hasta entonces no había sido posible vencer estribado en la combinación del órgano de la insurrección con el Soviet, que tenía carácter electivo y que actuaba abiertamente, y del cual, por añadidura, formaban parte representantes de los partidos enemigos. La iniciativa patriótica de los mencheviques no podía surgir más oportunamente para facilitar la creación del Estado Mayor y de la revolución, que no tardó en adoptar la denominación de Comité militar revolucionario, convirtiéndose en la palanca principal de levantamiento. [...]

Ese mismo día, el Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, dio cuenta de la creación de una sección especial de la guardia roja cerca del mismo. El armamento de los obreros, abandonado e incluso perseguido por los conciliadores, convirtióse en uno de los objetivos más importante del Soviet bolchevista. La recelosa actitud de los soldados respecto de la guardia roja, desapareció por completo. En casi todas las resoluciones de los regimientos, muy al contrario de lo que sucedía antes, se exige el armamento de los obreros. En lo sucesivo, la guardia roja y la guarnición obran de perfecto acuerdo y no han de tardar en estar ligadas más estrechamente todavía por la común subordinación al Comité militar revolucionario.

El vértigo crece. Incluso dentro del propio partido se enquistan los viejos dirigentes (Kamenev, Zinoviev) contrarios a la insurrección, temerosos de la guerra civil. Es un hecho propio de la naturaleza como clase explotada de la clase revolucionaria de hoy.

La clase obrera lucha y madura con la conciencia de que su adversario es más fuerte que ella. Es lo que se observa continuamente en la vida cotidiana. El adversario tiene la riqueza, el poder estatal, todos los medios de presión ideológica y todos los instrumentos de represión. Forma parte integrante de la vida y de la actividad de un partido revolucionario, en época preparatoria, la costumbre de pensar que el enemigo nos aventaja en fuerza. Además, las consecuencias de los actos imprudentes o prematuros a los que pueda dejarse llevar el partido, le recuerdan de modo brutal, a cada instante, la fuerza de su enemigo. Pero llega un momento en que este hábito de considerar más poderoso al adversario se convierte en el principal obstáculo para la victoria.

León Trotski. «Lecciones de Octubre»

La discusión sobre las fuerzas era franca. La Revolución se armaba y organizaba, pero sobre todo se discutía abiertamente incluso en sus aspectos técnicos. El soviet de Petersburgo aprobó con la presencia de todos los partidos conciliadores el estatuto del Comité Militar. Los cálculos, incluso los meramente técnicos, se aireaban en la prensa. Lenin, desde Finlandia,

El gobierno se inquietó. El día 14, por la mañana, se celebró en el gabinete de Kerenski un Consejo de ministros, en el que se aprobaron las medidas adoptadas por el Estado Mayor contra el «golpe» que se preparaba. Los gobernantes hacían toda clase de conjeturas para tratar de saber si en esa ocasión no se iría más allá de una manifestación armada o si se llegaría a la insurrección. El jefe de la región militar decía a los representantes de la prensa: «En todo caso, estamos preparados». A menudo, en vísperas de la muerte, los enfermos desahuciados se sienten revivir bajo el influjo de una nueva afluencia de fuerzas. En la sesión de ambos Comités ejecutivos, Dan, imitando el tono empleado en junio por Tsereteli, refugiado ahora en el Cáucaso, exigió de los bolcheviques que dieran respuesta a la pregunta siguiente: ¿Piensan hacer algo y, en caso afirmativo, cuándo? De la respuesta de Riazanov sacó, no sin fundamento, el menchevique Bogdanov, la conclusión de que los bolcheviques preparaban la insurrección y que se pondrían al frente de la misma. El diario de los mencheviques decía:

Por lo visto, con lo que cuentan los bolcheviques para adueñarse del poder es con la permanencia de la guarnición en la capital.

Pero las palabras alusivas a la toma del poder iban impresas entre comillas; los conciliadores no creían aún seriamente en el peligro, y temían no tanto la victoria de los bolcheviques como el triunfo de la contrarrevolución, como resultado de las nuevas escaramuzas de la guerra civil. [...]

[Dos días después en] el Soviet se discutió el estatuto del Comité militar revolucionario. Esta institución, apenas creada, se convertía a los ojos de los adversarios en un organismo cada vez más odiado.

Los bolcheviques -exclamó el orador de la oposición- no contestan a la pregunta directa que se les ha hecho: ¿Preparan algo o no? Esta actitud hay que atribuirla a cobardía o a desconfianza en sus propias fuerzas.

La Asamblea acoge estas palabras con una carcajada general. La cosa no es para menos: el representante del partido gubernamental pide que el partido de la insurrección le abra su pecho. El nuevo Comité, prosigue el orador, no es más que «un Estado Mayor revolucionario para la toma del poder». Ellos, los mencheviques, no formarán parte del mencionado Comité. «¿Cuántos sois?», les gritan de la sala. Los mencheviques, a decir verdad, no son muy numerosos -una cincuentena- en el Soviet; pero, en cambio, saben con absoluta certeza que «las masas no sienten ninguna simpatía por el golpe que se prepara». Trotsky, en su réplica, no niega que los bolcheviques se preparen a la toma del poder: «Eso para nadie es un secretox. Pero de lo que ahora se trata es de otra cuestión. El gobierno exige la retirada de las tropas revolucionarias de Petrogrado ¡y nosotros hemos de decir: sí o no! El proyecto de Lazimir es adoptado por una mayoría de votos abrumadora. El presidente propone que el Comité militar revolucionario empiece a funcionar a partir del día siguiente. Se acaba de dar otro paso adelante.[...]

La lucha en torno a la guarnición se entretejía con la lucha por el Congreso de los soviets. Sólo cuatro o cinco días faltaban ya para la fecha primitivamente señalada. Esperábase que el «golpe» se produciría con ocasión del Congreso. Se suponía que, al igual que durante las jornadas de julio, el movimiento se desarrollaría en forma de manifestación armada de las masas, acompañada de refriegas callejeras. [...]

En estos últimos días -dice Trotsky, al final de la sesión nocturna del Soviet- la prensa aparece llena de anuncios, rumores y artículos referentes a la inminencia de la acción... Las decisiones del Soviet de Petrogrado se publican para conocimiento de todos. El Soviet es una institución electiva y... no puede tomar decisiones que no sean conocidas de los obreros y soldados... En nombre del Soviet declaro que no hemos señalado ninguna acción armada. Pero si el Soviet, por la marcha de las cosas, se viera obligado a hacerlo, los obreros y soldados entrarían en acción a su llamamiento, como un solo hombre... Se dice que he firmado una orden de entrega de 5.000 fusiles... Sí, la he firmado... El Soviet seguirá en lo sucesivo organizando y armando la guardia obrera.

Los delegados comprendieron que la batalla estaba cerca, pero que no se daría la señal sin ellos y sin contar con ellos.

Sin embargo, a más de la explicación o de la aclaración tranquilizadora, las masas tenían necesidad de una perspectiva revolucionaria clara.

El orador reduce a una sola las dos cuestiones: la retirada de la guarnición y el próximo Congreso de los soviets.

Tenemos un conflicto con el gobierno, que puede adquirir un carácter extremadamente agudo... No permitiremos... que se prive a Petrogrado de su guarnición revolucionaria.

Este conflicto está a su vez subordinado a otro conflicto inminente.

La burguesía sabe que el Soviet de Petrogrado propondrá al Congreso de los soviets que tome el poder en sus manos... En previsión de la lucha inevitable, las clases burguesas intentan desarmar a Petrogrado.

Por primera vez se pone en este discurso al descubierto, de un modo completamente definido, el nudo político del golpe que se prepara: nos disponemos a tomar el poder, tenemos necesidad de la guarnición, y no la cederemos.

A la primera tentativa de la contrarrevolución para disolver el Congreso, responderemos con un contraataque que será implacable y que llevaremos hasta sus últimas consecuencias.

Esta vez la declaración decidida en favor de la acción política termina asimismo con la fórmula de la defensa militar.[...]

El Soviet es suficientemente poderoso para proclamar abiertamente el programa de cambio de régimen e incluso para señalar la fecha de su realización. Al mismo tiempo, hasta el día señalado por él mismo para la victoria completa, se muestra impotente en millares de grandes y pequeñas cuestiones. Kerenski, reducido ya a cero, políticamente, sigue publicando decretos en el palacio de Invierno. Lenin, inspirador del movimiento irresistible de las masas, se oculta en la clandestinidad, y el ministro de Justicia, Maliantovich, da orden nuevamente, en esos días, al fiscal para que decrete la detención de Lenin. Aun en el Smolni, en su propio territorio, parece como si el omnipotente Soviet de Petrogrado viviese puramente de misericordia. La administración del edificio, la caja, el servicio de expedición, los automóviles, los teléfonos, todo se halla aún en manos del Comité central ejecutivo, que, por su parte, sí se sostiene todavía, no es más que por inercia. [...]

No sólo no quiso limitarse el Soviet a desmentir formalmente los rumores relativos a la insurrección, sino que anunció abiertamente para el día 22 una revista de sus fuerzas, pero no en forma de manifestaciones en las calles, sino de mítines en las fábricas, en los cuarteles, en todos los grandes locales de la capital.

El soviet y el Comité Militar se organizan contra provocadores, aseguran el Smolni, redoblan la propaganda en las guarniciones cosacas. Ambos bandos pasan revista a sus fuerzas, pulsan el nervio de sus bases sociales. El soviet mediante asambleas, el gobierno mediante reuniones de mandos.

Para el proletariado la discusión franca, abierta y por tanto pública es fundamental.

Derribar el antiguo poder es una cosa. Otra diferente es adueñarse de él. En una revolución, la burguesía puede tomar el poder, no porque sea revolucionaria, sino porque es la burguesía: tiene en sus manos la propiedad, la instrucción, la prensa, una red de puntos de apoyo, una jerarquía de instituciones. En muy diferente situación se encuentra el proletariado: desprovisto de los privilegios sociales que existen en su exterior, el proletariado insurrecto sólo puede contar con su propio número, su cohesión, sus cuadros, su Estado Mayor.

Del mismo modo que un herrero no puede tomar con su mano desnuda un hierro candente, el proletariado tampoco puede conquistar el poder con las manos vacías: le es necesaria una organización apropiada para esta tarea.[...]

La organización con la que el proletariado pudo no sólo derribar el antiguo régimen, sino también sustituirlo, es el soviet. Lo que más adelante se convirtió en el resultado de la experiencia histórica, hasta la insurrección de Octubre, no era más que un pronóstico teórico, aunque se apoyaba, es cierto, sobre la experiencia previa de 1905. Los soviets son los órganos de preparación de las masas para la insurrección, los órganos de la insurrección y, después de la victoria, los órganos del poder.

Sin embargo, los soviets no resuelven por sí mismos la cuestión. Según su programa y dirección, pueden servir para diversos fines. El partido es quien da a los soviets el programa. Si en una situación revolucionaria -y fuera de ella son generalmente imposibles- los soviets engloban a toda la clase, a excepción de las capas completamente atrasadas, pasivas o desmoralizadas, el partido revolucionario está a la cabeza de la clase. El problema de la conquista del poder sólo puede ser resuelto por la combinación del partido con los soviets, o con otras organizaciones de masas más o menos equivalentes a los soviets.

Porque quien dice partido dice dirección, orientación centralizada y claridad de los objetivos políticos de la acción masas. No se puede oponer la dirección, el partido, a la clase, presentando la alternativa «dirección de partido o auto-organización». Porque el partido es una parte y un momento esencial de la auto-organización de la clase. Hacerlo sería simplemente decir que es mejor que la parte más consciente de la clase, la que tiene un programa más claro, no debe organizarse ni centralizar su actividad. Y eso, al final, es lo mismo que negar que la revolución haga conscientes sus objetivos, porque la dirección no existe en el mundo de las ideas: o tiene una realidad organizativa... o deja de existir como factor material en el desarrollo de los acontecimientos y de la consciencia que le siguen. No es por capricho que el objetivo primario y confeso de la burguesía en todo el proceso de la revolución rusa de abril a octubre fuera desbandar a los bolcheviques y detener -o asesinar- a sus dirigentes a todos los niveles, desde las fábricas y los barrios al comité central.

El contraste de la Revolución española es esclarecedor. Fue capaz de llegar mucho más lejos contra el capital simplemente porque no era una revolución permanente, sino una revolución proletaria. Al acompañar la revolución proletaria en el campo a la insurrección masiva de los trabajadores de las ciudades, la relación capital-trabajo asalariado desapareció o se subvirtió en amplias regiones. Y la insurrección misma no solo derrotó al golpe militar, desbarató en todo el país al estado republicano, lo tornó aparente y factualmente irrelevante... pero el proletariado, auto-organizado en mil comités dispersos y milicias armadas unidas solo por el entusiasmo común, fue sin embargo incapaz de finiquitarlo. Y eso en una revolución significa ser finiquitado y masacrado. Muchas son las causas por las que el proletariado español fue incapaz de entender que necesitaba centralizar sus organizaciones unitarias -los comités y milicias- y acabar con el estado republicano en el territorio que la revolución controlaba. No tiene sentido desgranarlas aquí, pero fue clave que la mayor parte de los trabajadores más conscientes y decididos siguieran apegados al apoliticismo y el anticentralismo de la tradición anarquista. Los revolucionarios nunca consiguieron convertirse en dirección efectiva, ni siquiera impulsar un verdadero proceso de organización de la clase como tal, equivalente al Congreso Panruso de los Soviets. La imposibilidad de organización de los revolucionarios en partido y de la clase en una organización unitaria capaz de destruir el estado burgués son la misma cosa.

El proceso de preparación de la revolución consiste en que las tareas objetivas, producto de las contradicciones económicas y de clase, logran abrirse un camino en la conciencia de las masas humanas, modifican aspectos y crean nuevas relaciones entre las fuerzas políticas.

Como resultado de su incapacidad manifiesta para sacar al país del callejón, las clases dirigentes pierden fe en sí mismas, los viejos partidos se descomponen, se produce una lucha encarnizada entre grupos y camarillas y se centran todas las esperanzas en un milagro o en un taumaturgo. Todo esto constituye una de las premisas políticas de la insurrección, extremadamente importante aunque pasiva.

La nueva conciencia política de la clase revolucionaria, que constituye la principal premisa táctica de la insurrección, se manifiesta por una furiosa hostilidad al orden establecido y por la intención de realizar los esfuerzos más heroicos y estar dispuesta a tener víctimas para arrastrar al país a un camino de rehabilitación.

Los dos campos principales, los grandes propietarios y el proletariado, no representan, sin embargo, la totalidad de la nación. Entre ellos se insertan las amplias capas de la pequeña burguesía, que recorren toda la gama del prisma económico y político. El descontento de las capas intermedias, sus desilusiones ante la política de la clase dirigente, su impaciencia y su rebeldía, su disposición a apoyar la iniciativa audazmente revolucionaria del proletariado, constituyen la tercera condición política de la insurrección, en parte pasiva en la medida que neutralice a los estratos superiores de la pequeña burguesía, y en parte activa en la medida que empuje a los sectores más pobres a luchar directamente codo a codo con los obreros.

La reciprocidad condicional de esas premisas es evidente: cuanto más resuelta y firmemente actúe el proletariado y, por tanto, mayores sean sus posibilidades de arrastrar a las capas intermedias, tanto más aislada quedará la clase dominante y más se acentuará su desmoralización. Y, en cambio, la disgregación de los grupos dirigentes lleva agua al molino de la clase revolucionaria.

El proletariado sólo puede adquirir esa confianza en sus propias fuerzas -indispensable para la revolución- cuando descubre ante él una clara perspectiva, cuando tiene la posibilidad de verificar activamente la relación de fuerzas que cambia a su favor y cuando se siente dirigido por una dirección perspicaz, firme y audaz. Esto nos conduce a la condición, última en su enumeración pero no en su importancia, de la conquista del poder: al partido revolucionario como vanguardia estrechamente única y templada de la clase.

Gracias a una combinación favorable de las condiciones históricas, tanto internas como internacionales, el proletariado ruso tuvo a su cabeza un partido excepcionalmente dotado de una claridad política y de un temple revolucionario sin igual: únicamente esto permitió a una clase joven y poco numerosa cumplir una tarea histórica de gran envergadura. En general, como lo atestigua la historia -la Comuna de París, las revoluciones alemana y austríaca de 1918, los soviets de Hungría y de Baviera, la revolución italiana de 1919, la crisis alemana de 1923, la revolución china de los años 1925-1927, la revolución española de 1931-, el eslabón más débil en la cadena de las condiciones ha sido hasta ahora el del partido: lo más difícil para la clase obrera consiste en crear una organización revolucionaria que esté a la altura de sus tareas históricas. En los países más antiguos y más civilizados, hay fuerzas considerables que trabajan para debilitar y descomponer la vanguardia revolucionaria. Una importante parte de este trabajo se ve en la lucha de la socialdemocracia contra el «blanquismo», denominación bajo la cual se hace figurar la esencia revolucionaria del marxismo.

Por numerosas que hayan sido las grandes crisis sociales y políticas, la coincidencia de todas las condiciones indispensables para una insurrección proletaria victoriosa y estable no se ha visto hasta ahora en la historia más que una sola vez: en octubre de 1917, en Rusia. Una situación revolucionaria no es eterna. De todas las premisas de una insurrección, la más inestable es el estado de ánimo de la pequeña burguesía. En los momentos de crisis nacionales, la pequeña burguesía sigue a la clase que, no sólo por la palabra sino por la acción, le inspira confianza. Capaz de fuertes impulsos, e incluso de delirios revolucionarios, la pequeña burguesía no tiene resistencia, pierde fácilmente el valor en caso de fracaso y sus ardientes esperanzas se transforman en desilusiones. Son precisamente los violentos y rápidos cambios de su estado de ánimo los que dan esa inestabilidad a cada situación revolucionaria. Si el partido proletario no es lo suficientemente resuelto como para transformar a tiempo la expectativa y las esperanzas de las masas populares en una acción revolucionaria, el flujo será pronto reemplazado por un reflujo: las capas intermedias apartarán su mirada de la revolución y buscarán su salvación en el campo opuesto. Así como en la marea ascendente el proletariado arrastra con él a la pequeña burguesía, en el momento del reflujo la pequeña burguesía arrastra consigo a importantes capas del proletariado. Tal es la dialéctica de las olas comunistas y fascistas en la evolución política de la Europa de posguerra.

La insurrección

Las insurrecciones exitosas reflejan más que imponen cambios en las correlaciones de fuerzas. El verdadero esfuerzo revolucionario lo hace el proletariado ruso de finales de julio a octubre. La insurrección lo consagra. Pero es tan potente y profundo el cambio desde febrero que la burguesía y las clases dominantes no tienen ya fuerzas reales que oponer.

La fuerza social del otro campo estaba constituida por las clases dominantes. Ello determinaba su debilidad militar. ¿Cuánto y dónde se habían batido los importantes personajes del capital, de la prensa, de las cátedras universitarias? Tenían la costumbre de informarse por teléfono o telégrafo del resultado de los combates en los que se decidió su propia suerte. ¿La joven generación, los hijos, los estudiantes? Casi todos eran hostiles a la insurrección de Octubre. Pero la mayor parte de ellos, como sus padres, esperaban a distancia el resultado de los combates. Una parte se adhirió más tarde a los oficiales y a los junkers, que ya antes eran reclutados en gran parte entre los estudiantes. Los propietarios no tenían al pueblo con ellos, Los obreros, soldados y campesinos se habían vuelto contra ellos. El derrumbe de los partidos conciliadores mostraba que las clases dominantes se habían quedado sin ejército. [...]

Las patrullas, los automóviles blindados, los destacamentos de obreros armados, las instituciones ocupadas, todo atestiguaba por modo fehaciente que «la cosa había empezado». Pero resultaba que los acontecimientos se desarrollaban de un modo completamente distinto del que se esperaba. Las calles centrales no habían sido invadidas por centenares de miles de obreros de los suburbios. No había choques entre los obreros y las tropas. No había combates. La población empezó a salir a la calle. De atardecida, la alarma era menor en la vía pública que en los días precedentes. La ocupación de las instituciones gubernamentales había terminado. Pero muchas tiendas seguían abiertas: algunas habían cerrado, pero más por prudencia que por necesidad. ¿Dónde estaba la insurrección? Lo que estaba ocurriendo era, sencillamente, el relevo de los centinelas de Febrero por los de Octubre.[...]

A las dos y treinta y cinco minutos de la tarde -los periodistas extranjeros miraban el reloj; los rusos no tenían tiempo para ello- se abrió la sesión extraordinaria del Soviet de Petrogrado con un informe de Trotsky, el cual anunció, en nombre del Comité militar revolucionario, que el gobierno provisional había dejado de existir.

Se nos decía que la insurrección ahogaría a la revolución en torrentes de sangre... No sabemos que haya habido ni una sola víctima.

La historia no conoce un ejemplo de movimiento revolucionario en que intervinieran masas tan inmensas y que transcurriera de un modo tan incruento.

El palacio de Invierno no ha sido ocupado aún, pero su suerte estará decidida dentro de breves minutos.

Las doce horas siguientes pondrán de manifiesto que esta predicción pecaba de optimista.

Trotsky comunica: desde el frente mandan fuerzas contra Petrogrado; es necesario enviar inmediatamente comisarios del Soviet al frente, y a todo el país, para dar cuenta de la revolución efectuada. Del escaso sector de la derecha surgen algunas voces:

¡Está usted adelantándose a la voluntad del Congreso de los soviets!

El ponente contesta:

La voluntad del Congreso está predeterminada por el inmenso hecho de la insurrección de los obreros y soldados de Petrogrado. Ahora, lo único que debemos hacer es desarrollar nuestra victoria.

El autor del presente libro escribe en su autobiografía:

Cuando di cuenta del cambio de régimen llevado a cabo durante la noche, reinó por espacio de algunos segundos un silencio tenso... Al entusiasmo irrazonable sucedió la reflexión inquieta. En esto se puso asimismo de manifiesto el certero instinto histórico de los reunidos. Todavía podían esperarnos la resistencia encarnizada del viejo mundo, la lucha, el hambre, el frío, la ruina, la sangre, la muerte. ¿Venceremos?, se preguntaban muchos mentalmente. De ahí el minuto de reflexión inquieta. ¡Venceremos!, contestaban todos. Los nuevos peligros aparecían en una lejana perspectiva. Pero en aquel instante teníamos la sensación de una gran victoria, y esta sensación, que hervía en la sangre, se expansionó en la tempestuosa ovación que se tributó a Lenin cuando, al cabo de casi cuatro meses de ausencia, apareció por primera vez en esta asamblea.

En su discurso, Lenin trazó brevemente el programa de la revolución: destruir el viejo aparato estatal; crear un nuevo sistema administrativo a través de los soviets; tomar medidas para la terminación inmediata de la guerra, apoyándose en el movimiento revolucionario de los demás países; abolir la gran propiedad agraria y conquistar con ello la confianza de los campesinos; instituir el control obrero de la producción.

La tercera revolución rusa debe conducir, en fin de cuentas, a la victoria del socialismo.

El IIº Congreso Panruso de los Soviets

Mientras los rojos cercaban el Palacio de Invierno, se reunía el Soviet de Petrogrado. Lenin sale de la sombra. Lenin y Trotski anuncian la toma del poder. Los Soviets van a ofrecer una paz justa a todos los paíeses; se harán públicos los textos de los tratados secretos. Las primeras palabras de Lenin subrayan la importancia que tiene la unión de los obreros y de los campesinos, unión que no se ha sellado todavía.

El congreso panruso de los Soviets no se abre hasta la noche, en el gran salón de actos de Smolny, cuya total blancura resplandece con los raudales de luz que brotan de las enormes arañas. Se hallan presentes quinientos sesenta y dos delegados: trescientos ochenta y dos son socialdemócratas bolcheviques, treinta y uno independientes, pero simpatizantes con los bolcheviques; setenta socialistas-revolucionarios de izquierda, treinta y seis socialistas-revolucionarios del centro, diez y seis socialistas-revolucionarios de derecha, tres socialistas-revolucionarios nacionales, quince socialdemócratas internacionalistas unidos, veintiún socialdemócratas mencheviques partidarios de la defensa nacional, siete delegados socialdemócratas de las organizaciones nacionales y cinco anarquistas. Sala rebosante, febril. El menchevique Dan abre el congreso en nombre del anterior Comité Ejecutivo panruso; mientras se procede a elegir la mesa truena el cañón sobre el Neva. La resistencia del Palacio de Invierno está en los últimos estertores. Kamenev, «alegre y como endomingado»,48 sustituye a Dan en la presidencia. Presenta un orden del día dividido en tres puntos:

  1. Organización del poder;
  2. La guerra y la paz;
  3. Asamblea constituyente.

En los comienzos de la sesión actúan los partidos de la oposición menchevique y socialistas-revolucionarios. Habla en nombre de los primeros Martov, el líder más honrado y de mayores capacidades, cuya extremada debilidad física parecía denotar, no obstante toda su energía, el debilitamiento de la idea a cuyo servicio se había consagrado.

Martov, con la mano apoyada en la cadera, postura habitual en él, una mano temblorosa, exangüe, con su silueta retorcida y extravagante, moviendo de un lado a otro su cabeza desgreñada, exige que se dé al conflicto una solución pacífica...

¡A buena hora! Mstislavski toma la palabra en nombre de los socialistas-revolucionarios de izquierda. Su partido sentía desprecio por el gobierno provisional, estaba en favor de que los Soviets se hiciesen cargo del poder, pero había rehusado intervenir en el golpe de fuerza. Todo su discurso está lleno de matices. Que los Soviets asuman todo el poder, ¡desde luego!, tanto más que se trata de un hecho consumado. Pero que cesen en el acto las operaciones militares. ¿Cómo van a deliberar entre el estampido de los cañones? A lo cual replica Trotski con vivacidad:

Pero ¿hay alguien a quien le moleste el ruido del cañón? ¡Todo lo contrario, se trabaja mejor!

Los cañonazos hacen retemblar los cristales. Y he aquí que cuando mencheviques y socialistas-revolucionarios de derecha denuncian «el crimen que se está cometiendo contra la Patria y la Revolución», aparece en la tribuna, para contestarles, un marino del Aurora:

Figura de bronce -relata Mstislavski-, además sobrio, agresivo, sin titubeos, palabra que corta el aire como un cuchillo, de los que no se paran en barras, así era aquel hombre.

Apenas se irguió en la tribuna, ágil y macizo, con el pecho velludo encuadrado bajo un cuello marinero que ondulaba con gracia alrededor de su cabeza crespa, cuando toda la sala estalló en aclamaciones.

Se acabó el Palacio de Invierno -dijo-. El Aurora hace fuego casi a bocajarro.

«¡Oh!» -gimió a sus pies el menchevique Abramovich, con la mirada extraviada y retorciéndose las manos. Y el hombre del Aurora, contestando a aquella lamentación, con gesto magnánimo, pero de una inimitable desenvoltura, le tranquilizó con voz confidencial que vibraba con una risa interior:

Tiran con pólvora sola. No se necesita más para asustar a los ministros y a las mujeres del batallón escogido.

Se produce un tumulto. Los mencheviques de la defensa nacional y los socialistas-revolucionarios de derecha marchan a «morir con el gobierno provisional». Pero no fueron muy lejos. Su pequeña comitiva encontró las calles cortadas por los guardias rojos y se fue disgregando por sí misma... Era ya noche avanzada cuando los socialistas-revolucionarios de izquierda se resolvieron a «seguir» a los bolcheviques y a permanecer en el congreso.

Lenin no subió a la tribuna hasta la sesión del día 26, en que se votaron los grandes decretos acerca de las tierras, la paz y el control obrero de la producción. No bien apareció, le envolvió una aclamación inmensa. Esperó tranquilo a que terminase, paseando la mirada por aquella multitud victoriosa. Y luego, apoyando ambas manos en el pupitre, sus anchos hombros ligeramente inclinados hacia el auditorio, con sencillez, sin un ademán, dijo:

Damos comienzo a la tarea de construir la sociedad socialista.

Victor Serge, «El año I de la Revolución rusa»


1 Como escribe Antonio Gallo en 1935 discutiendo frente a Mariátegui, que defiende la revolución agraria antiimperialista en las Américas. «El proletariado erigido en poder no se detendrá en una etapa o gobierno intermedio sino que, después de resolver esos problemas, continuará hacia adelante, hacia la socialización de los medios de producción y de cambio, la colectivización de la tierra, etc. Esta revolución, solo puede hacerla el proletariado, conquistando o neutralizando, para sus propios fines, a las clases medias urbanas y rurales, no en alianza con la burguesía, sino contra ésta. A esto es lo que los marxistas llamamos revolución socialista y a esa solución de la contradicción entre la etapa aun no definitivamente desenvuelta de la revolución democrático-burguesa y de la revolución socialista le damos un carácter de continuidad que formulamos, más concreta y claramente, como revolución permanente, con acuerdo a la definición de Marx. Ese es el proceso de la Revolución de Octubre. Esta es la solución de Marx y de Lenin. La otra es la de Stalin y los apristas, o lo que es lo mismo, la reedición del Kuomintang, la alianza de todas las clases, la liberación nacional. No hay más burguesías revolucionarias. El ejemplo de la República Española de 1931 es abrumador. La burguesía, una vez en el poder no puede ni quiere resolver los problemas democráticos de su revolución; solo la clase obrera erigida en poder puede llevarlas a término. Otro ejemplo típico es la revolución rusa de febrero. Sin formular este problema con claridad no se delimitará nunca una política revolucionaria, porque se deja sin solución o se lo soluciona en el sentido del bloque con la burguesía, el problema del poder». Antonio Gallo, ¿Adónde va la Argentina? ¿Frente Popular o lucha por el Socialismo?, 1935
2 Defensores de la aplicabilidad inmediata del programa máximo de la socialdemocracia. El triunfo de la revolución en octubre fue presentado por la prensa mundial originalmente como un triunfo de los maximalistas y como maximalistas se conoció internacionalmente a los bolcheviques e incluso a la Internacional durante los primeros años, al punto que el primer núcleo internacionalista en Portugal se llamó Federaçao Maximalista antes de cambiar su nombre a Partido Comunista.
3 Miembros del «Comité Interdistritos», organización fundada en 1913 dirigida por Ovitsky, Fedorov, Joffe, Lunacharski y otros, a la que se une Trotski a su llegada a Rusia, cuando tiene ya unos 4.000 miembros, la mayoría en Petersburgo. Formada por miembros del POSDR, defiende durante la guerra un internacionalismo estricto y la reconstitución del POSDR como una fusión de bolcheviques, mencheviques internacionalistas (Martov) y ellos mismos. Adhieren a las Tesis de Abril antes que la dirección bolchevique y en mayo Lenin les propone como el otro componente principal -junto a los bolcheviques- para fundar el Partido Comunista sobre la base del programa de abril, en ese momento todavía no aceptado por los viejos bolcheviques.