El comunismo frente a la contrarrevolución

Cuaderno 7: El comunismo frente a la contrarrevolución

El exilio de Trotski y el ocaso de la Oposición rusa

Como hemos visto en el cuaderno anterior, el ascenso del stalinismo no quedó incontestado dentro del partido comunista ruso. A partir de 1923, a veces en medio de una gran confusión, las tendencias que resisten al vaciamiento de los soviets en favor de los aparatos estatales y la afirmación pareja de los intereses del capital nacional sobre la Revolución mundial, se van a ir agrupando en torno a la Oposición de Izquierda que ve en Trotski y Rakovski sus portavoces más cualificados.

La lucha de la Oposición de Izquierda en los años 23-28 se da en distintos planos. No entraremos en un análisis detallado. Recordemos brevemente los temas principales:

  1. En el plano interior: lucha contra la burocratización crecientte del partido y del Estado, lucha contra el peligro kulak [burguesía agraria] y de forma crecientemente abierta contra los «nepman» [pequeña burguesía privada nacida al calor del capitalismo de estado de la NEP].

    La Oposición preconiza un nuevo curso de medidas antiburocráticas, una política hacia el campesinado apoyándose en los campesinos pobres y dirigida contra los kulaks, una colectivización progresiva del campo fundamentada en un desarrollo industrial mayor y planificación económica.

  2. En el plano internacional: lucha contra el curso stalino-bujarinista (Comité anglo-ruso, alianza con Chang Kai Chek en la revolución china).

  3. En el plano teórico, que guiaba toda la política internacional, lucha contra la teoría del «socialismo en un solo país», y defensa del programa bolchevique que Trotski reclama en la teoría de la «revolución permanente».

Jacques Roussel. «Les enfants du prophete»

Desde el momento en que llega desterrado a Prinkipo, Trotski intenta crear lazos clandestinos con la oposición rusa que en ese momento vive cautiva en los campos punitivos. Es un momento de debates vivos y desmoralización creciente alentada por el giro a la izquierda de la fracción stalinista.

Tanto los oposicionistas como Trotski, y antes que ellos Lenin, esperaban un nuevo estallido contrarrevolucionario y quizás una guerra civil impulsados por la burguesía agraria (el kulak) apoyada en los nepman y las potencias imperialistas. Veían, con razón, en el derechismo económico asociado al socialismo en un solo país un debilitamiento de los trabajadores en relación a ésa burguesía, una política de conciliación de clases típicamente centrista y al final suicida pues preparaba las condiciones de una contrarrevolución triunfante. Por eso llaman termidoriana a la burocracia (prepara la contrarrevolución pero no es la contrarrevolución) y por eso su política económica había puesto el acento en el monopolio del comercio exterior y en la colectivización del campo como forma de conjurar el peligro constante del kulak y sus alianzas.

Hacía ya varios años que el abismo entre la ciudad y el campo se había hecho más ancho y profundo. Los 25 o 26 millones de pequeñas, y en su mayor parte diminutas y arcaicas, granjas no podían alimentar a la población urbana que aumentaba rápidamente. Las ciudades vivían bajo una amenaza casi constante de hambre. En última instancia, la crisis solo podía resolverse mediante la sustitución de la pequeña propiedad improductiva por la moderna granja en gran escala. En un país enorme, acostumbrado a la agricultura extensiva esto podía lograrse mediante una de dos políticas: o el fomento enérgico del capitalismo agrario o mediante la colectivización. No había otra alternativa. No había otra alternativa. Ningún gobierno bolchevique podía actuar como padrastro del capitalismo agrario: si lo hubiese hecho, habría desencadenado formidables fuerzas hostiles a si mismo y habría comprometido las perspectivas de la industrialización planificada.

Así, pues, solo quedaba un camino abierto: el de la colectivización, aun cuando todavía quedaran por resolver los problemas capitales de la escala, el método y el tempo. Años de vacilación oficial habían desembocado en el hecho de que ahora las decisiones tendrían que tomarse bajo condiciones mucho peores que aquellas bajo las cuales pudieron haberse tomado anteriormente. Los intentos de Stalin por combinar las líneas políticas más contradictorias, apaciguar a los agricultores ricos y después requisarles sus cosechas, habían enfurecido al campesinado. Su prolongada renuencia a llevar adelante el desarrollo industrial no había sido menos desastrosa. Mientras el campo no podía ni quería alimentar a la ciudad, la ciudad era incapaz de suministrarle al campo productos industriales. El campesino, al no poder obtener zapatos, ropas e implementos agrícolas, no tenia incentivos para elevar su producción, menos aún para venderla. Y así, tanto la ciudad hambrienta como el campo privado de productos industriales eran presa del descontento.

Las decisiones sobre el tempo y la escala de la industrialización y la colectivización se tomaron en condiciones de aguda escasez de todos los elementos humanos y materiales necesarios para la doble empresa. Mientras los obreros carecían de pan, la industria carecía de mano de obra capacitada. También carecía de maquinaria. Y, sin embargo, las máquinas permanecían paradas por falta de combustible y de las materias primas cuyo suministro dependía de la economía rural. Los transportes estaban desorganizados y no podían satisfacer las necesidades del tráfico industrial incrementado. El suministro de casi todos los productos y servicios era lastimosamente inadecuado a la demanda. La inflación era incontrolable. Los precios reglamentados no guardaban ninguna relación con los no reglamentados, y ni unos ni otros reflejaban valores económicos genuinos.

Todos los lazos y vínculos entre las diversas partes del organismo social estaban rotos, con excepción de los eslabones de la miseria y la desesperación. No sólo había vuelto a quebrantarse el intercambio económico entre la ciudad y el campo, sino que lo mismo había sucedido con todas las relaciones normales entre la ciudadanía y el Estado e incluso entre el Partido y el Estado. No había engaño ni violencia al que tanto los gobernantes como los gobernados no estuvieran dispuestos a recurrir en su contienda. Los kulaks, y muchos campesinos «medianos» e incluso pequeños, eran implacables en su odio a los «comisarios». Los incendios y los asesinatos de agentes y agitadores del Partido eran sucesos cotidianos en las aldeas. El estado de ánimo del campesinado contagiaba a la clase obrera, entre la cual abundaban los recién llegados del campo. En el duodécimo año de la revolución, la pobreza del país y las negligencias y abusos del gobierno provocaban una reacción tan adversa y generalizada que algo grande y terrible tenia que suceder o tenía que hacerse a fin de reprimir o de dar salida a las emociones acumuladas.

Isaac Deutscher. «El profeta desterrado»

La puesta en marcha de la colectivización podría haber parecido un triunfo de la izquierda, a fin de cuentas era la base de su programa. Precisamente por éso Stalin la compagina con un endurecimiento de la represión de miembros de la Oposición.

Sin persecución rigurosa, el viraje hacia la izquierda solo habría traído nuevos partidarios a las filas de la Oposición porque ponía de manifiesto la bancarrota [del stalinismo]. Y la persecución por sí sola, sin el viraje a la izquierda, no habría tenido efecto.

Rakovski, Boletín interno de la Oposición, 1929

El giro hacia la izquierda, la colectivización, desmoraliza a buena parte de la Oposición que sigue discutiendo -como vimos en el cuaderno anterior- en los campos punitivos. Paradojicamente, las capitulaciones forzadas de trotskistas y la liberación de cientos de ellos, da paso a los fusilamientos y el terror abierto. Stalin desconfía de los capituladores y su efecto en la ciudad. Los campos volverán a llenarse pronto y se convertirán cada vez más y más rápidamente en campos de exterminio para una decena de millar de oposicionistas de primera fila, la mayoría viejos miembros del partido.

Pero, a pesar de todo, la mayoría de la Oposición con el propio Trotski a la cabeza sigue viendo a la burocracia como una excrecencia del proletariado no como expresión de las necesidades del capital nacional estatalizado, es decir, como una deformación del poder de los soviets, no como una capa burguesa.

La diferencia política entre la burocracia stalinista y la Oposición trotskista solo es reconocible para los trabajadores en la consigna de democracia socialista. No es una consigna fácil, como vimos en el cuaderno anterior, el proletariado se ha renovado, la mayoría de los trabajadores no han pertenecido a los soviets que hicieron la Revolución. A ella, el stalinismo opondrá masas de cifras, muchas veces escandalosamente falsas, para demostrar el desarrollo socialista de las fuerzas productivas que de paso demostraría la posibilidad del socialismo en un solo país. Trotski insistirá en que la colectivización y la industrialización tienen significados opuestos en una perspectiva nacional y en otra de revolución mundial, en un marco de dictadura burocrática y en un marco de poder soviético real.

De hecho, para 1932 el proletariado ruso se había ya duplicado pasando de 10 a 20 millones de trabajadores industriales. La colectivización había acelerado la acumulación de capital, industrializando Rusia a toda velocidad. Pero a costa de una explotación inédita de los trabajadores que vivirán en el racionamiento y la escasez más brutal. Es una huida hacia delante del capital estatal luchando a dos frentes entre un campesinado al que desarticula y proletariza y un proletariado nuevo, de campesinos llegados a la ciudad, despojado de continuidad y memoria, al que niega incluso a expresarse en el que todavía es teóricamente su propio estado.

Mientras el campesinado está siendo proletarizado, nuestra clase obrera va quedando completamente infectada por el espíritu del campesinado.

Y. Grev. Boletín de la Oposición, 1930

No es ninguna exageración. En ese año, en la cuenca del Donetz, el 40% de los mineros eran kulaks expropiados. El volumen y la velocidad de la transformación abocan a la burocracia a recurrir al terror generalizado para sostenerse. Cuanto más crece y se concentra el proletariado, más le teme la burocracia, de menos libertades disfruta en su estado y más se endurece el régimen disciplinario. Las huelgas se reprimen sin contemplaciones. Los trabajadores críticos son acusados de traición. Los campos punitivos se amplían para albergar a centenares de miles de trabajadores no politizados. Los trabajos forzados se convierten en un recurso productivo habitual.

La burocracia ya no es centrista, a diferencia de lo que espera la Oposición, no está dando un bandazo a la izquierda como antes había dado a la derecha, en un intento por conciliar a la burguesía agrícola y al estado proletario. Identificada ya abiertamente a través del Plan Estatal con la acumulación y reconstitución del capital nacional en el estado, es ya incapaz de convivir incluso con la letra de las leyes que lo constituyeron como herramienta de la clase explotada. En 1936 Stalin aprobará una nueva constitución. Los soviets desaparecerán ya formalmente como asambleas delegados electos y revocables. Se convertirán ya, formal y legalmente, en comités de representantes del partido de la burocracia y sus órganos.

Los primeros mimbres de la Izquierda Comunista Internacional

Volvamos a 1928. La otra tarea que se da Trotski al llegar a Prinkipo es organizar a nivel global la lucha contra el stalinismo. Su mirada sobre la Internacional irá en paralelo con su mirada sobre el estado ruso. Para Trotski, en la medida en que formalmente seguían existiendo soviets -y seguirían existiendo sobre el papel hasta 1936- el estado ruso era un Estado obrero y el capitalismo de estado construido por la NEP y acelerado por la burocracia a costa de los trabajadores y sus órganos, una conquista del proletariado en el ejercicio de su dictadura. Y del mismo modo que en el estado ruso seguía viendo el estado de los soviets, su visión en ese momento era que los PCs seguían agrupando a la vanguardia militante de la clase y de lo que se trataba era de recuperarlos para recuperar la Internacional. El objetivo de la clase debía de ser recuperar sus organizaciones, en Rusia las del estado, en el resto del mundo las derivadas de la Internacional, en especial los PCs. Por eso, la idea de Trotski en ese momento, y lo será por mucho tiempo, es crear una fracción de izquierda de la Internacional, al modo de la Oposición de Izquierda en el partido ruso.

El primer foco de los esfuerzos de Trotski estará en Francia. Anima desde el primer momento la formación de un único polo de oposición para recuperar en el PC francés la democracia interna y las bases programáticas de la III Internacional (los cuatro primeros congresos), incluyendo a Souvarine, a los zinovietistas de Treint y a los exiliados bordiguistas italianos.

No se trata de crear una plataforma política superadora de la III Internacional, no se trata de organizar un nuevo partido... se trata de defender los partidos creados al calor de la revolución ¡tan solo ocho años antes!

Porque, dejémoslo claro, no está tampoco tratando de hacer de coche escoba recogiendo cualquier posición anti-stalinista, busca aquellas en las que se parta de la reivindicación de la Revolución rusa y del marxismo, rechazando las que, como Souvarine en Francia, el choque con el stalinismo les lleva a afirmar una revisión del marxismo, de la necesidad de partido e incluso de la idea de revolución proletaria. Trotski en ningún momento pierde la perspectiva global: el retroceso de la revolución en Rusia y las dificultades del proletariado en el resto del mundo forman parte del mismo proceso y en consecuencia, bajo las tendencias en cada partido laten fuerzas contradictorias. No todas ellas son revolucionarias, ni en el partido ruso ni en los demás.

No tengo aún posibilidades de trabajar en forma sistemática. Hasta el momento no pude ponerme bien al tanto de las publicaciones de la oposición europea. Por eso me veo obligado a dejar para más adelante la evaluación general de las tendencias de oposición. Nos aguardan tiempos tan difíciles que todo compañero, aun, todo compañero potencial, posee para nosotros un valor incalculable. Sería un error imperdonable alejar a un compañero, más aun a un grupo, por una evaluación hecha a la ligera, por una crítica prejuiciosa o por exagerar las diferencias.

No obstante, considero que es absolutamente necesario expresar algunas consideraciones generales que, en mi opinión, son decisivas para caracterizar a tal o cual grupo o tendencia de oposición.

En la actualidad, la Oposición se constituye sobre la base de una diferenciación ideológica principista, no sobre la base de acciones de masas. Esto tiene que ver con el carácter de la etapa. Hubo procesos similares en la socialdemocracia rusa durante los años de contrarrevolución, y en la socialdemocracia internacional en los años de guerra. Por regla general, las acciones de masas tienden a liquidar las diferencias secundarias y episódicas y a ayudar a la fusión de tendencias afines y próximas. El corolario de esto es que en épocas de estancamiento o reflujo los agrupamientos ideológicos muestran una gran tendencia hacia la diferenciación, la ruptura y las luchas internas. No podemos saltar sobre la etapa que vivimos, tenemos que atravesarla. La diferenciación ideológica clara y precisa es un sine qua non que prepara los éxitos del futuro.

Más de una vez hemos calificado de centrista la línea general de la dirección de la Comintern. Es evidente que el centrismo, más aun el centrismo armado con todo un arsenal represivo, terminará por empujar a la oposición, no sólo a los elementos consecuentemente marxistas sino también a los oportunistas más consecuentes.

El oportunismo comunista se expresa en la lucha por restablecer, con las condiciones que imperan hoy, la socialdemocracia de preguerra, lo que se nota con suma claridad en Alemania. La socialdemocracia de hoy está a años luz de distancia del partido de Bebel. Pero la historia es testigo de que el partido de Bebel se transformó en la socialdemocracia contemporánea. Eso significa que el partido de Bebel ya se había vuelto totalmente inoperante en la época de preguerra. Tanto más inútil resulta tratar de reconstituir el partido de Bebel, o siquiera un ala izquierda del mismo, en las condiciones imperantes. Sin embargo, por lo que puedo juzgar, los esfuerzos de Brandler, Thalheimer y sus amigos tienden a esa dirección. En Francia, Souvarine aparentemente apunta a lo mismo, aunque con menos consecuencia.

Considero que hay tres problemas clásicos que establecen el criterio decisivo para caracterizar las tendencias del comunismo mundial:

  1. la política del Comité Anglo-Ruso;
  2. el proceso de la revolución china;
  3. la política económica de la URSS, junto con la teoría del Socialismo en un solo país.

Quizás algunos camaradas se sorprendan de que no mencione aquí el problema del régimen partidario. No se trata de un olvido, sino de una omisión deliberada. Un régimen partidario no tiene un significado independiente, auto suficiente, es una magnitud que deriva de la política partidaria. La lucha contra el burocratismo stalinista cuenta con la simpatía de los elementos más heterogéneos. Hasta los mencheviques suelen aplaudir algunos de nuestros ataques contra la burocracia. Digamos de paso que en esto se apoya la estúpida charla de los stalinistas, que tratan de hacer ver que nuestra política es afín a la de los mencheviques. Para un marxista, la democracia de un país no es una abstracción. La democracia está siempre condicionada por la lucha de las fuerzas vivas. Para los oportunistas el centralismo revolucionario es burocratismo. Es obvio que éstos no pueden ser militantes nuestros. En este caso, cualquier indicio de solidaridad es producto de la confusión ideológica o, más frecuentemente, de la especulación maliciosa.

  1. Respecto del Comité Anglo-Ruso escribí mucho. No sé cuanto se publicó en el exterior. Me dijeron que circulan rumores de que yo me oponía a la ruptura del Comité Anglo-Ruso, y que sólo cedí cuando me presionaron Zinoviev y Kamenev. En realidad, lo cierto es lo contrario. La política stalinista en el Comité Anglo-Ruso es un ejemplo clásico del centrismo que se desplaza a la derecha, les sostiene el estribo a los traidores descarados y recibe a cambio tan sólo golpes y puntapiés. Al comunista europeo le cuesta mucho comprender los problemas chinos y rusos, debido a las condiciones peculiares de esos países. El caso del bloque político con los líderes de los sindicatos británicos es diferente. Aquí estamos ante un problema elemental de la política europea. La línea stalinista respecto de este problema constituye la más flagrante violación de los principios bolcheviques y del abecé teórico del marxismo. La experiencia del Comité Anglo-Ruso redujo a cero el valor pedagógico de las grandes huelgas de 1926 y retrasó en años el desarrollo del movimiento obrero británico. Quien no lo haya comprendido no es un marxista, no es un político revolucionario del proletariado. Las protestas de ese individuo por el burocratismo stalinista, para mí, carecen de todo valor. La orientación oportunista del Comité Anglo-Ruso sólo podía concretarse en lucha contra los auténticos elementos revolucionarios de la clase obrera. Y esta lucha, por su parte, es inconcebible si no se apela a la coerción y a la represión, sobre todo tratándose de un partido con el pasado revolucionario del Partido Bolchevique.
  2. También escribí mucho sobre la cuestión china los últimos dos años. Tal vez pueda reunir todo ese material en un solo tomo. El estudio de los problemas de la revolución china es una condición necesaria para la educación de la Oposición y la diferenciación ideológica en sus filas. Los elementos que no adoptaron una posición clara y precisa sobre esta cuestión revelan con ello su estrechez nacional, lo que de por sí es un síntoma inequívoco de oportunismo.
  3. Por último, la cuestión rusa. Debido a la situación creada por la Revolución de Octubre, las tres tendencias clásicas del socialismo - la marxista, la centrista y la oportunista- encuentran en las condiciones soviéticas su expresión más clara y precisa, su indiscutible contenido social. En la URSS vemos un ala derecha ligada a la intelectualidad técnica y a los pequeños propietarios, el centro, que oscila entre las clases haciendo equilibrio en la cuerda floja del aparato, y el ala izquierda, que representa a la vanguardia proletaria en el período de reacción. Naturalmente, no quiero decir con esto que la izquierda está exenta del error y que podemos progresar sin una crítica interna seria y franca. Pero esta crítica debe tener un claro fundamento de clase, es decir, debe tomar en cuenta las tendencias históricas arriba mencionadas. Cualquier intento de negar la existencia de dichas tendencias y su carácter de clase, cualquier intento de elevarse por encima de las mismas, culminará inexorablemente en un miserable fracaso. Este es el camino que siguen, sobre todo, los derechistas que aún no lo son conscientemente o que no quieren ahuyentar demasiado pronto a su propia ala izquierda.

Por lo que sé, durante todos estos años Brandler y Thalheimer consideraron muy correcta la política económica del Comité Central del PCUS. Así estaban las cosas hasta el momento del viraje a la izquierda. Por lógica, ahora deberán simpatizar con el programa que se aplicó abiertamente de 1924 a 1927 y que en este momento está representado por el ala derecha de Rikov, Bujarin y demás. Souvarine, aparentemente, se orienta en la misma dirección.

Es obvio que aquí no puedo plantear en toda su envergadura el problema económico de la URSS. Lo dicho al respecto en nuestro programa mantiene toda su validez. Sería muy útil que la Oposición de Derecha hiciera una crítica clara y precisa de lo que dice nuestra plataforma sobre este tema. Para facilitar este trabajo, permítaseme adelantar aquí algunas consideraciones.

La derecha cree que si las empresas campesinas individuales tuvieran mayor margen de maniobra, se podrían superar las dificultades actuales. No me propongo negarlo. El apostar a favor del farmer capitalista (versión europea o norteamericana del kulak) indudablemente rendirá frutos, pero serán frutos capitalistas que conducirán en la etapa siguiente al derrumbe político del poder soviético. Entre 1924 y 1926 se dieron solamente los primeros pasos de esa apuesta a favor del farmer capitalista. Sin embargo, se fortaleció tremendamente la pequeña burguesía urbana y rural, que se apropió de muchos soviets atrasados, se incrementaron el poderío y la autosuficiencia de la burocracia, se desató una presión mayor contra los obreros y se liquidó por completo la democracia partidaria. Quienes no comprenden la dependencia recíproca de todos estos hechos, generalmente son incapaces de comprender una política revolucionaria. La orientación tendiente a hacer surgir el farmer capitalista es absolutamente incompatible con la dictadura del proletariado. Es necesario escoger.

Veamos, empero, el aspecto puramente económico de la cuestión. Entre la industria y la economía campesina existe una interacción dialéctica. Pero la fuerza motriz es la industria, en mucho el factor más dinámico. El campesino necesita bienes manufacturados a cambio de sus granos. La revolución democrática dirigida por los bolcheviques entregó la tierra a los campesinos. La revolución socialista, bajo la misma conducción, sigue entregando a los campesinos menos bienes a precios más elevados que los que le exigía el capitalismo. Precisamente por eso, la revolución socialista, a diferencia de su cimiento democrático, se encuentra amenazada. Frente a la escasez de bienes manufacturados el campesino reacciona con la huelga agraria pasiva; no lleva sus granos al mercado ni aumenta la superficie sembrada. La Derecha considera necesario otorgar un mayor margen de maniobra a las tendencias capitalistas de la aldea, quitarles menos y desacelerar el ritmo de crecimiento industrial. Pero en definitiva esto significa el aumento de la cantidad de mercancías agrícolas en el mercado y la disminución de la cantidad de mercancías industriales. La desproporción entre ambas, que constituye la raíz de la actual crisis económica, se acrecentaría en ese caso. Una salida posible sería la de exportar los cereales del farmer e importar a cambio bienes manufacturados europeos para el farmer, es decir, el campesino de mayores recursos. En otros términos, en lugar de una smichka (vínculo) entre la economía cooperativa campesina y la industria socialista, se crearía una smichka entre una economía farmer de exportación y el capitalismo mundial. De esta manera el estado no sería el constructor de la economía socialista sino un intermediario entre el capitalismo local y el capitalismo extranjero. Demás está decir que los contratistas no tardarían en dejar de lado al intermediario, empezando, claro está, con el monopolio del comercio exterior. Porque el libre desarrollo de una economía farmer, que recibe lo que necesita desde el exterior a cambio de la exportación de sus granos, presupone una libre circulación de mercancías, no una circulación exterior monopolizada por el estado.

La Derecha suele afirmar que Stalin aplicó la plataforma de la Oposición y demostró su ineficacia. La verdad es que Stalin se asustó cuando su empírica cabeza se estrelló contra las consecuencias de la política farmer (kulak) que tan ciegamente fomentó entre 1924 y 1927. Al dar el salto a la izquierda, utilizó retazos del programa de la Oposición. La plataforma de la Oposición, en primer término, excluye la política tendiente a crear una economía cerrada y aislada. Es absurdo querer erigir un muro de ladrillos para separar la economía soviética del mercado mundial. La suerte de la economía soviética (incluida la de la agricultura) estará determinada por el ritmo general de su desarrollo, de ninguna manera por su grado de «independencia» respecto de la división mundial del trabajo. Hasta el momento, todos los planes económicos de la dirección stalinista se basaron en la reduccióndel comercio exterior en el curso de los próximos cinco o diez años, lo que sólo podemos calificar como cretinismo pequeñoburgués. La Oposición no tiene nada que ver con esa política. Pero esa posición sí surge de la teoría del socialismo en un solo país.

Aparentemente, el intento de Stalin de incrementar la industrialización lo acerca a la Oposición. Pero sólo en apariencia. La industrialización socialista presupone un plan de gran alcance y muy cuidadosamente elaborado, en el que el desarrollo interno, está estrechamente ligado a una creciente utilización del mercado mundial y a la defensa implacable del monopolio del comercio exterior. Esta es la única manera en que se podrán paliar -no liquidar ni eliminar- las contradicciones del desarrollo socialista dentro del cerco capitalista; ésta es la única manera de incrementar el poderío económico de la república soviética, de mejorar las relaciones económicas entre la ciudad y el campo y de fortalecer la dictadura del proletariado.

Estos son, pues, los tres criterios fundamentales para la diferenciación interna de la Oposición. Surgen de la experiencia viva de tres países. Naturalmente, cada uno de los países atrasados tiene sus problemas peculiares y la actitud hacia los mismos determinará la posición de cada grupo y de cada comunista individual. Es posible que mañana alguno de estos problemas nuevos surja y desplace a todos los demás. Pero me parece que hoy los problemas decisivos son los mencionados. Quien no tenga una posición clara y precisa al respecto no puede ubicarse en alguno de los tres agrupamientos básicos del comunismo.

A pesar de todas las dificultades con los grupos de la izquierda comunista francesa, la continua correspondencia de Trotski consigue que se forme un mínimo polo de agrupamiento en septiembre de 1929 en torno a Le Verité del que surgirá casi inmediatamente la Ligue Communiste con Molinier, Naville, Frank y Rosmer, que consigue empezar a tener un cierto eco en la base sindical organizada en la Union Ouvrière. Pero ya en 1930 los sindicalistas marcan distancias con la Liga y en 1931 Rosmer y Collinet se separan para crear la Gauche Communiste. En solo unos meses resulta evidente que no hay manera. Reinan diversas manifestaciones de desmoralización entre los distintos grupitos a los que ha quedado reducida la oposición zinovietista y trotskista al ser expulsada del partido. Como le escribe Rosmer:

La gran desgracia de todos estos grupos es que se encuentran al margen de toda acción y esto acentúa fatalmente su carácter sectario.

Lo más triste es que la actitud de los distintos grupos no es más que una expresión de la desmoralización de una oposición que ni siquiera ha empezado a luchar. Un ejemplo clarísimo podemos verlo en Maurice Paz. Paz, que era un abogado ideológicamente comunista, había publicado en Francia los textos de la Oposición rusa durante los años anteriores a cuenta de fondos de ésta y actuado de hecho como delegado de ésta en París. Cuando se encuentra con Trotski en Prinkipo y Trotski le plantea comenzar a organizar a la Oposición alrededor de un semanario conjunto, los problemas morales se manifiestan inmediatamente: Paz exige dirigir al tiempo que asegura que no se dan las condiciones para el trabajo. Trotski descubre el problema sin dificultad.

Camarada Paz, le hablo con franqueza y aun con brutalidad para salvar lo que pueda ser salvado. La situación es demasiado seria como para andar con remilgos. No soy un fanático ni un sectario. Soy perfectamente capaz de comprender a una persona que simpatiza con la causa comunista sin abandonar su medio. Ese tipo de ayuda nos puede resultar muy valiosa, pero es la ayuda de un simpatizante. Me referí a esta cuestión en una carta a mis amigos norteamericanos. Eastman me había escrito, sin remilgos, que ésa era su situación personal. Se auto-titula «compañero de ruta», afirma que no aspira a ocupar ningún cargo de dirección en el movimiento de la Oposición y se contenta con ayudarla. Hace traducciones, otorga sus derechos de autor a The Militant, etcétera; ¿por qué? Porque no se puede brindar por entero al movimiento. Y actúa correctamente.

Usted debe comprender que la persona que es el «eje», es decir, el dirigente o uno de los dirigentes del movimiento revolucionario, se adjudica el derecho de llamar a los obreros a hacer los mayores sacrificios, incluso el de sus vidas. Este derecho entraña las responsabilidades concomitantes. En caso contrario, todo obrero inteligente inevitablemente se preguntará:

Si Fulano, que me exige los mayores sacrificios, utiliza las cuatro quintas o las dos terceras partes de su tiempo, no para asegurar mi victoria sino para asegurar su existencia burguesa, demuestra que no tiene confianza en la inminencia de la revolución próxima.

Ese obrero tendría razón.

¡Olvídese del programa, por favor! No se trata del programa. Se trata de la actividad revolucionaria en general. Marx dijo una vez que un solo paso adelante del movimiento vale más que diez programas. Y eso que Marx era un experto en la elaboración de programas, e inclusive de manifiestos, ¡tan experto, al menos, como usted y yo!

En conclusión. Sus cartas y sobre todo su actitud política me demuestran que para usted el comunismo es una idea sincera más que la convicción que guía su vida. Y sin embargo esta concepción es muy abstracta. Ahora, justamente cuando es necesario (y lo es desde hace tiempo) realizar una actividad que ocupa absolutamente todo su tiempo, usted instintivamente comienza a oponerse, porque emplea un criterio doble de conducta. Cuando se lo invita a participar, responde «no hay recursos, las fuerzas son insuficientes». Y cuando otros comienzan a buscar los recursos y las fuerzas, dice «si no soy el eje me opongo». ¡Es inaudito! ¡ Si no tiene confianza en el semanario, quédese quieto y no sabotee! ¡Usted no tiene experiencia en estas cuestiones, y camina ciegamente hacia una nueva catástrofe! Mañana invocará diferencias teóricas, filosóficas, políticas y filológicas para justificar su posición. ¡No resulta difícil adivinar adónde lo conducirá eso! Si no quiere salir a la palestra, quédese quieto, mantenga una amistosa neutralidad y no dé el triste espectáculo de una oposición sin principios, basada exclusivamente en razones de índole personal.

Es interesante que los únicos en ese momento que plantean que la burocracia sea una capa burguesa, excrecencia del capitalismo de estado, sean los zinovietistas alemanes y Souvarine en Francia. Para Trotski, como para las demás tendencias marxistas en aquel momento, resulta incomprensible pensar en una contrarrevolución burocrática en la misma medida en que no pueden imaginar un capitalismo sin burgueses individuales.

¿Cómo puede alguien pensar o creer que el poder podría pasar de las manos del proletariado ruso a las de la burguesía pacíficamente, por medio de un tranquilo e imperceptible cambio burocrático? Semejante concepción del Termidor no es más que reformismo al revés. Los medios de producción que antaño pertenecieron a los capitalistas, siguen en manos del Estado soviético hasta el día de hoy. La tierra está nacionalizada. Los elementos sociales que viven de la explotación del trabajo siguen fuera de los Soviets y del Ejército.

Una de las entonces más beligerantes al respecto era la fracción italiana, dirigida por Bordiga, que publica Prometeo desde 1928 y que seguiría considerando «centrista» al stalinismo hasta más allá de la segunda guerra imperialista mundial. El 25 de setiembre de 1929 Trotski les escribe por primera vez y constata el acuerdo programático entre la oposición rusa y la italiana.

Hemos observado en los últimos años que para muchos revolucionarios franceses importantes, la Oposición sólo fue un peldaño en el camino de alejamiento del marxismo, de retroceso hacia el reformismo, el sindicalismo o el simple y llano escepticismo. [...]

La Liga Sindicalista que dirige Monatte es un partido embrionario, que no selecciona a sus militantes según criterios sindicalistas sino ideológicos, sobre la base de una plataforma determinada, y trata de influir en los sindicatos desde afuera o, si se quiere, de «someterlos» a su influencia ideológica. Pero es un partido que no se organiza como tal ni tiene una forma definida, que carece de una teoría y un programa claros, que no es consciente de sí, que oculta su naturaleza y con ello se priva de la posibilidad de desarrollarse.

En su lucha contra el burocratismo y la deslealtad del aparato oficial de la Internacional Comunista, también Souvarine llegó, aunque por otra vía, a la negación de la actividad política y del propio partido. Proclama que la Internacional y su sección francesa están muertas, a la vez que considera innecesaria la existencia de la Oposición puesto que, según él, no existen las condiciones políticas necesarias. En otras palabras, niega la necesidad de que exista el partido -en cualquier momento y circunstancia- como expresión de los intereses revolucionarios del proletariado.

Por eso le doy tanta importancia a nuestra solidaridad en el problema del partido, su papel histórico, la continuidad de su actividad, su obligación de batallar por ejercer su influencia sobre todas y cada una de las formas del movimiento obrero. Un bolchevique, es decir, un marxista que pasó por la escuela de Lenin, no puede hacer la menor concesión al respecto.

No solo la actitud hacia el partido le entusiasma, también lo hará la caracterización del estado ruso

Observo con agrado, en base a la carta de Prometeo, que existe un acuerdo total entre ustedes y la Oposición rusa respecto del problema del carácter de clase del estado soviético.

El entusiasmo sin embargo durará poco. El 21 de abril de 1930 enviará un segundo mensaje, descorazonado por el plantón de los italianos a la conferencia de París que ha reunido por primera vez a la oposición internacional:

Hace poco ustedes me dirigieron una carta abierta a la que respondí. Ahora considero que ha llegado el momento de dirigir una carta abierta a vuestro grupo.

La Oposición de Izquierda Internacional celebró recientemente una conferencia preliminar en París. Esta conferencia representa un importante avance y fue posible gracias a un prolongado trabajo preparatorio de tipo ideológico. A vuestro grupo, que presenció el desarrollo de todo este trabajo, le resultó imposible participar en dicha conferencia. Este hecho tan importante (vuestra ausencia) me impulsa a hacerles las siguientes preguntas:

  1. ¿Consideran ustedes que el socialismo puede tener un carácter nacional? Esta es, por ejemplo, la posición de Urbahns, quien, a la vez que repite ritualmente las fórmulas del internacionalismo ha creado una secta exclusivamente alemana, sin vínculos internacionales y, por consiguiente, sin perspectivas revolucionarias. Por lo tanto: ¿se consideran ustedes una tendencia nacional o parte de una corriente internacional?

  2. Si responden afirmando que les basta con existir como organización nacional aislada, no cabría formular más preguntas. Pero no dudamos que ustedes se consideran internacionalistas. En ese caso, surge una segunda pregunta: ¿a qué tendencia internacional en particular pertenecen ustedes? Hoy hay tres tendencias fundamentales en el comunismo internacional: el centrismo, la derecha y la izquierda (leninista). Existe además toda clase de grupúsculos que oscilan a los tumbos entre el marxismo y el anarquismo. Hasta ahora creíamos que ustedes se encontraban más próximos a la Oposición de Izquierda. Atribuimos vuestra actitud de espera al deseo de familiarizarse con el desarrollo de la Oposición de Izquierda. Pero aquella no puede ser permanente. La vida no espera, ni en Italia ni en el resto del mundo. Para ingresar a la Izquierda Internacional no se requiere un falso «monolitismo», al estilo de la burocracia stalinista. Lo que se necesita es una auténtica solidaridad con las posiciones fundamentales de estrategia revolucionaria internacional que hayan salido airosas de la prueba de los últimos años. Los desacuerdos tácticos parciales son absolutamente inevitables y no pueden constituir un obstáculo para el trabajo estrechamente compartido en el marco de una organización internacional. ¿Cuáles son vuestras diferencias con la Oposición de Izquierda? ¿Tienen un carácter principista o son episódicos? Es indispensable que respondan esta pregunta de manera clara y precisa.

  3. La no participación de ustedes en la conferencia preliminar internacional puede interpretarse políticamente en el sentido de que existen diferencias principistas que los separan de la Oposición de Izquierda. De ser así, surge una tercera pregunta: ¿por qué no organizar una fracción internacional de vuestra propia corriente? Porque no pensaran ustedes que los principios revolucionarios que son válidos para el mundo entero no lo son para Italia, o viceversa. La actitud pasiva y conciliadora hacia la Oposición de Izquierda, combinada con la renuncia a unirse a ella y la negativa a intervenir en la vida de la vanguardia comunista de otros países es característica del socialismo nacionalista o del comunismo nacionalista, que no tiene nada que ver con el comunismo marxista.

Su respuesta a estas preguntas tienen una gran importancia desde el punto de vista internacional sobre todo, desde el punto de vista italiano, en la medida en que se puedan contraponer ambos. Es difícil seguir de cerca el desarrollo del Partido Comunista Italiano debido a su carácter ilegal. Sin embargo, no cabe duda de que en el marco del comunismo italiano existen, junto con su grupo y el de la derecha (Tasca), numerosos elementos revolucionarios que todavía no se han definido. En estas circunstancias ustedes son uno de los factores de indefinición. Sin embargo, es precisamente la existencia ilegal del partido lo que obliga a los grupos más importantes a definirse con toda claridad respecto de los principios.

Su respuesta facilitará y acelerará la cristalización ideológica de la vanguardia proletaria en Italia. Demás está decir que la Oposición rusa recibiría con mucho agrado la noticia de su decisión de unirse a la Izquierda internacional.

La ruptura es en realidad inevitable porque nunca ha habido voluntad de trabajo internacional por parte de los italianos. Cuando se recibe su respuesta queda ya claro ya, además de sus recurrentes problemas postales, el método jesuítico que les hace famosos. Como el calamar «molestado» por el movimiento de clase en la paz de sus exclusivas y quejumbrosas profundidades, optan por echar tinta, confundir con argumentos formarles vacíos y nadar corriendo de vuelta cuanto antes a la tranquila soledad de su aislamiento sectario. Todos los acercamientos de la Izquierda Comunista Internacional a la corriente italiana que entonces empieza a conocerse como bordiguismom, encontrarán desde entonces el mismo patrón de respuesta.

Recibimos la extensa carta de ustedes fechada el 3 de junio. Lamentablemente, en lugar de aclarar malentendidos sirvió para agravarlos.

  1. No existe el menor «contraste» entre mi última Carta abierta y mi respuesta del año pasado a la carta abierta de ustedes. Lo único que las separa son varios meses de intensa actividad desplegada por la Izquierda Comunista Internacional. En ese momento, una cierta dosis de ambigüedad en su posición podía haber parecido algo circunstancial, incluso parcialmente inevitable. Es perfectamente obvio que las condiciones en que se hallaba el camarada Bordiga, el dirigente principal de la fracción de ustedes, podían haber explicado el carácter contemporizador de su posición (sin disminuir, desde luego, sus efectos perjudiciales). Al responder a su Carta abierta, tuve muy en cuenta esta circunstancia tan importante, aunque personal. Conozco y valoro al camarada Bordiga lo suficiente como para apreciar el papel excepcional que desempeña en la vida de su fracción. Pero, como ustedes indudablemente reconocerán esta consideración no puede eclipsar a todas las demás:

    Suceden acontecimientos, surgen nuevos interrogantes y se necesita respuestas claras. Hoy, la ambigüedad conservadora de la posición de ustedes es un síntoma cada vez más peligroso.

  2. Ustedes dicen que en todo este tiempo no se han desviado en un ápice de la plataforma de 1925, a la que caractericé como un documento excelente en varios sentidos. Pero a una plataforma no se la crea para «no desviarse de ella» sino para aplicarla y desarrollarla. La plataforma de 1925 fue un buen documento para el año 1925. En los cinco años siguientes, se produjeron grandes acontecimientos. La plataforma no da respuesta a ninguno de ellos. Querer responder a los interrogantes planteados por la situación de 1930 con referencias a la plataforma de 1925 es sostener una política ambigua y evasiva.

  3. Ustedes atribuyen el no haber participado en la conferencia de París al hecho de que nuestra carta de invitación se extravió en el correo. Si esa fue la única razón, había que plantearlo abiertamente en la prensa. Su grupo no publicó ninguna nota por el estilo en La Verité. ¿Le hizo, quizás, en Prometeo? De la lectura de la carta, empero, surge claramente que no se trata de un error provocado por el correo.

  4. Ustedes dicen que «la conferencia careció totalmente de preparación ideológica». Para mí, esta afirmación no sólo es falsa sino directamente fantasiosa. En Francia, más que en ningún otro lado, la preparación ideológica fue intensa y fructífera (La Verité, La Lutte de Classes, folletos). En el transcurso del año pasado, tuvo lugar en todos los países, una intensa lucha ideológica que nos llevó a separarnos de supuestos «compañeros». La ruptura con Souvarine y Paz en Francia, con Urbahns en Alemania, con el grupito de Pollack en Checoslovaquia y con otros, fue el elemento más importante en la preparación ideológica de la conferencia de auténticos comunistas revolucionarios. Ignorar esta obra tan importante es enfocar el problema con un criterio sectario, no revolucionario.

  5. Considero que su concepción del internacionalismo es errónea. En última instancia, ustedes conciben a la internacional como una suma de secciones nacionales o como el producto de la influencia recíproca de secciones nacionales. Esta concepción de la Internacional es, en el mejor de los casos, unilateral, no dialéctica y, por consiguiente, errónea. Si la izquierda comunista de todo el mundo agrupara solamente a cinco individuos, estos tendrían igualmente la obligación de construir una organización internacional simultáneamente con una o más organizaciones nacionales.

    Es erróneo considerar que la organización nacional es el cimiento y la internacional el techo. La relación entre ambas es totalmente distinta. Marx y Engels iniciaron el movimiento comunista en 1847 con un documento internacional y con la creación de una organización internacional. Lo propio ocurrió en la creación de la Primera Internacional. La Izquierda de Zimmerwald recorrió la misma senda al preparar la Tercera Internacional. Es mucho más imperioso seguir esta senda hoy que en la época de Marx. Desde luego, es posible, en la época del imperialismo, que surja una tendencia proletaria revolucionaria en tal o cual país, pero ésta no puede florecer y desarrollarse en un país aislado; al día siguiente de su creación debe buscar o establecer vínculos internacionales, una plataforma internacional, una organización internacional, porque éste es el único camino que puede garantizar la corrección de la línea nacional. Una tendencia que se encierre en los marcos nacionales durante años, se condena irremediablemente a la degeneración.

  6. Ustedes se niegan a responder a la pregunta sobre el carácter de sus diferencias con la Oposición Internacional, con el argumento de que no existe un documento internacional principista. Considero que este enfoque del problema es puramente formal, muerto, ni político ni revolucionario. Una plataforma o programa es el resultado de las amplias experiencias que son fruto de las actividades conjuntas, basadas en una serie de ideas y métodos compartidos. La plataforma de 1925 no nació el primer día que surgieron como fracción. La Oposición rusa elaboró su plataforma en su quinto año de lucha y, aunque apareció dos años y medio después que la de ustedes, también está perimida en muchos aspectos.

    Posteriormente, cuando apareció el programa de la Internacional Comunista, la Oposición rusa escribió una crítica al mismo. Esta crítica, que fue -por su esencia, no por su forma- fruto de un trabajo colectivo, apareció, igual que la mayoría de los documentos recientes de la Oposición, en varios idiomas. En este terreno se produjo una importante lucha ideológica (en Alemania, en Estados Unidos). Los problemas de táctica sindical, el «tercer período», el plan quinquenal, la colectivización, la actitud de la Oposición de Izquierda hacia los partidos oficiales, etcétera: todas estas cuestiones de principio fueron tema de una seria discusión y elaboración teórica en la prensa comunista internacional. Esta es la única manera de elaborar una plataforma o, dicho más correctamente, un programa. Cuando ustedes afirman que no les han ofrecido un «documento programático» ya elaborado y que, por lo tanto, no pueden responder a las preguntas relativas a sus diferencias con la Izquierda Internacional, demuestran una concepción sectaria de los métodos y medios para llegar a la unificación ideológica; demuestran lo aislados que están de la vida ideológica de la Izquierda comunista.

  7. Los grupos que se unificaron en la conferencia de París no aspiraban al monolitismo mecánico, ni se lo propusieron como objetivo. Pero los une la convicción de que la experiencia viva de los años recientes garantiza su unidad, por lo menos en la medida en que puedan seguir colaborando organizadamente a escala internacional y, en particular, seguir elaborando una plataforma en común con todas las fuerzas internacionales a su disposición. Cuando yo preguntaba sobre la profundidad de sus diferencias con la Izquierda Internacional no esperaba una respuesta formal sino una respuesta política y revolucionaría del siguiente tenor: «Si, creemos que se puede empezar a trabajar con los grupos mencionados, entre los cuales defenderemos nuestras propias posiciones sobre una serie de problemas».

    Pero, ¿cuál fue la respuesta? Dicen que no participarán en el Secretariado Internacional hasta que reciban un documento programático. Esto significa que otros deben elaborar un documento programático sin su participación, mientras que ustedes se reservan el derecho a la revisión final. Esto nos parece el colmo de la contemporización, la evasión y el aislamiento nacional.

  8. Es igualmente formal la declaración de que los estatutos de la Liga Comunista Francesa les resultan inaceptables porque se solidarizan con los cuatro primeros congresos mundiales de la Internacional Comunista. Es muy probable que no haya un solo camarada en Francia que considere que todas las resoluciones de los cuatro primeros congresos son infalibles e inmutables. Lo importante aquí es la línea estratégica fundamental. Si ustedes se niegan a construir sobre los cimientos puestos por los cuatro primeros congresos, ¿qué les queda?

    Por un lado se niegan a aceptar como fundamento las resoluciones de los cuatro primeros congresos. Por otro, rechazan o ignoran olímpicamente el trabajo programático y táctico desarrollado por la Izquierda Internacional en los últimos años. A cambio de eso, ¿qué proponen? ¿acaso la plataforma de 1925? Pero, a pesar de todas sus virtudes, esta plataforma no es más que un documento circunstancial que no responde uno solo de los problemas planteados en la actualidad.

  9. Lo que más me extraña en la carta de ustedes es la parte en la que expresan su indignación ante el «intento» de crear una Nueva Oposición en Italia. Hablan de una «maniobra», «un experimento destinado a crear confusión», etcétera. Por lo que puedo juzgar, se refieren a una nueva ruptura en la fracción centrista dominante en el Partido Comunista Italiano, una de cuyas alas brega por acercarse a la Izquierda Internacional. ¿Dónde está la «maniobra»? ¿En qué consiste la «confusión»? ¿De dónde surge? El hecho de que un grupo, al separarse de una fracción antagónica, busque unirse a nosotros es una conquista importante. La fusión, naturalmente, sólo puede llevarse a cabo sobre bases principistas, es decir, sobre la base de la teoría y la práctica de la Izquierda Internacional. Los camaradas que pertenecen a la Oposición Italiana me han enviado cartas personales y una serie de documentos. Respondí a las preguntas de los camaradas en forma exhaustiva y explícita. Seguiré haciéndolo en el futuro. Yo, por mi parte, también les formulé preguntas. Cuando les pregunté, en particular, qué actitud tenían hacia los bordiguistas, me respondieron que, a pesar de las diferencias existentes, consideraban que la colaboración era tan posible como necesaria. ¿Dónde está la «maniobra»?

    Por un lado la Oposición Internacional no les merece la suficiente confianza como para participar en su trabajo colectivo. Por el otro, es evidente que consideran que la Oposición Internacional no tiene derecho a ponerse en contacto con los comunistas italianos que se declaran solidarios con ella. Queridos camaradas, ustedes pierden todo sentido de la proporción y van demasiado lejos. Esta es, en general, la suerte que corren los grupos encerrados y aislados.

    Naturalmente, podemos lamentar que las relaciones y negociaciones con la Nueva Oposición Italiana se realicen sin la participación de ustedes. Pero la culpa es suya. Para participar en estas negociaciones, tendrían que haber participado en toda la actividad de la Oposición Internacional, es decir, tendrían que haber ingresado a sus filas.

  10. En lo que concierne al grupo de Urbahns, piden un informe de toda su actividad para poder definir una posición. Y en este sentido recuerdan que la plataforma de la Oposición rusa menciona al grupo de Urbahns como una organización ideológicamente cercana. Sólo me queda lamentar que hasta el momento no hayan considerado su deber definir una posición respecto de una cuestión que agitó a la Oposición Internacional durante muchos meses, provocó una ruptura en Alemania y luego condujo a la formación de una Oposición de Izquierda Unificada, totalmente separada de Urbahns. ¿Qué está implícito en la mención que hacen del programa ruso? Sí, en su momento defendimos al grupo de Urbahns (como defendimos al de Zinoviev) contra Stalin. Sí, una vez creímos que podríamos enderezar la línea política del grupo de Urbahns en conjunto.

    Pero la historia no se detuvo. No lo hizo en 1925 ni en 1927. Después de que publicamos nuestra plataforma, ocurrieron acontecimientos importantes. Los zinovievistas capitularon. La dirección de la Leninbund Comenzó a alejarse del marxismo. Puesto que no actuamos a la ligera cuando se trata de cortar vínculos políticos, escribimos decenas de artículos y cartas para tratar de convencer a la Leninbund de que cambiara su política. Fracasamos. Una serie de acontecimientos nuevos alejó aun más al grupo de Urbahns. Un sector importante de la propia organización rompió con él. La evolución política está repleta de contradicciones. El pasado ha mostrado, y el futuro seguirá mostrando, no pocos casos en que los compañeros o semicompañeros de ayer son los enemigos de hoy. Las causas de la ruptura entre la Oposición Internacional y la Leninbund fueron discutidas públicamente en toda la prensa de oposición. Personalmente, dije todo lo que tenía que decir al respecto en un folleto especial. No tengo nada que agregar, sobre todo porque lo que discutimos aquí son hechos consumados. Ustedes no deplantean esta cuestión en relación a los hechos, sino a mi carta esto demuestra una vez más hasta qué punto ignoran la vida política y teórica real de la Oposición Internacional.

La evolución de la Oposición en el mundo anglosajón no resulta más prometedora. Trotski intenta llevar a un terreno materialista a Ridley y Chandu Ram que lanzan unas tesis sobre la situación en Inglaterra, la Oposición de Izquierda y sus relaciones con la Comintern impregnadas del idealismo y el esquematismo más lamentable, proclaman -contra toda evidencia material- la inminencia del fascismo en Gran Bretaña y el desmoronamiento de los sindicatos.

Según las tesis, desde su origen los sindicatos son «organizaciones imperialis­tas». Solo pueden vivir en la medida en que se benefi­cian de las superganancias del capitalismo británico; ahora, perdida definitivamente su posición privilegia­da, deben desaparecer. No tiene sentido luchar por ga­nar los actuales sindicatos. En el momento adecuado, la dictadura revolucionaria construirá nuevas «organiza­ciones económicas».

Trotski les recuerda que la idea según la cual Gran Bretaña está en este momento en una fase transicional entre la democracia y el fascismo solo es verdad en un plano tan general que no está, en absoluto, a la orden del día.

Se considera aquí a la democracia y al fascismo como dos abstracciones sin determinantes sociales. Evidentemente los autores quieren decir: el imperialismo británico se dispone a librar a su dictadura de la decadente cobertura parlamentaria y a tomar el rumbo de la violencia abierta y desnuda. En general esto es cierto, pero sólo en general. El actual gobierno no es «antiparlamentario»: por el contrario, recibió de «la nación» un apoyo parlamentario sin precedentes. Sólo el alza del movimiento revolucionario de Inglaterra puede obligar al gobierno a tomar el camino de la violencia desnuda, ex­traparlamentaria. Esto ocurrirá sin dudas; pero en la actualidad no es así. No hay motivos aceptables para poner hoy en primer plano la cuestión del fascismo. Aun desde el punto de vista de una perspectiva distan­te no se sabe en qué medida es correcto hablar de «fascismo» para Inglaterra. En nuestra opinión, los marxistas deben partir de la idea de que el fascismo constituye una forma diferente y específica de la dictadura del capital financiero, pero no es en absoluto idéntico a la dictadura imperialista como tal. Si el «partido» de Mosley y la «Corporación de San Miguel» representan los comienzos del fascismo, como declaran las tesis, precisamente la debilidad total de ambos grupos demuestra lo absurdo de plantear hoy la inminencia del advenimiento del fascismo.

El tono general de las tesis lleva a la defensa del fin de la lucha por recuperar los partidos de la Komintern, especialmente el alemán, y enfrentar la desmoralización de los trabajadores que les siguen. Trotski, enfadado, les responde que

Los obreros revolucionarios no saltan ciegamente de organización en organización como muchos estudiantes

La situación de los grupos en EEUU no es mucho mejor. Trotski se asusta de las posiciones de Shachtman sobre la situación europea, especialmente la alemana, y pide a la Liga Comunista de EEUU que aclare cuales son posiciones de la organización y cuales posiciones personales de sus dirigentes.

Sé muy bien que desde Norteamérica no les resulta fácil comprender inmediatamente las luchas internas de la Oposición europea y adoptar una posición precisa al respecto. Y nadie puede exigírselos. Sin embargo tienen que comprender que aquí no cae muy bien que el camarada Shachtman, presumiblemente con el apoyo de la sección norteamericana, adopte en los momentos críticos una posición que se contrapone totalmente con la lucha que desde hace tiempo vienen librando los ele­mentos progresivos de la Oposición y sobre cuya base se llevó a cabo una determinada selección.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué el mapa de la oposición internacional, dentro o fuera del núcleo principal era tan desastroso?

Las Internacionales habían tenido hasta entonces un núcleo curtido en luchas de clase reales y masivas: la Liga había sido el núcleo dirigente de la I Internacional, el SPD de Bebel y Liebknecth había creado una organización de masas en mitad de las leyes antisocialistas de Bismarck, el partido bolchevique había sido el corazón de la Revolución rusa... El núcleo teórico y moral de la oposición internacional había sido la oposición rusa, pero ésta solo estaba presente en el escenario europeo a través de Trotski y su núcleo familiar (Natalia, Liova)

Trotski fue expulsado del partido en 1927 y después de Rusia. La mayor parte de los miembros de la oposición de izquierda son obligados a someterse y «arrepentirse» tras sufrir la exclusión del partido. Unos y otros serán enviados a prisión y a campos de deportación «socialistas», donde acabarán siendo, todos ellos, asesinados o ejecutados por traidores y agentes extranjeros. La oposición rusa fue liquidada físicamente. Después llegó el turno de los propios stalinistas que habían conocido la revolución de Octubre. El partido bolchevique fue también liquidado físicamente.

Para la Revolución y para la Oposición Internacional fue una pérdida inmensa. En ningún otro lugar había existido un partido revolucionario comparable al bolchevique, templado en las rudas penurias de la clandestinidad, de la revolución, de la guerra civil, del poder. Con su exterminio perecen todas las tradiciones revolucionarias comunistas. La desaparición de los opositores de izquierda rusos fue, en particular, una pérdida irremediable, pues ellos fueron los portadores hasta el final del capital revolucionario, teórico y organizativo amasado en muchos años.

La continuidad comunista era asumida prácticamente en solitario por Trotski.

Jacques Roussel. «Les enfants du prophete»

La cuestión real no era la fragilidad de los pequeños núcleos que surgían aquí y allí, la desmoralización de franceses y alemanes ni el sectarismo de los italianos o la banalidad estudiantil de los anglosajones. La cuestión era que Trotski no podía suplir a una generación militante entera que estaba pereciendo en los campos stalinistas. Bastante hacía con evitar ser capturado como un fetiche por las batallas sectarias en el magma de la izquierda expulsada de la Komintern, e intentar reconducir sus derivas. Pinzado entre las tendencias más o menos delirantes o sectarias de los oposicionistas y la ofensiva falsificadora stalinista, Trotski acentuaba un cierto conservadurismo bolchevique alrededor del cual organizar un esqueleto de organización internacional.

La salida del estancamiento de la Izquierda Comunista Internacional solo podía abrirse paso allá donde la oposición naciera ligada, por primera vez fuera de Rusia, a un movimiento revolucionario de masas. En 1931 eso limitaba la expectativa fundamentalmente a dos países: Alemania y España.

Alemania: Hitler o revolución

El panorama que encuentra Trotski entre los grupos opositores alemanes no es alagüeño tampoco.

El llamado grupo de Wedding comprendía a los trotskistas propiamente dichos, pero era mucho menos influyente que el Leninbund, que publicaba el «Fahne des Kommunismus» y estaba encabezado' por Hugo Urbahns.

Había también otras sectas minúsculas y «ultra-izquierdistas» como la de los korschistas o seguidores de Karl Korsch, un teórico que en 1923 había sido ministro en el gobierno comunista-socialista de Turingia.

Los zinovietistas, Maslov y Fischer, eran con mucho el grupo más fuerte; pero, paradójicamente, después que su inspirador capitulara ante Stalin, asumieron una actitud anti-stalinista extrema, similar a la de los sobrevivientes de la Oposición Obrera en la Unión Soviética, y en sus ataques al comunismo oficial iban «mucho más lejos» de lo que Trotsky estaba dispuesto a ir. Sostenían que la Revolución Rusa había recorrido todo su camino y que la Unión Soviética había entrado en una época de contrarrevolución, que nada quedaba allí de la dictadura proletaria, que la burocracia gobernante era una nueva clase explotadora y opresora basada en el capitalismo de estado de una economía nacionalizada, que, en suma, el Termidor ruso había triunfado. Añadían que incluso la política exterior del stalinismo se estaba volviendo indistinguible de la del imperialismo zarista. En consecuencia, ninguna reforma podría hacer resucitar el gobierno de la clase obrera: sólo otra revolución proletaria podría lograr tal cosa. También consideraban inútil el intento de reformar la Tercera Internacional, que era «un instrumento de los termidorianos rusos» y explotaban la heroica leyenda de Octubre para impedir que los trabajadores se enfrentaran a las realidades y para alimentar con su energía revolucionaria el motor de una contrarrevolución. Sobraba decir que quienes sostenían esta opinión no se sentían obligados por ningún vinculo de solidaridad con la Unión Soviética, menos aún por el deber de defenderla, y señalaban el hecho mismo del destierro de Trotsky como evidencia concluyente en su favor. «La expulsión de Trotsky», escribían, «marca la linea en la que la Revolución Rusa se ha detenido definitivamente».

Isaak Deustscher, «El profeta desarmado»

Pero el problema una vez más es la desmoralización resultante de las derrotas provocadas una y otra vez por la dirección del KPD desde 1919.

Cuando hacemos el balance de la historia de Alemania a partir de 1914, debemos decir que el Partido Comunista actual es el más débil de cuantos hubieran podido conformarse en las condiciones excepcionales del proceso alemán. Las condiciones objetivas obraron en favor del comunismo; la dirección partidaria en contra. El resultado: un partido profundamente conmocionado, desilusión y desconfianza hacia la dirección, el escepticismo que reina en todas partes, etcétera. Todo esto origina, en el seno de la clase obrera, a una masa de elementos descontentos, que protestan en forma dispersa, algunos totalmente fatigados, agotados (sólo una revolución los reflotará), mientras otros mantienen su vitalidad revolucionaria pero no pueden encontrar una línea correcta y una dirección digna de confianza. Debemos agregar: no sólo la historia del partido en su conjunto sino también la de su fracción de izquierda está llena de contradicciones, oscilaciones, errores y desilusiones; de ahí el gran número de sectas, con sus conocidos anatemas «contra» la participación en los sindicatos, «contra» el parlamentarismo, etcétera. Eso significa que debemos construir la Oposición de Izquierda sobre un terreno plagado de los vestigios y despojos de viejos fracasos. En estas condiciones, el papel de la dirección reviste una importancia excepcional.

Los obreros de izquierda, con mentalidad crítica, tanto dentro como fuera del partido, no le exigen en la actualidad a la dirección la infalibilidad política ‑que es imposible‑ sino, sobre todas las cosas, abnegación revolucionaria, firmeza personal, objetividad revolucionaria, honradez. Estos criterios, que antes se daban por sentados en el partido revolucionario, adquieren hoy una importancia excepcional en vista de la decadencia burocrática de los últimos años: dirigentes elegidos desde arriba, empleados de aparato contratados como un negociante contrata a sus secretarios, funcionarios del Partido que cambian sus posiciones, reprimen o mienten cuando se les ordena hacerlo, etcétera.

No es imposible que este proceso de desintegración alcance a sectores intermedios de la oposición, ya que ésta, sobre todo en sus primeras etapas, no sólo atrajo a revolucionarios sino también a toda clase de arribistas. Esto a su vez suscita un sentimiento de indiferencia escéptica entre los obreros oposicionistas en lo tocante a la cuestión de la dirección: «Todos son más o menos arribistas pero uno, por ejemplo, sabe escribir artículos, mientras que el otro ni siquiera sabe eso». Así se explica, en primer término, por qué tantos obreros con espíritu crítico pueden aceptar el régimen partidario: ¡no conocen otro! En segundo lugar, por qué la mayoría de los obreros oposicionistas permanecen fuera de la organización. En tercer lugar, por qué dentro de la Oposición los obreros menos pretenciosos aceptan la presencia de intrigantes, pues los consideran «especialistas» como un mal inevitable, con la misma actitud del obrero ruso hacia los ingenieros burgueses. Todo esto es resultado, por un lado, de grandes derrotas, y por el otro, del régimen burocrático en desintegración.

La Oposición alemana no se desarrolla en el vacío. En el curso de los dos últimos años he podido observar, no sólo en la Leninbund sino también en la organización de los bolcheviques leninistas, métodos que no tienen absolutamente nada en común con el régimen que debe imperar en una organización proletaria revolucionaria. Más de una vez me pregunté con asombro: ¿creerán que éstos son los métodos de educación bolchevique? ¿Cómo es posible que los inteligentes obreros alemanes toleren en su organización la deslealtad y el absolutismo? Traté de manifestar mis objeciones a través de cartas dirigidas a distintos camaradas, pero me he convencido de que los fundamentos, que en mi opinión debían ser elementales para cualquier revolucionario proletario, no despertaban ecos entre algunos dirigentes de la Oposición que desarrollaron decididamente una psicología conservadora muy definida, la cual puede caracterizarse de la siguiente manera: una susceptibilidad extrema, frecuentemente enfermiza, frente a todo lo que concierne al círculo propio, y una soberana indiferencia en relación a todo lo que concierne al resto del mundo. A través de las cartas y circulares, sin mencionar nombres, o para no herir el amor propio de los camaradas más jóvenes, traté de llamar la atención sobre la necesidad de una revisión completa del régimen interno de la Oposición de Izquierda. No tropecé con la menor objeción; al contrario, encontré exactamente las mismas expresiones en la prensa de la oposición alemana. Sin embargo, en la práctica se hacía lo contrario. Cuando volví a abordar en la correspondencia la cuestión de esta incongruencia, sólo encontré fastidio.

Durante un año entero continuaron estos intentos de fijar determinadas normas sin provocar una crisis organizativa aguda. En ese lapso, los camaradas cuya política me parecía la más peligrosa se ocuparon principalmente de consolidar las posiciones de su camarilla. Sus esfuerzos se vieron coronados, en cierta medida, por el éxito... a expensas de los intereses ideológicos y organizativos de la Oposición alemana. En el trabajo general de ésta es posible observar cierta falta de iniciativa, estancamiento, relajamiento. No obstante, se está librando una lucha feroz por la supervivencia de su camarilla dirigente. Esto conduce, en última instancia, a una profunda crisis interna, cuya base está constituida por la contradicción entre las crecientes necesidades de desarrollo de la Oposición de Izquierda y las tácticas conservadoras de su dirección.

León Trotski. «La crisis en la oposición de izquierda alemana», 17 de febrero de 1931

En ese momento aun no resulta evidente hasta que punto la desmoralización que apunta Trotski en su análisis afecta al conjunto del proletariado alemán. Y sin embargo será la clave para entender la reacción pequeñoburguesa y el ascenso del nazismo que está germinando ya en ese momento.

Sólo unos cuantos meses habían transcurrido desde el comienzo de la crisis económica mundial, el pánico de Wall Street en octubre de 1929, cuando todo el edificio de la República de Weimar se vino abajo. La Gran Depresión había golpeado a Alemania con fuerza devastadora y arrojado al desempleo a seis millones de trabajadores. En marzo de 1930 Hermann Miller, el Canciller socialdemócrata, se vio obligado a renunciar: la coalición socialista-católica en que se había apoyado su gobierno quedó deshecha, Los integrantes de la coalición no pudieron ponerse de acuerdo sobre la continuación o la reducción del subsidio que su gobierno pagaba a los desempleados, El mariscal de campo Hindenburg, reliquia y símbolo del Imperio de los Hohenzollern, ahora Presidente de la República, disolvió el Parlamento y nombró Reichskanzler a Heinrich Brüning. Brüning gobernó por decreto, instauró una política rígidamente «deflacionaria», redujo las erogaciones del seguro social, despidió empleados gubernamentales en masa, redujo los sueldos y salarios y abrumó a los pequeños comerciantes con impuestos, agravando así 'la angustia y la desesperación de todos. En las elecciones celebradas el 14 de septiembre de 1930, el partido de Hitler, que sólo había obtenido 800.000 votos en 1928, sacó ahora seis millones y medio de votos, convirtiéndose, del más pequeño de los partidos representados en el Reichstag, en el segundo. El Partido Comunista también aumentó su votación de unos tres millones a más de cuatro y medio. Los socialdemócratas, que durante varios años habían gobernado la República de Weimar, sufrieron pérdidas; y lo mismo sucedió con el Deutschnazionale y los demás partidos de la derecha tradicional. Las elecciones revelaron la inestabilidad y la crisis aguda de la democracia parlamentaria.

Los dirigentes de la República de Weimar se negaron a tomar nota de los malos presagios. Los conservadores contemplaron el surgimiento del movimiento nazi con sentimientos encontrados: desconcertados por sus propias pérdidas y por la violencia del nazismo, sentíanse sin embargo reconfortados por el ascenso de un gran partido que les hacía la guerra implacablemente a todas las organizaciones de la clase obrera; y abrigaban la esperanza de encontrar en el nazismo un aliado contra la izquierda y posiblemente un socio menor en el gobierno. Los socialdemócratas, atemorizados por las amenazas de Hitler —que recorría el país proclamando que «las cabezas de los marxistas y los judíos pronto rodarán por la arena»-decidieron «tolerar» el gobierno de Brüning como «el mal menor». El Partido Comunista, entusiasmado por el aumento de su votación, tomó a la ligera el enorme incremento de la de Hitler. Al día siguiente de las elecciones, el Rote Fahne, que era entonces el periódico comunista más importante de Europa, declaró: «Ayer fue el gran día de Herr Hitler, pero la llamada victoria electoral de los nazis es sólo el comienzo de su fin». «El 14 de septiembre [repitió Rote Fahne, pocas semanas después] marcó el auge del movimiento nacional-socialista en Alemania; a continuación sólo pueden venir el reflujo y la decadencia».

Varios meses más tarde, después que los pueblos y ciudades de Alemania habían conocido por primera vez el terror de los grupos de asalto de Hitler, Ernst Thaelmann, el jefe del Partido Comunista, declaró ante el Ejecutivo de la Comintern en Moscú:

Después del 14 de septiembre, a raíz del éxito sensacional de los nacional-socialistas, sus partidarios en toda Alemania esperaron grandes cosas de ellos. Nosotros, sin embargo, no nos dejamos confundir por el pánico que se manifestó... en la clase obrera, cuando menos entre los seguidores del Partido Socialdemócrata. Afirmamos serena y seriamente que el 14 de septiembre fue en cierto sentido el mejor día de Hitler, después del cual no podía haber días mejores, sino sólo días peores.

El Ejecutivo de la Comintern aprobó esta opinión, felicitó a Thaelmann y confirmó su política del Tercer Periodo que comprometía al Partido Comunista a rechazar la idea de cualquier coalición socialista-comunista contra el nazismo y lo obligaba a «concentrar el fuego sobre los social-fascistas».

Isaac Deutscher. El profeta desterrado

Trotski responde tan pronto como tiene los resultados proponiendo evaluar la victoria parlamentaria del partido comunista a la luz de las tareas revolucionarias. El resultado, obviamente, no es triunfalista sino alarmante... y en su base está la incapacidad, más que justificada, del proletariado alemán para confiar en el KPD. Incapacidad que aliena a la pequeña burguesía del partido de la esperanza revolucionaria (el comunismo) echándola en brazos del partido de la desesperanza contrarrevolucionaria (el fascismo). Pero ¿qué puede hacer la Internacional que viene de proclamar una fase de insurrección y toma del poder -el «tercer periodo»- en mitad de una fase de reflujo y recuperación económica?

En la actualidad, la prensa oficial de la Internacional Comunista presenta los resultados de las elecciones en Alemania como una grandiosa victoria del comunismo; esta victoria pondría a la orden del día la consigna de la «Alemania soviética». Los burócratas optimistas se niegan a reflexionar sobre la significación de la relación de fuerzas que revelan las estadísticas electorales. Analizan el aumento de los votos comunistas con independencia de las tareas revolucionarias y de los obstáculos originados por la situación objetiva.

El partido comunista ha obtenido alrededor de 4.600.000 votos, frente a 3.300.000 en 1928. Este aumento de 1.300.000 votos es enorme si se mira desde el punto de vista de la mecánica parlamentaria «normal», teniendo en cuenta el aumento general del número de electores. Pero las ganancias del partido comunista se quedan muy pálidas comparadas con el progreso fulgurante de los fascistas que pasan de 800.000 votos a 6.400.000. El hecho de que la socialdemocracia, a pesar de importantes pérdidas, haya conservado sus cuadros principales y haya recogido más votos obreros que el partido comunista, tiene también una gran importancia en la valoración de las elecciones.

Sin embargo, si tratamos de averiguar cuáles son las condiciones internas e internacionales capaces de hacer bascular con el máximo de fuerza a la clase obrera del lado del comunismo, no se puede encontrar mejor ejemplo que el de la actual situación en Alemania: el nudo corredizo del plan Young, la crisis económica, la decadencia de los dirigentes, la crisis del parlamentarismo, la manera asombrosa en que se desenmascara a sí misma la socialdemocracia en el poder. El espacio del partido comunista en la vida social del país, a pesar de haber ganado 1.300.000 votos, continúa siendo débil y desproporcionado desde el punto de vista de las condiciones históricas concretas.

La debilidad de la posición del comunismo está indisolublemente ligada a la política y al funcionamiento interno de la Internacional Comunista; se muestra de manera aún más estridente si comparamos el papel social actual del partido comunista y sus tareas concretas y urgentes en las condiciones históricas presentes.

Es cierto que el partido comunista mismo no contaba con un crecimiento semejante. Pero eso prueba que, con sus repetidos errores y derrotas, la dirección del partido comunista se ha desacostumbrado a las perspectivas y objetivos ambiciosos. Ayer subestimaba sus propias posibilidades; hoy subestima de nuevo las dificultades. Un peligro se ve así multiplicado por el otro.

La primera cualidad de un partido revolucionario es saber mirar cara a cara la realidad.

En cada giro del camino de la historia, en cada crisis social, hay que volver a examinar siempre y una vez más el problema de las relaciones existentes entre las tres clases de la sociedad actual: la gran burguesía con el capital financiero a su cabeza, la pequeña burguesía oscilando entre los dos campos principales y, por último, el proletariado.

La gran burguesía, que no constituye más que una fracción ínfima de la nación, no puede mantenerse en el poder sin el apoyo de la pequeña burguesía de las ciudades y el campo, es decir, entre los últimos representantes de las antiguas clases medias y entre las masas que constituyen hoy las nuevas clases medias. En la actualidad, este apoyo reviste dos formas fundamentales, políticamente antagónicas, pero históricamente complementarias: la socialdemocracia y el fascismo. En la persona de la socialdemocracia, la pequeña burguesía, que va a remolque del capital financiero, arrastra tras de sí a millones de trabajadores.

La gran burguesía alemana, hoy, vacila; está dividida. Los desacuerdos internos son solamente sobre el tratamiento a aplicar a la crisis social actual. La terapéutica socialdemócrata repugna a una parte de la gran burguesía, ya que sus resultados son inciertos y trae consigo el riesgo de unos costes demasiado elevados (impuestos, legislación social, salarios). La intervención quirúrgica fascista le parece a la otra parte demasiado arriesgada y no justificada por la situación. En otras palabras, la gran burguesía financiera en su conjunto vacila en cuanto a la apreciación de la situación porque no encuentra todavía razones suficientes para proclamar el advenimiento de su "tercer periodo", en el que la socialdemocracia debe imperativamente ceder el puesto al fascismo; además, todos saben que, después del arreglo general de cuentas, la socialdemocracia será recompensada por los servicios prestados con un pogrom general. Las vacilaciones de la gran burguesía -a la vista del debilitamiento de los grandes partidos- entre la socialdemocracia y el fascismo son el síntoma más evidente de una situación prerevolucionaria. Es evidente que estas vacilaciones terminaran sobre la marcha desde el momento en que aparezca una situación realmente revolucionaria.

Para que la crisis social pueda desembocar en la revolución proletaria es indispensable, aparte de otras condiciones, que las clases pequeñoburguesas se inclinen de forma decisiva del lado del proletariado. Eso permite al proletariado tomar la cabeza de la nación y dirigirla.

Las últimas elecciones revelan una tendencia en sentido inverso, y ahí es donde reside lo esencial de su valor sintomático. Bajo los golpes de la crisis, la pequeña burguesía ha basculado, no del lado del proletariado, sino del lado de la reacción imperialista más extremista, arrastrando a capas importantes del proletariado.

El crecimiento gigantesco del nacionalsocialismo refleja dos hechos esenciales: una crisis social profunda, que arranca a las masas pequeñoburguesas de su equilibrio, y la ausencia de un partido revolucionario que, desde este momento, juegue a los ojos de las masas un papel de dirigente revolucionario reconocido. Si el partido comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria. Cuando la esperanza revolucionaria se apodera de toda la masa del proletariado, éste arrastra inevitablemente tras de sí, por el camino de la revolución, a capas importantes y cada vez más amplias de la pequeña burguesía. Sin embargo en este dominio, las elecciones ofrecen precisamente la imagen opuesta: la desesperación contrarrevolucionaria se ha apoderado de la masa pequeñoburguesa con tal fuerza que ha arrastrado tras de sí a capas importantes del proletariado.

¿Qué explicación puede tener esto? En el pasado hemos podido ver un reforzamiento brusco del fascismo (Italia, Alemania), victorioso o, al menos, amenazante, después de una situación revolucionaria agotada o echada a perder, a la salida de una crisis revolucionaria en el curso de la cual la vanguardia proletaria había mostrado su incapacidad para ponerse a la cabeza de la nación, para transformar la suerte de todas las clases, incluida la de la pequeña burguesía. Es precisamente esto lo que ha dado su enorme fuerza al fascismo italiano. Pero hoy, en Alemania, no se trata de la salida de una crisis revolucionaria, sino de su aproximación. Los funcionarios dirigentes del partido, optimistas por su oficio, sacan la conclusión de que el fascismo, llegado «demasiado tarde», está condenado a una derrota rápida e inevitable (Die Rote Fahne) . Esta gente no quiere aprender nada. El fascismo llega «demasiado tarde» si nos referimos a las crisis revolucionarias pasadas. Pero aparece «demasiado pronto» -en el alba- con relación a la nueva crisis revolucionaria. Que haya tenido la posibilidad de ocupar una posición de partida tan fuerte en la víspera de un período revolucionario, y no al final del mismo, no es una debilidad del fascismo, sino una debilidad del comunismo. La pequeña burguesía, por consiguiente, no tiene necesidad de nuevas desilusiones en cuanto a la incapacidad del partido comunista para mejorar su suerte; se basa en la experiencia del pasado, se acuerda de las elecciones del año 1923, de los saltos caprichosos del curso ultraizquierdista de Maslow-Thaelmann, de la impotencia oportunista del mismo Thaelmann, de la bravuconada del «tercer periodo», etc. El fin, y esto es lo esencial, su desconfianza con respecto a la revolución proletaria se nutre de la desconfianza que millones de obreros socialdemócratas experimentan frente al partido comunista. La pequeña burguesía, a pesar incluso de que los acontecimientos la han apartado completamente de la rutina conservadora, no puede ponerse del lado de la revolución social más que si esta última cuenta con la simpatía de la mayoría de los obreros. Esta condición, muy importante, se echa de menos precisamente en Alemania, y no es por azar.

La declaración programática del partido comunista alemán antes de las elecciones estaba entera y únicamente consagrada al fascismo como enemigo principal. Sin embargo, el fascismo ha salido vencedor de las elecciones, habiendo reunido no solamente a millones de elementos semiproletarios, sino también a cientos de millares de obreros industriales. Esto demuestra que, a pesar de la victoria parlamentaria del partido comunista, la revolución proletaria ha sufrido globalmente en estas elecciones una grave derrota, que evidentemente no es decisiva, pero que es un preliminar, y que debe servir como advertencia y puesta en guardia. Puede convertirse en decisiva, e inevitablemente lo hará, si el partido comunista no es capaz de valorar su victoria parlamentaria parcial en relación con esta derrota «preliminar» de la revolución, y de sacar todas las conclusiones necesarias.

El fascismo se ha convertido en un peligro real; es la expresión del estrecho callejón sin salida en que se encuentra el régimen burgués, del papel conservador de la socialdemocracia frente a este régimen y de la debilidad acumulada del partido comunista, incapaz de derribar dicho régimen. Quien quiera que niegue esto es un ciego o un fanfarrón.

En 1923, Brandler, a pesar de todas nuestras advertencias, sobrestimó monstruosamente la fuerza del fascismo. De esta apreciación errónea de la correlación de fuerzas ha nacido una política defensiva, compuesta de atentismo, evasionismo y cobardía. Esto es lo que ha perdido a la revolución. Semejantes acontecimientos no pasan sin dejar huella en la conciencia de todas las clases de la nación. La sobrestimación del fascismo por la dirección comunista ha dado origen a una de las causas del reforzamiento posterior de aquél. El error contrario, es decir, la subestimación del fascismo por la dirección actual del partido comunista, puede llevar a la revolución a una derrota todavía mucho más grave para muchos años.

El problema del ritmo de desarrollo que, evidentemente no depende solamente de nosotros, confiere a este peligro una particular agudeza. Los accesos de fiebre registrados por la curva de la temperatura política y revelados por las elecciones permite pensar que el ritmo de desarrollo de la crisis nacional puede ser muy rápido. En otras palabras, el curso de los acontecimientos puede, en un futuro muy próximo, hacer resurgir en Alemania, a un nivel histórico nuevo, la contradicción trágica entre la madurez de la situación revolucionaria, por una parte, y la debilidad e insuficiencias estratégicas del partido revolucionario por la otra. Hay que decirlo de un modo claro, abierto, y, sobre todo, suficientemente pronto.

Sería un error monstruoso consolarse diciéndose que el partido bolchevique, que en abril de 1917, después de la llegada de Lenin, comenzaba a prepararse para la conquista del poder, tenía menos de 80.000 militantes y arrastraba tras de sí, incluso en Petrogrado, apenas a la tercera parte de los obreros y a una parte todavía pequeña de los soldados. La situación en Rusia era totalmente diferente. Los revolucionarios no lograron salir de la clandestinidad hasta marzo, después de tres años de interrupción de la vida política, incluso sofocada, que existía antes de la guerra. Durante la guerra, la clase obrera se había renovado aproximadamente en un 40%. La mayoría aplastante de la masa proletaria no conocía a los bolcheviques, ni siquiera había oído hablar de ellos. El voto por los mencheviques y los socialistas revolucionarios, en marzo y en junio, era simplemente la expresión de sus primeros pasos vacilantes después del despertar. En este voto, no había ni la sombra de una decepción con respecto a los bolcheviques, ni de una desconfianza acumulada, que no puede ser más que el resultado de los errores del partido, verificados concretamente por las masas. Por el contrario, cada día de experiencia revolucionaria del año 1917 separaba a las masas de los conciliadores y las empujaba del lado de los bolcheviques. De ahí el crecimiento tumultuoso e irresistible del partido y, sobre todo, de su influencia.

La situación en Alemania se diferenciaba fundamentalmente en este punto y en muchos otros. La aparición en la escena política del partido comunista no es cosa de ayer ni de anteayer. En 1923, la mayoría de la clase obrera estaba detrás de él, abiertamente o no. En 1924, en un período de reflujo, recogió 3.600.000 votos, lo que significaba un porcentaje de la clase obrera superior al de hoy. Esto quiere decir que los obreros que han continuado con la socialdemocracia, como los que han votado esta vez por los nacionalsocialistas, no han actuado así por simple ignorancia, ni porque su despertar date solamente de ayer, ni porque no sepan todavía qué es el partido comunista, sino porque no creen en él, basándose en su propia experiencia de estos últimos años. [...]

En el interior del partido, y sobre todo entre los obreros que lo apoyan o simplemente votan por él, se ha acumulado una desconfianza sorda respecto a la dirección. Esto aumenta lo que se llama la «desproporción» entre la influencia del partido y sus efectivos; en Alemania existe sin duda alguna tal desproporción, y es particularmente clara al nivel del trabajo dentro de los sindicatos. La explicación oficial de la desproporción es hasta tal punto errónea que el partido no está en condiciones de «reforzar» su influencia a nivel organizativo. La masa es considerada como un material puramente pasivo, cuya adhesión o no al partido depende únicamente de la capacidad del secretario para agarrar por el cuello a cada obrero. El burócrata no comprende que los obreros tienen su propio pensamiento, su propia experiencia, su propia voluntad y su propia política activa o pasiva con respecto a un partido. Al votar por el partido, el obrero vota por su bandera, por la revolución de Octubre, por su revolución futura. Pero, al negarse a adherirse al partido comunista o a seguirlo en la lucha sindical, expresa su desconfianza con respecto a la política cotidiana del partido. Esta «desproporción» es, a fin de cuentas, uno de los canales por donde se expresa la desconfianza de las masas hacia la dirección actual de la Internacional Comunista. Y esta desconfianza, creada y reforzada por los errores, las derrotas, el bluff y los engaños cínicos a las masas desde 1923 hasta 1930, representa uno de los principales obstáculos en el camino hacia la victoria de la revolución proletaria.[...]

El giro táctico normal y natural, correspondiente al cambio actual de la situación en Alemania, habría debido ser una aceleración del ritmo, una progresión de las consignas y de las formas de lucha. Pero este giro táctico no habría sido normal y natural más que si el ritmo y las consignas de lucha de ayer hubieran correspondido a las condiciones del período precedente. Pero no podía ser así. La contradicción aguda entre la política ultraizquierdista y la estabilización de la situación es una de las causas del giro táctico. Es por lo que, en el momento en que el nuevo giro de la situación objetiva, paralelamente al reagrupamiento general desfavorable de las fuerzas políticas, ha aportado al comunismo un aumento importante de votos, el partido se ha mostrado estratégica y tácticamente más desorientado, embarazado y desviado de lo que jamás había estado.

Para explicar la contradicción en la que ha caído el partido comunista alemán, como la mayoría de las otras secciones de la Internacional Comunista, pero mucho más profundamente que ellas, tomemos la comparación más sencilla. Para saltar una barrera, más importante es comenzar a correr a tiempo, ni demasiado tarde ni demasiado pronto, para llegar al obstáculo con la fuerza necesaria. Sin embargo, desde febrero de 1928, y sobre todo desde junio de 1929, el partido comunista alemán no hace más que tomar impulso. No hay nada de asombroso en que el partido haya comenzado a sofocarse y a arrastrar las piernas. La Internacional Comunista dio por fin una orden: «¡Más despacio!» Pero apenas el partido, sin aliento, había vuelto a lograr un ritmo más normal, apareció ante él una barrera no imaginaria, muy real, que presentaba el riesgo de exigir un salto revolucionario. ¿Sería suficiente la distancia para tomar impulso? ¿Habría que renunciar al giro y hacer un contragiro? -ésas son las cuestiones estratégicas y tácticas que se le presentan al partido alemán con toda su agudeza.

Para que los cuadros dirigentes del partido puedan encontrar una respuesta correcta a estas preguntas, deben tener la posibilidad de apreciar el camino a seguir, en relación con el análisis de la estrategia de los últimos años y de sus consecuencias, tal como ha aparecido en las elecciones. Si, contrapesando esto, la burocracia lograse con sus gritos de victoria ahogar la voz de la autocrítica política, el proletariado sería inevitablemente arrastrado a una catástrofe más espantosa que la de 1923.[...]

El giro de la Internacional Comunista, en relación con el cambio de la situación, coloca a la Oposición Comunista de Izquierda ante tareas nuevas y extremadamente importantes. Sus fuerzas son reducidas. Pero cada corriente se desarrolla paralelamente a sus tareas. Comprenderlas claramente es poseer una de las garantías más importantes de la victoria.

León Trotski, «El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania», 26 de septiembre de 1930.

En enero de 1932 la situación es cada vez más alarmante. En un capitalismo dopado desde el estado pero ahogado en su mercado interno, abocado casi inmediatamente a la guerra, los métodos de dominación democrática ya no bastan a la burguesía. Tampoco basta un gobierno conservador como el de Brüning en aquel momento, que gobierna a golpe de decreto, apoyado indirectamente por los socialdemócratas. Al identificarlo ya con el fascismo, los stalinistas no hacen sino quitar hierro al triunfo de Hitler colaborando así a su triunfo.

Hay un umbral por debajo del cual la clase obrera alemana no puede descender por mucho tiempo. No obstante, el régimen burgués que lucha por su existencia no quiere reconocer este umbral. Los decretos de excepción de Brüning no son más que un principio, para tantear el terreno. El régimen de Brüning se mantiene gracias al apoyo cobarde y pérfido de la burocracia socialdemócrata, la cual, a su vez, se apoya sobre la confianza mitigada y llevada con desagrado de una parte del proletariado. El sistema de los decretos burocráticos es inestable, incierto y poco viable. El capital necesita una política distinta y más decisiva. El apoyo de la socialdemocracia, que no puede olvidar a sus propios obreros, no solo es insuficiente para que pueda alcanzar sus objetivos, sino que empieza ya incluso a molestarle. El periodo de las medidas a medias ya ha pasado. Para intentar encontrar una salida, la burguesía debe librarse definitivamente de la presión de las organizaciones obreras, debe barrerlas, aniquilarlas, dispersarlas.

Aquí comienza la misión histórica del fascismo. Vuelve a meter en cintura a las clases que se encuentran inmediatamente por encima del proletariado y que temen ser precipitadas a sus filas, las militariza gracias a los medios del capital financiero, bajo la cobertura del Estado oficial, y las envía a aplastar las organizaciones proletarias, desde las más revolucionarias hasta las más moderadas.

El fascismo no es solamente un sistema de represión, violencia y terror policiaco. El fascismo es un sistema particular de Estado basado en la extirpación de todos los elementos de la democracia proletaria en sociedad burguesa. La tarea del fascismo no es solamente destruir a la vanguardia comunista, sino también mantener a toda la clase en una situación de atomización forzada. Para esto no basta con exterminar físicamente a la capa más revolucionaria de los obreros. Hay que aplastar todas las organizaciones libres e independientes, destruir todas las bases de apoyo del proletariado y aniquilar los resultados de tres cuartos de siglo de trabajo de la socialdemocracia y los sindicatos. Porque es sobre este trabajo sobre lo que, en última instancia, se apoya el partido comunista. La socialdemocracia ha preparado todas las condiciones para la victoria del fascismo. Pero, por eso mismo, ha preparado las condiciones de propia liquidación política. Es totalmente correcto achacar a la socialdemocracia la responsabilidad de la legislación de excepción de Brüning, como de la amenaza de la barbarie fascista. Pero es absurdo identificar socialdemocracia con el fascismo.

Sin embargo la teoría del socialfascismo sigue sin establecer la diferencia. Al identificar socialdemocracia y fascismo ignora la contradicción entre dos formas de dominación y por tanto la batalla que va a serle impuesta de forma inmediata al proletariado alemán.

El XI pleno del comité ejecutivo de la Internacional Comunista ha admitido la necesidad de terminar con las visiones erróneas que se basan en la

construcción liberal de la contradicción entre el fascismo y la democracia burguesa, entre las formas parlamentarias de la dictadura de la burguesía y sus formas abiertamente fascistas...

El fondo de esta filosofía stalinista es muy simple: partiendo de la negación marxista de la existencia de una contradicción absoluta, saca corno consecuencia una negación de la contradicción en general, incluso en términos relativos. Es el error típico del izquierdismo vulgar. Porque si no existe ninguna contradicción entre la democracia y el fascismo, ni siquiera al nivel de las formas que toma la dominación de la burguesía, estos dos regímenes deberán simplemente coincidir. De ahí la conclusión socialdemocracia = fascismo. Pero, ¿por qué se llama entonces a la socialdemocracia socialfascismo? Hasta el momento no hemos recibido ninguna explicación de lo que significa en esta relación el término «social».

No obstante, las decisiones de los plenos del comité ejecutivo de la Internacional Comunista no modifican en nada las cosas. Existe una contradicción entre el fascismo y la democracia. No es absoluta, o, para utilizar el lenguaje del marxismo, no expresa la dominación de dos clases irreductibles. Pero designa dos sistemas de dominación de una única y misma clase. Estos dos sistemas, parlamentario democrático y fascista, se apoyan sobre diferentes combinaciones de las clases oprimidas y explotadas y entran inevitablemente en conflicto agudo el uno con el otro.

La socialdemocracia, el principal representante hoy del régimen parlamentario burgués, se basa en los obreros. El fascismo se basa en la pequeña burguesía. La socialdemocracia no puede tener influencia sin las organizaciones obreras de masas. El fascismo no puede instaurar su poder sino una vez destruidas las organizaciones obreras. El parlamento es la arena principal de la socialdemocracia. El sistema fascista se basa en la destrucción del parlamentarismo. Para la burguesía monopolista, los regímenes parlamentario y fascista no son más que instrumentos diferentes de su dominación: recurre a uno o a otro según las condiciones históricas. Pero tanto para la socialdemocracia como para el fascismo, la elección de un instrumento u otro tiene una significación independiente, más aún, es para ellos una cuestión de vida o muerte política.

El régimen fascista ve llegar su turno porque los medios «normales», militares y policiales de la dictadura burguesa, con su cobertura parlamentaria, no son suficientes para mantener a la sociedad en equilibrio. A través de los agentes del fascismo, el capital pone en movimiento a las masas de la pequeña burguesía irritada, a las bandas del lumpenproletariado desclasadas y desmoralizadas, a todos esos innumerables seres humanos a los que el mismo capital financiero ha empujado a la rabia y la desesperación. La burguesía exige del fascismo un trabajo completo: puesto que ha aceptado los métodos de la guerra civil, quiere lograr la calma para varios años. Y los agentes del fascismo, utilizando a la pequeña burguesía como ariete y destruyendo todos los obstáculos a su paso, desempeñarán bien su trabajo. La victoria del fascismo conduce a que el capital financiero coja directamente en sus tenazas de acero todos los órganos e instrumentos de dominación, de dirección y de educación: el aparato del Estado con el ejército, los municipios, las universidades, las escuelas, la prensa, las organizaciones sindicales, las cooperativas. La fascistización del Estado no implica solamente la «mussolinización» de las formas y los métodos de gobierno -en este terreno, los cambios juegan a fin de cuentas un papel secundario- sino, antes que nada y sobre cualquier otra cosa, el aplastamiento de las organizaciones obreras: hay que reducir al proletariado a un estado de apatía completa y crear una red de instituciones que penetren profundamente en las masas, para obstaculizar toda cristalización independiente del proletariado. Es precisamente aquí donde reside la esencia del régimen fascista.[...]

Las contradicciones del capitalismo alemán han alcanzado hoy tal tensión que es inevitable una explosión. La capacidad de adaptación de la socialdemocracia ha alcanzado el techo que precede a la autoliquidación. Los errores de la burocracia estalinista han alcanzado los límites de la catástrofe. Esos son los tres términos de la ecuación que caracteriza la situación en Alemania Todo se mantiene sobre el filo de una navaja de afeitar.

Resulta obvio que la relación socialdemocracia-fascismo, era en realidad, desde un punto de vista de clase, la relación entre democracia y fascismo. No porque el proletariado deba elegir entre ellas -al revés, debe imponer su propia alternativa- sino porque si la burguesía daba vía libre a la ofensiva fascista, las bases de su organización de masas, el legado entonces todavía existente de la socialdemocracia, se vería atacado violenta y quizás decisivamente.

Entre la democracia y el fascismo no hay «diferencias de clase». Eso debe significar, evidentemente, que tanto la democracia como el fascismo tienen un carácter burgués. Nosotros no habíamos esperado has enero de 1932 para adivinarlo. Pero la clase dominante no vive en un recipiente cerrado. Mantiene unas relaciones determinadas con las demás clases. En el régimen «democrático» de la sociedad capitalista desarrollada, la burguesía se apoya en primer lugar sobre la clase obrera domesticada por los reformistas. En Inglaterra es donde este sistema encuentra su expresión más acabada, tanto bajo los gobiernos laboristas como bajo los gobiernos conservadores. En el régimen fascista, al menos en un primer estadio, el capital se apoya en la pequeña burguesía para destruir las organizaciones del proletariado. ¡Italia, por ejemplo! ¿Existe diferencia en el «contenido de clase» de los dos regímenes? Si se plantea la pregunta a propósito solamente de la clase dominante, no existe diferencia. Pero si se toma la situación y las relaciones recíprocas entre todas las clases desde el punto de vista del proletariado, la diferencia es muy grande.

A lo largo de varias decenas de años, los obreros han construido (en el interior de la democracia burguesa, utilizándolo todo en la lucha contra ella, sus bastiones, sus bases, sus focos de democracia proletaria: los sindicatos, los partidos, los clubs de formación, las organizaciones deportivas, las cooperativas, etc. El proletariado puede llegar al poder no en el marco formal de la democracia burguesa, sino por la vía revolucionaria: esto está demostrado tanto por la teoría como por la experiencia Pero es precisamente por esta vía revolucionaria que el proletariado tiene necesidad de bases de apoyo de democracia proletaria en el interior del Estado burgués. El trabajo de la II Internacional se ha reducido a creación de esas bases de apoyo, en la época en que desempeñaba todavía un papel progresista.

El fascismo tiene como función principal y única la de destruir todos los bastiones de la democracia proletaria hasta sus mismos cimientos. ¿Tiene o no eso una «significación de clase» para el proletariado? Que se inclinen sobre este problema los grandes teóricos. Tras haber calificado al régimen de burgués -lo que es indiscutible-, Hirsch, al igual que sus maestros, olvida un detalle: el lugar del proletariado en ese régimen. Sustituyen el proceso histórico por una abstracción sociológica estéril. Pero la lucha de clases se desarrolla en el terreno de la historia y no en la estratosfera de la sociología. El punto de partida de la lucha contra el fascismo no es la abstracción del Estado democrático, sino organizaciones vivas del proletariado, en las que está concentrada toda su experiencia y que preparan el porvenir.

Es interesante aquí remarcar la conclusión que aparece indirectamente y que sobrevolará sobre las discusiones de los años 40. Una vez esos focos de democracia proletaria desaparecen como una realidad relevante, es decir, cuando el legado de la socialdemocracia ha desaparecido -o no ha llegado siquiera a existir- el lugar del proletariado en el régimen democrático no responde a las conclusiones trazadas en la Alemania. Esto no solo atañerá a las Alemanía o Italia de postguerra o a la España post-franquista. La cuestión tiene mucho más fondo pues plantea la cuestión de la relación entre los sindicatos y la universalización del capitalismo de estado, que se haría inevitable e irreversible no solo en el fascismo o el stalinismo, sino en las democracias parlamentarias si la Revolución no triunfaba antes del fin de una nueva guerra imperialista mundial.

En el número de enero de la revista francesa «Les cahiers du bolchevisme», leemos:

Los trotskistas, que actúan en la práctica como Breitscheid, aceptan la célebre teoría socialdemócrata del mal menor, según la cual Bruning no es tan malo como Hitler, según la cual es menos desagradable morir de hambre bajo Bruning que bajo Hitler, e infinitamente preferible ser fusilado por Groener que por Frick.

Esta cita no es la más estúpida, aunque, si hemos de hacerle justicia, es bastante estúpida. A pesar de ello expresa, ¡ay! la esencia misma de la filosofía política de los dirigentes de la Internacional Comunista.

El hecho es que los stalinistas comparan dos regímenes desde el punto de vista de la democracia vulgar. De hecho, si se aplica al régimen de Brüning el criterio «democrático» formal, la conclusión que se saca es indiscutible: no quedan más que los huesos y la piel de la altiva Constitución de Weimar. Pero, para nosotros, el problema no se resuelve con simplemente eso. Hay que considerar la cuestión desde el punto de vista de la democracia proletaria. Es el único criterio seguro cuando se trata de saber dónde y cuándo el régimen fascista remplaza a la reacción policial «normal» del capitalismo en putrefacción.[...]

Bruning está obligado a tolerar la existencia de organizaciones obreras en la medida en que no está todavía decidido a entregar el poder a Hitler, o en que no tiene la fuerza independiente necesaria para liquidarlas. Bruning está obligado a tolerar y proteger a los fascistas en la medida en que teme mortalmente la victoria de los obreros. El régimen de Brüning es un régimen de transición, que no puede durar mucho tiempo y que anuncia la catástrofe. El gobierno actual solo se mantiene porque los campos principales no han medido todavía sus fuerzas. El verdadero combate no ha comenzado todavía. Todavía está por llegar. Se trata de una dictadura de la impotencia burocrática que llena la pausa antes del combate, antes del enfrentamiento abierto de los dos campos.

Los sabios que se pavonean de no ver la diferencia «entre Bruning y Hitler», dicen de hecho: importa poco que nuestras organizaciones existan todavía o que estén ya destruidas. Bajo esta fanfarronada seudoradical se esconde la pasividad más innoble: ¡de todas maneras no podemos evitar la derrota! Hay que fijarse atentamente en la cita de la revista de los stalinistas franceses: todo el problema consiste en saber si es mejor tener hambre con Brüning o con Hitler. Nosotros no planteamos el problema de cómo y en qué condiciones es mejor morir, sino el de cómo luchar y vencer. Nuestra conclusión es la siguiente: hay que lanzarse al combate general antes de que la dictadura burocrática de Brüning sea remplazada por el régimen fascista, es decir, antes de que sean aplastadas las organizaciones obreras. Hay que prepararse para el combate general desarrollando, ampliando y acentuando los combates particulares. Pero para esto hay que tener una perspectiva correcta y, sobre todo, no proclamar vencedor a un enemigo que todavía se encuentra lejos de la victoria.

Pero ¿qué proponía Trotski entonces? ¿La alianza con la socialdemocracia? Más bien todo lo contrario.

O el apoyo a Brüning o la lucha por la dictadura del proletariado. No existe una tercera solución. El voto de la socialdemocracia contra Bruning habría modificado inmediatamente la correlación de fuerzas, no solo sobre el tablero de ajedrez parlamentario, donde los peones se habrían visto de nuevo bajo la mesa, sino en la arena de la lucha de clases revolucionaria. Con un giro semejante, las fuerzas de la clase obrera se habrían visto multiplicadas no por dos, sino por diez, porque el factor moral no ocupa el último lugar en la lucha de clases, y menos en los momentos de los grandes giros históricos. (una corriente moral de alta tensión habría atravesado a todos los estratos del pueblo. El proletariado se habría dicho a si mismo, con seguridad, que era el único capaz de dar una nueva orientación, superior, a la vida de esta gran nación. La desagregación y la descomposición del ejército de Hitler habían comenzado antes incluso de los combates decisivos. Efectivamente, no se habrían podido evitar los enfrentamientos; pero la firme voluntad de ganar y una dura ofensiva habrían hecho la victoria infinitamente más fácil de lo que pueda imaginársela hoy el revolucionario más optimista.

Para eso falta solo una cosa: el paso de la socialdemocracia a la vía de la revolución. Después de la experiencia de los años 1914-1932, sería una ilusión ridícula esperar un giro voluntario por parte de los dirigentes. En lo que concierne a la mayoría de los obreros socialdemócratas, esto es ya otro asunto: pueden dar el giro y lo harán; solo hace falta ayudarles. Pero será un giro no solamente contra el Estado burgués, sino también contra las esferas dirigentes de su propio partido.[...]

Luchamos contra la dirección de la Internacional Comunista precisamente porque es incapaz de hacer estallar la socialdemocracia, de arrancar a las masas a su influencia y de liberar la locomotora de la historia de su freno oxidado. Con sus actuaciones, con sus errores, la burocracia stalinista permite a la socialdemocracia mantenerse y caer cada vez de nuevo sobre los pies.

El partido comunista es un partido proletario, antiburgués, aunque esté dirigido de forma errónea. La socialdemocracia, a pesar de su composición obrera, es un partido enteramente burgués, dirigido en condiciones «normales» de forma muy hábil desde el punto de vista de los objetivos de la burguesía; pero este partido no sirve de nada en condiciones de crisis social. Los dirigentes socialdemócratas se ven completamente forzados, incluso contra su voluntad, a admitir el carácter burgués de su partido.

León Trotski. «¿Y ahora? - Problemas vitales del proletariado alemán», 25 de enero de 1932.

Pero no hay manera: el KPD y el SPD paralizan a sus propias bases. Como Trotski ha pronosticado viene una capitulación en toda regla.

Hasta el último momento, Trotsky se negó a creer que el movimiento obrero alemán estuviera tan privado de toda capacidad de autodefensa que no pudiera oponer casi ninguna resistencia al nazismo y sucumbiera ignominiosamente al primer embate de éste. Durante casi tres años había sostenido que era inconcebible que Hitler ganara sin una guerra civil. Lo inconcebible había sucedido ahora: el 30 de enero de 1933 Hitler se convirtió en Canciller, antes de que los socialistas y los comunistas hubiesen empezado siquiera a movilizar sus inmensos recursos para dar una batalla. Una semana más tarde Trotsky declaró:

El acceso de Hitler al poder es un golpe terrible para la clase obrera. Pero ésta no es todavía la derrota final, irremediable. El enemigo, al que ha sido imposible derrotar mientras ascendía, ha ocupado ahora toda una serie de puestos de mando, Ha ganado así una gran ventaja, pero la batalla no se ha librado todavía.

Aun ahora quedaba tiempo, pues Hitler no se había apoderado aún de todo el poder; tenía que compartirlo con Hugenberg y el Deutschnazionale. La coalición que encabezaba era inestable y estaba plagada de contradicciones. Aún tenía que despojar a sus aliados de toda influencia y obtener el control exclusivo de todos los recursos del Estado. Hasta entonces su posición seguía siendo vulnerable.Los socialistas y los comunistas aún podían contraatacar, pero era desesperadamente tarde:

lo que está en juego es la cabeza de la clase obrera alemana, la cabeza de la Internacional Comunista y... ¡la cabeza de la República soviética!

Ahora sabemos, gracias a numerosos archivos y diarios alemanes, cuán grande era en efecto la vulnerabilidad del primer gobierno de Hitler en el momento de su creación.” Incluso un mes más tarde, el 5 de marzo, después del asalto de los nazis a la Casa Karl Liebknecht en Berlín y después del incendio del Reichstag, en unas elecciones celebradas bajo el desenfrenado tersor nazi, los socialistas y los comunistas obtuvieron aún 12 millones de votos, aparte de los casi 6 millones de votos que recibió la oposición católica a Hitler. También sabemos de las disputas, los altercados y la mutua desconfianza entre Hitler y sus aliados, que bien podrían haber dado al traste con su coalición si esós millones de socialistas y comunistas hubiesen pasado a la acción. En fecha tan temprana como el 6 de febrero Trotsky observaba que la clase obrera «no estaba librando ninguna batalla defensiva, sino que se estaba replegando, y que mañana el repliegue bien puede convertirse en una desbandada producida por el pánico». Concluía un tanto abruptamente con este grave pasaje:

A fin de exponer más claramente la significación histórica de las decisiones del Partido... en estos días y semanas es necesario, a mi juicio, plantear el problema ante los comunistas... con la máxima energía e irreconciliabilidad: la [continua] negativa del Partido a formar un frente unido y a establecer comités de defensa locales, comités que mañana podrían convertirse en Soviets, no será menos que una rendición al fascismo, un crimen histórico equivalente a la liquidación del Partido y de la Internacional Comunista. Si llegara a ocurrir tal desastre, la clase obrera tendrá que ponerse en camino hacia una Cuarta Internacional, y tendrá que hacerlo entre montañas de cadáveres y años de insoportables sufrimientos y calamidades.

Aun antes de que estas palabras fueran publicadas, las grandes organizaciones de masas del movimiento obtero alemán, sus partidos y sindicatos, sus numerosos periódicos, instituciones culturales y organizaciones deportivas yacían en ruinas.

Isaac Deutscher. «El profeta desterrado»

La historiografía filoburocrática -Deutscher entre ellos- da mucha importancia a la afirmación de Trotski asegurando que la capitulación ante el nazismo de la Komintern abriría necesariamente el camino hacia una IVª Internacional. Es una obviedad: no podía quedar duda ya de que la Komintern estaba muerta y de que si el KPD no había podido ser «recuperado», tampoco lo iba a poder ser ningún otro partido comunista stalinizado. Sin embargo Trotski no siguió inmediatamente ese camino.

Desesperado por la inminencia de una derrota histórica y también por incapacidad de la Oposición para influir en las bases del partido, Trotski se dirigirá de forma directa a los obreros socialdemócratas, agitándoles, empujándoles al frente único y demostrando lo que es el frente único, que no implica ni concesión programática ni la más mínima aceptación del culto nacional o democrático.

El Vorwärts se enorgullece cada día de que cientos de miles de socialdemócratas muriesen durante la guerra «por el ideal de una Alemania mejor y más libre...». Solamente se olvida de explicar por qué esta Alemania mejor se convirtió en la Alemania de Hitler Hugenberg. En realidad, los obreros alemanes, como los obreros de los demás países beligerantes, murieron como carne de cañón, como esclavos del capital. Idealizar este hecho es proseguir la traición del 4 de agosto de 1914.

El Vorwärts sigue recurriendo a Marx, a Engels, a Wilhelm Liebknecht, a Bebel, quien desde 1848 hasta 1871 habló de la lucha por la unidad de la nación alemana. ¡Falsos recursos! En esa época era cuestión de concluir la revolución burguesa. Todo revolucionario proletario tenía que luchar contra el particularismo y el provincianismo heredado del feudalismo. Todo revolucionario proletario tenía que luchar contra este particularismo y provincianismo en nombre de la formación de un Estado nacional. En la época actual, tal objetivo está investido con un carácter progresivo sólo en China, en Indochina, en India, en Indonesia y demás países coloniales atrasados y semicoloniales. Para los países avanzados de Europa, las fronteras nacionales son exactamente las mismas cadenas reaccionarias que fueron en otro tiempo las fronteras feudales.

«La nación y la democracia son gemelos», dice el Vorwärts de nuevo. ¡Totalmente cierto! Pero esos gemelos se han vuelto viejos, achacosos y han llegado a la senilidad. La nación, como un todo económico, y la democracia, como forma de la dominación de la burguesía, se han convertido en grilletes para el desarrollo de las fuerzas productivas y la civilización. Recordemos una vez más a Goethe: «Todo lo que nace está destinado a perecer».

Unos cuantos millones más pueden ser sacrificados por el «corredor», por Alsacia Lorena, por Malmedy. Estos trozos de tierra disputados pueden estar cubiertos por tres, cinco o diez hileras de cadáveres. Todo esto puede llamarse defensa nacional. Pero la humanidad no progresará a causa de ello; por el contrario, caerá a cuatro patas en la barbarie. La salida no está en la «liberación nacional» de Alemania, sino en la liberación de Europa de las fronteras nacionales. Es un problema que la burguesía no puede resolver, menos aún de lo que en su época pudieron los señores feudales poner fin al particularismo. De aquí que la coalición con la burguesía sea doblemente censurable. Una revolución proletaria es necesaria. Una federación de las repúblicas proletarias de Europa y de todo el mundo es necesaria.

El social-patriotismo es el programa de los doctores del capitalismo; el internacionalismo es el programa de los enterradores de la sociedad burguesa. Este antagonismo es irreductible. [...]

Muy bien, pero nosotros, los socialdemócratas, proponemos no obstante llegar al poder democráticamente. Vosotros, comunistas, consideráis eso una utopía absurda. En ese caso, ¿es posible el frente único defensivo? Para ello es necesario tener una idea clara de lo que hay que defender. Si nosotros defendemos una cosa y vosotros otra, ¿no acabaremos con las acciones comunes? ¿Aceptáis vosotros, los comunistas, defender la Constitución de Weimar?"

La pregunta es adecuada, y yo intentaré responderla sinceramente. La Constitución de Weimar representa todo un sistema de instituciones, de derechos y de leyes. Comencemos por arriba. La república tiene a su frente un presidente. ¿Aceptamos nosotros, los comunistas, defender a Hindenburg contra el fascismo? Pienso que esa necesidad deja de sentirse por sí misma, después de que Hindenburg haya llamado a los fascistas al poder. Luego viene el gobierno, presidido por Hitler. El gobierno no necesita ser defendido contra el fascismo. En tercer lugar, viene el parlamento. Cuando aparezcan estas líneas, la suerte del parlamento surgido de las elecciones del 5 de marzo probablemente haya sido decidida. Pero incluso en esta coyuntura puede decirse con certeza que si la composición del Reichstag demuestra ser hostil al gobierno; si Hitler piensa suprimir el Reichstag, y la socialdemocracia muestra determinación para luchar a favor del Reichstag, los comunistas ayudarán a la socialdemocracia con toda su fuerza.

Nosotros, los comunistas, no podemos ni queremos establecer la dictadura del proletariado contra vosotros ni sin vosotros, obreros socialdemócratas. Queremos llegar a esta dictadura junto con vosotros. Y nosotros contemplamos la defensa común contra el fascismo como el primer paso en este sentido. Evidentemente, a nuestros ojos, el Reichstag no es una conquista histórica capital que el proletariado deba defender contra los vándalos fascistas. Hay cosas más valiosas. Dentro del marco de la democracia burguesa y paralela a la incesante lucha contra ella, los elementos de la democracia proletaria se han formado en el curso de muchas décadas: partidos políticos, prensa obrera, sindicato, comités de fábrica, clubs, cooperativas, sociedades deportivas, etc. La misión del fascismo no es tanto completar la destrucción de la democracia burguesa como aplastar los primeros esbozos de democracia proletaria. En cuanto a nuestra misión, consiste en situar esos elementos de democracia proletaria, ya creados, en la base del sistema soviético del Estado obrero. Para este fin, es necesario romper la cáscara de la democracia burguesa y liberar de ella el meollo de la democracia obrera. En eso reside la esencia de la revolución proletaria. El fascismo amenaza el núcleo vital de la democracia obrera. Esto mismo dicta claramente el programa del frente único. Estamos dispuestos a defender vuestras imprentas y las nuestras, pero también el principio democrático de la libertad de prensa; vuestros locales y los nuestros, pero también el principio democrático de la libertad de reunión y asociación. Somos materialistas, y por eso no separamos el alma del cuerpo. En tanto no tengamos todavía la fuerza para establecer el sistema soviético, nos situamos en el terreno de la democracia burguesa. Pero, al mismo tiempo, no abrigamos ninguna ilusión.

León Trotski, «El Frente único defensivo: Carta a un obrero socialdemócrata», 23 de febrero de 1933

En estas últimas reacciones desesperadas para evitar una derrota alemana sin lucha está la clave para entender uno de los giros tácticos más costosos, por no decir dañinos, de la historia del movimiento revolucionario: el giro francés.

El giro francés

Después del desastre alemán Trotski está convencido de que en Francia -y en toda Europa- «los acontecimientos conducen inevitable e irresistiblemente a un conflicto entre el proletariado y el fascismo»... aunque el camino, por las peculiaridades de las expresiones políticas de la pequeña burguesía francesa fuera diferente.

El fascismo francés todavía hoy no representa una fuerza de masas. Por el contrario, el bonapartismo tiene un apoyo, por cierto no muy seguro ni muy estable, pero de masas, en la persona de los radicales. Entre estos dos hechos, existe un nexo interno. Por el carácter social de su apoyo, el radicalismo es un partido de la pequeña burguesía. Y el fascismo no puede convertirse en fuerza de masas, más que conquistando a la pequeña burguesía. otras palabras: en Francia, el fascismo puede desarrollarse principalmente a expensas de los radicales. Este proceso se produce en la actualidad, pero se encuentra aún en su primera etapa.[...]

¿Quién presentará primero, más ampliamente y con mayor fuerza, a las clases medias el programa más convincente, y —lo más importante— conquistará su confianza, mostrando con palabras y hechos que es capaz de eliminar todos los obstáculos en el camino de un porvenir mejor: el socialismo revolucionario o la reacción fascista? De esta cuestión depende la suerte de Francia por muchos años. No solo de Francia: de Europa. No sólo de Europa: del mundo entero.[...]

La sociedad contemporánea se compone de tres clases: la gran burguesía, el proletariado y las «clases medias» o pequeña burguesía. Las relaciones entre estas tres clases determinan en última instancia la situación política del país. Las clases fundamentales de la sociedad son la gran burguesía y el proletariado. Estas dos clases son las únicas que pueden tener una política independiente, clara y consecuente. La pequeña burguesía se distingue por su dependencia económica y su heterogeneidad social. Su capa superior toca inmediatamente a la gran burguesía. Su capa inferior se mezcla con el proletariado y llega a caer incluso al estado del lumpenproletariado. Conforme a su situación económica, la pequeña burguesía no puede tener una política independiente. Oscila siempre entre los capitalistas y los obreros. Su propia capa superior La empuja hacia la derecha; sus capas inferiores, oprimidas y explotadas, son capaces, en ciertas condiciones, de virar bruscamente a la izquierda, es por esas relaciones contradictorias de las diferentes capas de las «ciases medias» que ha estado siempre determinada la política confusa y absolutamente inconsistente de los radicales, sus vacilaciones entre el bloque con los socialistas, para calmar a la base, y el bloque nacional con la reacción capitalista, para salvar a la burguesía. La descomposición definitiva del radicalismo comienza desde el momento en que la gran burguesía, ella misma en un callejón sin salida, no le permite seguir oscilando. La pequeña burguesía, las masas arruinadas de las ciudades y del campo, comienza a perder la paciencia. Toma una actitud cada vez más hostil hacia su propia capa superior; se convence en los hechos de la inconsistencia y perfidia de su dirección política. El campesino pobre, el artesano, el pequeño comerciante, se convencen en los hechos de que un abismo los separa de todos esos intendentes, de todos esos abogados, de todos esos arribistas políticos, del estilo de Herriot, Daladier, Chautemps y Cia. que, por su forma de vida y por sus concepciones, son grandes burgueses. Es precisamente esta desilusión de la pequeña burguesía, su impaciencia, su desesperación, lo que explota el fascismo. Sus agitadores estigmatizan y maldicen a la democracia parlamentaria, que respalda a los arribistas y «staviskratas», pero que nada da a los pequeños trabajadores. Estos demagogos blanden el puño en dirección a los banqueros, los grandes comerciantes, los capitalistas. Esas palabras y es gestos responden plenamente a los sentimientos de los pequeños propietarios, caídos en una situación sin salida. Los fascistas muestran audacia, salen a la calle, enfrentan a la policía, intentan barrer el Parlamento por la fuerza. Esto impresiona al pequeño burgués sumido en la desesperación. Se dice:

Los radicales, entre los que hay muchos estafadores, se han vendido definitivamente a los banqueros; los socialistas prometen desde hace mucho eliminar la explotación, pero nunca pasan de las palabras a los hechos; a los comunistas no se los puede entender: hoy una cosa, mañana otra; hay que ver si los fascistas no pueden portarnos la salvación.

[...]¿Significa esto que el paso de la pequeña burguesía por el camino al fascismo será inevitable, ineluctable? No, tal conclusión sería de un vergonzoso fatalismo. Lo que es realmente inevitable es el fin del radicalismo y de todas las agrupaciones políticas que liguen su suerte a la de éste. En las condiciones de la decadencia capitalista, no hay más lugar para un partido de reformas democráticas y de progreso «pacífico». Cualquiera que sea la vía por la que pase el futuro desarrollo de Francia, el radicalismo desaparecerá de la escena, de todos modos, rechazado y despreciado por la pequeña burguesía, a la que traicionó definitivamente. Todo obrero consciente se convencerá desde ahora de que nuestra predicción responde a la realidad, sobre la base de los hechos y de la experiencia de cada día., Nuevas elecciones traerán derrotas para los radicales. De ellos van a desprenderse unas capas tras otras, las masas populares abajo, los grupos de arribistas asustados arriba. Deserciones, escisiones, traiciones, van a seguirse ininterrumpidamente. Alguna maniobra o algún bloque no salvarán al partido radical. Este arrastrará consigo al abismo al «partido» de Renaudel, Déat y Cia. El fin del partido radical es el resultado inevitable del hecho de que la sociedad burguesa no puede alcanzar el fin de sus dificultades con la ayuda de métodos supuestamente democráticos. La escisión entre la base de la pequeña burguesía y sus direcciones es inevitable.[...]

La pequeña burguesía es económicamente dependiente y está políticamente atomizada. Por eso no puede tener una política propia. Necesita un «jefe» que le inspire confianza. Ese jefe individual o colectivo (es decir, una persona o un partido) puede ser provisto por una u otra de las clases fundamentales, sea por la gran burguesía, sea por el proletariado. El fascismo unifica y arma a las masas dispersas; de una «polvareda humana» —según nuestra expresión— hace destacamentos de combate. Así, da a la pequeña burguesía la ilusión de ser independiente. Comienza a imaginarse que realmente, manejará el Estado. ¡No hay nada de sorprendente en que esas ilusiones y esas esperanzas se le suban a la cabeza!

Pero la pequeña burguesía puede también encontrar un caudillo en el proletariado. Lo ha demostrado en Rusia, y parcialmente en España. Ha tendido a ello en Italia, en Alemania y en Austria.

Pero los partidos del proletariado no han estado a la altura de su tarea histórica. Para atraer a su lado a la pequeña burguesía, el proletariado debe conquistar su confianza. Y, para ello, debe comenzar por tener él mismo confianza en sus propias fuerzas. Necesita tener un programa de acción clara y estar dispuesto a luchar por el poder por todos los medios posibles. Templado por su partido revolucionario para una lucha decisiva e implacable, el proletariado dice a los campesinos y a los pequeños burgueses de la ciudad:

Lucho por el poder; he aquí mi programa; no emplearé la fuerza más que contra el gran capital y sus lacayos; pero con ustedes, trabajadores, quiero hacer una alianza sobre la base de un programa dado.

El campesino comprenderá semejante lenguaje. Hace falta, solamente, que tenga confianza en la capacidad del proletariado para tomar el poder. Para eso, es indispensable depurar el frente único de todo equívoco, de toda indecisión, de frases vacías; es indispensable comprender la situación y ponerse seriamente en la ruta de la lucha revolucionaria.[...]

El Partido Obrero belga, por ejemplo, ha adoptado el pomposo plan De Man, con todas las «nacionalizaciones»; pero, ¿qué sentido tiene ese plan, si no quieren mover un meñique por su realización? Los programas del fascismo son fantásticos, mentirosos, demagógicos. Pero el fascismo libra una lucha rabiosa por el poder. El socialismo puede lanzar el programa más sabio; pero su valor será igual a cero si la vanguardia del proletariado no despliega una dura lucha para apoderarse del Estado. La crisis social, en su expresión política, es la crisis del poder. El viejo amo de la sociedad está en quiebra. Hace falta un nuevo amo. ¡Si el proletariado revolucionario no se hace dueño del poder lo hará inevitablemente el fascismo!

Un programa de reivindicaciones transitorias para las «clases medias» puede alcanzar una gran importancia, naturalmente, si ese programa responde, por una parte, a las necesidades reales de las clase medias, y por la otra, a las exigencias del desarrollo hacia el socialismo. Pero una vez más el centro de gravedad no se encuentra actualmente en un programa especial. Las «clases medias» han visto demasiados programas; Lo que necesitan es tener confianza en que ese programa será realizado. En el momento en que el campesino se diga: «Esta vez, parece que el partido obrero no retrocederá», la causa del socialismo estará ganada. Pero, para eso, hay que mostrar en los hechos que estamos firmemente dispuestos a eliminar todos los obstáculos de nuestro camino.

León Trotski, ¿Adónde va Francia?, 9 de noviembre de1934

El PCF y la SFIO (el partido socialista) acaban de formar un Frente Unico tras la asonada fascista que tira al gobierno Dadalier e impone una solución bonapartista. Pero Trotski tiene claro a dónde conduce: octubre del 34 y las Alianzas Obreras españolas controladas por el ministerialismo socialista

En España como en Austria sufrieron la derrota, no los métodos de la revolución, sino los métodos oportunistas en una situación revolucionaria. ¡No es lo mismo! [...]

León Trotski, ¿Adónde va Francia?, 9 de noviembre de1934

Y para qué hablar de la trayectoria del PCE durante la república que trataremos inmediatamente.

En una situación política excepcionalmente favorable, los Partidos Comunistas austríaco y español, trabados por la teoría del «tercer período», del «socialfascismo», etc., se encontraron sentenciados a un completo aislamiento. Comprometiendo los métodos de la revolución por la autoridad de «Moscú», cerraron por sí mismos el camino a una política verdaderamente marxista, verdaderamente bolchevique. La propiedad fundamental de la revolución es someter a un examen rápido e implacable a todas las doctrinas y a todos los métodos. El castigo sigue casi inmediatamente al crimen. La responsabilidad de la Internacional Comunista por las derrotas del proletariado en Alemania, en Austria, en España, es incalculable. No basta con tener una política «revolucionaria» (de palabra). Hay que tener una política correcta. Nadie ha encontrado todavía otro secreto para la victoria.

León Trotski, ¿Adónde va Francia?, 9 de noviembre de1934

Ni el stalinismo ni la socialdemocracia son partidos revolucionarios ya. El resultado previsible del FU entre socialistas y stalinistas es la conducción de la masa de la clase, bien organizada, a la entrega del poder al fascismo sin lucha alguna, como hubiera pasado en España de no responder espontáneamente el proletariado con la vigorosa insurrección del 19 de julio de 1936 al levantamiento militar.

Si la vanguardia proletaria, representada por el frente único, traza con corrección el camino de la lucha, todos los obstáculos levantados por la burocracia sindical, serán barridos por el torrente vivo del proletariado. La clave de la situación está hoy en el frente único. Si éste no utiliza esa llave, jugará el lamentable papel que habría jugado inevitablemente el frente único de los social-revolucionarios y los mencheviques en 1917 en Rusia, si los bolcheviques no se lo hubieran impedido.

León Trotski, ¿Adónde va Francia?, 9 de noviembre de 1934

Es decir, la única salida, pasa por entrar en el Frente Único como si fuera una organización unitaria de clase, es decir, un soviet... por la única puerta que estaba abierta: la SFIO. Fue el comienzo del entrismo y en apariencia dio resultados a corto.

los camaradas franceses han ganado para nuestro programa de acción a la Federación del Sena, que cuenta con 6.000 miembros; ni que nuestra juventud es la dirección de la Alianza del Sena, organización de 1.450 integrantes. No queremos exagerar el peso revolucionario de este triunfo. Aún queda por hacer mucho más de lo que hemos logrado en los tres meses y medio transcurridos desde nuestra entrada. Pero realmente, es necesario ser sordo y ciego para no darse cuenta del cambio radical operado en la actividad de nuestra sección francesa y para no ver las grandes posibilidades que se han abierto ante ella.

León Trotski, «Una vez más a cuenta de nuestro giro», 15 de diciembre de 1934

Pero había cambios de fondo que Trotski no estaba sabiendo ver. Aunque la parte más joven del proletariado francés fuera sensible a los argumentos de los bolchevique-leninistas y consiguiera transmitir ese empuje puntualmente a organizaciones locales de sindicatos y SFIO, ni el partido ni los sindicatos eran ya organizaciones unitarias comparables a las de la IIª Internacional, menos aun a un soviet. Pero no dejaba de ser un momento de transición histórica. El Frente Único era percibido por unos y otros como un paso forzado por las circunstancias que podía llevar, alternativamente, a una radicalización que superara a las direcciones o a reconducir la inquietud obrera hacia un gobierno de coalición con la pequeña burguesía republicana. Las direcciones del PC y la SFIO, como las de PSOE-UGT en las Alianzas Obreras, se veían sistemáticamente puestas en cuestión donde las bases de las organizaciones se encontraban. La certidumbre de que no eran hechos aislados había determinado la política de sabotaje socialista en la fallida huelga general insurreccional del 34.

Por eso el frente único entre socialdemócratas y stalinistas solo podía empujar a las direcciones de PCs y PSs hacia su conversión en frentes populares, es decir, a reforzar sus posiciones de poder a base de agregar a radicales y republicanos al tiempo que amagaban una fusión orgánica1. Si el giro francés tuvo una virtud fue precipitar los acontecimientos.

El resultado es claro en las resoluciones del VII Congreso de la Komintern: frentes populares y supeditación directa e inmediata de todos los PCs a las necesidades derivadas de la preparación de la guerra imperialista.

La decisiva traición de Stalin y su pandilla de la Comintern nos abre grandes posibilidades, tanto dentro de la misma Comintern como en todas las organizaciones obreras, especialmente en los sindicatos. Hasta hace muy poco, cada nueva etapa en la radicalización de las masas implicaba inevitablemente un acercamiento de ellas a los stalinistas. Precisamente ésta era la causa de nuestro aislamiento y de nuestra debilidad. Ir hacia la izquierda significaba ir hacia Moscú, y se nos veía como un obstáculo en este sentido. Hoy Moscú significa apoyar al imperialismo en Francia, Checoslovaquia, etcétera. Para nosotros ya no se trata de discutir las sutilezas de la teoría del socialismo en un solo país o de la revolución permanente sino de plantear directamente esta cuestión: ¿somos los esclavos voluntarios de nuestro propio imperialismo o sus enemigos mortales? Aun si no se da tan rápido como sería necesario la diferenciación dentro del Partido Comunista (aunque tenemos que esperar catastróficas rebeliones, sobre todo si sabemos cómo intervenir), la afluencia elemental de las masas hacia él disminuirá inevitablemente o incluso se detendrá.

León Trotski, «Es necesario un nuevo giro», 10 de junio de 1935

Al ponerse en el orden del día la guerra imperialista, las condiciones para la formación de partidos revolucionarios empiezan a vislumbrarse de nuevo.

La lucha de las distintas tendencias contra nosotros coincide hoy en día casi totalmente con el adoctrinamiento ideológico en favor de la nueva guerra imperialista. La oposición a la guerra debe significar cada vez en mayor medida simpatizar con la Cuarta Internacional. La condición para lograrlo es la lucha implacable contra la menor concesión a la teoría de la defensa nacional. El inevitable reagrupamiento en las distintas organizaciones obreras (Partido Comunista, sindicatos, etcétera) tiene que abrirnos el camino hacia las masas trabajadoras. Es necesario orientarnos en esta dirección con toda la independencia que haga falta. Este reagrupamiento puede resultar en la creación de un partido revolucionario en un lapso determinado bastante próximo.

Es absolutamente esencial acelerar el trabajo preparatorio de la Cuarta Internacional. Los elementos revolucionarios que se separen durante el reagrupamiento general dentro de la clase obrera tienen que contar con la posibilidad de unirse directamente a una organización internacional que se apoye en toda la experiencia de las luchas revolucionarias.

León Trotski, «Es necesario un nuevo giro», 1935

La etapa entrista no puede sino cerrarse.

El grupo bolchevique leninista tiene que saber efectuar un nuevo giro, consecuencia lógica de la etapa anterior. Sin hacer, por supuesto, ninguna concesión, hay que concentrar las nueve décimas partes de las fuerzas en denunciar la traición stalinista.

León Trotski, «Es necesario un nuevo giro», 1935

Haciendo balance, el giro francés ha servido para mejorar a la base de la Izquierda Comunista, enfrentándola a las discusiones reales en el seno de la clase, pero no ha cumplido su propósito último. Ahora resulta claro que el Frente Único de partidos supuestamente obreros no era en nada equivalente a un soviet. Los partidos socialistas, incluso las Juventudes, ya no son aquellas organizaciones de masas del proletariado de tiempos de Bebel: su naturaleza es diluir a las partes más atrasadas y conservadoras del proletariado en una mezcla en la que el elemento dominante es cada vez más la pequeña burguesía corporativa.

La SFIO no sólo no es un partido revolucionario sino que ni siquiera es proletario. Es pequeñoburgués por su política y también por su composición social. Este partido nos abrió algunas posibilidades, y fue correcto formularlas y utilizarlas. Pero son posibilidades limitadas. El Congreso de Mulhouse y su consiguiente repercusión limitará materialmente, aun más, estas posibilidades. El prestigio ganado por el grupo bolchevique-leninista tiene que transformarse esclareciendo a los obreros. Pero éstos están fundamentalmente fuera del PS, en el PC, en las organizaciones sindicales o en ninguna organización.

León Trotski, «Es necesario un nuevo giro», 1935

Ni Trotski ni la Internacional mientras sea tal, defenderán ya más el entrismo. La experiencia ha sido aleccionadora... pero las cicatrices quedan. En Argentina trunca la consolidación de la Izquierda Comunista local2, dando entrada a los elementos nacionalistas que acabarán encontrando su par en el SI degenerado de los cuarenta. En EEUU y Gran Bretaña, a diferencia de Francia, el entrismo proveerá a los nuevos partidos con unos cuantos miles de militantes y una sólida base... pequeñoburguesa. Un aprendizaje en falso que cimentará el oportunismo más descarado e incubará a los futuros enterradores de la IVª Internacional: desde Cannon y el SWP a Pablo (Raptis).

Pero mientras Trotski se centraba en Francia, el centro de gravedad del conflicto de clases se había trasladado a España.

La Revolución española

El fin de la guerra mundial había golpeado en la cuenta de resultados a la burguesía española con una fuerza brutal. Si a eso le unimos el desastre de la guerra colonial, las crecientes contradicciones en el seno de la clase dominante y la incapacidad del terrorismo patronal para acabar con la movilización obrera entendemos la apuesta de la burguesía catalana -que en ese momento teme quedar fuera del grupo dominante- y de la monarquía por la dictadura de Primo de Rivera (1921-1930).

Su papel histórico será ganar tiempo para la burguesía en su proceso de unificación y reorganización del estado. Primo remacha el primer capitalismo de estado español no solo protegiendo a la burguesía catalana sino, lo que a la larga sería más importante, incorporando por primera vez a una organización que había representado al movimiento obrero, el PSOE.

Siete años prolongó su vida la dictadura. No porque contara con un apoyo nacional efectivo, aparte de los cuartos de banderas, las sacristías, los círculos de la nobleza y la gran burguesía, sino porque coincidió con el mejor período financiero mundial después de la guerra 1914-1918. Esto le permitió asociarse la gran burguesía, neutralizar la pequeña y asegurarse la contemporización de la organización obrera más fuerte de España, el Partido Socialista. Ya se ha indicado bajo otro título hasta qué punto éste sirvió de bordón a la dictadura, ofreciéndole consejeros de Estado y asambleístas nacionales. Pero la monarquía estaba condenada. En lo más profundo de las masas se acumulaban enormes energías. La dictadura había aplazado, no evitado la apertura del período revolucionario.

G. Munis. Jalones de Derrota promesa de victoria, 1947

Por eso bastarán los primeros embates de la crisis de 1929 para que la dictadura quede sin apoyos entre la clase dominante.

La dictadura de Primo de Rivera ha caído sin revolución, por agotamiento interior. Esto quiere decir, en otros términos, que en su primera etapa la cuestión fue resuelta por las enfermedades de la vieja sociedad y no por las fuerzas revolucionarias de una sociedad nueva. (…) Después de este acontecimiento, las clases dirigentes, en la persona de sus grupos políticos, se encuentran obligadas a adoptar una posición neta ante las masas populares. Y así observamos un fenómeno paradójico. Los mismos partidos burgueses que, gracias a su conservadurismo, renunciaban a llevar a cabo alguna lucha seria contra la dictadura militar, rechazan actualmente toda la responsabilidad de esta dictadura sobre la monarquía y se declaran republicanos. En efecto, se podría creer que la dictadura ha estado durante todo el tiempo suspendida de un fino hilo del balcón del Palacio real, y que sólo se apoyaba sobre el sostén, en parte pasivo, de las capas más sólidas de la burguesía, que paralizaban con todas sus fuerzas la actividad de la pequeña burguesía y pisoteaban a los trabajadores de las ciudades y de los campos. (…) Si bien Primo sólo mantenía de un hilo a la monarquía, ¿de qué hilo se mantendrá la monarquía, incluso en un país tan «republicano»? A primera vista esto parece un enigma insoluble. Pero el secreto no es en manera alguna tan complicado. La misma burguesía que «sufría» a Primo de Rivera, lo sostenía, en efecto, como sostiene actualmente a la monarquía mediante los únicos medios que le quedan, es decir, declarándose republicana y adaptándose así a la psicología de la pequeña burguesía, para engañarla y paralizarla lo mejor posible. (…)

España ha dejado muy lejos tras de sí el estadio de una revolución burguesa. Si la crisis revolucionaria se transforma en revolución, superará fatalmente los límites burgueses y, en caso de victoria, deberá entregar el poder al proletariado.

León Trotski. Carta a la redacción de «Contra la Corriente», 1930

Es en ese escenario marcado por la descomposición de la monarquía y con un partido comunista que había quedado prácticamente desarticulado3 en el que se forma la Oposición de Izquierda en España.

En Luxemburgo uno de los fundadores del núcleo vizcaíno del primer PCE, García Lavid, que trabajaba como metalúrgico escondido bajo el pseudónimo de Henri Lacroix, había adherido a la Oposición de Izquierda Internacional y desde 1929 trataba de reorganizar a sus viejos compañeros de la tendencia de izquierda como Esteban Bilbao que organiza a una decena de compañeros en Vizcaya, la mayoría de los cuales habían sido expulsados por la dirección zinovietista primero y stalinista después de Bullejos, Trilla e Ibarruri. En una activa correspondencia les llamaba a volver a la acción...

contra la degeneración de la revolución rusa y de la IC, por la pureza de las ideas comunistas, por la revolución internacional y contra la idea bastarda del socialismo en un solo país proclamada por Stalin y todos los que con él marchan a remolque de la nueva burguesía rusa hacia el oportunismo socialdemócrata

De esta agitación, surgió la conferencia del 18 de febrero de 1930 en Lieja en la que nace la Oposición Comunista Española (OCE).

Quienes pusimos todo nuestro entusiasmo, nuestra fe y esperanza en la defensa de la plataforma política de la Oposición Comunista de Izquierda Internacional hemos de reconocer que no solamente se han equivocado los que diariamente declararon que la izquierda comunista había sido liquidada al ser deportados, encarcelados o asesinados los oposicionistas rusos, sino que nosotros mismos sufrimos un error cuando creímos que la lucha por nuestras ideas había de ser durísima y difícil, y que nuestros progresos serían lentos.

Henri Lacroix (García Lavid). Algunas consideraciones sobre la oposición comunista. Comunismo #5, septiembre, 1931

Se puede decir que la OCE es la única organización de la oposición española con una perspectiva internacional, después de haber acendrado posiciones y realizado una crítica de la trayectoria del PCE y la IC.

La Oposición de Izquierda, lo mismo que su organización internacional, no situaba sus problemas únicamente en el plano político nacional español sino en el terreno internacional, y su oposición era contra la propia política del CE de la IC. Por lo cual, tanto la Agrupación de Madrid como la Federación Catalano-balear querían separarse totalmente de la Oposición de Izquierda para no «comprometerse» con la IC.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Pero si la aislaba del resto de la oposición, le sirvió para reorganizar a la corriente fundadora del partido. El grupo empezará a tener actividad en el interior en septiembre de 1930 conformando pronto un radio en Vizcaya alrededor de Lavid y Esteban Bilbao y otro en Madrid alrededor de Andrade y su entorno. A partir de un joven asistente a la conferencia de Lieja, Manuel Fernández Grandizo (G. Munis), surgirá un radio en Llerena que llegará a tener más de 400 miembros en 1935 y ser políticamente decisivo regionalmente4. Núcleos menores se formarán en Salamanca y Asturias.

En Barcelona, Nin, que se compromete a organizar la Oposición a la vuelta de Rusia, retrasa la constitución de la Oposición, y se une solo después de haber jugado a convertirse en la mano derecha de Maurín, escribir su programa y finalmente ser rechazado. Nin, a pesar de las invectivas de Trotski a actuar con la bandera desplegada, evitará en la práctica la formación de la ICE en Cataluña como fuerza política, aunque se guardará mucho de perder su representación. En la perspectiva global se puede decir que Nin no fue más que un agente del catalanismo en la ICE y que si se enfrentó a Maurín y Arquer fue desde la defensa centrista y vergozante de un regionalismo sindicalista que compartían y cuya expresión final no fue otra que el POUM5.

La OCE publicará primero Contra la Corriente en 1930 desde Lieja y desde 1931, ya en España, la revista Comunismo, que se convertirá pronto en la principal revista marxista española con una tirada, soprendente para la España de la época, de 1.600 ejemplares. Comunismo será la principal referencia teórica de la izquierda comunista que surge después en Argentina, Uruguay y Chile6.

Llegados a 1930, la burguesía española es un todo mucho más sólido y poderoso de lo que ha sido nunca hasta entonces. En España quedan residuos feudales en el campo, pero no hay ni mucho menos una oposición entre la burguesía y los terratenientes herederos de la feudalidad. Tampoco hay ya siquiera la ilusión de un desarrollo independiente del capital nacional en caso de un fantaseado triunfo revolucionario de la burguesía. El imperialismo es una realidad inmediata para el capital español, excluido de los mercados coloniales e internacionales por las grandes potencias en una época de nuevas guerras comerciales y de divisas.

La trabazón de intereses entre el capitalismo y los viejos elementos feudales era redonda en 1930. No se podía hacer una división de la economía en capitalista y feudal, sino abstrayéndose de su evolución y de sus relaciones cotidianas, considerando categorías aisladas lo que era un compuesto de dos elementos de origen diferente. Ni uno solo de los componentes de la nobleza terrateniente podía ser calificado de puramente feudal; menos aún en conjunto. En mayor o menor grado todos habían invertido y acrecido sus fondos en empresas capitalistas. La Compañía de Jesús era a la vez gran terrateniente y el más rico empresario capitalista. Romanones, el conocido gobernante monárquico, era gran terrateniente en Guadalajara, el más importante arrendador de casas en Madrid, copropietario de las minas de Peñarroya y accionista de las principales instituciones financieras. Los duques de Alba y Medinaceli, primeros entre los terratenientes de prosapia feudal, estaban igualmente mezclados a empresas financieras e industriales. A la Iglesia pertenecían las más importantes compañías navieras, las ricas fábricas de aceites Ybarra, los ferrocarriles del norte y algunas industrias textiles de Cataluña. También estaba mezclada a compañías mineras, siderúrgicas y financieras. Por su parte, la burguesía se convertía fácilmente en terrateniente, poniendo a veces en ejecución métodos de explotación feudales. Para poder hablar propiamente de dos economías, feudal y capitalista, sería necesario hacer entrar en conflicto y lucha a Romanones terrateniente con Romanones empresario y financiero; a la Iglesia, sostén político y terreno económico de la feudalidad, con la Iglesia gran capitán de industria; sería necesario lo imposible; suponer antagónicas e irreductibles dos partes de la misma unidad. (…)

¿Y qué podía esperar, en cuanto a expansión exterior, la burguesía española, que acababa de dejarse arrebatar, tras unos cuantos cañonazos, los últimos restos de su decrépito imperio? El mercado mundial estaba ya perfectamente agarrado por otras burguesías; las nacionalidades oprimibles, oprimidas por Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Alemania, o por sus vasallos. Demasiado tarde para competir en el mercado exterior. La talla enana de la burguesía española constituía para ella plenitud al iniciarse la crisis revolucionaria (…)

Así pues, las dos condiciones fundamentales que determinan la revolución democrático-burguesa, oposición entre la clase feudal y la clase capitalista, más grandes posibilidades de expansión para la segunda, estaban totalmente ausentes. La revolución democrático-burguesa era imposible. Hablar de ella, más que utópico, era demagógicamente reaccionario.

G. Munis. Jalones de Derrota promesa de victoria, 1947

En esas condiciones, ¿cómo podía pensarse que la proclamación de la II República el 14 de abril era el súbito y final triunfo de una «revolución burguesa» esquiva durante todo el siglo anterior? Solo la pequeña burguesía fantaseaba realmente con eso el 14 de abril. El PSOE era más discreto, el relato del 14 de abril como una revolución era a todas luces una aberración, pero una aberración conveniente que le permitía lavar las vergüenzas de su participación institucional en la dictadura. En un artículo publicado en el número 1 de «Comunismo», la revista teórica de la Izquierda Comunista española, y redactado durante la semana que siguió a la proclamación de la nueva forma de estado, Esteban Bilbao señalaba con claridad que no es el estado feudal el que tenemos delante, sino el capitalismo burgués con todas sus armas; aquí no hay siervos que redimir del yugo del despotismo aristócrata, sino obreros de la ciudad y del campo que tratan de romper las cadenas de la explotación burguesa.

Contra la opinión de la pequeña burguesía ideóloga, teóricamente representada en el Gobierno provisional (…) afirmamos rotundamente que la monarquía española no es, ni mucho menos, un estado feudal. Es esta una mentira política de la democracia «revolucionaria» que, para fingir una lucha libertadora que no existe, se crea un fantasma con el que desviar de la verdadera ruta de la revolución a las masas populares. Se trata de una maniobra por medio de la cual el bloque gobernante procura ocultar su reaccionarismo al servicio del gran capital. Creen, los muy necios, que se pueden burlar de los designios históricos escamoteando la formidable verdad social mediante ejercicios de prestidigitación lírica. No, la monarquía española no constituye un estado feudal. El fundamento del estado monárquico español, todo a partir de septiembre de 1923, no es la propiedad de la aristocracia, considerada como tal, sino la propiedad del burgués capitalista. Poco importa que la aristocracia, rancia o fresca, se haya conservado, en calidad de tejidos fiambres, en el cuerpo del estado. En las esferas dominantes de la máquina estatal los residuos semifeudales solo son eficaces por lo que tienen de burgueses, no por lo que tienen de aristócratas. El estado español monárquico actúa en función del aparato capitalista, no en función de privilegio de casta aristocrática. El mismo Alfonso no era ya otra cosa que un funcionario al servicio de la exploración del capital monopolista, por cuyo «trabajo» cobraba sus buenas dietas de la burguesía a quien servía. La Dictadura de Primo de Rivera fue la escoba que barrió los restos de la inmundicia aristocrática poniendo íntegra la máquina del estado en manos del capitalismo industrial y financiero.

Verdad que en la campiña española es de toda urgencia una revolución liquidadora de la propiedad latifundista. Los campesinos habrán de repartirse la tierra despojando violentamente de todos sus privilegios a sus actuales detentadores semifeudales. Hay en este problema, debido al atraso del campo español algo de «revolución democrática». Pero una revolución democrática ¿dirigida por quién ¿Por la intelectualidad pequeñoburguesa? Hoy no estamos, pese a la chochez «doctrinal» de Marcelino Domingo y compañía, en la época de la «reunión del juego de la pelota». Son muy distintas las cosas que hay en la España actual a las que había en la Francia de 1789. Entonces la burguesía era la vanguardia revolucionaria que tenía tras sí toda la masa general del campo sometida al yugo feroz del estado feudal integrado por la aristocracia y la iglesia y, de coronamiento, la monarquía absoluta de derecho divino. Entonces la ideología burguesa era, sí, la teoría, viva y dinámica, de las necesidades revolucionarias de una clase que ascendía hacia el poder. Por eso el campesino pudo, dirigido por la burguesía, llevar a cabo su revolución democrática destruyendo el estado feudal. Esto ocurrió en Francia hace ya siglo y medio. De entonces acá las cosas han cambiado un «poquito», aun para España. La burguesía ya no es el campeón de la revolución «nacional». Celosa de sus privilegios, vive atrincherada en los reductos del estado dedicando todas sus energías no a redimir a los campesinos, sino a explotarlos., De esta explotación saca no pocos recursos con que alimentar su dominación. La fórmula para el campesino no es ya: «con la burguesía a la destrucción del estado feudal» sino esta otra: «con el proletariado a la destrucción del estado burgués». ¿Cómo va a poder ser la burguesía, ni grande ni pequeña, la iniciadora de la revolución democrática campesina?

Esteban Bilbao. Despejando la niebla, 1931

El 14 de abril no fue un súbito espasmo revolucionario de la burguesía. Ya se había fundido con el estado. Tampoco fue una imposible toma del poder por una pequeña burguesía -rural y urbana- sin fuerzas propias. Y desde luego no fue, ni nadie lo pretendió nunca, el resultado político de la lucha de la clase trabajadora. Fue, eso sí, un recambio en el aparato político de la burguesía española, cohesionada por fin en un capitalismo de estado, que pensaba que prescindiendo del monarca y entregando a la pequeña burguesía un aparato parlamentario, podría enfrentar mejor a un movimiento obrero en alza desde principios de siglo.

Es decir, que no fuera una revolución de febrero a la meridional, no quitaba que bajo la algarabía pequeñoburguesa no estuvieran madurando condiciones revolucionarias. El análisis de Trotski en el momento coincidía de pleno con el de la OCE.

  1. La monarquía ha perdido el poder, pero espera reconquistarlo. Las clases poseedoras están todavía firmes en sus estribos. El bloque de republicanos y socialistas se ha colocado en el terreno del cambio republicano para evitar que las masas tomen el camino de la revolución socialista. ¡Desconfiad de las palabras! ¡Actuar es lo que hace falta! ¡Para comenzar: detención de los dirigentes más destacados y sostenedores del antiguo régimen, confiscación de los bienes de la dinastía y de sus lacayos más comprometidos! ¡Armamento para los obreros!

  2. El gobierno, apoyándose en republicanos y socialistas, se esforzará por todos los medios por ampliar sus bases hacia la derecha, en dirección de la gran burguesía, e intentará capitular a fin de neutralizar a la Iglesia. El gobierno es un gobierno de explotadores creado para protegerles de los explotados. El proletariado está en oposición irreconciliable con el gobierno de los agentes republicanos «socialistas» de la burguesía.

  3. La participación de los socialistas en el poder significa que irán acrecentándose los choques violentos entre obreros y jefes socialistas. Esto abre amplias posibilidades a la política revolucionaria del frente único. Cada huelga, cada manifestación, cada acercamiento de los obreros a los soldados, cada paso de la masa hacia la verdadera democratización del país, se va a enfrentar de ahora en adelante con la resistencia de los jefes socialistas como hombres «del orden». Por consiguiente, es tanto más importante para los obreros comunistas el participar en el frente único con los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido, y arrastrarles más tarde detrás de ellos.

  4. Los obreros comunistas constituyen hoy una pequeña minoría en el país. No pueden aspirar al poder de una manera inmediata. Actualmente no pueden proponerse como objetivo práctico la caída violenta del gobierno republicano-socialista. Toda tentativa en este sentido sería una aventura catastrófica. Es necesario que las masas de obreros, soldados y campesinos atraviesen la etapa de las ilusiones republicanas «socialistas» a fin de liberarse de ella más radical y definitivamente. No engañarse con frases, observar los hechos con los ojos muy abiertos, preparar tenazmente la segunda revolución, la revolución proletaria.

  5. La tarea de los comunistas en el periodo actual, consiste en ganarse a la mayoría de los obreros, la mayoría de los soldados,la mayoría de los campesinos. ¿Qué hace falta para eso? Agitar, educar a los cuadros, «explicar con paciencia» (Lenin), organizar. Todo eso a base de la experiencia de las masas y de la participación activa de los comunistas en esta experiencia: la política amplia y audaz del frente único.

  6. Con el bloque republicano-socialista o bien con partes de éste, los comunistas no deben hacer ninguna transacción que pueda limitar o debilitar de una forma directa o indirecta la libertad de crítica y de agitación comunista. Los comunistas explicarán, por todas partes y sin descanso, a las masas populares que en las luchas contra todas las variedades de la contrarrevolución monárquica estarán en primera fila, pero que para semejante lucha no es necesario ninguna alianza con los republicanos y los socialistas, cuya política estará inevitablemente basada en concesiones a la reacción e intentarán ocultar las intrigas de ésta.

  7. Los comunistas emiten las más radicales consignas democráticas: libertad completa para las organizaciones proletarias, libertad de auto administración local, elegibilidad de todos los funcionarios por el pueblo, admisión al voto de hombres y mujeres a partir de 18 años, etc., creación de una milicia obrera y, más tarde, de una milicia campesina. Confiscación de todos los bienes de la dinastía y de los bienes de la Iglesia en favor del pueblo, en primer lugar en favor de los parados, de los campesinos pobres y para el mejoramiento de la situación de los soldados. Separación completa de la Iglesia y del Estado. Todos los derechos cívicos y libertades a los soldados. Elegibilidad de los oficiales en el ejército. El soldado no es un verdugo del pueblo, tampoco un mercenario armado de los ricos, ni un pretoriano, sino un ciudadano revolucionario, hermano de sangre del obrero y del campesino.

  8. La consigna central del proletariado es la de soviet obrero. Esta consigna deberá anunciarse, popularizarse incansable y constantemente, y a la primera ocasión hay que proceder a su realización. El soviet obrero no significa la lucha inmediata por el poder. Es ésa sin duda la perspectiva, pero a la que la masa sólo puede llegar por el camino de su experiencia y con la ayuda del trabajo de clarificación de los comunistas. El soviet obrero significa hoy la reunión de las fuerzas diseminadas del proletariado, la lucha por la unidad de la clase obrera, por su autonomía. El soviet obrero se encarga de los fondos de huelga, de la alimentación de los parados, del contacto con los soldados a fin de evitar encuentros sangrientos entre ellos, de los contactos entre la ciudad y el pueblo, con objeto de asegurar la alianza de los obreros con los campesinos pobres. El soviet obrero incorpora representantes de los contingentes militares. Es así solamente, como el soviet llegará a ser el órgano de la insurrección proletaria y, más tarde, el órgano del poder.

  9. Los comunistas deben elaborar inmediatamente un programa agrario revolucionario. La base de éste tiene que ser la confiscación de las tierras de las clases privilegiadas y ricas, de los explotadores, empezando por la dinastía y la Iglesia, a favor de los campesinos pobres y de los soldados. Este programa debe adaptarse concretamente a las diferentes zonas del país. Teniendo particularidades económicas e históricas singulares, es necesario crear inmediatamente en cada provincia una comisión para la elaboración concreta del programa agrario en estrecha relación con los campesinos revolucionarios de la región. Es necesario saber comprender la voz de los campesinos para formularla de una manera clara y precisa.

  10. Los socialistas que se dicen de izquierda (entre los cuales hay honrados obreros) invitarán a los comunistas a hacer un bloque e incluso a unificar las organizaciones. A esto los comunistas responden:

    Estamos dispuestos, en el interés de la clase obrera y para la solución de determinadas tareas concretas, a trabajar unidos con todo grupo y con toda organización proletaria. Con este fin proponemos correctamente la creación de soviets. Representantes obreros, pertenecientes a diferentes partidos, discutirán en esos soviets sobre todas las cuestiones actuales y todas las tareas inmediatas. El soviet obrero es la forma más natural, más abierta, más honesta y más sana de la alianza en vista del trabajo común. En el soviet obrero, nosotros los comunistas, propondremos nuestras consignas y nuestras soluciones y nos esforzaremos para convencer a los obreros de lo correcto de nuestro camino. Cada grupo debe gozar en el seno del soviet obrero de una entera libertad de crítica. En la lucha para los objetivos prácticos propuestos por el soviet, nosotros, los comunistas, estaremos siempre en primera fila.

    Esta es la forma de colaboración que los comunistas proponen fraternalmente a los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido.

Asegurando la unidad en sus propias filas, los comunistas ganarán la confianza del proletariado y de la gran mayoría de campesinos pobres, con su brazo armado ellos tomarán el poder, y abrirán la era de la revolución socialista.

León Trotski. «Los diez mandamientos del comunista español», 12 de abril de 1931

La OCE vive a partir de 1932 una crisis en dos planos que van paulatinamente polarizándose entre el grupo Lacroix y el eje Andrade-Nin por un lado y la dirección española y la Internacional por otro. El maniobrerismo de Nin, Andrade y Gorkin evitará en todo momento que los debates españoles conecten con los internacionales, lo que le será duramente reprobado una y otra vez por Trotsk

La crisis estallará sin embargo en un plano común que revelaba parcialmente las intenciones estratégicas de Nin. Mientras el cambio de nombre de OCE a ICE (Izquierda Comunista Española) desespera a Trotski, que entiende su significado político, a García Lavid -y tras él Munis y Bilbao- se revelan contra la idea de presentar candidatos electorales de manera generalizada en las elecciones del 32 y no solo donde el PCE haya sido superado por la OCE o esté ausente. Nin y Andrade están dando pasos para presentar la fundación de un partido político de la mano del BOC como un hecho consumado supeditando el desarrollo de la OCE a la conveniencia del grupo de Maurín, que sigue aspirando a un reagrupamiento a posteriori con el PCE sin romper con la Komintern stalinista. La crisis, que se hará evidente con la dimisión de buena parte del CC siguiendo a la de García Lavid, se saldará burocráticamente con el traslado del CC de Madrid a Barcelona.

La clave de la Revolución española no pasaba desde luego por el pequeño y pueblerino BOC y su estalinismo con reservas sino por el entorno del viejo partido socialista. El apoliticismo y la inconsecuencia de la CNT, entregaban al PSOE la dirección política de la gran mayoría de la clase trabajadora y condenaban al sindicato a ir a la zaga de los enjuagues parlamentarios de los dirigentes socialistas sin menoscavar nunca de manera efectiva las ilusiones democráticas y republicanas con las que los adornaba. Por eso la política de frente único tal y como definía arriba Trotski, era clave en la Revolución española. La OCE/ICE solo la desarrollará de manera consecuente en las comarcas de la falda Norte de Sierra Morena, a caballo de Badajoz y Sevilla4, donde el PSOE comienza la etapa republicana con una hegemonía política total. Allí, efectivamente, la izquierda obtendrá muy pronto la dirección del movimiento huelguístico y consolidará una nutrida organización que arrastrará tras de sí a las bases de la UGT y CNT e incluso al PCE stalinizado. En ese año de 1933 la federación de sindicatos creada por la ICE será ya mayoritaria en Llerena y las comarcas adyacentes.

En el resto del territorio, la ICE no pasa de grupo propagandista y juega su suerte a impulsar la formación de Alianzas Obreras, organismos de frente único que se hacen posibles a partir de la radicalización de la base socialista y que los dirigentes socialistas tratan de inutilizar desde el primer día.

La socialdemocracia, que veía escapársele los puestos y canongías de que disfrutaba por su tradicional sumisión al capitalismo, sintió necesidad de defenderlos. Necesitó recurrir a las masas con un lenguaje radicalizante, si bien en el fondo totalmente exento de propósitos revolucionarios. Trataba solamente de impedir la desaparición de la democracia capitalista, de la cual sus dirigentes eran colaboradores y funcionarios cómodamente retribuidos. En toda Europa, la Segunda Internacional fue sacudida por esa necesidad de defenderse. A la situación internacional se añadía la particular de España, donde la reacción filofascista ganaba terreno y los socialistas corrían el peligro de ser definitivamente despedidos. Miel sobre hojuelas. El esfuerzo de lucha de la socialdemocracia tenía que ser mayor en España, por ser mas directo el peligro. Así sucedió, en efecto.

Convirtiéndose en exponente de la defensa, Largo Caballero llegó a hablar de la superación de la democracia burguesa, y de la necesidad de instaurar la dictadura del proletariado. El eco formidable que suscitaron las palabras de Caballero prueba hasta qué punto el proletariado y los campesinos, sufrida la experiencia de la República, estaban maduras para llevar adelante su ofensiva por la revolución socialista, la necesidad histórica existía; incapaces de aprovecharla anarquistas y comunistas, irrumpió, como una catarata represada, por la brecha de la relumbrosa radicalización socialista. Cierto que para ésta no se trataba de un movimiento real por la revolución proletaria, y que su máximo alcance era obligar nuevamente la burguesía a admitir la colaboración socialista. Sin embargo, para las masas lo que contaba era la promesa de revolución social. Apenas vieron ante sí una perspectiva de luchar por algo mejor que la democracia burguesa, su laxitud desapareció casi de la noche a la mañana. No se debía, en realidad, sino a la incapacidad de todas organizaciones obreras para orientarlas a la lucha.[...]

En realidad, los socialistas no querían ni órganos de poder obrero, ni movimiento ofensivo de masas. Sus deseos parecían perfectamente satisfechos con la tensión política existente. Ponían a contribución toda su fuerza orgánica y su capacidad de argumentación para trabar las luchas obreras y campesinas. A tal efecto, inventaron una teoría de la insurrección digna del premio Nobel de la estupidez: Nada de movimientos parciales, nada de gasto de energía; las huelgas, las demostraciones, son inútiles, perjudiciales. Todo el mundo a callar, obedecer y aguardar a que los novísimos estrategas socialistas den la orden de insurrección. El conspiracionismo utópico y romántico del siglo XIX encontraba en los recién radicalizados dirigentes una grotesca caricatura. Armados con ese argumento: dándose aires de conspiradores de antaño, los socialistas impidieron crecer al movimiento de masas, sabotearon y llevaron a la pérdida huelgas de triunfo fácil e importante para el porvenir del movimiento produciendo en las masas desconfianza e incluso desaliento y rompiendo el equilibrio revolucionarlo entre el campo y la ciudad. Para ilustrar lo funesto de la táctica socialista (en realidad cálculo político perfectamente medido) me referiré rápidamente' a la principal de las huelgas saboteadas y llevadas a la derrota: la huelga campesina de julio.

Consciente o inconscientemente, la Federación de Trabajadores de la Tierra, había elegido para declararla el mejor momento, tanto considerado desde el punto de vista económico como político, los apremios de la siega permitían escasa resistencia a los patronos; la tensión y capacidad de lucha entre los jornaleros había llegado a su punto álgido; el campo no podía esperar sin batirse en retirada ante los patronos y sufrir la desorganización consecuente. Políticamente, la ocasión era también la mas propicia. La reacción gilroblista habíase visto obligada a dar un paso atrás, a resultas de la huelga política contra su manifestación en El Escorial (abril). El propio gabinete Lerroux fue dimitido y substituido por el de Samper, prototipo de gobierno débil destinado a desaparecer rápidamente por la izquierda, o por la derecha, según el movimiento obrero se mostrase mas fuerte o mas débil. Tras el gobierno Samper sólo cabía, el paso a otro gobierno fuerte con representantes directos de la mayoría filofascista de la cámara, o la disolución de ésta y convocatoria a nuevas elecciones, lo que hubiese supuesto una derrota formidable para la reacción, dejando el camino libre de obstáculos para, desenvolver el movimiento revolucionario hasta la dualidad de poderes.

Alrededor de cien mil trabajadores de la tierra holgaron desde el primer día de la declaración del movimiento. El gobierno mandó a combatirlos millares de guardias previamente concentrados en las zonas agrícolas. La huelga iba a ser un fracaso cierto sin la solidaridad del proletariado urbano. Dejando derrotar a los campesinos, las ciudades quedarían aisladas, privadas de su poderoso apoyo para los movimientos revolucionarios posteriores. Aunque la huelga campesina hubiese sido realmente inoportuna, lo que estaba muy lejos de ser, el proletariado tenía que apoyarla con huelgas de solidaridad para reducir las proporciones de la derrota y que los campesinos no se sintieran abandonados y traicionados. Era el ABC de la estrategia revolucionaria en aquel momento. Argumentando así, el delegado de la Izquierda Comunista en la Alianza obrera, madrileña presentó un plan de huelgas de solidaridad escalonadas en las principales ciudades del país y limitadas a un plazo de 48 horas, lo que aseguraba de antemano su éxito. La huelga campesina se hubiese extendido de las regiones mas avanzadas a las retrasadas, abarcando 300, 400, 500 mil hombres. El gobierno habría sido forzado a dispersar sus fuerzas represivas en el campo y a concentrar una parte muy importante en las ciudades. Su capacidad de contención hubiese sufrido una importante merma. Y los trabajadores de la tierra, respaldados por las ciudades, habrían elevado hasta el máximo la intensidad de su ofensiva. En las excelentes condiciones políticas de las masas, la solidaridad de la ciudad con el campo habría impedido, en el peor de los casos, que los huelguistas sufriesen una derrota grave. El agro debía sentirse acompañado por la fábrica.

Pero los burócratas socialistas, aterrorizados por la importancia y el carácter ofensivo del movimiento, se negaron rotundamente a hacer el menor gesto en favor de los huelguistas. Todos los razonamientos, todas las representaciones del peligro de aislamiento del proletariado y de reforzamiento de la reacción encontraron oídos sordos en los representantes socialistas. Y en contra de ellos era difícil declarar las huelgas de solidaridad. Se corría el riesgo de un fracaso también en las ciudades, lo que hubiese aumentado las proporciones de la derrota. Como de costumbre, al voto del delegado de la Izquierda Comunista, se sumó únicamente el voto sindicalista (la Federación Tabaquera aun no pertenecía a la Alianza). Los trabajadores de la tierra sufrieron una derrota terrible. Docenas de ellos, cayeron muertos y millares dieron con sus huesos en la cárcel. El campo en su totalidad se desgajó del movimiento revolucionario ascendente. Ninguna ayuda podía esperarse de él en el período inmediata, como se demostró palmariamente durante, el movimiento de Octubre. No solamente se sintieron traicionados los campesinos, los propios obreros de la ciudad vieron como un precedente fatal la forma en que fueron abandonados aquellos.

De manera, semejante, los socialistas propiciaron la derrota de otras huelgas obreras, principalmente la de Artes gráficas de Madrid. Las varias huelgas generales políticas que con éxito completo se declararon en la capital entre los meses de marzo y octubre, lo fueron casi a despecho de los socialistas, que resistieron hasta el último momento las proposiciones de la Izquierda Comunista. Cuando finalmente se velan obligados a aceptar la, declaración de huelga, lo hacían en su nombre, robando la iniciativa a la Alianza obrera, con el objeto de impedir que se convirtiese realmente en organismo dirigente y que las masas la consideraran como tal. Un robo semejante cometió la Comisión administrativa de la U.G.T. con ocasión del magnífico movimiento de solidaridad con los huelguistas de Zaragoza, que les dio rápidamente el triunfo. También esa iniciativa fue presentada a la Alianza por el delegado de la Izquierda Comunista. Tras muchos regates por parte de los socialistas, fue aceptada, pero al día siguiente apareció en El Socialistacorno propuesta privativa de la U.G.T. En toda esa miserable y desleal actitud se veía la intención deliberada de reducir a ficción burocrática el frente único, de cortar el desarrollo de las Alianzas obreras en organismos de poder revolucionario, y de limitar el movimiento de masas a las conveniencias de los socialistas, es decir, a su vuelta a la colaboración gubernamental.

Octubre lo puso bien de manifiesto. El Partido socialista, y Largo Caballero personalmente, habían anunciado la insurrección si el presidente de la República daba acceso al gobierno a los representantes de Gil Robles. Esa condicionalidad prueba cuan lejos estaban sus patrocinadores de un verdadero criterio revolucionario y de pensar firmemente en la insurrección, que no admite más condición que las necesidades mismas de la revolución. Como lo había anunciado el delegado de la Izquierda Comunista en la Alianza de Madrid, la derrota de los campesinos envalentonó a la reacción, la convenció aun mas de la impotencia revolucionaria de los socialistas, y marcó una evolución del poder a la derecha. Retirada la marioneta Samper, Alcalá Zamora llamó nuevamente a Lerroux, introduciendo en el gobierno varios representantes, de Gil Robles.

La noticia se conoció, en la tarde del día 4 de Octubre. Según la solemne promesa socialista, la entrada de los filofascistas en el gobierno significaba, automáticamente, la insurrección. Tanto la masa proletaria de Madrid como la de todas las ciudades importantes del país creyó firmemente que se trataba de la lucha armada. Las huelgas políticas anteriores habían mantenido un gran espíritu de lucha y de confianza en la victoria. Al conocerse la composición del nuevo gobierno, la huelga general se produjo espontáneamente. Cayendo el día, varias decenas de millares de trabajadores invadían las calles de Madrid esperando la señal del combate, 'decididos a batirse hasta la muerte, confiantes en que se les distribuiría un mínimo de armas indispensable para lanzarse al ataque de los cuarteles, de correos, telégrafos, ministerios y demás centros vitales. El gobierno mismo se sintió aterrorizado y paralizado por la inmensa masa que invadía las calles. Los guardias de asalto y civiles, armados incluso de ametralladoras, pasaban junto a los grupos obreros sin atreverse a disolverlos ni registrarlos siquiera. Los suponían armados y no osaban hostilizarlos. En realidad, los obreros no disponían sino de escasas pistolas viejas, punto menos que inutilizables. El Partido socialista, que meses antes había alborotado mas y mejor en torno a las armas, no distribuyó sino muy contadas pistolas y fusiles a pequeños grupos que nada serio podían intentar con ellas. Los grupos, o mejor dicho, los individuos así armados, se limitaron a hostilizar a la fuerza pública, a paquear diseminados por los tejados, lejos de toda intención ofensiva o insurreccional. Ya estaba bastante avanzada la noche, cuando se conoció la decisión del Partido socialista. Sus olímpicas baladronadas conspirativas y sus promesa de desencadenar la revolución se redujeron a esta orden: huelga general pacífica, hasta que el presidente de la República fuerce la dimisión del gobierno. Pero esta vez, el Partido socialista daba la orden en nombre de la Alianza obrera. Al fin se descubría lo que los socialistas entendían por Alianza obrera: un parapeto tras el cual descargar responsabilidades jurídicas si acaso se iba mas allá de la oposición política, permitida por las leyes burguesas. Pero la Alianza de Madrid no se reunió ni una sola vez durante las nueve jornadas de Octubre. A las reuniones convocadas se presentó, sólo, el representante de la Izquierda Comunista, la organización trotzkista.

Lanzadas a la calle en espera de acciones decisivas, las masas obreras no daban crédito a lo que veían y oían. Durante la noche nada ocurrió, salvo algún tiroteo sin importancia. Concentraciones de varios miles de obreros, totalmente desarmadas, habían intentado asaltar algunos cuarteles. Las ametralladoras los dispersaron rápidamente. Al día siguiente las masas volvieron a inundar las calles, buscando noticias, esperando aun armas y órdenes de lucha, pensando, para no considerarse todavía traicionadas, que la orden del día anterior y la falta de acción eran un ardid de guerra de los que tanto se habían vanagloriado los socialistas. La actitud de la fuerzas policiales las hizo caer pronto de su ilusión. Debilidades, y temores de la víspera habían desaparecido en las fuerzas gubernamentales, que ahora se mostraban insolentes, brutales, agresivas. El gobierno se sentía mas firme, evidentemente. Estaba ya seguro de dominar la situación en Madrid. Las amenazas y conspiraciones socialistas se terminaban, en fin de cuentas, con una deserción vergonzosa, en medio de condiciones excelentes para presentar al gobierno batalla en toda regla. No le faltaban al Partido socialista las armas mínimas indispensables; la asistencia de las masas no podía ser mayor. Con todo ello no supo, ni quiso, hacer mas que una prolongada huelga de nueve días, alborotada con un paqueo estéril que recomenzaba todas las tardes. El misterioso plan conspirativo que debía dar el triunfo, el que tanto utilizaron para contener el movimiento revolucionario en los meses anteriores e impedir su desarrollo dialéctico, no apareció por ninguna parte. Ni podía aparecer, porque no existía. Lo único conspirativo en la tramoya da la radicalización socialista era el pánico ante la eventualidad da tener que poner por obra las palabras. Esa conspiración si que apareció en Octubre claramente y por todas partes.

En Cataluña, el gobierno de la Generalidad, que se había aventurado a proclamar la soñada república catalana, capitulaba rápidamente ante las tropas gubernamentales, sin tratar de movilizar sus importantes recursos. Su resistencia simbólica se satisfizo con cuatro cañonazos y bandera blanca. Ni siquiera se dio a los soldados, una vez fuera de los cuarteles, la oportunidad de volver sus armas contra el gobierno, en lo que había no pocas posibilidades de éxito. La Alianza obrera local, fundamentalmente dirigida por un antepasado del P.O.U.M., el Bloque Obrero y Campesino, habla sido incapaz de practicar una política que indujese los anarquistas a aceptar el frente único. Utilizó la Alianza como instrumento contra la C.N.T., en lugar de utilizarla para atraérsela y vencer su apoliticismo. El resultado fue la desorganización y la división del proletariado catalán. Imitando desde otro plano a la Generalidad, la Alianza catalana se limitó a organizar una manifestación de petición simbólica de armas a la Generalidad, y viendo que ésta, no se las daba, disolvió la manifestación y dio por terminada su acción. Era criterio de los dirigentes aliancistas que nada podía intentarse sin la Generalidad. En esa idea estaba, de antemano, contenida la derrota.

Solo en Asturias tomó el movimiento de Octubre un verdadero carácter insurreccional. ¿Por iniciativa del Partido socialista, o porque las condiciones particulares de la región permitiesen a los mineros pasar a la acción antes de que los altos dirigentes pudieran contrarrestarla? Estoy firmemente convencido de lo segundo. En el libro a que me he referido creo demostrarlo detalladamente. En los límites de éste artículo no cabe sino citar los hechos mas salientes que en tal sentido me persuaden:

  1. Los mineros disponían de algunas armas y de abundante dinamita, tomada en las propias, minas. Sabían manipularla perfectamente como arma de guerra.
  2. Los dirigentes medios e inferiores del socialismo asturiano, directamente en contacto con los mineros y mineros ellos mismos a menudo, eran de los más revolucionarios del Partido socialista español. Esos hombres tomaban la radicalización y la marcha hacia la dictadura del proletariado en serio, y no como maniobra política.
  3. El movimiento insurreccional comenzó en Asturias precisamente en la periferia, donde la decisión pertenecía a los dirigentes bajos y medios. Mientras que en la capital de la provincia, Oviedo, sede del Comité regional se produjo, como en Madrid, sólo una huelga pacifica. Fueron los mineros quienes, concentrándose en torno a Oviedo, tomaron la ciudad por asalto.
  4. Finalmente, el carácter no insurreccional del movimiento en Madrid y el resto de España obliga a creer que lo de Asturias se produjo contra la voluntad de la alta dirección socialista, tanto nacional como regional. No es concebible que se diera una orden de insurrección para Asturias y otra de huelga pacífica para el resto del país. Y repitámoslo, quienes hayan vivido las jornadas de Octubre en Madrid no podrán negar de buena fe que existieron posibilidades de insurrección y de triunfo de la misma. No hubo allí insurrección porque la dirección del movimiento no lo quiso, porque desertó de las masas en el momento requerido. La insurrección de Asturias fue, con toda seguridad, una sorpresa para los altos dirigentes socialistas.

Los mineros se les desmandaron. Bien provistos de dinamita, al conocer la orden de huelga general y la composición del nuevo gobierno, se lanzaron sobre los cuarteles de la guardia civil y los tomaron casi todos. Los burócratas socialistas asturianos, los Belarmino Tomás, González Peña, etc. tenían que aceptar el hecho consumado; ¿no estaban los mineros allí, frente a ellos, cercando Oviedo?

La Alianza obrera asturiana, a pesar de ser la mejor constituida, debido a la participación de los anarquistas, mostró también su inadaptación como organismo dé poder obrero e incluso como centro director insurreccional. En el transcurso de la lucha, la primitiva Alianza, que junto con numerosos comités se dio a la fuga, hubo de ser substituida por otra. El modo de representación era mucho mas democrático y los representantes mucho mas cerca de las masas que los bonzos socialistas que constituían la anterior. Las necesidades de la lucha indicaban el sentido en que tenían que ser modificadas las Alianzas. Tal cual los socialistas se habían esforzado en conservarlas eran apretados nudos burocráticos que paralizaban la iniciativa de las masas en lugar de darle curso organizado.

G. Munis. «Octubre Rojo en el proceso de la revolución española», 1943

Y es que de hecho, las Alianzas Obreras, desmintiendo las aspiraciones de los internacionalistas españoles, nunca llegan ni a acercarse a ser soviets. Actuar desde ellas frente al conjunto de la clase es actuar desde fuera aceptando en el mejor de los casos el filtro esterilizador de los popes socialistas (Asturias) y en el peor (Cataluña) la supeditación a las memeces de la pequeña burguesía y su Generalitat. La conclusión que saca Trotski es que si en algún lugar el giro francés tenía sentido era precisamente en España.

Por nuestra parte, lo repetiremos siempre: el mayor de los errores cometidos por cualquiera de las secciones ha sido el de la sección española que no supo entrar a tiempo en el Partido Socialista, en el comienzo de la lucha armada.

Trotski, 28 de febrero de 1935

El eje Andrade-Nin va por el camino opuesto. Ya en 1933, para escándalo de Trotski y la naciente minoría de la ICE, el Comité Central -ya atornillado en Barcelona- anuncia su participación en el Congreso del Frente Único Antifascista organizado por el PCE. El tal congreso nunca llegó a realizarse pero apuntaba a lo que vendría después: el Frente Popular. Desde el traslado del CC a Barcelona, Nin maneja la organización sin problemas. El debate interno está muy acallado, el debate internacional no llega a los militantes y el relato de la situación catalana y del papel BOC de va blanqueando a pesar de alguna admonición.

La radicalización de las bases del PSOE se percibe incluso entre las filas de los seguidores de Nin y Andrade, pero en realidad, les piden que se desgajen del viejo partido por sí mismos:

Esa tendencia sincera que se aprecia en un gran sector del PS, tiene que concretarse lógicamente en algo positivo y distinto de su organización para que sea eficaz. Sus energías y sus esperanzas deben ser orientadas en otra dirección.

José Luís Arenillas. La crisis del partido socialista español, 1934.

Según el argumento de Andrade, la necesidad para la clase de dotarse de una dirección revolucionaria es justo lo opuesto a integrarse en el PSOE... o en cualquier otra organización.

El futuro reside en el frente único, pero también en la independencia orgánica de la vanguardia del proletariado. De ninguna manera, por un utilitarismo circunstancial, podemos fundirnos con un conglomerado amorfo, llamado a romperse al primer contacto con la realidad. Por triste y penoso que nos resulte, estamos dispuestos a mantenernos en estas posiciones de principio que hemos aprendido de nuestro jefe, aun a riesgo de tener que andar parte de nuestro camino hacia el triunfo separados de él.

Comunismo, 1934.

Y así, en 1935, en un momento de retroceso de la lucha y por lo mismo, crítico, la ICE rompe con la disciplina de la Oposición Internacional y se disuelve en el BOC para formar el POUM. El BOC tenía todos los contras del PSOE y al menos tres más: su nacionalismo, la limitación de su ámbito geográfico, y el que a pesar de diluir 10 a 1 a los miembros de la ICE, no les daba a estos posibilidades reales de influir en la masa alguna pues solo tenía 5.000 miembros. Sin embargo tenía tres grandes atractivos burocráticos para poner el valor el accionar de Nin desde 1931: mantenía intactas las organizaciones locales -siendo el BOC catalán y estando la ICE voluntariamente atrofiada en Cataluña, no se solapaban-; a pesar de lo cual los respectivos comités centrales ya estaban en Barcelona; y la intimidad de Nin con Maurín permitió que el trámite del programa común se solventara sin mayores problemas.

Ante una disolución disfrazada de fusión, la ruptura de la minoría era inevitable.

Estimados camaradas:

Os suponemos enterados ya de nuestra decisión de darnos de baja de la Izquierda Comunista, pero si no lo estáis sirva esta como comunicado oficial.

Hemos agotado todos los recursos de persuasión para evitar que os metierais en un callejón sin salida; hemos hecho todo lo posible para no envenenar la discusión con cuestiones personales, a fin de que a todos les fuera fácil venir a la posición justa, pero hemos llegado a la conclusión de la inutilidad de nuestros esfuerzos. Se ha cumplido el peor de nuestros temores: que la organización en lugar de reaccionar con audacia y arrostrar todos los riesgos de una situación difícil, vacila, se cruza de brazos y se sienta, prefiriendo caer en la pasividad sectaria antes que moverse políticamente. Alentar estas vacilaciones con un concepto sentimental de la unidad e invocando una disciplina artificial, sería un crimen.

Al darnos de baja, esperamos que los que estén de acuerdo con nosotros tengan la suficiente energía para decidirse, y así podremos reorganizar nuestro movimiento ideológico sobre nuevas bases.

No deja de apenarnos que una organización que se creía revolucionaria haya dado muestras bochornosas de indecisión en una situación difícil. ¿Para qué queremos todo nuestro temple ideológico, sino para arrostrar las grandes situaciones?

La solución última de convertirnos en prolongación del Bloque Obrero y Campesino, que como realidad nacional no existe, nos parece un disfraz lamentabilísimo de la vacilación. Ya nadie se atreve a sostener nuestra organización independiente, pero como nadie tampoco se atreve a moverse en el sentido necesario, se quedan en la misma posición, queriendo escamotear ante sí mismo y ante los demás el gran problema con un simple cambio de nombre. Es decir pasando a llamarse prolongación del nuevo partido catalán o BOC, en lugar de Izquierda Comunista.

Nosotros en este caso nos decidimos por la ruptura, sin la menor acritud, en la seguridad de que la decisión de unos pocos será la que salve la indecisión de los demás y en la seguridad también de que pronto estaremos de nuevo colaborando unidos.

Cordiales saludos comunistas.

Esteban Bilbao, Fersen, G. Munis, Alfonso G. Rodríguez, Antonino Alvarez, Gil Chaves, Esteban Barrios, Jesús Blanco.

La respuesta de Nin es escribir al Secretariado Internacional de la Oposición Internacional exigiendo sanciones contra Fersen por romper la disciplina de la organización. La respuesta del SI, está firmada por Martín (A. Leonetti), fundador del PC italiano y primer editor de l'Unitá que, por cierto, era contrario al entrismo. Leonetti le comienza recordando a Nin que quien ha roto la disciplina es él y le pide una reconsideración de la fusión.

La cuestión de la «disciplina de organización». Decís que la organización ha rechazado las dos proposiciones y se ha pronunciado por el punto de vista del BOC. Hay que deplorar una decisión semejante de la organización; pero sabéis tan bien como nosotros que, si existe una disciplina nacional de organización, también existe una disciplina internacional de organización; en nuestra opinión, vuestra organización debería discutir de nuevo esta cuestión, volver a tomar de nuevo total independencia respecto al BOC y hacernos conocer vuestra decisión. El futuro de vuestra organización depende enteramente de esto.

Asunto Fersen. No tenemos ningún contacto con estos camaradas, así pues no hemos podido tocarles para influir en ellos en uno u otro sentido. Estamos contrariados por el hecho de que hayan actuado por propia disciplina, sin llegar, en primer lugar, a un acuerdo con la organización internacional y el SI. Pero no podemos asumir la responsabilidad de ningún tipo de sanción contra ellos. El prestigio y la autoridad de nuestra organización deben establecerse por medio de una política clara, firme y correcta. Si por una parte, habéis llegado tan lejos como para buscar la fusión con el Partit Català Proletari, no podéis negaros a colaborar con estos camaradas que están tan próximos a vosotros y se proclaman de vuestras ideas. Si pensáis que esto puede ser útil, podéis invitar al camarada Fersen y a los demás a tomar contacto con nosotros, para que podamos invitarles a trabajar en común con la organización, tal y como había hecho hasta ahora.

La respuesta de Nin, que marca la ruptura de la mayoría con la organización internacional, está llena de insolencias infantiles y mezquindades variadas, entre las que no deja oportunidad de intentar manchar a la minoría del mismo modo que ya había hecho con García Lavid año y pico antes.

Para acabar, una palabra sobre el asunto Fersen. Su salida no ha tenido la menor repercusión en nuestra organización, que unánimemente ha condenado su conducta; su influencia es nula. Por otra parte, tenemos razones para sospechar que él y los camaradas que le han seguido han actuado más por motivos pragmáticos que idealistas. Además, a pesar de sus esfuerzos no han sido capaces de obligar al Partido Socialista a admitirles en sus filas. Si queréis guardar contacto con ellos es asunto vuestro, nuestra organización no está en absoluto interesada. Faltos de tiempo, no podemos enviaros las informaciones que pedís. Por otro lado, dada vuestra incomprensión de base en los asuntos españoles no creemos que os fuesen útiles.

Nin por el CEN de la ICE

En realidad, el nuevo POUM de Andrade, Nin y Maurín van de cabeza al Frente Popular que el stalinismo está levantando como bandera ese mismo año tras el VII Congreso de la Komintern; como cuenta el propio Andrade casi medio siglo más tarde:

A mediados de 1935, se celebró en Moscú el VII Congreso de la Internacional Comunista. Fue el de la culminación del proceso de degeneración del comunismo oficial internacional, el gran viraje hacia la táctica de los Frentes Populares. Dimitrov propuso modificar la táctica y hasta la estrategia de los PC. Era necesario establecer un sistema flexible de alianza, no solo con los Partidos Socialistas y las otras organizaciones obreras, sino también con los partidos democráticos de la burguesía. Era preciso luchar por la democracia en general y por los intereses nacionales de cada país. Los comunistas empezaron a aplicarse desde entonces el título de patriotas y no de revolucionarios.

Naturalmente, el PC español emprendió en seguida su transformación de lobo ultrarrevolucionario en pacífica oveja democrática, y sincronizó su acción en virtud de orden. Inmediatamente de conocidos los acuerdos de Mosccú, el Buró Político español dirigió una carta al Partido Socialista proponiendo: realizar la unidad sindical mediante el ingreso de la CGTU (creación artificial del PC) en la UGT, desarrollar las AO, crear el Bloque Popular, marchar hacia la unidad orgánica de los dos partidos. Se renunciaba al Frente Único de los Trabajadores por el Frente Popular.(…)

Se hizo de Largo Caballero el «Lenin español», el jefe de la inminente revolución. Eran conocidos los defectos de vanidad del viejo jefe socialdemócrata, y se trataa de halagarlo para que realizase la política definida por Dimitrov. La política del Frente Popular no podía encontrar entonces una gran hostilidad por parte del Partido Socialista porque no era más que practicar la misma táctica que había practicado desde la proclamación de la República: prestar la colaboración de las masas obreras y campesinas para realizar la política de la burguesía democrática.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Pero en 1935 es el propio Andrade quien firma la entrada del POUM en el Frente Popular. La indignación en la minoria y en la organización internacional es inmensa.

Juan Andrade me ha dirigido su libro dos veces, las dos veces con dedicatorias muy calurosas, en las que me llamaba su «jefe y maestro». Este gesto, que en otras circunstancias seguramente no hubiera podido más que alegrarme, me obliga ahora a declarar con tanta mayor firmeza que no he enseñado nunca, jamás he enseñado a nadie, la traición política. Y la conducta de Andrade no es otra cosa que una traición al proletariado en provecho de una alianza con la burguesía.

León Trotski, «La traición del POUM español», 22 de enero de 1936

La revolución española se ha desarrollado con un ritmo muy lento. Los revolucionarios se han beneficiado así de un plazo relativamente importante para reunir alrededor de ellos a la vanguardia a fin de estar a la altura de sus tareas en el momento decisivo. Hoy, debemos decir abiertamente que los «comunistas de izquierda» españoles han dejado pasar completamente este plazo muy favorable y que no se han mostrado en nada mejores a los traidores socialistas y «comunistas». ¡Sin embargo no les habla faltado advertencias! Tanto más grande es la responsabilidad de un Andrés Nin, o de un Andrade. Con una política justa, la izquierda comunista hubiera podido encontrarse hoy, como sección de la IVª Internacional, a la cabeza del proletariado español. En lugar de ello, vegeta en la organización confusionista de un Maurin, sin programa, sin perspectivas, sin ninguna importancia política. La acción de los marxistas en España comienza por la condena del conjunto de la política de Andrés Nin y Andrade, que era y sigue siendo, no sólo errónea, sino criminal.

León Trotski. «¿Qué deben hacer los bolchevique-leninistas en España», 22 de abril de 1936

El BOC mientras tanto se había convertido en la mayor organización política comunista catalana. Programáticamente su trayectoria era una sucesión de desastres: desde el concepto mismo de un partido obrero y campesino a la idea de que las «agrupaciones obreras» del propio BOC podían sustituir a los soviets en una revolución, pasando por el apoyó a Macià y su actitud ante la insurrección de octubre de 34.

Al decir que la A.O. supeditó los intereses del movimiento revolucionario a los de la Generalidad, me apoyo en palabras de Joaquín Maurín, palabras que por ser posteriores a los acontecimientos tienen mayor significación reveladora. Maurín era el dirigente del Bloque Obrero y Campesino, partido el más fuerte de la A.O., y por consecuencia principalísimo inspirador de ésta. He aquí como, según él, se planteaba la A.O., durante los días culminantes, 4, 5 y 6 de Octubre, el problema del movimiento revolucionario en sus relaciones con el conflicto entre los gobiernos Lerroux-Gil Robles y Companys-Dencás:

La Generalidad tiene en sus manos, pues, la posibilidad de que la contrarrevolución quede estrellada. El éxito o el fracaso depende de la Generalidad, a quien se le presenta el siguiente dilema: rebelarse y luchar hasta vencer, o someterse y ser triturada en unas horas o en unos días. La Generalidad pequeño-burguesa y con ella el Estatuto de Cataluña sólo tienen una perspectiva de salvación: ponerse a marchar hacia adelante con todas las consecuencias. Es muy probable que la Generalidad tema las derivaciones que pueda adquirir el movimiento insurreccional, que la pequeña burguesía desconfíe de las masas trabajadoras. Hay que procurar, en lo posible, que este temor no surja para lo cual el movimiento obrero se colocará al lado de la Generalidad para presionarla y prometerle ayuda sin ponerse delante de ella, sin aventajarla en los primeros momentos. Lo que interesa es que la insurrección comience y que la pequeña burguesía con sus fuerzas armadas no tenga tiempo para retroceder. Después ya veremos.

Joaquín Maurín. «Hacia la segunda revolución», págs. 124 y 125. Subrayados de G. Munis.

Ese era el guión de conducta de la A.O., la noche del 4 de Octubre, mientras el movimiento se iniciaba en todo el país. Siguiéndolo, la A.O. cortaba sus grandes posibilidades de acción, reduciéndose al pobre papel de reflejo radicalizante de la Generalidad. ¿Qué movimiento revolucionario victorioso puede haber cuando los dichos representantes obreros empiezan por admitir que la iniciativa y la decisión dependan no del proletariado, sino de las querellas secundarias de una parte de la burguesía contra otra?

Burguesa, plenamente burguesa, más que pequeñoburguesa como pretende Maurín, era la Generalidad. Partir de la premisa: «La Generalidad tiene en sus manos, pues, la posibilidad de que la contrarrevolución quede estrellada», equivalía a proclamar: «el proletariado es impotente sin el patronato de la burguesía regional, grande o pequeña». La A.O. se basaba en ideas rechazadas por el movimiento revolucionario internacional desde la experiencia rusa de 1905. Simultáneamente, las reivindicaciones específicamente obreras dejaron de existir, poniendo por centro de gravitación del movimiento, la sola reivindicación de supervivencia del gobierno regional. La A.O. no concebía los acontecimientos que se le venían encima como un movimiento esencialmente obrero, que debía buscar el apoyo de la pequeña burguesía regional, sino a la inversa, un movimiento de ésta, al que la Alianza otorgaba el apoyo del proletariado y los campesinos. Maurín mismo lo admite en la misma página del libro citado:

Si bien es cierto que un movimiento insurreccional exclusivo de la clase trabajadora no podía triunfar en Cataluña, porque no estaban cumplidas las premisas fundamentales, si se produce, transitoriamente, un bloque revolucionario de obreros, campesinos y pequeña-burguesía con un gobierno de la Generalidad, la insurrección tiene casi absoluta seguridad de triunfar, porque la Generalidad cuenta con la organización militar: 3.000 policías armados…

Maurín hubiera escrito más claramente diciendo un bloque de pequeña-burguesía, obreros y campesinos, porque lo único que trata de justificar con tal análisis es la imposibilidad de una acción obrera independiente —absolutamente indispensable inclusive si no podía salir de ella la dictadura del proletariado— y la necesidad de supeditarse a la Generalidad. El eje debía de ser la pequeña-burguesía nacionalista. Mal análisis; consecuencias peores.

El problema regionalista tendió una espesa cortina de humo entre la A.O. catalana y el movimiento revolucionario español. El razonamiento que Maurín nos refiere prescinde por completo del proletariado español. Lo único que existe es Cataluña y la Generalidad; el resto de la península sólo es caracterizado por la presencia de un gobierno central ávido de aniquilar al regional. Esta miopía localista ha sido un grave defecto permanente del Bloque, y más tarde del P.O.U.M., origen de sus peores errores. Pero el límite de la existencia no termina con el radio visual de los miopes.

G.Munis. Jalones de derrota, promesas de victoria, 1947.

La debilidad de la A.O. catalana frente a la Generalitat y la pequeña burguesía catalanista se vestía con el argumentario de la autodeterminación nacional. Hay que decir que la sucesión de despropósitos sobre la cuestión nacional de los grupos comunistas españoles partía de un listón muy alto: el PCE de Bullejos reivindicaba al proclamarse la República, la autodeterminación e independencia inmediata de Euskadi, Galicia y Cataluña. Y, paradójicamente, mientras la Izquierda Comunista Argentina, resultado directo de la influencia de la ICE, tomaba una posición clara sobre el significado de la liberación nacional, en España el prestigio del pasado moscovita de Nin conseguía hacer pasar una y otra vez, aunque cada vez con más reticencias, sus tesis sobre la cuestión nacional en las conferencias de la ICE. Pero el BOC se pasaba incluso desde la perspectiva de Nin, que en 1933, desde las páginas de «Comunismo», auguraba al BOC que su catalanismo le destinaba a

convertirse definitivamente en una extrema izquierda pequeñoburguesa, sucesora de la izquierda de Macià y, como ésta, destinada a fracasar ruidosamente tras un período -inevitable- de grandes y rápidos progresos

La verdad es que tanto la FCCb como el BOC que la prolongaba eran, organizaciones de un oportunismo inveterado y un nivel teórico bajísimo, unidas por el chovinismo y el culto al líder local.

El BOC, principalmente su jefe de hecho, buscaba también una táctica que le procurase la realización de los mismos propósitos de una mayor audiencia nacional entre la clase obrera y le permitiera transformarse en un partido nacional, ibérico y no solamente catalán como había sido hasta entonces. A pesar de que había tenido casi el mismo origen que nosotros, o sea que procedía de una escisión con el Partido Comunista, había bastante que nos separaba de él por nuestra formación, educación teórica y concepción táctica diferentes y sobre todo en el pensamiento político, como se había manifestado a través de una dura polémica (…) considerábamos al BOC como una especie de federación de grupos de amigos, que tenía como norte de orientación política únicamente las «genialidades» de su jefe.

El BOC sufría una grave crisis interna, algunos dirigentes y militantes obreros lo abandonaban para ingresar en el PC y someterse al stalinismo, por lo que estimamos que para garantizar la existencia de una fuerza independiente de la socialdemocracia y del comunismo oficial con voz y voto ante la situación, la fusión entre las dos organizaciones se imponían. Considerábamos que aunque se resentía el BOC de un cierto espíritu de frivolidad y de culto al jefe, y que padecía de muchos resabios de nacionalismo catalán, lo que nos era completamente ajeno, un nuevo partido de carácter nacional surgido de la fusión, con perspectivas de extensión a todas las regiones y sin que la mentalidad catalanista del BOC hiciera gran peso, terminaría por imponerse como la necesaria organización revolucionaria española, y haría prevalecer finalmente la claridad política que faltase al comienzo.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

Y es que, en realidad Nin, Andrade y demás dirigentes de la mayoría nunca estuvieron confundidos sobre el BOC y Maurín, fueron simple y llanamente oportunistas. La mayoría de la ICE, que voluntariamente había renunciado a desarrollarse en Cataluña, confiaba en corregir su rumbo apoyándose precisamente en lo que hacía del BOC un cuerpo muerto desde el punto de vista de clase: su dependencia absoluta de un líder falto de discurso y táctica.

La insurrección obrera del 19 de julio de 1936 que frustra el golpe de estado militar del día anterior, encuentra al POUM en plena campaña de afiliciaciones y a la minoría de la ICE preparando la constitución de un grupo de la Oposición Internacional en torno a G. Munis.

Lo que es cierto es que en la estrategia de guerra de clases con la que los militares condujeron la guerra que comenzaba, las plazas fuertes de la ICE se convierten en objetivo prioritario por ser los principales focos insurreccionales. El resultado es que en los primeros días de guerra la composición del POUM lo reduce prácticamente al BOC.

Un ejemplo nos lo da el radio de Llerena. Tras la fusión con el BOC los llerenenses, se han convertido en la segunda sección local más numerosa del POUM, solo superada por Barcelona. Podríamos discutir hasta qué punto la política centrista del nuevo partido debilitó su capacidad de organización y respuesta. Aunque algunos consiguieron llegar a la defensa de Badajoz, la mayoría de los antiguos militantes de la ICE, en ese momento convertidos en poumistas casi todos, fueron asesinados en la brutal represión y las matanzas que siguieron a la caída de Sevilla. Solo entre la plaza y el cementerio de Llerena capital se contaron 200 militantes fusilados. Siem que estaba organizando el POUM en Santiago de Compostela sería apresado y asesinado por los franquistas allí. Félix Galán es fusilado en la plaza y Pablo Grandizo, impresor de casi todo lo publicado por la ICE, en las puertas del cementerio como José Martín. Solo se salva Munis, que en ese momento estaba en México de donde volvería con el primer cargamento de armas para la insurrección obrera.

Las escasas posibilidades del POUM para evolucionar desde el centrismo a posiciones de clase, han sido en lo fundamental truncadas en un nuevo momento álgido de la Revolución española.

Desde los primeros momentos de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 se produjo una decantación de las fuerzas políticas. El PCE y el PSOE fueron los primeros en cerrar filas con el estado y el gobierno republicanos.

El momento es difícil pero no desesperado. El gobierno está seguro de que posee los medios suficientes para aplastar esta tentativa criminal. En caso de que sus medios fuesen insuficientes, la República cuenta con la promesa solemne del Frente Popular. Está dispuesto a intervenir en la lucha a partir del momento en que se reclame su ayuda. El gobierno manda y el Frente Popular obedece.

Nota conjunta PSOE-PCE, 19 de julio de 1936

Pero lo que estaba pasando tenía una naturaleza muy distinta. El 19 de julio, en todo el país los trabajadores se levantan y enfrentan directamente a los golpistas. El estado republicano colapsa en la mayor parte de la «España republicana». El tapón del Frente Popular se disuelve como un azucarillo ante el empuje de la clase. El ejército es derrotado en prácticamente todo el país.

Con la Revolución afirmándose, lo que queda del estado y la burguesía intentan reunir fuerzas formando un gobierno alrededor de Martínez Barrio, alentado por el Frente Popular, que ofrece capitular a los golpistas.

Desde días antes, las masas, movilizadas espontáneamente, por iniciativa de la C.N.T., de militantes medios socialistas y stalinistas, y por otras organizaciones pequeñas, eran materialmente dueñas de la calle en las principales ciudades. El poder real había quedado polarizado en las masas y en los cuarteles. El choque era inevitable. Apenas notificada por la radio la constitución del nuevo Gobierno, estalló en violentas manifestaciones una explosión de cólera, al grito de ¡Abajo Martínez Barrio! Los propios partidos socialistas y stalinista hubieron de acceder al deseo de las masas, y secundar, como partidos, las manifestaciones. Así, humillantemente repudiada por la reacción, ante cuya espada se inclinaba, combatida e injuriada por las masas, la intentona capituladora de Martínez Barrio quedó ahogada en el seno del frente popular que la alentó. La situación no admitía medias tintas. Para someter a las masas desbordadas, al Gobierno le hacía falta la misma fuerza militar que se sublevaba contra las masas y contra el Gobierno; para someter a los militares era preciso armar las masas. (…)

Fracasada la conciliación, nada podía evitar que las masas se armaran y arremetieran contra los militares. Al contrario, los propios partidos obreros del frente popular tenían que correr de la cola a la cabeza de las masas, para no ser desarticulados ellos mismos, y para que el armamento quedara bajo su deletéreo control, en la medida de lo posible.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

La clase colectiviza fábricas y campos y enfrenta al fascismo con sus milicias, el país se llena de comités que toman de facto el poder local y de la producción. Pero confundida por la CNT y el peso del anarquismo, ausente una organización política de dimensiones y trayectoria suficiente, la miriada de comités no se centraliza, no afirma un poder de clase, e inevitablemente... las estructuras del Estado descubren una inesperada tregua a partir de la que reconstituirse. Especialmente desde la Generalitat.

Las masas, aunque rechazadas continuamente por el FP, estaban decididas a disputar el terreno a la reacción. Armándose a despecho del Gobierno, vencieron a los militares en la mayoría del territorio. Desde luego, dondequiera pudieron conquistar, en el momento preciso, un mínimo de armas. El resultado de las jornadas del 19 de Julio y siguientes, fue la destrucción casi completa del Estado burgués. El Gobierno, llamado legal -o los Gobiernos, teniendo en cuenta el de Cataluña y más tarde el de Euzkadi- no representaban nada ni poseían apenas poder real. La derrota de los cuerpos armados burgueses a manos del proletariado y los campesinos, llevaba automáticamente aparejada la desaparición del Estado burgués. Formidable revelación de lo que es el Estado burgués en épocas revolucionarias. Desarmando a sus cuerpos coercitivos, la burguesía desaparece.

Paralelamente, toda España quedó tachonada de Comités formados por obreros, campesinos y milicianos, que ejercían el poder político, ejecutaban justicia contra los reaccionarios, expropiaban a la burguesía, patrullaban calles y carreteras. Cualquiera de estos Comités tenía más poder real que el famoso Gobierno legal del Frente Popular. Porque no hay más legalidad que la sancionada por los acontecimientos históricos. La falacia de la teoría democrático-burguesa sustentada por el FP, aparecía con toda claridad. El proceso histórico -sin que ningún factor consciente le ayudara, insistamos- destruía el estado burgués, creando simultáneamente las células de un nuevo Estado proletario. El Frente Popular fue sorprendido en infragante delito de acción anti-histórica. Y todo lo anti- histórico, en mayor o menor grado, es contrarrevolucionario.

En diversas ocasiones, el autor de este artículo ha calificado la situación resultante de las jornadas de Julio de atomización del poder. Me parece más adecuada, para la situación de España, que la conocida de dualidad de poderes, heredada de la revolución rusa. Esta supone la existencia de dos poderes que se disputan respectivamente el poder total. Muy otra cosa ocurría en España. El poder burgués, pese a su supervivencia formal, carecía de poder efectivo, a pesar de que los partidos stalinista y socialista proclamaban a los cuatro vientos: El Gobierno manda, el Frente Popular obedece. Así era en efecto, con la salvedad de que al FP no le obedecían las masas, ni siquiera la mayoría de los militantes de sus propios partidos. En cambio, a los comités constituidos por las masas les faltó coordinación y capacidad colectiva para reclamar todo el poder para sí y apoderarse de él. Cada Comité era un pequeño Gobierno, un minúsculo Estado obrero dentro de su radio de acción. El poder que perdió el gobierno burgués del FP, lo tenían, distribuido desigualmente entre sí, los Comités. De ahí deduzco, que para caracterizar más exactamente la situación en las semanas siguientes al 19 de Julio, es preciso definirla como atomización del poder en manos del proletariado y los campesinos. Estos tenían plena conciencia de su poder local, aunque les faltara conciencia de la necesidad de coordinar su poder nacionalmente. Por su parte, durante las primeras semanas, al gobierno burgués le faltó capacidad y voluntad de lucha contra el naciente poder obrero. De dualidad no puede hablarse sino hasta después, cuando el Gobierno del FP vuelve en sí, se da cuenta de que vive, reagrupa en su torno a las fuerzas armadas de que puede disponer y empieza a disputarle el poder a los Comités del proletariado y los campesinos.

G. Munis. «Significado histórico del 19 de julio», 1938

El PCE, en continuidad con la línea trazada desde Moscú trata de defender el estado republicano no solo contra el fascismo, también contra las colectivizaciones. El resultado es que el PCE, beneficiario además de la ayuda soviética, se convierte en el nuevo partido del orden y multiplica su reclutamiento entre la pequeña burguesía. Como informa el dirigente del PCE Fernando Claudín:

A las filas del PCE acuden numerosos elementos pequeñoburgueses, atraídos por el renombre que adquiere el partido de defensor del orden, de la legalidad y de la pequeña propiedad. Y al PCE afluyen sobre todo – o se ponen bajo su dirección a través de la JSI- un gran contingente de la juventud no formada aun en los sindicatos y organizaciones obreras tradicionales.

El informe de José Díaz al CC en mayo del 37 arroja que frente a los 150.000 asalariados que encuadra el partido (y que incluyen además de obreros agrícolas e industriales, funcionarios y cuadros empresariales) existen ya más de 100.000 pequeños propietarios (profesionales y agricultores) junto a 20.000 mujeres de las que no figura adscripción social. Los testigos exteriores, vinculados al PCE en la época, refuerzan estos datos en sus testimonios.

El PC es hoy, en primer lugar, el partido del personal administrativo y militar, en segundo lugar el partido de la pequeña burguesía y de ciertos grupos campesinos acomodados, en tercer lugar el partido de los empleados públicos y solo en cuarto lugar el partido de los trabajadores.

Frank Burkenau. El reñidero español, 1971.

El análisis sociológico de la militancia refleja hasta qué punto la política frentepopulista y el partido correa de transmisión han conseguido atraer a unos sectores sociales cuyo objetivo es salvar el estado democrático republicano y no hacer la revolución socialista.

¿Qué ha pasado mientras tanto con el recién nacido POUM? Al producirse la sublevación militar Maurín está en Galicia, es capturado por los insurrectos y se le da por asesinado. Solo Nin tiene talla para asumir la Secretaría. El culto a la personalidad y la mentalidad bloquista es tan ridícula, tan antimarxista, que asume la «secretaría ejecutiva» porque la «secretaría general» pertenece ad eternum al -supuesto- muerto.

Desgraciadamente, la guerra civil estalló antes de que se hubiera establecido la soldadura interna en la concepción de los problemas de las dos organizaciones fusionadas. (…) La ausencia de su jefe Maurín, había creado entre los antiguos bloquistas un reflejo de defensa preventiva contra los dirigentes del partido procedentes de la ICE, en los que suponnían la intención de «apoderarse del POUM» y de «imponer el trotskismo». Por esta situación, Andrés Nin fue un secretario político disminuido en sus funciones, lo que le afectó dolorosamente durante el año de guerra civil que vivió, y contra cuyo estado de cosas yo estimaba que no quería ni acertaba a reaccionar resueltamente.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

En Cataluña el POUM, que ya había entrado en el 36 en el pacto electoral del Frente Popular aduciendo que entraba para convertirlo en un frente único de partidos obreros, estaba colocándose al otro lado de la frontera de clase irremisiblemente. El propio Nin entró en el gobierno de la Generalitat durante la guerra, el mismo gobierno que sirvió de estructura base para la reconstitución del estado republicano y el aplastamiento de la autonomía obrera y sus colectivizaciones.

El P.O.U.M., rebotando del frente popular a la oposición y de la oposición al frente popular, carecía de línea política propia; se guarecía a la sombra sin contornos de la izquierda socialista, o a la sombra del anarco-sindicalismo, artificialmente alargada por el ocaso automático del sol capitalista. Resultado: en el momento de la insurrección militar, las organizaciones obreras, o bien sostenían con todas sus fuerzas el Estado capitalista, cual el reformismo y el stalinismo, o bien se acercaban a él, cual la C.N.T., la F.A.I. y el P.O.U.M. Pese a todo, el Estado y la sociedad capitalista, sin que nadie se lo propusiera deliberadamente, cayeron por tierra, desmoronados como consecuencia del triunfo obrero sobre la insurrección reaccionaria.

La teoría marxista que proclama la necesidad de destruir el Estado capitalista y de crear un Estado obrero basado en relaciones de producción y distribución socialistas de las clases productoras, en posesión de los instrumentos de trabajo, recibió en España, el 19 de Julio, la más brillante demostración. En la Rusia de 1917, el doble proceso social de destrucción del viejo Estado y creación del nuevo fue consciente y poderosamente auxiliado por el Partido bolchevique. Pero en España se consumó el mismo proceso no sólo sin auxilio de ninguna organización, sino con auxilios deliberadamente adversos por parte del reformismo y del stalinismo, inconscientemente adversos, aunque en menor grado, por parte del anarco-sindicalismo y del centrismo poumista. La prueba tiene un valor irrecusable y aleccionador para el proletariado mundial. De la colisión armada salía reforzado el Estado burgués allí donde triunfaban los militares; totalmente destrozado donde triunfaba el proletariado y rudimentariamente creados los organismos básicos de un nuevo Estado proletario. Por repercusión, el hecho constituye una acusación de criminalidad para los partidos obreros infeudados a la fórmula: ni revolución social ni fascismo, sino democracia burguesa. Pues si ésta hubiese representado, por poco que fuera, una verdadera necesidad de la evolución histórica, la derrota de los militares el 19 de Julio la habría confirmado vigorizando espontáneamente el parlamentarismo, el frente popular, y en general todas las instituciones del Estado burgués. La vida fantasmal a que todas ellas quedaron súbitamente reducidas demuestra el carácter anti-histórico, reaccionario de aquella fórmula, y por consecuencia de los partidos obreros que la hacían suya.

Anarquismo y poumismo, aunque no dejaron de conciliar con el frente popular, aparecían a la izquierda de él, encontrándose así en excelentes condiciones para asegurar a los Comités-gobierno la completa posesión del poder político. Por sí sola, la numerosa y excelente militancia anarquista habría garantizado fácilmente el éxito, si su espontánea actividad hacia la creación de un nuevo Estado no hubiese sido frenada y desviada hacia el Estado burgués por la propia dirección anarquista. Por su parte, El P.O.U.M., aunque incomparablemente menos influyente, contaba con recursos y fuerza numérica suficiente para conquistar la mayoría proletaria mediante una enérgica política revolucionaria, y frustrar la torva intención de stalinistas y reformistas. Pero ya se ha visto que desde la constitución del frente popular, en las organizaciones obreras no se divisaban más que los Kerensky; faltaban los Lenin y los Trotsky. En el momento en que el frente popular, con el Estado burgués, recibía un golpe mortal, cuando, señoreando las masas todas las relaciones sociales, podía ser rápidamente desarraigada la traicionera influencia del stalinismo y el reformismo, se suman a éstos el anarquismo y el poumismo, acceden a sus maniobras reaccionarias, les dan viabilidad, cortan a los Comités-gobierno el paso hacia el poder en escala nacional, y salvan al Estado burgués del tiro de gracia. Es el entrelazamiento de dos tendencias deliberadamente pro-capitalistas, y de otras dos semirrevolucionarias, lo que impidió que la obra de Julio cristalizase y se consolidase, lo que más tarde causó el retroceso de la revolución y el triunfo de Franco.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

El 19 de julio el proletariado destruye el poder de la burguesía; al no centralizarse el poder de clase, el estado comienza a reorganizarse y concentrar las pocas fuerzas que le quedan. Es entonces y hasta las jornadas de mayo, que existe un doble poder. Estado republicano y clase obrera -organizada en mil comités y milicias- lo ejercerían temporalmente mientras los trabajadores no acababan de encontrar una dirección revolucionaria.

El equilibrio entre clases acabaría en mayo del 37, cuando el estado republicano y el PCE se sientan con fuerzas para tomar el poder de nuevo en solitario destruyendo completamente las expresiones autónomas de la clase, comenzando por las milicias y el control obrero.

Durante las jornadas de Mayo de 1937, todo el mundo quedó situado en su verdadero puesto. Ese resultado solo valía la lucha, porque hace prometedora la derrota. (…)

En su segunda etapa, la dualidad de poderes habíase desenvuelto muy favorablemente al extremo capitalista, cuyo Estado, montado sobre fusiles y ametralladoras hechos en Rusia, penaba por reconstituir «el orden». Pero los elementos de poder dual obrero resistían, y no se resignaban a dejarse disolver pacíficamente, pese a las presiones ejercidas incluso desde la dirección de las organizaciones más radicales. La reacción stalino-capitalista buscaba continuamente ocasiones para atacar la revolución. A fines de abril, la consejería de Orden Público, queriendo poner en práctica el acuerdo de la Generalidad referido en el capítulo anterior, prohibió la circulación y el ejercicio de sus funciones a las Patrullas de Control. Los trabajadores armados que las constituían, se apostaron en puntos estratégicos y desarmaron 250 guardias mandados por la Generalidad a substituirles. Por la misma fecha, la Generalidad envió legiones de carabineros a la frontera, para reemplazar los Comités obreros que la controlaban desde Julio. Fueron rechazados y desarmados la mayoría. La Generalidad envió nuevos refuerzos, y la lucha por el control de la frontera entre el poder capitalista y el poder obrero se generalizó, desarrollándose con particular intensidad en Puigcerdá. Antón Martín, uno de los mejores militantes cenetistas de la comarca, enemigo de la colaboración, fue asesinado por las tropas del orden. La resistencia era obstinada y frecuentemente victoriosa para el proletariado, pero el poder capitalista tendía a imponerse, porque mientras los Comités obreros que controlaban la frontera pertenecían casi todos a la C.N.T., esta misma C.N.T. colaboraba lealmente es su propia expresión con el poder capitalista. La victoria se transformaba así en derrota.

Otros muchos choques armados entre fuerzas capitalistas y obreras ocurrían en diversas poblaciones. Pero aunque en Cataluña, contrariamente al resto de España, todavía no existía la censura, la prensa cenetista los silenciaba o les quitaba significación, convirtiéndolos en «incidentes lamentables», cual si se tratara de errores gubernamentales u obreros. La prensa stalinista, no hay que decirlo, los interpretaba con toda la perfidia de sus designios reaccionarios, presentando como fascistas o bandidos los obreros resistentes. Antes de ser desarmado materialmente, el proletariado ya lo había sido ideológica y orgánicamente. Pero a un proletariado que un año antes había vencido y desbaratado el ejército español, no se le podían arrebatar todas sus posiciones sin una lucha seria. Los choques aislados entre revolución y contrarrevolución, si bien debilitaban paulatinamente a la primera, dejaban insatisfecha a la segunda, cada vez más ansiosa de imponer por completo su dominio. Se presentía un choque general y decisivo; la reacción stalino-capitalista lo quería, lo buscaba y lo provocaría.

En efecto, el día 3 de Mayo de 1937, a las 2 horas y 45 minutos de la tarde, el comisario de Orden Público, Rodríguez Salas (stalinista), amparado por una orden del consejero de la Generalidad, Aiguadé (Esquerra Republicana), irrumpió con una banda de guardias en el edificio central de teléfonos. Funcionaba en perfectas condiciones, desde Julio, bajo la supervisión del comité elegido por los propios trabajadores. Pero la nueva reacción, ya bastante avanzada, no podía desenvolverse libremente sabiendo que los teléfonos estaban en manos del polo obrero del poder. Por otra parte, decidida a buscar la oportunidad de ametrallar las masas y humillarlas, daba deliberadamente a sus exigencias la forma más brutal posible. El stalinista Salas invadió la central telefónica con mayor despliegue de fuerzas que el necesario para tomar una posición avanzada del enemigo. Los obreros se negaron terminantemente a deponer la autoridad de su Comité, y contestaron a las armas con las armas. Sorprendidos en pleno trabajo, hubieron de replegarse a los pisos superiores del edificio, dejando la planta baja en poder de las dos compañías de guardias mandadas por Salas.

El ruido de los primeros disparos extendió por Barcelona un latigazo eléctrico: «¡Traición, traición!» el pensamiento que desde meses atrás roía la mente y los nervios del proletariado, crispaba ahora las caras pálidas de ira, y los brazos en busca de armas. El grito se propagó de esquina a esquina, hasta llegar a los barrios obreros y las fábricas, hasta las demás ciudades y pueblos catalanes. La huelga general se produjo inmediata, espontánea, sin otra aprobación, a lo sumo, que la de dirigentes inferiores y medios de la C.N.T. Barcelona se cubrió de barricadas con rapidez taumatúrgica, cual si, ocultas las barricadas bajo el pavimiento desde el 19 de Julio, un mecanismo secreto las hubiese sacado de golpe a la superficie. La ciudad quedó en seguida en poder de los insurrectos, salvo un pequeño sector del centro. Respuesta unánime del proletariado, acción vertiginosa y apasionada. La provocación stalinista se convertía en un triunfo más del proletariado, igual que la provocación de los militares, en Julio del año anterior, se había convertido en un gran triunfo revolucionario. El dominio del proletariado no admitía la menor duda ni para los enemigos de la revolución. En los barrios obreros, las fuerzas gubernamentales se rendían sin resistencia o se adelantaban al emplazamiento entregando sus armas a los hombres de las barricadas. Incluso en el centro, puestos de guardias civiles y carabineros se declararon prudentemente neutrales. El mismo hotel Colón, madriguera central stalinista, llegó a sacar bandera de neutralidad.

En poder del Gobierno no quedaba más que un pequeño triángulo teniendo por vértice el edificio de la Telefónica, en cuyos pisos superiores resistieron hasta el fin los trabajadores, y por base la línea comprendida entre la dirección de Seguridad y el palacio de la Generalidad. Fuera de esto no quedaban a la reacción stalino-capitalista sino escasos focos de fácil reducción. Ni siquiera contaba, como en otras insurrecciones barcelonesas, con la artillería de Montjuich. Las baterías del castillo seguían en manos obreras, y a partir de los primeros tiros encañonaron precisamente la Generalidad, listas para hacer fuego a la primera orden de la C.N.T.

No faltó a los trabajadores insurrectos decisión para tomar el triángulo gubernamental, ni los detuvo tampoco el fuego del adversario; los detuvo la propia dirección de la C.N.T. A ella pertenecía la inmensa mayoría de los sublevados. Aunque en ellos había despertado ya muy serios recelos la conducta de la dirección anarquista, todavía tenían confianza en la C.N.T. Era su organización; con ella y por ella habían luchado durante muchos años. Era natural, era forzoso, dada la falta de otra organización con bastante fuerza para improvisar la dirección necesaria, que los obreros, formando un estrecho cerco de barricadas en torno a la zona de la Generalidad, esperaran la palabra de la C.N.T. ¿Quién de entre ellos no estaba persuadido de que la C.N.T. se pondría a su cabeza con el objeto de desarmar definitivamente al enemigo e incapacitarlo para nuevas asechanzas reaccionarias?

La C.N.T. habló; pero no como esperaban los obreros, para ponerse a su cabeza; habló desde la barricada y para la barricada comprendida en el triángulo Telefónica-dirección de Seguridad-Generalidad. Desde el día 3, los dirigentes de Barcelona se habían esforzado en contener el torrente insurreccional. El día 4, García Oliver y Federica Montseny, ministros en el gobierno de Largo Caballero, llegaban en avión desde Valencia, junto con un representante de la U.G.T., Hernández Zancajo, con el objeto de emplear su influencia conjunta en levantar el cerco obrero a los poderes capitalistas. Inmediatamente se colgaron al micrófono de la radio, condenando la acción de los obreros y ordenando: «el fuego». García Oliver en particular, exaltado por sus responsabilidades con el poder capitalista, enviaba por los aires besos a los guardias de asalto. Durante largo tiempo, la voz de García Oliver martilleó los oídos obreros en las barricadas: «el fuego; besos a los guardias de asalto».

El mismo día 4, se distribuía en las barricadas este manifiesto:

C.N.T. F.A.I

¡Deponed las armas; abrazaos como hermanos! Tendremos la victoria si nos unimos: hallaremos la derrota si luchamos entre nosotros. Pensadlo bien. Pensadlo bien; os tendemos los brazos sin armas; haced lo mismo y todo terminará. Que haya concordia entre nosotros.

Momentos después la C.N.T. hacía radiar:

Que sea el gobierno de la Generalidad el que depure en su seno la mala labor que haya podido realizar quienquiera que sea, y por muy consejero que se diga.

Y seguía un nuevo llamamiento a deponer las armas.

Los obreros no daban crédito a sus oídos ni a sus ojos. ¡La C.N.T. de la que esperaban todo, del otro lado de la barricada! En el momento de asaltar el cielo como diría Marx , el cielo se les venía encima. Sin duda, en ninguna revolución han recibido los insurrectos tan inesperada y brutal decepción. Se dilucidaba en aquel momento la suerte de la revolución y de la guerra, capitalismo o socialismo, esclavitud o libertad, triunfo de Franco por medio de los buenos oficios, stalinianos y reformistas o triunfo del proletariado; se dilucidaba, incluso, si Europa sería irremediablemente condenada a la catástrofe de la guerra imperialista o sería salvada de ella por la revolución internacional. ¡Y la alta dirección de la C.N.T. vino a calificar la lucha de fraticida y enviar besos a los sicarios del capitalismo! No era la revolución, sino la contrarrevolución quien encontraba en ella a un aliado. Fue una devastadora prueba para la dirección anarquista, una de esas pruebas supremas dadas por las necesidades de la acción histórica, de las que una organización sale modificada, cualesquiera que sean sus tradiciones y méritos anteriores. Más de una vez, principalmente el 19 de Julio, el anarquismo español había mostrado un canto oportunista, pero hasta las jornadas de Mayo de 1937 estuvo a tiempo de corregirse a sí mismo. La espontánea y formidable insurrección proletaria sometió al contraste de lo vivo su capacidad para mover el proceso humano, pues las ideas han de ser hechos o se niegan como tales ideas. El anarquismo se negó a sí mismo en las jornadas de Mayo. (…)

La dirección anarquista, pues ya ejercitada en la colaboración sólo veía tinieblas fuera de ella. No ignoraba que el proletariado se batía en aquel momento por la revolución, y que la contrarrevolución, principalmente representada por el stalinismo, sería implacable caso de triunfar. Precisamente porque lo sabía, al stalinismo iban dirigidas aquellas palabras del manifiesto C.N.T.-F.A.I. «… os tendemos los brazos sin armas; haced lo mismo y todo terminará. Que haya concordia entre nosotros». ¿Qué habría sido de la gran revolución francesa, si cuando los prusianos y los emigrados franceses estaban a las puertas París, los jacobinos hubiesen tendido los brazos sin armas a los girondinos, en lugar de expulsarlos del poder, desembarazándose enérgicamente, al mismo tiempo, de cuantos conspiraban contra la revolución? Indudablemente, Luis XVI habría sido repuesto en el trono. Así nuestros anarquistas, habiéndoles faltado la resolución de los jacobinos, salvaron a los girondinos españoles en el momento mismo en que las masas se disponían a exterminarlos, y por conducto de ellos vino la restauración: Franco. (…)

No es posible pasar en silencio la actitud del P.O.U.M. durante las jornadas de Mayo. Fue la última prueba política de la que salió definitivamente marcado como partido centrista impotente, colocado como un travesaño inerte en el camino de las masas. Durante el infame proceso gepeista que el gobierno Negrín-Stalin siguió a los líderes del P.O.U.M., después de la derrota de Mayo, descartadas por insostenibles las falsificadas acusaciones de espionaje, se les condenó por haber querido substituir «el Gobierno legalmente constituido» por otro revolucionario. Nada más lejos de la realidad. Como por entonces tuve ocasión de decir a algunos militantes poumistas, el tribunal stalinianonegrinista hizo al P.O.U.M. la gracia de darle, elaborado, el programa revolucionario que le faltaba y de atribuirle una actividad política durante las jornadas de Mayo de la que careció por completo

La actitud del P.O.U.M. durante la lucha de barricadas fue un reflejo dócil de la de la C.N.T; Sus militantes, como los de esta última, empuñaron las armas y se comportaron valientemente. La organización como cuerpo político fue absolutamente inexistente… o existió peligrosamente inclinada hacia el triángulo Telefónica-dirección de Seguridad Generalidad, desde donde hablaban de concordia los líderes anarquistas. Una vez desencadenada la lucha, el comité ejecutivo del P.O.U.M. fue a entrevistarse con el comité regional de la C.N.T. Este, absolutamente decidido a obligar a los trabajadores a deponer las armas, envió el P.O.U.M. a su domicilio asegurándole que se le llamaría en caso necesario. Mientras tanto, los apaciguadores, los «bomberos», emplean do el término despectivo con que los designaban los trabajadores, seguían arrojando, desde la radio y desde Solidaridad Obrera, sus chorros de fraternidad. El significado efectivo de esta fraternidad se deduce de dos hechos entresacados de mil. El día 4, habiendo decretado la C.N.T. una tregua en la lucha, mientras negociaba en la Generalidad con los jefes contrarrevolucionarios, fuerzas gubernamentales de la guardia civil aprovecharon la tregua «fraternal» para apoderarse de la estación de Francia. Al día siguiente la C.N.T. dio orden de retirarse de las barricadas, declarando: Ni vencedores, ni vencidos; todo el mundo en paz. Pero fue el día de mayores bajas obreras. Sin embargo, tras las vacilaciones naturales al conocerse la orden, los obreros optaron por desobedecerla. Algunas barricadas abandonadas fueron recuperadas inmediatamente. El divorcio entre la dirección y la masa no podía ser más total.

¿Qué hizo el P.O.U.M. con tan excelentes oportunidades? Sus líderes refieren haber hecho proposiciones muy combativas y revolucionarias en la entrevista con el comité regional. Creámosles sin más prueba. Pero una dirección revolucionaria no se distingue sólo por sus proposiciones revolucionarias, sino ante todo por su actividad para llevarlas a la práctica cuando los demás dirigentes se oponen a ellas. La dirección del P.O.U.M. se mantuvo constantemente a remolque de la dirección anarquista, temiendo separarse de ella cuando ella se negaba a marchar con las masas. El tercer día de lucha, al dar la C.N.T. orden de abandonar las barricadas, la dirección poumista repitió la orden. Rectificó en seguida, una vez que, habiendo dado contraorden los «amigos de Durruti» y la Sección Bolchevique-leninista de España (trotskistas), los trabajadores desobedecieron las instrucciones de la C.N.T. Finalmente, al desaparecer las últimas barricadas, Solidaridad Obrera anunciaba la terminación de la lucha como un triunfo para los trabajadores. Eco lúgubre, La Batalla repetía: «Habiendo sido aplastada la tentativa (de provocación) por la magnífica reacción de la clase obrera, la retirada se impone». ¿Qué valor político, qué idoneidad para dirigir la revolución pueden atribuir los trabajadores a un partido que pretendió hacer pasar por victoria la derrota que semanas después produciría su propia ilegalidad y el asesinato de su secretario general? Evidentemente, en ese momento el P.O.U.M. se engañaba deliberadamente a sí mismo, y engañaba a las masas, para no verse obligado a renunciar a toda colaboración y a emprender una lucha a muerte contra los traidores. Así se redujo al triste papel de cómplice de los cómplices.

Únicamente los dos grupos nuevos ya mencionados, la Sección bolchevique-leninista de España y los «Amigos de Durruti», se colocaron íntegramente al lado del proletariado durante las jornadas de Mayo. Ninguna de esas organizaciones había participado, ni poco ni mucho, en la iniciación del movimiento. Pero ambas lo apoyaron enérgicamente desde el primer instante, se esforzaron por cohesionarlo y por darle objetivos políticos.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

Tras los «sucesos de mayo» se desencadena una represión salvaje contra los marxistas. El PCE y el servicio secreto ruso, que controlan además la inteligencia militar republicana (el SIM), mantienen centros irregulares de tortura y detención. Pronto comienzan los desaparecidos. Entre los más famosos: Nin, cuyo cuerpo no se descubrirá hasta 2008 en Alcalá de Henares.

El PCE quiere montar además un espectáculo al estilo de los juicios stalinistas en Rusia. Es el famoso proceso al POUM en el que se quiere presentar, en un juicio amañado, al POUM como trotskista y al trotskismo como una herramienta consciente del fascismo para forzar una derrota de la República.

La mayoría de la Sección Bolchevique-leninista cae entre enero y principios de febrero. Son incomunicados durante un mes en una cárcel del PCE -las llamadas checas- dirigida por Grimau y duramente torturados. Se les acusa de ser espías de Franco, de asesinar a un agente polaco del GPU y de proyectar los asesinatos de Negrín, de los principales dirigentes en aquel momento del PCE (Díaz, Ibárruri, Comorera) y del PSOE (Prieto, Largo Caballero, etc.). Se hace un paripé de juicio a puerta cerrada y sin defensa. Finalmente, en marzo se les traslada a la Modelo para que descansen antes de testificar en el juicio contra el POUM. Munis lo hace el 11 de marzo, se presenta ante el tribunal como el líder del trotskismo español y descarga de la acusación de trotskismo al POUM, estropeándoles el juicio. En la Modelo impulsa el reagrupamiento de poumistas y miembros de la sección española de la todavía Oposición de Izquierdas Internacional, que está a punto de declararse ya IVª Internacional. Acuerda con los primeros

la necesidad de una lucha política de clarificación en el seno del POUM, con la intervención de los bolcheviques-leninistas

Trasladado en diciembre a la prisión de estado será uno de los cabecillas del motín de los presos revolucionarios y confinado en el calabozo de los condenados a muerte en Monjuic. Su vista se traslada al 26 de enero de 1939 para separarla de la del POUM. En el caos de las deserciones masivas que acompañó la retirada de Barcelona, Munis y algunos miembros del POUM y la SB-l consiguen escapar, salvándose de ser fusilados a última hora y pasando a distintos campos de refugiados en Francia.

En los campos de concentración franceses comienza ya la publicación de balances y análisis y se desarrolla el debate, comenzado en las cárceles republicanas, sobre la actitud a tomar ante la IVª Internacional. La mayoría de la corriente, agrupada en torno a la revista Nuevo Curso, cree que no existen condiciones para que la proclamación de una Internacional sea algo más que un brindis al sol, especialmente porque todos están de acuerdo en que la derrota de la revolución española, supone la derrota del proletariado mundial y abre las puertas a una nueva guerra imperialista. A pesar de todo, la sección entera, es decir, los supervivientes en los campos, se constituye como sección española de la IVª Internacional.

Munis, que tiene pasaporte mexicano por nacimiento, consigue salir de Francia para reunirse con Trotski en el DF e intentar conseguir visados. La batalla contra la campaña de calumnias stalinistas que le presenta, junto a Victor Serge y otros exiliados europeos como agente de la Gestapo se da en un ambiente cada vez más violento que preludia el asesinato de Trotski en mayo del 40.

La IVª Internacional

Si no haber ofrecido resistencia a la toma del poder por Hitler dejó claro que la III Internacional estaba muerta desde un punto de vista de clase, la Revolución española dejaba claro que el stalinismo ya no era simplemente termidoriano, no era tan solo una excrecencia reaccionaria de la Revolución que abría las puertas a la contrarrevolución burguesa...

Precisamente cuando la revolución alcanzaba su pináculo en España, en 1936, la contrarrevolución stalinista consolidaba en Rusia su poder para muchos años, mediante el exterminio de millones de hombres. En consecuencia, su ramal español tuvo deliberadamente, desde el 19 de Julio, un comportamiento de abanderado de la contrarrevolución, solapado al principio, descarado a partir de Mayo de 1937. Con toda premeditación y por órdenes estrictas de Moscú, se abalanzó sobre un proletariado que acababa de aniquilar el capitalismo. Ese hecho, atestiguado por miles de documentos stalinistas de la época, representa una mutación reaccionaria definitiva del stalinismo exterior, en consonancia con la mutación previa de su matriz, el stalinismo ruso.

Un reflejo condicionado de los diferentes trozos de IV Internacional y de otros que la miran con desdén, asigna al stalinismo un papel oportunista y reformista, de colaboración de clases, parangonable con el de Kerensky o Noske. Yerro grave, pues lo que el stalinismo hizo fue dirigir políticamente la contrarrevolución, y ponerla en ejecución con sus propias armas, sus propios esbirros y su propia policía uniformada y secreta. Se destacó enseguida como el partido de extrema derecha reaccionaria en la zona roja, imprescindible para aniquilar la revolución. Igual que en Rusia, y mucho antes que en Europa del Este, China, Vietnam, etc., el pretendido Partido Comunista actuó como propietario del capital, monopolizado por un Estado suyo. Es imposible imaginar política más redondamente anti-comunista. Lejos de colaborar con los partidos republicanos burgueses o con el socialista, que todavía conservaba sesgo reformador, fueron éstos los que colaboraron con él y pronto aparecieron a su izquierda, como demócratas tradicionales. Unos y otros estaban atónitos y medrosos a la vez, contemplando la alevosa pericia anti-revolucionaria de un partido que ellos reputaban todavía comunista. Pero otorgaban, pues con sus propias mañas flaqueaban ante la ingente riada obrera.

G. Munis. «Reafirmación», 1977

Es decir, el stalinismo era ya la cabeza de la contrarrevolución misma y como tal la clase trabajadora había pasado de defenderse con las armas de la crítica de la Oposición, en escasos círculos y organizaciones minoritarias; a ejercer la crítica de las armas. Cuando el proletariado español, fusil en mano, defiende su Revolución frente al stalinismo, algo muy profundo ha cambiado.

La derrota del proletariado español dejaba a la burguesía expedito el camino a una nueva guerra imperialista mundial. Los trabajadores y el mundo tenían por delante una nueva matanza. No solo la Izquierda Comunista Internacional lo veía con claridad. También Stalin. La memoria de Lenin seguía estando cercana y tanto Trotski como él recordaban el contraste entre la soledad de los interncionalistas en agosto de 1914 y las primeras reacciones contra la guerra del proletariado solo dos años después. La guerra había sido la comadrona de la Revolución. Trotski sacaba consecuencias revolucionarias: a pesar la de la miseria de las fuerzas revolucionarias que agrupaba la Oposición, una nueva Internacional era más urgente que nunca. Stalin, por su lado, sabía la inmensa presión de las fuerzas sociales que a duras penas mantenía comprimidas en una caja cada vez opresiva y violenta. Temía una nueva revolución más que nadie y también se daba cuenta de que el resultado de la guerra, su conversión o no en guerra civil revolucionaria, dependería en buena medida, como en 1917, de la existencia de una organización política de clase.

En la Rusia de Stalin lo que quedaba el partido de Lenin formaba parte de las masas, literalmente, esclavas. Miles, decenas de miles de militantes al parecer, llevaban más de una década en campos de trabajo forzado, sufriendo torturas y abusos. A pesar de todo, luchaban, organizaban huelgas, mantenían su cohesión como grupo y daban cuerpo a una viva discusión y elaboración política.

Después de tantos años, Stalin se daba cuenta de que ni siquiera los métodos más brutales y los asesinatos masivos doblegarían a los trotskistas y ordenó la masacre al jefe del GPU, Yezhov. Más allá de la parodia siniestra de los juicios de Moscú, el stalinismo culminaba el exterminio sistemático y masivo de los cuadros que quedaban del viejo partido bolchevique.

Durante más de diez años Stalin había mantenido a los trotskistas tras las rejas y las alambradas y los había sometido a una persecución inhumana, desmoralizando a muchos de ellos, dividiéndolos y casi logrando aislarlos de la sociedad. Hacia 1934 el trotskismo parecía haber sido completamente erradicado. Sin embargo, dos o tres años más tarde le temía más que nunca. Paradójicamente, las grandes purgas y las deportaciones en masa que habían seguido al asesinato de Kírov le infundieron nueva vida al trotskismo. Con decenas y hasta centenares de miles de nuevos desterrados a su alrededor, los trotskistas dejaron de estar aislados. A ellos se unió nuevamente la masa de capituladores que ahora pensaban con arrepentimiento que las cosas tal vez serían diferentes si ellos hubiesen resistido junto con los trotskistas. Los oposicionistas más jóvenes, miembros de la Komsomol que se enfrentaron a Stalin mucho después de la derrota del trotskismo, «desviacionistas» de todos los matices, obreros ordinarios deportados por faltas triviales a la disciplina del trabajo, y descontentos y quejosos que emperazon a pensar políticamente sólo cuando se encontraron tras las alambradas, formaron un nuevo e inmenso público para los veteranos trotskistas.

El régimen de vida en los campos de concentración era cada vez más cruel: los reclusos tenían que trabajar como esclavos diez o doce horas diarias, sufrían hambre y se consumían en medio de las enfermedades y la suciedad indescriptible. Con todo, los campos se iban convirtiendo una vez más en escuelas y centros de adiestramiento de la oposición, con los trotskistas como tutores sin rival. Eran ellos quienes encabezaban a los deportados en casi todas las huelgas y en las huelgas de hambre, quienes planteaban a la administración demandas de mejoras en las condiciones de vida en los campos, y quienes mediante su comportamiento desafiante, y en ocasiones heroico, inspiraban la resistencia de los demás. Sólidamente organizados, disciplinados y políticamente bien informados, ellos eran la verdadera élite de aquel enorme segmento de la nación que había sido arrojado tras las alambradas.

Stalin comprendió que no lograría nada aumentando la persecución. No era posible incrementar los tormentos y la opresión que sólo habían servido para rodear a los trotskistas con la aureola del martirio. Estos constituían una amenaza para él mientras vivieran; y con la inminencia de la guerra y sus peligros, la amenaza potencial podría hacerse real. Ya hemos visto que, a partir del momento en que conquistó el poder, Stalin tuvo que reconquistarlo una y otra vez. Ahora decidió liberarse de la necesidad de seguir reconquistándolo; se propuso asegurárselo de una vez por todas y contra todos los riesgos. Esto sólo podía hacerlo de una manera: mediante el exterminio en masa de sus adversarios, sobre todo de los trotskistas. Los procesos de Moscú se habían efectuado para justificar este designio, cuya parte principal se realizó ahora, no en el escenario de los juzgados, sino en las mazmorras y en los campos del Oriente y el Extremo Norte.

Un testigo presencial, antiguo recluso del gran campo de concentración de Vorkuta, pero no trotskista él mismo, describe de la siguiente manera las últimas actividades de los trotskistas y su aniquilamiento.

En su campo solamente, dice él, había alrededor de mil viejos trotskistas, que se llamaban a sí mismos «bolcheviques leninistas». Quinientos de ellos, aproximadamente, trabajaban en la mina de carbón de Vorkuta. En todos los campos de la provincia de Pechora había varios millares de «trotskistas ortodoxos» que «habían vivido deportados desde 1927» y «permanecieron fieles a sus ideas políticas y a sus dirigentes hasta el fin». [...]

«Aparte de estos trotskistas genuinos», continúa diciendo, «había por aquel entonces más de cien mil reclusos en el campo de Vorkuta y otros, que, como miembros del Partido o de la Komsomol, habían ingresado en la Oposición trotskista y a continuación, en diversos periodos y por diversas razones... habían sido obligados a «retractarse y admitir sus errores y a abandonar las filas de la Oposición». Muchos deportados, que nunca habían sido miembros del Partido, se consideraban asimismo trotskistas. Estas cifras también deben de incluir a los Oposicionistas de todos los matices, incluso algunos de los partidarios de Ríkov y Bujarin y recién llegados de las generaciones más jóvenes, como lo indica nuestro propio testigo.

«De todos modos», apunta éste, «los trotskistas propiamente dichos, los seguidores de L. D. Trotsky, formaban el grupo más numeroso». Entre sus jefes, el testigo menciona a V. V, Kossior, Vladímir Ivánov y otros trotskistas auténticos de vieja militancia.

Llegaron a la mina de carbón en el verano de 1936 y fueron alojados... en dos grandes barracones. Rehusaban categóricamente a trabajar en los pozos. Trabajaban únicamente en las bocaminas y no más de ocho horas diarias, no diez o doce como lo exigía el reglamento y como laboraban los demás reclusos. Hacían caso omiso del reglamento en forma ostentosa y organizada. Los más de ellos habían vivido alrededor de diez años en aislamiento, primero en cárceles, después en campos de las islas Solovky, y por último en Vorkuta. Los trotskistas eran los únicos grupos de presos políticos que criticaban abiertamente la línea general stalinista y resistían a los carceleros en forma abierta y organizada.

Seguían proclamando, como lo hacía Trotsky en el extranjero, que en caso de guerra defenderían a la Unión Soviética incondicionalmente, pero que tratarían de derrocar al régimen de Stalin; y aun los «ultraizquierdistas», como los partidarios de Saprónov, compartían esa actitud, aunque con reservas.

En el otoño de 1936, después del proceso de Zinóviev y Kámenev, los trotskistas organizaron reuniones y manifestaciones en los campos, en honor de sus camaradas y jefes ejecutados. Poco después, el 27 de octubre, declararon una huelga de hambre (ésta fue la huelga en que, según los informes antes citados, participó Serguei, el hijo menor de Trotsky). Los trotskistas de todos los campos de Pechora se unieron a la huelga y ésta duró 132 días. Los huelguistas protestaban contra su traslado de anteriores lugares de deportación y contra los castigos que les habían impuesto sin celebración de proceso público. Exigían una jornada de trabajo de ocho horas, la misma alimentación para todos los reclusos (independientemente de que hubieran cumplido las normas de producción o no), la separación de los presos políticos y los delincuentes comunes, y el traslado de los inválidos, las mujeres y los ancianos de las regiones subpolares a lugares de clima más benigno. La decisión de ir a la huelga se adoptó en una asamblea pública. Los prisioneros enfermos y ancianos fueron eximidos, pero «estos últimos rechazaron categóricamente la exención».

En casi todas las barracas los que no eran trotskistas respondieron al llamado, pero sólo «en los barracones de los trotskistas fue completa la huelga».

La administración, temerosa de que la acción pudiera propagarse, trasladó a los trotskistas a unas chozas semiarruinadas y desiertas a cuarenta kilómetros de distancia del campo. De un total de mil huelguistas, varios murieron y sólo dos abandonaron la huelga; pero ninguno de los dos era trotskista. En marzo de 1937, por órdenes de Moscú, la administración del campo cedió en todos los puntos, y la huelga terminó. Durante los meses siguientes, antes de que el terror de Yezhov alcanzara su clímax, los trotskistas gozaron de los derechos que habían ganado, y esto fortaleció la moral de todos los demás deportados a tal punto que muchos de ellos abrigaron la esperanza de que se promulgara una amnistía parcial en ocasión del vigésimo aniversario de la Revolución de Octubre.

Pero poco después el terror se reanudó con renovada furia. La ración alimenticia fue reducida a 400 gramos de pan al día. La GPU armó a los delincuentes comunes con garrotes y los incitó contra los oposicionistas. Hubo fusilamientos indiscriminados y todos los presos políticos fueron aislados en un campo dentro del campo, rodeado por alambradas de púas y custodiado día y noche por cien soldados perfectamente armados.

Una mañana, hacia fines de marzo de 1938, veinticinco hombres, en su mayoría trotskistas connotados, fueron sacados de su encierro, recibieron un kilogramo de pan cada uno y la orden de recoger sus pertenencias y prepararse para una marcha.

Después de despedirse afectuosamente de sus amigos, salieron de sus barracones; un oficial pasó lista de los presentes y éstos salieron marchando del campo. Al cabo de quince o veinte minutos se escuchó una súbita descarga de fusilería a medio kilómetro de los barracones, cerca de la margen empinada de un pequeño río, el Alto Vorkuta. A continuación sonaron unos cuantos disparos aislados y después se hizo el silencio. Poco más tarde los hombres de la escolta regresaron y pasaron junto a los barracones. Todo el mundo comprendió a qué clase de marcha habían sido enviados los veinticinco hombres.

Al día siguiente no menos de cuarenta personas fueron sacadas de los barracones en la misma forma, recibieron su ración de pan y la orden de prepararse.

Algunos estaban tan exhaustos que no podían caminar, y se les prometió que serían llevados en carretas. Con la respiración contenida, los reclusos que quedaron en los barracones escucharon el crujir de la nieve bajo los pies de los que abandonaban el campo. Cuando todos los ruidos se habían apagado ya, los reclusos siguieron escuchando con el ánimo en suspenso. Al cabo de una hora aproximadamente los disparos resonaron sobre la tundra.

Los que permanecían en los barracones supieron entonces lo que les esperaba; pero después de la prolongada huelga de hambre del año anterior y de sufrir frío y hambre durante muchos otros meses, no tenían fuerza para resistir.

Durante todo abril y parte de mayo continuaron las ejecuciones en la tundra. Cada día o cada segundo día treinta o cuarenta personas eran sacadas...

Los altavoces del campo transmitían los comunicados:

Por agitación contrarrevolucionaria, sabotaje, bandidaje, negativa a trabajar e intentos de fuga, las siguientes personas han sido ejecutadas...

Una vez un grupo numeroso, formado por unas cien personas, trotskistas en su mayoría, fue sacado del campo... Mientras se alejaban, entonaron La Internacional, y centenares de voces en los barracones se unieron al coro.

El testigo describe las ejecuciones de las familias de los oposicionistas: la esposa de un trotskista caminó con sus muletas hasta el lugar de la ejecución. A los niños se les permitía vivir sólo si tenían menos de doce años. La matanza prosiguió en todos los campos de la provincia de Pechora y duró hasta mayo. En Vorkuta

sólo poco más de cien personas quedaron vivas en las chozas. Unas dos semanas transcurrieron sin incidentes. Entonces los sobrevivientes fueron enviados nuevamente a la mina donde les informaron que Yezhov había sido destituido y que Beria había asumido el mando de la GPU.

Para entonces apenas quedaba vivo alguno de los trotskistas o zinovievistas auténticos. Cuando dos años más tarde centenares de miles de nuevos deportados —polacos, lituanos, latvios y estonios— llegaron a los campos, encontraron entre los viejos reclusos a muchos stalinistas en desgracia e incluso unos cuantos bujarinistas, pero ningún trotskista ni zinovievista. Un viejo deportado les contaba la historia de su exterminio por medio de susurros o alusiones, porque nada era más peligroso, aun para un infeliz deportado, que hacerse sospechoso de abrigar simpatías por los trotskistas.

El terror del periodo de Yezhov fue equivalente al genocidio político: destruyó toda la especie de los bolcheviques antistalinistas. Durante los siguientes quince años del régimen de Stalin no quedó en la sociedad soviética, ni siquiera en las cárceles y los campos de concentración, ningún grupo capaz de plantearle un desafío. No se permitió la supervivencia de ningún centro de pensamiento político independiente. En la conciencia de la nación se produjo un tremendo hiato; su memoria colectiva fue despedazada; la continuidad de sus tradiciones revolucionarias fue liquidada; y su capacidad de formar y cristalizar cualquier noción anticonformista fue destruida. La Unión Soviética quedó finalmente, no sólo en su política práctica, sino incluso en sus procesos mentales ocultos, sin ninguna alternativa frente al stalinismo. (Tal era la naturaleza amorfa de la mentalidad popular, que aun después de la muerte de Stalin ningún movimiento antistalinista pudo surgir desde abajo, desde el fondo de la sociedad soviética; y la reforma de los rasgos más anacrónicos del régimen stalinista sólo pudieron emprenderla desde arriba los secuaces y cómplices de Stalin.)

Mientras los procesos de Moscú atraían la asombrada atención del mundo, la gran matanza en los campos de concentración pasó casi inadvertida. Fue realizada con tanto secreto que la verdad no pudo filtrarse sino al cabo de varios años. Trotsky sabía mejor que nadie que sólo una pequeña parte del terror se revelaba a través de los procesos, y coligió lo que estaba sucediendo tras bastidores. Con todo, ni siquiera él pudo conjeturar o visualizar toda la verdad; y, de haber podido hacerlo, su mente difícilmente habría sido capaz de absorber su plena enormidad y todas sus implicaciones durante el breve tiempo que le quedaba de vida. Siguió suponiendo que las fuerzas antistalinistas resurgirían al cabo de cierto tiempo, organizadas y políticamente efectivas; y, en particular, creía que serían capaces de derrocar a Stalin en el transcurso de la guerra y de llevar la guerra a un término victorioso y revolucionario. Siguió contando con la regeneración del viejo bolchevismo, a cuya amplia y profunda influencia parecian rendir homenaje las incesantes campañas de Stalin. Ignoraba el hecho de que todas las fuerzas antistalinistas habían sido aniquiladas; que el trotskismo, el zinovievismo y el bujarinismo, ahogados en sangre, habían desaparecido, como una Atlántida, de todos los horizontes políticos; y que él mismo era entonces el único sobreviviente de la Atlántida.

Isaac Deutscher. «El profeta desarmado»

No es ninguna coincidencia que las jornadas de mayo, el arranque de la masacre final del bolcheviques en Rusia y la fundación de la IVª Internacional se sucedieran en el plazo de tan solo 18 meses. Al ser derrotada la Revolución española se abría el camino hacia la guerra sí, pero también se abría inmediatamente la posibilidad de su transformación en guerra civil, en una nueva oleada revolucionaria mundial. La respuesta de Stalin fue masacrar al partido bolchevique, la de la Izquierda Comunista Internacional intentar constituir cuanto antes y a toda costa la Internacional de la que carecieron Lenin, Luxemburgo y Liebknecht en 1914.

La IVª Internacional tuvo un congreso constituyente modesto: 21 delegados representando organizaciones de 11 países hacinados durante un día entero en el piso de los Rosmer en París. La mayor parte de las discusiones se centraron en la oportunidad o no de proclamar la Internacional. La oposición la encabezaba la delegación polaca -continuadora del partido refundado por Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches. Su posición, aunque minoritaria, aparecía en buena parte de las secciones: las anteriores internacionales estaban ligadas a procesos ascendentes de lucha de clases, fundar una internacional después de la derrota española podría fácilmente quedar en un gesto vacío, había que consolidar organizaciones en procesos revolucionarios reales y sobre desarrollos capaces de generar una tracción semejante a la que ejerció Octubre sobre los trabajadores del mundo, proclamar la nueva Internacional. Es decir, los contrarios a la proclamación proponían esperar de forma activa y forjar organizaciones válidas antes de plantear una alternativa mundial a la clase.

Dado el estado real de la oposición, era verdad que proclamar la Internacional en 1938 no era equivalente a botar un carguero en mitad del temporal, sino a botar una flotilla de botes de pesca mal calafateados. Schatman, que presidía la reunión -Trotski estaba ya recluido en México y Lev Sedov acababa de ser asesinado en París por la GPU el 16 de febrero- hizo cuanto pudo por cerrar el debate sin excesivas argumentaciones acusando a los polacos de mencheviques entre nosotros. Su actitud improcedente fue el primer signo de uno de los peligros que implicaba proclamar la Internacional en aquellas condiciones. Los partidos que más opciones tenían de crecer y pesar eran los que más lejos estaban de foguearse y forjarse en la lucha de clases real, mientras que los más activos, inevitablemente diezmados por la ferocidad de una contrarrevolución triunfante, tendían a estar infrarrepresentados. Es decir cuanto más llamativos fueran los resultados organizativos de un dirigente y más henchido estuviera por ellos, más probable era que no representara más que la inercia burocrática o el aventurerismo intelectual. Schatman, Canon, Frank o su protegido Mandel, serían un buen ejemplo de un lado de esta escora; del otro, todo lo que devendría en ala izquierda en los cuarenta y dentro de ésta la fracción internacionalista.

Pero en 1938, Trotski que aseguraba a Natalia Sedova que lo que más deseaba era tener solo dos años más para construir una heredera de las internacionales históricas, pensaba que lo importante en ese momento era fundar sobre bases políticas sólidas y se aplicaba a escribir el texto definitorio de aquel congreso: el Programa de transición. Este, como antes que él el programa de la III Internacional en 1919 y en buena medida el de la II Internacional en 1889 estaba sobrepasado por los acontecimientos mundiales desde el momento mismo de su aprobación (G.Munis). Si bien no apareció claro -no podía hacerlo- sino después.

León Trotsky incurrió en el error de afirmar que la propiedad estatizada en Rusia fue introducida por la revolución de 1917. En realidad lo fue por la no transformación de esa revolución permanente en revolución socialista, su única razón de ser. El capital pasó al Estado, y lejos de perder su naturaleza fue acendrándola con caracteres cada día más brutales a medida que surgía y se redondeaba la contrarrevolución; contrarrevolución política, sí, porqué sólo en política se quedó, antes de ser anulada, la revolución de 1917

Partiendo de tal error, Trotsky creía que, hallándose en guerra, el stalinismo usurpador del poder se vería obligado a hacer concesiones al proletariado y que éste reanudaría la revolución. El Kremlin, por el contrario, fue reforzando su terrorismo al mismo paso que los ejércitos nazis avanzaban suelo ruso adentro. Y lejos de aparecer contradicción alguna entre el sistema de propiedad ruso y el viejo capitalismo, el sector occidental del mismo corrió en su auxilio y lo salvó de la derrota desdeñando las ofertas de paz que simultáneamente le hacía Hitler. En otros términos, las contradicciones internas del capitalismo, causa de la guerra entre Alemania y los Occidentales, fueron muy superiores a lo que se suponía ser oposición irreductible entre el sistema de propiedad capitalista y el sistema ruso. La prueba quedó hecha: no existía tal oposición. Rusia estaba incursa en las contradicciones internas del sistema capitalista mundial, y nada más.

G. Munis. «Análisis de un vacío», 1971-72

No es, ni mucho menos que Trotski -y con él la mayoría de la nueva Internacional- no fuera consciente de que tal escenario pudiera ser el que estaban viviendo. Sencillamente necesitaba más para reconsiderar la idea -defendida por Lenin durante la NEP- de que la propiedad estatal, bajo un estado dirigido por los soviets, es decir por la clase obrera organizada, tuviera carácter socialista.

Si, contra todo pronóstico, la Revolución de Octubre no encuentra algún continuador en los países avanzados durante la guerra o inmediatamente tras ella; si, por el contrario, el proletariado es derrotado en todos los frentes, tendremos que replantearnos nuestra concepción de la época actual y sus fuerzas motoras. No se trataría sólo de poner una etiqueta en la denominación de la URSS y de la banda de Stalin, sino como valorar la perspectiva histórica mundial de las próximas décadas, quizá de los próximos siglos; ¿hemos entrado en la época de la revolución social y la sociedad socialista o, por el contrario, en la de la decadencia y la burocracia totalitaria?

León Trotski. «La URSS y la guerra», 1939

Trotski, para quien la defensa incondicional de la URSS solo tenía sentido si se entendía como derrocamiento revolucionario de la burocracia, era bien consciente de que si efectivamente, la burocracia se había convertido en una clase independiente en tanto queforma estatal de la burguesía, una Internacional revolucionaria lo descubriría en la práctica. Es decir, se vería en la necesidad de elegir entre su fidelidad a la revolución y su defensa de la propiedad estatal. Trotski daba por sentado que optaría por lo primero.

Por otra parte, Trotsky esperaba también que otras revoluciones triunfarían y liquidarían el stalinismo hasta las raíces. Lo que se produjo fue una extensión territorial enorme del dominio stalinista, su apoteosis. El análisis de Trotsky era evidentemente errado, como se había adelantado a reconocer él mismo, para caso de que sus previsiones no se verificasen.

G. Munis. «Análisis de un vacío», 1971-72

La realidad, tras su asesinato, fue que la Internacional se partió en dos: entre los internacionalistas y los partidos principales, como el SWP norteamericano.

El camino hacia el desmoronamiento de la Internacional comenzó, vivo Trotski todavía, con la Conferencia de Urgencia. Las tropas alemanas habían entrado en París y nada parecía más prudente que llevar los órganos de la Internacional a EEUU, un país entonces neutral que todavía tardaría dos años en incorporarse a la guerra. Hacerlo significaba que el SWP se convertiría en en centro de la organización, centro solo compensado y supervisado desde lejos, en un momento en el que los viajes y las comunicaciones eran poco menos que heroicas, por un Trotski que vivió acosado y asediado en México hasta su asesinato por agentes stalinistas en 1940.

A las pocas semanas de la muerte de Trotski, el S.W.P. comienza a hacer un discurso cada vez más «defensista» y cercano al «antifascismo». La guerra a la guerra, la conversión de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria se troca en un ambiguo no-apoyo y no-intervención. Cannon, el principal dirigente del S.W.P. se ofrece a apoyar al gobierno de Roosevelt si entra en la guerra si la formación militar de los trabajadores antes de ir al frente, encuadrados en el ejército regular, se deja en manos de los sindicatos. Con todo y a pesar de que es obvio que el S.W.P. bajo esa política no va a suponer ningún peligro para el esfuerzo de guerra de la burguesía americana, en 1941 los principales dirigentes del partido son juzgados en Minneapolis. Su defensa, a diferencia de la de Luxembugo o Liebknecht, resulta vergonzosa. En un momento del juicio llega a decir:

Tanto nuestros miembros como los obreros a quienes influenciamos tienen que ir a la guerra y hacer lo que le digan los gobernantes de este país. Mientras no tengamos una mayoría tras de nosotros, no estamos en condiciones de hacer otra cosa que obedecer órdenes.

En vez de convertir el juicio en un juicio al militarismo y al imperialismo, juegan a la ambigüedad reduciendo las aspiraciones del partido a una oposición política que Cannon resume en seguir escribiendo y hablando por una política exterior diferente para América.

Todavía estaba ausente de la guerra Rusia, cuando en el partido americano (Socialist Workers Party) apuntaron_los primeros síntomas de descarrío. Poco después, ya todo el mundo en la degollina, el S.W.P. retraía deliberadamente las formulaciones revolucionarias contra la guerra imperialista, y se negaba a hacer acto de lucha contra ella. Se justificaba pretendiendo camuflarse al ojo policíaco y adaptar sus tonos a lo receptible por los oídos entonces patrióticos del proletariado. Pero lo más despreciable y al mismo tiempo trágico del oportunismo es que, cortándose el acceso a la educación y la movilización revolucionaria de las masas, no elude, sin embargo, los golpes de la reacción a menos de sometérsele por entero. Así los dirigentes del S.W.P. se vieron sarcásticamente acusados por su gobierno de internacionalismo y derrotismo revolucionario, aquello mismo a que daban esquinazo, y fueron a la cárcel durante año y medio o dos por un delito que tenían la obligación de haber cometido, pero que ellos se guardaron siempre de cometer.[...]

Los dirigentes americanos del S.W.P. tenían poco de la fibra y la consistencia mental de un Liebknecht. Proclamaron ante sus jueces, no la necesidad de transformar la guerra imperialista en guerra civil, sino en verdadera guerra contra el fascismo. Acusaban torpemente al gobierno americano de incapacidad para dar cuenta de Berlín, y su prensa presentaba estupendos programas para derrotar a Hitler. Las palabras, derrotismo revolucionario les daban grima y les pusieron el veto. Todas las formulaciones internacionalistas fueron cuidadosamente tachadas de revista y periódico, incluyendo la simple voz imperialismo a menos que se refiriese al enemigo nacional. Durante toda la guerra -argumento por sí solo abrumador- no organizaron un sólo acto contra ella, ni tiraron un sólo volante. En fin, comparando su política con la de los partidos centristas de entonces. el I.L.P. inglés y el P.O.U.M. español, la similitud entre ambas llegaba incluso a la identidad terminológica. En una palabra, el S.W.P. substituyo la política revolucionaria por la política burguesa y stalinista del antifascismo, mero truco de leva imperialista gemelo de la hitleriana lucha contra la plutocracia.

Todo eso fue hecho en nombre de la táctica y de la eficiencia educativa. Es costumbre vieja en los oportunistas presentar su abandono de los principios como un practicismo o facilidad dada a las masas, al mismo tiempo que; en momentos de represión, como un legalismo protector insoslayable. Pretenden engañar al enemigo de clase cuando en realidad reciben su influencia; se jactan de educar y ganar las masas, mientras reblandecen el contenido revolucionario de sus propios militantes. Las masas no pueden ser atraídas a los principios y la acción revolucionarias sino por formulaciones y actitudes de la mayor netitud.

El ejemplo del S.W.P. cundió. Poco después de su giro oportunista, la sección inglesa de la IVª Internacional, que había conseguido un desarrollo considerable apoyando las huelgas que laboristas y Trade Union condenaban patrióticamente, fue sometida también a proceso. Su principal dirigente y acusado eligió para defenderse, invocando también razones practicas, el mísero palabreo oportunista del Socialist Worker's Party.

No se comprenderá bien la perniciosa repercusión de estos dos ejemplos sin tener en cuenta que Estados Unidos era entonces sede del Comité Ejecutivo mundial y que debido a la guerra la prensa del partido americano -la del inglés en menor grado- era la única susceptible de llegar a todas las secciones y grupos en los países no ocupados por Alemania y Japon

Pose a todo, se hicieron sentir en seguida gritos de alerta y de indignación. El autor de estas líneas, entonces miembro del Comité Ejecutivo mundial, dio la alerta ya en 1941, al esbozarse los primeros síntomas premonitorios del oportunismo, antes del vergonzoso descaro a que dio lugar el proceso. Después de este, el Grupo español emigrado en Méjico; que comprendía militantes franceses y de otros países, se des-solidarizaba públicamente de la mayoría americana y del Comité ejecutivo, practicando a partir de entonces una política independiente. Al mismo tiempo, redactó un enérgico documento crítico y vindicador del internacionalismo proletario, sometiéndolo a discusión en todas las secciones con vistas a un futuro congreso mundial. Veremos mas adelante cual fue su suerte. Pero no fue ese el único vituperio del oportunismo. Otros surgieron en la China, América del Sur, en el seno propio del S.W.P. Después se sabría que también en Francia.

Así pues, todavía en plena guerra mundial e indecisa la victoria de un bando u otro, la política de la IVª Internacional principalmente expuesta por el partido americano, aparecía en grave abandono de los principios y tareas internacionalistas. Ese fallo, esa capitulación, cabe decir sin atenuaciones, determinó en los responsables de él un subterfugio deleznable. Siéndoles a todas luces imposible aprontar fidelidad al internacionalismo proletario, se inventaron su propia fidelidad a los principios en la defensa de Rusia como Estado obrero degenerado, mas confortable cuanto que Rusia, tras la amistad con Hitler había pasado e ser la entrañable aliada de las respectivas patrias de los oportunistas.

En la IVª Internacional, la defensa de Rusia nunca fue otra cosa que que una opinión contestable sujeta al contraste de la experiencia. En su seno vivían tendencias radicalmente contrarias a la noción estado obrero degenerado sin que nadie les echase los perros; como hicieron después de su rendición al antifascismo patriotero S.W.P. y comité ejecutivo. En cambio, la carencia de internacionalismo, a mayor abundancia, su abandono durante la guerra, era incompatible con la pertenencia a la organización, pues evidentemente, quienes no se han mantenido indemnes frente a las inmensas presiones y añagazas de la defensa nacional se descalifican para toda acción revolucionaria decisiva. En Nueva York, el internacionalismo de la Cuarta fue descabezado, convirtiéndose la defensa de Rusia en criterio principal de filiación. Las consecuencias de esa contrahechura habían de ser devastadoras.

G. Munis. «La IVª Internacional»». 1959

La respuesta política vendrá, ya en 1941, de Natalia Sedova -vieja militante y reciente viuda de Trotski- a la que se sumará el grupo exiliado en México de la sección española. Sedova, Munis y Peret intentan imponer un debate denunciando la actitud primero del SWP y luego del Secretariado Internacional. Exigen la celebración del segundo congreso que es obligatorio por estatutos y que los norteamericanos y sus aliados en Francia y Gran Bretaña conseguirán retrasar hasta 1948. Sus críticas van acendrando un conjunto de posiciones que acabarán generando una fracción de izquierda en la organización a partir de la crítica de la traición del internacionalismo en marcha por la dirección americana.

No es casualidad si la fracción internacionalista se nutre además de españoles, es decir, de militantes que vivieron la revolución española con la sección en el exilio -incluida la que está en los campos en Francia- en pleno, de griegos, vietnamitas, italianos... es decir de aquellos países en los que el proletariado está enfrentado revolucionariamente la guerra: Italia en el 43, Grecia en el 44, Vietnam en el 46... el papel del stalinismo como cabeza de la contrarrevolución que se vio por primera vez en España, se repite país por país... y la Internacional no consigue colocarse a la vanguardia revolucionaria. Cuando en 1946 el SI publica un Manifiesto para la pre-conferencia con la que quiere atar el II Congreso, rebajándolo de paso a Conferencia, la izquierda responde con lo que en los cuatro años anteriores se ha convertido ya en una alternativa programática prácticamente completa.

La IVª Internacional no será capaz de cumplir su misión revolucionaria si no abandona sin reservas la defensa de la URSS en favor de una política de lucha sin cuartel contra el capitalismo y su cómplice, el stalinismo. Para conducir victoriosamente esta lucha, hay que desvelar a cada paso y en la práctica el carácter contrarrevolucionario de la burocracia rusa que se erige en el interior como una clase en vías de formación, que oprime a Europa oriental y Asia. Hay que desenmascarar la mentira de sus «nacionalizaciones» y «reformas» agrarias, desarrollar la fraternización entre ocupantes y ocupados, declarando claramente que ni unos ni otros no tiene nada que defender en Rusia, sino que destruirlo todo igual que en cualquier Estado capitalista, así como a los agentes del Kremlin participen o no en el gobierno. La fraternización entre ocupantes y ocupados debe ser el tema central de nuestra agitación en los territorios ocupados, sea cual fuere la potencia ocupante. Es la única forma de combatir el chovinismo tanto entre los vencidos como entre los vencedores, y de preparar en frente internacional de los explotados contra los explotadores. Al mismo tiempo, la evacuación de todos los territorios ocupados, incluidos los ocupados por los rusos, debe exigirse con una creciente insistencia

En el resto del mundo, debemos mostrar en todo momento que el stalinismo sólo es el agente nacional de la política exterior del Kremlin, cuyos intereses son siempre opuestos a los de la revolución socialista, que sería su definitiva ruina; que la suerte de los trabajadores le es totalmente indiferente; que es el mejor defensor de la burguesía nacional porque no prevé más porvenir que el ligado a la suerte de la contrarrevolución rusa.

Por lo tanto, la consigna del gobierno PS-PC-CGT para Francia, y toda consigna similar en cualquier otro país, debe ser abandonada pues no apunta más que a romper el empuje revolucionario de las masas entregando la vanguardia a la Gepeú.

La política de frente único de organización a organización en la etapa presente, debe ser abandonada en lo que concierne a los partidos «obreros» tradicionales. Debe ser sustituida, desde ahora, por proposiciones de frente único a las organizaciones obreras minoritarias que sean susceptibles de dar resultados inmediatos, como por ejemplo los anarquistas. Sin embargo, el frente único, en tareas precisas e inmediatas debe ser preconizado sin desfallecer en la fábrica, en la localidad y si fuera posible en la región.

Nuestro programa transitorio debe ser podado del mismo modo. Debe desaparecer por el momento, la reivindicación relativa a la Constituyente, y también todas las consignas que reposan en una concepción progresiva de nuestro programa para las masas en la actual etapa. El mundo atraviesa hoy una crisis revolucionaria aguda y nuestra organización debe prepararse para las luchas decisivas que se avecinan, ya que no puede esperarse ningún desarrollo del capitalismo, sea o no sosegado. Así pues debemos plantear, popularizar y explicar sin descanso la consigna de la formación de consejos obreros democráticamente elegidos en los lugares de trabajo, a fin de que pueda ser aplicada a la primera ocasión. A esta consigna deben añadirse todas las consecuencias que implica: formación de milicias obreras que obedecen únicamente a los comités elegidos por las masas, desarme de las fuerzas burguesas, congreso de los comités obreros, disolución del Estado burgués y creación del Estado obrero

Al mismo tiempo, en el plano económico, la agitación debe insistir fundamentalmente en la escala móvil de salarios, unida a la escala móvil de horas de trabajo sin disminución de salario, y en todas sus ramificaciones: puesta en marcha por los obreros de fábricas cerradas por los capitalistas, embargo del haber de los capitalistas por los obreros empezando por los beneficios de guerra y del mercado negro, y por último la confiscación de las fábricas y las tierras por los comités obreros democráticamente elegidos en los lugares de trabajo.

Benjamin Péret. «El manifiesto de los exegetas», 1946

Cuando por fin se celebra el IIº Congreso de la IV Internacional en 1948, las secciones y grupos que a partir de 1943 han ido tomado una posición independiente del Secretariado Internacional (SI), son una minoría mermada por la represión y por las maniobras infames del propio SI para reducir su representación. La dirección impide que la renuncia al internacionalismo de sus grupos de referencia durante la guerra pasada se discuta tan siquiera. La denuncia y ruptura es tan inevitable como la deriva de la mayoría que acabaría aprobando en el tercer congreso de la ya no internacional que la principal contradicción del capitalismo ya no sería la lucha de clases (burguesía contra proletariado) sino el enfrentamiento entre EEUU y la Rusia stalinista, renuncia explícita a la continuidad marxista, al comunismo, al internacionalismo... y hasta a la decencia.

el Congreso de 1948 se negó a condenar la participación en la defensa nacional capitalista so capa de resistencia, y aprobó una resolución política que elevaba la rivalidad Rusia-Estados Unidos al grado de principal contradicción mundial. Se desentendía en realidad de la irreductible contraposición proletariado-capitalismo, en escala terrestre, guía exclusiva de una organización revolucionaria. Por lo uno y por lo otro, la IVª Internacional dejaba de serlo a partir de dicho congreso. En lo sucesivo podría deformar, en manera alguna formar revolucionarios.

G. Munis. «Cincuenta años después del trotskismo», 1982

Y es que la renuncia al internacionalismo desmorona y esteriliza cualquier evolución o posición que no parta de la rectificación más radical. No son los errores de Trotski los que producen la degeneración de la Internacional, como no fueron los de Lenin los que condujeron a los de la III, es la renuncia al internacionalismo la que imposibilita cualquier corrección programática y solo les da lugar como ala izquierda, democratista, de la contrarrevolución stalinista.

No obstante lo irrecusable de la experiencia, los principales partidos trotskistas, aligerados de internacionalismo durante la guerra, comprometidos en la defensa nacional resistencia mediante, sacaron conclusión opuesta; el stalinismo extiende la propiedad socialista, mal que le pese al propio proletariado. Sencillamente, les era imprescindible tapar con algo sus graves carencias revolucionarias. De ahí que su posición actual, que la Liga adopta, tenga mucho más de engañifa stalinista que de error político o sociológico.

Los errores de los maestros conviértense a menudo en mortal llaga para los discípulos. Así lo que en Trotsky era un desacierto, a lo sumo una ofuscación del pensamiento, alcanza en el trotskismo hogañero proporciones de falsía, de craso oportunismo y hasta de capitulación. Pero es menester recalcar que en esa metamorfosis la existencia precede también a la consciencia. Habiéndose desentendido, en plena contienda mundial, del principio: «contra la guerra imperialista, guerra civil», ese troskismo se despojaba de lo esencial y más vivificador del pensamiento revolucionario, vedándose la posibilidad de enmendar errores y de hacer el menor progreso teórico. A partir de sus componendas con la defensa nacional (resistencia), ya no se descubre en él conocimiento o siquiera tentativa de conocimiento teórico, sino una ristra de argucias y actitudes justificativas cada vez más bajunas a medida que una llama a la siguiente. Y ha terminado dando en su actual postura. En lo formal y orgánico ha retrocedido hasta lo que fue Oposición de Izquierda a la III Internacional durante la mitad del decenio 20 y los dos primeros años del 30, pese a la criminalidad e inmundicia que desde entonces ha ido hacinándose en el stalinismo; políticamente, está lelo y cabeza gacha ante la extensión de ese mismo stalinismo (para él proezas) en Europa oriental, en China, Corea, Vietnam, Cuba y hasta en Egipto, donde 15 o 20.000 militares rusos aguantan el sacro estandarte del Islam frente al de Israel.

En suma, la retrogresión del troskismo fue originada por su ruptura con el internacionalismo, no por el error de Trosky tocante a la naturaleza del sistema ruso, cual afirman críticos livianos. La defensa práctica y teórica de aquel exigía durante la guerra mundial y continua exigiendo hoy una rectificación terminante de la idea de Estado obrero degenerado y de cuantas presuposiciones la engendraron. Por el contrario, ni la defensa de Rusia ni la de cualquier país stalinista puede practicarse sin dar esquinazo al internacionalismo, es decir, al proletariado mundial, para ir a enrolarse a las órdenes de los enemigos de ese mismo proletariado.

G. Munis. «Análisis de un vacío», 1971-72

La ruptura de la Internacional y la salida de su tendencia internacionalista coincide con el momento en que en el programa de ésta está culminando la fase abierta con la formación de la Izquierda Comunista Internacional en 1929-30:

  • El programa de transición ha sido podado de todas las derivadas de la concepción de la propiedad estatal como elemento socialista o tendente al socialismo, una concepción heredada de la III y la II Internacionales.
  • La naturaleza del stalinismo y de la burocracia se han ido aclarando en la crítica y superación del concepto de estado obrero degenerado y la consideración de la Rusia stalinista es ya la de un capitalismo de estado imperialista.
  • El programa de la III Internacional, por su parte ha visto podarse el control obrero y la inmediata posguerra ha hecho necesaria una crítica de la táctica del frente único con socialdemócratas y stalinistas integrados ya de forma definitiva en el estado.
  • La imposibilidad de liberación nacional, ni hablar de liberación nacional progresiva no contradictoria con la clase trabajadora en los países coloniales, ha quedado clara en China primero y en Vietnam después.

La crítica de la naturaleza obrera del stalinismo y la afirmación, por primera vez, de un programa que toma como base lo que es distintivo del capitalismo en decadencia, marca que está culminándose la labor de la etapa de Izquierda Comunista abierta por Trotski en 1929. Queda todavía, sin embargo, un elemento importantísimo para la definición de la táctica comunista: los sindicatos. Pero su debate, que comienza ya al final de la guerra, tendrá que desarrollarse en un nuevo marco internacional.

Reanudamos, porque nunca interrumpimos

La ruptura, adelantada en el II Congreso, se hace formal en el VII Pleno de abril de 1949. En septiembre se hace pública y definitiva con la publicación de la Explicación y llamamiento a los militantes, grupos y secciones de la IV Internacional de la sección española.

El Llamamiento congrega a su alrededor a militantes de todo el mundo: vietnamitas que están refugiándose en Francia tras la persecución y masacre a manos de los stalinistas con la complicidad del gobierno colonial francés, como Ngô Văn; franceses que provienen de los grupos que han intentado practicar el derrotismo revolucionario durante la ocupación y en la Francia de Vichy, como Maximilen Rubel, la corriente Pennetier-Gallienne del trotskismo francés con militantes conocidos como Sonia Gontarbert, Sophie Moen o Edgar Petsch. Contando a Munis y Benjamin Peret -que han vuelto desde México- y al núcleo de militantes españoles que vienen la lucha durante la revolución española y que en ese momento están refugiados en Francia -Esteban Bilbao, Jaime Fernández, Paco Gómez, Agustín Rodríguez- el agrupamiento suma más de medio centenar de personas solo en Francia. Pronto se acercarán el Partido Obrero Comunista de Italia y fracciones revolucionarias de México, Dinamarca, Yugoslavia, Grecia y Alemania.

Publican un Manifiesto que concluye afirmando que:

La crisis de la sociedad actual es la crisis revolucionaria más importante y decisiva de toda la historia de la Humanidad. Hasta el presente, la evolución social y las revoluciones que la han confirmado y desarrollado siempre han llevado al ascenso al poder de una nueva clase dominante. Pero la evolución, las revoluciones, la decadencia y los renacimientos anteriores han producido todos los elementos materiales y humanos necesarios para poner fin a toda explotación de una clase por otra y permitir al Hombre enfrentarse, sin divisiones sociales, al mundo exterior, a la Naturaleza y ponerlos a su servicio. El instrumento de esta convulsión social es el proletariado, la clase obrera que no puede ser emancipada por la opresión de otra clase, sino sólo por la liberación de toda la Humanidad. Hace un siglo el proletariado comenzó su heroica lucha revolucionaria, pero desde entonces siempre ha sido traicionado por las organizaciones que lo habían llamado a la lucha por la revolución. La Primera Internacional sólo señaló el camino antes de su disolución; la Segunda Internacional saltó repentinamente al campo del capitalismo en 1914 después de un largo período de adaptación burocrática y parlamentaria; la Tercera Internacional, que realmente representó la revolución mundial durante unos años, se transformó rápidamente en un instrumento externo de la contrarrevolución rusa y su traición fue, por esta misma razón, infinitamente más grave que todas las anteriores. Pero la traición de estas organizaciones, principalmente las llamadas organizaciones comunistas que durante mucho tiempo usurparon el prestigio de la revolución rusa, no fue sólo una deserción en medio de la batalla, sino que significó que toda la fuerza orgánica e ideológica de estas organizaciones estaba al servicio de la contrarrevolución mundial, sin importar las rivalidades imperialistas. A partir de entonces, estas organizaciones, desde un factor revolucionario, se transformaron en un factor conservador, convirtiéndose en auxiliares de la policía, los tribunales y el Estado en general. Así, el proletariado se encuentra encuadrado en organizaciones comunistas, socialistas y sindicales cuyo objetivo último es ayudar a la policía, al ejército, a los tribunales y al Estado a hacer imposible la revolución proletaria. Esto es todo lo que impide que el proletariado se rebele y permite que el capitalismo arrastre una existencia decadente.

El capitalismo de hoy sólo ofrece a la sociedad un futuro más oscuro, un futuro de guerras, un régimen policial y burocrático dirigido por fascistas, stalinistas o ambos, una degradación continua del nivel de vida y de la cultura, una esclavitud acentuada de los trabajos en cadena sin sentido y de los campos de trabajos forzados, la destrucción de la cultura y del conocimiento técnico por medio de la tecnología misma (bomba atómica), el hundimiento de la Humanidad en una nueva barbarie. Ya no tiene derecho a existir. Todas las energías del proletariado y de las clases explotadas en general deben apuntar a un solo objetivo: su destrucción.

En realidad, sería una tarea relativamente fácil si el proletariado sólo tuviera que derrotar a los capitalistas individuales y a las fuerzas armadas de su estado. Clase contra clase, revolución contra reacción, la victoria pertenecería indudable y rápidamente al proletariado, ya que la burguesía está degenerada y, psicológicamente, se sabe vencida de antemano. Pero las fuerzas del orden y la contrarrevolución han encontrado nuevas fuentes de irradiación y están sacando nuevas energías de las organizaciones que un día fueron de los trabajadores. Los antiguos partidos socialistas ya no son, como decía Blum, más que los leales gestores de los asuntos capitalistas y los llamados partidos comunistas (en realidad, los partidos más anticomunistas que existen) sólo son los representantes leales y los gestores de la contrarrevolución rusa, como han demostrado en muchas ocasiones y admitido en cientos de declaraciones. Vinculado a la democracia burguesa, el reformismo socialista degenera con ella; vinculado a la contrarrevolución rusa, el stalinismo se corrompe con ella y vivirá, o perecerá, con ella. Pero la característica de la contrarrevolución rusa es la concentración y exacerbación de la vieja explotación capitalista en manos del Estado, lo que produce una concentración de violencia, de los métodos policiales y burocráticos del totalitarismo, que el capitalismo tradicional nunca ha logrado ni siquiera con Mussolini, Hitler o Franco. En efecto, el régimen existente en Rusia concentra en sus manos la propiedad de los medios de producción y, en consecuencia, la explotación y la violencia judicial y policial que salvaguardan los dos primeros, hasta un punto que la historia nunca ha conocido, incluso en el declive del antiguo Egipto y de la Roma imperial. La propiedad privada de los medios de producción, un signo del viejo capitalismo, ha dado lugar en Rusia, bajo la égida de la contrarrevolución stalinista, a la propiedad capitalista por parte del Estado, que transfiere todo el poder y la mayor parte de los beneficios de la explotación a las manos de los burócratas stalinistas. En los países de Europa Occidental, particularmente en Francia, son los partidos stalinistas y sus burócratas sindicales (CGT) los que tienen el control de la clase obrera y se imponen a ella por todos los medios, desde la demagogia hipócrita en nombre del socialismo y la Revolución rusa, hasta la coerción en todas sus formas en las fábricas y el asesinato de revolucionarios. Sabiendo que la evolución natural del capitalismo (concentración automática de la propiedad en la propiedad estatal) favorece sus intereses, el stalinismo pretende afirmar la dominación de sus burócratas sobre la clase obrera para imponerse a los capitalistas individuales como el mejor representante del capitalismo en general, es decir, como el mejor defensor del sistema que consiste en hacer trabajar a las masas en beneficio de los privilegiados, en mantener la separación del Hombre de los medios de producción, como salvador de todas las fuerzas podridas del orden en general, frente al desorden y la anarquía de las masas rebeldes.

Así, el verdadero enemigo del proletariado y de la revolución social no está constituido principalmente por los capitalistas individuales, a quienes el proletariado podría derrotar con una simple bofetada, ni por su policía, su ejército, sus tribunales totalmente desacreditados y prostituidos, sino por los cuadros políticos y sindicales stalinistas que sustituyen al Estado, donde es incapaz de cumplir su tarea: mantener a la clase obrera en escepticismo y desmoralización. Actualmente, en nuestra época de degeneración del capitalismo, son los verdaderos representantes del Estado. Sin embargo, la tarea histórica más importante del proletariado es destruir la maquinaria estatal, tarea sin la cual la revolución social nunca será.

De ello se deduce que, sin destruir el poder stalinista en tanto que partido y burocracia sindical (CGT) y el de la burocracia reformista (CGT-FO) o sus contrapartes en los demás países, el proletariado está condenado a la impotencia y la esclavitud, no habrá revolución social, sino decadencia y barbarie.

El gran problema de esta época, la terrible tragedia del proletariado, consiste precisamente en la contradicción temporal entre la madurez más que completa de las condiciones históricas, objetivas y subjetivas, de la revolución social y su incapacidad orgánica y práctica para llevarla a cabo. Por lo tanto, la unión entre las posibilidades y los hechos históricos sólo puede lograrse mediante una organización revolucionaria del proletariado. Es a esta tarea a la que nosotros, Unión obrera internacionalista, pretendemos contribuir. Todas las pequeñas organizaciones que existen fuera del reformismo y el stalinismo se han mostrado impotentes para reunir al proletariado bajo una bandera combativa, incluidas las organizaciones oficiales de la IVª Internacional de la que acabamos de salir. La IVª Internacional no ha mantenido integralmente las tradiciones del internacionalismo proletario y sigue apoyando la defensa de Rusia sin ver que la contrarrevolución se ha llevado a cabo plenamente allí. Constituye así una izquierda del stalinismo en todos los países. De esta manera, la IVª Internacional Oficial sólo anula su propio potencial revolucionario. Esto es lo que dio origen a nuestro movimiento, la Unión Obrera Internacional, que tiene como objetivo organizar al proletariado francés, europeo y mundial para lograr su gran meta histórica: la revolución socialista.

Manifiesto de la Unión Obrera Internacional. París, 1949

La organización hace esfuerzos notables: comienza la publicación de prensa por las secciones y de una revista internacional, establece relaciones con grupos que se mantuvieron fieles al internacionalismo durante la guerra, debate vivamente con alguno de ellos, como Socialismo y Barbarie.

En 1952 Benjamin Péret comienza la publicación de un debate con anarcosindicalistas internacionalistas sobre la naturaleza de los sindicatos. Es la base de lo que en 1960, se publicará, junto con una serie de artículos posteriores de Munis como Los sindicatos contra la revolución. No toda la UOI comparte la evolución antisindical de la sección española, los italianos y especialmente los franceses están involucrados en el las estructuras sindicales de base. No podrá sin embargo hacerse un debate como hubiera sido necesario.

La sección española está cada vez más volcada en la creación de una estructura clandestina en la península. Péret, haciéndose pasar por viajante comercio francés, ha hecho varios viajes y despertado a antiguos compañeros de la ICE y el GBLE. Los esfuerzos tienen un primer éxito con una destacada intervención del grupo en la huelga de tranvías del 51 en Barcelona. Deseoso de reforzar la presencia, Munis, Costa y algunos otros quieren pasar clandestinamente al interior. Bilbao, viejo fundador del primer PCE, que es el mayor de todos en edad, lo considera aventurerista e irresponsable y se opone con dureza. Finalmente la policía española desarticula el grupo entero en diciembre de 1952. Munis es condenado a diez años y Costa a ocho, el resto de militantes tan solo a uno porque ninguno de entre todos canta durante las torturas. El grupo no comenzará a recuperarse de la caída hasta 1957 cuando, Munis salga de prisión con libertad provisional y escape a Francia.

Mientras tanto la UOI si no desaparecida formalmente, en la práctica está cada vez más falta del empuje. Las diferencias sobre los sindicatos llevarán a la salida del grupo francés que se reorientará hacia el sindicalismo y del vietnamita que evolucionará en los años hacia el consejismo. El grupo no se reconstituye hasta 1957-58 de la mano, de nuevo, de la sección española.

Nace el Fomento Obrero Revolucionario (FOR), sigla que se mantendrá hasta nuestra década y que en el número 1 de su boletín en español se presentaba así:

Ideológicamente no empezamos, sino que reanudamos, porque nunca interrumpimos. Venimos de muy lejos, desde el primer tiempo en que hubo hombres sublevados; vamos de camino, mucho más lejos todavía. Entroncamos con los revolucionarios más cabales de antaño y suscitamos ya los de mañana. De idea en idea, de hombre en hombre, somos el instante imperecedero de la energía reivindicativa del individuo a través de la historia, el continuo afirmativo de las exigencias humanas frente a las contingencias del reaccionario acaecer político. Ser hombre, en nuestra época más perentoriamente que nunca, es comportarse revolucionariamente. Nosotros ejercemos nuestro oficio de hombres sin trapacerías, tembliques ni adulteraciones. Así pues, no empezamos, continuamos; lo que empieza es nuestra publicación, Alarma, y una jornada nueva en el persistente duelo contra la tétrica reacción española.

Somos hombres de la guerra civil y hombres de después, unidos por un ideario que sobrepasa las fronteras, que las suprime ya virtualmente, requisito indispensable a la acción socialista hoy. Buena parte de nosotros, los veteranos y los nuevos, hemos conocido las prisiones de la España sagrada; algunos también las de la policía rusa. Ninguno somos arrepentidos, ni del franquismo ni del stalinismo. La tiranía, la explotación, no nos engañaron nunca, aun embozadas de comunismo o de democracia.

Nuestro abolengo político viene desde Marx y Engels, la Primera Internacional, los años revolucionarios de la Segunda y la Tercera, Liebknecht, Luxemburgo, Lenin, Daniel de León, Trotsky, la oposición a la contrarrevolución stalinista en Rusia. Por los acontecimientos entroncamos con la Comuna de París, la revolución rusa del 17, la alemana del 18-23, los centenares de miles de hombres asesinados por el actual sistema ruso, en su destrucción de las tendencias revolucionarias; con la insurrección española del 19 de julio de 1936 frente a la reacción clérigo-militar y la insurrección de mayo de 1937 contra stalinismo y Frente Popular; con las centenas de millares de hombres asesinados por el franquismo. Reivindicamos igualmente la acción insurgente del proletariado alemán, polaco, húngaro, etc., contra los régulos de Moscú.

Por sí solo, lo dicho comporta un programa revolucionario sin mitigaciones, programa cuya amplitud, facetas y modalidades tácticas se deduce de este hecho, consecuencia de la historia reciente: Washington y Moscú, Moscú y Washington son factores simétricos y complementarios de la contrarrevolución mundial. Necesitamos decirlo de la manera más inequívoca posible, porque nosotros no jugamos al demócrata anti-franquista. Aspiramos a agrupar hombres revolucionarios, no figurantes de tablao. Nuestro anti-franquismo perfora hasta las raíces del sistema, y nuestra exigencia de libertad, inconforme con ficciones jurídicas, reclama la igualdad económica. No tenemos nada que ver, ni aceptaremos tenerlo jamás, con los anti-franquistas de inspiración rusa, que nos deparan otra tiranía, ni con los demócratas aroma Washington, que para competir con Rusia nos proponen unas libertades secreteadas en los confesionarios y apuntaladas en las bases americanas. Si hace 26 años la victoria de Franco se debió a la colusión de Stalin, Roosevelt y Hitler contra la revolución obrera, hoy que el siniestro bufón pierde pie, cuando el proletariado reanuda su actividad y el capitalismo español zozobra de nuevo, nosotros consideramos obligación primera alertar contra toda política que incline a Washington o a Moscú.

El triunfo de Franco no ha invalidado ninguno de los factores sociales que produjeron la gran conmoción revolucionaria del decenio 30, antes al contrario, los ha ensanchado y exacerbado.[...]

Lo que los acontecimientos nos traen de nuevo, es la contraposición irreductible entre la revolución socialista, necesidad inmediata, y la conservación del capitalismo en cualquiera de sus formas, en el fondo la misma gran contienda que el decenio 30, pero mucho más premiosa. Nos importa dejarlo sentado desde ahora y con tanta mayor netitud cuanto que la revolución encuentra otra vez atravesados en su camino los mismos partidos que durante la guerra civil la hicieron recular en beneficio de Franco. Pero ahora todo es más descarado: esos partidos quieren, buscan, tienen adquirida en parte la alianza directa de elementos franquistas, militares, clericales, falangistas. [...]

En el fondo de la crisis política española no hay nada más que la necesidad de revolución socialista, reafirmémoslo. Soterrada por largos decenios de teocracia y soldadesca, renegada, descarriada o carnavalescamente disfrazada por hombres y organizaciones que deberían auspiciarla si sus designaciones no fuesen falsas, esa necesidad sigue presente y el dilema es inconcuso: ella o cualquier tiranía en la gama que va de Moscú a Washington.

Empezando, 1958

La muerte, casi inmediata, en 1959 de Bilbao y Péret, supone un golpe muy duro para el grupo español. Munis mismo está a punto de ser entregado a las autoridades españolas y vive clandestinamente a caballo entre París, Génova y Milán en una situación sumamente precaria. A pesar de todo, se constituye el núcleo M, el ejecutivo de la organización (Munis, Costa, Paco).

En 1960 en una imprenta milanesa se publicarán Los sindicatos contra la revolución y en 1961 Pro Segundo Manifiesto Comunista, verdadero resumen programático de todo lo aprendido por la vanguardia de clase desde 1929.

Al núcleo M se unirán varios núcleos en París y Sur de Francia primero y en Asturias (Núcleo Felix Galán, en honor al revolucionario de la Llerena de la ICE) después. Este último tendrá una intervención activa en las protestas y huelgas mineras asturianas de 1961 y 1962 -un nuevo eclosionar de asambleas y comités, llamados ahora comisiones obreras7-, que abren un periodo de ascenso de lucha de clases que, arrancando entonces en España, se extenderán por el mundo hasta finales de los años ochenta.

A partir de 1970, desarrollará nuevos núcleos en España (Barcelona), Francia, Italia, Grecia y un grupo de simpatizantes en la costa Oeste de EEUU. Todos ellos desarrollando publicaciones más o menos regulares. La expulsión del inmaduro núcleo barcelonés en 1988, marcará sin embargo el paso a una nueva fase de debilitamiento pareja al callejón sin salida al que ha llegado la lucha de clases globalmente.

Solo la sección francesa seguirá activa durante la siguiente década, abandonando las publicaciones en papel en 1993 y pasando a publicar exclusivamente en su web hasta 2006. Ese año comienzan una serie de iniciativas de reconstitución alrededor de FOR-continuité en Francia y a partir de 2017 en España, que acabarán en 22 de junio de 2019 con la fundación de Emancipación como organización política mundial e internacionalista.

Apéndices

1. El PCE de la fundación a su stalinización completa

La historia de la burguesía y el capitalismo español es paradójica. Comienza probablemente antes que en ningún otro lugar de Europa, o al menos bajo las mejores condiciones. Tras la conquista de América y la apertura de redes comerciales regulares en distintos regímenes de monopolio compartido con la corona, una parte de la burguesía comercial crece al amparo del nuevo imperio. Todo parecía dado para un arranque fulgurante del ciclo de acumulación capitalista. Jerónimo de Ayanz inventa la máquina de vapor en 1606 para aplicarla a la minería, se prodigan los «ingenios»... Pero la pujante economía manufacturera burguesa de las villas castellanas, que ya en 1520 pudo plantear la primera revolución burguesa del continente y que hubiera podido crear la primera nación europea, había muerto ahogada en el flujo de metales preciosos que el viejo sistema feudal necesitaba como el aire.

Ningún otro estaba en esa época (fines del siglo XV) tan uniformemente preparado como España, para lanzarse al torbellino de la acumulación capitalista que siguió al descubrimiento de América y de la ruta de la India doblando el África; ningún otro tampoco, salió tan quebrantado de la empresa. Mientras Holanda e Inglaterra, Francia y Alemania en menor grado, se enriquecían y hacían de la extensión del comercio la base de su prosperidad y primacía en los siglos posteriores, España se arruinaba, se despoblaba, perdía sus conocimientos técnicos, desaparecía su industria, quedaban baldíos los campos, deshabitadas las ciudades, o superpobladas las de la costa sur por un gentío en el que dominaba sobre el artesano y el mercader, el buscón que inspiró obras maestras.

G.Munis. «Jalones de derrota, promesas de victoria», 1947

Es más, a grandes rasgos se puede decir que si no emerge entonces la nación, esto es, la dirección efectiva de la sociedad por la burguesía alrededor de un mercado propio, es porque el flujo de metales desde América debilita a la burguesía hasta su postración total.

La decadencia de España no es otra cosa que una bancarrota gigantesca producida por la primera crisis del capitalismo, al experimentar el choque económico de los descubrimientos geográficos. Aún no sólidamente instalado el sistema manufacturero, los cargamentos de oro y plata de las Indias vertiéronse sobre la península produciendo una violentísima conmoción, que la estructura económica del país no pudo resistir. Defendióse durante algún tiempo, el imperio se extendió aún y vivió o vegetó por siglos, pero la bancarrota económica era ya total a la muerte de Felipe II, y desde muchos años antes la sociedad se descomponía en su base. Los esfuerzos de las clases progresivas para nivelar la organización política con la nueva situación económica, fueron vencidos uno tras otro y la parálisis se instaló en el cuerpo social para un largo período que aún no ha terminado por completo.

G.Munis. «Jalones de derrota, promesas de victoria», 1947

La postración de la burguesía española frente a las viejas clases señoriales posterga la constitución de la nación y convierte el siglo XIX en un asalto agónico por imponer su realidad.

El siglo XIX en España es, desde las Cortes de Cádiz (1810), el siglo de la revolución burguesa. Pero tras el empuje original, que da lugar a las constituciones liberales de 1812 -«la Pepa»- y 1833, la burguesía española se da cuenta de que no tiene fuerza suficiente para imponer un nuevo orden frente al absolutismo si no es aliándose con los sectores aristocráticos que apoyan a la reina Isabel, contra su tío Carlos. La forma política del núcleo de esta alianza, el «moderantismo», estaba contrapesado a la izquierda por el partido progresista, representación de las clases medias urbanas. El partido progresista se hará con el poder tras la revolución de 1854 que abrió el «bienio progresista» y puso a Espartero en el poder. El bienio mostró la incapacidad de la pequeña burguesía y los sectores democráticos para consolidarse y llevar hasta el final la revolución burguesa. Cuando en 1856, con el apoyo de Napoleón III, O’Donell da su golpe de estado, todo el aparato «revolucionario» cae sin resistencia como un castillo de naipes.

Espartero desertó. Abandonando a las Cortes, las Cortes a los dirigentes, los dirigentes a la clase media, y ésta al pueblo. Esto da una nueva ilustración sobre el carácter de la mayor parte de las luchas europeas de 1848-1849 y de las que ha habido desde entonces en la parte occidental de dicho continente. Por un lado, existen la industria y el comercio modernos, cuyos jefes naturales, las clases medias, son enemigos del despotismo militar; por otro lado, cuando las clases medias emprenden la batalla contra este despotismo, entran en escena los obreros, producto de la moderna organización del trabajo, y entran dispuestos a reclamar la parte que les corresponde de los frutos de la victoria. Asustadas por las consecuencias de una alianza que se le ha venido encima de este modo contra su deseo, las clases medias retroceden para ponerse de nuevo bajo la protección de las baterías del odiado despotismo. Este es el secreto de la existencia de los ejércitos permanentes en Europa, incomprensible de otro modo para los futuros historiadores. Así, las clases medias de Europa se ven obligadas a comprender que no tienen más que dos caminos: o someterse a un poder político que detestan y renunciar a las ventajas de la industria y del comercio modernos y a las relaciones sociales basadas en ellos, o bien sacrificar los privilegios que la organización moderna de las fuerzas productivas de la sociedad, en su fase primaria, ha otorgado a una sola clase. Que esta lección se dé incluso desde España es tan impresionante como inesperado.

Carlos Marx. La Revolución en España, 1856

Las clases medias, la pequeña burguesía, habían quedado doblemente pinzadas. Pinzadas políticamente entre el naciente proletariado que le aterrorizaba y la alianza «moderada» y monárquica de la vieja burguesía, la burocracia isabelina y el latifundismo aristocrático. Pero sobre todo pinzadas económicamente, pues sin la revolución no podría generar las bases económicas de su propia transformación en burguesía industrial. Hay que pensar que aunque el bienio liberal acabó con las aduanas interiores sentando las bases de una unidad de mercado que sellaría la abolición de los fueros vascos (1876), en la práctica España es entonces un país de pueblos incomunicados, con una red de caminos mínima: todavía en 1931 solo un 30% de la población española vivía en una población con acceso por carretera. La red de ferrocarriles al mismo tiempo es inconexa y, desde el principio, orientada a la exportación, es decir, sometida a las necesidades de Gran Bretaña y en menor medida de Francia. Solo en las regiones costeras (Málaga, Santander) y cercanas a la frontera (Barcelona, Vizcaya) la pequeña burguesía podrá dar un raquítico salto industrial por su cuenta que décadas más tarde cuajará en las desigualdades regionales que persisten hasta hoy.

En la segunda mitad del siglo XIX esta impotencia histórica hará a la pequeña burguesía española republicana, pues no tenía nada que esperar de cualquier alternativa monárquica sostenida por la burguesía aristocratizada. Pero también la dividirá entre «federales» y «unitarios». Los unitarios siguen manteniendo la posibilidad de articular el país en un único mercado, creando un estado centralizado para culminar la revolución. Los federalistas en cambio apuestan por consolidar legalmente el poder donde ya lo tienen o pueden tenerlo, en las capitales comerciales costeras, dividiendo el país en una serie de cantones soberanos y básicamente independientes. La diferencia hará saltar por los aires a la débil I República, resucitando de paso y por última vez el fantasma del alzamiento carlista y mostrando hasta el ridículo el carácter centrífugo e impotente de la pequeña burguesía radical localista española cuando el cantón de Cartagena solicite a EEUU ser anexionado por la potencia ultramarina8.

El régimen de «la Restauración» que se instala con Alfonso XII tras la derrota del alzamiento cantonal, desarrollará durante medio siglo la fusión entre las clases tardo-feudales y la burguesía que se venía insinuando desde el moderantismo. El régimen tuvo, desde el principio, la vocación de unificar a la clase dominante en un único cuerpo social. Partía de un hecho: la desarticulación territorial del país se calcaba a la estructura de clases entera. No solo la pequeña burguesía sufría la atomización, también la burguesía. Por eso necesitaba de la monarquía.

La preponderancia de las tendencias centrífugas sobre las centrípetas, tanto en la economía como en la política, ha privado de base al parlamentarismo español. La presión del gobierno sobre los electores ha tenido un carácter decisivo: durante todo el siglo pasado, las elecciones daban invariablemente la mayoría al gobierno. Como las Cortes dependían del ministerio de turno, el ministerio mismo caía de un modo natural bajo la dependencia de la monarquía. Madrid hacía las elecciones y el poder caía en manos del rey. La monarquía era doblemente indispensable a las clases dominantes desunidas y descentralizadas, incapaces de dirigir el país en su propio nombre. Y esa monarquía, que reflejaba la debilidad de todo el Estado, era -entre dos sublevaciones- suficientemente fuerte para imponer su voluntad al país. En suma, el sistema estatal de España puede ser calificado de absolutismo degenerativo limitado por pronunciamientos periódicos.

León Trotski. La revolución española y la táctica de los comunistas, 1931

Esta «España invertebrada» llegará a su cénit en 1898. La guerra con EEUU marcó para la burguesía española un antes y un después. No por la «pérdida» de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en sí, cuyo impacto económico fue mucho menor del lamentado por la propaganda oficial. Sino sobre todo porque evidenció el fracaso de la nacionalización del campesinado y el proletariado. Las clases populares no solo no secundaron la guerra sino que no fueron permeadas por el fervor nacionalista de la pequeña burguesía. Para esta clase la guerra fue el desastre, la confirmación dolorosa de que el empuje de la nacionalización de las clases subalternas, el último resto que quedaba a la burguesía de su proyecto revolucionario, había fracasado.

Empieza entonces ese nacionalismo victimista y autodenigratorio que sigue apareciendo hoy en los discursos de la izquierda pequeñoburguesa. Aparecen también el nacionalismo vasco y el catalán, como formas alternativas de asegurar la identificación nacional de los trabajadores. La misma monarquía se asusta y, por fin, tras décadas de cesión rutinaria a la Iglesia, toma en sus manos el sistema educativo, enfrenta el analfabetismo y crea, más allá del papel, la escuela pública universal prometida por todos los gobiernos desde el bienio progresista.

Las limitaciones de la mirada «educacionista» del nacionalismo español emergerán pronto. En 1909 una insurrección obrera responderá a las levas forzosas para la aventura colonial marroquí. Es la Semana Trágica. La sección española de la IIª Internacional, el PSOE nacido en 1879, legitimará los aires revolucionarios del nacionalismo de la pequeña burguesía, presentándose por primera vez en una lista común con sus partidos a unas elecciones en la «conjunción republicano-socialista». El relato socialdemócrata tras la conjunción exageraba el componente feudal de las clases dominantes, invisibilizaba a la burguesía real y presentaba a la pequeña burguesía republicana como una suerte de burguesía revolucionaria. Lejos de ser así, la pequeña burguesía se irá desvaneciendo progresivamente entre un proletariado que en 1912 es capaz de organizar por primera vez una gran huelga nacional -la de ferroviarios- y una burguesía que va a transformarse profundamente con la guerra mundial.

La Guerra Mundial transformará profundamente España. Los sectores extractivos -sobre todo la hulla y el hierro- conseguirán multiplicar sus pedidos; pero la siderometalurgia y el naval cantábricoss consiguen resultados realmente extraordinarios. El capital español por primera vez disfruta de una acumulación que, en un mundo en guerra, solo puede reinvertir en sí mismo.

Siguiendo la tendencia a la formación de monopolios y concentraciones de capital propia del imperialismo, los grandes capitalistas industriales toman el poder de los bancos que a su vez se convierten en propietarios de los grupos industriales y de grandes latifundios que explotarán mediante la primera industria masiva de agrotransformación. La burocracia del estado, ya muy entrenada en pasteleos, se une por primera vez a los consejos de administración y engrasa la coordinación entre el capital, el campo y el aparato político. El Madrid por el que se abre paso la Gran Vía, celebra las sedes bancarias como nuevas catedrales. El capitalismo español cobra por primera vez volumen cuando la hegemonía está pasando ya al capital financiero. Pasa directamente de la incapacidad para crear un mercado nacional unificado viable, al capitalismo de estado.

Y mientras la burguesía española está recibiendo nueva sangre y convirtiéndose en burguesía de estado, el proletariado se está convirtiendo por primera vez en un sujeto político independiente. Durante el llamado «trienio bolchevique» (1917-19), el impacto de la Revolución Rusa se conjuga con las condiciones impuestas por la producción de guerra en una movilización permanente y cada cada vez más potente. Por primera vez se apunta la superación de las limitaciones de un anarcosindicalismo sin estrategia y de un PSOE empeñado en llevar las luchas hacia la República como si la historia no hubiera avanzado y estuviera a la orden del día una revolución democrático-burguesa que abriera paso a un ya utópico capitalismo liberal.

La guerra europea, que estalló en los primeros días de agosto de 1914, y que más tarde rebasaría los límites de nuestro continente y sería la primera guerra mundial, tuvo considerables repercusiones en España. De entrada, se produjo una notoria escasez de aquellos productos de los que nuestro país era importador. Después, en un proceso de signo inverso, los países beligerantes comenzaron a adquirir en España todo lo que les era necesario y hallaron aquí, y no solo productos del campo, sino también industriales. A consecuencia de ello, la industria nacional conoció una actividad inusitada, sobre todo en algunos ramos de la producción. Comerciantes, industriales y navieros obtuvieron pingües beneficios, que repercutieron muy poco en los salarios de los trabajadores, en tanto subía sin parar el nivel de los precios a lo que contribuía el acaparamiento masivo de víveres, y aun de otros productos, realizado con el fin de provocar su escasez y, con ella, una elevación de precios. Y así fueron creciendo como bola de nieve, el descontento y el malestar entre los trabajadores y aun en otros sectores de la sociedad que se consideraban situados por encima de la clase obrera.

Esta situación dio lugar a que se estableciese un pacto de acción común entre las dos centrales sindicales: UGT y CNT, el primero que a lo largo de su historia se establecía entre ellas. Tras una campaña de mítines, realizados en toda España, para reclamar del Gobierno medidas que frenasen el alza de los precios y la agravación de las condiciones de vida de los trabajadores, se llegó, el 18 de diciembre de 1916, a una huelga general de veinticuatro horas en toda España. Y como los poderes públicos siguieron sin abordar siquiera el problema, en marzo de 1917 las dos centrales sindicales decidieron preparar una huelga general nacional de duración indefinida. El Gobierno hizo detener y un juez encarceló y procesó a los firmantes del manifiesto en que se hicieron públicos los acuerdos adoptados. Surge en Valladolid, como respuesta a la acción del Gobierno, una huelga general que da lugar a enfrentamientos sangrientos entre obreros y Policía y Ejército. Los detenidos en Madrid son puestos en libertad.

Por estas mismas fechas, el pueblo ruso derriba el régimen zarista. Y pocas semanas después, el 1 de junio, los españoles conocen el manifiesto de las Juntas de Defensa Militares, en el que se expresan anhelos que difusamente comparten amplios sectores de la clase media y de la pequeña burguesía. El ejemplo de los oficiales del ejército es seguido por otros sectores del país; tras ellos constituyen sus juntas de defensa los sargentos, los guardias de seguridad, los funcionarios públicos, -particularmente los de Correos, Telégrafos y Hacienda-, los jueces, hasta hubo una tentativa de crearlas en el clero. El Gobierno, que, después de tolerarlas durante un tiempo, había decidido enfrentarse a las Juntas de Defensa Militares y hecho arrestar a sus directivos, hubo de capitular ante un ultimátum de los cuartos de banderas y poner en libertad a los arrestados. Se abre entonces una situación revolucionaria, que hace correr grave riesgo a la monarquía de Alfonso XIII, salvada más que por su propia fuerza por la impreparación e irresolución de sus adversarios. La Lliga Regionalista de Cataluña, expresión política de la burguesía catalana, cuyo poder económico había crecido considerablemente gracias a la guerra , pretende intervenir directamente en el gobierno del Estado, y habiéndose negado éste a reunir las Cortes, como se le había pedido, toma la iniciativa de congregar a los parlamentarios de la oposición de Barcelona el 19 de julio. El Gobierno hace disolver la reunión, sin que ni el gobernador civil ni los parlamentarios pierdan los buenos modales. Antes de que terminase el año, la Lliga entró a formar parte del Gobierno, que era, en suma, lo que se proponía.

Con motivo de esta asamblea de parlamentarios, y por solidaridad con ella, se produce en Valencia una huelga general en la que participan los ferroviarios de la red del Norte. La compañía despide a un grupo de ellos, lo que provoca una acción de solidaridad de sus compañeros. Los ferroviarios del Norte van a la huelga general el 10 de agosto y arrastran, antes de los previsto, a todo el proletariado español tres días más tarde. La lucha, que tiene clara finalidad política, se mantiene durante una semana, y en Asturias hasta finales del mes. Hay numerosos muertos y heridos y gran cantidad de encarcelados. La represión es muy dura, aunque no de larga duración. Los miembros del comité que, por parte de la UGT y del Partido Socialista, asume la dirección del movimiento son condenados a reclusión perpetua. Elegidos, primero, concejales en Madrid, y después diputados, menos de nueve meses después de ser apresados son amnistiados y ocupan sus escaños en el Parlamento.

En noviembre de 1917 en Rusia, y por primera vez en la Historia, la clase trabajadora había conquistado el poder en un gran país, hecho que tendría en todo el mundo, y también por tanto, en España, enormes repercusiones.

En 1918, una huelga general de funcionarios de Correos, Telégrafos y Hacienda pone al rey al borde de la abdicación. En este mismo año y en el siguiente, en toda España, pero particularmente en Cataluña, la clase obrera sostiene batallas heroicas. En Andalucía, los obreros agrícolas luchan a su vez con vigor indomable. Pero la represión en todo el país y en Cataluña, el terrorismo iniciado por la organización patronal sirviéndose de bandas de mercenarios, y más tarde institucionalizado, contiene primero y rechaza después la ofensiva del proletariado.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

¿Cómo responde tanto a la guerra como a la movilización de la clase su partido, La primera reacción no fue el internacionalismo revolucionario, pero sí tuvo, al menos, un sano instinto anti-imperialista y anti-militarista.

Declarada la guerra, el Comité Nacional, sin consultar al Partido por lo urgente del caso, publicaba -2 de agosto- un manifiesto en el que se señalaban al capitalismo y al imperialismo como responsables de la guerra; se indicaba que nuestro país sufriría las consecuencias por la paralización de la producción y circulación que originaría la guerra, aun en el caso más favorable, que era el de la no intervención, y se hacía un llamamiento a la clase trabajadora para que celebrase actos de protesta y formulase las siguientes peticiones:

La paz entre los pueblos y, como consecuencia, el término de la guerra de Marruecos. Que el Gobierno español expresase a las demás naciones el deseo de nuestro país de que se resuelvan por procedimientos pacíficos las diferencias entre las naciones. Y en el caso de que los países principalmente interesados se lanzasen a la guerra, mantuviera España la más estricta neutralidad, sin dejar por esto de hacer cuando pudiera para poner término a la lucha.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Sin embargo, esta posición se vería pronto matizada por la expresión del deseo del triunfo aliado de Pablo Iglesias, fundador y secretario del partido. El tal deseo no era más que la proyección internacional de la conjunción republicana y la tradicional supeditación al partido francés, que había caído de pleno en el socialpatriotismo.

Cuando estalló la guerra europea [Pablo Iglesias] dijo clara su opinión, que era la de la mayoría del partido, no de todo él:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral; pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para los pueblos. Nuestro criterio respecto de la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de nuestra causa.

Juan José Morato. Pablo Iglesias educador de muchedumbres, 1931

La verdad es que el partido español estaba prácticamente aislado en la IIª Internacional. Muy pocos leían alemán, la lengua de los grandes debates socialistas. Los únicos actos en común con otros partidos en los años anteriores a la guerra fueron telegramas mandados junto con el partido francés en protesta por la guerra de Marruecos. Y si se leía poco y por pocos, aun menos eran los que viajaban en un partido que mantuvo a su líder y único diputado con una suscripción popular, pasando penurias incluso durante sus últimos años.

Por supuesto nadie tenía noticias de Rosa Luxemburgo y la izquierda alemana y nadie había oído hablar de Lenin o Trotski. Kautsky se conocía por una traducción de Mella y Pablo Iglesias publicada en 1909: La doctrina socialista, una réplica a Bernstein que fue el único esfuerzo teórico reseñable del partido. Sin embargo, Mella e Iglesias tradujeron de la edición francesa, no de la alemana y no parece que la edición del libro suscitara mayor correspondencia con el autor. Los traductores presentaban el libro señalando que, no existiendo en español más que una traducción de El Capital y un resumen realizado a cuenta del propio PSOE, y como ni siquiera había críticas serias del marxismo en el mundo académico, la anti-crítica kautskista serviría de exposición del marxismo, de sus críticos reformistas y de la refutación kautskista de éstos con la que, según parece, se identificaban los dos dirigentes socialistas. Todo en uno.

Las carencias ideológicas se suplían con un sentimental culto a la personalidad del abuelo y un respeto reverencial por los intelectuales, casi todos ellos con fuertes vinculaciones en Francia como la cabeza del socialismo catalán, Fabra Ribas, que había militado con Jaurés en su juventud. El resultado, de un oportunismo lamentable que abría las puertas a un apoyo a la entrada en la guerra en el bando aliado, se evidenció en el Congreso de 1915 en el que un ya muy mayor y enfermo Jaime Vera redactó la ponencia oficialista finalmente aprobada.

[En el Congreso de 1915] se discutió mucho acerca de la guerra; 4.090 votos contra 1.218 aprobaron el siguiente dictamen redactado por Fabra Ribas, Besteiro y Araquistain:

El Congreso declara: Que sin dejar de señalar al capitalismo de todos los países en lucha como responsable estamos obligados a examinar las causas de la guerra actual, la situación que crea y sus consecuencias, ajustándonos a la realidad presente y con el pensamiento puesto siempre en las aspiraciones del proletariado.

Y el examen de esta realidad nos dice que en la lucha trágica, preparada y ejecutada por el capitalismo, se manifiestan dos tendencias, y que según venza la una o la otra, saldrá mejor o peor librada la causa de los trabajadores.

De los dos bandos que mantienen la sangrienta lucha, uno, el provocador de ella y la expresión más acabada del odioso imperialismo, se ha movido por propósitos y aspiraciones que, de triunfar, causarían honda herida al proletariado y al partido que el mismo representa; el otro, aunque llevado a la lucha principalmente por el interés capitalista, está mucho menos tocado de imperialismo, y por lo tanto, más incluido por un espíritu democrático.

De vencer el imperialismo austro germano, habrá un retroceso o un alto para el socialismo y la democracia; de obtener la victoria los páises aliados, nuestra causa realizará grandes progresos, incluso en Alemania y Austria.

En cuanto a solicitar la paz e influir con lo que nuestras fuerzas permitan para alcanzarla, el Congreso cree que eso existe que la oportunidad ayude, y que ayude para hacerla en condiciones provechosas para la Humanidad.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

De este modo en el PSOE pablista, la influencia de los «intelectuales», ninguno de ellos marxista, sobre el abuelo, reforzaba un oportunismo a la francesa que es el que explica la aparente paradoja de que los socialistas españoles fueran al mismo tiempo pro-imperialistas en la guerra mundial -en la que no participaba España- y se mantuvieran intransigentemente internacionalistas en la guerra de Marruecos -un viejo empeño colonial de la burguesía y el militarismo español.

El partido socialista español tomaba el oportunismo francés como prácticamente única referencia internacional y reaccionando saludablemente contra el chovinismo propio adoptaba sin problemas los argumentos del chovinismo vecino, lo que a su vez fortalecía el oportunismo propio crecido por la larga alianza electoral con los republicanos.

En agosto de 1914, cuando se desencadena la primera gran guerra de nuestro siglo, España queda dividida en dos grandes corrientes de opinión: germanófilos y aliadófilos. En el primer bando se alinean casi todos los militares profesionales, la gente de la iglesia -pese a que la mayoría de alemanes son protestantes- y la gente que simpatiza y sigue más o menos los partidos de derecha, lee su prensa y le otorga su sufragio en las elecciones. En el otro sector se sitúan la inmensa mayoría de los intelectuales, la gente de tendencias liberales y democráticas -incluso los liberales monárquicos que siguen al conde de Romanones- es decir, en conjunto, a todo lo que podríamos denominar la izquierda española. (…)

El Partido Socialista, por su composición social esencialmente obrera, no había perdido su conciencia de clase, pero muy pocos de sus miembros -y no solo los obreros- tenían una formación marxista sólida. Aunque mucho después que otros partidos socialistas, también en el español se había ido desarrollando una corriente reformista. Por otra parte, su larga alianza con los republicanos, iniciada después de las jornadas de julio de 1909 en Barcelona y de la represión que las siguió, y que desde 1913 no pasó de ser una coalición que se renovaba ante cada consulta electoral, había contribuido a difuminar la fisonomía obrera del partido. Así pues, la actitud del Partido Socialista ante la guerra no fue distinta de la de las demás fuerzas de la izquierda. La gran mayoría del partido se pronunció a favor de los aliados, que decían luchar por la libertad y la democracia, y no comprendió que lo que estaba en juego en los campos de batalla eran los intereses de las burguesías que ejercían de hecho el poder, con uno u otra matiz, en los dos bandos contendientes. Ni siquiera le puso en guardia el hecho de que la Rusia zarista estuviese en el campo de los aliados.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Lo cual no quiere decir que no hubiera resistencias.

Añadamos que no era éste sentir unánime del Partido. Muchos y muy significados y probados socialistas no veían más que una guerra entre dos capitalismos, a la que había que poner fin cuanto antes. Respecto del militarismo, seguían considerándole como un auxiliar pagado la burguesía correspondiente. Entre los viejos socialistas que así opinaban recordamos a los fundadores Quejido y Matías Gómez, y entre los «intelectuales» a Verdes Montenegro y a Recaséns. Este en «La Justicia Social» alentó la tendencia pacifista, dando noticias de Congresos y tentativas que no hallaron eco en el órgano oficial.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Verdes Montenegro era en realidad un Kautsky español sin la relevancia partidaria del original. Amigo de Unamuno, había evolucionado del republicanismo federal al socialismo reformista que crecía en la IIª Internacional y era habitualmente tachado de doctrinario. Con todo, era de los pocos dirigentes con una cierta formación y su voz era escuchada como contrapunto a los otros intelectuales que, con Besteiro en el comité nacional y Fabra en Cataluña, marcaban la tónica reformista y republicana del cada vez más desvaído socialismo pablista.

El ala izquierda fue en todo el curso de la guerra minoría dentro de su partido. José Verdes Montenegro, profesor entonces en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, que conocía bien la teoría marxista y fue un excelente divulgador de ella, aunque a veces la interpretase de manera demasiado estrecha y rígida, fue el hombre de más talla intelectual de la izquierda socialista. Juanto a él estuvieron ent todos los congresos del Partido, Rafael Millá, un honrado e inteligente tipógrafo alicantino y que desde su fundación militó en el Partido Comunista; Ramón Lamoneda, también tiógrafo, buen organizador y orador, y que tras haber desempeñado tareas de dirección en el Partido Comunista hasta 1924, se reintegró, ya proclamada la República, al Partido Socialista, que le llevó al Parlamento y le confió su Secretaría General; Mariano Gómez Latorre, tipógrafo también, uno de los hombres de la primera hora, y Mariano García Cortés, abogado y periodista, al que el hecho de ser redactor jefe del diario germanófilo «España Nueva» restaba autoridad moral.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

La izquierda, además de a los contrarios a la guerra, incluía además a algunos que, como un joven Andrés Nin o Fabra en la federación catalana del PSOE, veían la «conjunción republicano-socialista» como un lastre.

Ahora más que nunca es preciso que el Partido Socialista realice en toda España una intensa y activísima campaña de propaganda de sus ideales. Ahora más que nunca es preciso que el pueblo se convenza de la inutilidad y de la ineficacia de los partidos republicanos.

Hay que convencerle de la bondad de nuestros ideales y de la ignominia del régimen capitalista a que está sujeto; hay que realizar una campaña de agitación revolucionaria, roja, muy roja, como pedía el amigo Fabra. Y hay que desengañarse: solo el Partido Socialista, desligado de todo pacto o compromiso con ningún otro partido político burgués, está capacitado para realizar en España esta labor.

Para esto se impone, de una manera inaplazable, la ruptura de la Conjunción, cuya subsistencia representará siempre un obstáculo para que el Partido Socialista pueda realizar su implacable labor de crítica del régimen capitalista y de los partidos burgueses -monárquicos y republicanos-, ya para la realización independiente y fecunda de su obra de proselitismo cerca de las masas obreras.

Andrés Nin. El Partido Socialista ante la crisis republicana, 18 de abril de 1914 en «La Justicia Social»

Es de destacar que la guerra y la inoperancia de la conjunción con los republicanos no aparecieran ligadas en el debate socialista español. Eran dos caras de un mismo cambio histórico del capitalismo global reflejándose en España, pero nadie lo veía todavía así. Era algo que ni siquiera cabía comprender el marco ideológico del pablismo. La primera reacción del partido socialista frente a la guerra no fue el internacionalismo revolucionario, pero sí tuvo, al menos, un sano instinto anti-imperialista y anti-militarista.

Declarada la guerra, el Comité Nacional, sin consultar al Partido por lo urgente del caso, publicaba -2 de agosto- un manifiesto en el que se señalaban al capitalismo y al imperialismo como responsables de la guerra; se indicaba que nuestro país sufriría las consecuencias por la paralización de la producción y circulación que originaría la guerra, aun en el caso más favorable, que era el de la no intervención, y se hacía un llamamiento a la clase trabajadora para que celebrase actos de protesta y formulase las siguientes peticiones:

La paz entre los pueblos y, como consecuencia, el término de la guerra de Marruecos. Que el Gobierno español expresase a las demás naciones el deseo de nuestro país de que se resuelvan por procedimientos pacíficos las diferencias entre las naciones. Y en el caso de que los países principalmente interesados se lanzasen a la guerra, mantuviera España la más estricta neutralidad, sin dejar por esto de hacer cuando pudiera para poner término a la lucha.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Sin embargo, esta posición se vería pronto matizada por la expresión del «deseo» del triunfo aliado de Pablo Iglesias, fundador y secretario del partido.

Cuando estalló la guerra europea [Pablo Iglesias] dijo clara su opinión, que era la de la mayoría del partido, no de todo él:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral; pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para los pueblos. Nuestro criterio respecto de la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de nuestra causa.

Juan José Morato. Pablo Iglesias educador de muchedumbres, 1931

Y la posición de Iglesias sería inmediatamente hecha propia por el partido.

El día 7 suscribían el Partido y la Unión General un documento parecido, y, finalmente Iglesias declaraba en el Parlamento lo siguiente, que el Comité Nacional suscribió:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral, pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para todos los pueblos. Nuestro criterio respecto a la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también todo lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de aquella causa.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

La verdad es que el partido español estaba prácticamente aislado en la IIª Internacional. Muy pocos leían alemán, la lengua de los grandes debates socialistas. Los únicos actos en común con otros partidos en los años anteriores a la guerra fueron telegramas mandados junto con el partido francés en protesta por la guerra de Marruecos. Y si se leía poco y por pocos, aun menos eran los que viajaban en un partido que mantuvo a su líder y único diputado con una suscripción popular, pasando carencias básicas aun durante sus últimos años.

Por supuesto nadie tenía noticias de Rosa Luxemburgo y la izquierda alemana y nadie había oído hablar de Lenin. Kautsky se conocía por una traducción de Mella y Pablo Iglesias publicada en 1909: «La doctrina socialista», una réplica a Bernstein que fue el único esfuerzo teórico reseñable del partido. Sin embargo, Mella e Iglesias tradujeron de la edición francesa, no de la alemana y no parece que la edición del libro suscitara mayor correspondencia con el autor. Los traductores presentaban el libro señalando que, no existiendo en español más que una traducción de «El Capital» y un resumen realizado a cuenta del propio PSOE, y como ni siquiera había críticas serias del marxismo en el mundo académico, la anti-crítica kautskista serviría de exposición del marxismo, de sus críticos reformistas y de la refutación kautskista de éstos con la que, según parece, se identificaban los dos dirigentes socialistas. Todo en uno.

Las carencias ideológicas se suplían con un sentimental culto a la personalidad del «abuelo» y un respeto reverencial por los «intelectuales», casi todos ellos con fuertes vinculaciones en Francia como la cabeza del socialismo catalán, Fabra Ribas, que había militado con Jaurés en su juventud. El resultado, de un oportunismo lamentable que abría las puertas a un apoyo a la entrada en la guerra en el bando aliado, se evidenció en el Congreso de 1915 en el que un ya muy mayor y enfermo Jaime Vera redactó la ponencia oficialista finalmente aprobada.

[En el Congreso de 1915] se discutió mucho acerca de la guerra; 4.090 votos contra 1.218 aprobaron el siguiente dictamen redactado por Fabra Ribas, Besteiro y Araquistain:

El Congreso declara: Que sin dejar de señalar al capitalismo de todos los países en lucha como responsable estamos obligados a examinar las causas de la guerra actual, la situación que crea y sus consecuencias, ajustándonos a la realidad presente y con el pensamiento puesto siempre en las aspiraciones del proletariado.

Y el examen de esta realidad nos dice que en la lucha trágica, preparada y ejecutada por el capitalismo, se manifiestan dos tendencias, y que según venza la una o la otra, saldrá mejor o peor librada la causa de los trabajadores.

De los dos bandos que mantienen la sangrienta lucha, uno, el provocador de ella y la expresión más acabada del odioso imperialismo, se ha movido por propósitos y aspiraciones que, de triunfar, causarían honda herida al proletariado y al partido que el mismo representa; el otro, aunque llevado a la lucha principalmente por el interés capitalista, está mucho menos tocado de imperialismo, y por lo tanto, más incluido por un espíritu democrático.

De vencer el imperialismo austro germano, habrá un retroceso o un alto para el socialismo y la democracia; de obtener la victoria los páises aliados, nuestra causa realizará grandes progresos, incluso en Alemania y Austria.

En cuanto a solicitar la paz e influir con lo que nuestras fuerzas permitan para alcanzarla, el Congreso cree que eso existe que la oportunidad ayude, y que ayude para hacerla en condiciones provechosas para la Humanidad.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

De este modo en el PSOE pablista, la influencia de los «intelectuales», ninguno de ellos marxista, sobre «el abuelo», reforzaba un «oportunismo a la francesa» que es el que explica la aparente paradoja de que los socialistas españoles fueran al mismo tiempo pro-imperialistas en la guerra mundial -en la que no participaba España- y se mantuvieran intransigentemente internacionalistas en la guerra de Marruecos -un viejo empeño colonial de la burguesía y el militarismo español.

El partido socialista español tomaba el oportunismo francés como prácticamente única referencia internacional y reaccionando saludablemente contra el chovinismo propio adoptaba sin problemas los argumentos del chovinismo vecino, lo que a su vez fortalecía el oportunismo propio crecido ya por la larga alianza electoral con los republicanos.

En agosto de 1914, cuando se desencadena la primera gran guerra de nuestro siglo, España queda dividida en dos grandes corrientes de opinión: germanófilos y aliadófilos. En el primer bando se alinean casi todos los militares profesionales, la gente de la iglesia -pese a que la mayoría de alemanes son protestantes- y la gente que simpatiza y sigue más o menos los partidos de derecha, lee su prensa y le otorga su sufragio en las elecciones. En el otro sector se sitúan la inmensa mayoría de los intelectuales, la gente de tendencias liberales y democráticas -incluso los liberales monárquicos que siguen al conde de Romanones- es decir, en conjunto, a todo lo que podríamos denominar la izquierda española. (…)

El Partido Socialista, por su composición social esencialmente obrera, no había perdido su conciencia de clase, pero muy pocos de sus miembros -y no solo los obreros- tenían una formación marxista sólida. Aunque mucho después que otros partidos socialistas, también en el español se había ido desarrollando una corriente reformista. Por otra parte, su larga alianza con los republicanos, iniciada después de las jornadas de julio de 1909 en Barcelona y de la represión que las siguió, y que desde 1913 no pasó de ser una coalición que se renovaba ante cada consulta electoral, había contribuido a difuminar la fisonomía obrera del partido. Así pues, la actitud del Partido Socialista ante la guerra no fue distinta de la de las demás fuerzas de la izquierda. La gran mayoría del partido se pronunció a favor de los aliados, que decían luchar por la libertad y la democracia, y no comprendió que lo que estaba en juego en los campos de batalla eran los intereses de las burguesías que ejercían de hecho el poder, con uno u otra matiz, en los dos bandos contendientes. Ni siquiera le puso en guardia el hecho de que la Rusia zarista estuviese en el campo de los aliados.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Lo cual no quiere decir que no hubiera resistencias.

Añadamos que no era éste sentir unánime del Partido. Muchos y muy significados y probados socialistas no veían más que una guerra entre dos capitalismos, a la que había que poner fin cuanto antes. Respecto del militarismo, seguían considerándole como un auxiliar pagado la burguesía correspondiente. Entre los viejos socialistas que así opinaban recordamos a los fundadores Quejido y Matías Gómez, y entre los «intelectuales» a Verdes Montenegro y a Recaséns. Este en «La Justicia Social» alentó la tendencia pacifista, dando noticias de Congresos y tentativas que no hallaron eco en el órgano oficial.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Verdes Montenegro era en realidad un Kautsky español sin la relevancia partidaria del original. Amigo de Unamuno, había evolucionado del republicanismo federal al socialismo reformista que crecía en la IIª Internacional y era habitualmente tachado de «doctrinario». Con todo, era de los pocos dirigentes con una cierta formación y su voz era escuchada como contrapunto a los otros intelectuales que, con Besteiro en el comité nacional y Fabra en Cataluña, marcaban la tónica reformista y republicana del cada vez más desvaído socialismo pablista.

El ala izquierda fue en todo el curso de la guerra minoría dentro de su partido. José Verdes Montenegro, profesor entonces en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, que conocía bien la teoría marxista y fue un excelente divulgador de ella, aunque a veces la interpretase de manera demasiado estrecha y rígida, fue el hombre de más talla intelectual de la izquierda socialista. Juanto a él estuvieron ent todos los congresos del Partido, Rafael Millá, un honrado e inteligente tipógrafo alicantino y que desde su fundación militó en el Partido Comunista; Ramón Lamoneda, también tiógrafo, buen organizador y orador, y que tras haber desempeñado tareas de dirección en el Partido Comunista hasta 1924, se reintegró, ya proclamada la República, al Partido Socialista, que le llevó al Parlamento y le confió su Secretaría General; Mariano Gómez Latorre, tipógrafo también, uno de los hombres de la primera hora, y Mariano García Cortés, abogado y periodista, al que el hecho de ser redactor jefe del diario germanófilo «España Nueva» restaba autoridad moral.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

La izquierda, además de a los contrarios a la guerra, incluía además a algunos que, como un joven Andrés Nin o Fabra en la federación catalana del PSOE, veían la «conjunción republicano-socialista» como un lastre.

Ahora más que nunca es preciso que el Partido Socialista realice en toda España una intensa y activísima campaña de propaganda de sus ideales. Ahora más que nunca es preciso que el pueblo se convenza de la inutilidad y de la ineficacia de los partidos republicanos.

Hay que convencerle de la bondad de nuestros ideales y de la ignominia del régimen capitalista a que está sujeto; hay que realizar una campaña de agitación revolucionaria, roja, muy roja, como pedía el amigo Fabra. Y hay que desengañarse: solo el Partido Socialista, desligado de todo pacto o compromiso con ningún otro partido político burgués, está capacitado para realizar en España esta labor.

Para esto se impone, de una manera inaplazable, la ruptura de la Conjunción, cuya subsistencia representará siempre un obstáculo para que el Partido Socialista pueda realizar su implacable labor de crítica del régimen capitalista y de los partidos burgueses -monárquicos y republicanos-, ya pra la realización independiente y fecunda de su obra de proselitismo cerca de las masas obreras.

Andrés Nin. El Partido Socialista ante la crisis republicana, 18 de abril de 1914 en «La Justicia Social»

Es de destacar que la guerra y la inoperancia de la conjunción con los republicanos no aparecieran ligadas en el debate socialista español. Eran dos caras de un mismo cambio histórico del capitalismo global reflejándose en España, pero nadie lo veía todavía así. Era algo que ni siquiera cabía comprender el marco ideológico del pablismo. Eso fue lo que cambió en el PSOE con la revolución rusa, poniendo en marcha una cadena de acendramientos que acabarían en la formación del primer partido comunista en España.

Con la Revolución rusa fue precisamente este tipo de cuestionamientos el que se hizo posible, poniendo en marcha una cadena de acendramientos que acabarían en la formación del primer partido comunista en España.

Para buena parte de los contemporáneos, la situación social rusa y española eran equiparables, si no prácticamente iguales.

Al estallar la primera guerra mundial, España era un país de una economía preponderantemente agrícola. La industria, que ocupaba un lugar secundario, estaba concentrada en Cataluña (industria textil), y en Vizcaya-Asturias (industria minero-metalúrgica). Políticamente, la nación estaba bajo el dominio de una oligarquía agraria, agrupada en dos partidos, conservador y liberal, cuyo turno regular daba al poder de la oligarquía una apariencia de estabilidad democrática. La burguesía industrial no participaba de una manera directa en el poder: tenía que aceptar, sometida, la dirección político-económica del país por parte de los terratenientes. Esta situación de inferioridad originaba en la burguesía industrial, sobre todo en la catalana, tendencias regionalistas, bordeando a veces el separatismo.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1965.

Maurín desde su perspectiva catalanista, es incapaz de ver, incluso medio siglo después, el proceso de fusión en el que venían empeñadas las clases dirigentes españolas y no se da cuenta de que la guerra lo hace avanzar a velocidad acelerada. Confunde la raquítica burguesía textil catalana, una rama de la pequeña burguesía a la que solo el atraso general español daba ínfulas de burguesía plena, con la burguesía industrial. Pero si hubiera podido haber dudas todavía en 1910, en 1917 era claro ya que el textil catalán está quedando fuera de la gran acumulación y concentración de la guerra, protagonizada por la burguesía industrial real, ligada al naval y la siderometalurgia y a través de ésta a los bancos y el estado. Toda su mirada sobre el periodo revolucionario se verá deformada por esta perspectiva, confluyente al final con la de la dirección del PSOE y la pequeña burguesía republicana capitalina.

La revolución rusa de marzo repercutió en España, produciendo un efecto catalítico. Los sectores descontentos de la población se agruparon, y por primera vez la burguesía industrial, las clases medias y el movimiento obrero -anarcosindicalismo y socialismo- marcharon juntos durante algún tiempo formando un bloque de oposición a la oligarquía agraria dominante. Ahora bien, el bloque de oposición al régimen era fluido, inconsistente, y carecía de un objetivo preciso. Relejaba históricamentente el descontento político, económico y social reinante; pero su capacidad revolucionaria era prácticamente nula. Después de una serie de escaramuzas políticas, la acción de protesta culminó, en agosto, en una huelga general, que no logró hacer conmover las bases del régimen. (…)

Vistas las cosas a distancia, con la perspectiva que da el tiempo, es sorprendente observar el paralelo que existe entre lo que ocurre en Rusia y en España en verano y otoño de 1917. Cuando en septiembre, después del fracaso del golpe contrarrevolucionario de Kornilov, los bolcheviques avanzaron rápidamente hacia la conquista del poder, en España, simultáneamente, la burguesía industrial rompió el frente de que había formado parte en los meses anteriores con la clase media y el movimiento obrero y, asustada, se unió sin pérdida de tiempo con la oligarquía agraria. La formación de un gobierno de coalición agraria-industrial coincide con el triunfo de la revolución bolchevique.

La clase trabajadora, que había puesto alguna esperanza en el bloque democrático, se encontró de nuevo sola, y tuvo que mirar adelante contando solo con sus propias fuerzas.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1965.

En realidad la clase obrera española no parece haber sentido una gran soledad al despegársele la pequeña burguesía industrial catalana. Al contrario, las noticias de la revolución de octubre, reavivan las fuerzas motrices de la huelga general de agosto del 17 elevando el grado de confrontación entre las clases.

El impacto se debió, al menos en parte, a un error cálculo del partido socialista. Los redactores y dirigentes del partido habían dado por hecho hasta entonces que la Rusia revolucionaria mantendría todos los compromisos del antiguo régimen con las democracias de fuera. Es decir, que mantendría su participación en la matanza, con un gobierno provisional que no podía identificar sino como una versión exótica de la conjunción republicano-socialista española. La nota con la que, en noviembre El Socialista, diario oficial del partido, dio noticia del triunfo de los soviets es significativa:

En Rusia ~ El triunfo de los maximalistas

La lucha que a raíz del derrocamiento del zarismo surgió en el campo revolucionario ruso entre los partidarios del todo o nada, maximalistas, y los que defendían una transformación más lenta, inteligentemente preparada para ir disolviendo en ella poco a poco todas las voluntades e intereses del país y todos los compromisos del antiguo régimen con las democracias de fuera, había llegado en los últimos días a una exacerbación extrema.

Así las cosas, el triunfo del desconocido grupo maximalista de los socialdemócratas, ponía todo el discurso del PSOE a la clase obrera en España en jaque. La transformación lenta de la monarquía y la alianza con la inane pequeña burguesía urbana para ir disolviendo en ella poco a poco todas las voluntades e intereses del país, descubría tener en la lejana Rusia una alternativa socialista distinta del anarcosindicalismo. Porque el triunfo de la revolución de octubre, por escasa e incompleta que fuera la información que llegaba, no solo acababa con la dicotomía entre aliados y potencias de eje en la guerra, sino que barría de un plumazo el credo pablista que había presentado la política de conciliación de clases de la dirección socialista como única alternativa al apoliticismo anarquista. Por eso la aparición de una referencia internacional impulsó el aspecto revolucionario de la crisis del llamado trienio bolchevique.

Supimos los españoles que la izquierda del movimiento socialista ruso, los bolcheviques, había tomado el poder en Petrogrado en los primeros días de noviembre de 1917. Comenzamos a leer en la prensa unos nombres -Lenin y Trotski- que nos eran desconocidos. El Socialista, el 10 de noviembre, en un artículo editorial que, por su estilo, cabe atribuir a Torralba Beci, se alarma ante el peligro que los bolcheviques triunfantes puede hacer correr a los aliados, cuya victoria militar, tras la intervención norteamericana en la contienda, parece segura y aun próxima. Pasaría tiempo antes de que comenzásemos a saber algo de lo que habían sido aquellos días que, según John Reed, estremecieron al mundo. Rusia estaba muy lejos y las noticias que nos llegaban sobre lo que acontecía en aquel país eran pocas y, lo que es peor, falseadas. ¿Cuántas veces no anunció la prensa la muerte de Lenin, la de Trotski, la caída del gobierno de los Soviets?

Pero poco a poco la bruma se fue disipando. Fernando Durán, médico y escritor, que formaba parte del equipo de redacción de la revista «España», al que los jóvenes iconoclastas del Ateneo llamaban irónicamente «los siete sabios de Grecia», fue el primero que descorrió el velo. En el Ateneo de Madrid dio una interesante y muy documentada conferencia sobre la Revolución rusa y sobre sus primeras realizaciones. Verdes Montenegro, que ya se había trasladado a Madrid, habló poco después desde la misma tribuna y sobre el mismo tema. La revista «España», que durante bastante tiempo había sido muy hostil a la Revolución de octubre, le dedicó un número especial. Así poco a poco, se fueron conociendo en España los acontecimientos que se estaban desarrollando en el Este de Europa.(…)

Lo que iba sabiéndose de la Revolución rusa, el ejemplo que el proletariado ruso había dado a los trabajadores del mundo entero vino a echar aceite al fuego. La clase obrera se radicalizaba por momentos.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El 6 de agosto de 1918 aparece el primer hito de una fracción de izquierda dentro del PSOE: la publicación de «Nuestra Palabra», encabezada por Fabra -que abandonaba su aliadofilia- y Verdes Montenegro. El periódico está dirigido por Mariano García Cortés y en él aparecen por primera vez nombres que en poco menos de año y medio se convertirán en cabeza de la fracción «tercerista» del PSOE; lo que es reseñable dado que en España -si dejamos de lado individualidades como Verdes Montenegro- lo que configurará la divisoria con el reformismo no será la guerra imperialista sino la pertenencia a la Internacional.

Dicho de otro modo, en España no era tema aquello que justificaba históricamente el nacimiento de una nueva Internacional: la participación de la socialdemócracia en la guerra. Que el partido proletario mundial hubiera mandado a los obreros a matarse entre ellos bajo las banderas nacionales burguesas no estaba en el centro del orden del día de los críticos del PSOE. Lo que era central para ellos era la pertinencia o no de la conjunción republicano-socialista. El pablismo había hecho tan dependiente toda la estrategia del partido de la alianza con la pequeña burguesía y ésta se había evidenciado tan caduca e inoperante que solo un movimiento «externo» podía servir para agitar al partido. En consecuencia, buena parte de los viejos socialistas que se descubren «terceristas», imaginarán el partido comunista que acabarán formando esencialmente idéntico al PSOE; un PSOE eso sí, liberado de la conjunción republicana y tal vez más activo en la unidad sindical, pero en lo fundamental un partido socialdemócrata nacional, idéntico al original.

La Revolución rusa estaba conmocionando a todos y convirtiéndose en sí misma en tema de acendramiento porque se interpretaba en términos españoles: ¿era el momento de pensar en un gobierno socialista o había que supeditar el movimiento obrero, al estilo del pablismo, a una revolución burguesa que no movilizaba a la burguesía y que solo vivía en los sueños de un republicanismo renqueante? El debate se daba en todo el país y pasaba por encima de la estructura de clases de las distintas regiones y de la división entre socialistas y anarcosindicalistas.

Uno de los anarquistas más exaltadamente bolchevique -que más adelante sería firmemente anticomunista-, Manuel Buenacasa, secretario general de la CNT en 1918-19, reflejando el pensar y el sentir del anarcosindicalismo en los comienzos de la revolución rusa, escribió en su libro El movimiento obrero español (1928):

La revolución rusa vino a fortalecer aun más el espíritu subversivo, socialista, y libertario de los anarquistas españoles… Para muchos de nosotros -para la mayoría- el bolchevique ruso era un semidios, portador de la libertad y de la felicidad comunes… ¿Quién en España -siendo anarquista- desdeñó el motejarse a sí mismo de bolchevique? Hubo pocos a quienes no cegara el fogonazo de la gran explosión».

Otro testigo de gran valor, J. Díaz del Moral, escribió en su «Historia de las agitaciones andaluzas»9:

En las últimas semanas de 1917 llegó a España la noticia del triunfo bolchevista. Las masas obreras desconocían los detalles del hecho y no sabían tampoco con precisión la ideología de los vencedores; pero la certeza de que en una gran nación se había hundido el capitalismo y gobernaban los asalariados produjo en todos los sectores obreros un entusiasmo indescriptible… Entonces se inició la agitación obrera más potente que registra la historia de nuestro país. Como siempre, fue Andalucía la que tomó la delantera.​

La excitación va más allá del proletariado. Aparecen espontáneamente publicaciones confusas, de número único como El Soviet (diciembre de 1918) o La chusma encanallada (enero de 1919). Son más cercanas al republicanismo exaltado que al socialismo, reúnen brevemente a pequeñoburgueses y militares expulsados del ejército por su participación en las Juntas de defensa, pero se declaran bolchevistas y decididas a acabar con el imperio de los borbones siguiendo el ejemplo ruso.

Pero el acendramiento necesario para formar una organización revolucionaria se va a dar en tres ámbitos muy distintos: los jóvenes socialistas madrileños, las tendencias contrarias a la conjunción en el PSOE y los grupos sindicalistas -no anarquistas- en la CNT.

Durante la Guerra Mundial del 14-18, se había manifestado ya una corriente internacionalista en el seno del Partido Socialista, frente a la posición a favor de los aliados de sus dos jefes más influyentes, Pablo Iglesias y Julián Besteiro, que incluso llegaron a mantener el criterio de que si no se pronunciaban por la intervención en la guerra era únicamente porque España no se encontraba preparada para ella. La corriente internacionalista se manifestó en la Juventud Socialista de Madrid, que fue la única organización socialista española adherida a la Conferencia de Zimmerwald.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El acendramiento, acelerado por la Revolución rusa, se estaba dando y cortaba a los jóvenes socialistas en dos: por un lado la dirección pablista, por otro las nuevas bases atraídas por la Revolución rusa. Hasta finales de 1919 será una lucha sorda, casi invisible, aparentemente casual… que desde el exterior aparecerá como una sucesión incomprensible de bandazos.

No podría afirmarse que los jóvenes socialistas madrileños hubiesen seguido a todo lo largo de la guerra mundial una política coherente. Al estallar la contienda publicó la Juventud un manifiesto condenándola, que le valió un proceso. En 1916 expresó oficialmente su adhesión a la conferencia de Kienthal, que reunió a representantes de algunos partidos socialistas y de minorías de otros, contrarios todos a la guerra y a la política de unión nacional practicada por los partidos de la Segunda Internacional en los países beligerantes y apoyada por otros de países neutrales, como el Partido Socialista Español. Pero, cambiando de postura política, en mayo de 1917 dio su adhesión oficial al mitin, a favor de los aliados, organizado por las fuerzas de la izquierda española, cosa que el Partido no hizo, aunque sí permitió a Andrés Ovejero participar en él.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El proceso, al calor de las intensas luchas obreras y de las noticias llegadas de Rusia, fue tomando fuerza a lo largo de 1918.

Naturalmente, la Revolución Rusa intensificó la crisis interna. No al principio, porque fue recibida y defendida por todo el mundo obrero con entusiasmo y adhesión (la propia Confederación Nacional del Trabajo llegó a adherirse a ella en su célebre Congreso del Teatro de la Comedia de Madrid), sino hasta que se planteó en escala internacional la ruptura con la II Internacional, la denuncia de las traiciones de la socialdemocracia y la constitución de la III Internacional. La adhesión a ésta quedó planteada a través de discusiones internas que los jefes socialdemócratas frenaban al comienzo, pero sin oponerse francamente.

La Revolución Rusa y la fundación de la III Internacional produjeron también una profunda transformación en el seno de las Juventudes Socialistas, principalmente en la de Madrid. La J.S. de Madrid había estado integrada hasta entonces principalmente por hijos de militantes socialistas, impregnados del espíritu reformista del partido, viviendo en el culto parternalista del «Abuelo» (Pablo Iglesias). La Revolución Rusa y el entusiasmo que despertó en el porvernir del proletariado internacional dio lugar a que se incorporasen a la Juventud numerosos jóvenes obreros, no ligados con el pasado, ajenos al espíritu familiar que reinaba en la Juventud Socialista hasta entonces y que, preocupados por los problemas que planteaba la III Internacional, se entregaron a estudiarlos para aplicarlos a la situación concreta de España.

Por otra parte, en 1919, se constituyó en Madrid el Grupo de Estudiantes Socialistas y, por primera vez, jóvenes intelectuales se incorporaron al socialismo pero inspirados en las nuevas ideas, en cuya propaganda y por cuya adhesión trabajaban con los jóvenes obreros de las Juventudes.

La lucha entablada por las Juventudes Socialistas tuvo su culminación en el Congreso de la Federación de fines [noviembre] de 1919, en el que los antiguos dirigentes ligados al reformismo del partido fueron barridos tatalmente de la dirección nacional. La nueva dirección estaba constituida por jóvenes obreros e intelectuales, dispuestos a defender hasta las últimas consecuencias la adhesión a la III Internacional.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Esta novedad de su composición social y generacional, unida al primer esfuerzo de traducción de textos marxistas, en la que es clave un joven Andrade, es lo que explica que la verdadera «fracción» comunista del PSOE fueran sus juventudes.

El nuevo Comité comenzó su andadura con grandes bríos. Desarrolló considerable actividad y dio a Renovación, su órgano en la prensa, un tono más vivo y una línea política más socialista. En esta época ya prestó su colaboración a Renovación Juan Andrade, que no pertenecía ni había pertenecido nunca a las Juventudes, aunque animara el Grupo de Estudiantes Socialistas. El órgano juvenil llevó incluso su audacia al extremo de permitirse criticar a un hombre como Pablo Iglesias del que decía Morato que era «no indiscutible, pero sí indiscutido». Lo que no dejó de producir notorio enfado a muchos miembros del Partido.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Llegamos así a finales de 1919 con una Juventud Socialista que, en Madrid, está haciendo a toda velocidad la crítica de la II Internacional, un PSOE que tiene ya una tendencia «tercerista» pero que no ha revisado su propia trayectoria y dos congresos convocados para diciembre con la adhesión a la III Internacional en la agenda: el del PSOE (9 al 16 de diciembre) y el de CNT (10 al 17 de diciembre).

¿Qué estaba pasando en la CNT? El Congreso del Teatro de la Comedia, del 10 al 17 de diciembre de 1919, fue su segundo congreso confederal. CNT tenía en ese momento entre 750 y 800.000 afiliados, muchos de los cuales veían, correctamente, en la toma del poder por los soviets la refutación del parlamentarismo y el reformismo socialdemócrata. La mayor parte de los cuadros anarquistas ya tenían noticias del divorcio entre anarquistas y bolcheviques. Pero, conscientes de la expectación generarda entre los trabajadores por los soviets rusos, hacían interpretaciones públicas de la revolución como una corroboración de sus propios postulados apoliticistas y kropotkinianos, asimilando el soviet al sindicato o explicándolos como una consecuencia de la ausencia de una gran confederación sindical en Rusia.

El resultado fue, en la práctica, una adhesión oportunista que dejaba al PSOE debatirse en sus contradicciones durante el congreso, y ganaba para el sindicato el «punto» de ser la primera gran organización española vinculada orgánicamente a la Internacional. Eso sí, sin comprometerse en absoluto e intentando presentarse como el centro mundial de la revolución en marcha. Esta actitud oportunista, que podía prosperar solo gracias a la falta de información y sobre todo a la ausencia de una verdadera izquierda organizada en el PSOE a nivel nacional se resume muy bien en la declaración que se aprobó por aclamación al cierre del congreso10.

El Comité Nacional, como resumen de las ideas expuestas acerca de los temas precedentes por los diferentes oradores que han hecho uso de la palabra en el día de hoy, propone:

  1. Que la CNT de España se declare firme defensora de los principios de la Primera Internacional sostenidos por Bakunin y
  2. Declarar que se adhiere provisionalmente a la Internacional Comunista por el carácter revolucionarios que la informa, mientras y tanto la CNT de España organiza y convoca el Congreso obrero universal que acuerde y determine las bases por las que deberá regirse la verdadera Internacional de los trabajadores.

II Congreso Confederal de CNT, 17 de diciembre de 1919.

La urgencia de la decantación en torno a la III Internacional a lo largo de 1919 había sido acelerada por la Juventud Socialista, que ya en febrero había adherido a la Internacional aun antes de su primer congreso mundial.

En febrero de 1919 publicó «El Socialista» el texto de la convocatoria del primer Congreso de la Tercera Internacional. Aquella noche se reunía en asamblea la juventud [madrileña]. Hallábanse todos los miembros de su comité en la secretaría preparándose para la reunión que pronto iba a empezar cuando, recién leído el llamamiento que publicaba el órgano del Partido, el secretario propuso a sus compañeros someter a la asamblea la adhesión de la juventud a la nueva Internacional. No se debatió la iniciativa, que fue aceptada por unanimidad. Sometida a la asamblea, sin debate se aceptó unánimemente. Acabábamos de dar el paso, sin ser todavía conscientes de ello, hacia la constitución del Partido Comunista de España.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Cuando el 9 de diciembre de 1919 el PSOE llega a su congreso tiene una fracción «tercerista» bien organizada que llega hasta su Comité Nacional. Son terceristas en ese momento dirigentes muy conocidos como Daniel Anguiano, Núñez de Arenas, Virginia Gonzalez o Torralba Beci. Pero la verdad es que una cosa era ser «tercerista», es decir partidario de la entrada del partido en la nueva Internacional, y otra muy distinta estar en las coordenadas ideológicas y organizativas del comunismo tras toda una vida en el pablismo. El resultado final arrojó 14.010 votos a favor de seguir en la IIª Internacional frente a 12.498 terceristas. No se produjo ruptura. Era duro romper el partido y no perdían la esperanza de forzar un segundo congreso en el que ganar la mayoría. De hecho, un nuevo congreso extraordinario fue convocado para el 20 de junio de 1920.

Mientras tanto, en enero de 1920 tienen lugar los primeros contactos con la IC. Tres representantes de la Internacional -Borodin, Roy y Ramírez- llegan a Madrid desde Méjico camino de Moscú. Borodin, que como Roy pasará a la historia por su papel en la revolución china, acabará asesinado en una purga stalinista; Ramírez -alias del norteamericano Charles Shipman- venía con Borodin de fundar el Partido en EEUU, en los siguientes años llevará una vida novelesca como organizador de la IC que seguirá hasta 1930 cuando deje el movimiento asqueado ante las purgas y la represión stalinista.

Borodin causó muy fuerte impresión en los socialistas españoles con quienes habló. Fueron estos, en particular, Anguiano, García Cortés, Virginia González y Núñez de Arenas, de la izquierda del partido y Merino Gracia, Ugarte, Rito Esteban y Andrade, de las Juventudes. Borodin abordó en sus entrevistas el tema de la creación del Partido Comunista en España. Los socialistas partidarios de la Tercera Internacional aspiraban a alcanzar en él la mayoría y llevar el Partido en bloque a la nueva organización mundial de los trabajadores. Borodin debió de llegar a la conclusión de que aquellos hombres vacilarían demasiado a la hora de adoptar una decisión que, de cualquier manera, implicaría la división de su partido. Sin duda, esperaba más de los jóvenes, que, por su edad, todavía no habían echado raíces profundas en el Partido. Al marchar dejó en Madrid a Ramírez para que prosiguiese el trabajo solo iniciado. A partir de aquel momento los jóvenes del Comité Nacional, de la Federación y Ramírez trabajaron en estrecho acuerdo preparando la constitución del Partido Comunista.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El resultado fue la aparición del primer partido comunista español antes del segundo congreso extraordinario del PSOE

La constitución el 15 de abril de 1920 del Partido Comunista Español. El Comité Nacional de la Federación de Juventudes Socialistas, que se encontraba ya en estado de ruptura completa con la dirección del partido, había entrado en contacto a primeros de 1920 con Borodin y Roy, que representaban a la III Internacional y que, camino de Rusia, procedentes de Estados Unidos, tenían la misión de proponer la constitución de un partido comunista en España. La idea fue aceptada fácil e inmediatamente por el Comité Nacional de las JJSS, tanto más porque coincidía con su propósito, que sólo retrasaba el temor a las dificultades económicas para mantener un órgano propio y la propaganda. Ante la promesa de una ayuda financiera, la decisión fue aceptada sin vacilación. (…)

Fue lo que pudiéramos llamar un verdadero golpe de estado del Comité Nacional de las Juventudes, con el asentimiento, claro está, de la mayoría de los militantes. Puestos de acuerdo todos los integrantes del CN menos dos, a los que se eliminaba de las reuniones, y la totalidad del comité de la organización de Madrid, se acoptó la resolución secreta de transformar la Federación de JJSS en Partido Comunista Españal. El CN comunicó esta decisión a todas las secciones por medio de una «carta cerrada», que solo debían abrir en una fecha determinada, que se les comunicaba en una circular adjunta, para «conocer y discutir una proposición del Comité Nacional». La fecha señalada era la del 15 de abril de aquel año 1920.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Es decir, llegamos a la constitución del primer grupo comunista español tres años después de la Revolución Rusa y más de un año después de que la socialdemocracia alemana ahogue en sangre la revolución alemana.

Habíamos decidido constituirnos en Partido Comunista, sin aguardar más, porque estábamos convencidos de que el ala izquierda del Partido, que tras la visita de Borodin a España había creado un Comité por la Tercera Internacional que coordinaba su acción, estaba perdiendo un tiempo precioso por sus vacilaciones y por la esperanza, que no llegó a ser un hecho, de llevar al Partido Socialista en bloque a la nueva Internacional. Ya el paso que dimos era tardío. En 1920 la ola revolucionaria iniciada en Rusia en 1917 había perdido empuje, y la clase obrera comenzaba a batirse en retirada. La socialdemocracia había dejado solo al proletariado ruso y en Alemania había contribuido a ahogar en sangre las tentativas revolucionarias de los espartaquistas. En nuestro país la represión era cada vez más fuerte y el proletariado se replegaba tras las grandes batallas sostenidas a lo largo del año anterior. Todo permitía prever que cuanto más esperase, peor sería la situación.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Pero en el desarrollo de un partido de clase las prisas se pagan. Solo había habid debate en Madrid y allí casi toda la agrupación local, 200 personas, se unió al partido. En conjunto el nuevo partido arrancaba con 2.000 miembros, la mitad de la JJSS. Pero mirado más de cerca, los resultados territoriales informaban de la soledad madrileña: prácticamente nadie se unió desde Asturias, donde el diputado local Saborit, pura vieja escuela pablista, pertenecía a JJSS. En otros lugares Vizcaya, donde sí hubo un desplazamiento significativo de militancia, solo Esteban Bilbao hará un esfuerzo por dotarle de sustento ideológico. También se unieron a primera hora algunos militantes cenetistas relevantes como el alicantino Hilario Arlandis, funerario y director de «Acción Sindicalista», que en el futuro ejemplificaría -con Maurín- la atracción del nacionalismo para entre los sindicalistas revolucionarios.

Otra consecuencia desoladora del insuficiente acendramiento fue que militantes destacados del momento como el mismo Merino Gracia, primer secretario del partido, tras sufrir prisión, acabarían pasando con armas y bagajes a la reacción católica. Como se vería pronto, en el núcleo directivo original solo unos cuantos habían interiorizado la militancia comunista como algo diferente a una socialdemocracia más activista.

El partido comunista español se formó en medio de circunstancias particularísimas del movimiento obrero general; circunstancias que determinaron el retraso de su formación y las crisis posteriores. Por una parte, en el seno del viejo partido socialista no había existido ni la más mínima tradición teórica; por otro lado, nos encontrábamos con que cuando el sindicalismo revolucionario había fracasado en sus pruebas en todos los países, en España se hallaba, por una contradicción histórica, en su pleno esplendor. Estos dos hechos daban lugar a dos consecuencias; a una lentitud de la educación marxista del partido y a una gran dificultad para atraer hacia el partido a las masas obreras, demasiado ilusionadas con los éxitos esporádicos y relumbrantes del anarcosindicalismo.

Juan Andrade. La crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la IC, publicado en la revista «Comunismo» nº2, 1931

Gracias sobre todo a Andrade, el nuevo partido contó pronto con una gran velocidad de respuesta y una cierta capacidad teórica. Inmediatamente después de la constitución prepararon el último número de Renovación, que en adelante se llamaría El Comunista, con el titular La Federación de Juventudes se transforma en el Partido Comunista español.

La distribución de aquel número de transición comenzó por la Agrupación Socialista Madrileña, donde se había convocado una asamblea general para discutir la expulsión del hasta entonces secretario general de las Juventudes en represalia por las críticas de estas a la dirección socialista. El número incluía el Manifiesto de constitución del partido.

Los cuatro años de guerra y la revolución rusa han modificado mucho la ideología , el punto de vista, la táctica y los fines del proletariado en la lucha social. La II Internacional ha fracasado (…) Los socialistas rusos, acérrimos enemigos de la guerra imperialista y ardientes marxistas, han roto en la teoría y en la práctica con los socialistas europeos traidores de la II Internacional y han fundado la Internacional Comunista (…) Hemos llegado a un momento en que seríamos cómplices de tal estado de cosas si titubeásemos en dar el paso que hoy damos constituyendo el Partido Comunista español.

PC español. Manifiesto de constitución, 1920.

El «partido de los 100 niños», como lo llamaban despectivamente en el PSOE, era mayoritariamente obrero y pronto tuvo una activa presencia sindical. Si interpretamos los votos a favor del ingreso de la UGT en la Internacional Sindical Roja como producto de su influencia, casi un 15% de los representantes en su congreso de 1920 pertenecían o simpatizaban con el PC. Los influyentes sindicatos de la madera de UGT se unieron en un sindicato de industria bajo el liderazgo de Chicharro, Arroyo y otros jóvenes del partido; la dirección de los sindicatos de dependientes de comercio, pintores, sastres, colchoneros, etc. fue pronto a parar a las manos de unos jóvenes militantes entre lo que nunca hubo ningún liberado ni existieron las marrullerías y disputas internas típicas del PSOE que solo reaparecerían en 1922 de la mano del grupo vizcaíno del partido unificado. Pero aun faltaba para eso. Al poco tiempo de la constitución del PC, en junio, se celebraba el segundo congreso extraordinario del PSOE.

En el segundo Congreso extraordinario, reunido para tratar la misma cuestión, la división de los votos cambió bastante fundamentalmente: 8.268 votos a favor de la III Internacional, 5.016 contra y 1.615 abstenciones. Ante este resultado, los dirigentes reformistas del partido lograron hacer prosperar una maniobra para demorar la aplicación del acuerdo: enviar a Moscú una delegación para que se informase directamente de la situación, delegación integrada por Fernández de los Ríos y Daniel Anguiano o sea, un representante de la derecha y otro de la izquierda. Esta delegación debía someter al Comité Ejecutivo de la III Internacional tres condiciones para la adhesión del partido español:

  1. el PSOE pedía una plena autonomía para determinar la táctica a adoptar en España;
  2. derecho para el PSOE de revisar en sus Congresos los acuerdos que se adoptasen por la III en los suyos;
  3. que en el PSOE existía la tendencia a unificar a todos los partidos como lo hacía el Partido Socialista Francés y el Partido Socialista Independiente Alemán. Lo que quería decir conformidad con la Internacional de Viena, a la que se denominaba entonces Internacional Segunda y Media, lo cual era una trampa para evitar la adhesión a la III Internacional sin solidarizarse totalmente, de manera pública, con la II Internacional, que estaba demasiado desacreditada entre los trabajadores.

Como puede comprenderse fácilmente, estas condiciones ultimatistas hacían inaceptable la adhesión, pero permitíana los reformistas aplazar el acuerdo y maniobrar todavía más para el próximo congreso del partido, que debía adoptar la decisión definitiva.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Pero lo sorprendente no es el manejo burocrático y dilatorio de la dirección sino que la fracción tercerista jugara en el mismo plano y no fundamentara la ruptura en un programa más amplio y profundo. Llegaron a abril de 1921, fecha del tercer y definitivo congreso socialista sobre la IIIª Internacional, en medio de un claro retroceso del movimiento obrero dentro y fuera de España, sin haber hecho un esfuerzo teórico para entender la situación mundial. Por lo que, aunque lo hubieran intentado, tampoco hubieran podido discutir y trabajar con las bases del PSOE más allá de la apelación sentimental.

En abril de 1921 se celebró el tercer congreso extraordinario del PSOE para oir el informe sus delegados a Moscú y decidir sobre la adhesión a la III Internacional. Fernández de los Ríos, naturalmente, hizo un informe violentamente en contra. Explotó de mala fe la expresión con que le había respondido Lenin al preguntarle el profesor español: «¿Y la libertad?», contestándole: «¿Libertad para qué?», lo que, por otra parte, toda la prensa reaccionaria española explotó para explicar «el carácter antidemocrático de la revolución bolchevique». El profesor docto en marxismo no había comprendido el sentido de la frase, no sabía que, para el marxismo, libertad genérica sin libertad econó>mica no es nada. Pero Fernández de los Ríos fue toda su vida ajeno al socialismo, aunque militó en el partido.

Daniel Anguiano, según su costumbre, hizo un informe lleno de sentimentalismo, haciendo reparos a la adhesión, pero aconsejándola. Lo que más le acongojaba era que las 21 condiciones llevaban implícitamente otra haciendo incompatible la militancia comunista con pertenecer a la masonería. Y él era, ante todo, masón. Su intervención y el carácter dubitativo de su propuesta, restó bastantes votos a la adhesión a la III Internacional.

Como resultado, fue rechazada la adhesión a la III Internacional en el congreso socialista, por 8.858 votos contra 6.094. Durante un año los dirigentes socialistas habían maniobrado bien el partido. Al conocerse el resultado, los delegados partidarios de la III Internacional hicieron una declaración (…) Se agregaba que a partir de ese momento se constituían en el Partido Comunista Obrero Español, para distinguirse así del primero. Desde entonces existieron dos partidos comunistas en España, y dos órganos de prensa distintos: «El Comunista» y «Guerra Social».

No ofrecía duda que era absolutamente diferente la mentalidad de los dirigentes de los dos partidos y la manera de enfocar los problemas. A pesar de su juventud, los del primero tenían una formación teórica más seria, como reconocían los delegados de la Internacional.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

En esa época Andrade estaba traduciendo El Estado y la Revolución de Lenin con ayuda de Geers. Gerardus Johannes Geers era un joven comunista holandés que había llegado a Madrid en abril de 1918. Ambos se habían conocido en el Ateneo. Se puede decir que Geers fue la ventana a través de la que el marxismo revolucionario llegó a España. Hasta 1920 en vivo y después mediante correspondencia les puso al día de las tendencias en la Internacional y les hizo de contacto con Pannekoek, Henriette Roland Holst y Herman Gorter, cuyos artículos tradujo para El Comunista. Gracias a Geers, se cartearon con Rutgers, Wijnkoop, Van Overstraeten y Bordiga, es decir, con los dirigentes de las tendencias de izquierda entonces nacientes en Alemania, Holanda, Bélgica e Italia.

A principios de mayo de 1920, El Comunista dedica unos cuantos artículos a defender la táctica anti-parlamentarista de Bordiga ligándola a la historia y el posicionamiento mayoritario del proletariado español. Es el momento en el que Lenin arranca su luego famosa campaña contra el izquierdismo. Además de su famoso folleto sobre la enfermedad infantil, el Buró de Amsterdam de la IC es «desafiliado».

Las declaraciones de Lenin son completamente oportunistas y las del Com. Ejec. de Moscú no reflejan tampoco un criterio muy acertado. Como nosotros mantenemos una posición de izquierda, no podemos solidarizarnos con eso.

Carta de Andrade a Geers, 3 de julio de 1920.

A punto estuvo Andrade de publicar un artículo sobre el oportunismo de la campaña anti-izquierda de Lenin, pero la presión de la Internacional, que empujaba hacia una fusión con el PCO, llevó a que el comité desaconsejara hacerlo. La Internacional se está centralizando, reclamando la capacidad de imponer la táctica a cada uno de sus miembros en cada momento. Y como se percibe una fase de repliegue y debilidad de la oleada revolucionaria en Occidente, trata de evitar el aislamiento de los partidos de la Internacional redoblando su actividad en los sindicatos y en la liza electoral.

En cualquier caso la joven dirección, bajo una represión creciente y en batalla con el PCO, decide acatar a la línea de la Internacional, primando la batalla contra el centrismo que denunciaban en el PCOE e intentando a toda costa evitar la fusión. Finalmente, cuando la IC interviene para forzarles enviando a Antonio Graziadei -un «independiente» de la derecha15 de diciembre de 1934 del Partido italiano- el esfuerzo se concentrará en asegurar el liderazgo orgánico en el partido fusionado.

La existencia de los dos partidos comunistas se manifestó inmediatamente por un combate violento, llevado a cabo especialmente por el PCE que era el reconocido por la III Internacional, contra el PCOE. Se denunciaba el él a los viajeros reformistas -inasimilables, decíamos- que habían sido y eran los dirigentes del PCOE, y su inadaptación a la nueva orientación revolucionaria del movimiento obrero. Declarábamos nuestra incompatibilidad total con ellos.

Pocos meses después, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista resolvió intervenir en la situación española para lograr la fusión de los dos partidos. Del 7 al 14 de noviembre de 1921, se celebraron en Madrid las reuniones para la unificación. (…)

El I Congreso del Partido unificado, llamado desde entonces Partido Comunista de España, se celebró en marzo de 1922. Al hacerse la fusión, según los informes de los delegados de la IC, el PCE tenía 20.50 afiliados y el PCOE 4.500. (…)

Pero muy pronto volvió a abrirse una nueva crisis en el partido fusionado. De los nueve miembros del Comité Ejecutivo procedentes de las Juventudes Socialistas, cinco comenzaron a identificarse casi totalmente con los dirigentes del PCOE. Los otros cuatro, ante nuestra imposibiliad de influenciar positivamente la orientación del partido, decidimos la constitución de un grupo en el interior partido llamado «Oposición Comunista de España».

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Los cuatro «oposicionistas» fueron temporalmente excluidos. Pero el ambiente de discusión era sano y franco. Las tendencias antiparlamentarias se discutieron abiertamente en El Comunista durante algún tiempo más y cuando el cuarto congreso de la IC (diciembre 1922) lanzó las tesis del frente único, obtuvo resistencia y crítica.

Pero el verdadero problema del partido seguía estando en el atraso y aislamiento intelectual de muchas provincias. Los comunistas vizcaínos, dirigidos por Bullejos, mostraban una propensión al matonismo y el pistolerismo que pronto se haría célebre. No solo andaban a tiros en las huelgas con los pistoleros patronales y la policía, sino que ensayaban una guerra civil particular con los obreros socialistas. La práctica de la violencia del grupo vizcaíno acabó costando al partido la expulsión de sus sindicatos de la UGT en 1922, cuando un militante vasco, en una de las frecuentes broncas del congreso, disparó y mató a un delegado obrero socialista.

Durante los años 22 y 23, hasta la proclamación de la dictadura de Primo de Rivera en septiembre, la izquierda seguía creciendo. Cuando se celebró el segundo congreso, en julio del 23, tenía ya la mayoría. Aunque el delegado de la Internacional, el suizo y antiguo pastor protestante, Humbert Drotz, se asegurase de darle el control del congreso a los centristas ex-PCOE, casi todos los excluidos fueron reincorporados a la dirección y por fin las heridas de la fusión parecieron haber sanado definitivamente.

Pero a pesar de todo, el balance histórico, siendo meritorio, no da para echar las campanas al vuelo: el PCE no era, ni podía ser ya, un partido de masas como los de la II Internacional por mucho que se empeñara la IC, pero tampoco había sabido convertirse en un partido de vanguardia y menos aun servir de guía a la clase en su acción política.

Los partidos comunistas se han formado en todos los países a través de las minorías de oposición revolucionaria que existieron antes, durante y después de la guerra en el seno de los partidos socialdemócratas. Estas minorías mantenían ya dentro de los partidos, de manera más o menos acertada, los principios del marxismo revolucionario. Constituían núcleos de afinidad marxista revolucionaria dentro de la socialdemocracia. Batallaban diariamente contra la oligarquía reformista y se esforzaban por dar una interpretación coherente marxista a la política del partido. Cuando surgieron los partidos comunistas, es decir, cuando surgió la escisión dentro de los partidos socialdemócratas, los nuevos partidos comunistas que surgieron de esta separación se encontraron con un estado mayor teóricamente capacitado a consecuencia de las luchas desarrolladas en el seno del viejo partido. La constitución en estos países del partido comunista fue la derivación lógica de toda una actuación contra el reformismo oficial.

No puede de ninguna manera decirse que éste fuera el caso de España. País de menos tradición marxista, incluso en el sentido equívoco que los socialdemócratas daban a la palabra, no ha existido en Europa. El «pablismo», única definición específica que puede darse a lo que en España ha pasado por socialismo, era una mezcla de obrerismo reformista a secas y de democratismo pequeñoburgués. La divulgación de los trabajos de Lafargue realizada por los viejos socialistas era en el fondo solo la necesidad de dar un barniz teórico a su política. Los grandes problemas planteados en la socialdemocracia europea no encontraban eco en las filas del socialismo español. Este se hallaba políticamente aislado del mundo.

En medio de esta especie de socialismo doméstico, de este obrerismo sin contenido teórico, no surgieron los grupos marxistas revolucionarios que en otros países libraban batalla contra la política oficial en el seno de los partidos. Solo durante la guerra se dibujó algo esta tendencia en el movimiento pacifista, pero no internacionalista, del cual era intérprete la Juventud Socialista de Madrid, partidaria de la conferencia Zimmerwald. Pero la escasez de fundamento teórico de esta tendencia hacía que su posición fuera el eco de un sentimiento humanitario de sus adheridos y no la consecuencia lógica de una comprensión clasista del problema. Indica esto la misma derivación política que los grupos zimmerwaldianos tuvieron en otros países y la que tuvieron aquí. En los demás países fueron el núcleo director de los partidos comunistas; en España se disolvieron como azucarillos en el vaso de agua y no fueron capaces de encauzar la corriente partidaria de la Tercera Internacional.

Faltos de este desenvolvimiento preliminar en el seno del viejo partido, los integrantes del partido comunista se encontraron sin esa experiencia teórica y práctica que a modo de bagaje revolucionario llevaron los militantes de otros países al seno de los nuevos partidos. La interpretación revolucionaria del marxismo que la IC representaba fue como la aparición ante sus ojos de un nuevo mundo. De aquí surgió aquel horror fatal hacia las veintiuna condiciones, que solo en último caso se aceptaron por un movimiento sentimental de fervor a la revolución rusa. No podía formarse del día a la mañana una nueva concepción revolucionaria; pesaba mucho el pasado y, además, era una grave cuestión improvisarlo todo. Este núcleo, es decir, el procedente del partido socialista, después de varios años de permanencia en él y de no haberse librado del lastre de la educación «pablista», fue el grupo director de mas personalidad dentro del partido comunista.

A este núcleo fundamental vinieron a unirse otros dos en el seno de la sección española de la IC. Uno, el de los que se habían iniciado en la actividad política después de la revolución rusa y que habían deglutido apresuradamente la interpretación leninista del marxismo, sin la menor experiencia política ni organizativa; otro, el de los procedentes del anarcosindicalismo, que traían al partido los prejuicios libertarios. El primero de estos dos últimos grupos estaba representado por los que fundamos el Partido Comunista Español. Gente joven, sin experiencia ni sindical ni política, tendíamos a dogmatizar y hacia el sectarismo. Nuestra palabra no hallaba eco más que en camaradas de nuestra misma condición.

De estos elementos tan dispares nació el partido comunista español unificado, en el mes de septiembre de 1921. Hay que advertir que, al localizar el análisis en España, no olvidamos que de elementos de procedencias similares se han nutrido todas las secciones de la IC. Pero la diferencia esencial que trato de establecer cons15 de diciembre de 1934iste en que, mientas en los demás países se encontraban con un núcleo director (el procedente del viejo partido), en España no sucedió lo mismo. Esto contribuyó en gran parte a las crisis que ha atravesado el partido desde 1924.

Otro factor vino a agregarse, factor que hemos insinuado en las primeras líneas de este artículo. Cuando en todos los países se había evidenciado a la luz de los acontecimientos la insuficiencia política del sindicalismo revolucionario en España éste se encontraba en pleno delirio de triunfos, consecuencia del retraso con que el movimiento capitalista y proletario se han desenvuelto en nuestro país siempre. La demagogia apolítica del anarcosindicalismo había prendido en las masas españolas. Cuando después de la guerra el papel predominante de los partidos comunistas se había evidenciado en toda su necesidad, los dirigentes anarcosindicalistas españoles pregonaban a los cuatro vientos como suprema panacea la organización sindical con carácter «apolítico». El primer partido comunista español surgió en pleno apogeo del anarcosindicalismo, el cual dejaba sentir su influencia hasta en el propio seno del partido. Se tropezaba con la inmensa dificultad de hacer comprender a las masa, influenciadas por el cretinismo «apolítico», la importancia y necesidad del partido disciplinado del proletariado. Debido a esto en gran parte, el desarrollo del partido ha sido lento hasta estos últimos tiempos, en que ya se ha hecho la experiencia sindicalista y se ha visto su insuficiencia.

Formado en estas circunstancias y con individuos de tan diferente educación política, era natural que en el interior del partido se exteriorizasen estas contradicciones. De una manera más o menos práctica, constantemente, hasta el año 1924 la sección española vivió en permanente crisis. Pero entendámonos bien; al referirme a crisis me refiero a las naturales en el proceso normal del desenvolvimiento de un partido, a las platadas en el terreno de la honradez política y no en el campo de Agramante de la concupiscencia, del arribismo y del aventurerismo. Dos de estos grupos directores, el procedente del viejo partido y el de los nuevos militantes, se enfrentaban principalmente en Madrid y en el seno del Comité Central. El grupo de procedencia sindicalista, actuando unas veces como fracción del partido y otras desde fuera, pero queriendo influenciar y ganar su dirección desarrollaba su actividad frente a estas dos tendencias manifestadas en Madrid y en el Comité Central, A este grupo se agregaba, por necesidades de estrategia circunstancial, el núcleo bullejista de Bilbao, que reaccionaba así contra los ataques que a su política aventurerista dirigían las dos fracciones del Comité Central, compenetradas en reconocer la necesidad de acabar con la mala política llevada a cabo en Bilbao.

Juan Andrade. La crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la IC, publicado en la revista «Comunismo» nº2, 1931

Paralelamente, surge en el seno de CNT una corriente de opinión que poco a poco se va orientando hacia el sindicalismo revolucionario y en la misma medida mirando si no hacia la Internacional Comunista, si a su organización sindical, la Profintern.

No se trata ya del inicial entusiasmo por la Revolución de octubre que llevó al acuerdo adoptado en el Congreso del teatro de la Comedia de adherirse a la Tercera Internacional. Esa corriente de opinión, más consciente y que va más lejos, supone la ruptura con las concepcAventurerismo, dictadura y desarticulación del PCE iones y las prácticas anarquistas que han venido prevaleciendo en la organización confederal. Primero en «Acción Socialista», de Valencia, dirigía Hilario Arlandis, y en «Lucha Social», de Lérida, dirigida por Maurín, al que prestó valiosa colaboración Pedro Bonet, recientemente fallecido en París, y después en «La Batalla», que aparecía en Barcelona la tendencia sindicalista-comunista expone sus concepciones cada día con mayor claridad. Andrés Nin, que milita en esa tendencia, es nombrado secretario del Comité Nacional de la CNT. Esta está en aquellos momentos en una situación crítica, desangrada por los atentados de las bandas de los sindicatos libres y por la aplicación de la llamada ley de fugas.

Maurín representa en el Comité Nacional de la CNT a la Confederación Regional de Cataluña y, más tarde, durante algún tiempo, asume las funciones de secretario de la Confederación Nacional del Trabajo. En una reunión celebrada en Lérida, en la clandestinidad, en abril de 1921, los delegados de los comités regionales deciden enviar una delegación a Moscú para participar en el congreso constitutivo de la Internacional Sindical Roja (ISR). Son elegidos Maurín, Nin, Arlandis y Jesús Ibañez, a los que se agrega, como representante de los grupos anarquistas, el francés Gaston Leval. Terminado el congreso, Nin, activamente buscado y reclamado por la Policía, es detenido en Berlín, si bien puesto a poco en libertad, y retorna a Moscú donde ejercería durante varios años importantes funciones en la nueva organización sindical internacional. Cuando aun no han regresado a España todos los delegados que han asistido al Congreso de la Internacional Sindical Roja, el sector anarquista de la CNT consigue, en una reunión celebrada en Zaragoza en junio de 1922, dejar en suspenso el acuerdo adoptado en el Congreso del teatro de la Comedia de Madrid, sobre la adhesión de la organización confederal a la Internacional Comunista, hasta que un congreso se pronuncie sobre el tema, pero de hecho la ruptura con los comunistas es desde entonces definitiva.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Los «comunistas» o «sovietistas» como les llamaban en la época, en realidad no eran tales sino sindicalistas-revolucionarios «terceristas», partidarios de ligarse a la III Internacional y la Profintern. Esa posición a caballo de dos mundos hará que pronto el grupo de Maurín se reorganice como una fracción externa de la CNT, dedicada, ante todo a luchar contra la decisión del plenario de Zaragoza desde el exterior de la organización.

En junio, habiendo cambiado la situación política, con una actuación legal posible del movimiento obrero, la CNT celebró una Conferencia en Zaragoza, en la que se tomó el acuerdo de separarse de la Internacional Comunista.

Una minoría -la influenciada por «Lucha Social», de Lérida- no acepto la decisión de la Conferencia de Zaragoza por dos razones principales: primera, la adhesión de la CNT a la Internacional Comunista había sido acordada en un Congreso, y solo un Congreso estaba facultado para rectificar el acuerdo; segunda, la ruptura con la Internacional Sindical Roja era el sector anarquista de la CNT la que la imponía, y el sector sindicalista no debía dejarse dominar por los anarquistas.

Este punto de vista, sostenido por Maurín, Nin, Arlandis e Ibañez, contaba con muchos partidarios, sobre todo en Cataluña, Asturias y Valencia.

Los sindicalistas partidarios de la Internacional Sindical Roja se organizaron en Comités Sindicalistas Revolucionarios, en una conferencia nacional que se celebró en Bilbao a fines de 1922. En diciembre de ese mismo año, empezó a publicarse en Barcelona el semanario «La Batalla», portavoz de los Comités Sindicalistas Revolucionarios.

En los meses que siguieron, los Comités Sindicalistas Revolucionarios -parecidos a la organización del mismo nombre, en Francia, cuyo órgano era «La Vie Ouvrière» dirigida por Pierre Monatte- hicieron grandes progresos. En Barcelona, por ejemplo, las direcciones de los tres sindicatos más importantes -Transporte, Metalurgia y Textil- estaban en manos de partidarios suyos.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

Pero al mismo tiempo que actuaban como fracción externa de CNT, intentado reconducir esta hacia la Internacional Sindical Roja, actuaban también como fracción externa del PCE intentando empujar a este hacia postulados sindicalistas-revolucionarios, lo que implicaba oponerse activamente a la dirección formada por antiguos miembros del Partido Comunista español y del PCOE. Sin llegar a adherir todavía formalmente, se hacían sentir en el partido como una fuerza de oposición. Años después, Maurín escribe con cierto desprecio:

Durante los dos años escasos en que el Partido Comunista de España pudo actuar legalmente -desde su fundación, en el otoño de 1921, hasta el golpe de estado del general Primo de Rivera, en septiembre de 1923- ayudado económicamente por el Comintern, aunque en proporciones muy reducidas- no solo no hizo progresos, sino que fue perdiendo posiciones. Su núcleo más importante, el de Vizcaya, imitó el terrorismo expropiador de los anarquistas, y se desprestigió.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

No será el deseo de relanzar el comunismo español lo que oriente a Maurín y el grupo «La Batalla» a ingresar formalmente en el partido, sino el agotamiento de la estrategia fraccional en CNT.

En el verano de 1924 se celebró en Moscú el nuevo Congreso de la Internacional Sindical Roja. Para participar en él fue invitada la organización de los Comités Sindicalistas Revolucionarios, que se agrupaba en torno a «La Batalla». La delegación la formaban, junto a Maurín, Desiderio Trilles, y José Grau, de la dirección del Sindicato de Transporte de Barcelona, José Jover y José Valls, de la dirección del Sindicato Metalúrgio de Barcelona.

En 1924 el clima político y moral era en Moscú muy distinto del que prevalecía en 1921, y la impresión general produjo un gran desagrado en la delegación. Ninguno de los cuatro obreros que la integraban se sintió atraído por el comunismo. A su regreso a España, unos antes, otros después, se orientaron en dirección opuesta.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

Y es que tras el congreso de la Internacional Sindical Roja, se ha celebrado el IV Congreso de la Internacional Comunista, el primero sin Lenin, que pasó a la historia por ser también el primero en ruso y el de la «bolchevización» y «proletarización» zinovietista… que encontró fuertes resistencias en muchos partidos, incluido el español.

Se impuso a los partidos la «bolchevización». Surgieron también reparos sobre todo porque bajo el imperio de Zinoviev se establecía un porcentaje de obreros e intelectuales en las direcciones de los partidos. Estimábamos algunos que, después del ingreso en el PC con las condiciones que se imponían para ser miembro en él, no se podía establecer ninguna discriminación entre los militantes. Una vez en el interior del partido, un ingeniero tenía los mismos derechos que un obrero metarlúrgico, y no se le podía considerar como un militante disminuido.

Y, cuando se estableció la organización por células, se manifestaron prevenciones porque, si bien se aceptaban como medios de trabajo directo entre los obreros y para la ilegalidad, considerábamos que las asambleas generales de militantes eran la suprema expresión de la democracia interna, donde las opiniones debían manifestarse y en las que se podía reconocer a los camaradas de más valor político. La práctica ha demostrado después que, tal y como se aplica, el régimen de células es el mejor mecanismo para ahogar toda crítica y establecer sólidamente el dominio del aparato dirigente.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Y es en este PCE seriamente tocado por la represión, con su capacidad formativa y de debate bajo mínimos, forzado a tomar las bases organizativas que luego servirán de base para la stalinización… en el que el grupo La Batalla pedirá finalmente la integración formal, constituyéndose como Federación Catalano-Balear del PCE en ese mismo verano.

¿Qué podía ver Maurín de interesante en un Partido que había despreciado hasta entonces y que desagradaba a los dirigentes sindicales que había ganado con tanto esfuerzo y llevado a Moscú en vano? Con la CNT disuelta, el trabajo de fracción sindical externa carecía de sentido: los CSR, en realidad agrupamientos de dirigentes que simpatizaban con la Revolución rusa, sin CNT ni sindicatos activos, no podían tener impacto en los trabajadores ni representar nada para la IC. La forma más sensata de seguir en relación con la Internacional era integrarse en su brazo en España, por maltrecho que estuviere. Además, los CSR agrupaban a casi un centenar de militantes catalanes y baleares, mientras que el PCE apenas tenía una treintena en ese mismo territorio. Es decir, el grupo de «La Batalla» se cubre bajo el manto del PCE y de la Internacional, pero no se disuelve en una organización mayor, recibe en realidad una franquicia local.

Aceptarlos en esas condiciones y sin bases comunes en lo ideológico, lo organizativo e incluso lo ético, fue fatal para una dirección y un partido que, a pesar de estar cayendo continuamente en prisión, había conseguido mantener La Antorcha con una tirada de 12.000 ejemplares, porque en la práctica supuso dar una herramienta definitiva para hacerse con el poder a los dos grupos aventureristas que dirigían el partido en Vizcaya y Barcelona. El aventurerismo de la dirección zinovietista de la IC que veía al magullado PC Español como un mero instrumento para legitimar la política del PC Francés de exaltación de Abdelkrim como líder de las masas oprimidas árabes11. Fue la gota que colmó el vaso.

La represión de la dictadura mantenía en prisión a todos los militantes más activos, que apenas permanecíamos algunos días en libertad cuando ya éramos encarcelados de nuevo durante meses como «gubernativos» [=preventivos]. «La Antorcha» se hacía en la cárcel, recurriendo a toda clase de habilidades para sacar el original y recibir información y documentación de la calle.

Pero en 1924 brotó una nueva crisis en el partido, en apariencia por razonamientos casi geográficos pero, en el fondo, profundamente políticos porque ya se sometía a discusión la táctica de la Internacional en España, a lo que se agregaban ambiciones personales bien definidas. Se habían constituido dos grupos de oposición al Comité Central: uno en Bilbao y otro en Barcelona que, aunque en desacuerdo en sus posiciones políticas, coincidían en su hostilidad al Comité Central nombrado en el Congreso. Según ellos, el Comité Central, por motivos tanto de orden geográfico como político, se encontraba en Madrid; el órgano central del partido por las mismas razones se publicaba en la capital; el núcleo más capacitado del partido militaba también en Madrid. En cambio los elementos más destacados de la oposición residían en provincias, es decir, en centros más específicamente industriales que Madrid. Sobre la residencia de la dirección del partido se constituyeron los dos grupos de oposición, el de Bilbao, que pedía que la dirección estuviera allí y el de Barcelona que lo demandaba para su ciudad.

Jacques Doriot era en aquella época el delegado de la IC en España, en nombre de Zinoviev. Doriot, el de tan nefasto fin12, pedía al partido la realización de un plan de trabajo inmediato sobre la guerra de Marruecos («¡Viva Abdelkrim!» era el lema), plan imposible de llevar a cabo porque no estaba en proporción con la importancia numérica y organizativa de la sección española. El CC fue unánime al reconocer lo disparatado de la propuesta y convocó a una conferencia nacional del partido para exponer ante ella su actitud, creyendo que ésta suscribiría su conducta. Pero la conferencia les cayó como llovida del cielo a los dos grupos de la oposición; por adhesión a la Internacional, la mayoría de los delegados a la conferencia aceptaron la política que ésta preconizaba a través de Doriot, que no se llevó nunca a cabo porque superaba las fuerzas del partido. El CC presentó la dimisión, pasó a residir en Bilbao (por pocos días porque en seguida fueron detenidos todos sus miembros) y después en Barcelona, donde ocurrió lo mismo.

A principios de 1925 el partido estaba desarticulado, no había posibilidad de establecer una dirección y de reorganizarlo. El contacto entre camaradas se limitaba a la correspondencia que se mantenía entre nosotros de prisión a prisión. Fue entonces cuando, como último recurso, creo recordar que por iniciativa de los que se encontraban presos en Barcelona, pero respondiendo a una necesidad que todos sentíamos, se acordó que la Internacional designase una dirección en París puesto que allí se encontraban emigrados camaradas de valía. Andrés Nin fue nombrado por el CE de la Internacional para organizarlo, tarea que no pudo cumplir porque al poco de llegar a París fue detenido, condenado a un mes de prisión y expulsado de Francia. Pero el nuevo CC quedó constituido en 1925, bajo la dirección de José Bullejos, que asumió los plenos poderes y que así llegó al pináculo de sus ambiciones.

No quiero extenderme sobre las luchas intestinas que se produjeron en París hasta que Bullejos logró eliminar a todos los discrepantes, ni sobre la política sectaria desarrollada, consistente en querer imponer a las docenas de militantes que había en España tareas que superaban sus fuerzas y posibilidades. Desde París se era muy activo y muy rígido en la disciplina.

En realidad, la mayor actividad de este comité consistía en sus informes a la IC, valorizando la importancia del partido y adjudicándose toda oposición que comenzaba a manifestarse en España. A título anecdótico, citaré dos ejemplos: el número de un periódico clandestino que no llegó siquiera a circular llevaba el número 5, y no habían aparecido los otros cuatro. La prensa comunista internacional publicó una fotografía de «una gran manifestación comunista», que se decía celebrada en Madrid, facilitada por el Comité de París, que no era más que la salida de los espectadores de la Plaza de Toros de Madrid.

Es posible que estos informes influyeran sinceramente en el CE de la IC, si, tal como creía, a la caída de la dictadura primorriverista, el PC español estaba en condiciones de formar los soviets y tomar el poder. Esto explicaría, aunque es dudoso, que Moscú impusiera una política ultrademagógica, y como tal negativa, cuando comenzaron a recobrarse las libertades.

Puede decirse que, prácticamente, durante los cuatro últimos años de la dictadura militar no existía PCE en España. La represión y la política sectaria de su dirección, de hecho lo habían liquidado.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Después de hacerse con la secretaría del partido en París en 1925, Bullejos, que en un primer momento tiene a Portela como secretario de organización y a Andrade como director nominal de La Antorcha, lanza a los restos del PCE a una política aventurerista contra la dictadura. Constituye un comité revolucionario con la CNT, Macià y el fascista Estat Català bajo el beneplácito de Moscú, pero lo disuelve cuando Moscú no envía fondos para el intento de invasión armada de España que propone.

Lógicamente arrecian las críticas de Andrade y los comunistas de la corriente fundadora en el interior. Portela es enviado a la península y sustituido a su vuelta por un afín al Secretario. Bullejos inicia una campaña de expulsiones y eliminación de toda oposición interna. A partir de 1926 se suceden los artículos en La Antorcha justificándolo con los primeros argumentarios del activismo stalinista.

Los partidos comunistas, a diferencia de los socialdemócratas, son por esencia y fundamentalmente partidos de acción. Las discusiones entre los afiliados no se abren en virtud del principio democrático de la «igualdad», sino exclusivamente para fortalecer, para reforzar la acción de la vanguardia del proletariado consciente. Por eso nuestros partidos son partidos disciplinados; se entra en ellos, no para imponer su punto de vista particular, sino para consagrar todas sus energías a la defensa de los intereses supremos del partido. Por eso no queda lugar en ellos para las discusiones ociosas.(…)

En todas las situaciones críticas, la reivindicación de la democracia ha sido lo propio de los elementos reformistas, incapaces de comprender y, sobre todo, de aplicar o de soportar la disciplina de hierro bolchevique, sin la cual la clase obrera no puede forjar su partido político de clase.

Gabriel León Trilla. Democracia burguesa y disciplina proletaria, 1926.

El tono va subiendo con los meses. Es la primera stalinización del partido español, la eliminación de la socialdemocracia en el Partido según el lenguaje stalinista de la época que la dirección española repite una y otra vez cada vez que expulsa a algún viejo militante o miembro de las anteriores direcciones del partido. En menos de dos años no quedará ninguno dentro de la organización. Los nuevos militantes, cuando lleguen años después, lo harán bajo el paradigma sectario conspirativo forjado entonces: en el partido solo se discute como ejecutar mejor las directrices del nivel superior, no se discute la línea a seguir.

La concepción poequeñoburguesa de la democracia, que ha penetrado hasta en los Partidos Comunistas, consagra un respeto sacrosanto a «la libertad de discusión», al derecho del libre ejercicio de crítica. (…)

Y cuando se les dice que los Partidos Comunistas no han sido creados para rendir culto a la democracia, cuando rechazamos el fetichismo de la «libertad de crítica y discusión», surgen los anatemas y las acusaciones.

Cuando se les afirma que lo esencial para nosotros es la obtención de los fines políticos que nos proponemos y que si la democracia estorba, nos impide avanzar, restringimos o suprimimos la democracia, nos tachan, escandalizados, de querer ahogar el pensamiento humano, y aun si el escandalizado es algún pequeñoburgués que se ha introducido en el PArtido, afirma que «dictatorialmente y por la violencia queremos ahogar la voz de la oposición».

«La Antorcha». Las fracciones y el partido, 1926

La evolución política de la dictadura y las fuerzas de oposición dieron sin embargo algún éxito simbólico a Bullejos. El primero, en 1927, fue la integración de la CNT sevillana. Militantes obreros sin formación que serán la cantera ideal de una nueva generación de dirigentes stalinistas (José Díaz, Adame, Delicado, Mije…). Por otro lado, su participación en la huelga general de Vizcaya, convocada el mismo día en el que se inauguraba la asamblea parlamentaria de la dictadura y en la primera huelga minera asturiana que enfrentaba el régimen, le devolvió cierta presencia entre la oposición, a costa del encarcelamiento de Bullejos y de no conseguir parar la sangría del ya magro número de militantes. Desarticulado de facto, dirigido como una mera central de correspondiencia por Bullejos desde la cárcel y por delegados franceses de la IC desde París, el congreso de 1929, transcribió docilmente las tesis de la stalinización.

Por las condiciones que concurrieron a su celebración, por las pocas delegaciones que asistieron y por su deficiente preparación, fue muy poco importante. En realidad, sus resoluciones se limitaron a transcribir para España los acuerdos que un año antes había tomado el VI Congreso de la Comintern.

José Bullejos. La Comintern en España, recuerdos de mi vida. 1972

El hecho más reseñable del congreso fue que no se permitiera entrar a la Federación Catalano-balear. No había debajo ningún debate ideológico, estaban prohibidos, así que es posible que Bullejos temiera un golpe de Maurín similar al que le había llevado a él mismo a la secretaría general. A partir de ese momento la FCCb de Maurín será una organización política independiente. Otra de las innovaciones del VI Congreso había sido cambiar la política de frente único por el frente único por la base, pero en su traducción española significaba poco más que calificar como socialfascistas al PSOE y anarcofascistas a la CNT en la correspondencia interna y propugnar el escisionismo sindical.

En estas, la caída de la dictadura no cogió por sorpresa a nadie, salvo a Moscú y a Bullejos, que trasladaron el CC al interior e integraron en su dirección por primera vez a Dolores Ibárruri, mano derecha de Bullejos en Vizcaya.

Al formarse en 1930 el gobierno Berenguer, que concedió algunas libertades, el comité de París se trasladó a España y celebró en Bilbao lo que se denominó por razones conspirativas «Conferencia de Pamplona». Entonces, el equipo Bullejos se disponía a hacer la revolución en España y continuar la misma política sectaria y demagógica que había llevado a cabo desde París, pero ahora en gran escala.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Lo harán, a lo grande, con las elecciones municipales del 31 y la proclamación de la República.

Finalmente nos detendremos a pasar revista grupos en oposición a Bullejos antes de la constitución de la Oposición de Izquierda en 1930.

Cuando se implantó la República, había ya en España cuatro organizaciones comunistas independientes entre sí: el PC oficial, la Federación Comunista Catalano-balear, la Agrupación Comunista Autónoma de Madrid y la Oposición Comunista de Izquierda.

La Agrupación Comunista de Madrid se había formado con la mayoría de los que integraban el CC de 1924 y que habían sido expulsados del partido, y, bajo el impulso de Luís Portela, militante de gran autoridad moral que también estuvo emigrado en París, estaba en oposición a Bullejos y su equipo. La Agrupación de Madrid llegó a reunir a la mayoría de los comunistas que había en la capital pero, políticamente sus posiciones no eran muy diferentes de las del partido oficial, y su acatamiento a la IC era completo. Luchaba únicamente por la celebración de un congreso que restaurase la democracia interna y eligiera honradamente su Comité director.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El problema de Portela es que, desde París, había legitimado primero el discurso demagógico y chovinista que sirvió de cobertura al golpe de Bullejos y Maurín para aislar a la dirección madrileña y luego se había integrado brevemente en la dirección bullejista de París, lo que le comprometía con la concepción del sectaria y conspirativa del partido y las fanfarronadas de Bullejos tanto como con el ultraizquierdismo de la IC.

La Federación Catalano-balear mantenía puntos de vista originales, pero siempre haciendo promesa de fidelidad a la Internacional. Los que seguían a Maurín en Barcelona, aunque se habían adherido al partido oficial, verdaderamente nunca se habían integrado en él. Al proclamarse la República y reorganizarse, tenía más fuerza numérica que el PC oficial. Pero se distinguía por una política ambigua, en manera alguna quería pronunciarse sobre las cuestiones políticas más importantes en el plano de la Internacional y sus posiciones iban solo encaminadas a apoderarse de la dirección del partido oficial. La Federación Catalano-balear deseaba reservarse una absoluta independencia y establecer su propia política, que era ecléctica y muy variable, y solamente determinada por los caprichos políticos de las circunstancias de su jefe reconocido. Y, sobre todo, su posición sobre la cuestión de las nacionalidades era básica para él, pero le divorciaba de las verdadera posiciones comunistas. Realizaba una propaganda exterior en pro de la unificación comunista, pero ni la comprendía ni la deseaba si no se realizaba a su favor. Después de sufrir varias crisis originadas por elementos favorables al partido oficial, se consolidó orgánicamente y puso seguir su propia política y destino.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

La prueba de esta incomprensión fue que cuando Andrés Nin volvió de Moscú, la Federación le negó el ingreso para no comprometerse con alguien bien conocido en Moscú como trotskista. Nin había sido secretario de Trotski hasta el año anterior. Y desde luego las tendencias chovinistas catalanistas fueron innegables cuando en 1930 se funden con el Partit Comunista Català de Jordi Arquer, un partido nacionalista nacido en el ateneo de Lérida. El resultado de la fusión será el «Bloc Obrer y Camperol» (BOC). Originalmente el BOC no era un nuevo partido, sino un «frente de masas» de la FCCb ampliada con el grupo de Arquer.

La FCCb seguía existiendo con Maurín y Arquer a la cabeza y pretendía dirigir a un conglomerado de masas pequeñoburguesas campesinas y obreros capitalinos organizados en el BOC hacia una independencia vendida como primera fase de una revolución catalana. En 1935 agrupaba a unas 3.000 personas. En la práctica nunca se separaron del proyecto nacionalista de Macià y en el 34 intentaron desarrollar una huelga general en contra de los sindicatos obreros en apoyo de Companys tras la proclamación de la República Catalana y la represión de la República. El BOC en el 34 fue el brazo popular de la unidad nacional catalana anhelada por la pequeña burguesía local.

¿Qué hacía el PCE stalinista mientras la OCE lanzaba los primeros números de Comunismo y Maurín transformaba la FCC-b en el BOC tras fundirla con los nacionalistas del PCC? Como escribía en una carta personal Humbert-Droz, que había sido castigado con representar a la IC en España por su amistad con Bujarin:

Resulta poco interesante trabajar por la simple razón de que no existe partido y lo que aquí se denomina Partido Comunista es una pequeña secta sin posibilidad de irradiación.

Humbert-Droz recoge en sus memorias: aunque comienzan a reclutar nuevos miembros, en Madrid el PCE tenía tan solo 10, en Bilbao 14… de hecho, con la política de clase contra clase propugnada por el stalinismo en aquel momento y ejecutada burocráticamente por los restos del partido español, la situación no hace sino empeorar.

Las elecciones municipales han revelado la extrema debilidad del partido, su completo aislamiento, su mínima influencia sobre las masas. (…) Los resultados están por debajo de las previsiones más pesimistas. En Barcelona, es una verdadera tragedia. Tenemos 50 militantes para más de 500 centros electorales. Es decir, que solo un 10% de los locales tenían listas de candidatos comunistas. No hemos recogido ni 100 votos, mientras que los maurinistas, que han hecho una propaganda mucho más intensa que nosotros, reúnen mś de 3.000 votos (…) En Sevilla, donde nuestros camaradas esperaban un mínimo de 2.000 a 2.500 votos, no tenemos ni 800. En Madrid, donde Bullejos esperaba unos 5.000 votos, no tenemos ni 200.

Jules Humbert-Droz. Memorias, tomo III, «Entre Lenin y Stalin», 1964

Un gesto reseñable: la propaganda política y los textos de orientación del PCE se escribe en francés por los delegados de la Internacional y se traduce luego al español. En honor a la verdad hay que decir que el PCE stalinista no se engañaba respecto al carácter burgués de la nueva república... aunque lo hiciera, y mucho, sobre la táctica a seguir.

El 14 de abril mientras la multitud celebraba la República, el pequeño grupo del PCE gritaba ¡Abajo la República burguesa!, ¡Vivan los Soviets!. Humbert-Droz cuenta:

Los comunistas que intentaban manifestarse, repartir octavillas o dirigir la palabra a la multitud fueron silbados, abroncados y acogidos con hostilidad amenazadora.

Jules Humbert-Droz. Memorias, tomo III, «Entre Lenin y Stalin», 1964

Bullejos lo recuerda en uno de sus libros de memorias:

Esta actitud duró varios días, manifestándose en agresiones a nuestras banderas comunistas, carteles de propaganda y periódicos. Nuestro aislamiento aquellos días era total. Sin embargo, no cambiamos nuestra posición, ni modificamos el tono de nuestra propaganda. Nos sentíamos orgullosos de navegar contra corriente.

José Bullejos. La Comintern en España, recuerdos de mi vida. 1972

Y no había nada malo en navegar contra corriente, la cuestión era que hasta para navegar contracorriente hace falta un trabajo teórico y un trabajo político que evite el ridículo de tener por consigna vitorear unos soviets que no existían.

Y es que aunque denunciara el carácter burgués de la República, lo hacía desde una perspectiva profundamente errada: la incompetencia de la Constituyente para culminar una revolución burguesa tan inexistente como los soviets para los que reclamaba el poder.

Sin embargo, muchas cosas habían cambiado para el proletariado español y el mundial. La burguesía no llegaba al poder contra las clases latifundistas y la burocracia del Antiguo régimen sino con ellas, liderándolas por primera vez en mucho tiempo. Estaba recomponiéndose y reorganizándose en torno al estado de una forma conflictiva y contradictoria, apoyándose en una parte de la pequeña burguesía radicalizada para modernizarlo y aprovechando la debilidad de un proletariado que, sin partido, oscilaba entre la ilusión democrática del PSOE y el apoliticismo de grandes gestos estériles de la CNT.

El único éxito reseñable del PCE en aquellos primeros meses de 1931 se produjo en Sevilla. El partido se unió a un motín espontáneo donde se liberó a todos los presos y se quemaron las sedes de los partidos de la derecha. Unos días después pudo reunir en el frontón del Betis a un par de millares de personas que aprobaron por aclamación su programa táctico. La cuestión es que no era un programa táctico, sino un batiburrillo de consignas económicas que respondían a la situación y consignas políticas que no tenían correspondiencia con los hechos políticos reales, como un referendum de autodeterminación en Cataluña y Euskadi o el Gobierno Obrero y Campesino.

Bullejos viajará a Moscú donde analizará la situación con las grandes figuras del stalinismo, en especial Manuilski. Se aprueba la idea de que España está en un momento similar a Rusia en 1917 y se mandan nuevas directrices.

  1. Quitar a las fuerzas monárquicas su base material: confiscación de bienes a la Corona, detención de los oficiales monárquicos, confiscación de las tierras de los terratenientes, etc.
  2. Desarmar las fuerzas reaccionarias y armar a las masas obreras y campesinas, y
  3. Creación de soviets de obreros, soldados y campesinos.

Carta abierta de la IC al PCE, 1931

La carta después lanzaba una serie de recomendaciones insistiendo en que:

El Partido no debe, en ninguna circunstancia, hacer pactos o alianzas, ni siquiera momentáneamente, con ninguna otra fuerza política. (…) En ningún caso debe defender al gobierno republicano ni sostenerlo.

Pero la verdad es que aunque había un resurgir de las luchas obreras, la situación española distaba mucho de la constitución masiva de soviets y ni hablemos de la constitución de un partido de clase. Eso sí, la tendencia centrista bujarinista-zinovietista desaparecerá absorbida definitivamente en el stalinismo y despejando un tanto el panorama.

En junio de 1931, la Agrupación de Madrid y la Federación Catalano-balear convocaron a una conferencia nacional de unificación comunista, prescindiendo de la Oposición de Izquierda. Esta conferencia no llegó a celebrarse porque rápidamente la Agrupación de Madrid entró en descomposición minada por el partido oficial, la FCCb y la Izquierda Comunista. La mayoría de los militantes madrileños decidieron ingresar en el partido sin condiciones y solo un pequeño grupo de militantes decidió resistir algún tiempo más. La FCCb prosigió su existencia y llegó a constituir una verdadera fuerza con todos sus defectos.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Aprovechando ese apoyo económico masivo, el PCE se dedicó sobre todo a preparar las elecciones del 28 de junio en las que consiguió 190.605 votos en un censo de 4.348.691 votantes, aunque ni un solo diputado. Más de 100.000 de esos votos los obtuvo en Andalucía, donde el proletariado estaba en ebullición.

Las elecciones fueron seguidas en Andalucía en julio de una huelga de masas que acabó con una represión brutal que costó la vida, entre otros, a cuatro militantes sevillanos del PCE. Mientras los diputados de la derecha abandonaban las Cortes Constituyentes con tal de no secundar el fin de los privilegios eclesiásticos en la nueva constitución, las huelgas, tomas de tierra y motines se intensificaban por todo el país.

Y en esto, llegó el golpe de Sanjurjo que llevaría a un giro final en el PCE impuesto desde Moscú.

La sublevación militar de Sanjurjo en Sevilla en el mes de agosto de 1932, provocó la crisis interior del partido español, que culminó con la ruptura entre el Buró Político y la Internacional, y nuestra expulsión posterior. (…)

Esta vez los miembros del secretariado del partido que estábamos en Madrid (…) no quisimos repetir las faltas extremistas que el 14 de abril se cometieron, y en el manifiesto redactado por mí después de analizar las causas de los sucesos, que atribuíamos a la política de contemporización del gobierno, lanzamos la consigna de «Defensa de la República». (…)

Días después celebraba reunión el Buró Político para examinar la situación creada por los recientes sucesos. La delegación de la Internacional reiteró sus declaraciones de que los acontecimientos del 10 de agosto confirmaban su punto de vista respecto a que el enemigo principal de la revolución no eran los monárquicos, sino el gobierno de Azaña y el Partido Socialista. A estas afirmaciones opuse mi punto de vista favorable a un cambio de política en el partido. La reacción se había demostrado demasiado poderosa el 10 de agosto, y había que hacer pasar a plano preferente la lucha contra ésta. No se trataba de apoyar incondicionalmente al gobierno de Azaña, sino de provocar una coalición de todas las fuerzas democráticas populares sobre las bases de un un programa revolucionario de defensa de la República, que comprendiera en primer lugar el desarme militar, político y económico de todos los elementos reaccionarios.

José Bullejos. Entre dos guerras, 1945.

A las pocas semanas, el equipo de dirección del Partido en pleno -Bullejos, Adame, Vega y Trilla- eran expulsados por el secretariado de la Internacional. A eso siguió una campaña de descrédito del «grupo Bullejos» por la nueva dirección de José Díaz y Dolores Ibarruri -que había sido la persona de confianza de Bullejos en Vizcaya- y luego de todos los partidos europeos, que sacaron resoluciones sumándose al linchamiento.

Ciertamente, toda la política del partido bajo la dirección de Bullejos había sido de puro aventurerismo, sin tener en cuenta las etapas de la revolución, sobrevalorando su fuerza respecto a las tareas a llevar a cabo, inutilizando incluso a los militantes en acciones esporádicas sin sentido, y estableciendo un régimen interno de la más completa arbitrariedad. Pero esta dirección había sido avalada y aprobada durante un largo período por la propia Internacional, era verdaderamente la política de ésta. (…)

Para la Internacional, cuando descubrió el proceso revolucionario español, el primer interés fue domesticar una dirección nacional que frecuentemente escapaba a su disciplina. Era un hecho insólito porque todas las otras direccciones de Europa estaban ya totalmente sometidas a sus mandatos. Y ésta fue, en realidad, la verdadera significación del grupo Bullejos. Con ellos se acabó con la determinación de la táctica política por la dirección nacional y se estableció el imperio de los delegados de Moscú, la omnipotencia de Codovila, Togliatti, Geroe, etc.; se acabó con lo que ellos llamaban «el espíritu anarquista de los comunistas españoles». (…)

El nuevo equipo, el de José Díaz, que dirigió desde 1932 el partido, seguía una táctica similar a la del «grupo sectario», porque en su extremismo era la misma de la Internacional. Esto se demostró en la crisis gubernamental del mayo de 1933, en que volvió a formular la consigna de «todo el poder a los soviets», precisamente cuando la reacción comenzaba, una vez reorganizada, a atacar y el peligro era más grave. El 14 de abril de 1931 no había soviets, el partido no tenía fuerza y la consigna de dictadura del proletariado circulaba en el vacío. En mayo de 1933 era igualmente improcedente.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

2. Llerena

Situada en la frontera siempre cambiante entre Andalucía y Extremadura, Llerena es la capital de una región económica que se extiende desde Guadalcanal (Sevilla) a Tierra de Barros (Badajoz), sustentada en la minería, la industria de transformación agraria y la explotación capitalista del campo. Es difícil encontrar una región europea con una continuidad mayor en la explotación bajo la relación capital trabajo. Las vecinas minas de Guadalcanal, fueron junto con las minas alemanas y jienenses, el principal foco de explotación de trabajo asalariado en la época esclavista (desde el siglo I). Administradas a finales del siglo XVII por Jerónimo de Ayanz, inventor de la máquina de vapor, fueron las primeras en el mundo (1720) en incorporar una máquina de vapor para reducir la temperatura y desalojar el agua, más de medio siglo antes del comienzo de la Revolución industrial inglesa. De 1900 a 1920, un grupo de capitalistas belgas pone de nuevo en marcha la mina de hierro de la Jayona, uniéndola a Guadalcanal con un teleférico y empleando a 400 jornaleros.

La estructura social y económica de Llerena y las comarcas circundantes es representativa de la de toda la España (y Portugal) meridional: un proletariado agrario altamente precarizado (trabajo temporal y a destajo) con ocupaciones agroindustriales (harinera, cervecera) y mineras minoritarias. En 1930 y hasta los años 60 así es la gran mayoría del proletariado español.

Al iniciarse la experiencia republicana, Llerena presentaba unas características socioeconómicas similares a las del resto de la región. Esta localidad, situada al sureste de la provincia pacense, contaba con 7.888 habitantes (3.854 hombres y 4.034 mujeres) y tenía una dedicación eminentemente agraria. Una característica fundamental en cuanto a la explotación agrícola era el predominio del latifundio, así a los 12 grandes propietarios (el 1,2 % de los propietarios) les correspondía el 50,9% de la riqueza rústica imponible, o por ejemplo las siete fincas de más de 250 hectáreas representaban el 46,53% del termino municipal.

Junto a esta desequilibrada distribución de la propiedad, otra nota determinante de la realidad llerenense al iniciarse la República era la existencia de una importante masa de jornaleros y yunteros cuyas condiciones de trabajo mejoraron durante los primeros años republicanos, aunque sus condiciones de trabajo seguirían siendo duras. Así el salario diario de un segador de la localidad habría pasado de las 4 ó 5 pesetas del año 1930 a unos jornales máximos de 10 pesetas en 1932 [después de las huelgas]. Sin embargo no podemos olvidar que estas tareas (siega) tenían un carácter meramente estacional (de dos a tres meses) y las retribuciones del resto de trabajos agrícolas (la mayoría también estacionales) disminuían a unas 5 pesetas, además el resto del año la inmensa mayoría de los trabajadores agrícolas sufrían el paro forzoso. Por otro lado, los precios de determinados productos básicos hacían más crítica la situación de penuria económica en la que se encontraba la mayoría de la población del campo extremeño y por tanto también de Llerena.

A nivel político local destacaba la importancia de las organizaciones socialistas (PSOE y UGT) al iniciarse la etapa republicana, organizaciones que tenían ya una importante trayectoria. No en vano, antes de la dictadura de Primo de Rivera se habían desarrollado en esta zona algunos importantes núcleos socialistas (Azuaga, Berlanga, Granja de Torrehermosa, Llerena, Malcocinado, etc.). En el XII congreso ordinario del PSOE, celebrado a finales de 1928, tres de las seis agrupaciones socialistas de la provincia de Badajoz que participaron eran de la zona (Azuaga, Granja de Torrehermosa y Llerena).

Esta implantación socialista tendría un importante respaldo en las elecciones municipales de abril y mayo de 1931, siendo la mayoría de los alcaldes elegidos en el distrito miembros del PSOE. En Llerena en las elecciones municipales del 12 de abril había triunfado la candidatura monárquica; no obstante, tras el advenimiento del régimen republicano, se convocaron nuevas elecciones municipales en numerosas localidades para el 31 de mayo de 1931, una de ellas Llerena. En esta ocasión, los quince concejales elegidos fueron en su totalidad socialistas, el predominio político del PSOE en la población era evidente.

José Hinojosa. El núcleo trotskista de Llerena durante la II República

En los años finales de la dictadura de Primo y la monarquía, Llerena es un pueblo ilustrado: sabemos que el instituto de primera enseñanza tiene en los años veinte dos microscopios, dos máquinas de escribir y una nutrida biblioteca que compite con las del Casino Llerenense (3.500 volúmenes) y con la de Casa del Pueblo que además reciben prensa de todo tipo desde Madrid, Córdoba y Sevilla. A pesar del mito -y la realidad desoladora de los años franquistas- el campo pacense y andaluz de principios de siglo está lejos de ser el mundo atrasado e inculto que ha retratado el mito racista. La pequeña burguesía local dirige una verdadera cruzada alfabetizadora y los ayuntamientos de la monarquía impulsarán todo tipo de equipamientos y obras públicas modernizadoras, expresión de una burguesía local que se siente firme en el territorio y mantiene sus caserones y almacenes en pleno centro de una ciudad que considera suya, cuyo patrimonio histórico -de los restos romanos a la Orden de Santiago y Zurbarán- mantiene y para la que proyecta incluso museos.

Llerena es un microcosmos de la España de la época, con una burguesía aristocrática que está ligada todavía al territorio, una pequeña burguesía que ha cambiado la lucha política por la instrucción pública y un proletariado masivo que comienza a ser consciente de su propia fuerza.

En el núcleo local de Juventudes Socialistas destaca un joven Manuel Fernández Grandizo -luego conocido como Munis. Munis era sobrino del impresor local, Pablo Grandizo, cuya familia regentaba además la tienda de tallas y objetos religiosos y la importación de vino a granel. Sus padres habían migrado a México, a Torreón de Coahuila, donde él había nacido en 1912. La familia retorna a Llerena en 1915, después de que la ciudad sea destruida por segunda vez por el general Villa, a tiempo para que su primeros recuerdos infantiles sean los del pueblo tomado por la organización espontánea de los jornaleros y mineros durante el trienio bolchevique.

En 1929 Munís que tenía solo 18 años, entra en contacto por correspondencia con el primer núcleo oposicionista que se articula en torno a los vizcaínos García Lavid -emigrado a Luxemburgo- y Esteban Bilbao, que había sido uno de los fundadores del PCE y que será referente de la Izquierda Comunista hasta su muerte en vísperas de la fundación de FOR. Munís viajará al congreso fundacional de Lieja, donde será el participante más joven.

A la vuelta en Llerena inicia una serie de charlas sobre la Revolución Rusa en las que hace grupo con Luís Rastrollo (Sem) que es de una finca de Fuente del Arco, Guadalcanal y tiene 22, al grupo se unen otros jóvenes como Felix Galan y José Martín. Munís pondrá en contacto a Sem, que es hijo de pequeños propietarios y estudia Derecho en Madrid, con Fersen. Sem será también el que gane para la izquierda comunista a un joven argentino compañero suyo de Derecho: Antonio Gallo, pronto figura clave de la Izquierda Comunista Argentina.

El pequeño grupo en Llerena comienza a atraer a cada vez más jornaleros y obreros de las comarcas circundantes en un momento en el que el proceso de la Revolución española va en ascenso.

A principios de marzo se desarrollaron graves desórdenes en la localidad. Su origen se encontraba en el desacuerdo existente entre los representantes de los patronos y los obreros sobre las soluciones que debían darse a la grave crisis de trabajo atravesada por el pueblo. En las negociaciones, que presidió el alcalde (Rafael Maltrana), los representantes obreros pretendían que los patronos alojaran durante quince días a los trabajadores en paro, mientras la delegación empresarial ofertaba sólo diez jornadas.

Paralelamente al desarrollo de esta reunión se concentró un grupo numeroso de obreros en la puerta del ayuntamiento, que al tener conocimiento de la negativa de los patronos, inició una serie de actuaciones de carácter violento. Así, mientras algunos de ellos se quedaron en la puerta del ayuntamiento para evitar la salida de los patronos, otros se dirigieron a las casas de los grandes propietarios que estaban reunidos, asaltándolas y llevándose alimentos. Tras el asalto volvieron al ayuntamiento hasta que los patronos firmaron las bases propuestas por los obreros. Sin embargo, fruto de los desmanes cometidos, la autoridad gubernativa hizo intervenir a la Guardia Civil, que detuvo a más de treinta personas, muchos de ellos jóvenes, entre los que se encontraban tanto Luis Rastrollo como Ventura Castelló [llerenense, aparejador y miembro del Comité sevillano de la Juventud Comunista].

Al día siguiente, los obreros no aceptaron «ser repartidos» y se negaron a recibir subsidio alguno hasta que no fueran puestos en libertad los detenidos. Además, trabajadores de otras localidades acudieron en apoyo de los de Llerena a pesar del dispositivo establecido por la Guardia Civil para evitarlo. La situación volvió a la normalidad al ser puestos en libertad los detenidos y firmarse un acuerdo entre el delegado del Gobernador Civil, el Alcalde y la representación patronal por el cual todas las partes se comprometían a aportar medios económicos para solucionar la crisis obrera.

José Hinojosa. El núcleo trotskista de Llerena durante la II República

El liderazgo de Sem le causará un juicio por sedición y prisión hasta junio, pero acabará con el monopolio de la organización socialista. El 20 de agosto de 1932 se constituirá formalmente el Radio de la Izquierda Comunista en Llerena. Solo en Maguilla el número de afiliados había pasado de veinte en abril a más de cincuenta en junio. La UGT se romperá en dos y los oposicionistas acabarán formando una Federación Local de Sindicatos Obreros.

Si las tareas de la siega transcurrieron en 1932 con relativa tranquilidad en la provincia de Badajoz, el último trimestre de este año se caracterizaría por una intensa conflictividad. Su origen debemos buscarlo en la precaria situación por la que atravesaban entonces los trabajadores agrícolas, casi todos en paro y con muy escasos recursos económicos, lo que llevó a algunos de ellos a protagonizar acciones consideradas por las autoridades republicanas claramente ilegales (invasión de fincas, robo de ganado y frutas, etc.).

Esta conflictividad tuvo su máximo exponente en el distrito de Llerena, donde a principios de octubre se producía la convocatoria de una huelga general, a la que no eran ajenos los militantes llerenenses de la ICE. La situación de los jornaleros llerenenses no era nada halagüeña desde los primeros días de septiembre. El propio Ayuntamientos afirmaba que en varios centenares de hogares de trabajadores se pasaba hambre y a pesar de sus gestiones ante los patronos de la localidad para conseguir fondos para evitar el paro forzoso, la situación empeoraba por momentos como lo reflejaba el escrito remitido por la alcaldía al Presidente del Consejo de Ministros:

Ante aguda crisis de trabajo por intransigencia de la clase patronal y sin auxilio económico (del) Gobierno, celébrase manifestación pacífica de obreros parados en número de 800 aproximadamente, interesando esta alcaldía rápida solución pavoroso problema...

No cabe duda que esta crítica situación de los trabajadores y la proximidad de las tareas de la siembra, motivó la convocatoria de una huelga por parte de la denominada Federación Local de Sindicatos Obreros, el nuevo organismo sindical creado tras los sucesos de marzo y de clara influencia trotskista, oponiéndose a esta acción la sección local de la UGT. Desde el primer momento, los organizadores pretendieron extenderla a toda la comarca, convocando para ello una reunión a la que asistieron representantes obreros de once pueblos y donde se acordó llevarla a cabo. Únicamente se opuso el delegado de Berlanga, si bien éste aceptó someterse a la voluntad de la mayoría

Conocedores de esta reunión, los dirigentes provinciales de la UGT llamaron al orden a sus organizaciones consiguiendo que el acuerdo adoptado en la reunión celebrada en Llerena fuera papel mojado al someterse a ellas la mayoría de las sociedades. Sólo los obreros de Llerena, Berlanga y Maguilla apostaron por la huelga, es decir, aquellas localidades donde la ICE tenía una cierta implantación.

Por su parte, el Gobernador declaró ilegal esta huelga dado su carácter «revolucionario», desplegando un importante número de guardias civiles en la zona. El conflicto tenía su origen inmediato, tal y como hemos visto más arriba, en la precaria situación económica que atravesaban los obreros agrícolas de la zona. Así, la reivindicación más sobresaliente del movimiento de protesta no era otra que la petición de un jornal mínimo de 4,50 pesetas para las labores de la siembra.

A pesar de las medidas gubernativas la huelga se inició el día 6 de octubre en las localidades de Llerena, Berlanga y Maguilla, teniendo un importante seguimiento entre los trabajadores de las tres localidades. Este hecho motivó que el Gobernador enviara más guardias civiles a la zona, además de cursar las órdenes convenientes para averiguar quiénes eran los miembros de los comités de huelga a fin de proceder a su inmediata detención y amenazar con la clausura de las Casas del Pueblo y las sociedades obreras.

[...]La consecuencia inmediata del conflicto fue la detención de numerosos dirigentes campesinos de las localidades donde se desarrolló la huelga, casi todos comunistas de izquierda. Los detenidos permanecieron en la cárcel hasta mayo de 1933, aunque unos meses más tarde se inició un proceso judicial en el que el fiscal pidió una condena de diecisiete años para cada uno de los encausados.

José Hinojosa. El núcleo trotskista de Llerena durante la II República

El desarrollo de la lucha jornalera fuera de los cauces conciliadores del PSOE, dirigida ya abiertamente por la Izquierda Comunista que lideraba a buena parte de la base socialista y al pequeño PCE local, no dejó de tener consecuencias. La más llamativa tal vez en el pueblo fue que la burguesía lllerenense fue poco a poco abandonado sus residencias para instalarse en Sevilla y Madrid. Sin embargo, politicamente, la repercusión más sorpredente fue el efecto sobre las bases obreras del stalinismo en Sevilla y Badajoz.

A principios de enero de 1933 se desplazaban a la localidad Ventura Castelló (miembro del Comité Regional del PCE de Andalucía), Trigo y Jesús Ruiz (miembros del Radio Comunista de Sevilla) con el propósito de conseguir que los militantes de la ICE llerenenses ingresaran en el Partido Comunista, pidiendo para ello una «controversia» con los dirigentes oposicionistas de la localidad. En esta controversia participaron por parte del Radio de Llerena de la ICE Munis (Manuel Fernández Grandizo), Carlos Llarza (Julián Gómez) y Félix Galán, asegurando el propio Llarza que:

La Oposición venía intentando inútilmente no ya ingresar en el Partido, máxima aspiración, sino establecer contacto con él. Todas nuestras peticiones a este respecto eran rechazadas sistemáticamente, sin otra razón que la de considerarnos contrarrevolucionarios, enemigos de la clase obrera. El acto significa y debía significar que los obreros del Partido Comunista empezaban a ver claro el asunto y que iniciaban una fase de concordia, que el radio de Llerena esperaba cuajara en una realidad

Tras esta intervención inicial, tuvo lugar un largo e intenso debate donde cada una de las partes expusieron sus puntos de vista. Al finalizar el acto se tomaron las siguientes conclusiones:

Por el Radio de la Izquierda Comunista de Llerena:

  1. Que se admita a la 1.C.E. en bloque, nacionalmente;
  2. Que de serlo sólo regionalmente, someterían el caso al C.E. de nuestra organización;
  3. Que ya fuera nacional o regionalmente, debían ingresar los militantes inscritos en nuestra organización, sin distinciones caprichosas o impuestas, sin exigírsenos abjuración de nuestros «errores trotskistas», dándose amplia libertad de crítica a cambio de aceptar la disciplina impuesta por la mayoría;
  4. Como ya ha manifestado nuestra organización, en caso de ingreso nacional, y sin excepciones, entregaríamos nuestra revista, la editorial y todo el material de propaganda que poseemos al Partido.

Por los delegados del Partido: Someter las peticiones del Radio de la 1.C. de Llerena al C.C. del Partido y comunicarnos la decisión que se adopte, comprometiéndose los tres camaradas delegados a defender nuestro ingreso sin excepciones

Que sepamos, es el único lugar de Europa donde la Izquierda Comunista gana la dirección de un amplio movimiento de luchas de dimensión regional, plantea una huelga revolucionaria, consolida una estructura política mayoritaria y es capaz de arrastrar no solo a las bases socialdemócratas sino al partido stalinista y a sus cuadros políticos.

Evidentemente el CC del PCE hizo oídos sordos a las resoluciones de su comité sevillano, pero en las elecciones de 1933...

los militantes de la Izquierda Comunista de Extremadura no sólo defendieron el voto a la candidatura del PCE sino que dudaron en intervenir en actos electorales de este partido y organizar un mitin para este partido en la propia Llerena. Además, uno de sus militantes, Pedro Corraliza Pequero, formó parte de la candidatura del PCE en la provincia de Badajoz. Por otra parte, un buen número trotskistas llerenenses asistieron al mitin socialista que tuvo lugar en la localidad, interrumpiendo en repetidas ocasiones a los oradores y teniendo el propio Luis Rastrollo un gran protagonismo en este acto electoral.

Al éxito de la política de fracción externa del PCE seguiría la formación inmediata del frente único de todas las organizaciones políticas y sindicales del proletariado que culminaría en diciembre con una de las primeras alianzas obreras y los esfuerzos por extenderlas a toda la provincia de Badajoz .

A principios de febrero de 1934, el diario Hoy informaba de la celebración en Llerena de «un acto de los socialistas, comunistas, de los sindicatos autónomos y elementos de extrema izquierda» autorizado por el gobernador civil, y que este diario caracterizaba como «un mitin llamado antifascista, organizado por elementos de izquierda y en el que tomaron parte varios individuos de la localidad».

Esta experiencia trató de extenderse a otras localidades de la comarca, así unos días más tarde se autorizaba por parte de la alcaldía la celebración para el día 10 de una nueva asamblea de representantes de las organizaciones obreras, sindicales y políticas de diferentes pueblos para abordar cuestiones relacionadas con el frente único obrero. Esta asamblea tendría lugar en la Casa del Pueblo, donde después de la reunión se realizaría un mitin de frente único en el que intervendrían oradores de diferentes tendencias tanto de Llerena como de otras poblaciones .

José Hinojosa. El núcleo trotskista de Llerena durante la II República

Todos estas actividades de frente único no solo servían al desarrollo de la ICE, que crecía en militantes y superaba ya al PCE en la región, sino que sobre todo se encaminaban al desarrollo a un nuevo nivel del proceso revolucionario. El momento clave: la huelga campesina convocada para el cinco de junio de 1934 y llamada a extenderse durante la siega que había de acompañar a una insurrección general del proletariado dirigida por las Alianzas Obreras. La huelga tendría su mayor impacto en Badajoz -sobre todo en Llerena, Olivenza y Fuente de Cantos- y la campiña de Jaén, extendiéndose hasta el día 14 sin encontrarse con eco en las ciudades gracias, sobre todo, al sabotaje del PSOE que contendría y retrasaría el movimiento de las ciudades hasta Octubre para desmadejarlo igual.

Consciente o inconscientemente, la Federación de Trabajadores de la Tierra, había elegido para declararla el mejor momento, tanto considerado desde el punto de vista económico como político, los apremios de la siega permitían escasa resistencia a los patronos; la tensión y capacidad de lucha entre los jornaleros había llegado a su punto álgido; el campo no podía esperar sin batirse en retirada ante los patronos y sufrir la desorganización consecuente. Políticamente, la ocasión era también la mas propicia. La reacción gilroblista habíase visto obligada a dar un paso atrás, a resultas de la huelga política contra su manifestación en El Escorial (abril). El propio gabinete Lerroux fue dimitido y substituido por el de Samper, prototipo de gobierno débil destinado a desaparecer rápidamente por la izquierda, o por la derecha, según el movimiento obrero se mostrase mas fuerte o más débil. Tras el gobierno Samper sólo cabía, el paso a otro gobierno fuerte con representantes directos de la mayoría filofascista de la cámara, o la disolución de ésta y convocatoria a nuevas elecciones, lo que hubiese supuesto una derrota formidable para la reacción, dejando el camino libre de obstáculos para, desenvolver el movimiento revolucionario hasta la dualidad de poderes.

Alrededor de cien mil trabajadores de la tierra holgaron desde el primer día de la declaración del movimiento. El gobierno mandó a combatirlos millares de guardias previamente concentrados en las zonas agrícolas. La huelga iba a ser un fracaso cierto sin la solidaridad del proletariado urbano. Dejando derrotar a los campesinos, las ciudades quedarían aisladas, privadas de su poderoso apoyo para los movimientos revolucionarios posteriores. Aunque la huelga campesina hubiese sido realmente inoportuna, lo que estaba muy lejos de ser, el proletariado tenía que apoyarla con huelgas de solidaridad para reducir las proporciones de la derrota y que los campesinos no se sintieran abandonados y traicionados. Era el ABC de la estrategia revolucionaria en aquel momento. Argumentando así, el delegado de la Izquierda Comunista en la Alianza obrera madrileña presentó un plan de huelgas de solidaridad escalonadas en las principales ciudades del país y limitadas a un plazo de 48 horas, lo que aseguraba de antemano su éxito. La huelga campesina se hubiese extendido de las regiones mas avanzadas a las retrasadas, abarcando 300, 400, 500 mil hombres. El gobierno habría sido forzado a dispersar sus fuerzas represivas en el campo y a concentrar una parte muy importante en las ciudades. Su capacidad de contención hubiese sufrido una importante merma. Y los trabajadores de la tierra, respaldados por las ciudades, habrían elevado hasta el máximo la intensidad de su ofensiva. En las excelentes condiciones políticas de las masas, la solidaridad de la ciudad con el campo habría impedido, en el peor de los casos, que los huelguistas sufriesen una derrota grave. El agro debía sentirse acompañado por la fábrica.

Pero los burócratas socialistas, aterrorizados por la importancia y el carácter ofensivo del movimiento, se negaron rotundamente a hacer el menor gesto en favor de los huelguistas. Todos los razonamientos, todas las representaciones del peligro de aislamiento del proletariado y de reforzamiento de la reacción encontraron oídos sordos en los representantes socialistas. Y en contra de ellos era difícil declarar las huelgas de solidaridad. Se corría el riesgo de un fracaso también en las ciudades, lo que hubiese aumentado las proporciones de la derrota. Como de costumbre, al voto del delegado de la Izquierda Comunista, se sumó únicamente el voto sindicalista (la Federación Tabaquera aun no pertenecía a la Alianza). Los trabajadores de la tierra sufrieron una derrota terrible. Docenas de ellos, cayeron muertos y millares dieron con sus huesos en la cárcel. El campo en su totalidad se desgajó del movimiento revolucionario ascendente. Ninguna ayuda podía esperarse de él en el período inmediata, como se demostró palmariamente durante, el movimiento de Octubre. No solamente se sintieron traicionados los campesinos, los propios obreros de la ciudad vieron como un precedente fatal la forma en que fueron abandonados aquellos.

G. Munis. Octubre Rojo en el proceso de la revolución española (1943)

La represión costó solo en la provincia de Badajoz 8.000 detenidos, 400 de ellos solo en Llerena, incluidos 40 dirigentes locales de la ICE. Ya antes de la huelga Munís había dejado Llerena y se había incorporado al trabajo en Madrid donde será el representante de la ICE en la Alianza Obrera. Por su lado, después de la derrota de la huelga campesina, Sem marchará como maestro a Santiago de Compostela donde se dedicará a organizar la ICE en Galicia.

Pero el núcleo de Llerena y su región no decae por eso. En 1935 el Comité Ejecutivo de la ICE apunta que:

Contamos hasta 400 camaradas; esta cifra debe reducirse si se tiene en cuenta que, debido al nivel político de ciertos camaradas, se ha tenido que realizar un agrupamiento en los últimos tiempos. En el radio de Llerena, nuestros camaradas tienen una influencia real en las masas en la vida política y profesional de la región; los sindicatos de trabajadores de la tierra, los artesanos (panaderos, cordeleros), están bajo su dirección.

Prácticamente toda la sección llerenense y extremeña de la ICE apoyará la fusión con el BOC que llevará a la fundación del POUM. Solo Munís seguirá a Bilbao, Fersen y otros en las posiciones de la dirección internacional.

La revolución estallaría finalmente en Llerena el mismo día 18 de julio, al llegar las primeras noticias del levantamiento militar.

El comité de milicias procede entonces a colectivizar partiendo de la colectividad creada por la ICE y de las requisas de los doblaos y rebaños de la burguesía agraria local, que casi en su totalidad había abandonado el pueblo durante los años anteriores.

Al almacén de la Merced, llevaban borregos, aceite, de tó... allí se repartía. Aquello era jauja... solo ir a por la ración, y te la daban. Luego costó a la mayoría [a los que habían estado en La Merced] pasar miedo y todo lo que Dios quiso... a muchos no los mataron... pero los llevaron a la cárcel [Julián hace un silencio, dejando entender que la mayoría fueron fusilados].

Lo que se hacía en el almacén erapesar, comprar..., bueno... comprar no se compraba nada. [...] El Comité de Defensa tenía dos o tres pastores, traían ovejas de las Condesas. Decían: matar 10 ovejas, cerdos... y las mujeres de los milicianos repartían. El producto era pesado y repartido.

Testimonio de Julián Núñez Galindo, labrador propietario, en 2006, recogido en De la esperanza revolucionaria a la fosa común, represión franquista en el caso de Llerena, Ángel Olmedo Alonso*

La traición de la Guardia Civil el ocho de agosto -que se había mantenido al margen- a las primeras señales de la invasión de las tropas de Queipo de Llano, que marchaban hacia Badajoz, marcan el comienzo de un breve episodio de la guerra revolucionaria que acaba con los militares prendiendo fuego a la Iglesia de la Granada, cuyo campanario será el último foco de resistencia y refugio de las obras de arte.

Seguirá una represión masiva y generalizada que acaba de cientos de obreros fusilados en la misma plaza del pueblo, en la tapia cementerio y casa por casa. Entre ellos los dirigentes de la izquierda. En los mismos días, Sem es capturado y fusilado por los sediciosos en Santiago mientras Munís vuelve a toda prisa de México con uno de los primeros cargamentos de armas para la revolución.

A mis camaradas Luís Rastrollo, Félix Galán, José Martín, recios e inteligentes luchadores de la revolución socialista asesinados por el verdugo Franco; a mi tío, Pablo Grandizo, asesinado por el mismo; a todos los muertos por la revolución durante las batallas de España, nobles representantes de una generación que supo emplear su vida.

Esta dedicatoria no es solo un cálido recuerdo; en ella va la tenacidad combativa de quienes hemos quedado en pie. ¡Vosotros los caídos generosamente; salvaremos vuestro esfuerzo con nuestro esfuerzo o con vosotros iremos a disolvernos en la tierra!

G. Munis. Dedicatoria de Jalones de derrota, promesa de victoria, 1948

3. La Izquierda Comunista en Argentina

El argentino es el primer grupo suramericano de la Oposición de Izquierda. Surge de una escisión del Partido Comunista, el Partido Comunista de la Región Argentina que había planteado su escisión sobre bases políticas locales. Cuando el PCRA rechaza alinearse con la Oposición de Izquierda Internacional, tres trabajadores, miembros de su dirección, lo abandonan y fundan el Comité Comunista de Oposición. Estamos en 1929. El pequeño grupo sobrevive a la dictadura uriburista y en 1932 se constituye como Izquierda Comunista Argentina (ICA). Abren un localito y publican un «Boletín de Oposición» en línea con los temas y perspectivas de la oposición internacional (comité anglo-ruso, revolución china, rechazo del socialismo en un solo país, etc.).

En 1932 ganan su primer grupo de trabajadores encabezado por Pedro Milessi. En agosto de 1933, un joven socialista que ha estado estudiando en España y hecho contacto con la Izquierda Comunista Española, Antonio Gallo, funda el periódico Nueva Etapa. Los dos grupos se fusionan a principios de 1935 bajo la sigla Liga Comunista Internacionalista. Sus publicaciones, Nueva Etapa y Tribuna Leninista son sustituidas por la revista IV Internacional.

Gallo (que firma como Ontiveros) es el primer teórico de aquella joven izquierda comunista argentina. El debate con el entorno stalinista y socialista se plantea en términos de alternativa: alianza con la burguesía nacional -ya sea bajo la forma de liberación nacional o de frente popular- o revolución socialista. Rechazan abiertamente la alianza con los sectores burgueses y plantean que de tener algún significado la liberación nacional no sería otro que la ruptura con el capital monopolista, algo que solo la revolución de los trabajadores puede plantear.

Gallo había estado en España estudiando Derecho en la Universidad Complutense. Allí conoce a Luís Rastrollo (Sem) a quien Munís había puesto en contacto con Fersen. Alrededor de Rastrollo y Fersen se formó un pequeño grupo universitario de la ICE en Madrid.

Cuando Gallo vuelve a Argentina serán las diferencias sobre la liberación nacional que apuntaban Bilbao, Munis y los llerenenses (es decir el origen de la minoría que permanecería con Trotski y rechazaría unirse al BOC para formar el POUM) las que marquen lo realmente característico de su posición sobre el Frente Popular y en general de su caracterización de Argentina y de la posición a tomar ante un eventual conflicto que enfrentara a la burguesía argentina con un imperialismo exterior.

No hay más burguesías revolucionarias. El ejemplo de la República Española de 1931 es abrumador. La burguesía, una vez en el poder no puede ni quiere resolver los problemas democráticos de su revolución; solo la clase obrera erigida en poder puede llevarlas a término. Otro ejemplo típico es la revolución rusa de febrero. Sin formular este problema con claridad no se delimitará nunca una política revolucionaria, porque se deja sin solución o se lo soluciona en el sentido del bloque con la burguesía, el problema del poder. Los principios no son un lujo de «trotskistas». Se traducen inmediatamente en la práctica.

Mariátegui admite no obstante estas contradicciones, que el único modo de liberar al país de la dominación del capital monopolista es mediante la lucha revolucionaria del proletariado. ¿Entonces que significa la lucha por la liberación nacional? ¿Acaso el proletariado como tal no representa los intereses históricos de la nación en el sentido en que tiende a liberar todas las clases sociales por su acción y a superarlas por su desaparición? Pero para ello necesita, precisamente, no confundirse con los intereses nacionales (que son de la burguesía, pues esta es la clase dominante) que en el terreno interior y exterior se contradicen agudamente. De manera que esa consigna [liberación nacional] es rotundamente falsa.

Antonio Gallo. «¿Adónde va la Argentina? ¿Frente Popular o lucha por el Socialismo?», 1935

En mayo de 1936, este análisis, tan cercano a Rosa Luxemburgo, se convierte en base de su aporte al programa de la IV Internacional, donde la consigna «contra el social-patriotismo y la defensa nacional, por el derrotismo revolucionario ante la guerra y sus preparativos» se fundamenta en el

reconocimiento del carácter internacional y por lo tanto permanente de la revolución proletaria; rechazo de la teoría del «socialismo en un solo país» así como de la política del nacional-comunismo que la completa (liberación nacional).

La izquierda comunista argentina entendía que la consigna de liberación nacional, en el contexto mundial del imperialismo, solo podía producir una deriva hacia el nacional-comunismo, a la supeditación abierta y franca de los intereses internacionales, universales, de los trabajadores al capital nacional.

Los dos trabajos más importantes de Gallo cimentan este análisis, pero además permiten una interpretación marxista de la historia argentina que trasciende el momento en el que fueron escritos. De hecho, es fundamental para comprender el peronismo que se impondrá una década después.

En Sobre el movimiento de septiembre de 1932 y en ¿Adónde va la Argentina? ¿Frente Popular o lucha por el Socialismo?, de 1935 Gallo argumenta que a partir de la llamada revolución de septiembre, un golpe de estado que derriba al radicalismo y coloca al general Uriburu, una parte de la burguesía argentina se empeña en buscar una salida fascista que permita a las necesidades del capital nacional -en plena crisis del 29- derrotar al movimiento obrero.

Las circunstancias económicas promotoras del golpe de estado determinaban para el capitalismo la necesidad de un poder fuerte, cualquiera que fuera su naturaleza, democrático (como lo es ahora el Gobierno de Justo), dictatorial o fascista. Todo poder, incluso dictatorial, necesita aún, en lo mínimo, una base popular. La dictadura de Uriburu no contaba con ella de ninguna manera.

Antonio Gallo. «El desarrollo de la Oposición de Izquierda en Hispanoamérica», 1933

Carente de esa base popular, la burguesía oscilará entre un fascismo sin sustento y la vuelta de un radicalismo cuyo interclasismo le vale, pero cuyo liberalismo pequeñoburgués le aleja de poder construir un capitalismo de estado moderno.

El sector civilista, democrático, juzgó de conveniencia despedir el radicalismo y no ir más allá. El sector fascista, minoritario, pero más audaz y decidido a virtud de la fuerza de que disponía, juzgó lo opuesto. Y el desenvolvimiento posterior del golpe de Estado se nutre de completo por esta diferencia que había de terminar con el triunfo del sector democrático.

Antonio Gallo. Sobre el movimiento de septiembre, 1932

Una fractura que determinará toda la política argentina hasta el golpe militar de 1943. En medio de luchas de clase cada vez más acentuadas dentro de la propia clase dominante, la oportunidad llegará con la nueva guerra imperialista mundial. La sustitución de las migraciones europeas masivas -que venían con la lucha de clases «puesta»- por la migración del interior movilizada por el boom exportador de la propia guerra, cambiará entonces la composición de la clase trabajadora. El nuevo proletariado, esos a los que con paternalismo repugnante Evita llamará mis cabecitas negras, es mucho más jóven y débil políticamente. Viene de dejar el campo, no tiene experiencia de luchas y compra el nacionalismo como una forma de integración social. El resultado es una derrota ideológica en toda regla

Perón no intentará vestir una dictadura militar al gusto de la gran burguesía agraria con elementos fascistas, sino que se enfrentará a ésta, dando rienda suelta al elemento revolucionarista del nacionalismo pequeñoburgués y, sobre todo, la aspiración estatista de la estructura sindical, convirtiendo la conciliación de clases (la justicia social que da nombre al movimiento) y la retórica de la liberación nacional en la base de un estado que ya no tiene por objetivo primordial la contrarrevolución -que había triunfado globalmente- ni la destrucción de las organizaciones de masas -a las que había supeditado de modo efectivo- sino la afirmación de un capitalismo de estado –planes quinquenales y utopía planificadora incluida– con sus propios intereses imperialistas.

Fue esta ruptura, continuidad de las aspiraciones del fascismo original, las que hicieron del peronismo de los setenta, en deriva ultraderechista, la matriz de una izquierda burguesa revolucionarista (Montoneros) que alimentaría a la izquierda nacional y popular del kirchnerismo de los 90 y al tan traído y llevado populismo de Laclau y Mouffe.

Cuando llegue el momento del giro francés y se plantee el entrismo dentro de los partidos socialistas, Gallo encabeza en Argentina la oposición a tal política. Pero la de por sí magra LCI se consumirá en la división que seguirá a este debate que fraccionará a la organización en una pléyade de grupos entristas, primero en el PS y luego en el PSO formado por su izquierda. En diciembre de 1937 aparecerá el último boletín de la LCI.

El primer grupo en ensayar el entrismo en el PS y el fraccionalismo en su escisión de izquierda, el PSO, será el de Carlos Liacho. A pesar de la desaparición de los internacionalistas como fuerza organizada independientemente de los partidos de la burguesía, las posiciones teóricas seguían abogando claramente por la independencia de clase. Incluso para los entristas de Liacho, la lucha antiimperialista es, en primer término, una lucha contra la burguesía nacional en la que no cabe ponerse a buscar sectores progresivos.

En la lucha contra el imperia­lismo, el partido debe sostener la consigna siguiente en la República Argentina: de acuerdo a las condiciones obje­tivas, económicas y políticas, no hay lucha contra el imperialismo desligada de la lucha contra la burguesía nacional en su conjunto. La liberación nacional la realizará únicamente el proletariado tomando el poder político, y el peligro de una intervención imperialista terminará cuando sea derribado el capitalismo por la revolución proletaria internacional.

Entre el 37 y el 38, el PSO procederá a expulsar a las fracciones entristas que habían llegado a tener cierto peso político y organizativo, produciendo una nueva oleada de desánimo e incluso de desmoralización. Liacho abandonará la militancia por ejemplo. El internacionalismo queda desarbolado.

Es en esta época cuando se acercaron a lo que ya no era sino una corriente de opinión, figuras que después serán famosas en la política argentina como Hornero Cristalli (conocido como J. Posadas) y Liborio Justo (Quebracho) a cuya tendencia se unirá después Hugo Miguel Bressano (Nahuel Moreno). Serán todos ellos padres fundadores del mal llamado trotskismo argentino. Y lo serán precisamente en la medida en que pongan en cuestión el internacionalismo heredado de la década anterior que seguía por entonces representando Gallo.

Liborio Justo, Quebracho, aventurero, hijo de un ex-presidente y dado a la descalificación fácil, será el líder y el acelerador del proceso. Con grupos de estudiantes afines, restos anarquistas y expulsados del PSO, creará el GOR (Grupo Obrero Revolucionario) que a pesar de tener solo 17 miembros será la primera organización a la izquierda del stalinismo en hacer grandes tiradas (entre 5.000 y 10.000 ejemplares).

La reconstitución de la sección argentina de la Internacional parecía que iba a dirimirse entre dos polos. Por un lado el propìo Justo y su GOR, por otro Gallo, que había reiniciado la publicación de Nueva Etapa y reconstituido la LCI, liderará el reagrupamiento en la Liga Obrera Socialista (LOS). Partiendo de todo tipo de confusiones, las posiciones de Justo evolucionarán en el GOR hacia el nacionalismo mientras los contrarios a la aceptación de la teoría de la liberación nacional se harán hegemónicos en la LOS.

Toda posición que trate de justificar la liberación nacional tiene que demostrar primero la opresión de la propia burguesía y después la factibilidad y el carácter progresivo del programa de ésta. Para resolver la primera parte Justo creará un modelo luego repetido mil veces: la oligarquía ganadera, en alianza con el imperialismo inglés, oprimirían a la burguesía industrial y al hacerlo «deformarían» el capitalismo patrio evitando la aparición de un mercado interior dinámico.

La Argentina es un país semicolonial sometido al imperialismo. Esta situación se deriva, en primer térmi­no, de su condición de país agropecuario que la coloca frente a los grandes países industriales, en una situación de dependencia análoga a la que se encuentra el campo respecto a la ciudad. La Argentina ha sido, durante largos años, una especie de apéndice económico de Europa y particular- mente de Inglaterra, que absorbía buena parte de su producción. Esta situación deformó por completo el desarrollo armónico de las fuerzas productivas del país, paralizando su evolución industrial la consiguiente creación de un mercado interno, al mismo tiempo que permitiendo a la oligarquía ganadera argentina con intereses pa- ralelos al imperialismo inglés eternizarse en el poder hasta llegar a constituir el principal freno al progreso de la República

La segunda parte sin embargo se esquiva. No hay manera de retratar una burguesía nacional revolucionaria. La burguesía revolucionaria es sustituida por el pueblo argentino, cuya vanguardia, el proletariado argentino, tendría que realizar el programa nacional de una burguesía inexistente sin poner en cuestión las relaciones de producción capitalistas.

Aprovechemos la declinación evidente y posible caída definitiva del impe­rialismo inglés, que tiene engrillado al país y paraliza su pro- greso, para alcanzar nuestra liberación económica. En ninguna forma es posible permanecer impasible ante la perspectiva de que esas compañías de servicios públicos, empresas industriales, sociedades agrícolas y Bancos ingleses cambien de dueños y vayan a parar, como herencia de guerra, a manos de los EE.UU., según todas las posibilidades parecen indicarlo. Lo mismo puede decirse de territorios que legítimamente pertenecen a la Argentina, como las Islas Malvinas. El pueblo argentino debe exigir y tomar medidas para que le sea restituído todo lo que le pertenece (…) El pueblo tiene ante sí un doble camino en que se abre esta doble perspectiva: luchar por la liberación nacional o someterse e ir a morir al servicio del imperialismo que lo oprime y explota. Su vanguardia el proletariado revolucionario, debe hacerle elegir su ruta.

Gallo, que es consciente de las implicaciones de la defensa de la «liberación nacional» en Argentina, responde reafirmando la caracterización de la sociedad argentina como capitalista, una conquista teórica defini­tiva heredada de los tiempos de la II Internacional.

Hace treinta años, el dirigente reformista Juan B. Justo afirmó lo que constituye una conquista teórica irrenunciable del proletariado argentino en su conjunto ratificada por centristas del tipo Del Valle Iberlucea, enriquecida y completada por los distintos movimientos marxistas habidos en el país y defendida sobre todo, por los dirigentes de la IV Internacional en Argentina: el carácter capitalista de la evolución del país y el carácter socialista de la revolución. Este principio es la piedra fundamental de la lucha de clases del proletariado argentino, su mejor conquista en el terreno teórico (…) El que niegue esto es un vulgar traidor al proletariado.

Porque al final, bajo el programa de la liberación nacional, toda alianza con la burguesía «progresista» supone supeditar el movimiento obrero al programa de la pequeña burguesía representado por el radicalismo, pretendiendo empujarlo hacia una revolución «anti-imperialista» que ni siquiera estaba en su agenda real.

La burguesía argentina, a diferencia de la de los demás estados indoamericanos se basa en una economía de cierto grado propio, tiene una gran experiencia, cuenta con un Estado bien organizado y un aparato de represión formidable. Ya ha hecho su revolución y está dispuesta a gozar de sus beneficios. No tiene el menor propósito de lanzarse a ninguna revolución «antiimperia­lista». (…) El radicalismo y la oligarquía son cómplices por igual del capitalismo financiero internacional que domi­na económicamente a la Argentina (…) No hay más revoluciones democráticas, sino revoluciones socialistas. La IV Internacional no admite ninguna consigna de «liberación nacional» que tienda a subordinar al proleta­riado a las clases dominantes y, por el contrario, asegura que el primer paso de la liberación nacional proletaria es la lucha contra las mismas

Para Gallo la liberación nacional es una consecuencia de la Revolución Mundial, no un paso previo, una fase inicial de la famosa «revolución permanente». Lo ve claro en la medida además que, de no ser así, se convertiría inmediatamente en la práctica en una variante del Frente Popular.

Hace poco el señor Marianetti [líder del PSO] reeditó esta consigna stalinista y últimamente la han hecho suya un señor Quebracho [Liberio Justo] y los fascistas de la Alianza de la Juventud Nacionalista. Pero en las filas de la IV Internacional no se logrará introducir la menor confusión al respecto. En un articulo reciente de La Nueva Internacional (enero de 1940), el camarada J. Lagos califica de «Variante del Frente Popular» a la consigna de «liberación nacional», posición que es exactamente idéntica a la de los fascistas (…) La «liberación nacional» no tiene nada que ver con nuestro movimiento. ¡Por la lucha de clases! ¡Por la revolución socialista!

Jorge Lagos, que en ese momento transita del GOR a la LOS precisamente por la defensa del carácter socialista de la revolución en Argentina, escribe en 1940:

Así como valoramos en su verdadera importan­cia el rol combativo de la clase media urbana y rural, nos negamos terminantemente a condicionar el carácter, la intensidad, la forma del movimiento social de la clase obrera a las veleidades, inconsecuencia y debilidad de la pequeña burguesía, tal como lo pretenden los panegiris­tas del antiimperialismo. Hay que tener la audacia del ignorante y el desparpajo del charlatán para referirse del modo general que lo hace el autor del folleto [Justo] a la paralización de la evolución industrial del país, como si el país no tuviera industrias e igualmente a la creación del mercado interno, como si éste no existiera. Las características de nuestros países no denuncian deformación alguna de la economía capitalista -por el contrario, la suya es la forma natural de existencia del capitalismo en las semicolonias en la época del «capitalis­mo moribundo».

En las tesis de la LOS, tituladas «¿Revolución Socialista o liberación nacional?» aprobadas en su conferencia nacional a finales de ese año se avanza aun más.

El movimiento de la independencia fue en la Argentina una revolución burguesa, a diferencia de otros países del continente donde no tuvo características tan nítidas, como en Perú, por ejemplo. En la República Argentina hay proletariado y capitalis­mo, beneficio y plusvalía, y por lo tanto lucha de clases y la estrategia del proletariado debe ser la de la revolu­ción socialista (…)

Los formalistas pedantes y los oportunistas… reemplazan la dinámica de clases por nociones puramente nacionales. En consecuencia, si la Argentina es un país semicolonial por mucho que hace más de un siglo goce de una independencia política, se convierten en abanderados de la «liberación nacional». La teoría y la estrategia marxistas rechazan terminantemen­te, en todos los casos, la estúpida idea de que el proletariado deba convertirse en abanderado de ideas y de movimientos burgueses de liberación nacional. (…)

[La LOS] Como partido defiende siempre y en primer término la revolución socialista y la contrapone dialécticamente a la independencia nacional. Es una miserable concesión reac­cionaria abandonar la lucha de clases y la revolución socialista para lanzarse a agitar una consigna que, aparte de sernos ajena, es principal motivo de agitación demagógica de fascistas y stalinistas y que, por lo tanto es resistida por todos

¿Que es la liberación nacional? ¿El pago de las expropiaciones, o sea el más pingüe negocio de sus agentes radicales y conservadores? En nuestro país la liberación nacional no es ni puede ser otra cosa que la coordinación monopolista de los transportes o la compra de los ferrocarriles propuesta por Pinedo. El «antiimpe­rialismo» que implica la liberación nacional de fascistas, stalinistas y quebrachistas es una superchería reacciona­ria. El mundo debe regirse conforme al capital financiero internacional o conforme al régimen socialista interna­cional… El único antifascismo de buena ley es el socialismo. Que los advenedizos y aventureros como Quebracho funden la quinta internacional. (…)

Las características de país semicolonial avanzado, la relativa evolución industrial, el alto porcentaje de obreros, las características de la explotación agraria, las tradiciones teóricas, políticas y organizativas del proletariado y, sobre todo, las condiciones de la actual época imperialista de madurez para una economía socialista mundial, determinan la estrategia de la vanguardia proletaia, sección argentina de la IV internacional en formación. Es decir, la estrategia de la lucha de clases y de la revolución socialista. La revolución no puede detenerse en las medidas democráticas ni en los límites nacionales. Se extenderá a los demás países americanos y buscará la solidaridad de los trabajadores estadounidenses. El pro­blema así planteado elimina toda consideración oportu­nista y demagógica de «liberación nacional».

Lo dramático de todo este debate, polarizado entre el GOR y la LOS, es que se discutía algo mucho más profundo que la táctica y la estrategia revolucionaria en Argentina: se discutía el internacionalismo mismo en su significado más básico.

En caso de participación argentina en la guerra que comenzaba, el GOR planteaba la defensa nacional revolucionaria. Es más, defendía que tal debía ser el caso ante cualquier guerra de un país semicolonial con un país imperialista. Dejando de lado el artificio de la distinción -el carácter semicolonial de un capitalismo nacional no resta para que sea tan imperialista como los demás en la actual fase del capitalismo- estamos hablando de los fundamentos mismos del internacionalismo. En la práctica el resultado de las posiciones que defendían la pertinencia de la liberación nacional llevaban de cabeza a participar en el encuadramiento de los trabajadores para la matanza imperialista.

Este resultado se materializaría en dos momentos históricos críticos: el estallido en 1947-48 de la IVª Internacional ante el apoyo de varias de sus secciones a las «resistencias nacionales» y la «guerra antifascista»; y durante la guerra de las Malvinas en 1982, cuando prácticamente todo el trotskismo argentino, heredero de aquel debate, apoye la guerra contra Gran Bretaña por el control de las islas, uniéndose unos alegremente al reclutamiento, proponiendo otros la «extensión de la guerra a todo el territorio» mediante las confiscaciones y nacionalizaciones de las empresas británicas.

Volviendo a los 40, la década comienza con el asesinato de Trotski en agosto de 1940. Las tropas alemanas han entrado en París y el Comité Ejecutivo de la Internacional (CEI) se traslada a EEUU, país en aquel momento todavía neutral, donde la dirección de la IVª es tomada por el sector centrista, el más oportunista y filostalinista del SWP (Cannon). El nuevo CEI, mediotíntico en relación al stalinismo, tendrá mano de hierro con los críticos que comienzan a cuestionar la defensa incondicional de la URSS y su caracterización como estado obrero degenerado. Tal es el caso de Schachtmann y Burnham en el SWP y de Pedro Milessi -sindicalista integrado en la ICA desde 1933- en Argentina. No será el único de los dirigentes históricos en abandonar la militancia ni el más importante. Antonio Gallo, el principal nexo y dirigente histórico de la Izquierda Comunista Argentina durante los diez años anteriores, abandona desmoralizado la militancia en agosto del 41 al verse desautorizado por la propia Internacional.

En ese momento «Quebracho» ha convertido el debate sobre la liberación nacional en un debate continental en el que solo el grupo uruguayo -que también ponía en duda la defensa incondicional- y una parte del POR boliviano toman posiciones internacionalistas. El CEI, sin entrar en la cuestión principal, ve con preocupación la extensión de la consigna de neutralidad defendida por la LOR y redacta en mayo del 41 unas tesis que pretenden corregirla. En la consigna, apunta el CEI:

Está completamente ausente el espíritu de lucha contra los dos campos imperialistas. En su aparente actitud de indiferencia a la victoria de ninguno de ambos campos, no puede ser detectada la actitud proletaria de que ambos campos son en realidad uno y el mismo y deben ser destruídos.

Hasta aquí la posición internacionalista se expresa con claridad… pero el CEI centrista no podía dejar pasar la oportunidad de echar a perder los principios.

Ni que decir tiene, por supuesto, que las fuerzas de la IV Internacional no pueden ser nunca neutrales en una lucha entre un pueblo colonial o semicolonial contra un poder imperialista. Entendemos perfectamente que los camaradas que utilizan el eslogan de neutralidad no quieren dar a entender que serían neutrales en tal caso.

No es de extrañar que la LOS en general y Antonio Gallo en particular se sintieran desautorizados. Sin entrar siquiera a discutir la caracterización de Argentina, que no se sabe si dan por hecha o simplemente prefieren ignorar, refuerzan la perspectiva de la defensa nacional revolucionaria de Liborio Justo y sus seguidores. Corrigen sí, la consigna de neutralidad, coincidente con la burguesía nacional que veía el negocio de proveer de carne e intendencia al ejército británico, pero orientan a los partidos sudamericanos a centrarse en atacar a EEUU.

Los partidos revolucionarios de los países sudameri­canos, secciones sudamericanas de la IV Internacional deben utilizar eslóganes que movilicen a los obreros y campesinos de esos países contra todos los imperialismos (…) Atacando no mediante la neutralidad, sino median­te una activa lucha antiimperialista, al imperialismo en general, debe ser dirigido hacia el principal peligro imperialista del momento. En este caso el imperialismo yanqui está alineando a todo Latinoamérica detrás de sus propios fines. Debemos atacar sobre todo al imperialis­mo yanqui. El proletariado debe distinguirse claramente de su propia burguesía que juega la neutralidad sólo para ganar un lugar para negociar una parte mayor del botín de la explotación imperialista, o para venderse a sí misma por un precio más elevado a uno de los poderes. Hoy es el imperialismo americano quien está siendo ayudado por la burguesía latinoamericana. La ayuda bajo el disfraz de la defensa de la democracia contra el fascismo, debe ser expuesta y atacada por nuestras fuerzas. Debe ser claro que sólo mediante la alianza de las masas latinoamericanas con el proletariado americano podrán ser derrotados tanto el imperialismo americano como las burguesías nativas en sus comunes maquinacio­nes para guardar a los pueblos latinoamericanos bajo su sujeción.

Como sustitutos al slogan de neutralidad propone­mos: ¡abajo la guerra imperialista! ¡abajo el imperialismo yanqui! ¡Contra todos los explotadores imperialistas! Por la unidad socialista de América Latina!”

Las consignas de la CEI quedan muy lejos del derrotismo revolucionario de Gallo y la LOS. Esquivando la discusión sobre la caracterización del significado de la fase histórica para Argentina, proclamando al mismo tiempo la lucha contra todos los imperialismos y abriendo la puerta a la defensa nacional revolucionaria, el CEI da una demostración de libro de qué significa centrismo. Mientras, los informes del delegado del CEI en Argentina en 1941 muestran el oportunismo galopante que corre tras la censura de la LOS y de Gallo cuando escribe que

el total rechazo de la neutralidad por la LOS, no sólo como eslogan sino como tema de conversación, impresiona a este observador, pues contiene un gran sectarismo y ultraizquierdismo

Para culminar la confusión, poco después otro dirigente del CEI, Loris, publicará una carta a título personal, criticando las posiciones nacionalistas de Liborio Justo. Frente a la posición de Justo que plantea

Que pasen a poder de nuestro pueblo todas las grandes compañías de servicios públicos; empresas industriales, sociedades agrícolas y bancos extranjeros que actualmente nos esquilman y dominan

Loris responde:

¿Y la burguesía nacional? ¿Qué se quiere decir con la fórmula que pasen a poder de nuestro pueblo? Esto es parte del arsenal fuera de época y superado de todos los demagogos pequeños burgueses

Loris sí entra en la caracterización de Argentina del GOR:

El panfleto habla asimismo de la economía argentina como deformada por la opresión imperialista. ¿Será cuestión de restaurar la economía argentina, de hacerla normal? ¿En el cuadro del capitalismo imperialista, es posible esperar para ella que siga un curso armonioso de desarrollo?

Son objeciones obvias. Pero una vez más, recae en el centrismo cuando trata de equilibrar las críticas respondiendo a la tesis central de la LOS. Para la LOS:

La guerra entre uno de nuestros países y uno de los sectores imperialistas será una guerra imperialista

Para Loris «puede ser» en cambio una «guerra defensiva antiimperialista». Una de cal y una de arena.

La carta levantará la furia de Quebracho y dificultará los intentos del CEI de forzar bajo su dirección una fusión entre la LOS y el GOR (reconvertido en Liga Obrera Revolucionaria, LOR). La fusión tendrá finalmente lugar en diciembre del 41. El programa ecléctico y centrista impulsado por el CEI para hacer hueco a los quebrachistas, es desplazado en lo fundamental por las tesis de la LORS.

Nace el «Partido Obrero de la Revolu­ción Socialista» (PORS) con una resolución en la que se destaca que:

preciso es reconocer que la guerra de la República Argentina, cualquiera que sea el sector bur­gués que detente el poder y uno de los sectores imperialistas, sería una guerra imperialista.

Quebracho, que se ha autoexcluido de la fusión, no deja de acosar y descalificar a la dirección del PORS, acusando al delegado de la CEI, que trabajaba como periodista de Time de agente del imperialismo yankee. La escalada ahuyenta a buena parte de sus propias filas y culmina en julio del 42 con la denuncia del SWP y de la IVª como agentes de Wall Street. En el camino intenta arrastrar a miembros del PORS con algún éxito. Un joven, Hugo Miguel Bressano, abandona el partido y escribe para la LOR un folleto al que titula Tres meses de vida en el confusionismo, en el que explicaba su ruptura como resultado de sostener las posiciones de Liborio Justo en tomo a la liberación nacional. Justo le premia con un pseudónimo, «Nahuel Moreno», que conservará toda su vida.

Pero lo que sale por la puerta en el congreso de proclamación de la primera sección argentina reconocida por el CEI, entra de nuevo por la ventana. El debate: la actitud ante las elecciones del año 43. El secretario general, las regionales y la base apuestan coherentemente por el abstencionismo, se enfrentan al la redacción del periódico, financiada por el CEI, que pretende apoyar al Partido Socialista. El Secretario General, Narvajas, acusa a las secciones partidarias de la participación electoral de inflar su representatividad. Estas votan su expulsión. Carente de sus líderes históricos, el PORS se descompone en grupitos locales aislados por la trifulca.

El golpe de estado de 1943 y la represión que le siguió, acabarán de dispersar lo que quedaba de él. El «cuartismo» argentino vuelve al estadio de pequeños grupos, algunos a la práctica del entrismo y finalmente, en 1945, con la aparición del peronismo como movimiento masivo, a una reafirmación de la centralidad de la liberación nacional y un reagrupamiento en torno a los dos líderes que mantienen a las posiciones de Quebracho: Posadas, que integra a su grupo en el movimiento peronista, y Moreno, que sin ponerse a las órdenes del General como rezaba el periódico del grupo de Posadas, se consagra en el desarrollo de sus sindicatos peronistas.

Moreno y Posadas serán las nuevas figuras de lo que ya, separado de las tradiciones internacionalistas de la Izquierda Comunista Argentina, se viene en llamar el «trotskismo argentino». En tal calidad participarán en 1948 en el IIº Congreso de la IVª Internacional en el que los internacionalistas denuncian la traición de algunas de las secciones principales y del mismo SI.

Ambos tomarán partido por la dirección que quiere tapar cuanto antes el debate. Ninguno, es obvio, se conmueve porque buena parte de la IVª haya apoyado el reclutamiento en la carnicería en nombre de la liberación nacional. Moreno incluso llega a definir la situación en los países ocupados simultáneamente por los aliados y Rusia como de doble poder, como si los ejércitos rusos -que estaban reprimiendo huelgas y movilizaciones obreras a sangre y fuego en todo el Este europeo- fueran equivalentes a soviets y representaran la voluntad consciente de la clase obrera. Posadas, que establece una identidad política con Michel Raptis (M. Pablo) escribe aquí encontré gente como nosotros.

Addenda: Uruguay

En Uruguay la Izquierda Comunista había nacido en 1929 como una escisión del Partido Comunista. Su evolución será similar a la Izquierda Comunista Argentina. Cuando Liborio Justo, Quebracho, crea su grupo en Argentina, el GOR, sobre posiciones n#acionalistas, anima también una escisión entre los uruguayos, forzando la creación de un GOR local en 1937.

Cuando en mayo de 1940 se reúne la «Conferencia Urgente» de la IVª Internacional para reorganizarse tras la entrada de las tropas alemanas en París, donde hasta ese momento había estado su sede, el informe sobre Latinoamérica destaca el confusionismo de los quebrachistas y la debilidad organizativa del grupo que seguía en torno a las posiciones originales, la Liga Bolchevique-Leninista, que sin embargo fue uno de los pocos grupos continentales en responder a la guerra sobre una base netamente internacionalista.

Esta claridad internacionalista les llevará a entrar en contacto a través de Mario Pedrosa con los grupos antidefensistas que en la época ponían en cuestión el apoyo incondicional a la URSS. Pedrosa había fundando con Benjamin Peret el primer grupo de la Oposición de Izquierda Internacional en Brasil y desde la fundación de la Cuarta en 1938 hasta su expulsión en octubre de 1940 había sido el representante de América del Sur en el Comité Ejecutivo de la Internacional. Tras su expulsión por antidefensista decide volver desde EEUU a Río por el Pacífico, haciendo escala en Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay para discutir con los grupos locales sobre el debate en voga en aquel momento en EEUU. Aunque Pedrosa quedará descolgado, la posición básica de los antidefensistas, la insostenibilidad de la defensa incondicional de la URSS, será adoptada por el grupo uruguayo en pleno.

Sabemos que la Liga se reunirá con los antidefensistas en Lima en 1942 en casa del fundador del APRA Victor Raúl Haya de la Torre, solo para constatar las profundas diferencias que los separaban. Los norteamericanos estaban en deriva abierta hacia el apoyo al imperialismo estadounidense; los uruguayos, habían llegado hasta ahí en coherencia con en el derrotismo revolucionario. La conferencia resultó pues infructuosa, pero es una buena muestra del aislamiento de las posiciones internacionalistas en Sudamérica en aquel momento en el que la guerra se acercaba a una nueva fase y el internacionalismo da su canto del cisne en Argentina con la fundación del PORS en 1943… para desaparecer casi inmediatamente después a los primeros golpes de la depresión y la división interna.

El camino de la Liga no será muy diferente. Tras el fracaso de su contacto antidefensista sufren de lleno la caza de brujas organizada contra los trotskistas por el gobierno mano a mano con el partido stalinista. No tienen referentes internacionales: el SI solo les deja opción de abjurar de su crítica de la defensa incondicional de la URSS y no saben que en la misma casa de Trotski en México, alrededor de Natalia Sedova y la sección española, está surgiendo una crítica al centrismo y el defensismo del SI.

El grupo se desbanda y solo algunos miembros a título individual se integran en la corriente ahora principal. De los dos grupos que habían integrado la IVª en Uruguay solo quedará el GOR, que ha pasado a denominarse LOR («Liga Obrera Revolucionaria») y que desde el primer día había pivotado sobre las posiciones nacionalistas y de colaboración de clases de Liborio Justo. Es en éste momento cuando podemos decir que la Izquierda Comunista, el internacionalismo organizado, ha colapsado en Uruguay.

4. Presentación del FOR

Fomento Obrero Revolucionario (F.O.R.) nació en 1959 con bases aproximadas a las de la escisión de los miembros de la sección española exiliados en Méjico, respecto a la IVª Internacional, en el Congreso de 1948.

Esta escisión se basó en el tema del internacionalismo proletario frente a la guerra imperialista; una reconsideración de la naturaleza del estado ruso, de la situación internacional (consecuentemente de la actuación de los revolucionarios) y del «programa de transición».

Estas posiciones fueron desarrolladas en el seno de la IVª Internacional por un grupo de revolucionarios entre los que se encontraban dos de los iniciadores de F.O.R. : Benjamín Péret (poeta surrealista francés) y G. Munis, antiguo miembro del grupo bolchevique-leninista español (pro-IVª Internacional) que participó al igual que Los Amigos de Durrutien las jornadas de Mayo del 37 en Barcelona, oponiéndose a los republicanos y stalinistas.

Tras una efímera tentativa de construcción de la organización y haberse abatido la represión franquista sobre los compañeros que lo iniciaron, FOR se constituyó como organización. Actualmente existe un grupo FOR en España, otro en Francia y un núcleo FOR en los EEUU.

He aquí sucintamente nuestra historia. Con esta exposición, que quede claro, sólo pretendemos orientar sobre el origen de nuestro grupo; nada más lejos de nuestra intención el querer reivindicar una herencia histórica o un derecho de antigüedad/fiabilidad.

Lo realmente importante son las posiciones que nuestro grupo defiende y el afirmar (y poner en práctica) que estamos dispuestos a revisarlas si se demuestran inadaptadas respecto a la evolución del sistema capitalista y las fuerzas que lo sostienen.

Presentamos a continuación un breve resumen de nuestras posiciones señalando previamente que este resumen es, como tal, incompleto y que sólo podrá ser profundizado por medio de la lectura de nuestras publicaciones.

  1. El sistema capitalista está en decadencia. Con esta afirmación expresamos la disociación y oposición existentes entre progreso social y sistema capitalista. En este sentido Ja decadencia del sistema no se mide sólo por tablas económicas; está también exp esada en la larga lista de crímenes que el sistema comete contra lahumanidad y en los peligros cada vez mayores que la amenazan . Los genocidio y las destrucciones sucedidos tras la guerra mundial, el poder cada día mayor del estado y sus apéndices, la destrucción de las relaciones humanas tanto en los países de capitalismo occidental como en los de capitalismo de estado, los peligros de la polución y la utilización anti-humana de la técnica, la desfertilización de grandes áreas de la superficie de la tierra... todas estas evidencias que a veces son señaladas aisladamente por movimientos o por personas que o se equivocan en sus análisis o se sirven de ellos para demostrar la posible evolución del sistema que las engendra negando así la revolución que las elimine, todas estas evidencias demuestran la nocividad cada vez mayor del sistema para toda la sociedad.

    El capitalismo decadente tal, como ha demostrado la acción de la clase obrera, ha perdido su papel progresista y ahora más que antes es un freno a la evolución de la sociedad.

  2. La extensión del capitalismo de estado al mismo tiempo que marca una tendencia del capitalismo en su evolución mundial es otra muestra de la decadencia del sistema. El capitalismo de estado presenta formas de explotación sin precedentes en la historia; subyuga a la clase obrera bajo el señuelo de socialista y se sirve de ella para sus afanes imperialistas. El proletariado en estos países, como en todos, deberá realizar la revolución social destruyendo al mismo tiempo las relaciones existentes en el terreno económico, social y político.

  3. La constatación de la decadencia del capitalismo implica que ya no se puede hablar de desarroliar el sistema en ninguna parte sino de destruirlo en todas(Pro-Segundo Manifiesto).

  4. Por esto y por la división del mundo en dos bloques imperialistas, la ac- ción del proletar ado sólo puede realizarse a escala mundial y de la misma forma en todos los países es decir sobre el terreno de la revolución comunista y no en el de la propia nación. Las luchas de liberación nacional, la industrialización de los países subdesarrollados por el medio de la revolución nacional etc. no son más que mixtificaciones con las que se intenta desviar al proletariado de su terreno de clase y servirse de él como instrumento de un imperialismo contra otro. «Sin la revolución social se puede tan sólo pasar de la órbita de Washington a la de Moscú o viceversa» (Pro-Segundo Manifiesto).

  5. Nuestra postura de rechazo ante la mixtificadora idea de que hoy existe alguna posibilidad de progreso social en el sistema capitalista nos conduce a considerar la acción parlamentaria y la acción sindical como opuestas totalmente a la revolución social. La utilización del sindicalismo y/o del parlamentarismo (prácticas en absoluto revolucionarias) permitió, antes de que el capitalismo entrase en su fase decadente, lograr reformas progresistas que se transformaron para la clase obrera en mejores condiciones económicas, sociales y políticas, pero sólo porque el capitalismo en su propia dinámica era capaz de concederlas.

    Hoy, por el contrario, no solo el capitalismo ha recuperado la mayor parte de aquellas concesiones sino que las condiciones de vida social del proletariado y de la humanidad se degradan día a día. Por su función específica el sindicalismo de ha integrado en el aparato estatal capitalista. Actualmente los sindicatos tienen una única función: encuadrar a la clase obrera, aislar sus luchas, domesticarla. El sindicato consigue lo mínimo posible pero suficiente para calmar cualquier conato de rebeldía, así como reprimir a la clase si se subleva y atacar a sus elementos más combativos. Los sindicatos son tentáculos del capital situados en medio de la clase obrera asumiendo frente a ella el papel de guardianes y policías; por lo tanto la revolución no podrá realizarse más que fuera de ellos y contra ellos. De lo dicho se deduce que el terreno de lucha del proletariado no es ni el parlamentarismo ni el sindicalismo sino el organizarse independientemente para hacer la subversión social en cualquier momento y lugar en que existan posibilidades.

  6. La revolución social será realizada por el proletariado y por su abolición como clase al igual que cualquier otra, dominante o dominada, instaurando la comunidad humana mundial, sin fronteras ni clases. El proletariado, desde el inicio de la revolución, después de destruir el estado capitalista e instaurar sus propios órganos (los que se habrá dado a lo largo de la lucha: consejos obreros, comités, milicias obreras etc,) deberá —lo más rápidamente posible y de acuerdo con la situación del país en que se realice la revolución- imponer el principio de a cada uno según sus necesidades es decir, destruir la base económica sobre la que descansa la existencia de clases, al tiempo que actúa para que el proletariado de los otros países siga su ejemplo ya que la victoria de la revolución no podrá completarse más que a escala mundial. La abolición del trabajo asalariado y de la ley del valor servirán de acicate para que el proletariado mundial siga el ejemplo. Cuando la dictadura del proletariado se establezca a nivel mundial desaparecerá al ritmo y en la medida en que se forme la comunidad humana, perdiendo su carácter coercitivo. La instauración del comunismo se realizará cuando la mentalidad clasista haya desaparecido del espíritu humano, sustituida por la mentalidad comunista, propia de una humanidad unida. El trabajo dejará de ser una carga para todos los hombres y el principio de a cada uno según sus necesidades se conjugará con el de de cada uno según sus capacidades. Analizando el nivel alcanzado por las fuerzas productivas y la influencia que este desarrollo tiene en la transformación de las mentalidedes el proceso evolutivo de la revolución que desembocará en el comunismo puede afirmarse que es factible rápidamente.

  7. FOR se plantea participar en la acción del proletariado -del que forma parte-; impulsar las luchas a un grado cada vez superior; socializar la experiencia de las luchas obreras e impulsar la generalización de la conciencia de clase combatiendo en todo lugar y momento, tanto en periodo de reflujo de la lucha como en el seno de la dictadura del proletariado, a las fuerzas que se oponen al triunfo de la revolución social.

  8. El partido comunista es decir el conjunto (al cual FOR pertenece) de grupos o individuos comunistas logrará su unidad en la práctica es decir en el movimiento revolucionario de la clase obrera de la cual dicho partido comunista no es más que la fracción más avanzada. (K. Marx. Manifiesto del Partido Comunista).

Tareas de nuestra época

Las propuestas de lucha que bajo forma de consignas aparecen aquí haa sido concebidas con una doble finalidad:

  1. Remarcar el sentido pro-capitalista (y por consiguiente anti-obrero) de las consignas y reivindicaciones utilizadas por los sindicatos para manejar a la clase obrera, especialmente en las hueigas domesticadas y pacíficas.
  2. Señalar bajo la forma más rápidamente comprensible las principales líneas de ataque al sistema de explotación.

Basta comparar estas líneas de actuación con las reivindicaciones sindicales para comprender que éstas -las sindicales- no son más que momentos de la programación capitalista a fin de perpetuar día a día el sometimiento de la clase a la explotación. Por el contrario las aquí señaladas expresan las necesidades y las posibilidades de la clase; cada una se refiere a un problema particular y el conjunto ataca un sólo objetivo: la esencia misma del sistema capitalista que, puestas en práctica por el proletariado, ellas destruirán.

Desde hace tiempo el capitalismo es reaccionario. Ya no se trata de mejorar la existencia de los oprimidos sino de hacer volar en pedazos el sistema; cualquier mejora de las condiciones de vida es ya imposible.

La «defensa de la clase obrera por los sindicatos» no es más que un burdo engaño. Basta para demostrarlo su alianza con la patronal y con el poder; ahí están sus reivindicaciones para confirmarlo; todo ello no es en realidad más que una defensa cada vez más programada del capitalismo en la que los sindicatos juegan un papel importante. El Programa Común en Francia o los Pactos de la Moncloa en España y la actuación en todos los países -del Este y del Oeste- de los sindicatos en las luchas obreras son una demostración irrefutable de lo que afirmamos.

Hacer volar en pedazos el capitalismo significa arrancarlo de raíz y su raíz principal no es otra que la venta cotidiana, de padres a hijos repetida, de la capacidad de trabajo de cada obrero al capital. La esclavitud del trabajo asalariado es la base del sistema actual, bajo todas sus formas, bajo todas las mercancías, incluida la mercancía-consciencia tan abundante hoy.

A pesar de que la posibilidad material de suprimir el trabajo asalariado está ya madura, los sindicatos guardan un silencio total sobre el tema. Ellos, a instancias de los partidos (sus inspiradores y rectores) hablan de socialismo, autogestión y otras lindezas por el estilo con las que intentan encubrir el capitalismo de estado en el que la totalidad de la clase, como vil mercancía, estará sometida a un único patrón: el estado.

Todas las luchas de los sindicatos son falsas; todas sus actuaciones van encaminadas a reforzar el capitalismo, dominando, engañando y dividiendo a la clase obrera. Por lo tanto, ésta debe rechazar a los sindicatos de sus luchas y atacarlos, a su vez, como elementos activos de la represión capitalista. Sólo así la clase obrera encontrara el camino revolucionario.

Las líneas de actuación que señalamos servirán para esclarecer el contenido real de las luchas; para denunciar a los sindicatos y como polo de cohesión de los elementos más combativos de la clase. Sin embargo, la realización de una, o incluso varias de las reivindicaciones expuestas no comportará necesariamente consecuencias revolucionarias sino culminan en la toma del poder, las armas y la economía por el proletariado. Es a partir de aquí cuando enmarcarán realmente la transformación del capitalismo en comunismo.

A. Menos trabajo; más salario real
  1. Supresión de los destajos y del salario base que conduce a ellos.
  2. Reducción de la jornada laboral sin que esto implique disminución del salario real al que deben ser incorporadas las primas, los pluses etc.
  3. Eliminación de cronometrajes y controles que intensifican la explotación, agotan al trabajador y rebajan su dignidad personal.
  4. Cualquier aumento de la producción y provenga de la causa que fuere, debe revertir íntegramente y colectivamente a sus autores, los trabajadores; el reparto de este aumento es competencia de la clase obrera ; sólo así atacaremos frontalmente la acumulación capitalista y lograremos elevar el nivel de vida económico pero sobre todo social de los explotados.
  5. Trabajo para todos, parados y jóvenes y disminución de las horas laborables proporcionalmente al número de trabajadores y las aplicaciones técnicas. Luchando por esta consigna, desarrollando la solidaridad de clase el proletariado actuará como una fuerza unida que, al reivindicar el derecho al trabajo, reivindicará también el supremo derecho a la pereza hoy en día inexistente.
  6. Distribución gratuita de los alimentos y productos de consumo guarda dos o destruidos como excedentes de producción; distribución que debe efectuarse en cualquier país, sin distinción de bloques.

B. Derecho de palabra y de organización del proletariado

  1. Libertad política, de palabra y de distribución de la prensa obrera en todos los lugares; libertad de reunión.
  2. Rechazo de cualquier reglamento de régimen interior en las empresas, sea determinado por el patrón, por el estado o por los sindicatos.
  3. Soberanía total de les trabajadores; eliminación de cualquier ley que castigue o limitee la participación en huelgas económicas o políticas.
  4. Derecho de palabra y de voto sin requisito alguno formal de afiliación política o sindical.
  5. Derecho en las condiciones anteriores- de elegir delegados de taller, empresa, barrio, pueblo etc para representar a los trabajadores frente a sus explotadores. Estos delegados serán elegidos en asambleas, para cuestiones concretas y podrán ser revocados en cualquier momento por el conjunto de trabajadores, es decir por la asamlea que les eligió.
  6. Derecho de contactar con los trabajadores de otras empresas, barrios, ciudades, etc. por medio de los delegados elegidos y esto no sólo a nivel nacional sino internacionalmente.

El imponer estos derechos permitirá al proletariado recuperar e incrementar su libertad de expresión y acción suprimida hoy en la mayor parte de lOs países o mixtificada en los democráticos por un monopolio de partidos y sindicatos.

Las consignas que ahora se enumeran permitirán la puesta en marcha de la . actividad proletaria en todo el mundo, sin distinción de países avanzados o atrasados. Pero como no se trata de mejorar o de desarrollar la economía basa- da en el Trabajo asalariado sino de destruirla es indispensable ligarlas a las medidas a adoptar en la revolución proletaria.

C. Eliminación del capital y del trabajo asalariado
  1. El poder político en manos de los trabajadores que lo ejercerán por medio de comités elegidos democráticamente y revocables en cualquier momento.
  2. Expropiación del capital industrial, financiero y agrícola no por el Estado, los sindicatos, el partido o cualquier otra institución (lo que daría lugar a un capitalismo más brutal, tipo la URSS) sino por el conjunto de la clase obrera.
  3. Gestión obrera de la producción y de la distribución de los productos, lo que implica una planificación dictada exclusivamente por la necesidad de la desaparición de clases.
  4. Destrucción de todos los instrumentos de guerra, disolución de los ejércitos, de la policía... reconversión de las industrias de guerra en productos _de Consumo.
  5. Entrega individual de armas a los explotados por el capitalismo, organizados territorialmente según el esquema de comités democráticos de gestión y de distribución. He aquí una de las mejores garantías de que la revolución social puede dotarse.
  6. Incorporación a la actividad útil de toda la población que hoy realiza trabajos parasitarios o claramente perjudiciales; ésto permitirá, utilizando al máximo la técnica y al mínimo el esfuerzo humano, aumentar continuamente la producción reduciendo el tiempo de trabajo. Es también el único medio para eliminar la división entre trabajo manual y trabajo intelectual.
  7. Supresión del trabajo asalariado empezando por elevar el nivel social de vida de las ciases más explotadas y llegando finalmente a la libre distribución de productos según las necesidades de cada uno. Esta es la única prueba (no hay otra) de la transformación del capitalismo en socialismo y de la desaparición de las clases.
  8. Supresión de las fronteras y constitución de una sola organización social y de la economía al ritmo y medida que la victoria proletaria se extienda en los diversos países.

Finalmente es obligatorio señalar que la transformación del capitalismo en comunismo, la dictadura del proletariado, es un concepto sociológico marxista inseparable de la total democracia en el seno de la clase trabajadora que, a su vez, estará inmersa en un proceso de desaparicióm en tanto que clase. La emancipación de los trabajadores será obra de los mismos trabajadores.

Los que identifican la dictadura del proletariado con la dictadura de un partido o (caso de la mal llamada democracia parlamentaria) con la de varios partidos obran contra este principio: son contra-revolucionarios.

Sólo la abolición de la ley mercantil del valor, basada totalmente en el trabajo asalariado, traerá consigo la abolición del Estado.

El no orientarse hacia esta desaparición desde el primer momento de la revolución hace que el estado se transforme rápidamente en organizador de la contrarrevolución.

Las condiciones históricamente necesarias para la realización del comunis- mo, a nivel objetivo, están ya presentes y maduras a escala mundial.

Sin embargo, sólo sobre las alas de la subjetividad revolucionaria podrá el hombre franquear la distancia que existe entre el reino de la necesidad y el de la libertad.

Proletarios de todos los países: ¡Uníos! Suprimid ejércitos, policías, producción de guerra, fronteras, trabajo asalariado

Fomento Obrero Revolucionario Marzo/ Abril. 1979.


  1. Esto último es siempre difícil entre burocracias y por eso su único resultado duradero en España sería el nacimiento de la JSU primero y el PSUC después.  

  2. Véase el apéndice sobre Llerena al final de este cuaderno. 

  3. Véase el apéndice 1 al final de este documento. 

  4. Véase el apéndice 2, sobre Llerena, al final de éste documento. 

  5. Nin jugó desde el principio a supeditar la oposición de izquierda al BOC y sus objetivos nacionales que suscitaron numerosas advertencias y puntualizaciones de Trotski en su correspondencia y rifirafes con los núcleos de Vizcaya y Extremadura. De forma muy significativa, mientras Nin intentaba convencer a Trotski de que el motor de los obreros catalanes era la afirmación nacional catalana (¡¡en la Barcelona de la CNT!!) y que «aquí [en Cataluña] el partido se formará fuera del partido oficial», remarcando que «la Federación Catalana [que organizaba el BOC] cuenta con la simpatía de los mejores elementos del resto de España» (17/6/1931), Lavid escribía en La Verité del 13 de junio que el grupo Maurín era la «fracción más perjudicial al desarrollo del partido comunista», recordando que Maurín debía ser considerado como un «estalinista con reservas». Trotski aunque aceptó alguna de las escoradas valoraciones de Nin se daba cuenta del juego manipulador de ambigüedades y silencios de éste y ya en mayo le había respondido: «El resultado final de mis intervenciones para lograr una claridad elemental a través de esta correspondencia, ha sido que he llegado a la conclusión de que usted no desea esa claridad. ¿Por qué? Evidentemente se debe a que usted ha tomado una postura contradictoria y deja correr las cosas hasta que se resuelvan por ellas mismas». En 1933 el balance es ya inapelable y el tono de los reproches de Trotski acabará en denuncia abierta y reiterada del maniobrerismo de Nin: «Es cierto que el camarada Nin aceptaba formalmente las premisas fundamentales, pero, si se presentaba el caso, se negaba siempre a extraer las conclusiones necesarias. Durante bastante tiempo frenó la formación de sección española. Hizo todo lo posible por aislarla y enfrentarla a la Oposición de Izquierda Internacional». 

  6. Véase el apéndice 3, sobre las izquierdas comunistas en Argentina y Uruguay, al final de este documento. 

  7. Desarticuladas por las detenciones masivas de mineros por la policía franquista y la guardia civil, el partido stalinista pudo capturarlas y convertirlas en lo contrario de lo que eran: sindicato. Bajo esa forma, negación de su contenido original, han llegado hasta hoy. 

  8. La debilidad industrial de la burguesía y el carácter centrífugo de los movimientos más radicales de la pequeña burguesía tendrán una influencia nefasta en el naciente movimiento obrero. El bakuninismo se presentará como representante de la I Internacional durante la revuelta cantonal y su propia incongruencia llevará a la desarticulación sistemática de las expresiones políticas de los trabajadores que intentaban ganar su independencia frente al radicalismo pequeñoburgués. Puede leerse sobre esto Los bakuninistas en acción de Federico Engels. 

  9. Es interesante que Maurín en su libro sobre la revolución española, que ya hemos citado, incorpore este mismo párrafo de Díaz del Moral, reconociendo que el contingente central del proletariado, además del más combativo durante el periodo revolucionario (1917-37), estuvo hasta las masacres de 1936, en Andalucía y Extremadura. Se trata de una clave fundamental para entender el fracaso de la insurrección de julio y la estrategia de aniquilamiento seguida por Franco que emerge a simple vista del mapa de muertos y fosas comunes. 

  10. En aquel congreso se manifestó por primera vez un militante socialista que llevaba un año en el sindicato y el día antes había abandonado el PSOE ante los resultados de los debates y la pobreza del tercerismo en su seno. Se trataba de Andrés Nin, quien más tarde se convertirá en Secretario General del sindicato, visitará Rusia como cabeza de la delegación cenetista en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja (ISR), dejará el sindicato tras el rechazo del congreso de Zaragoza (1922) de integrarse en la ISR, formará con Joaquín Maurín los «Comités Sindicalistas Revolucionarios» (CSR) al modelo del sindicalismo revolucionario francés y tras el segundo congreso de la ISR se quedará en Rusia, trabajando con Bujarin y Trotski, de quien fue secretario personal, hasta la represión de éste por Stalin. Vuelve entonces, 1930, a España donde tras ser rechazado por el BOC de Maurín se incorporará a la Izquierda Comunista Española. Persona clave en la orientación hacia la fusión con el BOC mayoritaria en la ICE, acabará siendo finalmente Secretario del POUM (1935-37) hasta su secuestro, tortura y asesinato por el SIM stalinista.  

  11. Abdelkrim era bereber, no árabe, y su programa político se centraba en la defensa de la estructura tribal-patriarcal pre-moderna de los bereberes, la «kabila», frente a los conatos de relaciones capitalistas llevados e impuestos por franceses y españoles. Aunque ha sido luego reivindicado por el nacionalismo rifeño, su ideología no era nacionalista ni burguesa, sino islamista feudalizante. Acabó su vida en Alejandría bajo la protección de los Hermanos Musulmanes. 

  12. Expulsado del PCF por proponer el frente popular dos años antes de que fuera política oficial, se convirtió en un parásito que flotaba alrededor del PCF, creando un partido político «nacional y popular» que, falto de hueco ante el nacionalismo creciente del PCF y buscando socavar la base de éste, evolucionará hacia el fascismo. Se convierte en colaboracionista durante la ocupación y finalmente se integra en las SS, muriendo en Alemania en 1944.