ABC del Comunismo de hoy

El capitalismo...

Bajo la apariencia de un complejo sistema de intercambios voluntarios, el capitalismo esconde en realidad la apropiación de trabajo impago del conjunto de los trabajadores por el conjunto del capital. No es la suma del resultado de la explotación empresa por empresa, es un sistema: requiere de un un marco institucional que domine a toda la sociedad, convierta en mercancía la fuerza de trabajo humana, obligue a la gran mayoría a venderla libremente en el mercado de bienes y servicios para sobrevivir y finalmente permita que el capital se organice en un mercado paralelo de capitales que distribuya las ganancias.

Es decir, no hay capitalismo en una sola empresa. Y no hay capitalismo sin estado capitalista. Por eso, por mucho que hubiera una burguesía desde la Edad Media, el capitalismo no comenzó hasta que una serie de revoluciones en Inglaterra, EEUU y Francia, dieron el poder estatal a la burguesía. La función específicamente capitalista del nuevo estado nacido entonces, fue establecer las relaciones sociales y jurídicas que convirtieron el trabajo en la única mercancía que poseía la gran masa de la población. Condiciones que obligaron a esta nueva clase social, el proletariado, a venderla voluntariamente para sobrevivir.

... su estado...

Desde sus orígenes el estado capitalista materializó el constante y gigantesco esfuerzo requerido para poner en marcha y mantener el sistema. Tuvo que llegar la burguesía al poder para que, por primera vez, los caminos y las comunicaciones se pensaran estratégicamente: buscando facilitar los intercambios y consolidar mercados nacionales tanto de bienes y servicios como de capitales. Otros gastos venían heredados del régimen anterior, pero la burguesía les dio un carácter nuevo: la policía sustituyó a las inquisiciones eclesiásticas; y los ejércitos nacionales a las levas campesinas y las tropas mercenarias reclutadas por el rey y los grandes señores de la nobleza. Los ejércitos pasaron a ser permanentes, ya no eran una herramienta esporádica para resolver disputas dinásticas y derechos feudales, se habían convertido en un agente económico de primer orden: un ariete necesario para abrir mercados y establecer colonias.

El estado se había convertido en una herramienta para la expansión del sistema tanto hacia dentro, mercantilizando cada vez más relaciones sociales e incorporando nuevas comarcas, actividades y profesiones al mercado nacional; como hacia fuera, forzando a cañonazos a inmensas regiones del planeta a producir e intercambiar mercancías en un mercado capitalista cada vez más universal.

A cada ciclo de acumulación seguía una crisis y cada crisis se salvaba con una nueva expansión que -al encontrar nuevos compradores- hacía viables nuevas innovaciones tecnológicas que mejoraban la productividad y obligaban a colocar masas cada vez mayores de productos baratos. Los capitales sobre-acumulados encontraban nuevos mercados nacionales en formación en los que colocarse. El capitalismo entero, mercados y estado, sentía el vértigo y la esperanza del progreso.

Pero cuando el mundo se quedó pequeño y la lucha por mercados y destinos para el capital se convirtió en una serie de guerras mundiales, el estado y el capital se transformaron.

Para huir de los riesgos crecientes de un mundo que se convulsionaba como nunca antes, los empresarios entregaron sus empresas a fondos y bancos, convirtiéndose en accionistas de éstos. Estos, a su vez, recurrieron al estado, que en los países en guerra trataba de enfocar toda la capacidad económica del país hacia el esfuerzo bélico, mientras que en los países «neutrales» intentaba aprovechar las exportaciones a los contendientes para modernizar sus propias estructuras. El resultado fue el capitalismo de estado, el capitalismo que hoy conocemos.

En los países centrales, los capitalismos más potentes mantuvieron una serie de mecanismos de mercado, especialmente en los mercados de capitales, pero el peso económico directo del aparato estatal pasó en menos de cuarenta años de alrededor del 5% al 40% y la economía entera pasó a estar dirigida por monopolios y grupos de grandes empresas que, mano a mano con la regulación estatal de los mercados y el control del crédito por los bancos centrales, redujeron la competencia interna e hicieron explícita la utopía de la superación de la anarquía mercantil por un imposible y contradictorio gobierno -o planificación- de la economía capitalista que se pretendía capaz de superar para siempre las crisis.

En los países con un capital nacional más débil, nuevas burguesías nacionales nacidas al calor de los nuevos estados nacionales intentaron sustituir completamente el juego entre los mercados de bienes y los de capitales por la planificación sobre la base de la propiedad estatal de la mayoría de los medios de producción. Siguiendo el ejemplo de la burguesía de estado rusa, de Yugoslavia a China y de Cuba a Argelia, el experimento mostró que la burguesía podía organizarse en su totalidad como un mandarinato militarista... pero también y sobre todo, evidenció los límites de las viejas ilusiones reformistas: el capitalismo estatalizado no acababa con las crisis ni con la lucha de clases.

Bajo los regímenes stalinistas y sus semejantes, la ley del valor, el salario y por tanto el capital seguían imperando sobre la sociedad bajo las condiciones de un plan que mantenía en el sub-consumo a los trabajadores con independencia de su salario. El intento de planificar un capitalismo totalmente centralizado producía una y otra vez una sobreproducción brutal en las industrias básicas y una carestía exagerada en los productos de consumo. El capitalismo de estado en su máxima expresión, multiplicaba la anarquía capitalista dentro de la fábrica e imponía un orden policial-militar fuera de ella para mantener una mínima cohesión alrededor del estado. Caos capitalista sobre fragilidad del capital nacional, la crisis global acabó haciendo implosionar a a la mayoría de aquellas burguesías funcionariales. Sin un sujeto revolucionario delante, evolucionaron entre convulsiones no hacia la forma liberal original, sino hacia las formas de burguesía de estado que, mientras tanto, se habían consolidado en el resto del mundo.

Porque hoy, con variaciones, la burguesía se ha convertido fundamentalmente en la clase que dirige el estado, los bancos y las grandes corporaciones. A diferencia del periodo ascendente del capitalismo, sus miembros no se definen en su mayoría por la posesión de una empresa particular. En su lugar son partícipes de fondos, directivos, consejeros o altos burócratas que saltan de un brazo a otro de una gran estructura común que, aun manteniendo ciertas formas de competencia, se orienta a la reproducción del capital como un todo.

...y «el bienestar»

No hay que olvidar que esta transformación, esta estatalización de la dirección del capital nacional, nacía por la presión que sobre la acumulación y sus agentes ejercían las crisis y las guerras, que se habían vuelto crónicas. Para la burguesía el capitalismo de estado era una solución a la necesidad de mutualizar riesgos. Al socializar a su manera la producción, tenían además la esperanza de aumentar la eficiencia de un sistema que solo parecía volver a coger brío en la reconstrucción que seguía a las grandes guerras globales.

Una de las primeras consecuencias, como no podía ser menos, fue igualar las condiciones legales del trabajo asalariado entre regiones y sectores dentro de cada mercado nacional. La homogeneidad de normas y precios -salarios- permitía a capitales gigantescos moverse y distribuirse con fluidez dentro de los mercados contando con resultados relativamente más predecibles. Grandes convenios sectoriales, regionales y nacionales con los sindicatos daban forma legal a las diferencias de capitalización entre industrias y territorios. De paso, cerraban puertas a la competencia desleal de una pequeña burguesía industrial a la que la crisis había tornado voraz y a la que tanto los burócratas como los financieros censuraban ahora por soliviantar a los obreros con sus excesos explotadores. Los estados proclamaron entonces sus primeros «códigos del trabajo». Una oleada de «estatutos del trabajador» apareció por toda Europa. Los gobiernos fueran socialdemócratas, fascistas o liberales, los presentaron como conquistas sociales que desterrarían en adelante las situaciones de explotación más extrema y corregirían la pobreza en las partes más deprimidas de cada país. La burguesía de estado vestía así la racionalización monopolística de los mercados de trabajo de conquista de los trabajadores.

Las formas variaron según el lugar y el momento. Con distintos acentos, el stalinismo, el fascismo y el «estado de bienestar», que en realidad eran expresiones de una misma transformación hacia el capitalismo de estado, se presentaron como superaciones del sistema. Argumentaron incluso que los trabajadores eran los primeros interesados en defender el nuevo orden legal so pena de una vuelta atrás. Pero tal cosa era ya imposible en los años treinta. La prueba es que aunque las condiciones laborales y vitales se han visto atacadas con cada vez más fuerza a cada empellón de la crisis, ningún gobierno, ni siquiera los de retórica neoliberal, devolvió a ningún capital nacional su juventud liberal. El capital siguió concentrándose sin pausa, el estado, la banca y pequeños grupos de grandes empresas -los monopolios- siguen marcando e imponiendo los objetivos comunes del capital nacional; y el precio del trabajo, convertido ya hace mucho en una mercancía homogeneizada, sigue fijándose en mesas de negociación tripartitas con unos sindicatos que aseguran ser los primeros interesados en el crecimiento económico, ésto es, en la revalorización del capital.

¿Qué necesita la lucha de clases para avanzar?

El capitalismo es un sistema de explotación de una clase por otra. Como hemos visto, empresa por empresa, sin desposesión de los trabajadores que nos obligue a vender nuestra fuerza de trabajo, sin mercados de capitales, sin un estado que mantenga todo el complejo sistema de mercados e instituciones... no habría siquiera capitalismo como tal, sino en todo caso, como hubo en la Antigüedad y en las ciudades medievales, explotaciones de trabajo asalariado aisladas, en medio de sistemas de explotación no mercantiles.

Que el capitalismo sea un sistema de explotación de una clase por otra significa que los resultados de la explotación no pueden medirse empresa por empresa: no están necesariamente más explotados los trabajadores de una empresa boyante que los de una empresa en quiebra. No están necesariamente más explotados los trabajadores de un sector tradicional que los de otro puntero, ni los trabajadores de una empresa privada que los que trabajan para el estado.

Y por lo mismo, la lucha de los trabajadores como clase no es la suma de las luchas en cada empresa. Cuando la lucha se queda en el ámbito de la empresa, incluso del sector, la clase existe en sí, en términos objetivos, en relación al capital... pero los trabajadores aun no se han descubierto a si mismos como clase, no luchan todavía como una clase que lo hace para sí misma. Para que ésto ocurra tienen que movilizarse no como trabajadores de una empresa u otra, sino trascendiendo las mil fronteras de empresa, sector, contrato, sexo o raza en que el capitalismo la fracciona y niega constantemente. Es lo que hemos visto desde las primeras huelgas por la jornada de 10 horas en el siglo XIX a las grandes huelgas de masas que se extienden hoy por regiones y países enteros e incluso saltan fronteras. Cuando los trabajadores luchan y se movilizan como un único sujeto político, con una plataforma y unas reivindicaciones que expresan las necesidades de la condición de trabajador, la explotación de una clase por otra encuentra respuesta en la lucha, clase contra clase, de los explotados.

La huelga y su significado1

Cuando los trabajadores nos enfrentamos a la empresa en la que trabajamos, chocan dos lógicas opuestas. Nosotros luchamos por satisfacer necesidades. Digan lo que digan, no son «necesidades egoístas», son necesidades humanas: bienestar y condiciones decentes de trabajo. Necesidades que querríamos ver satisfechas para todo el mundo y para las que no resta el bienestar de nadie. Las empresas oponen a eso la importancia de pagar un dividendo al capital invertido en ellas. Dividendos que salen del trabajo de todos.

Tienen el descaro de exigirnos solidaridad, es decir que sacrifiquemos nuestras necesidades para pagar más dividendo. Tienen el descaro de decirnos que nuestras necesidades dependen del beneficio y que sin dividendos a repartir, nuestras necesidades, nuestra vida y la de los nuestros, no son «justas» sino «egoístas».

Lo que es peor, los dividendos que consiguen se convierten en más capital que tiene que ser amortizado y producir más dividendos. Y cada vez deja menos para las necesidades de los trabajadores que hacemos las cosas y producimos los servicios. Una sociedad así, que opone cada vez más los medios, las herramientas que se usan para producir a las necesidades humanas, es el mundo al revés. Y es el mundo en que vivimos. De ahí salen las guerras que se multiplican, la destrucción de la Naturaleza, la exclusión de millones de personas... Y la única manera de darle la vuelta es poner las necesidades humanas por delante del capital.

Defendiendo nuestras necesidades en cada huelga los trabajadores mostramos que es posible y necesario un mundo «al derecho», un mundo organizado en función de las necesidades humanas y no en función de las ganancias del capital.

Esa sociedad organizada en función de las necesidades de todos, es lo que se llama «comunismo». Es justo lo opuesto de las dictaduras totalitarias, del militarismo y del nacionalismo. Es la única sociedad que puede ofrecernos un futuro.

¿Y los trabajadores del estado?

Con el desarrollo del capitalismo de estado, el aparato estatal empezó a absorber en Europa primero y en resto del mundo después, una serie de costes que eran inasequibles o ineficientes para las empresas una a una. Se universalizaron los sistemas educativos estatales y se estableció o elevó la edad de escolarización obligatoria, produciendo la mano de obra que requería una industria de capitales cada vez más concentrados con instalaciones y funciones más complejas; se crearon sistemas sanitarios públicos que acolcharon la reinserción de los millones de heridos y lisiados que habían dejado las grandes carnicerías mundiales; y paralelamente se crearon sistemas de seguro social que cubrían los principales riesgos que habían mortificado a los trabajadores: perder el trabajo, sufrir enfermedad y no tener de lo que vivir cuando la edad no les permitiera ya trabajar.

Todos estos servicios, que no se vendían, necesitaban trabajadores cuyos salarios se pagaban -y se siguen pagando en su mayor parte- con una parte de la plusvalía que el estado obtiene a través de los impuestos. Hasta entonces los estados habían tenido poco personal y en su mayor parte eran burócratas, militares y policías. Nadie había considerado nunca a los miembros de esas categorías parte del proletariado. Pero ahora, aparecía una nueva categoría de trabajadores. Unos hacían barcos, extraían carbón o conducían trenes y autobuses. Parecía intuitivo que aunque hubiera cambiado el propietario de la empresa y ahora fuera el estado, seguían siendo parte de la clase trabajadora y sus luchas eran parte del movimiento de clase. Pero otros atendían hospitales y escuelas o hacían el mastodóntico trabajo administrativo que requería el descomunal tamaño que el estado había adquirido. ¿Eran parte siquiera de la clase? ¿Estaban explotados? En cualquier caso, ¿tenían derecho a hacer huelga como cualquiera cuando cualquier incremento de sus salarios iba a salir de unos impuestos pagados en buena medida por los demás trabajadores?

Una vez más: el capitalismo es un sistema de explotación de una clase por otra. Lo que determina que un grupo de proletarios esté explotado no son las condiciones particulares de su puesto de trabajo, ni la propiedad de la empresa que les paga el salario. El proletariado es explotado como clase y se constituye políticamente como clase al luchar por reivindicaciones que son, por sí mismas, universales, que no abren el horizonte de nuevos privilegios.

¿Cómo se gana una huelga?

Cuando el capitalismo era joven y las empresas no tenían, salvo durante breves periodos de crisis, problemas para colocar todo cuanto produjeran, la huelga era un ataque directo a la ganancia máxima que el capital invertido en la empresa podía obtener. Cuanto más larga fuera la huelga, mayor la pérdida para el capital. Por eso las cajas de resistencia eran tan importantes: mostraban la capacidad de resistencia de los trabajadores a sus patrones.

Hoy, con un capitalismo en el que la tendencia a la sobreproducción se manifiesta permanentemente, la huelga en sí misma puede llegar a tener el impacto de un ERE a coste cero. Tres cuartos de lo mismo pasa en los servicios públicos no esenciales -como los culturales- y en el límite, en las empresas que amenazan cierre o deslocalización, que no pocas veces ven en las huelgas un ahorro.

El capitalismo de estado deja a los trabajadores y lo que ellos llaman sus legítimas reivindicaciones un espacio muy angosto: la discusión mediada por los sindicatos y sus comités, del precio de nuestra hora de trabajo, empresa por empresa y sector por sector. Discusión que todas las partes -sindicatos, patronal y estado- aceptan supeditada a la existencia de ganancias.

Lo que da potencia a las huelgas es precisamente lo que sale de ahí: no aceptar el sometimiento de las necesidades humanas universales a los resultados del capital. Pero eso no puede hacerse aisladamente en una empresa porque, una vez más, el capitalismo es un sistema de explotación de una clase por por otra. La supeditación de la humanidad al beneficio solo puede superarse cuando superamos la división por empresas y sectores industriales.

Por eso que una huelga se radicalice, que se convierta en huelga salvaje no tiene nada que ver con destrozos ni saqueos. Al revés. Todo gira alrededor de mostrar y desarrollar organización como clase.

No es un modelo abstracto, es la experiencia práctica desde principios del siglo XX. Las huelgas que obtienen concesiones sustanciales hoy son las que se extienden de una empresa otra en un territorio, coordinándose entre sí y uniendo asambleas a través de comités de delegados elegidos y revocables por ellas. Las huelgas así auto-organizadas, las huelga de masas, no tienen nada que ver con una huelga general sindical. Y de hecho, solo surgen cuando los trabajadores, hartos de los sindicatos, pasan por encima de ellos y se organizan por sí mismos.

La asamblea y la huelga

Por tanto, lo que da fuerza a toda huelga, pequeña o grande, como a cualquier lucha de clase es que, aunque sea de manera potencial, materializa a un sujeto colectivo. Un sujeto que es mucho más potente que cualquier simple suma de individuos cuyo nivel de compromiso y cohesión nadie conoce. Si la asamblea lo decide vamos todos a la huelga, si no, por mucho que creamos en su necesidad, tendremos que aceptarlo y seguir luchando por convencer a los compañeros.

Sin embargo, vemos cada vez más a menudo que los sindicatos nos llaman a ir a la huelga sin convocar antes siquiera una asamblea o, cuando lo hacen, reduciéndola a asamblea informativa. El resultado son huelgas que ni siquiera son de empresa, sino de individuos, por eso su seguimiento se da en términos porcentuales: «un 60% de la plantilla siguió la huelga», nos dicen, como si fuera un éxito. Pero si la mayoría quería huelga ¿por qué no discutirlo en una asamblea e ir todos juntos?

La cuestión es que si la asamblea convoca, la asamblea decide y decide también quién la representa. La misma asamblea que convoca y dirige, elige un comité de huelga y modifica su composición cuando lo estima conveniente. Es más, la asamblea es soberana y bien puede optar -es la forma de avanzar- por incluir en igualdad a los trabajadores temporales y de las contratas. Dicho de otro modo: la asamblea, cuando es tal, tiende constituir una base más amplia que la que pretende representar el comité de empresa elegido regularmente entre los candidatos sindicales en cumplimiento de la legislación laboral.

Ese es el fondo de toda esta cuestión: quién tiene la soberanía: los trabajadores o los comités de empresa; los órganos que nos damos a nosotros mismos y que tienden a incluir a todos, o los órganos impuestos por la ley y que nos hacen elegir entre los sindicatos.

Esa idea de huelga como un derecho individual limitado a seguir o no a los sindicatos, hace de la huelga lo opuesto de una afirmación de clase. La huelga se convierte de esa manera en ejercicio de ciudadanía, aislándonos, atomizándonos y, como en cualquier mercado o parlamento, reduciendo nuestra soberanía a elegir entre las opciones que nos ofrecen las instituciones del capitalismo de estado. Instituciones entre las que se cuentan los sindicatos, grandes monopolistas de la mano de obra necesarios para determinar el precio de nuestra hora de trabajo, el salario.

Una versión suave pero no menos insidiosa del mismo ciudadanismo sindical es la imposición del voto secreto en las asambleas. Aislados frente la urna estamos solos frente a la empresa y los sindicatos, es decir frente al poder del capital y el estado. Por eso nos recuerdan que debemos votar pensando en lo nuestro.

Por contra, discutiendo abiertamente y votando a mano alzada, frente a frente, hombro con hombro con los demás compañeros, el voto mismo es un lazo de compromiso y una muestra de coraje. Las asambleas así organizadas, no solo permiten tomar decisiones en función del número, sino del compromiso y el ánimo de sus miembros. Y los comités de huelga por ellos elegidas dejan de ser representaciones de los sindicatos frente a los trabajadores para convertirse en verdaderas delegaciones de los trabajadores frente al capital.

La nación

Bajo el feudalismo no había naciones ni compatriotas2. Los estados dinásticos someten a poblaciones de tradiciones, lenguas e incluso religiones diferentes en territorios que no necesariamente comparten coherencia ni continuidad geográfica. La hacienda del estado es, literalmente, la contabilidad del rey. La soberanía, el conjunto de derechos feudales -distintos en cada señorío- que, como cabeza jerárquica de la nobleza, el monarca acumula.

Pero en el seno de la vieja sociedad está apareciendo una nueva clase para la que la homogeneización del territorio y de la lengua es muy importante: la burguesía.

La nación y la burguesía

A partir del siglo XVII, con la invención de la máquina de vapor, la producción en masa se hace técnicamente posible. Pero para convertirla en beneficios hace falta algo más. Necesita un mercado articulado, esto es con transportes efectivos que hagan posible la circulación de las mercancías producidas. Y hace falta que esta circulación no sufra trabas internas ni aduanas. Un mercado ideal expresaría además un tipo de demandas similar y en él, tanto los consumidores como la fuerza de trabajo responderían en el mismo idioma. Construir y generalizar en el territorio de las grandes monarquías europeas un mercado como ese, un mercado nacional, será el gran programa revolucionario de la burguesía. En Inglaterra, las clases poseedoras que acumulan poder económico basado en la propiedad privada y no en el monopolio de la fuerza estatal, se organizarán para defenderlo bajo el liderazgo de la nobleza terrateniente aburguesada: nace la «Sociedad Civil». Mientras en toda Europa, la imprenta, símbolo del taller burgués desde su origen, estaba creando ya el estándar de las grandes lenguas centroeuropeas homogeneizando los grandes continuos lingüísticos y dialectales.

La burguesía continental irá tomando peso político a lo largo del siglo XVIII. En ese momento el estado feudal está ya en la fase de hipertrofia que caracteriza la decadencia de todos los modos de producción. La burguesía impulsará y se apoyará en el ansia centralizadora de los monarcas absolutos europeos. No se trataba solo de debilitar a la nobleza, sino de convertir la tendencia a la centralización del poder político en una herramienta de la construcción del mercado nacional.

Las monarquías absolutas llenarán Europa de canales, ensancharán caminos, adoquinarán calles, desecarán pantanos, construirán grandes cuerpos funcionariales unificados, desmontarán aduanas internas y despojarán a la nobleza de buena parte de sus privilegios territoriales. Cuando acaba el siglo, la burguesía continental europea empieza a tener un sentimiento nacional, es decir no se identifica ya solo por su religión y su rey, sino por la pertenencia a la comunidad política que el naciente mercado está delimitando borrosamente como una posibilidad. Ese sentimiento, una forma limitada de consciencia de clase por parte de la burguesía y por entonces exclusivo de ella, irá creciendo conforme se agudice el conflicto con las clases detentoras del poder feudal.

A fin de cuentas, realizada la obra de la monarquía absoluta, solo faltaba un último empujón para hacer completo el sueño burgués.

El programa seguía siendo el necesario para la creación de un mercado nacional: abolición de las trabas jurídicas a la mercantilización de las relaciones sociales (conversión de la tierra y la fuerza de trabajo en mercancía), de los obstáculos al libre comercio (aduanas internas, barreras lingüísticas, etc.) y la sustitución de estructuras estatales feudales basadas en derechos y privilegios señoriales por un aparato estatal centrado en la defensa de los intereses del capital nacional tanto en el interior como el exterior de sus fronteras. Pero para imponerlo frente a las viejas clases que tenían el monopolio del poder estatal, necesitaba liderar políticamente al conjunto social.

Donde además de un campesinado autónomo, existían una pequeña burguesía y un incipiente proletariado, incluyó concesiones para estas clases en su programa ofreciéndoles posibilidades legales de representación yauto-organización para sus intereses. Nace entonces el Tercer Estado, al que la revolución francesa constituye como nación que toma la soberanía del rey.

La revolución marca el momento en el que la burguesía lidera por primera vez el conjunto social de una manera efectiva, es decir, el momento en el que por primera vez, la nación se constituye como tal. Cuando las Cortes de Cádiz hacen publica la «Constitución» -que se llama así por algo- la proclama de Argüelles dice: «¡Españoles, ya tenéis patria!».

El nacionalismo y el pueblo

Cosa diferente es que los españoles del momento, como los venezolanos, argentinos, mexicanos o peruanos que proclamaban liberales y libertadores en distintas partes del Imperio, creyeran serlo. La mayor parte del campesinado tardaría décadas en aceptar que era parte de una nación, idea que la iglesia -que siguió defendiendo el absolutismo- condenó como sacrílega durante décadas. El vivan las cadenas peninsular y la resistencia de las clases inferiores americanas a los libertadores, tendrán todavía larga continuidad desde los carlistas a los cristeros.

Como diría cínicamente el padre de la república polaca Józef Piłsudski, es el estado el que hace la nación, no la nación al estado. Desde el estado y los sectores más conservadores de la burguesía y la aristocracia aburguesada surgirán primero el romanticismo y luego la disciplina de la Historia nacional. Con el primero la reivindicación de una cultura nacional supuestamente ancestral y eterna, expresión de un ser nacional intemporal. Con la segunda, la afirmación de la nación como sujeto histórico por encima de las fases históricas -los historiadores nacionales conquistan el pasado para una nación que no existía unos años antes de nacer ellos mismos- y sobre todo, por encima de las clases sociales, que en el relato histórico quedan reducidas a componentes de la nación y a las que, en el mejor de los casos, se les adjudican intereses y tareas nacionales específicas, es decir, intereses y deberes particulares pero confluyentes en la consolidación del poder estatal del capital nacional.

Y sin embargo, a pesar de la artificialidad de todo el edificio, el nacionalismo encontrará un defensor espontáneo: la pequeña burguesía.

Cuando el siglo XIX está a punto de llegar a su ecuador, la lucha decisiva entre la burguesía y la monarquía absoluta está todavía por plantearse en casi toda Europa. En la mayoría del continente, el proletariado todavía está ligado al artesanado, solo en Inglaterra y Escocia el proletariado industrial forma ya la capa más nutrida de la sociedad. Las primeras expresiones políticas de la clase trabajadora, se dan cuenta3 de que la principal condición para que sea posible la existencia del proletariado mismo como clase universal es el triunfo de la burguesía y se disponen a apoyarla con las fuerzas de las que disponen.

Pero llegando a las puertas del poder, la burguesía vacila al descubrirse más temerosa de la movilización que ella misma ha suscitado que ansiosa por hacerse con el poder del estado. Siendo numéricamente inferior, el proletariado intenta empujar a la burguesía desde su ala izquierda, capitaneada por la pequeña burguesía. Pero la burguesía, a verse enfrentada cada vez más directamente a su propio producto y enemigo último, se alía con el partido aristocrático al que combatía, renuncia al ejercicio directo del gobierno -reservándose eso sí la garantía de sus intereses inmediatos- y se dedica a imponer el orden. La pequeña burguesía democrática toma la dirección de los movimientos revolucionarios. Mantiene su programa y exalta su contenido democrático, todas esas aseveraciones seductoras acerca de las benéficas consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la victoria de la burguesía. Pero ya no puede dirigirse al Tercer Estado, sino al conjunto de clases subalternas a las que intenta liderar y constituir en nación. Ese conjunto social al que aspira dirigir será el pueblo.

El partido obrero lucha entonces contracorriente para evitar disolver sus fuerzas en la movilización popular. Los intentos de hacer, como postula Marx en 1850, la revolución permanente, llevando la dirección de la revolución hacia el proletariado, solo pueden fracasar, de nuevo por la propia debilidad del proletariado en una sociedad en la que todavía el capitalismo no ha conseguido imponerse. Y por supuesto, como ha pronosticado el propio Marx, la pequeña burguesía acaba llevando el movimiento hacia la nada. No hay revolución popular triunfante.

Pero eso no quiere decir que la pequeña burguesía renuncie de una vez por todas a la aspiración de liderar el cuerpo social y elevarse a nación. Desde el momento en que el capitalismo se abre paso y el mercado se generaliza, no puede sino asustarse de las consecuencias de la acumulación para su propia situación. Descubre que la inevitable tendencia a la concentración y centralización del capital, significa para ella pura y simple expropiación. Es decir, proletarización. Asediada por las fuerzas de mercado y oprimida por el estado, denunciará a la burguesía como una nueva aristocracia del dinero, reverdeciendo la utopía del igualitarismo de la sociedad civil, del espacio democrático de ciudadanos iguales que encubre un el magma de clases oprimidas.

El programa democrático de la revolución pasada se convierte entonces en bandera de una eterna revolución burguesa supuestamente pendiente. Aspiración utópica, por supuesto: la pequeña burguesía no tiene otro programa histórico que el propio capitalismo, por eso su nacionalismo revolucionario no se afirma en oposición al salariado y la mercantilización, sino como su radicalización.

La liberación nacional

En Francia, la revolución burguesa había partido con una parte importante del trabajo hecho. La monarquía absoluta había creado ya las bases de la nación al imponer una homogeneización legal, burocrática y lingüística suficiente como para que pudiera florecer un mercado nacional al introducir una serie de cambios en la estructura jurídico legal de la propiedad.

No era así en Alemania o Italia. El mundo de hablas alemanas y la península italiana, estaban divididos en decenas de estados principescos feudales, algunos de los cuales estaban sometidos a las principales potencias vecinas. La revolución burguesa tomó la forma de un gran movimiento de unificación nacional que se afirmó destruyendo los pequeños estados, electorados y principados, sus aparatos estatales y sus lenguas4. Pero una parte no menor fue conquistar los territorios de los gobiernos locales apoyados en el ejército austriaco y las zonas ocupadas por Francia. La liberación nacional al final no fue sino la proyección de la unificación sobre las fronteras de un mapa que no se cerraría definitivamente hasta mucho más tarde.

Pero en la Europa del siglo XIX no fue infrecuente que surgieran burguesías que intentaran crear mercados nacionales en partes relativamente pequeñas de las periferias de los gigantescos imperios dinásticos europeos. Fue el caso, en distintos momentos, de Grecia, Chequia y Eslovaquia o Polonia. Allí la revolución burguesa pretendió la segregación de una parte del territorio del viejo estado feudal y, la guerra civil revolucionaria tomó en distintos momentos la forma de una guerra de independencia.

Otra vertiente, menos importante en aquel momento, era la aparición de burguesías locales en los territorios sometidos a la colonización de los países en los que el capitalismo ya se había desarrollado. En estos casos, cuyo ejemplo más persistente fue Irlanda, la burguesía indígena no se enfrentaba a un imperio feudal que frenaba el desarrollo capitalista, sino a un imperio capitalista que había llevado las relaciones capitalistas pero que, al supeditar a sus necesidades la colonia, impedía el desarrollo en ésta de un proletariado masivo. En India, por ejemplo, se llegó a prohibir la producción industrial de textil para mantener la demanda a las fábricas de Manchester.

Los trabajadores y la nación

Más allá de la casuística de la formación de naciones y estados nacionales, la actitud de los revolucionarios fue siempre la misma: se trataba de impulsar la expansión del capitalismo al tiempo que se rechazaba el veneno nacionalista y populista. Lo que interesaba a la clase trabajadora era la expansión de las fuerzas productivas que el capitalismo representaba, y entre ellas, la más importante: el proletariado mismo, pues la expansión del capitalismo, a través de la proliferación de estados nacionales viables donde hasta entonces había habido feudalidad, significaba su propia universalización como clase.

Esta perspectiva les llevará a diferenciar muy bien entre las revoluciones burguesas tendentes a formar estados nacionales, de las resistencias a la expansión capitalista. Marx citará a Goethe5 para reivindicar el significado progresivo de la conquista británica de la India a pesar de todas las barbaridades cometidas por los conquistadores. Engels apoyará sin reservas la expansión de EEUU en México6 por la misma causa y denunciará a los nacionalismos de naciones pequeñas por articular la resistencia de pequeñas burguesías e hidalguías locales a las burguesías más fuertes que impulsaban la formación de grandes mercados nacionales en Europa: nacionalistas galeses, flamencos, corsos, vascos o bretones entrarían todavía hoy en ésta definición.

Una consecuencia importante de esta perspectiva es que el apoyo a las burguesías independentistas será táctico, es decir, estará supeditado a la correlación de fuerzas y a la situación de las clases en cada momento. Apoyar un movimiento nacionalista en un contexto en el que significaba expandir el capitalismo, no significaba crear un principio por el que siempre hubiera que apoyarlo. Por ejemplo, los marxistas polacos se darán cuenta a final del siglo XIX que el capital industrial ruso y el polaco están fundiéndose, compartiendo intereses y dejando atrás, es decir en manos de la pequeña burguesía, la opción independentista7. Por contra, el proletariado de todo el imperio, nacido del desarrollo conjunto y profundamente interdependiente de las burguesías rusa, finesa, polaca y báltica, es cada vez más una fuerza sincrónica8 que lucha unida contra la burguesía y el zarismo como un todo. Este análisis quedará demostrado en la revolución de 1905 cuando la huelga de masas sale por encima de todas las fronteras lingüísticas y nacionales mostrando al proletariado como una fuerza única, desde Tallin a Bakú, desde Varsovia a Moscú. En ese marco, como defenderá Rosa Luxemburgo, apoyar a los nacionalistas no solo era utópico, sino reaccionario, envenenando y dividiendo el movimiento de clase.

El internacionalismo

Porque hoy nos resulta tan evidente que se hace invisible, pero el efecto más importante de la extensión del mercado mundial estaba siendo la creación de una condición social universal, la del proletariado9. Cuanto más se expandía el mercado mundial, cuanto más interdependientes se hacían entre sí los distintos capitales nacionales concurrentes en cadenas de producción y distribución interconectadas, más claro se hacía que la competencia mundial encubría una explotación de clase universal10. Del mismo modo que el mercado nacional ocultaba bajo el intercambio mercantil, la explotación de una clase por otra, el mercado mundial era el ingenio que ocultaba y al mismo tiempo unía en un único sistema de explotación al conjunto de las burguesías sobre el conjunto del proletariado.

Por primera vez en la historia, la extensión de un mismo modo de producción por todo el planeta creaba una clase que era definida en los mismos términos en todos los lugares, una clase universalmente negada y con los mismos intereses frente a la explotación.

La clase universal

De esta unidad e igualdad de los intereses de clase derivaba algo también novedoso históricamente: la existencia de un único programa de clase en todo el planeta.

Por supuesto, la nueva clase revolucionaria tuvo que afirmarse primero como sujeto político frente al estado nacional en cada país: los primeros movimientos políticos de masa del proletariado se articularon sobre reivindicaciones como la jornada de diez horas o la regulación del trabajo infantil y femenino. Pero lo importante desde el punto de vista programático es que estas reivindicaciones que expresan desde el primer momento necesidades humanas genéricas, universales, contra el dique del estado nación porque condicionan y se enfrentan a las necesidades del capital nacional que este representa. Es decir, desde un primer momento las luchas de la clase trabajadora tienen un contenido programático universal aunque se expresen bajo formas, bajo luchas, que en un primer momento son necesariamente nacionales porque nacional es la organización de su antagonista.

A partir de esa experiencia, los revolucionarios proyectan la revolución proletaria como un todo en dos movimientos simultáneos: el proletariado se convierte en clase hegemónica -es decir, usando el lenguaje de las revoluciones burguesas, se eleva a nación11- tomando el estado nacional, para inmediatamente unificar el gran movimiento revolucionario en todo el mundo12, conscientes de que sin el concurso y organización de todas las fuerzas productivas disponibles en el planeta es imposible romper el régimen mercantil y el salariado y pasar a una economía de abundancia.

Esta visión se corregirá durante la primera experiencia revolucionaria exitosa de la clase: la Comuna de París en 1871. La Comuna no solo no intenta utilizar el estado burgués -y por tanto, nacional- para sus propios fines, sino que lo destruye, lo disuelve y sustituye por sus propios órganos que son también y ante todo formas de auto-organización como clase .

La revolución rusa de 1905 y después la oleada de revolucionaria de 1917 muestran la revolución como el resultado de la extensión de la huelga de masas y de las formas de auto-organización de clase que trae consigo, una versión evolucionada de la Comuna: los consejos de delegados obreros elegidos por las asambleas de fábrica y barrio por todo el país, los soviets. Confirmando una vez más la naturaleza única y mundial de la clase, su universalidad, los soviets están lejos de ser un fenómeno ruso. Aparecen espontáneamente bajo distintos nombres en todos los lugares donde la oleada revolucionaria cuaja en desarrollos insurreccionales entre 1917 y 1937: Berlín, Hungría, Baviera, China, España...

Conforme el mercado mundial se extendía, interrelacionando los lugares hasta entonces más aislados, el proletariado universal dejaba de ser una perspectiva y se convertía, a través de sus luchas, en una realidad material que se expresaba en formas de lucha y organización también universales.

El proletariado había impulsado con su acción política aquel movimiento revolucionario de la burguesía del que ya hablaba el Manifiesto Comunista en 1848. Los partidos obreros habían hecho su aporte a la universalización del mercado y con él del proletariado mismo, apoyando primero las revoluciones burguesas europeas, luego el expansionismo de las nuevas potencias sobre las vastas regiones pre-capitalistas de América, Asia y Africa, y finalmente, la rebelión de las nuevas burguesías que surgían ineludiblemente de esta misma expansión.

El imperialismo

Pero en las últimas décadas del siglo XIX empieza a ser claro que la expansión del mercado mundial está encontrando un cierto límite. Los mercados extra-capitalistas son cada vez menos capaces de comprar la sobreproducción que los mercados centrales segregan en cada ciclo, las ocupaciones del capital en las últimas colonias tienen una rentabilización más difícil. Los capitales nacionales se reorganizan formando monopolios ligados al estado. Y los estados cada vez chocan con más ferocidad en la lucha por acceder a mercados solventes. El capitalismo está entrando en su fase imperialista.

Independencia e imperialismo

En menos de tres décadas el conjunto de los capitales nacionales sufre ya de forma directa la nueva situación. No solo el mercado nacional se ha quedado pequeño para el capital, el mercado mundial da muestras una y otra vez de saturación -sobreproducción- y sobreacumulación de capitales. Ni hay mercados solventes suficientes para comprar todo lo producido ni ocupaciones productivas para todo el capital acumulado en busca de aplicación.

Las burguesías que están haciéndose con el poder del estado en ese momento, como la Turquía de Atatürk, sufren directamente las nuevas condiciones. Hasta entonces las revoluciones burguesas -hubieran tenido la forma de una revolución, una unificación o una segregación- habían abierto un periodo de desarrollo capitalista sustentando en el mercado precapitalista interno. Independencia había significado desarrollo capitalista independiente.

Pero con un mercado mundial formado, eso ya no era posible. Los nuevos estados nacionales desde el primer momento y aun antes de absorber en el nuevo modo de producción a toda la sociedad, necesitan concentrarse y centralizarse alrededor del estado y los monopolios para poder entrar en él en condiciones de sobrevivir a la competencia. Los más sólidos, hambrientas de mercados, alimentarán sueños expansionistas desde el primer día. Los más débiles no tendrán otra opción que colocarse bajo el ala de capitales nacionales más fuertes para encontrar un lugar bajo el sol.

La tendencia a conformar capitalismos de estado que, a partir de la primera guerra mundial, se desarrolla a toda velocidad en los países centrales, verdadero síntoma de la senectud capitalista, se convierte casi inmediatamente en la seña de identidad de las naciones jóvenes. Los nuevos estados nacionales están sobredimensionados, financiarizados, concentran al capital nacional alrededor suyo, si no en su interior, y cargan con pesados ejércitos permanentes que hubieran escandalizado a cualquier joven burguesía del capitalismo ascendente.

El objetivo del apoyo a las independencias nacionales por el movimiento de clase había sido impulsar el desarrollo del mercado mundial y con él el de un proletariado mundial. Pero el resultado era cada vez menos claro. A diferencia de los estados burgueses de primera hornada, los nuevos estados no podían crear un proletariado masivo. La capacidad del capitalismo para desarrollar libremente el conjunto de las fuerzas productivas de la sociedad, y entre ellas la principal, el proletariado mismo, estaba llegando a su fin. De hecho se aprestaba a destruirlas en masa.

La guerra imperialista

La guerra de 1914, la primera guerra imperialista mundial, marca un punto de no retorno. Cada capital nacional vende la guerra como la solución última a las tareas pendientes de la revolución burguesa del siglo anterior. Alemania toma la bandera de acabar con el zarismo, último bastión de la reacción feudal en Europa, Francia y Gran Bretaña dicen representar la democracia frente al bárbaro sistema prusiano y junto con los EE.UU. defenderán la autodeterminación como forma de la liberación nacional pendiente en Europa central y el Este. Sin pudor alguno la guerra es etiquetada como la guerra para acabar con todas las guerras.

Pero la realidad es que la gigantesca organización de la producción capitalista se ha convertido en una máquina de aniquilación. Millones de trabajadores mueren en masa en los campos de Europa en una guerra organizada al modo taylorista, a golpe de planes de batalla y cronómetro. El discurso defensista, la invocación del derecho a la defensa nacional frente a una invasión extranjera es el último argumento imperialista: cada burguesía defendiéndose de sus vecinas no es otra cosa que una matanza total.

Los revolucionarios quedan en minoría en los grandes partidos obreros. La IIª Internacional colapsa. ¿Qué clase mundial podían representar unos partidos que llamaban a los trabajadores al alistamiento para matarse en masa unos a otros en nombre de la defensa nacional, es decir, en nombre de la defensa del capital nacional?

La minoría revolucionaria -Liebknecht, Rühle, Luxemburgo, Lenin, Trotski...- se dan cuenta de que están en un momento de quiebre histórico. El mercado mundial ya no es suficiente para el desarrollo capitalista relativamente pacífico del siglo anterior. Y tanto es así que lejos de desarrollar libremente las fuerzas productivas las destruye en masa a través de una guerra que muestra la ausencia de límites de la voracidad imperialista de todas las naciones europeas. El capitalismo ha pasado de su fase de expansión, de ascenso histórico, a una nueva fase de decadencia que hace la revolución proletaria mundial no solo posible, sino necesaria, la única salida posible de la Humanidad a un sistema que se ha tornado una gigantesca trituradora de carne.

La guerra imperialista ha de ser convertida en guerra entre clases, en guerra civil revolucionaria. El internacionalismo, bajo las nuevas condiciones de decadencia implica tomar una posición abiertamente derrotista frente a cada burguesía nacional, el enemigo está en el propio país.

La nación en el capitalismo decadente

El derrotismo revolucionario será la forma táctica del internacionalismo, su expresión concreta, ante toda guerra entre burguesías en la decadencia capitalista. Guerras que no pueden escapar de tener o desarrollar inmediatamente un carácter imperialista. De su desarrollo nacerá la primera andanada de la revolución mundial del proletariado. En 1917 la revolución cuaja en la toma del poder por los soviets obreros y campesinos en Rusia. Aislada en los confines de Europa, la revolución necesita expandirse como el aire. En 1919 la insurrección de los consejos en Alemania primero y en Hungría después es derrotada. El proletariado en Rusia, atacado por todas las potencias y cercado por todos los frentes, necesita ganar tiempo en espera de una nueva oleada de luchas en el resto de Europa.

Nación contra revolución

Todavía quedaban imperios dinásticos, estados feudales y burguesías nacionales más o menos activas en revuelta. Los revolucionarios rusos, a pesar de las admoniciones de Rosa Luxemburgo, verán en ellas un posible aliado para ese ganar tiempo en espera de una revolución europea triunfante. Están apegados todavía a la idea socialdemócrata del desarrollo capitalista como un desarrollo nacional y no acaban de aceptar todas las consecuencias de que el imperialismo es una fase histórica del capitalismo como un todo, no de cada capitalismo en particular. Quieren pensar que aunque haya capitales nacionales imperialistas, las naciones jóvenes, los nuevos capitales nacionales en formación en las grandes regiones feudales del planeta, pueden afirmarse de un modo todavía sano en términos capitalistas. Es más, entienden la autodeterminación como un principio en la lucha contra contra los restos feudales y no como una táctica. Es decir, defienden su utilización incluso por burguesías desarrolladas -Polonia o Finlandia- y en el marco de una revolución socialista.

Con la autodeterminación los bolcheviques dan aire al nacionalismo de la burguesía finesa, un horizonte al de las pequeñas burguesías bálticas, polaca y del Caúcaso, prestan legitimidad al inexistente nacionalismo ucraniano... El resultado fue tan previsible como catastrófico: todas las clases reaccionarias se agrupan bajo banderas nacionales de ocasión y en vez de crear un cordón de seguridad frente al imperialismo, buscan inmediatamente un lugar bajo el ala de la potencia capitalista más cercana para infligir una derrota contundente a los trabajadores. El imperialismo alemán no desaprovecha la oportunidad en Lituania, Estonia, Letonia, Ucrania y, sobre todo, Polonia y Finlandia, bocados especialmente apetecibles. La guerra imperialista se reaviva vistiéndose de guerra de liberación nacional contra los soviets. La imposibilidad de un desarrollo capitalista independiente, de una independencia nacional al margen del imperialismo, se hace sangrientamente tangible desde el primer momento de afirmación nacional.

Desde entonces no ha habido excepciones. Desde la revolución china de 1925-27 en la que los trabajadores fueron masacrados por la burguesía organizada en el Kuomintang13 hasta el día de hoy, a ningún movimiento de liberación nacional triunfante ha dudado un segundo entre aliarse con un imperialismo o con la clase trabajadora movilizada y desde luego a ninguna le ha temblado en pulso una sola vez a la hora de reprimir a sangre y fuego cualquier expresión independiente de la clase trabajadora. La primera en darse cuenta de la incompatibilidad entre liberación nacional y clase trabajadora fue la burguesía nacionalista.

La segunda guerra imperialista mundial

No es casualidad que la contrarrevolución stalinista en Rusia exaltara el nacionalismo panruso, ni que las dos fuerzas burguesas que masacraron la Revolución española -el franquismo y la República- presentaran sus querellas como formas antagónicas liberación nacional a pesar de sostenerse ambas sobre los principales imperialismos rivales en la época. El capitalismo, se preparaba para una nueva carnicería imperialista. La derrota de la Revolución española la haría posible finalmente a las grandes potencias enzarzarse en una guerra sin temor a una nueva Rusia. La nueva matanza se vendería como guerra antifascista en los imperialismos anglosajones, como guerra de liberación nacional por parte de la burguesía francesa que apoyó a De Gaulle, y cuando finalmente Alemania rompiera por sorpresa su pacto con la Rusia stalinista en 1941, como Gran guerra patria por ésta.

Una vez más, solo pequeñas minorías tomaron una posición internacionalista llamando a convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. Sin embargo la dirección del agrupamiento más numeroso y extenso de entre los que habían resistido al ascenso stalinista en la Internacional, la Oposición de Izquierda, agrupada desde 1938 en la IVª Internacional, fracasó estrepitosamente a la hora de levantar con claridad la consigna del derrotismo revolucionario. La tendencia internacionalista, en torno a la sección española, la defendería sin ambages denunciando abiertamente la nueva traición y rompiendo finalmente con la estructura que en su día había animado Trotski para formar una nueva organización internacional. Cuando a partir de 1943 se produzcan de nuevo huelgas de masas y levantamientos obreros contra la guerra -de especial vigor en Italia, Grecia y más tarde en Vietnam- la situación será mucho más débil que en 1917. A pesar de resistir con bravura la represión de ambos bandos, privados de una referencia equivalente a la que representaron los bolcheviques en Rusia, los trabajadores no podrán convertir la guerra en una nueva Revolución mundial.

Independencia en el segundo y tercer mundo

Mientras tanto, la imposibilidad de verdadera independencia nacional se probaba por su inversa en los países que quedaron al margen del grueso de las hostilidades. Suramérica y una parte de Asia, vivían un verdadero auge industrial. Exportando a los países beligerantes alimentos y materias primas necesarias para el esfuerzo de guerra, sustituyendo importaciones con nuevas industrias nacionales, disfrutaron de la apariencia de un capitalismo no saturado ni sobreacumulado. Bonita paradoja: la guerra, exacerbación del imperialismo mundial, permitió durante unos años al capital nacional vivir el espejismo de desarrollarse en un capitalismo libre de las condiciones del imperialismo. Pero la guerra acabó y aunque el desastre había eliminado buena parte del capital fijo, permitiendo un largo y próspero ciclo de acumulación -los gloriosos 30- los mercados de las grandes potencias dejaron de importar masivamente, la competencia volvió y la orgullosa industria nacional se vio de nuevo en una crisis perenne, fracturando no pocas veces a la burguesía local y convirtiéndolos en campo de batalla de los dos grandes imperialismos del momento, la URSS y EEUU. Los que intentaron terceras vías, afirmando sus propias tendencias imperialistas, como la Argentina de Perón, la Yugoslavia de Tito o la misma China, tuvieron que acabar cediendo y como se decía en la época, alinearse.

Los países que Lenin había catalogado como semi-coloniales se llamaban ahora segundo mundo14. Pero la verdad es sus capitales nacionales tenían tan pocas opciones o menos que antes de la guerra. En ellos la tendencia hacia el capitalismo de estado se desarrollo con violencia, como una necesidad más del lugar subalterno que ocupaban en el mapa imperialista que se materializaba en el modelo exportador con independencia del bloque al que pertenecieran.

El modelo exportador se trata en realidad de una forma peculiar de organización del capital nacional en torno al estado, en la que el sector exportador, dedicado generalmente a materias primas o a la producción agraria, está altamente concentrado y capitalizado. No solo sirve para realizar la plusvalía del conjunto del capital nacional, sino que a través del estado subvenciona una nutrida burocracia estatal y una cierta industria nacional.

Estando limitada la capacidad exportadora a unos pocos productos, el sector exportador es generalmente estable aunque frágil ante la eventual aparición de sustitutivos o caídas de precios internacionales. Pero dado que en realidad es el único sector realmente productivo, al no poder crecer indefinidamente los beneficios obtenidos tampoco tienen donde reinvertirse de forma productiva. ¿En quién invertir sino en el sector exportador? ¿En la industria que depende de él? ¿En industrias de bienes de consumo que dependen exclusivamente del empleo que ellos generen? Como el capital no encuentra destinos internos, son países con una eterna tendencia a la fuga de capitales. No porque la burguesía traicione al capital nacional, sino por todo lo contrario: ausente de colocaciones rentables, la única manera de mantener el capital acumulado con vida es sacarlo del país. Desde Túnez a Argentina -en el bloque norteamericano- desde Cuba a Argelia -en el ruso- el modelo exportador será la forma más evidente de dependencia imperialista durante la guerra fría.

Al final de la segunda guerra imperialista mundial, en decenas de colonias británicas y francesas de Asia y África comienzan guerras de liberación. Son parte del movimiento de placas tectónicas del imperialismo. Con Alemania y Japón derrotados, con Francia y Gran Bretaña destrozados, EEUU y la URSS empiezan a desalojar a sus antiguos aliados y afianzar sus esferas directas de influencia dentro de sus respectivos bloques.

La mayoría de los nuevos estados nacionales independientes eran simplemente inviables, incluso bajo el modelo exportador. Si el segundo mundo no podía crecer, el tercer mundo ni siquiera pudo, en muchísimos casos, mantener un estado en pie ni siquiera media docena de décadas. Pensemos en Somalia, República Centroafricana o Afganistán. Incluso los grandes éxitos rusos como Cuba, mostraron que la única opción de las naciones que rompían con un bloque imperialista era incorporarse a otro.

En cuarenta y cinco años de guerra fría solo hubo un ejemplo relevante de una liberación nacional capaz de mantener una cierta independencia política de las grandes potencias: Irán a partir de 1979. No ha sido desde luego un modelo de crecimiento de las fuerzas productivas, sino en todo caso, de las deformidades burocráticas, represivas y militaristas de un capitalismo de estado imperialista incapaz de desarrollarse libremente en el interior de sus fronteras.

Internacionalismo

A los propagandistas liberales les gusta decir que no hay contradicción entre nación e internacionalismo. El internacionalismo sería según ellos una voluntad de cooperar entre naciones y grupos nacionales. Es el sentido que le daban a la palabra los liberales ingleses de 1850 que defendían el libre comercio y sus virtudes pacificadoras.

En el movimiento obrero, internacionalistas se llamaba sin embargo a los partidarios de la Internacional. La Internacional se consideraba la organización de la clase trabajadora mundial y reconocía a los grupos que aparecían en cada estado solo como secciones, como partes del todo sin ser propio, como representantes de la Internacional en cada lugar y no como representantes de distintos proletariados frente a los demás. Internacionalismo, para el proletariado, es defender que la clase es un todo único, no una confederación o una confluencia de grupos sociales o clases nacionales.

Toda la táctica de la lucha de clases se sintetiza en una sencilla pregunta. ¿Cuáles son los intereses del proletariado mundial como un todo?15

El capitalismo es desde hace más de un siglo un sistema global. El mercado mundial llega al último rincón del globo. No quedan ya imperios dinásticos ni estados feudales. La revolución burguesa culminó su ciclo histórico hace más de un siglo. Defender a estas alturas el carácter progresivo de la liberación nacional es, simplemente, un anacronismo.

De toda la galería de monstruos formada por los estados nacionales nacidos durante el último siglo solo hay una constatación posible: el capitalismo no puede desarrollarse ya sobre bases nacionales. No lo hace en los países centrales y no puede hacerlo en los periféricos.

El imperialismo no es una política por la que puedan optar o no los gobiernos burgueses, no es tampoco un estadio de desarrollo de tal o cual capital nacional. No hay países imperialistas y países con burguesías oprimidas por él. El imperialismo es un grado de desarrollo del capitalismo como un todo. Todos los capitales nacionales sufren el imperialismo, y todos ellos son también imperialistas porque la ausencia de mercados y colocaciones para el capital hacen que no puedan ser otra cosa. Triunfe el estado o el bando burgués que triunfe en cualquier conflicto, guerra o intento de segregación estatal, el capital nacional no puede sobrevivir hoy sin concentrarse, fundirse con el estado y batallar a muerte -en la medida de sus fuerzas, esas sí, desiguales- por espacios de mercado para sus productos y capitales en un mercado mundial siempre insuficiente.

No podemos olvidar el punto de partida. La nación es el conjunto social cuando está dirigido de manera efectiva por la burguesía. El interés de la nación es el interés del capital nacional. Los trabajadores nunca tuvimos intereses nacionales, más allá de apoyar la formación de estados burgueses como forma de expansión del capitalismo y con él de nuestra propia clase, en la perspectiva de hacer posible la revolución comunista mundial un día. Y ese día llegó hace un siglo. Desde entonces la alternativa histórica no se da entre capitalismo o feudalidad, ni entre capitalismo liberal y capitalismo de estado, ni entre facciones de la burguesía... sino entre comunismo y barbarie capitalista.

El internacionalismo, como siempre, no es otra cosa que la afirmación de la unidad de intereses del proletariado mundial. Desde hace un siglo, su antítesis es la defensa de la nación. Apoyar cualquier choque entre naciones capitalistas -y todas son capitalistas- o entre facciones de la burguesía nacional, no significa otra cosa que llamar a una parte del proletariado a participar en la masacre de otra.

Por eso la única táctica posible frente a la guerra -se autodenomine defensiva o de liberación, civil o antifascista- es el derrotismo revolucionario, la conversión de la guerra en revolución a ambos lados de cualquier línea de frente. Volver las armas contra la propia burguesía. Da igual qué facciones de la burguesía se enfrenten. Da igual si una es un gran imperialismo y la otra una nación pequeña u oprimida, da igual si a un lado hay una facción burguesa fascista y a otro una facción democrática, da igual si uno de los contendientes es uno de los últimos capitalismos de estado stalinista o una república islámica...

Si desde hace un siglo, no hay interés común posible con ninguna facción burguesa es porque ninguna de ellas puede ofrecer otro futuro que su capital nacional y ese futuro, en un sistema en decadencia como es el capitalismo hoy, solo puede significar más guerra y explotación en un crescendo de barbarie que amenaza a ya a la especie humana entera.

Discriminación y opresión

Todos los días vemos mil actos más o menos graves de discriminación. Ser mujer, joven, viejo, migrante, hablante de una lengua determinada..., conduce inmediatamente, según el contexto y el lugar, a ser identificado, clasificado y privado de la falsa igualdad que nos asegura la sociedad capitalista.

Si nos ponemos a hacer una lista de agravios cotidianos, no tendría fin. El capitalismo sustenta una maquinaria de discriminaciones persistente e innegable. La cuestión es por qué. ¿La necesita? ¿Qué tendrá que ver tener ciertos rasgos físicos o tener por lengua materna un cierto idioma con la explotación de una clase por otra?

Para entenderlo hay que criticar -esto es, demoler- algunas de las mentiras que el capitalismo cuenta sobre sí mismo, eso que llamamos ideología.

Discriminación y competencia capitalista

A pesar de los cantos a las virtudes de la «libre competencia», el capitalismo nunca ha conocido una competencia como la que se enseña en las asignaturas de economía. Como vemos todos los días en la guerra comercial, las leyes mercantiles, los impuestos… la competencia capitalista es una guerra total que no se da más que parcialmente en el «lenguaje de los precios». Crear monopolios para chantajear a muerte a millones, imponer ventajas comerciales mediante la fuerza militar, someter a cargas mayores al capital más débil… son el día a día de la competencia entre capitalistas.

Por supuesto que el mismo capitalismo de estado que dirige la caótica y cruel rebatina cotidiana mundial, nos aleccionará sobre la competitividad de los salarios y lo egoístas y costosas que resultan cualquiera de nuestras protestas. Pero la verdad es que hasta el pequeño burgués más mísero sabe que los «buenos márgenes» y los «grandes negocios» nacen de posiciones de fuerza normalmente avaladas por el estado o sustentadas en la propiedad de grandes masas de capital; no de la competencia en precio y calidad, sino de la posibilidad de utilizar el mercado para para imponer exacciones amañadas fuera de él. Así que por mucho que nos vendan la igualdad de oportunidades como la esencia misma del sistema, es el propio sistema el que constantemente recrea los incentivos a la discriminación.

Y es que a fin de cuentas, la libertad y la igualdad capitalistas se basan no en la competencia sino en que los que solo poseen fuerza de trabajo tengan que venderla en el mercado... algo que ni siquiera originalmente se impuso «espontáneamente»: una y otra vez, país tras páis, la burguesía tuvo que parcelar las tierras comunales -y no otras- para forzar a los campesinos independientes a migrar a la ciudad y convertirse en una masa de proletarios dispuestos a aceptar la explotación más brutal para sobrevivir.

A día de hoy, como siempre a lo largo de la historia del capitalismo, la discriminación es la única llave de que disponen los pequeños capitales para entrar en el juego del gran capital. Sin discriminación –que se lo digan a los temporeros migrantes y a sus patrones– no pueden vencer la diferencia de productividad que favorece a las grandes masas de capital invirtiéndola mediante salarios por debajo de la media e incluso del mínimo vital. Por eso la existencia de cualquier resto o prejuicio precapitalista y de cualquier situación de marginalidad -presos, migrantes irregulares, etc.-, será alentada y adoptada una y otra vez por los nuevos concurrentes que aspiran a una acumulación acelerada arañando márgenes.

Esa es la competencia real. Tan brutal que el propio estado ha de moderarla por su potencialidad subversiva para la propia burguesía y su estado. La discriminación en el capitalismo es sistemática, necesaria y universal. Ni siquiera el estado puede ir mas allá de la persecución de excesos sin eliminar el juego de incentivos de la concurrencia de capitales. Si hay posibilidad de discriminar, hay posibilidad de aumentar la explotación y con ella, la ganancia. Es más, muchas veces, desde el punto de vista de los capitales individuales, es la única forma de hacerlo.

Cuando la izquierda nos dice que el verdadero patriotismo pasa por enfrentarse y perseguir con toda la fuerza del estado tal o cual discriminación, está tomando el punto de vista del gran capital. Al final el patriotismo no es otra cosa que la defensa del capital nacional y evidentemente al capital nacional, organizado como capitalismo de estado, lo que le interesa es homogeneizar en la medida de los posible las condiciones de explotación para garantizar la movilidad de los grandes capitales entre sus colocaciones posibles.

Esta tendencia igualadora del gran capital, chocará una y otra vez con las necesidades de la competencia real, sobre todo para la pequeña burguesía, pero también entre grandes capitales. Si una discriminación deja de ser útil, resurgirá otra antigua o aparecerá una nueva. Para el capital no hay nada esencial en las supuestas comunidades sobre las que en un momento carga con toda la fuerza de la discriminación, solo perfiles demográficos a los que puede ser útil discriminar.

Es muy interesante por ejemplo cómo, durante más de veinte años en los que la población de origen chino se multiplico desde la práctica inexistencia estadística hasta los centenares de miles, no existió en España una discriminación detectable. El estereotipo decía que eran trabajadores y emprendedores. Solo cuando el capital estatal chino empezó a jugar en el terreno del gran capital español y aprovechar sus divisiones internas, los chinos empezaron a ser objeto de leyendas urbanas que los ligaban a mafias, infiltraciones y redes globales de dinero negro. El capital en concurrencia, como el gigantesco parásito social que es, no duda en usar cualquier medio a su alcance para sobrevivir y reproducirse. El prejuicio es solo uno de ellos.

Opresión no es discriminación

Sin embargo, la discriminación, por generalizada y profunda que sea no es automáticamente opresión. Y la distinción importa.

A diferencia de la discriminación, la opresión es un hecho político. No son los individuos, sino los sujetos colectivos los que sufren la opresión... por mucho que tal situación al final se plasme en discriminación sobre los individuos que supuestamente los forman. Oprimir implica utilizar el poder político para impedir la organización y afirmación política de un sujeto colectivo.

No puede oprimir cualquiera, de hecho solo aquellos que tienen a disposición herramientas estatales. Los patriarcas gitanos, los curas católicos o los líderes de un club de deportivo pueden discriminar a los jóvenes o a las mujeres en la toma de decisiones de sus organizaciones, pero no pueden crear leyes ni utilizar el aparato del estado -desde los medios a los jueces- contra ellos. Su poder en esta sociedad es comunitario o asociativo, no político, afecta solo a los que previamente han decidido aceptarlo, no al conjunto social. A nadie preocupa que una religión esté en contra del aborto o el divorcio y que expulse a sus miembros si abortan o se divorcia. Lo que preocupa es que puedan cambiar las leyes.

Por otro lado, un individuo puede ser discriminado sin necesidad de que el colectivo al que supuestamente pertenece, sufra opresión alguna. Es más, puede que un colectivo gigantesco sufra una discriminación generalizada... sin necesidad de que exista opresión. Por ejemplo, las estadísticas de empleo y los estudios sobre entrevistas de trabajo constatan que los valores y estéticas dominantes se reproducen una y otra vez bajo la forma de una discriminación masiva e invisible. Morenos rizosos, gordos y feos, son sistemática y reiteradamente marginados en cualquier proceso de selección laboral y hasta cuando tratan de alquilar una casa. Este ejemplo, aunque banal, debería hacer que nos preguntáramos qué condiciones ha de cumplir un grupo social para poder ser considerado un sujeto político oprimido en la sociedad burguesa.

¿Qué grupos sociales están oprimidos?

Resulta obvio que el proletariado, como todas las clases explotadas antes que él, es una clase necesariamente oprimida: la explotación no podría mantenerse si no. Todo en la sociedad lo niega, empezando por la esencia misma del capitalismo que presenta todo intercambio, incluido el de fuerza de trabajo por salario, como un intercambio entre valores iguales, un intercambio justo, por tanto. Ni hablemos de la lógica democrática y los discursos sobre la naturaleza de la sociedad y el estado: todo concurre en negar la existencia de explotación, presentar sus mecanismos como naturales y evitar la constitución de los trabajadores en sujeto político. Su propia organización espontánea, la que aparece en las huelgas de masas, es considerada una violación de la convivencia y las mismas asambleas de huelga en el centro de trabajo, un atentado a la sacrosanta propiedad.

Por otro lado tenemos a la pequeña burguesía. No es ni revolucionaria -no puede ofrecer más que variantes del capitalismo- ni está explotada, al revés: participa de la explotación cuando no la ejerce directamente. Pero sin duda está oprimida: del anarco-liberalismo al stalinismo pasando por Proudhon y el nacionalismo popular, todas sus creaciones ideológicas nos dicen que, si fuera por ella, el poder del estado se aplicaría en contrarrestar e incluso eliminar la competencia que para ella suponen el gran capital y sus empresas. Pero obviamente, el estado capitalista no está para eso.

La opresión de la pequeña burguesía, a la que la burguesía a través del estado contiene y supedita a sus propias necesidades, hace de ésta una clase tremendamente activa e inquieta, especialmente en los periodos de crisis. Enarbolará entonces la lucha contra las más diversas opresiones: la de la nación, la de la mujer, la de las minorías raciales o lingüísticas... hasta la de la Naturaleza o la de los animales como una forma de enfrentar parcialmente su propia opresión (por eso le llaman luchas parciales). Pero para justificar cada una de ellas, tiene que construir un sujeto político al que el estado estaría impidiendo expresarse, constituirse y autodeterminarse. Es decir, tiene que convencernos de que «la nación» o «el pueblo», «la mujer», o la «comunidad» de raza o lengua, forman un sujeto político homogéneo con intereses característicos y diferentes y un horizonte histórico propio.

En la aceptación o no de la existencia de tales sujetos políticos colectivos reside la diferencia entre luchar contra la discriminación lingüística y ser nacionalista, entre luchar contra la discriminación de las mujeres y ser feminista, etc.

Aceptar la idea de que perfiles demográficos que sufren una discriminación más o menos sistemática forman sujetos políticos, significa negar que estén divididos por intereses de clase antagónicos. Porque cuando se afirman esos antagonismos de clase, los famosos sujetos políticos construidos afanosamente por las ideologías pequeñoburguesas, saltan por los aires. Para empezar «el pueblo», que como vimos es el conjunto social cuando es dirigido de forma efectiva por la pequeña-burguesía. ¿Cómo va a ser el interés de los trabajadores marchar bajo las banderas populares para darle un estado nacional propio a su pequeña burguesía? Y no es muy distinto con los demás. ¿Tienen el mismo interés la mujer burguesa y la trabajadora? ¿Merece la pena dividir plataformas y revindicaciones con los compañeros de trabajo para apoyar el ansia de las mujeres de la pequeña burguesía por encontrar hueco paritario con sus compañeros de clase en consejos de administración, direcciones de empresas y altos cargos del estado? Los intentos de construir sujetos políticos frankenstein a partir de trozos de distintas clases sociales se desmontan a la primera sacudida de los antagonismos que enfrentan a éstas entre sí.

Aunque la discriminación esté generalizada, los únicos sujetos políticos materiales oprimidos son las distintas clases subalternas de la sociedad capitalista. Y cada una sufre la opresión de clase de manera muy diferente. Tan diferente como contradictorios son entre sí sus intereses.

La telefonista del call center, el jornalero migrante y el trabajador andaluz en Llobregat sufren todos discriminación: en un caso por ser mujer, en otro migrante y en el último por no hablar la lengua de sus jefes y de los políticos que dicen representarle. Pero la opresión que sufren es la del proletariado. Su interés pasa por enfrentar la explotación, es decir, porque su clase actúe y se afirme políticamente. Su interés político no pasa en ningún caso porque los sectores femeninos o migrantes de la pequeña burguesía se hagan con un hueco en el estado, ni porque el nacionalismo español se imponga en Cataluña a la pequeña burguesía independentista.

Que la pequeña burguesía luche por afirmarse políticamente a base de intentar convertir a sus facciones en la cabeza de sujetos políticos interclasistas, no convierte a estos en ninguna salida ni oportunidad para los trabajadores. Al contrario, el éxito de estos depende en primer lugar de la capacidad de su relato y de su práctica para dividir a los trabajadores en tantas otras masas inertes dispuestas a ir a la zaga de cada una de las facciones pequeñoburguesas que representan. Es decir, cada avance de los movimientos parciales de la pequeña burguesía es un retroceso para el movimiento necesariamente unitario de nuestra clase.

La clase universal

Los trabajadores, a diferencia de las clases revolucionarias del pasado, no luchamos por privilegios particulares, sino por satisfacer necesidades que son humanas, genéricas, comunes a todas los miembros de nuestra especie. La sociedad que perfilan los objetivos de las luchas, desde la más modesta a las grandes insurrecciones del pasado, y por tanto el programa de clase, no persiguen establecer una nueva forma para la explotación, sino abolirla en todas sus formas. El horizonte y el interés del proletariado es la satisfacción universal de necesidades igualmente universales. Universales por ser del género humano y universales por ser igualmente válidas y plantearse de modo similar en todo el mundo. Y es por ésto que para prosperar, la lucha de clase necesita poner en cuestión y dejar atrás, de a una y en la práctica, todas las opresiones y discriminaciones… e identitarismos.

El proletariado y el centralismo

Esa universalidad en la práctica de las luchas se manifiesta como unidad de intereses de una clase que no tiene nada que perder. Y la unidad de intereses, orgánicamente, en la forma que toma cualquier organización de lucha, solo puede articularse y expresarse mediante centralismo.

En la clase trabajadora, «centralismo» no significa la adhesión a un principio formal, la defensa de una cierta tipología de estructuras de mando. Y desde luego, no significa concentrar el poder en una única persona o grupo, sino por el contrario, extender el ámbito de cualquier organización de lucha de la clase a todos sus miembros, reflejando el carácter universal que late bajo cada expresión de clase y anteponiéndolo a cualquier particularismo, a cualquier sentimiento o prejuicio, privilegio imaginario u opresión real. Dicho de otra manera, el centralismo es la expresión organizativa de la idea de unidad de la clase como sujeto político universal.

El centralismo de los trabajadores es el de una asamblea que organiza una huelga no el de un consejo de administración erguido sobre un organigrama. Cuando hay una huelga, la tendencia espontánea es a que su organización recaiga en un único centro: la asamblea de todos los trabajadores y que esa asamblea reúna a todos los trabajadores con independencia de su nacionalidad, su lengua, su sexo, el contrato de trabajo que tengan -sea fijo o temporal- y quién se lo firme -la empresa principal o una auxiliar. Cuando la huelga se extiende, los comités (electos, con mandato directo y revocables en cualquier momento) se unen a su vez en «comités de delegados» que, cuando las movilizaciones se generalizan, integran a su vez todo tipo de representaciones de las clases no explotadoras a través de asambleas de barrio, ciudad, etc.

La tendencia a la unidad está también presente en las expresiones comunitarias, defensivas, de clase trabajadora: cajas de resistencia, redes de solidaridad, etc. solo funcionan y se convierten en espacios válidos para el desarrollo de la consciencia de clase si son capaces de superar en la práctica las divisorias, identitarias de una manera u otra, impuestas por una sociedad cuya fractura en clases se expresa bajo mil particularismos y opresiones diferenciadas sin superación histórica posible dentro del sistema.

Y al revés: si un una lucha no es capaz de hacerlo, si no enfrenta toda discriminación, si su organización da por bueno o incluso alimenta el prejuicio identitario... en vez de impulsar la aparición del proletariado como clase y elevarse sobre las condiciones de su propia opresión, descarrila y aísla sus luchas.

¿Es posible un identitarismo de clase?

El proletariado nace con el capitalismo, pero no nace de la nada. La producción industrial capitalista emerge descomponiendo las viejas estructuras feudales que han definido como clase a los productores asalariados de la época: los artesanos gremiales. Desde el siglo X aproximadamente, éstos han desarrollado instituciones, prácticas y reflejos políticos que les han defendido durante siglos tanto del enemigo intramuros, la burguesía, como del extramuros, la nobleza y el estado feudal.

La burguesía es entonces todavía, una clase fundamentalmente comercial que intenta penetrar y dominar al taller urbano, convirtiendo a la comunidad artesana -normalmente una familia y sus aprendices- en subalternos suyos y finalmente asalariados. Allá donde lo consigue o se acerca a conseguirlo, el entramado de leyes, mutualidades y tradiciones de ciudad medieval se desmorona y el feo rostro de la precariedad y la pobreza proletaria aparecen. Los ciompi que se rebelan en masa en la Florencia de 1378 son el primer atisbo de un futuro que se generalizará en los siglos venideros.

Todas las instituciones del artesanado se orientarán a fortalecer el equilibrio inestable del que han nacido entre el estado feudal y la burguesía. Lejos de formar una clase revolucionaria, los maestros, aprendices e incluso peones artesanos, pondrán todo tipo de trabas a la mercantilización de su propia fuerza de trabajo. Buscando defenderse de la explotación que les viene, embrollan los logros de la democracia urbana burguesa con un entramado de regulaciones destinado a evitar la competencia entre talleres y contener la fuerza arrolladora con la que el capital impulsa la producción allá donde consigue poner bajo su ala a los talleres. Rechazarán, a veces violentamente, la mejora técnica, pondrán límites a la producción. En última instancia, el objetivo será mantener alejada mientras puedan a la burguesía del proceso productivo mismo, velándolo a través de un secreto gremial, celosamente guardado bajo la bruma de la iniciación mística y el paternalismo del maestro y su esposa hacia los compañeros que trabajan bajo su techo y los aprendices a los que forman desde la infancia.

Al contrario que el proletario, cuya lucha contra la burguesía se orienta, conscientemente o no, a la liberación de la abundancia constreñida por las relaciones mercantiles, el artesano tiene en la imposición de la escasez su única baza frente a las ambiciones del burgués. Escasez en la producción asegurada no solo por los calendarios ceremoniales y la obligatoriedad de homogeneizar los productos, sino por límites estrictos y explícitos al volumen y, sobre todo, a la aceptación de nuevos miembros.

El artesanado y su cultura son, en la medida de sus fuerzas, un freno al desarrollo no solo de la producción sino de las fuerzas productivas de la sociedad. Un bastión urbano en la línea de defensa de la feudalidad contra el orden revolucionario que impulsa la burguesía y que amenaza con triturarlos. Son una clase reaccionaria.

La revolución burguesa abrirá definitivamente la puerta a la peor pesadilla del artesano: la proletarización masiva. La descomposición de las relaciones artesanas será muy rápida. En el siglo XVII desaparecen ya la mayor parte de las cofradías y universidades que organizan el monopolio de los talleres urbanos. En los países católicos, las que sobreviven lo hacen como meras organizaciones ceremoniales cuya principal función será organizar procesiones y fastos útiles a la contra-reforma. A finales del siglo, en la incipiente Inglaterra capitalista, la nobleza aburguesada se permite la broma humillante de absorber su carcasa ritual sin su fondo productivo, cebar el resultado con sus propios delirios místico-alquímicos y transformar al viejo enemigo en el laboratorio de su propia moral social: la masonería simbólica.

Queda, eso sí, una masa de artesanos libres flotando a duras penas en el mercado y condenada a dividirse en dos. La mayoría será proletarizada, otra parte conseguirá convertirse en pequeña burguesía urbana. La expresiones ideológicas de este marasmo son bien conocidas: Cabet -hijo predilecto de los toneleros de la Costa de Oro francesa- y Weitling -oficial de sastrería-, representan al mismo tiempo, los primeros gérmenes del partido obrero y las últimas ilusiones artesanas, teñidas poco después por Proudhon -último hijo de una estirpe de maestros toneleros- con argumentos de anticapitalismo pequeño-burgués. Cuando Marx titula su crítica de Proudhon Miseria de la filosofía va mucho más allá del juego de palabras con el libro previo del de Besanzón, está señalando su incapacidad de pensar más allá del régimen mercantil y su interiorización profunda de la lógica gremial de la escasez. Es sobre ese mundo atomizado, reluctante a las formas colectivas del proletariado y resentido frente a la burguesía de donde nace el anarquismo y donde el socialismo feudal, el subproducto para masas de la nostalgia y el rencor aristocráticos, inoculará por primera vez la peste del antisemitismo.

La proletarización toma muchas veces la forma de migración. Entre 1841 y 1890 4.344.913 alemanes llegan a EEUU. Llevarán consigo el lassallianismo, variante local de las ilusiones sobre la posibilidad de una conciliación entre proletariado y capital a través del estado. Un intento de mantener la fantasía de que era posible resistir a la conversión del privilegio feudal del trabajador cualificado en obrero en descualificación.

Pero la verdad es que resistirán. Y lo harán recurriendo a la vieja caja de herramientas del artesano medieval. El obrerismo de los primeros sindicatos americanos será un discurso de gremializante según el cuál la forma de defender «el trabajo» es restringir el acceso a los oficios y limitar la competencia entre trabajadores. El desarrollo y expansión de la clase sería así el mayor peligro para los trabajadores cualificados. Para ellos, la migración debería regularse, las mujeres tienen su lugar en el hogar y ciertos trabajos deberían reservarse para trabajadores con la misma raza y religión de la clase dominante. De forma natural, encontrarán aliados en el populismo americano -expresión ditirámbica de la pequeña burguesía- al que se unirá en la defensa de la pequeña producción y el comercio local frente a las grandes compañías y los productos extranjeros. El proteccionismo y el aislacionismo de los sindicatos sellarán esta alianza reaccionaria.

Es la lógica reaccionaria de la resistencia artesana frente a la burguesía revolucionaria trasladada al capitalismo ascendente. Si en la Edad Media el artesanado intentaba contener a la burguesía restringiendo su propia capacidad productiva, el artesano migrante, incómodo con su nueva posición de trabajador cualificado, trataba ahora de contener al capitalismo para evitar su proletarización resistiéndose a la tecnificación de la producción -que simplificaba su trabajo- y a la competencia consecuente de los menos formados: negros, mujeres, migrantes irlandeses, de países latinos, chinos o hispanoamericanos...

El obrerismo de los primeros sindicatos americanos es la continuidad de una cierta perspectiva gremial, feudal, reaccionaria al fin, que ve en el desarrollo y crecimiento de la clase un peligro para los salarios y el status de los trabajadores cualificados. En las nuevas condiciones industriales la tradición del monopolio de oficio, con sus secretos técnicos y la importancia de la continuidad del conocimiento en el gremio, solo podía convertirse en sexismo, racismo y xenofobia.

Estas tendencias reaccionarias, reminiscentes de la feudalidad artesana, van a reproducirse de modo inevitable una y otra vez en los sindicatos conforme estos consoliden ventajas relativas para grupos específicos de trabajadores. No es inocente que Marx y Engels hablarán del peligro de que cayeran en la ilusión de convertirse en una aristocracia obrera.

El aristocratismo gremial evolucionará desde el primer día en los sindicatos integrados en el estado hacia obrerismo. Nacido como estertor reaccionario del viejo artesanado en proletarización, alcanzará sin embargo dos grandes éxitos: en primer lugar y ante todo, perpetuarse; en segundo lugar, elaborar una definición antiproletaria de la clase obrera.

Esta definición, intenta fundamentarse primero a través de la exaltación de saberes particulares al modo del artesano gremial, pero pronto, especialmente en los países que reciben migraciones masivas como EEUU o Argentina, en la experiencia sociológica de clase, en el orgullo por las formas peculiares de adaptarse a la cotidianidad de la explotación. Este enfoque, común ya a principios del siglo XX en los discursos sindicales, se integrará de forma natural en los discursos de la contrarrevolución fascista y stalinista.

De hecho tomará forma teórica de la mano de uno de los pocos grupos intelectuales solventes del stalinismo: el grupo de historiadores del partido comunista británico, los Thompson, Hobsbawn, Torr, etc. Para ellos, la cultura obrera, todo eso que permite reconocer a otro como alguien de la misma condición, fundamentaría la identidad histórica de los trabajadores. La conciencia de clase se dirimiría pues en el territorio que va desde las letras de canciones populares al repulgue, desde los lugares comunes a las prácticas comunitarias de resistencia cotidiana. Aquello de lo que la clase trabajadora es capaz en términos políticos, vendría delimitado por la proyección de los valores reflejados en estas prácticas y costumbres. Prácticas y costumbres que como toda cultura bajo el capitalismo, son fundamentalmente nacionales.

A nadie se le escapa que lo permite reconocer a otro como alguien de la misma condición en la sociedad burguesa es lo mismo que permite excluir a los demás. La identidad obrera, definida al modo stalinista, sobre la base del perfil del obrero industrial de los países desarrollados no podía sino afirmar los elementos del perfil sociológico de la fábrica que coincidían con la identidad nacional triunfante del estado. Es decir, nacionalismo, machismo y xenofobia eran el envés necesario del obrerimo. La estrategia del nacionalismo negro, el feminismo y la izquierda postmoderna después, culminará la jugada universalizándola, multiplicando en un caleidoscopio de transversalidades el mismo método con cada grupo originalmente excluido. La fraternidad de clase es sustituida por la comunidad de la raza o la sororidad entre mujeres.

El resultado final de la operación que comienzan proudhonianos y lassallianos, teorizan los stalinistas y culminan feministas y neopopulistas, es la definición del proletariado como un frente del subgrupo explotado de cada una de las identidades interclasistas supuestamente oprimidas. El programa de un grupo social definido así no puede ser sino el mínimo común denominador de las resistencias, un programa defensivo y necesariamente nacional y por tanto, nacionalista. Nunca un programa revolucionario.

El aggiornamento del identitarismo gremial había eliminado en parte sus elementos más zafios -machismo, racismo, xenofobia explícita...- pero el resultado no era menos reaccionario.

Identidades y consciencia de clase

En la versión aparentemente más clasista del nuevo obrerismo de la transversalidad y la interseccionalidad, las «identidades» darían molde concreto y colectivo a cómo cada quién es sometido. La particular forma de resistir al sistema desde un lugar u otro, por «parcial» que fuera, condicionaría distintas aproximaciones a la consciencia de clase. La lucha contra la discriminación que sufrimos por ser mujeres, por hablar una lengua determinada, por ser migrantes o por tener una raza o un «origen» étnico particular, daría forma concreta a la forma en que nuestras experiencias políticas van conformando el desarrollo de la consciencia. La clase se constituiría como un «frente de trabajadores de distintas identidades», unificándose en el proceso de desarrollo de luchas más ambiciosas, más amplias. Un proceso en el que lo personal, la experiencia de opresión y explotación de cada uno, se iría politizando, ganando universalidad, clarificando el núcleo común de todo que no está en la opresión particular, sino en la explotación universal. Es decir, la identidad sería un punto de partida que se iría disolviendo en el desarrollo de las luchas de los trabajadores y desapareciendo a favor de la consciencia de clase.

Y la verdad es que ese argumento describe muy bien cómo se forman opiniones e identidades en la pequeña burguesía, una clase fraccionada y competitiva para el que cada batalla se plantea como un frente, como una unión de contradictorios y cada foco de resistencia como una parcialidad.

Pero para el proletariado es bien distintos, lo que define a la clase es lo que el capitalismo le fuerza a hacer como tal clase para sobrevivir. La consciencia de clase no es un credo ni una identidad. Y sobre todo, no es una «conciencia» individual compartida por muchos, ni siquiera es un límite al que tiendan conciencias individuales. Es sencillamente la consciencia de la necesidad de unos determinados medios y fines en cada momento para sostener la lucha en pie desarrollándola. No se trata de la extensión de unas determinadas opiniones o identidades. La clase no se constituye políticamente como un proceso de agregación de individuos desde sus trayectorias particulares, no es una «confluencia» de experiencias personales o grupales. Lo que define a la consciencia de clase no tiene nada que ver con lo personal, ni siquiera con la forma en que grandes grupos de trabajadores entienden en un momento dado su situación social, ni siquiera con cómo entienden su situación como trabajadores. Ni las ideas ni la identidad importan en todo ese proceso.

Como vimos, toda lucha de la clase, para prosperar, necesita poner en cuestión todas las opresiones y discriminaciones… pero lo hace como práctica colectiva, como resultado de una necesidad de la lucha concreta, no como una iluminación ideológica que afecta a los individuos uno a uno. Las luchas no son magia pentecostal que genera súbitas y profundas convicciones morales transformando uno a uno a los esclavos en santos iluminados.

En la mirada burguesa las partes hacen el todo, lo colectivo es una agregación de individualidades. Para la clase trabajadora es justamente al revés: lo político, el combate de clase, transforma las relaciones humanas como expresión de una necesidad material.

Es fundamental entender que la consciencia es un hecho colectivo y político, no una transformación individual según el molde cristiano de la extensión de la fe. Sin eso no hay acción política útil posible en la clase trabajadora. Habrá «evangelización», «moralización» y anticapitalismo más o menos abstracto. Algo completamente inútil en el seno de una lucha de clase real porque no aporta al desarrollo y extensión y por tanto no aporta al desarrollo real de la consciencia.

Desde la huelga más modesta a la toma del poder, la consciencia avanza a saltos, como consecuencia de las acciones ya tomadas impulsadas por las necesidades de la propia lucha. Centralizar una lucha cada vez más extensa, unir en pie de igualdad a todos los trabajadores sin condiciones, es la primera necesidad de toda lucha para mantenerse y crecer. Como vimos, la lucha de la clase o ignora las identidades y sus privilegios o se fracciona y muere. Al hacerlo afirma en los hechos una perspectiva moral. Perspectiva que no es otra que la de una sociedad no fracturada en clases ni esclava de la escasez manifestándose en la lucha como negación de toda opresión y discriminación.

Por éso, cada retroceso en la lucha de clase, sea general o la derrota de una modesta huelga, se vive como un retroceso moral. La emoción liberadora, la fraternidad que vivimos en las luchas, no es una ideología, no es el resultado de una evolución de las trayectorias y experiencias, ni siquiera nos cambia para siempre, es la expresión de un nuevo tipo de relaciones sociales que se insinúa en cada batalla de clase. Y si se insinúa no es porque los individuos evolucionen en sus identidades, sino porque esa negación de las fracturas sociales está inscrita en lo que la clase es. La lucha es lo que nos hace existir como clase y al hacerlo nos libera ya de la atomización y la podredumbre, de los agravios y dolores, de los exclusivismos y particularismos de la sociedad burguesa y sus identidades.

Fronteras de clase

Desde 1834 las primeras expresiones políticas de la clase obrera -los Comunistas Icarianos y la Liga de los Justos- elaborarán los primeros balbuceos de un programa de clase. Las limitaciones son abrumadoras: los primeros comunistas están todavía a caballo entre el artesanado y el proletariado, sus concepciones intentan levantarse sobre un magma de tradiciones republicanas y democráticas, conspirativas y cristianas, heredadas de las alas izquierdas de las primeras revoluciones burguesas; tradiciones que, en realidad, les son ajenas y adversas. A pesar de todo, los logros son gigantescos. En 1845, en la portada de la tercera edición del Viaje a Icaria, novela utópica y declaración programática a la vez, aparece por primera vez el lema De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades que Marx reivindicará treinta años más tarde como definición científica del comunismo. El joven movimiento quema etapas rápidamente. La Liga de Weitling no abraza el pacifismo icariano y, en Londres, entra en contacto con el movimiento fabril. En la primavera de 1847 se unen Marx y Engels, que aportan una perspectiva nueva, materialista e histórica, a la discusión del programa.

Durante el verano de aquel año, la Liga, se saca de encima la rémora conspirativa, incluida la nomenclatura heredada de la época de las sociedades secretas. La organización se rebautiza como Liga Comunista. Es solo el comienzo, después del congreso, por encargo del comité comarcal de París, Engels recoge los acendramientos que están preparando el segundo congreso que se celebrará finalmente, en noviembre. Los titula Principios de Comunismo. Escrito al modo de un FAQ de 25 preguntas, era en realidad, una declaración de principios y un programa comunista para la revolución burguesa que estaba madurando en toda Europa.

La pregunta 24 -¿En qué se diferencias los comunistas de los socialistas?- deja claro que junto con el campo comunista, expresión de los intereses históricos y por tanto de la consciencia de clase de los trabajadores, existe un campo de tendencias que se llaman a sí mismas socialistas y que en realidad expresan los intereses de otras clases sociales:

El texto servirá de base a Marx y Engels para la redacción del manifiesto que les encargará el IIº Congreso y que ha de marcar la primera expresión materialista elaborada de la consciencia de clase en forma de programa argumentado. El marco es todavía la inminencia de la liberación nacional de media Europa: las revoluciones del 48, bautizadas por la pequeña burguesía continental como La primavera de los pueblos.

Ahora la separación entre socialistas y comunistas, es decir, a la separación entre movimientos políticos que reclaman el apoyo del proletariado ofreciendo ciertas medidas socializantes, va un paso más allá. Se trata de dejar atrás los sistemas que sirvieron a las primeras expresiones políticas de la clase, convertidos ya en un lastre a las puertas de una revolución burguesa en que los trabajadores se preparan para aparecer, por primera vez, como una clase independiente. A la lista de tendencias que expresan engañosamente críticas y aspiraciones de otras clases, se agrega ahora un criterio general que opera dentro del propio campo proletario definiéndolo:

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.

Destacar y hacer valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad es internacionalismo; representar siempre los intereses del movimiento en su conjunto, centralismo.

En el momento, ese centralismo no se enfrentará tanto a las divisiones impuestas y reproducidas por la sociedad burguesa y sus discriminaciones constantes, como a las diferencias producidas por el distinto grado de desarrollo económico y político de los capitales que crean y explotan en ese momento a cada destacamento de la clase. En cualquier caso, los resultados son siempre similares: facciones de la pequeña burguesía tironeando hacia sí de perfiles específicos dentro de la clase, afirmando para ellos intereses particulares que abrirían la puerta hacia el interclasismo.

En la práctica, puede interpretarse toda la historia política de la clase obrera como una lucha por afirmar estos dos principios: la famosa Comunicación de Marx al CC de la Liga sobre la revolución alemana en 1850; las luchas en el seno de la Iª Internacional contra las tendencias nacionalistas -de Mazzini a la dirección de los sindicatos británicos- y sobre todo el ataque directo al centralismo de la Alianza de Bakunin; los congresos de Gotha y Erfurt en el nacimiento del SPD; la lucha de los socialistas polacos -con Rosa Luxemburgo a la cabeza- y los bolcheviques rusos -con Lenin- por afirmar ambos principios en la organización de la socialdemocracia rusa frente a los que querían autonomía para grupos nacionales en el partido; la afirmación del derrotismo revolucionario ante la traición y explosión de la IIª Internacional al estallar la primera guerra imperialista mundial, etc. etc.

¿Qué son? ¿Qué significan estos dos principios? Son la expresión organizativa de las dos dimensiones del proletariado como clase universal:

Es decir, la historia del movimiento revolucionario es la historia de la defensa y afirmación del proletariado como clase universal: una única clase en cada una de sus luchas y expresiones en cualquier lugar del mundo.

Organizaciones de clase

Fuera de la lucha, el proletariado es solo fuerza de trabajo atomizada y machacada rutinariamente para reproducir el capital, sólo un conglomerado amorfo de personas que se las arreglan lo mejor que pueden para sobrevivir en una sociedad insoportable, reproduciendo el ambiente de competencia y enemistad, el espíritu insano del capitalismo. A veces, sin embargo, la clase se constituye, se afirma en la lucha contra la explotación y -más o menos conscientemente- afirma un futuro para la especie entera: el comunismo. Entre ambos polos...

... hay individuos que son revolucionarios independientemente del estado momentáneo en el que se encuentre la clase en su conjunto, sólo su número varía según la situación social. Son revolucionarios porque son conscientes de que su objetivo y el de la clase en su conjunto es el comunismo.

Estos individuos revolucionarios tienden a organizarse por afinidad de ideas, ideas que no caen del cielo sino que provienen de una interpretación particular de la historia de la lucha de clases. De cada confrontación entre el capital y el proletariado se aprenden lecciones, de las cuales nace la teoría revolucionaria y lo que la hace evolucionar.

Ni toda interpretación de la lucha de clases es comunista ni las interpretaciones revolucionarias de la propia experiencia de clase caen del cielo. Como parte de ese mismo devenir de las luchas, su síntesis programática no existe en el vacío. El programa de clase, la expresión más aguda de su consciencia, no es un alma sin cuerpo. Existe y se desarrolla en las organizaciones políticas de la clase.

Marx, Engels, Bebel, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotski o Munis no fueron profetas solitarios e iluminados, tampoco académicos investigadores. El famoso sr. Dühring lo era, ellos no. Eran militantes que aportaron al programa y a la consciencia de clase como pocos en el seno de uno o varios intentos de construir una Internacional, en el marco de unas organizaciones políticas, de cuyos debates y afanes participaban. Nunca se desarrolló la teoría revolucionaria fuera de la clase y sus organizaciones.

Lo que permitía definirlas como organizaciones proletarias no era su composición sociológica, que en cualquier caso era abrumadoramente obrera, sino no haber violado nunca las fronteras de clase. Desde luego no eran monolíticas, ni siquiera las corrientes dentro de ellas. En la izquierda de la IIª Internacional, las diferencias entre los revolucionarios eran evidentes. En 1902, en el momento definitorio en la organización del socialismo ruso, Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotski no consiguieron avanzar juntos y cada uno saldrá del congreso del POSDR en una organización distinta. La lucha de clases les volvería a unir sin embargo, primero en la defensa contracorriente del derrotismo revolucionario durante la guerra mundial, luego en la revolución.

Pero detengámonos en la guerra. Llamar al reclutamiento, votar los créditos de guerra, empujar a los trabajadores de cada país a colocarse bajo las banderas de su burguesía y participar en la barbarie guerrera muriendo y matando en pos del interés del capital nacional contra otros capitales nacionales, es una evidente violación del internacionalismo.

En 1870, al estallar la guerra franco-prusiana, el primer partido marxista alemán había levantado la bandera del derrotismo contra la guerra. Sus líderes, Wilhem Liebknecht y August Bebel, lo pagaron, tras un sonado juicio, con cinco años de cárcel. La solidaridad y el efecto creado en grupos crecientes de trabajadores darán sin embargo el impulso político del que nacerá el SPD. ¿Qué había pasado en menos de veinte años con el partido que era la referencia mundial del movimiento obrero? ¿Qué había pasado con la Internacional prácticamente entera?

Los partidos socialdemócratas y en especial el alemán, no llegaron ahí de la noche a la mañana. Un largo camino de oportunismo16 y consignas centristas17acompañaron la consolidación de los cuadros sindicales en la dirección de los partidos, cuadros cada vez más implicados en la colaboración con el estado y al tiempo cuidadosos de no despertar al ala izquierda o soliviantar a las bases. Si una organización o tendencia llega al punto de cruzar las fronteras de clase, no lo hace sin haber torcido antes su perspectiva al punto de poder acomodar sus resultados a las necesidades del capital. Por eso no hay posibilidad de vuelta atrás para una tendencia que traiciona el internacionalismo, sin desmontar todo el edificio teórico y moral que la sostiene, es decir, sin dejar de ser ella misma programática, táctica y organizativamente. Por eso no hay posibilidad de recuperación... y tampoco de que surjan del árbol seco sanos retoños críticos sobre posiciones de clase.

Las tendencias y organizaciones que cruzan las fronteras de clase al punto de llevar a los trabajadores a la masacre en defensa del capital nacional, no tienen arreglo, corrección ni renacimiento posible.

Por eso la lucha por salvar las organizaciones políticas destiladas por el proletariado y la historia de su denuncia cuando cruzan las fronteras de clase, es la historia del movimiento comunista mismo. A la denuncia de la IIª Internacional seguirá una década más tarde la de la IIIª ante la supeditación de la Revolución mundial a las necesidades del estado ruso18 que se materializará como forma global de la contrarrevolución con las alianzas antiimperialistas y los frentes populares que entregarán al proletariado a la burguesía nacionalista en China (1926-27) y reimpondrán a sangre y fuego la república contra la revolución obrera en España (1936-38).

Nos acomodamos como pudimos en cuatro coches y tomamos el camino de la sierra. La gente se quedaba mirando, con gesto de curiosidad, para esta extraña caravana. A nosotros no dejaba de hacernos tampoco gracia que, a los cincuenta años de haberse fundado la Primera Internacional, todos los internacionalistas del mundo pudieran caber en cuatro coches. Pero en aquella broma no había el menor escepticismo. El hilo histórico se rompe con harta frecuencia. Cuando tal ocurre, no hay sino anudarlo de nuevo. Esto precisamente era lo que íbamos a hacer a Zimmerwald.

Trotski, «Mi vida»


  1. Texto de la hoja repartida por Emancipación entre los pasajeros durante las huelgas de transporte de 2018 

  2. Es cierto que aparece la palabra nación en la organización de algunas universidades medievales como Bolonia. Designaba a grupos de estudiantes de lenguas similares que compartían habitaciones y formaban grupos. Es decir, las naciones son originalmente una especie de fraternidades estudiantiles formadas por afinidad lingüística. 

  3. Federico Engels escribe en 1847 en un texto programático para la Liga de los Comunistas que servirá de base al Manifiesto: Como los comunistas no pueden contar con una lucha decisiva con la burguesía antes de que ésta llegue al poder, les conviene a los comunistas ayudarle a que conquiste lo más pronto posible la dominación, a fin de derrocarla, a su vez, lo más pronto posible. Por tanto, en la lucha de la burguesía liberal contra los gobiernos [absolutistas], los comunistas deben estar siempre del lado de la primera, precaviéndose, no obstante, contra el autoengaño en que incurre la burguesía y sin fiarse en las aseveraciones seductoras de ésta acerca de las benéficas consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la victoria de la burguesía. Las únicas ventajas que la victoria de la burguesía brindará a los comunistas serán: 1) diversas concesiones que aliviarán a los comunistas la defensa, la discusión y la propagación de sus principios y, por tanto, aliviarán la cohesión del proletariado en una clase organizada, estrechamente unida y dispuesta a la lucha, y 2) la seguridad de que el día en que caigan los gobiernos absolutistas, llegará la hora de la lucha entre los burgueses y los proletarios. A partir de ese día, la política del partido de los comunistas será aquí la misma que en los países donde domina ya la burguesía

  4. En Italia, las lenguas locales fueron degradadas hasta hoy a dialectos de un italiano renacentista que nadie hablaba y con el que casi ninguna se relacionaba directamente. En Alemania pasó lo mismo con los dos grandes continuos dialectales en relación al alemán de Lutero, pero el holandés o el danés se libraron de la absorción gracias a que los estados que los patrocinaban no fueron absorbidos en el proceso unificador. 

  5. «Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es de saber si la Humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe: ¿Quién lamenta los estragos / Si los frutos son placeres? / ¿No aplastó miles de seres /Tamerlán en su reinado?» 

  6. «En América hemos presenciado la conquista de México, la que nos ha complacido. Constituye un progreso, también, que un país ocupado hasta el presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles e impedido de todo desarrollo, un país que en el mejor de los casos estaba a punto de caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país semejante sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. Es en interés del desarrollo de toda América que los Estados Unidos, mediante la ocupación de California, obtienen el predominio sobre el Océano Pacífico». Federico Engels, 1848 

  7. «El desarrollo capitalista en Polonia une cada vez más estrechamente al país con Rusia a través de los intereses económicos de las clases dominantes.(…) El análisis objetivo del desarrollo social de Polonia nos lleva a la conclusión de que las tendencias a favor de la independencia de Polonia son una utopía de pequeños burgueses y como tales, solo puede perturbar la lucha de clases del proletariado o conducirla a un callejón sin salida». Rosa Luxemburgo. Prefacio a La cuestión polaca y el movimiento socialista, 1905 

  8. «La fusión capitalista de Polonia y Rusia conduce a un resultado final que está muy lejos del que habían previsto tanto el gobierno ruso como la burguesía y los nacionalistas polacos: la unión del proletariado polaco y ruso para liquidar, en primer lugar, la dominación del zarismo ruso y, a continuación, el capitalismo polaco-ruso». Rosa Luxemburgo. El desarrollo industrial de Polonia, 1897 

  9. «La masa de los simples trabajadores (…) y por tanto, la pérdida no puramente temporal de ese mismo trabajo como fuente segura de vida, presupone, a través de la competencia, el mercado mundial. Por tanto el proletariado solo puede existir en el plano histórico-mundial, lo mismo que el comunismo, su acción, sólo puede llegar a cobrar realidad como existencia histórico-universal. Existencia histórico-universal de los individuos, es decir, existencia de los individuos directamente vinculada a la historia universal». Marx y Engels. La Ideología alemana, 1846. 

  10. «Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar del antiguo aislamiento y la amargura de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y eso se refiere tanto a la producción material, como a la intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal». Manifiesto del Partido Comunista, 1848 

  11. «Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país deba acabar en primer lugar con su propia burguesía. (…) Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués». Manifiesto del Partido Comunista, 1848. 

  12. «XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país? No. La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días. Por consecuencia, la revolución comunista no será una revolución puramente nacional, sino que se producirá simultáneamente en todos los países civilizados, es decir, al menos en Inglaterra, en América, en Francia y en Alemania. Ella se desarrollará en cada uno de estos países más rápidamente o más lentamente, dependiendo del grado en que esté en cada uno de ellos más desarrollada la industria, en que se hayan acumulado más riquezas y se disponga de mayores fuerzas productivas. Por eso será más lenta y difícil en Alemania y más rápida y fácil en Inglaterra. Ejercerá igualmente una influencia considerable en los demás países del mundo, modificará de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior marcha del desarrollo. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal». Federico Engels. Principios de comunismo, 1847 

  13. De hecho la organización que todavía se llamaba a sí misma Internacional Comunista, los entregó a sus enemigos. En 1927, la burocracia -burguesía de estado- nacida en la Rusia aislada de la necesidad de gestionar el capital estatalizado, se estaba imponiendo ya sobre los últimos restos de los soviets y el partido bolchevique en la estructura política del estado ruso; estructura que incluía al partido bolchevique y de, hecho, desde un par de años antes, a la Internacional. Su expresión política, el stalinismo, había tomado por bandera la teoría del socialismo en un solo país cuya traducción política inmediata era la supeditación de la Internacional y los movimientos revolucionarios de clase en todo el mundo a las necesidades del capital y el estado rusos, en particular, alejar la opción de una nueva intervención militar de las potencias. En China, el apoyo a la burguesía nacional del Kuomintang llegó al punto de hacer a su líder, Chiang Kai-shek, miembro honorario del Ejecutivo de la Internacional y prohibir al partido chino participar de la organización de soviets, mientras éste preparaba y ejecutaba una sangrienta represión de las masas trabajadoras movilizadas. 

  14. Según una terminología delirante inventada por Mao -la Teoría de los 3 mundos- que popularizó la prensa europea y que describía a estos estados como una clase media de las naciones, a medio caballo entre el imperialismo -primer mundo o naciones explotadoras entre las que incluía a la Rusia stalinista- y el tercer mundo, formado por naciones proletarias que resistían a la explotación de las más ricas. 

  15. Es la perspectiva que según el Manifiesto de 1848 caracteriza a los comunistas. Lo que se preguntaron ante la guerra franco-prusiana Wilhem Liebknecht y Agust Bebel. Lo que cuestionaron Carlos Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotski cuando estalló la primera guerra imperialista mundial y la mayoría de los partidos de la segunda internacional apoyaron con unos u otros argumentos a sus burguesías. La perspectiva que Trotski y Bordiga enarbolaron cuando la tercera internacional adoptó el socialismo en un solo país aceptando condicionar la revolución mundial para no poner en peligro al estado ruso. La posición desde la que Natalia Sedova, Munis y Peret rompieron con la IVª Internacional cuando los principales partidos de ésta apoyaron a las resistencias antifascistas y a los imperialismos aliados durante la segunda carnicería imperialista mundial. 

  16. Oportunismo es un deslizamiento dentro del campo político de clase hacia posiciones que, aunque en su formulación y literalidad no ponen en cuestión el programa comunista, en la práctica lo debilitan en nombre de las necesidades u oportunidades del corto plazo, de la oportunidades tácticas, de la dificultad del programa para ser entendido o de potenciales avances contingentes. Como escribe Lenin: «El oportunista no traiciona a su partido, no le es desleal, no se retira de él. Sigue sirviéndolo, sincera y celosamente. Pero su rasgo típico y característico es que cede al estado de ánimo de momento, es su incapacidad de oponerse a lo que está en boga, es su miopía y abulia políticas. Oportunismo significa sacrificar los intereses prolongados y esenciales del Partido en aras de sus intereses momentáneos, transitorios y secundarios». 

  17. Posición política impecable en su literalidad que se enuncia de manera conscientemente ambigua, permitiendo un deslizamiento en la práctica hacia posiciones que, sin requerir un nuevo enunciado, quedan sin embargo fuera de las fronteras de clase (internacionalismo, centralismo). 

  18. Eso es lo que significaba la Teoría del socialismo en un solo país, doctrina y práctica política nacida como bandera de la contrarrevolución en Rusia que afirmaba que una Revolución Mundial no era necesaria para «construir» el socialismo y que la defensa del estado ruso, recalificado como «patria socialista», era la principal conquista del proletariado universal. En consecuencia, las relaciones internacionales del capitalismo de estado ruso debían primar sobre el desarrollo de la Revolución Mundial; y la Internacional y sus distintos partidos nacionales supeditarse incondicionalmente a la defensa de la «patria socialista». En la práctica su adopción afirmó los intereses de la burocracia rusa por encima de la Revolución mundial. Al impornerse en los partidos nacionales desde la Komintern, éstos cruzaron la frontera de clase del internacionalismo, llevando a derrotas cada vez más sangrientas al proletariado (Gran Bretaña, China, Alemania) hasta encabezar la represión de la revolución en España en 1936-37, abriendo el paso a una nueva guerra imperialista mundial en la que llamarían al encuadramiento con las potencias imperialistas aliadas.