El imperialismo en Rosa Luxemburgo

En el capítulo anterior de este curso hemos visto cómo el ciclo de reproducción ampliada del capital necesita de mercados extracapitalistas para realizar la plusvalía. El estudio más completo sobre el tema se lo debemos a Rosa Luxemburgo. Su libro «La Acumulación de Capital», subtitulado «Una contribución a la explicación económica del imperialismo», es considerado la principal obra económica marxista tras la muerte del revolucionario de Treveris. El él desarrolla teórica e históricamente la idea esbozada por Marx en el Libro III de «El Capital».

La existencia de adquirentes no capitalistas de la plusvalía es una condición vital directa para el capital y su acumulación. En tal sentido, tales adquirentes son el elemento decisivo en el problema de la acumulación del capital. Pero de un modo o de otro, de hecho, la acumulación del capital como proceso histórico, depende, en muchos aspectos, de capas y formas sociales no capitalistas. (…) El capitalismo necesita, para su existencia y desarrollo, estar rodeado de formas de producción no capitalistas. (…)

La segunda condición previa fundamental, tanto para la adquisición de medios de producción, como para la realización de la plusvalía, es la ampliación de la acción del capitalismo a las sociedades de economía natural.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Lo que Rosa Luxemburgo observa es que el incremento y el cambio de forma de las tensiones entre estados, la posibilidad, cada vez más cercana, de un conflicto mundial y toda una serie de cambios profundos en la estructura económica debidos a las limitaciones del proceso de acumulación se ajusta a los resultados previsibles de una carencia de mercados extracapitalistas suficientes.

La reina Victoria, el kaiser Guillermo I, el zar Alejandro III, Francia y Japón se pelean por la división de China que asiste impotente.
Mercado interior, desde el punto de vista de la producción capitalista, es mercado capitalista; es esta producción misma como compradora de sus propios productos y fuente de adquisición de sus propios elementos de producción. Mercado exterior para el capital, es la zona social no capitalista que absorbe sus productos y le suministra elementos de producción y obreros. Desde este punto de vista, económicamente, Alemania e Inglaterra, en su mutuo cambio de mercancías, son, principalmente, mercado interior, capitalista, mientras que el cambio entre la industria alemana y los consumidores campesinos alemanes, como productores para el capital alemán, representa relaciones de mercado exterior. Como se ve por el esquema de la reproducción, estos son conceptos rigurosamente exactos. En el comercio capitalista interior, en el mejor de los casos, sólo pueden realizarse determinadas partes de producto social total: el capital constante gastado, el capital variable y la parte consumida de la plusvalía; en cambio, la parte de la plusvalía que se destina a la capitalización ha de ser realizada «fuera».

Si la capitalización de la plusvalía es un fin propio y un motivo impulsor de la producción, por otra parte, la renovación del capital constante y variable (así como la parte consumida de la plusvalía) es la amplia base y la condición previa de aquélla. Y al mismo tiempo que, con el desarrollo internacional del capitalismo, la capitalización de la plusvalía se hace cada vez más apremiante y precaria, la amplia base del capital constante y variable, como masa, es cada vez más potente en términos absolutos y en relación con la plusvalía. De aquí un hecho contradictorio: los antiguos países capitalistas constituyen mercados cada vez mayores entre sí, y son cada vez más indispensables unos para otros, mientras al mismo tiempo combaten cada vez más celosamente, como competidores, en sus relaciones con países no capitalistas. Las condiciones de la capitalización de la plusvalía y las condiciones de la renovación total del capital, se hallan cada vez más en contradicción entre ellas, lo cual no es, después de todo, más que un reflejo de la ley contradictoria de la tasa decreciente de ganancia.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Lo que Rosa Luxemburgo observa es que un fenómeno parejo a la búsqueda de mercados para realizar la plusvalía es la exportación de capitales. Conforme el ciclo del capital se hace más difícil en el mercado de origen, cuanto más cerca está el mercado de la saturación no solo es más difícil «vender» para el capitalista industrial, también es más difícil para el rentista y especulador, encontrar negocios en los que invertir que realicen su plusvalía «normalmente» en los países desarrollados. La «colocación» de capitales en el extranjero es pues la otra cara de la captura de mercados para la exportación y se reaviva cada vez que hay síntomas de la saturación de mercados internos. Su reverso en los países de destino no es otro que la famosa «deuda externa»: lo que para los británicos fue la «crisis latinoamericana de 1825» para Suramerica fue su primera crisis de deuda externa (1826).

Caricatura británica de la crisis de 1825
Hay que salir al paso de una mala interpretación, que se refiere a la colocación de capitales en países extranjeros y a la demanda procedente de estos países. La exportación del capital inglés a América desempeñó, ya a comienzos del tercer decenio del siglo XIX, un enorme papel, y fue en gran parte culpable de la primera genuina crisis industrial y comercial inglesa en el año 1825. (…)

El súbito florecimiento y la apertura de los mercados sudamericanos determinaron por su parte un gran aumento de la exportación de mercancías inglesas hacia los estados de América del Sur y del Centro. La exportación de mercancías británicas a aquellos países ascendió:

En 1821 2,9 millones libras esterlinas
En 1825 6,4 millones libras esterlinas

El principal artículo de esta exportación lo constituían los tejidos de algodón. Bajo el impulso de la gran demanda, se amplió rápidamente la producción algodonera inglesa y se fundaron muchas fábricas nuevas. El algodón elaborado en Inglaterra ascendió:

En 1821 129 millones libras esterlinas
En 1825 167 millones libras esterlinas

De este modo, se hallaban preparados todos los elementos de la crisis. Tugan-Baranowski formula ahora esta pregunta: «¿De dónde han sacado los Estados sudamericanos los recursos para comprar en 1825 doble cantidad de mercancías que en 1821? Estos recursos se lo suministraron los ingleses mismos. Los empréstitos contratados en la Bolsa de Londres sirvieron para pagar las mercancías importadas. Los fabricantes ingleses se engañaron con la demanda creada por ellos mismos, y hubieron de convencerse pronto, por propia experiencia, de lo infundadas que habían sido sus esperanzas exageradas (…)

En realidad, el proceso de la crisis del año 1825 ha continuado siendo típico para los períodos de florecimiento y expansión del capital hasta el día de hoy, y la «extraña» relación constituye una de las bases más importantes de la acumulación del capital. Particularmente, en la historia del capital inglés, la relación se repite regularmente antes de todas las crisis, como demuestra Tugan-Baranowski con las siguientes cifras y hechos. La causa inmediata de la crisis de 1836 fue la saturación de mercancías inglesas en los mercados de los Estados Unidos. Pero también, aquí, estas mercancías se pagaron con dinero inglés.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Conforme la expansión global del capitalismo continúe y los británicos encuentren cada vez más competencia por los mercados extra-capitalistas, no ya solo dentro de Europa sino, cada vez más, fuera, lo que originalmente se presentaba como un fenómeno puntual, un síntoma de crisis, se va a convertir en un estadio general, en una cierta forma de vida del capitalismo.

Colonias francesas: progreso, civilización y (sobre todo) comercio.
El imperialismo es la expresión política del proceso de la acumulación del capital en su lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados. Geográficamente, estos medios abarcan, todavía hoy, los más amplios territorios de la Tierra. Pero comparados con la potente masa del capital ya acumulado en los viejos países capitalistas, que pugna por encontrar mercados para su plusproducto, y posibilidades de capitalización para su plusvalía; comparados con la rapidez con la que hoy se transforman en capitalistas territorios pertenecientes a culturas precapitalistas, o en otros términos: comparados con el grado elevado de las fuerzas productivas del capital, el campo parece todavía pequeño para la expansión de éste. Esto determina el juego internacional del capital en el escenario del mundo. Dado el gran desarrollo y la concurrencia cada vez más violenta de los países capitalistas para conquistar territorios no capitalistas, el imperialismo aumenta su agresividad contra el mundo no capitalista, agudizando las contradicciones entre los países capitalistas en lucha. Pero cuanto más violenta y enérgicamente procure el capitalismo el hundimiento total de las civilizaciones no capitalistas, tanto más rápidamente irá minando el terreno a la acumulación del capital. El imperialismo es tanto un método histórico para prolongar la existencia del capital, como un medio seguro para poner objetivamente un término a su existencia. Con eso no se ha dicho que este término haya de ser alegremente alcanzado. Ya la tendencia de la evolución capitalista hacia él se manifiesta con vientos de catástrofe.

La esperanza en un desarrollo pacífico de la acumulación del capital, en el «comercio e industria que sólo con la paz prosperan»; toda la ideología oficiosa de Manchester de la armonía de intereses entre las naciones del mundo (el otro aspecto de la armonía de intereses entre capital y trabajo) procede del período optimista de la economía política clásica, y pareció encontrar una confirmación práctica en la breve era de librecambio de Europa, durante los años 60 y 70. Contribuyó a extender el falso dogma de la escuela librecambista inglesa, conforme al cual el cambio de mercancías es la única base y condición de la acumulación del capital, que identifica a ésta con la economía de mercancías.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

El debate teórico, que como veremos, está pasando ya del enfrentamiento con los académicos burgueses a debate interno en la socialdemocracia de la época, no es en absoluto bizantino. Si la causa última de las crisis está en la raíz misma del plusvalor, si son necesarios mercados extracapitalistas para la reproducción ampliada del capital, entonces existe un límite al carácter progresivo del capitalismo, el famoso momento en el que «de formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones [capitalistas de producción] se convierten en trabas de estas fuerzas» de un modo no puntual sino permanente. Es decir, las famosas «condiciones objetivas» de la revolución comunista. Por el contrario, si el ciclo de la acumulación puede seguir desarrollando las fuerazas productivas indefinidamente, si la crisis es un problema puntual o incluso de gestión, el camino se ve expedito al reformismo.

Así, pues, la solución del problema en torno al cual gira la controversia en la economía política desde hace casi más de un siglo, se halla entre los dos extremos: entre el escepticismo pequeñoburgués de Sismondi, Von Kirchmann, Woronzof, Nicolai-on, que consideraban imposible la acumulación, y el simple optimismo de Ricardo-Say-Tugan Baranowski, para los cuales el capitalismo puede fecundarse a sí mismo ilimitadamente, y (en consecuencia lógica) – tiene una duración eterna. En el sentido de la doctrina marxista, la solución se halla en esta contradicción dialéctica: la acumulación capitalista necesita, para su desarrollo, un medio ambiente de formaciones sociales no capitalistas; va avanzando en constante cambio de materias con ellas, y sólo puede subsistir mientras dispone de este medio ambiente

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero no es solo el reformismo bersteiniano, que ha abierto las puertas de la socialdemocracia alemana a los académicos de moda, el que negará el imperialismo. A partir de 1910 hay una división clara entre el «centro» representado por Kautsky y la izquierda liderada por Luxemburgo. En principio el debate -ya llegaremos a él- se centra en la aparición de la «huelga de masas» (como en la revolución de 1905 en Rusia). A Luxemburgo le resulta obvio que la aparición de nuevas formas de lucha corresponde a una nueva etapa en la vida del capitalismo, el imperialismo; Kautsky, para defender el parlamentarismo argumentará que el imperialismo es tan solo una política gubernamental, no un imperativo económico y que era posible «convencer» a los partidos burgueses para revertirla. Rosa Luxemburgo replica no solo mostrando la necesidad del imperialismo para el capital a partir de un cierto grado de desarrollo sino mostrando como este produce militarismo, inaugurando una era de intervencionismo estatal… que es también y necesariamente una era de «empréstitos estatales» (deuda pública) y sobre-acumulación dirigida o cuando menos, articulada desde el estado.

Botadura del «Novorossiysk» en San Petesburgo en 2013.
Prácticamente, el militarismo, sobre la base de los impuestos indirectos, actúa en ambos sentidos: asegura, a costa de las condiciones normales de vida de la clase trabajadora, tanto el sostenimiento del órgano de la dominación capitalista (el ejército permanente) como la creación de un magnífico campo de acumulación para el capital (…)

[Además] El moderno sistema de impuestos es, en gran medida, lo que ha obligado a los campesinos a producir mercancías. La presión del impuesto obliga al campesino a transformar en mercancías una parte cada vez mayor de su producto, pero al mismo tiempo le convierte, cada vez más, en comprador; lanza a la circulación el producto de la economía campesina y transforma al campesino en comprador forzado de productos capitalistas. Por otra parte, incluso bajo el supuesto de una producción agrícola de mercancías, el sistema tributario hace que la economía campesina despliegue un mayor poder de compra del que desplegaría en otro caso. Lo que de otro modo se acumularía, como ahorro de los campesinos y de la clase media modesta, para aumentar en cajas de ahorros y bancos el capital disponible, se encuentra ahora, por obra del impuesto, en poder del Estado como una demanda y una posibilidad de inversión para el capital. Además, en vez de un gran número de pedidos de mercancías diseminadas y separadas en el tiempo, que en buena parte serían satisfechos por la simple producción de mercancías y, por tanto, no influirían en la acumulación del capital, surge aquí un solo y voluminoso pedido del Estado. (…) Merced a ello, este campo específico de la acumulación del capital parece tener, al principio, una capacidad ilimitada de extensión. Mientras cualquiera otra ampliación del mercado y de la base de operación del capital depende, en gran parte, de elementos históricos, sociales, políticos, que se hallan fuera de la influencia del capital, la producción para el militarismo constituye una esfera cuya ampliación sucesiva parece hallarse ligada a la producción del capital.

Cuanto más enérgicamente emplee el capital al militarismo para asimilarse los medios de producción y trabajadores de países y sociedades no capitalistas, por la política internacional y colonial, tanto más enérgicamente trabajará el militarismo en el interior de los países capitalistas para ir privando, sucesivamente, de su poder de compra a las clases no capitalistas de estos países, es decir, a los sostenedores de la producción simple de mercancías, así como a la clase obrera, para rebajar el nivel de vida de la última y aumentar en grandes proporciones, a costa de ambos, la acumulación del capital. Sólo que, en ambos aspectos, al llegar a una cierta altura, las condiciones de la acumulación se transforman para el capital en condiciones de su ruina.

Cuanto más violentamente lleve a cabo el militarismo, tanto en el exterior como en el interior, el exterminio de capas no capitalistas, y cuanto más empeore las condiciones de vida de las capas trabajadoras, la historia diaria de la acumulación del capital en el escenario del mundo se irá transformando más y más en una cadena continuada de catástrofes y convulsiones políticas y sociales que, junto con las catástrofes económicas periódicas en forma de crisis, harán necesaria la rebelión de la clase obrera internacional contra la dominación capitalista, incluso antes de que haya tropezado económicamente con la barrera natural que se ha puesto ella misma.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Alegoría de la revolución turca de 1910.
Pero en 1913 el ciclo bélico, la forma reaccionaria, decadente del capitalismo imperialista, aun no es una evidencia. Rosa Luxemburgo se da cuenta de que en realidad, el imperialismo está llevando a su límite la época progresiva del imperialismo pero todavía no ha cruzado el Rubicón definitivamente. Se da cuenta de que el imperialismo -no uno concreto, sino en tanto que estadio de desarrollo del capital- «dificulta y hace más lento [el] curso victorioso» de las grandes revoluciones burguesas de esa década -la rusa de 1905, la turca de 1909 y la china de 1912. Como todo marxista, entiende que la llamada «liberación nacional» no es otra cosa que la «emancipación capitalista» y que no consiste en otra cosa que:

Hacer saltar las formas de estado procedentes de las épocas de la economía natural y la economía simple de mercancías, y crear un aparato estatal apropiado a los fines de la producción capitalista.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero a lo largo de todo el libro Luxemburgo muestra que el imperialismo no es un estadio en el desarrollo del capitalismo nacional, sino un estadio del capitalismo como sistema. No habría por tanto naciones imperialistas y naciones no imperialistas pues el imperialismo no es más que la consecuencia de la dificultad para encontrar mercados suficientes para realizar el plusvalor. Si bien en los años diez China, Rusia y Turquía tienen todavía mercados campesinos lo suficientemente grandes como para dar respiro a un desarrollo capitalista independiente, una vez en el poder la burguesía nacional:

  • Va a tener que disputarlos a las propias burguesías extranjeras que le hicieron nacer
  • Va a convertirse ella misma, irremediablemente en imperialista… y en breve plazo, en la medida que la unión de «empréstitos exteriores, concesión de ferrocarriles, revoluciones y guerra» incorporen al ciclo de reproducción a los restos pre-capitalistas. De modo que nos deja ver estados que serán al tiempo imperialistas y mantendrán «todo género de elementos precapitalistas anticuados». ¿Y no es acaso eso lo que luego se llamó «tercer mundo»?

La conclusión principal de todo el trabajo de Rosa Luxemburgo es que hay un límite objetivo al carácter progresivo del capitalismo. Según la concepción materialista de la historia, las relaciones sociales capitalistas, como las propias de los sistemas que le precedieron, habían de llegar a un nivel de desarrollo en el que:

De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social.

Carlos Marx. Prefacio a «Contribución a la Crítica de la Economía Política», enero de 1859.

Es decir, el imperialismo es el prólogo de la emergencia del conflicto entre capitalismo y comunismo, entre burguesía y proletariado, en su forma más clara. Luxemburgo cierra su libro adelantando que, en ese momento, el antagonismo no dejará otra opción progresista, en todos lados, que la revolución proletaria.

El capitalismo es la primera forma económica con capacidad de desarrollo mundial. Una forma que tiende a extenderse por todo el ámbito de la Tierra y a eliminar a todas las otras formas económicas; que no tolera la coexistencia de ninguna otra. Pero es también la primera que no puede existir sola, sin otras formas económicas de qué alimentarse, y que al mismo tiempo que tiene la tendencia a convertirse en forma única, fracasa por la incapacidad interna de su desarrollo. Es una contradicción histórica viva en sí misma. Su movimiento de acumulación es la expresión, la solución constante y, al mismo tiempo, la graduación de la contradicción. A una cierta altura de la evolución, esta contradicción sólo podrá resolverse por la aplicación de los principios del socialismo; de aquella forma económica que es, al mismo tiempo, por naturaleza, una forma mundial y un sistema armónico, porque no se encaminará a la acumulación, sino a la satisfacción de las necesidades vitales de la humanidad trabajadora misma y a la expansión de todas las fuerzas productivas del planeta.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero ¿cuál sería ese límite material? ¿En qué momento el imperialismo pasaría la línea roja? La respuesta la dará el propio capitalismo poco más de un año después de publicarse el libro de Rosa Luxemburgo: el paso al conflicto imperialista generalizado. ¿Qué signo más claro puede llegar a haber de que el capitalismo como un todo no puede expandirse y acompañar al crecimiento de las fuerzas productivas sin consecuencias cataclísmicas?

Hiroshima en 1945
Federico Engels dijo una vez: «La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie». ¿Qué significa «regresión a la barbarie» en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre si el periodo de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su maldito curso hasta las últimas consecuencias. Así nos encontramos, hoy tal como lo profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir, la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y la humanidad. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada brutal y asesina ha precipitado la balanza, con sobrecogedora brutalidad, a las profundidades del abismo de la vergüenza y la miseria. Si el proletariado aprende a partir de esta guerra y en esta guerra a esforzarse, a sacudir el yugo de las clases dominantes, a convertirse en dueño de su destino, la vergüenza y la miseria no habrán sido en vano.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia alemana, 1915.

Este tipo de planteamiento, por lo demás confirmado después y hasta hoy por dos guerras mundiales, la amenaza de la guerra nuclear, la descomposición social -…y lo que queda-, hizo que incluso en 1913, a un año de la guerra mundial, Rosa Luxemburgo fuera tachada de catastrofista. Pero la posición de Rosa Luxemburgo no lo era en absoluto. Catastrofismo significa dejar en manos de una presunta catástrofe inevitable la transformación del mundo. Como hemos visto, nada más lejos ni más opuesto bajo el «socialismo o barbarie».

De hecho, la revolución paró la primera guerra mundial, pero su derrota, su incapacidad para poner fin al capitalismo en la fase de imperialismo decadente que le siguió, se tornó catastrófica para la especie humana en su conjunto. Porque catastrófico es que el ciclo largo del capital se convierta en un ciclo guerra – crisis -reconstrucción- nueva crisis – nueva guerra.

Es interesante considerar cómo una solución «conservadora», es decir, que prolongue los tiempos del ciclo capitalista, consiste en la destrucción del capital constante producido, es decir, instalaciones y recursos, y en la reducción de países ya ricos, avanzados en el sentido industrial, a países verdaderamente devastados, destruyendo sus instalaciones (fábricas, ferrocarriles, barcos, maquinaria, construcciones de todo tipo, etc.). De este modo la reconstitución de esa enorme masa de capital muerto permite una ulterior carrera alocada en la inversión de capital variable, es decir, de trabajo humano viviente y explotado.

Las guerras llevan a la práctica esta eliminación de instalaciones, recursos y mercancías, mientas que la destrucción de brazos obreros no sobrepasa a su producción, debido al incremento del prolífico animal-hombre.

Se entra después en la civilizadísima reconstrucción (el mayor negocio del siglo para los burgueses: un aspecto todavía más criminal de la barbarie capitalista que la propia destrucción bélica) basada en la insaciable creación de nueva plusvalía.

Amadeo Bordiga. Elementos de economía marxista, 1929.

La primera guerra mundial y la entrada en ese ciclo de barbarie que es la sucesión crisis-guerra-reconstrucción, marca el momento en el que la posibilidad de que aparezcan formas progresivas del capitalismo -y por tanto independencias nacionales progresivas-, se ha agotado definitivamente. Ya no hay ni son posibles para Rosa Luxemburgo «revoluciones nacionales anti-imperialistas», «guerras defensivas» o verdaderas «independencias nacionales»: todos los estados burgueses -jóvenes, viejos o recien nacidos- son imperialistas y se ven definidos, guiados por el imperialismo del mismo modo que «las leyes de la competencia económica determinan imperiosamente las condiciones de producción del empresario aislado»:

La política imperialista no es la obra de un Estado cualquiera o de varios Estados, sino que es el producto de un determinado grado de maduración en el desarrollo mundial del capital, un fenómeno internacional por naturaleza, un todo indivisible que sólo se puede reconocer en todas sus relaciones cambiantes y del cual ningún Estado puede sustraerse.

Sólo desde este punto de vista puede valorarse correctamente la cuestión de la «defensa nacional» en la guerra actual. El Estado nacional, la unidad nacional y la independencia; tales eran el escudo ideológico bajo el que se constituían los grandes Estados burgueses en la Europa central del siglo pasado. El capitalismo no es compatible con la dispersión estatal, con la desmembración económica y política; necesita para su desarrollo un territorio lo más extenso y unido posible y una cultura espiritual, sin los cuales no pueden elevarse las necesidades de la sociedad al nivel exigido por la producción mercantil capitalista ni puede hacer funcionar el mecanismo del moderno poder de clase burgués. Antes de que el capitalismo pudiese convertirse en una economía mundial que abarcara a toda la Tierra, trató de crearse un territorio unido en los límites nacionales de un Estado. Ese programa —ya que sólo podía llevarse a cabo por vía revolucionaria sobre el tablero de ajedrez político y nacional que nos dejó el Medioevo feudal— sólo fue realizado en Francia durante la gran revolución. En el resto de Europa se quedó a medias, y, como la revolución burguesa en general, se detuvo a mitad del camino. El Reich alemán y la Italia actual, la continuidad hasta hoy de Austria-Hungría y de Turquía, del Imperio ruso y del Imperio mundial británico, son vivas pruebas al respecto. El programa nacional sólo ha desempeñado un papel histórico como expresión ideológica de la burguesía en ascenso y que buscaba el poder en el Estado, hasta que la dominación de clase de la burguesía quedó, mal que bien, instalada en los grandes Estados de la Europa central y creó los instrumentos y las condiciones indispensables para desarrollar su política.

Desde entonces el imperialismo ha enterrado completamente el viejo programa democrático burgués; la expansión más allá de las fronteras nacionales (cualesquiera que fuesen las condiciones nacionales de los países anexionados) se convirtió en la plataforma de la burguesía de todos los países. Si el término «nacional» permaneció, su contenido real y su función se han convertido en su contrario; actúa sólo como mísera tapadera de las aspiraciones imperialistas y como grito de batalla de sus rivalidades, como único y último medio ideológico para lograr la adhesión de las masas populares y desempeñar su papel de carne de cañón en las guerras imperialistas.

La tendencia general de la actual política capitalista domina como ley ciega y todopoderosa los diversos Estados, como las leyes de la competencia económica determinan imperiosamente las condiciones de producción del empresario aislado.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1915.