El nacimiento de la socialdemocracia

Congreso de Franckfurt. Parlamento de la revolución alemana de 1848.
Para entender el papel de Marx y Engels en la formación de la socialdemocracia alemana, tenemos que volver de nuevo a 1850 y recuperar a grandes trazos la historia de la Liga tras la revolución de 1848.

En 1850 Marx escribe una comunicación en nombre del Comité Central, desde Londres haciendo balance organizativo y político. En lo político constata la debilidad del proletariado, Alemania sigue siendo un país atrasado, dividido en infinitud de principados y pequeños reinos cada uno con su aduana y su moneda. Con una estructura productiva fundamentalmente agraria, la burguesía, para crear un mercado nacional, debe liderar la unificación reuniendo alrededor suya a las clases medias y a los trabajadores en una revolución democrática.

Hemos visto que los demócratas llegarán al Poder en la primera fase del movimiento, y que se verán obligados a proponer medidas más o menos socialistas (…) Los obreros deberán llevar al extremo las propuestas de los demócratas, que, como es natural no actuarán como revolucionarios, sino como simples reformistas. Estas propuestas deberán ser convertidas en ataques directos contra la propiedad privada. (…)

Aunque los obreros alemanes no puedan alcanzar el poder ni ver realizados sus intereses de clase sin haber pasado íntegramente por un prolongado desarrollo revolucionario, pueden por lo menos tener la seguridad de que esta vez el primer acto del drama revolucionario que se avecina coincidirá con el triunfo directo de su propia clase en Francia, lo cual contribuirá a acelerarlo considerablemente.

Pero la máxima aportación a la victoria final la harán los propios obreros alemanes cobrando conciencia de sus intereses de clase, ocupando cuanto antes una posición independiente de partido e impidiendo que las frases hipócritas de los demócratas pequeñoburgueses les aparten un solo momento de la tarea de organizar con toda independencia el partido del proletariado. Su grito de guerra debe ser: la revolución permanente.

Carlos Marx. Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, marzo de 1850.

Pero resulta difícil que los obreros alemanes «cobren conciencia de sus intereses de clase» y el proletariado emerja como un sujeto político independiente, si sus grupos más conscientes se atomizan y dedican a lo local, donde casi inevitablemente acabarán bajo el liderazgo de la pequeñaburguesía radical

Mientras el partido democrático, el partido de la pequeña burguesía, fortalecía más y más su organización en Alemania, el partido obrero perdía su única base firme, a lo sumo conservaba su organización en algunas localidades, para fines puramente locales, y por eso, en el movimiento general, cayó por entero bajo la influencia y la dirección de los demócratas pequeñoburgueses. Hay que acabar con tal estado de cosas, hay que restablecer la independencia de los obreros.

Carlos Marx. Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, marzo de 1850.

Otto Von Bismarck en 1850
Lo que ocurrió en la práctica, como en 1852 contó Engels en «Revolución y Contrarrevolución en Alemania», fue que la burguesía, más temerosa de las fuerzas populares que interesada en romper el poder de las clases feudales que le habían oprimido hasta entonces, se alió con estas; y que la pequeña burguesía democrática fue absolutamente cobarde -y por tanto incompetente- para conducir al movimiento democrático a un enfrentamiento decisivo y abierto con el nuevo bloque reaccionario, perdiendo la confianza de los obreros y llevando al fin de la revolución.

El resultado final fue que la unificación alemana la encabezará Bismarck a la cabeza del bloque reaccionario, no el primer parlamento democrático alemán. La contrarrevolución abrirá un periodo de represión abierta del movimiento obrero.

El grupo más activo de la Liga, el de Colonia, sufrió especialmente: buena parte de su documentación interna fue incautada por la policía, once de sus miembros fueron detenidos y se organizó un juicio espectacular que pretendía presentar a los comunistas como conspiradores a las órdenes de un malvado Marx londinense. Solo cuatro fueron absueltos y los restantes siete sufrieron penas de prisión. Marx escribió un librito destinado a la agitación durante el juicio, «Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia» y Engels otro después resumiendo su curso y resultados, «El reciente proceso de Colonia»; pero ninguno de los dos tuvieron ya impacto. La victoria de la contrarrevolución va seguida siempre de la represión y el desánimo. El juicio y las leyes represivas que le siguieron fueron el verdadero final de la Liga en Alemania.

Proceso de los comunistas de Colonia.
En 1863, en plena resaca y desmovilización de la ola revolucionaria, se crea en Leipzig la «Asociación General de Trabajadores de Alemania» recogiendo antiguos militantes de la Liga y ex-combatientes de la revolución del 48. Su fundador, Ferdinand de Lassalle, la presenta como el «primer partido obrero independiente alemán». Lassalle es un abogado brillante, carismático y polémico con ambiciones de político profesional, que ve la oportunidad de cabalgar un movimiento que está todavía desarticulado. Toma ideas de Marx, las mezcla con consignas antiguas del socialismo francés y las adapta para su aceptabilidad por Bismarck, cabeza de la reacción que está conspirando para reunificar Alemania en torno a los intereses de los «junkers», los aristócratas latifundistas y protestantes prusianos y que ve en un movimiento obrero domesticado la oportunidad de mantener debilitados y temerosos a sus aliados burgueses.

[Lassalle] Hasta 1862 fue, en su actuación práctica, un demócrata vulgar específicamente prusiano con marcadas inclinaciones bonapartistas (precisamente acabo de releer sus cartas a Marx); luego cambió súbitamente por razones puramente personales y comenzó sus campañas de agitación; y no habían transcurrido dos años, cuando propugnaba que los obreros debían tomar partido por la monarquía contra la burguesía, y se enzarzó en tales intrigas con Bismarck, afín a él en carácter, que forzosamente le habrían conducido a traicionar de hecho el movimiento si, por suerte para él, no le hubiesen pegado un tiro a tiempo. En sus escritos de agitación, las verdades que tomó de Marx están tan embrolladas con sus propias elucubraciones, generalmente falsas, que resulta difícil separar unas cosas de otras.

Federico Engels. Carta a Kautsky, 23 de febrero de 1891

Wilhem Liebknecht procesado en Leipzig.
En 1869, en el pueblo de Eisenach, en Turingia, dos discípulos de Marx en Londres, Wilhem Liebknech y August Bebel, lideran un reagrupamiento de grupos y militantes que quedan de la Liga en Alemania. El resultado es el Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania («SDAP»).
El nuevo partido, construido alrededor de las tesis marxistas, sufre las leyes de excepción bismarckianas y la represión constante de la policía prusian.

Pero la ola de la contrarrevolución está acabando y la nueva organización es expresión de un nuevo proceso de constitución de la clase de la que la fundación de la AIT ha sido la primera expresión y que acabará en la Comuna, la primera dictadura del proletariado.

La nueva organización, que crece en paralelo al desarrollo de los sindicatos, consigue éxitos históricos: en 1867 Bebel y Liebknecht son los primeros obreros elegidos miembros del parlamento alemán. En 1870 ambos irán -durante cuatro años- a la carcel por defender la posición del partido sobre la guerra con Francia: es una guerra imperialista entre dos naciones ya capitalistas en la que el proletariado, clase mundial, solo pondrá los muertos.

La guerra será seguida en Alemania de la proclamación del Imperio. Lassalle ha muerto y, con la burguesía aterrorizada por lo que ha visto en la Comuna en París y el Imperio ya constituido, los lassalleanos dejan de ser interesantes a la estrategia de Bismarck. El lassalleanismo entra en descomposición y se acerca a los marxistas. Liebknecht y los militantes alemanes ven la oportunidad de agrupar a todos los obreros atraídos por el socialismo en una única organización. Se llegan a acuerdos y se prepara un congreso de unificación en Gotha en 1875. En ese momento, con la Internacional agonizante pero aun en plena batalla contra los desastre creados por los bakuninistas, Marx y Engels descubren con pavor que el programa que se piensa aprobar es una reivindicación póstuma del lassalleanismo e intervienen con una serie de cartas y escritos.

Marx y Lassalle presiden simbólicamente el cuadro de delegados al congreso de Gotha.
La «Crítica del programa de Gotha» es famosa por su definición del comunismo bajo la fórmula cabetiana y su insistencia en que el comunismo, como estadio económico, significa necesariamente desmercantilización. Pero lo que nos interesa en este momento es qué lleva a Marx y Engels a intervenir e incluso amenazar con desvincularse públicamente del partido si aprueba ese programa. Dicho de otro modo: qué es más importante que crecer en número, multiplicar la estructura de la organización de los militantes y representar al proletariado como una fuerza política nacional, que es lo que ofrecía la unificación de Gotha.

En primer lugar, Marx pone en valor la teoría. En el proceso de constitución del proletariado en clase política, la teoría no es un adorno de ocasión, sino una verdadera conquista. No pueden hacerse concesiones y marchas atrás esperando que puedan compensarse con otras cosas sin comprometer el proceso en su conjunto.

Cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas. Por lo tanto, si no era posible -y las circunstancias del momento no lo consentían- ir más allá del programa de Eisenach, habría que haberse limitado, simplemente, a concertar un acuerdo para la acción contra el enemigo común. Pero, cuando se redacta un programa de principios (en vez de aplazarlo hasta el momento en que una más prolongada actuación conjunta lo haya preparado), se colocan ante todo el mundo los jalones por los que se mide el nivel del movimiento del Partido.

Carlos Marx. Carta a Bracke, 5 de mayo de 1875.

Engels se expresa en términos similares en su correspondencia con Bebel.

En general, importan menos los programas oficiales de los partidos que sus actos. Pero un nuevo programa es siempre, a pesar de todo, una bandera que se levanta públicamente y por la cual los de fuera juzgan al partido. No debería, por tanto, en modo alguno, representar un retroceso como el que representa éste, comparado con el de Eisenach. Y habría también que tener en cuenta lo que los obreros de otros países dirán de este programa; la impresión que ha de producir esta genuflexión de todo el proletariado socialista alemán ante el lassalleísmo.

Federico Engels. Carta a Bebel 18-28 de marzo de 1875

Pero la crítica de Marx y Engels, que puede parecer incluso excesivamente suspicaz en una lectura descontextualizada, en realidad tiene una línea argumental clara: el lassallianismo que impregna el programa de Gotha orienta a los trabajadores a abandonar la idea de la centralidad de la producción y el trabajo. Al poner la «distribución» (el consumo y la capacidad de consumo) en el centro de lo que el programa llama púdicamente «el problema social», acepta una superstición legalista y democrática cuyo resultado a medio plazo no puede ser otro que el chalaneo con el nacionalismo y la consecuente renuncia al internacionalismo.

La sharing economy, ultima variante del discurso de la centralidad del consumo y su «distribución»
Es equivocado, en general, tomar como esencial la llamada distribución y poner en ella el acento principal. La distribución de los medios de consumo es, en todo momento, un corolario de la distribución de las propias condiciones de producción. Y ésta es una característica del modo mismo de producción. Por ejemplo, el modo capitalista de producción descansa en el hecho de que las condiciones materiales de producción les son adjudicadas a los que no trabajan bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del suelo, mientras la masa sólo es propietaria de la condición personal de producción, la fuerza de trabajo. Distribuidos de este modo los elementos de producción, la actual distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural. Si las condiciones materiales de producción fuesen propiedad colectiva de los propios obreros, esto determinaría, por sí solo, una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El socialismo vulgar (y por intermedio suyo, una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Pero la orientación lassalliana hacia el consumo no es inocente, lleva el foco hacia un lugar «sujeto a derecho», regulable por el estado y por tanto limitado a sus intereses.

¿Acaso las relaciones económicas son reguladas por los conceptos jurídicos? ¿No surgen, por el contrario, las relaciones jurídicas de las relaciones económicas? ¿No se forjan también los sectarios socialistas las más variadas ideas acerca del reparto «equitativo»? (…) El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Desde Lassalle hasta la ACI el cooperativismo creado por el estado es sencillamente reaccionario.
Y a partir de ahí el Lassallianismo desactiva el papel de la lucha de clases y reduce el avance del socialismo a… las subvenciones públicas y el cooperativismo creado desde el estado.

Después de la «ley de bronce» de Lassalle, viene la panacea del profeta. Y se le «prepara el camino» de un modo digno. La lucha de clases existente es sustituida por una frase de periodista: «el problema social», para cuya «solución» se «prepara el camino». La «organización socialista de todo el trabajo» no resulta del proceso revolucionario de transformación de la sociedad, sino que «surge» de «la ayuda del Estado», ayuda que el Estado presta a las cooperativas de producción «creadas» por él y no por los obreros. ¡Es digno de la fantasía de Lassalle eso de que con empréstitos del Estado se puede construir una nueva sociedad como se construye un nuevo ferrocarril! (…)

El que los obreros quieran establecer las condiciones de producción colectiva en toda la sociedad y ante todo en su propio país, en una escala nacional, sólo quiere decir que laboran por subvertir las actuales condiciones de producción, y eso nada tiene que ver con la fundación de sociedades cooperativas con la ayuda del Estado. Y, por lo que se refiere a las sociedades cooperativas actuales, éstas sólo tienen valor en cuanto son creaciones independientes de los propios obreros, no protegidas ni por los gobiernos ni por los burgueses.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Por eso Engels le dice a Bebel, que:

En el aspecto teórico, es decir, en lo que es decisivo para el programa, nuestro partido no tiene absolutamente nada que aprender de los de Lassalle, pero ellos sí que tienen que aprender de él; la primera condición para la unidad debía haber sido que dejasen de ser sectarios, que dejasen de ser lassalleanos, y, por tanto y ante todo, que renunciasen a la panacea universal de la ayuda del Estado, o por lo menos, que la reconociesen como una de tantas medidas transitorias y secundarias.

Federico Engels. Carta a Bebel 18-28 de marzo de 1875

Dicho con toda la contundencia propia de Marx:

Pese a todo su cascabeleo democrático, el programa está todo él infestado hasta el tuétano de la fe servil de la secta lassalleana en el Estado; o -lo que no es nada mejor- de la superstición democrática; o es más bien un compromiso entre estas dos supersticiones igualmente lejanas del socialismo.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Como no podía ser menos, el remate del programa de Gotha es «reclamar» al estado que tome en sus manos la nacionalización de las conciencias a través del sistema de educación pública universal.

Reclamar la educación pública en manos del estado es «nombrar al estado educador del pueblo» y agradecer el adoctrinamiento nacionalista
Eso de «educación popular a cargo del Estado» es absolutamente inadmisible. ¡Una cosa es determinar, por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc., y, como se hace en los Estados Unidos, velar por el cumplimiento de estas prescripciones legales mediante inspectores del Estado, y otra cosa completamente distinta es nombrar al Estado educador del pueblo! Lo que hay que hacer es más bien substraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la Iglesia.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

El resultado final y verdaderamente esencial es aun más mezquino. Lassalle abría las puertas a apoyar el proteccionismo que se entreveía como uno de los pilares de la política económica bismarckiana. Apoyar el proteccionismo no es en realidad sino diluir la práctica política de la clase obrera al apoyo de una parte de la burguesía frente a otra, confundir los intereses de clase -mundiales y globalizadores- con los de las secciones más dependientes del estado de la burguesía local.

Naturalmente, la clase obrera, para poder luchar, tiene que organizarse como clase en su propio país, ya que éste es la palestra inmediata de su lucha. En este sentido, su lucha de clases es nacional, no por su contenido, sino, como dice el Manifiesto Comunista, «por su forma». Pero «el marco del Estado nacional de hoy», por ejemplo, del imperio alemán, se halla a su vez, económicamente, «dentro del marco» del mercado mundial, y políticamente, «dentro del marco» de un sistema de Estados. Cualquier comerciante sabe que el comercio alemán es, al mismo tiempo, comercio exterior, y la grandeza del señor Bismarck reside precisamente en algún tipo de política internacional.

¿Y a qué reduce su internacionalismo el Partido Obrero Alemán? A la conciencia de que el resultado de sus aspiraciones «será la fraternización internacional de los pueblos», una frase tomada de la Liga burguesa por la Paz y la Libertad, que se quiere hacer pasar como equivalente de la fraternidad internacional de las clases obreras, en su lucha común contra las clases dominantes y sus gobiernos. ¡De los deberes internacionales de la clase obrera alemana no se dice, por tanto, ni una palabra! ¡Y esto es lo que la clase obrera alemana debe contraponer a su propia burguesía, que ya fraterniza contra ella con los burgueses de todos los demás países, y a la política internacional de conspiración del señor Bismarck!

La profesión de fe internacionalista del programa queda, en realidad, infinitamente por debajo de la del partido librecambista. También éste afirma que el resultado de sus aspiraciones será «la fraternización internacional de los pueblos». Pero, además, hace algo por internacionalizar el comercio, y no se contenta, ni mucho menos, con la conciencia de que todos los pueblos comercian dentro de su propio país.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Muerto el internacionalismo, muerto el carácter de clase del programa. No es posible un programa ni una sola acción de clase que niegue por activa o por pasiva la naturaleza universal de la clase. Y sin embargo no se están reclamando cosas ajenas o fantásticas a la imaginación y cotidianidad de los trabajadores: la coordinación de las luchas, la respuesta unida contra la guerra, la no culpabilización al obrero de otro país de la explotación propia…

¡Proletarios de todos los países, uníos!
Se reniega prácticamente por completo, para el presente, del principio internacionalista del movimiento obrero, ¡y esto lo hacen hombres que por espacio de cinco años y en las circunstancias más duras mantuvieron de un modo glorioso este principio! La posición que ocupan los obreros alemanes a la cabeza del movimiento europeo se debe, esencialmente, a la actitud auténticamente internacionalista mantenida por ellos durante la guerra; ningún otro proletariado se hubiera portado tan bien. ¡Y ahora va a renegar de este principio, en el momento en que en todos los países del extranjero los obreros lo recalcan con la misma intensidad que los gobiernos tratan de reprimir todo intento de imponerlo en una organización! ¿Y qué queda en pie del internacionalismo del movimiento obrero? ¡La pálida perspectiva, no ya de una futura acción conjunta de los obreros europeos para su emancipación, sino de una futura «fraternidad internacional de los pueblos», de los «Estados Unidos de Europa» de los burgueses de la Liga por la Paz!

No había, naturalmente, por qué hablar de la Internacional como tal. Pero al menos no debía haberse dado ningún paso atrás respecto al programa de 1869 y decir, por ejemplo, que aunque el Partido Obrero Alemán actúa, en primer término, dentro de las fronteras del Estado del que forma parte (no tiene ningún derecho a hablar en nombre del proletariado europeo, ni, sobre todo, a decir, nada que sea falso), tiene conciencia de su solidaridad con los obreros de todos los países y estará siempre dispuesto a seguir cumpliendo, como hasta ahora, con los deberes que esta solidaridad impone. Estos deberes existen, aunque uno no se considere ni se proclame parte de la Internacional; son, por ejemplo, el deber de ayudar en caso de huelga y paralizar el envío de esquiroles, preocuparse de que los órganos del partido informen a los obreros alemanes sobre el movimiento extranjero, organizar campañas de agitación contra las guerras dinásticas inminentes o que han estallado ya, una actitud frente a éstas como la mantenida ejemplarmente en 1870 y 1871, etc.

Federico Engels. Carta a Bebel 18-28 de marzo de 1875

Todo esto es tanto más llamativo como que se escribe y se dice en mitad de la ola contrarrevolucionaria que siguió al aplastamiento de la Comuna de París. En un momento en el que la Internacional está a punto de disolverse formalmente. Pero es que Marx y Engels tienen claro que:

La acción internacional de las clases obreras no depende, en modo alguno, de la existencia de la «Asociación Internacional de los Trabajadores». Esta fue solamente un primer intento de crear para aquella acción un órgano central; un intento que, por el impulso que dio, ha tenido una eficacia perdurable, pero que en su primera forma histórica no podía prolongarse después de la caída de la Comuna de Paris.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Haciendo un balance, el abordaje que Marx y Engels hacen del programa de Gotha nos muestra que:

  1. Los programas y la teoría no son adornos ni deberían estar sometidos a criterios de «oportunidad», son elementos fundamentales en el proceso de toma de conciencia y por tanto de la constitución de la clase a nivel mundial.
  2. Por eso ante cualquier acción conjunta de militantes o fusión organizativa es preferible hacer un programa de «mínimo común» que no renuncie a nada y desarrollar luego a partir de las lecciones de la práctica, que hacer un concesiones que comprometan lo aprendido históricamente.
  3. Las ilusiones pequeñoburguesas heredadas del siglo XIX se han transformado pero básicamente apuntan una y otra vez a los mismos temas: el fin de la centralidad de la producción y el trabajo, la superstición legalista y democratista, las falsas esperanzas en una «revolución desde arriba» o una catástrofe que nos quiten la responsabilidad del trabajo por hacer, etc. Al final todas estas «ideas» llevan siempre a distintas formas de aceptación del nacionalismo y por tanto a la negación de la clase mundial como sujeto político.
  4. La frontera infranqueable a la hora de aceptar el trabajo conjunto entre militantes o la integración de grupos es el internacionalismo. La toma de partido por sectores de la burguesía dentro de un mismo país o de un país contra la de otros, implica descarrillar la constitución de la clase en sujeto político independiente y universal.

Lenin en Zurich
De fondo siempre queda la pregunta de si los militantes deben tomarse tan en serio su propia actividad. ¿Es tan grave lo que unos cuantos puedan pensar y hacer, acertar o equivocarse cuando no tiene una repercusión inmediata en la lucha de clases? Es verdad que los debates entre militantes parecen sencillamente intrascendentes en los periodos de contrarrevolución y retroceso, meras «cuestiones teóricas» que pueden pasarse por alto ante oportunidades políticas reales de «cambiar las cosas». Y sin embargo no hay un solo avance real en toda la historia del movimiento que no se haya basado en la aplicación por la clase como un todo de lo aprendido por sus grupos más conscientes en sus batallas y derrotas. Aplicación que habría sido impensable sin la existencia de organizaciones independientes de internacionalistas -es decir de anti-nacionalistas obreros- dedicadas a la reflexión y la difusión, que se lo tomaban lo suficientemente en serio como para «transportar lo aprendido» a través de las subidas y bajadas del proceso de constitución como clase.