El proceso de constitución en clase

En una sociedad escindida en clases, basada en la separación del trabajo y su objeto, se reproduce una y otra vez la alienación entre la vida y la actividad creativa, entre nuestra especie y la naturaleza. La «conciencia social» no puede sino representar esa fractura permanente, constante, que remite una y otra vez a la esencia misma de la división en clases: la propiedad privada. ¿Cómo no iba a manifestarse esa escisión también en el campo de las ideas? ¿Cómo no iba a afectar a la representación de lo social y de uno mismo cuando las ideas no son más que un producto social más?

Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente.

Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación. Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto, entre otras cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean; por ello mismo, las ideas dominantes de la época.

Marx y Engels. La ideología alemana, 1845

Pero si esto nos explica la ideología dominante, no explica la totalidad. Su contradicción está, de nuevo, en esa clase que es completamente negada por la sociedad, el proletariado, y su movimiento, el comunismo. El comunismo es un movimiento hacia el fin de todas esas escisiones sociales y por tanto también un movimiento de desarrollo de la conciencia. Como expresión de una clase llamada a acabar con todas las divisiones de clase, la perspectiva final del desarrollo de su conciencia es su transformación: pasar de «conciencia de clase» a conciencia genérica, de especie, ligada a esa recuperación del metabolismo social de la especie con la naturaleza que es el comunismo.

Todo esto suena muy «filosófico», como todos los textos fundacionales del marxismo. Pero ha de servirnos para remarcar una cosa muy importante: la conciencia de clase del proletariado no tiene nada que ver con las «identidades» y las «comunidades imaginadas» en las que desde Aristóteles al nacionalismo o «el género» nos han «educado» las sociedades de clase. Dejaremos la crítica de éstas para un tema posterior. Pero destaquemos ahora que la conciencia de clase no es una «pertenencia» ni la atribución de cualidades a unos pares imaginados, sino la afirmación de un interés material frente a la explotación. Interés que, como la explotación misma, se sabe no es una desgracia individual sino un hecho social. Afirmación que, como hemos visto ya, solo puede darse como reivindicación de necesidades humanas genéricas, universales.

En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma.

En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase.

Carlos Marx. Miseria de la Filosofía,1847

La conciencia de clase no es pues la aceptación de la pertenencia a una comunidad imaginada, es la defensa de un interés material que todo el aparato ideológico niega y desvía, pero que, como se ve en los conflictos con el capital, es común a toda la clase. Pero es obvio, no es lo mismo que exista un interés común y que se haga consciente -pretender elevar el salario, reducir la jornada, mejorar las condiciones de trabajo, etc.- a que ese interés común produzca, contra todo lo que envuelve a la clase dominada, una conciencia clara de que lo que nos machacan como «imposible», no solo es deseable sino necesario: la perspectiva de la desmercantilización, la posibilidad de la abundancia, etc. Para que algo así se produjera, debería romperse, siquiera momentaneamente, el yugo de la ideología capitalista y por tanto de todo lo que la impone cotidianamente: educación, medios de comunicación, etc. En otras palabras: cuando ha puesto en crisis al estado. Dicho de otro modo, la conciencia de clase contingente, «sociológica», solo puede llegar a la conciencia de sus objetivos finales, el comunismo, cuando ya se ha afirmado como movimiento político al punto de estar haciendo una revolución.

Tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres que solo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución, y que por consiguiente, la revolución no solo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.

Marx y Engels. La ideología alemana, 1845

Por eso, mientras la revolución no es un hecho, sería absurdo pensar que «el comunismo es imposible» solo porque «los trabajadores van a la suya» o «no existen como clase». Lo que define al comunismo en tanto que movimiento hacia la conciencia es el conflicto de intereses, la existencia de una base objetiva para la lucha de clases.

No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aun el proletariado íntegro, se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser. Su finalidad y su acción histórica le están trazadas, de manera tangible e irrevocable, en su propia situación de existencia, como en toda la organización de la sociedad burguesa actual.

Marx y Engels.La sagrada familia, 1844

Hasta las formas más discretas de la lucha de clases son parte de ese desarrollo de la conciencia en tanto que experiencia social, experiencia que es compartida por millones de personas en todo el mundo. Pero para desarrollarse hasta sus últimas consecuencias, esa experiencia debe ser no solo compartida, sino también «digerida» colectivamente. Y no va a llegar en un momento mágico y en una entrega. El día antes de la reunión constitutiva de la I Internacional (AIT), los comunistas discuten en Londres cuál es el mensaje que la AIT debería transmitir a los trabajadores del mundo. La clave, una y otra vez está en la experiencia colectiva formada en la defensa de los intereses inmediatos del trabajo. Experiencia que es acumulativa a pesar de los inevitables «bajones» entre sus episodios.

Tenéis que sostener quince, veinte, cincuenta años de luchas sociales, no solo para cambiar las condiciones sociales, sino para transformaros vosotros mismos y haceros dignos del poder

Carlos Marx. Proceso verbal de la Comisión Central de la Unión Comunista, Londres, 15 de septiembre de 1850

No solo no hay oposición entre unas supuestas «luchas económicas» y otras «luchas políticas»:

Si la clase obrera renunciara a su conflicto cotidiano con el capital, se privaría a sí misma de la posibilidad de emprender tal o cual movimiento de mayor amplitud.

Carlos Marx. Salario, precio y ganancia, 1865

¿En qué está pensando Marx como «movimiento de mayor amplitud»? En el lema comunista, por supuesto

En vez del lema conservador de «¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!», deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: «¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!»

Carlos Marx. Salario, precio y ganancia, 1865

Pero este lema aparecerá como crítica lógica, sensata para la mayoría del proletariado solo por el resultado acumulativo de las experiencias cotidianas de conflicto. Pretender que la conciencia se desarrolle «de una» equivale exigirle a la clase dejar de ser ella misma, lo que en la vida real no significa exigirle clarividencia, sino aceptar la derrota antes de luchar.

Siendo esa la tendencia de las cosas en ese régimen, ¿quiere esto decir que la clase obrera deba renunciar a su resistencia contra los abusos del capital y abandonar sus esfuerzos por arrancar en las ocasiones que se presenten todo aquello que pueda aportar ciertas mejoras a su situación? Si así lo hiciera, se rebajaría a no ser más que una masa informe, aplastada, de seres famélicos a los cuales ya no se les podría aportar ninguna ayuda

Carlos Marx. Salario, precio y ganancia, 1865

La tensión entre la reivindicación concreta, «inmediata», y el objetivo último se materializó en los años de desarrollo capitalista, que son los de la II Internacional, en el establecimiento por los partidos socialistas de un «programa mínimo» y un «programa máximo». Este último, el objetivo comunista, quedaba como dijo Rosa Luxemburgo, como un «lucero distante» ante el prodigioso desarrollo económico que un capitalismo todavía en expansión global desplegaba. En ese marco la mayor parte de la actividad comunista se concentraba en obtener mejoras sólidas en las condiciones materiales y espacios para su auto-organización política. La derecha del partido usó esta división como «una capa para encubrir todo tipo de oportunismo», disfrazando como aspectos de la «lucha inmediata» una colaboración institucional tanto desde los sindicatos como en el Parlamento que acabó en la «unión nacional» y el encuadramiento para la guerra. Pero la lucha inmediata, las reivindicaciones laborales y de derechos sociales y civiles que se ligaban a estas fueron también el centro de actividad del ala izquierda porque en aquel marco servían al desarrollo de la conciencia, eran en sí mismas revolucionarias porque:

Despiertan en el proletariado la comprensión, la conciencia socialista y lo ayudan a organizarse como clase.

Rosa Luxemburgo. Reforma o revolución,

Solo el fin de la expansión capitalista global, simbolizado y materializado en la Primera Guerra Mundial, cambiaría el panorama. Las contradicciones del sistema se hacían insostenibles mientras la matanza europea se llevaba por delante a una generación entera de trabajadores. Las viejas reivindicaciones del periodo expansivo del capitalismo quedaban caducas, se volvían obsoletas, cuando no contraproducentes, una a una. Solo la revolución, primero en Rusia y Finlandia, luego en Alemania, fue capaz de parar la guerra. Y solo entonces la distancia entre la reivindicación inmediata y el objetivo comunista se hizo evidente en las consignas y, lo que realmente importa, en la conciencia de una buena parte del proletariado de la época.

Nuestro programa se opone deliberadamente al principio rector del programa de Erfurt; se opone tajantemente a la separación de las consignas inmediatas, llamadas mínimas, formuladas para la lucha política y económica, del objetivo socialista formulado como programa máximo. En oposición deliberada al programa de Erfurt liquidamos los resultados de un proceso de setenta años, liquidamos, sobre todo, los resultados primarios de la guerra, declarando que no conocemos los programas máximos y mínimos; sólo conocemos una cosa, el socialismo; esto es lo mínimo que vamos a conseguir.

Rosa Luxemburgo. Discurso en la fundación de la Liga Espartaquista, 1 de enero de 1919

La superación de la división entre programa máximo y programa mínimo que afirma Rosa Luxemburgo en su discurso no es la expresión de un maximalismo voluntarista, sino el reflejo de cómo los objetivos inmediatos y «máximos» de la clase convergen conforme esta acumula fuerzas en el enfrentamiento con el capital y el estado que le sirve. No es que las necesidades directas, inmediatas, dejen de tener sentido ante la magnitud de unos objetivos mayores súbitamente conscientes; es que para la realización de lo básico, para la imposición del criterio de la necesidad humana sobre la lógica destructiva del capital, hecha evidente por la crisis y la guerra, el proletariado tiene que afrontar como tarea inmediata y consciente la destrucción del estado y la construcción de un poder propio.