El PSOE ante la guerra

1918, sentados: Francisco Largo Caballero, Pablo Iglesias y. Julián Besteiro, de pie: Andrés Saborit, Daniel Anguiano e Indalecio Prieto.
La primera reacción del partido socialista frente a la guerra no fue el internacionalismo revolucionario, pero sí tuvo, al menos, un sano instinto anti-imperialista y anti-militarista.

Declarada la guerra, el Comité Nacional, sin consultar al Partido por lo urgente del caso, publicaba -2 de agosto- un manifiesto en el que se señalaban al capitalismo y al imperialismo como responsables de la guerra; se indicaba que nuestro país sufriría las consecuencias por la paralización de la producción y circulación que originaría la guerra, aun en el caso más favorable, que era el de la no intervención, y se hacía un llamamiento a la clase trabajadora para que celebrase actos de protesta y formulase las siguientes peticiones:

La paz entre los pueblos y, como consecuencia, el término de la guerra de Marruecos. Que el Gobierno español expresase a las demás naciones el deseo de nuestro país de que se resuelvan por procedimientos pacíficos las diferencias entre las naciones. Y en el caso de que los países principalmente interesados se lanzasen a la guerra, mantuviera España la más estricta neutralidad, sin dejar por esto de hacer cuando pudiera para poner término a la lucha.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Pablo Iglesias
Sin embargo, esta posición se vería pronto matizada por la expresión del «deseo» del triunfo aliado de Pablo Iglesias.

Cuando estalló la guerra europea [Pablo Iglesias] dijo clara su opinión, que era la de la mayoría del partido, no de todo él:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral; pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para los pueblos. Nuestro criterio respecto de la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de nuestra causa.

Juan José Morato. Pablo Iglesias educador de muchedumbres, 1931

Y la posición oportunista de Iglesias sería inmediatamente hecha propia por el partido.

El día 7 suscribían el Partido y la Unión General un documento parecido, y, finalmente Iglesias declaraba en el Parlamento lo siguiente, que el Comité Nacional suscribió:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral, pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para todos los pueblos. Nuestro criterio respecto a la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también todo lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de aquella causa.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Cartel socialista del 1º de mayo de 1902 en Alicante.
La verdad es que el partido español estaba prácticamente aislado en la segunda Internacional. Muy pocos leían alemán, la lengua de los grandes debates socialistas. Los únicos actos en común con otros partidos en los años anteriores a la guerra fueron telegramas mandados junto con el partido francés en protesta por la guerra de Marruecos. Y si se leía poco y por pocos, aun menos eran los que viajaban en un partido que mantuvo a su líder y único diputado con una suscripción popular, pasando carencias básicas aun durante sus últimos años.

Por supuesto nadie tenía noticias de Rosa Luxemburgo y la izquierda alemana y nadie había oído hablar de Lenin. Kautsky se conocía por una traducción de Mella y Pablo Iglesias publicada en 1909: «La doctrina socialista», una réplica a Bernstein que fue el único esfuerzo teórico reseñable del partido. Sin embargo, Mella e Iglesias tradujeron de la edición francesa, no de la alemana y no parece que la edición del libro suscitara mayor correspondencia con el autor. Los traductores presentaban el libro señalando que, no existiendo en español más que una traducción de «El Capital» y un resumen realizado a cuenta del propio PSOE, y como ni siquiera había críticas serias del marxismo en el mundo académico, la anti-crítica kautskista serviría de exposición del marxismo, de sus críticos reformistas y de su refutación kautskista con la que, según parece, se identificaban los dos dirigentes socialistas. Todo en uno.

Las carencias ideológicas se suplían con un sentimental culto a la personalidad del «abuelo» y un respeto reverencial por los «intelectuales», casi todos ellos con fuertes vinculaciones en Francia como la cabeza del socialismo catalán, Fabra Ribas, que había militado con Jaurés en su juventud. El resultado, de un oportunismo lamentable que abría las puertas a un apoyo a la entrada en la guerra en el bando aliado, se evidenció en el Congreso de 1915 en el que un ya muy mayor y enfermo Jaime Vera redactó la ponencia oficialista finalmente aprobada.

Un joven Jaime Vera.
[En el Congreso de 1915] se discutió mucho acerca de la guerra; 4.090 votos contra 1.218 aprobaron el siguiente dictamen redactado por Fabra Ribas, Besteiro y Araquistain:

El Congreso declara: Que sin dejar de señarlar al capitalismo de todos los países en lucha como responsables estamos obligados a examinar las causas de la guerra actual, la situación que crea y sus consecuencias, ajustándonos a la realidad presente y con el pensamiento puesto siempre en las aspiraciones del proletariado.

Y el examen de esta realidad nos dice que en la lucha trágica, preparada y ejecutada por el capitalismo, se manifiestan dos tendencias, y que según venza la una o la otra, saldrá mejor o peor librada la causa de los trabajadores.

De los dos bandos que mantienen la sangrienta lucha, uno, el provocador de ella y la expresión más acabada del odioso imperialismo, se ha movido por propósitos y aspiraciones que, de triunfar, causarían honda herida al proletariado y al partido que el mismo representa; el otro, aunque llevado a la lucha principalmente por el interés capitalista, está mucho menos tocado de imperialismo, y por lo tanto, más incluido por un espíritu democrático.

De vencer el imperialismo austro germano, habrá un retroceso o un alto para el socialismo y la democracia; de obtener la victoria los páises aliados, nuestra causa realizará grandes progresos, incluso en Alemania y Austria.

En cuanto a solicitar la paz e influir con lo que njuestras fuerzas permitan para alcanzarla, el Congreso cree que eso existe que la opòrtunidad ayude, y que ayude para hacerla en condiciones provechosas para la Humanidad.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Manifestación republicano-socialista en San Sebastián en 1921 pidiendo responsabilidades por el desastre de Annual.
De este modo en el PSOE pablista, la influencia de los «intelectuales», ninguno de ellos marxista, sobre «el abuelo», reforzaba un «oportunismo a la francesa» que es el que explica la aparente paradoja de que los socialistas españoles fueran al mismo tiempo socialimperialistas en la guerra mundial -en la que no participaba España- y se mantuvieran siempre intransigentemente internacionalistas en la guerra de Marruecos -un ya viejo empeño colonial de la burguesía y el militarismo español.

El partido socialista español tomaba el oportunismo francés como prácticamente única referencia internacional y reaccionando saludablemente contra el chovinismo propio adoptaba sin problemas los argumentos del chovinismo vecino lo que a su vez alimentaba el oportunismo propio alimentado por la ya larga alianza electoral con los republicanos.

En agosto de 1914, cuando se desencadena la primera gran guerra de nuestro siglo, España queda dividida en dos grandes corrientes de opinión: germanófilos y aliadófilos. En el primer bando se alinean casi todos los militares profesionales, la gente de la iglesia -pese a que la mayoría de alemanes son protestantes- y la gente que simpatiza y sigue más o menos los partidos de derecha, lee su prensa y le otorga su sufragio en las elecciones. En el otro sector se sitúan la inmensa mayoría de los intelectuales, la gente de tendencias liberales y democráticas -incluso los liberales monárquicos que siguen al conde de Romanones- es decir, en conjunto, a todo lo que podríamos denominar la izquierda española. (…)

El Partido Socialista, por su composición social esencialmente obrera, no había perdido su conciencia de clase, pero muy pocos de sus miembros -y no solo los obreros- tenían una formación marxista sólida. Aunque mucho después que otros partidos socialistas, también en el español se había ido desarrollando una corriente reformista. Por otra parte, su larga alianza con los republicanos, iniciada después de las jornadas de julio de 1909 en Barcelona y de la represión que las siguió, y que desde 1913 no pasó de ser una coalición que se renovaba ante cada consulta electoral, había contribuido a difuminar la fisonomía obrera del partido. Así pues, la actitud del Partido Socialista ante la guerra no fue distinta de la de las demás fuerzas de la izquierda. La gran mayoría del partido se pronunció a favor de los aliados, que decían luchar por la libertad y la democracia, y no comprendió que lo que estaba en juego en los campos de batalla eran los intereses de las burguesías que ejercían de hecho el poder, con uno u otra matiz, en los dos bandos contendientes. Ni siquiera le puso en guardia el hecho de que la Rusia zarista estuviese en el campo de los aliados.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Lo cual no quiere decir que no hubiera resistencias.

Añadamos que no era éste sentir unánime del Partido. Muchos y muy significados y probados socialistas no veían más que una guerra entre dos capitalismos, a la que había que poner fin cuanto antes. Respecto del militarismo, seguían considerándole como un auxiliar pagado la burguesía correspondiente. Entre los viejos socialistas que así opinaban recordamos a los fundadores Quejido y Matías Gómez, y entre los «intelectuales» a Verdes Montenegro y a Recaséns. Este en «La Justicia Social» alentó la tendencia pacifista, dando noticias de Congresos y tentativas que no hallaron eco en el órgano oficial.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Verdes Montenegro era en realidad un Kautsky español sin la relevancia partidaria del original. Amigo de Unamuno, había evolucionado del republicanismo federal al socialismo de la segunda internacional y era habitualmente tachado de «doctrinario». Con todo, era de los pocos dirigentes con una cierta formación y su voz era escuchada como contrapunto a los otros intelectuales que, con Besteiro en el comité nacional y Fabra en Cataluña, marcaban la tónica reformista y republicana del cada vez más desvaído socialismo pablista.

Verdes Montenegro
El ala izquierda fue en todo el curso de la guerra minoría dentro de su partido. José Verdes Montenegro, profesor entonces en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, que conocía bien la teoría marxista y fue un excelente divulgador de ella, aunque a veces la interpretase de manera demasiado estrecha y rígida, fue el hombre de más talla intelectual de la izquierda socialista. Juanto a él estuvieron ent todos los congresos del Partido, Rafael Millá, un honrado e inteligente tipógrafo alicantino y que desde su fundación militó en el Partido Comunista; Ramón Lamoneda, también tiógrafo, buen organizador y orador, y que tras haber desempeñado tareas de dirección en el Partido Comunista hasta 1924, se reintegró, ya proclamada la República, al Partido Socialista, que le llevó al Parlamento y le confió su Secretaría General; Mariano Gómez Latorre, tipógrafo también, uno de los hombres de la primera hora, y Mariano García Cortés, abogado y periodista, al que el hecho de ser redactor jefe del diario germanófilo «España Nueva» restaba autoridad moral.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Solo las primeras noticias de la Revolución en Rusia darían audiencia a Verdes Montenegro y pondrían en marcha una cadena de decantaciones que acabarían en la formación del primer partido comunista en España.