El revisionismo

Eduardo Bernstein alrededor de 1900
Tan solo dos años después de la muerte de Engels, Berstein, uno de sus albaceas literarios, publica en el «Neue Zeit», la revista teórica del SPD, una serie de artículos que luego aparecerían como libro bajo el título «Las premisas para el socialismo y las tareas de la socialdemocracia». Es la primera argumentación teórica del reformismo. Su conclusión final: «El partido debería presentarse como lo que es: un partido democrático de reformas sociales».

En un primer momento, la dirección del partido, pareció no tomarse en serio la embestida. Kautsky, director de la revista, dio el placet a la publicación, pero tampoco se molestó en plantear una respuesta aduciendo falta de tiempo y ganas de polemizar. A fin de cuentas, Berstein era un amigo de «los años duros de las leyes antisocialistas». En realidad, muertos Marx y Engels, la teoría había perdido centralidad y peso en la vida cotidiana del partido. La dirección real del movimiento recaía en el grupo parlamentario, que se confundía con el grupo directivo orgánico y en los popes sindicales. El papel de los debates científicos se consideraba ya poco menos que como un programa cultural del partido, una actividad especializada y en el fondo inútil como unos juegos florales que, en el mejor de los casos, tenía la virtud de mantener ocupados a jóvenes impetuosos e intelectuales con aspiraciones políticas sin afectar a las bases.

El propio secretario del partido, Auer, un viejo demagogo que ocupaba el cargo desde 1875 y a esas alturas era ya un «pope» feliz y bien asentado, mandó una famosa carta secreta a Berstein, que se haría pública décadas después, reconviniéndole al modo jesuítico y cínico de los burócratas de todos los tiempos:

Mi querido Edu, uno no toma formalmente la decisión de hacer las cosas que tú sugieres, uno no dice esas cosas, simplemente las hace.

Ignacio Auer. Carta privada a Eduardo Bernstein, 1898

Así que el reproche silencioso de la vieja cúpula socialdemócrata a Bernstein no se producía por «revisar», como pretendía su libro, el programa marxista, sino por dar forma teórica a la realidad del oportunismo que le había carcomido y cuyo centro estaba en el grupo parlamentario y la dirección sindical. El verdadero peligro para ellos estaba en un debate público sobre bases teóricas serias: no querían colocar a la masa de miembros del partido, a las famosas bases, como jueces, no fueran a poner en cuestión el confortable ambiente de conciliación de clases que reinaba de manera creciente en las instituciones del estado alemán. Ninguno entre ellos veía tampoco la necesidad de arriar la bandera revolucionaria como planteaba Bernstein. El oportunismo permitía conjugar una práctica reformista indistinguible de la de un partido pequeño burgués sin dejar de mantener encuadrada a la parte más consciente de la clase.

Rosa Luxemburgo en 1893, con 22 años, en Zurich. Ese año, con León Jogiches fundaría la socialdemocracia polaca.
La primera respuesta vendría de una joven polaca, y por tanto súbdita rusa, recién refugiada y nacionalizada alemana, que entonces tenía 27 años: Rosa Luxemburgo. Fueron dos artículos, el primero publicado en septiembre de 1898 en Leipzig, que se republicarían como libro en 1900 bajo el título de «Reforma o Revolución». La introducción es en sí misma un potente y directo esfuerzo de clarificación. El énfasis recae sobre la debilidad por la que sangra la herida oportunista, la separación entre «teóricos», dirigentes y base. Luxemburgo denuncia el desprecio por las bases que late bajo la aseveración de la dirección oportunista según la cual «la teoría es cosa de académicos» que no interesa realmente a los obreros.

No hay insulto más grosero o calumnia más infame contra la clase obrera que la afirmación de que las controversias teóricas son sólo una cuestión para «académicos». Ya Lassalle dijo que únicamente cuando la ciencia y los trabajadores, esos polos opuestos de la sociedad, lleguen a ser uno, destruirán entre sus potentes brazos todos los obstáculos a la cultura. Toda la fuerza del movimiento obrero moderno descansa sobre el conocimiento teórico.

Este conocimiento teórico es doblemente importante para los obreros en el caso que nos ocupa porque precisamente se trata de ellos mismos y de su influencia en el movimiento; es su cabeza a la que se pone precio en esta ocasión. La corriente oportunista en el partido, formulada teóricamente por Bernstein, no es otra cosa que un intento inconsciente de garantizar la preponderancia de los elementos pequeñoburgueses que se han unido al partido, esto es, amoldar la política y los objetivos del partido al espíritu pequeñoburgués. La cuestión de reforma o revolución, del movimiento o el objetivo último, es básicamente la cuestión del carácter pequeñoburgués o proletario del movimiento obrero.

Por este motivo, es de interés para la base proletaria del partido ocuparse, con la mayor dedicación y profundidad, de la controversia teórica actual con el oportunismo. Mientras el conocimiento teórico siga siendo el privilegio de un puñado de «académicos», el partido correrá el riesgo de extraviarse. Únicamente cuando las amplias masas trabajadoras empuñen el arma afilada y eficaz del socialismo científico habrán naufragado todas las inclinaciones pequeñoburguesas, todas las corrientes oportunistas. Entonces será cuando el movimiento se asiente sobre bases firmes. «La cantidad lo conseguirá»

Rosa Luxemburgo. Introducción a «Reforma o Revolución», 1899

Delegados en el segundo Congreso de la Internacional en Stuttgart (1907)
La «revisión» bernsteiniana del marxismo, la adecuación a «nuevos tiempos» es de especial interés porque esos tiempos nuevos, tal cual los describe, no son otra cosa que el imperialismo y el desarrollo de los monopolios que lleva asociado. Solo que Bernstein, con una economía alemana todavía montada el la ola de crecimiento abierta por la guerra franco-prusiana y por una expansión imperialista que parece sin fin, es incapaz de ver que acabará en crisis hecatómbica y la primera de una serie de guerras mundiales. De hecho, muy al contrario, Bernstein es el primero en enunciar la famosa tesis del «fin de las crisis».

Según Bernstein, el desarrollo del capitalismo hace cada vez más improbable su hundimiento general, debido a que, por un lado, el sistema capitalista muestra cada vez mayor capacidad de adaptación y, por otro lado, la producción se diversifica cada día más. La capacidad de adaptación del capitalismo se manifiesta, según Bernstein, en:

  1. la desaparición de las crisis generales, gracias al desarrollo del sistema crediticio, las alianzas empresariales y el avance de los medios de transporte y comunicación;
  2. la resistencia demostrada por las clases medias, a consecuencia de la creciente diferenciación de las ramas de la producción y del ascenso de amplias capas del proletariado a las clases medias;
  3. y finalmente, la mejora de la situación económica y política del proletariado, como resultado de la lucha sindical.

La conclusión de todo esto es que la socialdemocracia ya no debe orientar su actividad cotidiana a la conquista del poder político, sino a la mejora de las condiciones de la clase obrera dentro del orden existente. La implantación del socialismo no sería consecuencia de una crisis social y política, sino de la paulatina ampliación de los controles sociales y de la gradual aplicación de los principios cooperativistas.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Rosa Luxemburgo muestra como, aunque todas estas aseveraciones fueran ciertas, son incompatibles con cualquier concepción del socialismo que no sea meramente idealista.

Como único fundamento del socialismo nos queda la conciencia de clase del proletariado. Pero, en este caso, ya no es el simple reflejo intelectual de las cada vez más agudas contradicciones del capitalismo y su próximo hundimiento —que será evitado por los medios de adaptación—, sino un mero ideal cuyo poder de convicción reside en la perfección que se le atribuye.

En pocas palabras, lo que aquí tenemos es una justificación del programa socialista a través de la «razón pura», es decir, una explicación idealista del socialismo, que elimina la necesidad objetiva del mismo como resultado del desarrollo material de la sociedad.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Pasa después a demoler la base material de las aseveraciones de Bernstein sobre la «adaptabilidad» del capitalismo. Según Bernstein, los medios más importantes que posibilitan la adaptación de la economía capitalista son «el crédito» -lo que hoy llamaríamos economía financiera-, los medios de transporte y comunicación -¿recuerdan cómo en los 90 se hablaba de cómo Internet y la globalización del transporte aéreo a bajo coste iban a abrir una época de prosperidad sin fin?- y los cárteles empresariales, a los que hoy la prensa y los economistas suelen llamar «empresas sistémicas».

Empecemos con la economía financiera:

Caricatura estadounidense sobre la crisis de 1907 y la contracción del crédito.
El crédito cumple diversas funciones en la economía capitalista, siendo las más importantes la expansión de la producción y la facilitación del intercambio. Cuando la tendencia inherente a la producción capitalista a expandirse ilimitadamente choca con los límites de la propiedad privada o con las restringidas dimensiones del capital privado, el crédito aparece como el medio de superar, de modo capitalista, esos obstáculos. El crédito fusiona en uno solo muchos capitales privados (sociedades por acciones) y permite que cualquier capitalista disponga del capital de otros (crédito industrial). Como crédito comercial, acelera el intercambio de mercancías, es decir, el retorno del capital a la producción, ayudando así a todo el ciclo del proceso productivo. Es fácil comprender la influencia que estas dos funciones principales del crédito tienen sobre la formación de las crisis. Si bien es verdad que las crisis surgen de la contradicción entre la capacidad de expansión —la tendencia al aumento de la producción— y la limitada capacidad de consumo, el crédito es precisamente, a la vista de lo dicho más arriba, el medio de conseguir que esa contradicción estalle con la mayor frecuencia posible. Para empezar, incrementa desproporcionadamente la capacidad de expansión, convirtiéndose así en el motor interno que constantemente empuja a la producción a rebasar los límites del mercado. Pero el crédito es un arma de dos filos: primero, como factor del proceso productivo, origina la sobreproducción, y después, como factor del intercambio de mercancías, destruye durante las crisis las fuerzas productivas que él mismo creó. A las primeras señales de estancamiento, el crédito se contrae y abandona el intercambio precisamente cuando a éste más indispensable le sería; y allí donde todavía subsiste, resulta inútil e ineficaz. Y reduce al mínimo la capacidad de consumo del mercado.

Además de estos dos resultados principales, el crédito también influye de otras maneras en la formación de las crisis: constituye el medio técnico para hacer accesible a un capitalista los capitales ajenos y es un acicate para el empleo audaz y sin escrúpulos de la propiedad ajena, es decir, para la especulación. Como medio alevoso de intercambio mercantil, el crédito no sólo agrava las crisis, también facilita su aparición y expansión, al transformar todo el intercambio en un mecanismo extremadamente complejo y artificial que es fácilmente perturbado a la menor ocasión, dada la escasa cantidad de dinero en metálico sobre la que se sustenta.

Por tanto, lejos de ser un instrumento de eliminación o atenuación de las crisis, es un factor especialmente poderoso para la formación de las mismas. Y no puede ser de otro modo si pensamos que la función del crédito, en términos generales, es eliminar las rigideces de las relaciones capitalistas e imponer por doquier la mayor elasticidad posible, a fin de hacer a todas las fuerzas capitalistas lo más flexibles, relativas y mutuamente sensibles que se pueda. Con esto, el crédito facilita y agrava las crisis, que no son otra cosa que el choque periódico de las fuerzas contradictorias de la economía capitalista.

Esto nos lleva a otra cuestión: ¿Cómo es posible que el crédito aparezca, en general, como un «medio de adaptación» del capitalismo? Al margen de cómo se conciba, dicha «adaptación» únicamente puede consistir en la capacidad para eliminar cualquiera de las relaciones contrapuestas de la economía capitalista, es decir, para eliminar o debilitar alguna de sus contradicciones, proporcionando así campo libre, en un momento u otro, a las otrora fuerzas reprimidas. De hecho, es el crédito precisamente el que agudiza al máximo las contradicciones de la economía capitalista actual. Agudiza la contradicción entre el modo de producción y el modo de distribución, dado que intensifica al máximo la producción, pero paraliza el intercambio al menor pretexto. Agudiza la contradicción entre el modo de producción y el modo de apropiación, dado que separa la producción de la propiedad, es decir, convierte el capital que interviene en la producción en capital «social», pero al mismo tiempo transforma una parte del beneficio en un simple título de propiedad, bajo la forma de interés del capital. Agudiza la contradicción entre las relaciones de propiedad y las relaciones de producción, dado que expropia a muchos pequeños capitalistas y concentra en muy pocas manos una cantidad enorme de fuerzas productivas. Y finalmente, agudiza la contradicción entre el carácter social de la producción y la propiedad privada capitalista, en la medida en que hace necesaria la intervención del Estado en la producción.

En una palabra, el crédito reproduce las contradicciones fundamentales del capitalismo, las lleva al paroxismo y acelera su desarrollo, empujando así al mundo capitalista a su propia destrucción.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Sigamos con el segundo elemento: los cárteles y monopolios, las famosas «empresas sistémicas» de las crónicas de la crisis actual, que según Bernstein conseguirán contener la anarquía y evitar las crisis mediante la regulación de la producción. Aquí entramos de lleno en la esencia del imperialismo, como vimos con Lenin, pero lo hacemos en su relación con los mercados exteriores, según la teoría clásica de la acumulación que Luxemburgo desarrolló a partir de Marx, es decir desde la comprensión del capitalismo como un sistema único y global:

Caricatura de 1881 que representa a los monopolios como un peligro para la República norteamericana.
El objetivo económico real y el resultado de las alianzas empresariales es eliminar la competencia dentro de una determinada rama de la producción, puesto que dicha eliminación influye en la distribución de los beneficios obtenidos en el mercado, haciendo que aumente la porción correspondiente a esa rama. La alianza sólo puede elevar los porcentajes de beneficios dentro de una rama industrial a costa de las otras, por lo cual ese aumento no puede ser general. La extensión de las alianzas a todas las ramas importantes de la producción hace desaparecer su influencia.

Además, dentro de los límites de su aplicación práctica, las alianzas empresariales tienen un efecto contrario al de la eliminación de la anarquía industrial. En el mercado interior, suelen obtener un incremento de su tasa de beneficio, al hacer producir para el extranjero, con una tasa de beneficio mucho más baja, las cantidades suplementarias de capital que no pueden emplear para las necesidades internas, o sea, vendiendo las mercancías en el extranjero mucho más baratas que en el mercado doméstico. El resultado es la agudización de la competencia en el extranjero, el aumento de la anarquía en el mercado mundial, es decir, precisamente lo contrario de lo que se pretendía conseguir.

Al intensificar la lucha entre productores y consumidores, como podemos observar especialmente en Estados Unidos, los cárteles agudizan la contradicción entre el modo de producción y el modo de distribución. Agudizan asimismo la contradicción entre el modo de producción y el modo de apropiación, por cuanto enfrentan de la forma más brutal al proletariado con la omnipotencia del capital organizado y, de esta manera, agudizan la contradicción entre capital y trabajo. Agudizan, por último, la contradicción entre el carácter internacional de la economía mundial capitalista y el carácter nacional del Estado capitalista, dado que siempre van acompañados por una guerra arancelaria general, lo que agrava las diferencias entre los diversos países capitalistas. A todo esto hay que añadir el efecto directo y altamente revolucionario de los cárteles sobre la concentración de la producción, el progreso técnico, etc.

Por tanto, desde el punto de vista de sus efectos finales sobre la economía capitalista, los cárteles y los trusts no sirven como «medios de adaptación». Al contrario, aumentan la anarquía de la producción, estimulan contradicciones y aceleran la llegada de un declive general del capitalismo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Rosa topa entonces con una pregunta obvia: ¿Y entonces por qué no ha habido crisis? Su respuesta es importantísima para entender el mundo que la fase imperialista del capitalismo está construyendo entonces y se hará realidad a partir de 1914: el del fin del significado progresista del capitalismo, el mundo en el que la revolución socialista es, sencillamente, necesaria en términos históricos.

Tras 1898 la prensa norteamericana interpretaba la conquista de Filipinas a España como «solo un puente» para poder vender excedentes en China. En la caricatura el tío Sam, con un pie en el archipiélago se acerca, cargado de excedentes y con un libro (con el lema «Educación| Religion») en la mano, a una China con los brazos abiertos y el territorio plagado de carteles que demandan todo tipo de productos.
Ahora bien, si el crédito, los cárteles y demás no consiguen eliminar la anarquía de la economía capitalista, ¿por qué durante dos decenios, desde 1873, no hemos tenido ninguna gran crisis comercial? ¿No es ésta una señal de que, en contra del análisis de Marx, el modo de producción capitalista ha logrado «adaptarse», al menos en sus líneas generales, a las necesidades de la sociedad? En nuestra opinión, la actual bonanza en el mercado mundial tiene otra explicación. En general se cree que las grandes crisis comerciales globales ocurridas hasta ahora son las crisis seniles del capitalismo esquematizadas por Marx en su análisis. La periodicidad más o menos decenal del ciclo de producción parecía ser la mejor confirmación de este esquema. Esta concepción, sin embargo, descansa sobre lo que, a nuestro juicio, es un malentendido. Si se hace un análisis más exhaustivo de las causas que han provocado las grandes crisis internacionales acontecidas hasta el momento, se podrá advertir que, en conjunto, no son la expresión del envejecimiento de la economía capitalista, sino todo lo contrario, son el producto de su crecimiento infantil.(…)

Si analizamos la situación actual de la economía, tendremos que reconocer que todavía no hemos llegado a la etapa de la madurez completa del capitalismo que se presupone en el esquema marxista de la periodicidad de las crisis. El mercado mundial aún se está creando: Alemania y Austria sólo entraron en la fase de la auténtica gran producción industrial a partir de 1870, Rusia ha ingresado a partir de 1880, Francia continúa siendo en gran parte un país de producción artesanal, los países balcánicos aún no han roto en gran medida las cadenas de la economía natural y América, Australia y África tan sólo a partir de 1880 han entrado en un régimen de intercambio comercial vivo y regular con Europa. Si bien es cierto, por un lado, que ya hemos superado las crisis, por así decirlo, juveniles producidas hasta 1870 a consecuencia del desarrollo brusco y repentino de nuevas ramas de la economía capitalista, también lo es que, por otro lado, aún no hemos alcanzado el grado de formación y agotamiento del mercado mundial que puede producir un choque fatal y periódico de las fuerzas productivas contra los límites del mercado, es decir, que puede producir las verdaderas crisis seniles del capitalismo. Nos encontramos en una fase en que las crisis ya no son el producto del ascenso del capitalismo, pero todavía tampoco son el producto de su decadencia. Este período de transición se caracteriza por el ritmo débil y lento de la vida económica desde hace casi veinte años, en el que cortos períodos de crecimiento se alternan con largos períodos de depresión.

Pero de los mismos fenómenos que han ocasionado la ausencia temporal de crisis se deriva que nos acercamos inevitablemente al comienzo del final, al período de las crisis últimas del capitalismo. Una vez que el mercado mundial haya alcanzado, en líneas generales, un alto grado de desarrollo y que ya no pueda crecer por medio de ningún aumento brusco, al tiempo que crece sin parar la productividad del trabajo, se inicia un conflicto más o menos largo entre las fuerzas productivas y las barreras del intercambio, que, al repetirse, será cada vez más violento y tormentoso. Y si algo resulta especialmente adecuado para acercarnos a ese período, para establecer con rapidez el mercado mundial y agotarlo también con igual rapidez, ello es precisamente esos mismos fenómenos, el crédito y los cárteles, sobre los que Bernstein construye su teoría de los «medios de adaptación» del capitalismo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Es decir, en 1899 Rosa Luxemburgo ve ya claramente que lejos del pacífico desarrollo de los indicadores económicos, se está acercando el momento de cambio de un sistema económico progresivo a un sistema decadente, en contradicción permanente con el desarrollo de las fuerzas productivas, en el que las condiciones objetivas de la revolución estarán permanentemente al orden del día.

Y finalmente Rosa Luxemburgo remata la crítica económica de los supuestos del revisionismo desmontando la idea de que esté triunfando un proceso de reducción de las escala y desarrollo basado en PYMES. No hay «democratización del emprendimiento», no hay expansión de las capas medias y bajas de la burguesía a través de la innovación en el medio plazo. Usando de nuevo el libro III de El Capital muestra el verdadero carácter, temporal y subalterno del «emprendimiento»; siempre supeditado a una mayor centralización y concentración del capital.

Caricatura de «Puck» denunciando cómo el capital financiero dictó las regulaciones estatales americanas de los 10 para eliminar la competencia independiente.
Todavía hay un fenómeno que, según Bernstein, contradice la evolución del capitalismo como se ha expuesto: la «resuelta infantería» de las medianas empresas. En ellas ve Bernstein un signo de que el desarrollo de la gran industria no actúa de un modo tan revolucionario y no concentra tanto la industria como se derivaría de la teoría del hundimiento. Bernstein es aquí, de nuevo, víctima de su propia falta de comprensión. Porque es entender muy erróneamente el proceso de desarrollo de la gran industria esperar del mismo que vaya a hacer desaparecer la mediana empresa.

De acuerdo con Marx, la misión de los pequeños capitales en la marcha general del desarrollo capitalista es ser los pioneros del avance técnico, y ello en dos sentidos: introduciendo nuevos métodos de producción en ramas ya arraigadas de la producción y creando ramas nuevas todavía no explotadas por los grandes capitales. Es completamente falso creer que la historia de la mediana empresa capitalista es una línea recta hacia su gradual desaparición. Por el contrario, el curso real de su desarrollo es puramente dialéctico y se mueve constantemente entre contradicciones. Las capas medias capitalistas, al igual que la clase obrera, se encuentran bajo la influencia de dos tendencias opuestas, una que tiende a elevarla y otra que tiende a hundirla. La tendencia descendente es el continuo aumento en la escala de la producción, que periódicamente supera las dimensiones de los capitales medios, expulsándolos repetidamente de la arena de la competencia mundial. La tendencia ascendente es la desvalorización periódica de los capitales existentes, que durante cierto tiempo rebaja la escala de la producción, en proporción al valor de la cantidad mínima de capital necesaria, y además paraliza temporalmente la penetración de la producción capitalista en nuevas esferas. No hay que imaginarse la lucha entre la mediana empresa y el gran capital como una batalla periódica en la que la parte más débil ve mermar directamente el número de sus tropas cada vez más, sino, más bien, como una siega periódica de pequeñas empresas, que vuelven a surgir con rapidez solamente para ser segadas de nuevo por la guadaña de la gran industria. Ambas tendencias juegan a la pelota con las capas medias capitalistas, pero al final acaba por triunfar la tendencia descendente, a diferencia de lo que ocurre con el proletariado.

Sin embargo, este triunfo no se manifiesta necesariamente en una disminución del número absoluto de medianas empresas, sino en el progresivo aumento del capital mínimo necesario para la subsistencia de las empresas en las ramas viejas de la producción y en la constante reducción del lapso de tiempo durante el que los pequeños capitalistas se benefician de la explotación de las ramas nuevas. De todo esto se deriva, para el pequeño capitalista individual, un cada vez más corto plazo de permanencia en las nuevas industrias y un cada vez más rápido ritmo de cambio en los métodos de producción y en la naturaleza de las inversiones; y para las capas medias en su conjunto, un proceso cada vez más rápido de cambio en la posición social.

Esto último lo sabe muy bien Bernstein y procede a comentarlo. Pero lo que parece olvidar es que en eso consiste la ley misma del movimiento de la mediana empresa capitalista. Si se admite que los pequeños capitales son los pioneros del progreso técnico y si es verdad que éste es el pulso vital de la economía capitalista, entonces resulta que los pequeños capitales son parte integral del desarrollo capitalista y que únicamente podrán desaparecer cuando dicho desarrollo desaparezca. La desaparición gradual de la mediana empresa —en el sentido absoluto de la estadística matemática, que es de lo que habla Bernstein— no significaría el avance revolucionario del desarrollo capitalista, como Bernstein cree, sino su ralentización y estancamiento:

La tasa de beneficio, es decir, el crecimiento relativo de capital, es importante ante todo para los nuevos inversores de capital, que se agrupan por su cuenta. En cuanto la formación de capital recayera exclusivamente en manos de algunos grandes capitales (…) el fuego vivificador de la producción acabaría apagándose, se consumiría [Carlos Marx. El Capital, Libro III]

Refutados los supuestos uno a uno, Rosa Luxemburgo pasa a desmontar las ilusiones sobre «el papel creciente de los sindicatos en la producción» y la idea de una paulatina evolución hacia el socialismo de la mano del control sindical. Estamos hablando de lo que hoy se llama todavía «capitalismo bávaro» en el que los sindicatos forman parte de los consejos de administración de las empresas.

Propaganda por la jornada de ocho horas de los sindicatos alemanes en 1895.
Su función más importante (…) consiste en proporcionar a los trabajadores un instrumento para realizar la ley capitalista del salario, es decir, la venta de su fuerza de trabajo a precio de mercado. Los sindicatos permiten al proletariado aprovecharse en cada momento de la coyuntura del mercado. Pero los factores de la coyuntura misma —la demanda de fuerza de trabajo (determinada por el desarrollo de la producción), la oferta de fuerza de trabajo (originada por la proletarización de las capas medias y la reproducción natural de la clase obrera) y, finalmente, el momentáneo nivel de productividad del trabajo— quedan fuera de la esfera de influencia del sindicato. Los sindicatos, por tanto, no pueden abolir la ley capitalista del salario. En las circunstancias más favorables pueden reducir la explotación capitalista hasta los límites «normales» de un momento dado, pero no pueden eliminarla, ni siquiera gradualmente.(…)

Por «regulación de la producción» sólo cabe entender dos cosas: la intervención en el aspecto técnico del proceso productivo o la determinación del volumen mismo de la producción. ¿De qué tipo puede ser la influencia de los sindicatos en estos dos casos? Es claro que, por lo que respecta a la técnica de la producción, el interés de los capitalistas coincide, en cierta medida, con el progreso y el desarrollo de la economía capitalista. Su propio interés lleva al capitalista a mejorar sus técnicas. Pero el trabajador individual afectado se encuentra en una posición opuesta. Cada transformación técnica entra en conflicto con sus intereses, ya que empeora su situación inmediata porque deprecia el valor de su fuerza de trabajo y hace el propio trabajo más intensivo, más monótono y más penoso. Si el sindicato puede intervenir en el aspecto técnico de la producción, evidentemente tiene que hacerlo en defensa de los grupos de trabajadores afectados directamente, es decir, oponiéndose a las innovaciones. En este caso, pues, el sindicato no actúa en interés de la totalidad de la clase obrera y de su emancipación —que coincide, más bien, con el progreso técnico, esto es, con el interés del capitalista aislado—, sino que actúa en un sentido reaccionario. (…)

¿A qué equivale la participación activa del sindicato en la determinación del volumen y los precios de la producción? A la formación de un cártel de trabajadores y empresarios contra los consumidores y contra los empresarios de la competencia, utilizando además medidas coercitivas que nada tienen que envidiar a las de los cárteles empresariales. Esto ya no es una lucha entre el capital y el trabajo, sino una alianza solidaria de ambos contra los consumidores. En cuanto a su valor social, es una aspiración reaccionaria que no puede ser una etapa de la lucha del proletariado por su emancipación porque representa justamente lo contrario a la lucha de clases. En cuanto a su valor práctico, es una utopía que nunca podrá extenderse a las grandes ramas industriales que produzcan para el mercado mundial, como se puede apreciar con una pequeña reflexión.

Por tanto, el campo de actuación de los sindicatos se limita esencialmente a la lucha por el aumento de salarios y la reducción de la jornada laboral, es decir, a regular la explotación capitalista según las condiciones del mercado. (…)

Y tampoco dentro de los límites reales de su influencia camina el movimiento sindical hacia su expansión ilimitada, como supone la teoría de la adaptación del capital. Todo lo contrario: si examinamos los principales factores del desarrollo social, se percibe que en términos generales no nos aproximamos a una época de expansión victoriosa, sino más bien de dificultades crecientes para el movimiento sindical. Una vez la industria haya alcanzado el punto álgido de su desarrollo y el capitalismo comience su fase de declive en el mercado mundial, la lucha sindical se hará doblemente difícil. En primer lugar, la coyuntura objetiva del mercado será menos favorable para la fuerza de trabajo en la medida en que la demanda de la misma aumente a un ritmo menor que su oferta. En segundo lugar, a fin de compensar las pérdidas sufridas en el mercado mundial, los capitalistas harán un esfuerzo incluso mayor que en el presente para reducir la parte del producto que va a los trabajadores. La reducción de los salarios es uno de los medios más importantes para contener la caída de la tasa de beneficio.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Y si los sindicatos no tienen nada que hacer en la gestión de la empresa, el «control social» de las regulaciones del capitalismo tampoco tiene nada de socialista y desde luego no tienden a hacer del burgués un administrador al servicio de toda la sociedad. Al revés, son los administradores de las grandes sociedades los que, bajo las condiciones de concentración del imperialismo, se convierten de facto en propietarios, en parte indiscutible de la gran burguesía de la que formalmente son meros asalariados.

Mapa de red de los consejeros que están en más de dos empresas del Ibex.
El esquema histórico de la evolución del capitalista expuesto por Konrad Schmidt —de propietario a mero administrador— es desmentido por el desarrollo histórico real, que, por el contrario, tiende a convertir al propietario y administrador en mero propietario. A Konrad Schmidt le sucede lo que a Goethe: «Se le antoja lejano lo que posee / y cercano lo que desaparece».

(…) También desde este punto de vista el «control social» tiene un aspecto distinto al que Konrad Schmidt le atribuye. Lo que hoy hace las veces de «control social» —la legislación laboral, la vigilancia de las sociedades anónimas, etc.— no tiene absolutamente nada que ver con ninguna participación en el derecho de propiedad, con su «superpropiedad».

Este «control social» no limita la propiedad capitalista, sino que la protege. O dicho en términos económicos: no es una amenaza a la explotación capitalista, sino simplemente una regulación de la misma. Y cuando Bernstein se pregunta cuánto socialismo contiene una ley laboral, podemos asegurarle que la mejor ley laboral contiene el mismo «socialismo» que las ordenanzas municipales acerca de la limpieza de las calles o el encendido de las farolas, que indudablemente también son «control social».

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Esta aparente alineación entre ordenación del capitalismo e interés social que confunde a los oportunistas, está condenada además a romperse conforme el desarrollo imperialista nos acerca a la entrada en la decadencia capitalista. Rosa Luxemburgo da dos ejemplos claros: las protecciones arancelarias y el militarismo.

Cromo infantil alegórico de 1900 sobre la «guerra de los boxers», intervención militar de las potencias europeas en China.
Pero, por otro lado, el mismo desarrollo capitalista ocasiona otro cambio en la esencia del Estado. El Estado actual es, ante todo, una organización de la clase capitalista dominante, y si ejerce diversas funciones de interés general en beneficio del desarrollo social es únicamente en la medida en que dicho desarrollo coincide en general con los intereses de la clase dominante. La legislación laboral, por ejemplo, se promulga tanto en beneficio inmediato de la clase capitalista como de la sociedad en general. Pero esta armonía solamente dura hasta un cierto momento del desarrollo capitalista. Cuando éste alcanza cierto punto, los intereses de la burguesía como clase y las necesidades del progreso económico comienzan a separarse, incluso en sentido capitalista. En nuestra opinión, ya hemos entrado en esta fase, como manifiestan dos importantísimos fenómenos de la vida social contemporánea: las barreras arancelarias y el militarismo. Ambos fenómenos han cumplido una función imprescindible —y, por lo tanto, progresista y revolucionaria— en la historia del capitalismo.(…)

Los aranceles ya no sirven como medio de defensa de una producción capitalista incipiente frente a otra más madura, sino como medio de lucha de un grupo capitalista nacional contra otro. Además, los aranceles ya no son necesarios como protección de la industria a fin de crear y conquistar un mercado interior, pero en cambio son imprescindibles para la «cartelización» de la industria, es decir, para la lucha de los productores capitalistas contra los consumidores. (…)

El militarismo ha sufrido un cambio similar. Si consideramos la historia tal como fue, no como pudo ser o debería haber sido, tenemos que aceptar que la guerra constituyó un rasgo indispensable del desarrollo capitalista. Estados Unidos, Alemania, Italia, los países balcánicos, Rusia, Polonia, todos le deben a la guerra la creación de las condiciones o el impulso del desarrollo capitalista, al margen de que el resultado bélico concreto fuera la victoria o la derrota. Mientras existieron países cuya división interna o aislamiento económico era necesario suprimir, el militarismo cumplió, desde un punto de vista capitalista, un cometido revolucionario. Hoy también en esto las cosas son diferentes. El militarismo ya no puede incorporar ningún nuevo país al capitalismo. (…)

Los combatientes que hoy se enfrentan, con las armas en la mano, tanto en Europa como en otras partes del mundo ya no son, por un lado, países capitalistas y, por otro, países con economía natural, sino países empujados al conflicto precisamente por la equivalencia de su elevado desarrollo capitalista. En estas circunstancias, el estallido de un conflicto tiene un resultado fatal para el desarrollo mismo, dado que provoca una profunda conmoción y transformación de la vida económica en todos los países. Pero desde la perspectiva de la clase capitalista, las cosas se ven de otro modo. Para ella, el militarismo se ha hecho hoy imprescindible, por tres razones:

  1. como medio de lucha para defender los intereses «nacionales» frente a la competencia de otros grupos nacionales;
  2. como importante destino de la inversión tanto del capital financiero como del capital industrial; y
  3. como instrumento de dominación de clase en el interior del país sobre la clase obrera.

(…)En esta dualidad entre el desarrollo social y los intereses de la clase dominante, el Estado toma partido por estos últimos. Al igual que la burguesía, el Estado aplica una política contraria al desarrollo social, y con ello pierde cada vez más su carácter de representante del conjunto de la sociedad y se va convirtiendo progresivamente en un puro Estado de clase; o, dicho más correctamente, estas dos características se van distanciando entre sí hasta llegar a ser contradictorias dentro de la propia esencia del Estado, contradicción que se hace cada día más aguda. Por un lado, crecen las funciones de carácter general del Estado, su injerencia en la vida social, así como el «control» sobre ésta. Pero, por otro lado, su carácter de clase le obliga a concentrar más y más su actividad y sus medios coercitivos en aspectos que son de utilidad para la burguesía, como el militarismo y las políticas aduanera y colonial, pero que para la sociedad son negativos. Es más, el «control social» que el Estado ejerce va impregnándose y siendo dominado por su carácter de clase (piénsese en cómo se aplica en todos los países la legislación laboral).

La extensión de la democracia, que es vista por Bernstein como un medio de implantación gradual del socialismo, no se contradice con el cambio señalado en la naturaleza del Estado, sino que concuerda perfectamente con él.

Según Konrad Schmidt, la consecución de una mayoría parlamentaria socialdemócrata en el Reichstag conduce directamente a la «socialización gradual de la sociedad. No hay duda de que las formas democráticas de la vida política son un fenómeno que expresa claramente el proceso de conversión del Estado en sociedad y, en esta medida, son una etapa en la transformación socialista. Pero precisamente la dualidad señalada en la naturaleza del Estado capitalista se manifiesta, del modo más crudo, en el moderno parlamentarismo. Es cierto que, formalmente, el parlamentarismo sirve para expresar los intereses de toda la sociedad dentro de la organización del Estado. Sin embargo, realmente, sólo expresa los de la sociedad capitalista, es decir, una sociedad en la que predominan los intereses capitalistas. Las instituciones, aunque democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante. Esto se demuestra del modo más palpable en el hecho de que, en cuanto la democracia muestra una tendencia a negar su carácter de clase y a convertirse en un instrumento de los intereses reales de las masas populares, la burguesía y sus representantes en el aparato del Estado sacrifican las formas democráticas. (…)

La teoría de la implantación gradual del socialismo descansa sobre la idea de una reforma paulatina de la propiedad y del Estado capitalistas en un sentido socialista. Sin embargo, debido a los procesos objetivos de la sociedad contemporánea, ambos, propiedad y Estado, se desarrollan precisamente en direcciones opuestas. El carácter social de la producción es cada vez mayor y la intervención y control del Estado en la misma, también. Pero, al mismo tiempo, la propiedad privada va adquiriendo cada vez más la forma de una cruda explotación capitalista del trabajo ajeno y el Estado ejerce cada vez más su control guiado exclusivamente por los intereses de la clase dominante. Así pues, el Estado (la organización política del capitalismo) y las relaciones de propiedad (su organización jurídica) se convierten, a medida que el capitalismo se desarrolla, cada vez más en capitalistas, y no en socialistas, con lo que crean dos obstáculos insalvables para la teoría de la implantación gradual del socialismo.

La idea de Fourier de convertir en limonada todo el agua de los mares por medio del sistema de falansterios fue fantasiosa. La idea de Bernstein de vaciar botellas de limonada socialreformista en el mar de amarguras capitalistas, para así convertirlo en un mar de dulzuras socialistas, es más insípida que la anterior pero no menos fantasiosa. Las relaciones de producción capitalistas se aproximan cada vez más a las socialistas. Pero sus relaciones políticas y jurídicas, en cambio, levantan un muro infranqueable entre la sociedad capitalista y la socialista. Ni las reformas sociales ni la democracia debilitan dicho muro, sino que lo hacen más recio y más alto. Sólo el martillazo de la revolución, es decir, la conquista del poder político por el proletariado, podrá derribarlo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

El remate del trabajo es, como no podía ser de otra manera, la articulación dialéctica, contradictoria, de reforma y revolución desde el punto de vista de clase. Las reformas y las luchas salariales son necesarias en tanto que herramientas para la constitución en clase. Por eso el movimiento socialdemócrata, nombre que en la época tiene el movimiento de los trabajadores conscientes para alimentar y acelerar la constitución en clase, es siempre un proceso incompleto cuya esencia misma es apoyarse en las contradicciones del capitalismo -en vez de intentar amortigüarlas- para señalar en cada una de ellas la necesidad del comunismo, un horizonte que pasa por la toma revolucionaria del poder político.

Prometeo muestra a los trabajadores el objetivo de la jornada de ocho horas semanales.
El socialismo no surge automáticamente y bajo cualquier circunstancia de la lucha cotidiana de la clase obrera, sino que sólo puede ser consecuencia de las cada vez más agudas contradicciones de la economía capitalista y del convencimiento, por parte de la clase obrera, de la necesidad de superar tales contradicciones a través de una revolución social. Si se niega lo primero y se rechaza lo segundo, como hace el revisionismo, el movimiento obrero se ve reducido a mero sindicalismo y reformismo, lo que, por su propia dinámica, acaba en última instancia llevando al abandono del punto de vista de clase. (…)

La reforma legal y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el Polo Norte y el Polo Sur o la burguesía y el proletariado. (…)

La doctrina marxista no solamente puede rebatir teóricamente el oportunismo, sino que es la única capaz de explicarlo como una manifestación histórica en el proceso de construcción del partido. El avance histórico a escala mundial del proletariado hasta su victoria no es, desde luego, «un asunto sencillo». La particularidad de este movimiento reside en que, por primera vez en la historia, las masas populares imponen su voluntad contra las clases dominantes, aunque es verdad que tienen que realizar esa voluntad más allá de la presente sociedad. Pero las masas sólo pueden forjar esa voluntad en la lucha continua contra el orden establecido, dentro por tanto del contexto de éste. La unión de las amplias masas populares con una meta que trasciende todo el orden social existente, la unión de la lucha cotidiana con la gran transformación mundial es la principal tarea del movimiento socialdemócrata, que se ve obligado a avanzar entre dos peligros: entre la renuncia al carácter de masas del partido y la renuncia al objetivo último, entre la regresión a la secta y la degeneración en un movimiento burgués reformista, entre el anarquismo y el oportunismo.

A causa de la enorme difusión del movimiento en los últimos años y de la mayor complejidad de las condiciones en que se lleva a cabo la lucha, tenía que llegar el momento en que dentro del movimiento surgieran el escepticismo acerca de la posibilidad de alcanzar los grandes objetivos últimos y las vacilaciones ideológicas. (…) El movimiento proletario todavía no es completamente socialdemócrata, ni siquiera en Alemania. Pero lo va siendo día a día, al tiempo que va superando las desviaciones extremas del anarquismo y el oportunismo, que no son más que fases del desarrollo de la socialdemocracia entendida como un proceso. (…)

El movimiento se hace socialdemócrata mientras y en la medida en que supera las desviaciones anarquistas y oportunistas que necesariamente surgen en su crecimiento. Pero superar no quiere decir dejarlo todo tranquilamente a la buena de Dios. Superar la corriente oportunista actual quiere decir precaverse frente a ella. Bernstein remata su libro con el consejo al partido de que se atreva a aparecer como lo que en realidad es: un partido reformista demócrata-socialista. A nuestro juicio, el partido, es decir, su máximo órgano, el congreso, tendría que pagar este consejo con la misma moneda, sugiriendo a Bernstein que aparezca formalmente como lo que en realidad es: un demócrata pequeñoburgués progresista.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Caricatura alemana de 1907 que muestra a Bebel, fundador del partido, amonestando a un arrependido y avejentado Bernstein.
Por desgracia eso fue lo que pasó. Lejos de darse paso a un debate sincero y real, la burocracia del partido cerró filas contra Bernstein como forma de no someter a discusión su propio oportunismo. El congreso del partido de 1889 en Hannover se abrió con un informe de seis horas de Bebel que convirtió los cuatro días de debates en un verdadero juicio, casi linchamiento, a Bernstein que estuvo a punto de ser expulsado. El espectáculo de hipócrita profesión pública de fe del partido se repitió luego en los sindicatos, reafirmándose sin excepción todas las organizaciones socialdemócratas alrededor de la lucha de clases y la perspectiva de la revolución.

La gran derrota teórica y pública del revisionismo de Bernstein fue la gran victoria del oportunismo de los popes del partido y los sindicatos. Como Auer, todos pensaban y reconocían en la intimidad que en realidad el partido ya era como Bernstein proponía. Pero aceptarlo frente a la masa de militantes y votantes les privaba de la poderosa imagen de ser revolucionarios contenidos solo por un ejercicio de responsabilidad histórica. En realidad todos creían la discusión fútil porque prácticamente ninguno compartía ya las predicciones marxistas. Nunca pensaron que se iban a enfrentar a una crisis hecatómbica del capitalismo, a una guerra mundial de exterminio y mucho menos aun a una revolución obrera mundial. Y sin embargo, cuando llegó el momento, cuando la guerra estalló y tuvieron que tomar bando, ninguno de ellos dudó ni por un solo instante de cerrar filas con la burguesía y su estado.

Esa debilidad dramática costó millones de vidas obreras en toda Europa y, en menor medida, en Asia y Africa. La socialdemocracia alemana fue el epicentro del colapso de la II Internacional, tras ella siguieron todos los grandes partidos socialdemócratas. Solo el grupo mayoritario del pequeño partido ruso tomó una posición internacionalista y revolucionaria clara llegado ese momento de necesidad revolucionaria afirmado por Rosa Luxemburgo. Había sido el único partido que había forzado una escisión real con el oportunismo antes de la guerra, en 1903, y para poder hacerlo, su principal teórico, Lenin, había tenido antes que elaborar toda una nueva teoría de la organización política de la militancia comunista.