El socialismo en un solo país

Huelga de masas en Gran Bretaña, 1926
La primera señal de la muerte de la Internacional vino de la experiencia del «Comite anglo-ruso» (1925–27). Se trataba de un órgano para la colaboración entre los sindicatos rusos y los británicos, creado a iniciativa rusa y que implicaba que la Internacional reconocía la jefatura de los burócratas sindicales laboristas sobre el proletariado británico, absteniéndose de intervenir en la lucha de clases en aquel país. El engendro se formalizó en una conferencia anglo-rusa de sindicatos en Londres en abril de 1925 y su objetivo declarado era hacer presión para evitar una nueva guerra contra la Rusia soviética. En la práctica, una huelga de los mineros ingleses, con la oposición de la dirección sindical, que se convirtió en huelga de masas y paralizó todo el país, obligó a los dirigentes de la Internacional a tomar partido entre los intereses de la URSS (mantener el comité y las relaciones indirectas con el gobierno británico) y los de la lucha obrera (denunciar a la dirección sindicalista y unirse a la huelga).

En 1926, un evento importante alterará tanto el análisis de la situación dada por el V Congreso de la Internacional (1924) como la política establecida en Rusia y en otros países. La situación mundial se describía bajo la fórmula de la «estabilización», que obviamente no excluía la posibilidad de una vuelta de la ola revolucionaria. Pero lejos de facilitar la orientación de la Internacional hacia una reanudación de la lucha proletaria, habría de hacerla prisionera de formulaciones tácticas y organismos, que no se modifican ni se rompen de la noche a la mañana.(…)

Cuando en 1924 se hablaba de «estabilización», obviamente no se limitaba a un examen puramente estadístico y técnico de la evolución económica. A partir de la evidencia indiscutible del descenso de la ola revolucionaria como resultado de la derrota de la evolución alemana de 1923, se había hecho necesario aceptar una conclusiones políticas centradas en el objetivo fundamental de mantener la influencia comunista entre las grandes masas. Y dado que en esta situación desfavorable, el contacto con las grandes masas no era posible más que a través del desarrollo de relaciones políticas con las organizaciones socialdemócratas que se beneficiaron del reflujo revolucionario, la fórmula de «estabilización» implicó la táctica del «entrismo» en las direcciones de partidos y sindicatos socialdemócratas.

Cuando, en 1926, estalló la gigantesca huelga de los mineros británicos, la Internacional no podía hacer otra cosa que sacar las consecuencias de las premisas tácticas establecidas. Los líderes sindicales se apresuraron a establecer acuerdos permanentes con los líderes de la Unión Soviética, y el Comité anglo-ruso se vio obligado a ejercer la función que los eventos les imponían.

Mineros de Tidslay en el comienzo de la huelga de masas británica.
La huelga se generalizó, y si todo el análisis económico realizado por el V Congreso se desvaneció, este no fue el caso con las tácticas que habían surgido de él. La Internacional no solo se encontró ante la imposibilidad revelar a las masas el papel contrarrevolucionario de los dirigentes sindicalistas, sino que tuvo que llegar hasta el final y mantener su solidaridad con ellos durante toda esta importante agitación proletaria en una de las áreas fundamentales del capitalismo mundial.

Para comprender mejor las táctica la Internacional sobre esta cuestión, es necesario recordar que, al mismo tiempo, triunfaba en Rusia la tendencia derechista de Bujarin-Rykov. Esta tendencia se había desarrollado en el marco general de una táctica que, después de haber asimilado el destino del Estado ruso en el destino del proletariado mundial, pasaba en un segundo nivel a hacer depender la política de los partidos comunistas de las necesidades de este estado. Por eso Bujarin pudo justificar la táctica seguidas en el Comité Anglo-Ruso por [la preminencia de] los «intereses diplomáticos de la URSS» (Ejecutivo de la Internacional, mayo de 1927).

En cuanto a esta táctica, baste recordar que, después de la conferencia anglo-rusa de París en julio de 1926 y de la de Berlín en agosto de 1926, los delegados rusos, que habían reconocido en el Consejo General «el único representante y portavoz del movimiento sindical en Inglaterra», se comprometieron «no rebajar la autoridad« de los jefes sindicalistas» y a «no dedicaerse a los asuntos internos de los sindicatos británicos» incluso después de la abierta traición a la huelga general por parte de la dirección socialdemócrata. Vale la pena recordar que el capitalismo británico, tan pronto como pudo liquicar la huelga general, recompensará con la gratitud de costumbre a los líderes rusos que habían sido tan pródigos en sus servicios. Y directamente en Londres, indirectamente, en Beijing, el Gobierno Baldwin pasará a la ofensiva contra los representantes diplomáticos soviéticos.

Ottorino Perrone. La táctica de la Comintern (1926-1940), 1947

Stalin y Kalinin en el XV Congreso en el que se aprueba la teoría del «socialismo en un solo país»
El debate en Rusia sobre las consecuencias del comité anglo-soviético aunó a la derecha (Bujarin) con Stalin contra lo que entonces cuajaba como «oposición unificada» (Kamenev-Zinoviev-Trotski). Stalin aparecía con voz propia como líder de la burocracia comparando la crítica de Trotski con su actitud inicial ante Brest-Litovsk en 1918 -no firmar el draconiano tratado de paz y apostar por un alzamiento del proletariado alemán.

Caricaturizando las esperanzas de la oposición en la revolución mundial, Stalin se alineaba con el ansia de paz y tranquilidad de la burocracia del partido, que sentía que gracias a la NEP estaba por fin reconstruyéndose una cotidianidad mínimamente aceptable… para sí. Describiendo a Trotski machaconamente a través de los órganos del partido como un «enemigo del campesinado», Stalin azuzaba los miedos de la pequeña burguesía y de los cuadros del partido a una nueva guerra civil. Los excesos histrionicos de Zinoviev en los años anteriores y el desastre alemán del 23 no ayudaban a dar enganche a la oposición.

Pero el problema ya era mucho más profundo que la comunicación de las ideas a un partido desestructurado. La masa de cuadros medios y superiores del partido formaban ya un cuerpo administrativo del estado. Para ellos la «teoría del socialismo en un solo país», era mucho más que una boutade, mucho más que una forma de expresar su frustración ante una revolución mundial que no llegaba y el paralelo orgullo -cada vez más cargado de tintes chovinistas rusos- por las propias realizaciones en la posguerra.

El «socialismo en un solo país» se estaba convirtiendo en su bandera como clase social, del mismo modo que la triada revolucionaria francesa (Libertad, Igualdad, Fraternidad) se había convertido en la divisa de la vieja burguesía revolucionaria: un lema que reflejaba su propia auto-imagen épica nacida de la guerra civil y que al mismo tiempo daba un manto común a las necesidades contradictorias del resto de clases sociales.

Estaban formando una nueva «burguesía de estado» que hacía suyas las necesidades del capital estatal: aumentar la productividad del trabajo. El «socialismo en un solo país» era su primera forma de «autoconsciencia ideológica».

Trotski y Natalia Sedova en Prinkipo, donde llegaron exiliados tras su expulsión de Rusia.
Por eso Trotski quedará tan descolocado, esperando por un Termidor que nunca, según él, acababa de culminar a pesar de que hiciera ya demasiado que no hubiera soviets reales para frenarlo. Tan muertos estaban que no hubo la más mínima resistencia, ni siquiera formal, cuando Stalin los abolió legalmente en 1937. Trotski había apostado por aumentar la productividad del trabajo como forma de reequilibrar la relación con el campesinado nepista, había «inventado» la planificación, incluso había sido uno de los primeros en llamar «socialista» al sector estatal del que Lenin y él mismo habían caracterizado tantas veces como «capitalismo de estado». Pero en Lenin y en Trotski ese sector estatal tenía, cierto es, una perspectiva socialista: su el objetivo de aumentar la productividad era acercarse a la abundancia, supeditar la economía a las necesidades materiales de los trabajadores, reducir el tiempo de trabajo… En 1923 la burocracia solo podía ver todo eso como utópico y peligroso, un llamamiento a los instintos revolucionarios inmediatos de los trabajadores que socavaba su poder y sus esfuerzos por racionalizar la producción. El «socialismo en un solo país» en 1927 en cambio daba un marco de sacrificios que permitía el desarrollo capitalista: «reinstaurar» la disciplina capitalista en las fábricas, planificar la producción e incluso atreverse a someter de una vez al campesinado mediante la colectivización. El «socialismo en un solo país» no era otra cosa que la consagración del Temidor ruso, la pérdida del «alma» socialista a falta del cuerpo de los soviets y la clase obrera organizada, la afirmación de un nuevo alma que correspondía al cuerpo realmente existente: el de un capitalismo de estado cada vez más totalitario y explotador.

Ottorino Perrone, aka Vercesi, miembro fundador del PCI.
La gran batalla del XV Congreso tuvo lugar en torno a la nueva teoría del «socialismo en un país» y la incompatibilidad entre pertenecer al Partido y a la Internacional y la negativa a aceptar ésta tesis.

En este punto crucial, el Séptimo Ejecutivo Ampliado de la Internacional (noviembre-diciembre de 1926) expresó en estos términos:

El partido parte del punto de vista según el cual nuestra revolución es una revolución socialista, la revolución de octubre no sólo es la señal para un salto hacia adelante, y el punto de partida de la revolución socialista en Occidente, sino:

  1. representa una base para el desarrollo futuro de la revolución mundial;
  2. abre el período de transición del capitalismo al socialismo en la Unión Soviética (la dictadura del proletariado), en la que el proletariado tiene la capacidad de construir con éxito, mediante una política correcta hacia el campesinado, la sociedad socialista completa. Esta edificación será sin embargo solo se logrará si la fuerza del movimiento obrero internacional, por un lado, y la fuerza del proletariado de la Unión Soviética por el otro, son lo suficientemente potentes como para proteger el estado soviético de una intervención militar

Obsérvese cómo la realización de la «sociedad socialista completa» ya no depende, como en la época de Lenin, del triunfo de la revolución en otros países, sino de la capacidad del movimiento obrero internacional para «proteger al estado soviético por una intervención militar». Los acontecimientos han probado que quienes protegerán a la «Rusia Soviética» serán los dos estados imperialistas más poderosos: Gran Bretaña y los Estados Unidos.

Tanto en el VII Ejecutivo ampliado como en las otras numerosas reuniones del Partido Ruso y el Ejecutivo de la Internacional, el proletariado ruso e internacional perdió su batalla. La consagración de esta derrota se produjo en el XV Congreso del Partido Ruso (diciembre de 1927), cuando fue proclamada la incompatibilidad de la pertenencia al Partido y la negación de la «posibilidad de construir el socialismo en un solo país».

Pero esta derrota había de tener consecuencias decisivas tanto en el seno de Rusia como en el movimiento comunista mundial. La guerra de clases no permite rutas intermedias, especialmente en los momentos culminantes, como son los de nuestro tiempo. La proclamación de la teoría del socialismo en un solo país no podía convertirse en realidad sacando a Rusia de un mundo en el que -después de la derrota de la revolución china- el capitalismo pasaba al contraataque. Y por el hecho mismo de romper el enlace requerido entre la lucha de la clase trabajadora de todos los países contra sus capitalismos respectivos y la lucha por el socialismo en el seno de Rusia, negaba el elemento de clase proletario [como un pilar en el que sostenerse]. Así que inevitablemente, tuvo que admitir otro, en la que cada vez se basó Rusia: el capitalismo mundial . Evidentemente, este paso del estado ruso solo era posible bajo dos condiciones:

  1. que los partidos comunistas dejan de representar una amenaza para el capitalismo;
  2. que en el interior de Rusia se reestableciera el objetivo de la economía capitalista, la explotación [creciente] de los trabajadores.

Cartel contra el absentismo y la falta de puntualidad de los obreros.
(…)El plan económico concebido por Lenin y aprobado en el IX Congreso del Partido Comunista de Rusia en abril de 1920 fiaba todo al aumento de la industria de consumo: significaba que la finalidad esencial de la economía soviética era la mejora de las condiciones de vida de masas trabajadoras. Por contra, la teoría de los planes quinquenales apunta al mayor desarrollo de la industria pesada a expensas del consumo. Los planes quinquenales desembocan en la economía de guerra y la guerra era por ello tan inevitable como la orientación correspondiente de la economía en el resto del mundo capitalista.

De manera correspondiente a la modificación sustancial que se producirá en los fines de producción, que sólo serán las de una acumulación constante de capital en la industria pesada, otra modificación se hará en la concepción de la «industria socialista» (socialista según el criterio de que no tenga forma privada sino estatal): el estado patrón se convertirá en el dios al que serán inmolados no solo millones de trabajadores rusos llamados a rivalizar en celo en la cantidad y calidad de la producción con el fin de evitar la acusación y la condena como «trotskistas», sino también los cadáveres de los arquitectos de la revolución rusa.

El principio económico de la creciente explotación de los trabajadores propio del capitalismo, se volverá a imponer en Rusia en paralelo a las leyes generales del desarrollo histórico que conducen a una intervención del Estado cada vez más totalitario. Incluso el derechista Bujarin y su compañero Rikov serán ejecutados. Quien triunfó en Rusia fue quién había de triunfar en todos los países: el totalitarismo estatal; y la consecuencia no podía ser otra en Rusia: la preparación y la gigantesca participación en el segundo conflicto mundial.

Ottorino Perrone. La táctica de la Comintern (1926-1940), 1947

El «socialismo en un solo país» se aprobará a prisa y corriendo para evitar que las noticias de la masacre de la revolución china socavaran a Stalin. Dará paso a la expulsión masiva de la oposición de izquierdas y el asesinato de decenas de miles de opositores de izquierda a lo largo de los años siguientes, los años de la contrarrevolución que precedieron a una nueva guerra mundial. Es justo pues que acabemos este capítulo, con China.