El último combate de Lenin

«Trabajadoras, tomad vuestros rifles!», 1920
La «alianza obrero-campesina» fue fundamental para que el proletariado pudiera tomar el poder en Rusia. La táctica del 17 fue simplemente aceptar tal cual el programa campesino -la reforma agraria y la pequeña propiedad- y compartir la dirección del estado asegurándose que el peso de los soviets campesinos estuviera ponderado para que los obreros -sobrerrepresentados- pudieran ejercer la dictadura. Nadie se hacía ilusiones sobre ellos: el campesinado no era otra cosa que una masa de 100 millones de pequeñoburgueses. Los primeros intentos de «contagiar» el campo con elementos proletarios sin tocar las estructuras campesinas fue ya criticado por Rosa Luxemburgo.

A fin de introducir algunos fundamentos socialistas en las relaciones agrarias, el gobierno soviético trató entonces de crear comunas agrarias compuestas por proletarios, principalmente elementos urbanos y parados. De antemano puede decirse que los resultados de tales esfuerzos tenían que ser mínimos en comparación con la magnitud de las relaciones agrarias y que no se podían tener en cuenta para una comprensión del problema. (Una vez que se ha despedazado el latifundio, punto inicial más adecuado para la economía socialista, en explotaciones pequeñas, se intenta crear explotaciones comunistas modelos a partir de las parcelas pequeñas). En las circunstancias actuales esas comunas tan sólo tienen el valor de un experimento y no el de una reforma social amplia. Un monopolio de cereales con cuota. Ahora quieren llevar la lucha de clases post festum a las aldeas.

La reforma agraria leninista ha convertido en enemigo del socialismo a un sector nuevo y poderoso del pueblo en el campo, cuya resistencia será más peligrosa y más tenaz que la de la nobleza terrateniente.

Rosa Luxemburgo. La Revolución rusa, 1918.

Una vez más, la guerra civil y la no extensión de la Revolución mundial se unieron en una «tormenta perfecta». Al final de la guerra, la NEP, no era otra cosa que una nueva cesión al campesinado. La visión de Lenin era «aguantar» el empuje del capitalismo campesino y contrapesándolo con un capitalismo de estado controlado políticamente por las estructuras soviéticas supervivientes. Pero el equilibrio, que ya de por sí sería difícil por el vaciamiento de los soviets, implicaba una cierta alianza con el gran capital internacional para poder exportar. De ahí la importancia del monopolio del comercio internacional y las concesiones en precios y en las negociaciones internacionales postbélicas.

Los obreros tienen en sus manos el poder del Estado, tienen la absoluta posibilidad jurídica de «tomar» todo el miliar, es decir, de no entregar un solo kopek que no este destinado a fines socialistas. Esa posibilidad jurídica, que se asienta en el paso efectivo del poder a los obreros, es un elemento de socialismo.

Pero los elementos de la pequeña propiedad y del capitalismo privado se valen de muchos medios para minar la situación jurídica, para abrir paso a la especulación y frustrar el cumplimiento de los decretos soviéticos. El capitalismo de Estado significaria un gigantesco paso adelante incluso si pagáramos mas que ahora (he tornado adrede un ejemplo con cifras para mostrarlo con claridad), pues merece la pena pagar «por aprender», pues eso es util para los obreros, pues vencer el desorden, el desbarajuste y el relajamiento tiene mas importancia que nada, pues continuar la anarquia de la pequeña propiedad es el peligro mayor y mas temible, que nos hundirá sin duda alguna (si no lo vencemos), en tanto que pagar un tributo mayor al capitalismo de Estado, lejos de hundirnos, nos llevara por el camino mas seguro hacia el socialismo. La clase obrera, después de aprender a proteger el orden estatal frente a la anarquia de la pequeña propiedad, después de aprender a organizar la producción a gran escala, a escala de todo el país, basándola en el capitalismo de Estado, tendra entonces a mano -perdón por la expresión- todos los triunfos, y el afianzamiento del socialismo estará asegurado.

El capitalismo de Estado es incomparablemente superior, desde el punto de vista economico, a nuestra economia actual.

Lenin. Sobre el impuesto en especie, mayo 1921

Cartel de propaganda en el final de la guerra civil.
En principio la NEP se entendía como una de las muchas medidas de urgencia en una recién estrenada paz que no se vivía como tal. Y había razones para ello: Kronstadt había mostrado al X Congreso, inmediatamente posterior a la guerra civil, que el campesinado y el nuevo proletariado germinal de origen campesino podían poner en marcha una nueva guerra civil. Ese es el marco de la prohibición de las tendencias en el partido pareja a la propia NEP. El agotamiento y el disgusto se hacen palpables entre los «viejos bolcheviques»: abandonan el Secretariado del Comité Central Kretinski, Serebriakov y Preobrazhenski, uno de los grandes economistas marxistas, todos futuros opositores de izquierda. Ascienden la futura guardia personal de Stalin: Kaganovitch, Uglanov, Jaroslavski y Molotov, convertido ahora en secretario general precisamente por representar el tipo humano que sobrevive a una guerra de desgaste en un partido cada vez más verticalizado: gris, obediente, efectivo, preocupado sobre todo por la salud y fortaleza del propio aparato del estado y en absoluto preocupado por el significado teórico de las decisiones tomadas. El burócrata ideal.

Paradójicamente Lenin, que a partir de 1921 ya estará muy tocado por la enfermedad y tendrá que pasar periodos cada vez más largos sin trabajar, tendrá que pasar a través de Molotov sus notas y correspondencia. En esa época, el SG no era otra cosa que un organizador, un secretario encargado de distribuir la información y las propuestas entre el conjunto de miembros de lo que seguía siendo un órgano colegiado en el que Lenin era «primero entre pares» y a menudo se veía contrariado. Separado de la vorágine, intentando entender las tendencias de fondo a través de las comunicaciones y los papeles que el SG reparte entre los miembros del CC, Lenin se da cuenta de que el Partido, tras la guerra, ya no es el partido de la revolución.

No hay duda de que ahora nuestro Partido no es, por la mayoría de sus componentes, lo suficientemente proletario. Creo que nadie podrá discutir esto, pues la simple consulta de la estadística lo confirmará. Desde la guerra, los obreros industriales de Rusia son mucho menos proletarios de lo que eran antes, pues durante la guerra todos aquellos que querían eludir el servicio militar entraron en las fábricas. Esto es del conocimiento público. Por otra parte, es igualmente indudable que, en términos generales (si consideramos el nivel de la inmensa mayoría de los militantes), nuestro Partido tiene ahora una educación política mucho menor que la necesaria para una genuina dirección proletaria en esta situación tan difícil, especialmente en vista de la inmensa preponderancia del campesinado, que despierta con rapidez a una política de clase independiente. Además, debe tenerse en cuenta que en la actualidad es muy grande la tentación de ingresar en el partido gobernante. Es suficiente recordar toda la literatura de los adeptos de «Smena Vej» para ver que un sector de la población que ha estado muy alejado de todo lo proletario se entusiasma ahora con los éxitos políticos de los bolcheviques. Si la Conferencia de Génova nos da otro nuevo éxito político, habrá una intensificación del esfuerzo de los elementos pequeñoburgueses y directamente hostiles a todo lo proletario por entrar en el Partido. (…)

Si no cerramos los ojos a la realidad, debemos admitir que en la actualidad la política proletaria del Partido no está determinada por el carácter de sus componentes, sino por el enorme prestigio, sin reservas, de que goza ese pequeño grupo que podría ser llamado la vieja guardia del Partido.

Lenin. Carta a Molotov sobre las condiciones de admisión de nuevos militantes en el Partido, 26 de marzo de 1922.

No es solo que el crecimiento del partido lo esté volviendo romo. Lenin empieza a intuir la consolidación de una forma de hacer, hija de la guerra, que convierte los procedimientos administrativos del ejército en modos de ser del partido.

La resolución del CC para el Congreso debe ser redactada en la forma siguiente (aproximadamente):

Los hechos muestran, y la comisión especial del Congreso lo confirma, que el principal defecto del trabajo del Partido en el campo es la falta de estudio de la experiencia práctica. Esta es la raíz de todos los males y de la burocracia. El Congreso encomienda al CC que luche contra esto ante todo.

Lenin. Carta al Buró Político, 16 de marzo de 1922.

Dos días después escribe una carta al Buró a través de Molotov en el que se muestra indignado por el trato de favor a los miembros del partido en el sistema de justicia. Otra consecuencia de lo mismo.

No es la primera vez que el Comité de Moscú (incluido el camarada Zelenski) se muestra indulgente en la práctica con comunistas delincuentes que merecen la horca. (…) Colmo de la vergüenza y el escándalo: ¡¡el Partido en el poder defiende a «sus» canallas!!!

Lenin. Carta al Buró Político, 18 de marzo de 1922.

Siempre buscando crear diques al proceso en tanto la revolución mundial avanza, plantea al Partido recuperar una división entre instituciones soviéticas -que sabe vacías- y un partido que sabe, a estas alturas de aluvión y dependiente para tener una dirección clasista tan solo de la cohesión de la «vieja guardia». Dados los magros recursos intelectuales e ideológicos que imponen que la vieja guardia dirija el partido y los soviets, piensa Lenin, al menos salvemos al partido de embrollarse «con demasiada frecuencia» en la pura gestión estatal para que pueda mantener la tensión ideológica.

Es necesario delimitar con mucha más precisión las funciones del Partido (y de su CC) y del Gobierno soviético; elevar la responsabilidad y la independencia de las instituciones de los Soviets y sus funcionarios, dejando para el Partido la dirección general de la actividad de conjunto de los organismos estatales, sin intervenir con demasiada frecuencia, o de un modo irregular y a menudo innecesario, como sucede en la actualidad.

Carta a Molotov para el pleno del CC del PCR(b), 23 de marzo.

Lenin inaugura el monumento a Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht en la Plaza Dvortsovaya de Petrogrado durante el Segundo Congreso de la IC, 1920.
Cuando llega la hora del XI Congreso del PCR(b) el marco de la NEP lo ocupa todo… porque toca «empezar de cero» otra vez. Y sin embargo al Partido le cuesta contorsionarse y adaptarse a la nueva situación impuesta por las rémoras de la guerra y el retraso de la Revolución Mundial. La guerra había convertido a la Rusia soviética en un cuartel y la dirección del partido, a todos los niveles, en dirigentes con poderes militares de excepción. La paz y la NEP convertían a Rusia ahora en un capitalismo de estado y la tendencia natural de los dirigentes -liberados del control de unos soviets exánimes– era a dirigir ese capitalismo de estado con el sentido crítico de un coronel de intendencia.

Yo estoy profundamente convencido (y nuestra nueva política económica permite sacar esta conclusión con toda claridad y firmeza), que si nos percatamos de todo el inmenso peligro que representa la nueva política económica y concentramos todas nuestras fuerzas en los puntos débiles, resolveremos el problema. (…) Hasta ahora escribíamos un programa y prometíamos. En su tiempo esto era completamente indispensable. Sin programa y sin promesas no se puede propugnar la revolución mundial. (…) Pero ahora las cosas se hallan de tal manera que debemos comprobar ya en serio nuestro trabajo, y no como suelen hacerlo las instituciones de control creadas por los mismos comunistas, aunque estas sean magníficas y estén incluidas en el sistema de las instituciones de los Soviets y en el sistema de las instituciones del Partido, aunque sean instituciones de control casi ideales (…)

En el transcurso de este año hemos demostrado con entera claridad que no sabemos administrar la economía. Esta es la enseñanza principal. O en el año próximo demostramos lo contrario, o el Poder soviético no podrá existir. Y el peligro mayor es que no todos se dan cuenta de eso. Si todos los comunistas que ocupan puestos de responsabilidad reconocieran claramente: no sabemos, comencemos a aprender desde el principio y saldremos ganando, sería a juicio mío, la conclusión principal, fundamental. Pero no lo reconocen y están convencidos de que si alguien piensa así es gente poco desarrollada que no ha estudiado, según dicen ellos, el comunismo, puede ser que lo estudien y lo lleguen a comprender. Pero nada de eso, perdonen, no se trata de que el campesino o el obrero sinpartido no haya estudiado el comunismo, sino de que han pasado los tiempos en que bastaba con desarrollar un programam y hacer un llamamiento al pueblo para que cumpliera este gran programa. (…)

A pesar de todo, aun no hemos dejado de ser revolucionarios (aunque muchos dicen, y hasta no sin cierto fundamento, que nos hemos burocratizado) y podemos comprender esta cosa sencilla: que en la obra nueva, extraordinariamente difícil, hay que comenzar desde el principio varias veces. Si después de haber comenzado uno se ve en un atolladero, comienza de nuevo, y así diez veces si es necesario, hasta que uno salga con la suya. No cabe envanecerse ni presumir de ser comunista, porque puede haber allí cualquier dependiente de comercio sinpartido, quizá algún guardia blanco y, seguramente, un guardia blanco que sabe hacer las cosas que necesariamente deben hacerse en orden económico, en tanto que uno no lo sabe. Si uno, un comunista que ocupa un puesto de responsabilidad, con centenares de categorías y títulos, incluso con el de «caballero» comunista y soviético, llega a comprender eso, habrá conseguido su objetivo, pues eso se puede aprender. (…)

Según todas las publicaciones de economía, el capitalismo de Estado es el existente bajo un régimen capitalista, en el que el poder estatal tiene supeditadas directamente a tales o cuales empresas capitalistas. Pero nuestro Estado es proletario, se apoya en el proletariado, da al proletariado todas las ventajas políticas y se gana mediante el proletariado a los campesinos por abajo (recordarán ustedes que comenzamos esta labor por los comités de campesinos pobres). Por eso el capitalismo de Estado desorienta a tantísimos. Para que eso no ocurra, hay que recordar lo fundamental: que en ninguna teoría ni en publicación alguna se analiza el capitalismo de Estado en la forma en que lo tenemos aquí, por la sencilla razón de que todas las nociones comunes relacionadas con estas palabras se refieren al poder burgués en la sociedad capitalista. Y la nuestra es una sociedad que se ha salido ya de los raísles capitalistas, pero que no ha entrado aun en los nuevos raíles; pero este Estado no lo dirige la burguesía sino el proletariado. No queremos comprender que cuando decimos «Estado», este Estado somos nosotros, es el proletariado, es la vanguardia de la clase obrera. El capitalismo de Estado es el capitalismo que nosotros sabremos limitar, al que sabremos poner límites, este capitalismo de Estado está relacionado con el Estado, y el Estado son los obreros, es la parte más avanzada de los obreros, es la vanguardia, somos nosotros.

Lenin. Informe político del CC del PC(b) de Rusia, 27 de marzo de 1922

La nueva pequeña burguesía «nepista» se expresó a través de ropas y postales que exaltaban el «cosmopolitismo» burgués con modas como el tango.
Dicho de otro modo, el capitalismo de estado era, obviamente, peligroso, también la última salida en espera de que llegara la revolución mundial. Solo podía controlarse y contenerse en favor de la clase desde el poder soviético, pero el poder soviético había muerto de extenuación y su lugar lo había ocupado el partido, que aguantaba en solitario la estructura en espera de un cambio de las condiciones. Pero el partido a su vez, inflado por las adhesiones masivas durante y tras la guerra, tenía ya un contenido de clase y un nivel político y teórico que solo se garantizaba por la «vieja guardia». Esta era, a fin de cuentas, quien debía sostenerlo todo. Es decir, gestionar el capitalismo de estado sin convertirse en una burocracia, la nueva forma de burguesía sin propiedad individual que ya había surgido en el mundo capitalista. Resumiendo: la élite dentro del partido tenía que contrapesarse a sí misma: pensar como capitalista y responderse como comunista.

Lenin -y todos los marxistas- tuvieron siempre clara la idea de que un alma/superestructura política socialista -el estado obrero- podía mantenerse viva solo muy temporalmente en un cuerpo/estructura capitalista -una economía basada en la relación capital salario fuera de quien fuera la propiedad. De ahí la urgencia de la extensión de la revolución mundial. Extender ese tiempo, rodeados por el imperialismo de un lado y por una masa campesina pequeñoburguesa de otro, estaba resultando heroico y restringiendo el espíritu proletario del partido cada vez más a su cima. Esa cima que ahora, además tenía que aprender a pensar como un eficiente capitalista de estado sin dejar de ser comunista. Tal cual en las palabras finales del informe anterior:

Hay que reconocer, sin temor de confesarlo, que en el 99 por 100 de los casos los comunistas que ocupan cargos de responsabilidad no están en sus sitios, no saben ejercer sus funciones y ahora tienen que aprender. Si lo reconocemos, y puesto que tenemos para ello la suficiente posibilidad -pues a juzgar por la situación internacional general, nos alcanzará el tiempo para poder aprender-, es preciso realizarlo a toda costa.

Lenin. Informe político del CC del PC(b) de Rusia, 27 de marzo de 1922

La pequeña burguesía nepista no podía celebrar abiertamente la reconstitución del capital privado ni sentía ningún cariño por el poder de los trabajadores, así que celebraba a «la nueva mujer» feminista vestida al modo de París y Londres que, como ella misma, nacía gracias a las reformas de la revolución pero en un marco burgués.
La contradicción era insalvable si no llegaba pronto el socorro de la revolución europea, y Lenin lo iba a experimentar de forma directa con tanta intensidad que según no pocos contemporáneos, aceleró su muerte. La primera era una cuestión de principio -el monopolio del comercio exterior-, la segunda fue, en realidad, una cuestión de formas dentro de un debate estratégico: la llamada «cuestión georgiana».

En marzo de 1922 se produjo una brecha en el Comité central sobre el monopolio del comercio exterior. Como hemos visto, el monopolio del comercio exterior era un pilar de la NEP, una línea de defensa frente a la tendencia de las privatizaciones y la apertura al comercio desigual con los imperialistas. Para Lenin debilitar ese monopolio supondría unir al campesinado con el capital mundial de una manera irreversible. Además, sabía que si los capitalistas extranjeros con los que se negociaba en Génova tenían la perspectiva de poder hacer negocios en Rusia sin el estado, esperarían a que se hiciera realidad antes de cerrar ningún acuerdo. Abrir esa ventana suponía en la práctica alargar el bloqueo primero para acto seguido insertar a la pequeña burguesía rusa en el mercado mundial de forma independiente. Lo que ha llamado la atención de Trotski y de los historiadores es que aunque la propuesta original es de Sokolnikov, a su alrededor, y por diferentes motivos, apareció por primera vez una fracción estalinista en el Comité Central. Lo que es muy interesante porque como veremos en siguientes entregas, los avances de la fracción estalinista irán ligados siempre a derrotas internacionales del proletariado.

He meditado bastante tiempo sobre nuestra conversación (con usted, Stalin y Zinóviev) a propósito del Comisariado del Pueblo de Comercio Exterior y de la línea de Krasin y de Sokólnikov.

Mi conclusión es que sin duda tiene razón Krasin. Ahora no podemos retroceder del monopolio del comercio exterior más de lo que proponía y sigue proponiendo Lezhava en sus tesis. Si lo hacemos, los extranjeros acapararán y exportarán todo lo valioso.

Sokólnikov somete aquí, y en todo su trabajo, un error colosal, que nos llevará a la ruina sin falta si el CC no corrige a tiempo su línea y no consigue que la línea corregida sea aplicada en realidad. Este error consiste en la abstracción, en el apasionamiento por un esquema (de lo que ha pecado siempre Sokólnikov como periodista talentoso y político dispuesto a apasionarse). Ejemplo: Sokólnikov propone un proyecto de decreto sobre la importación de víveres del extranjero a Rusia. Y de paso dice en el decreto: las «garantías» son una cuestión aparte (o sea, las garantías de que los valores que se exporten de Rusia, supuestamente a trueque de víveres, se invertirán en efecto y por entero en víveres).

¡Esto es verdaderamente pueril! Todo el meollo del problema está en las garantías (…) ¿Dónde están las «garantías» de que, al transferir al extranjero 100.000 rublos oro, no transfiero 20.000 de ellos ficticiamente? ¿Comprobar los precios? ¿Quién lo haría? ¿De qué modo? ¡Es una utopía burocrática!(…)

Por esto:

  1. no socavar en ningún caso el monopolio del comercio exterior;
  2. aceptar mañana mismo las tesis de Lezhava;
  3. publicar en seguida (hemos perdido infinidad de tiempo) en nombre del presidium del CEC de toda Rusia una declaración firme, fría y furiosa de que no retrocederemos más en la economía y quienes intenten engañarnos (o soslayar el monopolio, etc.) encontrarán el terror; no se debe emplear esta palabra, pero «aludir con finura y cortesía» a ello.

Lenin. Carta a Kamenev, 3 de marzo de 1922

Cartel de propaganda celebrando la revivificación de la alianza obrero-campesina bajo los nuevos términos de la NEP
Lenin prosigue dando un ejemplo concreto: una compra de latas de conserva solicitada por el comité del soviet de Moscú y frustrada por el Comisariado de Comercio Exterior (en ese momento, dirigido por Molotov) cuyos procedimientos burocráticos inhibieron a los moscovitas de proseguir. El enfado de Lenin -las quejas de desabastecimiento de latas llegan incluso hasta su retiro en la casa de Gorki- y los medios que propone para enfrentar la burocracia habla del estado de la organización de los soviets, el partido y el estado en general.

Encargar luego a la prensa que ponga en ridículo y mancille a los unos y los otros. Porque aquí el oprobio estriba precisamente en que los moscovitas (¡en Moscú!) no supieron combatir el papeleo. Hay que dar una paliza por esto. «No supieron» despachar un telefonema: «negocio ventajoso urgente. Exigimos respuesta del Comisariado de Comercio Exterior dentro de 3 horas. Copia a Molótov para el CC y a Tsiurupa y Enukidze para el CCP y el CEC de toda Rusia». ¿Han pasado 3 horas y la respuesta no llega? Unas cuatro líneas, también, de queja por teléfono.

¡Pero los idiotas deambulan y hablan durante dos semanas! Hay que hacer pudrirse en la cárcel por ello, en vez de considerarlo como una excepción. Para moscovitas, 6 horas de calabozo por estupidez. Para colaboradores del Comisariado de Comercio Exterior, 36 horas de calabozo, por su estupidez más su «responsabilidad central».

Se debe enseñar así, y solo así. De otro modo, los funcionarios de organismos soviéticos, locales y centrales, no aprenderán. No podemos comerciar libremente: esto es la perdición de Rusia.

Lenin. Carta a Kamenev, 3 de marzo de 1922

La hermandad entre obreros y campesinos gracias a la NEP permitirá mantener sepultado al capital.
Habíamos llegado a un punto en el que solo se podía «enseñar así», con los métodos de un ejército en guerra, al partido-estado, que abrumado por los métodos y procedimientos burocráticos prefería armar económicamente a la reacción campesina, uniéndola a la burguesía internacional, antes que modificar sus procedimientos, papeleos y demás. Métodos burocráticos contra la burocracia.

La imposición pasiva de la erosión del monopolio sulfura a Lenin, que el 15 de mayo envía una nota a Stalin, que ya era SG del CC, en términos imperativos proponiendo al CC una ratificación del monopolio. Pero Stalin está cambiando la naturaleza del cargo: añade sus propias notas antes de entregar copias de los documentos a los miembros («cekistas»). Lo utiliza para resaltar su propia posición burocrática como si estuviera por encima del viejo líder y socavar la firmeza de las posiciones aprobadas. A la comunicación de Lenin añade:

En esta etapa, no me opongo a la prohibición formal de las medidas que tiendan a debilitar el monopolio del comercio exterior. Creo, sin embargo, que la debilitación se hace inevitable.

El plenario toma, una vez más, una posición ambigua, tendente al fin del monopolio. Lenin se pone a trabajar frenéticamente, convoca a distintos grupos, envía nuevas notas -que Stalin vuelve a entregar con agregados propios impertinentes del tipo «La carta del camarada Lenin no me ha hecho cambiar de opinión sobre lo acertado de la decisión del pleno». Y finalmente organiza con Trotski como su portavoz, la agitación dentro del CC. Lenin da tanta importancia ya a este debate que incluso llega a proponer a Trotski organizarse como fracción en el Congreso y dirigirse a «la fracción comunista» (en la traducción estalinista de las completas sustituido por «grupo del Congreso») si no consiguen sacarlo adelante antes en el CC.

Yo también considero absolutamente necesario acabar de una vez y para siempre con esta cuestión. Si existe el temor a que ella me conmueva e incluso pueda reflejarse en mi estado de salud, creo que es del todo erróneo, pues me conmueve diez mil veces más la dilación que hace completamente inestable nuestra política respecto a uno de los problemas cardinales. Por ello llamo su atención sobre la carta adjunta y ruego mucho pronunciarse en apoyo a la discusión inmediata de esta cuestión. Tengo la certidumbre de que si estamos amenazados por un fracaso, fracasar antes del Congreso del Partido, y dirigirnos inmediatamente al grupo del Congreso, será mucho más ventajoso que fracasar después del mismo. Tal vez sea aceptable el siguiente compromiso: ahora aprobamos una resolución que confirme el monopolio, pero plantearemos sin embargo la cuestión en el Congreso del Partido, y lo acordamos ahora mismo. A mi modo de ver, nuestros intereses y los de nuestra causa no nos permiten en ningún caso aceptar otro compromiso cualquiera que sea.

Lenin. Carta a Trotski, 15 de diciembre 1922

León Trotski
Viendo el avance del tandem Lenin-Trotski, Stalin, que cada vez más abiertamente aparece como líder bajo la resistencia a las posiciones de Lenin, recula en términos similares a los de la primera nota. Lenin, se siente fortalecido y escribe exultante a Trotski animándole a proseguir, creando de hecho una fracción en el partido con visibilidad en el congreso de los soviets

Parece que se ha logrado conquistar la posición sin un solo disparo por medio de una simple maniobra. Propongo no detenernos y llevar adelante la ofensiva aprobando la propuesta de plantear en el Congreso del Partido la cuestión del afianzamiento del comercio exterior y de las medidas que puedan mejorar su realización. Dar a conocerlo en el grupo partidista del Congreso de los Soviets. Espero que usted no ponga objeciones ni se niegue a hacer un informe en el grupo.

Lenin. Carta a Trotski, 21 de diciembre de 1922.

En marzo Lenin escribe de nuevo a Trotski (carta del 5 de marzo del 23) que se haga cargo de «la defensa del asunto georgiano» (que veremos ahora). Stalin, que de algún modo intercepta la carta, pierde los nervios, insulta y amenaza telefónicamente a Nadezhda Krupskaya por dejar que Lenin se comunique. Lenin le responde con una famosa carta en la que exige una retractación y le espeta «no estoy dispuesto a olvidar tan fácilmente lo hecho contra mi». Esta carta, junto con otra del 6 de marzo a los dirigentes georgianos con copia a Trotski y Kamenev serán las útimas añadidas a las Obras Completas después de la muerte de Stalin. La carta, decía concisamente:

Estimados camaradas,

Mikoyán, Stalin y Ordzhonikidze en Tiflis. 1925
Sigo con toda el alma su asunto. Estoy indignado por la brutalidad de Ordzhonikidze y las indulgencias de Stalin y Dzerzhinski. Preparo para ustedes notas y un discurso

Lenin. Carta a Mdviani, Majaradze y otros. 6 de marzo de 1923

¿Qué había pasado en Georgia? En 1918, en el curso de la guerra civil, los mencheviques, con la aquiescencia de la Iglesia y los nacionalistas proclaman en Tiflis la «República Democrática de Georgia». El 11 de febrero de 1921, a pesar de las dudas del CC y de no haber avisado siquiera a los bolcheviques georgianos -algunos de gran peso como Majaradze- Ordzhonikidze, con el apoyo de Stalin, inicia la invasión con el ejército rojo. Tras la formación de un gobierno soviético con soviets creados ad hoc, vendrá una discusión, no limitada a Georgia sobre la estructura del estado obrero. Los georgianos insistirán en mantener una república independiente y soberana dentro de una unión de estados soviéticos, la postura que defenderá Lenin. Stalin, a la sazón Comisario de las Nacionalidades, pretenderá unificar todas las repúblicas nacidas durante la guerra en la federación Rusa, dándoles un estado de «autonomías» o «repúblicas autónomas» no soberanas. Sobre el terreno, para imponer este modelo, Stalin contaba con Ordzhonikidze, convertido de facto en una especie de gobernador soviético de todo el Caúcaso por su dirección del ejército en la campaña de Georgia. Las tensiones, choques, imposiciones y humillaciones diversas que Ordzhonikidze impuso a los georgianos llegaron a Moscú pero Stalin no informó de ellas al CC. El partido entiende el debate en los términos que se lo presenta Stalin: restos nacionalistas georgianos frente a centralismo socialista. Y todo está apunto de pasar sin pena ni gloria.

Pero como hemos visto, la batalla en defensa del monopolio del comercio exterior había acercado a Lenin y Trotski una vez más y seguramente convencido a Lenin de una tesis de Trotski a la que hasta entonces había permanecido impermeable: para Trotski el principal peligro de burocratización nacía del Partido, no del comercio. Algo de eso se intuye ya cuando quiere mandar a Molotov y el círculo de Stalin al calabozo para que aprendan a hacer comercio exterior.

Así que Lenin abandona su reclusión en la casa de Gorki y se traslada al Kremlin. La excusa la da la vuelta de Rikov de Georgia. No sabemos qué contenía el informe de Rikov, solo que tres días después Lenin llama a Dzerzhinski, que acaba de volver de Georgia por cuenta del CC, para contrastar con él. Dzerzhinski le cuenta la versión oficial elaborada por Stalin, pero esta vez está alerta y descubre dos cosas que le dejan helado: se ha mandado llamar a Moscú a todo el CC del partido en Georgia para imponerle algún tipo de castigo y Ordzhonikidze ha golpeado con un «guantazo» a un dirigente comunista georgiano en el curso de una discusión.

Me ha dado tiempo solo a conversar con el camarada Dzerzhinski, que ha vuelto del Caúcaso y me ha contado cómo se plantea este problema en Georgia. También me ha dado tiempo de intercambiar unas palabras con el camarada Zinoviev y expresarle mis temores sobre el particular. Por lo que me ha contado el camarada Dzerzhinski, que ha presidido la comisión enviada por el Comité Central para «investigar» lo relativo al incidente de Georgia, yo no podía tener más que los mayores temores. Si las cosas tomaron tal cariz que Ordzhonikidze pudo perder los eestribos y llegar a emplear la violencia física, como me ha hecho saber el camarada Dzerzhinski, podemos imaginarnos en qué charca hemos caído. Al parecer todo este fenómeno de «autonomización» era erróneo e intespectivo por completo.

Se dice que era necesario unir la administración. ¿De dónde han salido esos asertos? ¿No será de esa misma administración rusa que, como indicaba ya en uno de los anteriores números de mi diario, hemos tomado del zarismo habiéndonos limitado a ungirlo ligeramente con el óleo de los soviets?

Es indudable que se debería demorar la aplicación de esta medida hasta que pudiéramos decir que respondemos de nuestra administración como de algo propio. Pero ahora, poniéndonos la mano en el pecho, debemos decir lo contrario, que denominamos nuestra una administración que, en realidad, aun no tiene nada que ver con nosotros y constituye un batiburrillo burgués y zarista que no ha habido posibilidad alguna de transformar en cinco años sin la ayuda de otros países y en unos momentos en que predominaban las «ocupaciones» militares y la lucha contra el hambre.

En estas circunstancias es muy natural que la «libertad de abandonar la unión», con la que nosotros nos justificamos sea un papel mojado inservible para defender a los no rusos de la invasión del ruso genuino, del ruso chovinista, miserable en el fondo y dado a la violencia, como es el típico burócrata ruso. No cabe duda de que el insignificante porcentaje de obreros soviéticos y sovietizados se hundiría en este mar de inmundicia chovinista rusa como las moscas en la leche.

Lenin. Apuntes, 30 de diciembre de 1922

Lenin y Zinoviev rodeados de delegados del partido al XI Congreso, 1922
Es decir, tenemos a Lenin entrando en el último año de su vida viendo cada vez más claramente que:

  1. el estado soviético es inane, cayó exánime con la descomposición del proletariado ante la guerra y en ausencia de la «ayuda» del proletariado de otros países, es decir, la extensión de la revolución;
  2. en su lugar lo que existe es una estructura administrativa que por las mismas causas resulta ser un «batiburrillo burgués y zarista que no ha habido posibilidad alguna de transformar» y que genera, como expresión ideológica nacionalismo panruso, «inmundicia chovinista»;
  3. que esa estructura, el estado obrero, tiene cada vez más difícil mantener su naturaleza de clase porque «el insignificante porcentaje de obreros soviéticos y sovietizados se hundiría en este mar de inmundicia chovinista rusa como las moscas en la leche»

Lenin había explicado una y otra vez desde el inicio de la NEP el frágil equilibrio que permitía, temporalmente, la supervivencia de la revolución en dos planos simultáneos:

  1. Por un lado el imperialismo y la Revolución Mundial. Si los nuevos partidos comunistas eran un avance, y empezaban a limitar a los gobiernos imperialistas, tampoco la revolución avanzaba tras las derrotas de 1920-21, al revés.
  2. Por otro, tras la guerra, la NEP suponía una retirada en pos de reforzar la alianza con la pequeña burguesía -los 100 millones de campesinos. Esa alianza, de por sí peligrosa, necesitaba a su vez dos cosas para no convertirse en sustento de la contrarrevolución:
    • Evitar que el campesinado y el imperialismo se conectaran en un frente común (de ahí la importancia del monopolio del comercio exterior).
    • Reavivar desde el partido el estado obrero, los soviets exánimes por la guerra.

Por un lado hemos visto, como Lenin cifra las posibilidades de mantener al partido en posiciones de clase en la vieja guardia, pero teme cada vez más una división en ésta y hasta el último aliento luchará por evitarla, no teniendo claro si ahondar la batalla contra Stalin o llamar a un arreglo con Trotski, de quien por cierto, también temía su tendencia a centrarse en lo pequeño y lo meramente procedimental de los problemas. Por otro, ahora incorpora un nuevo elemento: descubre que la burocracia no es solo un vicio contraído por el partido en la militarización de la guerra, es la forma en que están reviviendo, a partir de la burda estructura administrativa del estado soviético, las viejas clases heredadas del zarismo, «hundiendo en ese mar» a los escasos cuadros obreros.

Durante sus últimos periodos de actividad, con Stalin interfiriendo y evitando -con la excusa de su salud- sus comunicaciones, Lenin identificará cada vez más esa burocracia emergente con la «brutalidad», el «encono» rusificante y «el poder inmenso concentrado por Stalin». Los textos son sobradamente conocidos pues fueron incorporados a las ediciones rusas de las obras completas posteriores a 1959. La historiografía trotskista ha querido ver en ellos una suerte de premonición fatal del desenlace de las luchas por el poder en el partido en los años siguientes. Al hacerlo ha transmitido un idealismo inaceptable según el cual se trata de transmitir la idea de que «si Lenin hubiera vivido dos años más…» la contrarrevolución habría sido derrotada o evitada.

A pesar del papel impresionante de Lenin, de su innegable peso histórico, no son ni su individualidad ni su ausencia las que dan forma y ocasión a los grandes movimientos de la Historia. La correlación entre clases y su situación subjetiva es, con precisión casi aritmética, la que lo hace. Ese es el sentido del verdadero «testamento político» de Lenin, resumido en los puntos anteriores, más que las recomendaciones y miedos sobre personas concretas como Stalin y su grupo.

Y si algo en esas ecuaciones -donde como hemos visto, el «estado soviético» se pone ya al final en duda en tanto que «estado obrero» o «estado obrero y campesino»- era determinante para Lenin, ésto era el curso y el destino de la Revolución Mundial.

En las siguientes entregas de este curso veremos cómo las derrotas del proletariado internacional fortalecen el poder de la burocracia en el interior de Rusia y cómo, a su vez, las victorias de la burocracia rusa en el seno de la URSS, fortalecerán el desarrollo de la contrarrevolución en todo el mundo.