Estalinización y República

Después de hacerse con la secretaría del partido en París en 1925, Bullejos, que en un primer momento tiene a Portela como secretario de organización y a Andrade como director nominal de «La Antorcha», lanza a los restos del PCE a una política aventurerista contra la dictadura. Constituye un «comité revolucionario» con la CNT, Macià y el fascista «Estat Català» bajo el beneplácito de Moscú, pero lo disuelve cuando Moscú no envía fondos para el intento de invasión armada de España que propone. Lógicamente arrecian las críticas de Andrade y los viejos comunistas del interior. Portela es enviado al interior y sustituido a su vuelta por un afín al Secretario. Bullejos inicia una campaña de expulsiones y eliminación de toda oposición interna. A partir de 1926 se suceden los artículos en «La Antorcha» justificándolo con los primeros argumentarios del activismo estalinista.

Los partidos comunistas, a diferencia de los socialdemócratas, son por esencia y fundamentalmente partidos de acción. Las discusiones entre los afiliados no se abren en virtud del principio democrático de la «igualdad», sino exclusivamente para fortalecer, para reforzar la acción de la vanguardia del proletariado consciente. Por eso nuestros partidos son partidos disciplinados; se entra en ellos, no para imponer su punto de vista particular, sino para consagrar todas sus energías a la defensa de los intereses supremos del partido. Por eso no queda lugar en ellos para las discusiones ociosas.(…)

En todas las situaciones críticas, la reivindicación de la democracia ha sido lo propio de los elementos reformistas, incapaces de comprender y, sobre todo, de aplicar o de soportar la disciplina de hierro bolchevique, sin la cual la clase obrera no puede forjar su partido político de clase.

Gabriel León Trilla. Democracia burguesa y disciplina proletaria, 1926.

Gabriel León Trilla
El tono va subiendo con los meses. Es la «estalinización» del partido español, la «eliminación de la socialdemocracia en el Partido» según el lenguaje estalinista de la época que la dirección española repite una y otra vez cada vez que expulsa a algún viejo militante o miembro de las anteriores direcciones del partido. En menos de dos años no quedará ninguno dentro del partido. Los nuevos militantes, cuando lleguen años después, lo harán bajo el paradigma sectario conspirativo forjado entonces: en el partido solo se discute como ejecutar mejor las directrices del nivel superior, no se discute la línea a seguir.

La concepción poequeñoburguesa de la democracia, que ha penetrado hasta en los Partidos Comunistas, consagra un respeto sacrosanto a «la libertad de discusión», al derecho del libre ejercicio de crítica. (…)

Y cuando se les dice que los Partidos Comunistas no han sido creados para rendir culto a la democracia, cuando rechazamos el fetichismo de la «libertad de crítica y discusión», surgen los anatemas y las acusaciones.

Cuando se les afirma que lo esencial para nosotros es la obtención de los fines políticos que nos proponemos y que si la democracia estorba, nos impide avanzar, restringimos o suprimimos la democcracia, nos tachan, escandalizados,
de querer ahogar el pensamiento humano, y aun si el escandalizado es algún pequeñoburgués que se ha introducido en el PArtido, afirma que «dictatorialmente y por la violencia queremos ahogar la voz de la oposición».

«La Antorcha». Las fracciones y el partido, 1926

La evolución política de la dictadura y las fuerzas de oposición dieron sin embargo algún éxito simbólico a Bullejos. El primero, en 1927, fue la integración de la CNT sevillana. Militantes obreros sin formación que serán la cantera ideal de una nueva generación de dirigentes estalinistas (José Díaz, Adame, Delicado, Mije…). Por otro lado, su participación en la huelga general de Vizcaya, convocada el mismo día en el que se inauguraba la asamblea parlamentaria de la dictadura y en la primera huelga minera asturiana que sufría el régimen, le devolvió cierta presencia entre la oposición, a costa del encarcelamiento de Bullejos y de no conseguir para la sangría del ya magro número de militantes. Desarticulado de facto, dirigido como una mera central de correspondiencia por Bullejos desde la cárcel y por delegados franceses de la IC desde París, el congreso de 1929, transcribió docilmente las tesis de la estalinización.

Por las condiciones que concurrieron a su celebración, por las pocas delegaciones que asistieron y por su deficiente preparación, fue muy poco inmportante. En realidad, sus resoluciones se limitaron a transcribir para España los acuerdos que un año antes había tomado el VI Congreso de la Comintern.

José Bullejos. La Comintern en España, recuerdos de mi vida. 1972

El hecho más reseñable del congreso fue que no se permitiera entrar a la Federación Catalano-balear. No había debajo ningún debate ideológico, estaban prohibidos, así que es posible que Bullejos temiera un golpe de Maurín similar al que le había llevado a él mismo a la secretaría general. A partir de ese momento la FCCb de Maurín será una organización política independiente. Otra de las innovaciones del VI Congreso había sido cambiar la política de «frente único» por el «frente único por la base», pero en su traducción española significaba poco más que calificar como «socialfascistas» al PSOE y «anarcofascistas» a la CNT en la correspondencia interna y propugnar el escisionismo sindical.

En estas, la caída de la dictadura no cogió por sorpresa a nadie, salvo a Moscú y a Bullejos, que trasladaron el CC al interior e integraron en su dirección por primera vez a Dolores Ibárruri, mano derecha de Bullejos en Vizcaya.

Al formarse en 1930 el gobierno Berenguer, que concedió algunas libertades, el comité de París se trasladó a España y celebró en Bilbao lo que se denominó por razones conspirativas «Conferencia de Pamplona». Entonces, el equipo Bullejos se disponía a hacer la revolución en España y continuar la misma política sectaria y demagógica que había llevado a cabo desde París, pero ahora en gran escala.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Joaquín Maurín.
Lo harán, a lo grande, con las elecciones municipales del 31 y la proclamación de la República. Pero lo veremos en su momento. Ahora nos detendremos a estudiar los principales grupos que se consolidan en 1930 en la oposición a Bullejos, que no, salvo uno de ellos, a la estalinización.

Cuando se implantó la República, había ya en España cuatro organizaciones comunistas independientes entre sí: el PC oficial, la Federación Comunista Catalano-balear, la Agrupación Comunista Autónoma de Madrid y la Oposición Comunista de Izquierda.

La Agrupación Comunista de Madrid se había formado con la mayoría de los que integraban el CC de 1924 y que habían sido expulsados del partido, y, bajo el impulso de Luís Portela, militante de gran autoridad moral que también estuvo emigrado en París, estaba en oposición a Bullejos y su equipo. La Agrupación de Madrid llegó a reunir a la mayoría de los comunistas que había en la capital pero, políticamente sus posiciones no eran muy diferentes de las del partido oficial, y su acatamiento a la IC era completo. Luchaba únicamente por la celebración de un congreso que restaurase la democracia interna y eligiera honradamente su Comité director.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El problema de Portela es que, desde París, había legitimado primero el discurso demagógico y chovinista que sirvió de cobertura al golpe de Bullejos y Maurín para aislar a la dirección madrileña y luego se había integrado brevemente en la dirección bullejista de París, lo que le comprometía con la concepción del sectaria y conspirativa del partido y las fanfarronadas de Bullejos tanto como con el ultraizquierdismo de la IC.

La Federación Catalano-balear mantenía puntos de vista originales, pero siempre haciendo promesa de fidelidad a la Internacional. Los que seguían a Maurín en Barcelona, aunque se habían adherido al partido oficial, verdaderamente nunca se habían integrado en él. Al proclamarse la República y reorganizarse, tenía más fuerza numérica que el PC oficial. Pero se distinguía por una política ambigua, en manera alguna quería pronunciarse sobre las cuestiones políticas más importantes en el plano de la Internacional y sus posiciones iban solo encaminadas a apoderarse de la dirección del partido oficial. La Federación Catalano-balear deseaba reservarse una absoluta independencia y establecer su propia política, que era ecléctica y muy variable, y solamente determinada por los caprichos políticos de las circunstancias de su jefe reconocido. Y, sobre todo, su posición sobre la cuestión de las nacionalidades era básica para él, pero le divorciaba de las verdadera posiciones comunistas. Realizaba una propaganda exterior en pro de la unificación comunista, pero ni la comprendía ni la deseaba si no se realizaba a su favor. Después de sufrir varias crisis originadas por elementos favorables al partido oficial, se consolidó orgánicamente y puso seguir su propia política y destino.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Andrés Nin en Moscú
La prueba de esta «incomprensión» fue que cuando Andrés Nin volvió de Moscú, la Federación le negó el ingreso para no comprometerse con alguien bien conocido en Moscú como «trotskista», Nin había sido secretario de Trotski hasta el año anterior. Y desde luego las tendencias chovinistas catalanistas fueron innegables cuando en 1930 se funden con el «Partit Comunista Català» de Jordi Arquer, un partido nacionalista nacido en el ateneo de Lérida para juntos crear el «Bloc Obrer y Camperol» (BOC). Originalmente el BOC no era un nuevo partido, sino un «frente de masas» de la FCCb ampliada. La FCCb seguía existiendo con Maurín y Arquer a la cabeza y pretendía dirigir a un conglomerado de masas pequeñoburguesas campesinas y obreros capitalinos organizados en el BOC hacia una independencia vendida como «primera fase» de una revolución local propia. En 1935 agrupaba a unas 3.000 personas. En la práctica nunca se separaron del proyecto nacionalista de Macià y en el 34 intentaron desarrollar una huelga general en contra de los sindicatos obreros en apoyo de Companys tras la proclamación de la «República Catalana» y la represión de la República. El BOC en el 34 fue el brazo «popular» de la «unidad nacional» catalana anhelada por la pequeña burguesía republicana catalanista.


La Oposición Comunista de Izquierda había sido fundada el 18 de febrero de 1930 en Lieja por algunos militantes obreros que trabajaban en allí y en Luxemburgo y que después lobraron ponerse en contacto con los que en el interior de España mantenían sus mismas posiciones, o sea, las del trotskismo1. La Oposición de Izquierda, lo mismo que su organización internacional, no situaba sus problemas únicamente en el plano político nacional español sino en el terreno internacional, y su oposición era contra la propia política del CE de la IC. Por lo cual, tanto la Agrupación de Madrid como la Feceración Catalano-balear querían separarse totalmente de la Oposición de Izquierda para no «comprometerse» con la IC.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El grupo empezará a tener actividad en el interior en septiembre de 1930 cuando Nin vuelva a Barcelona y sea rechazado por el BOC de Maurín. Andrade y Gorkin serán los primeros en unirse al nuevo grupo que publicará «Comunismo» hasta 1935. Su labor será fundamentalmente de desarrollo teórico, haciendo ese trabajo de «fracción externa» más hacia la Agrupación y la FCCb que hacia un partido que no llegaba en ese momento al centenar de miembros. Como escribía en una carta personal Humbert-Droz, que había sido «castigado» con representar a la IC en España por su amistad con Bujarin:

Resulta poco interesante trabajar por la simple razón de que no existe partido y lo que aquí se denomina Partido Comunista es una pequeña secta sin posibilidad de irradiación.

Jules Humbert Droz en 1925
Como hemos visto no lo era por casualidad. Humbert-Droz recoge en sus memorias: aunque comienzan a reclutar nuevos miembros, en Madrid el PCE tenía tan solo 10, en Bilbao 14… de hecho, con la política de «clase contra clase» propugnada por el estalinismo en aquel momento y ejecutada burocráticamente por los restos del partido español, la situación no hace sino empeorar.

Las elecciones municipales han revelado la extrema debilidad del partido, su completo aislamiento, su mínima influencia sobre las masas. (…) Los resultados están por debajo de las previsiones más pesimistas. En Barcelona, es una verdadera tragedia. Tenemos 50 militantes para más de 500 centros electorales. Es decir, que solo un 10% de los locales tenían listas de candidatos comunistas. No hemos recogido ni 100 votos, mientras que los maurinistas, que han hecho una propaganda mucho más intensa que nosotros, reúnen mś de 3.000 votos (…) En Sevilla, donde nuestros camaradas esperaban un mínimo de 2.000 a 2.500 votos, no tenemos ni 800. En Madrid, donde Bullejos esperaba unos 5.000 votos, no tenemos ni 200.

Jules Humbert-Droz. Memorias, tomo III, «Entre Lenin y Stalin», 1964

Un gesto reseñable la propaganda política y los textos de orientación del PCE se escribe en francés por los delegados de la Internacional y se traduce luego al español.

14 de julio de 1931. Celebraciones por la proclamación de la II República.
El 14 de abril mientras la multitud celebraba la República, el pequeño grupo del PCE gritaba «¡Abajo la República burguesa!», «¡Vivan los Soviets!». Humbert-Droz cuenta:

Los comunistas que intentaban manifestarse, repartir octavillas o dirigir la palabra a la multitud fueron silbados, abroncados y acogidos con hostilidad amenazadora.

Jules Humbert-Droz. Memorias, tomo III, «Entre Lenin y Stalin», 1964

Esta actitud duró varios días, maniféstándose en agresiones a nuestras banderas comunistas, carteles de propaganda y periódicos. Nuestro aislamiento aquellos días era total. Sin embargo, no cambianos nuestra posición, ni modificamos el tono de nuestra propagandda. Nos sentíamos orgullosos de navegar contra corriente.

José Bullejos. La Comintern en España, recuerdos de mi vida. 1972

Y no había nada malo en navegar contra corriente, la cuestión era que hasta para navegar contracorriente hace falta un trabajo teórico y un trabajo político que evite el ridículo de tener por consigna unos soviets inexistentes y desconocidos en la práctica.

La República no llegaba en realidad para cambiar nada, sino para conservar el mismo estado de cosas que durante la monarquía después de liquidada ésta por desacreditada e impopular. Los que ocupaban las posiciones clave al proclamarse la República procedían precisamente del campo monárquico (Alcalá Zamora y Miguel Maura) y estaban dispuestos a conservar el mismo orden cambiando la fachada. La actividad de éstos, lo mismo antes que después del cambio de régimen estuvo orientada a que el pueblo se convenciera de que el cambio era necesario. Por otra parte, para las grandes masas populares la simple palabra de República tenía al principio casi un sentido mágico. Después de la tiranía de la monarquía, interpretaban la simple fórmula republicana como la solución a todos sus males, y para conocer prácticamente su verdadero carácter tenían que hacer su propia experiencia, sobre todo a través de la conducta socialista.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El único éxito reseñable del PCE en aquellos primeros meses de 1931 se produjo en Sevilla. El partido se unió a un motín espontáneo donde se liberó a todos los presos y se quemaron las sedes de los partidos de la derecha. Unos días después pudo reunir en el frontón del Betis a un par de millares de personas que aprobaron por aclamación su programa táctico. La cuestión es que no era un programa táctico, sino un batiburrillo de consignas económicas que respondían a la situación y consignas políticas que no tenían correspondiencia con los hechos políticos del momento, como el desarme de los cuerpos armados y el armamento del proletariado, un referendum de autodeterminación en Cataluña y Euskadi o el «Gobierno Obrero y Campesino».

Bullejos viajará a Moscú donde analizará la situación con las grandes figuras del estalinismo, en especial Manuilski. Se aprueba la idea de que España está en un momento similar a Rusia en 1917 y se mandan nuevas directrices.

  1. Quitar a las fuerzas monárquicas su base material: confiscación de bienes a la Corona, detención de los oficiales monárquicos, confiscación de las tierras de los terratenientes, etc.
  2. Desarmar las fuerzas reaccionarias y armar a las masas obreras y campesinas, y
  3. Creación de soviets de obreros, soldados y campesinos.

Carta abierta de la IC al PCE, 1931

La carta después lanzaba una serie de recomendaciones insistiendo en que:

El Partido no debe, en ninguna circunstancia, hacer pactos o alianzas, ni siquiera momentáneamente, con ninguna otra fuerza política. (…) En ningún caso debe defender al gobierno republicano ni sostenerlo.

Pero la verdad es que aunque había un resurgir de las luchas obreras, la situación española distaba mucho de la constitución masiva de soviets, y lo que es peor, el partido, destrozado por la estalinización, estaba siendo un ejemplo de incompetencia para conectar con los trabajadores y ayudarles a acumular e interpretar su propia experiencia.

En junio de 1931, la Agrupación de Madrid y la Federación Catalano-balear convocaron a una conferencia nacional de unificación comunista, prescindiendo de la Oposición de Izquierda. Esta conferencia no llegó a celebrarse porque rápidamente la Agrupación de Madrid entró en descomposición, minada por el partido oficial, la FCCb y la Izquierda Comunista. La mayoría de los militantes madrileños decidieron ingresar en el partido sin condiciones y solo un pequeño grupo de militantes decidió resistir algún tiempo más. La FCCb prosigió su existencia y llegó a constituir una verdadera fuerza con todos sus defectos.

Un Congreso de Unificación de las cuatro organizaciones habría dotado a España de un partido capaz, fuerte y experimentado. Pero el equipo dirigente del partido oficial, en esto fiel a los métodos de la Internacional staliniana, se negó a todo acuerdo y, convencido de que con los medios económicos de que disponía terminaría por vencer, emprendió el camino solo causando un gran mal a la revolución española.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Aprovechando ese apoyo económico masivo, el Partido se dedicó sobre todo a preparar las elecciones del 28 de junio en las que consiguió 190.605 votos en un censo de 4.348.691 votantes, aunque ni un solo diputado. Más de 100.000 de esos votos los obtuvo en Andalucía, donde el proletariado rural estaba en ebullición. Las elecciones fueron seguidas en Andalucía en julio de una huelga de masas que acabó con una represión brutal que costó la vida, entre otros, a cuatro militantes sevillanos del PCE. Mientras los diputados de la derecha abandonaban las Cortes Constituyentes con tal de no secundar el fin de los privilegios eclesiásticos en la nueva constitución, las huelgas, tomas de tierra y motines se intensificaban por todo el país.

En ese ambiente el PCE crecía precisamente por denunciar el carácter burgués de la República y la incompetencia de la Constituyente para culminar la revolución burguesa. Pero su alternativa, el llamamiento a crear soviets, estaba sencillamente fuera de la realidad.

A un movimiento conscientemente dirigido le correspondía no dejarse engañar por las apariencias,
no sobrevalorar el desarrollo del proceso revolucionario y preparar las condiciones para explotar las desilusiones que no tardarían en manifestarse.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

La realidad es que todos, la Izquierda, el Partido y la Internacional, creían estar ante la revolución democrático-burguesa tanto tiempo esperada. Pero muchas cosas habían cambiado para el proletariado español y el mundial. La burguesía no llegaba al poder contra las clases latifundistas y la burocracia del Antiguo régimen sino con ellas, liderándolas por primera vez en mucho tiempo. Estaba recomponiéndose y reorganizándose en torno al estado de una forma conflictiva y contradictoria, apoyándose en una parte de la pequeña burguesía radicalizada para modernizar el estado y aprovechando la debilidad de un proletariado que aunque, a diferencia del de Alemania, Finlandia o Hungría, no había sido derrotado, cargaba con debilidades profundas y sobre todo con una tremenda ilusión democrática.

En ese marco, la política propuesta por la izquierda resultaba prudente y constructiva y la de la Internacional contraproducente tanto para el Partido como para la acumulación de fuerzas de la clase. Y en esto, llegó el golpe de Sanjurjo.

La sublevación militar de Sanjurjo en Sevilla en el mes de agosto de 1932, provocó la crisis interior del partido español, que culminó con la ruptura entre el Buró Político y la Internacional, y nuestra expulsión posterior. (…)

Esta vez los miembros del secretariado del partido que estábamos en Madrid (…) no quisimos repetir las faltas extremistas que el 14 de abril se cometieron, y en el manifiesto redactado por mí después de analizar las causas de los sucesos, que atribuíamos a la política de contemporización del gobierno, lanzamos la consigna de «Defensa de la República». (…)

Días después celebraba reunión el Buró Político para examinar la situación creada por los recientes sucesos. La delegación de la Internacional reiteró sus declaraciones de que los acontecimientos del 10 de agosto confirmaban su punto de vista respecto a que el enemigo principal de la revolución no eran los monárquicos, sino el gobierno de Azaña y el Partido Socialista. A estas afirmaciones opuse mi punto de vista favorable a un cambio de política en el partido. La reacción se había demostrado demasiado poderosa el 10 de agosto, y había que hacer pasar a plano preferente la lucha contra ésta. No se trataba de apoyar incondicionalmente al gobierno de Azaña, sino de provocar una coalición de todas las fuerzas democráticas populares sobre las bases de un un programa revolucionario de defensa de la República, que comprendiera en primer lugar el desarme militar, político y económico de todos los elementos reaccionarios.

José Bullejos. Entre dos guerras, 1945.

A las pocas semanas, el equipo de dirección del Partido en pleno -Bullejos, Adame, Vega y Trilla- eran expulsados por el secretariado de la Internacional. A eso siguió una campaña de descrédito del «grupo Bullejos» por la nueva dirección de José Díaz y Dolores Ibarruri -que había sido la persona de confianza de Bullejos en Vizcaya- y luego de todos los partidos europeos, que sacaron resoluciones sumándose al linchamiento.

Ciertamente, toda la política del partido bajo la dirección de Bullejos había sido de puro aventurerismo, sin tener en cuenta las etapas de la revolución, sobrevalorando su fuerza respecto a las tareas a llevar a cabo, inutilizando incluso a los militantes en acciones esporádicas sin sentido, y estableciendo un régimen interno de la más completa arbitrariedad. Pero esta dirección había sido avalada y aprobada durante un largo período por la propia Internacional, era verdaderamente la política de ésta. (…)

Para la Internacional, cuando descubrió el proceso revolucionario español, el primer interés fue domesticar una dirección nacional que frecuentemente escapaba a su disciplina. Era un hecho insólito porque todas las otras direccciones de Europa estaban ya totalmente sometidas a sus mandatos. Y ésta fue, en realidad, la verdadera significación del grupo Bullejos. Con ellos se acabó con la determinación de la táctica política por la dirección nacional y se estableció el imperio de los delegados de Moscú, la omnipotencia de Codovila, Togliatti, Geroe, etc.; se acabó con lo que ellos llamaban «el espíritu anarquista de los comunistas españoles». (…)

El nuevo equipo, el de José Díaz, que dirigió desde 1932 el partido, seguía una táctica similar a la del «grupo sectario», porque en su extremismo era la misma de la Internacional. Esto se demostró en la crisis gubernamental del mayo de 1933, en que volvió a formular la consigna de «todo el poder a los soviets», precisamente cuando la reacción comenzaba, una vez reorganizada, a atacar y el peligro era más grave. El 14 de abril de 1931 no había soviets, el partido no tenía fuerza y la consigna de dictadura del proletariado circulaba en el vacío. En mayo de 1933 era igualmente improcedente.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Cartel electoral del BOC en 1931.
En diciembre de 1933 se constituye la primera «Alianza Obrera» en Barcelona. Se trata de una declaración conjunta del PSOE, Unión Socialista, la UGT, Izquierda Comunista y el BOC «para oponernos al entronizamiento de la reacción en nuestro país, para evitar cualquier intento de golpe de estado o la instauración de una dictadura si así se pretende, y para mantener intactas, incólumes, todas aquellas ventajas conseguidas hasta hoy y que representan el patrimonio más estimado de la clase obrera». A las alianzas se unen en distintos puntos de la geografía española la CNT -en Asturias- y organizaciones de la pequeña burguesía rural como la «Unió de Rabassaires» y sindicatos de jornaleros de UGT y CNT. La primera reacción del PCE es declararlas la «Santa Alianza de la Contrarrevolución», pero finalmente deciden entrar en vísperas de la revolución asturiana del 34… cuando el PSOE las liquidará. Las AO eran defendidas como una «organización de Frente Único», destinada a salvaguardar a la clase, pero todos se preparaban ya para los «frentes populares» que abiertamente defenderán a la República frente a la «reacción». Reacción que ya era imposible tildar de feudal o de feudalizante y que ya jugueteaba con el fascismo… porque era una parte de esa burguesía española que cada vez más se articulaba en torno al estado. Es decir, mientras las AO eran discutibles en tanto organizaciones de clase, el Frente Popular que se dibujaba significaba colocarse bajo la bandera de la «burguesía democrática», la bandera republicana, contra la «burguesía fascista».

A mediados de 1935, se celebró en Moscú el VII Congreso de la Internacional Comunista. Fue el de la culminación del proceso de degeneración del comunismo oficial internacional, el gran viraje hacia la táctica de los Frentes Populares. Dimitrov propuso modificar la táctica y hasta la estrategia de los PC. Era necesario establecer un sistema flexible de alianza, no solo con los Partidos Socialistas y las otras organizaciones obreras, sino también con los partidos democráticos de la burguesía. Era preciso luchar por la democracia en general y por los intereses nacionales de cada país. Los comunistas empezaron a aplicarse desde entonces el título de patriotas y no de revolucionarios.

Naturalmente, el PC español emprendió en seguida su transformación de lobo ultrarrevolucionario en pacífica oveja democrática, y sincronizó su acción en virtud de orden. Inmediatamente de conocidos los acuerdos de Mosccú, el Buró Político español dirigió una carta al Partido Socialista proponiendo: realizar la unidad sindical mediante el ingreso de la CGTU (creación artificial del PC) en la UGT, desarrollar las AO, crear el Bloque Popular, marchar hacia la unidad orgánica de los dos partidos. Se renunciaba al Frente Único de los Trabajadores por el Frente Popular.(…)

Se hizo de Largo Caballero el «Lenin español», el jefe de la inminente revolución. Eran conocidos los defectos de vanidad del viejo jefe socialdomócrata, y se trataa de halagarlo para que realizase la política definida por Dimitrov. La política del Frente Popular no podía encontrar entonces una gran hostilidad por parte del Partido Socialista porque no era más que practicar la misma táctica que había practicado desde la proclamación de la República: prestar la colaboración de las masas obreras y campesinas para realizar la política de la burguesía democrática.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Con la formación del bloque electoral del Frente Popular culminaba la evolución de los partidos estalinistas hacia el nacionalismo, lo que suponía, en buena lógica, la defensa abierta de una parte de la burguesía contra otra. Esto ocurría además cuando los partidos comunistas se habían convertido de manera innegable en herramientas de la política exterior de la URSS. Estaba claro que no tenía sentido ya ninguna «fracción exterior» a ellos, que no había oportunidad alguna de alterar su rumbo y recuperarlos para la acción de clase. Por eso, la evolución hacia los frentes populares del PCE suponía necesariamente también una reorganización de las tendencias de oposición.

Y no hay que olvidar que la Izquierda Comunista tenía en aquel momento un número de militantes muy similar al del PCE.

La Oposición Comunista de Izquierda había empezado en mayo de 1931 la publicación de una revista teórica, «Comunismo» la mejor en su género que existiera hasta entonces en lengua española. El rápido éxito de la revista y el número de adhesiones recibidas, permitió celebrar en junio de 1931 la primera conferencia nacional. Asistieron delegados de Cataluña y Bilbao, Asturias, Salamanca, las dos Castillas, Andalucía y Extremadura. (…)

Su rápido crecimiento más de 2.000 miembros, moderando las cifras, en 1932; su capacidad educativa de nuevos revolucionarios; sus éxitos en el seno del Partido Comunista, de la Juventud Socialista, y la simpatía general que se granjeó entre los obreros más conscientes; respaldan la justeza de su programa. Parte considerable del radio sur madrileño del Partido Comunista oficial pasaba a sus filas en 1935, mientras, desde 1934, congresos regionales de la Juventud Socialista se pronunciaban en favor de la Cuarta Internacional y el órgano periodístico de la misma reclamaba la ayuda de los «trotskistas, los mejores teóricos de la revolución».

G. Munis. Jalones de derrota, promesa de victoria. 1944

En ese marco Trotski les llama a la entrada en el PSOE, con vistas a agrupar a la fuerza emergente de unas Juventudes Socialistas lideradas por Santiago Carrillo que en ese momento cuelgan retratos de Trotski en los despachos y sirven de coro a un Largo Caballero cada vez más radicalizado en sus discursos -que no en sus acciones.

Pero los principales dirigentes de la ICE lo ven de una manera muy distinta. Piensan que las condiciones objetivas de la revolución están dadas y que es precisamente la supervivencia del PSOE, del cuerpo del reformismo sin la posibilidad de reformas satisfactorias para la clase obrera, la que es por un lado la base del fascismo y por otro un obstáculo al desarrollo de la conciencia de clase. Frente a eso solo cabe construir un partido político independiente.

Esa tendencia sincera que se aprecia en un gran sector del PS, tiene que concretarse lógicamente en algo positivo y distinto de su organización para que sea eficaz. Sus energías y sus esperanzas deben ser orientadas en otra dirección. (…)

La teoría reformista ha sido superada por los acontecimientos. Ya no es posible conseguir de la burguesía reformas que mejoren la situación material de la clase obrera. Todo lo contrario. Para su conservación, la burguesía rebaja el nivel material de existencia de la clase productora, retira todas las libertades que hicieran concebir en los explotados esperanzas de emancipación, y dificulta, hasta impedirlo, la organización autónoma del proletariado. Al reformismoi se le han agotado las posicbilidades. Ante la lucha del proletariado por sus intereses más elementales, la burguesía no puede mantener las organizaciones prácticas de colaboración de clases sin cambiar la ideología que las informa. Cuando el reformismo deja de encerrar un valor positivo para la burguesía como idea del proletariado, es suplantado por la ideología fascista, que se aprovecha de las organizaciones socialistas, apoderándose de sus bienes.

No obstante haber desaparecido las raíces económicas que le dieran origen, la ideología reformista persiste en las organizaciones socialistas y entre la clase obrera y sus aliados por razones de supervivencia. Pero poco a poco va perdiendo su influjo a consecuencia de la exacerbación de los antagonismos de clase, de la acentuación de la miseria y de la explotación de las masas laboriosas. A la luz que proyectan las experiencia española, alemana y austríaca, un gran sector del proletariado que sigue al PS, sin discernir todavía la táctica y los objetivos de la revolución, va comprendiendo que:

(…) el monopolio del capital deiene el obstáculo del modo de producción que se ha desarrollado con él y florecido con él. La centralización de los medios de producción y la socialización del traajo llegan a un punto en que no se acomudan con su cubierta capitalista y la hacen estallar. La última hora de la propiedad capitalista ha sonado. Los expropiadores serán expropiados a su vez.

Carlos Marx. El capital, 1856

La expansión capitalista resulta ya imposible. Los antagonismos del régimen capitalista se acentúan. El fin ideal de la clase obrera y los medios van aproximándose. El divorcio entre los objetivos del proletariado y el movimiento ha desaparecido. El movimiento obrero no tiene otra salida que la revolución. La clase obrera se ve obligada a conquistar el estado para organizar la gestión colectiva de los medios de producción2.

La existencia de un partido revolucionario, que represente efectivamente los intereses generales y permanentes de la clase obrera, sometido a un control constante de las masas laboriosas, es la condción que asegura la acentuación de la conciencia de clase del proletariado, la liquidación del reformismo y del sectarismo, la unidad de la clase obrera y la emancipación del trabajo y los trabajadores.

José Luís Arenillas. La crisis del partido socialista español, 1934.

La insurrección asturiana de octubre será analizada con la misma perspectiva: la necesidad para la clase de dotarse de una dirección revolucionaria. Necesidad a la que la ICE daría la espalda de integrarse en el el PSOE.

Le ha faltado al ejército revolucionario un Estado Mayor con jefes capaces, estudiosos y experimentados. Sin partido revolucionario no hay revolución triunfante. Esta es la única y verdadera causa de la derrota de la insurrección de octubre.

Andrés Nin. Los problemas de la revolución española, 1934

Cartel del POUM en 1935
El debate iba, desde luego, mucho más lejos de las correlaciones de fuerzas españolas. En Francia el partido socialista y el partido comunista habían creado un frente único excluyendo expresamente a los oposicionistas. El secretario de la organización oposicionista francesa había propuesto entonces entrar, con identidad, estructura y órganos de prensa propios, en el partido socialista. Trotski se había sumado a esta propuesta y la había extendido a España. Para la ICE eso equivalía a un suicidio político o, lo que es lo mismo, a la necesidad de romper con Trotski y la Liga por él creada para preparar el lanzamiento de una nueva Internacional.

El futuro reside en el frente único, pero también en la independencia orgánica de la vanguardia del proletariado. De ninguna manera, por un utilitarismo circunstancial, podemos fundirnos con un conglomerado amorfo, llamado a romperse al primer contacto con la realidad. Por triste y penoso que nos resulte, estamos dispuestos a mantenernos en estas posiciones de principio que hemos aprendido de nuestro jefe, aun a riesgo de tener que andar parte de nuestro camino hacia el triunfo separados de él.

Comunismo, 1934.

El BOC mientras tanto se había convertido en la mayor organización política obrera catalana. Programáticamente su trayectoria era una sucesión de desastres: desde el concepto mismo de un partido obrero y campesino a la idea de que las «agrupaciones obreras» del propio BOC podían sustituir a los soviets en una revolución, pasando por el apoyó a Macià y una huelga general en apoyo de la Generalitat en el 343. Ya en 1933, desde las páginas de «Comunismo», Nin le auguraba «convertirse definitivamente en una extrema izquierda pequeñoburguesa, sucesora de la izquierda de Macià y, como ésta, destinada a fracasar ruidosamente tras un período -inevitable- de grandes y rápidos progresos».

España vivía un periodo intensamente revolucionario, y no era para nosotros, pues, de acuerdo con nuestras convicciones y temperamento, una táctica el reducirnos a ser meramente críticos contemplativos inexorables. Aspirábamos a intervenir en los acontecimientos, a integrarnos en ellos, o por lo menos a influenciar prácticamente su desarrollo en un sentido positivo, para lo cual era necesario ensanchar las bases y los medios de acción en el clima de unidad obrera que entonces se manifestaba en toda España; pero también queríamos llegar a una verdadera conjunción con criterio independiente, y no a la disolución (ingreso individual en el Partido Socialista) como Trotski preconizaba como consigna terminante; creíamos igualmente, que nuestra unión debía realizarse con los más próximos, naturalmente, es decir con los más influenciables a nuestras concepciones, para llegar a crear el verdadero partido de la clase trabajadora española. Estas fueron las razones que nos condujeron a crear el POUM.

El BOC, principalmente su jefe de hecho, buscaba también una táctica que le procurase la realización de los mismos propósitos de una mayor audiencia nacional entre la clase obrera y le permitiera transformarse en un partido nacional, ibérico y no solamente catalán como había sido hasta entonces. A pesar de que había tenido casi el mismo origen que nosotros, o sea que procedía de una escisión con el Partido Comunista, había bastante que nos separaba de él por nuestra formación, educación teórica y concepción táctica diferentes y sobre todo en el pensamiento político, como se había manifestado a través de una dura polémica (…) considerábamos al BOC como una especie de federación de grupos de amigos, que tenía como norte de orientación política únicamente las «genialidades» de su jefe.

El BOC sufría una grave crisis interna, algunos dirigentes y militantes obreros lo abandonaban para ingresar en el PC y someterse al estalinismo, por lo que estimamos que para garantizar la existencia de una fuerza independiente de la socialdemocracia y del comunismo oficial con voz y voto ante la situación, la fusión entre las dos organizaciones se imponían. Considerábamos que aunque se resentía el BOC de un cierto espíritu de frivolidad y de culto al jefe, y que padecía de muchos resabios de nacionalismo catalán, lo que nos era completamente ajeno, un nuevo partido de carácter nacional surgido de la fusión, con perspectivas de extensión a todas las regiones y sin que la mentalidad catalanista del BOC hiciera gran peso, terminaría por imponerse como la necesaria organización revolucionaria española, y haría prevalecer finalmente la claridad política que faltase al comienzo.

Y esto tanto más cuanto que la mayoría de los militantes bloquistas estaba formada por trabajadores de gran espíritu de clase, aunque influidos n general por el oportunismo de sus dirigentes por haber aceoptado con demasiado retraso los principios marxistas.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

Andrés Nin en los años 30
Por muchas ilusiones que quisieran hacerse, el POUM, que se funda en septiembre de 1935, no puede ser sino un monstruo desequilibrado y malforme. Los 500 miembros de la Izquierda de Madrid y los 3000 del BOC son agua y aceite. Unos son militantes preparados y con formación en la tradición marxista, los otros una mezcla de nacionalismo, debilidades sindicalistas, obrerismo y culto a la personalidad.

La verdad es que tanto la FCCb y el BOC eran, organizaciones de un oportunismo inveterado y un nivel teórico bajísimo, unidas por el chovinismo y el culto al líder local. Si la ICE, que tenía pocos efectivos en Cataluña, tenía alguna opción de corregir su rumbo era apoyándose precisamente en lo que hacía del BOC un cuerpo muerto desde el punto de vista de clase: su dependencia absoluta de un líder falto de discurso y táctica. Cuando menos, un mal comienzo. Y con la guerra, tras la desaparición de Maurín, la entelequia pasó a ser un puro autoengaño de consecuencias lamentables.

Si hacemos un balance general del periodo entre la proclamación de la República y el comienzo de la guerra, el resultado es desolador:

  • Un PCE que se estaliniza de la mano de los grupos más aventuristas y ajenos a la teoría marxista, en su mayoría provenientes de la CNT (Maurín, Díaz) o del pistolerismo vizcaíno que replica lo más destructivo de la práctica anarquista (Bullejos, Ibarruri).
  • La «bolchevización» zinovietista y la estalinización posterior llevan al PCE al aventurerismo, a la práctica desaparición y finalmente al «Frente Popular», es decir, a encuadrar a los obreros en la defensa de una facción de la burguesía (la republicana o democrática) contra otra supuestamente más reaccionaria que la anterior.
  • De los grupos de oposición que van cuajando a lo largo de los 30, solo uno, la ICE lo hace desde un análisis marxista y con posiciones de clase críticas con la estalinización.
  • Por otro lado, la FCCb primero y el BOC después representan una evolución desde el oportunismo al nacionalismo, de otro grado pero no fundamentalmente distinta a la del propio PCE, como revelan sus intentos durante años por ser reconocidos como un partido catalán propio dentro de la IC estalinista.
  • Trotski y su organización internacional de entonces, no ofrecerá mejor propuesta táctica a la ICE que disolverse en el PSOE, lo que a ojos vista era un callejón sin salida
  • La ICE opta por romper con Trotski y fundirse con el BOC, dando lugar al POUM, una formación donde el BOC era una rémora tal que no podía sino nacer muerta: matará las posiciones clasistas de la ICE sin «rescatar» en ningún momento a las bases del BOC.

¿Y entonces, llegados a 1936 no quedaba ningún grupo comunista con posiciones realmente clasistas? No. Hay un par de organizaciones. Ambas están en una situación numérica de debilidad absoluta y no conseguirán influir en los acontecimientos entre el 19 de julio del 36 y las «jornadas de mayo» del 37. Se trata por un lado de la «Sección bolchevique-leninista» de G. Munis y de la minoría de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista. El GBL, liderado por G. Munis, agrupaba a la minoría de la ICE que no aceptó en 1935 la fusión con el BOC. La minoría de la izquierda italiana partía de una caracterización del curso histórico como contrarrevolucionario, era consciente de las debilidades del proletariado español y su resistencia tanto al fascismo como al antifascismo, y sin embargo decidió intervenir y participar en las milicias.

De ambos grupos, pero también del PCE y el POUM, hablaremos en la siguiente entrega.




1. Lo que en aquel momento se identificaba como «trotskismo» tiene poco o nada que ver con lo que se le asocia hoy. El término «trotskismo»:

  • en su sentido actual es el resultado de la evolución de los grupos que en algún momento fueron parte de la llamada «IV Internacional» fundada en 1938
  • em 1930 sin embargo incluía todavía a muchos grupos marxistas enfrentados desde la izquierda con el estalinismo, entre los que había grupos como la fracción italiana de la izquierda comunista que tenían una visión diametralmente opuesta del curso histórico y no solo rechazaban el VI Congreso sino también el IV y el V; estos grupos, la Izquierda Comunista, nunca formaron parte de la IV Internacional
  • incluía, especialmente cuando era usado por el estalinismo, otras expresiones políticas y comunistas independientes que nunca se integraron en la Internacional propuesta por Trotski ni en las organizaciones de la Izquierda Comunista, como los comunistas indios de Roy.

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2. Este párrafo, claramente «luxemburguista» y en general todo el artículo en su rechazo del «entrismo», es un ejemplo de lo que comentábamos en la entrada anterior. En aquel momento el «oposicionismo» de izquierda, aun teniendo en Trotski su cabeza más conocida, estaba lejos de ser homogénea y doctrinalmente trotskista. [Volver]

3. Hay que decir que la sucesión de despropósitos sobre la «cuestión nacional» de los grupos comunistas españoles partía de un listón muy alto: el PCE de Bullejos reivindicaba al proclamarse la República la autodeterminación e independencia inmediata de Euskadi y Cataluña. [Volver]