Hacia el Termidor soviético

Gregorio Zinoviev
El primer congreso del partido sin Lenin -que estaba ya en la última fase de su enfermedad- dio la tónica de la pendiente por la que caería el partido en los siguientes tres años. Zinóviev, Kámenev y Stalin habían formado dentro del Politburó -que tenía solo seis miembros- un «bloque», el famoso «triunvirato», cuyo primer objetivo fue dejar a Trotski fuera de la posible sucesión como líder del partido. Es importante señalar que hasta ese momento Lenin simplemente «lideraba» y que cuando había posiciones encontradas, lo que, como hemos visto, ocurría con cierta frecuencia, se decidía por mayoría simple. Lenin era un «primero entre pares». Así que liderar suponía obtener un reconocimiento también como teórico marxista solvente, capaz de guiar al partido con la claridad de un Lenin. Obviamente solo Trotski tenía estas condiciones. Trotski conocía ya el «testamento» de Lenin, no solo sus instrucciones para quitar a Stalin de posiciones de mando y dar una batalla abierta y sin componendas contra las tendencias burocráticas y chovinistas, sino su profundo asco ante la forma que había tomado el estado. Pero Trotski tendió una mano al triunvirato y en particular a Stalin. Trotski, que como Lenin temía que el partido se rompiera por la división de su «vieja guarda», prefirió apostar por un compromiso de silencio ante el triunvirato a cambio de poder centrarse, hablando en nombre de toda la dirección, en lo que para él era el meollo del problema ruso: el desarrollo de la NEP y la necesidad de comenzar la planificación económica.

Los triunviros se comportaron con deliberada modestia. Declararon que su única razón para aspirar a la confianza del Partido era su condición de discípulos leales y probados de Lenin. Fue en este Congreso donde Zinóviev y Kámenev iniciaron la exaltada glorificación de Lenin que posteriormente habría de convertirse en un culto estatal. No cabe duda de que la exaltación, en parte, era sincera: éste era el primer Congreso bolchevique sin Lenin, y el Partido ya se sentía huérfano. Los triunviros explotaron este estado de ánimo, sabiendo que la glorificación de Lenin relejaría gloria sobre aquellos a quienes el Partido había conocido como sus discípulos más antiguos. Con todo tuvieron que trabajar arduamente para convencer al Congreso de que ellos hablaban con la voz de Lenin. Los delegados estaban inquietos. Recibieron a Zinóviev con un hosco silencio cuando éste se adelanto a presentar el informe principal. Sus exageradas y hasta ridículas expresiones de adoración por Lenin disgustaron a los delegados más conscientes y de mayor sentido crítico; pero éstos eran una minoría y no protestaron por temor a ser mal interpretados.

Los triunviros hicieron a continuación exhortaciones a la disciplina, la unidad y la unanimidad. Cuando el Partido se veía privado de su jefe, tenía que cerrar sus filas. «Toda crítica a la línea del Partido», exclamó Zinóviev, «incluso una llamada crítica de izquierda, es ahora, objetivamente, una crítica menchevique». Lanzó esta advertencia a Kolontai, Shliápnikov y sus seguidores; excitándose a a medida que hablaba les dijo que ellos eran más perniciosos aun que los mencheviques. Aunque ostensiblemente iban dirigidas solo contra la Oposición Obrera, sus palabras tenían implicaciones más amplias: le hacía ver a cualquier crítico potencial el tipo de denuncia que tendría que enfrentarse. La máxima de que toda crítica sería considerada a priori como una herejía menchevique era una novedad: nunca antes se había declarado nada parecido.(…)

Interesado únicamente en las circunstancias inmediatas de la lucha por el poder y lleno de confiannza en sí mismo, Zinóviev fue ahora un paso más lejjos y describió a todo adversario del grupo dirigente como un portavoz potencial de aquellos mencheviques «inconscientes» e inarticulados. De ellos se desprendía que los dirigentes, fuesen quienes fuesen, tenían el derecho e incluso el deber de suprimir a los adversarios dentro del Partido en la misma frma en que habían suprimido a los verdaderos mencheviques. De esta manera formuló Zinóviev lo que habría de seer el canon de la autosupresión bolchevique.

Este llamado a la disciplina y la nueva concepción de la unidad no dejaron de ser impugnados. Los miembros de la Oposición Obrera y otros disidentes subieron a la tribuna para denunciar al triunvirato y exigir su disolución. Lutovínov, un militante distinguido, protestó contra la «infalibilidad papal» y la inmunidad a la crítica que Zinóviev había reclamado para el Politburó. Kossior, otro viejo bolchevique, sostuvo que el Partido estaba gobernado por una camarilla, que la Secretaría General perseguía a los críticos, que Stalin, durante su primer año al frente de ese organismo, había destituido y persieguido a los dirigentes de organizaciones tan importantes como las de los Urales y Petrogrado, y que las declaraciones sobre la dirección colectiva eran un fraude. En medios de una gritería, Kossior exigió que el Congreso revocara la prohibición, aprobada en 1921, de los agrupamientos internos en el Partido.

Los triunviros, sin embargo, dominaron el Congreso: Kámenev lo presidió, Zinóviev enunció la línea política y Stalin manipuló el aparato del Partido. (…) Incluso algunos de los descontentos apelaron al sentido común de Stalin contra la extravagancia y la demagogia de Zinoviev.

La posición de Stalin ganó mayor realce en el debate sobre la política que debía seguirse frente a las nacionalidades no rusas, el mismo debate que hubiese podido acarrear su ruina. Los georgianos habían ido a Moscú con la esperanza de obtener el fuerte apoyo que Lenin les había prometido. No lo obtuvieron. Rakovski que era el jefe del gobierno ucraniano pero no tenía suficiente influencia en Moscú, se hizo cargo de su defensa. ¿Se proponía Moscú, preguntó, rusificar a las pequeñas nacionalidades del mismo modo que los gendarmes zaristas? Los georgianos quedaron perplejos y confundidos cuando escucharon al propio Stalin hablar con virtuosa indignación contra la violación de los derechos de las nacionalidades no rusas y cuando descubrieron que sus propias denuncias del chovinismo gran ruso figuraban en el texto de las «tesis» de Stalin. Este espectáculo, resultado de la transacción entre Trotski y Stalin, es pareció una mofa de todas sus quejas y protestas. En vano exigieron que, cuando menos, se diera lectura a las notas de Lenin. Los miembros del Politburó se mostraron enigmáticamente reticentes. Solo uno de ellos, Bujarin, rompió la conspiración del silencio y en gran y conmovedor discurso -que hubo de ser el canto del cisne de Bujarin como jefe del comunismo de izquierda- defendió a las pequeñas nacionalidades y denunció las simulaciones de Stalin. Exclamó que el rechazo del chovinismo ruso por parte de Stalin era pura hipocresía y que la atmósfera del Congreso, donde estaba reunida la élite del Partido, lo demostraba: cada una de las palabras pronunciadas desde la tribuna contra el nacionalismo georgiano o ucraniano suscitaban tempestuosos aplausos, mientras que la más moderada alución al chovinismo gran ruso era recibida con ironía o con un silencio helado. Fue con un silencio helado que los delegados recibieron el discurso del propio Bujarin. Stalin, envalentonado por la actitud del Congreso, pudo permitirse ahora atenuar el significado y el alcance del ataque de Lenin contra su política y derrotar a los «desviacionistas».

Trotski siguió los debates con actitud impasible o ausentándose de la sala. Observó escrupulosamente los términos de su transacción con los triunviros y el principio de «solidaridad de gabinete» del Politburó. Este principio no impidió a Zinóviev hacer a Trotski objeto de pullas alusivas a su «obsesión con la planificación». Trotski no reaccionó. (…)

Cuando finalmente, el 20 de abril, Trotski se dirigió al Congreso, dejó de lado las cuestiones que habían suscitado tanto calor y pasión y se refirió exclusivamente a la política económica. Éste, sin duda, era un gran tema, en el que Trotski veía la clave de todos los demás problemas; y al fin tuvo oportunidad de presentar en forma cabal y ante un auditorio en escala nacional las ideas que hasta entonces solo había elaborado con poca cohesión o únicamente dentro del cículo cerrado de los dirigentes. Era parte de su convenio con los triunviros el que se le autorizara a presentar sus concepciones como una declaración de política oficial, aunque el Politburó disintiera de sus concepciones tanto como él disentía de la política de Stalin respecto a las nacionalidades no rusas. Trotski concedía la mayor importancia a la oportunidad de presentar su política económica como la «línea oficial» del Partido (…)

Trotski exhortó al Partido a convertirse en dueño del destino económico del pais y a plicarse a la grande y difícil tarea de la acumulación primitiva socialista. Pasó revista a la experiencia de dos años de la NEO y redefinió sus principios. El doble propósito de la NEP, sostuvo, consistía en ddesarrollar los recursos económicos de Rusia y en encauzar ese desarrollo por vías socialistas. El aumento de producción industrial todavía era lento e iba a la zaga de la recuperación en la agricultura privada. Así surgía una discrepancia entre los dos sectores de la eonomía, y la discrepancia se reflejaba en las «tijeras» que se abrían entre los altos precios industriales y lso bajos precios agrícolas. (…) Las «tijeras» debían cerrarse mediante la reducción de los precios industriales más bien que mediante la elevaciónd e los agrícolas. Era necesario racionalizar, modernizar y concentrar la industria; y ello requería planificación.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado, 1959

León Kamenev
Una frase muy citada por entonces de Lenin decía que la NEP había sido concebida «seriamente y para largo tiempo». Trotski vino a desarrollar esa idea:

La NEP es el campo de batalla que nosotros mismos hemos creado para la lucha entre nosotros y el capital privado . Lo hemos creado, lo hemos legalizado y en él nos proponemos librar la lucha seriamente y durante largo tiempo. Si, seriamente y para largo tiempo, pero no para siempre. Hemos introducido la NEO para derrorarla en su propio terreno y utilizando en buena medida sus propios métodos. ¿En qué forma? Haciendo uso efectivo de la economía de mercado… y también interviniendo, a través de nuestra industria de propiedad estatal, en el juego de esas leyes y ampliando sistemáticamente la esfera de la planificación. A la larga extenderemos la planificación a toda la esfera del mercado, absorbiendo y aboliendo así el mercado.

Trotski. Informe económico al XII Congreso del PCR(b), 1923

Miasnikov, que era un obrero metalúrgico de los Urales, con otros miembros del «Grupo Obrero»
La cuestión es que el concepto de «acumulación socialista primitiva» implicaba que las empresas estatalizadas eran renombradas como «sector socialista» de la economía en vez de, como Lenin había remarcado, sector «capitalista de estado». Este desliz tenía una intencionalidad política pero constituía un serio error teórico que tendría consecuencias dramáticas a largo plazo.

¿Por que llamarle «socialista»? Reducir los precios industriales no era otra cosa que aumentar la productividad de la industria, es decir tecnificarla, capitalizarla. Ese capital, esa «acumulación primitiva socialista» solo podía salir de los trabajadores. Pero estos no estaban para más sacrificios ni recortes.

En el verano, estuvo a punto de estallar una gran huelga general al margen de los sindicatos en Moscú y Petrogrado. Los obreros, hartos de los atrasos acumulados en los salarios y de las formas torticeras de reducirles derechos, comenzaron huelgas aisladas. La GPU de Dzerzhinski se puso a buscar agitadores. En las fábricas habían resurgido grupos de viejos obreros bolcheviques -como el «Grupo obrero» de Miasnikov o «La verdad obrera»- que volvían a las formas de la clandestinidad. Mientras discutían si hacer propaganda por la huelga general, Miasnikov y su equipo más cercano, 20 personas, fueron detenidos. Dzerzhinski descubrió que el grupo clandestino tenía ya 300 miembros solo en Moscú. Por viejos bolcheviques que fueran, eran considerados ahora como «contrarrevolucionarios», «peores que mencheviques» como había dicho Zinoviev. Con todo decenas de viejos bolcheviques con cargos en el partido y la administración se negaron a testificar para la acusación y centenares de miembros de base del partido les habían escuchado con simpatía e incluso colaborado. Dzerzhinski pidió al CC que hiciera obligatorio a los miembros del partido informar a la GPU de actividades fraccionales en la base.

Gracias a la revolución de octubre se han superado todas las barreras en el camino del desarrollo económico de Rusia, no hay yugo opresor alguno de terratenientes, de la burocracia zarista y de idéntico signo,
fundadas en los grupos reaccionarios del capital europeo. Tras la gloriosa revolución y la guerra civil se han abierto a Rusia amplias perspectivas para su rápido cambio en un país de capitalismo avanzado. En elo consiste la gran hazañam, indiscutible, de la Revolución de octubre.

Pero frente a esto, ¿en qué medida se ha cambiado la situación de la clase obrera? La clase obrera de Rusia está desorganizada, en las cabezas de los trabajadores reina la confusión; ¿viven ellos en un país de «dictadura del proletariado», como repite el partido comunista en cualquier momento oralmente y por escrito, o viven en un país de capricho y explotación, como les dice la realidad a cada paso? La clase obrera lleva una existencia mientras que la nueva burguesía (es decir, los funcionarios responsables, los directores de fábricas, los dirigentes de trusts, los presidentes del comité ejecutivo, etc.) y los nepistas llevan una vida lujuriosa que nos recuerda a la burguesía de todos los tiempos.

Llamada del grupo «La verdad de los trabajadores» al proletariado revolucionario

Algunos de los delegados al XII Congreso del Partido
Así estábamos. El partido, que a esas alturas solo tenía 1/6 de obreros, estaba en la práctica desarticulado como organismo pensante. El remate de la situación en 1924 lo daba la extensión de la política de nombramientos de Stalin, que desde la secretaría general remozó la estructura del partido primando a sus simpatizantes personales y ahondando así la separación entre bases y cuadros medios. En el cuadro, solo faltaba Trotski dando carta de «socialismo» al capitalismo de estado, impulsando la planificación y dando así un ser económico definitivo, orgánico y centralizado a lo que hasta entonces había sido «solo» una peligrosa excrecencia del estado soviético: la burocracia.

En rigor de la verdad, la burocracia bolchevique era ya la única fuerza organizada y políticamente activa tanto en la sociedad como en el Estado. Se había apropiado el poder político que se le había escapado de las manos a la clase obrera, se había colocado por encima de todas las clases sociales y era políticamente independiente de ellas. (…) Objetivamente también, por la fuerza de las circunstancias, tenía que operar como el principal agente y promotor del desarrollo del país hacia el colectivismo. Lo qu en última instancia gobernaba la conducta y los lineamientos políticos de la burocracia era el hecho de que ésta tenía a su cargo los recursos de propiedad pública de la Unión Soviética. Ella representaba los intereses del «sector socialista» [es decir capitalista de estado] de la economía contra los del «sector privado», más que los intereses de cualquier [otra] clase social; y solo en la medida en que el interés general del «sector socialista» coincidía con el interés general o «histórico» de la clase obrera, podía la burocracia bolchevique pretender que actuaba en nombre de esa clase.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado, 1959

Número 1 de la revista «Mujer trabajadora» de 1923
Por un camino original el capitalismo de estado ruso estaba produciendo una clase no tan distinta de la nueva burguesía de los capitalismos de estado europeos que Lenin ya había intuido y descrito con vívidos ejemplos alemanes en su famoso folleto sobre el imperialismo.

En Europa la nueva «burguesía de estado» amalgamaba a los viejos burgueses individuales a través de los consorcios financieros y el estado, que en la guerra había aprendido a alinear en un único interés y de forma expeditiva a los distintos sectores de las clases propietarias. El fenómeno se daba incluso en países neutrales, como España, en los que la aparición del capital financiero liga a burguesía y terratenientes en el estado ya desde las postrimerías de la primera guerra mundial.

Muchos burgueses industriales cambiaban la propiedad clásica de la empresa por la participación en organismos financieros, donde se fundían con los viejos intereses latifundistas -importantísimos todavía en países donde la revolución burguesa nunca había triunfado en plenitud como Alemania o España- y con la alta administración del estado. De esa amalgama de capitanes de industria, restos de la nobleza, banqueros y alto funcionariado del estado, saldría la forma contemporánea de la burguesía: la burocracia, burgueses que no son propietarios personales de las grandes empresas -propiedad teórica de grandes fondos y cotizaciones libres- ni muchas veces del gran capital -al que a veces participan y siempre gestionan. Pocos son «empresarios» -una antigualla de escala dificilmente alcanzable por un recién llegado sin apoyo estatal y financiero- y la mayoría de ellos consejeros, altos directivos, diplomáticos, funcionarios de alto nivel del estado, etc. ligados por lazos familiares y sociales, que cooptan políticos y hacen política, que copan y se nutren de la alta burocracia estatal en un toma y daca que les revela tan ligados a los ministerios y a los gobiernos como a los consejos de administración de empresas mastodónticas que son la base de su poder colectivo como clase y que constituyen verdaderos monopolios nacionales y, a veces, globales.

En Rusia la burocracia nació como clase de una forma retorcida y al tiempo mucho más estilizada gracias a la ausencia de la vieja burguesía. Nació directamente en la gestión del sector público y se constituyó en clase a través del aparato del partido-estado. Es una clase política y autoconsciente desde sus orígenes, en parte y paradójicamente gracias a los restos de análisis marxista y libertad de debate que quedaban en el Partido, todavía en 1924 para algunos dirigentes como Trotski.

León Trotski en 1923
El 15 de octubre de 1923, 46 dirigentes bolcheviques hicieron pública una declaración demandando el fin de los poderes extraordinarios de los funcionarios del partido y quejándose de la represión interna, es la llamada «declaración de los 46», comienzo de la «Oposición de Izquierdas». Trotski en principio dudó y permaneció al margen como había hecho en el congreso, pero finalmente se solidarizó con ella en una serie de artículos llamados «El Nuevo Curso».

El burocratismo no es una característica momentánea de algunas organizaciones provinciales sino un fenómeno general. No va del distrito a la organización central por intermedio de la organización regional sino más bien de la organización central al distrito por intermedio de la organización regional. No es de ningún modo un «resabio» del período de guerra Sino que surge a raíz de haberse transferido al partido los métodos y los procedimientos administrativos acumulados durante estos últimos años. Por más exageradas que fuesen algunas veces las formas que revistió, el burocratismo del período de guerra era insignificante en comparación con el actual burocratismo, que se ha desarrollado en tiempos de paz mientras que el aparato, a pesar de la madurez ideológica del partido, continuaba obstinadamente pensando y decidiendo por sí mismo. (…)

El peligro fundamental del «viejo curso», resultante de causas históricas generales así como de nuestros errores particulares, consiste en que el aparato manifiesta una tendencia progresiva a oponer a algunos millares de camaradas que forman los cuadros dirigentes con el resto de la masa que se convierte para ellos sólo en un medio de acción. Si ese estado de cosas persistiese, se correría el riesgo de provocar a la larga una degeneración del partido en sus dos polos, es decir entre los jóvenes y los cuadros. En lo que concierne a la base proletaria del partido, las células de fábrica, los estudiantes, etc., el peligro es evidente. Al no sentir que participan activamente en el trabajo general del partido y no ver satisfechas sus aspiraciones, numerosos comunistas buscarían un sucedáneo de actividad bajo la forma de grupos y de fracciones de toda clase. Precisamente en ese sentido hablamos de la importancia sintomática de grupos tales como el «grupo obrero».

Pero no menos grande es, en el otro extremo, el peligro de ese régimen que ha durado demasiado y que se ha convertido para el partido en sinónimo de burocratismo. Sería ridículo no comprender, o negarse a ver, que la acusación de burocratismo formulada en la resolución del comité central está dirigida contra los cuadros del partido. No se trata, con relación a la línea ideal, de desviaciones aisladas en el plano práctico sino de política general del aparato, de su tendencia profunda. ¿El burocratismo implica un peligro de degeneración? Sólo un ciego podría negarlo. En su desarrollo gradual, el burocratismo amenaza con separar a los dirigentes de la masa, con llevarlos a concentrar únicamente su atención en los problemas administrativos, en las designaciones; amenaza también con restringir su horizonte, debilitar su sentido revolucionario, es decir, provocar una degeneración más o menos oportunista de la vieja guardia o al menos de un sector considerable de ésta. Esos procesos se desarrollan lenta y casi insensiblemente, pero se revelan de manera brusca. Para considerar a esta advertencia, basada en la previsión marxista objetiva, como un «ultraje», un «atentado», etc., es preciso en realidad la susceptibilidad recelosa y la altanería de los burócratas.

Trotski. El Nuevo Curso, 1923

Cartel estalinista de propaganda contra Trotski.
La esperanza del «Nuevo Curso», cita literal de una frase del informe oficial del Comité Central era un cambio de dirección en la relación entre el partido y el estado, entre la administración y los comunistas. Para Trotski era especialmente importante porque estaba convencido de la inevitabilidad del salto, tarde o temprano, hacia la planificación económica y sabía de los peligros que ésta conllevaba tanto si la burocracia se mostraba reticiente -inclinándose hacia el campesinado como hizo en un principio- como si la adoptaba como propia, como haría después.

De hecho, esta serie de Trotski llevará a la famosa campaña del tandem Zinoviev-Stalin «contra el trotskismo» cuya principal acusación sera «subestimar al campesinado» y poner en peligro la NEP. La campaña, que tuvo sus elementos difamatorios, no merece a estas alturas mayor comentario. El «triunvirato» simplemente aceleraba una caída que ya había empezado mucho antes. El momento simbólico vino dado quizás por las exequias y momificación de Lenin y los síntomas evidentes por el XIII congreso en 1924.

Este comenzó con el CC decidiendo no dar lectura al «testamento» de Lenin, que dejaba al descubierto la patochada de la sacralización de la figura del lider y sus palabras al tiempo que entronizaba al «triunvirato» y especialmente a Stalin. Es el congreso en el que Zinoviev exige a Trotski una «retractación». La mera idea -luego una constante en el estalinismo- produjo repulsión incluso entre los contrarios al dirigente. Krupskaya fue aclamada al protestar por la estulticia y violencia totalitaria bajo tal pretensión. Todos los precedentes se estaban sentando: la ocultación, la negación del debate, la humillación de los críticos en nombre de la supuesta necesidad de «monolitismo».

En este momento seguramente, la suerte ya estaba echada, pero quedaban dos últimas manos: la Internacional Comunista, a la que en ese momento se consideraba todavía por encima del partido ruso y sobre todo las últimos cartuchos de la oleada revolucionaria.