Huelga de masas y consejos obreros

Pintura sobre madera japonesa, 1905.
1905 comienza con casi un año de guerra imperialista entre Rusia y Japón a las espaldas. Puerto Arturo, el objeto teórico de la guerra, el único «puerto de aguas cálidas» en el Pacífico ruso y por tanto la única salida de mercancías del Imperio en Asia durante los meses de invierno, cae el 2 de enero. La batalla ha sido terrible y generosa en bajas tanto en el ejército imperial ruso como en el japonés.

La burguesía rusa aspiraba desde siempre a una revolución burguesa que acabara con los amplios restos de legislación feudal y diera paso a un régimen parlamentario. Tiene la esperanza de que el colapso militar de paso al colapso político y que este lleve a que el propio zarismo le entregue el poder, así que lamenta la derrota en público y la celebra en privado.

El último semestre del ministerio Pleve [primer ministro absolutista] coincidió con el comienzo de la guerra. La sedición se apaciguó o, por decir mejor, se recogió. […] Se observaba un enloquecimiento cercano a la desesperación. «¡esto no puede seguir así!» (…)

La sociedad es del todo impotente. Es inútil pensar en un movimiento revolucionario procedente del pueblo, e incluso si este movimiento se produjese estaría dirigido no contra el poder, sino contra los amos en general

El general Kuropatkin ordena la retirada tras la batalla de Mukden.
¿Cuál era, pues, la posible salvación? Estábamos ante la bancarrota financiera y el desastre militar. Hugo Hantz, que pasó en Petersburgo los tres primeros meses de la guerra, afirma que la rogativa común de liberales moderados y numerosos conservadores se formulaba así: «Gott, hilf uns, damit wir geschlagen werden» («Dios, ayúdanos, para que seamos derrotados»). Lo cual naturalmente no impedía que la sociedad liberal adoptase el tono del patriotismo oficial. (…) Fue una táctica basada siempre sobre un único principio: el acercamiento cueste lo que cueste. (…) Se organizaron, no para combatir a la autocracia, sino para servirla; no se trataba de vencer al gobierno, sino de seducirle. Se aspiraba a merecer su gratitud y su confianza, convirtiéndose en indispensable para él. Esta táctica es tan vieja como el liberalismo ruso y no ha ganado con los años ni en inteligencia, ni en dignidad. (…)

La flota de Port Arthur había sido derrotada, muerto el almirante Makarov, la guerra proseguía ahora en tierra firme (…). La posición del gobierno era más difícil que nunca, la desmoralización de los gobernantes hacía imposibles toda continuidad de ideas y toda firmeza en la política interior. Las vacilaciones, los intentos de acomodación y de apaciguamiento se hacían inevitables. La muerte de Pleve fue una ocasión favorable para modificar el curso de la política.

La burguesía liberal celebra el 17 de octubre de 1904 las reformas zaristas.
La «primavera» gubernamental debía ser obra del príncipe Sviatopolsk Mirski, antiguo jefe de la gendarmería.(…) El príncipe Sviatopolsk intentó conservar el justo medio: la autocracia, pero suavizada por la legalidad; la burocracia, pero apoyada sobre las fuerzas sociales. (…) El ministro, cuyas buenas intenciones no encontraban eco alguno entre la camarilla que dominaba al zar, intentó tímidamente apoyarse sobre los miembros de los zemstvos: a este objeto, tenía la intención de utilizar la conferencia que se anunciaba y que debía reunir a los representantes de las administraciones locales. (…)

Mientras que el ala derecha de la «sociedad», vinculada, por intereses materiales o por las ideas, al liberalismo censitario, se encargaba de mostrar la moderación y el carácter leal de las mociones del congreso y apelaba al sentido político del príncipe Sviatopolsk, los intelectuales radicales y principalmente los estudiantes, se unían a la campaña de noviembre con el fin de sacarla del atolladero en que estaba atascada, darle un carácter más combativo y vincularla al movimiento revolucionario de los obreros en las ciudades. Es así como se produjeron dos grandes manifestaciones en la calle: la de Petersburgo, el 28 de noviembre, y la de Moscú, los días 5 y 6 de diciembre. Estas demostraciones eran para los «hijos» radicales la conclusión directa y necesaria de las consignas lanzadas por los «padres» liberales: puesto que se había decidido reclamar un régimen constitucional, había que comprometerse en la lucha. Pero los «padres» no mostraban intención alguna de seguir las ideas políticas con tanta perseverancia. Bien al contrario, creyeron su deber mostrarse asustados: demasiada prisa, demasiada fogosidad, podrían romper la frágil tela de araña de la confianza. Los «padres» no apoyaron a los «hijos»; los abandonaron a los cosacos y a la gendarmería del príncipe liberal.

Los estudiantes no fueron apoyados tampoco por los obreros. (…) La profunda evolución que se efectuaba entonces en la consciencia de las masas no tenía lógicamente nada en común con las demostraciones apresuradas de la juventud revolucionaria. Así los estudiantes fueron, a fin de cuentas, abandonados casi exclusivamente a sus propias fuerzas.(…)

1905 se abrió con acontecimientos que establecieron un corte fatal entre el pasado y el presente. Subrayaron con un trazo sangriento la época de la «primavera», periodo en que la conciencia política del país había vivido su infancia. El príncipe Sviatopolsk, su bondad, sus planes, su confianza, sus circulares, todo fue echado atrás, todo olvidado.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Domingo Sangriento. El pope Gapón rodeado de trabajadores.
El cambio súbito tendrá lugar el nueve de enero. Una manifestación de obreros, con un pope a la cabeza, se abre paso hacia el Krenlim para entregar un, aparentemente quejumbroso, rogatorio al Zar.

Soberano, nosotros, los obreros, nuestras mujeres y nuestros débiles ancianos, nuestros padres, hemos venido a ti, soberano, para pedir justicia y protección. Estamos reducidos a la miseria, somos oprimidos, abrumados con un trabajo superior a nuestras fuerzas, injuriados, no se quiere reconocer en nosotros a hombres, somos tratados como esclavos que deben sufrir su suerte y callar. Hemos esperado con paciencia, pero se nos precipita cada vez más en el abismo de la indigencia, la servidumbre y la ignorancia. El despotismo y la arbitrariedad nos aplastan, nos ahogamos. ¡Las fuerzas nos faltan, soberano! Se ha alcanzado el límite de la paciencia; para nosotros, éste es el terrible momento en que la muerte vale más que la prolongación de insoportables tormentos

Las peticiones incluyen la separación entre iglesia y estado, la jornada de ocho horas, el derecho de huelga y por supuesto la Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal. El ejército carga contra ellos provocando una matanza. Es el «domingo sangriento», bautizo del proletariado como clase política en Rusia y fin de la «particularidad rusa» que trabajamos en el capítulo anterior.

Nuestra revolución acabó con nuestro particularismo, mostrando que la historia no había creado para nosotros leyes de excepción. (…)

Manifestación bolchevique en Moscú, 1905.
La petición de los obreros oponía a la fraseología confusa de las resoluciones liberales los términos precisos de la democracia política; además, introducía el espíritu de clase al exigir el derecho de huelga y la jornada de ocho horas. Su significación política no reside empero en el texto, sino en el hecho. La petición servía de prólogo a una acción que había de unir a las masas obreras ante el fantasma de una monarquía idealizada, con el resultado de oponer inmediatamente al proletariado y la monarquía real como enemigos mortales. (…)

La marcha de los acontecimientos ha quedado en todas las memorias. Los incidentes se sucedieron, durante algunos días, con una notable moderación, persiguiendo siempre el mismo objetivo. El 3 de enero, estalló la huelga en la fábrica Putilov. El 7 de enero, el número de huelguistas se elevaba a 140.000. La huelga alcanzó su apogeo el 10 de enero. El 13 se volvió al trabajo. De suerte que estamos en presencia de un movimiento antes que nada económico que tiene por causa un motivo ocasional. El movimiento se extiende, arrastra a decenas de millares de obreros y se transforma por consiguiente en un acontecimiento político. A la cabeza del movimiento se encuentra la «Sociedad de Obreros de Talleres y Fábricas», organización de origen policial. Los radicales, cuya política de banquetes ha entrado en un callejón sin salida, arden de impaciencia. Se hallan descontentos por el carácter puramente económico de la huelga y empujan hacia delante al conductor del movimiento, Gapón. El cual se compromete en la vía política y encuentra, en las masas obreras, tal desbordamiento de descontento, irritación y energía revolucionaria, que los planes de sus inspiraciones se pierden y ahogan con él. La socialdemocracia pasa a primer plano. Es acogida con manifestaciones hostiles, pero pronto se adapta a su auditorio y le subyuga. Sus enseñas se convierten en las de la masa y quedan fijadas en la petición. (…)

La histórica manifestación del 9 de enero se presentó bajo un aspecto que nadie, lógicamente hubiera podido prever. El sacerdote a quien la historia había puesto a la cabeza de la masa obrera, durante algunos días, de manera tan inesperada, marcó los acontecimientos con el sello de su personalidad, de sus opiniones, de su dignidad eclesiástica. Y estas apariencias disimularon, ante los ojos de muchas personas, el sentido real de los acontecimientos. Pero la significación esencial del 9 de enero no reside en el cortejo simbólico que avanzó hacia el Palacio de Invierno. La sotana de Gapón era algo accesorio. El verdadero actor fue el proletariado. Comienza por una huelga, se unifica, formula exigencias políticas, baja a la calle, atrae hacia sí todas las simpatías, todo el entusiasmo de la población, choca con la fuerza armada y abre la Revolución Rusa. (…)

Revolución de 1905 en Letonia. La revolución se extendió por todos los lugares del imperio donde había concentraciones obreras incluidos Finlanda, Polonia, Letonia, etc.
«No existe todavía un pueblo revolucionario en Rusia». Eso escribía Peter Struve, en el órgano que publicaba en el extranjero bajo el título de Emancipación, el 7 de enero de 1905, es decir, dos días antes de que los regimientos de la guardia aplastasen la manifestación de los obreros petersburgueses. «No existe un pueblo revolucionario en Rusia», declaraba por la boca de un renegado socialista el liberalismo ruso que, durante un periodo de tres meses, en sus banquetes, había adquirido la convicción de ser el principal personaje en el escenario político. Y esta declaración no había tenido tiempo de llegar hasta Rusia cuando ya el telégrafo transmitía a todos los puntos del mundo la gran noticia del comienzo de la Revolución Rusa…

La esperábamos, no dudábamos de ella. Había sido para nosotros, durante largos años, una simple deducción de nuestra «doctrina» que excitaba las burlas de todos los cretinos de todos los matices políticos. No creían en la eficacia de las peticiones de los zemstvos, en Witte, en Sviatopolsk Mirski, en cajas de dinamita… No había prejuicio político que no aceptasen a ojos cerrados. Sólo la fe en el proletariado les parecía un prejuicio.

La matanza de enero tuvo una influencia especialmente notable y profunda sobre el proletariado de toda Rusia. De un extremo a otro del país corrió una oleada grandiosa de huelgas que estremecieron el cuerpo de la nación. Según un cálculo aproximado, la huelga se extendió a 122 ciudades y localidades, a varias minas del Donetz y a diez compañías de ferrocarriles. Las masas proletarias fueron removidas hasta sus cimientos. El movimiento arrastró a un millón de almas. Sin tener un plan determinado, incluso frecuentemente sin formular exigencia alguna, interrumpiéndose y comenzando de nuevo, guiada sólo por el instinto de solidaridad, la huelga reinó en el país por espacio de unos dos meses.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Trotski aguarda juicio en la fortaleza de San Pedro y San Pablo en 1906.
Esa huelga, «inesperada» y no planificada, verdadera negación del fetiche anarquista y sindicalista de la «huelga general», esa huelga de masas que se confunde con la revolución, es la forma que toma la constitución en clase en la era imperialista. No hay una macro-organización convocante, no hay una estructura de liberados ni una gigantesca caja de resistencia. Simplemente es.

Después del 9 de enero, la revolución no conocerá descanso. No se limita ya a un trabajo subterráneo oculto a la vista, para sublevar incesantemente nuevos estratos; ha llegado a hacer abiertamente, con prisa, el llamamiento de sus compañías, sus batallones, sus regimientos y sus cuerpos de ejército. La fuerza principal de esta inmensa tropa se halla constituida por el proletariado; por eso la revolución procede al llamamiento de sus soldados mediante la huelga.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Toda la previsión teórica sobre la capacidad de la clase universal para hacer de vanguardia del conjunto de clases no explotadoras, cobra de repente cuerpo material

Una tras otra, las profesiones, las fábricas, las ciudades abandonan el trabajo. Los ferroviarios son los iniciadores del movimiento, las vías férreas sirven de transmisor a esta epidemia. Son formuladas exigencias económicas, satisfechas casi de inmediato, en todo o en parte. Pero ni el comienzo de la huelga, ni su término dependen exclusivamente de las reivindicaciones presentadas, ni de las satisfacciones que se obtienen. La huelga comienza, no porque la lucha económica haya llegado a exigencias determinadas, sino, por el contrario, al hacerse una selección de exigencias que se formulan porque se tiene necesidad de la huelga. Existe la necesidad de comprobar por sí mismo, por el proletariado de otros lugares y en fin por el pueblo entero, las fuerzas que se han acumulado, la solidaridad de la clase, su ardor combativo; es preciso pasar una revista general de la revolución. Los propios huelguistas y quienes los apoyan, y quienes por ellos sienten simpatía, y los que les temen, y los que les odian, todos comprenden o sienten confusamente que esta curiosa huelga que corre localmente de un lugar a otro, recupera su impulso, y pasa como un torbellino; todos comprenden o, sienten que no obra por sí misma, que se limita a cumplir la voluntad de la revolución que la envía. Sobre el campo de operaciones de la huelga, es decir, sobre toda la extensión del país, está suspendida una fuerza amenazadora, siniestra, cargada de una insolente temeridad.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Representantes obreros en el soviet de Petrogrado en 1905. Trotski en el centro.
Cuando Rosa Luxemburgo lleve el modelo de la «huelga de masas» a Alemania, en un momento en el que la tensión de clase es fuerte, el partido aceptará a regañadientes su «uso» y supeditada solo a una eventual prohibición del derecho al voto de los obreros. Los sindicatos, se cerrarán entonces en banda. Rosa Luxemburgo terciará en el debate intentando aclarar, en primer lugar, que la huelga de masas no es la huelga general en el sentido no de universalidad, al revés, sino en el de la posibilidad de reducirla a una herramienta, la posibilidad misma de «convocarla».

Lo primero que la experiencia de Rusia nos lleva a revisar es la concepción general del problema. En la actualidad, cuando ya todo se ha dicho y hecho, nos encontramos con que la posición de los más fervientes defensores de «ensayar la huelga de masas» en Alemania, como Bernstein, Eisner, etcétera, y la de los más enconados adversarios de esta idea, como por ejemplo Bomelburg en el campo sindical, en la práctica resultan lo mismo, es decir la concepción anarquista.

Pues el modo de pensar anarquista es la especulación directa sobre el “gran Kladderadatsch”, sobre la revolución social simplemente como característica externa e inesencial. Lo esencial del anarquismo es la concepción abstracta, ahistórica, de la huelga de masas y de las condiciones en que generalmente se libra la lucha proletaria.

Este caprichoso modo de razonar tuvo como resultado que hace sesenta años se concibiera la huelga de masas como el camino más breve, seguro y fácil para saltar a un futuro social mejor. El mismo modo de razonar originó recientemente la idea de que la lucha sindical era la única y verdadera «acción directa de las masas», y también la única lucha revolucionaria verdadera. Esta, como sabemos, es la última posición de los «sindicalistas» franceses e italianos [sindicalismo revolucionario que luego mutará en el anarcosindicalismo de la CNT]. Lo fatal para el anarquismo fue siempre que los métodos de lucha improvisados en el aire son como invitaciones a una casa cuyo dueño está ausente, es decir, son puramente utópicos. Además, estas especulaciones que en un momento dado fueron en general revolucionarias, al no contar con la despreciable y vil realidad, son transformadas por ésta, de hecho, en instrumentos de la reacción.

Los que hoy fijan un día en el calendario para la huelga de masas en Alemania, como si se tratara de un compromiso anotado en la agenda de un ejecutivo; los que, como los participantes del congreso sindical de Colonia, pretenden eliminar por medio de una prohibición «propagandística» el problema de la huelga de masas de la faz de la tierra, se guían por estos mismos métodos de observación abstractos y ahistóricos. Ambas tendencias se basan en el supuesto netamente anarquista de que la huelga de masas es un medio de lucha puramente técnico, que puede «decidirse» a placer y de modo estrictamente consciente, o que puede ser «prohibido», una especie de navaja que se guarda cerrada en el bolsillo «lista para cualquier emergencia», y se puede abrir y utilizar cuando uno lo decida. (…)

Por lo tanto, si algo nos enseña la Revolución Rusa, es, sobre todo, que la huelga de masas no se «fabrica» artificialmente, que no se «decide» al azar, que no se «propaga»; es un fenómeno histórico que, en un momento dado, surge de las condiciones sociales como una inevitable necesidad histórica. Por lo tanto, no se puede entender ni discutir el problema basándose en especulaciones abstractas sobre la posibilidad o la imposibilidad, sobre lo útil o lo perjudicial de la huelga de masas. Hay que examinar los factores y condiciones sociales que originan la huelga de masas en la etapa actual de la lucha de clases. En otras palabras, no se trata de la crítica subjetiva de la huelga de masas desde la perspectiva de lo que sería deseable, sino de la investigación objetiva de las causas de la huelga de masas desde la perspectiva de lo históricamente inevitable.

Rosa Luxemburgo. Huelga de masas partido y sindicatos, 1906

Manifestación obrera durante la revolución de 1905.
Pero hay elementos que no debemos olvidar tampoco en el rechazo que la huelga de masas provoca en la dirección socialdemócrata: la huelga de 1905 ha superado a la burocracia sindical y su fantasía de organizar al proletariado como un ejército piramidal. El proletariado ruso no ha creado centrales sindicales, ha creado un nuevo tipo de órgano: el consejo obrero, el soviet. Y este órgano ha colocado a los sindicatos bajo su mando natural sin contar con popes ni burócratas. La peor pesadilla para la dirección sindical.

A medida que se desarrollaba la huelga de octubre, el soviet se convertía naturalmente en el centro que atraía la atención general de los hombres políticos. Su importancia crecía literalmente de hora en hora. El proletariado industrial había sido el primero en cerrar filas en torno a él. La unión de los sindicatos que se había adherido a la huelga a partir del 14 de octubre, tuvo casi inmediatamente que reconocer el protectorado del soviet. Numerosos comités de huelga –los de ingenieros, abogados, funcionarios del gobierno– regulaban sus actos por las decisiones del soviet. Sometiendo a las organizaciones independientes, el soviet unificó en torno suyo la revolución.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

El soviet se había formado por la unión de delegados de los comités de huelga. Desde el primer momento respondía a las asambleas de los trabajadores y sus delegados eran revocables en todo momento.

En la primera sesión no había más que varias docenas de hombres. Y a mediados de noviembre el número de diputados llegaba a 56, entre ellos 6 mujeres. [Al final de la revolución el soviet] representaba a 147 fábricas, 34 talleres y 16 sindicatos [de empresa o ramo]. La mayor parte de los diputados -351- pertenecían a la industria del metal. Desempeñaron un papel decisivo en el soviet, la industria textil envió 57 diputados, la del papel e imprenta 32, los empleados de comercio tenían 12 y los contables y farmacéuticos 7. Se eligió un comité ejecutivo el 17 de octubre, compuesto por 31 miembros: 22 diputados y 9 representantes de los partidos (6 para las dos fracciones de la socialdemocracia y 3 para los socialistas revolucionarios).

León Trotski, Conclusiones de 1905, 1909

Trotski que es elegido secretario de este primer soviet de la historia, se da pronto cuenta de que la naturaleza del nuevo órgano no es en realidad un producto del particularismo y el atraso rusos. Al revés, los soviets son en realidad, como órganos de la insurrección y «expresión organizada de la voluntad de clase del proletariado», que la organización de revolucionarios no necesita ni quiere absorber porque es la forma concreta, material, el lugar preciso en la que se fusiona con el conjunto de la clase, usando la teoría revolucionaria para «orientar pensamiento político» de una clase que por el hecho de auto-organizarse en él se ha constituido ya como sujeto político a un nuevo nivel: la toma y el ejercicio del poder.

El soviet organizaba a las masas obreras, dirigía huelgas y manifestaciones, armaba a los obreros y protegía a la población contra los pogromos. Sin embargo, hubo otras organizaciones revolucionarias que hicieron lo mismo antes, al mismo tiempo y después de él, y nunca tuvieron la misma importancia. El secreto de esta importancia radica en que esta asamblea surgió orgánicamente del proletariado durante una lucha directa, determinada en cierto modo por los acontecimientos, que libró al mundo obrero «por la conquista del poder». Si los proletarios, por su parte, y la prensa reaccionaria por la suya dieron al soviet el título de «gobierno proletario» fue porque, de hecho, esta organización no era otra cosa que el embrión de un gobierno revolucionario. El soviet detentaba el poder en la medida en que la potencia revolucionaria de los barrios obreros se lo garantizaba; luchaba directamente por la conquista del poder, en la medida en que éste permanecía aún en manos de una monarquía militar y policíaca.

Antes de la aparición del soviet encontramos entre los obreros de la industria numerosas organizaciones revolucionarias, dirigidas sobre todo por la socialdemocracia. Pero eran formaciones «dentro del proletariado», y su fin inmediato era luchar «por adquirir influencia sobre las masas». El soviet, por el contrario, se transformó inmediatamente en «la organización misma del proletariado»; su fin era luchar por «la conquista del poder revolucionario».

Al ser el punto de concentración de todas las fuerzas revolucionarias del país, el soviet no se disolvía en la democracia revolucionaria; era y continuaba siendo la expresión organizada de la voluntad de clase del proletariado. En su lucha por el poder, aplicaba métodos que procedían, naturalmente, del carácter del proletariado considerado como clase: estos métodos se refieren al papel del proletariado en la producción, a la importancia de sus efectivos y a su homogeneidad social. Más aún, al combatir por el poder, a la cabeza de todas las fuerzas revolucionarias, el soviet no dejaba ni un instante de guiar la acción espontánea de la clase obrera; no solamente contribuía a la organización de los sindicatos sino que intervenía incluso en los conflictos particulares entre obreros y patronos. Y, precisamente porque el soviet, en tanto que representación democrática del proletariado en la época revolucionaria, se mantenía en la encrucijada de todos sus intereses de clase, sufrió desde el principio la influencia todopoderosa de la socialdemocracia. Este partido tuvo entonces la posibilidad de utilizar las inmensas ventajas que le daba su iniciación al marxismo; este partido, por ser capaz de orientar pensamiento político en el «caos» existente, no tuvo que esforzarse en absoluto para transformar al soviet, que no pertenecía formalmente a ningún partido, en aparato organizador de su influencia.

León Trotski, Conclusiones de 1905, 1909


La experiencia de la revolución de 1905 acaba con una serie de ideas bien alimentadas por el oportunismo en el seno de la II Internacional, pero sobre todo es el primer «ensayo general» de una revolución obrera bajo las condiciones del imperialismo.

  1. La revolución es insurreccional y arranca bajo la forma de una huelga «espontánea» que se extiende territorialmente.
  2. Los comités de huelga y organizaciones territoriales obreras de un determinado lugar forman un «consejo obrero» (soviet), que es ya, en sí, un órgano de poder de clase, un órgano insurreccional.
  3. Los consejos obreros tienen un funcionamiento ágil y ejecutivo, sus sesiones son abiertas y sus representantes y cargos son revocables en cualquier momento.
  4. La función de la organización de militantes en el soviet es sobre todo impulsar la clarificación política en la lucha por la toma del poder por parte de los propios consejos.