La guerra

Cartel de propaganda del PCE durante la guerra: bandera del estado republicano, exaltación del ejército regular y culto a la personalidad de sus dos líderes.
Desde los primeros momentos de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 se produjo una decantación de las fuerzas políticas. El PCE y el PSOE fueron los primeros en cerrar filas con el estado y el gobierno republicanos.

El momento es difícil pero no desesperado. El gobierno está seguro de que posee los medios suficientes para aplastar esta tentativa criminal. En caso de que sus medios fuesen insuficientes, la República cuenta con la promesa solemne del Frente Popular. Está dispuesto a intervenir en la lucha a partir del momento en que se reclame su ayuda. El gobierno manda y el Frente Popular obedece.

Nota conjunta PSOE-PCE, 19 de julio de 1936

Pero lo que estaba pasando tenía una naturaleza muy distinta. En todo el país los trabajadores se levantan y enfrentan directamente a los golpistas. El estado republicano colapsa en la mayor parte de la «España republicana». Se intenta formar un gobierno alrededor de Martínez Barrios, alentado por el Frente Popular, que ofrece capitular a los golpistas.

Desde días antes, las masas, movilizadas espontáneamente, por iniciativa de la C.N.T., de militantes medios socialistas y stalinistas, y por otras organizaciones pequeñas, eran materialmente dueñas de la calle en las principales ciudades. El poder real había quedado polarizado en las masas y en los cuarteles. El choque era inevitable. Apenas notificada por la radio la constitución del nuevo Gobierno, estalló en violentas manifestaciones una explosión de cólera, al grito de ¡Abajo Martínez Barrio! Los propios partidos socialistas y stalinista hubieron de acceder al deseo de las masas, y secundar, como partidos, las manifestaciones. Así, humillantemente repudiada por la reacción, ante cuya espada se inclinaba, combatida e injuriada por las masas, la intentona capituladora de Martínez Barrio quedó ahogada en el seno del frente popular que la alentó. La situación no admitía medias tintas. Para someter a las masas desbordadas, al Gobierno le hacía falta la misma fuerza militar que se sublevaba contra las masas y contra el Gobierno; para someter a los militares era preciso armar las masas. (…)

Fracasada la conciliación, nada podía evitar que las masas se armaran y arremetieran contra los militares. Al contrario, los propios partidos obreros del frente popular tenían que correr de la cola a la cabeza de las masas, para no ser desarticulados ellos mismos, y para que el armamento quedara bajo su deletéreo control, en la medida de lo posible.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

Es el primer elemento que permite al POUM y a los trotskistas hablar de un carácter socialista en la revolución española. Su contrapunto: la cuestión del poder. Mayoritariamente confundida por el anarquismo y el sindicalismo, la clase colectiviza fábricas y campos y enfrenta al fascismo con sus milicias… pero deja que se reconstruyan las estructuras del Estado, especialmente desde la Generalitat.

No es el objetivo de este curso discutir la llamada «revolución española», sino la reacción de los distintos grupos que reivindicaban comunistas. En el caso del PCE, en continuidad con la línea trazada desde Moscú para los frentes populares, se trata de defender el estado republicano no solo contra el fascismo, también contra las colectivizaciones. El resultado es que el PCE, beneficiario además de la ayuda soviética, se convierte en el nuevo «partido del orden» y multiplica su reclutamiento entre la pequeña burguesía. Como informa el dirigente del PCE Fernando Claudín:

A las filas del PCE acuden numerosos elementos pequeñoburgueses, atraídos por el renombre que adquiere el partido de defensor del orden, de la legalidad y de la pequeña propiedad. Y al PCE afluyen sobre todo – o se ponen bajo su dirección a través de la JSI- un gran contingente de la juventud no formada aun en los sindicatos y organizaciones obreras tradicionales.

José Díaz, secretario general del PCE durante la guerra.
El informe de José Díaz al CC en mayo del 37 arroja que frente a los 150.000 asalariados que encuadra el partido (y que incluyen además de obreros agrícolas e industriales, funcionarios y cuadros empresariales) existen ya más de 100.000 pequeños propietarios (profesionales y agricultores) junto a 20.000 mujeres de las que no figura adscripción social. Los testigos exteriores, vinculados al PCE en la época, refuerzan estos datos en sus testimonios.

El PC es hoy, en primer lugar, el partido del personal administrativo y militar, en segundo lugar el partido de la pequeña burguesía y de ciertos grupos campesinos acomodados, en tercer lugar el partido de los empleados públicos y solo en cuarto lugar el partido de los trabajadores.

Frank Burkenau. El reñidero español, 1971.

El análisis sociológico de la militancia refleja hasta qué punto la política frentepopulista y el partido correa de transmisión han conseguido atraer a unos sectores sociales cuyo objetivo es salvar el estado democrático republicano y no hacer la revolución socialista.

¿Qué ha pasado mientras tanto con el recién nacido POUM? Al producirse la sublevación militar Maurín está en Galicia, es capturado por los insurrectos y se le da por asesinado. Solo Nin tiene talla para asumir la Secretaría. El culto a la personalidad y la mentalidad bloquista es tan ridícula, tan antimarxista, que asume la «secretaría ejecutiva» porque la «secretaría general» pertece ad eternum al muerto.

Desgraciadamente, la guerra civil estalló antes de que se hubiera establecido la soldadura interna en la concepción de los problemas de las dos organizaciones fusionadas. (…) La ausencia de su jefe Maurín, había creado entre los antiguos bloquistas un reflejo de defensa preventiva contra los dirigentes del partido procedentes de la ICE, en los que suponnían la intención de «apoderarse del POUM» y de «imponer el trotskismo». Por esta situación, Andrés Nin fue un secretario político disminuido en sus funciones, lo que le afectó dolorosamente durante el año de guerra civil que vivió, y contra cuyo estado de cosas yo estimaba que no quería ni acertaba a reaccionar resueltamente.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

Para colmo, la mayor parte de los antiguos militantes de la ICE están en las zonas como Extremadura y Galicia donde triunfa pronto la sublevación militar. La mayoría son capturados y asesinados en los primeros días. El grupo de Madrid, relativamente grande, queda en cualquier caso aislado y se convierte en el primer objetivo abierto de la represión estalinista de la GPU (luego KGB) y el PCE. En Cataluña el POUM, que ya había entrado en el 36 en el pacto electoral del Frente Popular aduciendo que entraba para convertirlo en un frente único de partidos obreros. Como ya en 1932 supo ver Nin, estaba colocándose al otro lado de la frontera de clase irremisiblemente. El propio Nin entró en el gobierno de la Generalitat durante la guerra, el mismo gobierno que sirvió de estructura base para la reconstitución del estado republicano y el aplastamiento de la autonomía obrera y sus colectivizaciones.

El P.O.U.M., rebotando del frente popular a la oposición y de la oposición al frente popular, carecía de línea política propia; se guarecía a la sombra sin contornos de la izquierda socialista, o a la sombra del anarco-sindicalismo, artificialmente alargada por el ocaso automático del sol capitalista. Resultado: en el momento de la insurrección militar, las organizaciones obreras, o bien sostenían con todas sus fuerzas el Estado capitalista, cual el reformismo y el stalinismo, o bien se acercaban a él, cual la C.N.T., la F.A.I. y el P.O.U.M. Pese a todo, el Estado y la sociedad capitalista, sin que nadie se lo propusiera deliberadamente, cayeron por tierra, desmoronados como consecuencia del triunfo obrero sobre la insurrección reaccionaria.

La teoría marxista que proclama la necesidad de destruir el Estado capitalista y de crear un Estado obrero basado en relaciones de producción y distribución socialistas de las clases productoras, en posesión de los instrumentos de trabajo, recibió en España, el 19 de Julio, la más brillante demostración. En la Rusia de 1917, el doble proceso social de destrucción del viejo Estado y creación del nuevo fue consciente y poderosamente auxiliado por el Partido bolchevique. Pero en España se consumó el mismo proceso no sólo sin auxilio de ninguna organización, sino con auxilios deliberadamente adversos por parte del reformismo y del stalinismo, inconscientemente adversos, aunque en menor grado, por parte del anarco-sindicalismo y del centrismo poumista. La prueba tiene un valor irrecusable y aleccionador para el proletariado mundial. De la colisión armada salía reforzado el Estado burgués allí donde triunfaban los militares; totalmente destrozado donde triunfaba el proletariado y rudimentariamente creados los organismos básicos de un nuevo Estado proletario. Por repercusión, el hecho constituye una acusación de criminalidad para los partidos obreros infeudados a la fórmula: ni revolución social ni fascismo, sino democracia burguesa. Pues si ésta hubiese representado, por poco que fuera, una verdadera necesidad de la evolución histórica, la derrota de los militares el 19 de Julio la habría confirmado vigorizando espontáneamente el parlamentarismo, el frente popular, y en general todas las instituciones del Estado burgués. La vida fantasmal a que todas ellas quedaron súbitamente reducidas demuestra el carácter anti-histórico, reaccionario de aquella fórmula, y por consecuencia de los partidos obreros que la hacían suya.

Anarquismo y poumismo, aunque no dejaron de conciliar con el frente popular, aparecían a la izquierda de él, encontrándose así en excelentes condiciones para asegurar a los Comités-gobierno la completa posesión del poder político. Por sí sola, la numerosa y excelente militancia anarquista habría garantizado fácilmente el éxito, si su espontánea actividad hacia la creación de un nuevo Estado no hubiese sido frenada y desviada hacia el Estado burgués por la propia dirección anarquista. Por su parte, El P.O.U.M., aunque incomparablemente menos influyente, contaba con recursos y fuerza numérica suficiente para conquistar la mayoría proletaria mediante una enérgica política revolucionaria, y frustrar la torva intención de stalinistas y reformistas. Pero ya se ha visto que desde la constitución del frente popular, en las organizaciones obreras no se divisaban más que los Kerensky; faltaban los Lenin y los Trotsky. En el momento en que el frente popular, con el Estado burgués, recibía un golpe mortal, cuando, señoreando las masas todas las relaciones sociales, podía ser rápidamente desarraigada la traicionera influencia del stalinismo y el reformismo, se suman a éstos el anarquismo y el poumismo, acceden a sus maniobras reaccionarias, les dan viabilidad, cortan a los Comités-gobierno el paso hacia el poder en escala nacional, y salvan al Estado burgués del tiro de gracia. Es el entrelazamiento de dos tendencias deliberadamente pro-capitalistas, y de otras dos semirrevolucionarias, lo que impidió que la obra de Julio cristalizase y se consolidase, lo que más tarde causó el retroceso de la revolución y el triunfo de Franco.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

«La voz leninista», periódico de la sección bolchevique leninista española, abril 1937
El texto anterior no solo caracteriza al POUM y a la CNT durante la revolución, sino que también nos relata la posición de Munis y el pequeño Grupo Bolchevique-leninista: del 19 de julio a las jornadas de mayo se habría instaurado, de facto, un doble poder. Estado republicano y clase obrera lo ejercerían temporalmente mientras la clase no acababa de encontrar sus propias formas insurreccionales y su dirección revolucionaria. El movimiento acabaría en mayo del 37, cuando el estado republicano y el PCE se sienten con fuerzas para tomar el poder de nuevo en solitario destruyendo completamente las expresiones autónomas de la clase.

Durante las jornadas de Mayo de 1937, todo el mundo quedó situado en su verdadero puesto. Ese resultado solo valía la lucha, porque hace prometedora la derrota. (…)

En su segunda etapa, la dualidad de poderes habíase desenvuelto muy favorablemente al extremo capitalista, cuyo Estado, montado sobre fusiles y ametralladoras hechos en Rusia, penaba por reconstituir «el orden». Pero los elementos de poder dual obrero resistían, y no se resignaban a dejarse disolver pacíficamente, pese a las presiones ejercidas incluso desde la dirección de las organizaciones más radicales. La reacción stalino-capitalista buscaba continuamente ocasiones para atacar la revolución. A fines de abril, la consejería de Orden Público, queriendo poner en práctica el acuerdo de la Generalidad referido en el capítulo anterior, prohibió la circulación y el ejercicio de sus funciones a las Patrullas de Control. Los trabajadores armados que las constituían, se apostaron en puntos estratégicos y desarmaron 250 guardias mandados por la Generalidad a substituirles. Por la misma fecha, la Generalidad envió legiones de carabineros a la frontera, para reemplazar los Comités obreros que la controlaban desde Julio. Fueron rechazados y desarmados la mayoría. La Generalidad envió nuevos refuerzos, y la lucha por el control de la frontera entre el poder capitalista y el poder obrero se generalizó, desarrollándose con particular intensidad en Puigcerdá. Antón Martín, uno de los mejores militantes cenetistas de la comarca, enemigo de la colaboración, fue asesinado por las tropas del orden. La resistencia era obstinada y frecuentemente victoriosa para el proletariado, pero el poder capitalista tendía a imponerse, porque mientras los Comités obreros que controlaban la frontera pertenecían casi todos a la C.N.T., esta misma C.N.T. colaboraba lealmente es su propia expresión con el poder capitalista. La victoria se transformaba así en derrota.

Otros muchos choques armados entre fuerzas capitalistas y obreras ocurrían en diversas poblaciones. Pero aunque en Cataluña, contrariamente al resto de España, todavía no existía la censura, la prensa cenetista los silenciaba o les quitaba significación, convirtiéndolos en «incidentes lamentables», cual si se tratara de errores gubernamentales u obreros. La prensa stalinista, no hay que decirlo, los interpretaba con toda la perfidia de sus designios reaccionarios, presentando como fascistas o bandidos los obreros resistentes. Antes de ser desarmado materialmente, el proletariado ya lo había sido ideológica y orgánicamente. Pero a un proletariado que un año antes había vencido y desbaratado el ejército español, no se le podían arrebatar todas sus posiciones sin una lucha seria. Los choques aislados entre revolución y contrarrevolución, si bien debilitaban paulatinamente a la primera, dejaban insatisfecha a la segunda, cada vez más ansiosa de imponer por completo su dominio. Se presentía un choque general y decisivo; la reacción stalino-capitalista lo quería, lo buscaba y lo provocaría.

En efecto, el día 3 de Mayo de 1937, a las 2 horas y 45 minutos de la tarde, el comisario de Orden Público, Rodríguez Salas (stalinista), amparado por una orden del consejero de la Generalidad, Aiguadé (Esquerra Republicana), irrumpió con una banda de guardias en el edificio central de teléfonos. Funcionaba en perfectas condiciones, desde Julio, bajo la supervisión del comité elegido por los propios trabajadores. Pero la nueva reacción, ya bastante avanzada, no podía desenvolverse libremente sabiendo que los teléfonos estaban en manos del polo obrero del poder. Por otra parte, decidida a buscar la oportunidad de ametrallar las masas y humillarlas, daba deliberadamente a sus exigencias la forma más brutal posible. El stalinista Salas invadió la central telefónica con mayor despliegue de fuerzas que el necesario para tomar una posición avanzada del enemigo. Los obreros se negaron terminantemente a deponer la autoridad de su Comité, y contestaron a las armas con las armas. Sorprendidos en pleno trabajo, hubieron de replegarse a los pisos superiores del edificio, dejando la planta baja en poder de las dos compañías de guardias mandadas por Salas.

Barricada en Barcelona, mayo 1937.
El ruido de los primeros disparos extendió por Barcelona un latigazo eléctrico: «¡Traición, traición!» el pensamiento que desde meses atrás roía la mente y los nervios del proletariado, crispaba ahora las caras pálidas de ira, y los brazos en busca de armas. El grito se propagó de esquina a esquina, hasta llegar a los barrios obreros y las fábricas, hasta las demás ciudades y pueblos catalanes. La huelga general se produjo inmediata, espontánea, sin otra aprobación, a lo sumo, que la de dirigentes inferiores y medios de la C.N.T. Barcelona se cubrió de barricadas con rapidez taumatúrgica, cual si, ocultas las barricadas bajo el pavimiento desde el 19 de Julio, un mecanismo secreto las hubiese sacado de golpe a la superficie. La ciudad quedó en seguida en poder de los insurrectos, salvo un pequeño sector del centro. Respuesta unánime del proletariado, acción vertiginosa y apasionada. La provocación stalinista se convertía en un triunfo más del proletariado, igual que la provocación de los militares, en Julio del año anterior, se había convertido en un gran triunfo revolucionario. El dominio del proletariado no admitía la menor duda ni para los enemigos de la revolución. En los barrios obreros, las fuerzas gubernamentales se rendían sin resistencia o se adelantaban al emplazamiento entregando sus armas a los hombres de las barricadas. Incluso en el centro, puestos de guardias civiles y carabineros se declararon prudentemente neutrales. El mismo hotel Colón, madriguera central stalinista, llegó a sacar bandera de neutralidad.

En poder del Gobierno no quedaba más que un pequeño triángulo teniendo por vértice el edificio de la Telefónica, en cuyos pisos superiores resistieron hasta el fin los trabajadores, y por base la línea comprendida entre la dirección de Seguridad y el palacio de la Generalidad. Fuera de esto no quedaban a la reacción stalino-capitalista sino escasos focos de fácil reducción. Ni siquiera contaba, como en otras insurrecciones barcelonesas, con la artillería de Montjuich. Las baterías del castillo seguían en manos obreras, y a partir de los primeros tiros encañonaron precisamente la Generalidad, listas para hacer fuego a la primera orden de la C.N.T.

No faltó a los trabajadores insurrectos decisión para tomar el triángulo gubernamental, ni los detuvo tampoco el fuego del adversario; los detuvo la propia dirección de la C.N.T. A ella pertenecía la inmensa mayoría de los sublevados. Aunque en ellos había despertado ya muy serios recelos la conducta de la dirección anarquista, todavía tenían confianza en la C.N.T. Era su organización; con ella y por ella habían luchado durante muchos años. Era natural, era forzoso, dada la falta de otra organización con bastante fuerza para improvisar la dirección necesaria, que los obreros, formando un estrecho cerco de barricadas en torno a la zona de la Generalidad, esperaran la palabra de la C.N.T. ¿Quién de entre ellos no estaba persuadido de que la C.N.T. se pondría a su cabeza con el objeto de desarmar definitivamente al enemigo e incapacitarlo para nuevas asechanzas reaccionarias?

La C.N.T. habló; pero no como esperaban los obreros, para ponerse a su cabeza; habló desde la barricada y para la barricada comprendida en el triángulo Telefónica-dirección de Seguridad-Generalidad. Desde el día 3, los dirigentes de Barcelona se habían esforzado en contener el torrente insurreccional. El día 4, García Oliver y Federica Montseny, ministros en el gobierno de Largo Caballero, llegaban en avión desde Valencia, junto con un representante de la U.G.T., Hernández Zancajo, con el objeto de emplear su influencia conjunta en levantar el cerco obrero a los poderes capitalistas. Inmediatamente se colgaron al micrófono de la radio, condenando la acción de los obreros y ordenando: « el fuego». García Oliver en particular, exaltado por sus responsabilidades con el poder capitalista, enviaba por los aires besos a los guardias de asalto. Durante largo tiempo, la voz de García Oliver martilleó los oídos obreros en las barricadas: «el fuego; besos a los guardias de asalto».

El mismo día 4, se distribuía en las barricadas este manifiesto:

C.N.T. F.A.I
¡Deponed las armas; abrazaos como hermanos! Tendremos la victoria si nos unimos: hallaremos la derrota si luchamos entre nosotros. Pensadlo bien. Pensadlo bien; os tendemos los brazos sin armas; haced lo mismo y todo terminará. Que haya concordia entre nosotros.

Momentos después la C.N.T. hacía radiar:

Que sea el gobierno de la Generalidad el que depure en su seno la mala labor que haya podido realizar quienquiera que sea, y por muy consejero que se diga.

Y seguía un nuevo llamamiento a deponer las armas.

Los obreros no daban crédito a sus oídos ni a sus ojos. ¡La C.N.T. de la que esperaban todo, del otro lado de la barricada! En el momento de asaltar el cielo como diría Marx , el cielo se les venía encima. Sin duda, en ninguna revolución han recibido los insurrectos tan inesperada y brutal decepción. Se dilucidaba en aquel momento la suerte de la revolución y de la guerra, capitalismo o socialismo, esclavitud o libertad, triunfo de Franco por medio de los buenos oficios, stalinianos y reformistas o triunfo del proletariado; se dilucidaba, incluso, si Europa sería irremediablemente condenada a la catástrofe de la guerra imperialista o sería salvada de ella por la revolución internacional. ¡Y la alta dirección de la C.N.T. vino a calificar la lucha de fraticida y enviar besos a los sicarios del capitalismo! No era la revolución, sino la contrarrevolución quien encontraba en ella a un aliado. Fue una devastadora prueba para la dirección anarquista, una de esas pruebas supremas dadas por las necesidades de la acción histórica, de las que una organización sale modificada, cualesquiera que sean sus tradiciones y méritos anteriores. Más de una vez, principalmente el 19 de Julio, el anarquismo español había mostrado un canto oportunista, pero hasta las jornadas de Mayo de 1937 estuvo a tiempo de corregirse a sí mismo. La espontánea y formidable insurrección proletaria sometió al contraste de lo vivo su capacidad para mover el proceso humano, pues las ideas han de ser hechos o se niegan como tales ideas. El anarquismo se negó a sí mismo en las jornadas de Mayo. (…)

La dirección anarquista, pues ya ejercitada en la colaboración sólo veía tinieblas fuera de ella. No ignoraba que el proletariado se batía en aquel momento por la revolución, y que la contrarrevolución, principalmente representada por el stalinismo, sería implacable caso de triunfar. Precisamente porque lo sabía, al stalinismo iban dirigidas aquellas palabras del manifiesto C.N.T.-F.A.I. «… os tendemos los brazos sin armas; haced lo mismo y todo terminará. Que haya concordia entre nosotros». ¿Qué habría sido de la gran revolución francesa, si cuando los prusianos y los emigrados franceses estaban a las puertas París, los jacobinos hubiesen tendido los brazos sin armas a los girondinos, en lugar de expulsarlos del poder, desembarazándose enérgicamente, al mismo tiempo, de cuantos conspiraban contra la revolución? Indudablemente, Luis XVI habría sido repuesto en el trono. Así nuestros anarquistas, habiéndoles faltado la resolución de los jacobinos, salvaron a los girondinos españoles en el momento mismo en que las masas se disponían a exterminarlos, y por conducto de ellos vino la restauración: Franco. (…)

No es posible pasar en silencio la actitud del P.O.U.M. durante las jornadas de Mayo. Fue la última prueba política de la que salió definitivamente marcado como partido centrista impotente, colocado como un travesaño inerte en el camino de las masas. Durante el infame proceso gepeista que el gobierno Negrín-Stalin siguió a los líderes del P.O.U.M., después de la derrota de Mayo, descartadas por insostenibles las falsificadas acusaciones de espionaje, se les condenó por haber querido substituir «el Gobierno legalmente constituido» por otro revolucionario. Nada más lejos de la realidad. Como por entonces tuve ocasión de decir a algunos militantes poumistas, el tribunal stalinianonegrinista hizo al P.O.U.M. la gracia de darle, elaborado, el programa revolucionario que le faltaba y de atribuirle una actividad política durante las jornadas de Mayo de la que careció por completo.

La actitud del P.O.U.M. durante la lucha de barricadas fue un reflejo dócil de la de la C.N.T; Sus militantes, como los de esta última, empuñaron las armas y se comportaron valientemente. La organización como cuerpo político fue absolutamente inexistente… o existió peligrosamente inclinada hacia el triángulo Telefónica-dirección de Seguridad Generalidad, desde donde hablaban de concordia los líderes anarquistas. Una vez desencadenada la lucha, el comité ejecutivo del P.O.U.M. fue a entrevistarse con el comité regional de la C.N.T. Este, absolutamente decidido a obligar a los trabajadores a deponer las armas, envió el P.O.U.M. a su domicilio asegurándole que se le llamaría en caso necesario. Mientras tanto, los apaciguadores, los «bomberos», emplean do el término despectivo con que los designaban los trabajadores, seguían arrojando, desde la radio y desde Solidaridad Obrera, sus chorros de fraternidad. El significado efectivo de esta fraternidad se deduce de dos hechos entresacados de mil. El día 4, habiendo decretado la C.N.T. una tregua en la lucha, mientras negociaba en la Generalidad con los jefes contrarrevolucionarios, fuerzas gubernamentales de la guardia civil aprovecharon la tregua «fraternal» para apoderarse de la estación de Francia. Al día siguiente la C.N.T. dio orden de retirarse de las barricadas, declarando: Ni vencedores, ni vencidos; todo el mundo en paz. Pero fue el día de mayores bajas obreras. Sin embargo, tras las vacilaciones naturales al conocerse la orden, los obreros optaron por desobedecerla. Algunas barricadas abandonadas fueron recuperadas inmediatamente. El divorcio entre la dirección y la masa no podía ser más total.

¿Qué hizo el P.O.U.M. con tan excelentes oportunidades? Sus líderes refieren haber hecho proposiciones muy combativas y revolucionarias en la entrevista con el comité regional. Creámosles sin más prueba. Pero una dirección revolucionaria no se distingue sólo por sus proposiciones revolucionarias, sino ante todo por su actividad para llevarlas a la práctica cuando los demás dirigentes se oponen a ellas. La dirección del P.O.U.M. se mantuvo constantemente a remolque de la dirección anarquista, temiendo separarse de ella cuando ella se negaba a marchar con las masas. El tercer día de lucha, al dar la C.N.T. orden de abandonar las barricadas, la dirección poumista repitió la orden. Rectificó en seguida, una vez que, habiendo dado contraorden los «amigos de Durruti» y la Sección Bolchevique-leninista de España (trotskistas), los trabajadores desobedecieron las instrucciones de la C.N.T. Finalmente, al desaparecer las últimas barricadas, Solidaridad Obrera anunciaba la terminación de la lucha como un triunfo para los trabajadores. Eco lúgubre, La Batalla repetía: «Habiendo sido aplastada la tentativa (de provocación) por la magnífica reacción de la clase obrera, la retirada se impone». ¿Qué valor político, qué idoneidad para dirigir la revolución pueden atribuir los trabajadores a un partido que pretendió hacer pasar por victoria la derrota que semanas después produciría su propia ilegalidad y el asesinato de su secretario general? Evidentemente, en ese momento el P.O.U.M. se engañaba deliberadamente a sí mismo, y engañaba a las masas, para no verse obligado a renunciar a toda colaboración y a emprender una lucha a muerte contra los traidores. Así se redujo al triste papel de cómplice de los cómplices.

Únicamente los dos grupos nuevos ya mencionados, la Sección bolchevique-leninista de España y los «Amigos de Durruti», se colocaron íntegramente al lado del proletariado durante las jornadas de Mayo. Ninguna de esas organizaciones había participado, ni poco ni mucho, en la iniciación del movimiento. Pero ambas lo apoyaron enérgicamente desde el primer instante, se esforzaron por cohesionarlo y por darle objetivos políticos.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

Columna Lenin del POUM.
Sirvan los párrafos anteriores no solo para caracterizar la actuación del POUM entre el 19 de julio y las jornadas de mayo de 1937 sino el análisis de la «Sección bolchevique-leninista» proveniente de la ICE que él encabezaba.

Pero la ICE no había sido el único grupo que se escindió a causa de la táctica en la revolución española. La Izquierda Italiana, proveniente del grupo fundador del Partido Comunista Italiano, había roto su relación con la Oposición de Izquierdas de Trotski precisamente a raíz de una discusión sobre la posibilidad o no de «revoluciones democráticas» progresivas originada por la táctica a seguir frente a la dictadura de Primo de Rivera.

Los sucesos del 19 de julio precipitaron una división en la fracción. La minoría marchará a España convencida de poder aportar al proceso revolucionario. Mantendrán un núcleo en Barcelona y otro en la columna Lenin del POUM, que solo abandonarán cuando las milicias sean absorbidas por el ejército regular. La mayoría, que enviará delegados que sigan a la minoría hasta los frentes de batalla de Huesca para intentar llevar la discusión a una clarificación teórica pública, había venido siguiendo los sucesos españoles desde el fin de la Monarquía y denunciando la imposibilidad de hablar de una «revolución española».

Dos marcos, compartidos por ambas partes, son muy importantes para entender el debate:

  1. El concepto de decadencia del capitalismo, producto del análisis del imperialismo realizado por Rosa Luxemburgo; y
  2. La importancia del curso histórico en las posibilidades de un movimiento de clase. Curso histórico que en ese momento está marcado por la derrota de la clase y la contrarrevolución.

Si el primero, la Decadencia del capitalismo, va a servir de base para entender la inexistencia de una «revolución burguesa» en la España de 1931, que sirve de base a la «revolución permanente» de los trotskistas, el segundo va a ser determinante para aceptar que no era posible en aquel momento esperar -como esperaba la minoría- en que la clase ganara autonomía y apareciera como un sujeto político propio construyendo su partido y su programa sobre la marcha en mitad de una guerra que solo podía ser una guerra imperialista.

Nos vamos a permitir una larga cita porque las tesis de la fracción representan una perspectiva marxista muy diferente y, vista en la perspectiva del tiempo, mucho más acertada y profunda que la de Munis o, hablando de la instauración de la Dictadura primero y de la República después, las que habían defendido antes tanto la ICE como el PCE, partiendo de la idea de que el cambio hacia la república era una forma de «revolución burguesa».

El capitalismo español sufría desde hacía mucho tiempo, en estado endémico, una profunda crisis social que lo sacudía periódicamente hasta sus cimientos y que era el amargo fruto de su composición heterogénea, de la naturaleza híbrida de su estructura política y económica. Pero esta crisis no resultaba en modo alguno del choque entre feudalismo y fuerzas nuevas de una burguesía revolucionaria; se limitaba al interior de las clases dominantes a luchas de minorías que se disputaban el poder y las prebendas en las que el proletariado no llegaba a intervenir como fuerza política independiente. El eje de la lucha se desplazó sin embargo cuando el proletariado industrial y agrario aumentó su peso específico en la economía. Sabemos que la neutralidad de España favoreció un cierto desarrollo económico al que contribuyó, igualmente, una intervención más masiva del capital extranjero en la explotación minera e industrial. Pero esta prosperidad efímera y muy relativa no hizo sino acelerar consecuentemente el proceso de la sociedad española en el momento en que la crisis económica mundial descubrió brutalmente, de nuevo, la realidad de la decadencia irrevocable del capitalismo (revelado ya por la guerra imperialista).

La burguesía española en un clima histórico que excluía una nueva expansión de las fuerzas productivas bajo su forma capitalista, no podía plantearse la consumación de la Revolución industrial que había sido incapaz de realizar anteriormente. Lejos de poder soñar con asociar «su» proletariado a una utópica prosperidad (ni lo pensaba) su tarea, por el contrario, consistía en esclavizarlo totalmente, sangrarlo incluso si quería únicamente salvaguardar su dominación. Tenía, en suma, que resolver el problema que se le presentaba a la burguesía mundial disponiendo de medios mucho más restringidos que, por ejemplo, los Estados capitalistas democráticos. Si, de 1.931 a 1.936, fracasó al jugar la baza «democrática» fue por su debilidad congénita y no porque la relación de clase le hubiese sido desfavorable, lo que contradice la realidad de las situaciones. En efecto, como veremos en el capítulo siguiente, la República democrática en vez de favorecer el desarrollo ideológico y político del proletariado, y en consecuencia la constitución de su partido de clase, contribuyó al reforzamiento de las fuerzas contrarevolucionarias que obraban en las masas socialistas, estalinistas, anarco-sindicalistas, corrompiendo los débiles núcleos comunistas supervivientes de la ruina de la IIIª Internacional.

Se asiste en España, a menor escala, a lo que ocurrió en los otros países capitalistas en la era del «resurgimiento» democrático que siguió a la guerra imperialista.

Si el criterio internacionalista significa algo, hay que afirmar que bajo el signo de la contrarrevolución a nivel mundial la orientación política en España, entre 1.931 y 1.936, no podía sino seguir una dirección paralela y el curso inverso a un desarrollo revolucionario.

No es menos cierto que el proletariado español fue lanzado a esa trágica situación que, aún oponiéndose a un «eslabón débil» del capitalismo mundial, lucha en peores condiciones porque está privado de los instrumentos de su emancipación: el partido de clase y el programa revolucionario. Si quedaba aún la más mínima duda sobre el papel fundamental de partido en la revolución, la experiencia española desde Julio de 1.936 hubiera bastado para borrarla definitivamente. Incluso si asimilamos el ataque de Franco a la aventura de Kornilov en Agosto de 1.917 (lo que es falso histórica y políticamente) el contraste entre las dos revoluciones continúa siendo impresionante. La una, en España, determina la progresiva colaboración de las clases hacia la unión sagrada de todas las fuerzas políticas; la otra, en Rusia, se dirige hacia la elevación de la lucha de clases que acaba en la insurrección victoriosa bajo el control vigilante de Partido Bolchevique, templado mediante 15 años de lucha mediante la critica y la lucha armada.

Hacía falta un milagro para que el proletariado español pudiera abrirse «él mismo» su camino de clase. Pero sabemos que los milagros sociales no se concilian con la dialéctica materialista.

La República democrática de 1.931, en virtud de las condiciones que la hicieron surgir, no significó en absoluto el advenimiento de una burguesía revolucionaria que hiciese tabla rasa de los últimos vestigios feudales. Ya hemos dicho porqué no se trataba de llevar a cabo un programa integral de la revolución burguesa. En realidad la “Revolución” de Abril de 1.931, que nace por empuje de una sucesión de huelgas que se habían desarrollado tras la caída de Primo de Rivera, un año antes, se limitó a sustituir la forma republicana de dominación capitalista por otra forma de dominación capitalista que llegó a manifestarse imposible: la monarquía podrida de Alfonso XIII. Pero dejó intacto el aparato represivo del Estado burgués: la burocracia, la policía, el militarismo. Sólo cambió el personal político teñido de radicalismo y de socialismo. El Gobierno Provisional, verdadero disfraz de Arlequín, reveló sin embargo su homogeneidad al estar compuesto únicamente de enemigos irreductibles del proletariado, desde los republicanos de derechas de Alcalá Zamora, monárquicos arrepentidos, hasta la izquierda socialista de Largo Caballero (exconsejero de Primo de Rivera), Prieto, De los Ríos, pasando por el centro radical desde Lerroux hasta Azaña. La “República de los trabajadores” ofreció, por oportunismo, a los obreros y campesinos un programa de mejoras económicas y la reforma agraria, cuyo objeto era desviarlos de su lucha directa contra el capitalismo, pero que en absoluto estaba destinado a convertirse en una realidad concreta.

La burguesía «republicana», como antes cuando era monárquica, no podía pensar en resolver los complejos problemas económicos con los que se encontró, en desarrollar su equipo industrial, en sanear su economía agraria abasteciéndola de agua y de utillaje moderno, en proporcionar pan a las masas de proletarios y campesinos. En suma, no se trataba de fundar las bases de una inmensa acumulación de beneficios y medios de producción en un clima histórico que ahogaba toda posibilidad de expansión, sino que había de hacer frente a una crisis económica que agravaba más los contrastes sociales, que provocaba un mar de fondo que el capitalismo español esperaba calmar poniéndolo en el tablero de la «democracia».

Es fácil imaginar hasta que punto la depresión mundial que había sacudido los Estados capitalistas más poderosos debió ensanchar las numerosas grietas de la retrasada economía española. Su centro vital, el sector agrario, había sido especialmente herido por la caída en volumen y precios de las exportaciones, que constituían anteriormente los dos tercios de las exportaciones totales. La gravedad de este desastre puede medirse en relación con las particularidades estructurales de la economía española que desde el punto de vista social establece, en efecto, la suerte del 70% de la población total –de 5 millones de trabajadores españoles- (sin contar sus familias), es decir 3 millones de proletarios (aproximadamente la cifra correspondiente al proletariado industrial) están en paro forzoso la mitad del año, y sus ingresos anuales no superan apenas el millón de francos belgas. En realidad el 85% del total de los trabajadores no disponen más que del 13% de la superficie de tierra cultivable; el 14% de los campesinos acomodados posee el 35%, y el 1% formado por los grandes propietarios y las congregaciones religiosas detenta más de la mitad de la tierra. Además las ¾ partes de las explotaciones agrícolas tienen menos de 1 hectárea. El paro endémico, los abrumadores impuestos a pesar de la escasez del rendimiento, el diezmo eclesiástico que no ha desaparecido, la carestía de los productos, hace que las 4/5 partes de la población viva en una situación de hambre permanente y de indescriptible miseria.

Desde el punto de vista económico hay dos características esenciales: una equipamiento técnico mediocre y la escasez de agua, que en algunas regiones es tan grande que existe la propiedad privada del agua.

Semejantes condiciones económico sociales explican tanto la penetración de la ideología pequeño burguesa de los anarquistas, obsesionados con la posesión de la tierra, como la combatividad ardiente del campesinado. Lo que no significa que el problema agrario se plantease ante el proletariado español desde el mismo ángulo que en Rusia. Creemos que las condiciones geográficas (menor extensión y problemas de riego) unidas a la existencia de un proletariado agrícola muy numeroso, harán que la producción colectiva gana la vez a la consigna burguesa del reparto de la tierra sobre la base de la nacionalización integra del suelo como culminación de la revolución burguesa.

El sector industrial ocupa un lugar secundario respecto a la economía agraria; pero, por analogía con la estructura de la Rusia zarista, el proletariado – fuertemente concentrado en algunas regiones – ocupa en la producción una posición tal que necesariamente lo convierte, desde el punto de vista histórico, en la única clase revolucionaria. Por consiguiente, su dinamismo, su unidad con el campesinado, hace muy compleja la tarea de la República democrática que tiene como principal objetivo contener los contrastes de clase y destruir toda posibilidad de desarrollo de la conciencia proletaria. A este respecto los propósitos capitalistas han triunfado totalmente. No es que las masas hayan permanecido inactivas, al contrario. Con el advenimiento de la República aumentó la acción obrera. Los cinco años de idilio democrático están jalonados de huelgas, locales y generales, de motines, de «revueltas» campesinas que coronaron el movimiento insurreccional de Octubre de 1.934.

Pero las masas permanecieron en todo momento bajo el dominio del programa democrático burgués y de las fuerzas políticas que se convertirían en sus defensores, porque en el ardor de sus luchas no llegaron a oponer el programa de la Revolución proletaria ni los órganos capaces de realizarla. La República no sólo incorporó los partidos socialistas y estalinista, y la UGT, sino que se benefició, mucho más aún que antes, del confusionismo anarcosindicalista de la CNT. Aún más, logró impedir toda clarificación en el seno de los débiles núcleos comunistas que sobrevivían a duras penas y, en consecuencia, aplastó toda posibilidad de creación de las bases para la fundación del partido de clase. Cada vez que las masas recurrían a la acción directa y amenazaban los privilegios capitalistas, la República les lanzaba plomo.

Estas conclusiones pueden extraerse de un breve análisis del período comprendido entre Agosto de 1.931 y Julio de 1.936. Tras la proclamación de la República, las huelgas tomaron tales proporciones que la UGT y el partido socialista tuvieron que «exhortar» a los obreros a la vuelta al trabajo asegurando al Gobierno su voluntad de defender la República. Tras las elecciones a Cortes Constituyentes en Junio que aseguraron una mayoría republicano-socialista, las huelgas se reavivaron y en Sevilla (donde la CNT había desencadenado la huelga general) tienen lugar fusilamientos de proletarios. La ola de huelgas se prolonga hasta Octubre; en este momento el Gobierno se «radicaliza». Alcalá Zamora cede su puesto a Azaña que excluye a la derecha, conservando con todo al aventurero Lerroux, radical-centrista.

Azaña se apresura a hacer votar la ley de la defensa de la República que pretende, prácticamente, impedir las huelgas imponiendo el aviso previo, instaurando el arbitraje obligatorio y las comisiones paritarias. Además declara fuera de la ley a los sindicatos, que por otro lado se ven sometidos a la obligación del previo aviso.

En Diciembre, nuevo giro hacia la izquierda con el gabinete Azaña-Caballero y la exclusión de Lerroux que se limita a una radicalización verbal del programa inicial sobre todo en lo referente a la cuestión agraria. Poco después, pasa a la represión de la tentativa de los anarquistas de instaurar comunas libertarias en la región de Barcelona. En compensación se proyecta la expropiación de las tierras «mal cultivadas».

En Agosto de 1.932 la derecha realiza un sondeo desencadenando un ataque militar a Madrid y Sevilla (Sanjurjo) que fracasa. En Septiembre las Cortes votan la «reforma» agraria que consistía en la venta de las peores tierras a los campesinos mediante la retroventa.

Al iniciarse el año 1.933 nueva oleada de las huelgas ilustradas por la masacre de Casas Viejas (Cádiz) de los obreros desarmados y prisioneros, y por la feroz represión de las “ocupaciones” de tierras.

En otoño de 1.933 se da una conversión política hacia la derecha, con la eliminación de Azaña por Martínez Barrios, y la creación del partido popular católico de Gil Robles. Las elecciones a las Cortes, en las que se recurrió al voto femenino, confirmaban la nueva orientación, con el triunfo de los agrarios y los radicales de Lerroux.

Una reacción obrera general de inspiración anarco-sindicalista provoca el sabotaje de la UGT y de los socialistas, perros fieles a la República, y la represión violenta de Martínez Barrios.

Después se suceden los Gabinetes Lerroux que se deslizan cada vez más a la derecha hasta recibir abiertamente el apoyo de Gil Robles, mientras que en el partido socialista se hace «izquierdismo» bajo la inspiración de Largo Caballero, con el fin de poder ahogar mejor las luchas obreras en perspectiva.

Sobrevienen los sucesos de Octubre de 1.934 en los que en Asturias, socialistas y estalinistas logran dirigir la insurrección hacia la masacre, mientras que en Cataluña, la huelga general, que estalla espontaneamente a despecho del absentismo preconizado por los anarquistas, es rápidamente sofocada por la propia CNT que, además de esto, había impedido su desencadenamiento en Andalucía, Extremadura, Valencia y Aragón.

Los sucesos que siguen muestran que la situación política evoluciona hacia un callejón sin salida.

En efecto, los gabinetes de centro-derecha, en los que finalmente participa Gil Robles en persona, no llegan a afrontar los complejos problemas que se plantean y, en Diciembre de 1.935, tiene lugar la crisis y la disolución de las Cortes seguida del triunfo electoral del Frente Popular.

La propia composición de este Frente Popular revela ya hasta que punto había progresado la descomposición del movimiento obrero desde Abril de 1.931. En efecto, ese Frente va desde los republicanos «tibios» de Barrios al POUM, la «vanguardia proletaria», pasando por la izquierda catalana, la de Azaña, los socialistas, estalinistas y sindicalistas independientes de Pestaña. Incluso el anarco-sindicalismo contribuyó a su victoria. Por otro lado, todas esas formas revelaron brutalmente su función capitalista tras los sucesos de Julio. En realidad, la breve gestión del Frente Popular no hizo sino preparar los elementos del ataque que iba a cebar la nueva política de violencia del capitalismo. Por un lado los mismos que iban a desencadenar el «complot» (los Franco, Mola, Caballero, Sanjurjo) recibieron la investidura de la República del Frente Popular; Por otro, el sabotaje de las luchas obreras fue el único fin perseguido por la UGT y los estalinistas, denunciando a los «provocadores» anarquistas y las huelgas «indisciplinadas».

Además, la aún mayor incapacidad de la burguesía para realizar reformas «democráticas», unida a la agudización de los contrastes sociales y puesta de manifiesto por la «victoria» del Frente Popular, precipitó los acontecimientos.

En vísperas de Julio, los obreros, abandonados a sí mismos, se aprestaron a librar nuevas batallas sin resultado. Una huelga general de la construcción se había entablado en Madrid desde Junio siendo declarada ilegal por el Gobierno de Casares Quiroga.

Jehan, La guerra en España, 1937

«Bilan» órgano de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista
Después de este análisis, en principio compartido por la mayoría y la minoría de la fracción, Jehan, entra al fondo del debate con la minoría y de paso refuta las tesis de Munis y los trotskistas.

Respecto a los acontecimientos que tienen lugar en las primeras semanas que siguen al 19 de Julio, se les podría atribuir, por su aspecto externo, la significación de una revolución proletaria en marcha mientras que las premisas políticas realmente establecidas contradicen semejante hipótesis. Es cierto que la gente del POUM ha dicho al respecto que: «Los obreros han derrotado al fascismo y luchan por el socialismo» (Nin 06-09-36). O bien que “«hay que hacer la revolución proletaria», «En Cataluña la dictadura del proletariado ya existe» (Nin); o incluso: «Asistimos en España a una profunda revolución social; nuestra revolución es más profunda que la que Rusia emprendió en 1.917». Respecto a la noción de Partido añadían: «La dictadura del proletariado no puede ser ejecutada por un solo sector del proletariado, sino por todos los sectores sin ninguna excepción. Ningún partido obrero, ninguna central sindical tiene el derecho de ejercer ninguna dictadura» (¡!).

Esta era la concepción «revolucionaria» de los que se preciaban de ser la vanguardia del proletariado español.

Ya conocemos la tesis opuesta del campo socialista y estalinista, de los defensores del «orden republicano en lo referente a la propiedad», de la «España democrática y libre» que considera que no se trata del choque de dos clases fundamentales de la sociedad capitalista, burguesía y proletariado, sino de la lucha entre fascismo y democracia.

Es cierto que la evolución de los acontecimientos ha demostrado después que la diferenciación de concepciones de estas diversas corrientes era puramente verbal puesto que se fundaba en realidad en la Unión Sagrada contra el fascismo.

Se plantea aquí una segunda cuestión: ¿cómo fue posible esta Unión Sagrada?, ¿Hay que explicarla solamente por la actividad de las corrientes actuantes en el seno del proletariado que dirigieron la lucha antifascista por una vía contra-revolucionaria; o bien hay que buscar sus raíces en la fase inicial de la transformación de la lucha proletaria en su propia lucha anti-fascista?. Una tercera cuestión va ligada a la precedente: la guerra antifascista unilateral ¿es la expresión de la voluntad de los obreros o el producto de una maniobra política de la burguesía democrática?.

En principio hay que señalar esto: por un lado, el ataque de Franco no representa un golpe militar, un pronunciamiento que venga a sumarse a la serie de pronunciamientos anteriores, sino que se trata indiscutiblemente de una ofensiva del capitalismo español en su conjunto, como se desprende del análisis precedente, mientras que por lo demás el «complot» se organiza con la complicidad tácita de la República del Frente Popular.

Por otro lado la respuesta obrera es absolutamente espontánea e irresistible, hasta el punto de que llega a barrer la pasividad de las corrientes “obreras” y la hostilidad sorda de la burguesía “republicana” sobre la que Alcalá Zamora, más tarde, podrá decir que de ninguna manera hubiera pensado en resistir a Franco sino hubiese sido impulsada por las masas.

La adaptación capitalista a una situación dominada por la iniciativa y el ímpetu de los obreros es flagrante. La historia abunda en ejemplos que ilustran la flexibilidad de la burguesía y su capacidad para corregir una situación comprometida, siempre que sus fundamentos queden salvaguardados, sí bien no sus formas, su Estado, condición de su poder político y económico. Pues el problema esta aquí y volveremos a él en el capitulo siguiente. En este caso lo que debe retener nuestra atención no son los aspectos contingentes de esta lucha, sino la alteración de su contenido, cuando el proletariado engañado sobre el valor político de los republicanos burgueses de Madrid y Barcelona se abstiene de dirigir sus golpes contra ellos, como contra Franco, y se deja así engañar sobre el significado de su éxito inmediato.

Los hechos hablan claramente al respecto. Precisamente después del 19 de Julio, el proletariado (nos referimos sobre todo al de Barcelona) combinando su lucha con la huelga general (condicionada la primera por la segunda) llegará a avanzar lo más lejos posible en el camino revolucionario, a conseguir la máxima conciencia política compatible con su inmadurez ideológica, a llevar la lucha social a su más alta expresión.

Aquí el camarada Hennaut entra en contradicción evidente con la realidad cuando afirma que «la huelga general económica es imposible bajo la amenaza del fusilamiento» puesto que por el contrario contribuyó a la derrota de Franco y continuó aún durante más de una semana y no fueron los obreros los que pusieron fin «conscientemente» sino las organizaciones que los dominaban: CNT, UGT, POUM. Para un marxista no puede tratarse siempre en abstracto de oponer huelga general a insurrección, como lo hace el camarada H., sino de unir la primera a la segunda, fundir las dos luchas en la última batalla contra el capitalismo. Es lo que ocurrió en España, de golpe, y sobre todo en Cataluña. La huelga general ascendió inmediatamente al plano político e insurreccional mientras que los obreros plantearon sus reivindicaciones materiales: la semana de 36 horas, el aumento de los salarios; prepararon la expropiación de las empresas, pero sin conseguir- en ausencia de un partido de clase – llegar a percibir la necesidad fundamental de destruir el Estado capitalista. Pero esta visión podría adquirirla luego, en el curso del proceso de formación del Partido, a condición de mantenerse sobre la base de la lucha por sus intereses de clase, sus condiciones materiales, la única que podía enfrentarles directamente al conjunto de la clase capitalista.

Por las condiciones históricas en que se encuentra el proletariado español, sucedió lo contrario, por la contradicción insoluble en que se hallaba sumido, por tener que resolver el problema del poder careciendo del programa de la revolución. En efecto, muy pronto, la huelga de clase inicial se transformó en una guerra que enfrentaba a unos obreros contra otros, a unos campesinos contra otros, pero bajo el control exclusivo de la burguesía, de Franco y Azaña, cuyo poder había sido quebrantado, pero no destruido.

Como este poder quedaba en pie, la Generalitat de Cataluña, sobre todo, podía legalizar tranquilamente las acciones de los obreros en el terreno económico, formar corro con las corrientes «obreras» que indistintamente, todas, engañaban a los obreros con expropiaciones, el control obrero, el reparto de la tierra, la depuración del Ejército y de la policía, etc., pero que guardaban un silencio criminal respecto a la realidad terriblemente efectiva, tan poco aparente, de la existencia del Estado capitalista.

Por consiguiente hay que destacar la significación real de los acontecimientos del principio, que tienen una importancia fundamental, porque consideramos que su contenido político fue el factor determinante de la evolución ulterior de la situación.

Las milicias proletarias, nacidas espontáneamente de la fermentación social quedaron muy pronto sometidas al control del Comité Central de Milicias, amalgama política con predominancia capitalista, ya que los partidos burgueses socialistas y estalinistas contaban con una mayoría de delegados en aquél.

Pero el factor decisivo, a nuestro parecer, y volveremos sobre ello, que cambió completamente la situación de fondo fue el desplazamiento del eje de la lucha proletaria. El objetivo de clase se sustituyó por el objetivo antifascista. La orientación de los acontecimientos da un giro de 180 grados.

En España, después de Julio de 1.936, no se halla en ningún lugar vestigios de una organización de masas que pudiera parecerse a los Soviets, ni de oposición de dos políticas de clase de donde pudiera surgir un «Octubre» español. No hubo poder proletario embrionario, porque ni siquiera tuvo tiempo de nacer de la efervescencia inicial.

¿Y las Milicias Antifascistas?, se dirá, ¿Y el Consejo de Economía?. Si bien las Milicias parecen haber sido una creación espontanea de las masas como respuesta a Franco, estas masas, desgraciadamente no tuvieron la posibilidad de convertirlas en organizaciones de masas que pudieran convertirse en el embrión del poder proletario a la vez que en un instrumento poderoso de la guerra civil. Estas masas y sus milicias inmediatamente quedaron atrapadas por los partidos «obreros» y puestas bajo la dirección de aquel famoso Comité de Milicias, que al imprimirles un carácter paritario les arrebata toda posibilidad de convertirse en organismo unitario, y por consiguiente cavaba la fosa de la revolución proletaria. Según la propia declaración del POUM, la composición del Comité excluía toda preponderancia proletaria. Pero además de la misma forma, quedaba excluido cualquier trabajo de penetración comunista en el seno de las milicias por la dispersión exterior de los frentes, y por la tensión interior de las energías obreras hacia la amenaza antifascista. La amenaza que había pesado durante algunos días sobre el poder burgués desapareció rápidamente y éste sólo tuvo que adaptarse temporalmente a una situación de hecho que solo podía evolucionar favorablemente para él, puesto que mediante la creación del Comité Central de las Milicias, y del Consejo de Economía – organizaciones insertadas en el estado capitalista- quedaban fijadas las bases de la Unión Sagrada que iba a presidir la masacre de los proletarios.

Los resortes esenciales del Estado permanecieron intactos.

Jehan, La guerra en España, 1937

El texto completo está disponible en español en varías traducciones y formatos. No podemos sino animar a su lectura.

En la siguiente entrega exploraremos los intentos de construcción de grupos marxistas en territorio español en las duras condiciones de la posguerra y la represión.