La Liga y la AIT

Como hemos visto, el concepto marxista de clase no es el de la sociología. No es una identidad ni un estrato de ingresos, ni siquiera es un conjunto de personas que comparten un lugar común en la estructura de producción. El concepto de clase marxista es histórico y dialéctico: la clase se constituye como tal cuando actúa de acuerdo con su naturaleza histórica de clase universal. Por eso el comunismo no es solo el resultado esperado de ese proceso, sino el proceso mismo, el movimiento que enfrenta a la explotación y apunta a su desaparición material, real y por tanto histórica, porque que ha de tener lugar en un momento dado, no en el limbo de la especulación o los buenos deseos.

Toda la historia (desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común de la tierra) ha sido una historia de la lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases del desarrollo social; ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y las luchas de clases.

Federico Engels. Prefacio a la edición alemana del Manifiesto del Partido Comunista, 1883

Y es en ese proceso, que como hemos visto tiene avances y retrocesos, donde tenemos que colocar el significado y las tareas del partido para el marxismo. El partido es parte y reflejo de ese proceso de constitución. Significa cosas distintas en cada momento histórico porque refleja distintos momentos de ese proceso de constitución en clase política. Lo vemos ya en el Manifiesto.

A veces los obreros triunfan; pero es un triunfo efímero. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros. Esta unión es propiciada por el crecimiento de los medios de comunicación creados por la gran industria y que ponen en contacto a los obreros de diferentes localidades. Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes revisten el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Mas toda lucha de clases es una lucha política. Y la unión que los habitantes de las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, tardaron siglos en establecer, los proletarios modernos, con los ferrocarriles, la llevan a cabo en unos pocos años.

Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, vuelve sin cesar a ser socavada por la competencia entre los propios obreros. Pero resurge, y siempre más fuerte, más firme, más potente.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848.

Pero ¿Qué quiere decir ese «por tanto»? ¿Que espontáneamente va a aparecer una organización formal con sus cuadros, sus estructuras, sus mecanismos del mismo modo que aparecen las cajas de resistencia y los comités de huelga? No, desde luego que no. A lo que se refiere el manifiesto es a la aparición del proletariado como sujeto político, ese «fantasma» que en el 48 es ya «reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa». Por eso, la constitución de la clase en partido, en sujeto político autónomo con el que todos tienen que contar, es distinto de la aparición de una organización, un partido comunista en el sentido político al que estamos acostumbrados. Por eso:

Los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros.

No tienen intereses que los separen del conjunto del proletariado. No proclaman principios especiales a los que quisieran amoldar el movimiento proletario.(…)

El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: constitución de los proletarios en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848.

Marx se dirige a los delegados en Sant Martin on the Fields durante la constitución de la AIT
La cita nos obliga a llevar más allá las distinciones. Por un lado tenemos la clase constituida en partido, es decir, convertida en un sujeto político. Por otro, a los comunistas -el socialismo científico- y a los demás «partidos obreros». ¿Quienes son estos? ¿Son partidos que se dicen proletarios, que están compuestos por trabajadores, que se dirigen fundamentalmente a ellos? Una vez más, no. Lo que hace a una organización formal ser parte del proceso de constitución en clase es su relación con el movimiento y su utilidad para el propio proceso.

A mediados de los años 40 del siglo XIX la «Liga de los Justicieros» era una de las mayores organizaciones obreras de Europa. Fundada originalmente por Weitling, contaba con unos cientos de miembros, casi todos germanófonos, repartidos por una docena de capitales europeas y ciudades alemanas. Tenía su base en París, que en ese momento se consideraba la capital revolucionaria del mundo. Algunos de sus miembros más destacados habían llegado allí en los años 30 huyendo de la represión en Alemania y se habían integrado en el ambiente comunista de la época. Este estaba formado por los comunistas icarianos por un lado y por los babeuvistas y blanquistas por otro. Los primeros eran radicalmente pacifistas, creían que la república burguesa evolucionaria hacia el socialismo por pura presión de la opinión pública una vez se alcanzara el sufragio universal. Los segundos, descendientes directos de la «Conjura de los Iguales» de Babeuf, creían que había que tomar el estado por métodos violentos. La primera era una sociedad de propaganda, organizada en torno a periódicos y actividades sociales y educativas; la segunda formaba sociedades de conspiradores con todos los elementos místicos, parafernalia y nombres fantasiosos propios propios del carbonarismo y otros movimientos afines de la época característicos de la burguesía radical.

En 1843 habían invitado a unirse a Engels, pero este los rechazó. En 1847, la evolución del grupo, en parte por sus discusiones con Marx y Engels, les llevan a plantearse una evolución ideológica, pero sobre todo un cambio organizativo. Invitan a Marx y a Engels a unirse y ayudarles en la reestructuración. Marx se une a la «comuna» de Bruselas y Engels participa en las tres existentes en ese momento en París. Ambos participarán, ese verano, en el Congreso de Londres.

En el verano de 1847, se celebró en Londres el primer Congreso de la Liga, al que W. Wolff acudió representando a las comunas de Bruselas y yo a las de París. En este Congreso se llevó a cabo, ante todo, la reorganización de la Liga. Se suprimió lo que quedaba todavía de los viejos nombres místicos de la época conspirativa; la Liga se organizó en forma de comunas, círculos, círculos directivos, Comité Central y Congreso, denominándose a partir de entonces Liga de los Comunistas.

La finalidad de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la supresión de la vieja sociedad burguesa, basada en los antagonismos de clase, y la creación de una nueva sociedad, sin clases y sin propiedad privada

Tal era el texto del artículo primero. En cuanto a la organización, ésta era absolutamente democrática, con comités elegidos y revocables en todo momento, con lo cual se cerraba la puerta a todas las veleidades conspirativas que exigen siempre un régimen de dictadura, y la Liga se convertía —por lo menos para los tiempos normales de paz— en una sociedad exclusivamente de propaganda. Estos nuevos estatutos —véase cuán democráticamente se procedía ahora— se presentaron a las comunas para su discusión, volviendo a examinarse en el segundo Congreso, que los aprobó definitivamente el 8 de diciembre de 1847.

Federico Engels. Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, 1885

Así, el primer momento del movimiento obrero moderno tiene que hacer dos cosas como deslinde, como salto a un nivel superior para poder ser de utilidad al proceso de constitución de clase:

  1. Afirmar la naturaleza de clase universal del proletariado, el objetivo que se deriva de ella y el medio para alcanzarlo: la toma del poder.
  2. Eliminar, a pesar de las duras condiciones impuestas por la clandestinidad, la estructura y las taras de las sociedades secretas, sustituyéndolos por un sistema basado en la participación democrática de todos.

Solo entonces es posible dar un salto adelante: discutir el papel central de la estructura económica en la formación de las clases, sus antagonismos y sus expresiones políticas, es decir, ganar una concepción materialista de la Historia que poder usar para educar y preparar al resto de la clase en las tareas de su constitución como sujeto político.

El Red Lion del Soho, hotel en el que se celebró el 2º Congreso de la Liga
El segundo Congreso se celebró a fines de noviembre y comienzos de diciembre del mismo año. A este Congreso asistió también Marx, que defendió en un largo debate —el Congreso duró, por lo menos, diez días— la nueva teoría. Por fin, todas las objeciones y dudas quedaron despejadas, los nuevos principios fueron aprobados por unanimidad y Marx y yo recibimos el encargo de redactar el manifiesto.

Federico Engels. Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, 1885

Ni siquiera el cambio de nombre fue casual o producto de una ocurrencia, sino de la discusión abierta y la necesidad de deslindar campos con los distintos movimientos que en el momento pretendían representar el cambio social.

En 1847, se comprendía con el nombre de socialista a dos categorías de personas. De un lado, los partidarios de diferentes sistemas utópicos, particularmente los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que no eran ya sino simples sectas en proceso de extinción paulatina. De otro lado, los más diversos curanderos sociales que aspiraban a suprimir, con sus variadas panaceas y emplastos de toda suerte, las lacras sociales sin dañar en lo más mínimo al capital ni a la ganancia. En ambos casos, gentes que se hallaban fuera del movimiento obrero y que buscaban apoyo más bien en las clases «instruidas».

En cambio, la parte de los obreros que, convencida de la insuficiencia de las revoluciones meramente políticas, exigía una transformación radical de la sociedad, se llamaba entonces comunista. Era un comunismo apenas elaborado, sólo instintivo, a veces algo tosco; pero fue asaz pujante para crear dos sistemas de comunismo utópico: en Francia, el «icariano», de Cabet, y en Alemania, el de Weitling. El socialismo representaba en 1847 un movimiento burgués; el comunismo, un movimiento obrero. El socialismo era, al menos en el continente, muy respetable; el comunismo era todo lo contrario. Y como nosotros ya en aquel tiempo sosteníamos muy decididamente el criterio de que «la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma», no pudimos vacilar un instante sobre cuál de las dos denominaciones procedía elegir. Y posteriormente no se nos ha ocurrido jamás renunciar a ella.

Federico Engels. Prefacio a la edición alemana del Manifiesto del Partido Comunista, 1883

Hay pues dos distinciones:

  1. Entre los partidos de ese socialismo que representa «un movimiento burgués» y «el comunismo, un movimiento obrero», dentro del que se inscribe el partido comunista. Esta distinción refleja una divisoria de clase: lo que salga de los movimientos burgueses va a descarrilar el proceso de constitución política del proletariado. Poco se puede hacer con ellos, salvo orillarlos y denunciarlos.
  2. La segunda, entre partidos comunistas utópicos (comunistas icarianos de Cabet y «justicieros» de Weitling) y científicos, refleja distintos momentos del proceso de constitución de la clase. Por eso pueden convivir dentro del partido entendido como sujeto histórico.

El hecho de crear un sistema utópico no convierte a los icarianos y los weitlinianos en pequeñoburgueses, del mismo modo que el utopismo no convierte a los owenitas o los fourieristas en parte del movimiento de clase. Un sistema utópico es tan solo una propuesta, un deseo de futuro, puede expresar fantasías pequeñoburguesas de «asociación» interclasista o, por el contrario, verdaderas aspiraciones de la clase trabajadora. Por ejemplo, en un primer momento, el utopismo obrero de los icariano, significó la primera afirmación de la clase de un proyecto de dar forma al estado y la sociedad entera. Fueron ellos, lastrados en tantas cosas por las tradiciones republicanas francesas, los que afirmaron por primera vez el lema «de cada cual según sus fortalezas, a cada cual según sus necesidades» y fueron conscientes de la necesidad de un desarrollo de las fuerzas productivas supeditado al trabajo a través de un estado obrero.

El marxismo, en contraposición, representa un momento más alto en el proceso de constitución de clase: no es ya un deseo sino una previsión que demuestra la posibilidad de un futuro que empuja hacia la materialidad. Y dado que es el resultado de aplicar la dialéctica y el materialismo a la historia, supone un salto adelante en el proceso de constitución de clase, el momento en el que ese movimiento que llamamos comunismo, se apropia del conocimiento científico y se convierte en:

El heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.

Lenin. Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, 1913

Ahora volvamos al Manifiesto. En dos párrafos nos resume aquello que distingue al marxismo, aquello que agrega, en la práctica de la lucha de clases, al movimiento de constitución del proletariado:

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por las que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.

Prácticamente, los comunistas son, pues, el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre impulsa adelante a los demás; teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848.

«Impulsa adelante a todos los demás» porque tiene esa visión de conjunto del proceso de constitución como clase, del movimiento hacia el comunismo. Y lo hace haciendo valer «los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad». Perspectiva del comunismo y afirmación del sujeto político proletariado como un sujeto político universal con unos intereses únicos. Eso es lo fundamental de lo que aportan los comunistas. Es para eso que existe el partido como organización formal, como agrupación de revolucionarios.

Detengámonos un momento en esta idea. Que Marx y Engels remarquen en el Manifiesto que los comunistas aportan la perspectiva del proletariado como clase mundial con unos únicos intereses, es especialmente llamativo en el contexto de 1848, porque en ese momento la burguesía todavía se prepara para hacerse con el poder en buena parte de Europa y el antagonismo principal de clases no es burguesía-proletariado… por lo que el proletariado debe apoyar la revolución de la burguesa como parte de su propio proceso de constitución como clase política y llevarla hasta el punto en el que el antagonismo con la burguesía ocupe el primer lugar:

Finalmente, en Alemania está todavía por delante la lucha decisiva entre la burguesía y la monarquía absoluta. Pero, como los comunistas no pueden contar con una lucha decisiva con la burguesía antes de que ésta llegue al poder, les conviene a los comunistas ayudarle a que conquiste lo más pronto posible la dominación, a fin de derrocarla, a su vez, lo más pronto posible. Por tanto, en la lucha de la burguesía liberal contra los gobiernos [absolutistas], los comunistas deben estar siempre del lado de la primera, precaviéndose, no obstante, contra el autoengaño en que incurre la burguesía y sin fiarse en las aseveraciones seductoras de ésta acerca de las benéficas consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la victoria de la burguesía. Las únicas ventajas que la victoria de la burguesía brindará a los comunistas serán: 1) diversas concesiones que aliviarán a los comunistas la defensa, la discusión y la propagación de sus principios y, por tanto, aliviarán la cohesión del proletariado en una clase organizada, estrechamente unida y dispuesta a la lucha, y 2) la seguridad de que el día en que caigan los gobiernos absolutistas, llegará la hora de la lucha entre los burgueses y los proletarios. A partir de ese día, la política del partido de los comunistas será aquí la misma que en los países donde domina ya la burguesía.

Federico Engels. Principios del Comunismo, 1847

Es decir, incluso en el momento en el que el proletariado debe luchar junto a la burguesía para barrer el estado absolutista, último bastión del poder feudal, los comunistas introducen la unidad de la perspectiva de clase y luchan contra las ilusiones con las que pretende engatusarlos la burguesía, ilusiones que al final se resumen en la ilusión de la «comunidad nacional».

Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país deba acabar en primer lugar con su propia burguesía. (…)

Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848.

¿Qué significa «constituirse en nación»? Precisamente lo contrario de aceptar y encuadrarse en la «comunidad nacional». Es obvio que en 1848 en cada lugar, la «organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político» ocurrirá en primer lugar dentro de las fronteras nacionales, en el espacio del estado nacional. Pero no bajo la «comunidad nacional» burguesa, no bajo la ilusión de que existe una comunidad de intereses con la burguesía, sino al contrario, destruyéndola. El proletariado lidera al resto de clases no explotadoras que entienden que para defender de manera efectiva sus intereses deben unirse a él en la destrucción del estado nacional.

Cuando esto ocurre y funciona, el proletariado se «constituye en nación», es decir en líder de todas las clases que soportan al estado nacional; y toma el estado nacional en sus manos… para destruirlo y en su lugar levantar un estado de nuevo tipo, que «se extingue», concebido como parte de una «República mundial». Eso es, como ya vimos, lo que ocurrió en el París de la Comuna.

Es decir, la constitución en «clase nacional», en sujeto político capaz de disputar el poder al estado nacional, no se encamina a crear o encerrarse en un estado nacional ni «propio» ni mucho menos en comandita con la burguesía. Cada revolución misma será «solo nacional en la forma, no en el contenido» y en cualquier caso solo podrá mantenerse en ese estadio temporalmente.

XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país?

No. La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días. Por consecuencia, la revolución comunista no será una revolución puramente nacional, sino que se producirá simultáneamente en todos los países civilizados, es decir, al menos en Inglaterra, en América, en Francia y en Alemania. Ella se desarrollará en cada uno de estos países más rápidamente o más lentamente, dependiendo del grado en que esté en cada uno de ellos más desarrollada la industria, en que se hayan acumulado más riquezas y se disponga de mayores fuerzas productivas. Por eso será más lenta y difícil en Alemania y más rápida y fácil en Inglaterra. Ejercerá igualmente una influencia considerable en los demás países del mundo, modificará de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior marcha del desarrollo. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal.

Federico Engels. Principios del Comunismo, 1847

Ahora juntemos las piezas: los comunistas se distinguen por poner por delante los intereses finales y la existencia de unos intereses únicos y universales de la clase. ¿No deberían organizarse para esa revolución universal en un ámbito universal con una estructura igualmente universal? Y por otro lado, si el nivel de desarrollo del capitalismo era tan distinto en distintas las distintas regiones como hemos visto que era en 1848 ¿no deberían caber distintas organizaciones obreras, con distintas formas propias de esas diferencias de desarrollo, en ese partido universal, desde los cartistas británicos a los comunistas alemanes? ¿No debería partirse en cualquier caso de un programa común con ciertos mínimos que «impulse adelante» la constitución de la clase en fuerza política? La respuesta a todas estas preguntas era positiva y su resultado práctico fue la fundación de la AIT el 28 de septiembre de 1864 con unos estatutos que comenzaban:

Considerando:

que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos; que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase;

que el sometimiento económico del trabajador a los monopolizadores de los medios de trabajo, es decir de las fuentes de vida, es la base de la servidumbre en todas sus formas, de toda miseria social, degradación intelectual y dependencia política;

que la emancipación económica de la clase obrera es, por lo tanto, el gran fin al que todo movimiento político debe ser subordinado como medio;

que todos los esfuerzos dirigidos a este gran fin han fracasado hasta ahora por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes ramas del trabajo en cada país y de una unión fraternal entre las clases obreras de los diversos países;

que la emancipación del trabajo no es un problema nacional o local, sino un problema social que comprende a todos los países en los que existe la sociedad moderna y necesita para su solución el concurso teórico y práctico de los países más avanzados;

que el movimiento que acaba de renacer entre los obreros de los países más industriales de Europa, a la vez que despierta nuevas esperanzas, da una solemne advertencia para no recaer en los viejos errores y combinar inmediatamente los movimientos todavía aislados:

Por todas estas razones ha sido fundada la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Estatutos de la AIT, 1864

Los estatutos remarcan ya el objetivo del que se dota la AIT. Si la Liga de los Comunistas y el Manifiesto habían servido como perspectiva y apoyo a la constitución del proletariado en clase política nacional, especialmente en Alemania, la AIT debía de servir al siguiente salto: la constitución de la clase como sujeto político mundial. Y al igual que la Liga había reconocido campos y niveles de desarrollo, la AIT agruparía todo tipo de sociedades obreras: sindicatos, grupos de revolucionarios, mutuas, movimientos por la reducción de jornada…

La Asociación es establecida para crear un centro de comunicación y de cooperación entre las sociedades obreras de los diferentes países y que aspiren a un mismo fin, a saber: la defensa, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera.

Estatutos de la AIT, 1864

Estamos a años luz de Kautsky y la teoría de la conciencia «inyectada desde el exterior» por intelectuales desclasados, una teoría que, como ya veremos, vendrá de la mano de las mismas condiciones que harían brotar el reformismo en los partidos de la II Internacional. La AIT tiene claro qué es y para qué existe.

Eccarius
Incluso en las condiciones políticas más favorables, todo éxito serio de la clase obrera depende de la madurez de la organización y de la disciplina y concentración de sus fuerzas.

Incluso su organización nacional fracasa fácilmente por los defectos de su organización al otro lado de las fronteras, ya que todos los países compiten en el mercado mundial y se influyen, por tanto, mutuamente. Solamente el nexo internacional de la clase obrera puede asegurar su victoria definitiva. Y ha sido esta necesidad la que ha creado la Asociación internacional de Trabajadores. Esta no es planta de estufa de una secta o de una teoría. Es la creación natural del movimiento proletario que, a su vez, brota de las tendencias normales e irresistibles de la moderna sociedad. Profundamente compenetrada por la grandeza de su misión, la AIT no se deja intimidar ni extraviar. Su suerte se halla inseparablemente unida desde ahora al progreso histórico de la clase que encierra en su entraña el renacimiento de la humanidad.

Robert Shaw (Presidente del Consejo General) y J. George Eccarius (Secretario General). Cuarto informe al Consejo General de la AIT, 1 de septiempre de 1868

El desarrollo orgánico de ese proceso no es un «todo cabe», sino todo lo contrario. La batalla en la AIT será, como la de la Liga frente a los utópicos, doble: por un lado buscará deslindar, separar y finalmente alejar a los nacionalistas de Mazzini, místico y héroe nacional italiano de tremenda popularidad en toda Europa. Por otro batallará contra las tendencias descompuestas que, materializadas en la corriente bakuninista, representaban no una fase anterior, sino sobre todo, la influencia destructiva de la pequeña burguesía intelectual.

La batalla entre bakuninistas y marxistas que agotó a la AIT no fue en realidad una batalla programática. Los argumentos pueriles contra la «lucha política» no se sostenían en una época en la que la constitución del proletariado en clase pasaba por objetivos como la reducción legal de jornada.

Todo movimiento en que la clase obrera se enfrenta como clase a las clases dominantes y trata de coaccionarlas mediante presión externa es un movimiento político. Por ejemplo, el empeño de arrancar a los capitalistas sueltos una limitación de la jornada de trabajo, mediante huelgas, etc. en una determinada fábrica o incluso en una rama de la industria, es un movimiento puramente económico; en cambio, el movimiento encaminado a imponer una ley sobre las ocho horas, constituye un movimiento político, es decir, un movimiento de clase para hacer valer sus intereses bajo una forma dotada de vigencia general, socialmente obligatoria. Y si esos movimientos presuponen cierta organización, son a su vez otros tantos medios para que ésta se desarrolle.

Carta de Marx a Bolte, 27 de noviembre de 1871

La Comuna mostró en 1871 hasta qué punto la «conquista del poder político» es la definición misma de revolución, desmintiendo los argumentos anarquistas originales. Poco después de la expulsión de Bakunin y su mano derecha Guillaume, el desastre de la revolución cantonal española dejará en evidencia el coste en vidas, aprendizaje y resultados políticos del interclasismo y el golpismo que en la práctica significaba el «bakuninismo en acción». Pero ninguna de las dos cosas fueron decisivas para la ruptura orgánica con los bakuninistas ni dejaron exhaustos a los militantes de la AIT en todo el mundo.

La batalla agotadora se dio en el campo organizativo. Bakunin pedía a sus seguidores que, en principio no se identificaran como tales y creó una organización secreta paralela, con iniciaciones y grados, la «Alianza para la Democracia Socialista», cuyo objetivo era tomar el control del Consejo General bajo la excusa de que la ilegalización del derecho de asociación en países como Italia obligaban a tener organizaciones «secretas».

Mientras los bakuninistas proponían la descentralización, enaltecían el individualismo militante y denunciaban el «autoritarismo» del Consejo General, alimentaban en secreto un verdadero culto al líder y una centralización extrema mediada y asegurada por el misticismo de los «grados» y la contingentación de los grupos locales bajo la excusa de la clandestinidad. El informe escrito por Marx y Engels por encargo del Congreso de La Haya, que había expulsado por fin a los bakunisnistas, hace públicos todos los materiales de «la Alianza» de Bakunin y llama a la «más total y absoluta publicidad» como forma de evitar la gangrena.

Estamos aquí ante una sociedad, que bajo la máscara del más extremo anarquismo, dirige sus ataques, no contra los gobiernos existentes, sino contra los revolucionarios que no se someten a su ortodoxia ya su dirección. Esta sociedad, creada por la minoría de un Congreso burgués, se desliza en las filas de la organización internacional de la clase obrera, trata primero de apoderarse de su dirección y, cuando ve que este plan no prospera, trabaja por desorganizarla. Maquina descaradamente para meter de contrabando su programa sectario y sus ideas limitadas en el amplio programa y las grandes aspiraciones de nuestra Asociación,; organiza dentro de las Secciones públicas de la Internacional sus secciones secretas, que, obedientes a una sola consigna y por medio de manejos comunes urdidos de antemano, prevalecen en muchos casos sobre aquellas; ataca públicamente en sus periódicos a cuantos elementos se niegan a plegarse a su jefatura; provoca la guerra abierta -son sus propias palabras- dentro de nuestras filas. Para conseguir sus fines, no retorocede ante ningún medio, ante ninguna canallada; la mentira, la calumnia, la intimidación, la violencia a mansalva; todo es igualmente bueno para ella.(…) Para desbaratar todas estas intrigas, no hay más que un medio, de efectos demoledores: la más total y absoluta publicidad.

Marx y Engels. Un complot contra la AIT. Informe sobre los manejos de Bakunin y la Alianza de la Democracia Socialista, redactado por encargo del Congreso de la Haya, 1872.

La Alianza, al fin, suponía dar por buenas las formas burguesas de organización: la sociedad secreta, las jerarquías partidarias, el culto a la personalidad, la centralización invisible y por tanto incriticable… cuando lo que sirve al proceso de constitución de la clase es precisamente lo contrario: educación política, discusión abierta, hablar franco, cargos electos y revocables, delegados con mandato imperativo… Incluso en aquellos lugares donde el derecho de asociación no existe.

En Francia e Italia, donde existe una situación política en que el derecho de reunión constituye un acto punible, la gente tiende con mucha fuerza a dejarse agrupar en sociedades secretas, cuyo resultado es siempre negativo. Por lo demás, este tipo de organización se halla en contradicción con el desarrollo del movimiento proletario, puesto que estas sociedades, en vez de educar a los trabajadores, los supeditan a las leyes místicas y autoritarias que entorpecen su independencia y dirigen su conciencia por derroteros falsos.

Marx. Discurso sobre las sociedades secretas. Sesión de la AIT en Londres el 22 de septiembre de 1871

Finalmente, ¿qué conclusiones podemos sacar de la experiencia de la Liga y la AIT sobre el partido de clase?

  1. La «organización de la clase en partido» no es algo que vaya a ocurrir porque se cree una organización formal de revolucionarios con sus miembros, asambleas y estatutos.
  2. La clase aparece como partido cuando se constituye como sujeto político.
  3. La constitución en sujeto político, ocurre cuando «la clase obrera se enfrenta como clase a las clases dominantes y trata de coaccionarlas mediante presión externa (…) Por ejemplo, el movimiento encaminado a imponer una ley sobre las ocho horas». Como es lógico, esta afirmación del proletariado como clase política es en principio «nacional» en el sentido de que al tratarse de un enfrentamiento con el estado, se da casi siempre en un primer momento, en su terreno, el nacional.
  4. Este tipo de movimientos «presupone cierta organización» y genera «otros tantos medios para que ésta se desarrolle» porque son una oportunidad para la reflexión y la educación política de los trabajadores por ellos mismos.
  5. Estas organizaciones formales, estos grupos de militantes tienen dos funciones en este tipo de movimientos: «destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en las diferentes fases de desarrollo por las que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto», es decir:
    1. Tienen, en cada lucha política local, el objetivo de hacerla madurar para que sea parte del proceso de constitución en clase política mundial. Es decir, para que por ejemplo, la consecución de la jornada de ocho horas, no sea la expresión del «proletariado danés» y sus conquistas, sino para hacer consciente que es el proletariado mundial en Dinamarca el que lo ha conseguido. Otro ejemplo, apoyar a uno u ambos bandos en una guerra entre dos estados burgueses, quedaría descartada: ¿cómo va el proletariado mundial, único sujeto del relato de clase, a desear el triunfo de una burguesía sobre otra y sacrificar para ello en los campos de batalla a los trabajadores de ambos lados? Eso es lo que las secciones de la Internacional en Francia y Alemania hicieron por ejemplo ante la Guerra franco-prusiana de cuyo colapso surgió la Comuna.
    2. Resaltan el objetivo y las necesidades comunes de la clase como un todo. Por ejemplo, a los trabajadores de un país les puede parecer mayoritariamente que restringir las migraciones o establecer barreras arancelarias, es decir, asociarse con los sectores chovinistas o proteccionistas de «su» burguesía, va en sus propios intereses, que el migrante es el causante de las bajadas de salarios o el paro, o que los obreros chinos les hacen «competencia desleal». La labor de los comunistas es enfrentarse a ese tipo de ilusiones y errores, mostrando que ningún grupo dentro de la clase trabajadora tiene otros intereses reales que los de la clase como un todo.
  6. Este tipo de labor de clarificación, para poder darse, requiere previamente que el partido, entendido como organización formal de militantes, se organice de acuerdo a los principios básicos que, por otro lado, son los que permiten el desarrollo de la constitución en clase en el conjunto del proletariado:
    1. El partido es una herramienta de reflexión y clarificación que actúa en la clase como una referencia de autonomía y educación política, como difusor y propagandista, centrado en el avance de ese proceso de constitución en clase. Conspiraciones, golpes de estado, sociedades secretas y otras formas propias del radicalismo burgués y la bohemia política son descartados desde el primer momento como contraproducentes.
    2. La organización ha de disfrutar de la máxima democracia en las discusiones y en la toma de decisiones. Los debates pueden alargarse cuanto sea necesario y los congresos convocarse cuando haga falta. Y por supuesto, los debates pueden acabar en rupturas. Pero lo importante es que las rupturas sean decantaciones, que acaben en clarificación útil al conjunto de la clase en el desarrollo de su conciencia y sus batallas.
    3. Centralismo, expresión de esa naturaleza mundial de la clase. Cuando la clarificación se produce, cuando se llega de forma realmente colectiva a conclusiones realmente compartidas, la centralización es, solo aparentemente, espontánea. Por ejemplo la coincidencia en la toma de posición sobre la guerra franco-prusiana de las secciones alemana y francesa. Pero también es necesaria una centralización «formal», en torno a unos estatutos claros y funcionales que permitan una verdadera vida mundial de la organización de la que salgan posturas únicas para todos, sólidas y capaces de servir a la constitución de la clase como como clase universal.