La mentira desconcertante

Ante Ciliga
Cuando estudiamos los grandes discursos de la época, las decisiones de los congresos y los relatos de los movimientos de masas, irremediablemente nos sumergimos en una cierta irrealidad. ¿Qué significan 3.000 obreros muertos en Hamburgo o 10.000 en Shaghai? Nuestra propia imaginación se bloquea porque las escalas nos sobrepasan. Por eso, los testimonios de jóvenes comunistas de la época que llegaban, muchos de ellos huyendo de la represión, a la Rusia que habían imaginado tantas veces, son un contrapunto útil y necesario para entender qué era y cómo se vivía la contrarrevolución en todas las facetas de la vida.

Ante Ciliga era un comunista croata de la generación que se había unido en 1919, en plena ola revolucionaria. Se había convertido en miembro del CC del Partido Comunista en Yugoslavia y había sido expulsado del país. Se refugió en Viena pero de ahí tuvo que huir a su vez. Llegó a Moscú en calidad de asilado político en 1926, en vísperas del Termidor. Ciliga mira a la URSS con los ojos de un militante europeo de la época, la compara con la teoría y con los relatos de la prensa, se une inmediatamente al Partido bolchevique y comienza a integrarse y conocer la realidad social rusa de aquellos años.

«El humo de las fábricas es el aire de la Rusia soviética»
En aquella época [1926] se encontraban en Moscú entre treinta y cuarenta militantes del partido comunista yugoslavo. Para mantener el contacto con las masas obreras y estudiar la experiencia del bolchevismo en la práctica, debían pasar un día a la semana en la fábrica. Trabajaban como los obreros, asistían a las reuniones de los sindicatos y del partido, organizaban el trabajo del M.O.P.R (Socorro Rojo). Los parecidos entre la lengua yugoslava y la rusa les permitían implicarse en la vida obrera rápidamente. La mayor parte de mis camaradas yugoslavos eran obreros que habían recibido formación política y pertenecían al núcleo del partido yugoslavo. Habían ido a Rusia para aprender allí el arte revolucionario del bolchevismo, para luego volver a casa con las prácticas hechas.

Estos camaradas, unos abiertamente, otros en secreto, se pusieron a relatar cosas terroríficas sobre la situación de los obreros en las fábricas. Uno de ellos, Risto Samardjitch-Noskov, un viejo militante sindical de Bosnia, que más tarde sería empujado a la muerte por la reacción yugoslava, me describió con detalle los ultrajes y las injusticias de las que eran objeto los obreros de su fábrica. Los obreros fabriles soviéticos –decía– son prisioneros de sus contramaestres y directores, como en los países capitalistas. Es más, allí el obrero puede protestar en la prensa y en las reuniones. Aquí no hay nadie a quien dirigirse. Esto no es socialismo, es esclavitud, concluía.

Por supuesto, había camaradas que sacaban conclusiones totalmente diferentes de esos mismos hechos. Sí, decían, el látigo, el knut es el amo y señor en la fábrica soviética, pero el obrero ruso está tan atrasado, hasta tal punto es inconsciente, que no sabe mantener el utillaje, no tiene el orgullo de mejorar el rendimiento de su trabajo; por tanto nos hemos visto obligados a emplear la coerción para que la fábrica marche y para educar al propio obrero. (…)

Los testimonios «a favor y en contra» se acumulaban. Empecé a comprender el espíritu que reinaba en la sociedad soviética. Las contradicciones que constataba me parecían inadmisibles, pero sin embargo la realidad las toleraba. El agitado ritmo de la vida soviética estaba impregnado de una profunda inmoralidad social. Grupos enteros de campesinos y obreros ascendían a la cima de la sociedad y se aseguraban todo tipo de funciones dirigentes, econó- micas, políticas y administrativas. Un gran número de jóvenes obreros y campesinos, gracias a la instrucción media y superior, se adueñaban de las palancas de mando de la nueva sociedad. Y esta dichosa evolución no sólo implicaba ciertos trazos desagradables y aislados, sino que era toda una parte la que estaba completamente viciada. Las capas que se elevaban se impregnaban al mismo tiempo de un cierto espíritu burgués, de un espíritu de estrecho egoísmo, de cálculos mezquinos. Uno notaba que tenían la firme determinación de labrarse un buen puesto sin preocuparse del prójimo, un arribismo ciego y espontáneo. Para lograrlo, todos demostraban una capacidad de adaptación sin escrúpulos, una actitud desvergonzada y adulación hacia los poderosos. Esto es lo que se veía en cada gesto, en cada rostro, en todas las miradas. Esto es lo que reflejaban todos los actos y los discursos, generalmente llenos de burda fraseología revolucionaria. Este espíritu era el amo y señor, no sólo entre los sin-partido, sino también y sobre todo entre aquellos comunistas que, lejos de ser los mejores, eran los peores de todos.

¿Esta es nuestra «vanguardia»?, me decía. Lo que me parecía más grave era que este aburguesamiento, lejos de declinar, crecía y se reforzaba, inundando todo a su paso. La ola destructora no hallaba ningún obstáculo, nadie trataba de ponerle diques. Las masas y los dirigentes lo aceptaban como algo inevitable. (…)

En la primavera de 1928 se celebró en Moscú el IV Congreso del Profintern (Internacional Sindical). En la delegación yugoslava a este congreso me encontré con un viejo amigo, ferroviario y probado militante revolucionario que había sido mi camarada desde mi actividad ilegal en 1919. Él ya había estado en Rusia en 1917-1918, como prisionero de guerra austriaco. Había podido observar los inicios de la revolución y había participado activamente en ella. Tras haber sido el huésped de los ferroviarios moscovitas, tras haber tenido tiempo de observar toda la vida pública y privada, me resumió sus nuevas impresiones sobre Rusia en los siguientes términos:

La situación hoy es completamente distinta a la de mi época; el obrero ha caído de nuevo en la trampa, los burócratas viven como vivían antes los burgueses, sus señoras se las dan de burguesas. Hace falta una nueva revolución.

¿Hemos llegado ya a ese punto?, me preguntaba yo. (…)

Primera edición en español de «En el país de la mentira desconcertante», realizada en Argentina.
En esa época conocí en Moscú a un grupo de obreros extranjeros. Eran obreros alemanes especializados que trabajaban en las grandes empresas de Moscú. Les pregunté sobre sus condiciones de trabajo. Me dijeron que bajo el régimen capitalista jamás se habían visto en tan malas condiciones. Uno de ellos, que también había estado trabajando en Francia, Suiza y Austria, me dijo que el sistema de trabajo a destajo se había llevado en Rusia mucho más lejos de lo que había estado nunca en Occidente. Le pregunté sobre las reacciones de los obreros en las fábricas. Los obreros, por supuesto, no están contentos, me dijo; pero el trabajador ruso está tan atrasado, tan dócil, tan poco capaz para la acción, que el descontento es estéril. (…)

La mayor parte de los extranjeros que se establecían en Rusia (…), a pesar de ser obreros, revolucionarios, emigrados políticos, se hallan en una situación algo paradójica. Se les confía un trabajo interesante, se les paga convenientemente, son bien alojados, pueden irse de vacaciones y disfrutar del mejor confort. Les cuidan, les organizan reuniones obreras donde pueden tomar la palabra, les honran y gozan de reconocimiento social. Por otra parte, estos extranjeros descubren en las fábricas, en el partido y las administraciones, un modo de existencia que contradice su idea de socialismo. Empiezan a indignarse, a amargarse. Los representantes del partido comunista ruso, acostumbrados a considerar esto como una «enfermedad infantil» que afecta a todos los extranjeros, les responden con una paciencia barnizada de desprecio:

Sí, ya conocemos todo eso; todos los extranjeros que vienen a Rusia empiezan emitiendo opiniones de extrema-izquierda. Tienen una idea demasiado romántica del socialismo; no saben lo que es la disciplina bolchevique, no se dan cuenta de las dificultades que uno encuentra cuando quiere edificar el socialismo, cuando se conduce a las masas de un país atrasado y pequeño-burgués

La administración trata a los extranjeros de forma relativamente liberal, pero al mismo tiempo crea una especie de vacío a su alrededor. Si el extranjero «rebelde» logra el apoyo de algún obrero ruso entonces se le empieza a «hablar en ruso» para que se le pasen las ganas de pelear contra el régimen.

Por otra parte, los obreros rusos han tenido oportunidad de aprender lo que se puede decir y lo que se debe callar en las reuniones. Así, aunque sean bastante comunicativos en las conversaciones privadas con los extranjeros, guardan un silencio glaciar en las reuniones públicas y dejan la tribuna para los entusiastas profesionales.

El extranjero generalmente ignora que los obreros rusos llevan sufriendo esta presión burocrática desde hace dieciséis años. No sabe que el poder ha tenido que reprimir numerosas huelgas de masas. No se da cuenta de lo que han significado los cañonazos de Kronstadt, cuyo fracaso conmovió profundamente a todo el conjunto de las masas obreras de Rusia. Este extranjero no puede comprender por qué el obrero ruso se ve obligado a callarse, por qué esta clase obrera que ha hecho tres revoluciones se ve hoy impotente e incapaz de reaccionar, incluso en sus propias fábricas, contra la arbitraria desvergüenza de la burocracia. Los extranjeros no se dan cuenta de que la burocracia ha golpeado al obrero sin descanso para lograr reducirle a su estado de mutismo actual; en lugar de indignarse contra la administración, comienzan a subestimar a la clase obrera rusa.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Poster de propaganda del primer plan quinquenal
Ciliga vive las horas finales de la Internacional, el deterioro económico del último periodo de la NEP, el giro izquierdista del stalinismo y la campaña contra los campesinos ricos que acabará en la colectivización forzosa de la pequeña burguesía agraria. Este giro izquierdista -cuyos repercusiones internacionales ya vimos en Cantón y en España- le hace volver a confiar en el el aparato del partido, pero pronto se da cuenta de que el «giro ultraizquierdista» no es más que un gran teatro orquestado por el partido.

La Rusia de la N.E.P. agonizaba. La producción se disolvía y no llegaba a cubrir las necesidades de los diversos grupos sociales; los intercambios se habían paralizado, la economía del país llegaba a un punto muerto. El mundo soviético acababa de descarrilar y para sacarlo del apuro había que emplear medios heroicos.

Fue entonces cuando se descubrió que el camino de la salvación era el que había señalado la oposición, y el partido terminó adoptándolo: lucha contra los elementos capitalistas privados en la ciudad y la aldea, concentración de recursos en el Estado encaminada a llevar a cabo una industrialización acelerada, creación de grandes unidades rurales orientadas a la colectivización total, movilización para estos fines de la clase obrera y de todas las masas laboriosas, y ante todo, de los elementos comunistas revolucionarios.

Por un instante estuve a punto de olvidar todos los feos que había estado viendo durante diez meses, a olvidar los privilegios de los dirigentes, la opresión y los sufrimientos de las masas, el espíritu de dominio, la adulación y la sumisión que impregnaban toda la vida soviética. Estuve a punto de creer, creí por un instante, que era posible que las masas y la administración se reconciliasen, que los trabajadores y los dirigentes se unieran para conquistar un mundo nuevo. En el partido se sabía que un grupo de elementos de derecha estaba tomando cuerpo para oponerse a esta nueva política. En este terreno también se confirmaron las previsiones de la oposición. Había llegado a prever los nombres de los dirigentes de la fracción de derecha: Rýkov, Bujarin y Tomski. Había razones para pensar que como Stalin había adoptado la política de la oposición, haría un bloque con el grupo de Trotsky-Zinoviev contra la derecha.

Esta esperanza llegó a su punto culminante cuando el Comité Central del partido publicó su manifiesto a la clase obrera del 3 de junio, anunciando la lucha contra la burocracia, la autocrítica y la democracia obrera. Yo creí que estas consignas directas y decisivas iban a despertar a los obreros y a liquidar la plaga de la burocracia.(…)

En muchas células, los simples militantes trataron de poner en práctica las nuevas consignas de autocrítica y democracia obrera. Esperaban así desembarazarse de los defectos del burocratismo en sus propias organizaciones y en sus propias fábricas.

Pude comprobar que estos esfuerzos eran estériles a menos que se coordinaran con la acción de las instancias superiores. Para tener éxito, estas instancias tenían que dar el visto bueno en cada caso particular en que se intervenía contra personas o hechos determinados. Si los militantes de base, si los simples militantes del partido se permitían tomar la palabra por propia iniciativa, esta audacia bastaba –al margen de cualquier otra consideración– para asegurar su fracaso y ser acusados de «actividades desorganizadoras».

Asistí a un caso verdaderamente paradójico. Dos miembros del partido, que no formaban parte de la oposición, se ganaron una severa reprimenda por parte de la comisión de control por haber acordado en su domicilio privado la actitud a adoptar para atacar a la burocracia local en la próxima reunión. La comisión de control del partido resolvió que los miembros sólo tenían derecho a decir lo que quisieran en las reuniones; consultarse entre sí y preparar sus discursos antes de pronunciarlos era una prueba de «fraccionalismo»; lo cual era condenable, aunque las supuestas «fracciones» no tienen nada que ver con la oposición. El derecho a preparar las reuniones, a examinar con anticipación los temas de los debates, sólo lo tenían las diversas instancias de la administración. Así es como se conservaba y se sistematizaba también la distinción entre los derechos de la masa militante y los del aparato administrativo.

Mientras, la lucha contra la derecha, los partidarios de la reconciliación con los kuláks, seguía su curso. Pero se notaba que un director de orquesta invisible se encargaba de moderar el tono. Parecía que alguien conducía a la masa del partido como se lleva a un niño de la mano: adelante, un paso más, prohibido ir más lejos, detente. ¿Pero por qué se podía dar este paso y no aquel otro?, ¿dónde se quería llegar?, ¿cuál era la meta? Todo esto el «aparato» lo mantenía en secreto. Las masas ni siquiera se atrevían a plantear la cuestión. A pesar de las solemnes declaraciones de los periódicos respecto a la autocrítica y la democracia, no hubo ningún cambio real en la vida del partido y de las masas. ¿Qué sucedía?, ¿acaso era un colosal engaño?, ¿o es que la nueva política de Stalin contra la derecha aún no podía –por razones de táctica interna del partido– desplegarse del todo? (…)

La tensión de los ánimos en Moscú llegó al máximo en el verano de 1928, tras el «pleno» de julio del Comité Central del partido comunista. (…) La derecha, aunque disponía de la mayoría, vacilaba a la hora de apartar a Stalin de su cargo como secretario general. Stalin, en minoría, no temía el riesgo que suponía hacer intervenir a los obreros. A pesar de la importancia de los factores individuales que ciertamente influían en la táctica de las partes en disputa, en última instancia, ésta estaba determinada por causas sociales. Las vacilaciones de la derecha ante Stalin se debían al temor de que su salida desatara el peligro de los «kulaks» [campesinos ricos] y barriera a la burocracia. La derecha temía las consecuencias de sus propias intenciones. En cuanto a Stalin, ligaba su suerte al triunfo definitivo de la burocracia en la vida económica y política del país. La idea de crear una agricultura y una industria poderosas le daban alas.

En las luchas internas del partido, el papel de las masas se limitaba al de meros espectadores, o como mucho instrumentos. El destino del partido y del país se decidía en la sombra; las masas tenían que esperar a ver quién salía vencedor para sacarle a hombros. Mis camaradas y yo no comprendíamos cómo era posible semejante situación, pero sabíamos que sin embargo era eso lo que sucedía. Sabíamos que las masas permanecían en segundo plano y que fuese quien fuese el vencedor su papel social se reduciría.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Vaso commemorativo del décimo aniversario de la revolución de Octubre.
El vencedor final fue Stalin, que se deshizo primero de la oposición unificada (Trotski, Zinoviev, Kamenev) y luego de la derecha (Bujarin, Rikov) que defendía mantener la NEP sin tocar a los sectores altos de la burguesía rural nacida de ésta… para finalmente hacer la política de la primera (planificación, colectivización) con todos los signos de la brutalidad que le caracterizaban.

Ciliga mientras tanto se ha unido a la oposición de izquierdas (clandestina), a sabiendas de que la actividad de oposición acaba generalmente en encarcelamiento y bien puede acabar en el «aniquilamiento», palabra que no era en absoluto una metáfora.

[En 1927] a pesar de esta enérgica represión, tras la crisis que reinaba en este país y en el partido, se notaba en Moscú un cierto recrudecimiento de la actividad de la oposición. La influencia del trotskismo entre los cuadros del partido aumentaba cada día. En algunos medios del partido, los escritos de la oposición se difundían con un éxito fulminante. Eran los únicos escritos en los que se podían conocer hechos auténticos sobre la marcha de las hostilidades entre los grupos de Stalin y de Rýkov. Por otra parte, los documentos de la oposición, particularmente las cartas de Trotsky, trataban los problemas económicos y políticos corrientes con una audacia y una claridad que invitaban a la admiración.(…)

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Cartel de propaganda de la colectivización forzosa del campo.
Pero pronto desarrolla puntos de vista propios frente a la colectivización agraria y la industrialización planificada.

Los frutos del trabajo de los koljoses, así como de la industria, los acaparaba la burocracia, empezando por los funcionarios inferiores de los koljoses (o de la fábrica) y terminando en los empingorotados burócratas del Kremlin. El grado de explotación al que estaban sometidos los diferentes grupos de trabajadores variaba, al igual que los privilegios de los que disfrutaban las distintas capas de la burocracia. Pero esto no afectaba a la división fundamental del país en dos campos: las masas laboriosas y explotadas por una parte y los dirigentes explotadores por la otra. (…)

Ni el trotskismo ni el estalinismo veían en los acontecimientos más que una lucha entre dos sistemas sociales: el socialismo y el capitalismo privado, una lucha entre dos clases: el proletariado y la burguesía, que incluía a los kuláks y los restos de todas las viejas clases dirigentes. Por mi parte, llegué a la conclusión de que había tres sistemas sociales que participaban en la lucha: el capitalismo de Estado, el capitalismo privado y el socialismo, y que estos tres sistemas representaban tres clases: la burocracia, la burguesía (incluidos los kuláks) y el proletariado. La diferencia estribaba en que los estalinistas y los trotskistas identificaban el capitalismo de Estado con el socialismo y a la burocracia con el proletariado. Tanto Trotsky como Stalin identificaban al Estado con el proletariado, la dictadura burocrática sobre el proletariado con la dictadura del proletariado, la victoria del capitalismo de Estado sobre el capitalismo privado y el socialismo con una victoria de este último. La diferencia entre Stalin y Trotsky consistía en que Stalin consideraba esto como un socialismo puro, la pura dictadura del proletariado, mientras que Trotsky se daba cuenta y señalaba las lagunas y las deformaciones burocráticas del sistema. (…)

Los más diversos fenómenos capitalistas y burocráticos que se manifestaban en la industria soviética estatal se atribuían siempre a la influencia de elementos capitalistas y pequeño-burgueses, o bien se explicaban como concesiones inevitables y provisionales a estos elementos, cuya importancia en los tiempos de la N.E.P. era considerable y se reconocía oficialmente. Ahora que se había suprimido la N.E.P., extirpando todo capitalismo privado y destruyendo sin piedad a la pequeña burguesía, estos fenómenos capitalistas y burocráticos, lógicamente, tendrían que desaparecer de la industria y ceder su puesto a la organización socialista de la producción industrial.

Pero en realidad no sucedió nada de esto. Es más, los métodos capitalistas y burocráticos salieron fortalecidos: trabajo a destajo, separación entre trabajadores y dirección, concentración de todas las funciones dirigentes en manos de la administración, las funciones de los obreros reducidas a las de simples ejecutantes, consolidación del sistema asalariado y aumento de las diferencias salariales para beneficio de los burócratas.

Todo esto demostraba que el carácter burocrático y capitalista de la industria soviética estatal no se debía únicamente a la influencia que ejercían los restos del viejo capitalismo privado, sino que constituían el propio fundamento orgánico de esta industria estatal. Por tanto, era en el conjunto de la economía soviética, tanto en la industria como en la agricultura, donde había que plantear la cuestión de saber cuál era el nuevo sistema social y económico, ya que no se trataba de capitalismo privado ni tampoco de socialismo.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Cartel equiparando el triunfo del socialismo a la industrialización pesada.
Ciliga recoge en sus memorias opiniones y testimonios de obreros de todo el país, más o menos acertadas pero siempre significativas de lo que supuso la derrota del estado soviético a manos de la burocracia y de la «gran mentira», la aceptación de que capitalismo de estado y socialismo eran la misma cosa.

Un viejo obrero cualificado que trabajaba en una de las principales fábricas de Leningrado me decía, por ejemplo:

Ahora vivimos peor que en tiempos de los capitalistas. Si hubiésemos sufrido tanta hambre, si en la época de nuestros viejos patrones los salarios hubiesen sido tan bajos, habríamos hecho miles de huelgas. ¿Pero qué podemos hacer ahora? Somos nosotros quienes queríamos el poder soviético, ¿Cómo podemos combatirlo? Si nos ponemos hoy en huelga, nuestras propias mujeres se burlarían de nosotros diciendo: «Ahí tenéis vuestro poder soviético»

Cuando se reclutó a 25.000 obreros para llevarlos al campo, este trabajador fue uno de los voluntarios. Volvió disgustado al cabo de unos meses:

Hay demasiadas injusticias; no es colectivización, es pillaje

Como obrero cualificado, no pedía ningún favor al poder. Su cualificación le daba seguridad y cierta independencia. Era un sin partido, pero había estado varios años en el frente durante la guerra civil. La angustia y el asombro que le sacudían ahora me parecía que reflejaban los sentimientos de las capas más profundas del proletariado. «Nos hemos equivocado de puerta», esa era la conclusión que sacaban de la revolución. Cuando terminaba el Plan Quinquenal, en la época de la «vida alegre» proclamada por la burocracia, estas capas terminaron dándose cuenta de lo que era el sistema vigente en la URSS.

Escuché el mismo tipo de reflexiones en boca de un obrero comunista extranjero que trabajaba en la industria textil. De origen meridional, se expresaba más apasionadamente:

En mi vida he visto esclavitud semejante a la que reina en mi fábrica. ¡Si esto ocurriera en un país burgués, hace tiempo que habría lanzado una bomba!

Pero en Rusia se callaba, pues no veía ninguna salida: las masas obreras son pasivas y el poder no es «nuestro poder». Desesperado, trataba de que le repatriaran a Europa: allí al menos sabría contra qué y cómo luchar. Logró que le repatriaran, pero sólo tras pasar por enormes dificultades, pues conocían su «falta de entusiasmo por el régimen soviético». Hoy, aunque ha perdido la fe, continúa trabajando en el partido comunista oficial. De todas formas, no hay nada «mejor», me confesó más tarde, cuando los dos habíamos vuelto a Europa.

Me acuerdo también de una conversación con un obrero que acababa de hacer una reparación en mi cuarto. Al ir a pagarle a su domicilio, le hallé distraído leyendo un periódico. Apenas le conocía, y le pregunté: «¿Qué dicen los periódicos?». Me señaló la noticia acerca de la limitación de la legislación social en Alemania, que la prensa soviética había trasformado en una abolición de los seguros sociales. «Igual que nosotros», dijo el obrero sin más comentarios. Esta sencillez y sinceridad hablaban más claro que cualquier discurso sobre los sentimientos que la burocracia soviética inspira a los obreros. Mi humilde interlocutor parecía querer decir, en un tono calmado y descorazonado: «No sólo soy yo, todos pensamos así»

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

La propaganda antitrotskista del régimen incluía novelas que se traducían a otros idiomas donde la oposición era sistemáticamente calumniada como un grupo terrorista y más adelante, fascista.
Ciliga, como era inevitable, acaba en las prisiones de la GPU. Sin entrar en el relato de las iniquidades de los campos de internamiento para presos políticos comunistas -que acabarían en la matanza de decenas de miles de bolcheviques oposicionistas- lo interesante hoy de su relato es ligarlo a lo anterior para entender la debilidad de la oposición clandestina. No era solo una cuestión de ferocidad represiva y de derrota de las masas, es que esa derrota había calado a la propia oposición. La «mentira desconcertante», la equiparación entre socialismo y capitalismo de estado, inutiliza la concepción de Trotski y paraliza a la oposición que sigue atada a un partido que le masacra. Solo una pequeña minoría que sin saberlo espera en realidad la muerte, mantiene la reflexión de clase en las prisiones.

El ambiente de oposición de nuestra prisión, a pesar del lenguaje violento que se escuchaba hacia Stalin, era fundamentalmente conservador. Cuando había que criticar al régimen, a la gente le entraba una timidez insospechada. Preferían quedarse con las palabras vacías y las fábulas más groseras antes que ponerse a buscar algo nuevo. Decididamente, era difícil atisbar una diferencia psicológica entre el partido comunista ruso y su oposición…

–¿Cómo?, ¿usted dice que nosotros ya no somos miembros del partido? ¡Razona igual que Stalin!”, exclamaba el simpático viejo Gorlov.

–Veamos –replicaba yo–, ¿cómo vamos a considerarnos miembros de un partido que nos ha expulsado y que ha hecho que la G.P.U. nos meta en prisión?

Pero Gorlov seguía pensando que el partido comunista panruso no había dejado de ser «nuestro partido» y que Stalin no era más que un usurpador, ¡un vulgar estafador!… Esta postura implicaba un aspecto que no era tan inofensivo.

Un día que yo estaba alegrándome de que hubiera disminuido la extracción de hulla en el Donbass, según decía el Pravda, dos georgianos miembros de la oposición, Tsivtsivvazde y Kiknazde, me atacaron con violencia:

Nuestro deber es alertar de cualquier signo de debilitamiento del poder soviético. Ciertamente debemos persuadir al partido de que la política de Stalin es nefasta, ¡pero no debemos hacer derrotismo con nuestro propio gobierno soviético!

Intenté que se calmaran explicándoles que no se trataba de derrotismo, sino que únicamente me alegraba de la resistencia que oponían los obreros del Donbass a la arbitrariedad burocrática. Pero este argumento no les convenció. Cualquier golpe al poder, aunque lo llevaran a cabo los obreros, les parecía un progreso de la contrarrevolución.

Además, constaté con inquietud que había una laguna en las cartas y los escritos de Trotsky que nos llegaban a prisión: Trotsky nunca hablaba de organizar huelgas, de incitar a los obreros a que lucharan contra la burocracia, de movilizar a la clase obrera a favor del programa econó- mico trotskista. Su crítica, sus argumentos y sus consejos parecía que iban dirigidos al Comité Central, al aparato del partido. Recordando la caída vertical del nivel de vida de los obreros, Trotsky llegaba a esta conclusión, como un buen patrón que aconseja a la administración: «Ustedes están derrochando el capital más valioso, la fuerza de trabajo». Para Trotsky el sujeto activo seguía siendo «el partido», con su Politburó y su Comité Central, el proletariado no era más que un «objeto». (…)

Todas mis esperanzas estaban puestas en la «minoría», que en 1931 y 1932 discutía apasionadamente las cuestiones de principio que planteaba el Plan Quinquenal y el régimen soviético en su conjunto.

La primera cuestión que se discutió fue la del carácter del Estado soviético. ¿Se trataba de un Estado obrero y socialista? Y si no era así, ¿a qué clase representaba? La discusión duró más de seis meses. Albergábamos además una segunda intención que nos desaconsejaba las prisas: estábamos esperando que Trotsky cruzara el Rubicón y negara el carácter obrero del Estado estalinista. Muchos de nosotros estaban convencidos de que ya no quedaban restos de la dictadura del proletariado en la URSS, pero pensaban que no era oportuno declararlo en público antes de que Trotsky se pronunciara. Por mi parte, aunque esperaba como el resto un gesto político decisivo por parte de Trotsky, que parecía inevitable dadas sus anteriores declaraciones: “la preparación para la instauración del bonapartismo en el partido ha concluido”, pensaba al igual que otros camaradas que debíamos pronunciarnos sin esperar a sus palabras. ¿Acaso no le sería más fácil formular las conclusiones esperadas si veía que en el espíritu de los propios militantes éstas ya se estaban plasmando espontáneamente? Por otra parte, ¿debíamos estar siempre a la espera de ver cuáles eran las palabras del «jefe», como vulgares estalinistas?

Al final se sometieron a votación tres resoluciones diferentes. La primera admitía el carácter obrero del Estado, a pesar de sus numerosas «desviaciones burocráticas», pues aún sobrevivían «vestigios de la dictadura del proletariado», como la nacionalización de la propiedad privada y la represión contra la burguesía.

Quienes negaban que hubiese dictadura del proletariado en la URSS presentaron dos resoluciones distintas. Unos pensaban que aunque no hubiera dictadura del proletariado en la URSS aún «subsistían los fundamentos económicos de la Revolución de Octubre». Su conclusión era que había que hacer una revolución política además de una «profunda reforma económica».

Los otros «negadores» de la dictadura del proletariado –entre los cuales estaba yo– pensaban que no sólo era el orden político, sino también el social y el econó- mico, el que era extraño y hostil al proletariado. Así, no sólo nos situábamos en la perspectiva de una revolución política, sino también social, que abriera el camino al desarrollo del socialismo. Para nosotros la burocracia era una verdadera clase, y una clase hostil al proletariado.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

La nueva burguesía de estado soviética creó restaurantes, tiendas teatros, cines y hasta trenes para su disfrute exclusivo. En la imagen vagón restaurante de la «categoría cero» en el Trans-siberiano.
Resulta apasionante hoy leer el relato de la implantación de toda la estructura de explotación y la superestructura ideológica propia de la burguesía de estado contada desde una prisión de la época.

Durante el año 1930 y comienzo de 1931, para llevar a cabo su plan de industrialización y producción, el gobierno se valió principalmente de métodos administrativos coercitivos hacia los trabajadores: «emulación« obligatoria en las fábricas, las obligadas gestas de los udarniks (obreros de élite), abolición del derecho del obrero a abandonar la fábrica en la que trabajaba, «derecho« de las mujeres y adolescentes al trabajo nocturno en las minas, etc. Estas medidas provocaron en el extranjero una campaña contra el «trabajo forzado«, pero por otra parte la fraseología oficial daba pie a que los occidentales pensaran que el gobierno soviético estaba levantando, aunque fuera con medios bárbaros, algo parecido al socialismo.

Las reformas que se sucedieron a partir de junio de 1932 revelaron el verdadero rostro del régimen. Stalin empezó anatemizando una de las aspiraciones más deseadas por los obreros, una de las pocas conquistas de octubre que aún no les habían arrebatado: el principio de igualdad económica en el proletariado. Sobre un orden dictatorial, se instauró un nuevo evangelio: la jerarquía obrera, la «reforma del sistema de salarios» con el objetivo de crear «mayores diferencias en la remuneración entre grupos diferentes». Este principio esencialmente capitalista se declaró conforme al socialismo y el comunismo. ¡Al antiguo principio se le declaró una guerra sin cuartel y se le estigmatizó con el nombre de «nivelacionismo» pequeño-burgués!…

Ya no era el colectivismo ni la solidaridad, aunque fuese obligatoria, lo que debía estimular al obrero para producir, sino el viejo principio capitalista del egoísmo y el beneficio. Además se introdujo un sistema de trabajo a destajo –el «destajo con primas progresivas»– que hacía mucho tiempo que había sido abolido en occidente gracias a los esfuerzos del movimiento obrero. Tras doblar la coerción administrativa con un nuevo sweating system, los dirigentes soviéticos proclamaron que la intensidad del trabajo no tenía límites: el límite fisiológico que tiene la producción capitalista «nosotros lo hemos abolido en el país del socialismo gracias al entusiasmo de los obreros». El «ritmo de las galeras» en el trabajo en serie de los países capitalistas a partir de ahora había que… acelerarlo.

Si se esforzaban en crear «mayores diferencias en la remuneración» entre los obreros según su cualificación, ¿qué decir del abismo que existía entre los obreros y los funcionarios, fueran comunistas o no? La «vida alegre» de la que disfrutaban las capas superiores en prejuicio de las masas miserables no deja de sorprender al turista extranjero que visita la URSS y se preocupa en mirar un poco a su alrededor. Esta «vida alegre» se legalizó por vez primera tras el discurso de Stalin de junio de 1931. Para aumentar aún más los privilegios que tenían en el abastecimiento y el alojamiento se creó una nueva red de distribución cerrada y unos restaurantes reservados a los altos administradores comunistas o sin partido. En fin, se crearon «almacenes estatales» para su uso exclusivo en los que se podía comprar absolutamente todo a unos precios inaccesibles para el obrero. Los restos del «comunismo de guerra», como le gustaba llamarlos a la burocracia al comienzo del Plan Quinquenal, se tiraron a la basura. Todo esto olía a puro egoísmo de clase, y los relatos de los presos recientemente llegados a la prisión confirmaban la impresión de que esta nueva política respondía a una tendencia profunda y duradera. El pueblo no se engañaba cuando definía la situación con estas amargas palabras: «No hay clases entre nosotros, sólo hay categorías». En efecto, toda la población de Rusia estaba repartida en cinco o seis categorías desde el punto de vista de su nivel de vida, que situaban a cada uno en el lugar que le correspondía en la sociedad. Pero en la época de la que hablamos la etiqueta de «dictadura del proletariado» aún no se había reemplazado por la de «pueblo soviético»; los obreros más favorecidos aún pertenecían a la Categoría Nº 1 y la burocracia designaba sus privilegios con el anodino título de «categoría número cero».

Sin embargo el giro era tan manifiesto y brutal que quienes estaban en libertad no podían estar equivocados. Un director de una fábrica de Moscú que llegó a 1932 a nuestra prisión definía de esta forma la situación del personal comunista: «Durante el día hacemos propaganda entre los obreros a favor de la línea general y les explicamos que el socialismo está a punto de triunfar; pero por la tarde, entre colegas, mientras tomamos el té, nos preguntamos si realmente representamos al proletariado o a una nueva clase explotadora…»

La tendencia a consolidar este nuevo orden de cosas surgido del Plan Quinquenal también se manifestaba mediante un deseo de conciliar los diversos elementos que componían la élite social. Los «especialistas sin partido», a los que ayer aún se acosaba si piedad, hoy se proclamaba que eran aliados de la burocracia comunista. «Hay evidentes síntomas de que estos medios intelectuales están cambiando su actitud», decía Stalin. «Estos intelectuales que antes simpatizaban con los saboteadores hoy apoyan al poder soviético… Es más: una parte de los viejos saboteadores empieza a colaborar con la clase obrera.»

El «nuevo estilo» de las ciudades soviéticas, la reapertura de elegantes tiendas, restaurantes y clubs nocturnos, la fácil y relajada vida de los dirigentes, todo esto recordaba a la N.E.P. Pero no había iniciativa privada, ni comerciantes ni nepistas… La N.E.P. sin los nepistas era el símbolo de la nueva Rusia que sustituía el comercio privado por el estatal, al comerciante por el burócrata, ¡la N.E.P. privada por la N.E.P. de Estado!

Trotski con Natalia Sedova en 1935
Es este desarrollo, que había permanecido invisible al exilio el que finalmente lleva a la ruptura de las minorías defensoras de la tesis del capitalismo de estado con el trotskismo cuando Trotski publica su «programa» de 1930.

Hay que decir que desde el punto de vista social y político el «Programa» de Trotsky acababa con todas las esperanzas de la «izquierda». Habían estado esperando desde 1930 a que su jefe se posicionara y declarara que el actual Estado soviético ya no es un Estado obrero. Y he aquí que desde el primer capítulo del «programa» Trotsky ya lo definía claramente como «Estado proletario». La derrota era aún más grave en lo que respecta al Plan Quinquenal: su carácter socialista, el carácter socialista de sus objetivos e incluso de sus métodos se afirmaba insistentemente en el «Programa». Toda su polémica en el terreno social se reducía a una mala disputa: «La Unión Soviética aún no ha entrado aún la fase socialista, tal y como demuestra la fracción estalinista en el poder, sino tan sólo en una primera fase de la evolución hacia el socialismo.» Es más, el Plan Quinquenal, que se basaba en el exterminio de los campesinos y la explotación implacable de los obreros, se interpretaba como «un intento de la burocracia de adaptarse al proletariado». En resumen, la URSS se desarrollaba «sobre los fundamentos de la dictadura proletaria…».

Ahora ya era inútil esperar a que Trotsky distinguiera algún día entre burocracia y proletariado, entre capitalismo de Estado y socialismo. Lo mejor que podían hacer aquellos «negadores» de izquierda que no veían nada de socialismo en lo que se estaba construyendo en Rusia era romper con Trotsky y abandonar el «colectivo trotskista». Hubo una decena, yo entre ellos, que resolvieron dar el paso. Como era costumbre, hicimos una declaración escrita explicando los motivos de nuestra salida. (…)

La posterior evolución de Trotsky terminó confirmando este pronóstico. La Revolución traicionada que Trotsky publicó en 1936 es fiel a las grandes líneas trazadas en el «Programa» de 1930. Aunque critica con ánimo y severamente algunos aspectos de la sociedad soviética, Trotsky no modifica su perspectiva de conjunto sobre la URSS como «Estado obrero»; contribuye así a mantener en el espíritu del proletariado internacional la mayor mentira y la más peligrosa de las ilusiones contemporáneas.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Campo de trabajo para prisioneros políticos en la Rusia de los 30.
Finalmente, en 1935 Ciliga es expulsado del país gracias a las campañas internacionales organizadas a partir de los «juicios de Moscú» para rescatar a oposicionistas presos. A diferencia tantos otros miles, pudo librarse de la muerte a manos de la GPU gracias a poseer un pasaporte italiano.

Su principal aporte fue dar a conocer la vida y los intensos debates del único lugar donde, durante unos años aun existió discusión política en la URSS estalinista: las cárceles. Aunque también, cómo no, su famosa expresión para explicar el motor de lo que estaba paralizando a la clase: «la mentira desconcertante» de un capitalismo de estado producto de la contrarrevolución, vestido de socialismo y pretendiendo ser el «estado obrero».