La revolución china

Huelga en Cantón (Guangzhou) en 1925
En la primavera de 1927 la lucha interna en el Partido se exacerbó una vez más en relación con un problema que hasta entonces casi no había desempeñado ningún papel en ella, pero que habría de permanecer en el centro hasta el final, hasta la expulsión definitiva y la disolución de la Oposición Conjunta. Ese problema fue la Revolución China.

Fue por entonces cuando la Revolución China entró en una grave crisis que había sido preparada por acontecimientos que se remontaban al término de la era de Lenin. Los bolcheviques habían puesto los ojos desde muy temprano en los movimientos antimperialistas de las naciones coloniales y semicoloniales, en la creencia de que estos movimientos constituían una «reserva estratégica» capital para la revolución proletaria en Europa. Tanto Lenin como Trotsky estaban convencidos de que el capitalismo occidental sufriría un debilitamiento decisivo si se le aislaba del hinterland colonial que le suministraba mano de obra barata, materias primas y oportunidades de hacer inversiones excepcionalmente ventajosas. En 1920 la Comintern proclamó la alianza del comunismo occidental y los movimientos emancipadores del Oriente. Pero no fue más allá de la enunciación del principio. Dejó sin definir las formas de la alianza y los métodos por medio de los cuales ésta habría de ponerse en práctica. Reconoció las luchas de las naciones del Asia por su independencia como el equivalente histórico de las revoluciones burguesas en Europa; y reconoció al campesinado y, hasta cierto punto, a la burguesía de esas naciones como aliados de la clase obrera. Pero la Comintern leninista no intentó todavía definir claramente la relación entre los movimientos antimperialistas y la lucha por el socialismo en la propia Asia, o la actitud de los Partidos Comunistas chino e hindú frente a sus propias burguesías «antimperialistas».

Sun Yat Sen, padre del nacionalismo chino.
Era demasiado temprano para resolver esas cuestiones. El impacto de la Revolución de Octubre en el Oriente era todavía demasiado reciente. Su fuerza y su profundidad no podían medirse aún. En los países más importantes de Asia, los Partidos Comunistas sólo empezaban a constituirse, las clases obreras eran numéricamente débiles y carecían de tradición política, e incluso el antimperialismo burgués estaba todavía en un período de formación. No fue sino en 1921 cuando el Partido Comunista chino, basado en pequeños círculos propagandísticos, celebró su primer Congreso. Pero no bien acababa de hacerlo y de empezar a formular su programa y darle forma a su organización, cuando Moscú comenzó a instarlo a que buscara un acercamiento con el Kuomintang. El Kuomintang contaba con la autoridad moral de Sun Yat-sen, que entonces se encontraba en su apogeo. El propio Sun Yat-sen deseaba ávidamente llegar a un acuerdo con Rusia que le fortalecería en su lucha contra el imperialismo occidental; y dentro de su vago socialismo populista «sin clases», estaba dispuesto a cooperar con los comunistas chinos también, pero con la condición de que éstos aceptaran su jefatura sin reservas y apoyaran al Kuomintang. Sun Yat-sen firmó un pacto de amistad con el gobierno de Lenin, pero descubrió que le era más difícil obtener la cooperación de los comunistas chinos bajo sus condiciones.

Chen Duxiu (o Chen Tu—hsiu) fundador del Partido Comunista de China.
Los comunistas estaban dirigidos por Chen Tu—hsiu, uno de los precursores intelectuales del marxismo en Asia, su primer gran propagandista en China y la figura más destacada de la Revolución China (…). Chen Tu—hsiu había sido el iniciador de la gran campaña contra los privilegios de que gozaban en China las potencias occidentales: la campaña, comenzada en la Universidad de Pekín, donde Chen Tu-hsiu era profesor, cobró tal fuerza que bajo su presión el gobierno chino se negó a firmar el Tratado de Versalles que ratificaba los privilegios. Fue en gran medida bajo la influencia de Chen Tu-hsiu como se desarrollaron los círculos propagandísticos marxistas que formaron el Partido Comunista chino. Chen fue el jefe indiscutido del Partido desde el momento de su fundación hasta fines de 1927, a través de todas las fases decisivas de la revolución. Desde el comienzo vio con aprensión los consejos políticos que su partido recibía de Moscú. Reconocía la necesidad de que los comunistas cooperaran con el Kuomintang, pero temía que una alianza demasiado estrecha le impidiera al comunismo establecer su propia identidad; prefería que su partido se irguiera sobre sus propios pies antes de marchar junto al Kuomintang. Moscú, sin embargo, lo instó insistentemente a prescindir de sus escrúpulos; y Chen no poseía ni la fuerza de carácter ni la astucia (…). Chen Tu—hsiu era un hombre recto, blando y falto de confianza en sí mismo ; y estas cualidades hicieron de él una figura trágica. En cada momento enunciaba francamente sus objeciones a la política de Moscú; pero no las sostenía. Cuando su opinión era rechazada, se sometía a la autoridad de la Comintern y seguía la política de Moscú en contra de su propia voluntad basada en un mejor conocimiento de los hechos.

Ya desde 1922-1923 dos hombres que posteriormente ocuparon una posición destacada en la Oposición trotskista, Yoffe y Maring-Sneevliet, desempeñaron un papel decisivo en la asociación del joven Partido Comunista chino con el Kuomintang y en la preparación del terreno para la política que Stalin y Bujarin habrían de seguir. Yoffe, como embajador del gobierno de Lenin, negoció el pacto de amistad con Sun Yat-sen. Deseoso de facilitar su tarea y sobrepasando sin duda sus atribuciones, le aseguró a Sun Yat-sen que los bolcheviques no estaban interesados en fomentar el comunismo chino y que usarían toda su influencia para lograr que los comunistas chinos cooperaran con el Kuomintang bajo las condiciones de Sun Yat-sen, Maring asistió, como delegado de la Internacional Comunista, al II Congreso del Partido Comunista chino en 1922. Fue por iniciativa suya que el Partido estableció contacto con el Kuomintang y empezó a discutir las condiciones de su adhesión a éste. Pero las condiciones de Sun Yat-sen eran onerosas y las negociaciones fracasaron.

Chiang-Kai-shek líder vitalicio del Komingtan, señor de la guerra y miembro honorario del ejecutivo de la Internacional Comunista por invitación de Stalin.
Más tarde ese mismo año, Maring regresó a China y les dijo a Chen Tu-h-siu y a sus camaradas que la Internacional Comunista les ordenaba que se unieran al Kuomintang, sin tomar en cuenta las condiciones. Chen se mostró renuente a acatar la orden, pero cuando Maring invocó el principio de la disciplina comunista internacional, él y sus camaradas se sometieron. Sun Yat-sen insistió, al igual que Chiang Kai-shek posteriormente, en que el Parido Comunista debía abstenerse de criticar abiertamente la política del Kuomintang y debía aceptar su disciplina; de lo contrario, expulsaría a los comunistas del Kuomintang y consideraría nula su alianza con Rusia. A comienzos de 1924 el Partido Comunista se unió al Kuomintang. En un principio no tomó en serio el cumplimiento de las condiciones de Sun Yat-sen: mantuvo su independencia y siguió una política inequívocamente comunista, provocando así el disgusto del Kuomintang.

La influencia comunista creció rápidamente. Cuando en 1925 el gran «movimiento del 30 de mayo» se propagó por el sur de China, los comunistas estaban en su vanguardia, inspirando el boicot contra las concesiones y las empresas occidentales y encabezando la huelga general de Cantón, la más importante hasta entonces en la historia de China. A medida que la fuerza del movimiento fue aumentando, los jefes del Kuomintang se atemorizaron, trataron de frenarlo y chocaron con los comunistas. Éstos sintieron la proximidad de la guerra civil, quisieron desatarse las manos a tiempo e hicieron gestiones ante Moscú. En octubre de 1925 Chen Tu-hsiu propuso preparar la salida de su partido del Kuomintang. El Ejecutivo de la Internacional Comunista, sin embargo, vetó el plan y le ordenó, al Partido chino que hiciera todo lo posible por evitar la guerra civil. En el cuartel general de Chiang Kai-shek prestaban sus Servicios asesores militares y diplomáticos soviéticos —Borodín, Blucher y otros—, armando y adiestrando a las tropas del Kuomintang. Ni Bujarin ni Stalin, que ya dirigían efectivamente la política soviética, creían que el comunismo chino tuviera alguna posibilidad de tomar el poder en un futuro próximo; y ambos estaban ansiosos por mantener la alianza soviética con el Kuomintang. El aumento de la influencia comunista amenazaba destruir esa alianza, y así Bujarin y Stalin decidieron mantener al Partido Comunista chino en su lugar.

Huelga de masas en Shanghai en 1927.
Moscú instó, pues, a Chen Tu-hsiu y a su Comité Central a que se abstuvieran de librar la lucha de clases contra la burguesía «patriótica», de fomentar movimientos agrarios revolucionarios y de criticar al sunyatsenismo, que a partir de la muerte de Sun Yat—sen había sido canonizado como la ideología del Kuomintang. Para justificar su actitud en términos marxistas, Bujarin y Stalin desarrollaron la teoría de que la revolución que se había iniciado en China, siendo de carácter burgués, no podía proponerse objetivos socialistas ; que la burguesía antimperialista que apoyaba al Kuomintang desempeñaba un papel revolucionario;- y que el deber de los comunistas era, por consiguiente, mantener la unidad con ella y no hacer nada que pudiera suscitar su antagonismo. Tratando de afianzar más aún su teoría sobre bases doctrinales, invocaron la opinión que Lenin había expuesto en 1905 en el sentido de que en la revolución «burguesa» de Rusia, dirigida contra el zarismo, los socialistas debían fijarse como objetivo una «dictadura democrática de obreros y campesinos», no una dictadura proletaria. Este precedente tenía poca o ninguna pertinencia respecto a la situación en China: en 1905 Lenin y su partido no buscaban una alianza con la burguesía liberal contra el zarismo. Por el contrario, Lenin predicaba incansablemente que la revolución burguesa sólo podría triunfar en Rusia bajo la dirección de la clase obrera, en hostilidad irreconciliable con la burguesía; e incluso los mencheviques, que sí buscaban una alianza con la burguesía, no soñaban con aceptar la dirección y. la disciplina de una organización dominada por ésta. La política de Bujarin y Stalin era, como señaló Trotsky posteriormente, una parodia no sólo de la actitud bolchevique, sino hasta de la menchevique, en 1905.

Sin embargo, estos sofismas doctrinales tenían una finalidad: adornaban ideológicamente la política de Moscú y calmaban la conciencia de los comunistas a quienes esa política causaba intranquilidad. El oportunismo de esa línea se puso de manifiesto en forma alarmante cuando, a principios de 1926, el Kuomintang fue admitido en la Internacional Comunista en calidad de partido asociado y el Ejecutivo de la Internacional eligió al general Chiang Kai-shek como miembro honorario.

Mikhail Borodin, Wang Jingwei y Zhang Tailei en 1925
Con este gesto, Stalin y Bujarin le demostraron su «buena voluntad» al Kuomintang e intimidaron a los comunistas chinos. El 20 de marzo, sólo unas semanas después que el «Estado Mayor de la Revolución Mundial» lo había elegido miembro honorario, Chiang Kai—shek llevó a cabo su primer golpe anticomunista. Excluyó a los comunistas de todos los puestos en el cuartel general del Kuomintang, prohibió sus críticas a la filosofía política de Sun Yat—sen y le exigió a su Comité Central que sometiera una lista de todos los miembros del Partido que habían ingresado en el Kuomintang. Presionados por los asesores soviéticos, Chen Tu-hsiu y sus camaradas accedieron. Pero, convencidos de que Chiang Kai-shek estaba preparando la guerra civil contra ellos, juzgaron necesario organizar fuerzas armadas dirigidas por los comunistas para enfrentarse, en caso de necesidad, a las de Chiang; y solicitaron la ayuda soviética. Los representantes soviéticos en Cantón vetaron categóricamente el plan y negaron toda ayuda. Una vez más Chen Tu—hsiu se doblegó ante la autoridad de la Comintern. Los periódicos de Moscú no hicieron ningún comentario sobre el golpe de Chiang Kai—shek ; ni siquiera publicaron la noticia. El Politburó, temiendo complicaciones, envió a Bubnov, el ex—decemista, a China para aplicar su política y convencer a los comunistas chinos de que su deber revolucionario consistía en «servirle como coolies» al Kuomintang.(…)

A principios de 1926 [Trotski] presidió una comisión especial, cuyos otros miembros eran Chicherin, Dzerzhinsky y Voroshílov, encargada de preparar recomendaciones para el Politburó en cuanto a la línea que la diplomacia soviética debía seguir en China. Es poco lo que se conoce del trabajo de la comisión aparte de su informe, que Trotsky presentó ante el Politburó el 25 de marzo de 1926. (…) La comisión hizo sus recomendaciones en términos estrictamente diplomáticos, sin referirse a los objetivos del Partido Comunista chino. (…) Trotsky sostuvo posteriormente que en el Politburó, durante la discusión del informe, Stalin presentó una enmienda en el sentido de que los asesores militares soviéticos disuadieran a Chiang Kai-shek de emprender su expedición. La comisión rechazó la enmienda, pero en términos más generales instruyó a los representantes soviéticos en la China que le «aconsejaran moderación» a Chiang Kai-shek. La principal preocupación del Politburó consistía en salvaguardar la posición de Rusia en Manchuria contra la expansión japonesa. La comisión, por consiguiente, recomendó que los emisarios rusos en el norte de China estimularan a Chang Tso-lin a seguir una política de equilibrio entre Rusia y el Japón. Moscú, demasiado débil para eliminar la influencia japonesa en Manchuria y no creyendo en la capacidad del Kuomintang para hacer tal cosa, estaba dispuesto a resignarse al predominio del Japón en el sur de Manchuria, siempre y cuando Rusia, conservando su posesión del Ferrocarril del Nordeste de China, mantuviera su posición en la parte norte de la provincia. La comisión instó a los emisarios soviéticos a que prepararan a la opinión pública «con cuidado y tacto» para este arreglo, que con toda probabilidad habría de herir los sentimientos patrióticos en China. Las motivaciones del Politburó eran diversas y complejas. Le preocupaba Manchuria, pero también temía que la expedición de Chiang Kai-shek contra el norte pudieran provocar la intervención de las potencias occidentales en China con mayor energía que hasta entonces. Y también sospechaba que Chiang estaba planeando la expedición como un medio de desviar a la revolución, absorbiendo y dispersando las energías revolucionarias del sur.

En abril el Politburó aceptó el informe de la comisión de Trotsky. En este momento, sin embargo, Trotsky planteó el problema de la política estrictamente comunista en China. Ésta, sostuvo, debería ser independiente de las consideraciones diplomáticas soviéticas: la tarea de los diplomáticos consistía en pactar acuerdos con los gobiernos burgueses existentes —incluso con los viejos señores feudales—, pero el deber de los revolucionarios consistía en derrocarlos. Protestó contra la admisión del Kuomintang en la Comintern. El sunyatsenismo, dijo, exaltaba la armonía de todas las clases, y por consiguiente era incompatible con el marxismo que se basaba en la lucha de clases. Al elegir a Chiang Kai-shek como miembro honorario, el Ejecutivo de la Comintern había jugado una mala broma. Finalmente, repitió sus viejas objeciones a la adhesión de los comunistas chinos al Kuomintang. Una vez más, todos los miembros del Politburó, incluidos Zinóviev y Kámenev, que entonces estaban a punto de formar la Oposición Conjunta, defendieron la dirección oficial de los asuntos comunistas chinos. Este conflicto de opiniones fue también incidental. Tuvo lugar tras las puertas cerradas del Politburó y no produjo consecuencias.

Principales figuras de la Oposición de izquierda en Rusia.
A continuación, durante todo un año, desde abril de 1926 hasta fines de marzo de 1927, ni Trotsky ni los otros jefes de la Oposición volvieron a plantear el problema. Sólo Rádek, que desde mayo de 1925 había dirigido la Universidad Sun Yat-sen en Moscú y tenía que explicar la política del Partido a los desconcertados estudiantes chinos, «acosaba» al Politburó en demanda de orientación; y como no la obtenía, expresaba ciertas aprensiones no muy alarmantes. Pero éste fue el año más decisivo y crítico en la historia de la Revolución China. El 26 de julio, cuatro meses después que el Politburó discutiera el informe de la comisión de Trotsky, Chiang Kai—shek, haciendo caso omiso de los «consejos de moderación» de los soviéticos, dio la orden de marcha a la expedición contra el norte. Sus tropas avanzaron rápidamente. Contrariamente a lo que Moscú esperaba, su aparición en la China central obró como un tremendo estímulo para un movimiento revolucionario en escala nacional. Las provincias septentrionales y centrales se agitaban en levantamientos contra la administración de Chang Tso—lin y los corruptos señores feudales que la apoyaban. Los trabajadores urbanos constituían el elemento más activo en el movimiento político. El Partido Comunista iba en ascenso: encabezaba e inspiraba los levantamientos y sus miembros dirigían los sindicatos que habían surgido de la noche a la mañana y encontraban un entusiasta apoyo de masas en las ciudades y poblaciones liberadas. A lo largo de toda la ruta de avance de Chiang Kai-shek el campesinado recibía con júbilo a sus tropas y, contando con su apoyo, se levantaba contra los señores feudales, los terratenientes y los usureros, listos para expropiarlos.

Asesinatos en masa de obreros por secuaces y soldados del Kuomintang en la llamada matanza de Shanhai (o de Nanking). Más de 10.000 trabajadores, entre ellos buena parte de la militancia comunista, fueron masacrados.
Chiang Kai-shek se atemorizó ante la marea de la revolución y trató de contenerla. Prohibió las huelgas y las manifestaciones, suprimió los sindicatos y envió expediciones punitivas a someter a los campesinos y a requisar alimentos. Una intensa hostilidad se desarrolló entre su cuartel general y el Partido Comunista. Al informar sobre estos acontecimientos a Moscú, Chen Tu-hsiu pidió que a su partido se le permitiera cuando menos salirse del Kuomintang. Todavía estaba en favor de un frente unido de los comunistas y el Kuomintang contra los señores feudales del norte y los instrumentos de las potencias occidentales; pero sostenía que era imperativo que su partido se liberara de la disciplina del Kuomintang, recobrara su libertad de movimientos, apoyara la lucha de los campesinos por la tierra y se preparara para un conflicto abierto con Chiang Kai—shek. El Ejecutivo de la Internacional volvió a contestarle a Chen Tu—hsiu con una repulsa. Bujarin rechazó su petición como una peligrosa herejía «ultraizquierdista». Como informante del Comité Central en la Conferencia del Partido efectuada en octubre, Bujarin ratificó la necesidad de «mantener un frente nacional revolucionario único» en China, donde «la burguesía comercial industrial desempeña actualmente un papel objetivamente revolucionario». A los comunistas tal vez les sería difícil, añadió, satisfacer el clamor de los campesinos por la tierra. El Partido chino tenía que mantener un equilibrio entre los intereses del campesinado y los de la burguesía antimperialista que se oponía a un movimiento agrarista revolucionario. El deber principal de los comunistas consistía en «salvaguardar la unidad de todas las fuerzas anti-imperialistas y repudiar todos los intentos de destruir el Kuomintang». Paciencia y circunspección eran las consignas, tanto más cuanto que la atmósfera revolucionaria estaba afectando también al Kuomintang, «radicalizándolo» y «reduciendo a su ala derecha a la impotencia».

Algún tiempo después Stalin, hablando ante la comisión china de la Comintern, también hizo el elogio de los «ejércitos revolucionarios» de Chiang Kai-shek, exigió de los comunistas una completa subordinación al Kuomintang y los previno contra cualquier intento de establecer Soviets en el momento de auge de una «revolución burguesa».

Wang Ching—wei, rival supuestamente «de izquierda» de Chan Kai-shek, apoyado por Stalin y persecutor de comunistas y movimientos obreros.
A primera vista, las predicciones de Stalin y Bujarin sobre un «viraje a la izquierda en el Kuomintang» se cumplieron al cabo de cierto tiem-po. En noviembre, el gobierno del Kuomintang fue reestructurado en una amplia coalición en la que los grupos izquierdizantes encabezados por Wang Ching—wei, el rival de Chiang Kai-shek. pasaron al primer plano, y la cual incluía dos ministros comunistas en las carteras de agricultura y trabajo. El nuevo gobierno se trasladó de Cantón a Wuján. El ala derecha del Kuomintang, sin embargo, distaba mucho de hallarse «reducida a la impotencia». Chiang Kai-shek conservó el mando supremo de las fuerzas armadas y se dedicó a preparar el terreno para la instauración de su dictadura. Eran más bien los comunistas dentro del gobierno quienes habían quedado reducidos a la impotencia. El Ministro de Agricultura se esforzó por contener la marea de la rebelión agraria, y el Ministro del Trabajo tuvo que tragarse los decretos antiobreros de Chiang. Desde Moscú siguieron llegando más y más emisarios para calmar a los comunistas: después de la partida de Bubnov, el destacado dirigente comunista hindú M. N. Roy apareció en Wuján con esta misión a fines de 1926.

El Politburó aún estaba predicando la unidad con el Kuomintang cuando, en la primavera de 1927. Chiang Kai-shek. Todavía miembro honorario del Ejecutivo de la Comintern, llevó a cabo otro golpe por medio del cual inició la contrarrevolución abierta. El escenario fue Shangai, la ciudad y centro comercial más importante de China, dominado por las zonas extraterritoriales de las potencias occidentales y sus buques de guerra anclados en la bahía. Poco antes de que entraran las tropas de Chiang Kai-shek, los obreros de Shangai se levantaron, derrocaron a la antigua administración y se apoderaron de la ciudad. Una vez más el desamparado Chen Tsu—hsiu recurrió al Ejecutivo de la Comintern para tratar de hacerle ver la significación del acontecimiento -el mayor levantamiento proletario que el Asia insurgente había presenciado— y de liberar a su partido de sus compromisos con el Kuomintang. Y una vez más él y sus camaradas fueron presionados para que reafirmaran su lealtad al Kuomintang y para que le cedieran el control de Shangai a Chiang Kai-shek. Desconcertados pero disciplinados, rechazando la ayuda que les ofrecían los destacamentos del propio Chiang, los comunistas de Shangai acataron esas instrucciones, depusieron las armas y capitularon. A continuación, el 12 de abril, sólo tres semanas después de su alzamiento victorioso, Chiang Kai—shek ordenó una matanza en la que perecieron decenas de miles de comunistas y de los obreros que los habían seguido.

Así fueron obligados los comunistas chinos a pagar su tributo al sagrado egoísmo del primer Estado obrero, el egoísmo que la doctrina del socialismo en un solo país había elevado al rango de principio. Las implicaciones ocultas de la doctrina quedaron al descubierto y fueron inscritas en sangre en las calles de Shangai. Stalin y Bujarin se sentían autorizados a sacrificar a la Revolución China en aras de lo que ellos consideraban beneficioso para la consolidación de la Unión Soviética. (…)

Hasta fines de 1926 Zinóviev y Kámenev habían tenido poco que reprochar a la política oficial. Aferrados a las ideas del «viejo bolchevismo» de 1905, ellos también sostenían que la Revolución China debía limitarse necesariamente a sus objetivos burgueses y antimperialistas. Aprobaron el ingreso del Partido chino en el Kuomintang. En sus días de poder, el propio Zinóviev desempeñó probablemente su papel en la aplicación de esta política y en el rechazo de las objeciones de Chen Tu-hsiu. Pero incluso los oposicionistas de izquierda más importantes, como Preobrazhensky, Rádek y también, según parece, Piatakov y Rakovsky, se sorprendieron cuando Trotsky aplicó el esquema de la revolución permanente a China. No pensaban que la dictadura proletaria pudiera instaurarse y que el Partido Comunista pudiera tomar el poder en un país más atrasado aún que Rusia. Sólo cuando Trotsky amenazó con plantear el asunto bajo «su propia responsabilidad» y escindir virtualmente a la Oposición por tal motivo, y sólo después de haberse hecho meridianamente claro que los obreros eran en realidad la «principal fuerza impulsora» de la Revolución China y de que, al obstruirla, Stalin y Bujarin habían dejado atrás hacía mucho el punto en que la teoría y el dogma del «viejo bolchevismo» tenían algún significado, consintieron los jefes de la Oposición en iniciar una controversia sobre China en el Comité Central. Y aún entonces estaban dispuestos a impugnar la política oficial, pero no sus premisas. Convenían en atacar el celo excesivo con que Stalin y Bujarin habían hecho del Partido chino el córn- plice de Chiang Kai-shek en el aplastamiento de las huelgas, manifestaciones y levantamientos campesinos; pero aún sostenía que los comunistas debían permanecer dentro del Kuomintang, y que esta revolución «burguesa» no podría dar origen a una dictadura proletaria en China. Ésta era una actitud que se contradecía y se derrotaba a sí misma, pues una vez que se concedía que los comunistas debían permanecer dentro del Kuomintang, era una inconsecuencia «esperar» que no pagaran el precio que ello imponía. (..) Trotsky era consciente de lo sombrías que eran las perspectivas. El 22 de marzo; el mismo día en que los obreros de Shangai luchaban con las armas en la mano y las tropas de Chiang Kai-shek entraban en la ciudad—, comentó en sus papeles privados que habíaz «el peligro de que el Comité Central convirtiera el asunto en una disputa faccional en lugar de díscutirlo seriamente». Independientemente de que así fuera, el problema tenía que plantearse, pues, «¿Cómo puede uno guardar silencio cuando lo que está en juego es nada menos que la cabeza del proletariado chino?» (…)

En su carta al Politburó del 31 de marzo, quejándose de que no había tenido acceso a los informes de los asesores soviéticos y de los emisarios de la Comintern, señaló el auge del movimiento obrero y del comunismo en China como el rasgo dominante de esta fase de la revolución. ¿Por qué —preguntó— no llamaba el Partido a los obreros a elegir Soviets, cuando menos en los principales centros industriales como Shangai y Hankow? ¿Por qué no alentaba la revolución agraria? ¿Por qué no trataba de establecer la cooperación más estrecha entre los obreros y los campesinos insurgentes? Sólo esto podría salvar a la revolución, que, insistió, se enfrentaba ya al peligro de un golpe militar contrarrevolucionario.

Trotski en 1927
Tres días más tarde, el 3 de abril, se pronunció contra una declaración editorial publicada en La Internacional Comunista en el sentido de que la cuestión decisiva en China era «el desarrollo ulterior del Kuomintang». Esta cuestión era precisamente la que no era decisiva, replicó Trotsky. El Kuomintang no podía llevar la revolución a la victoria. Los obreros y los campesinos deberían ser organizados urgentemente en Consejos. Día tras día protestó contra los discursos de Kalinin, Rudzutak y otros, quienes afirmaban que todas las clases de la sociedad china «ven al Kuomintang como su partido y deben prestar al gobierno kuomintanista su apoyo irrestricto». El 5 de abril, una semana antes de la crisis de Shangai, escribió enfáticamente que Chiang Kai-shek estaba preparando un golpe cuasi—bonapartista o fascista y que sólo los Consejos de Obreros podrían frustrarlo. Tales Consejos, o Soviets, deberían actuar primero como un contrapeso a la administración kuomintanista, y después, al cabo de un período de «dualidad de poder», deberían convertirse en los órganos de insurrección y gobierno revolucionario. El 12 de abril, el día de la matanza de Shangai, escribió una candente refutación a un elogio del Kuomintang que había aparecido en Pravda. Su autor, Martínov, había sido durante veinte años el más derechista de los mencheviques, había ingresado en el Partido Comunista sólo algunos años después de la guerra civil y en aquel momento era una de las lumbreras de la Comintern. En los días Siguientes Trotsky le escribió a Stalin, pidiéndole en vano que se le mostraran los informes confidenciales enviados desde China. Grotescamente, el 18 de abril, una semana después de la matanza de Shangai, el secretario oriental de la Comintern lo invitó a autografiar junto con otros dirigentes soviéticos, un retrato que se le enviaría a Chiang Kai-shek en prenda de amistad. Él se negó e increpó con airado desprecio a los funcionarios de la Comintern y a sus inspiradores.

Para esas fechas ya habían llegado a Moscú los informes sobre la carnicería de Shangai. Los alegatos de Stalin y Bujarin estaban todavía frescos en la memoria de todos. Afortunadamente para ellos, las críticas de la Oposición no eran de conocimiento público: sólo algunos cuadros del Partido, funcionarios de la Comintern y estudiantes chinos en Moscú estaban enterados de la controversia. Stalin y Bujarin hicieron todo lo posible por restar importancia a los sucesos y los presentaron como un revés episódico de la Revolución China. Se vieron obligados, sin embargo, a modificar su política. Habiendo tocado a su fin la «alianza» con Chiang Kai-shek, ordenaron a los comunistas chinos que se adhirieran más estrechamente aún a la «izquierda del Kuomintang», es decir, al gobierno de Wuján, encabezado por Wang Ching-wei. La izquierda del Kuomintang estaba provisionalmente en conflicto con Chiang Kai—shek y deseosa de beneficiarse del apoyo comunista. Moscú concedió ese apoyo de buena gana y prometió que Chen Tu—hsiu y sus camaradas se abstendrían, como antes, de la acción revolucionaria «provocativa» y se someterían a la disciplina de Wang Ching-wei.

Trotsky afirmó que la nueva política no hacía más que reproducir los viejos errores en una escala mayor. Los comunistas, dijo, deberían ser instados a adoptar por fin una política franca, a formar Consejos de Obreros y Campesinos, y a apoyar con toda su fuerza al campesinado rebelde en el sur de China, donde no imperaba la autoridad de Chiang Kai-shek y los comunistas todavía podían actuar. Cierto era que él veía sumamente reducidas las posibilidades de acción revolucionaria: el golpe de Chiang Kai-shek constituía, pese a los esfuerzos oficiales por restarle importancia, un «desplazamiento básico» de la revolución a la contrarrevolución y un «golpe aplastante» a las fuerzas revolucionarias urbanas. (…)

La reanudación de los ataques de la Oposición en lo relativo a China lanzó a las facciones gobernantes a una actividad febril. Su Situación era sumamente comprometida, pues nunca antes se había revelado de manera tan notoria la futilidad de su política y nunca antes se habían cubierto de ignominia sus dirigentes en forma tan escandalosa y ridícula.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado. 1959

Al mismo tiempo que ésto sucedía el «comité anglo-ruso» se disolvía. Ambas cosas, especialmente unidas, debían de haber sido un duro revés para la fracción estalinista: el «socialismo en un solo país» no solo había abandonado a la represión al proletariado inglés y al chino en apenas unos meses, evitando su desarrollo revolucionario y la culminación lógica de la huelga de masas, es que ni siquiera había sido útil en ninguno de los casos para el objetivo chovinista que perseguían: la relación con Gran Bretaña era peor que nunca y la URSS ya no podía apoyarse en la mayor de las fuerzas feudal-burguesas chinas.

Sin embargo Stalin se negó a hacer públicas las discusiones e incluso a que estas tuvieran lugar en el Comité Central o el Politburó a puerta cerrada. Y cuando Trotski llevó el tema a la Internacional Comunista, el aparato del partido ruso convirtió lo que era un procedimiento normal en una prueba de «faccionalismo» y deslealtad, abortando el debate y dando el empujón final a la expulsión y represión de la oposición de izquierda en bloque.

El 24 de mayo Trotsky habló ante el Ejecutivo de la Comintern. Irónicamente, tuvo que empezar haciendo una protesta contra el trato descon- siderado que el Ejecutivo le habia dado en esta ocasión a Zinóviev, el antiguo Presidente de la Internacional que no hacía mucho lo había acusado ante aquel mismo Ejecutivo: a Zinóviev no se le permitió ahora ni siquiera asistir a la sesión. Trotsky habló sobre la «debilidad e incertidumbre intelectual» que llevaban a Stalin y Bujarin a ocultarle a la Internacional la verdad acerca de China y a denunciar la apelación de la Oposición como un crimen. El Ejecutivo debería publicar las actas del presente debate: «los problemas de la revolución china no podían meterse en una botella y sellarse». El Ejecutivo debería precaverse de los graves peligros que encerraba el «régimen» de la Internacional, copiado del que imperaba en el Partido ruso. Algunos dirigentes comunistas extranjeros se impacientaban con la Oposición e imaginaban que el Partido ruso y la Internacional reanudarían su vida normal una vez que Trotsky y Zinóviev fueran eliminados. Quienes así pensaban se engañaban. «Sucederá lo contrario… Este camino sólo conducirá a nuevas dificultades y convulsiones». Nadie en la Internacional se atrevía a exponer sus opiniones con franqueza por temor a que sus críticas perjudicaran a la Unión Soviética. Pero nada era tan perjudicial como la falta de crítica. El desastre chino lo había demostrado. La preocupación principal de Stalin y Bujarin consistía en justificar sus acciones y en encubrir sus desastrosos errores. Ambos alegaban que lo habían previsto todo y habían tomado las precauciones necesarias.

Sin embargo, sólo una semana antes de la crisis en Shangai, Stalin se había jactado en una reunión del Partido de que «utilizaremos a la burguesía china y luego la tiraremos como un limón exprimido». Este discurso nunca se hizo público porque unos pocos días después el «limón exprimido» tomó el poder. Los asesores soviéticos y los emisarios de la Comintern, especialmente Borodin, se comportaban «como sí representaran a alguna especie de Kuomintern»:

obstruian la política independiente del proletariado, su organización independiente y especialmente la entrega de armas a los obreros.¡No quiera el cielo que los obreros, armas en mano, asusten a esa gran qui- mera de una revolución nacional que abarca a todas las clases de la sooiedad chinal… El Partido Comunista chino es un partido maniatado. ¿Por qué no ha tenido y por qué no tiene hasta el día de hoy su propio diario? Porque el Kuomintang no lo quiere… Pero en esta forma se ha mantenido desarmada políticamente a la clase obrera.

Mientras el Ejecutivo se encontraba reunido, la tensión entre la Gran Bretaña y la Unión Soviética llegó a un punto crítico: la policía británica allanó las oficinas de la misión comercial Soviética en Londres y el gobierno británico rompió relaciones con Rusia. Stalin explotó esta circunstancia.

Debo declarar, camaradas, [le dijo al Ejecutivo al concluir su discurso] que Trotsky ha escogido un momento muy inoportuno para sus ataques… Acabo de recibir la noticia de que el gobierno conservador inglés ha decidido romper relaciones con la URSS. Huelga demostrar que ahora comenzará una cruzada general contra los comunistas. Esa cruzada ha empezado ya. Unos amenazan al Partido con la guerra y la intervención. Otros, con la escisión. Se forma una especie de frente único, que va desde Chamberlain hasta Trotsky… Podéis tener la seguridad de que sabremos destrozar también este nuevo «frente».

Stalin puso todas sus esperanzas en el Kuomintang de izquierda con la misma confianza con que anteriormente las había puesto en el Kuomintang de derecha:

Únicamente los ciegos pueden negarle al Kuomintang de izquierda el papel de órgano de la lucha revolucionaria, el papel de órgano de la insurrección contra las supervivencias feudales y el imperialismo en China

[Y Stalin] exigió, en efecto, que la Oposición guardara silencio so pena de ser acusada de ayudar al enemigo.(…) En respuesta al llamado de Stalin en favor del Kuomintang de izquierda, Trotsky dijo:

Stalin asume y quiere que la Internacional asuma la responsabilidad por la política del Kuomintang y del gobierno de Wuján del mismo modo que él asumió repetidas veces la responsabilidad por la política de Chiang Kai-shek. Nosotros no tenemos nada en común con esto, No deseamos asumir ni una sombra de la responsabilidad por la conducta del gobierno de Wuján y el liderato del Kuomintang; y le aconsejamos urgentemente a la Comintern que rechace esa responsabilidad. A los campesinos chinos les decimos directamente: los jefes del Kuomintang de izquierda… inevitablemente os traicionarán sí los seguís… en lugar de formar vuestros propios Soviets independientes… [Ellos] se unirán diez veces con Chiang Kai-shek contra los obreros y los campesinos.

El debate proseguía aún en el Kremlin cuando en el remoto sur de China la predicción de Trotsky se convertía ya en realidad. En mayo tuvo lugar el llamado golpe de Chan-Sha. El gobierno de Wuján, a su vez, empezó a reprimir a los sindicatos, envió tropas a sofocar los levantamientos campesinos y se lanzó contra los comunistas. Durante casi un mes la prensa soviética guardó silencio acerca de estos acontecimientos. Las resoluciones del Ejecutivo de la Internacional, dictadas por Stalin y Bujarin, iban grotescamente a la zaga de los sucesos aun antes de ser publicadas; y Stalin se apresuró a formular nuevas instrucciones para el Partido chino. Todavía le ordenó que permaneciera dentro del Kuomintang y siguiera apoyando al gobierno de Wuján; pero le indicó que protestara por el empleo de tropas contra los campesinos y que le aconsejara al gobierno de Wuján buscar el apoyo de los Consejos Campesinos para frenar el movimiento agrario en lugar de recurrir a las armas. Para entonces, sin embargo, el Kuomintang de izquierda estaba expulsando a los comunistas de sus filas. Durante junio y julio la escisión entre éstos y aquél se profundizó, y el camino quedó abierto para una reconciliación entre el Kuomintang de izquierda y Chiang Kai-shek.

Las repercusiones se dejaron sentir inmediatamente en Moscú, Trotsky protestó casí diariamente contra la supresión de las noticias. Zinóviev pidió que un tribunal del Partido juzgara a Bujarin, que como director de Pravda era el responsable de la supresión. Por fin Zinóviev y Rádek con- vinieron en exigir, junto con Trotsky, que los comunistas abandonaran el Kuomintang de izquierda. Esto ya no tenía pertinencia, pues desde que el Kuomintang de izquierda rompió con los comunistas, ni siquiera Stalin podía hacer otra cosa que aconsejarles el rompimiento con el Kuomin-tang de izquierda.

Stalin, en realidad, estaba preparándose ya para llevar a cabo uno de sus grandes virajes y tomar el rumbo «ultraizquierdista» que, a fines de año, habría de llevar a los comunistas chinos a efectuar, en el momento de reflujo de la revolución, el fútil y sangriento levantamiento de Can- tón. En julio sacó a Borodín y a Roy de China y envió a Lominadze, un secretario de la Komsomol Soviética, y a Heinz Neumann, un comunista alemán, ninguno de los cuales tenía conocimientos serios sobre los asuntos chinos pero sí una inclinación al «putschismo», para que llevaran a cabo un golpe en el Partido chino. Lominadze y Neumann hicieron de Chen Tu—hsiu, ejecutor renuente pero leal de las órdenes de Stalin y Bujarin, el villano «oportunista» de la obra y el chivo expiatorio de todos los fracasos.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado. 1959

M.N. Roy en los años veinte.
El «broche final» de la política estalinista en la revolución China sería el giro «utraizquierdista», el paso de la comunión de clases llevada a matanza a la insurrección sin posibilidades que remata el trabajo. Un verdadero adelanto de lo que vendría luego con la política del «socialfascismo» y que, con menor dramatismo, vimos también en España.

En un Cantón aislado, rodeado militarmente por las fuerzas del Kuomintang, derrotados ya los obreros por Chan-Kai-shek en las zonas más densamente pobladas por trabajadores y con las armadas imperialistas en la bahía, Stalin ordena el alzamiento. Es la puntilla final de la revolución china, como relata el entonces enviado por la Comintern, el dirigente de los comunistas indios, M.N. Roy.

El día 10 [de dicembre] tuvo lugar en Cantón una insurrección, que dio por resultado el establecimiento en la ciudad de un Gobierno obrero—campesino. Los insurrectos fueron, durante tres días, dueños de la gran ciudad. La insurrección fue ahogada en sangre, gracias al auxilio de las po- tencias extranjeras, cuyos barcos de guerra sirvieron, desde el río, de cobertura del Ejército contra- rrevolucionario. Uan cuarta parte de la ciudad que- dó destruida por efecto del bombardeo, realizado bajo la protección de los barcos de guerra extran- jeros. Aparte de las muertes producidas por la batalla, fueron ejecutados sumariamente, una vez capturada la ciudad por el Ejército contrarrevolucionario, más de 2.000 personas.

Placa que recuerda a las víctimas de la insurrección en el «parque de los márties del levantamiento de Cantón»
La insurrección de Cantón fue el acontecimiento más trágico de toda la historia de la revolución china; su mayor error, porque la supresión sangrienta era inevitable. Fue un acto de ofensiva cuando la clase obrera había Sido ya definitivamente derrotada, realizando a la desesperada, mal pensado, peor preparado y, por tanto, completamente inútil. La insurrección de Nanchang tuvo un Significado histórico, porque señaló la ruptura del partido comu- nista con el fatal oportunismo anterior. Llegada demasiado tarde, la ruptura no debió haber constituido el punto de partida de una ofensiva en todo el frente. El verdadero camino para una rectificación de los errores hasta entonces cometidos, era no arrojarse de cabeza a una ofensiva desesperada, sino realizar una retirada estratégica con el fin de preservar las fuerzas desmoralizadas y derrotadas y poder tenerlas listas para el ataque en cuanto se presentara una nueva oportunidad. La incapacidad para conservar a Nanchang y la falta de los cam- pesinos en acudir a afiliarse bajo la bandera del ejército insurrecto durante su larga marcha a través de la provincia de Kiangsi, la fracasada ocupa- sión de Swatow, etc., todos éstos eran hechos que indicaban que los gritos de «insurrección armada en todas partes» y «República Soviética», no lograban ya el apoyo de las masas. Habida cuenta de tal situación, fue un grave error el organizar una insurrección en Cantón, bajo la bandera del «soviet». Aun apreciando en todo su valor el heroísmo de los insurrectos caídos en Cantón y rindiendo el debido homenaje a su memoria, hay que reconocer que semejante equivocación causó un inmenso daño a la revolución, porque completó la derrota de la clase obrera, dejándola fuera de combate para lo futuro.

M.N. Roy. Revolución y Contrarrevolución en China, 1930

Pero, ¿no contradecía este giro ultraizquierdista la lógica del «socialismo en un solo país»? ¿No significaba un cambio radical y la vuelta a la primera línea de objetivos de la revolución aunque el estalinismo no se percatara -increíblemente- de que la clase obrera estaba en retirada?

La respuesta solo puede ser negativa. La fantasía de la burocracia según la cual, a través de su control de la Internacional podía establecer un intercambio «leal» con las burguesías externas, frenando o abortando los movimientos autónomos de clase y obteniendo a cambio seguridad para la URSS, había dejado a la Comintern fuera de juego en Alemania, Inglaterra y China, y finalmente incrementado la tensión bélica con Gran Bretaña, Alemania y los militaristas chinos.

Es muy posible que la burocracia no supiera ver que la oleada revolucionaria estaba en retroceso, que pensara que podía mover a la clase obrera a voluntad. Pero lo que parece claro es que el giro «ultraizquierdista» era primariamente un intento de recuperar protagonismo y peso en ese diálogo, siempre violento, con las burguesías nacionales externas.

Lo que seguramente no supieran ver en un primer momento, y sin embargo les fue utilísimo a medio plazo, fue que la previsible derrota final del proletariado tras semejante estrategia, cambiaría la composición de clase de los partidos comunistas en todo el mundo -permitiendo más adelante el paso a la estrategia de conciliación y alianza de con la burguesía «democrática» en los «frentes populares»- y, en el caso chino, cambiando la naturaleza misma de la revolución.

En 1930, Roy, entonces todavía fiel a la Comintern estalinista, describe ya ese proceso en el que se ven con claridad las características de la revolución china que haría el PCCh estalinista dirigido por Mao: una revolución campesina en la que la estructura del partido tomaría el papel y las tareas de una inexistente burguesía revolucionaria clásica, convirtiéndose finalmente en la burocracia -es decir, la forma estatal moderna de la burguesía- de un gigantesco capitalismo de estado.

La nueva política del partido comunista, inaugurada desde la insurrección de Nanchang, estaba basada sobre la teoría de que, como consecuencia de su traición por la burguesía, la revolución nacional se desenvolvería como una revolución proletaria socialista. Los hechos se encargaron de probar la falsedad de teoría semejante. Las masas no respondieron al grito de «soviet». Aun en la misma Cantón, apenas participaron en el movimiento y apoyaron al Poder del Soviet unos 10.000 obreros, a pesar de que desde 1925, casi todos los obreros de Cantón, alrededor de unos 150.000 habían sido organizados en sindicatos bajo la dirección del partido comunista. La nueva política Siguió rigiendo aun después de la cruenta derrota de Cantón. Durante el año 1928, fueron organizados levantamientos locales de chesinos en Kwantung, Kiangsi, Hunan y Hupeh, que, gracias a los primitivos medios de comunicación y a la enorme extensión del territorio, no pudieron ser fácilmente sofocados por las fuerzas contrarrevolucionarias. Sin embargo, no pudiendo concertárseles en una insurección general, continuaron sus operaciones de simple guerra de guerrillas. Poco a poco, sus actividades fueron que- dando reducidas a las provincias de Hunan y Kwan— tung, y en éstas a algunas regiones solamente. Todavía actualmente quedan pequeñas extensiones de tales provincias que siguen ocupadas por campesinos insurrectos, dirigidos por comunistas.

Aunque sus gritos de «insurrección armada» y «República Soviética» no hallaron entusiastas res- puestas de parte de las masas, el partido comunista sobrevivió al prolongado reinado de terror, inau- gurado para exterminarlo. Así, tuvo que refugiarse en la ilegalidad, mientras sus miembros más activos fueron sucumbiendo como víctimas del terror sanguninario, al propio tiempo que sus cuadros diri- gentes quedaban casi por completo destruidos. Por consiguiente, dejó de ser para lo sucesivo inmediato un factor eficaz en la vida política del país. Estaba derrotado y bien derrotado, pero no destruido. A pesar del terror despiadado y en condiciones harto dificiles de ilealidad, el partido comunista fue aumentando en número de afiliados.

Desde la primavera de 1927, el terror aniquiló a más de 25.000 comunistas y, a pesar de ello, según datos fidedignos, el número de afiliados había llegado a 130.000 a mediados de 1929. Aparte del gran número de víctimas producidas por la contrarrevolución entre sus miembros, millares de pequeños intelectuales burgueses abandonaron el partido durante los días de la sangrienta represión. De tal suerte, más de 100.000 individuos debieron de adherirse al partido comunista, precisamente en los momentos en que se hallaba bajo el azote del terror y en que se le denunciaba como algo extraño imposible de adaptar a las condiciones de China. Las masas [obreras] no siguieron, pues, a los comunistas [en Cantójn] bajo la bandera del «soviet» […]

Durante los dos últimos años, el partido comunista ha sufrido una metamorfosis, cambiando su composición social. Actualmente, el grueso de sus componentes está en las aldeas. De 130.000 miem- bros que el parti‘doſi tenía a mediados de 1929, sólo 5.000 trabajaban en regiones industriales (International Presse Korrespondence, 2 julio 1929.) Habida cuenta de que las condiciones del terror impiden la restauración del partido en las ciudades, ya que en ellas la represión puede resultar mucho más eficaz que en los remotos distritos rurales, se puede afirmar que, por su composición social, el partido comunista se ha convertido en un partido de campesinos. Aun en los distritos urbanos, el 30 por 100 de sus afiliados se recluta entre los pequeños burgueses, artesanos, pequeños comerciantes, empleados, intelectuales, etc., los cuales, a su vez, forman parte de agrupaciones rurales. (…)

El llamado «ejército rojo» chino, formado por campesinos y dirigido por los restos del PCCh en las zonas rurales.
Los «soviets» creados en China por la insurrección campesina pueden convertirse en medios de que la burguesía se valga para ejercer el Poder. Después de todo, estos «Soviets», tal como están socialmente compuestos, no son órganos de dictadura proletaria, sino organismos democráticos revolucionarios. Un poder central estable en China sólo puede surgir de la federación de tales Soviets.

El carácter social del Estado central lo determinará la clase bajo cuya dirección se rea- lice tal federación. Hasta ahora, tales órganos locales de poder democrático van naciendo espontáneamente de la lucha de los campesinos.

Les dan el nombre de «soviets» los comunistas que tienen algo que ver con ellos, así como dan también el de «ejércitos rojos» a las formaciones bélicas, bajo cuyos auspicios van naciendo. Pero no están claramente bajo la dirección del proletariado, pues éste no ha podido todavía reponerse de la aplastante derrota sufrida en 1927. El proletariado sólo puede dirigir la revolución agraria como parte de su propia lucha por el Poder. No hay indicios de que el proletariado chino se halle en la actualidad empeñado en semejante lucha. Así, el movimiento revolucionario de los campesinos es espontáneo y podría, acaso, proporcionar la base para la aparición de la democracia burguesa, si, en conjunto, las condiciones de China no le fueron tan desfavorables. Si los burgueses fueran realmente capaces de querer de veras la convocatoria de una Asamblea nacional del tipo propuesto por Wang Chin-wei, podrían, sin duda alguna, hacer sentir su influencia decisiva sobre el levantamiento democrático de las masas rurales.(…)

Las masas campesinas se encuentran en el fragor de una revolución agraria que se ha desenvuelto hasta un punto ya muy agudo. La burguesía sólo podría dirigir la revolución agraria considerándola como una parte de su lucha para derribar al feudalismo y otras formas de relaciones sociales precapitalistas. Sin embargo, Wan Chin-wei sigue siendo tan enemigo de la lucha de clases como siempre. Al poder y no querer emprender en contra de la reacción feudal la lucha por el Poder decisivo, los burgueses chinos no pueden apoderarse de la dirección de las masas campesinas, en tanto que éstas se hallan empeñadas en llevar a cabo la revolución agraria. De tal suerte, su plan no pasa de ser un plan que jamás se verá realizado. (…)

En semejante Situación, los términos de «Ejército rojo» y «soviet» resultan harto engañadores. El verdadero Ejército rojo y el soviet son creaciones de la revolución proletaria. Ni los insurrectos chinos luchan por el comunismo ni los órganos locales de poder popular por ellos establecidos son órganos que ejerzan la dictadura del proletariado.

La composición social de los llamados Ejércitos rojos «aclara completamente su carácter político». Tal composición es: el 58% de campesinos pobres; el 27% de ex soldados, es decir, de campesinos pobres también; el 2% de pobres urbanos, es decir, de pobres sin clase, y el 4% de obreros, muy probablemente de jornaleros rurales o artesanos arruinados de una u otra forma. Tales fuerzas armadas no las crea el proletariado después de adueñarse del Poder del Estado. Por el contrario, [en la revolución china], el soviet queda instaurado en un determinado territorio cuando éste ha sido tomado por tales fuerzas armadas. Por consiguiente, por la composición de clase del «Ejército rojo», se determina el carácter social del órgano revolucionario del Poder. El órgano para la dictadura del proletariado jamás podrá crearlo una insurrección campesina.

M.N. Roy. Revolución y Contrarrevolución en China, 1930

Sobre el fondo de un proletariado derrotado, Mao heredó un partido fundamentalmente pequeñoburgúes con el que lideró una revolución campesina que creo un capitalismo de estado centralizado.
Roy no podía ser consciente, pero estaba haciendo la descripción canónica de la situación en la que, con el proletariado derrotado definitivamente y fuera de juego, un partido de la pequeña burguesía campesina, como el que describía -el PCCh- podía tomar con ventaja en papel de una burguesía revolucionaria y, cabalgando la lucha de clases en el campo, hacerse con el poder del estado para instaurar un capitalismo estatal centralizado que la convirtiera finalmente en burguesía. Pero eso vino después y fue uno de los hijos más notables de la contrarrevolución estalinista, se llamó maoísmo.