La Revolución Rusa en España

Los grandes navieros vascos y la minero-metalurgia vasca y asturiana, grandes beneficiarios de la guerra mundial en España.
Según casi todos los marxistas que han estudiado el periodo, el paralelismo entre la estructura de clases de Rusia y España hizo que el impacto de la revolución rusa, ya desde marzo, pero sobre todo a partir de noviembre de 1917-19, fuera mucho más directo y profundo de lo que se suele reconocer, impulsando el aspecto revolucionario de la crisis y las movilizaciones obreras de 1918-1920, el llamado «trienio bolchevique», por encima de la lógica de la dirección socialista.

Al estallar la primera guerra mundial, España era un país de una economía preponderantemente agrícola. La industria, que ocupaba un lugar secundario, estaba concentrada en Cataluña (industria textil), y en Vizcaya-Asturias (industria minero-metalúrgica). Políticamente, la nación estaba bajo el dominio de una oligarquía agraria, agrupada en dos partidos, conservador y liberal, cuyo turno regular daba al poder de la oligarquía una apariencia de estabilidad democrática. La burguesía industrial no participaba de una manera directa en el poder: tenía que aceptar, sometida, la dirección político-económica del país por parte de los terratenientes. Esta situación de inferioridad originaba en la burguesía industrial, sobre todo en la catalana, tendencias regionalistas, bordeando a veces el separatismo. (…)

«La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, Carlos Marx» dice la portada de la revista Andalucía en 1919, en plena huelga general del proletariado agrícola meridional.
La revolución rusa de marzo repercutió en España, produciendo un efecto catalítico. Los sectores descontentos de la población se agruparon, y por primera vez la burguesía industrial, las clases medias y el movimiento obrero -anarcosindicalismo y socialismo- marcharon juntos durante algún tiempo formando un bloque de oposición a la oligarquía agraria dominante. Ahora bien, el bloque de oposición al régimen era fluido, inconsistente, y carecía de un objetivo preciso. Relejaba históricamentente el descontento político, económico y social reinante; pero su capacidad revolucionaria era prácticamente nula. Después de una serie de escaramuzas políticas, la acción de protesta culminó, en agosto, en una huelga general, que no logró hacer conmover las bases del régimen. (…)

Vistas las cosas a distancia, con la perspectiva que da el tiempo, es sorprendente observar el paralelo que existe entre lo que ocurre en Rusia y en España en verano y otoño de 1917. Cuando en septiembre, después del fracaso del golpe contrarrevolucionario de Kornilov, los bolcheviques avanzaron rápidamente hacia la conquista del poder, en España, simultáneamente, la burguesía industrial rompió el frente de que había formado parte en los meses anteriores con la clase media y el movimiento orero y, asustada, se unió sin pérdida de tiempo con la oligarquía agraria. La formación de un gobierno de coalición agraria-industrial coincide con el triunfo de la revolución bolchevique.

La clase trabajadora, que había puesto alguna esperanza en el bloque democrático, se encontró de nuevo sola, y tuvo que mirar adelante contando solo con sus propias fuerzas.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1965.

De hecho, aunque algunos como Fabra o un joven Andrés Nin, no lo vieran en el primer momento, la guerra al transformarse en revolución en Rusia primero y en Alemania después, iba a convertirse en el argumento y la referencia de aquellos que, como el propio Fabra en la federación catalana del PSOE, veían desde antes de la guerra la «conjunción republicano-socialista» como un lastre para la constitución en clase del proletariado en España.

Antonio Fabra Ribas en 1927.
Ahora más que nunca es preciso que el Partido Socialista realice en toda España una intensa y activísima campaña de propaganda de sus ideales. Ahora más que nunca es preciso que el pueblo se convenza de la inutilidad y de la ineficacia de los partidos republicanos.

Hay que convencerle de la bondad de nuestros ideales y de la ignominia del régimen capitalista a que está sujeto; hay que realizar una campaña de agitación revolucionaria, roja, muy roja, como pedía el amigo Fabra. Y hay que desengañarse: solo el Partido Socialista, desligado de todo pacto o compromiso con ningún otro partido político burgués, está capacitado para realizar en España esta labor.

Para esto se impone, de una manera inaplazable, la ruptura de la Conjunción, cuya subsistencia representará siempre un obstáculo para que el Partido Socialista pueda realizar su implacable labor de crítica del régimen capitalista y de los partidos burgueses -monárquicos y republicanos-, ya pra la realización independiente y fecunda de su obra de proselitismo cerca de las masas obreras.

Andrés Nin. El Partido Socialista ante la crisis republicana, 18 de abril de 1914 en «La Justicia Social»

Pero el caso es que en marzo de 1917 comenzaron a llegar las primeras noticias de la primera fase de la revolución y la caída del zarismo en Rusia; noticias que suscitaron el apoyo unánime de la prensa de izquierda, una actitud que no se daría en absoluto, en noviembre, cuando los soviets tomaron el poder, pues los aliadófilos -republicanos o socialistas- veían en la promesa bolchevique de paz inmediata con Alemania un peligro para el ejercito francés.

«El Socialista» da noticia del triunfo de la Revolución de octubre, el 9 de noviembre de 1917
Supimos los españoles que la izquierda del movimiento socialista ruso, los bolcheviques, había tomado el poder en Petrogrado en los primeros días de noviembre de 1917. Comenzamos a leer en la prensa unos nombres -Lenin y Trotski- que nos eran desconocidos. El Socialista, el 10 de noviembre, en un artículo editorial que, por su estilo, cabe atribuir a Torralba Beci, se alarma ante el peligro que los bolcheviques triunfantes puede hacer correr a los aliados, cuya victoria militar, tras la intervención norteamericana en la contienda, parece segura y aun próxima. Pasaría tiempo antes de que comenzásemos a saber algo de lo que habían sido aquellos días que, según John Reed, estremecieron al mundo. Rusia estaba muy lejos y las noticias que nos llegaban sobre lo que acontecía en aquel país eran pocas y, la o ques peor, falseadas. ¿Cuántas veces no anunció la prensa la muerte de Lenin, la de Trotski, la caída del gobierno de los Soviets?

Pero poco a poco la bruma se fue disipando. Fernando Durán, médico y escritor, que formaba parte del equipo de redacción de la revista «España», al que los jóvenes iconoclastas del Ateneo llamaban irónicamente «los siete sabios de Grecia», fue el primero que descorrió el velo. En el Ateneo de Madrid dio una interesante y muy documentada conferencia sobre la Revolución rusa y sobre sus primeras realizaciones. Verdes Montenegro, que ya se había trasladado a Madrid, habló poco después desde la misma tribuna y sobre el mismo tema. La revista «España», que durante bastante tiempo había sido muy hostil a la Revolución de octubre, le dedicó un número especial. Así poco a poco, se fueron conociendo en España los acontecimientos que se estaban desarrollando en el Este de Europa.(…)

Lo que iba sabiéndose de la Revolución rusa, el ejemplo que el proletariado ruso había dado a los trabajadores del mundo entero vino a echar aceite al fuego. La clase obrera se radicalizaba por momentos.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El 6 de agosto de 1918 aparece el primer hito de una fracción de izquierda dentro del PSOE: la publicación de «Nuestra Palabra», encabezada por Fabra -que abandonaba su aliadofilia- y Verdes Montenegro. El periódico está dirigido por Mariano García Cortés y en él aparecen por primera vez nombres que en poco menos de año y medio se convertirán en cabeza de la fracción «tercerista» de la Internacional; lo que es reseñable dado que en España -si dejamos de lado individualidades como Verdes Montenegro- lo que configurará la divisoria con el reformismo no será la guerra imperialista sino la pertenencia a la Internacional. Dicho de otro modo, lo que justificaba históricamente la III Internacional era la participación de la socialdemócrata en la guerra (el partido proletario mundial había mandado a los obreros a matarse entre ellos bajo las banderas nacionales burguesas), en España no era tema. En consecuencia, buena parte de los viejos socialistas que se descubren «terceristas», imaginarán el partido comunista que acabarán formando esencialmente idéntico al PSOE; un PSOE eso sí, liberado de la conjunción republicana y tal vez más activo en la unidad sindical, pero en lo fundamental un partido socialdemócrata nacional, idéntico al original.

La Revolución rusa estaba conmocionando a todos y convirtiéndose en sí misma en tema de decantación porque se interpretaba en términos españoles: ¿era el momento de pensar en un gobierno socialista o había que supeditar el movimiento obrero, al estilo del pablismo, a una revolución burguesa que no movilizaba a la burguesía y que solo vivía en los sueños de un renqueante republicanismo? El debate daba en todo el país y pasaba por encima de la estructura de clases de las distintas regiones y de la división entre socialistas y anarcosindicalistas.

Uno de los anarquistas más exaltadamente bolchevique -que más adelante fue firmemente anticomunista-, Manuel Buenacasa, secretario general de la CNT en 1918-19, reflejando el pensar y el sentir del anarcosindicalismo en los comienzos de la revolución rusa, escribió en su libro «El movimiento obrero español» (1928):

La revolución rusa vino a fortalecer aun más el espíritu subversivo, socialista, y libertario de los anarquistas españoles… Para muchos de nosotros -para la mayoría- el bolchevique ruso era un semidios, portador de la libertad y de la felicidad comunes… ¿Quién en España -siendo anarquista- desdeñó el motejarse a sí mismo de bolchevique? Hubo pocos a quienes no cegara el fogonazo de la gran explosión.

Otro testigo de gran valor, J. Díaz del Moral, escribió en su «Historia de las agitaciones andaluzas»:

En las últimas semanas de 1917 llegó a España la noticia del triunfo bolchevista. Las masas obreras desconocían los detalles del hecho y no sabían tampoco con precisión la ideología de los vencedores; pero la certeza de que en una gran nación se había hundido el capitalismo y gobernaban los asalariados produjo en todos los sectores obreros un entusiasmo indescriptible… Entonces se inició la agitación obrera más potente que registra la historia de nuestro país. Como siempre, fue Andalucía la que tomó la delantera.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964.

La excitación va más allá del proletariado. Aparecen espontáneamente publicaciones confusas, de número único como «El Soviet» (diciembre de 1918) o «La chusma encanallada» (enero de 1919). Son más cercanas al republicanismo exaltado que al socialismo, reúnen brevemente a pequeñoburgueses y militares expulsados del ejército por su participación en las Juntas de defensa, pero se declaran «bolchevistas» y decididas a «acabar con el imperio de los borbones» siguiendo el ejemplo ruso.

Pero la decantación necesaria para formar una organización revolucionaria se va a dar en tres ámbitos muy distintos: los jóvenes socialistas madrileños, las tendencias contrarias a la conjunción en el PSOE y los grupos sindicalistas no anarquistas en la CNT.

Durante la Guerra Mundial del 14-18, se había manifestado ya una corriente internacionalista en el seno del Partido Socialista, frente a la posición a favor de los aliados de sus dos jefes más influyentes, Pablo Iglesias y Julián Besteiro, que incluso llegaron a mantener el criterio de que si no se pronunciaban por la intervención en la guerra era únicamente porque España no se encontraba preparada para ella. La corriente internacionalista se manifestó en la Juventud Socialista de Madrid, que fue la única organización socialista española adherida a la Conferencia de Zimmerwald.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Juan Andrade.
La decantación, acelerada por la Revolución rusa, se estaba dando, cortando a los jóvenes socialistas en dos: por un lado la dirección pablista, por otro las bases cada vez más influidas por la recién nacida «Agrupación de Estudiantes Socialistas». Hasta finales de 1919 será una lucha sorda, casi invisible, aparentemente casual… que desde el exterior aparecerá como una sucesión incomprensible de bandazos.

No podría afirmarse que los jóvenes socialistas madrileños hubiesen seguido a todo lo largo de la guerra mundial una política coherente. Al estallar la contienda publicó la Juventud un manifiesto condenándola, que le valió un proceso. En 1916 expresó oficialmente su adhesión a la conferencia de Kienthal, que reunió a representantes de algunos partidos socialistas y de minorías de otros, contrarios todos a la guerra y a la política de unión nacional practicada por los partidos de la Segunda Internacional en los países beligerantes y apoyada por otros de países neutrales, como el Partido Socialista Español. Pero, cambiando de postura política, en mayo de 1917 dio su adhesión oficial al mitin, a favor de los aliados, organizado por las fuerzas de la izquierda española, cosa que el Partido no hizo, aunque sí permitió a Andrés Ovejero participar en él.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El proceso, al calor de las intensas luchas obreras y de las noticias llegadas de Rusia, fue tomando fuerza a lo largo de 1918.

Naturalmente, la Revolución Rusa intensificó la crisis interna. No al principio, porque fue recibida y defendida por todo el mundo obrero con entusiasmo y adhesión (la propia Confederación Nacional del Trabajo llegó a adherirse a ella en su célebre Congreso del Teatro de la Comedia de Madrid), sino hasta que se planteó en escala internacional la ruptura con la II Internacional, la denuncia de las traiciones de la socialdemocracia y la constitución de la III Internacional. La adhesión a ésta quedó planteada a través de discusiones internas que los jefes socialdemócratas frenaban al comienzo, pero sin oponerse francamente.

La Revolución Rusa y la fundación de la III Internacional produjeron también una profunda transformación en el seno de las Juventudes Socialistas, principalmente en la de Madrid. La J.S. de Madrid había estado integrada hasta enntonces principalmente por hijos de militantes socialistas, impregnados del espíritu reformista del partido, viviendo en el culto parternalista del «Abuelo» (Pablo Iglesias). La Revolución Rusa y el entusiasmo que despertó en el porvernir del proletariado internacional dio lugar a que se incorporasen a la Juventud numerosos jóvenes obreros, no ligados con el pasado, ajenos al espíritu familiar que reinaba en la Juventud Socialista hasta entonces y que, preocupados por los problemas que planteaba la III Internacional, se entregaron a estudiarlos para aplicarlos a la situación concreta de España.

Por otra parte, en 1919, se constituyó en Madrid el Grupo de Estudiantes Socialistas y, por primera vez, jóvenes intelectuales se incorporaron al socialismo pero inspirados en las nuevas ideas, en cuya propaganda y por cuya adhesión trabajaban con los jóvenes obreros de las Juventudes.

La lucha entablada por las Juventudes Socialistas tuvo su culminación en el Congreso de la Federación de fines [noviembre] de 1919, en el que los antiguos dirigentes ligados al reformismo del partido fueron barridos tatalmente de la dirección nacional. La nueva dirección estaba constituida por jóvenes obreros e intelectuales, dispuestos a defender hasta las últimas consecuencias la adhesión a la III Internacional.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Esta novedad de su composición social y generacional, unida al primer esfuerzo de traducción de textos marxistas, en la que es clave Andrade, es lo que explica que la verdadera «fracción» comunista del PSOE fueran sus juventudes.

El nuevo Comité comenzó su andadura con grandes bríos. Desarrolló considerable actividad y dió a Rennovación, su órgano en la prensa, un tono más vivo y una línea política más socialista. En esta época ya prestó su colaboración a Renovación Juan Andrade, que no pertenecía ni había pertenecido nunca a las Juventudes, aunque sí, como ya hemos dicho, al Grupo de Estudiantes Socialistas. El órgano juvenil llevó incluso su audacia al extremo de permitirse criticar a un hombre como Pablo Iglesias del que decía Morato que era «no indiscutible, pero sí indiscutido». Lo que no dejó de producir notorio enfado a muchos miembros del Partido

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Teatro de la Comedia, Madrid.
Llegamos así a finales de 1919 con una Juventud Socialista que, en Madrid, está haciendo a toda velocidad la crítica de la II Internacional, un PSOE que tiene ya una tendencia «tercerista» pero que no ha revisado su pasado y dos congresos convocados para diciembre con la adhesión a la III Internacional en la agenda: el del PSOE (9 al 16 de diciembre) y el de CNT (10 al 17 de diciembre).

¿Qué estaba pasando en la CNT? El Congreso del Teatro de la Comedia, del 10 al 17 de diciembre de 1919, fue su segundo congreso confederal. CNT tenía en ese momento entre 750 y 800.000 afiliados, muchos de los cuales veían, correctamente, en la toma del poder por los soviets la refutación del parlamentarismo y el reformismo socialdemócrata. De forma oportunista sin embargo, la mayor parte de los cuadros anarquistas que ya tenían noticias del divorcio entre anarquistas y bolcheviques en los soviets, lo interpretaban públicamente como una corroboración de sus postulados libertarios apoliticistas y kropotkinianos, asimilando el soviet al sindicato o explicándolos como una consecuencia de la ausencia de una gran confederación en Rusia.

El resultado fue, en la práctica, una adhesión oportunista que dejaba al PSOE debatirse en sus contradicciones durante el congreso, y ganaba para el sindicato el «punto» de ser la primera organización española vinculada orgánicamente a la Internacional. Eso sí, sin comprometerse en absoluto e intentando presentarse como el centro mundial de la revolución en marcha. Esta actitud oportunista, que podía prosperar solo gracias a la falta de información y sobre todo a la ausencia de una verdadera izquierda organizada en el PSOE a nivel nacional1, se resume muy bien en la declaración que se aprobó por aclamación al cierre del congreso.

El Comité Nacional, como resumen de las ideas expuestas acerca de los temas precedentes por los diferentes oradores que han ehecho uso de la palabra en el día de hoy, propone:

  1. Que la CNT de España se declare firme defensora de los principios de la Primera Internacional sostenidos por Bakunin y
  2. Declarar que se adhiere provisionalmente a la Internacional Comunista por el carácter revolucionarios que la informa, mientras y tanto la CNT de España organiza y convoca el Congreso obrero universal que auerde y determine las bases por las que deberá regirse la verdadera Internacional de los trabajadores.

II Congreso Confederal de CNT, 17 de diciembre de 1919.

«Renovación» anunciaba desde 1918 la adhesión de las Juventudes a la III Internacional.
La urgencia de la decantación en torno a la III Internacional a lo largo de 1919 había sido acelerada sin embargo por la Juventud Socialista, que ya en febrero había adherido a la Internacional aun antes de su primer congreso mundial.

En febrero de 1919 publicó «El Socialista» el texto de la convocatoria del primer Congreso de la Tercera Internacional. Aquella noche se reunía en asamblea la juventud [madrileña]. Hallábanse todos los miembros de su comité en la secretaría preparándose para la reunión que pronto iba a empezar cuando, recién leído el llamamiento que publicaba el órgano del Partido, el secretario propuso a sus compañeros someter a la asamblea la adhesión de la juventud a la nueva Internacional. No se debatió la iniciativa, que fue aceptada por unanimidad. Sometida a la asamblea, sin debate se aceptó unánimemente. Acabábamos de dar el paso, sin ser todavía conscientes de ello, hacia la constitución del Partido Comunista de España.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980



1. En aquel congreso se manifestó por primera vez un militante socialista que llevaba un año en el sindicato y el día antes había abandonado el PSOE ante los resultados de los debates y la pobreza del tercerismo en su seno. Se trataba de Andrés Nin, quien más tarde se convertirá en Secretario General del sindicato, visitará Rusia como cabeza de la delegación cenetista en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja (ISR), dejará el sindicato tras el rechazo del congreso de Zaragoza (1922) de integrarse en la ISR, formará con Joaquín Maurín los «Comités Sindicalistas Revolucionarios» (CSR) al modelo del sindicalismo revolucionario francés y tras el segundo congreso de la ISR se quedará en Rusia, trabajando con Bujarin y Trotski, de quien fue secretario personal, hasta la represión de éste por Stalin. Vuelve entonces, 1930, a España donde será uno de los fundadores de la Izquierda Comunista Española y finalmente Secretario del POUM (1935-37).