La supeditación de la Internacional al estado ruso

Levantamiento del Ruhr en 1923
Ya para entonces [1923] toda la Internacional Comunista estaba envuelta en la controversia. Los triunviros tuvieron que explicar y justificar su actitud ante los comunistas extranjeros, de quienes ansiaban obtener un claro apoyo a la condenación de Trotsky para presentárselo al Partido ruso. Pero los comunistas europeos —y en aquellos años la influencia de la Internacional se limitaba todavía virtualmente a Europa— se sentían alarmados por lo que sucedía en Moscú y conturbados por la violencia de los ataques contra Trotsky. Para ellos Trotsky había sido la encarnación de la revolución rusa, de su leyenda heroica y del comunismo internacional. Debido a su estilo europeo de expresión, se habían sentido más cerca de él que de cualquier otro dirigente ruso. Él había sido el autor de los vibrantes manifiestos de la Internacional, que en sus ideas, su lenguaje y su impacto hacían recordar el Manifíesto Comunista de Marx y Engels. Él había sido el estratega y el táctico de la Internacional, así como su inspirador. Los comunistas europeos no podían comprender qué era lo que hacía volverse a Zinóviev, el Presidente de la Internacional, y a los otros dirigentes rusos contra Trotsky; y temían a las consecuencias que el conflicto pudiera tener para Rusia y para el comunismo internacional. Su primer impulso, por consiguiente, fue defender a Trotsky.

Antes de terminar el año de 1923 los comités Centrales de dos Partidos Comunistas importantes, el francés y el polaco, protestaron ante Moscú contra la difamación de Trotsky y exhortaron a los antagonistas a zanjar sus diferencias en un espíritu de camaradería. Esto sucedió poco después de que Brandler, en nombre de su Partido, le pidiera a Trotsky que asumiera la dirección de la proyectada insurrección comunista en Alemania. Los triunviros resintieron las protestas y temieron que Trotsky, derrotado en el Partido ruso, pudiera todavía movilizar a la Internacional contra ellos. Zinóviev vio en la acción de los tres Partidos un desafío a su autoridad presidencial.

En aquel momento la Internacional estaba agitada por la derrota que acababa de sufrir en Alemania. Las cuestiones relacionadas con la derrota, la crisis que condujo a ésta y la política del Partido alemán, cuestiones que en sí mismas constituían asunto suficiente para un debate, quedaron ligadas inmediatamente a la disputa en el Partido ruso.

La crisis alemana se inició cuando los franceses ocuparon el Ruhr a principios de 1923. La región se convirtió en un foco de intensa resistencia alemana; y pronto todo el Reich fue presa de un vigoroso movimiento nacionalista de protesta contra el Tratado de Versalles y sus consecuencias. En un principio los partidos burgueses encabezaron el movimiento, y los comunistas se vieron marginados. Pero más tarde esos partidos, poco seguros del resultado final, empezaron a vacilar y a replegarse, especialmente cuando los conflictos sociales amenazaron eon profundizar la inquietud política. La economía de Alemania quedó desquiciada. La devaluación de la moneda tuvo lugar con catastrófica rapidez. Los obreros, cuyos salarios eran devorados por la inflación, estaban furiosos e impacientes por pasar a la acción. Los comunistas, que no habían vuelto a levantar cabeza desde el levantamiento de marzo de 1921, sintieron que un fuerte viento inflaba sus velas. En julio su Comité Central llamó a la clase obrera a prepararse para una decisión revolucionaria. Sin embargo, la confianza en su fuerza y sufiente capacidad para la acción revolucionaria no era muy profunda, y tampoco la compartían todos aquellos que tenían que ver con ella. Rádek, que se encontraba en Alemania como representante del Ejecutivo de la Internacional, advirtió a Moscú que el Partido alemán era exageradamente optimista y corría el peligro de incurrir en un nuevo aborto insurreccional. Zinóviev y Bujarin alentaban a los alemanes, sin proponer ningún curso de acción definida. En esta etapa, en julio, Trotsky dijo que no estaba suficientemente informado sobre la Situación en Alemania para expresar un juicio.

Posteriormente, Trotsky llegó a la conclusión de que Alemania estaba en efecto a punto de entrar en una situación agudamente revolucionaria y de que al Partido alemán no sólo se le debía alentar a que siguiera una línea audaz, sino que se le debía ayudar a elaborar un plan claro de acción revolucionaria que culminara en una insurrección armada. La fecha de la insurrección debía señalarse de antemano de modo que el Partido alemán pudiera desarrollar la lucha a través de las fases preliminares, preparar a la clase obrera y desplegar sus fuerzas con vistas al desenlace final. El Ejecutivo vaciló. No sólo Rádek, sino Stalin también, ponían en duda la realidad de la «situación revolucionaria» y sostenían que era necesario sofrenar a los alemanes. Zinóviev continuó incitándolos, pero sin comprometerse a apoyar el plan «insurreccional». El Politburó, embebido en sus problemas internos, discutió el asunto con cierta ligereza; y Zinóviev comunicó la posición general del organismo a los dirigentes de la Internacional. Un tanto desganadamente se decidió señalarle al Partido alemán el camino de la revolución, ayudarlo en los preparativos militares y, por último, incluso fijar una fecha para el levantamiento. La fecha debía ser lo más próxima posible al aniversario de la insurrección bolchevique, de modo que fuera «el Octubre alemán».

Heinrich Brandler
En septiembre, el jefe del Partido alemán, llegó a Moscú para consultar al Ejecutivo. Albañil en sus años juveniles y discípulo de Rosa Luxemburgo, táctico sagaz y cauteloso y organizador de talento, Brandler no estaba convencido de que las circunstancias favorecieran ala revolución. Cuando le expresó sus dudas a Zinóviev —dudas muy similares a las que el propio Zinóviev había abrigado en vísperas del Octubre ruso—, éste, desgarrado entre la vacilación y el deseo de actuar resueltamente, optó por vencer las objeciones de Brandler con razonamientos acalorados y puñetazos sobre el escritorio. Brandler cedió. En su propio partido, especialmente en la organización de Berlín que dirigían Ruth Fischer y Arkadi Máslov, la impaciencia por pasar a la acción y la confianza en el triunfo habían ganado mucho terreno. Brandler creyó haber encontrado la misma confianza en Moscú, pues supuso que Zinóviev hablaba en nombre de todo el Politburó. Y, sin abandonar del todo sus reservas, llegó
a la conclusión de que si los dirigentes del único Partido Comunista victorioso pensaban, al igual que los berlineses, que la hora había sonado, él debía retirar sus objeciones.

Fue en este momento, al sentir, como él mismo lo expresó, que no era «un Lenin alemán», cuando Brandler pidió al Politburó que comisionara a Trotsky para dirigir la insurrección. En lugar de Trotsky, el Politburó delegó a Rádek y Piatakov. Se formuló un plan de acción que se centraba en Sajonia, la provincia natal de Brandler, donde la influencia comunista era poderosa y los socialdemócratas encabezaban el gobierno provincial, y donde éstos y los comunistas habían actuado ya en un frente unido. Brandler y algunos de sus camaradas debían ingresar en el gobierno de Sajonia y usar su influencia para armar a los trabajadores. De Sajonia el levantamiento habría de propagarse a Berlín, Hamburgo, Alemania central y el Ruhr. Según Brandler —y su testimonio sobre este punto lo confirman
otras fuentes—, tanto Zinóviev como Trotsky le impusieron la aceptación de este plan. Más aún, Zinóviev, a través de sus agentes en Alemania, forzó el desarrollo de los acontecimientos a tal grado que el gobierno de coalición en Sajonia se formó por órdenes telegrafiadas desde Moscú; fue mientras viajaba de regreso a Alemania cuando Brandler se enteró, leyendo un periódico comprado en una estación de ferrocarril en Varsovia, de que ya era ministro.

Aun cuando las condiciones en Alemania hubiesen favorecido a la revolución, la artificialidad y la torpeza del plan y la lejanía de su dirección y su control habrían bastado para producir un fracaso. Las condiciones eran probablemente menos favorables y la crisis social en Alemania menos profunda de lo que se suponía. Desde el verano la economía había empezado a recuperarse, el marco se estabilizó y la atmósfera política se hizo más tranquila. El Comité Central no logró agitar a la masa obrera y prepararla para la insurrección. El proyecto de armar a los trabajadores abortó: los comunistas hallaron vacíos los arsenales en Sajonia. Desde Berlín el gobierno central envió una expedición militar contra la provincia roja. Y así, cuando llegó el momento del levantamiento, Brandler, apoyado por Rádek y Piatakov, canceló las ordenes de batalla. Sólo debido a una falla en los enlaces, los insurgentes entraron en acción en Hamburgo. Lucharon solos y después de un combate desesperado que duró varios días fueron aplastados.

Estos acontecimientos habían de tener un poderoso impacto en la Unión Soviética. Ellos destruyeron las posibilidades de una revolución en Alemania y Europa por muchos años, desmoralizaron y dividieron al Partido
alemán y, al coincidir con reveses Similares en Polonia y Bulgaria., tuvieron el mismo efecto sobre la Internacional en su conjunto. Le impartieron al comunismo ruso una profunda y definida sensación de aislamiento, una falta de fe en la capacidad revolucionaria de las clases obreras europeas y aun cierto desdén por éstas. De este estado de ánimo se derivó gradualmente una actitud de autosuficiencia revolucionaria y de egocentrismo por parte de los rusos, actitud que habría de encontrar su expresión en la doctrina del «socialismo en un solo país». El desastre alemán se convirtió inmediatamente en uno de los puntos de controversia en la lucha por el poder en Rusia. Tanto los comunistas rusos como los alemanes se abocaron al análisis de las causas de la derrota a fin de fijar las responsabilidades. En el Politburó, los triunviros y Trotsky se inculparon mutuamente.

Ruth Fischer
A primera vista, no existía ninguna relación entre el fiasco alemán y la controversia rusa. Las líneas de división eran diferentes e incluso se cruzaban. Rádek y Piatakov, los dos «trotskistas», habian sido desde el principio cuando menos tan escépticos como Stalin acerca de las posibilidades de triunfo en Alemania; fueron ellos quienes respaldaron a Brandler cuando éste canceló las órdenes para la insurrección. Por otra parte, Zinóviev, después de vacilar, había aprobado el plan para el levantamiento, cuyo iniciador había sido Trotsky ; pero también aprobó la cancelación de las órdenes de marcha. Trotsky estaba convencido de que el Partido alemán y la Internacional habían desperdiciado una oportunidad excepcional; y sostuvo que Zinóviev y Stalin eran cuando menos tan responsables de ello como Brandler.

Los triunviros replicaron que el levantamiento había sido estropeado localmente por los dos trotskistas, e insistieron en el «oportunismo» de Brandler y en la necesidad de destituirlo de la dirección del Partido alemán.

En lo tocante a Brandler, la actitud de los triunviros obedecía a motivos diversos. Los miembros de base del Partido alemán se habían vuelto enconadamente contra Brandler, y la organización de Berlín clamaba por su festitución. Zinóviev estaba ansioso por aplacar el clamor y salvar su prestigio y el de la Internacional convirtiendo a Brandler en chivo expiatorio. Al destituir a éste e instalar a Fischer y Máslov en la dirección del Partido alemán, Zinóviev convirtió a este Partido en su feudo personal.

Zinóviev tenía otra razón para insistir en el castigo ejemplar de Brandler: sospechaba que éste y sus amigos en el Comité Central alemán simpatizaban con Trotsky. Al denunciar a Brandler como partidario de Trotsky, Zinóviev también se proponía culpar a éste de la «capitulación» de aquél.

Finalmente, Brandler, incapaz de descifrar las rivalidades, deseoso de desligar la cuestión alemana de los problemas rusos y de salvar su posición, declaró su apoyo a la dirección oficial rusa, es decir, a los triunviros. Ello, sin embargo, no lo salvó.

Tal era la Situación en enero de 1924, cuando el Ejecutivo de la Internacional se reunió para investigar formalmente la derrota alemana. La reunión fue precedida por muchas maniobras y sustituciones en los Comités Centrales de los Partidos extranjeros, con el fin de asegurar de antemano el apoyo del Ejecutivo a Zinóviev. Cuando el Ejecutivo se reunió, Trotsky se encontraba enfermo en una aldea no muy distante de Moscú. No dio a conocer sus opiniones, pero le pidió a Rádek que hiciera constar su protesta conjunta contra la destitución de Brandler y los
cambios en el Comité Central alemán, Rádek comunicó la protesta, pero como le interesaba primordialmente defender la política seguida por él y Brandler, le dio al Ejecutivo la impresión de que Trotsky se solidarizaba con esa política ; y ello permitió a los triunviros vincular una vez más a Trotsky con el «ala derecha» del Partido alemán. En honor a la verdad Trosky nunca dejó de criticar la conducta de Brandler, y el hecho de que éste hubiese declarado ahora su apoyo a los triunviros no podía ganarle las simpatías de Trotsky. Ello no obstante, Trotsky se opuso por principio a la instalación en Moscú de una «guillotina» para los dirigentes comunistas extranjeros. Los partidos extranjeros, sostuvo, debían estar en libertad de aprender de sus propias experiencias y errores, de manejar sus propios asuntos y eligir sus propios dirigentes. La destitución de Brandler establecía un precedente pernicioso. ‘

Así, Trotsky exigió para la Internacional la misma libertad interna que reclamaba para el Partido ruso ; y lo hizo con el mismo resultado. Zinóviev tenía ya el dominio absoluto de la Internacional. Había destituido a algunos de aquellos dirigentes extranjeros que instaron al Politburó a moderar su vehemencia contra Trotsky. Otros se dejaron intimidar y ofrecieron disculpas por su paso en falso. En consecuencia, el Ejecutivo, aunque no logró llevar su investigación sobre Alemania a una conclusión clara, dejó inmaculada la reputación de Zinóviev y aprobó las destituciones y los ascensos que éste había ordenado. Esto le permitió posteriormente obtener el respaldo de la Internacional para la acción de los triunviros contra Trotsky y los cuarenta y seis.

En mayo, en el XIII Congreso del Partido ruso, los dirigentes viejos y nuevos de todos los partidos europeos aparecieron en la tribuna para hacerse eco del anatema contra Trotsky. Un solo delegado extranjero, Boris Souvarine, director de L’Humanité, medio ruso y medio francés, elevó su voz de protesta declarando que el Comité Central francés había decidido, por veintidós votos contra sólo dos, protestar contra los ataques a Trotsky, sin que ello implicara necesariamente su solidaridad con la oposición; pero que él, personalmente, compartía las opiniones de Trotsky y no abjuraría de ellas. La voz solitaria de Souvarine no hizo más que subrayar la derrota de Trotsky.

Un mes más tarde, el V Congreso de la Internacional —el llamado «Congreso de bolchevización»— se reunió en Moscú para sellar la excomunión de Trotsky, a la que se añadió una «denuncia» contra Rádek y Brandler. Característico de la actitud del Congreso fue un discurso pronunciado por Ruth Fischer, la nueva jefe del Partido alemán. Joven,
estridente, sin ninguna experiencia ni mérito revolucionario, y sin embargo, idolatrada por los comunistas de Berlín, la Fischer hizo llover vítuperios sobre Trotsky, Rádek y Brandler, esos mencheviques, oportunistas y «li-
quidadores de los principios revolucionarios» que habían «perdido la fe en la revolución alemana y europea». Pidió una Internacional monolítica, basada en el modelo del Partido ruso, en la cual no tedrían cabida la disención y la confrontación de opiniones.

Este congreso mundial no debe permitir que la Internacional sea trasformada en una, aglomeración de todo tipo de tendencias; debe lanzarse con audacia por el camino que conduce a un solo partido bolchevique mundial

Portavoces de los partidos francés, inglés y norteamericano siguieron el ejemplo; y, sin escatimar insultos ni injurias, desafiaron a Trotsky a que. compareciera ante el Congreso y presentara sus opiniones. Trotsky se negó a participar en ninguna disputa. Por una parte, consideraba que toda disputa era inútil ahora. Y, por otra, habiendo sido amenazado ya con la expulsión del Partido si insistía en la controversia, tal vez sospechó que el desafío era una trampa. Así, pues, declaró que aceptaba el veredicto del Partido ruso y que no tenía intenciones de recurrir en apelación a la Internacional. Sin embargo aun su silencio fue recibido como prueba de su actitud reprobable: haciéndose eco de Zinóviev, varios delegados le exigieron, como mínimo, la retractación. Él puso oídos sordos a la exigencia; y durante las tres semanas completas que duró el Congreso éste no oyó más que vituperios soeces contra el hombre al que los cuatro Congresos anteriores habían escuchado con profundo respeto y adoración. Esta vez ni
una sola voz se levantó para vindicarlo. Souvarine ya había sido expulsado del Partido francés por haber traducido y publicado «El nuevó rumbo» de Trotsky. Con todo, Trotsky todavía escribió el último de sus grandes manifiestos de la Comintern para este Congreso, Pero no fue reelegido como miembro del Ejecutivo. Stalin tomó su lugar.

¿Qué explicación tenia el cambio ocurrido en la Internacional? Sólo unos cuantos meses antes, sus tres partidos más importantes tuvieron suficiente coraje y dignidad para oponerse a los triunviros. Ahora todos ofrecieron un espectáculo de sometimiento y degradación de sí mismos.

Zinóviev, como ya sabemos, en el transcurs‘o de esos meses había reorganizado, dislocado o deshecho a voluntad los Comités Centrales alemán, francés y polaco. Pero, ¿por qué aceptaron sus dictados esos Comités y los Partidos que había tras ellos? La mayoría de los dirigentes destituidos habían guiado a sus Partidos desde el dia de su fundación y habían gozado de gran autoridad moral; empero, en ninguna parte los miembros de base se alzaron para defenderlos y para negarse a aceptar las órdenes del Ejecutivo y reconocer como dirigentes a los hombres designados por Zinóviev. Éste sólo necesitó unas cuantas semanas, o a la sumo unos cuantos meses, para llevar a cabo lo que tenía el aspecto de un completo trastrocamiento en todo el movimiento comunista. Pero la facilidad con que lo llevó a cabo indicaba una profunda debilidad en la Internacional.

Sólo un organismo enfermo podía dejarse subvertir así de un solo golpe. Lenin y Trotsky habían fundado la Internacional con la esperanza de que ésta atraería bajo sus banderas a la mayoría, cuando menos, del movimiento obrero europeo. Esperaban que se convirtiera en lo que su nombre proclamaba: un partido mundial Situado por encima de fronteras e intereses nacionales, no una recatada y platónica asociación de partidos nacionales al estilo de la Segunda Internacional. Lenin y Trotsky creían en la unidad fundamental de los procesos revolucionarios en el mundo; y esta unidad, a su juicio, hacía esencial que la nueva organización poseyera una vigorosa dirección y disciplina internacionales. Las Veintiuna Condiciones de afilación, que el II Congreso adoptó en 1920, tenían por objeto darle a la Internacional una Constitución apropiada a este propósito, y establecer, entre otras cosas, una dirección centralizada y fuerte: en el Ejecutivo. Trotsky había apoyado esa Constitución con todo su entusiasmo. Por sí misma, la Constitución no estaba concebida para asegurar la preponderancia del Partido ruso en la Internacional. Todos los Partidos estaban representados en el Ejecutivo de una manera democrática. Sus escasos miembros rusos no disfrutaban, en principio, de ningún privilegio. El internacionalismo implicaba la subordinación de los puntos de
vista nacionales al interés más general del movimiento en su conjunto, pero no, ciertamente, a ningún punto de vista nacional ruso. Si la revolución hubiese triunfado en cualquiera de los países europeos importantes, o sí cuando menos los Partidos Comunistas en éstos hubiesen crecido en fuerza y confianza, tales dirección y disciplina internacionales podrían haber cobrado realidad. Pero el reflujo de la revolución en Europa tendió a transformar a la Internacional en un apéndice del Partido ruso. La seguridad de sus secciones europeas en sí mismas era débil y fue menguando de año en año. Los Partidos derrotados desarrollaron un sentimiento de inferioridad y se acostumbraron a recurrir a los bolcheviques, que eran los únicos practicantes victoriosos de la revolución, para que se enfrentaran a sus problemas, resolvieran sus dilemas y tomaran sus decisiones por ellos. Los bolcheviques respondieron, en un principio, por razones de solidaridad, después por hábito y finalmente por propio interés, hasta que llegaron a sentirse excesivamente bien dispuestos a tirar de los hilos que los Partidos extranjeros se habían atado ellos mismos. La dirección y la disciplina internacionales se convirtieron en realidad en dirección y disciplina rusas; y todas las amplias prerrogativas que los Veintiún Puntos le habían conferido al Ejecutivo internacional en que Lenin y Trotsky habías puesto sus esperanzas, pasaron casi imperceptiblemente a los miembros rusos del Ejecutivo.

Este estado de cosas suscitó las aprensiones de Lenin. Éste recordó los recelos de Engels sobre la preponderancia del Partido alemán en la Segunda Internacional y señaló que la supremacía del Partido ruso podría. ser no menos nociva… Trató de infundirles mayor confianza en sí mismos a los comunistas extranjeros e incluso sugirió el traslado del Ejecutivo de Moscú a Berlín u otra capital europea a fin de alejarlo de la constante presión de los intereses y preocupaciones rusos. Sin embargo, la mayoría de los comunistas extranjeros prefirieron tener el centro de su Internacional al abrigo del Moscú Rojo en lugar de exponerlo a la persecución y a los asaltos de la policía en las capitales burguesas.

Las aprensiones de Lenin resultaron del todo justificadas. A medida que transcurrieron los años la intervención de los miembros rusos del Ejecutivo en los asuntos del comunismo extranjero fue adquiriendo un carácter de intromisión cada vez más marcado. Zinóviev gobernaba a la Internacional con fruición, extravagancia y falta de tacto y escrúpulos. Pero aún el mismo Trotsky se encontró, como miembro del Ejecutivo, implicado en el ejercicio de una tutela que era inherente a la situación.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado, 1959

La torre Tatlin, proyecto para el edificio que debía albergar a la IC, fue presentado en el IV Contreso. Nunca se intentó llevar a la realidad.
De un modo muy significativo y tristemente previsible, el IV Congreso es el primero en ruso. Sobre el significado práctico de la «bolchevización» y la «proletarización» ya tuvimos un destello cuando estudiamos la historia del partido español. Porque no era una cuestión de «prestigio» ni de mera subordinación de los dirigentes de los partidos locales a la guía del partido ruso.

Pensemos: ¿cómo se manifestaría en el plano internacional el triunfo de una burocracia, de una burguesía de estado, en la dirección de la Internacional? Como una supeditación de los intereses del proletariado mundial, es decir del proletariado de cada país, a los intereses del estado ruso cuando unos y otros fueran contradictorios. Esto es lo que empieza a tomar forma en 1924 con la teoría del «socialismo en un solo país» y acaba, en un crescendo que entre otras cosas derrotará la revolución en China y llevará a Hitler al poder, con el llamamiento a los obreros de los países aliados a alistarse en los ejércitos de sus burguesías durante la 2ª Guerra Mundial y a los de los países ocupados a hacerlo en la «resistencia nacional» mano a mano con los sectores aliadófilos de sus clases dominantes.

La política exterior siempre ha sido la continuación de la política interior, pues la dirige la misma clase dominante y persigue los mismos fines. La degenera- ción de la casta dirigente de la URSS te nía que introducir una modificación correspondiente en los fines y en los métodos de la diplomacia soviética. La “teoría” del socia lismo en un solo país, enunciada por primera vez durante el otoño de 1924, se debió al deseo de liberar la política extranjera de los soviets del programa de la revolución internacional. Sin embargo, la burocracia no quería romper sus relaciones con la Internacional Comunista, pues ésta se hubiera transformado inevitablemente en una organización de oposición inter- nacional, lo que hubiera sido bastante desagradable para la URSS por la rela- ción de las fuerzas. Al contrario, mientras la política de la URSS se apartaba más del antiguo internacionalismo, los dirigentes se aferraban con mayor fuer- za al timón de la III Internacional. Con su antigua denomina ción, la Interna- cional Comunista sirvió a nuevos fines. Estos fines nuevos exigían hombres nuevos. A partir de 1923, la historia de la Internacional Comunista es la de la renovación de su estado mayor moscovita y de los estados mayores de las secciones nacionales, por medio de revoluciones palaciegas, de depuraciones, de exclusiones, etc. En la actualidad, la Internacional Comunista no es más que un aparato perfectamente dócil, dispuesto a seguir todos los zig zags de la política extranjera soviética.

León Trotski. La revolución traicionada, 1937.

La cuestión es que estos zigs zags tienen una constante: fortalecen en el interior de Rusia a la burocracia, a costa de llevar una y otra vez a la derrota al proletariado en Alemania, Gran Bretaña, China y finalmente España, América y toda Europa. Es esta subordinación del movimiento de clase internacional al estado ruso lo se teoriza con el «socialismo en un solo país», una formulación que aparece por primera vez en el año 1924 y que irá tomando importancia conforme sirva para describir una práctica abiertamente contrarrevolucionaria: el sacrificio sangriento de los movimientos de clase a los miedos de la burocracia rusa a una respuesta imperialista.