Revista «Comunismo» (1931-35)

Revista «Comunismo» (1931-35)Nuestros propósitosDisipando la nieblaLa crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la ICParte IParte II

Nuestros propósitos

Revista «Comunismo» número 1. 1º de mayo de 1931.

¿Cuáles son sus propósitos, qué fin persigue la Oposición Comunista Española y su órgano «Comunismo»? Muchos obreros y no pocos militantes del PCE plantean sin cesar esa pregunta. Los burócratas stalinianos de la IC han falseado tanto la verdad, en lo que a la actividad desarrollada por la Oposición Comunista de Izquierda se refiere, que no puede ya extrañarnos la ansiedad que muchos camaradas del partido oficial manifiestan por conocer el plan de trabajo que nosotros mismos nos hemos impuesto.

Apresurémonos, pues, a saciar ese tan comprensible cuan justo y natural deseo.

El PCE no se ha salvado en el naufragio ideológico que ha presidido la actividad de todas las secciones de la IC en los últimos pasados seis años. Por el contrario, podemos afirmar que la crisis ideológica y orgánica del PCE ha sido y es más profunda que la que atraviesan, con carácter ya crónico, las demás secciones del Comintern.

Crisis de organización; crisis de dirección; crisis ideológica y política; más de moralidad y hundimiento estrepitoso y total, dentro de un vacío sin límites, de lo más elemental de la delicadeza y honradez que deben ser mas en todo organismo proletario. La sección española de la IC ha sido y es la menos comunista de todas las que integran el organismo internacional que con tanto esfuerzo crearon los verdaderos comunistas del mundo entero.

La Oposición Comunista de Izquierda Internacional, que cuenta en su seno con los verdaderos artífices de la Revolución Rusa, lucha por evitar me los dirigentes de la IC, los burócratas que preconizan tan bastardas ideas cual lo es la incluida en el programa de la internacional defendiendo la posibilidad de edificar el «socialismo en un solo país» (desmintiendo así la concepción marxista-leninista sobre el carácter internacional de la sociedad socialista) continúen conduciendo el. ejército del proletariado mundial por el camino de los fracasos y errores tan enormes y funestos para las masas obreras como lo han sido los sufridos, por ejemplo: en el Comité Pro-unidad Sindical Anglorruso1y su hijuela las huelgas general y minera inglesa, en el año 1926; el fracaso de la revolución china, porque Stalin depositó toda su confianza en los verdugos del Kuomintang2; las batallas de Viena, fracasadas por falta de preparación orgánica en el 1927; el 1º de agosto de 1929; el 6 de marzo de 1930, etc., etc. La Oposición Comunista Internacional de Izquierda, batalla por evitar que las conquistas que Octubre Rojo puso en manos del proletariado mundial, la dictadura del proletariado, sean absorbidas por la amenaza incesante y latente de un Thermidor de la revolución rusa3.

En el aspecto nacional, la Oposición Comunista Española luchará: por la reorganización del PCE; por el restablecimiento de la democracia comunista en el interior del partido; por la reintegración al mismo de todos los camaradas excluidos por motivos de opinión; por la aplicación de una táctica sindical verdaderamente comunista; por liquidar el aventurerismo4, la irresponsabilidad, el despilfarro y la inmoralidad; por restablecer la armonía entre todos los camaradas; por documentar, orientar y educarnos todos, sobre todos los aspectos político-sindical-económicos, basando el principio de dicha educación en la discusión necesaria y comunista de todos los problemas que se planteen al partido, haciendo intervenir en las discusiones a todos los camaradas para que de la discusión nazcan las decisiones e impidiendo que una dirección sin noción clara de su responsabilidad tome resoluciones que pretende imponer e impone dictatorialmente.

Lucharemos contra la escisión de nuestra organización; defenderemos la unidad del partido contra las exclusiones que los burócratas, sin contar con la base, pronuncien contra los mejores camaradas.

Serenamente, sin asustarnos por amenazas y acusaciones de quienes jamás supieron ni quisieron hacer nada por la causa comunista en España, daremos siempre gestión de nuestros actos entre los camaradas comunistas verdaderos. Ellos nos juzgarán a todos.

La OCE no es otro partido más. Es la fracción más pura y consciente, unida para salvar nuestras organizaciones del caos a que ha sido conducida.

He ahí, en términos sintéticos, expuestos nuestros propósitos. Cuando nuestra obra esté terminada, nuestros fines logrados, «Comunismo» cesará su publicación y la Oposición Comunista Española no tendrá razón de existir.

Disipando la niebla

Revista «Comunismo» número 1, mayo de 1931. Escrito por Esteban Bilbao, fundador del PCE y de la OCE. En 1935 tomó partido por la minoría, negándose a participar en la fundación del POUM. En 1936 se une al GBL y milita en la sección española de la IVª Internacional hasta 1947 cuando abandona la actividad política. Muere en Biarritz en 1954. Este artículo está escrito en la semana de la proclamación de la IIª República y muestra la posición de la entonces recién fundada OCE sobre el nuevo régimen, dejando claro que ni era la materialización de la revolución democrático-burguesa española ni los trabajadores tenían nada que defender en él.

Con la caída de la Monarquía se inicia en España la destrucción revolucionaria del estado capitalista. Es España una de las naciones que, al igual que la Rusia de los zares, ha venido conservando la envoltura monárquica del estado hasta la época de la crisis definitiva del sistema burgués de la propiedad. Traspuesto el período histórico de las revoluciones burguesas, el capitalismo, indiferente a la forma de gobierno, se introdujo y desarrolló en España de una manera parasitaria, viviendo al amparo del despotismo de una burocracia gobernante que la autocracia monárquica había venido hasta entonces manteniendo con los últimos despojos del imperio colonial y con la sangre empobrecida de una masa campesina embrutecida y hambrienta. Nunca fue el capitalismo español el producto natural del desarrollo de la pequeña burguesía indígena. De aquí la posibilidad para la Monarquía de haber podido prolongar su vida hasta la fecha, y ello debido a que el capitalismo, desde sus primeros pasos, hizo suyo el estado monárquico. Si hoy vemos derrumbarse la Monarquía no es precisamente a impulsos del «esfuerzo ideológico» de la pequeña burguesía intelectual sino ante la presión irresistible de las masas explotadas de la ciudad y el campo para las cuales, en el reloj de la historia, ha sonado definitivamente la hora de su revolución. Nada significa que, de momento, sea la pequeña burguesía ideológica, el bloque republicano- socialista quien, al parecer, lleve la voz cantante. Estos pobres ilusos, utopistas reaccionarios, no tardarán mucho tiempo en recibir la, para ellos, triste lección de los hechos.

La pequeña burguesía intelectual está profundamente engañada merced a un craso error de perspectiva y de apreciación de las fuerzas históricas.

Nada más estúpido e inútil que el inconsciente y charlatanesco abuso que Marcelino Domingo y algunos hombres más de los que integran el actual Gobierno Provisional han venido haciendo al comparar situaciones históricas para establecer un sistema de analogías necias y sin ningún contenido. Contrariamente a la creencia y a la «teoría» de la pequeña burguesía que hoy «gobierna», en España el duelo revolucionario está entablado, no entre el estado feudal y la democracia, sino entre el estado capitalista y el proletariado industrial junto con las masas campesinas explotadas. La pequeña burguesía, fundamento social de la ideología del gobierno, aunque numéricamente bastante considerable, carece por completo de independencia política y económica y su porvenir histórico es enteramente nulo. Su eficacia como fuerza directora de los destinos sociales, pertenece al pasado, cuando todavía no habían hecho su aparición en el mundo ni el capitalismo ni su consecuencia natural: el proletariado. El destino fatal de la pequeña burguesía, en este periodo crítico de derrumbamiento de la civilización capitalista, es servir de escudero a una de las dos grandes fuerzas que llenan por completo el palenque de la historia, al proletariado o a la gran burguesía capitalista. Con el primero se va a la revolución proletaria (Rusia), con el segundo a la contrarrevolución fascista (Italia).

Tal es el dilema, sin término medio posible, para la pequeña burguesía. La dictadura del proletariado es la única solución de que la historia dispone para hacer viable a la humanidad hacia un tipo de civilización superior, el socialismo. El fascismo es todo lo contrario de una solución histórica; no hace otra cosa que retrasar el eficaz desenlace del mismo problema, pues el fascismo no es a la postre más que la dictadura feroz de un capitalismo degenerado y sin porvenir.

El hecho de que el estado español haya conservado hasta el 14 de abril último la forma de una monarquía despótica es suficiente para que el menguado corrillo de intelectuales que hoy «gobierna» deduzca que se trata de un estado feudal. Naturalmente, este «pequeño» fenómeno de espejismo histórico conduce como de la mano a considerar al resto de la población como una masa de siervos y de futuros «ciudadanos» empeñados en abatir la tiranía para que resplandezcan, a renglón seguido, los sagrados «derechos del hombre y del libre ciudadano», Alfonso XIII es Luis XVI; Zamora es Necker; Prieto es Danton; Marcelino Domingo es Robespierre... y así sucesivamente, Alcalá Zamora y Miguel Maura representan la traición girondina. Un poco deslucido el desenlace del primer acto de la tragedia», ya que estos jacobinos de opereta ayudaron caballerosamente a que el déspota traspusiera la frontera llevándose los millones del pueblo. En fn, todavía es tiempo de oír aquello de: «¡Traición los girondinos! ¡A la linterna!».

En tan falsa analogía histórica, producto de una total ignorancia del verdadero contenido de la revolución, radica el cúmulo de ilusiones democráticas de la pequeña burguesía intelectual que, como una espesa capa de niebla, vela la realidad social e impide la clara contemplación del carácter auténtico de la lucha y de las fuerzas en presencia. Los efectos narcóticos de esta especie de opio ideológico se hacen sentir no sólo en la zona de la pequeña burguesía, sino que también influyen en la actitud de las masas obreras, carentes de juicio crítico y faltas de una dirección política propia a tono con el estado de la evolución histórica. Todo esto contribuye poderosamente al engreimiento petulante del núcleo intelectual de la pequeña burguesía, que llega a tomar en serio su papel de campeón en la «lucha por la liberación del pueblo del yugo del despotismo». Sin embargo, esta falsa situación es puramente transitoria. La embriaguez democrática no tardará en disiparse. Las situaciones revolucionarias son el más poderoso antídoto contra toda clase de venenos y de equívocos ideales. Los futuros acontecimientos de la revolución española pondrán al descubierto no tardando mucho, lo que verdaderamente es el bloque democrático: un conglomerado de ilusos que fingiendo obrar con independencia política no es otra cosa que una de las caretas (la risueña) de la contrarrevolución.

Si en los periodos de relativo equilibrio de los antagonismos sociales es posible que las ideas nacidas de una realidad pasada aparezcan como siendo las normas rectoras de la vida social, la virtud específca de las revoluciones estriba precisamente en el hecho de que sacan a la superfcie y colocan en primer término, exacerbado hasta el máximo, los antagonismos que habían estado velados por las falsas brumas ideales. Esto es lo que ocurrirá inmediatamente en España poniendo de manifesto a los ooos más ciegos el carácter profundamente reaccionario y utópico del llamado bloque democrático.

Contra la opinión de la pequeña burguesía ideóloga, teóricamente representada en el Gobierno Provisional —teóricamente, nada más, porque la práctica ha demostrado hasta la saciedad que, no habiendo lugar en la sociedad contemporánea para una función rectora de la pequeña burguesía, todo gobierno que no sea la encarnación directa de los intereses históricos del proletariado es un instrumento de la dictadura capitalista—, nosotros, críticos marxistas, teóricos del proletariado revolucionario, afirmamos rotundamente que la monarquía española no es, ni mucho menos, un estado feudal. Es esta una mentira política de la democracia «revolucionaria» que, para fingir una lucha libertadora que no existe, crea un fantasma con el que desviar de la verdadera ruta de la revolución a las masas populares. Se trata de una maniobra por medio de la cual el bloque gobernante procura ocultar su reaccionarismo al servicio del gran capital.

Creen, los muy necios, que se pueden burlar los designios históricos escamoteando la formidable verdad social mediante ejercicios de prestidigitación lírica. No, la monarquía española no constituye un estado feudal. Ni el fundamento del estado monárquico español, todo a partir de septiembre de 1923, no es la propiedad de la aristocracia, considerada como tal, sino la propiedad del burgués capitalista. Poco importa que la aristocracia, rancia o fresca, se haya conservado, en calidad de tejidos fiambres, en el cuerpo del estado. En las esferas dominantes de la máquina estatal los residuos semifeudales sólo son eficaces por lo que tienen de burgueses, no por lo que tienen de aristócratas. El estado español monárquico actúa en función de aparato capitalista, no en función de privilegio de casta aristocrática. El mismo Alfonso no era ya otra cosa que un funcionario al servicio de la explotación del capital monopolista, por cuyo «trabajo» cobraba sus buenas dietas de la burguesía a quien servía. La Dictadura de Primo de Rivera es la escoba que barrió les restos de la inmundicia aristocrática poniendo integra la máquina del estado en manos del capitalismo industrial y financiero. Verdad que en la campiña española es de toda urgencia una revolución liquidadora de la propiedad latifundista. Los campesinos habrán de repartirse la tierra despojando violentamente de todos sus privilegios a sus actuales detentadores semifeudales. Hay en este problema, debido al atraso del campo español, algo de «revolución democrática». Pero una revolución democrática ¿dirigida por quién? ¿Por la intelectualidad pequeñoburguesa? Hoy no estamos, pese a la chochez doctrinal de Marcelino Domingo y compañía, en la época de la reunión del juego de pelota. Son muy distintas las cosas que hay en la España actual a las que había en la Francia del 89. Entonces la burguesía era la vanguardia revolucionaria que tenía tras si toda la masa general del campo sometida al yugo feroz del estado feudal integrado por la aristocracia y la iglesia y, de coronamiento, la monarquía absoluta de derecho divino. Entonces la ideología burguesa era, si, la teoría, viva y dinámica, de las necesidades revolucionarias de una clase que ascendía hacia el poder. Por eso el campesino pudo, dirigido por la burguesía, llevar a cabo su revolución democrática destruyendo el estado feudal. Esto ocurrió en Francia hace ya siglo y medio. De entonces acá las cosas han cambiado un «poquito», aun para España. La burguesía ya no es el campeón de la revolución «nacional». Celosa de sus privilegios, vive atrincherada en los reductos del estado dedicando todas sus energías no a redimir campesinos, sino a explotarlos. De esta explotación saca no pocos recursos con que alimentar su dominación. La fórmula para el campesino no es ya: con la burguesía a la destrucción del estado feudal , sino esta otra: con el proletariado a la destrucción del estado burgués. ¿Cómo va a poder ser la burguesía, ni grande ni pequeña, la iniciadora de la revolución democrática campesina?

Se da en la revolución española un caso idéntico, salvando diferencias de orden secundario, al de la Revolución Rusa de Octubre. La destrucción del estado se inicia con un capitalismo débil en el poder. Este capitalismo sin energías propias, producto de una burguesía sin robustez, que jamás tuvo capacidad ni coraje revolucionarios, se ve atacado por una doble revolución: la proletaria en las ciudades; la democrática en el campo. En el hecho de coincidir estas dos revoluciones contra el estado capitalista en franca descomposición se encierra todo un mundo de posibilidades de triunfo, ya que con ello la revolución adquiere proporciones grandiosas.

Vanos serán los esfuerzos de la pequeña burguesía democrática para desvirtuar el carácter de la revolución, escamoteando las etapas que faltan y apuntándose el tanto. La lucha está entablada contra el estado capitalista, frente al cual no se puede levantar otra fuerza que el proletariado industrial arrastrando consigo al campesino que combate por la posesión de la tierra. En esta contienda, la ideología pequeñoburguesa no puede tocar ningún pito redentor. No es el estado feudal el que tenemos delante, sino el capitalismo burgués con todas sus armas. Aquí no hay siervos que redimir del yugo del despotismo aristócrata, sino obreros de la ciudad y del campo que tratan de romper las cadenas de la explotación burguesa. No vamos a la conquista de los derechos del ciudadano burgués, sino a la destrucción de la esclavitud del salario que se apoya en esos mismos despreciables derechos.

La extemporánea, anacrónica y ridícula actitud redentora del idealismo pequeñoburgués sólo movería a risa si no fuera por lo que entraña de maniobra contrarrevolucionaria. Se trata de arrojar tierra a los ojos de los mismos trabajadores para que éstos no vean el terreno que pisan. Es esta la jugada más sutil y peligrosa de la burguesía. La demagogia idealista del intelectual, del pequeñoburgués, prende con facilidad en la masa obrera. No en vano el mundo, sometido a la disciplina burguesa, ha venido durante muchos años siendo alimentado en esos «principios» (que sólo al burgués satisfacen), de tal modo que puede decirse que cada hombre los lleva ya en la masa de la sangre. Buena prueba de ello es la influencia manifiesta que el socialreformismo y el anarcosindicalismo —los dos fumaderos de opio que la burguesía tiene instalados en el campo obrero— ejercen sobre los trabajadores.

Tarea ardua es conseguir que el proletariado llegue a juzgar la lucha social con arreglo a un estricto punto de vista de clase, condición sin la cual las masas obreras no pueden actuar a fondo con todas las consecuencias. Verdad es que el proletariado tiene en la propia revolución su mejor escuela política. Las peripecias de la gran lucha irán progresivamente aclarando la atmósfera de la revolución y eliminando todas las falsedades que obstaculizan el paso de los combatientes. Mas esto no basta. El proletariado para vencer necesita un partido director enérgico, genial y disciplinado; un partido que sepa serenamente calcular toda la grandeza de su misión; un partido capaz de apreciar en todo momento las fuerzas propias y las del enemigo; un partido que sepa desterrar de su seno, sin piedad, toda la fanfarronería demagógica de la ignorancia; un partido al que no puedan tener acceso ni la adulación de los incapaces, ni la intriga de los arribistas, ni las pugnas entre los militantes por motivos bastardos y despreciables; un partido, en fn, que aprecie el mérito de cada uno de sus hombres por el valor intrínseco que entraña para la revolución y no por el grado de obediencia servil de que finja estar poseído. Indudablemente que este partido no puede ser otro que el partido comunista. Desgraciadamente, aquí está casi todo por hacer. Hay que desterrar toda ilusión nociva si se quiere evitar un desastre. El partido comunista debe ser, si, un arma de acero, pero la verdad es que, hoy por hoy, no pasa de ser un cuchillo de madera. Al proletariado, que en las próximas batallas ha de poner toda su carne en el asador, hay que exponerlo la verdad desnuda.

La responsabilidad de los hombres que se hallan hoy al frente del partido comunista es verdaderamente enorme. Piensen que la revolución no puede ser un juego de azar.

Si las condiciones objetivas todas son inmejorables para un próximo triunfo de la revolución proletaria en España, no se puede afirmar lo mismo en lo que atañe a la capacidad y organización del partido revolucionario, del partido comunista. Y lo malo no es la incapacidad presente.

El partido comunista en España puede y debe organizarse de modo que en un porvenir relativamente próximo adquiera la fuerza y eficacia que hoy le falta. ¿Qué hay que hacer? Cambiar radicalmente de procedimientos. Deponer esa intransigencia falsamente doctrinal, artificialmente impuesta al partido, dejando de lado la política sectarista que mandan hacer.

Desde luego que el origen del mal es muy hondo. Pero conste que la musa antimarxista de la filosofía política de Stalin no es la más apropiada para inspirar al proletariado la dialéctica del triunfo.

La crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la IC

Revista «Comunismo» número 2, junio de 1931 y numero 3, agosto de 1931. Escrito por Juan Andrade, fundador del PCE en 1920 y director de su periódico, «La Antorcha», hasta la crisis del PCE de 1924, cuando el «grupo Bullejos», dirigente del partido en Bilbao tomó la dirección de éste apoyado por la nueva dirección zinovietista de la Internacional y las tendencias sindicalistas de la federación catalana del partido que, alrededor de Joaquín Maurín, articularían luego al BOC y desde éste, a su vez, al POUM.

Parte I

Ante la situación profundamente revolucionaria que atraviesa España, cuando más necesaria se hace la existencia d e un partido comunista que represente los intereses revolucionarios del proletariado, nos encontramos con que el comunismo español atraviesa la más honda de las crisis interiores conocidas desde 1920. Esta crisis es tanto más grave porque no se trata meramente de una crisis de formación, sino que la crisis es fundamentalmente un reflejo de la política de errores y aventurerismo que desde 1924 sigue la Internacional Comunista. No hay posibilidad de abordar seriamente los problemas relacionados con el partido si no se tiene en cuenta el proceso político del organismo internacional, del cual, en última instancia, la sección española no es más que una ejecutora de su política. Ingenuidad o simplismo político se llama el procedimiento que siguen algunos camaradas de localizar los hechos en torno a la figura de dos o tres militantes, que por otra parte no son más que un producto del curso staliniano de la Internacional Comunista, y en no ver todos los aspectos internacionales que tiene la crisis que observamos en España. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que debamos limitamos a enfrentarnos con el problema internacional sin señalar las peculiaridades que la crisis de la internacional presenta en nuestro país. El análisis de ciertos aspectos, el nacional y el internacional, es el que verdaderamente puede conducirnos a aclarar los orígenes, causas y consecuencias de la actual crisis española.

El partido comunista español se formó en medio de circunstancias particularísimas del movimiento obrero general; circunstancias que determinaron el retraso de su formación y las crisis posteriores. Por una parte, en el seno del viejo partido socialista no había existido ni la más mínima tradición teórica; por otro lado, nos encontrábamos con que cuando el sindicalismo revolucionario había fracasado en sus pruebas en todos los países, en España se hallaba, por una contradicción histórica, en su pleno esplendor. Estos dos hechos daban lugar a dos consecuencias: a una lentitud de la educación marxista del partido, y a una gran dificultad para atraer hacia el partido a las masas obreras, demasiado ilusionadas con los éxitos esporádicos y relumbrantes del anarcosindicalismo.

Los partidos comunistas se han formado en todos los países a través de las minorías de oposición revolucionaria que existieron antes, durante y después de la guerra en el seno de los partidos socialdemócratas. Estas minorías mantenían ya dentro de los partidos, de manera más o menos acertada, los principios del marxismo revolucionario. Constituían núcleos de afinidad marxista, revolucionaria dentro de la socialdemocracia. Batallaban diariamente contra la oligarquía reformista, y se esforzaban por dar una interpretación coherente marxista a la política del partido. Cuando surgieron los partidos comunistas, es decir, cuando surgió la escisión dentro de los partidos socialdemócratas, los nuevos partidos comunistas que surgieron de esta separación se encontraron con un estado mayor teóricamente capacitado a consecuencia de las luchas desarrolladas en el seno del viejo partido. La constitución en estos países del partido comunista fue la derivación lógica de toda una actuación contra el reformismo oficial.

No puede de ninguna manera decirse que éste fuera el caso de España. País de menos tradición marxista, incluso en el sentido equivoco que los socialdemócratas daban a la palabra, no ha existido en Europa. El «pablismo», única definición específica que puede darse a lo que en España ha pasado por socialismo, era una mezcla de obrerismo reformista a secas y de democratismo pequeñoburgués. La divulgación de los trabajos de Lafargue realizada por los viejos socialistas era en el fondo sólo la necesidad de dar un barniz teórico a su política. Los grandes problemas planteados en la socialdemocracia europea no encontraban eco en las filas del socialismo español. Este se hallaba políticamente aislado del mundo.

En medio de esta especie de socialismo doméstico, de este obrerismo sin contenido teórico, no surgieron los grupos marxistas revolucionarios que en otros países libraban batalla contra la política oficial en el seno de los partidos. Sólo durante la guerra se dibujó algo esta tendencia en el movimiento pacifista, pero no internacionalista, del cual era intérprete la Juventud Socialista de Madrid, partidaria de la Conferencia de Zimmerwald. Pero la escasez de fundamento teórico de esta tendencia hacia que suposición fuera el eco de un sentimiento humanitario de sus adheridos y no la consecuencia lógica de una comprensión clasista del problema. Indica esto la misma derivación política que los grupos zimmerwaldianos tuvieron en otros países y la que tuvieron aquí. En los demás países fueron el núcleo director de los partidos comunistas; en España se disolvieron como azucarillo en el vaso de agua y no fueron capaces de encauzar la corriente partidaria de la Tercera Internacional.

Faltos de este desenvolvimiento preliminar en el seno del viejo partido, los integrantes del partido comunista se encontraron sin esa experiencia teórica y práctica que a modo de bagaje revolucionario llevaron los militantes de otros países al seno de los nuevos partidos. La interpretación revolucionaria del marxismo que la IC representaba fue como la aparición ante sus ojos de un nuevo mundo. De aquí surgió aquel horror fatal hacia las veintiuna condiciones, que solo en último caso se aceptaron por un movimiento sentimental de fervor a la revolución rusa. No podía formarse del día a la mañana una nueva concepción revolucionaria; pesaba mucho el pasado y, además, era una grave cuestión improvisarlo todo. Este núcleo, es decir, el procedente del partido socialista, después de varios años de permanencia en él y de no haberse librado del lastre de la educación «pablista», fue el grupo director de más personalidad dentro del partido comunista.

A este núcleo fundamental vinieron a unirse otros dos en el seno de la sección española de la IC. Uno, el de los que se habían iniciado en la actividad política después de la revolución rusa y que habían deglutido apresuradamente la interpretación leninista del marxismo, sin la menor experiencia política ni organizativa; otro, el de los procedentes del anarcosindicalismo, que traían al partido los prejuicios libertarios. El primero de estos dos últimos grupos estaba representado por los que fundamos el partido comunista español. Gente joven, sin experiencia ni sindical ni política, tendíamos a dogmatizar y hacia el sectarismo. Nuestra palabra no hallaba eco más que en camaradas de nuestra misma condición.

De estos elementos tan dispares nació el partido comunista español unificado, en el mes de septiembre de 1921. Hay que advertir que, al localizar el análisis en España, no olvidamos que de elementos de procedencias similares se han nutrido todas las secciones de la IC. Pero la diferencia esencial que trato de establecer consiste en que, mientras en los demás países se encontraban con un núcleo director (el procedente del viejo partido), en España no sucedió lo mismo. Esto contribuyó en gran parte a las crisis que ha atravesado el partido desde 1924.

Otro factor vino a agregarse, factor que hemos insinuado en las primeras líneas de este artículo. Cuando en todos los países se había evidenciado a la luz de los acontecimientos la insuficiencia política del sindicalismo revolucionario, en España éste se encontraba en pleno delirio de triunfos, consecuencia del retraso con que el movimiento capitalista y proletario se han desenvuelto en nuestro país siempre. La demagogia apolítica del anarcosindicalismo había prendido en las masas españolas. Cuando después de la guerra el papel predominante de los partidos comunistas se había evidenciado en toda su necesidad, los dirigentes anarcosindicalistas españoles pregonaban a los cuatro vientos como suprema panacea la organización sindical con carácter «apolítico». El primer partido comunista español surgió en pleno apogeo del anarcosindicalismo, el cual dejaba sentir su influencia hasta en el propio seno del partido. Se tropezaba con la inmensa dificultad de hacer comprender a las masas, influenciadas por el cretinismo «apolítico», la importancia y necesidad del partido disciplinado del proletariado. Debido a esto en gran parte, el desarrollo del partido ha sido lento hasta. estos últimos tiempos, en que ya se ha hecho la experiencia sindicalista y se ha visto su insuficiencia.

Formado en estas circunstancias y con individuos de tan diferente educación política, era natural que en el interior del partido se exteriorizasen estas contradicciones. De una manera más o menos práctica, constantemente, hasta el año 1924, la sección española vivió en permanente crisis. Pero entendámonos bien; al referirme a crisis me refiero a las naturales en el proceso normal del desenvolvimiento de un partido, a las planteadas en el terreno de la honradez política, y no en el campo de Agramante de la concupiscencia, del arribismo y del aventurerismo. Dos de estos grupos directores, el procedente del viejo partido y el de los nuevos militantes, se enfrentaban principalmente en Madrid y en el seno del Comité Central. El grupo de procedencia sindicalista, actuando unas veces como fracción del partido y otras desde fuera, pero queriendo influenciar y ganar su dirección, desarrollaba su actividad frente a estas dos tendencias manifestadas en Madrid y en el Comité Central. A este grupo se agregaba, por necesidades de estrategia circunstancial, el núcleo bullejista de Bilbao, que reaccionaba así contra los ataques que a su política aventurerista, política que ha terminado por vencer y prevalecer en el partido, dirigían las dos fracciones del Comité Central, compenetradas en reconocer la necesidad de acabar con la mala política llevada a cabo en Bilbao.

Sería interesante, pero nos falta espacio para ello, analizar cómo se obstaculizó e impidió la unificación nacional del partido español, contando para esto incluso con el apoyo de Moscú y con sus fondos. Por encima de la suprema autoridad del Comité Central actuaban otros individuos investidos de la autoridad de Moscú y que, aparte de realizar una política plenamente personalista, es decir, de conveniencia personal, obstaculizaban de una manera más o menos consciente el desarrollo del partido en Cataluña.

Como seria igualmente interesante también explicar todo el fondo oscuro, rematadamente oscuro, de la política de los líderes comunistas supremos... de Bilbao. Y haciendo esto se vería cómo la evolución del decadentista Pérez Solís, sus manejos, sus alianzas con capitalistas y clérigos, eran sospechadas por el Comité Central, y como eran Bullejos y su grupo los que le defendían y rodeaban de prestigio, para escudar en su personalidad su sucio complot para obtener el mando supremo del partido.

Al nombrarse el nuevo Comité Central a principios de 1923, comité integrado por las dos fracciones fundamentales del partido, eran importantísimas las tareas que tenía ante sí el organismo director. Había que cohesionar el partido, darle una organización de que carecía. Hacia esto se dirigieron los primeros pasos. El ritmo de esta labor no fue todo lo acelerado que las circunstancias imponían, porque persistían las divergencias entre los miembros del Comité Central y porque todavía no había desaparecido del todo el espíritu de fracción. Sin embargo, sobre los problemas relacionados con el sometimiento a la disciplina del otro grupo hostil a ella, había una plena coincidencia basada en la compresión de las necesidades de la unificación del movimiento comunista en España. Claro está que esta coincidencia no era completa en cuanto a la interpretación de los motivos existentes para ello; pero la coincidencia era completa en cuanto a la necesidad de fortalecer el partido y de someter a su disciplina a todos los que se reclamaban de sus principios. E igualmente existía coincidencia, aunque también por diferentes motivos de interpretación, en la precisión de acabar resueltamente con la política de aventurerismo que llevaba a cabo en Bilbao el actual líder del partido, José Bullejos.

En la realización de este trabajo nos sorprendió el golpe de estado de septiembre de 1923. Ante este acontecimiento, el Comité Central adoptó la política que correspondía a las circunstancias y a la fuerza numérica e influencia de los efectivos comunistas. Nada de una táctica pasiva; pero sí una táctica en consonancia con las posibilidades materiales del partido. Ninguna aventura putschista; pero sí afrontar seriamente la organización ilegal del partido para la actuación. Nada de gestos suicidas; pero sí un trabajo tenaz y eficaz contra la Dictadura. Contención consciente del infantilismo extremista, y actuación revolucionaria práctica de todos los días y de todas las horas.

Pero he aquí cómo al llegar a esto, y a pesar de que hay excelentes camaradas que siguen la política del avestruz no queriendo ver que el curso del partido español es un reflejo de la política de la Internacional Comunista, es forzoso referirnos a nuestro organismo internacional. En el año 1924, después ya de la muerte de Lenin, comienza en la Internacional Comunista la etapa de aventuras. Levantaban cabeza los Pepper, los Manuilski, los Kuusinen, etc., etc. La Internacional Comunista entra en este año de lleno en la política que condujo después al golpe de Estonia, al putsch de Cantón y Sofía, y a tantos otros acontecimientos que han tenido consecuencias desastrosas para el movimiento comunista mundial. El entonces jefe de turno de la internacional, Zinoviev, definía la situación de Europa en la siguiente forma: «No hay que esperar ni siquiera un breve intervalo de pacifismo, una apariencia de pacificación... Europa entra en una fase de acontecimientos decisivos...» Y, consecuencia de esta afirmación fue la política aventurera de ultraizquierda a que se lanzó la Internacional Comunista.

Era Doriot por aquel entonces el brazo derecho de Zinoviev. Doriot hizo en aquella época el célebre descubrimiento de que Abd-el-Krim era el caudillo, investido de poder casi divino, del movimiento de las masas explotadas del Rif. Así nos lo presentaba diariamente «L'Humanité», en artículos que si ahora se reprodujesen producirían sonrojo por la enormidad de estupideces acumuladas en ellos. Poco tiempo después la prensa comunista estaba también llena de ditirambos para Chiang-Kai-chek, que es ya hace años el verdugo de la clase trabajadora china. Por interés del partido francés se quiso imponer en España una política de agitación marroquí que no estaba al alcance de la potencia del partido. Era una táctica aventurera desenfrenada, consecuencia del curso ultraizquierdista y aventurero de la Internacional Comunista.

Así surgió la más profunda de las crisis del partido español, crisis de la que no ha salido todavía. La Internacional Comunista demandaba del partido la realización de un plan de trabajo inmediato, plan imposible de llevar a cabo porque no estaba en proporción con la importancia organizativa y numérica de la sección española. Una dirección con noción de la responsabilidad no podía aceptar aquello. El Comité Central estuvo unánime en reconocer lo disparatado dela prepuesta, y convocó a una conferencia nacional del partido para exponer ante ella su actitud, creyendo, un poco ingenuamente, que la conferencia nacional suscribiría su punto de vista. El fervor hacia la revolución rusa y el acatamiento a las tácticas imperantes en la Internacional Comunista eran tan completas que no nos permitieron ver entonces, a algunos no se lo han permitido ver todavía, que aquel golpe de mano (golpe de mano del que fueron intérpretes tres individuos alejados hoy completamente del movimiento comunista: Eduardo Ugarte, Martín Zalacaín y Daniel Martín), no era sólo el producto de las maquinaciones de un grupo de trepadores comunistas, sino reflejo y consecuencia del curso aventurerista de nuestro organismo mundial.

La falta política cometida por aquel Comité Central fue enorme al rendir los cargos sin librar apenas batalla por los puntos de vista que consideraba juntos. Entregó la dirección del partido a un grupo sin control alguno, sumiso a las órdenes de Moscú, sin responsabilidad de sus actos y que desarrollaba una política catastrófica y suicida. Aquel plan de trabajo cuya realización se nos pedía no era en el fondo más que un aspecto anticipado, y quizás a manera de ensayo, de los «putschs» organizados posteriormente y de esas célebres jornadas de lucha internacional que tantos trastornos han traído a los partidos. El Comité Central dejó paso a las huestes españolas del zinovievismo, precursoras del actual stalinismo. Pero con ser grave la falta cometida por el Comité Central en su conjunto, fue mayor la cometida por mí, que entonces representaba en su seno la oposición de Madrid. Políticamente la vacilación y el titubeo son los errores más graves. Y estos errores los cometí con exceso en aquella ocasión.

Un marxista revolucionario consciente no podía estar conforme, de ninguna manera, con los argumentos que la mayoría del Comité Central exponía como justificación política para la negativa a la realización del plan expuesto por Moscú. La crítica de aquél programa de trabajo había que hacerla no desde un plano reformista, como la mayoría del Comité Central, sino desde el punto de vista de la eficacia revolucionaria. Partiendo de distintas premisas llegamos a un mismo punto de vista. La exageración de la argumentación reformista empleada en la polémica con la nueva dirección del partido hizo que en el último momento yo me separase, no abiertamente, sino con vacilaciones y tanteos, de la mayoría del Comité Central, para hacer ciertas concesiones al núcleo de aventureros que desde entonces dirigen la sección española de la IC. Huyendo de su base política reformista, no concedí valor a la honestidad personal y política de su conducta, sobre todo cuando del otro lado no se daba ni la justeza teórica en la actuación, ni la honestidad personal y política en la conducta. No supe o no tuve energías suficientes para mantener con resolución una postura política justa, que no podía consistir más que en estar equidistante de uno y otro grupo. Durante bastante tiempo me había esforzado por dar vigor a esta tendencia intermedia, sin lograr el éxito completo. El cansancio del esfuerzo y el temor a despertar personalismos me rindió en el último momento. Pero no es necesario insistir sobre esto, que pertenece a una historia más detallada del proceso de formación del partido, historia que quizás algún día se escriba.

Algunos cambios y fluctuaciones sufrió todavía el Comité Central salido del pleno de 1924. Estos cambios consistieron meramente en eliminar de su lado a los que no daban pruebas diarias de suficiente espíritu de aventura. Este artículo es ya demasiado extenso y dejaremos para el próximo número el estudio del desenvolvimiento del partido después de esta crisis de 1924, hasta la fecha.

Parte II

Por esa misma falta de tradición teórica que ya hemos señalado en el número pasado, era relativamente lógico que en las filas del partido comunista español se careciese de la fundamentación política necesaria para basar las discrepancias. Exentos de la argumentación teórica, los problemas con sus matices y contornos tienden a personalizarse alrededor de las figuras más activas de la dirección. La definición de las tendencias se hace más con arreglo al temperamento de los militantes o a las dotes de simpatía personal de los más significados contendientes, que con arreglo a los puntos de vista teóricos. Únase a este defecto inicial los inconvenientes que para la educación política de los militantes tiene el régimen de ilegalidad, régimen en que desde un principio ha vivido el partido, y se explicará hasta cierto modo cómo ha sido posible producir en el partido una profunda crisis, no basada en un principio en modalidades políticas, sino más bien en aspectos temperamentales o simplemente de moral revolucionaria. En este ambiente era natural también que la insinuación de una discrepancia ideológica fundamentada estuviera destinada a ser interpretada en un sentido personalista. El simplismo es políticamente un factor reaccionario. Es la incomprensión del punto de vista, y el punto de vista es, en resumen, el análisis de las cuestiones.

Poco se ha hablado o escrito en España sobre los efectos desastrosos que en las secciones comunistas nacionales, y en la Internacional Comunista en su conjunto, han tenido algunas fórmulas demagógicas del período zinovievista de nuestro organismo mundial. Consignas que en su origen tenían una finalidad esencialmente moralizadora desde un plano revolucionario, se convertían en frases sin contenido, cuando no en taparrabos de maniobras burocráticas. Precisamente el verdadero peligro de las consignas revolucionarias es que difundidas por jefes conscientes y honestos pueden ser motivo de excelente agitación; pero en la boca o en los puntos de la pluma de los burócratas se convierten en lugares comunes sin ningún alcance político o revolucionario. Cuando los burócratas se han asomado alguna vez a los textos de Marx y de Lenin, saben barnizar sus maniobras de burócratas con frases de aparente sentido marxista; pero cuando desconocen hasta el abecé de la doctrina, su aplicación reviste los caracteres del más grosero aventurerismo. Entonces el lugar común se trastorna en única arma dialéctica para aplastar al contrario. Si las consignas de la dirección internacional son desacertadas, las deformaciones que de ellas hacen los epígonos nacionales con cáscara teórica son ridículas, y las deformaciones de los líderes de países como España, sin tradición marxista, son verdaderas mascaradas, bajo cuyos antifaces se oculta el rostro del aventurerismo más desenfrenado.

No están muy lejos todavía los efectos producidos por las tituladas «bolchevización» y «proletarización» de los partidos comunistas, para que sea improcedente referirnos a ello, tanto más cuanto que en España hemos sufrido sus consecuencias, y quizás en esto haya que buscar los orígenes de la actual crisis. La necesidad de la bolchevización y de la proletarización de los partidos comunistas se derivaba del curso natural del desenvolvimiento revolucionario. Las reminiscencias socialdemócratas que quedaban en el seno de algunas secciones de la Internacional Comunista había que liquidarlas definitivamente para que se convirtieran en verdaderas vanguardias del proletariado. Era igualmente necesario pulverizar a los elementos intelectuales arribistas, abogados y periodistas pequeñoburgueses, que sin ninguna sensibilidad comunista vegetaban en el interior de algunos partidos. En este sentido la bolchevización, es decir, dar una orientación netamente clasista a los partidos, era fundamentalmente necesaria, como lo era también acabar con los restos del intelectualismo arribista. Pero de consignas justas en su aspiración, por obra y gracia de los burócratas se convirtieron en arma fraccional para cubrir asesinas necesidades de grupo. En aquellos países como España en que el fervor sentimental hacia la revolución rusa y el acatamiento inconsciente y sumiso a las normas de la Internacional Comunista sustituyen a todo otro motivo consciente de comprensión de las tareas y de las consignas, se convirtieron la «bolchevización» y la «proletarización» en hechos demagógicos para halagar el candor de los militantes auténticamente proletarios.

¿Bajo qué programa se desarrolló en su iniciación el grupo de oposición del partido que después de haber dejado en el camino a algunos camaradas de ruta ha llegado a ser el único núcleo director? Con frases del más bajo linaje obrerista. La residencia del Comité Central, por motivos tanto de índole geográfica como política, era Madrid; el órgano central del partido, por las mismas razones, se publicaba también en Madrid; el núcleo director más capacitado del partido militaba también en la capital. En cambio, los elementos más destacados de la oposición residían en provincias, es decir, en centros más específicamente industriales que Madrid. ¡Bello motivo para la formación de una nueva teoría típicamente demagógica! Se descubrió repentinamente por nuestros bolchevizadores (hay que advertir que los bolchevizadores de los demás países después de haber destrozado los partidos fueron eliminados de su dirección, cuando no de sus filas) que el Comité Central no podía residir en Madrid, verdadero emporio del reformismo obrero. «La Antorcha» no tenía vibración revolucionaria porque se redactaba en el ambiente flácido de la capital. Sobre estos dos hechos se montó una especie de argumentación teórica esgrimida contra aquella dirección del partido. Hubo quien metido en la digresión más descabellada llegó a hacer incursiones por la historia de España para encontrar la explicación de las desgracias que aquejaban al partido en el hecho de haber designado a Madrid como capital de España. De estos hechos se hizo una cuestión política fundamental. Nada de Madrid, es decir, nada de la dirección del partido era justo porque estaba fabricado en la flor y nata del reformismo. A voz en grito se reclamaba el traslado de la dirección a una zona más industrial. Claro está que cuando se trataba ya más concretamente de designar localidad surgían las discrepancias; se estimaba entonces como la más importante donde residía el líder que opinaba.

Producida la crisis de 1924, inmediatamente se dio satisfacción a estos deseos descentralizadores de los oposicionistas ultraizquierdistas y sindicalizantes. La residencia del Comité Central pasó de Madrid a Bilbao, de Bilbao a Barcelona, de Barcelona a París, de París nuevamente a Bilbao. Después, buscando amplitud de campo para sus ambiciones y no queriendo quedar convertidos en simples líderes provincianos, nuestros nuevos directores han fijado su residencia familiar en Madrid, donde por pura casualidad reside de nuevo el Comité Central. No sabemos si la experiencia del traslado a otras localidades ha sido nefasta; ignoramos si hay motivos de verdadera índole política que hayan aconsejado el retorno a la capital; desconocemos si repentinamente Madrid se ha trasformado en el más poderoso centro industrial de España; pero de lo que si tenemos la más completa seguridad es de que nada acerca de esto se nos ha dicho, a pesar de que durante bastante tiempo el traslado de residencia fue el «leitmotiv» del programa de la oposición de ultraizquierda y sindicalizante.

Lo sucedido con el órgano periodístico del partido fue idénticamente igual a lo ocurrido con el Comité Central. Aquella «Antorcha» era demasiado intelectualista, poco proletaria, debido, siempre debido al maldito ambiente reformista y de clase media de Madrid. El órgano central del partido se publica actualmente en la capital; trasformado en diario seguirá publicándose en Madrid. El ambiente madrileño ha cambiado por lo visto profundamente; ha bastado para ello la presencia en la ciudad de José Bullejos. Pero, fuera ironías, conviene bastante fijar la atención de estos hechos, nada baladíes y de más trascendencia de lo que a primera vista parecen. Encaramados a estos pretextos se ha podido ganar la dirección de un partido, lo mismo que a fuerza de actos de verdadera indisciplina bolchevique se ha escalado el mando supremo para imponer desde él la más arbitraria de las disciplinas burocráticas. La conclusión a deducir de estos hechos no puede ser otra más que reiteramos en el absoluto convencimiento que tenemos de que hay todavía mucho que hacer en lo que a la educación política de los militantes se refiere. En el revolucionario sentimental o en el rebelde vulgar, y no hay que olvidar que en nuestros medios abundan los rebeldes vulgares que nada tienen que ver con el revolucionario, prende bien, como pólvora, la demagogia. Un bolchevique es todo lo contrario a un demagogo. Las reacciones sentimentales de las masas, y también de los militantes de los partidos comunistas de escasa formación teórica, son armas de doble filo: pueden lo mismo conducir a una conducta acertada que a una posición suicida.

Otros frutos ha dado la política de bolchevización en las secciones de la Internacional Comunista. Como hemos dicho ya, la táctica de guillotinamiento del intelectualismo arribista estaba justificada. Los abogados, profesores y periodistas preocupados de 'hacer carrera política fueron la mayor plaga de los partidos socialdemócratas. Pero de eso a la caza del intelectual sinceramente revolucionario que se organizó, media todo un abismo. Una vez ingresado en un partido comunista desaparece toda diferencia profesional para prevalecer únicamente la de militante entregado por entero a la causa. El intelectual que ha roto con su pasado, que ha renegado de su medio y de su clase es tan respetable desde el punto de vista de la moral revolucionaria, como el albañil o el metalúrgico. Esta es y debe ser la pura doctrina comunista. Pero no lo ha sido en el período bolchevizador, ni lo es por completo ahora. ¿Qué ha sucedido prácticamente? Que como consecuencia de esta política bolchevizadora se ha eliminado de la dirección de los partidos comunistas a intelectuales revolucionarios, que no han sido sustituidos en las direcciones de las secciones por proletarios, sino por déclassés. Y no creemos necesario decir que en el déclassé, mientras no se demuestre lo contrario, hay siempre en germen un aventurero.

Los grupos anarquistas han estado siempre constituidos principalmente por «déclassés»5. El proletariado auténtico ha estado y está ausente de ellos, es decir, de esos «grupos de afinidad filosófica». Cuando el proletariado se ha acercado al movimiento anarquista huyendo del cretinismo parlamentario de los partidos socialistas, ha sido para enseguida reaccionar formando un movimiento independiente. No otra cosa fue en Francia la reacción sindicalista revolucionaria contra la corriente anarquista. Por su esencia misma los partidos comunistas son todo lo más contrario a aglomeraciones de «déclassés». Por su naturaleza misma son nuestras organizaciones la casa solariega del proletariado industrial. Es él el que nos interesa más inmediatamente conquistar y el que debe constituir la espina dorsal de los partidos comunistas. Pero en el curso actual de la Internacional Comunista, las secciones nacionales, al huir de los intelectuales auténticamente revolucionarios y de los proletarios independientes que no se someten a los burócratas, se ha dado el prevalecimiento al «déclassé», al hombre sin oficio ni beneficio, al aventurero en suma. ¿Por qué? Porque el que más fácilmente se somete a la docilidad, si en el cargo encuentra su único medio de vida y la mejor escalera para trepar políticamente, es el aventurero, el «déclassé». Los equipos de «déclassés» son los equipos de aventureros del curso actual. Lenin estimaba en mucho la necesidad de los revolucionarios profesionales; pero no de los profesionales de la revolución. El hombre que teme a la lucha por la vida porque reconoce su incapacidad ante ella, si es funcionario de un partido revolucionario es capaz de los mayores crímenes por defender su posición. La sangre de los camaradas no le atemoriza; teme más afrontarse con el trabajo diario para ganarse el sustento. Obstaculizar las posibilidades de desarrollo del partido, desaprovechar con su intransigencia deliberada las ocasiones revolucionarias, no es nada para él cuando se trata de no soltar el cargo.

El stalinismo ha creado una corriente internacional de obediencia, que no de disciplina, a los principios y tácticas que la burocracia elabora en Moscú. Para los pequeños funcionarios de los países occidentales no es tan importante ganar efectivamente la confianza de las masas obreras y realizar una verdadera actuación revolucionaria como ganar la confianza ciega de la Internacional Comunista. Y como León Trotsky dice, se transige incluso con estranguladores de revoluciones si éstos dan suficientes pruebas de sumisión y, en el actual período, ante todo y sobre todas las cosas si se muestran dispuestos a combatir a los «trotskistas» y a achacarles aquellos errores de que ellos son responsables. Todo esto ha dado lugar a una serie de costumbres deshonestas completamente condenables desde el punto de vista de la más elemental moral revolucionaria. Se establecen consignas no teniendo en cuenta la situación objetiva del proceso revolucionario en el país, sino con vistas a conseguir el agrado de los elementos dirigentes de Moscú. Estos procedimientos toman un verdadero carácter de caricatura en países como España, distantes de Rusia y con un idioma que ningún dirigente de allí conoce.

Aquel que engaña al organismo de la revolución mundial se hace acreedor con su conducta al fusilamiento moral. Sin embargo, en el actual curso staliniano se les condecora y da el supremo mando. Muchos ejemplos podríamos aducir denigrantes mixtificaciones deliberadas. Recordamos de momento aquel periódico ilegal que publicó su primer número llevando en la cabecera el número 3 para dar la impresión de una antigüedad falsa. Era este mismo periódico el que invitaba a los trabajadores a ingresar en las «Centurias», organizaciones que no pasaron del papel. Claro está fue más recientemente hemos tenido el caso de que Bullejos, con voz trepidante, dijera en el Ateneo de Madrid que el mayor error del 14 de abril había sido no entregar el poder a los soviets, para agregar a continuación que la principal tarea que se impone al partido comunista es la de constituir los soviets.

Ya advertíamos en nuestro artículo del número pasado que para explicar el desarrollo y las modalidades de la crisis del partido comunista español es forzoso referirse a la política de la Internacional Comunista en los últimos años. Es singularísimo el internacionalismo de ciertos camaradas a quienes les molestan las alusiones políticas de carácter internacional. Como no es menos graciosa la actitud de algunos simplistas que ven todas las calamidades interiores del partido español en el hecho de que «la Internacional Comunista es engañada a consecuencia de las falsas informaciones que se le facilitan». Pobre concepto tienen estos camaradas de la Internacional Comunista cuando la creen capaz de dejarse engañar por tendenciosos informes; No; quien verdaderamente os engaña es quien os diga esto. La aspiración de estos artículos es precisamente deshacer esa leyenda. Y para lograrlo nos vemos obligados a entrelazar el curso actual de nuestro organismo mundial con sus repercusiones en España. En la Internacional Comunista existe un criterio de uniformidad mecánica. El régimen imperante es de monolitismo 100 por 100. Moscú es la estación emisora, y Madrid, como las otras capitales, meramente es receptora. Si os molesta el sonido actual de los partidos comunistas, procurad que no salga de Moscú, que es donde se emite.

Para ganar la confianza preliminar de la Internacional Comunista, confianza que les permitiera después el acceso a la dirección del partido, se aceptó por la oposición heterogénea en 1924 un programa que ya hemos dicho que no estaba al alcance de nuestras posibilidades numéricas ni organizativas. En el momento de producirse la crisis, los elementos que constituían el Comité Central dimisionario cayeron encarcelados, como asimismo la comisión ejecutiva provisional que había designado la oposición. Por estas circunstancias fue preciso nombrar un nuevo comité integrado por elementos de las dos fracciones de la oposición. Inmediatamente, y aprovechando las condiciones de indefensa en que se encontraban los antiguos dirigentes del partido, se abrió contra ellos el fuego de la artillería gruesa desde las columnas de «La Antorcha», y por medio de circulares dirigidas a las secciones. Al poco tiempo este nuevo comité caía también bajo las garras de la policía. Fue preciso nombrar otro con residencia en Barcelona. Apenas pasaron unos cuantos meses cuando nuevamente este comité seguía la misma suerte que los anteriores. Durante algún tiempo el partido perdió su brújula directora; careció de dirección, porque un comité tras otro había dado con sus huesos en la cárcel. Y entonces, me es difícil precisar por qué procedimientos, se trasladó la residencia del Comité Central a París, pasando a manos de los emigrados que habían representado un papel tan esencial en el desenvolvimiento intrigante de la crisis.

El Comité Central se vio obligado a realizar el programa de agitación que los antiguos dirigentes habían estimado desproporcionado a nuestras fuerzas. Prácticamente toda la labor quedó concentrada a la publicación de algún manifiesto ilegal, que tuvo poca divulgación. Conocemos por experiencia el alcance que algunos individuos dan a lo que entienden por propaganda ilegal. No hay posibilidad de propaganda ilegal eficaz sin la organización previa de un aparato clandestino. Esta organización ilegal debe ser la garantía de que todo el trabajo subterráneo que se realice sea con los menores peligros posibles de entregar militantes a la cárcel y de desbaratar la organización del partido. Podríamos citar algunos casos en que la publicación de un manifiesto ilegal, del que solo llegaron a repartirse unos centenares de ejemplares, ha dado lugar a que docenas de camaradas se pasaran varios meses encarcelados. Durante algún tiempo se hizo, creo que todavía hoy se utiliza como argumento contra el Comité Central que cesó en 1924, una campaña acusándole de haber prohibido la colocación en las calles de Madrid de un pasquín ilegal redactado por las juventudes. El autor de la calumnia, que para sus propósitos fraccionales hizo suya el grupo Bullejos, fue Agapito García Atadell, ex candidato socialista en las últimas elecciones a las Constituyentes. El Comité Central había procedido en aquella ocasión con perfecta sensatez. Las juventudes habían preparado un pasquín ilegal que se disponían a colocar una noche. Aquel mismo día por la tarde un miembro del Comité Central tuvo una confidencia, que le dio un policía, de que en la Dirección General de Seguridad se conocía ya el propósito de colocar el pasquín y que estaban citados para por la noche gran número de policías para establecer estrecha vigilancia en las calles. Se hizo saber esto al comité de las juventudes, aconsejándole al mismo tiempo que desistiese por unos días de la colocación del pasquín. Ante nuestra indicación, Atadell adoptó un «gesto heroico» rebelándose y diciendo que el pasquín se colocaría por encima de todo. Nosotros, creyendo defender los intereses del partido, convertimos entonces la indicación cordial en prohibición absoluta. Y aquel pobre diablo, que en el fondo agradecía nuestra medida, hizo de ello un arma contra el Comité Central, lo que le valió después para llegar a funcionario retribuido del partido.

Paralelamente a esta labor, el Comité Central de la fracción Bullejos emprendió otra obra: la de acabar con los últimos vestigios de democracia en el interior del partido. Los estatutos de la Internacional Comunista establecen el caso de que en períodos de ilegalidad las direcciones de los partidos pueden proceder a los nombramientos de cargos de arriba a abajo. Se comprenden estos casos de necesidad por la imposibilidad de reunir asambleas. Pero lo que revolucionariamente es justo, lo aprovecha la burocracia para hacer de ello un arma en beneficio de sus intereses e intenciones. El no querer facilitar las tareas policíacas teniendo en nuestro poder datos e informes, y los constantes registros de que hemos sido víctimas, nos han impedido poder guardar y tener ahora datos a nuestra disposición para, de una manera cronológica, poder relatar la política de ensañamiento y persecución de los militantes, que en gran escala organizó el grupo que actualmente dirige el partido. Se llegaron incluso a adoptar medidas tan ridículas como la de prohibir la correspondencia particular entre militantes. Bastaba la menor discrepancia con una medida, no política sino meramente administrativa del Comité Central, para ser inmediatamente expulsado del partido y denostado con los peores calificativos que pueden dirigirse a un comunista. No se paraban ni ante la gravedad de la importancia de calificar públicamente de confidente de la policía a un camarada. Se envenenó de una manera infame el partido. Al poco tiempo de encontrarse en la dirección el grupo Bullejos, los que hasta entonces habían sido militantes más caracterizados del partido fueron expulsados. Las órdenes y contraórdenes de expulsión se sucedían sin interrupción; Los militantes de la base veían diariamente cómo un poder anónimo, que ellos no habían nombrado, ejecutaba a todos aquellos que hasta entonces habían gozado de su confianza. Lo que se pretendía con esto era claro y evidente: imposibilitar la formación en el partido de todo núcleo de oposición a su política. Esto se consiguió al poco tiempo. Cuando la Internacional Comunista vio claro que la política del núcleo director conducía al partido a la bancarrota y quiso buscar la oportunidad de otro grupo en que apoyarse, se encontró impotente para lograrlo. No había otra salida que entregarse en cuerpo y alma al equipo de Bullejos. Pero de hasta donde llegaban sus procedimientos de combate nos lo demuestra un hecho por demás característico. La lucha de tendencias en un partido anima y fortalece el espíritu combativo de todos los que defienden un punto de vista. Los ataques de la fracción contraria son un incentivo para continuar la batalla. Este no fue el caso de España. La caza del militante se organizó con tal ensañamiento, el ambiente de progrom era tal que cundió la desmoralización y el pesimismo en los grupos comunistas de las principales capitales. Nadie respiraba seguro en el partido; se sentía la persecución, la calumnia a todas horas. Se aniquiló a los equipos de viejos militantes. Claro está que en esto la dirección no hacía más que seguir el curso corriente en la internacional. Era la misma norma internacional aplicada a España; pero al mismo tiempo caricaturizada.

No por pasados son menos necesarios de recordar todos estos hechos. Hay que llevarlos también a conocimiento de los nuevos militantes a quienes se les hace creer que nuestras discrepancias son fruto de pura hostilidad hacia las personas que dirigen el partido. Son los actuales dirigentes los más interesados en dar a la crisis un carácter personalista que no tiene. En el próximo número analizaremos otros aspectos de la crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la Internacional Comunista.


1 La primera señal de la muerte de la Internacional vino de la experiencia del «Comite anglo-ruso» (1925–27). Se trataba de un órgano para la colaboración entre los sindicatos rusos y los británicos, creado a iniciativa rusa y que implicaba que la Internacional reconocía la jefatura de los burócratas sindicales laboristas sobre el proletariado británico, absteniéndose de intervenir en la lucha de clases en aquel país. El engendro se formalizó en una conferencia anglo-rusa de sindicatos en Londres en abril de 1925 y su objetivo declarado era hacer presión para evitar una nueva guerra contra la Rusia soviética. En la práctica, una huelga de los mineros ingleses, con la oposición de la dirección sindical, que se convirtió en huelga de masas y paralizó todo el país, obligó a los dirigentes de la Internacional a tomar partido entre los intereses de la URSS (mantener el comité y las relaciones indirectas con el gobierno británico) y los de la lucha obrera (denunciar a la dirección sindicalista y unirse a la huelga).
2 En la primavera de 1927, poco antes de que entraran las tropas de Chiang Kai-shek, los obreros de Shangai se levantaron, derrocaron a la antigua administración y se apoderaron de la ciudad. El fundador del Partido Comunista Chino y luego de la oposición de izquierda, Chen Tsu—hsiu recurrió al Ejecutivo de la Comintern para tratar de hacerle ver la significación del acontecimiento -el mayor levantamiento proletario que el Asia insurgente había presenciado— y de liberar a su partido de sus compromisos con el Kuomintang. Y una vez más él y sus camaradas fueron presionados para que reafirmaran su lealtad al Kuomintang y para que le cedieran el control de Shangai a Chiang Kai-shek. Desconcertados pero disciplinados, rechazando la ayuda que les ofrecían los destacamentos del propio Chiang, los comunistas de Shangai acataron esas instrucciones, depusieron las armas y capitularon. A continuación, el 12 de abril, sólo tres semanas después de su alzamiento victorioso, Chiang Kai—shek ordenó una matanza en la que perecieron decenas de miles de comunistas y de los obreros que los habían seguido. Al mismo tiempo que ésto sucedía el «comité anglo-ruso» se disolvía. Ambas cosas, especialmente unidas, debían de haber sido un duro revés para la fracción estalinista: el «socialismo en un solo país» no solo había abandonado a la represión al proletariado inglés y al chino en apenas unos meses, evitando su desarrollo revolucionario y la culminación lógica de la huelga de masas, es que ni siquiera había sido útil en ninguno de los casos para el objetivo chovinista que perseguían: la relación con Gran Bretaña era peor que nunca y la URSS ya no podía apoyarse en la mayor de las fuerzas feudal-burguesas chinas.
3 Lo que quedó claro tras las experiencias de los años 26 y 27 es que el «socialismo en un solo país» significaba -y para eso se había creado- la supeditación del movimiento revolucionario mundial a la política de paz a toda costa con las potencias imperialistas que la burocracia del partido ruso necesitaba para consolidarse y consolidar con ella al gran capital nacional estatalizado.
4 Véase El Comunismo en España, en Cuadernos de formación marxista #7 . Puede descargarse en marxismo.school.
5 Desclasados, en francés en el original.