El Socialist Workers Party y la guerra imperialista

El Socialist Workers Party y la guerra imperialistaPrólogoEl fondo social americanoLa política militarDerrotismo revolucionario La «defensa de la política de Minneapolis»La cuestión nacionalLa defensa de la Unión Soviética

La oposición a la defensa de Rusia, al programa de transición, y a otras posiciones oficiales, no están expresadas porque esperábamos, para hacerlas, al congreso mundial.

Nota manuscrita de G.Munis en la cabeza de la primera página de la copia usada para hacer esta edición.

Prólogo

El derecho de libre discusión y de critica se encuentra en el origen mismo de los partidos obreros de todo el mundo. A través de la discusión y de la critica común y constante, que constituye la base de la democracia obrera, se ha constituido el movimiento revolucionario, y de ellas se ha nutrido y fortificado. Hasta ahora, sólo el stalinismo las ha suprimido metódicamente. No podía actuar diferentemente, puesto que la discusión ponía en juego la decisión del jefe todopoderoso, y la crítica inevitablemente habría abatido su prestigio. Pero los partida! y grupos de la IVª Internacional no han cesado de oponerse al ahogadero stalinista, ni de reivindicar el método de libre crítica y discusión, que es patrimonio del movimiento revolucionario. Ahí está. la garantía de su éxito.

El Grupo Español en México de la IVª Internacional ha estimado que era absolutamente indispensable un examen profundo de la política de nuestro partido hermano de los Estados Unidos durante la guerra, y ha redactado el documento que se leerá más adelante. Esta crítica del Socialist Workers Party le fue comunicada tan pronto la aprobó el Grupo, pero desde hace un año que le fue transmitida, sigue siendo ignorada de los militantes de nuestra organización. Por eso, estimando que el éxito de la revolución socialista europea en gestación depende en parte de una posición justa sobre la guerra y sobre los problemas de ella desprendidos -tales los de la ocupación por los ejércitos imperialistas anglo-franco-americanos y por los de la burocracia stalinista-, el Grupo Español en México de la IVª Internacional ha decidido publicar su documento.

De la actitud de un partido revolucionario en la guerra imperialista depende, en efecto, en amplia medida, su conducta durante la. paz siguiente. Y, para que sea revolucionaria. esa conducta debe gravitar enteramente en torno a la consigna de Liebknecht: el enemigo está en nuestro propio país. Se sigue que el enemigo exterior, contra quien la burguesía del país considerado quiere arrastrar el proletariado, no puede ser para ella más que un enemigo transitorio, y en fin de cuentas un aliado en el terreno de la lucha de clases. La guerra que acaba de terminarse lo ha demostrando de manera evidente, pese la máscara democrática con que se emperifollaban los aliados en su lucha contra las potencias fascistas del Eje. ¿No se ha vino a los anglo-americanos tratar de conservar a Pétain contra la voluntad unánime del pueblo francés? ¿No se ha visto a esos mismos aliados, respaldados por el imperialismo francés, amenazar a los generales japoneses con juzgarlos como criminales de guerra si no reprimían la insurrección del Viet-Nính? ¿No se ha visto a las tropas rusas mantener en el poder, en Europa oriental, a los peores enemigos de las masas trabajadoras? ¿No se ha visto a los Tres Grandes salvar a una la propiedad capitalista en Alemania y apoyarse contra las masas en los restos del aparato coercitivo nazi? Es qué, por encima de todos los conflictos que los dividen, los imperialistas, la burguesía mundialmente considerada y la contrarrevolución rusa, tienen un interés común que domina todas sus diferencias: el mantenimiento del orden existente.

Si la burguesía mundial y la contrarrevolución stalinista consideran ante todo este interés primordial, el proletariado, a su vez, debe evidentemente preocuparse de arrancar a la primera la propiedad privada de los medios de producción, a la segunda el monopolio usurpado de la propiedad nacionalizada soviética, y a ambas el poder político que constituye el consejo de administración de aquellas. Y para arrancarle el poder a la burguesía, la guerra exterior, que empuja al extremo los antagonismos imperialistas, debe ser aprovechada a fondo por los revolucionarios. Con el mismo propósito debía haber sido aprovechada, en la Unión Soviética, la conducta contrarrevolucionaria del Gobierno, no sólo incapaz de alcanzar una victoria que fuese al mismo tiempo victoria del proletariado soviético y mundial, sino imperiosamente necesitado, igual que los gobiernos imperialistas, de una victoria reaccionaria. Pero para estar en condiciones de aprovechar la ocasión de la guerra, sobre todo en un país tan redondamente imperialista como los Estados Unidos, el partido revolucionario del proletariado debía tener, vis a vis de la guerra, de su naturaleza, del papel de los trabajadores en el conflicto, del cometido concreto de los revolucionarios, ya en la fábrica, ya en el regimiento, una actitud que no se prestara a ningún equivoco. Debía oponerse a la guerra no sólo en palabras, sino en actos.

El S.W.P., ¿ha tenido ante la guerra esa actitud de oposición radical e inequívoca? Se ve una obligado a responder a esa pregunta categóricamente por la negativa. Bien que reconociendo el carácter imperialista del conflicto, no supo sacar las consecuencias que se imponían. En efecto, sí en cada país, en guerra o no, los proletarios tienen por primer enemigo a su propia burguesía, se sigue que deben considerar los proletarios del pais «enemigo» —con la burguesía de quién la suya está en guerra— como sus aliados en la lucha contra el enemigo común: el capitalismo mundial. Es esa una verdad primaria que se deduce del ABC del marxismo revolucionario. Es superfluo decir que esta verdad no es comprendida del conjunto de los trabajadores de cada país en guerra, de lo contrario la matanza habría sido imposible. Pero el primer deber de los revolucionarios es precisamente ilustrar a los trabajadores, a quienes la burguesía ha logrado engañar lanzándolos a la matanza en su beneficio exclusivo.

Es claro que ninguna burguesía toleraría semejante acción de parte de una fracción de la clase oprimida, por pequeña que numéricamente fuera. Lo mismo vale para la burocracia stalinista, quien tiene un interés idéntico en el mantenimiento y desarrollo de los privilegios que usurpa. Pero la acción revolucionaria, que no puede ser conducida abiertamente, debe serlo clandestinamente. El S.W.P., con los medios considerables de que disponía, habría debido emprender una acción resuelta y perseverante en el seno de las fuerzas armadas americanas, constituir en ellas células clandestinas, difundir un periódico enteramente dirigido contra la guerra, preparar el paso de los soldados americanos a las poblaciones revolucionarias de los países ocupados, organizar la vuelta de las armas contra el enemigo interior. Igualmente habría debido denunciar todas las formas de colaboración de clases y apoyo a la guerra reaccionaria, de que se han hecho campeones vergonzosos y conscientes los lideres reformistas y stalinistas. Habría debido, sobretodo, preconizar la fraternización con los soldados «enemigos» y prepararse a ponerla por obra, siquiera por parte de pequeñas minorías. Está fuera de toda duda que, al menos en la última fase de la guerra en Europa, la fraternización habría sido acogida con gozo por los soldados alemanes, a quienes hubiese logrado divorciar de sus opresores nazis, contribuyendo así a abreviar la matanza y a favorecer el despertar político de las grandes masas obreras europeas. Basta considerar la oposición tenaz del alto mando aliado a la fraternización en los territorios ocupados de Europa —incluso en forma totalmente apolítica— para darse cuenta del peligro que representa para la clase dominante. Se puede decir sin ninguna exageración que, en tiempos de guerra, la fraternización entre trabajadores movilizados es el arma principal de la clase oprimida y la más temible, pues está dirigida directamente contra la clase opresora, destruye radicalmente los mitos reaccionarios de la patria, y tiende a hacer saltar los cuadros de la sociedad. capitalista. La fraternización supone, en efecto, la conciencia, de parte de los explotados, del papel que sus amos quieren imponerles; es una rebelión contra él.

La objeción que podría presentarse, según la cual el nivel político del proletariado americano no permitía el empleo de esta táctica, no resiste el examen un solo instante. En efecto, por muy inconscientes que fuesen los trabajadores americanos movilizados de su papel en la sociedad capitalista y del que la clase dominante les impone en la guerra, el deber evidente, inmediato e ineluctable del partido revolucionario —vanguardia de la clase obrera— consistía en mostrárselos. Esperar para emprender esa dirección a que la clase obrera en su conjunto, a la mayoría, esté en condiciones de comprenderlo, sin hacer nada, en medio de los ejércitos mismos, para darle la noción de su justeza, representa una actitud fatalista (nada puedo hacer porque ellos deberán seguir su ritmo propio de comprensión), o pedante (ellos no están en condiciones de comprender nuestra táctica). En el mundo moderno, donde la opresión de las grandes potencias no conoce más límites que sus propios apetitos contrapuestos, el «¡proletarios de todos los países, uníos!», ha de convertirse urgentemente en una regla de conducta ideológica y de acción práctica, o el mundo será hundido en el lodazal de la esclavitud totalitaria. El retraso ideológico de un proletariado respecto de otro constituye un arma peligrosísima en manos de los imperialistas; les permitirá lanzar el proletariado ideológicamente atrasado contra el proletariado ideológicamente avanzado, empleando así los desniveles del proletariado mundial en beneficio de la contrarrevolución. Es evidente que, en el caso concreto del proletariado estadounidense, su retraso ideológico respecto al proletariado europeo encierra una grave amenaza, y que deja mucha libertad de movimiento al Gobierno de Wall Street, el más peligroso de todos los gobiernos reaccionarios, por ser el más potente. Los revolucionarios, lejos de adaptarse al retraso ideológico del proletariado estadounidense, debieron y deben aun esforzarse en calmar el desnivel que lo separa del proletariado europeo, hablándole precisamente de aquello que no entiende: sus deberes de lucha inmediata contra el enemigo interior y contra la guerra más concretamente, su necesidad de aliarse a los proletarios alemanes y japoneses contra la burguesía americana. El argumento del atraso ideológico del proletariado americano, empleado por el S.W.P., se convierte en un argumento más en favor de nuestra crítica. Si el proletariado americano no ha podido sobrepasar aun el estadio de luchas por su inmediato mejoramiento económico, corresponde el partido revolucionario empujarle hasta las luchas políticas y de solidaridad internacional. Toda táctica que se limite a las mejoras económicas es estrecha y no puede ser considerada internacionalista.

En la intervención de los revolucionarios en los sindicatos deben destacarse, junto a las demandas económicas del proletariado americano, las demandas de solidaridad activa con la revolución europea, con el movimiento proletario y anti-imperialista de Sudamérica, con los movimientos independentistas de Asia, Oceanía y África. Si el imperialismo americano está en condiciones de llevar su opresión a todo el mundo, el proletariado americano debe estar en condiciones, también, de llevar su solidaridad dondequiera ponga la mano su burguesía. De otra manera nos encontraremos con que mientras la vanguardia de ese proletariado nos dice: «no podemos poner en práctica tácticas que sobrepasan el nivel ideológico del proletariado estadounidense», el Gobierno de Wall Street aplasta por sí mismo, o ayuda a aplastar a otros, los movimientos revolucionarios existentes en el mundo. No, ni en los Estados Unidos ni en ningún otro país puede considerarse un desarrollo puramente nacional de la conciencia obrera. Cubriendo sus desniveles, el proletariado ha de transformar las necesidades del internacionalismo revolucionario en un hecho concreto, en una realidad militar, o de lo contrario se mostrará incapaz de tomar a su cargo la unificación y la dirección socialista del mundo, y en ese caso los eternos bandidos agarrotarán el planeta de polo a polo.

La segunda guerra imperialista mundial ha terminado, pero continúa la ocupación por los ejércitos imperialistas anglo-americanos, y por los de la contrarrevolución stalinista. Las masas explotadas se elevan contra ella. En ese sentido se está en lo justo diciendo que la guerra imperialista se transforma en guerra civil, y que sólo por esa transformación se emanciparán los pueblos y la humanidad. La intervención inglesa en Grecia, la opresión por la burocracia stalinista en todo el Este europeo, la represión francesa en Indochina, la intervención anglo-holandesa en Java, la rusa en Irán, la ruso-americana en China, la excepcionalmente bárbara de los tres en Alemania y Austria, la perpetua y reforzada intervención de Estados Unidos en Sudamérica, etc., etc., son testimonios demasiado elocuentes para que sea necesario insistir. La fraternización de los explotados movilizados bajo las diversas banderas, y en particular la de los explotados estadounidenses, rusos e ingleses, con las poblaciones de los países ocupados y coloniales, necesaria durante las hostilidades mismas, deviene necesidad apremiante hoy que la revolución socialista alberga en el horizonte de la lucha de clases. En los tres principales ejércitos ocupantes es indispensable y urgente poner en pie una organización clandestina, destinada a apoyar todos los movimientos revolucionarios de las poblaciones ocupadas, y a sumarse a ellos contra los Estados Mayores siempre que convenga a los intereses de la revolución. Cualquier partido que se muestre incapaz de emprender esta tarea no tendrá derecho a llamarse revolucionario. La sucesión de la ocupación yanki-británico-rusa a la ocupación germano-italiana no ha hecho más que cambiar de lugar los términos de la operación revolucionaria, pero no su tarea esencial ni sus resultados. Ayer, recala sobre los proletarios alemanes e italianos la necesidad de volver sus armas contra sus respectivos gobiernos, en solidaridad con las poblaciones explotadas de los países ocupados por las burguesías; hoy el peso principal de esa necesidad recae sobre los proletarios estadounidenses, rusos e ingleses. El hecho que las tropas germano-italianas no supieran o no pudieran organizar la fraternización con las poblaciones de los países que ocupaban, no constituye un argumento susceptible de justificar la pasividad de los partidos revolucionarios de los países cuyas tropas ocupan hay toda Europa y la mayor parte del mundo. Entonces la fraternización encontró su principal obstáculo en el chovinismo de los dirigentes stalinistas y reformistas de los países ocupados. Hay que impedir hoy, que la fraternización encuentre obstáculos en el chovinismo alimentado en las nuevas tropas ocupantes por esos mismos dirigentes stalinianos y reformistas. Ayer, anunciábamos que si la fraternización entre los soldados rasos germano-italianos y el proletariado de los países ocupados, no tomaba cuerpo contra los Estados Mayores de Berlín y Roma, los traidores stalinistas y reformistas, sirviendo de voceros y de agentes militares al imperialismo yanki-británico y a la contrarrevolución rusa, lograrían devolver al cauce imperialista al proceso natural de transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Hoy, nosotros mismos anunciamos que sí la fraternización de los soldados americanos, rusos e ingleses con las poblaciones ocupadas, no llega a ser una realidad en gran escala, la guerra civil será ahogada por los mismos traidores stalinistas y socialistas (sin ellos los Tres Grandes serían casi impotentes), y las ocupaciones harán resurgir los métodos de sabotaje al servicio de las tendencias nacionalistas y reaccionarias, avanzada de una nueva guerra imperialista.

Así pues, teniendo por «leitmotiv», «fuera las tropas de ocupación anglo-americanas», hay que dedicarse seriamente a preparar la realización militar de esa consigna, mediante la fraternización general de los soldados americanos, ingleses y rusos con el proletariado de todos los países ocupados, contra los gobiernos contrarrevolucionarios de Washington, Londres y Moscú.

Es el porvenir de la revolución europea y mundial, de ella sola, lo que ha inspirado al Grupo Español de la IVª Internacional en México las líneas que siguen.

Noviembre de 1945.

 


 

La política practicada durante la guerra por el Socialist Workers Party (IVª Internacional) merece un atento estudio y deberá ser ampliamente discutida por los partidos y grupos de la IVª Internacional en todo el mundo. Constituye un ejemplo notable del si y el no contrabalanceándose, de la aceptación y el rechazo simultáneos, de esguinces ideológicos y defensa escolástica de los mismos; un ejemplo de la elasticidad oportunista que puede sacarse de las ideas revolucionarias más elaboradas, sin caer demasiado manifiestamente en lo ya reconocido y clasificado como oportunista.

La Internacional deberá examinar la política del S.W.P. durante la guerra, convertirla en material de estudio para su militancia, y tomar posición explícitamente, contra o a favor de la misma.

Por nuestra parte, hemos visto desde el principio en la política del S.W.P. una variación oportunista de la política cuartista. La hemos criticado en la medida permitida por las circunstancias y por las urgencias de nuestro trabajo particular. Avecinándose ya un periodo en que será practicable el contacto y la discusión verdaderamente internacionales, rompemos la marcha a la discusión general con este documento crítico. Lleva consigo, se sobrentiende, una petición formal de discusión en toda la internacional, introductora a los debates en el próximo congreso mundial, que ha de decidir sobre el caso.

El fondo social americano

Es difícil creer que el sarpullido oportunista de que se ha cubierto el S.W.P. durante la guerra sea mero accidente. La ocasión no se presenta sino cuando existen condiciones. La guerra ha dado la ocasión, pero las condiciones preexistían en la atmósfera nacional circundante: apacible disfrute de la democracia burguesa, movimiento obrero de escasa experiencia política, influenciadísimo por las ideas burguesas y sin gran actividad revolucionaria en los últimos decenios; a lo que vino a añadirse, ya bajo el tronar de los cañones, el clamor sedicente antifascista atizado por los magnates financieros y gubernamentales. Ahí está la causa original de los consentimientos e inhibiciones en que ha incurrido el S.W.P.

No es la primera vez que un partido es visto en trancas oportunistas, sin atacar de frente los principios de su internacional. Recuérdese el caso del Partido Comunista Francés en los años mozos de la Komintern. Sin transgredir las bases de ésta, se mantuvo constantemente a la derecha; dentro, en general, del círculo revolucionario; rebasándolo aquí y allí con oportunismos esbozados. El imperialismo francés, victorioso, capaz de conceder al proletariado un nivel de vida bastante relativamente, gracias a sus explotaciones coloniales, podía también dejarle la libertad de hablar, suficientemente asordada por los lideres sindicales y socialistas y bien amurallada por las barreras naturales del sistema capitalista. Envuelto en esta atmósfera, el Partido Comunista Francés no pudo inmunizarse bastante para no reflejarla siquiera en grado mínimo. Ahora bien, el medio social estadounidense está incomparablemente más adormilado por las engañifas democrático-burguesas que el medio francés durante el decenio veinte. Sobre nuestros camaradas americanos presionan fuerzas conservadoras mucho más poderosas. Y también las han reflejado, aunque en grado mínimo. La educación bolchevique de nuestra Internacional, rica de la buena experiencia de la Komintern y alertada contra sus errores, es, sin duda, el mejor antídoto para guardarse de las presiones ambientales. Pero, ¡ay!, ni en medicina ni en política existen antídotos infalibles. El medio ambiente del «país más avanzado del mundo», el «más democrático», el de más alto nivel de vida, el de mejor técnica, el menos revolucionario, y aun, el de porvenir menos negro dentro del capitalismo, se ha dejado transparentar a través de la política del S.W.P.

La política militar

Ninguna ocasión más propicia para debilidades políticas que la guerra imperialista, sobretodo en sus comienzos, cuando las masas se dejan atrapar por las añagazas propagandísticas oficiales, y se sienten patriotas. El Partido estadounidense contaba en desfavor suyo con el medio obrero más contaminado de ideas burguesas y el más patriota de los grandes países beligerantes, más aun, sin duda, que el de Alemania misma. Eran de esperarse en él deslices e inhibiciones, en cualquier caso. Pero a esta causa general, podríamos decir ingénita, vino a añadirse otra que aparece como causa inmediatamente generatriz, pasarela fácil al consentimiento oportunista y a la dejación de ciertos deberes: fue la política militar.

De un estudio de la misma, debe pues partir nuestra critica. Cada uno de los errores que censuraremos en el S.W.P. arranca directamente de su política militar. Con ella se justifican o se condenan. Quienquiera apruebe su política militar tiene lógicamente que aprobar su política general, e inversamente.

Como es sabido, la propuesta inicial de lo que podríamos llamar una nueva política militar, partió del camarada Trotsky. Fue formulada por él verbalmente, en esta consigna: «Instrucción militar obligatoria bajo el control sindical», y aceptada precipitadamente por el S.W.P., que la razonó e interpretó a su manera. Trotsky, casi exclusivamente dedicado por entonces al proceso contra los asaltantes del 24 de mayo, y a refutar los ataques continuos de la prensa stalinista y stalinizante mejicana, cayó víctima de Stalin antes de que tuviese tiempo de pormenorizar reposadamente y en forma escrita su pensamiento. Veamos cual es la interpretación del S.W.P. Trata del problema una de las primeras veces el dia 10 de agosto de 1940, en un editorial del Socialist Appeal:

Así, cuando se oponen al reclutamiento (los obreros), es porque no tienen fe en que el ejército en que serán enrolados vaya a luchar por los intereses de los obreros y obreras del país. No son lo que se llama radicales; pero saben que Wall Street mangonea el ejército y la marina, y que Wall Street será el beneficiario de la próxima guerra, no el pueblo (...)

Los verdaderos opositores al reclutamiento (el gubernamental) deben, en consecuencia, hallar una alternativa real que proponer. Existe una. Es instrucción militar obligatoria bajo el control directo de los sindicatos.

A primera vista nada hay que objetar a este editorial. Evidentemente, el beneficiario de la guerra es Wall Street, y el proletariado, sepa o no que Wall Street mangonea el ejército y la marina, sufrirá las consecuencias. Pero la instrucción militar obligatoria bajo el control sindical, así propuesta como alternativa real, contiene tácitamente dos afirmaciones: en primer lugar, que Wall Street no podrá controlar el ejército a través del control sindical, controlando a los controladores; en segundo lugar —cosa ya sugestiva— que el pueblo, y no Wall Street, «será el beneficiario de la próxima guerra» si los sindicatos tienen el control de la instrucción militar; abundando en las palabras del editorial, que el ejército controlado por los sindicatos va «a luchar por los intereses de los obreros y obreras del país».

No nos precipitaremos aun a conclusiones. Debemos continuar exponiendo la interpretación de la nueva política militar dada por el S.W.P. Sin embargo, para redondear el sentido de la cita anterior tenemos que saltar a octubre de 1941 y oír lo que Cannon responde a Goldman en una de las audiencias del proceso de Minneapolis:

PREGUNTA: —¿Los sindicatos actuales no están bajo el control del Partido, no es eso?

RESPUESTA: —No, están bajo el control, esencial o prácticamente completo. de líderes que están en armonia con la presente administración de Roosevelt.

Así pues, el control sobre la instrucción militar de líderes en armonía con la presente administración de Roosevelt, es presentado sigilosamente en el editorial del Socialist Appeal como una «alternativa real» para impedir que Wall Street, el amo de Roosevelt, controle las fuerzas armadas y se beneficie de la guerra. La primicia de la nueva política militar dada por nuestros camaradas estadounidenses era ya muy, propia para hacer sentir la mosca en la oreja.

El mismo año, J.P. Cannon declaraba en un discurso destinado a explicar al Partido las razones de la política militar (Socialist Appeal, 26 de octubre de 1940):

Ellos (los obreros) requieren un programa de lucha militar contra invasores extranjeros, que les asegure su independencia de clase. He ahí el meollo del problema.

Notemos que la aceptación de la lucha contra el invasor extranjero —de la guerra imperialista, hablando sin ambages—, es considerada por Cannon compatible con la independencia de clase del proletariado, y sigamos escuchándole en el más importante de sus periodos:

En el pasado, muchas veces hemos sido colocados en cierta desventaja; la demagogia de los social-demócratas contra nosotros era efectiva hasta cierto punto. Decian ellos: «Vosotros no tenéis respuesta a la cuestión de como luchar contra Hitler, como impedir a Hitler conquistar Francia, Bélgica, etc.». (Naturalmente su programa era muy simple: la suspensión de la lucha de clases y la completa subordinación de los obreros a la burguesía. Ya se han visto los resultados de esa política traidora). Y bien —respondiamos de manera general —, los obreros derrocarán primero a la burguesía interior y después se ocuparán de los invasores. Era este un buen programa, pero los obreros no hicieron la revolución a tiempo.Ahora las dos tareas tienen que ser encaradas y llevadas a cabo simultáneamente. (Subrayado por nosotros).

En esta interpretación de la nueva política militar no se trata para nada de luchar contra la guerra imperialista, sino contra un hipotético invasor extranjero. Lo existente, lo palpable, lo que ya estaba sangrando al mundo cuando se pronunciaba este discurso, es sustraído de en medio de la escena y substituido por algo hipotético, irreal. No se habla de lo que hay, la guerra imperialista, sino de lo que no hay, la invasión extranjera. La atención del Partido fue desviada así de lo que debió constituir su preocupación principal durante los años de guerra. Pero accedamos a considerar real e inmediato el peligro de invasión, en los momentos en que el S.W.P. aprobó su política militar. A menos de caer en los conocidos legalismos socialdemócratas y stalinistas sobre los atacantes o invasores, el hecho no releva a un partido revolucionario del deber de discernir la naturaleza de la guerra. Esta última debe dictar su actitud, no la categoria de atacante o atacado, invasor o invadido. Suponiendo que Alemania hubiese llegado a estar en condiciones de atacar los Estados Unidos y apoderarse de una parte de su territorio, ¿habría cambiado en algo la naturaleza imperialista de la guerra? Absolutamente en nada. Los dirigentes del S.W.P. no se atreverán a pretender que la guerra hubiese adquirido entonces un carácter justo y progresivo por parte de Estados Unidos, injusto y reaccionario por parte de Alemania.

Ahora bien, el entrenamiento militar bajo el control sindical está directamente puesto en relación con la lucha contra el invasor extranjero, independientemente de la naturaleza de la guerra. La lucha contra el invasor extranjero se convierte en la principal tarea; la naturaleza de la guerra en lo accesorio. Por consecuencia, la lucha contra la guerra imperialista cede su puesto y se desvanece ante las necesidades de la lucha contra el invasor. Ninguna declaración formal que haya hecho el S.W.P. declarando imperialista la guerra, puede borrar ese hecho incontrovertible, por otra parte admitido tácita o explícitamente por Cannon y por Goldman, como veremos enseguida.

La única objeción que puede hacérsenos aquí es la atribuida por Cannon a la demagogia socialdemócrata en el segundo párrafo citado de su discurso: «Como impedir a Hitler conquistar Francia, Bélgica, etc.». Ahí se apunta ya un desplazamiento del enemigo interior al exterior, debido a una alteración de los términos en que el problema se plantea objetivamente. En la objeción socialdemócrata, los términos son, de una parte, Francia, Bélgica, etc. (y no se olvide que el etc., en relación con el S.W.P., comprende los Estados Unidos), de otra parte, Alemania, Japón, etc. Las clases y los regímenes sociales no merecen consideración. Al cambiar así los términos, aparece el objetivo falso, impedir las conquistas de Hitler, que no puede ser llevado a cabo dentro del régimen capitalista, sino por la suspensión de la lucha de clases, como Cannon mismo señala. Siguiendo al orador, a ello respondíamos: «Los obreros deberán derrocar primero la burguesía interior y después se ocuparán de los invasores». Pero para el orador la respuesta pertenece al dominio del pasado; ya no es justa, ya no sirve. «Ahora las dos tareas tienen que ser encaradas y llevadas a cabo simultáneamente». ¿Cómo? Mediante la instrucción militar sindicalmente controlada. La cosa no admite dudas ni argucias evasivas. Al adoptar su política militar, el S.W.P. se proponía compatibilizar la lucha militar contra las conquistas de Hitler, con la existencia del capitalismo y con el carácter imperialista de la guerra. Ahora ya no es necesario derrocar primero la burguesía interior; sin haberla derrocado, se puede luchar militarmente contra el «invasor». Nosotros preferimos decir contra el rival del imperialismo americano. A condición de obtener el control sindical de la instrucción militar, el SW.P. apoyaba a su imperialismo en nombre de la lucha contra el fascismo. Si se quiere algo más explícito en este sentido, he aquí un párrafo de Goldman en The Militant (el antiguo Socialist Appeal) del 23 de agosto de 1941: «Los sindicatos pueden movilizar las masas para una lucha efectiva contra el fascismo; sólo con que lo hicieran, darían a la juventud trabajador un ideal y una meta por la que luchar. Tienen la tarea de preparar las masas obreras para la lucha a muerte contra todas las formas de fascismo, vengan de dentro o de fuera». (Subrayado por nosotros).

Perfectamente concorde con la interpretación de Cannon, que vino a ser la interpretación oficial del S.W.P. Así pregonada en todos los tonos y servida a los obreros como el pan cotidiano, la política militar del S.W.P. modifica radicalmente el programa de la IVª Internacional en lo concerniente a la guerra imperialista. No importa que la modificación haya sido y vuelva a ser formalmente negada. El programa de la IVª Internacional pone como «condición» para «defender» la «patria», «agarrotar nuestros capitalistas». Eso dejó de ser necesario para el S.W.P.; le basta con que la instrucción militar esté en manos de los sindicatos para sentir «un ideal y una meta por la que luchar», para darse a la «lucha militar contra invasores extranjeros» pretendiendo al mismo tiempo «asegurar la independencia de clase». La «condición» de nuestro programa no era más que una figura para hacer más comprensible la necesidad de la lucha contra el enemigo interior, era una condición derrotista; la condición del S.W.P. es realmente una condición dentro del capitalismo, es un defensismo condicional, compatible con la sociedad capitalista en general, y en particular con el más potente de todos los imperialismos. Del mismo golpe, la dirección de la lucha principal quedaba apuntada hacia fuera, en lugar de hacia dentro.

Encarar y llevar a cabo simultáneamente el derrocamiento de la burguesía interior (o solamente la lucha en contra sin cuartel) y la lucha militar contra las conquistas de Hitler, es absolutamente imposible. Una de las dos tareas tiene que ceder la preeminencia a la otra, y serle sacrificada total o parcialmente. Sostener lo contrario equivale a borrar de un solo plumazo, y sin ninguna argumentación, todo lo dicho por el marxismo revolucionario desde los tiempos de Marx hasta los de la IVª Internacional. Incluso argumentar sobre ello parece baldío.

Sin embargo, tenemos un excelente punto de referencia a este respecto en nuestra defensa incondicional de la URSS. Al adoptarla, la organización no deponía su lucha contra el stalinismo, pero si reconocía llanamente la preeminencia de la lucha militar contra el enemigo exterior, y la necesidad de atemperar las reivindicaciones obreras contra el stalinismo, siempre que la prosecución de éstas obstaculizase la lucha militar. La misma actitud adoptó la organización respecto a la defensa de los países coloniales contra el imperialismo. Definíéndola, el programa de la IVª Internacional escribía: «Sin dejar de sostener en la guerra un país colonial o la URSS, el proletariado no se solidariza en la menor medida con el gobierno burgués del país colonial ni con la burocracia termidoriana de la URSS. Al contrario, mantiene su completaindependencia política tanto frente al uno como frente a la otra»1.

Creeríase oír a Cannon, en las audiencias de Minneapolis, definir la posición del S.W.P., no ante la URSS o un país colonial en guerra, sino ante la guerra del imperialismo americano:

... no apoyaremos la guerra en unsentido politico.

Nuestra oposición a la guerra es «una oposición política».

...la posición del Partido es que no haya obstrucción de las formas y medios tomados por el Gobierno para la prosecución efectiva de su guerra2.

La independencia política del proletariado en la URSS y en un país colonial, sin dejar de apoyar la guerra, señala en nuestro programa, no la prosecución de la lucha de clases en toda la extensión que permite la guerra, sino lo contrario, su debilitamiento en favor del objetivo supremo, la derrota del enemigo exterior, lo que permitiría en una etapa superior revolverse más desembarazadamente contra el enemigo interior. La lucha simultánea contra ambos, sin concesiones por parte de las masas, ha sido siempre considerada imposible por la IVª Internacional, para la URSS y China. ¿Cómo habría de ser posible para los Estados Unidos que sostienen una guerra totalmente reaccionaria? Dígase lo que se diga, luchar militarmente contra las conquistas de Hitler, sin haber aplastado antes al gobierno de la Casa Blanca, le era absolutamente imposible al S.W.P. sin subordinar total o parcialmente los intereses de los obreros a los de la burguesía, particularmente en lo que respecta a la lucha contra la guerra, lo decisivo en todo período de conflicto interimperialista. Lo veremos más despaciosamente en el apartado sobre el derrotismo revolucionario.

Ciertamente, el S.W.P. no ha equiparado el carácter de la guerra en los Estados Unidos con el que tiene para la URSS y China. La guerra ha sido declarada imperialista por él. Pero en cambio, las definiciones de su conducta como partido frente a la misma tienen un sospechoso parecido con las directivas de conducta dadas por la Cuarta a sus organizaciones en aquellos países.

Con mucha mayor razón que bajo la burocracia es imposible bajo el capitalismo dar «un programa de lucha militar contra invasores extranjeros» sin cejar en la lucha contra el enemigo interior y sin derribar de un solo golpe todos nuestros conceptos sobre la guerra imperialista. Sin embargo, eso es precisamente lo que se pretende en la interpretación dada a la nueva política militar por el S.W.P.

Por añadidura, Cannon se engaña en cuanto a las posibilidades de adopción de la instrucción militar bajo el control sindical. En el discurso referido aventura: «La adopción de nuestra política, o incluso un fuerte movimiento en su favor, dictaría la condenación de los líderes actuales (los de los sindicatos: Lewis, Green, Hillman, Dubinsky, etc.). —paréntesis nuestro—. Nadie creería que semejantes bribones estén dispuestos para empresa tan seria como la instrucción de los obreros para la acción militar». Se equivoca de medio a medio. La burguesía y sus lacayos obreristas estarán dispuestos a dar instrucción militar a los obreros, siempre que puedan servirse de ellos como instrumento de dominación en el interior y en el exterior. ¿Hace falta insistir sobre ello, cuando hay millones y millones de obreros que han recibido instrucción militar de la burguesía? Por otra parte, los líderes actuales adoptarían la iniciativa del control sindical en cuanto las condiciones lo exigiesen, precisamente con la intención de asegurar la lucha «contra el invasor extranjero», y de asegurarse a sí mismos como puntales de Wall Street. Lejos de estar necesariamente perdidos, esa sería una de sus posibilidades de salvación en momentos de gran inestabilidad de la sociedad existente. En España, durante los primeros diez o doce meses de guerra civil, las organizaciones obreras, sindicales y políticas, ejercieron un monopolio absoluto sobre la instrucción militar y el nombramiento de oficiales. Es conocido el resultado de su gestión. El control fue detentado por los dirigentes traidores hasta que pudieron devolverlo al estado burgués, ya suficientemente rehecho. Dato interesante: el ejemplo de España fue sacado a relucir en Minneapolis como si el control de las organizaciones obreras hubiese sido el alma de la guerra civil, cuando no hizo más que sabotearla. En realidad, el ejemplo de España es el más abrumador contra la interpretación dada a la consigna por el S.W.P. En España se vio hasta que punto el control de las organizaciones obreras no revolucionarias sobre la instrucción militar y el nombramiento de mandos, puede servir a la reacción. Y en España se trataba de una guerra civil, la burguesía estaba expropiada y totalmente desarmada; en los Estados Unidos se trata de una guerra imperialista y la aplicación de la consigna prevista por el S.W.P. no implicaba el desarme y expropiación de la burguesía.

Se objetará que en España no existía un partido revolucionario, mientras que en los Estados Unidos vigila el ojo seguro del S.W.P. Argumento sofistico. Una consigna no se adopta porque se la crea impracticable por los traidores al movimiento obrero, sino por las posibilidades revolucionarias que ofrezca aunque sea adoptada por los traidores. El mismo S.W.P. lo indica así por boca de Goldman en el articulo citado y por la de Cannon en la respuesta a Goldman, también citada.

Ahora bien, el control sindical sobre la instrucción militar no aseguraría la independencia de clase al proletariado, como no se la asegura la pertenencia misma a los sindicatos controlados por los Lewis, Hillman, Green, etc. O el S.W.P., coincidiendo con los líderes sindicales en la legitimidad de la lucha contra el invasor extranjero o contra el fascismo (máscaras sobrarían), sólo podría permitirse aquella oposición que no perjudicase la guerra, o condenando ésta, se negaría a darle cualquier apoyo, aun conducido por los sindicatos. Pero en este segundo caso habría caído por tierra su interpretación de la política militar y se hubiese visto obligado a reducirla a los límites de donde nunca debió haber pasado: una reivindicación más del programa de transición semejante a la de «control obrero de la producción». Así como ésta no nos obliga a defender la economía capitalista controlada por los obreros, la de «instrucción militar bajo el control sindical» no debe comprometemos a apoyar la guerra imperialista o a ceder un solo centímetro en las necesidades de lucha contra la misma. Y si la primera consigna es concebida como una palanca para la expropiación del capitalismo, la segunda debe ser concebida como un instrumento de lucha contra la guerra imperialista. Interpretación diametralmente opuesta a la dada por la dirección del S.W.P.

La instrucción militar bajo el control sindical, lograda, ofrecería a los revolucionarios el terreno más ventajoso, dentro del capitalismo, para consumar el desarme de la burguesía y el armamento total del proletariado, únicamente a partir de los cuales es concebible el triunfo de la revolución. Frente a la guerra imperialista facilitaría su transformación en guerra civil. Pero precisamente a condición de mantener como norte la lucha contra la guerra, o sea contra el enemigo interior. La interpretación y la práctica del S.W.P., por el contrario, han estado orientadas en sentido inverso. Peor: explícitamente como ya ha sido citado, tácitamente de mil maneras, ha considerado la instrucción militar bajo el control sindical como un medio de compatibilizar los intereses de las clases explotadas con la guerra actual... en nombre de la lucha contra Hitler. Una vez lograda la consigna, el S.W.P. consideraba cumplido el requisito fundamental para una lucha verdadera contra el fascismo, para dar su apoyo a la guerra. En lugar de concebir la consigna como instrumento de transformación de la guerra imperialista en guerra civil, la concibió como un medio de inhibición ante las obligaciones prácticas de esa transformación, de desviación de la lucha principal, del interior al exterior.

lnsistirernos con un ejemplo muy conocido en nuestros medios. En los períodos revolucionarios, cuando las masas creen defender sus intereses respaldando a los dirigentes reformistas y stalinistas, nuestra organización lanza la consigna de formación de gobiernos de aquellas organizaciones en quienes las masas tienen aun confianza o de las cuales no han logrado separarse. Muchas veces en el pasado hemos lanzado la consigna de «gobierno socialista», y en el presente será quizás necesario lanzar la de «gobierno staliniano-socialista». Cual era el objeto de esa consigna, ¿compatibilizar los intereses de la revolución con el apoyo al estado capitalista representado por dirigentes traidores, o facilitar la lucha de las masas contra ambos? Evidentemente lo segundo. Gobiernos de ese género precipitan la experiencia de las masas, con lo que los revolucionarios disfrutan de mayores oportunidades para conquistar la mayoría. De manera semejante, la instrucción militar bajo el control sindical debió ser planteada como una consigna que, por una parte, demostrase a las masas que el control de dirigentes traidores no alteraba el carácter reaccionario de la guerra sedicente antifascista, y que por otra parte facilitase la evolución de las masas armadas hacia los revolucionarios, para transformar en civil la guerra imperialista.

La consigna de instrucción militar bajo el control sindical no es ninguna «alternativa real» a la guerra imperialista, como no es una alternativa real al capitalismo la consigna de gobierno staliniano-reformista o la de control obrero de la producción; todas ellas son consignas experimentales para las masas, destinadas a servir de puente entre su estado de evolución dado y la acción insurreccional. Ahora bien, presentando la consigna como un medio de compatibilizar la lucha contra el enemigo imperialista de su burguesía con los intereses de las masas, como alternativa real, el S.W.P. la convertía en limite de sus esfuerzos durante la guerra, no en palanca de lucha contra la misma. En otras palabras, el S.W.P. cambió la meta de transformación de la guerra imperialista en civil, por la de lucha militar contra el fascismo bajo el control de los sindicatos.

En vano hemos buscado en la prensa de nuestros camaradas americanos algo que contradiga lo anterior. Ni siquiera una declaración formal de que el carácter imperialista de la guerra y la oposición a la misma por parte del S.W.P. no cesarían en caso de que la instrucción militar fuese otorgada a los sindicatos. Nuestros camaradas se han negado a hablar de ello deliberadamente, puesto que habiéndolo pedido el camarada Munis en su «Crítica del proceso de Minneapolis», la larga respuesta de Carmen se desentiende del problema .

No podían responder porque su interpretación de la nueva política militar les llevó a un debilitamiento de su posición frente a la guerra imperialista, a una inhibición, especie de neutralidad por la que se impusieron la obligación de no obstruir «las formas y medios tomados por el gobierno para la prosecución efectiva de su guerra». En realidad, esta y otras declaraciones incapacitaban el S.W.P. incluso para luchar seriamente, dentro del ejército, por su propia concepción de la política militar. Ninguna lucha seria podía llevarse a cabo sin la obstrucción que él condenaba. A partir de ellas, con o sin instrucción militar controlada por los sindicatos, el enemigo principal fue para él Berlin y no Washington.

Evidentemente, nuestros camaradas americanos pretenderán que su interpretación de la nueva política militar corresponde C por B a la idea de Trotsky. Lo negamos terminantemente, pero si así fuera estaríamos igualmente en contra. Tenemos, como elemento de juicio a este respecto, una interesante carta de Trotsky a uno de los dirigentes americanos, escrita el 19 de julio de 1940 y publicada en Fourth International, número de octubre del mismo año:

Es muy importante —dice— comprender que la guerra no nulifica o disminuye la importancia de nuestro programa de transición. La característica de la guerra es que acelera el desarrollo. Ello significa que nuestras demandas revolucionarias de transición se harán más y más reales, efectivas, importantes, con cada nuevo mes de guerra. Sólo tenemos, claro está, que concretizar y adaptarlas a las condiciones. Por eso, en su primer párrafo, yo eliminaría la palabra «modificar» porque puede producir la impresión de que debemos modificar algo de principios[^3].

La carta se refiere por entero al problema de la instrucción militar bajo el control sindical. Los dirigentes americanos no son párvulos a quienes haya que repetir continuamente el ABC. La alusión a la no disminución de la importancia del programa de transición y la demanda de eliminación de la palabra «modificar», indican un desliz a la derecha en el o los interlocutores de Trotsky.

La misma idea da esta otra cita de la carta:

En su párrafo cuarto, dice usted: «Una vez que el servicio obligatorio sea hecho ley nosotros cesamos de luchar contra él, pero continuamos nuestra lucha por la instrucción militar bajo el control obrero, etc.». Yo preferiría decir: una vez que el servicio obligatorio sea hecho ley, nosotros, sin cesar de luchar contra el estado capitalista, concentramos nuestra lucha por la instrucción militar, y así sucesivamente.

Al final de la carta, aparece claramente formulado el objetivo de la nueva consigna: «la instrucción militar obligatoria (bajo el control sindical)3 sólo puede facilitarnos la creación de la guardia obrera de defensa».

Aquí no asoma por ninguna parte la compatibilización de Cannon entre la lucha contra el hipotético invasor y los intereses de las masas. No asoma más que la consigna experimental de que acabamos de hablar. Todo ello cuadra perfectamente con lo dicho en el programa aprobado en la conferencia de fundación de la Cuarta, cuyo apartado «La lucha contra el imperialismo y contra la guerra», contiene las siguientes consignas:

Instrucción militar y armamento de los obreros y campesinos bajo el. control inmediato de los comités de obreros y campesinos;

Creación de escuelas militares para la formación de oficiales procedentes de las filas de los trabajadores, escogidos por las organizaciones obreras;

Substitución del ejército permanente, es decir, de cuartel, por una milicia popular en liga indisoluble con las fábricas, las minas, las granjas, etc.

Estas y otras consignas siguen a la primera de todas:

¡Ni un hombre, ni un céntimo, para el gobierno burgués!

La formación de la milicia obrera, que en el programa está dada como reivindicación inmediata, adquiere un carácter mediato con la consigna: «instrucción militar bajo el control sindical». En el programa, la consigna de instrucción militar se liga directamente a los órganos de poder obreros; retrotrayéndola a los sindicatos, Trotsky no podía tener otra intención que precipitar la formación de la milicia obrera y de los órganos de poder, probando experimentalmente al proletariado que el control de los dirigentes traidores sobre el ejército no alteraba el carácter imperialista de la guerra, que no la convertía en verdadera lucha contra el fascismo. Ese es su objetivo principal, facilitar la realización de la consigna del programa. Ello concuerda con nuestro programa y con las necesidades de la lucha contra la guerra imperialista formuladas en el mismo; la interpretación de nuestros camaradas americanos contradice a ambos. Como está claramente expresado en las citas dadas, la instrucción militar bajo el control sindical constituye para ellos un objetivo en si mismo, capaz de compatibilizar la independencia de clase del proletariado con la defensa nacional bajo el capitalismo, de dar a la clase obrera «un ideal y una meta por la que luchar». Así se explica su actitud pasiva frente a la guerra, sobre todo en los momentos culminantes, durante el proceso de Minneapolis y después. Las consignas de agitación, ¡ni un hombre, ni un céntimo para el gobierno burgués!, ¡abajo la guerra imperialista!, quedaron enterradas en la conciencia de nuestros camaradas. Ninguna agitación contra la guerra por parte del S.W.P. Abundante agitación, por el contrario, sobre como asestar a Hitler golpes mortales... como transformar la guerra imperialista en verdadera guerra contra el fascismo... Nada tiene de extraño que el camarada S. Joyce, confundiendo a Trotsky con el S.W.P., se irguiese contra la política militar exclamando:

Si un revolucionario alemán lanzase la consigna: «transformación de la guerra imperialista en verdadera guerra contra la plutodemocracia», lo acusaríamos de adoptar como verdadera la máscara de Goebbels4

No más que esta transformación vale la del S.W.P. y sus «cómos» golpear a Hitler. Si hubiese dicho... en la cabeza de Roosevelt, la cosa habría cambiado radicalmente.

En Minneapolis, la cuestión se limitó a demostrar, por parte de Cannon-Goldman, que el S.W.P estaba, de una manera u otra, por el servicio militar obligatorio. Redefiniendo la posición del Partido, Cannon contesta:

Nuestra resolución dice que nuestros camaradas tienen que llegar a ser buenos soldados, de la misma manera que le decimos a un camarada en una fábrica que tiene que ser el mejor sindicalista y el mejor mecánico, para ganar la confianza y el respeto de sus compañeros.

Todo está aquí confundido. Ciertamente, el mejor mecánico puede ser también el mejor sindicalista y aun, si se quiere, el mejor revolucionario, pero nunca esto último y el mejor sirviente del patrono a la vez. A menos de transformar el Partido, de una escuela revolucionaria en una escuela técnica y moralizadora, la propaganda principal del mismo no puede estar dirigida a hacer buenos mecánicos, sino buenos sindicalistas y buenos revolucionarios. Lo mismo es verdad de un buen soldado. Puede ser el más ducho en lo tocante a las armas y el más estorboso para la disciplina y los deberes del patriotismo burgués. El revolucionario empieza precisamente en la segunda parte, no en la primera. La recomendación: ser un buen soldado no debe tener, para un partido revolucionario, más que esta significación: no desertéis la suerte de vuestra generación, id con ella, y aprended el manejo de las armas. El verdadero problema de la acción política (o de la propaganda, para que el camarada Cannon no nos cite otra vez a Lenin), empieza a partir de ahí, a partir del momento en que el soldado, hábil o inhábil técnicamente, es capaz de constituirse en catalizador contra la disciplina burguesa y contra las finalidades reaccionarias del ejército. Millones de soldados no han tenido necesidad de los consejos del Partido para adquirir gran pericia en el manejo de las armas, pero si los necesitan para luchar contra el Estado Mayor de Wall Street. Y bien, las definiciones dadas de la política militar por el S.W.P., quedándose en la recomendación de ser buenos soldados, pueden ayudarles poco en este sentido. A menos que el Partido haya hecho otra propaganda que la conocida legalmente (y hasta ahora, nada ha llegado a nuestros oídos), esas definiciones les han inducido más bien a ser buenos soldados no sólo técnicamente, sino también en el sentido disciplinario y burgués de la palabra, el que tiene para el Estado Mayor: soldados sumisos a sus designios.

Hoy, el ejército americano ocupa una parte de Europa y de Oceanía. Está ya desempeñando el cometido de verdugo de la revolución. ¿Qué valor tienen las recomendaciones de ser buen soldado y cumplir lo que sea ordenado? ¿No habría sido mejor advertir lo que ocurriría y recomendar lo que debería hacerse en contra? Conocemos de antemano la objeción: «nuestra tarea en Minneapolis no era ayudar al acusador fiscal». Pero no era el fiscal quién preguntaba, sino Goldman, previa elaboración con los demás dirigentes del Partido, de lo que debía ser preguntado y respondido. ¿Para qué plantearse a sí mismo preguntas que no se querían responder debidamente? ¿Se debía o no se debía decir otra cosa, se debía o no se debía recomendar a los soldados la organización contra el Estado Mayor burgués? Si se debía, como nosotros pretendemos, ¿dónde, cuándo y cómo lo ha hecho el Partido? Abordar el problema de otra manera seria leguleyo.

Derrotismo revolucionario

Cayendo dentro de este dominio, directa o indirectamente, toda la política del Partido, el material criticable es superabundante. Pero no podremos referirnos sino a una pequeña parte, aquella de donde se deriva el resto. Una crítica completa de este aspecto de la política del S.W.P. requeriría un voluminoso folleto, si no un libro. Sobre todo porque frecuentemente hay que habérselas con declaraciones y actitudes ambiguas, escurridizas, como especialmente ideadas para facilitar la escapada en uno u otro sentido. El curso de la discusión mostrará si es necesario o no ampliar esta crítica.

Lejos de ambigüedades, nosotros preferimos comenzar por una declaración terminante que esperamos argumentar satisfactoriamente: el S.W.P se ha ciscado en el derrotismo revolucionario; la política que él ha defendido como una aplicación táctica del derrotismo a las condiciones americanas, difícilmente puede ser interpretada de otra manera que como una desviación centrista. Que los documentos hablen.

En The Militant (29—3-1941), Goldman, sobre quien la desgracia ha hecho recaer una buena parte de lo peor, escribe bajo el título: «Dónde estamos», una serie de preguntas y respuestas destinadas a dar al proletariado una idea elemental del derrotismo revolucionario. El articulo debería ser reproducido íntegramente en todas las lenguas, para escarmiento de la militancia cuartista:

PREGUNTA: —Pero ustedes pretenden ser derrotistas revolucionarios y eso significa que ustedes quieren que su país sea derrotado por Hitler, ¿no es asi?

RESPUESTA: —Nada de eso. Quienquiera diga eso o no comprende lo que es derrotismo revolucionario o es simplemente un maligno calumniador. Nosotros estamos más interesados en derrotar a Hitler que Churchill y Roosevelt. Estos dos representantes de los capitalistas dirigentes de sus países pueden fácilmente llegar a acordarse con Hitler.

PREGUNTA: —Pero, ¿no están ustedes ayudando a Hitler a ganar, no apoyando la guerra?

RESPUESTA: —En lo más mínimo. Todo lo que nosotros hacemos ahora es educar a los obreros en nuestro punto de vista. Les decimos la verdad en cuanto al carácter de la guerra y lo que hay que hacer para ganar la guerra contra todos los capitalistas. Tanto nuestros miembros como los obreros a quienes influenciamos tienen que ir a la guerra y hacer lo que le digan los gobernantes de este país. Mientras no tengamos una mayoría tras de nosotros,no estamos en condiciones de hacer otra cosa que obedecer órdenes...5

Por si no bastara, al final, el artículo invierte completamente la concepción del derrotismo revolucionario:

Mírese lo ocurrido a Francia. Los capitalistas tenían el control. Y dirigieron la guerra de manera miserable y capitularon de manera miserable. ¿Por qué? Porque importantes sectores de la clase capitalista francesa simpatizaban con Hitler, y otros sectores tenían miedo que la victoria francesa condujese a una revolución obrera6.

Se puede derrochar casuística defendiendo estos párrafos como una presentación táctica, elemental, realista, matizada a las condiciones americanas, del derrotismo revolucionario. No entraremos, ciertamente, en el terreno del ergotismo7, aunque se nos quiera llevar a él. Ante esas y otras parrafadas, la más elemental sensibilidad revolucionaria dicta una sacudida de rechazo. Las causas de lo sucedido en Francia, de acuerdo con el articulo de The Militant, escapan a la más leve interpretación revolucionaria de los hechos, y, a la vez, acusan un desconocimiento de la situación real en Francia, desde la movilización a la derrota por Hitler. Por otro lado, coinciden con la versión propalada por los hombres del Frente Popular francés, y aun por algunos del sector demagógico del régimen de Vichy.

Dispuestos a desconocer el derrotismo revolucionario, en el caso específico de Francia se ignora la actitud de desgana e indiferencia del proletariado francés ante la guerra; el verbalismo derrotista del stalinismo, por aquel entonces al servicio del Pacto Hitler-Stalin, y la impopularidad general de la guerra, que sumó a los descontentos grandes capas de la pequeña-burguesía campesina y ciudadana. Hechos estos que crearon una atmósfera tal en el ejército, en la fábrica v en el campo, que aun contando con la buena voluntad de los capitalistas franceses no hubieran permitido «ganar» la guerra.

La clase capitalista francesa es evidente que simpatizaba con Hitler, como la de todos los países, y no por casualidad o excepción, sino por ser Hitler quien en aquellos momentos daba la mejor pauta contrarrevolucionaria. Pero la simpatía hacia Hitler como el más acreditado verdugo del proletariado, no eliminaba las contradicciones entre el capitalismo francés y el alemán en la esfera económica mundial, como en la anterior guerra imperialista los sentimientos pro-germánicos de la aristocracia rusa y de un sector también de la gran burguesía, no impidieron la guerra entre estos dos países. Por otra parte, la simpatía hacia Hitler y la defensa de los intereses económicos nacionales, las ha conjugado el capitalismo de los países llamados aliados, combatiendo el totalitarismo en el plano internacional de las rivalidades imperialistas, por un lado, e intentado por otro imponer los métodos totalitarios en el interior de sus fronteras o en las de los pueblos bajo su dominación colonial. Pero suspendamos esto para otra ocasión. No hemos citado el artículo de Goldman sino como el antepasado más legítimo de la política que se incensó en Minneapolis y después de él. Durante el proceso, fue citado como argumento de descargo, dándole así un carácter de declaración oficial del Partido. Añadamos solamente que todos los términos del derrotísmo revolucionario han sido colocados patas arriba; la vista es desviada del enemigo principal, el interior, al enemigo exterior; la lucha contra el ejército capitalista es transformada en sumisión; las oportunidades revolucionarias del proletariado ya no son facilitadas por los reveses de la propia burguesía. A creer que los capitalistas franceses, o una parte de ellos, se entregaron a Hitler por temor a que «la victoria francesa condujese a una revolución obrera», la tarea principal de los trabajadores de las Naciones Unidas sería obligar la burguesía a hacer la guerra y a ganarla. Ese articulo, piedra angular de la política del S.W.P. durante la guerra, transforma el derrotismo revolucionario en «triunfismo revolucionario», permítasenos la expresión. Pero no se olvide que la interpretación americana de la nueva política militar exigía triunfismo en la misma medida en que soterraba el derrotismo.

Sembrada la semilla creció la planta y fructificó. Los errores y evasiones que achacamos a nuestro partido estadounidense, tuvieron su expresión más cabal en la política expuesta en el proceso de Minneapolis y en la conducta de la prensa durante el período más álgido de la borrachera patriótica y «antihitlerista». Nos referiremos principalmente a él. A ellos nos obliga, además, el que lo dicho durante las audiencias haya sido presentado punto menos que como una obra maestra de aplicación táctica de nuestras ideas, y defendido más tarde en el mismo sentido, por el camarada Cannon, con buen fárrago de citas que la mayoria de las veces nada tienen que ver con la cuestión de litigio. Por nuestra parte limitaremos las citas al mínimo o a la nada si es posible, excepto para las ideas expresada por nuestros camaradas, que deben ser servidas en su propia salsa. Estamos convencidos de que este trabajo critico saldría sobrando si la Internacional toda pudiese conocer, completo, cuanto se dijo en Minneapolis, y durante y después de Minneapolis, en la prensa y en los comités responsables.

He aquí como fue definida, en una de las audiencias, la oposición del S.W.P. a la guerra. Pregunta Goldman, prominente dirigente del Partido, a la vez acusado y abogado defensor; responde Cannon[^9]:

PREGUNTA: —¿Cuando dice usted «no apoyo a la guerra», qué haría exactamente durante una guerra, que indicase su no-apoyo a la guerra?

RESPUESTA: —En cuanto disfrutemos de nuestros derechos, hablaremos contra la guerra como una falsa política que debería ser cambiada, en el mismo sentido —desde nuestro punto de vista— que otros partidos puedan oponerse a la política exterior del gobierno, en tiempo de guerra, igual que Lloyd George, por ejemplo, se opuso a la guerra de los Boers en proclamas públicas y discursos. Ramsey MacDonald, más tarde primer ministro de Inglaterra, se opuso a la política bélica de Inglaterra durante la guerra mundial de 1914-18. Nosotros mantenemos nuestro propio punto de vista, que es diferente del punto de vista de las dos figuras políticas que acabo de mencionar, y mientras se nos permita ejercer nuestro derecho, continuaremos escribiendo y hablando por una política exterior diferente para América.

P. —¿Dará el Partido cualesquiera pasos prácticos, por decirlo así, para mostrar su oposición a la guerra, a su no-apoyo a la guerra?

R. —¿Pasos prácticos en qué sentido?

P. —¿Trataría el Partido de sabotear la conducta de la guerra en cualquier forma?

R. —No. El Partido se ha pronunciado específicamente contra el sabotaje. Somos opuestos al sabotaje.

P. —¿Que es eso... que entiende usted por sabotaje?

R. —Es decir, obstrucción de la función de las industrias, de los transportes o de las fuerzas militares. Nunca, en ningún momento, ha tomado posición nuestro Partido en favor de la obstrucción o sabotaje de las fuerzas militares en tiempo de guerra.

P. —¿Explicará usted las razones de por qué?

R. —Mientras seamos, una minoría, no tenemos más opción que sometemos a la decisión que ha sido tomada. Se ha tomado la decisión, y es aceptada por la mayoría del pueblo, de ir a la guerra. Nuestros camaradas tienen que cumplir con ello. Siempre que sean reclutables deben aceptarlo, junto con el resto de su generación, ir y cumplir el deber que les es impuesto, hasta el momento que hayan convencido la mayoría para una política diferente.

P. —¿Así, esencialmente, su oposición durante la guerra sería del mismo tipo que su oposición anterior a la guerra?

R. —Una oposición política. De eso es de lo que hablamos.

Lo primero que se observa aqui es que la oposición a la guerra está cambiada en «no apoyo», lo que permite pasar casi insensiblemente, de la lucha contra la guerra a continuar «hablando y escribiendo por una política exterior diferente para América». Que se nos trate de convencer, con cargas de citas o sin ellas, que «no apoyar», es lo mismo que oponerse y luchar contra, o si se quiere, una presentación táctica de esto último. Continuaremos gritando: ¡No y mil veces no!; si lo creéis, defended francamente que la posición justa para Estados Unidos era el no-apoyo, no la oposición y la lucha contra. Pero si se quiere hacernos tragar lo primero como un aspecto táctico de lo segundo, diremos sin ambages: no prostituyáis la noción táctica.

Por táctica nosotros comprendemos las modalidades aplicativas de un principio o de consecución de un objetivo, a partir de los problemas cotidianos de las masas. El principio echado en medio de la mesa era el derrotismo revolucionario; el objetivo, asestar golpes a la propia burguesía. La táctica debiera pues relatarnos que es lo que hubieran debido hacer los obreros y los soldados para luchar contra la guerra y asestar golpes a la propia burguesía. Pero sobre esto los interrogatorios y discursos del proceso guardaron una discreción hermética. Lo mismo hizo la prensa. Lo poco que se dijo fue negativo: nada de protestas contra el rancho, o de insubordinación (¿qué lucha es posible sin insubordinación?).

Pero veamos el interrogatorio más de cerca, aunque para muchos este examen parezca prolijo. Cuando Goldman pregunta: «¿…qué exactamente haría el partido durante la guerra que indicase su no-apoyo a la guerra?», se espera oír una explicación de la táctica del Partido para conseguir su objetivo derrotista. Lo que se hace «exactamente» es la táctica, y el conjunto de la acción da el apego al principio, aunque no de siempre su logro. Pero como muestra «exacta» de su no-apoyo a la guerra, Cannon repite que no la apoya. ¿lnhabilidad, torpezas de la improvisación? Somos escépticos sobre eso. Más bien nos parece demasiada habilidad y demasiada elaboración previa de las preguntas y respuestas. Todo ese diálogo tiene por único objeto terminar diciendo que el Partido, mientras no gane la mayoría, nada absolutamente hará contra la guerra, excepto someterse y cumplir «el deber que le es impuesto». En lugar de consejos prácticos, tácticos, a las masas, se llega a lo contrario; consejos de inhibición y quietismo que para nada les sirven, aunque por sí mismos no fueran condenables. Esos consejos habrían tenido utilidad en el caso de que las masas, o siquiera la minoría de ellas, desbordaran de espíritu puschista, aventurero. ¿Era ese el caso de los Estados Unidos, dígase con sinceridad? Todo lo contrario. En ningún otro país las masas necesitan más consejos y espabilamiento revolucionario. El diálogo no tiene, en el fondo, más que un motivo legal, y decimos legal en su sentido puramente leguleyo. Después volveremos sobre ello. Ahora continuemos esta penosa disección.

Quedamos en que como muestra práctica del no-apoyo, Cannon no apoya. La respuesta es un sinsentido tautológico. Pero no sin razón; porque si el no… apoyo hubiese significado realmente para la dirección del Partido oposición y lucha contra, el interrogado habría sentido la necesidad de decir a las masas como ponerlo por obra; Cannon habría respondido en lugar de evadirse. Si la pregunta de Goldman rebota en Carmen y le es devuelta en forma de respuesta, es porque el preguntado nada tenía que decir respecto a los procedimientos exactos de lucha contra la guerra; porque la dirección del Partido concebía su actitud durante la guerra como no-apoyo, y el no-apoyo como no-lucha contra. Así pues, la conversión de la expresión «oposición a la guerra» en «no—apoyo», nos ha colocado ya en un terreno totalmente diferente. Y una vez hecha esa transposición, el empleo de la expresión «oposición a la guerra», tiene sólo la significación de no-apoyo, no-lucha contra: prácticamente, neutralidad.

Podría pretenderse que la última frase de la primera contestación citada satisface la pregunta y las necesidades políticas del momento. Pero no es más que una coletilla de la misma tautología. «Continuar escribiendo y hablando por una política exterior diferente para América», no es ni más ni menos que lo comprendido en el no-apoyo. Lo que se hará «exactamente» está dado de lado. Eso ratifica en lugar de negar lo afirmado por nosotros. En efecto, una política de no-apoyo puede satisfacerse escribiendo y hablando; una política de oposición y lucha contra, escribe y habla para completarse con algo más. ¿Y en qué se distingue una política revolucionaria de otra parlona si no es en la acción? Esta última palabra, empleada en la «Crítica del Proceso de Minneapolis», despertó una viva cólera en el camarada Cannon. Sentimos volver a enojarle, pero el «ultraizquierdismo», diablo de malas pulgas, nos hostiga en esa dirección continuamente. Después regresaremos a lo del ultraizquierdismo. Añadamos, en conexión con lo anterior, que los ejemplos de Lloyd George y MacDonald se compaginan perfectamente con el no—apoyo, pero se dan de topetazos con la lucha antibélica; van del brazo con el hablar y escribir en pro de una política exterior diferente, pero están a la greña con la acción revolucionaria, derrotista.

Lo segundo que se advierte en el diálogo citado es una identificación de toda lucha contra la guerra, de toda obstrucción en general, con el sabotaje. Al preguntar Goldman si el Partido dará «cualesquiera pasos prácticos» demostrativos de «su oposición o su no-apoyo a la guerra», Cannon se hace repetir lo mismo en esta otra forma: «¿Trataría el Partido de sabotear la conducta de la guerra en cualquier sentido?», para poder responder que se ha pronunciado específicamente contra el sabotaje. Es este uno de los muchos sesgos escurridizos que fueron dados en Minneapolis a los problemas políticos.

En el tránsito de la primero a la segunda pregunta el sujeto ha sido birlado y substituido por otro. Donde se decía oposición o no-apoyo a la guerra encontramos sabotaje. ¿Cómo hay que considerar la respuesta, como contestación a la segunda pregunta o como contestación a las dos? Evidentemente, en el ánimo del interrogador todo paso práctico de oposición a la guerra se confunde con el sabotaje, puesto que su segunda pregunta es una formulación diferente de la primera. En el ánimo del interrogado, a primera vista parece que no, puesto que pregunta «en qué sentido». Pero es sólo para hacerse formular la pregunta en su segunda forma. De no ser así hubiese sentido la necesidad de añadir que se pueden dar muchos pasos prácticos de oposición a la guerra que no son sabotaje. El verdadero objeto del diálogo está en la segunda pregunta de Goldman. Teniendo en cuenta su conjunto, la expresión develada del mismo es la siguiente:

GOLDMAN. —¿Dará el Partido cualesquiera pasos prácticos, por decirlo así, para demostrar su oposición a la guerra?

CANNON. —¿Qué entiende usted por pasos prácticos de oposición a la guerra?

GOLDMAN. —Sabotaje.

Una mentalidad casuística podría argüir: cierto que de todos los pasos prácticos posibles sólo se cita el sabotaje, pero el Partido no ha dicho que ese sea el único. Los casuistas siempre tienen razón en algo, aunque no sea más que en las formas. Que se apunten el tanto si les place. Nosotros contraargüimos: todo el Partido sabia que el sabotaje no merecía consideración para los revolucionarios, como método de lucha, contra la guerra o contra lo que sea. Sacarlo a relucir para negarlo sólo podía tener una utilidad preventiva de posibles acusaciones stalinistas o burguesas. Ni siquiera es justo decir que el sabotaje sea un paso práctico de oposición a la guerra. Cualquier marxista que se proponga hacer algo demostrativo en ese sentido piensa en movilizar a los obreros, no en lanzar una bomba contra el Estado Mayor o en volar una fábrica. Una manifestación contra la guerra de algunos miles de obreros, o siquiera de cientos, una huelga de protesta en cualquier fábrica, durase cuarenta y ocho horas o cinco minutos, mítines y agitación escrita contra la guerra en las barriadas obreras, habrían sido acciones sin nada de común con el sabotaje y muy beneficiosas para el porvenir revolucionario de las masas estadounidenses, en caso de haberse producido. El diálogo Cannon-Goldman, eliminando cuanto hubiese podido interesar a las masas en la lucha contra la guerra, ha involucrado toda oposición activa a la misma con el sabotaje.

Lo anterior es reafirmado inmediatamente después por la definición del sabotaie como «obstrucción dela función de las industrias, los transportes y las fuerzas militares». Ahí entra todo lo que se quiera meter, desde una huelga por reivindicaciones económicas hasta una protesta en el ejército por malos tratos, pasando por el simple grito: ¡abajo la guerra imperialista!, no digamos ya la organización de la lucha activa contra la misma por una parte minoritaria del proletariado, lo que en el diálogo parece ser considerado totalmente ilegítimo. Por mucho que se quiera retorcer el problema, la identificación de la lucha contra la guerra con el sabotaje es absolutamente innegable. En una de las audiencias, Cannon prometió expulsar del Partido a aquellos de sus miembros que «obstruyan en cualquier modo el funcionamiento del ejército». Obstruir no es sabotear, obsérvese. De hecho, es imposible durante la guerra toda lucha contra el enemigo interior que desborde los limites del escribir y hablar, sin obstruir en un grado u otro la conducta de la guerra. La parte del diálogo que se compromete a las expulsiones ha sido expurgada del folleto «Socialism on Trial», donde debiera ocupar su lugar en la página 59. Esta supresión por si sola, viene a darnos enteramente la razón.

El diálogo continua justificando sus anteriores aseveraciones porque, careciendo de elección, «debemos sometemos a la decisión que ha sido tomada. Se ha tomado la decisión, y es aceptada por la mayoría del pueblo, de ir a la guerra. Nuestros camaradas tienen que cumplir con ello. Siempre que sean reclutables tienen que aceptarlo junto con el resto de su generación, ir y cumplir el deber que les es impuesto, hasta el momento que hayan convencido la mayo: ría para una política diferente»8. También aquí se mezclan varias cosas. Lo que es verdad tapa a lo que no lo es; lo que no tiene interés ocupa el lugar de lo que realmente lo tiene.

A propósito de los socialistas belgas, que en 1914 hablaron también de mayoría y proceso histórico, Lenin decía:

Charlar sobre la dialéctica y el marxismo y no saber acordar la sumisión necesaria (si es temporal) a la mayoría, con el trabajo revolucionario en no importa que condiciones, es burlarse de los obreros y burlarse del socialismo. ¡Ciudadanos belgas!, una terrible calamidad se abate sobre nuestro país, provocada por la burguesía de todos los países, la nuestra comprendida. Nosotros estamos en minoría; yo me inclino y voy a la guerra, pero en la guerra haré mi propaganda, prepararé la guerra civil de los proletarios de todos los países, porque fuera de ella no hay salud para los obreros y campesinos de Bélgica y de los otros países9.

Esto hubieron de decir, a juicio de Lenin, los socialistas belgas. Por propaganda entendía organizar la propaganda ilegal de la revolución socialista y de la guerra civil.

En su «Defensa de la política de Minneapolis», el camarada Cannon tiene la ocurrencia de citar este mismo párrafo de Lenin. «Cualquiera que lo lea aislado y sazonado por Cannon, creería que realmente Lenin se pronuncia por una sujeción a la mayoría semejante a la proclamada por el S.W.P. En realidad la cita se aplica, como todo el artículo de donde está tomada, a combatir declaraciones social-demócratas con las que emparentan las hechas por nuestros camaradas. ¿Hay derecho a servirse de ella como lo hace la «Defensa»? Por añadidura, Cannon se deja igualmente en el tintero lo que Lenin entiende por propaganda. A ella ligaba inseparablemente los actos, sin los cuales todas las declaraciones le parecían burbujas de jabón. La cita de Lenin entra de lleno en lo que Cannon califica de ultraizquierdismo.

El caso de nuestros camaradas no es el mismo que el de los socialdemócratas europeos, pero la situación y la tarea del proletariado siguen siendo las mismas. La cita de Lenin es parcialmente aplicable al S.W.P. También este establece una confusión entre la sumisión al medio ambiente (sin la cual ningún trabajo revolucionario es posible) y la conducta, en ese medio, de la minoría revolucionaria. Las definiciones dadas en el proceso establecen explícitamente que la minoría revolucionaria no hará nada contra la guerra ni contra la burguesía, excepto escribir y hablar, «hasta el momento que haya convencido a la mayoría para una política diferente». Para borrar toda duda, añadamos aun otras citas del proceso:

...semejante Partido, mientras sea minoría, no puede tratar de obstruir la ejecución de las decisiones de la mayoría». Y más adelante: «¿Ahora, hasta que los obreros y campesinos de los Estados Unidos establezcan su propio gobierno y empleen sus propios métodos para derrotar a Hitler, el S.W.P. debe someterse a la mayoría del pueblo, no es así? —Eso es todo lo que podemos hacer. Eso es todo lo que proponemos hacer10.

Lo que un partido revolucionario no puede hacer es imponer su voluntad minoritaria a una nación o a su propia clase. Pero toda la historia de los partidos revolucionarios en el mundo, es una sucesión de luchas contra lo que en Minneapolis fue calificado de decisiones de la mayoría, en realidad incapacidad del proletariado para resistir a la voluntad burguesa. Una decisión de ese género ha sido la pretendida mayoritaria de declarar la guerra. Pero nosotros no nos sometemos a esa decisión, sino al hecho material de ir a la guerra, correr con las masas sus infortunios, y sus experiencias. Y los aprovechamos para mostrarles la salida en la guerra civil y organizar ésta. Lo que un partido revolucionario no puede intentar hasta que tenga tras sí la mayoría del proletariado y los campesinos, es la revolución, la toma del poder político. Pero la acción minoritaria, o las tentativas de acción, es el único recurso efectivo de que los revolucionarios disponen para conquistar la mayoría. Apenas es creíble que tengamos que insistir en ello; nos obliga la defensa de la política de Minneapolis hecha por el camarada Cannon.

Mírese sólo a la situación europea, donde el Estado Mayor de Wall Street está ya yugulando la revolución, y dígase si, no habiendo aun cambiado la mayoría, todo lo que podemos hacer, todo lo que proponemos hacer, es «no obstruir la ejecución de las decisiones de la mayoría». No podemos hacer una insurrección, cierto, pero si podemos y debemos movilizar a minorías de obreros en los Estados Unidos, contra los planes de Wall Street, y a minorías de soldados americanos, en Europa, Asia y Oceanía, en pro de la fraternización con los revolucionarios. Ahora bien, tan decisión de la mayoría es el aplastamiento de la revolución europea como fue la entrada a la guerra. Y si ahora tenemos el deber de actuar, también lo teníamos entonces, siempre… en la medida de nuestras fuerzas. ¿Es preciso añadir que la ausencia de un intenso trabajo antibélico por parte del S.W.P., y sus definiciones de entonces, debilitan sus posibilidades de acción hoy? Los obreros y los soldados educados en la escuela de Minneapolis podrían muy bien responder: ¿Hacer algo contra los planes de Wall Street? Imposible, aun no tenemos la mayoría.

Al final de la parte citada del diálogo, no encontramos ya una substitución. pero si una modificación de nuestra política, en consonancia perfecta, por otra parte, con todo lo dicho anteriormente:

P. —¿Asi, esencialmente, su oposición durante la guerra sería del mismo tipo que su oposición anterior a la guerra?

P. —Una oposición política. De eso es de lo que hablamos.

La interpretación dada a la política militar, que planea constantemente a lo largo del interrogatorio, adquiere en esa pregunta y esa respuesta una de sus principales prolongaciones. Sin repetir lo ya dicho en el apartado referente a la instrucción militar bajo el control sindical, ¿qué puede entenderse por una oposición del mismo tipo? ¿Es que las condiciones de la sociedad, durante la guerra imperialista, son del mismo tipo que antes de la guerra? ¿Es que la guerra misma no comporta consecuencias extraordinarias? ¿Es que nuestra política no tiene que cambiar en consonancia con los cambios de guerra, y sobre todo en previsión de sus catastróficos resultados? ¿Es que la clave de toda la lucha de clases, durante la guerra, no la da la lucha contra ella misma? Evidentemente; luego hablar de tipos iguales es ya echar un espeso velo sobre la médula del problema. La contestación no sólo es afirmativa, sino que introduce una modificación totalmente extraña a nuestras concepciones de conducta frente a la guerra imperialista. Un tipo de oposición esencialmente igual al anterior a la guerra no tiene por qué quemarse la sangre; ¿no sigue todo más o menos igual? Le basta con continuar su tranquillo habitual, en espera de que tales y cuales ineluctabilidades históricas vengan a reforzar su posición. Afirmamos que eso precisamente es la conducta que se impuso al S.W.P.; más aun, que su propio tranquillo habitual fue refrenado en los momentos de mayor borrachera bélica. Si el Partido hubiese hablado entonces con toda claridad y actuado cuanto le fuera posible, legal o ilegalmente, hoy tendría mucha mayor capacidad para movilizar un aguerrido núcleo proletario contra las consecuencias de la guerra en el interior, y dentro del ejército contra los planes contrarrevolucionarios de su imperialismo en el exterior. Aun en el caso de que el S.W.P. ponga hoy decididamente manos a la obra en ambos sentidos, lo que esperamos, ha perdido mucho tiempo y posibilidades de educar a las capas obreras con las que tenía contacto. El trabajo debió ser comenzado con la guerra, no ahora. Y no se precisa añadir que para hacerlo hoy mismo, lo dicho en el pasado es un obstáculo en lugar de una ayuda.

Pero volvamos a los carneros. Hasta ahora, nuestro movimiento siempre se ha definido como una oposición irreductible a la guerra. ¿Por qué han sentido nuestros camaradas la necesidad de mudar la cosa en «oposición política»? Porque ello muda también el tipo de oposición; es imposible explicarlo de otra manera. Aparte los ejemplos ya dados sobre la URSS y China, una oposición política era la de Clemenceau en Francia, durante la guerra de 1914-18. Y una oposición que no paraba mientes en obstruir cuando la obstrucción podía redundar en beneficio de la guerra misma. Cosa natural siendo su objeto proseguir la guerra mejor que quienes al principio la dirigían. Es sabido que el ejemplo de Clemenceau fue empleado por Trotsky, cuando la Oposición aun no había sido expulsada del Partido ruso, para definir la conducta de la misma frente a la defensa de la URSS. «Así como la oposición política de Clemenceau era más francesa que la posición del gobierno, nuestra oposición política al stalinismo es más soviética, más defensista que el defensísmo de la burocracia», venía a decir. Eso es, en rigor, lo que se ha de entender por una oposición política; en pro de la guerra, contra los métodos del gobierno; apoyo a la primera, lucha contra el segundo. No queremos decir que la posición de nuestros camaradas haya sido más estadounidense que la del gobierno, aunque no falten declaraciones consentidoras en ese sentido; pero si que su «oposición política» modificaba la oposición a la guerra en este sentido: no-apoyo, no-lucha contra. Eso es lo que, dando esquinazo al derrotismo revolucionario, ha practicado frente a la guerra el S.W.P. En suma: neutralidad.

Sentadas así falsamente las bases de la política del Partido, para no negarlas había que acceder a otras admisiones más concretamente derechistas. Ya hemos citado la promesa de expulsión de los militantes que obstruyeran la guerra. ¿Cómo podía evitarse habiendo empezado por involucrar bajo la designación genérica de sabotaje toda acción práctica contra la guerra? De la misma manera, habiendo empezado por sentar un concepto erróneo de sumisión a la mayoría, nuestros camaradas han tenido que extenderlo hasta la sujeción a las mayorías parlamentarias. Cuando el acusador fiscal pregunta a Cannon si tomarán el poder en caso de que, al llegar el momento, el gobierno existente no lo ceda voluntariamente siguiendo el ejemplo del conde Karolvi en Hungria, Cannon responde: «¿Quiere usted decir si resisten a la mayoria en unas elecciones democráticas?» Y al replicar el fiscal: «¡Ah!, van ustedes a hacerlo electoralmente», se deja decir nuestro camarada: «Nosotros participamos siempre en las elecciones». Un poco más adelante tiene que ser aun más explícito y decir que «ese es el propósito de tener candidatos, para que alcancen la elección».

Y como la lucha contra la guerra v el enemigo interior había sido cambiada en oposición política (no-apoyo, no-lucha contra), tuvieron que desconocer palabras de ellos mismos, pronunciadas en los buenos tiempos en que no había guerra ni amenaza de ella. El hecho ha sido puesto de relieve en la critica del proceso firmada por el camarada Munis. Añadamos dos ejemplos diferentes:

El fiscal lee de una vieia publicación del S.W.P.: «La política del marxismo sigue siendo la de utilización de la guerra y del armamento de los obreros para promover los intereses de la revolución mundial, para transformar la guerra imperialista en guerra civil, para considerar la burguesía interior como el principal enemigo». Por su cuenta, pregunta el fiscal:

¿Significa esto que usted y su Partido tratan, en la guerra venidera, de emplear semejantes métodos para fomentar la guerra civil?»

CANNON: «Yo no lo expresaría de manera tan escueta».

Y siguen algunas explicaciones sobre la propaganda, que no explican nada, si no es el lío en que el mismo interrogado se ha metido.

Precisamente antes de la pregunta citada, el fiscal ha leído a nuestro camarada algo escrito en la prensa del Partido en 1939. Diez preguntas y diez respuestas concernientes a esto han sido también expurgadas del folleto «Socialism on Trial» en la página 105. El folleto pretende ser las actas oficiales del proceso («Official court record»). He aquí el resumen, después de varias idas y venidas:

FISCAL (leyendo): Si es necesario violar un mandato (en la lucha contra la guerra, no debe vacilarse en hacerlo. Si es necesario desconsiderar una decisión, debe ser desconsiderada”. —“¿Y usted está de acuerdo en que esta declaración es a la vez atolondrada y necia?”

CANNON: Si, eso pienso.

FISCAL: ¿No conviene usted en que es enteramente concordante y conforme con la política general editorial de la prensa del Partido?

CANNON: No, no lo creo. No conozco ningún caso en que los lideres más responsables de nuestro Partido hayan empleado semejante lenguaje.

A decir verdad, nosotros tampoco sabemos de un caso semejante, desde vísperas de la entrada de Estados Unidos en la guerra, a pesar de que repetidas veces hemos pedido a nuestros camaradas un poco más de ese «atolondramiento» y de esa «necedad». Pero, evidentemente, las fórmulas de nuestros amigos en Minneapolis no eran una simple cobertura legal, sino su verdadera política. Forzados por ellas tuvieron que ir más lejos de lo que ellos mismos previeron. Cada posición tiene su propia lógica. Por fortuna, el fiscal estaba más que ayuno de marxismo y no excesivamente interesado en obtener respuestas categóricas; de lo contrario nuestros camaradas se hubiesen visto obligados a declarar llanamente que el enemigo interior ocupaba el segundo plano frente a las necesidades de la guerra «antifascista», o a proclamar el deber inmediato de lucha contra la guerra, desde los primeros «pasos prácticos» hasta la guerra civil armada. Pero en este caso hubiese cambiado todo el plan de la defensa y lo esencial de la política del S.W.P.

Si esta crítica llega a manos de camaradas cuartistas en diversas partes del mundo, muchos de ellos podrían considerarla excesiva, suponiendo como cosa natural que al lado de lo dicho y hecho en Minneapolis y en la prensa, existen otros dichos y otros hechos que completan o modifican lo que no podía tener un desarrollo legal. Si así fuera, nuestra critica, sin dejar de ejercerse en determinados aspectos, tomaría un sesgo totalmente diferente. Pero no hay nada de eso. Las posibilidades legales, a juicio de nuestros amigos, satisfacían todas las exigencias.

Salgamos ahora de la atmósfera cargada y resbaladiza de las audiencias de Minneapolis, y busquemos, ya fuera del ojo amenazante de la justicia reaccionaria, alguna definición del derrotismo revolucionario. Tenemos al alcance una inefable, aunque sólo publicada en el Boletín Interno (Volumen IV Nº 3, septiembre 1942). Es un artículo firmado por Morrison y titulado «Sobre el derrotismo revolucionario». Morrison es uno de los principales dirigentes del Partido. El que su artículo sea sólo una cosa interna no le quita validez como prueba oportunista. Tendría que demostrársenos que la conducta del Partido refuta la concepción de Morrison. Por el contrario, lo que éste expone en su artículo debe ser considerado como la opinión de la dirección del Partido, como su breviario de conducta. Además, si el curso de la discusión lo exige, podremos aportar nuevas citas. Para las necesidades de esta crítica sobra con las transcritas.

En la guerra actual, quienquiera que rehúse apoyar un gobierno imperialista y abogue por la continuación de la lucha de clases en pro del socialismo, adopta en esencia la posición de Lenin respecto a la guerra imperialista — dice uno de los párrafos del articulo.

Nosotros estamos lejos de sentirnos tan generosos. «En esencia», esa es, escuetamente expuesta, la posición del centrismo de izquierda respecto a la guerra imperialista. Lo sabemos perfectamente, habiendo tenido que tratar, en nuestra calidad de grupo exiliado en México, con centristas españoles y franceses. Y por lo que ha llegado a nuestros oídos esa ha sido, «en esencia» una vez más, la posición de los centristas ingleses. He aquí lo que decía una resolución del POUM, escrita en mayo de 1942, para los países democráticos, naturalmente, porque en cuanto a los del Eje pedía derrotismo revolucionario a ultranza:

«Oposición política a las clases dirigentes y crítica sistemática de su falta de fines de guerra contra el totalitarismo». En cuanto a la lucha de clases cotidiana tenía más o menos el mismo programa restringido que el S.W.P. (apoyo a las huelgas, pero nada de obstrucción a la guerra): «Cualquier conflicto surgido entre patronos y obreros debe ser fallado con la incautación y la nacionalización». El líder centrista francés, que ha apoyado invariablemente todas las huelgas en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, declaraba en un documento que cito de memoria respondiendo de la fidelidad general: «No debe darse apoyo a los gobiernos existentes y deben apoyarse todas aquellas luchas de la clase obrera que no perjudiquen a la lucha militar contra Hitler». A su vez, por la misma época, el Independent Labour Party inglés, por boca de uno de sus diputados, declaraba en la camarada de los Comunes: «Me niego a sostener una clase que, en este país, tiene muchos más caracteres comunes con Hitler que con las aspiraciones profundas y los ideales decentes de la clase obrera...» A continuación votaba contra el gobierno de Churchill.

Todo esto no es inferior a lo dicho en Minneapolis, sostenido en el articulo de Morrison y defendido en la prensa del S.W.P. Negamos, de la misma manera, que sea esencialmente la posición de Lenin, porque la posición de Lenin es la de la Cuarta; negamos también que sea una aplicación táctica del derrotismo revolucionario. Todo eso son presentaciones, no muy diferentes en el fondo, del no-apoyo, no-lucha contra la guerra: es centrismo. Acusamos precisamente a nuestros camaradas americanos de haber incurrido en una desviación centrista en cuanto concierne a la guerra. Como los centristas, han dejado en la penumbra la lucha ideológica y práctica contra la guerra y puesto en situación predominante la cháchara sobre la derrota de Hitler y el totalitarismo.

Es abusar de un principio elemental el definir la posición revolucionaria durante la guerra como simple continuación de la lucha de clases. La guerra imperialista es una catástrofe social que multiplica bruscamente el despotismo de las clases poseyentes, y la expoliación y el sacrificio de las clases desposeídas, que inmola decenas de millones de personas y destruye cantidad fabulosas de riqueza. La sociedad es sangrada y triturada por los cuatro costados en beneficio de la minoría reaccionaria de grandes capitalistas. Y mientras el mecanismo de matanza y opresión se eleva a la enésima potencia, absorbiendo o influenciando todas las relaciones sociales, el proletariado y los revolucionarios en particular, ¿han de continuar en el mismo plano que antes de la guerra? Todo lo contrario. Los conflictos de clase, desde los más insignificantes hasta los más decisivos, se proyectan sin excepción sobre el fondo apabullador de la guerra; favorecen o perjudican ésta, según se resuelvan en beneficio de la burguesía o del proletariado. Pero el más grave de los conflictos de clase en tiempo de guerra es, sin disputa, la guerra misma. La lucha contra ella debe constituir la preocupación fundamental de los internacionalistas, su obsesión, por así decirlo. Sin esto no hay internacionalismo completo, aunque formalmente se juzgue la guerra imperialista. Ciertamente, también en la lucha contra la guerra el único método de que dispone una organización revolucionaria es el de clase contra clase. Pero constituye un abuso oportunista de esta verdad elemental, decir que el internacionalismo, que el derrotismo revolucionario, es la simple continuación de la lucha de clases en pro del socialismo, cuando toda la lucha de clases debe ejercerse contra la guerra, cuando no es posible ejercerla en toda su extensión sin entrar en conflicto con los intereses de la guerra imperialista, de la victoria burguesa, mas concretamente hablando; cuando, finalmente, uno de los más importantes deberes revolucionarios es destruir en la conciencia social el mito reaccionario de la victoria. Tanto más cuanto que el capitalismo, con entera razón según sus sucios intereses, lo considera traidor y criminal. Abandonándose a la simple continuación de la lucha de clases, nuestros camaradas «olvidaron» hacerla converger contra la guerra imperialista.

La cosa no queda ahí. Resultaría imposible una lucha a fondo contra la guerra y contra cualquiera de los problemas que engendra, si se considera útil, en cualquier grado que sea, la victoria de la propia burguesía, o perjudicial su derrota, en cualquier grado que sea también. Por otra parte, la victoria militar es el factor más determinante con que cuenta una clase gobernante para rechazar los ataques de sus clases explotadas, hacerlas pagar el costo de la guerra y servirse de ellas, por añadidura, para aplastar la revolución en otros países. Luego la victoria de la propia burguesía, en una guerra imperialista, dificulta las tareas revolucionarias. Los revolucionarios tienen en este aspecto un deber de contraenseñanza al que no pueden renunciar sin prevaricar. ¿Pero como hacerlo si al mismo tiempo quieren impedir que se les considere partidarios de la derrota de su burguesía? Imposible. En la misma medida en que quieran preservarse de esta segunda acusación, se convertirán en partidarios de la victoria, por acción o por pasividad, total o parcialmente. Para impedir las consecuencias reaccionarias de la victoria, el remedio más radical es la derrota, que facilita en vez de dificultar las tareas revolucionarias. Y finalmente, dado el profundo carácter reaccionario de todos los imperialismos, la derrota de la propia burguesía es la única contribución que cada proletariado puede aportar a la derrota revolucionaria de la burguesía del otro bando imperialista. De ahí la necesidad de la formulación y la práctica del derrotismo revolucionario. Sin considerar así el problema, el derrotismo se reduce a nada, a fantasmagoría palabrera. Este comporta la lucha activa y la movilización de las masas contra la guerra, mientras que la simple continuación de la lucha de clases como en tiempos pacíficos comporta un retraimiento de la lucha contra la guerra. De ahí que nuestros camaradas americanos, agarrados como a un clavo ardiente a la «simple continuación», hubieron de llegar a la forma neutral de no-apoyo. Este no-apoyo, que equivale a neutralidad, no tiene siquiera el valor de la resistencia pasiva de Gandhi. De hecho, la resistencia pasiva es una consigna tan equivoca como el no-apoyo, puesto que se trata, en uno y otro caso, de aparentar actuar sin hacer nada; pero la resistencia pasiva deja la puerta abierta a una resistencia real, aunque inorganizada y esporádica, puesto que desborda los cuadros de la «pasividad» recomendada por los líderes, mientras que el no-apovo es una actitud de Poncio Pilatos.

Tampoco es extraño que Morrison alcance en su artículo-breviario la siguiente conclusión tragicómica: «El deseo de Lenin de ver la derrota de su propio gobierno imperialista era completamente platónico, en cuanto no le llevaba a proponer otra acción que la emanada de la posición básica de no-apoyo a la guerra y la prosecución de la lucha de clases». ¡Cómo si la lucha de clases, en tiempo de guerra, no llevase consigo esta oposición irreductible: progreso del proletariado, igual debilitamiento militar de la burguesía; reforzamiento militar de la burguesía, igual retroceso del proletariado!

El dilema es muchísimo más grave. Por una parte, millones de obreros, precisamente los más combativos, encontrándose movilizados, no pueden dar un solo paso sin chocar inmediatamente con los intereses militares de su imperialismo; por otra parte, la lucha militar por la explotación del mundo decide paralelamente sobre la jefatura de la contrarrevolución internacional. Ante esta situación objetiva que aboca la evolución del capitalismo globalmente considerado, ¿como aislarse del problema; derrota 0 victoria del imperialismo casero? Imposible sin renuncia, parcial al menos, de los deberes de la lucha de clases internacionalmente considerada. Ahí está lo que, bonachonamente hablando, podría llamarse el intringulis del derrotismo revolucionario. El mundo actual es una unidad contra la cual no puede luchar sin reservas el proletariado, sino personificándolo en la cabeza de su burguesía particular. Lo que el proletariado internacional necesita y persigue es la derrota de la burguesía internacional; pero el estado de división que le es impuesto por la sociedad capitalista, canaliza imperativamente su lucha dentro de los bordes geográfico-politicos de cada nación. Así será mientras el proletariado no se encarame en el poder. La concepción del derrotismo revolucionario identifica al enemigo mundial en el enemigo nacional, al que ataca a fondo; la concepción de nuestros camaradas americanos desdibuja esa cabeza nacional, única visible y atacable por las masas, en la cabeza de la burguesía mundial.

Habiendo obligado a hacer mutis tras mampara de la lucha de clases, lo que Morrison llama cortantes formulaciones de Lenin, o sea el derrotismo revolucionario, llega por sus propios pasos a lo opuesto:

  1. «Un partido revolucionario como tal debe ignorar» la cuestión de la derrota de su gobierno;
  2. «puede considerarse casi axiomático que la derrota militar infligida a un país por los ejércitos de Hitler, país ocupado por ellos, no puede aumentar las oportunidades de revolución».

No nos detendremos a refutar la imposibilidad, el absurdo teórico de una ignorancia semejante. Está refutada en el segundo punto, donde la «ignorancia» o neutralidad reclama abiertamente convertirse en parcialidad, pero no ya hacia la derrota, sino hacia el triunfo de la propia burguesía, con el objeto de evitar la ocupación hitlerista. El problema parece mal planteado a posta. Es sabido que la derrota de Francia si aumentó las posibilidades revolucionarias, como más tarde la derrota de las burguesías aliadas o protegidas de Alemania, en Grecia, Italia, Francia, Bélgica, las aumentó también. Nuestros camaradas franceses, a despecho de su debilidad orgánica, hubieron de reflexionar sobre las posibilidades de tomar el poder. En Polonia, para referimos al turno en que Hitler fue el vencedor, igualmente reaccionó instantáneamente el movimiento obrero, y adquirió una potencia y un radicalismo que antes le faltaba, y que las condiciones de desorganización y derrota de la propia burguesía favorecieron objetivamente. El retroceso que se siguió inmediatamente después se debió a la impotencia de las organizaciones revolucionarias, excesivamente pequeñas para cubrir las necesidades vastísimas de la lucha de clases e impedir que el Estado Mayor ocupante dominase la situación. Esta fue la razón fundamental del periodo de relativa pasividad que se observó en Europa tras la ocupación germana. Hitler se benefició de ello, beneficio que en la etapa actual puede corresponder a los aliados si perdurase la impotencia de las organizaciones revolucionarias. Pero en el razonamiento de Morrison, esta razón fundamental está cambiada por la naturaleza del sistema hitlerista. Y al cambiar los factores tiene que cambiar la actitud frente a los mismos. Hitler, considerado factor determinante, pasa a ser el enemigo principal; aparece el triunfismo revolucionario. Así ha incurrido nuestro partido americano en la parcialidad que Trotsky achacaba a los oportunistas poco después de la capitulación francesa:

Desde el punto de vista de la revolución en el propio país, la derrota del propio gobierno imperialista es indudablemente «un mal menor». Los pseudo-internacionalistas, sin embargo, rehúsan aplicar este principio en relación con los países democráticos en derrota.

Evidentemente, el proletariado de todos los países ocupados por Hitler estaría hoy mucho mas atrás políticamente, si respaldando a sus respectivas burguesías les hubiese dado el triunfo.

Pero —insistiría alguien— ¿acaso no es justo declarar que continuamos la lucha de clases durante la guerra? Si, a condición de que se diga o se sobreentienda que toda ella debe converger contra la guerra; no, si al sentar la verdad elemental que el único método es el de clase contra clase, se pretende límitar la lucha de clases a la rutina de las reivindicaciones económicas, cual si la guerra no fuese necesariamente su objeto inmediato, su blanco principal. Cayendo de lleno dentro de este segundo caso, la concepción de nuestros camaradas sendea a la derecha del derrotismo revolucionario cuartinternacionalista.

Volvemos a repetir que la exposición de Morrison, admitida o no explícitamente por el Partido, ha sido el guión de su conducta. En las audiencias de Minneapolis y en la prensa se encuentran declaraciones en consonancia perfecta con el articulo de Morrison. Desde antes que los Estados Unidos entrasen a la guerra, la prensa de nuestro partido empezó a hablar, unas veces explícitamente, otras sobreentendidamente, de «transformar la guerra imperialista en una verdadera guerra contra el fascismo». Frecuentes artículos trataban de «cómo derrotar a Hitler», pero ninguno de como luchar contra la guerra, menos aun de si el proletariado americano debía desinteresarse del triunfo de su burguesía. Artículos hubo en que se acusaba indignadamente a los burgueses de estar saboreando la producción de guerra. En fin, leyendo la prensa de nuestros camaradas, los obreros sólo podían sacar la impresión de que el S.W.P. no estaba contra la guerra «antifascista», sino contra los métodos de Washington.

Después de la entrada de Estados Unidos a la guerra el Partido persistió en «ignorar» la cuestión de derrota o victoria, siguió su linea de no apoyar y no luchar contra. La más superficial lectura de The Militant y Fourth International convence a cualquiera de que el enemigo principal estaba lejos de ser la propia burguesía. El Partido sufrió una retracción voluntaria en todo lo tocante a la guerra y la lucha contra el imperialismo de Wall Street. Una breve declaración de Cannon sobre la guerra, publicada en el órgano teórico, tenía un carácter puramente formal, y en substancia repetía el no-apoyo, no-lucha contra. Aparte esto, el S.W.P. siguió como si los Estados Unidos no hubiesen entrado a la guerra. Nada ha llegado a nuestros oídos que mostrase un trabajo práctico del partido contra la guerra, no ya en cuanto a acción, ni siquiera en cuanto a agitación propagandística. La repetición continua de como un gobierno obrero derrotaría a Hitler de dos soplamocos no podía tener, ni ha tenido, ningún valor activo. Para impulsar las masas en la vía del gobierno obrero había que pasar necesariamente por la lucha contra la guerra, el problema agobiador del cual dependían todos los otros, y había que dejar de presentar la derrota de Hitler como un «bien mayor», para los obreros americanos, que la derrota de Washington.

El valor de una política se ve más claramente a largo plazo. ¿A qué suenan hoy las admonicíones sobre la «verdadera guerra contra el fascismo» y que utilidad prestan? Suenan a truco, a evasión, y no prestan ninguna utilidad. En cambio, habiendo sostenido una agitación activa contra la guerra y actuado, por poco que fuera (no siempre había de serle imposible) hoy, y mañana más que hoy, el S.W.P. estaría en condiciones de capitalizar los resultados. Pero en lugar de plantar sin ambages, en medio de la borrachera patriótica, su bandera antibélica, inequívocamente dirigida contra el enemigo interno, el Partido se desdibujó, lo eufemízó todo, bajó la voz, se consideró neutral. Miles de obreros que hubieran podido oírle estarían hoy bastante más cerca de nuestras posiciones y no dejarían de estarlo completamente cuando caigan sobre ellos, con todo su peso, las consecuencias de la guerra. la educación revolucionaria del Partido habría ganado considerablemente, cosa que no puede asegurarse después del curso oportunista de los últimos años.

Para terminar, en 1938 Trotsky escribía:

Llevar la lucha de clases hasta su forma más elevada —la guerra civil— es la tarea del derrotismo. Pero esta tarea sólo puede ser resuelta por medio de la movilización revolucionaria de las masas, esto es, ampliando, profundizando, agudizando los métodos revolucionarios que constituyen el contenido de la lucha de clases en tiempos de paz11.

Nuestro partido americano, por el contrario, los ha estrechado, superficializado y achatado. Que se nos demuestre lo contrario y no tendremos inconveniente en reconocer nuestra equivocación en cuanto al contenido general de esta crítica.

La «defensa de la política de Minneapolis»

El documento así llamado, respuesta del camarada Cannon a una breve crítica escrita por Munis, es de muy engorrosa refutación. Componiéndose principalmente de citas, habría que cogerlas una por una, rodearlas de su propio ambiente y referirlas después al ambiente americano. El defecto principal de la «Defensa» es el mismo que el de las audiencias de Minneapolis. Evade continuamente los problemas planteados, contesta al margen, trata de buscar agujeros por donde meter la cabeza, e incluso altera el contenido de la crítica para darse el gustazo de echarle encima a Lenin, Trotsky y Marx… La esencia de sus argumentos está refutada a lo largo de estas páginas, aunque no se haga referencia a ello. Sin embargo, no podemos privarnos de refutar algunos argumentos en particular y de demostrar como evade una verdadera contestación. Sírvanos de excusa el que lo escrito por Carmen haya sido ampliamente difundido y jaleado como palabra de oráculo.

La «Defensa» de Cannon concede importancia primerísima a dos argumentos, por los cuales explica todo lo dicho en Minneapolis, y que, pretende, han sido desestimados por la crítica («overlooked»). Refutarlos es refutar toda la defensa de Cannon…

El primero y principal es el ambiente social americano. Helo aquí descrito por el líder del S.W.P.:

Los Estados Unidos, donde el proceso tuvo lugar, es, con mucho, la más rica de todas las naciones, y por eso es una de las pocas que sigue pudiendo ofrecer el lujo de las formas de la democracia burguesa en la época de declinamiento y decadencia del capitalismo. Los sindicatos, destruidos en la pasada década en un país de Europa tras de otro, han florecido en los Estados Unidos y más que doblado sus miembros en el mismo periodo, parcialmente con estímulo gubernamental. La libertad de palabras y de prensa, suprimida o reducida a parodia en otras tierras, ha estado virtualmente irrestricta aquí (sic). Las elecciones se han tenido bajo las formas normales democrático-burguesas, tradicionales en América por más de un siglo y grandes masas de obreros han participado libremente (sic) en ellas. La rica y favorecida posición de la burguesa América la ha capacitado también, a despecho de las crisis devastadoras, para mantener el nivel de vida de los obreros americanos muy por encima del de otros países.

Nuestras ideas ̣̣-sigue Cannon- tenían que ser simplificadas lo más posible, hacerlas plausibles a los obreros e ilustrarlas cuantas veces fuera posible con ejemplos familiares de la historia americana.

Esto último tiene un aire muy sensato. Pero precisamente nosotros creemos que, en lo principal, no ha sido hecho, a menos que se entienda por simplificación, concesiones a los prejuicios del medio ambiente. En el proceso, nuestros camaradas no intentaron siquiera poner de relieve la mendacidad de la democracia yanki, su rasgo más saliente desde hace decenios. En ningún otro país la verdad oficial, creada por la educación burguesa y por el control del gran capital sobre la prensa, el cinema, la radio, las ediciones, etc., cala tanto en la conciencia social. El poder del dinero es más absoluto que en ningún otro sitio.

Sacar esa verdad al descubierto, ilustrándola con cifras y hechos (que sobran) de la más viva historia americana, habría sido la simplificación de nuestras ideas más adecuada al nivel de los obreros y más necesaria a las exigencias políticas del momento. Ahora bien, cuando se dice que somos una oposición política a la guerra, que todo lo que podemos y proponemos hacer es hablar y obedecer, que no obstruimos en ninguna forma la prosecución de la guerra burguesa, que se transforme la guerra imperialista en una verdadera guerra contra el fascismo, etc., etc., etc., nosotros no creemos que se trate de una simplificación de nuestras ideas para el medio ambiente, sino que el medio ambiente se ha filtrado a nuestras ideas. No hay en Minneapolis algo que revele al proletariado la podrida fisiología interna del cuadro democrático que describe Cannon en su defensa.

Y sin embargo, sólo en lo que concierne a la libertad de palabra y prensa podrían decirse maravillas; es del dominio común.

En las audiencias se mantuvo un larguísimo diálogo para demostrar que en el futuro, la burguesía americana impediría o trataría de impedir por la violencia el ejercicio de la voluntad socialista de la mayoría. Precisamente durante los días del proceso, el gobierno suprimía violentamente las huelgas, aporreaba a los obreros, ocupaba militarmente las fábricas y se oponía a todo aumento de salario. Este y centenares de ejemplos más, muy asequible historia americana, pudieron ser citados para demostrar el papel que desempeña la violencia en el más libérrimo país, y el carácter antiproletario y dictatorial de un gobierno democrático. Pero no; se prefirió citar el ejemplo de Jefferson, al parecer muy asequible y muy adecuado a las circunstancias. Para hacer comprensible la noción de guerra imperialista y el enorme papel contrarrevolucionario que desempeñaría el gobierno americano triunfante, sobraban ejemplos de la penetración estranguladora del capital financiero de Wall Street en todo el mundo, particularmente en América Latina; ahí estaban las diversas expediciones militares a México, Nicaragua, el garrote impuesto a Cuba, Puerto Rico, Filipinas, etc. «Ejemplos familiares de la historia americana», ¡ay!, que fueron olvidados. ¿Y acaso no eran esos ejemplos los que podían hacer comprender a los obreros la necesidad de luchar contra la guerra imperialista y de fraternizar con los explotados de otros países, a cuyas expensas la burguesía americana trata de sobornarlos con un nivel de vida mejor?

La crítica de Munis se quejaba expresamente sobre esto:

Entre los obreros que hayan escuchado a Cannon y Goldman debe haber muchos que hayan experimentado la violencia diaria de la sociedad burguesa durante huelgas, mítines, manifestaciones; todos ellos, sin excepción, experimentan la violencia normal de trabajar por el salario establecido en el mercado de trabajo, o perecer; la violencia mucho más sensible de la imposición de la guerra; la violencia educativa, la violencia informativa impuesta por los trusts periodísticos. Lejos de haber obtenido una noción consciente del medio en que viven y predisponer su espíritu a la rebelión contra el mismo, han sido tranquilizados respecto al presente. Sólo en el futuro la burguesía empleará la violencia.

En consecuencia, la respuesta de Cannon se evade en lugar de contestar.

Lejos de desconsiderar la necesidad de desmenuzar nuestras ideas a los obreros americanos, la critica reprochaba el no haberlo hecho. Cuando Cannon sentencia: «Nuestros críticos hablan en términos de procesos en general y de principíos en general, los que, al parecer, han de ser formulados y explicados a los obreros en general precisamente de la misma manera», arroja flechas a la luna y dificulta la discusión en lugar de facilitarla. La piedra angular sobre la que reposa su «Defensa de la Política de Minneapolis» no tiene más solidez que un terrón de arena pisado.

Lo segundo que se nos achaca olvidar son las necesidades legales. Este reproche carece de fundamento, particularmente después del folleto «Defensa de la política de Minneapolis».

La política de un partido revolucionario —con mayor razón que nunca en tiempo de guerra—, se determina como un todo, teniendo en cuenta únicamente las necesidades de la revolución proletaria. Se la pone en ejecución legalmente si se puede, se divide en una parte legal y otra ilegal si es necesario, o discurre toda por la vía ilegal si es obligado. Pero de una manera u otra, o combinando las dos, debe satisfacer todas las necesidades políticas del proletariado.

Suponiendo que realmente no se hubiese podido ir más allá, algo de lo dicho en Minneapolis podría ser justificado como la parte legal, lo que permitían decir las leyes sin comprometer el aparato del Partido amparado bajo la democracia burguesa. Ahora bien, la política del S.W.P., inmediatamente antes, durante y después de Minneapolis, ha sido coincidente con lo dicho allí; en el folleto de Cannon se defienden las declaraciones del proceso como una política justa y suficiente en si. Tampoco podía defenderlas de otra manera, porque no ha existido complemento. A juicio de nuestros camaradas, todas las necesidades políticas del proletariado estadounidense estaban satisfactoriamente cubiertas con lo que se podía decir y hacer legalmente, más concretamente, con lo que se dijo en Minneapolis; lo uno era compatible con lo otro. Nosotros no afirmamos ni negamos esto último, puesto que ignoramos hasta donde exactamente podía llegarse sin topar con la ley burguesa. Pero si afirmamos que la política sostenida legalmente por el Partido no satisfacía las necesidades revolucionarias.

Si, por ejemplo, al decir no-apoyo a la guerra, definiendo paralelamente el sabotaje como obstrucción a las industrias, los transportes y las fuerzas militares, se pretende guardar el fondo del derrotismo revolucionario, dándole un aspecto soportable para las leyes burguesas, diremos rotundamente que no. Eso destruye el fondo del derrotismo. Eso podría explicarse como un puñado de sal arrojado a los ojos de la persecución burguesa, a condición de decir a los obreros la verdad monda y aun así sería difícilmente aceptable, porque la formulación legal contradiría demasiado abiertamente la formulación revolucionaria. Pero es evidente que la actividad del Partido se ha ajustado perfectamente a lo dicho en Minneapolis y repetido después desde todos los ángulos imaginables. El segundo principal reproche que la «Defensa» nos hace es también injustificado. En lugar de contestar a la critica, la «Defensa» se cubre con un parapeto de legalidad que ella misma destruye defendiendo la política del proceso como justa y suficiente en relación con las condiciones sociales dadas en los Estados Unidos.

El folleto presenta también como argumento fuerte una carta de Trotsky a propósito de un proceso celebrado en Texas contra algunos de nuestros camaradas. Ha sido publicada en Fourth international, octubre de 1940. Se recomienda en ella no provocar la represión, indicar los métodos más económicos de alcanzar el socialismo, defender los derechos democráticos por nuestros propios medios, y decir que en un momento determinado las sesenta familias derrocarán las instituciones democráticas, substituyéndolas por una dictadura reaccionaria.

En Minneapolis se hizo de todo esto una caricatura particularmente deformada a la derecha. La recomendación de no provocar se convirtió en platitud, que enmeló nuestras ideas al gusto de paladares pequeñoburgueses, la defensa de los derechos democráticos de las masas se convirtió en avalamiento de la castración democrática americana, el curso contrarrevolucionario de las sesenta familias, cosa actual, viva, de la que el mundo y las masas americanas sufren ya, se convirtió en una perspectiva remota invisible, en una preocupación futura y no del momento; tanto que hubo de recurrirse a predicciones. Los métodos más económicos de alcanzar el socialismo se convirtieron en constitucionalismo. Y como remate, el todo ha sido presentado a las masas como el ABC del trotskismo...

El camarada Cannon, conocedor de que el ultraizquierdismo se paga fácilmente de repeticiones esquemáticas, acusa la crítica de Minneapolis de ultraizquierdista y de fetichista hacia Lenin, ¡él, que nos enjareta una defensa con cúmulos de citas, bien o mal empleadas, tomadas a Lenin y a Trotsky! Pero para barnizar de verosimilitud su acusación, ha tenido que cambiar el sentido de un párrafo de la crítica, como para satisfacer otras acusaciones ha hecho lo mismo con otros párrafos.

El acusador fiscal lee a Cannon las siguientes palabras de Lenin: «En momentos de sublevación es nuestro deber exterminar despiadadamente todas las principales autoridades civiles y militares». Nuestro amigo, después de expresar su desacuerdo con eso, por no tratarse de una declaración del Partido, añadió: «No estamos de acuerdo con la exterminación de nadie a menos que sea en caso de una verdadera lucha armada, cuando se aplican las leyes de la guerra». La crítica de Minneapolis daba éste como un ejemplo de la forma huidiza en que fueron abordadas la mayoría de las cuestiones. ¿Qué es una sublevación sino una lucha armada? —lo repetimos. En lugar de responder a esto, que es lo fundamental, Cannon atrapa al vuelo la palabra «rechazar», empleada accesoriamente, para estar en condiciones de concluir triunfalmente: «¡Debemos repetir a Lenin palabra por palabra!» Nada de eso, camarada Cannon; el inmenso campo de la creación está abierto ante vosotros. ¡Librennos los hades de intentar reducir a nadie a la repetición! Lo que si reclamamos es que no se juegue al escondite con nuestras ideas so pretexto de presentación táctica de las mismas, ni que se cambie su sentido. ¿Acaso Lenin propone en la cita dedicarse a degollar las autoridades en cualquier momento? Sin embargo, eso es lo que le hace decir la contestación de Cannon. ¿Acaso es verdad que se dijera, tácita o explícitamente, que la cita «no es aplicable para nuestra propaganda en los Estados Unidos en 1941», como pretende la «Defensa»? ¿Acaso hemos pedido al S.W.P. que se dedique, en 1941, a degollar las autoridades americanas? ¿Acaso no fue esquivado, cambiado durante el proceso, cuanto tenía un carácter neto, inequívoco, incluyendo una cita de Cannon mismo? Todo esto seria de muy fácil esclarecimiento, pero a condición de ir al grano, sin pretender salvar prestigios de estatua inconmovible; no así retorciendo las cosas para obtener la confirmación de una idea preconcebida.

Sentimos tener que añadir aun un ejemplo de este retorcimiento, nos los impone la «Defensa de la política de Minneapolis», folleto al que se habrá de recurrir forzosamente para juzgar la política del S.W.P. El retorcimiento o la evasión del problema en litigio, cuando no el silencio, es su sistema. Nos conformaremos con este segundo ejemplo antes de pasar a las cuestiones de mayor monta. En la página 57 Cannon declara:

El camarada Munis parece atribuir al sabotaje una virtud propia. Nosotros, por otra parte, admitimos el «sabotaje» sólo como un auxiliar secundario de las acciones de masas; esto es, cuando ya no es sabotaje en el sentido propio del término12. La diferencia es fundamental.

En Minneapolis, el sabotaje no sólo fue rechazado en general, sino que se identificó con él toda obstrucción de las industrias, los transportes y el ejército. Saludemos esta evolución del camarada Cannon, y sigamos oyéndole:

Munis escribe: «Creo que el sabotaje es un método de empleo táctico, cuya aplicación, contraproducente endeterminados momentos, es absolutamente indispensable en momentos álgidos de lucha». (Cannon subraya).

A continuación nos explica nuestro amigo que el sabotaje es contraproducente siempre, «cuando se emplea como substituto de la acción de masas». Y termina otra vez triunfalmente, mostrando la contradicción entre la formulación de Munis y la formulación de Trotsky en «Learn to think».

Pero esa contradicción no existe más que en la imaginación de Cannon, para cubrir sus necesidades polémicas. Es tergiversar el contenido de la crítica pretender que defienda el sabotaje como método de acción, como substituto de la acción de masas, contra la guerra o contra no importa qué. Al párrafo citado por Cannon sigue en la crítica un ejemplo que no deja la menor posibilidad de malinterpretar el primero. Lo recordaremos nosotros, en vista de que Cannon se lo salta a la torera. Se supone que existan en cualquier frente condiciones de fraternización, y que los mandos traten de impedirla movilizando tropas menos inclinadas a abrazar al «enemigo», o dando órdenes de ataque. Evidentemente el sabotaje sería entonces indispensable para frustrar las intenciones de los mandos y dar tiempo a que se produjese la fraternización. Se trata, ni más ni menos, del sabotaje como auxiliar de la acción de masas, como una de sus manifestaciones. Entonces, ¿a qué tanto trajín de citas contra el sabotaje como método de acción individual? Ni Lenin, ni Trotsky, ni Marx, ni Engels, ni todos juntados por Cannon pueden ocultar que en Minneapolis se condenara el sabotaje en general, que se involucraran a él las acciones prácticas de lucha contra la guerra. Así pues, nueva evasión, y tergiversación en lugar de respuesta.

El camarada Cannon encuentra mucha similitud entre lo dicho por Lenin sobre la violencia y lo dicho en Minneapolis. Con tal motivo nos endilga otro número considerable de citas. Hace un particular abuso de una resolución del Comité Central bolchevique hecha circular en mayo de 1917. Se niega en ella que el partido bolchevique estuviese amenazando con desencadenar la guerra civil. «...porque en el momento actual, cuando los capitalistas y su gobierno no pueden ni se atreven a emplear la violencia contra las masas, cuando las masas de soldados y obreros expresan libremente su voluntad, eligen y reemplazan libremente todos los funcionarios públicos ...cualquier idea de guerra civil seria ingenua, sin sentido, monstruosa». «El gobierno de los capitalistas y su prensa trata de ocultar, con su ruidosa denuncia de la pretendida guerra civil, la renuencia de los capitalistas, quienes reconocidamente constituyen una insignificante minoria del pueblo, a someterse a la voluntad de la mayoria». Por su cuenta añade Cannon: «¿No suena esto sorprendentemente igual al diálogo lamentable sobre quien inicia la violencia respecto al cual tan altanetamente protesta Munis?»

Comparemos cachazudamente antes de decidir: Rusia vivía en pleno período de dualidad de poderes, favorablemente inclinado del lado de los soviets, ante los cuales los propios ministros burgueses tenían que presentarse a rendir cuentas; los Estados Unidos son una democracia degenerada, donde todo, excepto la formalidad de votar cada cuatro años, es substraído al control de las masas y detentado por los grandes capitalistas. En Rusia se vivía una atmósfera de sobreexcitación revolucionaria; las masas se precipitaban hacia adelante y el propio partido bolchevique corría el riesgo de ser arrastrado a aventuras insurreccionales. Se estaba en vísperas de las jornadas de julio, que estuvieron a punto de cambiar en derrota el rumbo triunfante de la revolución. En los Estados Unidos, por el contrario, se vivía una atmósfera de atomización revolucionaria, mejor dicho, de total emponzañamiento y control de la conciencia de las masas por la propaganda burguesa. En Rusia, era necesario atemperar para evitar una insurrección prematura; en los Estados Unidos era necesario hostigar para sacudir el fardo de las ideas burguesas. En Rusia, los capitalistas y su gobierno no se atrevían a tomar la iniciativa de aplastar por las armas el desbordante movimiento revolucionario. Hubieran deseado que éste, sobreestimando sus fuerzas, intentas: una insurrección que les habría ofrecido la deseada oportunidad de aplastarlo. En los Estados Unidos nada amenazaba desbordar y toda la iniciativa y la capacidad de ejercer violencia estaba en manos del gobierno reaccionario. Pero sobre todo, cuando en ésta y las demás citas de Lenin se habla de violencia y guerra civil, se hace referencia a la violencia suprema, al hecho insurreccional. Pero, ¿cuál era la situación del país sino una guerra civil atomizada, no dividida en frentes militares, pero sí en marcados frentes de clase, con sus múltiples violencias cotidianas? Dada la existencia de los soviets, su extensión continua y la influencia que en ellos ganaba la fracción bolchevique, la guerra del del proletariado contra la burguesía se expresaba en los órganos de poder obreros, se canalizaba en ellos, por así decirlo, posibilitando incluso el paso de todo el poder al proletariado sin llegar a la guerra civil en el sentido estrictamente militar. Al contrario, se necesitaba impedir los brotes prematuros de esta última, para dar tiempo a que el proceso atomistico de la guerra civil desplegada entre los soviets y el poder burgués se inclinase decididamente en favor de los primeros. Al denunciar la resistencia de los capitalistas a someterse a la mayoría del pueblo, el partido bolchevique quería decir: la voluntad de la mayoría se está expresando por medio del apoyo creciente de los soviets a los bolcheviques. La burguesía quisiera que le diéramos un pretexto insurreccional para aplastarnos junto con los soviets. Aun no tenemos suficiente apoyo en la población para tomar el poder. Demos tiempo a que el proceso de desplazamiento de la mayoría que se efectúa en los soviets, nos coloque en condiciones de hacer cara con éxito al gobierno burgués.

¿Qué tiene todo esto de común con las condiciones americanas y con las promesas hechas en Minneapolis de someterse y obedecer las órdenes de la mayoría parlamentaria? Nada, si no es la más grosera apariencia. Cuando el S.W.P. ha hablado de mayoría se ha referido a la mayoría democrático—burguesa, constitucional; cuando ha denegado la violencia no se ha referido a la violencia suprema, la insurrección, sino a las violencias menores, inseparables de la lucha de clases, sin las cuales es imposible poner por obra ninguna acción revolucionaria. En lugar de denunciar al gobierno y la burguesía como actores actuales de violencia, predijo solamente que la emplearían en el futuro. Cerró a las masas el camino de la resistencia a la violencia gubernamental burguesa, al recomendar someterse en todo caso a la voluntad de la mayoría y obedecer órdenes13. Confundió la sujeción forzosa a la voluntad de la mayoría explotada para el cambio de régimen, para el hecho insurreccional contra la burguesía, con una sujeción, en la acción cotidiana de la lucha de clases, a la voluntad, la inercia o la inexperiencia —al gusto— de la mayoría social. Aplicó lo dicho para una situación de dualidad de poderes muy inclinada al polo proletario, a una situación de dictadura legal de las sesenta familias, y de dominio burgués sobre la conciencia obrera. La «sorprendente igualdad» entre lo dicho en Minneapolis y lo dicho por los bolcheviques, se reduce a la igualdad de un hombre vivo con su cadáver. Con la misma «sorprendente igualdad» pudo haberse condenado en Minneapolis el sistema de soviets en general, y justificar la cosa refiriéndose a Lenin, quien en determinado momento pensó en abandonarlos como organismos infeudados a los traidores y, por su intermedio, a la burguesía. No; ciertamente, la memorización esquemática de Lenin, de Trotsky o de quién sea, no recae sobre nosotros. Aun habrá ocasión de verlo más claramente en la Internacional.

Se indigna particularmente el camarada Cannon ante nuestra demanda de acción, por parte del Partido, contra la guerra. ¿Acción cuando somos una pequeña minoría? Eso es aventurismo, putschismo, anarquismo, etc. —nos enseña. Y mezclando una vez más la noción de acción decisiva con la de acciones cotidianas, rechaza la acción en general. Sus citas de Lenin tienen poco o nada que ver con el sujeto de que se trata. Concretamente, respecto a la acción contra la guerra, Lenin decía lo siguiente:

Caer en la guerra entre esclavistas, caer como esclavos ciegos e impotentes, o caer en «tentativas de fraternización» entre esclavos con el objeto de terminar con la esclavitud. Así se plantea en realidad la cuestión práctica.

El llamamiento a la «lucha revolucionaria contra la guerra» no es más que un clamor vacuo y desprovisto de significación, de los que tan bien saben lanzar los héroes de la II Internacional, si por ello no se entiende actos revolucionarios contra el gobierno del que se es súbdito, y de actos en tiempo de guerra.

Sin embargo, si no hay acciones de este género, millones de frases tan revolucionarias como se quiera sobre la lucha contra «la guerra, las condiciones, etc.», no será más que una burla14.

Y por su parte, el tercer congreso de la Internacional Comunista declaraba (Tesis sobre la táctica; capitulo: Combates y reivindicaciones parciales):

Los partidos comunistas no pueden desarrollarse más que en la lucha. lncluso los más pequeños de los partidos comunistas no deben limitarse a la simple propaganda y a la agitación.

Las citas podrian multiplicarse hasta lo infinito. Lo asombroso es que se haya hecho necesario aportadas. Pero el S.W.P. se pronunció contra las acciones en general, hasta el momento en que disfrutase de la mayoría, es decir, hasta la acción por la toma del poder. Y esto es inadmisible. No existe cita de Lenin o Trotsky que pueda avalarlo.

Frente a ese conformismo, el grito protestatario de la «Crítica del proceso de Minneapolis» —«pedimos, incitamos a la violencia temporal de la mayoría contra la violencia permanente, orgánica, de la minoría reaccionaria»— es indudablemente algo mucho más adecuado a la situación americana, y a las necesidades de desintoxicación del proletariado por los días de las audiencias de Minneapolis. En balde el camarada Cannon se ha esforzado en presentarlo y refutarlo como blanquismo. En la práctica, ya hemos tenido nosotros la ocasión de oponemos a acciones prematuras del proletariado, que preveíamos contraproducentes: en Octubre de 1934 y en Mayo de 1937. No íbamos a recomendar al partido americano hacer lo que nosotros juzgábamos mal, en una situación revolucionaria y con mayores ligas a las masas. Pero al oponemos a una acción, una violencia decisiva —sin dejar de apoyarla totalmente si a pesar de todo se producía— nosotros no condenamos, sino que defendimos la necesidad de acción y de violencia defensiva de las masas contra sus enemigos; lo hemos hecho en procesos mucho más duros que el de Minneapolis, entre los cuatro muros de los calabozos de la G.P.U., sin masas que nos apoyaran, sintiendo en la sien el frió de las pistolas15. No más, no menos que esa defensa es lo que hemos pedido al partido americano. El camarada Cannon podía haberse ahorrado sus lecciones sobre la «violencia individual» y las «insurrecciones parciales o de pequeños grupos». Podía, cuando menos, haber contestado en lugar de salirse por la tangente.

De la misma manera que a otras citas, la «Defensa» se agarra a la legalidad —permítasenos la expresión— de algunos textos, para justificar el estribillo de Minneapolis: «Preferimos una transición pacífica al socialismo». Si alguien se tranquiliza con ello, declararemos que también nosotros, con todos nuestros pretendidos achaques ultraizquierdístas, la preferimos. Si algún día se nos viene el poder a las manos pacíficamente, prometemos no arrojarlo por el sólo gusto de recogerlo después violentamente. Nadie ni nunca puede excluir absolutamente esa posibilidad. Pero si nos colocamos en ese terreno, podremos decir, con la misma razón, que quizás los capitalistas renuncien un día a sus privilegios y propiedades en bien de la sociedad, sobre todo si se les ofrece una buena pensión… Y que si no renuncian en bien de la mayoría, entonces nosotros, la mayoría, haremos la revolución. ¿No se tiene el ejemplo de la nobleza francesa, deponiendo generosamente sus derechos feudales ante los Estados Generales, en 1789? Podemos pues acordar que es correcto decir que preferimos una transición pacífica al socialismo. La discusión no ha avanzado un solo centímetro por eso. Lo que está en litigio es la conveniencia de semejante formulación para la educación revolucionaria de las masas, sin dar como contrapartida el horrible cuadro de violencias y monstruosas estafas que ofrece la sociedad actual. En otras palabras si se hace cada vez más probable o más improbable la famosa transición.

El propio S.W.P., al adoptar la instrucción militar bajo el control sindical, se refirió a la militarización del mundo, en el que todos los problemas tienden a ser resueltos armas en la mano. Luego lo que importaba era dar a las masas una noción de ese mundo en el que cada vez impera más la opresión del gran capital, mostrarles como las relaciones entre las clases se tensan cada día más, se vuelven menos pacíficas; como el mundo camina hacia la más implacable de las guerras civiles. Pudo haber sido dicho sin dejar de hacer recaer la responsabilidad sobre quien la tiene, la burguesía; al contrario, mostrando gráficamente su culpabilidad. Esto era particularmente necesario para el proletariado americano, que no ha llegado aun a discernir lo que es imperialismo -—aparte la noción elemental de opresión directa, por ocupación de otra nación—, y que se cree en el meior de los mundos a causa de su nivel de vida, de las elecciones cada cuatro años y de la dosificada libertad de prensa y de palabra. Esta realidad me encubierta en las audiencias de Minneapolis bajo la fórmula general de transición pacifica. Lo dicho en otro sentido, —predicciones y advertencias— ocupa un lugar muy secundario, porque la actitud del partido fue delineada conforme al esquema de la transición pacifica. Resultado; adormilamiento en lugar de espabilamiento de la conciencia obrera. Se nos pueden presentar aun más textos de los aducidos por el camarada Cannon; seguiremos diciendo: el problema fue abordado, como todos los principales, desde su ángulo menos conveniente para la educación de las masas, sobre todo en caso de victoria americana, muy de prever. Por más que se escarbe en las declaraciones de Minneapolis, no se encuentra nada que prevenga terminantemente al proletariado contra las intenciones de Wall Street-Casa Blanca, de emplearlo como verdugo de la revolución europea y mundial. Tampoco se mostró el imperio dictatorial de la minoría de grandes ricos sobre la sociedad americana. Sin embargo, son esos dos los elementos que, combinándose, están acentuando ininterrumpidamente el carácter contrarrevolucionario y semibonapartista de la democracia yanki.

Refirámosnos, por fin, al argumento de mayor relumbrón aportado por el camarada Cannon. Está tomado de «The case of Leon Trotsky». En una de las audiencias celebradas en Coyoacán por la Comisión investigadora de los procesos de Moscú, Trotsky, al serle preguntado sobre lo que haría él durante la guerra en Francia, caso de que este país estuviese aliado con la URSS, empezó por decir que la cuestión está contestada en la tesis «La IVª Internacional y la guerra». Luego continúa con lo que Cannon cita victoriosamente:

En Alemania y el Japón aplicaría métodos militares en cuanto pudiese combatir, oponerme y dañar el aparato militar del Japón, desorganizarlo, a la vez en Alemania y en el Japón. En Francia, es oposición política contra la burguesía y preparación de la revolución proletaria.

La «Defensa» exhibe esta contestación de Trotsky como una confirmación irrebatible de lo dicho en Minneapolis. Por el contrario, nos parece muy rebatible. En primer lugar, la «oposición política» predicada por el S.W.P. no se basaba ni podía basarse en la alianza aun inexistente de los Estados Unidos con la URSS; estaba directamente deducida de las relaciones del proletariado americano con la burguesía y la guerra, de sus necesidades propias e inmediatas. Esa misma posición está claramente contenida en la política del Partido a partir de las primeras formulaciones de la política militar, en 1940, y se dobla aun más a la derecha en el artículo de Goldman de 1941, citado al principio. Por esa época, los camaradas americanos tendrían que haber respaldado la «oposición política», tal como ellos la definieron (no-apoyo, no-lucha contra la guerra) para Alemania y continuamente debieron haberla sostenido para el Japón, lo que han estado lejísimos de hacer. Por este lado el argumento no se tiene en pie. Preferimos dejarlo, pero si los camaradas americanos insisten en el futuro, lo desarrollaremos aun. Por otro lado, esta declaración es, de todas las hechas ante la Comisión de Coyoacán, la que más merece ser considerada como insuficiente. Trotsky mismo —y Cannon lo repite—, advirtió las fallas de algunas de las respuestas. Y apoyándonos en la propia idea que Cannon acepta del sabotaje, como perjudicial empleado al margen de la acción de masas, podemos invitarle a reconocer que precisamente la contestación citada debe ser considerada como inadecuada. Con mucha mayor razón que los párrafos de Lenin y Trotsky que le fueron leídos en Minneapolis, el camarada Cannon debió considerar ésta espontáneamente, como declaración «no oficial» de nuestro movimiento, según sus propias palabras.

La verdadera respuesta de Trotsky está en el envió a la tesis «La IVª Internacional y la guerra». He aquí lo que dice ésta: «El proletariado de un país capitalista que esté aliado con la URSS debe conservar plena y completamente su irreconciliable hostilidad al gobierno imperialista de su propio país. Pero en en la práctica de la acción (¡accíón! ¿Se dirá también que se trata de blanquismo? —Paréntesis nuestro), pueden surgir considerables diferencias que dependerán de la situación bélica concreta. Por ejemplo, sería absurdo y criminal, en caso de guerra entre la URSS y el Japón, que el proletariado americano sabotee el envió de municiones americanas a la URSS.

En la práctica, el S.W.P. no ha tenido que forzar la mano a la burguesía americana, interesada de por sí en el envío de municiones a la URSS. La diferencia entre un país capitalista aliado a la URSS y otro no aliado, se reducía a tener en cuenta las necesidades de la defensa del estado obrero degenerado, y aun esto sólo en relación con la situación bélica concreta. La «oposición política» de nuestros camaradas, sobre aparecer desconectada de las necesidades de defensa de la URSS, modifica toda la política cuartista frente a la guerra. Esa oposición política no tienen ningún fundamento en nuestro movimiento. No en vano Cannon recurre a la declaración de Coyoacán, hecha en mal inglés, y no a la tesis «La IVª Internacional y la guerra», documento indiscutiblemente más autorizado y completo.

Para liquidar este capitulo: En el curso de su folleto Cannon nos zarandea repetidamente acusándonos de ultraizquierdismo, sin otra base real que una tergiversación de la «Crítica», cual en la cuestión del sabotaje a que nos hemos referido. La acusación es tan fantasmagórica que no nos pararíamos a considerarla si otros camaradas americanos no la hubiesen reproducido, haciéndola extensiva al pasado y a la organización cuartista española en general. ¿Cesaremos alguna vez de llenamos la boca con palabras retumbantes? Lo único que se logra aplicándolas a la ligera es quitarles su verdadero sentido. Todos los camaradas americanos que han hablado del ultraizquierdismo de los camaradas españoles lo han hecho frívolamente, por la sencilla razón de que ninguno de ellos conoce, a grandes líneas siquiera, lo que los cuartistas hicieron en España; sobre todo a partir de la ruptura con la vieja Izquierda Comunista. ¡Cese pues el coheteo de acusaciones ingrávidas!

En cuanto a la acusación disparada contra la «Crítica del proceso de Minneapolis», nos limitaremos a decir lo siguiente, dejando a la discusión mundial el cuidado de auscultarnos a la rebusca de ultras: Si la critica de Minneapolis ha de ser considerada ultraizquierdista, se meten dentro del mismo saco todos los grandes procesos contra los revolucionarios conocidos hasta ahora. Minneapolis vendría a representar un punto histórico en la táctica procesal de los revolucionarios. Según ese criterio, un Karl Liebknecht ante el tribunal militar no aparece ya como inocente ultraizquierdista, sino como provocador o loco de atar. No necesitamos declarar que preferimos esta clase de locura a la sabiduría de Minneapolis.

La cuestión nacional

Este problema, particularmente por el aspecto que tomó en Europa, se presta a gran número de divergencias de bastante importancia, aun estando de acuerdo sobre las lineas generales del mismo. La posición del S.W.P. no ha sido completamente uniforme; registra sus mayores debilidades en la época del auge germano, igual que su política general. Por entonces nuestros camaradas abordaban el problema partiendo del esquema general que convertía la derrota de Hitler en el principal objetivo del proletariado americano, y por extensión del mundial. El enfoque de la cuestión nacional tiene también su arranque en la concepción ya criticada de la nueva política militar. Caso de rechazarse esta explicación habría que encontrar otra, así como para los diferentes errores aquí criticados, y ciertamente, otra no sería mejor.

La irradiación oportunista de la política militar era tan fuerte que afectó incluso el problema nacional en países coloniales, donde toda divergencia entre cuartistas parecería imposible. No nos referiremos a ello sino como un ejemplo notable de las tonalidades a que llegó por ese camino el S.W.P.

En mayo de 1942, un editorial de Fourth International escribía lo siguiente con todas sus letras: «Cada vez más los obreros británicos y americanos preguntan: ¿Por qué el gobierno británico no concede las peticiones del pueblo indú y le conquista como aliado?»

Se debe permitir a los 400.000.000 de indús transformarse, de esclavos amargados en poderosos luchadores contra el fascismo, o de otra manera, los vencedores ejércitos japoneses y nazis enlazarán en el medio este, atrapando a las gentes de las islas británicas en una trampa de agua. Todo obrero que piense en Inglaterra no puede dejar de ver esta perspectiva como un peligro inmediato.

¿De qué problema se trata concretamente aqui, de la liberación de la India o de impedir la derrota de Inglaterra? En cualquier caso, lo primero cede la preminencia a lo segundo, convirtiendo el problema de la liberación indú en un elemento auxiliar de la estrategia militar aliada.

Con toda seguridad, las masas indús no han participado nunca de los mismos sentimientos que los autores del editorial mencionado. Para ellas, el problema de la liberación indú era de una importancia abrumadora, cuyo éxito debía parecerles más favorecido dejando a la gente de las islas británicas atrapadas en su trampa de agua, que sacándola de ella. En efecto, si con algún imperialismo hubiese podido permitirse maniobras del pueblo indú para fomentar la lucha por su independencia, no era precisamente el imperialismo británico, sino el japonés. Hubiese podido aprovechar la rivalidad entre los dos bandidos para arrancar armas al imperialismo japonés, de las cuales habría podido servirse para arrojar al agua al virrey y todos imperialistas ingleses, proclamar la independencia indú y hacer frente en seguida al bando japonés. ¿Quién duda de que la independencia indú hubiese sublevado toda el Asia y quebrantado aun más decisivamente al imperialismo japonés que al inglés? El poderío del primero se basa exclusivamente en Asia y Oceanía, mientras que el segundo dispone también de importantes recursos en África, América y Europa.

En todo caso, se esté o no de acuerdo con lo anterior, era totalmente falso y oportunista colocar el problema de la independencia indú en una relación de intereses pares con las necesidades militares del imperialismo británico. Por el contrario, la negativa de éste a otorgar siquiera una independencia formal a la India, se fundaba en los más sólidos intereses imperialistas y en inmediatas necesidades estratégicas. Con tanta mayor razón los cuartistas indús han debido practicar el derrotismo revolucionario, de lo que estamos seguros. Pero para nuestros camaradas americanos la salud del mundo se cifraba por entonces en esta fórmula mágica: «Como asestar a Hitler un golpe mortal». De cómo en como, llegaron hasta ese flagrante desliz oportunista, en el problema de la independencia de una de las colonias más bárbaramente explotadas del planeta.

El problema de la independencia nacional en Europa recibió también un empellón hacia la derecha. La lucha por la independencia nacional sostenida por los conglomerados heteróclitos aliadófilos, totalmente reaccionaria, fue muy deficientemente criticada; sus métodos de lucha fueron idealizados. En The Militant han aparecido fotos de «maquisards» franceses con comentarios aprobatorios. Al mismo tiempo, el sabotaje a que eran empujados los pueblos de Europa por los imperialistas y sus limpiabotas, verdadero peligro para el movimiento de masas, recibió mucha menos atención critica que en Minneapolis el sabotaje inexistente en los Estados Unidos.

En la resolución adoptada en el congreso de octubre de 1942 (The Militant, l7-11-1942), se decia: «La tarea de los obreros en los países ocupados es ponerse a la cabeza del movimiento insurgente del pueblo y dirigirlo hacia la lucha por la organización socialista de Europa». Añadía que los obreros alemanes eran aliados de los europeos.

Esta declaración, justa dentro de su carácter general, era totalmente insuficiente, dada la dirección que a las masas imponían burgueses y socialpatriotas rumbo al nacionalismo, el sabotaje y el guerrillerismo. La cuestión se planteaba concretamente en torno a esos tres elementos, y por oposición en torno a estos otros tres: movimiento de masas, armamento del proletariado y revolución proletaria. La resolución citada ni siquiera dejaba sospechar que existiera entre ambos tríos una oposición irreductible. Sin embargo, se hacía imposible en Europa el despliegue de una lucha revolucionaria, de clase, contra la ocupación alemana, sin combatir denodadamente los tres primeros elementos. Porque el problema de la ocupación o de la servidumbre europea, si bien se planteaba inmediatamente respecto del imperialismo alemán, teóricamente se planteaba respecto al imperialismo en general; el bando triunfante seria necesariamente el opresor. ¿Quién podría creer que los imperialismos aliados abandonaran voluntariamente Europa, antes de haber aplastado la revolución? El imperialismo alemán en particular no hacía más que dar la pauta a las necesidades del imperialismo en general. Sin la revolución victoriosa, Europa estaba y sigue estando condenada a la servidumbre, siempre respecto del bando triunfante. El problema de la independencia nacional es el de la revolución socialista, exactamente como en los países semifeudales la revolución democrático-burguesa depende directamente de la revolución socialista. Y si en los segundos nuestra organización ha condenado siempre la definición del carácter de la revolución como democrático-burguesa, con mayor razón debía plantear el problema europeo como directamente dependiente de la revolución proletaria continental. Tan impotente como es la burguesía de los países semifeudales para llevar a término su revolución, lo es la de los países europeos para mantener la independencia nacional. En unos y otros, las consignas características de cada problema son una función táctica de la revolución proletaria, únicamente perseguibles por los métodos propios de la revolución proletaria misma.

Se dirá quizás que en los países semifeudales la revolución democrático-burguesa es un problema insoluto del pasado, mientras que en Europa el de la independencia es replanteado con nueva actualidad por el desbordamiento reaccionario del imperialismo. Por el contrario, hay mucha menor actualidad, históricamente hablando, en la lucha por la independencia nacional en Europa, que por la revolución democrático-burguesa donde no ha sido hecha. Precisamente porque este último es un problema insoluto, mientras que los estados nacionales son una etapa ya cubierta en general por los pueblos de Europa. Su desarrollo económico, político y cultural, no les deja abiertos más que dos tipos de posibilidades: la unificación socialista por medio de la revolución proletaria, o la servidumbre bajo el imperialismo triunfante16.

Ahora bien, el nacionalismo, el sabotaje generalizado y las guerrillas, se complementaban respectivamente con armas de la burguesía nacional y los imperialismos aliados contra una solución socialista del problema europeo. La asistencia que les han prestado los traidores stalinistas y socialistas, reclamaba una lucha constante contra los mismos, en favor de la organización, la acción y el armamento de las masas. Para la resolución de nuestros camaradas americanos, el problema era inexistente. Pero si los documentos oficiales daban esquinazo al problema concreto, la actitud mantenida en la prensa se resume así: oposición al nacionalismo, crítica muy insuficiente del sabotaje y apoyo al guerrillerismo.

Este último se exteriorizó con particular exuberancia respecto a Yugoslavia, donde no sabemos qué particularidades intrínsecas del stalinismo hizo a nuestros amigos ver en Tito y sus partidas algo fundamentalmente revolucionario17. Hasta una fecha reciente la prensa del S.W.P. presentó este movimiento enteramente burgués y aliadófilo, punto menos que como una revolución social. Las citas pululan. Basta repasar la colección del órgano semanal correspondiente a 1942 y 1943. Dada la evidencia abrumadora, reproduciremos una sola, relativamente moderada; tomada de un artículo escrito por Wright, el dia 2 de febrero de 1943:

La creación de un nuevo poder estatal por medio de la apropiación de los poderes ejecutivo, legislativo, policiaco y militar, la confiscación de los almacenes de comestibles del estado, de los latifundistas, de madera de construcción, etc., y su reparto entre los campesinos; la confiscación de los bancos, ¿qué son todas estas sino medidas revolucionarias? ¿Y qué puede manar de ellas sino condiciones de guerra civil en el país?

Este y otros artículos en los que se pregonó a los cuatro vientos el carácter revolucionario del movimiento guerrillero, bebían en fuentes informativas stalinitas sin poner siquiera en cuarentena su veracidad. El no se qué de intrínseco revolucionario que nuestros amigos veían en Stalin —muy a despecho de él mismo, claro está— les llevó de la mano a la más loca idealización del movimiento guerrillero yugoslavo. En todo caso, hoy está por encima de toda duda que de él ha manado una resurrección del viejo estado capitalista. Lo que se haga en Yugoslavia de revolucionario irá contra Tito, no vendrá de él. No ya la confiscación de bancos, la propia distribución de latifundios a los campesinos se reducirá a una irrisión o a la nada. La realidad contrasta tristemente con la «creación de un nuevo poder estatal». Tomada a la letra esta declaración significa que sus autores consideraban hecha la revolución socialista, a menos que, volviendo a las ideas anteriores a la revolución permanente, se crea posible la revolución democrático-burguesa sin la proletaria como motor y prolongación a la vez. No insistiremos en lo que es demasiado innegable; basta con que el S.W.P. sepa corregir críticamente su error.

Con mayor o menor euforia que en Yugoslavia, el S.W.P. apoyó e idealizó todos los movimientos de guerrillas. Aun después de la derrota alemana en Francia, presentaba la penetración en España de algunas partidas de guerrilleros stalinistas refugiados en Francia, como un comienzo de guerra civil contra Franco temido por los imperialistas. ¡Partidas que entraban haciendo llamamientos a la oficialidad franquista al grito de ¡Viva Gil Robles!

La razón de esta posición es obvia. Por su interpretación de la política militar nuestros camaradas habían llegado a un debilitamiento de la lucha contra su imperialismo. ¿Qué tiene de extraño que apoyaran el guerrillerismo nacionalísta y antisocial? ¿No era una de las mil maneras de asestar golpes a Hitler? Su posición oportunista ante la guerra debe forzosamente tener un reflejo particular en la cuestión europea. A causa de ello,no podían ver que las guerrillas interferían en la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, devolviéndola al cauce de la guerra imperialista; que tomaban base en la parte que la lucha contra el ocupante tenia en el problema revolucionario europeo, para eliminar éste y dejar sólo el problema nacional; que eran un método de lucha adecuado a objetivos burgueses, contrario a objetivos proletarios. Lejos de representar una forma de guerra civil, cual las han definido algunas veces nuestros camaradas, impedían o trataban de impedir el despliegue de ésta, y estaban destinadas, en última instancia, a extirpar la guerra civil del proletariado contra la burguesía. Su primer cometido consistía en restringir al mínimo posible el armamento de las masas. Nuestro deber era desenmascarar ese propósito de la burguesía, los reformistas y los stalinistas, y persuadir a los revolucionarios de que su puesto estaba en los lugares de trabajo —aunque fuera en Alemania— y en la lucha de clases cotidiana18.

Así, el acuerdo sobre las grandes líneas del problema europeo —revolución proletaria, Estados Unidos Socialistas de Europa— está lejos de absolver la política del S.W.P. La concesión metodológica a las guerrillas es una concesión indirecta al objetivo nacionabburgués, explicable, a su vez, por la concepción de indulgencia hacia el bando democrático que primó en el Partido. Los obreros y los revolucionarios que hayan ido a las guerrillas se encuentran ahora metidos en un cepo. Serán convertidos en fuerzas represivas del estado capitalista o desarmados y perseguidos si se resisten a ello, lo que les será difícil estando preaviamente encuadrados y controlados por los traidores. Para no traicionar a su clase y no convertirse en instrumento de las coaliciones reaccionarias burgués-staliniano-reformistas, tendrán que reintegrarse a la lucha de clases cotidiana, por donde debimos aconsejarles comenzar. Habiéndolo hecho desde el principio habrían ganado tiempo y muchas posibilidades para la acción y el armamento revolucionarios. Consecuencia: la inducción a las guerrillas de nuestros camaradas americanos trababa la lucha por la guerra civil y la revolución social, en beneficio de la citada coalición de burgueses y traidores.

En vano han pretendido justificar su posición diciendo que los revolucionarios deben entrar en todo movimiento que adquiera un carácter de masas, para guiarlo hacia objetivos revolucionarios, etc. La noción guerrilla y la noción movimiento de masas se excluyen respectivamente, sobre todo en la época actual y en relación con el objetivo socialista. A menos que nuestros camaradas crean posible el armamento de las masas al margen de las fábricas y de los lugares de trabajo en general. Si no lo creen así, confiesan al mismo tiempo que su inducción a las guerrillas ha sido una metedura de pata y que debieron inducir, en su lugar, a abandonarlas en favor del movimiento de masas y de su armamento.

A fines de 1943, como consecuencia de la primera victoria parcial de la clase trabajadora italiana, el S.W.P. hizo un movimiento a la izquierda. Está expresado en la resolución aprobada en el plenum de diciembre. No obstante, tampoco en este documento se encuentra una crítica del guerrillerismo, pese a que, en Yugoslavia, Tito mostraba ya toda su densidad reaccionaria, y en Francia era notorio que el movimiento «maquisard» estaba destinado a impedir el armamento del proletariado industrial y a suministrar al gaullismo su primera fuerza coercitiva. Es sabido que los obreros de París hubieron de arrancar al ejército alemán la mayoría de las armas con que lo rechazaron. Por otra parte, Leclerc, jefe de las Fuerzas Francesas del Interior, apenas estallada la insurrección parisina, concertó un armisticio con el comandante de las fuerzas alemanas, permitiéndole salir con sus armas para impedir que cayeran en manos de la clase trabajadora19. Propiamente hablando, las F.F.I. eran los «maquis». Las masas que se echaron a las barricadas escapaban por completo al control gaullista; eran el ejército proletario de la guerra civil, frente al cual, los guerrilleros controlados por de Gaulle, stalinistas y socialistas, representaban las fuerzas del orden burgués y de la guerra imperialista. Representaban al mismo tiempo un puente para el desarme o la incorporación al ejército capitalista de los obreros que habían logrado armarse. Así, mientras más débiles hubiesen sido las guerríllas, más posibilidades hubiesen tenido las masas de armarse y de desbordar con su armamento a la coalición traidora gaullisto-stalíniano-socialista. En el desarrollo práctico de la situación europea aparece innegablemente claro nuestro deber.

Naturalmente, este error del S.W.P. apenas merecería ser criticado si se tratase únicamente del Partido americano. Pero la política de éste, dadas las condiciones mundiales, era la más visible de todos los partidos de la Cuarta; ha podido influenciar a grupos de militantes y simpatizantes allí donde el problema era candente.

La resolución de fines de 1943 ponía a la orden del dia el problema de constitución de los órganos de poder (para Europa) y las consignas revolucionarias en general; pero la prensa semanal del partido continuó hablando casi exclusivamente de consignas democráticas, sin poner de relieve la importancia de los saltos de las masas, de los cambios bruscos, no estando preparados para los cuales, los partidos revolucionarios de Europa se encontrarán rezagados y sin posibilidad de enlazar con las masas, en cuantas ocasiones éstas se pongan en movimiento. Por ejemplo, en Nápoles, Roma, en Paris y otras ciudades francesas, sólo pudo actuarse en los primeros momentos con las consignas: órganos de poder y unificación de los mismos, armamento del proletariado y desarme de la burguesía, confiscación de la propiedad industrial, bancaria y agraria. Pero en esos momentos The Militant sólo hablaba de consignas democráticas, y aun esto, para ser obtenidas graciosamente de manos de las tropas aliadas ocupantes. Concebía la revolución como si fuese una escalera cuyos peldaños no pudiesen en ningún caso ser saltados. El hecho que la situación haya vuelto atrás (no sabemos exactamente en qué medida) y que como consecuencia las consignas democráticas deben ocupar nuevamente su puesto defensivo y su categoría de enlace con las consignas decisivas, no invalida lo anterior. En la mayoría de los países de la Europa de hoy, la lucha por el armamento y por el poder proletarios constituye el envite principal de las masas en cada una de sus acciones en la calle; envite más consciente de lo que pudiera creerse juzgando únicamente por la importancia del partido revolucionario en relación con los partidos traidores. Si el partido revolucionario es la conciencia y las necesidades de las masas hechas organización, las masas de por sí, con o sin partido, adquieren una experiencia propia que tiende a concretizarse en adquisiciones siempre que actúan. ¡No hay que subestimar esa experiencia en Europa! Cuantas veces las masas se lancen a la acción, el partido revolucionario, pequeño o grande, no dispondrá de otro puente para enlazar con ellas que el de las consignas decisivas.

Lo que, respecto a Europa, nos parece más débil y criticable en la resolución americana de 1943 —única vigente hasta ahora—, es lo tocante a la lucha contra el imperialismo americano. Cierto, la resolución prevé, en términos generales, la necesidad de fraternización entre los obreros europeos y los soldados de las nuevas fuerzas ocupantes, para terminar con este párrafo sobre el papel con- trarrevolucionario del imperialismo americano:

La mayor contribución que los revolucionarios americanos pueden dar a la lucha por el socialismo en Europa, es descubrir estos objetivos contrarrevolucionarios (enumerados en la exposición anterior. Paréntesis nuestro); luchar sin descanso contra ellos; movilizar a los obreros americanos contra el programa reaccionario del gran capital; despertar sentimientos de solidaridad con sus menesterosos hermanos de clase en Europa y en todas las partes del mundo.

Indudablemente, esa es la dirección justa, pero no nos contenta del todo de la parte de un partido americano, sobre todo cuando ya los ejércitos aliados están poniendo por obra el aplastamiento de la revolución europea. El problema requeriría todo un plan práctico de propaganda y acción contra los planes de Wall Street, y la máxima agitación posible entre los soldados americanos induciéndoles a la fraternización. Nos parece, además, que la consigna que ha sido empleada en la prensa—«Manos fuera de la revolución europea»— debe ser substituida, o al menos completada por esta otra: «¡Fuera de Europa los ejércitos yanki-británico-rusos!» La primera admite una compatibilidad entre la revolución europea y una ocupación neutral; la segunda no, afirma por sí misma que la revolución y la ocupación son incompatibles. Debe tenerse en cuenta, además, que una vez victoriosos los ejércitos aliados, la consigna «¡Fuera los ejércitos yanki-británico-rusos!» adquirirá mayor importancia y popularidad con cada mes que transcurra. Terminará convirtiéndose en ei objetivo cumbre de todas las actividades revolucionarias en Europa, seguramente también en Asia.

Declarémoslo, no pedimos que el plan arriba indicado sea expuesto en una resolución, pero si que se le acuerde toda la importancia que tiene y que se ponga por obra. En la resolución está indicado el problema al pasar, en volandillas. En todo caso, de la puesta en práctica del plan que reclamamos depende la justeza o la insuficiencia de la resolución en lo concerniente a Europa. Esperamos que no se considere también ultraizquierdismo pedir que el plan sea uno de los principales, si no el principal, a llevar a cabo por nuestro partido americano. E indiquemos incidentalmente que se presta a una campaña de acciones de frente único con otras organizaciones, enlaza perfectamente con la campaña pro-paz y puede servir directamente de motivo de agitación en los sindicatos contra los dirigentes traidores. Desde luego, adelantemos que no haríamos esta critica si supiéramos que algo en este sentido está siendo puesto en marcha por nuestros camaradas americanos...

La defensa de la Unión Soviética

El S.W.P. ha considerado siempre la defensa de la URSS muy unilateralmente, exagerando hasta lo inadmisible la contradicción entre la Unión Soviética como un todo, la burocracia incluida, y el mundo capitalista. De ahí resbaló a una defensa casi exclusivamente militar, descuidando el aspecto lucha contra el stalinismo, y a una estimación totalmente falsa de lo objetivo y revolucionario del stalinismo y de la planificación industrial. El mecanicismo y el pragmatismo infiltrados en S.W.P. a través de la sociedad americana, adquirieron en el problema de la URSS su floración más perfecta. Todo se encadenaba en él de manera deliciosamente materialista. Estado obrero degenerado significaba economía socialista y estructura política burocrática, incluso anti-proletaria, si se quiere. Pero lo determinante en la historia es el sistema de producción. Luego siendo el sistema de producción socialista, su victoria sobre el imperialismo atacante debía producir consecuencias «objetivamente» revolucionarias; luego defensa militar y más defensa militar de la URSS, olvidando que la burocracia es también algo objetivo, pero no precisamente revolucionario. ¿Al fin y al cabo, no es el sistema de producción lo determinante? Y así sucesivamente.

Nuestra «defensa incondicional de la URSS» era una consigna fundamentalmente militar, destinada a impedir la derrota del estado obrero degenerado a manos del imperialismo y determinada en gran medida por la derrota general de la revolución mundial. Sin embargo, no excluía la lucha contra el stalinismo, hasta su derrocamiento durante la guerra si se hacía posible. Al contrario, era un complemento indispensable sin el cual la defensa de. la URSS se tomaba, en mayor o menor medida, defensismo stalinista.

Por otra parte, la contradicción entre el sistema de propiedad soviético y el capitalista estaba poderosamente contrarrestado por el carácter reaccionario de la burocracia, cada dia más sólidamente apoyada en bases materiales. No era una contradicción absoluta sino en la medida en que la Unión Soviética completase o tendiese a completar en todos sus aspectos la planificación socialista (nivelación técnica, cultural y económica de los diversos estratos sociales, aflojamiento de la organización estatal) y buscase su forzoso completamiento en la planificación internacional (revolución proletaria mundial). Dirección diametralmente opuesta a la seguida por la URSS bajo el stalinismo.

Defendiéndose a sí misma, la burocracia defendía también, cierto, la economía planificada, pero sólo del imperialismo atacante. En eso debía apoyarla el proletariado soviético y mundial. Pero la burocracia, que siempre dañó la economía planificada, aceleraba durante la guerra todo su proceso de desarrollo reaccionario (proceso económico de conversión en clase y proceso político reaccionario, con su importantísima proyección internacional); en eso ya no podía apoyarla el proletariado sino que debía combatirla con toda la energía posible durante la guerra misma. De ahí se deducía también que lo objetivo revolucionario de la planificación no pudiese desarrollarse en subjetivo revolucionario, ni interior ni exteriormente, más que completando la victoria militar soviética con la victoria del proletariado sobre la burocracia.

Pero el S.W.P. presentó la defensa de la URSS de manera casi exclusivamente militar, dejando en la sombra o reduciendo a formalidad ritual la necesidad de lucha simultánea contra el poder existente. En sus resoluciones, editoriales y manifiestos sobre el problema, no faltan condenaciones de la camarilla stalinista y denuncias de los perjuicios que causaba a la defensa del país. Pero era harto formal; se limitaba a la repetición de una idea siempre expresada por nosotros y quedaba en realidad perdido en medio de la balumba del defensismo militar. La necesidad de lucha simultánea contra el stalinismo desapareció casi por completo de la prensa de nuestro partido americano. Su defensismo adquirió un matiz de patriotismo oficial. Su prensa reproducía fotografías stalinistas sobre la alegre heroicidad de los soldados, los guerrilleros, los trabajadores y campesinos soviéticos; esas fotografías en que la gente aparece sonriente y delirante de encontrarse bajo la genial conducta de Stalin. ¡Cómo si para convencer de la justeza de la defensa de la URSS se necesitase mostrar a obreros, campesinos y soldados, en la forma que los presenta la propaganda stalinista!

Pero esto no es más que un detalle eufórico defensista del S.W.P. Su principal error es haber dado a la defensa de la URSS una trascendencia revolucionaria muy exagerada y totalmente automática. A creerle, de la victoria militar de la URSS fluiría inevitablemente el triunfo de la revolución proletaria al menos en Europa. He aquí un párrafo escrito en The Militant el 27 de febrero de 1943:

...es casi imposible concebir la marcha del Ejército Rojo dentro de Alemania sin que se siga una revolución social.

La misma idea, aun más arrebatadamente, sigue expresándose hasta bien entrado el año 1944. El movimiento revolucionario, producto de la derrota militar en abstracto, a manos de cualquier ejército que fuere, era presentado como consecuencia particular del avance del Ejército Rojo. «Bourrage de cráne»20, para decirlo brevemente. El proletariado europeo era inducido a la somnolencia: «¡Dejad que el ejército de Stalin avance y os encontrareis de la noche a la mañana con la revolución entre las manos!» —esto quería decir, por mucho que lo nieguen, la propaganda de nuestros camaradas.

Este error de sobrestimación de la importancia revolucionaria de los avances del ejército de Stalin llevaba naturalmente aparejado su contrario: una subestimación del papel reaccionario del mismo ejército y de sus jefes, por donde quiera que pasasen o se estableciesen. Y estamos seguros de debilitar la crítica al decir subestimación, porque no recordamos que nuestros camaradas hayan alertado contra Stalin a las masas de los países fronterizos con la URSS y aconsejado medidas en consecuencia. Al contrario, han tenido una marcada tendencia a inducir la lucha proletaria en esos territorios, a ponerse a las órdenes del ejército de Stalin. ¡Ratonera segura para la revolución y los revolucionarios! Esta ha sido la tendencia hasta el momento mismo en que escribimos.

Las advertencias sobre el carácter antirrevolucionarío del stalinismo no tienen ningún valor operante en los territorios ocupados por el Ejército Rojo si no llevan como corolario la exigencia: «¡Fuera el Ejército Rojo!», exactamente como antes se decía: «¡Fuera el ejército alemán!» y ahora debe decirse en Europa occidental: «¡Fuera los ejércitos angloamericanos!» ¿De qué pueden servir las admoniciones contra el stalinismo si al mismo tiempo se impone a la clase trabajadora el deber de ayudar al ejército de Stalin, instrumento contrarrevolucionario de la camarilla stalinista? ¡Ya no se trata, como en 1939-1940, de adquirir posiciones estratégicas… para la defensa militar de la URSS! Lo que está ahora en juego es la suerte de la revolución europea, y en particular el asentamiento definitivo de la burocracia como clase, o su destrucción. Pero el Ejército Rojo actual no puede servir de instrumento a la revolución en ningún país; será su verdugo. La conducta de los revolucionarios frente a él tiene que ser esencialmente la misma que frente a cualquier ejército capitalista: fraternización, paso de los soldados a las filas revolucionarias, descomposición del ejército como instrumento de la banda contrarrevolucionarias del Kremlin. expulsión del mismo por medio de las armas, en cuanto sea posible ponerlo por obra a la clase trabajadora. Así como el aparato estatal stalinista tiene que ser barrido en la URSS para dejar libre curso a la estrangulada revolución de Octubre, el ejército, donde siempre hemos localizado la quintaesencia de la degeneración stalinista, tiene que ser desbaratado y reconstruido sobre bases revolucionarias. ¿Por qué no encentar esta tarea en la propicia atmósfera revolucionaria que los soldados soviéticos encontrarán en los países donde penetren? Toda otra actitud nos parece un auxilio al stalinismo.

Lo sabemos; se atraviesa como obstáculo nuestra propia concepción de la defensa incondicional de la URSS. Pero solamente si se tiene de ella una concepción rígida, formalista, definitiva. Lo dicho a este respecto durante la guerra fino—soviética (auxilio al Ejército Rojo, paso a sus filas, al mismo tiempo que independencia política frente al stalinismo), era un sacrificio impuesto por las condiciones mundiales, en favor de la entonces meta principal: la defensa militar de la URSS. Cumplido este cometido, y teniendo en cuenta el poderoso peligro contrarrevolucionario que significa el stalinismo, tanto para la revolución europea como para los maltratados restos de la revolución de Octubre, las formulaciones de la defensa de la URSS tienen que ir cambiando en relación con el cambio de situación dentro y fuera de la URSS. De otra manera nuestra política será de un automatismo cegato, pero no revolucionaria.

Con el cambio de la situación militar y política, el enemigo principal de la economía planificada ha ido desplazándose del imperialismo atacante al stalinismo interior. Nuestra organización ha de reflejar el cambio o quedarse petrificada en situaciones pasadas y condenarse a la impotencia en la URSS y en los países que ésta ocupe. En realidad hace mucho tiempo que debió efectuarse el cambio.

Va ya para un año que el Grupo español en México propuso un cambio en la concepción cuartista de la defensa de la URSS. No es necesario repetir lo ya dicho en el documento «La defensa de la Unión Soviética y la táctica de los revolucionarios». Constituye una especie de apéndice adelantado a este capítulo, al que es preciso recurrir para considerar más completamente nuestra concepción. Se resume así: la defensa de la URSS significa hoy, sobre todas las cosas, lucha a muerte contra el stalinismo; a ella deben subordinarse las mismas necesidades de la defensa militar, de la misma forma que antes subordinábamos la lucha contra el stalinismo a la defensa militar. Añadamos que si nuestros camaradas americanos no hubiesen exagerado desorbitadamente la importancia revolucionaria, exterior e interiormente, de la victoria militar dirigida por la burocracia, habrían estado en condiciones de cambiar progresivamente la defensa militar por lucha contra la burocracia.

La exageración de la contradicción entre la Unión Soviética como un todo y el mundo de la propiedad privada, les llevó a dar una impresión radicalmente falsa de las diferencias entre el gobierno del Kremlin y los imperialistas de Londres-Washington. Reiteradamente se ha podido leer en The Militant a grandes titulares: «Los imperialismos aliados temen las victorias del Ejército Rojo», a los que seguían artículos mostrando la burguesía aliada temblorosa de los movimientos revolucionarios que suscitaría el avance del Ejército Rojo (de éste en particular y no de otro), y aterrada por los cambios que introduciría en el sistema de propiedad, cosa admitida como indudable. El mundo proletario era inducido a creer que la salvación sería dada automáticamente, en sus tres cuartas partes al menos, por la victoria militar de la URSS, y que entre los imperialistas y la burocracia los puntos de acuerdo eran mucho menores que los de divergencia. De ahí se deducía que, más tarde o más temprano, la burocracia y sus aliados actuales se enfrentarían, viéndose aquella obligada a jugar «objetivamente» un papel revolucionario.

La realidad es clara y diametralmente opuesta. La penetración del ejército de Stalin en Europa oriental es un peligro para la revolución tan grande como lo fue la ocupación de Hitler y como lo es en Europa occidental la presencia de los ejércitos yanki-británicos. Y en cuanto a las divergencias entre los imperialistas y la burocracia, son cada vez más parecidas a las existentes entre dos imperialistas; dadas sus propias necesidades reaccionarios, —elevadas hasta la exasperación como consecuencia de la guerra— los expoliadores del Kremlin tienden a coincidir completamente con los imperialistas en cuanto al sistema de propiedad, incluso para la URSS. No es necesario aprontar testimonios de lo ocurrido en los territorios donde ha penetrado el poder del Kremlin. Los conoce todo el mundo. Tampoco hablaremos del estupendo programa y la composición de clase de los diversos comités moscovitas apellidados «libres», particularmente el de Alemania. Para no repetir lo ya dicho en otros documentos, nos limitaremos a preguntar: ¿dónde están o por donde apuntan los tantas veces proclamados inminentes resultados revolucionarios, subsecuentes al avance del ejército de Stalin en particular? Hasta ahora, el mejor ejemplo de que disponemos es Varsovia... De Gaulle y los aliados no fueron tan lejos con Nápoles. París y Roma.

En suma, la concepción de nuestros camaradas sobre la URSS, su defensa, y los resultados de la misma, estaban empapadas de un economismo y un materialismo mecánicos. De ahí su idealización del resultado inmediato de la victoria soviética, que indujo a error a cuantos cayeron bajo la influencia del S.W.P. De ahí también su incapacidad para cambiar a tiempo la defensa militar en defensa contra el stalinismo, lo que perdura en el momento que escribimos. Aun se niegan a ver que la defensa de la URSS, tal como nos fue impuesta por las condiciones mundiales y por el triunfo del bonapartismo stalinista, no era mas que un plazo, una dilación, cuyos frutos no podrían ser recogidos sino tras la destrucción de la burocracia. El triunfo militar, por si mismo, no abocada a resultados revolucionarios, sino a la lucha inmediata y a muerte por los resultados revolucionarios. ¡Pero hace falta cambiar la defensa militar en defensa contra el stalinismo!


Cerrando este documento, recordemos en relación con los errores de nuestros camaradas americanos el caso de los bolcheviques rusos en 1914. Sobre ellos dice la tesis «La IVª Internacional y la guerra»:

Pese al hecho que la Rusia revista, por mucho que esforcemos la imaginación, no podía ser considerada ni como democracia ni como portadora de la cultura, ni, por último, como colocada a la defensiva, la fracción bolchevique de la Duma, juntamente con la fracción menchevique, lanzó al principio una declaración social-patriota diluida en rosado pacifismo internacionalista. La fracción bolchevique asumió pronto una actitud más revolucionaria; pero en el juicio a que se la sometió, todos los diputados acusados, con excepción de Muranof e incluyendo a su guía teórico Kamenef, categóricamente se apartaron de la teoría derrotista de Lenin. El trabajo ilegal del partido casi se extinguió en los comienzos. Solo gradualmente comen:aron a aparecer folletos revolucionarios que convocaban los obreros hacia la bandera del internacionalismo, sin que no obstante se propusieran consignas derrotistas..

Sobre el mismo caso, Lenin escribe:

A este chovinismo, se opusieron los diputados socialdemócratas mientras estuvieron en libertad. Pero su deber era preservarse también de él ante los jueces. El órgano de la burguesía constitucional demócrata, «Recht», agradece servilmente a la justicia de la autocracia el haber disipado la leyenda según la cual los diputados social-demócratas deseaban la derrota de los ejércitos imperiales; poco importa que los socialistas-revolucionarios, los social-chovinistas, los liquidadores, advierten con júbilo la menor, debilidad, el menor desacuerdo aparente de nuestras diputados con el Comité Central. Necesitan, —¿no es así?—, combatirles en el terreno de los principios. El partido del proletariado revolucionario es bastante fuerte para criticarse él mismo abiertamente, para decir que una falta es una falta, y que una debilidad es una debilidad.

La IVª Internacional y sus partidos sabrán también corregir sus propios errores.

Noviembre 1944


1 Subrayado nuestro
2 Subrayado por nosotros. Páginas 48, 49 y 52 del folleto «Socialism on Trial»
3 Subrayados nuéstros
4 S. JOYCE: Recent tendencies in our party; Internal Bulletin, Volumen IV. Nº ll, agosto 1942. Pág. 9
5 Subrayados nuestros.
6 Subrayados nuestros.
7 Abuso de la argumentación silogística. (Nota del editor).
8 En una carta publicada en el "N. Y. Times” (5, junio 1943), Browder, el lider stalinista americano, decia: "Los comunistas americanos están incoridia cionalmente apegados a la regla de la mayoría, y nadie tiene razón para temer el verdadero movimiento comunista, excepto si teme la regla de la mayoría, y excepto si la mayoria gira hacia el comunismo”. ¡Cuán parecido a las decla' raciones de Minneapolis!
9 V. I. Lenin: Contra le Courant, páginas 57 y 58
10 Subrayado por nosotros.
11 Learn to think. Fourth International, julio 1938.
12 Veremos, al tratar la cuestión nacional, que lo admite, en cuanto es sabotaje individual e insurreccionalismo esporádico de minorías, en “el sentido propio" del término; pero eso si, en territorio enemigo.
13 Cannon emplea como elemento exculpatorio una respuesta suya al fiscal . en la que no tuvo más remedio que solidarizarse con una acción violenta del Partido, años atrás. El argumento se vuelve contra él mismo, porque la respuesta, sobre ser forzada, está en flagrante contradicción con todo lo declarado al respecto voluntariamente.
14 V. I. Lenin, Contre la Courant, págs. 86, 116 y 117
15 Sin quererlo, nos vemos obligados a recordar esto porque el camarada Cannon ha tenido el tino de calificar la critica de Minneapolis de radicalismo «que empieza y termina en el papel».
16 Puede verse este problema tratado más detenidamente en los artículos, Independencia nacional y revolución proletaria bajo el dominio nazi en Europa, Algunas observaciones sobre las guerrillas, más Vindicación de la guerra civil y gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista. Contra la Corriente, Nº 11, 12, 14 y 18.
17 En The Mílitant se encuentra a veces algunos artículos con una posición más revolucionaria, pero la tónica, el punto de vista de la dirección del S.W.P. era el otro.
18 En este problema el S.W.P. siguió una linea opuesta a la de Minneapolis. No seguir la suerte de su generación en la fábrica, en la deportación a Alemania si se hacía imposible evitarlo por la lucha de masas, sino la guerrilla, deserción práctica de la lucha de clases, no otra cosa que sabotaje individual o de grupo, «ínsurreccionalismo esporádico» y aventurerismo, además de método nacional-burgués… inexplicable sin admitir que toda su concepción política hacia concesiones al bando de casa. Hemos sido nosotros, los acusados de ultraizquierdismo, contra quienes se ha gastado pólvora para enseñarnos que el sabotaje individual no es cosa marxista, quienes hemos combatido más persistentemente sabotaje y guerrillas.
19 Hemos sabido más tarde que este armisticio fue concertado no por el general Leclerc, sino por el Comité de Liberación de París, lo que da mayor fuerza a nuestra tesis.
20 Expresión francesa que significa despropósito o lavado de cerebro. (Nota del editor).