Partido-Estado, stalinismo, Revolución

A mi mujer, Arlette, a mis hijos, para todos los niños, para todas las mujeres, para todos los hombres del mundo.

Partido-Estado, stalinismo, RevoluciónEl sistema económico ruso y la transición hacia el comunismoDel bolchevismo al stalinismoEl partido-estado y la contrarrevolución stalinistaLa política Exterior Rusa y el capitalismo mundialLa crisis de la contrarrevolución rusa aspecto de la crisis del sistema capitalista

El sistema económico ruso y la transición hacia el comunismo

La pronta recuperación del capitalismo occidental y su crecimiento después de la guerra, la parálisis generalizada del proletariado y su atonía ideológica, el ascenso de la potencia rusa -tras el de la americana- y la extensión de su stalinismo en Europa y Asia, el equilibrio del terror termonuclear, la ausencia de una lucha por la revolución mundial, la presencia muy tardía y reaccionaria de tantos nacionalismos, el desbarajuste teórico, cuando no la ruindad, de los partidarios de la revolución proletaria, son fenómenos muy entrelazados unos con otros. Están, en realidad, codeterminados, pero su recíproco determinismo pasa inapercibido o está falseado para la mayoría de la gente, gracias a una mistificación sembrada a voleo durante medio siglo, tocante a la naturaleza del sistema de propiedad ruso. Que tal mistificación tenga por origen una revolución, o más bien, dicho con exactitud, una grandiosa tentativa de revolución comunista mundial, hace la mentira aún más torva y odiosa.

Desmitificar poniéndola en evidencia ha de ser pues paso inicial de un cometido teórico que prefigure el trastrueque de la actual situación. Tanto más, cuanto que requiere atacar no sólo el stalinismo y a sus clientes, sino también a la mayoría de sus enemigos, asidos a nociones falsas, mecanicistas o muertas, y que debe dar por resultado un cuadro bien trazado del curso reaccionario de los acontecimientos y el esbozo de una estrategia revolucionaria en escala mundial.

Jamás régimen alguno ha disfrutado allende sus fronteras de tan vasto prestigio como el régimen ruso. Sus propios opositores, han contribuido a ello por la naturaleza limitada o lo erróneo de sus críticas, mientras que sus incondicionales y simpatizantes transformaban sus expoliaciones, sus asesinatos, sus crímenes contra el proletariado ruso y mundial, sus abyectas calumnias del adversario en otros tantos actos de salvación. ¡Y aún no han terminado!.

Ese régimen ha sometido el proletariado a intensa explotación doblada de penuria alimenticia y de una estrecha vigilancia policíaca hasta la vigilancia del pensar; ha condenado a trabajos forzados decenas de millones de hombres; ha ejecutado a centenares de miles sin decisión judicial; ha torturado física y moralmente a millares de personas para arrancarles «confesiones»; ha organizado los procesos más falsificados de la historia; ha exterminado metódicamente a los bolcheviques de 1917. Por otra parte, ha invadido Polonia y países bálticos en contubernio con la Alemania de Hitler, conquista ratificada por Estados Unidos, abandonándole además cinco países y la mitad Alemania; en fin -y me limito a lo más grueso después de haberle arrimado el hombro a Hitler, ese régimen empuja sus partidos a la defensa nacional en el Bloque Americano, regimenta por su intermedio al proletariado, y al terminar la guerra lo fuerza a deponer armas, lo unce a la productividad y revigoriza así el sistema zozobrante con mayor eficacia que el plan Marshall. A su vuelta de Moscú, Thorez y Togliatti fueron los verdaderos salvadores del capitalismo occidental, en manera alguna el Estado Mayor yankee-británico, y menos De Gaulle.

Nada de eso importa. «La URSS país del socialismo»[^1] sigue poniéndola por las nubes una monstruosa e incesante publicidad, tan obscurantista como los hechos mismo que ella falsifica, oculta, deforma o glorifica. Era de esperarse, puesto que los partidos pseudo-comunistas están ahormados cuerpo y alma, pasado, presente y futuro, por el sistema social imperante en Rusia, cuya naturaleza quedará definida aquí. Ahora bien, dicha publicidad tiene por objeto, antes que nada, hacer leva de una futura «inteligentzia» a imagen de la que tiene en el Kremlin su Cuartel General, pues los obreros y los simples individuos honrados no pueden ser ya engañados sino a medias, no por largo tiempo, y nada por completo en cuanto partido e «inteligentzia» trepan al poder. Desempeña cerca de los trabajadores la misma función de engañifa que la publicidad burguesa. El stalinismo sabe, por Marx mismo, que la ignorancia de las ideas revolucionarias entre el proletariado es necesidad para la extracción de plusvalía. Planificar tal ignorancia es para aquel cuestión vital.

Después de todo, el stalinismo juega su papel. Son las tendencias críticas respecto de él, incluso las antistalinistas, las responsables de que no se haya alzado en su contra un movimiento obrero fuerte. Entre ellas, la culpa más grave recae en el trotzkismo, cuyos argumentos, bajo auspicios de Trotzky y de Lenin, causan mayor impresión en los jóvenes y los arriman a posiciones conservadoras. La acusación más completa y valiente del régimen stalinista (caso que ya no es el de ninguna tendencia trotzkista actual) a nada conduce, salvo a la castración política, si no se engloba en ella el sistema social, y una apreciación crítica de la Revolución rusa. Para el trotzkismo, en efecto, la burocracia stalinista es una cosa, y otra cosa enteramente diferente su base social, la propiedad de los instrumentos de producción. Así pues, la noción en que se inscribe tan pasmosa diferenciación: «URSS Estado obrero degenerado», es lo primero a considerar.

Los argumentos trotzkistas son conocidos. El régimen político es malo, incluso reaccionario, el sistema económico bueno, pese las distorsiones que le inflige aquel. Hay que combatir el uno y defender el otro, pues a sus ojos, la nacionalización y la planificación son el modo de producción más progresivo de la Historia. En suma, «no hay que tirar el niño con el agua sucia de su baño». Por consecuencia, «defensa incondicional de la URSS» frente a todos sus enemigos exteriores.

Al empezar los planes quinquenales esos argumentos podían causar cierta impresión, y la causaron. De todas maneras, hubo precipitación al identificar la designación y lo designado, en detrimento de los factores esenciales, se verá a continuación. Mas hoy, después de 45 años de dicha planificación, con cuanto se sabe de la economía rusa, lo que nos oculta obstinadamente y lo que se nos dice de falso y de verdadero, ¿qué relación con la idea revolucionaria de la planificación y con el socialismo se le puede encontrar?. Quienes todavía creen ver alguna están, ¡ay! a merced del Kremlin. No ha restablecido la propiedad privada, es evidente, y sigue hablando de planificación, de socialismo y hasta de defensa de la revolución. Y los de la incondicionalidad continúan repitiendo cual eco mortecino: «lo que nosotros defendemos es lo que queda de la revolución, no la burocracia». No comprenden que su pretenso resto de la revolución es el caldo de cultivo nutricio del despotismo stalinista. También Napoleón III solía decir «mi nombre es inseparable de la revolución». Mera engañifa populachera, si bien la economía de su época había surgido incontestablemente de la revolución burguesa. Por el contrario, no ha habido propiedad ni planificación socialistas surgidas de la revolución de Octubre.

Pero admitamos hipotéticamente, en aras de la interpretación teórica y a fin de combatir al adversario en su propio terreno, que la nacionalización y la planificación, tal como han sido practicadas en Rusia desde el primer día, proviniesen de una revolución socialista. ¿Cuál deberá ser entonces el punto de partida para analizar el fenómeno ruso, el carácter objetivo de la planificación, o el carácter objetivo-subjetivo del poder político, cuya tendencia contrarrevolucionaria reconocía Trotzky? Los defensores de Rusia parten de la planificación, que según ellos habría debido desembarazarse del poder burocrático, mera excrecencia, al paso de sus propios resultados, o bien repentinamente, por revolución política. Mas la burocracia stalinista no es catalogable en la categoría de excrecencia que tantos le disciernen, no sólo trotzkistas. Su poder político no habría encontrado manera de mantenerse, a menos de ser una objetivación superestructural del sistema económico. De forma que, incluso desde el punto de vista del análisis de Trotzky, la ley dialéctica de la transformación de la cantidad en calidad tiene que estar ampliamente confirmada al cabo de 50 años de la más absolutista de las dominaciones burocráticas…

En realidad no había necesidad ni posibilidad alguna de semejante transformación, porque en el terreno de la revolución socialista es aún más imposible que en cualquier otro que poder político y economía se desplacen en direcciones opuestas. Pero hay que guardarse de anticipar.

Culebreando entre la izquierda y la derecha, los diversos sistemas conocidos en el decurso del tiempo han tenido manifestaciones políticas reveladoras de sus características progresivas. El capitalismo pudo conceder, forzado por las luchas obreras cuando no voluntariamente, el sufragio universal, el derecho de organización y de huelga, la libertad de prensa y la llamadas garantías individuales. Nunca ha sido un régimen de opresión para la burguesía. Pero admitiendo en Rusia la existencia de una verdadera planificación descubrimos, sobre la base del más progresivo de los sistemas, el más reaccionario de los regímenes políticos, comparable al fascismo hitleriano en la época moderna, y en la antigüedad a la fase más despótica del Imperio Romano. Aún fuera de cualquier otra consideración, se impone por ende reconocer que la economía rusa no conserva la más remota relación con el socialismo. De lo contrario se arroja por la borda la concepción materialista de la sociedad y de la Historia, desenvolvimiento económico y desenvolvimiento político tomaría direcciones contrarias, la historia humana sería entonces el caos incomprensible de que hablaba Schopenhauer.

El argumento de la excrecencia provisional, Deux ex machina que el trotzkismo pone aquí en escena, se derrumba por su propia inconsistencia. En primer lugar, el carácter provisional de un régimen político no le confiere en absoluto posibilidad de sacar adelante una economía revolucionaria, mientras él mismo se hace cada día más reaccionario. En segundo lugar, si la gestión económica de la burocracia fuese siquiera algo positiva, se habría reflejado en su política interior y exterior, sobre todo durante y después de la guerra. Lo contrario salta a la vista. En tercer lugar, recurrir a tal argumento, ni demuestra ni ayuda a comprender nada tocante a la naturaleza del sistema ruso. En cambio, sí nos pone en claro el pensamiento de quienes lo aprontan. En efecto, no admitirán la existencia del capitalismo en Rusia sino el día que descubran una clase de propietarios individuales. No lo admitirán jamás, puesto que el propio capitalismo antiguo tiende a eliminar la burguesía; ya ha hecho baratillo de buena parte de ella.

Por otro lado, la pretendida antinomia entre planificación y burocracia, o sea, entre sistema económico y régimen político, reposa en una idea más general, la concerniente al período de transición entre el capitalismo y el comunismo. Los defensores de Rusia creen dar con ella una explicación científica de los extravíos de la economía por relación a lo que debiera ser en cuanto economía socialista y hasta de los crímenes del poder. No hay tal. Al contrario, ahí aparece la vulnerabilidad y el desacierto de los análisis de Trotzky, convertidos hoy en adulteración derechista del concepto revolucionario por los trotzkistas actuales y por ciertos marxólogos eruditos como Naville.

El período de transición (Marx hablaba de fase inferior del comunismo) imagínesele corto o largo, debe dar testimonio de su propia naturaleza, se sobreentiende, por una progresión continua hacia la desaparición de las clases, la clave de una libertad individual y colectiva inaccesible bajo el sistema del salariado, incluso el liberal. Ahora bien, las diferencias sociales se han multiplicado durante los planes quinquenales y el terror policíaco no ha aflojado. La democracia, incluso la más restricta, es intolerable a los déspotas del Kremlin. La esperanza de un conflicto entre la naturaleza del sistema económico y la burocracia, reputados contradictorios, se ha revelado por completo vana.

Es que desde el origen había error grave en suponer la existencia de un hiato entre el sistema económico y la burocracia, entre la estructura y la superestructura, cuando, por el contrario, sólo su unidad, su concordancia de intereses permitía a entrambos su afirmación respectiva. Con otras palabras, la industrialización de Rusia, por muy intensa que se la imagine, no podía ni podrá jamás por sí propia, por simple saldo mecánico de su función, dar cuenta del régimen burocrático.

Ahondando esa idea, hay que considerar ahora la noción de bonapartismo, aplicada por Trotzky al régimen político ruso y todavía utilizada a tuertas o a derechas por quienes dícense discípulos suyos. Establecía un paralelismo insostenible entre la revolución francesa y la revolución rusa. Por ello precísase analizar a continuación el bonapartismo de la primera.

En tanto que subversión de la sociedad, en cuanto acción práctica del hombre en su propia historia, la revolución francesa no fue obra de la burguesía, sino principalmente de la masa pobre de las ciudades y de los siervos feudales. La destrucción completa y rápida de las sobrevivencias económicas del feudalismo y del aparato político de la monarquía absoluta no habría tenido lugar (es el caso de muchos otros países capitalistas desde hace largo tiempo) sin la conquista, por artesanos y obreros, del derecho de insurrección, algo a tener en cuenta por el proletariado moderno en futuras situaciones postrevolucionarias. Gracias a tal derecho, los barrios pobres de París arrancaron una medida tras otra a la mayoría moderada de la Convención, a menudo a los propios Jacobinos, llegando hasta hacer una incursión en el poder político al proclamar el Gobierno Revolucionario e instaurar la dominación de la Commune, llamada a repercusiones lejanas y fecundas. Así consiguió la revolución democrático burguesa en Francia alcanzar su plenitud, caso único, y eso es lo que por momentos nos transmite una fragancia de la futura revolución comunista mundial.

Pero la dominación política de la masa pobre tenía que ser efímera, pues todavía no ocupaba el lugar ni las funciones indispensables para imprimir a la sociedad una orientación comunista... El propio capitalismo estaba poco desarrollado. No obstante, fueron adoptadas medidas económicas contra ciertos burgueses. Es un hecho evidenciado por Mathiez que el golpe de Estado de Thermidor sobrevino cuando el Comité de Salud Pública quiso poner en aplicación una ley de expropiación en beneficio de los indigentes, que afectaba buen número de especuladores y nuevos ricos. La Commune y las masas pobres en general, ya embridadas por Robespierre, quedaron reducidas a la impotencia, pero habían aniquilado por siempre monarquía y feudalismo.

El proceso de reorganización social y político que transcurre entre Thermidor y el período bonapartista propiamente dicho, no puede ser visto sino como pulsión, estabilizadora de la revolución burguesa. El Bonapartismo no la negaba, no destruía su obra; le daba la legitimidad jurídica y la calma política indispensables al desarrollo de su economía capitalista desembarazada de trabas. Bajo sus laureles militares y sus fulgores de Emperador advenedizo, Napoleón encubría la sordidez de un sistema cuya progresión exigía alejar las masas del poder y someterlas al orden definido por la esclavitud salarial y la dictadura de los capitalistas. En una palabra, dado que la capacidad de los instrumentos de producción en escala francesa y mundial cerraba toda perspectiva socialista, obreros, artesanos, sans culottes en general tenían que ser alejados de los asuntos de la burguesía, una vez destruido el antiguo régimen. En lo sucesivo no recogerían sino las migajas del desarrollo de la sociedad capitalista. Thermidor acometió esa obra y el Bonapartismo le dio término.

Todo ocurre como si la revolución burguesa hubiese tenido necesidad de un thermidor y de un bonapartismo, puesto que su contenido esencial la impelía a desarrollar una clase propietaria de los instrumentos de producción y del poder político, y otra clase desprovista de ambos, asalariada.

Por completo diferente es el efecto de un thermidor, no digamos de un bonapartismo, tratándose de una revolución proletaria, siquiera del tipo ambiguo que fue el de la revolución rusa. Y no sólo el efecto, sino también el origen, preciso es dejarlo dicho aquí, sin perjuicio de lo que se leerá más adelante respecto de la toma del poder por los soviets en Octubre de 1917.

Es a todas luces imposible, y en la hora actual estúpido, considerar el poder ruso como un bonapartismo de la revolución comunista, como su afirmación jurídica, o siquiera como provisionalmente indispensable al destino ulterior de la misma. El sistema de producción y de distribución que la revolución francesa debía llevar hasta la cima era consustancial a la burguesía, y la necesidad de hacer marcar el paso a las clases inferiores engendró el bonapartismo, que así aparece cual emanación directa del capital. La burguesía, no sólo encontraba clases a su izquierda, sino que también las producía. Ahora bien, el proletariado ni encuentra ni puede crear clases por debajo de él y a su izquierda, pues el sistema productivo y distributivo que ha de instaurar requiere la supresión de todas las clases, la suya comprendida. De su seno pueden, sí, destacarse estratos que se sitúen por encima de él, lo opriman y lo exploten, pero al hacerlo tienen que oponerse al proletariado y al socialismo más encarnizadamente aún que la burguesía. No tienen otro medio de conseguirlo. Ergo, para la revolución obrera thermidor representa una destrucción, una derrota total; no puede pues proceder de su propio sistema económico. Hay incompatibilidad entre uno y otro, al contrario de lo que ocurrió durante la revolución francesa.

Los thermidorianos de 1794 continuarán utilizando un léxico revolucionario, a tiempo que, yugulando la acción revolucionaria propiamente dicha, ponían proa hacia la consolidación del capitalismo. En eso sentido, la noción de thermidor es muy útil para explicar el proceso reaccionario observado en Rusia. Si el thermidor de la revolución burguesa no confesó sus intenciones, induciendo a error a numerosos hombres, uno de los futuros comunistas entre ellos, Graco Babeuf, menos aún podía hacerlo el de la revolución rusa, pues iba a contrasentido de la Historia.

Con esos límites y únicamente dentro de ellos, la noción de thermidor es valedera y muy elocuente. Señala un desplazamiento a derecha en el seno de la revolución, apoyado por revolucionarios que no se lo confiesan o que no lo ven, conducente, en Francia al libre juego de la aristocracia del dinero, en Rusia a la contrarrevolución, al absolutismo económico y político de la alta burocracia.

En cambio, la noción de bonapartismo no es aplicable a ninguno de los aspectos o facetas de tal contrarrevolución. El único trazo común entre el régimen de Bonaparte y el impuesto en Rusia contribuye también a diferenciarlos. Consiste en la defensa de sus posiciones respectivas frente a la restauración del antiguo poder y frente a las masas a la vez. Pero con ésta salvedad: haciendo frente a su derecha y a su izquierda, el bonapartismo defendía estrictamente los intereses de la nueva clase dominante, la burguesía, mientras que el stalinismo ataca directamente al proletariado, clave de la sociedad comunista. Y si también se opone a la burguesía, es para incorporársela o para ponerla a su discreción, pues está muy lejos de negar su sistema igual que Bonaparte negaba el antiguo régimen. El bonapartismo -ha sido dicho a menudo- arbitraba entre la vieja nobleza y la burguesía. Se vanagloriaba de ser el reconciliador nacional. Al revés, el despotismo stalinista no encuentra tan siquiera los factores necesarios a semejante arbitraje. La burguesía que quedaba, se la ha incorporado; al proletariado, por su parte, lo ha sometido a condiciones de semi-esclavitud legal.

Tocamos ahí el problema más importante de nuestra época. La burocracia stalinista defiende incontestablemente la nacionalización de los instrumentos de trabajo o propiedad estatal, no menos que la planificación. Pero semejante propiedad nada tiene de socialista, ni por consecuencia los planes que la rigen. Tampoco hay manera de considerarla como un primer paso en dirección del comunismo, pues una revolución obrera tiene que pisar enseguida terreno económico socialista, o bien está vencida de antemano. Hay que recordar a tal respecto un error fundamental de Trotzky, al que ni Lenin ni los mejores bolcheviques escaparon. Según él, la propiedad estatal había sido instaurada por la revolución, sin dejar de reconocer que todavía no se trataba de propiedad socialista. Entonces, ¿existiría un tercer tipo de propiedad no capitalista y tampoco socialista? En tal caso sería imperativo reconocer la existencia de una nueva clase propietaria destinada a reinar por un tiempo indefinido. El desenlace del drama histórico a que el capitalismo aboca no correspondería al proletariado, sino a la clase identificada con ese nuevo tipo de propiedad. Se ve uno así empujado, quiérase que no, hacia la teoría del colectivismo burocrático, mera vacuidad. Volveré sobre ello, pero antes conviene añadir que esa supuesta clase surgiría, por así decirlo, de un día para otro y sería, desde el principio, reaccionaria.

Trotzky perdía de vista su propia teoría de la revolución permanente, cuya primera fase tuvo lugar en Octubre de 1917 e inmediatamente después, sin que la segunda fase prevista, la socialista, tuviese jamás lugar. Así pues, la propiedad de Estado no fue en manera alguna obra de la revolución, sino, al contrario, del no completamiento de la revolución hasta su fase socialista, pues ésta ha de caracterizarse, no por la propiedad de un organismo cualquiera, Estado, sindicato o partido, sino por una posesión directamente comunista de los instrumentos de trabajo, única que permite la apropiación individual de los productos del trabajo social. La distribución desigual de los productos presupone siempre -decía Marx- una distribución previa desigual de los instrumentos de trabajo. Imposible escapar a ello por subterfugios sobre el período de transición. En una palabra: toda revolución que concentrare la propiedad en el Estado (o en los sindicatos, igual daría) se condena haciéndolo. He ahí uno de los principales trazos de delimitación de los revolucionarios en el momento presente.

La burocracia stalinista -la experiencia lo dice- hace cuerpo con la propiedad de Estado, que somete a un plan. Representársela oscilando entre el proletariado y la burguesía, o entre el socialismo y el capitalismo es pifia enorme. El surgir de la burguesía europea como clase estructurada llevó siglos. En Rusia no puede siquiera resurgir, pues la abrumadora mayoría de la riqueza ha sido creada sin ella. Quedan, en el campo, pequeños propietarios de lotes de tierra, incluso kulaks. Pero una restauración burguesa no puede tener lugar por conducto agrícola. La mayoría de campesinos han sido reducidos a la categoría de trabajadores asalariados en las empresas estatales llamadas kolkhoses y sovkhozes. Su condición no obstante, se aproxima, sin serlo por completo, a la de los trabajadores industriales. Tiene también un viso de la situación de los siervos feudales, cuyo tiempo de trabajo estaba netamente dividido: una parte no pagada para el señor, la otra para ellos. Así los kolkhosianos dan al Estado una parte importante de su tiempo de trabajo, pagada sólo en parte, y consagran el tiempo que les queda a sus lotecitos, cuyos productos les pertenecen. Sea como sea, en el cuadro de las clases y capas sociales rusas, la burocracia ocupa la extrema derecha. Como tal se comporta, y para los trabajadores de la industria y de la tierra ningún otro enemigo que ella es susceptible de existir.

Siendo incontestable esa realidad, algunos desplazan el problema al área internacional. La supuesta oscilación de la burocracia se produciría entre el proletariado y la burguesía mundiales, y en ese espacio defendería aún «lo que queda» de la revolución frente a las tentativas imperialistas de imponer la propiedad burguesa manu militari. Esa elucubración suministra a sus inventores, por lo menos, una coartada para desentenderse alegremente de los hechos más elocuentes. Algunos ejemplos entre mil: el Kremlin es el principal culpable de la derrota del proletariado después de la revolución rusa, y en particular de la victoria de Franco. No obstante, sabía que tal derrota acarrearía la guerra imperialista. Más concretamente, el Kremlin permitió a Hitler instalarse en el poder, transmitiendo a sus vasallos alemanes orden de no presentarle batalla, a despecho de que Hitler no dejaría de invadir Rusia en un momento dado. En plena guerra, Hitler reiteró a los imperialismos occidentales ofrecimientos de paz, a fin de asegurar la derrota de Rusia. Los ofrecimientos fueron rechazados. Así pues, quienes han salvado los pretendidos restos de la revolución son esos imperialismos, que se habrían apresurado a aceptar las proposiciones de Hitler si resto alguno hubiere existido. La incompatibilidad entre los sistemas de propiedad capitalistas y socialista acalla las mayores rivalidades imperialistas, es decir dentro del mismo sistema.

Nada existe pues, ni dentro ni fuera de Rusia, que ligue la burocracia stalinista al proletariado. La guerra ha sido y será siempre para ella una manera de defender su presa, la explotación del proletariado ruso, y de echar mano a otras presas, a cuantas le permita su fuerza militar.

Lo anterior sentado, es el momento de examinar el sistema económico en torno al cual montan la guardia, el gigantesco ejército ruso, otro ejército de policías y delatores, los partidos stalinistas de todos los países, más toda suerte de déspotas arcaicos de los países atrasados, sin hablar de los intelectuales de izquierda y de los secuaces del «Estado obrero degenerado».

Para plantear bien el problema y distinguir los árboles tanto como el bosque, es indispensable recordar la noción revolucionaria de la planificación, puesta siempre de lado cuando se habla de los planes rusos. Tiene relación muy estrecha con el período de transición del capitalismo al comunismo, tras el cual se agazapan los defensistas.

Si desde Marx el movimiento obrero ha hablado de someter la economía post-revolucionaria a un plan de producción, es precisamente con el designio de asegurar la travesía rápida de ese período, hasta la sociedad comunista, que funcionará espontáneamente como un todo tendente a la armonía. No se trata en manera alguna de eliminar o suavizar tal o cual contradicción interna del capitalismo: crisis de producción, concurrencia entre capitalistas, entre monopolios o entre naciones, contradicción estructural entre valores de uso y valores de cambio. La planificación post-revolucionaria debe ir derecho a la supresión del capitalismo y de sus secuelas. Debe terminar con la contradicción entre la forma de producción actual y los intereses inmediatos tanto como los históricos de los trabajadores. La incompatibilidad absoluta, que la revolución ha de resolver, se da entre el sistema y el devenir humano. Y la planificación es un instrumento para que la economía dé ese vuelco, prenda única de la futura civilización comunista.

No hay escapatoria posible. Durante el período de transición el sistema de propiedad es necesariamente el mismo que en pleno comunismo. ¿En qué consistiría, si no, la revolución social? Admitamos no obstante, en aras de la polémica con los sovietófilos (en realidad rusófilos) que entre la concepción teórica y la realidad pueda producirse un desajuste cuyos intersticios sean colmados diversamente, según cada caso preciso, sin que por ello vire en redondo la situación post-revolucionaria. En el marco de Rusia, y siempre según las argucias de sus defensores, la burocracia stalinista colmaría los intersticios puestos al descubierto por dicho desajuste; en ellos se localizaría su diferenciación del proletariado en cuanto burocracia, y la junción de su actividad social en cuanto burocracia obrera, con la función histórica del proletariado.

A primera vista, es impensable y repugnante suponer cualquier vínculo entre la burocracia stalinista, cuya putridez colectiva e individual, social y psíquica sobrepasa todo límite y la función histórica del proletariado. Incluso Trotzky negaba ese vínculo desde 1933, al contrario de sus discípulos hoy. Pero aquí hay que poner freno a la sensibilidad, por más que sea un sólido componente de la dialéctica materialista, a fin de llevar la objetividad hasta el lindero de la aberración.

Quienquiera esté algo informado sabe que en Rusia el proletariado no tiene otra participación en el poder político que la que el terrorismo policíaco le impone; que está rigurosamente excluido de la dirección de los planes; sometido a una forma de explotación más inicua que en los antiguos países capitalistas; que no puede recurrir a la huelga sin verse acosado por la represión; que su parte en la distribución de los productos del trabajo es mínima, y siempre impuesta, mientras la burocracia se rodea de un fasto asiático. Podría aceptarse, a lo sumo, la pertinencia de la idea de dicho vínculo, si la burocracia, a despecho de su avidez y de sus incontables crímenes, orientase la economía hacia la igualdad de posibilidades materiales y culturales. En ausencia de eso no puede tratarse de planificación, sino de un plan que deja intactos los cimientos y el objeto de la producción, de un plan deliberadamente concebido para no satisfacer las exigencias de los hombres. La sociedad puede estar entonces en etapa de transición hacia donde se quiera, salvo hacia el comunismo.

La manipulación y el escamoteo de estadísticas practicados desde el primer plan quinquenal han ocultado siempre las realidades económicas más importantes para el proletariado, incluso siendo explotado. Se nos presentan, sobre todo, índices de crecimiento industrial, de veracidad dudosa por añadidura. A pesar de todo y mistificación política mediante, los «progresos económicos de la URSS» embaucan todavía a numerosos militantes, no sólo trotzkistas. También economistas y sabios de cabeza sentada participan del embauco y contribuyen a él. Parafraseando a Engels sobre el anti-semitismo, cabe decir que es esa causa de exaltación para imbéciles y trepadores.

Lo que es indispensable conocer, en lugar del crecimiento general, el de ciertas industrias o las hazañas espaciales, es el nivel y el modo de consumo de la población trabajadora. Por algo las estadísticas son mudas tocante a eso. El nivel de consumo es muy bajo, a despecho de la mejora consecutiva a las ganancias de guerra, y por añadidura en extremo jerarquizado. En cuanto al modo de consumo, está dado, va impuesto por el salario. Ningún obrero puede consumir más de lo que gana, según la ley de racionamiento del capitalismo. No se celebra congreso o conferencia económica que no se proponga «mejorar el sistema de salarios», es decir, arrancar a cada obrero «mayor producción por cada rublo pagado». En tales condiciones la economía no puede dar el menor paso hacia el socialismo. Cae dentro de la economía dirigida, no de la planificación socialista.

En la sociedad burguesa, la reproducción ampliada se efectúa partiendo de los intereses de la clase propietaria, lo cual hace de ella una acumulación de capital, o sea de trabajo no pagado, o bien, bajo su forma de bienes, una acumulación de productos sustraídos a sus productores. Durante el período de transición, igual ya que en plena sociedad comunista, la reproducción ampliada de los instrumentos de trabajo debe efectuarse a partir de las necesidades materiales y culturales de la sociedad, la sociedad comprendida desde ese momento, no como lo contrario del individuo, caso actual, sino como el terreno natural de florecimiento del individuo. Por tal modo el capital acumulado se transforma en no-capital, incluso en anti-capital, vale decir, en instrumentos de trabajo colectivo, dominados por quienes los crean y los mueven.

En su obra principal, Marx ha dado e interpretado la fórmula de la reproducción capitalista: c + v + pl, donde c designa el capital constante o instrumentos de trabajo, v el capital variable, los salarios o medios de subsistencia para los trabajadores, y pl la plusvalía o valor añadido en el proceso del trabajo, parte de la cual es consumida por los capitalistas y la otra invertida (capitalizada) para el crecimiento ulterior de la producción. Este último pasa pues, obligatoriamente, por la acumulación ampliada del capital. En la sociedad burguesa, c no aumenta sino en la medida en que los capitalistas realizan la plusvalía vendiendo las mercancías en que está contenida. Y en los últimos tiempos, para facilitar la venta a mejores precios, recurren a la destrucción pura y simple de una parte de la producción. Por su parte, v aumenta sólo en cierta proporción de c. Por el contrario, en una economía planificada (sobreentendido: no capitalista), el aumento de c depende sólo, exclusivamente, de las necesidades de v, que abarca la totalidad de la población, y de la magnitud de pl. Esa vuelta del revés suprime las relaciones de producción capitalistas. c deja de ser capital, v no es ya el precio de la fuerza de trabajo que reduce la mayoría de la población a un consumo exiguo, y a su vez pl aparece bajo forma de bienes recién creados, listos para un consumo mayor individual y colectivo. Ha dejado de haber beneficios, es decir, trabajo ajeno apropiado por los burgueses, por los funcionarios o por instituciones. La reproducción ampliada deberá ser pues prevista como respuesta a las exigencias directas del conjunto humano que integra la sociedad; ha dejado de ser acumulación de capital. En otros términos, durante el período de transición la extensión del consumo en sus múltiples órdenes preside a la acumulación ampliada (el antiguo capital constante) y la determina.

La relación de los factores económicos y humanos contenidos en la fórmula c + v + pl cambia de todo en todo. Tal es, en profundidad social e histórica, la revolución social. Importa recalcar la diferencia, para ver mejor lo que sucede en Rusia. Bajo el capitalismo, v, salarios o medios de subsistencia para los trabajadores, está siempre reducido al mínimo indispensable por relación a las condiciones reinantes en el mercado de la mano de obra.

Lejos de pesar como factor determinante en los proyectos de producción, es tan sólo uno de sus resultados. Por lo que se refiere a pl, la plusvalía o valor nuevamente creado, que cae en manos de los detentadores de la plusvalía anterior o capital previamente acumulado, es despilfarrado por éstos en buena parte, sumándose la otra parte a c como inversiones suplementarias, pero con el fin exclusivo de hacerle rendir más plusvalía aún. Todo el proceso de la reproducción ampliada depende, bajo el capitalismo, de pl, dicho con mayor precisión, de la apropiación de la totalidad del producto social por los posesores de los instrumentos de trabajo. De ahí las contradicciones inherentes al capitalismo, en escala nacional no menos que internacional.

La primera categoría de contradicciones puede ser considerablemente atenuada mediante el control de capitales, o su absorción general por el Estado. Así se ha visto claro desde la segunda guerra mundial. En cambio, las contradicciones entre los diversos capitalismos o grupos de capitalismo resaltan hasta amenazar el mundo de exterminación. Por otra parte, cuanto más se extiende el dirigismo (o, si se prefiere, la planificación basada en la dualidad capital-salariado), cuanto más eficaz parece, más desgarradora se hace la contradicción entre el sistema mundialmente considerado y el desarrollo social, a saber, entre la forma de producción y distribución actual y los imperativos de todos y cada uno, entre una técnica de alto nivel y la clase de los asalariados. Porque esa contradicción no es intra-capitalista, sino supra-capitalista. Es, sumariamente dicho, la contradicción entre la civilización del capital en todos sus aspectos y el progreso humano, cuyas posibilidades son grandiosas y sus realidades tan mezquinas como oprimentes. A la inversa de la planificación según concepción revolucionaria, el dirigismo calcula sus planes para la no-satisfacción de necesidades; o lo que equivale a lo mismo, los calcula en función de la acumulación ampliada de capitales. No se sale pues del crecimiento de c mediante la succión de pl por una categoría social, y de paso domina la mano de obra mucho mejor que el capitalismo «anárquico». Que se le dé como justificación la defensa de la patria, la modernización, el interés general, la industrialización o el propio socialismo, la superchería es siempre la misma.

La aparición del dirigismo es uno de los fenómenos de mayor importancia en la historia contemporánea. Está estrechamente ligada al resultado negativo de la lucha del proletariado mundial entre guerra y guerra. Volveré sobre ello en su aspecto político al final de este opúsculo. En este lugar, lo que importa es aprehender su contenido material. El dirigismo es un expediente de la sociedad capitalista en sus últimas. Ya el desarrollo anterior de ella permitía y requería el paso a la sociedad comunista, porque la estructura creada por el capitalismo era desde entonces demasiado estrecha y constrictiva en todos los dominios. «Alcanzado ese punto, toda evolución posterior es declinamiento, y cualquier desarrollo nuevo deberá efectuarse sobre una base nueva»1

Ahora bien, en nuestro caso, la base nueva excluye las relaciones económicas, las relaciones entre los hombres y la naturaleza y entre los hombres mismos, emanantes de la dualidad capital-salariado. El dirigismo tiene precisamente por función conservar esas relaciones antañonas, y así las transforma de constrictivas en oprimentes. Si crece el potencial económico, es a costa del desarrollo de los individuos y de la colectividad, agobiando al hombre, saqueando y contaminando la naturaleza. El dirigismo encabeza, segrega y organiza el declinamiento. Al contrario de lo que creen tantos marxistas vulgares -impónese notar- jamás ha comenzado un declinamiento social por la destrucción o la mengua del dispositivo económico. En ese dominio se manifiesta, en primer lugar, por la diferencia, en aumento, entre lo que realiza el viejo sistema y lo que podría realizar un sistema nuevo; la posibilidad no realizada (que es necesidad) acarrea una descomposición de todos los valores creados por la antigua civilización, desde las costumbres y la moral hasta los regímenes políticos. El dirigismo es una expresión del capital, no ya ciega y caótica, sino relativamente consciente de sus propias leyes. Utilizándolas, atenúa sus contradicciones internas, a tiempo que pretende velar la contradicción histórico-social que lo hace incompatible con el devenir humano. Pero haga lo que haga, lejos de desembarazarse de esta última contradicción la exacerba sin cesar. Debido a ello, el gigantismo del capital acumulado abruma cada vez más a todo el mundo. Supone una degeneración de cuanto permitió y acompañó la gran expansión de la civilización capitalista. En fin, el dirigismo es reaccionario porque apuntala la explotación salarial, y porque en lugar de transformar la necesidad en libertad encadena más apretadamente el hombre a la necesidad y reclama el totalitarismo. Suponiendo que terminase por crear un tipo diferente de sociedad, sería peor y no mejor que el antiguo sistema capitalista.

Si la reproducción ampliada no se efectúa a partir de un saldo de trabajo social indispensable a la incesante elación del espíritu humano en libertad, sino de ese mismo saldo administrado por cualquier categoría de hombres, continúa siendo plusvalía (pl) o vuelve a serlo si hubiere desaparecido, plusvalía de su propiedad y la planificación se convierte en imposible. Partiendo de los intereses de esos propietarios pude establecerse un plan, es evidente. Pero no se trata entonces de dar libertad a las condiciones de trabajo y de vida, sino de aherrojarlas manteniéndolas en el cerco del antiguo sistema y haciendo cada día más ajenos a los productores instrumentos de trabajo y productos del mismo. Por eso casi todos los países elaboran hoy planes de ese género, subordinando la iniciativa privada -cuando la hay- a la del Estado, cómitre de la colectividad capitalista y capitalista él mismo. La equivalencia de tales planes entre si la confirman las condiciones impuestas a la clase obrera, criterio supremo y también el hecho poco conocido que dirigistas rusos y chinos vienen a estudiar sobre el terreno, en Occidente, los métodos de elaboración y aplicación. Ocurre que de los tres términos de la fórmula: c + v + pl, c es siempre pasivo, cualquiera sea el sistema. La reproducción ampliada no puede hallar impulso sino en los intereses de una minoría agazapada tras pl, o bien en los intereses a corto y a largo plazo de la masa humana comprendida en v. En éste caso únicamente, está claro, resultará una planificación en el sentido revolucionario del término, en ruptura con el valor de cambio; todo lo demás es programación retrógrada. En resumen, el dirigismo es a la planificación lo que una brújula en posición vertical es a otra brújula a la horizontal.

No hay sobrepase revolucionario posible sin suprimir la contradicción entre los bienes de consumo, desde los alimenticios hasta los culturales, y esos mismo bienes en cuanto valores de cambio o mercancías. O sea, sin pegar un corte tajante a la venta y a la compra de cuanto existe. Y ¿quién ignora que semejante venalidad, que penetra hasta el saber y las conciencias, tiene su fuente en la venta (compra para el capital) de la fuerza de trabajo?. Terminar con el salariado es pues condición sine qua non, clave de todos los enigmas, dintel de toda esperanza.

Cabe sin embargo recordar, precaviendo un peligro poco perceptible, pero no inexistente, que los esclavos no eran asalariados. Para que no se instaure otra forma de explotación, precísase que el dominio de los instrumentos de trabajo, de los productos y de la sociedad entera, pase al conjunto de los trabajadores, excluyendo cualquier estrato social o institución particulares.

Con su intervención, la revolución proletaria ha de encontrar la solución del problema, haciendo desaparecer pl en cuanto plusvalía manipulada a su guisa por una minoría. Entonces, pl no será sino producto nuevamente creado a voluntad, a fin de aumentar el consumo inmediato y la capacidad de producción siguiente. El punto de apoyo de la fórmula c + v + pl, a saber, la dinámica misma de la producción emigra de pl a v. No queda ya nadie para acaparar pl, ni por consecuencia c. Dominando ambos términos, los trabajadores dejarán de ser una clase, y la crítica revolucionaria de la economía política desembocará en la negación de la misma, mediante un sistema de relaciones sociales en que el ser humano, aligerado de las múltiples coacciones que lo chafan, podrá dar su propia medida.

La distinción entre producción de instrumentos de trabajo (bienes de equipo en la jerga actual) y producción de bienes de consumo debe adquirir un aspecto muy diferente desde el primer día de la organización comunista. Bajo el capitalismo, la reproducción ampliada parte de las necesidades del sector instrumentos de trabajo, mientras que la planificación no puede calcular su ensanche sino partiendo del sector bienes de consumo. La diferencia es radical e implica por sí sola el concepto entero de planificación para el consumo. Fuera de ella, no puede hacerse sentir necesidad de industrialización que no comporte o no reintroduzca la función esencial del capital: la succión de plusvalía.

Incluso la creación de industrias de guerra frente a un asedio capitalista real, no ficticio cual ha sido el caso de Rusia a partir del stalinismo, desataría otra vez el mecanismo a partir del sector instrumentos de trabajo, tras el cual se guarecería pronto, si no previamente, una banda de amos ávidos. A una revolución comunista la defensa nacional le sale sobrando. Su salvación está en la lucha insurgente del proletariado de otros países, en primer lugar de los que amenazarían atacarla. La guerra entre tribus y grupos sociales primitivos desempeñó un papel decisivo en la aparición de las clases y del Estado. El proletariado no puede servirse sino de la guerra civil. Por lo demás, las armas electrónicas y termonucleares bastan para rechazar al dominio de la demencia cualquier tentativa de victoria militar de una revolución. Esas armas deben ser paralizadas y destruidas desde el interior de cada país; los ejércitos, disueltos.

En aras de la demostración precísase recurrir aquí al cuadro de la sociedad de transición o fase inferior del comunismo esbozado por Marx en la «Crítica del programa de Gotha»2. Durante los primeros ciclos de su reproducción ampliada debería retirar del producto total:

  1. Una cantidad de productos de consumo para la población, aproximadamente igual a la destinada a ese fin antes de la revolución;
  2. Una cantidad de instrumentos de producción para compensar la usura de los instrumentos existentes, cantidad que se encuentra incorporada en los productos obtenidos.

El excedente, bienes nuevamente creados (pl o trabajo no pagado bajo el capitalismo) Marx lo divide en dos partes; una destinada a agrandar los instrumentos de trabajo, la otra vertida al consumo inmediato, así aumentado, de los trabajadores. Ponía pues de relieve, por una parte que en la sociedad de transición los productos pierden el carácter de mercancías, y por otra parte que por relación al objeto comunista la distribución es lo esencial, la propiedad colectiva y la planificación, medios.

Puede hacérseles a los defensores de Rusia una concesión más tocante a ese momento. De todos modos quedarán refutados. Admítase que la totalidad del plustrabajo social sea utilizada como instrumentos de producción, sin que los trabajadores saquen mejora alguna. El problema del reparto se plantearía a continuación con amplitud y acuidad redobladas. Incluso suponiendo que al principio el plustrabajo social consista entero en máquinas y materias accesorias a las máquinas, resulta imposible considerar varios ciclos económicos sin que del crecimiento reiterado del antiguo c no resulte mejoría de consumo proporcionalmente amplia. No se trata sólo de la satisfacción inmediata de una clase obrera que el economicismo moderno - siempre de pretensión marxista- desestima con sabihondo desparpajo; se trata también de las condiciones materiales que han de condicionar una elevación ininterrumpida del nivel cultural y técnico, no de la sociedad considerada en su tradicional división de trabajo manual y trabajo intelectual, sino de cada uno de sus componentes. A falta de ello, nada de esencial cambia.

Signo de los tiempos, se ha hecho indispensable precisar que la elevación material y cultural resultante de la planificación no tiene absolutamente nada que ver con los añagazas de la «defensa del nivel de vida de la clase obrera», la «defensa del empleo» y similares. El quid consiste en terminar con la venta de la fuerza de trabajo que produce y reproduce año tras año esa clase y su explotación. A partir de la planificación revolucionaria, ningún problema reinvindicativo se plantea, todos serán potestativos para la clase obrera. Hay que acometer pues las causas y no los efectos. Mientras que el consumo y el saber dependan de la venta de la fuerza de trabajo, será imposible salir de la opresión. Por ende, el período de transición tiene que caracterizarse, ante todo, por una ruptura neta de la dependencia del consumo respecto del precio de la fuerza de trabajo. Hay que quebrar la ley del valor, para dejar libre juego a los valores de uso, medibles, no en precio, sino en necesidades humanas, gama ilimitada.

Para los economistas rusos encargados de justificar el sistema, la ley del valor sigue aplicándose en el período de transición, dicho socialista no sin dolo. Fue ése un «descubrimiento» de Stalin en persona, hecho al mismo tiempo que llenaba de millones de hombres sus campos de trabajo forzado y que asesinaba a centenares de miles, partidarios de la revolución en cabeza. Ni siquiera tienen a bien esos economistas indicarnos cuando, en tal caso desaparecerá la mentada ley. Y no sin razón muy seria, pues saben que, como primera medida, se impone derrocar el poder y todas las instituciones a que ellos sirven. La indigencia de su argumentación proviene del sistema, cuya naturaleza tienen por tarea ocultar y justificar. Si calculan en dinero los beneficios de las empresas, las inversiones, etc., no se trata, como pretenden ellos, de «una manera de contabilizar» sin nada en común con la de otros países. Sencillamente, no conocen sino la forma capitalista de contabilizar, lo que está explícitamente confirmado por la existencia reconocida de la ley del valor (enteramente capitalista). Por si no bastare, lo vuelve a recalcar su propio argumento: «los beneficios van al Estado», un Estado que identifican, cual un burgués cualquiera, con la sociedad («el Estado del pueblo entero»). En efecto, por intermedio de tal Estado, los economistas y otros 15 o 20 millones de burócratas semejantes cobran dividendos, en dinero y en bienes, sobre los beneficios extraídos de la diferencia entre el precio de la fuerza de trabajo pagado al obrero y el producto total de ese mismo trabajo. La regla que guía todos los planes quinquenales: «obtener de cada rublo invertido el máximo de beneficios posible», impera en cualquier economía actual. Tal clase de contabilidad es inseparable de la explotación e inversamente.

Pero en balde se refuta la mentira deliberada: no cabe sino ponerla en la picota. Los economistas rusos son vulgares mercenarios. En cambio, hay que responder a las tesis de los no stalinistas que pretenden persuadirnos de que existe en Rusia algo de socialismo, a despecho de cuanto pueda decirse. Pierre Naville es quien ofrece hoy a los diversos matices de rusófilos la argumentación más sapiente. Sus razonamientos deben ser pues considerados. Su exégesis minuciosa de Marx en Le nouveau Leviathan no hace al caso, excepto la parte relativa al destino de la plusvalía en período de transición. En ese dominio consigue algo mucho mejor que los remendones venales del Kremlin. Porque, también según Naville, la ley del valor, ciertas alteraciones salvadas, prepondera aún en la fase inferior del comunismo, tal un maleficio que en vano tratarían de conjugar los hombres, por ser la máquina económica de por sí, el exclusivo taumaturgo redentor. Como de ritual, se apoya o cree apoyarse en Marx. Y no cae en la estupidez de presentar la sociedad rusa como algo parecido al esbozo delineado en la Crítica del programa de Gotha. Dice explícitamente lo contrario. No obstante, habla de «socialismo de Estado» haciendo de la voz socialismo un sinónimo de primera fase del comunismo. Dejando de lado esta última falla, Naville no consigue asociar términos tan contrapuestos como socialismo y Estado, sino haciendo de Rusia una sociedad en transición... hacia la sociedad de transición al comunismo. Eso ¡después de 50 años!. El retroceso es enorme y arrastra consigo un nuevo mirar revisionista, en el doble sentido económico y político del antiguo revisionismo, o evolucionismo reformista. Oígasele:

La organización de la producción y de los intercambios depende de determinadas relaciones de producción, es decir, también de relaciones de clases, en definitiva de determinada forma de apropiación semi-colectiva del producto y del sobreproducto. De esa apropiación es de donde hay que partir. Verdad es que en la URSS tiene lugar de manera distinta que en el capitalismo privado; pero todavía existe de forma no-socialista, porque estamos en un capitalismo de Estado angosto en todos sentidos, y ese socialismo está lejos de alcanzar el nivel de relaciones teóricas descrito por Marx. A lo sumo suministra algunas premisas2.

Rusia se encuentra pues, según eso, muy aquende la sociedad de transición. Naville concede al stalinismo que las premisas en cuestión «suponen ya importantes transformaciones», pero- se lee cuatro líneas arriba- se trata tan sólo de las premisas del período de transición al comunismo; por lo claro, de aquellas que Rusia se encuentra pues, según eso, muy aquende la sociedad de transición. Naville concede al stalinismo que las premisas en cuestión «suponen ya importantes transformaciones», pero- se lee cuatro líneas arriba- se trata tan sólo de las premisas del período de transición al comunismo; por lo claro, de aquellas que son creadas por el capitalismo crudo y que existen en escala mundial desde hace múltiples años. Sin ellas, jamás habría tenido lugar la revolución de 1917.

Por otro lado, la coherencia de la definición citada esta lejos de ser satisfactoria. Nos habla de una apropiación del producto y del sobreproducto que se haría en Rusia «de manera diferente que en el capitalismo privado», sin dejar de reconocer que es «no-socialista». Ni capitalista, ni socialista. La manera «distinta» es un misterio que lleva a pensar en el «colectivismo burocrático». Mas Naville rechaza esa idea tanto como la de capitalismo de Estado. Deslizándose entre una y otra, descubre que la apropiación no socialista es hechura de un socialismo de Estado, sin que la «manera distinta» quede por ello aclarada. Entonces, ¿qué esconde esa apropiación «semi-colectiva del producto, y del sobreproducto», lo que significa de todo?. La apropiación estricta no puede concernir sino al sobreproducto plusvalía, acumulado o comido por los administradores, y con él va el dominio social correspondiente; el producto necesario está definido por la suma de salarios, aunque el Estado haya de poseerla antes en líquido. ¿Quién participa, a medias o siquiera en pequeña parte, a la apropiación del sobreproducto?. ¿Los trabajadores?. Naville no se atrevería a afirmarlo. Ahora bien, su manera «semi-colectiva» no podría encontrar otra justificación que ésa. Puesta a parte la clase obrera, no quedan sino los servidores del Estado, aparato económico comprendido. Son ellos -el Estado personificado- quienes se apropian el sobreproducto. Y así, puede concederse, de forma semi-colectiva, puesto que participan en grados diversos y que tan sólo una minoría decide. Con tal fin, el mecanismo que ponen en actividad es, y no puede ser otro que el de la esclavitud asalariada, igual que el capitalismo privado. Toda apropiación arranca forzosamente de ahí.

En espera de abordar la naturaleza del Estado ruso y su posición en el mundo, precísase indicar que Naville resbala a su conclusión contradictoria gracias a un artículo de fe que sienta plaza de verdad axiomática, a saber la naturaleza de la revolución rusa. En efecto, la da sin más como socialista, flagrante carencia de rigor en una obra que se considera de sociología marxista científica. Ahí se injerta la concepción teórica del período post-revolucionario inmediato, mismo en que, siempre según la Crítica del programa de Gotha, el derecho conserva estigmas del derecho burgués, y por ende el reparto de los productos. Con todo, ¿qué viene a hacer ese estadio inferior del comunismo si no borrar todos los estigmas, que no son, ni con mucho, quede dicho al paso, el derecho burgués pleno?. Se hace imperativo, es evidente, caracterizar ese estadio, no por las trazas tan resobadas del pasado, mero componente secundario, sino por la dinámica de su componente esencial: la organización del comunismo.

Tocante a lo último, el «salario socialista» de Naville embrolla el problema tanto como cualquier «participación en los beneficios». Sin referirme al contrasentido formado por esas dos palabras, restallido injurioso, por mucho que tal salario sea, según el trazado de nuestro autor, un intercambio social de trabajos o de facultades de trabajo desiguales, no permite entrever senda alguna que borre las diferencias de clase y la división misma del trabajo. El desarrollo de la industria y de la productividad, supuestos agentes de tal resultado, tendrá que ir guiado, para producirlo, por una apropiación de los bienes de consumo (desde los alimenticios hasta los culturales y artísticos) que rompa la dependencia de todo salario. De lo contrario, el «intercambio» del obrero es el del monto completo del producto de su trabajo contra una pequeña parte del mismo. Entonces es cuando se tomará rumbo a la desaparición de las clases (transformación que se concretiza por la desaparición del proletariado) hasta que los instrumentos de producción, más cuanto necesita cada individuo para no sentirse escarnecido, se confundan con la distribución, y ésta con el trabajo social y el tiempo libre. Su separación del hombre, o de sus posibilidades de trabajo en términos económicos, es la fuente del actual intercambio de equivalentes que empieza con el precio de la fuerza creadora de bienes; está excluido acabar con ella sino simultáneamente a tal suerte de intercambio.

Naville saca su idea de un salario socialista del siguiente hecho innegable: el producto total del trabajo deberá sobrepasar siempre el consumo colectivo. No cabe duda que así será incluso en pleno comunismo. Más para que semejante excedente de trabajo, cualquiera magnitud tenga, deje de ser explotación del hombre por el hombre; es preciso que su empleo, consumo adicional, almacenamiento, nueva extensión técnica, aplicaciones de utilidad social, lo que sea, repercuta en la supresión del salariado. Los obreros e hijos de obreros no dejarán de encontrarse en situación de inferioridad, dominados por fuerzas económicas y culturales ajenas, mientras no dispongan sino del equivalente de su capacidad de trabajo, medida capitalista por autonomasia. A la inversa, será desechando esa medida como podrán manifestarse las múltiples capacidades físicas e intelectuales, suprimiendo al mismo paso la división del trabajo en intelectual y manual y por natural consecuencia la cohibición de todos. Sin anhelos satisfechos no hay floración del hombre3.

En la Crítica del programa de Gotha, Marx se proponía sobre todo y no sin lenitud, refutar a los charlatanes que reclaman «el producto integral del trabajo». Contemplaba la fase inferior del comunismo tal como hubiera podido surgir del nivel de las fuerzas productivas de su época. Con todo, ni sombra de duda cabe de que para él los famosos estigmas del derecho burgués se volatilizarían a medida de la reorientación del maquinismo por y para los productores mismos, y de que así aparecería un derecho desigual, sin equivalente, única equidad verdadera. Lo dice explícitamente:

los elementos de producción están distribuidos de tal modo, que el reparto actual de los objetos de consumo dedúcese de por si. Sí las condiciones de la producción fuesen propiedad colectiva de los trabajadores mismos resultaría también de por sí, un reparto de los objetos de consumo enteramente diferente del de hoy.

(Véase comentario nº 3 de la Critica).

Por añadidura, las posibilidades que hoy presentan los conocimientos técnicos por una parte, por otra las aspiraciones de los individuos, son incomparablemente mayores que en los tiempos de Marx. La jornada de trabajo podría reducirse pronto a menos de la mitad actual, y ello multiplicando por 4 o por 6 el producto total, mientras que el funcionamiento mismo de la sociedad reclama premiosamente el más alto nivel cultural para todos, la formación del hombre universal. En suma, las clases en cuanto a su base económica pueden desdibujarse con presteza, y finiquitan los estigmas del viejo derecho. Sólo la distribución cultural tardaría más en revestir iris comunista. Mientras tanto, nadie venga a hablarnos de un salario socialista. Esa monstruosidad no disimulará la cruda realidad de la explotación, ni en Rusia, ni en cualquier hipotética situación futura.

Dicho lo anterior, puede hablarse con certidumbre del sistema económico ruso. Ninguno de sus aspectos es asimilable a los de la sociedad en transición al comunismo. Los tres componentes de la fórmula c + v + pl conservan en él plenamente, e incluso con brutalidad particular, sus caracteres capitalistas. Y por esta causa mayor entre otras; los planes quinquenales han copiado a la letra -lo que no quiere decir con la mayor competencia- el mecanismo de la acumulación ampliada del capital descrito por Marx, y eludido, gracias a la centralización completa, determinados inconvenientes del antiguo desarrollo caótico de los capitales privados. Tanto, debe afirmarse, que ese capitalismo ha sido intencionalmente organizado según el modelo preexistente en Europa y en Estados Unidos. Marx y Engels decían del Reino de Jerusalem, fundado por Godefroy de Bouillon en 1099, que su feudalismo era más completo que cualquier otro, porque erigido (planificado diríase hoy) tomando por norma el de Francia, a su vez el más completo de Europa. Así los hombres del Kremlin han puesto a contribución los conocimientos de Marx sobre la acumulación del capital, y la experiencia de los países occidentales.

En efecto, nunca el sector de la población que acapara pl y el producto bruto de un país, ha puesto tal virulencia en el aumento de c. Ese sector dicta salarios y precios fuera de toda concurrencia; comprime los primeros e infla los segundos a discreción; multiplica las categorías de obreros; reduce jurídicamente a esclavitud hombres por millares, por millones (campos de trabajo forzado); endilga castigos y multas a sus asalariados con mayor severidad que la burguesía de los siglos XVIII y XIX; fija el proletariado entero en los lugares de empleo; impone a cada hombre una «libreta de trabajo» policíaca, y por decreto les prohíbe la libertad de residencia. En fin, distribuye entre los suyos parte de la plusvalía y reinvierte la otra como le da la gana. La inmensa mayoría de la población no dispone sino del salario (v). Lejos de ser el jefe del proceso económico, lejos de dominar pl y c, se ve aplastada entre uno y otro, hasta tal punto, que es presa de la represión en cuanto insinúa la menor resistencia económica o política. Jamás burguesía alguna tuvo ni tiene imperio tan absoluto sobre las condiciones de explotación, ni despotismo político tan acabado como los amos del Kremlin. No hay equivocación posible: son las condiciones mismas de la producción capitalista llevadas al paroxismo por avatares de la historia bien concretos, de los que hablaré después.

El crecimiento económico obtenido a tan alto precio de miseria, de represión, de envilecimiento de la conciencia colectiva e individual es, en fin de cuentas, pobre, y aparece sobre todo en el dominio militar, siempre negativo. El Japón ha conseguido mucho más, incluso antes de la desdivinización de la monarquía y la entrada de capitales yankees. Cualquier país de Europa occidental algo industrializado goza de una productividad media superior a la de Rusia, sin hablar de su productividad agrícola, todavía a nivel de las zonas atrasadas.

El embaimiento de tantos técnicos e intelectuales de izquierda tiene en verdad razones muy diferentes de la observación de los resultados económicos, y de los métodos políticos rusos. La depravación de éstos últimos sobrepasa a menudo la de los métodos fascistas, mientras que el simple crecimiento de la economía no podría ser bien medido sino disponiendo de los datos relativos a tres puntos esenciales:

  1. Cantidad de horas de trabajo puestas en obra durante un período determinado en todos los sectores. La demostración sería más irrefutable cuanto más prolongado fuese el tiempo elegido.
  2. Parte de esas horas correspondiente a los bienes nuevamente creados, es decir, monto del sobretrabajo social o plusvalía.
  3. Parte de tal monto incorporado al dispositivo de trabajo o capital constante, para la ampliación ulterior de la producción, ramas especificadas.

Los déspotas del Kremlin no serían lo que son si estuviesen en condiciones de suministrarnos los datos relativos a esos tres puntos, en lugar de atiborrarnos de cifras de producción trapaceras, que aún si fuesen verídicas nada significan en cuanto a la realización del socialismo y muy poco tocante a la simple eficacia del capitalismo ruso. Débese a que, por un lado los bienes nuevamente creados tienen una relación muy débil con la cantidad de horas de trabajo utilizadas, mientras el consumo obrero ha hecho progresos insignificantes, y por otro lado a que las inversiones son exiguas relativamente a la cantidad de plusvalía sustraída. Cualquier capitalismo occidental y el Japón llevan la delantera a Rusia en ese dominio.

Procurando explicar o exculpar la explotación intensiva allí impuesta, algunos hablan de «acumulación primitiva del socialismo», otros llanamente de acumulación primitiva capitalista. Absurdo lo uno y lo otro. El socialismo se burla de cualquier acumulación de capital. En cuanto hace acto de presencia se apodera de la acumulación anterior y queda abolida con ese acto. En la medida en que se vea en la necesidad de crear sus propios recursos industriales (países atrasados o atrasadísimos) procederán éstos en la línea recta del trabajo regido por el consumo de los trabajadores, no de la venta contra un salario, en una palabra, no de una fuerza alienada. Creer en la hora actual que los trabajadores de un país, incluso indigente, nada pueden hacer sin dejarse arrancar una plusvalía que terceros se encargarían de acumular, testimonia, por lo menos, de cautivación por el pensar económico del sistema explotador.

Referente a la acumulación primitiva capitalista, estaba ya bien cumplida en la Rusia de los Zares. El stalinismo no la remueva ni la refuerza. Verdad es que su régimen atraílla proletariado y clases pobres con salvajismo sólo comparable al de ese período del capital en Occidente, cual lo ha descrito Marx. De todos modos, no cabe establecer ningún paralelismo significativo. En Europa occidental empezaba una era de desarrollo social. En Rusia no hay nada que empiece, sino algo que perece. Y lo que perece es el mismo mundo capitalista a cuya expansión dio suelta la acumulación primitiva. Toda filosofía de la historia que no registre ese hecho quedará convicta de reaccionaria. Lo han puesto de relieve los 50 años recién pasados, en Rusia y en todas partes.

Del bolchevismo al stalinismo

La aparición del stalinismo en el seno del bolchevismo ha dado lugar desde el principio a las interpretaciones más diversas sobre las fuentes y la naturaleza de uno y otro. Para Moscú y su clientela no existe problema; hay continuidad, siquiera salpicada de lo que llaman «culto de la personalidad», la del Moloch Stalin. Pekín, por el contrario, sigue reverenciando al Moloch, que presenta en paradigma a los sucesores del mismo... desde que empezó la querella entre ambas capitales. Nada que merezca consideración. La verdadera discusión hay que situarla muy lejos de cualquier afirmación o veleidad stalinista.

El stalinismo surge dentro del partido bolchevique. La continuidad de partido es evidente. Pero reconocer eso no esclarece el problema, ni lo plantea siquiera en sus verdaderos términos. Lo que se precisa saber es el por qué de tal continuidad, cómo tuvo lugar en los acontecimientos y lo que de ella ha resultado. ¿El stalinismo y la sociedad rusa actual, estaban contenidos desde el origen en las ideas y en la obra de los bolcheviques? ¿El paso del uno al otro constituye un encadenamiento riguroso de causa a efecto?. He ahí como debe plantearse el problema.

Para descubrir la solución es menester definir antes con exactitud la naturaleza de la revolución rusa, situándola en el ámbito de 1917, lo que no puede hacerse sin considerar esmeradamente las concepciones revolucionarias de la época.

La guerra desencadenada en 1914, fue la manifestación mortífera inicial del alcance de los instrumentos de producción allende toda frontera, y por ende de su incompatibilidad bajo la forma capitalista y nacional, con la sociedad entera. En ese instante preciso, la Segunda Internacional dio de bruces ante los fetiches patrióticos, asintió en todos los países a la unión nacional, se convirtió en furriel de carne de cañón. La mayoría de los anarquistas, a comenzar por Kropotkin, tomaron también bandería en la degollina imperialista. El proletariado internacional quedó desbaratado en toda la línea, el pensar revolucionario naufragaba de repente en la vorágine. Raros grupos cuyos componentes se contaban por unidades hubieron de reanudar la actividad internacionalista. Lo que podía haberse convertido en situación insurreccional desde Inglaterra y Francia hasta Austria-Hungría, Alemania y el imperio zarista adoptó el aspecto de un nauseabundo aquelarre patriótico generalizado.

Verdad es que, desde el Frente Popular y la segunda guerra mundial, el estado de obsesos del patriotismo es permanente para los stalinistas y su cohorte de falsos revolucionarios, flanqueados esta vez por burgueses e izquierdistas. Nada semejante hubo entonces. Después del hundimiento de 1914, la situación quedó repentinamente modificada en 1917, y la guerra civil contra la guerra imperialista volvió al orden del día. El internacionalismo, sin el cual el proletariado no dejará de ser nunca la bestia de tiro del capital, resurgía por todas partes y resquebrajaba el sistema. Era el alba de la revolución comunista mundial que apuntaba en la revolución rusa.

Falsa luminaria, esperanza mentida -murmuran hoy voces cascadas, nihilistas. No, no, puesto que la oleada revolucionaria suscitada por la revolución rusa rugía aún en España (Julio de 1936, Mayo de 1937) veinte años después, y habiendo recorrido antes decenas de naciones. Ha sido la más persistente y honda de la historia, el porvenir salvado, y ello a despecho de Moscú, convertido mientras tanto en centro de irradiación contrarrevolucionaria. Ese esbozo nos lleva de lleno a la naturaleza de la revolución realizada en 1917.

A nadie se le ocurría imaginar la instauración del socialismo en el imperio de los Zares. Casi todos los teóricos, encasillados en las ideas aprendidas tocantes a la concatenación de los diversos tipos de sociedad (feudalismo, capitalismo, socialismo) no descubrían allí sino el reclamo de una revolución burguesa que desarrollase el capitalismo y los derechos políticos, a imagen de Francia e Inglaterra. No percibían la presencia de una sociedad mundial cuya unidad real y potencial constituía el verdadero fermento revolucionario, mucho mejor, y más allá que lo resultante del desarrollo desigual. Tampoco veían, que la clase burguesa era ya tan reaccionaria incluso en los países atrasados que su propia revolución le daba escalofríos. Menos podían sospechar que la propiedad privada había dejado de ser el principal generador de la expansión capitalista. El partido bolchevique mismo -sabido es- estaba cogido en la trampa de un 1789 ruso. Las teorías revolucionarias pueden hacerse conservadoras también; lo enseña el pasado, y el presente en grado superlativo.

Lo que permitió a los bolcheviques desembarazarse de esquemas muertos y emprender vuelo alto fue, no cabe duda, su internacionalismo, enérgicamente defendido durante la guerra, a despecho de algunas fallas al principio. Echando por la borda la idea de una indispensable revolución burguesa, postularon la toma del poder por el proletariado, en función de una revolución socialista inminente en el mundo occidental. Certera y audaz decisión. Así, el Comité Central bolchevique que votó por la insurrección armada, daba como primera motivación de la misma: «la rebelión de la flota alemana, expresión extrema del auge de una revolución socialista mundial en toda Europa». Sí, el espectro del comunismo aherrojado por la capitulación socialdemócrata volvía a deambular por el mundo.

Precisando, la toma del poder por el proletariado no constituía por sí sola una revolución socialista; no era más que su alegoría, una revolución política que debía desenvolverse hasta el socialismo, respaldada por la revolución en Occidente, inmediatamente socialista. La idea que Marx se había hecho de la caída del Zarismo y de su consecuencias difería apenas de lo emprendido por la revolución de Octubre de 1917.

Desde 1905, Trotzky preconizaba una revolución permanente a partir de la revolución democrática que ya no podría ser hecha sino por el proletariado. Lenin y la mayoría de los bolcheviques hicieron suyo el proyecto en 1917, con las Tesis de abril. Y así, tomaron base en la unidad fundamental del proletariado sin distinción de países, y a despecho del desarrollo tan desigual entre unos y otros. La idea de una etapa revolucionaria burguesa con el desarrollo consecuente del capitalismo como condición de una revolución proletaria ulterior, fue abandonada y a partir de entonces tenida como irrealizable en todas partes. En el momento preciso en que la mayoría de los teóricos de la II internacional doblaban el espinazo ante el poder financiero, un nuevo auge de la acción y del pensar revolucionario emprendía el vuelo desde Rusia. Se hacía imposible en adelante hablar de una revolución hecha por y para a burguesía en los países atrasados sin incurrir en mistificación. Lenin mismo calificó de reaccionario el programa anterior de los bolcheviques, su propia obra. Mérito único hasta el presente, que nada ni nadie podrá arrebatar a los bolcheviques, ni aún siquiera sus propios desatinos posteriores, digan lo que digan sus detractores actuales.

Al rojo Octubre de 1917 no le ajusta pues otro calificativo que el de revolución permanente. Tanto mejor cuanto que fue acometido en función de una revolución comunista considerada inminente en Europa occidental, lo que nada tenía de calenturiento. Una ojeada retrospectiva después de medio siglo corrido, permite localizar mejor los factores de esa revolución y redefinirla como una revolución política, obra del proletariado, cuyas medidas sociales, comunistas, debían aparecer a medida de su propio desarrollo permanente en junción con la revolución comunista occidental. Su proceder económico directo atañía la expropiación de la burguesía y de la nobleza, el control obrero de la producción como aprendizaje a la gestión completa, más el usufructo de la tierra por los campesinos en espera de poder transformarla en propiedad común. Obra enorme por relación a las condiciones imperantes bajo la autocracia zarista; pero todavía nada por relación al socialismo. Por el contrario, el poder al proletariado en los Soviets, prerrequisito de tales medidas, las sobrepasaba de todo en todo; era una medida política socialista y no tenía sentido sino yendo sin solución de continuidad hacia el porvenir comunista, del cual era la cifra y el cual constituía su única razón de existencia.

Caía por completo fuera de lo imaginable que el completamiento socialista de tal revolución dimanase de sus propios haberes, muy flacos y para colmo destruidos por la guerra imperialista seguida de la guerra civil. Tenía que ofrecérselos su propia repercusión allende las fronteras. Su limitación interna, reconocida al principio por los bolcheviques, representaba de todos modos el empuje de la humanidad en marcha hacia el comunismo.

No significa lo anterior que el catastrófico curso ulterior de los acontecimientos deba imputarse por entero al fracaso de la revolución en Occidente. Lejos de ello, cualquier revolución, aunque se tratare de un país industrializado al máximo, depende inmediata o mediatamente de su prolongación en el espacio. Pero su salvaguarda hasta ese momento, que puede serle discontinuo, estará en gran parte determinada -salvo intervención militar exterior- por una rigurosa equidad en el acceso a los bienes de consumo disponibles, por escasos que sean. Y no se necesita hablar de equidad política, que arrastra consigo todo el porvenir del poder revolucionario.

Un factor ha obscurecido mucho más que cualquier otro la naturaleza de la revolución rusa, y luego la del stalinismo: la expropiación de la burguesía. A fuerza de representarse el capital encarnado en los propietarios individuales, el aspecto tangible que ha adoptado durante siglos, todos los revolucionarios han preterido la función social del mismo, cual si fuese siempre apareada con la burguesía y únicamente con la burguesía. Mas lo que decidirá la muerte del sistema actual es la supresión de las relaciones de producción-distribución inherentes al capital, cuyo prerrequisito es una distribución o propiedad de los instrumentos de trabajo que excluye por completo a los trabajadores. Eso es lo que los fuerza a vender su capacidad de trabajo a quienes detentan los instrumentos complementarios. Ahora bien, el capital puede endosar, además del conocido aspecto burgués, la forma anónima de las sociedades por acciones, y la forma estatal, todavía más indivisa, impersonal; anónima hasta la abstracción. Ahí están la revolución y la contrarrevolución rusas que nos lo enseñan. Y si no estamos sobre aviso, la historia próxima podría llevarnos a un nuevo cepo, el de un capitalismo agazapado tras la llamada autogestión. La explotación sería en él regida por los propios consejos de los explotados. Equivale a decir, que la regulación más democrática imaginable de la economía no será ni por asomos revolucionaria, a menos de suprimir la clase obrera precisamente, piedra angular de la relación económica capitalista.

La revolución expropió sin miramientos a la burguesía, y puso todo el capital, instrumentos de producción y finanzas, en manos del Estado. Por muy obrero que los bolcheviques considerasen entonces el Estado, lo que no iba sin reservas, la significación de tal medida no les engañaba sino a medias. Sabían que la nacionalización de la propiedad no es el socialismo, pero sí la consideraban preludio al socialismo. Tanto más cuanto que contaban con la revolución en Occidente para ir más allá, y que se consideraban ellos mismos como los garantes del porvenir socialista, yerro preñado de malas consecuencias. Se inspiraban, no cabe duda, en algunas definiciones de Marx y Engels referente a la nacionalización, pero desatendiéndose de otras más significativas y en consonancia con el nivel de las fuerzas productivas del siglo XX. En suma, la revolución rusa se posó en la contradicción entre un poder político proletario, que exigía aunarse con la revolución comunista, y una forma de propiedad no burguesa, pero tampoco socialista. Uno de los dos términos tenía que salir avante a costa del otro.

La victoria del proletariado en los principales países industriales habría permitido tal vez resolver positivamente tan inconciliable contradicción. Pero hubiera sido menester, entonces, evitar la propiedad de Estado, alejarse del ejemplo ruso en tal dominio. Las exigencias de la situación y los recursos materiales de que carecía Rusia habrían impuesto probablemente medidas directamente socialistas. Sin embargo, no hay que olvidar que entre todos los revolucionarios coetáneos prevalecía tocante al problema opinión semejante a la de los bolcheviques. La única excepción la constituían los anarquistas, pero era excepción negativa, pues se trataba, para ellos, de establecer el «libre intercambio entre productores libres»4, que no excluye la mercancía ni tampoco las clases. Lo uno con lo otro, quedaba que la existencia o la muerte de la revolución dependería del antagonismo entre su poder político revolucionario y la forma de propiedad estatal.

Antes de poner la vista en la virada del comunismo de guerra a la NEP (Nueva Política Económica), señalada por tantos conceptos, se hace indispensable considerar la opinión que define como burguesa la revolución rusa. Sostenida por la Izquierda alemana y holandesa, pero sólo años después de entrar en conflicto con la Internacional Comunista y con Lenin5, tal definición ha sido adoptada hoy por determinados grupos tildados ultra-izquierda, todos más escaldados por la experiencia rusa que impelidos por el rigor teórico.

La definición de la izquierda germano-holandesa se apoya en este hecho innegable: lo que se hizo en 1917 no fue la revolución social, comunista. De todos modos, no puede poner en duda que revolución ha habido. Conclusión de lógica formal, pero aberrante: no puede tratarse entonces sino de la revolución burguesa, en una Rusia atrasada, «feudal», asiática, incluso tribal, que tanto camino tenía que recorrer antes de llegar al nivel de los países pletóricos de industria y maduros para el paso al socialismo. Otra verificación indiscutible en abono de esa lógica formal: a partir del primer Plan Quinquenal, la acumulación capitalista ampliada, por ende también la explotación del proletariado, arreciaban con vesánica furia en una Rusia aterrorizada por la policía.

E pur si muove6, débese replicar a razonamiento de apariencia tan sólida. Si es verdad que la revolución no fue comunista ni llegó a adquirir tal carácter, quien la hizo es la clase obrera ganada por su sector comunista, los bolcheviques. Aparte los desertores socialdemócratas, que se esforzaban en echarla a pique, nadie negó entonces esa realidad, ni aún siquiera los futuros componentes de la Izquierda germano-holandesa. El hecho era tan palmario como estremecedor. Podría objetarse que los bolcheviques chaquetearon, o bien que se trataba de burgueses demagógicamente disfrazados de proletarios, o tal vez inconscientemente, puesto que determinados intérpretes recurren hoy a la inhibición freudiana para descubrir en Lenin, desde 1905, un psiquismo burgués bajo apariencias contradictorias. ¡Qué de psiquismos comunistas podrían entonces existir en las mentes capitalistas!. La revolución se reduciría en tal caso a un problema de psicoanálisis, de divanes, por así decirlo. Recuerden esos curas de almas que el mismísimo Freud calificó a los revolucionarios en bloque de gente fracasada, rencorosos por incapacidad de medrar en la sociedad actual. La revolución no sería, en consonancia con eso, otra cosa que delirio de psicópatas.

En el partido bolchevique hubo más de un policía disfrazado de revolucionario; no consiguieron evitar el derrumbe del zarismo, ni aún su propio fusilamiento. ¿Cómo el psicópata Lenin y un puñado de lunáticos se las arreglaron para influenciar la historia y comunicar su propia chifladura a decenas de millones de personas normales?. Se ve enseguida que en el dominio de las conmociones sociales el psicoanálisis prohibe toda comprensión y envilece cualquier concepto. El problema de la naturaleza de la revolución rusa y de su aniquilamiento por el capital de Estado queda insoluto.

Si Lenin y sus camaradas hubiesen sido revolucionarios burgueses, como lo afirmaba Pannekoek en Lenin Filósofo y lo dan a entender Otto Ruhle y otros, debería verse en Rusia una sociedad burguesa, propiedad individual y Derecho de la misma conexos, cual lo exige la dominación de una clase. Nada semejante se observa allí, es la evidencia misma. Lo que ha descaminado a la Izquierda germano-holandesa es descubrir un capitalismo de Estado donde, como todo el mundo, ella también esperaba ver organizarse la fase inferior del comunismo. Por eso se ha sentido obligado a inventar una revolución burguesa que habría ocurrido universalmente desapercibida y cuya imposibilidad absoluta en 1917 provocó precisamente el carácter proletario de Octubre. Además de tardía, la ideación de Pannekoek y los suyos está tan en contradicción con los sucesos, que ellos mismos formaron entre los más ardientes defensores del «burgués» Lenin. Sus inventivas le rebotan a la cara. En fin, el establecimiento y la consolidación del capitalismo de Estado no tiene el más remoto parecido con una revolución, cualquiera fuere, sino con la más tremenda contrarrevolución imaginable, que ha reprimido la revolución comunista en Rusia y en todas partes.

Ninguna dificultad se opone a ésta última interpretación. Al contrario, su coherencia con el carácter proletario del poder político no deja intersticios obscuros. No habiendo alcanzado la revolución su fase socialista, la base más sólida de la contrarrevolución, política a su vez, era de necesidad la propiedad de Estado, pues el capitalismo había sobrepasado ya el estadio individual. Su crecimiento reclamaba en adelante la más alta concentración, muy especialmente en países atrasados. El proletariado ruso se vio disparado hacia delante por las posibilidades mundiales de revolución comunista; correlativamente, la contrarrevolución tenía que asirse a la concentración suprema del capital, en consonancia con la estructura del mismo en los países delanteros. Sobrepasaba en eso el sistema entero, ya de signo negativo, del mismo modo que, con signo positivo, el proletariado ruso actuó en primera línea del proletariado mundial. La disimetría entre revolución y contrarrevolución es perfecta y dialéctica.

Añádase que la idea de una revolución burguesa en 1917 es incompatible con la de contrarrevolución posterior. El stalinismo con su capital de Estado sería una continuación natural de aquella y un desarrollo social positivo. Y a partir de ahí, nada se opone, muy al contrario, a admitir la posibilidad de revoluciones similares en países poco o nada industrializados. El capitalismo disfrutaría aún de un largo período de salud y de expansión. Sería vano, en tal caso, postular la revolución comunista en país cualquiera. Por tal modo se ha descarriado la Izquierda germano-holandesa, pese a algunos aciertos tácticos frente a Lenin, y hoy mismo contribuye a desmoronar el pensamiento de sus imitadores.

En cuanto a la Izquierda italiana (bordiguista), el mismo absurdo la descamina, agravado por dos factores. Pretende localizar en Rusia una revolución política del proletariado, y simultáneamente una revolución burguesa en lo económico. En segundo lugar, preconiza un «centralismo orgánico» que eleva a la enésima potencia el centralismo bolchevique y retrolleva a sus defensores del materialismo dialéctico al materialismo naturalista.

El año 1921 fue crucial en los principales aspectos. Los ejércitos de la contrarrevolución burguesa y zarista estaban por fin vencidos. Pero la revolución perdía vida.

Su esfuerzo titánico la extenuaba y sus propias faltas iban preparándole un desenlace contrarrevolucionario jamás imaginado. Una antigua estadística del Instituto Rockefeller referente a ese período evalúa la producción rusa en 3% de la de 1913, último año normal. Sabido es que frente a las requisiciones forzosas del comunismo de guerra los campesinos se negaban a producir otros víveres que los indispensables para su propio consumo, mientras que en ciertas regiones el hambre abatía personas por millares. En las ciudades, un racionamiento miserable exasperaba a todo el mundo, el mercado negro abarcaba todos los bienes y establecía relaciones subrepticias con hombres del Estado, de los sindicatos, de los soviets, del partido, y hasta con ciertos comisariados del pueblo. Tan inaguantable situación no podía dejar de producir una crisis. Incidiendo en ella y destapando la crisis, la sublevación de Kronstadt, la Nueva Economía Política (NEP) y las decisiones del X Congreso del partido bolchevique, causan una mutación cuyos resultados políticos y económicos se revelarían incontrolables y profundamente negativos.

No hay relación de causalidad entre Kronstadt y la NEP como creen algunos. Al contrario, rebelión y NEP tienen una y la misma causa. Una es la protesta contra el gobierno señalado como responsable de la situación; otra la aceptación gubernamental de un cambio largo tiempo esperado, en general deseado y bien recibido por la gran mayoría de la población, no sólo por los burgueses y pequeño-burgueses, sino también por los trabajadores industriales, no digamos por los campesinos. Sin la espantosa hambruna que desolaba el país lo de Kronstadt no se habría producido. La mejor prueba de ello es el carácter desesperado, local e incluso accidental de la sublevación. No era la conclusión de un proyecto político o de un movimiento más o menos amplio que se propusiese sacar del atolladero la revolución. Ni tan siquiera podía esperar apoyo activo por parte del proletariado de Petrogrado, que acababa de utilizar poco antes sus restos de energía en huelgas reivindicativas terminadas por los bolcheviques entre negociación y represión.

Incluso dando por buenas las acusaciones de los sublevados contra los bolcheviques, habría sido indispensable, si se quería sacar avante la revolución, un persistente y circunstanciado trabajo de oposición, legal o clandestina, que desembocase en una acción de conjunto basada en un programa comunista hasta escala internacional. Los hombres de Kronstadt no se planteaban el problema. Su pensamiento estaba circunscrito en el carácter político de la revolución, como el de los bolcheviques, pero en forma muy empírica ellos, sin los consecuentes interiores e internacionales concebidos por éstos. El grito «¡libertad en los soviets!» no llenaba el vacío de un programa o perspectiva revolucionaria general. Estaba justificado, hay que decirlo sin reservas, más por sí sólo y en aquel momento de hambruna, su realización como consecuencia de Kronstadt habría probablemente acarreado la introducción de una democracia capitalista. Ese había sido el caso de los soviets alemanes en 1918-1919, a despecho de haberse encontrado en medio de condiciones materiales mucho menos graves. Los portavoces del capitalismo suponen que la miseria engendra la revolución. Buena copia de revolucionarios disparatan de igual modo atribuyendo a la miseria la virtud de suscitar conciencia en el proletariado. En realidad, nada es tan funesto a una revolución, esté ya hecha o por hacer.

No hay en lo dicho una defensa disimulada de la represión practicada por los bolcheviques sobre los sublevados. Al contrario. Los de Kronstadt no representaban la continuidad y el desarrollo de la revolución, pero sí constituían, mal que bien, parte integrante de su corriente general, la del proletariado, del mismo modo que los bolcheviques en cuanto partido. Tampoco se trata de aplicar el mismo rasero a unos y otros, lavándose las manos ante un acontecimiento lejano e inquietante. Los bolcheviques tenían sobre la revolución en Rusia e internacionalmente ideas mucho más claras que los sublevados. Eso agrava su culpa, pues fue precisamente la convicción de tenerlas lo que los llevó a la represión para desembarazarse de un conflicto interno a la clase obrera, y luego a retumbar, de una medida mala en otra peor, hasta caer en el error absoluto de substituir su propia dictadura a la dictadura de la clase, siquiera negasen a la substitución carácter definitivo y de principio. Su propia lucidez teórica hubiera debido inspirarles otro desenlace que el de la imposición coercitiva. De hecho, se dejaron enloquecer por lo precario de su poder. No pensaron sino en salvar a todo costo ese poder, indispensable a sus ojos para enlazar con la revolución occidental, que se hacía esperar. No previeron que, en contraposición con su esperanza, esa represión iba a vigorizar, en los aparatos entrecruzados del Estado, el Partido, los soviets y los sindicatos, el influjo de los elementos más horros de escrúpulos y más derechistas, que no tardarían en desentenderse de la revolución mundial. De entre ellos surgiría, en efecto, el poder más intencionalmente contrarrevolucionario que jamás haya existido.

Se ve uno tentado a pensar que los de Kronstadt fueron impelidos por la impaciencia, tan frecuente en hombres empíricos y entre los revolucionarios en cierne, y los bolcheviques por la infatuación de su propio saber. De lo uno y de lo otro hubo, de seguro, pero un acontecimiento de tanta importancia no puede explicarse sino por causas más profundas, surgentes de la naturaleza misma de la revolución y de su situación concreta. Permanente, política, no debe olvidarse un instante, esa revolución se empantanaba; su marcha adelante aparecía vedada por los estragos de su economía y pospuesta sine die por la derrota del proletariado alemán. Para colmo, a nivel de los individuos y las tendencias, el hambre azuzaba los unos contra los otros, sin que la revolución dispusiese de instrumentos sociales de concordia dentro de la clase. En semejante tesitura, las disensiones entre los revolucionarios se multiplican, se envenenan y peligran transformarse en enfrentamiento belicoso, siempre presentándose cada facción como lo mejor. No otro fue el caso de Kronstadt. La causa última de la sublevación y de su liquidación represiva por los bolcheviques dimanaba de las condiciones de vida -vida concreta y vida política- en que se atascaba el poder de los soviets. Los bolcheviques no eran responsables de eso, pero su parcialidad política, los llevó a acumular estorbos ante ese mismo poder, lo que no tardaría en resolverse contra ellos. De cualquier modo, todas las fracciones constituidas entonces se inscribirían, con mayor o menor clarividencia, en la gran corriente revolucionaria. Por el contrario, caso ejemplar, la facción que en definitiva sacaría pleno beneficio de los acontecimientos, la facción contrarrevolucionaria, todavía no se presentaba a plena luz.

Por sarcasmo de la historia tan singular como preñado de enseñanzas, fue la facción más clarividente la que al final pasaría por ciega. Añadiéndose el choque de Kronstadt al clamor y a la fatiga universales, los bolcheviques consienten restablecer la libertad de comercio. La NEP legalizó el mercado negro y la producción que lo abastecería, hasta ese momento clandestinos, y con ellos, inevitablemente, las relaciones personales entre sus beneficiarios y hombres del aparato, numerosos burócratas, técnicos, administradores, dirigentes sindicales y políticos. Se produjo entre ellos una mixtura, una simbiosis, podría decirse, que sin tardar mucho originaría la casta reaccionaria stalinista.

Casi simultáneamente, la prohibición de las oposiciones impuesta por el X Congreso incluso en el interior del partido gobernante, serviría de toque de asamblea a cuanto existía de conservador y de torvo, intenciones y hombres. Ponía a discreción de éstos mismos, por muy provisional que la prohibición fuese, el instrumento legal indispensable para convertirla en definitiva y estructurar así el Estado más despótico de la historia contemporánea, si no de la historia humana entera. Sin embargo, en trasfondo de tan terrible instrumento y de la propia NEP, otro factor económico aún más poderoso iba a jugar en ventaja de la contrarrevolución y a ofrecerle sólidos cimientos. Tal fue, con sorpresa general de los revolucionarios, la nacionalización y la centralización estatal de los instrumentos de producción.

En el proyecto bolchevique y habida cuenta de la naturaleza de la revolución, la nacionalización debía desaparecer cediendo paso a la gestión del proletariado. Hasta el momento de que se trata aquí, la posibilidad de tal transparencia seguía abierta. El desarrollo cuantitativo y cualitativo del comunismo de guerra lo exigía, a menos de engendrar un sistema en que el racionamiento hubiese sido reemplazado por un salario pagado en especies. Con la mayoría de las condiciones de vida a partir de la NEP, obra de la reaparición legal de las mercancías, es decir, de la circulación capitalista, la senda hacia el socialismo quedó cerrada. Los instrumentos de producción, inactivos la mayoría, reanudaron el trabajo, pero su funcionamiento, su relación social con el proletariado era capitalista. También esos instrumentos producían mercancías y eran movidos (valorizados habría dicho Marx), por otra mercancía: la fuerza obrera de trabajo comprada por el Estado. Subsistía pues su antigua función social, y la supresión de la capitalistas individuales serviría tan sólo para hacerla todavía más dura. Así, el precio de la mejoría del suministro fue la reactivación del capitalismo estructurado por el Estado y para el Estado.

Constituye grave desvarío creer que la oposición dicha «obrera», también sometida a la disciplina obligatoria por el X Congreso, señalaba una salida a la situación esencialmente diferente de aquella en que estaba atascándose la fracción mayoritaria inspirada por Lenin. Su obrerismo de parada era de hecho sindicalismo, como su propio programa lo pone de relieve. Su predominio no hubiese alterado la reactivación de la economía bajo estructura capitalista. Todo lo más, la gerencia de los sindicatos habría otorgado a su burocracia el primer papel detentado por la burocracia del partido, en espera de que la acumulación ampliada integrase a los elementos de diversa procedencia en la misma casta odiosa y policíaca. Ninguna gestión de la producción o propiedad sindical abrirá calle al comunismo, ni tampoco la de cualquier organismo distinto de la clase obrera en lo inmediato, de la sociedad en lo mediato.

En el momento en que Lenin proponía la organización del capitalismo de Estado, el capitalismo de Estado entraba subrepticiamente en escena a medida que los implementos industriales de trabajo reanudaban su función como propiedad estatal. A partir de ahí, esa forma de capitalismo se imponía por su propia función económica, aunque no fuese intencionalmente implantada. Lenin no veía en su proposición, ni tampoco la mayoría de los bolcheviques, sino otro expediente, un paso atrás precautorio de la revolución asediada, en espera de que el proletariado occidental levantase el sitio. De ahí la condición por ellos reiterada: un capitalismo de Estado efectivamente controlado por los soviets. Ahora bien, los soviets habían dejado de estar en condiciones de controlar lo que fuese, y menos que nada toda una economía. La clase obrera no tenía entonces tiempo ni humor de acudir a los soviets. En medio del hambre general, la ocupación obsesiva de la mayoría de los hombres era la rebusca de alguna pitanza cotidiana. En tales condiciones, los soviets eran fácil presa de la burocracia y de los elementos arribistas, cuyo predominio se vería reforzado por la supresión de partidos y fracciones. Con todo, admitiendo por hipótesis que soviets realmente representativos hubiesen controlado de veras el capitalismo de Estado propuesto por Lenin, habrían contribuido a la reaparición y no a la supresión de «la vieja tramoya». Porque, en efecto, los instrumentos de producción modernos no pueden funcionar sino mediante el trabajo asalariado y la explotación aneja, o bien mediante la abolición radical de esa forma de trabajo que impide a todos, explotadores exceptuados, comer, obtener o hacer los que les pete, sin alquilar por dinero sus facultades creadoras. La función no depende de quienes controlan o gestionan, sino a la inversa: la función social de los instrumentos de producción impone sus propios gestores. De ese modo, creyendo los bolcheviques concederse un tiempo de respiro hasta la reanudación de la revolución europea, abrieron inconscientemente la puerta a una reacción de tipo enteramente nuevo, que iba a destruir, mucho más allá de Rusia, las tentativas revolucionarias del proletariado, y hasta el movimiento revolucionario en cuanto organización y pensamiento.

De la Commune de París, los revolucionarios sacaron lecciones de gran alcance. Entre otras, que el Estado capitalista no podía ser conquistado ni utilizado; había que desmantelarlo. Esa enseñanza, la revolución rusa la ahonda en forma terminante: el Estado, por muy obrero, por muy soviético (consejista) que fuere, no puede ser el organizador del comunismo. Propietario de los instrumentos de trabajo, colector del sobretrabajo social (plusvalía) a más del trabajo necesario, infla al máximo los gastos superfluos y criminales (burocracia, política, guerra) sacados de la plusvalía y lejos de perecer se carga de violencia, asfixia hombres y sociedad. Filosóficamente, la idea de un Estado emancipador es mero idealismo hegeliano, inaceptable para el materialismo dialéctico.

Otra enseñanza de largo alcance, atañedera a la conexión entre la clase revolucionaria y su organización política, se desprende de la experiencia rusa. La noción de proletariado erigido en partido, los bolcheviques la transfirieron de la clase a su partido. No lo hacían deliberadamente, menos aún de manera explícita; por el contrario, negaron tal identificación en cuanto principio, incluso en el preámbulo de la ley que prohibía las fracciones. Pero de hecho, la dictadura de la clase se deslizó pronto hasta la dictadura de partido, en parte por abandono de las tendencias soviéticas no bolcheviques. El X Congreso fija y refuerza la dictadura de partido. Eso haciendo, puso en marcha un proceso que llegaría hasta el exterminio físico de ese mismo partido, previa su transformación política en lo diametralmente opuesto.

Resumiendo, los dos afluentes principales de la contrarrevolución han sido la propiedad estatizada y la dictadura de partido. Continúan siendo su asiento principal.

La historia ha demostrado de esa manera cruel, pero inconcusa, la inanidad de la revolución permanente concebida por Trotzky y por Lenin para los países atrasados. Mas no por ello ha dado la razón, muy al contrario, a quienes postulaban en Rusia el desarrollo de las relaciones sociales burguesas. El tiempo que nos separa de los acontecimientos permite discernir a ciencia cierta que la toma del poder por el proletariado tenía el porvenir cerrado y no podía durar siquiera algunos años, hasta recibir refuerzos del exterior, sin implantarse sobre base económica igualitaria, por miserable que fuese. La tendencia, el empellón hacia el comunismo tiene que ser dado en el instante mismo de la revolución, pues en las condiciones modernas cualquier presión material sobre los hombres se revuelve contra ellos.

Marx creía que una revolución podría eximir a Rusia de tener que «atravesar el calvario del capitalismo». Pero a condición de que salvase las comunidades agrarias subsistentes, las generalizase y las desarrollase mediante la técnica moderna. Esas comunidades habían desaparecido casi por completo en 1917 y los bolcheviques desconocían el texto en que Marx se expresa así, publicado bastante después. De todos modos, la experiencia nos ha enseñado sin lugar a duda, que un país, atrasado o no, en el cual los trabajadores industriales y agrícolas toman el poder, no puede progresar en revolución permanente sino rompiendo la relación económica capital-salario y vedándose introducirla allí donde no existe. Sobre la base de esa relación, en las condiciones mundiales de hoy, el paso a la industrialización, en cualquier grado que fuere, es empresa reaccionaria, si no de lleno contrarrevolucionaria, caso el más frecuente. Basta aprontar como razón que en esta muestra Tierra existe cuanto hace falta para acabar con el milenario pisoteo del hombre por el hombre.

Es imposible datar con precisión el fin de la revolución rusa. No tuvo lugar en un día ni en un año, sino mediante procesos entreverados y a menudo contradictorios, que unas veces se modifican y otras se excluyen entre sí, y cuya significación no aparece evidente sino una vez llegados a término. Toda revolución lleva consigo, junto a su desenvolvimiento positivo necesario, desenvolvimiento negativo posible. Cada etapa, en el sentido que fuere, se desprende forzosamente de la etapa anterior, de donde el aspecto de continuidad entre lo positivo y lo negativo mirándolos en corto plazo. Es innegable, sin embargo, que el año 1921 la revolución franqueó un linde allende la cual la esperaba el estrangulamiento. Su retroceso, a penas discernible antes, se transformó en retirada con la NEP, y ese descalabro, que la reactivación económica disimulaba, adquirió algún tiempo después las proporciones de una catástrofe. Ahí halló el stalinismo su primer impulso.

Una representación revolucionaria de la contrarrevolución tiene que despreciar las necedades sobre el carácter burgués o cripto-burgués de los bolcheviques, así como los chismes con aires de pequeña historia sobre su avidez de poder o su maldad. Llevan a negar la revolución rusa y la revolución en general. Son obra de escépticos, en una desbandada que no es sólo la suya, sino también y en un número creciente, la de stalinistas en renuncia.

En la pérdida de esa revolución han jugado factores históricos, y factores humanos a través de los cuales se expresan aquellos. Ante todo, la miseria de la vieja Rusia, llevada hasta la devastación por dos guerras. Producto directo de ella, la miseria moral depositada durante siglos en amplios sectores de la población: técnicos, intelectuales, hombres de cierto saber enemigos del cambio revolucionario. Constituirán la futura «intelligentzia» de Stalin. A ello se añadió el fracaso del proletariado alemán (1918-1919) del cual se esperaba la salvación. Frente a tales hechos, la revolución nada podía: ahí estaban, abrumadores. Tan sólo le estaba permitido modificar cuanto pudiese la herencia que le había tocado en suerte y seguir en espera de una recuperación combativa del proletariado europeo. Los bolcheviques tenían plena conciencia de ello y eso precisamente es lo que se propusieron hacer. Justo en ese dominio, empero, su intervención como factor humano, en cuanto revolucionarios, abocó a un fiasco que engendraría la contrarrevolución.

En los momentos de mayor peligro durante la guerra civil, cuando Petrogrado iba a sufrir el asalto de los ejércitos blancos, los bolcheviques concibieron el proyecto, vigorosamente expuesto por Lenin, de no capitular en ningún caso ante el enemigo, de no cederle terreno sino forzados a ello, kilómetro a kilómetro, evacuando toda la clase obrera y teniendo siempre enhiesta la bandera revolucionaria, plantándola, caso de necesidad, en los Urales o en Siberia misma. El todo dependía de ganar tiempo, pues en Occidente la revolución no podía dejar de estallar. Sólo traidores o blandengues despavoridos podían contrariar ese designio. Pues bien, la misma determinación inspiró cada una de sus medidas posteriores, ¡la NEP comprendida! No faltó determinación revolucionaria; sí acierto a partir de la libertad de comercio, y de la represión de Kronstadt.

A medida que se alejaba el peligro de derrota militar de la revolución y que el poder político se convertía en un hecho coercitivo para la mayoría de los trabajadores, la férrea voluntad de conservarlo a todo costo se distanciaba de la necesidad de conservar la revolución, y del propio carácter político o permanente de ésta última. El asiento del poder pasaba de la clase trabajadora al partido. Y con ese desplazamiento, la representatividad histórica de la revolución, nunca completa y menos aún perfecta, se vería retraída y particularizada como distinta de la clase revolucionaria... Desde el momento que la dictadura del proletariado se concentra en la de El Partido y se ve circunscrita por él, basta modificar ese partido; entonces, por muy revolucionario, por muy puro que originariamente sea, puede convertirse en su propia negación, en el centro de la contrarrevolución. Cualquier organismo obrero es susceptible de padecer esa transformación; por el contrario, es imposible, incluso impensable en la clase revolucionaria como tal. La teoría comunista debe verse confirmada y justificada por la práctica, y la práctica está en la realizaciones por y para la explotados.

Al mismo tiempo que se oficializa la dictadura de partido, la NEP inyecta en ella un factor económico llamado a repercusiones lejanas y destructoras mucho más allá de Rusia. A flanco de la producción y del comercio libres, que no sobrepasaban los de kulaks y nepman, es decir, de la pequeña burguesía agraria y de los modestos capitalistas industriales y comerciales, una producción y un comercio capitalistas de volumen creciente son organizados por el Estado. Estos mucho más que los otros son los causantes del encadenamiento reaccionario cuya gravedad se vería más tarde. En efecto, era un contrasentido, la más extravagante ilusión, confiar en que un capitalismo, siquiera de Estado, fuese controlado por los trabajadores organizados en soviets. Pero en momentos en que los soviets no era ya casi otra cosa que ficción y cuando el partido bolchevique, muy contaminado por burócratas y vividores, ocupaba toda la escena social, su control, único verdadero, único practicable en semejantes condiciones, lo convertiría en propietario colectivo del capital de Estado. De ahí en adelante, la multiplicación de los instrumentos de trabajo, por ende de la riqueza, tenía que reforzar la dictadura de ese partido y que llevar la dependencia de los trabajadores respecto de él a un grado jamás visto en el capitalismo individual.

A ese yerro de los bolcheviques, de suyo importante, se sumó un factor tanto más irresistible cuanto que su acción sorda, por completo imprevista, no aparece a plena luz sino bastante después. Los bolcheviques -menester es recordarlo- se dieron cuenta con exactitud y audacia de que la situación mundial y el carácter de la burguesía autóctona, ya reaccionario pese su escualidez, posibilitaba una revolución proletaria. Ahora bien, esa misma circunstancia tenía su contrario, su antítesis dialéctica en el dominio del capitalismo, en lo que nadie reparó. En efecto, el crecimiento económico a base de la relación capital-salariado no podía desde entonces efectuarse en gran escala por medio de los capitales privados; únicamente por medio de monopolios riquísimos, o bien por el monopolio exclusivo del Estado. Este podía sobrepasar la concentración del capital en occidente, a falta de poder sobrepasar la calidad de sus productos en lo inmediato. El proceso que lleva de la propiedad privada al gran capital y a los monopolios se desenvolvió en Europa y en Estados Unidos durante muy largo período, acompañado de circunstancias políticas y técnicas peculiares. Después no volvería a ponerse en marcha en parte alguna. El sobrepase político de la burguesía en cuanto clase motora era también sobrepase económico, se ha visto en todas partes después de Rusia. Sólo la inmensidad impersonal del capital consentía un crecimiento industrial de buena envergadura. Añádase que la resistencia del capitalismo a la revolución comunista, cuyas condiciones históricas están dadas desde principios de siglo, reclama una centralización del capital, de la represión y de la engañina política directamente proporcional a la presencia activa de aquella.

Por tal modo, la faz opuesta de las circunstancias mismas que consintieron la revolución rusa, condiciona después, ignorándolo los bolcheviques, la contrarrevolución como capitalismo de Estado, el stalinismo. Ella es, con mucho, la más importante de sus causalidades, el terreno de que fluyen las otras, incluso la vileza de los protagonistas contrarrevolucionarios. Eso permitirá comprender, más adelante, la ruptura de continuidad entre revolución y contrarrevolución, y por qué la oleada revolucionaria mundial originada por el grandioso Octubre rojo sería deliberadamente llevada al fracaso por el Kremlin. El asalto al poder fue dado en función de la inminencia de la revolución occidental; pero finalmente, ésta quedaría vencida durante largo tiempo no por la burguesía, sino gracias a la intervención política o policíaca, cuando no ambas a la vez, del Kremlin.

El partido-estado y la contrarrevolución stalinista

Después de la NEP, un rebrote de la revolución en Rusia era apenas concebible, por ser tantos y tan premiosos los intereses conservadores nuevos que en ella coincidieron con los restos de intereses capitalistas antiguos. Estos tenían por soporte las capas sociales del pasado, y aquellos las capas de burócratas y arribistas que la miseria había multiplicado.

En ellas encontraría su máxima expresión estatal la ley de concentración de capitales, cuyo juego entraba simultáneamente en función. Pero todavía era tiempo, en cambio, de salvar el porvenir de la revolución mundial. A pesar del fracaso inicial del proletariado alemán, la revolución volvería a hacer acto de presencia en Europa y en otros continentes. Esa derrota, en realidad parcial y momentánea, inspiró a los bolcheviques la retirada económica y política de 1921, creyendo ponerse así en situación de espera. Ahora bien, la repercusión de sus medidas se reveló inmediatamente negativa para la revolución internacional, y lo sería cada vez peor, a medida de la reactivación económica mediante el esquema dado por la NEP. En todo el territorio, millones de representantes del poder, pequeños y grandes, se agarraban a sus prerrogativas y sobre todo a los emolumentos subrepticios o legales anejos a ellas.

La inclinación prevaricadora, surgida con la hambruna y el mercado negro, fue agravándose con la normalización mercantil. Para esa capa social que tenía en sus manos gran parte de los resortes del poder, el inmovilismo se imponía como una necesidad vital. Ella es la que debería formular pronto la reivindicación, su reivindicación de «socialismo» en Rusia sólo. El stalinismo flotaba en el ambiente incluso antes que se presentase el sujeto dispuesto a apencar con la faena.

A partir de ahí, la revolución mundial se convertía en simple figura retórica, cuya transposición en política exterior consistía en lo siguiente: «no se nos engorre con revoluciones que peligran comprometer nuestra mejoría económica». La proa iba ya en sentido contrario. Suponiendo que la «construcción del socialismo» hubiese sido real, la revolución en otros países habría sido para ella una necesidad absoluta cuyo éxito simplificaría en proporción sus propias tareas. Por el contrario, ese poder que había esperado su salvación del exterior empezó a oponerse a todas las tentativas de revolución, y con mayor alevosía cuanto más progresaba la construcción de su pretendido socialismo. La contradicción entre la revolución comunista mundial y la economía rusa aparece inmediatamente después de la NEP. Interviene, aunque de manera obscura, en la Alemania de 1923 y antes en Oriente Medio. En la misma medida en que la revolución rusa se apartaba de sus objetivos, el nuevo poder en gestación en el Kremlin se desinteresaba de la revolución internacional y le era hostil. Su política exterior ¿podía ser otra cosa que reflejo más o menos velado de su política interior? Desde ese momento, la pandilla burocrática que se convertiría en casta stalinista, señoreaba en el Kremlin.

Aunque Lenin y numerosos bolcheviques no se decidieron a la virada de 1921 sino con gran aprensión, no sospecharon ni por asomo lo catastrófico de sus implicaciones. Obstinados en la identificación de la dictadura del proletariado con la del partido, captados por presuposiciones radicalmente equivocadas sobre las consecuencias sociales de la nacionalización del capital, pusieron en movimiento un proceso que escaparía a su control y se contrapondría a sus propios objetivos a corto y a largo plazo.

La misma ceguedad dictó a Lenin su «Testamento Político». Nos dice lo que en verdad pensaba del futuro «genial padre de los pueblos», pero sobre lo esencial en aquel momento se equivocaba de todo en todo. En efecto, la escisión del partido que se proponía evitar hubiese sido lo más benéfico en la tesitura dada, el tiempo se ha encargado de demostrarlo. El conservatismo burocrático cada día más arrellanado en la dirección de todos los organismos y alimentado por la desorientación ideológica de numerosos bolcheviques, habría salido vencedor de todos modos. Pero se hacía indispensable una ruptura, la más radical y espectacular posible, entre quienes continuaban en posición revolucionaria y quienes la abandonaban, entre quienes reclamaban la revolución mundial y quienes la temían. Necesitábase hacer llamamiento a los trabajadores contra partido y gobierno, en nombre de la continuidad internacional de la revolución. Lenin y Trotzky, o tras la muerte de aquél éste último con otros muchos, habrían sido seguramente fusilados. Pero el mundo entero habría comprendido. La clausura del período revolucionario francés puede datarse el 9 thermidor año II, cuando Robespierre, Saint-Just, Lebas, etc., que preparaban la insurrección contra los convencionales conservadores, fueron arrestados y guillotinados. Imposible establecer una datación siquiera aproximada al fin de la revolución rusa, circunstancia en extremo perniciosa. Ella alimentó el equívoco y facilitó luego la derrota de todas las tentativas de toma del poder por el proletariado, doquiera surgían.

En efecto, la simpatía de los trabajadores continuó yendo hacia quienes parecían representar la revolución rusa, los partidos «comunistas», mientras en verdad representaban ya a sus destructores, mismos que declaraban superflua la revolución mundial. Inspirado o manejado por los partidos ligados a Moscú, el proletariado corría invariablemente a su pérdida. A medida que la oleada revolucionaria inundaba un país tras otro: Alemania, China, Alemania otra vez, numerosos otros y finalmente España, más conscientes, más imperativos, más profundos se hacían los intereses reaccionarios del Kremlin. Y bien, sus acólitos de todas las nacionalidades no hubieran podido desempeñar su nefasto papel cerca del proletariado en lucha, si la delimitación entre thermidorianos y anti-thermidorianos en Rusia misma hubiese sido inconcusa.

Por otra parte, si la Internacional comunista se dejó tragar tan fácilmente por el stalinismo, las prácticas bajunas y la corrupción disimulada que puso en juego éste, fueron eficaces ante todo porque la homogeneidad reinaba o parecía reinar en Moscú. La fidelidad a la revolución intervino al principio, es evidente. Pero, transformándose de hecho en una fidelidad al gobierno y al partido rusos, en plena metamorfosis reaccionaria, preparó el terreno a los manejos y a las malas artes que impondrían direcciones «comunistas» nacionales entregadas en cuerpo y en alma a sus feudatarios. Así fueron creados, con un puñado de lodo, tantos «hijos del pueblo», los Thorez, Pasionaria, Mao Tse-tung, etc.7 Nunca se insistirá bastante en la enorme importancia de esa transformación. Organizaciones que reunían a los revolucionarios más sanos y más lúcidos, quedaron convertidos en pocos años en criadero de arribistas, enemigos emboscados del comunismo, calumniadores y delatores cínicos de cuantos permanecían en la arena del proletariado mundial, o siquiera a izquierda de ellos. Semejante trastrueque sigiloso, a espaldas de la clase obrera y de los simples militantes alucinados por los «diez días que conmovieron el mundo», fue efectuado bajo la enseñanza de Octubre rojo, en nombre del marxismo (poco después, del «marxismo-leninismo-stalinismo», donde el último término deja ver su única verdad). La operación salió avante gracias, en primer lugar, a la forma encubierta del Thermidor ruso. Todavía estamos sufriendo sus consecuencias deletéreas.

Thermidor se introdujo por conducto del partido bolchevique y de su poder político. Lenin contribuyó a él sin quererlo, con la NEP, con las decisiones del X Congreso y con su propio Testamento Político. Trotzky también, por consecuencia. Y así, cuando éste, Rakovsky y la Oposición de Izquierda sospecharon que amenazaba, thermidor era ya un hecho y su denuncia incompleta en otro dominio también. La seducción de la revolución rusa no quedó rota en cuanto empezó a transformarse en contrarrevolución. Y por ende, cada insurrección proletaria volvería sus ojos hacia la primera, para ser aviesamente apuñalada por la segunda.

He ahí, a mi parecer, la más abrumadora culpa de los bolcheviques. Culpa de Lenin en 1921 y con su Testamento; culpa de Trotzky, demasiado tiempo retenido por la recomendación unitaria de Lenin y por las malevolencias que su no bolchevismo anterior le granjeaban. Porque, si bien la estatización de la economía, la dictadura de su organización, la distribución de la tierra en usufructo privado e incluso la represión insensata de Kronstadt pueden ser tenidas como meteduras de pata difíciles de eludir en medio de la situación inextrincable en que había caído la revolución, después de la NEP era palpable el resultado negativo de su recorrido. Guardar el rumbo a la revolución mundial, ponerse en condiciones de ayudarla en el porvenir y de ser ayudados por ella requería la escisión de los hombres internacionalistas, escisión sin ambages y a la faz del mundo entero. Habiendo hecho el poder existente, o sea la dirección del partido, un movimiento de retirada en espera de la revolución europea, empezó a temerla poco tiempo después, a ver en ella una perturbación de la estabilidad resultante de la NEP. Se hacía pues imperativo dejar camino abierto a la revolución comunista internacional cuya proximidad dio origen a Octubre del 17. Uno de los motivos del Testamento de Lenin, la contradicción entre el proletariado y los pequeños propietarios agrícolas, la unidad del partido serviría para encubrirla, sin resolverla en ventaja del comunismo. Las tendencias económicas de ambas clases se expresaban respectivamente en el antagonismo de las fracciones de Trotzky y de Stalin. Pero no era sino una localización, mal expresada, velada por el laberinto de la política rusa, de una contradicción mucho más amplia y decisiva, que terminó siendo planteada con claridad: defensa de la revolución internacional, de un lado; del otro «socialismo» en un solo país, Rusia. Los intereses disimulados tras esa invención de Stalin eran incomparablemente mayores y más reaccionarios que los de los pequeños propietarios, de tierras o incluso de talleres. Abarcaban toda la economía industrial, a más del poder, y se pondrían sin tardar mucho en condiciones de subordinarse, por asimilación o por la fuerza, los intereses privados. Así empezó a asomar cabeza en Rusia el capitalismo internacional. A la inversa, la lucha por la revolución en otros países sostenida por la oposición de Izquierda trotzkysta, contenía los intereses proletarios por encima de las fronteras, en cuanto unidad frente a un capitalismo igualmente mundial, es decir, también contra el capitalismo de Estado que estaba fraguando en Rusia. Este último aspecto de la contradicción, sin embargo, nunca fue formulado por la oposición de Izquierda ni por Trotzky. Se lo ocultaban su definición de lo que era Rusia y también su programa interior. Añadida esa falla al retraso de la Oposición en levantar bandera contra la burocracia, los trabajadores y los revolucionarios de todos los países continuarían ignorando que la revolución rusa había muerto. Disparatado error de Trotzky y de los mejores bolcheviques, en concordancia con los errores de Lenin, cierto, pero son ellos los que posteriormente consintieron a Stalin y a su casta aniquilar toda tentativa de revolución, prostituir las ideas, y hombres por millares en todos los continentes. Ahí hay que localizar la peor falta de los bolcheviques.

Algún tiempo después de la NEP no quedaba otra cosa, en verdad, que el espíritu revolucionario, siquiera descaminado, de cuantos se negarían luego a mamar en las ubres del capitalismo de Estado en gestación. Precisando, ese mismo espíritu estaba empañado por la creencia -general entonces, no sólo entre los oposicionistas rusos- de que la contrarrevolución adoptaría la forma de una restauración de la propiedad privada, si no del zarismo.

Medio siglo después del taimado resbalar a Thermidor y sus consecuencias, las repercusiones nefastas para la revolución mundial siguen haciéndose sentir. Por mucho que Trotzky, la IV Internacional y otros denunciaran el Thermidor o la contrarrevolución política misma, la jugarreta estaba hecha muy antes y su representación de la misma era incongruente. Una contrarrevolución plantada en un terreno socialista o parasocialista, tesis fundamental de la definición, «Estado obrero degenerado», es un contrasentido nada propicio, por añadidura, para desalojar de las mentes la venenosa influencia del Kremlin. La mentecatez del actual trotzkismo, su indigencia política, cuando no su capitulación, arranca de ese error del maestro, cuya rectificación aterroriza a los discípulos. Semejante impotencia, hoy llevada al cretinismo, es, hay que precisarlo, la peor de las repercusiones del abandono del internacionalismo en aras de la resistencia nacional, durante la guerra de 1939-1945. Una prevaricación lleva siempre por cauda otras muchas. Por eso desde entonces el trotzkismo ha contribuido a la degradación del movimiento revolucionario, y a la delicuescencia de sus representaciones teóricas.

El mercantilismo introducido por la NEP no ha conocido término, pese a todos los decires, ni aún siquiera con lo que continúa llamándose «colectivización forzada». Fuerza hubo, sí, implacable, pero colectivización ni por asomo, aparte la reducción colectiva de los labradores al rango de trabajadores asalariados. La libertad de producir y de vender pasaba de los individuos al Estado, si bien éste, para apaciguar a los campesinos amotinados, en trance de arrasar todo, y para suplir sus propias incapacidades, tuviese que concederles lotes de tierra minúsculos en explotación privada. Misma absorción por el Estado de las industrias y del comercio urbanos, con una diferencia significativa, sin embargo; esa burguesía media y pequeña no fue empujada a la dura condición de asalariados; fue incorporada a las filas de la burocracia, como a su medio natural. Un mercado negro ha seguido existiendo, más o menos tolerado; pero lo aprovisionan sobre todo las mercancías robadas en cantidad al Estado por sus propios burócratas, y algunas pocas sisadas por los obreros. La circulación general y legal de las mercancías la asegura el Estado.

Mercancías... La palabra rebosa de significación. Por sí sola tiene el valor del más minucioso análisis. Vendidas en los almacenes estatales o en el mercado negro, son productos inaccesibles al consumidor salvo mediante compra, y a su vez la capacidad de compra depende estrictamente, para todo obrero, de la venta previa de su fuerza de trabajo. En semejante escamoteo económico -hay que repetirlo para la coherencia de lo expuesto- la diferencia entre lo que consume la clase obrera mediante el salario y el valor total de lo que produce, constituye el monto de la explotación, capitalizada, comida o malgastada a discreción por el detentador de los instrumentos de trabajo: el Estado. Mas como el Estado, por multiforme que sea en cuanto organismo, no es una entidad despersonalizada ni la representación siquiera imperfecta de la sociedad, son los hombres del partido depositarios de los poderes del Estado quienes ante todo encarnan los explotadores capitalistas. Tal es, en substancia y en esencia, «el papel dirigente del Partido».

Es indispensable ese condensado histórico para distinguir el término de un proceso social. Pero durante años éste ha discurrido por sendas tortuosas, sin que sus protagonistas hayan tenido conciencia de lo que estaba produciéndose, al principio al menos. Ni el burocratismo ni la corrupción ni la maldad de algunos individuos bastan para dar cuenta de lo sucedido. Stalin era, ciertamente, un caso raro, si no patológico, de carencia de escrúpulos, megalomanía, ignorancia y bestialidad primitiva. No obstante, un bípedo de tal calaña es, por definición, inepto para lo que sea, salvo para recibir bofetones toda su vida, a menos de encontrar dadas las condiciones sociales y las palancas organizativas con cuyo concurso sus taras personales aparecen como otras tantas características aptas para salvar determinados intereses inconfesos, igualmente dados. Las condiciones sociales de la contrarrevolución se presentaron por si solas, sí, pero las palancas organizativas complementarias las ofreció el partido bolchevique, sobre todo a partir del X Congreso al conferirse la exclusividad gubernamental. Por añadidura, abandonó las principales palancas en manos de Stalin, gracias a las facultades totalmente arbitrarias conferidas a la Secretaria de Organización, que redoblaban la exclusividad gubernamental del partido.

Dentro de la ya amplia perspectiva contemplable hoy, diríase que el partido bolchevique, el del tiempo de Lenin y de Trotzky, de todos los mejores, se precipitaba ciegamente a su pérdida, al suicidio. En efecto, pues si bien el monopolio del poder apuntaba a los otros partidos y tendencias adictas también a la revolución, fue el partido bolchevique el que en fin de cuentas sufrió el más horrendo de los contragolpes. Sería diezmado físicamente, envilecido en lo político, revolcado en todas las charcas, vuelto del revés. La disciplina respetada por todos en nombre de una revolución que en realidad agonizaba ante sus propios ojos, de la cual les quedaba tan sólo la esperanza de auxilio del proletariado exterior, consintió al aparato inmovilizar a quienes se oponían a la marcha atrás. Unas veces utilizaba sus divergencias, otras se aliaba a los más vacilantes frente a los más enérgicos. Un ejemplo característico de esa ya perniciosa disciplina; a la muerte de Lenin, el aparato impuso la ocultación del Testamento en que recomendaba retirar a Stalin, por desleal, de la secretaría de organización; quienes proponían su publicación, Trotzky comprendido, se sometieron. Cuantos permanecían siendo revolucionarios se vieron desprovistos de medios de acción, sin que pudieran siquiera hacerse oír, precisamente por ese mismo aparato que ellos habían contribuido a erigir y permitiéndole ir colocando incondicionales en todos los puestos. Así se explica que, cuando Trotzky decidió al fin hacer acto público de oposición se viera tan impotente ante el aparato como cualquier campesino. No logró siquiera publicar el programa de la Oposición de Izquierda.

Esa situación de fuerza dada, se comprende que aún antes del primer Plan quinquenal, Stalin saliendo de la penumbra, se ciscase sin lacha en el centralismo democrático espetándole a la Oposición trotzkista: «Los cuadros actuales no pueden ser cambiados sino por la guerra civil». Cuadros actuales, era decir los de Stalin, en contraposición a los anteriores, y a cualesquiera otros no stalinistas. Lo paradójico es que Trotzky y su izquierda no lo comprendiesen así. Continuaron proponiéndose cambiar los dichos cuadros desde el interior, por el juego del centralismo democrático. Pero ya no existía sino el centralismo policíaco, de donde el aplomo de Stalin. Oposicionistas y cuadros bolcheviques de la primera época eran encarcelados o conducidos a aisladores políticos en Siberia. La represión tomó enseguida por blanco principal el partido bolchevique mismo, y llegaría hasta el exterminio, no sólo de los trotzkistas y otros opositores, sino también de una parte de los aliados y de los primeros cuadros de Stalin. El balance macabro de tal exterminio no encuentra parangón en los anales de la humanidad, ni por el número de asesinados y de muertos en los campos de concentración, ni por la campaña mundial de calumnias de las víctimas. Eran invariablemente presentadas como trotzkistas, lo que era verdad sólo de una parte de ellas, y el trotzkismo como amasijo de golfos y espías a sueldo de Hitler (de Washington mientras duró el pacto Hitler-Stalin) cuyo único objetivo era destruir «la patria del socialismo» y matar al «genial Stalin». La represión alcanzó su máximo con los inmundos «procesos de Moscú» (1936-38). Una parte de los bolcheviques más conocidos recitaban ante el fiscal confesiones sobre Trotzky y el trotzkismo, sobre ellos mismos, dictadas por Stalin y aceptadas por los acusados después de torturas físicas y morales soportadas a veces durante años. A pesar de todo, gran número de acusados resistió hasta la muerte y no sin acusar a Stalin y a lo suyos de encarnar la contrarrevolución. A ellos irá siempre el recuerdo emocionado del proletariado en lucha.

Ha sido en fin de cuentas el stalinismo el que tuvo que desencadenar una guerra civil policíaca, cuyo número de muertos es superior al de la guerra civil revolucionaria. Y los cuadros de Stalin permanecieron y se reprodujeron allende las fronteras rusas.

Al terminar los «procesos por brujería», la contrarrevolución y su novísimo capitalismo de Estado nada tenían ya que temer. Habían transcurrido quince años desde el momento de su insinuación thermidoriana hasta el de consolidación indiscutida. Período largo y desorientador en demasía para cuantos lo vivieron no sólo en Rusia. Pero contemplado en la escala de los tiempos, cual empezamos a distinguirlo ahora, en él se ve, sin equívoco posible, la ruptura de continuidad entre revolución y contrarrevolución, entre bolchevismo y stalinismo. Imposible descubrir otra tan completa, tan sangrienta, tan internacional. El partido depositario de la contrarrevolución continúa llevando el nombre del partido que dio la señal de la revolución, pero aquél es respecto de éste lo que una guardia pretoriana es a una insurrección, lo que un estercolero es a un campo de amapolas.

La contrarrevolución fue política, porque la revolución no consiguió sobrepasar su estadio político. No empece que sus progresos y su exteriorización hayan ido al par con su afirmación económica. La función social de los instrumentos de trabajo no había cambiado, pero de todos modos la contrarrevolución se sentiría insegura mientras la rotación capital-salariado-plusvalía-capital acrecentado no se efectuase holgadamente y no pusiese entre sus zarpas disponibilidades materiales muy grandes. Sobre el apoyo económico heredado del zarismo no hubiese podido surgir sino una contrarrevolución de tipo antiguo, con clase de propietarios privados. Pero el capitalismo individual quedó extinguido, sin renacimiento posible. Gracias a ese hecho, la contrarrevolución política resultó dueña de una economía de Estado y la experiencia le enseñaría enseguida que esa suerte de capitalismo era su más sólido basamento. Así se introdujo en la historia un tipo de contrarrevolución nuevo, pero en perfecto acuerdo con la concentración ya muy avanzada y reaccionaria del sistema mundial.

Así como la naturaleza de la revolución explica el carácter particular de la contrarrevolución, aquella misma esclarece las peculiaridades de los oponentes a esta otra. Es preciso dejar dicho, ante todo, que nadie, absolutamente nadie, ni en Rusia ni en cualquier país presintió siquiera de donde provendría y como se organizaría el reflujo contrarrevolucionario. Por eso los oponentes no vieron en la política del aparato (enteramente dictada por Stalin a partir de 1926, parcialmente antes) y eso con retrasos de tiempo diversos, otra cosa que un peligro, que errores de gravedad creciente, susceptibles de desembocar en una restauración del antiguo capitalismo. La junción entre la política derechista del aparato y el cometido social de los instrumentos de trabajo nadie lo descubrió, excepto más tarde, algunos, recapacitando en tétricos calabozos o en los aisladores siberianos. Resulta de todos modos que la oposición del stalinismo, incluso en los casos tardíos pero anteriores a los procesos de Moscú, contenía la defensa de la revolución contra sus enemigos, a despecho de las ideas incompletas o erróneas que la inspirasen. Cierto, los centenares de miles, los millones de hombres torturados, calumniados y asesinados por los cuadros de Stalin pagaron con la vida su irreductible enemiga a la contrarrevolución. Jamás partido alguno en la historia de todos los tiempos ha pagado a tan elevado precio su apego a la revolución proletaria... y sus propias inconsecuencias. Ningún régimen ha matado tantos revolucionarios, tantos obreros, tantos intelectuales, como el régimen stalinista.

La Oposición de Izquierda (trotzkista) fue, entre las diversas fracciones adversas al stalinismo la que mejor formuló la lucha contra él. No ciertamente por su programa interior, cuyo descarrío puede verse leyendo la «Plataforma de la Oposición» y «Nuevo Curso», de Trotzky, sino por su posición internacional. Inducido a error por las palabras y por una identificación superficial de expropiación de la burguesía y expropiación del capital, Trotzky no se dio cuenta de lo que en realidad disimulaba la «construcción del socialismo en un solo país» que valió a Stalin el grado de Jefe indiscutible de cuantos, situados alto o bajo, penaban por gozar tranquilamente de prebendas y mando. La formulación de Stalin le parecía quimérica e incluso de reaccionaria latencia. Sin embargo, no percibió que se trataba en verdad de construir el capitalismo.

Por el contrario, denunció vigorosamente que en el orden de ideas stalinistas la revolución mundial dejaba de ser indispensable, y que un poder así orientado terminaría traicionándola. La perspectiva internacional que sirvió de detonador a Octubre del 17, la Oposición trotzkista la puso por centro de su combate teórico, y estuvo siempre presente en la multitud de hombres encarcelados, deportados o asesinados por el stalinismo. Un error grave, no obstante, limitó esa toma de posición. Traicionar la revolución, mundial, o sólo declararla no indispensable, era por fuerza signo inequívoco de traición previa a la revolución rusa. Y la calificación de Rusia como «Estado obrero degenerado» no dejaría de mermar las posibilidades de cualquier revolución, sin hablar de la inconsistencia teórica de tal definición.

Una vez llegado a término el proceso económico, poco después del proceso de reacción política y consecuencia de él, nos encontramos ante un capitalismo concentrado cual ningún otro, cuya descripción va dada en el capítulo I. El Estado dispone a discrección -uso y abuso- de las estructuras y superestructuras que sirven a valorizar los instrumentos de trabajo, clase obrera comprendida. A su vez, el Estado aparece como posesión exclusiva del partido gobernante, sin la menor falla en todos y cada uno de sus órganos particulares, los subordinados no menos que los subordinantes. No se contenta el Partido con fiscalizar o controlar las múltiples funciones del Estado, sino que ambos son una y la misma institución. Cada acto del partido es un acto del Estado, y en ninguna parte está el Estado sin que esté el Partido como su manifestación constante. Es indispensable pues hablar en singular: se trata del Partido-Estado. Monopolio absoluto del capital y monopolio absolutista del poder se encuentran enteramente fundidos. En el Partido-Estado se complementan sin cabida para un más allá, la concentración de la riqueza y del poder estatal que la civilización capitalista ha ido acentuando desde sus inicios. Tal es la naturaleza social del Estado ruso.

Ahí es donde se descubre, innegable, una continuidad, no entre la revolución bolchevique y el sistema actual, sino entre el capitalismo burgués y el de Estado. Resulta por ende, obligado, que la vasta pirámide del funcionariato que constituye la totalidad del Partido-Estado esté subyugada por la cumbre del partido, y que ésta se confunda, a su vez, con el gobierno, igual que el colegio cardenalicio se confunde con la Iglesia. En la cumbre residen todos los poderes: poder político, poder económico, poder legislativo, poder policíaco, poder judicial, poder militar, poder informativo, y aquel otro poder entre todos temible que es el monopolio de la cultura, desde las guarderías infantiles hasta las academias científicas, pasando por la literatura, la poesía, las artes. No se conserva memoria de despotismo tan rematado, tan meticulosamente enzarzado. El más odioso de los antiguos despotismo asiáticos no lo iguala en atrocidad, y menos aún en hipocresía.

El ateísmo del Partido-Estado se les antoja a ciertos librepensadores más rancios que perspicaces, particularidad favorable al desarrollo de la ciencias y de la cultura en general. Nada semejante ha ocurrido, está visto; la ciencia rusa se nutre, por lo general, de lo que aprende o espía en la ciencia occidental, y su cultura es la de mandarines prostituidos, siempre cabeza gacha y mano mendicante ante el poder. No podía ser de otro modo, porque el Estado es ateo, sí pero sólo respecto del dios de las religiones tradicionales, pues él mismo se ha constituido en iglesia y por consecuencia en dios terrenal. La propia clerecía ortodoxa tiene que adorar al dios Partido-Estado para conservar la adoración de sus fieles... y para comer. La coherencia respecto del origen de la idea de dios es completa. La facultad de castigo y dádiva apareció entre los hombres como prerrogativa de la violencia, del Estado pues, antes de desdoblarse en su aspecto imaginario. La materialidad del Estado precede a la inmaterialidad de la idea de dios, y le sobrevive. No otro es el pseudo-ateísmo del Partido-Estado.

El saber adquirido y de cimientos más firmes puede oponer obstáculos a la extensión de la investigación teórica en momentos cruciales, azarosos del devenir, es susceptible de engendrar confusión, error, y hasta degradación del saber mismo. Eso ocurre con la idea fecunda, verdadera siempre que se refiere a períodos de tiempo largos, que señala una clase como base de la expansión económica y de la cultura de cualquier sistema social, exceptuando el comunismo. Por ello, la ausencia de una clase propietaria en Rusia (y en los países imitadores) ha desorientado a numerosos revolucionarios, sin hablar de otros intérpretes más o menos inspirados en Marx. Sin clase poseyente no hay capitalismo y si explotación existe, débese a abuso de la burocracia, en contradicción con el sistema, pretenden los unos. Y otros: puesto que existe explotación, pero no burgueses propietarios de los instrumentos de trabajo, existe una nueva clase, base y dueña de un nuevo sistema, no socialista y tampoco capitalista. El primero que emitió tal aserto fue Bruno Rizzi, poco antes de la guerra. Después fue puesto en boga por el americano Burnhan bajo la designación de colectivismo burocrático o managerial revolution. En ambos casos, la interpretación va dada por la idea aprendida de una clase poseyente para cada sistema económico no comunista; una y otra pasan por alto las relaciones de producción, que siempre circunscriben las de distribución. Ahora bien, dichas relaciones son en Rusia cualitativamente idénticas a las del viejo mundo burgués, a despecho de la inexistencia de la clase propietaria, ni nueva ni vieja, de los instrumentos de trabajo. Los intentos hechos para definir la burocracia como una especie de burguesía son tan inconsistentes como tachar de burguesa la revolución de 1917, aunque sólo sea en su aspecto económico, cual hace el bordiguismo. Tratando atrás de la naturaleza de la revolución, quedó ya dicho que la burguesía tardó siglos en salir a flote del seno del feudalismo, antes aún de dominar la sociedad. No va a constituirse una burguesía pimpante en el momento en que la concentración y el desarrollo capitalista ha adquirido proporciones mundiales, que por su propia dinámica eliminan la función de los capitales privados en libre, caótica actividad. El proceso característico de la civilización capitalista no podrá repetirse en parte alguna, ni aún imaginando formas modificadas.

Con mayor razón aún aparece como una imposibilidad, como simplista y absurda cogitación, la presencia de una clase enteramente nueva asentada en su propio sistema, requerimiento del colectivismo burocrático. Poseyente o desposeída, una clase no la engendra la historia en algunos años, y no la lleva al poder sino cuando se convierte en indispensable al ciclo vital de la sociedad, rigiendo la cual ganan las condiciones materiales y culturales, libertad incluida. A menos de embrollar las concepciones que con mayor acierto guían nuestra interpretación del decurso histórico, la idea de clase dirigente debe relacionarse siempre con una función económica peculiar creada por la espontaneidad del devenir, dicho con mayor precisión, de la marcha hacia delante de los hombres. Y bien, lo que la espontaneidad histórica ha creado en cuanto clase es el proletariado y nada más que el proletariado, y al mismo tiempo capacidades de producción más que suficientes para garantizar la organización del comunismo en una sociedad mundialmente unida; ha creado la clase y su cometido histórico.

Una de las características más importantes de nuestra época consiste precisamente en la degeneración y la disolución de las antiguas clases privilegiadas, simultáneamente a la extensión del proletariado. Los «managers» americanos, los P.D.G.8 de Europa occidental y del Japón no son una clase, como tampoco lo son los «aparatchiks» del tipo ruso. En cuanto capa o escoria social, ésta última burocracia, igual que aquellas otras, sus homólogas, tienen hundidas sus raíces en el viejo mundo putrescente. Si dispone de todo con arbitrariedad mayor que la antigua clase burguesa, es precisamente porque su naturaleza de escoria social contrarrevolucionaria no le consiente desplegar sino una actividad reaccionaria en todos los dominios, una actividad a contrasentido del avance histórico. La sociedad capitalista no aboca a una alternativa en que uno de los dos términos fuese otra sociedad de explotación. La solución es unívoca: es el comunismo. En su defecto, no queda sino la marcha atrás, la putrefacción de la vieja sociedad hasta su desintegración y la vuelta a una magma social del que poco a poco surgiesen nuevas estructuras totalmente imprevisibles.

Pues bien, la descomposición del sistema capitalista, cuyos numerosos signos saltan cotidianamente a la vista y al entendimiento, único contrarresto al comunismo en perspectiva, no tiene empleo para una clase propietaria, cualquiera sea. Se lo veda su propia andadura destructora. De por sí, el crecimiento acumulativo del capital desquicia a la burguesía, mientras que el fracaso de las tentativas revolucionarias acelera o da término a esa tendencia. Ejemplos: la revolución rusa y toda la oleada de tentativas revolucionarias rota finalmente en España.

En ese terreno, el del capitalismo en putrefacción, el stalinismo desempeña en todas partes su papel contrarrevolucionario, ya bien adornado de trofeos. No obstante, ni el automatismo de la concentración en sus manos de la riqueza, ni la avidez de sus hombres lo han empujado a adjudicarse escrituras de propiedad privada. No menos lejos está de adoptar el sesgo de una «clase constitutiva», es decir, en vías de constitución, opinión que Pierre Naville me imputa en «Le salaire socialiste»9. A decir verdad, me imputa tendenciosamente otras opiniones, resultantes también de su interpretación. Me conformo recogiendo la que se relaciona con mi razonamiento aquí y cedo a eruditos de su talento el cuidado de refutar sus tesis con la docta parsimonia que requieren sus cuatro volúmenes, a comenzar por su disfrute contrapuesto a la alienación10.

Referente a lo que llegare a ser la burocracia stalinista caso de ausencia de revolución, sólo mediante las paulatinas modificaciones que el tiempo no deja de efectuar, es baldío emitir hipótesis alguna. No se puede tener seguridad sino de que la era burguesa no volverá, salvo, quizás, contemplando tiempo tan extenso como entre el Código de Hammurabi y el Código Napoleón, pero habría que volver mucho antes al arado y a la economía familiar. No es necesario demostrar que si la burocracia rusa no da signos de mutación en burguesía, el viejo mundo capitalista, por el contrario va aproximándose del modelo ruso, por la estatización dirigista de la economía y por sus coerciones policíacas y culturales. La burguesía se hace rala por resultado del movimiento social que ella misma puso en marcha. No será en el momento en que el contorno de la clase dominante va desdibujándose en todas partes, cuando se perfile en Rusia alrededor de los aparatchiks del Partido-Estado. Todo acontece en ese dominio como si las exigencias imperativas de la contrarrevolución hubiesen tomado en Rusia la delantera del automatismo característico del capital.

Inversamente el contorno del proletariado es en Rusia tan neto como en los países de antiguo industrializados. Ese hecho deja ver claro. El traspaso de la función económica detentada por la burguesía a su organismo más representativo, el Estado, endurece y ensancha la relación explotadora capital-salariado, aligera o suprime el papel de los particulares en posesión de instrumentos de trabajo, realzando simultáneamente la importancia del proletariado en la economía.

Nada contrario en eso a la espontaneidad del devenir desde el principio de la era industrial. La clase que asomó entonces como clave del porvenir se destaca con netitud en el panorama social, mientras van haciéndose imprecisos los rasgos característicos de la clase del pasado. Ello precisamente en medio de un crecimiento del capital tan exorbitado, que sus más importantes dignatarios están en condiciones de aniquilar todo lo viviente en nuestro planeta, con un ligero movimiento del índice. Ningún otro sistema social ha llevado hasta tal grado su propia nocividad.

Va dada, por lo demás, una correlación estricta entre la centralización del capital y la amenaza incesante de exterminio termonuclear. Tras haber alcanzado la cima de su desarrollo, el capitalismo, sociedad de explotación, por ende de sacrificio del hombre por el hombre, está ya listo para el sacrificio físico universal. Es la conclusión, el tope de su tecnología. Hablar en tal estadio de una clase en constitución o ya constituida en Rusia, o bien de la ausencia de propietarios privados como signo embrionario de socialismo es un disparate que sólo sirve para embrollar los factores de una lucha revolucionaria.

Lo que sabemos de la antigüedad, desde el Primer Imperio egipcio hasta la civilización greco-romana, nos enseña que si el desarrollo de una civilización es principalmente obra de una clase, su decadencia no es cometido de una clase precisa, y menos que de ninguna otra de la antigua; ésta se descompone viéndose infiltrada, absorbida o eliminada por grupos parasitarios: líderes plebeyos, militares, policías, escribas, sacerdotes. Frente a la clase patricia, Cesar y Augusto pretendían representar a la plebe de ciudadanos romanos desposeídos, de libertos, de metecos; abrieron la puerta de par en par a la decadencia que fue carcomiendo todo el imperio bajo la cáscara del crecimiento económico del «siglo de Augusto».

En cuanto capa social superflua, parasitaria, la burocracia stalinista (y sus semejantes) nada tiene que envidiar a sus antepasados históricos, ni a las estratificaciones sociales dominantes en Occidente. Como éstas, su unidad totalitaria se subdivide en jerarquías políticas, económicas, militares, policíacas, sindicales, religiosas, incluso jerarquías intelectuales, científicas y artísticas. Y todas ellas sin excepción alguna ejercen funciones contrarias a los intereses inmediatos e históricos de la sociedad, lo que constituye la quintaesencia del parasitismo. La similitud cualitativa es sobrecogedora y por sí sóla fuerza a considerar el régimen stalinista como un fragmento del sistema económico-político mundial. Es que el recorrido de la contrarrevolución no era completamente empírico. El capitalismo occidental fue su paradigma a imitar y sobrepasar. Así se introdujo en el concierto internacional, y así su capitalismo reproduce, enconados, todos los rasgos decadentes del conjunto, desde el despotismo policíaco y económico, hasta la contrahechura cerebral en escala de masas. Sabido es que en numerosos dominios aventaja a sus maestros; incluso ha fundado escuela.

El estado actual de la economía no deja lugar para clase propietaria alguna, es decir, cuya dominación desempeñe un papel siquiera algo positivo. Lo que subsiste de burguesía y sus advenedizos sucesores, «aparatchiks» stalinistas, P.D.G. y toda suerte de funcionarios encopetados, despliegan una actividad negativa de punta a cabo, incluso en el simple aspecto del crecimiento individual, no digamos por relación al desarrollo de la sociedad. De mil maneras y casi en cada producto se constata hoy que la ciencia no puede ser aplicada de manera enteramente científica, o sea, no sólo sin perjuicio, sino con pleno beneficio par el hombre, sin hacer baratillo de la ley del valor capitalista.

Volveré sobre tal problema en el último capítulo, referido a la crisis decadente del sistema entero, Rusia e hijuelas comprendidas. Pero es indispensable ver antes por qué medios y a manos de quienes sucumbió la oleada revolucionaria que tantos países recorrió entre 1917 y 1937, lo que condujo a la guerra imperialista y luego al lodazal en que chapotea el mundo hoy.

La política Exterior Rusa y el capitalismo mundial

Hay junción del pasado zarista y del presente stalinista:

La manera tradicional en que Rusia persigue la realización de su finalidades está lejos de justificar el tributo de admiración que le rinden los políticos europeos. El resultado de esa política hereditaria indica bien las debilidades de las potencias occidentales, pero su uniformidad estereotipada causa igualmente la barbarie interior de Rusia... Recorriendo los documentos más famosos de la diplomacia rusa se constata que es muy astuta, muy sutil, maliciosa y matrera, cuando se trata de descubrir los lados débiles de los reyes de Europa, de sus ministros y de sus cortes, pero que su cordura naufraga invariablemente cuando se precisa comprender los movimientos históricos de los pueblos de Europa occidental... La política rusa puede, mediante sus ardides, intrigas tradicionales y subterfugios, sobrecoger las cortes europeas, basadas ellas mismas en la tradición; pero no sorprenderá a los pueblos en revolución11.

Esa palabras escritas hace un siglo bien largo han recuperado actualidad gracias a la contrarrevolución stalinista. Una vez destruido el impulso de Octubre 1917, Moscú vuelve a hacer suya la tradición, con la ceguedad de una época que se sobrevive y la crueldad característica del stalinismo. Toda la conducta de la diplomacia rusa y la política de sus partidos en el exterior están comprendidos en el citado juicio de Marx. Ni siquiera faltan los necios tributos de admiración de toda suerte de gobiernos y de politicantes. Y esta vez se les suman, a más de los mercenarios constituidos en partido «obrero», intelectuales de izquierda entre tembliques y estupor, líderes ex-reformistas y sindicalistas, y hasta trotzkistas que se la dan de conocer la significación del stalinismo.

La primera manifestación declarada del poder stalinista en el exterior fue para forzar la retirada del proletariado y los campesinos de China, que en 1926-27 habían casi alcanzado la meta revolucionaria. Veinte años de dictadura de Chian Kai-chek y otros tantos de dictadura de Mao Tse-tung y Chu En-lai tienen su punto de arranque en la política dictada por el Kremlin a su partido chino, política que no estaba en contradicción con los intereses de Rusia, al contrario de lo que creyeron todos los críticos del stalinismo entonces. Un poder revolucionario se organizaba en China en torno a soviets de obreros y campesinos, en gran parte armados. Era el único poder en numerosas localidades y en zonas enteras. El Kremlin dio orden de disolución de los soviets y la orden fue aplicada por el mismo partido y los mismos hombres que desde 1940 despotizan en Pekín. La casta burocrática en trance de consolidarse en Rusia no podía dar aliento en parte alguna a una subversión semejante a la de 1917. Propiciaba ella una China «popular», o sea capitalista, más ligada a Moscú que a los antiguos imperialismos. Y pretendió instalarla por la fuerza cuando su amigo Chiang Kai-chek se le desmandó. Tales fueron las sublevaciones de Cantón y de Shangai, que tuvieron más de putch stalinistas que de insurrección obrera.

Poco después se produjo el auge del hitlerismo en Alemania, que chocaba con una fuerte agitación revolucionaria susceptible de poner en movimiento decenas de millones de hombres junto al proletariado más numeroso de Europa. La política exterior del Kremlin puso su veto a la revolución, declaró urbi et orbi que la victoria de Hitler no tendría gravedad alguna, y dio a su partido orden estricta de no oponerse a la entronización del nazismo. Fue tan fielmente obedecido, que el partido stalinista alemán calificó de provocación una huelga obrera contra la constitución del gobierno de Hitler. Y cuéntase que Moscú no ignoraba que el Dram nach Osten (marcha hacia el Este) anunciada por Hitler mismo en Mein Kampf (Mi lucha) implicaba la guerra. Pero, otra vez, los intereses del Kremlin a corto y a largo plazo le dictaban impedir la revolución proletaria y dejar a Hitler libertad de machacarla desde el poder. No hay gran misterio en esa opción que podría juzgarse contraria a los intereses nacionales rusos. En efecto, la guerra no pondría en causa sino la hegemonía entre las potencias y modificaciones de fronteras, mientras que la revolución proletaria habría acometido la destrucción de todas las potencias, de sus ejércitos y de sus fronteras, las de Rusia comprendidas. A mayor abundancia, los avatares de la guerra imperialista podrían tal vez aventajar los intereses nacionales rusos, lo que ha ocurrido.

La gran divisa revolucionaria contra la guerra imperialista guerra civil fue desde esa época consciente y definitivamente invertida por los dictadores del Kremlin. En adelante, doquiera surgiese o amenazase la guerra civil, le opondrían ellos la guerra imperialista, sin tapujos o mal velada por el charlatanismo anti-imperialista unilateral del que tantos ejemplos hemos presenciado.

Pero antes de dejar en suelta sus codicias extraterritoriales, los gobernantes rusos tuvieron que enfangarse aún más que en la Alemania de 1930-33. Bosquejando su prostitución, en China, ellos y su partido desempeñaron, en apariencia, el papel de una organización reformista, mediante su alianza con la burguesía en detrimento del proletariado; en Alemania se comportan abiertamente como traidores que entregan al enemigo las posiciones más fuertes. En ambos casos, permitieron el aplastamiento de la revolución por las antiguas clases poseyentes en beneficio de las mismas. Pero, cuando llega el punto culminante de la revolución en España, 1936-37, entonces es Moscú, con sus propios criados españoles, con su propia policía, con sus propias armas y en su interés directo, quien actúa sin lacha contra la revolución comunista y la apuñala por la espalda. Es que, a partir de julio de 1936 no se trataba ya en España de cortar el paso a una revolución amenazante. La revolución inundaba la calle y la sociedad entera; necesitaban pues desmantelarla. Había que desarmar al proletariado, que acababa de hacer morder el polvo al ejército nacional, había que arrancarle los instrumentos de producción industriales y agrícolas de que era dueño, había que disolver sus múltiples Comités-gobierno, los instrumentos de poder de que él mismo se había dotado. La inmunda faena fue llevada a término con la sangre fría, la premeditación y la felonía del asesino asoldado. Pero no sin una lucha persistente de la clase trabajadora, que culminó en la insurrección de mayo de 1937. Todos los gobiernos imperialistas se sintieron colmados, además de Franco.

La insurrección de mayo 37 tiene una importancia capital en la historia de la lucha revolucionaria mundial. Las armas del proletariado apuntaban, en primer plano, al stalinismo, en el cual y a despecho de su designación, -Partido Comunista- los trabajadores habían identificado el guía ideológico y el brazo policíaco de la contrarrevolución, el enemigo de clase, en suma. Sobre el terreno, la insurrección fue una victoria fulminante y si quedó aislada en Cataluña se debió a que las organizaciones que disponían de medios para informar a todo el país y a las cuales estaban afiliados la mayoría de los insurrectos (C.N.T.-P.O.U.M.) utilizaron esos medios, sus estaciones de radio comprendidas, no para llamar a la insurrección general, sino para inducir el proletariado catalán a la retirada, calificando la insurrección de fratricida . No consiguieron hacerse obedecer sino con mucha dificultad y cuando legiones de policías reclutados en la sombra y fusil ametrallador made in Moscú al hombro invadieron la región.

La insurrección de mayo 1937, hay que proclamarlo a la cara de cuantos ignoran la revolución española, constituye hasta hoy el supremo grado de conciencia del proletariado mundial. Después de haber vencido y disuelto en batalla el ejército capitalista, el proletariado se percató de la naturaleza contrarrevolucionaria del partido dicho comunista, le da el asalto, lo vence, y queda dueño del terreno... hasta que los dirigentes de sus propias organizaciones consiguieron, desmoralizándolo, mintiéndole, desmoronar la insurrección. Así quedó transformada su victoria en tremenda derrota política. Ni sombra del nacionalismo o democracia burguesa en el despliegue de ese combate, cual ha sido el caso de las insurrecciones anti-stalinistas posteriores en los países del Este; nada más que la defensa de la revolución comunista y el stalinismo apuntado como el enemigo más pérfido de la misma. Octubre del 17, Julio 36 y Mayo 37 forman una trilogía ejemplar, cuya repetición simultánea abrirá de par en par las puertas al comunismo en los cuatro puntos cardinales.

Mucho tiempo antes, el stalinismo había manifestado en Rusia su carácter contrarrevolucionario. Conservaba sin embargo, en el exterior, una apariencia equívoca, una apariencia de «izquierda» o reformista, ya que no revolucionaría, fácil de fingir hallándose en la oposición. El Frente Popular acabó de golpe con esa apariencia, y el stalinismo mostró en todas partes su verdadera naturaleza, que nada tiene que ver con la del espíritu democrático-burgués y subordinado del antiguo reformismo. Sigue hablando de democracia, cierto, sabe prestar servicio a la burguesía hasta hacérsele indispensable y está en condiciones de disimular pacientemente sus miras. Mas se trata invariablemente de trabajos de aproche a la propiedad de Estado, que sabe inscrita en el automatismo del capital y en los imperativos contrarrevolucionarios del mismo. No hay en ello maquiavelismo, sino, ramplonamente, intereses adquiridos, y por ende convicción empírica, unos y otros adquiridos a costillas de centenares de millones de hombres, desde Alemania oriental hasta Kamchaka y Shangai. Y fue precisamente durante la revolución española, y a su costa, cuando el stalinismo exterior adquirió la certidumbre de ese papel, que en lo sucesivo y sin posibilidad de cambio, seguiría siendo el suyo; contra ella planteó por primera vez su capitalismo de Estado como medio y lugar de unión nacional de todas las clases. Imposible descubrir antítesis más cabal de la revolución comunista.

Una vez liquidada por él la revolución en España, el desenlace de la guerra civil no podía ser otro que la victoria de Franco. Moscú habría podido inclinar la balanza militar a favor de sus hombres. Pero en aquel momento de la coyuntura interimperialista, y vista la posición geográfica de España, en el Kremlin esperaban más de Hitler que sus turiferarios españoles.

En resumen, la política de Frente Popular no era en el fondo otra cosa que táctica preparatoria de la guerra imperialista. Colma su objetivo en España mediante el aniquilamiento del proletariado por los hombres de Moscú, y el camino quedó así libre, de un lado a Franco, del otro a la guerra por el dominio del mundo. Tal fue la consagración del stalinismo como fuerza capitalista reaccionaria allende sus fronteras rusas. A partir de ese momento, sus pujos imperialistas antes retenidos, se descaran. En efecto, el Pacto Hitler-Stalin entregó a Rusia Estonia, Letonia, Lituania y la mitad Polonia, declarada por Molotov «país ficticio», a desmembrar. Esos dones de Hitler fueron confirmados por Estados Unidos y sus aliados, abandonando además al Kremlin, como botín de guerra, la otra mitad de Polonia, los llamados hoy países del Este, la mitad de Alemania, la mitad de Corea y parcialmente China, donde Roosevelt reconocía explícitamente a Moscú el derecho de ejercer fuerte influencia. A partir de España, es evidente, Moscú había hecho pleno mérito como enemigo de la revolución. Estaba en condiciones de ser honorable aliado de otras potencias imperialistas y de repartirse el botín con ellas. El Frente Popular no obedecía a otro objeto.

Con la revolución española queda clausurado un ciclo histórico preciso: el de la primera ofensiva internacional del proletariado contra el capitalismo. Acabo de indicar sus principales jalones, pero la ofensiva se manifestó con intensidad y explicitud diversas en decenas de países de tres continentes. He aquí su resumen histórico sucinto: iniciada por la revolución de Octubre de 1917, que ella debiera haber salvado, el poder ruso, a medida de su propia transformación reaccionaria, va apartándola de sus objetivos y traicionándola, y finalmente la reprime él mismo a sangre y fuego en la España de 1936-37, estremecimiento el más profundo de la revolución comunista. En éste apuntan ya los rasgos tácticos y estratégicos nuevos del periodo revolucionario venidero. Simultáneamente a la actuación policíaca de Moscú y de sus hombres contra la revolución española, tienen lugar las grandes falsificaciones judiciales de Moscú y el asesinato en masa de cuantos resistían poco o mucho al stalinismo. El todo representa con retraso, pero ratificado por ríos de sangre, el acto incuestionable mediante el cual la contrarrevolución se reconoce ella misma como tal.

Sale sobrando notar aquí los suministros sin cuento entregados por Moscú a Hitler, hasta el día en que éste rompió el Pacto. ¿No había suministrado antes petróleo a Mussolini, que se lo pasaba a Franco en plena guerra civil?. Lo que ante todo importa es ver el curso de la política exterior rusa desde vísperas de la guerra mundial. Primero, desde el Pacto Laval-Stalin, el Kremlin apoyó la diplomacia y los armamentos occidentales «contra el fascismo criminal». Los stalinistas franceses, ingleses, americanos, etc.; hacían alarde de nacionalismo a ultranza. A sus ojos, el único factor de guerra era Hitler. El día que se enteraron, por la radio, como cualquiera, de la firma del Pacto nazi-stalinista, su patriotismo se desvaneció como un gas ligero. Obedientes como un solo mercenario al mando de las ondas radio, apuntaron el índice a los occidentales como únicos responsables de la matanza imperialista. Moscú impuso la supresión de los periódicos stalinistas de lengua alemana, salvo uno de circulación limitada dentro de Rusia. En fin, las actividades de los stalinistas occidentales, ajenas por completo al internacionalismo, tenían mucho de común con la de los colaboradores de los ocupantes nazis. Son bien conocidos los tratos del Partido francés con las autoridades militares hitlerianas con vistas a la publicación legal de l'Humanité.

La guerra iniciada en 1939 fue peor acogida por la masa de trabajadores obligados a endosar el uniforme, que cualquier otra del mismo género. Pasividad y protesta abierta eran generales. Ni el más leve entusiasmo patriótico. Existía un estado de ánimo muy favorable a la actividad internacionalista. Incluso después, una vez desarticulados y en huida los ejércitos franceses, los reclamos de De Gaulle, desde Londres no despertaban en Francia impulso patriótico. En general, la burguesía continental capituló ante Hitler, a quien admiraba desde su acceso a la Cancillería del Reich, y bajo su égida realizaba grandes negocios. La capitulación de la burguesía era una de las consecuencias esperables de su propio sistema; por ello, más tarde, y en sentido inverso, llegaría el turno a la burguesía alemana y a la italiana. Por el contrario, el no patriotismo del proletariado significaba la ruptura con los valores nacionales del capitalismo y la posibilidad de acometer acciones revolucionarias supranacionales. En efecto, la guerra de 1914-1918 y el período revolucionario recién vivido habían carcomido la mitología nacionalista; el capitalismo continuaba siendo blanco de la hostilidad del proletariado, siquiera pasiva, y por otra parte, las condiciones concretas de los países ocupados presentaban facilidades para orientar la lucha, en las fábricas y en los ejércitos, hacia la transformación de la guerra imperialista en guerra civil internacional. El ejército italiano en Grecia se hallaba casi en descomposición, incapaz de batir las flacas fuerzas que le oponía Atenas. En el ejército francés, la rebelión de los soldados empezó enseguida, todavía cuando el partido de Moscú agitaba el pendón nacional y se prolongó después, con las represalias de consuno. En Alemania misma, al contrario de lo que la propaganda de los vencedores ha querido acreditar, ni la guerra ni los latiguillos hitlerianos sobre la raza aria eran populares. No pocos soldados ocupantes manifestaban, pese al riesgo, su oposición a las tropas de asalto (SS) y al nazismo en general.

En suma, era indispensable, era posible, era la única solución revolucionaria, contraponer, a la unidad de Europa bajo la bota de un imperialismo, la supresión de las fronteras, y la disolución de los ejércitos por la revolución comunista. Ahora bien, el stalinismo era tan incapaz como la burguesía de acometer esa tarea, y en fin de cuentas por razones idénticas. También él estaba uncido a la salvaguarda del capitalismo nacional, habida cuenta de los intereses directos y de las alianzas del capitalismo de Estado ruso. Entraba pues de lleno en el juego criminal de la potencias, en los antípodas de la clase obrera. Por ello, en cuanto Hitler atacó a Rusia se volcó otra vez en el patriotismo francés, inglés, americano, etc. A ejemplo de su metrópoli, cambia de campo imperialista, como algo después harían naciones enteras, sin abandonar el terreno del capitalismo.

Después de esa segunda voltereta y ya a la vista de las primeras dificultades de Hitler, fue cuando, gracias en gran parte al stalinismo, la resistencia nacional -léase la defensa nacional capitalista en territorio ocupado empezó a cobrar importancia. Iría ampliándose a medida que los ejércitos alemanes se atascaban en Rusia, hasta que la balanza imperialista cayó del lado opuesto al Eje Berlin-Roma.

Fue el remate de la política exterior de la contrarrevolución stalinista. La guerra imperialista por su sola declaración representa históricamente un toque de rebato contra la civilización capitalista; es la expresión suprema de su caducidad y la señal de lucha a muerte contra ella. Para torcer hacia el capitalismo la tendencia bien marcada de los pueblos a la guerra internacional de clase contra clase y aprisionarlos de nuevo en la defensa nacional, fue precisa toda la actividad de Moscú y sus partidos contra la revolución, desde Rusia misma y China, hasta España. El nacionalismo reaccionario y bárbaro naufragaba en su postrer orgía criminal; sólo la política exterior de Moscú, siempre en disfraz obrerista, consiguió izar aún las banderas nacionales («a cada francés un boche»12) y ahogar todo germen revolucionario. Las fracciones de la burguesía favorables a los aliados jamás lo habrían conseguido, ni aún teniendo en cuenta el apoyo anglo-americano y la inalterable sumisión de la social-democracia.

A medida que la derrota de Alemania parecía probable, luego segura, Moscú fue sacando de sus archivos las ancestrales antiguallas zaristas sobre el pan-eslavismo y la iglesia ortodoxa como instrumentos complementarios de dominación exterior. Con la victoria, seguro de sí, exultante, echa abajo todas las barreras y deja al desnudo sus verdaderas aspiraciones: ser el realizador de las ambiciones zaristas, por los métodos contrarrevolucionarios que le son propios. Se apropió el territorio oriental polaco, hasta la línea Curzón, considerada por Lenin injusta para Polonia; se apoderó también de Besarabia, de Bucovina, de Moldavia y de la península de Petsamo. En los países en que penetraban sus ejércitos, dichos hoy «democracias populares», saqueó la industria y la riqueza en general, capturó como esclavos millones de soldados de diversas nacionalidades, asesinó o envió a Siberia cuantos hombres eran sospechosos de ideas revolucionarias, impuso por doquier su ley, ejército, policías y mercenarios nacionales mediante. La misma o parecida conducta fue seguida por Moscú o por sus sirvientes , en Corea del Norte, en Manchuria, en Mongolia exterior, más tarde China y en Vietnam. Pero trataré aquí principalmente de Europa, porque en Europa se decidirá el éxito o el fracaso final de la ascensión stalinista.

Moscú ha extendido su imperio en tan vastos territorios, antes que nada por medios militares y policíacos, pero no sin acuerdo explícito de Washington. En segundo lugar, poniendo en juego los partidos stalinistas nacionales, que la progresión de sus tropas inflaba de arribistas, de burgueses, e incluso de fascistas y de colaboradores. Pero también se ha servido del paneslavismo y de la iglesia ortodoxa. Por entonces, Stalin se hacía fotografiar con la alta clerigalla, que había defendido el estado «obrero» tan incondicionalmente como quienquiera. Un consistorio religioso convocado por la iglesia ortodoxa con participación de las otras religiones consagró a Stalin, ya «padre de los pueblos», también «ungido del Señor». Es que la milenaria burocracia sacerdotal constituye uno de los canales más importantes de penetración del paneslavismo13, viejo estribillo expansionista de los boyardos de la Gran Rusia. A mayor abundancia, y salvo trastorno revolucionario, de los tres ramales principales del cristianismo, el católico, el ortodoxo y el protestante, los dos últimos se disputarán la sacrosanta hegemonía, cada uno a cobijo del dispositivo termonuclear de su imperialismo. Roma se ve condenada a vivir bajo la potestad luterana o stalinista. De ahí su tan misericordiosa humildad presente.

Un congreso paneslavo reunido por Moscú después de la guerra proclamó la fraternidad de todos los miembros de la familia, al estilo de la fraternidad de la raza aria caro a Hitler. Después, el paneslavismo no ha dejado estar presente, con mayor a menor espectacularidad, en la política exterior rusa. Ha podido verse todavía en la reciente utilización de eslovacos contra checos en 1968. Está siempre listo para rebrotar cuando se tercie con todo lujo de publicidad. Sobre la significación y los efectos del paneslavismo (léase stalinismo, su soporte actual) nada más pertinente que recordar la apreciación de Marx:

El paneslavismo no es un movimiento de independencia nacional, es un movimiento que pretende borrar lo hecho por mil años de historia, un movimiento que no puede lograrse sin quitar del mapa de Europa Turquía, Hungría y la mitad de Alemania, un movimiento que, una vez alcanzada esa meta, no podría mantenerse más que por la subyugación de Europa14.

Estaba reservado a los dinastas de la contrarrevolución stalinista avecinarse a tal término más que ninguno de los Romanoff. La primera etapa está sobradamente cubierta. Lo que le queda a Turquía de territorio europeo no representa obstáculo, y si el mapa marca todavía las fronteras de siete Estados contiguos a Rusia, casi todos están a merced del Kremlin económica, política y militarmente. Su estatuto se avecina al de las colinas, más bien que al de Estados soberanos. El Kremlin mismo, arrogándose el derecho de imponérseles con sus divisiones blindadas (Alemania del Este en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968) proclama con desfachatez que la independencia de dichos países ha de comportar sujeción a sus intereses, de grado o por fuerza. Cierne así un amago permanente sobre la cabeza de sus secuaces, incluso los más rampantes.

Desde la partición del mundo en Potsdam, consagración de la de Yalta, nos encontramos en verdad puestos ante la segunda fase de la inclinación expansionista dicha: la servidumbre de Europa occidental para mantener la hegemonía rusa. Momento de la guerra fría hubo en que su realización parecía inminente. Numerosas afiliaciones a los partidos pseudo-comunistas, de intelectuales en primer lugar, tuvieron entonces por móvil ansias medrosas de colocarse en proscenio para aplaudir ostensiblemente a la entrada de los tanques rusos. La partida quedó aplazada, pues el enfrentamiento mundial Rusia-Estados Unidos, poseyendo todavía éstos el monopolio del arma atómica, hacia por demás arriesgado el cumplimiento de las miras rusas. Los plazos han ido alargándose después, por encontrarse el Kremlin ante problemas cuya solución le escapa. En los países que subyuga ha tropezado, en efecto, con la rebelión del proletariado, que repercute, bastardeada en nacionalismo, entre los propios gobernantes stalinistas. En un apremio suplementario para extender su imperio a occidente. Se ve frenado, sin embargo, no sólo por la superioridad militar y económica de Estados Unidos, sino también por un proceso creciente de rebelión del proletariado ruso que podría provocar el hundimiento interno. La guerra inmediata sería un suicidio cierto. No se encontrará en medida de aventurarse a ella con ciertas probabilidades de éxito, sino dominando aquellos problemas y obteniendo en los viejos continentes una modificación muy importante en su favor, de las zonas de influencia económica, estratégica y política. A lo último se dedica de largo tiempo.

El paneslavismo y las santurronerías ortodoxas no pueden impresionar a nadie fuera del vecindario occidental de Rusia. Requeríase una engañifa explotable en otras partes. La lucha contra el imperialismo se prestaba a ello tanto mejor cuanto que seguían existiendo colonias donde un imperialismo a la rebusca de plusvalía podía sacar ventaja de la lucha contra el imperialismo establecido. Los Estados Unidos practicaron esa estafa, en nombre de la libertad, durante todo el período de su ascensión. Había llegado el turno a Rusia (en espera de China). Las citas de Lenin al respecto servían a placer de atrapabobos. Por ese canal, Moscú ha conseguido, desde la guerra de Corea hasta la de Vietnam15, meter en su juego las organizaciones y grupos políticos de izquierda de todos los países, excepto los que ella domina. Los antistalinistas, con diversos pretextos, y salvo pocas excepciones, han sido en eso sus vasallos ideológicos también. Pero la gran masa del proletariado no consiguió enrolarla nunca. El instinto supera evidentemente a los conocimientos mal aprendidos, avejentados o falsos.

Evidentemente, los numerosos irredentismos nacionales, vestigio de una cultura antañona, eran terreno propicio a las jugarretas del Kremlin, máxime encontrando una casta de explotadores locales, lista para ser modelada a su imagen y semejanza. Pero el nacionalismo, incluso suponiéndolo no captado por Moscú o por otra potencia, cosa irrealizable hoy, no puede en ningún caso llevar un contenido siquiera revolucionario burgués, no digamos proletario. En una época en que la nación y la economía capitalista se han convertido en obstáculo al desarrollo social, el nacionalismo no puede servir sino de puntal y de desahogo económico a esta o aquella potencia. Tratándose de lucha internacional contra el pulpo yankee no hay otro recurso que la revolución comunista. Si Moscú se dio al anti-imperialismo, débese, no cabe duda, y está demostrado, a que hace su propio apaño imperialista... y a que el comunismo le horroriza no menos que a cualquier vejestorio reaccionario.

El envite del Kremlin ha sido y continuará siendo debilitar al imperialismo occidental, el americano en primer lugar, y sustraerle posiciones para un futuro encuentro militar. Luchas y guerras de pretensa independencia, popularidad, progresismo, etc., todas maniobras tácticas en un plan del Estado Mayor de la segunda potencia imperialista. En una palabra, se trata, ni más ni menos, de preparativos de una tercera guerra mundial, que combinan la propaganda y las guerras regionales, casi siempre originadas éstas desde un territorio «neutro». Con tal finalidad, el Kremlin y sus secuaces han recalentado el sentimiento nacionalista, despreciable escoria del pasado muy desacreditada entre las dos guerras; así han impuesto un retroceso intelectual y moral de más de un siglo. Más reaccionaria aún que el nacionalismo es la presentación de la independencia como obra socialista cuando da lugar a la estatización de la economía, casi siempre. Con todo, la realidad material de soberanías tan tardonas es una recrudescencia de la explotación y de la opresión política, mientras que la dependencia respecto de los sectores imperialistas permanece, deriven o no hacia nueva metrópoli. El sistema mundial no da para más y mejor.

En una época en que naciones tan fuertes como Inglaterra, Francia, Alemania, el Occidente europeo en general, cuna de la nación como entidad moderna, no tienen ya latitud para una independencia completa, orientar a los países atrasados en tal dirección es una vil estafa. La situación internacional reclama, y las condiciones económicas permiten la desaparición de las barreras nacionales, y por ende reclaman una lucha que abarque, en arrebato común, las masas pobres de los países atrasados y el potentísimo contingente proletario de los países más industriales. La marcha antihistórica de la política exterior rusa, hipócritamente desplegada en nombre de la progresividad y del socialismo, resulta tan innegable como repelente.

Tras haber impedido la victoria de la revolución China, en Alemania y otros países, después de haber apuñalado por la espalda la revolución en España, cuya propia existencia negaba16, el Kremlin y sus hombres tenían que inventar revoluciones (China, coreana, vietnamita, cubana, argelina, egipcia, etc.) doquiera la recomposición del capitalismo local les permitía meter la mano en el saco. La falsificación, propagada en todas las lenguas, ha sido rentable en sentido económico directo y en sentido militar. Moscú ha realizado grandes negocios, no sólo de armas, su influencia es importante en los países árabes, en la India, decisiva en Cuba, dintel de su rival, en Vietnam, en Bengala, donde se hizo conceder una base militar y toma cuerpo en diversos países africanos. Sus flotas de guerra surcan mares y océanos. En contrapartida, sus éxitos de gran potencia convierten en innegable su carácter imperialista, y ello mucho antes de que contrabalanceen seriamente el poder de los Estados Unidos sobre el mundo.

Una síntesis parcial del recorrido político del Kremlin se impone en este lugar, en espera de la síntesis general a exponer en el último capítulo. La ruptura con el internacionalismo, o sea con la lucha del proletariado mundial, quedó oficialmente marcada a mediados del decenio 20, con la superchería del «socialismo en un solo país». Acarreó ésta la stalinización de la Internacional Comunista, y la consecuente transformación de sus partidos en organismos de defensa para-militar o militar según los casos, de las fronteras de Rusia. Por natural prolongación, también en organismos de expansión imperialista, puesto que entre la defensa y la expansión se interpone sólo una peripecia militar, cuando no sencillamente diplomática. La primera utilización directamente militar de un partido tuvo lugar en China. Poco después de la destrucción de los soviets por Chiang Kai-chek y Mao Tse-tung coaligados, Moscú dio orden de acometer contra el primero una guerra de hostigación indeclarada, suministrando el apoyo logístico indispensable y frontera protectora. El método fundamental de su política exterior quedó establecido una vez por todas: ante todo alejar, sí necesario aplastar, la revolución proletaria; después, defensa militar directa o indirecta de los intereses rusos. El abandono de Alemania a Hitler, el Frente Popular, la destrucción de la revolución española, se inscriben en esa línea política que niega e impide la lucha de la clase explotada en cada país e internacionalmente. Con la guerra, dicha línea desemboca en la instalación de Rusia como segunda potencia imperialista, aunque no sin ayuda material de la primera. Entonces, queda destapada la significación de la política exterior inaugurada en China: rechazo de la revolución comunista a todo costo, como condición de libre juego entre potencias imperialistas. Todas las operaciones montadas por Rusia (Corea, Vietnam, Cuba, Bengala, etc.) no se distinguen de la intervención militaro-policíaca en Berlin-Este, en Hungría, Checoslovaquia, Polonia, por su naturaleza, sino por mero accidente geográfico, por desarrollarse en zona americana. Hay estricta continuidad y completamiento entre la pretendida «larga marcha» de Mao Tse-tung, el aplastamiento de la revolución en España y la invasión de Checoslovaquia en 1968.

Llegada a su ápice, la casta stalinista se ha dotado de armas nucleares y electrónicas, de naves espaciales, de un ejército permanente de 6 a 8 millones de hombres, de una industria de guerra en proporción; se ha tajado un imperio enorme, pero tiene que ir a mendigar trigo hasta en Washington y no puede conseguir a su súbditos asomarse a ver lo que es occidente: ofrece contratos comerciales ventajosos a países del Pacto del Atlántico o «neutros», e impone a sus aliados condiciones leoninas. Es que, en resumidas cuentas, el papel imperialista que desempeña está muy por encima de su capacidad económica. Cuando sus discípulos chinos apuntan el dedo a Moscú como «el enemigo más pérfido», ellos, de siempre abrevados en pérfida stalinista, confiesan que sus relaciones con el imperialismo que los engendró son más onerosas y coaccionantes que con el viejo imperialismo. El Kremlin no puede remediarlo. Incluso si tuviera el designio de aligerar su dominación, carece de los recursos industriales y agrícolas indispensables. Le es imperativo avasallar la economía de su Bloque, extraerle un chorro de plusvalía creciente para ir dando cuerpo a sus intenciones. A los contratos comerciales abusivos y los planes de subordinación técnica se añaden las manipulaciones financieras. La banca del COMECON tiene su sede central en Moscú. Centraliza todas las disponibilidades y los tratos entre los países miembros, que tienen prohibidas las relaciones comerciales directas. Cuenta y presta en rublos, sin que las restantes monedas sean convertibles. El todo ofrece la imagen de un imperialismo primitivo. Necesita, en efecto, la exclusividad e incluso la ocupación militar para mantenerse, pues la libre concurrencia jugaría en ventaja de otras potencias.

La contradicción tan desgarradora entre el papel que desempeña en el mundo y su capacidad real, corroe irremediablemente la dominación rusa y salvo intervención de la guerra acarreará su destrucción. Mas no podrá tratarse sino de una destrucción revolucionaria, que ponga las armas, la economía y el poder en manos de la clase obrera, con exclusión de todo poder que conserve el capital, nacionalizado o no. Las rebeliones en los países dominados por Rusia son ya numerosas. La última, (Polonia en 1971) arremetió contra el PartidoEstado, atrincheramiento del enemigo de clases. Otras sublevaciones aún más violentas engendrará su aplastamiento, hasta que alguna abarque varios países y se propague a Rusia misma. Ello en el supuesto de que el impulso revolucionario mayor no venga del proletariado ruso, lo que no está excluido ni por asomo. Hablaré de ello al final de este trabajo.

La secesión de China, mucho más grave que la de Yugoslavia antes, no es parte a consolidar la posición de Moscú. Está preñada de repercusiones, a cual peor. Sabiéndolo, el Kremlin trató de retener a sus émulos insolentes mediante presiones económicas. Resistiéndole, éstos le han probado que su asistencia es más gravamen que ayuda. No quedaba sino la fuerza para recuperar el aliado-vasallo y el mercado de 700 millones de consumidores. Pero el Kremlin no podía operar en China como en Hungría o en Checoslovaquia, países pequeños vertiginosamente ocupados de un extremo a otro y abandonados a su merced por los acuerdos de Potsdam. A menos de iniciar el ataque por tiros de bombas atómicas, los ejércitos rusos quedarían con toda seguridad atascados en la vasta extensión territorial china. Periódicos americanos revelaron con retraso que en el momento de mayor tensión en la frontera ruso-china el Kremlin comunicó a Washington que quizás se vería en la necesidad de desencadenar contra China un ataque atómico por sorpresa. ¿Qué es lo que retuvo a Moscú, la repulsión que habría suscitado su ataque incluso entre quienes condenan radicalmente el régimen chino, o, con mayor verosimilitud, una «puesta en guardia» de Washington?. Por entonces estaban aún en el aire las baladronadas de Mao Tse-tung sobre el imperialismo americano «tigre de papel», lo que sin duda indujo los estrategas de Moscú a pasarse de la raya. Fuere lo que fuere, sólo después de ese episodio entre bambalinas empezaron a hablar de una alianza secreta Pekin-Washington17.

Las tentativas posteriores de reanexión del Partido Estado chino desde el interior, han fracasado con Liu Chao-chi, luego con Lin Piao. La llamada «revolución cultural» ha sido un simple episodio de la querella entre la alta burocracia china, en pro o en contra de la subordinación a Moscú. La campaña posterior contra el propio Lin Piao muerto y ... contra Confucio, lo confiesa sin ambages. La incompatibilidad de intereses y el odio entre la burocracia rusa y china, ambas de pura cepa stalinista, resultan muy acrecentadas. Ello comporta consecuencias peores para Moscú que para Pekin, en el futuro inmediato al menos. Volveré a considerar esa querella más adelante, en el cuadro general del capitalismo. Aquí se trata sólo de su eslabonamiento en la política exterior rusa. Lo más importante a notar desde tal ángulo visual, es la aparición de un nuevo foco de guerra mundial posible, a partir de dos Estados gemelos. Eso basta para negar a cualquiera de los dos la atribución de socialista.

Que la política rusa en Asia está más directamente orientada contra China que contra Estados Unidos, no es una opinión, sino una constatación. Al mismo tiempo que continúa sus preparativos militares en la línea fronteriza con China, Moscú tiene casi ganada la alianza formal con la India, segundo hormiguero humano y posible frente militar con que atenazar a China. Si lograse también la alianza con el Japón, el cerco de China sería estrechísimo. A las importantes ventajas económicas y militares concedidas a la India vino a añadirse la conquista-liberación de Bengala, que sella en la región los intereses estratégico-económicos de la India y de Rusia. En el momento mismo en que la untuosa y karmánica señora Gandhi ponía sus ejércitos en zafarrancho de combate, las volteretas simultáneas, de Rusia a favor de la India y de Bengala, de Estados Unidos y de China en contra, dan idea de la importancia estratégica del enfrentamiento. Mao Tse-tung tuvo que mandar al diablo en un instante la nombradía de campeón de los pueblos oprimidos que se había hecho fabricar. Por su parte, los embajadores americanos en Asia apremiaban en vano a Washington a pronunciarse por Bengala, condenando a Pakistán. No estaban al corriente de los tratos secretos con China, ni de que la flota de guerra del Pacífico había recibido orden de salir al encuentro de la flota rusa, que había puesto proa hacia Bengala. La entrevista Nixon-Mao Tse-tung pondría luego todo en claro, y sobre todo que en el mundo actual nadie escapará a un imperialismo sin entrar en la órbita del otro.

Desde hace años, los rusos hacen al Japón una corte asidua, de que su ex-enemigo saca parsimoniosamente ventaja comercial y alguna restitución territorial. Han llegado a ofrecerle participación importantísima de capitales en la industrialización del oriente siberiano. La escasa atención que el gobierno japonés ha prestado a tan fabuloso ofrecimiento no la explica veto alguno de Washington, cuyos capitales, muy entrelazados a los del Japón, con éstos pierden o ganan. No puede haber sino razones estratégicas y en primer lugar el conflicto ruso-chino, mismo que inspira el ofrecimiento ruso. Por lo general, la estrategia está al servicio de la economía; pero cuando puede determinar intereses más vastos, entonces es la estrategia la que toma el timón y se subordina la economía, incluso imponiéndole pérdidas hasta alcanzar su meta. Es evidente que la primera potencia industrial de Asia nada tiene que ganar, sí mucho que perder, de una reabsorción de China por Rusia, y que si ésta ocurriese militarmente constituiría un peligro mortal para ella. Rusia seguirá siendo, en el Continente, su mayor rival por tiempo indefinido. Japón siente necesidad de China, no de Rusia, incluso para una futura política anti-americana. De ahí la facilidad con que Pekín y Tokio se han entendido, inmediatamente después del cambio de rumbo señalado por la visita de Nixon a China. Chu En-lai se apresuraría, poco después, a reconocer el buen derecho y la cordura del Pacto que pone al Japón bajo la protección atómica estadounidense; implícito: a China también, aún sin pacto formal.

Una de las preocupaciones constantes de Moscú es obstaculizar la penetración de la influencia china doquiera se manifieste, Asia, Africa, América, u Oceanía. Así, en Indonesia, el golpe de Estado militar contra la coalición no menos militar Sukarno-stalinista local, sólo le mereció murmullos de protesta para la galería. El stalinismo indonesio era prochino. Aún no había terminado la matanza de decenas de miles de sus partidarios, cuando Moscú hizo ofrecimientos económicos a los militares vencedores. Tampoco Pekín tardó mucho en reanudar relaciones, pero ya sin detrimento alguno para Rusia ni para Estados Unidos, en adelante concurrentes principales en tierra indonesia. En Biafra, China y Rusia se encontraron en campos militares opuestos. Y sin hablar de otros casos menos trágicos, en Europa misma Pekín toma partido por la OTAN contra el Pacto de Varsovia. Igual contraposición en Asia y Oceanía.

La guerra de Vietnam ha sido el ejemplo más candente de la contienda Rusia-Estados Unidos, y tangencialmente de la inserción de China en la misma. Las dos primeras potencias permanecieron en trasfondo de la guerra hasta la división del país y la «independencia» del Norte y del Sur. Casi todo el mundo ignora que en el momento del derrumbe militar del Japón (1945) Ho-Chi-min y Giap, que habían servido en los ejércitos imperialistas aliados, utilizaron las armas puestas en sus manos por éstos para destruir un poder obrero instalado en Hanoi y el movimiento obrero en general. A traición, asesinaron a los principales dirigentes, entre ellos Ta Tou-tao, ayudaron a la represión francesa en Saigón y buscaron a continuación una entente con París. Así se pusieron en condiciones de acometer la guerra «anti-imperialista». Moscú les había dado autorización, si no orden, desde el momento de la «guerra fría». Con la llegada a la frontera de las tropas de Mao Tse-tung, estaba cumplido un requisito decisivo para tal clase de lucha pseudo-libertadora; suministros militares asegurados y territorio de retirada táctica invulnerable. Tales fueron condiciones previas de la «guerra heroica».

Francia, aliada de Estados Unidos, China aliada de Rusia entonces fueron los principales promotores sobre el terreno, pero la guerra no habría comenzado sin los asentimientos respectivos de Moscú y de Washington. Explicar esa guerra por el sentimiento anti-imperialista es burda falsificación de los hechos. La expresión auténtica, revolucionaria de ese sentimiento, se puso de manifiesto en la lucha insurreccional de obreros y campesinos que Ho Chi-min y Giap reprimieron. A partir de ese momento ya no podía tratarse de guerra de explotados contra explotadores, sino de contienda militar entre explotadores. Y ésta, lejos de excluir la alianza con otros imperialismos, la reclama, incluso no siendo ese su origen. A todo lo largo de la guerra en Indochina se trasluce el forcejeo estratégico entre los bloques militaro-económicos.

Una vez fuera de juego Francia, y habiendo quedado más embrollado que delimitado el reparto de influencias por la Conferencia de Génova, los verdaderos investigadores de conflicto hubieron de aparecer sin equívoco. Rusia y China no llegaron a enviar tropas, como Estados Unidos, pero sus militares y especialistas en retaguardia fueron tomando importancia creciente y sus suministros armamentales aumentando en cantidad y calidad; de lo contrario, el Norte se habría hundido pronto. Es regla convenida o tácita en tal clase de guerras, que los principales instigadores imperialistas eviten cañonearse entre sí y decirse respectivamente toda la verdad. Así, ninguna publicidad ha revelado que la flota y la aviación americanas no hostilizaron en ningún momento a los barcos rusos cargados de armas para el Norte, ni otras complacencias en el terreno de batalla mismo.

No menos reveladores son los cambios ocurridos de parte y otra durante la segunda fase de la guerra. En el campo stalinista, Rusia arrebató enseguida la preponderancia a China, que pasó de instigador de guerra a instigador de paz, anuncio de su posición actual. El cambio de decorado fue aún más neto en el Sur. En efecto, la antigua metrópoli, Francia, una vez expulsada de la arena, fue inclinándose cada vez más en pro del Norte, y en particular en contra de una victoria inequívoca de Estados Unidos con el Sur. Y no sólo Francia, sino también otros societarios del Pacto del Atlántico. Así hemos podido presenciar como la prensa más capitalista y tradicionalmente reaccionaria, privilegiaba en sus columnas al lado stalino-nordista, mientras que diversos gobiernos occidentales dejaban desarrollarse con simpatía manifestaciones callejeras y mítines del mismo bando. El todo inspirado por un humanitario anhelo de paz, ¡cómo dudarlo!

Basta interpretarlo. Es que las potencias occidentales que conservan intereses en Indochina, los verían menguar, si no perderlos, caso de victoria americana incontestada, y que por su parte, China quedaría eliminada de la Península caso de victoria completa ruso-nórdica. En el reparto del Sudeste asiático, los aliados de Estados Unidos buscan concesiones que Rusia ha de apoyar, mientras que las aspiraciones de China quedarán por lo menos en suspenso si Washington no les arrima el hombro. Obténgalo o no el precio de su «voluntad de paz» quedará pagado por los muertos y supervivientes de esa inmunda guerra.

El Vietnam ha sido la estratagema más sostenida y «valerosa» de la política exterior rusa, so capa de «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos». Desemboca en un nuevo reparto de Indochina, sin que el dominio del Kremlin sea incontestado. Cada país o trozo de país se encuentra más dependiente del exterior que antes, mientras la masa de trabajadores sólo ha obtenido matanzas, destrucción, lasitud y opresión redoblada tras la «victoria». Será incapaz de toda acción revolucionaria propia durante largos años. Y si las repercusiones para el proletariado internacional no son tan negativas, débese a que su mayoría no se dejó movilizar en tan tétrico manejo. Presintió bien que la propaganda vertida a mares sobre él desde todos los centros stalinistas, era la de su enemigo de clase.

Resulta, sin embargo, que el internacionalismo revolucionario ha sido escarnecido durante esa guerra, como ya lo fuera durante la guerra mundial. No es cuestión de reprochárselo a los secuaces de Moscú o de Pekín, pues son parte interesada en cada riña inter-imperialista, pero sí a los no stalinistas que han corrido en apoyo de los primeros con este o aquel pretexto. Han escarnecido el internacionalismo cuantos no señalaron como reaccionarios a los dos bandos y sus respectivos aliados. Son ellos quienes ha permitido que el sector más importante del proletariado mundial se muestre desorientado y apático ante una situación mundial de apariencia inextricable y abrumadora, cuando en verdad puede y debe hacerla añicos.

Es mero sin sentido ver oportunismo o reformismo en los partidos dichos comunistas, líguense a Moscú, a Pekín, o preténdanse autónomos. Se ven movidos, ante cada problema, por intereses inmediatos y perspectiva histórica muy diferentes de las que caracterizaban al antiguo reformismo. Lo propio de éste era su teoría evolucionista, que le llevaba a colaborar con la burguesía, y en ocasiones graves a capitular ante ella. Actuaba como subordinado del capital y su apoderado de izquierda cerca de la clase obrera. Cualquier partido stalinista sabe también hacerse útil a la burguesía, cuando no indispensable. Es el caso, en particular, de los partidos italiano, francés, español y portugués mismo, hoy sillares clave en el edificio capitalista. Pero no les guía concepción evolutiva alguna, ni siquiera el espíritu democrático-burgués de que estaba impregnado el reformismo; tampoco actúan cual subordinados de la burguesía, por mucho que lo parezca. No hace falta ser muy perspicaz para percatarse de que actúan como futuros amos de esa burguesía y herederos del capital. Hacerse indispensable vendiendo a propietarios privados y monopolios la capacidad de trabajo del proletariado, no es sino servicio meritorio, indispensable para convertirse, mañana, en compradores directos de esa misma fuerza obrera, en calidad de propietarios de la totalidad del capital nacionalizado. No se trata en ellos de simple hipocresía y voracidad de partido. Una y otra existen, cierto, en grado superlativo, pero son un resultante cuyo determinismo reside en la contrarrevolución rusa, y tampoco por sí sola, sino en cuanto concreción localizada del mundo capitalista en putrefacción. Por lo tanto, los partidos dichos están indisolublemente ligados a la contrarrevolución tipo capitalista de Estado, vileza del stalinismo comprendida, y de manera más amplia al curso destructor del sistema, cualquier sendero tome. Aún estando en la oposición, se comportan como representantes del capital más legítimos que los burgueses individuales de ayer y de hoy. El stalinismo ha sido la correa de transmisión del capitalismo de Estado a Rusia y países imitadores; amarrados al stalinismo y al capitalismo de Estado permanecerán, con Rusia, sin Rusia, o contra Rusia llegado el caso. Ejemplos irrefutables de lo dicho los ofrecen el partido de Mao Tse-tung, y el de Tito en menor escala. Mas también partidos stalinistas que no acaparan el poder, en Europa occidental, podrían recibirlo en totalidad de manos del capitalismo nacional, sin dejar de ser lo que son. No se pierda de vista que la contradicción entre ellos y el mundo occidental no es de sistema social, sino de parcialidades imperialistas. Ahora bien, quien sirve a un bloque se califica para servir al otro. Añadiéndose a eso la crisis en agudización del régimen ruso, las querellas en sus altas esferas, y el peligro de hundimiento que le amenaza, los stalinismos italiano, francés y español se precaven haciendo ademanes lisonjeros al imperialismo occidental.

El hombre stalinista es un animalucho idiosincrático por todos conceptos. Un ojo avezado puede reconocerlo sin que hable y al primer vistazo, como se reconoce al polizonte inveterado, y al cura por mucho que se disfracen de paisano. Su curriculum vitae ha ido cargando en su espíritu inmundicias que flotan en su mirada, se perciben en los rictus de sus músculos faciales si perora, y brotan de su boca en escupitajos argumentales. Dos generaciones de cuadros stalinistas han pervertido su ser en las más bajunas abyecciones. Un inventario de tales abyecciones exigiría un libro de varios centenares de páginas. Y todas ellas, desde las menores hasta las más monstruosas, proceden de la falsificación congénita al stalinismo: decirse comunista, siendo lo más cabalmente anti-comunista de las organizaciones. Ese régimen político esencial le ha llevado a participar, exaltándolos en decenas de miles de crímenes de sangre, a calumniar a sus víctimas, a traicionar todo lo traicionable y a conchabarse con lo más degenerado del antiguo mundo. Nada resume tan perfectamente, la bellaquería del animalucho stalinista como la desfachatez con que pasó -previa orden del Vigésimo Congreso ruso- de la exaltación de Stalin, su hacedor, a la condenación de Stalin... muerto y momificado. Es un hampón de la política, moldeado y moldeable por los imperativos reaccionarios del mundo actual. Ahí está, con su gran aparato de funcionarios, chivatos y torsionarios, como postulante a la mejor dirección del capital.

A todo esto, la modificación de la correlación de fuerzas después de la guerra de Vietnam, no tiene la envergadura requerida por el Bloque oriental, y se ve contrarrestada en otras regiones del Globo. El resultado ha sido flaco en fin de cuentas, y habida cuenta de la defección de China, el Kremlin reconsidera una vez más su política respecto a Europa. Dominar el continente sigue siéndole estrategia imprescindible, pero ahora se ve obligado a mayor culebreo. Tiene que tener en cuenta, no sólo sus relaciones con China, sino también las relaciones de China con los Estados Unidos. Su primer intento es un «pacto de seguridad colectiva» que le permitiría retirar hacia las fronteras chinas buena parte de su dispositivo bélico, reclamando en contrapartida una disminución proporcional de las fuerzas americanas estacionadas en Europa. Por otra parte, halaga a gobiernos y monopolios proponiendo un acuerdo comercial entre el Mercado Común y el COMECON. Así aliviaría la situación económica de los países componentes de su Bloque, conservando el alto mando financiero. Pero el éxito de tales maniobras de largo alcance, muy improbable, representaría tan sólo una aproximación de la meta buscada. Rusia no está en condiciones de continuar su marcha hacia el Atlántico sin determinados prerrequisitos que por el momento parecen completamente excluidos. Necesitaría, en efecto, echarle otra vez mano a China, algo irrealizable manu militari, sin certidumbre previa de neutralidad americana, también indispensable para desplazar adelante los cuarteles de sus ejércitos en Europa. Y ante todo, necesitaría enderezar su propia situación económica a más de su situación política, cuyo deterioro se ha hecho evidente. De hecho, Rusia está metida en un laberinto del que no le sacaría la guerra misma. No por ello es irrealizable la dominación de Europa por Moscú. Ahora bien, tendría que introducirse por caminos que se entrecruzan con la crisis general de la civilización capitalista y con la rebelión de las masas obreras que la padecen, mismas que puede y deben sobrepasarla. Desde tal ángulo hay que considerar ahora el problema, y teniendo presente todo lo dicho hasta aquí.

La crisis de la contrarrevolución rusa aspecto de la crisis del sistema capitalista

El capitalismo internacional en cuanto fuerza ideo-económica se abrió camino y finalmente se instaló como su ramal ruso mediante la contrarrevolución stalinista. Se ha visto cómo en los capítulos II y III. Ahora precísase considerar la incidencia de la misma en la situación mundial y la conexión de su crisis interna con la crisis del capitalismo en cuanto sistema social, desentendiéndonos de fronteras y de regímenes políticos.

Un maretazo revolucionario de la amplitud y la persistencia (20 años) característica del que recorrió el mundo entre las dos guerras demuestra, por el simple hecho de haberse producido, la posibilidad y la necesidad de la revolución comunista, tan inapelablemente como la caída del rayo demuestra la presencia de la tormenta. Es el «cogito, ergo sum» de la dinámica social, que tantos materialistas escolásticos no consiguen aprehender. En el grado de desarrollo alcanzado por los instrumentos de producción, su funcionamiento mediante el trabajo asalariado se había convertido en una traba, de cuya supresión, por ello posible, dependía un desarrollo social ulterior y superior. Cualquier crecimiento adicional era superfluo para entregarse a la destrucción del capitalismo. Al contrario, allende ese dintel tenía que empezar el declinamiento, y la acumulación industrial adoptaría aspectos aterradores.

Que las fuerzas productivas reclamaban la ruptura de su relación social con el trabajo asalariado, o sea con el hombre, Marx lo dijo de Inglaterra a mediados del siglo XIX. Hoy eso parece utópico a la mayoría de los marxistas. Friedrich Engels, por su parte escribía a Lasalle antes de finalizar el siglo, que después de la guerra europea en perspectiva los instrumentos de trabajo pasarían del capital a la sociedad. No emitía una hipótesis; su tono era el de la certidumbre de la suficiencia cuantitativa y cualitativa del dispositivo de producción para realizar el comunismo. Más contiguos a nosotros, los bolcheviques de 1917 tuvieron por pensamiento constante la revolución proletaria en Europa. Mejor. La tercera Internacional llamó al proletariado, desde su fundación, a negar su concurso a la reconstrucción de los implementos de trabajo capitalistas destruidos por la guerra, porque en tal caso redoblarían lo pernicioso del sistema. A relacionarlo con el «producir, producir, primer deber de los obreros» lanzado a los cuatro vientos, en 1945, por los partidos de Moscú en Francia, Italia, etc. Si recuerdo lo anterior, es con vaga esperanza de suscitar la reflexión asaz patrística de quienes colocan un signo positivo a cualquier crecimiento económico y esperan la revolución, ya de una crisis cíclica, ya de la saturación de los mercados en las zonas del mundo de capitalismo incompleto todavía.

No sería imposible poner en claro matemáticamente la posibilidad inmediata de una organización social comunista. Me falta el tiempo indispensable para colectar los datos pertinentes, y aún más el gusto de hacerlo. Tampoco tiene cabida en este trabajo, pero tal vez no resulte baldío esbozar los factores fundamentales que suministrarían la demostración en cifras bastante precisas, encanto de determinados espíritus.

Sería menester calcular:

  1. El rendimiento máximo, a plena capacidad, de todos los elementos disponibles, materias primas y productos alimenticios comprendidos y afectando las industrias de guerra a la fabricación de bienes de consumo o maquinaria;
  2. El número de trabajadores susceptibles de poner en actividad dichos instrumentos, contando en ellos cuantos hoy efectúan trabajos parasitarios, socialmente inútiles o perjudiciales: no sólo ejércitos, policías, burocracias estatales, sino también la mayoría de la burocracia administrativa, comercial e industrial.

El primer dato como dividendo, en segundo como divisor, arrojarían el número de horas de trabajo con rendimiento máximo en cualquier unidad de tiempo seleccionado, semana, día, mes o año. Bastaría tomar como base los 30 o 40 países más industrializados para contar una cifra de bienes de consumo varias veces superior a la actual, obtenidos mediante una cantidad de horas de trabajo individual muy inferior. Una segunda división de la cantidad de cada categoría de productos por el número de consumidores, ni más ni menos que si se tratase de racionamiento, daría por cociente «raciones» mucho más copiosas que las resultantes de la compra mediante el salario, y eso, incluso si para encontrar una media del consumo actual se mezclasen indistintamente toda las porciones, desde de la más escasa, la del peón con salario mínimo, hasta la de potentados y explotadores. La desaparición de las clases se presentaría entonces, cifras en mano, como una exigencia sine qua non del metabolismo social y de la vida de cada quien en la libertad.

Mediante un cálculo similar, podría verse que la capacidad de producción de máquinas hasta la automación completa, desde la recogida y transformación de basuras y detritus hasta el utillaje electrónico, puede ser bastante holgada para dar a los países atrasados nivel técnico y consumo óptimos en corto tiempo.

Demasiado simplista, se objetará. En el fondo el problema es simple; lo enmarañan la multitud de intereses heredados y los atavismos consecuentes. No obsta para que haya en lo dicho base para una demostración formal de que el comunismo puede ser organizado sin darle largas. Cuanto no depende directamente de la productividad, por más lenta que su realización haya de ser, comprendida la enseñanza superior universal, cae en el dominio de las dificultades de preparación, proporción, combinación, urgencia, etc., y hallará solución empírica, previa consideración de cuantas necesidades individuales y colectivas surjan y de las diversas actividades materiales de que su satisfacción depende. Pero podrían intentarse ya ensayos de aproximación.

Por mi parte, veo demostración suficiente de la necesidad de revolución comunista en las sacudidas sociales presenciadas entre guerra y guerra. Es, de hecho, la más suficiente de las demostraciones, porque henchida de pasión humana, del soberbio impulso de la lucha cuerpo a cuerpo, con sus arrebatos y sus fallos, sus fulgores súbitos, sus zonas obscuras, y su proyección fecunda allende la vida y la muerte de los hombres y de los movimientos. La inmunda situación internacional en agravación continua, abunda en igual sentido.

Semejante criterio resulta aún más pertinente porque cuantos hablan hoy para el proletariado o en su nombre, ahuecan su pensamiento con logicismo resecado en proporción a la larga espera de un nuevo período revolucionario.

Precisamente respecto de las mentadas condiciones para el comunismo, el curso de los acontecimientos post-revolucionarios en Rusia tuvo incidencia nefasta en determinados dominios, muy negativa en otros y esterilizante en terceros. La oleada internacional de rebeliones obreras, quede sentado ante todo, conllevaba una contradicción, que causó su pérdida por no haber conseguido superarla. Los trabajadores en rebeldía miraban hacia la revolución rusa a través de los partidos dichos comunistas, que se daban por representantes de la misma. Ahora bien, a poco de iniciado el decenio 20 el poder ruso dio la espalda a la revolución mundial, aún antes de ponerse a obstaculizarla y a combatirla con plena intención. La revolución estaba así traicionada de antemano, doquiera surgía. Tanto, que a partir del rebrote de la revolución alemana (1923) hasta el asesinato de la revolución española, no puede decirse sin demagogia deliberada o pésimo error que el proletariado haya sido vencido en buena liza por la burguesía. El proletariado español ha padecido a Franco tras el desenlace de la guerra civil, entregado a él por el partido de Moscú. Su prensa reiteraba en todos los tonos: Quiénes hablan de revolución social son agentes de Franco; sus polizontes atacaban a los revolucionarios. Y nadie objete que la derrota de una revolución -la española o cualquier otra- no puede explicarse por traición de algún partido, sino por causas sociales. En la medida en que éstas existen, son inseparables de la sociedad de explotación y no desaparecerán sino con ella. Independientemente de que ya hay traición alevosa en llamarse Partido Comunista, siendo lo contrario, para sobreponerse a traiciones del calibre de las ocurridas en el mundo desde China y Alemania hasta España, sería necesario que fuesen confesadas antes de ocurrir, y además, que el proletariado dispusiese de los múltiples resortes orgánicos indispensables para salir al contra-ataque con prontitud. No viendo así el problema, se impondría concluir que la presencia de las condiciones sociales requeridas para la victoria excluye, por su propia naturaleza, cualquier posible derrota. Lo mismo daría creer en la predestinación.

Así pues, entre las dos guerras la revolución fue rechazada dondequiera surgió, después de haberlo sido en Rusia. Las consecuencias de ese hecho han sido tremendas y de larga duración. La más inmediata de todas fue la degollina generalizada de 1939-45. Nadie ignora las causas de esa guerra. Las grandes potencias, fascistas o democráticas, sin distinción, cargan con la responsabilidad. Y Rusia misma, convertida también en gran potencia. Tenía de ello tan clara conciencia, que puso su empeño en eliminar la actividad independiente del proletariado internacional, a tiempo que fronteras adentro asesinaba a cuantos podían representar, siquiera potencialmente, una oposición. ¿No llegó hasta perpetrar el asesinato de León Trozky en México?. Así, y a despecho de sus decires sobre «un socialismo soviético», tuvo un papel directo en la declaración de la guerra mediante el Pacto que autorizaba a Hitler a tragarse la mitad de Polonia, mientras Rusia se tragaba la otra mitad y de propina los países bálticos. En suma, pretendiendo estar «cercada por las potencias capitalistas», las potencias capitalistas se disputaban sus favores. En efecto, una delegación gubernamental anglo-francesa y otra hitleriana se encontraban en Moscú, muy poco antes de la guerra, haciendo ofrecimientos a porfía, hasta el momento en que la delegación fascista se alzó con el Pacto Hitler-Stalin. Una vez desmembrada Polonia, Churchill transmitió al Kremlin datos obtenidos por su servicio de espionaje referentes al ataque a Rusia ya preparado por Alemania. Negándose a creerlo, el Kremlin ofreció a su aliado ayuda acrecentada. Tiempo después, Hitler propuso repetidamente la paz a los occidentales, a fin de «acabar con el peligro bolchevique». Negativa, pues los gobiernos occidentales estaban bien percatados de que «los perros rabiosos de la revolución habían sido exterminados en Rusia más sistemáticamente que en ningún otro país»18. Los dos bloques imperialistas más potentes de la época se aliaron sucesivamente a Rusia y la salvaron. Su actitud habría sido por completo opuesta si Rusia hubiese conservado de socialista siquiera fuere la intención. He ahí la segunda de las iniciativas de la contrarrevolución stalinista en la situación mundial.

Se impone intercalar aquí una reflexión dedicada a quienes pretenden, todavía, que en Rusia existe otro sistema económico. Nada puede ser tan incompatible, tan mortalmente contradictorio como el capitalismo y el socialismo. Frente a éste, las contradicciones entre las naciones y los imperialismos amainan, pasan a segundo plano con el objeto supremo de aniquilar el monstruo. Lo que sucedió antes, durante y después de la guerra es exactamente lo contrario. Las naciones más imperialistas sin excepción, acorrieron en auxilio de Rusia, mientras que ella iba estableciendo sus cuarteles como segunda potencia mundial. Ni asomo de contradicción de sistema. Todo ha acontecido como si se tratase de la Santa Rusia Zarista.

En tercer lugar, tras haber revigorizado el patriotismo en la Europa ocupada por Alemania, Moscú y sus sirvientes acometieron la desmovilización en estrecho acuerdo con los Estados Mayores. Operación peligrosa, pues numerosas fuerzas armadas eran irregulares, es decir, no encuadradas por los antiguos cuerpos de oficiales militares, mal reconstruidos a seguidas de la «liberación». Había que desarmar dichas fuerzas, dispersarlas en «el orden» y amarrarlas al trabajo de reconstrucción del capitalismo. Los novísimos gobiernos no habrían conseguido realizar esa faena sino a tiros, arriesgando su propia existencia. Pero tuvieron el concurso decidido y decisivo de las organizaciones políticas y sindicales de obediencia rusa. Thorez, Togliatti, multitud de mentidos comunistas, recién desembarcados de Moscú, transmitieron a sus partidos las órdenes correspondientes fijadas en sendas resoluciones de los Comités Centrales que quienquiera puede consultar. A fin de que tales órdenes fuesen obedecidas, las tropas anglo-americanas respaldaban las palabras y los pactos de los líderes stalinistas. Fueron operaciones de policía rutinarias. ¿No se habían declarado conjuntamente responsables del orden los signatarios del acuerdo de Potsdam? ¿El órgano periodístico del alto mando ruso, Estrella Roja, no había advertido que no toleraría ser acogido, en Europa oriental, por las masas en insurrección?. De hecho, no ha sido necesario esperar 1953 ni 1956 para ver a las tropas del Kremlin abrir fuego sobre multitudes que en ese fin de guerra esperaban todavía actos revolucionarios de parte de aquél. Un informe inglés de la misma época, publicado en The Economist, reconocía que occidentales y rusos habían encontrado en todas partes poblaciones en revuelta, que se apoderaban de las armas de los fascistas y les ajustaban cuentas. Cada uno de los dos ejércitos victoriosos -indicaba el informe-restableció el orden en su zona. Hubo también casos de colusión entre ambos ejércitos, y entre ellos separadamente y los ejércitos fascistas, que les transmitían de mano en mano las riendas del poder.

En Grecia, se produjo un caso extremo de colusión reaccionaria contra el proletariado. El traspaso de poderes de las tropas alemanas a las occidentales se efectuó a través del arzobispo Damaskinos, colaborador del ocupante. Los trabajadores se sublevaban en masa contra el restablecimiento del antiguo régimen. Más o menos armados, dominaban la calle. En Salónica, luego en Atenas, resonaba el grito: «¡Todo el poder a los soviets!». Tan cerca estuvo de convertirse en realidad, que Churchill voló a Athenas, conferenció con los líderes stalinistas, que disponían de tropas suyas, con Damaskinos a quien respaldaban las tropas stalinistas y las inglesas, y decidieron ahogar en sangre la insurrección. Centenares de muertos en las calles y más de cien asesinatos selectivos de hombres de tendencias anti-stalinistas: trotzkistas, archiomarxistas, maximalistas. De vuelta a Londres, el suspiro de satisfacción de Churchill ante los Comunes resume a la perfección una connivencia contrarrevolucionaria que será constante hasta que sobrevenga la muerte del capitalismo: Acabamos de destruir en Grecia, con ayuda del partido comunista, la verdadera revolución comunista, aquella que también arredra a Moscú. Poco tiempo después, las tropas stalinistas, tintas de sangre obrera, iniciaban en el norte del país, la guerra dicha de guerrillas, dicha libertadora, etc. No se trataba sino de intentar meter a Grecia en la órbita rusa. Aquello era condición de esto.

Se oye afirmar con frecuencia que la última guerra no ofrecía posibilidad de revolución. Yo me levanto en contra. Las hubo más o menos acusadas en diversas partes, incluyendo Rusia. Mas para que una posibilidad se convierta en hecho consumado se requiere que su objetividad material coincida con su complemento, es decir, con un pensamiento revolucionario lo bastante influyente y neto para emprender el combate y llevarlo a buen término. Ahora bien, este factor complementario no existía; había sido eliminado en el período inmediato anterior. Y si fue en Grecia donde tuvo lugar una lucha revolucionaria abierta, debióse precisamente a que los trabajadores disponían de organizaciones anti-stalinistas con buena audiencia en la clase. En ninguna otra parte ocurriría lo mismo.

Es ese un resultado más, y de gran magnitud, de la incidencia de la contrarrevolución rusa en la situación mundial. Sus partidos exteriores, siempre cuadrados ante ella, militaban contra la revolución comunista, recurriendo incluso a las armas cuando les fallaban los métodos políticos. Desde 1936, el hecho no admite la menor duda para quienquiera estudie el sucederse de las luchas proletarias. Los obstáculos se vieron por tal modo multiplicados en el camino de la revolución. Tanto, que en lo sucesivo -cabe asegurar sin lugar a equivocación- doquier esos partidos dispongan de aparato orgánico importante, el proletariado no podrá realizar su propia obra sin destruirlos. Aún encontrándose en la oposición, constituyen, de hecho y a menudo en derecho, una tropa capitalista disciplinadora del proletariado.

Tampoco podía reconstituirse un polo revolucionario nuevo a partir de las tendencias no stalinistas. El trotzkismo, herido desde sus compadreos con las resistencias nacionales, ha ido degenerado de mal en peor. Otras tendencias estaban demasiado apegadas a ideas caducas, y siguen estándolo. Porque está muy lejos de bastar en la actualidad saber que en Rusia impera un capitalismo estatal. Requiérese también una representación crítica de la revolución de 1917, y sobre todo echar por la borda cuantas nociones aparecen erradas en el contraste de la experiencia, o bien superadas por el propio giro del capitalismo. Ejemplos: la revolución permanente en cuanto concernía a los países atrasados, la nacionalización de la economía, el control obrero de la producción, confundido casi siempre con la gestión, la visión de los partidos stalinistas cual organismos reformistas, y de los sindicatos como agrupaciones de defensa obrera a mejorar o a conquistar. Sin citar más, los proyectos tácticos y estratégicos que se desprenden de tales nociones son negativos para la lucha obrera. Esa incapacidad de las tendencias enemigas del stalinismo es también una repercusión, aunque indirecta, de lo peculiar de la contrarrevolución rusa.

No puede afirmarse taxativamente que el capitalismo occidental por si sólo no habría conseguido dominar al proletariado al final de la guerra. Pero es baldío hablar de una contingencia que no se ha presentado. Lo que ha ocurrido en presencia de todo el mundo es que la Rusia sedicente socialista con sus partidos sedicentes comunistas, llevaron el proletariado del matadero capitalista a la fábrica capitalista; de la guerra proexplotadores a la reconstitución y al aumento del capital de esos mismo explotadores. Reforzaban así el imperio del sistema sobre los asalariados y también el de dichos partidos sobre los mismos asalariados, más el de Rusia en una gran pedazo de la Tierra.

Impeliendo las masas obreras al antiguo orden carcomido, el trabajo asalariado, la productividad por hora-hombre, la concordia mediante la negociación, etc., quedaba establecida la condición más indispensable para la reanudación del crecimiento industrial capitalista. El Plan Marshall aportaba dólares, cierto, pero los hombres de Moscú llevaban al tajo, cuerda al cuello, una mano de obra sin la cual los capitales nada son. Tanto se ha vociferado sobre el crecimiento sin precedente, la nueva revolución técnica, la integración del proletariado al capitalismo, la sociedad de consumo y de espectáculo, los milagros económicos y otras patochadas, que se ha perdido de vista la innoble ramplonería de lo acontecido. Lo que en verdad no tiene precedente, ni tan siquiera similar, es que el capitalismo haya podido disponer a su albedrío, sin la menor resistencia, de las presuposiciones más indispensables a su funcionamiento, y precisamente en un período en que despeñarlo en la noche de los tiempos no es ya problema sino de organización y de querer de sus asalariados.

En efecto, desde el «producir, producir» stalinista de la post-guerra inmediata, la clase obrera se ha visto constreñida a aceptar el infame salario base, el trabajo a destajo, las cronometraciones, las primas, bonificaciones y otras socaliñas, una diferenciación grande de salarios, las horas extra, de las cuales dos a tarifa ordinaria en algunos países, y una disciplina cuartelaria en las fábricas. Todo ello «garantizado», o sea impuesto, por contratos dichos colectivos, en verdad suscritos entre el patrón-Estado y los sindicatos, traficantes de mano de obra que el mismo estado asuelda confiriéndoles, por añadidura, una exclusividad de representación que no les corresponde siquiera por el número de adherentes. Lo que defienden los sindicatos no es otra cosa que el derecho de los trabajadores asalariados y de su descendencia a continuar vendiendo sus capacidades al capital.

Se comprende enseguida, sin error posible, que lo que ha sido integrado al capitalismo no es la clase obrera, sino los sindicatos y los partidos y clanes agazapados tras de su apoliticismo estatutario. Añádase a ello que desde entonces la perspectiva de supresión del sistema explotador parece perdida, excepto para grupos raros, pequeños y aislados, y se tendrá el factor más importante de desorientación y de resignación del proletariado. La clase es por tal medio diluida en sus componentes individuales, cada uno para sí y contra todos los demás. Para colmo, lo que hoy es ofrecido como «vía nueva hacia el socialismo» es la prolongación indefinida de los métodos centralizados y dirigistas del capital, hasta el monopolio único.

El crecimiento industrial, siguiente a la reconstrucción de la post-guerra está basado en todo lo dicho. Esos son los ingredientes de los «milagros» económicos. ¿Desarrollo de un sistema no agotado todavía en cuanto estructura de un tipo de civilización?. Ni mucho menos; se trata de la repercusión más profunda y vasta de la incidencia de la contrarrevolución rusa en la situación mundial. El capitalismo occidental debe su existencia a la contrarrevolución rusa, igual que ésta debe a aquél su entronización y su desbordamiento extraterritorial. Fue necesario todo el proceso retrógrado en el interior de Rusia, todo el despliegue de su política exterior, hasta su participación en la guerra imperialista y en el botín de los vencedores, siempre en nombre del socialismo, para que el proletariado quedase amodorrado, el seso vacío de ideas revolucionarias, sin resuello e inerte ante el aparato del Estado y ante los aparatos complementarios de partidos y sindicatos. Así se le ha hecho pasar por el aro de la productividad redoblada y de un crecimiento capitalista teratológico de todo en todo, porque no era necesario para asegurar el paso al socialismo, y porque aplasta al hombre. Sólo queda recordar como información que los métodos utilizados por el capitalismo occidental y japonés19 son practicados en Rusia desde los primeros planes quinquenales.

El crecimiento obtenido es monstruoso porque se opone al desenvolvimiento social e individual. No por el volumen, sino por su forma capitalista superfetatoria20, perjudicial desde todos los puntos de vista e incluso atentatoria ya a la salud y a la supervivencia de la humanidad. Los propios culpables de este último crimen se ven obligados a reconocerlo, prometiendo una enmienda que obstaculizará siempre la circulación de los bienes como mercancías. No obstante, importa precisar que la producción de instrumentos de muerte en cantidad y potencia ha adquirido la magnitud aniquiladora sabida, porque la organización social está basada en la explotación material y espiritual del hombre. La capacidad asesina de la producción de guerra se limita a extrapolar al nivel del Planeta, la naturaleza intrínseca, molecular del sistema, que en cada instante mata algo en cada persona, a más de las personas que mata de hambre, enfermedad, etc. El capitalismo se hipostasía en megatones, igual que su sistema de trabajo se hipostasía en esclavitud. Nada prueba en forma tan irrefutable la putrefacción de un sistema que ha agotado hace tiempo cuanto constituyó su derecho de existencia.

A más del «humanicidio» sin cesar amagante, la nocividad del crecimiento industrial capitalista tiene manifestaciones numerosas en el dominio social, cultural, psíquico (individual y colectivo), así como en el dominio económico estricto, el último afectado cuando una civilización particular se convierte en retrógrada. La corrupción de los valores de la moral burguesa no excluye en la hora actual ningún aspecto, si bien algunos de los más repulsivos son preciados como anti-burgueses por buena copia de pseudorrevolucionarios. Trátase de negocios, de política, de información, de espectáculos, de literatura, de arte, de enseñanza, de ciencia, de trabajo o de ocio, la estafa y la impostura aparecen siempre, más o menos flagrantes, más o menos graves; y se trata de estafa y de impostura relativamente a las nociones capitalistas, no ya a las revolucionarias. Ese aspecto de la decadencia de la civilización capitalista era menester señalarlo en el contexto de este trabajo, pero merece por sí sólo un estudio circunstanciado.

Tocante al dominio industrial, no cabe la menor duda de que el crecimiento último ha puesto en grave peligro el equilibrio ecológico de la Tierra, esa monumental y maravillosa simbiosis de donde mana perpetuamente la vida, desde el microorganismo hasta el hombre. La enormidad de los daños causados ya y en curso cotidiano de causación no se remediarán estancando la industria en su nivel presente, cual proponen los autores del informe del Massachussets Institut of Technology; pero si reclaman premiosamente suprimir los intereses que la impulsan hoy. Después de haber parido la ciencia, el capitalismo la utiliza contra la vida. En cambio, una organización comunista de todos los recursos de la industrialización, y del consumo de los productos, requiere para su propio establecimiento estimular la simbiosis del reino orgánico y su equilibrio con el reino inorgánico, al máximo permitido por los conocimientos científicos.

En fin, si se consideran las mercancías vertidas al consumo de masas, lo que cada uno constata a cada compra es no menos repulsivo. La adulteración de los productos alimenticios, desde el pan y el agua hasta la leche, las carnes y las golosinas es de regla y llega hasta la toxicidad. Insecticidas, abonos químicos, productos de crecimiento acelerado y de conservación, cuyo principal criterio selectivo es el porcentaje de beneficios, alteran cuanto la tierra y los animales dan. A su vez, los productos industriales salen a la venta con degradación estudiada de su calidad, a fin de forzar su nueva compra en corto tiempo. La circulación de capitales así acelerada, acelera también el proceso de formación de plusvalía en el curso del trabajo. En todos los dominios, por consecuencia, desde el cultivo de la patata hasta la producción de cohetes intercontinentales, la ciencia es puesta a contribución en detrimento de la sociedad entera, y muy particularmente de la clase obrera sobre cuyas espaldas reposa el edificio capitalista mundial. En una palabra, bajo el capitalismo la ciencia niega la ciencia, igual que el hombre niega al hombre y reniega de él. Entre la amenaza de exterminio mediante la energía intranuclear y el envenenamiento de la Tierra, ríos, mares, aires, productos alimenticios, la correlación es estrechísima y sobrado demostrativo de la corrupción del sistema capitalista.

Cincuenta años después de la primera guerra mundial, treinta y ocho años después de los últimos combates de la oleada revolucionaria originada en 1917, una riqueza colosal, jamás imaginada por nadie, está concentrada cómo propiedad de los Estados y de las gigantescas compañías que hacen un solo cuerpo con los Estados. Paralelamente, la parte de su trabajo que revierte a cada trabajador en forma de salario ha menguado relativamente a su único punto posible de referencia: la productividad, mientras que aumenta a saltos largos la sustracción del trabajo general con fines suntuosos y asesinos. Y si la porción de cada obrero y de la clase nacional o mundialmente considerada ha disminuido en muy fuerte proporción, al mismo paso ha ido fotaleciéndose el imperio despótico del capital sobre la sociedad entera. Las dos magnitudes se alejan en direcciones opuestas, de donde se desprende irremisiblemente una tiranía económica, política, policíaca y cultural cuya invasión es evidente incluso en las democracias burguesas mejor institucionalizadas. Es pues ocioso mayor argumentación.

La Rusia de la contrarrevolución stalinista se halla inscrita en ese mundo capitalista a cuya supervivencia tanto a contribuido ella misma. Al describir los factores de decadencia del sistema he pensado en Rusia no menos que en cualquier otro país. Todo lo dicho, y con agravantes, la concierne del mismo modo que concierne a sus remedos, China incluida. No es Rusia sino una parte del capitalismo mundial, lo que rubrica su calidad de jefe de banda económico-militar. Países de veras socialistas, sobre todo establecidos hace tantos decenios, dispondrían frente a cualquier capitalismo exterior de factores de defensa y ataque muy superiores a los del armamento moderno; dispondrían de relaciones sociales entre los productos del trabajo y los hombres, y de los hombres entre sí, de mortalidad cierta para el capitalismo; no para los hombres de otros países. No se trataría entonces de obtener una victoria militar, ni siquiera de disuadir a un enemigo cualquiera, sino de sublevar a los hombres contra sus respectivos explotadores. Ahora bien, el capitalismo de Estado stalinista es uno de los aspectos más avanzados de la decadencia del sistema entero. Igual que en otras partes, la fuerza de trabajo es allí vil mercancía, maltratada incluso como tal mercancía; su porción en el producto total es menor, incluso teniendo en cuenta la productividad inferior. Tampoco el crecimiento de su economía puede efectuarse sino en detrimento de la sociedad en general, de los trabajadores en particular. Perecerá por la revolución comunista, o bien prolongará su existencia con todo el sistema en la siniestra, policíaca, envilecedora decadencia.

Rusia se ha encaramado pues a la posición que ocupa, cuando la civilización capitalista, sin nada de progresivo ya, no tiene otra alternativa propia que ir asfixiando la sociedad en un largo declinamiento o diezmarla mediante la guerra. Cuanto más elevadas sean las técnicas que utilice, más opresivas, insoportables, destructoras van revelándose; más reaccionarias, como en la zona capitalista occidental. Tales técnicas habrían servido a la revolución comunista -le servirán en el porvenir- para abrir a cada hombre grandiosas perspectivas; a la contrarrevolución no podrán permitirle sino revolcarse en la barbarie. Desde el momento en que la toma del poder por el proletariado no accedía a la fase socialista la contrarrevolución resultante tenía que encontrarse metida, pronto o tarde, en un callejón sin salida, pues ningún crecimiento del capital, estatal o privado, cuadraba con los factores históricos existentes. Los motivos de decadencia del sistema son múltiples, pero todos ellos tienen por raíz común este otro: que los instrumentos de trabajo han traspasado el dintel de la productividad allende el cual la organización comunista de los hombres es cuestión de vida o muerte. La opulencia tan venteada los últimos tiempos, tampoco cambiaría nada, aún suponiéndola real. Es preciso que las técnicas existentes sirvan para suprimir el salariado y la venalidad general. No hay pues un tipo de crisis diferente para cada sector, sino una y la misma crisis con manifestaciones varias según los regímenes políticos, la historia inmediata anterior, los atavismos, el nivel de abastanza o de flaqueza económica. En semejante cuadro, la crisis interior de Rusia no puede ser considerada, ni siquiera comprendida, sino como un caso sectorial, mera variante del encharcamiento general. Tal es la estricta relación entre la decadencia del capitalismo como sistema, y la crisis particular de la contrarrevolución stalinista.

Ostentando disfraz idéntico al de Rusia, China, su actual enemiga, entra en el mismo caso sectorial, con alguna vulnerabilidad suplementaria. En Rusia, la tentativa marrada de revolución comunista originó un tipo de contrarrevolución inesperado, cuya definición está dada capítulos atrás. Nada parecido en China. Lo que Mao Tse-tung y su partido imitan desde el principio es la contrarrevolución stalinista en pleno auge. Mientras que la primera accedió a tientas al capitalismo decadente, si bien impulsada por el estado de cosas mundial, la segunda se introdujo en él deliberadamente, copiando el modelo establecido. Por eso el gobierno chino ha sido parte en todos los enjuagues interimperialistas desde el primer día de su instalación, y aún antes. Entre el Mao Tse-tung Fierabrás («el imperialismo americano, tigre de papel») y el de la mansedumbre con Kissinger-Nixon, no existe la más pequeña diferencia desde el punto de vista revolucionario, pero diferencia muy importante desde el punto de vista de las potencias en disputa por la hegemonía mundial. La rivalidad entre los dos mayores representantes del Partido-Estado capitalista es una de las consecuencias amenazantes de la negatividad de sistema explotador. Pero ayuda a comprender la importancia del capitalismo de Estado para la supervivencia del mismo y su completa identidad social con la forma burguesa o de grandes monopolios. Dentro de la putridez de unos y otros, la rivalidad Rusia-China agrava por un lado la tendencia general y muestra por otro los lados débiles del imperialismo moscovita. Ha sido, en efecto, incapaz de ofrecer a China condiciones de alianza económica y militar mejores que las de su primer enemigo. Así han llegado, tanto Rusia como China, a disputarse los favores de Washington, que por ahora manda en el juego. Debido a ello, la contradicción entre esos dos capitalismos, por mucho que digan ser socialismos, es más peligrosa en lo inmediato que la contradicción imperialista principal entre Bloque Ruso y Bloque americano. Dicho con mayor precisión: la contradicción imperialista principal puede estallar en guerra a través de aquella otra, precisamente porque le está subordinada, tanto como contradicción particular, como por el conjunto de problemas y amenazas suscitadas por el capitalismo decadente.

Con ese trasfondo tejido por sesenta años de historia se desenvuelven dos contradicciones de naturaleza diferente, tan incompatibles entre sí, que la afirmación de cualquiera de ellas excluye la afirmación de la otra. Me refiero a la contradicción entre imperialismos, centrada en la rivalidad-colaboración Estados Unidos-Rusia, y por otra parte a la contradicción que contrapone irreductiblemente la humanidad al sistema de explotación. Centrada ésta, hasta su desenlace explosivo, en el enfrentamiento salariado-capital. En la primera se perfila la tercera guerra mundial, en la segunda la revolución comunista y ambas representan entre si la más absoluta de las contradicciones.

Resulta imposible negar que la guerra pueda estallar en momento cercano. Después del episodio de los cohetes de Cuba, más de una vez hemos escapado por un tris a la leve presión del índice que desencadenaría la desintegración termonuclear. Pese a todo, la enormidad incalculable de los armamentos atómicos, químicos, bacteriológicos, electrónicos, etc., cuyo monopolio escapa a Estados Unidos, aunque tenga superioridad, seguirá imponiéndole la más cautelosa retención. Y por su parte, Rusia no progresa sino que retrocede en los trabajos de aproche que le consentirían una victoria militar siquiera pírrica. Caso de sobrevenir la guerra, son de prever sorpresas políticas muy importantes, en particular en Rusia y en su Bloque, pero también en Europa occidental. El análisis proyectivo, empero, no debe contar con las posibles sorpresas; sólo con lo existente. Sobre esta base, lo más probable es que dispongamos de tiempo bastante durable para que la contradicción salariado capital juegue a sus anchas, tome virulencia, y para que la lucidez revolucionaria indispensable consiga ponerla a punto de explosión.

No pocos síntomas permiten creer que están en gestación luchas encarnizadas. Por todas partes, la calma chicha subsecuente a la derrota de la oleada revolucionaria anterior, que los resultados de la guerra imperialista consolidaron, cede ante la protesta. Bajo el charlatanismo publicitario de las «sociedades de abundancia», van emergiendo todos los problemas que plantea el crecimiento teratológico del sistema, desde las horas de trabajo hasta la utilización de los recursos del Planeta, de los conocimientos científicos y culturales en general; desde el género de vida diaria hasta la amenaza de muerte incesante; en una palabra, todos los problemas planteados por una sociedad de esclavitud y de guerras, sin razón de ser de tiempo atrás. Aquí o acullá, la protesta asciende a rebelión contra el patronato, sea Estado, burgués o monopolio, y contra ése segundo patronato que son los sindicatos. Y cualquiera sea el aspecto de los conflictos, huelga desmandada o lucha semi-insurreccional, conlleva invariablemente la irreductible enemiga entre el capitalismo padecido y el comunismo cada día más indispensable. Las «soluciones» que dichos conflictos encuentran en el marco de la sociedad existente son mero aplazamiento de conflictos mucho más virulentos por donde asomará el contenido latente. En resumen, la crisis tan aguda ya de la civilización capitalista no dejará de suscitar rebeliones, cerca de las cuales los acontecimientos de 1968 en Francia y otros países, los de Polonia mismo en 1970-71, parecerán tímidas algaradas protestatarias.

Con todo, por importantes y valientes que en sí sean, no bastarán algunas rebeliones para que se produzca una nueva oleada revolucionaria internacional. Vencidas por el terror, por la negociación con los poderes existentes o por una combinación de ambas, cual ocurrió en Polonia y 14 años antes en Hungría, el orden actual será reconstituido sin que el proletariado mundial entre en liza. El legado nefasto del período anterior, que se entrama a las rivalidades interimperialistas, de que se hablará a continuación, exige, para que se desate una ofensiva persistente por encima de las fronteras, la presencia de una o varias organizaciones que hayan puesto en claro la copiosa experiencia del pasado y suficientemente conocidas para atraer la atención del proletariado en lucha. Las condiciones objetivas de la revolución comunista no bastan para garantizar su victoria, y la condiciones subjetivas no serán necesariamente engendradas por las primeras. Las condiciones subjetivas no son otra cosa que la conciencia teórica de la experiencia anterior y de las posibilidades máximas ofrecidas al proletariado; es el conocimiento anhelante de acción humana y listo para mudar su existencia subjetiva en existencia objetiva. Ahora bien, jamás la preparación teórica ha estado tan descentrada, tan en zaga de la experiencia y de las posibilidades como hoy. Es otra consecuencia, directa e indirecta, de la superchería aún vivaz de la contrarrevolución stalinista. Y tal retraso explica que la práctica esté tan alejada de las posibilidades inmediatas. Desde hace no pocos años, la revolución se encuentra en medio de la calle, clamando, por así decirlo, ser estructurada, pero los revolucionarios siguen en las nubes de un pasado mal o nada asimilado, cuando no están mareados por su fatuidad personal.

Por lo mismo, quienes cuentan con una crisis de sobreproducción con su cortejo de obreros en paro por millonadas, para que se produzca lo que ellos llaman «toma de conciencia por el proletariado», se equivocan muy gravemente. Son más bien augures siniestros. Además de tener una idea ruin de la función cerebral humana, consideran al proletariado incapaz de dar el asalto al capitalismo sino espoleado por el hambre. Pero lo que el hambre estimula son sobre todo las secreciones gástricas, que pueden obnubilar la conciencia en cuanto aparece un cebo. Una masa enorme de obreros parados buscará ante todo trabajo, y nada más que trabajo, es decir, lo necesario para restablecer en un momento u otro el deletéreo circuito de la mercancía. Idéntico comportamiento tendrían los propios pseudomaterialistas que tanto se alegran de la amenaza de paralización industrial... si por acaso ellos también padeciesen hambre. Ahí están aparatos dirigistas y sindicatos para reorganizar el salariado, si es necesario imponiéndose a los capitales privados. Verdad que Lenin, Trotzky e incluso Marx han creído percibir ocasiones revolucionarias en la crisis cíclicas, sin tenerlas nunca por indispensables. Lo sucedido ha sido inverso a lo esperado, muy en particular con ocasión de la más estremecedora crisis de sobreproducción, la de 1929-33, hasta la fecha última verdadera. Mas por otra parte, la amenaza de capitalismo de Estado no era entonces discernible, mientras que los problemas concretos de la revolución comunista tampoco se dibujaban con la precisión de hoy, a través de cada una de las relaciones sociales del capitalismo, cada vez más sentidas como otras tantas coacciones insoportables, superfluas, destructivas. A partir de ahí, y no de una avería cualquiera del funcionamiento económico, debe organizarse el proletariado contra el sistema.

Por añadidura, el Capitalismo de Estado se halla inscrito en la prolongación de la decadencia del sistema, sea automática, sea convulsiva. Peor, sigue gozando de amplio crédito cual si fuese socialismo y caso de crisis no dejaría de ser presentado como tal a las multitudes ansiosas de encontrar el trabajo que fuere. La faena la tienen bien calculada partidos y sindicatos cuyo presente y porvenir está estrechamente vinculado al advenimiento de la fase suprema de centralización del capital. He nombrado a los partidos falazmente llamados comunistas, pero hacen su juego cuantos ven en la nacionalización de la economía siquiera un progreso. Eso sentado, ¿por virtud de qué inspiración milagrosa las multitudes en busca de trabajo descubrirían súbitamente que los falsarios les ofrecen la peor de las engañifas?. Envidar a la crisis de sobreproducción es negarse al combate en otro terreno que el más ventajoso al enemigo. Quienes lo hacen, no se encontrarían en condiciones de hacerse oír siquiera, ni de los parados ni de los obreros que conservasen trabajo. Quizás entonces adquirirían conciencia de su tórpida inconsciencia.

Las acciones de clase que reanimarán las luchas revolucionarias y por ende la conciencia en decenas de miles de obreros, a continuación en millones y millones, deberán ser acometidas a partir de las condiciones de trabajo, no de las de paro, a partir también de las condiciones políticas y de las condiciones de vida en sus múltiples aspectos; de cuanto, en suma, el funcionamiento del sistema infringe a los explotados y a la sociedad en general.

No se trata de dar trabajo a quienes no lo tienen, sino de reducir al mínimo el trabajo de cada uno; no de dar pan al hambriento, sino de colmar todas las necesidades mucho más allá de las subsistencias; tampoco de garantizar el cobro de un salario, flaco o abundoso, sino de liquidar el salariado. La práctica revolucionaria en el momento presente arranca de la negación de todos y cada uno de los aspectos del funcionamiento capitalista, contraponiendo a cada uno de ellos la solución ofrecida por la revolución comunista. Mientras una fracción, por lo menos, de la clase obrera no emprenda ese tipo de luchas, cualquiera sea la coyuntura capitalista aunque se dé una crisis de venta de mercancías diez veces más fuerte que la última, la consciencia revolucionaria seguirá contrayéndose. Porque, fuera de la lucha por cambiar las estructuras y superestructuras ya reaccionarias y asfixiantes incluso funcionando en las mejores condiciones, no puede existir conciencia en el proletariado, ni en los revolucionarios.

Así pues, lo que debe servir de reactivo a la clase obrera no es el accidente de la gran crisis de sobreproducción que haría añorar las 10 o 12 horas de trabajo en la fábrica o en la oficina, sino la crisis del sistema de trabajo y de asociación capitalistas, que es permanente, no conoce fronteras y se agrava incluso con un crecimiento óptimo del sistema. Sus pésimos efectos no dejan indemnes zonas industriales ni atrasadas, ni Bloque ruso ni Bloque americano. Esa es la palanca más poderosa del proletariado mundial. Y su manejo para trastocar el mundo lo comprenderán los obreros mucho mejor en condiciones «normales» que enturbiadas por una situación de miseria.

La coincidencia entre la crisis en Rusia y su Bloque y las manifestaciones tan evidentes ya de la crisis de decadencia del capitalismo en general, está lejos de ser meramente cronológica. Ha hecho falta que el crecimiento consentido al capitalismo de ambos Bloques por la derrota del proletariado alcanzase determinado nivel, para que revelase su nocividad y su mezquindad constitutivas. Necesitábase también tiempo para recuperar aliento y para reaccionar contra las falsificaciones stalinistas. Por fin, el señuelo: «URSS, país del socialismo» atrae cada vez menos , mientras que aumenta sin cesar el número de quienes comprenden su odiosa mentira. Los gestos, hazañas y conchabanzas de los dictadores del Kremlin y sus clientes no dejarán de remachar la verdad en todas las cabezas no interesadas. Al cabo, incluso parece innegable que el crecimiento capitalista de su feudo es inferior al de los países occidentales y del Japón, y que no consiguen sacarlo de una media atrasada sin importante cooperación de sus concurrentes imperialistas. Rusia no queda salva de ninguna de las lacras antes descritas que aquejan al capitalismo en general. Pero lo idiosincrático de su caso en el conjunto mundial, estriba en el agudo aspecto político que su crisis adopta en lo inmediato. Si el capitalismo ruso es tan o más perjudicial que cualquier otro para el proletariado y sociedad, la crisis política, la del régimen de la contrarrevolución stalinista, aparece por ahora como su exteriorización directa. Y podría escamotear la crisis del sistema caso de que el proletariado atacase sólo el régimen político y preservase su fundamento, el sistema económico. La crisis política no es, en verdad, sino la revelación más inmediata, más desgarradora de la obra capitalista de la contrarrevolución, política también ella.

La revolución rusa hizo época y plantó un jalón importantísimo en la lucha por el comunismo en el mundo. Al revés, la contrarrevolución stalinista ha sido el asunto más tenebroso de la historia contemporánea, y habida cuenta de la falsificación de su propia naturaleza, constituye la estafa más inmunda de todos los tiempos. Habrá que contar, siempre de forma crítica, con la experiencia de la primera, pero a menos de hacer frente a la segunda sin la menor tergiversación, cualquier rebelión del proletariado será sumida en la impotencia. De cualquier manera que fuere, sublevaciones mucho más violentas que las de 1905 y 1917 están fraguando bajo ese nuevo despotismo asiático. El odio y la desesperación contenidos durante interminables decenios se desencadenarán con la fuerza de un cataclismo. La no existencia de patronos privados, agranda el abismo entre explotadores y explotados, entre los dueños del Estado-patrón y la innúmera multitud de desposeídos y tiranizados. La lentitud que se observa en el proceso de rebelión, nada tiene de sorprendente. No existe país en que el stalinismo no haya conseguido, con la complicidad directa o indirecta de las autoridades, pervertir las nociones revolucionarias, hasta las más elementales. Pero en Rusia misma, la perversión ha sido impuesta, inyectada a todos los cerebros mediante un terrorismo sin precedente por su persistencia y por su diversidad. Va desde la porra policíaca y la tortura inquisitorial hasta los procedimientos químicos y psicológicos. Los déspotas del Partido-Estado creían moldear así una sociedad y una cultura a su imagen y para sus sórdidos apetitos. No han conseguido sino emponzoñar todas las relaciones sociales y destruir o asquear a las personas. Así, un historiador ruso encarcelado y deportado, Amalrik, se ha preguntado, por razones brumosamente comprendidas por él, pero sobrado contundentes, si la actual Rusia sobreviviría en 1984.

Una población sometida a semejante terror, a más del hambre o la penuria casi crónicas, a la cual se le inculca desde la infancia que eso es el socialismo, no podía recuperar el resuello y plantar cara a sus esbirros sino muy paso a paso y por sendas desviadas. El proceso de recuperación está iniciado desde hace años y tal vez pueda adquirir pronto formas más directas. Los déspotas del Kremlin están todavía en condiciones de hacer aclamar tal o cual decisión por decenas de millones de hombres, o bien la condena de los opositores. Pero se saben despreciados y execrados por esas mismas decenas de millones de hombres que ellos manipulan y brutalizan sin tregua. Tal clase de aclamaciones, sabido es, mudan fácilmente en linchamiento de sus organizadores; basta que los verdaderos sentimientos encuentren ocasión de manifestarse. Los estados mayores del Partido-Estado tienen conciencia de la relación de enemigos normales entre ellos y las masas trabajadoras industriales y agrícolas. No desdeñarían suavizarla para prolongar su poder. No pueden, sin riesgo de desencadenar un torrente insurreccional que haría añicos régimen y sistema; el absolutismo del Partido-Estado y el capitalismo de Estado-Partido.

La tan stalinista superchería de la desestalinización se consumió en un soplo, en cuanto obreros e intelectuales la interpretaron como prenda de libertad. Apuntaba, por una lado, a arrojar sobre Stalin muerto toda la culpa del terror, por otra a ocultar que el terror gubernativo dimanaba y sigue dimanando del régimen en su totalidad, debido al más monstruoso de todos sus crímenes: la destrucción de la revolución en Rusia y en todas partes. Nadie ignora cómo los «desestalinizados» ametrallaron a los obreros húngaros en 1956, ocuparon Checoslovaquia en 1968, y cómo siguen manejando la policía, los campos de trabajo forzado, las falsificaciones judiciales y propagandísticas.

Para la burocracia, de todos modos, hacer recaer la culpabilidad de sus crímenes sobre la persona de Stalin, era una forma de reconocer, a más del terror y los asesinatos, el odio que ella inspira, que así trató de apaciguar. Lo que en fin de cuentas forzó la denuncia del venerado criminal en Jefe fue la hostilidad irremitente del proletariado frente a régimen y sistema. Desde entonces, las altas instancias del Partido-Estado se encuentran divididas tocante al grado de violencia policíaca a utilizar. Al mismo tiempo va aumentando de un año a otro el número de opositores intelectuales. Algunos, tal Solzenitzin, son reaccionarios de viejo estilo. Llegado el caso, arrimarán el hombro a la alta canalla burocrática contra los trabajadores insurrectos, pues su denuncia de la misma no es otra cosa, que una añoranza de la Santa Rusia zarista. Otros, en cambio, no dejarán de ser atraídos por las fábricas, donde han surgido ya luchas airadas y donde circulan a menudo textos llamando a la revolución contra el capitalismo de Estado. Luchas y textos pasados en silencio por Moscú y sus «pluralistas» acólitos a la Carrillo, Marchais, Berlinguer. El todo no puede ser interpretado sino como signos precursores de una gran conmoción revolucionaria, y uno de los aspectos más avanzados de la crisis mundial del sistema.

Tres rasgos caracterizan a la contrarrevolución stalinista. Terrorismo policíaco incesante, falsificación de su propia naturaleza y de la naturaleza de sus enemigos en general, en particular de los revolucionarios, más explotación de los trabajadores mediante el capital de Estado. Forzada por un futuro ataque del proletariado, retrocedería de seguro sobre el primero de sus rasgos, tal vez hasta consentir el ejercicio de libertades de tipo burgués, a fin de continuar asida a los dos otros, al tercero sobre todo, fundamento de cuanto la contrarrevolución comporta, incluso la psicología de sus exculpadores intelectuales, de sus delatores y de sus verdugos. En el recinto del Kremlin, tiznes de «faces humanas» están ya listos para una vasta maniobra de diversión de tal catadura, pues la rebelión podría estallar en cualquier momento. Igual que cualquier otro poder amenazado, el de la contrarrevolución stalinista hará concesiones de amplitud proporcional a la gravedad del peligro (para ella), pero al cabo se reconstituirá, a menos de que la propiedad estatal sea expropiada por el conjunto de los trabajadores, y sus instituciones aniquiladas, empezando por el partido-Estado.

En resumen, la crisis de la civilización capitalista apesta en Rusia tanto como en cualquier otra parte y se redobla y complica allí por la crisis de su tarado régimen político. A su vez, esta última repercute en el exterior debilitando y desconsiderando a organizaciones y personas de su parentela. Es ese un factor positivo importantísimo para la revolución comunista venidera.

En tales condiciones llevan los hombres del Kremlin el juego de la colaboración-rivalidad con Estados Unidos. De todos modos, debe quedar entendido que cualquier colaboración o «coexistencia pacífica», por durable que fuere representa un rodeo de la rivalidad, maniobra a largo plazo de la cual cada uno cuenta sacar ventaja sobre el otro y ponerse en condiciones de reducirlo militarmente.

Por completo diferente a la contradicción interimperialista y a cualquier otra contradicción inherente al sistema, es aquella otra que contrapone el sistema entero al devenir humano. Característico del funcionamiento capitalista es desenvolverse por medio de contradicciones que él mismo resuelve o abole, vuelve a crear o plantearlas en forma modificada, sin salir nunca de su propio círculo vicioso. A esa categoría pertenecen las contradicciones interimperialistas, las que engendran las crisis de sobreproducción y muchas otras. Pero la contradicción que opone los hombres al sistema de asociación capitalista, éste no puede sino ampliarla y ahondarla. En semejante área, que es la de producción y reproducción del individuo y de la sociedad, la contradicción se manifiesta entre la capacidad de los instrumentos de trabajo y su limitación y adulteración productivas; o lo que es igual, entre el trabajo organizado por y para el capital, y el trabajo organizado por y para los trabajadores, cifra de otra sociedad. Se trata de un malthusianismo impuesto artificialmente por la continuidad innecesaria del trabajo asalariado, cimiento del capitalismo. Esa contradicción no será abolida sino por la revolución comunista, que en todos los dominios y en escala histórica expresa la necesidad de suprimir toda coacción.

Tal contradicción emergió con el siglo y su intensidad ha ido aumentando con la acumulación y la centralización cada vez más teratológicas del capital, cuya demostración irrefutable es la amenaza de asesinato universal. Se trata, por consecuencia, de una contradicción supracapitalista, dimanante del desarrollo humano convertido en imposible por el sistema actual. Ella engendró las luchas revolucionarias entre las dos guerras. Parecía haberse esfumado a consecuencia del fracaso de esas luchas, pero su agravación subyacente era discernible, y en el momento actual reaparece a plena luz en la nocividad innegable del crecimiento industrial, en la mayoría de las huelgas dichas salvajes, en los múltiples signos de descontento, cuando no de asco, tocantes a las condiciones de trabajo y de vida diaria, en la aversión hacia los antiguos partidos y sindicatos, tan neta entre la juventud, en el salpicado de grupos surgidos fuera de las filiaciones conocidas en búsqueda de horizontes revolucionarios, y en las arremetidas insurgentes observadas aquí y allí. Con todo, lo que está latente en eso tiene mucha mayor importancia que lo hasta ahora manifestado. En efecto, desde el fondo del inconsciente colectivo, va emergiendo y precisándose la convicción de que el sistema actual tiene que ser radicalmente cambiado. Por tales recovecos van forjándose los mayores acontecimientos históricos venideros, tal vez inminentes.

Por muy turbio que su comienzo sea, el proceso de recuperación del proletariado no dejará de extenderse y de decantarse en lo político y en lo económico, cualesquiera sean sus zigzags. Cuanto el capitalismo hace padecer al proletariado y a la sociedad se convertirá en motivo de lucha, por simple reflejo defensivo o aposta, por voluntad revolucionaria.

Y al contrario de lo acontecido antes de la última guerra, el proletariado ruso, muchísimo más numeroso hoy, no está fuera de combate; al contrario, empieza a estremecerse a compás del proletariado occidental.

Del porvenir de ese proceso, hasta su desenlace, dependerá la apertura de la revolución mundial o la subyugación de toda Europa por Rusia. Rusia no podrá conservar sus conquistas, a despecho de la complicidad yankee, sin dominar también el Oeste del continente; hoy aún menos que ayer, porque en sus conquistas mismas las fuerzas centrífugas terminarían sobreponiéndose a las centrípetas. Un ataque de sus ejércitos sería irresistible para Europa Occidental, tal vez incluso contando con el apoyo de las armas clásicas americanas. Pero antes de que sus vanguardias alcanzasen la costa Atlántica sería desencadenado el dispositivo termonuclear de Washington. Es pues muy improbable que el Kremlin se aventure en tal operación, cualquier motivo invente, o tenga de veras.

No por ello se le hace inaccesible el objetivo europeo. Sólo que deberá esperar la oportunidad y cubrirlo por otros medios que la guerra con el Bloque Atlántico. Precisa encontrar una situación tal, que los Estados Unidos se viesen en la necesidad de conseguir, como mal menor, la ocupación del resto de Europa por Rusia, sin perjuicio de arreglar militarmente cuentas después.

Semejante situación no puede ser otra que un gran movimiento revolucionario a machacar en aras del sistema capitalista mundial. En cuanto las luchas obreras en gestación adquieran envergadura y aspecto comunista, los pseudo-comunistas multiplicarán sus esfuerzos para desnaturalizarlas; lo que están haciendo ya, en realidad, preventivamente. Es difícil que lo consigan mediante sus habituales falacias propagandísticas, a despecho de sus montañas de oro y de su ya bien dispuesto aparato de funcionarios y torsionarios ansiosos de Partido-Estado. También porque, desde hace mucho tiempo, esos partidos no despiertan en las masas obreras nada auténtico, ni pasión, ni esperanza, sí apetitos sórdidos, no sólo entre sus incondicionales. Para no verlo, ha hecho falta el zurdo izquierdismo actual, reivindique a Trotzky o a Bakunin. Llegado ese caso, los partidos stalinistas fingirán ponerse a flanco de las masas, a tiempo que atacarán a los partidarios de la revolución comunista, mediante la calumnia y físicamente, querencia irreprimible en ellos. Si la lucha se avecina a la revolución, abundarán en fraseología pseudo-ofensiva, reclamarán el poder en nombre de la clase obrera, enarbolarán consignas como control obrero de la producción, nacionalización de propiedades burguesas y de trust y otras monsergas engañabobos. Podrían llegar, si no consiguen destruir antes la revolución, hasta aceptar consejos obreros o soviets elegidos. Lo decisivo para ellos es encaramarse al poder y ante todo a los ministerios de la policía y del ejército. Ahí está la experiencia de Rusia y de tantos otros países, más sus propias avideces, para darles la certidumbre de que la centralización del capital, es decir, la supresión de los propietarios privados, confiere al poder un imperio económico y represivo ilimitado sobre los trabajadores.

Resumiendo al máximo: instrumentos de trabajo y policía en manos de un Partido-Estado, he ahí lo que permitiría destrozar cualquier tentativa de revolución comunista, dejar vía libre al capitalismo estatal... y desplazar hasta el Atlántico las fronteras del coto amurallado ruso. Los Estado Unidos encajarán sin levantar un dedo esa grave amputación de su propio imperio, pues la solidaridad de sistema frente a la revolución tiene primacía respecto de las codicias de cada imperialismo, aunque después se asesinen entre sí. Por su parte, los burgueses y reaccionarios locales encontrarían sitio y puestos de buen vivir, en la política stalinista de unión nacional.

Con mayor motivo aún se resignarían los Estado Unidos a entregar Europa a Rusia, caso de que los partidos stalinistas sucumbiesen al asalto revolucionario del proletariado y que Moscú decidiese apoyarlos con sus divisiones blindadas.

La pseudo democratización actual de los partidos stalinistas español, italiano y francés, la distancia respecto a Moscú que tanto se esfuerzan en exhibir, cuadran perfectamente con la estrategia imperialista rusa. Aunque comporte, en el segundo aspecto únicamente, algo de verdad, limítase a la renuncia de los Carrillo, Berlinguer, Marchais y corifeos, a verse convertidos, una vez gobernantes, en simples criados despreciados y despreciables del Kremlin. Querrían ser, o por lo menos parecer amos. Digan y hagan lo que les dé la gana, su porvenir en cada país es el capitalismo estatal, su sino agachar la cabeza ante «los intereses superiores» del imperialismo ruso; su obrerismo, el de las ametralladoras haciendo fuego sobre las multitudes.

Existe la posibilidad, antes señalada, de que la iniciativa revolucionaria proceda del proletariado en Rusia o en sus dominios. Pero tendría que sobreponerse a sus importantes desventajas relativamente al proletariado occidental. El martilleo de la propaganda oficial, única y totalitariamente planificada, no deja intersticios que permitan, siquiera a minoría obreras, como en la democracia burguesa, adquirir conocimientos revolucionarios, organizarse, tener publicaciones. La acción ilegal misma comporta riesgos incomparablemente superiores. Sin embargo, esas y otras desventajas tienen una compensación de mucho bulto. Los partidos stalinistas, señores de horca y cuchillo durante luenguísimos años, a nadie engañan; todo el mundo los ve actuar cotidianamente tal cual son. A la menor sacudida, el proletariado no puede dejar de chocar contra ellos, como ya se ha visto repetidamente, no sólo en Polonia y en Hungría. Las posibilidades de resistencia a un ataque generalizado del proletariado en Rusia y en su zona, son vecinas de cero. Sólo una matanza de decenas de millones de personas podría dar cuenta de él. Ahora bien, en situaciones insurreccionales de envergadura, la policía resulta insuficiente. La faena tiene que ser ejecutada por el ejército, y los soldados de ese ejército sienten hacia sus jefes y hacia el poder el mismo odio que la clase obrera de que han sido temporalmente destacados. Aprovecharán el momento tan esperado de dispararles sus armas, cual se produjo, en casos aislados por desventura, en la Hungría de 1956, a despecho del carácter confusamente proletario de la rebelión. No quedarían, en un caso así, más que los secuaces de la «revolución política» para echar otra vez cerrojo a la masas tras la prisión del capitalismo estatal.

La caída de la contrarrevolución stalinista resquebrajaría el sistema mundial del capitalismo muchísimo más que la caída del zarismo en 1917. La victoria de la revolución comunista en Europa ya no encontraría sino obstáculos menores. Con todo, es el proletariado europeo, americano, japonés, el que tiene por el momento mayores posibilidades de suscitar un movimiento revolucionario que repercuta en Rusia y dependencias. Debe en verdad considerar esta última tarea como una de sus principales incumbencias. No sólo por solidaridad de clase, sino porque él dispone de condiciones de acción inmediata de que el proletariado ruso está por completo privado, y también porque sin el aniquilamiento de la contrarrevolución stalinista no habrá porvenir para el comunismo, ni aún siquiera después de la revolución en varios países.

Con tal objeto, el proletariado debe concertar internacionalmente su ataque a cada capitalismo y forzar la intervención solidaria con el proletariado del otro Bloque. Motivos directos de lucha contra la esencia misma del sistema sobreabundan en todas partes. Apuntan, aunque mal formulados, en numerosas huelgas, enseguida desnaturalizadas y convertidas en estériles regateos salariales. Mientras que el proletariado, y con él la sociedad entera, no puede dar un solo paso adelante sin atacar todos y cada uno de los aspectos funcionales del capitalismo, sin declarar caduco y deletéreo este sistema, sindicatos y partidos le ofrecen por cebo reivindicaciones dichas obreras, que en realidad son desperdicios de la programación capitalista. Varias veces, semejante situación ha estado en un tris de ser rota y la han restablecido, no el patronato o el Estado, sino los partidos y sindicatos cuya profesión es negociar con aquellos. Negociar, porque cuentan trocar un día su papel de vencedores de fuerza de trabajo obrera en compradores de la misma. Con toda seguridad, los trabajadores no se dejarán siempre confiscar sus luchas y vaciarlas de contenido. Es imposible prever donde y cuando tendrá lugar una lucha revolucionaria abierta. Por el contrario, es seguro que, por su forma, tomará el aspecto de una ruptura deliberada con los profesionales de la negociación; por su contenido el de una arremetida frontal a los cimientos económicos y políticos del capital, comprendida la primera de sus relaciones sociales: la esclavitud salarial. Es indispensable un éxito importante en tal dirección para que se produzca en escala internacional un nuevo período de luchas por la revolución comunista.

Conviene precisar todavía: tal éxito que ha de encender otra vez la llamarada de la subjetividad revolucionaria, no podrá producirse en Europa sino en contra de los partidos stalinistas. Sin dislocar sus aparatos, el proletariado no conseguirá acercarse siquiera al poder... El porvenir inmediato y a largo plazo de los explotados, se juega en este dilema: o la revolución comunista que ha de emprender inmediatamente la supresión del trabajo asalariado, única manera de suprimir el capital, o la suprema concentración de éste en capitalismo estatal. Dilema de vida o muerte para la revolución, y eso en los cuatro puntos cardinales. Y si la revolución fuese rechazada, ya no quedaría sino la contradicción entre Bloques imperialistas y la guerra en perspectiva.

Recapitulando: la contrarrevolución stalinista mató la revolución entre las dos guerras. Contribuyó así decisivamente a la sobrevivencia del sistema capitalista históricamente sobrepasado, es decir decadente. Por ese hecho, ella misma entraba en el sistema y en su decadencia. Pero el crecimiento industrial por tal conducto consentido al viejo mundo, y al suyo propio ha agravado y hecho más evidentes al cabo todos los efectos de la corrupción del sistema, comprendidos los de las asesinas rapacidades imperialistas. Al término de ese proceso reaccionario en que nos encontramos hoy, la revolución comunista reaparece como la única salida para la humanidad, como una necesidad ineluctable y urgente.

Las voces pérfidas de los secuaces del capitalismo ruso me reprocharán con seguridad preterir al capitalismo más fuerte, el americano. Hay que decirles pues que desde hace cuarenta años debe él la vida, y la conformidad de su proletariado, a la existencia de la contrarrevolución stalinista y a su interminable rastra de crímenes. El propio capitalismo americano se encarga, secundado por esas voces pérfidas, de presentar dichos crímenes como actos característicos del socialismo. Mas el proletariado americano empieza a desembarazarse de engañifas. Podría, tanto como cualquier otro, tomar la delantera revolucionaria. Deberá, claro está, pisotear las Trade Unions y convencerse de que lo que le presentan como socialismo sus capitalistas y sus stalinistas a una, vale tanto como cualquier «socialismo» que la CIA pretendiese organizar. De cualquier manera que fuere, el día en que el proletariado ruso revuelque por el suelo el régimen stalinista y el sistema económico que lo sustenta, el capitalismo americano no tardará en derrumbarse. Y viceversa.

Enero-Abril de 1974. G. Munis.


1 Karl Marx: «Fondaments de la critique de l´economie politique». Ed. Anthropos, t. II, p. 34..
2 Marx y Engels: «Programmes socialistes de Gotha et d’Erfürt». Ed. Cahiers Spartacus.
3 «Saldremos airosos del problema muy sencillamente, sin que intervenga el famoso valor», escribe Engels en el Anti-Düring. Ed. Costes 1955, C. III, p: 97.
4 Todavía Volin postula esa idea en La Revolución Desconocida.
5 Consúltense sobre el problema: «La enfermedad infantil del comunismo», de Lenin, «Respuesta a Lenin», de Gorter, «Lenin filósofo», de Pannekoek, y del mismo «Los Consejos Obreros». También los artículos de Korsch, Ruhle, Wagner, Pannekcek, en el volumen «La Contre-revolution burocratique», (Paris 1973, colección 10x18), más «Gründrinzipien Kommunistischer produktion und Verteilung», trabajo colectivo de la Izquierda holandesa (1930), cuya reedición en Berlin occidental lleva una introducción de Paul Mattik traducida al francés en la revista «Economie et Societé», nº 11, noviembre 1970, Ginebra.
6 Y sin embargo se mueve. Contestación de Galileo a sus inquisidores que le torturaban para que negase el movimiento de la Tierra en torno al Sol.
7 Los Carrillo, Berlinguer, Marchais, no han conocido un solo día de militantes revolucionarios. No han sufrido transformación; son engendro directo de la contrarrevolución stalinista ya consolidada.
8 Siglas francesas equivalentes a «CEO» en inglés.
9 Tomo III de su Nouveau Léviathan, p.286.
10 De l´Aliénation à la jouissance, título del primer volumen de la obra de Naville.
11 Marx: Oeuvres Politiques, T. III, pgs. 101-102. Ed. Costes 1929.
12 Término despectivo para designar a los alemanes.
13 En los seminarios de Europa Oriental se enseña a los aprendices curas que la cristianización de sus países la realizaron misioneros procedentes de Bizancio, no de Roma. Moscú heredera de Bizancio, tercera Roma.
14 Karl Marx, Oeuvres politiques. T.VI, p. 196. Ed. Costes 1930.
15 En Angola, dos sectores nacionalistas, con patronatos diferentes se asesinaban entre sí desde su aparición. Al fin se ha impuesto el sector pro-ruso, pero con pleno consentimiento americano. La falsedad del antiimperialismo es tan evidente como en el caso de Bengala.
16 En España no existía otra cosa que la lucha antifascista pro independencia nacional, sostenía el stalinismo. Pero conviene recordar que la Izquierda germano-holandesa y el bordiguismo, dando por buena la falsificación, negaron también la existencia de la revolución española. Guárdense de emperrarse en lo mismo sus retoños hoy.
17 Suposición certera. Dieciséis años después del episodio atañido, Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos en aquel entonces, confiesa que las armas nucleares estadounidenses disuadieron a Moscú de atacar a China. Lo hace en una interviú a Time Magazine del 21-7-1985.
18 Palabras de Musolini a Hitler queriendo convencerle de no atacar a Rusia. Fueron referidas por un almirante italiano que asistía a la entrevista y publicadas en una revista de Estados Unidos poco después de la guerra.
19 En determinadas industrias japonesas, los obreros, militarmente formados, están obligados a recitar un salmo patriótico cuyo tema es la productividad salvadora. Con diversas formas, esa religión es inoculada en Rusia en China y también en el mundo occidental.
20 Galicismo que califica aquello que multiplica elementos innecesarios o superfluos hasta convertirlos en peligrosos. Nota del editor.