Los efectos para los Soviets y el Partido

El año de 1921 trajo por fin la paz a la Rusia bolchevique. El eco de los últimos disparos se apagó en los campos de batalla de la guerra civil. Los Ejércitos Blancos se hablan disuelto y esfumado. Los ejércitos de la intervención se hablan retirado, Se firmó la paz con Polonia. Las fronteras europeas de la Federación Soviética fueron trazadas y fijadas.

Caballería roja a las puertas de Varsovia en 1920. Serán derrotados por las tropas del dictador socialpatriota Pilsudsky armadas y equipadas por Alemania.
En medio del silencio que se habia hecho en los campos de batalla, la Rusia bolchevique escuchó con atención los sonidos que provenían del mundo exterior y fue cobrando una aguda conciencia de su aislamiento. Durante el verano de 1920, cuando el Ejército Rojo fue derrotado a las puertas de Varsovia, la fiebre revolucionaria en Europa había cedido. El antiguo orden encontró cierto equilibrio, inestable pero lo bastante real para permirir que las fuerzas conservadoras se recuperaran de la confusión y el pánico. Los comunistas no podían contar con acontecimientos revolucionarios inminentes, y los intentos de provocarlos sólo podían acabar en fracasos costosos. Esto quedó demostrado en marzo de 1921 cuando un levantamiento comunista desesperado y mal preparado tuvo lugar en Alemania central. El alzamiento había sido estimulado y en parte instigado por Zinóviev, el Presidente de la Internacional Comunista y por Bela Kun, el desafonunado jefe de la revolución húngara de 1919, quienes creían que el levantamiento «electrizaría» e impulsaria a la acción a la apática masa de la clase obrera alemana. La masa, sin embargo, no respondió; y el gobierno alemán reprimió el levantamiento sin gran dificultad. El fiasco sumió al comunismo alemán en la confusión, y, en medio de amargas recriminaciones, al jefe del Partido Comunista alemán, Paul Levy, rompió con la Internacional. El levantamiento de marzo debilitó así más aún a las fuerzas del comunismo en Europa y profundizó la sensación de aislamiento en la Rusia bolchevique.

La nación gobernada por el partido de Lenin se hallaba en un estado próximo a la disolución. Las bases materiales de su existencia estaban destrozadas. Baste recordar que a fines de la guerra civil el ingreso nacional de Rusia sumaba solamente una tercera parte de su ingreso en l913, que la industria producía menos de una quinta pane de los bienes producidos antes de la guerra, que las minas de carbón producían menos de una décima parte de su rendimiento normal, que los ferrocarriles estaban destruidos, que todas las existencias y reservas de las que depende cualquier economía para su funcionamiento estaban completamente agotadas, que el intercambio de productos entre la ciudad y el campo se había paralizado, que las ciudades y los pueblos de Rusia Se habían despoblado a tal punto que en 1921 Moscú tenía sólo la mitad y Petrogrado una tercera parte de sus antiguos habitantes, y que los moradores de las dos capitales habían vivido durante muchos meses a base de una ración de dos onzas de pan y unas cuantas papas congeladas y habían calentado sus viviendas con la madera de sus muebles, y así nos formaremos una idea de la situación en que se hallaba el país en el cuarto año de la revolución.

Los bolcheviques no estaban en actitud de celebrar la victoria. El levantamiento de Kronstadt les había obligado finalmente a renunciar al comunismo de guerra y a promulgar la NEP o Nueva Política Económica. Su propósito inmediato consistía en inducir a los campesinos a vender alimentos y a los comerciantes privados a traer los alimentos del campo a la ciudad, del productor al consumidor. Este fue el comienzo de una larga serie de concesiones a la agricultura y el comercio privados, el comienzo de la «retirada ſonosa» que: según lo reconoció Lenin, se vio obligado a emprender su gobierno ame los elementos anárquicos de la pequeña propiedad que predominaban en el país.

La extensión de los casos de canibalismo evidenciaron el desastre en que la guerra había sumido a Rusia.
Poco después la calamidad golpeó a la nación. Una de las peores carestías de alimentos que recuerda la historia se produjo en los populosos territorios agrícolas del Volga. Ya en la primavera de 1921, inmediatamente después del levantamiento de Kronstadt, Moscú había recibido con alarma las noticias sobre las sequías, las tormentas de arena y una plaga de langosta en las provincias del sur y el sudeste. El gobierno se tragó su orgullo y Solicitó la ayuda de las organizaciones de beneficencia burguesas en el extranjero. En julio se temió que diez millones de campesinos fueran afectados por el hambre… A fines del año el número de víctimas se había elevado a treinta y seis millones. Inconlables multitudes huyeron de las tormentas de arena y de las langostas y erraron sin rumbo sobre las vastas llanuras. El canibalismo hizo su reaparición, como un espantoso escarnio de los altos ideales y aspiraciones socialistas que emanaban de las ciudades capitales.

Siete años de guerra mundial, revolución, guerra civil, intervención y comunismo de guerra habían producido tales cambios en la sociedad, que las nociones, ideas y consignas políticas habían llegado a perder casi todo significado. La estructura social de Rusia no sólo había sido trastocada, sino desarmada y destruida. Las clases sociales que habían luchado entre sí tan implacable y furiosamente en la guerra civil se hallaban todas ellas, con la excepción parcial del campesinado, agotadas y postradas, o pulverizadas. La aristocracia terrateniente había sucumbido en sus mansiones incendiadas y en los campos de batalla de la guerra civil, y los sobrevivientes huyeron al extranjero con los residuos de los Ejércitos Blancos dispersados a los cuatro vientos. De la burguesía, que nunca había sido muy numerosa ni políticamente segura de si, una gran parte también había perecido emigrada. Quienes lograron salvarse, permaneciendo en Rusia y tratando de adaptarse al nuevo régimen, no eran más que «las ruinas de su clase». La antigua intelectualidad, y en menor grado la burocracia, compartieron la suerte de la burguesía propiamente dicha: algunos comían el pan del exilio en el Occidente y otros servían a los nuevos amos de Rusia como «especialistas». Con el resurgimiento del comercio privado hizo su aparición una nueva clase media incipiente. Sus miembros, llamados despectivamente los «nepistas», se dedicaron a explotar rápidamente las oportunidades que la NEP les ofrecía, amasaron fortunas de la noche a la mañana y gozaron el momento con la sensación de que a sus espaldas había quedado un diluvio y más adelante les esperaba otro. Despreciada incluso por los sobrevivientes de la antigua burguesía, esta nueva clase media no aspiraba a desarrollar una mentalidad politica propia. La sujarevka, el creciente y escuálido mercado negro de Moscú, era el símbolo de su existencia y de su moral.

Colas en 1921
El hecho de que la clase obrera industrial, que ahora supuestamente ejercía su dictadura, estuviera también pulverizada, fue una sombría y paradójica consecuencia de la lucha. Los obreros más valerosos y politizados habían sucumbido en la guerra civil u ocupaban puertos de responsabilidad en la nueva administration, el ejército, la policía, las empresas industriales y una legión de instituciones y organismos públicos recién creados. Orgullosamente conscientes de su origen, estos proletarios convertidos en comisarios no pertenecían ya en realidad a la clase obrera. Con el transcurso del tiempo muchos de ellos se habían apartado de los trabajadores y se habian asimilado al medio ambiente burocrático. El grueso del proletariado también se desclasó. Masas de obreros huyeron de la ciudad al campo durante los años del hambre, y como en lo mayoría eran citadinos de la primera generación y no habían perdido sus raíces en el campo, fueron reabsorbidos fácilmente por el campesinado. En los primeros años de la NEP le inició una emigración en sentido contrario, un éxodo del campo a la ciudad. Algunos viejos obreros regresaron a las ciudades, pero la mayoría de los recién llegados eran campesinos toscos y analfabetos sin ninguna tradición política, no digamos cultural. Sin embargo, en 1921 y 1922 la emigración del campo a la ciudad fue sumamente reducida.

La dispersión de la antigua clase obrera creó un vacío en la Rusia urbana. El antiguo movimiento obrero, seguro de sí y con conciencia de clase, con sus muchas instituciones y organizaciones, sindicatos, cooperativas y clubs educativos, que solían resonar con vigorosas y apasionadas discusiones y eran un hervidero de actividad política, era ahora un cascarón vacío. Aquí y allá pequeños grupos de veteranos de la lucha de clases se reunían y discutían sobre las perspectivas de la revolución. Otrora habían formado la verdadera «vanguardia» de la clase obrera. Ahora eran solo un puñado, y no podían ver tras de sí al grueso de su clase, que antes los había escuchado, había acatado sus directivas y los había seguido a los combates de la lucha social.

La dictadura proletaria triunfaba, pero el proletariado casí había desaparecido. Nunca había sido más que una pequeña minoría de la nación y si había desempeñado un papel decisivo en tres revoluciones, ello no se debía a un fuerza numérica, sino al extraordinario vigor de su mentalidad, iniciativa y organización políticas. En su mejor momento, la industria de gran escala de Rusia no empleó mucho más de tres millones de obreros. Después de la guerra civil, sólo millón y medio, aproximadamente, seguían empleados. Y aun entre éstos, muchos se mantenían inactivos de hecho porque sus fábricas no trabajaban. El gobierno continuaba pagándoles jornales por razonjes de política social, a fin de salvar un núcleo de la clase obrera para el futuro. Estos trabajadores eran, en realidad, mendigos. Si un obrero recibía sus jornales en efectivo, éstos carecían de valor debido a la catastrófica depreciación del rublo. El obrero se ganaba la vida, tal como se lo permitía la situación, haciendo trabajos ocasionales, comerciando en el mercado negro y recorriendo las aldeas vecinas en busca de alimentos. Si recibía sus jornales en especie, especialmente en productos de su fábrica, corría de ésta al mercado negro para permutar un par de zapatos o una pieza de tela por pan y papas. Cuando no le quedaba nada que permutar, volvía a la fábrica a robar una herramienta, unos cuantos clavos o un saco de carbón, y volvía a] mercado negro. Los robos en las fábricas eran tan comunes que, según los cálculos, la mitad de los obreros robaban normalmente las cosas que ellos mismos producían. Lozovsky [en informes oficiales de la época] sostuvo que en algunas fábricas los obreros robaban el 50% de la producción; y según los cálculos, los salarios cubrían solo una quinta parte del costo de la vida de un obrero. Es fácil imaginarse qué efectos tenían el hambre, el frío, la aterradora inactividad en los centros de producción y el ajetreo del mercado negro, el fraude y el robo —la lucha casí zoológica por la supervivencía—, en la moral de la gente que se suponia era la clase gobernante del nuevo Estado.

Campesinos del Volga en 1921.
Como clase social, sólo el campesinado salió incólume de la prueba. La guerra mundial, la guerra civil y el hambre cobraron sus víctimas, por supuesto; pero no quebrantaron los cimientos de la vida del campesinado. No redujeron su capacidad de resistencia y de regeneración. Ni siquiera las peores calamidades pudieron dispersar la densa masa del campesinado que, indestructible (así como la naturaleza misma, sólo necesitaba el contacto con la naturaleza en su trabajo para mantenerse vivo, en tanto que los obreros industriales se dispersaban cuando la maquinaria industrial artificial de la que dependía su existencia sufría un colapso. El campesinado había conservado su carácter y su lugar en la sociedad. Había mejorado su posición a expensas de la aristocracia terrateniente. Y ahora podia permitirse hacer el recuento de las ganancias y de las pérdidas que la revolución le habia acarreado. Al cesar las requisiciones, los campesinos abrigaron la esperanza de poder recoger por fin la cosecha completa de sus posesiones agrandadas. Cierto es que vivían en una gran pobreza. Pero ésta y el atraso que la acompañaba eran parte integrante de su herencia social. Liberados de la dominación señorial, los campesinos preferían la pobreza en sus propias pequeñas propiedades a los incomprensibles panoramas de abundancia bajo el comunismo que los agitadores urbanos desplegaban ante ellos… A los muzhiks no les preocupaban ya gran cosa las peroratas de los agitadores. Se dieron cuenta de que éstos, últimamente, se cuidaban de no ofenderles e incluso trataban de ganarse su amistad y de halagarlos. Por el momento, el muzhik era en verdad el consentido del gobierno bolchevique que, que ansiaba restablecer el «vinculo» entre la ciudad y el campo y la «alianza entre los obreros y los campesinos”». Puesto que la clase obrera no podia hacer sentir su peso, el del campesinado se hacia patente con tanto mayor fuerza. Cada mes, cada semana le traían al agricultor mil nuevas pruebas de su reciente importancia, y su confianza en sí mismo aumentaba en la misma proporción.

Sin embargo, esta clase social, la única que había conservado su carácter y su lugar en la sociedad, era por su naturaleza misma políticamente impotente… Karl Marx describió una vez, por medio de una vivida imagen, la «idiotez de la vida rural» que en el último siglo le impidió al campesinado francés «hacer valer su interés de clase en su propio nombre»; y u imagen es aplicable al campesinado ruso de los años veinte.

Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos individuos viven en idéntica situación, pero sin que entre ellos existan muchas relaciones. Su modo de producción los aísla a unos de otros, en vez de establecer relaciones mutuas entre ellos. Este aislamiento es fomentado por los malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo, ni aplicación alguna de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad de desarrollo, ni diversidad e talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada familia campesina se basta, sobre poco más o menos, a sí misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus materiales de existencia más bien en intercambio con la naturaleza que en contacto con la sociedad. La parcela, el campesino y su familia; y al lado, otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas unidades de éstas forman una aldea, y unas cuantas aldeas, un departamento. Así se forma la gran masa de la nación francesa, por la simple suma de unidades del mismo nombre, al modo como, por ejemplo, las patatas de un saco forman un saco de patatas.

Carlos Marx. El 18 Brumario de Luís Napoleón Bonaparte, 1852

Mercado «nepista» en 1921
El enorme saco de patatas que era la Rusia rural también resultó ser completamente incapaz de hacer valer sus intereses «en su prºpio nombre». Antaño la intelectualidad populista o social-revolucionaria, la había representado y había hablado en su nombre. Pero el Partido Social-Revolucionario, desprestigiado por su propia negativa a apoyar la revolución agraria y después arrojado a la clandestinidad y destruido por los bolcheviques, había agotado su papel. El saco de patatas permaneció allí, enorme, formidable y mudo. Nadie podía apartarlo de su vista, nadie podía ignorarlo o pisotearlo con impunidad: ya había golpeado en la cabeza a la Rusia urbana: y los gobernantes bolcheviques tuvieron que inclinarse ante él. Pero el saco de patatas no podía darle columna vertebral, forma, voluntad y voz a una sociedad informe y desintegrada.

Así, unos pocos años después de la revolución, la nación era incapaz de manejar sus propios asuntos y de hacer valer sus intereses a través de sus propios representantes auténticos. Las antiguas clases gobernantes estaban aplastadas, y la nueva clase gobernante, el proletariado, era sólo una sombra de su viejo ser. Ningún partido podía reclamar la representación de la clase obrera dispersada, y los obreros no podían controlar al partido que pretendia hablar por ellos y gobernar al pais en su nombre.

¿A quién representaba el partido bolchevique? Sólo le presentaba a sí mismo, es decir, a su pasada vinculación con la clase obrera, a su aspiración actual de actuar como el custodio de los intereses de clase del proletariado, y a su intención de reagrupar, en el transcurso de la construcción económica, una nueva clase obrera que seria capaz, andando el tiempo, de tomar los destinos del país en $us manos. Mientras tanto, el partido bolchevique $e mantenía en el poder mediante la usurpación. No sólo sus enemigos lo veían como un usurpador: el partido aparecía como tal
incluso a la luz de tus propios criterios y de su propia concepción del Estado revolucionario.

Los enemigos del bolchevismo, como recordará el lector, habían denunciado desde el principio a la Revolución de Octubre y después a la disolución de la Asamblea Constituyente en 1918 como actos de usurpación. Los bolcheviques no tomaban en Serio esta acusación; replicaban que el gobierno al que ellos le habían arrebatado el poder en octubre no se basaba en ningún cuerpo representativo elegido, y que la revolución le había hecho entrega del poder a un gobierno respaldado por la abrumadora mayoría de los Consejos de Diputados de Obreros y Soldados, elegidos y representativos. Los Soviets habían sido una representación clasista y, por definición, un órgano de la dictadura proletaria. No habían sido elegidos sobre la base del sufragio univcrsal. La aristocracia y la burguesía habían sido privadas del derecho al voto, y el campesinado estaba representado sólo en la proporción que era compatible con la hegemonía de los obreros urbanos. Los obreros no habían emitido sus votos como individuos en los distritos electorales tradicionales, sino en las fábricas y los talleres como miembros de las unidades de producción en que consistía su clase. Esta representación de clase era lo único que los bolcheviques habían considerado válido y legítimo desde 1917.

X Congreso panruso de los soviets, 1922.
Sin embargo, era precisamente en los términos de la concepción bolchevique del Estado obrero como el gobierno de Lenin habia dejado gradualmente de ser representativo. Nominalmente, todavía se basaba en los Soviets. Pero los Soviets de 1921 y 1922, a diferencia de los de 1917, no eran ni podían ser representativos: no podían representar a una clase obrera virtualmente inexistente. Eran las criaturas del partido bolchevique, y así, cuando el gobierno de Lenin petrendía derivar sus prerrogativas de los Soviets, las derivaba en realidad de sí mismo.

El papel de usurpador le fue impuesto al partido bolchevique. Una vez que la clase obrera se desintegró, al partido le resultó imposible mantenerse a la altura de sus principios. ¿Qué podía o debía a hacer el partido bajo tales circunstancias? ¿Debía renunciar al poder? Un gobierno revolucionario que ha librado una guerra civil cruel y devastadora no abdica al día siguiente de su victoria y no se entrega a sus enemigos derrotados y a su venganza, aun cuando descubra que no puede gobernar de acuerdo con sus propias ideas y que ya no goza del apoyo con que contó al comenzar la guerra civil. Los bolcheviques no perdieron ese apoyo a causa de algún cambio claro en la actitud de sus seguidores de antaño, sino como resultado de la dispersión de éstos. Los bolcheviques sabían que su mandato para gobernar a la república no había sido renovado en forma adecuada por la clase obrera, no digamos ya por el campesinado. Pero también sabían que se hallaban rodeados de un vacío, que el vacío sólo podría llenarse lentamente a lo largo de los años y que por el momento nadie era capaz de prolongar ni de invalidar su mandato. Una catástrofe social, una fuera mayor, los había convertido en usurpadores, y en consecuencia ellos se negaron a considerarse tales.

La desaparición del escenario político, en tan breve tiempo, de una clase social vigorosa y militante y la atrofia de la sociedad como resultado de la guerra civil, constituyeron un fenómeno histórico extraño, pero no único. También en otros grandes revoluciones la sociedad, agotada. sufrió un colapso, y el gobierno revolucionario se vio transformado de manera similar. La Revolución Puritana lnglesa y la Gran Revolución Francesa enarbolaron ambas al comienzo un nuevo principio de gobierno representativo contra el ancien régime. Los Puritanos afirmaron los derechos del Parlamento contra la Corona. Los dirigentes del Tercer Estado francés hicieron lo propio cuando se constituyeron en Asamblea Nacional. A continuación se produjeron la insurrección y la guerra civil como consecuencia de las cuales las fuerzas del ancien régime ya no fueron capaces de dominar a la socíedad, mientras que las clases que habian apoyado a la revolución estaban demasiado divididas entre sí y demasiado agotadas para ejercer el poder. No fue posible, por consiguiente, crear un gobierno representativo. El ejército era el único cuerpo con suficiente unidad de voluntad, organización y disciplina para imponerse al caos. Se proclamó guardián de lo sociedad e instauró el mando de la espada, una forma de gobierno abiertamente usurpadora. En Inglaterra, las dos fases generales de la revolución quedaron encarnadas en la misma persona: Cromwell encabezó primero a los Comunes contra la Corona y después, como Lord Protector, usurpó las prerrogativas tanto de la Corona como de los Comunes. En Francia hubo un hiato definido entre las dos fases, y en cada una de ella hombres diferentes ocuparon el primer plano: el usurpador Bonaparte no desempeñó ningún papel importante en los primeros actos de la revolución.

En Rusia, el partido bolchevique constítuía el grupo de hombres compacto y disciplinado, inspirado por una sola voluntad, que era capaz de gobernar y unificar a la nación desintegrada. En las revoluciones anteriores no había existido un partido de ese tipo. La fuerza principal de los Puritanos residía en el ejército de Cromwell, y por ello cayeron baja el dominio del ejército. El partido jacobino no nació sino en el transcurso de la lucha. Era parte de la fluctuante marea revolucionaria, y se deshizo y desapareció con el reflujo de esa marea. El partido bolchevique, por el contrario, formaba una organización válida y centralizada mucho antes de 1917. Ello le permitió asumir la jefatura de la revolución y, después del reflujo de la marea, desempeñar durante muchas décadas el papel que el ejercito había desempeñado en la Inglaterra y la Francia revolucionarias para asegurar un gobierno estable y avanzar hacia la integración y reorganización de la vida nacional.

Lenin, Trotski y Voroshilov rodeados de soldados del Ejército Rojo en 1921 durante el X Congreso del Partido Comunista Ruso (bolchevique).
Por su mentalidad y su tradición política, el partido bolchevique estaba sumamente bien preparado, y sin embargo peculiarmente mal adaptado, para desempeñar el papel de usurpador. Lenin había formado a sus discípulos como la «vanguardia» y la élite del movimiento obrero. Los bolcheviques nunca se habían contentado con dar expresión a los estados de ánimo o a las aspiraciones concretas de la clase obrera. Consideraban que su misión era moldear esos estados de ánimo y alentar y desarrollar esas aspiraciones. Se veían a sí mismos como tutores politicos de la clase obrera y estaban convencidos de que, como marxistas consecuentes, sabían mejor que la clase obrera oprimida y poco esclarecida cuál era el verdadero interés histórico de la clase y la forma de defenderlo. (…) En 1917, como en 1905, (…) Lenin y sus colaboradores analizaron con actitud realista y sobria las más ligeras fluctuaciones en la actitud política de los trabajadores, adaptando cuidadosamente su política a tales fluctuaciones. Nunca se les ocurrió pensar que podrían tomar el poder o sostenerse en él sin la aprobación de la mayoría de los obreros o de los obreros y campesinos. Antes de la revolución, en el transcurso de ésta y durante algún tiempo después, siempre estuvieron dispuestos a someter sus directivos al «veredicto de la democracia proletaria», es decir, al voto de la clase obrera.

A fines de la guerm civil, sin embargo, el «veredicto de la democracia prolelaria» se había convertido en una frase carente de significado. ¿Cómo podía expresarse ese veredicto cuando la clase obrera se hallaba dispersa y desclasada? ¿Por medio de elecciones a los Soviets? ¿A través de los procedimientos «normales» de la democracia soviétíca? Los bolcheviques pensaron que sería el colmo de la locura por su parte dejarse orientar en sus accioes por el voto de un residuo desesperado de la clase obrera y por los estados de ánimo de las mayorías accidentales que podían formarse dentro de los Soviets irreales. Así llegaron -y Trotski junto a ellos- a sustituir de hecho a la clase obrera por su ropio partido. Identificaron su voluntad y sus ideas con lo que juzgaron que habrían sido la voluntad y las ideas de una clase obrera en pleno vigor, si tal clase obrera hubiera existido.

Su hábito de considerarse a sí mismos como los intérpretes por excelencia del interés de clase proletario hizo que esa sustitución resultara tanto más fácil. Como antigua vanguardia, el partido consideró natural actuar como el locum tenens de la clase obrera durante aquel extraño y, según sus esperanzas, breve intervalo en que la clase obrera se hallaba en estado de disolución. De esta suerte los bolcheviques extrajeron, de su propia tradición y del estado real de la Sociedad, una justificación moral para su papel de usurpadores.

La tradición bolchevique, sin embargo, era una combinación sutil de diversos elementos. La confianza moral del Partido en sí mismo, su superioridad, su sentido de misión revolucionaria, su disciplina interna y su arraigada convicción de que la autoridad le era indispensable a la revolución proletaria, todas estas cualidades habían formado las actitudes autoritarias en el bolchevismo. Tales actitudes, sin embargo, habían sido mantenidas a raya gracias a la intima vinculación del Partido con la clase obrera real, no meramente teórica, a su genuina devoción a la clase, a su ardiente creencia de que el bienestar de los explotados y los oprimidos era el comienzo y el fin de la revolución y de que el obrero sería, a la larga, el verdadero amo en el nuevo Estado, porque a fin de cuentas la Historia pronunciaría por boca del obrero mismo un severo y justo veredicto sobre todos los partidos, incluidos los bolcheviques, y sobre todos sus actos. La idea de la democracia proletaria era inseparable de ezsta actitud. Cuando el bolchevique invocada esta idea, expresaba su desdén por la democracia formal y engañosa de la burguesía: su disposición a pasar por encima, si fuese necesario, de todas las clases no proletarias, pero también su convicción de que estaba obligado a respetar la voluntad de la clase obrera aun cuando momentáneamente disintiera de ella.

En las primeras etapas de la revolución, la actitud democrático-proletaria tuvo preeminencia en el carácter bolchevique. Ahora el viraje hacia la jefatura autoritaria logró imponerse. Al actuar sin la clase obrera normal
en el trasfondo, el bolchevique, por la fuerza de su viejo hábito, siguió invocando la voluntad de esa Clase para justificar todo lo que hacía. Pero la invocaba sólo como un supuesto teórico y como una norma ideal de conducta: en suma, como una especie de mito. Empezó a Ver en su partido al depositario no sólo del ideal del socialismo en abstracto, sino de los deseos de la clase obrera en concreto. Cuando un bolchevique, desde el miembro del Politburó hasta el más modesro militante de base, declamaba que «el proletariado insiste» o «exige» o «nunca aceptaría» esto o aquello lo que quería decir era que su partido o los dirigentes de éste «insistían», «exigían» o «nunca aceptarían» esto o aquello. Sin esta mistificación semiconsciente la mentalidad bolchevique no podia funcionar. El Partido no podia admitir. ni siquiera ante sí mismo, que no tenia ya ninguna base en la democracia proletaria. Cierto es que, a intervalos de cruel lucidez, los propios dirigentes bolcheviques hablaban con franqueza sobre su situación. Pero abrigaban la esperanza de que el tiempo, la recuperación económica y la reconstitución de la clase obrera le pondrían remedio: y continuaban hablando como si la situación nunca se hubiera producido y como si ellos todavía obraran sobre la base de un mandato claro y válido de la clase obrera.

Los bolcheviques habían suprimido ya, finalmente, a todos los demás partidos y establecido su propio monopolio político. Vieron que sólo expondiéndose y exponiendo la revolución al más grave peligro podían permitir que sus adversarios se expresaran libremente y apelaran al electorado soviético. Una oposición organizada podría explotar en su provecho el caos y el descontento, tanto más fácilmente cuanto que los bolcheviques eran incapaces de movilizar las energías de la clase obrera. Así, pues, se negaron a a exponerse y a exponer la revolución a este peligro. A medida que el Partido sustituyó al proletariado, sustituyó también la dictadura del proletariado por la suya propia. La «dictadura proletaria» dejó de ser el gobierno de la clase obrera que, organizada en Soviets, había delegado el poder en los bolcheviques pero conservaba el derecho constitucional destituirlos o «revocarlos» como gobernantes. La dictadura proletaria convirtió ahora en sinónimo del gobierno exclusivo del partido bolchevique. El proletariado no podía «revocar» ni destituir a los bolcheviques más de lo que podia destituirse y revocarse a sí mismo.

Mitin en el aniversario de la Revolución de octubre, 1922.
Al suprimir a todos los partidos, los bolcheviques efectuaron un cambio tan radical en su medio ambiente poltico que ellos mismos no pudieron quedar inafectados. Su desarrollo había tenido lugar bajo el régimen zarista, dentro de un sistema multipartidista semilegal y semiclandestino, en una atmósfera de intensa controversia y competencia política. Aunque por ser un cuerpo combativo de revolucionarios habían tenido sus propia doctrina y disciplina, que aun entonces los distinguía de todos los demás partidos, habían respirado sin embargo el aire de su medio ambiente y el sistema multipartidista había determinado la vida interna de su propio partido. Empeñados constatemente en controversias con sus adversarios, los bolcheviques cultivaban asimismo la controversia en sus propias filas. Antes de que un miembro del Partido ocupara la tribuna para oponerse a un «cadete» o a un menchevique, ventilaba dentro de su propia célula o comité las cuestiones que le preocupaban, los argumentos de] adversario, la réplica que habría de darles y la actitud y las medidas tácticas del Partido. Si pensaba que el Partido estaba equivocado en algún punto o que su jefatura era inadecuada, lo decía sin temor y sin rodeos, y trataba de convencer a sus camaradas. Mientras el Partido luchaba por los derechos democráticos de las trabajadoras, no podía negarles esos mismos derechos a sus propios miembros dentro de su propia organización.

Al destruir el sistema multipartidista, los bolcheviques no se imaginaron las consecuencias que eso tendría para ellos mismos. Pensaron que fuera del sistema seguirían siendo lo que siempre habían sido: una asociación disciplinada, pero libre, de marxistas militantes. Dieron por sentado que la mentalidad Colectiva del Partido seguiría siendo formada por el acostumbrado intercambio de opiniones, el toma y daca de argumentos teóricos y politicos. No comprendieron que no podían suprimir toda controversia fuera de $us filas y mantenerla viva dentro de ellas: no podían abolir los derechos democráticos para la sociedad en general y conservar esos mismosderechos sólo para sí.

El sistema unipartidista representaba una contradicción esencial: el partido único no podía seguir siendo un partido en el sentido aceptado. Su vida estaba destinada a reducirse y marchitarse. De] «centralismo democrático», el principio básico de la organización bolchevique, sólo sobrevivió el centralismo. El Partido mantuvo su disciplina, no su libertad democrática. No podía ser de otra manera. Si los bolcheviques se empeñaban ahora libremente en controversias, si sus dirigentes ventilaban sus diferencias en público, y sí los militantes de base criticaban a los dirigentes y a su política, tales cosas serian un ejemplo para los no bolcheviques y no podria esperarse entonces que éstos se abstuvieran de discutir y criticar. Si se permitía que los miembros del partido gobernante formaran facciones y grupos para defender opiniones especificas dentro del Partido, ¿cómo podría prohibírsele a la gente fuera del Partido que formara sus propias asociaciones y formara sus propios programas políticos? Nínguna Sociedad política puede ser muda en nueve décimas partes y hablante en la otra décima. Después de imponerle el silencio a la Rusia no bolchevique, el partido de Lenin tuvo que acabar por imponérselo a sí mismo.

El Partido no podía resignarse a esto fácilmente. Los revolucionarios acostumbrados a no dar por sentada ninguna autoridad, a impugnar la verdad aceptada y a examinar críticamente a su propio partido, no podían inclinarse súbitamente ante la autoridad con muda obediencia. Aun mientras obedecían, siguieron impugnando. Después de que el décimo Congreso prohibiera, en 1921, las facciones dentro del Partido, las controversias siguieron resonando en las asambleas bolcheviques. Los miembros de ideas afines continuaban agrupándose en ligas, produciendo «programas» y «tesis» y atacando duramente a los dirigentes. Al hacer tales cosas, amenazaban socavar la base del sistema unipartidisia. Después de suprimir a todos los enemigos y adversarios, el partido bolchevique no podia Seguir existiendo, si no era mediante un proceso de autosupresión permanente.

Las mismas circunstancias de su desarrollo y su éxito obligaron al Partido a seguir este curso. A principios de 1917 no tenia, más de 23.000 miembros en toda Rusia. Durante la revolución la militancia se triplicó y cuadruplicó. En el período culminante de la guerra civil, en 1919, un cuarto de millón de personas habian ingresado en sus filas. Este crecimiento reflejaba la genuina atracción que el Partido ejercía sobre la clase obrera. Entre 1919 y 1922 la militancia se triplicó una vez más, aumentando de 250.000 a 700.000 miembros. La mayor parte de este crecimiento, sin embargo, ya era espurio. Los oportunistas se volcaban en alud Sobre el campo de los vencedores. El Partido tenia que llenar innumerables puestos en el gobierno, la industria, los sindicatos, etc., y era ventajoso llenarlos con personas que aceptaran la disciplina partidaria. En una masa de recién llegados, los bolcheviques auténticos quedaron reducidos a una pequeña minoria. Sintíendose ahogados por la masa de elementos extraños, se alarmaron y reconocieron la necesidad de separar la paja del grano.

Pero, ¿cómo hacerlo? Resultaba difícil distinguir sobre quienes ingresaban al Partido por convicciones desinteresadas y los oporunistas y arribistas. Más dificil aún era determinar si incluso aquellos que solicitaban
afiliación con buenos motivos comprendían realmente los objetivos y las aspiraciones del Partido y estaban dispuestos a luchar por ellos. Mientras varios partidos exponían sus programas y reclutaban miembros, su contienda permanente aseguraba la selección adecuada del material humano y su distribución entre los partidos. El recién llegado a la política tenia entonces: todas las oportunidades de comparar los programas, los métodos de acción y las consignas en competencia. Si se unía a los bolcheviques, lo hacia como un acto de elección consciente. Pero quienes ingresaron en la política en los años de 1921 y 1922 no podían hacer tal elección. Sólo conocían al partido bolchevique. En otras circunstancias, sus inclinaciones tal vez los habrían llevado a unirse a los mencheviques, a los Social-revolucionarios o a cualquier otro grupo. Ahora su necesidad de acción política los llevaba al único partido que existia. el único que ofrecía una salida a su energía y su ardor. Muchos de los nuevos afiliados eran, como los llamó Zinóviev, «mencheviques inconscientes» o «social-revolucionarios inconscientes» que Sinceramente se consideraban a sí mismos «buenos bolcheviques». El ingreso de tales elementos amenazaba adulterar el carácter del Partido y diluir su tradición. En el undécimo Congreso del Partido, en 1922, Zinóviev sostuvo que ya había dentro de la organización bolchevique dos o más partidos potenciales formados por quienes honrada pero erróneamente se creían bolcheviques. Así, por el mero hecho de ser el partido único, el Partido iba perdiendo su mentalidad única, y los sustitutos rudimentarios de los partidos que él había proscrito empezaron a aparecer en su propio seno. El trasfondo social, con toda su reprimida diversidad de intereses y mentalidades políticas, volvió a hacerse patente y a presionar sobre la única organización política existente, infiltrándose en ella desde todos lados.

Lenin en 1921
Los dirigentes se resolvieron a defender al Partido contra esta infiltración. iniciaron una purga. La exigencia de una purga la había hecho la Oposición Obrera en el décimo Congreso, y la primera purga tuvo lugar en 1921. La policia y los tribunales no tuvieron nada que ver con el procedimiento. En asambleas públicas, las Comisiones de Control —es decir, los tribunales del Partido— examinaban los antecedentes y la moral de cada miembro del Partido, sin tomar en cuenta su jerarquía. Cualquier hombre o mujer en el público podia adelantarse y testificar en favor o en contra del individuo investigado, al que la Comisión de Control declaraba entonces digno o indigno de seguir perteneciendo al Partido. A los indignos no se les imponía ningún castigo, pero la pérdida de la condición de miembro del partido gobernante tendía a vedar las oportunidades de ascenso o de ocupar un puesto de responsabilidad.

En un breve término fueron expulsados de esa manera 200,000 miembros, o sea la tercera parte del total de militantes. La Comisión de Control clasificó a los expulsados en varias categorías: los oportunistas vulgares; los antiguos miembros de partidos antibolcheviques, especialmente antiguos mencheviques que ingresaron después de la guerra civil; los bolcheviques corrompidos por el poder y los privilegios; y, finalmente. los políticamente inmaduros que carecían de una comprensión elemental de los principios del Partido. Parece ser que no se expulsó a nadie cuyo único delito hubiese sido criticar la política del Partido o a sus dirigentes. Pero pronto se hizo claro que la purga, con todo y ser necesaria, era un arma de dos filos. Ofrecía a los inescrupulosos oportunidades para intimidar y pretextos para ajustar cuentas personales. Los militantes de base aplaudieron la expulsión de los oportunistas y los comisarios corrompidos, pero se sintieron anonadados por la magnitud de la purga. Se sabia que las purgas se repetirían periódicamente. y la gente empezó a pensar que si en un solo año podía expulsarse una tercera parte de los miembros, no era posible predecir lo que sucedería uno o dos años después. Los tímidos y los cautelosos empezaron a pensar dos veces antes de aventurarse a hacer un comentario arriesgado o a dar un paso que en la siguiente purga pudiera acarrearle el reproche de inmadurez o atraso politico. iniciada como un medio de sanear al Partido y salvaguardar su carácter, la purga estaba destinada a servir al Partido como el más mortal de los instrumentos de autorrepresión.

Ya hemos visto que cuando la clase obrera desapareció como fuerza social efectiva, el Partido en toda su formidable realidad sustituyó a la clase. Pero ahora el Partido también pareció convertirse en un ente tan huidizo y fantasmal como al que habia sustituido. ¿Había alguna sustancia real y podía haber alguna vida autónoma, en un partido que en un solo año declaraba indignos de pertenecer a él a una tercera parte de sus miembros y los expulsaba? Los 200.000 hombres y mujeres purgados habian participado hasta entonces, presumiblemente, en todos los procedimientos normales de la vida partidaria, habían votado para aprobar resoluciones, habían elegido delegados a los Congresos y habían tenido así una considerable participación formal en la determinación de la política del Partido. Sin embargo, su expulsión no produjo ningún cambio o modificación perceptible de esa política. En la posición del Partido no podía
advertirle una sola huella de la gran operación quirúrgica mediante la cual se le había amputado una tercera parte de su cuerpo. Este solo hecho demostraba que, desde hacía algún tiempo, la masa de miembros no habia ejercido influencia alguna en la dirección de los asuntos del Partido. La política bolchevique la determinaba un reducido sector de Partido que sustituia al todo.

¿Quiénes constituían ese rector? El propio Lenin dio repuesta a la pregunta en términos muy claros. En marzo de 1922 escribió a Molotov, que entonces era secretario del Comité Central:

Si no cerramos los ojos a la realidad, debemos admitir que en la actualidad la política proletaria del Partido no está determinada por el carácter de sus componentes, sino por el enorme prestigio, sin reservas, de que goza ese pequeño grupo que podría ser llamado la vieja guardia del Partido.

En esa Guardia veia Lenin ahora la única depositaria del ideal del socialismo, el guardián del Partido y en última instancia el locum tenens de la clase obrera. La Guardia constaba de unos cuantos millares de auténticos veteranos de la revolución. El grueso del Partido era, según la opinión de Lenin en el momento, una excrecencia expuesta a todas las influencias corruptoras de una sociedad trastornada y anárquica. Aun los mejores miembros jóvenes necesitaban un adiestramiento y una educación política pacientes antes de que pudieran llegar a ser «verdaderos bolcheviques». De esta suerte, la identificación del proletariado con el Partido resultó ser una identificación todavia más estrecha del proletariado con la Vieja Guardia.

Con todo, ni siquiera esa Guardia podia mantenerse fácilmente en la vertiginosa altura que había escalado; ella también podria ser incapaz de resistir las influencias degradantes del tiempo, la fatiga, la corrupción por el poder y las presiones del medio ambiente social. Ya entonces había grietas en la unidad de la Vieja Guardia. En la carta a Mólotov, Lenin observó:

Bastaría con que se produjese en este sector una pequeña lucha interna, para que su prestigio quedara, si no quebrantado, por lo menos debilitado hasta tal punto que la decisión ya no dependiera de él.

…y se vuelva incapaz de dominar los acontecimientos. Era necesario, por tanto, mantener a toda costa la solidaridad de la Vieja Guardia, mantener vivo en ella el sentido de su elevada misión y asegurar su supremacía política. Las purgas periódicas en el Partido no bastaban. Es menester restringir severamente la admisión de nuevos miembros y estos «deberían ser sometidos a las pruebas más rigurosas Por último, sugería Lenin, era preciso establecer dentro del Partido una jerarquía especial basada en los méritos y la veteranía revolucionaria. Ciertos puestos importantes sólo podían ocuparlos personas que hubiesen ingresado en el Partido cuando menos en los primeros tiempos de la guerra civil. Otros puestos que implicaban una responsabilidad todavía mayor sólo estarían en disposición de quienes habían servido al Partido desde el comienzo de la Revolución. Las posiciones más altas se reservaban a los veteranos de la lucha clandestina contra el zarismo.

Estas reglas estaban exentas todavía de todo favoritismo vulgar. La Vieja Guardia aún vivía de acuerdo con su austero código de moralidad revolucionaria. Bajo el partmaximum, un miembro del Partido, incluso uno que ocupara la posición más elevada, no podía percibir ingresos mayores que los de un obrero industrial especializado. Es cierto que algunos dignatarios se aprovechaban ya de ciertas deficiencias en los reglamentos y complementaban sus escasos ingresos mediante todo tipo de subterfugios. Pero tales casos eran todavía la excepción. Las nuevas reglas sobre la retribución de los puestos no tenía por objeto sobornar a la Vieja Guardia, sino garantizar que el Partido y el Estado siguieran siendo, en sus manos, instrumentos seguros para la construcción del socialismo.

La Vieja Guardia era un formidable grupo de hombres, unidos por los recuerdos de luchas heroicas libradas en común, por una fe inquebrantable en el socialismo y por la convicción de que, en medio de la disolución y la apatía generales, las oportunidades de triunfo del socialismo dependían de ellos y casí exclusivamente de ellos. Los miembros de la Vieja Guardia obraban con autoridad, pero también, a menudo, con arrogancia. Eran abnegados, mas al mismo tiempo ambiciosos estaban animados por los sentimientos más elevados y eran capaces de incurrir en la crueldad inescrupulosa. Se identificaban con el destino histórico de la revolución, pero también identificaban ese destino con ellos mismos. En su intensa devoción al socialismo, llegaron s considerar la lucha por alcanzarlo como un asunto de su exclusiva pertenencia y casi como una cuestión personal; y se inclinaban a justificar su conducta y aun sus ambiciones privadas en los términos teóricos del socialismo.

Cartel del 1 de mayo de 1920.
En medio de las tribulaciones de aquellos años, la fuerza moral de la Vieja Guardia representaba un haber inestimable para el bolchevismo. El resurgimiento del comercio privado y la rehabilitación parcial de la propiedad privada hicieron cundir el desaliento en las filas del Partido. Muchos comunistas ye preguntaban con inquietud adónde habría de conducir a la revolución la «retirada» que Lenin había ordenado. Este parecía dispuesto a no detenerse ante nada con tal de estimular al comerciante y al agricultor privado. Puesto que el campesino se negaba a vender alimentos a cambio de papel moneda carente de valor, el dinero, despreciado bajo el Comunismo de Guerra como un vestigio de la vieja sociedad, fue «rehabilitado» y luego estabilizado. Nada podía obtenerse sin él. El gobierno redujo los subsidios que habla otorgado a las empresas de propiedad estatal, y los trabajadores que no habían desertado de las fábricas durante los peores tiempos perdieron sus empleos. Los bancos estatales utilizaron sus escasos recursos para estimular a la iniciativa privada con créditos. El Comité Central le aseguró al Partido que, no obstante todo ello, el Estado, al conservar «los altos puestos de mando» de la industria en gran escala, sería capaz en todo caso de controlar la economia nacional. Pero los «altos puestos de mando» tenían un aspecto triste y poco prometedor: la industria de propiedad estatal se hallaba paralizada mientras el comercio privado empezaba a florecer. Entonces Lenin invitó a los antiguos concesionarios e inversionistas extranjeros a que volvieran a hacer negocios en Rusia, y sólo porque los inversionistas no respondieron dejó de reaparecer un importante elemento del capitalismo. Pero, ¿qué sucederia, se preguntaban los bolcheviques, sí los concesionariosse decidieran al fin y al cabo a aceptar la invitación? Mientras tanto, el «nepista» crecía lleno de confianza en sí mismo, se enriquecía en las ciudades hambrientas y se mofaba de la revolución. En el campo, el kulak trataba de poner nuevamente bajo tu férula al campesino asalariado; y aquí y allá él y sus subordinados empezaban a dominar el Soviet rural, mientras su hijo se hacía cabecilla en la filial local de la Juventud Comunista. En las universidades. profesores y estudiantes llevaban a cabo manifestaciones y huelgas anticomunistas, y los comunistas eran golpeados por cantar La Internacional, el himno de la revolución ¿Dónde terminarla la retirada? La Oposirión Obrera se lo preguntó a Lenin durante las sesiones del Comité Central y en las asambleas públicas. Una y otra vez Lenin prometió ponerle término a la retirada, y una y otra vez los acontecimientos lo obligaron a retirarse más aún. Los idealistas se escandalizaron. Desde las filas se hicieron acusaciones de «traición». A menudo un obrero, veterano de las Guardias Rojas, se presentaba ante su comité del Partido, rompía con indignación su carnet de miembro y se lo arrojaba a la cara al Secretario. A tal grado era esto característico de la época, que la descripción de tales escenas puede hallarse en muchas novelas contemporáneas y los jefes del Partido se refirieron a ellas con indisimulada preocupación.

En medio de todo cite desaliento, parecía que la revolución sólo podía apoyarse en la Vieja Guardia, en su fe indomeñable y en su voluntad de hierro. Pero, ¿podía hacerlo, en efecto?

Isaac Deutscher. El profeta desarmado, 1959