Medianoche en el siglo

En la primera fase del culto a la personalidad de Stalin, este venía acompañado, a otro nivel, de los miembros del CC ya purgado, mientras se simbolizaba la pretendida continuidad con Lenin.
La consagración de la burocracia en el poder con un programa propio y una pespectiva internacional que sacrificaba el movimiento de clase a sus intereses locales, no fue precisamente tranquila. Como hemos visto en parte a través del testimonio de Ciliga, la falta de claridad de la oposición en general y de Trotski en particular tampoco ayudaban.

Nadie quería ver el mal en todo su tamaño. Que la contrarrevolución burocrática había llegado al poder y que un nuevo Estado despótico salía de nuestras manos para aplastarnos reduciendo al país al silencio absoluto, nadie, nadie de nosotros quería admitirlo. Desde el fondo de su exilio de Alma Ata, Trotsky sostenía que aquel régimen seguía siendo el nuestro, proletario, socialista, aunque enfermo; el partido que nos excomulgaba, nos encarcelaba, empezaba a asesinarnos, seguía siendo el nuestro y seguíamos debiéndole todo; no había que vivir sino por él, no pudiendo servir a la revolución sino por él. Estábamos vencidos por el patriotismo del partido; suscitaba nuestra rebeldía y nos levantaba contra nosotros mismos.

Memorias de un revolucionario. Victor Serge, 1941

A partir de 1928 los picos represivos y las matanzas, primero de opositores, luego de grupos dentro de la propia burocracia en el poder y finalmente de segmentos enteros de la clase y hasta de grupos étnicos, van a crecer en hasta eliminar cualquier atisbo de esperanza. Los desastres de la la colectivización mezclarán la represión política y la social en un crescendo que acabará en millones de muertos.

Terror en los más pequeños pueblecitos. Hubo hasta trescientos focos de sublevación campesina a la vez en la Eurasia soviética. En trenes llenos, los campesinos deportados partían hacia el Norte glacial, los bosques, las estepas, los desiertos, poblaciones despojadas de todo; y los viejos reventaban en el camino, enterraban a los recién nacidos en los taludes de las carreteras, sembraban en todas las soledades pequeñas cruces de ramas o de leña blanca. Algunas poblaciones, arrastrando en carricoches todo su pobre haber, se lanzaban hacia las fronteras de Polonia, de Rumanía, de China y pasaban –no enteras, claro– a pesar de las ametralladoras. En un largo mensaje al gobierno, de noble estilo, la población de Abjasia solicitó autorización para emigrar a Turquía. He visto y sabido tantas cosas sobre el drama de aquellos años negros que necesitaría todo un libro para dar testimonio de ellas. Recorrí varias veces la Ucrania hambrienta, la Georgia en duelo y duramente racionada, viví un tiempo en Crimea durante el hambre, viví toda la miseria y la ansiedad de las dos capitales sumidas en la indigencia, Moscú y Leningrado. ¿Cuántas víctimas produjo la colectivización total, resultado de la imprevisión, de la incapacidad y de la violencia totalitarias?

Un científico ruso, el señor Prokopóvich , hizo el siguiente cálculo según las estadísticas soviéticas oficiales –en los tiempos, por lo demás, en que se encarcelaba y se fusilaba a los estadísticos: hasta 1929, el número de hogares campesinos no cesa de crecer: 1928: 24.500.000 hogares. 1929: 25.800.000 hogares. Al terminar la colectivización en 1936, no hay ya más que 20.300.000 hogares: en seis años cerca de cinco millones de familias han desaparecido.

Los transportes se agotaban, todos los planes de la industrialización eran trastornados para hacer frente a las nuevas necesidades. Era, según una frase justa de Boris Souvarine , «la anarquía del plan». Ingenieros agrónomos y científicos denunciaban valerosamente los errores y los excesos; los detuvieron por millares, les hicieron grandes procesos de sabotaje para desviar hacia alguien las responsabilidades. El rublo se desvanecía: fusilaron a los acaparadores de moneda-plata (1930). Crisis de la industria hullera y proceso de sabotaje de Shakty , cincuenta y tres técnicos acusados, ejecuciones (1928). Faltaba la carne naturalmente: ejecución del profesor Karatiguin y de sus cuarenta y siete coacusados10 por sabotaje del abastecimiento de carne. Ejecución sin proceso. El día de la matanza de aquellos cuarenta y ocho, Moscú recibía a Rabindranath Tagore11 y se hablaba abundantemente, en una hermosa velada oficial, del nuevo humanismo. En noviembre de 1930, proceso del «partido industrial» del que reconocía ser el líder el ingeniero-agente provocador Ramsin (indultado); reconocía haber preparado una intervención militar contra la URSS en Londres, París, Varsovia. Delirio, cinco fusilados. En la misma época, un «partido campesino», con los profesores Makárov y Kondrátiev, adversarios de la colectivización total, es liquidado en las tinieblas. Proceso delirante de los viejos socialistas (menchevizantes) de la Comisión del Plan, Groman, Guinzburg, el historiador Sujánov, Rubin, Sher… Proceso secreto de los funcionarios de la Comisaría de Finanzas, Iurovski y otros. Proceso secreto de los bacteriólogos. Varios de ellos muertos en la cárcel. Ejecución de los treinta y cinco dirigentes de la Comisaría de Agricultura, todos acusados de sabotaje; entre ellos, varios comunistas conocidos (Connor, Wolfe, vicecomisarios del pueblo, Kovarski). Proceso secreto de los físicos y deportación del académico Lazárev. Proceso secreto de los historiadores Tarlé, Platónov, Karéiev…

No puedo, en estas páginas de recuerdos, dar un testimonio completo sobre estos acontecimientos y el ambiente aterrador en el que se desarrollaron16. Conocía a intelectuales de todas las categorías, estaba ligado por una vieja simpatía con varios de los acusados y de los desaparecidos de aquellos dramas. Sólo quiero consignar aquí algunos hechos:

  • La acusación de sabotaje dirigida contra millares, incluso decenas de millares de técnicos, era en general una calumnia monstruosa únicamente justificada por la necesidad de encontrar responsables de una situación económica que se había hecho insostenible. El estudio detallado de una multitud de casos lo demuestra irrefutablemente.

    Además se apeló constantemente al patriotismo de los técnicos para arrancarles confesiones. Todo sucedía en la industrialización en medio de tal despilfarro y bajo un régimen autoritario tan intratable que era posible encontrar «sabotaje» en cualquier parte, en cualquier momento. Podría citar ejemplos innumerables. Mi cuñado difunto, el ingeniero-constructor Jayn, diplomado en Lieja, construía un gran sovjoz no lejos de Leningrado. Me decía: «En verdad, no debería construir. Me faltan materiales, llegan tarde, son de una calidad lamentable. Si me niego a trabajar en esas condiciones insensatas, me llamarán contrarrevolucionario y me enviarán a un campo de concentración. Construyo pues como puedo, con lo que consigo, pues todos los proyectos están falseados, y un día u otro puedo ser acusado de sabotaje. Estaré retrasado con respecto al plan, lo que permitirá una vez más acusarme de sabotaje. Cuando dirijo informes detallados a mis dirigentes, me responden que tomo contra ellos precauciones burocráticas y que vivimos en una época de lucha encarnizada: ¡su deber es superar los obstáculos!». Caso típico. (…)

  • El «partido industrial» –como el «partido campesino» de los grandes agrónomos– no fue sino una invención policial sancionada por el Buró Político. (…) Muchos fueron castigados por haber previsto en realidad las consecuencias desastrosas de ciertas decisiones del gobierno. El viejo socialista Groman fue detenido después de un vivo altercado con Miliutin en la Comisión del Plan. Groman, con los nervios deshechos, gritaba que llevaban al país al abismo.
  • Aunque había espionaje extranjero, los complots de los técnicos con los gobiernos de Londres, París, Varsovia y la Internacional Socialista existían únicamente en la psicosis del complot y de la impostura política.(…)
  • El Buró Político sabía exactamente la verdad. Los procesos sólo le servían para manipular la opinión en el interior y en el extranjero. (…)
  • Viví durante años en el ambiente de aquellos procesos. Cuántas veces oí a parientes o amigos de acusados comentar sus confesiones con un estupor desesperado: «¿Pero por qué miente así?». He oído discutir en detalle tales o cuales puntos de la acusación que nunca resistían a un análisis. Nadie, por lo menos en la sociedad instruida, creía en esas comedias judiciales cuyo objeto se veía perfectamente. El número de técnicos que se negaban a confesar y desaparecían en las cárceles sin proceso era por lo demás mucho mayor que el de los acusados complacientes. La Guepeú sabía sin embargo quebrantar las resistencias. Conocí a hombres que habían pasado por «el interrogatorio ininterrumpido» durante veinte o treinta horas, hasta el agotamiento completo de las fuerzas nerviosas. Otros a los que habían interrogado bajo amenaza de ejecución inmediata. Recuerdo a los que, como el ingeniero Jrennikov, murieron «en el transcurso de la instrucción». Palchinski, tecnócrata, acusado de sabotaje en la industria próspera del oro y del platino, había sido matado de un tiro de revólver por el juez de instrucción al que acababa de abofetear. Después se le declaró fusilado, con Von Mekk, viejo administrador de los ferrocarriles, cuya probidad era reconocida por Rykov, presidente del Consejo de los Comisarios del Pueblo, prometiendo su liberación.
  • Yo estaba muy ligado a varios colaboradores científicos del Instituto Marx-Engels, dirigido por David Borísovich Riazánov, que había hecho de él un establecimiento científico de gran clase. Riazánov, uno de los fundadores del movimiento obrero ruso, alcanzaba hacia los sesenta años la cúspide de un destino que podría parecer un éxito excepcional en tiempos tan crueles. Había consagrado una gran parte de su vida al estudio más escrupuloso de la biografía y de los textos de Marx –y la revolución lo colmaba; en el partido, su independencia de espíritu era respetada. Era el único que había elevado incesantemente su voz contra la pena de muerte, incluso durante el terror, reclamando sin cesar la estricta limitación de los derechos de la Cheka y luego de la Guepeú. Los heréticos de todas clases, socialistas, mencheviques u opositores de izquierda o de derecha, encontraban paz y trabajo en su Instituto, con tal de que tuviesen amor al conocimiento. Seguía siendo el hombre que había dicho en plena conferencia: «Yo no soy de esos viejos bolcheviques a los que durante veinte años Lenin trató de viejos imbéciles…». Me había encontrado con él varias veces: corpulento, de brazos fuertes, barba y bigote tupidos y blancos, mirada tensa, frente olímpica, temperamento tormentoso, palabra irónica… Naturalmente detenían a menudo a sus colaboradores heréticos y él los defendía con circunspección. Tenía entrada en todas partes, los dirigentes temían un poco su hablar franco. Acababan de consagrar su fama festejando sus sesenta años y su obra, cuando el arresto del menchevizante Sher, un intelectual neurótico, que hizo inmediatamente todas las confesiones que tuvieron a bien dictarle, puso a Riazánov fuera de sí. Habiéndose enterado de que montaban un proceso contra viejos socialistas imponiéndoles confesiones grotescamente monstruosas, Riazánov se sulfuró, repitió ante miembros del Buró Político que era deshonrar al régimen, que todo aquel delirio organizado no tenía pies ni cabeza y que Sher, además, estaba medio loco. Durante el proceso llamado del «Centro Menchevique», el acusado Rubin, protegido de Riazánov, pone de pronto a este en tela de juicio y lo acusa de haber ocultado en el Instituto documentos elaborados por la Internacional Socialista sobre la guerra contra la URSS. Todo lo que se decía en la audiencia estaba concertado de antemano; aquella revelación sensacional tenía lugar por una orden. Convocado esa misma noche el Buró Político, Riazánov tuvo un violento altercado con Stalin. «¿Dónde están los documentos?», gritaba el secretario general. Riazánov respondía con violencia: «¡No los encontrarán en ninguna parte a menos que los traigan ustedes mismos!». Fue detenido, encarcelado, deportado a pequeñas ciudades del Volga, condenado a la miseria y a la decadencia física; los bibliotecarios recibieron la orden de expurgar de las bibliotecas sus obras y sus ediciones de Marx. Para quien conoce la política de la Internacional Socialista y el carácter de sus dirigentes, Fritz Adler, Vandervelde, Abrámovich, Otto Bauer, Bracke, la acusación forjada es de un grotesco absolutamente inverosímil. Si hubiera habido que admitirla, Riazánov, traidor, merecía la muerte; se limitaron a exiliarlo. Al escribir este libro me entero de que murió hace un par de años (¿en 1940?) en la soledad y el cautiverio, nadie sabe exactamente dónde.

Memorias de un revolucionario. Victor Serge, 1941

Comité Central bolchevique de 1917. En 1937 solo quedaba Stalin. De 26 miembros, 13 fueron fusilados o asesinados por el stalinismo. Otro, Joffe, se suicidó en 1927 en protesta por los atropellos de Stalin contra los dirigentes de la izquierda.
Serge prosigue con la serie inacabable de procesos, desapariciones, muertes sumarias de dirigentes. La burocracia se está dando forma a sí misma, creando un lenguaje a su medida, destruyendo los significados de todo. No queda ya más que Stalin del viejo Comité Central que había hecho la revolución.

Los hitos de la contrarrevolución prosiguen: el 1928 el VI Congreso de la Comintern convierte en universal el insensato «giro izquierdista» que ha llevado a la matanza de Cantón. Su efecto en Alemania será el golpe final al movimiento revolucionario del proletariado alemán ya muy debilitado por las derrotas del 19 al 26. Los militantes del KPD, atados a los «socialistas independientes» por mor de la consigna de convertirse en «partido de masas», desnortados políticamente, no podían ser un freno al desarrollo del nazismo. No, porque deberían haberse unido a la socialdemocracia, como pensaba Trotski, sino simplemente porque Moscú les empujaba al aventurerismo y al efectismo continuamente para recuperar peso internacional… y no hay nada peor para el desarrollo de la conciencia que las consignas maximalistas en momentos de retroceso.

Como vimos en el caso chino y en el curso anterior en el español, la derrotas del proletariado y la práctica desintegración de los partidos comunistas oficiales que le siguió, solo llevó al estalinismo a modificar la composición de clase de estos y buscar alianzas políticas con los sectores de la burguesía que pudieran alinearse en lo único importante para ellos: la seguridad del estado ruso. Eso es lo que generalizará el VII y último congreso de la Internacional con los frentes populares: la alianza, país a país, con los sectores «democráticos» de la burguesía y la defensa del estado burgués democrático, propiedad privada incluida y a penas decorada por un falso reformismo estatalizante.

Como en todo este proceso, cada avance de la contrarrevolución fuera de Rusia va acompañado de un avance de la burocracia dentro de Rusia. 1936 es el año en que el stalinismo aprueba una Constitución soviética a su medida. Hecho relevante, desaparecen los soviets que a partir de ahora ya no son asambleas de delegados obreros libremente electos y revocables, sino que aúnan solo a representantes de los sindicatos y organizaciones sectoriales del partido único. Era solo un reconocimiento legal, los soviets llevaban muertos mucho tiempo, pero atreverse a escribirlo y proclamarlo es sintomático de la seguridad que la burocracia en sí misma por esas fechas.

Estamos en la época en la que las «minorías» pasan a ser consideradas sujetos políticos y por tanto potenciales objetos de represión. El concepto de «minoría» no está restringido a las minorías nacionales, se hace extensivo a grupos masivos de trabajadores. Un ejemplo: en 1935 se acaba de construir el ferrocarril transmanchuriano. Unos 25.000 trabajadores, familias enteras que habían sido deportadas para su construcción, sobreviven a la obra. Cientos, tal vez miles, han muerto de hambre, agotamiento o frío en esta línea que se considera estratégica y que ha estado en el corazón de las consideraciones y vaivenes sobre China en 1929. Pero en 1932 los japoneses crean el «Manchukuo» sobre sus conquistas chinas: un estado títere a cuya cabeza ponen a PuYi, el último descendiente de la dinastía mongol. En 1935 y Stalin decide vender al Manchukuo el ferrocarril y su gestión. Los trabajadores vuelven saludados como héroes por el camino. El régimen tapaba así, festejando a los trabajadores, una retirada ante el imperialismo japonés. Pero en septiembre aparecen las dudas. ¿Qué contarán y qué efecto tendrá lo que cuenten? Se emite la orden 00593 de «operaciones nacionales». Los 25.000 supervivientes -hombres, mujeres y niños- serán considerados una «minoría». La orden se define como «gran campaña para arrestar y eliminar» a estos miles de supuestos «espías germano japoneses». Las operaciones comienzan el 1 de octubre de 1937 y se prolongarán hasta noviembre del 38. En el proceso, que se extiende por toda la URSS, algunos consiguen escapar o librarse. Todavía hoy siguen apareciendo cadáveres y fosas.

Mientras, el despliegue de la política de frente popular en España, la aceptación por una clase obrera derrotada de que la dicotomía fascismo-democracia había sustituido a la alternativa histórica burguesía-proletariado y la matanza subsiguiente fue el último gran acto de la contrarrevolución mundial y abrió las puertas finalmente a una nueva guerra imperialista mundial.

Ribbentrop y Stalin en la propaganda nazi, que saludó a este como una «inspiración» y mostró orgullosa la nueva alianza.
Habría sin embargo una última demostración del significado del «socialismo en un solo país». En 1939 Stalin y Hitler aprueban una alianza de facto: el «pacto Ribbentrop-Mólotov» por el que se dividen Polonia, Finlandia y Bielorrusia y comienzan una colaboración que llevará a decenas de comunistas alemanes refugiados en Moscú a ser entregados a la Gestapo. Cuando Alemania invade Francia y Bélgica, los Partidos comunistas se abstienen y comienzan a tener una posición activa contra todo tipo de huelgas en las zonas ocupadas. Son consignas de Moscú. Es plenamente coherente con la doctrina del «socialismo en un solo país» y así lo teorizan: era su forma de contribuir a defensa de la «patria socialista» cuyo pacto de no-agresión no debía verse en peligro por ningún movimiento obrero en el resto del mundo.

Cuando finalmente Alemania invada la URSS, sobrevendrá un último giro: el llamamiento a los trabajadores de los países aliados a alistarse en los ejércitos de sus burguesías. Era la vuelta definitiva y evidente al punto original: la traición de la II Internacional en 1914 y su colaboración en la guerra imperialista con la burguesía. Natalia Sedova, esposa de Trotski, Bejamin Peret o G. Munis asegurarán después que este era el momento que Trotski estaba esperando para denunciar al estado y la burocracia rusas como definitivamente burguesas.

Pero si echamos la vista atrás nos damos cuenta de que en la base, desde el comité anglosoviético a las huelgas francesas de 1940, pasando por la revolución china y España, está una y otra vez el famoso «socialismo en un solo país». Si el socialismo es la misión histórica del proletariado y este puede construirse en un solo país, los trabajadores del resto del mundo deben «apoyar incondicionalmente» al «estado proletario». No es ya solo que se reconozca así una posible oposición de intereses entre entre la revolución mundial y el estado «soviético», es que se teoriza y se practica la supeditación y el sacrificio de la revolución -y las masas trabajadoras- al encaje del estado y la burocracia rusas en la burguesía mundial, convirtiendo lo que queda de la Internacional y de los Partidos comunistas en los agentes y protagonistas directos de la contrarrevolución, enfrentados a cualquier movimiento de clase independiente. Todo con tal de evitar que el movimiento obrero pueda llevar a una burguesía nacional a enemistarse con el estado ruso. Ni hablemos por tanto de convertir la guerra imperialista en revolución, la vieja consigna de Liebknecht, Luxemburgo y Lenin… los partidos estalinistas en Francia, Italia y tantos otros países fusilarán y masacrarán huelguistas e internacionalistas como habían hecho ya en la España de 1937.