Octubre

El anochecer del 24 de octubre el gobierno provisional tenía a su disposición poco más de 25.000 hombres. Un día después, cuando los preparativos estaban ya en marcha para asaltar el Palacio de Invierto, los bolcheviques habían reunido unos 20.000 guardias rojos, marineros y soldados ante el último refugio del gobierno provisional. Pero en el palacio no quedaban más de 3.000 defensores, muchos de los cuales habían abandonado sus posiciones durante la noche. Gracias a la superioridad abrumadora de los bolcheviques no hubo batallas graves en la capital del 24 al 26 de octubre, y el número total de bajas entre ambos lados no superó los 15 fallecidos y 60 heridos.

Durante estas horas críticas en las que todos los puntos estratégicos de la ciudad pasaron a control bolchevique -centralitas de telégrafo y telefonía, puentes, estaciones de ferrocarril, el Palacio de Invierno, etc.- Petrogrado en su conjunto continuó su vida normal.

La mayoría de los soldados permanecieron en sus cuarteles, las plantes y fábricas siguieron trabajando y en las escuelas no se interrumpieron las clases. No hubo huelgas ni manifestaciones masivas como las que habían acompañado a la Revolución de febrero. Los cines -que en la época se llamaban «cinematógrafos»- estaban llenos, los teatros dieron sus funciones y la gente paseó como siempre por la Avenida Nevski. La persona apolítica media probablemente ni se dio cuenta de los hechos históricos que estaban ocurriendo; incluso las líneas de tranvías, la principal forma de transporte de la época- siguieron en servicio con normalidad. Fue en uno de esos tranvías que Lenin, disfrazado y acompañado de su guardaespaldas Eino Rahya, viajó al Insituto Smolny a última hora del día 24.

Uno de los tranvías que recorrían la Avenida Nevski
Así es como el historiador «disidente» Roy Medvedev describe la Revolución de octubre. Esta imagen de Lenin yendo a la revolución en tranvía también concuerda con a mirada de Trotski sobre aquellos momentos.

Casi no hubo manifestaciones, combates callejeros, barricadas, todo lo que se entiende normalmente por «insurrección»; la revolución no necesitaba resolver un problema ya resuelto. La toma del aparato gubernamental podía efectuarse a través de un plan, con ayuda de destacamentos armados poco numerosos, a partir de un centro único. Los cuarteles, la fortaleza, los depósitos, todos los establecimientos donde actuaban los obreros y soldados podían ser tomados desde el interior mismo. Pero ni el palacio de Invierno, ni el Preparlamento, ni el Estado Mayor de la región, ni los ministerios, ni las escuelas de junkers podían ser tomados desde el interior. Igualmente en lo que se refiere a los teléfonos, los telégrafos, el correo, el Banco del Estado: los empleados de esos establecimientos, aunque pensaban poco en la combinación general de fuerzas, eran sin embargo los dueños detrás de esos muros, que además estaban muy protegidos. Había que penetrar desde fuera hasta las altas esferas de la burocracia. Aquí la violencia sustituía a la ocupación a través de medios políticos. Pero como la pérdida reciente por parte del gobierno de sus bases militares había hecho casi imposible la resistencia, estos últimos puestos de mando fueron tomados en general sin choques.

Pero, con todo, esto no se realizó sin algunos combates: hubo que tomar por asalto el palacio de Invierno. Pero el hecho mismo de que la resistencia del gobierno se limitara a la defensa del palacio define claramente el lugar que el 25 de octubre ocupa en el desarrollo de la lucha. El palacio de Invierno aparece de este modo como el último reducto de un régimen políticamente deshecho y definitivamente desarmado durante los últimos quince días.

León Trotski. Historia de la Revolución rusa

Cartel de «Octubre» (1927)
Las clases privilegiadas rusas habían esperado una orgía de saqueos y asesinatos, anarquía política y colapso de la moralidad humana. En vez de eso se enfrentaron a una transición ordenada que debió ser mucho más terrorífica para ellos. Las masas proletarias habían mostrado que no tenían necesidad de gobernantes y que podían encontrar sus propias formas de gobierno. Por supuesto esto se convirtió después, en manos de los historiadores de nuestra clase enemiga, en una crítica pues retrataron la revolución proletaria solo en los términos de su acto final. Pudieron así hacer correr la leyenda de que se trató simplemente de un «putsch», un golpe de estado de un pequeño grupo de fanáticos que las masas siguieron sentadas, pasivas, desde fuera. Es sorprendente que esa especie no haya colapsado bajo el peso de su propio absurdo. Aparte del hecho de que el Partido bolchevique tenía 300.000 miembros o del hecho de que tenía el apoyo activo de casi cada soldado en Petrogrado (unos 300.000 hombres), ¿cómo iba a ser posible para los bolcheviques discutir públicamente, en la prensa, la toma del poder durante los quince días que precedieron al gobierno provisional y que lo leyera todo el mundo si fuera así?

Establecer la naturaleza proletaria de la Revolución de Octubre no es nuestro objetivo en este curso, lo damos por hecho. Lo que es necesario es atender a las circunstancias bajo las que la revolución tuvo lugar, examinar no solo cómo el proletariado hizo del Partido bolchevique su instrumento sino también cómo las tácticas de los bolcheviques fueron puestas a prueba en la compleja situación de septiembre y octubre de 1917.

La suerte del orden burgués en Rusia quedó echada desde el momento en el que los ejércitos del Kaiser ocuparon Riga en agosto de 1917. En vez de las victorias prometidas, los alemanes tenían el camino abierto a Petrogrado. Lenin, sin embargo, había argumentado a favor de la insurrección desde el momento en que se dio cuenta de que los otros partidos autodenominados socialistas -los mencheviques y los eseristas- fieles a su teoría de apoyar al sistema burgués, no pretendían apoyar al poder de los soviets.

Pero el Comité Central bolchevique parecía ignorar sus cartas. Y lo que era peor, mientras permanecía en la clandestinidad, el Comité Central bolchevique parecía deslizarse hacia los intentos de Kerenski de apuntalar su gobierno tambaleante. En las postrimerías de la derrota de Kornílov el gobierno provisional convocó una pretendida «Conferencia Democrática» para intentar concentrar a los partidos representados en el Soviet alrededor del gobierno burgués. Para horror de Lenin el Comité Central bolchevique cayó en la treta y participó en esta charada -Lenin solo salvó a Trotski y le felicitó especialmente por haber defendido el boicot de la asamblea de Kerenki. Además, estuvieron de acuerdo en participar en el denominado «Preparlamento» (o «Anteparlamento» en las traducciones rusas) con el que Kerenski tenía la esperanza de poder legitimar la posición de su gobierno no electo.

Lenin respondió en un texto llamado «Del diario de un Publicista» en el que denunciaba al Comité Central:

Está fuera de toda duda que en «las altas esferas» de nuestro Partido se observan vacilaciones que pueden ser funestas, pues la lucha se desarrolla y, en determinadas condiciones, las vacilaciones son capaces, en cierto momento, de echar a perder la obra. Antes de que sea atarde, hay que emprender la lucha con todas las fuerzas y defender la línea justa del partido del proletariado revolucionario.

No todo marcha bien en las altas esferas «parlamentarias» de nuestro Partido; hay que prestarles mayor atención, hay que aumentar su fiscalización por los obreros; hay que determinar con mayor rigor las atribuciones de las minorías parlamentarias.

El error de nuestro Partido es evidente. Los errores no son terribles para el partido combatiente de la clase avanzada. Lo terrible sería empecinarse en el error, sentir falsa vergüenza de reconocerlo y corregirlo.

Lenin. Diario de un publicista, los errores de nuestro Partido, 24 de septiembre de 1917

Trotski, Kamenev y otros dirigentes bolcheviques en las gradas del Segundo Congreso Panruso de los Soviets en octubre.
No solo los líderes bolcheviques alrededor de Kamenev persistían en los errores sino que los habían empeorado al suprimir todas las críticas de Lenin a su acercamiento a la Conferencia Democrática y la futura insurrección.

A pesar que Lenin escribió miles de palabras para estimularles a la acción, se aseguraron de que los pasajes clave fueran eliminados. Frustrado Lenin envió finalmente su dimisión al Comité Central pero «reservándome la libertad para hacer campaña en contra desde la base».

Aunque el Comité Central ni siquiera discutió su carta de dimisión, prohibió a Lenin mantener correspondencia privada con indiviudos que estuvieran en otras organizaciones del Partido.. Esto revela de nuevo que Lenin no era una figura aislada luchando contra un partido mediocre como todas las historias (burguesas, stalinistas, etc.) de la Revolución rusa señalan. Su lucha fue contra un liderazgo del partido que se se preocupaba más de la supervivencia del Partido que de la victoria de los trabajadores. Una vez que el resto del Partido se diera cuenta seguiría a Lenin. El mejor ejemplo de esto fue el comité de Petrogrado. Cuando descubrió que la discusión había sido censurada se enfureció con el Comité Central.

De hecho la discusión realmente interesante sobre la necesidad de la insurrección había tenido lugar en el Comité de Petrogrado. Ahí no había ningún Jamenev queriendo un acuerdo con los mencheviques y que no aceptara realmente la orientación internacionacionalista de los bolcheviques. Esta se había desarrollado a partir de las conferencias de Zimmerwald y Kienthal a principios de la Primera Guerra Mundial y habían tomado una nueva forma programática a partir de «El Imperialismo fase superior del capitalismo» de Lenin. La cuestión internacional era ahora obvia en las preocupaciones de los bolcheviques en Petrogrado. En el debate sobre la necesidad de la insurrección el oponente más coherente de Lenin fue Volodarski. Señalaba el carácter atrasado de Rusia e insistía en que los bolcheviques debían ganar tiempo porque la Revolución rusa podía tener éxito solo si triunfaba en el marco de una revolución mundial. Los seguidores de Lenin estaban de acuerdo en que la Revolución rusa dependía del destino de la Revolución mundial. Pero argumentaron que el proletariado en la Rusia atrasada tenía una oportunidad de la que no había disfrutado la clase obrera en ningún otro lugar. Los trabajadores rusos debían tomar el poder y mantenerlo mientras se desarrollaba la Revolución europea.

Este argumento a favor de no retrasar aun más la insurrección fue el que ganó en aquel momento. Lenin había consagrado la posición internacionalista en «La crisis ha madurado». Este texto, como muchos otros escritos en este periodo, merece ser leído en su totalidad, aunque nos contentaremos con solo unas líneas que señalan la esencia internacionalista del bolchevismo -el factor que lo distinguió para la clase trabajadora en la Primera Guerra Mundial.

Es indudable que las postrimeras de septiembre nos han aportado un grandioso viraje en la historia de la revolución rusa y, al parecer, de la revolución mundial.

La revolucion obrera mundial comenzó con las acciones de hombres aislados, que representaban con abnegada valentia todo lo honesto que había quedado del podrido «socialismo» oficial, el cual es, en realidad, socialchovinismo. Liebknecht en Alemania, Adler en Austria y Maclean en Inglaterra son los nombres mas conocidos de estos heroes individuales que han asumido el difícil papel de precursores de la revolución mundial.

La segunda etapa en la preparación histórica de esta revolución fue la vasta efervescencia de las masas, plasmada en la escisión de los partidos oficiales, en la edición de publicaciones clandestinas y en las manifestaciones callejeras. A medida que se intensificaba la protesta contra la guerra fue aumentando el numero de victimas de las persecuciones gubernativas. Las cárceles de los países celebres por su legalidad e incluso por su libertad -Alemania, Francia, Italia e Inglaterra- empezaron a llenarse de decenas y centenas de internacionalistas, de enemigos de la guerra, de partidarios de la revolución obrera.

Ha llegado ahora la tercera etapa, que puede ser denominada víspera de la revolución. Las detenciones en masa de los lideres del partido en la libre Italia y, sobre todo, el comienzo de las sublevaciones militares en Alemania son síntomas seguros del gran viraje, síntomas de la víspera de la revolución a escala mundial.

Es indudable que en Alemania hubo también antes motines aislados entre las tropas; pero eran tan insignificantes, tan desperdigados y tan débiles que se conseguía sofocarlos y silenciarlos, radicando en ello el factor principal que permitía cortar el contagio masivo de las acciones sediciosas. Por ultimo, en la marina maduro asimismo un movimiento de este carácter, que ya no pudo ser ni sofocado ni silenciado, pese incluso a todos los rigores del regimen presidiario militar alemán, concebidos con precision inusitada y observados con increíble pedanteria.

Las dudas estan descartadas. Nos encontramos en el umbral de la revolución proletaria mundial. Y por cuanto nosotros, los bolcheviques rusos, somos los únicos entre los internacionalistas proletarios de todos los paises que gozamos de una libertad relativamente inmensa, que contamos con un partido legal y unas dos docenas de periódicos, que tenemos a nuestro lado a los Soviets de diputados obreros y soldados de las capitales y la mayoría de las masas populares en un momento revolucionario, puede y debe aplicársenos las conocidas palabras: «a quien mucho se le ha dado, mucho se le exige».

Lenin. La crisis ha madurado. 29 de septiembre de 1917

Cartel de «Octubre» (1927)
Fue el argumento que ganó al partido y el 10 de octubre, el Comité Central votó aceptar en principio la idea de organizar la insurrección. No fue simplemente la victoria de un hombre o incluso de un partido, sino para la clase obrera internacional. El problema ahora era cómo podía tener lugar una insurrección.

Como mostramos en el capítulo anterior, los bolcheviques ganaron un enorme apoyo para sus políticas tiempo antes de que el Segundo Congreso Panruso de los Soviets fuera convocado. De hecho, el 80% de los delegados obreros en ese cuerpo apoyaban a los bolcheviques. Sin embargo, esto no significa que el proletariado estuviera imbuido de una conciencia comunista ya que esto hubiera sido imposible bajo las condiciones que prevalecían entonces. Lo que tenían eran demandas concretas que se iban acumulando conforme se desarrollaba 1917. Querían el fin de la guerra y de las miserias asociadas a ella: los racionamientos de comida y la inflación.

Habían visto que la coalición con el gobierno provisional burgués solo daba continuidad a la guerra. Además, los alemanes continuaban avanzando cada vez más cerca de Petrogrado y se creía ampliamente que Kerenski jaleaba la idea de permitir que cayera en manos enemigas para que la revolución pudiera ser aplastada. Todo esto quiere decir que los bolcheviques estaban destinados a ver incrementado su apoyo pues eran el úlnico partido que se oponía a la guerra sin ambigüedades y que había hecho desde tiempo atrás un llamamiento a «Todo el poder para los Soviets». En octubre de 1917 estas cuestiones se ligaron unas a otras cuando los cuarteles votaron uno tras otro no obedecer las órdenes de marchar al frente y escuchar solo a los soviets. Una resolución típica entre estas fue la de los Guardias del Regimiento Egerski el 12 de octubre:

Sacar a la guarnición revolucionaria de Petrogrado es necesario solo para la burguesía privilegiada como un medio de ahogar la revolución… Declaramos a quién quiera escucharnos que, mientras rechazamos dejar Petrogrado, no obstante acataremos la voz de los líderes verdaderos de los trabajadores y campesinos pobres, es decir, el Soviet de delegados de trabajadores y campesinos. Le creeremos y le seguiremos porque todo lo demás es pura traición y una mofa de la revolución mundial.

Citado en «The Bolsheviks Come to Power» de Rabinowitch, p. 227

El acorazado Aurora, entrando por el Neva, iluminando la ciudad y tirando una serie de salvas fue la señal para el comienzo de la insurrección.
Esta resolución fue aprobada como parte de la lucha crítica final por el control de las fuerzas en Petrogrado. El 9 de octubre Trotski había sido capaz de hacer aprobar una resolución en el Soviet de Petrogrado que llamaba a la paz, el derrocamiento del gobierno Kerenski y, lo más significativo, proponía que la defensa de Petrogrado fuera asumida por el propio Soviet. Como resultado de la aprobación de esta propuesta se creó el famoso «Comité Militar Revolucionario» que había de coordinar en la práctica la toma del poder el 25 de octubre. Al contrario de lo que relatan los últimos mitos estalinistas, el comité no se puesto en marcha premeditadamente para coordinar la toma del poder. Solo se convirtió en eso porque los mencheviques rechazaron tomar parte en él. En consecuencia el comité estaba compuesto estaba compuesto solo por bolcheviques y eseristas de izquierda que estaban unidos sobre la necesidad de transferir el poder a los soviets. Además, la resolución para establecer el Comité Militar Revolucionario fue anterior al momento en que el Comité Central aceptó finalmente los argumentos de Lenin sobre la necesidad de tomar inmediatamente el poder. La prueba final de que el Comité Militar Revolucionario no estaba previsto que fuera el organizador de la Revolución de octubre fue que Lenin y la mayoría de los bolcheviques -excepción hecha de Trotski y Volodarski- pensaban en la propia organización de militares de los bolcheviques para hacer los preparativos. En cualquier caso, la Organización Militar Bolchevique, que había caído en el aventurerismo en julio, había sido tan severamente criticada en el partido que ahora no quería pillarse los dedos de nuevo. Sus preparativos fueron tan prudentes y cautos que al final jugaron un papel complementario más que de vanguardia.

La principal razón fue, como con tantas cosas en 1917, el deseo de la burguesía imperialista de continuar la guerra. La guerra había traído la caída del zarismo, traería finalmente el fin de la burguesía rusa y de sus perritos falderos socialdemócratas del menchevismo y el eserismo. En vista del hecho de que Kerenski necesitaba a la guarnición de Petrogrado en el frente y que las tropas no iban a ir, Kerenski estaba de hecho enfrentando un motín desde el momento en que las tropas se pusieron bajo el liderazgo del Comité Militar Revolucionario del Soviet. Cuando Kerenski y su comandante en jefe en Petrogrado, Polkovnikov, se dieron cuenta de esto, ya era demasiado tarde. El Comité Militar Revolucionario se las había arreglado para conseguir que se eligieran comisarios leales al Soviet en la mayoría de los regimientos. Cuando Kerenski se dio cuenta de que tenía demasiado pocas fiables en la capital telegrafió al frente pidiendo tropas, pero le respondieron que las tropas estaban tan «infestadas de bolcheviques» que rechazarían moverse si no se les decía el porqué. En breve el gobierno provisional estaba ya virtualmente paralizado. Cuando Kerenski actuó finalmente el 23 de octubre fue para dar la orden de arresto de todos los bolcheviques que estaban en libertad bajo fianza desde los días de julio -lo que incluía a los miembros militares del Partido- y para cerrar la prensa bolchevique por sedición. Bero para ejecutar esas medidas tenía que confiar en cadetes de las escuelas de oficiales, un batallón femenino de tropas de asalto y un regimiento de fusileros formado por heridos de guerra. La toma por la fuerza de la imprenta «Trud», donde se hacía el «Rabochii Put», un periódico bolchevique destinado a los obreros, fue la señal para que el Comité Militar Revolucionario reaccionaria. La imprenta estuvo pronto en manos de los trabajadores de nuevo y las tropas leales al Comité Militar Revolucionario persuadieron a aquellos que pensaban en secundar al llamamiento de Kerenski, de permanecer neutrales. Igual que había pasado ya durante el intento de golpe de Kornílov, las tropas que iban hacia la capital fueron convencidas de no ayudar a la contrarrevolución.

Militarmente no había obstáculos para una toma del poder por la clase obrera pero seguía abierto el cuándo y el cómo. Este debate, que se había propagado por el Partido bolchevique a lo largo del mes de septiembre, todavía no había sido resuelto a pesar del famoso voto del 10 de octubre. Mientras algunos miembros del Comité Militar Revolucionario querían el inmediato derrocamiento de Kerenski, otros bolcheviques veían todavía un levantamiento como erróneo o prematuro. Trotski resumió la situación correctamente:

El gobierno es impotente; nosotros no lo tememos porque tenemos la fuerza suficiente… Algunos de nuestros camaradas, como Kamenev y Riazanov, no están de acuerdo con nuestro juicio de la situación. En cualquier caso no nos estamos inclinando ni a la derecha ni a la izquierda. Nuestra línea táctica se ha desarrollado con las circunstancias. Crecemos más fuertes cada día. Nuestra tarea es defendernos y ampliar gradualmente nuestra esfera de autoridad para así construir unos cimientos sólidos para el próximo Congreso de los Soviets.

Citado por Rabinowitch, p. 253

No era como le hubiera gustado a Lenin, por supuesto. Después de siete semanas haciendo campaña por un levantamiento inmediato contra un enemigo derrotado, no podía contenerse. Por segunda vez en un mes desobedeció las instrucciones del Comité Central de permanecer escondido y tomó el famoso tranvía al cuartel general bolchevique en el Instituo Smolni. Ya había enviado un llamamiento a los niveles inferiores del Partido urgiéndoles a actuar ante el Comité Central. Era un resumen de todo lo que había defendido hasta entonces:

La historia no perdonará ninguna dilación a los revolucionarios que hoy pueden triunfar (y que triunfarán hoy con toda seguridad) y que mañana correrán el riesgo de perder mucho, tal vez de perderlo todo.

Si hoy nos adueñamos del Poder, no nos adueñamos de él contra los Soviets, sino para ellos.

La toma del Poder debe ser obra de la insurrección; su meta política se verá después de que hayamos tomado el Poder.

Aguardar a la votación incierta del 25 de octubre sería echarlo todo a perder, sería un puro formalismo; el pueblo tiene el derecho y el deber de decidir estas cuestiones no mediante votación, sino por la fuerza; tiene, en momentos críticos de la revolución, el derecho y el deber de enseñar el camino a sus representantes, incluso a sus mejores representantes, sin detenerse a esperar por ellos.

Así lo ha demostrado la historia de todas las revoluciones, y los revolucionarios cometerían el mayor de los crímenes, si dejasen pasar el momento, sabiendo que de ellos depende la salvación de la revolución, la propuesta de paz, la salvación de Petrogrado, la salida del hambre, la entrega de la tierra a los campesinos.

El gobierno vacila. ¡Hay que acabar con él, cueste lo que cueste!

Demorar la acción equivaldría a la muerte.

Lenin. Carta a los miembros del Comité Central, 24 de octubre de 1917

Comité Central bolchevique elegido tras la revolución de octubre de 1917. En 1937 solo quedaba Stalin. De 26 miembros, 13 fueron fusilados o asesinados por el estalinismo. Otro, Joffe, se suicidó en 1927 en protesta por los atropellos de Stalin contra los dirigentes de la izquierda.
Vio que las cosas se movían lo suficientemente rápido como para llevarlas a un desenlace y que Trotski estaba entre los más activos a la hora de asegurar la aceleración del proceso. Trotski además sabía algo que Lenin desconocía: la composición del Sengundo Congreso Panruso de los Soviets estaría abrumadoramente a favor del derrocamiento del gobierno provisional. Lenin temía que todavía pudiera contener suficientes mencheviques y eseristas como para posponer cualquier decision sobre el poder soviético hasta que se reuniera la Asamblea Constituyente, «que no puede sernos favorable de ninguna manera». Quería presentarles la toma del poder a los otros «partidos sociaistas» un hecho consumado, así, si los mencheviques rechazaban se mostrarían como burgueses frente a la clase trabajadora. Y de hecho, es prácticamente lo que ocurrió.

La Revolución de octubre ha sido calificada como la revolución mejor planificada de todos los tiempos. Un proletariado militante, forjado en la batalla y con su propio instrumento político, el Partido bolchevique, tomó el poder en la más ordenada de las acciones de masas de la Historia. Sin embargo, esto no debería oscurecer ciertos hechos que son característicos de la relación del partido y la clase. El Comité Central bolchevique nunca, en ningún momento, decidió la fecha de la insurrección. Fue siemplemente superado por la marcha de los acontecimientos y fue el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado -de mayoría bolchevique- quien dirigió el ataque final. Incluso entonces, el verdadero liderazgo del Partido bolchevique estaba en las calles y no en las salas del Instituto Smolny.

Cuando Kerenski envió cadetes a cerrar los puentes sobre el Neva para separar así el centro de Petrogrado de los barrios obreros del lado de Viborg, como había hecho ya en julio:

…fueron encarados por una multitud de ciudadanos, muchos de ellos armados. Forzados a abandonar sus armas, los cadetes fueron humillantemente escoltados de vuelta a su academia; en la medida en que se puede comprobar, esta acción tuvo lugar sin ninguna dirección específica del Comité Militar Revolucionario. De forma similar, tan pronto como la lucha por los puentes comenzó, Ilin-Zhenevski, también actuando por su cuenta, vio como los soldados de la guarnición tomaban el control de los puentes más pequeños de Grenadersky y Samsonevsky

Rabinowitch p.261

En pocas palabras, a pesar de toda la planificación y de todos los debates, la revolución no fue la obra de una minoría que lideraba a una mayoría pasiva. Los bolcheviques, como centro militar director no estaban tan bien preparados como las historias estalinistas han vendido. Su éxito real como liderazgo de la clase trabajadora consistió en imbuir al movimiento de masas de metas claras y asequibles.

El puente Liteini fue defendido por trabajadores actuando de acuerdo a su propia conciencia de la importancia de la situación, mientras que un bolchevique individual (Ilin-Zhenevsky) no esperaba instrucciones del «dentro», sino que podía actuar tomando su propia iniciativa de acuerdo con lo que la situación exigiese. Como hemos mostrado a través de este curso, la idoneidad de los bolcheviques para la tarea revolucionaria no fue el resultado de la supuesta infalibilidad de su estrategia y táctica sino, en que de hecho fue un partido auténticamente arraigado en la conciencia de lo más avanzado de la clase trabajadora, un partido capaz de aprender de sus errores. En este sentido fue el «organizador» del proletariado en la Revolución de octubre.

Sin esta dirección en términos generales de la vanguardia de clase, la Revolución de octubre habría sido otro un fracaso heroico más en una lista que ya es demasiado larga.

Segundo Congreso Panruso de los Soviets
La prueba final del liderazgo bolchevique de las masas vino en la forma de la lealtad de los delegados al Segundo Congreso Panruso de los Soviets que dio a los bolcheviques 300 delegados y a los eseristas 193 -la mitad de los cuales apoyaban el derrocamiento del gobierno provisional- mientras solo había 68 mencheviques de los cuales 14 eran «mencheviques internacionalistas» del grupo de Martov. El resto estaban en su mayoría no afiliados a ninguna organización pero, como mostraron pronto las votaciones, seguían mayoritariamente a los bolcheviques.

Los bolcheviques apoyaron una moción de Martov para establecer una coalición de gobierno de todos los partidos socialistas, que fue saboteada por los mencheviques y los eseristas, que habían dejado claro que se marchaban del Congreso. Tenían la esperanza de movilizar al proletariado contra los bolcheviques pero de hecho, como el proletariado apoyaba a los bolcheviques, simplemente se fueron, en famosas palabras de Trotski, al «basurero de la Historia». Un menchevique-internacionalista, Sujanov, era consciente de ello cuando escribió:

Al abandonar el Congreso, nosotros mismos le dimos a los bolcheviques el monopolio del Soviet, de las masas y de la revolución.

Escena de «Octubre» (1927)
A pesar de los posteriores intentos de los mencheviques internacionalistas de Martov de intentar formar una coalición, incluyendo aquellos partidos que habían rechazado el poder del Soviet, el Congreso apoyaba ahora abrumadoramente la insurrección. Aproximadamente a esa hora el Palacio de Invierno caía en manos de la clase obrera y los miembros del gobierno provisional eran arrestados -los únicos arrestos que hizo la clase trabajadora. Kerenski había escapado antes para intentar arrastra a las tropas del frente. Esto se convirtió en otra demostración de la victoria abrumadora de los bolcheviques ya que sus esfuerzos estuvieron a punto de acabar con su propio arresto. Disfrazado de mujer, dejó Rusia para escribir memorias cada vez más mendaces en la «Hardvard Law School» durante los siguientes cincuenta años.

Mientras tanto Lenin había salido de las sombras de la clandestinidad para saludar al Congreso de los Soviets con la sencilla declaración de que «ahora debemos proceder a construir el orden socialista». La verdadera historia de la revolución de la clase trabajadora había comenzado…