¿Se puede contar con los sindicatos?

Mientras el capitalismo se expandía por el mundo, los sindicatos agruparon a los trabajadores individuales de una empresa o rama industrial, restringiendo los abusos de los patrones individuales. Su máxima realización posible era conseguir que cada patrón de un sector pagara la fuerza de trabajo a su precio de mercado y que las condiciones de trabajo se homegeneizaran en las distintas ramas industriales. Con ello los sindicatos igualaban las condiciones de la competencia entre capitales. Su labor los convirtió en mediadores útiles de la fuerza de trabajo en el mercado.

Cuando llegó la fase imperialista y todos los sectores y factores industriales se concentraron alrededor del estado, el factor de producción más importante, el trabajo, no iba a quedar fuera. Los sindicatos se convirtieron en el «cartel» del trabajo.

Propaganda por la jornada de ocho horas de los sindicatos alemanes en 1895.
Durante la oleada revolucionaria su papel fue abiertamente reaccionario. No es casualidad que los estados corporativos de corte fascista, expresión brutal de la nueva época, les tuvieran entre sus pilares fundacionales y como sustento de su control totalitario.

Durante la reconstrucción que siguió a la guerra, pudieron recuperar brevemente en los países centrales el discurso de las «mejoras permanentes», pero con la vuelta de las crisis y el desarrollo de la descomposición social demostraron pronto que las diferencias con los sindicatos de los países totalitarios eran de forma más que de fondo; unos y otros son el rompeolas del estado para evitar la acción independiente de los trabajadores.

El discurso que tomaron desde entonces fue el de la «defensa de las conquistas pasadas de los trabajadores». Cínico discurso que en países como España, en los que los sindicatos «democráticos» volvieron con las crisis, implica que las regulaciones de los asesinos franquistas fueron, de no se sabe de qué manera, «conquistas obreras».

En la práctica de todos los días los sindicatos son una mezcla de policía laboral, amable a veces violenta otra, que se justifica negociando pensiones de las últimas generaciones de trabajadores estables y amortiguando los conflictos con procesiones, marchas suicidas y huelgas que en vez de buscar la única respuesta de clase posible en este capitalismo -la extensión- aíslan y agotan a los trabajadores. Eso cuando no nos intentan dividir metiendo en el trabajo toda la ideología burguesa del nacionalismo, el feminismo y cuanto «ismo» nos separe en nacionalidades, categorías, sexos, etc. evitando que nos pensemos y actuemos colectivamente como clase.