Socialismo pequeñoburgués y oportunismo

En 1875 la crítica de Marx al programa de Gotha no tuvo un efecto directo. El programa se aprobó tal cual y aunque en las bases erosionó la confianza en la nueva dirección, sirvió para legitimar el lassallianismo y por tanto para mostrar que el movimiento obrero alemán era mucho más débil en sus fundamentos ideológicos de lo que parecía. El resultado no se hizo esperar: una cohorte de académicos se lanzó sobre el joven movimiento socialista dispuesto a vender sus teorías y sublime capacidad de liderazgo intelectual. De todo aquello nos ha quedado, a pesar de todo, una joya: el «Anti-Dühring» de Engels.

Desde hace algún tiempo, en Alemania brotan por docenas, como las setas después de la lluvia, de la noche a la mañana, los sistemas filosóficos, y principalmente los sistemas de filosofía de la naturaleza, para no hablar de los innumerables sistemas nuevos de política, economía política, etc. (…) Hasta el socialismo alemán, sobre todo desde que el señor Dühring dio el buen ejemplo, ha hecho últimamente grandes progresos en este arte del sublime absurdo.

Federico Engels. Prólogo al Anti-Dühring, 1878.

Karl Eugen Dühring
Engels escribe el «Anti-Dühring» forzado por el eco que Dühring y otros émulos tienen sobre un socialismo debilitado por la integración acrítica del lassalleanismo. En una clase que solo se puede constituir en tal en la medida en que es capaz de afirmarse como proyecto universal, contemporizar en vez de clarificar es retroceder, debilitarse. No solo los intelectuales universitarios captan la flaqueza expresada en Gotha, sino el estado. Poco menos de cuatro meses después de que Engels acabe sus artículos contra el plúmbeo y pretencioso Dühring, el 21 de octubre de 1878, Bismarck consigue aprobar en el Parlamento las famosas Leyes Antisocialistas. Básicamente un estado de excepción permanente contra la expresión política del Proletariado. El efecto paradójico es un fortalecimiento del partido.

Nuestros muchachos de Alemania, son realmente tipos magníficos, ahora que la Ley Antisocialista los ha librado de los caballeros «cultos» que antes de 1878 habían intentado enseñarles a los obreros desde las alturas de su ignorante confusión universitaria, intento al que desgraciadamente se prestaron demasiados dirigentes. Esa podrida basura todavía no ha sido barrida del todo, pero de todos modos el movimiento ha vuelto a un cauce netamente revolucionario. Eso es justamente lo espléndido de nuestros muchachos, el que la masa es mucho mejor que casi todos sus líderes, y ahora que la Ley Antisocialista obliga a las masas a hacer el movimiento por sí mismas, y que la influencia ha quedado reducida al mínimo, las cosas van mejor que nunca.

Federico Engels. Carta a J.P. Becker, 22 mayo de 1883.

Campesinas alemanas vendiendo hortalizas y patatas en la ciudad (1890)
Pero a pesar de todo, y aunque hoy nos resulte difícil imaginarlo, Alemania es entonces todavía un país agrario, con grandes masas campesinas y por tanto pequeñoburguesas. La pequeña burguesía es una clase que está siendo triturada continuamente por el desarrollo y concentración del capital e impulsada hacia la proletarización. Cuando actúa adelantando su posición de la que tiene a la que va a tener, cuando piensa como parte del proletariado al que se ve abocada, puede unirse a este y ser clave en el proceso revolucionario. Pero cuando propone medidas para intentar sostener su posición como clase, cuando se enfrenta a la burguesía para frenar la expansión del capital, entonces es una clase reaccionaria y su influencia sobre el proceso de constitución de clase es sencillamente venenosa, extendiendo ideas sobre la concordia entre clases. Este es el carácter del «socialismo» y la «socialdemocracia» pequeñoburguesas cuando se organizan como partido. Como escribía ya Marx en 1852 sobre la socialdemocracia francesa:

El carácter peculiar de la socialdemocracia consiste en exigir instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y convertirla en armonía. Por mucho que difieran las medidas propuestas para alcanzar este fin, por mucho que se adorne con concepciones más o menos revolucionarias, el contenido es siempre el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por la vía democrática, pero una transformación dentro del marco de la pequeña burguesía. No vaya nadie a formarse la idea limitada de que la pequeña burguesía quiere imponer, por principio, un interés egoísta de clase. Ella cree, por el contrario, que las condiciones especiales de su emancipación son las condiciones generales fuera de las cuales no puede ser salvada la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases. Tampoco debe creerse que los representantes democráticos son todos shopkeepers [tenderos] o gentes que se entusiasman con ellos. Pueden estar a un mundo de distancia de ellos, por su cultura y su situación individual. Lo que les hace representantes de la pequeña burguesía es que no van más allá, en cuanto a mentalidad, de donde van los pequeños burgueses en modo de vida; que, por tanto, se ven teóricamente impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a que impulsan a aquéllos prácticamente, el interés material y la situación social. Tal es, en general, la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase por ellos representada.

Carlos Marx. El 18 Brumario de Napoleón Bonaparte, 1852

«En nombre de la ley». Bismarck, en la puerta, disuelve el grupo socialista de Leipzig, Junto a la ventana Liebknecht y enfrente suya Bebel.
En la situación de la Alemania de las leyes antisocialistas, con un partido proletario en alza, es a cierto punto inevitable que la pequeña burguesía se introduzca en el partido obrero y reproduzca en el los discursos que en su ausencia haría en un partido independiente.

La pelea ocurrida en el partido alemán no me ha sorprendido. En un país pequeñoburgués como Alemania, el Partido no tiene más remedio que tener un ala derecha pequeñoburguesa y «culta» de la que se zafe en el momento decisivo. El socialismo pequeñoburgués data en Alemania de 1844, y ya fue criticado en el Manifiesto Comunista. Es tan inmortal como la pequeña burguesía alemana misma. Mientras estén en vigor las leyes antisocialistas, no estoy en favor de que nosotros provoquemos la escisión, porque nuestras armas no son parejas. Pero si los caballeros provocan por sí mismos la escisión al suprimir el carácter proletario del partido y al tratar de remplazarlo por unas filantropía estético-sentimental y artesanal, sin fuerza ni vida ¡entonces debemos tomarlo como venga!

Federico Engels. Carta a J.P. Becker, 15 de junio de 1885.

El caso es que al aligerar el peso de la pequeña burguesía sobre el partido, este se fortaleció y supo aprovechar las debilidades del estado y los huecos de la ley que le prohibía. El Imperio alemán era en realidad una federación de principados con notable autonomía local y no todos reprimieron con igual saña a los socialistas. Estos además aprendieron a cumplir formalmente las leyes. Se publicaba y hablaba en público dentro de los límites del estado de excepción permanente, es decir, sin prensa propia y con la amenaza permanente de la represión, presentando a las elecciones candidatos a título de independientes o por candidaturas locales sin vinculación formal con el partido ahora ilegal. Esta añagaza sirvió, como cuenta Engels, para hablar con una libertad mucho mayor a los trabajadores de la que se permitía en los mítines pero también con «mayor autoridad» al poder imperial y sus partidos. Por desgracia también explica la característica independencia del grupo parlamentario respecto al partido alemán.

El grupo parlamentario socialista en 1889. Empezando por la izquierda y por la fila de abajo: Georg Schumacher, Friedrich Harm, August Bebel, Heinrich Meister, Karl Frohme. Stehend: Johann Heinrich Wilhelm Dietz, August Kühn, Wilhelm Liebknecht, Karl Grillenberger y Paul Singer
El partido fue temporalmente destrozado y, en 1881, el número de votos descendió a 312.000. Pero se sobrepuso pronto y ahora, bajo el peso de la ley de excepción, sin prensa; sin una organización legal, sin derecho de asociación ni de reunión, fue cuando comenzó verdaderamente a difundirse con rapidez 1884: 550.000 votos; 1887: 763.000; 1890: 1.427.000. Al llegar aquí, se paralizó la mano del Estado. Desapareció la ley contra los socialistas y el número de votos socialistas ascendió a 1.787.000, más de la cuarta parte del total de votos emitidos. El Gobierno y las clases dominantes habían apurado todos los medios; estérilmente, sin objetivo y sin resultado alguno. Las pruebas tangibles de su impotencia, que las autoridades, desde el sereno hasta el canciller del Reich, habían tenido que tragarse —¡y que venían de los despreciados obreros!—, estas pruebas se contaban por millones. El Estado había llegado a un atolladero y los obreros apenas comenzaban su avance.

El primer gran servicio que los obreros alemanes prestaron a su causa consistió en el mero hecho de su existencia como Partido Socialista que superaba a todos en fuerza, en disciplina y en rapidez de crecimiento. Pero además prestaron otro: suministraron a sus camaradas de todos los países un arma nueva, una de las más afiladas, al hacerles ver cómo se utiliza el sufragio universal.

El sufragio universal existía ya desde hacía largo tiempo en Francia, pero se había desacreditado por el empleo abusivo que había hecho de él el Gobierno bonapartista. Y después de la Comuna no se disponía de un partido obrero para emplearlo. También en España existía este derecho desde la República, pero en España todos los partidos serios de oposición habían tenido siempre por norma la abstención electoral. Las experiencias que se habían hecho en Suiza con el sufragio universal servían también para todo menos para alentar a un partido obrero. Los obreros revolucionarios de los países latinos se habían acostumbrado a ver en el derecho de sufragio una añagaza, un instrumento de engaño en manos del Gobierno. En Alemania no ocurrió así. Ya el «Manifiesto Comunista» había proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante, y Lassalle había vuelto a recoger este punto. Y cuando Bismarck se vio obligado a introducir el sufragio universal como único medio de interesar a las masas del pueblo por sus planes, nuestros obreros tomaron inmediatamente la cosa en serio y enviaron a Augusto Bebel al primer Reichstag Constituyente. Y, desde aquel día, han utilizado el derecho de sufragio de un modo tal, que les ha traído incontables beneficios y ha servido de modelo para los obreros de todos los países. Para decirlo con las palabras del programa marxista francés, han transformado el sufragio universal de «moyen de duperie qu’il a été jusqu’ici en instrument d’émancipation» —de medio de engaño, que había sido hasta aquí, en instrumento de emancipación. Y aunque el sufragio universal no hubiese aportado más ventaja que la de permitirnos hacer un recuento de nuestras fuerzas cada tres años; la de acrecentar en igual medida, con el aumento periódicamente constatado e inesperadamente rápido del número de votos, la seguridad en el triunfo de los obreros y el terror de sus adversarios, convirtiéndose con ello en nuestro mejor medio de propaganda; la de informarnos con exactitud acerca de nuestra fuerza y de la de todos los partidos adversarios, suministrándonos así el mejor instrumento posible para calcular las proporciones de nuestra acción y precaviéndonos por igual contra la timidez a destiempo y contra la extemporánea temeridad; aunque no obtuviésemos del sufragio universal más ventaja que ésta, bastaría y sobraría. Pero nos ha dado mucho más. Con la agitación electoral, nos ha suministrado un medio único para entrar en contacto con las masas del pueblo allí donde están todavía lejos de nosotros, para obligar a todos los partidos a defender ante el pueblo, frente a nuestros ataques, sus ideas y sus actos; y, además, abrió a nuestros representantes en el parlamento una tribuna desde lo alto de la cual pueden hablar a sus adversarios en la Cámara y a las masas fuera de ella con una autoridad y una libertad muy distintas de las que se tienen en la prensa y en los mítines. ¿Para qué les sirvió al Gobierno y a la burguesía su ley contra los socialistas, si las campañas de agitación electoral y los discursos socialistas en el parlamento constantemente abrían brechas en ella?

Pero con este eficaz empleo del sufragio universal entraba en acción un método de lucha del proletariado totalmente nuevo, método de lucha que se siguió desarrollando rápidamente. Se vio que las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía ofrecían nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los organismos municipales, a los tribunales de artesanos, se le disputó a la burguesía cada puesto, en cuya provisión mezclaba su voz una parte suficiente del proletariado. Y así se dio el caso de que la burguesía y el Gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales.

Federico Engels. Introducción a «La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850», 1895.

En 1890 muere Guillermo I. Caen con él Bismarck y las leyes antisocialistas. Los candidatos socialistas suman casi millón y medio de votos. Es el momento de un nuevo congreso. Tendrá lugar en Erfurt en 1891. La redacción del programa se encarga a Kautsky, asistido por Berstein, entonces considerado un discípulo ortodoxo de Engels. El programa pretende no solo resolver lo que se había dejado sin hacer en Gotha, pretende ser un modelo para la socialdemocracia de toda Europa.

Alegoría de la derrota de la reacción y el fin de las leyes antisocialistas (1893).
Engels, cuyo aporte será recogito casi en su totalidad, descubre que bajo las cicatrices de Gotha sigue estando el pus del oportunismo y la contemporización lassalliana con Bismarck. Se da cuenta de que el problema de fondo va más allá de incomprensiones concretas o expresiones más o menos afortunadas: hay una tendencia oportunista en el partido que bajo la excusa de cumplir con la ley antisocialista, está dispuesta a poner el propio cuerpo para «cubrir la desnudez» del régimen absolutista germano.

El proyecto actual se distingue muy ventajosamente del programa anterior. Los numerosos restos de una vieja tradición —tanto la específicamente lassalleana, como la socialista vulgar— han sido eliminados en lo fundamental; desde el punto de vista teórico, el proyecto ha sido redactado, en conjunto, sobre la base de la ciencia actual, lo que hace posible discutirlo sobre dicha base. (…)

Las reivindicaciones políticas del proyecto tienen un gran defecto. No dicen lo que precisamente debían decir. Si todas esas 10 reivindicaciones fuesen satisfechas, tendríamos en nuestras manos más medios para lograr nuestro objetivo político principal, pero no lograríamos ese objetivo. (…) Hasta qué punto eso es necesario lo prueba precisamente ahora el oportunismo que comienza a propagarse en una gran parte de la prensa socialdemócrata. Por temor a un restablecimiento de la ley contra los socialistas o recordando ciertas opiniones emitidas prematuramente en el período de la vigencia de dicha ley, se quiere ahora que el partido reconozca el orden legal actual de Alemania suficiente para el cumplimiento pacífico de todas sus reivindicaciones. Quieren convencer a sí mismos y al partido de que «la sociedad actual se integra en el socialismo», sin preguntarse si con ello no está obligada a rebasar el viejo orden social; si no debe hacer saltar esta vieja envoltura con la misma violencia con que un cangrejo rompe la suya; si, además, no tiene que romper en Alemania las cadenas del régimen político semiabsolutista y, por añadidura, indeciblemente embrollado (…) en Alemania, donde el gobierno es casi omnipotente, donde el Reichstag y todas las demás instituciones representativas carecen de poder efectivo, proclamar en Alemania tales cosas y, además, sin necesidad, significa quitar la hoja de parra al absolutismo y colocarse uno mismo para encubrir la desnudez.

Federico Engels. Contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemocrata de 1891, 1891

Esa tendencia conciliadora se manifestaría ya en aquel mismo congreso cuando los grupos parlamentarios de Württemberg, Baviera y Baden propongan participar en la negociación de los presupuestos, contradiciendo la línea general del partido que rechazaba toda colaboración parlamentaria en la gestión del estado. Los bávaros, que tendrán un duro enfrentamiento con Liebknecht llevarán congreso tras congreso la propuesta y acabarán rompiendo la disciplina y comenzando la colaboración de clases en el parlamento de su lander.

La diferencia entre el socialismo pequeñoburgues de los «cultos» de años anteriores y el oportunismo que brota en el partido con los avances parlamentarios es que si el primero se expresa teóricamente como una utopía armonista, el segundo se desarrolla en la banalidad y la insustancialidad teórica apelando a la sensatez y las necesidades técnicas, organizativas, de crecimiento del propio partido o a las características particulares de algunas regiones. El oportunismo es más una actitud que «se hace pero no se dice» que un programa abierto, aunque cuando gana el terreno de la práctica acaba imponiéndose como un «reconocimiento de la realidad». Este carácter escurridizo del oportunismo limita la capacidad de respuesta del partido, pues las actitudes son, en principio, intangibles y su corrección difícil si no se quiere convertir a la organización en una máquina dogmática y autoritaria que ahogue el debate abierto. Sin embargo la ocasión de un debate abierto y claro surgirá y lo hará, no por casualidad, allí donde el partido obrero hace un programa específicamente para la pequeña-burguesía: a raíz del «problema campesino».

Georg von Vollmar
El líder de los socialdemócratas en Baviera, Georg von Vollmar, al que Bebel ya había intentado expulsar del partido en 1891 por votar en los presupuestos regionales bávaros en nombre de las «condiciones particulares de Baviera», defenderá que para ganar al campesinado bávaro habría que hacer «concesiones» en el programa agrario a las ilusiones de los pequeños campesinos.

Por pequeño campesino entendemos aquí el propietario o arrendatario —principalmente el primero— de un pedazo de tierra no mayor del que pueda cultivar, por regla general, con su propia familia, ni menor del que pueda sustentar a ésta. Este pequeño campesino es, por tanto, como el pequeño artesano, un obrero que se distingue del proletario moderno por el hecho de hallarse todavía en posesión de sus medios de trabajo; es, por consiguiente, un vestigio de un modo de producción propio de tiempos pretéritos. (…)

La familia, y más aún la aldea, se bastaba a sí misma, producía casi todo lo necesario. Era casi una economía natural pura, en la que apenas se sentía la necesidad del dinero. La producción capitalista puso fin a esto mediante la economía monetaria y la gran industria. Pero, si el disfrute de los bienes comunales era una de las condiciones fundamentales para la existencia de estos pequeños campesinos, otra era la producción industrial accesoria. Y así vemos cómo el campesino va decayendo más y más. Los impuestos, las malas cosechas, las particiones hereditarias, los pleitos echan a un campesino tras otro en brazos del usurero, el agobio de deudas se generaliza cada vez más, y cada campesino individual se hunde más y más en él. En una palabra, nuestro pequeño campesino, como todo lo que es vestigio de un modo de producción caduco, esta condenado irremisiblemente a perecer. El pequeño labrador es un futuro proletario.

Federico Engels. El problema campesino en Francia y Alemania, 1894

¿Cuáles eran las concesiones oportunistas defendidas al respecto por Georg von Vollmar y el congreso bávaro del partido? En primer lugar separaban el trabajo en el campo de la dirección del partido, creando una organización especial bajo la dirección del grupo parlamentario en el parlamento bávaro. Es interesante destacar esto porque todo el desarrollo del oportunismo se dará ligado a la autonomía del grupo parlamentario, la dirección sindical, etc.

En segundo lugar, los socialistas habían defendido tradicionalmente ante el pequeño campesino que luchar por mantener su posición social de micro-propietario era reaccionario, era ponerse contra la Historia y enfrentarse -sin ninguna posibilidad de éxito- al desarrollo del capitalismo en el campo. El único salto posible a partir de las viejas tierras comunales era la cooperativización. O eso o dejar el camino expedito al capital y la expropiación por vía financiera. Pero los socialistas bávaros se daban cuenta de que el «pequeño campesino bávaro», bien adoctrinado por los curas católicos, rechazaba la cooperativización y se aferraba al fetiche de la propiedad.

Como futuro proletario, debiera prestar oído a la propaganda socialista. Pero hay algo que se lo impide, por el momento y es el instinto de propiedad que lleva en la masa de la sangre. Cuanto más difícil se le hace la lucha por su jirón de tierra en peligro, más violenta es la desesperación con que se aferra a él y más tiende a ver en el socialdemócrata, que habla de entregar la propiedad del suelo a la colectividad, un enemigo tan peligroso como el usurero y el abogado. ¿Cómo debe la socialdemocracia vencer este prejuicio? ¿Qué puede ofrecer al pequeño campesino llamado a desaparecer, sin ser desleal para consigo misma?

Federico Engels. El problema campesino en Francia y Alemania, 1894

Pero la lógica del desarrollo electoral empujaba al partido a ganar imperiosamente campesinos. Bajo la excusa de que en países como Francia o Baviera era difícil hacer nada políticamente sin ellos y mirando con las lentes miopes del objetivo electoral, el socialismo francés de la época dio una definición de libro de oportunismo.

En el Congreso de Marsella de 1892 fue aprobado el primer programa agrario del Partido. En este programa se exige para los obreros agrícolas sin tierra (es decir, para los jornaleros y los criados de campo y plaza) lo siguiente: salarios mínimos fijados por los sindicatos y los ayuntamientos; tribunales industriales rurales, cuya mitad deberá estar integrada por obreros; prohibición de vender los terrenos comunales y arriendo de los terrenos del Estado a los municipios, quienes a su vez deberán dar en arriendo todos sus terrenos propios y arrendados a asociaciones de familias de obreros agrícolas sin tierras para que los cultiven en común, con prohibición de emplear obreros asalariados y bajo la fiscalización de los municipios; pensiones de vejez e invalidez, sostenidas mediante un impuesto especial sobre la gran propiedad del suelo. (…)

Como se ve, las reivindicaciones establecidas en interés de los campesinos —las que se refieren a los obreros no nos interesan, por el momento, aquí— no tienen un alcance muy grande. Una parte de ellas están ya realizadas en otros países. Los tribunales de arbitraje para arrendatarios se remiten expresamente al precedente irlandés. Las cooperativas de campesinos existen ya en la región del Rin. La revisión catastral es, en todo el occidente de Europa, un pío deseo constante de todos los liberales y hasta de la burocracia. Los demás puntos pueden ser llevados también a la práctica sin inferir ningún daño esencial al orden capitalista existente. Y decimos esto simplemente para caracterizar el programa. No hay en ello reproche alguno; antes al contrario.

El Partido hizo con este programa tantos progresos entre los campesinos de las más diversas regiones de Francia, que —como el apetito se abre comiendo— se vio movido a adaptarlo todavía más al gusto de los campesinos. Se advirtió, ciertamente, que al hacer esto, se pisaba terreno peligroso. En efecto, ¿cómo era posible ayudar al campesino, concebido no como futuro proletario, sino como campesino propietario actual, sin infringir los principios fundamentales del programa general socialista? Para salir al paso de esta objeción, se encabezaron las nuevas propuestas prácticas con una fundamentación teórica encaminada a demostrar que en los principios del socialismo va implícito el proteger a la propiedad de los pequeños campesinos contra la ruina que significa para ella el modo de producción capitalista, aunque se comprenda perfectamente que esta ruina es inevitable. Esta fundamentación, al igual que las reivindicaciones mismas, aprobadas en septiembre de este año en el Congreso de Nantes, son las que queremos examinar aquí de cerca. (…)

En todo caso, hemos llegado al extremo de que la fundamentación pueda declarar redondamente como deber del socialismo, y además como deber imperioso,

mantener a los campesinos que cultivan su tierra en posesión de sus pequeñas parcelas y protegerlos frente al fisco, a la usura y a los atentados de los nuevos grandes terratenientes.

Con esto, la fundamentación confiere al socialismo el deber imperioso de llevar a cabo algo que en el apartado anterior había declarado imposible. Le encomienda «proteger» la propiedad parcelaria de los campesinos, a pesar de que ella misma dice que esta propiedad está «fatalmente llamada a desaparecer». ¿Qué son el fisco, la usura y los nuevos grandes terratenientes más que los instrumentos mediante los cuales la producción capitalista lleva a cabo esta inevitable desaparición? Por qué medios debe el «socialismo» proteger al campesino contra esta trinidad, lo veremos más abajo.

Pero no es sólo el pequeño campesino el que debe ser amparado en su propiedad. Es también

conveniente hacer extensiva esta protección a los productores que cultivan tierras ajenas bajo el nombre de arrendatarios o aparceros (métayers) y que si explotan a jornaleros es porque se ven forzados en cierto modo a hacerlo por la explotación de que se les hace objeto a ellos mismos.

Aquí, entramos ya en un terreno completamente peregrino. El socialismo se dirige de un modo especialísimo contra la explotación del trabajo asalariado. ¡Y aquí se declara como deber imperioso del socialismo amparar a los arrendatarios franceses que —así dice literalmente— «explotan a jornaleros»! ¡Y esto, porque se ven forzados en cierto modo a hacerlo «por la explotación de que se les hace objeto a ellos mismos»!

¡Qué fácil y qué agradable es dejarse ir cuesta abajo, una vez que se pone el pie en la pendiente! Supongamos que se presenten los labradores grandes y medianos de Alemania y que pidan a los socialistas franceses que intercedan cerca de la dirección del partido alemán para que el Partido Socialdemócrata de Alemania los ampare en la explotación de sus criados, invocando para ello «la explotación de que les hacen objeto a ellos mismos» los usureros, los recaudadores de contribuciones, los especuladores de cereales y los tratantes de ganado, ¿cuál sería su respuesta? ¿Y quién les garantiza que nuestros grandes terratenientes del partido agrario no les enviarán también a un conde Kanitz (que ha presentado, en efecto, una propuesta de nacionalización de las importaciones de trigo semejante a la suya), demandando también el amparo de los socialistas para su explotación de los obreros agrícolas en vista de la «explotación de que les hacen objeto a ellos mismos» la Bolsa, los usureros y los especuladores de trigo?

Federico Engels. El problema campesino en Francia y Alemania, 1894

Augusto Bebel en 1910
Vollmar llevó al congreso de Frankfurt de 1894 de la socialdemocracia alemana un proyecto de programa campesino muy similar. La idea era defender la propiedad campesina e integrar así en el movimiento socialdemócrata a los propietarios con menos de 30Ha, propietarios que tenían siervos y jornaleros. El congreso no supo defender una posición clara aunque tampoco aprobó aquel despropósito, a lo que los socialdemócratas bávaros respondieron que igualmente lo incorporarían a nivel local. Bebel respondió inmediatamente y denunció la «penetración en el partido de elementos pequeñoburgueses»; Engels, que seguía de cerca todo lo que sucediera con movimiento alemán, participó escribiendo en dos días «El problema campesino en Francia y Alemania». Al día siguiente de terminarlo envió una carta a Liebknecht reprobándole por haber acusado a Bebel de poner en peligro la unidad del partido.

Dices que Vollmar no es un traidor. Tal vez. Tampoco yo pienso que se vea a sí mismo así. Pero ¿cómo puedes llamar a alguien que pretende de un partido proletario que de apoyo a los campesinos medianos y grandes, propietarios de entre diez y treinta hectareas, para perpetuar el estado de cosas basado en la explotación de siervos y jornaleros? ¡¡Un partido proletario, fundamentando expresamente la perpetuación de la esclavitud salarial!! El tipo será un antisemita, un demócrata burgués, un particularista bávaro y o lo que tu quieras llamarle, menos un socialdemócrata. Dicho esto, en un partido obrero en crecimiento, la adhesión de elementos pequeñoburgueses es inevitable y tampoco hace daño. O no más que la adhesión de «académicos», estudiantes fracasados, etc. Hace unos años todavía constituían un peligro. Ahora somos capaces de digerirlos. Pero hay que permitir que la digestión siga su curso. Y para este en concreto hace falta ácido hidroclórico; si no hay suficiente (como vino a mostrar [el congreso de] Franckfurt), deberíamos estar agradecidos a Bebel por darnos una dosis extra y así permitirnos digerir a los elementos no proletarios.

Federico Engels. Carta a Liebknecht, 24 de noviembre de 1894.

Hagamos finalmente un balance sobre la naturaleza del oportunismo:

  1. La pequeña burguesía es una clase con sectores muy diversos: campesinos, profesores universitarios, tenderos, pequeños propietarios industriales, empleados medios y medio-altos de grandes empresas, etc. Su visión del mundo está condicionada por la presión destructiva del gran capital sobre sus condiciones de vida. Hoy por ejemplo por la desaparición del comercio independiente a manos de las grandes superficies, la del minifundio por las multinacionales agrícolas y los desarmes tarifarios y los trabajos comerciales de banca por la «robotización» de los servicios.
  2. Cuando la pequeña burguesía trata de defender su posición social y evitar la temida proletarización, manteniendo las condiciones que le sostienen frente al gran capital, es una clase reaccionaria. El gran capital centraliza, concentra y tecnifica aumentando la productividad y acentuando la contradicción principal del sistema, es decir, el enfrentamiento entre capital y trabajo. Frente a eso, la pequeña burguesía en su bis reaccionaria propondrá todo tipo de defensas ilusorias y protecciones para su situación particular: la restricciones en horarios comerciales, los impuestos a los robots o la prohibición de la comercialización de especies vegetales transgénicas; medidas de restricción, de «equilibrio», que según ella construiría un «socialismo» armonista, basado no en la desaparición de la relación capital-trabajo, sino en el fin de la lucha de clases por una mágica armonía entre burguesía y proletariado.

    Los estamentos medios —el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino—, todos ellos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales estamentos medios. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, son reaccionarios, ya que pretenden volver atrás la rueda de la Historia. Son revolucionarios únicamente por cuanto tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, por cuanto abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado.

    Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848

  3. Es pues lógico que la pequeña burguesía se adhiera al proletariado en su proceso de constitución de clase. Pero es siempre una adhesión problemática en la que el partido obrero tiene que estar vigilante para «digerir» las inevitables tendencias reaccionarias, conciliadoras y armonistas que le acompañan.
  4. Como toda clase explotada y por tanto dominada, el proletariado, en su proceso de constitución como clase política, sufre una tensión permanente hacia la regresión, a la puesta en duda de su carácter como clase universal. Está en una sociedad de la que es la negación y que le niega permanentemente. La expresión de esta fuerza erosionadora y permanente entre las filas de sus organizaciones toma la forma primaria, actitudinal, del oportunismo, oportunismo que reproduce y alienta una práctica que al final resulta indistinguible del socialismo pequeñoburgués.

    No tienen razón quienes con tanta frecuencia consideran esta palabra un «simple insulto», sin tratar de reflexionar en su significado. El oportunista no traiciona a su partido, no le es desleal, no se retira de él. Sigue sirviéndolo, sincera y celosamente. Pero su rasgo típico y característico es que cede al estado de ánimo de momento, es su incapacidad de oponerse a lo que está en boga, es su miopía y abulia políticas. Oportunismo significa sacrificar los intereses prolongados y esenciales del Partido en aras de sus intereses momentáneos, transitorios y secundarios. (…)

    Allí donde prevalecen tales estados de ánimo, típicos de la intelectualidad, es imposible adoptar una política firme, digna de la clase auténticamente revolucionaria, que conduzca resueltamente a través de todas las pequeñas desviaciones y vacilaciones hacia la preparación de la batalla decisiva y abnegada contra el enemigo. Por eso el proletariado consciente debe saber mantener una actitud crítica hacia los intelectuales que pasan a su lado, debe aprender a librar una lucha implacable contra el oportunismo en política.

    Lenin. ¡El radical ruso reflexiona con retardo!, 1906.

El oportunismo vacía de dentro a fuera la acción de clase, paraliza el desarrollo de la conciencia convirtiendo el significado del comunismo y su invocación en una cáscara vacía, en un fetiche, manteniendo símbolos, terminos y banderas pero llamando a una acción que cada vez más, va a ser la del socialismo pequeñoburgués.

No se renuncia al programa; lo único que se hace es aplazar su realización… por tiempo indefinido. Se acepta el programa, pero esta aceptación no es en realidad para sí mismo, para seguirlo durante la vida de uno, sino únicamente para dejarlo en herencia a los hijos y a los nietos. Y mientras tanto, «todas las fuerzas y todas las energías» se dedican a futilidades sin cuento y a un remiendo miserable del régimen capitalista, para dar la impresión de que se hace algo, sin asustar al mismo tiempo a la burguesía.

Marx y Engels. De la carta circular a A. Bebel, W. Liebknecht, W. Bracke y otros, 1879.

El oportunismo es una tendencia permanente a lo largo de todo el proceso de constitución en clase que expresa las debilidades que la propia clase ha de vencer. Sin embargo, en la fase imperialista del capitalismo, sobre la estructura y los errores de los partidos de la II Internacional, va a tomar cuerpo de una manera peculiar e intensa que va a ser crucial en la historia del proletariado.