¿Tiene sentido presentarse a las elecciones?

En la época de la expansión capitalista el proletariado es, en buena parte de Europa, un sujeto político reconocido dentro de la sociedad burguesa. Esta acepta que los trabajadores estén «representados» dentro de sus instituciones de gobierno, consciente de que hay un margen, dentro de su propia dominación, para la consecución por los obreros de ventajas y oportunidades para su propia organización y constitución como clase (reconocimiento legal de las huelgas, del sufragio universal, etc.).

Debate antitrust en el senado de EEUU. Al fondo los grandes monopolistas bajo el lema «Un senado de los monopolistas, por los monopolistas y para los monopolistas». Eran los comienzos del imperialismo y la prensa aun no era pura propaganda… de los monopolistas.
La actividad parlamentaria de los partidos obreros antes de la I Guerra Mundial, tiene como modelo a la socialdemocracia alemana y su consigna «ni una moneda ni un hombre para este sistema», que implica votar siempre en contra de todos los presupuestos gubernamentales en todos los niveles de gobierno. El resultado es contradictorio e interesante por cuanto revela del periodo: en términos generales, la actividad electoral y parlamentaria ayuda, en ese marco intransigente, a fortalecer la organización y la constitución de la clase, se empuja el programa democrático de la burguesía y se obtienen reformas legales favorables a las organizaciones obreras y conquistas económicas de largo aliento como la reducción de jornada. Pero también se trasladan al interior de los partidos tendencias oportunistas, conciliadoras que acabarán expresándose abiertamente como «revisionistas» y minando a los partidos socialdemócratas desde dentro, incorporándolos a la «unión nacional» con la burguesía y convirtiéndolos en una pieza fundamental de la movilización de los trabajadores para la guerra.

Con el paso definitivo del capitalismo a una nueva etapa, todas las condiciones que hacen posible y útil el uso del parlamentarismo por los partidos obreros desaparecen:

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Cabalgando un sistema sin capacidad de expansión, la burguesía ya no tiene espacio para partidos obreros en sus instituciones. Lejos de poder «abrir la mano» a un marco que permita la constitución en clase, necesita negar la mera existencia de la clase como sujeto político e incluso,
en el colmo del delirio discursivo, como clase sociológica. Todo el aparato mediático y de propaganda, infinitamente multiplicado, se dedicará a fabricar ideologías negacionistas de la clase,
(ciudadanistas, interclasistas, nacionalistas, etc.) y al mismo tiempo divisivas (racismo, feminismo, nacionalismo, etc.)

Cartel espartaquista. 1919
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En la dimensión económica, aunque en los periodos de reconstrucción bélica la burguesía pretenda reavivar la ilusión reformista, ya no tiene ganancias a largo plazo que ofrecer a los trabajadores.

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En el capitalismo cada vez más concentrado que sigue a las guerras mundiales, todo el poder se concentra brutalmente alrededor del estado. No solo se disciplinan así a las facciones de la burguesía o a los burgueses individuales, se trata de rearticular a la sociedad desde arriba en un modelo que está muy lejos ya del paradigma liberal de la representación política y del mito de la «sociedad civil». Los partidos políticos dejan de ser representantes de los intereses de grupos sociales frente al estado y se organizan para el encuadramiento ideológico -y a veces físico- de esos sectores desde y en el estado.

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Y finalmente, la necesidad permanente de encuadramiento y negación de la independencia de clase se manifestará continuamente bajo la forma de una serie de falsos antagonismos entre distintas formas de la dominación burguesa (derecha vs izquierda, fascismo vs antifascismo) en la que por definición, el elemento común a las distintas facciones burguesas («progresistas» y «conservadoras», «democráticas» y «totalitarias») será denigrar y machacar toda posible expresión independiente de la clase.

Pero…

Todo ésto está muy bien y resume la historia del parlamentarismo desde hace un siglo, pero…

  • ¿No puede ser que movilicemos votos obreros como para conseguir aunque sea un diputado que, sin comprometerse, denuncie en el propio Parlamento las mentiras y las barbaridades que salen de ahí todos los días?
  • ¿No sería útil la movilización aun en el caso de que no consiguiéramos ni siquiera un diputado?
  • ¿No es verdad que a veces partidos burgueses «de izquierda» consiguen cambios legales que al menos evitan desastres mayores?

El fantasma de Liebknecht, empujado por la movilización obrera, acusa a los parlamentarios socialdemócratas reformistas, sustento y cerebro de la contrarrevolución. 1921
La respuesta honesta solo puede ser «no a todo»:

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El parlamentarismo, ni siquiera cuando en la Alemania del kaiser Guillermo, el SPD fue el partido más votado, refleja la disposición de fuerzas. Siempre nos fue terreno adverso: el voto no mide compromisos ni intereses colectivos, sino opiniones individuales. Algo banal y cambiante que la burguesía ha aprendido a dar forma con los medios de comunicación de masas. No solo es su territorio, es que la correlación de fuerzas viene definida desde el origen por la tremenda concentración de capital necesaria para poder competir en ese terreno. Ya no es hacer periódicos locales, como en los tiempos de la II Internacional y la prensa obrera. Es disponer de las infraestructuras de (muchos) canales de televisión y radio, de los contenidos de series y películas, de una nube de periódicos en todos los formatos… La prensa obrera, base de la agitación socialista en el XIX, podía competir en el mercado porque todavía había un cierto libre mercado y porque solo en algunos países la burguesía había creado subproductos para enfrentarla (los primeros «tabloides» británicos). En el mundo del capital hiperconcentrado y articulado alrededor del estado, los periódicos se han convertido en gigantescos conglomerados multimedia inalcanzables por ningún partido o grupo de trabajadores. Pretender competir con ellos en la batalla por la «opinión» cotidiana es como pretender que deberíamos tener un Google o un Amazon en cada grupo militante.

Cartel antiparlamentarista del KPD-Spartakusbund
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Una vez estás en el juego aceptas lo que el juego dice medir… aunque sepas que mide otra cosa. Movilizar para no conseguir más que la frustración de un fracaso es precisamente lo que le encanta hacer a la izquierda del capital, siempre atenta a destruir la autoconfianza de la clase.

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No, no es verdad que «la izquierda» nos proteja de nada. Baste hacer memoria de las políticas de los «gobiernos de izquierda». La burguesía necesita representarse y representar al estado que la agrupa y ordena como la manifestación «democrática» del conjunto de la sociedad. Representa distintas «sensibilidades», distintas formas de sacar adelante sus intereses, el interés nacional, a costa nuestra. A la hora de la verdad, todos los partidos burgueses, expresión y parte del estado, no tienen otro objetivo que defenderlo y defender con él la dominación del capital.

Balance

Resumiendo, el camino del parlamentarismo en el mundo de hoy está cerrado a los trabajadores: es estéril y contraproducente, sirve para negarnos y no para representarnos, está abocado a la frustración y aun si diera una «victoria» no podría obtener resultados tangibles para el conjunto de los trabajadores. La constitución de la clase en sujeto político, el desarrollo de la conciencia de clase, ya no pasa por ahí. Y no, nadie dijo que fuera a ser fácil.